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La bella utopía del fin del mundo Carlos Guerrero Velázquez “Que el mundo se termine es cosa sin importancia

, lo alarmante es que siga igual” leí hace unos meses en una pared de cierta gran ciudad contaminada, peligrosa y sin embargo, excitante, como lo son casi todas de este lado del mundo al que se ha puesto el nombre de Latinoamérica. La frase se popularizó en las redes sociales y, además de asegurarse un puesto como meme de la era digital, también se me aferró a la memoria, donde cada tanto repercute recordándome que las ideas son demonios (tal vez en el sentido griego del término) y como tales, sólo podemos proceder de dos formas con ellas: exorcizarlas o compartirlas; si no es que ambas son la misma cosa. Que el mundo se termine. Borrar del planeta a la humanidad, idea fatalista e indeseable para la mayoría, que sin embargo ha dejado incontables dividendos a tantos líderes religiosos que durante siglos han aprovechado el miedo a la extinción para alimentar sus arcas, más las materiales que las espirituales. Las profecías y los anuncios milenaristas han sacudido la fantasía de millares a lo largo de la historia, sirviéndose del temor que la incertidumbre provoca y del morbo que la desgracia despierta. Pero ¿cuál es ese mundo, el que se termina? Cosmologías aparte, eso que llamamos “El Mundo”, así, en mayúscula, sólo existe de forma abstracta. Lo que tenemos realmente, lo que perderíamos si un asteroide atrevido, una explosión nuclear o un ángel destructor enviado por un Dios bipolar viniesen a terminar con nuestra película, sería este pedazo de realidad que todos los días habitamos, ese fragmento de existencia atrapado por un contexto que se construye por los elementos que le dan sentido a la vida con que jugamos todos los días. Ese mundo pequeño, el nuestro, el cotidiano, el de la condena existencialista, que no es „ése‟ sino „éste‟, de goce y muerte, de nubes y flores, de supermercados y colas para el autobús, de éxtasis y modorra, de vino y barro. Este pedazo de mundo mío, al que llaman subdesarrollado. Subdesarrollado, dije. Qué es el desarrollo, es por sí mismo un gran tema. Lo que a mí me resulta evidente es que acá, como en tantas partes, parece haber, por lo menos, unos pocos que tienen demasiado, otros tantos que viven aspirando a ello y una inmensa muchedumbre que no tiene casi nada. Eduardo Galeano dijo alguna vez, con respecto al desarrollo, que un niño y un enano se parecen, pero no son iguales; una diferencia fundamental los separa, que es la posibilidad de crecer. Un niño es una persona cuyo crecimiento se supone y se obvia, debido a la potencialidad del desarrollo físico que en él se encuentra, mientras que nadie espera que un enano supere una determinada estatura, por

pero es innegable que la posibilidad de hacerlo ha inspirado a incontables personas a vivir y morir por ello. armaron las revoluciones burguesas y los estados modernos. . desobedezcamos. La repercusión que el actuar de esta gente ha tenido sobre la configuración de la sociedad puede evaluarse con distintas ópticas. dependiendo del enfoque con que se aborde. y hasta tengamos un poquito de ese lujo que ostentan los desposeídos. y que esa idea hace que muchos creemos. la diferencia entre los hombres siempre ha sido evidente. Galeano mira las cosas con una perspectiva global. el mercado. Esta esperanza ha sido el motor de un sinnúmero de personas que nutren las iglesias o que sirven de carne de cañón a las guerras y revoluciones. que se llama esperanza. lo cual es la raíz no sólo de la mayoría de las utopías. es posible. pero creo que esta dinámica pude repetirse en todo nivel de observación. ha sido cortada desde la raíz y de esa forma se mantiene. Quizás no se consiga cambiar la configuración última de esto que llamamos “nuestro mundo”. sea cual sea la fuerza que organice este sistema nuestro al que llamamos mundo. se hicieron señores feudales durante la Edad Media. pues tanto dentro de las naciones ricas como de las pobres existen quienes por su propia voluntad no dejarán jamás que otros les alcancen. Galeano utiliza esta comparación para establecer la diferencia fundamental que existe entre los países desarrollados y aquellos que no lo están. Por ende. el desarrollo es sólo una ilusión: se pueden brindar toda clase de vitaminas a las regiones pobres. los Illuminati o el reinado milenario del Satanás de los cristianos. trabajemos. como lo he conocido hasta ahora. éstas simplemente llegaron tarde a la repartición del mundo y por más que crezcan. ¿Sería sensato pensar que puede existir alguna modificación? Nunca ha dejado de ser evidente la necesidad o al menos la esperanza de cambio. a mí me gusta pensar que cada lucha sirve para hacer posible una realidad un poco más justa y quizás hasta un poco más igualitaria. nunca van a alcanzar a los países ricos. la cual no es tanto temporal como ontológica: un país “en vías de desarrollo” nunca va a alcanzar a un país desarrollado por la sencilla razón de que las posibilidades. Sea el capitalismo. sino también de muchos de los mitos escatológicos de la religiosidad mundial. incomodemos. protestemos. la potencia de desarrollarse. Existieron en Roma y en Grecia. Me gusta pensar que el fin del mundo. pero también a iniciativas que surgen desde la periferia y que poco a poco se van convirtiendo en causas generales. La gran mentira está ahí sólo para obtener la obediencia y a sumisión de los segundos a las fórmulas mágicas del FMI y del Banco Mundial.la naturaleza misma de su condición médica.

como lo pinta un grafiti perdido en la pared de una ciudad latinoamericana. . también fue Galeano quien dijo alguna vez: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos.Por esto creo que el fin del mundo. ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por cierto. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso. sirve para caminar”. es una hermosa utopía.

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