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SALMO 36-50

SALMO 36-50

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Comentario

“Dios es nuestro refugio y fortaleza.” Ya sea en esta traducción tradicional o en la paráfrasis de
Martín Lutero: “Castillo fuerte es nuestro Dios”, la línea inicial del Salmo 46 es una de las más
memorables y poderosas de todo el libro de los Salmos. Después de la afirmación de fe inicial (vv.
1-3), los vv. 4-6 cambian el foco de atención a la ciudad de Dios y a la actividad de Dios en favor
de ella. Siguiendo a la primera aparición del refrán (v. 7), la sección final comienza con una
invitación a considerar las “obras” de Dios (v. 8a), las cuales se describen luego en los vv. 8b-9.
Otra invitación se ofrece en el v. 10, pero esta vez se da en la primera persona divina, que resume
efectivamente el mensaje de todo el salmo como preparación para el refrán final (v. 11). Por causa
de su enfoque sobre la ciudad de Dios de los vv. 4-6, el Salmo 46 normalmente es clasificado
como un canto de Sión (véanse los Salmos 48; 76; 84; 87; 122; Introducción); sin embargo, su
significado es mucho más amplio que el enfoque en Sión. Es fundamentalmente una afirmación de
fe –no en Sión, sino en Dios. Por eso a menudo se le ha clasificado como un canto de confianza o
confidencia.

46.1. El salmo comienza con una triple descripción de Dios: “refugio”, “fortaleza” y “ayuda”.
La palabra “refugio” ( mahseh) es una de las más importantes del libro de los Salmos,
especialmente de los Libros I-II (Salmos 1-72). Aparece por primera vez en el Salmo 2, el cual,
juntamente con el Salmo 1, sirve de introducción al libro de los Salmos. “Bienaventurados los que
ponen su refugio en” Dios (2.12 NRSV). Esta bienaventuranza da el tono para lo que sigue, y en
los Libros I-II la palabra refugio llega ser un tipo de refrán de una sola palabra, que aparece más de
veintitrés veces (véase Sal 5.11; 7.1; 11.1; 14.6; 16.1; 57.1; 61.3; 62.7-8; 71.7; Introducción). El
“poner el refugio en” Dios significa confiar en Dios, y no debe sorprendernos que la palabra
confiar sea un tema clave en los salmos, especialmente en los Libros I-II (véase Sal 4.5; 9.10; 22.4-
5; 25.2; 26.1; 31.6, 14; 55.23; 56.3-4, 11; 62.8; Introducción). De esa manera el Salmo 46 inicia
con la afirmación de que Dios es un refugio confiable; Dios es digno de confianza.
Implícita a esta afirmación está la convicción de que Dios gobierna al mundo; la fuerza o el
poder de Dios subyace detrás del origen y de la vida continua del universo. En resumen, Dios tiene
el control –no los malvados ni los enemigos ni las naciones que regularmente amenazan la vida del
salmista o la existencia del pueblo de Dios (véase Sal 2.1-3, 11; 7.1; 11.1-2; 25.19-20; 31.19-20).
La palabra “fuerza” ( oz) apunta a esta convicción de la soberanía de Dios. Aparece
frecuentemente en los salmos que explícitamente anuncian el reino de Dios (véase 29.1; 93.1; 96.7;
99.4). Se puede confiar en Dios, debido a que Dios gobierna al mundo. Quizás no sea coincidencia
que precisamente el salmo que sigue explícitamente haga referencia a Dios como “un gran rey
sobre toda la tierra” (47.2 NRSV). El Salmo 46 afirma que la fuerza que está detrás del universo no
es simplemente un poder neutral. O, como el v. 1b indica, este poder se inclina hacia nuestra
“ayuda” (véase a Dios como “ayuda” o “ayudador” en Sal 10.14; 22.19; 28.7; 30.10; 33.20; 37.40;
40.17).

39

46.23. Para ilustrar cuán poderosa puede ser la ayuda de Dios en el problema, estos versos
presentan el último escenario del peor de los casos. El “cambio” en la tierra que se describe en los
vv. 2-3 parece a un temblor de 10.0 simultáneo a un hurcacán clase-cinco, pero ¡realmente es aún
peor! De acuerdo a la visión del universo del antiguo Cercano Oriente las montañas constituían
tanto los fundamentos que anclaban la tierra seca en medio de un caos de agua como los pilares
que ayudaban al cielo a elvarse. De esa manera la peor cosa que podría pasar sería que las
montañas se conmovieran (v. 2) o temblaran (v. 3), porque la tierra estaría amenazada desde abajo
por el agua y por arriba por la caída del cielo. Los versos 2-3, entonces, se pueden considerar como
una versión antigua de los escenarios del fin del mundo que son más familiares para nosotros –
invierno nuclear o la reducción de la capa de ozono y la rápida elevación de la temperatura de la
tierra. Para usar las palabras del himno de Lutero, losvv. 2-3 describen las circunstancias que
“amenazan con destruirnos”. Aún en este grado de dificultad –cuando la misma estructura del
universo como sabemos no puede ser digna de confianza, cuando nuestro mundo se está callendo
en pedazos– Dios sigue siendo un refugio confiable. Se puede confiar en Dios. Por tanto, la
afirmación sorprendente ante el último escenario del peor de los casos es simplemente: “No
temeremos” (v. 2; véase Sal 23.4).
46.4-7. El problema, que se describe en términos cósmicos en los vv. 2-3, se describe en
términos humanos en los vv. 4-6. Las “naciones están conmocionadas (v. 6; “conmocionadas”
traduce a la misma palabra hebrea que “rugido, bramar”, , del v. 3). Los “reinos se
tambalean” (v. 6; “tambalear” traduce la misma palabra hebrea que “conmover”, mot, del
v. 2). Como en los vv. 2-3, inclusive utilizando el mismo vocabulario, el v. 6 indica que todo está
en movimiento. En medio de la conmoción hay un punto de estabilidad: “la ciudad de Dios” (v. 4),
en medio de la cual está Dios (v. 5), y “no será conmovida” (v. 5). El verbo que se traduce como
“conmovido” es el mismo que se traduce como “conmover” en el v. 2 y como “rugir” en el v. 6 (la
NIV traduce como el verbo “caer” en cada caso). El patrón de repetición hace énfasis en la
seguridad; se puede depender sólidamente de la presencia de Dios.
La “ciudad de Dios” es Jerusalén, en donde se localiza el Templo, “la santa habitación del
Altísimo” (v. 4). Sin pretender confinar a Dios a Sión o al Templo, la teología predominante veía a
Sión como el lugar especial de Dios. En éste y en otros cantos de Sión, la “ciudad de Dios” es de
esa manera símbolo de la presencia de Dios. El refrán (vv. 7, 11) resume la certidumbre: Dios está
“con nosotros”, es “nuestro refugio”. La palabra hebrea que se traduce como “refugio” en los vv.
7, 11 difieren de la utilizada en el v. 1, pero es virtualmente sinónima (véase la “fortaleza” de la
NRSV en 48.3; y “fuerte” en 59.9, 16-17; 62.2, 6). En medio del caos internacional y aún cósmico,
se puede confiar en Dios.

El título “Yahveh de los Ejércitos” es particularmente apropiado después de los vv. 4-6. El
verso 4 ha hecho referencia a la “habitación” de Dios, y el título “Yahveh de los Ejércitos” en
todas partes está asociado con el arca, símbolo del trono (véase 1 Sam 4.3-4). El título también
parece tener un trasfondo militar, ya que “Ejércitos” ( tsebaot) puede significar
“armada” (véase 1 Sam 17.45; véase también el Comentario sobre Sal 14). El rugido del v. 6
aparentemente trata de indicar un ataque sobre Jerusalén. Es esta confrontación, el Señor de los
ejércitos está a favor de Jerusalén –“con nosotros”. La palabra “refugio” también funciona en todas
partes como un término militar (además de las apariciones y traducciones citadas anteriormente,
véase Isa 24.12 donde forma parte de la frase que la NRSV traduce como “Fortificaciones
elevadas”). De esa manera el vocabulario del refrán anticipa los vv. 8-10, donde Dios es un
guerrero, pero es uno que combate por la paz.

40

El significado del “río” del v. 4 es más metafórico que geográfico. Las aguas amenzantes y
caóticas de los vv. 2-3 se han convertido en una fuente de aguas vivas. De que no haya ríos que
corran a través de Jerusalén no es un problema. Este río es simbólico, al igual que el río en
Ezequiel 47.1-12, que fluye del Templo, y al igual que el río de Apo 22.1-2, que fluye del trono de
Dios, el cual ha reemplazado al Templo en la Nueva Jerusalén. Dos de estos ríos producen sustento
para la vida (Ez 47.9-12; Apo 22.2). En otras palabras, el río de Sal 46.4 es otra manera de
simbolizar la certeza del poder y provisión de Dios, aún en medio del peor de los problemas
imaginables (v. 2). Como lo indica el v. 5, que repite una palabra clave del v. 1, la presencia de
Dios significa ayuda cuando el mundo amenace con destruirnos.
El v. 6b es otra indicación de la soberanía de Dios. La voz de Dios es poderosa. Cuando el
salmista dice: “la tierra se derrite”, suena como si Dios hubiera asumido el rol de destructor; sin
embargo, la palabra “derrite” sirve en todas partes para describir poéticamente los efectos de la
aparición de Dios (véase Amós 9.5; Nahún 1.5), incluyendo el que Dios desbarate la oposición
humana para realizar la voluntad divina (véase Ex 15.15; Jos 2.9, 24; Jer 49.23). Éste parece ser el
significado aquí, como lo indica el refrán; la presencia de Dios (“con nosotros”) significa
protección para el pueblo de Dios.
46.8-10. Los versos 8 y 10 comienzan con imperativos, entre los cuales se halla una
descripción de las “obras” de Dios (vv. 8b-9). La invitación a “venid y ved” (v. 8) trae a la mente
la invitación similar de Felipe a Natanael en Juan 1.46. Cuando Natanael vio las obras de Jesús, él
lo aclama como “el rey de Israel” (Jn 1.49). El mismo movimiento se pretende en el Salmo 46, el
cual se mueve al reconocimiento explícito de la soberanía de Dios en el v. 10b. El verbo traducido
como “exaltado” ( rum) del v. 10b es utilizado en otras partes en el contexto del reinado,
tanto para hablar de los reyes terrenos (Núm 24.7; Sal 89.19) como para hablar de Dios como rey
(véase Sal 99.5, 9; 145.1). De esa manera, en el discurso divino climático del v. 10, Dios proclama
soberanía sobre las naciones (véase v. 6) y sobre la tierra (véanse los vv. 2, 6). ¡Dios gobierna al
mundo!

En el antiguo Cercano Oriente, era responsabilidad particular de los gobernadores establecer la
paz para su pueblo. Esto es precisamente lo que implican las obras de Dios, de acuerdo al v. 9
(véase Isa 2.4; Miq 4.3-4); el verso 10a debería entenderse en estrecha relación con el v. 9. Los
imperativos del v. 10a son explícitamente instruccionales (véase “ conocer” en Sal 100.3). Aunque
la NIV y la NRSV lo retiene debido a su familiaridad: “Estad quietos” ( rapá) no es una
buena traducción. Los lectores del comentario lo oyen casi inevitablemente como un llamado a la
meditación o al descanso, cuando debería oirse a la luz del v. 9 como algo parecido a “¡Alto!” o
“¡Echad por tierra vuestras alrmas!” En otras palabras: “Dependan de Dios y no de vosotros
mismos”.

A la luz de la descripción de la actividad de Dios del v. 9, parece que el v. 8b puede ser
sarcástico. La “desolación” que Dios trae, en contraste con los esfuerzos humanos, implica la
terminación de la guerra y la destrucción de todos los implementos humanos de destrucción. A la
luz del v. 9, a la analogía militar del refrán se le da una nueva orientación. Mientras que Israel a
menudo buscaba seguridad en el poder militar, el v. 9 afirma que Dios es el guerrero que lucha por
la paz. La aparición final del refrán refuerza con eso lo que el v. 9 y todo el salmo ha afirmado: La
última seguridad se deriva sólo de Dios.

Reflexiones

41

Aunque los cristianos no ven a Jerusalén como el lugar simbólico de la presencia y del poder de
Dios como lo hace el Salmo 46, esa manera concreta y particularista de pensar no es totalmente
extraña al cristianismo. Para los cristianos primitivos, Jesucristo llegó ser lo que el Templo una vez
había representado. De hecho, Jesús mismo llegó a ser el nuevo lugar de la presencia y del poder
de Dios a un grado tal que el Evangelio de Juan puede decir que “la Palabra se hizo carne” (1.14
NIV, NRSV). Jesús fue el Dios encarnado, a Jesús se le conoció también como Emmanuel: “Dios
con nosotros” (Mt 1.23 NRSV; véase “con nosotros” en Sal 46.7, 11).
Entonces no debería sorprendernos que el mensaje fundamental que Jesús proclamó y encarnó
es esencialmente el mismo del salmo 46: Dios gobierna al mundo (véase Mr 1.14-15). Al igual que
Jesús, también el Salmo 46 llama a la gente a la decisión (vv. 8, 10); esto es, invita a sus oyentes a
entrar al reino de Dios, a vivir en total dependencia de Dios, a hallar la última seguridad en Dios en
vez de hallarlo en uno mismo o en cualesquiera sistemas o posesiones humanos. Debido a que
elocuentemente afirma que el poder que gobierna en el universo es para nosotros (v. 1) y se inclina
para ayudarnos (vv. 1, 5), el Salmo 46 ha constituido una fuente de fortaleza, consolación y
esperanza para los creyentes a través de los siglos en una variedad de situaciones –en el antiguo
Judá, en la Reforma Protestante, en las vidas de incontables judíos y cristianos que humildemente
buscan en Dios ayuda en las dificultades (v. 1). De hecho, el Salmo 46 insinúa un ejercicio
espiritual que se podría considerar como opuesto al pensamiento positivo. Quizás deberíamos
regularmente imaginarnos, como lo hace el salmista (vv. 2-3, 6), la peor cosa posible que pudiera
sucedernos, como una manera de prepararnos para decir en medio de la crisis que inevitablemente
viniera: “No temeremos” (v. 2).

La afirmación en el Salmo 46 de la soberanía de Dios y de la voluntad de Dios en favor de
la paz entre las naciones y en el cosmos es escatológica, como lo fue la proclamación de Jesús del
reino de Dios, porque no parece que Dios reine ni que prevalezca la paz. Pero es precisamente esta
orientación escatológica la que nos llama a la decisión: ¿Vemos el mundo como la esfera del
gobierno de Dios? En nuestros días, al igual que en los días del salmista y en los de Jesús, la
decisión de reconocer la soberanía de Dios es decisiva. Nos vemos tentados más aún a concluir que
nuestra seguridad finalmente depende de nosotros mismos o de nuestras posesiones o de nuestra
tecnología o de nuestras armas. Los gobiernos del mundo intentan justificar terriblemente las
actividades destructivas en el nombre de la seguridad nacional. Y, por supuesto, nuestros
implementos de destrucción ya no más son flechas ni lanzas ni escudos. Tenemos tanques y
submarinos y misiles nucleares, y más fácilmente que cualquier generación de la historia, somos
capaces de imaginarnos un “escenario del peor de los casos” como resultado de nuestras acciones.
Enfrentados con la tentación de la conducta agresiva, aun conscientes de sus resultados
aterradores, escuchamos en el Salmo 46 las buenas nuevas de que nuestra seguridad última se halla
no en nuestra fuerza o en nuestros esfuerzos o en nuestros implementos, sino en la presencia y el
poder de Dios.

SALMO 46

Comentario

“Dios es nuestro refugio y fortaleza.” Ya sea en esta traducción tradicional o en la paráfrasis de
Martín Lutero: “Castillo fuerte es nuestro Dios”, la línea inicial del Salmo 46 es una de las más
memorables y poderosas de todo el libro de los Salmos. Después de la afirmación de fe inicial (vv.

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1-3), los vv. 4-6 cambian el foco de atención a la ciudad de Dios y a la actividad de Dios en favor
de ella. Siguiendo a la primera aparición del refrán (v. 7), la sección final comienza con una
invitación a considerar las “obras” de Dios (v. 8a), las cuales se describen luego en los vv. 8b-9.
Otra invitación se ofrece en el v. 10, pero esta vez se da en la primera persona divina, que resume
efectivamente el mensaje de todo el salmo como preparación para el refrán final (v. 11). Por causa
de su enfoque sobre la ciudad de Dios de los vv. 4-6, el Salmo 46 normalmente es clasificado
como un canto de Sión (véanse los Salmos 48; 76; 84; 87; 122; Introducción); sin embargo, su
significado es mucho más amplio que el enfoque en Sión. Es fundamentalmente una afirmación de
fe –no en Sión, sino en Dios. Por eso a menudo se le ha clasificado como un canto de confianza o
confidencia.

46.1. El salmo comienza con una triple descripción de Dios: “refugio”, “fortaleza” y “ayuda”.
La palabra “refugio” ( mahseh) es una de las más importantes del libro de los Salmos,
especialmente de los Libros I-II (Salmos 1-72). Aparece por primera vez en el Salmo 2, el cual,
juntamente con el Salmo 1, sirve de introducción al libro de los Salmos. “Bienaventurados los que
ponen su refugio en” Dios (2.12 NRSV). Esta bienaventuranza da el tono para lo que sigue, y en
los Libros I-II la palabra refugio llega ser un tipo de refrán de una sola palabra, que aparece más de
veintitrés veces (véase Sal 5.11; 7.1; 11.1; 14.6; 16.1; 57.1; 61.3; 62.7-8; 71.7; Introducción). El
“poner el refugio en” Dios significa confiar en Dios, y no debe sorprendernos que la palabra
confiar sea un tema clave en los salmos, especialmente en los Libros I-II (véase Sal 4.5; 9.10; 22.4-
5; 25.2; 26.1; 31.6, 14; 55.23; 56.3-4, 11; 62.8; Introducción). De esa manera el Salmo 46 inicia
con la afirmación de que Dios es un refugio confiable; Dios es digno de confianza.
Implícita a esta afirmación está la convicción de que Dios gobierna al mundo; la fuerza o el
poder de Dios subyace detrás del origen y de la vida continua del universo. En resumen, Dios tiene
el control –no los malvados ni los enemigos ni las naciones que regularmente amenazan la vida del
salmista o la existencia del pueblo de Dios (véase Sal 2.1-3, 11; 7.1; 11.1-2; 25.19-20; 31.19-20).
La palabra “fuerza” ( oz) apunta a esta convicción de la soberanía de Dios. Aparece
frecuentemente en los salmos que explícitamente anuncian el reino de Dios (véase 29.1; 93.1; 96.7;
99.4). Se puede confiar en Dios, debido a que Dios gobierna al mundo. Quizás no sea coincidencia
que precisamente el salmo que sigue explícitamente haga referencia a Dios como “un gran rey
sobre toda la tierra” (47.2 NRSV). El Salmo 46 afirma que la fuerza que está detrás del universo no
es simplemente un poder neutral. O, como el v. 1b indica, este poder se inclina hacia nuestra
“ayuda” (véase a Dios como “ayuda” o “ayudador” en Sal 10.14; 22.19; 28.7; 30.10; 33.20; 37.40;
40.17).

46.23. Para ilustrar cuán poderosa puede ser la ayuda de Dios en el problema, estos versos
presentan el último escenario del peor de los casos. El “cambio” en la tierra que se describe en los
vv. 2-3 parece a un temblor de 10.0 simultáneo a un hurcacán clase-cinco, pero ¡realmente es aún
peor! De acuerdo a la visión del universo del antiguo Cercano Oriente las montañas constituían
tanto los fundamentos que anclaban la tierra seca en medio de un caos de agua como los pilares
que ayudaban al cielo a elvarse. De esa manera la peor cosa que podría pasar sería que las
montañas se conmovieran (v. 2) o temblaran (v. 3), porque la tierra estaría amenazada desde abajo
por el agua y por arriba por la caída del cielo. Los versos 2-3, entonces, se pueden considerar como
una versión antigua de los escenarios del fin del mundo que son más familiares para nosotros –
invierno nuclear o la reducción de la capa de ozono y la rápida elevación de la temperatura de la
tierra. Para usar las palabras del himno de Lutero, losvv. 2-3 describen las circunstancias que
“amenazan con destruirnos”. Aún en este grado de dificultad –cuando la misma estructura del

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universo como sabemos no puede ser digna de confianza, cuando nuestro mundo se está callendo
en pedazos– Dios sigue siendo un refugio confiable. Se puede confiar en Dios. Por tanto, la
afirmación sorprendente ante el último escenario del peor de los casos es simplemente: “No
temeremos” (v. 2; véase Sal 23.4).
46.4-7. El problema, que se describe en términos cósmicos en los vv. 2-3, se describe en
términos humanos en los vv. 4-6. Las “naciones están conmocionadas (v. 6; “conmocionadas”
traduce a la misma palabra hebrea que “rugido, bramar”, , del v. 3). Los “reinos se
tambalean” (v. 6; “tambalear” traduce la misma palabra hebrea que “conmover”, mot, del
v. 2). Como en los vv. 2-3, inclusive utilizando el mismo vocabulario, el v. 6 indica que todo está
en movimiento. En medio de la conmoción hay un punto de estabilidad: “la ciudad de Dios” (v. 4),
en medio de la cual está Dios (v. 5), y “no será conmovida” (v. 5). El verbo que se traduce como
“conmovido” es el mismo que se traduce como “conmover” en el v. 2 y como “rugir” en el v. 6 (la
NIV traduce como el verbo “caer” en cada caso). El patrón de repetición hace énfasis en la
seguridad; se puede depender sólidamente de la presencia de Dios.
La “ciudad de Dios” es Jerusalén, en donde se localiza el Templo, “la santa habitación del
Altísimo” (v. 4). Sin pretender confinar a Dios a Sión o al Templo, la teología predominante veía a
Sión como el lugar especial de Dios. En éste y en otros cantos de Sión, la “ciudad de Dios” es de
esa manera símbolo de la presencia de Dios. El refrán (vv. 7, 11) resume la certidumbre: Dios está
“con nosotros”, es “nuestro refugio”. La palabra hebrea que se traduce como “refugio” en los vv.
7, 11 difieren de la utilizada en el v. 1, pero es virtualmente sinónima (véase la “fortaleza” de la
NRSV en 48.3; y “fuerte” en 59.9, 16-17; 62.2, 6). En medio del caos internacional y aún cósmico,
se puede confiar en Dios.

El título “Yahveh de los Ejércitos” es particularmente apropiado después de los vv. 4-6. El
verso 4 ha hecho referencia a la “habitación” de Dios, y el título “Yahveh de los Ejércitos” en
todas partes está asociado con el arca, símbolo del trono (véase 1 Sam 4.3-4). El título también
parece tener un trasfondo militar, ya que “Ejércitos” ( tsebaot) puede significar
“armada” (véase 1 Sam 17.45; véase también el Comentario sobre Sal 14). El rugido del v. 6
aparentemente trata de indicar un ataque sobre Jerusalén. Es esta confrontación, el Señor de los
ejércitos está a favor de Jerusalén –“con nosotros”. La palabra “refugio” también funciona en todas
partes como un término militar (además de las apariciones y traducciones citadas anteriormente,
véase Isa 24.12 donde forma parte de la frase que la NRSV traduce como “Fortificaciones
elevadas”). De esa manera el vocabulario del refrán anticipa los vv. 8-10, donde Dios es un
guerrero, pero es uno que combate por la paz.
El significado del “río” del v. 4 es más metafórico que geográfico. Las aguas amenzantes y
caóticas de los vv. 2-3 se han convertido en una fuente de aguas vivas. De que no haya ríos que
corran a través de Jerusalén no es un problema. Este río es simbólico, al igual que el río en
Ezequiel 47.1-12, que fluye del Templo, y al igual que el río de Apo 22.1-2, que fluye del trono de
Dios, el cual ha reemplazado al Templo en la Nueva Jerusalén. Dos de estos ríos producen sustento
para la vida (Ez 47.9-12; Apo 22.2). En otras palabras, el río de Sal 46.4 es otra manera de
simbolizar la certeza del poder y provisión de Dios, aún en medio del peor de los problemas
imaginables (v. 2). Como lo indica el v. 5, que repite una palabra clave del v. 1, la presencia de
Dios significa ayuda cuando el mundo amenace con destruirnos.
El v. 6b es otra indicación de la soberanía de Dios. La voz de Dios es poderosa. Cuando el
salmista dice: “la tierra se derrite”, suena como si Dios hubiera asumido el rol de destructor; sin
embargo, la palabra “derrite” sirve en todas partes para describir poéticamente los efectos de la

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aparición de Dios (véase Amós 9.5; Nahún 1.5), incluyendo el que Dios desbarate la oposición
humana para realizar la voluntad divina (véase Ex 15.15; Jos 2.9, 24; Jer 49.23). Éste parece ser el
significado aquí, como lo indica el refrán; la presencia de Dios (“con nosotros”) significa
protección para el pueblo de Dios.
46.8-10. Los versos 8 y 10 comienzan con imperativos, entre los cuales se halla una
descripción de las “obras” de Dios (vv. 8b-9). La invitación a “venid y ved” (v. 8) trae a la mente
la invitación similar de Felipe a Natanael en Juan 1.46. Cuando Natanael vio las obras de Jesús, él
lo aclama como “el rey de Israel” (Jn 1.49). El mismo movimiento se pretende en el Salmo 46, el
cual se mueve al reconocimiento explícito de la soberanía de Dios en el v. 10b. El verbo traducido
como “exaltado” ( rum) del v. 10b es utilizado en otras partes en el contexto del reinado,
tanto para hablar de los reyes terrenos (Núm 24.7; Sal 89.19) como para hablar de Dios como rey
(véase Sal 99.5, 9; 145.1). De esa manera, en el discurso divino climático del v. 10, Dios proclama
soberanía sobre las naciones (véase v. 6) y sobre la tierra (véanse los vv. 2, 6). ¡Dios gobierna al
mundo!

En el antiguo Cercano Oriente, era responsabilidad particular de los gobernadores establecer la
paz para su pueblo. Esto es precisamente lo que implican las obras de Dios, de acuerdo al v. 9
(véase Isa 2.4; Miq 4.3-4); el verso 10a debería entenderse en estrecha relación con el v. 9. Los
imperativos del v. 10a son explícitamente instruccionales (véase “ conocer” en Sal 100.3). Aunque
la NIV y la NRSV lo retiene debido a su familiaridad: “Estad quietos” ( rapá) no es una
buena traducción. Los lectores del comentario lo oyen casi inevitablemente como un llamado a la
meditación o al descanso, cuando debería oirse a la luz del v. 9 como algo parecido a “¡Alto!” o
“¡Echad por tierra vuestras alrmas!” En otras palabras: “Dependan de Dios y no de vosotros
mismos”.

A la luz de la descripción de la actividad de Dios del v. 9, parece que el v. 8b puede ser
sarcástico. La “desolación” que Dios trae, en contraste con los esfuerzos humanos, implica la
terminación de la guerra y la destrucción de todos los implementos humanos de destrucción. A la
luz del v. 9, a la analogía militar del refrán se le da una nueva orientación. Mientras que Israel a
menudo buscaba seguridad en el poder militar, el v. 9 afirma que Dios es el guerrero que lucha por
la paz. La aparición final del refrán refuerza con eso lo que el v. 9 y todo el salmo ha afirmado: La
última seguridad se deriva sólo de Dios.

Reflexiones

Aunque los cristianos no ven a Jerusalén como el lugar simbólico de la presencia y del poder de
Dios como lo hace el Salmo 46, esa manera concreta y particularista de pensar no es totalmente
extraña al cristianismo. Para los cristianos primitivos, Jesucristo llegó ser lo que el Templo una vez
había representado. De hecho, Jesús mismo llegó a ser el nuevo lugar de la presencia y del poder
de Dios a un grado tal que el Evangelio de Juan puede decir que “la Palabra se hizo carne” (1.14
NIV, NRSV). Jesús fue el Dios encarnado, a Jesús se le conoció también como Emmanuel: “Dios
con nosotros” (Mt 1.23 NRSV; véase “con nosotros” en Sal 46.7, 11).
Entonces no debería sorprendernos que el mensaje fundamental que Jesús proclamó y encarnó
es esencialmente el mismo del salmo 46: Dios gobierna al mundo (véase Mr 1.14-15). Al igual que
Jesús, también el Salmo 46 llama a la gente a la decisión (vv. 8, 10); esto es, invita a sus oyentes a
entrar al reino de Dios, a vivir en total dependencia de Dios, a hallar la última seguridad en Dios en
vez de hallarlo en uno mismo o en cualesquiera sistemas o posesiones humanos. Debido a que

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elocuentemente afirma que el poder que gobierna en el universo es para nosotros (v. 1) y se inclina
para ayudarnos (vv. 1, 5), el Salmo 46 ha constituido una fuente de fortaleza, consolación y
esperanza para los creyentes a través de los siglos en una variedad de situaciones –en el antiguo
Judá, en la Reforma Protestante, en las vidas de incontables judíos y cristianos que humildemente
buscan en Dios ayuda en las dificultades (v. 1). De hecho, el Salmo 46 insinúa un ejercicio
espiritual que se podría considerar como opuesto al pensamiento positivo. Quizás deberíamos
regularmente imaginarnos, como lo hace el salmista (vv. 2-3, 6), la peor cosa posible que pudiera
sucedernos, como una manera de prepararnos para decir en medio de la crisis que inevitablemente
viniera: “No temeremos” (v. 2).

La afirmación en el Salmo 46 de la soberanía de Dios y de la voluntad de Dios en favor de
la paz entre las naciones y en el cosmos es escatológica, como lo fue la proclamación de Jesús del
reino de Dios, porque no parece que Dios reine ni que prevalezca la paz. Pero es precisamente esta
orientación escatológica la que nos llama a la decisión: ¿Vemos el mundo como la esfera del
gobierno de Dios? En nuestros días, al igual que en los días del salmista y en los de Jesús, la
decisión de reconocer la soberanía de Dios es decisiva. Nos vemos tentados más aún a concluir que
nuestra seguridad finalmente depende de nosotros mismos o de nuestras posesiones o de nuestra
tecnología o de nuestras armas. Los gobiernos del mundo intentan justificar terriblemente las
actividades destructivas en el nombre de la seguridad nacional. Y, por supuesto, nuestros
implementos de destrucción ya no más son flechas ni lanzas ni escudos. Tenemos tanques y
submarinos y misiles nucleares, y más fácilmente que cualquier generación de la historia, somos
capaces de imaginarnos un “escenario del peor de los casos” como resultado de nuestras acciones.
Enfrentados con la tentación de la conducta agresiva, aun conscientes de sus resultados
aterradores, escuchamos en el Salmo 46 las buenas nuevas de que nuestra seguridad última se halla
no en nuestra fuerza o en nuestros esfuerzos o en nuestros implementos, sino en la presencia y el
poder de Dios.

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