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La Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial, que estalló en 1914, fue un conflicto devastador entre los aliados de la Triple Entente y las potencias centrales de la Triple Alianza, impulsado por rivalidades económicas, nacionalismos y tensiones territoriales. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria fue el detonante que llevó a la guerra, que se prolongó hasta 1918 y resultó en un cambio significativo en el equilibrio de poder global. La guerra no solo causó una enorme pérdida de vidas, sino que también marcó el inicio del declive de Europa y el ascenso de nuevas potencias como Estados Unidos y la URSS.

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La Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial, que estalló en 1914, fue un conflicto devastador entre los aliados de la Triple Entente y las potencias centrales de la Triple Alianza, impulsado por rivalidades económicas, nacionalismos y tensiones territoriales. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria fue el detonante que llevó a la guerra, que se prolongó hasta 1918 y resultó en un cambio significativo en el equilibrio de poder global. La guerra no solo causó una enorme pérdida de vidas, sino que también marcó el inicio del declive de Europa y el ascenso de nuevas potencias como Estados Unidos y la URSS.

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La Primera Guerra Mundial

En 1914 estalló la guerra más mortífera habida hasta entonces en Europa. Las
razones de un conflicto bélico de esta magnitud hay que buscarlas en las
rivalidades económicas y coloniales entre las grandes potencias y en los
conflictos y reivindicaciones nacionalistas en el seno del continente. La Primera
Guerra Mundial enfrentó a dos bloques de países: los aliados que formaban la
Triple Entente (Francia, Inglaterra y Rusia, a los que se unieron entre otros
Bélgica, Italia, Portugal, Grecia, Serbia, Rumanía y Japón) y las potencias
centrales de la Tripe Alianza (el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro,
apoyados por Bulgaria y Turquía).

Soldados británicos en la batalla del Somme (1916)

Aunque todo el mundo creyó que sería breve, la Primera Guerra Mundial se
prolongó por espacio de cuatro años (1914-1918). Tras una fase de
estancamiento en que la muerte de centenares de miles de soldados en las
trincheras apenas movió los frentes, en 1917 los Estados Unidos entraron en la
guerra en apoyo del bando aliado, que resultaría a la postre el vencedor. Las
tensiones de la guerra propiciaron en octubre de 1917 el triunfo de la
Revolución Rusa, la primera de las revoluciones socialistas, que se convertiría
en referencia para las organizaciones y partidos de la clase obrera en el siglo
XX. Con la devastación demográfica y económica ocasionada por la Primera
Guerra Mundial se inició el declive de la Europa occidental en favor de nuevas
potencias emergentes: los Estados Unidos, Japón y la URSS.
La Europa de 1914

Como consecuencia de la expansión industrial de las décadas anteriores y del


dominio colonial, en 1914 Europa el centro económico, político y cultural del
mundo. El viejo continente, sin embargo, no era en absoluto un conjunto
homogéneo. Francia, Gran Bretaña y Alemania lideraban casi todas las ramas de
la industria; entre las tres naciones se estableció una feroz competencia en la
que los germánicos comenzaron a destacar. Rusia, el Imperio austrohúngaro,
Turquía y las pequeñas naciones de los Balcanes habían comenzado a
modernizarse, pero todavía la mayor parte de la población de estos países vivía
de la agricultura.

Desde el punto de vista político, Francia y Gran Bretaña gozaban de sistemas


democráticos, mientras que los imperios alemán y austrohúngaro, pese a
fundarse en constituciones liberales, se regían por sistemas más autoritarios.
Rusia, pese a las reformas iniciadas en 1905, era un imperio en el que el Zar
mantenía una autoridad casi absoluta.

La rivalidad económica y las tensiones generadas por las aspiraciones


contrapuestas de los nacionalismos favorecieron a finales del siglo XIX la
configuración y consolidación en Europa de dos grandes alianzas internacionales
fuertemente armadas. Las relaciones políticas internacionales descansaban
desde 1871 en el sistema de alianzas y equilibrio entre las grandes potencias
que había diseñado el canciller Otto von Bismarck con el objetivo de aislar a su
rival, Francia, y colocar a Alemania en una situación de supremacía en el
continente europeo.
Europa en 1914: la Triple Alianza y la Triple Entente

Ya en tiempos de Bismarck, y por iniciativa del estadista alemán, se había


constituido la Triple Alianza (1882), que agrupaba a los llamados Imperios
Centrales (El Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro) y al reino de Italia,
que no obstante se uniría al bando contrario tras iniciarse las hostilidades. El
ascenso al trono de Guillermo II, que destituyó de Bismarck (1890), intensificó el
expansionismo económico del Imperio alemán. La respuesta al peligro potencial
que suponía la Triple Alianza fue la Triple Entente: lentamente gestada y
negociada entre 1894 y 1907, consiguió reunir los intereses comunes de
Francia, el Reino Unido y el Imperio ruso.
Causas de la Primera Guerra Mundial

Las causas profundas de la Primera Guerra Mundial se sitúan tanto en el orden


económico como en el político, y pueden reducirse al antagonismo económico y
colonial entre las principales potencias industriales (Francia e Inglaterra por un
lado y Alemania por otro) y a la exacerbación de los conflictos territoriales de
signo nacionalista.
La unificación de Alemania en 1871 había convertido a esta nación en una gran
potencia que amenazaba directamente los intereses económicos de Francia y
del Reino Unido. La fuerte competencia por la búsqueda de nuevos mercados y
materias primas ya había provocado tensiones y enfrentamientos por la
pretensión alemana de extender su imperio colonial, la cual chocaba con el
reparto diseñado por sus rivales. Gran Bretaña y Francia tenían numerosas
posesiones en todo el mundo, e incluso algunas naciones pequeñas o pobres,
como Bélgica y Portugal, dominaban zonas más extensas que sus propios
estados. Los Imperios Centrales, en cambio, habían llegado tarde al reparto
colonial. El Imperio austrohúngaro carecía de colonias, y Alemania únicamente
había conseguido, después de muchas tensiones, cuatro territorios africanos sin
riquezas ni demasiadas posibilidades económicas (Togo, Camerún, el desierto
de Namibia y la actual Tanzania).

Este componente económico hizo que, al estallar el conflicto, las organizaciones


obreras denunciasen la situación como una guerra de intereses propia del
capitalismo y rechazasen la participación en la contienda bélica. Los líderes
socialistas de algunos países, como el francés Jean Jaurès, se pronunciaron
inequívocamente contra un conflicto que calificaban de imperialista. Pero la
división de los socialistas europeos y el asesinato de Jaurès desmoralizó la
oposición pacifista, y el sentimiento nacionalista acabó por imponerse incluso
entre los obreros, que ingresarían sin reticencias en los respectivos ejércitos.

Soldados franceses entonan La Marsellesa antes de partir hacia el frente (París, agosto de 1914)
En el plano político, la penetración del ideario nacionalista en buena parte del
cuerpo social de los distintos pueblos y países contribuyó a crear un clima de
belicosidad. La Revolución francesa había introducido como principio el derecho
de los pueblos que compartían un origen y lengua comunes a constituirse en
naciones soberanas. Algunos movimientos nacionalistas llegaron a colmar
parcial o totalmente sus aspiraciones a lo largo del siglo XIX (independencia de
los Países Bajos en 1830, unificación de Italia en 1861, unificación de Alemania
en 1871); pero, a principios de siglo XX, la mayor parte de las reivindicaciones
nacionalistas seguían sin satisfacerse.

Exaltando la grandeza y la gloria de la propia nación frente a las otras, el


nacionalismo proclamaba la necesidad de una unión sin reservas de todos los
ciudadanos contra el enemigo exterior común; tal doctrina, que allanaba
desigualdades sociales y discrepancias políticas o culpaba al vecino de los
problemas económicos, convenía a las clases dirigentes, y se vio fomentada en
la escuela, en el servicio militar o mediante celebraciones patrióticas; incluso en
la prensa, principal medio de comunicación de la época, se denigraba sin pudor
al enemigo. El fuerte espíritu patriótico presente en los discursos políticos
eclipsó los argumentos planteados por los líderes socialistas y obreros. Así, las
reivindicaciones territoriales formuladas por ejemplo por el nacionalismo francés
(devolución de Alsacia y Lorena, en poder de Alemania) y por el nacionalismo
italiano (incorporación de las regiones del norte de Italia, en poder del Imperio
austrohúngaro) cuajaron en los ciudadanos hasta hacer sentir esas regiones
como territorios «irredentos» que debían ser liberados e incorporados a la
nación.
Voluntarios en una oficina de reclutamiento británica

En la Europa central y oriental y particularmente en los Balcanes, por otro lado,


diversas minorías reclamaban su derecho a formar un Estado propio, mientras
países como Serbia y Bulgaria se consideraban legitimados para una ampliación
de fronteras que acogiese a todos los miembros de la patria; todo ello chocaba
con los intereses de los imperios colindantes, es decir, el Imperio austrohúngaro
y el Imperio turco. Las reivindicaciones de los pueblos eslavos eran defendidas
por Rusia, que a su vez perseguía una salida al Mediterráneo que mejorase su
posición geoestratégica.

En este complejo panorama, la recuperación de territorios históricos por


naciones consolidadas y el afán independentista de los pueblos sin Estado
convivía con aspiraciones transnacionales. Diversas corrientes de pensamiento
alimentaban el deseo de conseguir, más allá de las propias fronteras, la
unificación de los pueblos de origen común; las más importantes eran
el pangermanismo alemán, que pretendía agrupar en un gran imperio todos los
pueblos de origen germánico, y el paneslavismo serbio, que proponía la unión
bajo un mismo Estado de los pueblos eslavos.
El detonante: el atentado de Sarajevo

La Primera Guerra Mundial vino precedida por diversos conflictos locales que
pusieron a prueba las alianzas internacionales y no hacían sino presagiar un
enfrentamiento a gran escala que cualquier chispa podía encender.
Perfectamente conscientes de ello, muchas naciones habían venido realizando
fuertes inversiones en el fortalecimiento y modernización de sus ejércitos,
dotándolos de una potencia formidable con finalidades teóricamente defensivas;
la escalada armamentista alcanzó tal nivel que el periodo comprendido entre
1871 y 1914 es llamado «La paz armada». Las fricciones por cuestiones
coloniales dieron pronto lugar a diversas crisis, entre las que destacan las
causadas por el dominio de Marruecos (1905 y 1911), resueltas ambas en
perjuicio de Alemania y en favor de los franceses, que contaban con el apoyo de
Inglaterra.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria desencadenó la Primera Guerra Mundial

Otro constante foco de tensiones era la zona de los Balcanes, encrucijada de


etnias diversas y objeto de interés de distintos países. Para el Imperio
austrohúngaro, que carecía de colonias y de una fácil salida al mar, los Balcanes
constituían uno de los mercados más importantes; por este motivo rechazaba la
aspiración de Serbia de unificar todos los pueblos eslavos meridionales en un
solo país. El Imperio otomano, que durante siglos había controlado la zona,
quería conservar su prestigio e influencia en la misma; el Imperio ruso, como ya
se ha indicado, necesitaba conseguir una salida al Mediterráneo, y por ello se
erigió en defensora de los pueblos eslavos. Todos estos agentes e intereses se
enfrentaron en la Guerra de los Balcanes (1912-1913), que apenas llegó a
resolver nada; en 1914, la zona seguía siendo un polvorín.
En una situación tan conflictiva como aquélla, un enfrentamiento entre dos
países que, en otras circunstancias, habría quedado aislado o se habría
superado por medio de negociaciones, dio pie al estallido de la guerra más
sangrienta conocida hasta entonces. El 28 de junio de 1914, el asesinato en
Sarajevo del heredero de la corona austrohúngara, el archiduque Francisco
Fernando de Austria, fue la chispa que desencadenó el conflicto. El autor
material del asesinato fue un estudiante bosnio vinculado a la sociedad secreta
La Mano Negra, una organización nacionalista radical de la que formaban parte
oficiales del servicio secreto serbio y que estaba en contacto con los jóvenes
activistas bosnios.
Desarrollo y fases de la Primera Guerra Mundial
El atentado provocó la indignada protesta del gobierno austrohúngaro, que por
medio de un duro ultimátum amenazó a Serbia con la guerra si no atendía sus
exigencias de tomar medidas inmediatas contra los nacionalistas radicales
serbios. La negativa serbia condujo a una declaración de guerra y puso en
marcha el sistema de alianzas: sucesivamente se implicaron Rusia, Alemania,
Francia e Inglaterra. Recibida con cierto entusiasmo entre la población de los
países contendientes, comenzaba la «Gran Guerra», así llamada por aquel
entonces; tras la nueva conflagración que asoló Europa entre 1939 y 1945,
ambos conflictos serían bautizados con ordinales: «Primera Guerra Mundial»
(1914-1918) y «Segunda Guerra Mundial» (1939-1945).
Los contendientes de la Primera Guerra Mundial

Las fuerzas de los dos bloques enfrentados eran bastante equilibradas. La


superioridad naval y numérica de la Triple Entente (Francia, Inglaterra y Rusia)
era compensada, en los Imperios Centrales, por la capacidad de movilización y
un potencial bélico mayor. El Imperio alemán y el austrohúngaro carecían de
grandes dominios coloniales, pero formaban un bloque territorial compacto y
coordinado.

Con la idea de derrotar a Francia antes de que pudiese recibir la ayuda de


Inglaterra y de que una ofensiva de Rusia los obligase a combatir en dos
frentes, los alemanes aplicaron de inmediato el plan Schlieffen, concebido años
atrás por el anterior jefe del Estado Mayor alemán, el mariscal Alfred von
Schlieffen. Este plan de ataque preveía un vasto movimiento de las fuerzas
alemanas que, en seis semanas, habían de penetrar en Francia pasando por
Bélgica, eludiendo así las tropas y fortificaciones fronterizas francesas.
El espejismo de una guerra rápida (1914)
Bajo la dirección del general Helmuth von Moltke, el ejército alemán venció la
resistencia belga, atravesó el país y en pocos días se adentró en territorio
francés, pero el embate germánico fue frenado alrededor del eje constituido por
el río Marne. Las fuerzas francesas, dirigidas por el general Ferdinand Foch,
resistieron el avance alemán, pero carecieron a su vez del poderío militar
suficiente para forzar su retirada; con todo, al disipar la posibilidad de una
rápida ofensiva que llevase a los alemanes a las puertas de París, la batalla del
Marne (6-9 de septiembre de 1914) resultó decisiva; representó asimismo un
triunfo moral para los franceses y marcó el curso ulterior de la guerra.

Nuevas batallas y combates entablados desde el río Marne hasta el Atlántico


tuvieron un desenlace similar; el frente occidental se estabilizó y, a principios de
1915, ambos bandos se encontraban atrincherados en una línea de ochocientos
kilómetros que se extendía desde Suiza hasta la ciudad belga de Ostende, en la
costa del Mar del Norte. Prácticamente no cambiaría hasta la primavera de
1918.

Desarrollo de la Primera Guerra Mundial

En el frente oriental, Alemania hubo de responder a la ofensiva lanzada por


Rusia. Mal entrenadas y poco coordinadas, las tropas rusas fueron vencidas por
las alemanas, comandadas por los generales Paul von Hindenburg y Erich
Ludendorff, en la batalla de Tannenberg (26-30 de agosto de 1914). Los rusos
sufrieron numerosísimas bajas, pero su acción posibilitó el éxito de Francia en el
frente occidental, ya que obligaron al general alemán Helmuth von Moltke a
trasladar diversas divisiones del frente occidental al oriental para frenar la
ofensiva rusa. La ausencia de estas divisiones fue decisiva para inclinar la
batalla del Marne en favor de los franceses.

Pese a la derrota frente a los alemanes, el Imperio ruso obtuvo algunas victorias
sobre los austriacos; pero, aunque no tan firmemente como el occidental, el
frente oriental quedó también estabilizado en una línea que se extendía desde
el mar Báltico a los Montes Cárpatos. A finales de 1914, estaba claro que la
guerra sería larga. Ante los exiguos resultados conseguidos por la llamada
«guerra de movimientos» de 1914 (rápidas movilizaciones de grandes
contingentes para aplastar al enemigo), los estados mayores se prepararon para
la «guerra de posiciones», es decir, para una agotadora guerra de desgaste que
se prolongaría casi hasta el final de la contienda.

La guerra de trincheras (1915-1916)

A principios de 1915, ambos bandos construyeron complejas líneas de


trincheras que serpentearon por los cientos de kilómetros del frente. La
fortificación alcanzaría tal grado de virtuosismo que ninguno de los
contendientes lograría una penetración decisiva. Al quedar protegidos los
soldados del alcance de las ametralladores enemigas, la capacidad
armamentística (morteros, lanzagranadas, lanzallamas) y muy especialmente la
artillería pesada se transformó en dueña y señora del campo de batalla. La
industria siderometalúrgica se puso al servicio de las necesidades militares y
produjo masivamente cañones, morteros y obuses. El consumo de municiones
en los primeros meses de la guerra rebasó largamente las previsiones, y la
cuestión del aprovisionamiento acabó trasformándose en un asunto esencial,
que obligó a modernizar y planificar la producción y a utilizar mano de obra
femenina.
Mujeres trabajando en una fábrica de obuses

Ciertamente, la única arma eficaz contra las trincheras era la artillería, pero ni
siquiera los bombardeos de saturación podían garantizar una ruptura del frente,
ya que eran contrarrestados por la mayor eficacia de las medidas de protección
personal y la complejidad de la red defensiva, que incluía el escalonamiento en
profundidad de las fuerzas de reserva. Sin embargo, mientras los frentes se
mantenían incólumes, las trincheras registraban espantosas carnicerías.
Después de cada batida de la artillería, el terreno quedaba arrasado, cubierto de
hombres destrozados o mutilados. Las trincheras se convirtieron en un infierno
porque, además, las condiciones higiénicas eran deplorables; el abastecimiento,
insuficiente; y la tensión, insoportable. El uso intensivo de armas como los gases
letales obligó además a los soldados a luchar con unas máscaras que reducían
la visibilidad e intensificaban su angustia.

Ante esa situación de estancamiento, durante el año 1916 alemanes y franceses


intentaron romper el frente concentrando los esfuerzos bélicos en un solo punto.
Tal era el objetivo de la gran ofensiva alemana sobre la ciudad de Verdún,
planeada por el jefe del Estado Mayor, Erich von Falkenhayn. Iniciado el 21 de
febrero de 1916, el ataque topó con la tenaz resistencia de los franceses, que,
bajo las órdenes del general Henri Philippe Pétain, frenaron el avance sobre la
ciudad y recuperaron, ya en noviembre del mismo año, las escasas plazas que
había llegado a ocupar el enemigo. La ofensiva aliada sobre la región del río
Somme, planeada por el mariscal francés Joseph Joffre y el general británico
sir Douglas Haig, tuvo el mismo carácter masivo; iniciada el 1 de julio de 1916,
concluyó sin éxito a mediados de noviembre del mismo año. Ambas campañas
costaron centenares de miles de vidas y sólo movieron los frentes unos pocos
centenares de metros.

Soldados aliados con máscaras antigás (Ypres, Bélgica, 1917)

La guerra en el mar tuvo su episodio central en la batalla de Jutlandia (31 de


mayo de 1916), en la que se enfrentaron la armada británica y la alemana,
comandadas respectivamente por los almirantes John Jellicoe y Reinhard Scheer.
Aunque la «Gran Flota» de Jellicoe sufrió pérdidas superiores, el resultado
favoreció a los ingleses: la escuadra alemana no pudo romper el cerco
establecido por los aliados, de modo que su campo de acción quedaría reducido
al Mar del Norte durante toda la guerra. La excepción fueron, obviamente, los
submarinos, que antes y después de Jutlandia obstaculizaron el
aprovisionamiento por vía marítima de Gran Bretaña hundiendo los barcos
británicos o aliados que se acercaban a la isla. En mayo de 1915, el hundimiento
del trasatlántico de pasajeros Lusitania, que había zarpado de Nueva York,
provocó una airada reacción estadounidense, y el alto mando alemán hubo de
aceptar restricciones a la guerra submarina. Pero en febrero de 1917, los
alemanes anunciaron la extensión del bloqueo a todas las embarcaciones sin
importar su pabellón, decisión que pondría fin a la neutralidad de los Estados
Unidos.
La intervención estadounidense y el final de la guerra (1917-1918)

Durante el año 1917, la población civil de muchas naciones en conflicto llegó a


una situación límite: a las dificultades para la mera subsistencia había que
sumar los trastornos familiares por la pérdida o ausencia de los miembros más
jóvenes y el agotamiento psicológico. Hubo intentos de amotinamiento en las
guarniciones, que fueron severamente reprimidos, y también huelgas de
protesta por la escasez de productos de primera necesidad.

La aceptación más o menos entusiasta que gran parte de la población de los


países contendientes había manifestado al inicio de la guerra se había
convertido en un rechazo frontal a su continuación, sobre todo en las grandes
ciudades industriales de Alemania. También era especialmente crítica la
situación en el Imperio austrohúngaro, donde el desabastecimiento y la falta de
productos básicos se agudizaban día a día. Por otra parte, después de la división
y dispersión iniciales, y a la vista del inmenso matadero en que se habían
convertido los frentes, el movimiento obrero internacional se pronunció
abiertamente contra la guerra, y los socialistas de cada Estado comenzaron a
adoptar posiciones críticas radicales.
El presidente Wilson solicita la declaración de guerra
al Congreso estadounidense (2 de abril de 1917)

En octubre de 1917 triunfó en Rusia la revolución dirigida por Lenin y los


bolcheviques, que se hicieron con el poder; el agotamiento de la población y la
promesa de poner fin a la guerra favorecieron el éxito revolucionario.
Para Lenin, que siempre había tachado el conflicto de «conflagración burguesa,
imperialista y dinástica» y de traidores a los socialdemócratas europeos que la
habían apoyado, la paz era prioritaria e imprescindible para poder organizar el
nuevo Estado surgido de la revolución; de ahí que se apresurase a firmar un
armisticio y a acordar la paz con los Imperios Centrales (tratado de Brest-
Litovsk, 3 de marzo de 1918), aun a cambio de importantes concesiones
territoriales.
Pero el acontecimiento clave de aquel año fue la entrada de los Estados Unidos
en la guerra (6 de abril de 1917). El motivo oficial fue la decisión alemana de
suprimir las restricciones a la guerra submarina; en adelante atacarían a todos
los buques (militares o civiles, aliados o neutrales) para sostener el bloqueo
marítimo contra Inglaterra. También se dio difusión a un mensaje enviado por el
ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, a su embajador en
México: el llamado «Telegrama Zimmermann», interceptado por los servicios
secretos británicos, reveló el propósito del Imperio alemán de incitar a México a
declarar la guerra a los Estados Unidos, brindando al país vecino ayuda militar y
financiera para recuperar los territorios perdidos en la Guerra Mexicano-
Estadounidense de 1846. El motivo de fondo, sin embargo, era el temor a no
recuperar los créditos concedidos a Gran Bretaña y Francia en caso de que
ganasen los Imperios Centrales.

El apoyo de Estados Unidos a Francia e Inglaterra decidió el desenlace de la


guerra. En pocos meses desembarcaron en Francia más de un millón de
soldados y un gran número de tanques, aviones, camiones y piezas de artillería;
con el respaldo de la llamada Fuerza Expedicionaria Estadounidense,
comandada por el general John Pershing, la superioridad bélica de los aliados se
hizo abrumadora.

Campesinos franceses saludan a soldados americanos (Brieulles-sur-Bar, 1918)

En otoño de 1918, tal superioridad comenzó a dar resultados concretos; a


principios de noviembre, tras la destrucción de las líneas austriacas en la batalla
de Vittorio Veneto, el Imperio austrohúngaro aceptó el armisticio. En el frente
occidental, un último intento alemán de avanzar sobre el Marne fue desbaratado
en la batalla de Château-Thierry (4 de junio de 1918); en septiembre, la
contraofensiva aliada había obligado a los alemanes a retroceder hasta la Línea
Hindenburg, que sería aniquilada a primeros de noviembre. En Alemania, una
insurrección socialista se propagó de Baviera a Berlín, donde un gobierno
provisional proclamó la República y obligó al emperador Guillermo II a abdicar y
a exiliarse en los Países Bajos. El 11 de noviembre de 1918, Alemania firmaba el
armisticio.

Consecuencias de la Primera Guerra Mundial


Las consecuencias más evidentes de la Primera Guerra Mundial fueron las que
derivaron de los diversos tratados de paz, que modificaron profundamente el
mapa de Europa. Contra lo que pueda sugerir su nombre, la Conferencia de Paz
de París fue una mera negociación entre los dirigentes de los países vencedores:
el presidente norteamericano Woodrow Wilson, el primer ministro
británico David Lloyd George, su homólogo francés Georges Clemenceau y el
jefe del gobierno italiano, Vittorio Emanuele Orlando. Ningún representante de
Alemania participó en la conferencia, de modo que la razón asistía a quienes
calificaron de «diktat» (imposición) el tratado de Versalles, firmado el 29 de
junio de 1919, tras casi seis meses de conversaciones.

Aunque se partió de los bienintencionados catorce puntos propuestos por el


presidente norteamericano Woodrow Wilson, las condiciones impuestas a los
vencidos fueron muy duras, y, especialmente por parte de Francia, no hubo
ninguna voluntad conciliatoria. El tratado de Versalles declaraba a Alemania
única culpable de la guerra y supuso para el antiguo Imperio alemán la pérdida
de todas sus colonias y también de numerosos territorios, que pasaron a manos
de los viejos y nuevos países limítrofes (Francia, Bélgica, Dinamarca,
Checoslovaquia, Polonia). El tratado establecía asimismo la desmilitarización
general del país (prohibiendo a Alemania fabricar armamento, barcos y aviones
de guerra y tener más de cien mil soldados) y la obligación de pagar
reparaciones de guerra, tasadas en 132.000 millones de marcos oro, a las
potencias vencedoras.
David Lloyd, Vittorio Orlando, Georges Clemenceau y
Woodrow Wilson en la Conferencia de Paz de París (1919)

A excepción de las fronterizas, muchas de estas disposiciones no llegaron a


cumplirse; para Alemania, sin embargo, supusieron una humillación que penetró
profundamente en su tejido social y alimentó un sentimiento revanchista que
había de constituir una de las causas de la Segunda Guerra Mundial. Los
tratados de Saint-Germain-en-Laye (10 de septiembre de 1919) y de Trianon (4
de junio de 1920), por su parte, supusieron el desmantelamiento del Imperio
austrohúngaro, del que surgieron Austria, Hungría, Checoslovaquia y la futura
Yugoslavia. Austria y Hungría quedaron reducidas a la tercera parte de la
superficie que tenían antes de la guerra, y sin salida al mar; además, se prohibió
explícitamente a Austria cualquier unión con Alemania.

Las consecuencias alcanzaron también, por supuesto, a los países europeos


vencedores, que vieron igualmente diezmada su población y destruidos sus
campos, fábricas y ciudades, y quedaron, en suma, tan arruinados como los
vencidos. Financiar la guerra había ultrapasado en mucho los ingresos de los
países contendientes, que hubieron de recurrir a préstamos y a emisiones
masivas de billetes, lo cual incrementó la deuda interna y externa y disparó la
inflación; el proceso inflacionario afectó especialmente a las clases medias y
bajas, pues los sueldos no subieron al mismo ritmo que los precios, causando el
empobrecimiento general de la población. La incorporación de la mujer al
mundo laboral, forzada por las necesidades bélicas, fue uno de los escasos
aspectos positivos; se reconoció su papel en la sociedad y, en muchos países, se
aprobó el sufragio femenino.

La ciudad belga de Ypres, reducida a escombros tras la batalla

En el plano geopolítico, los Estados Unidos, sobre todo, y también el Japón,


fueron los principales beneficiados del desarrollo y desenlace de la Primera
Guerra Mundial. Mientras duraron las hostilidades exportaron alimentos y
material bélico a Europa, y una vez finalizada la contienda prestaron los
capitales necesarios para la reconstrucción. Al no haber padecido en su propio
territorio la devastación de la guerra, ambos países quedaron en óptima
posición para erigirse en nuevas potencias mundiales; a ellos se sumaría muy
pronto, tras la acelerada industrialización que impuso Stalin, la Unión Soviética.
En el terreno político, la Primera Guerra Mundial culminó el proceso de
liquidación del absolutismo monárquico iniciado en la Revolución Francesa. Los
antiguos imperios (el alemán, el austrohúngaro, el otomano) fueron sustituidos
por repúblicas democráticas; pero este avance quedaría desvirtuado por la crisis
que iba a experimentar el sistema liberal y por la evidencia de que, lejos de
resolver los conflictos de fondo, la guerra únicamente había acentuado las
ambiciones y el revanchismo de vencedores y vencidos, dejando en la
inoperancia iniciativas como la flamante Sociedad de Naciones (1919),
auspiciada por los Estados Unidos. La vieja Europa, con sus imperios coloniales,
salió adelante, pero sólo para enzarzarse, tras el «crack» de 1929 y el auge de
los nuevos totalitarismos (fascismo y comunismo), en una nueva
conflagración, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en la que perdería
definitivamente la hegemonía mundial que había ostentado en los últimos
cincos siglos.

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