Vericuetos de lo clandestino y la ley
La autora comienza afirmando que hablar de “clandestinidades del amor” no es un mero
efecto literario, sino que define algo esencial: el amor es clandestino por naturaleza. La
etimología de “clandestino” (de clam y celare, “ocultar”) ya anticipa esta lógica: lo amoroso
necesita reserva, secreto, protección frente al Otro.
No es una simple cuestión cultural, sino estructural: el amor solo puede pensarse dentro del
campo de lo simbólico, donde opera una ley que divide lo permitido de lo prohibido. Esta ley
puede ser legal, moral, religiosa, familiar, etc., pero su función es la misma: señalar lo
interdicto.
● Sin ley no hay transgresión posible, y sin transgresión, no hay deseo.
● El amor vive en esa zona fronteriza: entre lo legal y lo prohibido, entre el deber y la
tentación.
El amor necesita de la clandestinidad porque se sostiene en el deseo, y el deseo siempre se
enciende ante lo que está vedado.
EJEMPLO: Dos personas se enamoran trabajando en la misma empresa, pero uno de ellos
está en pareja. Aunque sienten atracción, evitan confesarlo porque “no está bien”. Pero
justamente ese “no se puede” hace que el deseo se intensifique. Empiezan a buscar
excusas para cruzarse en reuniones, compartir proyectos o alargar conversaciones.
Vericuetos de la culpa, el amor y la tentación
Aquí Gerez Ambertín introduce el papel fundamental de la culpa. El amor no es solo deseo,
sino también falta y declaración de esa falta. El sujeto amoroso es culpable: se siente
culpable por desear lo prohibido, por no ser suficiente, por transgredir.
Inspirándose en Barthes, dice que el enamorado asume una posición ascética y
confesional: se autocastiga, se confiesa, se muestra. Es un “reo”, un reus, alguien que
declara frente al Otro (el partenaire, el analista, la sociedad).
Esta necesidad de confesarse no es una debilidad, sino una condición estructural del sujeto
hablante: todos somos “culpables” y hablamos para dar cuenta de esa culpa. Y es
precisamente esta culpa la que habilita el amor: pedimos al Otro no solo que nos ame, sino
que lo haga a pesar de nuestras faltas.
● El amor implica confesar, declarar, suplicar, rogar: “¿podés amarme aun con todo
esto?”
● La culpa no es enemiga del amor, sino su combustible. A través de la culpa se
sostiene el deseo de ser reconocido, deseado, aceptado.
El amor se vincula estrechamente con la culpa porque amar implica mostrarse incompleto,
impuro, inadecuado, y sin embargo buscar el amor del Otro.
EJEMPLO: Una persona que fue infiel a su pareja siente culpa, pero en lugar de ocultarlo,
termina confesando: “No sé por qué lo hice. No quiero perderte, pero tenía miedo de no ser
suficiente para vos”.
En este acto, se muestra como alguien falible y espera que el otro lo ame incluso con sus
errores.
Lógica de los deslices del amor
Este apartado introduce la idea de que el amor no sigue la lógica de lo racional, sino la
lógica del deseo y la falta. Se ama desde la carencia, y se ama lo que no se tiene ni se
puede tener por completo.
Aquí se cita el mito platónico de que Eros es hijo de Penía (pobreza) y Poros (recurso). Esto
implica que el amor nace de la falta, pero también de la astucia para suplirla. No se ama lo
que se tiene, sino lo que se desea y se busca.
El amor, entonces, es una suerte de “engaño productivo”: el amante declara sus faltas, sus
hilachas, sus carencias, esperando que el partenaire lo ame a pesar de ellas. Lo amoroso
está marcado por el intento de ofrecer algo que uno no tiene, y en eso radica su potencia
creadora.
● El amor es un acto de ofrecimiento de la falta: “Te doy mi deseo, mis carencias, mis
dudas”.
● El partenaire es convertido en juez, y la relación amorosa se convierte en una
constante evaluación: “¿Sigo siendo digno de tu amor a pesar de esto?”
La lógica del amor no es la del equilibrio, sino la de la desproporción, la falta, el error y el
deseo. Se ama en tensión, y esa tensión genera las intrigas y deslices del vínculo.
EJEMPLO: Una persona le escribe a su expareja con quien ya no está en contacto y le dice:
“Solo quería saber si alguna vez pensás en mí”. No le pide algo concreto, sino una
presencia simbólica, una confirmación.
También ocurre cuando alguien quiere agradar tanto que se transforma para gustarle al otro:
se esfuerza por parecer más divertido, más inteligente, más atractivo…Ofrece una imagen
idealizada de sí mismo que no posee del todo, esperando recibir amor en base a esa falta.
El amor, entre culpa e inconsciente
Este es uno de los tramos más densos y psicoanalíticos del texto. Se plantea que amor,
culpa e inconsciente están todos regidos por una ley simbólica, que en cada cultura
determina lo permitido y lo prohibido.
El inconsciente —como lo explica Freud— funciona como un sistema sometido a leyes:
leyes del lenguaje, del deseo, de la alianza. El sujeto es dividido, desea lo prohibido, pero al
mismo tiempo sabe que no puede acceder a ello abiertamente.
● La elección amorosa es siempre una sustitución: se ama a alguien que representa
otra cosa (madre, padre, figura incestuosa).
● La culpa amorosa no es solo consciente: también es inconsciente, y se filtra por
lapsus, sueños, síntomas.
Para Lacan, el inconsciente es aquello que “cuenta”: cuenta las culpas, las faltas, los
deseos prohibidos. El sujeto no puede evitar hacer esas cuentas, aunque no las entienda
del todo.
El amor se articula con el inconsciente porque amar es sustituir, desear lo prohibido, y lidiar
con una culpa que no siempre se ve pero que estructura la elección amorosa.
EJEMPLO: Alguien se enamora repetidamente de personas frías o distantes. Cuando hace
terapia, se da cuenta de que esa distancia le recuerda a su madre, que nunca fue muy
afectuosa. Elige parejas similares sin saberlo conscientemente. Sigue el guion inconsciente,
elige por sustitución.
Lo clandestino y el amor “depreciado”
Este apartado funciona como cierre y reflexión final. Se plantea que el amor no es una
repetición del encuentro perdido, sino la esperanza de un reencuentro posible, aunque
siempre con la marca de la pérdida.
Lo interesante aquí es que no hay amor sin pérdida ni sin clandestinidad. Cuando el amor
se vuelve “seguro” o “garantizado”, aparece el desamor. El deseo necesita lo inalcanzable,
lo misterioso. Por eso el amor también necesita de lo clandestino y de la desidealización.
● Muchas veces se divide el objeto amoroso en dos: uno que idealiza (casto, bello,
puro) y otro que erotiza (impuro, tentador).
● A veces se logra unir esos dos polos en una sola persona; otras veces, no.
El “te amo” es considerado un síntoma, una frase que implica inconsciente, deseo,
idealización y fracaso. Para sostener el amor es necesario recrearlo cada día, aceptar que
no hay totalidad ni permanencia, y sostener el deseo en lo que falta, no en lo que sobra.
Amar es aceptar que nunca se tiene del todo al otro. Que el amor exige pérdida, sustitución,
clandestinidad, imperfección y recreación permanente.
EJEMPLO: Una pareja que convive hace años y dice: “Ya no siento lo mismo… todo es
rutina”. El problema no es la falta de amor, sino que se perdió el misterio, la tensión, lo
incierto.
Para revivir el deseo, buscan reencontrarse desde otro lugar: salen a cenar sin planearlo, se
escriben cartas, recuerdan lo que los enamoró.
Recrear el amor requiere aceptar que no hay “todo perfecto” y que el deseo necesita
oxígeno.