Sinopsis
«Mi futuro marido sabe todo de mí... yo solo sé que cuadruplica mi edad, y
que pertenece a una especie que podría matarnos a todos».
Sinopsis completa próximamente
Antes de leer
Bienvenido a un libro más del axeruniverso, a otra historia de la saga
Sinergia, al reino de las constelaciones del que ya nos hemos enamorado en
historias anteriores.
Si es la primera vez que lees un libro mío, déjame decirte que has hallado a
una familia. No soy la mejor escritora del mundo, pero amo a mis lectores
como amo hasta la más ínfima de las oraciones que compongo para mis
historias. Me llaman Madame Cruel, pero no te dejes intimidar: si tanto
daño hiciera, ¿por qué me siguen leyendo? Algo ha de haber en mis
historias para que se queden a pesar del dolor. Te invito a descubrirlo
conmigo, un capítulo a la vez.
Tenemos grupo de WhatsApp donde comentamos al respecto de las
actualizaciones de mis libros y les cuento cositas, pero ya hablaré más de
mis redes al final.
Y si, en cambio, ya has leído otros libros míos... Busque ayuda, ese nivel de
masoquismo no es normal.
No es cierto, no busquen ayuda, por favor. Gracias por seguir
acompañándome. Gracias porque ustedes me han hecho escritora. Gracias
por dejarme jugar con sus emociones una vez más: les prometo que valdrá
la pena.
Libros que conforman
la saga Sinergia:
Vendida es un libro que escribí en 2020 y publiqué un año después en papel.
Todavía lloro y desbordo amor por ese evento que cambió mi vida para
siempre.
Lo que empezó como la historia de una vendida, terminó en una segunda
parte llamada Vencida. Esa es la bilogía principal, que abre y cierra el
conflicto principal y todas las subtramas. Así que si buscan algo completo y
autoconclusivo, no solo tienen la opción de ir a leer esos libros, sino que de
corazón se los sugiero. Es una bilogía que tal vez no les cambie la vida,
pero que les recordará que nadie puede encadenar nuestras alas.
Además, con la bilogía principal podrán conocer a muchos de los
personajes que verán en mayor o menor medida en este libro. Y aunque este
libro será totalmente independiente (no necesitan haber leído nada antes) al
transcurrir en una línea de tiempo será muy difícil evitar hacer spoilers de
los libros anteriores.
Otras historias de este universo a tener en cuenta son Monarca y Madame.
Madame es un relato corto, de dos capítulos, que cuenta la historia de una
mujer importante en el reino de Áragog. Es buena opción para empezar,
porque en la línea temporal es la primera; sin embargo, no afecta en nada a
este libro si la leen o no.
Luego está Monarca. Hasta ahora tiene un libro completo, pero ya he
confirmado que serán más. Esa es la historia de la monarquía de Áragog.
Por último tienen la Enciclopedia Áraga, que es como la Wikipedia que
recopila toda la información de este universo. Les recomiendo agregarla a
sus bibliotecas no tanto para que se aburran con términos e historias que no
les interesan, sino para que tengan el glosario bahamita a la mano. Es el
idioma que creé para esta saga. Así, si en algún momento un personaje por
aquí dice algo en bahamita, pueden pasarse al glosario y buscar
tranquilamente su traducción.
Habiendo aclarado ya las historias que conforman este universo, demos
contexto a la historia que están por leer.
Introducción al fandom
¿Qué encontrarás aquí?
Consorte es la historia de Freya Cygnus. Fin.
¿Se imaginan? ¿Se imaginan que yo dijera eso en mi nota de autora?
Ya en serio: si eres fan de Acotar, este libro probablemente va a gustarte.
Es el más místico de la saga, la magia la van a ver presente desde el
comienzo ya que hemos pasado suficientes libros para asumir que existe.
Además... Nuestra protagonista no va a casarse precisamente con un
humano. Digamos que no solo le dobla la edad, sino que se la cuatruplica,
pero sigue viéndose como Ara manda. *guiño, guiño*
Consorte, como su nombre lo indica, es la historia de una chica cuyo
destino le arroja una corona, no por derecho de nacimiento, sino adquirida
por un matrimonio arreglado.
Así que esto es un matrimonio arreglado con enemies to lovers, porque
Freya se verá obligada a casarse con nadie menos que el rey enemigo.
Sin embargo, les pido que no saquen conclusiones apresuradas sobre lo que
será esta trama en base a un par de tropes. Si han leído Nerd o Vendida, ya
sabrán que suelo hacer de los clichés lo que se me antoja. Déjense
sorprender sin expectativas, les aseguro que valdrá la pena.
Advertencia:
No pago terapias. Lo que van a encontrar aquí no estará exento a las
avalanchas de emociones a las que los tengo acostumbrados. Habrá
contenido explícito de sexo y violencia, traumas, maltrato, situaciones que
les frustrarán al punto de querer entrar al libro e incinerarlos a todos. Y, por
supuesto, muchos juegos mentales de mí para ustedes. Les reto a descubrir
los secretos de Consorte y ganarme esta partida ♡
Estética y protagonistas:
Fechas:
No hay una fecha para las actualizaciones de momento. Si veo que están
ilusionados por leer, con todo el gusto del mundo empezaré a actualizar
antes. El prólogo y primer capítulo 100% lo subiré pronto. Sin embargo, por
ahora deben saber que estoy trabajando en las reediciones de Vendida y
Vencida en papel y es posible que no empiece a actualizar Consorte al
menos hasta que termine de editar.
Tengan paciencia y pasen a leer cualquier otro libro en mi perfil mientras
esperan ♡
Extras:
Debes saber que amo mucho ponerme a leer los comentarios que me dejan
en los párrafos, así que no te cohibas de dejar todas tus ocurrencias en cada
capítulo, que me apoyan mucho y me hacen muy feliz.
Hago lives en mi tiktok (AxaVelasquez) todas las semanas los días que
puedo, pero sin falta cada viernes en la noche. Ahí podemos conversar más
personalmente.
Sígueme en mi Instagram (AxaVelasquez) para estar al tanto de todos mis
anuncios importantes, avances de escritura, fechas de actualizaciones y
más.
¿Les emociona esta historia? Porque yo estoy muy entusiasmada de poder
ampliar más este universo.
Les amo, nos leemos en comentarios.
Prefacio
El vidrio debe someterse al calor antes de que el frío pueda quebrarlo. No es
la maldad lo que destruirá este mundo, pues esta no se disfraza; aquello que
se ve venir puede prevenirse. Será la hipocresía: la maestra ejecutora de
todo buen asesinato a un corazón confiado.
El denebita agonizaba por la azir.
La enfermedad se propagaba en variaciones múltiples y variopintas, pero
había un efecto que no ameritaba mucho estudio científico para identificar
el medio de contagio.
El desgraciado rehén político cumplía con todos los síntomas: las pústulas
en la boca, que se hinchan y revientan con la velocidad de un chasquido,
derramando plasma y pus en pequeñas lloviznas; la piel desprendiéndose
como retazos de tela vieja, y la sangre en su punto de ebullición.
Dado lo avanzada de su condición, el veredicto médico es que tendría que
haber pasado un buen rato dando algunas brazadas en el mar de
podredumbre para acabar así.
La realidad no dista mucho de esa suposición.
El extranjero desconocía el reino de Jezrel, pero tenía el suficiente sentido
común para evitar a toda costa un chapuzón en un océano que desprende
muerte y resplandece con el calor de toda la vida que ha desintegrado.
Así que no, no había ido a nadar por antojo; sencillamente, había sido atado
al ancla del Terror escarlata, sumergido a las inhóspitas profundidades de
las aguas carmesí, y regresado a cubierta justo antes de que pudiera
ahogarse.
Tres veces se repitió aquella agonía antes de que al fin soltaran al prisionero
de sus ataduras de cobre.
La tripulación del Terror escarlata arrastró al moribundo al mas bajo de los
camarotes.
Dicho sea a favor de la generosidad de los castigadores, que al prisionero se
le permitió tomar agua.
Un acto muy noble, pues no imaginan la sed que provoca una enfermedad
como la azir que, al no conseguir más nutrientes que tus propios tejidos,
corroe tu garganta para alimentar al parásito.
Terminaron de bajar las escaleras con el prisionero en mano, y lo arrojaron
a los pies de...
Alguien misterioso.
Si creías que iba a revelarte su identidad apenas en el prefacio del libro, es
porque probablemente no has leído mucho y no tienes idea de cómo
funciona esto del suspenso.
Lo conocerás cuando haga falta que lo conozcas.
Por si acaso ya estás haciendo teorías, te aviso que no se trata del capitán
del barco. De hecho, es posible que corras un destino similar al denebita si
se te ocurre sugerir algo así en su presencia. No le gusta que se le rebaje.
Por favor, respeta.
Y no te preocupes por mi voz narrativa: en mí no recae el peso de esta
novela. Afortunadamente, Freya es mucho más carismática que yo. Ella
sabrá relatarte el resto.
Prosigo.
El barco de bronce tenía su interior tapizado por la madera más negra, lo
que le daba al camarote un aspecto penumbroso, a pesar de las antorchas de
fuego blanco que se alzaban en cada esquina.
En medio del camarote solo había dos cosas: una jaula dorada con un
gripher encerrado en ella, y aquel hombre.
Se había apropiado del color de la podredumbre, portando como una corona
maldita un traje que combinaba el negro y el rojo a su manera oprobiosa.
Una máscara escarlata protegía su identidad, y guantes oscuros
salvaguardaban sus huellas. Pero su sonrisa... tenía la curvatura de una
medialuna y el brillo intrínseco de la misma. Resultaba inquietante que
justo esa parte de su rostro no le preocupara dejar al descubierto.
Su cabello era tan negro que resaltaba por encima de la madera, pero había
un pequeño tramo blanco junto a la sien. Esto daba una sensación de
progresividad, como si todo en él estuviera condenado a desteñirse.
El prisionero estaba seguro de que era una peluca, parte del disfraz en
conjunto con la máscara.
Y si me preguntas a mí... Pues pierdes tu tiempo, sigue leyendo.
El enmascarado se desplazó, frío y sedoso como el poder de una venus,
hasta quedar junto al prisionero tirado sobre las tablas de su camarote.
El pobre hombre gritaba, perforando el silencio con el horror de ver, y sentir
en carne viva, cómo un retazo de la piel en su pierna caía cual guirnalda.
—Es... —tartamudeó el denebita, su voz ininteligible por la agitación y las
llagas en su boca—, es usted al que llaman el señor del silencio.
La sonrisa del enmascarado se afiló todavía más.
—No. —A cada vibración de sus palabras, las alas del gripher se tensaban,
como si estuvieran conectados de una manera simbiótica—. Yo sí sé hablar.
La pregunta aquí es... ¿sabes hacerlo tú?
Otro grito de agonía interrumpió el momento, así que el enmascarado hizo
unas señas a los hombres tras el moribundo.
—Qué descortés. Jamás habría imaginado tal ineficiencia de esta
tripulación. Tenemos un invitado, ¿no lo ven? Siéntenlo y atiendan sus
heridas.
—¡NO! —Gritó el rehén denebita—. No creo que haya forma de
atenderme, estoy hecho un cadáver... No sé por qué me han hecho esto, pero
por favor... ¡Solo mátenme!
—¿No sabes por qué te hemos hecho esto?
—No tengo ni idea —jadeó—. Ni siquiera somos enemigos. No he hecho
nada malo...
Sus sollozos se multiplicaron, y el enmascarado tuvo la decencia de dejarle
llorar sin interrupción.
—Deneb y Jezrel acaban de firmar un acuerdo de paz —siguió el
moribundo—. No estoy rompiendo ninguna ley, solo pretendía regresar a
mi hogar...
—Algo como eso escuché: una princesa cisne, prometida a nuestro rey.
Jezrel al fin tendrá la reina consorte que ha esperado por décadas.
—¿Cómo...? ¿Cómo se ha enterado tan pronto? Es un secreto entre ambas
monarquías...
—Tienes razón, no sé de qué hablas. Debo estar escuchando voces otra vez.
—Meneó su mano, como si ese gesto pudiera borrar sus palabras del aire—.
No le haré perder más su tiempo, Ermes, entiendo que no solo le queda
poco, sino que cada segundo que transcurre de este, es para usted una
agonía. Le propongo algo: yo le doy asilo político en mis propiedades a
cambio de información.
—¿Asilo político? ¡Pero si yo lo que quiero es irme! Quiero salir cuanto
antes de este reino envenenado y descansar junto a mi familia. Que al
menos tengan algo de mí para entarrar y velar...
El gripher gruñó, un sonido primitivo que compitió contra la agonía del
azir. No era solo el ronroneo bestial lo que atemorizaba, sino los enormes
dientes de la criatura, y cómo el filo de sus puntas se asomaba en aquel
bramido.
—Calle, Ermes, que su cháchara aburre a Mizar, y le aseguro que la jaula
no será impedimento para que venga a jugar con sus huesos y así matar
dicho aburrimiento.
El enmascarado caminó hacia su compañero alado y le acarició la melena
pálida mientras le daba la espalda al prisionero.
—Además, no importa cuánto quiera regresar con su familia; no será
bienvenido en Deneb una vez me cuente todo lo que quiero saber. Será
ejecutado por traición nada más pise el bosque congelado.
—¡Pero yo no pienso decirle nada! ¡NADA! ¿ME ESCUCHA?
—¿Cómo no escucharle? Solo espero que su saliva no alcance a Mizar. Mis
zapatos puede ensuciarlos todo lo que quiera, pero cuando alguien ofende a
su real majestad...
El gripher, engrandecido por esas palabras, se irguió sin necesidad de
levantar ninguna de sus cuatro patas, y asintió para que el enmascarado no
parara de acariciarle.
—Va a decirme todo, Ermes —dijo el hombre metiendo una mano en su
bolsilo—. Por esto.
—Y eso... ¿Qué es?
A simple vista, lo que el perpetrador tenía a la mano era una jeringa llena de
un líquido verde.
—Esto, amigo mío, es el único antídoto existente para su condición... Y no
la de imbécil, la que sí se puede curar: su inminente muerte.
El hombre torturado por la azir lo veía sin dejar de parpadear.
—No tiene que morir hoy. No tiene que morir en lo absoluto —finalizó el
enmascarado.
—¡Mentira! No conoceré mucho de este lugar, pero escuché que matan a
los contagiados. ¿Por qué? Si hay una cura, ¿para qué matarlos?
—No matan a los contagiados, imbécil, lee un libro.
El hombre de la máscara suspiró, a todas luces arrepentido de haberse
dejado llevar por su temperamento. Abrió y cerró sus dedos cubiertos de
cuero mientras respiraba para serenarse nuevamente.
—De todos modos, tiene usted razón. No existe una cura comercial, porque
esta es demasiado costosa... Bueno, ese es un eufemismo. Digamos que es
extremadamente cara de fabricar, por un componente limitado que la
conforma. No es inteligente agotar ese recurso por la población general, así
que la solución es decir que no existe y fabricarlo solo para personas de alto
interés.
Ermes pensó que algo de cierto había de haber en esas palabras, sino, ¿por
qué estaban ellos tan tranquilos cerca de un contagiado?
Tenía que haber una cura, y no por ello creía que la desperdiciarían en él.
—¿Y quiere que crea que gastará esa cosa en mí? ¿En mí, que me ha
mandado al fondo de la maldita letrina de Canis?
—Ermes, Ermes... no se tenga en tan baja estima... —El enmascarado le
obsequió una de esas sonrisas de medialuna—. Yo estoy altamente
interesado en usted.
Alzó los brazos, como si esperara aplausos para la grandilocuencia con la
que había llevado el diálogo.
—Sé que pronto me perdonará el chapuzón, cuando esté en mi burdel
favorito fornicando con mi esclava favorita, entenderá que todo esto era
necesario para que cantara en el tono que me place escuchar.
—Dice que... ¿Esa inyección podría salvarme?
—Y, adicional a eso, mis médicos le atenderán. Quedará mejor que nuevo.
—Y usted... ¿Solo quiere hacerme unas preguntas?
—¿Unas? Sí, por supuesto: unas ciento veinticuatro.
—Pero... no podré volver a Deneb.
—No, Ermes, ¿qué más quieres vivir en ese congelador? No sufras, hasta
un favor te estoy haciendo. Gratis.
—Y usted... ¿Me dará asilo político?
—Puedo darle hasta una nueva identidad.
—Pero, mi familia...
—Su familia está protegida por los Cygnus, ¿no? Yo no los puedo, ni
quiero, tocar. Despreocúpese.
—Entonces...
—Confiesa los secretos de tu reino y la recompensa será tu vida.
Ermes luchó contra el dolor. No podía traicionar a su hogar, sus nuevos
reyes, no podía revelar los planes de guerra, los nombres de los espías, los
puntos débiles de su reino, las estrategias políticas y los detalles del nuevo
Tratado. Pero la azir era implacable, el medio que habían escogido para
torturarle había sido acertado.
—Yo... Así lo haré. Pregunte lo que quiera.
Las palabras salieron como un suspiro. Ermes cerró los ojos, sintiendo la
traición en su alma.
En cuanto terminaron de hablar, el enmacarado suspiró con pesar y posó su
mano en el hombro del denebita:
—Bien has escogido. Tu asilo político está asegurado.
Pero antes de que Ermes pudiera reaccionar, un chirrido llenó el camarote
como la voz de la mismísima muerte. El gripher alzó una de sus patas
leoninas y con ella estaba empujando la puerta de la jaula.
Nunca estuvo cerrada.
—Claro que... ¿Qué podría pensar la reina con la que acabamos de pactar la
paz si yo dejara vivo al traidor más grande de su patria y la nuestra?
—¡NO! ¡NO, LO PROMETIÓ!
—Inteligente elección, Ermes, confiar en el verdugo de la máscara.
La fiera regió y un trueno secundó su imponencia en el cielo; su melena
moviéndose mientras saltaba sobre su presa agonizante.
Sus grandes fauces despedazaron piel y huesos, sus garras vaciaron las
cuentas de los ojos, mientras sus alas se crispaban de placer al masticar.
—Mizar, Mizar, deja algo para más tarde...
Por supuesto, la criatura no obedeció.
No tenía importancia. Le habían hecho el favor a Ermes de liberarlo de su
propia culpa.
Y el enmascarado ya sabía todo lo que quería saber.
—¿Cómo es que dicen en los reyes de Deneb, Mizar...? Oh, sí: alianzha's
taha.
Nota de autor:
En mi perfil hay un libro llamado Enciclopedia Áraga, ahí pueden
encontrar un glosario bahamita, que es el idioma que creé para el
universo de Sinergia. Específicamente esa última frase significa "todos
deberíamos ser aliados". De todos modos, les sugiero agregar la
Enciclopedia a sus bibliotecas para que puedan ojear las traducciones
cada vez que haga falta.
Por otro lado... EMPEZÓ CONSORTE.
¿Qué les ha parecido este comienzo? ¿Qué detalles han sacado en claro
de este prefacio y qué les ha gustado?
¿Qué tal el narrador? Este no será el mismo el resto de la novela, lo
demás lo contará Freya, pero espero les halla gustado cómo se narró
este prefacio.
¿Qué piensan de los gripher hasta ahora?
La ambientación hasta ahora y el personaje misterioso, ¿qué tal?
¿Les entusiasma la historia? ¿Quieren seguir leyendo? Saben que si los
veo emocionados comentando mucho me pongo a subir el primer
capítulo ya mismo.
Teorías aquí.
1: Duelo de reyes
Mi futuro esposo sabe todo de mí.
Se le entregó un sinfín de documentación relatando mi historia desde el
nacimiento, e incluso agregando detalles de contexto sobre toda la familia
Cygnus en orden de su relevancia; se llenó a sus escribas con pergaminos
que relatan mis gustos, pasiones y carencias.
Por si fuera insignificante esta desigualdad —pues yo de él sé menos de lo
que un bebé conoce de matemáticas—: está el detalle de su poder.
Es un poder extraño y terrible. No digo que sea el más poderoso, porque no
lo sé, pero apenas lo oí mencionar, sentí mis huesos crujir como ante una
helada. Es la parte que más me preocupa de esta atrocidad que debo
afrontar con honor y valentía.
Sí, es un poder extraño. Pero, ¿qué cosmo no es extraño para aquellos que
no poseen ese en especifico? No hay dos iguales, aunque algunos se
asemejen, como los que provienen de la misma estrella o de la misma
constelación.
Yo sé muy poco sobre cosmos. Sé, por ejemplo, las estrellas tienen
voluntades y caprichos tan varios como la humanidad. Son individuos. Así
de independientes son sus poderes y la manera en que repercuten en un
humano una vez lo escogen como recipiente.
La reina de Deneb, que además es mi hermana mayor, es un cosmo, pero no
tiene alas como las tuvo la reina de Áragog. Mi hermana jamás fue una
guerrera de sentidos amplificados ni garras zagaces, pero aunque todos la
creyeron inútil, libertó nuestro reino de los temibles sirios y el régimen
terrorífico de Sargas Maldito Scorp Ojalá Se Muera.
No me arrepiento, pero me disculpo. Ese vocabulario no es digno de una
princesa, y fui educada como una desde mi nacimiento, cuando Deneb era
apenas un principado de Áragog y no un reino independiente, pero es que
en serio detesto al bastardo.
Es el único rencor que albergo en mi vida.
No sé cómo Lyra pudo estar prometida a ese. Pero fue más fuerte, venció
incluso sus traumas para salvarnos, y aunque repudiaba a cada uno de los
hombres a los que fue prometida, siempre cumplió con su deber.
Ese es el ejemplo al que hoy me aferro para sobrevivir a la agonía de lo
incierto.
Lyra hora es nuestra reina. Un ejemplo de muchas maneras, pues su
matrimonio con el tío Antares empezó como un acuerdo político. Ella lo
odiaba con todo su ser por ser hermano de nuestra pesadilla más grande,
pero se sometió al deber y al cabo de la convivencia forzada terminó
cayendo por la sonrisa de plata del escorpión de largo cabello blanco.
Más de una vez han tenido que reconstruir las habitaciones reales bajo
excusas lamentables. «Es el resultado de dos cosmos que buscan
descendencia con mucho ahínco», intentó explicarme una doncella, como si
yo fuese una niña todavía. Como si no fuera ese mi destino con Israem
Corvo, rey de Jezrel.
Es un ser maligno, no hay duda. Puso este reino de rodillas el día que
nuestro embajador regresó con su exigencia.
«Pueblo de Deneb,
es un placer reencontrarme con su población. Como muestra de mi
consideración, he decidido casarme con una las hermanas Cygnus y
hacerla mi reina consorte. En mis noventa años de vida, jamás he logrado
congraciarme con ninguna fémina, esperando aquella con la sangre del
cisne corriendo por sus venas.
Alianzhas taha, Deneb.
Elige sabiamente. Te sugiero la opción que no altere al rey al que los sirios
temen
~Israem Corvo».
He leído el estatuto decenas de veces. Y en una de ellas, me levanté.
—Yo seré su esposa.
Huelga decir que me encerraron por un día entero para evitar que escapara y
provocara una desgracia. Mi reina no quiso ni escuchar mis argumentos
hasta que su esposo intercedió, llevando mi versión. La que ella no había
querido escuchar.
Recuerdo la primera conversación que tuvimos ella y yo luego de eso.
Quiso disuadirme con la idea de compartir lecho con un desconocido.
Como si yo no supiera todo al respecto del sexo. He tenido que estudiar con
premura el tema, puesto que pronto me tocará ejercer.
Asumiré mi deber con honor, solo pido a Ara haber estudiado cada detalle
correctamente para no ofender al rey.
Por Canis y todos sus sirios... No estoy para nada preparada.
Solo espero que mi historia, como la de mi hermana, termine en óptimas
condiciones en lo referente a mi dinámica nupcial, editando las partes
donde se rompen y reconstruyen habitaciones, por supuesto.
Sexo solo para concebir.
Se dice fácil, y hasta pienso que podría serlo, si olvido que el cosmo con el
que estoy por casarme fue escogido por la estrella Sirio y que su poder
consiste en robar almas con su tacto.
Un beso suyo podría destruirme.
Pero hay tres cosas de las que estoy completamente segura.
La primera es que tú y yo nos llevaremos bien. Créeme, sé cómo funciona
esto. Soy lectora asidua y, junto a mi hermanita Gamma, somos las amantes
principales de Sirios en el crepúsculo y Sirios en luna nueva, cuya trama
radica en seguir el romance de una chica normal y el sirio que quiere
devorar su alma.
Que irónica elección de libros favoritos, dada la persona en la que estoy por
convertirme y, peor, aquella con la que he de casarme.
Reitero: sé cómo funciona esto. Se supone que yo he de ser una chica
estándar, insípida al carecer de cualidades destacables, pero que de alguna
forma está convencida de ser distinta a las otras chicas. Todo para al final
de la novela descubrir que es la elegida para poseer un poder inigualable y
salvar a toda la humanidad. Y esto me lleva al segundo punto del que estoy
irrevocablemente segura: no soy la elegida.
De hecho, soy tan parecida a ti como totalmente opuesta: como tú, leo los
fanfics de mi hermanita, pero por haber sobrevivido a una guerra y crecido
con la amenaza de una nueva, hasta hace unas semanas estaba en el
entrenamiento de caballeros de la guardia real.
Pero no soy ninguna elegida, por el simple hecho de que ya las elegidas han
sido, y perdóname la redundancia, elegidas. Las profecías hablan de un
águila, la cual ya nos libertó. Hablan de un cisne, cuyo canal ya ha tomado.
Hablan de un león, que ya rugió por todas, y de una serpiente alada que
estoy segura se trata de la monarca que hoy impera en Baham.
Como ves: nada de mariposas. Y Freya es el nombre de la estrella más
pequeña, más insignificante y que menos destaca de la constelación
conocida como Nebulosa Mariposa. Según la traducción áraga, mi nombre
significa «la dama» o «la mujer noble». No «la elegida».
Sí, yo también me desilusione un poco. Gamma y yo apostamos y nos
leímos todas las Sagradas Escrituras; estaba segura de que habría un texto,
un pedazo de los planes de Ara, que nos incluiría a nosotras.
Todavía le debo cien coronas, ahora que recuerdo. Pero dado que voy a
pagar por su vida... Imagino que es deuda saldada.
Por si acaso, no se lo recordaré. Cien coronas son cien coronas.
En fin, hay una tercera cosa de la que estoy totalmente segura: algún día, tal
vez en unos años, y solo si no me mata antes, Israem Corvo va a amarme.
Seremos un matrimonio feliz y él me protegerá de todo mal. Porque soy una
experta en el tema, y aunque tenga miedo, sé que todo es un potencial
enemies to lovers, mientras se sobreviva lo suficiente.
Así que solo debo asegurarme de no ser asesinada por mi futuro marido.
Por Ara, ¿qué estoy haciendo?
Yo escogí esto, lo sé, pero, ¿cuenta como escoger, si aquello que a lo que se
recurre es la única opción para evitar la guerra?
Mi lenguaje corporal está debidamente controlado, pero dentro de mis
guantes está la evidencia que necesitan para hacerme desistir de esta
descabellada arbitrariedad: una película de sudor que se multiplica pese al
frío de mi hogar.
En este momento albergo emociones que no sé cómo afrontar, digerir o
desechar.
Soy una lectora, una hermana, una amiga y una terrible pero muy obstinada
aprendiz de caballero. No estoy lista para ser la consorte de un anciano
devorador de almas.
Mi preocupación no es fatal, pues parte de la incertidumbre, no me hará
escapar de mis propias decisiones.
Solo debo respirar, y bajo ningún concepto permitir que mi reina me vea
temblando.
Por desgracia, desde lo que sucedió en su boda, mi reina es la única figura
de autoridad en mi vida. Y me conoce. Cómo me conoce.
Desde el interior del pasadizo tras el tapiz, con dirección a la alcoba del
matrimonio real, les escucho discutir. Hay algo de culpabilidad en mis
actos; la vida como aprendiz de caballero se rige por códigos de honor y un
gran sentido del deber. Sin embargo, mis instintos de hermana revoltosa
siguen en algún rincón, instándome a hacer travesuras.
Y hoy tengo permitido ser desobediente, pues hoy se oferta mi destino.
Me dejo caer en la pared del pasadizo, pegada a ella para escuchar a
hurtadillas.
—No puedo permitirlo, Antares —escucho decir a mi hermana mayor—. Es
mi hermana, por el amor a Ara.
—Lyra, cariño. —Escucho a su esposo arrullarla, y me gusta imaginar que
la estrecha entre sus brazos y llena de caricias su rostro. Ella merece toda la
ternura que el universo tenga disponible para dar—. Entiendo por lo que
estás pasando, sé que esto es duro, y que hoy más que nunca necesitas que
sea ese pilar en tu vida que destruya cualquier obstáculo solo por perpetuar
tu sonrisa. Pero este no es un problema que se resuelva asesinando a las
personas correctas, no si queremos evitar la guerra. Es terrible, lo sé, pero
Freya te ha salvado del peso de tener que elegir...
—Sabes que Freya lo hace por Gamma, quiere salvar a nuestra hermanita
de ese terrible destino. Ella sí está actuando como una hermana mayor, y la
mayor soy yo...
—Nunca has dejado de ser una excelente hermana, mi pequeño cisne,
jamás. Pero ahora eres reina. Y como la reina del norte juraste proteger
Deneb de cualquier amenaza, juraste dar tu vida si era necesario, para que
nuestro pueblo no vuelva a vivir el terror que se sufrió en el declive de
Áragog. Cada ser vivo en este reino confía en ti, confía en que no dejarás
que Jezrel nos destruya. Y si no queda alternativa, lucharemos; yo estaré
ahí, al frente de nuestros ejércitos. Pero esa solo puede ser la opción
desesperada.
Razón tiene en que hasta ahora han sido razonables, cautelosos al ocultar el
poder real de mi hermana. Están pensando en la paz, mientras todavía es
una oferta.
—Yo debería...
—Tú ya estás casada, Lyra, y el rey de Jezrel ha sido claro en sus
exigencias. Quiere una Cygnus como consorte. ¿Qué opción tienes? ¿Les
darás a Gamma?
—No voy a escoger entre la vida de mis dos hermanas, Antares Scorp.
—Precisamente, deberías agradecer el sacrifico de Freya que te salva de esa
elección. Y no estas entregando su vida. Freya es una princesa desde el día
de su nacimiento, ha pasado la mayor parte de su vida asumiendo que se
casará por política. Sé que quieres evitarles todo el dolor del mundo, pero
yo las conozco a ambas, y son mas fuertes de lo que parecen. Tú misma
estuviste prometida no a uno, sino a cuatro hombres. Sabes lo que es
afrontar ese deber.
—Y porque lo sé es que quiero evitárselo.
—Ah, gracias.
—No seas imbécil, estoy hablando en serio.
Pero los escucho reírse. Eso me encanta del tío Antares, que siempre sabe
cómo dibujar estrellas hasta en las noches más oscuras de mi hermana.
Tanto que pedí un amor como el de ellos, y Ara me concede solo la parte
del matrimonio arreglado. Graciosita, la omnipotente.
Lo de tío Antares es una larga historia, por cierto.
Cuando al fin decido salir del escondite tras el tapiz, la estantería al otro
extremo de la habitación se rueda y deja al descubierto un túnel en medio
de la piedra. Mi hermanita Gamma sale de su interior.
—Te dije que tenemos que mudarnos —gruñe la reina al vernos.
—Y yo te dije que las encerremos en un calabozo y problema resuelto.
Me siento junto a Lyra poniendo mi mano sobre la suya. Sé cómo debe
sentirse. Ella se adjudica demasiada responsabilidad hacia nosotras por no
haber estado la mayor parte de nuestra vida, y más, luego de lo que nos
sucedió en su boda.
Es el ejemplo más grande que tenemos, de que se puede sobrevivir a las
peores atrocidades, y aun así ser la persona más noble y abnegada.
No la abrazo porque llevo puesta mi armadura; lo de noble y abnegada no le
quita a Lyra que es la reina, y la mayor, así que cuando está segura de tener
la razón por sobre nuestras decisiones, siempre halla una manera inteligente
de hacérnoslo saber sin parecer una tirana.
En el caso de mi entrenamiento como caballero, con el que jamás estuvo
contenta, decidió que no me pondría las cosas fáciles por ser su hermana, y
terminó dándome tres veces más responsabilidades que al resto de
aprendices. Por consiguiente, he sido un desastre de aprendiz, pero ella lo
volvió personal, así que por supuesto que jamás desistí.
Quisiera no haber sido tan difícil, ahora que ya no estaré junto a ella.
Apenas estaba acomodándome al código de vestimenta —donde se me
prohíbe quitarme la armadura— y ahora resulta que este será el último día
en que la lleve.
Gamma se sienta al otro lado de mí y me rodea con sus brazos.
—No es divertido abrazar a una hojalata —se burla.
—Las quejas con la reina, jovencita.
—Tú también vas a ser reina.
Esa parte es cierta, aunque yo sea incapaz de digerirla y a partir de eso
metabolizar una convicción.
—No estoy contenta contigo, Freya —dice la reina acariciando mi mano
cubierta de vendas negras—. Y a la vez no puedo estar más orgullosa...
—¡Vas a salvar al reino, ingrata! —exclama Gamma—. Deberías estar
sonriendo.
—¡Lo estoy! —me defiendo con nervios de ser descubierta en mi
nerviosismo.
—Esto no es un juego, Gamma, ni es justo para Freya...
—Es justo, majestad —discuto con el respeto que se merece la reina que
nos salvo de los escorpiones—. Lo es porque así lo he escogido.
—Pero no tienes que...
Lyra niega con la cabeza, ya convencida de la inutilidad de sus argumentos.
Ella sabe que es decisión tomada, y entiende que las palabras de su marido
han sido verídicas: no hay alternativa menos dolorosa.
Imagino que por ello escoge centrarse en la despedida.
—Freya, el reino de Deneb siempre será tu hogar; Gamma, Antares y yo
siempre seremos tu familia. El camino que estás por emprender es muy
incierto, y tu sacrificio lo más valiente posible; no por ello debes cagar con
todo sola. No me eximas de cargar con tu dolor, si un día puedo hacerlo. No
te prives de pedir ayuda, si tienes la oportunidad. Y si no lo vas a hacer
como mi hermana, entonces escucha a tu reina, mientras todavía lo soy.
—Lo entiendo perfectamente, majestad, y no te preocupes. Jezrel y Deneb
ahora son reinos aliados, no enemigos. Esto será provechoso para ambas
monarquías, y yo estaré bien. No le harán daño a la única garantía de paz
que tendrán.
Lyra fuerza una sonrisa, y Gamma me abraza más fuerte, aunque apenas
siento su peso con tanto metal encima. Acaricio su cabello, esos mismos
mechones rubio pálido que compartimos las Cygnus, y me niego a verle la
cara. Le llevo apenas tres años, y sé que es mucho más capaz que yo, pero
todas mis pesadillas son con su imagen flagelada.
No podría permitir que nada le pase.
—Un consejo sí voy a darte, hermana —retoma Lyra—: sé precavida.
Puede que en Jezrel no vendan mujeres, pero en ningún reino imperado por
hombres estaremos a salvo. Y, sin embargo, una cosa has de tener en cuenta
por encima de toda precaución: pueden atar tus manos, pueden encerrar tu
cuerpo, pero nadie pondrá cadenas a tu mente que tú no permitas.
»Eres Freya Cygnus antes que la esposa de nadie. Nunca olvides eso.
Asiento, firme. Quiero darle más que eso, quiero ser más que una
subordinada hoy. Pero no puedo mostrarme débil, no ante ella.
Debo aferrarme a la armadura.
—Quiero darte una cosa antes de partir.
Veo a Lyra bajar las manos al cinturón de su vestido, y desprender de este
una especie de gancho en forma de mariposa. Lo posa en mis manos con tal
delicadeza, que empiezo a creer que en cualquier momento las alas van a
cobrar vida; y que la escarcha que las adornan formarán constelaciones.
Siento una afinidad familiar al tocar el obsequio, una conexión con mi
hermana por el simbolismo de lo que estamos viviendo.
El gancho es macizo, como una daga de bronce, y la mariposa apenas cabe
en mi mano cuando la cierro alrededor.
—Siempre lleva el prendedor contigo, Freya. En tu cabello, en tu ropa, en
donde sea, pero siempre llévalo encima. ¿Me entiendes?
—Perfectamente.
—Prométemelo —exige Lyra al borde de la histeria, a lo que Antares
reacciona poniendo las manos en sus hombros y acariciándolos.
El cisne que venció a Áragog con su frialdad, está junto a mí al borde del
colapso.
—Lo prometo, majestad —juro llevando el broche, encerrado en mi puño,
hacia mi pecho—. No me apartaré de su obsequio en ningún momento.
Lyra toma mi rostro entre sus manos. Siento toda su emoción más allá del
frío de sus dedos, el temblor que la embarga mientras me arrastra más cerca
para poder pegar sus labios a mi frente, y ahí, siento condensarse todos los
«te amo» que dimos por hecho, y poco dijimos.
—Suerte que no tengo que usar el yelmo, ¿eh? —la molesto cuando se aleja
de mí.
Y entonces todos reímos.
Mientras pongo el prendedor de la mariposa en la base de mi coleta alta, les
digo:
—Ahora solo me preocupa una cosa...
—¿Qué? —Antares se crispa, como si estuviera dispuesto a invocar su
cosmo y desintegrar lo que sea que me moleste. Puede que no tenga mi
sangre, pero siempre nos ha cuidado como si fuéramos sus hijas.
—Nada grave, simplemente... Hoy emprendo mi viaje a Jezrel por primera
vez, pero tal vez sea la última... El rey... —Carraspeo—. Su mensaje exigía
una Cygnus como esposa para pactar la alianza, pero sus siguientes
respuestas a nuestra correspondencia fueron muy específicas. Quiere ver...
me, antes de aprobar el matrimonio. ¿Y si no le gusto? ¿Y si al verme
cambia de opinión?
—Ay, no seas ridícula —se burla Gamma—. Es un viejo de noventa años,
ese en lo que te vea se le va a parar la cosa equivocada de lo viejo que está.
Capaz lo matas de la impresión, y problema resuelto.
—¡Gamma! —la regaña Lyra.
Yo estoy demasiado turbada para defenderla. Me arde tanto la cara, que
estoy segura de que quien me vea podría traducir mis pensamientos.
Esa parte sobre cosas que se paran es en la que menos quiero pensar justo
ahora. Como mencioné, he leído toda clase de coitos, pero en la práctica...
Ni siquiera mis labios han sido tocados, siempre guardándose para un mejor
postor, luego cumpliendo el juramento de celibato de la guardia.
Y ahora tengo que dormir con un señor que, con algo de fe, tendrá todos sus
dientes.
~☆♡☆~
Mis botas se hunden en la nieve espesa a cada paso que doy para
adentrarme en el bosque congelado, donde los árboles parecen esculpidos
en cristales de hielo.
Hace algunos años, a nadie se le hubiera ocurrido una expedición así. Dicen
que el bosque ha sido maldito por los primeros Cygnus, para que solo los
verdaderos norteños sobrevivan a sus males.
Pero el reinado de Antares y Lyra lo cambió todo, y aunque les tomó un par
de años, han logrado desnudar los secretos de más allá del bosque.
Jamás lo diré en voz alta, sería incapaz siquiera de insinuarlo, pero ojalá no
lo hubieran hecho. Así, jamás habríamos irrumpido al reino de Jezrel, y esa
amenaza no se hubiera alzado como una sombra omnipresente sobre nuestra
casa.
Estos viajes siempre constaron con una expedición de decenas de hombres
armados, pero toda esa aglomeración y equipamiento nos retrasaría.
Por eso se decidió que solo vendría con un acompañante: Antares Scorp, rey
de Deneb y el mejor espadachín en todo Áragog.
Imagino que te confunde que mencione tanto Áragog, pero no te preocupes.
Es el reino más grande y poderoso, del que Deneb antes era un principado
dependiente, y a cuya monarquía seguimos muy ligados. Pero imagino que
ese ya no será mi problema, ni el tuyo, porque nuestro destino es Jezrel.
Antares aparte de ser un brillante espadachín, es un cosmo. Lo que significa
que es uno de los favoritos de Ara, y en particular goza con una habilidad
que hace que volar parezca cotidiano.
Se postra frente a mí, ofreciéndome su espalda.
—Súbete, vamos a conocer a mi yerno.
Yo me río, y trato de blindar con hielo cada parte de mí que se ablanda,
pensando en lo mucho que va a extrañarle.
Una vez estoy bien asida a él, saltamos al viento gélido.
Mi capa de piel ondea con cada salto del escorpión dorado, y su largo
cabello blanco no para de abofetearme. El camino es largo e incierto, pero
sé que Antares vigilaba con ojos afilados.
Pasamos por centenas de árboles que se inclinan bajo el peso del hielo, y las
ramas crucen bajo nosotros como huesos rotos. Superamos toda velocidad
humana, incluso la de tres carruajes juntos. Antares, en cada salto, atraviesa
el viento desafiando todas las reglas que parecen naturales.
Hay muchos peligros acechando, lo sé, son los testimonios de cada
explorador que ha pisado este bosque, pero Antares al alzarse como el rey
del norte ha forjado pactos que le conectan a una simbiosis con nuestra
fauna. Ni un mosquito podría dañarle.
Paramos y decidimos andar cuando la nieve empieza a hacerse agua bajo
nuestros pies, y pronto alcanzamos la frontera.
Un muro de niebla espesa que dura horas de camino y nos ciega en rotundo.
Tengo que ir aferrada al brazo de Antares para no perderme, pues a él
parecen guiarle instintos que a mí me son ajenos.
De repente, la niebla empieza a diluirse, y el cielo se tiñe de colores que en
Deneb solo se presencian cuando nace una estrella: verde, azul y rosa
manchan las nubes de un firmamento atestado de luciérnagas. La aurora
boreal más grande que he visto en mi vida.
El bosque ha cambiado, mis botas ahora están llenas de barro y no de nieve,
y los arboles secos ahora parecen extenderse como las nudosas manos de la
muerte.
La magnificencia del cielo no maquilla del todo los horrores de mi
alrededor.
—Mira allá —dice Antares, señalando unas siluetas irregulares por encima
de los árboles.
—Son... ¿montanas?
—Allá está tu reino, Freya.
«Tu reino».
Tengo que tragarme mis emociones, aunque pasen tan a cuestas por mi
garganta.
—Vas a estar bien, pequeño sirio —dice despeinando mi cabello, y luego
arrastrándome para estrecharme en un abrazo tan fuerte, tan carente de
pretensiones, que quisiera que fuera infinito.
—Promete que vas a cuidarlas, Antares, por favor.
—Prométeme tú a mí que vas a cuidarte. Solo... —Me separa un poco del
abrazo para que pueda ver a su rostro. Desde que decidió dejarse esa barba
incipiente, todas las jóvenes del reino hacen bromas sobre desear tener un
padrastro como el mío que las termine de criar—. Háblale mucho de esas
turbias historias que te gusta leer, capaz así lo duermes.
Le pego en el pecho. Sí, a mi rey, porque con él es más sencillo librarse de
una reprimenda.
Terminamos de cruzar el bosque espantoso, cuyo viento aullante se siente
incluso más gélido que el de Deneb, y cuando nos acercamos al pie de las
montañas, veo...
¿Pero que sirios es eso?
Un hombre nos recibe. Por el cuervo en el broche de su capa, asumo que se
trata de un emisario de la monarquía de Jezrel.
Lo inquietante es la criatura que hay junto a él. Parece un león, pero todo su
pelaje es de un tono azul tan oscuro que bien podría ser negro. Y si el color
es inusual, no tengo ni idea de como calificar el hecho de que tenga alas.
Mi corazón se desboca al ver cómo el emisario baja de la montura.
La bestia se retuerce una vez librada del peso, tanto que el domador tiene
que encerrarla entre sus brazos mientras tira con fuerza de la cadena atada a
su bozal.
La criatura está amordazada completamente por una jaula especial para su
cabeza, llena de candados para que no pueda zafarse, e incluso así, sus
enormes dientes se las arreglan para intimidar mientras gruñe.
Además del bozal, tiene grilletes que mantienen las patas delanteras juntas
como si se tratara de esposas, y otros en los cuartos traseros. La criatura
apenas tiene margen para mover las patas, pero eso no evita que sus garras
se dilaten y se claven en la tierra.
—¿Qué es ese animal? —dejo a mis pensamientos brotar de mi boca. Tardo
en comprender que ya no estoy sola con Antares y debo comportarme como
una futura monarca.
—Alteza —dice el hombre soltando la criatura, pero no las cadenas que lo
someten.
¿Cómo hace para que no se escape? Por muy encadenado que esté el león
alado, si le diera por forcejear, parece tener fuerza de sobra para ganar ese
duelo y salir volando.
—El rey y la reina madre le esperan —agrega el hombre.
Seguro doy la imagen de ser de lento pensamiento, ya que me quedo
paralizada asimilando lo que creo que este hombre está intentando decirme.
—No te preocupes, yo estaré contigo —dice Antares poniendo una mano
sobre mi hombro en un medio abrazo.
—Lo lamento. Su majestad ha sido muy claro. No quiere que nadie toque lo
que le pertenece, y si usted sube al gripher junto a la joven, tendría que ir
abrazado a ella.
Siento los dedos de Antares tensarse sobre mi hombro.
—No sé por dónde empezar a señalar todo lo que está mal en lo que has
dicho. Para empezar, estás hablando con el rey de Deneb, así que no solo
deberías usar los títulos correspondientes, sino que no eres nadie para
prohibirme nada en lo absoluto...
—Mis disculpas, majestad, pero en este lado de la frontera las únicas
ordenes vigente son aquellas que salen de la boca de Israem Corvo. Si
pretende casar a la joven con nuestro rey, esas son sus condiciones.
—Soy su cuñado —espeta Antares, las palabras amortiguadas por el muro
que crean sus dientes.
—Ese es un razonamiento a discutir con su majestad, no conmigo. Yo solo
entrego el mensaje.
—No pretenderá que permita a la princesa viajar sola sobre una criatura
visiblemente peligrosa que no controla. Me garantizaron su seguridad...
—No se preocupe, el gripher está domesticado.
En ese caso, no quiero ni ver de lejos a los salvajes.
Como en confirmación de nuestra incredulidad, la bestia se agita tanto que
el ruido de todo el metal que lo cubre retumba como truenos.
No sobreviviré a esa cosa.
—Está anulado, se lo aseguro. Y entrenado para hacer el viaje de ida,
estacionar y regresar por nosotros.
—No voy a...
Esta vez soy yo quien pone una mano sobre Antares.
No haré enojar a mi marido antes de conocerle.
—Iré, Antares. Por favor, no te preocupes, ni le cuentes una palabra de esto
a mi hermana. Nos vemos al otro lado.
El emisario, asustado de tocarme, si siquiera me ayuda a subir a la bestia.
¿Qué clase de amenazas habrá hecho el rey para aterrorizarle así?
—No le hará nada —jura el hombre, todavía con la cadena en la mano.
Cierro los ojos y me subo como si fuera un caballo más.
Y quedo sentada al revés, con la vista en la cola.
Brillante, Freya.
Antares hace ademán de avalanzarse hacia mí al verme temblar, pero el
emisario extiende su mano.
—No la toque más, majestad, se le imploro. Él lo olerá.
¿Qué es lo que se supone que va a oler? ¿Voy a casarme con un rey o con
un can?
—Si le da mucho miedo voltearse, puede volar así, alteza. Solo use el
arnés...
—Descuide, yo puedo.
Yo puedo morir descuartizada, por estúpida. Pero humillada jamás, ¿eh?
La bestia se sacude mientras me abrazo a él para enderezarme, y siento
como si estuviera en la cima de una montaña viva y esta buscara bajarme de
ella.
«Ara, dame la oportunidad de ser asesinada, por favor, pero no me dejes
morir como inútil».
Al enderezarme veo mejor que hay una especie de montura. Esto me
permite atarme un arnés al pecho y atar mis piernas para no caer.
—Si se pone violento, solo tira de este collar —dice el emisario
haciéndome entrega de la cadena—. Tiene dientes en su cuello que le
producen dolor, para que se comporte.
Paro de amarrar las correas y miro a los ojos al emisario, preguntándome si
está hablando en serio.
—¿Sucede algo, alteza?
—Nada, solo imagino que yo también me pondría violenta si me amarraran
dientes al cuello.
—Pues siga hablando así, y su esposo lo hará.
Trago en seco y evito mirar a Antares para que no vea cuánto me ha
afectado la amenaza.
Una bestia a la vez.
No pasa un segundo de que termine de atar la última de las correas cuando
el león se empuja con sus patas y nos lanza volando a las alturas, y mi grito
arremete contra el viento.
Ha sido muy imprudente usar vestido, pues su falda ondea en el viento.
Siento que desde abajo me ven hasta el futuro.
Un par de alas oscuras se baten junto a mí con agresividad. No alzo mis
brazos, sino que me aferro al cuello de la bestia y cierro los ojos para
sobrevivir a este terror. Siento que me han arrojado de lo alto de una estrella
y me han dejado caer como un meteorito inevitable.
Siento el rugido temblar en el gripher antes de oírlo salir, junto a una súbita
sacudida.
No aguanto más, y apenas tengo la entereza para desviar el rostro y
devolver todo lo que hay en mi estómago en oleadas que nos salpican a
ambos.
Mi rostro se agita en todas direcciones en medio de mi mareo, y veo que el
reino que dejamos atrás está sumido en la penumbra, sus torres de piedra
cubiertas de hielo. Pero ante nosotros se extiende un nuevo mundo, un lugar
de promesas y misterios. Las nubes se apartan, revelando un paisaje tan
horrendo que hipnotiza: agua roja que burbujea encierra la pequeña
población alrededor del castillo lúgubre de Jezrel.
Y cuando al fin aterrizamos, estoy segura de que el impacto me ha roto la
columna y me desvanezco.
Lo último que siento son un par de manos abofetándome.
No distingo mucho al volver en mí, salvo una voz que me dice:
—Bienvenida al reino de los moribundos, majestad.
Nota de autor: estoy muy entusiasmada con esta historia. Muchísimo, así
que espero que lo noten en el mimo de cada frase. Si les está gustando, por
favor háganmelo saber.
¿Qué opinan de Freya como protagonista?
¿Qué les parece este inicio?
¿Qué expectativas tienen de Israem Corvo y el matrimonio que se viene?
¿Qué opinan del gripher que han visto aquí?
¿Cuál es tu primera impresión del nuevo reino?
Se me ocurrió que, si llegamos a 500 comentarios, subiré el nuevo
capítulo. Así empezamos las actualizaciones de una vez en lugar de esperar
como había previsto ♡ Es que me emocioné xD, pero depende de ustedes,
saben que yo me debo a lo que quieran leer.
Les amo ♡
2: Un pacto entre dos coronas
Entiendo que es anticlimático abrir cualquier tipo de relato describiendo
cómo su protagonista se levanta y abre los ojos, pero, ¿qué puedo hacer yo
para evitarlo? Si lo primero que hago una vez estoy consciente es justo eso:
abrir mis ojos y parpadear como si me picaran las pupilas.
Confundida, percibo el olor del aire diferente. Incluso la luz, filtrada por las
cortinas, es distinta; mas viva, carente del matiz frío que da el cielo
congelado en Deneb.
Intento incorporarme con cuidado, pero la rigidez en mis músculos y un
tirón en mi cuello me hacen desistir con un quejido.
Entonces voy recordando mi estrepitosa caída, porque eso de volar no tuvo
nada.
«Bienvenida al reino de los moribundos, majestad».
Estoy en Jezrel, ya recuerdo.
¿Por qué llamar reino de moribundos a una nación tan llena de colores y
vida? Entiendo que cualquier cosa me deslumbre, pues Deneb es bastante
monocromático, pero... ¡por el amor a Ara! El cielo de estas personas tiene
luciérnagas, y el agua un pigmento rojo espeso.
Tal vez lo de moribundos aplica para los recién llegados que, como yo, se
desmayan al aterrizar en los griphers.
¿Dónde estará Antares?
Si Lyra se entera de lo que ha sucedido, y que estoy sola en quién sabe qué
rincón de este reino ajeno, el escorpión tendrá suerte si le dejan dormir
sobre la superficie helada del lago.
—Alteza, no se muera, que me matan.
Intento voltear en dirección a la voz, pero es como si me clavaran agujas
justo en la base de mi cuello. El fogonazo de dolor me adormece,
desdibujando mi entorno en una negrura brillante. Y apenas empieza a
difuminarse ese efecto, la imagen de un hombre aparece sobre mi campo de
visión.
Viste una gabardina blanca y lleva un estetoscopio como yo portaría un
collar de zafiros. Las hebras de su cabello y las vetas de sus pupilas
comparten el color del oro, mientras que en sus mejillas hundidas está toda
la carencia de un moribundo. De alguna forma, este extraño se las arregla
para hacer de la disonancia de su rostro un atractivo en sí mismo.
Está acomodando algo en mi cuello, una suerte de almohadilla de la que no
había estado consciente en medio de mi adaptación a la consciencia.
—El collarín es para que no mueva el cuello, princesa, no para que lo haga
con menos holgura.
Llevo las manos a mi cuello y confirmo la presencia del artefacto
mencionado.
—¿Dónde estoy? ¿Por qué llevo un collarín?
—Su aterrizaje le ha costado una ruptura en una de las siete vértebras
cervicales en la región del cuello. O Ara no le quiere en el reino cósmico, o
es usted su favorita. Como sea, tuvo muchísima suerte. La médula espinal
pasa por esta área, y si hubiese sufrido cualquier daño las consecuencias
serían tan graves como irreversibles.
¿Me he roto el cuello aterrizando?
Lo consideraré como un éxito, dado que conservo mi vida, y mis ojos. Una
vértebra menos es una uña rota para lo que pudo haberme hecho el felino
volador.
—Le agradezco sus atenciones —digo con mi mejor sonrisa de amabilidad
—. Imagino que usted me ha traído hasta aquí, ¿no?
—Mi deber era recibirle, pero no esperaba tener que habilitar el consultorio.
—Y tal cual estoy, ¿qué riesgos corro?
—El de verse ridícula frente a su marido, querida, porque tendrá que llevar
ese collarín unas seis semanas.
—¿Cómo? ¡No!
Contengo la respiración para reprimir el ataque de nervios e inspiro
profundo. No viajé hasta aquí para ser rechazada por llevar una almohada
en el cuello. Esa sería una resolución desagradable, y humillante como
mínimo.
Ya imagino lo que se murmurará en ambos reinos.
"¿Qué paso con la que sería la consorte de rey?" "Pues, se dio de baja
luego de que se mareara, vomitara, desmayara y fracturara el cuello en su
primera visita a Jezrel."
Es una preocupación ególatra; en realidad la humillación es lo de menos. Lo
que en realidad me atormenta es que, si Israem Corvo no me ve tan
presentable como para querer casarse conmigo, solo quedará una opción
para la paz con Deneb: casar a mi hermana menor.
Primero me corto la médula espinal yo misma.
—Señor... —Intento alcanzar sus manos sin mover mi cuello, y él tiene la
gentileza de acercarlas a mí. Las tomo, de manera que formen un vínculo
con mis palabras—. ¿Hay alguna posibilidad de que me presente ante el rey
sin este collarín? ¿Tan grave estoy?
—El collarín evita el movimiento. Puede empeorar si no lo lleva, agravar la
torcedura e incluso sufrir de un dolor maximizado...
—Si es por el dolor, no se preocupe. Estoy acostumbrada a escuchar a mi
hermanita cantando.
En la sonrisa que resulta del curandero, veo agruparse el brillo gentil de las
luciérnagas del cielo. No soy la mejor interpretando a los hombres, pero
este parece haber hallado afinidad en mí con un solo chiste, tanto que
aprieta mis manos y se toma un momento para pensar realmente lo que le
he dicho en lugar de ser rotundo con sus indicaciones.
—Escúcheme, princesa, yo no se lo recomiendo, y si alguien le pregunta...
—Jamás le perjudicaría, señor, lo prometo.
—Puedo darle algo para el dolor, pero no debe mover el cuello bajo
ninguna circunstancia. Y debe comprometerse a dejar que le dé seguimiento
a la fractura. Puedo darñe un tratamiento que ayudará a que sane, pero debe
usar el condenado collarín aunque sea por las noches. ¿De acuerdo?
—Sí, señor...
Me quedo esperando a que agregue su nombre, pero él solo me suelta las
manos.
—Como veo que eres algo lenta para los códigos sociales, te haré el favor,
esta vez, de aclararte que estoy ofendido.
—¿Le he ofendido? ¿Pero cómo es eso posible? De todos modos me
disculpo, claro, pero, ¿cómo...?
—No soy ningún señor, jovencita, soy lord Elius. De hecho, soy la mano
del rey, así que yo que usted me tendría mucho más respeto.
Me deshago en disculpas mientras el hombre se ríe de mí y me ayuda a
sentarme y quitarme el collarín. Esta vez he tenido suerte de tropezar con
alguien con sentido del humor, pero debo caminar menos a cuestas. Pude
haber ofendido un ego mucho más frágil.
Una vez sentada, ya puedo ver frente a mí y darme cuenta de que no
estamos solos. Cada músculo de mi cuerpo se tensa, y no precisamente por
la inyección que está poniendo lord Elius en la base de mi cuello.
Es el condenado culpable de mi desgracia actual, que no solo me está
mirando con los dientes asomados, sino que ya no tiene ninguna de sus
cadenas.
—Se ha puesto pálida. Alteza...
Lord Elius toma mi brazo cuando estoy a punto de desvanecerme otra vez.
Ni vergüenza me da admitir lo aterrada que me siento, pues no imagino a
ninguna otra persona que pueda quedarse como un témpano de hielo
teniendo en la cama contigua un león con alas, que encima intentó
asesinarle.
—Scarell'Azar es inofensivo, princesa, no se me vaya a desmayar otra vez
porque ahí si va a herir sus sentimientos de gravedad, y todavía no me
gradúo en cirugías de almas.
Ese comentario me reactiva como un pinchazo en el rostro.
—¿Yo voy a herir sus sentimientos?
Al verme estable, el médico va en dirección a la bestia que, muy digna y sin
refunfuños, le ofrece el cuello. Lord Elius levanta el pelaje en partes
específicas, revelando huecos en la piel, algunos húmedos se sangre
todavía, otros donde ya se están formando costras que lord Elius empieza a
limpiar con un paño y antiséptico.
Si me hubiesen dicho esta mañana que iba a sentir más pena por el cuello de
un monstruo que por el mío, que encima fracturó la criatura en cuestión,
habría perdido otras cien coronas apostando lo contrario.
—Por eso digo que es usted un hielo en esto de los códigos sociales, y lo
digo porque es sorda y ciega, no porque se pueda derretir. Ni siquiera pensó
que su vómito podía ofender al gripher.
Tardo más de lo habitual en entender que está hablando conmigo, y
entonces respondo:
—Comprendo, mi lord, la siguiente vez que una bestia voladora atente
contra mi vida y quiebre mis huesos, tendré la consideración de tragarme el
vómito.
El hombre para de limpiar una de las heridas abiertas del gripher, solo para
echarme una mirada suspicaz.
No se ha tomado en serio mis palabras, ¿o sí?
—¿Sabe? Normalmente atiendo a los griphers, no a sus jinetes —explica al
pasar a agregar un ungüento en las heridas de la criatura.
—¿Lo dice en serio, mi lord? Casi ni se le nota. Ya sabe, por lo intuitivo y
afín que es con los humanos y sus emociones, por supuesto.
—Creo detectar algo de ironía en sus palabras, ¿me equivoco?
—¿Cómo se le ocurre? Jamás había hablado mas en serio —contesto, e
incluso me río. Pero por la tranquilidad que demuestra el curandero, podría
apostar a que me ha creído cada palabra.
Apostar, no. Ya coincidimos en que las apuestas no son lo mío.
—Mi lord, ¿usted va a llevarme con el rey?
—Lo haré, pero antes debo dejar operativo a Scarell'Azar. En la corte no les
gusta prescindir de sus griphers. Y este parece estar de peor humor que de
costumbre. ¿Qué tanto daño le ha hecho, alteza?
—No tanto como el que le puso el nombre. Tuvo que ser una persona con
mucho tiempo, porque con solo pronunciar la mitad ya se me va medio día.
El médico se ríe de mi ocurrencia, y sé que acabo de conocer al monstruo
alado, y que entiendo entre poco y nada de su especie, pero cuando dirige la
cabeza hacia el rubio, casi parece tener una mirada aun más malhumorada.
No parece haberle hecho gracia mi chiste, tanto que aparta su melena
azulada cuando lord Elius intenta acariciarle.
—Es muy orgulloso —explica la presunta mano del rey—. Pero no te
preocupes por el nombre y su pronunciación. También le decimos Scar.
El gripher ruge, su voz como el dictamen de una tormenta. Es terrorífico y
vigorizante, pero me ha tomado tan de sorpresa que doy un respingo y me
lastimo nuevamente el cuello.
—¡Alteza, no se lastime!
—¡SÍ! —exclamo con la mano en el cuello, el dolor de la fractura
resucitado y mis ojos muy cerrados para contenerlo—. ¿Cómo no se me
ocurrió, Elius? ¡Gracias!
—¿Sabe? —Por lo que veo, parece que el hombre me está preparando una
segunda inyección—. Creo que usted enloquecerá a su majestad. Trate de
no hablar mucho en la reunión de hoy.
—Lo crea o no, lord Elius, esa es precisamente mi estrategia desde que me
ofrecí para esto.
El hombre frunce el entrecejo al acercarse con la inyección en la mano.
—¿Usted se ofreció?
—Por supuesto —contesto entre dientes y contengo la respiración para el
segundo pinchazo—. ¿Quién no querría casarse con un rey?
Nuestras miradas se interceptan por un momento, y aunque su silencio es
religioso, no puedo evitar leer la lastima en sus ojos.
Solo por esa mirada, siento que él anticipa mi funeral.
El adormecimiento en mi cuello esta vez se extiende como una molesta
comezón, pero la afronto con la esperanza en que dé paso al alivio.
Veo al responsable de mi suplicio al otro lado del consultorio. Está acostado
con sus patas flexionadas bajo su cuerpo como cualquier felino.
Cuando Elius empieza a ponerle al gripher, nuevamente, cada una de sus
cadenas, veo mi propia piel, y la de mis hermanas; veo al metal sobre
heridas abiertas, a las ataduras que reprimen, y al hombre que, carente de
toda empatía, doblega nuestra fuerza bajo el peso de sus antojos y hace caso
omiso a nuestros rugidos de auxilio.
Veo al gripher a, a Scar. ¿Por qué lo acepta? ¿Por qué, hecho de tanta
fuerza, escoge la sumisión, baja la cabeza, y recibe los grilletes? Lo veo a
sus ojos tan azules como el hielo, y pienso que, al menos, no han podido
encadenar sus alas.
—Tenga, mi futura majestad —dice Elius entregándome un saquito.
Lo abro y reviso por encima para descubrir que se trata de ampollas, jarabes
y píldoras de distintos tipos y colores.
—¿De qué se trata esto, mi lord?
—Es el suministro regulado por la organización de salud antipandemia del
reino.
—¿La órgano que saluda qué?
El hombre entrecierra los ojos.
—Es para prevenir y combatir la azir.
Mis parpadeos son toda mi respuesta.
—Princesa Cygnus, ¿qué tanto le han dicho de este reino?
Muerdo la esquina de mi boca y me llevo la mano a esa zona, una manía
que he adquirido pretendiendo disimular los nervios o la vergüenza, cuando
inconscientemente lo que hago es llevar la atención hacia ello.
—Nada —reconozco—. Prácticamente.
—Ay, querida, mejor voy de negro a tu boda, porque mínimo te entierran la
misma noche.
Haría lo mismo, pero Aquía me quitó la primicia y a ella no hay quien la
imite.
—Ahora andando, princesa. Es momento de que usted y el amor de su vida
se conozcan.
Por algún motivo, este encuentro de tanta importancia política, tanto peso
para el futuro de la corte y la monarquía de dos reinos, se pacta en una
taberna privada, lejos de las lindes del castillo.
Así que si resulto ser rechazada por lo que yo asumí como mi destino, ni
siquiera habré saciado mi curiosidad sobre lo que hay más allá de los muros
austeros que padecen una enfermedad hecha de rosas y espinas, y esas
torres ennegrecidas que se extienden cerca del manto de luciérnagas.
Antares mantiene la pose. No me habla, no me cuestiona, no hace ninguna
pregunta sobre mi paradero hasta este momento.
Yo estoy helada, enclaustrada en un bucle del tiempo donde no hago más
que imaginar miles de rostros para Israem Corvo Belasius, decenas de
arruga por cada año que ha vivido, y un temperamento que arruine más que
solo mi tarde.
Con mis manos unidas sobre mi vestido, y mi cuello inmóvil para evitar
más castigo a mis tendones, a Ara imploro que abogue a mi favor.
Necesito gustarle, y para conseguirlo necesito convencerme de que puedo
hacerlo. Quiero que vea a través de mí a una mujer que es capaz de
conquistar lo que se proponga. Él incluido.
—El rey y la reina madre están aquí.
Nos ponemos de pie para recibirles.
La habitación se carga de tensiones cuando la monarquía de Jezrel entra.
Me quedo buscando el rostro nudoso y la cabellera marcada por las cañas,
hasta que cierran la puerta y entiendo que no vendrá nadie con esa
descripción, y quien realmente lleva la corona no podría ser más opuesto a
ella.
¿Dónde puede tener noventa años tan preciosa criatura?
Preciosa en la medida en que la noche es luminosa, y el mar bondadoso;
preciosa como solo aquello que no se explica, tan artificial que no puede
aceptarse como cierto. Su piel... Es insólito, pero se ve tan longeva como la
mía, como si la hubiera congelado para no padecer los latigazos del tiempo.
Toma asiento con una elegancia gélida.
Su cabello, negro como la medianoche, es largo y lleno de ondas que
golpean sus hombros. Su semblante es un misterio, sus ojos petrificados en
el vacío. Son del mismo azul que los ojos de Scar, y al igual que la bestia,
parecen querer romperme.
Necesito algo más que eso, una mueca, o tal vez el atisbo de una sonrisa,
pero no podría sacar algo en claro de su boca, pues la lleva cubierta por una
especie de media máscara negra.
¿Dónde están sus noventa años? ¿Cómo ha podido burlar la voluntad del
reino cósmico así?
A su alrededor, los nobles y consejeros murmuran entre sí, evaluando cada
detalle de mi presencia. En especial, su madre, que le susurra al oído.
Cualquiera pensaría que luego de ver a Israem cara a cara ya nada podría
sorprenderme, pero no es así: el vientre de embarazo de la reina madre es lo
primero que me lleva al borde de la imprudencia.
Poco sé de Jezrel, es cierto, pero algo tengo claro: Isidora Belasius es la
viuda del viejo rey, que murió hace mínimo diez años. Es el motivo que
llevó a la monarquía a coronar a Israem antes de que este contrajera
matrimonio.
¿Quién sirios es el padre de su hijo, y por qué todos parecen tan tranquilos
al respecto?
Me mantengo erguida en el centro de la taberna. Sé que, aunque esté lejos
de Áragog y su mercado de mujeres, hoy estoy siendo ofertada cual
vendida, disputando mi valor solo por mi aspecto. Y depende de cada uno
de estos nobles si valgo el precio a pagar; y en especial, depende de Israem
el desear comprarme.
Solo somos yo y mi vestido ceñido, de un naranja tenue que se inclina al
marrón, y mis ojos del color del pálido hielo, contra la eternidad de mujeres
que habrá conocido el rey antes de mí.
—Majestad, parece que tendré que hacer de anfitrión en este diálogo —
asume Antares sin perder tiempo—. No veo movimiento de nadie por
explicar por qué tengo frente a mí a quien podría ser mi hermanito, y no al
rey que se me prometió.
—No me sorprenden los prejuicios viniendo de un Scorp —dice la reina—.
Pero le aclaro de antemano que este no es su hermanito, es Israem Corvo
Belasius, rey de Jezrel y amo del mar carmesí.
—Y un orador apasionante, sin lugar a duda —contesta Antares
aparentándose conmovido.
Luego de la presentación de ambas partes, a su curiosa manera, a todos los
hombres a la mesa se les entrega y llena una copa.
—Esta es la niña —cuestiona alguien más en la sala. No tengo idea de
quien podría ser, pero viste de terciopelo verde y mira con suspicacia, como
un ave de rapiña.
—Freya Cygnus —corrige Antares—. Y antes de empezar a debatir sobre
ese tema exijo que declaren sobre el paradero de lord Ermes. Vino aquí en
calidad de embajador, pero jamás regresó a su tierra con los demás
emisarios.
—Sobre eso... Cedric, haz lo tuyo —dice la reina hablándole al hombre
vestido de verde.
Este nos extiende una pluma, que bien podría ser parte de las alas de un
gripher, teñida por completo de carmesí.
—Esto que ve aquí es la prueba de nuestra inocencia en este asunto,
majestad Scorp —explica el tal Cedric—. Es la marca de un asesino en
serie al que le seguimos la pista hace años sin nada de información. Como
verá, envió la pluma con un diente atado a ella. Puede hacer las pruebas que
desee en su reino, pero estamos seguros de que le pertenece a su embajador.
—Tendrá que conseguirme otro —señala lord Elius hablando por primera
vez en calidad de mano del rey—, no creo que le sirva un diente para
representar los intereses de su tierra por aquí.
—¿En serio me están diciendo que debo aceptar un pluma y un diente como
prueba de la inocencia de su corte?
—Puede corroborar la información que le hemos dado, majestad Scorp —
dice Cedric—. Pregunte por las calles por el enmascarado de Jezrel,
pregunte cuál es su firma.
—¿Y por qué atacar a nuestro embajador?
—De los motivos del enmascarado sabemos lo mismo que usted, Scorp:
nada.
La reina termina de decir esto y de inmediato vuelve su rostro hacia mí.
—¿No tienes nada que decir?
Evito mirar de soslayo a Elius, la mano del rey, pero lo imagino temiendo lo
que saldrá de mi boca.
—Mucho hay que pueda decir, pero poco aportar. Preferiría escuchar antes,
majestad.
—Yo he visto suficiente —contesta la reina—. Vienen aquí, sin un plan de
acción, sin nada que ofrecer...
—Los términos del tratado se discutieron entre nuestras casas, Belasius —
interviene Antares llamándola por su apellido—. Freya está aquí porque su
hijo exigió verla antes de aceptarla como su consorte, no porque quiera
exponer un proyecto social que espera ustedes avalen.
—Y ya la hemos visto. La jovencita es agraciada, pero con poco que
aportar, como ella misma ha dicho. No nos conviene.
—Algo sí que puede aportar. —Esa es, nuevamente, la voz sagaz del
hombre vestido de verde—. Y tú lo sabes, Isidora.
—Eso nos lo puede dar perfectamente la otra hermana, Cedric. Yo lo que
quiero saber es... —Me mira directamente—. ¿Por qué tú, y no ella?
Llevo minutos en este reino, pero ya hay una cosa que conozco de primera
mano. Y me aferraré a ella.
—Porque ella es una fiera a la que no se puede poner mordaza, majestad.
Usted juzga mi silencio, yo lo creo oportuno. Jamás diré nada que no
aporte, y siempre pondré la obediencia por encima de mis propios deseos.
Yo me formé como caballero, ella como cazadora. Yo me debo al deber.
Y ahí estaba. Una sonrisa de Isidora Belasius, apresada en las comisuras.
—Todavía tiene que decidir mi hijo, pero yo no me opondré a lo que sea
que él decida. Pero antes, tú misma debes tomar una decisión, princesa. Hay
un detalle del acuerdo que no quisimos discutir por correspondencia.
—¿Qué detalle? —espeta Antares. No puedo ver su cara, pues implicaría
voltear mi cuello dolorido.
—Como bien dijo lord Cedric, hay algo indispensable que debe poder
aportar una reina. La estabilidad del reino depende de un heredero legítimo.
Por lo tanto, hemos establecido una condición: Freya e Israem se casarán
cuanto antes, pero ella debe concebir un hijo con el rey en menos de un año.
Si no lo logra, el matrimonio será anulado.
—¿Cuando ya esté deshonrada? Ni pensarlo.
—Son los términos del rey.
—Debió haberlos mencionado antes, no me habría molestado en venir. —
Escucho la silla de Antares rodar y lo siento levantarse—. Nos vamos.
No puedo permitirlo. Sé que él lo dice muy en serio, que es capaz de
sacarme de aquí y regresar a Deneb para planear un ataque, o la defensa a
uno. Pero yo no puedo permitir ninguna de esas dos opciones.
—Tío, quiero hacerlo. De igual forma sabíamos que es esto era parte de mi
deber, un plazo límite no cambiará nada.
Antares me toma del brazo para girarme hacia él, y entonces escuchamos un
golpe proveniente de la mesa.
La copa del rey se ha estrellado con más fuerza de la debida contra la mesa,
una copa sin utilidad, pues con su máscara no puede beber. Es la primera
vez que reacciona, la primera vez que da indicios de estar en la misma
habitación que nosotros, y es para reclamarme como su territorio sin
siquiera abrir la boca.
Gracias a Ara, Antares tiene la sensatez de soltarme.
Lo miro con tranquilidad y le sonrió. Sé que él tampoco quiere esto, pero va
a escoger la opción que salve a su esposa de tener que atravesar otra
tragedia.
—Si crees que es lo mejor, no te detendré.
—Así lo creo.
Algo sucede del otro lado de la mesa, donde los cuervos se reúnen al ver
actuar a su rey.
Israem Corvo se inclina cerca de su madre, y ella se petrifica, atenta. A
todas luces parece que le comenta algo, pero hasta el viento ha hecho
silencio, y no se percibe ni la más mínima vibración de un aliento o una
cuerda bucal.
Al alejarse, la reina tiene una expresión muy desagradable, como si acabara
de tragar algo amargo.
—Hay un segundo cambio de planes.
—¿Ahora quieren que baile? —inquiere Antares—. O, ¿tal vez he de
quedarme yo como chaperona? Total, solo soy el rey de Deneb, qué más da.
—No tiene que ponerse impertinente, Scorp, yo no gobierno sobre la
voluntad de mi hijo.
—Pero bien que habla por él, ¿no?
La reina encaja el comentario con un tic de un músculo en su mandíbula.
Una parte de mí disfruta ver al tío Antares saboreando el límite de este
pacto. Que cerremos una alianza no implica que permitamos que nos
escupan por ella.
Tal vez a mí sí, que soy poco más que una factura, pero no al rey escorpión
que gobierna junto al cisne.
—No quiere hacer enojar a Israem —advierte la reina—. Tenga cuidado.
—De cadáveres de sirios, con todo y su ira, está hecho el muro que protege
mi trono. Diga usted, su real majestad, quién no debe hacer enojar a quién.
La reina sonríe, sabiamente tomándolo como un chiste.
—Tal vez debería escuchar antes nuestra petición.
Antares hace una floritura con sus manos, una especie de reverencia
dramática para darle rienda a que hable.
Tengo que morderme las mejillas para no reírme de su payasada. Menos
mal que Lyra no está aquí.
—Mi hijo se complace en aceptar a Freya Cygnus como su consorte con las
condiciones ya acordadas y el agravante de que debe mudarse
inmediatamente al castillo, no en un mes como habíamos sugerido antes.
—No. Freya debe poder despedirse de su familia.
—Freya no morirá, va a casarse. Podrán venir a la boda y traerle una
mascota si les place, pero si no se muda inmediatamente no hay trato, ni
con ella ni con nadie. El rey ha escogido. La quiere a ella, y la quiere ahora.
—Y así será, majestad —me adelanto a responder. No puedo permitir que
Antares tenga voto en esto, o me arrastrará de aquí.
—Que así sea entonces, Cygnus. Bienvenida a la familia Corvo Belasius.
En un mes serás nuestra reina.
Nota:
Gracias por apoyar tanto la historia. ¡Ya tenemos nuestras primeras 5k
lecturas!
Al igual que en el capítulo anterior, si llegamos a 500 comentarios subiré
el siguiente. Estoy muy enganchada escribiendo la historia, así que
mientras ustedes estén aquí para leer yo con gusto les actualizo seguido ♡
Ahora, cuéntenme:
¡¿Qué pensaron al leer por fin al rey?! ¿Se esperaban esa descripción suya?
¿Qué piensan de él?
¿Qué piensan de esta reunión?
¿Qué piensan de la reina y su séquito?
¿Cómo les cayó lord Elius?
¿Qué piensan de Scarell'Azar?
¿Qué creen que le espera a Freya y qué les parece la decisión final que tomó
Israem?
Y cualquier otra cosita me la pueden comentar aquí.
Un beso, y nos vemos en el siguiente capítulo
3: Los mandamientos del
matrimonio
Soy Freya Cygnus, voy a casarme con el rey y voy a convertirme en la reina
consorte de Jezrel.
Es increíble, pero estoy por casarme en serio con un hombre al que no solo
no amo, sino que no me ha dicho ni una palabra desde que le conozco.
Mi vida cambiará a partir de este instante, con Antares de vuelta en Deneb,
y yo sola en brazos de la familia real.
Ya que de hechos sé muy poco, me veo en la obligación de prestar atención
y analizar cada detalle que me rodea para entender este reino.
Y hay mucho para pensar, pero lo que justo ahora no me sale de la cabeza
es que la reina tiene la apariencia de una mujer que está pisando los
cincuenta; una mujer madura, pero muy bien conservada. Y sin embargo
debe tener, por ley de vida y respetando el mínimo de edad para el
matrimonio, al menos dieciocho años más que su hijo.
¿Está embarazada con ciento ocho años? Tendrá la matriz de arkanium.
Y dicen que es el reino de los moribundos. Moribunda me veo yo con mis
veinte años al lado de esta monarquía de inmortales.
Siento que acabo de meterme en un acertijo donde todos conocen las reglas
menos yo. Estoy segura de que hasta las paredes del castillo han de
esconder secretos. A estas alturas, me obligaré a cuestionar todo, a asumir
que hasta el color de ojos de Elius debe tener un significado. La ignorancia
podría hacerme fracasar.
Por ahora, la prioridad es darle un hijo al rey. Tendré que poner en práctica
toda mi investigación científica con respecto al sexo, para nada basada en
escenas de ficción.
Aunque he de admitir que me intimida más la naturaleza de mi futuro
marido que su físico, pues nada en él califica como desagradable a la vista.
Solo espero que me respete.
La reina me adopta al instante siguiente en que Antares se marcha. Me
entrega una mascarilla, y todos se ponen una similar.
No pregunto, no es el momento ni deseo que me vean como una ignorante.
Tampoco son estas las personas a las que quiera incordiar con mis dudas.
Solo me pongo la mascarilla, cubriendo mi boca y nariz.
Así empieza nuestra procesión hacia el castillo.
Jezrel es terrible, terrible a extremos que solo pueden ser hermosos. La niña
encerrada en mí chilla de la ilusión que me da saber que seré la reina.
Otro trono para otra Cygnus.
Las calles se extienden a mi alrededor como venas de granito que conducen
a un gran corazón ennegrecido y enredado en rosales espinosos: el castillo.
Y viéndolo así, todo el mar rojo que hemos dejado a nuestras espaldas,
parece el símbolo de un reino que se desangra.
Otro asunto que me llama la atención es el hecho de que estemos
caminando. Nuestros flancos están cubiertos por guardias, sí, pero a nadie
se le ocurre pedir un carruaje.
En medio de mi andar, un par de mariposas azules se suben a mis hombros,
y otro par se enredan en mi cabello, explorándolo como a ramas de un
bosque helado.
No me pasa desapercibida la mirada de la reina madre, como si desconfiara
de las alas azules a mi alrededor, y de la sonrisa que me provoca. Si supiera
que son tan inofensivas como las luciérnagas de su cielo.
Y a su lado, el rey toma del brazo a lord Elius. Se inclina como para hacerle
un comentario privado, pero lo único que escucho es a su mano cuando le
responde:
—No soy tan fuerte así, majestad. ¿No preferiría...?
Es cuando sucede, por primera vez soy testigo de un sonido emitido por él.
Prescinde de las palabras, pero su gruñido es comunicación suficiente. Es
un ruido casi animal, me eriza cada vello del cuerpo en su onda expansiva.
No debo olvidarme de que ese hombre no es humano, y ahí está mi
recordatorio. Si los rumores son ciertos, ha vendido su alma al dios Canis
para convertirse en sirio. Es casi un can maldito por las estrellas.
Pero sus ojos... Tal cual me mira, siento que estoy viendo la misma criatura
encadenada que me ha roto el cuello.
Lord Elius, como cualquier ser humano racional, ni se le ocurre discutir con
el rey. Por el contrario, viene directo hacia mí y me levanta en sus brazos
cual damisela en fabula.
—Mi lord... —No quiero faltarle el respeto, pero esto se ve terrible para mí
que voy a casarme con el rey—. ¿Qué hace?
—El ridículo, alteza. Su marido no quiere que camine, y no está
especialmente abierto al dialogo.
—Oh...
¿Cómo sirios se responde a algo como eso?
—Pues lamento que deba caminar, mi lord —termino por decir.
—¿Por qué lo lamenta? ¿Acaso desea que quede inválido? No lo sugiera
cerca de su marido, se lo imploro.
—No, Elius, me refería a... ¿Sabe una cosa? Gracias y punto.
—Está progresando.
Reprimo una sonrisa y miro al hombre que será mi esposo.
No quería que Antares me agarrara ni el brazo, pero permite que su mano
me lleve cargada. Entiendo. Tiene un desequilibrio mental.
Y pronto estaré durmiendo en su misma cama, contra su longeva piel, y
compartiendo almohada con ese cabello oscuro que le ondea al viento.
Si se lo pido, ¿se dejaría hacer una trenza en el cabello?
No debo pensar esas cosas. Debo centrarme en no morir en sus manos, ni
por ellas.
Miro a lord Elius, que desde mi posición se forman sombras en su rostro
que hacen ver a sus mejillas más hundidas.
—Lord Elius...
—No me pida que me quite los zapatos, no llevo los calcetines combinados.
—Ay, qué lástima. Será la próxima vez que me lleve cargada, supongo.
Mientras esa oportunidad llega, ¿me diría por qué caminamos?
—Porque Ara es misericordiosa y nos ha bendecido con dos piernas a cada
uno.
—¿Has pensado optar por el puesto de bufón?
—Ya estaba ocupado cuando me postulé para mano.
—Eso explica muchas cosas. Pero, en serio, yo me refería a... ¿Dónde están
los carruajes?
—Alteza, este tramo es muy corto y los carruajes son muy costosos. No hay
suficientes griphers como para generar un tráfico que nos abastezca, por eso
usamos los carruajes con suma moderación.
—¿Griphers? ¿Y los caballos?
—¿Es un chiste?
—A mí no me ganaron el puesto de bufón, Elius, yo sí acostumbro a hablar
en serio. ¿No hay caballos en Jezrel?
—Pues, no se han extinto, si a eso se refiere, pero ya no son comerciales.
No evolucionaron bien luego de la llegada de la azir. Los gases los
debilitaron tanto que son incapaces de cargar el peso de un humano, mucho
menos el de un carruaje.
—¿Es por eso que llevamos estas mascarillas? ¿Hay una enfermedad en el
aire que debilita al reino?
—Eehhh... ¿Sí? Y por supuesto que no. Lo está contando muy aburrido.
—Pues cuéntame tu versión.
—¿A qué constelación le tengo que pedir para que te calle, jovencita? —
espeta la reina madre con obstinación.
Y es lo último que hablamos en todo el camino.
~☆♡☆~
En lo más alto de la torre, Isidora Belasius libera todos los candados de una
puerta maciza. Dentro de la habitación, la luminiscencia de la aurora boreal
se filtra a través del vidrio de la única ventana, creando un mosaico a mis
pies.
Camino sobre una alfombra gastada, cuyos colores vibrantes han perdido su
intensidad con el tiempo, y pienso en que este parece el hogar de una
prisionera, no de una futura reina consorte.
—Haremos un banquete en honor del compromiso —me dice Isidora—.
Pero no ahora. Nos ha tomado a todos por sorpresa la decisión tan
apresurada de mi hijo, que escogiera retenerte de inmediato, sin que
pudiéramos hacer ningún preparativo... Créeme que no ha sido grato ni
siquiera para mí.
Le sonrío reverente.
—No me quejo, majestad. Agradezco la oportunidad que me están dando.
La reina me mira por encima de su hombro. Su expresión es la que se
espera de quien percibe un mal olor, con sus ojos cafés entornados, como si
me sobreanalizaran.
No soy la única paranoica aquí, me queda claro.
—Esta no es la habitación nupcial, la que pronto compartirás con tu marido
—dice al continuar la conversación—. Por el bien de tu reputación,
dormirás en esta torre, que es la de servicio. Estoy aquí para darte el
recorrido.
No entiendo la finalidad de que me muestre ella en persona una habitación
que solo usaré durante un mes. Sospecho que es una excusa para hablar a
solas conmigo.
Así que la miro directo a los ojos, y aguardo. Estoy preparada para lo que
sea que pretenda decir.
—Freya, tú y yo tenemos que ser aliadas.
—Lo somos, majestad.
—Nuestros reinos, tal vez. Pero dentro de esta corte hay, digamos, bandos.
Hay voces que te conviene escuchar, conversaciones que preferiblemente
tendrás que omitir, y amigos que no te conviene tener. ¿Comprendes?
Se puede aprender mucho de una persona si se presta atención a quiénes
quiere imponerte como amigos, y de quiénes te quiere alejar.
Así que la escucho.
—Y usted está aquí para guiarme —aventuro.
—Estoy aquí para evitar que cometas errores irreversibles. —Camina hacia
mí con una sonrisa que dista de sus miradas habituales, y coloca una mano
sobre mi hombro—. Yo seré tu familia a partir de ahora, y necesito de ti.
Quiero que seamos aliadas porque Israem no es... una persona sencilla.
—¿En qué sentido lo dice, majestad? ¿Hay algo que debería tener en
cuenta?
Ella no se contiene, una especie de risa burlona brota de sus labios, aunque
se retracta al instante.
—Hay tanto que deberías tener en cuenta, que no sabría por dónde empezar.
Tendría que hacerte un manual.
—Me entregaron muchos manuales para que pueda cumplir esta tarea,
majestad, y los leí todos. Aceptaré uno más.
—Él no es alguien a quien te convenga desobedecer, pero si debes elegir...
sé inteligente. Debes hallar la manera de hacer todo lo que él te diga, sin
contradecir mis propias órdenes.
Si estoy entendiendo correctamente, esta conversación me suena a una
madre buscando ayuda de su nuera para controlar a su hijo.
Nuera.
Por el amor a Ara, no asimilo que técnicamente tengo novio. Soy la novia
del rey.
—Yo... —Me cruzo de brazos, como si la sola idea me resultara incomoda
—. Lo que me pide no es sencillo. Israem es mi rey, y será mi esposo.
¿Cómo podría poner cualquier orden por encima de las de él?
—Porque es lo que nos conviene a todos. Mi hijo es... delicado.
Complicado. Sin una buena guía, haría de este reino un lugar en el que solo
Canis podría vivir. Entiende que él solo piensa en sus propios caprichos, y
nuestro deber es no permitir sus malcriadeces sin ofenderlo.
—Es difícil imaginar cómo su hijo ha podido alargar la etapa de la
malcriadez unos setenta años.
—Cuando lo conozcas, entenderás. Por ahora, debes ir con mucho cuidado.
Nunca le digas que no, nunca... —La mujer se lleva las manos a la cabeza,
apartando el flequillo rizado de su frente, y deja salir una bocanada de aire
—. Tengo entendido que te han hablado de su condición.
¿Se refiere a la condición de ser un sirio come almas?
—Muy poco —es lo que contesto.
—Y eso es todo lo que debes saber. Es un tema familiar delicado. Jamás le
preguntes al respecto.
Menos mal que me lo advierte, sino habría ido directo a preguntarle al
temible rey sobre los detalles que lo hacen verse intacto en el tiempo, e
indagado sobre el sabor de las almas que se come. ¿Por qué no lo haría? Si
se nota tan conversador, ¿no?
—Pero usted la ha mencionado, así que imagino que hay algo en todo ese
asunto que espera que yo tenga muy en cuenta. ¿Qué es?
—Cuando se casen, y llegue el momento de consumar el matrimonio, es
posible que él quiera besarte. De hecho es bastante improbable, pero existe
esa posibilidad. Y no debes permitirlo.
Esa parte de la conversación se derrama como ácido en mi estómago. No he
querido asumir los peligros a los que me enfrento, pero que entrecierre los
ojos al salir por las calles no hará que el sol desaparezca.
—Le agradezco la advertencia, majestad.
—Para mantener las apariencias, y aunque me halaga, no quiero que me
sigas llamando majestad. Tu serás la reina, y es importante que se crea que
soy yo quien se debe a ti. Así que dime Isidora.
«Que se crea». Esta declaración de intenciones es más que obvia.
—Otra cosa a tener en cuenta es el informe que se nos entrego sobre ti,
Freya. Dice que solías bailar sobre hielo, ¿es eso cierto?
Mi entrecejo se frunce. No entiendo la relevancia de un pasatiempo que no
retomo hace más de seis años.
—Es cierto, solía hacerlo.
—Israem no tolera la música, no le hables de ese pasado tuyo, ni siquiera
pienses en revivirlo. ¿Puedes olvidarte de eso o es demasiado sacrificio para
ti?
¿Hay algo que tolere Israem?
No he sido sarcástica, en serio me gustaría saberlo.
—No danzo hace años, Isidora. No pretendía venir a hacerlo aquí. Así que
no se preocupe. He hecho sacrificios por este compromiso, pero ese ni
siquiera lo contaría como uno.
—Hay una cosa más.
—De ser así, no veo que esta haya sido una conversación como para llenar
un manual. Le pido que, sin necesidad de que me revele nada demasiado
delicado para su familia, me diga todo lo que debo saber. Se lo pido porque
quiero estar preparada, y porque quiero evitar errores.
—Todo a su tiempo, niña. De hecho, no creo que haya mucho más que sea
necesario que sepas sobre mi hijo. Salvo que... —La mujer se muerde la
boca mientras mira a todas las direcciones de la habitación—. Esto es
incómodo para mí, no sé cómo decírtelo, pero debo hacerlo. Es sobre el
asunto de la descendencia.
Ay, no.
¿Y ahora qué?
—Para consumar ese matrimonio tendrás que... animarlo, ¿entiendes?
Tienes que ser muy persuasiva, de lo contrario no lograrás que se acueste
contigo.
Por algún motivo, pienso en el comentario de Gamma sobre cosas que se
pueden parar, y las que no, en el rey.
Espero que la reina no se refiera a eso.
—Yo... —No me esperaba esto, y supongo que mi expresión es muy
evidente al respecto—. Supongo que entiendo.
—No, no lo entiendes. Israem quedó muy afectado por una mujer en su
pasado, y ahora es incapaz de entregarse a nadie más. No ha tocado ni a una
esclava en todo este tiempo.
Es decir, que mi marido no quiere que me toque ni mi cuñado, pero él ya
compartió su lecho, y su cuerpo, con otra mujer antes de mí.
Como veo que la reina espera una reacción de mi parte, le digo:
—No imaginaba que había alguien ya en el corazón del rey, pero lo tendré
en cuenta.
—Fue antes de que tú nacieras, no vayas a ponerte celosa.
¿Cómo podría? Imagino que la susodicha enamorada no pudo resistirse a la
elocuencia del rey.
—Isidora, no se preocupe por mí. Vine a cumplir con mi tarea, no a
competir por el corazón del rey. Ese es suyo, y de quien sea que estuvo
antes de que yo llegara. Yo solo aspiro respeto.
—Pues suerte con eso, niña. Ah, y una cosa más... Es sobre esta torre, no
sobre Israem. Este cuarto, como pronto descubrirás, tiene una trampilla bajo
la alfombra. Puedes hacer lo que te plazca en esta habitación, pero si abres
esa trampilla te regreso para tu reino, ¿está claro?
El modo en el que me lo dice me toma por sorpresa, tanto que me crispo por
sus palabras, pero reacciono como un subordinado y asiento sin protestar.
Y entonces ambas nos volvemos por el chirrido de la puerta.
Es lord Elius, la mano del rey.
Ha cambiado la gabardina blanca del consultorio por una gris, y sus ojos
dorados parecen resaltar todavía más con ese cambio.
—Bueno, Isidora, te toca relevo de suegra —dice entrando en la habitación
y entregando a la reina madre un rollo de pergamino sellado—. Israem está
de... cacería, pero dejó dicho que quiere a su consorte en la alcoba nupcial
apenas regrese.
—Imposible. —Isidora rechaza el rollo con un manotazo—. Freya no se
mueve de este cuarto, y menos para ir a hacer quién sabe qué a la habitación
de Israem. ¿Te has vuelto loco, Elius?
—Dígaselo a él, yo solo soy el desgraciado que lleva el mensaje.
—¿El rey quiere verme? —pregunto con el corazón galopando en mi
garganta—. ¿En su habitación? ¿Para qué?
—El rey no quiere verte, querida. El rey te verá. Y será mejor que te des
prisa, porque si te retrasas su humor se pondrá mas pesado que un collar de
melones.
—Elius, no puedes permitir esto... —intercede la reina.
—Deje a su hijo ser. Es el rey y sabe lo que hace.
Recordando nuestra conversación previa, no me atrevo a tomar una decisión
sin antes mirar a la reina madre a los ojos. No pienso desobedecer al rey,
pero necesito que ella piense que busco su aprobación.
Ella termina por suspirar.
—Ve. Haré todo lo que este a mi alcance para que esto no se sepa, por el
bien de tu reputación.
Entonces no hay nada que considerar, ni salvatoria posible. Iré a conocer al
rey. Solo espero que no se le haya antojado adelantar la luna de miel.
Mentalmente, repaso las advertencias.
No desobedecer jamás al rey. No permitir que me bese. No hablar de mis
pasiones pasadas. No aspirar su corazón, e incentivarlo para que pueda
acostarse conmigo.
Nota:
Espero les haya gustado mucho este nuevo capítulo. Les agradezco mucho
el apoyo comentando los capítulos anteriores. Esto de actualizar
prácticamente a diario se está haciendo muy emocionante para mí.
Nuevamente, cuando lleguemos a 500 comentarios subiré el siguiente...
QUE ESTÁ POTENTE.
Ahora, cuéntenme todo de este capítulo.
¿Les está gustando la historia?
¿Qué teorías tienen?
4: El sonido del silencio
Elius se ha ofrecido a llevarme personalmente a la alcoba nupcial.
Caminamos por pasillos cavernosos, con antorchas de plata a cada esquina,
cuando decido decirle:
—Temo por mi vida.
—Es lo más inteligente que ha dicho desde que llegó al reino.
—No lo digo por... lo obvio, lo digo por mi cuello. Siento una tensión junto
a una especie de calambre y...
—De gracias a Ara que siente el cuello, ingrata. Eso que describe es por el
sedante y el antinflamatorio, pero no se estás recuperando, solo ignora el
problema.
—Precisamente, Elius. Tengo una fisura en el cuello, y estoy a punto de
entrar a la habitación del rey. ¿Qué si se le antoja ponerme en la gripher
posición?
Lord Elius se detiene en seco y me mira con sus ojos fuera de órbita.
—Siento que me arrepentiré de preguntar esto, pero... ¿Qué es la gripher
posición, princesa?
—Vamos, eres el doctor de esas cosas, sabes bien en qué posición andan.
—¡Cállese, alteza, no diga una palabra más! —Acompaña sus palabras de
movimientos desesperados de sus manos—. No quiero ni imaginar lo que
me harían si me descubren con esa imagen suya en mi mente. Por favor,
respete.
—¡Yo no le pedí que me imaginara en esa posición! —aseguro llevándome
las manos a la boca, en parte por la vergüenza, y en gran medida porque
tengo muchas ganas de reírme y no deseo que se note—. Yo solo le estaba
pidiendo una opinión médica.
—Si lo que quiere es mi opinión profesional: no, princesa, no le
recomiendo abrir la noche con la gripher posición, porque probablemente la
cierre en la cadáver posición. ¿Eso ha sido claro para usted?
—No es algo que yo desee, mi lord, pero...
—Mi lord, nada. Acabamos de discutir, con fines médicos, sobre posiciones
nupciales, no se haga la desentendida y tutéeme.
Intento hablar, pero él me detiene y me señala el pasillo para que sigamos
andando.
—Mantenga el cuello inmóvil y aprovéchese de que ya la han escogido para
pedirle a Israem un collarín. Dígale que le ha empezado a molestar el
cuello. No le importará su aspecto ahora que ya se acordó el matrimonio.
—Pero, y si quiere...
—No creo que su marido la esté llamando para ponerla en ninguna posición
salvo la de payasa, porque así es él.
—Pero ahora tiene una novia, tal vez ha decidido cambiar de táctica.
—Israem tiene noventa años, ha tenido más que noviecitas. Y perdone que
lo diga así, pero es mejor que lo sepa para que luego no se lleve sorpresas
desagradables.
Estamos a punto de doblar el pasillo, pero no lo permito. Tomo a lord Elius
del brazo y lo arrastro de vuelta al punto ciego para decirle en confidencia:
—Usted es cercano al rey.
—Soy su mano, no su pie. Obvio soy cercano.
Aguanto la risa para priorizar lo que pretendo decirle.
—Y yo le agrado.
—No, usted ofendió a Scarell'Azar y sigue sin pedirle disculpas. ¿Tan grave
está su autoestima que siente que me agrada solo porque no quiero matarla?
—Precisamente, con que no me quiera asesinar me basta por ahora. Y
quiero pedirle un favor.
—¿A cambio de...?
—Yo seré la reina, puedo darle lo que desee. Pero seré una terrible reina si
ni siquiera entiendo el reino en el que vivo.
Algo brilla en los ojos de Elius. Pensé que sería difícil negociar con alguien
de su autoridad, pero parece que incluso la mano del rey todavía puede
desear cosas que no estén al alcance de su rango. Él, como todos, también
quiere algo de la reina.
Este hombre no me desagrada, pero una parte de mí teme estar pecando de
confiada al ofrecerme a su disposición, y a ciegas.
—Yo le explicaré con gusto lo que necesite saber, princesa. ¿Es eso lo que
quiere?
—Quiero más que eso. Pero, al igual que yo no sé qué le estoy ofreciendo,
le dejaré en incógnita con respecto a lo que usted está aceptando. Hasta que
yo crea oportuno decirle.
Él sonríe con su rostro de cadáver sobrenatural, y me hace una reverencia.
—Usted será la reina, usted manda.
~☆♡☆~
Al cruzar el umbral de la habitación nupcial, siento una presencia extraña:
décadas de secretos, tragedias y mentiras. Siento que me equivoqué al
pensar que viviría una historia como las que suelo leer, esto parece el inicio
de la investigación de un crimen. Solo espero no ser la víctima.
Las paredes están cubiertas de tapices abstractos y antiguos retratos con
miradas melancólicas. El aire tiene impregnado el dulzor de las rosas, y
tiene sentido, pues cada muro de esta habitación parece padecer una
enfermedad con pétalos, enredaderas y espinas.
El recibidor de la alcoba no va directo al cuarto de cama; se trata de una
gran sala de espera, donde un órgano reluce en todo el centro.
Isidora dijo que Israem no tolera la música, entonces, ¿por qué tener un
piano?
Siento que estas personas mienten hasta con decir sus nombres.
El fuego blanco de los candelabros crea sombras danzantes en las paredes
mientras camino hacia el cuarto de cama.
El balcón está abierto, y ahí, en su trono privado, está la figura del rey de
Jezrel a contraluz.
Su silencio es tan profundo como un abismo. Solo se mueve cuando un
cardumen de mariposas diminutas arremete contra la habitación, ingresando
a ella siguiendo el vaivén de las cortinas.
Así logro ver su perfil, y confirmo que lleva todavía esa media mascara.
¿Por qué no se la quita? Ya a mí me permitieron quitarme la mascarilla,
debe ser seguro respirar en el castillo. Y, además, estamos solos. Yo seré su
esposa, ¿por qué mantener el enigma conmigo?
Mi corazón se acelera cuando las mariposas me alcanzan y me rodean,
porque él sigue el trayecto con su mirada, así que ahora yo soy su única
atención.
¿Será cierto que huele cuando un hombre me ha tocado? Porque tomé el
brazo de Elius antes de entrar aquí, ¿eso puede agredir su paz?
Él se levanta. Sus labios guardan silencio, pero su mirada puede
atravesarme hasta el tuétano.
¿Qué ve? ¿Qué piensa? ¿Qué sirios es lo que no dice?
—Mi rey —saludo con una reverencia, pero incapaz de flexionar el cuello,
así que mantengo el contacto visual.
Escuché decir a Elius que el rey estaba de caza, pero no es así. ¿Me habré
tardado? ¿Estará molesto?
Y, lo que es peor, ¿qué es capaz de hacerme una vez se enoja?
La habitación está impregnada de una tensión peor que la que siento en el
cuello, como si el aire mismo temiera perturbar al rey.
Entonces, el rey inclina la cabeza.
Lo tomo como su invitación para que me acerque, pero al hacer ademán de
ir hacia él, él da un paso atrás, alerta como un animal amenazado.
Me petrifico por sus reflejos.
¿Qué se supone que haga ahora?
—Soy Freya Cygnus, majestad. Yo soy... su novia.
Él arquea una de sus cejas. ¿Se burla?
Tal vez no le gusta el término de novia.
—Pronto seré su esposa —corrijo.
Siento el bufido que emite justo cuando decide darme la espalda.
No sé qué esperaba él de mis primeras palabras, pero parece que no le he
impresionado.
Estoy tan desesperada que incluso considero el consejo de Antares de
ponerme a narrar los libros que leo.
—Usted mandó a su mano a buscarme, imagino que tiene algo que decirme,
¿no?
Él permanece de espaldas, la luz verdosa de la noche delineando su oscura
figura.
—Y si no tiene nada que decirme, debe haber una utilidad para mi presencia
en esta habitación. Dígame cual es, que yo le serviré como me pida.
Me preparé mentalmente para un hombre que quisiera poseerme, no para
uno al que le tuviera que rogar para que lo hiciera.
Esto es interesante, como mínimo, tanto que empiezo a perder la aprensión
del miedo, sustituyendo su efecto por el de la curiosidad.
¿Por qué Israem no me habla?
—¿Debería marcharme?
Su gruñido es definitivo, la promesa de un castigo que no estoy dispuesta a
averiguar. Y no acaba ahí, porque él se voltea, brusco, y antes de que pueda
entender lo que está pasando lo tengo tan pegado a mí que, su cabello,
ondeando por las corrientes de aire que provienen del balcón, me roza la
cara.
Me agito tanto por la sorpresa que grito y cierro los ojos. Estos arrebatos de
velocidad son lógicos, Antares los tiene cuando usa su cosmo, pero eso no
lo hace cotidiano, ni algo a lo que me acostumbre.
Me muerdo la boca, estoy temblando más que las cortinas porque he
demostrado mi miedo, y temo que el rey decida castigarme. Escucho el
aleteo de las mariposas alborotarse, pero ninguna me toca.
Y entonces siento algo más.
Es... una respiración.
Abro lentamente los ojos, y ahí está él. Lo tengo casi pegado a mi cabello, y
estoy consciente de que cualquier contacto podría ser fatal, aunque no sé en
qué medida, ni bajo qué condiciones. Y eso solo empeora mi temor.
Su aliento está rozando mi piel. Llevar la boca cubierta no le impide
olfatearme, y lo hace, como imagino a un gripher evaluando a su presa.
Hay una condenada corriente eléctrica que solo incrementa a cada segundo
que pasa cerca de mí, bajando su rostro para olisquear mi cuello.
Se acerca a mi rostro, tan cerca que su nariz está a punto de tocar mis
labios, y si sigo temblando como lo hago, eso podría suceder por accidente.
Miro a sus ojos azules, y me trago mi miedo para decir lo que debo decir.
—Mi señor... —digo con voz apenas audible.
Me mira con una intensidad que me arrebata toda pose de dureza. ¿Qué hay
detrás de esos ojos insondables? ¿Qué secretos guardan los noventa años
que ha vivido?
—Mi señor —repito tragando en seco—. Yo seré su esposa porque así se ha
acordado, pero eso no tiene por qué ser desagradable. Yo quiero...
conocerle. Quiero hacerlo de todas las formas que usted me lo permita.
Entonces, algo cambia.
El rey se abalanza sobre mí y estoy tan aterrada de su tacto como lo estuve
del gripher en mi viaje hasta aquí. Así que retrocedo como una oveja
asustada, las mariposas huyendo a la libertad del balcón.
Pero yo no tengo esa opción, yo caigo sentada en la cama y el impacto agita
mi cuello lo suficiente para que reviva todo el dolor de la fractura.
Grito, pero mi escándalo no acaba ahí. Jadeo cuando Israem Corvo decide
perseguirme, lanzándose como un felino a la cama encima de mí.
Mi cabeza golpea el colchón, y creo que digo suficiente al confesar que ni
siquiera me preocupa mi cuello. Si duele, no le presto atención. Estoy viva,
pero tengo agazapado encima al rey de Jezrel, sus rodillas y sus manos
como una jaula para mi cuerpo.
Me recojo el cabello que se ha regado por la cama. Es un impulso, mi
miedo tomando control de mí. Es tan estúpido, que el hombre que tengo
encima frunce el ceño al verme hacerlo, la mirada de desconcierto de una
mascota que ve por primera vez su reflejo en un espejo.
Es hasta... bonito. Dócil en su curiosidad.
No, Israem, no busques lógica a lo que hago. Soy solo yo con miedo de que
mi cabello te toque, lo cual no tiene sentido porque tengo el tuyo dejando
caricias en mi escote.
Solo espero que esto no sea una especie de tratamiento capilar. ¿Estará
robándose la juventud de mis senos para darle brillo a su cabellera?
—No me mate —imploro—. Se está perdiendo de la trama de novelas muy
buenas, majestad. ¿Quiere que se las cuente?
Su gruñido me hace cerrar los ojos y abrazarme fuertemente a mí misma.
—¡Esto no es comunicarse, Israem! —chillo, presa del desespero.
Y creo que he cometido mi peor error al mencionar su nombre.
No sé cuál es la maldita condición de este hombre, pero sin importar de lo
que se trate, veo sus ojos cegarse como si sus instintos hubieran despertado.
Ahora su gruñido es bajo, pero constante.
Sus dedos enguantados se crispan, como si debajo hubiesen garras que
quisiera clavarme.
Y entonces sucede algo más, algo peor.
El viento se agita, y en un torbellino de plumas y rugidos se adueña de
nuestra atención.
Scar, el gripher azul marino aparece en el alféizar.
Arrastra sus cadenas mientras se acerca al borde del umbral.
Estoy acabada. Si no me mata una bestia, la otra lo hará.
Pero solo me mira. Y son sus mismos ojos, con distinta manera de mirar.
Scar e Israem comparten el mismo azul.
Las alas de Scar se baten, parecen querer llamar nuestra atención. Y lo
hacen, porque el rey deja de verme por un instante y parece darle una orden
con la mirada al gripher.
Las garras afiladas de la bestia rasgan la piedra en reacción, pero no termina
de entrar a la alcoba.
No sé si temerle más al rey, que podría acabar con mi vida, o al gripher que
ya lo intentó.
En este momento, mientras Israem intercala su mirada entre la bestia y yo,
entiendo que mi en este oscuro castillo destino estará entrelazado con
ambos.
Tengo que sobrevivir a los dos.
Entonces, tan frustrado que propina un puñetazo en la cama junto a mi
cuerpo, el rey se aleja de un salto, cayendo de pie en el suelo frente a mí.
Me incorporo, mi mano contra mi cuello adolorido y la otra echando mi
cabello hacia atrás.
—Dime algo... —le suplico a mi rey—. Lo que sea.
Pero él esquiva mi mirada, y corre al balcón para desaparecer más tarde
montado en el gripher.
Nota:
Este es un capítulo un poco más corto, pero es tan intenso que no quería
unirlo a las escenas que vienen, que cargan su propia tensión. Espero que
les haya gustado mucho, y ya saben que cuando lleguemos a 500
comentarios subiré el otro cap.
Ya se están dando cuenta de que hay muchos secretos en esta historia. ¿Qué
teorías tienen?
Con respecto a Israem y este primer encuentro a solas con Freya, ¿qué
piensan? ¿Qué creen que pasará entre ellos?
¿Qué les parece la conversación que tuvo Freya con Elius?
Y sobre Scar y el hecho de que haya aparecido, ¿qué opinan?
5: Pluma carmesí
Es mi primera noche en Jezrel, y la paso en la habitación nupcial. Sola.
Israem no regresó, no que yo sepa. Y soy terriblemente consciente de que,
al abrir los ojos, estoy en una cama vacía.
¿Este será mi futuro a partir de ahora?
No importa, realmente no estoy sola, pues cuando se pasa mi
adormecimiento entiendo que estoy acompañada por un dolor tan atroz que
me ciega. Empiezo a pegar gritos capaces de alarmar a medio castillo.
Entran tres guardias y una anciana.
Y aquí debo hacer un inciso para señalar que me es del todo ajeno ver a una
persona con arrugas en este reino. Siento que es muy egoísta de parte de la
monarquía no transmitir el secreto de los productos de cuidado de la piel
con que mantienen las suyas intactas.
Las personas que entran inmediatamente intuyen que he sido invadida, así
que todos intentan mitigar el peligro mientras la anciana hace ademán de ir
a llamar a quién sabe quién.
—¡Por favor! Necesito ayuda —chillo, mis dientes apretados para soportar
el dolor y mantenerme tan tensa como sea posible. Siento como si las garras
de un gripher estuvieran intentando separar las vertebras de mi cuello. Es
atroz.
—¿Qué siente, alteza? —pregunta alguien, pero no puedo identificarle
porque he cerrado los ojos.
—¡Dolor!
Escucho como murmuran entre ellos, y lo único que distingo es un
comentario parecido a «parece que el rey se ha excedido».
—¡Por el amor a Ara, necesito a lord Elius!
Las manos nudosas de la mujer mayor toman mi hombro. Abro los ojos y la
miro, justo cuando un nuevo fogonazo de dolor arremete.
—¡Rápido!
—Princesa, lord Elius se especializa en griphers, llamaré a los curanderos
de la reina...
—¡NO! ¡Necesito a lord Elius!
No aspiro a ser una reina mandona y obstinante, pero mi cuello está en
juego en esta situación. Literalmente. Además, no confío en nadie lo
suficiente como para dejar en sus manos mi bienestar físico.
Ya con el emocional y psicológico no hay nada que hacer.
Las personas en la alcoba discuten un momento más sobre si llevarme en
camilla hasta el consultorio de Elius en el castillo, pero terminan por hacer
caso a mis gritos de auxilio y traen a la mano hasta aquí.
Elius se comporta como el profesional que es al agacharse junto a la cama.
Agradecería la gentileza con la que me aparta el cabello de la zona afectada,
pero estoy demasiado ocupada dando a luz a Canis desde mi médula
espinal.
—Tranquilícese, alteza —dice colocándose unos guantes blancos—. Solo se
ha pasado el efecto analgésico, no es nada grave. Permítame examinarle.
—No, Elius, no se lo permito, lo hice llamar para que me oyera gritar.
Su sonrisa, reprimida pero evidente, casi es un analgésico en sí mismo.
Algún efecto químico tuvo en mi cerebro, pues el volumen del dolor baja lo
justo para ser nuevamente una princesa civilizada.
Por algún motivo, Elius comienza por poner sus dedos bajo mi quijada
ejerciendo una ligera presión; labura con una mirada seria mientras sus
labios se mueven sin emitir palabra. Pronto entiendo que está contando.
—Tiene el pulso vuelto un sirio.
—¿Ese es su veredicto científico?
—Ssshh —me silencia—. Viene la peor parte. No hable, no se agite.
Recuerde a su hermana cantando y soporte.
—No, todo menos las canciones de Gamma, se lo pido.
Él pone los ojos en blanco.
—Hablo en serio, quédese quieta.
Con manos expertas acomoda algunas almohadas, retira las mantas y me
sostiene el cuello para ayudarme a ponerme bocabajo. Y ahí empieza a
manipular mi cuello, el material de sus guantes helado contra mi piel.
—Se te están formando nuevos hematomas, pero la fisura sigue siendo solo
eso. Nada roto, pero debemos inmovilizarlo para que sane correctamente.
—¿Y por qué me duele más que el final de Sirios en luna nueva?
—No sé qué carajos es eso, alteza, pero el cuello le duele como siempre ha
debido dolerle. —Me ayuda a sentarme muy lentamente para que mi cuello
no reciba más movimientos bruscos—. Solo se le ha pasado el efecto de la
anestesia y se le ha vuelto a inflamar.
Mientras me da sus explicaciones, que entrelineas son regaños, prepara la
inyección milagrosa que ya empieza a volverse mi cosa favorita en el reino.
Recibo la inyección como una adicta, tan desesperada que ni siquiera
lamento el pinchazo. Mi mente está tan condicionada a que este será mi
alivio, que, aunque sé que es ilógico, lo siento inmediato. El dolor se disipa
como humo bajo una ventisca.
Entonces Elius saca de su maletín hierbas y aceites que usa para preparar
una especie de pomada frente a mis ojos.
—¿De qué se trata? —le pregunto.
—La pomada ayudará a reducir la inflamación y acelerar la curación.
—Se lo agradezco mucho, lord Elius. Y disculpe el llamado tan urgente. No
sabía a quién más recurrir.
—No se disculpe, usted será mi reina. Discúlpese con su cuello. ¿En qué
posición lo puso anoche? ¿En la del cisne?
Se inclina y aplica la pomada sobre mi nuca con una especie de masaje que
disminuye el escozor que dejó el líquido inyectado.
—No hubo posiciones que le incumban, lord Elius.
—Lord su tío. Ahora es mi paciente, princesa. Debo saber que sirios le está
haciendo a su cuello, porque dejarlo sanar no es la respuesta.
—No me ponga excusas baratas, Elius, yo le cuento el chisme con mucho
gusto, no tiene que manipularme.
Él me mira con sus ojos entornados, y bien hace.
—A cambio de que me diga por qué el rey no me habla.
—¿Y yo qué voy a saber? Aunque, conociéndola como la conozco hasta
ahora, apostaría a que le vomitó encima.
—¡El maldito animal intentó matarme!
Elius termina de aplicar el ungüento y vuelve a su maleta, donde busca con
determinación. Encuentra papel y pluma, y empieza a anotar a mano alzada
mientras dice:
—Le voy a recetar este jabón especial.
—¿Para la fisura?
—Para que se lave la boca, por grosera.
Entonces hace una bola del papel que tenía en la mano, y me la arroja a la
cara.
Lo miro indignada, no tanto por el atentado, sino por el sencillo hecho de
que no pude esquivarlo, pues tengo el cuello en pausa.
—Cuando me case con Israem, voy a ejecutarle. Así que vaya preparando la
mudanza. Dicen que Áragog está aceptando refugiados estos días,
aproveche.
Él se cruza de brazos.
—Bien, adelante. Atiéndase a sí misma.
Arqueo una de mis cejas, el desafío enmarcando mi mirada.
—Tendré que denunciarle con mi marido por desacato.
—Yo no me estoy jugando así, princesa, respete —dice volviendo al
trabajo.
Elius extrae del maletín una bufanda de seda blanca. Con movimientos
precisos, envuelve la bufanda alrededor de mi cuello, asegurándola con un
nudo cuidadoso.
—¿No debería usar un collarín?
—Si a deber vamos, debería callarse un ratito.
—¡Elius!
—Esta bufanda le proporcionará soporte sin causar incomodidad. Ya que
usted es tan vanidosa, supuse que no aceptaría el collarín, y a este paso, un
golpe más en el cuello y tendrá que ir a cirugía.
—Ciru... ¿Qué?
—Nada grave, solo voy a abrirle la piel con un artefacto afilado y, mientras
se desangra, con la ayuda de instrumentos cortopunzantes, pinzas y otras
herramientas, reemplazaré la vértebra afectada por otra de algún material
antinatural que tal vez su cuerpo rechace.
Trago en seco, y él me sonríe de forma espeluznante.
—Esperemos que esto la persuada y deje de andar brincando en la cama.
Todos en el desayuno hablaban de los gritos que salían de esta habitación
anoche.
Abro la boca con espanto y me llevo ambas manos a ella.
—No puede ser... ¿Me perdí el desayuno?
Elius me mira como esperando a que me ría. O que me salga un tercer ojo,
también puede ser.
—Mi trabajo aquí terminó —concluye relajando sus hombros.
—Espere, no se vaya todavía. No me ha dicho por qué Israem no quiere
hablarme. Solo dígame una cosa: ¿él es mudo?
Una grotesca carcajada es lo que recibo.
—¿Israem, mudo? —Y se sigue riendo—. Ese chiste sí te habría valido el
puesto de bufón.
—Entonces...
—Princesa, la situación del habla de Israem ni siquiera es un secreto a
voces. Es un asunto tan delicado, que yo lo consideraría de intimidad. Si él
logra sentirse afín a usted, se comunicará. Créame.
—Pero no vas a decirme más que eso.
—No me corresponde.
—Elius, necesito comunicarme con mi rey.
—Y lo entiendo, alteza. Créame que se lo abrumador que debe ser todo esto
para usted, pero creo que está empezando por las preguntas menos
indicadas. Hay todo un contexto que le falta, un reino que desconoce y al
que está por llamar suyo. Los asuntos políticos y sociales más importantes,
junto a sus deberes, los entenderá luego de la boda. El consejo tiene un plan
de acción para su reinado, pero antes hay tanto que desconoce... Creo que le
vendría bien aceptar un paseo conmigo. Quiero mostrarle algo para aclarar
el asunto que más me compete.
—¿Qué asunto?
—Lo sabrá cuando su cuello sane, por supuesto.
—¿Y mientras?
—Sobreviva a las noches con Israem, y ruegue porque la regrese a la torre.
—Pero...
—Y hablando de la torre, ¿le dijeron de la trampilla?
—¿La qué?
Ah, la trampilla. Lo menos que he pensado yo era en la supuesta trampilla
que hay bajo la alfombra de la torre.
—Ah, sí —le contesto—. Y agradecería que no la vuelva a mencionar.
—¿Por qué?
—Tengo prohibido abrirla, y mientras más la mencione, más curiosidad
tendré.
—¿Y ya?
Elius me está mirando con una expresión muy extraña.
Justo en ese instante entra una mujer, la anciana que estuvo antes en la
habitación, y me entrega un vaso de agua.
Lo acepto extrañada y agradecida en igual medida. No recuerdo haber
pedido el agua, y agradezco su bondadosa espontaneidad al traérmela, pero
lamento en igual medida que Ara no pusiera en su corazón el deseo de
acompañarla con un pan.
Elius me tiende unas pastillas que trago con el entrecejo fruncido, pero sin
preguntar.
Luego me pide el brazo.
Cuando veo que saca una nueva jeringa, me crispo.
—¿Hasta cuándo agujas? —me quejo haciendo ademán de arrancarle el
brazo.
Pero en este instante el doctor toma control sobre el lord. Tajante, me
somete y sostiene mi brazo con fuerza, su expresión concentrada, y me
inyecta el hombro sin piedad ni el más liguero temblor en su pulso.
—A este paso voy a quedar como un colador, lord Elius.
—La inyección es periódica, pero las pastillas son algo que debe ingerir
todos los días —explica garabateando un nuevo trozo de papel—. Y tome
una cucharada de jarabe adicional siempre que vaya a salir. La mascarilla en
una precaución en esta zona del reino, pero con la familia real nos tomamos
las medidas preventivas tan al extremo, que le recomiendo usarla así vaya a
asomarse al jardín. ¿Está claro?
—¿Esto es por la achís?
—Salud.
—Era una pregunta seria —digo mirándolo con mala cara mientras entrego
el vaso a la señora.
—La azir, princesa. Y sí, estas son algunas de las medidas preventivas. Pero
no se preocupe, que de eso justamente es que quiero hablarle cuando
salgamos. Creo que si con algo puedo ponerle al corriente, es con respecto a
la enfermedad.
Lo miro con los ojos entornados.
—¿Haces esto mismo con mi marido?
—Soy el único capacitado para atender a su majestad Israem, sí.
—Pero no a la reina madre.
—Isidora no confiaría su salud a un veterinario.
—¿Y por qué lo hace Israem?
—Porque yo —dice recogiendo las cosas en su maleta— atiendo a
Scarell'Azar.
Como él considera que esa es suficiente respuesta, no pregunto más.
Me quedo trabajando en mi cabeza con la vista en la nada mientras Elius
termina de recoger para marcharse, hasta que le escucho preguntar:
—¿Ni siquiera me preguntará qué hay en la trampilla?
—Estoy más preocupada por lo que hay en la lengua de mi marido que se
rehúsa a usarla conmigo.
Gracias a Ara que Elius tiene una comprensión humana muy limitada,
porque deja pasar mi comentario sin ninguna zozobra. Sin embargo, por la
expresión que tiene la anciana —como si quisiera salir corriendo a un
templo— supongo que lo que he dicho ha sonado terrible.
Si Gamma estuviera aquí, no me dejaría en paz con eso.
—Mejor me retiro —se despide Elius—. Si el rey llega y nos oye hablando
de él...
—¿Dónde está, por cierto?
—¿Cómo iba yo a saberlo?
—Eres su mano.
—No su culo.
—Elius, ¿a quién sirios se le ocurrió ponerte como mano a ti?
—¿Se puede saber qué es lo que está pasando aquí?
Lo que me faltaba. La reina madre entrando a la alcoba nupcial y
malinterpretando una situación cotidiana.
Por suerte está la anciana aquí, al menos puede dar fe de que esto es un
mero procedimiento médico.
—Toma tus pastillas, Isidora —se burla Elius caminando hacia la puerta—.
Tu hijo le rompió el cuello a la pobre, yo solo vine a atenderla.
—Tengo curanderos especializados que podrían encargar... ¡¿Cómo que le
rompió el cuello?!
Cuando me mira, me dan ganas de arrinconarme lejos de esa mirada que
combina tan bien el pavor y la amenaza.
—No me digas que ustedes...
—¡No! —me apresuro a aclarar—. No es lo que cree, anoche solo fue muy
poco... sociable.
—¿Poco sociable? —se burla Elius—. No estarías viva, querida. Me parece
que fue bastante civilizado.
—Déjanos —ordena la reina madre a Elius.
—Tengo ordenes de Israem que contradicen las suyas, Isidora. Yo me iré,
pero no puedo dejarlas solas. Además, Freya no puede salir en su estado.
Traigan el almuerzo y...
—¿Almuerzo? —pregunto con tristeza. Parece que en serio me quedé sin
desayuno.
—Vamos, majestad —dice Elius ignorándome y retomando su conversación
con la reina madre—. Vamos a mi consultorio para tomarle la tensión y
recetarle un tecito, que tiene cara de que se le va a salir el muchacho de la
rabia.
Isidora inspira profundo, las venas de su frente pulsando en confirmación
de su ira, y sin decir una palabra más abandona la habitación.
Pero antes de que la mano del rey se marche, noto algo junto a mi
almohada. Las almohadas que Elius acomodó por mí.
—Un momento —lo llamo.
Él se regresa sin entrar del todo en la habitación, apenas asomado en el
umbral.
—Dejó esto, mi lord —digo alzando la larga y de tallo esbelto pluma
carmesí.
Elius apenas entorna los ojos.
—Eso no me pertenece, princesa.
Tenía la esperanza de que se tratara de un ingrediente para sus ungüentos,
pero su respuesta me pone a la defensiva.
—Usted es el único que ha entrado a esta habitación hoy, y estoy segura
de...
—¿Me está acusando de algo?
Mi boca queda abierta, mis ojos en un parpadeo incesante.
¿Lo estoy acusando de algo? No, salvo de su reacción. Aunque podría
justificarla como un reflejo a la manera en que yo misma le he hablado.
Por temor, porque si no ha sido él quien dejó esa pluma aquí...
La única vez que vi una parecida fue en la reunión de ayer, donde la
declararon como la firma de un asesino al que llaman el enmascarado de
Jezrel.
¿Qué hace su firma en el lugar donde duermo?
Me trago todo, desde mis reservas, hasta los más perversos temores que
florecen en mi piel.
—No —contesto a Elius—. No le estoy acusando de nada.
—Con su permiso.
Es lo que dice antes de dejarme sola en la habitación.
Nota: .
Agradecería mucho que me comentaran por aquí sus opiniones de este cap,
de Elius, y qué piensan de ese detalle al final...
6: El enmascarado de Jezrel
Despierto sobresaltada, el corazón martilleándome el pecho como solo lo ha
hecho mientras caía con el gripher.
Tardo en entender lo que sucede, lo que perturba la tranquilidad de mi
sueño, y no es solo que la cama siga vacía, y que Israem no haya regresado
en todo el día.
Es el sonido del órgano que resuena a través de las paredes de su
habitación, como ecos de una profunda, y terrible, melancolía.
Me incorporo, mis cabellos cayendo sueltos en una cascada detrás de mí, y
me deslizo fuera de las sábanas de seda. La aurora boreal, que impera desde
el balcón abierto, mancha las sombras de verde.
No entiendo la tristeza que me invade. Me he despertado con miedo, pero
justo ahora, mi emoción es otra. Es esa melodía, que me llega desde el
recibidor, atravesando la piedra para apuñalar mi pecho. Es inquietante,
como si sus notas llevaran consigo secretos de un corazón manchado.
Siguiendo el sonido, cruzo el pasillo, mis pies descalzos apenas rozan la
alfombra gastada por miedo a hacer ningún ruido.
La puerta de la salita está entreabierta, y la luz tenue del fuego blanco
iluminando...
Me llevo la mano a la boca, y la presiono tan fuerte como para impedir que
ni mi aliento salga de ella.
Hay un hombre aquí.
Viste un abrigo oscuro que parece fusionarse con las sombras, y sus dedos
gobiernan sobre las teclas del órgano con la destreza que imagino en Ara al
hilar las constelaciones del cielo.
Me quedo en el umbral, cautivada por la música y la figura enigmática,
tanto como siento mis ojos llenarse lágrimas por el miedo. En este
momento, se condensa toda la dualidad del reino, siempre entre lo
maravilloso y lo lúgubre.
Pero entonces, el hombre levanta la vista. Sus ojos dos pozos negros, sin
iris ni pupila, y parecen atravesarme hasta lo más profundo, donde nada es
azul, ni tiene alas, donde tiemblo, sufro y odio.
No son sus ojos, entiendo. Pero sé que he visto a través de ellos, a través de
la mascara roja que oculta con sombras su mirar.
El hombre sigue tocando, y el polvo danza en el haz de luz que lo ilumina,
haciendo resaltar el único mechón blanco en su largo cabello negro,
mientras el órgano de ébano se alza como único guardián de sus secretos.
La habitación vibra con una energía extraña. Las llamas de fuego blanco
parpadean, casi como si se inclinaran hacia el desconocido.
El hombre ya me ha visto, pero no puedo hacer nada al respecto. Mi
corazón late al ritmo del órgano. Los acordes se entrelazan creando una
sensación de inquietud y fascinación, la música parece abrir portales al
alma de ese hombre, y una parte de mi quiere asomarse, tanto como teme al
guardián de esas puertas.
Doy un paso atrás, mis pies impregnándose del frio del piso.
Y entonces la música se detiene.
Aterrorizada, corro al balcón.
La brisa nocturna me azota el rostro, pero no me detengo hasta quedar asida
a la balaustrada.
Ahí, el vértigo se apodera de mí. Es una caída letal e infinita la que me
espera.
Entonces siento eso. El viento tiene un tacto, y su aliento uno distinto. No
podría confundirlos, estoy segura de que tengo una respiración cerca de mi
oído, tanto como sé que son sus dedos que, casi sin tocar, se deslizan por mi
cabello, tan cerca de mi nuca que me erizan entera.
Hasta este instante, quería creer que se trataba del rey disfrazado. Pero no
puede serlo, porque todos en esta vida pueden mentirme, menos mi piel.
Israem respira cerca de mí como si me olfateara, este hombre usa su aliento
para tocarme, y luego inspira, como si se alimentara de la reacción que
exhuman mis poros.
—Freya —dice en mi oído, y su voz revive para mí las notas de aquel
órgano, aunque el ya no lo esté tocando.
—Sabes mi nombre —digo tragando en seco.
—Sé todo de ti, Freya Cygnus.
Y cuando dice eso, sus dedos llevan un mechón de mi cabello a la zona de
mi escote y lo deja ahí. El rubio pálido haciendo contraste con el negro de
sus guantes.
—Como la mayoría —murmuro en voz tan baja, que siento que quedara
entre el viento y yo.
—No, Freya. Yo no soy como la mayoría.
—No —concedo tragando—. Tú eres un asesino.
Esta sonriendo. No lo veo, mi bufanda mantiene mi cuello inmóvil, pero el
tiene la generosidad de restregar toda esa curva burlesca y maliciosa cerca
de mi sien.
—Sería conveniente para ti que yo fuera un asesino.
—¿No lo eres?
—Definirse es limitarse. Y yo... —Sus dedos enguantados se aferran a mi
cintura, tan gentiles que tiene la capacidad de engañarme y hacer creer que
he sido yo la responsable cuando estos me halan y doy un paso atrás, más
cerca de su cuerpo. Es enorme—. Yo no tengo límites, mariposa.
—Yo sí —susurro cerrando los ojos—. Y usted está cruzando cada uno de
ellos.
Él se ríe por lo bajo, sus manos subiendo por todo mi costado hasta alcanzar
mi cabello. Lo recoge a un lado de mí, dejando a su disposición el nudo de
la bufanda para desatarlo lentamente.
El nudo en mi garganta empeora. Este es un hombre al que nadie conoce, un
asesino que esta monarquía, con todo su poder, no ha podido atrapar. Siento
que estoy viviendo mis últimos minutos en sus manos.
—Estás tensa porque soy un desconocido, ¿no? Tal vez debería decirte mi
nombre.
No. No quiero saber su identidad. Si lo supiera, mis probabilidades de salir
con vida de este encuentro se reducirían a cero.
—Yo sé quién es usted —repongo—. Es el enmascarado de Jezrel.
—¿Y sabes qué quiero, Freya?
Estoy tan aterrada de hablar que intento negar con la cabeza, pero un
fogonazo de dolor me ciega.
El enmascarado me voltea lentamente, como si siguiera la melodía
melancólica que antes tocaba. Y entonces me agarra el rostro, sus dos
manos sobre mis mejillas, acariciándolas con sus pulgares.
Quisiera ver sus ojos, pero la mascara parece tener un velo negro que lo
impide. Lo que si distingo es esa sonrisa, con la curva de una medialuna, y
la perversión de un cielo sin ella.
—¿Sabes que quiero? —repite.
—No... —contesto en un hilo de voz.
—Tu miedo.
Casi me alcanzo a reír de tal disparate.
—Siga como va, que lo hace excelente.
—No, todavía no me temes —dice llevando el cuero de su índice a mis
labios—. Yo te debo enseñar. Aprenderás conmigo lo que es el miedo, y a
respetarle.
—¿Qué quiere de mí? ¿Qué este temblor que me provoca no es suficiente?
—Quiero que tiembles, sí. Cuando me veas, y cuando no. Quiero ser el
monstruo bajo tu cama, la razón que te impida salir sola, la sombra en el
espejo, y la pesadilla por la que despiertes agitada.
Su aliento vuelve a erizarme la piel, y contengo tanto la respiración que mis
pulmones arden.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.
—Porque nunca tuve muñecas para jugar.
—Mi lord, yo...
Me empuja con una fuerza que me desconcierta y me manda despedida en
una dirección que desconozco, pues mis ojos se cierran por instinto.
Entonces siento coomo sus dedos se cierran alrededor de mi garganta. Es
tanta la fuerza de su agarre, que el grito que surge de mi podría romper los
muros del castillo.
—Si gritas nuevamente, te dejaré caer.
Abro los ojos y es ahora que entiendo que me tiene alzada con la fuerza de
uno solo de sus brazos, mis pies colgando al vacío más allá de la
balaustrada.
Lucho por respirar, mis ojos buscando desesperadamente una salida.
¿Quién es este maldito hombre?
Su agarre no cede, y su risa llena la noche de su crueldad.
Mis lágrimas se mezclan con el miedo mientras miro hacia abajo,
desesperada y asida al desconocido que tiene, literalmente, mi vida en sus
manos.
—Aprenderás a temerme —me recuerda el enmascarado con su sonrisa
maquiavélica—. Si no por tu vida, por la de la hermosa Gamma...
El abismo se abre bajo mis pies como una boca hambrienta, y en este
momento ni siquiera me importa. El hielo se ha apoderado de mis huesos
con la mención de mi hermanita.
Entonces me suelta en el balcón, mis pies buscando desesperadamente
apoyo en la piedra fría.
Respiro una vez, y al segundo siguiente me abalanzo sobre el enmascarado.
Pegados a la pared del balcón, quito el broche en mi cabello. En mi
desesperación, dejando el lado de la mariposa abajo, lo sostengo como una
daga contra el cuello del desconocido.
—¿Quieres convertirte en mi pesadilla? Adelante, de todos modos no valoro
dormir mucho, pero toca un solo cabello de mi hermana y yo me convertiré
en la tuya.
Su sonrisa siniestra se afila todavía más.
—No te alteres, no te conviene hacerme daño. Lo digo por tu bien.
—Mi bien no me interesa. ¡ALÉJATE DE GAMMA!
Estoy temblando tanto que siento que no me podre contener y atravesare la
tráquea de este desgraciado.
—Baja esa cosa o quedarás sin mano, mariposa.
—¡No me llame mariposa!
—¡Está bien! —dice, enajenado por la risa que le provoca el estado en que
me tiene.
Su maldito burla solo hace que quiera clavarle el broche en el ojo.
—Si prometo no tocar un solo cabello de tu hermana... —murmura, las
palabras como una maldición brotando de su sonrisa— ¿Podría tocarte a ti?
Con el bofetón que le propino creo que mi respuesta no deja cabida a malas
interpretaciones, sin embargo, entiendo que he cometido el error de mi vida
en cuanto alza la vista y el rojo parece brillar por sobre la sombra de la
máscara.
Ya no hay sonrisa.
Esa mirada carmesí es la mirada de un asesino.
Pero algo lo detiene, y no soy yo. Es como si sus oídos captaran algo muy
lejano. Y eso le molesta, lo frustra a niveles que solo multiplican su ira.
Me aparta de un empujón que me lanza al suelo, al otro extremo del balcón
al borde de una caída segura.
Y luego salta al vacío.
Muy confundida, creo estar viendo como se suicida, pero no tenga tanta
suerte, porque luego lo veo emerger en la profundidad de la noche montado
en un gripher completamente blanco.
Es cuando pierdo el conocimiento.
Nota: obviamente que me van a contar TODOOO lo que piensan de este
capítulo, ¿verdad?
¿Qué opinión tienen del enmascarado y lo que ha hecho aquí?
Doble actualización en un día, ¿lo notaron? Cuando lleguemos a 500
comentarios subiré el siguiente capítulo ♡
Un minuto de silencio para el cuello de Freya.
7: Mariposa
Nota: Así me imagino la escena pasada con el enmascarado. ¿Y ustedes?
~~
stoy luchando entre la inconsciencia y las voces a mi alrededor, que me
impiden dejarme ir del todo.
Logro captar movimiento, y una rigidez bajo mi cuerpo.
Definitivamente me muevo, pero no por mi voluntad. Ni siquiera estoy de
pie, sino acostada sobre algo plano. Creo que me están desplazando a otra
área del castillo.
Cuando llega la quietud, vuelvo a escuchar las voces.
Hay un alboroto, parece que intentan detener el paso a alguien.
—No puedes estar presente, Israem.
Ese es Elius, lo reconozco.
Lucho por abrir los ojos, pero estoy tan cautiva en mi mareo que apenas
distingo. Creo reconocer la figura del rey, de mi rey, pero es tan ilógico ver
como Elius lo toma del brazo e impone su cuerpo como un obstáculo en su
camino, que siento que todo esto es una alucinación.
—Tu presencia solo va a empeorar las cosas. No insistas... No.
Se oye furioso. ¿Cómo puede estar furioso con el rey y tener la libertad de
expresarlo de ese manera?
—No te hagas el mártir conmigo cuando sabes que esto es tu culpa.
El gruñido de Israem arremete contra mis latidos. Por un momento todo
vuelve a tornarse negro, no veo ni oigo a ninguno de los dos, pero no puedo
arrancarme de los huesos el eco de aquel bramido.
Elius no es el único molesto, ni mucho menos el que más lo está. El humor
del rey parece capaz de derrumbar los cimientos de este reino.
—No puedes entrar, no la pondré en peligro por tu insistencia —reitera
Elius, y sus palabras me llevan a hacer un esfuerzo mayor por volver a abrir
los ojos—. Trabaja tu culpa en un templo, no aquí. No debiste dejarla sola.
Entonces lo veo. Si esto es una alucinación, es terriblemente nítida. Israem
toma del cuello a su mano, el segundo hombre mas poderoso en el reino, y
lo mira como si no fuesen sus dedos los destinados a asesinarle, sino el azul
de sus ojos.
No lo alza, como hizo conmigo el enmascarado; solo lo sostiene. No sé qué
tanta fuerza aplica, ni puedo ver la expresión de Elius desde mi posición,
pero no lo escucho suplicar, solo sostener el guante del rey con ambas
manos hasta que, luego de unos segundos de agonía en los que en vano
lucho por gritar, Israem lo suelta.
Luego da media vuelta y se marcha.
Justo antes de perder el conocimiento, lo último que viene a mi cabeza es la
imagen de Elius enfundándose guantes blancos y un cubrebocas.
¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
Siento que debería estar muerta. Mi cuello estaba herido, debía darle un
reposo adecuado, y en cambio recibí el peor de los maltratos mientras el
enmascarado alzaba todo el peso de mi cuerpo por el anclaje de su mano en
mi garganta.
Debería estar muerta.
Pero sigo aquí, y aun confundida por la niebla de algún medicamento me
pongo a sacar conclusiones.
Mi hermana mayor pasó la mayor parte de su vida creyendo que no tenía un
cosmo, pero con el tiempo entendió la naturaleza de la constelación del
cisne, aquella que la escogió.
Cygnus no se manifiesta como lo hizo la constelación Aquila en la asesina
de Áragog, que podía invocar el poder a su antojo con sentidos potenciados,
alas y un aura que formaba garras de luz letal en sus manos.
Todo cosmo tiene una su personalidad, como la tiene cada ser humano. El
poder del cisne no arremete, no se puede invocar a conveniencia, porque
está limitado por su don de identidad, y su don de identidad es Protección.
Lyra estuvo en peligro muchas veces, pero no fue hasta que la condenaron a
muerte que su cosmo se manifestó, salvándola.
El hecho de que luego pudiera crear un muro de hielo y veneno y masacrar
toda una horda de sirios con su poder fue un detalle que solo fue posible
bajo circunstancias muy específicas que no se cumplen en mi caso actual.
Todo esto me encamina hacia una conclusión: ¿Y si sí estuve a punto de
morir? ¿Y si eso llevó a mi cosmo a intervenir de alguna forma para
evitarlo?
Entonces... ¿sí tengo un cosmo?
No sería descabellado. Veinte años no es una edad tan tardía para conectar
con tu constelación, teniendo en cuenta que los más célebres cosmos de
Áragog descubrieron que lo eran luego de los dieciocho.
No me quiero hacer demasiadas ilusiones, pero no me vendría nada mal un
poco de poder del reino cósmico para sobrevivir a este lugar baldío de
esperanza.
—Princesa, ¿cuántas veces he de decirle que se muera porque me matan?
Adiós preguntas existenciales, hola vocecita que me arrastra a la realidad.
—No tengo mucho tiempo antes de que entre la horda de políticos
insensibles.
Es la voz de Elius, no hay duda.
Lucho por mantener mis ojos abiertos más allá de la inconsciencia, y lo veo,
aunque bordeado por una niebla extraña.
—No quiero que esté demasiado perdida cuando ellos entren, pero no
puedo hacer mucho más. Lo que debe saber es que la hallamos inconsciente
en el balcón de la habitación nupcial. Tuvimos que operarle de emergencia
sin saber si sobreviviría, pero ha terminado siendo lo mejor. Exceptuando
las cicatrices, está mejor que nueva. Su cuerpo aceptó de maravilla la
vértebra de arkanium.
—¿Me ope...? —Toso por la aspereza de mi garganta. No esperaba sentirla
así—. Por Ara, tengo más sed que un guardia en Baham.
—No sé qué es Baham, pero déjese de chistesitos por un rato. Ahora le
tocan unas noches muy interesantes en la reposo absoluto posición, y como
no cumpla con el tratamiento, yo mismo le rompo lo que le queda de cuello,
¿estamos?
—Me siento... como...
—Mantenga la boca cerrada, ¿sí? Los sedantes son fuertes, aunque el efecto
pasará rápido.
Cabeceo, y cuando vuelvo a abrir los ojos la habitación ha cambiado. Sigo
estando en la torre del primer día, pero ya no tengo a Elius a mi lado, ni
estamos solos.
De hecho, están todas las personas que me recibieron en aquella reunión
privada, más la anciana de servicio.
Incluso Israem Corvo se encuentra aquí, y es el único que está
cómodamente sentado en un sillón que poco tiene que envidiarle a un trono,
solo por tener al rey encima.
La reina madre se atraviesa en esa hermosa vista, demandándole a su hijo:
—¿Dónde estuviste?
—No es ni el momento ni el lugar, Isidora —dice a quien recuerdo como
lord Cedric. No habla autoritario, sino casi como si se burlara de la escena.
—La única persona aquí que no ha participado jamás de un reunión del
consejo es la afectada, quien precisamente será la reina consorte.
El rey se mantiene en silencio e impasible, aunque su madre parece al borde
de empezar a arrancarse el cabello a mechones.
Se interpone todavía más en su campo visual, y nos señala mutuamente
mientras le dice alterada:
—¿Cómo se te ocurre dejarla sola? Tu juicio es un completo despropósito
últimamente. Primero haces que la envíen a tu alcoba poniendo en peligro
su reputación antes de casarse, y luego te desapareces toda la puta noche...
—No solo la noche —interrumpe la anciana—. Desapareció todo el día y la
noche antes.
Se me hace extraño cómo dejan a una mera sirvienta participar en una
discusión así, interrumpir a la reina madre y calumniar sobre el rey.
—¡¿Pero en qué estabas pensando?! —retoma Isidora—. Ese asesino pudo
haberla matado, los reyes de Deneb en este momento nos habrían declarado
la guerra creyendo que asesinamos a su princesa.
Veo a la reina volverse hacia Elius, quien retrocede alarmado.
—Ese malnacido se dio el lujo de amordazar a los guardias del pasillo, se
tomó el maldito tiempo que se le antojó para maquillarlos como payasos.
¡Se está riendo en nuestras caras de imbéciles! Prácticamente nos dice que
puede hacer y deshacer con nosotros a su antojo.
—Nunca pensé que podría hacerme fan de un asesino hasta que mencionó
la parte de dejarnos como imbéciles a todos.
—Elius, si tu deseo es morir, yo te puedo hacer el honor. No supliques —
intervino Cedric.
Tal vez me estoy apresurando, tal vez es el efecto de la anestesia que me
hace más arriesgada, pero siento que ese Cedric podría ser el prostituto de
la reina. Lo veo lamiendo mucho por donde ella camina.
—¿Dejó alguna pista, al menos? —interrumpe la reina madre—. Una
huella, un cabello, algo para identificar a ese hijo de Canis.
¿Cómo saben que ha sido el enmascarado?
—Majestad... —empieza a decir la anciana—. No hay una escena del
crimen qué revisar.
—¿Cómo dices?
—Su hijo se ha tomado la molestia de filminarla por nosotros —contesta
Elius—. No dejó ni los cimientos del balcón. En este momento hay un
equipo de obreros y arquitectos haciendo control de daños.
Isidora se lleva la mano a la frente.
—¿Por qué Ara no me liquida de una vez?
—Porque todavía hay quienes seguimos la tragedia de tu vida cual novela,
Isidora. Ara es benévola con tus fans.
—Hoy no te tolero una más, Elius.
—Creo que debemos pensar en un detalle que es más importante que la
habitación hecha trizas, incluso más importante que señalar culpables —
dice Cedric—. La pluma roja.
Ah. Así se enteraron.
—La ha marcado —traduce Isidora en un hilo de voz, y mi sangre se
congela—. Nadie sobrevive a su firma. La última vez que hubo un
sobreviviente... Todavía padece las consecuencias.
—No podemos dejarla sola ni desprotegida —sugiere Elius, y es lo último
que tolero en silencio.
—¿Es por ello que nadie se molesta en preguntarme su aspecto?
Al escuchar mi voz, todos se vuelven confundidos. Están hablando al
respecto de mí en mi lecho de descanso, pero al parecer a ninguno se le
había ocurrido que pudiera contestar.
—¿Alguien antes de mí ya sobrevivió a ese asesino y dio esos detalles? —
continúo.
—Es que resulta que su disfraz es indiferente, mientras no sepamos dónde
buscar.
—Mientras el viento y los mares le pertenezcan —corrigió Elius.
No le pregunto nada, no ahora. No quiero arriesgarme a que Isidora le
prohíba hablar. Ya haré la pregunta cuando estemos solos.
Aunque Israem había permanecido sentado e impasible, y entonces se
movió por primera vez. El silencio emergió con tal brío, que podía oírse el
cuero de sus guantes mientras se aferraba a los laterales de su silla para
levantarse.
Nadie se mueve mientras él lo hace. Nadie dice una palabra.
Incluso aquellos que parecían arder en cólera, tienen que tragarse sus
emociones porque el rey está actuando.
Me he adecuado tanto a ser la hermana de la reina y la consentida de su rey,
que he olvidado lo que es aguardar como súbdito insignificante a una
autoridad.
Eso es lo que emana Israem: el poder de un emperador absoluto.
Y entonces, Israem simplemente chasquea los dedos y sacude su mano en
dirección a la puerta para despedirlos a todos.
Obedecen, a excepción de su madre. Ella hace ademán de excusarse, pero el
rey voltea a verla a los ojos con una mirada que no da derecho a réplica.
Y entonces se marcha, con cada fibra de su rostro exhumando impotencia.
El rey se para frente a mí con una expresión inescrutable. Deja que el
silencio se extienda aunado a mi incertidumbre, hasta que acaba por señalar
mi cuello.
—¿Mi señor? —hablo confundida.
Me pesan los labios, y todo mi entorno parece la nébula de una ensoñación.
De hecho, escucho mis propias palabras con una especie de efecto
retardado.
¿Qué sirios me dieron para dormir?
El rey no aclara nada, así que tengo que vencer la somnolencia e insistir.
—¿Quiere saber qué me ha pasado?
Como no contesta, le explico lo que recuerdo.
—Un hombre de máscara roja...
Niega con la cabeza, por lo que asumo que no era eso lo que quería saber.
¿Por qué nadie me pregunta lo que he visto o lo que sucedió? Parece que
con que esté viva les basta.
Él vuelve a señalarme, esta vez con un gesto de su cabeza.
Al parecer me toca adivinar incluso lo que quiere preguntarme.
—¿Quiere saber... si me duele?
Asiente, y eso hace a mis ojos abrirse, anonadados.
¿Le importa mi dolor?
Es decir, entiendo por lo que he oído que en medio de su ira destruyó la
habitación nupcial, pero creí que era un asunto más de orgullo que un signo
de que le preocupe mi bienestar.
—No me duele, majestad. No sé si se trata de una buena señal, o si es que
los medicamentos tienen mis sentidos más tapados que culo de muñeca...
Juro por todo lo que es sagrado en esta vida que no he sido yo, es algo en
mi sistema nervioso que me ha afectado el filtro al hablar. A quien se le
haya ocurrido drogarme cerca del rey, seguro no imaginaba el alcance de mi
imprudencia.
—No me malentienda —intento aclarar velozmente—, en Deneb los culos
de muñeca no son anos, ¿entiende? Eso sería inapropiado de decir frente a
mi rey y mi futuro marido. Lo que dije es una metáfora de... agujeros
negros en el cosmos y esas cosas. No lo entendería.
Maldición, estoy hablando de más. Alguien rómpame el cuello otra vez a
ver si me desmayo, por el amor a Ara.
Me muerdo mi maldita boca lo suficiente para callar un rato y mirar al rey.
Desconozco sus expresiones, y me lo pone más difícil que lleve la boca
cubierta, pero sus ojos... Juro que parece acumular todo el brillo de las
luciérnagas en ellos, pese a estar abiertos y dilatados en un estupor
innegable. Me hace pensar en un felino que conoce a su dueño por primera
vez, y le teme tanto como queda maravillado por este.
Si eso le sorprendió, ojalá no se le ocurra llevar vino a nuestra boda, porque
me pondría a recitar unas joyitas que le sacarían los ojos de sus órbitas.
Todo es culpa de Gamma y sus horribles muñecas.
El rey, benevolente como jamás habría imaginado, parece entender que esto
de dialogar se me da incluso peor que a él, así que me da la espalda y se
dirige hacia la única ventana de la torre.
Se sostiene con una mano y asoma todo su cuerpo al vacío, solo sus pies
anclados al alféizar.
Bravo. Acabo de hacer que mi rey y futuro marido considere el suicidio.
Sin embargo, parece que no es la vista, ni la muerte, lo que ha atraído su
atención, sino un enjambre de mariposas, con alas de un azul iridiscente,
como si hubieran sido tejidas con hilos de la aurora del cielo, que
revolotean afuera.
Incapaz de mover mi cuello, lo veo engancharse a las piedras de afuera y
soltarse del alféizar, como si quisiera escalar la torre por fuera.
Pasa un tiempo donde ya no lo veo ni a él ni a las mariposas, que se alejan
zigzagueando más allá de las gárgolas de piedra.
No entiendo lo que sucede, ni soy consciente del tiempo que transcurre
hasta que Israem aterriza de un salto dentro de la habitación.
—No vuelva a hacer eso —lo regaño—, ¿no aprendió nada de mi situación?
Hay que mantenerse alejado de los lugares próximos a una caída libre.
Me presta la misma atención que se le da al viento cuando te sopla en la
retaguardia, y se acerca a mí.
Lo hace con tanta cautela, que empiezo a creer que me teme más que yo a
él. Y cuando llega a la altura de mi cuerpo, abre su mano, revelando así una
de esas mariposas de alas temblorosas que recientemente ha atrapado.
La coloca cerca de mi rostro y la deja revolotear, como si quisiera besar mi
frente. Mis ojos se abren maravillados, pero no ven a la criatura que parece
exigir me atención: lo ven a él.
No entiendo por qué lo ha hecho, pero me ha visto en más de una ocasión
rodeada de estas criaturitas aladas; debe pensar que me hará bien, aunque
sea de forma anímica, tener una cerca en estos momentos.
—Gracias, mi rey.
Él inclina la cabeza, y esta vez no hay duda. Es la manera en que acepta mi
gratitud.
Al fin le entiendo un gesto.
Y entonces alza su mirada, y decide que no dejará de verme ni por un
segundo.
Mirar una mariposa está bien, pero hay algo de magia en que una persona
que no te ha tocado, y de la que ni siquiera conoces su voz, te haga sentir
muchas de estas bajo la piel.
Por lógica, sé que no debería mover el cuello. Tampoco quiero invadir el
espacio del rey, o presionarlo a avanzar más de lo que está dispuesto. Siento
que tratar con él será más complicado que ganarme la confianza de un
gripher; pero ya volé en uno, y aunque me costara una vértebra del cuello,
sigo viva. Así mismo sobreviviré a Israem, pero no a su distancia.
Muevo mi mano lo más lejos de mi cuerpo y más cerca al suyo, esperando
que sea una invitación evidente.
Confío, por sus reacciones de hoy, en que no pretende matarme. Confío en
su juicio sobre sí mismo. Y si decide tocarme, no me retractaré; entenderé
que no será mortal.
Él se queda mirando mi gesto, incluso desplaza el cuero de sus guantes más
cerca de mi mano desnuda, pero no me toca. Se mantiene ahí, mirando
como si en aquella cercanía se debatiera el destino de las constelaciones.
Pero pierde atención cuando la mariposa vuela hasta quedar junto a rostro.
Frunce el ceño y alza su índice, tocando las alas del animal en un gesto
rápido. Luego retrocede, como si le temiera, aun cuando ya la tuvo antes
encerrada en su mano.
Sigue jugando así con la mariposa hasta que esta se posa en su nariz,
entonces él sacude la cabeza y se echa unos pasos atrás, asustado.
Eso me arranca una risita, y basándome en la mirada que me dedica luego,
supongo que no le hace gracia.
—Las mariposas son inofensivas, majestad.
Bufa para expresar su desacuerdo y vuelve a erguirse como el monarca que
es.
Estiro mi mano hacia arriba, con mi dedo extendido. La mariposa deja de
acosar al rey inmediatamente para posarse sobre mí, como si un imán la
atrajera a mi cuerpo.
No es algo que me vaya a sorprender a estas alturas. Las mariposas me
siguen desde pequeña, especialmente cuando desbordo alguna emoción
positiva. Como cuando danzaba sobre hielo.
—Mi señor, ¿por qué ha hecho que todos salgan del cuarto? ¿Hay algo que
quiera...?
Hace caso omiso a mi voz para inclinarse sobre mí, y sucede tan de repente
que apenas soy consciente de ello cuando lo tengo pegado en el espacio
entre mi cuello y mi hombro, olfateando mi cabello de manera ascendente
hasta que...
Se separa de mí, y ya no hay rastro de esa brecha que permitió que se
acercara y me tratara con docilidad. Sus ojos tienen ahora el brillo de un
hambre que, aunque resplandece en azul, parece sedienta de sangre.
Trago en seco, mirando temerosa cómo su respiración se acelera y sus
manos se cierran en puños.
¿Qué es lo que atraviesa su mente?
¿Qué pretende hacerme?
Como si se arrancara de un tajo su propia voluntad, voltea dándome la
espalda.
—Majestad... —digo en un hilo de voz.
No responde, sino que avanza hasta la ventana, parándose en el alféizar de
nuevo y sosteniéndose con ambas manos a los lados.
Escucho la estridencia del metal y los remolinos del viento que forman las
alas de un gripher incluso antes de poder ver nada. Y no necesito verlo. Sé
que se trata de Scar, que de alguna forma ha respondido a su llamado y
acudido al encuentro.
No puede ser coincidencia que la bestia aparezca justo cuando al rey se le
antoja huir.
No alcanzo a ver a la criatura alada, aunque percibo su aleteo, como si
esperara cerca de la ventana.
—Majestad, necesito saber qué está sucediendo —insisto una vez más.
Esta vez, el rey tiene la gentileza de voltear a verme. Esa es la mirada de
alguien a quien hay que temer, enjaulada en muchos barrotes mentales.
Luego de eso, salta al vacío, y entiendo que vuelve a desaparecer montado
en Scar.
Nota:
¿Qué les ha parecido el capítulo?
Me disculpo por la tardanza en actualizar, ayer subí 3 capítulos del segundo
libro de Monarca y me retrasé editando. Pero aquí está el capítulo, y si
ustedes quieren más yo con gusto les doy el siguiente. Pondremos la misma
meta a ver si seguimos con este ritmo de actualización: 500 comentarios.
Ahora... ¿Qué opinan de Israem en este capítulo? ¿Por qué creen que se fue
así y para dónde creen que va?
¿Qué piensan de las conclusiones sobre Freya y su cosmo?
¿Qué creen que esté pasando o vaya a pasar con el enmascarado?
¿Les está gustando la historia?
8: Venganza
Las alas oscuras de Scarell'Azar se batían con fuerza, elevándolos a él y al
monarca de Jezrel por encima de las nubes. Una bandada de cuervos los
seguía, atraídos desde los bosques por la presencia de su rey. Con aquel
plumaje negro como contraste, era más evidente el tono de azul del gripher.
El viento silbaba en los oídos de Israem Corvo mientras sobrevolaban las
aguas espesas y viscosas del mar de podredumbre. El rey llevaba el
cubrebocas por encima de la nariz, y aun así evitó respirar para evadir los
gases que manaban del agua.
Una maniobra en forma de U los lanzó al fondo de las montañas del exilio,
y con el mismo impulso de la caída doblegaron la fuerza gravitacional para
ascender a lo más alto de aquellos picos; al otro lado, como si esas
formaciones rocosas sirvieran de muro fronterizo, las nubes condensaban
agua que caía en distintas cascadas a un océano cristalino que no se veía
desde ningún otro punto del reino.
Viajaron sobre la civilización de Polaris hasta alcanzar una de sus joyas
arquitectónicas: un edificio en forma de cúpula con un campanario encima:
el internado de educación avanzada para la élite entre la nobleza.
Israel se asió con todavía más fuerza a las cadenas de Scar. La visión de
Polaris era como ácido derramado en su estómago que encendía las chispas
de ira que ocasionó el olor de él impregnado en su futura consorte.
Las garras del gripher se clavaron en el patio del internado haciendo
temblar el suelo con el ímpetu de su aterrizaje. Las alas crearon una
ventisca que arrasó con las pertenencias de los espectadores. Estudiantes,
ataviados con uniformes grises, observaron con asombro al rey y su
montura. Ninguno de ellos había visto en persona el azul de esos ojos, pero
los reconocían de las leyendas; y pocos habían visto a un gripher de cerca,
mucho menos a Scarell'Azar.
Israem avanzó hacia la entrada principal, ignorando las miradas curiosas.
Ahí estaba la chica que buscaba.
Pero también estaban sus custodios.
El rey se bajó de su gripher; los cuervos, graznando como un reflejo de su
humor, se desperdigaron en nubes de ataque dirigidas a los cuatro hombres
que cuidaban de la presa.
Israem ni siquiera se sorprendió de que aquellos hombres fueron más leales
a su señor que a la autoridad de la corona de los cuervos.
Las cadenas que aprisionaban a Scar de pronto ya no parecían un obstáculo
cuando el rey las desprendió del collar y las enrolló en sus muñecas,
haciéndolas girar como una extensión de su voluntad. Cada eslabón era un
arma, cada giro de su muñeca un latigazo mortal.
El custodio más cercano, con su armadura bruñida y espada desenvainada,
lanzó un par de tajos que barrieron la nube de cuervos y le abrieron camino
hacia el rey. Pero antes de que pudiera asestar cualquier golpe, las cadenas
se enroscaron alrededor de su espada, aprisionándolo al punto en que la
espada voló de sus manos.
Scarell'Azar rugió al levantarse sobre sus cuartos traseros. Su melena se
alzaba como una sombra que cubría el sol. Con la visión de aquel monstruo,
y la inevitabilidad de las garras al caer, el guardia perdió el conocimiento
del susto.
No me malentiendas, no todos los hombres de Jezrel se desvanecen al ver a
un gripher, en el centro del reino son criaturas bastante comerciales a las
que muchos tienen por costumbre. Pero no en Polaris, donde se vive
aislados. Sabes de la existencia de aquellas criaturas, pero ver a una a punto
de rebanarte la piel... Hay mérito en no orinarse.
Israem miró a Scar a los ojos. Aunque la bestia parecía en total desacuerdo,
aceptó la orden de mantenerse al margen como si esos fueran sus
verdaderos grilletes y no los que limitaban sus patas.
El segundo custodio, más experimentado, atacó desde el flanco. Su espada
buscó el costado del rey, pero este giró sobre sí mismo, las cadenas
formando un escudo improvisado. La espada chocó contra los eslabones,
que la desviaron, y el rey contraatacó. Las cadenas se enrollaron alrededor
del brazo del guardia, y con un tirón, lo desequilibró. El guardia se
desplomó con una mirada de espanto.
Israem puso un pie sobre su pecho, los estudiantes corriendo en todas
direcciones en medio de alaridos de pánico.
—Si la toca a ella —jadeaba el hombre en el suelo— Nukey hará llorar al
viento y sangrar los mares.
«Eso debió pensarlo él antes de tocar lo que me pertenece», pensó Israem
justo antes de hacer tanta presión con su pie que la armadura del custodio se
aboyó y rompió, atravesándole el corazón.
Un tercer hombre corrió hacia él. Ese tuvo la peor suerte, la desgracia de
coincidir con el instante en que Israem era transportado, con la mera
mención de un nombre, a un pasado que cegaba todo su raciocinio humano.
La naturaleza de su especie tomó posesión de él. Nublado por sus instintos,
se arrancó el guante como una piel a la que rechazaba, y atrapó por el
cuello, justo por encima de la cota de malla, a ese nuevo hombre.
—Pie... dad...
Pero Israem era sordo a la misericordia.
Sus dedos, fríos como la muerte, se cerraron con más fuerza. La vida se
desvaneció de los ojos del guardia, y su cuerpo se marchitó como una flor al
fuego.
El último guardia retrocedió, horrorizado. Pero el rey no se detuvo. Se
abalanzó sobre él, sus colmillos afilados como dagas, punzando de
necesidad.
Se arrancó el cubrebocas y clavó sus dientes al canto de la mano del
guardia. La carne cedió, y el alma del guardia fue arrancada de su cuerpo a
la vez que se vertía a las venas del rey.
El custodio quedó allí, inmóvil, sus ojos como el acero oxidado. Un sirio
sin voluntad ni vida. Ahora le pertenecía a Canis.
El rey se deshizo del hombre de un empujón y se deslizó sobre el viento,
condensando la distancia de kilómetros en el paso de un segundo. La
doncella se ocultaba, pero su olor dejaba un rastro evidente.
Para el rey no fue ni remotamente difícil atraparla, lo complicado fue
contenerse para sostenerla con la mano enguantada.
El rey la miró, sus ojos sin piedad.
La joven, todavía uniformada, no lloró. No suplicó, como si considerara la
muerte más atractiva que la esclavitud.
El rey la tomó en sus brazos, y los cuervos se desplegaron.
Volaron en el gripher, el patio del internado quedando detrás como un
campo de batalla minado de cadáveres y almas rotas.
Pero la joven, y la venganza, eran suyas.
La llevó a las mazmorras del castillo, donde Elius aguardaba.
Las paredes estaban cubiertas de musgo y humedad, y el aire era denso. Un
guardia abrió una celda, la única vacía de otros prisioneros, y ahí el rey
empujó a la chica hacia adentro.
La puerta se cerró con un estruendo.
—Haces mal —le dijo Elius—. Sé lo que pretendes, pero Freya es buena.
Ella no te agradecerá por esto.
Israem volteó feroz, su mirada brillando en un azul más intenso, sus dientes
afilándose a medida que el gruñido se extendía por las paredes. Se abalanzó
sobre Elius, agarrando su brazo con la única mano donde todavía llevaba un
guante.
—¡Sé que ella es tuya! —le respondió Elius—. Pero esto no detendrá a ese
hijo de Canis. La estás poniendo en un gran peligro, Israem. Lo que sea que
le suceda será tu maldita culpa.
«Y no he terminado», fue lo último que pensó Israem antes de abandonar la
celda.
~~~
Nota:
¿Desde dónde me leen? ¿Cómo llegaron a este libro?
Ya tenemos un capítulo del enmascarado, ahora tenemos uno donde vemos
a Israem ser Israem. Hay mucha información en el capítulo que irá
cobrando sentido a lo largo del libro.
Sé que es un capítulo corto, pero en compensación por la tardanza en subirl,
actualizaré otro más tarde ♡
¿Qué les ha parecido esta capítulo? ¿Qué teorías tienen?
¿Qué piensan de Israem luego de este cap?
Cuéntenme todoo.
9: Justicia y honor
La noticia llegó a mis oídos como un susurro que se filtró entre las cortinas
de la torre. Lo supe incluso antes de que llegase él a avisarme.
Capa verde, rosa en mano. Lord Cedric está en mi habitación mientras la
anciana del servicio me proporciona las medicinas que he de tomar diario
para recuperarme de la operación.
—¿Se ha enterado ya, alteza?
—Buenas tardes, lord Cedric. ¿De qué tendría que haberme enterado?
—La joven.
La que hace casi una semana ingresó a las mazmorras, según los murmullos
de los sirvientes y los guardias durante mi reposo. Pero, como sé apenas
eso, que es prácticamente nada, decido que alegaré ignorancia.
—¿Qué joven, mi lord?
—¿Jezrel le es cómodo?
—¿Por qué lo cuestiona?
—Me preocupo por su bienestar.
—Mi recuperación va bien encaminada, según los médicos. No creo que
deba preocuparse.
El hombre avanza hasta la cama, inclinándose al pie de esta como si pidiera
permiso para lo que pretende hacer. Entonces alza la rosa para que la mire,
y la deposita sobre el lino de las sabanas con la delicadeza de quien
acaricia.
—¿Un obsequio? —pregunto con una sonrisa amable que no siento, pero
intento proyectar como natural.
—Lo es, aunque no de mi parte. Hoy vengo en calidad de mensajero.
—Para venir en calidad de mensajero, es muy poco lo que dice y mucho lo
que pregunta, ¿no le parece?
—Usted va a casarse con el rey, pero dudo de que realmente sepa lo que
está haciendo.
Por el contrario, lo único que tengo claro es lo que hago, y los motivos por
los que lo hago: me entrego al deber por la responsabilidad moral y
afectiva, el deseo de salvar al reino de Deneb de una guerra, y a mi hermana
menor de tomar mi lugar. El resto son detalles que puedo aprender en el
proceso, aunque resulten superarme, ser demasiado para mis facultades.
—Creo que usted pretende advertirme de algo importante. Le escucho, lord
Cedric.
—¿Sabe siquiera quién soy?
—Por supuesto, un miembro de esta corte y consejo.
—Un lord vulgar que no ha heredado, sino ganado, cada tierra que posee.
¿Y sabe cómo? Dicen que soy el velador de los secretos del reino.
—¿Y cuánto lleva persiguiendo el secreto más importante? La identidad del
monstruo que me atacó.
El no toma mi comentario como altanería, de hecho se ríe, como si mis
palabras fueran aval de mi inocencia.
—A buen preguntador, buenas respuestas. Por sus palabras, entiendo que ni
siquiera sabe cuáles son las preguntas correctas.
—Y usted lo sabe todo.
—Si supiera todo, yo tendría la corona. Pero conozco las cosas correctas.
—En este momento, solo hay una cosa que me gustaría saber: no he
recibido una sola visita en días. Pero aquí esta usted, que hasta ahora no me
había dirigido una sola palabra. Mas que saber a qué vino, quiero
preguntarle... ¿Qué quiere de mí?
—Sus secretos, eventualmente. Pero no hoy. Hoy, he sido honesto. Su
majestad Israem Corvo envió a su mano a traerle esta rosa, pero Elius se
resistió. Yo, en cambio, no podía perder la oportunidad de hacerle un favor
al rey, y además conocer a mi futura reina más personalmente.
¿Israem me envía flores? ¿Elius rechaza verme? Parece que llevo un año en
cama, porque la situación fuera de esta torre se siente todavía más
enrevesada que cuando llegué.
—Lamento sembrarle desilusiones, mi lord, pero no tengo secretos con esta
corte —es lo que respondo—. Ustedes recibieron toda mi información sin
omisión alguna.
—Por eso lo digo: nat's yah. Pero algún día los tendrá, y yo estaré ahí para
negociar por ellos.
No entiendo por qué me advierte de ello, pero es obvio que tengo que
cuidarme de la sombra de este hombre, y de cada rincón de este castillo si
es posible.
—Alteza, este no es un reino para damas. Y su matrimonio está hecho para
supervivientes.
Para su suerte o la mía, yo soy una.
—Gracias por la advertencia.
—¿Perdone? —Él se ríe, galante, como si compartiéramos una broma—.
Eso fue un hecho, como que la noche es verde. La advertencia viene ahora:
¿sabe qué sucedió con el amor de la vida del rey? No, no lo sabe. ¿Un
consejo? Debería investigar eso. Es posible que ahí este el motivo por el
que todas las demás jóvenes que el rey ha pretendido hayan, digamos...
tenido unas muertes tan misteriosas y convenientes como la muerte del rey
anterior.
Espera a ver mi reacción, que no le concedo, mientras su sonrisa se va
tornando en la navaja más afilada.
Sabe que sus palabras están desmembrando mi tranquilidad.
—Pero no insisto más —continúa—. Según el informe que nos dieron sobre
usted, es usted una dama muy inteligente, ávida de la lectura y con un
pensamiento crítico. Imagino que, dado ese perfil, ya habrá pensado en todo
lo que le he dicho, ya se habrá preguntado por qué, a los noventa años de un
rey tan aparentemente longevo, este se ha tomado el atrevimiento de
insinuar una guerra a cambio de una esposa.
Por supuesto que me lo he preguntado, y no por ello le doy más peso a la
respuesta que a mi decisión de salvar mi familia. Ese tal Cedric me cree
estúpida, y en muchos sentidos sí he obviado preguntas importantes, pero es
que él desconoce lo indiferente que era todo para mí. No tuve otra opción.
Y, sin embargo ahora... Ahora sí necesito esas respuestas, al menos si quiero
sobrevivir.
—¿Quiere venderme su conocimiento, lord Cedric? Porque dudo que este
alardeo sea gratuito.
—De nuevo, se equivoca. No hay nada en este mundo tan gratuito como
mis alardeos. Ahora... Sobre la joven. Esa rosa es un símbolo para usted.
Representa la esclava que le ha sido regalada. Por cada día que pase y la
rosa se marchite, así se ira doblegando la voluntad de la joven. Hasta que,
eventualmente, muera en su honor.
—¿En mi honor? ¿De qué me está hablando, lord Cedric?
—Su prometido le ha obsequiado una venganza como las que no he visto en
años. Israem lleva mucho tiempo haciendo caso omiso a las transgresiones
del enmascarado, pero no ahora. No sé qué vio en usted, pero hizo una
excepción a su voto por defenderla. Nadie más se atreverá a tocarla ahora
que el rey se proclamó como su protector.
—¿Voto? ¿Qué voto? ¿Y qué se supone que hizo por mí?
—El nuevo embajador de Deneb está por llegar, alteza, asegúrese de hacerle
énfasis en lo bien que la ha tratado el rey, explayándose en esta parte de los
acontecimientos.
—Poco podré decir si no me explica de una vez lo que está ocurriendo, mi
lord.
—El señor del silencio ha hablado, sin palabras, en defensa de su reina.
Luego del ataque del enmascarado, Israem destruyó el Terror escarlata con
toda su tripulación dentro, y tomó de rehén a una estudiante de Polaris.
Mi cara debe ser una oda a la confusión, pues Cedric se ríe de mí y agrega:
—El Terror escarlata es un barco, alteza. Y hace años que a su tripulación
se le vincula como cómplice de los crímenes del enmascarado. El rey esta
vez no aguardo por pruebas, y si al final nos equivocamos en nuestras
sospechas... Bueno, serán unos piratas menos. Nada qué lamentar.
Mi garganta se siente áspera, así que paso saliva a cuestas. Luego hago la
pregunta.
—¿Y la estudiante...?
—No me pregunte cómo, pues nadie lo sabe, pero se presume que es el
punto débil del asesino. E Israem atacó justo ahí, solo por defenderla.
—¿Dice que está presa?
—Es una esclava ahora.
—¿Es... una especie de vendida?
—Su reino vende mujeres cuyo único crimen ha sido nacer, no compare. La
esclavitud en Jezrel hay que merecerla.
—¿Qué crimen cometió esa mujer? ¿Quién decide quién merece la
esclavitud? —refuto.
—La corte lo decide, alteza. Y para merecer la esclavitud basta con haber
cometido un crimen, o ser vinculado a un criminal significativo. Como esa
joven.
Mi corazón se divide en dos con este conocimiento.
La gratitud, primero. Hacer rehén a la joven es como atacar al corazón de
quien me lastimó, y mi futuro esposo lo ha hecho por mí; renunció a su
inactividad por vengarse en nombre de una mujer a la que desconoce y ni
siquiera ha besado. ¿Cómo no sentirme agradecida? ¿Cómo no ver en su
encierro una justicia poética?
Pero luego está la moral y el honor, dos conceptos que colisionan en mi
estómago para crear en esta noticia el sabor del vómito.
No puedo callar esa brújula interna que me guía hacia el camino justo.
¿Dónde está el honor en causar daño a inocentes?
Y, sin embargo, hay en mí un corazón que late con la urgencia de sangre.
Porque todavía tengo sus dedos tatuados en mi cuello. Porque no olvido su
aliento en mi piel, ni la pronunciación exacta de mi nombre en su boca. No
olvido el empujón, ni la fuerza con la que me hizo pender sobre el vacío. Y,
en especial, no borraré jamás su amenaza a mi hermanita. Y el honor, antes
que nada, te obliga a abogar por los tuyos.
Tengo que enfrentarme a esto cara a cara. Así que toma la oprobiosa flor de
la venganza, me ajusto el collarín, y pido a los guardias que me lleven a las
mazmorras.
Bajo cada uno de los escalones sin importar la rigidez de mi cuerpo, sin
tener en cuenta la debilidad que me proporcionan los medicamentos para el
dolor, sin cumplir con la recuperación por mi operación.
La rehén yace en el calabozo. Sus ojos me miran con asco, y ese primer
contacto hace que no pueda ver más allá de mi propio egoísmo. Si esto hace
sufrir al enmascarado, y si ella me detesta tanto, tal vez debería quedarse en
ese hoyo hasta que se pudra como la rosa en mi mano.
Ella es la garantía por la vida de Gamma.
¿Cómo podría siquiera desear su libertad, si eso pone en peligro a mi
hermanita?
Y, sin embargo, vuelvo a mirarla...
Sufre, lo veo debajo del asco de sus ojos. Lo veo en sus ojeras profundas,
en las cicatrices de sus brazos y la hinchazón de sus labios.
Ella no tiene culpa de nada, pero su vida se desvanece en la oscuridad de la
injusticia. ¿Cómo podría aceptar que languidezca por el crimen de un
hombre que sigue en libertad?
Los guardias me observan. Sus ojos son fríos, sus corazones inmunes al
dilema que me consume.
—¿Cuánto lleva ella aquí?
—Cinco días, alteza.
—¿Y cuánto le queda?
—Cuanto el rey considere.
Suspiro, sintiendo que estoy soltando la carga de mi corazón herido.
—¿Estás siendo bien cuidada? —le pregunto a la prisionera.
—Sin duda, mi lady, a estas alturas ya hasta se están aburriendo de
violentarme. Y siento que ya se acerca el día en que me permitan comer.
—¿Por qué estás aquí?
—Esperaba que usted viniera a decírmelo.
—No hace falta que me mientas, no he venido a hacerte daño. En serio me
gustaría saber por qué estás aquí.
—Al igual que a mí.
Ya sea que mienta o diga la verdad, los cinco días que lleva siendo torturada
pasan por mi cabeza. No puedo aceptar este regalo de bodas, es aberrante
que siquiera lo considerara.
Me enfrento a los barrotes de la celda Las antorchas parpadean en las
paredes húmedas, y el aire se carga de mi desesperación. La mujer me da la
espalda, y veo las marcas de los azotes. Y entonces, tomo una decisión.
—Princesa Freya —susurra uno de los guardias posicionándose junto a mí
—. ¿Por qué está aquí?
—¿Qué ha hecho ella para merecer esto?
—Ha sido cómplice, princesa. No quiere decirnos nada sobre el
enmascarado. La tripulación del Terror escarlata murió por menos, ella
debería estar agradecida.
—¿La necesitan con vida?
—No necesariamente. Parece que jamás lo traicionará.
—Necesito ver al rey —pido preservando mi tranquilidad.
—El rey está fuera del castillo, alteza. No sabemos cuándo volverá.
Y quién sabe qué cosas pretenden hacerle a esta mujer mientras él regresa.
Así que hago lo más arriesgado que se me ha ocurrido desde que acepté
volar en gripher sola.
—Como su futura reina, ordeno que ella sea liberada.
Uno de los guardias se ríe descaradamente de mí, el otro queda horrorizado
por mis palabras.
—No quiero ofenderla, alteza, pero usted todavía es la princesa de Deneb y
nada más que eso, y la orden de hacer esclava a esta mujer viene del rey.
—Ella es propiedad de los guardias de esta mazmorra —espeta uno de ellos
en un tono que me llena de nauseas.
—Ella es una mujer, no la propiedad de nadie —aclaro.
—Según la ley, las esclavas pierden el estatus de persona —me explica
pacientemente el primer guardia.
—Comprendo. —No pretendo insultar las leyes de mi nuevo reino, pero
nada me impide discutir los vacíos legales—. Ella ha perdido el estatus de
persona, pero sigue siendo una vida. Estas no son condiciones aptas para
ningún ser vivo.
—Una vida más, una vida menos.
Tengo el impulso de asentir, pero el collarín me lo impide, gracias Ara. Se
supone que debo evitar el movimiento en mi cuello.
—¿Cuál es el precio de una vida? —le pregunto al hombre.
—No hay precio, supongo.
—En ese caso, ¿qué hace una encerrada en estas condiciones?
Cuando siento que al fin estoy llegando a algo con este primer guardia, el
segundo se inmiscuye.
—Él se equivoca, alteza. Sí hay precio para una vida: otra vida. Y es lo que
ha hecho el rey. Tomó la vida de esta mujer porque el asesino jugó con la
suya.
—¿Entonces se trata de eso? —Suspiro, los medicamentos me agotan más
de la cuenta, estoy experimentando este debate como un maratón. Le
extiendo la rosa de la venganza, que él acepta confundido—. Que así sea
entonces, sir. Si es su vida el precio por la mía, pues también lo será al
contrario. Enciérreme. Tome mi libertad por la suya.
—¿Se ha vuelto loca?
—Hoy soy la princesa de Deneb, pero mañana seré su reina. Yo que usted,
trataría con más respeto a la mujer que podría ponerlo en estas celdas si así
le place.
El hombre traga en seco, y vaya satisfacción que siento al verlo.
—Alteza, no podemos liberarla, incluso si usted es encerrada...
—Bien, pues hágalo de todos modos. Otros prisioneros son ajenos a mi
culpabilidad, pero no permitiré que se desmoralice a una mujer inocente por
vengarme a mí. Que mi acto sirva de pacifico precedente. Si nada vale la
vida de un inocente, que mi celda esté junto a la suya.
Los guardias intercambian miradas incómodas. Pero no desobedecen.
Me conducen a una celda contigua. Me tratan como si me escoltaran a mi
habitación, y me dejan en ella todavía confundidos por mis actos.
Entonces me encierran y ponen los candados. Es oficial, pasaré mi reposo
en esta celda. Sé que he elegido el camino más difícil, solo espero que sea
el correcto.
Nota: ¿Qué les ha parecido el capítulo, lord Cedric y las decisiones de
Freya?
¿Qué creen que va a pasar ahora?
¿Qué creen de las cosas que le dijo Cedric a Freya?
Y bueno, nos vemos en el próximo capítulo. Etiquétenme cuando ya hayan
500 comentarios. Espero estos dos capítulos les hayan hecho felices ♡
10: Juicio bastardo
La oscuridad de la celda me envuelve cuando despierto, aunque no puedo
asegurar que sea de día. Mi cuerpo yace inmóvil en el banquillo que uso de
cama, por suerte no me caí a mitad de mi sueño como temía. Eso habría
sido fatal para mi cuello.
Cada respiración es un recordatorio punzante de mi fragilidad. La operación
en mi cuello ha dejado una huella de fuego y el efecto de los analgésicos ha
pasado. Y, por Ara, tengo tal ardor en mi garganta que siento que llevo el sol
de Baham en ella.
Me siento exagerada en cierto modo, pero debo ser justa conmigo misma.
Jamás había tenido la necesidad de pasar hambre y sed por más de un
mediodía, y eso por elección; así que todo un día, una noche y la mañana
contigua sin alimentos o líquidos, cuenta como un justificativo para
quejarme.
Israem no ha bajado a verme, ni siquiera sé si ha llegado ya al castillo.
Tengo la esperanza de que esto acabe como aquel capítulo de Sirios en el
crepúsculo cuando el sirio fulmina una manada de imbéciles por haber
hecho pasar un mal rato a la protagonista. Fantaseo con el infame rey de
Jezrel aleccionando a los guardias por haber permitido que su futura reina
pase hambre, sed y prescinda del descanso necesario luego de su cirugía.
Futura esposa que, además, podría ponerlos en una tensa situación política
con el reino vecino si se le ocurriera la idea de avisar de tal situación.
Hipotético todo, por supuesto. No hablaré con Lyra de esto, partiendo del
hecho de que ha sido mi decisión y he cuestionado las órdenes del rey;
además, Israem apenas gruñe, no lo veo lanzando un sermón a nadie, ni
siquiera si se lo merecen tanto como estos guardias.
Si al final no sucede, al menos ya me imaginé una buena escena para un
fanfiction. Se lo enviaré en mi siguiente carta a Gamma.
Una figura sombría languidece en la penumbra de la celda contigua. Es la
esclava de Jezrel.
El susurro ronco de su voz me recuerda que ella está aquí mucho antes que
yo, siendo víctima de torturas que tengo suerte de desconocer, pero que la
han dejado marcada.
—¿Estás despierta? —pregunta.
Extraño poder asentir, es más fácil librarse de una conversación de ese
modo.
—Lo estoy. ¿Tú? ¿Te encuentras bien?
La desconocida comete la falta de educación de contestar a mi pregunta con
otra pregunta.
—¿Por qué lo hizo?
—¿Encerrarme en una celda a pasar frío y hambre luego de mi cirugía? —
Bufo y, todavía acostada en el banquillo, añado a la broma un gesto de mi
mano—. Lo hago cada fin de semana en Deneb. ¿Cómo se divierten en
Jezrel sino?
—Usted es imbécil.
Me rio. Acabo de privarme de mis privilegios y mi libertad por esta
desconocida, y me llama imbécil, pero el único impulso que tengo es el de
reír genuinamente.
Parece que estoy fracturando las vértebras de mi cordura.
—De hecho soy mujer.
—¿Es eso relevante?
—Creí que la imbecilidad era una cualidad masculina.
Ella ríe por lo bajo, así que me siento apoyada del muro para contribuir con
la inmovilidad que me garantiza el collarín.
—Primer viaje en gripher —le explico al descubrirla observando mi cuello.
—¿Era salvaje?
—Supuestamente, dijo un imbécil, estaba domesticado. Y tenía más cadenas
que plumas, pero eso no lo detuvo de atentar contra mi vida.
—Mi primer viaje fue vertiginoso, pero fructífero.
—¿Sueles viajar en esas criaturas?
—Yo... —Vacila, supongo que está editando la historia para suprimir las
partes que no conviene decir—. No hay muchos griphers de nuestro lado.
Yo solo he visto uno, y en casos muy extremos en los que necesitaba un
transporte veloz y urgente. Digamos que soy... Era afortunada. Y no, no
tenía cadenas, y tampoco atentó contra mi vida.
—¿Segura que no lo confundes con un cosmo de Pegaso?
Ahora es ella quien ríe. Tiene linda risa, vigorizante. Si ella es realmente
importante para el enmascarado, imagino que empezó por acostumbrarse a
esa risa.
—Puede ser, tiene alas blancas —contesta al fin.
Nuestra conversación es interrumpida por un guardia que amablemente abre
mi celda, como si no temiera que escape, y me entrega un caldo caliente,
algo de fruta, agua y una aspirina.
Cuando está a punto de marcharse, miro mis suministros con mis ojos
entrecerrados y luego vuelvo mi vista hacia el guardia.
—Un momento.
—¿Alteza?
—¿Y la comida de ella?
—Déjelo así, por favor —la escucho murmurar a través de los barrotes.
El centinela se para firme, las manos cruzadas detrás de su cuerpo.
—Hoy no le toca, alteza —me contesta él.
—¿Cómo que no le toca?
—Son órdenes de arriba.
—¿Órdenes de Ara, dice? —ironizo. No me gusta esta versión de mí que
cuestiona la autoridad, pero esta versión sufre por el hambre de un día y
medio. ¿Cuánto lleva sin comer la joven a mi lado?
—En serio lo siento —culmina el guardia.
—Déjelo, son órdenes de arriba. Su consciencia no debe pesar por cumplir
su deber.
Cuando el guardia hace ademán de marcharse, vuelvo a hablar, impotente.
—Sin embargo... La obediencia es tan necesaria como el criterio propio. Si
no se cuestiona sus propias acciones... usted no es más que un sirio que ha
vendido su alma y en consecuencia ha perdido toda consciencia.
Asiente, como si no quisiera discutir, y al comprobar que no tengo nada
más que decir, simplemente se marcha.
Este reino está lastimando mi espíritu antes de tiempo.
Escucho cómo la prisionera se arrastra hacia el extremo contrario de su
celda, y giro todo mi cuerpo para ver más comodamente en su dirección.
Ella ni siquiera tiene un banco dónde descansar.
—¿Qué hiciste para merecer este castigo? —le pregunto, porque es mi
deber cuestionarme incluso mi propia empatía.
Puedo ver su rostro, con una palidez amarillenta que hace resaltar los
moratones. No es una imagen agradable, pero no está ni cerca de ser la peor
que he presenciado...
Flashes de ese día ciegan mi mente. Blanco chispeado de rojo, la espada
que atraviesa un corazón, una cabeza rodando hasta los tacones del cisne...
El tañido del vidrio al caer me despierta de mi ensoñación en un jadeo. El
único vaso de agua que tenía acaba de quebrarse, convirtiendo la mugre del
suelo en un charco turbio.
Esto no debería estar pasándome, no ahora. No después de tantos años. Se
supone que lo he superado, se supone que mutilé las cuerdas vocales de mi
trauma para que no pueda volver ni en susurros.
Tengo que tragarme la pastilla con sopa. La dejo pasar hirviendo por mi
garganta, la quemada sirve para despertarme. Por desgracia está salada y no
calma la sed. Y vaya que tengo sed.
Luego del sorbo que he dado al consomé, me levanto y dejo la cacerola
pegada a los barrotes de la celda contigua. Son estrechos y no pasará, pero
dejo también la cuchara para que la prisionera pueda comer desde esa
posición.
—Puedes comer, desconocida. Te cedo el agua sucia. Considéralo como mi
declaración de odio hacia ti.
Ella no lo cuestiona ni lo piensa, se arrastra por el suelo mugriento hasta el
tazón y empieza a comer sin siquiera soplar el caldo.
¿Qué tienen sus piernas? No me lo había cuestionado hasta ahora, pero solo
la he visto arrastrarse.
—Lo va a lamentar —me advierte—. Cuando pase más de un día sin
comida.
Alzo mi manzana... Que es redonda, y turquesa. Supongo que no es una
manzana, pero igual la comeré.
—Yo tengo esto, y me sacarán en breve. Nos sacarán, de hecho. No he
tenido tiempo de presentarme, pero soy la futura consorte del rey.
—Eso solo valida mi teoría: es usted imbécil. ¿Ha congeniado con el
orgullo de un hombre? Pues imagine hacerlo con el de un bastardo. Jamás
lo hará ceder.
—¿Has llamado bastardo al rey?
Por primera vez veo en la prisionera una emoción muy cercana al
arrepentimiento.
—Sé cómo suena lo que he dicho, pero le aseguro que no es lo que
pretendía decir.
—¿El rey es un bastardo?
—¡No! De ser así, ¿cómo lo sabría yo? De poseer esa información, ¿por qué
temería decirla? Ya soy escoria, una esclava más, condenada a muerte. En
serio, en serio, ha entendido mal.
¿Por qué está tan nerviosa? Hablar errante, labios temblorosos y ojos que
parecen brincar de mi rostro a su plato.
Hay algo en lo que ha dicho, algo que siento tan cerca de mí, pero que de
todos modos se me escapa. Me frustra, y temo presionar a la esclava hasta
que se cierre.
—¿De dónde eres, desconocida?
—¿Ah?
Sí, está muy nerviosa. Necesito ganarme la confianza de esta mujer a como
dé lugar.
—Dijiste que «no hay muchos griphers de nuestro lado». ¿Cuál es «nuestro
lado»?
—Ah, no me refería a usted y a mí. Soy de Polaris.
—Polaris... —Busco en mi memoria las lecciones de astrología y
rápidamente doy con el nombre—. Es la gigante amarrilla, la estrella más
cercana al norte, la que guía a los viajeros y se usa de referencia en los
mares. ¿Qué localidad tiene ese nombre aquí? ¿Queda muy lejos?
—¿No sabe lo que es...? —Ella niega y cambia la dirección de la plática—.
¿Qué es Deneb? Ese lugar del que viene. Parecen muy ignorantes.
—Ignorante suenas tú, pues Deneb es el reino colindante tras el bosque
congelado.
—Eh... No, el reino colindante es Áragog.
—Deneb hace un par de años que se independizó de Áragog. Éramos un
principado de ese reino anteriormente.
—Ah, usted viene del reino de las constelaciones, donde son tan estúpidos
para creerse todos enviados por las estrellas y se ponen nombres derivados
de estas.
Sonrío. Por algún motivo, me causa ternura lo arisca que es. Me da la
impresión de que está a la defensiva porque es la única manera en que
sobrevive. La pregunta es... ¿sobrevivir a qué?
—Los nombres no los escogemos, los dictan las estrellas —le explico
pacientemente—. Y, hasta donde sé, aquí también sucede. ¿No es el apellido
real un derivado de la constelación del cuervo?
—Lo es, pero ellos son nobles y devotos. Solo los nobles más devotos
cumplen esa regla. ¿Cuál es su nombre, princesa de Deneb? ¿Es algo
relacionado a gallinas? Porque eso de temerle a los griphers está raro.
—Te recuerdo, prisionera de Polaris, que la gallina se encadenó en protesta
por tu encierro. Y mi nombre es Freya Cygnus. Nombre de mariposa,
apellido de cisne.
—Hemos oído de usted. La última esperanza de un reino enfermo. Pero la
miro y pienso... es solo otra pieza rota de un juego que ni siquiera es
consciente de estar jugando.
—Suerte tengo en no desear ganar, solo sobrevivir.
Ella dibuja una sonrisa gentil en su rostro.
No puede ser mala persona, debo convencer al rey de ello.
—Yo soy... —empieza a decir.
Los candados de la entrada chirrían, los pestillos chasquean y la pesada
puerta se abre con lentitud desnudando la alta figura del rey de Jezrel.
Sus ojos azules están opacos tras una capa que parece cansancio, si es que
alguien con su longevidad puede sentir tal cosa. Su largo cabello va más
ondulado que de costumbre, como si acabara de bajar de Scar para venir
directo hacia aquí. Pero viste como el rey que es, con una gruesa capa de
plumas de cuervo a juego con el cubrebocas.
Su presencia inspira temor y respeto en igual medida; a los escoltas, a los
centinelas, y a cada uno de los prisioneros. Es insólito ver al rey aquí.
Detrás de él entran otras personas, y a la mayoría desconozco, a excepción
de Elius. Su firmeza es frágil, pero persistente. Y en todo momento evita
mirarme.
La puerta se cierra tras él, y el eco de los pasos resuena en las paredes.
Nadie pronuncia palabra alguna, pero la sola presencia de Israem llenó la
estancia de una tensión palpable.
Tambaleante, me pongo de pie con cuidado de no lastimarme el cuello, y
hago la reverencia correspondiente.
La puerta vuelve a abrirse, y me quedo perpleja de ver una procesión de
sirvientes que cargan con sillas, mesas y atriles organizándolas alrededor
del rey, como una especie de consejo improvisado.
Esto no parece una buena señal.
Alguien abre mi celda y señala el único atril frente a ellos. Quieren que me
exponga al juicio de cada uno.
Obediente, camino a donde se me indica y me tomo el tiempo de hacer
contacto visual con cada uno de los aquí presente. Acato sus órdenes, les
respeto en la medida que se demanda de mí, pero no bajaré la cabeza, no
demostraré temor a ninguno.
La mano del rey es quien toma las riendas y pone en palabras lo que el
simbolismo de la situación expresa.
—Princesa Freya Cygnus, se le acusa de cuestionar y desafiar la autoridad
del rey Israem Corvo Belasius. Quiere, por favor, explicarnos a todos qué se
supone que hace aquí.
En parte no me sorprende que se hable de estos asuntos delante de los
prisioneros. Para ellos son menos que seres humanos: son esclavos. Pero me
cuesta acostumbrarme.
—Ejerzo mi derecho a tener una opinión, mi lord —contesto tranquila—.
No cuestiono ni desafío la autoridad de su majestad, pero sí defiendo la
inocencia de la prisionera a la que se ha condenado en mi causa sin
consultarme antes.
Giro mi cuerpo para ver directamente a Israem.
—Amablemente, rechazo su obsequio, majestad.
—Freya —insiste con mas severidad Elius—. Esto no es un juego. Hay
quienes sugieren que se te acuse de traición. Probaste tu punto. Es hora de
irnos.
Pero yo sigo mirando a Israem, presionando para que se exprese. Necesito
que hable, que diga lo que sea. Si hay una situación en la que necesito saber
qué sirios piensa, en la que necesite debatir con él directamente y no con un
intermediario, es esta. Aunque después me cueste su silencio de por vida,
¡que hable ahora, por Ara!
Sin embargo, aunque me sostiene la mirada, aunque leo las venas de su
frente y el ardor de sus ojos como un deseo por estrangularme... no... dice...
nada.
No puedo ni poner en palabras mi frustración, hace mucho que no siento el
impulso de gritar hasta que las paredes sangren. Tengo entrenamiento de
caballero, estoy acostumbrada a aceptar lo que se me ordena y enterrar el
orgullo, esta impotencia es una ofensa a mi formación, pero aquí está:
latente en el pulso de mis manos mientras me aferro con fuerza a la falda de
mi vestido.
—No he traicionado a nadie —digo con mi voz una octava más baja.
—Y lo entendemos, esto es solo un malentendido...
El indecoro se apodera de mí y termino interrumpiendo a Elius.
—Majestad, agradezco mucho el gesto, pero aunque su intención ha sido
noble en la práctica no hace más que agregarle peso a mi consciencia. Usted
ejecutó una venganza que le parecía pertinente, pero el que la haga en mi
nombre, como un obsequio...
Veo a Israem inclinarse al oído de Elius, y paso mi mirada rápidamente de
uno al otro, con la boca entreabierta y mi pulso haciéndome un daño
cardíaco. Me indigna creer que, otra vez, prefiere usar un intérprete en lugar
de solo usar su voz en una situación tan delicado donde el diálogo es
necesario.
Elius asiente y espera hasta que el rey le quita la mano del hombro para
mirarme y decir:
—Princesa Cygnus, el rey pide que se calle.
Eso es como un puñetazo a mi estómago congelado, fracturándolo al punto
en que sus grietas se extienden hasta lastimar mi garganta a mitad de una
palabra.
No es la primera vez que me mandan a callar, pero yo voy a ser su reina
consorte. Este acuerdo es algo que yo necesitaba con desesperación, pero no
es un favor de el hacia mi, ellos están asegurando una alianza con Deneb,
también previenen una guerra, aunque en un principio insinuaron estar
dispuestos a una. Soy una princesa, descendiente del cisne, parte del
poderoso linaje Cygnus y cuento con la protección de los escorpiones. Y él,
sencillamente, me esta humillando y minimizando frente a su corte.
Mi único consuelo sería que no están ni la reina ni lord Cedric.
Terrible consuelo.
—Pero...
—Freya —me advierte Elius.
—¡Yo he convivido con ella! Está limpia del pecado por el que privaron su
libertad, y sufre cada...
—El rey ha ordenado que se calle, Cygnus.
Morder literalmente mi lengua es la opción que me queda para no replicar.
Pasaré este trago, cederé a la autoridad. Israem demuestra su ira quemando
tripulaciones y secuestrando damiselas, pero si algo sabemos los Cygnus es
que el frío cocina las mejores venganzas.
Hacen una pausa, como esperando mi reacción, o evaluando los hechos
individualmente, hasta que se juntan y empiezan a discutir entre ellos con
murmullos ininteligibles.
Menos Israem.
El está sentado, imperturbable, mirándome sin siquiera pestañear, y en sus
ojos casi puedo ver la cocción de mi propio rencor.
¿Dónde está el hombre que hace unos días se preocupaba por mi
recuperación? ¿Dónde está el que ordenó a Elius que me cargara para que
no camine y me cazó una mariposa para que me recupere? ¿Tanto lo he
ofendido?
—Freya Cygnus —empieza a decir Elius una vez todos han vuelto a sus
puestos—. La Corona olvidará lo que ha hecho, y prometemos olvidar el
asunto y no mencionarlo en el futuro, ni castigarla al respecto, siempre que
abandone esta celda con nosotros. Es decir: inmediatamente.
—¿Y la mujer a la que han hecho esclava en mi nombre?
—Es propiedad y asunto del rey, no suyo.
—Debo saber: si me voy, ¿ella se va conmigo?
—La prisionera no será liberada, Cygnus. Ese asunto no está en discusión,
este juicio es sobre usted.
—En ese caso... —suspiro, dejando ir el peso que tensa mis hombros,
calmando mi voz todo lo posible—. Agradezco la generosidad de la Corona,
y la deliberación tan favorable con respecto a mí. Agradezco, nuevamente,
que se vengara el atentado que se hizo contra mi vida recientemente. Pero
me reservo el derecho a rechazar tal generosidad. —Miro a cada uno de
ellos, a sus rostros que van de la perplejidad a la furia—. Caballeros,
majestad, mi nombre no será bandera de injusticia. Creo que tengo derecho
a luchar por ello.
Las manos enguantadas del rey chocan contra la mesa con tal estrepito que
la vuelven escombros y astillas. Él se levanta, sus pies sacudiéndose los
restos que le rodean, y me mira con el azul de sus ojos tan intensificados
que estoy segura de que están brillando.
Lentamente se aproxima hacia mí hasta que su capa roza el atril. Estaría
totalmente justificado huir al ser expuesto a su presencia de ese modo.
Pero no he visto causa que se defienda escondido. Así que me mantengo en
pie, con mi mirada en la suya.
Con ambas manos toma lo alto del atril y se inclina más hacia mí. Puede
escuchar su respiración, sentir cómo tiembla debajo de los guantes. Todo en
él me indica que quiere dejarme peor que a la mesa.
Como ni él, ni nadie, dicen nada, imagino que la finalidad de su cercanía es
intimidarme y hacerme desistir sin que él deba decir ni una palabra.
Bueno, todos nos equivocamos alguna vez.
Pongo las manos sobre el atril, llevo mis dedos tan cerca de los suyos como
mi temor a su tacto me lo permite. Y también me inclino hacia él, a quien
atrapo desviando su mirada a mi escote por un segundo.
—Gracias —le repito—, por la intención de su obsequio. Pero no lo quiero.
Me quedaré aquí.
Lo siguiente que siento es un tirón fuerte bajo mis manos, como si el
castillo entero temblara. Pero solo ha sido Israem, que en medio de su
impotencia ha arrastrado el atril y lo arrojó al otro lado de la prisión hasta
que este se estrelló contra la pared.
Luego de esta demostración, ya puedo hacerme una idea más fiel de como
quedó la habitación nupcial.
El me da la espalda y se aleja a paso firme. Cuando llega a la altura de los
guardias, solo me señala antes de salir dando un portazo.
Cuando un par de ellos me toman y arrastran nuevamente al interior de la
celda, empiezo a salir de mi burbuja para entrar en una de shock.
Esto esta sucediendo. El rey de Jezrel, la más alta autoridad en este reino,
ordenó legalmente mi encierro. Ya no hay quien me salve de aquí, excepto
yo misma, pero a costa de ceder en algo que no me parece posible.
En serio prefirió mantener presa a su futura esposa que soltar a la
desgraciada esclava.
Me hundo en el banquillo, sintiendo el peso de mi decisión.
—Lo dije: imbécil —escucho comentar a la esclava.
¿Ahora en qué sirios me metí?
Nota:
Se va a poner buena la cosa, así que espero tengan muchas ganas de leer.
Perdonen la tardanza, amores míos, es que se me adelantó la fecha de la
maquetación de Vendida y he tenido que duplicar mi trabajo. Espero igual
les guste el capítulo. Por suerte, tengo otros adelantados en un ataque de
inspiración, así que si quieren, ya saben, cuando lleguemos a 500
comentarios subiré el siguiente ♡
Pero no se vayan sin decirme qué piensan de la decisión de Freya.
¿Qué opinan de la actitud y la decisión final de Israem?
¿Qué les parece la esclava misteriosa?
Ah, y sé que algunos pueden haber pensado en cuanto se mencionó la
palabra "bastardo" que aquí puede pasar algo como en Vendida... Les aviso
que no, no es como en Vendida. Pero les dejo armar sus teorías aunque en el
libro todo acabará por aclararse.
11: Prisionera
Cada que paso saliva mi garganta arde como si estuviera tragando cenizas.
Ingenua, creí que Israem sería compasivo, que mi trato en la celda sería
similar al que tuve los primeros días de encierro. Pero no pude equivocarme
más.
El primer día sin comer predominó mi orgullo, aguanté con la misma fuerza
en que me rehusaba a pedir clemencia. A la mañana siguiente no pude
sentirme más arrepentida. Esperé a que entrara uno de los guardias,
dispuesta a rendirme y llamar al rey.
Suplicaría lo que hiciera falta.
Pero en cuanto entró ese guardia... Si tan solo hubiese hablado antes, tal vez
habría podido evitarlo, pero él no me dio tiempo; se fue directo a cometer
una fechoría que no quiero rememorar. No puedo describirlo, porque soy
incapaz de regresar a esos recuerdos sin quebrarme.
No me lo hizo a mí, pero se desquitaba con la esclava con más saña a
medida que yo le suplicaba que se detuviera, como si deseara hacérmelo.
Todavía convivo con mi vomito, ya seco, junto al banquillo.
Nadie ha venido a limpiarlo, como nadie borrará esos lamentos de mi
mente.
Quiero salir de aquí, tiemblo de frío y lloro en silencio cuando el fuego de
las antorchas se consume porque vaya que quiero, pero recuerdo lo que mis
hermanas y yo sufrimos por un tirano. Lyra estuvo secuestrada tres años
donde ese bastardo la quebró mentalmente. No puedo convertirme en el
Sargas de nadie, y desde que Israem puso esa tortura a mi nombre ha
condenado mi consciencia.
Ya no queda ni un resquicio de la Freya que le estaba agradecida, no cuando
he tenido que ver a la prisionera contigua desmayarse por la pérdida de
sangre luego de lo que ese guardia le hizo.
Y presumen que en Jezrel no se venden mujeres, como si robarlas los
hiciera mejores.
—Princesa... —escucho balbucear a la prisionera.
Parece que al fin despierta. No sé si dar gracias a Ara de que siga viva, o
llorar por lo que le espera.
—¿Sí? —pregunto con mi voz herida.
—No es una imbécil.
Son esas palabras las que cambian mi llanto silencioso a sollozos heridos.
Quiero un abrazo de mis hermanas.
Siento mi estómago como si lo hubieran pateado. El dolor de las suturas en
mi cuello es distante, pero ahí está desde que me cortaron el suministro de
analgésicos. Y no me importa, nada de eso. Son mis labios resecos y la
aspereza de mi lengua agrietada lo que no me deja dormir
En algún punto de la noche el frío se distorsiona y empiezo a sudar, y cada
gota de sudor es desesperante, porque me recuerda mi inminente
deshidratación. Me siento tentada de lamerme para saciar esta horrenda
necesidad que me agobia.
Acerco la mano a mi frente y noto mi piel hirviendo. Acabo de salir de una
cirugía, una fiebre no puede ser buena señal.
Le pido a Ara y al cisne que, si es su voluntad lo que estoy haciendo, por
favor no me permita morir. Pero sé que si pereciera en esta celda, quedaría
como un precedente: los barrotes pudieron encarcelar mi cuerpo, mas no mi
mente.
Lyra siempre dice que dejemos ser heroínas a las demás, que
preferiblemente estemos a salvo. Pero es solo lo que dice, porque lo que
hizo fue luchar por nuestro hogar, nuestra familia, y nuestro pueblo. No
libertó todo Áragog, pero salvó Deneb. Aunque sus palabras digan algo
distinto, lo que sus acciones me demuestran es que no somos
todopoderosas, pero podemos escoger nuestras batallas.
Yo escojo esta.
Si salgo de aquí, estaré contribuyendo a lo que le hacen a esta mujer. Si
salgo de aquí, ella nunca saldrá de mis pesadillas.
Por la mañana me entregan una cacerola para que pueda hidratarme con
ella.
Estoy tan desesperada que empiezo a tragarme el agua como un animal. No
sé de dónde saco la fuerza de voluntad para detenerme.
Mi instinto de hermana me inclina a comerme todo antes que Gamma lo
tome por mí, pero mi adiestramiento como caballero me ha acostumbrado a
racionar la comida y respetar los códigos.
El hombre se ha ido sin dejar nada para la otra prisionera, así que la culpa
me arrebata. Me preocupa cuando volverán a traerme algo de beber, pero,
siendo justos, me han dado suficiente agua para saciar mi sed y hay alguien
aquí que debe estar muriendo por un sorbo.
Me arrastro para entregarle el recipiente que ella agradece con letargo.
Solo queda un despojo de ella, no puedo ni verla a la cara luego de...
—Me copié en el examen de admisión —la escucho decir.
Es tan extraño que creo haberlo imaginado, hasta que ella se gira y aferra a
los barrotes, pegando su rostro a ellos para hablarme directamente.
—Preguntaste qué hice. Eso hice. Sé que las personas de este lado tienen la
impresión de que en Polaris todos somos mendigos o de muy bajos
recursos, pero la verdad es que el internado es de élite. Yo no tenía para
pagarlo, por supuesto. Así que me postulé para la beca. Pero estaba tan
cansada por haber estado estudiando toda la noche y trabajando hasta tarde
que... simplemente estaba tan cansada... Y me copié. Y me descubrieron,
ellos tienen los medios para eso. Entonces alguien intervino y sobornó al
internado para que me dejaran repetir el examen. —A partir de esa parte
empieza a llorar. Es insólito verla llorando justo ahora, luego de soportar
tanto sin una sola lágrima—. Ni siquiera pagó para que me dejaran entrar
sin más, solo para que repitiera un examen. Y dejó una pluma roja...
Sorbe por la nariz y se queda viendo el techo mientras yo empiezo a encajar
lo que me dice.
—He estado pensando tanto estos días... ¿Qué hice? Por Canis, ¿qué sirios
hice para merecer esto? Y eso es lo único que me viene a la mente.
—Tú... ¿Sabes quién...?
—Si fuera cómplice de un asesino en serie, ¿crees que sería tan idiota para
pedirle que deje su firma en los favores que hace para mí?
Pero eso no fue un no.
—¿Qué estudiabas? —le pregunto, e inmediatamente me arrepiento de
hablar en pasado.
—Arquitectura —responde sorbiendo por la nariz. Me alivia que no tomara
mal mis palabras—. Quería ser quien relata las historias de cada
monumento al pasar junto a ellos, y no quien las escucha.
No tengo nada que decirle, me duele pensar en la vida que ha dejado atrás.
—Ellos te relacionan con ese asesino. No dejo de pensar... Si tienen una
idea de quién podría ser, ¿por qué no lo atrapan?
—¿Qué le hace creer que él quiere ser atrapado?
Me remuevo en mi incómodo banquillo, incapaz de disimular mi ansiosa
curiosidad.
—¿Insinúas que solo así lo atraparían? ¿Incluso el rey?
—Solo fue un cuestionamiento al azar, alteza, no insinúo nada.
—Estoy aquí por ti, tal vez me pudra en esta celda, creo que podrías confiar
un poco más.
—Usted está aquí porque siente que es lo correcto, y así mismo lo correcto
sería reportar al rey cualquier información que pueda ser útil para atrapar al
enmascarado, ¿no?
—¿Y tienes esa información?
—¿Es esto un interrogatorio?
Suspiro. Tal vez debí especializarme en sutileza a la hora de sacar
información, y no en fanfics y adiestramiento de soldado.
—No estoy aquí porque sea lo correcto —le aclaro—, estoy aquí porque el
rey me ha dado un obsequio que repudio con cada hueso que sostiene mi
cuerpo. Y cuando se acepta un regalo una vez, eventualmente rechazarlo se
vuelve imposible. Debo aprender a decir que no como esposa, y él debe
aprender a respetar mis negativas. Sino esto será una tragedia.
—A mí ya me parece bastante trágico.
—Y todavía no me caso —bromeo.
—Ojalá llegue a la boda.
—¿Tu falta de positivismo es un efecto colateral de haber sido apresada o
es una condición congénita?
—Es un efecto colateral de haber crecido del otro lado, supongo.
—¿Por qué le llamas así? ¿Qué hay en Polaris que parece señalarte como
marginada?
—Es una persona muy buena, princesa, pero debe estudiar si quiere ser una
buena reina.
He decidido que ella me agrada. Es honesta, y luego de todo lo que ha
vivido estos días sigue teniendo una voz para acompañarme en nuestras
conversaciones.
—No soy buena —contradigo—, desobedezco a mi hermana mayor, me
burlo de la menor y leo cochinadas entre sirios y sus almuerzos humanos.
Pero me esfuerzo en no ser mala, con eso me doy por satisfecha. Y tienes
razón, debo estudiar Jezrel. No tuve tiempo de hacerlo cuando me llegó la...
propuesta. Los consejos que recibí entonces iban más dirigidos a entender
los terrenos del cuerpo masculino.
—En ese caso, considere cambiar de consorte a doctora. Es más seguro para
todos.
Me sorprendo a mí misma riendo por primera vez en mi aprisionamiento
legal.
—Mi nombre es Eva, por cierto —me dice.
—Un placer, Eva, ojalá nunca te hubiera conocido.
—Tenemos tanto en común... —secunda, y entonces ella también se ríe.
Hice reír a una moribunda. No lo he hecho tan mal después de todo, ¿eh?
Está en nuestra naturaleza acostumbrarnos a todo. El hedor a vomito, el olor
del moho, son cosas que ya casi no siento a menos que piense directamente
en ello.
Pero todavía no me acostumbro a la fetidez del excremento fresco, que es
justo lo que me golpea cuando mi vecina se cansa de esperar la cubeta que
nos rotan de vez en cuando y decide defecar en el piso.
Si tardan un día más, yo seré la siguiente.
Mi cuello arde, y la fiebre me consume.
Creo que estoy alucinando cuando veo sus ojos dorados encima de mí.
Elius, maldito Elius. Como me alegro de verlo, aunque luego resulte ser una
imagen creada por mi febril imaginación.
Escucho las órdenes de la mano del rey, cómo los esclavos que le
acompañan preparan una especie de mesita con implementos médicos junto
a nosotros, y al resto los envía a limpiar mi celda y la contigua. Dice algo
sobre no poder trabajar en esas condiciones.
Que imagine vivir en ellas.
—Princesa Freya —dice con voz cauta, como si temiera alertar las paredes
de su presencia—. Permítame quitarle el collarín, necesito examinar las
suturas.
—No se lo permito —bromeo con voz ronca—, prefiero quedarme con esta
cosa puesta hasta que se me pudra el cuello.
—Antes del juicio, habría tomado sus palabras como una broma —su voz
suena forzada por el esfuerzo que hace para ayudar a mi cuerpo a
incorporarse—. Ahora no dudo que tenga verdaderas ideas suicidas.
—Viniste a sermonearme —entiendo.
Me ignora en rotundo y mete un termómetro bajo mi lengua. Lo deja ahí un
momento mientras me quita el collarín y examina mi cuello.
Sus dedos tocan la sutura, y un gemido escapa de mis labios.
Lo veo fruncir el ceño, tomar mi termómetro y alejarse para cambiarse los
guantes.
—La fiebre es alta —murmura—. Necesitamos reducirla antes de limpiar la
herida.
Me extiende un par de píldoras y un vaso de agua.
—Se ha infectado, ¿verdad?
Lo veo mezclar hierbas en un mortero y crear una pasta espesa. Su seriedad
me preocupa.
—Estará bien, alteza —me responde.
—¿Te matarán si muero?
—No va a morir, por desgracia.
Aplica la pasta de hierbas sobre mi frente y en mis muñecas. Su frescor me
alivia un poco la sensación de estar quemándome en vida, pero mis ojos
siguen llorando por la fiebre.
—¿Podrás ayudarla a ella también?
—Ella es una esclava.
—Pero... sería como un favor para mí.
—No voy a hacerle favores, podría creer que estoy de acuerdo con algo de
lo que hace.
—Estás molesto.
Pincha mi dedo para examinar una gota de mi sangre con un microscopio.
Eso parece empeorar su humor y profundiza las líneas de su entrecejo.
Saca un paral de su maletín y en este cuelga una bolsa de solución salina.
Luego me toma una vía para suministrarme el suero.
—Está deshidratada, sin defensas, baja de azúcar... ¿Cuándo fue la última
vez que comió algo?
Lo miro a los ojos, ya no finjo la sonrisa con la que patentaba mis bromas.
Dejo que vea lo que hay debajo, la mujer que herida, humillada y furiosa.
—Soy la princesa de Deneb, Elius. Estoy protestando pacíficamente, no por
ello tienen derecho a tratarme de este modo.
—Desautorizaste al rey, Freya —espeta perdiendo la formalidad que había
intentado mantener desde que apareció en esta pocilga—. No estamos
hablando de cualquier cosa.
—No lo hice, solo rechacé su obsequio.
—Lo dejaste en evidencia frente a su corte. Murmuran que se ha ablandado,
que no puede controlar ni a su prometida. ¿Qué esperabas que hiciera?
—No provocarme una muerte lenta, eso te lo aseguro.
—Debo limpiar la sutura —dice mostrándome la jeringa—. La infección
debe ser tratada, y va a doler. Más vale que aceptes la anestesia.
Le muestro todos mis dientes a modo de sonrisa y el procede a penetrar mi
piel con la aguja.
—Se lo dije, ¿sabes? —me dice al empezar a limpiar. No espera que la
anestesia actúe, y tengo que morderme la boca para no graznar de dolor—.
Le dije que no te regalara esa maldita rosa, que no agradecerías su regalo.
Él tenía una buena intención, pero nunca ha sabido expresarlas.
Cuando retira la gasa con la que ha estado limpiando, veo que ha arrastrado
sangre y pus. La tira, y toma una nueva que moja con algún antiséptico.
—Eso... —empiezo a balbucear atemorizada por lo que veo.
—No mires, no te alarmes.
—Ya miré, ya me alarmé. —Trago en seco—. Elius, ¿voy a perder el
cuello?
—¿Tengo cara de que voy a morir? No, ¿verdad? Entonces no, no vas a
perder el cuello. Ahora cálmate.
Sería más sencillo obedecer a eso de calmarme si no sintiera cómo la gasa
lija mi herida y el químico que la empapa no me provocara tal ardor que
creo que podría invocar Canis si dejo salir el grito que reprimo.
No tendría que soportar este dolor si aceptaran mi protesta apresándome en
condiciones mínimas de salubridad.
—Cuando el embajador de Deneb llegue...
Él se detiene abruptamente.
—No puedes decirle —me advierte, es legible la preocupación en sus ojos.
—Suerte al ocultar que tienen a la princesa en un calabozo.
—Tú te metiste aquí.
—No recuerdo pedir que dejaran de alimentarme, ni exigir el resto de las
condiciones inhumanas. Mi punto se probaría de igual forma si estuviera
aquí abajo con un libro y una mantita. Voy a ser su esposa, Elius, no su
esclava.
—El quiere presionarte, ¿no lo entiendes? Cree que así te doblegará y
pedirás clemencia.
—Está faltando a su parte de nuestro maldito acuerdo donde jura que no
solo no me lastimará, sino que me mantendrá a salvo en este matrimonio.
Fue lo único que Deneb pidió. ¿Crees que dejarán pasar esto?
—Estás siendo injusta.
Gimo cuando arrastra con más fuerza la gasa por mi herida, y creo que lo ha
hecho a propósito.
—¿Yo estoy siendo injusta, Elius? ¡¿Yo?! Llevo días sin comer, apenas bebí
algo ayer, y si no voy al baño este mismo día lo único infectado no será mi
cuello.
—Freya, no puedes juzgar a Israem como a uno de tus noviecillos en tu
reino. El rey no razona como un ser humano, es instintivo, actúa más como
una bestia que el mismo Scar. Sé que en estos momentos es difícil verlo,
pero lo acorralaste y reaccionó.
—Yo lo acorralé, desde luego, porque fui yo quien armó todo un juicio para
exponerlo en lugar de descartar antes una conversación. Si tomé esta
decisión fue porque Israem no estaba presente entonces, y supongamos que
entiendo que se molestara, pero el impulso le ha durado... ¿Cuánto? ¿Tres,
seis días? Ni siquiera sé cuánto llevo aquí.
Siento cómo Elius aplica una pomada a mi herida y lo siguiente que siento
es...
Ahogo un grito al percibir la aguja atravesando mi piel, me muerdo la boca
cuando el hilo sale y se tensa. Está suturando de nuevo, y no veo que haya
nada anestésico ayudándome a soportar el dolor.
—Quiero saber si confías en mí —me dice.
—Supongo que no estás aquí por órdenes del rey.
—No, no lo estoy.
—Viniste porque te provocó ayudarme —sugiero.
—Yo te operé, e hice un juramento como médico, así que digamos que no
podía dejarte morir. Ni perder la oportunidad de decirte que te equivocas.
—En ese caso, digamos que confío tanto en ti como se debe confiar en tu
médico de cabecera.
—Me sirve. Y, en ese caso, debo decirte que Israem no es malo, solo hay
que aprender a llevarlo.
—Lo haré, en tanto el embajador de Deneb llegue y me aconseje cómo
proceder. Si el embajador me ordena que salga, lo haré sin protestar. Habré
luchado hasta donde pude. Cuando haya salido de aquí, me preocuparé por
aprender a llevar a la bestia.
—Puedes salir por tu cuenta, no es necesario que acarrees una situación
política delicada...
—Puedo salir, si dejo que sigan ultrajando el cuerpo de Eva.
—¡No le des nombre!
—Yo no se lo di, solo respeto el que tiene.
—Freya, quiero que vivas... Por favor, por favor, recapacita. Esta no es tu
guerra.
—¿Crees en Ara, Elius?
Elius asiente.
—Estoy convencido de su existencia —reconoce, mucha más devoto de lo
que esperaba viniendo de un pilar de una monarquía que me es tan ajena.
—Entonces pídele que se haga su voluntad en mi vida. Si he de vivir,
sobreviviré.
Se me queda mirando, sé que quiere protestar, agregar muchos más
argumentos, quejarse y hasta insultarme si eso es posible. Pero se calla
todo, consciente de su inutilidad, y es evidente cuánto le molesta.
—Lamento ponerte en una situación incómoda —le digo—. Y te agradezco
muchísimo tus cuidados.
—No seas agradable, no dejar que te deteste en paz se considera descortés.
—Lo siento, imbécil, no se repetirá... Además, tienes una mano muy pesada
para ser doctor. Y limpias mi cuello como si le lijaras el culo a un gripher.
Espero no lo vuelvas a hacer jamás. ¿Así está mejor?
Por como me mira, supongo que no captó del todo mi sarcasmo.
Aff, veterinarios.
—¿Romperás el compromiso luego de esto? —pregunta al terminar de
suturar.
—No. Como te dije: una vez salga de aquí, aprenderé a domar a la bestia.
—Israem no puede ser domado. Si esto es demasiado para ti, aun cuando ni
se han casado, tal deberías...
—Sobreviviré de todos modos.
Me mira con suspicacia. Sospecha de mis intenciones, o de mi cordura,
porque no lo entiende. No entiende que necesito este matrimonio.
—Debes descansar —dice mientras venda la sutura y me pone un collarín
nuevo—. Te dejaré un bolso con alimentos y si te place puedes compartirlo
con la chica de al lado. Le echaré un vistazo a sus heridas, pero por favor
cumple al pie de la letra con el tratamiento que voy a dejarte, ¿quieres?
—¿Llevabas una mudanza en tus maletines?
No me responde y empieza a recoger sus cosas para irse a la otra celda,
señal evidente de que está muy molesto.
—Y, Freya... —lo oigo decir cuando ya está fuera de mi celda.
—¿Sí?
—Ni se te ocurra morirte aquí.
—Veré que puedo hacer.
~~~
Nota:
Doble actualización, esperen que en unas horas subiré el próximo capítulo.
Díganme qué les ha parecido este capitulo, las condiciones del encierro y el
trato hacia la esclava. Qué piensan de Elius, lo que habló con Freya y las
conversaciones de estos dos en general.
Quiero saber también qué creen que va a pasar.
Pd: leyendo los comentarios me he dado cuenta de que, aunque edito los
capítulos antes de subirlo, ocasionalmente se me escapan algunas tildes
faltantes. Esto se debe a que mi nueva laptop tiene un teclado configurado
en inglés y no tiene tildes, así que trato de corregirlas con el teléfono
cuando voy a actualizar, pero como trato de subir capítulos tan seguido
obviamente se me pasan algunas erratas. Se los aclaro para que no piensen
que el libro lo escribe un mono XD, si ven mis demás historias, notarán que
trato de cuidar lo más posible la ortografía aunque no dejan de ser
borradores, pero bueno, se hace lo que se puede. Espero igual la disfruten.
12: El cuarto de la reina
Las paredes húmedas parecen cerrarse sobre mí.
Al menos la fiebre ha cedido, y desde que mi nueva colega y yo
compartimos los alimentos que nos dejó Elius, hasta los ánimos han
mejorado. Ahora podemos darnos el lujo de pasar las horas hablando,
aunque sea de lo mucho que odiamos el encierro.
Me queda claro que, si ella conoce algo útil sobre el enmascarado, si
realmente está relacionada con él, sería incapaz de revelármelo.
He cumplido con el tratamiento que me exigió la mano del rey, y he sido
responsable en usar los suministros que me dejó para hacerme yo misma las
limpiezas diarias. Este no es precisamente el lugar más antiséptico, pero
hago lo que puedo.
Despierto con un mucho mejor ánimo, siento que lo peor ha pasado que
incluso es posible que la rabieta del rey menguara para este día. Tal vez esté
más abierto al diálogo en lugar de lanzarme a juicio sin preguntar.
Pero poco a poco voy captando las señales de lo que me ha despertado.
Hay un guardia en la celda de al lado y tiene una bandeja en la mano.
El olor rancio y putrefacto se cierne en el aire.
Agarra a la prisionera por el cabello, y ella gime de dolor mientras él deja la
bandeja en el suelo.
De inmediato me incorporo, mirando abstraída lo que sucede.
—¿Sabes lo que es?
Ella niega con la cabeza todavía dominada por el agarre del hombre.
—Es lo que los griphers probaron, escupieron y dejaron por días hasta que
se recolectó todo junto, exclusivamente para ti.
Ella cierra los ojos, como anticipando lo que viene, y eso lleva al guardia a
surcarle el rostro con una bofetada.
—Por favor —intercedo—, no hace falta que sea violento. Lo que
necesite...
—Cállese usted —zanja, como si le hablara al heno de sus zapatos. Ya no
solo parezco una prisionera, soy tratada como una. Estos hombres han
reducido paulatinamente el respeto que deberían tenerme hasta acabar en el
asco que hoy demuestran.
Entonces toma a Eva y la empuja hacia la masa informe que se supone que
es la comida.
Ella se resiste, pero el guardia es implacable y noto cómo aprieta más su
cuero cabelludo por cómo se blanquean sus nudillos.
En medio del forcejeo ella cae al suelo, lo que parece ofender tanto al
guardia que la patea repetidas veces en las costillas.
En cuanto creo que se ha desmayado, el cerdo que la maltrata parece darse
cuenta a la vez, porque se detiene, de espaldas a mí, y escucho que
manipula la hebilla de su cinturón.
No.
No puedo volver a presenciar algo así mientras viva.
—Ya está inhabilitada, sir, apuesto a que cuando despierte comerá, yo haré
que pase el menjunje por su garganta si hace falta...
—¿En serio no entiendes que nadie quiere oírte? Hasta al rey atormentas,
maldición.
Inspiro tanto como puedo para serenarme. Sus comentarios me importan
poco, pero el hecho de que salgan de su boca con tal impunidad me generan
una gastritis de odio.
—Yo me callo, no se preocupe, pero por favor, solo deme un instante de su
tiempo para explicar...
—¡Que te calles, ridícula! Cállate, y observa.
Calma, me pido. Las mariposas han parado de ser una metáfora para
sentirse reales en mi estómago, pero no es algo que pueda relacionar al
enamoramiento, son criaturas dentadas que consumen mis órganos y
alimentan mi ira.
—Sir... —Intento controlar mis palabras, lo que hace que pasen tensas entre
mis dientes—. No estaré aquí toda la vida. Hágase un favor y retírese.
Hágalo, y prometo no recordar su rostro.
—¿Quién se cree, princesita? —El hombre se arrastra hasta los barrones de
mi celda y pega su pelvis tanto como para que la protuberancia en sus
pantalones resalte de mi lado—. El rey no la respeta, la encerró aquí a que
se pudra. Se la cogerá, le destrozará la matriz, y luego de que le dé el hijo
que quiere volverá aquí, para que yo pueda hacerle lo que me está rogando
desde el día en que pisó esta prisión.
Camino hasta la reja y me pego tanto a ella como para considerar el
impulso de escupirle en la cara.
—Entre aquí, entonces —espeto—. Hágame lo que desea. Yo solo seré la
puta del rey, ¿no? Mi palabra contra la suya no valdrá de nada.
—No soy tan imbécil.
—¿No? Lo siento, parece que me he vuelto a equivocar.
Me siento en el suelo y flexiono mis rodillas a medida que voy abriendo
mis piernas. La falda lo cubre todo, pero poco a poco la voy levantando
para darle un vistazo a mi ropa íntima.
—Para...
—Deténgame.
El hombre va a la entrada de la prisión y abre la puerta solo un momento
para decir:
—No entren, sin importar lo que escuchen.
"Gracias", puede leerse en mis labios apenas él abre mi celda.
Sus ojos están enajenados por el hambre que hasta ahora había podido
mantener dormida. No hay cabida para la compasión en esa putrefacta
expresión en su rostro.
Me empuja contra la pared de piedra y mi cabeza rebota en ella. Sé que mi
cuello ya debe estar fuera de peligro a estas alturas, pero el dolor que me
embarga me dice que los puntos de sutura han vuelto a soltarse.
Transpira de anticipación al desenvainar su espada, y lo siguiente que
escucho es el crujir de mi vestido al rasgarse.
—Si el rey no puede enseñarte modales, yo lo haré por él. Aprenderás a ser
una mujer con un hombre de verdad.
—Gracias —repito, para su desconcierto.
—¿Tan ansiosa estabas?
—No imaginas cuánto.
Mis dedos buscan su cinturón, donde veo la vaina de una daga. Pero antes
de que pueda alcanzarla, él me golpea en el estómago. El aire se escapa de
mis pulmones provocando que me tambalee.
Pero no me quedo a lamentarme. Aprovecho el terreno que me permite
ganar el dolor y me lanzo hacia él. Mi mano se cierra alrededor de su
muñeca, y aplico la maniobra que aprendí en los campos de entrenamiento
de la guardia de Deneb, doblándola mientras hago presión en un punto
específico hasta que siento cómo sus dedos se aflojan, dejando caer la
espada al suelo con un estruendo metálico.
El resto de las celdas se manifiestan por primera vez desde mi encierro, los
reos asomándose desde sus barrones, en vítores o súplicas, chocando sus
cacerolas contra el metal.
El guardia recupera su compostura y se abalanza sobre mí con toda su altura
y corpulencia. Pero yo uso mi velocidad a mi favor para apartarme de su
embestida, girando sobre mis talones. Mi codo se estrella contra su
mandíbula, y él maldice en medio del dolor.
Mis dedos encuentran la empuñadura de la espada. La levanto, sintiendo su
peso familiar. El guardia se recupera y lo siguiente que siento es su mano en
mi tobillo que me hace caer de boca al suelo.
—¿Eres imbécil o qué? —pregunta al subirse a mi espalda, su bulto
ominoso presionando contra mí, sus manos luchando por someter mi cuerpo
mientras mis brazos se estiran para alcanzar la espada—. Solo lo haces más
divertido para mí, cosita linda.
Me quedo quieta un instante para que crea que ha pasado la marea de mi
oposición. Espero hasta que su peso se relaja y entonces muevo mis caderas
hacia ambos lados, lo que lo desequilibra ligeramente y me permite girar
hacia un lado. En medio de ese giro, levanto mi pierna y la coloco sobre su
muslo, usándola como palanca para aplicar presión e invertir nuestras
posiciones.
Cuando estoy encima de él, veo en sus ojos lo poco que puede creerse lo
que está sucediendo. Luego se llenan de ira. Pero yo también tengo mucha,
muchísima, de esa.
Si me estirase a buscar la espada perdería la ventaja que he ganado. Así que
no pierdo tiempo. Me arranco el broche de mariposa escondido en mi
cabello y lo deslizó como una navaja por su carótida, asegurando la
inminencia de su muerte.
—Gracias —le repito—. Por darme una razón para esto.
La sangre me baña el vestido como una cascada cálida y pegajosa, el broche
se desliza de mis manos como la vida va diluyéndose de la mirada de horror
en el hombre debajo de mí.
Horas más tarde, ya tengo el broche oculto nuevamente en mi cabello y al
guardia empalado por su propia espada a mitad de mi celda.
Es así como me encuentran los nuevos custodios.
—¿Lo... asesinó, alteza?
—Lo ejecuté —corrijo—. Por los crímenes cometidos y atentados en contra
de mi persona. Agradecería no tener que repetir esta experiencia.
El hombre asiente sin cuestionar mis palabras, y amablemente me pide que
lo acompañe a otra habitación donde me aíslan hasta que una mujer, la
anciana que he visto varias veces en la corte, supervisa un grupo de
esclavas que traen cubetas con agua caliente y toallas.
¿Será ella una especie de preparadora, como las que entrenan vendidas y
princesas en Áragog? Aunque, recordando cómo le permitieron escuchar la
conversación en la torre, e incluso opinar y calumniar sobre el rey, parece
tener un puesto que va más allá de solo mandar esclavas y limpiar alcobas.
—¿Por qué estoy aquí? —le pregunto.
—Su majestad, la reina madre, ordenó que se bañara antes de presentarse
ante ella.
Bien, ahora tendré que lidiar con mi suegra.
Me dejo empapar por el agua caliente, sintiendo arder mi nuca al contacto.
Es como si echaran sal en la herida, aunque a la vez agradezco cómo la
tensión abandona mi cuerpo.
Después del baño, me visten con un vestido azul que intensifica el gris de
mis ojos, y me llevan con la reina madre.
Al fin huelo mejor que un gripher.
Las paredes de la habitación de la reina parecen gastadas por décadas de
secretos, taponados con mentiras representadas por toda la hiedra, las rosas
y enredaderas espinosas que tapizan los espacios entre las piedras.
El suelo cruje bajo mis pies, y pese a la atmósfera tétrica y decadente, el
olor es digno de la huella de la monarca.
Veo que junto a la cabecera de su cama hay un cuadro que ilustra al rey que
una vez gobernó estas tierras. Su mirada, falsa y momificada en el tiempo,
es tan real que me congela a mitad de un paso; parece atravesar el lienzo y
penetrar en todos los años que he vivido.
Sus características encajan con las de Israem, solo que endurecidas por la
madurez que da el tiempo. Ese hombre dejó de envejecer al menos a los
cincuenta años, no como su hijo.
Lo que me inquieta es que, tal vez por elección del pintor, como una
licencia artística, el marrón que han usado para sus ojos parece inclinarse
más hacia el rojo de la sangre.
Me obligo a dejar de mirar el cuadro y sigo avanzando hacia el sillón donde
me indicaron esperar a la reina madre, junto a una ventana alta y estrecha
que deja pasar la luz del verde esmeralda que se mezcla con el rosa pálido
de la aurora boreal.
Y entonces, cuando estoy lo suficientemente cerca de la ventana, como si la
vida me recibiera de vuelta a ella, una bandada de mariposas azules entra en
la habitación. Crean espirales alrededor de mi cuerpo, y algunas se posan
sobre mí, robándose con sus alas cada dolencia física que me ha
acompañado durante estos días.
Escucho los tacones de la reina detenerse en la entrada.
—No me importa que haces en esa maldita celda —espeta—. No
regresarás.
Giro apenas mi cuerpo, con gracia para no espantar a las mariposas que se
han posado en mis manos y cabello.
—No quiero desobedecerla, por favor no me obligue a ello.
—¿En serio eres capaz de desafiarme a mí?
—No podría ser más incapaz de ello, pero veo en usted una persona
razonable, alguien que escucha tanto como tiene para decir. Si luego de
terminar de hablarle de mi punto de vista, todavía decide que su veredicto
es el mismo que al llegar aquí, entonces daré mi brazo a torcer, bajaré la
cabeza y me someteré a su voluntad.
Ella me mira con los ojos entornados, sus manos inconscientemente
posadas sobre su vientre mientras sus pasos cautelosos dejan su eco al
entrar lentamente en la habitación.
—Mi hijo es el rey, y tú pareces olvidarlo. ¿Por qué no hiciste eso mismo
con él?
—Porque su hijo ni habla, ni escucha.
—Son los términos del matrimonio, niña, debiste informarte más antes de
aceptar.
—¿Por qué todo el mundo me repite eso?
—Tal vez porque es cierto. —Ya me ha alcanzado, sus pasos ahora me
rodean mientras sus ojos me estudian. Yo no puedo seguirla con mi rostro,
debo mantenerme firme por miedo a mover el cuello—. No decido si eres
una niña muy estúpida a la que solo le importaba cumplir su sueño de
casarse con un rey, o si eres tan lista que tienes intenciones que ni siquiera
yo logro discernir.
La risa que me provoca sale a modo de bufido, de lo cual me arrepiento y
termino mordiendo mi boca, el calor avasallando mis mejillas.
—No tengo segundas intenciones. No tengo una intención más allá de
sobrevivir.
—Entonces, ¿qué haces aquí, Freya Cygnus?
—Fue lo que se me ordenó.
—Y, si siempre haces lo que se te ordena, ¿qué es todo este espectáculo que
has armado por no obedecer a tu rey?
—Siempre hago lo que me ordenan las personas correctas —la corrijo justo
cuando ha llegado nuevamente a la altura de mis ojos.
—Israem es...
—Lo sé. Es el rey, pero también será mi esposo. Tal vez si se casara con una
plebeya o una lady de Jezrel, ella tendría que acatar en silencio todos sus
arranques. Pero él, para su desgracia o bendición, se ha comprometido con
una mujer con voz; mi hermana luchó contra un reino que vende mujeres
para darme una, y no será su hijo quien la silencie.
La reina madre pone los ojos en blanco y hace algo que me deja
descolocada: pasa las manos por su cabello suelto, pasando la mayor parte
de este al otro lado de su rostro. No es algo propio de una dama en
sociedad, menos de una reina. Lo tomaré como aval de que la he tomado en
un mal momento.
—Si me hubieras dicho que nos darías estos dolores de cabeza, no te habría
aceptado ni jugando.
—Si me hubieran dicho que tendría que mirar cómo un funcionario de la
ley ultraja el cuerpo de una inocente supuestamente como un regalo de
bodas para mí, tal vez hasta me lo pienso antes de venir aquí.
—Este será tu reino, niña, acostúmbrate. Cuanto antes pares de vomitar,
mas años le robarás al destino.
Se supone que es despectiva, fría e implacable, pero lo que veo en sus ojos
dice más que toda esta conversación: me está aconsejando en serio.
¿Cuántos años le tomó a ella dejar de vomitar?
—Ni siquiera voy a perder el tiempo escuchando tus argumentos —zanja,
más altanera incluso, como si quisiera reparar su brecha de humanidad—.
Yo necesito que salgas de esa celda, y el... hijo que Ara me dio, pues, se
niega a razonar con nadie. Así que, otra vez, me toca mediar para limpiar su
desastre. Sé que quieres que liberen a la esclava, pero eso no puede ocurrir,
no... legalmente. Pero hay vacíos que podemos aprovechar. Ella puede
seguir siendo una esclava, y tu obsequio, sin que viva las cosas que has
tenido que presenciar.
—¿Lo dice en serio? —pregunto esperanzada, al borde de echarme a llorar
por la promesa de un alivio a una carga que ni siquiera era consciente de
estar llevando.
—Es posible, sí. Podemos hacerla tu doncella. Seria tu propiedad, así que tu
decides el tipo de trato que recibirá a partir de que se efectúe la transacción.
—Por el amor a Ara, majestad... Yo no sé cómo agradecerle...
—Sin embargo, no podemos permitir que esta situación cause conflictos
políticos. El embajador de tu reino llegará mañana, así que entenderás por
qué el apuro en que salgas de prisión de inmediato. Esto va a ser un trato
entre las dos: yo hago de la esclava tu doncella, y tú debes jurar que no
revelarás lo ocurrido.
Miro a la reina, su rostro impasible. No es como si tuviera elección, pero
debo hacerla pensar que sí. Si ella supiera que soy la menos interesada en
desencadenar una guerra, ni siquiera perdería el tiempo en chantajearme.
—¿Eva será de mi entera propiedad? —me aseguro, para que parezca que
regateo.
—Si te place, puedes matarla.
—Lo que siempre soñé —bromeo—. De acuerdo, lo juro. No mencionaré al
embajador nada de lo ocurrido.
—Ni a tus hermanas, querida. Espero estés consciente de que voy a
interceptar tu correspondencia durante un tiempo, solo para estar segura.
—No se preocupe, algo así me imaginaba. Le diré a Gamma que censure las
escenas eróticas de ahora en adelante.
—¿Cómo que escenas eróticas?
Reprimo las ganas de reír. Lo pregunta como si ella hubiera sido
embarazada por el espíritu de Ara.
—Es un chiste interno.
—Preferiría que interno se quede. —Ella intenta reprimir los temblores de
un escalofrío y luego me tiende su mano—. ¿Tenemos un acuerdo, Cygnus?
Tomo su mano.
—Tenemos un acuerdo, Isidora Belasius.
—En ese caso, oficialmente ya no eres una prisionera. Y, lo que es más
importante, mañana es tu fiesta de compromiso. Tómalo como que serás
presentada en sociedad, pero en Jezrel. Tu nuevo reino.
Nota: Déjenme todas su reacciones y teorías. Espero les haya gustado la
doble actualización, y si es así háganmelo saber.
Díganme que piensan de Eva y que ahora será la doncella de Freya.
Y que piensan de la reina madre y la conversación que tuvieron.
Ah, y de Israem, cual es el veredicto que tienen hasta ahora, como creen
que Freya va a llevar este matrimonio en adelante y que piensan de lo que
ella ha tenido que vivir mientras estuvo encerrada y lo que le hizo al
guardia.
Lo que viene los va a dejar patidifusos, ojiplaticos, les provocará un
patatús... Ustedes entienden. Así que, queda en manos de ustedes. Si
llegamos a 500 comentarios subiré el siguiente cap.
Los amo.
13: El señor del silencio
Los ojos oscuros de Eva me escudriñan. Tal vez esté preguntándose cómo
puedo confiar en ella luego de que fuera condenada por el rey. Tal vez, se
pregunta cómo sirios se me ocurre continuar con el compromiso con dicho
rey, dado que el muy bestia —lo estuve pensando, y le queda el adjetivo—
me encerró a soportar hambre, sed y malos tratos en un calabozo insalubre.
O tal vez solo se pregunta si pretendo darle de comer en el almuerzo, y el
resto de las preguntas solo están en mi cabeza.
—Estás libre de esta celda, pero no de tu esclavitud —le había dicho la
matriarca anciana a Eva en nombre de la reina—. Tus pecados no han sido
perdonados, existes para servir a la reina consorte y nada más.
Después de eso pedí que recibiera atención médica inmediata. Luego de que
me volvieran a suturar quedé tan agotada que me dormí en el banquillo
donde esperaba a mi nueva doncella, y recién en la mañana me despertaron
para que desayune; una hora más tarde ya tenía a Eva a mi servicio.
La envié a ponerse al día con las instrucciones de la anciana, y hace un rato
regresó con todo lo que necesitaré para el evento social que más temor me
ha provocado jamás.
La idea de ser presentada a la sociedad de Jezrel altera mi determinación. Al
llegar aquí, solo estaba nerviosa; hoy he visto las paredes llenas de espinas,
y los cielos atestados por luciérnagas; he visto asesinos que se esconden
detrás de una máscara, y damiselas que escogen morir por sus secretos; he
visto leones con alas y reyes sin voz. Hoy, no tengo idea de qué esperar de
este reino de moribundos donde todos parecen más eternos que yo.
Tal vez por ello siento que llevo una vida aquí sentada con un libro que ni
me interesa ni pienso leer.
La tinta y el pergamino me observan, juzgando mi incapacidad para
empezar la carta que debo enviar a mi familia.
No les he escrito desde que llegué.
—¿Se encuentra bien, alteza? —me pregunta Eva al acercarse a mi rincón
en la torre—. ¿Quiere que yo escriba eso por usted?
—¿Eh? No, no hace falta. Es solo que... ¿No hay una biblioteca disponible
en estos momentos? Sin ofender a Elius y a su intención de que me
distraiga, pero no me interesa... —Cierro la portada del libro para leer el
título—. "El descubrimiento y comercialización de los restos de las
criaturas post creacionismo".
—Tal vez haya algo dónde comprar una novela fuera de aquí, pero no creo
que este sea el momento. Debemos empezar a vestirla si quiere llegar a la
reunión.
—No es una reunión, es un circo donde yo soy el payaso. O, lo que es lo
mismo, una fiesta para celebrar mi compromiso con un rey que no me
habla. Que no habla con nadie, para ser justos, pero a mí ni siquiera quiere
verme.
—Muy cortés de parte de su majestad.
Exhala con dramatismo y la miro. Ahora lleva el uniforme de las doncellas,
pero en esencia sigue siendo una esclava.
—Eva, ahora que eres mi doncella —le digo—, es importante que entiendas
que tienes la obligación de secundar todas mis habladurías. Es decir, que si
yo me siento aquí a hablar mal de mi prospecto de marido, lo cordial sería
que aportes críticas, y no cumplidos.
—En ese caso: su prospecto de marido apesta. ¿Fue lo mejor que pudo
conseguir, princesa?
—La otra opción era el celibato. Literalmente.
Ella se queda mirándome con suspicacia, cohibiéndose de hacer la
pregunta. Tal vez no sabe si tiene el derecho a hacerla.
—Quería ser caballero. —explico—. De hecho, lo que quería era dejar de
ser inútil, así que me enlisté. No sé cómo funciona el adiestramiento en
Jezrel, pero en Deneb la guardia real tiene prohibido formar una familia, así
que ese sería mi futuro.
—¿Qué clase de princesa se enlista para ser caballero?
—La clase que se queda paralizada al ver a su padre traicionar a la familia,
y a su madre asesinarlo, y que solo es salvada de morir en manos de unos
sirios porque su hermanita es la mejor arquera. Esa princesa, de existir, le
apuesto a que guardaría los patines e iría corriendo a tomar una espada.
—Patines —repite anonadada, como si fuera lo más insólito de la historia.
—Larga historia, y muy aburrida.
—Ya no necesita la espada, princesa, tal vez debería buscar unos patines
nuevos.
—¿No la necesito? —La miro con los ojos entrecerrados—. ¿Qué recuerdas
de lo que ocurrió en esas celdas, Eva? Porque lo que yo recordé es que
nunca dejaré de necesitar la espada.
—Tiene posibilidades, alteza. Hay quienes un día estudian para construirse
un futuro y al siguiente la vida se les termina. La suya sigue, aunque sea
junto al rey de las bestias. No guarde la espada, pero tampoco queme los
patines. Atesore sus posibilidades.
—Eres una poeta —le contesto en broma, porque me parece el modo más
efectivo de callar a la otra Freya, la que no sabe sonreír, la que si dejo entrar
no saldrá nunca.
Eva me ayuda a vestirme. Me forra con corsé, el armador, tull y medias
color piel hasta pasar a la artillería.
La tela del vestido se desliza sobre mi piel; es de un azul más profundo que
el hielo de Deneb, con mangas cortas que son completadas por guantes
largos a juego. La costuras están hechas con hilo de plata que forman
patrones de mariposas por todo el vestido. Quien escogiera el diseño, pensó
en representarme en el.
Me preocupa el escote corazón tan pronunciado, pues hace que mis senos
resalten tanto que veo grotesco agregarle un collar. Sería impropio usar algo
tan sugerente, si no estuviera ya prometida al rey y el vestido avalado por su
madre.
Eva me coloca los pendientes y una gargantilla de diamantes con pequeños
zafiros que me distinguen de la princesa que solía ser, proclamándome
como la reina en la que voy a convertirme.
El suplicio se prolonga cuando no una, sino tres doncellas irrumpen en la
habitación y empiezan a trabajar en mi peinado que combinará el cabello
suelto abajo, y lleno de intrincadas trenzas en la parte de arriba.
—Si el rey no le habla luego de verla así —dice Eva ayudándome con el
rubor—, déjelo.
—La última vez que confirmé, no funcionaban de ese modo los acuerdos
matrimoniales.
—Bueno, todos cometemos errores, ¿le ha gustado la comida? ¿Entendí mal
o es usted virgen?
—¡Eva! —Me acabo riendo, lo que hace que se riegue el rímel por todo mi
párpado y que ella tenga que corregirlo—. Eres tan asocial como Elius, y él
lo tiene justificado: sus amigos son griphers.
—Habla mucho de ese Elius, ¿es su amigo? ¿Le contó que es virgen?
—Se te da fatal el cotilleo, Eva. Tendré que darte unas clases.
—Por favor, y ya que insiste en darme clases... ¿Me daría clases de
virginidad?
—¡Por Ara, sí, sí soy virgen! ¿Feliz?
—Y más le vale —dice una odiosa voz desde la entrada de la torre—,
porque Israem no va a meter su gripher donde antes anduvieron gatitos,
¿entiende?
Le lanzo mi zapatilla a Elius, que esquiva por un centímetro al pegarse al
marco de la puerta con una mano en el pecho.
—Princesa, se le desvió la zapatilla y por poco me la clava en la frente.
Debe revisar su puntería. ¿Me permite hacerle un examen ocular? Tal vez
desarrolló una ceguera ligera luego de las fiebres...
—Mi vista está en perfecto estado, Elius —aseguro con un tono
exageradamente dulce—. Ahora, deje de opinar de la cueva del gripher y
retírese.
—¿Qué cueva?
—Elius, honorable lord mano, le aseguro que no quiere tener esa imagen en
su cabeza. Así que...
Hago una floritura con mis manos enguantadas para indicarle la salida.
—Yo escogí el azul del vestido —dice, sin molestarse crear un puente entre
mis palabras y su comentario—. Es el color de los ojos de Scar, espero que
ablande un poco a su majestad al verla. Así que vine a supervisar que se
pusiera exactamente este vestido, y no el uniforme de las doncellas. Con
usted nunca se sabe.
—Le aseguro que mis días de insurgente han acabado en esa prisión. Ahora,
márchese. Es impropio que haya un hombre en la torre mientras me visto,
usted debió haberlo pensado, sabiendo lo posesivo que es el rey.
Elius me mira como si acabara de decir la cosa más ridícula que alguien
puede decir.
—El rey jamás se sentiría intimidado por mí, y es abominable que siquiera
lo sugiera. Yo soy su veterinario.
—Ah... —Lo dice como si tuviera todo el sentido del mundo—. Claro,
¿cómo no lo pensé? De todos modos, no hay nada de qué preocuparse, no
voy a vestir como una esclava y este peinado debería estar listo en unas tres
horas, así que... ¿Me da privacidad, por favor?
Asiente y se marcha.
—Entonces... ¿Qué se supone que ha hecho desde sus dieciocho a los
veinte? —retoma Eva sin poder contener su curiosidad—. ¿Rezarle a Ara?
—Leer cómo intiman personajes ficticios que se odian entre sí.
Ella ríe, como si fuera un chiste. Ojalá lo fuera.
—Ya en serio —dice con la huella de la risa todavía en su voz—, ¿no le
preocupa tener su primera vez con un cosmo?
—Yo... —mi voz baja una octava mientras el calor abruma mi rostro. No
me incomodan los temas sobre coito, es este mi deber, pero me avergüenza
reconocer que me preocupa en específico el asunto que ha mencionado Eva
—. Tengo entendido que el rey no es precisamente un cosmo, pero... ¿Qué
has oído tú?
—Bueno, lo de cosmo es para simplificarlo. Hay miles de teorías por todo
Jezrel sobre la condición del rey, pero lo único que parece un hecho es que
está relacionado a las estrellas. Eso son los cosmos, ¿no? Humanos que
roban poder de las estrellas.
—Pues... Es una forma simple de decirlo, sí. Mi hermana, la reina de
Deneb, es un cosmo. Y su marido. Y toda la familia real de Áragog. Por allá
nos gusta decir que son humanos escogidos por las estrellas para portar su
poder, no ladrones.
—Lo lamento si la ofendí...
—No, Eva, no quiero que censures tus opiniones conmigo. Me gusta hablar
con alguien tan genuino junto a mí.
—En ese caso, ¿puedo insistir en mi duda con respecto a su primera vez con
el rey?
Reprimo una risa y le contesto.
—Si él fuera un simple cosmo, creo que no estaría tan preocupada. Pero no
fue eso lo que oí del rey.
La miro, esperando encontrar en sus ojos algo de confirmación a lo que sé.
Y lo veo ahí, detrás de su comodidad al hablar conmigo, donde está la
mujer destrozada por lo vivido en esa celda. Eva oculta tanto que desconfío
hasta de que me haya dado su nombre real. ¿Qué tanto sabe? ¿A quién
teme, a quién protege?
—¿Qué ha escuchado? —me pregunta.
—Que es un sirio.
—Dudo mucho que un rey sea capaz de venderle su alma al dios Canis.
Digo: ganaría poder, claro, ¿pero no perdería su consciencia humana? Yo vi
al rey en ese juicio; era... bruto en sus formas, pero no un monstruo
irracional, al menos no del todo.
—Algo de verdad debe haber en la información que tengo. Ese hombre no
aparenta tener noventa años, de alguna forma ha burlado al envejecimiento,
¿no podría también haber encontrado una forma de tener el poder de un
sirio sin perder su alma?
—Entonces, ¿usted cree que él come almas?
—No lo sé, pero si es así, me esperan unas noches muy interesantes en su
cama.
Camino a la celebración del compromiso, Eva me alcanza. La había
mandado a buscar información sobre la anciana que la adoctrina en su
puesto como doncella. Esa mujer es más que solo una sirvienta mandona, y
necesito a alguien en el castillo que me dé una maldita respuesta, por
sencilla que sea.
—Su nombre es Isobel Belasius —me explica Eva en voz baja mientras nos
acercamos al salón—. Y sí, me aseguré y es de esos Belasius. Es pariente de
la reina madre, aunque no he confirmado en qué parte del árbol genealógico
está. Según las demás doncellas, tiene un hijo de unos trece años. Es el
consentido de la corte y el ser más joven relacionado con la familia real.
—¿Tienen a una Belasius trabajando para el servicio? —me uno a sus
murmullos—. ¿Y esa mujer tuvo un hijo hace trece años? Si tiene toda la
pinta de tener unos setenta.
—Es todo lo que pude averiguar, alteza, ¿quiere que indague más?
—No, te necesito en esta fiesta. Mézclate e infórmame de cualquier asunto
medianamente sospechoso o que me pueda dar información sobre el rey, el
reino y... Y todo, básicamente. Infórmame de todo.
En la entrada me espera lord Elius, mano del rey. Va vestido de blanco y
dorado, lo que hace que en contraste su piel se vea más grisácea y su iris
resalte. Hasta está peinado.
Y a su lado, está la reina madre.
—Lord Elius se ha ofrecido a llevarla —me explica la reina con premura—,
abrirán el evento y luego te entregará al embajador para que bailen. El rey
ha decidido solo observar, y no vamos a cuestionarlo, ¿de acuerdo? Luego
del baile empezarás a formar parte de nuestra corte, así que básicamente
harás lo que yo te diga en ese momento, ¿está claro, niña?
—Como ordene, Isidora.
—¿Nos disculpas? —pregunta la reina madre a Elius al tomarme por el
brazo.
—No me han ofendido, no se preocupen —contesta él, por lo que tengo que
reprimir mis latentes ganas de burlarme. Y es que ni siquiera da indicios de
estar bromeando, parece en serio estar sumido en su burbuja de asocialidad.
La reina no le da importancia y me aleja unos pasos de la mano del rey, y
entonces suspira.
—No pareces ser una insensata, niña, pero como tampoco me parecías ser
una suicida que se encierra a sí misma en el calabozo... Me veo en la
obligación de advertirte que el adulterio se paga con muerte. Elius está
siendo ridículamente amable, pero no te confundas, hace por ti lo que haría
por un gripher herido. Su bando está escogido, y no es el nuestro. Si tiene
que escoger, escogerá al rey, y si se te ocurre confundir las cosas... Solo ten
en cuenta que el no tiene pene antes de hacer una locura, ¿sí?
—Ma-majes... majestad —trago con dificultad, sus palabras las he recibido
como un puñetazo tras otro—. Jamás faltaría a mi deber, no rompería un
juramento, y en cuanto pronuncie mis votos habré jurado honrar a su hijo.
Y... usted está malinterpretando...
—Querida, si estuviera malinterpretando algo, ya estarías muerta. Si tengo
esta conversación contigo es porque creo que no es necesaria, pero prefiero
evitar desgracias futuras teniéndola de todos modos. Tú y yo seremos
grandes aliadas. Juntas haremos de este reino un lugar decente que mi hijo
no pueda arruinar. No lo arruines tú.
Asiento, todavía con mis ojos desorbitados por la retahíla que me acaba de
soltar esta mujer.
«Su bando está escogido, y no es el nuestro.»
Si algo bueno saco de esta conversación es la convicción de la reina al
respecto de mis lealtades. Cree que le sirvo a ella y solo a ella. Pretendo que
siga siendo así.
—No lo arruinaré.
Hasta el más corto de mis pasos resuena como un eco en mi corazón.
El salón está impregnado de expectación mientras Elius me lleva del brazo
hacia el centro de la sala, mi vestido rozando el suelo en mi eterno avanzar.
El lugar está abovedado por un techo alto lleno de mosaicos de cristal, y
entre tanta nobleza de pie a mi alrededor, apenas alcanzo a ver los tres
tronos al final de la sala. La reina madre ya se encuentra en el de la
izquierda, y el del centro supongo ha de pertenecer al rey. Al menos ahí
debería estar, porque no veo rastro de sus ojos azules por ningún lado.
El embajador de mi reino está en el centro de la pista de baile, esperando a
que Elius me entregue.
Pero mientras atravesamos todo el pasillo formado por los invitados, me
fijo en sus rostros desconocidos. Y en medio de ellos, llego a un ángulo en
el que alcanzo a distinguir una de las mesas al fondo, donde solo hay una
persona sentada. Un hombre de tez clara con una coleta que recoge su largo
cabello oscuro del que resalta un mechón blanco a la altura de su sien.
Pero no puedo ser, no puede ser él.
Por instinto alzo mi mano libre con ganas de tomar el broche de mariposa,
pero me abstengo. No puedo dar un espectáculo en este lugar solo por mis
alucinaciones nerviosas.
Y es que cuando vuelvo a alzar la vista, ya no soy capaz de ver las mesas al
fondo. A punto estoy de devolverme solo para asegurarme de lo que vi, pero
no puedo.
Además, ¿en serio estaría aquí el asesino más buscado del reino, sentado
entre los invitados como si nada?
Estoy exprimiendo mi cerebro y ni siquiera recuerdo si tenía máscara. Creo
que sí, pero, ¿y si solo me estoy convenciendo de ello? Pudo haber sido un
noble más de cabello largo, y las luces crearon ese destello blanco que me
pareció un mechón.
Alucinación o no, ha borrado mi sonrisa, ha tornado mis nervios en una
tensión asesina. El enmascarado juró convertirse en mi miedo, pero lo que
se está ganando es mi repudio.
Elius me deja junto al embajador y ni siquiera soy capaz de retener las
palabras que dicen, sigo absorta por la imagen de ese hombre, mi corazón
latiendo entre creerme o rechazar mi preocupación, exprimiendo el
recuerdo para extraer más que solo esa imagen fugaz.
—Princesa Cygnus —escucho que murmura a medida que bailamos. Por el
tono que usa, siento que no es su primer intento de llamar mi atención—.
La reina me envió para protegerla. Hay un denebita de su lado, alteza, ya no
está sola.
Me obligo a centrarme en él. Es un hombre imponente, con una barba
espesa y manos curtidas por el trabajo de campo. Lo recuerdo como lord
Albir, ha sido muy devoto a la monarquía de los Cygnus desde el momento
en que se instauró. Es un alivio tener a alguien leal a mi lado.
—¿Algo le preocupa, princesa?
—¡No! —me apresuro a aclarar—. Simplemente los nervios de la boda.
—Entiendo... Tengo mensajes de sus hermanas, no le han escrito por miedo
a que alguien interceptara su correspondencia.
—Tan inteligentes como de costumbre.
—La princesa Gamma Cygnus le dice que exige ser su dama de honor, así
que estará aquí para el día de la boda...
—¡No! —chillo lo más bajo que puedo. La presencia del enmascarado en
esta celebración, ficticia o no, me ha recordado que no estoy a salvo en este
reino, y mi hermanita mucho menos. Él la amenazó, no puedo permitir que
pise este lugar—. Mi lord, debe decirle que no es necesario.
—¿Usted conoce a sus hermanas, alteza? Porque yo podría hacerles un
discurso para exponer esa idea, y aún así la princesa Gamma hará lo que se
le antoje. Y lo que se le antoja es ser la dama de honor de su hermana.
Sobre mi inminente cadáver.
—Yo hablaré con ella, no se preocupe.
—¿Por qué no quiere que su hermana venga aquí? ¿Está segura de que todo
está en orden?
Siento unos dedos sobre mi hombro y me detengo. La reina madre se ha
unido al círculo de baile tomada del brazo por lord Cedric, el chismoso real,
según entiendo.
Isidora procede a bailar con el embajador y Cedric me pide un baile al
unísono. Supongo que no tengo opción, así que acepto.
Mientras bailo con lord Cedric, debo agradecer que deja entre nosotros el
espacio de un cuerpo. Sus manos apenas me tocan, una puesta sobre mis
omóplatos, y la otra ligeramente sosteniendo mi mano enguantada.
Supongo que dice mucho de mis expectativas el hecho de que agradezca
que un hombre no se comporte con lascivia hacia mí delante de todo un
salón de baile.
—Mis más honestas felicitaciones, princesa Cygnus —lo oigo decir, y
aunque su voz es más cauta que la del embajador, no parece que esté
susurrando; es como si la práctica lo hubiera convertido en un experto de la
discreción.
—Muchas gracias, lord Cedric.
—Estos son sus primeros pasos en una corte que le traerá muchas sorpresas.
—Eso estimo.
—Por ejemplo, debería saber que hoy la observan ojos muy importantes.
Hoy, estudian; buscan una conclusión sobre usted que les diga cómo actuar
en adelante. Usted será su reina, después de todo.
—¿Y qué ha concluido usted de mí en lo que va de velada?
—Yo ya formé mi juicio hace días, alteza. En cambio, estas personas... Solo
hay una oportunidad para dar una primera impresión, y esa primera
impresión ni siquiera depende de usted, me temo. Lo importante es lo que
no se ve: la ausencia del rey. Al faltar a su entrada, el rey la ha marcado con
su desinterés. Eso es algo que la nobleza de Jezrel jamás pasará por alto.
—¿Y usted pretende agravar los rumores del desinterés del rey regando la
información sobre mis días en el calabozo? ¿De eso se trata este baile, lord
Cedric? ¿Quiere extorsionarme?
—Pero qué paranoica ha resultado, alteza. Yo negocio con la información
según me beneficie, y créame que ese detalle perjudicaría al reino de
maneras que no hacen bien a nadie. Si me permite darle un consejo: no lo
vuelva a mencionar. Las sombras tienen oído, y no es un baile el mejor
lugar para susurrar un secreto tan delicado.
Este reino es una mina de escalofríos, cada minuto que paso en él mi temor
se agrava y mi confianza flaquea.
Para cuando vuelvo a cambiar de acompañante, todo el centro se ha llenado
de parejas bailando. Me presentan a un lord tras otro, me hablan de
siembras y proyectos que quieren que financie, incluso de sus hijas,
ofreciéndolas como mis pupilas. Pero es poco lo que retengo y nada lo que
realmente importa una vez ese hombre se me acerca.
No tengo idea de quién es, pero las personas se apartan a su paso. La reina
madre me lanza una mirada que me inquieta, porque no me está
direccionando sobre lo que debo hacer, sino que se limita a observar con
preocupación. Busco a Elius entre la multitud y lo encuentro justo cuando
detiene su baile y se tensa, confundiendo a su pareja.
El hombre no tiene nada que destaque en su físico, tiene los rasgos de la
mitad de los lores presentes, con barba y líneas de expresión que delatan el
paso de los años sobre él. Pero la cantidad de anillos lo distingue en cuanto
a su situación económica, y por encima de eso lleva una pieza que nadie
más en todo el castillo: una especie de diadema de oro que en forma de
plumas que se entrelazan hasta rodear su cabeza.
Sus pasos se detienen al llegar a mi altura, y para entonces ya nadie está
bailando.
—Isidora —saluda con impunidad a la reina madre.
Ella endurece su expresión, sosteniendo la mirada del hombre por unos
segundos hasta que consigue la compostura necesaria para fingir una
sonrisa.
—Veo que recibiste nuestra invitación —señala Isidora.
—De hecho, ni me he molestado en revisar mi correspondencia,
simplemente asumí que no me dejarían fuera de un evento tan... —El
hombre escruta mi cuerpo de arriba a abajo—. Sin precedentes.
—Por supuesto —concede Isidora.
—Entonces es cierto lo que dicen: Jezrel al fin tendrá a su reina. Luego de
casi dos décadas gobernados solo por el señor del silencio, esto es como ver
regresar a Ara al plano terrenal.
—Freya —dice Isidora sin mirarme, ni siquiera de reojo. Da la impresión
de que no quiere ni parpadear en presencia de ese hombre—. Te presento al
alto lord de Polaris.
Polaris... esa zona del reino de la que viene Eva, y a la que suele llamar «el
otro lado». Entonces este hombre es quien la gobierna.
¿Por qué parece tan infame en la corte que debería recibirlo con honor?
Extiendo mi mano para presentarme y le regalo una sonrisa casta y sencilla.
—Mi lord —saludo.
Él solo llega a hacer el ademán de tocar mi mano cuando una explosión
detona sobre nosotros y del techo empiezan a llover cristales.
Los gritos surgen por instinto colectivo, y el embajador de Deneb se cierne
sobre mí usando su cuerpo como escudo, aceptando los fragmentos del
techo que caen para que yo no tenga que lastimarme.
La conmoción solo se multiplica cuando las ráfagas de viento forman
desastres sobre las mesas, peinados y vestidos. Y a eso procede el temblor,
el suelo deja de parecer seguro cuando la oscura criatura alada aterriza en
medio de nosotros con el rey envuelto en cadenas sobre ella.
Israem Corvo Belasius, con su capa moviéndose todavía por los residuos
del viento que formaron las alas de Scar; sus ojos azules brillando más que
la aurora del cielo nocturno, ahora desnudo sobre nosotros, y su cubrebocas
intacto como de costumbre.
Si antes habían hecho paso al alto lord de Polaris, ahora los presentes
parecen extinguirse alrededor del rey a medida que baja del gripher, hasta
que siento que solo quedo yo en medio.
Israem viene a paso firme hacia mí, y temo que lo domine uno de sus
impulsos donde destroza todo a su paso. Porque yo soy lo que queda a su
paso.
¿Tenía que usar el techo para ingresar a nuestra fiesta de compromiso, hacía
falta que llegara montado en Scar?
El alto lord parece sacudirse la impresión de haber visto al rey en su
polémica entrada, y se mueve un par de pasos hacia él.
—Majestad —dice sin siquiera hacer una reverencia, pero el rey lo ignora,
pasando por su lado directo hacia mí—. Pretendía invitar a nuestra reina a
bailar, tal vez debería esperar a que terminemos.
Lo siguiente que sucede multiplica la densidad del aire al punto en que ya
no soy capaz de alojarlo en mis pulmones. Creo que estoy soñando, que la
fiebre ha vuelto. Creo en cualquier otra posibilidad que no sea lo que
presencio. Porque lo que mis ojos ven es cómo Israem se detiene a mitad de
un paso, y se vuelve como si viajara a través del viento, encarando al alto
lord.
—La parte de tu cuerpo que roce a mi reina, no volverá a tocar nada jamás.
Yo lo escuché, todos escuchamos las mismas palabras, esa sentencia amarga
que reparte escalofríos por todo mi ser, que ha petrificado toda la sala a
media sonrisa, a mitad de un paso o una sílaba. Israem ha hablado. El
cubrebocas me impidió ver sus labios, pero esa voz indiscutiblemente
provino de él.
Israem habló, y acaba de amenazar al alto lord al que parecen temer y
aborrecer tanto el resto de la corte.
No tengo ni idea de qué sentir, ni qué pensar, más allá de entender que Elius
había sido honesto al decirme que el rey no es mudo.
Y estoy tan absorta, tan enajenada entre los escombros del techo y el eco de
las palabras del rey, que no lo veo acercarse hasta que ya tengo su mano
alrededor de la mía.
Israem me está tocando. Me mira a los ojos, distrayéndome en esa ira que
quema en ellos mientras sus dedos cubiertos por cuero arrancan el satén de
mi guante.
Desnuda mi mano, se roba todos los latidos de mi corazón, y entonces saca
de su bolsillo una sortija cuyo diamante central refulge con el color del oro.
Se queda mirándome con mi mano entre la suya y la sortija en la otra. No
entiendo lo que espera, pero me mira con tal intensidad que empiezo a
asfixiarme.
—Mi señor —murmuro.
—Estoy pensando —contesta, confirmándole a mi corazón que no hemos
imaginado su voz. Y es como un látigo a mis nervios, dos palabras dichas
como para clausurar la conversación, y toda réplica posible. Por un instante,
incluso olvido lo que me ha hecho, por un instante, no tengo que obligarme
a estar en su presencia como si fuera un deber. Me cautiva lo que veo, me
exalta lo que escucho.
—¿En qué piensa, majestad? —indago en confidencia, como si solo
existiéramos él y yo en este salón.
—En lo que... —vacila, su entrecejo frunciéndose— debo decir.
—Usted es el rey, nadie espera que diga nada. Si no sabe qué decir, solo
ponga el anillo, majestad.
Cuando me pone el anillo y veo a mi alrededor, la nube que nos envolvía se
disipa. No hay una sola cara contenta o cautivada; la reina madre mira a su
hijo con claros instintos homicidas, y el resto me mira a mí, o a mi dedo,
como si les produjera una pena fúnebre.
Veo la sortija nuevamente, y me salgo de la ilusión que me hizo tomarlo
como un detalle romántico, y por un minuto me dejo llevar por la Freya que
cuestiona absolutamente todo. ¿De dónde sacó esta sortija, por que todos
me miran así?
Pero no tengo tiempo para pensar mucho en ello, porque las manos del rey
se cierran sobre mi cintura, arrastrándome un paso más cerca de su cuerpo.
Me mira, es tan intenso como suele ser él, pero esta vez no media palabras.
—Quiere que bailemos —aventuro, aunque esta vez mi voz no es la de hace
un momento. Me cuesta suprimir la amargura que ha vuelto a escalar hasta
mi garganta.
El rey asiente, y yo se lo permito, bailando sin implicarme, como si fuera un
deber más. Mi mente no deja de vagar sobre las expresiones que me rodean,
mis pies tropiezan con los escombros del techo y mi corazón vomita un
latido tras otro, recordándome todo lo que sufrí en esa celda gracias a esta
bestia que apenas se puede comunicar.
—Majestad...
Israem gruñe, una señal que supongo amerita mi silencio, pero pretendo
hacerme la ignorante e insistir.
—Creo que debemos hablar —le digo.
No me responde y me desliza en una vuelta donde su fuerza pierde un poco
de su compostura, provocándome un tirón de vértigo que me agita. Caigo
nuevamente junto a él, que se aferra a mis manos y me clava sus ojos en...
Espero que en mi collar.
—Majestad, han sucedido cosas que estimo que deberíamos discutir...
—¿No sabes guardar silencio? —Sus palabras no dejan de sorprenderme, y
estas son agrias, una orden que reprime mucho.
—No soy muy buena en ello, pero aprenderé del mejor.
Me suelta, mirándome como si quisiera abofetearme delante de todos. No
creo que encuentre nada agradable en mis ojos, porque desvía los suyos, me
da la espalda y me deja sola en la pista de baile.
Necesito un intérprete para sobrevivir a Israem, y no solo por la ausencia de
sus palabras. Son sus acciones, tan extremas y contradictorias. Despiertan
una ira en mí que no debería sentir, pues no estoy aquí para vivir un
romance.
Debo recordármelo. Aunque me duela en los huesos y en el orgullo, no
puedo volver a perder la compostura con el rey. Debo ser la mujer ejemplar,
al menos hasta que nos hallamos casado y Deneb esté fuera de peligro.
Nota: Estoy muy contenta con el ritmo de esta historia, a partir de aquí
pasan cosas que estoy muy emocionada porque ya lean.
TIENEN QUE DECIRME TODO LO QUE OPINAN DE ESTE
CAPÍTULO. Está largo y sustancioso.
¿Qué pensaron al leer que el rey habló? ¿Qué les parece su entrada y lo que
dijo?
¿Qué piensan del alto lord de Polaris, el embajador de Deneb y la
alucinación, o no, que tuvo Freya del enmascarado? ¿Teorías?
¿Qué les parece Elius y lo que dijo la reina sobre él?
Ah, y el anillo y el baile... ¿Les pareció romántico o están preocupados
como Freya?
Otra vez dejaré la meta de 500 comentarios para el siguiente capítulo.
Nos leemos pronto ♡
14: La princesa que más lee
Ráfagas de húmedo viento entran a mi torre por las puertas del balcón.
Hacen temblar las cortinas aterrorizadas, buscando ocultarse en el interior
para escapar de la tormenta que se avecina. Me asomo a la noche, viendo
cómo el verde ha absorto el cielo en una opacidad esmeralda. No hay rastro
de las luciérnagas, ni pinceladas del rosa.
Un relámpago me saluda desde arriba, y con él mis ojos se cierran,
evocando nuevamente la voz de Israem.
"La parte de ti que roce a mi reina, no volverá a tocar nada jamás".
Tanto tiempo de silencio, tantas oportunidades para hablar, y escogió decir
esas palabras a esa persona.
La mujer en mí que aboga por el amor verdadero quiere aferrarse a ese
hecho y chillar, sentirse inmune e importante, porque el rey de Jezrel se ha
proclamado como su salvador; pero cuando ese mismo salvador es un
potencial peligro en tu vida, entonces empieza la dicotomía.
Hay otro detalle que me cuesta asimilar, y es que él me ha tocado. El anillo
en mi dedo es un recordatorio de ello. Y aunque su piel no haya hecho
contacto directo con la mía, puedo tener paz al pensar en que no moriré por
tomar su mano, al menos mientras él tenga esos guantes en ellas.
Busco en los cajones mi diario de hojas desnudas, más la tinta con la que
pienso vestirlas.
Enciendo un cerillo y lo sacudo hasta que ya no queda más que un rastro
débil de humo. La vela en mi mesita ahora está avivada, su llama
iluminando el tomo inservible que me ha prestado Elius.
Empiezo a hacer anotaciones en el diario, en bahamita, la lengua que se
habla en el reino de Baham. Antes de que Áragog se dividiera, Baham y
Deneb eran sus principados de su territorio, así que muchos aprendimos
bahamita como cultura general, en especial nosotras, las princesas.
Hago anotaciones de las cosas que me parecen relevantes, que debo
cuestionar, y tomo la previsión extra de escribir solo anagramas de cada
palabra. Porque cuando mencioné Baham haciendo referencia al calor de
sus tierras, Elius dijo no saber qué es Baham; pero Cedric usó una frase en
bahamita en la conversación que tuvo conmigo en esta misma torre. Quiero
creer que Elius no mintió, y que Cedric estudia idiomas debido a su puesto
como chismoso real. Como sea, no me arriesgaré a que destripen mis
pensamientos.
Hago mi lista encriptada:
Las edades no concuerdan con el físico.
El rey murió hace al menos 20 años, según lo dicho por el alto lord de
Polaris (que Israem gobierna hace dos décadas).
Hay un asesino al que llaman el enmascarado, es peligroso y todos le
temen pero nadie lo atrapa, aunque parecen tener algunas nociones de él.
¿Por qué mata? ¿Por qué eliminar en específico al primer embajador de mi
reino?
¿Qué sirios hace la reina embarazada si enviudó hace tanto (y está
biológicamente decrépita)? ¿Quién es el padre? Además, hay una trampilla
bajo mis pies, pero debo hacer como que no existe. Y para cerrar: Israem,
sencillamente. Nada tiene sentido en él...
Podría seguir la lista hasta llenar el diario, pero un arrebato de paranoia me
detiene.
Estoy siendo precavida, pero... ¿Y si alguien leyera lo que he escrito? ¿No
sería condenatorio? Mis pensamientos no deberían existir sobre papel,
aunque este me ayude a organizarlos.
Así que quemo la página, y me quedo a observar como la llama de la vela la
consume hasta que no quedan más que virutas grises.
Me reclino en la silla, todavía atestada de pensamientos que se acumulan
como un peso sobre mis hombros.
La flama ilumina la portada del libro que me ha dado Elius. Me río por lo
bajo. Israem se comporta como un animal, y Elius como alguien que no
entiende de seres humanos. Comprendo por qué hasta parecen amigos.
Recuerdo las palabras de Isidora sobre eso que no tiene Elius. Mi tardía
reacción es porque no podría importarme menos lo que tiene entre sus
piernas, sin embargo, ahora que revivo esas palabras me surgen preguntas:
¿Por qué?
No es de mi incumbencia, pero... Israem no se siente intimidado por Elius,
el mismo Elius dijo que el que yo lo pensara es abominable. ¿Será el rey
responsable de la mutilación? ¿Sería el precio a pagar para convertirlo en su
mano?
No tendría que importarme excepto porque es posible que esté por casarme
con un hombre que mutila otros para no sentirse intimidado. Israem varias
veces se ha expresado declarándome de su propiedad y, si tomo lo dicho por
Elius como literal, él es más animal que un gripher. Es posible que para él
no existan matices: yo soy suya. Entonces... ¿Hasta dónde es capaz de
llegar con su posesividad?
Me enternecería, pues el tío Antares quemaría el bosque congelado por
defender a mi hermana Lyra. Pero he conocido otro tipo de posesividad, la
del rey maldito que encerró a Lyra por tres años.
Y temo. Por primera vez desde que estoy en Jezrel, me permito estar
asustada porque voy a casarme con un hombre que desconozco, y que
podría ser mi verdugo.
Me limpio las lágrimas sin entender en qué momento han surgido, lo hago
con rabia, con vergüenza de mi misma. Nadie me ha obligado a estar aquí,
no tengo derecho a quejarme.
Abro el libro que me dejó Elius para distraerme de lo que siento. Empiezo a
hojear sin retener ni una palabra de su texto somnífero, hasta que un detalle
llama mi atención.
Al principio me genera una especie de molestia porque hay una mancha en
el texto, sutil como una gota de café. Pero sigo pasando las páginas y
advierto que no es la única, ni parecen gotas deliberadas. Es como si
alguien hubiera empapado un pincel en café, y lo usara para resaltar una
palabra cada ciertas páginas.
Tambores retumban en mi pecho mientras me apresuro a retomar mi diario
y la pluma. Vuelvo a la primera página, donde una pequeña gota resalta solo
dos letras: y, o.
"Yo."
Tomo nota y sigo pasando las hojas del libro hasta hallar el segundo
manchón.
Desenfrenada, anoto también la nueva palabra resaltada.
"Sí"
He perdido el siguiente, pero estoy segura de que vi al menos uno más.
Paso las páginas con frenesí, mis ojos radiando una y otra vez el texto todo
lo veloz que pueden.
Hasta que aparece, y pego mi dedo de golpe a ella como si así pudiera
evitar que se borrara.
La palabra es "hablo".
Me desplomo contra el respaldo de la silla y cierro el libro de golpe al no
encontrar una palabra más.
¿"Yo sí hablo"?
¿Israem? ¿Será él dejándome un mensaje de que puede hablar? Si es así, me
decepciona, porque no solo ya lo sé, sino que dejarme palabras ocultas en
un libro que podría no leer nunca no es la mejor manera de demostrar que
puedes hablar.
Pero, ¿y si no ha sido él?
¿Elius? ¿De qué trata esto? Yo sé que habla, el problema es callarlo.
¿Y si...?
Un escalofrío me recorre, así que me fuerzo a suprimir el pensamiento. No
quiero creer que él está enviándome mensajes.
Me levanto al espejo de cuerpo completo, donde analizo mi reflejo.
Me toco el cuello y lo flexiono de un lado a otro, incrédula de que al fin
pueda hacerlo. Y que debo, según me recomendó Elius.
¿Esto será normal? Sentir que tu corazón languidece, que has librado mil
batallas, y tu armadura sigue sin bruñir; que has sobrevivido por suerte, o
destino, y que jamás serás más que los escombros de cada pérdida.
A veces, me cuestiono si es cierto que la tragedia nos hace más fuerte,
cuando siento que a mí solo me ha vuelto más cobarde, renuente a vivir una
más.
Soy como la rosa que Israem me ha regalado, físicamente agradable, a la
que han cortado sus espinas para no intimidar, y cuyo deterioro simboliza la
caducidad de las vidas ligadas a ella.
Tengo prohibido marchitarme.
Mientras más reinos visito, más me convenzo de que esta dolencia es parte
de ser mujer. No he conocido a un hombre al que se le adoctrine callar por
supervivencia. Y estas son las consecuencias de un corazón que no grita.
Un nuevo relámpago hace que mire a un lado, hacia el balcón abierto.
Y entonces lo siento en mi nuca.
Es su respiración.
Me petrifico esperando que esto no sea más que otra alucinación, una
manifestación de mi paranoia.
Pero cada vello desde mi cuello hasta mis brazos me dice que esto es real.
—No importa cuánto lo maquilles —murmura su voz, esa que todavía
evoco, aferrándome a ella por si algún día me sirve para identificarle—. Yo
sigo viendo la marca de mis dedos en tu cuello.
Volteo al espejo, y ahí está. Su antifaz rojo, la gabardina a juego, y un
cabello que es tan largo como de curvas está plagado. Y ahí, junto a la sien,
el mechón blanco que me parece más grueso que la primera vez. Sus ojos
ahora se me revelan con total impunidad, de un dorado que no resulta tan
innatural como los de Elius, un tono que solo he visto en Antares Scorp.
Entonces, ¿qué era aquel rojo que vi brillar en el balcón? ¿Otro arrebato de
mi paranoia? ¿O es esta la alucinación?
La idea de estar perdiendo mis facultades mentales me enfurece tanto que
saco la daga que he ocultado en mi cinturón para dejar de recurrir al broche,
y la lanzo contra el espejo sin pensarlo.
El acero se clava en el vidrio, justo donde está el reflejo de su rostro, y por
un momento todo se relentiza mientras las grietas se esparcen por toda la
superficie. Hasta que sucede lo inevitable.
El espejo estalla en cientos de pedazos que se esparcen en todas direcciones
y lo único que puedo hacer es cubrirme el rostro con mi brazo para
protegerme.
Y cuando vuelvo a alzar la vista, apenas con unos rasguños encima, ya no
hay rastro de lo que he visto. Nada, en ningún rincón de la torre.
Mi mente ya no parece segura, pero creo en ella. Debo hacerlo. Así que
elijo pensar que sí estuvo aquí. El maldito enmascarado me acecha, y no
conforme con ello, está quebrando mi cordura.
He decidido vivir con el balcón cerrado, sin importar lo deprimente y
asfixiante que pueda llegar a ser estar encerrado en una torre sin poder
mirar el exterior. Cualquier alternativa es preferible a ser observada por un
asesino serial que me mandó a cirugía y amenazó a mi hermanita.
Eva ha tardado en volver, pero apenas la veo noto que algo anda mal. Su
labio está hinchado, y tiene una cortada nueva en la mejilla. Viene
cabizbaja, distinta de su actitud habitual.
—Eva...
Ella se apresura a explicar sin aguardar mi pregunta.
—Hubo un almuerzo importante, alteza, y me enviaron a servir al alto lord
de Polaris. La corte de Jezrel está haciendo una especie de acuerdo por
ostras. De este lado no hay, y parece que el hombre, el alto lord, está
aumentando el precio al doble y lord Elius junto a lord Cedric se esforzaban
en negociar. La reina madre está indispuesta por su embarazo, así que ella
no estaba presente. La cuestión es que mientras le servía más té al alto lord,
lo vi a los ojos. Así que me pegó con el revés de su mano, y lady Isobel me
envió a un adoctrinamiento... y entonces las demás doncellas hablaron. —
Eva exhala con dificultad, como si quisiera ahuyentar el llanto—. Dijeron
que yo... Dinero que yo la tuteo, alteza, y que la toco y le interrumpo
mientras habla, y que hago preguntas impertinentes. Sus palabras me
valieron tres azotes. Luego se me explicó que ellas son damas, yo una
esclava. No tengo permitido tocar, mirar ni tutear a nadie.
Hago ademán de salir de la habitación, pero su voz me detiene.
—No es su culpa.
—¿Cómo dices, Eva?
—Usted quiere ver todo blanco o negro, y no es así. Lady Isobel me hizo lo
que su ley le exige que haga a las personas como yo. Pero no es su culpa.
Aprecio que defienda a la anciana, pero me hierve la sangre su comentario.
Todos creen saber quién soy, qué quiero y cómo pretendo conseguirlo, y a
la vez todos parecen tan seguros de que me equivoco. Quisiera que, por un
instante, todos cerraran la boca, que cesen sus opiniones y me dejen actuar
según mis ideales que, erróneos o no, son míos.
—¿Quién te ha dicho que pretendía ir a hablar con lady Isobel? —es lo que
le digo antes de salir de la torre como tenía previsto en un principio.
Llego a los aposentos de la reina madre y, aunque tarda un poco, terminan
por permitirme la entrada.
Está postrada en ropa de cama, sudorosa, con el cabello húmedo y
enredado. Al final no era falso lo de su estado físico.
—Majestad —saludo.
—No tengo tiempo para rodeos, niña. ¿Por qué la insistencia? Hoy es tu día
libre, mañana retomarás tus deberes sociales previos a la boda.
—Quiero saber si mis doncellas son nobles.
—No todavía, son plebeyas a las que hemos dado trabajo de criadas. —Ella
se incorpora con dificultad, y al verlo tengo el impulso de pedirle que
desista. Se ve tan frágil que temo pueda lastimarse—. Pero te insto a aceptar
algunas propuestas de los nobles que ofrecían sus hijas para ti. Tomar
doncellas de la nobleza te deja en una buena posición con las familias a las
que ayudas. ¿Por qué? ¿Has pensado en una en particular?
—¿Qué derechos tiene una esclava?
Ella frunce el ceño por el cambio abrupto de tema, pero no se demora en su
respuesta.
—Ninguno. —Levanta su dedo para detener mi opinión al respecto—. Mas
bien diría que tienen los derechos que su esclavista les dé, siempre que no
se impongan sobre los derechos de otra persona. ¿Se entiende?
—Es decir, que no puedo exigir a otra persona que respete a mi esclava.
—Si tu esclava no está haciendo nada, puedes exigir que no se le moleste.
Pero si, por ejemplo, ella molesta a alguien más, él puede castigarla. Lo que
podrías negociar es ser tu quien imparte el castigo.
—¿Qué cuenta como molestar?
—Querida, básicamente tu esclava no tiene permitido existir cerca de otras
personas, a menos que te esté atendiendo directamente. Cualquier cosa que
se salga de esa norma cuenta como transgresión y le da derecho a
cualquiera a exigir un castigo. Pero, ¿por qué decidiste venir con tanta
urgencia a hacer preguntas sobre derechos de la esclavitud?
—Porque ya no me siento conforme con las damas que se me han asignado,
y en lugar de escoger nuevas entre la nobleza, quisiera poder adaptar a mi
servicio otras tres esclavas.
La reina madre alza los ojos al dosel de su cama a la vez que pega su cabeza
a la pared. Me soporta entre poco y nada, pero al menos lo intenta.
—Niña, jodes mas de lo que nos beneficias.
—Lo entiendo, y bajo ninguna otra circunstancia exigiría algo distinto a lo
que se me ofrece, pero luego de mucho pensarlo he concluido que esto no
es del todo un favor. Hemos hecho un acuerdo por mi silencio, y justo he
pensado que tener a Eva a mi servicio no me compensa todo lo que su hijo
permitió que yo padezca en esa celda. No pretendo chantajearla, ni volveré
a tocar el asunto, solo le pido me extienda su generosidad una vez más.
¿Qué daño haría?
—Las esclavas no vienen adoctrinadas para tus necesidades. ¿Estás segura
de querer esto?
—Lady Isobel puede darles las instrucciones necesarias, al igual que hace
con Eva.
—Como quieras.
—Gracias, majestad.
—Ahora largo, tus problemas de princesita no eran precisamente lo que
pretendía para animar mi reposo.
—Oh, cierto... Recupérese, majestad.
—Por Ara, lo que te faltan son arcoíris en los ojos.
—Es que no consumo drogas.
Ella me mira fija e impasiblemente.
Claramente, mi sentido del humor no es de su tipo.
Cuando al fin tengo a las nuevas doncellas a mi cargo, les doy una
única instrucción:
—Mi nombre es Freya, y no solo soy su nueva dueña, sino que seré su
reina. Así que, si a alguna de ustedes se le ocurre comentar una sola palabra
de lo que sucede conmigo, junto a mí, en mi entorno o a cualquier persona
en mi servicio: entonces los azotes los recibirán de mí, y les juro que me
hace falta descargar algo de energía. ¿Alguna objeción?
Nota: Yo sí quiero los dedos del enmascarado en mi cuello... Se imaginan
que yo dijera eso en mi nota de autora?
Díganme que les ha pareció el capitulo, su opinión sobre lo que encontró
Freya en el libro, la supuesta aparición del enmascarado, lo que decidió
Freya al final y todas esas cosas. Esta es una doble actualización, así que
subiré otro cap probablemente en la madrugada. Espérenlo, y no se olviden
de comentar.
15: Noche de las hojas rojas
La última noche fue como vestir veneno en una herida ignorada tras
grandes capas de cosméticos. El candelabro sobre mi techo cayó con
estrépito en medio de la alfombra, y el ruido hueco acompañado de un
choque metálico me recordó la trampilla que hay bajo mis pies.
¿Encima de qué estoy durmiendo?
Es una suerte que la llama del candelero estuviera apagada, solo eso evitó
volver mi súbito despertar en una sentencia en la hoguera.
Sin embargo, el extraño accidente me hace preguntarme sobre las
condiciones en las que mantienen este lugar. Este castillo es la cuna de la
monarquía, pero el candelabro en mi torre no solo estaba infestado de
hiedra y espinas, como si hubiera sido un rosal de pétalos marchotos, sino
que estaba a todas luces defectuoso.
¿O se trata de algo distinto?
No puedo ignorar que he recibido la visita del asesino serial más temido de
Jezrel, visita que he mantenido en secreto para mí y mi paranoia, porque
empiezo a temerle más a los obsequios de mi prometido que al
enmascarado.
Pero ese solo fue el comienzo de una turbulenta madrugada, casualmente
pautado por el extraño suceso, e inmediatamente después alguien tocó a mi
puerta para avisar de un suceso todavía más preocupante.
Mi doncella, Eva, estaba durmiendo en el piso subterráneo que comparten
criadas y esclavas destinadas al servicio, cuando a mitad de la noche
pareció perder toda noción de la realidad y de sí misma, y despertar a todo
el pabellón entre alaridos y convulsiones.
Entre varios «especialistas» tuvieron que amarrarla a su litera para poder
suministrarle la inyección que finalmente le robaría el conocimiento hasta
sumirla en un sueño supuestamente reparador.
El aviso que recibí, de hecho iba más enfocado en notificarme de las
facturas médicas por los procedimientos realizados a mi doncella. Parece
que la caridad y el seguro del castillo no cubre más que la alimentación,
hospedaje y adoctrinamiento de los esclavos, así que debo hacerme cargo de
las deudas acarreadas, incluyendo una bonificación por las molestias y
«daños físicos» sufridos por los especialistas y terceros involucrados en
auxiliar a Eva.
En la absoluta oscuridad de la torre, que es usual ahora que prescindo de
usar el balcón, sostengo la factura sin siquiera ojearlo. Mis pensamientos no
vayan entre coronas y anillos. Me preocupa qué recuerdos, de los que tan
culpable soy, hicieron que Eva gritara habiendo despertado como si la
lucidez fuera su peor pesadilla.
~☆•♡•☆~
Por la mañana observo desde la torre cómo el embajador de Deneb
desciende de un gripher amarillo que, al igual que Scar, tiene mordaza y
montura. El embajador no va solo, sino con un instructor de vuelo. Lo que
yo necesité, y me habría evitado la fractura de cuello si el rey no fuera tan
inseguro como para ordenar que viajara sola.
Cierro nuevamente el balcón y me uno a las doncellas que revisan los
regalos de compromiso que han llevado a la fiesta.
Eva oculta tan bien las marcas de las ataduras con su uniforme, como las
huellas de sus pesadillas con una sonrisa casi tatuada.
Sé que debo dejarla manejar su mente como lo prefiera, asi que sigo su
narrativa luciendo contenta porque entre tanta joya y vestidos nuevos, me
han regalado un par de libros que no hablan de fósiles.
Tal vez no perezca de aburrimiento, después de todo.
Miro el anillo en mi mano al tomar un nuevo regalo para desenvolverlo. No
puedo dejar de admirar la piedra y los diamantes que la rodean, como no
puedo desprenderme de la aprensión que me genera.
¿Qué historia oculta esta infame alianza tan ostentosa a la vista?
Con estos diamantes podría pagar los gastos médicos de tantas esclavas que
no entrarían en este castillo.
—Eva —digo para llamar su atención.
Las demás doncellas se están adaptando a mis necesidades, pero en lo que a
mí respecta solo a Eva quiero tener tan cerca tanto tiempo.
—¿Sí, alteza?
—¿Tu estuviste ahí? —le pregunto en referencia a la ceremonia de
compromiso—. ¿Presenciaste la entrada y las palabras del rey?
—Sí, alteza. Ahí estuve.
—¿Y cuál fue tu impresión como espectadora?
—Que nunca me va a tocar a mí, por desgracia.
Lucho contra la sonrisita que me surge por la chispeante satisfacción de
sentirse afortunada.
—Hablo en serio —insisto.
—Muy en serio lo digo. Cuando ese hombre la agarró por la cintura, yo lo
que pensé fue «bueno, al final no van a necesitar ese año para engendrar el
heredero, porque mínimo la embarazó ahí».
Me río tanto de su comentario que se me cae el obsequio de las manos. Me
río tanto que me siento nuevamente como una adolescente con una amiga, y
la comodidad es tan cálida que m arropa completa. Me río tanto, que tardo
en captar lo que no encaja en ese comentario.
Y cuando lo entiendo, entonces me paralizo.
Estoy segura de que este frío que me cala en los huesos nos arropa a todas.
Y cuando me mira, sé que ella también sabe que lo sé.
—Eva.
—Alteza.
—¿Cómo sabes de esa cláusula?
Ella baja la cara, pero no me responde.
—Eva, te hice una pregunta.
—Si quiere que le mienta le responderé con gusto.
Me quedo petrificada, mi boca abierta por el impacto de sus palabras. Y,
algo todavía peor: luego de rasgar la envoltura del obsequio, puedo
vislumbrar la pluma carmesí del otro lado.
Parece que el enmascarado ha decidido confirmarme su asistencia a mi
fiesta de compromiso.
Miro a Eva.
—¿Ni aunque te lo ordene me dirás la verdad?
—¿No fue usted quien dijo que «la obediencia que carece de criterio propio
te convierte en un sirio que ha vendido su alma»? Usted me salvó, princesa,
y le estaré agradecida eternamente. Pero no pienso venderle mi alma.
Si el asesino realmente me está acechando, si mi mente no me traiciona y él
tiene tanta facilidad para entrar en el castillo sin ser visto, entonces puede
estar comunicándose con Eva.
Creo que debo replantearme esta confianza. Pero, ¿cómo negarme a la
empatía?
Simplemente, es indiscutible que debo ser cuidadosa.
☆•♡•☆
Por la tarde, la corte propuso una idea inusual.
Ya que el embajador estaba recibiendo sus clases de vuelo, y yo sigo tan
ajena a la naturaleza de Jezrel, se planteó la idea de darnos una vuelta por el
granero privado de la familia real para que apreciemos la singularidad de
los griphers y, eventualmente, nos adaptemos a ellos.
Eva me vistió con un traje color ladrillo combinado con la sortija infame.
Mi maquillaje fue mucho más sobrio y mi tiara simbólica con plumas
plateadas para agradar a la familia real.
Lástima que el cubrebocas reglamentario le restara la sutileza a mi atuendo.
Al menos se me entregó uno personalizado, blanco con mariposas bordadas
en hilos de oro.
Apenas se me informó de la asistencia del rey al paseo, me mentalicé a
dejar mis estándares de lado. Sé que lo que aspiro es algo mínimo, lo
fundamental para una relación que perdure en la paz de dos corazones
sanos; sé que pretender respeto, comunicación y una mano que te sostenga a
media caída no es exigirle al cielo que se desprenda de la luna.
E incluso sabiendo todo eso, me comprometo a ignorarlo, a fingir
conformismo hasta que pueda sentirlo.
Porque si me atrevo a pensar en lo que merezco, jamás me casaría con
Israem Corvo. Y ya mi destino no me pertenece; Freya se quedó en Deneb,
lo que llegó a Jezrel fue la moneda por la libertad de mis hermanas.
Así que seré ejemplar, conforme y agradable.
Debo serlo.
El granero está al final de un camino delimitado con piedras y rodeado
de campos de vegetación.
Al entrar en él, lo primero que se percibe es el crugir de las cadenas, como
si cada gripher se retorciera y las tensara al captar nuestra presencia.
Esperaba encontrarme con cubículos similares a los de un establo, pero todo
lo que ven mis ojos son jaulas de oro y cadenas de plata; una prisión que
reluce con el precio de un palacio.
Algunos rugen, helándome a mitad de un paso. Son al menos una docena,
de tamaños y colores distintos, con garras arañando el suelo como si se
prepararan para saltar hacia cada uno de los observadores.
Los hay con alas llenas de púas y cartílago, o aquellos que como Scar están
hechos de plumas. Unos tienen melena y otros apenas un vello perceptible,
e incluso los hay con pelaje trenzado como la crin de un caballo.
Me es inconcebible lo que veo, tanto que la negación me petrifica. Son las
criaturas más intimidantes, insólitas como imponentes; con alas capaces de
provocar una tormenta y melenas que podrían a cualquier corona de
rodillas; con fauces para engullir cráneos y dientes que no tardarían media
mordida en atravesar el hueso. Pero están enjauladas a merced de bestias
cuyo único poder es el de entrar en las mentes ajenas, y convencerles de que
no poseen ninguno.
Este reino ha triturado las mentes de las criaturas más inmensas, y
majestuosas en su letalidad, hasta convencerlas de que son meras mascotas.
Aunque, a las mascotas se les domestica. A los griphers los han hecho
prisioneros a fuerza de dolor.
A mi lado, el embajador, aunque ya ha volado al menos dos veces en un
gripher, está pálido. Y no lo culpo. Tolerar la existencia de uno es difícil,
pero gestionar estar rodeado de una decena más es francamente
inconcebible.
—Nunca me voy a acostumbrar —dice.
—Seremos dos.
Detrás de nosotros entran dos personas. La mano del rey, que en este
instante ejerce como veterinario real, y un ayudante anónimo que mide la
mitad de su tamaño y que es ridículamente parecido a la reina madre.
Elius abre una de las jaulas y entra a ella junto al más pequeño. Uno calma
a la criatura con arruyos y conversaciones mientras el otro cambia su
vendaje e inyecta sus heridas.
Uno de los griphers se estremece cuando las agujas penetran su piel, sus
ojos mirándome directamente con algo que me parece un llamado de
auxilio.
Aunque podría ser un producto de mi propia melancolía, siento que la bestia
está por derramar una lágrima.
Y no creo que Elius sea cruel por sus acciones, lo veo trabajar y enseñar al
niño que con entusiasmo escucha y ejerce, y siento que es todo lo bueno
que puede ser en sus circunstancias.
—Los griphers son nuestra posesión más valiosa —explica lord Cedric
mientras nos hace avanzar hacia el fondo—. Algunos reinos tienen carbón,
otros cristales; nosotros tenemos griphers. Con la escasez de otros medios
de transporte, como los caballos, monopolizar las criaturas nos garantiza
una fuente de ingresos inagotable, que individualmente solo pueden costear
grandes figuras nobiliarias, por supuesto.
—¿Individualmente?
El aprendiz de Elius abre la última jaula junto a nosotros. Entra en ella con
un trozo de carne del tamaño de un can, y con una sonrisa inmensa deja a la
bestia comer de su mano mientras el veterinario real lo observa atento, pero
sin intervenir.
Mi corazón late tan nervioso por lo que ve que casi no logro escuchar la
respuesta de lord Cedric.
—La prole puede optar por otros medios de transporte, pagando algún
puesto en clase popular o exclusiva en vehículos impulsados por griphers.
Pero hay quienes alquilan el vuelo en gripher, o incluso adoptan alguna de
estas criaturitas.
—Vaya —responde el embajador, mientras yo todavía no recupero mis
palabras.
Espero se asuma que estoy aterrorizada. Porque lo estoy, aunque no sé si
por las razones correctas.
—¿Por qué se quedan aquí? —pregunta el embajador conduciendo la
conversación hacia lord Elius—. ¿Por qué no, digamos, van a poblar otros
reinos? Como Deneb, por ejemplo. No digo estos griphers específicamente,
pero habrá algunas criaturas salvajes o que sean propiedad neta de algún
noble muy poderoso, ¿no?
—Habrán ido a darse una o dos vueltas fuera de Jezrel, sin duda —contesta
Elius acariciando la melena del paciente que ha terminado de alimentar el
niño. Es poesía verle tan cómodo entre tanto poder destructivo—. Pero los
griphers no sobreviven demasiado tiempo lejos de su reina.
¿Su reina? ¿Se refiere, literalmente, a la reina en cuestión de Jezrel? ¿O me
estoy perdiendo de un gran contexto?
—Sí —conviene el jovencito, animado de poder participar—, y la reina no
vive sin el mar de podredumbre, así que en conclusión solo pueden pasar
algunos días lejos de este radio y no más.
—¿Quién es? —pregunto a Elius, aunque nos separa una jaula y una bestia,
como si esta conversación fuera solo nuestra.
—¿El parlanchín? El ahijado del reino, al parecer. Es sobrino de la reina
madre, pero está adoptado sentimentalmente por medio castillo.
—Soy Atticus Belasius —se presenta el joven con una reverencia.
No puedo disimular mi sorpresa. Para tratarse de un chico tan bien
posicionado en la escala nobiliaria por su sangre, viste como si viviera de
trabajar la tierra.
Pasan los minutos mientras los griphers son alimentados, y atendidos por
las heridas resultantes de las mordazas y cadenas, y yo me enfrasco en una
lucha por no delatarme con mi respiración, acompañándola solo con una
plegaria para que a nadie se le ocurra ofrecerme tocar, montar o alimentar a
ninguno.
Cuando la experiencia, tortuoso para mis nervios, parece acercarse a su fin,
es que recién empieza a menguar la química que altera mi tranquilidad. Y
solo en esa pequeña cercanía a la paz, reconozco la grandeza de este reino,
y lo vivo que está, solo por ser el hogar de estas insólitas criaturas.
Y es entonces cuando llega la criatura más insólita por excelencia, de
silencio perenne y fríos pasos. Vestido de negro y azul, entra sin mediar
diálogo y se posiciona justo detrás de mí.
Me tomo un instante para cerrar mis ojos y respirar, y solo entonces lo
encaro con una reverencia.
—Mi señor.
Él me corresponde con un leve asentimiento de su cabeza, y entonces hace
algo que atenta nuevamente contra mi intranquilo corazón.
Habla.
—Tenemos jardines interesantes. ¿Quisieras acompañarme a pasear por uno
de estos?
Mi garganta se seca, mi raciocinio enmudece. Ahora parece que soy ya la
que es incapaz de recurrir a el habla.
¿Quiere que lo acompañe a un paseo por sus jardines? Es lo más cercano a
sugerir un cortejo desde que llegué a este reino y pacté para ser su esposa.
Me aferro a la falda de mi vestido, y pretendo que parezca que lo hago para
contribuir a mi reverencia, pero en realidad espero así disminuir la cantidad
de sudor que se acumula en mis palmas.
—Me honra, majestad. Estaré encantada de acompañarle.
Entonces me da la espalda, y hace una seña con la cabeza hacia Elius para
que lo siga afuera del granero. Así que me quedo justo donde estoy, bastante
confundida.
~•☆•~
Al ver la niebla espesa que nos engulle, me cuestiono por qué llaman «buen
tiempo» al sol. Si esta es la antítesis de lo «bueno», entonces lo incorrecto
es aquello que hipnotiza.
Este ambiente me envuelve, como la atmósfera de un cuento tan bueno que
vives a través de sus versos sin permitir interrupciones.
La niebla danza como humo entre nosotros, acariciando el mármol de las
estatuas que crean el pasillo hacia el centro. Y mientras avanzo, mis pies se
hunden entre los pétalos, y la humedad debajo de ellos, porque no hay
manera en que sea posible atravesar este jardín sin pisar las rosas. Es como
una alfombra carmesí que se extiende hasta donde pintor de este cuadro
perdió el aliento.
Caminamos en silencio sepulcral, un tributo a la fúnebre decoración de los
jardines.
Y no estamos solos. Por algún motivo, el rey pidió a Elius hacernos de
chaperona, así que nos sigue con algunos pasos de respetuosa distancia.
Por desgracia, literalmente solo nos separan algunos pasos. Elius podría
escucharme tragar si se esforzara en ello.
Me emocionó tanto este paseo, que no puedo negarme mi decepción por el
tercero en el.
Sin embargo, puedo solo mirar al rey, y fingir que es el único en todo este
entorno. Su cabello negro, que se desliza junto con la neblina como una
entidad tan viva como ella; sus ojos, que relucen casi tanto como las
luciérnagas que se congregan en el cielo; o el enigmático cubrebocas que, a
mi pesar, le aportan un atractivo extra a su tez. Es hermoso, de esa forma
sobrenatural de quienes poseen el poder del firmamento en sus venas. No sé
en qué medida el rey está ligado al reino cósmico, pero, si quisiera, jamás
podría negar que hay una relación entre ambos.
La estructura central del jardín es una glorieta con techo tipo cúpula
sostenido por seis columnas. Las columnas están infestadas de hiedra
espinosa, con puntas como dagas y pétalos negros que no parecen
marchitos, sino el resultado de la supervivencia a un mundo que agoniza.
Hay una especie de cenador, y un telescopio incorporado a la estructura.
Al ver lo que hay más allá de la glorieta, entiendo lo que se pretende vigilar
con ese telescopio.
El temible Scar, el reflejo primitivo de Israem Corvo Belasius.
En contra de mi propio temor, doy los pasos que me separan de la
balaustrada de la glorieta, y me sostengo a ella para mirar todo lo
prudentemente cerca que puedo al gripher, sin utilizar el telescopio.
Su pelaje se opaca por la escasa luz que es capaz de atravesar la niebla.
Parece negro en su totalidad.
Sus garras afiladas arañan el suelo. Sus alas se extienden como velas de un
barco sin alzarse del todo, solo lo justo para propulsar sus saltos juguetones.
Quedo impresionada, como mínimo, al ver que la precisión de sus saltos es
parte de una caza de mariposas. Pequeñas, grandes, y de colores varios que,
ajenas al peligro, danzan a su alrededor.
Me quedo inmóvil, maravillada. Y entonces siento esas manos en mi
cintura. Se cierran con firmeza, escucho el cuero de los guantes crujir, y soy
consciente del instante exacto en que mi respiración se paraliza.
No comprendo mucho de la sociedad en Jezrel, pero me desconcierta que
para el rey sea tan apropiado tomarme de la cintura cada vez que quiere.
¿Notará cómo se detiene el flujo de mi sangre cuando me toca? Porque de
ser así, tal vez debería desistir a intentar ser más disimulada.
Esas manos me deslizan a un lado para hacerse un espacio en la
balaustrada, como si no hubiera ya suficiente para él y media corte más. Me
quedo paralizada con la vista en mis manos, esperando que mi sangre se
tranquilice, porque ha decidido saltar de su inactividad a querer gritarme en
los oídos.
Debo decir las palabras, yo soy la conversadora de los dos. No puedo dejar
que el peso de la conversación recaiga en el hombre al que llaman «el señor
del silencio».
Pero... Por Ara, siento que voy a vomitar de los nervios, y solo me tocó con
sus guantes por encima del vestido.
Vuelvo a mirar a Scar. El rey también lo observa. ¿Qué pensará de ver a su
mascota saltando y lanzando dentelladas de una mariposa a otra?
Etonces, una mariposa se acerca demasiado al gripher. Sus alas tiemblan y
azotan el aire creando el sonido de un trueno, y el rey da un paso atrás,
como un felino asustado. Las mariposas, como si sintieran su sorpresa, se
congregan alrededor de él, atraídas como un imán hacia su misterio.
Y entonces Israem bate sus manos para ahuyentarlas como si se tratara de
un enjambre de abejas asesinas.
La risa brota de mis labios antes de que pueda contenerla. El rey me mira,
sus ojos azules brillando con indignación. Y lucho tanto por parar de reír
que todo el impulso de la carcajada termina por escapar por mi nariz.
Bueno, espero ahora se sienta menos humillado. Al menos él no respira
como un porcino.
Pero como parece muy tenso por las criaturas a su alrededor, me dispongo a
ayudarlo. Alzo mi dedo en su dirección, y atraigo a todas las revoltosas
aladas, que pasan a vestir mis brazos como si de mangas se tratara.
Son preciosas, y creo que no solo yo lo pienso. En los ojos de Israem veo
que empieza a apreciarlas ahora que ya no están encima de él.
—Ellas parecen encantadas por su presencia, mi señor —le digo.
Él solo parpadea, sin voltear ni despegar su atención de mis brazos.
—¿Cómo lo hiciste? —su voz me llega como un eco amortiguado por el
cubrebocas, pero sé que es él.
—¿Qué cosa, majestad?
Señala mis brazos, y en su expresión veo que algo se empieza agriar. Tal
vez le molesta tener que explicarse.
—Solo las llamé —contesto encogiéndome de hombros.
—Evidentemente lo hiciste. ¿Por qué te obedecen?
Entorno mis ojos ligeramente.
—¿No convive mucho con mariposas, majestad? Solo fui amable. ¿Le
enseño?
Sus ojos se clavan en los míos como las espinas que nos rodean. Parece que
asume que me burlo de él.
—Lamento si lo he ofendido, mi rey. Yo no tengo una respuesta más
elaborada para usted. Simplemente es así, ellas reaccionan a mi amabilidad
desde que tengo uso de razón.
Él no dice una palabra más, y en se agacha bajo la balaustrada para
atravesarla y andar hacia el otro lado del jardín.
Me confunde lo que hace, así que miro a Elius, quien me hace señas para
que siga al rey.
Las mariposas abandonan mis brazos, pero no se alejan demasiado. Forman
una nube por encima de mi cabeza y avanzan lentamente conmigo.
Sigo al rey hasta un punto que deja de ser rojo, donde hay un círculo de
piedra en el cielo donde han incrustado cuchillos, muchísimos, tantos como
para formar la clásica estrella de cinco puntas.
Como Israem se detiene en el círculo, yo me quedo un paso detrás de él. Y
desde mi posición le pregunto:
—¿De qué se trata, majestad?
Él no dice una sola palabra al respecto. Ni siquiera reacciona, hasta que los
pasos de Elius se detienen justo detrás de nosotros. Entonces se vuelve
hacia él, y asiente.
—Es el tributo a la Noche de las hojas rojas —contesta Elius en su lugar.
Elius parece más la lengua que la mano del rey.
—¿Qué sucedió esa noche?
Elius mira a los ojos al rey antes de responderme.
—Es parte de la historia del reino que deberías aprender. Sucedió hace algo
más de un siglo.
Israem levanta su mano, señalándome el círculo de piedra mientras él se
subía en él. Lo interpreto como una invitación a que lo examine bajo su
compañía, pero temo equivocarme.
Entonces extiende su mano hacia mí, y yo le concedo la mía.
Me sostiene, gentil, enigmático en su silencio, y así decide acompañarlo.
—Un hombre se levantó como el mayor opositor a la monarquía de los
cuervos —retoma Elius mientras Israem se agacha junto a mí para
señalarme la empuñadura de uno de los cuchillos—. De hecho generó
muchísimo alboroto. A base de mentiras y falsos testimonios se hizo con
una gran reputación y una muy significativa cantidad de discípulos. Y es
que ese hombre nada más y nada menos decía ser la reencarnación de Ara
que había venido a derrocar al usurpador en el trono. Decía, además, que el
rey era su antítesis, un imitador nacido de las tinieblas y enviado por el
mismísimo Canis desde su prisión en el reino cósmico.
Mientras Elius cuenta la historia, los dedos de Israem, cubiertos de cuero,
guían los míos por cada grabado, cada gema y cada ornamento entre las
armas que conforman la curiosa estrella. No puedo evitar acompañar el
relato con los latidos de mi emotivo corazón, o mirar de vez en cuando a los
ojos azules que resaltan en este tétrico entorno.
—El falso Ara convenció a una multitud de su propósito, identidad y
omnipresencia. Una multitud de fanáticos y herejes que se dedicaron a
purgar el reino de los más leales a la Corona. La Noche de las hojas rojas
era la anterior al día pautado para la contienda final. Porque el rey de los
cuervos, cansado de ver sangrar su gente, había aceptado el duelo contra la
supuesta reencarnación de Ara. Un duelo por el trono de Jezrel. El trono de
alas negras.
Elius hace una pausa mientras Israem cierra mi mano en la empuñadura de
uno de los cuchillos. Me insta a que haga presión e intente despegar la hoja
de la piedra, pero en un par de tirones confirmo que es imposible.
En el último tirón, uno de los tallos espinosos que han crecido alrededor del
puñal se clava en mi palma y la desgarra a lo largo, formando una línea roja
que empieza a gotear en la piedra.
—Lo lamento —me disculpo sosteniendo mi mano con la otra, pero Israem
no parece molesto por ensucie su monumento histórico. Solo se ve...
conmocionado. Como si no comprendiera la fragilidad de mi carne.
Con sus ojos desenfocados, arranca de su capa una larga tira negra y luego
pide mi mano.
No puedo creer lo que está sucediendo, estoy segura de que malinterpreto
su generosidad incluso mientras lo dejo amarrar el pedazo de tela como un
vendaje en mi herida.
—Majestad... —Miro mi mano vendada, y su capa con ese corte que la
descuadra en absoluto, y luego vuelvo a sus ojos. Este no es el hombre que
me encerró en una celda a morir de hambre. No puede serlo—. Gracias.
Lo que pensé que había sido una pausa, nunca se retoma, así que tengo que
tomar las riendas. Me levanto y alizo mi vestido mientras veo a Elius.
—Dijiste que la Noche de las hojas rojas era la previa al enfrentamiento
final. ¿Por qué previo? ¿Qué sucedió esa noche como para hacerle este
tributo?
Elius me sonríe, casi puedo ver las puntas de su sonrisa salirse de su
cubrebocas.
—No hubo duelo. El conflicto cesó esa misma noche. Existía una mujer, la
amada y más leal discípula del hereje, destinada a tener su hijo por
concepción cósmica, una vez pudiera tomar el trono y casarse. Esta era una
doncella muy devota, la menor de una dinastía de nobles contribuyentes a la
Iglesia de Ara, en un reino vecino. Esta mujer había sido una parte activa
que influyó mucho en la predicación de los falsos testimonios del hereje.
Gracias a ella, muchos de los que en un principio lo creyeron loco, pasaron
a idolatrarlo y sumarse a su culto.
»Por ello nadie pudo creer cuando esa noche, en nombre del rey de los
cuervos, la mujer puso fin al conflicto clavando en el corazón del hereje su
propio puñal. Todos los discípulos, enloquecidos por ver morir al hombre
que creían inmortal, tomaron sus propias dagas y las tiñeron de rojo, dando
por terminadas sus vidas.
—¿Son estas? ¿Las armas con las que se suicidaron y dieron fin a la guerra?
—Lo son. Y esa última, la de la punta de la estrella, es la que usó la
doncella para asesinar al hereje.
—¿Qué pasó luego con esa mujer?
—Luego se descubrió que había actuado bajo las órdenes de la Corona.
Nadie conoce a ciencia cierta los detalles del acuerdo que la llevó a
cambiarse al otro lado del conflicto, aunque no es difícil sacar las cuentas
porque, menos de un mes más tarde, el rey se estaba divorciando de su
reina, y casándose con la doncella. Podría decirse que fue el escándalo más
grande de Jezrel, pero a la larga no hubo muchos opositores a esa unión.
Hasta la Iglesia tuvo que bendecir el matrimonio, dadas las circunstancias.
Su amor había acabado con un falso Ara, después de todo.
Me podían contar la historia con los adornos que quisieran, evitando
cuidadosamente mencionar nombres y fechas exactas, pero ahora nadie me
sacará la idea de que acabo de escuchar el comienzo del matrimonio de los
padres de Israem.
Nota:
Me disculpo porque sé que les debía este capítulo, pero hubo un
inconveniente que me llevó a rehacerlo, lo cual fue muy frustrante, pero
amo totalmente cómo quedó. Así que espero puedan disfrutarlo ♡
Cuéntenme qué piensan de Eva.
Qué opinan de la caída del candelabro y la pluma entre los obsequios del
compromiso.
¿Qué pensaron en ese paseo de Israem y Freya?
¿Qué piensan de lo que contó Elius sobre la noche de la hojas rojas?
¿Les está gustando la historia?
¿Tienen alguna teoría?
Si todavía están por aquí y quieren un nuevo capítulo, les dejaré de nuevo la
meta habitual. 500 comentarios y subiré el siguiente ♡
16: La costa de Medusa
Al fin puedo decir que tuve un buen momento con Israem. Hablamos poco,
y la chaperona rubia estaba de sobra, pero puedo destacar que en este
encuentro no hubo techos destruidos o calabozos de por medio.
De hecho, cuando Israem se despide lo hace con educación, no se limita a
desaparecer sin más. No media ni una palabra, pero intercede con una
reverencia antes de darme la espalda y blandir su capa lejos de mi
presencia.
Quedo algo confundida en cuanto Elius lo persigue. Se comunican por unos
segundos lejos de mí, hasta que la mano vuelve con una extraña sonrisa.
Aunque, ¿qué es extraño, tratándose de Elius?
No espero a que explique su cara de imbécil y me adelanto.
—Lord Elius, usted y yo tenemos mucho de qué hablar.
—En ese caso, hoy Ara está de buen humor, porque su majestad nos ha
concedido a Scarell'Azar para desplazarnos.
—¿Y por qué motivo asume usted que deseo desplazarme en Scar, y por
qué subirme nuevamente a la bestia que me rompió el cuello sería señal de
que Ara está de buen humor?
—Pobre de Jezrel, le tocará someterse a una reina muy lenta —Elius se
sostiene el puente de la nariz como si temiera que empiece a sangrarle—.
Princesa, me comprometí a explicarle la azir, y eso pretendo hacer.
—¿Es necesario que tenga la columna rota para entender la explicación?
Porque eso es lo que va a ocurrir si vuelvo a subir a eso.
—Exijo respeto para Scarell'Azar, alteza, que él le haya ocasionado una
fractura que casi le provoca la muerte no justifica ni que le vomite encima,
ni que lo llame "eso".
Mi rostro se mantiene inexpresivo, o al menos eso pretendo, perpetuando la
seriedad en espera del remate a un chiste que jamás llega.
—Yo sostendré las riendas de Scar, si eso le hace sentir más segura —
agrega—, pero iré detrás. Ya es momento de que se acostumbre al vuelo.
Solo imagínese aterrizando en su boda y llenando de vómito a quien la
reciba...
Por el escalofrío que recorre a Elius, entiendo que su preocupación es
genuina. Y no es para menos, yo no tenía idea de que debía llegar en gripher
a la boda. No sé cómo podría evitar el asunto del vómito, honestamente.
Debo practicar eso de tragármelo.
El vómito, cochinas. Yo las conozco.
Pero ese no es el asunto que me preocupa inmediatamente, sino...
—Lord Elius, ¿cómo que irá atrás? —Lo señalo al hablar, y de alguna
forma el parece asociar mi dedo con un arma, porque retrocede alarmado—.
Cuando llegué a este reino hicieron viajar a mi cuñado aparte. El mensajero
de Israem me prohibió rotundamente ir acompañada porque supuestamente
el rey lo iba a oler... ¡¿Y ahora como si nada Israem le cede su mascota
personal para que vuele conmigo a quién sabe dónde?!
No pensé una sola de las palabras antes de emitirlas, eso es evidente, porque
de inmediato me muerdo la esquina del labio y me llevo las manos a la boca
para ocultarlo, inútilmente, pues ya el cubrebocas lo hace. Sigo sin
acostumbrarme a llevarlo.
Siento que fui demasiado insensible, e imprudente, pues es posible que la
razón por la que a Israem no le importa que viaje con Elius es por el
pequeño órgano del que carece. No quiero poner a Elius en la posición de
tener que hablarme de ese tema, o que deba inventarme excusas por no
querer contarme al respecto.
Así que intento rescatar el momento con un cambio de tema, y termino
accediendo al viaje salvaje e irresponsable que nos depara.
Mi mano sigue vendada con parte de la capa del rey al subirme al orgulloso
Scar. Sus alas negras se despliegan a cada lado, dispersando la niebla, que
regresa nuevamente en espirales como si ya estuviéramos dentro de las
nubes.
Elius sube detrás de mí, y es quien toma las cadenas que amordazan a Scar.
Y entonces siento toda la vehemente fuerza que intenta aferrarme al suelo
mientras las patas del gripher nos desprende de este en dirección a las
luciérnagas.
El monumento de las hojas rojas se desvanece bajo nosotros, y el primer
azote del aire gélido arranca lágrimas de mis ojos.
La vastedad del vértigo me asalta con el primer rugido de Scar. Es como
una tormenta que resuena en mi pecho y me recuerda que estoy montando
una bestia asesina.
Puedo sentir cada músculo de su cuerpo tensarse y relajarse en cada aleteo,
la vibración de sus gruñidos transmitiéndose a través de su espalda.
De repente, una bandada de aves oscuras emerge de la niebla, sus graznidos
estridentes acuchillando el aire. Chocan contra nosotros, sus alas como
polillas que cortan mi piel en cada roce.
Me aferro a la melena de Scar con desesperación, mis dedos enlazados a los
mechones gruesos, temiendo que en cualquier momento puedan resbalarse.
El gripher ruge, más letal, y el mundo se desmorona para mí. Esquiva con
movimientos bruscos, cada giro haciéndome contener la respiración
mientras el viento se convierte en un enemigo furioso, golpeándome con
fuerza, intentando arrancarme de mi montura. Scar maniobra, batiendo sus
alas negras con fuerza contra la resistencia del aire; cada aleteo una lucha
titánica por mantenernos en el cielo.
Detrás de mí, el desgraciado de Elius ni siquiera tensa las riendas para
aferrarse; parece tan parte de la criatura como las alas que nos sostienen. Lo
hace ver tan sencillo que su presencia, en lugar de ser un bálsamo para mi
terror, me acribilla el orgullo.
Las nubes nos envuelven por completo, y la visibilidad se reduce a nada;
solo puedo confiar en la criatura mítica y mi silencioso acompañante
mientras el castillo se convierte en un borrón de colores que se desvanece.
Y entonces, el mar de aguas rojas y burbujeantes aparece debajo. Scar
empieza el descenso, y la turbulencia aumenta. Es como si las aguas nos
rechazaran, no queriendo que perturbemos su superficie enferma.
Cuando empieza la caída en picada solo me queda suplicar internamente
por un final. Me ataca una fobia visceral a caer, a una nueva fractura y,
gracias a Elius, también al vómito.
Cuando finalmente tocamos la tierra de la orilla, literalmente me lanzo del
gripher. Mis piernas flaquean y mi estómago se rebela.
"No vomites, no vomites..."
No sobreviví al vuelo para fracasar en la orilla.
Mis rodillas ceden, mi cuerpo se dobla en una arcada y mis manos se
aferran a mis piernas.
"Voy a vomitar, voy a vomitar".
—¡EL CUBREBO...!
Elius entiende al mismo tiempo que yo lo inútil que es la sugerencia a estas
alturas. Por consideración a lo que sea que hayan comido en las últimas
horas, no daré detalles de lo que sucedió. Solo haré la acotación de que voy
a necesitar un nuevo cobrebocas. Un baño. Y un vestido.
—Le odio con toda mi condenada existencia.
No tengo ni idea de a quién le dedico tan edulcorado verso, solo que suena
como una arcada en sí misma, mientras uso la falda de mi vestido para
limpiarme el cuello y la boca.
Elius permanece a metros de distancia de mí, mirándome como a algo que
acaba de salir de sus fosas nasales.
—Dime que llevas algo para enjuagarme la boca —ladro.
—¿Quién fue el responsable de sus clases de etiqueta, princesa? Sugiero
ejecutarlo.
—Esto va a ser muy difícil de creer, lord Elius, pero en mi reino, las clases
de etiqueta no incluyen ejercicios para tragarse el vómito en situaciones de
riesgo de muerte.
—Tienes razón. Es muy difícil de creer.
Quisiera tener el poder de desintegrarlo con la mirada que le dedico.
—Si ya terminó de invocar a Canis, acompáñeme. Necesitará otro
cubrebocas.
—Muy responsable de su parte avisarme recién.
—No me difame. No contaba con que vomitara el que se le asignó en un
principio.
~~~
Tuvimos que hacer una parada rápida en las posadas más próximas a las
putrefactas aguas. Dejamos a Scar en un establo y pagamos por el baño que
amerito.
Mi nuevo vestido es sencillo, ha de costar lo que valía el hilo del que
destruí con el contenido de mi estómago. Y mi cubrebocas nuevo es una
especie de máscara con un par de respiraderos cubiertos de micro malla. Al
final, el incidente habrá valido para darme una precaución extra.
Cuando regresamos al mar, pude observar mejor su vastedad de aguas
turbias y enfermas. Ya estaba preparada para ese espeso color
sanguinolento, por lo que las olas son lo primero en maravillarme. Son
como lenguas de lava, que una vez rompen contra la superficie generan
profundos hoyos que acaban arremolinándose hacia las profundidades
oscuras.
El agua burbujea, y cada vez que una de estas burbujas se revienta hay una
especie de siseo que emite pequeñas cantidades de un vapor borgoña. Y aun
así, aunque el mar parece hecho de la indigestión de un sirio, hay
verdaderos barcos capeando sus mareas con una maestría voraz.
—Lord Elius, no entiendo el motivo que nos trae hasta aquí.
—Esta es la costa de Medusa. Este lugar, junto a Polaris, son los puntos
estratégicos de mayor importancia política, bélica y mercante. Traerla aquí
debió suceder en presencia de su embajador, pero imagino que tiene muchas
cosas que preguntar, y yo mismo tengo muchas cosas que decirle, que dudo
queramos hablar en público. Me ofrecí a ser parte de su adoctrinamiento
sobre nuestra geografía. Una clase práctica, pues entiendo que eso de estar
encerrada en una torre esperando ordenes no se le da muy bien.
—Elius, gracias... —digo con mi voz amortiguada por el cubrebocas.
—No me agradezca, espere a sobrevivir el viaje de regreso.
Me rio, pero se que esto es de todo menos un chiste.
—Vamos al puerto.
Caminamos hacia un muelle. Cada pieza de madera parece conocer los
pasos de Elius, mientras que para mi todo es incierto y un motivo para
temer. Sobre este hay agolpados varios puestos de aperitivos para los
costeños y marineros, además de algunos anaqueles artesanales donde
comerciantes ambulantes ofrecen distintos detalles turísticos.
No imaginaba el ajetreo que podríamos hallar en los confines de un mar que
parece muerto, pero de hecho hay varios puestos para cada barco que está
próximo a zarpar, y cerca de cada uno hay una persona encargada de
negociar los pasajes de cada posible viajero.
—Lord Elius, ¿lo que estoy viendo realmente significa que hay quienes
pagan por viajar en estas aguas? —pregunto.
—No todos pueden volar en gripher, alteza. De algún modo deben moverse
entre las islas, ¿o no?
—Pero... ¿No se los tragan las olas y sus remolinos? ¿El agua no derrite los
barcos o algo así?
Elius sonríe, o al menos eso me indica la inflexión en sus mejillas. Pero no
contesta, me presenta a uno de los comerciantes a nuestra disposición, y
dialogan sobre reservar el "servicio completo y exclusivo".
Luego de eso nos conducen a lo largo del muelle, justo por el borde donde
solo un barandal nos separa de las infestas aguas. Nos topamos con varios
bancos, habitados por pasajeros y turistas; da la impresión de que nos
encontramos en una especie de plaza comunitaria. Nos detenemos en un
tramo cercado con cadenas que resguarda una única mesa junto al mar.
Una vez estamos sentados, Elius decide que ahora sí le provoca
responderme.
—Por ello algunos pasajes son mas costosos que otros —explica—. No se
trata de comodidad, sino de la experiencia de la tripulación. El reino ha
tenido que llegar a una tregua de "no molestar" con la piratería. Los piratas
son odiosos, algunos son un verdadero peligro, pero no hay quien conozca
estas aguas como ellos, y debemos garantizar al pueblo un transporte
seguro.
—Tomo nota —contesto.
—Y —agrega mientras se nos acerca un nuevo hombre, uniformado de
igual manera que el anterior— la podredumbre no corroe el metal, por ella
los barcos tienen un núcleo de plata, cobre y hasta oro que ayuda a
mantener la madera.
Mira al hombre que acaba de llegar y le dice:
—Para la princesa Cygnus una bandeja surtida y un cóctel frío sin licores
añadidos.
—¿Y para usted, mi lord mano?
—Lo de siempre.
Unos instantes más tarde me traen lo que parece ser una ruleta de alimentos,
o una pintura abstracta. Veo cáscaras azucaradas, una sección de pequeñas
cosas brillantes y coloridas, y en otra hay varios tipos de sándwich en
miniatura con varias salsas para remojar.
Miro a Elius mientras me quito el cubrebocas para saber si es seguro, y al
no encontrar resistencia pruebo cada uno, pasando de salado a picante, de
dulce y seco a húmedo y relleno. No tengo idea de lo que estoy comiendo,
pero disfruto algunas de las propuestas tanto como para querer llevarme
grandes cantidades a la torre.
—¿Qué acabo de comer? —pregunto usando con los modales
correspondientes la servilleta.
—Son los bocadillos típicos de puerto Medusa. Notarás que son distintos a
lo que comen en el castillo, y tal vez todavía más distinto de lo que se come
en la costa de su reino.
—Mi reino no tiene costa, Elius, Deneb ya no forma parte del territorio de
Áragog.
—Pero conoció la costa de Áragog.
—No, pero escuché suficiente de ella.
—¿Y qué comen?
—Pescados y mariscos, evidentemente.
—Insensible.
—Ya empezamos —mis ojos se blanquean mientras me dispongo a volver a
ponerme el cubrebocas.
—¿Cómo puedes decir "evidentemente"? ¿No ves que estas personas no
han probado un pescado en su vida?
—No es una culpa que yo acarree, ¿o sí?
—Será una reina modelo, alteza, no lo dude.
—Déjate de ironías y dime lo que pretendes decirme. ¿Por qué no han
probado un pescado si viven junto al mar?
—¿Usted se comería cualquier cosa que saquen de ahí?
Me fijo en el agua, en el calor que desprenden las burbujas al reventarse, en
como permanece en un estado de aparente ebullición, y en su evidente e
innatural color. No me imagino nada sobreviviendo a sus profundidades. Al
menos, nada que yo me quiera comer.
—Pero... —Empiezo a parpadear, mi cerebro dando mil trillones de vueltas
porque cada mínima pregunta me lleva a otra todavía más enrevesada—.
Estas personas... —Miro a mi alrededor—. Esto se ve tan vivo, aunque el
agua es un peligro evidente. ¿Qué hacen aquí tantos barcos, tantos
comerciantes, tantos pasajeros, si no hay pesca? Usamos cubrebocas porque
hay una enfermedad en el aire, pero estamos comiendo aquí al igual que
otras cien personas. ¿Qué es este condenado mar, Elius? ¿Dónde está el
agua de Jezrel?
Elius se inclina hacia mí con aire confidencial, y baja su voz tanto como es
posible y prudente para que yo le escuche.
—¿Es más vulnerable el ciego, o el analfabeta?
—¿Este es otro de sus chistes de griphers?
—Eres la analfabeta en Jezrel, Freya. Isidora tiene más años y más
conocimiento, y en comparación, eres el equivalente a un bebe. Hará
contigo, y de ti, lo que se le antoje.
—¿Me dices que debo cuidarme de la reina madre?
—No. Isidora es tan mala como de beneficiosa sea su oportunidad para
hacer daño. Pero si se lo pones tan fácil... —Elius alza una ceja, como si el
simple gesto explicara todo—. La corte entera te devorará si no aprendes
rápido, y perdona que te lo diga, princesa, pero no conoces ni lo básico. No
sé por qué estás aquí, no entiendo en que pensabas cuando decidiste casarte
con Israem, pero personas más nobles han desaparecido del reino por
menos. Y tú eres un blanco enorme y jugoso. ¡Eres la Corona, el vientre que
traerá al heredero! No quiero ni pensar en lo que podrían hacerte.
Yo también me inclino hacia él.
—¡¿Quiénes?!
—¿Crees que quiero mi cuello decorando las montañas de Polaris? No
cometeré tales imprudencias. Pero te advierto, y te ayudo, porque sé que
Israem se siente de alguna forma afín a ti. Y yo no soy el más apasionado a
esta corte, pero sirvo al rey antes que a mí mismo.
—¿Que el rey se siente afín a mí? —No puedo evitar reír, aunque logro
prever que esa risa se extienda—. ¿Qué te hizo darte cuenta? ¿El que me
encerrara a pudrirme en los calabozos, o que me dejara sola en nuestro baile
de compromiso?
—¿No lo entiendes? Israem te habló.
—Como cada persona a la que me he dirigido a lo largo de mi vida, y
apuesto a que la mitad de ellas me toleraban apenas, o menos.
—No. NO. —Elius empieza a gesticular con sus manos, enfatiza cada
palabra de forma en que empiezo a temer conspiraciones incluso en este
momento, a nuestra espalda. Se muestra desesperado por hacerme entender
—. Israem no es como cualquiera. Basta de compararlo, porque de ese
modo nunca lo vas a entender. El... asunto de su habla, es tan delicado como
personal. Israem fue diagnosticado con mutismo selectivo mucho antes de
que nacieras. No es una condición innata, es el resultado de un trauma que
no me compete a mí revelar. No habla salvo que sea empujado a ello, y
normalmente ni siquiera entonces, pues lo más probable es que explote al
verse acorralado o presionado. En serio, no me compete hablar de este
tema, y odiaría que él descubra lo que estoy diciendo, pero debes entender,
Freya. Él solo se comunica con su madre, y con la persona que atiende a
Scar. Tiene noventa años, y en todo ese tiempo decide que a la única otra
persona a la que quiere dedicarle su voz, voluntariamente, es a ti.
—¿Por... por qué a mí?
—Créeme, no me lo explico. No entiendo qué puede ver en ti.
—Ah, gracias. Como no tengo colmillos de medio metro, garras e instintos
asesinos, no soy suficiente para ti.
Él no le encuentra el chiste a mis palabras, así que las ignora.
—El punto es que ahora tienes más acceso al rey del que se previó al pactar
esta alianza. Y a Isidora no le gusta sentir que alguien puede controlar a su
hijo. Salvo ella misma, evidentemente.
—Pues, lo de controlar lo veo bastante difícil. Pero entiendo la ventaja de
que me hable —La expresión de Elius se horroriza con mis palabras—... Y
el honor, por supuesto.
—Como Isidora te escuche hablando así...
—No lo hará.
—Yo soy la mano del rey.
—Tú me agradas.
—¿Qué? Pero si tú a mí no.
—Resiste todo lo que quieras, mis encantos son ineludibles.
—¿Nunca te callas? Es una pregunta genuina.
—¿Eres tú el que le escribe el guion a Israem? Porque me ha dicho tres
oraciones, y entre ellas estaba esa misma pregunta.
—Ya que no pretendes callarte hoy, tendré que hablar por encima de ti. Te
traje aquí para que conozcas el mar escarlata, también conocido como el
mar de podredumbre. Sus hermosas aguas son parte de nuestro ecosistema
hace tanto, que la fauna ha aprendido a sobrevivir y evolucionar más allá de
la acumulación de toxinas. Por desgracia, la hermosura de estas aguas no
las priva de ser igualmente nocivas. Como puedes observar, el agua emite
unos gases que no son comunes en los mares de agua dulce, y con la llegada
de estas aguas, empezó una enfermedad que hoy conocemos como la azir.
—¿Cómo sé si estoy contagiada? ¿Cuáles son los síntomas?
—No seas dramática, si estuvieras contagiada, lo sabría todo el mundo. Los
gases de la podredumbre transportan el huevo del parásito a los pulmones, y
sus efectos son tan terribles que no seré yo quien te los describa. Pero
llegaste en una buena era. Hemos hecho avances, la organización de salud
antipandemia ha encontrado una vacuna preventiva con cien por ciento de
efectividad siempre que se suministre en los intervalos correspondientes.
Además, en cada centro de salud se puede pedir el suministro mensual de
vitaminas que preparan las defensas necesarias para combatir y sobrevivir a
la azir en el caso extremo de contagio. Adicional, la corte usa cubrebocas,
pero, siempre que se cumpla con las medidas anteriores, son innecesarios.
—Entonces no ha de haber contagios recientes, ¿no?
Me mira como si fuera estúpida.
—Freya, hay inmunes a la vacuna tanto como hay inmunes a la azir. Pero
no te alarmes. La azir no siempre es mortal, hay varios tipos de contagio.
De todos modos... —Señala las enormes montañas que se pierden más allá
de las nubes—. ¿Ves eso?
—Quedamos en que era analfabeta, no ciega.
Su mirada es un regaño plausible, pero eso no evita que me provoque reír.
—Del otro lado de las montañas está Polaris. Es un territorio exclusivo para
inmunes... y contagiados.
—¿Conviven juntos ahí?
—Y no pueden mezclarse, salvo sus altos mandos, que obviamente deben
ser inmunes.
—¿Como si fuera una cárcel?
—No sientas lástima por los imbéciles.
—Elius... —No me esperaba de el que se expresara de forma tan
despectiva. Y es que su cara no esconde chiste alguno. Su aversión es
honesta.
—Me preguntaste por el agua del reino, ¿lo recuerdas? Bien, pues está allá.
En Polaris. Solo Polaris tiene agua dulce gracias a las cascadas de las
Pléyades.
»Las inteligentes personas que conformaban la monarquía de Jezrel en eras
de la Pandemia, monopolizaron la cura, la vacuna y las vitaminas, y
encerraron infestados e inmunes juntos en Polaris sin pensar en las
consecuencias. Gracias a ese destierro, vivimos una guerra fría con Polaris
que sigue vigente.
—No entiendo por qué se extendió tanto esa guerra.
—Te hablé de las toxinas del mar de podredumbre. Bien, pues no solo
acabaron con la vida marina como se conocía hasta entonces, sino que se
acumularon en los tejidos de los animales terrestres, afectando su salud y
propagándose a través de la cadena alimentaria. Ya no podemos comer de
cualquier caza, solo algunos bosques, como el bosque congelado, nos
proveen de carne sana. Y en áreas como esta costa, tan alejadas del bosque,
la población debe vivir de pura ingesta herbívora o pagar las tazas de
importación.
»Y ahí llega el punto de esta guerra fría. Polaris en la era de la Pandemia era
pobre e inhóspita, lo más rural del territorio de Jezrel. Pero al encerrarlos
ahí, perdimos el acceso libre a sus riquezas naturales. Los desterrados
tenían una ventaja de posición bélica y por años privaron a Jezrel de agua y
carne, extorsionando a la monarquía y ganando una fortuna que ha hecho
del principado la maravilla arquitectónica que es actualmente.
—Dijiste que hay una guerra fría, o sea que el conflicto no se solucionó con
las extorsiones.
—¿Cómo sobrevive un reino sin agua, Freya? Los desgraciados saben toda
la ventaja que tienen sobre nosotros, y cada tanto nos piden una reducción
de impuesto, nos aumentan los costes de importación, nos triplican el precio
de algún marisco con excusas sobre escases, o nos piden préstamos
descabellados. Se supone que siguen siendo parte de Jezrel, pero cada
nuevo alto lord que nombran se siente más rey que el anterior. El actual, si
no temiera tanto el poder de Israem, ya nos habría pedido a la reina madre
de esclava.
—Por la santa vagina de Ara... Ese fue el hombre que intentó bailar
conmigo.
—Israem primero se corta la lengua antes de permitir que ese imbécil te
toque, como bien habrás notado.
¿Por qué eso me ha hecho sonreír? No puedo ser tan fácil.
—Oye, hablas de la era de la Pandemia como un evento importante. ¿Fue
cuando surgió el mar de podredumbre?
—No me preguntes cuándo y cómo surgió, pues nuestra historia y mitología
no se ponen de acuerdo al respecto; la ciencia apela por la evolución, la otra
por una maldición de las estrellas. Pero no estás muy lejos. La era de la
Pandemia fue el momento del caos, cuando el mar ya era totalmente rojo, y
las toxinas llevaban tanto tiempo en el aire que no había cómo evitar la
propagación. Fue la era donde Jezrel perdió su alianza con los reinos
vecinos. Cada uno de esos reinos se refugió y prohibió la entrada a los
jezrelitas, para salvarse del contagio.
Jezrel era aliado de reinos vecinos... ¿Áragog estaría entre ellos?
—Por eso estoy aquí —la frase sale de mí apenas mi mente la asimila.
Elius sonríe tanto, que sus ojos casi brillan.
—Cuando Deneb volvió a hacer contacto con nosotros, se rompió el pacto
del silencio. Su reina ni siquiera parece estar enterada del pasado de
nuestros reinos. Lo importante ahora es que tu matrimonio con Israem nos
da holgura del yugo de manipulación de Polaris. Podemos comerciar con
Deneb, y en tanto la demanda baje a los productos de Polaris, también
bajarán sus precios. Y su poder.
Un calor intenso acuchilla mi pecho. Por primera vez desde que llegué a
este reino, siento el resquicio de este confort que solo el conocimiento da.
Estos hallazgos de saber obsequiados por Elius, me dan un mínimo de
control sobre una situación que en definitiva se escapa de mi alcance.
No entiendo este reino, me estoy perdiendo de muchas maquinaciones, pero
seré su reina, y al menos ahora entiendo por qué.
Miro a mi alrededor, a las sonrisas que parecen tan ajenas a la historia
perturbadora que me ha contado Elius, a los subterfugios y falacias que
rodean desde lo que respiran hasta lo que consumen. Nací y crecí en un
reino congelado, pero Jezrel, sus colores, su niebla, bestias e incluso su mar
hambriento, me seducen lo suficiente como para quedarme en el, y
conquistarlo.
—Se ve muy vivo este lugar —le digo a Elius—. No parece un reino
moribundo.
—Porque no lo es. Somos humanos, princesa, aprendemos a monetizar
hasta en la desgracia. La supervivencia es prácticamente lo único que
tenemos en común todos. Y en este caso, el mar de podredumbre trajo
muchas carencias y desgracias, pero también trajo muchos avances médicos
y científicos. Nuestra marina ya no se especializa en la pesca, es cierto, pero
sí en la investigación. Nuestros marinos se dedican a estudiar la
podredumbre para comprender mejor sus efectos y buscar soluciones, y
utilidades. Lo mismo con las nuevas formas de vida marina. De ahí surgen
nuevas industrias, y nuevos empleos. Te lo dije: llegaste en una era
afortunada.
—Gracias a Ara, porque no me creo capaz de sobrevivir a una pandemia.
—Estoy seguro de que eso mismo pensaban quienes estuvieron en ella.
Elius se quita su cubrebocas, y al ver que no he tocado mi coctel se lo bebe.
Sin mi autorización.
Empieza a urgirme la autoridad de una reina. Por suerte, faltan apenas días
para mi boda y coronación.
—No tenemos hora de llegada, alteza —lo escucho sugerir en un tono
preocupante—, así como su coctel no tiene licor. Con los preparativos de la
boda, literalmente no he tenido descanso. ¿Le molestaría acompañarme por
un par de irresponsables cócteles? No me permitirían este respiro bajo
ninguna circunstancia, pero con la princesa como cómplice...
—Elius, tú eres quien controla a Scar.
—Scarell'Azar se controla a sí mismo.
—No bebas, por favor. No quiero que te pongas a hacer piruetas de regreso.
No quiero otra cirugía.
—Scar jamás me haría daño, en serio. Solo serán un par de cócteles, ¿qué es
lo peor que podría pasar?
Nota: doble actualización, pero no se vayan de aquí sin comentarme
hasta el último detalle.
Pd: el siguiente cap es uno de mis favoritos.
17: El anillo y la máscara
—Y entonces, la princesa me dijo que quería que el rey la pusiera en la
gripher posición, ¿entienden? ¡En la gripher posición!
Hace doce cócteles que Elius me promete que «este es el último», y aquí
seguimos. Sin cubrebocas y en medio de alcohólicos.
Tiro de su brazo antes de que siga ventilándole mi vida privada al hombre
de la barra, y lo arrastro hacia nuestra mesa.
A pesar de que se ha bebido hasta el agua del trapeador, no me permite
probar los licores. Dice que el licor de Jezrel es demasiado para una
princesa. Supongo que, en ese caso, ya no tendrá argumentos para
impedirme beber cuando sea reina.
Aunque tengo rato preocupada por nuestro vuelo de regreso y pidiendo a
Elius que por favor pare de embriagarse, la verdad es que ya pretendo
desistir de esa lucha. A estas alturas, entiendo que este es un regalo de Ara.
No todos los días se tiene a la mano del rey ebria solo para ti, ¿o sí?
—Elius, querido...
—No me quieras mucho, que me matan.
—Joder, Elius, pero a ti te matan por cualquier estupidez, ¿no?
El mesero llega con mi agua gaseosa, y el nuevo coctel de Elius, que recibo
yo para dosificarlo.
—No me han matado —contesta Elius extendiendo la mano hacia la copa,
que aparto de él.
—Entonces dudo que lo hagan pronto, así que deja la paranoia. Por cierto,
¿cuántos siglos me habías dicho que tienes?
—¿Tan viejo me veo? —dice carcajeándose—. Tengo veinticinco, malvada.
—¿Veinticinco siglos?
Él me mira con sus ojos entornados.
—No es gracioso —refunfuña muy lúcido para mi gusto—. Tengo
veinticinco ciclos lunares.
Y yo no leo historias turbias y eróticas, por supuesto.
—¿Te hicieron mano con veinticinco años? —cuestiono sin ocultar mi
incredulidad.
—Tú vas a ser reina con veinte, ¿cuál es el punto?
—Yo tengo una matriz, parece que ese es el único requisito.
—Pero te apuesto a que no eres la veterinaria del gripher del rey, y ese es el
requisito para mi puesto.
Supongo que eso tendrá su lógica, así que acepto la respuesta y le entrego a
Elius su coctel.
Lo observo bebérselo como si se tratara de agua.
—Una sobredosis de esa cosa no te matará, ¿o sí?
—Depende de lo que haga durante esa sobredosis.
—Oh.
Supongo que ahora mi trabajo se reduce a evitar que Elius haga algo de lo
que pueda arrepentirse, o por lo que puedan ejecutarlo.
—Oye, y ya que hablamos de matar... —aprovecho—. ¿Cuándo empezó a
asesinar el enmascarado?
—Apareció por primera vez... —Me responde mientras intenta alcanzar un
dulce gomoso al fondo del coctel. En serio no esperé que funcionara esta
pregunta—. La primera pluma roja apareció en la coronación de Israem,
poco después del funeral de su padre. Nadie entendió al momento. No hasta
que las muertes comenzaron, todas con una pluma roja como firma.
—¿Las muertes tenían algo en común?
—Que molestaban indirectamente al rey, sin hacerle daño. Por eso se dice
que Israem es su primera víctima, pero sigue vivo, así que... También es su
primer sobreviviente, ¿o no? Pero también se especula que...
Me inclino más cerca de él.
—¿Qué?
—Cosas que no te incumben.
—¡Elius!
—¿Crees que puedes embriagarme y violentar mi cerebro? Eres una
pervertida.
—No seas dramático, no te he preguntado tu posición favorita, solo una que
otra estupidez. Tú eres el que anda hablando con los meseros de la futura
reina en la gripher posición. ¿Eso te parece apropiado?
—¿Me pides otro coctel?
Suspiro con resignación y hago lo que me pide. Espero no llegar a la corte y
que resulte que este imbécil es alcohólico, y que me exhorten por haber
alimentado su adicción.
Le entrego la nueva copa, y entonces me fijo en mi anillo. Yo, y él, que lo
mira con tal tristeza que me provoca abofetearlo hasta marcárselo en la
cara.
—¿De dónde sacó el anillo, Elius? —le pregunto en un susurro suplicante.
Él parece creer que es divertido, porque cuando decide contestar, lo hace
sonriendo.
—Es el anillo de su esposa.
—Sí, lo sé, pero, ¿a quién le pertenecía antes de mí?
—¿Antes de ti? No, yo me refiero a su otra esposa.
Mi corazón se hunde, lo siento derretirse y gotear su sangre a mis pies.
—¿Otra qué?
—¿Me llevas al baño? Creo que estoy a punto de empezar con la "arcada
posición".
Esto es demasiado para mí, pero no puedo seguir presionándolo.
No sé a qué sirios se refiere Elius cuando habla de «otra esposa», pero por
la sangre de mis padres que voy a descubrirlo. Cuando se pactó esta maldita
alianza nadie me dijo que Israem era divorciado. O, peor... que es bígamo.
Me disculpo por mi vocabulario alterado y desmedido, pero teniendo en
cuenta las ganas que tengo de destrozar la taberna, supongo que estoy
siendo civilizada.
—Princesa... —insiste Elius con una arcada.
Camino con él entre el hedor a cerveza y sudor hasta dejar a Elius frente al
baño de caballeros. Recomienda, por mi bien, que me aleje de la puerta, así
que me inmerso en la oscuridad del pasillo hasta llegar a la pared
condenada del final.
A esta altura, el fuego blanco de las antorchas no alcanza más que a arañar
la oscuridad, intensificando sus sombras.
No hay nadie en cuanto llego, de ello estoy segura, pero mientras espero, un
nerviosismo empieza a escalarme por los vellos de las piernas. No veo salir
a Elius, y el tiempo parece estirarse y retorcerse hasta que deja de tener
sentido.
Un nuevo aroma me asalta. Es intenso, vibrante y persistente; la clase de
perfume que dejaría su estela hasta el reino cósmico. Pero no desiste ahí,
porque la piel que lo porta ha dejado su huella, algo profundo y
embriagador, las características de un fuego que no produce humo.
Mi piel reacciona al estímulo desconocido como un lienzo virgen. Siento un
cosquilleo, como si cada poro se abriera para recibir el calor de la presencia
que me acecha.
Hay alguien detrás de mí. No es lógico, y no lo he visto; pero estoy
convencida de ello.
La intriga me envuelve, y aunque no veo su rostro, mi imaginación pinta
mil retratos, cada uno más intrigante que el anterior.
Intento destejer su aroma para hallar una pista de su identidad, pero nada
sigue una lógica. Su perfume es una huella dactilar. ¿Para qué necesita un
detractor de las leyes ser percibido y reconocido?
Un sentimiento aflora en burbujas dentro de mí, un veneno que estalla y
consume mi miedo hasta que lo transforma en toxinas que vagan salvajes
por mi sangre.
Sé que se trata de él.
No entiendo por qué se empeña en tomarme como su víctima y juguete,
pero este no es el mejor momento para que me moleste ni él, ni Canis.
—¿No saluda, mi lord? —preguntan mis labios tensando cada palabra.
—Ni lord, ni suyo. Por el momento.
Reconozco la voz del enmascarado, todo mi cuerpo lo hace. Tenso mi
mandíbula y corrijo mi pose a la versión más recta y distante. No quiero
demostrar que le temo, no pienso ni mencionar el susto tan avasallador que
me provocó su truco con el candelabro en mi torre.
Él parece haberse desplazado en las sombras hasta quedar pegado a mí,
porque respetar mi espacio no suena concebible dada su naturaleza
intrusiva.
No le veo, pero lo siento. Su respiración es un castigo contra mi nuca,
amenaza tanto como si la reemplazara por un cuchillo al rojo vivo.
—Lárguese, hoy no me halla desprotegida.
—No hay protección que libre de mi alcance ninguna criatura —murmura,
y su tono es tan terrible como la sombra de su tamaño cernida sobre mí—.
He puesto reyes de rodillas; y no es que pretenda abrumarte, pero solo
imagina cómo podría poner a una mariposa... si me interesara en ello.
—Si no está interesado en verme postrada ante su grandilocuencia, ¿qué
quiere de mí? ¿Qué pretende conseguir acechándome?
—No... —Uno de sus dedos hace amago de rozar tras de mi oreja, y el
resplandor de su cercanía me hace voltear para huirle. Desiste, por suerte,
pero su mano no se aleja demasiado. La siento asediar mi cintura—. Hoy es
mi día libre, y eres tú quien invade mi territorio, mariposa.
—Todo lo que pisa pertenece a la Corona de los cuervos, corona que
ostentaré por derecho de matrimonio. No será usted quien delimite mi
territorio, ni quien se apropie de él. Váyase si le incomodo.
Su risa tétrica se vierte por mi piel como si me inyectara ácido. Aborrezco
sentirme burlada, tanto como me intriga realmente escuchar esa carcajada
perturbadora que parece solo existir en este rincón del universo. No es lo
que esperas que haga un asesino serial.
Mi piel reacciona, erizándose con cada exhalación, cada partícula de aire
que él expulsa se convierte en un latigazo que no quiero, pero que mi
cuerpo reconoce.
—Ya que me tomas fuera de servicio, permíteme una pregunta incordial...
Sus manos alejan mi cabello de su camino, y sus labios rozan la zona del
collar. Juro por Ara que mis impulsos se debaten en contradicciones
nauseabundas. Mi mente quiere sangre, mi cuerpo desobedecerme.
—¿Qué hará Israem cuando me huela en tu cuello? —pregunta con cínica
diversión—. ¿Le permitirás que disfrute de tus bofetadas? ¿O ese honor es
solo para mí?
—Sus delirios me conmueven —escupo apretando mis puños—, pero toda
acción ha de pagar su precio ante el juicio de Ara. Yo no le he hecho nada,
solo cumplo con mi condenado deber, así que dígame, ¿qué sirios es lo que
quiere de mí?
Aprieto mis piernas entre sí con disimulo para confirmar que llevo la daga
atada a ellas. Elius está tardando demasiado, así que debo pensar en un plan
secundario.
—¿No lo dije ya? Quiero que tiembles al oír mi nombre, Freya. Quiero más
que miedo, quiero ser tu fobia.
—Va por excelente camino.
—¿Sí?
La tensión de mi piel estalla cuando su calor entra en contacto, pues ha
pegado su nariz a mi cuello. Y es un impacto tan crítico, que mi garganta
falla y el nudo que la ha atenazado todo este período explota en un gemido
que el desconocido calla con el cuero de su guante. Teniéndome así, asida
por su brazo y sometida, aspira todo mi olor con si se embriagara con este.
Me retuerzo, apenas conteniéndome de patear, morder y maldecir.
Cuando me suelta la boca, hincho mi pecho en desesperadas inhalaciones
mientras él me sostiene los hombros para que no me aleje.
—Respiras como alguien que teme, pero no hueles a miedo —declara, su
voz como un acertijo—. ¿Debo creer que mi futura reina es una mentirosa?
—¿Y la ira, señor? ¿No ha considerado que es ella la que me agita?
Otra vez esa risa tan macabra y tan molesta.
—¿Por qué suena como si te justificaras? Yo no soy quien prejuzga y
condena, deja tus confesiones para las plegarias.
Es justo esa frase la que hace que quiera enterrarle la daga en mi pierna.
—Tiemblas —dice deslizando sus manos desde mis hombros hasta mis
dedos, donde todavía está la venda que me puso Israem—. Pero no de la
manera que quiero.
—Esto es por Israem, ¿no es cierto? Quiere dañarlo molestándome.
—¡¿Molestándote?! —inquiere con una indignación irónica—. Haces de mi
ego trizas. Tengo una reputación, no voy por la vida «molestando» a nadie.
—Y usted hace trizas mi paciencia, así que dígame, ya que es su día no
laboral... ¿Cuál es su identidad?
Su mano bajo mi mentón desliza mi rostro hasta que casi roza el suyo. Y en
cuanto sus ojos dorados tras la máscara tocan el gris de los míos, hay un
golpe en mi estómago. Me da nauseas el revoltijo de emociones, porque sé
que algo cósmico ha de estar interfiriendo, un poder sombrío de este ser
perverso, que hace que sienta descargas eléctricas aunque sus manos estén
cubiertas. Me está manipulando, dejándome como una débil desventajada.
—Tenga cuidado, o algún día voy a cortarle la mano con la que hoy me toca
—le digo.
Él la alza, como en señal de paz, y da un paso detrás de mí, donde todavía
no puedo verlo.
Y cuando regresa, siento una delicadeza discordante cuando pone algo
sobre mis ojos.
Su máscara.
—¿Quién eres? —pregunto en un hilo de voz.
—Buscas tus respuestas en las preguntas equivocadas. —Sus manos otra
vez se posan sobre mis hombros, pero esta vez ya no es amenazante—. La
persona detrás de ti no existe, no importa. El enmascarado es quien lleva la
máscara, quien lleve sus ideales. En este momento, eres tú.
—Mi código de honor no comparte sus sucios ideales.
—No reniegues de una fe que te es ajena.
—Ni usted imponga la suya a quien la desconoce.
—Solo expongo mi punto. ¿Quieres ver la cara detrás de la máscara?
Vamos, voltea. No hará diferencia alguna.
Mi cuerpo se tensa. Quiero hacerlo, quiero conocer su rostro. Pero temo.
Debe haber una trampa.
—Conoce el rostro de tu pesadilla. Vamos, Freya. Voltea.
Esta vez, soy yo quien ríe y bufa.
—Mis pesadillas se ríen de sus intentos por superarlas, no sea engreído.
—¿Freya?
No.
Por Ara, no en este momento.
Esa voz es del maldito inoportuno de Elius.
—¿Freya, con quién hablas? —insiste Elius frente a mí.
Volteo de sopetón, pero, como temía, detrás de mí no hay más que sombras.
Pero no lo imaginé. Llevo las manos a mi rostro, y confirmo que sigo
usando su máscara.
Nota: No diré una palabra para no spoilear, pero ustedes díganme
TODO. Y para seguir con la tradición, cuando lleguemos a 500
comentarios subiré el nuevo capítulo. Ya la cosa está agarrando candela
a partir de aquí
¿Qué piensan de lo que dijo Elius del anillo?
¿Qué opinan del enmascarado?
¿Y de cómo actuó Freya en este capítulo?
¿Tienen alguna teoría?
18: El beso maldito
Elius mira la máscara.
—¿Era él? —pregunta.
—¿Y yo soy la analfabeta?
El se muestra consternado, se tambalea al buscar en derredor hasta que, de
un traspiés, cae sentado y tengo que aproximarme para ayudarlo a
levantarse.
—¿Por qué estás ilesa? —balbucea parpadeando. La ebriedad le ha sentado
mal, su aliento es una clara confirmación e vómito, y por desgracia no es
esa a la única porquería que huele—. ¿Qué sirios quería?
—Elius, me preocupa lo mucho que tardaste. Dime por favor si te
encuentras bien o debo llamar a alguien.
—¿Yo te preocupo? Esto no es un chiste, Freya. Estabas con el asesino más
temido y más buscado, y no tienes ni un rasguño...
—Estoy bien, Elius.
—Y eso es lo que me preocupa —dice cuando al fin se pone de pie.
Nuestras miradas son tensas, la suya es casi una acusación, la mía una
tempestad de pensamientos. Empiezo a creer que estoy ilesa por un motivo
más profundo que el asesino teniendo un día libre.
—Elius.
—Dime.
—El enmascarado no me ha hecho ningún daño, es verdad. Pero empiezo a
creer que que sí quiere dañarme. Tengo una corazonada, y necesito que seas
totalmente honesto conmigo. ¿Podrías?
—Dime tu corazonada.
—Si el enmascarado sabe que Israem me ha escogido, también ha de creer
que siente algo por mí. Si realmente Israem fue su primera víctima y parece
tan dedicado a dañarlo sin concederle la muerte, tal vez una nueva forma de
afectarlo sería hacerle desconfiar de su propia reina y... Si Israem huele al
enmascarado nuevamente en mi piel, si me descubre su máscara... ¿Podría
matarme? Si pierde los estribos, y sé honesto, Elius, ¿él podría matarme?
—No...
—Dijimos honestidad.
—No a sangre fría.
—Pero si la ira lo ciega, si pierde el control...
—Lo mejor es que no regreses hoy al castillo.
En eso estamos de acuerdo.
Hoy empieza el día más insólito de mi vida. Nada más improbable que yo,
que fui vendida por mi propio padre, destinándome a concebir vendidas al
casarme con un hombre sin título, y que en un imprevisto del destino
terminé por entregarme a la guardia como caballero, estoy por decirle "sí"
al rey de Jezrel.
Hoy me convierto en reina consorte de Jezrel.
Respiro hondo, la neblina de Jezrel llena mis pulmones, y con ella, la
promesa de un nuevo e incierto destino. La fragancia de las rosas se mezcla
con el olor a tierra mojada, un aroma que se ha convertido en mi perfume
para el día, dadas las horas que llevo en espera.
Mis pensamientos vuelven a la máscara del asesino. No quise deshacerme
de ella, no hasta entender por qué la tengo. He tenido que iniciar un
depósito privado en el banco de Jezrel para ocultarla, temerosa de que al
llevarla al castillo, el rey sienta su olor.
Me pregunto si no fui demasiado paranoica al respecto, pero prefiero
cuestionarme eso a sufrir las consecuencias de la ira de Israem.
Israem. Mi esposo, a partir de este día.
Los jardines del templo están en silencio, salvo por el susurro de las
mariposas que revolotean a mi alrededor, dispersas y alborotadas como si
murmuraran sobre mi boda. Sus alas de colores vibrantes rozan mi piel,
dejando un rastro de escalofríos que presagian el cambio.
Me levanto cuando Israem aparece, su figura absorbiendo los colores de la
aurora boreal que corona el cielo. Su presencia atrae un ave oscura, que
grazna y forma espirales a su alrededor, hasta descansar en su hombro. Un
cuervo, como su apellido, que lo hace destacar como una gota de sangre en
medio de un campo nevado.
—Mi señor —saludo con una reverencia, evitando apartar mi mirada de la
suya. Aunque el cubrebocas es una sombra sobre su rostro, puedo jurar que
su expresión es la más serena que le he visto, el estado de quietud previo a
una sonrisa.
Cuando me citó en los jardines, esperaba que su humor estuviera al borde
de un rugido dado que pasé la noche fuera del castillo. Pero no es así, y, por
lo que entiendo, se debe en gran parte a que Israem estuvo de caza y no
echó en falta mi presencia.
—Majestad, ¿necesita algo? ¿Algo en lo que yo pueda ayudarle? —insisto,
pues se ha quedado mirándome con las manos detrás de su espalda y no
intercede ni un parpadeo en ese intervalo de silencio.
El rey sacude su cabeza, una señal de que sus pensamientos no estaban muy
cerca de aquí. Quisiera saber qué lo mantuvo tan distraído.
—Yo... —Titubea, lanzando su vista al inicio del laberinto que se extiende
hasta fundirse con las luciérnagas del cielo—. Hoy es nuestra boda.
—Lo es, majestad.
Lo sigo mirando, él esquivándome a toda costa. No quiero presionarlo, así
que volteo también para darle su espacio, centrando mi atención en la nube
de mariposas que lo miran a la distancia, curiosas y coquetas.
Y aunque me mantengo en este silencio en consideración, me pregunto por
qué estamos aquí, para qué me ha citado si no tiene claro lo que ha de
decirme.
—Acompáñame.
Su orden es emitida al instante en que sus pasos se dirigen al interior del
laberinto.
Es tan inmenso solo a la vista externa, que mi miedo a perderme solo es
acallado por la fe en los noventa años que lleva conociendo Israem a su
reino.
Cuando lo sigo, las mariposas pierden interés mientras el cuervo sobre
Israem blande sus alas y se eleva sobre nosotros. Ahora lo veo mezclado
entre las luciérnagas, acompañando nuestros pasos en las alturas.
Pienso también en qué querría decirle yo al rey para mejorar este diálogo
infructífero. Pero mis pensamientos vagan entre una máscara maldita y un
anillo difamado, y no hay nada que pueda decir al respecto que no
desencadene una batalla, al menos de palabras.
Eso me recuerda que debo ver a la reina madre.
—¿Le gustan los jardines, mi señor?
Su gruñido es tan despectivo como para que no necesite otra respuesta.
Ahí mueren mis ideas para construir una conversación, así que tendré que
acostumbrarme a su silencio.
En una de las intersecciones del laberinto, el rey se detiene y me señala para
que me adelante. Pero hay tres posibles caminos, por lo que temo tomar el
equivocado.
Sin embargo, acepto el honor que me concede al ceder la elección, y confío
en que, sea cual sea el enredo en que pueda envolvernos, él sabrá
resolverlo.
Seguimos el pasillo del centro, y recorremos las inmensas paredes verdes
hasta llegar a un descansillo circular con otras tres opciones de salida. El
sitio en cuestión emana una paz en su lejanía, la privacidad que nos
confiere, y el silencio solo roto por el líquido rojo que fluye de la fuente con
forma de grifo.
—Es hermoso —comento.
Israem me mira apenas oye mis palabras, y literalmente no hace más que
eso, por lo que termino por encogerme en el calor de mis mejillas.
—¿A ti te gustan los jardines? —inquiere.
—No mucho, majestad, porque crecí visitando demasiados. No aprendí a
valorarlos. Pero estos... —Sonrío sin pretensiones—. Los de su reino son
hermosos.
Él señala un banquillo tapizado de verde, y una vez me he sentado, él me
acompaña, aunque sentándose en el mismísimo borde de la esquina.
Supongo que este representa una distancia segura para él, y empiezo a sentir
que somos dos seres destinados a gobernar juntos pero con un abismo entre
nosotros.
—Freya.
Ese es mi nombre, evidentemente, ¿entonces por qué me ha golpeado tan
fuerte en el pecho?
—¿Sí, majestad?
—Tu nombre... ¿Es ese el que quieres que use? Seré... tu esposo, debo saber
cómo llamarte.
Le diría que me llame como quiera, pero dadas sus extrañas acciones hasta
ahora, lo veo capaz de llamarme por el nombre de "la otra esposa".
—Si gusta de llamarme Freya, puede hacerlo. No me molesta.
Asiente, taciturno como acostumbre, y de pronto un par de mariposas
rezagadas empiezan a colarse desde el cielo hasta el laberinto.
—¿Y usted? ¿Cómo quiere que lo llame?
—El protocolo estipula que debes referirte a mí como "majestad", "mi
señor", o "su gracia".
Asiento. Era precisamente lo que tenía asumido desde antes de llegar, pero
no voy a engañar a mis propias emociones: el hecho de que él sacara el
tema avivó en mí una especie de esperanza pueril, en un instante empezaba
a cobrarle afecto a la idea de llamarlo por su nombre. Es lo que tienen las
ilusiones: dan cabida a la decepción.
—Entonces, majestad, le agradezco que me haya ofrecido este momento en
los jardines antes de la boda. Alivia un poco las tensiones previas
correspondientes.
—Lo que dices es relevante, porque quiero hacerte una pregunta.
"Y yo a usted quiero hacerle miles."
—Dígame, su gracia.
—¿Quieres casarte conmigo?
Esa es la última pregunta que me esperaba, pues no tiene nada de sentido,
en lo absoluto.
Volteo a verlo con mis ojos entornados.
—Majestad... Por supuesto, nuestros reinos han...
—Sé la parte que le corresponde a cada reino en este compromiso. Quiero
saber si tú, Freya Cygnus, quieres hacerlo. —Sus ojos me escudriñan, y por
un instante creo que dejo de respirar—. Si fuera al contrario, si hubieses
estado tú sentada en aquella reunión, viéndome por primera vez y
decidiendo si quieres o no casarte conmigo... ¿Habrías dicho que sí a este
compromiso?
Hay algo en su mirada, una súplica silenciosa, una conexión que trasciende
el silencio y sus estatutos. Este hombre es una complejidad que ha
sobrevivido a un mundo muy plano, y en este momento, cada uno de
nosotros arde en secretos como dos estrellas en el firmamento que nunca
llegan a cruzarse.
—Sí.
Es lo que respondo, porque es la verdad fácil. Es sencillo porque él hizo la
pregunta equivocada. En el momento en que lo vi por primera vez, me
habría lanzado a ciegas a firmar el tratado, porque su belleza superaba toda
especulación, y porque su presencia es en exceso cautivadora.
Pero si me lo preguntaran hoy, con todo lo que ha sucedido y lo poco que sé
—en especial lo mucho que desconozco— si tuviera esa opción, no me
casaría con este hombre.
—Sin duda, majestad —reitero—, habría aceptado nada más verle.
—Como hice yo contigo.
Eso es lo más cercano a un cumplido que me ha dedicado, tan inesperado
que acabo viendo hacia el suelo y mordiéndome la esquina de los labios
para atacar mi sonrisa.
—¿Puedo saber...? —inspiro, nerviosa—. ¿Por qué me aceptó?
—Porque... —Esa pregunta lo hace batallar, y temo mucho que vuelva a
retraerse por mi invasión. Pero sí habla, y lo hace claramente molesto—.
Quisiera tener la capacidad para decirte que verte no afectó en nada a mi
decisión.
Lo miro con el ceño fruncido.
No logro comprender por qué me dice eso. Si pretendía insultarme, lo ha
hecho con clara deficiencia. Si eso era un cumplido, desconozco por qué lo
formula de ese modo.
Para relajar el ambiente, señalo el cuervo que sobrevuela el laberinto.
—Su apellido está muy bien relacionado a la imagen que proyecta,
majestad.
—¿Qué imagen proyecto, según mi esposa?
Ya no suena a la defensiva, lo cual alivia mis hombros, y me ha llamado "su
esposa" antes de tiempo, así que estoy muy tentada a sonreír. Además... sus
ojos me están mirando de una manera que no me permite ser racional.
Su mano está puesta sobre el banquillo, demasiado cerca de la mía. Su tacto
es mortal, por lo que sé, y sin embargo, quiero sentirlo.
—Proyecta el mismo enigma que provoca un cuervo al llegar —contesto—,
junto a esa misma sensación de ser absolutamente inalcanzable.
—Pero estoy aquí, y voy a ser tu esposo.
Parece que tenemos definiciones distintas sobre ser accesible. Porque con él
apenas puedo hablar, y ni siquiera tengo permitido llamarle por su nombre.
—Y yo su esposa, esta misma tarde —añado con una sonrisa.
—Tú ya eres mía.
Esos son los comentarios que me ciegan a nuestros ligeros avances. Pero
trato de pensar como me indicó Elius, aferrarme a que él es una persona
distinta e intentar comprenderlo.
Con cautela, le respondo:
—¿Quiere decir que usted será mío después de la boda?
Su ceño se frunce, su expresión se retuerce. Es como si no hubiera
concebido jamás posibilidad semejante.
—Yo soy el rey.
—Y yo su reina, ¿no fueron estas sus propias palabras?
—No es lo mismo.
—No tiene que ser lo mismo. Usted es el rey, ¿no? Usted decide lo que
tiene que ser.
—¿Y por qué decidiría que soy tuyo?
—Por el mismo motivo que le impulsó a escogerme a mí, entre todas las
mujeres de dos reinos distintos, para ser su esposa. Y si esa razón no le
parece suficiente, tal vez preferirá aquella por la que, nada más verme,
ordenó que me encerraran en su castillo y que nadie más me toque.
—No hablabas tanto entonces.
"Ni usted".
Por Ara, lo que habría dado por ser un poco más imprudente solo para
decirle eso.
—Majestad, puedo ser una buena esposa. Puedo ser la mejor esposa del
mundo. Le aseguro mi lealtad, mi comprensión y cariño cuando
corresponda. Mis deberes jamás serán desatendidos, sus proyectos serán los
míos, pero necesito una leve garantía, una esperanza si quiere verlo así, de
que su corazón está disponible para algo más que tolerarme.
Él se muestra consternado, hasta confundido, tal vez batallando entre
responder o abofetearme por la impertinencia.
Así que hago algo insólito: agarro su mano, confiando en la protección del
guante, y la pego a mi pecho. No demasiado cerca del escote, pero lo
suficiente como para decir que lo conduzco a mi corazón. Este hombre no
lleva un mes viéndome las tetas por nada, y si voy a jugar a perseguirle,
tendré que jugar sucio.
—Míreme, majestad, y así como me preguntó usted a mí, pregúntese a sí
mismo si quiere casarse conmigo, si podría ser mi esposo, y no solo de
aquello que represento.
Sus ojos danzan de mis ojos a mi boca, y de ahí a su mano, donde se detiene
por más tiempo.
Se nota acorralado, y temo; decido que voy a soltarlo en el segundo preciso
en que arranca su mano de mi agarre.
—Lo lamento —digo, temerosa de sus ojos.
—Te pedí que vinieras porque quiero evitar malos ratos en la ceremonia —
anuncia Israem, su actitud cambiando como si hablara de trámites con un
lord—. Todo debe mantenerse dentro de los lineamientos y el protocolo. Si
ha de haber un beso, debes estar preparada para verme sin el cubrebocas.
Y... creo que deberíamos... ¿Te molestaría practicar ese beso?
Por las alas de Aquía, acabo de sentir esa pregunta en partes de mi cuerpo
que no corresponden.
—Lo que haga falta, mi señor —contesto, mi voz apenas un susurro.
Asiente, y poco a poco se va deshaciendo del cubrebocas. Su rostro, antiguo
pero tan longevo como las estrellas, parece fusionar lo divino con lo
terrenal. Pero entonces se relame los labios, mirándome, y por primera vez
en mi vida me siento desesperada por dar el primer paso y arrebatar de una
boca ajena un beso. Veo asomarse unos colmillos mucho más largos y
filosos que los de ningún ser humano que conozca.
Pero no me importa si van a desgarrarme. Israem desea este beso, lo sé
porque su lenguaje corporal es casi un temblor que se inclina hacia mí. Y
ese deseo en él, en una criatura tan enigmáticamente hermosa, hace que yo
lo desee más que a nadie. Quiero sentir sus labios.
Se acerca más hacia mí, inclinándose ligeramente sobre mi cuerpo mientras
su mano vacila cerca de mi rostro. Como no parece decidirse entre tocarme
o no, yo misma lo tomo y entierro sus dedos en mi cabello. Mi corazón
intenta salir por mi boca ante la reacción que tienen sus ojos.
Usa ese anclaje en mi cabeza para acercarme más a su rostro, lento, y en el
momento en el que se detiene, un jadeo extraño sale de él.
—Hueles muy bien —murmura su voz confundiéndose con nuestros
alientos entrelazados.
Mis nervios están que estallan y me inclino más cerca de él, buscando sus
labios, pero él se aleja en simultáneo como si yo fuera una especie de
depredador que lo pone en peligro.
Entonces se levanta.
—No soy capaz de besarte. Te informo que no habrá beso en la ceremonia.
Pide que te enseñen el ritual ancestral.
—Pero, majestad...
—Es una orden, Freya. No llegues al templo hasta que te sepas el ritual.
Me quedo helada, viendo sus ojos arder en una impotencia que parece más
dirigida hacia sí mismo. Una bandada de mariposas nos ataca desde el cielo,
sus aleteos un reflejo de la violencia de mi corazón. Pero decido pensar más
allá de mis propios sentimientos, y tomarme muy literal eso de que no es
capaz de besarme. Si la alternativa es que me mate, entonces valoro el
gesto, por mucho que me frustre.
—Lo lamento, majestad —le digo.
—¿Qué?
—Solo... Lo entiendo. Yo también estaría furioso si no pudiera besarme.
Hago una reverencia y me dispongo a regresarme por el laberinto,
deshaciendo el camino que trazamos a la inversa.
~~~~
Nota de autora:
Háganme el favor de comentar así sean corazones en todos los párrafos,
porque ya tengo el siguiente capitulo, y el siguiente, y quiero que lean eso
pero YA. Pero si los subo seguidos luego se olvidan de dejarme su opinión
por aquí, y este es un capitulo muy intenso que he amado escribir y en serio
quisiera saber que opinan.
Así que, nuevamente, a los 500 comentarios hay actualización
19: Acuerdo nupcial
¿Quién eres, Israem? ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Por qué no te decides
entre salir por completo de mi cabeza y estar todo el día en ella?
Voy a casarme con él, llevo mi vestido como una armadura. Se supone que
estoy preparada para esto, pero ni siquiera puedo dejar de temblar por la
frustración que me ha dejado nuestro amago de beso.
Mis doncellas me han peinado, maquillado y vestido. Lo único que destaca
en mí es el prendedor de Lyra que une las trenzas a modo de corona en mi
cabeza. Por lo demás, he escogido la sobriedad por encima del despilfarro.
Hace unos minutos vinieron a pedirme el anillo de compromiso, y por ahora
solo espero a que Eva regrese con majestad, la reina madre, a la que tengo
una lista de preguntas qué hacerle antes del «acepto».
Ya me he aprendido el odioso ritual en un tiempo imprudente. Y no es
odioso, de hecho. Su belleza es innegable, y la sutileza que desborda es
distintiva; lo que me disgusta es que esté hecho para reemplazar mi beso
con Israem.
Cuando Eva regresa, su expresión me enerva. No por ella, sino porque
puedo anticipar la escasez de buenas noticias.
—Alteza —saluda con una reverencia—. Quisiera traer mejores noticias el
día de su boda, pero debo avisarle que me han prohibido expresamente ser
su dama de honor.
No expreso nada mientras me coloco mis guantes con la mirada fija en el
espejo.
—¿Te han dado una explicación al respecto?
—Dicen que ningún noble estará de acuerdo en que se le relacione con una
esclava. Y que se armará un revuelo de quejas si se les fuerza a asistir a un
evento donde estará una tan naturalmente mezclada en la sociedad.
—Incluso si ese evento es la boda y coronación de su reina —termino con
ironía.
Eva inclina la cabeza a modo de darme la razón, sin intervenir en palabras.
—Si son las reglas, así lo haré. Aunque no esté de acuerdo.
—Hace bien, su alteza. Y yo le deseo lo mejor para su matrimonio. Espero
que el rey pueda llegar a amarla como se merece.
—No me preocupa su amor en este momento, lo que espero es que su
consejo no pretenda forzarme a aceptar otra dama en tu lugar para la
ceremonia. No me siento en confianza con nadie en la corte, y me parece
injusto darle un puesto tan íntimo a alguien que no se lo ha ganado.
—De hecho, alteza, sí que hay una nueva dama para ese puesto. Y creo que
se lo merece más que nadie.
—¿Qué? ¿Quién?
La respuesta se ilustra en tanto las puertas de la recámara se abren, y
aparece la inconfundible réplica de nuestra madre en su versión rizada.
—¡Hermana!
Gamma viste según la moda de Deneb, con pieles, capas y corsés que
parecen armaduras. Lleva su melena suelta, con el volumen al máximo y el
brillo de un candelabro en cada rizo.
Pero no puedo estar más decepcionada de verla.
—Gamma, te asesinaré.
Detrás ingresan seis hombres de la guardia de Jezrel, quienes abren paso al
rey de Deneb. Su cabello de plata lo lleva peinado con elegancia y un par de
mechones recogidos por dos broches de Scorpius. Para la ocasión, usa una
capa blanca coronada por el pelaje más brillante, unida por cadenas que
cuelgan en su torso a modo de collar; en sus dedos, porta con orgullo las
alianzas que jamás se quita: el escorpión, el cisne y el aro de su coronación.
—Tío Antares —saludo con una reverencia innecesaria.
—¿Asustada, engendro de Canis?
—Molesta, para ser precisa. —Vuelco mi atención en Gamma—. Te dije
expresamente que no vinieras. Te lo prohibí, como tu hermana mayor y
futura reina de Jezrel; no en una, sino en tres misivas consecutivas.
—Sobre eso: tus órdenes quedaron devaluadas en cuanto nuestra hermana
mayor y reina de Deneb me ordenó expresamente asistir a esta cosa.
—Lyra—pronuncio como si conjurara una maldición.
El calor del miedo sube por mis pies como una ola de lava que descongela
la emoción de ver nuevamente a mi familia. Quiero abrazar a Gamma,
quisiera incluso pasar cada uno de los días venideros a su lado, pero no
puedo deshacerme del pavor que me producen las amenazas previas del
enmascarado. Ya demostró, y más de una vez, que es hábil e imperceptible,
capaz de camuflarse en el castillo y realizar sus crímenes con impunidad. Y
no solo me ha marcado a mí, más de una vez, sino que me expresó que tiene
intenciones contra mi hermanita.
—Gamma, esto no es un maldito juego. Lárgate. Ahora. —Agitada, volteo a
ver a Antares, esperando que entienda mi súplica—. Llévatela, por favor, no
creo que sea seguro que estén aquí.
—Dame mis veinte coronas —dice Gamma al tío Antares—. Claramente,
no han cogido.
Él le lanza una mirada que parece más la promesa de un castigo, pero no
solo ambas sabemos que no le hará nada, sino que en este momento no me
interesan las apuestas que hayan hecho con mi virginidad.
—Tío, por favor. Si en serio me aprecias, sácala de aquí. Váyanse de este
reino, yo estaré bien. Lo prometo.
—Freya, respira... —Antares me toma por los hombros. Pero a los guardias
esto les parece una amenaza, por lo que casi se abalanzan sobre él con
espadas en mano—. El que dé un paso más, me estará otorgando el preciado
justificativo para adornar mis torres con sus horribles cabezas.
Qué delicia es verlos dudar, detenerse y retroceder. Aspiro a tener un poco
de la autoridad y el respeto que impone un rey como Antares, que ni
siquiera gobierna en este lado del mundo, pero cuyo poder supone temor a
donde quiera que vaya.
En especial, qué bien sabe que estas personas no te dominen por un día.
—En serio —digo poniendo mis manos sobre las del tío Antares para
quitarlas con delicadeza—. No deberías tocarme mucho. El rey es delicado,
y quisiera evitar cualquier escena dramática en nuestra boda, de ser posible.
—Salgan —ordena él a los guardias.
—Su gracia, tenemos órdenes de velar por su seguridad.
—Pues, velen afuera de esta habitación, a diez pasos de distancia mínima
de la puerta. Y, les juro: los contaré al salir.
—Sí, su gracia.
—Ahora sí —dice Gamma sentándose en el aparador del maquillaje—.
Suéltale el sermón, tío.
Antares echa una mirada a Eva.
—Ella me pertenece —le explico—. Es algo así como mi vendida, y no
pretendo dejarla afuera.
—Confío en tu criterio —concede—. Ahora, sin rodeos. Ese bastardo, ¿qué
te ha hecho para que tengas tanto miedo?
—No tengo miedo por mí, y de hecho Israem es bastante inofensivo...
Conmigo, al menos. —Falso, por supuesto, dado que si es por él justo ahora
estaría muerta en una celda pulgosa. Así que debo nivelar la conversación
diciendo una verdad—. Pero hay un asesino suelto que parece tener una
cuenta pendiente con Israem. Y no creo que pretenda hacerme un daño
directo, pues ya tuvo su oportunidad. Pero es posible que haya dejado
entrever que Gamma corre peligro si se le acerca.
—Freya, Gamma está conmigo.
—Y con Ara —bromea ella, como siempre, sin poder tomarse ningún
peligro en serio.
—Sí, pero...
—Esos guardias no me acompañan porque yo así lo exigiera. De hecho, se
insistió en que los aceptara. Fui la espada de Áragog toda mi vida, y solo
una vez perdí un duelo. Dudo que vuelva a nacer una persona como la que
me venció entonces.
—Además, Lyra nos envió —insiste Gamma—. Te amo y toda la cosa,
¿pero crees que ella habría mandado a su esposo y hermanita a morir? Lyra
confió en que podías manejar esto, y tú debes confiar en su criterio al
enviarnos aquí.
—Ustedes no me dejan ni tener miedo en paz —me quejo, pero la sonrisa se
escapa por mis comisuras. Ellos son lo más genuino y sinceramente feliz
que me ha sucedido estos días.
—Te perdono por recibirme con esa puteada, por cierto —dice mi hermana.
—Lo siento —me disculpo extendiendo mis brazos para ofrecerle un
abrazo.
—Te amo, vaquita —dice abrazándome.
—Deja de meterte con mi barriga, Sirio Mutante —me quejo, pero la
abrazo más fuerte.
Ella siempre me molesta porque de las tres soy la más propensa a hincarme
al abusar de la comida, la de las mejillas, busto y brazos más gruesos. Es
una forma de cariño que no debe ser juzgada por nadie externo a nuestra
relación.
Cuando nos separamos, Gamma se fija en Eva con esa actitud propensa a
destruir cualquier sensibilidad. Ella tiene la prudencia donde Canis tiene la
empatía. Cuando de eventos sociales se trata, provoca llevarla amordazada.
—¿Eres la doncella, entonces? —pregunta a Eva—. Pues, no has de querer
mucho a mi hermana si le permites casarse con ese vestido somnífero.
—Gam.
—Su alteza quería algo sencillo —se defiende Eva viendo el piso.
—Sencillo mi culo y tiene más volumen. ¡Es su coronación!
—Gam, yo escogí el vestido —insisto.
—Si hacen un retrato de este día —comenta Antares—, no permitas que
Orión lo vea ni por accidente.
—Ni nadie —añade Gamma.
—No quiero llamar la atención. Quiero entrar ahí, aceptar lo que he de
aceptar, e irme.
Gamma niega con decepción dramática, y pone una mano sobre mi hombro
mientras dice:
—Frey, no sé si sabes cómo funcionan las bodas y coronaciones, pero,
usualmente, ser la novia, y la reina, implica inevitablemente llamar la
atención.
—Crecen tan rápido —añade Antares con una mano en su pecho mientras
finge un sollozo.
—No lo suficiente —discute Gam—. Empiezo a preguntarme qué tan
preparada estás, jovencita. ¿Acaso estás consciente de lo que sucederá en tu
luna de miel? Pista: no habrá ni luna, ni miel.
—Sé perfectamente cómo funciona una luna de miel, Gam.
—¿Le creemos, tío? Mira que hay mucho riesgo político alrededor de esto.
Su heredero no se lo va a poner Ara en el vientre, ¿entiendes?
Antares suspira.
—Creo que ha llegado el momento de tener esta conversación. —Se aclara
la garganta—. Freya, cuando a un escorpión se le para su aguijón...
—¡No, cállense!
—Se ha sonrojado —señala Gamma—. ¿Qué más prueba queremos? No
está preparada.
Ella sabe perfectamente que estoy cansada de leer sobre personajes ficticios
copulando, pero está disfrutando muchísimo de molestarme en mi día
nupcial.
—Tendré que escribirle una guía al respecto —añade Gamma.
—Ni se te ocurra —la señalo con amenaza, pero ella me ignora en rotundo
y le pide a Eva tinta para escribir sobre un pañuelo.
Y aunque le hablo, me rio, y le chillo pidiendo que por favor pare, su mano
parece conducirse por voluntad propia. Gamma entra en una especie de
frenesí, escribiendo con una agilidad que contrasta con la parsimonia con la
que suele crear sus historias. Parece que ha dejado de escucharnos a todos,
y sus ojos, desde mi ángulo, se notan tan oscurecidos como un cielo
nocturno.
Algo cambia a nuestro alrededor, y por la cara que tenemos todos los
espectadores, todos los sentimos. Es el aire, su denso olor como si las
estrellas llovieran en chispas sobre nosotros; esa sensación eléctrica que nos
pone los vellos de punto y acelera nuestro pulso a un ritmo que ningún
humano debería sobrevivir.
El viento se cuela por mis oídos, y parece susurrarme dos simples palabras
en una lengua ya prohibida: «Athara's ha».*
Cuando Gamma termina, me sonríe como si nada extraño ocurriera, y me
ofrece el pañuelo.
—Tu guía.
La sostengo, pero no logro descifrar lo que dice. El alfabeto que ha
utilizado es distinto, como símbolos conjugados. Y desconozco la
etimología de ninguno de estos.
—¿Qué idioma es este, Gam?
—¿Cómo preguntas eso, tonta?
Antares me mira a mí, sus ojos entornados como si escudriñara la situación
en medio de su silencio. Luego mira a Gamma, y acaba por quitarme el
pañuelo.
—Esto es árago antiguo —dice Antares.
—Imposible —discute mi hermana con una risa nerviosa—. No conozco
esa lengua.
—A duras penas nos enseñaron bahamita —le explico a Antares—. ¿A
ustedes les enseñaron árago antiguo?
—Los Scorp somos la dinastía más larga de Áragog, ¿tú qué crees?
—¡¿Y?! ¿Qué dice?
Antares ha perdido esa pose relajada, su habitual actitud juguetona. La
sonrisa que antes había en su rostro se ha esfumado como la niebla es
barrida por una tormenta. Me preocupa muchísimo la manera en que nos
mira, pero me aterraría más que se guarde lo que sabe lejos de mi alcance.
—Dinos —insisto, y entonces empieza a leer.
—El alma infame que ha de crecer dentro de ti traerá la guerra consigo.
Pero tu lucha no es contra sangre ni carne, aunque deberás vestirte de
veneno para poder morir. Y cuando el poder maldito degrade tu alma,
necesitarás el puñal asesino de dioses.
—¿Qué?
—Hay más —dice Antares alzando solo sus ojos de las escrituras, luego
regresando a estas—. Los bastardos del maligno despertarán, y el caos
volverá a reinar. Pero no temas. El eclipse de los tres soles señalará con
sangre a aquel con el poder de poner a las constelaciones de rodillas.
—¿Qué...? ¿Qué dice luego?
Antares guarda el pañuelo en su bolsillo.
—Nada.
Miro a mi hermana. Mi primer impulso es regañarla por esta broma de mal
gusto, pero la veo mordisquear sus uñas con su mirada muy lejos de aquí.
Esa no es la actitud de una bromista victoriosa.
Debo proteger a Gamma, con mi vida si hace falta. Lo que acaba de hacer
no se ha visto por generaciones, ni en mitos. Solo los astrólogos son
capaces de leer la voluntad de las estrellas, y mi hermanita tiene de
astróloga lo que yo de cantante.
Le doy un medio abrazo, y beso su frente.
—No ha pasado nada —le digo—. Quédate tranquila.
—Estoy tranquila.
—Pero, por si acaso, no repitas jamás...
—Lo sé.
Quien no se muestra ni mínimamente tranquilo es Antares, mientras su pie,
tal vez inconsciente, está zapateando el suelo.
Estoy a punto de preguntarle al respecto de sus pensamientos, cuando
alguien abre la puerta.
Es mi persona favorita en toda la corte: lord Cedric, por supuesto.
—El momento ha llegado, alteza —anuncia con galantería.
—Pero... La reina madre sigue sin acudir.
—No vendrá, alteza. La reina madre sigue indispuesta por su embarazo. En
su ausencia, me ha legado para entregarle el contrato nupcial que debe
firmar previo a la ceremonia.
—¿El qué?
—Una vez firme, estará legalmente casada con Israem Corvo Belasius.
—Lo lamento, mi lord, pero me encuentro algo confundida. ¿Para qué
existe un matrimonio legal si ya vamos a casarnos ante los ojos de Ara?
—Eh... Entiendo que hay una brecha cultural afectando aquí, alteza. Así
funcionan los matrimonios en Jezrel. Sin acuerdo legal, nunca se está
oficialmente casados. Y no se firma durante la ceremonia porque queda
poco estético.
Antares se adelanta hasta quedar junto a lord Cedric.
—Permítame ese acuerdo, me gustaría leerlo.
—Es bastante extenso, y no hay tiempo para ello, por desgracia.
—Tampoco habrá tiempo para firmar en ese caso, lamentablemente.
—Su gracia, le aseguro que no hay una sola cláusula que vaya en
desacuerdo con lo ya discutido durante el tratado de paz entre nuestros
reinos.
—En ese caso, podrá proporcionarme una copia.
—Y enviársela a su reino apenas esté debidamente redactada, sin duda. Pero
justo ahora, si la princesa Freya Cygnus no firma de inmediato, la boda
podría no efectuarse.
—Deme el documento —intervengo.
—Freya, no seas impulsiva —dice Antares.
—No lo soy, soy obediente.
Tomo el inmenso rollo de pergamino que me entrega lord Cedric. Me señala
el renglón final donde he de poner mi firma, pero un instante antes de que
lo haga, Antares lo arrebata de mis manos y empieza a desenrollarlo.
—Tío, por favor...
—Su gracia, le pido por favor respete el protocolo.
—Leo rápido —repone él deslizando su mirada con tenacidad de una línea
a otra del pergamino.
—Princesa —advierte lord Cedric mirándome a mí, un claro indicio de que
me cede el conflicto.
—Suficiente —digo arrancándole el pergamino a Antares y firmando.
—¿Cuál es el renglón doce de la ley de Medusa, lord Cedric? —inquiere
Antares, a lo que Cedric simplemente se encoge de hombros.
—Le diría si tuviera tales conocimientos judiciales, pero soy un mero
lacayo mensajero.
—En ese caso, le exijo me envíe la copia del acuerdo nupcial junto a un
libro que especifique cada una de las leyes mencionadas.
—Como prefiera, su gracia.
Le entrego el rollo a lord Cedric, y siento inmediatamente los dedos de
Antares presionando mi brazo.
Me arrastra al otro lado de la habitación.
—El rey...
—Israem puede meterse su nariz en el culo si no quiere olerme —ladra
Antares. Me mira con una ira que hace que el oro de sus ojos ebulla—.
Estamos muy orgullosos de ti, Freya, pero actúas con impulsividad.
—No es impulsividad cuando se trata de cumplir las normas.
—Sé precavida, maldita sea. ¿Si las normas estipulan que el rey puede
violarte con todos sus malditos griphers, lo acatarías?
—No es tan sádico como parece.
—Si te hacen daño, Freya, si te tocan un cabello y no confías en tu propia
familia...
Pongo mi mano sobre la suya.
—Gracias por preocuparte, pero estoy y voy a estar bien.
—Más te vale, porque de lo contrario haré que Lyra te encierre en un
internado para preparadoras.
—No lo harás.
—Ella sí.
Sonrío, entre toda la extraña tensión de este momento.
—Ella deseaba estar aquí —agrega él, al fin soltándome—. Pero las cosas
de reinas se interpusieron. Ya la entenderás.
Lord Cedric aclara su garganta.
—¿Me acompañan, por favor? Es momento de empezar la ceremonia.
Nota de autora: Antares tiene ojos dorados y cabello largo, pero se
entiende las vibras con la ilustración, espero. En fin, Gamma si está
perfectamente representada.
Mismo procedimiento, comenten su opinión, y a los 500 comentarios
subiré el siguiente capítulo ♡
20: Boda ilegítima
El templo resuena con el eco de todas las voces que han intervenido en esta
alianza. Los reinos de Israem y el mío empiezan a abrazar una unión que
representará la paz y el comercio mutuo. Cada paso que doy hacia el altar es
un susurro de mi pasado, de mi presente incierto y mi porvenir
aterradoramente difuso.
Mi visión se nubla y mi cabeza da una vuelta completa, difuminando mi
entorno. Un mareo repentino me asalta. La última vez que estuve en una
boda, mi padre nos traicionó. Mi madre lo atravesó con una espada, siendo
decapitada por ello. Mi hermana mayor fue secuestrada por el rey maldito,
lo que nos obligó a Gamma y a mí a huir de nuestro hogar y ocultarnos
durante tres ciclos lunares.
A pesar de estas razones de peso para sentir que voy a desmayarme, algo en
mi cabeza pulsa con la fuerza de un cielo nocturno. Esa onda de calor
descongela mi coraje y me sostiene. Aunque no comprendo lo que acaba de
suceder, puedo compararlo con la sensación de haber rozado una estrella
fugaz.
De pronto, las ventanas del templo comienzan a temblar. Algo intenta
abrirse paso desde afuera, y ese golpeteo contra la madera suplanta los
violines con un compás de tambores. Los invitados se levantan y miran en
todas direcciones, desprevenidos y alerta. Hasta que una voz ordena que
abran las ventanas.
Una avalancha de mariposas azules llena la estancia: azul rey, celeste y el
blanco del hielo adornan sus alas. Danzan, creando figuras hipnóticas, hasta
que se deslizan dentro de la falda de mi vestido, volando todas al unísono
para elevar su volumen al estilo más clásico de una princesa. Algunas
rezagadas se posan por fuera en puntos estratégicos de mi manga, el escote
de la espalda y la falda misma, añadiendo un toque distintivo que pretendía
privarme.
Sonrío con todos los músculos de mi rostro, y mi visión se nubla ahora por
las lágrimas que provocan mi gratitud hacia las mariposas que me
acompañan en este día tan tenso. Ellas me han dado la relevancia que no
creí merecer, haciendo que no quede ni una mirada que no se colme de
asombro al fijarse en mí.
"Gracias", les murmuro, y ellas se agitan en reconocimiento de mi voz.
A mitad del recorrido sobre la alfombra blanca, Antares me recibe como mi
padrino de bodas. Originalmente sería el embajador de Deneb, pero al
parecer todos estaban al tanto de esta sorpresa menos yo.
El escorpión me sonríe orgulloso mientras me conduce al altar, y mis ojos
vuelven a llenarse de lágrimas. Mi padre se perdió este honor al vendernos,
pero Ara no me dejó desamparada luego de su ausencia. Me dio una familia
más sana, una que se construyó a base de amor incondicional y confianza,
ante todo.
Me lleva al pie del altar, que no es más que una cúpula hecha de un material
transparente y escarchado, impermeable e indestructible, que tapiza el techo
con la imagen del cielo de Jezrel y sus luciérnagas. En este espacio es
donde se supone haremos el rito ancestral. Y ahí nos esperan dos griphers:
el que le pertenece al rey y el que se supone hoy me representa, un pequeño
rubio.
Antares me entrega y se recluye en una esquina. No puedo ingresar al
centro hasta que se hayan cumplido las formalidades previas a lo que hoy
equivaldría a mi beso con Israem.
Israem está a mi lado, vestido de azul marino, el color de Scar. Parece
firme, como si estuviera por firmar un tratado, y no a punto de entregarme
su corazón ante Ara.
El sacerdote da un discurso sobre nuestra unión y el nuevo comienzo, sobre
las esperanzas que se entrelazan con el inicio de esta nueva etapa
monárquica. Ahora, nuestro reino cuenta con el legado de los primeros
cisnes como aliados. El sacerdote pronuncia palabras idílicas sobre lo que
representará para esta tierra la mano benevolente de una reina. Bendice
nuestra progenie inminente, santificando mi vientre y elevando una plegaria
por el heredero.
Nuestros votos son omitidos; al parecer, no ven necesario que hagamos un
compromiso verbal con el otro, dado que nos desconocemos mutuamente.
Entonces llega Gamma. Luce preciosa, incluso más que yo, sosteniendo el
cojín con las alianzas definitivas. Lo entrega al sacerdote y me pide mi
mano para quitarme el guante, mientras Elius hace lo mismo con el rey.
Gamma me guiña un ojo, y yo hago una leve inclinación de cabeza para
corresponder su gesto.
—Te amo, tonta —murmura.
Sonrío tanto que siento las lágrimas al borde de mis ojos.
Israem toma mi anillo y se dispone a ponérmelo. Pero noto que me están
entregando nuevamente el que él me dio de compromiso.
En un acto reflejo, alejo mi mano de la alianza.
Israem voltea hacia mí, sus ojos entornados como si quisiera taladrarme con
ellos.
Hasta Gamma me mira con desconcierto.
Escucho los murmullos detrás de mí, pero los ignoro y entrego la mano con
una sonrisa, como si nada hubiese ocurrido.
Miro a Israem con el gesto de enamoramiento más sobreactuado.
"Gracias, por la humillación. Imbécil."
A partir de ahora, nos conceden el paso al interior de la cúpula.
Los ojos de Israem me encuentran, manchados por el reflejo de la aurora
boreal, y hay todo un cosmos de palabras no dichas en su mirada. Si tan
solo me permitiera sumergirme en esa mirada, encontraría todos los
secretos que el cubrebocas oculta.
Como si escuchara mis pensamientos, Israem deja atrás esa máscara y
libera su boca para el ritual.
Su rostro ya es perfecto a medias; no me acostumbro a lo avasallante que
resulta entero.
El rostro, cochinas.
La música de un arpa empieza a derramar sus notas para nosotros, este par
de almas que hoy se entrelazan ante Ara y la ley. A partir de hoy, le
pertenezco a Israem Corvo Belasius por el resto de mis días.
Nos posicionamos frente a frente, con los griphers rodeándonos. Y, por
primera vez, mi nerviosismo no lo protagonizan esas bestias aladas.
Mis manos se elevan, temblorosas como hojas antes de abandonar su árbol,
y las de él se alzan para encontrarse con las mías. Pero no nos tocamos. Hay
apenas un suspiro de distancia entre nuestras palmas, y en ese espacio
diminuto, se teje una tensión palpable, un anhelo que se extiende más allá
del tacto.
Nuestros ojos se entrelazan en un baile paralelo, creando una emulsión
ficticia entre el color de nuestros iris.
Los griphers giran a nuestro alrededor como depredadores cautelosos, sus
alas arrastrándose por el suelo, sus ojos centelleando con un hambre que no
podría preocuparme menos.
Israem se relame cuando el ritual nos lleva en un giro, y nuestros cuerpos se
inclinan el uno hacia el otro, rozándose, casi fundiéndose, pero siempre
manteniendo esa distancia vital.
Los griphers cierran el círculo, y cuando despliegan sus alas, las plumas
rozan mi piel. El calor de su proximidad me hace contener el aliento justo
cuando sus patas golpean el suelo para tomar impulso y volar sobre
nosotros.
La multitud se exalta, los aplausos compiten contra los violines que se han
unido a la orquesta. Y sonrío, casi un suspiro de alivio. Pero Israem no
parece igual de animado. No da indicios de que le agrade la intervención de
la multitud.
Sus dedos se mueven con el fluir de un arpa, y los míos lo hacen al inverso
para huirles, perfectamente coreografiado para que no podamos tocarnos.
Pero lo miro, y solo puedo pensar... ¿Bajo esos guantes, es realmente su
tacto un asesino? ¿Cuántos han sucumbido a su toque mortal? ¿Cuántos
mujeres perdieron su vida por probar sus labios?
En este momento, siento que las entiendo.
Nuestros pasos continúan la danza, sincronizados para huirse y perseguirse
a la vez. Y no debo fingir esta atracción, pues la presencia del rey, hoy mi
esposo, es en extremo magnética.
Su mirada se clava en mi boca, quemándome. Su cercanía me envuelve en
el siguiente roce de nuestras manos, y mi corazón late con una urgencia que
no puedo permitirme. Cada paso que damos es un avance hacia la tentación.
—Freya —jadea cuando quedamos espalda contra espalda, con nuestros
rostros volteados en la misma dirección.
—Sí, ese es mi nombre, su gracia.
—Para... Para de hacer lo que haces.
—¿Se refiere a respirar, y existir? En ese caso, supongo que la solución es
que me bese. Majestad.
—Cállate.
Sus palabras son acompañadas del rugido de los griphers que se debaten en
un vuelo vivaz a nuestro alrededor.
El público nos observa, ajenos al juego mortal que nos encierra en esta
cúpula.
Quedamos frente contra frente, y sus colmillos parecen erectos, mucho más
largos que en el jardín. Me preocupa la oscuridad de sus ojos.
—Sal de mi cabeza —ruge.
No sé por qué mi cuerpo reacciona con una risa, pero a el no parece hacerle
ninguna gracia.
Sus manos arrebatan mi cintura, rompiendo hasta el último parámetro del
protocolo. Y se inclina hacia mí, sus labios a milímetros de los míos.
Pero la prohibición persiste en mi cabeza, y mis instintos son mucho más
agudos que mi deseo, por lo que mi mano se interpone entre nosotros,
resistiendo a duras penas la presión que ejerce para besarme.
—Freya —maldice muy molesto por el límite que le he impuesto.
—Son sus reglas, majestad.
—Hija de puta —dice al soltarme.
Sus palabras me estremecen, pero no me siento tan insultada como
embriagada por su frustración.
Sus pasos frenéticos dan fin al ritual y apresuran la coronación.
Vuelvo a mi posición, todavía desconcertada por lo que ha ocurrido, por
mis propias acciones. No me enaltece haber sido insultada por mi propio
esposo, pero el vigor de mi victoria prevalece incluso mientras el
desgraciado se planta con cara de querer fulminarnos a todos mientras el
embajador de Deneb trae mi corona.
—No olvido jamás —murmura el rey a mi lado, como si no pudiera
tragarse su molestia y tuviera que imponerla en mi momento.
—Ya tenemos algo en común, querido. Es un avance.
Debo callarme, lo sé, no quiero ser estrangulada esta noche, pero me
justifico en el calor del momento.
Cuando el sacerdote recibe mi corona como la nueva reina consorte de
Jezrel, una persona en medio de la multitud se levanta.
Lo reconozco. Es el alto lord de Polaris.
—Me disculpo por interrumpir en este momento sagrado, pero estuve
esperando durante toda la ceremonia el momento del "hable ahora o calle
para siempre", el cual jamás llegó y me veo en la obligación de intervenir
antes de que la indigna sea coronada.
Este tipo me acaba de escupir el rostro a la distancia.
Miro a Israem, que parece tan sorprendido como yo.
Pero es el sacerdote quien toma la palabra.
—Mi lord. ¿Tiene información relevante que quiera exponer antes de
proceder con la coronación?
—Precisamente. El matrimonio que acabamos de presenciar es inválido, su
santidad.
—¿Bajo qué criterio?
—Bajo la severa acusación que hoy presento. La princesa Freya Cygnus no
es digna de nuestro rey, porque no es doncella. Tengo alrededor de cuarenta
testigos que aseguran haberla visto con la mano del rey, lord Elius,
embriagándose en una taberna de mala muerte y luego pasando la noche
juntos en un recinto privado donde se les escuchó emitir sonidos de
blasfemo placer.
Nota: se los prometí, y aquí está el nuevo capítulo. Por favor, díganme
qué piensan. Amé escribirlo. Sentí que estaba presenciando el ritual.
Cuando lleguemos a los 500 comentarios subo el siguiente (también está
listo, y está PARA MORIRSE)
21: Coronación inesperada
Lo que antes eran aplausos entre la multitud, ahora son murmullos y
abucheos. Rápidamente he pasado de ser la hermosa princesa cubierta en
mariposas que danzaba con el rey, a la promiscua adultera que lo ha
engañado con su lord de mayor confianza.
Estoy perfectamente dispuesta a saltar en aclaraciones hacia el rey, pretendo
ponerme de rodillas si hace falta, pero es que ni siquiera me permite
intentarlo.
De inmediato, Israem se adelanta en frente de mí y ciegamente dice al alto
lord:
—Que tus palabras te condenen. Cualquiera que cuestione el honor de mi
reina con mentiras, es digno de la muerte. Así que levántate, y enfréntate a
mí. Reclamo el derecho a un duelo por tu vida.
Ahí empieza el verdadero caos, ese para el que no se me preparó mientras
me aplicaban el maquillaje y llenaban de horquillas mi cabello.
Las voces del consejo se arremolinan a nuestro alrededor. Todos se
aproximan a nosotros, mi familia y el embajador de Deneb incluido.
Entiendo que no pueden dejar un asunto tan delicado fluir con el arrebato de
ira.
—¡No haga eso, majestad!
—Majestad, piense un poco...
—No se precipite.
Supongo que esta escena sería aún más volátil con la reina madre presente.
Ara sabía lo que hacía al dejarla en cama.
Y mientras todos discuten e intentan persuadir al rey, yo solo puedo pensar
en que me ha defendido. Se levantó sin mediar ni una mirada en mi
dirección para confirmar mi inocencia, y desafió al lord más relevante en su
reino solo por defender mi honor.
El honor de su reina, en sus propias palabras.
—Majestad —dice el alto lord desde su distancia—. Entiendo a la
perfección su conflicto, pero no me disculparé por proteger los intereses del
reino y de mi monarca. Si un duelo es lo que se amerita, que así sea. Pero
jamás levantaría mi espada, ni la de ninguno de mis hombres, contra la vida
de mi rey. Así que nombre a un campeón, y yo presentaré el mío, y que el
duelo se lleve a cabo según la voluntad de Ara.
Todos los miembros del consejo señalan a Israem, con palabras distintas y
distintos grados de tolerancia a su tozudez, que debe aceptar el arreglo. Lo
cual hace, muy a regañadientes.
—Si es el honor de mi cuñada lo que se debate, yo pelearé —dice Antares.
Me giro inmediatamente hacia él, dispuesta a amarrarlo si es necesario.
—¿Buscas que Lyra nos asesine a ambos? No. No vas a luchar.
—No voy a quedarme aquí plantado mientras miro a cualquier mediocre
enfrentarse a muerte por tu honor. ¿Y si falla? No estoy abierto a discutir
esto. Después me arreglaré con mi esposa.
Pero yo me adelanto y lo tomo por el hombro.
—He dicho que no. ¿Quién es él impulsivo ahora? Eres el rey de Deneb,
Antares Scorp, lo que equivale a que eres de todo menos prescindible.
—Ella tiene razón, majestad —interviene el embajador de nuestro reino.
Bueno, ahora más de Antares que mío—. Ni siquiera es legal que se
enfrente, pues debe hacerlo alguien de este reino y no un visitante. Yo,
como embajador de Deneb, formo parte de esta corte. Yo me presento
voluntario. —Entonces me habla directamente—. Antes de abdicar para
sumarme a la nobleza, solía ser la primera espada de su padre. Permítame
defender su honor. Déjeme pelear por usted, Freya, heredera del cisne, reina
de Jezrel.
Asiento sin esperar aprobación de nadie más.
—Tiene mi bendición, lord Albir.
Israem secunda mi decisión, nombrando a lord Albir, embajador de Deneb,
nuestro campeón para el duelo.
—Si se muere, te mato —dice Gamma inclinándose a mi oído.
La entiendo, debe estar muy preocupada por lo que pueda ocurrirme a partir
de ahora, así que tomo su mano para tranquilizarla.
Quiero infundirle la confianza que tengo en mi inocencia, en la voluntad de
Ara, en la destreza de nuestros guerreros en Deneb.
Confianza que se fractura en cuanto el alto lord nombra a su guerrero, y este
atraviesa las puertas principales volando sobre un gripher blanco de tal
tamaño, que me hace parecer una migaja en comparación.
Las alas de la bestia forman una tempestad, un revuelo masivo. Con la
gracia de un maestro del viento, el jinete aterriza en el centro de la cúpula,
mancillando el lugar sagrado de mi unión con Israem.
—Mi campeón, majestad —esa es la voz del alto lord—: el enmascarado de
Jezrel.
Ara, no me hagas esto.
Antares se posiciona delante de mí y mi hermana, y yo me aferro con más
fuerza a ella.
Entre todo el revuelo que se arma, no soy capaz de ver la reacción de
Israem. Los guardias se aproximan para formar un muro a nuestro
alrededor. Luego, los soldados de la élite del rey se ubican directamente
frente al rey y frente a mi familia, formando equis con sus lanzas a modo de
barrera.
En este instante, me alivia que este reino sea tan estricto con los protocolos.
El enmascarado desciende de su gripher con una demostración de caricias
absurdas, alborotando su melena a medida que se va alejando. Es casi como
si no se quisieran dejar ir.
La criatura, inteligente ante la amenaza de los otros dos griphers, sale del
templo dejando a su jinete aproximándose en nuestra dirección.
—No puedes presentar campeón a un criminal —discute la voz de Elius en
representación de nuestra corte—. El enmascarado es un enemigo de la
Corona.
—No se den tanta importancia —contesta el susodicho—. Soy enemigo de
todo el mundo.
—Lord Elius —habla el alto lord—, he revisado al derecho y al revés los
lineamientos de combates, y no hay una sola cláusula que prohíba la
participación de criminales, incluso convictos, como campeones en un
duelo.
El consejo de Israem se reúne a discutir, probablemente considerando lo
dicho por el alto lord. Y mientras, el asesino más buscado desfila por
nuestra alfombra sagrada como si fuera su pasarela.
Lleva una gabardina larga y sofisticada, con cortes drásticos en las solapas
y bordes terracota sobre la tela negra. Sus dedos enguantados envuelven el
pomo en forma de gripher de su cetro, y lo hacen en una curiosa posición,
casi como si alardeara de su estilo. A cada paso que da, la multitud batalla
entre el silencio y los susurros; y sus pasos son acompañados por
dramáticos movimientos del bastón.
Parece buscar algo entre la multitud, y supongo que lo encuentra en cuanto
sus ojos, hoy tan rojos como la sangre, se conducen a los míos. Lleva su
máscara característica, y su cabello bicolor recogido a medias en una cola
que llega hasta su última costilla.
—¿Ese es el hombre que quiere matarme? —pregunta Gamma, mirando
interrogativa en su dirección.
—No es un hombre, es la encarnación de Canis. Y no va a tocarte.
Mis palabras no podrían haber correspondido mejor a mis pensamientos, y
es que su físico podría ilustrar la imagen humana de una estrella de Canis,
suponiendo que su poder principal fuera idiotizar a los débiles ante su
hermosura idílica.
Por algún motivo, el maldito asesino que vino a deshonrarme se cree con la
inmunidad suficiente para guiñarme un ojo.
—¿Cómo es posible? —pregunta uno de los lores a su altura del pasillo—.
Llegó aquí montando un gripher sin mordaza. Es una blasfemia. ¿Cómo
sigue con vida?
—Mi lord... —canturrea la voz inconfundible del asesino—. No se trata del
barco, sino de la calidad del hombre que lo navega.
Acaba de ofender a mi esposo, ¿o entendí mal?
—Hemos confirmado sus palabras —dice Elius con la mirada fija en sus
zapatos. Recién caigo en cuenta de que su honor también está en juego en
esta disputa. Quién sabe qué podrían hacerle por una traición semejante al
rey—. El torneo se llevará a cabo en medio del altar. Y que Ara decida el
ganador.
Sus palabras se toman por ley y de inmediato nuestra corte empieza a
infundir de tácticas marciales a mi embajador. Se le otorgan dos espadas y
entre varios le enfundan con la mejor armadura posible.
Yo estoy rezándole a Ara en bucle cuando escucho la voz del alto lord de
Polaris.
—¿Qué sirios crees que haces? —le pregunta a su campeón, cuya insólita
preparación consiste en quitarse su calzado.
El enmascarado responde girándose hacia nosotros, su cuerpo en dirección
a Israem, pero de soslayo... Tiro de Gamma para ponerla detrás de mí, y
enfrento la mirada lasciva del asesino con todo el odio que me genera.
—Es una muestra de respeto a su real majestad —declara—. No pretendo
ensuciar su alfombra.
La acusación en mi contra aun pende en el aire cuando ambos campeones
van al centro de la cúpula. A la multitud se nos permite rodearla tanto como
sea prudente bajo el respaldo de una muralla de guardias.
Mi vestido de novia se desinfla en cuanto las mariposas vuelan a lo alto del
techo falso para observar la pelea. Hacen que me sienta desprotegida,
abandonada a pesar de que mi familia está conmigo, Israem se ha alzado
para defender mi honor y tengo un hombre en medio del templo luchando
en mi nombre.
Inspiro más profundo, pero no me alivia, porque todo lo que respiro es el
aire cargado de tensión que exhalamos todos.
Echo un vistazo a la corona, que aguarda como un futuro incierto en el atril
junto al sacerdote. Ya mi nombre no parece inscrito en ella.
Una voz me desconcentra. Su voz, peligrosamente cerca de la muralla de
guardias frente a mí.
—Mi reina —dice con una reverencia—. ¿Tomaría como descaro de mi
parte, que pida una muestra de su afecto y bendición mientras lucho para
deshonrarle?
Impotente, temblando de la ira más maldita que me ha embargado, busco la
mirada de mi esposo, el rey. Pero él no intercede, se mantenía impasible.
Y como todavía se espera mi respuesta, la espeto sin contemplaciones.
—No hay afecto alguno que le pueda mostrar, y aunque una dama no debe
maldecir, créame que lo último que haría con el aliento que Ara me ha dado
sería bendecirle.
Y se ríe. ¿Qué condenada parte de lo que he dicho le ha causado su
putrefacta risa?
—¡Acepte mi pañuelo! —grita una de las damas de nuestra corte, y el
asesino lo acepta.
Supongo que hay gente muy mal de la cabeza como para necesitar la
atención de criminal semejante.
El alto lord está sonriendo, regodeándose en el espectáculo que ha armado.
El embajador, con la corpulencia de tres hombres y su armadura completa,
contrasta cuando el asesino se posiciona en frente, su pie cruzado
manteniendo el equilibrio mientras apoya su codo en el cetro.
Lord Albir desenvaina sus dos espadas con un zumbido metálico.
—¿Dónde está tu espada, asesino? —pregunta con su voz firme.
—Me temo que ya voy a humillarle lo suficiente con este duelo, mi lord.
No disfrutaría nada de, además, desmoralizarle mostrando el calibre de mi
espada.
Esa respuesta suena como una caricia y amenaza al mismo tiempo.
Pero el juego de palabras sirve de poco si su intención es retrasar el
combate.
—Hoy no me provoca apostar —dice Gamma en un intento de broma que le
sale temblorosa, así que me abrazo a ella. Hoy me toca ser la fuerte, aunque
ella sea la arquera.
El embajador se adelantó con la espada con un ataque cruzado de sus
espadas que el enmascarado esquivó de un salto.
Lord Albir sigue atacando con precisión, cada golpe el de un hombre que
lucha por el honor de su reina. El asesino, en cambio, esquiva como si se
fundiera con el oxígeno, maniobrando su cuerpo como una sombra mientras
su risa resuena en el silencio como un augurio del mal.
Las veces que queda de frente a nosotros, solo puedo ver que su máscara
oculta cualquier rastro de humanidad.
Aunque mi campeón sigue lanzando un ataque tras otro, el enmascarado se
mueve con la inmunidad de una estrella fugaz. Salta, y es como si el tiempo
se estirara relentecido.
Presencio lo que parece ser una fracción de segundo, extendido en una
especie de hora innatural. Su cuerpo se retuerce en una voltereta en el aire,
fluyendo entre dos estocadas del embajador, y, en medio de evasión,
extiende su pierna, golpeando con el talón desnudo justo donde el yelmo
cubre la tráquea.
Lo último que se oye es el metal hundirse como una fractura.
El enmascarado aterriza en una pose agazapada y una mano en el piso, y es
cuando el tiempo parece recomponerse.
Mi campeón se tambalea hacia atrás con las manos en la garganta haciendo
sonidos guturales.
Todos volcamos nuestra atención en él, y mi preocupación desborda apenas
veo que lucha para arrancarse el yelmo. Me siento atada de manos,
desesperada por la urgencia que demuestra el hombre que defiende mi
honor. A punto estoy de desafiar el protocolo y ayudarle, cuando Antares,
bendito sea, lo hace por mí. El yelmo no podía salir por la abolladura, pero
las manos envueltas por el cosmo venenoso del escorpión no tardan en
derretirlo. Lo hace solo lo suficiente para arrancarle el yelmo de la cabeza.
Luego lo empuja al combate y regresa a mi lado. Por desgracia, el
embajador no recibe de buena forma el empujón, pues se tambalea hasta
doblarse y vomitar su propia sangre.
—Por Ara —jadeo, evitando por mero protocolo morder mi labio y llevar
las manos a mi rostro.
Este hombre morirá por mí.
Contra todo pronóstico, se recupera y vuelve por sus espadas.
Insólito, pero el enmascarado ha permanecido todo este tiempo en su
posición, cabizbajo, y murmurando para sí. Da la impresión de haber estado
rezando.
Lord Albir no le da alertas, sino que se abalanza sobre el asesino saltando
con las espadas alzadas y las clava justo en el lugar donde este ha estado
esperando. Sin embargo, nuevamente el tiempo parece comportarse de
forma imprecisa, pues en un parpadeo el enmascarado rueda entre las
piernas de su atacante y, al aterrizar a su espalda, lo patea hasta hacerlo caer
de bruces.
El enmascarado pisa una de las espadas haciendo que se eleve dando
vueltas, y cuando vuelve a descender, la atrapa con maestría, sin siquiera
fijarse en el trayecto del arma, como si el viento le hubiese susurrado el
recorrido.
Este es el momento que no quiero presenciar, pero mi honor me obliga a no
moverme de mi sitio, a alzar mi mentón y enfrentar el desenlace del duelo.
Pero mi campeón no se da por vencido, se arrastra con un impulso de honor
que llena mis ojos de lágrimas, y alcanza el arma en el último momento, a
tiempo para girarse y defenderse de la estocada del asesino.
—Espero entienda el porqué del daño a su garganta, lord Albir —dice el
asesino con una sonrisa que emula una media luna en una noche siniestra—.
El duelo empezaba a asomarse a los infinitos abismos del aburrimiento, y
estamos en presencia del rey, después de todo, no pretenderá privarlo de un
buen espectáculo, ¿o sí?
Esas palabras encienden más a mi campeón, que se levanta enardecido y
embiste al enmascarado con un rugido voraz.
Las espadas de ambos se baten en un duelo al que es difícil de seguir el
ritmo, el tañido del metal haciendo eco en nuestros corazones, balanceando
las apuestas de un oponente al otro. Por un lado, el embajador se desarma
en una serie de ataques consecutivos que imponen toda su fuerza y
acorralan a su oponente, mientras que en el otro extremo está el maldito
asesino esquivando con pasos confusos, movimientos esquivos y una
mínima intervención de su espada.
Y se ríe, impertinente y desquiciado. No detiene su carcajada entre una
evasión y la siguiente, como si el ímpetu de mi mejor guerrero le causara la
más grotesca de las gracias.
A estas alturas de su repulsiva arrogancia, muero por abrirle el estómago
con mis uñas y ponerle sus intestinos de collar.
Un giro en los acontecimientos parece inclinar la balanza a nuestro favor, lo
que provoca que la multitud contenga el aliento al unísono. La risa del
enmascarado ha encendido a mi guerrero al punto en que su siguiente
estocada fue tan cruda como para lanzar la otra espada volando lejos.
Entonces ataca en una especie de puñalada directa al estómago del
enmascarado, justo donde deseaba abrirme paso yo en mis retorcidas
fantasías, pero el maldito asesino se dobla hacia atrás en un ángulo tan
perfecto, que el metal de la espada queda rozando la punta de su nariz. Con
una agilidad que me despista por completo, se retuerce y se zafa, quedando
de pie a la espalda del embajador.
Toca con sus dedos la armadura, y cuando el embajador voltea, le extiende
el pañuelo.
—Para el sudor —le explica.
Ojalá le corten esa lengua que no sabe emplear más que con su odiosa
prepotencia.
Mi guerrero responde atravesando el pañuelo con su espada, lo que me
honra.
—Un «no» bastaba, caballero. La espada no es justificativo para perder los
modales.
—¡Cállese, engendro de Canis! —Escupe mi guerrero, desatando una nueva
serie de furiosos ataques—. No muestra honor, ni valor. Solo da vueltas
como un maldito cobarde como si eso lo enalteciera como a un guerrero
real.
Entonces, el enmascarado soltó otra de sus risas, más cruel, más
desarraigada, como si arrastrara un trasfondo. Sacó su bastón, y lo hizo
pasar de una mano a otra hasta que, con un movimiento de muñeca teatral,
acabó señalando con este a lord Albir.
—No me hable de coraje cuando desde aquí puedo oler su materia fecal.
Y como si se hubiese cansado de la demostración, enfrentó la espada del
embajador blandiendo su bastón en un estilo de batalla confuso y
desconocido, mas ágil, lleno de vueltas y movimientos drásticos. No le hizo
un solo rasguño a mi campeón, pero acabó cansándolo, torciendo su
muñeca en un duelo de ambas armas hasta que la espada cayó. Y,
nuevamente, los pies del enmascarado levantaron el arma para apropiarse
de esta al atraparla.
El embajador, ahora desarmado y derrotado, espera el golpe final.
Pero el asesino suspira y le da la espalda.
Me quedo pasmada al verlo dirigirse hacia mí, los guardias se tensan y
afianzan sus posiciones. Pero él no intenta enfrentar ni siquiera la primera
muralla de hombres. En cambio, deja la espada a sus pies. Y me mira.
—Necesita conseguirse mejores juguetes, majestad.
Todos se ven tan desconcertados como yo, por suerte.
Entonces el enmascarado voltea hacia Israem.
—Considere defendido el honor de mi reina.
Tras una reverencia burlona, su gripher acude nuevamente y él lo monta
victorioso. Sus actos dejan un rey furioso, y al embajador vivo, pero con el
orgullo destrozado.
La sala estalla en murmullos, todos impresionados por la contradicción y el
carisma oscuro que acaban de presenciar. El rastro del asesino solo deja
preguntas, y un cotilleo para repartir por generaciones.
—Hijo de Canis —espeto al verlo irse volando.
Nota de autora:
Nuevamente, me reservo mis comentarios. Pero tengo muchas
preguntas para ustedes.
¿Qué opinan de Israem, todas sus interacciones con Freya y cómo pasa
de negarse al beso a prácticamente querer robarselo en medio del
ritual? Incluida su reacción a la acusación del alto lord, y cómo se
comportó en este capítulo.
¿Qué piensan del enmascarado, su duelo, y esa contradictoria decisión
de dejar vivo (y humillado) a su oponente con esa frase final hacia
Israem?
¿Qué piensan de Antares y Gamma y su participación en estos
capítulos? ¿Los habían extrañado?
¿Qué piensan de Freya? Oficialmente está casada, ahora que su honor
ha sido defendido en ese giro de los acontecimientos, por consiguiente,
es oficialmente la reina consorte de Jezrel.
22: Noche de bodas
Eva me viste. La seda blanca es a mi silueta lo que un guante a mis manos.
Estoy totalmente desnuda debajo del camisón, y solo una túnica me libra de
ser exhibida todo el trayecto hacia la nueva alcoba nupcial.
Mi corazón, en medio de su rabieta, me pide un descanso; acabo de sobre
exigirle, a duras penas sobrevivimos a la ceremonia que parecía orquestada
para acabar con mi reputación.
—Eva.
Ella se detiene con mis zapatillas en sus manos.
—Majestad.
Majestad. Ya es momento de que empiece a acostumbrarme al título. Ya no
más «alteza».
—Quiero hablarte de mi coronación.
—La escucho, su gracia.
—Te has enterado de lo ocurrido, intuyo.
—He oído hablar de las acusaciones en su contra, y del duelo que se llevó a
cabo para defenderla.
—¿Escuchaste quién fue el campeón que luchaba para deshonrarme?
Ella calla y baja su cabeza, como siempre que se mantiene fiel a su voto de
silencio sin querer insultarme.
—Eva, ya no puedes vivir en medio de estas dos aguas. Ese hombre, sea lo
que sea que lo vincule a ti, es mi enemigo. Amenazó la vida de mi hermana,
y me humilló delante de todo el templo...
—¿Lo hizo?
Me sorprende escuchar la voz de Eva tan ligeramente alejada de la ética
habitual.
Por su expresión, por cómo parece querer pegar el rostro de sus zapatos,
intuyo que se arrepiente de haber hablado del modo en que lo hizo.
—No debí interrumpirla, majestad. Perdóneme.
—No voy a castigarte por tener opiniones que no comparto. Pero, por favor,
explícate para que pueda al menos intentar entenderte.
Ella habla con sus manos cruzadas a su espalda.
—No pretendo hacer que cambie de opinión, fui impulsiva.
—Insisto, Eva. Dime lo que piensas.
Ella asiente y acata mi petición.
—Usted dice que él la humilló, mi escepticismo es porque tengo otra
información al respecto. Lo que se repite entre las doncellas es que el
enmascarado de hecho luchó por usted. Pudo haber matado a su campeón,
pero le perdonó la vida, entregó su espada y declaró su honor como
defendido.
—Luego de que en un primer momento lo cuestionara delante de todo el
templo, en medio de mi coronación.
—Usted tiene razón, sin duda. Yo no estaba ahí, no tengo los detalles. ¿Los
tiene usted? Me gustaría escucharlos.
Le sostengo la mirada, y me descubro muy molesta con ella. Yo misma le
pedí su opinión, pero no había considerado que de hecho no quiero una
opinión distinta: quiero alguien que apoye mi bando de forma
incondicional, que no cuestione mis odios o lealtades. Quiero que me
escuche despotricar de quien me ha hecho daño, y que me secunde a ciegas.
Por desgracia, supongo que según lo que aspiro, deseo más un súbdito que
una amistad.
Luego de lo que ha hecho el enmascarado, no puedo arriesgarme a tener su
máscara ni siquiera lejos. Debo deshacerme definitivamente de ella. Nada
me puede vincular a ese monstruo desquiciado; menos ahora que soy Freya
Cygnus de Corvo, reina consorte de Jezrel.
Eva termina de amarrar la túnica, y pone la corona sobre mi cabeza como
broche final.
—Tus opiniones son tuyas —le digo—, pero no te permito la misma
libertad en tus acciones.
—Entiendo, majestad.
—No lo entiendes. Presenciaste un momento íntimo... familiar. Lo que
sucedió en esa habitación, no debe salir de ella. Respeto que quieras ser leal
a tus pensamientos y no comunicármelos, pero si tus palabras ponen en
riesgo a mi familia, no tendrás nunca más una cabeza donde guardar esos
pensamientos.
Ella no se inmuta por un momento, pero acaba por asentir.
—Ahora, dejemos este momento atrás. Mi deber me espera.
Ha llegado el momento para el que fui elegida.
Me conducen a la habitación, y al llegar a ella me sorprende ver que ni Eva
ni lady Isobel, la hermana de la reina madre, abandonan su posición junto a
la puerta.
—Les agradezco su compañía, pero ya pueden dejarnos —indico.
Lady Isobel ni siquiera me mira al responder.
—Me temo, majestad, que no podemos dejar el recinto hasta que
confirmemos que han cumplido con el deber real.
Parpadeo un par de veces, procesando con lentitud esas palabras. ¿A qué se
refiere con «confirmar»?
—Pero... —aclaro mi garganta mientras acomodo mi pose a una más digna.
Ya estoy bastante desventajada como para que mi lenguaje corporal lo haga
todavía más evidente—. ¿Cómo podrían confirmar eso?
—Por eso no se preocupe. Majestad.
—Pero... —Debo dejar ir los «pero», me hacen quedar como una reina
estúpida—. ¿Y si les ordeno irse?
—Por desgracia, las órdenes del rey contradicen la suya. No podemos
apartarnos de aquí hasta tener un informe detallado para la corte.
—Detallado.
—No notará que estamos aquí.
No quiero pensar ni discutir más el tema, así que entro.
Descubro que la decoración de nuestro nuevo espacio no dista del gusto
general del castillo, como si el rey impusiera su luto perpetuo a cada
peñasco que nos sostiene.
Velas negras parpadean en candelabros de hierro forjado mientras que
cortinas de terciopelo oscuro acentúan las sombras de la habitación.
Israem no está en la cama, pero las puertas del balcón están abiertas, así que
me hago una idea de su paradero.
Las paredes parecen alfombradas de musgo, solo respetando los espacios
que ocupan los retratos antiguos y tapices descoloridos con escenas de
batallas que desconozco. Excepto por una.
En la ilustración se endiosa la figura gruesa y curvilínea de una doncella de
ojos azules. Está vestida de blanco hasta el cuello, con guantes y velos que
se aseguran de resguardar cualquier resquicio de desnudez. En la
recreación del artista, la doncella está enterrando una daga, resplandeciente
como una estrella, en el corazón de una sombra antropomórfica. Y a sus
pies, les rodea un mar de otras hojas de hierro ensangrentado.
Me acerco al tapiz, cautivada por los trazos en su diseño y el momento
histórico que representa para mi nuevo reino. Es la Noche de las hojas rojas,
o al menos eso creo.
En la base de la pintura está la firma del artista más el nombre que puso a su
obra: Siderófaga.
Me llama la atención que «faga» es una palabra bahamita. No tiene
traducción literal, pero es una forma de decir «devoradora» o «destructora».
Pero, «sidero»... Estoy segura que antes he oído esa palabra. De hecho, sé
que escuché el término en una discusión entre astrólogos. Solo no logro
recordar su definición.
Un carraspeo a mi espalda me persuade.
Es él, mi esposo, con su silueta recortada por la noche y su rostro oculto a
contraluz.
Su presencia es como una tormenta que se avecina, porque esta no es
cualquier velada. Estoy por entregar mi cuerpo a un hombre que
desconozco, y a veces temo. He leído del tema y durante días me convencí
de estar preparada, pero, ¿qué es la preparación más que una armadura
contra el miedo?
Y, si algo proyecta Israem Corvo, es justamente esa sensación: miedo. Su
torso descubierto sugiere disposición, pero sus guantes y el cubrebocas
hablan de lo contrario. ¿Tanta precaución ha de haber a nuestro roce?
Veo sus manos cubiertas de cuero y me cuestiono lo que estoy haciendo.
¿Cuántas almas ha tocado y perdido Israem?
Me ignora, o tal vez me habla con sus acciones. Lo cierto es que sus pies
descalzos trazan su camino hacia la cama, apartando la tela oscura del dosel
para acostarse en ella.
Él ha vuelto al silencio que me aleja, y en esa ausencia de palabras deja
brecha a mis inseguridades para llenar los vacíos.
Cuando miro fijamente el lecho que debemos compartir, y los retratos a
nuestro alrededor de rostros femeninos que desconozco, creo ver las huellas
de amantes que han compartido este hogar que debería ser solo nuestro.
Miro el anillo en mi dedo, y trago la amargura que me produce.
Israem ha vivido noventa años, es lógico que haya amado y vivido la pasión
antes de comprometerse conmigo. Pero este mismo día estuve a punto de
ser enjuiciada por la sospecha de mi impureza. ¿Por qué ha de ser lícito para
un rey lo que a una reina condena? ¿Qué criterio llevó a Ara a
desventajarnos de este modo? ¿Qué crimen cometimos con nuestras almas
pasadas para merecer tal abandono de la justicia?
Lanzo mi vista a un lado de la cama, donde sobre una mesa de ébano yace
un reloj de arena que gotea lentamente. Cada viruta que cae es un susurro
que me hace recuperar el valor, pues marca el tiempo que me queda para
cumplir con mi deber. Doce meses: un ciclo lunar para que en mi vientre
florezca el heredero de Jezrel.
Debo recordar por qué hago esto.
—¿Estás lista para compartir mi lecho?
Su voz llena de estática cada tejido de mi piel. Sus palabras son siempre
inesperadas, pero estas en específico hablan de ansias, de impaciencia.
Me posiciono frente a nuestra cama y dejo caer la túnica frente a sus ojos.
—Estoy lista, mi señor. ¿Me permite subirme a la cama?
Su gruñido es de fastidio, y su cuerpo se ladea para dejar de mirar el mío.
Este no parece un gran avance hacia nuestro objetivo.
Me subo a gachas, avanzando lentamente hasta acostarme junto a él, yo
apoyada sobre mis hombros, Israem bocarriba y ligeramente ladeado hacia
mí.
Su piel casi brilla en la penumbra, su pecho se mueve con una paz de la que
yo carezco.
No hace, ni mucho menos dice, absolutamente nada, así que me
corresponde arrear la situación.
—¿Hay alguna posición en la que quiera que aguarde, mi señor?
Él frunce su entrecejo, su expresión una genuina de espanto. Parece la
reacción a un escupitajo.
—¿O prefiere tomarme y dirigirme usted?
Ahora su pupila oscura casi consume su iris por completo.
—Si se le hace difícil decidir, tal vez prefiera que yo domine la situación...
Su gruñido es voraz, como una bofetada. No conozco una manera más clara
de mandar a callar a otro, pero... Siempre puedo alegar que no hablo idioma
gripher, y seguir malinterpretándolo con inocencia.
Así que me volteo bocarriba, y rasgo la fina tela del camisón para crear un
escote improvisado por donde desnudo mi pecho, dejando su volumen y
mis pezones completamente a la vista del rey.
—Si quiere que me quite el resto, solo tiene que pedírmelo.
Reacciona a mi artimaña poniéndose bocabajo, su cabeza enterrada en la
almohada.
Recuerdo lo que me dijo la reina madre de aplicar un esfuerzo extra para
"animar" a su hijo, así que no me rindo.
Me remuevo en la cama, poniendo mi cuerpo al revés, y me apoyo en mis
rodillas para levantar mis glúteos. El camisón es bastante diáfano como
para que el rey se lleve una linda sorpresa al ver en mi dirección. Pretendo
pasar así toda la noche si hace falta.
Si esto no es «animar» al rey, no sé qué lo será.
Supongo que ha sentido el movimiento extraño, porque siento cómo se
vuelve a mirar.
—Largo.
De acuerdo, con esa reacción supongo que no le gustó mi idea.
Me vuelvo a sentar como una dama, de frente a él.
—No puede echarme de la habitación nupcial en nuestra noche de bodas.
—Yo soy el rey —discute al borde de un rugido, tan recluido en una
esquina que parece tenerme pavor—. Deja la cama inmediatamente.
—Usted me preguntó si estoy lista para compartir su lecho, y aquí estoy:
listísima. ¿Qué es lo que sucede? No puedo proponer soluciones si no
conozco el problema.
—Te invité a... Vamos a dormir.
—Eso no es compartir el lecho en un matrimonio, mucho menos en un
matrimonio político.
—Es todo lo que puedo ofrecerte. Por ahora.
¿Por qué tiene que ser tan difícil incluso en lo más sencillo? Al menos,
parece sencillo en los libros. Los hombres normalmente están ansiosos por
desvestir a sus parejas.
—Entiendo que el tiempo para usted es una nimiedad, su gracia, pero yo no
tengo tanto. Si en un año no hay un heredero en mi vientre...
Su puño se estrella contra el colchón, sobresaltándome.
—Quiero tu silencio.
Este va a ser mi campo de batalla, al parecer, y no puedo rendirme en el
primer enfrentamiento.
—Esto no es precisamente lo que yo quiero, majestad, pero es lo que se
exige de mí. Por favor, no quiero molestarle, no hago esto porque su
incomodidad me genere placer. Entienda que este es mi propósito en este
matrimonio, y no puedo cumplirlo sin usted. ¿Podría, simplemente,
apoyarme?
Su rostro se retuerce, y yo me inclino sobre él con cautela. No quiero
alertarlo, no quiero que huya o muerda como una bestia herida.
—Voy a quitarle el cubrebocas, majestad —aviso mientras mis manos se
aproximan a su rostro.
Mi corazón se desboca cuando él, en lugar de detenerme, me lo permite con
sus ojos clavados en los míos.
Al fin me deshago del cubrebocas y quedan esos labios a mi disposición
con los colmillos ligeramente asomados. Me acerco a ellos, lento,
exhalando mis nervios a medida que inhalo el deseo.
Una voz grita dentro de mi cabeza. Es la reina madre, el recuerdo de nuestra
conversación. La oigo enfatizando que no debo permitir que Israem me
bese bajo ningún concepto. Ella me sugirió llevar a cabo este acto
prescindiendo del beso.
No parecía ser una advertencia menor, y me preocupa lo que pueda pasar si
la ignoro.
Pero mis ojos en los labios de Israem callan las demás voces. Me sumerjo
en una especie de hipnosis que me sofoca. Solo puedo pensar en probarlo...
Hasta que su mano en mi cuello me detiene.
Supongo que esta es su venganza por lo de la ceremonia. Sin embargo, él se
muestra tan atribulado como yo, así que no parece una venganza muy dulce.
Traga con dificultad, y luego niega.
—No esta noche.
Me frustro, pero obedezco su condición.
Aunque, ahora que soy su esposa, ya puedo permitirme algunas preguntas.
—Majestad, se me ha advertido de un poder que usted posee. ¿Será posible
que su negativa a mis avances tenga algo que ver con ese poder?
Mantiene la boca cerrada, por supuesto.
—¿Si me toca, me mataría? —insisto.
—No —corta en seco, evidentemente disgustado, aunque no sé si por el
tema o el beso que nunca fue.
—Y si me besa...
—En serio, debes aprender a callar.
—Majestad —insisto—. ¿Puede su tacto hacerme algún daño?
Calla, lo cual me hace pensar que justo de eso se trata: de saber formular las
preguntas. Una ligera variación, y pasé de un rotundo «no» a un silencio
revelador.
—Es posible que no —dice al final.
—¿Podría esclarecer más su respuesta?
Me mira con una ira plausible.
En serio le molesta que hable tanto, ¿eh? Pero, por otro lado, me está
hablando. A mí, en medio de su mutismo selectivo. Debo aferrarme a ello
como a una señal de que este matrimonio no es un despropósito.
—A... algunas personas les hace daño —contesta.
—¿Puede controlarlo?
—A veces no es intencional.
—¿Qué veces?
Su respuesta es un gruñido.
—¿Qué factores influyen? —Sigo preguntando—. ¿Qué marca la diferencia
entre las personas que puede lastimar y las que no?
—Ahora yo te haré una pregunta a ti. ¿Qué cantidad del cosmo del cisne te
corresponde?
Mi cabeza empieza a trabajar a toda marcha, entendiendo cosas en las que
me gustaría estar equivocada. Me retraigo en la cama, sosteniendo mis
piernas entre mis brazos, descansando el mentón en mis rodillas.
¿Y si querían una Cygnus por su cosmo? Si el poder de Israem es tan
mortal, no se me ocurre una mejor manera de sobrevivir a su heredero que
con un cosmo cuyo don de identidad es "protección". Puede que piensen
que, si el poder del cisne está en mí, tal vez su tacto no podrá dañarme.
—¿Y si no tuviera dicho poder?
—En ese hipotético caso, estar cerca de mí sería un peligro.
—Pero no es un hecho, solo suposiciones —digo—. ¿Podría besarme y
tocarme si yo no fuera un cosmo?
—Es complicado.
—Explíqueme, por favor.
—No.
Ara, dame paciencia.
—Soy su esposa —le recuerdo—. Si no habla conmigo, ¿cómo voy a
entenderle?
—Entenderás solo lo que yo considere que necesitas entender. No hagas
más preguntas.
—¿No considera que debo entender cómo funciona el tacto del hombre que
va a hacerme un hijo?
—Te diré solo aquello que te incumba.
—Pues, yo considero...
—¡No me interesa lo que consideres!
El rey está agitado. Lo altero, claramente, y no tengo más excusa que mi
completa ceguera durante este delicado camino. Un camino que parece
hecho de cristales que, si no rasgan mis pies, se parten y me lanzan a un
nuevo vacío, todavía más incierto.
Un nudo se tensa en mi garganta. Las ganas de llorar ahora son inminentes.
No por él, ni por su insípido grito. Se trata de... todo. Es lo insignificante
que soy, incluso con una corona. Es el peso de cada detalle que desconozco,
es el miedo a lo que pueda pasarme si no me informo correctamente.
Israem se baja de la cama, y me deja hecha un ovillo con las lágrimas
fluyendo en silencio.
Se ha ido al balcón, y pasa ahí tanto tiempo que casi me quedo dormida
sobre el charco que forma mi tristeza en la almohada.
Pero regresa, y lo primero que dice es:
—Tal vez quiero tocarte.
«Le felicito», es lo que dice mi silencio. Estoy demasiado herida por mi
debilidad como para responder algo prudente.
Así que me seco la cara, y me siento al borde de la cama. Debo volver a
enfocarme en mi deber, y no en mis sentimientos.
—Pero no sé qué tan seguro es... a estas alturas.
Me sorprende que haya seguido hablando, y me aferro a las enseñanzas de
Elius. Quiero convencer a mi mente de que no puede juzgar a Israem como
a un hombre común, a ver si, eventualmente, lo entiende también mi
corazón.
—Comprendo, y aprecio, su precaución.
Claro que, si me explicara el trasfondo de esta, lo comprendería mucho
más. Por desgracia, he de suprimir este pensamiento para no presionarle.
—No esta noche —insiste.
Asiento. ¿Qué más puedo hacer?
—Pero... incluso si no pudiera tocarte, hay otras formas de tener intimidad.
Alzo los ojos con impacto hacia él.
¿Acaso le he escuchado mal?
—Yo... —Trago con dificultad—. Mi señor, me halaga la oferta, pero los
herederos deben llegar a mi vientre, no a mi estómago.
—¡¿Qué?!
Sacudo la cabeza, y por el calor de mi rostro intuyo que me he puesto cual
espada en forja.
—U-usted, ¿a qué se refería con «otra forma de intimidad»?
—A conocernos.
—Ah.
Esto, justo ahora, califica como un fracaso estrepitoso. Primera noche de
casados y ya me acabo de humillar con maestría.
—¿Te encuentras bien?
Le miro a los ojos. Parece... nervioso, perdido en mi reacción, en busca de
una reacción coherente de su parte. Esa fragilidad que a veces deja asomar,
es la que me da esperanzas en este proceso.
—En perfecto estado —respondo con una sonrisa cálida que espero lo haga
sentir cómodo—. ¿Y usted? ¿Ya comió? Y ya que hablamos de comida...
¿Usted qué come?
—Cambié de opinión.
—¡No, por favor! Me dejé llevar, estoy nerviosa.
—A dormir, Freya.
—Pero...
—Te di una orden, es momento de que empieces a acatarlas.
—Solo... Déjeme hacerle una pregunta, como primer paso para conocernos.
Y luego usted, si quiere mañana, me hará una pregunta a mí sobre lo que
desee.
Se cruza de brazos, lo que interpreto como una señal de que puedo avanzar.
Señalo el tapiz detrás de su figura, donde está la pintura firmada como
Siderófaga.
—La doncella del tapiz, la que asesinó al falso profeta en la Noche de las
hojas rojas. ¿Es su madre, no es así?
Él ni siquiera voltea a ver de qué tapiz le hablo, solo me taladra en su
silencio.
—No tiene que decir nada —contesto—. Ya entendí que este matrimonio se
basará en interpretar sus silencios.
—¿Y qué te dice mi silencio ahora?
—¿Su silencio? Todavía lo dudo. Pero sus ojos...
Inmediatamente enmienda su mirada, llevándola a mis ojos. Por lo rojas que
se ponen sus mejillas, supongo que ya no soy la más avergonzada de la
noche.
~~~
Nota:
Israem, el coño 'e tu madre. Te quiero, pero deja de estar tratándome
mal a la niña, ¿okay? Si vuelve a decir "Yi sii il rii", voy a entrar al
libro a abofetearlo.
Descargada mi arrechera, que no se note que amo a Freya y que la
sobreprotejo a la distancia. Lástima que no puedo interceder en su
trama...
¿A ustedes qué les pareció la noche nupcial? ¿Qué piensan que va a
pasar a continuación?
23: Al ritmo de dos corazones
Las arcadas me raptan del sueño, se clavan en mis pantorrillas y me
arrastran de los pies, subiendo en oleadas calurosas por todo mi vulnerable
cuerpo.
Me siento en la cama de golpe, mi mano sobre mis labios presionando
como el muro de Deneb. Intento zafarme de las sábanas, pero el peso de
Israem sobre estas lo dificulta. Me desespero, tiro y me revuelco en el
colchón, mi respiración desfasada a las necesidades de mis pulmones;
inspiro mucho, con una fuerza voraz, pero el aire no atraviesa el nudo en mi
garganta.
Empiezo a hiperventilarme al tiempo que las lágrimas acuden a mis ojos,
pero de un último tirón consigo arrancar mi cuerpo del enredo de telas.
Caigo al piso, amortiguando el impacto con mis manos y rodillas. Cada vela
que existía en la habitación se ha extinguido, y ahora la penumbra me
consume.
El sueño empieza a mezclarse con mi realidad.
No poder ver aumenta el resto de mis sentidos, crea un eco a las voces de
mi cabeza: el llanto de Eva, su cuerpo estrellado contra el piso, sus quejidos
de dolor y el infernal tañido metálico de la hebilla del guardia al
desprenderse de su pantalón.
Quiero huir de sus voces, quiero alejarme cuanto pueda de este hoyo oscuro
que me regresa a la peor degradación que he presenciado, y que yo auspicié.
Mi saliva se espesa con el sabor putrefacto que tenía esos días en el
calabozo, cuando no me permitían asearme, cuando incluso un trago de
agua era un privilegio que fluía como un manantial solo para los monstruos
que custodiaban mi celda.
Me arrastro para alejarme de la oscuridad de la habitación, con manos
empapadas de mis lágrimas. Para este punto, mis sollozos de ahora
compiten contra las súplicas y lamentos de la Eva de mis recuerdos.
—¡No!
El grito desgarra mi garganta.
Estoy pegada a la fría pared nupcial, tan temblorosa y desperada que parece
que intento atravesarla.
Una parte de mí entiende que esto no es real, que no estoy viendo a ese
hombre hacerle esas fechorías a Eva; que, de hecho, ya ocurrió, y que no
importa cuanto grite: igual que entonces, no voy a poder detenerlo; pero esa
parte de mí está enterrada bajo todas estas capas de penumbras, y la bruma
de un sueño imponente.
Lo aterrador no es el sueño, ni lo imposible que se me está haciendo escapar
de él, sino el hecho de que sus imágenes sean ecos de mi memoria.
Una nueva arcada me embiste.
Mis manos alcanzan las cortinas del balcón, y las separan de un tirón. Luz.
Gracias por volver a mí.
Pero las náuseas no me dejan, así que rápidamente abro las puertas del
balcón.
No me da tiempo de llegar al borde. Todo mi cuerpo se dobla mientras
expulso sobre la piedra del balcón todo el contenido de mi estómago.
No alcanzo a reponerme, mi cuerpo se desliza por el marco de la puerta
hasta que quedo sentada con mi cabeza reclinada. Mis manos se aferran al
impoluto suelo para diferenciarlo de la mugre de la celda. Pero estoy tan
debilitada que siento que no tengo fuerza para luchar contra los destellos de
mi mente.
Volteo al interior de la habitación, donde la luz del balcón ilumina un
camino. Ahí, justo al pie de la cama, está el broche de la mariposa que me
dio Lyra. Sigue unido a la túnica que me quité frente al rey.
Lyra me dijo que no lo soltara jamás, y en este momento esa promesa que le
hice parece ser lo único de importancia en mi vida. Debo estar cerca del
broche para estar cerca de ella.
Casi corro, aunque con torpeza, hasta alcanzarlo. Una vez está en mis
manos, me pego al pie de la cama que he de compartir con Israem por el
resto de mi vida.
¿Mi existencia siempre será así? ¿Tan infructífera de día, y asfixiante de
noche?
Me quedo recostada un rato, el broche de Lyra fuertemente asido por mis
manos temblorosas. Su frío me recuerda a Deneb. Cuando lo tengo tan
cerca, imagino que puedo sentir el corazón de mi hermana contra el mío, y
con esas melódicas pulsaciones, al fin me quedo dormida. En paz, sin
ningún otro sueño.
🦋✨️🦋✨️🦋
—Freya.
Algo golpea mi nariz y abro los ojos a duras penas.
Mi primer instinto es llevarme la mano al cuello. El dolor me devuelve la
preocupación de la fractura, pero el temor caduca en tanto noto que aún
puedo moverlo sin problemas; de hecho, la molestia parece más del tipo
muscular.
Veo detrás de mí con la lentitud de un ebrio. Estoy sentada, usando la
madera de la cama cual almohada.
Extraño sería que no me doliera el cuello.
—¡Freya!
No es un grito, solo un llamado más firme.
Es Israem. Su rostro está tan cerca del mío que parece ilógica la distancia
con la que separa su cuerpo. Es abismal, una especie de precaución que
enternece.
Son sus dedos enguantados los que de vez en cuando me tocan la cara.
Viéndolo así, sus ojos se ven el doble de grandes. Luce como un felino que
revisa su presa moribunda para comprobar si pueden seguir jugando.
—¿Puedes levantarte? —pregunta en un murmullo, como si planificáramos
un delito.
La idea se me hace tan ridícula que hasta me río.
—Freya. ¿Estás bien?
—¿Mm?
—El servicio está tocando la puerta, no pueden verte en el piso.
Lo sigo mirando a esos enormes ojos curiosos. Cómo brillan, aunque el
balcón ha vuelto a cerrarse y las antorchas se han consumido.
Por algún estúpido motivo, solo esa mirada suya hace que quiera llorar.
Estoy sensible. Supongo que solo quiero un abrazo, y me duele saber que
nadie en este reino me lo puede conceder, en especial el hombre con el que
estoy casada.
Espero que no sea un signo de que mi ciclo está por llegar. Necesito
consumar mi matrimonio y terminar mi noche de bodas. No es momento
para la naturaleza femenina.
Me doy cuenta de que sigo relentezida, divagando en mi mente mientras
Israem me mira desconcertado.
Asiento, y me apoyo en mis manos para levantarme.
Mis manos están tan exhaustas y mi cuerpo tan pesado que siento como si
cargara encima la reseca de haberme bebido un viñedo.
El día sigue con lady Isobel y las doncellas invadiendo la habitación
nupcial, limpiando nuestro lecho y abordándonos para poner la preparación
para nuestras responsabilidades del día.
Una de las doncellas me coloca un corsé oscuro, bordado con hilos azul
eléctrico con apliques de perlas. Creo que pretenden que mi imagen
combine mejor con Israem. Las mariposas, el celeste y el blanco eran para
la princesa; inaceptables para la consorte. Las ballenas de acero sostienen
mi figura, apretando mi cintura y realzando el busto que al rey, a su pesar,
tanto le place. Cada tirante se ajusta con precisión, haciendo del vestuario
una pieza restrictiva, pero necesaria para mi postura.
Debo agregar que el trabajo de confección de esta ropa es excepcional; todo
está distribuido de forma que la tela no se arrugue a se deforme.
—¿Qué tengo programado para hoy, lady Isobel? —le pregunto a la mujer
con entusiasmo. Al fin podré ser útil, una reina en todo sentido. Así, podré
compensar mi fracaso como esposa.
Mientras hago mi pregunta, las otras doncellas se encargan de pulir mis
joyas, la corona incluida: diamante por diamante.
—Nada, majestad. Puede quedarse aquí el resto del día.
—¿Cómo no tendría nada que hacer? Debemos estar rebosando en deberes.
—Su deber es con el heredero, majestad.
Volteo a ver al rey justo cuando están poniéndole su túnica oscura.
—¿Tú saldrás?
La mirada que me lanza es el equivalente a si me hubiera arrojado un
cuchillo.
Recién caigo en cuenta de que lo he tuteado.
Hago una reverencia tortuosa, que incomoda a Eva en su intento por
ponerme mi falda de brocado a juego con el diseño del corsé. Luego
reformulo:
—Majestad, ¿usted...?
Su gruñido, amortiguado apenas por el cubrebocas, me exige silencio.
Las doncellas parecen incómodas con la situación, evitan mirarme, pero
siento el perfume de sus lastimas atosigando mis fosas nasales.
No lo tolero.
—Lady Isobel —demando con educación mezclada con la justa dosis de
autoridad.
Ella me mira con extrañeza apenas digerida. Recuerdo lo que Eva averiguó
al respecto de esta mujer: que es familiar directo de la reina madre, y si no
entendí mal, es a la vez madre del joven aprendiz de veterinario, Aticus.
Con su trabajo de supervisar y adoctrinar doncellas, más su influencia en la
corte como para que le permitan escuchar las discusiones del consejo,
imagino que no estará acostumbrada a recibir órdenes.
Y aún así, termina por decirme:
—¿Sí, majestad?
—¿El rey pretende salir de esta habitación?
—Majestad, yo no estoy autorizada para para responder a eso.
—Yo le autorizo a que responda.
La mujer pasa su mirada entre Israem y yo, buscando una escapatoria. Un
intento vano, pues el rey no es más que un maniquí frente al espejo. Su
silencio le precede.
—Majestad, no me incumben a mí los asuntos marita...
—Lady Isobel, ¿mi marido pretende salir de esta habitación sí o no?
La mujer hace una reverencia que la deja casi postrada ante mí.
—No estoy yo al tanto de los asuntos de su majestad el rey, pero si él así lo
quiere es completamente libre de moverse a donde prefiera. Su gripher está
preparado afuera, listo para ser montado cuando el rey así lo decida.
Es decir, que se marcha el malnacido. Y a mí me piden quedarme en esta
odiosa habitación.
—Lady Isobel, si mi esposo va a ausentarse, ¿quiere usted explicarme cómo
se supone que me quede a trabajar en la búsqueda del heredero? A menos
que pretenda enviar su semilla por correspondencia, no hago nada
quedándome en esta habitación.
Hay un ligero espasmo en la boca de la matriarca, es como si su cuerpo no
tuviera experticia en contener las ganas de reír, y actuara de ese modo.
Yo misma tengo que ocultar la sonrisa que me produce el haberle causado
gracia, y no enojo.
Supongo que ya estoy yo lo suficientemente molesta por todo el castillo.
Israem, sin ninguna clase de modales, pasa por en medio de nosotras para
llegar a la puerta.
—¿Se marcha sin despedirse, su majestad? —pregunto sin moverme ni un
ápice.
La puerta siendo azotada es mi melódica despedida.
Le sonrío con ironía a lady Isobel.
—Le encanto al rey.
—Sin duda, majestad.
Suspiro con cansancio, todo lo que el corsé me lo permite, y no me opongo
mientras las doncellas me colocan los guantes del color de Scar y el anillo
que no solo aborrezco con cada fibra de mi ser, sino que no combina con
nada de lo que llevo puesto. Incluso chilla por encima de mi cabello, medio
suelto y medio trenzado.
—Si me permite, su gracia...
Miro al espejo. Tengo a Eva ligeramente inclinada en respeto detrás de mí.
—Puedes hablar —concedo.
—Si no quiere pasar el día sin hacer nada, tal vez podría acompañarla a la
torre para que recoja sus pertenencias y pueda mudarse aquí.
No creo que haya mucho que pueda traerme, a lo sumo las cartas que he
recibido de Deneb, pero esa opción es muchísimo mejor que quedarme a
entablar conversaciones con las telarañas.
—Maravillosa idea.
—Irá después del desayuno, supongo —dice lady Isobel.
—Comí hasta saciarme anoche, no tengo apetito.
Eva me lanza una mirada sugerente al espejo. Sí, sus pensamientos son tan
indecorosos como los míos. Ojalá tuviera razón en lo que imagina.
Nota de una autora arrecha: quiero matar a todo el mundo y dejar a
Freya a salvo en mi corazón. Pero ella necesita seguir su camino, espero
la acompañen ♡
Subiré nuevo capítulo en breve, pero no por ello se olviden de comentar
por aquí:
¿Qué piensan de la actitud de Israem y las condiciones de su
matrimonio con Freya?
¿Qué piensan de la noche que tuvo Freya?
24: La vagina de la discordia
La torre ya no es mía. Un espacio menos en el castillo, que me recuerde la
princesa que fui.
Me retiro de la morada habiendo recuperado muy poco, dado el tiempo que
pasé ahí. Entre mis pertenencias están apenas las cartas, y el libro inútil que
me obsequió Elius. Lo conservaré, aunque solo sea por el valor sentimental
de su intento.
Indico a Eva que regrese todo a la habitación nupcial, mientras yo desvío
mis pasos hacia mis propios intereses. No con la libertad que aparento, pues
me siguen dos centinelas -uno delante y otro cuidándome diez pasos a la
retaguardia-, más una de mis demás doncellas, a la que se le considera mi
chaperona, aunque se supone que estoy casada y no hay por qué cuidar mi
virtud.
No se puede decir de la corte de Jezrel que pequen de confiados.
No me permiten tocar personalmente la puerta de los aposentos de la reina
madre. Debo aguardar a que el guardia de adelante lo haga, le den acceso,
me anuncie y posterior a eso me permitan la entrada.
En los pocos segundos que paso esperando, solo aspiro a que a Isidora no le
provoque hacerme perder la caminata de diez pasillos y trescientos
escalones hasta aquí.
En estos momentos, agradezco el adiestramiento físico de la guardia de
Deneb, aunque lamento que no se les haya ocurrido ponerme a entrenar en
tacones.
-La reina madre la espera -me indica el guardia al volver.
Alabada sea Ara, una grata noticia en un día tan pesado.
Cuando entro en la habitación, hay un par de doncellas ayudando a la mujer
a sentarse en la mesita donde ha de recibirme. Su vientre de embarazo
nunca me había parecido tan incomodo como ahora, mientras se arrastra por
la silla en una posición impropia, para lograr sentarse como le es posible.
Aunque lleva una túnica de terciopelo color burdeos, su barriga sobresale,
dejando ver el camisón que la cubre.
Me quedo parada junto a la mesa, mi porte como un escudo para no dar la
impresión de que puedo ser intimidada. Y aguardo, hasta que ella, hostil,
como si renegara de mi incompetencia, señala mi puesto.
-Por un momento creí que pretendías hacer de estatua -se queja.
De inmediato, agita una campanita que yace sobre la mesa. El tañido no
tarda en surtir efecto, invocando a la doncella.
-¿El té estará para hoy? -pregunta, sardónica, la reina madre.
-De inmediato, majestad.
No doy crédito a su carente amabilidad, invierto esos momentos en los que
habla, y no conmigo, para fijarme en su rostro.
Hay una ligera capa de sudor que se descubre por el reflejo de la luz cada
vez que se mueve; el tono de sus iris es opacado por los vasos marcados en
sus ojos. Y en su cuello hay un visible sobreesfuerzo, como si el oxígeno
trabajara un turno doble para recorrer el camino a sus pulmones.
El aire está impregnado de una esencia floral. Cuando busco en derredor su
origen y me fijo en el agua hirviendo sobre el fuego que crepita en la
chimenea.
-Niña, no tengo tiempo hoy que quiera perder contigo.
-Como no lo tenía ayer y no lo tendrá mañana. No estoy aquí para saludarla.
Un oleaje negativo se expande por todo su rostro, amargando su expresión.
Es tan inmenso, que temo que el final de aquel fenómeno será una erupción
de su saliva hacia mí; hasta que esa ola tan temible se choca con un muelle
imprevisto, que detiene toda su hostilidad y le dibuja una sonrisa tosca
condimentada de cinismo.
-Israem no ha sido lo que esperabas, ¿o sí?
Empujo todas mis posibles respuestas por mi garganta y me enderezo, justo
cuando vuelve una doncella con la porcelana y la acomoda en la mesa.
Yo no pierdo mi tiempo, pongo mi mano sobre la mesa como si expusiera
mis cartas en un tenso juego, y con mis ojos le señalo el asunto que nos
reúne: el anillo.
-Hermoso, ¿no te parece?
Pero su tono no engaña. En su boca hay una mueca que solo justificaría si
acabara de probar excremento. Detesta esta joya tanto como yo.
Una doncella se acerca servirnos el té, el vapor es reconfortante, se eleva
hasta acariciar mis pómulos. Me transporta a las noches más heladas en
Deneb, cuando mi padre nos hacia infusiones para el frío.
De inmediato, ese recuerdo se marchita con la verdad que llegó luego. Y
debo aferrarme con ambas manos a la taza para que el calor me mantenga
en esta realidad.
-Majestad, tengo derecho a saber...
-Empezamos terriblemente mal, querida -se burla y toma un sorbo de su té,
enseguida instándome a hacer lo mismo-. Bebe, no te aceleres.
-Pero...
-Nada podrás sonsacarme porque creas que tienes derecho a ello. Si
empiezas a hablarme de ese modo, te quedarás temblando de impotencia y
preguntándote en cuál de todos tus agujeros meterte tu «derecho».
Me crispo con el modo en que me habla. Sin embargo, mantengo la
compostura y digiero mi orgullo para no escupírselo a la cara. Por
desagradables que sean sus palabras, no carecen en absoluto de razón.
Esperando contener la tensión en mi mandíbula, me llevo la porcelana a los
labios y bebo un sorbo del cálido té. Las especias estallan en mi boca junto
a la intensidad cítrica de la flor que contiene. La reina madre tiene buen
gusto.
Ella traga su propia infusión y deja la taza reposar en la mesa.
-Acepté recibirte pese a mi reposo porque se ha comprobado que no
ingresaste a la trampilla bajo la torre. Ni siquiera moviste la alfombra. -
Suspira, y entrecruza sus dedos mientras sigue hablando-. Eso prueba que
eres una persona obediente, como has prometido ser. Quiero creer que este
arrebato altanero es un efecto adverso del estrés de estos días, y no un
delirio de poder porque ahora tengas diamantes adornando tu cabeza.
Mis labios se detienen a mitad de un sorbo, y bajo la taza para ver a Isidora
a la cara.
-¿Cómo sabe que no miré en la trampilla?
-Porque yo lo sé todo, y porque era una prueba, efectivamente. Quería saber
qué tan confiable eres como parte de esta familia.
-Yo...
MI cuerpo reacciona desorientado, y es justo así como me siento. Acababa
de llegar al reino, apenas estaba comprometida con el rey, y ya formaba
parte de un acertijo que pudo haberme costado un poco más que mi estadía
aquí.
-Majestad, yo ni siquiera consideré asomarme. Es un hecho que desde que
me dijo que era una prohibición, quité la idea de mi cabeza sin permitirle
siquiera tentarme.
-Así has demostrado. Fuiste entrenada como caballero, ¿me equivoco?
-No llegué a ser ungida, pero sí. Recibí el adoctrinamiento.
-Y me alegro. Te han enseñado bien a acatar, excepto por las veces que se te
ocurren ideas como encerrarte en un calabozo, por supuesto.
-Es que resulta que también me enseñaron de ética y códigos morales.
Ella pone los ojos en blanco y vuelve a su taza.
-No retomemos ese tema ingrato, que acabaré dando a luz de la ira que me
genera.
-Estoy de acuerdo.
-Ahora, haz tu pregunta como debe hacerse.
La chispa dentro de mí, esa única parte que confiaba en que esta
conversación diera algún resultado, empieza a crepitar como la leña que
calienta la habitación. Casi no contengo la emoción por verme tan cerca de
las respuestas que tanto he demandado en silencio.
Hago ademán de formular mi inquietud, pero Isidora me interrumpe.
-¡Qué egoísta soy! Ignoraba por completo que no te he dado mis
felicitaciones por tu reciente boda.
-No se preocupe. Y gracias.
-¿Recibiste suficientes obsequios o ameritas uno de mi parte?
-Solo si lo que puede obsequiarme es el honor de ser escuchada.
-No vayas a ponerte a llorar aquí, por favor. -Bufa, una especie de queja a
mi impaciencia, y vuelve a tocar la campanita. Una sirvienta se le acerca
con pañuelos, secando el sudor que ya le corre por el cuello.
¿Qué le sucede?
-¿Se encuentra bien, Isidora? -la llamo por su nombre, pues recuerdo que
ella así me lo había pedido cuando estuviéramos en público.
-Evidentemente no, pues te tengo aquí interrumpiendo mi descanso
reglamentario.
Aunque sus palabras pasan perfectamente por un insulto, en realidad me
causan remordimientos. Si un especialista le ha recomendado un reposo y
yo lo estoy incumpliendo con preguntas que no son igual de urgentes que su
salud, entonces estoy actuando en contra de mis principios, y de toda
empatía.
Mi expresión actúa como un texto subrayado, porque Isidora me lee con
facilidad y contesta:
-No te mortifiques, niña. Incluso tu molestia es mejor que esa cama.
-Pues... ¿gracias?
Ella se remueve en la silla para mejorar su posición y recostar su cuello del
respaldo, y entonces dice:
-¿Qué quieres saber del anillo que no puedas preguntarle a tu esposo?
-Como comprenderá, mi esposo no habla mucho.
-Te habla más que a la mayoría.
Esa afirmación, y viniendo de su madre, me calienta el pecho mucho más
que el té.
-No lo suficiente. Por ahora, sus palabras se me otorgan como una
instrucción, jamás para darme aclaraciones. Debo enterarme de todo por
terceros. Como cuando me enteré de que esta alianza pertenecía a la otra
esposa de Israem. ¿Se puede saber...? -Aclaro mi garganta para corregir el
arrebato-. ¿Sería tan amable de aclararme, de qué otra esposa estamos
hablando?
-En cuanto tú me digas quién te ha dicho esa falsedad.
Me rio, o eso parece, porque no hay una pizca de emoción en el sonido que
emiten mis labios.
-Usted y Ara saben que yo desconozco muchísimas cosas, pero ser nueva en
algo no te hace estúpida. Yo, por ejemplo, si de una cosa estoy segura es de
que existe esa otra esposa. Solo necesito los detalles, así que no me intente
engañar como a un niño al que se le sustituye su juguete por una ramita.
-¿Quién te lo dijo? -insiste, y lo hace muy firme y hasta atemorizante.
Entiendo su insistencia, entiendo que pretenderá empujarme a la
desesperación por conocer la respuesta. Ella sabe que la necesito, que si
pudiera obtener la verdad por otros medios ya lo habría hecho. Y entiendo
su jugada. Porque es posible que este sea un tema clasificado, algo que no
es de dominio público; es posible que se preocupe, que quiera conocer la
grieta en su corte que me filtra esta información.
Pero no puedo perjudicar a Elius por algo que me reveló inconsciente, como
no puedo quedarme con esta duda.
Me levanto.
-Le agradezco su té. Debido a que no veo factible un acuerdo entre nuestras
partes, tendré que informar a mi familia en Deneb de esta irregularidad
presentada, para que se abra una investigación formal por sus medios. Ya
que, como bien sabrá, cuando se discutió esta alianza jamás se mencionó
que íbamos a ser tres en este matrimonio.
-Siéntate inmediatamente.
-No veo el motivo de incordiarle más, si este asunto ha llegado a su fin.
-Mi hijo no es ningún bígamo, así que siéntate en esa cochina silla o haré
que mis doncellas te ayuden.
Alzo las manos en señal de paz y yo misma me siento.
-La persona que te informó al respecto del anillo no es tu amiga, niña.
Espero te quede claro. Sin duda alberga malas intenciones que desconozco,
tal vez pretende enemistarte con tu ahora marido.
Una parte de mí se altera cuando Isidora me llama con apodos tan
diminutivos. Sin embargo, comprendo perfectamente que este es su
territorio y quiere hacérmelo saber. Antes de mí, ella era regente; ahora
conserva el título de majestad por mero sentimentalismo y tradicionalismo.
Hay una dinámica entre nosotras donde ella ostenta el poder aunque por
derecho me corresponda, y no voy a discutirlo exigiendo que use el título
que me corresponde cuando no estoy a la altura por el momento, y menos
cuando puedo conseguir mucho más tan solo dándole lo que quiere. Ella se
place de mi docilidad, ¿por qué negársela?
-Pero no miente -digo en referencia al ignoto que me he ha dado la
información que discutimos.
-Miente en la medida que malinforma por completo.
-La escucho, su majestad, usted explíqueme.
-Niña, yo te advertí a tiempo que el corazón de Israem no esta disponible
para corresponder el tuyo. Pero no... tiene... ninguna... otra... esposa. A una
sola mujer ha amado, y para cuando... el rey, se aferra a una emoción, la
vuelve tan extrema como una tormenta. Ya habrás advertido que no es
hombre de tener punto medio. Su ira es un caos, su amor un imperio. En el
pasado, muy, muy, pasado, se enamoró de una cualquiera ambiciosa. Ella
envenenó su mente, le quitó el foco a lo que en realidad importa: su reino,
su pueblo, su corte. Israem solo podía pensar en que la amaba. Pero ella era
una plebeya que no solo accedió al castillo como criada. Además, estaba
casada con otro hombre al que engañó.
-¿Con engañar se refiere a que le fue desleal con... mi esposo, o a que lo
enredó en un engaño distinto?
La reina madre negó con la cabeza, su sonrisa cínica al borde del desquicio.
El recuerdo de esa mujer sin duda traía a su cuerpo los impulsos más
depravados.
-Ambos, Ara sabe que ambos. Se hizo amante de ese noble, y luego fingió
estar encinta. El hombre actuó como todo un caballero, y se casó para
proteger la reputación de la mujer, aunque él era codiciado, pudiente y
podía concretar un matrimonio mucho más beneficioso.
-¿Y era falso? ¿No estaba embarazada?
-Esa es mi parte favorita, la más graciosa de este teatro. -La reina madre se
ríe con desquicio y se precipita a su taza de té-. La nena fingió un aborto.
Clásico, y crítico para el corazón de un hombre; si bien no sirve de mucho
para ganarse algo de amor, la lástima y la protección eterna la tienes
garantizada.
»Hasta que esa historia dejó de serle útil, y para fingir pureza ante los ojos
de Ara, le dijo a Israem que todo era falso, que su matrimonio era un arreglo
por conveniencia, una pesadilla, que nunca estuvo embarazada y que de
hecho era doncella, digna para casarse con un rey.
Esto está mejor que el último libro de cosmos hormonales que me desveló
toda una madrugada. Esta corte debe considerar vender esa historia a una
escritora fantasma.
-Y lo hicieron -me adelanto-. Se casaron, evidentemente.
Isidora me mira con desprecio, podría aventurarme a decir que en este
instante no es mi rostro el que ve, sino el de aquella que estuvo antes.
Entonces su uña choca contra la mesa, y lo hace repetidas veces mientras
me habla.
-Nadie en esta corte, ni en ningún lado, habría aceptado ese matrimonio
bajo ningún concepto. Israem es el rey, su matrimonio es y siempre será un
asunto de Estado, un evento de muchísima discusión. No podía regalar su
mano a una persona que no beneficiara en nada el reino, mucho menos a
una mentirosa que ya estaba casada y usada y Ara sabe qué más.
-Pero sí se casó -insisto con impaciencia.
-Con una puta guerra encima y al muy insensato lo mejor que se le ocurrió
fue huir con la golfa hija de Canis y casarse sin la maldita bendición de
absolutamente nadie.
-Eso quiere decir que está casado -digo con mis dientes rechinando por la
presión.
-¿Nos ves cara de imbéciles por aquí? Israem puede hacer lo que se le
antoja la mayoría del tiempo, pero eso no implica que lo que haga sea
privado. Cada facción que compone este reino tiene ojos, espías que siguen
los movimientos del rey a mayor o menor distancia. ¿Dudas de que alguien
notaría su infructífero amorío, su ausencia y la de ella, o el anillo con el que
la "honró" durante meses antes de dar el paso? Para cuando dieron el acepto
ya había un ejército en su cuchitril de amor.
Escondo las manos debajo de la mesa, y lejos del escrutinio de la reina me
quito el anillo. No quiero sentir un segundo más esa piedra impuesta sobre
mí.
-Y, según el papel que ellos mismos firmaron, que es el documento
correspondiente para que todo matrimonio sea legal -retoma sin advertir mi
movimiento-, ningún matrimonio está consumado hasta que ambos realizan
el acto conyugal bajo la bendición de Ara. Acto que no les dio tiempo de
consumar, puesto que llegamos antes de que pudieran quitarse los guantes
siquiera. Así que, legalmente, ese matrimonio era inválido. Por lo que no,
chiquilla, no hay "otra esposa". Nunca llegaron a estar casados, no
realmente.
-¿Quiere que crea que la dejó ir, así sin más? ¿Luego de haber desafiado a
todo su reino por ella? ¿Simplemente permitió que anularan el matrimonio?
-Y todos vivimos felices por siempre, ¿no? Ojalá hubiera sido así. El
malnacido nos hizo ir a juicio. -Me señala con la cuchara del azúcar-. Solo
yo puedo decirle así, yo soy su madre.
Asiento a la vez que contengo el cosquilleo de la risa en mis labios. No
pensaba seguir su ejemplo.
No en voz alta.
-Por poco no declaró hasta Ara en ese juicio. Por supuesto, se demostró con
evidencias de sobra que el matrimonio en vigencia de la golfa había sido
extremamente consumado, incluso había testigos numerosos de su aborto
fingido. Solo entonces el rey se decepcionó de ella. Él, y el marido de la
vagin de la discordia, a quien se le concedió el divorcio inmediatamente.
Ella fue desterrada a Polaris sin derecho a renovar su vacuna, por el crimen
agravado de contaminar la mente del rey y poner en peligro el futuro de
Jezrel. Ya ha de estar muerta.
Pongo el anillo sobre la mesa. Lo dejo reposar, a la vista de ambas, con las
luces verdosas fluctuando por su superficie. Dejo mis manos en mi regazo,
y luego miro a la reina madre.
-No me haga usarlo. Estoy dispuesta a rogar si lo amerita.
En sus ojos hay un destello de humanidad, escasa e inalcanzable para la
mayoría, pero frágil de un modo vasto y terrible.
-No me corresponde a mí decidir qué cargas puedes llevar, y de cuáles
puedes ser libre.
-Majestad... -Mi voz se quiebra a media palabra, e hincho mi pecho de
oxígeno para recuperar el valor-. Por favor, no me haga llevarlo.
-Tu matrimonio: tu guerra.
Agarro el anillo con tanta ira que la plata resuena contra la madera mientras
lo arrastro de vuelta a mi guante.
-Si te hace sentir mejor -dice-: no creo que lo haga para herirte. De hecho,
imagino que cuenta con que no lo descubras nunca. Tiene la tendencia a
creer estúpido a cualquiera menor de cincuenta que no lleve un título
medianamente cercano al suyo. Creo que lo ha hecho porque quiere
castigarnos a los involucrados en su corazón roto, a mí en primer lugar. Sé
que una parte de él habría preferido vivir engañado toda su vida.
-Quisiera saber el nombre, majestad. ¿Podría decírmelo?
Ella se lo piensa un segundo, y con eso me basta para insistir. No debo
dejarla encontrar una excusa.
-Por favor. Si voy a guardarle este rencor en secreto a esa mujer, al menos
quisiera saber cómo se llamó.
-Te lo diré. Pero no intentes descubrir más sobre ella; además de insano
para ti, es doloroso para muchos otros.
Me comprometo a ello, porque de todos modos la alternativa es un
desconocimiento peor.
-Suleima No sé qué, eventualmente lady Suleima Hadeum.
-Gracias a Ara -El aire sale de mis pulmones a apretujones, como si hubiera
estado contenido en fila esperando que abriera las compuertas de mis
labios.
-¿Qué, chica? ¿Estás perdiendo la cordura tan pronto?
-No es eso, es solo que... Me preocupaba que tuviera un nombre bonito.
La reina lo intenta, una respiración, un par de parpadeos, pero al final
termina ocultándose tras la porcelana para que no pueda ver la clara sonrisa
que lleva como advertencia a una posible carcajada.
Es el momento menos tenso hasta ahora, colindante con la tranquilidad;
hasta que empieza a toser ese té.
Y lo que empezaron como gorgojeos que podrían ser culpa de la bebida,
acaban en gritos que presagian una atrocidad que no soy capaz de
comprender.
La reina se toma el vientre con una mano, y con la otra azota la campanilla
como si con esta pudiera invocar a Ara para que bajara a relevarla de su
dolor.
Porque no puede ser más que eso lo que experimenta según las contorsiones
de su rostro, la manera en que sus dedos se retuercen al borde de una
fractura, y cómo cada vena de su cuerpo brota, hinchada y con amenaza de
colapso. Con solo mirarla, sé que Isidora Belasius está experimentando la
más atroz de las dolencias existentes: la de estar a punto de traer a una vida
al mundo, y no sentirte humanamente capaz.
En un parpadeo la sala se llena de manos, ojos y órdenes de todo tipo. Las
parteras intentan someter a la reina madre a que se tumbe, pero esta parece
poseída por un proceso que va más allá de todo entendimiento. Solo puede
gritar, y clavar sus uñas en todo aquello que se le atraviesa.
Se me hace surrealista lo que vivo. Hacía un momento estaba ejerciendo mi
drama sobre no ser la primera esposa de Israem, y ahora presencio una
batalla que parece superarme en todos los niveles, tanto físicos como
mentales, pese a ni siquiera ser mía.
Me quedo petrificada dentro de mí. Mi cuerpo se mueve con la naturaleza
de las instrucciones de un cerebro que no me necesita: cargando agua,
pasando y recogiendo toallas, apartándome cuando alguien más importante
se aproxima.
Un parpadeo y la habitación se llena con todo el consejo, y los espacios
vacíos son ocupados por los alaridos de Isidora Belasius.
Solo el rey se ha ausentado, la persona a la que, tal vez, más necesita la
mujer en la cama.
Consigo el impulso necesario para asomarme más al parto, y observo cómo
el sudor se aferra a la piel de Isidora. La luz de las velas resalta las gotas,
creando un brillo febril que me urge secar, pero me temo que es lo que
menos se necesita ahora.
Intento mantenerme firme, pero mis manos se retuercen mientras las
doncellas se mueven frenéticas, sus manos manchadas de sangre.
El rostro de la reina madre pierde color a medida que el dolor lo desgarra.
El bebé se niega a salir.
La voz de Isidora es un eco doloroso que reverbera en mi pecho,
reclamándome. Este es mi destino. Mi seguridad y la de mi familia depende
de que un día yazca en su situación, librando una batalla similar, y
sobreviva al desgarre.
La reina madre intenta levantarse, pero sus piernas ceden bajo el peso de la
agonía. Absolutamente todos se abalanzan a ayudarle, pero los empuja a
todos con golpes que son más que una advertencia.
Camina, o más bien se tambalea, pegando gritos. La sangre cae a chorros de
su cuerpo, dejando un rastro vinotinto en el suelo helado.
Las doncellas la rodean, desesperadas. Algunas intentan detenerla, pero la
reina madre es tan testaruda como una enfermedad.
Se aferra al alféizar de la ventana, permitiendo que lord Cedric la sostenga a
su espalda. Un leve apoyo más bien preventivo.
Entonces Isidora echa la cabeza hacia atrás, sus ojos están desorbitados, su
cabello enmarañado. La sangre empapa sus pies en un flujo que me deja
temblando de horror. Y entonces, ese alarido; insoportable, carente de
cualquier rasgo humano.
Grita tanto, y tan fuerte, que en un momento en comenzado a llorar,
hiperventilándome, hasta que un codazo de Elius a mi lado me hace tener
consciencia de mis actos y rápidamente limpio la humedad en mi rostro.
Finalmente, varias personas intervienen. La sujetan con fuerza, amarrándola
a la cama. La reina madre lucha, sus uñas arañando carne y madera por
igual.
Los gritos se convierten en gemidos guturales. La habitación parece
encogerse a medida que el dolor se expande como las toxinas de la azir,
enfermándonos a todos.
Y entonces, el bebé emerge. La reina madre exhala un último aliento, y el
mundo se detiene. El pequeño cuerpo es todo lo que cabría esperarse en un
ser tan pequeño y frágil.
Pero no llora. Isidora lo hace lo suficiente por él, como si ya lo hubiera
esperado.
Pero para, abruptamente, y nos mira iracunda a todos. Pide que la desaten y,
en tanto lo hacen, se sienta nuevamente a terminarse su te. Bañada en
sangre, sin un resquicio de limpieza en su ser, bebe de la porcelana
manchada con un desapego preocupante.
El cadáver del príncipe recién nacido es envuelto en las sábanas de su
madre.
Quiero hacer, o decir, cualquier cosa que pueda resultar útil. Pero
sencillamente me muevo en obediencia cuando Isidora dice:
-¿Saciado su morbo? Pueden largarse todos de mi vista.
Miro a Elius al salir, y sus ojos me dicen: haz las preguntas, pero no aquí.
~~~
Nota: Díganme todo lo que piensan del anillo, de la "otra esposa", de la
reina madre y de su lamentable pérdida.
¿Qué creen que le depare este matrimonio y reinado a Freya?
A los 500 comentarios mencionenme para subir el otro cap
25: Nukey
Las cadenas pesan más cuando se llevan con una consciencia ligera.
Hacer el bien es lo recomendable siempre, y con frecuencia lo menos
conveniente.
Una figura oscura y cabizbaja arrastraba sus grilletes por el corredor de la
muerte. La toga se arrastraba por el suelo bañado de las pisadas de
verdugos, criminales e inocentes, y una capucha se cernía sobre el rostro
perpetuando su anonimato; sin embargo, era incapaz de opacar esa sonrisa
de medialuna, tan brillante y afilada que desafiaba toda penumbra.
Era esa sonrisa más que suficiente identificación.
La prisión del núcleo de Polaris se extendía en descenso por lo que parecía
una caída eterna. Los pasos se hacían más lentos cada vez, y las puntas de
aquella sonrisa se iban volviendo romas en tanto el brillo de la dentadura se
opacaba.
Guardias comunes y prescindibles, llevaban sin demasiada precaución al
enmascarado de Jezrel a las entrañas de su purgatorio. Y ninguno, ni ellos,
ni los pasillos de ambos lados formados por filas de innumerables personas,
parecían disfrutar el proceso.
«Nukey», aclamaban. La pronunciación, como si rezaran el título de una
potencia en el reino cósmico. Sus voces iban entre los gritos a los
murmullos; quebradas y firmes; de fe temblorosa y fieles en su especie de
veneración.
«Defiéndete», alentaban algunos. Otros repetían órdenes similares, que más
parecían súplicas desesperanzadas.
Al final del corredor, aguardaban dos figuras a cada lado de la puerta; un
hombre y una mujer. Mellizos que compartían un tono nocturno en su piel.
Uno estaba postrado, la otra resistía de pie, pero no miraba a nadie a los
ojos.
Las voces se alzaron como una marea cuando las manos se aproximaron al
cerrojo de la puerta.
«Nukey, Nukey», rezaban como sombras detrás de la figura del
enmascarado.
—No lo hagas —dijo el hombre postrado junto a la puerta. A diferencia de
su hermana, este tenía el rostro alzado, haciendo imposible de ignorar el
parche que sustituía uno de sus ojos.
—Le ruego que reconsidere —dijo su hermana, y alzó la vista. La mitad de
su rostro resaltaba por las espirales de tinta blanca que llevaba tatuadas—.
Hay otras maneras...
Ella se detuvo cuando miró a quien llamaban Nukey negar lentamente, su
sonrisa refulgiendo con tanto brillo, pero parecía un último y desesperado
intento por mentenerlo vigente.
—Será una cicatriz más. Una arruga más cerca de la sabiduría. Me aferro a
que no será la peor.
Pero los mellizos intercambiaron una mirada, como si de hecho dudaran de
esa afirmación.
Y justo cuando Nukey atravesó la puerta, la curva de su sonrisa se agotó, y
su brillo se apagó, desplomado.
El alto lord de Polaris esperaba en medio del cuarto donde cumpliría su
sentencia.
Y no fue este quien habló, sino un escriba posicionado en medio de los
verdugos.
Al principio, Nukey ni siquiera escuchaba sus voces. Toda su atención
estaba condensada en la jaula al fondo. Una magna criatura, de plumaje
impoluto y enormes garras y melena reluciente, estaba sometida bajo
dientes de metal en cada parte de su cuerpo que podía considerarse un
peligro: todas, en absoluto.
Miró a sus ojos, tan rojos como el mar de podredumbre; entonces tan
frágiles como una hoja marchita. La criatura se sometía al libre albedrío del
hombre que se entregaba al juicio, pero lo resentía tanto como si fuera este
quien le clavara las mordazas dentadas.
El humor del acusado se enturbió, y con él la densidad del aire comenzó a
espesarse tanto que respirar se sentía como un intento de verter agua por los
pulmones. Y asimismo, el entorno se llenó de una neblina gruesa que
ilustraba el fenómeno natural a los ojos de todos.
—Nukey —ladró el alto lord, como quien regaña a un lobo amaestrado.
El pigmento rojo dejó los ojos del acusado como sangre que se diluye en
agua. Sus dedos se estiraron y se retrayeron mientras levemente se iba
acompasando su respiración. Al unísono, la niebla iba perdiendo su
densidad.
Lo sentaron en medio del cuarto, y le amarraron de brazos y piernas a la
silla.
—Sabes de sobra de qué se te acusa —dijo el alto lord.
Nukey asintió.
—Ni siquiera voy a darte la oportunidad de interponer tus acertijos.
Traicionaste nuestro acuerdo, y me humillaste como nadie había hecho
delante de toda la nobleza de Jezrel. Estabas en esa coronación para luchar
por mí, y solo me usaste para defender a esa zorra.
—¿Cuál será mi condena? —preguntó el enmascarado.
—Después de mucho pensar... Destierro. No quiero tenerte cerca de mis
dominios. No me interesa lo que hagas con tu vida después de aquí.
—¿Y los secretos que tengo de su corte? No parece inteligente desterrarlos
conmigo.
—Si pudiera tomar tu vida, lo haría con mucho gusto. Si la alternativa es
tenerte de prisionero en una cárcel donde eres un mártir... Prefiero vivir
asumiendo que lo que crees que sabes será ahora de dominio público.
—Lo aprecio, mi lord. Pero no lo acepto.
—No es algo que puedas aceptar o rechazar.
—E incluso así, insisto. Yo acepté su causa por nuestros objetivos en
común, pese a nuestros diversos ideales. Quiero seguir a su servicio.
El alto lord rio de sus palabras, como si las encontrara contaminadas de
gracia.
—Aclaro que no es esto una broma —insistió Nukey.
—Poco te esfuerzas en que parezca lo contrario. Si tanto te importa mi
causa, ¿por qué la perjudicaste tanto cuando pudiste beneficiarla
enormemente en una sola noche?
—¿Quiere la verdad?
—Si es que conoces su significado, intenta con eso.
Nukey alzó su cara, mirando a los ojos al alto lord.
—Fui humano —Esa dura respuesta hizo temblar los huesos de su
mandíbula.
—Tú no eres humano.
—Lo fui entonces —insistió—. La parte humana de mí, mínima pero
inevitable al haber sido gestado en un vientre humano, no me permitió ver a
esa mujer e imaginar todo lo que se le vendría encima siendo ella tan
ingenua que parece falso. Entiendo los motivos de su misión, pero entonces
solo veía a tan genuina criatura a punto de ser arrestada, sometida a un
examen invasivo, humillada y quién sabe qué otras atrocidades previas y
posteriores a perder su lugar en este reino. Solo... no pensé.
—Claramente, no lo hiciste.
Un silencio se prolongó entonces, mientras los verdugos se reunían y
deliberaban.
Hasta que dieron la impresión de llegar a un acuerdo.
—No me sirves de nada ni preso ni desterrado, y Canis sabe que eres útil
como nadie. Así que te daré la oportunidad de probarme tu lealtad como se
acostumbra en mi corte. ¿Estás dispuesto? ¿Crees soportar la prueba de la
fidelidad y quieres hacerlo solo por el honor de servirme?
El enmascarado temblaba, sus huesos resintiendo la presión entre sí.
Sostuvo la mirada del alto lord con ira, la temperatura del aire a su
alrededor subiendo hasta que cada uno de los presentes empezaron a sudar.
Todo en su ser, en su cuerpo, en sus gestos y en su lógica parecía demostrar
que no quería hacerlo. E incluso así, acabó por decir:
—Que así sea.
Para cuando empieza a cobrarse el pecado de aquel a quien todos conocen
como el enmascarado de Jezrel, el aire estaba tan espeso como ardiente,
como si las entrañas de la prisión de Canis sudaran sobre aquel cuarto.
Las llamas danzaban en los bordes de los cuencos de lava, su fulgor naranja
y rojo iluminando las caras impasibles de los verdugos.
El alto lord observaba desde trono improvisado. Su mirada irónicamente
helada entre tanto fuego.
El primer verdugo se acercó.
Nukey no se inmutó. Era esa certeza de una vida infinita, lo que hacía que
pesara más sobre sus hombros el saber que no escaparía indemne.
El verdugo tomó las manos del hombre, sus guantes de cuero crujiendo, y
las sumergió lentamente en el líquido hirviente.
El calor fue insoportable al primer impacto. La piel se contrajo, los
músculos se tensaron. El hombre aprietó los dientes, pero no gritó. No por
negarle la satisfacción al alto lord, si o por minimizar la tortura para el
felino que emitía tan lamentables quejidos dentro de su jaula.
Cerró los ojos para no ver al gripher retorcerse, y se concentró en la
sensación abrasadora.
La lava se adhería a su piel como una segunda capa, fundiéndose con ella.
El dolor se convertía en una marea, como aquel fuego que se elevaba desde
sus dedos hasta su muñeca.
El aire en la cámara de tortura se espesó aún más, como si el propio dolor se
hubiera materializado en un humo ardiente. Las llamas de los cuencos de
lava titilaban, salpicando gotas que derretían el suelo a medida que Nukey
más temblaba.
Hasta que escuchó las cadenas y abrió los ojos, viendo cómo el gripher
luchaba contra las ataduras que lo mantenían prisionero.
Entonces el dolor se intensificó, porque vivía el suyo, a carne viva ardiendo
sobre su piel, y el de aquella criatura inocente que moría por poder
ayudarlo.
El verdugo sacó sus manos de los cuencos, permitiéndole respirar una vez,
y sin más que esa bocanada de aliento volvió a sumergirlo en la tortura.
El gripher gruñía, un sonido gutural que vibraba en el aire; y cuando Nukey
apretó los dientes con más fuerza, sus alas se agitaron con una furia que
parecía trascender la carne y los huesos.
Cada vez que el verdugo sumergía sus manos en la lava, el gripher se
retorcía, como si compartiera el tormento.
El hombre temblaba, su cuerpo luchando contra la agonía. El sudor brotó de
su frente y se mezcló con las lágrimas que no fue capaz de contener.
Cuando el dolor fue demasiado, insoportable en todo sentido, Nukey se
refugio en los ojos rojos de su compañero de condena. Era el único que
parecía compartir esa rabia.
Finalmente, el verdugo retiró las manos de Nukey de la lava.
Se miró las manos, notando que la piel había quedado tan maleable como
plastilina.
Entonces, el alto lord se levantó de su trono con dagas filosas en sus manos.
Nukey sentía los nervios del gripher empujar sus propias emociones, y eso
acabó por quitarle el control, haciendo que jadeara.
El alto lord tomó una de las manos de Nukey, que sintió el filo abrirse paso
por su piel, hundiéndose en su carne para tallar una «h».
La sangre brotaba, tan caliente que como la lava.
La siguiente letra, "e", se trazó con igual crueldad. El hombre maldecía y
bramaba, temblando con los gritos atorados en su garganta mientras sus
ojos estaban fijos en el alto lord.
Los ojos del gripher parecían enviarle órdenes, súplicas y hasta palabras de
alientos.
«Libérame».
El gripher se irguió en su jaula, sus alas extendidas.
El viento, antes inmóvil, se agitó con brío. Las ventanas del lugar
comenzaron a temblar y agrietarse. Pero no era posible, pues estaban
hechas para resistir un sismo.
El cuarto rugió como si una tormenta se volcara sobre ellos, como si el
gripher hubiera convocado la ira del reino cósmico.
El alto lord retrocedió, sorprendido. Los verdugos titubearon. Pero el susto
perdió la primicia, y nuevamente corrieron a someter al condenado.
«He pecado», se leía en una mano, con letras todavía sangrantes.
Y luego fueron por la otra.
Con el rostro inundado en sudor y lágrimas, Nukey vio al techo mugriento
mientras la tortura se extendía, y como si hablara a un poder más allá de
este, más allá del reino cósmico incluso, dijo:
—¿Por qué me has abandonado?
Nota: qué capítulo... No me gusta comentar mucho los capítulos del
enmascarado para que mis reacciones no les hagan spoiler, pero sí les
puedo decir que hay algo que me enorgullece muchísimo de esta
historia y es que sé que si en algún momento pasan a releerla, van a ver
detalles que al final tendrán sentido y que por ahora la mayoría está
pasando por alto.
Ah, y que me duele muchísimo que Mizar sufra por razones personales
xD
¿A ustedes qué les ha parecido? ¿Qué piensan del personaje?
El siguiente capítulo ya está listo, y es bastante revelador sobre algunos
temas, así que cuando llegue este a
500 comentarios lo subo. Les amo ♡
26: Resistencia de mariposa, gracia
de cisne
Resistencia de mariposa,
gracia de cisne
Ni un segundo más puedo permitir que exista un detalle, por mínimo que
parezca, que pueda usarse para vincularme al despiadado asesino de la
máscara. Por un instante, mientras él y yo estuvimos solos en el pasillo de
los baños del puerto, llegó a confundirme lo suficiente como para creer que
es posible tener una conversación con él, que puedo escucharle sin que sea
necesariamente un crimen, que puedo hablarle sin que signifique un peligro.
Pero ahora me queda claro lo ingenua que he sido, guardando su máscara
como si pudiera hallarle un significado y salir ilesa.
Y quedé humillada el día de mi boda, al borde de un juicio, a una estocada
de perder a mi embajador.
El enmascarado jugó con todos en mi coronación, y la verdad de lo que
pretendía descansa en la consciencia del alto lord de Polaris al igual que en
la retorcida mente del asesino. Pero yo renuncio a intentar entenderle. No es
mi responsabilidad atrapar a los criminales. Israem y su consejo tendrán sus
motivos para no haberlo atrapado antes, ni apresado durante la boda. No es
un asunto en el que me convenga involucrarme, no si sigue poniéndome en
peligro a mí y a los míos.
Israem está de cacería, o eso averiguó Eva para mí. Tuve que decir algunas
mentiras, y vender a precio de rebaja algunas joyas —ya que no tengo
acceso a mi fondo económico sin la autorización de mi marido— pero al
final me permitieron salir de compras con mi doncella y algunos guardias.
No fue difícil para nosotras escabullirnos entre los probadores y salir
disfrazadas como pueblerinas para despistar a nuestros guardias.
Segundos más tarde estábamos corriendo al centro de transporte más
cercano y pagando el doble del dinero requerido por un vuelo en gripher
hasta Puerto Medusa.
El sobreprecio fue para evitar dar nuestra identificación.
Lo que, por cierto, como reina debo anotar como una problemática de
nuestro sistema. Si se lleva un registro de los vuelos ha de haber algún
motivo importante, y si es tan fácil de evadir entonces tenemos un gran
inconveniente.
Espero que la corte no me castigue demasiado cuando se entere de mi
ausencia. No es algo que pretenda repetir, es una situación desesperada. No
quiero testigos de lo que estoy por hacer.
Las velas del Sonido del viento ondean como alas de griphers. Su proa
esculpida representa a un cuervo alzándose sobre las olas de podredumbre.
Un cuervo en honor al apellido real. Me pregunto cómo reaccionaría la
tripulación si supiera que tienen a bordo de su barco a nadie menos que la
reina consorte de Jezrel.
Eva está mirando la marea. Su disfraz es mucho menos elaborado que el
mío, sin necesidad de un velo que cubra su rostro, pues el suyo es mucho
menos reconocible.
Me paro a su lado y me asomo al borde de la cubierta, mis dedos
aferrándose al barandal de ébano. Las aguas burbujean como un corazón
que, moribundo, vomita su propia sangre.
—¿Está segura de esto? —Ella pregunta.
Aferro la máscara con más fuerza debajo de mi túnica. Ella no me ha
cuestionado nada en todo el viaje, supongo que esta es la parte dura para
ella. Tal vez, lo que para mi es una maldición, para ella es un símbolo de
gran valor que no quiere ver devorado por el mar de podredumbre.
—Si quieres puedes esperar en un camarote, Eva.
Ella mueve la cabeza a ambos lados.
—No, majestad. Ya estamos aquí, ya soy cómplice de esto.
—No lo eres... Eva, tu me sirves a mí, no a mis acciones.
Ella no dice nada, pero veo sus nudillos blanquearse en el barandal. A estas
alturas, siento que no importa cuanto me esfuerce. Estoy condenada a su
odio, no puedo evadir mi responsabilidad en sus traumas con amabilidades
forzadas.
Escucho el sisea de las burbujas del mar al reventarse, y los gases emergen
en espirales. Por instinto, me llevo una mano al cubrebocas y la presiono
con más fuerza.
Eva, por el contrario, se quita el suyo y lo arroja el mar.
Quedo anonadada al ver como cierra los ojos y aspira, como si quisiera
llenarse los pulmones de toda esa muerte.
¿No estará...?
—¡Eva!
La tomo por el hombro y la alejo de la orilla. Temo por las ideas que han de
estar gestándose en su mente adolorida.
Me quito el velo y se lo ofrezco para que cubra su boca.
Y ella se ríe.
—Majestad, yo vengo de Polaris. Nací de padres inmunes, y convivía con
infestados como usted con su corte. Esta plaga no puede matarme.
—Pero... Es mejor prevenir...
—No voy a portar la enfermedad y contagiarla, si es lo que le preocupa.
Mientras se vacune en las fechas correctas, no corre riesgo de infección.
Quiero volver a replicar, pero me muerdo la boca. Ella es la local, yo una
extranjera. Aunque ahora sea la reina de Jezrel, debo creer más en quienes
habitan el reino que en mis prejuicios sobre este.
El mar se retuerce en remolinos bajo nosotras, como un estómago lleno de
ácido preparado para engullirnos. Es el momento.
El viento arranca bufandas y sombreros de los demás pasajeros, e incluso
mi velo es arrancado de mi mano y arrastrado al hambriento corazón de este
mar de aguas infestas.
Mi pecho late atemorizado. Quiero gobernar este reino pero desconozco sus
aguas tanto como para que me aterren. Me aferro al barandal como si
pensara que esta tempestad es solo una artimaña de la naturaleza para
consumirme.
Entonces lanzo la máscara al mar embravecido, confiando que en sus
entrañas se borrará todo rastro que me vincule a ella, aferrándome a la idea
de que nunca más volverá a flote.
Eva me mira y reacciona asomando la mitad de su cuerpo fuera del barco.
Supongo que es incapaz de perderse el momento en que el remolino rojo se
trague esa pieza que tanto parece significar para ella.
Pero una sacudida del mar agita el barco de manera lamentable, haciendo al
cuerpo de Eva alzarse en una voltereta por encima de la baranda y
precipitarse hacia el oscuro agujero en medio del oleaje.
Grita, pero el sonido me llega amortiguado por el pitido de mis oídos. La
escena transcurre con una lentitud innatural, los movimientos de mi entorno
van acompasados a cada latido de mi corazón, y cada pulsación están
separadas entre sí por una eternidad.
No sé lo que hago, no maquino ni uno solo de mis movimientos. Sé que es
insensato lanzarme por encima de la baranda, que estoy arriesgando mi
propia vida, pero nada de eso es lo que considero cuando la mitad de mi
cuerpo se precipita al mar y mi vientre choca con la baranda, frenando la
caída.
Extiendo mi mano hacia Eva y ella hace lo mismo. Apenas mis dedos rozan
los suyos, siento una descarga estática que casi provoca que la suelte. Pero
al contrario, me aferro a ella, sintiendo el peso de su cuerpo tirar del mío y
desgarrar mi hombro.
El barco se sacude una vez más, con Eva colgando de mi mano y yo
prácticamente colgando de cabeza al remolino escarlata que nos salpica su
podredumbre.
Pero el tren inferior de mi cuerpo sigue frenando mi caída.
Algo quema en mi cabello, como si sobre él llovieran cenizas todavía
encendidas. Y entonces una fuerza fría, extraña, parece recorrer mis venas.
No hay ningún cambio a la vista, pero dentro de mi corazón sé que algo es
diferente. Todo mi cuerpo se siente como una roca de hielo, mi brazo,
anteriormente herido y a punto de soltar a Eva, ahora tiene la resistencia
necesaria para arrastrarla, incluso en contra del viento y la marea, del
regreso a la cubierta.
Nos desplomamos ambas, abrazadas y llorosas.
—Eres fuerte —me consuela con su abrazo, acariciando mi cabeza como si
yo fuera la aterrada aquí—. Eres fuerte, mariposa, eres muy fuerte.
El susto aún me recorre la columna vertebral, las lágrimas llueven de mis
ojos con autonomía.
¿Por qué me siento tan rota? ¿Por qué tiene Eva que consolarme a mí?
Tomo su mano, beso su frente.
—Somos fuertes —rectifico—. Ambas lo somos.
~☆♡☆~
La habitación nupcial es el espejo de mis fracasos matrimoniales. Me duele
llegar a ella como me tortura pasar las noches en su lecho frío, mientras
Israem se escapa en su gripher y vuelve cuando soy capaz de vencer por mi
cuenta la batalla contra el insomnio y me he quedado dormida a
profundidad.
La arena del reloj que cuenta mis días en esta alianza cae sin detenerse, sin
esperar a que mi esposo se abra, o me comunique el por qué de sus cerrojos.
No me siento como una reina, ni siquiera como algo tan simple como la
esposa de Israem; siento que soy una súbdita cautiva en su castillo a la que
observa desde su trono de hielo.
Nuestro vínculo es frágil, como un camino hecho de alas delgadas, alas de
mariposa, por el que debo caminar de puntillas, un paso a la vez.
Y yo no poseo el secreto de la inmortalidad, no como él que ha vivido 90
años sin que el tiempo deje una huella en su piel.
La arena que desciende en la mesa me lo recuerda.
Me pidió conocernos, pero ni siquiera está aquí durante el día, mucho
menos por la noche. Escuché de Eva que la pérdida del bebé de la reina
madre le ha afectado especialmente a él.
También escuché de Eva el rumor que se esparce por cada pasillo, de que el
rey no me toma ni de la mano, que le repugno y que soy tan inútil que no
puedo ni generarle un básico deseo sexual.
Si tanto asco le provoco, si lo que pretendía al casarse conmigo era
simplemente el acuerdo con mi reino, ¿por qué imponer esa cláusula del
heredero en un año? Israem debe tener el conocimiento de cómo se concibe
un heredero, y parecía bastante dispuesto a crear varios conmigo cuando me
aceptó como la Cygnus que sería su esposa, y posterior a eso ordenó que me
encerraran en su palacio pese a que lo acordado era que me mudaría un mes
después.
Necesito encontrar algo que nos una más allá de las alianzas políticas.
Necesito salvar lo rescatable de esta gélida unión que me pesa en los
huesos.
La comunicación entre nosotros es tan turbulenta como la podredumbre de
Jezrel que se tragó la máscara del asesino.
Mis ojos se posan en las pertenencias que traje desde la torre. Empiezo a
buscar en mi correspondencia como si pudiera escarbar de entre sus letras
las respuestas al acertijo que me arrincona.
Tengo una carta de Antares sin abrir.
Me dice que la corte de Jezrel retrasa el momento de enviarles los
documentos legales acordados. Me exige investigar por mi cuenta las leyes
de un matrimonio legal en mi ahora reino. Dice, también, que les informe
apenas tenga la más mínima sospecha de estar encinta, y me cuenta que
Lyra ha tenido que viajar a Áragog por asuntos de reinas.
Entiendo que no puede contarme los detalles en una carta que sin duda es
registrada por muchas manos antes de llegar a mí, pero me preocupa ese
viaje. Me preocupa no saber qué puede estar sucediendo en el reino vecino
como para que Lyra tuviera que movilizarse hasta allá en persona y no
Antares. Además, también faltó a mi boda por «asuntos de reinas».
Suspiro, mis manos pasándose por mi cabello y viéndose interceptadas por
las intrincadas trenzas que forman mi cintillo. Aunque estos peinados son
una costumbre en mi vida, en momentos en los que debo manejar este nivel
de estrés, tanto tejido en la cabeza solo hace que me duela horrores.
Tendré que concentrarme en lo que puedo controlar de todo lo que me ha
dicho Antares: la investigación sobre las leyes. Al menos, a la distancia,
tengo un buen consejero. Alguien que vela ciegamente por mi bienestar sin
puñales ni acertijos detrás de cada migaja de información.
Al menos, ahora tengo algo en que ocupar mi mente más allá de pensar en
cómo acceder más allá de los muros que ha levantado Israem frente a mí.
Estoy resignada a dejar todas estas cosas de vuelta en los cajones de mi
aparador cuando mis ojos dan con el libro de las criaturas extrañas que me
obsequió Elius.
Aunque su lectura es un somnífero, no olvido el mensaje que encontré en
sus páginas la última vez. Siento que fue otra Freya la que lo descubrió, y
así mismo en mí empieza a formarse la idea de que todo ha sido imaginado.
Lo sostengo.
Las páginas crujen cuando las abro. El café derramado ha dejado manchas
en el papel. Manchas deliberadas, tal cual recuerdo, como si hubieran sido
hechas por un pincel.
Al volver a fijarme en la mancha mi entrecejo se frunce.
Recuerdo cuáles habían sido las palabras resaltadas.
«Yo sí hablo».
Pero... En la página que tengo abierta esta resaltada solo una "x".
Me reclino sobre el aparador con tal ímpetu que casi hago un desastre con
mis pertenencias en el piso.
Paso las páginas en una especie de frenesí que me consume por lo que
parecen horas. No quiero perderme ni la más mínima mancha entre las
tantas hojas de este tomo.
Las primeras tres que encuentro, me hacen pensar que fueron algunas que
dejé pasar la última vez; pero cuando se vuelven cuatro, cinco y hasta el
doble, entiendo que esto no es un descuido: son nuevas marcas.
Mis ojos se posan en las letras resaltadas. Anoto cada una en mi libreta,
pero no encuentro sentido en la secuencia. ¿Es al azar? ¿O hay un propósito
oculto?
Una extraña presión me envuelve. Mi corazón late con fuerza, como si
supiera que estoy cerca de descubrir algo importante. Paso las páginas,
ávida, como si encontrar cada nueva letra me saciara de un hambre mortal.
Me niego a aceptar que sea una coincidencia.
Desesperada, arranco la página de mi diario y guardo el libro al fondo del
cajón.
~☆♡☆~
Tengo que usar de intermediario al embajador de Deneb para que los
guardias no me impiden la salida del castillo esta vez.
Se aseguran de que tenga la vacuna al día, me recuerdan llevar mi
cubrebocas y me asignan dos escoltas a los que básicamente Eva y yo
ignoramos con maestría mientras recorremos las pocas cuadras necesarias,
sin perdernos.
He notado un cambio en Eva desde el momento que compartimos. Ella está
más receptiva, más sonriente. Habla muchísimo más de lo que solía hacer.
Supongo que el que le haya salvado la vida la hace mirarme con otros ojos.
Al final encuentro a Elius en su consultorio junto con Atticus Belasius, el
sobrino de la reina madre.
Pido a Eva que me espere afuera.
Tienen en la camilla a un gripher pálido con la piel moteada de un pigmento
marrón. Atticus está atendiendo sus heridas mientras Elius lo supervisa.
No puedo evitar sonreír con la imagen. El chico será un excelente
veterinario, se le nota el entusiasmo en la mirada, en cada paso que da para
mejorar la tortuosa calidad de vida de la criatura.
Cuando Elius repara en mi presencia, justo está preparando una inyección,
que por poco no se clava en la nariz al verme.
—¡Vas a matarme, desgraciada! —grita indignado con una mano en el
pecho—. He estado quejándome de mi lecho estos últimos días, pero no
porque quiera reemplazarlo por un ataúd. Respete. Su real majestad.
—Majestad —saluda Atticus con una sonrisa encantadora—. ¿Sabía que
nuestros clientes la aman? Todo el mundo tiene una hija maravillada con su
belleza, ansiosas por ver qué se pondrá en cada evento, qué bailes
organizará. Dicen que al fin tenemos una reina y, además, dicen que es la
más bonita del mundo. Como un cosmo.
Ojalá mi esposo tuviera la mitad de esos pensamientos.
—Por favor, no juegue así conmigo, jovencito.
—Y hablando de hacer favores —dice Elius a Atticus—, haz el favor de
amordazarte o te repruebo.
El joven reacciona fingiendo cerrar una pretina sobre sus labios.
—Elius, no diga esas cosas a su aprendiz —lo regaño—. No me molesta
escucharle hablar.
—Y, ya que menciona el tema... —Elius carraspea—. ¿Recuerda esa vez
que le dije que me tuteara? Bueno, hagamos como que estuve ebrio
entonces. Sugiero empezar a usar los títulos correspondientes a partir de
ahora, yo lord Elius, y usted su real majestad Freya Cygnus de Corvo
Belasius.
—No sea ridículo —bufo formando un arco con mi ceja—. Si usted tuviera
que decir todo ese título antes de decirme cualquier cosa, olvidaría a la
mitad lo que sea que iba a decir.
—Falso, su real majestad Freya Cygnus de Corvo Belasius, e insisto. Dado
que hemos sido acusados de habernos puesto mutuamente en la gripher
posición, no podemos permitir más malos entendidos en torno a nosotros.
—Pero, Elius, esas son acusaciones infundadas que ya se desestimaron.
Además, ¿quién podría creer que es cierto si tú...?
Mis palabras han llegado demasiado lejos, lo sé por cómo se ensombrece la
mirada de Elius. Jamás lo había visto tan cerca de un humor agresivo. Y
aunque llevamos muy poco tiempo interactuando, el cambio es tan drástico
que me descoloca.
—¿Si yo qué?
Esa demanda de su boca suena casi como si me estuviera amenazando, y a
la vez retando a decirlo.
—Si eres la mano del rey, el veterinario de Scar.
De pronto se tranquiliza, y es como si ese momento tan tenso y extraño
jamás hubiera ocurrido.
—¿Y a qué debo la desconsideración de su visita en mi horario laboral?
Nuevamente habla como el Elius que conozco, ese que es socialmente
deficiente y a la vez, a su bizarra manera, el más amable en toda la corte.
Lanzo una mirada a Atticus. Se supone que es una manera discreta de
recordarle al lord mano que no estamos solos, pero parece que he olvidado
con quién trato, porque él dice:
—¿Qué sucede con su cabeza que la mueve de ese modo? ¿Le duele el
cuello, majestad? A estas alturas ya no debería sentir molestia. ¿Se lo
reviso?
Escucho el contenedor de basura en tanto el joven aprendiz lanza a su
interior un cúmulo de gasas usadas.
Luego, el chico se gira hacia nosotros.
—Creo que lo que la reina pretendía era que buscaras una excusa para que
me marche, ya que seguro tiene algo delicado qué decirte.
Elius entorna los ojos con desconfianza, y yo siento que me pongo roja de
pies a cabeza. No quería hacer sentir incómodo al sobrino de Isidora, pero
con Elius la discreción y las normas sociales son un privilegio.
—¿Seguro? —insiste Elius—. Porque si es el cuello puedo...
Atticus se ríe y procede a hacer una reverencia en mi dirección.
—Fue un placer verla, majestad.
Y entonces nos deja solos.
—¿Pero sí era el cuello o...?
—Mi cuello está en perfecto estado, Elius.
—Lord El...
—Estamos solos, no seas dramático.
Elius se pone a vendar las heridas del gripher en ausencia del aprendiz, y yo
guardo una más que respetuosa distancia del monstruoso animal, aunque
este parezca más enfermo que cualquiera que haya visto.
El gripher agacha la cabeza, encogiéndose. Es como si se derritiera sobre la
camilla esperando su muerte.
—¿Se encuentra bien? —pregunto en referencia al gripher.
—La verdad es que no mucho, gracias por preguntar. Luego de la resaca me
ha quedado una indigestión...
—No, Elius, yo... —Suspiro exhausta, y me doy por vencida—. Ese joven
que te ayuda...
—Que me obstaculiza el trabajo —corrige.
—De acuerdo. Ese joven que te obstaculiza el trabajo...
—Al igual que tú.
Fuerzo una sonrisa que podría tocarme las orejas. Con Elius hay que tener
la mente muy abierta a cualquier giro hasta en el diálogo más sencillo.
—Elius, ¿quieres que me vaya y te deje trabajar tranquilo?
—Oye —voltea genuinamente animado en medio de su trayecto para buscar
las cadenas del gripher—, gracias, eres más considerada de lo que creía.
—No me voy a ir todavía, Elius, caminé hasta aquí.
—¿Por qué propones un excelente plan que no piensas llevar a cabo? ¿Solo
para ganar mi favor? ¿Qué clase de reina eres tú? —Parpadea, parece estar
pensando su propia, y estúpida, pregunta—. De hecho, sigue así y serás una
excelente gobernante.
Decido que para sobrevivir a esta conversación, debo ser tan incoherente
como él, así que no espero a que el tema fluya y simplemente pregunto lo
que se me antoja.
—¿Cómo ha tomado Atticus Belasius la pérdida de su tía?
Elius se queda paralizado a medio poner el bozal del gripher.
—Podrías haberme dado las buenas tardes. Por cortesía, al menos —se
queja, pero para mi suerte luego retoma el hilo de la conversación—.
Atticus... Esta vez, al menos, hace como si ni siquiera hubiera sucedido.
Imagino que, después de todo, no albergaba muchas esperanzas.
Me surgen demasiadas preguntas de esa ambigua respuesta.
—¿Con «después de todo» te refieres al hecho de que Isidora estuviera
embarazada con ciento y quién sabe cuántos picos de años?
—Ah. Te diste cuenta.
—No, Elius, no fui capaz de hacer una suma sencilla, tuvo que gritarme la
obviedad otra persona.
—¿Quién fue?
Cierro mis ojos e inspiro profundo.
—¿Quieres explicarme cómo es posible?
—Querer, podría querer, pero, saber, no sé nada.
—Elius. ¿Sí entiendes que soy tu reina, no?
—Y te respeto en toda medida que no irrespete a mi rey, y dudo que él
quiera que ventile los asuntos de su vida privada y familiar.
Maldita sea.
Y que Ara me perdone el arrebato, pero no me está poniendo sencillo esto
de mantener la paciencia, mis modales y la compostura. ¿De qué otro modo
se supone que drene mi frustración?
Elius mira fijamente mi pie. Sin duda ha notado el ritmo frenético con el
que mi tacón se mueve, y el sonido repetitivo e incesante parece ponerlo
nervioso. Un extraño espasmo en su ojo parece suplicarme que pare.
Sin embargo, la expresión de mi rostro, tan agria de mi rostro como para
salar un manantial, termina haciéndolo ceder a la preocupación por mi
bienestar.
Después de todo, soy su reina. ¿O no?
—Solo... voy a decirte lo que es importante que tengas claro, para que no
metas la pata al hablar con Israem, o para que no tengas una idea errónea —
dice—. Perdona, porque sé que preferirías estar aquí sentada comiendo
dulces conmigo mientras te cuento con lujo de detalles cómo el cuerpo de la
reina madre ha sido capaz de concebir a tan avanzada edad. Pero, no vale la
pena el riesgo que se corre solo para que tengas una información que no te
beneficia en nada.
—¿Y lo que puedes decirme es...?
—Detecto algo en tu voz, como si estuvieras... ¿no feliz?
—Estoy molesta, Elius. —Vacío mis pulmones para aliviar la tensión. No es
justo que me desquite con la única persona amable en mi entorno. Empiezo
a acomodar las ondas de mi cabello de manera nerviosa—. Pero no contigo.
Estoy... Supongo que solo me encuentro frustrada. Ya se me pasará.
—¿Israem?
—Como rey es implacable y como esposo imposible.
—Él te habla, Freya. Si lo vieras desde mis ojos entenderías. Si puede
hablarte, te podrá amar. Solo ten...
—Un gramo de paciencia más y baja Ara a reclutarme para su séquito de
santos.
—¿Estás segura? Porque ni siquiera tuviste la paciencia para dejarme
terminar la frase.
—Te lo dije, Elius: estoy frustrada.
—Tal vez...
Su boca se retuerce de una manera extraña, me da la impresión de que
batalla, mordiéndose el interior de la mejilla.
¿En qué sirios piensa?
—¿Y si pruebas con música?
Mis cejas se fruncen tanta que casi se encuentran en el centro de mi rostro.
¿Cómo que música?
—Tendrás que explicarte, Elius.
—En tu informe decía que eres bailarina.
—Lo fui. Aficionada.
—¿Por qué no le bailas?
—Isidora me prohibió terminantemente...
Me callo, mi mandíbula tensándose, mi mente recordando el órgano en la
primera habitación nupcial, que tan plácidamente tocó el enmascarado.
Y entonces algo encaja.
—Israem no odia la música, ¿verdad?
Elius frunce el ceño.
—Por el contrario. Cuando es buena... Digamos que eso le permite ser más
receptivo.
Isidora y sus mandamientos empiezan a parecerme otra artimaña más. ¿Qué
tanto puedo fiarme del resto de cosas que me dijo?
—¿Me dices de una pieza que a Israem le pueda gustar?
—El laberinto del fauno era su composición favorita, aunque hace mucho
que la prohibió en los eventos. Puedes probar con esa.
No sé qué canción es esa, pero puedo buscar entre los archivos de partituras
en el castillo.
Al fin tengo una ligera ventaja.
—Gracias, Elius. En serio.
—Ahora, sobre el embarazo de Isidora... Espero que no te hayas hecho una
idea equivocada de que tiene un amante o algo por el estilo.
Reprimo un risita burlona. A veces, Elius y sus comentarios me provocan
una ternura ilógica. ¿Cómo ha sobrevivido a esta corte con ese optimismo
surrealista?
—No, Elius, ¿cómo crees que concebiría idea semejante? En todo momento
supe que ese bebé había sido fecundado por Ara.
—Creo que hay una nueva vacante para bufón del rey, por si te interesa.
No le presto atención y, gracias a Ara, él acaba por seguir hablando.
—Isidora no ha sido infiel al rey Abram Corvo incluso después de su
muerte. Ella sigue cumpliendo sus votos, incluso aquel que la ata a dar a
Jezrel un segundo heredero, por la seguridad del reino.
Muevo mis manos, como para retroceder con ellas la conversación y
escucharla más atentamente. Siento que me he perdido algo.
—¿Segundo heredero? —confirmo—. No comprendo de qué hablas, Elius,
Israem es rey.
—Y en caso de que muera, ¿en quién recae la sucesión?
—En nuestro hijo.
—Hijo inexistente, por ahora, y con muchas menos posibilidades de nacer
hace veinte años, cuando el rey Abram murió y se coronó a Israem sin una
esposa.
—Pero... —Mi entrecejo se frunce tanto que siento que las líneas de
expresión quedarán marcadas para siempre—. Israem es el heredero de
Isidora y el viejo rey. ¿Por qué ella estaría obligada a tener un segundo hijo?
—Piensa en esto: ¿Qué habría pasado si Israem hubiera muerto en
cualquiera de esos años? De hecho, lo mismo si muriera en este preciso
instante, pues no estás encinta, ¿o sí?
—No... —Mi cerebro procesa demasiado lento palabras que se me entregan
demasiado rápido—. Pero en ese caso la corona iría a los hermanos varones
del antiguo rey...
—No hay. No existe con vida un solo pariente masculino del antiguo rey
Abram.
—Supongo que... eso lo complica.
—La reina madre debía darnos un segundo heredero por el bien del reino, y
siendo el antiguo rey tan astuto, guardó suficiente dosis de su semilla, que
se preserva como una reliquia real, para tener una herramienta en este
extremo y lamentable caso, que es su ausencia.
—La reina... ¿La reina madre se... inserta... la semilla?
—No, Freya, por el amor a Ara. —Me regaña repugnado—. Lo hace un
especialista, y se intenta varias veces hasta que se consigue el embarazo.
—Me estás queriendo decir que esta no es la primera vez que sucede.
—Freya.
Lo miro. Y veo lástima en sus ojos, tanta que me cuesta creer que está
dirigida hacia Isidora.
—Isidora ha tenido quince abortos y dos partos donde el bebe, o nace
muerto, o muere a las horas. Y por ley debe seguir intentando. Al menos
hasta que tú...
Trago la bilis y hago una seña con mis manos para que no siga. No quiero
que diga lo evidente, no quiero imaginarme en esa posición. No hasta que
haya finalizado la batalla nupcial que debo librar, inevitablemente, antes.
Hace un instante estaba muy molesta con Isidora por engañarme, justo
ahora... Me veo en ella. Siento que yo podría acabar siendo esa mujer si no
tomo por el cuello a mi destino y le obligo a seguir mi voluntad.
Me siento mareada, el sudor me corre por detrás del cabello.
—¿Por qué le sucede eso a Isidora? —pregunto en un hilo de voz, a duras
penas recostándome de la encimera del consultorio—. ¿Es por su edad?
—Nadie lo sabe. Dicen... Dicen que Ara maldijo su vientre el día que...
Se calla.
Pero yo tengo una idea de lo que va a decir.
—Ella es la doncella de la Noche de las hojas rojas, ¿verdad?
—Yo no...
—Elius, puedo tomar un libro de historia, puedo ver el parecido en los
tapices, puedo hablar con la corte o con el pueblo mismo. Hay secretos que
incluso ustedes no pueden ocultar de la impertinencia del boca a boca.
Asiente en confirmación.
—Ella nos salvó a todos del falso Ara, y en cuento la llevaron encadenada
ante el antiguo rey Abram, él se enamoró de inmediato de ella: una virgen,
forastera de un reino vecino. No era una princesa, pero su cuna era tan
noble como poderosa. La dinastía Belasius venía de una larga estirpe de
benefactores de la Iglesia. Preparaban a sus hijas para entregarlas puras a
diáconos y cardenales, buscando escalar en favores con una potencia tan
basta como es la congregación de Ara. Con Isidora escalaron incluso más
alto, entregándosela al profeta que decía ser la reencarnación del altar del
cielo.
—Al que asesinó.
—No sin antes haber santificado su vientre ante Ara, prometiendo partir del
plano terrenal sin ser tocada, aceptando su «destino» de concebir el legítimo
hijo de Ara por cosmología.
—¿Eso es posible?
—No que se sepa, pero el falso profeta la convenció de que sería así.
—Por eso dicen que está maldita. Porque incumplió su promesa. No solo
asesinó al falso Ara sino que se casó y tuvo un hijo, pero no por concepción
cósmica.
—Sí, eso dicen. Que Israem es fruto del pecado más grande jamás
cometido, y que luego de él Ara marchitó el vientre de su madre para que
nada pueda florecer en él.
—Noventa años de castigo me parece una barbaridad, incluso para Ara.
—Y, si están en lo correcto, será así por el resto de su vida.
Dejo que pase un momento para que las palabras se asienten en mí, y luego
le cuento a Elius todo lo que me ha estado sucediendo con el libro que me
obsequió, que es la razón que me trajo aquí en primer lugar.
Escucha mi relato con atención y luego me pide la página con mis
anotaciones para examinarla.
Pasa el dedo por cada una de las letras y símbolos que anoté, sus labios
moviéndose sin emitir sonido.
—Es una fórmula química —explica con el ceño fruncido.
—¿Para qué?
—Eso... es lo extraño. Es la preparación de un remedio para los vómitos y
las náuseas. —Me entrega el papel—. Es una fórmula que perfectamente
puedo leer y preparar, pero te aseguro que no la he dejado yo. ¿Por qué
alguien dejaría un mensaje así en un libro de arqueología?
Mi corazón da un vuelco.
Mis labios cosquillean.
¿Quién más podría haberlo hecho?
Israem, con su toque letal y su distancia gélida, no es tan indiferente a mí.
Primero el «yo sí hablo», que le encaja perfecto, y ahora me deja un
remedio para mis vómitos.
En medio de su silencio, ha notado mis noches de angustia, mis arcadas
espasmódicas.
Sonrío. Lo hago como si la aurora boreal del cielo hubiera sido pintada solo
para mí.
Así que preparo mi sorpresa.
En la alcoba nupcial, aguardo con un uniforme de bailarina.
No he usado uno en lo que parece ser una vida. Y esta vez, uso sus colores.
Un leotardo azul marino, medias que se adhieren a mis piernas como una
segunda piel, y una falda hecha de plumas de cuervo. Lo combino con un
maquillaje acorde, con brillos púrpura sobre mis ojos y estrellas negras en
mis mejillas.
Muy entrada la noche, Israem irrumpe en la alcoba. Y cuando sus ojos me
miran, sé que este matrimonio no ha acabado. La guerra comienza esta
noche, en esta habitación.
Nota:
Un capítulo largo, espero lo hayan disfrutado.
Díganme qué piensan de Isidora y de su situación con los embarazos.
¿Piensan que Freya le irá mejor en esa lucha?
¿Qué les parece lo de la fórmula química en el libro?
¿Qué creen que hará Israem al ver a Freya vestida así?
¿Qué opinión tienen de Eva y de lo sucedido en el barco con Freya?
27: El cisne negro
—Fre...
Lo veo acerca su mano hacia mí, con el dedo extendido como si considerara
tocarme, pero con tanta distancia de por medio que el temor lo exhuma. Su
rostro refleja la mirada más pura, su semblante ha perdido toda dureza.
Sé que mis ojos están mirando al verdadero Israem, el curioso que titubea,
el que ansía tocarme pese a las precauciones.
Mi sonrisa se comprime en mis labios, y bajo mi rostro. Soy incapaz de
contener lo que siento. Me da ternura su reacción, y me halaga tanto que la
sensación en mi pecho es similar a lo que es sentirme querida.
Solo mi aspecto le ha provocado esa reacción. Es insólito.
—¿Majestad? ¿Qué piensa de mi vestuario?
—Pienso que... No hay una sola parte de ti que pueda criticar.
Me río por lo bajo.
—¿Por qué habría que criticar nada?
Me acerco a él, pero solo poniendo un pie delante, y luego el otro, las
zapatillas manteniendo mis pies en punta y silenciando mi avance.
Toma su dedo, y luego entrelazo mi mano a la suya, mirándole con una
sonrisa.
—No sé si ha caído en cuenta, majestad, pero soy suya. Puede permitirse
admirar, apreciar e incluso desear cualquier parte de mí.
Sus ojos se muestran estupefactos, su mano lentamente cede ante la mía.
Ha sido buena idea recordarle que estamos casados, si la reacción va a ser
tal docilidad de su parte.
—¿Por qué...? —Carraspea. Aunque el cubrebocas me impide ver sus
labios, la vena palpitante en su cuello no es precisamente la imagen de la
tranquilidad. Definitivamente, no le soy indiferente—. ¿Por qué te has
vestido así?
—Es el traje del cisne negro —explico, lentamente acortando la distancia
entre nosotros a la vez que aumento la presión de mi brazo para que él
también se acerque a mí—. Es una pieza de mi cultura, y quería mostrársela
ya que sugirió conocernos.
—¿Una pieza de qué tipo? ¿Una pieza artística?
—Pues... de alguna forma, sí.
—¿Te has vestido para mí en representación a una pintura de tu tierra?
De acuerdo, el problema de comunicación es claro. Pero sus ojos se han
iluminado con una ilusión que no quiero opacar. Es cierto que el cisne
negro es una pieza musical y no una pintura, pero imagino que no le hará
daño creerlo. Además, lo que buscaba era acercarme a él, que se abriera
conmigo; si así lo consigo, no hay necesidad de contradecirlo.
Simplemente le sonrío. La mentira no se anima a salir de mis labios, así que
tendrá que bastar con mi omisión.
—¿Le gusta?
La mano que no está aferrada a la mía se alza hasta mi cabello. Sostiene un
mechón, y lo recorre hasta la punta. Mi corazón está trabajando como puede
con el sobrecargo de emociones que estoy teniendo, y se complica más su
labor cuando Israem se acerca a olfatear mis trenzas.
—Eres... —dice contra mi cabello, y me dan ganas de arrancarle el
cubrebocas. Quiero su aliento en mí—. Hueles, y te ves, muy bien.
Lo que estoy por hacer es muy arriesgado, pero debo avanzar de alguna
forma.
Mi mano tentea cerca del costado del rey, luego me aferro a su túnica, y
lentamente me deslizo hasta que todo mi brazo lo rodea. De alguna forma,
lo estoy abrazando mientras su mano está tomando la mía, y su rostro
enterrado en mi cabello.
Es el contacto más directo que hemos tenido desde el ritual de la ceremonia.
No sé qué está pensando, no tengo idea de qué expresión tendrá su rostro, ni
siquiera puedo medir la tensión de su cuerpo porque apenas lo siento a
través de tanta tela.
Pero yo siento que me voy a desmayar. Es una sensación parecida a cuando
escalamos las montañas de Deneb, y me asomé al borde del pico y temí
caerme.
En serio espero no caerme ahora.
La voz de Israem ha bajado una octava, se siente mucho más grave. Me
tensa completa cuando dice:
—Imagino que estás esperando que consumemos el matrimonio.
No. De hecho, en este momento acepto la cercanía y lo último que quiero es
que el deber se interponga, manchando lo sutil y lo genuino.
—No estoy esperando nada —murmuro dejando mi cabeza sobre su pecho,
tan lentamente que hay un montón de segundos de por medio en los que
podría haberme empujado, pero no lo hace—. Solo quiero tenerlo cerca, tan
cerca como me permita estar.
Lo que sucede a continuación es hermoso. Irónico, porque empieza por
soltarme la mano, y temo que esté poniendo fin al momento. Pero no lo
hace, solo me suelta para poder abrazarme él mismo. Con ambos brazos.
Es muy leve, apenas y aprieta, pero esto se siente como ser recibida por Ara
en el reino cósmico.
Al fin, al fin avanzamos en este matrimonio.
Pasa demasiado tiempo de este silencio. Y es hermoso, pero tenso a la vez.
Parece que cada segundo estoy más preocupada porque me empuje y
estalle, en lugar de disfrutar tan invaluable momento. Es nuestro primer
abrazo, voluntario al menos.
Pero él no me aleja, aunque siento que estamos una hora aquí. No me aleja
ni dice ni una palabra, y aunque me taladra el silencio, aunque no me
acostumbro a no estar mediando palabras, no quiero arruinar esto con
cualquier comentario de mi parte. No quiero ser un detonante de su
distancia.
Entonces sucede que lentamente deshace el abrazo y pone sus manos en mis
hombros para apartarme con delicadeza.
Experimento número uno: concretado con éxito. Estoy viva después del
abrazo, aunque no me sirve de mucho la información, ya que lo hicimos con
ropa.
Abrazarnos, cochinas.
—¿Tienes un cosmo? —pregunta de la nada.
Su insistencia tan de improvisto me hace pensar que tal vez, debajo de toda
su fachada de indiferencia, él está más ansioso por consumar el matrimonio
que yo.
—Pues...
Le voy a mentir nuevamente, por desgracia. No es un buen comienzo para
nuestro matrimonio, pero tampoco lo ha sido que el muy insensible me
dejara todas estas noches sola sin darme explicaciones, así que... Error con
error se cancela y aquí nadie erró.
De todos modos, espero no estar mintiendo del todo, solo adelantándome a
los hechos. Lo que sucedió con Eva en el mar de podredumbre es un claro
indicio de que muy humana no soy, al menos no del todo.
—Sí, majestad —respondo—. No lo controlo, pero ahí está, en segundo
plano.
Su mirada es muy inquisitiva. Si me cree, no lo hace del todo.
A este punto hasta prefiero que no se deje convencer por mí. Si me cree y
nos acostamos, y realmente no poseo ningún cosmo... No tengo idea de
cuáles podrían ser las consecuencias.
—¿Qué estrella te escogió? ¿En qué consiste tu cosmo?
—Pues... ¿Nos sentamos?
Le señalo el borde de nuestra cama y no lo espero para ir a sentarme.
En el trayecto, recuerdo la historia que Lyra nos contó sobre su cosmo y me
apropio de ella a conveniencia.
—Soy portadora de Cygnus, la constelación del cisne a la que pertenece la
estrella Deneb, la más brillante. Aunque la poseo en una medida muy
pequeña. El don de Identidad que le dio Ara a Cygnus fue «protección», así
que no puedo usarlo a mi conveniencia. Cygnus siente cuando estoy en
peligro, siempre que este sea tan significativo para llamar su atención.
Preferiblemente si me pone en peligro de muerte...
—¿Y te protege?
—Me defiende, sí. A su manera.
—¿Y no controlas cuál es «su manera»?
—Ya quisiera yo. ¿Usted controla del todo su cosmo, majestad?
No responde, por supuesto. Ni confirma ni desmiente que tenga un cosmo.
—No quiero hacerte un daño involuntario —dice de pronto al sentarse junto
a mí.
La aclaración de «involuntario» me preocupa, pero no lo señalo.
Pongo mi mano de manera conciliadora sobre la suya.
—Quisiera decirle que no lo hará, majestad, pero esto es muy difícil si no lo
entiendo a usted y a su situación. ¿Quiere...? ¿Quiere hablar de eso?
Voltea y me mira a los ojos, el azul brillando sobre la penumbra.
Noventa años tendrá en el miembro reproductor, porque en la cara puedo
jurar que no.
—No.
Me había perdido tanto en su rostro que tardé en entender que me estaba
respondiendo a mi pregunta anterior.
Tengo que recordarme lo que me ha dicho Elius: Israem me habla. Si me
habla, podrá amarme. Soy una excepción para él. No puedo fijarme en lo
negativo.
Aunque lo negativo sea lo diario y constante.
—Descuide —lo tranquilizo. En serio intento entenderle, ver las cosas
desde su difícil punto de vista—. Sé que no quiere hacerme daño. Ha sido
muy atento conmigo, y yo le estoy agradecida por sus esfuerzos conmigo,
aunque sean tan inesperados como sus mensajes.
El modo en que sus cejas se hunden es como si hundiera su puño en mi
estómago. Empiezo a lamentar mis palabras.
—¿Qué mensajes? —exige con severidad.
«No, por favor. No me hagas desilusionarme.»
—El... El mensaje, con la fórmula para los vómitos —le aclaro por si es que
fui muy ambigua.
—¿Por qué te dejaría yo tal cosa?
No puedo evitarlo, mi mano cae lejos de la suya.
Es que ni siquiera eso fue de su parte.
Jamás se preocupó por mis arcadas, yo solo quise creer que era así porque
soy una ilusa enamorada del amor que conozco en mis lecturas.
«Viniste a ser reina, Freya, no a ganarte el amor del rey», me recuerdo.
—Tiene razón —contesto—. ¿Por qué haría usted tal cosa? Quiero decir,
solo soy su esposa.
Él se levanta como un resorte a mis palabras.
—¿Estás molesta?
—¿Le importa siquiera?
—¿Qué sirios te sucede esta noche?
—Nada...
—No puedes evadirme, ¿de acuerdo? Estás obligada a responder lo que te
pregunte.
Me muerdo el labio tan fuerte que siento que dejaré la marca de mis dientes
en ellos. Cómo quisiera alzar mi voz tanto con él parece a punto de hacerlo.
Asiento en sumisión a su autoridad, y me levanto firme frente a él.
—¿Qué quiere saber, majestad?
—¿De qué fórmula me hablas? Exijo que me muestres esos mensajes.
Y las tetas también se las voy a enseñar, que las espere ahí parado.
Quiero descubrir quién me deja esos mensajes, y eso solo es posible si sigo
teniendo el libro a mi alcance.
—Fue una nota anónima, y la perdí enseguida. Solo me importó el mensaje
porque creí que venía de usted.
—¿Quién te la dio?
—Un mensajero a una de mis doncellas. Fue una broma estúpida de alguien
aburrido, claramente.
—¿Una broma? No me pareces una persona estúpida, Freya. Estoy seguro
que no crees que haya sido una broma. —Su mano, de la nada, se cierra
sobre mi garganta. Mis ojos se abren espantados, mi voz se corta en seco—.
Estoy convencido de que me estás engañando. A mí, a tu rey y marido.
Aguardo hasta que su arrebato pasa. Y, cuando me suelta, tomo una gran
bocanada de aire.
—Tu cosmo no hizo nada para defenderte —Señala, como si eso fuera lo
único relevante ahora, como si no pensara ni por un segundo en
responsabilizarse por sus acciones—. Si realmente Cygnus te protege,
¿dónde estuvo ahora?
Me queda claro que no confía en mí.
Vuelvo a llenar de aire mis pulmones y lucho contra el impulso de llevar los
dedos a mi cuello. No quiero mostrar debilidad, aunque mi garganta arde
como si algo se hubiese dañado dentro de ella.
Lo confronto con una verdad, aunque no es mía. Nuevamente, me aferro a
lo que sé del cosmo de mi hermana mayor.
—Cygnus ea un alma inteligente, majestad. No actúa por especulaciones. Si
no acudió en mi auxilio, es porque conoce sus intenciones. Sabe que
realmente no pretendía hacerme ningún daño, que no corro peligro en su
poder.
Qué gran falsedad estoy diciendo, tratando de convencerme cuando por
dentro estoy llorando, cuando desearía que esta fuera de esas noches en que
Israem me deja sola para acurrucarme a descargar este horrible sentimiento
en la almohada.
Me siento herida en tantas maneras, que ni diez abrazos de los de hace un
momento me sanarían.
Israem mantiene su ceño fruncido durante un rato, pero al final parece
concederme el beneficio de la duda.
Me siento en la esquina de la cama, alejada de Israem, alejada de las grietas
de mis sentimientos. Si las miro demasiado, se extenderán. Si les doy
importancia, tal vez termine por notar que son más profundas de lo que me
permito ver, tal vez llegue a sentirlas tanto, que se manifiesten en mi piel y
cualquiera pueda verlas. No. Debo mantenerme lejos de las grietas, para
evitar una fractura.
Eso implica que me quede en blanco, y que haga un sobreesfuerzo por no
pensar en nada.
Solo me aislo de ese limbo cuando noto que Israem está al otro lado de la
habitación, caminando de un extremo al otro como si sus pies se mandaran
solos. No sé qué hay en su mente, pero lo tiene dando vueltas. Debe ser
insoportable.
Vuelve junto a la cama, y lo siguiente que noto es cómo se quita el
cubrebocas y lo deja caer al piso.
—Podemos... Podemos intentarlo.
Alzo mi rostro para mirarlo.
Es un avance, es un esfuerzo. Tal vez es esta su manera de acercarse ahora
que ha notado que realmente decido guardar mi distancia luego de lo que ha
hecho. Supongo que de este modo me expresa que no está cómodo con la
situación actual.
Y, honestamente... No podría importarme menos.
«Discúlpate».
Saboreo la palabra al borde de mi lengua, fantaseo con que sale de mis
labios. Cada una de sus curvas se deslizan por mi paladar, haciendo
irresistible el deseo de escupirla.
Discúlpate, Israem. Y luego hablemos
Pero él es el rey. No puedo exigirle nada semejante. Y ojalá fuera por
respeto, pero es por miedo. Después de todo, él sigue siendo portador de un
peligroso poder, y yo solo finjo tener un cosmo.
Por primera vez desde que estoy en este castillo, realmente no quiero ni
pensar en cumplir con ese horrendo deber.
Pero no debo olvidar que las consecuencias de negarme y jamás tener un
heredero pueden ser peores que atravesar el proceso.
Asiento, y solo eso. Esta vez, no tengo palabras para él.
Él tampoco dice mucho y empieza a quitarse todo, desde la túnica hasta la
camisa. Solo le queda el pantalón y los guantes cuando llevo mis ojos a la
puerta de entrada.
Sé quiénes están del otro lado.
—¿Es necesario que estén las chaperonas afuera? —le pregunto.
Aunque no volteo, siento su peso sobre la cama.
—Es una costumbre jezrelita que siempre haya un testigo fuera del lecho
nupcial, por el bien de la sucesión. ¿Cómo es en tu reino? Cuando deben
comprobar que se ha consumado el matrimonio, ¿cómo lo hacen?
Es la sucesión de oraciones más largas que me ha dedicado. ¿De eso se
trata, entonces? ¿Debe sentirse culpable para hablar?
Que hable lo que quiera, las únicas palabras que me importan ahora no
parecen prontas a salir de sus labios.
De todos modos le respondo, pero me aseguro de no imprimir ni un ápice
de emoción en mi voz.
—Deneb es una monarquía desde hace apenas un par de años, y sus reyes se
instauraron una vez los reyes estaban ya casados, así que no hizo falta
comprobar nada...
Volteo a verlo. Está apoyado del cabezal cubierto solo a la mitad con la
sábana. Por desgracia, su cuerpo reluce magistralmente balanceado. No hay
una sola parte que parezca flácida o desgastada por la edad. De hecho, hay
una especie de músculo erecto en su abdomen bajo que se marca y que no
se parece en nada a los demás cuadritos.
Desvío la vista al frente, avergonzada por espirar su entrepierna aunque
claramente la está luciendo ante mí. No debería sentir vergüenza de
observar lo que está por atravesar mi cuerpo intacto, pero de pronto mi
saliva ha esposado.
—No sé cómo lo harán en otros reinos —retomo solo por la necesidad de
hablar para llenar el momento incómodo—. Supongo que no había tenido la
necesidad de preguntármelo. Es decir, he estado en Áragog pero no
pertenezco a su monarquía, no sé cómo hacen cuando...
—Ven aquí, Freya.
Por un instante su orden me ciega, me tienta a desear obedecerla. Suena tan
bien su proposición...
No.
No hoy, no así.
No puedo hacerme esto. No cuando acaba de extender las grietas que me ha
abierto desde que llegué.
Necesito, por lo menos esta noche, ser autónoma y no solo la consorte de
Israem.
Me giro, todavía sentada en el borde de la cama pero ahora con una mano
apoyada junto a su pierna, y le digo:
—¿Mataste a tu otra esposa?
Su cara es de espanto, por supuesto, y gracias a Ara. Tenía toda la intención
de bajarle ese deseo que parece palpitar en medio de él, pero además me
sirve este valor para preguntar lo que se me antoja.
—Me lo ha contado su madre —me invento antes de que pregunte, y corrijo
la manera de hablarle—. Y si le dice, seguramente su madre me quitará el
cuello. Ya que necesito el cuello para sostener la cabeza con la que le voy a
sacar los herederos, sugiero que no le diga nada. Es solo una sugerencia.
—Sacar... ¿Qué?
—La mató, ¿no es así? Aunque sin intención de hacerlo. ¿Por eso no quería
tocarme sin que usara mi cosmo?
—¿Por qué Isidora te diría una cosa así?
—Pregúntele. Si quiere quedarse sin consorte, por supuesto.
—Lárgate.
Me levanto encantada por la consideración de su majestad. Pero entonces
escucho su voz.
—No, quédate.
Esta no es mi noche de suerte.
Estoy parada a mitad de la habitación, y aquí me quedo, esperando que
agregue algo.
—Sí temo que pueda pasarme contigo lo que sucedió con ella —declara
para mi sorpresa—. He mejorado, pero... Cuando me... emociono... de
más... A veces no soy tan fuerte.
Este hombre habla en clave, queda todo a mi muy libre interpretación. Y
eso no me gusta nada, tengo una mente con desvíos graves.
Cruzo mis pies para girar lentamente mi cuerpo.
—¿Y yo... le emociono de más?
—Quisiera que no.
—¿Puedo ayudarlo con eso?
Sus ojos taladran los míos con una intensidad que me corta la respiración.
—¿Puedes cubrirte entera y oler a barro?
Por Ara, con esto creo que he dejado atrás todo. No me importa si no se
disculpa ahora. Ya lo hará luego. Por ahora, solo me aferro a su confesión.
Prácticamente ha declarado su deseo hacia mí.
Aunque su cuerpo ya lo había delatado hace rato...
Avanzo hacia el lecho. Nuestro lecho.
Y veo que la parte dormida en su entrepierna se vuelve a entusiasmar. Y me
preocupa un poco, no me parece algo que pueda encajar en mí.
—Usted también me emociona —respondo al poner mis manos sobre el
colchón, avanzando a gachas hacia él.
Cuando quedo junto a él, sus manos van hacia las plumas de mi traje, tan
cerca de mi escote que mi pecho se empieza a hinchar en anticipación.
—Este detalle me ha gustado —confiesa, y por la cautela de sus palabras,
como si las escogiera con tiempo una por una, siento que está confesando
un delito.
Quiero responderle en gratitud, tal vez confesar algo de todo lo que me
gusta de él, o tal vez arreglar mi engaño y decirle el verdadero origen del
cisne negro.
Pero al alzar mi mano para alcanzar la suya, noto esa piedra horrorosa que
ya no puedo soportar. Y ya que hemos hablado de su otra esposa y no negó
su existencia, debo hacerle la petición.
—Majestad.
—¿Sí?
—Quisiera... —inspiro profundo y cobro valor para alzar la mano de la
alianza—. Pido permiso para dejar de usar este anillo.
Su rostro... Por Ara. He dicho tantas cosas, incluso lo acusé de asesinar a su
anterior esposa, pero él es ahora que reacciona como si le hubiera escupido
un ojo.
Como sigue perplejo, desarrollo mejor mi petición.
—Agradezco mucho el detalle pero no me siento cómoda llevando... un
símbolo de su amor pasado.
—Retractate.
—¿De lo que siento? Ojalá pudiera.
—Con ese anillo te he honrado.
—Es el anillo de su ex pareja.
—No sabes lo que dices.
—Tiene razón. ¿Podría aclararme las cosas en las que estoy confundida o
equivocada?
—No. No tengo que hacer nada solo porque tú lo quieras.
—Yo no quiero nada, Israem, yo necesito...
—¡Deja de tutearme!
—Lo lamento, es que me frustro...
—¡¿Tú te frustras?!
—¿Y cómo no? Si apenas me habla, y cuando lo hace es para aclararme tan
poco que... creo que acabo más confundida.
Se incorpora en un arrebato.
—Pero, ¿quién sirios te crees? Estás aquí para ser mi esposa y nada más.
No tienes derecho a estar indagando, escarbando en lo que no te incumbe.
¿Con quién conspiras que pareces tan ávida de información? Acepta, y
agradece, lo que se te dice y ya para, para en serio, con estar metiendo tu
dedo en yagas que no te pertenecen.
«Estás aquí para ser mi esposa y nada más».
Israem no es diferente. Él, como los hombres en su terrible mayoría, piensa
que ser su esposa me anula como persona independiente.
—En realidad —le contesto, con una gran fuerza empleada en no vomitarle
todo lo que me provoca—, usted tiene razón. Estos asuntos no me
competen. No quiero sus respuestas, no se moleste en contarme su vida,
pero, por favor, no me humille más haciéndome llevar el anillo de otra. No
le costará nada complacerme y darme uno de plástico si así lo prefiere.
—¿Humillarte? Debería ser un honor para ti.
—Debería, pero no lo es. Entiendo su manera de mirar este asunto —
miento con descaro— pero entienda usted por un momento mis
sentimientos al respecto. No puedo pasar un segundo más con esta alianza
en mi dedo sin pensar... Majestad, lo que usted haya sentido por otra no
debería ser motivo de comparación con nuestro matrimonio. No puedo ver
este anillo sin verla a ella. No puedo dormir con usted y no pensar que...
que ella está aquí. Así lo siento.
—Las piedras son preciosas, ¿no puedes solo enfocarte en eso?
—En ese caso, quisiera saber si me puede costear un curso de origami.
Eso lo deja muy desconcertado, pero aun así dice:
—¿Por qué querrías un curso de origami?
—Para tener algo que hacer con el papel de imbécil que quiere que
represente.
Por el ademán que hace, me encojo entre las sábanas. Espero haberlo
malinterpretado, pero el rastro de su gruñido todavía está en medio de
nosotros.
Iba... ¿Iba a abalanzarse sobre mí?
Bueno. También lo merezco, me he pasado de la línea con mis palabras.
—Lo lamento —me disculpo todavía precavida entre las sábanas—. Yo...
Solo le pido, majestad, que me libere. Aunque usted lo vea de otro modo,
yo odio cargar con esta joya, por preciosa que sea
—Ruégame.
Parpadeo. Siento que lo he entendido mal.
Aunque... por la ira en su rostro, siento que realmente es capaz de todo en
este momento.
—¿Disculpe?
—Si tanto quieres que te libere del anillo, te haré el favor. Pero como a
cualquier súbito. Ponte de rodillas e implora mi clemencia.
—¿Quiere...? Majestad, ¿quiere que me arrodille para que me haga un
simple favor?
—De rodillas, Freya.
Le sostengo la mirada, esperando que algún momento flaquee, que pueda
sentir aunque sea lástima por mí y no me obligue a humillarme de ese
modo.
Es mi rey, sí, pero yo soy su esposa.
No puedo creer lo que me está pidiendo.
—No —respondo.
—¿Qué has dicho?
—Que dormiremos con ella, al parecer. —Beso el anillo, y me acuesto
dándole la espalda—. Buenas noches, Suleima. Buenas noches, Israem.
~~~~
La imagen me la ha enviado AbreuLa24 así que este capítulo es para
ella en agradecimiento ♡
Nota:
No tengo palabras. Digan ustedes qué piensan. Y ya saben, comenten
mucho para tener nuevo capítulo ruait nao, porque el drama no se
acaba ♡