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Transpeninsular - Federico Campbell

Fernando Jordán, un periodista prometedor, explora la península de Baja California a través de cautivadores reportajes que revelan tanto su entorno como las sombras de su propia vida. Su misteriosa muerte plantea interrogantes sobre si fue víctima de un crimen pasional o del Estado, mientras el lector se adentra en los secretos de 'El otro México' y los laberintos de su existencia. La narrativa invita a reflexionar sobre la búsqueda de la verdad y la libertad en un contexto de manipulación mediática.
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Transpeninsular - Federico Campbell

Fernando Jordán, un periodista prometedor, explora la península de Baja California a través de cautivadores reportajes que revelan tanto su entorno como las sombras de su propia vida. Su misteriosa muerte plantea interrogantes sobre si fue víctima de un crimen pasional o del Estado, mientras el lector se adentra en los secretos de 'El otro México' y los laberintos de su existencia. La narrativa invita a reflexionar sobre la búsqueda de la verdad y la libertad en un contexto de manipulación mediática.
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Fernando Jordán, periodista con futuro promisorio, da a conocer al mundo la

mágica península de Baja California, por medio de fascinantes reportajes. Su


recorrido es un viaje a las incógnitas regiones del desierto y el camino hacia
su propia muerte que nunca se esclarece. ¿Víctima de un crimen pasional o
del aparato de Estado que sintió afectados sus intereses con los reportajes de
Jordán? El lector deberá descubrirlo a la vez que desvela los secretos de dos
territorios igualmente enigmáticos: «El otro México» y los laberintos de su
vida.

Página 2
Federico Campbell

Transpeninsular
ePub r1.0
Titivillus 21.07.2025

Página 3
Título original: Transpeninsular
Federico Campbell, 2005
Diseño de cubierta: Ana Chacón

Editor digital: Titivillus


ePub base r3.0 (ePub 3)

Página 4
Índice de contenido

Cubierta

Transpeninsular

I. La península de piedra
1
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II. Las palmeras quemadas


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III. El imperio del adiós


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Sobre el autor

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A Carmen Gaitán

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I.
La península de piedra

… terra deserta, et invia, et inaquosa

JUAN JACOBO BAEGERT

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1

Parecía que lo estaba viendo desde lo alto de una colina: Jordán descendía en
su jeep a lo largo de la brecha peninsular, de norte a sur, tras un disparadero
de polvo que a veces lo ocultaba. El sol caía a plomo y el jeep que había
conocido las arenas de Iwo Jima y Guadalcanal se entregaba a la libertad de la
planicie desértica entre batallones de cirios y chollas que lo dejaban pasar sin
los estallidos de la artillería. ¿En qué otra cosa podía pensar Jordán al
volante? No era inimaginable que evocara el pasado militar de su máquina:
las explosiones de las granadas que le arrojaban los soldados japoneses, la
rauda estampida cuando servía de ambulancia y sacaba de la línea de fuego a
un infante de marina destripado, el hierro de sus costados que servía de
trinchera —las llantas hundidas en la arena— en el momento del desembarco.
No era improbable que los pensamientos de Jordán fueran cambiando con
el paso de los días. Aislado, suelto, libre, el hombre entraba en una fase de la
concentración que gracias al transcurso del tiempo propicia que cada jornada
sea diferente a la anterior: la mente en efecto, desde la perspectiva sedentaria,
escapa como una cabra loca y esclaviza a su sujeto; pero en el destino nómada
y el ensimismamiento de la más íntima soledad, el curso de las ideas y las
emociones se va centrando. Jordán, luego de más de dos semanas de travesía,
se hacía uno con el paisaje y la tierra. Ya no experimentaba el cansancio del
principio. El desierto lo jalaba como un imán o una muchacha. Lo atraía de
modo irresistible. Ansiaba de pronto, cuando se detenía y dejaba el jeep sobre
la borrosa brecha, echarse a andar hacia el confín espejeante de amarillenta
tierra apisonada que, como una laguna seca, se fundía a lo lejos con el
insinuante mar abombado. Porque la caminata, sabía, era una meditación: un
viaje hacia sí mismo y —nunca lograría entenderlo del todo— una extraña y
vertiginosa recámara de la melancolía.

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Sin embargo, más de veinte minutos después, o unas horas más tarde
puesto que el embrujo del desierto ya no le consentía medir el tiempo según
los relojes de casa, Jordán volvió a montarse en el jeep. Hizo algunas
anotaciones en su libreta.
Sentí el jalón del desierto, escribió.

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2

Yo había vivido durante más de tres décadas inmerso en el submarino de la


información, como el espectador de una misma película en la que entraban y
salían los mismos protagonistas y se repetían, con algunas variantes
superficiales, idénticas historias. Quería cambiar de escenario y de personajes,
conocer otro ritmo de vida, escapar de los espejismos más vulgares del
acontecimiento. Imaginaba para mí, quizá de manera tardía, un destino
solitario como el del viejo novelista inglés que se echaba a viajar por el
mundo o jugaba a la ruleta rusa para conjurar el tedio.
Por eso decidí partir, y no tanto por el encargo de un guión
cinematográfico que el azar tuvo a bien poner en mis manos en el momento
justo, cerrando para siempre la puerta de mi departamento en Insurgentes Sur.
Dejaba atrás mis archivos, mis libretas de apuntes, las pilas de periódicos
y libros empolvados que amagaban con expulsarme de mi habitación. Me
levantaba el ánimo, sin embargo, la decisión de no volver a leer un periódico
durante el resto de mi vida, ni una revista. Me cautivaba la posibilidad de ir
saliendo poco a poco de esa lógica periodística que durante tantos años me
había hecho actuar y pensar por reflejo, como si la novela de la información
—y los personajes que la vida pública nos impone— fuera la más digna de ser
leída y analizada, la más interesante y no la más vacía y transitoria. Viviría sin
apremios, y degustaría en los meses por venir, el paulatino desvanecimiento
—el síndrome— de la abstinencia periodística que debía purgar de modo
ineludible, como un drogadicto de los datos y los hechos, hasta lograr pasar al
otro lado de la vida donde pudiera barruntarse un poco de verdad y fantasía.
Y es que, en mi caso, la información había actuado como una especie de
anticonceptivo. No lograba componer una página porque, como el historiador
y el notario, no tenía los datos a la mano: la precisión, la prueba de lo escrito,

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la constancia de los hechos que debía referir. No podía dar el primer paso en
la página en blanco sin contar con la cinta grabada de una entrevista. ¿Por que
entrevistaba? No sabía qué fue para mí hacer entrevistas; para mí, que no me
gustaba hablar, tan poco conversador. Abandoné también mis colaboraciones
en los diarios de provincia y logré armar una despedida de mis remotos e
invisibles lectores en la que, no sin amargura, pergeñaba unos párrafos sobre
la inutilidad y la miseria del periodismo. No creía que siguiera teniendo
sentido el ejercicio de una actividad que equivalía a trazar rayas en el agua.
Los asuntos no cuajaban. Nunca se convertían en un reclamo político, en una
protesta civil, no rebotaban. Era un periodismo que se practicaba en la
unilateralidad, de aquí para allá, como lanzar un saludo y no encontrar
respuesta. Podía cualquier compañero del periódico arriesgar su vida,
investigar a fondo un reportaje, y lanzar la denuncia. Nada sucedía. Se había
entrado en una práctica de la libertad de expresión neutralizada por la
propaganda que triunfaba en sentido contrario. La censura era innecesaria, no
venía al caso: que se publique todo lo que sea, al fin y al cabo a nadie le
importa. Podía no publicar una denuncia a ocho columnas, en primera plana,
con fotografías del asesino y la víctima en el momento del crimen, con
testigos oculares que daban sus nombres y se dejaban fotografiar, y el
Ministerio Público no actuaba. Era perfectamente posible documentar un
hecho, demostrarlo como si el trabajo de uno fuera el de un fiscal o un policía,
revelar zonas desconocidas de la realidad del país, o desmontar los
subterfugios con que se encubría al autor intelectual del asesinato de un
periodista, por ejemplo, y el aparato de la justicia no entraba en
funcionamiento. ¿Qué sentido había tenido la vida de tantos reporteros
eliminados que se entregaban a una labor que, viéndolo bien, el país no
merecía? Harto del «espacio mediático» y la «importancia» de los medios en
el mundo actual, del bombardeo de los sistemas de comunicación desde los
satélites artificiales, lo único que me fascinaba era el silencio.
Estaba muy consciente de que este pesimismo no era nada edificante, pero
me creía con derecho al hartazgo. ¿Qué me había metido durante tantos años
en esa película? ¿Por qué, cuándo, en qué momento de mi vida había
cometido ese error de navegación? Tenía que ponerle un punto final e
indeleble. Tenía, para sobrevivir, que salirme de la alegoría de esa caverna de

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la manipulación en la que día tras día un hecho periodístico se consumaba, se
consumía, y luego se olvidaba.
Y por si todo esto fuera poco, Giovanna se había marchado para siempre.
Desapareció sin despedirse, optando por el lenguaje de los hechos
consumados, estableciendo una situación que desde varios años atrás no
encontraba su salida. En cierto modo me reconfortaba el favor que me
dispensó al regresarse a Sicilia, al tomar una decisión que debió ser
compartida, pues me ponía de nuevo en cero, en un punto desde el cual nada
podía ser peor… Con estos pensamientos me vi de pronto entregando mi
boleto, de ida y sin regreso, en el mostrador de Aero California, y minutos
después entrando en el jet que me llevaría a Mazatlán porque lo que me
interesaba era aproximarme a la península poco a poco, por mar, como lo
hicieron los antiguos navegantes de Cortés, Sebastián Vizcaíno, el almirante
Atondo y el padre Kino, ya que para mí también era —como lo fue para
Jordán— terra incognita, en latín: un territorio desconocido en las cartas de
los navegantes, como cuando los neurólogos dicen que, todavía, el cerebro es
terra incognita. Abajo del Popocatépetl quedaba el monstruo ahogado de la
gran ciudad cubierta por una nata de ácidos y gases. Sólo llevaba un maletín
con unas cuantas cosas: el rastrillo de rasurar, tres camisas, dos pantalones, un
cuaderno de cubiertas duras y un par de botas mineras.
Jordán, en aquel pasado reconstruido o inventado por la memoria, venía
de norte a sur y yo me iría de sur a norte, en busca de su fantasma.

Página 13
3

El zumbido del motor sobre la brecha dura lo hacía sentirse parte de la


máquina. Las llantas eran una extensión de sus piernas y en cierto modo
agradecía que el diseño militar de su jeep, un willys de 1941, no hubiera
incluido amortiguadores de más juego. Le gustaba esa dureza, la incomodidad
de la lámina y la ausencia de resortes en el asiento. Descendía por el codo de
la península como los no improbables inmigrantes de tiempos remotísimos
que se encajonaron allí.
Lo deslumbraba el sol, pero con el paso de las horas los rayos se iban
tendiendo hacia la costa. Veía que las barrancas y los infrecuentes arroyos
estaban formados de todo menos de tierra, más bien de un material pétreo.
Tenía que desacelerar y eludir las biznagas, las lajas cortantes. En los tramos
en que advertíanse las rutas de los fayuqueros irrumpían, a los lados y muy de
vez en cuando, restos de automóviles calcinados y latas de cerveza. El chasis
de una troca sin rines ni puertas entre los cirios y ya invadida por chollas y
arbustos podía ser una escultura involuntaria, perfeccionada por la intemperie
y el tiempo. A lo lejos, sobre uno de los millares de cardones que lo rodeaban
y amagaban como un ejército de saltimbanquis, un águila quebrantahuesos lo
seguía con la mirada.
Jordán detuvo el jeep y apagó el motor. Se le echó encima el silencio.
Avanzó unos pasos para desentumecer las piernas y por un momento abrigó la
ilusión de no tener ningún vehículo: el manto infinito de los cardones y la
oquedad que se formaba entre unos y otros lo impulsaban a caminar. Los
cardones se erguían desafiantes, retorcidos en una suerte de desesperación
ensimismada; levantaban los brazos, altivos y orgullosos de su fortaleza, pero
asimismo su actitud era de súplica, de derrota, y aun en su soberbia no podían

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disimular su condición de torturados. A manera de manos de muchos dedos en
plegaria, saludaban, imploraban al cielo.
Se sentía nómada, al menos por un instante. La caminata hubiera sido su
única opción en otros tiempos: una marcha a cinco kilómetros por hora, un
ritmo mental distinto al que se ve sometido alguien que conduce un jeep. Aún
no anochecía. Moviéndose entre pitahayas y torotes escogió una pequeña
hondonada arenosa para orinar: seguía con la vista hacia abajo las espumosas
y diminutas burbujas que eran de inmediato absorbidas por la península.
Miraba el cielo sin nubes, como si fuera el único habitante del planeta. Siguió
su caminata en cualquier dirección. Su cuerpo le decía que aprendía a
caminar. No levantaba una pierna para después arrastrar la otra. No. Dar los
primeros pasos a los treinta y seis años significaba dejar caer el esqueleto y
los músculos hacia adelante a fin de interrumpir la caída con las
extremidades. Cada paso equivalía a conjurar una catástrofe. Y así se fundía
en la caminata de los gigantes nómadas ancestrales y de los jesuitas. El
cuerpo tiene tres ejes, pensó: como los aviones. Uno se pandea hacia enfrente
y atrás, o a los lados, pero también gira: se tuerce sobre la columna que se
asienta en la pelvis.
Su contacto con el mundo, queriéndolo o no, era el jeep. Allí estaba. Se
cercioró de que los tanques extras de gasolina no gotearan. Extrajo de una
bolsa de lona una frazada y una sábana que le bastaría para protegerse de los
moscos y no del frío porque ni siquiera en la madrugada disminuía el calor.
Tomó su libreta y reacomodó en la parte trasera del jeep las bolsas de nylon
en las que guardaba la cámara fotográfica, los rollos y la brújula. No se le
ocurrió sacar la pequeña máquina de escribir y sólo abrió la maleta de cuero
para tomar, como quien recoge un gato, la muñeca que siempre lo
acompañaba en sus travesías.
Tendido en la parte menos dura del paraje, luego de haber encendido la
fogata que ahuyentaría a los animales, garabateó algunas notas que al menos
le permitieran recordar más tarde sus impresiones de la jornada mientras
masticaba un trozo de carne seca.
Dormir, soñar tal vez. Se le antojaba leer, pero la luz de la lámpara de
baterías atraía zancudos, moscas, hormigas voladoras, y era mejor apagarla
cuanto antes. Lo único posible era hacer anotaciones rápidas sobre lo visto

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durante el día. No hay manera, por más que be buscado la forma, de llevar un
diario. En el willys no se puede escribir y en tierra, en estos campamentos
rápidos, menos.
Las noches son muy cortas y los días largos. Es una ventaja. Ignoro qué
haría en caso de tener noches de trece horas en lugar de las nueve horas de
estas semanas. Así, el día me alcanza bastante bien y la oscuridad, casi toda,
la paso durmiendo, en saco de dormir, con el rifle a la mano y la lámpara. A
mi lado, Marina.
Sueños pesados, de cansancio absoluto, y pocas veces, a no ser por el
acoso furioso de los moscos, despierto a media noche. No mantengo
encendido el fuego del campamento y los animales, si quieren, pueden
acercarse a merodear.
El suave aroma vegetal se empalmaba, desde el sueño incipiente, con
otras revelaciones vitales del desierto, el zumbido de los insectos, la nerviosa
acechanza de las lagartijas. Mientras la oscuridad se adaptaba a los ojos, fue
cuajándose el cielo sin nubes. Jordán pudo discernir entonces las siete
estrellas de la Osa Mayor. Sabía que contando cinco veces el espacio de las
dos que coronaban el grupo su trayectoria conducía, en recta, hacia la estrella
Polar.

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4

No podía acostumbrarme a vivir fuera de las redacciones. Repudiaba pero al


mismo tiempo extrañaba el rumor de las máquinas de escribir, el ruido de los
teléfonos, el olor de la tinta cuando bajábamos a la imprenta en la madrugada
para cotejar la prueba de agua de la primera plana, los linotipos callados, el
plomo fundido. Había respirado ese ambiente durante muchísimos años y mi
ritmo biológico era como el de los mariachis o las cabareteras: me acostaba a
las tres o cuatro de la mañana, me levantaba no antes de las doce, y ahora
tenía que ir cambiando mi horario. Detestaba las mañanas. Como un jubilado
prematuro o un alma en pena, me asomaba a los cafés y prefería leer un libro
más que los diarios. La renuncia no sólo suponía una interrupción laboral y el
ocio de los días alargados. También representaba una inmersión en la nada, un
punto de partida tardío hacia ninguna parte. Y además, para completar el
cuadro, debía asimilarla a esa condición esquizoide que comporta el quedarse
sin pareja.
Me mudé a un departamento atiborrado de libros, pilas de periódicos y
revistas, que un día habrían de caérseme encima y asfixiarme. Intentaba
escribir. Traducía un cuento. Copiaba literalmente en mi máquina historias
ajenas, en un afán de encontrar un tono personal, una escritura distinta a la del
lenguaje periodístico. Pero ese tipo de tarea había dejado de ser un hábito
desde muchos años atrás; ya no estaba incorporada a mi actividad cotidiana.
Cualquier cosa me distraía. El primer impulso era salir a comprar los
periódicos e invertir en su lectura las horas de la mañana en que tenía más
energía y la mente despejada. Los leía, sin embargo, muy por encima o no los
abría. En los días que vinieron después logré prescindir de la información, al
fin. Pasaba por los puestos de periódicos sin mirarlos, no indiferente al mundo
o a lo que le sucedía al prójimo en otros lugares. Me interesaba más bien

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experimentar ese alejamiento, enterarme de las cosas por conversaciones, ver
cómo el flujo de los días se me daba sin la intermediación de la prensa
abrumadora. Y empezaba a haber un cambio, efectivamente; el pensamiento
se me iba por otros rumbos y eso me gustaba.
—Lo que tú has hecho es reunir en una sola cosa tu vocación y tu adicción
—le decía a Pablo, por decirle algo, por poner en juego una idea. Nos
acabábamos de encontrar en un café de Insurgentes Sur y empezaba a
mostrarme unas fotografías.
—Nunca lo había pensado.
—Si uno pudiera escoger sus adicciones sería maravilloso —añadí—.
Como Kafka o Joseph Conrad, que sólo no escribían cuando estaban
dormidos. Piensa en la cantidad de cartas que mandaba Kafka. Era una
especie de grafómano. Le aburría todo lo que no fuera literatura. Mi adicción
ha sido perder el tiempo, pero supongo que es una manera de ser. No me
clavo en nada.
—No es que no te concentres.
—Me han dicho que uno se dedica a lo que puede, según su modo de
organizarse. Hay trabajos de atención dispersa, como el de los meseros y los
periodistas. Están en todo y al mismo tiempo no están en nada —le decía
mientras él extraía fotos de unos sobres manila: unos vaqueros en la sierra,
unas cuevas, y yo pensaba en Fernando Jordán, que antes de los treinta y seis
años ya tenía material como para tres libros. También había juntado las dos
cosas, su adicción y su oficio: el placer del viaje y la escritura. Pero algo
había en el trabajo de la mera transcripción literal que lo hundía: un
sentimiento de pasividad estéril.
—Aquí están los serranos —me decía Pablo y me pasaba unas imágenes
en blanco y negro y otras en color—. Las pinturas si las quieres fotografiar
bien tienes que mojarlas un poco, para que salten los colores, que son muy
tenues. Viven en la sierra de San Francisco, de donde se va a las rupestres.
Muchos trabajan como guías y parecen seguir viviendo en el siglo XVIII. Allí
están desde entonces, llegaron, bueno, sus antepasados, con los soldados y
herreros españoles que anduvieron en la península acompañando a los
misioneros.

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No eran confusas las imágenes de las cuevas. Tenían movimiento. Eran
escenas de cacería o de bailes rituales. O al menos eso era lo que sugerían:
venados atravesados por lanzas y cayéndose, una figura como de zopilote o
murciélago, levantando el vuelo. Y luego una hilera de hombres y mujeres
que se superponían.
—Parecen cuadros de Tamayo —le dije—. Fíjate cómo hay tonos violetas
y ocres.
—Me encantó andar allá.
En eso estábamos cuando compareció ante nuestra mesa un personaje
cuarentón y pelón. El hombre de la cabeza rapada, dije para mis adentros.
Venía, como deduje de inmediato, a una cita de trabajo. Pablo nos presentó y
se pusieron a ver las fotos. Nicolás Bandini, así se llamaba el compañero, veía
fascinado las imágenes que le iba mostrando el fotógrafo.
—A esto hay que darle vida —comentó Bandini—. Hay que ponerlas en
movimiento. ¿Usted también hace cine?
—No, no. Sólo soy amigo de Pablo.
—¿Cómo me dijo que se llama?
—Esteban.
Nicolás Bandini también venía armado. Abrió una libreta grande de
contabilidad repleta de textos y dibujos encuadrados: cada página era un
mundo de enigmas. Seres afligidos, en un rito, en una fiesta infeliz de cacería.
Venados, borregos cimarrones, unas aves en caída, águilas o zopilotes, tal vez
murciélagos, unas siluetas apenas, en acuarela, y textos: frases escritas a
mano, encuadres. Anotaba una idea y luego el emplazamiento de la cámara.
Vistas desde abajo, las figuras de brazos extendidos se desparramaban unas
sobre otras en un ambiente aéreo y desolado. Una especie de pelícano o
vampiro descomunal parecía revolotear; aleteaba cuidándose de no chocar
con el techo de la gruta. Páginas más adelante unos gigantes estirados
grababan ballenas en el cielo o bien unos hombres desnudos, más pequeños,
se montaban en unos andamios y, recostados, picaban la roca trazando una
serpiente y unos cuernos.
—Ah, ésta está muy bien —dijo Bandini, pasando la vista a otra de las
fotografías—. Pero las pinturas no hablan. No se puede hacer una película
sobre cosas. Las piedras no hablan.

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—¿Cómo va el guión? —dijo Pablo.
—¿Cuál guión? Apenas unos apuntes. No les gusta la historia. Mejor
dicho, no tenemos ninguna historia. Y no quieren un documental turístico.
Estamos en cero.
—¿Y qué pasa con los serranos?
—Allí están desde hace siglos.
—La Baja es un infierno. No hay agua. Es una península de piedra —me
dio por comentar, sin que nadie solicitara mi opinión.
—Necesitamos cualquier pretexto —siguió diciendo Bandini,
excluyéndome—. El caso es mostrar las pinturas, aunque sea como telón de
fondo.
Hubo una pausa. Siguieron en silencio examinando sus materiales:
paisajes del desierto, montañas, pitahayas, nopales, el mar.
—Se puede empezar por cualquier cosa —dijo Pablo.
De pronto, cuando ya mi atención estaba puesta en otras cosas, no
recuerdo cuáles (yo ya me había ido), Bandini se volvió hacia mí:
—¿Y usted, qué piensa?
—Yo… nada. No es mi campo —contesté—. Yo sólo sé hacer reportajes.
—Me tengo que ir —dijo Pablo, llamando al mesero.
Nos retiramos los tres del café. Pablo se despidió mientras Bandini y yo
nos acompañamos un tramo por Insurgentes Sur.
—A Jordán le fascinaba la Baja California —le dije—. Se enamoró de la
península y la península se lo tragó. Lo mismo que el desierto al coronel
Lawrence. Se pasa una noche meditando, resolviendo un problema. Un
embrujo. Pero tal vez a usted no le diga nada el personaje. Eso sucedió hace
muchos años.
—¿Jordán?
—Sí. Fue el que dio a conocer la existencia de las rupestres en un
reportaje de 1949. Supo de ellas una vez que estaba en un hotel de Santa
Rosalía. Pero nunca dijo que las hubiera descubierto porque algunos
misioneros jesuitas las mencionaban ya en sus crónicas. Empezó a estudiar
antropología, luego se pasó al periodismo, anduvo por Chiapas y Chihuahua.
—Escríbalo usted. Hágame un apunte. En unas cuantas hojas —dijo
Bandini.

Página 20
—Nunca he escrito un guión.
—Hágalo como un reportaje imaginario. Una línea argumental.
—Yo siempre he pensado con palabras; me fijo mucho, demasiado, en las
palabras. No es mi oficio.
—Yo le pongo lo demás. Yo pienso en imágenes. Empiece por donde sea.
Cualquier principio es bueno.
—No sé. No sé qué es lo que sigue de una escena a otra.
—En eso me especializo yo —me animó Bandini—. Yo le voy diciendo
qué es lo que sigue. Una escena da pie a otra. Pero las cuevas pintadas tienen
que estar muy presentes. La película trata de las rupestres. El personaje de
Jordán no importaría tanto.
—Hay una imagen que me atrae mucho: la de un piloto amigo suyo que
baja en un avión caza en las playas para encontrarlo; le trae noticias del país,
verduras, toronjas, su correspondencia; recoge los artículos que Jordán va
escribiendo en su maquinita y los rollos de película, para enviarlos a México,
a la revista en la que colaboraba Jordán.
De una manera vaga, no sé si más por cortesía que por interés, Bandini
comentó:
—Podría ser, Esteban.
—Jordán se fue a campo traviesa en un jeep del ejército norteamericano.
—Escríbelo.
Dilatando la despedida, añadí:
—Viajaba con una muñeca —pero Bandini ya no alcanzó a oírme.

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5

El jeep descendía por una larga cuesta rumbo a Santa Rosalía, de oeste a este,
del Pacífico al Mar de Cortés. Era tan largo el descenso que Jordán apagó el
motor y se dejó ir por inercia. Se sentía transportado, pasivo, su única
voluntad estaba en la mano y sobre el volante. Pero eso no significaba el
silencio. Los deslaves se habían comido totalmente la brecha dejando
hoyancos donde en tiempos remotísimos hubo una especie de camino. Se
adelantaba a vuelta de rueda, maniobrando para evitar las zanjas y las piedras
que golpeaban el cárter a cada metro. Reencendió el motor. La parte trasera se
arrastraba y el jeep se estremecía tanto que Jordán sospechaba que no llegaría
a ninguna parte.
Había visto horas atrás las salinas, un manto blanco, muy lejos, donde se
evaporaba una laguna. Sal, salario, pensó: a sus esclavos los romanos les
pagaban con una bolsita de sal. ¿Qué tal si ahora atravesara una colina de
nieve, como los jeeps que en ese tiempo servían en la guerra de Corea? El
suyo lo había adquirido en San Diego por 150 dólares que ella, Marina,
desembolsó. Era su regalo. Lo habían escogido en un lote del Army Surplus,
entre cientos de máquinas desechadas de las islas del Pacífico, alineadas junto
a tanques y lanchas torpederas. También se hizo de una pequeña tienda de
campaña y de un par de cantimploras. Se trajo rodando el willys hasta
Ensenada con la capota encima para que no los vieran. Marina dormitaba a su
lado. Ni siquiera un día completo pudieron compartir. Así había sido siempre.
Se encontraban por momentos en alguna playa, nerviosos, tensos, conscientes
de que muy difícilmente podrían verse otra vez.
Las afiladas lajas de la brecha transpeninsular lo fijaban en una velocidad
cautelosa por temor a la inminente falta de combustible. De nuevo
comparecían aquí y allá, entre arenales y atascaderos, deshechos de vehículos,

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bolsas de plástico, llantas abandonadas y rines inservibles. Entre rastrojos
rodados por el viento, indiscernibles zorros cruzaban el camino, asustados por
el ruido del motor, ¿o eran liebres, ratas del desierto? No había manera de dar
un paso atrás. Prosiguió entre baches y cauces secos de arroyuelos, cuando
mucho a veinte kilómetros por hora. La columna vertebral de la península iba
perdiendo altura a medida que Jordán progresaba hacia el sur. Cuando muy al
final de la pendiente asomó un grupo de palmas datileras, indicio de una
probable ranchería, entró en un tramo pavimentado. Y empezó a acelerar poco
a poco. La aguja del velocímetro rebasó las setenta millas y seguía girando de
un número a otro. Como salido de la nada o del polvo, de la reverberación del
sol que espejeaba un incierto vapor, un grupo de vacas se dispersaba sin
reconocer límites entre los huizaches y la cinta de asfalto. Algunas bestias
enclenques y sedientas, entre las que se confundía una mula, se detenían y
cruzaban la carretera. Fue disminuyendo la velocidad, pero no mucho.
Después metió a fondo el acelerador aumentándola, cerrando los ojos, como
si el destino le hubiera puesto allí el equivalente de una ruleta rusa. Aceleraba
cada vez más a ciegas lanzando el jeep contra las vacas, se iba clavando sobre
la masa de animales, pero al llegar al punto de colisión y abrir los ojos las
vacas ya estaban al otro lado del camino.

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6

Hice un trazo provisional de la historia en tres partes. El escenario, en


principio, no era tan atractivo como podrían hacerlo parecer los colores de la
mejor fotografía, de hecho no tenían nada de hospitalario. Una vez allí, el
viajero habría de enfrentar el bochorno y la sequedad del prolongado verano,
las playas ardientes, los ataques de los mosquitos. Un territorio de piedras
muy quebradas. Mi propuesta de guión no aspiraba a atenuar el enigma de las
pinturas. Todo lo contrario. Su misterio correspondería a la borrosa vicisitud
de Jordán. El problema radicaba en que las imágenes tendrían que prevalecer
sobre las palabras y en evitar que la historia de Jordán opacara el papel
protagónico de las rupestres. De aquella desolación prehistórica —hombres y
mujeres invocando al cielo entre animales acribillados— debía desprenderse
un silencio en el que todo quedara implícito, soslayando las explicaciones y lo
que discurría en la mente de los personajes. Porque el alma de los dibujos y
las rocas sólo podría adivinarse.
Ciertamente me seducía la idea de meter a Jordán en el guión de las
pinturas rupestres, que para mí apenas asomarían como trasfondo, pero
cuando le llevé a Nicolás Bandini el primer tratamiento —el esbozo de una
idea, mejor dicho— se mostró muy escéptico, creándome la sensación de que
hablábamos lenguajes distintos. No era para menos. Mi campo no era el del
cine. A mí lo que me gustaba era que el argumento se fuera de un lado a otro,
sin ruta, de aquí para allá, sin progresión, mientras que Nicolás quería una
anécdota muy bien construida, en la que una escena diera pie a otra, muy bien
enlazadas, como si la vida procediera de causa a efecto y no en forma
desordenada e imprevisible. Lo que a mí me importaba era el efecto de
conjunto, al final, y de ser posible conmover un poco.

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—No sé si este conflicto con los serranos nos relaciona bien con las
pinturas, que no pasan de estar atrás.
—Sólo hay que ajustar algunas cosas.
—Es que necesito ver los lugares.
Entre la gente de su oficio no se acostumbraba que el escritor hiciera una
exploración de los escenarios sino que se concentrara en una cierta trayectoria
argumental. Nicolás lo sabía mucho mejor que yo, pero accedió a que nos
viéramos días más tarde en Loreto. Tal vez el ambiente físico de la península,
y sobre todo el aislamiento del resto del país, pudiera servirnos de clave para
discernir el sentido de nuestra historia y su ambiente. Sin embargo, ya desde
entonces empecé a tener la sospecha de que Nicolás descreía de la inclusión
de Jordán en la película. No se entusiasmaba. Le parecía demasiado forzada y
no me costaba ningún trabajo entenderlo; para él Jordán carecía de la
significación que yo, por motivos que tenían que ver más bien con mi propia
vida, le atribuía. Me adelantó vagamente que estaba pensando mejor en un
artista plástico, un escultor tal vez, alguien menos verbal (¿por qué
desconfiaba tanto de las palabras?), un ser menos discursivo y menos
consciente de sí mismo: un escultor más obsesionado con las formas y los
colores de las rupestres, espectador de sí mismo y de su obra efímera que
incendiaría su jeep y forraría de telas multicolores los cardones y los cirios.
La idea no era del todo extravagante. En primer lugar porque el relato
podría ser menos realista y moverse con más libertad, incluso con una mayor
locura, no con las cortapisas que impone la referencia a un ser humano
concreto: los límites de su biografía, el derecho a su propia verdad, el respeto
a su nombre. Un planteamiento así, el de un personaje totalmente imaginario,
me daría a mí la oportunidad de moverme en los espacios de una demencia
plausible, la que sin ninguna justificación aceptaría con naturalidad
encuentros del personaje con seres inventados o rescatados de sus tumbas. El
pintor se toparía de pronto con un jesuita de hábito y huaraches, un fantasma
de Juan Jacobo Baegert esquivando los huizaches de San Luis Gonzaga o
Comondú. Esto hay que verlo con los ojos del alma, se diría el escultor
cuando Baegert le pidiera un poco de agua. Otras apariciones irían abonando
la pesadilla.

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Podría encontrarse con una mujer salida de la nada. Un ser devastado por
el amor, entregado a la muerte que pueden cumplir, más pronto que tarde, el
sol y la inanición. La mujer, que llevaba un vestido de algodón ligero, hindú,
aparecería en la distancia. Poco a poco se definiría su figura. El escultor, en
cuclillas alrededor de las lajas que acomodaba, la vería aproximarse. La mujer
volvía de la sierra, exhausta, con el estómago pegado, sin haber dormido bien
ni haber comido durante días. Se había ido a morir en las cuevas de las
pinturas y sólo se había llevado un frasco de miel y una bolsita de polen. Un
chofer de taxi de Mulegé la había encaminado hasta las faldas de la sierra.

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En route, anotó en su libreta.


La brecha se le fue convirtiendo en una pendiente desnuda que levantaba
poco polvo. Rodeado de cañaverales, un pequeño arroyo se dejaba entrever en
medio del desierto mientras un tanto más allá se insinuaba lo que podría ser
una ranchería o un pueblo. Jordán introdujo el jeep entre palmas datileras y al
trasponer la cortina de una presa que servía de puente, se metió por un
sendero sinuoso que llevaba a la plaza central sombreada por laureles de la
India y a una edificación de bloques volcánicos y dibujos labrados como un
castillo medieval. Un altar ornamentado con finas placas de oro cobijaba al
centro la figura de San Ignacio de Loyola. En los alrededores el pueblo se
diluía muy pronto, como una cuña en el desierto, un oasis que se difuminaba
fuera del tiempo. Nadie parecía habitarlo o era el momento de la siesta.
Jordán se detuvo frente a una pileta y se refrescó la cara. Le agradaba el
silencio del pueblo dormido. No alcanzaba a imaginar del todo cómo
pudieron internarse hasta aquellas latitudes los misioneros de trescientos años
atrás para fundar el reino de Dios en tierras paganas si todavía ahora el
ambiente natural era en muchos sentidos inhóspito. La elevada temperatura
promovía un bochorno, casi un mareo a mediodía y todo mundo buscaba la
sombra de las huertas o las habitaciones.
Un rumor como de máquina de escribir atrajo su atención. Pronto, a
medida que se adentraba por una callejuela que apareció a la vuelta de una
esquina, reconoció el chirrido de un aparato Morse. Por pequeño que fuera el
lugar, atendido por un hombre de cachucha negra, la oficina de telégrafos le
hizo pensar en la redacción de la revista. Los dos escritorios de metal, los
papeles en el suelo, la máquina que él había dejado allá en el centro de
México, podrían ser la sala de trabajo de un pequeño diario de provincia.

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—Dígame —le dijo el empleado de la cachucha negra, el único ser que no
estaba dormido en todo el pueblo.
—Quisiera mandar un telegrama.
Sobre la hoja que le extendió el hombre, Jordán puso lo que quería decir
en unas cuantas líneas: un saludo cariñoso, una señal de que aún estoy vivo, y
sus coordenadas (entre el paralelo 28 y el 27), salgo de San Ignacio y ya voy
llegando a Santa Rosalía, dirigidas a su amigo el capitán piloto aviador César
Atilio Abente, en La Paz.
Extrañó la sala de redacción de la revista cuando abandonó la oficina de
telégrafos, en la que tuvo que ajustar —como tantas veces en el periodismo—
sus frases a veinte palabras. El jeep lo esperaba a la entrada del pueblo. Se
montó de nuevo en él y reasumió la travesía, sin ver ningún otro vehículo
atrás o adelante. En la soledad del desierto que se volvía ligeramente más
amable con la caída del sol se dejaba ir y pensaba en la luz, como si
descubriera que sin ese globo anaranjado que descendía a sus espaldas los
ojos no tendrían sentido. Seríamos ciegos sin la luz. Pensó sin querer, pues
nada a su alrededor le sugería la asociación de ideas, en aquella tarde en que
entró en la redacción de la revista Impacto.
Bigotón, con un saco de tweed y corbata de moño, Regino Hernández
Llergo lo recibió, desafiante, con una mirada entre agresiva y risueña. Vio a
un joven nervioso, moreno, de baja estatura, de tupido pelo negro cortado a la
cepillo, que a manera de tarjeta de presentación extendió sobre su revuelto
escritorio una serie de mapas y magníficas fotografías sobre descubrimientos
arqueológicos. Jordán le explicó que a lo largo de sus expediciones por el país
se encontraba siempre con asuntos de gran interés periodístico, los cuales, en
largos informes burocráticos, se perdían en los empolvados archivos de su
escuela.
—¿Le interesaría a usted que yo escribiera sobre estas cuestiones para su
revista?
—Claro que me interesa —contestó Regino—. Pero en el periodismo no
se prometen las cosas, se traen hechas. Ideas hay muchas y muy buenas. Lo
importante es realizarlas. Así que cuando esté listo, vuelva con el reportaje ya
escrito.

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Jordán recordaba el intercambio de miradas, la actitud afable del viejo
periodista.
—Me voy a la Baja California.
—Llévese unas buenas botas, las va a necesitar.
Al despedirse, el director le arrojó una cajetilla de Chesterfield que sacó
de un cajón, y Jordán la atrapó al vuelo, como beisbolista.

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El trayecto de sur a norte me colocaba de nuevo en el único, persistente


rumbo que en el fondo siempre había tomado mi vida: hacia la casa original,
inextricable, punto de partida y de retorno. Tal vez por ello continuaba el viaje
con cierta indolencia, sin prisa, sin deseo alguno de llegar a mi destino.
El guión encomendado me obligaba a moverme de mi sitio y me ofrecía la
coartada providencial para alejarme, de una vez y de manera irrevocable, de
los ociosos trabajos de la información; me arrancaba por lo demás de una vida
asumida ya sin la menor intención, por el simple paso del tiempo, la pérdida
de interés en los viajes y la sospecha de que era ya demasiado tarde; me sentía
de regreso y no en la zozobra de una vocación de adolescente inseguro.
Las locaciones que debía ir encontrando a lo largo de la Baja California
no eran estrictamente de mi incumbencia desde el punto de vista técnico o
fotográfico. Ni siquiera era necesario ubicarlas con toda exactitud, a pesar de
que así se lo hubiese solicitado a Bandini. Algo en lo más íntimo me decía
que valía más inventarlas y que correría con mejor suerte si no ponía pie en
los escenarios predeterminados: podría decidir a mi arbitrio otro clima y otra
vegetación o la existencia de unos conejos rojos al lado de la carretera por
mucho que la fauna peninsular no los catalogara. Porque a la larga resultaba
más productivo partir de la ignorancia y no de los archivos históricos o los
datos geológicos que a lo largo de millones de años mostraban, en una
cartografía fantasiosa pero no por ello menos científica, la península
emergente, consecuencia de una escisión al conformarse el golfo de
California por los deshielos nórdicos y su posterior desplazamiento del
macizo continental. Sin embargo, la manía propia de mi oficio —y en eso se
parecía al del historiador— aún me provocaba una gran inseguridad y no
sabía avanzar a partir de la página en blanco. Había creído por tanto que para

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seguir adelante en la historia que me había trazado —la aventura de los
gigantes encajonados en las cañadas y los abrigos rocosos, su perplejidad
inocente y prehistórica perpetuada en las pinturas— no resultaría del todo
inútil conocer ciertos lugares; no dibujarlos como en la gran libreta atiborrada
de apuntes y acuarelas que preparaba Bandini ni recogerlos como en las
fotografías de Pablo: deseaba verlos allí mismo, si era posible en movimiento
o transfigurados por el cambio de luz y habitados por algún ser vivo
perteneciente a uno u otro reino de la naturaleza, en contraste con la zoología
oculta de los desiertos o una muchacha corriendo y con el cabello al vuelo o
un avión gigantesco que se ladea para tomar tierra. Me bastaría con la
composición de algunas imágenes, ciertas características del terreno, colores,
una luz allá en la lejanía espejeante de las cordilleras, y sobre todo el mar
solitario: playas, arrecifes, desfiladeros, una cabaña deshabitada, quizá un
ambiente que tenía que conocer solo, para fijar mejor la atención, sin
interferencia de nadie ni intercambio de palabras con persona alguna.
Esa composición de lugar me hacía mentalmente, como los soldados de
San Ignacio de Loyola, mientras esperaba el transbordador en el muelle de
Mazatlán tomándome una cerveza. Sospechaba que al llegar a Pichilingue y
La Paz muy pronto intentaría desplazarme hacia otras latitudes, al litoral de
las salinas, las partes bajas y planas que son un preludio de la sierra. Pensaba
también que en algún tramo del camino del tiempo había cometido un error de
navegación sentimental y que una oscura fuerza me hacía volver a casa, a la
tierra, como un pasajero sonámbulo que a los cincuenta años cae de pronto en
el vértigo incestuoso de la circularidad.

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El gigantesco brazo oxidado de la fundidora conectaba con el muelle. Jordán


pasó por debajo y empezó a bordear por el puerto sobre un pavimento de
escoria, esa miel carbonizada que arrojaba la fundición del cobre y con la que
se había construido el dique. Irrumpía poco a poco por una de las hondonadas
donde se tendía la población de casas uniformes, de madera oscurecida por el
tiempo o el petróleo, una colonia de mineros al estilo americano. Aceleró
luego el jeep por la cuesta de la Mesa Francia. Una vez arriba, sobre el terreno
plano donde iban apareciendo las vetustas mansiones de los franceses y el
edificio de la antigua administración, detuvo el jeep frente a una locomotora
herrumbrosa en cuyos costados cilíndricos se leía Compagnie du Boleo.
Detrás se levantaba el hotel Francés.
Jordán subió a su habitación en el segundo piso. Todo, incluso el baño, era
de madera; el piso, las paredes de pino barnizado y las patas de león de la
tina.
Antes de meterse en la regadera se dejó caer de espaldas sobre la cama,
exhausto y con la camisa sudada. Por un momento creyó dormir, pero prefirió
demorar el cansancio hasta más tarde. No quería despertarse a las tres de la
mañana. Puso sobre la mesa la maleta de cuero y extrajo la libreta y sus
plumas. Colocó cada uno de los artículos de escritorio en la que sería su
nueva mesa de trabajo, al centro la maquinita Olivetti y sobre un pequeño
sofá, a un lado, la muñeca.
Es el final. Nunca pensé suficientemente en serio que nuestra relación
podía ser tan frágil. La peste en el siglo XVII. ¿Cómo se daría a sí misma el
nombre de Santa Rosalía, la virgen patrona de Palermo? Muy pocos lo han
de saber. Lo más seguro es que entre los jesuitas había un siciliano, o más de
uno.

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Luego del ansiado regaderazo, empezó a secarse mirando por el ventanal
allá abajo la fundidora, el muelle construido con residuos minerales, las
playas negras de escoria. Bajó al comedor y mientras esperaba una cerveza
acercó la vista al grupo de fotografías que ornamentaban las paredes: la
pequeña historia gráfica del pueblo, los buques de vela, el momento de
transición en el que llegaban los primeros barcos de vapor llevándose el cobre
en lingotes. Le llamó la atención el nombre de cada una de las hondonadas:
Providencia, Infierno, Purgatorio, Soledad, Sombrero Sentado. Del distante
San Luciano y del tiro Williams el mineral viajaba en canastillas aéreas que
sobrevolaban las colinas como un funicular.
Salió a dar una vuelta a pie. Sin la luz no veríamos nada. Todavía le
quedaban un par de horas de tarde. Hacia la izquierda ascendente, por las
faldas de la colina donde se fueron empotrando las casas de los trabajadores,
remontó la Mesa México. No había un metro cuadrado sin fincar. En la punta
más alta del cerro el camino se ensanchaba en una pequeña pista de aterrizaje,
a la que llegaban muy de vez en cuando avionetas particulares. Imaginó con
alegría que allá a lo lejos, sobre el punto más remoto del mar y del cielo,
aparecería el Che Abente en su vultee, el avión de caza que había adaptado,
trayéndole noticias y fruta. Así lo había hecho innumerables veces el viejo
piloto paraguayo, cuando Jordán recorría en un bote de vela las islas del golfo
y escribía sus artículos en una tienda de campaña para que el Che los
remitiera desde La Paz a la revista.
Con estas imágenes en la cabeza emprendió el regreso y fue entonces
cuando vio, entre la brecha de bajada y el mar, a la misma altura que el
elevado aeropuerto, el cementerio, un camposanto aéreo que miraba hacia el
golfo, desde el punto más alto, como si no se atrevieran los habitantes de
Santa Rosalía a vivir por encima de sus antepasados.
Al día siguiente como a las diez y media de la mañana —conservaba sus
hábitos de periodista que se acuesta y se levanta tarde— se desayunaba una
machaca de mantarraya cuando vio que llegaba al hotel una destartalada troca
de rancho. Un hombre de sombrero vaquero descendió de ella, azotó dos
veces la puerta hasta que quedó fija y empezó a sacar unas cajas de cartón de
la cajuela. Jordán lo iba cazando con la mirada y el ranchero rodeó por detrás
del restaurante del hotel hasta entrar en la cocina.

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Cuando reapareció rumbo a la troca Jordán lo abordó.
—Oiga, mi amigo, ¿es de por aquí?
—De aquí no, de allá —dijo señalando la sierra. No hablaba mucho, ni
miraba a los ojos.
—¿Qué es lo que vende?
—Quesos, quesos de cabra. ¿Y usted?
—Yo, nada. No vendo nada. Ando escribiendo sobre la península, para
una revista.
—Ah. Y eso, ¿cómo se hace?
—Pues así nomás. Con fotos. Necesito tomarle unas fotos a unas puntas
de flechas que me dicen hay por acá. ¿Usted las ha visto?
—Las he visto. Por ahí ha de haber algunas.
—Me gustaría acompañarlo, cuando se regrese.
—Bajo ahorita a Rosalía y nos vamos en la tarde, don… ¿Cómo se llama?
—Jordán… Fernando.
—Muy bien. Yo soy Narciso Villavicencio.
Le gustaba tomar decisiones intempestivas, y la de salirse de su
trayectoria hacia el sur le atraía por ello mismo, porque no estaba en sus
planes ni siquiera esa misma mañana cuando se había levantado. El azar le
regalaba una oportunidad, la aparición del ranchero, y a partir de ahí Jordán
construía. Se vio, pues, de pronto siguiendo con su jeep la troca por un
sendero de grava y escoria pavimentada. Los tiros de las minas se sucedían a
lo alto exhaustos y abandonados. Sólo unas enormes ruedas dentadas que
dejaron los franceses cuando se agotó el mineral, junto a vías de ferrocarril
que terminaban en el vacío, sugerían la productiva actividad de otras épocas.
La troca de Villavicencio se le escapaba de pronto y se perdía por las
cañadas. Luego reaparecía tras el polvo que arrojaban las llantas. Una
ligerísima baja en la temperatura le hacía sentir que iban subiendo. Sólo de
vez en cuando, al remontar la curva de un cerro, más allá de los desfiladeros,
Santa Rosalía y el mar se volvían a ver: los caseríos y el muelle, la chimenea
de la fundición, pero unos minutos más tarde los únicos objetos móviles en el
planeta, en aquellas protuberancias marcianas, eran la troca y el jeep.
El aire de montaña parecía tener un efecto en ambos conductores. Habían
trascendido el bochorno húmedo que se daba al nivel del mar y ambos

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aminoraron la marcha, avanzaron de manera más tranquila por entre cardones
y huizaches, sin la tensión y la rapidez con que iniciaron el viaje.
A veces la brecha se tornaba pedregosa, pero más adelante el camino era
liso y horizontal y a ritmo lento se aproximaron a un grupo de casuchas
empalizadas y portones para reses y cabras. Niños y guajolotes andaban por
los corrales y al fondo del rancho los pétreos paredones de los cerros más
cercanos se difuminaban a lo alto cortados por la bruma de la sierra profunda.
Jordán detuvo el jeep detrás de la troca de Villavicencio.
—Pues aquí vivimos. El señor que está allí es mi abuelo, pero ya no
distingue. Verá, lo va a saludar como si fuera otro de nosotros.
En el entarimado de la entrada a la casona un hombre trabajaba el cuero;
en grandes vaquetas dibujaba las suelas de las teguas y polainas. Las mujeres
saludaron apenas con un siseo. Así hablaban casi todos, como entre dientes y
no se les entendía muy bien. Jordán saludó a dos niñas que se ruborizaban
frente a él, pero sólo le contestaron levantando un poco las cejas.
—No oyen. Tampoco hablan —le dijo Villavicencio.
Se sentaron a la mesa y muy pronto una de las mujeres que estaban en la
cocina les puso unos quesos y café negro.
—Aquí para moverse más allá tiene que ser en mula, ¿no?
—Ya lo va a ver. Subiendo un poco, en una de las cuevas.
—¿Allá están las flechas?
—No, ésas las tiene mi compadre Arce, allá, rumbo a la cueva del Ratón.
Usted no quiere ver las pinturas, ¿verdad?
—Las pinturas, sí.
—Hay muchísimas, ¿no venía usted a eso?
Intrigado, Jordán creía que las flechas estaban pintadas en las cavernas.
—No —dijo—. Las puntas me parece que son de piedra.
—¿No ha oído hablar de la cueva de la Música o de la cueva de
Palmarito?
—No.
Después de comer Jordán salió solo por los corrales. Metida la cabeza en
un casco de futbol americano, bien amarrado al cuello, un niño como de cinco
años se movía entre las cabras y las cercas.

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—Para que no se golpee —dijo de pronto una mujer, que parecía su madre
—. Está mal.
Muy temprano en la mañana, cuando Jordán se levantó, Villavicencio
acababa de matar un becerro para su propia carnicería. De los adentros del
animal cortó el hígado y lo puso en manos de Jordán.
—Vamos a llevarlo para el lonche. No es de lo mejor, pero está bueno.
—¿Hasta dónde vamos a llegar con los carros?
—Allá hay alguien, ya le dije anoche que preparara las mulas.
Volvieron a tomar el café con pan y queso. Acondicionaron el jeep como
tanque de guerra: gasolina en bidones, víveres, herramientas para el vehículo,
el rifle. Había que ir a vuelta de rueda, a lo largo de barrancas y rocas caídas.
La estrechez de la brecha y las abundantes piedras hacían prever que pronto
no habría modo de seguir adelante en vehículo. Se bajaron y siguieron a pie,
pero las mulas no aparecían por ninguna parte.
Sin hablar muy claro y de prisa Villavicencio le dio a entender que
seguramente andaba en busca de algún tesoro.
—Para mí el tesoro es todo lo que tienen aquí.
—Sabe mi amigo —cambiando de tono, dijo Villavicencio—, cuando
tenga mi primer hijo le voy a poner como usted: Fernando. Va a ser mi
compadre.
Jordán no supo cómo responder a la extraña muestra de afecto, pero lo
aceptó sin chistar. La caminata seguía por un sendero de cabras y piedras
sueltas. Horas más tarde, la cañada que buscaba Villavicencio resultó ser la
misma en cuya salida se había quedado el jeep.
—Hemos estado dando vueltas a lo tonto.
—Bueno, ¿soy o no el guía?

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Muy temprano, en cuanto amaneció, empecé a bajar la colina del hotel Olas
Altas, dispuesto a formarme para adquirir los boletos del transbordador.
Desde la cajuela de una troca unas muchachas de pantaloncitos cortos
contemplaban el muelle. Un anciano madrugador también clavaba la vista en
el embarcadero de abajo, a lo lejos. Tuve la momentánea impresión de que la
gente de Mazatlán guardaba la costumbre matutina de mirar la bahía desde lo
alto antes de que el sol del verano se les viniera encima, pero en ese instante
me di cuenta de que el Guaycura yacía longitudinalmente semihundido por
estribor, como un descomunal hipopótamo patas arriba.
Quince minutos antes de las cinco de la tarde anterior, lo había visto
llenarse de pasajeros y de tráilers cargados de varilla, cemento y trocas con
verdura, pero al no encontrar boleto me regresé al hotel y me dormí
suponiendo que el Guaycura ya estaba en alta mar. Le habían entrado grupos
de turistas, maestros de escuela que acababan de terminar sus cursos de
capacitación en Sinaloa, trabajadores agrícolas de Jalisco y Nayarit, y
muchísimos —la mayoría— bajacalifornianos del sur. Pero no presencié la
catástrofe que se suscitó en cuanto el Guaycura soltó las amarras. Ni por los
televisores del malecón, que sintonizaban la serie mundial de béisbol, ni por
boca de nadie me enteré del accidente. El caso era que el Guaycura encajaba
contra el muelle sus dos chimeneas de lámina por las que gran parte de sus
cuatrocientos pasajeros y tripulantes se pusieron a salvo.
Un pelotón de infantes de marina vestidos de negro y con metralleta al
brazo impedía que la multitud se aproximara al barco caído. Ambulancias de
la Cruz Roja y vehículos de la Armada entraban y salían por el dique.
Cuarentona, pálida, la mujer de uno de los maquinistas atrapados en la bodega

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d e l Guaycura apenas podía comunicarse con los desvelados agentes de
guardia.
—Hay muertos abajo, muchos de los choferes a los que se pidió que
empezaran a sacar sus camiones —dijo alguien de la fila formada desde la
madrugada en un segundo intento por conseguir lugar en el Salvatierra. Ya
circulaban periódicos con la noticia, se pasaban de mano en mano o se leían
por encima del hombro. Oficialmente sólo se reconocían dos muertos.
—Pero qué afán de ocultar las cosas, de todo se sienten culpables —decía
el chofer de un tráiler que no alcanzó a abordar—. ¿Cómo fue que dejaron a
un marinero cualquiera y no al práctico hacer la maniobra? Apenas empezó a
desprenderse del muelle, el transbordador rozó con unos duques de alba y se
fue rajando de lado a lado como una sandía.
Mientras tanto un altoparlante anunciaba:
«Se informa a los pasajeros con destino a Pichilingue-La Paz que hoy no
se venderán boletos de cabina ni de cubierta. Se dará preferencia a los
pasajeros del Guaycura que podrán viajar en el Salvatierra». Por segundo día
consecutivo se volvía imposible cruzar a la península. Tampoco había lugar
en los vuelos a San José del Cabo o a La Paz. Sin embargo, después de
mediodía, cuando los sobrevivientes ya habían abordado, la cubierta del
Salvatierra se advertía prácticamente vacía. No todos los pasajeros del
Guaycura se habían salvado. «Se venden quince boletos más», dijo una voz
desde el altoparlante.
Desde el Salvatierra, al atardecer, quienes alcanzamos boleto vimos
empequeñecerse paulatinamente hacia atrás el casco semihundido del
Guaycura que había navegado en el mar de Cortés desde 1946, entre
Guaymas y Santa Rosalía, herrumbroso y despintado. Allí quedaba el
transbordador con toda su carga secreta de muerte, con sus cincuenta años de
trajinar constante entre el antebrazo y la espalda del país, como un monstruo
de los mares vencido al fin por la displicencia y la calamidad. Su mancha de
diesel empezaba a ser acordonada con tubos flotantes de polietileno. De una
pipa de la Armada se bombeaba el combustible aceitoso que impedía remover
los cadáveres, al tiempo en que una hilera de infantes de la Marina también lo
extraía con cubetas de la popa inferior reventada.

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El Salvatierra se internaba por fin en alta mar para recorrer sus dieciséis
horas hasta Pichilingue, en una trayectoria de sureste a noroeste —como de
las 4 a las 10 en la carátula del reloj— que bien podía ser la línea imaginaria
que divide al Pacífico del golfo de California.
La mayor parte de los pasajeros viajaban en cubierta techada, una especie
de amplia sala cinematográfica con los asientos desgarrados y una capa
pegajosa de cocacola en el piso. Para echarse a dormir había que acomodarse
entre los pasillos o sobre el segundo puente de popa, más fresco. Nunca se
informó dónde estaban los salvavidas ni cómo era el sonido de la sirena de
alarma. Nunca funcionó el altoparlante para instruir mínimamente sobre
ciertas precauciones en caso de incendio. De vez en cuando cruzaban entre los
pasajeros tres infantes de marina vestidos de negro y con la metralleta
pavonada a la cintura. No era gente de mar. No parecían tener ningún amor al
barco, ningún saber marítimo acumulado entre la copiosa burocracia del
transbordador oficial que no procedía de la Armada ni de la Marina Mercante.
Las islas Cerralvo y Espíritu Santo irrumpieron de pronto a los lados del
salón comedor por las ventanillas horizontales. Creí por un instante que
habíamos entrado en una ruta de colisión irrefrenable, pero desde el puente de
proa vi cómo se deslizaban majestuosas las protuberancias de la península que
bien podría ser una prolongación del litoral siciliano.
Ahora la travesía era distinta a la de Italia. No transcurría un segundo sin
que, tras el ventanal del salón comedor y sobre la espuma que se abría a los
costados del transbordador, no apareciera la expresión yuxtapuesta de
Giovanna. Sus cejas estaban allí, rectas, finas, y su voz parecía revivir a mi
lado. Por muchos años que hubiesen transcurrido desde el año en que nos
conocimos en Calabria y oímos más tarde nuestras voces resonantes en el
teatro griego de Taormina, Giovanna parecía hacérseme presente. Cuando
desde el puente del Salvatierra empecé a distinguir la costa bajacaliforniana
lo primero que me vino a la mente fue aquel mar asoleado y circular, en torno
al barco, del Mediterráneo; la superficie plateada que se disparaba
centrífugamente como un disco espejeante alrededor de mi punto de
observación: la mano de Giovanna que antes de entrar al estrecho de Messina
me señalaba los torbellinos y los escollos de Escila y Caribdis. Recordaba
también el cruce del Atlántico en el Aurelia, lleno de ancianos emigrantes que

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regresaban de Nueva York a la Italia de su juventud, y al viejo turinés,
envuelto en un abrigo gris y camiseta debajo que me decía y me repetía: «A
lei piace il capretto?», y me contaba cómo solía juntarse con sus amigos los
domingos para asar un cabrito en algún pueblo de la campiña piamontesa.
Sin embargo, aquella mañana igualmente luminosa de agosto lo que
cobraba formas cada vez más definidas eran las estribaciones de Pichilingue y
La Paz, los verdes escarceos en la superficie del mar violeta en el fondo y sus
pequeñas olas ampolladas. No era yo el primero que la contemplaba, ni entre
los pasajeros del Salvatierra ni en la historia. Pensaba en las caminatas del
padre Baegert, los placeres perleros codiciados por los expedicionarios
españoles, la rudimentaria vida de los nativos, la perpleja reacción de los
pericúes, las playas de las mujeres negras, la expulsión de los hombres que
una leyenda improbable establecía como práctica ritual entre las amazonas de
aquella portentosa «isla» ubicada, según la imaginación cartográfica de
entonces, en el océano Indico, al sur del actual Pakistán, al oeste de la India.
Veía las partes bajas y planas que son un preludio de la sierra allá tendida.
Recordaba que otra de las noticias falsas de los cronistas hacía referencia
a un paraíso terrenal circundado por aquellas remotas aguas de las Indias, a
cuya diestra mano la «isla» California palpitaba poblada exclusiva y
excluyentemente por mujeres de valientes cuerpos y esforzados y ardientes
corazones.
Fantasía sexual de los marineros, ilusión que obraba como manutención
del deseo y excitaba a los navegantes, la península apenas cartografiada de
aquellos tiempos empezaba a vivir y a reproducirse en la mirada de los
aventureros que oteaban el litoral desde los mástiles luego de muchos meses
en alta mar. Ni el vacío de las costas ni la aridez del terreno los hacían dudar
de la leyenda. Habían oído repetir de boca en boca, de puerto en puerto, que
cuando las indómitas y autosuficientes mujeres llegaban a tener paces con sus
contrarios, mezclábanse con toda seguranza unas con otros, y que había lugar
a ayuntamientos carnales, de donde se seguía quedaban muchas de ellas
preñadas y si parían hembra, guardábanla, y si varón, luego era muerto. La
causa de ello, según se sabía, era porque en sus pensamientos tenían firme de
apocar a los varones, en tan pequeño número que sin trabajo los pudiesen

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señorear, con todas sus tierras y guardar a aquellos que entendiesen que
cumplían para que la generación no pereciese.

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Llegó a creerse que Jordán se había quedado a vivir en uno de los ranchos de
los Villavicencio. Hubo un momento en que se le consideró persona
desaparecida, pues fueron muchas las semanas sin noticias suyas. Juan
Amador, de Santa Rosalía, contó que le abrió unos archivos de la compañía
del Boleo que habían estado muchos años en unos sótanos: recibos de envíos
de oro y manganeso a San Francisco; y que se sabía, por algunos de los
rancheros que bajaban a vender quesos, que había conocido las cuevas de las
pinturas rupestres.
Hay una laguna de varios meses, pero un día empezó a aparecer en el
semanario la serie de Terra incognita: los primeros reportajes del periodista
viajero. Iba dando cuenta de cada uno de sus pasos: sus asombros, su
enamoramiento de la península, su embrujo, su ballena blanca.
A lomo de bestia, Jordán, Villavicencio y sus guías, traspasaron los bordes
de los despeñaderos durante dos días y sus noches, abasteciéndose de agua en
unas tinajas formadas entre las rocas; el equívoco fue enorme para Jordán,
pues creía que sólo iban a fotografiar unas flechas en unas grutas. De pronto,
sobre todo cuando entró en la prehistórica boca de lobo que era la cueva, la
fijación de sus ojos se trocó en mirada infantil:
Henos aquí en la entrada de una enorme caverna abierta en el
acantilado, a diez metros de altura sobre el cauce seco del arroyo. La boca de
la cueva debe tener unos veinticinco metros de ancho por ocho de altura. De
fondo, treinta metros más o menos. La bóveda tiene el perfil del arco
rebajado y es de una pieza sola. La altura varía de cinco a siete metros,
disminuyendo en curva pronunciada al juntarse con los muros laterales que
la sostienen.

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A primera vista, los dibujos de la bóveda desconciertan. De ellos no se
distinguen por lo pronto sino los colores: amarillo, blanco, negro, ocre y rojo
indio. Pero observándolos detenidamente se van notando figuras humanas y
animales. Las primeras son de tamaño natural, sumamente primitivas en
cuanto a técnica de dibujo y de color, pero expresivas en toda su sencillez.
Vense guerreros casi desnudos, con brazos y piernas abiertos, en figuras
estáticas, con los cuerpos traspasados por numerosas flechas. Hay niños
también flechados, hombres que blanden lanzas o llevan las manos vacías.
Por los hombres flechados puede pensarse en escenas de guerra, pero acaso,
estudiando más detenidamente el inmenso mural, bien puede ser que se trate
de escenas religiosas, de sacrificios a los dioses.
Aunque le resultaba muy aventurado fijar la antigüedad de las pinturas,
por ausencia de datos correlativos, no estimaba exagerado calcularla entre los
dos mil y los tres mil años. Desleídas por escurrimientos acuosos, las
imágenes de aquella caverna platónica eran una premonición del cine y de los
espectadores encadenados a las butacas: venados, borregos, águilas, peces,
manitas estampadas en la pared de roca, se engarzaban en un vals mudo como
una nave espacial que se extraviaba en el tiempo al compás del Danubio azul.
En la hora más alta de la noche, mientras Villavicencio y los guías se
ausentaban en lo más profundo del sueño, Jordán escuchaba el chillido de los
murciélagos; se asomaba al cielo tratando de encontrar un sentido a la
ubicación de las grutas. La Osa Menor le parecía una cuchara doblada cuyo
mango colgaba de la estrella Polar. Un puma estuvo rugiendo en los
alrededores, pero pronto su presencia se disolvió en las barrancas, cuando
Jordán encendió las lámparas de carburo. ¿Qué habrían hecho aquellos
antiguos caminantes y estupendos nadadores que se pintaban el rostro y se
adornaban el cabello con plumas, perlas y concha nácar? De extraordinaria
estatura, habían venido del norte, desde el estrecho de Behring, y se vieron de
pronto en un callejón sin salida. Venían huyendo unos de otros. Parte de ellos
tiró por lo largo de la costa del mar del sur, los otros por lo áspero de la sierra,
y terminaron matándose entre sí. Eran tan grandes que cuando pintaban el
cielo raso de la cueva se tendían de espaldas en el suelo y aun así alcanzaban
a pintar en lo más alto.

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Una figura se superpone a otra, siempre transversalmente, de tal modo
que sobre las piernas de un hombre pasa el torso de otro. Podría tratarse de
una forma de ahorrar espacio. Aunque predominan las figuras de hombre,
también se encuentran mujeres. Una de ellas, la más clara, muestra sobre las
caderas una falda larga que casi le llega a los tobillos.
Para evitar confusiones, pintaron los senos de las mujeres: los colocaron
lateralmente como si nacieran bajo las axilas. Aunque la representación sea
por lo demás curiosa, no deja de mostrar una profunda lógica, ya que así es
imposible confundir a la mujer con persona del otro sexo.
Sobre una enorme piedra, tocándolos, Jordán alcanzó a distinguir
escurrimientos de pintura: la paleta de los primitivos pintores, entre los
escombros de un derrumbe. Se diluían algunas imágenes, el tiempo las iba
carcomiendo y despintando, como si la niebla humedeciera el aire de la cueva
o los gigantes las hubieran frotado con las manos al suponerlas una fuente de
poder o de magia. Si no hubieran sido tan grandes, pensó, debieron haber
llevado madera de algún sitio improbable para construir andamios. Pero tal
vez sea lo de menos, puesto que no hay árboles en los alrededores ni más
lejos. Los gigantes dibujaron como pudieron lo más elemental: rasgos,
siluetas, sin detalles en los ojos, la boca, las orejas, aplicando manchones (a
manera de golpes de brocha) o cubriéndolas totalmente de pintura, a veces de
un solo color y otras a dos colores, dividiendo el cuerpo en simetría y a lo
largo con una mitad negra y otra roja.
No era un descubrimiento, y Jordán lo sabía. Ya habían dado cuenta de las
pinturas los misioneros jesuitas del siglo XVIII. Al padre Mariano Rothea le
contó un indio, como de treinta años, que siendo niño se entró al monte con
otros de su edad en busca de venados y dieron con un esqueletón humano de
grandeza descomunal. Dispuesto a indagar, el padre Rothea dio con un
pedazo de cráneo bien grande que por mucho cuidado que puso se desmoronó
al sacarlo. Cotejados con los de «nuestros muertos», los huesos del gigante
ocupaban el largo de tres a cuatro metros y eran como tres tantos mayores…
lo mismo la quijada, los dientes, las muelas. A lo mejor, pensó, por los
vestidos y los animales que no suelen hallarse en California, fijándose muy
bien dónde se encontraba la cabeza y dónde los pies, no eran nativos de estas
tierras sino de allende los mares.

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El toparse con las pinturas es cierto que tiene alguna importancia
periodística, porque es la primera vez que un reportero se adelanta a los
antropólogos revelando la existencia de claves para el conocimiento de la
historia antigua de México.
Si por algo siento una modesta vanidad es por el hecho de haber
contribuido en una pequeña escala al desarrollo de las ciencias
antropológicas mexicanas y por tender el primer lazo de unión entre Baja
California y el resto del país, despertando el interés de los arqueólogos por
efectuar exploraciones en este lejano territorio nacional. Esto, creo, justifica
un poco el orgullo; lo otro, el «descubrimiento» en sí, cuestión de suerte,
nada más.
Jordán se tendió esperando el sueño en un rincón de la cueva y se fue
hundiendo en las tinieblas como un gigante.

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II
Las palmeras quemadas

En sus comienzos el hombre


era una criatura nómada por excelencia

BRUCE CHATWIN

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12

Al bajar del transbordador tomé un taxi que me llevó por la playa del
Coromuel desde Pichilingue a La Paz. No se veía de inmediato la bahía; se
insinuaba apenas al irse sucediendo los diversos balnearios y fondas de
pescadores a los lados del camino costero. Vi allá abajo, donde terminan los
acantilados, una roca en forma de hongo labrada por las olas que la iban
socavando.
Pedí al chofer que me llevara al hotel Perla porque ya había estado allí
una vez, frente al malecón y las palmeras, y junto al café más concurrido de la
ciudad, donde una vez conversé con mi amigo Mario Santiago. No se me
ocurrían palabras para describir La Paz. Evocaba por lo contrario la mirada de
Jordán, reconociendo que también había una vena lírica en sus descripciones
y en su manera de recoger —o inventar— el ambiente. Por él y por nadie más
en el pasado, supe lo que era el rayo verde: la hora sin sombra del atardecer,
el dilatado instante en que la vigilia se desdobla en el sueño.
En el verano la ciudad muere todos los días. Hay cierta hora, hacia las
tres de la tarde, en que el tiempo se queda detenido, sudando, y el pueblo deja
de dormir sus pensamientos, embotado por una marea caliente que suspende
la vida. Las palmeras se duermen inclinadas y los laureles de la India hacen
de filtro al reflejo del sol sobre la bahía. Frente a la ciudad, el mar de la
bahía es de plomo y arde bajo el sol brutal, que no permite sombras. Pegado
al muelle, un barco duerme en la modorra una siesta eterna, como duerme
una siesta de muerte un marinero renegrido, desnudo bajo la toldilla inútil.
Más que La Paz real —en la que yo me encontraba ese día caluroso y
húmedo—, se interponía en mi memoria la pequeña ciudad que había
recreado Jordán en una de sus crónicas. Alguna vez estuve en el hotel Perla.
Llevaba muchos años sobrevolando la península y no conocía La Paz. Por eso

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una vez decidí hacer una escala. Me sobrecogía de alguna manera no haber
puesto pie nunca en el sur, a pesar de mis frecuentes viajes a Tijuana. ¿Cómo
no se me había ocurrido antes? Creí desde entonces que tenía que volver más
tarde.
Tenía una idea mucho más concreta de otra península: la de Italia, que
recorrí con Giovanna de sur a norte: de Siracusa a Florencia, y empezó a
parecerme un poco raro que en varias ocasiones ya hubiera estado más de una
vez en Sicilia y no en Baja California. En uno de mis viajes de retorno al
hogar, pues, decidí hacer una escala en La Paz. Me paseé por el malecón,
estuve varias horas sentado en la cafetería del hotel Perla, muy a gusto,
leyendo, feliz de poder estar solo conmigo mismo, sintiendo de vez en cuando
el vientecillo fresco del Coromuel que caía en suaves ráfagas por el sur. Veía
y trataba de escuchar a los viejos que llegaban a su tertulia de la tarde y me
daban, por su vestimenta y su acento, una idea de cómo eran los personajes
del lugar. Mi sensación era de aislamiento. A pesar de los transbordadores y
de los aviones, sentía que la Baja California era una isla olvidada en el
Pacífico y muy lejos del macizo continental. De ese modo se manifestaba mi
subjetividad, pues la representación que yo me hacía de la península era en su
mayor parte libresca o, más bien, literaria. Mis referencias eran de oídas o
venían de la historia, tanto como mis vagas informaciones, en aquel entonces,
sobre la vida de Fernando Jordán. Pero, en fin, me encantó sentir bajo mis
pies una tierra tantas veces imaginada desde la infancia y a través de los
reportajes de Jordán en Terra incognita que me revelaron un mundo
fascinante, un escenario digno de las mejores novelas de aventuras y que
además era nuestro, algo así como el otro lado de la luna que siempre
habíamos tenido, en cierto modo, a la mano. La Baja California completa,
ante nuestros ojos de quince años en Tijuana, pasaba de ser un simple brazo
en la cartografía nacional y se convertía en el espacio vivo de una corazonada.
Había vuelto a partir de entonces a ciertos lugares. A veces me bastaba
con una imagen: las brechas pedregosas y las cañadas que anteceden al
descubrimiento alucinante de Comondú, los ranchos fantasmales que se le
aparecen a uno a la vuelta de un recodo, la extraña arquitectura industrial
decimonónica de Santa Rosalía, las islas que van montándose majestuosas
frente a Puerto Escondido y Loreto y que uno no sabe si vienen del

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Mediterráneo o si se trasladaron hasta allí flotando desde el archipiélago de
Nueva Guinea.
Ahora, en el vaguísimo esquema que se desprendía de mis apuntes para el
guión de Bandini intentaría como escenario una superposición de geografías:
un viaje de sur a norte, en el sentido inverso al periplo de Jordán, que al
mismo tiempo que se emprendería de Cabo San Lucas a Tijuana se iría
engranando con otro recorrido: el de Siracusa a Florencia. Dos penínsulas,
pues: Italia y Baja California. Una en verano y muy poblada, llena de
vestigios de la Magna Grecia, la historia de un primer amor; la otra, en
invierno y desnuda, la de un recorrido solitario después de la juventud, la
necesidad del retiro y el silencio: un clásico regreso a casa o una trayectoria
de emigrante, como la de Rocco y sus hermanos que abandonaron su Lucania
meridional para sobrevivir en Milán.
El café del hotel Perla, mientras entraban y salían parroquianos y turistas,
adquiría un ritmo que me hacía pensar en la via Venetto de Roma, como si de
pronto se apersonara allí Marcello Mastroianni y brincaran de los autos
deportivos los fotógrafos de asalto. Era un recuerdo en blanco y negro,
injustificado, que se me imponía tal vez por el desencanto del periodista —
escritor impotente— que actuaba Marcello en aquella película de finales de
los años cincuenta, el reencuentro con su padre, el suicidio de su amigo, que
hacía Alain Cuny, sus aspavientos de reportero que no podía con la literatura.
Muchos de los gestos de quienes empezábamos a ser jóvenes en aquel
entonces venían del cine, de las palabras. Eres la tierra, eres la casa, eso: la
casa, le decía Marcello a Anita Ekberg, al abrazarla en la fuente de Trevi. Y la
escena del final: la inocencia que lo llamaba en la playa desde la mano que
agitaba la niña y que él no reconocía, como no me reconocía a mí Mario
Santiago cuando tomaba asiento en una de las mesas del fondo.
Quise contemplarlo un momento antes de presentármele. Tenía yo todo el
tiempo del mundo como para salir tan bruscamente de mis cavilaciones
sicilianas. De un instante a otro, pero también de manera simultánea, la
cordialidad de Mario Santiago me remitía a mi primer conocimiento de Santa
Rosalía, pues fue él quien me condujo por los caseríos y las hondonadas de
los tiros cuando me topé con el exhausto centro minero. Me gustaba
reincorporarme a aquel paseo y a las conversaciones laterales que iba

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teniendo con Mario Santiago porque en cierto modo fue él quien empezó a
humanizarme la figura de Jordán. Hasta ese momento para mí se trataba sólo
de un nombre, un autor del que, por alusiones accidentales, oía hablar muy a
la larga. En el transcurso de muchos años se había ido formando en mi
memoria, o deformándose, la imagen de un personaje que el paso del tiempo
y los comentarios de la gente, como algunos periodistas amigos suyos, hacían
y deshacían sin ninguna intención, como si hablaran de un ser ficticio o de
una leyenda.
Cuando nos internábamos en los barrios profundos de Santa Rosalía y
Mario Santiago me mostraba los alrededores del pueblo, al pasar frente al
hotel Francés, surgió de pronto el nombre de Jordán. Yo no sabía que había
muerto o, más bien, lo suponía, pero ignoraba en qué circunstancias se había
cumplido su vida. Tuve para mí, durante el recorrido, la sensación de que en
la medida en que uno desconoce a una persona, mientras menos sabe de ella,
más imaginaria se vuelve. Si los datos sobre su vida empiezan a concentrarse
entonces el personaje se aproxima más a la criatura. De modo que cuando
Mario Santiago mezclaba sus explicaciones sobre el sitio minero con algunas
anécdotas de Jordán yo iba sintiendo que muchas veces, por el solo hecho de
añadir pormenores biográficos, en ocasiones distintas y entre lapsos muy
distanciados, la gente o la vida misma nos van construyendo un personaje,
independientemente de que nos hubiéramos propuesto o no investigarlo.
Pasamos entonces por debajo del brazo metálico de la fundidora y
retomamos la transpeninsular hacia el norte. Fuera del pavimento, a la
izquierda, la brecha seguía siendo de grava negra y nos metía por la
hondonada de Santa Marta, corriendo al margen de los estrechos terraplenes
sin vías por donde antes se deslizaban las locomotoras cargadas. A ambos
lados de la cañada, a lo alto, sobre empasteladas formaciones geológicas —
tenues capas que se disimulaban entre un ocre verdoso y los tonos naturales
de la tierra— podíamos contar tres, cuatro y hasta siete tiros exangües.
De uno de ellos, al que subimos a pie, brotaban unos rieles que
desembocaban en el vacío: desde allí el mineral en polvo de las canastillas
caía en el chute, debajo del que se iban colocando los vagones del trenecito.
Los rieles desmantelados se apilaban junto al tiro de la mina, entre enormes

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ruedas de fierro dentadas, poleas, ganchos y cables abandonados por los
franceses.
—Se dio un tiro en el corazón —dijo Mario Santiago, luego de un largo
silencio.
No sé cómo relacionó una cosa con otra, pues acababa de contarme que
las corrientes del arroyo, infrecuentes pero puntuales y caudalosas una vez al
año, habían arrasado muchos años atrás las viviendas evacuadas en que vivían
los mineros.
—Pero cómo…
Algo subsistía, sin embargo, si uno raspaba la tierra; en el lecho de la
Santa Marta muerta, casi superficialmente, entre el fango seco, entreveíamos
enmohecidos herrajes, tuercas, bisagras, mientras algo escombraba Mario
Santiago:
—Esteban, mira. Esta plancha que te acabas de encontrar. Llévatela. Sólo
le falta el mango. Es de las que se calentaban en la estufa.
—Gracias. Puede servir de pisapapeles.
—Y las moneditas de oro —añadía—. A los chinos les pagaban con
moneditas de oro, que luego enterraban. Pero hay que venirse temprano. Yo
me encontré dos moneditas, así, así de chicas, pero debe haber más. Muchas.
Cargamos un tornillo de ferrocarril, la plancha, un mechero de cobre
agujereado, y una pieza de fierro plana y cuadrada de las que se usaban para
fijar los rieles en los durmientes.
—Yo no sabía eso —le dije.
—No se sabe muy bien qué pasó. Se llegó a decir que se había arrojado al
mar, frente a San Juan de la Costa. Pero eso no es cierto.
El calor de la playa y del embarcadero aumentaron de golpe cuando, de
regreso, franqueamos la zona de la fundidora que se caía a pedazos. A pesar
de que tenía muchos departamentos cancelados y las ventanas sin cristales o
rotos, las láminas de los techos herrumbrosas, unos obreros de casco amarillo
reparaban la cadena de un engranaje. Mario Santiago tomó de una de las
canastillas un puñado de mineral.
—Pura tierra, Esteban —dijo—. Es del que ha sobrado de las minas, ya no
es el mismo. Los franceses sólo trabajaban con terrones verdes, la crema del
mineral: el chuqui, como dicen los yaquis.

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Por debajo brotaba chorreando, negra, la miel de la escoria mientras las
canastillas repletas de tierra iban volcándose en banda y los terrones se
derretían al contacto continuo con el fogón.
—Lo que sabía era que se enamoró de la península y quería morirse aquí.
—Era un hombre al que no le faltaban proyectos. Entusiasmado, como un
niño. Siempre andaba organizando sus locuras, en lancha, como cuando se
puso a navegar por el golfo en una barquita. Tenía un amigo él, aquí en La
Paz: el Che Abente, un aviador. Dicen que lo enseñó a volar, pero de eso no
estoy seguro. Lo cierto es que cuando el hijo del Che se estrelló en la pista de
María Auxiliadora, Jordán fue a recoger su cadáver. Y ahora los dos están en
el mismo cementerio, Jordán y el muchacho.
Salimos de la fundidora ya de noche, por el área de vaciado de los
lingotes, entre gigantescos picheles, y vi un gran reloj suizo en la planta
eléctrica que ya no marcaba las horas.
—Oye, ¿tú sabías que Jordán siempre viajaba con una muñeca en su
veliz?
Se superponían, pues, todas estas imágenes y estas palabras cuando
esperaba que mi ánimo cambiara para ir a saludar a Mario Santiago en el café
del hotel. De inmediato nos reconocimos.
—¿Ya conocen aquí a Esteban, mi amigo periodista? —les dijo a sus
amigos de la mesa.
—Retirado —les aclaré—. Ahora ando de vago.
Nos reímos. Tomamos una cerveza. Volví a sentir por Mario Santiago una
gran simpatía. Me agradaba ver cómo se había ido abriendo camino, primero
como profesor rural en Santa Rosalía, luego haciendo una revista con una
imprentita chandler que se compró usada en San Diego.
Le conté que estaba de paso para Loreto y Comondú y que me iba a ver
allí con un director de cine. No me fue difícil sacar a colación el tema de
Jordán porque ya era algo establecido; siempre lo tocábamos de paso. ¿Qué se
dice aquí en La Paz? En todos los pueblos hay una historia secreta, oral, que
se va transfigurando de una generación a otra.
—¿Nadie oyó el balazo? ¿A las dos de la mañana?
—Nadie, o mejor dicho, sólo los trabajadores de la panadería que estaba
en la esquina.

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—¿Y el Che y su mujer?
—No oyeron nada. Estaba lloviendo y había truenos. En aquel tiempo la
península estaba más separada que nunca. Imagínate, si ahora nos sentimos
lejos, ¿cómo sería entonces? Jordán publicaba artículos que no siempre le
gustaban a los funcionarios de México y andaba organizando algo en relación
con las cooperativas pesqueras. Vinieron su esposa Bárbara, su hermana
Helena, y su cuñado, el pintor Santos Balmori. A todo el mundo le sorprendió.
Su amigo Abaroa, quien le estaba reconstruyendo una lancha, nunca se creyó
la historia. Y Helena siempre ha estado segura de que la pistola había sido una
45 del ejército y no una colt 44.
—¿Todavía vive? —le pregunté.
—¿Quién?
—El Che Abente.
—Sí, por ahí anda.

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La amplitud de los movimientos le gustaba hasta en el uso de la ropa holgada.


Creía por momentos que la libertad de espacio y de ambiente tenía
consecuencias en su propia personalidad. Mientras mojaba en la boca una
galleta marinera, se percató de que el viento volvía a soplar y la barca
bailoteaba al compás de la marejada. Le aterraba la posibilidad de que el
viento se trocara en chiflón, como solía suceder en casi todas las puntas del
litoral y como sucedió poco más tarde.
Al doblar la punta, sin tiempo para nada, se nos cruzó el chiflón y la
botavara dio un salto de ciento ochenta grados, pasando de una banda a otra
en menos de un segundo. Gracias a una maniobra instintiva no perdimos el
palo en esa transluchada, ni las cabezas, amenazadas por el repentino giro
de la botavara, cuya altura quedaba precisamente a la de nuestros cuellos.
Las rachas eran tan fuertes que nos dieron frío y nos obligaron a enfundarnos
dentro de la ropa.
Una de las cosas empapadas que más pena me produjo fue Marina.
Había venido acostada sobre la litera y toda el agua le había caído encima;
sus cabellos color caoba los tenía despeinados y pegados a la frente, su ropa
de marinero estaba en un deplorable estado y me dio la impresión de que
sufría, como yo, de frío. La tomé en brazos cariñosamente y la llevé conmigo
en el primer viaje a tierra.

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El teniente coronel piloto aviador César Atilio Abente Benítez, avecindado en


La Paz desde 1945, llegó como piloto del Escuadrón 203 de la Fuerza Aérea
Mexicana. Paraguayo, no argentino como se decía, había combatido en la
guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, y se había nacionalizado
mexicano después de gozar de una beca que en los años treinta le ofreció el
general Calles para estudiar aviación en México.
Nunca me imaginé que aquel ser se materializara. Un hombre de armas,
un soldado, con experiencia en combate. Solía sobrevolar el litoral cuando
Jordán iba costeando en su lancha por las islas y las caletas del golfo. El Che
aterrizaba su caza vultee en las playas y recogía los rollos de película y los
artículos que Jordán iba confeccionando en su Olivetti portátil. Además le
llevaba en el avión toronjas, carne seca y algunos periódicos.
Lo primero que vimos Mario Santiago y yo fue una foto del Che en la
repisa, una imagen de sus tiempos de la guerra del Chaco y él muy joven,
junto a su aeroplano de manufactura francesa especial para zonas calurosas.
Pero nada me sorprendió tanto como la fotografía de Jordán que nos mostró
en su álbum repleto de recuerdos. Y es que yo nunca había visto el rostro ni el
cuerpo de Fernando Jordán. No me lo imaginaba. Y resultó fornido y bajo de
estatura, un muchacho como de treinta años, con gorra de estambre marinero,
al lado de un bimotor anfibio. Fue una revelación extraña. Como que la vida,
sin que yo hiciera nada desde el punto de vista activo de una indagación
intencional, se hubiera puesto a escribirme esta historia, con un dato acá en
cierta fecha, con un comentario allá, en otro momento, a lo largo de muchos
años.
El Che Abente, atento, tierno, meticuloso, de 81 años, me mostró unos
libros dedicados por Erle Stanley Gardner, el novelista de policíacas (el

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creador de Perry Mason) que escribió dos o tres crónicas de viajes por la Baja
California y a quien el Che había volado muchas veces. El joven escritor,
Jordán, de hombros muy anchos, espaldudo, no dejaba ver, por su posición, el
arete que solía llevar en la oreja izquierda. En otra foto se le veía en cuclillas,
sobre la playa, el pelo medio quebrado, el bigote, la mirada de alguien feliz y
sereno, de alguien que se siente muy bien en su propia piel. Poco a poco me
fue contando el Che Abente de su amistad con Jordán, cómo lo conoció, cómo
sobrevolaron juntos el litoral y el macizo montañoso de la península, cómo lo
encontró una mañana allí en su casa, muerto, y con la pistola calibre 44 que le
habían regalado en San Juanito, Chihuahua, en la mano.
La víspera Jordán había invitado al Che y a la señora Abente a ver una
película de Marilyn Monroe en el cine California de La Paz, pero el piloto y
su esposa no quisieron ir porque ya la habían visto. Así que Jordán se fue a
ver solo Una Eva para dos Adanes. Cuando volvió hacia la medianoche le
pidió al Che dos hojas y dos sobres y algo que leer. Abente le dio los dos
sobres y las dos hojas y un ejemplar de la revista cubana Bohemia.
—A la mañana siguiente —continuaba el Che, único testigo de la escena
mortal—, Fernando no se aparecía por la casa, en el piso de arriba, para
desayunar con nosotros, como era su costumbre. Yo había salido como todas
las mañanas desde las seis, pero me regresé a la casa a eso de las once y
media porque se me había caído un botón del chaquetín. Le pregunté a mi
señora por Fernando y me dijo que no lo había visto. Entonces fui a la casita
que yo le prestaba a Fernando, vi en el patio unos papeles quemados (como
que había estado quemando cartas u otros escritos) y me asomé por la
ventana: allí estaba en la cama todavía. Entré y, como no contestaba, lo
destapé. Se le veía en el pecho un manchón de sangre y tenía la pistola 44 en
la mano. Después en la mesa vi dos sobres: uno para mí y otro para el Chito
Geoffroy. Se despedía de nosotros, me agradecía todo, lamentaba tener que
terminar así. A Geoffroy le decía que lo perdonara y que pasara a recoger en
San Juan de la Costa el tractor que le debía, pues no se lo podía pagar. Yo me
encargué luego de las cosas legales, del cuerpo, del sepelio, y le envié un
telegrama a Regino para que informara a Helena y a todos sus amigos.

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En el norte y en el noroeste he podido ver cada mañana la curva amplia del


horizonte: en el mar, en el desierto, o desde la cumbre de una montaña. La
inmensa geografía de las regiones septentrionales viene a la medida de mi
exigente claustrofobia. La bóveda húmeda de la selva me deprimía; la
desnuda soledad de la llanura o la infinita superficie del mar me devuelven la
seguridad.
Con los pies semienterrados en la playa, Jordán dejaba escurrir de sus
manos la arena que en un diminuto montículo se acumulaba como en la base
de un reloj. Arrojaba el pescado a las brasas y colocaba en una ollita llena de
agua una talega sonorense para hacerse café. A veces los cabrillas van a la
lumbre sin nada de limpieza preliminar. Se asan con todo y tripas cuando son
grandes, pues de ellos sólo se aprovechan cortes de las partes carnosas.
Durante la noche no sentí nada, ni ruido ni el paso del viento. Creí que
había dormido solo en la playa desierta. Pero al despertar, cuando volví a la
playa, me llamaron la atención unas huellas grandes sobre la arena. Eran
huellas de puma, que se había pasado la noche merodeando a cincuenta
metros de la tienda, atraído tal vez por el olor del cabrilla que había
preparado para la cena. Desde esa mañana decidí tener más cuidado al
acampar y construí con ramas una pequeña fogata.
Se veía a sí mismo en su casa de México cuando hacía prácticas de
navegación en la terraza y cocinaba sus galletas marineras. Izaba las velas y
apuntalaba el mástil con cuerdas ante las furtivas miradas de los vecinos que
lo juzgaban un orate a punto de zarpar. Pero para su hermana Helena y el
pintor Santos Balmori aquella ocurrencia no significaba ninguna
extravagancia: iba con el personaje que Fernando les había mostrado desde
chico.

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Los vientos amenazan la estabilidad de las casas y del campamento.
Durante horas arrancan crujidos a los muros y los techos de madera, se
cuelan silbando por las rendijas y azotan las ventanas que vibran como
temblorosas de miedo. Y en esa serenata eterna ¿qué puede un hombre
pensar? ¿Qué nervios pueden mantenerse incólumes contra los aullidos en el
espacio y los quejidos de la marejada? ¿Cuánta y qué clase de resistencia
física y moral se impone para vencer el peso abrumador de las nubes, el
llanto húmedo de la neblina y los gemidos constantes de los vientos?

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Resultaba sedante rodar por la carretera en el alfa romeo que me habían


prestado en La Paz, gracias a las gestiones de Mario Santiago que lo negoció
en un taller mecánico: un alfa azul de 1959 que había dejado algún visitante
de California y que aún conservaba impecables el folleto de venta y los
llaveros originales. Me gustaba el sonido del motor. Había calculado muy
bien la salida al atardecer para eludir el calorón y atravesar de noche los
llanos de Hiray, intransitables durante el horno del día; y también con la
esperanza de atisbar de ser posible el rayo verde del sol desvanecente que se
hundiría en el Pacífico. Ascendía de la llanura agrícola a los promontorios
desérticos, custodiados por chollas y cardones a ambos lados de la carretera,
entre infrecuentes esqueletos de automóviles volcados y algún zopilote por
encima.
El hecho de acometer la península de sur a norte me retrotraía a ciertos
escenarios calabreses y del litoral siciliano que en mi caso eran asociaciones
muy íntimas y remotas, incompartibles con alguien como Mario Santiago o
Nicolás Bandini porque podrían parecerles extravagantes o injustificadas.
¿Cómo explicarles que una experiencia feliz en el pasado también puede tener
sus efectos mucho tiempo después? Tenemos una palabra, trauma, para
denominar un momento desgraciado y significativo de consecuencias
nefastas, pero no para referirnos a una iniciación afortunada en el aprendizaje
del amor.
Habíamos recorrido Italia centímetro a centímetro, algunos tramos a pie,
otros muy largos en autos que nos levantaban. El ronroneo profundo del
motor en la noche estival parecía ser el indicador perfecto de los accidentes
naturales del camino. Se conduce con el oído, pensaba para mis adentros: con
el zumbido de la máquina. Era la estética automotriz la que yo descubría en el

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silencio cerrado del auto. Las estrechas carreteras, sinuosas, bordeadas por
bajos montículos de piedra, nos permitían incursionar en el sur siciliano, hacia
los confines de la costa africana, en la cercanía imaginaria de Malta. Luego, al
hacerse de noche, nos veíamos sentados en la banqueta de una calle
memorable de Siracusa, resquebrajando una sandía contra el suelo y
comiéndola con los dedos. El corazón azucarado se escurría en nuestras
manos y persistía allí y en los bordes de los labios horas más tarde, en la
noche de Siracusa, antes de recoger la espuma que pisábamos en la playa. Me
acostaba en el mundo, nos tendíamos en todo el cuerpo de la península y
contábamos las siete estrellas de la Osa Mayor. Venía el aire cálido del sur, de
África: el siroco, que nos sofocaba. En otro momento, Giovanna hablaba a las
paredes para que yo escuchara la perfecta resonancia de la cantera, el mar
como fondo natural del escenario, en el teatro griego de Taormina.
—Mira, allá Visconti está filmando Il Gattopardo.
—¿Quién es Visconti?
Muy ajenos para mí eran esos nombres, pero me gustaban como palabras
nuevas: Visconti, gatopardo, Lucania, Rocco, Piero della Francesca.
Viajábamos de aventón y no sabíamos dónde iríamos a pasar la noche.
Giovanna había aparecido en las afueras del albergue, sin más equipaje que
un cesto de paja. Llevaba lentes de pasta dura. Nos traía noticias. Aislados
como estábamos, no sabíamos que había muerto Marilyn Monroe y que se
había declarado la independencia de Argelia. Era el verano de 1962.
Pedíamos aventón y ella, Giovanna, era como la carnada; sólo cuando la
veían los automovilistas se paraban a recogernos.
Los años subsiguientes, a partir de nuestra no infeliz convivencia en
México y nuestra postrera, definitiva separación, fueron poniendo una
distancia cada vez más amplia en el tiempo. La había borrado
intermitentemente de mi memoria. No había vuelto, en detalle, a pensar en
ella hasta ahora que a toda velocidad corría hacia Loreto. Mi ilusión, mi juego
solitario, era que frente a mí, en la medida en que avanzaba solo y avejentado
sobre el corazón del desierto adivinando a los lejos la cordillera
bajacaliforniana, pudiera encontrarme con las montañas de Locri, frente al
mar Egeo, en la curva de la bota que da forma a Calabria en el sur italiano y
cuyo litoral es discernible desde las faldas del Etna o desde las encrespadas

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puntas de Taormina. No había vuelto a pensar en ella, decía… dormía en sus
brazos, en la playa. El albergue, un castillo medieval en Scilla, Punta San
Giovanni, Crocefisso, las islas de Escila y Caribdis. Siracusa, las uvas, el
tomate recién arrancado de la planta, el pan, duraznos, higos, salami, la
digestión con vino. La Magna Grecia. Diecisiete días, centímetro a
centímetro, el territorio todo de la península: templos y columnas, contra el
sol, y en el fondo, en medio del arco que encuadraba el escenario: el mar
curvo, en un punto de fuga hacia la izquierda. Confundiéndose con el cielo y
en medio de estatuas y cuadros y columnas, el cuerpo de Giovanna, su voz y
su olor. Su mirada. Su pelo. Inconsciente de su cuerpo. Unos niños gritaban:
Están haciendo el amor. Están haciendo el amor. Giovanna los corría a gritos,
sonrojada. Y poco después, en la huerta de higos envenenados, el hombre de
la escuadra nos correteaba por las afueras de Crocefisso.
La huerta terminaba en las ruinas de una antigua iglesia, partida en dos
por un terremoto: en sus muros sobresalían los cráneos con pelo y allí fuimos
a refugiarnos, paralizados por el terror.
Me había propuesto innumerables veces contarlo. Quería llevar un diario,
precipitado o premeditado, ilegible tal vez para ojos distintos a los míos. Se
me agolpaban algunas imágenes, se me venían encima de pronto, sobre todo
cuando creía ver la parroquia de Crocefisso al contemplar las ruinas de adobe
de una misión jesuítica achatada por los siglos. Apenas unas anotaciones. La
libreta, inútil. No había logrado escribir más de un párrafo, frases sueltas.
Imposible la concentración. Y lo recuerdo todo, o todo lo deformo por el
hecho mismo de recordarlo, o por lo menos lo esencial del asunto. De lo que
carecía era del tono, de la emoción mínima que se requiere para contar una
historia. Tenía que sentirla, sin propiciarla ni concederle un aliento
inmerecido… como si, tal vez, nunca hubiera estado allí, ni en Siracursa ni en
Comondú, ni en el teatro griego aquel que tenía como fondo el mar, tras el
escenario, ni en los alrededores de Crocefisso: el miedo, el terror en la huerta
de las higueras, la persecución incomprensible. Creía entonces que debía
haberme hecho la circuncisión, con una navaja de rasurar, quería cortar… de
una vez para siempre la punta del prepucio. Y no, no era anormal. Según me
decían. Nunca lo hubiéramos podido hacer si ella estaba de pie, recargada
sobre la higuera. Saltamos entonces la barda de piedras amontonadas porque

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de pronto apareció el hombre de la escuadra, un guardia privado tal vez, sin
uniforme.
Había querido conocer aquella aridez que no amaba. Había querido
encontrar, así fuera al azar, una esperanza cualquiera, en cualquier cosa. Y
sabía que por alguna ironía involuntaria el escenario era importante,
conmovedoramente hermoso. No era un sentimiento de apatía sino una
convicción, una profunda rabia contra lo desconocido y lo indescifrable, una
ira, una impotencia, como cuando alguien, de pronto, descubre la inminencia
de la propia muerte o la ajena.
Hacía mucho calor en Pestum, me encantaba: los días asoleados, la luz
por todas partes, y el café de la estación del tren en donde esperaba a
Giovanna. Poco antes de la una de la mañana las sillas del café empezaban a
ser colocadas encima de las mesas, mientras los meseros se quitaban sus
filipinas y un muchacho barría el piso con aserrín. Al fondo, bajo racimos de
ajos secos y unas imitaciones de retablos en la pared, descoloridos, entre
raspaduras y rasguños, una figura mística de la escatología católica hacía la
bendición con el dedo.
El tren no llegaba. Un espresso pasaba de largo. Las luces se perdían en la
lejanía hacia el norte. Desde la litera del albergue, por la ventana, los veía
correr en la noche: un accelerato de sur a norte pasaba sin detenerse, un
rapidissimo se deslizaba a todo lo largo de la comarca, sus luces encendidas
sólo en la punta. Pero de pronto, como a las cinco de la mañana, a la hora del
lobo, cuando empezaba a clarear, oía dormidísimo que decían mi nombre,
como en duermevela, y no sabía si era la prolongación de un sueño. Esteban,
Esteban… Junto a la litera, a la altura de mis ojos cerrados, Giovanna decía
mi nombre en voz baja. Sentía que me despertaba mi madre o mi hermana. O
que tal vez llamaban, con ese nombre mío, a mi padre. De inmediato me vestí
y salimos a ver el amanecer, entre las ruinas de Pestum.
—De acá salieron Rocco y sus hermanos. Después de la guerra se fueron
a Milán, como tantos otros.
En un cine destechado vimos la película de Visconti. La escena de Nadia,
mientras abre los brazos en cruz y Simone, la acuchilla junto a los pantanos.
Al aire libre. Lucania, el sur de Rocco. Escena con Nadia. Rocco en uniforme
de conscripto. En el muelle, como tantos muelles que habíamos visto, Rocco

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la vio bajar de la calesa y la invitó a tomar un café. Rocco la veía, triste.
Nadia acababa de salir de la cárcel; se alzó los lentes oscuros hasta la frente y
le rodó una lágrima por la mejilla. Rocco le decía que le daba pena, le hablaba
con una gran ternura, enamorado. Nieva, nieva, está nevando, decían los
muchachos del sur en su primera mañana milanesa, y Rocco entrenaba como
boxeador en un parque de niebla. Simone se cayó como el ladrillo de que
hablaba Rocco en el brindis. Este vino que yo bebo, vino blanco, ligeramente
verduzco. El albañil de su pueblo tiraba un ladrillo sobre la sombra de la
primera persona que pasaba. Se necesitaba un sacrificio para que la casa se
levantara sólida.
Y fue esa noche cuando nos metimos en la huerta envenenada por los
jóvenes mafiosos. Corrimos, corrimos, corrimos, a toda nuestra velocidad
posible… y detrás venía el hombre con la pistola en la mano. Giovanna
quebró sus anteojos mientras corría. Veíamos a lo lejos el albergue, las
escalinatas, a varios muchachos sentados, fumando, conversando entre ellos
en la semioscuridad de un farol languideciente, que no nos oían. Detrás de
nosotros el paisaje era negro: nadie asomaba, el silencio era tan aterrador
como la mano que regía la escuadra asesina y amedrentadora.
—No debería darte tanto miedo —decía Giovanna.
Detrás de los teatros quedaba el mar. Me ponía contra la pared y oía su
voz, enmascarada. Resonaba con las voces de los actores y las actrices de la
tragedia. Pestum. La Magna Grecia. De aquella Italia griega —que para
nosotros eran las rocas en las cumbres amarillas y fulgurantes de Locri, el
pedazo de queso y salami en la bolsa de mezclilla, los higos, los duraznos, la
botella de un vino tinto casero comprada en cualquier lugar—, me quedó,
como decía Gil de Biedma, «una costumbre de calor, y una imposible
propensión al mito».
Fueron exactamente diecisiete días los de nuestra preparación, antes del
contacto total.

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La piedad, el aislamiento, el destierro, eso es lo que reflejaban los rostros de


Piero della Francesca y de los jesuitas de Loreto y Comondú en los
deslavados retablos corroídos por el excremento de las palomas. O la fe. Tal
vez. ¿Cómo no creer que eran sinceros esos rostros, cómo no creer en su fe si
caminaban casi descalzos por estas tierras y en aquellos tiempos a lo largo de
su retiro espiritual de setenta años? Una inmensa roca, eso era la península
deshabitada. Por eso se marcharon para siempre los misioneros y no sólo por
la expulsión real de que fueron objeto. Ni indígenas que castellanizar. Ni
parroquias que construir. Nada. Un desierto, un paisaje marciano, las misiones
en completa decadencia. Apenas una pared de adobe deslavada. La mayor
parte de aquella California ancestral había quedado en la desolación más
absoluta, y podía decirse que la mitad de las misiones no eran más que una
quimera, porque no tenían indios catequizados ni por catequizar, y todo ello,
si no estaba perdido, se hallaba muy cerca de ser nada.
En el fondo de los precipicios: restos de reses pelados por el sol, partes de
auto oxidadas, modelos antiguos, cruces que marcaban los lugares de
accidentes.
Primero por las ondulaciones del terreno, el sube y baja de los vados de la
transpeninsular sin puentes (no indispensables la mayor parte del año, dados
los infrecuentes arroyos), después por la noche definitiva que se hacía al virar
el auto para costear por el golfo, la demorada travesía nocturna y las infinitas
rectas parecían conducirme por un túnel sin fin.
Una mezcolanza de ideas e imágenes se me vinieron encima, como
cuando en ciertos momentos de insomnio no acierta uno a discernir cuál es el
punto de vista desde el que está presenciando las cosas. Uno mira y al mismo
tiempo es mirado, por alguien que se sale de su cuerpo y logra contemplar su

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propia espalda y elevarse. No eran sucesivas esta sensación ni las figuras que
se amontonaban queriendo salir de la caverna: una simultaneidad entre el
disparo y el grito, entre los aullidos de la gruta y el silencio de la recámara en
que yacía el cuerpo de Jordán, determinaba aquella visión confusa y
estremecedora, sin que dejara yo de estar consciente de la línea de asfalto que
el cofre del auto se iba comiendo por delante. ¿Cómo pudo haber sido? Nada,
en ninguna parte de su ser, insinuaba que abandonaría el escenario antes de
que se cumpliera la vida. No le hubieran bastado trescientos años para
conocer todos los lugares que deseaba explorar y leer todos los libros de
Conrad y Stevenson. Ningún tiempo hubiera sido suficiente para conocer a
todas las mujeres que veía pasar por el malecón. Quería conocer París algún
día, navegar por el archipiélago malayo, y volver, siempre volver, a la
península de su embrujo, a la hora del retiro natural. Su aparición de pronto
en un vergel de palmeras reclinadas, arroyos y huertas rebosantes, lo había
desarmado y desenfrenado su emotividad: creía que en Comondú, un pueblo
fantasma en medio de la nada, había encontrado el paraíso. Se debatía
asimismo, siempre acongojado, entre las dos o más dimensiones de la
escritura: la del vuelo imaginativo y la de las historias que tienen su arraigo
inadulterable en la realidad efectiva de las cosas. No se pudo haber matado.
En la misma, postrera posición horizontal estuvo sobre el suelo de la cueva,
encobijado, con los ojos salientes y azorados, mientras la boca de la caverna
pasaba al territorio de las tinieblas al desplazarse la luna. Una escuadra 45,
vista de frente, flotaba entre las lanzas y los venados de las pinturas y
estallaba en su tórax poniendo el punto final e indeleble de su novela
inconclusa.

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Llegar a Loreto por el sur era igual que jugar a la ruleta rusa. El tramo de
Tripuí a Loreto abundaba en reses, caballos y burros, vacas abandonadas
como en la India. Nada de amable ni de bucólico tenía ese panorama que se
iba componiendo contra el anochecer del desierto. Fueron tantas las ocasiones
en que estuve a punto de chocar con los animales que a cada kilómetro me iba
convenciendo de que alguien dejaba a las vacas andar por allí ramoneando
precisamente para que me mataran. No sabía si me iba a ver despedazado
entre las láminas y huesos simplemente porque a los ganaderos no les daba la
gana ponerle a sus vacas y mulas un collar fosforescente.
Los puntos luminosos que reverberaban en la distancia, más allá de una
hilera de búngalos y un campo de golf, eran los de Loreto. Intransitable por
las obras del nuevo drenaje, empezó a surgir allí en 1697 cuando el milanés
Giovanni Maria Salvatierra fundó la primera misión de la península. El
cemento reventado de las calles, los charcos de la avenida principal, no eran
problema para los amortiguadores del alfa romeo.
—¿Dónde vive el doctor Enoch Arias? —pregunté en un expendio de
cerveza. Enoch era mi contacto. Sólo lo conocía por carta. Me había enviado
una vez un legajo de documentos legales en los que reclamaba la propiedad
de su hotel, el Misión Loreto, para que yo escribiera un artículo. Era su
obsesión: recuperar el patrimonio de sus hijos que lo habían ayudado a
construirlo. Pidió unos préstamos para remozarlo que no pudo saldar, y por
una serie de complicaciones jurídicas y fraudes se le fue yendo de las manos.
—Vive allí detrás de la nevería.
Ginecólogo, había llegado de Colima desde 1952 cuando vino a hacer su
servicio social y traído al mundo a más de una generación de loretanos; en las
calles lo saludaban como a un viejo y querido maestro de escuela. Al otro

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lado de la iglesia y el salón de baile, frente al malecón de escolleras, asomaba
el Misión Loreto del que tanto me había hablado. «Me lo robaron», decía.
Más que el encuentro con Bandini en Loreto me atraía la posibilidad de
conocer a Enoch en persona. Tenía la manía de la anécdota, según deducía de
sus cartas, cierta compulsión discursiva, pero lo cierto era que en Loreto,
como me di cuenta tiempo después, no era fácil encontrar a un buen
interlocutor.
El doctor Enoch no era muy alto. Vestía unos pantalones cortos, como de
inglés en la India, y una camisa de lino blanca. Unas gotas de sudor le caían
de las sienes.
—Esteban, qué gusto. Más o menos me imaginaba cómo eras.
—Bueno, aquí está tu corresponsal.
—Mi corresponsal de guerra. Y ahora andas de cineasta.
—No tanto. Lo que quería era venir a la Baja.
—A la Baja California. No le digas como los gringos.
—Ya estás enterado, ¿verdad? El director debe estar aquí desde ayer.
—Lo vi de lejos. Pelón él. Está en el hotel Serenidad, frente al muelle. Se
me antojó acercármele.
—¿No te le presentaste?
—No, quise esperar a que tú llegaras.
—Al rato vamos. Queremos que nos acompañes a Comondú.
—¿Y de qué se trata? ¿Sigues pensando en lo de Jordán?
—En cierto modo, pero no estoy seguro de que a Bandini le fascine el
personaje. En eso estamos. Déjame hablarle y lo vamos a ver más noche.
Me comuniqué al hotel Serenidad, pero Bandini no acudió al teléfono.
Empecé a dudar de que ya hubiera llegado. No me preocupé. Tuve el
presentimiento de que me quedaría varado, solo en la península, con mis ideas
y mis pesquisas tan tardías o extemporáneas. No me disgustaba la situación,
en el fondo. Haría de todas formas una especie de indagación retrospectiva,
actuando más que como un detective del pasado, como un historiador. Dejé
dicho que hablaría más tarde.
—Dile que lo vamos a esperar en El Nido a las nueve —dijo Enoch.
—No, no, espere. Dígale que vamos a estar en El Nido, el bar. ¿Lo
conoce?

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En eso quedamos. Si llegaba, muy bien. Si no, también.
Nos montamos en el alfa y empezamos a circular por un costado del
malecón para buscar dónde hospedarme. Allí llevaba junto a mí, por supuesto,
a mi interlocutor.
—Hay un hotelito en el Tripuí, puede ser ése. ¿Pero por qué no te quedas
en mi casa o en el Serenidad?
—No, hay demasiados turistas. Allí tienes que llegar en avioneta.
Salimos hacia las afueras de Loreto, al pie de la Giganta, la cordillera que
se recortaba negra e imponente contra el sol. Mirábamos las islas del Carmen
y de Montserrat y la bahía que llamaba la atención por su apariencia silvestre
y su ausencia de embarcaciones y turistas.
—A todos nos parecía una locura poner aquí un muelle. Para qué, si no
llegaba nadie por mar ni por tierra ni por aire —me decía Enoch, mientras nos
aproximábamos al embarcadero. Pasamos junto a un pequeño puesto de la
Armada, con sus guardias somnolientos, que ni siquiera nos saludaron.
Mientras yo divagaba y sentía que el calor es algo imposible de comunicar
por escrito (el sol era un incendio, la frente le sudaba, la camisa se veía
húmeda, apretaba los ojos por tanta luz, se ponía el sombrero como quien
busca el alivio de la sombra y espera una ráfaga de viento fresco), Enoch
proseguía en un flujo introspectivo que por momentos parecía más bien
destinado a sí mismo. Cuando volví a ponerle atención, estaba terminando
una historia cuyo principio no escuché del todo y no pude por tanto establecer
a qué se refería.
—… aquí vivían el pescador y su perro, absolutamente solos. Felices,
supongo. El perro le ayudaba con el hocico a tender y doblar la red en la
playa. Cada semana caminaba hasta Loreto a comprar víveres. Hablaba con
él, jugaba, y lo dejaba cuidando el lugar. Pero una vez le mataron al perro;
regresó solo a su cabaña y se hizo estallar en la boca un cartucho de dinamita.
Que el sol caiga «a plomo» no quiere decir que cae como plomo derretido
sino que cae vertical, es decir, en plomada, aunque los rayos del invierno
pueden ser más lacerantes. Respecto al calor más intenso, como era previsible
desde el amanecer en que emprendimos la ruta de Comondú, lo que más
podría hacerse comprender a otros sería el letargo, un adormecimiento como
el de la tarde anterior en el embarcadero de Tripuí. Algo así daría mejor la

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idea de lo que es el calor. Cae pesado el aire inmóvil y uno no soporta ni su
propio cuello, los moscos se pegostean en la frente, la atención se embota.
Enoch empezó a contarme también el destino último que tuvo un ingeniero
alemán en la isla de enfrente, alguien que se dejó morir cuando se extinguió el
mineral y eligió que lo dejaran solo, pero yo lo oía de manera intermitente y
fragmentaria.
—Su tumba está junto a la bocamina y una enorme caldera oxidada.
Nunca se supo por qué decidió quedarse en la isla —añadió—. Es un cuento
de Jordán.
Me estaba contando nada menos que un relato de Jordán y yo no lo
atendía. «Ya le preguntaré más tarde», me decía a mí mismo, inquieto por la
dificultad para entenderme con Bandini, quien durante nuestra cena en El
Nido se había mostrado tenso, evasivo, muy poco entusiasmado con mi
colaboración. Más bien fue un desencuentro. Después de nuestro recorrido
por Tripuí, Enoch y yo pasamos al bar y allí nos esperaba el hombre de la
cabeza rapada, con sus enormes cuadernos dibujados y sus anotaciones al pie
de hombres entrelazados en un abrazo ritual, venados, borregos cimarrones,
halcones, águilas quebrantahuesos, que flotaban en el vacío. Insistía en que
para nada había que meter al personaje de Jordán.
—Jordán se come la historia de las pinturas —decía, y se quejaba, más
por sus gestos que de manera explícita, de mi incompetencia. Me juzgaba
demasiado verbal, pero lo que a mí me gustaba era que la historia se
dispersara hacia allá o hacia acá, de modo divagante. No me entendió o no me
supe expresar.

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Me quedé a dormir en casa de Enoch. Amanecí en una hamaca, sudando a


mares (es otra de las cosas que se dice del calor). Y de todas maneras, a pesar
de nuestra incompatibilidad, nos levantamos cuanto antes para iniciar el viaje
a Comondú. Me agradaba el amanecer. Era el único momento más o menos
fresco del día. Cuando nos pusimos encima de una brecha, en las primeras
faldas de la Giganta, el día había estallado por completo, Loreto y el mar
despertaban allá abajo, y a todos nos beneficiaba esa ventaja que tienen las
mañanas: se calman los ánimos, uno se mueve con mayor energía, todavía no
entra en funcionamiento el lado izquierdo del cerebro, crítico y policiaco,
vigilante y castrante. Uno va más bien como en la cresta de la ola del último
tramo de sueño, sin rencor para nadie, con caridad para todos, como decía
Lincoln. Y de buen humor, relajado.
Si en algunos recodos la sucesión de páramos sugería un paisaje
marciano, o el fondo de un mar pliocénico, mi impresión era que ninguna
especie botánica o zoológica hubiera sido posible sin agua, arroyos, vientos,
lluvias. Detrás y por debajo de las rocas, en el cosmos microscópico del
desierto en apariencia inerte, palpitaban insospechadas declaraciones de vida.
El sendero reptaba sobre desfiladeros, más adelante se volvía una línea
pedregosa y descendente. La súbita intrusión en el paisaje de un hombre de
apariencia árabe vestido de blanco nos sorprendió. Bandini disminuyó la
velocidad de la camioneta de doble tracción y al aproximarnos la figura del
«árabe» se definió como un espantapájaros de cachucha blanca. Dos vacas
flacas y huesudas invadían la brecha.
—Están amaneciendo vacas muertas —dijo Enoch—. Alguien las anda
matando. Con pistola. En la cabeza. Algún loco.
—Qué bueno. Ojalá que las maten a todas.

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Un montículo de piedras y adobe sostenía una cruz pétrea.
—A nadie se le ocurriría nunca servirse de un coche para sus viajes o de
un carro para transportar cosas —dijo Enoch—. Ya se contentaría la gente si
pudiera pasar por todas partes con caballos y mulas.
—Salvo los jesuitas, que aquí estaban estableciendo el reino de Dios en la
tierra.
—Pero no los expulsaron por eso.
—La expulsión fue fulminante. No se la esperaban.
—No sé, tal vez, como en el Paraguay. Venían con unos soldados, pero
ellos tenían la autoridad en todo, y mando de tropa. Ver con los ojos del alma,
eso decían. Más bien se trató de un retiro espiritual de setenta años, en
misiones alejadas de todo el mundo. Un destierro. Piccolo y Napoli, pero no
todos eran sicilianos. Baegert, por ejemplo, que no se hacía ilusiones.
Proseguimos por una brecha perfecta en unos trechos, muy pedregosa en
otros, y bajo una suave y efímera lluvia de verano que empezó a regalarnos
todos los olores vegetales y geológicos de las lajas y las pitahayas, las chollas
y los huizaches, el aroma seminal de unos arbustos parecidos a los torotes
japoneses que triunfaban entre las rocas, y los correcaminos.
Me quedé pensando. ¿Cómo podría ver con los ojos del alma? Lo
deseable sería que en el cine pudiéramos dar todo lo que se siente y huele,
todo lo que se palpa y oye y se degusta. No sólo lo que se ve. Cerrando los
ojos me acercaba con mis cinco sentidos a tocar y oler a Jordán cuando yacía
en la caverna de las pinturas. Pero tal vez no era mi lenguaje el de las
imágenes en movimiento, primitivas, como las de los pintores de las rupestres
ni como las de los retablos dorados que encargaron o trajeron los jesuitas.
Bandini no quería que la narración fuera demasiado verbal, deseaba que todo
sucediera en tiempos en que el mundo se discernía por la vía oral, un regreso
a la oralidad, no una reiteración de la palabra escrita. ¿Añoraba el poder de
sugerencia del cine mudo?
—Hay que huir de la palabrería como de la peste.
Tuve para mí que en definitiva la imagen no era mi modo de expresión. El
cine me resultaba demasiado iluminado e impúdico, un espejismo que se
montaba de mentira en mentira, sin claroscuros y todo perfectamente cortado
en cien minutos. Las cosas tenían que verse, mostrarse sin los apoyos de la

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reticencia o la insinuación. Y a mí lo que me atraía era lo que no se muestra o
lo que no se dice, lo que late de por medio: la oquedad, la punta del iceberg.
Lo que está por decir, lo apenas sugerido. Una película era como un tendedero
de camisetas, pantalones, sostenes, vestidos de mujer o, lo que es lo mismo,
una cuerda tendida a la que se le van enganchando fotografías en un cierto
orden sucesivo. También en el cine operaba el uso de la elipsis: los saltos en
el tiempo y las cosas no explícitas que habrá de inferirse, pero no era mi
lenguaje y de eso se dio cuenta, en su impaciencia, el cineasta. Quería trabajar
solo, quería que las imágenes hablaran por sí mismas. El niño en el rancho,
por ejemplo. La vida de los serranos y los pastores, las cabras y las mulas, la
vaquería del siglo XVIII que se perpetuaba en las costumbres de los rancheros
y sus labores de cuero y de quesos. Las familias aisladas de la sierra.
—Son como hillbillies —le decía—, como en Deliverance, una película
de trayecto, en los rápidos de los Apalaches. Hay una locura de montaña, un
equívoco social que promueve la desquiciada existencia sin relación o la
endogamia. Hay un choque de «civilizaciones», un encuentro entre dos
habitantes de dos tiempos distintos. Tal vez ese comercio con los serranos nos
dé la pauta para confrontar a los personajes. El niño mongoloide toca el banjo.
—Es demasiado novelesco —decía Bandini mientras conducía la
camioneta hacia Comondú. Parecía que iba a caer la única lluvia del verano,
tímida, escasa, unas gotas, una nubecilla que se nos adelantaba por el camino.
La nube iba enfrente de nosotros, nos cortejaba, pero no se atrevía a
reventarse. Avanzábamos entre torotes y correcaminos nerviosos que
presagiaban la tormenta cuando por fin la nubecilla se animó a desgajarse:
algo como un tímido rocío fue el principio y el fin de esa temporada de lluvias
sudcaliforniana, pero hizo que se alborotaran los sapos al lado de la brecha,
que patináramos en breves lodazales, y que nos llegara el aroma agrio de la
flora desértica entre ocotillos y cardones, como un olor de semen vegetal.
Bandini bajó de la camioneta, salió de la brecha de grava y se fue
quitando la camisa sobre el terreno quebrado, árido, cubierto de plantas
espinosas e inmensos montones de piedra y arena. Saludaba desnudo y con
los brazos abiertos a las escasas gotas de lluvia, atormentado y en súplica,
como los cardones de Jordán. Un rebaño de cabras se adivinaba allá abajo, en
los precipicios.

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—Los olores. Fíjate cómo huele la tierra —me decía Bandini—. ¿Verdad,
doctor? En el desierto todo está vivo. Al rato empiezan a salir los sapos.
Cuidado con los torotes, son venenosos.
—Caen tres gotas y a eso le llaman aquí temporada de lluvias.
—Espérate a que lleguemos a Comondú.
—Tal vez debamos crearle una motivación. ¿Por qué Jordán va a la sierra
de San Francisco? ¿A conocer las rupestres, así nomás?
—Bueno, es que es escultor. Va siguiendo su locura de ir montando obras
perecederas e instantáneas, sin público ni reacción social. Su proyecto es
igualarse con los creadores de las pinturas. Su acto puede ser tan gratuito
como el de los cochimíes que eran más altos o gigantes o se trepaban a unos
andamios para pintar los techos de las cavernas. Su divisa es: más rápido que
el pensamiento va la mano. Y no se lo expliques ni se lo muestres a nadie. Un
artista para sí mismo, sin comparecencia comunitaria. Fuera de la historia.
Gratuito. Cuando lo piensas ya está trazada la raya. Cine poético, lo que
importa es la propuesta visual, la materia fílmica. Carece de relato interior, no
pretende narrar nada, sino componer una pura música visual, construir una
metáfora sonora, no narrativa, que no haya lugar al bostezo, con delicadeza.
—Métase por allá —decía el doctor Enoch—. Nos falta el Bajo de Tierra
Firme.
—Lo que necesitamos es una metáfora. Y una motivación. A lo mejor
Jordán va a la zona de las rupestres porque allí se cayó el helicóptero en que
viajaba su padre cuando hacía un censo fotográfico sobre el borrego cimarrón.
—Demasiado policiaco.
—Sí, qué bueno. Hay un misterio, una incógnita que despejar. ¿Por qué
desapareció el helicóptero? ¿Se lo tragó la tierra? ¿Se topó con un
campamento secreto del ejército? ¿Uranio? ¿Le dispararon unos
narcotraficantes cuando descubrieron sus sembradíos?
—Una historia así se come el tema de las rupestres. Resulta más
interesante la trama policíaca que las pinturas mismas. No nos sirve.
—Después le dicen que no se mató, que su padre está en una cárcel
clandestina de Mexicali.
—Entonces se nos vuelve un investigador privado y nos metemos sin
querer en la búsqueda del padre. Ulises vuelve a casa. Telémaco busca a

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Ulises. La historia se dispara en otra dirección. Las pinturas. Nos encargaron
una película sobre las rupestres y deben ser las protagonistas. Lo que importa
es el montaje, una música visual con instrumentos prehispánicos: un viento de
espinas, el sonido de las grutas.
—Pero es un material demasiado estático. Las piedras no tienen pasiones.
No se puede hacer una película sobre cosas.
—Me lo sigo preguntando: ¿a qué va Jordán a la sierra? ¿Qué lo motiva?
¿Cuál es su necesidad dramática? Un personaje tiene que tener destino y
resolver su problema. De lo contrario no hay conflicto. La vida se cumple.
Pero cualquier pretexto es bueno para contar la historia. Las rupestres sólo
pueden estar allí como telón de fondo. Imposible que sean personajes de carne
y hueso. Basta cualquier línea argumental. El guión es el gusano y la película
la mariposa, como dice Garriere. Y luego el personaje se tiene que
transformar.
—Ustedes los literatos… La verdad es que por cualquier lado que se le
mire la historia tiene principio, travesía y final. Una confrontación en medio,
es cierto. Pero también se puede inventar una sinfonía de imágenes. El
personaje, que no tiene por qué ser Jordán, va a la península porque le da la
gana, porque ésa era su obsesión, porque le gustan las piedras y el desierto y
le da la gana andar haciendo esculturas con los cirios y los cardones, o con los
fierros de Santa Rosalía. Es un escultor de chatarra que viene a hacer una
torre en memoria de los mineros. Porque le gusta el mar y las ballenas. Y le
impresiona una vaca hecha pedazos al lado de la carretera cuando la atacan
los zopilotes y el sol termina de esculpirla. La imagen de desolación y de
esqueletos comidos por los pájaros, los restos de automóviles oxidados junto
a la carretera, la da la cámara, en silencio si es necesario. ¿Para qué queremos
una historia? Que el espectador deduzca lo que le dé la gana. Cada quien ve la
película que le conviene. Va el hombre en su convertible o en su jeep o en
moto a lo largo de la carretera y se va encontrando con personajes de otros
siglos: un misionero jesuita; luego se topa con el padre Baegert, que lleva más
de veinte años en la península, totalmente enloquecido y, bueno, si quieres,
también descubre junto a una fogata a Jordán y su muñeca, ensimismado
como Lawrence de Arabia, alucinado por el desierto. Con su maquinita de
escribir. Pero luego pasa que el embrujo de Jordán y su suicidio o su asesinato

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es mejor historia que la de las rupestres. No venimos a eso. Se encuentra con
un ciclista que viene desde Brasil. Luego quema el jeep y le toma una foto.
Más tarde conoce a una señora que le asa una langosta en un tambor de
lámina. Y, claro, hace que uno de los Villavicencio le sirva de guía hasta las
pinturas, pero todo esto no tiene por qué obedecer a ninguna receta.
—Aquí mi amigo —dijo Enoch—, lo único que hace es tomarse en serio a
Aristóteles. La estructura natural: como la de la gráfica del orgasmo, desde la
excitación hasta la eyaculación, como la de la vida misma. Nacimiento,
desarrollo, peripecias, conflicto, desenlace, resolución, muerte. La estructura
natural, maestro. El héroe sale de casa, le suceden varios accidentes, sale
airoso de ellos o sucumbe, llega a su destino y está transformado. Algo le
cambia la existencia. Se desdobla.
—En la vida las cosas no suceden de esa manera, o al menos no en ese
orden. Aquí de lo que se trata es de las pinturas rupestres y el misterio de su
realización.
—En ese caso lo mismo podría servir una exposición de fotografías
estáticas, de una en una, en secuencia, como el viacrucis del Giotto.
—Ése era el cine del Renacimiento. Piero della Francesca.
Cuando serpentéabamos rumbo al pueblo discernimos delante de nosotros
una troquecita toyota medio despintadona que se afanaba en darle alcance a
Comondú en cuanto fuera posible. Luego se nos perdió de vista y nos
olvidamos de ella abstraídos como estábamos en el inusitado ambiente
vegetal de Comondú: el arroyo y las palmas datileras, las pequeñas montañas
de piedra que lo aíslan del mundo electrónico, los troncos de las palmeras
quemados, las frutas que se caen solas en las huertas, los aguacateros y las
higueras que crecen dentro de las casas deshabitadas y que a veces no son
más que una fachada entrecruzada de raíces aéreas. La capa de miles de
dátiles podridos sobre el suelo, los precipicios de lajas tambaleantes, los
senderos de piedras sueltas, los vaqueros que encontrábamos en sentido
contrario, y hasta los espantapájaros de los sembradíos, nos dejaron mudos
por un momento.
Muchas de las casas eran de un adobe duro, cubierto de cal y
descascarado. De vez en cuando se acercaban a la camioneta jovencillos y
niños de sonrisa ambigua, de aspecto mongólico, o ancianos de dentadura

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incompleta y atabacada. De pronto descubrimos la toyotita al fondo del tramo
situado entre la montaña de piedra y Comondú: la troca despintada frente a
unas chozas de ramaje y barracas de adobe, junto a una estructura de madera
de la que colgaban unas campanas. Nos acercamos. Estábamos medio
brincando de una piedra a otra, entre las muchas esparcidas allí como
memoria de la antigua misión, cuando surgió de la iglesita un hombre de unos
60 años.
—Buenas… —me dijo.
—Buenas tardes. ¿Qué haciendo por aquí?
—Vengo a dar misa —pausa—. ¿Y usted?
—¿Viene todos los domingos?
—No. Cada quince días. A La Purísima. A Comondú.
—¿Italiano?
—Siciliano.
—¿Y por qué tan lejos?
—Bueno, todavía se puede hacer penitencia en estas tierras. Es una
península de piedra, como ve usted. Un montón de piedras muy quebradas.
—No lo dice por Comondú, que es un oasis.
—Todas las paredes de las barrancas o arroyos están formadas de todo
menos de lo que acostumbramos llamar tierra.
—Así la ve usted.
—¿Y usted se llama cómo?
—Esteban.
—Yo Collura, Leonardo Collura.

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No me sorprendió que a la mañana siguiente me encontrara solo en Comondú.


Ni Bandini ni nadie de su equipo andaban por ahí. Se habían ido en la
madrugada, de regreso a Loreto, privándome también de la única compañía
grata del viaje, la de Enoch. Las desavenencias con Bandini habían sido tantas
que ni siquiera se me concedió la cortesía de despedirme del proyecto. Se me
desechaba como guionista, por ser «demasiado literario», supongo, por
entrometerme en un oficio que no era mi campo, o bien por la impaciencia
que propiciaba en los demás por no poder concentrarme en un único
argumento. Cuando Bandini hablaba mis pensamientos estaban en otra parte:
no podía yo fijar la atención más de cinco minutos seguidos en lo que me
decía. Pero en el fondo me sentía impregnado de una alegría infinita. Me
habían quitado un peso de encima. No sólo me quedaba con lo que me diera
la gana pensar acerca de Jordán y mis reminiscencias sicilianas que por
mucho que las forzaba no lograba hacerlas embonar con la película. Lo que
sucedía ahora, para mi mayor agrado, era que no tenía que escribir nada ni
discutirlo con nadie. Mis pensamientos eran para mí mismo.
Varado en Comondú, jugaba conmigo mismo a que andaba buscando a
Jordán y preguntaba por él, como si aún no hubiera muerto. Lo perseguía.
—Y usted, señora, ¿conoció a Fernando?
—No, no recuerdo.
—¿Nunca vio usted por aquí a un hombre chaparrito, fuerte, de bigote?
—Van y vienen. Usted sabe, muchos se quedan sólo unas horas. No hay
hoteles.
—Venía en un jeep, seguramente muy cansado. Un jeep militar. Y un arete
en la oreja.

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Por momentos parecía un pueblo evacuado. Los portones astillados de una
mansión dejaban libre el paso. Recogí unos dátiles secos. Ni una plaza, ni una
iglesia indicaban que hubiera centro. No había policías. La oficina de correos
y telégrafos estaba clausurada. Tras una puerta una mujer tejía un sombrero.
Ancianos y niños podían reaparecer de repente por las calles, pero ningún
joven. Se vendía vino casero en alguna tiendita, uvas, panocha de gajo,
aceitunas en frascos, dátiles, gasolina en tambores. No llegaban periódicos ni
revistas y no se captaba el radio ni la televisión.
Cuando vi que el padre Collura preparaba su troca para marcharse preví
que, una vez que se fuera, realmente me quedaría tan solo como quería estar y
como siempre había estado.
—Don Leonardo —le dije, sin estar muy seguro de que podía increparlo
de ese modo, sabiendo que era siciliano. Luego recordé que a los jesuitas se
les debe llamar padres y no frailes.
—Salve —me dijo, suponiendo que el italiano no me era tan extraño.
—¿Qué dice?
—Siguiendo con la ronda. Tengo misa hoy en San Isidro.
—Pero no tendría usted que darla, siendo de la Compañía.
—Sí y no. Puede uno solicitarlo como una obligación o simplemente dar
misa cuando a uno le nazca. Y a mí me gusta hacerlo, en las casas, en el
campo, en cualquier sitio.
—Anda usted siguiendo los pasos de Piccolo.
—No, ojalá.
—Veo que trae allí en su libro la imagen de Santa Rosalía en el monte
Pellegrino.
—Como buen palermitano.
—Como Piccolo, como Napoli.
—Fíjese que nunca pude establecer si Piccolo le dio el nombre a la
misión. Supongo que sí, pero también en España hay una Santa Rosalía. Lo
cierto es que, muy al principio, en una ranchería de los alrededores de San
Javier, Piccolo bautizó a unos niños y le puso al lugar el nombre de Santa
Rosalía, que luego se perdió.
—¿Por qué echaron a los jesuitas?

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—Celos. Celos de la Corona. El rey se dio cuenta de su proyecto político.
Los españoles no sabían qué hacer con estas tierras. Enviaron por delante a
los misioneros, que tenían también el poder civil, con unos cuantos soldados.
No había otra autoridad.
El padre Collura se colocó al volante de su troca y cerró la puerta.
—Cuando usted vuelva dentro de quince días lo más probable es que yo
ya no esté aquí.
—¿A dónde se va, don Esteban?
—Ando buscando a un amigo. ¿No lo habrá visto usted?
—¿A quién?
—A Fernando Jordán.
—No, pero Fernando Jordán murió hace muchos años. Me parece, a no
ser que sea un homónimo.
—No es y sí es al mismo tiempo. Tendrá unos 76 años. ¿Por qué no me
saca un poco del pueblo?
—Suba.
Pronto descendimos ligeramente por una cañada en medio de carrizales.
—¿Por qué está tan quemado todo esto?
—Hubo un incendio. Dicen que provocado.
Mirábamos los troncos a medio quemar de las palmeras recostadas, con
las raíces aún enterradas, que habían sobrevivido. Rebrotes verdes se
insinuaban ya en las crestas también caídas.
—Crocefisso. Usted nunca supo de Crocefisso, en Calabria.
—No. Nunca salí de Sicilia, sólo al extranjero, la primera vez que me
enviaron a África.
—Ah.
—Yo la idea que tenía de Comondú…
—La gente se ha ido yendo. Puede usted pasarse la vida aquí y nunca va a
ver un pájaro, salvo algún cuervo o murciélagos.
—Sabía que es la tierra de la eterna juventud. Un oasis en el desierto.
—Pero ya ve usted. Nada hay que merezca ser elogiado o envidiado por
los países más miserables. Nadie se puede explicar cómo otros pudieron
elogiar tanto esta península y hacer de ella el país más hermoso de la tierra.
¿Estuvieron bajo el encanto de una visión del paraíso? Lentes de aumento. Es

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falso que llueve, es falso que el aire sea frío, es falso que haya hermosos ríos
llenos de peces y cangrejos, que abundan frutas de tierra, gansos, perdices,
patos, leones, tigres, que esté densamente poblada. Todo eso es falso. Tal vez
por eso me interesó.
—El padre Baegert decía que era una piedra. Sequedad por todos lados.
No le gustaba que se pintara color de rosa. ¿Cuál paraíso? Para él los
californios eran tontos, toscos, pillos, sucios, indolentes, ingratos, perezosos,
como bestias.
—Cambiaban el lugar de su campamento nocturno más de cien veces al
año, y no dormían ni tres veces consecutivas en el mismo sitio —dijo el padre
Collura.
—¿Los misioneros?
—No, los aborígenes. Eran nómadas, no por el pastoreo sino más bien
porque iban de un sitio a otro buscando qué comer, hierbas, algún fruto.
Llegaban a comerse las semillas de las pitahayas que defecaban.
—El caso es que se fueron enfermando. De sífilis, de viruela o de hambre.
Les cambiaron su modo de vida y los estacionaron. Empezaron a quedarse
solos los jesuitas.
—Pero de eso se trataba, de desterrarse. Lo cautivante de las misiones era
su aislamiento y la vida allí un constante ejercicio espiritual.
—Una meditación. Un convento al aire libre, fuera del mundo.
—Así parece haber sido.
—Déjeme preguntarle algo. ¿Estaban montando un estado teocrático, para
mayor gloria de Dios?
—En cierto modo ya lo era. No tenían a ningún gobernante encima, salvo
en el papel: el rey de España. Pero aquí ya era su reino, como lo fue en
Paraguay. En los Ejercicios espirituales se dice que hay que saber ver con los
ojos del alma. Tiene uno que hacer su composición de lugar. Ver a Cristo. Sus
soldados. Es como la evocación de los actores cuando improvisan. Cierra uno
los ojos y empieza a imaginarse el escenario y a los personajes.
—Se llenaban de imágenes.
—Sí. No se trataba de poner la mente en blanco, como dicen, sino de
deshacerse primero de esas imágenes flotantes y bulliciosas, de limpiar el
escenario primero y luego de poblarlo.

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—Jordán andaba caminando. Iba de un lado a otro, a pie, en lancha, en
tren, en aviones. ¿Lo conoció usted?
—No no, para nada. Es un personaje muy borroso. Entre las viejas
familias de La Paz se cuenta que lo mataron. Por celos.
—No se sabe. Le pudo más el dolor de seguir viviendo. Se le murió el
escritor que llevaba adentro.
—Pero dígame, ¿qué andaba usted haciendo en Crocefisso?
—También fui a buscar a un escritor.
—¿Y lo encontró?
—Lo encontré.
—¿Por qué?
—Me gustaban sus libros. Escribía lo que no podía escribir yo. Todo esto
tiene un aire de Crocefisso, las iglesias desmoronadas, las bardas de piedra,
las colinas. Fíjese usted: en un pueblo que no llegaba a los trescientos
habitantes ya había una especie de mafia, como en Sicilia. Los niños, las
mujeres, hombres y mujeres se callaban todo lo que veían. La ley del silencio,
l a omertà: la hombría. Una mañana amaneció un hombre con las manos
cortadas, desangrado. Se había robado unas vacas.
El padre Collura detuvo la troca a un lado de la brecha a unos cuantos
kilómetros de Comondú. Me gustaba la idea de regresarme a pie.
—Addio —me dijo—. Buona fortuna.
Reemprendí el camino y me desvié en dirección de algo que parecía una
choza de adobe y ramaje. Achatada por los años la iglesia no alcanzaba a
conformarse como un templo; casi no quedaba nada de ella, pero conservaba
aún su carácter de santuario. Dos paredones sin techo, también deslavados,
cortaban un fragmento muy azul del cielo. No sólo no habían sido tocados por
mano alguna en muchísimos años. Tampoco habían sido vistos. Giovanna
parecía estar allí conmigo. Se alejaba de mí y exploraba por su cuenta algunos
rincones de la iglesia resquebrajada de Crocefisso, una especie de casco que
sobrevivió al terremoto de Messina en 1908. Algunos féretros apolillados se
veían en parte salidos de su lugar original en los muros. Si se les removía
salía polvo y parecía que los cráneos, el cabello de los monjes o las monjas, se
pulverizarían. Eran los restos del sismo: el altar descubierto, la bóveda al aire
libre, por la que se veía el cielo, rota como un cascarón de huevo.

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III
El imperio del adiós

Debió pasar bastante tiempo basta que se dieron cuenta de


que habían entrado en un callejón sin salida

PAUL KIRCHHOFF

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21

La infinita geografía de los desiertos sedientos esparcía sin límite y como un


polvo su tendencia claustrofóbica, el yugo del encierro que asociaba con las
húmedas selvas del sureste. Los mares de arena que ondulaban entre
formaciones rocosas, por mucho que le ofuscaran o le quemaran el rostro, le
resultaban tan relajantes como las llanuras del noroeste.
El rumbo de la aguja magnética ejerce en mí una fascinación
incontrolable. Norte y noroeste. Mis expediciones se iniciaron en el sureste,
en la selva chiapaneca. Me atraía entonces el acoso de los mosquitos, el
terror a las serpientes, las emboscadas de los pantanos y la sorpresa siempre
agazapada de los rápidos en los ríos. Cuando pisé el norte se me acabó el
entusiasmo por el trópico.
Jordán se extraviaba en otro tiempo o no estaba al tanto de su transcurso.
Ni el paisaje ni la conformidad humana admitían restricciones, como si
aquellas montañas bíblicas y ardientes propiciaran una psicología de
extremos, la abnegación y la renuncia de los nómadas. Más de una vez se
preguntaba qué había sido de la misión perdida a la que se referían los
rancheros o un presidiario en fuga que juraba haber visto hábitos de monje
guardados en apolillados arcones dentro de la sacristía y árboles de especie
desconocida en torno al humilde edificio, a pesar de que nadie había podido
encontrarla. Tenía, incluso, nombre: la misión de Santa Isabel, que
imaginaban sobre el declive del golfo y que tal vez fue tragada por el mar.
Pareciera, para quien viene de norte a sur al través del desierto
peninsular, que las inmensas soledades de arena, los bosques de cardones y
los mástiles sin barco de los cirios, van domando a los hombres.
Conoció ese modo de estar solo, furiosa, inconsolablemente solo, en
aquellos días finales en que logró establecer, sin la menor duda y sin ninguna

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esperanza, que Marina era la muerte del pasado. Nunca se hubiera atrevido
ella a romper con su familia de Ensenada y aventurarse con él en la locura de
San Juan de la Costa. Muchas de las cartas que quemó en la bandeja de peltre
en su última noche eran un llanto que no tuvo destinataria, anotaciones para
ella o para sí mismo, fragmentos de un diario imposible.
No estar en el momento, no fijarme en el instante, en el objeto que
reclama mi atención, es estar dividido.
En estos días, luego de haber vuelto de San Juan de la Costa, he creído
descubrir que soy, que siempre he sido, un ser dividido, que no soy un ser
integrado, de una pieza. He tenido la idea, me ha venido en estos días, pero
no logro formularla. No sincronizo mi emoción con lo que está sucediéndome
y me siento aparte. No soy el que soy.
La idea de la ambivalencia, de esta capacidad que tiene la mente para
estar en dos o más lugares al mismo tiempo, se ha apoderado de mí. Me dejé
ir por las olas, me dejé llevar y no quise hacerle caso a mis fuerzas maléficas,
como un prófugo del matrimonio y de la paternidad. Pensé que era para bien,
para darle un movimiento a mi interior. Me lancé al agua.
Ese no estar, ese no poder estar, es estar partido en dos. No me entrego al
momento. Y, por tanto, nada puedo expresar. Todo lo expreso en tono menor.
Dormí mal anoche. En vela hasta las cuatro de la mañana. Me quedé en el
vacío. No debo cerrarme al amor. Requiere de dedicación. Quitar lo malo y
dejar lo bueno. Veo que me fascina y que encuentro placer en sus cosas. Ella
es la protagonista. Yo, el espectador, el sujeto pasivo de su historia. Y no está
mal que así sea: debo tener mi autonomía. Mi mundo. Tener lo mío propio, y
enriquecerlo para que cuando me abandone no me hunda en la nada. Debo
gozar de su ausencia, respetar sus secretos. Buscar es ir descubriendo los
errores. Tal vez ella nunca había amado.
—¿O sí, querida?

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No sólo caía directo, también encandilaba el sol al reverberar en la arena de


San Juan de la Costa. Un conjunto de casas enjalbegadas entre palmeras muy
altas, bajo las que se prolongaba la franja de la playa, surgió a la vuelta del
camino.
—Aquí vivió. Se fue, lo sigo esperando —dijo Guillermo Almaraz,
cuando le pregunté si había conocido a Jordán. Tenía más de setenta años y se
cubría la cabeza con una gorra de beisbol muy desteñida.
—Eso me han dicho. ¿Usted era mayor que él?
—No. Me llevaba dos años. No lo esperes, me vino a decir un amigo de
La Paz. Ya no va a venir. Lo mataron.
—¿Cuál de las casas era la suya?
—Aquélla, la más grande. Está cerrada. Allí se sentaba a escribir. La
estuvo construyendo desde los cimientos, con ayuda de un peón. Hizo la
pileta con piedras del mar y sembró todas estas palmas, que tienen los años
que lleva muerto. Se iba, la dejaba a medio terminar, luego volvió y se quedó.
Era su retiro, decía.
—Su retiro espiritual.
Recogí un dátil y me lo eché en el bolsillo. Desde que entré, vi un charco
de agua lechosa que despedía un olor ácido, como de desechos químicos. Un
río de baba blanca descendía zigzagueante del cerro.
—Se iba y venía en lancha. Trajo un tractor y una vez se fue a Indio,
California, porque le hicieron una oferta de unas cajas de madera para
manzanas y él las quería para los dátiles, que nunca se dieron. Eran muy
jóvenes las palmitas. El agua empezó a contaminarse después, ya no vivía él,
cuando abrieron la fábrica de roca fosfórica; el arroyito que nos manda la
beneficiadora saló los pozos del rancho. El terreno que compró más bien está

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en San Juan de la Sierra, un poco arriba. Ese era el suyo, el predio de aquí
abajo en realidad lo invadió. No le gustaba allá arriba. Quería estar junto al
mar y trabajar hasta que esto se convirtiera en un pueblo con su puerto de
altura y todo.
Las datileras que había sembrado Jordán se elevaban unos veinte metros a
lo alto. Soltaban sus frutos, pero nadie los levantaba, poco carnosos,
magullados.
—¿Andaba de buen humor?
—Casi siempre —dijo Almaraz—. Era muy ocurrente. Se quedó con
nosotros una Nochebuena. No había gran cosa que cenar, pero él trajo una
botella de vino y cuando vio que no teníamos manteles dijo: ahorita vengo.
Salió y volvió con un paquete de sábanas nuevas. Aquí está el mantel de
Navidad, dijo.
Sólo pude asomarme a la cabaña de Jordán a través de una ventana. Un
catre de lona y una mesa de taberna constituían el escaso mobiliario, cubierto
de polvo. Los apilados empaques de madera que se quedaron esperando la
cosecha de dátiles estaban acomodados como libreros.
—¿Usaba armas?
—Allí en la pared, para que se viera, colgaba la pistola. Unos días después
de que me dijeron que había muerto llegó el mayor Abente y se llevó todo: el
rifle, unas latas, su máquina de escribir. El Chito Geoffroy vino por su tractor
muchos meses después. A un amigo de Chihuahua le debía cien mil pesos,
pero ya no supe.
—Cartas.
—No supe. Si había algunos papeles, se los llevó el Che Abente. No me
explicaban nada. Nos contaba algo, algo acerca de un ingeniero alemán que se
dejó morir de hambre en una isla. Y creo que ese cuento era de los que él
llamaba «los locos de la costa». Pero no sé qué papeles o documentos dicen
que se puso a quemar antes de morir. No sé, allá en La Paz no creo que
tuviera archivos.
—¿Escribía desde muy temprano?
—En las mañanas se dedicaba al rancho, a limpiar las palmitas, que
estaban muy chicas; a cuidar los conejos y a la pileta. Lo que necesitamos
aquí es agua dulce, decía. Este es mi retiro, aquí puedo andar hasta desnudo.

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Si escribía se ponía a hacerlo a cualquier hora, por momentos. No me
concentro, decía. No puedo. Se iba a La Paz muchas veces y tardaba hasta tres
semanas en volver. Luego aparecía y decía ahora sí me quedo aquí para toda
la vida. Leía y releía unas cartas escritas a mano. Caminaba mucho por la
playa y se metía al mar. Una vez que me desperté le toqué la puerta para darle
un café, pero no estaba. No había amanecido. Salí a buscarlo todavía a
oscuras y nada, no estaba en la huerta. Claro, me dije, tiene que estar allá. Y
lo encontré en la playa, sentado, pensativo. No le pregunté si allí había pasado
toda la noche. Pero estaba muy serio, muy callado. Allá hay café, le dije. Sí,
al rato voy.

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He sido periodista. No lo volveré a ser nunca.


Entre estas palabras y las siguientes evocó su primer encuentro con el
director. Acababa de dejar atrás sus trabajos de reportero en un diario de nota
roja y quería especializarse en «periodismo de expedición», un género en el
que pudieran fundirse la antropología y la crónica de viajes. Estaba consciente
de que al caminar producía en los demás un equívoco: el de la jactancia, por
su paso calculado, balanceado. Pero pronto se disipaba esta mala impresión,
que él relacionaba con «el esqueleto que todos llevamos dentro» y la pelvis,
que no tenía a nivel. Así lo sintió Francisco King, su amigo periodista de La
Paz cuando lo conoció en la redacción de la revista.
Jordán vestía una chamarra sureña de gamuza y mocasines, el pelo a la
cepillo. King lo siguió tratando en Baja California y habría de recordar más
tarde los efectos que el viento causaba en el aventurero de ojos negros,
pequeños y burlones. Estaba convencido de que la baja presión atmosférica y
el aire enrarecido de aquella última noche en La Paz había obrado como un
factor desencadenante, encima de sus congojas por la deuda impagable que
tenía y de la desolación que lo tenía dividido. Algo se había roto. No lo hacía
explícito Jordán, pero ya había terminado de estar en este mundo. Primero se
le fue la persona. Su mirada ya no correspondía a su rostro de siempre. Sólo le
quedaba el cuerpo y hablaba de «ella» deshilvanadamente, sin revelar su
nombre. Jugaba con su seudónimo y Marina fue una palabra para designar a
una barca o a una muñeca. King dice haberla visto en San Juan de la Costa:
Marina estaba acostada en la misma cama en que Jordán dormía. Con sus
vestuarios, prendas íntimas, miniaturas extraordinarias adornadas con encaje.
Jordán le cambiaba sus peinados y hasta los cosméticos entraban en juego
para mantener su belleza.

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Escaparon del fuego las cartas que escribió a su antiguo director, para el
que ya no trabajaba.
Cada día soy más ambicioso y me parece que con treinta y seis años a
cuestas ya era tiempo de que hubiera andado más el camino elegido.
Periodista en retiro, dispuesto ahora a representar el papel de ranchero,
he cambiado la máquina de escribir por el azadón y la guadaña. No están
mis manos para escribir. Son ambas una torta de callosidades ganadas en la
pala, el tractor, el azadón y las piolas de pescar. Un rancho en formación, a
la orilla del mar, pide peón, no intelectual.
Desde hace meses, por tanto, soy un trabajador de la costa y lejos veo los
tiempos en que todo mi esfuerzo lo ponía sobre la pequeña Olivetti que
siempre me ha acompañado, como mi arma, como mi machete para irme
abriendo camino.
¿Cómo se hace un rancho en un sitio lejano y solitario? Es una bella
historia, llena de locuras, de fuerza y de fe en no sé realmente qué, a no ser
que sean en la propia fuerza.
Compré este rancho al que sólo se llega por mar: un sitio desértico y
aislado, a cincuenta y cinco kilómetros de La Paz. Cuando lo adquirí, no
había sino jejenes, zancudos, víboras, burros broncos, berrendos y monte
barrido por los vientos, espinas enrolladas. Ahora, poco a poco, el lugar va
haciendo hueco a mis esfuerzos y mis pretensiones. He hecho cosas tan locas
como meter un tractor embarcándolo en una panga apenas un poco más
grande, de tablas viejas pegadas con clavos (porque los tornillos son muy
caros). El monte cae, tengo una pequeña siembra experimental, abrí un pozo
que afortunadamente me da agua, estoy formando un plantío de dátiles y
pronto lo tendré de cocoteros. Mi casa estará lista en unas semanas y dejaré
de dormir en la playa.
El viento, el viento, ¿por qué tuvo que enloquecerse el vientecillo
normalmente amable del Coromuel? Francisco King había visto la colt 44
colgada de un grueso clavo enmohecido en la casa del rancho cuando Jordán
se la hizo examinar como una rareza de coleccionista. Algo callaba muy
hondo, con avaricia, como si sus sueños hubieran perdido el encanto. No otro
revólver, de cilindro sin fin, lo esperaba en la bajita mesa de centro, un arma
que al girar, decía King, producía el mismo ruido que una víbora de cascabel.

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Había cerrado las puertas y las ventanas. Eran cerca de las dos de la mañana.
Apagó la luz y se metió en la cama. Sentado, tapándose con las cobijas,
volvió el arma contra sí, poniendo el cañón contra su pecho mientras tanteaba
con la otra mano el latido de su corazón. A las once de la mañana fue
descubierto. Acurrucado, tapado casi hasta la cabeza, tenía los ojos abiertos.
Sobre el tórax ennegrecido y alrededor del orificio corría un hilillo de sangre,
un círculo de pólvora. La bala traspasó su cuerpo y fue a incrustarse en la
borra del colchón.
¿De dónde saca usted tanta energía, boss? ¿Cómo puede usted resistir y
animar con su talento un esfuerzo intelectual tan ingrato como el
periodismo? ¿Cómo hace para continuar joven y ligero en un terreno tan
pantanoso? Lo admiro y lo respeto más ahora que, pese a los años y los
desengaños, la inseguridad, la incomprensión y la ingratitud, vuelve usted a
hablar por el periodismo de altura. Y a reivindicar una profesión noble que
han encenegado los raqueteros de la palabra impresa.
Por sus cartas (me llegan con un retraso pavoroso a este rancho
solitario) he sentido la necesidad de escribirle. No tengo nada que agregar a
ellas. No soy ya periodista y por tanto, no tengo vela en el entiendo. Pero lo
fui, y cuando leí ese yo acuso varonil y enérgico, esa protesta contundente
contra el gangsterismo periodístico, he sentido pena de no estar a su lado y
poner mi firma junto a la suya.

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Dejé atrás el malogrado rancho de San Juan de la Costa que después de


cuarenta años no había prendido como el pueblo que imaginó Jordán, el sitio
primigenio de una hilera de rancherías semejantes a las que fundaron los
jesuitas y que avivaban una de sus tantas fantasías. Los altísimos palmares
datileros se quedaron esperándolo. Sentí en el bolsillo de la camisa el dátil
que había recogido, en medio del sopor de las tres de la tarde, embotado por
una marea caliente que suspende la vida.
Mis ociosas indagaciones en Comondú, como era previsible, no me
condujeron a ninguna parte, salvo al pasado. Yo lo sabía: era un juego
conmigo mismo. Encarnaba a un investigador muy peculiar: a alguien que en
el fondo no se fascinaba tanto con la resolución del enigma. El fantasma de
Jordán me rondaba de la misma manera en que pervive en la memoria de
quienes lo conocieron y amaron, su esposa Bárbara, sus hijos, el Che Abente,
su hermana Helena, el Chito Geoffroy, o su amiga de Ensenada. Me
acompañaba y por momentos lo imaginaba allí a mi lado en el alfa romeo que
recogí en Loreto para volver a La Paz. ¿Cómo hubiera reaccionado yo si me
lo encontraba haciéndome una seña a un lado de la carretera? Claro que me
habría detenido. Suba. ¿A dónde va? Cuarenta años después y con sus mismas
ropas de explorador, su arracada de pirata en el lóbulo izquierdo. Cómo hay
vacas, ¿no le parece? ¿De dónde salen tantas vacas? Han de querer que uno se
mate. Las sueltan para que uno las mate o se mueran de hambre ellas solas
como se morirían de todos modos en la sierra. No hay agua. La península es
una piedra. Ni arroyos ni ríos. ¿A dónde va? A San Juan de la Costa. Tengo
allí un ranchito de dátiles y hortalizas. Y rosales, rosales rojos muy finos. No
me iba a poner a preguntarle quién era y qué es lo que le había pasado porque
ya lo sabía. Tampoco intentaría adivinar si llevaba la muñeca en su mochila.

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Era tan sólo una presencia, mi copiloto que me ofrecía un Chesterfield,
mientras volábamos en un B29. No, gracias, sólo fumo de noche. Tenía que
respetar sus secretos. Y así lo prefería: quedarme sin saber mucho, a medias,
sin obsesionarme con la oscura verdad de su final. El que hacía las preguntas
en todo caso era él. No le puede caer uno mal a todo el mundo, llegó a
decirme. Siempre habrá alguien que lo quiera.
Como si con sus no interrumpidos silencios me interrogara le hice saber
que Abente se encontraba muy enfermo. Está muy mal, le decía. Te ha tenido
allí en su casa como si fueras de su familia: una foto tuya con él, de uniforme
militar, caminando por Madero, y tú de traje y corbata de moño. Como uno
más de sus hijos.
Los trozos de información que había recabado me enervaban la memoria.
Nunca se sabrá, me dije. Con los años las versiones del Che Abente y de
Helena Jordán se empalmaban enrarecidas. Yo había hablado con ella en
México en algunas ocasiones y siempre expresaba sus dudas. No lo podía
creer.
Cuando uno se está muriendo se pone sentimental, y al Che le quedan sólo
unos cuantos días de vida, le seguí diciendo a Fernando. Quería compartir con
él el último momento en que vi al teniente coronel.
El Che Abente dormitaba, le dije, recostado sobre el sofá donde lo
encontré dormido. El viento de un abanico le caía en su rostro de aviador.
Sólo le faltaba la pañoleta que utilizaba en los años treinta cuando combatió
en la guerra del Chaco al mando de un biplano francés especial para batallas
en el desierto. No acababa de gustarle el libro, me dijo refiriéndose a ti y a
Terra incognita. No quiso ni hojearlo cuando se publicó. No puedo escribir
tan bien como quisiera, tan bien o tan mal como lo he hecho antes, dice que le
dijiste y que habías conseguido un préstamo en Chihuahua, de cien mil pesos
que no podías pagar. ¿Es cierto que le dijiste eso? Me contaba que en Indio,
California, compraste semilla de palma datilera y unos empaques que nunca
utilizaste porque los dátiles se cosechan sólo cada quince años; que estabas
instalando una bomba de agua para sembrar rosales y hortalizas y repartirlas
por todos los hogares paceños, que llevaste en un pangón un tractor portátil, y
que perdió el negocio de la roca fosfórica para fertilizantes que iba a hacer
contigo en San Juan de la Costa. El domingo en la noche dice que los

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invitaste a él y a su esposa a ver una película de Marilyn Monroe y que
cuando volviste más tarde le dijiste oye ¿no tienes algo qué leer, cualquier
cosa? Préstame dos hojas de papel y dos sobres. Creyó, dice, que ibas a
escribir algo sobre la Baja California. Y te dio una revista cubana, Bohemia, y
dos hojas de papel. Con dos sobres. Sobres, no me imaginaba que era para
eso, dice. Eran las once de la noche, y que te fuiste a tu cuarto. Había una baja
de presión, un viento enloquecedor. Y llovía a ráfagas. Dice que a las seis de
la mañana se levantó y que algo le extrañó, que a esas horas te levantabas a
leer el periódico y a tomar café con él. Pero que no estabas. Bueno, dice que
pensó, ha de haber estado escribiendo. Salió al aeropuerto, me contó. Como a
las doce dice que volvió a cambiarse porque tenía un chaquetín al que se le
había arrancado un botón. ¿Ya se levantó Fernando?, dice que le preguntó a
su mujer. No, allí está la troca afuera, y no se ha levantado. Se cambió el Che
de chaquetín y luego pasó a tu cuarto, que estaba oscuro. Empujó la puerta,
dice, y vio ya clara la estancia: se acercó. Te movió. Ya amaneció, despiértate,
dice que te dijo. Te sintió duro. Te miró la cara, parecías dormido. Estaba fría.
Tu cara volteada para un lado, se arrimó así, y vio que tenías un punto negro
en el pecho y un revólver tirado para la derecha, la colt 44 antigua, de museo,
que te habían regalado en San Juanito, con un cartucho adentro. Luego dice
que se dio cuenta de que antes de acostarte habías estado quemando todos tus
papeles, como si no hubieses conseguido tu propósito de ser el escritor que
ambicionabas, cartas, muchas cartas y retratos; que el aire arrastraba las
cenizas hasta la puerta de la cocina. Vio la bandeja de peltre quemada, blanca,
con los manchones de las llamas: sobres semiquemados, recortes de
periódicos, un cuento a medio terminar sobre una isla abandonada y un
ingeniero alemán que se quedó allí a morir. Dice que te fue más doloroso vivir
que todo el amor que les tenías. Llamó a las autoridades para que te llevaran,
y fue a buscar las cartas. Estaba tapada la máquina de escribir en una mesita
con las dos cartas encima, abiertas. Dice que al Chito Geoffroy le escribiste
una carta y a él otra. Le dabas las gracias por todo y le pedías que mandara a
recoger a San Juan de la Costa el tractor que no le ibas a poder pagar: Chito,
te suplico que mi cadáver se quede aquí en La Paz. Y que te perdonara. Y que
le envió un telegrama a Regino dándole la noticia.

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Mi querido Che:
Siento que pase esto, pero créeme que no podía hacer otra cosa. Estoy
muy enfermo y no puedo seguir luchando. Te agradezco y siempre te he
agradecido lo que has hecho para hacerme sentir tu amistad y un hogar
cuando he estado solo. Que tengas mucha suerte y que todo salga a la medida
de tus deseos, te desea sinceramente, Fernando.

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25

La mano de Jordán se hunde en la arena al amanecer. Acaba de despertar en


San Juan de la Costa y mira a lo lejos las paredes de la casa que ha empezado
a construir. Levanta un puñado de arena y la deja escurrir lentamente.
Las piedras de distintos colores reverberan en la playa, a medida que la
mano las recoge para untarlas en las cavernas. El impulso por transformar
lleva a esa mano a separar las piedrecitas blancas, las oscuras, las grises, y las
veteadas. Atónita, fascinada, la mano se pierde en la arena de colores y en su
afán exploratorio cuenta tres gamas de granos ocres y turquesa que deposita
en una bolsa. Es la mano ancestral de los gigantes que se unta en los abrigos
de la sierra. Y esa mano azora a sus congéneres. Tiene otro poder sobre los
demás, no sólo porque trae la arena sino porque la puede juntar en diversas
formas que quedan plasmadas como dibujos infantiles: hombres y mujeres
entrecruzados, ballenas y venados, caguamas boca arriba. Su única escritura.
Siglo tras siglo el soplido del viento va acabando con el plumaje multicolor
que proyectan las rocas como un espejismo. La mano busca aglutinantes y
adhesivos para el hollín y la tinta, la cal fresca, el temple al fuego, abre un
huevo y lo deja; tanto la clara como la yema se convierten en barnices
durísimos. La mano retiene pigmentos y óxidos en fresco, en su deseo de
permanencia, pero la partida se la va ganando el tiempo.
La mano embadurnada persiste en la cueva y asume la soledad que todo
artista requiere: algún ayudante le sostiene unas teas ardiendo y empieza a
conjurarse el horror a los espacios vacíos. No entiende muy bien qué es lo que
está haciendo, lo hace para que alguien los vea: bisontes, cangrejos, niños
corriendo. Pero las primigenias imágenes, las lanzas y los venados, se van
borrando sin remedio por la acción de la luz y la expoliación de los visitantes
que las rayan o cortan con sierras. Perecederas, frágiles, huellas de sueños, se

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desvanecen como las ballenas representadas y los hombres entrelazados en un
baile ritual, los pocos que fueron quedando, diezmados por las epidemias.
Peregrinaban de un sitio a otro para conseguir algún animalejo o recolectar
raíces, tallos, semillas, hojas, frutos. Cazaban venados, liebres, coyotes.
Comían reptiles, roedores, gusanos, bichos y sabandijas, sumaban unos
cuarenta mil antes de la llegada de los misioneros y vivían en el más absoluto
aislamiento. O eran más de tres mil cuando fueron expulsados los jesuitas. La
caída demográfica sobrevino porque los obligaron a la sedentarización al
cancelarles de su vida nómada. La viruela, el sarampión, la sífilis, se los
acabaron. Traídas por los forasteros, soldados y marineros, causaron estragos
en las incipientes rancherías. No tenían defensas. Vestigios humanos de otra
época, los serranos tampoco saben mucho de los hombres que hicieron las
pinturas en aquellos inhabitables parajes, cañadas, cañones. También podrían
desaparecer los serranos, en su aislamiento endogámico, como hubieron de
extinguirse la caguama, el borrego cimarrón y otros animales que se
desdibujaban en las pinturas rupestres deslavadas por la intemperie, tan
evanescentes como las misiones, los pueblos fantasma, los minerales y
muchas especies vegetales. Decenas de zopilotes levantan el vuelo y
ennegrecen el cielo. Tres cardones se derrumban.
A medida que el sol se blinde en el mar de sangre, los celajes cambian sus
tonos de lujuria, las nubes sufren la angustia de la derrota y se desvanecen,
consumidas en colores ardientes. Cuando el sol da el último salto y se pierde,
lanza una saeta que se levanta perpendicular sobre el horizonte. Es el rayo
verde, cuyo color resalta cortando los celajes, hasta lo alto, confundiéndose
en el fondo azul del espacio.
A medida que pasan los días, la caguama va debilitándose. Los ojos se le
ponen opacos y van hundiéndose en su pequeña cabeza que deja suelta, sin
fuerzas para controlar los elásticos músculos del cuello. Puede dar la
impresión de que está muerta, pero si se le golpea suavemente en la cabeza o
en las aletas posteriores, despierta de su letargo y se sacude nuevamente…
Cuando se le mata para utilizar su carne, la caguama estalla en un último
esfuerzo de defensa que dura, en su caso, hasta después de su muerte. La
carne continúa viva aun despedazada. La carne sigue agitándose en

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contracciones, y el corazón, fuera de su lugar, arrancado de todas sus
arterias y venas, sigue latiendo.

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Helena recuerda que uno de los reporteros de Impacto llevó al café París el
telegrama que recogió del escritorio de Regino. No lo podían creer. El
periodista vino a La Paz a cubrir el sepelio. Unas avionetas puestas por
Abente sobrevolaban el panteón de los Sanjuanes y arrojaban confeti, donde
estaban todos tus amigos. Vinieron Helena y Santos Balmori, tu cuñado que te
adoraba. Hubo algunas especulaciones periodísticas, y alguien escribió que
estabas haciendo una investigación sobre la compañía del Boleo y un general,
que un amigo de Santa Rosalía te mostró los recibos de unos extraños envíos
de oro a San Francisco, cuando lo único que se le permitía a la concesión de
los franceses era explotar el cobre y el manganeso.
Por el palmar de Abaroa y el malecón Helena se fue caminando. No
quería enterarse del informe policial. Dejó que Santos se encargara de eso.
Qué curioso, allí se sentaba Fernando a esperar la llegada de las ballenas, dice
Helena que le decía el viejo Abaroa. Pero mira, Helena, Fernando no se mató.
Nos dijeron, dice Helena, que estabas muy enfermo y habías dejado una nota:
No se culpe a nadie. ¿Enfermo de qué? Pero Fernando, un escritor de oficio
como tú, que tenías como adicción la escritura misma, no pudiste haberte
limitado a ese lugar común, me decía Helena. Nadie, por lo demás vio esas
palabras, escritas a máquina y firmadas con una palabra: Fernando. No
embonaba con tu personaje esa despedida. No era la carta de un escritor. En el
que podría considerarse el momento culminante de tu vida, el final, tú no
hubieras elegido una frase de rigor que cubriera el expediente y sancionara la
verdad sucia de los policías. ¿Por qué no una cartita a Marina? A nadie de tu
familia le dejaste una carta, ni a tu mamá, ni a Bárbara, ni a tus hijos, ni a
Helena ni a Santos: sólo al Chito y a Abente. Si hoy la sensación que se tiene
en la península es la de un total aislamiento, como si uno anduviera por las

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islas Revillagigedo o en los mares del Sur de Stevenson, que querías conocer
algún día, imagínate cuál era el sentimiento predominante en aquel entonces,
en 1956, cuando ni siquiera existía una carretera transpeninsular sino puras
brechas pedregosas y senderos de chivas. Tengo muchísimo que escribir, dice
Helena que le decías. Háblale a Raúl mi hermano para que consiga unos
anzuelos, bastantes, y unos empaques para el motor de la Marina. Dice que te
viniste de México un jueves, que llegaste a La Paz, que le escribiste una carta
a tu mamá, que te recibieron muy bien aquí en La Paz y que el martes tenías
que enviarle a Regino un artículo sobre el general Olachea. Este año sí me
voy a París, dice que decías. Llegó a dudarse incluso de que el cadáver fuera
el tuyo, por el pelo: que lo tenías demasiado largo y no a la cepillo como te
gustaba. Llegó a creerse que te habían cambiado. El caso es que no los
dejaron que te llevaran a México, dice Helena, y que el mismo general
Agustín Olachea les había dicho: mejor no le muevan. Allá está en paz. No
pudieron aclarar los detalles: la trayectoria de la bala, por ejemplo, el lago
hemático. Unos decían, dice Helena, que la bala traspasó la cama hasta la
pared o el piso, otros que se detuvo en la borra del colchón. Esto no es
suicidio, decía Santos. Con nada lo vamos a revivir, no tiene caso, decía
Bárbara. Oye, Fernando, vente a merendar, se supone según Helena que te
dijo Abente el domingo en la noche, que los invitaste al cine, a él y a su
señora, a ver una película de Marilyn Monroe en el cine California, pero que
no te acompañaron. Después de que volviste del cine, recuerda Helena,
Abente te prestó la revista Bohemia. Según la señora Abente te despediste
como a las doce de la noche. Según el parte judicial te diste el balazo a las dos
de la mañana. Y no lo oyeron, desde el segundo piso. Llovía a cántaros. El
viento zumbaba, el aguaviento bañaba toda la bahía de La Paz. Estabas
dormido, dejaste una hoja blanca, escrita a máquina. Tu firma era muy fácil
de imitar, dice Helena: Fernando. Abente decide, sin preguntarle a nadie, que
te quedaras aquí en La Paz. Usted no le mueva más al asunto, dice Helena que
le dijo el general Olachea que acababa de dejar la gobernatura y ya tenía un
puesto muy importante allá en México: ya esperó tres días el entierro, y la
gente está desesperada para que se haga una misa, pero no quiere el cura que
porque cree que te mataste. ¿Por qué no nos lo podemos llevar a México?,
insistían Helena y Santos. Él así lo quiso, que lo enterraran en La Paz, les dijo

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el general Olachea. Los pescadores estaban empezando contigo, me cuenta
Helena, un negocio de aceite de tiburón e iban a alquilar una bodega para
meter los tambores; que estabas lleno de planes. No les gustaban tus artículos
en el consorcio pesquero, pero la verdad es que ya no ejercías un periodismo
de denuncia y escribías sólo de viajes. No se le puede hacer una misa en la
catedral, dice Helena que le dijeron. Pero se la van a hacer los pescadores en
una iglesita, antes de que te llevaran a la tumba familiar de los Abente, donde
poco menos de un año antes habían sepultado a Fernandito. Antes estuviste
leyendo, dice Helena, en la cama: pero alguien que se suicida no está leyendo
ni se queda con la revista encima, piensa ella. ¿Cuál fue la trayectoria?
¿Quedó la bala en el colchón, en el suelo, fue a quemarropa o a cierta
distancia? El caso es que la revista Bohemia que estabas leyendo se salpicó en
la esquina superior izquierda de la página. El acta decía: Anemia por
hemorragia interna por arma de fuego. No se cumplieron por lo demás con los
tecnicismos que aconseja la más elemental indagación criminológica cuando
se trata de tiro al corazón; no se acostumbraba o no había técnicos. Dice
Helena que le dijeron que la bala atravesó el pecho de manera perpendicular y
que fue a dar hasta el piso debajo de la cama, pero Francisco King escribió
que no, que quedó entre la borra del colchón. No se sabe. No hubo peritajes.
Nunca se sabrá.

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En menos de dos horas me fui introduciendo por las inmediaciones de La Paz,


que se veía allá a lo lejos todavía dormida, entre palmeras y laureles de la
India. No seguí discurriendo en segunda persona. Vi que a mi lado el asiento
estaba vacío. Fernando se había bajado en algún tramo de la carretera
mientras yo me hundía en el vértigo especulativo de su enigma. No alcancé a
preguntarle por qué, por qué en el corazón y no en la cabeza. Su gesto en sí
mismo había sido más que elocuente. No sabría nunca si murió de inmediato,
si el revólver, a noventa grados o de manera sesgada, en sentido contrario al
esternón, había estallado en dirección tan oblicua que la bala hubiera podido
entrar de lado al encuentro con los músculos y las costillas. El hombre que
desfallece conserva la lucidez, la capacidad de discernir. Las lesiones de
corazón no provocan la súbita pérdida de conciencia como ocurriría con un
balazo en el cráneo. Un venado cuyo corazón es impactado por una bala
puede seguir corriendo todavía unos cincuenta o cien metros más.
Las tiendas reabrían después de la siesta. Un negocio de lanchas junto al
malecón ostentaba un letrero: Abaroa, que relacioné naturalmente con el
reparador y constructor de pequeñas naves, como el Urano que sirvió a
Jordán para su navegación por el golfo. Pasé por la cafetería del hotel Perla
que apenas acogía a los primeros cafetómanos de la tarde, pero no vi allí a
Mario Santiago. El amodorramiento de la tarde se sentía como una secuela del
tiempo detenido.
Por las calles todo es silencio. No sopla el menor hálito de viento y de las
piedras se desprende un vaho que a la distancia distorsiona las rectas y hace
aparecer árboles y casas como visiones reflejadas en espejos
cóncavo-convexos. Entre mar y tierra, el silencio se pasea a pasos lentos,

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ahogando los murmullos, callando las palabras viscosas, poniendo arena en
todos los párpados de las ventanas abiertas.
Me fui distanciando perpendicularmente del mar entre las muy bien
trazadas manzanas de la ciudad que empezaba a despabilarse. Hacia las
afueras, donde el desierto refleja el fuego de la ciudad que arde, fui
reconociendo entre unas palmeras reclinadas la casa de Mario Santiago. Lo
encontré al fondo del taller en que había convertido el garaje. Olía a tinta y a
papel recién guillotinado. Sudaba a mares mientras vigilaba el rítmico
traquetear de su imprentita chandler. Las primeras planas de su revista se
apilaban a un lado. Tuve la sensación de que regresaba a casa y de que volvía
a hacer contacto con no sé qué. Le devolví las llaves del auto y me recibió con
su enorme sonrisa de impresor. Estuvimos hablando hasta bien entrada la
noche y, entre otras cosas, me contó que Abente había fallecido y que lo
sepultaron en la misma tumba de su hijo y de Fernando Jordán.

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En la playa, recostado a la romana, Jordán contemplaba la blanquecina barra


de guano que unía el litoral con la punta de un islotillo cuando escuchó un
remoto rumor: el zumbido de una hélice que se acercaba. Prácticamente todas
sus noches, al relajarse para dejar entrar el sueño, imaginaba con placer
auditivo las vibraciones sonoras de un escuadrón de bombarderos que volaban
por encima de las nubes y se adentraban rumbo a Oriente por la costa
pacífica. Era su manera de encaminarse a la nada.
En la bocana, tres islas solitarias vigilan la entrada y el escondite del
pirata tesoro, islotes rocosos, blancos de guano, el ramaje de los manglares
calma el oleaje del mar y guarda el tesoro más real de los criaderos de
ostiones. Bandadas de patos duermen en las pequeñas ensenadas interiores,
los pelícanos y las garzas celebran en las orillas sesiones mudas.
La montaña se tendía y se hacía desierto, como si en una época pasada
hubiera querido disminuir su estatura para dar paso al mar. Allí entre los
cardones y chollas podría ubicarse el cementerio de las ballenas que eligen su
lugar para morir. Vértebras descomunales se blanqueaban al sol. Jordán quiso
ver junto a ellas a Ulises Yrigoyen, un ingeniero que había estado viajando
como él a fin de trazar la carretera transpeninsular. Pero la de su
reminiscencia sólo era una foto: el ingeniero llevaba un abrigo negro hasta el
tobillo y lentes de carey, muy de los años treinta. Le hubiera gustado
conversar con él.
—¿Qué jais de la carretera, ingeniero?
—Algún día la vamos a ver hasta Tijuana.
—¿Por qué mejor no un ferrocarril?
Se escuchaba junto a la tienda de campaña el accionar de las teclas.

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Una bella pasajera a bordo, muy bella y muy pequeña. No sé su edad a
ciencia cierta, pero representa 17 años aproximadamente. La encontré hace
unos meses en California y me gustó por su altivez, su carita de mujer fatal y
su bien formado, aunque pequeño, cuerpo. Accedió a venir conmigo por doce
dólares, precio que no me pareció elevado; pero cuando la pasé por la
frontera me di cuenta de que no traía más ropa que la misma que le había
conocido el día de nuestro encuentro.
Los mosquitos lo ponían de mal humor. Era imposible estar en la playa
más de veinte minutos, a no ser que se enrollara una toalla mojada en la
cabeza como un kafiyah y esperara el atardecer. Inmensamente verde y
azulada, con manchones de barras blanquecinas o grises, la playa, sola,
deshabitada, era para él. Sólo para él.
Marina necesitaba ropa con urgencia y ella misma se encargó de
conseguirla. Como no le faltaba gracia, le cayó bien a una dama
bajacaliforniana que la tomó por su cuenta. Se la llevó varios días a vivir a
su casa y cuando me la devolvió, Marina traía un pequeño maletín lleno de
ropa marinera, propia para el viaje que proyectábamos, pero como es
elegante, no le faltaban en su maleta trajes de playa, bata de baño, ropa
interior de la mejor tela nylon, algunos vestidos de verano y sobre todo,
varios vestidos de calle y noche, incluyendo uno, con capa de terciopelo y
pieles de armiño para asistir a las recepciones. Mide treinta y cinco
centímetros de altura y no pesa más de doscientos gramos.
El escuadrón de los B29 que volaban de Guam a Tokio cambió la calidad
del zumbido. Ya no eran las cuatro hélices de la ballena de aluminio que
arrojaba la muerte encilindrada de las bombas. Ahora, en el duermevela de la
playa, se hacía cada vez más presente el arrullo de un solo motor. Jordán
decidió permanecer en la oscuridad de los ojos cerrados para alegrarse así,
sobre la cama de arena, con el descenso suave del vultee que piloteaba el Che
Abente.
Jordán se preguntaba, mientras gozaba del aterrizaje sobre la parte
húmeda de la playa, si en verdad al Che le gustaba volar. Nunca lo sabré,
realmente. Está muy bien el descenso, la maniobra para clavarse en tierra, y
no es menos emocionante elevarse. El despegue lo saca a uno del mundo y lo
pone en la nada, pero una vez allá, en el cielo, está solo con la máquina:

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podría ser el velador de una turbina en una presa. Y eso no es muy divertido.
Es más interesante manejar un jeep. Pero luego rectificó, por supuesto que el
Che estaba enamorado de su oficio; en el suelo sentía que se ahogaba, entre
las nubes se movía como pez en el agua. Y sólo una vez se había caído, muy
joven, en un avión militar, sin consecuencias. La única época, muy breve, en
que entró en retiro fue cuando su hijo, que también se llamaba Fernando, se
estrelló en el puerto aéreo de María Auxiliadora años más tarde y en el mismo
vultee que no pudo tomar vuelo.
No poca arena le salpicaba a Fernando mientras Abente bajaba los
alerones para frenar. El pequeño monomotor de caza viró hacia la tienda de
campaña y se paralizó. Bajó el Che con su kepí de aviador gringo que se
desplazaba en un portaviones.
—Mi querido maestro, ya te habías olvidado de tu náufrago.
—No, cómo crees. Pero la verdad que no te encontré el otro día y me
regresé.
—Quedamos en que pondría la banderola anaranjada. ¿No se ve?
—No se ve.
—La próxima vez me traes una bengala.
En una bolsa de red el Che le entregó unas toronjas. Le bajó también del
avión una pala y un machete que le hacían falta a Jordán, aceite lubricante, y
otros víveres: machaca y tortillas de harina. Y más rollos para su leica.
—El whisky luego lo abrimos —dijo el Che.
—Sólo te faltaron los cartuchos.
—Te llegaron estas cartas de México.
—Presta acá. Son del boss, de Regino. Y de mi jefa.
—¿Y tus fotos de Robert Capa?
—Esas sólo las vas a ver tú porque yo aquí, ¿dónde quieres que las
revele? Las revelas tú en La Paz; no vayas a mandar los rollos así como están.
Escoge unas cuatro de los lobos marinos y otras de Santa Rosalía, la
fundidora, el estero de Mulegé. Pero la de las muchachas de Comondú me las
guardas muy bien.
Jordán avanzó a la tienda, seguido por Abente. De la Olivetti portátil jaló
la última hoja de lo que había estado escribiendo y la juntó con otras hojas,
que dobló.

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—Esto se lo mandas a Regino, Che. Léelo si quieres, pero allá en La Paz.
—Espero que llegue a tiempo.
—No importa. Son artículos intemporales. Da igual que se lean la semana
que entra o dentro de muchos años. Es como si los metiera en una botella y
los echara al mar.
—Qué esperanza.
La pistola, el espejo de señales, la cantimplora y la brújula rodeaban la
silla en la que Jordán había puesto la máquina de escribir. Sobre el sleeping
bag, el Che vio el estuche de emergencia, varios mapas y una bolsita de
galletas marineras, pero no reparó en la muñeca.

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FEDERICO CAMPBELL Nació en Tijuana, Baja California, en 1941. Es
autor de Pretexta o el cronista enmascarado, Tijuanenses, La invención del
poder, Máscara negra (Joaquín Mortiz, 1995), La memoria de Sciascia, Post
scriptum triste, Periodismo escrito (Ariel, 1994) y La clave Morse.

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Índice de contenido

Transpeninsular
I. La península de piedra
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
II. Las palmeras quemadas
12
13
14
15
16
17
18
19
20
III. El imperio del adiós
21
22
23
24
25
26
27
28
Sobre el autor

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