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Los últimos días de La Prensa

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA PRENSA

© 1996, Jaime Bayly © De esta edición:

2010, Santillana USA Publishing Company

2023 NW 84th Avenue Doral, FL 33122

ISBN: 978-1-61605-092-4

Cubierta: Juan José Kanashiro

Primera edición: marzo 2010

Published in the United States of America Printed in

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Mis primeros días en La Prensa

Una novela se origina a veces en una suma de hechos fortuitos a los que años más tarde el escritor intenta dar sentido como quien arma un rompecabezas. E sta novela es eso mismo. Yo no elegí vivir con mis abuelos maternos en 1980 y 1981 y tampoco elegí trabajar en el diario La Prensa desde enero de 1980, cuando aún no había cumplido quince años. La suma de esos dos hechos azarosos (o debidos a la voluntad de mi madre) me dejó en la memoria unos personajes y unas atmósferas que años después intenté recrear en esta novela. La escribí en un departamento de la calle 35, en Georgetown, Washington DC, en 1994, esperando a que saliera publicaba mi primera novela y a que mi esposa se graduase de su maestría en la universidad. No podía olvidar los años en que viví con mi abuelo Roberto Letts, primero en la calle Las Magnolias, luego en la avenida Salaverry, en una casa azul, de dos pisos, con balcón a la calle, que todavía sigue en pie, deshabita- da que yo sepa. Mi abuelo Roberto fue agricultor toda su vida y fue un agricultor infatigable y apasionado, y llegó a poseer una vasta hacienda al norte de Lima. Cuando yo era niño, mis padres me llevaban a la hacienda del abuelo

y nos quedábamos a dormir y a veces nos dejaban subir a

los

tractores y yo veía cómo mi abuelo amaba esas tierras,

esos árboles, esas frutas que cuidaba y cosechaba y metía

en cajones para vender. Fue agricultor desde muy joven y

su hacienda era todo lo que tenía, todo lo que había soña-

do,

su vida entera. Pero un día vino un dictador militar,

Velasco, y le quitó su hacienda y no le dio un sol en com-

pensación, y el cardenal Landázuri bendijo ese despojo.

Mi

abuelo nunca pudo recuperarse de esa triple desgracia:

que le robasen el patrimonio de toda una vida de trabajo, que el jefe de la iglesia católica aplaudiese el robo y que lo dejasen humillado y en la miseria. Yo lo conocí cuando ya era un hombre quebrado, desesperado, devorado por la cólera, sin dinero, sin trabajo, un pobre viejo jodido que vivía de la caridad de uno de sus hijos millonarios y que soñaba con recuperar la hacienda que le habían robado.

Lo

recuerdo en su escritorio, leyendo los diarios con lupa,

escribiendo cartas a los periódicos, insultando al mente-

cato del cardenal y al cojo malo que le robó su hacienda.

Mi

abuelo fue aquellos años como un padre para mí. Le

gustaba sentarse a tomar un whisky, fumarse un cigarrillo conmigo y contarme su profunda e iracunda decepción con el país en el que trabajó honradamente medio siglo y

en

el que luego vino un dictador y le robó todo. Lo que

más me gustaba de mi abuelo era que, viejo y jodido, no había perdido su capacidad de indignación, de rabia, de insultar a los bribones y truhanes, y nunca supe si odiaba

más al dictador cojo o al cardenal pusilánime (creo que odiaba más al cardenal, y yo también, porque el dictador cojo fue un ignorante, en cambio el cardenal fue un opor- tunista y un adulón, como suelen ser los cardenales). Tampoco podía olvidar los años que pasé en La Prensa siendo menor de edad y estudiando todavía en el colegio. Como todo buen periódico, La Prensa era un manicomio

y

un burdel, y entre sus reporteros, fotógrafos, linotipis-

tas,

jefes y secretarias coquetas uno podía conocer la de-

mencia humana en sus más esperpénticas variaciones. Me quedó claro que no había entrado a un periódico sino a un zoológico de humanos trastornados, enloquecidos, viendo

cómo sus vidas (y con ellas el periódico) se iban al carajo.

Mi

jefe era un hombre-oso anticomunista que arrojaba

reporteros policiales por el balcón del segundo piso al ji- rón de la Unión, acusándolos de ser agentes comunistas.

A

menudo me interrogaba a gritos, estrangulándome en el

cuarto fragoroso de los teletipos. El director era un señor honorable que publicaba estupendos suplementos sobre

cómo dirigir las empresas públicas mientras su empresa se hundía y no dejaba de perder dinero. El hijo del director

era

un poeta, un borracho, un mujeriego y un genio ex-

traviado. La secretaria, cuñada del director, era el poder tras el trono y si osabas desa arla te pisaba como a una cucaracha. La redacción estaba poblada por borrachos, tramposos, coimeros, tullidos, mitómanos, putañeros, co-

munistas encubiertos, haraganes todos. Yo entré a trabajar

a

La Prensa como cortador de los despachos cablegrá cos

de la sección internacional en enero de 1980 (durante las vacaciones escolares) y me retiré en noviembre de 1983, cuando me llamaron de la televisión y cuando ya era ob-

vio

que el barco se hundía sin remedio, como en efecto se

hundió al año siguiente. Fueron casi cuatro años los que trabajé en La Prensa, años en los que viví con mi abuelo

Roberto Letts y mi abuela Jose na, su esposa. Diez años después de la quiebra del periódico, yo me

encontraba viviendo en Washington, casado y con hija, y ya había muerto mi abuelo Roberto y creo que también había muerto mi primer jefe en La Prensa, el hombre-oso

don

Arnoldo Zamora, y recordaba ambas experiencias, los

años con mi abuelo y los del periódico, con una cierta nos-

talgia, como si aquellos hubiesen sido (y quizá lo fueron) los mejores de mi vida. Por eso me senté a fabular esta no- vela delirante, mientras afuera caía la nieve, sin un plan, sin unos apuntes, sin un mapa creativo, sin saber adónde quería llegar, improvisando cada mañana y cada tarde en el escritorio con vista a la calle 35, mientras mi hija Ca- mila dormía o me veía escribir, pues su madre estaba en clases. Recuerdo que nunca me había reído tanto escribien- do como me reí escribiendo estas páginas. También recuerdo que había dos imágenes que me parecían los pilares de la novela: el agricultor despojado de su hacienda que se pasa la vida escribiendo cartas al di- rector del periódico donde por casualidad trabaja su nieto para que le devuelvan sus tierras, y el día en que mi jefe, el hombre-oso anticomunista, de quien decían que había sido repasador a bayoneta calada en alguna guerra euro- pea, arrojó por el balcón del segundo piso a un reportero policial, acusándolo de comunista. Todo lo demás salió a partir de eso y de los recuer- dos a ebrados de aquellos años, entre enero de 1980 y noviembre de 1983, en los que fui escolar y periodista y luego universitario con la cabeza rapada y periodista. Releyendo la novela me parece advertir que su prin- cipal mérito pudiera ser también su principal defecto:

todo está orientado al humor, es esperpéntico, grotesco, exagerado, risible. Puede que, en efecto, sea una novela humorística más o menos bien lograda (no pocos lecto- res me han dicho que es mi mejor novela, opinión que no comparto), pero esa obsesión por el humor, la caricatura, el ridículo y la picaresca tal vez consiguen que la novela sea divertida pero, al mismo tiempo, impiden que llegue a parecerse a la vida misma o parezca solo una visión seg- mentada, burlona, de la realidad.

No creo que esta sea mi mejor novela, pero releyén- dola estos días, quince años después de escribirla, me ha arrancado algunas carcajadas y solo por eso le tengo un especial aprecio.

Bogotá, enero de 2010

A Federico Salazar y a su padre, Arturo Salazar, que me educaron en el vicio de escribir.

Y a la memoria de mi abuelo Roberto Letts.

Doña Inés Tudela y su nieto Diego bajaron de un taxi en la plaza San Martín. Era enero. Hacía calor en Lima. Los portales de la plaza estaban llenos de lustrabo- tas, mendigos y vendedores ambulantes. —Guárdate el reloj en el bolsillo —le dijo doña Inés a su nieto. —¿Por qué, mamama? —Porque el centro de Lima está lleno de rateros. Diego se sacó el reloj y lo metió en el bolsillo de su pantalón. —Caminemos rapidito —dijo ella, y lo cogió del brazo—. Los rateros le roban a la gente distraída. Caminaron por el jirón de la Unión, esquivando a los peatones apurados y a las gitanas que se ofrecían a leerles el futuro. Doña Inés se había puesto un vestido morado y zapatos de taco. Diego, lo que su abuela le había escogido:

un terno crema y una corbata marrón de su abuelo. —¿Por dónde queda el periódico? —preguntó él. —Acá cerquita nomás, a dos cuadras de la plaza San Martín —dijo ella. Cruzaron el jirón Moquegua y siguieron caminando por el jirón de la Unión. El piso del jirón era de losetas blancas y negras. —Cuando yo era jovencita tu papapa me traía los do- mingos al jirón de la Unión y los dos nos poníamos bien

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elegantes y nos comprábamos heladitos en la botica Fran- cesa y jironeábamos ida y vuelta de lo más romanticones —dijo doña Inés, con una sonrisa de niña. —¿Dónde queda la botica Francesa? —preguntó Diego. —No, ya cerró hace años —dijo doña Inés, acomo- dándose el pelo, suspirando—. En esos tiempos, el jirón de la Unión todavía no se había llenado de serranos. —¿Cómo así se llenó de serranos, mamama? —Ay, hijito, si te cuento, es una historia de nunca acabar. Antes Lima era de los blancos y la sierra era de los indios y todos vivíamos felices y contentos. Ahora se ha hecho una mezcolanza espantosa y los serranos siguen llegando en manada y yo no sé adónde vamos a ir a parar. Diego vio una tienda donde vendían salchipapas y pollos a la brasa. —Mamama, invítame unas salchipapas, me muero de hambre. —¿Estás loco, Dieguito? Si comes esas cosas, aga- rras una tifoidea de todas maneras. Aparte que Antonio Larrañaga nos está esperando y no quiero que te vea con la camisa manchada de salchipapas y con las manos todas grasosas. Caminaron media cuadra más y llegaron a La Prensa. —Este es el periódico de mi amigo Antonio —dijo doña Inés, señalando un viejo edi cio de tres pisos, con balcones que daban al jirón—. La Prensa es el periódico más moral de Lima. Hay un montón de periodicuchos mamarrachentos, pero La Prensa es el periódico para la gente blanca, mi amor. Entraron al edi cio y se anunciaron en la recepción. Un vigilante apuntó sus nombres, llamó a la dirección del periódico y les dijo que podían pasar. Doña Inés y su nieto subieron por unas crujientes escaleras de madera y toca-

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y les dijo que podían pasar. Doña Inés y su nieto subieron por unas crujientes escaleras

ron la puerta de la dirección. Una mujer baja, con el pelo enrulado y pintado de rubio, abrió la puerta. —Adelante, por favor, señora Tudela —dijo, y le dio la mano a doña I nés—. Yo soy Patty, la secretaria del se- ñor Larrañaga. —Claro, Patty, contigo hablé por teléfono para ha- cer la cita, ¿no? —dijo doña Inés—. Mira, te presento a

mi nieto Diego.

Patty y Diego se dieron un beso en la mejilla. —¿Está Antonio? —preguntó doña Inés. —Ahorita está en una reunión pero en un ratito los recibe —dijo Patty—. ¿A qué hora era la cita? —preguntó, y abrió una agenda. —A las cuatro —dijo doña Inés. —Efectivamente, aquí tengo apuntado a las cua- tro —dijo Patty, y miró su reloj—. Caray, qué puntuales —añadió. —Yo para la puntualidad soy británica, hija —dijo doña Inés. —Siéntense, por favor —dijo Patty. Doña Inés y su nieto se sentaron en un viejo sillón

de cuero. —¿Quieren un cafecito, una cocacolita? —les pre- guntó Patty. —No, mil gracias, hija —dijo doña Inés. —¿Tú, David? —preguntó Patty. —Diego —corrigió doña Inés. —Ay, Diego, perdón —dijo Patty, llevándose una mano a la frente—. Es que estoy con mil cosas en la cabe- za —añadió, suspirando. —Yo sí te acepto una cocacolita —dijo Diego. Patty tocó un timbre. Un hombre bajo, moreno, jo- robado, entró a la dirección. Olía fuerte, como si no usara desodorante.

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—Huamán, tráete dos cocacolitas bien heladas —le dijo Patty. —Ahorita mismo, señorita Pattys —dijo el hombre, y salió a paso rápido. —Este cholo Huamán tiene años trabajando acá y hasta ahora no aprende que me llamo Patty y no Pattys —dijo Patty, y los tres se rieron. Sonó el teléfono. Patty contestó, prendió un cigarri- llo, se miró las uñas. Luego cogió un palito de fósforos, se lo metió a la boca y comenzó a escarbar sus dientes. — S orry, pero he almorzado pollo bróster y estoy lle- na de hilachitas —susurró, tapando el teléfono con una mano. —¿Está bien el nudo de mi corbata? —preguntó Diego en el oído de su abuela. Doña Inés se levantó los anteojos y echó un vistazo a la corbata de su nieto:

—Estás muy bien puesto, Dieguito, no seas vanidoso. Patty colgó el teléfono. —Este aparato me tiene loca —se quejó—. Todo el día llaman y llaman. Me voy a quedar muda de tanto ha- blar por teléfono. Huamán entró con las cocacolas. —Una para el joven y la otra para mí —le dijo Patty. Huamán hizo una reverencia y dejó las cocacolas. Tenía unas manos gruesas, callosas. —¿Segura que no quiere una cocacolita, señora Tu- dela? —preguntó Patty. —Segura, hija, segurísima —dijo doña Inés—. La cocacola me mata con los gases. Después mi marido me bota del cuarto. —Permisito —dijo Huamán, y se retiró. Diego se tomó la cocacola de golpe. Se moría de sed.

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—Y cuénteme, señora Tudela, ¿cómo así lo conoce a

mi

cuñado Antonio? —preguntó Patty.

Doña Inés puso cara de sorprendida. —¿No me digas que Antonio es tu cuñado? —dijo. —Claro, Toño está casado con Leticia, mi hermana mayor —dijo Patty, y le dio una pitada a su cigarrillo y botó el humo hacia arriba.

—No tenía idea, hija, pero ahora que te miro bien, claro, te pareces horrores a Leticia —dijo doña I nés—. Yo

a

Antonio lo conozco porque siempre nos encontramos en

misa los domingos. Los dos somos infaltables en la misa

de

once de San Felipe.

—Sí, pues, Antonio y Leticia son cumplidísimos con la religión —dijo Patty. Detrás de ella, pegada en la pared, había una estam-

pita del Señor de los Milagros que decía «Apiádate de Mí, Señor de los Milagros». —Y eso se nota en el periódico, hija —dijo doña I nés—. Yo por eso soy la fan número uno de La Prensa. No sabes cómo me gustan esos editoriales tan morales contra el aborto y los anticonceptivos. —Esos los escribe el mismo Toño —dijo Patty—. Una era es mi cuñado. Ya tiene tres bendiciones del Papa

este año se va a Roma y le saca la cuarta bendición, ima- gínese. —Yo recorto sus editoriales y me los leo cuchucien-

y

tas

veces, hija —dijo doña Inés—. Bien ganadas se tiene

las

cuatro bendiciones.

Diego cogió un ejemplar de La Prensa de una mesa

la que había periódicos y revistas viejas. Hojeó la pri- mera página. —¿Te gusta nuestro periódico, Dieguito? —pregun- tó Patty. —Sí, yo siempre leo La Prensa y El Comercio.

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—Pero por si acaso yo no compro El Comercio, hija, sino que mi marido lo compra por los avisos clasi cados —aclaró doña Inés. Patty sonrió y miró su reloj. —Voy a ver si ya está terminando la reunión —dijo,

se puso de pie. Era baja y rellenita. Tenía una falda bien apretada que le marcaba el trasero. —No te preocupes, hija, no hay apuro —dijo doña

y

Inés.

—Es que Toño a veces se olvida de la agenda —dijo Patty, y entró a la o cina del director. —Mírenla, pues, a la sabida esta, buen puesto se ha conseguido gracias a su cuñado —murmuró doña Inés. Diego estaba leyendo la página deportiva del perió-

dico.

—Cuando vengas a trabajar a La Prensa, ten mucho cuidado con esta Patty, que tiene una cara de zamarra tre- menda —le susurró su abuela. Él sonrió. —¿De verdad crees que el señor Larrañaga me va a dar trabajo? —preguntó. —Segurísima, hijo. Antonio no me va a fallar. Patty salió de la o cina del director. —Dice Antonio que pasen a la sala del directorio —dijo—. Va a interrumpir un ratito su reunión para aten-

derlos. —Ay, hija, tú te pasas, mil gracias —dijo doña Inés,

se puso de pie. Patty abrió una puerta blanca y los condujo a un sa- lón alfombrado en el que había una mesa grande, varias sillas de cuero y, colgado en la pared, un retrato del fun- dador de La Prensa, don Polo Bernal. —Espérenlo un segundito que ahorita viene —dijo

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Patty, y corrió a su escritorio porque estaba sonando el teléfono. —Mira, este el nado

Patty, y corrió a su escritorio porque estaba sonando el teléfono. —Mira, este el nado Bernal, el que fundó La Prensa —le dijo doña Inés a su nieto, señalando el retrato de un hombre delgado, canoso, de nariz aguileña y mirada severa. —¿De qué murió Bernal? —preguntó Diego. —De pena, hijo. De la rabia que le dio cuando el Chino Velásquez le quitó el periódico en plena dictadura militar. Y encima el cojo-malvado-serrano-resentido de Velásquez también le quitó su casa a Bernal y la mandó demoler. Dime tú si en el Perú no se cometen tremendas injusticias. —¿Y ahora de quién es el periódico? Doña Inés miró a su nieto y sonrió, orgullosa de él. —Qué preguntón me has salido, Dieguito, tú has na- cido para periodista, no hay nada que hacer —dijo, y le pe- llizcó una mejilla—. Ahora el dueño es Antonio Larrañaga. El viejo Bernal le dejó el periódico porque estaba casado con una gringa que se volvió loca y para colmo su único hijo le salió marica. Y como Antonio fue su brazo derecho toda la vida, Bernal le dejó el periódico por gratitud. Seguían contemplando el retrato cuando Antonio Larrañaga entró. Era un hombre bajo, narigón, con cara de pájaro. Vestía una guayabera. Tenía el pelo blanco, muy blanco, como si se le hubiese llenado de canas de la noche a la mañana. —Inesita, qué gusto verte —dijo, sonriendo, y le dio un beso en la mejilla a doña Inés. —Hola, Toñito, perdona que interrumpa tu reunión. Este es mi nieto Diego. —Hola, muchacho. —Buenas, señor. —Asiento, por favor, asiento. Se sentaron en las sillas del directorio.

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—¿En qué puedo servirte, Inesita? —dijo el señor Larrañaga, sonriendo—. Tú sabes que estoy siempre a tus órdenes. Al sonreír, dejó ver dos dientes de oro. —La verdad que no quería molestarte, Antonio, por- que yo sé que tú tienes mil problemas con el periódico, que dicho sea de paso está cada día mejor, oye, te felicito por- que lo estás llevando de mil maravillas —dijo doña Inés. —Gracias, Inesita, gracias. —Pero me he tomado la libertad de molestarte por el bien de Dieguito, que es un chico súper intelectual, súper lector. Diego se devora La Prensa de arriba abajo, Antonio. No sabes cómo lee este chico. Se lee hasta las defunciones, hasta las farmacias de turno. Se rieron. —¿Qué edad tienes, Dieguito? —preguntó el señor Larrañaga. —Quince, señor. —El chico está de vacaciones en el colegio, Antonio, y quiere trabajar por el verano, no por la plata sino para aprovechar su tiempo y para aprender lo que es la discipli- na del trabajo, tú me entiendes —dijo doña Inés. —Claro, Inesita, por supuesto, no hay mejor univer- sidad que la universidad de la vida. —Y a lo mejor tú le puedes dar un cachuelito o algo en tu periódico, Antonio, porque como te digo el chico es un intelectual nato y lector número uno de La Prensa. —Ah, pero con el mayor de los gustos. —Algo en lo que Diego pueda ser útil y aprender un poquito, Antonio, algo sencillo nomás. —Justamente estoy muy interesado en contratar gente joven para ir haciendo una nueva generación de pe- riodistas, Inesita, o sea que Diego me viene de perillas. —Pero, por favor, no vayas a creer que te estoy pi-

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de pe- riodistas, Inesita, o sea que Diego me viene de perillas. —Pero, por favor, no
diendo un trabajo bien pagado, Antonio. Solo te pido un trabajito de practicante, algo así

diendo un trabajo bien pagado, Antonio. Solo te pido un trabajito de practicante, algo así nomás. —Todo trabajo tiene que ser pagado, I nesita. En este periódico nadie trabaja gratis. Como dice nuestro querido amigo Friedman, no hay almuerzo gratis —dijo el señor Larrañaga, y soltó una carcajada. Sin saber quién diablos era Friedman, doña Inés y su nieto también se rieron. —Bueno, ¿cuándo quieres comenzar, muchacho? —preguntó el señor Larrañaga. —No sé, cuando usted quiera, señor. —¿Qué tal si arrancas mañana de una vez? —Perfecto. Yo feliz. —Vente mañana a mediodía, arreglamos tu sueldo y arrancas, ¿okay? —Mil gracias, señor. —Ay, Toñito, tú te pasas, eres un pan de Dios —dijo doña Inés. —Para eso estamos, Inesita, para eso estamos —dijo el señor Larrañaga, y se puso de pie—. Ahora me van a disculpar, pero tengo que volver a una reunión. Doña Inés y su nieto se apresuraron en ponerse de pie y darle la mano. —Nos vemos mañana, muchacho. —Mañana, señor. —Chau, Toñito, te veo el domingo en la comunión de San Felipe. El señor Larrañaga salió del salón y entró a su o ci- na. Doña Inés y su nieto salieron detrás de él. —¿Cómo les fue? —les preguntó Patty. —Regio, hija —dijo doña Inés—. Dieguito va a tra- bajar en el periódico por el verano. —Felicitaciones, Dieguito —dijo Patty, se puso de pie y lo abrazó.

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—Gracias, señorita. —Dime Patty, Dieguito, tutéame nomás con con- anza. —Bueno, Patty, nos tenemos que ir yendo —dijo doña Inés, y le dio un beso en la mejilla. —Hasta luego, señora Tudela. Chau, Dieguito. Nos vemos mañana, ¿ya? Doña Inés y su nieto salieron de la dirección y baja- ron las escaleras. —Esta Patty es una bandida —murmuró ella—. Ten mucho cuidadito, Diego, que ya te echó el ojo esa sabida. —Buena gente el director, ¿no? —Un gran tipo, un hombre muy moral. ¿Sabes cómo le dicen en la parroquia? —¿Cómo? —Raspadilla sin jarabe. —¿Por qué? —Porque tiene el pelo tan blanco que parece hielo de raspadilla, pues. Se rieron. Pasaron por la recepción, recogieron los documentos que habían dejado al entrar y salieron del pe- riódico. Doña Inés besó a su nieto en la mejilla:

—Felicitaciones por tu primer trabajo, Dieguito. —¿Ahora sí podemos ir a comer salchipapas? —Pero tú te comes las salchichas, ¿ya? —dijo doña Inés, y lo cogió del brazo—. Porque a mi edad una sal- chicha grasosa me puede mandar derechito a mi nicho de La Planicie que estoy pagando religiosamente todos los meses.

—¡Ya está servida la comida! —gritó doña Inés. —¡Ahorita bajo, mamama! —gritó Diego, desde su cuarto.

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Diego vivía con sus abuelos Rafael e Inés Tudela, en una casa de dos pisos

Diego vivía con sus abuelos Rafael e Inés Tudela, en una casa de dos pisos en la avenida Javier Prado. Don Rafael había sido un próspero agricultor, pero la reforma agraria del general Velásquez le había con scado su ha- cienda y lo había dejado arruinado. Ahora vivía del dinero que le entregaban sus hijos. —¡A comer! —volvió a gritar doña Inés, haciendo sonar una campanilla. Diego apagó el televisor y bajó corriendo al comedor. Don Rafael salió de su escritorio con un vaso de whisky en la mano. Era un hombre calvo, pecoso, ya mayor. Tenía un bigote muy delgado. Caminaba con la ayuda de un bastón. —Ya vamos, caracho, no hagas tanto escándalo, Inés —rezongó. Doña Inés los esperaba en la mesa. Don Rafael se sentó en la cabecera, al lado de ella. Diego se sentó en la cabecera de enfrente. Doña Inés se persignó y cerró los ojos. Era una mujer muy alta y delgada, el pelo canoso y nariz de gancho. —Señor, te ofrecemos nuestros alimentos para que nos hagas partícipes de la mesa celestial —dijo. —Amén —dijeron don Rafael y su nieto, a la vez. Luego comenzaron la cena de todas las noches: puré de papa con arroz y huevo duro. Doña Inés hizo sonar la campanilla. Faucett, la empleada, entró al comedor. Era una india bajita, de pelo negro, muy largo. Podía tener cuarenta y tantos años. (Sus padres le habían puesto Fau- cett porque vivían cerca del aeropuerto del Cusco y todos los días veían pasar unos aviones muy grandes que decían Faucett: les parecía un nombre mágico, que volaba). —Faucett, te has olvidado de traer el agua —dijo doña Inés. —Ay, perdón, enseguidita le traigo —dijo la emplea- da, y volvió a la cocina.

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—Esta chola anda pensando en las huevas del gallo —murmuró don Rafael. Faucett regresó con una jarra de agua y la puso en la mesa. —Que aprovechen —dijo, y se retiró a la cocina. —Cuéntanos novedades, Diego, haznos conversa- ción —dijo don Rafael—. Tu mamama y yo ya estamos aburridos de vernos las caras. —Mañana comienzo a trabajar en La Prensa, papapa. —Caracho, qué buena noticia —dijo don Rafael, y tomó un trago de whisky y eructó, tapándose la boca con un pañuelo blanco—. ¿Cómo así has conseguido ese trabajo? —Gracias a mi mamama, que es amiga del director. —¿Quién es el director de La Prensa, Inesita? —Toñito Larrañaga, pues, hijo. El canosito de la misa de San Felipe que siempre pasa con la limosna y que me encanta porque nunca mira los billetes que le echo en su canastita, no como otros malcriados que me miran feo si les echo un billetito chico. —¿Larrañaga, el chato Larrañaga? —repreguntó don Rafael. Doña Inés hizo una mueca burlona. —No, Rafael, el chato murió el año pasado —dijo—. Estaba manejando por la Costa Verde y le cayó una piedra en la cabeza. —¿Y quién fue el jijuna que le tiró la piedra al chato? —Nadie, hijo, fue un derrumbe. —¡Qué vaina, caracho! ¡Casi todos nuestros cono- cidos ya han fallecido! —dijo don Rafael, rascándose la cabeza calva, contemplando su plato con un aire melancó- lico. Se llevó un pedazo de papa amarilla a la boca. Masti- có. Tosió. Luego se quedó pensativo. —Diego, no quiero fregarte la pita, pero tienes que darle un encargo de mi parte al señor Larrañaga —dijo.

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—Diego, no quiero fregarte la pita, pero tienes que darle un encargo de mi parte al
—Sí, papapa, lo que tú quieras. —Dile que yo me leo La Prensa todas las

—Sí, papapa, lo que tú quieras. —Dile que yo me leo La Prensa todas las mañanas y que hasta la fecha no he leído un solo editorial contra el calzonudo del presidente. Muy blanda es La Prensa con el presidente. Dile que le dé con palo al sacolargo de Correa, muchacho. —No hables así del presidente, Rafael —intervino doña Inés—. Felipito Correa es un caballero hecho y de- recho. —Un caballero y un calzonazos, mujer. El Perú se está yendo derechito a la eme y el presidente sigue sentado en su nube. ¿Sabes cómo le dicen a Correa? —¿Cómo? —Papa a la huancaína. —¿Por qué? —Porque tiene los huevos de adorno —dijo don Ra- fael, y soltó una carcajada, escupiendo un poco de papa masticada. Doña Inés movió la cabeza, desaprobando lo que acababa de escuchar. —No hay derecho de hablar así de Felipito —dijo—. Por lo menos es un presidente honrado que jamás en su vida ha robado un centavo. —A lo mejor Correa será honrado, Inés, pero está rodeado de una partida de ladrones —dijo don Rafael. —Yo voté por Correa y votaría de nuevo por él —dijo doña Inés—. Lo único que no le perdono es que se haya divorciado sin permiso del Vaticano. —Yo lo que no le perdono es que lleve dos años y pico de gobierno y que hasta ahora no devuelva las tie- rras que se robó el Chino Velásquez con su condenada reforma agraria —dijo don Rafael—. El día que Correa me devuelva mi chacra y mis tractores, yo seré el primero en aplaudirlo.

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—Olvídate de la hacienda, Rafael —dijo doña Inés—. Nunca nos la van a devolver. —¿Y por qué no me van a devolver lo que es mío,

carijo? —gritó don Rafael, furioso—. Yo no me rompí el lomo toda mi vida para que venga un cachaco resentido

y

me quite mi chacra que tanto esfuerzo me costó hacer.

Eso no se llama reforma agraria, Inés. Eso se llama robo,

robo a mano armada. ¿No es cierto, Diego? —Por supuesto, papapa.

—¡A mí me robaron mi hacienda y no voy a parar de fregar la pita hasta que me la devuelvan! —gritó don Rafael, y golpeó la mesa con una mano. —¿Para qué quieres la hacienda si ya estamos viejos, Rafael? —le dijo su esposa—. Ya no estamos para irnos

a

vivir al campo como hace cincuenta años. Además, los

indios nos han convertido la hacienda en un chiquero. Eso ya se echó a perder para siempre. Don Rafael volvió a golpear la mesa. Un par de gra- nos de arroz saltaron de su plato. —¡Yo voy a regresar a mi hacienda algún día y voy a sacar a patadas a todos los indios que me la han convertido en un gallinero! —gritó. —Está bien, pero no grites, Rafaelito —dijo doña

 

Inés.

—¡Yo construí esa casa con mis propias manos! —ru- gió don Rafael—. Y cuando se me vino abajo con el terre- moto del setenta, yo mismo la reconstruí. Algún día voy

a

recuperar mi hacienda, carijo. Y si los indios no quieren

salir, los saco a balazo limpio. Golpeó la mesa nuevamente. Faucett se asomó con cara de asustada. Le encantaba curiosear, escuchar la con- versación de los señores. —No te preocupes, papapa, que algún día te van a devolver tu chacra —dijo Diego.

 

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—Tienes que decirle a Larrañaga que se escriba un editorial bien macho pidiendo que devuelvan

—Tienes que decirle a Larrañaga que se escriba un editorial bien macho pidiendo que devuelvan las tierras que nos robaron con la reforma agraria, muchacho —dijo don Rafael—. Tienes que convencerlo para que nos ayude. —Mañana mismo le digo, papapa. —Ay, sería espléndido si Toñito, que es tan bue- na gente, nos da una manito con el tema de la hacienda —dijo doña Inés. —Si La Prensa le para los machos al calzonazos de Correa y le reclama que devuelva las tierras así como de- volvió los periódicos, van a ver cómo Correa se mea en los pantalones y nos hace caso —dijo don Rafael. —Ay, Rafael, no seas grosero —dijo doña Inés. —Dile a Larrañaga de parte mía que le ponga a Co- rrea un titular bien grande en primera plana que diga en letras grandazas: Correa: si no devuelves las tierras que se robó el Chino Velásquez, eres un ladrón igual que él —le dijo don Rafael a su nieto. —Le voy a decir, papapa. —¿Cómo van a poner un titular tan grosero en La Prensa, pues, Rafaelito? —dijo doña Inés, riéndose—. No le digas sandeces al muchacho. —No es un titular grosero, Inesita, es la pura verdad. Lo que pasa es que los periódicos no se atreven a cantarle sus verdades al calzonudo de Correa. —Ya basta de decirle calzonudo al presidente, por el amor de Dios —dijo doña Inés—. ¿Acaso lo has visto al- guna vez en calzones? —¿Y tú por qué crees que Carolina Graña se divor- ció de él? —dijo don Rafael—. ¿Tú por qué crees que ella lo abandonó? —Yo no soy una vieja chismosa, pero lo que comentó medio Lima fue que Felipito se divorció porque estaba en amores con Verónica.

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—Por impotente lo dejó su primera mujer. Por im- potente. Doña Inés soltó una risa aguda, chillona. —¿Y tú cómo sabes que Felipito Correa es impoten- te? —preguntó. —Porque yo una vez haciendo cola en el banco me encontré con Jacobo Graña, el hermano de Carolina, y él me contó que su hermana tuvo que divorciarse en contra del Vaticano porque al calzonudo de Correa no le fun- cionaba el aparato —dijo don Rafael, y se rió, escupiendo unos granos de arroz. Doña Inés y Diego también se rieron. —¿Y saben lo que me dijo Jacobito? —continuó don Rafael—. Me dijo que al presidente solo le funciona el aparato cuando está dando discursos. Parece que ahí se le levanta la cuestión y cuando está en pleno discurso, llega al éxtasis. —Ay, qué barbaridad, Rafael, tú todo lo llevas al te- rreno de la vulgaridad —dijo doña Inés. Se escuchó un ruido extraño. —No te tires pedos en la mesa, pues, Inesita. —No me he tirado nada, Rafael. —Lo que pasa es que estás tan sorda que ya no escu- chas ni tus pedos —dijo don Rafael riéndose. Siguió riéndose a carcajadas hasta que se atoró y em- pezó a toser. Doña Inés hizo sonar la campanilla. Faucett apareció en el comedor. —Tráele más agua al señor, que se ha atorado — le dijo doña Inés. Faucett corrió a la cocina, regresó con un vaso de agua y se lo dio a don Rafael, que se había puesto colorado de tanto toser. Tomó el agua y se calmó. —Tus pedos me van a matar, I nesita —dijo, sonriendo.

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Diego entró a La Prensa , subió las escaleras y tocó la puerta de la

Diego entró a La Prensa, subió las escaleras y tocó la puerta de la dirección. Era su primer día de trabajo. Se había puesto el terno crema y la corbata marrón de su abuelo. Huamán le abrió la puerta y lo hizo pasar. —Hola, Dieguito, bienvenido a tu nuevo centro de labores —dijo Patty. Se levantó de su escritorio y le dio un beso en la me- jilla. Estaba vestida con una falda roja, muy ajustada, y una blusa blanca. —¿Y, cómo te sientes? ¿Contento de comenzar a tra- bajar? —preguntó ella. —Sí, muy contento. —¿En qué sección vas a trabajar? —Todavía no sé. Tengo que hablar con el señor La- rrañaga. —Ay, Antonio todavía no ha llegado. —No hay apuro. —¿A qué hora te dijo que vengas? —A mediodía. —Espéralo un ratito, que ya debe de estar por lle- gar. Él suele llegar pasado el mediodía. Siéntate, Dieguito, ponte cómodo. ¿No quieres una cocacolita helada? —Uy, gracias, me muero de sed. Patty tocó tres veces el timbre de su escritorio. —¡Huamán, dos cocacolas bien fresquitas! —gritó. —¡Listo, señorita Pattys! —gritó Huaman. Patty prendió un cigarrillo. —¿Qué edad tienes, Dieguito? —preguntó. —Quince. Cuando termine el verano entro a quinto de media. —Qué horror, eres tan jovencito que podría ser tu mamá. —¿Tú qué edad tienes, Patty? —preguntó él. —Nunca le preguntes eso a una mujer —dijo ella,

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haciéndose la ofendida—. Está bien que quieras ser perio- dista, pero no te pases de curioso, pues. Se rieron. —Oye, Dieguito, cualquier problema que tengas en el periódico, vienes inmediatamente a contármelo, ¿ya? Yo estoy aquí para ayudarte en lo que tú quieras, ¿okay? —Mil gracias, Patty. —No, en serio, cuenta conmigo en todo momento. Yo tengo aquí una caja chica con bastante efectivo, por si acaso vayas a necesitar un adelanto de tu quincena o un valecito de movilidad. Cualquier cosita, pásame la voz, que estoy a tu disposición para lo que quieras. —Un millón de gracias, Patty. Huamán entró con las cocacolas, las dejó en el es- critorio y se retiró. Patty y Diego tomaron un par de tra- gos.

—Ay, A ntonio cómo se demora —dijo ella, mirando su reloj—. ¿Quieres que te preste un periódico? —Bueno, si no es molestia Patty se puso de pie, entró al salón del directorio y regresó con varios periódicos. —Para que te enteres de lo que dice la competencia —dijo. —Gracias, Patty —dijo él. —Ay, ay, ay, me olvidaba —dijo ella, preocupada, lle- vándose una mano a la frente. Corrió a su escritorio y abrió su cartera. —¿Pasa algo? —preguntó él. —Nada, Dieguito, que me estaba olvidando de to- mar mi pastilla, hijo. Sacó una pastilla de su cartera, se la llevó a la boca y la tomó con un poco de cocacola. —¿Estás mal? —preguntó él. Ella sonrió con un aire misterioso, arreglándose el

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pelo frente a un pequeño espejo que acababa de sacar de su cartera. —No, Dieguito,

pelo frente a un pequeño espejo que acababa de sacar de su cartera. —No, Dieguito, son mis anticonceptivas —dijo. Él sonrió y siguió hojeando el periódico. Sintió que la cara se le había puesto caliente. —No te pongas rojo, Dieguito —dijo ella, sonrien- do—. Conmigo puedes hablar de cualquier cosita, ¿ya? —No me he puesto rojo. —Estás más rojo que un rocoto, hijo —dijo ella, y se rió, encantada—. Pero una tiene que cuidarse, pues, por- que nunca se sabe en qué momento se presenta la circuns- tancia, ¿no es cierto? —Claro, claro —dijo él, sin desviar la mirada del pe- riódico. En ese momento, Antonio Larrañaga entró a la di- rección. Tenía puesta una guayabera blanca y un pantalón crema. Sonreía con un aire beatí co, como si acabase de confesarse. —¡Caramba, Diego! Se ve que tienes ganas de tra- bajar —dijo. Diego se puso de pie y le dio la mano. —Buenas, señor —dijo, sonriendo. —¿Estamos listos? —preguntó Larrañaga. —Listos. —¿Qué novedades, Pattycita? —Todo tranquilo, Toño. En tu escritorio te he deja- do apuntadas tus llamadas —dijo Patty. —Acompáñame a mi o cina, Diego —dijo Larrañaga. Patty le guiñó el ojo a Diego. —Sácale un buen sueldo, no seas tímido —susurró. Diego sonrió y entró a la o cina. Hacía frío. Estaba prendido el aire acondicionado. —Asiento, asiento —dijo Larrañaga, revisando la lista de sus llamadas.

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Diego se sentó en un sillón de cuero. Larrañaga ho- jeó unos papeles y se sentó en su escritorio. Detrás de él tenía una foto de su esposa y sus tres hijos sonriendo en Disneyworld al lado de Mickey Mouse. —Bueno, pues, bienvenido a La Prensa, muchacho —dijo, mirando a Diego por encima de sus gruesos ante- ojos—. Espero que no te quedes solo el verano, sino que este sea el comienzo de una larga y fructífera relación de trabajo. —Gracias, señor. —Bueno, vamos de frente al grano. ¿Qué te gustaría hacer? ¿En qué sección te gustaría trabajar? ¿Tienes una idea?

—Donde usted pre era, señor. Donde le sea más útil. —Yo estaba pensando que a lo mejor puedes arrancar en la sección internacional. El jefe de la página me está pidiendo un refuerzo porque es un hombre ya entrado en años, y creo que tú le podrías dar una manito, ¿qué te parece? —Perfecto, señor. Yo encantado. —¿Te gusta la página internacional? ¿Estás al tanto de las cosas que pasan en el mundo? —Bueno, sí, más o menos. —Magní co. Vamos ahorita mismo a hablar con el viejo Zamorano, que es el jefe de internacional —dijo La- rrañaga, y se puso de pie. Diego se levantó del sillón. Las manos le sudaban. Estaba nervioso. —Ah, me olvidaba, ¿cuánto quieres ganar, muchacho? —No sé, lo que a usted le parezca, señor. —La verdad que la situación está un poco fregada. Tenemos una crisis de liquidez que nos tiene estrangula- dos. ¿Te parece bien si arrancas con el sueldo mínimo y ya después te hago un reajuste?

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—Perfecto, señor. Mil gracias. —Pero te repito que mi intención es que te quedes

a trabajar en este periódico después del verano y que seas

parte de la nueva generación de periodistas que quiero ir formando, ¿ya? —Caray, ojalá, sería un honor. —Vamos de una vez a que te presente a Zamorano. Salieron de su o cina. Patty volvió a guiñarle el ojo

a Diego. —Después vienes a contarme, ¿ya? —susurró. Diego sonrió y siguió caminando detrás de Larraña- ga. Entraron a la redacción. Había unos veinte escritorios de metal con viejas máquinas de escribir. Casi todos es- taban desocupados. Solo cinco o seis tipos estaban escri- biendo en sus máquinas, golpeando duramente las teclas. En una pared de la redacción había un reloj y una foto del fundador de La Prensa. —Te voy a presentar a A lberto Rivarola, el jefe de redacción —le dijo Larrañaga a Diego. Rivarola y Diego se dieron la mano. —Este chico se llama Diego Balbi y va a trabajar con Zamorano —dijo Larrañaga. —¡Caray, qué bien! Bienvenido a la cueva, muchacho —dijo Rivarola, sonriendo. Era un tipo bajo, gordito, de pelo azambado y mirada inquieta. También estaba en guayabera. —Trátamelo con cariño, A lberto, ¿ya? —dijo Larra- ñaga. —De todas maneras, don Antonio —dijo Rivarola, y palmoteó a Diego en la espalda. Larrañaga y Diego cruzaron la redacción y se acer- caron a un escritorio donde un hombre ya mayor parecía haberse quedado dormido mientras leía unos papeles. El tipo tenía la cabeza apoyada entre los brazos. A sus pies

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