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Chistes y Piropos

Diana Maffía analiza cómo el machismo y los comentarios sexistas afectan la vida de las mujeres, incluso en situaciones que se consideran divertidas. A través de anécdotas personales y reflexiones sobre el patriarcado, expone la lucha de las mujeres por equilibrar sus roles profesionales y familiares, y cómo los chistes y piropos perpetúan su objetificación. Maffía concluye que el avance de las mujeres en la sociedad no implica un retroceso para los hombres, desafiando la noción de que la igualdad de género amenaza la masculinidad.

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Chistes y Piropos

Diana Maffía analiza cómo el machismo y los comentarios sexistas afectan la vida de las mujeres, incluso en situaciones que se consideran divertidas. A través de anécdotas personales y reflexiones sobre el patriarcado, expone la lucha de las mujeres por equilibrar sus roles profesionales y familiares, y cómo los chistes y piropos perpetúan su objetificación. Maffía concluye que el avance de las mujeres en la sociedad no implica un retroceso para los hombres, desafiando la noción de que la igualdad de género amenaza la masculinidad.

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Chistes, piropos y minués: las estrategias del

macho acorralado. Diana Maffía


By Viviana Liptzis, on December 19th, 2011

Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado,


androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más
divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos,
y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que
gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas,
románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma
sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos
reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído
permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos
literales, para que no sonriamos amablemente -como es de esperar- a los gestos corteses.

¿Qué quieren las mujeres?? se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes
a su respuesta.

Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones
que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en
los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs
participantes en ellos.

Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace
usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda
repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres
profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del
trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen
equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos
no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta
deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en
el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que, en una
investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato
significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera
era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas
menos oportunidades de llegar a la cima.
Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo,
ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo
estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso
me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito.
Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como
éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble:
si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa
de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la
felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos
desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de
perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es
permanente.

Así las cosas, claro, no estamos para chistes. ¡Sin embargo, nos hacen chistes! Cuando me
recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme
un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento
y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se
acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, ¿de Wittgenstein? Toma uno de ellos y ve
que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la
prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo
siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí.
Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente
para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero,
en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno
(dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro
tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono
sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna
decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde
había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: ¿y qué hacés
trabajando aquí?, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy
mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió
una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por
hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto
pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra
nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente,
y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad
de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras, pero se pronuncia entre machos en un
intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como
decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad
del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos
es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto
entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social,
precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y
garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de
capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las
mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes
y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la
democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los
candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo
y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido,
también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí,
se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por
los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe
a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por
eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son
cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin
permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos
o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación
de dominio.

Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado
que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente
borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese
hombre que no podía ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin
embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación
pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código.

Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita”
pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”.
La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo.
Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a
objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del
argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más
explícita, y cuesta menos verla.

En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista
con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está
procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la
mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le
repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy
yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos
habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del
hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que
acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te
veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo
que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil?
Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como
una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos
modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente
aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto
de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos
que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos
de protección masculina.

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese
momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas
para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha
del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio
femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en
contra cubrieron todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida
pública, a decir que íbamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su
poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea
divina de cuidar a nuestras crías (lo que lógicamente está reñido con la disputa electoral), o
describir la política como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo
de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos
volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de
enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los
destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y
obligatorio” que no sólo nos excluía del universal, sino que no registraba siquiera la exclusión,
eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.

Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta
visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes
de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una
vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a
las instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no
alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas,
no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. ¡Y ni hablar si se usan
dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril!

Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez
víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de
verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que
“cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.

Ponencia en el Congreso: Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios. Alfredo Grande


Diana Maffía: diputada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2007-2011 por la Coalición
Cívica/ARI).
Es doctora en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre “Género,
subjetividad y conocimiento”.

http://sermujerhoy.com/2011/12/19/chistes-piropos-y-minues-las-estrategias-del-macho-acorralado-diana-
maffia/

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