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Historia2 Tpfinal

El documento analiza el mito de El Dorado como un constructo cultural europeo que influyó en la colonización de los muiscas durante la conquista de América. Se destaca cómo la búsqueda de riquezas y la interpretación errónea de las prácticas indígenas moldearon la narrativa de El Dorado, mientras que también se explora la complejidad de la identidad muisca y su cosmovisión. La agricultura y el comercio fueron fundamentales para la sociedad muisca, que mantenía una conexión espiritual con la naturaleza y un sistema de reciprocidad en sus interacciones sociales.

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El documento analiza el mito de El Dorado como un constructo cultural europeo que influyó en la colonización de los muiscas durante la conquista de América. Se destaca cómo la búsqueda de riquezas y la interpretación errónea de las prácticas indígenas moldearon la narrativa de El Dorado, mientras que también se explora la complejidad de la identidad muisca y su cosmovisión. La agricultura y el comercio fueron fundamentales para la sociedad muisca, que mantenía una conexión espiritual con la naturaleza y un sistema de reciprocidad en sus interacciones sociales.

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Merico Menéndez, Lucía.

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Moro, Mercedes. 119804/3

Morimanno, Candelaria.119803/2

El Dorado: Entre la Historia y la Ficción


OBJETIVO: En este trabajo proponemos analizar la construcción y el desarrollo del mito de
El Dorado, entendiendo su configuración como un imaginario cultural europeo en el contexto
de la conquista de América. Asimismo, se examinará cómo este mito funcionó como un
motor simbólico y práctico en la colonización de los territorios habitados por los muiscas,
orientando las expediciones españolas en su búsqueda de riquezas y moldeando las
dinámicas de contacto entre europeos e indígenas.

La leyenda del Dorado

En el año 1536, luego de meses en búsqueda de la legendaria ciudad de El Dorado,


el conquistador Jiménez de Quesada, casi por accidente, se encuentra con la sociedad
muisca. Alentado por historias, mitos y cuentos, algunos provenientes de mismos indígenas
de zonas aledañas, su equipo en excursión había recorrido el largo del río Magdalena hacia
el sur, sin ningún avistaje de la Ciudad del Oro. Lo que encontró sin embargo, no coincidió
con tales relatos, y aunque el mito de El Dorado haya surgido de antiguos cuentos de los
indígenas del Perú, que hablaban de un cacique tan rico que se cubría el cuerpo en oro
para bañarse en aguas mágicas, la sociedad muisca no podía estar más alejada de eso.
Es de suma importancia entender que la conquista de América es un proceso que no se
puede entender solamente desde el punto de vista “racional” occidental (Langebaek, 2023),
sino desde la complejidad de un choque multifacético de culturas radicalmente distintas.
También se tiene que tener en cuenta que el concepto de indígena, como se lo entiende
hoy, parte desde una concepción europea del otro, y que los pueblos indígenas, previo a la
conquista, eran grupos sumamente distintos entre sí, que no se entendían a sí mismos
como parte de una etnia o un conjunto. Las construcciones sociales imaginarias impuestas
por el español (y luego el criollo) sobre los indígenas, sin tener en cuenta su decir sobre la
propia identidad, son algo que acompañará la historia americana desde la llegada de Colón,
con sus historias de seres mágicos caníbales, entre humano y animal, hasta incluso el
presente. En su artículo De bárbaros a civilizados: la invención de los muiscas, parte del
libro compilatorio Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria
(editado por Ana Gómez María Londoño, 2005), el historiador Óscar Guarín Martínez
explica cómo incluso la identidad muisca es una invención colonial. En el tiempo de las
guerras de independencia del siglo XIX, cuando se comenzaban a constituir las incipientes
naciones latinoamericanas, se intentaba encontrar una forma de despegar al hombre criollo
de su herencia española colonizadora. En ciertos casos, menciona Guarín Martínez, esto se
logró confluyendo la lucha, 300 años antes, de los indígenas contra los españoles, con la
lucha de independencia. Ciertamente no se debe confundir esto con que los indígenas
tuvieron una mejor suerte con los independentistas que con los españoles, ya que la
conquista de territorios y las matanzas continuaron, como por ejemplo en Argentina, Chile o
Paraguay, pero el pasado indígena se retomó como símbolo en contra de la opresión
española. En la Nueva Granada, los indígenas de ese presente independentista se
desvincularon forzosamente del “Indio Glorioso” del pasado:

Esta visión se articuló con el discurso por la independencia y por la


fundación de la nación, y a su vez estableció una definitiva
diferenciación entre aquellos gloriosos indios muertos de la
Conquista y sus degradados descendientes del siglo XIX. (Guarín
Martínez, 2005)

Entonces, entender gran parte de la historia indígena desde un lugar impuesto ya


sea por los cronistas españoles, por los líderes de la independencia o incluso por mismos
arqueólogos e historiadores no alcanza. E incluso tampoco es correcto pensar este
momento histórico desde una lógica capitalista, como se cree erróneamente que funcionaba
el impulso europeo de conquista. El paradigma de la conquista era vastamente distinto al
producido por el modelo capitalista, que no apareció hasta el siglo XVIII con la Primera
Revolución Industrial, incluso si este es heredero de la Europa Renacentista. Entonces,
¿qué implicaba este paradigma? Aunque mucho se discute sobre la racionalidad occidental
y la lógica, el mundo europeo del siglo XVI estaba atravesado por el pensamiento mágico
del Medioevo. La búsqueda de la piedra filosofal y los estudios sobre la transmutación de los
metales en oro estaban en un pico, resultando en terreno fértil para la generación del mito
del Dorado. Es sabido que Cristóbal Colón traía consigo en su primer viaje una copia del
Imago Mundi, un libro cosmográfico escrito por Pierre D’Ailly en el 1410 que entre otras
cosas, hablaba sobre los orígenes del oro y los metales preciosos.

El núcleo original del mito está asociado con los muiscas, que dentro de sus
prácticas rituales, destacaba una ceremonia llevada a cabo en la laguna de Guatavita,
donde el zipa, el gobernante muisca, se cubría el cuerpo con polvo de oro y navegaba en
una balsa hacia el centro de la laguna. Allí ofrecía ofrendas de oro y esmeraldas al dios del
agua. Estas prácticas, observadas y reinterpretadas por los conquistadores, fueron el
germen del mito de El Dorado como un "hombre dorado" o un "reino de oro". Los primeros
registros del mito llegaron a oídos de los conquistadores a través de indígenas aliados y
esclavizados que, bajo presión, ofrecían relatos exagerados o fabricados para desviar a los
europeos de sus territorios. En 1537, Gonzalo Jiménez de Quesada dirigió una expedición
desde Santa Marta hacia el interior del altiplano cundiboyacense. Tras vencer a los muiscas,
el relato de los rituales dorados tomó forma en las crónicas; Con el paso del tiempo, el mito
evolucionó. Ya no era solo un ritual muisca, sino un reino completo oculto en la vasta
geografía sudamericana. Gracias a esto las expediciones se multiplicaron, extendiéndose
desde Colombia hacia Venezuela, Guyana, Perú, Brasil y las selvas amazónicas.

Introducción
Los muiscas, un pueblo de raíz chibcha, descienden de grupos indígenas que
migraron desde Centroamérica hacia el norte de Sudamérica entre los años 5000 y 4000
antes del presente. Durante este proceso, se asentaron en el altiplano cundiboyacense,
ubicado en la actual Colombia, específicamente en los departamentos de Cundinamarca y
Boyacá. Su presencia se enmarca entre aproximadamente el 800 aC y el 1600 dC,
destacándose como una de las sociedades prehispánicas más relevantes de la región.
Este pueblo compartía su lengua y aspectos culturales con los Tairona, quienes habitaron
las cordilleras más al norte, cerca de las costas. Según estudios genéticos, se entiende que
fueron mezclándose con otras culturas con el paso del tiempo, con el fin de formar buenas
relaciones no solo dentro de su propia comunidad, sino que con las vecinas también. Las
aldeas muisca (no desarrollaron el asentamiento en ciudades) podían unirse bajo el
mandato de un líder. Los muiscas fueron muchos pueblos que, si bien no se unificaron en
un Imperio como los Incas o los Maya, sí formaron una suerte de confederación según
cronistas coloniales. Desarrollaron un complejo sistema sociocultural profundamente
entrelazado con su entorno natural, que influyó en sus prácticas económicas, religiosas y
políticas. Gran parte de la cosmogonía muisca giraba en torno a la idea del orden del
universo. Este punto será explayado posteriormente, pero para comprender la vida social
muisca es significativo considerar que, como toda sociedad americana antigua, los muiscas
vivían en constante contacto con lo sagrado: toda su vida, cada decisión, cada relación,
estaba todo marcado por lo ritual, lo mágico. Los muiscas, que creían en un orden muy
frágil que era responsabilidad de los humanos mantener, desarrollaron una sociedad
sumamente jerarquizada, organizada hasta el más mínimo detalle de manera que el mundo
siga en funcionamiento. Estaban organizados en cacicazgos, cada uno liderado por un
cacique, que además de sus funciones políticas, los caciques también desempeñaban un
papel importante en la esfera religiosa, siendo considerados líderes espirituales y
poseedores de atributos sobrenaturales. Los nombres de los caciques a menudo estaban
relacionados con animales poderosos como el jaguar y el murciélago, símbolos de poder
chamánico.

Un aspecto crucial de la autoridad de los caciques era su acceso a bienes


exclusivos, como mantas, adornos de oro y ciertos alimentos, como la carne de venado.
Aún así, a pesar de que las crónicas coloniales españolas insisten en la importancia del
pago de impuestos al jefe, estos bienes no eran necesariamente para rendirle tributo al
mismo cacique. Los estudios del arqueólogo colombiano Carl Langebaek han demostrado
que estos tributos eran en realidad proporcionales a lo que la familia del jefe elaboraba para
los festines. Estos festines eran una parte muy importante de la cultura muisca, el cacique
debía demostrar de alguna manera a la comunidad que estaba en condiciones de retribuir y
transformar aquello que se les había encargado. El cacique se encargaba de organizar los
rituales, banquetes y ofrendas a los dioses para mantener el orden. “‘Poseer’ daba prestigio
a los caciques, pero más lo daba distribuir esas ‘posesiones’” (Lagenbaek, Noticias 89). Los
caciques eran la conexión del pueblo con los dioses, y para mantener su liderazgo, debían
demostrar generosidad y darle la tranquilidad al pueblo de que el orden sagrado era estable.
Ofrecían chicha y alimentos a los miembros de su comunidad, especialmente durante las
jornadas de trabajo comunal.

Los jefes muisca vivían en edificios dentro de estructuras cercadas de carácter


sagrado. Estos laberintos, como los describieron los españoles, reflejaban en cierto modo el
prestigio del cacique, de su capacidad para movilizar recursos y trabajo (Langebaek, 2005).
Toda la aldea debía participar en la construcción de estos cercados, reforzando esta idea
del vínculo entre los líderes y su pueblo. Se puede observar en las piezas votivas de
cerámica y oro que frecuentemente los caciques eran representados dentro de esta
empalizada. Los españoles, sorprendidos por estas curiosas construcciones, las
describieron de este modo:

Las maneras de sus casas y edificios, aunque son de madera


y cubiertas de un heno largo que allá hay, son de la más extraña
hechura y labor que se ha visto, especialmente las de los caciques y
hombres principales, porque son a manera de alcázares, con
muchas cercas alrededor, de manera que acá suelen pintar el
laberinto de Troya. Tienen grandes patios, las casas de muy grandes
molduras y de bulto, y también pinturas por todas ellas. (Epítome de
la conquista del Nuevo Reino de Granada, atribuido a Gonzalo
Jiménez de Quesada, s.f.)

Cosmovisión y concepto de reciprocidad


Los muiscas vivían en una constante conexión con el mundo natural, la sociedad y la
esfera espiritual estaban estrechamente unidos. Como ya se ha explicado previamente, esta
interrelación se basaba en la creencia en un equilibrio cósmico que se mantenía gracias al
actuar del humano en favor de los dioses y las fuerzas de la naturaleza. El mundo del
muisca se configuraba en un sistema de energías opuestas y complementarias, en el cual la
armonía, el orden, dependía del intercambio constante que fluía entre estos. Ya se ha
mencionado como gran parte de la función del cacique muisca era la de transformar aquello
que se le había encomendado por la comunidad, este principio de la reciprocidad regía
todas las esferas de la vida. Según datos del Museo del Oro, 70% del oro muisca era
destinado a ofrendas; no eran joyas para lucir, sino objetos enterrados en la tierra. Cabe
aclarar que no eran las únicas ofrendas, estaban acompañadas de diversos objetos como
cerámicas, semen, palos, tejidos, entre otros. Esto muestra de alguna forma cómo los
muiscas veían al oro, material de gran importancia espiritual, pero que sin embargo no era
necesariamente más valioso que otros. En la visión occidental, el oro era riqueza, y como
toda riqueza, debía ser utilizada para un “bien”. Los brutos indígenas, que veneraban falsos
dioses y no conocían la bondad de Dios, no podían posiblemente hacer buen uso de él.
Este fue uno de los puntos de justificación de la conquista.

En el equilibrio en el que creían los muiscas no había lugar para la acumulación de


riquezas y ganancias: las cosas debían fluir libremente entre las personas y los grupos de
personas. Es más, había una época específica del año, dedicada a banquetes, en los que
era imperativo el intercambio de bienes, comida, objetos de valor, con el propósito de crear
relaciones sociales. Basándose en esta misma ideología , cuando llegaron los españoles,
estos se sorprendieron al ver que no paraban de llegarles tributos, ya sea mujeres, tejidos,
cerámicas, oro, entre otros. Porque querían tener un buen vínculo con ellos, crear
relaciones sociales y hacerlos parte de sí mismos.

La conciencia de una naturaleza sagrada en los muiscas, se explica porque


construyeron lo que Mircea Eliade denomina las hierogamias cósmicas en las que, a través
de un relato mítico, se describe la manera como la Tierra copula con el Sol, y cómo el
contacto del Sol con un elemento valioso, en el caso muisca ese elemento valioso es el
agua, produce la vida, es decir, condiciona la inmanencia de la vida (Eliade, 1996)
En esta particular concepción muisca, puede hablarse de que se soporta una idea
mítica llamada por Eliade, la idea de una Tierra generatrix, la tierra madre y fecunda en
donde se contiene el agua que hace brotar la vida; y la idea de «mutter Erde» (citada por
Eliade) donde se explica mediante relatos míticos que el género humano procede del
vientre de la tierra, del vientre húmedo o líquido de esta, es decir, de las lagunas que
representan el vientre femenino entre los muiscas. Estas ideas contienen un mensaje claro:
el humano es hijo de la tierra, por eso su actitud con ella es una actitud filial.

El agua también era un elemento importante, en las orillas de lagunas, arroyos y


lagos rendían cultos y ofrendas de distintos tipos ya que creían que allí residía algún tipo de
divinidad, no se sabe específicamente cual podría ser ya que eran politeístas.

En cuanto a las ofrendas, había de todo tipos, dependiendo de a quien se le hacía,


si era un dios o un intercambio entre miembros de la comunidad, el ritual que la
acompañaba, la intención, donde eran depositadas, si en el agua, en una piedra, en un
santuario, etc.

Agricultura
La agricultura era primordial para el sustento de las comunidades muisca,
principalmente comerciaban en base a la sal, complementada con la cerámica, la orfebrería,
los textiles y la minería de esmeraldas. El ambiente tropical, sin variación climática
estacional pero sí dependiendo la altitud, les permitió a los muiscas desarrollar un sistema
basado en la especialización regional. Establecieron amplias redes comerciales donde
intercambiaban sus productos por oro, cera de abejas, miel, plumas y otros bienes de
prestigio. La importancia de la agricultura se ve reflejada en su cosmovisión, con la
presencia de Chaquén, la divinidad que cuidaba las labores agrícolas; Esta deidad era
celebrada con fiestas y rituales, demostrando la profunda conexión entre lo espiritual y lo
material en su cosmovisión. Además, la relación del pueblo Muisca con su entorno natural
era estrecha, concibiendo conceptos morales y éticos relacionados con elementos como el
agua, los bosques y las piedras. Adoraban diversos elementos naturales como montañas,
lagunas, ríos y árboles. Las lagunas, en particular, eran consideradas sagradas, albergando
deidades y sirviendo como lugares de ofrendas y ceremonias, valoradas como el origen de
la vida y el lugar de retorno después de la muerte. El agua purificaba, consagraba y servía
como escenario para rituales importantes. La fauna también tenía un papel importante en su
cosmovisión, con animales como la rana y el mono ocupando un lugar destacado en sus
mitos y representaciones artísticas. Por ejemplo, las ranas eran consideradas un alimento
espiritual del Sol y simbolizaban la reincorporación de las almas a su principio vital. Los
jeroglíficos y petroglifos Muiscas, que a menudo representaban figuras humanas y
animales, evidencian la importancia de la naturaleza en su sistema de creencias.

Dos cosmologías influían en el territorio: la cosmología de la sabana, con Bochica


como figura central y el culto a la Luna como práctica, y la cosmología de Iraca, liderada por
el cacique Ramiriquí y adoradora del Sol. Los Muiscas eran un pueblo profundamente
religioso; practicaban rituales para la fertilidad, la guerra, el nacimiento, el matrimonio, la
muerte y para cada evento importante. La mitología Muisca está repleta de simbolismo
relacionado con la naturaleza.
La balsa
La Balsa es un objeto orfebre muisca que fue encontrado en el año 1969 por Cruz
María Dimaté en una cueva del cerro La Campana, cerca de la actual ciudad de Pasca.
Representaría una ceremonia de coronación de un cacique en el lago Guatavita,
probablemente el mismo ritual que llevó a la consolidación del mito del Dorado. Esta pieza
es evidencia cultural material del valor que veían los muiscas en el agua.

La técnica que utilizaban para sus creaciones en oro era la del modelado en cera. A
partir de distintos tipos de cera de abejas, creaban una obra formada principalmente por
planos y alambres. En esta balsa, se puede ver al jefe, que se reconoce debido a la
diferencia de tamaño entre este y los demás personajes, que serían los remeros. Todos los
personajes llevan algún tipo de decoraciones. Principalmente el cacique, que lleva
ornamentos de oro y plumas; los demás personajes están también ataviados de ellos, e
incluso algunos de máscaras con forma de jaguar.

La balsa, como los demás objetos de ofrenda, no estaba destinado al uso diario
como joyas, sino que estaban destinados a ser enterrados debajo de árboles sagrados,
dentro de cuevas, entregados a otras comunidades como tributo para crear esas relaciones
sociales que tanto estimaban. Un detalle que surge de la contemplación de las piezas es
que todas presentan imperfecciones: en algunas partes, como en la Balsa, el oro fundido no
llegó a cubrir todo el espacio, y el círculo que forman los alambres no se cierra. Al comparar
las piezas muisca con las piezas de oro tayrona, también es notable el hecho de que los
orfebres muisca no pulían los planos ni remendaban las imperfecciones. Esto lleva
naturalmente a la conclusión de que la relevancia no se hallaba en la pieza en sí sino en su
valor espiritual como ofrenda a los dioses y también en el proceso sagrado de creación de
la misma.

La balsa no era concebida simplemente como un medio de transporte, sino que era
un objeto que constituye una acción ritual con una profunda carga simbólica. En el contexto
de las ceremonias en lagunas sagradas, como la laguna de Guatavita, fúquene, Iguaque y
otras lagunas consideradas sagradas; la balsa representaba la unión entre el cacique,
representante de su pueblo, y las deidades acuáticas. También, con sus detalles
iconográficos, ofrece pistas sobre la naturaleza de la ceremonia de El Dorado. La presencia
de personajes adornados con oro y plumas, algunos con instrumentos musicales y
máscaras de jaguar, sugiere la participación de la élite muisca y la importancia de la música
y el simbolismo animal en el ritual.

Un indio de Guatavita le contó a un español sobre la ceremonia que su cacique


hacía en la laguna:

... y añadía que había una laguna en la tierra de su cacique,


donde él entraba algunas veces al año, en unas balsas bien hechas,
al medio de ellas, yendo en cueros, pero todo el cuerpo lleno desde
la cabeza a los pies y manos de una trementina muy pegajosa y
sobre ella echado mucho oro en polvo fino… que dándole el sol por
la mañana, que era cuando se hacía este sacrificio, y en día claro,
daba grandes resplandores. Y entrando así hasta el medio de la
laguna, allí hacía sacrificios y ofrendas, arrojando al agua algunas
piezas de oro y esmeraldas, con ciertas palabras que decía. Y
haciéndose lavar con ciertas yerbas, como jaboneras, todo el cuerpo,
caía todo el oro que traía a cuestas, en el agua, con que se acababa
el sacrificio y se salía de la laguna, y vestía sus mantas.

Fray Pedro Simón, 1625, Noticias historiales de las


conquistas de Tierra Firme en las Indias occidentales.

Conclusión

Finalmente creemos que el oro, en la interacción entre muiscas y


españoles, se convirtió en un símbolo del choque cultural entre ambas
civilizaciones. La visión espiritual del oro por parte de los muiscas no se alineaba
con la interpretación materialista, si se quiere de los españoles; generando
malentendidos y conflictos. El oro se transformó en un factor clave de división,
impulsando la ambición de los conquistadores y la destrucción de una cultura
que le otorgaba un significado sagrado. Sin embargo, a pesar de la conquista
española y la imposición del cristianismo, los Muiscas continuaron practicando
sus tradiciones y creencias por mucho tiempo. Las leyendas de "encantos" o
espíritus que habitan lagunas y montañas, presentes en la cultura popular actual,
sugieren una continuidad de la cosmovisión Muisca en el presente.

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