El Susurro de las Sombras
Autor: LUIS ANGEL ZORRILLO IBAÑEZ-10-03
Durante generaciones, la mansión Antillas había sido el orgullo y el misterio de la ciudad de Harrington.
Construida a mediados del siglo XIX por el excéntrico millonario Jonathan Antillas, la casa había sido escenario
de numerosas tragedias a lo largo de los años. Muertes inexplicables, desapariciones y locura habían dejado su
huella en la historia de la familia Antillas, y con el tiempo, la mansión fue abandonada, dejada a merced del
tiempo y de las leyendas que la rodeaban. Era una noche fría de otoño cuando Daniel Pearson llegó a
Harrington. Periodista y escritor de novelas de misterio, Daniel se había interesado por la historia de los Antillas
desde joven. Ahora, con una oferta para escribir un libro sobre la familia y su oscura mansión, decidió que era
hora de enfrentarse a la leyenda de Antillas en persona. Desde su llegada al pueblo, Daniel sintió una extraña
tensión en el aire. Los habitantes de Harrington eran amables, pero reservados. Cada vez que mencionaba la
mansión Antillas, sus expresiones se volvían sombrías y sus respuestas, evasivas. Solo una persona, un anciano
bibliotecario llamado Henry, parecía dispuesto a hablar del lugar. “La mansión Antillas no es como las demás
casas abandonadas”, le dijo Henry mientras sacaba un polvoriento tomo de la estantería. “Jonathan Antillas era
un hombre brillante, pero también muy supersticioso. Dicen que construyó la mansión siguiendo instrucciones de
antiguos grimorios, que usó ritos oscuros para proteger su fortuna y su linaje. Pero algo salió mal… muy mal.
Desde su muerte, nadie ha logrado vivir allí por mucho tiempo sin perder la razón o la vida”. A pesar de las
advertencias, Daniel estaba decidido. Pasó varios días en la biblioteca, investigando la historia de la mansión y
de la familia. Descubrió que Jonathan Antillas había muerto en circunstancias misteriosas, encontrado sin vida en
su estudio, con los ojos abiertos de par en par y una expresión de horror en el rostro. Su única hija, Elizabeth,
había sido encontrada en el jardín trasero, ahogada en el estanque, y su esposa, Margaret, se había encerrado
en la mansión, negándose a ver a nadie hasta que finalmente desapareció sin dejar rastro. Intrigado, Daniel
decidió pasar una noche en la mansión para sentir de primera mano lo que otros habían descrito. Arrendó un
auto y, al caer la tarde, se dirigió hacia la colina donde se erguía la imponente mansión. La luna llena iluminaba el
camino serpenteante, y a medida que se acercaba, la silueta de Antillas se alzaba más y más amenazante contra
el cielo nocturno. La puerta principal, hecha de madera oscura y con intrincados grabados, crujió al abrirse,
como si la casa se resistiera a recibirlo. El vestíbulo, enorme y sombrío, estaba cubierto de polvo y telarañas,
pero aún conservaba un aire de grandeza pasada. Daniel encendió su linterna y comenzó a explorar, tomando
notas y fotos para su libro. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus propios pasos. Sin embargo, a
medida que se adentraba en la mansión, Daniel comenzó a sentir una inquietud creciente. Las sombras parecían
moverse en los rincones de su visión, y en más de una ocasión creyó escuchar un suave susurro que lo llamaba
por su nombre. La biblioteca, una vez el orgullo de Jonathan Antillas, era un lugar oscuro y cerrado, con
estanterías llenas de libros antiguos. Daniel pasó su linterna por los títulos, notando que muchos eran tratados de
ocultismo, alquimia y esoterismo. En una esquina, encontró un libro grande, encuadernado en cuero negro, con
un símbolo extraño grabado en la portada. Al abrirlo, descubrió que se trataba de un diario, escrito por el propio
Jonathan. Las páginas estaban llenas de anotaciones frenéticas, diagramas y hechizos en idiomas que Daniel
no podía entender. Sin embargo, una entrada al final del libro llamó su atención. Jonathan hablaba de un ritual,
algo que había hecho para proteger a su familia, pero que había salido mal. Describía cómo, desde esa noche,
había empezado a escuchar voces, a ver figuras extrañas en los espejos y a sentir una presencia constante en la
casa. “Elizabeth ha caído bajo la influencia de los susurros”, escribió Jonathan con una caligrafía temblorosa.
“Intenté liberarla, pero la entidad es demasiado fuerte. Ahora Margaret también está bajo su control. Debo
encontrar una forma de detenerlo antes de que sea demasiado tarde”. Antes de que Daniel pudiera continuar
leyendo, un fuerte golpe resonó desde el piso superior. Sobresaltado, cerró el libro de golpe y se quedó inmóvil,
escuchando. El golpe se repitió, esta vez acompañado de un arrastrar de pies, como si alguien estuviera
caminando pesadamente por el pasillo de arriba. Sin dejar que el miedo lo dominara, Daniel decidió investigar.
Subió las escaleras con cautela, cada peldaño crujiendo bajo su peso. El pasillo del segundo piso estaba sumido
en la oscuridad, pero al final, una débil luz parpadeaba desde una habitación. Con el corazón latiendo
rápidamente, Daniel se dirigió hacia la luz. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla, se encontró en una
gran habitación que había sido un dormitorio. En el centro, una cama de cuatro postes con cortinas raídas, y en
la pared opuesta, un gran espejo cubierto de polvo. Lo que más llamó la atención de Daniel fue una figura que
estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda. Era una mujer, vestida con un largo camisón blanco, con el
cabello enmarañado cayendo sobre sus hombros. “¿Quién es usted?”, preguntó Daniel, su voz resonando en la
habitación vacía. La figura no respondió, pero al oír su voz, comenzó a girarse lentamente. El rostro que se
reveló en la penumbra era pálido y demacrado, los ojos hundidos y sin vida, y los labios, apenas visibles,
susurraban algo ininteligible. Daniel sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral al reconocer a la mujer por
las fotos que había visto: era Margaret Antillas. Antes de que pudiera reaccionar, la figura se desvaneció como
un suspiro en el aire, y la habitación se sumió nuevamente en la oscuridad. Daniel, conmocionado, se acercó al
espejo, donde creyó ver algo moverse en su superficie. Pero no había nada, solo su propio reflejo, pálido y
sudoroso. Decidió que era hora de irse, pero al darse la vuelta para salir, notó que la puerta de la habitación
estaba cerrada. Intentó abrirla, pero no cedía. El pánico comenzó a apoderarse de él cuando un susurro suave y
persistente comenzó a llenar la habitación. El sonido venía de todas partes y de ninguna a la vez, envolviendo a
Daniel en una espiral de miedo. El susurro se hizo más fuerte, más urgente, como si una multitud invisible
estuviera hablando al unísono, rogándole que hiciera algo. Daniel miró alrededor frenéticamente, buscando la
fuente del sonido, hasta que sus ojos se posaron nuevamente en el espejo. En su superficie, la imagen de
Jonathan Antillas apareció por un breve instante, su rostro distorsionado por el miedo y la desesperación.
"¡Libéranos!", suplicó la voz en la mente de Daniel, mientras sentía una presión insoportable en su cabeza. Los
susurros aumentaron en intensidad, volviéndose un grito ensordecedor que lo hizo caer de rodillas. Las sombras
en la habitación comenzaron a moverse, acercándose a él, y Daniel supo que tenía que hacer algo, cualquier
cosa, para detener el horror que lo rodeaba. En un acto de desesperación, tomó una silla cercana y la arrojó
contra el espejo con todas sus fuerzas. El vidrio estalló en mil pedazos, y al instante, el susurro cesó. La
habitación quedó en silencio absoluto, las sombras retrocedieron, y la puerta se abrió lentamente. Daniel salió
de la mansión tambaleándose, con la cabeza aún aturdida por la experiencia. El frío aire nocturno lo recibió como
un alivio, y sin mirar atrás, corrió hacia su auto. A medida que se alejaba, no pudo evitar mirar por el espejo
retrovisor. La mansión Antillas permanecía oscura y silenciosa en la distancia, pero Daniel sabía que algo había
cambiado. Había liberado algo, o quizás a alguien, y aunque no entendía completamente qué había sucedido,
estaba seguro de que nunca volvería a acercarse a ese lugar. Pasaron los días, y Daniel regresó a la ciudad,
pero la experiencia en Antillas lo perseguía en sus sueños. Los susurros, las sombras, y los rostros de la familia
Antillas aparecían constantemente, recordándole que la mansión guardaba secretos más oscuros de lo que podía
haber imaginado. Decidió no escribir sobre lo que había vivido, al menos no en detalle. Algunas historias, pensó,
estaban destinadas a permanecer en la oscuridad.
FIN…