Literatura Argentina 1 A (Laera) – Comisión martes 14 a 16 – María Vicens
Primer examen parcial- Segundo cuatrimestre de 2024
Nombre y apellido:Brenda Milene Helman Gomez
DNI: 46.756.929
1. En medio de un escenario de fragmentación política en torno a las diversas ideas sobre la
consolidación de un modo de gobierno de las provincias unidas del río de la plata, en 1837, a
partir de una serie de reuniones en el Salón Literario, se erige un grupo de jóvenes
intelectuales cuyo propósito estaba basado en promover ideales de libertad, democracia y
progreso. La posterior clausura del Salón a mano de Juan Manuel de Rosas en el contexto de
la guerra civil entre los grupos antagónicos de unitarios y federales fue la causa del exilio de
muchos miembros de esta generación, que, luego, desde el extranjero, continuaron su lucha
intelectual y política, contribuyendo aún a la formación de un pensamiento crítico tanto para
comprender aquel pasado como para apuntar al futuro.
Obras tales como las del corpus a tratar, no sólo capturan las tensiones y conflictos de su
tiempo en cuanto a cuestiones políticas, sino que también articulan una idea en pos del deseo
y voluntad nacional que puede rastrearse del ideario del romanticismo y qué en un país nuevo
como la Argentina, tal y como expresa Myers, “se intensificaba por la indefinición propia de
un estado de creación reciente” (1998:sd). En este sentido, estos miembros de la primera
generación romántica se aventuraron en búsqueda de una nación basada en el relativismo
cultural y fue allí que hallaron ese <<desierto>>: una espacio cultural en gran medida vacío
que era posible de ser ocupado a través de lo peculiar. Es así entonces que surge la
posibilidad de afirmar, en términos de Viñas que “la literatura argentina empieza con Rosas”
(1964:4) en los sucesivos intentos de estos jóvenes -cuyo destierro prestigia su excentricidad-
por convertir esa nación.
En “El matadero”(Echeverría, c1843/1871) , la idea de fundación se presenta en la necesidad
de superar la barbarie y la violencia representadas por el régimen de Rosas. El autor utiliza el
espacio del matadero como alegoría de una república en donde la brutalidad y la falta de
civilización son moneda corriente, aquí, a diferencia de Sarmiento en el Facundo (1945) y
Alberdi en El gigante Amapolas (1942), si bien Echeverría en un inicio da acceso a una
descripción amplia del espacio físico desde una mirada periférica y global, mediante las
descripciones que realiza va convirtiendo al matadero en una sinécdoque de la república en sí
y, a medida que la narración avanza, se va desdibujando la distancia inicial: “Pero a medida
que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a formarse tomando
diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna
bala perdida (…)” (Echeverría, 1988:132). De esta manera es que logra insertarse
efectivamente dentro del matadero y darle voz a esos bárbaros, logrando crear una
contradicción entre lo que se representa y las ideas que se quieren transmitir mediante lo que
se representa. Es decir, irrumpe en el régimen del reparto de lo sensible, donde la literatura
hace notar su política propia desafiante mediante la reconfiguración tanto de lo que hace
visible como de lo que se dice y lo que no.
Un rastreo de estos inicios de la literatura lleva a demostrar que, tanto en el texto de
Echeverría como en El facundo las escenas básicas se bosquejan a partir de la violencia,
aunque con una diferencia clave: mientras que El matadero está claramente ficcionalizado, el
comienzo de El Facundo es propuesto como el relato verdadero. En el inicio de su narración,
Sarmiento esboza el pasado inmediato de ocurrencia de los hechos a través de la anécdota de
su expatriación, donde también cristaliza la oposición entre civilización y la barbarie que no
puede comprender la frase en otro idioma:
A fines de 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de
cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales de
soldadescas y mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las Armas de la Patria,
escribí con carbón estas palabras: On ne tue point les idees. El gobierno a quien se comunicó
el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener
desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción. Y bien, dijeron ¿qué significa
esto?(43)
Si bien pareciera que inmediatamente se propone a escribir una biografía de Facundo
Quiroga, en realidad, Sarmiento no hace más que establecer un característico diálogo con
Rosas que está siempre desplazado y ficcionalizado a través del programa literario del autor.
Dando cuenta de la afirmación acerca del origen desértico de la cultura literaria argentina,
Sarmiento utiliza al territorio de La Pampa como objeto político, considerando a ese terreno
llano y extenso como un símbolo del problema que afecta a la nación. La violencia, en
cambio, aparece satirizada en el Gigante Amapolas, donde la alegoría política es igual de
firme que en El matadero. Aquí, Alberdi utiliza la figura del gigante para representar a Rosas
y la docilidad de sus opositores ante él: “Puede uno ser un gigante de paja, y con solo estarse
quieto vencerlos a cada instante”(1886:108), el poder del Gigante es ilusorio y se sostiene
mediante la percepción y el engaño, lo cual simboliza la fragilidad del régimen rosista.
En este sentido, a modo de conclusión, queda remarcar la posición no sincrónica de estos
miembros de la Generación del ´37 ante aquello que relatan, de modo que la historia de la
literatura argentina está marcada tanto por la doble temporalidad entre la distancia del
momento de escritura del período de Rosas que se representa en ellas, como por la idea
intrínseca que los textos comparten sobre las cuestiones políticas adversarias a su régimen.
2. Publicada en 1851, aún durante el período de dominio de Juan Manuel de Rosas, Amalia
no solo sirve como un elemento de denuncia política, sino también como una exploración de
las complejas relaciones entre la vida privada y la esfera pública, especialmente en lo que
respecta al género femenino. Dentro del texto, y más específicamente en este pasaje, José
Mármol utiliza la figura de Doña María Josefa Ezcurra para ilustrar cómo las mujeres, a pesar
de estar relegadas a la esfera doméstica, desempeñan un papel crucial en la política facciosa
de la época.
Cuñada de Rosas, María Josefa es partícipe de la posibilidad de transgresión de las fronteras
que separan la vida pública de lo privado, esta caída de las barreras, en términos de Jullien
Francois, permite que lo íntimo se convierta en un espacio compartido y abierto al exterior.
En este sentido, la casa de esta mujer está abierta a ser invadida y ocupada por la política, la
forma en que la línea entre lo doméstico y lo político se desdibuja es evidenciada incluso
momentos antes del fragmento presentado, donde se introducen de qué características son
aquellas personas que Doña María se ocupa de atender, entre las que se encuentran
dos negras y tres mulatas que , cómodamente sentadas, y manchados con sus pies
enlodados la estera de esparto blancas con pintas negras que cubría el piso,
conversaban familiarmente con un soldado de chiripá punzó (142).
Como se ve aquí, esta mujer de fisonomía repulsiva, es la responsable de tender una red de
espías donde se encuentran incluidos otros personajes femeninos que se relevan al servicio
-incluído el de la delación-. Las negras, mulatas y chinas que se mueven en este espacio con
total desenvoltura, es a razón de ser subvertidas en la sociedad rosista; de modo que le son
funcional a este, pues son los actores sociales que se integran a la vida dentro de los hogares
y logran zigzaguear entre sus chusmerios. Esta plebe federal es, entonces, galardonada con
las atenciones del estado por medio de Doña María, quien “obraba por pasión sincera, por
verdadero fanatismo por la Federación y por su hermano [...] ciega, ardiente, tenaz en su odio
a los unitarios” (145), su importancia queda relegada a que, a través de la proyección de sus
voces, es decidida la vida de los unitarios: son un coro de esclavos que rodea a los federales
principales.
La familia romántica se ve invadida por la barbarie, pues la política irrumpe en los hogares
unitarios y los pone en riesgo. La clara oposición entre las diferentes facciones de la política
se da porque, por un lado, el sector unitario se encuentra peligrado por este asedio y por otro
muy diferente, los líderes federales ven positivo este ingreso de la política a los hogares ya
que es considerado una herramienta en favor de los ideales y acciones del bando de Rosas.
Esto anterior va de la mano con la idea de que “en esta novela la domesticidad se presenta
siempre como un paraíso amenazado” que expresa Graciela Batticuore en “Amalia, ilusiones
y fracasos en la novela romántica”(2022:87).
La alianza femenina del bando federal es relevante en pos de que son estas figuras, tales
como la de Josefa y su hermana, son quienes se encargan de la logística de las delaciones y
de hecho termina siendo gracias a la hermana política de Rosas que se descubre la
conspiración. En estos términos, entonces, ninguno de los hombres federales -incluído su
líder Rosas- son capaces de esto. Por ende, estas mujeres se convierten en necesarias para el
rosismo y si bien consideran que las actividades políticas no tienen diferencias de género, no
se duda en dejarlo explícito aquí: “son verdaderos personajes políticos de nuestra historia, de
los que no es posible prescindir [...] porque las acciones que hacen relación con los sucesos
públicos no tienen sexo” (144).
Lo dicho hasta aquí permite concluir diciendo que la política facciosa es, efectivamente,
beneficiada por la caída de las fronteras entre las esferas correspondientes tanto a los bandos
federales y unitarios como a lo público y lo privado, donde la superposición y el entrecruce es
inevitable. La política rosista hace uso de este popurrí y, a través de figuras femeninas como
la de doña María Josefa Ezcurra, se aprovecha de la red tendida y se la utiliza en pos de
fortalecer la lucha federal vs unitarios.
BIBLIOGRAFÍA
1.
-Alberdi, Juan Bautista. El gigante Amapolas y sus formidables enemigos. Buenos Aires:
Eudeba, 2003.
-Echeverría, Esteban. El matadero. Buenos Aires: Centro Editor de Cultura, 1969.
-Mouffe, Chantal, “La política y lo político”, En torno a lo político, Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 2007.
-Myers, Jorge, “La revolución de las ideas: la generación romántica de 1837 en la cultura y
en la política argentinas”, en Goldman, Noemí (ed.), Nueva historia argentina, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, t. iii “Revolución, República, Confederación (1806-1852)”, 1998.
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Aires, Ediciones de la Urraca, 1993.
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Buenos Aires: Losada, 2007.
-Viñas, David, “Rosas, romanticismo y literatura nacional”, Literatura argentina y realidad
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2.
-Mármol, José. Amalia. Buenos Aires: Kapelusz, 1967.
-Batticuore, Graciela, “Temas, escenarios y protagonistas de la lectura. Entre las
representaciones y las prácticas” y “Amalia. Ilusiones y fracasos en la novela romántica”, La
mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870, Buenos Aires,
Sudamericana, 2022.
-Jullien, François, “Adentro/Afuera: cuando cae la barrera”, Lo íntimo. Lejos del ruidoso
amor, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2016.