E.E.S.O.P.
I N° 8190 NUESTRA SEÑORA DE LOS MILAGROS
LA PLENITUD DEL AMOR
Imagina un sentimiento envolvente que colma el alma con una plenitud equiparable a
caer en un sueño profundo. El amor es una fuerza poderosa que une corazones,
trascendiendo cualquier tipo de barrera y conectando almas en un baile eterno de
emociones profundas. A través del tiempo, descubrimos su significado: amar y ser amado
revela no solo a otro ser, sino también una parte más profunda de uno mismo, moldeando
nuestras vidas y definiendo nuestras relaciones más significativas.
Es una fuerza omnipresente y trascendental que desafía las limitaciones del espacio y el
tiempo. Este concepto no solo se experimenta a través de conexiones espirituales y
emocionales profundas, sino que también se refleja en las innumerables representaciones
filosóficas y literarias que han perdurado a lo largo de la historia. Mediante los siglos, el
amor ha sido una constante en la narrativa humana, desde los grandes poetas y filósofos que
han intentado capturar su esencia, hasta las relaciones personales que dan sentido a nuestras
vidas cotidianas.
Lo que me llevó a componer dicho tema fue su peculiaridad como rol en este mundo,
especialmente el amor romántico. Pensar en su impacto vasto y profundo en todas las
dimensiones de la vida y la sociedad. El poder de inspirar, sanar, unir y transformar nos
desafía a crecer, a ser vulnerables y a descubrir la belleza en la conexión humana,
demostrando que el amor no es solo una emoción efímera, sino un estado de ser. Este
concepto desafía nuestra comprensión tradicional de las relaciones humanas y nos invita a
explorar el amor desde una perspectiva multidimensional y atemporal.
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La plenitud del amor, cuando se alcanza, adquiere una cualidad casi dimensional,
trascendiendo las barreras del espacio y el tiempo. Se convierte en algo inmutable, eterno
en su esencia, que conecta profundamente más allá de lo tangible y temporal.
Siendo estrictamente empírica con base en las extensiones de pensamiento racional a las
que mi mente humana llega, puedo entender que el amor es una dimensión más. Al igual
que el tiempo, que nos marca, nos potencia; al igual que el espacio, que nos sitúa, nos
delimita y nos define en acto. El amor nos da valor cuantitativo, nos interconecta con base
en esa cuantificación (nos conecta con los demás).
Es la figura de las contradicciones insolubles, el laboratorio de nuestro destino. ¿Filosofía,
religión, poesía, novela? Historias de amor, de Platón a santo Tomás, de Romeo y Julieta a
Don Juan, de los trovadores a Stendhal, de la madona de Baudelaire a Bataille. Estar
psíquicamente en vida significa estar enamorado, en análisis o presa de la literatura.
El amor trasciende el espacio y el tiempo de manera inmutable: “amamos a personas que
han muerto" describió Amelia Brand en la película Interestelar (2014/Paramount). Nuestros
sentidos perciben el reflejo de un mundo físico, un mundo que está en potencia,
evolucionando constantemente. Sin caridad ni persuasión, los cuerpos cambian, se adaptan
hacia una evolución que tiene como premisa clave la supervivencia. El tiempo aquí, en esta
acción, nada tiene que ver con nosotros, con nuestra concepción del tiempo. ¿o sí?
Diría que no porque es tal el plan evolutivo que nuestra capacidad de concebirlo a través de
nuestros sentidos se queda completamente obsoleto. Diría que sí porque poseo una
capacidad de percibir algo que no acierto a definir, pero que sé que trasciende
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imperturbable a través del espacio y del tiempo como señala Jorge Luis Borges en “El
hacedor” (1960)
“Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor del
café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.”
Percibo la belleza como si perteneciera a una realidad metafísica, quizá a ese mundo de las
ideas de Platón, allí donde todo lo perfecto y puro está hecho para ser traído como un
reflejo o una copia a este mundo que sentimos nuestro. Valoro esos gestos corporales en
comunión con lo que la persona está verbalizando, transmitiendo pura sinceridad, que no es
más que la transparencia de nuestro ser. Admiro textos de escritores que murieron hace
siglos. Contemplo formas y colores de plantas y árboles que me transmiten, que no están
ahí, así, de repente, sino que son pureza evolutiva, perfeccionamiento constante. Valoro
todo eso y mucho más, pero no es ese el caso, sino que recuerdo también, todo ello me deja
huella. No tengo orden sobre mí para olvidar detalles de este tipo, porque se han adherido a
mi ser, me han enamorado.
Sin lugar a duda…
Y es que el amor abarca cada detalle que seamos capaces de percibir con cada sentido de
nuestro cuerpo. Está ahí, latente, conectándonos a todo cuanto existe, tal como opina Karl
Jaspers en "La idea de la existencia" (1955).
“En nuestro amor, somos lo que propiamente somos. Todo lo que en nosotros tiene
consistencia es, en su origen, amor”.
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Vivimos conectados a personas con las que hace años que no hablamos; sin embargo, ese
denso tiempo se tornará un suspiro el día que volvamos a hablar con ella. Hay lugares en
los que suceden situaciones que nos marcan tanto, que al volver a ellos décadas después,
con una capacidad innata de obviar el tiempo transcurrido y la modificación consecuente
del espacio, volvemos a sentir todo aquello que algún día sentimos.
Permanecemos enamorados durante toda nuestra vida de todo cuanto hayamos sido
capaces de enamorarnos en el pasado. Y pasada nuestra existencia, aquello a lo que nuestro
ser enamoró, seguirá conservando nuestra huella.
Como dimensión trascendental, el amor revela una conexión profunda que va más allá de
las limitaciones del tiempo y el espacio. Abarca desde la valoración estética de la belleza
hasta la admiración por textos antiguos y la persistencia de afectos a lo largo de la vida, lo
que también me lleva a reflexionar sobre su potencial para inspirar cambios significativos
en contextos políticos y sociales. Abre la puerta a estrategias políticas que prioricen valores
como la empatía, la solidaridad y la comprensión mutua. Esta concepción sugiere que el
amor no solo une a las personas en el presente, sino que también perdura más allá de la vida
individual, dejando una huella eterna en todo aquello a lo que nos hemos conectado
profundamente. Esta comprensión del amor como un fenómeno imperturbable y en
constante evolución desafía nuestra concepción lineal del tiempo y nos invita a considerar
su papel fundamental en la experiencia humana y en la creación de significado en la vida.