Los autores Walter Orellana R., Oscar Lora R.
, Raúl Mendoza y Rafael Boyán inician el
documento presentando la relevancia de comprender los canales o mecanismos a través
de los cuales la política monetaria impacta el nivel general de precios, que se considera
el objetivo primordial de una autoridad monetaria moderna. Asimismo, señalan la
importancia de analizar cómo las acciones de política monetaria influyen en el nivel de
actividad económica real, que suele ser un objetivo complementario para los bancos
centrales una vez alcanzada la estabilidad de precios.
Establecen que si bien la mayoría de economistas coinciden en que la política monetaria
puede afectar significativamente el desempeño del sector real al menos en el corto
plazo, existe un amplio debate sobre la forma exacta en que opera esta influencia.
Explican que la literatura económica tradicional apunta a que las autoridades monetarias
utilizan sus tasas de interés de corto plazo para impactar el costo del capital y,
consecuentemente, el consumo y la inversión privada. Los cambios resultantes en la
demanda agregada afectarían luego la producción y el nivel general de precios.
Sin embargo, los autores mencionan que varios estudios previos realizados para Bolivia
demostraron que las tasas de interés de los instrumentos que maneja el Banco Central de
ese país tenían poca relación con la evolución de las tasas bancarias activas y pasivas, y
con sus respectivos spreads o márgenes. Indican que el comportamiento de las tasas
bancarias obedecería más bien a factores microeconómicos y a la estructura de mercado
oligopólica del sistema financiero boliviano. Ante este contexto particular, surge
entonces la interrogante central que motiva su investigación: ¿Cuáles son los verdaderos
mecanismos de transmisión de la política monetaria en la economía boliviana?
Los autores proceden a realizar una revisión del desarrollo teórico sobre la
instrumentación y transmisión de la política monetaria por parte de los bancos centrales
modernos. Explican que la conducción de la política monetaria requiere, en principio, el
establecimiento de uno o varios objetivos a ser perseguidos, de manera que la autoridad
monetaria pueda definir los instrumentos más adecuados para alcanzar dichas metas.
Señalan que si bien históricamente los objetivos de política monetaria más importantes
incluyeron el nivel de empleo, crecimiento económico, estabilidad de precios, tasas de
interés y tipos de cambio, a partir de la década de 1990 la mayoría de legislaciones de
bancos centrales coincidieron en que el objetivo fundamental debe ser la estabilidad de
precios. Argumentan que este cambio de orientación obedece a la ventaja comparativa
que tienen los bancos centrales para afectar sostenidamente los precios en el largo plazo
antes que la producción o empleo. Además, apuntan que adoptar un único objetivo
ayuda a consolidar la independencia de los bancos centrales y facilita juzgar su
desempeño.
Los autores mencionan casos como Nueva Zelanda y Canadá, donde el control de la
inflación se estableció como el único objetivo monetario. Pero aclaran que es más
común que las legislaciones determinen la estabilidad de precios como objetivo
primario, permitiendo coadyuvar a otros objetivos una vez lograda esa meta principal,
como ejemplifican con el caso del Banco Central Europeo.
Continúan su revisión teórica abordando los instrumentos de política monetaria
disponibles para las autoridades. Explican que en economías de mercado, los bancos
centrales no pueden controlar la inflación directamente, por lo que buscan hacerlo de
manera indirecta afectando las tasas de interés o la cantidad de dinero y crédito en la
economía.
Mencionan que en las últimas décadas la mayoría de bancos centrales abandonó el uso
de instrumentos directos como controles sobre tasas de interés, créditos y depósitos por
su efecto distorsionador en los mercados financieros. En su lugar, se desarrollaron
instrumentos indirectos que operan a través del control de la oferta de dinero o de las
tasas de interés de corto plazo.