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CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, ¿QUÉ RICO SE SALVA?

[1]

Introducción: presentación del problema

Las exigencias del Evangelio

1.1. Los que ofrecen discursos encomiásticos a los ricos no sólo me parece que deben ser justamente
juzgados como aduladores e indignos, como que frecuentemente simulan reconocer lo que no
merece ser reconocido, sino también (como) impíos e insidiosos.

1.2. Impíos, ciertamente, porque debiendo alabar y glorificar a Dios, que es el único perfecto y
bueno (cf. Mt 5,48; 10,17; Mc 10,18; Lc 18,19), del cual (provienen) todas las cosas y por medio del
cual (existe) todo y al cual (se dirige) todo (cf. Rm 11,36), atribuyen lo admirable y el honor a
hombres que se agitan en una vida desenfrenada y efímera, y que (es) lo primero sometido al juicio
de Dios.

1.3. E insidiosos también, porque (aunque) de suyo la riqueza alcanza para llenar de vanidad las
almas de quienes las poseen, para corromperlas y desviarlas del camino (cf. Hch 9,2; 22,4), por
medio del cual es posible obtener la salvación; pero ésos aturden las mentes de los ricos
excitándolas con los placeres de las alabanzas desmedidads, y procurando que de una vez para
siempre desprecien todas las cosas, excepto la riqueza, por la cual son admirados. Según el
proverbio, añaden leña al fuego, acumulan infortunio sobre infortunio (cf. Platón, Leyes, II,666 A),
acrecientan carga a la riqueza, cargan un peso a otro de naturaleza más grave, cuando sería mejor
quitar y recortar, como [si se tratara] de una enfermedad peligrosa y que trae (o: produce) la
muerte. Porque al que se exalta y engrandece, le sigue el cambio correspondiente: la humillación (cf.
Mt 23,12; Lc 14,11; 18,14; Ez 21,26 LXX) y la caída (cf. Mt 7,27), como lo enseña la palabra divina.

1.4. Pero a mí me parece que el ayudar a los ricos a conquistar el bien y procurarles la salvación por
todos los medios posibles, es mucho más humano que el que estén al servicio de la impiedad y
alabarlos para (su) mal; por un parte, suplicándolo a Dios, que da esas cosas de manera segura y de
buena gana a sus hijos; y en segundo lugar, cuando sus almas por medio de la gracia del Salvador,
iluminándolas y conduciéndolas hacia la posesión de la verdad, y sólo el que la alcance y se muestre
espléndido con buenas obras lograré el premio de la vida eterna (cf. 1 Co 9,24; Flp 3,14).

1.5. Pero también es necesaria la oración de un alma fuerte y que persevere hasta hasta el último
día que ha de durar nuestra vida, y la conducta de una disposición buena y estable (cf. Flp 3,13), y
que ha de extenderse a todos los mandamientos del Salvador.

¿Pueden salvarse los ricos?

2.1. Pero quizás no hay simplemente una causa sino varias por las que parece que es más difícil la
salvación de los hombres ricos que la de los pobres.

2.2. Porque algunos al escuchar sin más y temerariamente la palabra del Salvador sobre que un
camello pasa más fácilmente por el ojo de una aguja que un rico [entre] en el reino de los cielos (cf.
Mt 19,22; Mc 10,25; Lc 18,25), desesperando de sí mismos, como si no les fuera posible ser salvados
(lit.: vivir), se entregan totalmente al mundo, y permaneciendo colgados a la vida de aquí abajo
como (si fuera) la única que les queda, se apartan más allá del camino (= que conduce a la otra vida),
sin ocuparse de muchas cosas ni de qué ricos habla el Señor y Maestro, ni de qué manera lo que es
imposible para los hombres puede ser posible [para Dios] (cf. Mc 10,27).

2.3. Pero otros entienden eso correcta y convenientemente, pero sin preocuparse de las obras que
conducen a la salvación, no se preparan con las debidas disposiciones para alcanzar lo que esperan.

2.4. Pero yo digo estas cosas a toda clase de ricos que perciben el poder del Salvador y la salvación
manifiesta; en cambio, de los no iniciados en la verdad, poco me importa.

Los ricos no están excluidos del reino de los cielos

3.1. Así, por tanto, es necesario que los que muestran que aman la verdad y aman a los hermanos, y
no son estimulados arrogantemente por los ricos que han sido llamados (cf. 1 Co 1,2) [a la fe], ni
tampoco se echan a sus pies por propia ganancia, en primer lugar conviene que les quiten con la
palabra la vacía desesperación y les muestren con la adecuada explicación (lit.: exégesis) de los
oráculos del Señor por qué no se les excluye absolutamente de la herencia (cf. Mc 10,17) del reino
de los cielos, si obedecen los mandamientos.

3.2. Cuando hayan aprendido cómo tienen un temor imprudente y que si ellos quieren, el Salvador
los recibe con alegría, entonces también habrá que instruirles (o: mostrarles) e iniciarlos, para que
piensen también por medio de qué obras y disposiciones se obtiene la esperanza, como que no se
establece en ellos sin esfuerzo ni, por otra parte, sobreviene al azar.

3.3. No obstante, lo mismo que sucede entre los atletas (cf. 1 Co 9,24-27), para que comparemos lo
pequeño y lo perecedero con lo grande e inmortal, así también el que es rico según el mundo (debe)
reflexionar sobre lo que le atañe.

3.4. Porque también entre los atletas quien desespera de poder vencer y alcanzar la corona, ni
siquiera se inscribe en el certamen (o: lucha); pero el que alimenta en su mente esa esperanza, pero
no acepta también las fatigas, los ejercicios y el régimen de comidas, se queda sin corona y fracasa
en (sus) esperanzas.

3.5. De igual manera, quien abrase las cosas de la tierra, no (debe) excluirse a sí mismo desde el
inicio de las recompensas prometidas por el Salvador, si es creyente y ve la magnificencia del amor a
los hombres (filantropía) de Dios; pero, si n0 se ejercita y lucha con fatiga y sudor, tampoco debe
esperar conseguir (o: recibir) la corona de la inmortalidad (cf. 1 Co 9,25).

3.6. Por el contrario, debe someterse él mismo al entrenador que (es) el Verbo, al director del
certamen, a Cristo. Y para su comida y bebida le darán el Nuevo Testamento del Señor (cf. Lc 22,20;
1 Co 11,25); los ejercicios (serán) los mandamientos; la buena forma y adorno, las buenas
disposiciones: caridad, fe, esperanza (cf. 1 Co 13,13), gnosis de la verdad, moderación,
mansedumbre, misericordia y modestia, para que, cuando la última trompeta (cf. 1 Co 15,52) dé la
señal de la carrera y de la salida de este mundo, como del estadio de esta vida, se presente vencedor
con buena conciencia ante el presidente de los juegos, reconociéndose (o: confesándose) digno de la
patria de arriba, hacia la que sube en medio de coronas y aclamaciones de los ángeles.

Las palabras del Evangelio


4.1. Así, entonces, el Salvador nos conceda ahora a los que comenzamos el discurso, suministrar la
verdad, lo conveniente y saludable a nuestros hermanos, en primer lugar, por lo que respecta a la
esperanza misma, y, en segundo lugar, para la consecución de la esperanza.

4.2. Y Él da la gracia a los que están necesitados, enseña a los que lo piden, destruye la ignorancia y
expulsa la desesperación, introduciendo de nuevo los mismos discursos sobre los ricos, haciéndoles
intérpretes de los mismos y exégetas seguros.

4.3. Puesto que nada hay como oír de nuevo las palabras mismas que precisamente hasta ahora nos
han turbado profundamente en los evangelios, por haberlas escuchado de manera infantil, sin
examen y equivocadamente.

4.4. «Cuando salía Él hacia el camino, se acercó uno y, arrodillado ante él, le dijo:

4.5. “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Y Jesús le dijo: “¿Por qué dices
bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre”.

4.6. Y aquél, respondiendo, le dije: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”. Y Jesús, fijando
en él su mirada, le amó y le dijo: “Una cosa te falta: si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y
dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y después sígueme”.

4.7. Pero él, afligido por estas palabras, se marchó triste, porque tenía muchas riquezas y campos.

4.8. Y Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: “¡Qué difícilmente entrarán en el reino de
Dios los que tienen riquezas!”.

4.9. Los discípulos se quedaron impresionados por sus palabras. Pero hablando de nuevo Jesús, les
dice: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas! Más
fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de Dios”. Y ellos se
quedaron aún más asombrados y decían: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús, mirándolos, les
dijo: “Lo que es imposible para los hombres, para Dios es posible”.

4.10. Comenzó Pedro a decirle: “Mira que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.
Respondiendo Jesús, dice: “En verdad les digo que quien haya dejado casa (lit.: lo propio), hijos,
hermanos y riquezas por mí y por el Evangelio, recibirá cien veces más. Ahora en este tiempo ¿para
qué [desea) (tener) campos, riquezas, casas y hermanos con persecuciones? En el tiempo futuro está
la vida eterna. Y los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”» (Mc 10.17-31 [con
algunas variantes]).

La peculiar enseñanza del Salvador

5.1. Estas cosas están escritas en el evangelio según Marcos; y también en todos los otros
[evangelios] reconocidos (cf. Mt 19,16-30; Lc 18,18-30), con pocos cambios en cada una de las
expresiones, pero todas muestran la misma concordancia (lit.: sinfonía) en el espíritu (o: intención).

5.2. Pero (es) necesario saber que el Salvador claramente no enseña al estilo humano, sino que
enseña todo a los suyos con divina y misteriosa (lit.: mística) sabiduría, para que no oigamos esas
palabras de manera literal (lit.: carnalmente), sino para descubrir y aprender con la conveniente
investigación e inteligencia su sentido oculto.
5.3. Porque también aquellas (manifestaciones) enigmáticas (suyas), que parece fueron explicadas
por el Señor a sus discípulos, (se ve) ahora que para ser descubiertas necesitan de un examen en
nada inferior, sino mayor también ahora, amplificado por el exceso de sabiduría en ellos.

5.4. Pero también puesto que lo que parece que Él ofreció a los suyos y a los que por Él llamó hijos
del reino (cf. Mt 8,12; 13,38), necesita aún de mayor cuidado, en realidad quizá porque parece que
lo expuso sencillamente, y por eso mismo no provocó explicación alguna de los oyentes, puesto que
llevaba hacia el fin total de la salvación, y ha de examinarse con la profundidad admirable y
supracelestial de la inteligencia, (y) no es conveniente aceptarla superficialmente con los oídos, sino
llevando la mente hasta el espíritu mismo del Salvador y a lo secreto del pensamiento.

CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, ¿QUÉ RICO SE SALVA?

Primera parte: sobre el uso de las riquezas

Jesús conduce al discípulo hacia el Padre

6.1. Porque ciertamente nuestro Señor y Salvador es interrogado de buena gana con una pregunta
conveniente (o: correspondiente) a Él: la Vida (cf. Jn 1,4; 14,6) sobre la vida, el Salvador sobre la
salvación, el Maestro referente a lo principal de sus enseñanzas de las doctrinas (dogmáton), la
Verdad (cf. Jn 14,6) sobre la verdadera inmortalidad, el Verbo (cf. Jn 1,1) sobre la palabra del Padre,
el Perfecto (cf. Mt 5,48) sobre el perfecto descanso, el Incorruptible sobre la auténtica
incorruptibilidad.

6.2. Es interrogado sobre aquellas cosas por las cuales también había bajado (al mundo), las que
educa, las que enseña, las que procura, para manifiestar el principio del Evangelio, que es el don de
la vida eterna.

6.3. Como Dios (cf. Rm 3,5), sabe de antemano también lo que se le iba a preguntar, y lo que cada
uno le respondería. Porque, ¿quién [conocería eso] mejor que el que era Profeta (cf. Dt 18,15-19) de
los profetas y Señor de todo espíritu profético?

6.4. Pero llamado bueno (cf. Mc 10,18), (partiendo) del preludio de esa misma expresión, también
por ahí comienza (su) enseñanza, llevando al discípulo al Dios bueno, principal y único dispensador
de la vida eterna, que el Hijo nos da, una vez recibida del Padre (lit.: de Aquél; cf. Jn 5,26; 17,2).

El conocimiento de Dios es vida verdadera

7.1. Por consiguiente, la mayor y más importante de las enseñanzas respecto a la vida es necesario
establecerla inmediatamente en el alma desde el principio: conocer al Dios (cf. Jn 17,3) eterno y
dador de bienes eternos, al primero, al más poderoso, al único y buen Dios (cf. Mc 10,18). Al que es
posible poseer mediante la gnosis y la comprensión.

7.2. En efecto, éste es el principio inconmovible y firme y e! fundamento de la vida, e! conocimiento


de! Dios que realmente es y nos regala lo que existe , es decir, las cosas eternas, y de quien los otros
seres reciben el ser y el permanecer (en la existencia).

7.3. Porque ciertamente la ignorancia sobre Dios es muerte, pero el conocimiento de Él, la
familiaridad, el amor y la semejanza con Él (es) la única vida.
Jesucristo es la plenitud de la Ley

8.1. Así, ese (conocimiento) en primer lugar exhorta a quien (desea) vivir la verdadera vida (cf. 1 Tm
6,19) a reconocer a Aquél a quien “nadie conoce sino el Hijo y a quien el Hijo se lo revelare” (Mt
11,27); después de eso, aprender la grandeza del Salvador y la novedad de la gracia con Aquél,
puesto que, según el Apóstol, “la ley fue dada por Moisés, y la gracia y la verdad por medio de
Jesucristo” (Jn 1,17); posible confusión sobre el Apóstol, ya que ese nombre se suele reservar a san
Pablo); y, no es lo mismo lo que se dio por medio de un siervo fiel que lo regalado por el Hijo
legítimo (cf. Hb 3,5-6)

8.2. Por tanto, si la ley de Moisés era capaz de procurar una vida eterna, en vano hubiera venido el
Salvador mismo al mundo (cf. Ga 2,21) y hubiera padecido por nosotros, recorriendo la naturaleza
humana desde su nacimiento hasta la cruz (lit.: signo o señal; cf. Flp 2,8), y quien “desde su
juventud” (Mc 10,20) había cumplido todos los mandamientos de la ley, en vano se hubiera
postrado ante otro pidiéndole la inmortalidad.

8.3. Porque no sólo cumplió la ley, sino que también la comenzó a cumplir desde su primera edad;
por otro lado, además, ¿qué tiene de grande y resplandeciente que una ancianidad esté privada de
ofensas, de concupiscencias que se producen en la juventud: la ira que se agita o el deseo de
riquezas? Pero si uno en la juventud turbulenta y en el ardor de la edad ofrece un pensamiento
madur0 y más anciano que la edad, ése es un luchador admirable y magnífico, y canoso (respecto) al
entendimiento.

8.4. Sin embargo, éste aun siendo así, está rigurosamente convencido de que en cuanto a justicia
nada le falta, pero en cuanto a vida (tiene) necesidad de todo; por eso la pide al único que la puede
dar (o: tiene poder para darle); y respecto de la ley tiene confianza, pero suplica al Hijo de Dios.

8.5. Pasa “de la fe hacia la fe” (Rm 1,17); como quien fluctúa vacilante en la ley y navegando
peligrosamente se lanza (lit.: se traslada, o se transporta) hacia el Salvador.

Jesucristo nos hace hijas e hijos de Dios

9.1. Jesús, por tanto, no le reprende, como a quien no ha cumplido todo lo referente a la ley, sino
que también lo ama (cf. Mc 10,21) y lo recibe con cariño por haber seguido con docilidad lo que
había aprendido; pero dice que es imperfecto en cuanto a la vida eterna, como que no había
cumplido lo perfecto; y ciertamente era trabajador de la ley, pero inútil respecto de la vida
verdadera.

9.2. En verdad, también aquél también es noble -¿quién no lo afirma? Porque “el mandamiento es
santo” (Rm 7,12)- lo que actúa como pedagogo de alguien por medio del temor y para la instrucción
primaria, en orden a la legislación suprema de Jesús y avanza hacia la gracia; pero la plenitud “de la
ley es Cristo para justificar a todo creyente” (Rm 10,4; 13,10), pero [Jesús] no hace esclavos como el
esclavo, sino hijos, hermanos y coherederos a los que cumplen la voluntad de su Padre (cf. Rm 8,14-
17; Mt 12,50).

Jesucristo nos regala la vida eterna

10.1. “Si quieres ser perfecto” (Mt 19,21). Así, entonces, todavía no era perfecto, puesto que nada
hay más perfecto que el Perfecto. Y de manera divina el “si quieres” puso de manifiesto la libertad
del alma del que dialogaba con Él. En el hombre, por tanto, estaba la elección, como libre (que era);
pero en Dios estaba la dádiva, como Señor.

10.2. Pero [Dios] da a los que desean, se esfuerzan y piden, para que así la salvación sea propia de
ellos. Porque Dios no obliga, puesto que la violencia es contraria a Dios, sino que procura a los que
buscan, suministra a los que piden y abre a los que llaman (cf. Mt 7,7; Lc 11,9).

10.3. Por tanto, si quieres, si realmente quieres y no te engañas a ti mismo, adquiere lo que [te]
falta. “Una cosa te falta” (Mc 10,21; Lc 18,22), la única, la verdadera (lit.: la mía), la buena, la que
está ya por encima de la ley, ni da la ley, ni abarca la ley (y) que es propia de los vivientes.

10.4. Sin duda, el que “desde la juventud” (Mc 10,20) había cumplido todo lo referente a la ley y se
jactaba de ello no pudo añadir esa sola cosa a todo lo demás, lo que es propio del Salvador, para
recibir la vida eterna, que deseaba; por el contrario, se fue triste (cf. Mc 10,22), molesto (o: afligido)
por el mandato de la vida que había venido a solicitar.

Primera parte: sobre el uso de las riquezas (continuación)

Debemos expulsar del alma el amor a las riquezas

11.1. Ahora bien, ¿qué es lo que le empujaba a la fuga y lo hacía desertar del Maestro, de la súplica,
de la esperanza, de la vida y de los trabajos realizados? “Vende todo lo que tienes” (Mt 19,21; cf. Mc
10,21).

11.2. ¿Y qué significa esto? No lo que algunos admiten a la ligera: [el Señor] no manda desechar
nuestra hacienda y apartarnos de las riquezas, sino expulsar del alma las ideas (dógmata) sobre las
riquezas, la simpatía hacia ellas, la excesiva codicia, la apetencia y locura por ellas, las solicitudes y
las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la vida (cf. Mt 13,22; Mc 4,19; Lc 8,14).

11.3. Porque no es cosa grande ni objeto de admiración el carecer sin motivo de las riquezas, a no
ser por causa de la vida [eterna] -puesto que si fuera así, los que no tienen absolutamente nada, sino
que están privados y necesitados de lo cotidiano, como los menesterosos tendidos junto a los
caminos, “que no conocen a Dios ni la justicia de Dios” (Rm 10,3), por ese mismo hecho de estar en
extrema necesidad, de carecer de todo medio de vida y de andar escasos de lo más esencial, serían
los más felices, los más amados por Dios y los únicos que poseerían la vida eterna-,

11.4. y no (sería) ninguna novedad renunciar a la riqueza y dársela a los pobres o a la patria (o: a los
ancianos), lo cual hicieron muchos antes del descenso del Salvador; unos por la dedicación al estudio
o a una sabiduría muerta; otros, por una reputación vacía y por vanagloria, [como] los Anaxágoras,
Demócrito y Crates.

La nueva creación: el Hijo de Dios

12.1. ¿Qué es, por tanto, lo que anuncia [el Señor] como nuevo, propio de Dios y lo único que
vivifica, que no salvó a los antepasados? Y si la “nueva creación” (Col 1,15; 2 Co 5,17; Ga 6,15), el
Hijo de Dios, revela y enseña lo extraordinario, no lo aparente, lo que otros ya han realizado, sino
algo distinto de lo significado a través de ello, [algo] más grande, más divino y más perfecto: el
desnudar el alma misma y su disposición de las pasiones ocultas que [en ella] subyacen y arrancar de
raíz y arrojar lejos las cosas ajenas a la razón. Porque éste (es) el aprendizaje propio del creyente, la
enseñanza digna del Salvador.
12.2. Porque los antepasados, despreciando las cosas externas, abandonaron y perdieron (o:
destruyeron) las riquezas, pero me parece que también aumentaron las pasiones de sus almas; así,
vinieron a dar en soberbia, petulancia, vanagloria y menosprecio de los demás hombres, como si
hubieran hecho algo sobrehumano.

12.3. Así, entonces, ¿cómo el Salvador (podía) recomendar a quienes han de vivir para siempre lo
que daña y destruye la vida que promete?

12.4. Porque también además sucede esto: es posible que alguno, después de descargar su
propiedad, aun así mantenga la codicia y el apetito de las riquezas arraigados y vivos [en su alma]; y
puede haber arrojado lejos su hacienda, pero, al carecer y desear lo mismo que abandonó, será
doblemente atormentado, tanto por la ausencia de la ayuda como por la compañía del
arrepentimiento.

12.5. Porque es quimérico (lit.: inaccesible) e incomprensible que quien carece de lo indispensable
para vivir no se abata en (su) mente y trate de ocuparse de lo más importante, mientras intenta
hacerse con aquello de cualquier modo y por donde sea.

El buen uso de los bienes materiales

13.1. ¿Y no es más útil lo contrario, poseer lo suficiente, no angustiarse respecto a la hacienda, y


socorrer a los que convenga? Puesto que, si nadie tiene nada, ¿qué comunión [de bienes] podría
darse entre los hombres?

13.2. ¿Cómo no se encontrarían estas enseñanzas, claramente opuestas y contrarias a todos las
demás hermosas enseñanzas del Señor?

13.3. “Háganse amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, los reciban en las moradas
eternas” (Lc 16,9). “Amontonen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre hacen
desaparecer, y donde los ladrones no socavan” (Mt 6,20).

13.4. ¿Cómo podría alguien dar de comer a un hambriento, de beber a un sediento, vestir al
desnudo y recibir al sin techo (cf. Mt 25,35-43), y a los que no hacen esas cosas les amenaza fuego y
tiniebla exterior (cf. Mt 8,12; Lc 13,28), si cada uno estuviera privado de todas esas últimas cosas?

13.5. Pero ciertamente el mismo [Jesús] fue hospedado por Zaqueo (cf. Lc 19,2-10), Leví (cf. Mc 2,14-
15; Lc 5,27-29) y Mateo (cf. Mt 9,9-10), ricos y publicanos, y no les manda que se desprendan de las
riquezas, sino que, después de establecer una posesión justa y de rechazar la injusta, anuncia: “Hoy
ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9; cf. Hch 16,31-34).

13.6. Así alaba (el uso) de las posesiones; de modo que también con esta añadidura prescribe la
comunión de bienes: dar de beber al sediento, dar pan al hambriento, dar hospitalidad al que no
tiene techo y vestir al desnudo (cf. Mt 25,35-46; Is 58,7).

13.7. Pero si no (es) posible colmar estas necesidades sin riquezas y manda desprenderse, de ellas,
¿qué otra cosa haría el Señor si no mandar que se dé y no se dé, alimentar y no alimentar, hospedar
y dejar en la calle (lit.: excluir), tener comunión (de bienes) y no tenerla? Esto (sería) lo más absurdo
de todo.

Los bienes materiales son sólo instrumentos


14.1. En efecto, no hay que desechar las riquezas que aprovechan también a los vecinos. Son en
realidad propiedades porque son adquiridas, y riquezas porque en verdad son útiles y han sido;
dispuestas por Dios para utilidad de los hombres; (son) cosas que están al alcance [nuestro] y están
destinadas, como una determinada materia o instrumento, para buena utilidad de quienes saben (o:
son capaces).

14.2. El instrumento, si se usa con arte (lit.: técnicamente), es provechoso (o: hábil; industrioso); si tú
careces de arte, [el instrumento] aprovecha tu torpeza (o: ignorancia), sin (ser) culpable.

14.3. Así también la riqueza es un instrumento. Se la puede usar justamente y para servir a la
justicia; quien la utiliza de manera injusta, a su vez descubre un servidor de injusticia, puesto que [la
riqueza] por su naturaleza es para servir, no para mandar.

14.4. No hay, por tanto, que responsabilizarla de lo que de suyo no tiene, ni bueno ni malo: no (es)
causante, sino que [hay que responsabilizar] a quien puede usar bien o mal de ella, conforme a la
elección que realice, según esa (elección) es responsable (o: causante). Y esto es (propio) de la
mente humana, que tiene en sí misma un criterio libre y la propia libertad de administrar lo que se le
regala.

14.5. En vista, .de lo cual no hay que destruir las riquezas, (sino) más bien las pasiones (o:
concupiscencias) del alma, que no permiten que las riquezas (o: posesiones) sean mejor utilizadas,
para devenir (un hombre) bueno y verdaderamente noble, que pueda usar esas riquezas
correctamente.

14.6. Así, renunciar a todo lo que se posee y el vender todo lo que se tiene, hay que entenderlo
como referido a las pasiones del alma.

Renunciar a lo que es nocivo, no a lo que puede ayudar al prójimo

15.1. Por cierto, yo podría decir esto: puesto que las cosas del alma unas son internas y otras
externas, y si el alma las usa convenientemente, las cosas parecen también buenas, pero si (las usa)
mal, (parecen) malas, ¿el que manda enajenar las posesiones, primero pide renunciar a esas cosas
(cf. Mc 10,21) pero que, incluso abandonadas, permanecen las pasiones, o más bien [renunciar a]
aquellas que, abandonadas, hacen que también las riquezas sean útiles?

15.2. Ciertamente, el que desecha la opulencia mundana puede también (ser) rico de pasiones, y no
(estando) presente la materia; porque la disposición (sigue) trabajando en lo suyo y ahoga la razón,
la oprime y perturba con sus habituales apetitos; así, entonces, de nada le aprovecha ser pobre de
posesiones al que es rico en pasiones.

15.3. Seguramente no tiró lo que debía rechazar, sino lo indiferente; y mientras se privó de lo que
podía servir, encendió la materia innata de la maldad con la carestía de los bienes externos.

15.4. Así, por tanto, hay que renunciar a las posesiones nocivas, no a lo que puede ayudar a los
demás, si uno conoce el uso debido.

15.5. Y reporta utilidad lo que se administra con prudencia, templanza y piedad, pero hay que
rechazar lo nocivo; ahora bien los bienes externos no son nocivos.
15.6. Por consiguiente, el Señor también recomienda el uso de los bienes externos, mandando
desprendernos no de los medios para vivir, sino del mal uso de esos medios; y eso eran las
enfermedades y pasiones del alma.

Primera parte: sobre el uso de las riquezas (continuación)

“Bienaventurados los pobres de espíritu”

16.1. El que se presenta rico en esas cosas (= las enfermedades del alma y las pasiones), ciertamente
(es) mortífero para todos, pero (si esas cosas) se destruyen, saludable. Es necesario purificar, es
decir, dejar pobre y desnuda el alma, y una vez así preparado, conviene que oiga al Salvador, que
dice: “Ven y sígueme” (Mc 10,21).

16.2. Porque Él mismo (es) camino (cf. Jn 14,6) para el limpio de corazón, pero la gracia de Dios no
entra en el alma impura; ahora bien, el alma impura (es) rica en concupiscencias y gira en torno a
muchos deseos y mundanidades.

16.3. Puesto que, quien posee bienes, oro, plata y casas como dones (o: regalos) de Dios, y con ello
sirve a Dios, que se lo ha concedido en orden a la salvación de los hombres, y además sabe que
posee todo eso por medio más bien de sus hermanos que de sí mismo, y está muy por encima de lo
mismo que posee, (ése) no es esclavo de lo que posee, ni lleva esas cosas siempre en su alma, ni en
ellas confina y circunscribe su propia vida, sino que trabaja continuamente con ahínco en alguna
obra hermosa y divina, y si debe privarse de esas (posesiones), puede (soportar) con espíritu sereno
también la privación, lo mismo como antes también gozó de la abundancia; éste es el que el Señor
(proclama) bienaventurado y llama pobre de espíritu (cf. Mt 5,3), heredero preparado para el reino
de los cielos, no el rico que no puede vivir (o: alcanzar la vida).

Los dos tesoros

17.1. Pero el que lleva en el alma la riqueza, y en vez del Espíritu de Dios lleva en el corazón oro o un
campo, y hace siempre desproporcionada la riqueza, y en cada momento mira a [tener] más,
inclinado hacia lo de abajo y encadenado (o: atrapado, esclavizado) por las redes del mundo, siendo
tierra y destinado a ir hacia la tierra (cf. Gn 3,19), ¿cómo es posible que (ese) hombre desee y se
preocupe del reino de los cielos, cuando no lleva un corazón, sino un campo o un yacimiento (o: una
mina), y que forzosamente ha de encontrarse en esas cosas por las que se halla acorralado? “Porque
donde está el espíritu del hombre, allí también está su tesoro” (Mt 6,21; Lc 12,34).

17.2. Pero el Señor conoce dos tesoros: el bueno, puesto que “el hombre bueno del buen tesoro de
su corazón saca lo bueno”, y el malo, porque el [hombre] “malo de su mal saca lo malo, porque de la
abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45; cf. Mt 12,35. 34).

17.3. Así como no existe un solo tesoro Él, tampoco para nosotros; uno, el imprevisto (cf. Mt 13,44),
que da al encontrarlo una enorme ganancia, pero también el segundo, funesto, no envidiable, muy
desagradable y perjudicial, así también (existe) una riqueza de cosas buenas y una (riqueza) de cosas
malas, si es verdad que sabemos que la riqueza y el tesoro no (son) por naturaleza cosas separadas
la una de la otra.

17.4. Y alguna riqueza merece ser poseída y admirada, pero (otra) no debe ser adquirida y ha de
rechazarse; y también del mismo modo la pobreza bienaventurada (es) la pobreza espiritual.
17.5. Por ello también Mateo añadió: “Bienaventurados los pobres”. ¿Cómo? “En espíritu” (Mt 5,3).
Y de nuevo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia de Dios” (Mt 5,6); por tanto,
son desgraciados los pobres opuestos: los que ciertamente están privados de Dios, y más que los
privados de la riqueza humana, los que no han gustado de la justicia de Dios.

El alma se salva si no es rica en aquello que la corrompe

18.1. En cuanto a que los ricos difícilmente entrarán en el reino [de los cielos] (cf. Mc 10,23), hay que
escucharlo inteligentemente, no tontamente ni rústicamente ni literalmente (lit.: carnalmente),
puesto que no fue dicho así. Tampoco la salvación está en las cosas externas. Ni aunque esas cosas
sean muchas o pocas, pequeñas o grandes, gloriosas o sin gloria, famosas o sin fama, sino en la
virtud del alma, en la fe, esperanza y caridad (cf. 1 Co 13,13), en el amor al prójimo, en la gnosis, en
la humildad, en la sencillez y en la verdad, cuya recompensa es la salvación.

18.2. Porque nadie vivirá (= alcanzará la salvación eterna) mediante la belleza corporal o por lo
contrario se perderá; sino ciertamente a la inversa, vivirá el que se sirve, castamente y según Dios,
del cuerpo que se le ha dado. En cambio, perecerá el que profane el templo de Dios (cf. 1 Co 3,16-
17).

18.3. También una persona fea puede ser impúdica, y una hermosa ser casta (o: modesta); ni
siquiera la fuerza y la estatura del cuerpo confieren la vida, ni la destruye miembro alguno, sino ' el
alma, que se sirve de ellos, es la causa de ambas cosas.

18.4. Según esto, soporta -se dice-, cuando seas golpeado en el rostro (cf. Lc 6,29; Mt 5,39); y esto
puede hacerlo alguno fuerte y robusto, e infringirlo también el que es débil por falta de dominio en
el ánimo.

18.5. De igual manera, el que es pobre y sin medios de vida puede encontrarse ebrio de
concupiscencias, y el que es rico en posesiones (puede ser) sobrio y pobre de placeres, obediente,
prudente, puro y moderado.

18.6. Por tanto, si lo que tiene que vivir en primer lugar y principalmente es el alma, y la que salva es
la virtud que nace en ella, pero la maldad (es) la que mata, entonces aparece claramente que (el
alma) se salva por ser pobre en las riquezas por las que uno se corrompe, y muere, si es rica en
aquello por lo que la riqueza arruina (o: aplasta, tritura).

18.7. Y no busquemos en otra parte la causa del fin, fuera de la condición y cualidad del alma
respecto a la obediencia a Dios y a la pureza, a causa de la transgresión de los mandamientos y al
acopio de maldad.

El verdadero rico y el rico ilegítimo; el verdadero pobre y el pobre ilegítimo

19.1. Entonces el verdadero y noblemente rico es el rico en virtudes, el que puede servirse de toda
circunstancia (o: de todo suceso) santa y con fielmente; pero (es) rico bastardo (o: ilegítimo), el que
se enriquece según la carne (cf. Rm 8,4) y arrastra (o: atraviesa, pasa) la vida en la posesión de los
bienes externos, [tenencia] pasajera y perecedera, que unas veces es de uno y otras de otro, y al
final de nadie en absoluto.
19.2. Por otra parte, (hay) también un pobre noble y otro espurio y de falso nombre. El primero
ciertamente es pobre según el espíritu (cf. Mt 5,8), el auténtico; pero el otro es conforme al mundo,
el falso.

19.3. Precisamente al que es pobre según el mundo y rico según las pasiones, el que no es pobre
según el espíritu y rico según Dios, se le dice: “Apártate de lo que posees en el alma, de los bienes
ajenos, para que, una vez limpio de corazón, puedas ver a Dios” (cf. Mt 5,8), que también es otra
forma de decir que entres en el reino de los cielos (cf. Mc 10,23).

19.4. ¿Y cómo podrás apartarte de estos (bienes)? ¡Vendiéndolos! (cf. Mc 10,21). ¿Y qué? ¿Recibirás
dinero en vez de bienes? ¿Harás permuta de riqueza por riqueza? ¿Convertirás el dinero en bienes
visibles?

19.5. Ciertamente, no; sino que en lugar de lo que anteriormente existía en tu alma, a la que deseas
salvar, hay que introducir otra riqueza que diviniza y es suministradora de vida eterna: las
disposiciones según el mandato de Dios, por las que se te dará recompensa y honor, una salvación
perpetua (lit.: larga, duradera) y una incorrupción eterna.

19.6. De esta manera vendes bien lo que posees, las muchas cosas superfluas y que te cierran los
cielos, recibiendo en vez de esas cosas las que pueden salvar. Aquéllas que posean los pobres según
la carne y que necesitan de ellas; pero tú, recibiendo en su lugar la riqueza espiritual, tendrás en
seguida un tesoro en los cielos (cf. Mc 10,21).

¿Quién puede salvarse?

20.1. Al no entender convenientemente (o: según conviene) estas cosas, ni cómo él mismo podía
ser, a la vez, pobre y rico, tener riquezas y no tenerlas, y usar de las cosas del mundo y no usarlas (cf.
1 Co 7,31), aquel hombre rico y observante de la ley se retiró triste y confundido (cf. Mc 10,22),
abandonando la norma de vida que sólo él pudo desear, pero no alcanzar, puesto que (él mismo)
hizo imposible para sí lo que era difícil.

20.2. Porque era difícil no dejarse arrastrar ni deslumbrar el alma por las magnificencias y por las
brillantes seducciones, pero no es imposible tampoco alcanzar la salvación, aun en medio de todo
eso, si alguien pasa de la riqueza sensible a la inmaterial (lit.: inteligible) e instruida por Dios (cf. Jn
6,45; 1 Ts 4,9), y sabe usar bien y propiamente de las cosas indiferentes y de la misma manera
dirigirse a la vida eterna.

20.3. Pero también los discípulos mismos en un primer momento sintieron mucho miedo y quedaron
sorprendidos, cuando escuchaban (cf. Mc 10,24. 26) ¿Por qué? ¿Acaso porque también ellos poseían
muchas riquezas? Sin embargo, también ellos hacia tiempo que habían abandonado redes, anzuelos
y botes de pesca (cf. Mt 4,20), que (eran) sus únicos (bienes). Por tanto, ¿qué temían, al decir:
“Quién puede salvarse” (Mc 10,26)?

20.4. Escucharon bien y claramente, como discípulos de lo que había dicho el Señor en parábolas y
comprendieron la profundidad de las palabras.

20.5. Así, entonces, por causa de la carencia de riquezas, tenían buenas esperanzas respecto de [su]
salvación; pero como eran conscientes de que todavía no se habían despojado perfectamente de las
pasiones -puesto que (eran) discípulos recientes (lit.: acaban de saber) y habían sido reclutados
recientemente por el Salvador-, “se quedaron aún más (lit.: abundantemente) asombrados” (Mc
10,26), y perdieron su propia (esperanza) como el otro que tenía abundancia de riquezas y estaba
excesivamente apegado a la hacienda, que prefirió a la vida eterna.

20.6. Por tanto, era del todo justo que los discípulos tuvieran miedo, si también el que poseía
riquezas y el que estaba preñado de pasiones, de las que también ellos mismos eran ricos, de modo
semejante eran excluidos del paraíso cielos, porque la salvación es de las almas sin pasiones y puras.

El seguimiento del Salvador

21.1. El Señor responde porque razón “lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios” (Mc
10,27). Y de nuevo esta mediación [del Señor] está llena de una gran sabiduría. Puesto que el
hombre por sí mismo no consigue nada, aunque se ejercite y trabaje con empeño para liberarse de
las pasiones; pero si se hace manifiesto que la desea ardientemente y pone todo su empeño, con la
añadidura del poder de Dios, lo conseguirá.

21.2. Porque ciertamente Dios colabora con las almas que lo desean, pero si desisten de su
propósito, también el espíritu que Dios les da se retira; puesto que salvar a los que rechazan es
propio de quien ejerce violencia, pero salvar al que lo acepta (es) cosa de quien (es) generoso.

21.3. Tampoco el reino de Dios es de los perezosos y de los indolentes, sino que “los esforzados lo
conquistan” (o: lo toman por la fuerza; Mt 11,12). Porque la única violencia buena es obligar a Dios y
arrebatarle a Dios la vida; y Él, al conocer a los que se esfuerzan, pero sobre todo a los que se le
enfrentan (o: resisten) con seguridad, se retira para atrás, puesto que Dios se alegra de ser inferior
en esas cosas.

21.4. Por consiguiente, al oír esas cosas el bienaventurado Pedro, el elegido, el eximio, el principal de
los discípulos, por quien el Señor pagó, sólo por él y por sí mismo, el tributo (cf. Mt 17,27), en
seguida se apoderó y comprendió el discurso.

21.5. ¿Y qué dice? “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10,28). La
expresión “todo”, si se refiere a lo que él mismo poseía, quizá cuatro céntimos (lit.: óbolos),
engrandece lo que ha abandonado y, sin darse cuenta, estaría mostrando una equivalencia del reino
de los cielos.

21.6. Pero si, como ahora precisamente decimos, se deponen las antiguas riquezas mentales y las
enfermedades espirituales, para ir tras las huellas del Maestro, todo (o: esas [palabras]) eso ya sería
unirse (o: estar unidos) a los inscritos en los cielos (cf. Lc 10,20; Hb 12,23).

21.7. Puesto que seguir realmente al Salvador es aspirar (lit.: ir hacia, ir en busca de) a no tener
pecado e [imitar] su perfección (cf. Mt 9,9; 10,38; 12,15; 1 Co 11,1; 1 Ts 1,6), y, acicalándose como
delante de un espejo (cf. 1 Co 13,12), adornar y disponer ordenadamente el alma y acomodar
igualmente todo en todo.

Primera parte: sobre el uso de las riquezas (conclusión)

El Señor exige desprendimiento total para seguirle

22.1. «Jesús respondió: “En verdad les digo que quien dejare sus casas y a [sus] padres, hermanos y
riquezas por mi causa y por causa del Evangelio, recibirá cien veces más”» (Mc 10,29-30).
22.2. Pero ni esto ha de turbarnos, ni tampoco lo que sea más duro que eso, (puesto que) está
expresado con palabras en otro lugar: “El que no odia a [su] padre, a [su] madre y a [sus] hijos, y aún
también a la propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26).

22.3. Porque no propone odio ni separación de los seres queridos el Dios de la paz (cf. Rm 15,33),
puesto que exhorta a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44; Lc 6,27. 35).

22.4. Pero si hay que amar a los enemigos, de forma análoga hay que hacerlo también con aquellos
familiares por la sangre. O si hay que odiar a los familiares por la sangre, el razonamiento
descendente enseña que habrá que proponer [el odio] mucho más a los enemigos, de modo que los
razonamientos contradiciéndose se destruirían unos a otros.

22.5. Pero no se destruyen ni de cerca, porque por el mismo espíritu, disposición y con la misma
medida odiará al padre y amará al enemigo quien no rechaza al enemigo ni respeta al padre más que
a Cristo.

22.6. Porque ciertamente, en aquel pasaje destruye el odio y el mal obrar, y en este otro el apego
(lit.: el respeto, la falsa vergüenza) a los familiares, si [nos] perjudicaran respecto a la salvación.

22.7. Por tanto, si alguien tuviera un padre, un hijo o un hermano ateo y deviniera un obstáculo para
la fe y un impedimento para la vida de arriba, con ése no debería reunirse ni ser del mismo parecer,
sino que debería desligar el parentesco carnal mediante la enemistad espiritual.

Es a Cristo a quien debemos escuchar

23.1. Piensa (en) un pleito difícil. Imagina que se presenta tu padre para decir: “Yo te engendré y te
alimenté, sígueme, acompáñame en la maldad y no obedezcas la ley de Cristo”, y cuanto pudiera
decir un hombre blasfemo y muerto en la naturaleza [espiritual].

23.2. Pero por otro lado, escucha al Salvador: «Yo te engendré de nuevo (cf. 1 P 1,3), después que el
mundo te engendrara de mala manera para la muerte; yo te liberé (cf. Jn 8,36; Rm 8,2), te sané y te
redimí (cf. Tt 2,14); yo te daré una vida sin fin, eterna, sobrenatural (cf. Jn 10,28); yo te mostraré el
rostro de Dios, Padre bueno (cf. Mc 10,18); no llames [a nadie] padre tuyo sobre la tierra (cf. Mt
23,9); los muertos que entierren a sus muertos, pero tú sígueme (cf. Mt 8,22; Lc 9,60).

23. 3. Porque yo te llevaré al descanso (cf. Mt 11,28-29) de bienes desconocidos e inefables, que “ni
ojo vio, ni oído oyó, ni corazón humano alcanzó” (1 Co 2,9), sobre los que desean inclinarse para
mirar los ángeles (cf. 1 P 1,12), como para ver también los bienes que Dios preparó a los santos e
hijos suyos que le aman (cf. 1 Co 2,9).

23.4. Yo (soy) tu padre nutricio, que me doy a mí mismo como alimento (cf. Jn 6,50-51), nadie que
guste de ese (alimento) tendrá jamás experiencia de la muerte (cf. Jn 6,58), y te daré cada día una
bebida de inmortalidad (cf. Jn 6,54); yo soy maestro de enseñanzas superiores al cielo; por ti me
luché hasta la muerte, y pagué la muerte que tú debías por tus pecados pasados y tu infidelidad
hacia Dios (cf. Col 2,14)».

23.5. Oídos estos discursos de una y otra parte, juzga sobre ti mismo y da la sentencia sobre tu
propia salvación; y si un hermano, hijo, mujer o quien fuere hablare de esa manera, por delante de
todos está en ti Cristo, que será vencedor, puesto que por ti lucha.
“El Señor no es envidioso”

24.1. Se puede también estar por encima de las riquezas. Reflexiona, y Cristo no te aleja de las
riquezas; el Señor no es envidioso. Pero, ¿ves cómo tú mismo eres vencido y derribado por ellas?
Abandona, rechaza, aborrece, renuncia y huye.

24.2. “Y si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo inmediatamente” (Mt 5,29; cf. Mc 9,47); es
mejor para quien tiene un solo ojo el reino de Dios (que no) el fuego para quien (está) intacto (cf. Mt
5,29); aunque (se trate) de la mano (cf. Mt 5,30), del pie (cf. Mc 9,45) y de la vida (cf. Mc 8,35),
ódialos (cf. Lc 14,26). Porque si aquí se pierde por Cristo, se salvará allí (cf. Mc 8,35; Mt 10,39; 16,25;
Lc 9,24; 17,33).

Las persecuciones contra los creyentes

25.1. Y semejante a esta idea es lo que sigue: “Tener ahora en este tiempo campos, riquezas, casas y
hermanos con persecuciones” (Mc 10,30), ¿para qué?

25.2. Porque [el Señor] no llama a la vida a los que no tienen riquezas, ni hogar y tampoco
hermanos, sino que también ha llamado a los ricos, pero del modo que antes dijimos, y a hermanos
relacionados consigo mismos, como a Pedro con Andrés (cf. Mt 4,18-19), a Santiago con Juan, los
hijos de Zebedeo (cf. Mt 4,21-22), pero que tenían el mismo parecer entre ellos y con Cristo.

25.3. Pero el tener todo esto “con persecuciones” lo rechaza [el Señor]; hay una persecución que
viene de fuera, la de los hombres que maltratan a los creyentes por enemistad, por envidia, por afán
de lucro o por acción diabólica.

25.4. Sin embargo, la persecución más difícil de soportar es la que viene de dentro, movida contra
cada uno por su propia alma, maltratada por deseos impíos y placeres varios, por falsas esperanzas y
sueños vacíos, cuando, al tratar de poseer siempre más y furiosa por amores salvajes e inflamada
como por aguijones o tábanos adheridos a ella, [el alma] se ensangrienta de pasiones por un loco
celo, desesperación de la vida y desprecio de Dios.

25.5. Ésta es la persecución más pesada y difícil, puesto que parte de dentro, siempre presente, y el
perseguido no puede huir, puesto que lleva consigo (o: está en él) al enemigo por todas partes.

25.6. Lo mismo que el fuego que se lanza desde fuera produce una prueba (cf. 1 Co 3,13), el de
dentro produce la muerte. También una guerra que es externa cesa pronto, pero la [originada] en el
alma dura hasta la muerte.

25.7. Si tuvieres riqueza sensible con esta persecución, aunque se trate de hermanos de sangre y de
(cualquier) otra garantía, abandona toda posesión de esas cosas que es para mal, procúrate la paz en
ti mismo, libérate de una gran persecución, vuélvete de todas aquellas cosas al Evangelio, elige antes
que a todos al Salvador, que es abogado y consolador (paráclito) de tu alma, príncipe (prýtanis:
presidente, jefe) de la vida infinita.

25.8. “Porque las cosas visibles (son) pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas” (2 Co 4,18);
ciertamente en el tiempo presente, (todo es) fugaz e inestable, “pero en el siglo venidero hay vida
eterna” (Mc 10,30).

“El lugar del amarre prometido”


26.1. “Los primeros serán últimos, y los últimos, primeros” (Mc 10,31). En verdad, esto (contiene)
muchas cosas respecto al significado y a la explicación; sin embargo, en el momento presente no lo
reclama la investigación, porque no sólo se dirige a los que poseen muchas cosas, sino sencillamente
a todos los hombres que han recibido la fe de una vez para siempre. Por ello, pues, no es tenido en
cuenta ahora.

26.2. Pero pienso que lo que nos hemos propuesto se ha demostrado que no es inferior a la
promesa, y, miradas las riquezas y su posesión en sí mismas, el Salvador no ha excluido de la
salvación en absoluto las riquezas en sí mismas ni la abundancia de posesiones, si sólo se puede y se
quiere obedecer los mandamientos de Dios, se prefiere la vida a las cosas temporales (cf. 2 Co 4,18)
y se mira al Señor con vista atenta, como quien mira la indicación de un buen piloto: qué quiere, qué
manda, qué indica, qué señal da a los marineros, dónde y cómo (es) el lugar del amarre prometido.

26.3. ¿Qué injusticia comete uno, si reflexiona y considera que ha llevado una vida fácil antes de
[abrazar] la fe? O también, lo que es menos irreprochable, ¿si en el momento mismo en que Dios le
da el alma, es instalado en casa de esos hombres [ricos] y es de linaje noble (lit.: fuerte), influyente
por sus riquezas y poderoso por su opulencia?

26.4. Porque, si por un nacimiento involuntario en medio de la riqueza es excluido de la vida, más
bien (recibiría) una injusticia de Dios, que le ha hecho nacer, puesto que ha sido digno de una
placentera vida pasajera, pero ha sido privado de una vida eterna.

26.5. Por tanto, en una palabra, ¿qué riqueza debería entonces alzarse de la tierra, si es compañera y
protectora mortal?

25.6. Ahora bien, si alguien puede doblegar internamente (lit.: pasar por adentro) el poder de las
riquezas, pensar y ser sobrio con moderación, y buscar sólo a Dios, respirar a Dios y ser
conciudadano de Dios, ése se presenta pobre a los mandamientos, libre, invicto (o: invencible), sano
e incorruptible (o: invulnerable) ante las riquezas.

26.7. Pero si no [es así], antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico alcance el reino
de los cielos (cf. Mc 10,25).

26.8. Ciertamente, (puede) que el camello signifique también algo más elevado al pasar antes que el
rico por un camino estrecho y angosto (cf. Mt 7,14), lo cual entraña un misterio del Salvador que hay
que aprender en la “Explicación sobre los principios y la la teología” (= parece que se trata de una
obra de Clemente que no llegó hasta nosotros).

Segunda parte: el amor cristiano

Aprender a utilizar los bienes materiales. El amor a Dios

27.1. Aún así, hay que exponer en primer lugar lo que aparece en la parábola, y para qué fue dicha.
Enseña [ella] a los ricos cómo no deben descuidar su salvación, como (si) ya fueran condenados de
antemano, ni tampoco que hay que echar la riqueza al mar, ni condenarla como insidiosa y enemiga
de la vida; sino que hay que aprender el modo y la manera de usar la riqueza y de poseer la vida.

27.2. Puesto que uno no se pierde del todo, si (es) rico con temor, ni tampoco se salva
absolutamente por confiar y creer que se va a salvar, es necesario examinar qué esperanza les
presenta el Salvador y cómo lo inesperado puede convertirse en garantía y lo esperado llega a ser
poseído.

27.3. Así, entonces, preguntado el Maestro sobre cuál es el más grande de los mandamientos, dice:
“Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Mt 22,37; Mc 12,30; Lc 10,27);
ningún mandamiento es más grande que ése, y con mucha razón.

27.4. Porque también se refiere a lo que (es) lo primero y más grande, a Dios mismo, Padre nuestro,
por quien han nacido y existen todas las cosas (cf. Rm 11,36) y hacia quien regresa de nuevo lo que
se salva.

27.5. Por tanto, amados como hemos sido previamente por Él (cf. 1 Jn 4,19) y puestos por Él en la
existencia, no (sería) digno tener nada por más venerable y estimado, retribuyendo con esa sola
pequeña gracia a tan grandes beneficios, puesto que no tenemos ninguna otra cosa en absoluto que
dar a cambio a Dios que no le falta nada y es perfecto (cf. Mt 5,48); pero amando así al Padre
alcanzamos la inmortalidad para la propia fuerza y poder. Porque cuanto más ama uno a Dios,
también tanto más se introduce en la intimidad de Dios.

El amor al prójimo. La parábola del buen samaritano

28.1. Segundo en orden, y en nada inferior al primero, dice que es: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo” (Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27; cf. Lv 19,18); (y) por consiguiente a Dios por encima de ti
mismo.

28.2. Y su interlocutor le preguntó: “¿Quién es [mi] prójimo?” (Lc 10,29). A la manera de los judíos
no propuso (lit.: determinó) como prójimo al de la misma sangre ni al conciudadano ni al prosélito
(cf. Lv 19,33), ni tampoco al circuncidado ni al que sigue una sola y la misma ley.

28.3. Sino que, al contrario, conduce el discurso hacia un hombre que baja de Jerusalén a Jericó, y le
presenta herido por salteadores, arrojado medio muerto sobre el camino, pasado de largo por un
sacerdote, mirado con indiferencia por un levita, y compadecido por el samaritano, que era
despreciado (o: injuriado) y segregado, el cual no pasó como los otros sin más (o: casualmente), sino
que dispuso dar auxilio al que estaba en peligro: vino, aceite, vendas, cabalgadura y dinero para el
posadero, que ya le da y que además se lo promete (cf. Lc 10,29-37).

28.4. “¿Quién de éstos -dijo [Jesús]- fue prójimo para el que padeció las desgracias?” (cf. Lc 10,36). Y
al responderle que el que mostró con él misericordia, (entonces) ve y haz tú lo mismo, ya que el
amor produce (o: hace crecer) la beneficencia.

Cristo, el buen samaritano

29.1. Ciertamente, en ambos mandamientos nos propone la caridad, que sólo la distingue en el
orden, y cuando asigna (o: atribuye) a Dios el primer puesto del amor, y el segundo lo atribuye al
prójimo.

29.2. Pero, ¿qué otro puede ser ese [samaritano] fuera del Salvador mismo? ¿O quién, sino Él, ha
tenido más piedad (= misericordia) de nosotros, que hemos estado a punto de ser matados por los
dominadores del mundo de las tinieblas (cf. Ef 6,12) con muchas heridas, temores, concupiscencias,
iras, tristezas, engaños (y) placeres?
29.3. Y el único médico de esas heridas (es) Jesús, que corta por completo de raíz las pasiones, no
como la ley [que corta] las secuelas (o: los efectos), los frutos de las malas plantas, sino que [Jesús]
introduce su propia hacha hasta las raíces de la maldad (cf. Mt 3,10).

29.4. Él derramó sobre las heridas de nuestra alma el vino, la sangre de la viña de David (cf. Jn 15,1),
y el que aplicó el aceite, la piedad de las entrañas del Padre (cf. Lc 1,78), y que abundantemente
proveyó; Él mostró las ataduras insolubles de la salud recobrada y la salvación: la caridad, la fe y la
esperanza (cf. 1 Co 13,13); Él ordenó con una gran recompensa a los ángeles, principados y
potestades (cf. Ef 3,10) que estuvieran a nuestro servicio (cf. Hb 1,14), pesto que también ellos
serían liberados de la vanidad del mundo durante la revelación de la gloria de los hijos de Dios (cf.
Rm 8,19-21).

29.5. Así, por tanto, a Él hay que amar como a Dios. Pero ama a Cristo quien hace su voluntad y
guarda sus mandamientos (cf. Jn 14,15).

29.6. “Porque no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que
hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Y «¿por qué me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que
les digo?» (Lc 6,46). Y “Bienaventurados ustedes que ven y oyen lo que no vieron los justos ni los
profetas” (Mt 13,16-17), si hacen lo que digo (cf. Jn 15,14; 13,17).

Seremos juzgados por el amor al prójimo que mostramos en la vida presente

30.1. Ciertamente, el primero es el que ama a Cristo, segundo el que honra y cuida de los que creen
en Él. Porque lo que alguien hiciere a un discípulo, el Señor lo toma (como hecho) a sí mismo y lo
hace totalmente suyo.

30.2. «Vengan, benditos de mi Padre, reciban el Reino preparado para ustedes desde la creación del
mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era extranjero y
me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a
verme.

30.3. Entonces le responderán los justos diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos
de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos extranjero y te recibimos, o desnudo y
te vestimos? O ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a verte?”.

30.4. Y el Rey, en respuesta, les dirá: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos mis
hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron”» (Mt 25,34-40).

30.5. (Y) de nuevo, en sentido opuesto, arrojará al fuego eterno (cf. Mt 25,41-45) a los que no
hicieron eso, como que no se lo procuraron a Él.

30.6. Y en otro lugar [dice]: “Quien [a ustedes] los recibe, a mí me recibe, y quien a ustedes no
recibe, a mí me rechaza” (Mt 10,40; Lc 10,16).

Poner las riquezas al servicio de los necesitados

31.1. A éstos los llama hijos (cf. Mc 10,24) y niños (cf. Jn 21,5), criaturas y amigos (cf. Lc. 12,4; Jn
15,14-15), y pequeños (cf. Mt 10,42) ahora en comparación con la grandeza que tendrán después
allá arriba [en el cielo], diciendo: “No desprecien a uno de estos pequeños, porque sus ángeles están
viendo siempre el rostro de mi Padre que (está) en los cielos” (Mt 18,10).
31.2. Y en otra parte: “No temas, pequeño rebaño, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino
de los cielos” (Lc 12,32).

31.3. Por ello dice que el más pequeño en el reino de los cielos, es decir, el que (es) discípulo suyo,
es mayor que Juan, el más grande de entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11,11; Lc 7,28).

31.4. Y. de nuevo: “Quien recibe a un justo o profeta por el nombre de justo o de profeta recibirá la
[misma] paga que ellos, y cualquiera que diere de beber a un discípulo, por el nombre de discípulo,
un vaso de agua fresca, no perderá la recompensa” (Mt 10,41-42). Por consiguiente, ésta es la única
recompensa que no se ha perdido.

31.5. Y otra vez [afirma]: “Háganse amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, los
reciban en las moradas eternas” (Lc 16,9).

31.6. Ciertamente declara que (es) injusto por naturaleza toda riqueza que uno posee como algo
propio y no lo pone al servicio los necesitados (cf. Hch 4,32), pero de esta injusticia es posible hacer
una obra justa y salvadora: dar descanso a alguno de los que tienen una morada (o: carpa, tienda)
eterna junto al Padre.

31.7. Mira en primer lugar cómo no te reclama que esperes a que se te pida ni se te moleste, sino
que busques tú mismo quiénes puedes beneficiar: los dignos discípulos del Salvador.

31.8. Ciertamente también es hermosa la palabra del Apóstol: “Porque Dios ama al que da con
alegría” (2 Co 9,7), al que se alegra cuando da y al que no siembra mezquinamente, para no cosechar
también de la misma manera (cf. 2 Co 9,6), haciendo partícipes a los demás sin murmuración (cf. Flp
2,14), discriminación ni tristeza, lo que constituye (lit.: es) una beneficencia pura (o: una generosidad
inmaculada).

31.9. Pero mejor que esto es lo dicho por el Señor en otro lugar: “Da a todo el que te pidal” (Lc
16,30). Porque es (propio) de Dios esta clase de generosidad. Y de este modo está por encima de
toda perfección (lit.: divinidad) la palabra de no aguardar a que [alguien nos] pida, sino ir nosotros
en busca del que merece recibir un beneficio, y después determinar (o: definir) la recompensa tan
grande de la participación, la morada (o: carpa, tienda) eterna (cf. Lc 16,9).

Segunda parte: el amor cristiano (continuación)

Usar las riquezas materiales para obtener una mansión eterna

32.1. ¡Oh bello negocio, oh mercado divino! Uno acumula inmortalidad con riquezas, y dando las
cosas perecederas del mundo recibe a cambio de ellas una mansión eterna en los cielos.

32.2. Si eres sensato, navega hacia esa asamblea solemne (cf. Hb 12,22), oh rico; y si fuere necesario,
da la vuelta a la tierra entera (cf. Mt 23,15); no repares en peligros ni en penas, para que entonces
compres el reino del cielo.

32.3. ¿Cómo te deleitan a ti piedras brillantes y esmeraldas, y una casa, pasto del fuego, juguete del
tiempo, incidente (lit.: cosa accesoria) de un terremoto o presa de un tirano?

32.4. Desea morar en los cielos y reinar con Dios; este reino te lo dará un hombre que imita a Dios.
Al recibir aquí pocas cosas, allá arriba [Dios] te hará conciudadano por todos los siglos.
32.5. Suplica para que reciba; apresúrate, esfuérzate, teme que no te juzgue indigno; puesto que no
le ha sido ordenado recibir, sino que tú ofrezcas.

32.6. Ciertamente el Señor ni siquiera dijo: “Da, ofrece, haz un beneficio o ayuda”, sino “consigue un
amigo” (Lc 19,9). Pero el amigo no se consigue por un solo don, sino por toda una costumbre y
mucha frecuentación. Porque tampoco la fe, ni la caridad, ni la constancia de un solo día [lo
consiguen], sino “quien persevere hasta el fin, ése se salvará” (Mt 10,22; cf. Mc 13,13).

Debemos ser generosos con todos

33.1. Así, por tanto, ¿por qué el hombre concede esas cosas? Porque el Señor otorga, por causa del
honor, la benevolencia y familiaridad para con (el hombre): “Porque daré no sólo a los amigos, sino
también a los amigos de los amigos” (estas palabras no son de la Escritura; cf. Mt 25,34-40; Lc 16,9).

33.2. ¿Y quién es el amigo de Dios? No juzgues tú quién es digno y quién es indigno, puesto que es
posible que te equivoques en la apreciación, como que en la duda de la ignorancia es mejor hacer el
bien también a los indignos, por causa de los dignos, antes que, al evitar a los menos buenos, pasar
al costado de los honrados.

33.3. Porque ciertamente por economizar y aparentar examinar a los que están bien o mal
dispuestos, es posible que tú te despreocupes de algunos amigos de Dios, cuya pena es el castigo del
fuego eterno (cf. Mt 25,41). Pero en seguida, del repartir sin distinción entre todos los necesitados,
(es) necesario que se encuentre alguno de los que pueden salvar[te] ante Dios.

33.4. Por tanto, “no juzgues, para no ser juzgado; con la medida que midieres también se te medirá”
(Mt 7,1-2); “una medida buena, apretada, colmada y rebosante te será dada” (Lc 6,38).

33.5. Abre tus entrañas a todos los que se han inscrito como discípulos de Dios, sin apartar la vista
con desprecio al cuerpo ni considerando con indiferencia la edad, ni siquiera, si se [te] presenta
alguien sin bienes, deforme o enfermo, por eso no debes irritarte en el alma ni cambiar de dirección.

33.6. Esa figura corporal es externa, puesto que la llevamos por motivo de la venida al mundo, para
que pudiéramos entrar en la escuela común; sin embargo, por dentro habita el Padre escondido, y
su Hijo (cf. Jn 14,23), que por nosotros murió y por nosotros resucitó.

La riqueza y la belleza de las intenciones de los seres humanos son invisibles

34.1. Esta figura corporal que se ve engaña a la muerte y al diablo, porque la riqueza y la belleza
interiores son para ellos invisibles; y se ponen furiosos respecto a la carne, de la que sienten
desprecio como cosa débil, puesto que son ciegos respecto a las riquezas interiores: no conocen
cuán grande (es) “el tesoro en vaso de barro” (2 Co 4,7) que llevamos, fortificado con el poder de
Dios Padre, con la sangre de Dios Hijo y con el rocío del Espíritu Santo.

34.2. Pero no te dejes engañar tú, que has gustado de la verdad y has sido digno de la gran
redención; sino que al contrario de los demás hombres, recluta para ti un ejército sin armas,
pacífico, incruento, sin ira, incontaminado: ancianos piadosos, huérfanos queridos de Dios, viudas
armadas de mansedumbre, varones adornados con caridad.

34.3. Con tu riqueza consigue como lanceros (o: guardianes) para el cuerpo y para el alma a tales
personas, (y) como estratega a Dios; también por medio de ellos una nave que estaba punto de
hundirse es aligerada, gobernada solamente por las oraciones de los santos, y una enfermedad en su
momento crítico es dominada, expulsada por la imposición de las manos, y una incursión de
bandidos queda desarmada, despojada por las oraciones piadosas, y la violencia de los demonios es
destrozada, confundida por órdenes severas.

Los dulces servicios de quienes aman al Señor

35.1. Todos ésos son soldados y guardianes firmes; ninguno (es) ocioso, ninguno inútil. Ciertamente
uno puede interceder por ti ante Dios; y otro [puede] animar al que está cansado; otro, llorar y
gemir compasivamente por ti ante el Señor del universo (o: de todas las cosas); otro, enseñar algo
provechoso para la salvación; otro, amonestar con confianza; otro, aconsejar con benevolencia; y
todos, amar verdaderamente, sin dolo, sin miedo, con sinceridad, sin adulación ni engaño.

35.2. ¡Oh dulces servicios (lit.: terapias; cuidados, solicitudes) de los que aman! ¡Oh bienaventuradas
diaconías de quienes obran llenos de confianza! ¡Oh fe pura de los que sólo temen a Dios! ¡Oh
verdad de las palabras en quienes no pueden mentir! ¡Oh hermosura de las obras en quienes se
entregan al servicio de Dios: obedecer a Dios y a agradar a Dios; no imaginan adueñarse de tu carne,
sino cada uno de su propia alma, ni de hablar con un hermano, sino con el rey de los siglos, que
habita en ti (cf. 1 Tm 1,17)!

“Luz del mundo y sal de la tierra”

36.1. Así, todos los creyentes son buenos, magníficos y dignos del nombre que se ciñen como una
diadema. Sin embargo, hay ya algunos entre los elegidos que son más elegidos y tanto más cuanto
menos notables; en cierta manera, varando (o: arrastrando) su nave fuera de la agitación del mundo
y haciéndose a [a mar con seguridad, no quieren parecer santos, y si alguien se lo llama, se
avergüenzan, escondiendo en lo profundo del espíritu los misterios inefables y desprecian que su
nobleza sea vista en el mundo; a éstos les llama el Verbo “luz del mundo” (Mt 5,14) y “sal de la
tierra” (Mt 5,13).

36.2. Ésta es la semilla, imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), y su hijo legítimo y heredero (cf. 1
Tm 1,2; Tt 1,4; Rm 8,17), que es enviado a la tierra como a una hospedería extraña por el gran
designio (= economía) y afinidad (lit.: analogía) con el Padre.

36.3. Por eso también fue hecho todo lo visible y lo invisible del mundo; unas cosas para servicio de
él, otras para su ejercicio (lit.: ascesis), y otras para su instrucción; y todas las cosas se reunirán,
cuando la semilla permanezca allá arriba, y una vez reunido él (= la semilla, el hombre elegido), todo
se disolverá rápidamente (cf. 2 P 3,10).

Dios es amor y nos ha manifestado su amor

37.1. En efecto, ¿qué se necesita aún? (Considera) los misterios de la caridad, y entonces
contemplarás el seno del Padre, a quien sólo el Dios [Hijo] Unigénito manifestó (cf. Jn 1,8).

37.2. Y además Dios mismo es amor (cf. 1 Jn 4,16), y por amor nuestro se hizo mujer (ethelynte; u
otra lectura: se ha dejado capturar [etheráte]; otra lectura: se ha dejado contemplar [ethéathe] por
amor hacia nosotros). Ciertamente, también lo inefable de Dios (es) [ser] Padre, pero la compasión
hacia nosotros le ha hecho madre. Por amor el Padre se hizo mujer, y una gran señal de ello es aquel
a quien engendró de sí mismo; y el fruto engendrado del amor es amor.
37.3. Por eso también Él descendió [al mundo], por eso se revistió de hombre, por eso sufrió
voluntariamente lo humano, para que, medido según nuestra debilidad (cf. Hb 2,17; 4,15), a los que
amó (cf. Jn 13,1), nos mida conforme a su propio poder (cf. Mt 7,2).

37.4. Y estando a punto de ofrecerse en sacrificio (cf. 2 Tm 4,6) y dándose a sí mismo como rescate
(cf. Mt 20,28), nos deja un testamento nuevo: “Les doy mi amor” (Jn 13,14). ¿Cuál y cuán grande es
este [amor]? Por cada uno de nosotros entregó su vida, equivalente a todo el universo. A cambio nos
pide que demos esa misma (vida nuestra) unos por otros (cf. Jn 15,13).

37.5. Si debemos nuestras vidas a los hermanos y hemos acordado ese pacto con el Salvador,
¿todavía vamos a guardar (como) tesoros las cosas del mundo, lo miserable, extraño y que pasa de
largo? ¿Vamos a excluir unos de otros las cosas que dentro de poco serán pasto del fuego?

37.6. Divina e inspiradamente dice Juan: “El que no ama al hermano es un homicida” (1 Jn 14-15),
semilla de Caín (cf. Gn 4,17-24), retoño del diablo (cf. Jn 8,44), no tiene entrañas de Dios, no tiene
esperanza de bienes mejores, es salvaje, estéril, no es sarmiento de la viña supracelestial siempre
viva; es cortado y [le] espera el fuego que no cesa (cf. Jn 15,6).

Conclusión

La excelencia de la caridad cristiana

38.1. Pero tú aprende “el camino por excelencia” (1 Co 12,31), el que muestra Pablo para salvación:
“La caridad no busca lo suyo” (1 Co 13,4-5), sino que se derrama sobre el hermano; por él se
sobrecoge, por él se arrebata (o: enloquece) con inteligencia.

38.2. “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 P 4,8; Pr 10,2); “la caridad perfecta expulsa el
temor” (1 Jn 4,18); “no es jactanciosa, no se engríe, no se complace en la iniquidad, sino que se
congratula en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad
nunca desfallece (o: caduca); las profecías se acaban, las lenguas cesan, las curaciones se quedan
sobre la tierra. Pero permanecen estas tres cosas: fe, esperanza y caridad; pero la más grande éstas
es la caridad” (1 Co 13,4. 6-8. 13).

38.3. Y con razón, ciertamente la fe se aparta, cuando estemos convencidos de ver a Dios con
nuestros propios ojos. También desaparece la esperanza, una vez concedido lo esperado; pero la
caridad entra en la plenitud y aumenta mucho más cuando se conceden las cosas perfectas.

38.4. Si uno pone de esta caridad en el alma, aunque haya sido engendrado en pecados (cf. Jn 9,34),
aunque haya realizado muchas acciones prohibidas, aumentando la caridad y recibiendo una
penitencia pura, puede recuperar lo perdido (o: combatir de nuevo [después] del revés).

38.5. Puesto que tampoco esto ha de incitarte a desesperación y desaliento, si también has
aprendido quién es el rico que no tiene lugar (o: morada) en los cielos.

Siempre es posible arrepentirse y obtener el perdón de Dios

39.1. Y de qué modo, sirviéndose de las cosas presentes y escapando del desprestigio de la riqueza y
de su peligrosidad (o: dificultad) respecto a la vida, uno podría gozar de los bienes eternos. Pero si
sucede que por ignorancia, por debilidad o por alguna circunstancia involuntaria, después de
recibido el sello [del bautismo] y la redención, cae en algunos pecados o faltas, como (hasta el punto
de estar) absolutamente (o: perfectamente) dominado, ése tal (no) está totalmente condenado por
Dios.

39.2. Porque a todo el que de verdad se convierte a Dios de todo corazón se le abren las puertas, y el
Padre recibe con los brazos abiertos (lit.: muy gustoso) al hijo verdaderamente arrepentido (cf. Lc
15,23-24). Pero el verdadero arrepentimiento es no someterse a los mismos (pecados), sino en
arrancar completamente del alma aquellos por los que uno se reconoció reo (o: se pensó enfermo)
de muerte, puesto que una vez eliminados, Dios se establecerá de nuevo en ti.

39.3. Porque dice [el Señor] que el Padre y los ángeles tienen una alegría y fiesta grande e
insuperable en los cielos, cuando un solo pecador se convierte y se arrepiente (cf. Lc 15,7. 10).

39.4. Por eso también ha gritado: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13; 12,7; Os 6,6); “no
quiero la muerte del pecador, sino la conversión” (Ez 18,23), y aunque sus pecados fuesen como lana
roja, los haré blancos como la nieve, y si fuesen más negros que las tinieblas, lavándolos los haré
como lana blanca” (Is 1,18).

39.5. Porque sólo Dios puede conceder el perdón de los pecados y no contabilizar las caídas (cf. Mc
2,7; Lc 5,21; 2 Co 5,19), puesto que también a nosotros nos exhorta el Señor a perdonar cada día a
los hermanos que se arrepienten (cf. Lc 17,3-4).

39.6. Si nosotros, que somos malos, sabemos dar buenos regalos (cf. Mt 7,11; Lc 11,13), mucho más
“el Padre de las misericordias” (Mt 7,11), el Padre bueno “de toda consolación” (o: de todo
consuelo; 2 Co 1,3), el lleno muy misericordioso y compasivo (cf. St 5,11; Sal 85 [86],5; Ex 34,6), que
por naturaleza es muy paciente (o: longánime). Él aguarda a los que se convierten; y convertirse es
realmente desistir de los pecados y no mirar más hacia atrás (cf. Lc 9,62; 15,11 ss.).

Dios nos perdona por su gran misericordia

40.1. Ciertamente Dios concede perdón de las cosas acontecidas anteriormente, pero de las que
suceden (después) cada uno (se lo da) a sí mismo. Y esto es arrepentirse, el censurarse por las cosas
pasadas y pedir perdón (lit.: amnistía) de ellas al Padre, que es el único entre todos capaz de hacer
inútil (o: vano) lo que se ha realizado, perdonando los pecados anteriormente (cometidos) con la
misericordia que de Él procede y con el rocío del Espíritu.

40.2. “Porque los juzgaré en las acciones en que los encuentre” (podría ser un agraphon; cf. Ez
33,20), dice [la Escritura], y por cada una de ellas grita el fin de todo.

40.3. De manera que a quien ha cumplido las cosas más grandes durante la vida, pero al fin cae en la
maldad, le resultan inútiles todas las fatigas precedentes: deviene incapaz de seguir el desenlace
(lit.: catástrofe) del drama; y a quien por el contrario ha vivido antes peor y con languidez, es posible
que después, una vez convertido, venza el mal comportamiento de largo tiempo con el periodo
posterior a la conversión.

40.4. Pero se necesita una gran atención, como los que están cansados corporalmente por una larga
(o: gran) enfermedad necesitan de una dieta y curación mayor.

40.5. Ladrón, ¿quieres obtener el perdón? No robes más. Adúltero, no te abrases más. Fornicador, sé
puro en adelante. Saqueador, restituye y da de más. Testigo falso, practica la verdad. Perjuro, no
jures más. Corta también las otras pasiones: ira, concupiscencia, tristeza, miedo, para que te
encuentres en el éxodo (de la vida) ante el adversario, ya liberado (o: adelantado en la liberación) de
las cosas anteriores.

40.6. Ciertamente es imposible eliminar igualmente de una vez las pasiones habituales, pero con el
poder de Dios, la súplica humana, la ayuda de los hermanos, el arrepentimiento sincero y cuidado
continuo se arrancan de raíz.

Importancia del acompañamiento espiritual

41.1. Por eso (es) totalmente necesario que tú, altanero, poderoso y rico, te pongas al cuidado de un
hombre de Dios como entrenador (o: maestro) y guía. Respétalo, aunque sea a él solo; témelo,
aunque sea a él solo; procura escucharlo, aunque sea a él solo, pues habla con franqueza, y al mismo
tiempo que es rudo (o: maltrata) también cura.

41.2. En efecto, tampoco aprovecha a los ojos permanecer sin castigo durante un tiempo, sino
también derramar lágrimas y dejarse molestar (o: irritarse) cuando sea para una mayor salud.

41.3. Así también no hay nada más funesto para el alma que un placer ininterrumpido; porque se
cegará por la disolución, si permanece inmóvil ante un discurso pronunciado con franqueza.

41.4. Teme tú también a ese [hombre] airado (o: encolerizado); laméntate, cuando esté angustiado
(cf. Hb 13,17); respeta al que pone fin a la ira, y adelántate al que rechaza el castigo.

41.5. Esa (persona) pasa muchas noches en vela por ti, haciendo de embajador tuyo ante Dios (cf. Hb
13,17) e intercediendo con súplicas (lit.: letanías) continuas al Padre, porque no pone resiste a los
hijos que suplican a su corazón (lit.: a sus entrañas).

41.6. Y rezará con pureza por ti, si es estimado como un ángel de Dios y no es afligido por ti, sino en
favor tuyo. Ésta es la conversión sin hipocresía.

41.7. “De Dios nadie se burla” (Ga 6,7), y no presta atención a palabras vacías; porque Él solo juzga
los riñones y el corazón (o: las enjundias [la médula] y oscuridades del corazón; cf. Hb 4,12; Jr 17,10;
Sal 7,10; Ap 2,23), escucha a los que están en el fuego (cf. Dn 3,13-30), oye a los que suplican en el
vientre del cetáceo (cf. Jon 2,1-11), está cercano a todos los que tienen fe y se aleja de los ateos, a
no ser que se conviertan.

Relato final

42.1. Pero para que tú, verdaderamente así arrepentido, pongas confianza en permanecer en la
conveniente esperanza de la salvación, escucha un relato que no es una fábula (mythos), sino un
suceso real sobre, el apóstol Juan, transmitido y custodiado por la memoria (cf. Eusebio de Cesarea,
Historia eclesiástica, III,6-15, que transmite la misma historia).

42.2. Porque, una vez muerto el tirano (= el emperador Domiciano, quien murió el 18.09.96), [Juan]
se trasladó desde la isla de Patmos (cf. Ap 1,9) a Éfeso; iba llamado también por las regiones paganas
vecinas, donde establecía obispos, donde ponía en armonía a todas las iglesias, donde nombraba
clérigos (o: para el clero) a alguno de los señalados por el Espíritu.

42.3. Al llegar, entonces, también a una ciudad no lejana, de la cual algunos también conocen el
nombre (¿Esmirna?), y después de confortar a los hermanos en (todas) las otras cosas, viendo a un
joven (cf. Mt 19,20) de cuerpo robusto, de aspecto agradable y de alma ardiente, mirando de frente
al obispo que presidía a todos (lit.: establecido sobre todos) los demás, dijo: “Yo te lo confío a éste
con todo cuidado, la Iglesia y Cristo (son) testigos”. Y una vez que el obispo hubo aceptado y
garantizado todo, [Juan] de nuevo insistía en las mismas palabras y apelando a los mismos testigos.

42.4. Después él [Juan] regresó a Éfeso, y el presbítero recibió al jovencito que se le entregaba y lo
llevó a casa, lo alimentó, lo tenía consigo, lo cuidaba (cf. Ef 5,29) y por último lo bautizó (lit.: iluminó;
cf. Hb 6,4)). Después de estas cosas disminuyó el mayor cuidado y la vigilancia, como que le había
confiado al perfecto guardián, al sello del Señor.

42.5. Al [joven] que había recibido la independencia antes de tiempo se le acercaron algunos
coetáneos ociosos y disolutos, habituados al mal; y en primer lugar lo sedujeron (o: sometieron,
indujeron) mediante banquetes suntuosos, y después lo llvearon consigo de noche para robar,
después también trataron de hacerlo cómplice en alguna cosa más importante.

42.6. Él poco a poco se iba acostumbrando y, por la fuerza de su naturaleza, se apartó del camino
recto, como un caballo desbocado, vigoroso y que, (incluso) mordiendo el freno, se precipitaba
mucho más en los abismos.

42.7. Y finalmente, desesperando de la salvación en Dios, ya no proyectaba (o: pensaba en) cosas
pequeñas, sino que hizo algo grande, (y) puesto que estaba perdido de una vez por todas, decidió
experimentar lo mismo que los otros. Tomando de consigo otras personas y formando en una banda
de ladrones, (se convirtió) en el decidido jefe de la banda, el más violento, el más sanguinario y el
más temible.

42.8. Pasó el tiempo y al sobrevenir una necesidad, volvieron a llamar a Juan. Y éste, después de
haber dispuesto las cosas relativas a su llegada, dijo: “¡Ahora, ánimo, obispo! Devuélveme el
depósito que Cristo y yo te hemos confiado en presencia de la Iglesia que presides (y eres) testigo”.

42.9. Pero aquél [obispo] en primer lugar se desconcertó (o: asombró) pensando que era acusado (o:
calumniado) falsamente de unas riquezas que no había recibido, y no podía devolver aquello que no
tenía ni dejar de confiar en Juan; pero como [Juan] dijo: “Reclamo al muchacho y el alma del
hermano”, el anciano, gimiendo profundamente y llorando, dijo: “Aquél ha muerto”. “¿Cómo y de
qué muerte?”. “Ha muerto para Dios -dijo-, porque se ha hecho un malvado, un perdido y, en una
palabra, un salteador y ahora se ha apoderado del monte que está frente a la iglesia con unos
mercenarios (o: una cuadrilla) semejantes a sí mismo”.

42.10. El apóstol rasgó el vestido y, golpeándose la cabeza, con un gran gemido, dijo: “Buen custodio
del alma del hermano dejé; pero que se me prepare un caballo y alguien me haga de guía para el
camino”. Y desde allí, tal como estaba, partió de la iglesia.

42.11. Al llegar al lugar, es capturado por la guardia de los salteadores, y no huye ni suplica, sino que
grita: “He venido por esto, condúzcanme ante su jefe”.

42.12. Éste, mientras tanto, como estaba armado, aguardó, pero como reconoció a quien se
acercaba, a Juan, sintiendo vergüenza, se dio la vuelta y huyó. (Juan) lo perseguía con todas sus
fuerzas, olvidado de su propia edad (y) gritando:
42.13. “¿Por qué, hijo, huyes de mí, que soy tu padre, indefenso (y) viejo? Ten piedad de mí, hijo, no
temas; tienes todavía esperanzas de vida. Yo hablaré con Cristo dando cuentas por tí (cf. Hb 13,17);
si fuere necesario, sufriré voluntariamente por ti la muerte, como el Señor por nosotros; por ti daré
a cambio mi vida. ¡Detente, ten fe! Cristo me ha enviado”.

42.14. Aquél [joven], al escucharlo, primero se detuvo, mirando para abajo, después arrojó las
armas, luego, temblando, lloraba amargamente (cf. Mt 26,75; Lc 22,62); abrazó al anciano que se
acercaba, defendiéndose con gemidos como podía y dejándose bañar una segunda vez por las
lágrimas, ocultando únicamente la mano derecha.

42.15. Y Juan le salió fiador jurando como había alcanzado el perdón del Salvador para él, rezando,
arrodillándose y besando aquella misma mano derecha como purificada por la conversión, lo
condujo a la iglesia, y rezando con abundantes oraciones, acompañándole en la lucha con continuos
ayunos, hechizando (o: seduciendo) su mente con variados discursos atractivos (lit.: de sirenas) y,
como dicen, no se marchó de allí antes de haberlo puesto a la cabeza de la iglesia, dando un gran
ejemplo de verdadera conversión y grandes señales de regeneración, trofeo de una resurrección
visible (= la regeneración obrada por la conversión).

42.15a. Los hombres que persisten en el mal prohibido serán violentamente golpeados por los
ángeles que sobrevendrán del costado izquierdo; y serán echados fuera [atados] con pesadas
cadenas, conducidos por un espíritu al fuego eterno (cf. Mt 25,41). Entonces en vano y sin fruto
muchos se arrepentirán. Los demonios los llenarán de injurias y de epítetos apropiados: fornicarios,
asesinos, adúlteros, avaros, ávidos, ladrones. Porque se hicieron merecedores de los frutos de la
penitencia, ellos no podrán mirar el rostro de los ángeles del lado izquierdo, ni tocarlos, ni acercarse
a ellos.

42.15b. Pero los otros (serán) alabados y abrazados por los ángeles del lado derecho, que les
acompañarán con gran alegría, dando gracias al cielo y sobre todo al Salvador...[1].

42.16. [...] Con alegría radiante, con caras espléndidas, cantando himnos, descubriendo los cielos.
Delante de todos el Salvador mismo, el primero en ir al encuentro dando la mano derecha,
ofreciendo una luz sin sombra, sin descanso, mostrando el camino hacia las entrañas del Padre (cf.
Jn 1,18), hacia la vida eterna, hacia el reino de los cielos.

42.17. Quien crea estas cosas y [confíe] en los discípulos de Dios y en la garantía de Dios, con
profecías, evangelios (y) palabras apostólicas; quien vive cerca de esas cosas, presta (o: tiende) los
oídos, y las pone por obra, en el (momento) mismo de la partida verá el cumplimiento y la
demostración de las verdades (creídas) [o: recibidas].

42.18. Porque quien aquí en la tierra haya escuchado (lit.: aceptado) al ángel de la conversión, no
podrá convertirse entonces, cuando abandone el cuerpo, ni se avergonzará, cuando vea que el
Salvador se acerca con su gloria y ejército: no teme al fuego. Pero si alguien elige permanecer
siempre en pecado por motivo de los placeres y prefiere las delicias de aquí abajo a la vida eterna y,
dándole el Salvador el perdón, se da la vuelta, no hay que responsabilizar (o: acusar) a Dios, ni a la
riqueza, ni al dejarse arrastra (anteriormente), sino a su misma alma, que se pierde voluntariamente.

42.19. Pero a quien mira la salvación y la desea y solicita con insistencia (cf. Mt 7,7; Lc 11,8) y con
fuerza (cf. Mt 11,12), le concederá la verdadera purificación y la vida inmutable el Padre bueno (cf.
Mc 10,18) que está en los cielos.
42.20. A Él, por medio del Hijo, Jesucristo, Señor de vivos y de muertos (cf. Rm 14,9), y por medio del
Espíritu Santo, sea la gloria, el honor, el poder, la eterna majestad, ahora y en las generaciones de las
generaciones, por los siglos de los siglos. Amén (cf. Rm 16,27; Ef 3,21; 1 Tm 1,17).

[1] Seguimos la edición de la colección Sources chrétiennes, p. 220, que suple la laguna del texto
griego con un fragmento armenio (en cursiva).

[1] Texto griego en: Clemens Alexandrinus. Dritter Band. Stromata Buch VII und VIII. Excerpta ex
Theodoto. Eclogae Propheticae. Quis Dives Salvetur. Fragmente, Leipzig, J. C. Hinrichs’sche
Buchhandlung, 1909, pp. 159 ss. (Die griechischen christlichen Schriftsteller der ernsten drei
Jahrhunderte, 17); Sources Chrétiennes, n. 537, Paris, Eds. Du Cerf, 2011, pp. 100 ss.; y en la
colección Fuentes Patrísticas (= FP), n. 24, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 2010, pp. 228 ss. En líneas
generales, seguimos esta traducción castellana, pero con algunas modificaciones, y añadiendo
subtítulos. Cf. también:
http://mercure.fltr.ucl.ac.be/Hodoi/concordances/clemens_alex_riche_sauve/ (texto griego con
traducción francesa).

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