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Breakaway - Grace Reilly

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1

2
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lectura.�

3
4
STAFF ........................................4 26 .......................................... 142
CONTENIDO ...............................5 27 .......................................... 146
SINOPSIS ...................................7 28 .......................................... 151
NOTA DE LA AUTORA .............. 10 29 .......................................... 152
1 .............................................. 11 30 .......................................... 156
2 .............................................. 17 31 .......................................... 159
3 .............................................. 21 32 .......................................... 166
4 .............................................. 27 33 .......................................... 171
5 .............................................. 30 34 .......................................... 176
6 .............................................. 38 35 .......................................... 182
7 .............................................. 43 36 .......................................... 186
8 .............................................. 51 37 .......................................... 191
9 .............................................. 58 38 .......................................... 195
10 ............................................ 63 39 .......................................... 199
11 ............................................ 68 40 .......................................... 202
12 ............................................ 72 41 .......................................... 208
13 ............................................ 79 42 .......................................... 213
14 ............................................ 86 43 .......................................... 217
15 ............................................ 92 44 .......................................... 225
16 ............................................ 97 45 .......................................... 228
5 17 .......................................... 101 46 .......................................... 233
18 .......................................... 106 47 .......................................... 237
19 .......................................... 111 48 .......................................... 240
20 .......................................... 114 49 .......................................... 242
21 .......................................... 117 50 .......................................... 247
22 .......................................... 122 51 .......................................... 251
23 .......................................... 129 52 .......................................... 256
24 .......................................... 134 53 .......................................... 263
25 .......................................... 138 54 .......................................... 265
55 .......................................... 272 LA LISTA ................................ 338
56 .......................................... 276 ARIZONA; UN EPÍLOGO
57 .......................................... 282 EXTENDIDO........................... 339

58 .......................................... 287 1 ............................................ 340

59 .......................................... 293 2 ............................................ 344

60 .......................................... 297 3 ............................................ 346

61 .......................................... 302 4 ............................................ 349

62 .......................................... 306 5 ............................................ 351

63 .......................................... 310 6 ............................................ 355

64 .......................................... 318 7 ............................................ 358

65 .......................................... 321 8 ............................................ 361

66 .......................................... 325 9 ............................................ 363

67 .......................................... 330 AGRADECIMIENTOS .............. 367

68 .......................................... 335 SOBRE LA AUTORA ............... 368

6
Un acuerdo secreto de amigos con beneficios con la hija del
entrenador no debería tener ninguna posibilidad de ser algo más...

Cooper
Como atleta universitario profesional con una buena reputación, por
lo general tengo mi elección de conejitas. Pero últimamente, he estado en un
período de sequía que se siente más como una maldición, y el estrés está
afectando a mi juego, la única cosa que no puede suceder si voy a seguir
construyendo mi futuro en la NHL, empezando por ser capitán del equipo.
Entra Penny Ryder.
Es la hija de mi entrenador, pero desde el momento en que me arrastra
al armario de la pista de hielo y me deja hacer lo que quiera con ella, es lo
único que tengo en mente aparte del hockey. Quiere que le enseñe todas las
cosas que se muere por experimentar con un chico, y viendo su lista...
somos almas gemelas en la cama. Si le digo que sí, volveré a estar relajado
sobre el hielo, pero si su padre descubre lo que estamos haciendo, me veré
obligado a decir adiós a la oportunidad de ser capitán y de ganarme por fin
la aprobación de mi propio padre.

Penny
Gracias a mi ex de infierno, estoy muy lejos de estar preparada para
una relación, pero después de una desafortunada mañana en la que se
7 vieron implicados mi compañera de piso y un juguete personal volador, está
claro que por fin ha llegado el momento de reclamar mi lista, una experiencia
en la cama cada vez.
Entra Cooper Callahan.
Es el chico más informal con el que se me ocurre estar, pero da la
casualidad de que es el defensa estrella de mi padre, el entrenador de
hockey. Un acuerdo con él me obligará a ocultarle otro gran secreto a mi
padre, pero el acuerdo al que llegamos es sencillo: amigos secretos con
beneficios hasta que se convierta en capitán... y yo tache todas las
experiencias de mi lista para superar por fin el incidente que arruinó mi vida
y mi carrera como patinadora artística a los dieciséis años.
Sin embargo, cuanto más dura nuestra relación, más confiamos el
uno en el otro y menos quiero despedirme. Sé que el amor lleva al desamor,
pero ¿y si también puede despejar el hielo para una ruptura?

Breakaway es una novela romántica picante sobre deportes


universitarios con doble punto de vista y un final feliz garantizado. Es
la segunda de una serie de novelas enlazadas, pero independientes, de
la serie Beyond the Play.

8
Para Moira, que amó a Cooper desde el principio.

9
Aunque he intentado ser sincera con la realidad del hockey
universitario y de los deportes universitarios en general a lo largo de este
libro siempre que ha sido posible, puede haber imprecisiones, tanto
intencionadas como no intencionadas.
Visita mi sitio web para ver todas las advertencias sobre el contenido.

10
Cooper

Después de toda una vida despertándome a horas aleatorias para ir a


la pista, más dos temporadas completas de hockey en McKee, uno pensaría
que no me equivocaría en algo tan estúpido como la hora de la exhibición
de apertura de temporada.
Sin embargo, aquí estoy, corriendo a toda velocidad hacia el Markley
Center, con mi bolso de lona colgado al hombro como si estuviera lleno de
dinero e intentara llegar al auto de huida antes que la policía. Cruzo a toda
velocidad un paso de peatones, ignorando el bocinazo de un auto que frena
para esquivarme, y casi me caigo de culo al pasar a toda prisa junto a un
grupo de estudiantes que se dirigen a una fiesta.
Choco contra el hombro de una chica, que rueda sobre mí gritando:
—¡Cuidado, imbécil!
No soy lo bastante rápido para esquivar el vaso de cerveza que me
lanza.
Fantástico. Me limpio el goteo lo mejor que puedo mientras corro.
Cuando por fin llego a las puertas, las abro de un tirón y me deslizo adentro.
Llego a los vestuarios justo en el momento en que el entrenador Ryder
termina su charla previa al partido. Todos mis compañeros llevan la
camiseta morada de casa, las protecciones puestas, los patines puestos, los
sticks 1 y los cascos en la mano. Este partido contra la Universidad de
Connecticut no cuenta para la clasificación, pero indica que es hora de
11 ponerse serios. Después de semanas de preparación para la temporada, es
nuestra primera oportunidad de demostrar al entrenador lo mucho que
hemos asimilado el nuevo libro de jugadas, y una oportunidad para que yo
presente mi candidatura a capitán.
¿Ahora mismo? Me mira fijamente con esos ojos azul pálido que te
atraviesan como un cuchillo. Me recuerdan a los de mi padre, y no en el
buen sentido.
—Vamos —dice—. Enséñenme lo que tienen, caballeros.

1 Un stick o palo es el principal utensilio para jugar en el hockey.


—¿Dónde estabas? —me pregunta Evan, mi compañero de defensa.
Se sacude las trenzas antes de ponerse el casco—. ¿Y por qué hueles a
fraternidad?
—Me quedé atascado en clase. —Eso no es técnicamente una mentira;
simplemente pensé que tenía más tiempo para las horas de oficina con la
profesora Morgenstern. Necesitaba rogarle una prórroga en mi ensayo sobre
Macbeth para su seminario de Shakespeare, y cuando se pone en marcha,
es difícil terminar la conversación. El semestre lleva ya un mes, pero todavía
no tengo las cosas claras, sobre todo para los tres seminarios que estoy
cursando. Shakespeare. El gótico feminista. Maldito Milton. Hace una
semana que no leo nada.
Me tapo la cabeza con la sudadera y la meto en el casillero junto con
mi gorra de la suerte de los Yankees.
—Te veré en el hielo.
—Callahan —me llama el entrenador Ryder—. Un momento.
Se me revuelve el estómago, aunque ya me lo esperaba. Sigo
desvistiéndome, poniéndome las protecciones lo más rápido que puedo
mientras lo hago bien, pero levanto la vista cuando escucho sus pasos.
He tenido muchos entrenadores en mi vida, pero nadie grita
“entrenador de hockey” como Lawrence Ryder. Siempre lleva una camisa
con cuello, no sólo para los partidos sino también para los entrenamientos,
y aunque no ha jugado desde su último año en Harvard, cuando llevó a su
equipo a la victoria en la Frozen Four 2, tiene la nariz torcida y la actitud de
tipo duro que demuestran que pasó tiempo en el hielo. Ha mejorado mucho
mi juego en nuestras dos primeras temporadas juntos, y hemos hablado
sobre el futuro, el único futuro que aceptaré para mí, de una forma que no
puedo hacerlo con mi verdadero padre.
Sé que papá nunca lo admitirá, probablemente porque mamá no se lo
permite, pero estoy seguro de que aún desearía que me hubiera enamorado
del fútbol como él y mi hermano mayor James. En lugar de eso, cambié los
12 tacos por los patines y nunca miré atrás.
—¿Por qué has llegado tarde? —pregunta el entrenador.
Me agacho para atarme los patines.
—Perdí la noción del tiempo, señor.
—¿Por eso hueles a cerveza barata?
—Una chica me derramó una cerveza encima. Fuera de la pista. —Lo
miro mientras me mantengo de pie, en equilibrio sobre las cuchillas de mis
patines—. No volverá a ocurrir.

2 Campeonato masculino de hockey sobre hielo de la NCAA.


—¿Por qué perdiste la noción del tiempo? —La pregunta queda en
suspenso. No es que haya hablado nunca con el entrenador sobre mi vida
personal, pero no es exactamente un secreto que, en circunstancias
normales, paso mi tiempo libre haciendo visitas guiadas por los dormitorios
del campus, una niñita de papá a la vez.
—Estaba en horas de oficina con un profesor.
Asiente.
—Bien. Pero no quiero que vuelvas a llegar tarde, Callahan. Y menos
para un partido de verdad. La preparación...
—Hace el juego —termino. Se lo he oído decir muchas veces. Espera
lo mejor de todos nosotros, pero especialmente de los jugadores como yo,
los que tienen una oportunidad de futuro en el hockey.
El entrenador Ryder es un entrenador universitario; somos
estudiantes, no sus empleados. La Universidad McKee no nos paga por
jugar. Estamos aquí por una educación, por muy importantes que sean los
deportes para el perfil general de la universidad. Se supone que lo académico
es lo primero, pero él sabe desde el primer año que, si hubiera podido, me
habría presentado al draft de la NHL en cuanto hubiera cumplido los
dieciocho. Obtengo mi título por mis padres; mi padre siempre nos ha
instado a considerar más allá de nuestras carreras deportivas el resto de
nuestras vidas. Al principio, quería jugar en una liga juvenil, que me
seleccionaran para el draft y, entre medias, estudiar una carrera en línea,
pero eso no fue suficiente para él ni para mamá. ¿El único consuelo? Hasta
ahora he tenido una gran preparación para la NHL en McKee, así que espero
poder ir directamente a la liga, en lugar de empezar en otros equipos, tan
pronto como me gradúe.
Sólo tengo que pasar dos años más. Dos temporadas más. Ahora que
soy un estudiante de último año, la presión ha aumentado aún más. Los
estudiantes de último año que se graduaron dejaron al equipo en una
posición precaria y, si hay algo que me ayudaría a consolidar mis planes
13 para después de graduarme, serían dos temporadas completas como capitán
del equipo, demostrando que puedo liderar además de jugar. Aún no sé si
me tiene en cuenta para ello, pero espero que lo haga.
—Sí —dice el entrenador, con esos ojos serios que siguen
estudiándome de cerca—. Y yo que pensaba que habíamos aclarado tus
problemas la temporada pasada.
Levanto la barbilla, a pesar del dolor que se me clava en el vientre y
tira de mí, como un pez atrapado en un sedal. 3 La temporada pasada nos
quedamos a las puertas de las Regionales por muchas razones, pero no voy
a fingir que la sanción por pelearse que provocó mi suspensión en el último
3
Trozo corto de hilo fino y muy resistente que se ata por un extremo al anzuelo y por el otro
a la cuerda que pende de la caña de pescar.
partido de la temporada no tuvo mucho que ver. Debería haber estado sobre
el hielo en ese partido, y no lo estuve.
—Lo hicimos.
—Muy bien —dice. Me da una palmada en el hombro—. Calienta
rápido. Enséñame lo que tienes.
Después de estirar lo más rápido que puedo, me dirijo al hielo. Aunque
sólo es un partido de exhibición, hay un montón de estudiantes aquí, e
incluso algunos seguidores de la UConn. 4 Aunque el programa de fútbol es
la joya de la universidad, los partidos de hockey de McKee atraen a una
buena multitud.
Evan y yo somos los defensas del primer turno, así que cuando el
entrenador Ryder deja de charlar con el entrenador de la UConn y el árbitro
señala el primer frente a frente, ya estamos en el hielo, en posición de
proteger a nuestro portero, Remmy Aaron Rembeau y nuestra zona. Me
adapto rápidamente al juego, disfrutando del ritmo, por poco que sea, de un
partido. Cuando la temporada comience oficialmente este viernes, sentiré
que he pasado página. Desde la primavera, he reflexionado sobre el fracaso
de la temporada pasada y todo lo que conllevó, pero por fin estoy a punto de
hacer borrón y cuenta nueva.
El disco sale disparado por el hielo, seguido por uno de los jugadores
de la UConn. Me encuentro con él en el borde de la zona defensiva y trato
de empujarlo, pero interpreto mal su pase. El disco acaba en nuestro lado
de la pista, traído hábilmente por otro jugador del ataque de la UConn. Lo
pasa directamente entre las piernas de Remmy hacia la red.
Mierda. No suelo cometer errores como ese.
Salgo del hielo cuando termina mi turno y veo cómo empieza el
segundo. Me siento en el banquillo y bebo un poco de agua. A pesar de todo
el acondicionamiento que he hecho para mantenerme en forma fuera de
temporada, estoy agitado por el sprint 5 de casi dos minutos. Me froto el
pectoral. Hay un nudo de presión detrás que me dificulta tragar. No se trata
14 sólo de llegar tarde y perder la oportunidad de enderezarme antes del
partido, o de dejar pasar ese gol. Es algo más profundo, como una fisura en
el esternón.
La presión de rendir bien para que la NHL me llame cuando me
gradúe.
La presión de ayudar al equipo a llegar a la Frozen Four esta
temporada, en lugar de sabotear todo el esfuerzo.

4Abreviatura de Universidad de Connecticut.


5Es un período breve de tiempo fijo en el que un equipo trabaja para completar una
cantidad de trabajo establecida.
La presión de cuidar de mi hermana pequeña Izzy, estudiante de
primer año en McKee este año, como mis padres esperan de mí ahora que
James se ha graduado y se ha ido a la NFL.
Normalmente, es en el hielo donde quiero estar. Allí estoy
concentrado. Tranquilo. Pero durante los entrenamientos de las últimas
semanas, y ahora durante este partido, y la primavera pasada cuando le di
un puñetazo en la boca a Nikolai Abney-Volkov y nos expulsaron a los dos
del partido, he perdido el control de esa concentración, junto con todo lo
demás.
Si soy sincero conmigo mismo, también hay otra razón. Algo que no
he querido nombrar, porque suena estúpido, incluso en mi cabeza. Una cosa
es que me guste el sexo, y otra que me sienta al límite porque no lo he tenido.
Pero hace meses que no tengo sexo.
Meses.
La última vez que vi un par de tetas, era primavera. Ahora estamos
casi en octubre, y no consigo ligar con ninguna chica. Por lo general, mi
condición de jugador estrella de hockey en el campus me lleva a elegir
conejitas, pero ahora, no estoy recibiendo su atención. No sé qué me pasa,
por qué tengo la sensación de tener piojos o algo así. Tengo el mismo
aspecto, actúo igual, hablo igual... y el encanto que solía llevarme a recibir
múltiples ofertas por noche me está dando un gran y gordo nada.
El sexo no solucionaría nada, pero excitarme dentro de una chica en
vez de con mi puño sería un comienzo, por muy vergonzoso que suene.
Sólo jugamos unos periodos de diez minutos, ya que este partido es
sólo para practicar, así que el tiempo pasa volando, y pronto estamos en los
últimos minutos, empatados a uno.
—Callahan —dice el entrenador—. Tú y Bell vuelven a entrar.
Evan y yo saltamos sobre las tablas y nos acomodamos. No pasan ni
treinta segundos antes de que uno de nuestros novatos, Lars Halvorsen,
15 envíe una belleza de tiro a la red de la UConn. Nos acercamos para felicitarlo.
No es un gol de verdad, pero tiene talento, así que estoy seguro de que pronto
marcará el primero. Además, rompe el empate, y no tendremos tiempo extra
en un partido como este. Un minuto más y podremos ducharnos e irnos a
casa.
Ganamos el frente a frente, pero rápidamente nos vemos obligados a
volver a nuestra zona defensiva gracias a una buena presión. Un jugador de
la UConn empuja a Evan contra las tablas detrás de la red. Me apresuro a
ver si puedo liberar el disco y lo golpeo, forzando una persecución hasta que
se acaba el tiempo.
—Mamá era un polvo caliente —dice el jugador de la UConn mientras
inmoviliza a Evan con el hombro—. ¿Cuándo te tuvo, a los quince años?
Evan se queda paralizado. Por un momento pienso que está dolido,
pero luego me doy cuenta de que está conteniendo las lágrimas. Se me
bloquea todo el cuerpo, el corazón me late tan fuerte que oigo el torrente de
sangre en los oídos.
Evan no es sólo mi compañero de equipo, es uno de mis mejores
amigos.
Y su madre murió de cáncer este verano.
Mi puño impacta en la mandíbula del jugador de la UConn con una
sacudida satisfactoria.

16
Cooper

Escucho de lejos el silbato del árbitro. Siento los brazos de alguien


que me tira hacia atrás. El tipo de la UConn me pega un tiro que me golpea
el casco en la boca antes de que nos separen. Me paso la lengua por la
comisura de los labios y noto el sabor a cobre.
Los chicos siempre nos molestamos todo el tiempo, y es imposible que
supiera que estaba tocando un tema tan delicado.
Pero lo sé, y no lo toleraré. Incluso si eso significa lidiar con la ira del
entrenador Ryder.
Sus ojos están ardiendo cuando llego al banquillo. Se frota la mano
sobre la mandíbula bien afeitada. Los botones de su camisa parecen a punto
de saltar. Durante medio segundo, estoy convencido de que me va a echar
la bronca aquí mismo, pero entonces niega.
—Te quiero en mi oficina.
Asiento.
—Sí, señor.
Levanto la cabeza mientras camino hacia los vestuarios. Incluso
mantengo la compostura mientras me desabrocho los patines y me quito el
equipo, pieza a pieza, sudoroso. El equipo se reúne a mi alrededor, hablando
en voz baja aunque hayamos ganado. Algunos se van a las duchas, pero sé
17 que el entrenador quiere verme ahora, no después de que me haya lavado
la suciedad del partido.
Me miro en un espejo. Parezco un desastre, con el cabello cayéndome
sobre los ojos y la sangre goteando desde el labio hasta la barba. Recojo mi
stick y lo parto por la mitad justo encima de la rodilla, luego tiro los trozos
al suelo. Detrás de mí, alguien tose.
Mierda.
No me arrepiento de haber defendido a Evan, pero odio que el señor
“Yo Mamá” Idiota me haya provocado para que le pegara de verdad.
Llamo a la puerta del entrenador por costumbre, aunque todavía esté
fuera con el equipo, y me hundo en la silla frente al escritorio.
Cuando se abre la puerta, no levanto la vista. El rostro de decepción
del entrenador es como la de mi padre, y la veo a menudo.
Lo oigo acomodarse en la silla. Se echa hacia atrás y la silla cruje en
el silencio. Se aclara la garganta.
—Callahan —dice.
Eso me hace mirarlo. Es una diferencia. Papá dice mi nombre de pila,
Cooper, pero aquí soy Callahan. Soy el nombre cosido en la espalda de mi
jersey morado y blanco de McKee. Es el nombre de mi familia, pero al menos
en el hielo, es sólo mío. Papá y James pueden tenerlo en el campo de fútbol,
pero yo nunca me he sentido cómodo allí. Mi hermano adoptivo y mejor
amigo, Sebastian, puede elegir llevarlo en su camiseta de béisbol. El hielo
es todo mío.
Suspira.
—Tarde, descuidado y malhumorado. Me prometiste otra cosa.
Trago saliva. Merezco oír lo que dice, pero aun así me escuece.
—Lo sé, señor.
—¿Quieres explicarme qué pasó? —dice—. Porque Bell no para de
balbucear, y me encanta ese chico, pero no tiene ni pizca de sentido cuando
está todo alterado.
Me muerdo el labio, clavando accidentalmente los dientes en el corte.
Contengo una mueca de dolor mientras miro al entrenador.
—Ese tipo hablaba mal de su madre.
La boca del entrenador se tuerce.
—Joder.
—Sé que acordamos no pelear...
—No acordamos —interrumpe—. Te di una orden, que se suponía que
tenías que seguir. Y no la cumpliste.
18 —No podía dejar que se saliera con la suya.
—Así que tomaste represalias de forma que no te llevaran a sanciones.
—Se pellizca la nariz, sacudiendo la cabeza mientras se le cierran los ojos—
. Tienes suerte de que ocurriera en un partido como este, porque me las
arreglé para mantenerte elegible para el inicio de la temporada.
Me mira, moviendo la mandíbula. Cuando levanta una ceja, le
devuelvo la mirada. Sé que espera una disculpa, pero no se la voy a dar. No
por defender a mi compañero de equipo. La verdad es que ni siquiera había
pensado en si la pelea acabaría en suspensión hasta este mismo momento.
Otro error. Otro resbalón en la dirección contraria; montaña abajo en
lugar de subir a la cima.
—Alguien tenía que hacerlo callar —digo finalmente.
Se levanta, se gira para mirar una foto en la pared detrás de su
escritorio. El fotógrafo captó el momento exacto en que su equipo se dio
cuenta de que habían ganado la Frozen Four: la emoción, la alegría, el jodido
alivio de haber llegado a la cima de esa montaña. Quiero ser yo, pero vestido
de púrpura real McKee en lugar de carmesí, agitando la copa en alto.
Y eso antes de llegar a la NHL y levantar la Copa Stanley, por
supuesto.
—Quiero que seas capitán —me dice.
De todas las cosas que esperaba que me dijera ahora, esa no era la
primera de La Lista. Ya ni siquiera estaba seguro de que estuviera en La
Lista.
—Señor —digo, alisándome la sudadera y sentándome más recto—.
Yo…
—Por supuesto, no puedo hacerlo si vas a conseguir que te echen
gracias a las sanciones por peleas —dice—. O si vas a jugar fatal. Tienes el
potencial para ser el líder de este equipo, Callahan. Quiero que lo seas.
Tienes el hambre. —Señala la fotografía. Está justo en medio del grupo de
jugadores de Harvard, reconocible incluso veinte años atrás, con la “C” de
su camiseta brillando como un faro—. Si llegamos a alguna parte esta
temporada, será gracias a ti.
Me trago la emoción que amenaza con aparecer en mi rostro. Una cosa
es saber que tienes talento y otra oírlo decir tan claramente. Capitán. He
estado intentando defender mi caso, por supuesto, pero no creía que fuera
a ocurrir este año. La graduación del grupo de seniors del año pasado
debilitó mucho al equipo, pero aún quedan algunos alumnos con talento.
—Pero yo sólo soy junior —digo—. ¿Qué tal uno de los mayores?
¿Brandon o Mickey? Brandon es el central.
Niega.
19 —Si va a ser alguien, serás tú. Pero tienes que ganártelo. ¿Entiendes?
Basta de peleas. Agacha la cabeza y concéntrate en tu juego.
Asiento.
—Entendido.
Cualquier cosa por esa “C” en mi jersey. James fue el capitán del
equipo de fútbol el año pasado, y ahora lidera el ataque de los Eagles de
Filadelfia. No es una comparación directa, teniendo en cuenta lo diferentes
que son el fútbol y el hockey, pero dos temporadas como capitán, con suerte
de un equipo finalista de la Frozen Four, me ayudarán a construir mi caso
para la NHL y el buen contrato de novato que espero conseguir.
—Tengo una idea que creo que ayudará —dice—. ¿Conoces la pista de
patinaje de la ciudad?
Tardo un momento, pero luego me la imagino. La pista de Patinaje
Moorbridge. Está en el centro, cerca de la sala de juegos recreativos. James
y yo fuimos allí el año pasado con su novia, Bex, ahora su prometida, para
enseñarle a patinar.
—Sí.
—La dueña, Nikki Rodríguez, está buscando ayuda. Tienen clases de
patinaje, ese tipo de cosas.
Mi emoción se agria; puedo ver a dónde va esto. Todo cuesta algo
cuando se trata del entrenador Ryder.
—¿Y?
—Y creo que serías un voluntario perfecto. Irás, a partir del miércoles,
a ayudar con las clases. Hay una clase junior de deportes sobre hielo que se
reúne todas las semanas.
Me muerdo las ganas de decirle que, sinceramente, echar un polvo
probablemente sería un mejor camino para aliviar el estrés.
—¿Para ayudar... a los niños?
—Tú tuviste su edad, descubriste tu pasión por el patinaje y el hockey.
Ayudar a enseñarles cómo desbloquear eso. Creo que les ayudará a
encontrar algo de paciencia. —Me da una palmada en el hombro—. La cual
necesitarás si vas a ser mi capitán.
—No puedo —digo—. Ni siquiera...
—Hijo, escucha. —Se apoya en el borde del escritorio y cruza los
brazos sobre el pecho. Me mira con simpatía, pero eso no disminuye su
intensidad—. No quiero usar una metáfora obvia, pero ¿el hielo? es delgado.
O haces esto y enderezas la cabeza, o la próxima vez que pierdas los estribos,
por justificado que esté, no me dejarás más remedio que sentarte en el
20 banquillo.
Penny

Hago que el juguete penetre aún más profundamente, los dedos de


mis pies se doblan contra las sábanas y mis rodillas se abren. Suelto un
pequeño jadeo cuando alcanzo el ángulo adecuado. Puede que no sea una
polla caliente, pero al menos es igual de gruesa, por lo que me resulta más
fácil convencer a lo largo de mi fantasía. La meto y la saco, apoyando la
cabeza en la almohada mientras mi mente se llena de imágenes. Brazos
fuertes y tatuados rodeando su cintura con mis piernas. Mordiéndome el
cuello antes de darme la vuelta, azotándome el culo mientras me separa las
piernas. Su voz áspera en mi oído, susurrándome lo bien que me porto,
oliendo a...
No. A eso no. Cualquier cosa menos eso.
Sacudo la cabeza cuando la fantasía se desvanece. Arqueo la espalda,
buscando sensaciones suficientes para mantenerla, pero es inútil. Abro los
ojos y la fantasía se desvanece cuando las imágenes, las malas, inundan mi
mente. Me aprieto el labio y jadeo. He pasado media hora esforzándome para
volver a chocar contra un muro. Me restriego la mano por el rostro.
Ya van tres veces seguidas. Llevo años esforzándome por mantener a
Preston, y a cualquier Preston futuro, fuera de mi vida, pero últimamente se
ha colado en mis fantasías. Mi lugar feliz. Hay dos cosas que él nunca ha
podido tocar: mis fantasías y las historias que garabateo en mis cuadernos,
pero después de esto... Es seguro decir que el primero acaba de romperse.
Solía ser capaz de montar un buen escenario de fantasía sin
21 problemas. A algunas chicas no les gusta masturbarse, pero a mí me gusta
desde que me di cuenta de lo bien que podía hacerme sentir. Un par de
minutos pensando en Matt Barzal o Tyler Seguin, o si me apetecía algo más
sobrenatural, en un hombre lobo u orco sexy, y ya estaba lista.
¿Últimamente? Llego hasta el momento en que el chico de mis fantasías me
penetra, y no importa lo que imagine, ya sea la posición, el escenario o el
tipo específico de sexo que estemos practicando, mi orgasmo se disuelve
como una roca que golpea el centro de un lago y nunca se recupera. Las
novelas románticas picantes no han ayudado. Tampoco los partidos de
hockey. Ni siquiera revisar las partes más sensuales de mi novela a medio
escribir me ha llevado a ninguna parte. Algo me recuerda a aquella noche
de febrero, a él, y una pizca de pánico lo envenena todo.
Mientras me llevo la mano al pecho, intentando calmar mi acelerado
corazón, me trago esa cucharada de veneno, deseando que se neutralice.
Llevo años trabajando con la doctora Faber sobre cómo alejarme del borde
antes de caer en una espiral. Está bien sentirse frustrada. No tengo que
dejar que me controle.
Excepto que tres veces, lo ha hecho.
Sin más, mi excitación desaparece por completo, sustituida por un
breve y peligroso parpadeo de inquietud que me revuelve el estómago. Trago
saliva mientras intento relajar los hombros tensos. Miro el consolador que
tengo en la mano y lucho contra una oleada de repulsión.
—¡Mierda!
Lo tiro al otro lado del dormitorio.
Irrumpe mi compañera de piso, envuelta en una toalla, con el cabello
oscuro colgando de un hombro y los ojos desorbitados por el pánico. ¿Tiene
una cuchilla en la mano?
—¿Qué está pasando? —Me pregunta en el mismo instante en que mi
consolador azul brillante le golpea el rostro.
¿Sabes cuando ves pasar algo horrible en tiempo real y te parece que
va a cámara lenta? Pues sí. Ese es mi consolador golpeando a Mia como un
maldito disco en el rostro. Le golpea la mejilla, las bolas falsas rebotan, antes
de aterrizar en el suelo con un golpe húmedo.
Nos miramos fijamente durante un momento que dura
aproximadamente un millón de años. Sujeta con fuerza la cuchilla mientras
se limpia la mejilla.
Recuerdo algo muy aterrador. Mi mejor amiga jugaba softball y era
lanzadora.
—¡Penny! —grita, cortando el aire con la cuchilla salvajemente. Me
agacho, pero no la suelta de la mano—. ¡Pensé que te morías o algo así! ¿Qué
ha sido eso?
22
Me echo la sábana a la cabeza. La mortificación de este momento me
golpea como una avalancha y, si miro a Mia durante medio segundo más,
podría vomitar. Mis mejillas deben de estar más rojas que mi cabello.
—¡Lo siento mucho!
—Joder. ¿Me has tirado a Igor? ¡Te voy a matar!
Esto detiene en seco mi ataque de ansiedad. Me hago un ovillo y me
debato entre volver a gritar de frustración o reírme. Pero si me río, Mia podría
abrirme en canal con la cuchilla. Le pone nombre a todos mis juguetes
sexuales, y hasta ahora había olvidado el nombre del gran consolador azul.
Igor.
Me quita la sábana de la cabeza. La vuelvo a tomar y la uso para
taparme las tetas. ¿Por qué he tenido que desnudarme totalmente para esto?
Su expresión asesina debería haberme dado ganas de huir, pero en lugar de
eso abre las compuertas y me echo a reír a carcajadas. Siento que me tira
del cabello, pero me limito a resoplar.
—Igor —digo entre jadeos—. Salió volando.
—Y ahora estoy traumatizada de por vida. —Miro a Mia, que vuelve a
limpiarse el rostro. No la culpo. Puede que no me haya corrido, pero eso no
significa que no lo sintiera. Le he sujetado el cabello mientras vomitaba en
el baño, pero eso no significa que quiera mis... cosas... por todo su rostro.
—Probablemente deberías volver a la ducha.
—Tienes suerte de que no te mate aquí mismo. —Sonríe, pero luego
su expresión se suaviza—. ¿No has podido hacerlo? ¿Todavía?
—No. Y ahora no puedo dejar de pensar en... él. Ugh. —Presiono los
talones de las manos sobre mis ojos mientras mi diversión se desvanece—.
A la mierda con esto. Estoy tan cansada de estar atascada.
Mia se sienta en el borde de la cama y me mira con ojos color avellana.
Me frota la espinilla con la mano.
—Es sólo un recuerdo.
Respiro hondo y asiento. Tiene razón. Hace años que no veo a Preston,
y aunque eso signifique no volver a pisar Arizona, nunca lo haré. Pero ni
siquiera se trata de él. Se trata de mí. Puedo ser buena con mis fantasías e
historias la mayor parte del tiempo, pero sólo pueden llevar a una chica
hasta cierto punto. Mientras todo el mundo a mi alrededor vivía las
experiencias universitarias de sus sueños, yo me quedaba en punto muerto,
incapaz de hacer realidad mis deseos. Cuando correrse solía ser fácil, podía
fingir que no me importaba, pero ¿ahora?
Ahora creo que voy a gritar si no llego al orgasmo. A la mierda Preston
Biller. A la mierda el amor que creía que compartíamos. Levanto las piernas,
23 abrazándolas a mi pecho a través de la sábana.
—Odio estar rota. No puedo seguir haciendo esto.
—No digas eso. —Mia me toma la mano. Nuestras manicuras
coinciden. Ayer fuimos al salón de manicura del centro comercial
Moorbridge. Las suyas son verde brillante con puntas negras y brillantina
de fantasmas, y las mías son blancas con puntas naranjas y brillantinas de
calabazas. Perfectas para octubre, que empieza en unos días. Me da un
apretón tranquilizador—. Quizá sólo necesites ponerle un poco de picante.
—He ampliado mi lista de criaturas fantásticas para incluir orcos —le
digo.
Pone los ojos en blanco.
—Ya sabes lo que quiero decir. Quizá sea el momento.
Se me hace un nudo en el estómago y se me sale el corazón.
—No lo sé.
—Estás en una universidad enorme. Seguro que hay alguien en el
campus con quien te gustaría ligar.
No se equivoca; técnicamente hablando, hay ligues potenciales en
todas partes. Vamos a la Universidad McKee, que tiene miles de estudiantes
universitarios, y no es que los chicos no hayan intentado ligar conmigo. Por
lo general, es un coqueteo grosero que consiste en preguntarme si mi
alfombra hace juego con las cortinas, ya que soy pelirroja, pero, aun así. Los
universitarios no necesitan mucho estímulo para ligar; un guiño y te
perseguirán toda la noche.
—Sabes que no se trata de eso.
—Lo sé —dice suavemente—. Pero no puedes seguir así.
Busca en mi mesita de noche, saca mi diario y lo agita.
—Oye —le digo, arrebatándoselo. Abrazo la cubierta rosa brillante
contra mi pecho—. Trátalo con cuidado.
Cuando empecé a ir con la doctora Faber, quería que llevara un diario
y, aunque ya tengo tres años de cuadernos, siempre lo empiezo con la misma
lista. Es una lista de todo lo que me gustaría poder hacer con otra persona
en la cama; todo lo que deseo, desesperadamente, pero no he tenido. Preston
me arrebató mi mayor primicia y la arruinó, así que quería recuperar todo
lo que pudiera, hacerlo mío para controlarlo. Desde que lo escribí por
primera vez, lo he perfeccionado, he quitado algunas cosas y he añadido
otras. Cuando empecé la universidad el año pasado, actualicé La Lista y
decidí que iba a hacerla realidad. Me buscaba un follamigo, o tal vez un par
de chicos, y repasaba La Lista punto por punto. Pero cada vez que me
acercaba, no podía apretar el gatillo. Me refugiaba en mis libros y fantasías,
por muy bueno que estuviera el chico o por muy simpático que fuera. ¿Cómo
24 podía confiar en un desconocido? Puede que entonces fuera simpático, pero
quién sabe cómo sería en realidad, sola y controlándome.
Ahora, estoy bien entrada en el primer semestre del segundo año y
todavía no he hecho nada con La Lista. La miro ahora, pasando el dedo por
la página, llena de temas como el sexo oral, la negación del orgasmo y el
bondage. El último punto de La Lista, sexo vaginal, siempre ha sido el
mismo. Si lo hago, ése será el mayor obstáculo. La mayor muestra de
confianza.
Miro a Mia.
—¿Y si las cosas se vuelven a joder?
Mia levanta una ceja.
—Si sigues esperando, sólo pondrás excusas.
—Tienes razón, tienes razón. Sé que tienes razón.
—Bueno, debes estar bien, si estás citando When Harry Met Sally. 6
Nos sonreímos. Mia preferiría ver casi cualquier cosa antes que una
comedia romántica, pero me da el gusto de vez en cuando. Ni siquiera ella
puede negar el talento de Nora Ephron.
—Y si en realidad no quieres hacerlo, no te presionaría. —Se levanta,
apretándose la toalla bajo los brazos, y toma su máquina de afeitar—. Pero
yo sé que tú sí, Pen. Te mereces tener sexo. O una relación. O ambas cosas.
Pero no ocurrirá si sigues escondiéndote en tu dormitorio con Igor. Usa La
Lista.
—Supongo que debería dejar de pensar que voy a tener una situación
a lo Bella Swan, ¿no? —Intento bromear.
El rostro de Mia permanece serio como una piedra. Es mi mejor amiga
desde que la universidad nos asignó como compañeras de cuarto el año
pasado. A papá le ponía nervioso que estuviera en la residencia, pero yo
tenía un buen presentimiento, y ha valido la pena con creces. Mia es más
amiga que la gente que conocí en el instituto, incluso antes de todo lo que
pasó con Preston. Aunque a veces me molesta su honestidad, normalmente
la admiro. Dice lo que piensa, independientemente de con quién esté
hablando o dónde se encuentre. Si cambiáramos de lugar, iría a una fiesta,
encontraría a un chico y tacharía el número uno de La Lista en una hora.
—Te lo mereces —dice—. No dejes que siga arruinando tu vida. No
merece la pena.
Respiro hondo.
Puedo dar vueltas y vueltas en círculos para siempre, o puedo intentar
romper el patrón. Puedo seguir dejando que Preston entre en mi vida o
puedo enterrar su recuerdo con nuevas experiencias. Vuelvo a mirar La
Lista. El primer punto, Sexo oral (recibir), destaca con mi pulcra caligrafía.
25 La empecé para tener cierta sensación de control. Pero, ¿de qué sirve
el control si nunca hago nada? ¿De qué sirve el deseo si no hago honor al
mío?
Una cosa cada vez. Una experiencia cada vez. Puedo hacerlo.
Asiento, presionando los talones de mis manos contra mis ojos para
detener las lágrimas que amenazan con caer.
—De acuerdo.
Se echa hacia delante y me abraza.

6
Es una película de comedia romántica de 1989.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Respiro hondo. Se me acelera el corazón y siento un
hormigueo en el cuerpo, pero me siento bien. Más firme ya. No quiero volver
a ser esa chica, tendida sobre el hielo, atrapada como una mariposa bajo un
cristal. Hermosa y rota. Escudriñada por todos mis conocidos. Toda mi
instituto y la mitad de la ciudad vieron la marca de nacimiento que tengo
junto al ombligo, y cada vez que pienso en ello durante más de medio
segundo, tengo que esforzarme por permanecer en el momento.
Estoy harta de que sea el final de la historia. Ya no tengo dieciséis
años. Soy adulta y merezco tener el control. Las fantasías que tengo y las
historias que escribo tienen un límite. Mia tiene razón. Si quiero tener el
futuro que quiero, tengo que arriesgarme.
Me zafo de su abrazo y me siento más erguida.
—Ya no quiero tener miedo.
Mia me dedica su sonrisa más grande y extraña mientras se recoge el
cabello detrás de la oreja.
—Eres tan fuerte. Considéralo una investigación para tu libro.
Cuando se va y cierra la puerta tras de sí, salgo corriendo de la cama
y tomo a Igor en brazos. No me siento fuerte, pero definitivamente me siento
mejor, y eso va a tener que bastar por el momento. Tengo que limpiarlo, y
no es que vaya a salir ahora, así que me pongo la ropa y me peino, y luego
meto el portátil y el cuaderno de química en el bolso.
Miro la hora en el teléfono. Había planeado ir a The Purple Kettle
temprano para escribir unos minutos antes de que papá se reúna conmigo
para tomar nuestro café semanal; desde que el semestre se puso en marcha,
mi novela a medio escribir ha estado languideciendo en mi portátil como
una planta de interior olvidada. Ahora, sin embargo, tendré suerte si llego a
tiempo. Escucharlo quejarse de su equipo de hockey será una distracción,
al menos. Yo soy la razón por la que trabaja aquí en vez de en Arizona State,
y como ir a los partidos me produce urticaria, esto es lo mejor que puedo
26 hacer.
Penny

Recojo mis bebidas del mostrador y le doy las gracias al camarero,


Will, que me saluda con la cabeza antes de pasar al siguiente cliente. No
conozco a todos los compañeros de trabajo de Mia, pero él es uno de los
pocos de los que habla sin disgusto. Normalmente, le molesta su aire juvenil,
prefiere un compañero al que no le tiemble la mano cuando le sube por la
camisa, pero creo que él le recuerda a sus muchos hermanos y primos.
Doy un sorbo fortificante a mi bebida, un chai de calabaza, mientras
salgo del centro de estudiantes y me adentro en el aire frío. Puede que haya
crecido sobre el hielo, ya que fui patinadora artística y mi padre era
entrenador de hockey, pero sigo prefiriendo el calor al frío. Cuando patino,
al menos mi sangre bombea. De pie en el borde de la pista, mirando los
arces con las hojas empezando a girar, significa que el frío está corriendo
directamente a través de mi chaqueta.
—Penelope.
Me giro con una sonrisa cuando se acerca mi padre. Me atrae en un
abrazo, con cuidado de no derramar las bebidas, y luego toma su café negro.
—Gracias, bicho.
Su apodo para mí, que no ha cambiado desde que tenía cuatro años,
hace que mi sonrisa se ensanche. Tal vez a algunas personas no les gustaría
ir a la universidad en el mismo lugar donde trabaja su padre, pero yo estoy
agradecida de poder verlo así siempre que quiero. Desde que mamá falleció
27 sólo estamos nosotros dos, así que intento no dar por hecho su presencia.
El hecho de que incluso tomemos un café cada semana es un milagro,
teniendo en cuenta el lío que monté a los dieciséis años y lo distantes que
estábamos antes de eso. Nuestra relación no es la misma que cuando yo era
más joven, ni siquiera años después de la muerte de mamá y de todo lo que
pasó con Preston, pero él lo intenta, así que yo también.
Sólo desearía que esto estuviera sucediendo en Arizona State en lugar
de McKee.
—¿Cómo estás? —pregunta mientras caminamos por la pista. El frío
nunca le ha molestado; lleva una chaqueta ligera con el logotipo de McKee
sobre el pecho, aunque su nariz, rota cuando jugaba al hockey y torcida
como resultado, está de un rojo brillante—. ¿Te fue bien en el examen de
microbiología?
—Um, ¿bien? —Jugueteo con la tapa de mi chai. Lo que me gustaría
decir es que me importa una mierda convertirme en fisioterapeuta como él
cree que debería hacer, pero no lo hago, porque eso sólo llevaría a una
conversación que no estoy preparada para tener. A mi padre no se viene con
deseos, sino con planes, con pasos concretos. Decirle que quiero cambiar de
carrera y que tal vez me gane la vida escribiendo novelas románticas
obscenas no llevaría a ninguna parte—. Quiero decir, pensé que lo había
hecho bien. Mia me ayudó a estudiar.
—¿Y cómo está Mia?
Pienso en la situación de Igor y contengo una mueca de dolor. Tengo
que compensarla.
—Está bien.
—Bien. —Da un sorbo a su café—. Oye, bicho. Voy a mandar a uno
de los chicos para que te ayude en la pista.
Un par de tardes a la semana, trabajo en la pista de patinaje de la
ciudad, ayudando con las clases. Como ya no puedo patinar de forma
competitiva, es una manera de mantenerme en el hielo, y no en el de McKee,
porque prefiero renunciar a mi par favorito de Riedells antes que
encontrarme con los jugadores de papá. Le hago una mueca mientras bebo
un sorbo de chai. Los chicos se mantienen alejados porque saben que soy
la hija de su entrenador, pero he oído hablar de ellos lo suficiente como para
imaginármelos a todos en mi mente. Como la mayoría de los atletas
masculinos del campus, creen que sus proezas deportivas significan que
todas las chicas deberían considerarse afortunadas de tener siquiera medio
segundo de su atención. Esperemos que no sea Callahan. Me sorprende que
el hielo no se rompa por el peso de su ego cada vez que lo pisa.
—¿Alguien del equipo? ¿Quién?
Se rasca la nuca, sacudiendo ligeramente la cabeza.
28
—Callahan.
Mierda.
—¿Cooper Callahan? ¿En serio?
Cooper es el jugador con más talento del equipo de hockey masculino
de McKee, y si las fuentes de Mia son correctas, en el partido de exhibición
de ayer contra UConn, se metió en una pelea. Por los resúmenes que no he
podido evitar, he visto que prácticamente vuela por el hielo cuando patina,
lanzándose delante del disco para defender la red, machacándose en cada
partido. Está casi listo para la NHL, pero según mi padre, no se inscribió en
el draft cuando era elegible, lo que significa que estará en McKee mientras
dure su carrera universitaria.
También significa que no debe pelear. Eso no se hace en la
universidad como en la NHL, y él debería saberlo. Es irrisorio pensar que un
tipo tan rudo intente enseñar a patinar sobre hielo a niños pequeños.
—Tiene que controlar sus frustraciones —dice papá—. No sé qué le
pasa, pero se está dejando distraer. Pensé que la temporada pasada era cosa
del pasado, pero ahora.... Tal vez si pasa algún tiempo con estos niños,
recordando por qué se enamoró del juego en primer lugar, se vuelva a
centrar.
—Lo conoces, ¿verdad? Es un jugador arrogante, papá.
Sólo levanta una ceja.
—Te ayudará, Pen. Estará en la pista mañana, así que hazlo sentir
bienvenido.
Cuando mi padre decide algo, es casi imposible hacerlo cambiar de
opinión, así que me limito a suspirar.
—De acuerdo. Pero si no funciona, no es culpa mía.
—No —está de acuerdo—. Es culpa suya. Sabe que es esto o el
banquillo la próxima vez que no pueda controlarse.
Mi corazón se estremece ligeramente. Sólo un poquito. Di lo que
quieras sobre los jugadores de hockey, y créeme, tengo mucho que decir,
pero toda su vida gira en torno al juego. Puede que Cooper se divierta mucho
fuera del hielo, si las historias son creíbles, pero que lo dejaran en el
banquillo sería un golpe inmenso.
Cuando patiné en competición por última vez, sentí que se me rompía
el corazón, e incluso años después, no se ha curado del todo.
—Eso es duro.
Papá se frota la nariz.
—Tiene que centrarse en su futuro. Igual que tú, bicho. Cuéntame
cómo te fue en el examen de microbiología.
29
Cooper

A la mañana siguiente, salgo de la cama antes de que amanezca y me


preparo para hacer ejercicio. Cuando James se fue, Izzy se mudó aquí y,
como podemos ser buenos hermanos mayores cuando queremos, Sebastian
y yo le dimos el dormitorio con baño. Eso significa que sigo compartiendo el
baño con Seb, que ignora amablemente cuando dejo toallas en el suelo, así
que, a cambio, intento no quejarme demasiado de sus duchas extralargas.
Estamos acostumbrados; aunque en realidad no somos gemelos, nuestros
padres actúan como si lo fuéramos. Estamos unidos desde que los padres
de Seb, su padre era el mejor amigo de mi padre de pequeño, fallecieron en
un accidente de auto. Seb llegó a nuestra familia cuando ambos teníamos
once años. James y yo lo defendimos en una pelea durante su primera
semana en su nueva escuela, y el resto fue historia.
No me molesto en llamar a la puerta del baño. Apenas son las cinco
de la mañana e Izzy está en su propio horario con sus compañeras de
voleibol; hoy tiene un partido fuera de casa. Seb a veces me acompaña al
gimnasio, pero tiene un horario más ligero porque está fuera de temporada,
así que voy a salir solo. Bostezo mientras intento alejar el dolor de cabeza.
¿Por qué decidí meterme anoche un poco del vino de Izzy? El vino siempre
me revuelve la puta cabeza. Podría haberme tomado un pack de seis.
En cuanto abro la puerta y me quito el sueño de los ojos, escucho un
grito.
—¿Qué haces? —Me pregunta alguien.
30 Pulso el interruptor y entrecierro los ojos cuando la luz del techo
ilumina el pequeño cuarto. Hay una chica en mi baño. Una chica muy
desnuda. Vuelve a gritar y toma la toalla más cercana de un gancho. Me
tapo los ojos con la mano y retrocedo.
—¿Quién eres? —pregunto.
—¡Sebastian dijo que nadie más estaría levantado!
Gimo.
—¿Te has acostado con él?
—Llevo la toalla —dice, sonando mucho más tranquila—. Ya no tienes
que taparte los ojos.
Suelto lentamente la mano. Ahora que puedo mirarla sin ser un
pervertido accidental, veo que está buenísima, incluso a medio camino de
quitarse los restos del maquillaje de anoche. Tiene mechas rosas en el
cabello oscuro y tatuajes en la mitad del brazo derecho. No la habría tomado
por el tipo de Sebby, pero lleva en racha desde el verano. Tan molesto. Claro,
él salió anoche, probablemente a Red's o a una fiesta de la residencia, y yo
me quedé en casa dándole vueltas a mi nuevo papel de profesor de patinaje
sobre hielo.
—Lo siento. No esperaba que nadie se levantara.
Seb aparece junto a mi hombro, con una expresión somnolienta en el
rostro y, para mi satisfacción, un poco de baba seca junto a la boca.
—¿Va todo bien?
Frunzo el ceño.
—Hombre. Se supone que tienes que avisarme cuando viene una
chica.
Tiene la decencia de sonrojarse.
—Ya estabas dormido cuando llegamos. Te mandé un mensaje.
Mierda. Mi teléfono sigue en la mesita de noche, cargándose porque
anoche olvidé conectarlo. Después de que el entrenador me dejara ir, me fui
directo a casa y jugué Dark Souls hasta que me desmayé.
—Aun así. Llama a mi puerta o algo la próxima vez.
—Bonito tatuaje —dice la chica, señalando el que tengo en el brazo—
. ¿Es Andúril?
—¿Eres fan de El Señor de los Anillos?
—Me obsesionaba de pequeña.
Sebastian me da un codazo en la espalda y me dice:
—Coop, Vanessa es una gran fan de Zeppelin. Tiene un programa de
31 rock clásico en la emisora de McKee.
Me apoyo en el marco de la puerta con más firmeza, cruzando los
brazos sobre el pecho para que se fije en mis pectorales. El tatuaje sobre mi
corazón no está relacionado con El Señor de los Anillos; es el nudo celta,
igual que el de mis hermanos, pero si a ella le gustan los tatuajes, quizá
podamos mantener esta conversación. No es mi tipo, pero a estas alturas,
acepto cualquier cosa.
—Está claro que tienes buen gusto.
Se ríe brevemente, pasándose la mano por el cabello.
—Sí. Bueno, debería irme.
—¿Por qué no te quedas a desayunar? —dice Seb—. Sé que es pronto,
pero puedo ir por café mientras Cooper y tú intercambian historias de
tatuajes.
Ella me mira de arriba a abajo, pero por desgracia, sin una pizca de
calor en su expresión.
—Lo siento, pero no me meto con hermanos. O atletas, por lo general.
Tú fuiste una divertida excepción, Sebastian. —Me roza y le da a Seb un
beso en la mejilla—. Nos vemos, chicos Callahan.
Desaparece en el dormitorio de Seb. Se encoge de hombros y me mira
disculpándose.
—Lo siento. Lo he intentado.
La molestia retumba en mí.
—No necesito que me busques ligues.
—No era eso —dice—. Pensé que podrían llevarse bien.
—¿Después de follártela? Vaya, gracias. —Voy al lavabo y me echo
agua en el rostro—. De todas formas, no estaba de humor para tus tonterías.
—¿Qué pasa? —pregunta—. Es una buena chica.
Resoplo.
—Lo siento. He estado tan... joder, no sé.
La voz de Seb es tan seca como el desierto.
—¿Necesitas un polvo?
—Lo juro, Izzy me maldijo la primavera pasada. Mi juego de ligar no
ha sido el mismo desde la exposición de Bex. —O mi juego de hockey. Tal
vez mis errores en el hielo me están desequilibrando en mi vida sexual. O
tal vez mi vida sexual inexistente ha llevado al juego descuidado. Sea lo que
sea, tengo que resolverlo, sobre todo porque tengo la oportunidad de
convertirme en capitán del equipo. Aunque siga la corriente a las exigencias
32 del entrenador, si juego como una mierda, no me va a poner al mando del
equipo.
Se limita a enarcar una ceja.
—Dime que en realidad no crees eso.
—Eres el jugador de béisbol menos supersticioso que he conocido —
refunfuño—. Luego hablamos; tengo que ir a hacer ejercicio.
Parece que quiere seguir hablando, pero le doy una palmada en el
hombro antes de empujarlo hacia el pasillo.
—Dile a Izzy que le deseo buena suerte en su partido de hoy.
Me paso una toalla por el rostro sudoroso mientras me apoyo en la
pared del gimnasio. Durante todo el entrenamiento, he luchado por no
vomitar por todo el suelo. Lamentablemente, tengo mejor aspecto que Evan,
que ha seguido su rutina con la energía de un zombi. Cuando me ha visto
antes, ha intentado disculparse, pero no es culpa suya que le diera un
puñetazo a ese tipo. El entrenador tiene razón, debería haberle presionado
el próximo partido, intentar que cometiera un error en el hielo, en lugar de
ir a por él directamente. Hay formas de dejar claro un mensaje en el hockey
que no implican puñetazos, pero no recordaba ninguna. Quizá no quería
hacerlo. Dejar que mi temperamento estallara en violencia me pareció una
gran idea en aquel momento.
Hago una pausa en mi música y cruzo el gimnasio. Se está
acomodando en el press de banca, pero necesita un spotter. 7
—Hola, Evan.
Saca uno de sus auriculares.
—Hola.
—¿Necesitas un spotter?
Su voz es gruesa cuando responde.
—Sí, gracias.
Me pongo en posición, observando cómo ajusta el peso antes de
colocarse de espaldas y plantar los pies firmemente en el suelo. Es un poco
pequeño para ser defensa, así que ha estado tratando de hacerse más
corpulento. Somos una pareja defensiva desde nuestra primera temporada
juntos. Se merece que el hockey sea una distracción feliz para él, en lugar
33 de una carga.
Me aclaro la garganta después de que haga un par de repeticiones.
—Mira, hombre. No tienes que preocuparte por lo que pasó ayer. Me
lo merecía.
Sus ojos marrones están llenos de lágrimas. Joder. Su madre ha
estado enferma desde que lo conozco, pero sé que eso lo empeora en cierto
modo.
—Al menos no te han suspendido.

7 Amigo o compañero de gimnasio que vigila que no te caiga la barra en el rostro cuando

tiras del press de banca con mucho peso, o que te corrige la técnica de un ejercicio.
Le quito la barra mientras descansa unos segundos y se seca el sudor
de su rostro.
—Ese chico es un imbécil. Necesitaba que alguien lo hiciera callar.
Se incorpora, mira a su alrededor antes de agacharse más cerca.
—Jean dice que el entrenador quiere hacerte capitán, pero anoche
puede que lo haya jodido.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—Estoy buscando la manera de conseguirlo.
—Sabes que Brandon también lo quiere.
—Sí, bueno, Brandon no es un líder. El entrenador lo verá.
Evan se acomoda de nuevo en su posición.
—Está en el último año.
Miro al otro lado del gimnasio, donde Brandon y un par de chicos de
último año del equipo están hablando. Brandon es un buen jugador de
hockey, pero no es genial. Hay una razón por la que no se presentó al draft,
y por la que sus planes para después de graduarse incluyen trabajar en la
empresa de inversiones de su padre en lugar de seguir dedicándose al
hockey. Hacer de esto una profesión no es para todo el mundo, pero es todo
lo que quiero. Lo único con lo que he soñado desde pequeño es jugar en la
NHL. Formar parte de una rara hermandad, no importa en qué equipo esté.
Quiero sentir la emoción del juego todo el tiempo que mi cuerpo me lo
permita. Él no debería ser capitán. Yo debería serlo. Tengo talento, los chicos
me escuchan y me mato trabajando para mejorar en cada partido.
Me fuerzo a prestar atención a Evan en su lugar, en caso de que se
resbale, pero mi mente va en un millón de direcciones diferentes. Es irónico,
porque perder la calma en el hielo me ha llevado a este lío en primer lugar,
pero me gustaría tener el partido para centrarme y liberar parte de la presión
que no consigo sacar de mi pecho. El entrenamiento no ha ayudado; quizá
34 debería salir a correr. Lo que realmente me gustaría hacer es encontrar un
ligue. No hay nada que me saque más de mis casillas que una chica guapa
rodeando mi polla con la mano o, mejor aún, con los labios.
—Sí, bueno, arreglé algo con el entrenador —le digo—. Estoy haciendo
un trabajo voluntario para él, para ayudar a demostrar que estoy listo para
ser capitán.
—Eso es genial.
—Sí. —No me molesto en explicarle que básicamente es un trabajo de
niñero glorificado.
Cuando Evan termina, miro mi teléfono. Hay una videollamada
perdida de mi padre, así que le devuelvo la llamada y salgo del gimnasio al
pasillo.
Cuando contesta, tiene el rostro tan rojo como el mío. Se pasa el
antebrazo por el rostro, apartando el cabello oscuro y plateado que se le
pega a la frente. Incluso a través de la pantalla de mi teléfono, puedo ver el
color de sus ojos. Un azul claro, del mismo tono que los míos y los de mis
hermanos, menos Sebastian.
No tengo ganas de verlos nublados por la decepción, pero da igual.
Estoy acostumbrado. Si me llama es porque sabe lo que pasó ayer.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—¿Dónde estás?
—En casa de James. Bex necesitaba ayuda con algo en su estudio, y
él ya está en Londres para el partido contra los Saints. Menos mal que
cuando yo jugaba no teníamos partidos en otros continentes.
—¿Condujiste hasta Filadelfia?
—¡Hola, Coop! —Escucho a Bex gritar de fondo.
—Tu madre también vino, pero te la acabas de perder. Salió corriendo
por el desayuno. ¿Estás bien, hijo?
Resisto el impulso de sacudir la cabeza. La primavera pasada, papá
ni siquiera quería que James y Bex estuvieran juntos. Ahora,
aparentemente, ¿la quiere lo suficiente como para ayudarla a montar su
estudio de fotografía? Sí, claro. Incluso cuando James mete la pata, papá
nunca puede estar enfadado mucho tiempo. James perdió su partido de
campeonato por Bex, y ahora él y mamá ya la están llamando su nuera, a
pesar de que acaban de comprometerse y aún no están planeando la boda.
—Bien. —Me aclaro la garganta, conteniendo la oleada de emoción
que me invade—. Ayer tuve un partido de exhibición.

35 Papá se sienta en lo que parece un sillón y suspira.


—¿Te suspendieron para el siguiente partido?
Tenía razón; él lo sabe. No estoy seguro de cómo, pero siempre se
entera de mis cagadas antes de que yo mismo tenga la oportunidad de
decírselo.
—Se lo merecía, señor. Estaba defendiendo a un compañero.
Se limita a enarcar una ceja y me deja que aguante el incómodo
silencio o que diga los detalles. Elijo aguantar el silencio, esperando a que
él lo rompa primero. No está de acuerdo con la norma de no pelear de la
NCAA, pero eso no significa que no esté molesto porque la haya estropeado
dos veces de la misma manera. Para Richard Callahan, los errores son cosa
de una sola vez, y cometer el mismo dos veces es una estupidez.
—Es una pena —dice al final. No parece enfadado, sólo resignado.
Como si incluso esta conversación fuera una carga que no está interesado
en continuar—. El equipo sufrirá sin ti en el hielo.
—El entrenador se las arregló para mantenerme elegible para el inicio
de la temporada, en realidad. —Arrastro los dientes sobre el labio inferior—
. Pero me está obligando a hacer este voluntariado. Cree que me ayudará a
concentrarme.
Levanta una ceja.
—Siempre he admirado al entrenador Ryder.
Dejo caer mi mirada al suelo, frotando la punta de mi zapato sobre
una marca de roce.
—Dice que si puedo limpiar mis actos y volver a jugar bien... podría
nombrarme capitán. —Levanto la cabeza al decir esto último; no puedo
evitarlo.
No sé qué estoy esperando. ¿Felicidades? ¿Orgullo? ¿Un “buen chico”,
como si fuera un maldito golden retriever?
En lugar de eso, frunzo el ceño.
—Interesante. —Suspira de nuevo—. No puedo decir que me
sorprenda que esto haya vuelto a pasar, Cooper. No es la primera vez que te
dejas llevar por tu mal genio. Siempre me he preguntado si el hockey saca
lo peor de tu personalidad.
—Lo dice el hombre que practicó un deporte de placaje
profesionalmente. —Mi voz se agudiza como un picahielos mientras me
invade la frustración—. No es el hockey. Yo no...
—Por favor —interrumpe, con la voz igual de aguda.
Debería colgar, sé que debería hacerlo, pero no me atrevo. No espero
36 una disculpa de su parte, pero quizá se sienta un poco mal, y podré verlo
en sus ojos.
—¿Qué harás? —pregunta, finalmente—. ¿Para el voluntariado?
—Enseñar a los niños de la zona a patinar.
—No suena tan mal. ¿Qué edad tienen?
—¿Siete? ¿Ocho? Ni siquiera lo sé.
—Tú tuviste esa edad una vez, aprendiendo a manejarte en el hielo.
Espero a que continúe, pero por supuesto no lo hace. No le gusta
acercarse demasiado al tema del tío Blake, ni siquiera casualmente. Puede
que el tío Blake sea el hermano pequeño de mi padre y el que me introdujo
en el hockey, pero como lleva años entrando y saliendo de nuestras vidas,
luchando contra la adicción, papá lo mantiene a distancia. Es una mierda,
pero pelear con él por eso no lleva a nada.
—Supongo.
—Esto parece algo bueno. Quizá te ayude a aprender a tener
paciencia.
—Seguro que ese es su plan.
Me sorprende riéndose.
—No tienes por qué parecer tan enfadado. Sólo está siendo un buen
entrenador.
—Supongo.
—Sabes cómo has llegado hasta aquí y tienes que afrontarlo.
Apenas resisto el impulso de decirle que si estaba hablando con
James, al menos intentara ser útil. Lo llevó a McKee después de todo lo que
pasó en LSU, después de todo.
—Lo sé.
—Hazme saber cómo va. Todavía estamos planeando venir para el
partido de UMass.
—El que estamos organizando, espero.
—Por supuesto. —Oigo una puerta abrirse y cerrarse. Mi madre,
probablemente, de vuelta con el desayuno—. Tengo que irme, pero mantén
tu nariz limpia, hijo.
Cuelga antes de que pueda despedirme.
La verdad es que no esperaba nada más de aquella conversación, pero,
aun así, se me hunde el corazón en el pecho como si lo hubiera dejado caer
en arenas movedizas. Me meto el teléfono en el bolsillo y me paso la mano
por el rostro. No es que quisiera que me sacara del voluntariado ni esperara
37 que celebrara que perdiera los nervios, pero contar con su apoyo en algo
estaría bien.
Quizá para cuando tengamos el partido de UMass, vea la “C” en mi
camiseta. Eso sería una prueba de mi compromiso con el deporte que él no
puede ignorar. La prueba de que, aunque él deseara que yo eligiera
continuar el legado familiar como James, en lugar de seguir los pasos del
hermano al que abandonó hace tiempo, estoy construyendo el futuro que
quiero para mí.
Penny

—Y recuerden que su examen será el próximo miércoles —dice mi


profesora de química mientras borra la pizarra—. Espero ver una mejora
con respecto al último examen para muchos de ustedes.
Meto los libros en la mochila y me la cuelgo en el hombro, ocultando
mi rostro tras la bufanda. No hay palabras para expresar lo poco que me
importa esta clase. Apenas tiene sentido, a pesar de que voy a todas las
tutorías extra que me ofrece la profesora de apoyo, y los exámenes son
brutales. Prefiero arrancarme las uñas a hacer otro examen de cien
preguntas, sabiendo que el resultado será el mismo por mucho que estudie.
Papá me ha echado la bronca antes con la microbiología, pero en química
me va aún peor.
Quizá si suspendo todo este semestre, será suficiente señal para él de
que no puedo hacer esto. Lo he intentado porque es lo que él quiere para
mí, incluso si se aferra a un sueño a medias que tuve cuando tenía dieciséis
años, intentando encontrarle sentido a la desaparición de mi carrera como
patinadora artística, pero si no puedo superar las clases de ciencias de la
licenciatura, ¿cómo demonios voy a poder hacerlo para trabajar?
Salgo del edificio apretándome la bufanda al cuello. Las hojas crujen
bajo mis botines mientras camino de vuelta al centro del campus. Hay
tantas cuestas en el campus, un defecto de diseño, en mi opinión, que me
duele la rodilla cuando llego al centro de estudiantes. Me agacho, la rozo a
través de los pantalones y noto la cicatriz lisa de la operación. Como todos
38 los patinadores artísticos, he tenido bastantes lesiones, pero la última, la
rodilla, nunca se curó tan bien como esperaban los médicos. Cuando hace
tanto frío y el aire se filtra a través de la ropa, mi cuerpo se pone aún más
rígido.
Veo a Mia esperando en un banco fuera de The Purple Kettle. No sé
cómo, pero lleva el pintalabios negro mate como si fuera algo casual. Si a
eso le añadimos la chaqueta de cuero y las botas hasta los muslos, no es de
extrañar que casi todos los hombres que pasan por su lado la miren dos
veces. Cuando me ve, se apresura y me abraza; nuestras frías mejillas se
estrechan. Se retira, estudiando la expresión de mi rostro. Mia tiene el don
de poner una expresión de perra en reposo, pero yo nunca he sido capaz de
enmascarar mis emociones.
—¿Qué tal la química?
—Terrible —gimoteo.
Enlazamos nuestros brazos mientras caminamos hacia el interior.
Respiro hondo, disfrutando del olor a café y azúcar.
—¿Peor que atacar a tu compañera de piso con un juguete sexual? —
pregunta.
La chica que tenemos delante se gira, enarcando las cejas. Intentamos
contener la risa, pero sale de todos modos. Al menos Mia no está tan
enfadada por lo del consolador volador. Anoche buscamos en Tinder
posibles ligues y, cuando encontramos a un tal Igor, se rio tanto que se cayó
de mi cama.
—Sí. Horriblemente peor. —Busco mi cartera en la mochila—. Espera,
yo invito. Es lo menos que puedo hacer después del trauma que sufriste
ayer.
Avanzamos en la cola.
—Usaremos mi descuento de empleada —dice—. Pero voy a pedir un
caramel macchiato enorme. Prepárate.
—Nunca vas a adivinar lo que está haciendo mi padre. —Me asomo al
mostrador para ver qué productos de pastelería tienen. Parece que hay tarta
de café, mi favorita. Al menos una cosa me va bien hoy—. Además, ¿quieres
compartir un pastel de café?
—Siempre. ¿Y qué?
Miro el menú colgado en la pared, aunque ya sé que voy a pedir el chai
de calabaza. Es lo único que va a hacer soportable mi aburrida clase de
ciencias.
—Va a enviar a alguien de voluntario a una de mis clases.
—¿Quién?

39 La chica que tenemos delante termina de pagar y se aparta a un lado


para esperar su bebida, así que yo pido a continuación, añadiendo también
un sándwich para compartir; al fin y al cabo, es el almuerzo. Cuando
hicimos este plan antes, esperábamos estudiar un poco antes del trabajo.
Saluda con la mano a sus compañeros de trabajo mientras pedimos una
mesa junto a la ventana y tomamos asiento, sacando nuestros cuadernos y
portátiles. Parto un trozo de tarta de café y la saboreo antes de inclinarme
hacia ella. Lo juro, no puedes decir el nombre del chico sin que al menos
tres chicas levanten la vista, por si el mero hecho de pronunciarlo en voz
alta es una especie de conjuro para invocarlo. Lo entiendo, es guapo, pero
muchos jugadores de hockey lo son. Muchos de ellos son idiotas, también,
pero eso no detiene el interés de las chicas a las que les gustaría ver si
alguien como Cooper puede manejarlas tan bien como a un stick de
hockey—. Cooper Callahan.
La chica de la mesa de al lado nos mira durante medio segundo antes
de volver a enterrar su rostro en el teléfono.
Típico.
Mia levanta una ceja.
—¿Por qué?
—Cree que ser voluntario le ayudará a recuperar su juego, supongo.
No lo sé. Seguro que no quiere hacerlo, y menos conmigo.
Oigo mi nombre, así que me levanto de un salto por nuestras bebidas.
Respiro el olor a calabaza que desprende mi chai y bebo un sorbo antes de
volver a nuestro rincón junto a la ventana. Cuando dejo las bebidas y el
panini en la mesa, Mia tiene una expresión en el rostro que me hace
estremecer la nuca. Es su expresión de intrigante.
Por lo general, sus planes involucran a cualquier persona que le guste
en ese momento, pero a ella no le gustan los tipos como Cooper más que a
mí, así que dudo que me esté buscando para hacer una presentación. Lo
que significa... que está pensando en algo que me involucra.
—Mia —empiezo.
—Penny —dice ella, tomando serenamente un sorbo de café—. Está
es una excelente oportunidad.
—¿Oír a uno de los arrogantes jugadores de mi padre explicarme el
patinaje sobre hielo?
Se limita a sonreír.
—El universo te está haciendo un regalo. Te está diciendo que
aproveches la polla, si quieres.
Me atraganto con mi siguiente sorbo de chai.
40 —De ninguna manera.
—¡Esto es perfecto! Él no se dedica a las relaciones, y tú necesitas a
alguien que te garantice pasarlo bien. Su reputación en ese sentido es
deliciosa.
Me sonrojo, llenándome la boca de panini caliente en lugar de
responder. El queso fundido me quema la lengua, pero me obligo a tragar.
Cualquier cosa con tal de no pensar demasiado en la reputación de buenazo
de Cooper Callahan. Y agarrarle la polla.
—Es verdad —dice la chica que nos miraba antes—. Siento
entrometerme, pero mi amiga se acostó con él el año pasado y la hizo
correrse tres veces. Dice que le cambió la vida.
Mia me hace un gesto.
—¿Ves?
—Eres ridícula. No puedo enrollarme con uno de los jugadores de mi
padre.
—¿Por qué no? Lo hace aún más perfecto, sinceramente, porque sabes
que no puedes enamorarte de él.
—Ni querría, más bien —murmuro. Ya me enamoré de un jugador de
hockey engreído y me arruinó la vida. No hay forma de que lo haga dos
veces—. Papá básicamente me prohibió involucrarme con otro jugador de
hockey. No puedo buscar opciones potenciales en su lista.
—Dijo que no salieras con otro jugador de hockey —dice Mia,
poniendo los ojos en blanco—. Estoy de acuerdo, los deportistas son lo peor.
Pero esto sería un rollo, que es totalmente diferente.
—No voy a manchar La Lista con él.
—¿Qué es La Lista? —pregunta la chica.
Mia echa un vistazo y dice:
—Lo siento, pero esta conversación está oficialmente cerrada. Hay una
mesa libre cerca de la puerta. Si quieren seguir tomando sus cafés con leche
sin miedo a que escupa antes en ellos, se moverán.
La chica prácticamente tropieza consigo misma al cambiar de mesa.
Suspiro mientras miro a Mia.
—¿En serio?
—La burbuja de espacio personal alrededor de la mesa de un café es
sagrada —dice—. Y no estás entendiendo nada. No tiene por qué gustarte,
sólo tienes que invitarlo a que meta la cabeza en tu falda. Sería una buena
forma de poner en marcha La Lista.
Pico el pastel de café. Tiene cierto sentido. Cooper Callahan es muy
41 informal. Dudo que haya usado la palabra “novia” en su vida, así que no
hay riesgo de sentimientos turbios. Y prefiero marchitarme antes que darle
a papá ni la más mínima idea de lo que estoy planeando hacer con La Lista,
así que no es como si se fuera a enterar.
A pesar de todo, enarco las cejas.
—Creo que olvidas el hecho de que saldría corriendo en otra dirección
en cuanto se diera cuenta de quién pregunta.
Se encoge de hombros.
—No es como si se te le estuvieras proponiendo al chico. Ya oíste a la
chica; hizo que su amiga se corriera tres veces. En todo caso, él arreglaría
tu pequeño problema, ah, llegar.
Mi rubor se oscurece. No puedo creer que ella esté hablando de esto
tan casualmente en público.
—¡Mia!
—¿Qué? No es como si pudieras estar sin orgasmos para siempre.
Me estremezco. Esa no es una opción.
—No puede ser él. Es demasiado complicado.
Mia mira hacia la encimera, donde Will se está peleando con la
máquina de café.
—¿Quieres que te consiga el número de Will? Sé que es sólo un bebé,
pero es razonablemente guapo.
—¡No! —Golpeo con mi mano la muñeca de Mia para evitar que se
levante—. No. Encontraré a otro por mi cuenta.
Se acomoda en la silla, da un sorbo al café y abre el portátil.
—¿Y eso es una promesa? ¿No te acobardarás?
Lo que dije ayer iba en serio; es hora de tomar las riendas de mis
propias experiencias. Pero es más fácil decirlo que hacerlo, incluso con
terapia y encontrando por fin un ansiolítico que no me haga experimentar
la vida como un zombi. No puedo prometer que no vaya a ser un desastre,
pero sé que me debo a mí misma intentarlo. Y aunque no estoy dispuesta a
admitir que Mia tiene razón, Cooper Callahan podría ser la opción perfecta,
si soy lo bastante mujer para preguntárselo.
Saco el meñique y lo extiendo por la mesa.
—Te lo prometo.

42
Cooper

Nada más entrar por la puerta del Centro de Patinaje Moorbridge, me


invade una oleada de nostalgia. El aire está helado, incluso fuera de la pista,
y la fea moqueta roja que hay bajo mis pies necesita un cambio. Las
banderolas descoloridas que cuelgan del techo, las largas filas de patines
detrás del mostrador, el olor a palomitas y chocolate caliente ligeramente
quemado que sale del puesto de comida... es exactamente igual que
cualquier otra pista de patinaje, lo que significa que me siento como en casa.
Puede que no quiera estar allí, y créeme, durante todo el trayecto iba
arrastrando los pies mentalmente, pero al menos es cómodo. Apuesto a que
los bancos están desvencijados y el Zamboni 8 se avería de vez en cuando.
—¿Hola? —Llamo mientras me acerco al mostrador. No veo a nadie,
pero hay un par de autos en el estacionamiento.
—¡Un momento! —Una mujer sale a toda prisa por una puerta que
pone “Oficina”, echándose el cabello largo por encima del hombro. Lleva
unos pantalones ajustados y un jersey rosa en el que pone “¡Hagamos un
Lutz!” 9 Se me da fatal adivinar la edad, pero si tuviera que hacerlo, diría que
ronda los treinta. Sus ojos marrones se arrugan en las comisuras mientras
sonríe y me tiende la mano para que se la estreche—. Hola, soy Nikki
Rodriguez. Cooper, ¿verdad?
—Sí. ¿Me envía Lawrence Ryder?
Sonríe cálidamente.

43 —¿Y cómo está Larry?


Estoy seguro de que el entrenador Ryder no entró en detalles sobre
por qué quería que yo fuera voluntario. Probablemente piense que he estado
ansiando algo que añadir a mi currículum, en lugar de verme obligado a
ayudarlo para no perder la calma la próxima vez que un chico pite en mi
vecindad.
—Él está bien.

8Un Zamboni es una máquina utilizada en pistas de patinaje sobre hielo para suavizar y
limpiar la superficie de hielo.
9 Es un salto de patinaje artístico, que lleva el nombre de Alois Lutz, un patinador austriaco

que lo realizó en 1913.


—Bueno, bueno. La clase de hoy empieza en un par de minutos, así
que ¿quieres ponerte los patines? Penny ya está ahí abajo.
—Es sólo patinaje sobre hielo, ¿verdad? —pregunto. Me rasco la nuca
avergonzado. Probablemente debería haber investigado un poco en la página
web antes de venir. También quiero preguntar quién es Penny, pero no
quiero parecer un idiota.
—Esta clase enseña patinaje sobre hielo e introduce a los niños en los
deportes sobre hielo —dice—. La mayoría tienen seis o siete años. Esta
sesión acaba de empezar, así que son casi todos principiantes. No te
preocupes, lo harás muy bien. Sólo ayúdales a mantener el equilibrio y a
aprender a orientarse en el hielo.
—Lo intentaré.
—Larry dijo que eras el mejor del equipo. —Me dedica una sonrisa de
agradecimiento—. Estaré en la oficina si necesitas algo. Gracias, Cooper.
Esta es la forma de mantenerme en el hielo donde cuenta, así que a
pesar del retorcimiento de mi estómago, bajo las escaleras hasta la pista
propiamente dicha. El hielo parece fresco y brillante, lo cual es una buena
señal. Me subo a un banco y me calzo los patines.
—Ya estás aquí.
Levanto la vista al oír la voz y me encuentro mirando a una chica de
mi edad.
Tacha eso. Una chica guapa de mi edad.
Debo de estar bastante empalmado, porque noto que se me sonrojo y
que la sangre se me va a otro sitio más embarazoso. Es pelirroja y lleva el
cabello largo, naranja claro, suelto sobre un hombro. Las pecas cubren cada
centímetro de su rostro como un universo de diminutas estrellas sobre su
piel. Sus ojos son azules como los míos, pero más pálidos, como el hielo en
una mañana de invierno. Lleva un jersey de punto gris demasiado grande,
pero sus pantalones se ciñen a sus muslos y pantorrillas de forma
44 tentadora. Tiene un par de Riedells blancas bien cuidadas colgando de sus
manos. Mientras nos miramos fijamente, se lame el labio inferior y se me
aprieta el estómago.
Esto es malo. Terrible. Estoy a punto de estar rodeado de niños. No
puedo pensar en las ganas que tengo de quitarle el jersey para verle las
tetas.
Ladea la cabeza hacia mí.
—Cooper, ¿verdad? ¿Cooper Callahan?
Me aclaro la garganta.
—Sí.
Cruza los brazos sobre el pecho. Es delgada, apenas tiene curvas, pero
al darme cuenta de eso me dan ganas de ponerle las manos encima, ver lo
grandes que se ven en su piel suave y blanca. ¿Siguen las pecas por todo su
cuerpo? Dios, eso espero.
—Genial. ¿Vas a quedarte mirándome o vas a ayudarme?
Me levanto.
—Lo siento. No sabía a quién esperar.
Me lanza una mirada, casi como ofendida, lo cual es raro, porque no
he visto a esta chica en mi vida. No olvidaría a una chica con el cabello como
el fuego y los ojos como el cielo a principios de primavera.
—Los niños van a entrar pronto —dice—. Es una clase para
principiantes, así que nada demasiado intenso. Aún están aprendiendo a
mantener el equilibrio sobre el hielo.
—Entendido.
Señala una bolsa apoyada en las tablas.
—Coloca algunos conos. A un par de metros, lo suficiente para patinar
entre ellos.
La saludo.
—Sí, señorita.
Sigue mirándome raro, pero al cabo de un momento sacude
ligeramente la cabeza.
—Como quieras. Nos vemos en el hielo.
Mierda. No me extraña que no haya tenido sexo últimamente.
¿Señorita? Si Sebastian escuchará eso, se mearía de la risa.
Recojo la bolsa y patino sobre el hielo, el aire frío y fresco me golpea
las mejillas por encima de la barba. Sacudo la cabeza. Necesito
concentrarme. ¿Por qué no me dijo el entrenador que iba a trabajar con
45 alguien tan jodidamente guapa? Ese tipo de mierda tiene que venir con una
etiqueta de advertencia.
Saco todos los conos, y no es demasiado pronto, porque unos diez
chicos entran corriendo en el hielo.
Quizá esto no sea tan terrible. Al menos puedo ver a la pequeña Miss
Red durante toda la hora.
—Hola —les dice a los niños, abrazándolos uno a uno mientras
patinan hacia ella con piernas tambaleantes. Yo tenía más o menos su edad
cuando me metí por primera vez en el hielo; después de conocer sólo los
campos de fútbol, gracias a papá, era embriagador. El tío Blake me ayudó a
aprender las nociones básicas, pero pronto empecé a volar sólo de un lado
a otro.
—Penny —dice un niño, señalándome—. ¿Quién es él?
—Este es Cooper —dice ella—. Nos va a ayudar. Es el defensa derecho
del equipo de hockey de McKee. Donde voy a la universidad, ¿recuerdas?
La miro de reojo, pero ella no voltea a verme. No debería revolverme el
estómago oír que conoce la posición en la que juego, pero no puedo
contenerme.
—¿Es tu novio? —pregunta otro chico.
Resoplo. Eso hace que ella me mire; se muerde el labio como si
estuviera a punto de reírse. Por un segundo, parece que hay algo que
chispea en el aire entre nosotros; una camaradería nacida de ser los dos
adultos en esta situación, lo cual es irónico teniendo en cuenta que no
somos más que un par de universitarios. Pero entonces se endereza y sacude
ligeramente la cabeza.
—No —dice—. ¿Qué sabes tú de novios, Madison?
—Mucho —dice Madison, cruzando los brazos sobre el pecho.
Contengo la risa cuando Red, bueno, supongo que se llama Penny,
pero con ese cabello no puedo resistirme, vuelve a hablar de la clase. Puede
que el entrenador tuviera razón. Hay algo agradable en ver a un grupo de
niños interesados en lo mismo que yo. Tienen los ojos redondos como platos
y no paran de susurrarse mientras Red les explica la lección. Todavía están
aprendiendo a patinar sin agarrarse a la barandilla, y veo aprensión en la
forma en que se apiñan contra las tablas. Por lo menos, puedo seguir
haciéndome el simpático.
—¡Bien! —dice alegremente—. Haremos este ejercicio juntos y luego
podrán practicar por su cuenta. Recuerden, mantengan las rodillas
flexionadas. Queremos mantenernos bajos y usar los brazos para mantener
el equilibrio. ¿Cómo nos caemos otra vez?
46 —Hacia atrás no —dice un niño. Lleva un jersey de hockey, el de
Ovechkin. Su largo cabello rubio casi le cae en los ojos.
—Cierto —dice—. Queremos proteger nuestra cabeza. Tampoco
queremos usar las manos para frenar la caída porque podríamos hacernos
daño en las muñecas. Si mantienen las rodillas flexionadas, pueden caer de
lado más fácilmente.
Patina en círculo a mi alrededor.
—¿Quieres enseñarnos, Cooper?
—¿A Caer?
Asiente.
—Hasta los jugadores de hockey se caen a veces, ¿verdad?
—Nos caemos. —Patino hasta el centro de la pista—. Se van a caer, y
no pasa nada. Tiene razón, todavía me caigo mucho.
Normalmente por un golpe, pero no añado eso. Demuestro cómo caer,
dejando que el hombro reciba el impacto en lugar de la cabeza o las
muñecas. Después de eso, Red me hace mostrar a los niños cómo hacer el
ejercicio del conito. Lo hago dos veces, zigzagueando de un lado a otro, y
luego veo cómo los niños se ponen en fila y lo intentan ellos mismos.
Pensé que esto se alargaría, pero enseguida me pongo en marcha.
Salvo a un niño de estrellarse contra las tablas y doy un poco más de apoyo
a una niña que no para de doblar las rodillas. Son como potros recién
nacidos que intentan ponerse de pie por sí solos, pero la mayoría se levanta
después de caerse.
Cuando llega la hora del entrenamiento, me acerco patinando al niño
que lleva la camiseta de Alex Ovechkin. Sus mejillas regordetas están rojas
por el frío. Ya se ha caído tres veces seguidas, incapaz de llegar desde el
borde hasta los conos.
Me agacho hasta que quedamos a la altura de sus ojos. Se agarra con
tanta fuerza que ya no le queda sangre en los dedos. Se los quito uno a uno,
sujetándolo yo también.
—Lo conozco, ¿sabes?
Se limpia la nariz con el dorso de la mano.
—¿A quién?
—A Ovechkin. Es un tipo agradable. Realmente genial.
El chico se anima.
—Es mi jugador favorito.
—¿Sólo él, o apoyas a los Caps?

47 —A los Caps —dice.


—Muy bien. —Señalo los conos—. Sabes, Ovechkin tuvo que aprender
a patinar cuando era niño. Yo también tuve que hacerlo.
—Quiero jugar hockey. —Se muerde el labio, mirando hacia donde
Red está enseñando a un par de niños a dar vueltas. Sigo su mirada,
momentáneamente distraído por la expresión de concentración en su rostro.
Nos miramos durante medio segundo mientras se aparta el cabello de su
rostro.
Trago saliva y me vuelvo hacia el chico.
—¿Cómo te llamas?
—Ryan.
—¿Ryan qué? ¿Qué dirá la parte de atrás de tu jersey?
—McNamara.
Le doy una palmada en el hombro.
—Es un buen nombre. Algún día te quedará bien. Pero primero tienes
que aprender a patinar, amigo.
Asiente, frotándose de nuevo la nariz.
—Lo sé.
—Voy a patinar por aquí —le digo, señalando el cono más cercano—.
Te estaré esperando.
Permanezco agachado, con los brazos abiertos, mirando a Ryan con
lo que espero sea una expresión alentadora. Estoy seguro de que en unas
semanas aprenderá a patinar hacia atrás; sólo tiene que dar el salto y tomar
confianza. Al cabo de unos segundos, se baja de la barandilla y patina hacia
mí lentamente.
Cuando lo estabilizo, le choco los cinco.
—Buen trabajo. Hagámoslo otra vez.
Cuando termina la clase, Ryan me abraza, lo que definitivamente no
apesta. Me pregunta si vendré a la próxima clase, y como dudo que el
entrenador se crea que estoy curado de lo que mi padre aparentemente cree
que son tendencias violentas después de una sesión, y bien, porque me
divertí, asiento y le digo que nos vemos la semana que viene.
Cuando nos quedamos solos en el hielo, Red patina hacia mí, con las
mejillas sonrojadas por el aire frío y el esfuerzo. Lleva el cabello revuelto,
recogido a su alrededor como un halo pelirrojo. Arruga la nariz. Hay algo en
ella que me resulta familiar, pero no sé dónde la he visto. ¿Quizá está en el
equipo de patinaje artístico de McKee? Tenemos uno, pero no sé mucho de
el. Nuestros caminos podrían haberse cruzado en el campus media docena
de veces, aunque si es así, no tengo ni idea de por qué no me habría
48 presentado. Me restriego la mano por el rostro, dejando que un ceño
fruncido sustituya a la sonrisa que llevé durante toda la lección.
—Así de mal, ¿eh?
Trabajo mi mandíbula, mi frustración por toda la situación volviendo
ahora que no tengo otra cosa en la que concentrarme.
—No, es sólo que... no es como si yo hubiera pedido esto.
—Se te daba bien. —Empuja su hombro contra mi brazo—. Pensé que
serías terrible.
—Sabes que sé patinar.
—No en el patinaje, en interactuar con los niños. —Sonríe, y joder, es
linda. Me esfuerzo por contener un gemido. Durante la clase, conseguí
ignorar el sonido que me recorría desde el cuero cabelludo hasta los dedos
de los pies cada vez que la sentía cerca, pero ahora mi cuerpo hace todo lo
posible por recordarme que llevo mucho, mucho tiempo sin follar para tener
mi edad—. Fue muy dulce.
Rasco el hielo con mi punzón.
—Sí, bueno, díselo a mi entrenador. Cree que esto va a ayudar a mi
juego, pero sinceramente...
Me detengo, porque una cosa es quejarme de mi sequía con mi
hermano y otra muy distinta anunciárselo a una desconocida.
—¿Sinceramente qué? —pregunta.
La miro. ¿Quizá me suenan sus ojos? ¿Tuvimos una clase juntos el
primer año o algo así? A la mierda, no la conozco de todos modos, y no es
como si pudiera ser más patético.
—Sinceramente, sólo necesito echar un polvo. Han pasado meses y
estoy demasiado tenso.
Levanta una ceja.
—¿Los jugadores de hockey no tienen un séquito de conejitas
siguiéndolos?
Me encojo de hombros.
—No me enrollo dos veces con la misma chica.
—¿Por qué no?
—¿Siempre tienes tantas preguntas sobre la vida sexual de los demás?
Levanta la vista; no es la chica más bajita del mundo, pero aún le saco
varios centímetros y casi cien kilos. Debe de tener experiencia en patinaje
artístico; su aplomo sobre el hielo tiene presencia propia, y unos patines así
49 no son baratos. Alarga la mano y sus delicados dedos quedan a escasos
centímetros de mi pecho. Sus uñas son pequeños óvalos perfectos, blancos
con las puntas naranjas. Tengo el absurdo impulso de tomar su mano entre
las mías y examinar las diferencias, los lugares donde mis palmas son
ásperas y las suyas tan suaves como el interior de una concha marina.
Si no la conociera, diría que está a punto de besarme.
Se me corta la respiración.
Nos miramos y ella parece tomar una decisión.
Y entonces me besa en la mejilla. Sus labios rozan ligeramente mi
barba. Cuando habla, lo hace susurrando contra mi oído. Tiembla, pero yo
lo tengo peor. Me quedo inmóvil mientras mi mente y mi cuerpo luchan por
seguirle el ritmo.
—Folla conmigo.

50
Penny

En cuanto las palabras salen de mi boca, me preparo para el desaire.


Cooper me mira fijamente. Me obligo a seguir mirándolo. Tengo
suficiente amor propio para eso. Pero no lo suficiente como para no hacerle
una proposición a uno de los jugadores de mi padre porque, al parecer, hay
algo en él que me revuelve las entrañas. En cuanto me dijo que tenía
problemas, sentí una punzada de simpatía. Tener un picor que no te puedes
rascar es una putada. Lo sé muy bien.
No es que llegara a la pista sabiendo que iba a preguntar. Durante
todo el trayecto en autobús desde el campus hasta el Centro de Patinaje
Moorbridge, repetí mentalmente la conversación con Mia. Lo que sugería
tenía mucho sentido, pero hay una gran diferencia entre estar de acuerdo
con algo en teoría y querer ponerlo en práctica.
Sin embargo, en cuanto vi a Cooper, las ruedas empezaron a girar.
Durante toda la clase, no pude dejar de mirarlo. Cada corte que hacía sobre
el hielo, cada palabra de aliento o consejo que daba a uno de los alumnos,
cada vez que me daba cuenta de que me estaba mirando, me sacaba el dolor
que normalmente mantengo reprimido por el éxito.
Sabía cómo era antes de hoy, por supuesto, pero de cerca y en
persona, es aún más guapo, con ojos de un azul intenso y un espeso cabello
oscuro, casi salvaje. Tiene la barba demasiado larga, pero, aun así, me
entran unas ganas raras de sentirla bajo la palma de la mano. Es un atleta,
así que, por supuesto, es corpulento, pero sus hombros anchos y su cintura
51 ceñida, especialmente cuando antes estaba en movimiento sobre el hielo,
han convertido mis entrañas en un líquido caliente y burbujeante. Tiene
una cicatriz debajo de la oreja, una media luna irregular, y aunque no lo
conozco, quiero preguntarle cómo se la hizo. Cuando un chico hizo un chiste
al despedirse, echó la cabeza hacia atrás y se rio, y fue como si el sonido
tomara forma física, rozando mi piel.
Cooper Callahan es todo lo que yo no soy: seguro de sí mismo,
engreído y sin miedo a la intimidad. Mia tiene razón. Si hay alguien con
quien empezar La Lista, es él. El hecho de que sea uno de los jugadores de
mi padre, y un jugador de hockey, ugh, no es lo ideal, pero por todo lo que
he oído de él, no lo hará dudar. Quizá si tacho un punto de La Lista, el resto
sea más fácil.
Sigue mirándome como si hubiera hablado en klingon en vez de en
inglés. Cruzo los brazos sobre el pecho. No soy la chica más bajita del
mundo, pero él me supera en estatura. Siento que el rubor tiñe mis mejillas,
pero me mantengo firme. Mis palabras han salido a la luz y ya no puedo
retirarlas. Y menos con un beso de por medio.
—¿Follar? —repite por fin. Se rasca la barba.
Se me revuelve el estómago al pensar en esa barba rozando mi piel
sensible. Incluso ese beso en la mejilla me ha acelerado el ritmo cardíaco.
Lo he imaginado, pero nunca lo había experimentado de verdad. Si las
historias son creíbles y realmente es generoso en la cama, no un jugador de
primera que se toma su propio placer y deja a la mujer colgada, eso ya le da
una ventaja sobre la mitad de los chicos que estaba considerando en Tinder
anoche.
—Parece que lo necesitas.
Su boca se tuerce.
—No necesito un polvo por lástima.
—Ha pasado demasiado tiempo para mí también. —Varios años, pero
no menciono esa última parte—. Noté que me mirabas.
—Y yo noté que tú te fijabas en mí. —Me mira de arriba abajo, desde
mis patines hasta mi cabello encrespado. En circunstancias normales, este
nivel de atención por parte de un chico me haría salir corriendo, pero
aunque mi corazón late como si fuera toda una batería, no lo odio. No sé por
qué actúa como si no supiera que soy la hija de su entrenador, pero si quiere
fingir, lo dejo. Así es más fácil.
Patino hacia atrás, mordiéndome el labio para no sonreír cuando me
sigue. Aún podría echarme atrás, fingir que estaba bromeando, y tal vez
sería lo más inteligente, pero la idea de volver a mi dormitorio y tratar de
correrme por mi cuenta es deprimente, y estoy excitada por la forma en que
me está mirando, y aunque es difícil de recordar, sé que me merezco esto.
52 Me alcanza fácilmente. Su mano se extiende por mi cintura,
acercándome. Tiene una mirada brillante, casi infantil por la excitación.
Probablemente piense que soy una zorra que hace esto todo el tiempo. La
verdad no podría estar más lejos de eso, pero ¿qué tiene de malo fingir?
Acaba de decir que nunca sale dos veces con la misma chica. Nunca hablaría
de ello porque soy la hija de su entrenador. Esto es lo más seguro que puede
ser una aventura.
—¿En tu casa o en la mía? —pregunta.
—Ahora. —Hago un gesto a través del hielo; estamos solos, sin nadie
que nos interrumpa—. Hay un armario de suministros al final del pasillo.
Lo he sorprendido, me doy cuenta. Parpadea y se le dibuja una sonrisa
en su rostro.
—No te tomaba por una rompedora de reglas, Red.
El apodo me calienta el pecho.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
Mira a su alrededor para comprobar que estamos solos antes de
inclinarse hacia mí, con la boca a escasos centímetros de la mía. Tan cerca
de un beso, pero tan lejos.
—Vamos, cariño. Enséñamelo.

Cuando llegamos al armario de suministros, abro la puerta con


cuidado y enciendo la luz. No es exactamente un lugar privilegiado, pero es
privado. Compruebo mi instinto una vez más, pero a pesar de los nervios,
no siento ninguna vacilación. Sé que podría ser más inteligente y no elegir
a un chico del equipo de mi padre para mi primera aventura, pero él no se
va a enterar. Y bueno... los jugadores de hockey siempre han sido mi tipo.
Cooper cierra la puerta detrás de nosotros. Parece más grande en un
espacio cerrado como este; su pecho es deliciosamente ancho, sus brazos
gruesos y musculosos. Tiene un tatuaje en el brazo, una especie de espada,
pero estoy demasiado ocupada mirándolo para distinguir los detalles. Sé
que si se quitara la camiseta, vería las duras líneas de sus abdominales. Me
mira con lánguido interés, como una pantera posada en la rama de un árbol,
observando a su presa. Alargo la mano y arrastro las uñas por su camisa.
Me toma la palma con la suya y me aprieta.
—Este es tu espectáculo, Red —dice—. ¿Qué quieres hacer?
53 Me armo de valor y me inclino para darle un beso en los labios.
Durante medio segundo no responde, pero luego me rodea con los
brazos, me arrastra más cerca y su boca explora la mía con avidez. Jadeo al
sentir el roce de su barba contra mi piel. Me muerde el labio inferior,
chupando suavemente. Cuando necesito aire, apenas respiro antes de volver
a besarlo. Hacía años que nadie me besaba, y sabía que lo echaba de menos,
pero no hasta ahora. Me gusta tener a un hombre apretado contra mí, sus
grandes manos en mi cintura, sentirlo respirar.
Cuando nos separamos, apoya la barbilla en mi cabeza.
—Vamos —dice—. Me doy cuenta de que quieres algo. Pero no sé leer
la mente.
Me río y le aprieto el brazo. Estar tan cerca de él hace que mi cuerpo
arda de deseo. Tiene razón, tengo algo en mente: el primer punto de La Lista.
Algo que he deseado durante años, pero que no me había atrevido a buscar
hasta ahora. Me encanta besarlo, así que no puedo ni imaginar lo que sería
sentir su barba contra la parte interior de mis muslos.
Me deja un momento, sin empujarme ni impacientarse, pero sigue
tocándome, sus dedos recorren mi espalda burlonamente, sus labios rozan
los míos de vez en cuando. Hay algo en él que me tranquiliza. Quizá sea que
no se ha reído de mí por nada de esto, aunque esté haciendo algo un poco
ridículo. Tal vez sea su reputación de jugador; no puedo ser la primera chica
que se le insinúa con un plan en mente. Sea lo que sea, sé instintivamente
que me hará pasar un buen rato y espero poder hacer lo mismo por él.
Levanto la vista. Sus ojos son azules como los míos, pero mucho más
profundos. El cielo en lugar de una capa de hielo pálido. Me trago la
ansiedad y digo:
—Quiero que me lamas.
Sonríe y me pasa el cabello por detrás de la oreja.
—¿Quieres que me arrodille?
—He oído que eres generoso.
Me acaricia la mejilla con el pulgar y luego lo presiona contra mis
labios. Muerdo suavemente, encantada de ver el calor en su mirada.
—Eso me han dicho.
Sin dejar de mirarme, se hunde en el suelo. Sus manos se posan en
mi cintura y me agarran con fuerza. Sigue sonriendo con seguridad, y estoy
segura de que es porque en cuanto cambió de postura, empecé a temblar de
expectación.
—Enséñame las bragas, Red —dice.
Hago lo que me dice y me bajo los pantalones. Se me corta la
54 respiración cuando me frota la piel desnuda con los pulgares. Se lame los
labios, enviando una oleada de calor directamente a mi interior, y me baja
los pantalones hasta los tobillos. Me mira las bragas y luego besa el lazo de
arriba.
—Bonitas —me dice—. El azul te queda bien.
Me trago un gemido.
—Puedes quitármelas.
Pero no lo hace, sino que pasa el dedo por el medio, separando mis
pliegues a través de la tela. Los dedos de mis pies se enroscan en las botas
contra el suelo sucio. Una parte de mí quiere subirse los pantalones y huir
antes de que me vea, pero la otra quiere quedarse clavada en el sitio,
permitiendo que Cooper Callahan explore mi cuerpo. Al final, me baja las
bragas poco a poco, como si estuviera desenvolviendo un regalo que sabe
que va a ser bueno. Siento mi humedad, sé que podrá verla en cuanto me
baje las bragas del todo. Cuando se unen a mis pantalones por los tobillos,
vuelve a besarme, esta vez sobre mi piel desnuda. Le clavo las uñas en el
hombro, sorprendida de sentir su barba en un lugar tan sensible.
Su mirada se dirige hacia arriba.
—¿Vas a ser una buena chica y entregarte a mí?
Se me escapa un gemido ahogado.
—Porque me doy cuenta —continúa—. Lo necesitas mucho. Yo
también lo necesito, cariño. Me duele la polla sólo de ver tu precioso coño.
Pero trabajo mejor cuando sé que mi chica confía en mí para que la cuide.
Mientras habla, me acaricia los muslos. Está lo bastante cerca como
para sentir su aliento en mi piel, y eso hace que mi vientre se estremezca de
deseo. Busco su cabello, agarro un puñado y tiro; ojalá me apretara contra
los pliegues y me chupara el clítoris hasta que el líquido me cubriera los
muslos.
¿Confío en él? No con mi vida, ¿pero aquí, así? Tal vez no debería, tal
vez sea estúpido, pero lo hago. Ni siquiera sabe cuánto confío en él ahora
mismo. Estoy al borde de un precipicio, equilibrándome lo mejor que puedo,
mientras la roca se desmorona debajo de mí.
Me da un beso en el ombligo.
—Aquí también hay pecas —murmura—. Adorables.
—Cooper.
—¿Sí?
—Quiero... —Mi voz se apaga antes de que pueda forzar las palabras.
—Vamos —dice—. Dime que quieres ser mi chica buena. Déjame darte
lo que me has pedido.
55 Mi rostro se pone tan rojo como mi cabello. Llevo años fantaseando
con la idea de que alguien me llame su chica buena, y ahora por fin está
ocurriendo. No tiene ni idea de lo que me está dando ahora mismo. Lo
mucho que este momento significa para mí.
Lo tiro del cabello con más fuerza.
—Sí. Quiero... quiero ser tu chica buena.
Me abre las piernas y me acaricia el interior de los muslos, donde mi
piel es más suave.
—Buena chica.
Empieza por la parte superior de mis pliegues, presionando mi piel
con ligeros besos, arrastrando su barba contra ella. Gimo suavemente todo
el tiempo; incluso ese contacto relativamente inocente me está excitando.
Arrastra la boca hacia abajo, explorando, intercambiando besos y pequeños
lametones. Pero entonces me rodea las piernas con los brazos y me separa
aún más, lamiéndome justo encima del agujero, y me arranca un grito
ahogado. A continuación encuentra mi clítoris, lo lame antes de chuparlo,
provocándome una oleada de placer. Está claro que sabe lo que hace. Me
acaricia el pequeño capullo hasta que me muevo contra su rostro,
desesperada por más contacto. Se separa riendo y me besa la cara interna
del muslo.
—Sabes delicioso —dice—. Joder, podría quedarme así durante horas.
Debe de ser una frase que usa con todas las chicas, pero funciona.
Me aprieto contra él, deseando más contacto.
—No pares —susurro.
—Claro que no —dice—. Dije que te cuidaría, ¿no?
Me penetra con la lengua, sin duda ensuciándose la boca y la barba,
y utiliza un dedo en mi clítoris, haciéndome mover las caderas hacia delante,
esperando más fricción. Su otra mano se dirige a mi culo y lo aprieta con
fuerza, arrancándome un gemido que me hace echar la cabeza contra la
pared. Cada lametón, cada caricia, me acercan a la cima del placer, pero
incluso moviéndome contra él, no llego. Necesito algo más. Le agarro el
cabello con tanta fuerza que debe de dolerme, presionando su cara contra
mis pliegues.
—Eso es —me dice pegado a mí. Las vibraciones de su voz me hacen
jadear—. Cabalga sobre mi rostro, chica necesitada.
Chica necesitada.
¿Soy yo? En este momento, sí. No me he permitido hacer algo así
desde que tenía dieciséis años, con la esperanza de una conexión más
profunda y dejando mi vida en ruinas en su lugar. Cooper ha sacado el lado
56 de mí que mantenía bien cerrado. Tal vez estaba más desesperada por un
cambio de lo que creía. Más necesitada de lo que pensaba.
Pensarlo me hace apretarme más contra él, tirándolo del cabello para
moverle la cabeza hacia donde quiero. Me sigue, lamiendo y chupando todo
lo que alcanza. El estómago se me aprieta como si estuviera atrapada en
una prensa. Gimo en voz alta, los sonidos salen de mí sin pensar mientras
él vuelve a prestar atención a mi clítoris. Me clava las uñas en las nalgas
con tanta fuerza que casi pierdo el equilibrio. Me pasa la mano por la pierna
y luego la apoya en su hombro, abriéndome tanto que siento el aire frío en
el coño. Me siento ridícula durante medio segundo, con mis pantalones
enredados y estirados casi hasta el punto de romperse, pero entonces veo la
expresión de su rostro.
Quizá le gusten las chicas delgadas y con el cabello del color de la
zanahoria. Quizá le gusta mucho lamer coños. Quizá miraría así a cualquier
chica, con adoración, casi con dulzura, por la forma en que parpadea con
sus ojos azules como tormentas.
—Cooper —gimoteo, enroscando y desenroscando los dedos de los
pies. Le clavo el zapato en el hombro. Me sostiene con sus manos firmes,
frotándome los costados.
—Ya casi estás —dice; su boca está mojada con mi resbalón, su barba
empapada. Se lame los labios—. Pórtate bien y déjame terminar mi comida.
No se detiene, ni se burla de mí, ni siquiera sale a tomar aire; respira
directamente contra mi coño, dejando que su nariz golpee mi clítoris
mientras me lame la piel.
En el momento en que su dedo me penetra, con una lentitud
agonizante, en marcado contraste con la forma en que me lame el clítoris,
me vengo abajo. Ahogo un grito contra mi hombro, me enrosco sobre mí
misma y casi me caigo al tirar de la pierna hacia abajo. Mis muslos están
resbaladizos; cuando aprieto las piernas, las noto pegajosas. Se levanta y
me da un beso aplastante. Saboreo la sal de sus labios y lamo su boca sin
pensarlo.
Cuando finalmente nos separamos, él se limita a apretar su frente
contra la mía.
Y aunque soy yo la que tiene estrellas nadando en mi visión, él me da
las gracias.

57
Cooper

Esta chica es una diosa.


Me encanta el sexo desde mi primera vez, un lío en un armario no
muy diferente a este. Me sentí muy realizado, oyendo los gemidos de Emma
Cotham mientras me movía dentro de ella. Hacía mucho tiempo que no
follaba como es debido, pero no estaba preparado para lo satisfecho que iba
a quedar. Mientras beso a Red, noto mi casi dolorosa erección contra mis
pantalones, claro, pero no puedo dejar de sonreír. Ella hace los ruiditos más
dulces. Sé que en realidad no la conozco, pero al menos en este momento,
parece el tipo de mujer que más me gusta: adorable y fácil de abrumar, pero
ardiente y llena de espíritu. Desde el momento en que me ofreció la oferta,
tuve la sensación de que me llevaría a algún sitio bueno.
—Gracias —murmuro. Ni siquiera sé si me creyó cuando le dije que
estaba en un periodo de sequía. Incluso si lo hizo, no sabe cuánto he
necesitado esto. De todos modos, se lo agradezco. Esto ha sido mejor que
un duro entrenamiento, la meditación o ver mi película porno favorita. Me
acaricia el cabello, más suavemente que antes, cuando me apretaba contra
ella como quería, mientras juntamos las frentes. Me muerdo el interior de la
mejilla mientras ella me pasa la mano por el costado y se posa en la cintura.
—Debería darte las gracias —dice. Se preocupa por su labio inferior
con los dientes mientras me mira—. Eso ha sido...
—¿Caliente como la mierda?

58 Sus labios esbozan una sonrisa, justo antes de tocarme la entrepierna


por encima de la tela de los pantalones.
—Sí.
Me agacho para darle otro beso.
—No tengo condón.
Me acaricia a través de los pantalones.
—Se me ocurren otras formas de agradecértelo.
Gimo cuando me desabrocha los pantalones y me los baja lo suficiente
para dejarme la polla libre; me la sujeta con delicadeza, frotando la cabeza
con el pulgar y untando las gotas de semen. Vuelvo a besarla, feliz de oír su
aguda respiración.
Me devuelve el beso, pero luego se aparta. Me da un tirón experimental
en la polla que hace que se me retuerza el estómago, pero no va más allá.
—Tengo que confesarte algo —dice bruscamente—. Hace mucho que
no hago esto.
—No tienes que hacerlo —le digo, aunque tengo muchas ganas de que
siga—. Puedo ocuparme rápidamente.
Niega.
—No, quiero hacerlo. —Ladea la cabeza y me da otra pequeña caricia.
Me apiado de ella y envuelvo su mano con la mía. Le doy un beso en
la frente. Junto las manos, rozando la cabeza de mi polla, retorciéndola
ligeramente de una forma que me hace respirar entrecortadamente. Ella me
sigue y me toca las pelotas con la otra mano. Ya me duelen, y su contacto
despierta un deseo aún más intenso. Seguimos en silencio, excepto por la
respiración, apretados contra la pared de este pequeño espacio. Nunca me
ha importado ensuciarme en nombre del sexo, sobre todo cuando tiene algo
de prohibido. A pesar del entorno polvoriento y estrecho, prefiero estar aquí
que en cualquier otro sitio. Saboreando a Red en mi lengua, viendo cómo
frunce el ceño mientras aprende qué movimientos me hacen gemir. Cuando
me acerco y siento ese tirón familiar en el estómago, dejo caer la cabeza
sobre su hombro y murmuro una advertencia.
Nos sacudimos juntos el resto del camino. Me corro gimiendo su
nombre. No Red, sino su verdadero nombre, Penny. Nuestras manos están
pegajosas de mi semen y, antes de que pueda ofrecerle mi camiseta para
que se la limpie, se lleva la mano a la boca y se la lame.
Creo que mi cerebro sufre un cortocircuito al ver su preciosa lengua
rosa trabajando sobre sus delicados dedos, y luego se queda totalmente frito
cuando pasa a mi mano, llevándose cada uno de mis dedos a la boca y
lamiendo el resto del semen. Termina besándome, igual que yo hice con ella
59 cuando me levanté de las rodillas. Cuando se aparta, me quedo mirándola,
incluso cuando me vuelvo a subir los pantalones y me escondo. Se sube los
pantalones, se pasa las manos por el cabello y se lo echa por encima del
hombro.
—Sabes cómo me llamo —bromea—. Me estaba preocupando.
Sonrío.
—¿Me das tu número? ¿Tienes Snap?
Saco el teléfono y abro un nuevo contacto, tecleo “Penny” y se lo doy
para que ponga su apellido y su número.
No debería, pero no puedo evitarlo. No mentía antes cuando dije que
no me gusta repetir ligues; sólo lo he hecho unas pocas veces, a lo largo de
los años, y casi siempre se complicaban antes de que pudiera romper la
relación. Una vez casi le rompo el corazón al pobre Sebby. Pero si vamos a
dar esta clase juntos, no está de más tener su información de contacto.
Por alguna razón, frunce el ceño mientras toma mi teléfono.
—¿Así es como vamos a hacerlo?
—¿Hacer qué?
Pone su número en mi teléfono, pero no lo alarga.
—Callahan. Ya sabes quién soy.
Sacudo la cabeza antes de que termine la frase.
—No te olvidaría.
—Oh, ahórratelo —suelta. Me pega el teléfono en la palma de la
mano—. No pienso decírselo a mi padre, por si te preocupa.
Miro el teléfono cuando me doy cuenta de sus palabras. Penny Ryder,
dice.
Ryder. Como…
—Oh, mierda —digo. Las palabras salen estranguladas. No dejaba de
pensar que me resultaba familiar porque he visto la fotografía de ella en el
escritorio de su padre docenas de veces. Puede que el cabello rojo sea todo
suyo, pero los ojos seguro que no. Ya había mencionado antes que su hija
va a McKee, y ¿por qué no iba a saber moverse por una pista la hija de un
entrenador de hockey?
Alarga la mano y me aprieta el brazo, pero me aparto de un tirón.
—Callahan —dice—. Lo siento, supuse que lo sabías. Pensé que
estabas fingiendo.
—¿Por qué iba a fingir?
60 —¡No lo sé! Sabía quién eras, sólo pensé...
—Me va a matar, joder.
Pone los ojos en blanco.
—No se va a enterar. Y yo lo quería tanto como tú.
Abro la puerta de un tirón.
—Tengo que irme.
—Espera...
—No sé a qué clase de juego estás jugando, pero no me gusta que me
utilicen —la interrumpo. Está avergonzada y siento una punzada de
compasión. No la conozco, pero lleva sus emociones en su rostro como una
marca. Es un rostro bonito, además, que no puedo dejar de mirar, ni
siquiera ahora. Está claro que creía de verdad que la conocía, pero tampoco
me gusta lo que eso implica. ¿Por qué querría enrollarse con uno de los
chicos de su padre? ¿Y por qué yo? Dijo que conocía mi reputación. Nunca
me he avergonzado de ser un jugador; soy sincero con todo el mundo con el
que me enrollo y a quién carajo le importa que me guste el sexo, pero
¿ahora? Es como si me hubiera elegido porque sabe que soy fácil, y sean
cuales sean sus motivos, esto podría joderlo todo para mí. Nada grita
material serio de capitán como enrollarse con la hija del entrenador en un
maldito armario de almacenamiento.
¿Y si mi padre se entera de esto? Nunca escucharé el final de esto.
—No estaba tratando de usarte —dice—. Pensé que estaba ayudando.
Lo necesitaba, y tú también. Tú lo dijiste.
—Estoy tratando poder ser capitán. —No puedo evitarlo, doy un paso
más cerca, aunque mi mano sigue enroscada en el marco de la puerta—. Si
tu papi querido se entera, estoy jodido. Ya estoy atascado haciendo esta
estúpida cosa de voluntario contigo. Me enterrará tan abajo en la lista que
nunca llegaré a la NHL.
—Él no haría eso —dice ella—. Y tampoco quiero que lo sepa. Así que
deja de mirarme como si te hubiera obligado a algo.
Respiro hondo. Tiene razón, me lo ha pedido, pero podría haberle
dicho que no. Lo deseaba, y lo pasamos bien juntos, y aunque noto que me
sube la tensión cuanto más se alarga esta conversación, me ayudó.
Probarla, besarla, darle las gracias a una chica guapa... me ha liberado parte
de la presión que llevaba meses acumulando.
—Lo siento —murmuro. Necesito escapar antes de hacer el ridículo.
Discutir un poco más con ella o, peor aún, besarla. Todavía tengo muchas
ganas de hacerlo; el hecho de que sea la hija de Ryder no ha borrado por
arte de magia la atracción que siento. Me asomo al pasillo para asegurarme
61 de que no hay moros en la costa—. Nos vemos.
—Vendrás la semana que viene, ¿verdad?
Le devuelvo la mirada.
—Vendré siempre que tu padre lo considere necesario. Pero esto —
hago un gesto entre nosotros—, no va a volver a pasar.
—¿Cooper?
—¿Sí?
Juguetea con un mechón de cabello.
—Buena suerte en tus partidos este fin de semana.
Resoplo.
—Gracias, Red.

62
Cooper

Pongo Red Hot Chili Peppers a todo volumen de camino a casa,


cantando. O grito desafinado la letra de “Suck My Kiss” o pienso en Penny
Ryder, y esto último no es una opción. Ni ahora ni nunca.
Cuando paso por Red's, mi bar favorito, que me hace pensar en ella,
imagínate, casi entro a tomar algo. Suena ridículo incluso en mi cabeza,
pero estoy casi seguro de que liarme con Penny me ha devuelto el juego.
Tengo la sensación de que si intentara ligar con una chica ahora mismo,
estaría más que dispuesta a aceptar mi proposición. Es como si tuviera un
candado en el trasero y Penny me ayudara a abrirlo. Pero en lugar de parar
en el bar, sigo conduciendo.
Cuando vuelvo a casa, encuentro a Izzy pasando la aspiradora
mientras pone un disco de Sheryl Crow a todo volumen. Al principio no se
da cuenta de que estoy allí, debido a la competencia de ruidos, así que me
apoyo en la barandilla para contemplar el extraño espectáculo de mi
hermana comportándose como una doméstica. Va vestida con su bonito
pijama, un camisón de seda y una bata a juego, y se ha recogido el cabello
con una diadema que, de algún modo, también hace juego. ¿Compró todo el
conjunto en Pink o algo así? A menos que vaya a una fiesta de pijamas,
apostaría a que tiene compañía en camino.
Al final me ve y se sobresalta tanto que se le cae el mango de la
aspiradora.
—¡Cooper! Me asustaste.
63
—Lo siento. —Me acerco y le doy un tirón a la diadema de su cabello—
. ¿Por qué estás limpiando?
—Victoria va a venir.
—¿Oh?
Me quita la mano de la diadema.
—Sólo ella. Vamos a ver Legalmente Rubia y a beber margaritas.
—Victoria es la chica que conociste antes de McKee, ¿verdad?
—En el campamento de voleibol, sí. Estamos juntas en el equipo. —
Me mira entrecerrando los ojos—. ¿Por qué te interesa tanto?
—No me interesa. —Lo cual no es mentira; todavía estoy pensando en
Red-Penny, y en qué carajo acaba de pasar. Fue increíble, pero ahora que
sé que fue Penny Ryder a la que me comí en un puto armario de
almacenamiento... sólo necesito confiar en que no tiene interés en que su
padre se entere. Me encadenaría al hielo y me convertiría en la primera
víctima oficial de asesinato por zamboni.
La única razón por la que me sentí tan bien fue porque hacía siglos
que no besaba a una chica, y mucho menos probaba un coño. Ahora que mi
juego ha vuelto, pronto ella será un recuerdo lejano. Trabajar a su lado no
es lo ideal, pero sólo es una vez a la semana y espero que el entrenador me
libere pronto de esa obligación.
Izzy sigue mirándome con demasiada atención.
—¿Cómo fue lo del voluntariado?
—Genial, la verdad.
Levanta una ceja. Es buena en eso, lo de levantar una sola ceja. Me
recuerda a mamá.
—Estabas convencido de que iba a ser un asco. Creía que ni siquiera
te gustaban los niños.
—Estuvo bien. Sabes que disfruto en el hielo. —No estoy dispuesto a
entrar en el tema de Penny con mi hermana pequeña, así que empiezo a
subir las escaleras—. Voy a dejar de molestarte. Disfruta de tu noche de
cine.
—Hay algo que no me estás contando. —Cruza los brazos sobre el
pecho—. Ya no soy una niña pequeña, Coop. Estoy en la universidad como
tú. Háblame.
—No es nada. —Me paso la mano por el cabello. Cabello al que hace
menos de una hora, Penny se agarraba con fuerza mientras me montaba el
rostro. No puedo dejar de pensar en su manicura temática de Halloween y
sus montones de anillos finos. Por la forma en que reaccionó, por cómo tuve
64 que guiarla para que me masturbara, estaba claro que no tiene mucha
experiencia, así que, para empezar, ¿por qué demonios decidió tener una
aventura en un armario? Sé que soy guapo, pero ni siquiera mi ego es tan
grande como para pensar que la he puesto en celo, como un gato—. Te veo
luego.
Sólo llevo dos segundos en mi dormitorio, sintiéndome una mierda por
haber dejado colgada a Izzy, cuando entra Sebastian.
—Hola —dice—. Parece que Izzy tiene una amiga en casa, así que me
voy a las jaulas de bateo. ¿Me acompañas?
Miro la cama. El plan había sido ordenar y volver a ver Star Wars,
pero, aunque no puedo confiar en Izzy, Sebastián es una buena apuesta.
—Claro. Acabo de tener una experiencia rarísima.
—¿Cómo de rara? —pregunta mientras tomo mi chaqueta y me la
vuelvo a poner.
—Me he enrollado con alguien.
—Por fin —dice con una sonrisa.
—Sí, bueno, es la hija de Ryder. No me di cuenta hasta después.
Tropieza en el último escalón de la escalera.
—Amigo.
—Lo sé, lo sé —digo con un gemido—. No la había reconocido.
Mientras hacemos el corto trayecto hasta las instalaciones deportivas,
pongo a Sebastian al corriente de lo sucedido. Es una buena persona con la
que desahogarse porque te deja hablar sin interrumpirte. Pero en cuanto
estaciona el auto, se vuelve y me mira.
—Tienes que olvidarla.
—Lo sé.
—Es asunto suyo lo que haga con su cuerpo, pero no querrás que su
padre se meta. Ya te está vigilando como un puto halcón.
Frunzo el ceño mientras abro la puerta.
—Entendido.
Seb toma su bolso de la parte de atrás y se lo echa al hombro.
—¿Qué? Sabes que tengo razón. Me alegro de que por fin hayas roto
el hechizo seco…
—La puta maldición —lo interrumpo.
—Lo que sea. Sólo quiero decir...
—¿No se supone que los jugadores de béisbol también son los más
65 supersticiosos?
Pone los ojos en blanco.
—Sólo mantén los ojos en el premio. Ser capitán es algo importante.
Sería tonto perderlo por algo así.
—Gracias por el sermón, papá. —Empujo la puerta del edificio y me
dirijo al pasillo. Esto no es Markley, pero puedo orientarme con facilidad; he
estado aquí con Seb bastantes veces. Me revuelve el cabello como represalia
por el golpe, lo que me lleva a darle una patada en la espinilla.
—¿Estuvo bueno? —pregunta cuando por fin seguimos andando.
—Jodidamente bueno. —Gimo al pensar en todo ese cabello largo, rojo
anaranjado. Por no hablar de las pecas. Penny tiene pecas hasta en las
piernas, lo que me excita muchísimo. Muy pronto, voy a tener que ponerme
una orden de mordaza: nada de pensar en Penelope Ryder—. ¿Recuerdas a
la señora de Tiffany's? ¿Cuándo ayudamos a James a elegir el anillo de
compromiso de Bex?
—Estaba buena.
—Podrían ser primas o algo así. Pero Penny está aún más buena —
digo mientras ayudo a Seb a prepararse con un cubo de bolas en su jaula
favorita, la del fondo con la máquina que casi nunca falla. Me siento en el
banco y observo cómo saca su equipo. Nunca me he acostumbrado a sentir
un bate de béisbol en las manos, aunque mi atletismo general se extiende a
la mayoría de los deportes. Sé cómo lanzar un balón de fútbol en una espiral
cerrada, gracias papá, y puedo hacer un line drive 10 aquí y allá. Incluso se
me da bien el voleibol, gracias a los años que pasé ayudando a Izzy a
perfeccionar su saque.
Seb levanta las cejas mientras se pone los guantes de bateo.
—Tienes debilidad por las pelirrojas.
—Tiene pecas y todo.
—Lo que tú digas, Gilbert Blythe.
Le tiro una pelota de béisbol a la cabeza. Se agacha, resoplando de
risa; la pelota golpea el otro lado de la jaula con un traqueteo. Entra con el
bate apoyado en el hombro.
—Sólo decía.
Pongo los ojos en blanco. Lo trágico no es que me haya comparado
con ese niño mocoso que suspira por Ana en Ana de las Tejas Verdes, sino
que me haya recordado sin querer la montaña de lecturas que sigo evitando.
—¿Listo?
Se ajusta el casco.
—Sí.
66 Pulso el botón y sale la primera bola. La golpea con un chasquido
satisfactorio. Observo cómo golpea varias seguidas, ajustando los pies de
vez en cuando. Es el equivalente a un ejercicio de tiro, algo que hay que
repetir una y otra vez hasta que el movimiento sea instintivo. No soy un
experto en béisbol, pero sé tan bien como cualquiera que Sebastian siempre
ha sido una bestia con un bate en las manos. Su padre también lo era, en
sus mejores tiempos, y sé que Seb ha oído las comparaciones en más de una
ocasión.
Este tipo de silencio es perfecto. No hablamos; me limito a observar
cómo trabaja. Es como cuando viene conmigo a la pista de patinaje y se

10
Es cuando el bateador le da fuerte a la pelota a una gran velocidad.
queda colgado sobre las tablas, con la mirada fija en mí mientras ataco
diferentes habilidades.
Pero todo el tiempo estoy luchando por sacarme a Penny de la cabeza.
Nunca la había visto en un partido, lo cual, ahora que lo pienso, es un poco
raro, teniendo en cuenta que su padre es nuestro entrenador. Es posible
que no me haya fijado en ella, pero es tan llamativa que no sé por qué no lo
haría. Aunque me deseó buena suerte en el partido de mañana, no creo que
vaya a verla allí.
Cuando Seb termina todo el cubo, me tiende el bate.
—Tú turno —dice—. Parece que te vendría bien.

67
Penny

Soy una idiota monumental, pero no me atrevo a preocuparme.


Estoy retrasada con los deberes, la lavandería y el examen de química.
Me revuelve el estómago y me siento pegajosa; necesito desesperadamente
una ducha. Y, sobre todo, necesito olvidarme de Cooper Callahan y de su
perversa y talentosa lengua. Pero en lugar de ir a mi dormitorio y darme una
ducha bien caliente antes de ponerme con los libros, me dirijo a The Purple
Kettle.
Corro hacia el edificio y me siento aliviada cuando veo a Mia en la
barra, sirviéndole a un chico un par de bebidas calientes. Lleva el cabello
recogido en una coleta y el característico delantal morado, del mismo color
que nuestras camisetas locales, bien atado a la cintura. Se fija en mí y me
saluda con la mano, y mi expresión debe de alarmarla, porque se apresura
a salir de detrás del mostrador en cuanto el tipo sigue su camino.
Me abraza con fuerza.
—¿Estás bien? Pareces asustada.
Me echo hacia atrás y me paso las manos por el cabello. Supongo que
es una forma de decirlo. También me siento fantástica, pero increíblemente
culpable; un millón de emociones agolpándose unas sobre otras. Si hubiera
sabido que Cooper no tenía ni idea de quién era yo, nunca lo habría puesto
en una situación tan incómoda. Al final, no parecía demasiado enfadado,
pero eso no borra el hecho de que fue una mierda.
68 —Yo lo hice —suelto.
Sus ojos se abren tanto como las galletas de chocolate de la papelera
junto a la caja registradora.
—¡Oh Dios mío! Cuéntamelo todo.
Miro a mi alrededor. Estamos prácticamente solas; el chico de los
cafés se acaba de ir y quienquiera que trabaje este turno con Mia está en la
trastienda. Se me escapa una risa ahogada. Trastienda, almacén.
Básicamente no hay diferencia. ¿En qué demonios estaba pensando? No
quería perder los nervios esperando hasta llegar a los dormitorios, pero
hemos tenido suerte de que no pasara nadie, y menos aún mi jefa, Nikki.
Mia se dirige a la trastienda.
—Pete, encárgate de la caja registradora unos minutos —la oigo
decir—. Necesito la habitación.
Cuando estamos apartadas, me desplomo contra una bolsa de granos
de café y me cubro el rostro con las manos.
—No puedo creer que lo haya hecho.
—Es, como en...
La miro, con el rostro al rojo vivo. Lo último en lo que necesito pensar
es en la polla de Cooper. Si se sentía grande en mi mano, ¿cómo de grande
se sentiría dentro de mí?
—No, eso no. Lo primero de La Lista.
Sonríe.
—De acuerdo, bien. Algo de acción oral.
—Es tan bueno como dicen —admito—. Al parecer, estaba pasando
por un período de sequía, y antes de que pudiera detenerme, yo sólo…
Mia golpea ligeramente mi hombro. Su sonrisa es más amplia de lo
que debería ser.
—Mírate, siendo una zorra mala total. Te corriste, ¿verdad?
—Sí. —Y fue el mejor orgasmo que he tenido en mi vida, aunque no
añado esa parte. No he tenido nada más que un juguete dentro de mí desde
Preston. Aunque no estoy ni mucho menos preparada para el sexo con
penetración, la sensación del grueso dedo de Cooper me llevó al límite—.
Pero... él no sabía quién era yo.
Ladea la cabeza.
—¿Qué?
—No me reconoció. Supongo que es justo, ya que nunca vengo a los
partidos, pero no hablamos de ello hasta después. Pensé que estaba
fingiendo, y mientras tanto pensó que yo era una chica cualquiera que era
69 buena patinando sobre hielo.
—¿Estaba enfadado?
—Más o menos. Pero sabe que mi padre no se va a enterar. —
Resoplo—. Eso sería un desastre.
Se encoge de hombros, apoyándose en una hilera de estanterías llenas
de botellas sin abrir de jarabes aromatizados.
—No pasa nada. A mí me parece un éxito. Mientras te sientas bien
con ello. Lo haces, ¿verdad?
El recuerdo me invade como una ola. Es como si aún pudiera sentir
sus manos en mis muslos, la forma en que su barba me arañaba la piel, las
vibraciones de su voz cuando se burlaba de mí. Después de fantasear
durante años con que un chico me lamiera, fue increíble experimentarlo de
verdad. Si pudiera repetirlo ahora mismo, me apuntaría sin dudarlo.
—Sí —digo—. Sorprendentemente, no era el imbécil que pensé que
sería. Era casi... dulce. Durante la clase y después, conmigo.
Por no mencionar el hecho de que no era sólo dulce. Puede que yo
haya hecho caer la primera ficha de dominó cuando le pedí que nos
liáramos, pero él tomó el relevo hábilmente. Sabía exactamente lo que hacía
y quería dármelo, si yo era una buena chica para él. No tengo ni idea de si
es así con todas las chicas con las que se enrolla, pero me tocó la fibra
sensible de la forma adecuada. Si no fuera por cómo terminó, habría sido
perfecto.
Espero que cuando lo vea la semana que viene, podamos dejar de lado
cualquier rareza persistente y dar la clase tan bien como lo hacíamos antes
de que yo anduviera por ahí lanzando complicaciones. O quién sabe, a lo
mejor hace un par de partidos increíbles este fin de semana y mi padre lo
nombra capitán. No sé quién más está en la carrera, pero no hay duda,
después de ver a Cooper en el hielo, que el hockey es el principal amor en
su vida.
—Cooper Callahan, es secretamente dulce —reflexiona Mia—. ¿Quién
lo habría imaginado?
Saco el teléfono para ver la hora y veo un mensaje de mi padre,
preguntándome qué tal la clase. Sinceramente, podría haberle dicho a
Cooper que yo iba a estar allí.
—Te veo luego —le digo—. Es que no podía esperar a que llegaras a
casa para contártelo.
—Espera —dice ella—. Esto es genial. Hay una fiesta mañana en
Haverhill. Puedes buscar tu próximo ligue.
Sólo he ido a un par de fiestas en mi tiempo en McKee. Cuando estaba
con Preston, iba a todas, pero perdieron su brillo, si es que alguna vez
existieron, después de la de Jordan Feinstein.
70
—Sabes que en realidad no me gustan las fiestas.
Mia junta las manos.
—Vamos, será divertido. Las fiestas de Haverhill tienen cócteles, no
sólo cerveza barata. Es mucho mejor que una fiesta de fraternidad. Esas
siempre son un desastre.
Haverhill House es la mejor opción de alojamiento fuera del campus
para los mayores. Se trata de un par de casas agrupadas alrededor de un
extenso césped al norte del campus, así que supongo que debería llamarse
Haverhill Houses, pero Haverhill fue la primera que se construyó, y aunque
las demás casas tienen nombre, ninguno se le quedó. Es relativamente
nueva, construida en los 90 en lugar de en los 60, o incluso antes, así que
no es una reliquia en ruinas. Es la mejor oportunidad que tiene un
estudiante de McKee de disfrutar de una gran fiesta que no esté vinculada
a una fraternidad o hermandad, y gracias a la gente que se aloja allí, toma
esto como un indicio de su nivel de ingresos, el alcohol es de primera
calidad. Uno de los ligues de Mia la invitó el año pasado, y si apareces con
un aspecto atractivo, entras sin problemas.
El siguiente punto de La Lista no es nada especialmente loco: quiero
probar hacer una mamada. No tengo ni idea de si me sentiré preparada para
intentarlo con un chico que me llame la atención, pero no me vendrá mal
ponerme uno de mis bonitos vestidos y bailar antes de que haga tanto frío
que me moleste la idea de salir a una fiesta con algo menos que unos
pantalones y un suéter grueso. Al menos, será una forma de quitarme a
Cooper de la cabeza. Cuanto más rápido siga adelante, más rápido me
olvidaré de él.
—De acuerdo, bien. Pero no vamos a hacer nada raro que pueda llegar
a oídos de mi padre. Sabes que enloquecería.
Mia me besa la mejilla.
—Joder. Sí. Vamos a seguir consiguiéndote un polvo.

71
Cooper

El silbato del árbitro corta el aire y detiene el juego. Miro a Evan, que
hace un gesto hacia el otro extremo de la pista; Mickey se está poniendo en
pie con ayuda de Brandon.
—Penalización de dos minutos por zancadilla —dice el árbitro. El
jugador del Boston College, un delantero, patina hacia el área y nos
preparamos para el juego de poder 11, el primero del partido. Es el tercer
periodo, y nuestra defensa ha sido impecable, pero por desgracia, también
lo ha sido la de Boston. Con sólo un par de minutos para el final, tengo la
sensación de que el equipo que consiga un gol acabará ganando. Un juego
de poder es una oportunidad perfecta para hacer que ese gol nos pertenezca.
Una victoria en casa para el primer partido de la temporada sería
dulce.
Con Boston sin un defensa, somos capaces de penetrar en su territorio
y permanecer allí. Brandon, Mickey y el otro delantero, Jean, se pasan el
disco de un lado a otro en busca de un hueco, y Evan y yo reforzamos la
línea. Durante todo el partido, he estado atento. Concentrado. Cuando
Brandon dispara y el portero de Boston se lo devuelve, yo evito que entre en
nuestra zona y se lo paso entre las piernas del defensa de Boston que queda.
El portero rechaza también su segundo intento. Mickey intenta enviar el
rebote, pero el portero lo lanza hacia nuestra zona. Lo persigo, protegiéndolo
de los delanteros de Boston mientras busco un hueco. Por fin veo uno y se
la envío a Jean, que se lo pasa a Evan, que da media vuelta y me lo vuelve
72 a pasar. Vuelvo a estar en territorio de Boston, y el portero no protege bien
su lado derecho.
Disparo. Se cuela por la portería hasta el fondo de la red. El público
estalla en ovación mientras la banda entona la canción de la victoria de
McKee.
Evan prácticamente patina hacia mí y me abraza. Mickey y Jean me
rodean, me dan palmaditas en el casco y me felicitan. ¿El primer gol de la
temporada? Mío, con una asistencia de Evan. Soy defensa y, debido a mi
posición, no tengo muchas oportunidades de marcar, así que cada gol

11
Es cuando un equipo tiene una ventaja de uno o dos hombres en el hielo debido a un
penalti cometido por el otro equipo.
significa mucho más. No puedo controlar mi sonrisa mientras reanudamos
el juego. Estoy deseando oír lo que tiene que decir el entrenador cuando
termine el partido.
Nos mantenemos a la defensiva cuando termina el juego de poder, y
el público, las gradas totalmente llenas de estudiantes y aficionados de
Moorbridge y otros pueblos cercanos, aplaude tan fuerte que apenas oímos
el timbre cuando se acaba el tiempo. Vuelvo a abrazar a Evan, respirando el
aire frío y el sudor de nuestra piel. El equipo patina sobre el hielo, levanta
los sticks y grita la letra de la canción de la victoria. La letra no es “Vamos
McFucking McKee”, claro, pero a nadie le importa. Cuando por fin llegamos
al banquillo, busco al entrenador Ryder, pero algo más me llama la atención.
Un destello de cabello naranja.
¿Penny?
No, otra chica. Sacudo la cabeza para alejar la decepción. Cuanto
menos piense en ella, antes la olvidaré.
Alguien me golpea el hombro.
—Ten cuidado —gruñe Brandon.
Me doy la vuelta.
—¿A qué viene eso?
—Sé qué crees que vas a conseguir el puesto de capitán —dice—, pero
yo estoy en último año. Es mi año. Yo soy el centro.
—Se basa en los méritos.
Resopla.
—Un gol en el juego de poder no te hace mejor que el resto de nosotros,
Callahan.
Aunque puedo admirar su habilidad para meterse en la piel de
nuestros rivales, para mi gusto se vuelve contra sus propios compañeros de
equipo con demasiada frecuencia. Aprieto los dientes. Es un imbécil, pero
73 eso no es nada nuevo.
Me inclino hacia él.
—Tal vez, pero liderar en algo que no sea burlarse también cuenta.
—¿Y tú eres un santo? —Se ríe brevemente—. Di lo que quieras de mí,
pero no soy de los que se quitan los guantes a la menor provocación.
Brandon es el tipo de jugador que no soporto; chirría como loco, pero
al fin y al cabo no tira un codazo cuando es necesario. Conozco las reglas
de la universidad, pero sigue siendo hockey; es un juego físico, y los golpes
forman parte del juego.
Antes de que pueda replicar, Remmy se acerca patinando y nos
abraza. Nos dejamos llevar por la celebración y, de todos modos, es lo mejor;
Brandon y yo nunca hemos sido mejores amigos. Si el entrenador acaba
nombrándolo capitán, será un trago amargo. Sólo puedo esperar que
partidos como éste, así como el voluntariado, le demuestren que estoy
dispuesto a jugar según las reglas. Sea lo que sea lo que me ha permitido
entrar en la zona, la conferencia de Ryder, la clase de patinaje o incluso mi
relación con Penny, lo agradezco. No me sentía tan bien con mi juego desde
principios de la temporada pasada.
El entrenador Ryder nos reúne para una reunión después del partido,
cuando aún llevamos puestos los patines y las protecciones. Cuando su
mano se posa en mi hombro, aplaudiendo con firmeza, bajo la mirada para
que los chicos no vean el rubor en mi rostro.
—Gran esfuerzo, chicos —dice—. Todos han jugado con el corazón y
nos han dado una gran victoria para el partido de mañana. Callahan,
excelente trabajo aprovechando el juego de poder, y gran asistencia de Bell.
Disfruten de la victoria, caballeros, pero asegúrense de concentrarse
también en mañana.
Evan me sonríe. Choco nuestros hombros.
—¡McFucking McKee! —grita Jean con su ronco acento franco-
canadiense. Todos nos unimos, juntamos los puños y aplaudimos antes de
separarnos para ir a las duchas y cambiarnos. Vuelvo a llamar la atención
del entrenador, que asiente antes de desaparecer en su oficina.
Me muerdo el interior de la mejilla para no sonreír demasiado y envío
un mensaje al chat del grupo familiar:

Primera victoria.

Luego me dirijo a las duchas. Mañana hay partido, claro, pero ¿esta
74 noche? Aprovecho el fin de mi maldición para acurrucarme con una o dos
conejitas... y para quitarme de la cabeza a la pequeña Miss Red Ryder-
hood. 12

12 Es un juego de palabras haciendo referencia a Red Riding Hood que en español significa

Caperucita Roja.
Sin embargo, cuando salgo de los vestuarios, es Seb quien me espera
en lugar de una esperanzada conejita.
—Si lo quieres, estará en Haverhill House —le dice a una chica que
pone una mala expresión mientras me agarra del brazo.
—¿Haverhill House? —repito, alzando las cejas. Sólo he ido a un par
de fiestas allí. Encajo mejor con la gente de las fraternidades, aunque, a
pesar de los repetidos intentos de reclutamiento, no soy miembro de
ninguna de ellas—. No teníamos planes.
—Sí, los teníamos —dice, arrastrándome a través del nudo de
cuerpos; mis compañeros de equipo y sus parejas y ligues, actuales y
esperanzadas, se agolpan en el pasillo—. Planes importantes.
Me lo quitó de encima y dejo de caminar.
—¿Qué?
—Jesús —dice—. Deja de ser tan tonto. Te lo contaré en el auto.
—Estás actuando raro, ¿sabes? —refunfuño mientras lo sigo fuera del
edificio—. ¿Qué pasa, estás persiguiendo a una chica en esa fiesta? No es
nuestro público habitual.
—Puede que no sea el tuyo —dice—. Pero adivina quién ha conseguido
una invitación y está ahora mismo en las historias de Snap de todo el
mundo.
Mis ojos se abren de par en par.
—No.
—Tenemos que encontrarla. Lo último que vi es que estaba...
—No —interrumpo—. Ni se te ocurra.
—Hay bebidas en el cuerpo involucradas.
Me restriego la mano por el rostro.
—Creía que las fiestas de Haverhill eran exclusivas.
75
—Alguien invitó a un montón de novatos. Ha sido un desastre desde
que abrieron las puertas, aparentemente.
—Mierda. —Abro de un tirón la puerta del pasajero del Jeep de Seb y
subo—. ¿No tienes partido mañana?
—No es hasta la tarde. —Seb baja la radio al salir del estacionamiento.
Todavía estoy lleno de adrenalina por el partido, así que no puedo estarme
quieto; durante todo el trayecto doy golpecitos con los pies y tamborileo con
los dedos sobre las rodillas. Izzy probablemente esté bien, pero es una chica
fiestera y a veces no es tan cuidadosa como debería. Nunca se sabe con qué
clase de idiotas te puedes encontrar en una gran universidad. Cuando
estaba en el instituto, nuestros padres tuvieron que sacarla de apuros en
más de una ocasión, y eso que sólo eran fiestas de instituto. Ahora que está
aquí en McKee, cuentan conmigo para que la vigile. Tendré que llevarla en
una pieza a Long Island el día de Acción de Gracias.
Cuando llegamos a la hilera de casas, la del centro se ilumina y suena
música. Seb encuentra un espacio en el césped donde estacionar. Apenas
espero a que apague el auto para cerrar la puerta de un portazo y cruzar el
césped. Es una noche fría, el comienzo de octubre pasa de los días dorados
al otoño, pero supongo que es una esperanza contra todo pronóstico que mi
hermana haya venido a esta fiesta vestida con una parka.
En la puerta, un chico de aspecto aburrido con gafas y chaqueta de
tweed nos mira.
—¿Nombres? —pregunta.
—Vete a la mierda —le digo mientras paso a su lado. Prefiero ir a una
fraternidad con un barril de cerveza abierto que mendigar una coca-cola
aguada con ron a un estudiante de filosofía drogado de hongos. La primera
sala debe de ser la pista de baile, porque nos topamos con un nudo de
cuerpos sudorosos.
—¿Nos separamos? —grita Seb por encima del ritmo.
Muevo la cabeza hacia la derecha.
—Yo iré por este pasillo. Tú mira en la pista de baile.
Me escabullo entre una pareja que se está tocando y me escabullo por
el pasillo, echando un vistazo a cada habitación. Hay un grupo de gente
sentada en círculo alrededor de lo que parece una ouija, los ingredientes de
un trío, un par de chicos pasándose hierba. Uno de ellos me lo tiende, pero
niego. No soy tan estricto como James en cuanto a no beber durante la
temporada, pero sólo toco la hierba cuando no estoy de servicio en verano.
—Oye —digo—, ¿has visto a una chica aquí? ¿Alta, morena, ojos
azules? Probablemente lleva un collar con la letra “I”.
—Tú eres el jugador de hockey —dice uno de ellos, parpadeándome
76 con toda la urgencia de un perezoso.
—Sí —digo impaciente—. ¿Has visto a esa chica?
—Arriba —dice otro, tosiendo secamente—. ¿Seguro que no quieres
un poco, hombre? Es una mierda de primera
—No, gracias. —Lucho contra el pequeño gancho de pánico que
intenta atraparme. Estar arriba en una fiesta suele significar una cosa. No
soy ingenuo, sé que mi hermana probablemente ha tenido sexo antes y que
no es asunto mío prohibírselo, pero ¿y si hace algo de lo que se arrepienta?
Es una chica de relaciones. Tiene el corazón roto desde que un imbécil del
club de Kitty Hawk la dejó plantada en la cita que habían planeado en
Manhattan. Si hubiera encontrado a alguien con quien salir, ya me habría
enterado.
Subo las escaleras de dos en dos, llamándola por su nombre. Las
luces son tenues, la música está apagada y el aire huele a hierba con un
toque de incienso. Me lloran los ojos cuando empujo a alguien en el
momento exacto en que echa un pitillo. Empiezo a abrir puertas, lo cual es
peligroso, pero prefiero cruzarme con ella a no verla.
Al final del pasillo, por fin la veo. Está en una cama, afortunadamente
completamente vestida, riendo mientras una chica, Victoria, creo, le susurra
algo al oído. Su vestido azul noche está cubierto de brillantes y el collar de
iniciales de oro y diamantes que le regalaron mamá y papá durante uno de
sus Días de Izzy en la secundaria también brilla. Cuando me ve, grita, salta
de la cama y me abraza. Huele a alcohol y a hierba, pero eso no me importa
una mierda. Tiene los ojos bastante claros, lo que significa que no está
drogada.
—Hola —dice—. ¡Estás aquí! ¡Qué genial! ¿Dónde está Sebby?
—Abajo. —Me alejo y la miro—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—La prima de Victoria nos invitó.
—Sólo eres de primer año.
—Lo sé, ¿verdad? —Se levanta y me pasa las manos por el cabello,
como si fuera un perro mullido en vez de su hermano mayor y más alto—.
¡Súperrrr Genial!
—Iz, te vimos en Snap. Ese tipo de cosas no pueden llegar a mamá y
papá.
Se limita a agitar la mano.
—Ellos también fueron a la universidad.
—Vamos a casa.
—¿Qué? De ninguna manera, ¡acabas de llegar! ¡Vamos a buscar a
77 Sebby y a bailar!
Le quito las manos del cabello.
—Estás borracha. ¿No tienes partido mañana?
—No hasta la noche —dice Victoria. Se cuelga sobre Izzy,
balanceándolas ligeramente a las dos.
—Dios mío, tenías un partido —dice Izzy. Se levanta de nuevo, pero le
bloqueo las manos—. ¿Cómo ha ido? ¿Ganaste?
—Sí —le digo. Me gustaría ir a buscar a Seb para que me apoye, pero
temo que si me voy, ella volverá a desaparecer entre la multitud. Compruebo
mis bolsillos, pero por supuesto he dejado el teléfono en el auto—. Ahora
vamos a... —Me detengo al ver un destello de cabello rojo por el rabillo del
ojo.
Penny.
Esta vez sí es ella; está buenísima con un vestido ajustado y botas
altas, el cabello medio recogido, medio suelto, trenzas enmarcándole el
rostro como una corona. Está colgada del brazo de un puto tipo cualquiera,
dejando que la empuje contra la pared mientras se ríe con un bufido
simpático.
No puedo respirar ni un segundo. Antes pensaba que estaba al límite,
pero ahora estoy a punto de perder los nervios. Ojalá pudiera arrancarme
de la cabeza la imagen de ella con ese vestido. O guardarla para más tarde,
pero sin ese imbécil en la foto. Sus ojos se abren de par en par al verme, y
algo cambia en su expresión al asimilar la escena: Victoria colgada sobre
Izzy, e Izzy colgada sobre mí.
Definitivamente no sabe que Izzy es mi hermana.
No reconozco al tipo, pero supongo que es de último año, quizá incluso
viva aquí, en Haverhill House. Tengo la sensación de que Penny no tiene
mucha experiencia. ¿Él lo sabe? ¿Ella se lo dijo? ¿Está planeando enrollarse
con él?
No tengo nada contra ella. De hecho, intento evitar tener derechos
sobre cualquier chica, especialmente si se apellidan Ryder. Pero hay algo en
verla con otro chico que hace que me duela el pecho y, cuando trago saliva,
es como si tuviera un hueso atascado en la garganta.
Le murmura algo al tipo, apartándolo.
—Callahan —empieza a decir, con la voz entrecortada.
Antes de que pueda ordenar sus pensamientos, Izzy jadea y se lanza
sobre mí.

78
Penny

Este tipo, Alfred, sólo supe su nombre tras unos diez minutos de
conversación, es un pretencioso de mierda.
En cuanto me vio en la fiesta, se acercó y empezó a flirtear. Después
de una copa, no he hecho más que asentir mientras hablaba sin parar de sí
mismo. Puede que sea atractivo, con el cabello largo y rubio recogido en un
moño y gafas de montura de alambre sobre su fuerte nariz, pero es
egocéntrico, y si yo estuviera buscando algo más que un ligue, hace tiempo
que me habría escabullido de la conversación.
—¿Qué te parece? —me pregunta. Me sorprende tanto que me haga
una pregunta que no respondo enseguida—. Podríamos ir juntos; la ponen
en el teatro de la ciudad.
Parpadeo. No tengo ni idea de cuándo la conversación se ha desviado
hacia el terreno de las citas, pero no hay nada que me gustaría menos.
Esbozo una sonrisa y digo:
—Perdona, ¿qué?
—Hay demasiado ruido aquí —dice, inclinándose para hablarme al
oído—. He dicho que si quieres ir a ver la última de A24. Es un thriller
psicoerótico sobre…
Lo agarro del brazo y tiro de él aún más cerca. Al menos huele bien.
Puedo apreciar a un hombre que sabe que Axe no es un spray corporal
adecuado después de segundo de instituto mientras use cualquier colonia
79 que no sea Tropic Blue.
—¿Quieres subir? —lo interrumpo.
Levanta una ceja con un perezoso interés.
—¿Qué tienes pensado?
Me inclino y le doy un beso en los labios.
—Menos hablar y más... otras cosas.
No es la forma más suave de decirlo, pero ahora mismo no necesito
suavidad; tengo las ventajas de un conjunto sexy y las inhibiciones de la
fiesta. Desvía la mirada hacia mi escote. No hay mucho que ver, pero mi
sujetador push-up ayuda, y mi vestido color ciruela se ciñe bien a mis
caderas. Si lo combino con medias transparentes y mis botas de cuero hasta
los muslos, sé que parezco un bocadillo. Me aparta el cabello del cuello y me
estremezco. No es él quien me excita tanto como la idea de tachar por fin
otro punto de La Lista. Recuperar otro trozo de poder. La experiencia con
Cooper fue embriagadora. No tengo ni idea de si fue él, o el hecho de que
estuviéramos en un armario donde técnicamente cualquiera podía entrar, o
simplemente que por fin hice algo con un chico de verdad después de años
y orgasmos cada vez menores, pero me siento más segura de mí misma. Más
como la chica que siempre quise ser, y quizá como la que estaba a punto de
ser antes de que Preston lo destrozara todo.
Agarro la mano de Alfred con la mía y lo conduzco entre la multitud,
saludando a Mia con la cabeza. Se está besando con una chica que no
reconozco, pero me guiña un ojo. Lucho contra el rubor mientras subimos.
Probablemente sea una esperanza contra todo pronóstico que haya total
privacidad, pero si sacamos esto de la fiesta, sé que no querré seguir
adelante. O pasa aquí, o no pasa.
Abro la primera puerta, esperando encontrar un rincón oscuro, pero
Alfred nos lleva al final del pasillo.
—Puede que aquí tengamos más posibilidades. —Me aprieta la mano
mientras abre la puerta—. Eres más fuerte de lo que pensaba, Penelope.
Finjo una risa, aunque me dan ganas de darle un puñetazo en las
costillas por llamarme por mi nombre completo cuando me he presentado
claramente como Penny. Me empuja contra la puerta y me pone las manos
en la cintura.
Antes de que pueda besarme, me doy cuenta de que hay alguien más
en la habitación.
Cooper Callahan. No con una, sino con dos chicas.
No debería sorprenderme. Él mismo me dijo que sólo se enrolla con
chicas una vez. Para él, somos Kleenex. Él hace que valga la pena, pero el
precio de admisión es el reconocimiento de que no será nada más que un
80 momento fugaz. Verlo con dos conejitas nuevas no debería doler. No está
permitido que duela. Al fin y al cabo, aquí estoy, con mi propio chico y una
agenda igual a la suya.
Pero me duele, y darme cuenta de ello es suficiente para alejar a
Alfred.
—Callahan —digo. No tengo ni idea de adónde quiero llegar. ¿Qué es
lo que quiero? Lo único que sé es que si besa a alguna de esas chicas delante
de mí, me dolerá más que si me caigo al intentar un triple axel.
Me mira, su expresión es ilegible. Sé que han ganado el partido gracias
a su gol, y quizá lo más inteligente sería felicitarlo y buscar otra habitación
a la que ir, pero antes de que pueda decir nada más, la chica morena le
vomita encima.
Se tambalea, maldiciendo a carcajadas. Suelto una carcajada al verlo
cubierto de vómito. La chica revolotea a su alrededor, disculpándose con voz
aguda y angustiada. Alfred resopla y se tapa la boca con la mano.
—Tengo que irme —dice, con la voz entrecortada. Sale de la habitación
sin siquiera mirar por encima del hombro.
Suspiro. De todas formas, no es que me apeteciera mucho chupársela.
—Izzy —dice Cooper, con la voz algo más nivelada—. Deja de llorar,
no pasa nada.
—¡No está bien, me vas a odiar! —dice ella—. ¡Te he estropeado la
camisa!
—No todo el mundo se preocupa tanto por la ropa —dice él, pero hace
una mueca, mirando la camiseta. Es una camiseta vintage de un grupo que
anuncia a Nirvana, y la mancha es, por desgracia, azul eléctrico. Me mira y
añade—: ¿Tu cita tiene un reflejo nauseoso hiperactivo o algo así, Red?
Ignoro el apodo y me dirijo al armario. Quizá haya algo que podamos
usar para limpiarlo.
—No era mi cita.
—Parecía que estabas a punto de hacer algo.
Saco una toalla y se la tiro.
—No es asunto tuyo.
—Parecía un idiota. —Hace una mueca mientras se limpia la camisa—
. Izzy, ¿qué estabas bebiendo? Esto es azul.
—Tequila algo —dice ella con hipo. Su amiga, que había desaparecido
en el baño, vuelve con una toallita húmeda. Ayuda a Izzy a limpiarse su
rostro sin estropear el maquillaje, aunque tienen que sacrificar el
81 pintalabios.
—No, estaba... —Suspiro, incapaz de fingir interés—. Bien, sí, era un
poco idiota. Pero da igual, sólo quería chupársela.
Parpadea.
—Vamos hablar de eso más tarde.
—¿Vamos?
—Sí, vamos, te necesito. Ayúdame a sacar a mi hermana de aquí.
Ignoro el pequeño rayo de alivio que asoma la cabeza ante sus
palabras. Su hermana, no su último ligue.
—Claro, de acuerdo.
—A menos que quieras ir a buscar a esa comadreja.
—Eres terrible —digo, incluso mientras tomo el brazo de Izzy—. Ni
siquiera lo conoces.
—¿Y tú sí?
Me ruborizo. Ladea la cabeza, como si estuviera presenciando una
reacción interesante en el laboratorio de química.
—Tengo preguntas, Red —declara—. Y en cuanto no huela a tequila y
a los ácidos estomacales de mi hermana, me respondes.
—¿Esta es tu idea de coquetear? —le murmura Izzy a su hermano
mientras salimos de la habitación, con su amiga pisándonos los talones—.
Se te da fatal.
—No estamos ligando —digo frunciendo el ceño—. Cooper no sabe
ligar.
—Tú tampoco —me responde.
Eso duele más de lo que debería, así que mantengo la boca cerrada y
me concentro en no caerme por las escaleras con los tacones. Cuando
volvemos a la planta principal, serpenteamos entre la multitud hasta la
entrada. El ceño de Cooper está aún más fruncido, la energía negra se
desprende de él en oleadas mientras se abre paso entre la multitud de
universitarios borrachos con facilidad. En la puerta, deja que Izzy se apoye
en él y le pasa una mano por el cabello en un gesto tierno que hace que se
me corte la respiración.
—Dame tu teléfono, Iz.
Ella hunde la mano en su frente y lo saca de su sujetador. Cooper se
le queda mirando como si fuera un escorpión, lo que me hace doblarme de
risa; se lo arrebata de las manos a su hermana y me fulmina con la mirada.
—Ni una palabra más, Red.
—¡Ni siquiera he dicho nada!
82 Me da la espalda y se pega el teléfono a la oreja. Izzy suelta una risita
y me da un golpe en el estómago.
—Le gustas.
Cooper levanta el dedo corazón sin mirarnos. No sé si está regañando
a Izzy o negando que le gusto. Reprimo la calidez que quiere extenderse por
mí; un goteo de felicidad que podría instalarse fácilmente en mi vientre. Izzy
hace lo que hacen los borrachos: hablar.
Izzy abraza a su amiga, que promete volver más tarde. Desaparece
entre el nudo de gente de la pista de baile mientras un tipo al que reconozco
vagamente como Sebastian Callahan se acerca. Aunque no es pariente
consanguíneo de Cooper, como recuerdo que me dijo Mia hace años, hay
algo parecido en ellos: los dos tienen una boca decidida y una energía
dominante.
—Oh, bien —dice—. La has encontrado.
—Sólo me costó mi camiseta favorita —dice Cooper—. Vámonos, me
duele la puta cabeza.
—No le importa la ropa, una mierda —murmura Izzy mientras nos
adentramos en la noche. Me muerdo el labio para no volver a reírme.
Sebastian me lanza una mirada cuando se da cuenta de que lo sigo,
y me detengo en el porche, insegura de si debo continuar o si debo volver a
la fiesta y buscar a Mia, pero entonces Cooper dice, irritado:
—Penny, vamos —así que vuelvo a pasar el brazo por el de Izzy y dejo
que se apoye en mí mientras cruzamos a trote el césped medio helado.
En el auto, un bonito Jeep nuevo que debe de ser de Seb, porque no
hay duda de que conduce él, Cooper me cede el asiento delantero y se sienta
atrás con su hermana, que vuelve a acariciarle el cabello. Le envío un
mensaje a Mia para avisarle de que me voy. Sebastian enciende la radio para
cortar el silencio medio incómodo y, cuando suena “King of my Heart” de
Taylor Swift, Izzy grita. Yo también canto y veo la mirada de Cooper a través
del parabrisas. Sigue frunciendo el ceño, pero en realidad está luchando
contra una sonrisa.
Al cabo de un par de minutos, llegamos a una casa cercana a la de mi
padre. Tiene un aspecto alegre, con calabazas en los escalones del porche y
una corona otoñal en la puerta. Seb ayuda a Cooper a llevar a Izzy hasta la
puerta. Lo sigo, algo indecisa. Pensé que nos dirigiríamos a los dormitorios.
Prefiero no caminar hasta mi dormitorio desde aquí, sobre todo pasada la
medianoche, ni intentar tomar el autobús.
—¿No vive en los dormitorios?
—No —dice Cooper—. Todos vivimos aquí.
Me acerco a la entrada.
83
—Eso es lindo.
—Hubiera sido mejor con James —dice Izzy con un mohín—. Lo echo
de menos.
Echo un vistazo a la casa. La entrada tiene una escalera a la izquierda
y a la derecha da a una sala de estar. Hay un gran sofá de cuero, un sofá de
dos plazas a juego y un sillón con una manta a cuadros perfectamente
doblada sobre el respaldo, agrupados alrededor de un televisor montado en
la pared. Es fácil distinguir lo que pertenece a Cooper y a su hermano, y lo
que ha añadido su hermana; el abrebotellas con forma de calavera debe de
ser suyo, pero las velas rosas de forma cónica de la mesita auxiliar, de ella.
—Vive en Filadelfia, ¿verdad?
—Con su prometida —dice Izzy con un suspiro mientras se deja caer
en el sofá—. No los vemos desde el verano. Nos abandonó para irse a jugar
al fútbol.
Sebastian le revuelve el cabello al pasar, dirigiéndose a la cocina.
—Puedes llamarlo cuando quieras.
Izzy se alegra.
—Coop, ¿dónde está mi teléfono?
Cooper niega.
—Ahora no, me va patear el culo por dejarte asistir a una fiesta de
mayores.
Izzy pone los ojos en blanco.
—No me has dejado hacer nada. Además, no se lo diré.
—Iz, te amo, pero los secretos no son tu fuerte. —Suspira, volviendo
a mirarse la camisa—. Venga, vamos a cambiarnos. Deberías tomar un poco
de agua e irte a la cama, así estarás bien para el partido de mañana. Te
llevaré a casa en un minuto, Penny.
Cuando suben, Sebastian me mira con los ojos entrecerrados,
claramente reacio a dejar pasar el hecho de que Cooper haya llevado a su
casa a una chica con la que ya ha estado, porque no me creo ni por un
segundo que no le contara a su hermano la indignidad de acostarse
accidentalmente con la hija de su entrenador, y que, al parecer, vaya a
llevarme él a casa en lugar de ofrecerse a pagar un Uber como un chico
normal. Arrastro los pies sin saber qué hacer. Se oye un portazo en el piso
de arriba y luego una risita aguda.
—¡Sebastian! —ruge Cooper.
La mirada de Sebastian se dirige a las escaleras antes de posarse de
nuevo en mí.

84 —Deberías haberle dicho antes quién eras.


Trago saliva. Ni siquiera parece tan enfadado, pero las palabras me
castigan igualmente.
—No lo sabía.
—Cuando las consecuencias sólo van en una dirección, te aseguras.
—Asiente una vez, como si estuviera satisfecho de sí mismo por esa bofetada
críptica y metafórica, y sube las escaleras de dos en dos.
Por supuesto, no sabe que las consecuencias no irían solo en una
dirección; si mi padre se entera, podría arruinar la relación que he luchado
cuidadosamente por reparar. ¿Qué mejor manera de recordarle a mi padre
la versión de mí que nos obligó a irnos de Arizona que involucrarme
imprudentemente con otro jugador de hockey? ¿Su jugador de hockey?
Perderé el poco respeto suyo que me he vuelto a ganar, y hasta que no hice
algo tan monumentalmente estúpido como pedirle a Cooper Callahan que
me lamiera no me di cuenta de lo mucho que lo atesoro. Si intentara
explicarle La Lista, además de ser mortificante, no lo entendería. Para él no
sería crecimiento; sería regresión.
Sin embargo, a pesar de saber eso, también sé otra cosa: Estoy a
punto de pedirle a Cooper que lo haga de nuevo.

85
Cooper

—Gracias otra vez por ayudarme con Izzy —digo mientras subimos las
escaleras hacia el dormitorio de Penny—. Todavía no me puedo creer que
me haya vomitado encima.
—Suele pasar —dice, mirándome por encima del hombro. He
intentado no mirarla demasiado, pero es difícil con ese vestido que lleva. Se
le ciñe deliciosamente al culo, y el escote, combinado con el brasier, hace
todo lo posible por recordarme que, cuando nos enrollamos, ni siquiera
llegué a verle las tetas.
Está claro que fue a esa fiesta pensando en divertirse, y no puedo
dejar de darle vueltas. Obviamente no conocía al tipo con el que estaba, y
no hizo ningún esfuerzo por ir tras él cuando se escapó para hacer mamadas
en privado. Algo pasa con ella, y tal vez no sea asunto mío, pero siento
curiosidad de todos modos.
En el pasillo de la derecha, ella nos lleva a la habitación que hay al
final del pasillo. Es uno de las habitaciones más antiguas, así que saca una
llave de verdad para abrir la puerta. Cuando estacionamos delante de la
residencia y nos quedamos sentados durante medio segundo con cierta
incomodidad, estuve a punto de no ofrecerle acompañarla hasta la puerta,
pero no lo conseguí. Ahora estamos aquí y, extrañamente, prefiero estar en
este pasillo con ella que en la fiesta con cualquier otra chica, y ese extraño
dolor en el pecho sigue sin desaparecer.
Se sonroja al abrir la puerta.
86 —¿Quieres... entrar un momento?
—Sólo si tú quieres.
Cuando responde, hay algo de burla en su tono.
—Pensaba que teníamos algo que deshacer. ¿Qué estás estudiando?
Esa es una palabra académica si alguna vez he oído una.
—Inglés. —Entro en la habitación. En realidad, es una pequeña suite,
dos dormitorios separados en lugar de uno. Supongo que ser la hija de un
miembro del personal tiene ventajas más allá de la matrícula gratuita—. He
pasado la mayor parte de mi carrera universitaria deshaciendo maletas.
Sus bonitos labios se curvan en una sonrisa.
—Prefiero desempaquetar que analizar, sobre todo cuando hay
matemáticas de por medio. Estoy estudiando biología.
—Pareces emocionada.
—Lo sé, ¿verdad? —dice secamente—. Apenas puedo contener mi
emoción.
—Sé que en realidad no nos conocemos —digo bruscamente—. ¿Pero
qué haces, ligar con chicos al azar?
Se limita a levantar las cejas mientras cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Por qué te importa? Lo nuestro fue cosa de una sola vez, que yo
recuerde. Y no fue al azar.
—¿Cómo se llama?
—Alfred.
—¿Alfred qué?
—Alfred algo. —Me mira fijamente, con una mirada desafiante—. No
es que sea asunto tuyo con quién me enrollo.
—Lo has llamado imbécil, Red.
Se ríe brevemente.
—Estoy segura de que el rastro de chicas que has dejado atrás diría
cosas peores de ti.
Ignoro eso.
—Hace dos días, tuve que guiarte a través de tu primera paja, y ahora,
estás...
—¿Qué? —pregunta mientras me entretengo—. ¿Una puta? No te
atrevas, joder.
—Dios, no. —Me restriego la mano por el rostro. Quizá sea el hecho
de que es la hija del entrenador Ryder, pero no puedo evitar querer ser
87 protector—. No digo que no debas hacer lo que quieras, y nunca llamaría
así a una chica. Sólo estoy preocupado, ¿bien? No sé, pareces muy
inexperta. No quiero que te hagas daño.
Sus mejillas se sonrojan de un rojo oscuro.
—Vete a la mierda, Callahan.
Se da la vuelta y abre de golpe una de las puertas. No esperaba que
volviera a salir, después del lío que he montado en unos dos segundos, pero
lo hace un momento después, con un diario rosa brillante en la mano. Pasa
las páginas hasta que encuentra la que quiere y me la entrega.
Lo miro fijamente. Es una lista, claramente, simplemente etiquetada
como La Lista, pero en lugar de una lista de putas cosas normales como la
compra o el cine o las estadísticas de hockey, veo palabras como azotes y
sexo público y anal. Por alguna razón, el sexo vaginal normal y corriente es
el último de La Lista. El primer punto, sexo oral (recibir), está tachado.
—¿Qué es esto?
Traga saliva, pero incluso con rubor en sus mejillas, mantiene la
cabeza alta.
—Es lo que estoy haciendo. Me lo pediste, así que te lo enseño.
—¿Qué es esto, una lista de deseos sexuales o algo así? —Intenta
tomar el diario, pero se lo pongo por encima de la cabeza. Se abalanza sobre
el, así que doy un paso atrás y echo otro vistazo a La Lista. Casi me
atraganto cuando veo negación del orgasmo y doble penetración—. Esto es
pervertido, Red.
Resopla.
—Ni que me estuviera muriendo.
—¿Entonces qué es? ¿Has hecho algo de esto? Además del primero,
claro.
Me pisa el pie y, como aún lleva puestas las botas, me duele lo
suficiente como para sobresaltarme. Toma el diario, lo cierra de golpe y lo
estrecha contra su pecho como si lo estuviera abrazando.
—Pensé que lo entenderías, pero no importa.
Su tono genuinamente dolido me hace reflexionar.
—¿Entender qué?
Arrastra los dientes sobre el labio inferior.
—Tenías razón. No tengo mucha experiencia, pero estoy intentando
cambiar eso. Todas estas son cosas que he querido hacer desde hace años.
—¿Por qué no te buscas un novio con quien hacerlas?
Niega antes de que suelte toda la pregunta.
88
—No se trata de conseguir un novio. Se trata de mí. Se trata de tener
el control de mi propia vida. —Me mira, con esa luz feroz en los ojos, como
si me desafiara a reírme frente a ella—. Y no planeo hacer todo esto con
alguien con quien consideraría salir.
Esquivo la insinuación de que soy alguien por quien nunca sentiría
algo para decir:
—¿Así que te estás dando un curso intensivo de sexo? La mayoría de
la gente se contenta con un polvo normal y corriente. Tal vez algunas
posiciones divertidas.
Deja el diario en la mesita que hay junto al sofá, en la zona común
entre los dos dormitorios, y se agacha para bajarse la cremallera de las
botas. Se las quita y las tira, una tras otra, en su dormitorio. ¿Por qué
necesita aferrarse tanto al control de sus propias experiencias? Hay algo en
toda esta situación que me hace sentir un cosquilleo incómodo en la nuca,
pero dudo que decida confiar en mí. Después de todo, acaba de decir que
nunca se plantearía salir conmigo. Combinado con la excitación que siento
en el estómago, juro que aún puedo saborear su sal en la lengua, estoy a
punto de salir corriendo por la puerta. Eso sería lo más inteligente, ¿no?
Cerrar esta conversación y mantener las cosas firmemente en el territorio
de los co-voluntarios.
Su evaluación de la situación no debería doler, pero duele. Si quisiera
tener una relación con alguien, podría hacerlo, pero no he querido atarme.
No soy James, que se tomaba en serio a su puta novia de quinto. Mi
prioridad ha sido la diversión, pero hay una diferencia entre no querer estar
en una relación y no ser material de novio. Sería un puto novio fantástico si
quisiera eso.
Sin las botas puestas, es un par de centímetros más baja, pero no
menos formidable. Aunque no se parece a su padre más allá de esos ojos
azul claro, puedo ver algo de él en la forma en que levanta la barbilla, como
si esperara un desafío. Algo me dice que él le enseñó a ser física cuando era
necesario.
—Lo sé —dice—. Pero lo quiero.
Creo que nunca he tenido una conversación tan detallada con una
chica sobre sexo sin que acabáramos haciéndolo, pero intento superar la
incomodidad por su bien.
—Todo eso es divertido —admito—. Tienes buen gusto.
—Lo sabía —dice, y sus ojos brillan como si acabara de hacerme
confesar un secreto—. No eres como la mayoría de la gente.
—Cierto. —Si estamos hablando de manías, entonces bien, seré
honesto. Después de todo, ella lo probó cuando nos enrollamos en el
armario. Me gusta el sexo, así que no siempre soy tan exigente, pero nada
89 me pone la polla más dura que ver que una chica me confía su placer,
aunque sólo sea por una noche. Elogiarla, recompensarla, empujarla hasta
que vaya a algún sitio al que nunca haya ido antes, Penny no lo sabe, pero
he iniciado a un buen número de chicas en el sexo anal, es cuando más me
encuentro en mi elemento. Irónicamente, yo sería una buena elección de
pareja para su lista si ella quisiera seguir con un solo chico hasta el final,
pero eso no puede suceder. Aunque no pueda librarme del recuerdo de los
suaves ruidos que hizo, o, aunque no desee nada más que cruzar la leve
distancia que nos separa y besarla de nuevo—. Pero no es que yo sea único.
Yo elegiría mejor que el imbécil Algo…
—Alfred —corrige ella, con los labios crispados mientras lucha contra
una sonrisa.
—Pero comprendo que es difícil seguir después de mí. —Sonrío, para
que sepa que estoy bromeando, y pone los ojos en blanco.
—Por un segundo olvidé lo arrogante que eres.
—Arrogante no. Sólo seguro de mí mismo.
Ladea la cabeza.
—Callahan.
—¿Qué?
Ahora sonríe, y eso distrae y sospecha a la vez.
—Has jugado bien, ¿verdad?
—Sí —digo—. ¿Por qué?
—Y dijiste que sólo necesitabas una conexión para relajarte. Lo que
claramente te ayudó a hacerlo.
—¿Así es como funcionan las correlaciones?
—Cállate, ya sabes a dónde quiero llegar. —Se pasa los dedos por las
puntas del cabello, con la cabeza todavía ladeada. Da un paso adelante, con
el fantasma de una sonrisa en su rostro—. Guíame por La Lista. Conseguiré
lo que quiero y te ayudará en tu juego. Jugando así, serás capitán en poco
tiempo.
Tentador, pero imposible. Hay una letanía de razones por las que no
funcionaría, y en la parte superior de La Lista está Lawrence Ryder. Si
alguna vez se entera de nuestros siete minutos en el cielo, estoy frito, pero
si se entera de que he estado a escondidas con su hija en repetidas
ocasiones, me encontraré vendiendo patines en Dick's Sporting Goods para
ganarme la vida después de la graduación. Y eso si todavía respiro.
—Tu padre —empiezo.
—No decide con quién me acuesto —me interrumpe—. No se va a
enterar. Créeme, yo tampoco quiero que se entere.
90 —Excepto que lo hará, y te perdonará porque eres su hija, ¿pero yo?
Tendré suerte si sigo en el equipo.
—Él no haría eso.
—No subestimes lo que puede hacer un padre molesto.
Resopla molesta.
—Mira, no voy a rogar.
—A pesar de lo tentador que sería verte de rodillas —no puedo evitar
decir, porque al parecer, soy idiota; ahora la imagen está en mi cerebro y
quiero ver eso más que nada—, ya sabes que no hago repeticiones.
Es físicamente doloroso abrir la puerta. No puedo obligarme a dar el
primer paso hacia el pasillo. Aunque sea ridículo, tiene razón; he jugado
mejor que en años. Miro por encima del hombro. Una parte de mí desea
desesperadamente decir que sí, aunque sólo sea por la oportunidad de volver
a besarla, pero estaría jugando a un juego peligroso. Cuando una relación
se prolonga demasiado, es inevitable que surjan sentimientos. No sé qué le
ha pasado a Penny para llegar a este punto, pero no quiero tener que
romperle el corazón.
—No lo hagas así, Penny. Búscate a un buen chico que te ayude.
Me da un ligero empujón.
—Gracias por el consejo no solicitado, pero si no eres tú, estoy segura
de que encontraré mejores parejas que Alfred.
Luego me cierra la puerta en las narices.

91
Penny

¿Es masoquismo si le ofreces sexo a un chico y te rechaza, pero luego


la próxima vez que te excitas piensas en él?
Cuando Cooper se fue anoche, sabía que debería haber hecho yoga o
algo para calmarme, volver a centrarme, lo que fuera, pero estaba tan
mojada que apenas podía contenerme. Ni siquiera hicimos nada, y él dejó
claro que no quiere volver a hacer nada conmigo nunca más, pero mi cuerpo
estaba alegremente traicionero. Desde el momento en que nos quedamos
solos en su vehículo, una camioneta que me dijo que había comprado con
su propio dinero y restaurado para la gloria cuando tenía diecisiete años,
hasta cuando le cerré la puerta en las narices, luché por no saltarle encima.
Cada vez que me llamaba Red, mi coño literalmente palpitaba.
Y así, en lugar de hacer lo más inteligente, en cuanto me quedé sola,
saqué a Igor y me follé con él. Ni siquiera pretendí conjurar una fantasía;
me limité a reproducir lo que hicimos juntos en el armario y, cuando lo
repasé, imaginé cómo sería recorrer La Lista con él. No paré hasta que me
corrí tres veces, temblando y sudando, y ahora, a la luz del día, sé que
debería arrepentirme, o al menos avergonzarme, pero no puedo. Cooper es
único en su clase, y nada me hizo darme cuenta de ello con más crudeza
que verlo en la misma habitación que Alfred.
Ugh. Alfred. No puedo creer que fuera a chupársela. Todo este plan de
“aprovecha la polla” se tambalea día a día.
Realmente debería volver a concentrarme en el libro de química que
92 tengo delante, ya que se acerca el examen de la semana que viene y lo único
que he hecho hasta ahora es añadir una nueva escena picante a mi libro.
Ha pasado más de una hora desde que me levanté de la cama. Estoy en la
biblioteca, acurrucada en mi sillón favorito. Mi bolsa de gomitas y mi lista
de reproducción para estudiar me ayudarían en cualquier otra situación,
pero llevo la mayor parte del tiempo aquí mirando fijamente esta página.
Cedo a la tentación de sacar el teléfono y enviarle un Snap a Mia. Me
responde casi de inmediato, así que por fin está despierta. Cuando me fui
antes, ni siquiera se había despertado. No sé qué hora era cuando llegó
anoche, pero era mucho más tarde que yo. Dice que va a ir a la biblioteca
por café, lo cual es una ventaja en cuanto a productividad: me vendría bien
más cafeína, pero querrá saber lo de anoche. Estoy a punto de aceptar la
derrota y seguir con mis deberes de español cuando llama mi padre.
Los viernes o los sábados, o con este fin de semana, ambos días, no
solemos vernos, porque él está ocupado con el trabajo y yo nunca he ido a
ver un partido. Irónicamente, Mia sí; tenemos otros amigos que van
regularmente, y tenemos invitaciones permanentes. Yo también tengo una
invitación permanente de mi padre, cortesía de dos asientos justo detrás del
banquillo de McKee que están permanentemente reservados para mí. La
última vez que lo vi entrenar fue en su último partido en Arizona State, y de
eso hace ya tres años.
—Hola —digo con cautela—. ¿Todo bien?
—¿Fuiste a Haverhill anoche?
Se me revuelve el estómago.
—¿Cómo te enteraste?
—Eso es para los de cursos superiores, bicho.
—Puedo aguantar una fiesta fuera del campus.
—No sabes quién va a esas cosas.
Trago saliva mientras me revuelvo el cabello.
—Sólo otros estudiantes. ¿Quién te lo ha dicho, papá? Prometiste no
mirar más mis redes sociales.
—Lo sé —dice—. No lo hice, uno de los chicos me mencionó que
estabas allí.
—¿Así que ahora tienes a tus jugadores espiándome?
Suspira profundamente.
—Penelope, sólo quería asegurarme de que todo está bien. Que estás
concentrada en las cosas correctas. Necesitas estar concentrada en la
universidad, no en fiestas fuera del campus. Pensé que habíamos superado
93 eso.
—Ir a una fiesta no significa que no esté trabajando duro, papá.
—Es que no quiero que caigas en viejos patrones.
—No —digo—. Eso es injusto y lo sabes. ¿Cuántos de tus chicos
salieron a celebrar la victoria anoche? Si eso está bien para ellos pero es
terrible para mí, no eres mejor que los padres de Preston y todos los demás.
Cuelgo. En cuanto termina la llamada, vuelvo a meter el teléfono en
el bolso y escondo la cabeza entre los brazos. Esta es la razón exacta por la
que es mejor que no se meta en mi vida fuera de lo académico; siempre
acabamos discutiendo. No es tan malo como Traci Biller, porque que yo sepa
nunca me ha llamado “zorra manipuladora”, pero no puedo evitar que se me
escapen las palabras. Odio cuando saca a relucir mi pasado, sobre todo
porque me he esforzado mucho por superarlo. Sigue diciéndome que sabe
que he cambiado, pero ¿cómo puedo creerle cuando ocurren cosas así?
Por millonésima vez, me duele el pecho como si alguien me hubiera
clavado un cuchillo oxidado en el centro. Echo de menos a mi madre. Echo
de menos la familia que solía tener. Cuando murió, mi padre se refugió tanto
en su dolor que apenas lo vi. Habíamos sido los tres, y de repente el
pegamento que nos mantenía unidos desapareció, y él no pudo soportarlo.
Ir a fiestas y emborracharse, faltar a clase y a mi entrenamiento para salir
con Preston y sus amigos, actuar como si nada importara... era mejor que
volver a casa y encontrarla vacía porque papá había vuelto a dormir en su
despacho. Al final pagué el precio, y supongo que en cierto modo todavía lo
estoy pagando.
Alguien me pone la mano en el hombro. Levanto la vista, sobresaltada;
es Mia, que me tiende un café.
—Gracias —digo, secándome los ojos rápidamente.
—¿Tan mal va la química? —bromea mientras acerca otro sillón—. O
espera, no tengo que ir a darle una paliza a Cooper Callahan, ¿no?
Niego, sonriendo a pesar mío.
—Seguro que ganaría.
—Por supuesto que no. Podría con él. Saltaría sobre su espalda y le
sacaría los ojos.
—Por mucho que te divirtieras —le digo—, sólo fue algo estúpido con
mi padre.
Saca su portátil del bolso, junto con un rotulador fluorescente y un
montón de artículos que sin duda hay que anotar.
—¿Todo bien?
Me muerdo el labio. Hablar de Cooper, aunque me haya rechazado,
94 suena mucho mejor que entrar en el asunto con papá, así que digo:
—Lo vi anoche. Le ayudé a llevar a su hermana a casa y luego... me
acompañó a casa.
Mia levanta las cejas. Aunque estoy segura de que tiene resaca, lleva
maquillaje; yo opté por mi rímel habitual, pero no pude reunir nada más.
—¿Qué pasó con el otro chico con el que te vi?
Le explico todo, desde la situación del vómito hasta el momento en
que empujé a Cooper fuera de nuestra habitación. Al final de la historia, me
sonrojo. No fue como si le hubiera pedido una cita a Cooper. Le ofrecí sexo,
sexo repetido, sin compromiso, y lo rechazó. ¿Qué me pasa que no pude
convencer a un tipo cuyo segundo nombre es prácticamente “casual”? Es
patético.
—Interesante —dice Mia.
La fulmino con la mirada.
—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Te cuento todo esto y tú me recitas al
señor Spock?
—¿No dice “fascinante”? Como, ¿qué fascinante observación, capitán
Kirk?
—Lo que sea.
Golpea el rotulador contra su portátil.
—¿Realmente dijiste que nunca saldrías con él?
—No con tantas palabras. —Suspiro—. Además, no es como si alguna
vez fuera a salir conmigo. Ni siquiera quiere volver a follar conmigo.
—¿Y? Eso probablemente te ha dolido, Pen. Quiero decir, bien por ti
por ser clara sobre lo que quieres, pero no puedes culparlo si está un poco
dolido. Los chicos siempre están a la defensiva cuando se sienten
menospreciados.
—Tú fuiste quien me animó a hacer esto —le digo—. Me dijiste que
debía pasar por La Lista.
—Sí, pero si vas a utilizar a alguien, no se lo digas. —Se echa hacia
atrás, apoyando los pies en la mesa con los tobillos cruzados. Al menos no
estamos en una de las antiguas mesas de nogal del centro de la Sala de
Lectura; la bibliotecaria del mostrador de circulación fulmina con la mirada
a cualquiera que ponga una bolsa de libros encima—. Si no quiere ser un
juguete sexual viviente, no puedes culparlo.
—Eso no es lo que he dicho —murmuró—. Además, no quería
utilizarlo, él también sacaría algo de ello. Juega mejor cuando tiene sexo
regular, y tiene que rendir bien si mi padre va a hacerlo capitán.
95 —Fascinante —dice Mia con gravedad.
Me inclino y le toco la mejilla. Me saca la lengua y nos echamos a reír.
Tras una larga pausa, digo:
—¿De verdad crees que he insultado su hombría o lo que sea?
—Tal vez. A lo mejor quiere una novia. Quién sabe, en realidad.
—Me dijo que debería buscarme un novio. O, mejor dicho, un buen
chico que me sacara a pasear. Aunque le expliqué...
—Oh —interrumpe, sus ojos se abren de par en par—. Espera, eso lo
cambia todo.
—...¿Por qué?
—No quiere decir que sí porque piensa que eres demasiado buena
para eso. No está molesto, Pen, está siendo protector.
Resoplo.
—¿Qué?
—Te está protegiendo de él. No quiere ser el lobo feroz ensuciando a
Caperucita Roja.
—En primer lugar, ew. Segundo, eso es lo más estúpido que he oído
nunca.
Se encoge de hombros mientras da un sorbo a su café.
—Los chicos tienen esa tendencia, sí. Tienes que dejarle más claro que
no necesitas protección, necesitas que te folle. Si es que te has fijado en él.
Suspiro y vuelvo a mirar el teléfono. El partido de hoy, el segundo de
un par contra Boston College, empieza en menos de una hora. Lo más
inteligente sería olvidarme de él, aparte de cuando nos vemos obligadas a
trabajar juntas, y tener más criterio a la hora de elegir a los chicos con los
que liarme mientras intento hacer frente a La Lista. Hay un montón de
chicos por ahí que no son pretenciosos como Alfred ni están relacionados
con mi padre como Cooper.
Pero a juzgar por cómo reacciona mi cuerpo con sólo pensar en él,
ninguno de ellos me daría la experiencia que anhelo. ¿Es posible ser almas
gemelas sólo en el sexo?
Si voy al partido, puedo matar dos pájaros de un tiro. Suavizar las
cosas con mi padre y dejarle claro a Cooper que sé lo que quiero. No para
usarlo a su costa, sino para que seamos verdaderos amigos con beneficios.
Ambos cosechando las recompensas de este acuerdo. Puede que se ría en
mi rostro, pero al menos puedo intentarlo.
—Bien —digo—. ¿Quieres venir conmigo al partido?

96
Cooper

Llevamos dos periodos seguidos dando asco.


Salto del banquillo y patino sobre el hielo para lo que será mi último
turno del periodo. Perdemos por dos goles, y deberían haber sido más, pero
Remmy se ha lucido con las paradas, y llevamos todo el partido persiguiendo
a Boston College. Molestos por la derrota de ayer, estoy seguro, salieron más
rápido, jugando más duro. Nos hemos quedado atrapados jugando a
ponernos al día, y cuanto más ha durado el partido, peor he jugado. El
último gol que recibimos se debió a que malinterpreté un pase. Un error
estúpido y costoso.
Evan se la pasa a Mickey, que a su vez se la pasa a Brandon. Éste
intenta un tiro de muñeca, pero el portero de BC 13 lo ataja con el guante.
Los segundos pasan y, antes de que podamos intentar marcar de nuevo, el
periodo termina. Sacudo la cabeza y me paso la manga por mi rostro. El
impulso que tuve durante el partido de ayer se ha disipado por completo.
Necesito recuperar la concentración durante un periodo más. No sólo para
recuperar el partido, sino para mantener alta la energía de todos. Mi juego
sobre el hielo es importante, pero un buen capitán no sólo predica con el
ejemplo. También inspira a sus compañeros para que lo den todo. Si llego
al vestuario lleno de frustración, eso influirá en los demás chicos del equipo,
sobre todo en los de primer año. Cuanto más despejados estemos
mentalmente, mejor jugaremos.
Las ovaciones y los cánticos del público resuenan en el estadio
97 mientras patinamos hacia el banquillo. Aunque esta tarde hay partido de
fútbol, hay muchos estudiantes y aficionados en las gradas. De todas
formas, el equipo de fútbol ya no es tan bueno como cuando James estaba
aquí, y siempre hay mucho entusiasmo al principio de la temporada de
hockey.
En el vestuario, aprovecho el descanso para refrescarme,
rehidratarme y respirar. El entrenador Ryder y sus ayudantes dirigen una
rápida reunión para repasar los ajustes que podemos hacer en el tercer
periodo para ganar ventaja. Para mi triste satisfacción, Brandon lanza sus
guantes y se abalanza sobre un novato por una pérdida de disco, lo que

13
Abreviatura de Boston College.
significa que el entrenador me mira a mí, no a él, para decir unas palabras
desde la perspectiva del jugador antes de que volvamos al hielo.
—No se acaba hasta que se acaba —digo mirando al grupo. Están tan
sudados y agotados como yo, pero nos quedan otros veinte partidos, y parte
del hockey es resistencia. ¿Pueden tus piernas aguantar todo el partido?
¿Puedes superar a tu oponente? ¿Puedes aguantar hasta que no te queda
nada en el depósito y luego aguantar un poco más? Me enderezo aún más y
golpeo el suelo con el stick—. Tenemos que concentrarnos y ejecutar. Parece
mucho pedir, pero sólo perdemos por dos goles y podemos recuperar esa
diferencia. Sé que a todos y cada uno de ustedes les queda otro periodo, así
que hagámoslo de una puta vez.
Cuando salimos del túnel, el entrenador Ryder está a un lado con su
hija. Me quedo inmóvil y casi choco con Remmy. El entrenador rodea con el
brazo a Penny, que lleva un gorro de punto morado de McKee con un
pompón en la parte superior. De repente se me seca la boca. El morado real
le queda bien con el cabello y el pompón añade un nivel de lindura casi
indescriptible. Hasta ahora había intentado no pensar en ella, pero ahora
me viene a la cabeza cada segundo de la noche anterior.
—Gracias, papá —dice Penny—. Lo siento, no podía esperar hasta el
final del partido.
—Me alegro de que por fin estés aquí —responde él. Me hace un gesto
para que me acerque—. Callahan, mira quién se ha unido a nosotros para
el partido.
—Hola —le digo—. Um, eso es genial.
—Penny confía en que volveremos —dice el entrenador—. ¿Verdad,
bicho?
Intenta guiñarme un ojo, pero es más bien un parpadeo exagerado en
mi dirección general. Me muerdo el labio para no reírme. No tengo ni idea
de por qué es tan entrañable, pero hace que mi persistente frustración por
el partido se desvanezca.
98 —Marca un gol por mí, Callahan —me dice. Se inclina y besa a su
padre en la mejilla, y luego me abraza a mí antes de volver a las gradas.
El entrenador no debe darse cuenta de que estoy tan aturdido como
un oso con un tranquilizante en el culo, porque se limita a darme una
palmada en el hombro y dice:
—Ya la has oído.
Logro esbozar una sonrisa que espero que parezca semi-normal. Un
abrazo. ¿Qué carajo significa un abrazo?
—No importa quién marque mientras lo hagamos.
El periodo pasa en un abrir y cerrar de ojos, y pronto estamos en el
marcador de los cinco minutos.
Como equipo, nos hemos recuperado, pero aún nos falta.
¿Individualmente, sin embargo?
Estoy bloqueado.
La energía con la que jugué ayer volvió en cuanto empezó el periodo.
Es como si fuera un caballo de carreras con anteojeras. El público se
convierte en ruido de fondo, no más perceptible que el motor de un auto.
Obligo a BC a cometer errores y a jugar de forma descuidada, y no al revés.
Evan y yo somos como un par de imanes, dando vueltas el uno alrededor
del otro, perfectamente sincronizados, y a BC le cuesta incluso pasar de la
zona neutral, y mucho más llegar a Remmy para lanzar. Yo no marco, pero
un pase a Brandon nos ayuda a marcar el segundo gol, y cuando lo
celebramos juntos, él ni siquiera parece tan enfadado cuando me atribuye
la asistencia.
Y durante todo esto, soy consciente de una cosa.
Penny.
Ni siquiera sé cómo no me había fijado en ella antes, porque ahora
que sé que está aquí, es la única persona que veo en las gradas. Está
animando y aplaudiendo y se pone en pie para gritar cada vez que suena el
silbato. Si quedaba alguna duda de que es la hija del entrenador Ryder, y
de que conoce el hockey, se disipó a los cinco minutos. Está sentada con un
par de amigas frente a los banquillos, así que cada vez que tengo un respiro,
mi mirada se dirige directamente a ella.
99 Lo doy todo en mi último turno del partido, forzando otra pérdida de
balón, pero no conseguimos convertirla en gol. El partido termina 3-2, pero,
de alguna manera, me siento incluso mejor que después de la victoria de
ayer.
Cuando termino en los vestuarios, me cuelgo el bolso al hombro y
salgo corriendo al pasillo.
Penny me espera, como esperaba, con las manos metidas en los
bolsillos y apoyada en la pared. Miro a mi alrededor para asegurarme de que
su padre no está cerca de nosotros antes de arrastrarla hasta una alcoba.
Cuando vuelve a abrazarme, huelo a lavanda. Retrocede, se ajusta el
sombrero y me sonríe.
—¿Dos abrazos, Red? Empiezo a pensar que te gusto.
Hay una especie de brillo decidido en sus ojos. Es como anoche otra
vez, y como anoche, mi cuerpo no puede evitar reaccionar. No hay nada
especialmente sexy en su atuendo, y estoy muy dolorido por el partido y
debería darme un baño de hielo, pero mi polla se mueve con interés.
¿Por qué he vuelto a decir que no a su proposición? Está claro que en
el pasado era un idiota.
—Mira, tenemos que hablar —dice—. Este es tu territorio; ¿conoces
otro armario al que podamos ir?

100
Penny

Cooper no me lleva a un armario. En lugar de eso, nos escabullimos


por detrás y nos acomodamos en su auto. Cuando me ve temblar, enciende
la calefacción, se echa hacia atrás en el asiento del conductor y me lanza
una mirada que me dice claramente que tengo que empezar a hablar, porque
su paciencia ya se está agotando.
Entrelazo los dedos.
—No necesito que me protejas.
Parpadea.
—¿Qué significa eso?
—Sobre todo de ti. No vas a romperme el corazón, Callahan. —Me
inclino hacia él. Al estar en la cabina de una vieja camioneta con él, es más
evidente que nunca lo grande que es: incluso debajo de la camiseta, sus
hombros parecen casi tan anchos como cuando lleva puestas las
hombreras, y sus pantalones oscuros dejan ver sus muslos musculosos. La
columna de su cuello parece francamente lamible. Si vuelve a rechazarme,
aparte de vivir con la vergüenza, voy a pasar mucho tiempo intentando, y
probablemente fracasando, sacarlo de mis fantasías—. Sé lo que quiero.
Levanta las cejas.
—No sé, Red. Creo que estás subestimando mi encanto.
—O quizá lo estés sobrevalorando —le respondo—. Mira, si no me
101 quieres, dilo. Lo superaré. Pero si anoche dijiste que no sólo porque quieres
protegerme de lo que creas que va a pasar, no me estás escuchando. No
quiero una relación ahora mismo. Sólo quiero explorar un poco.
—Lo cual está bien, pero eso no cambia el hecho de que tu padre sea
mi entrenador. —Se quita la gorra de béisbol y la deja sobre el salpicadero,
pasándose una mano por el cabello.
Me humedezco los labios; sus manos son muy grandes. No sé cuándo
llegué a estar tan desesperada como para que un buen par de manos me
convencieran.
—No se va a enterar. —Me río brevemente—. Y créeme, si lo hace, no
le costará creer que todo fue idea mía, y que tú simplemente me seguiste la
corriente.
—¿Por qué?
Sonrío irónicamente.
—No importa. Entonces, ¿Qué es? ¿Realmente fui tan mal ligue?
La carcajada que suelta me sobresalta.
—Cariño, no hubo nada malo, salvo el hecho de que tuviera que
terminar —dice; hay una nota grave en su voz que me hace estremecer el
estómago—. Me habría pasado una eternidad contigo en ese armario, con
conejitos de polvo y todo.
Me cuesta un gran esfuerzo ignorar las mariposas que siento en el
estómago.
—Entonces hazme un repaso de mi lista. —Me acerco y le pongo la
mano en el muslo. Su mirada se desplaza hacia abajo, asimilando el gesto.
Me trago los nervios y aprieto los labios contra su mandíbula. Cerca de su
boca, pero no lo suficiente como para considerarlo un beso—. Mantente
relajado y juega bien conmigo. Deja que me porte bien contigo.
Me mete la mano en el cabello y me atrae hacia un beso que me deja
sin aliento y me hace doblar los dedos de los pies. Me muerde el labio
inferior, alargando la fricción antes de separarse.
—¿Algo por algo?
—Amigos. —Lo vuelvo a besar; él busca a tientas el mando del asiento
y lo empuja hacia atrás, dejándome espacio suficiente para deslizarme sobre
su regazo—. Amigos que follan.
—Peligroso —murmura—. Estás jugando con fuego, Red.
—Te gusta, ¿verdad?

102 —No puedo negarlo. —Me toma la mano y la presiona contra el bulto
de sus pantalones para enfatizar su respuesta. Está duro como una piedra.
Sonrío y le doy otro beso en los labios mientras masajeo su polla a través de
la tela. Su respiración se entrecorta y me aprieta el pecho. Me hace sentir
bien saber que también puedo afectarle a él; que aunque él tiene toda la
experiencia, yo tengo mi propio tipo de poder.
—¿Qué me dices?
Me pasa el pulgar por la mejilla.
—De acuerdo —dice—. Amigos con beneficios.
—Amigos con una agenda.
—Eres bastante organizada.
Me muerdo el labio deliberadamente mientras sigo pasando la mano
por sus pantalones.
—Ya sabes lo que sigue.
Me acaricia el labio inferior. Abro la boca y muerdo su pulgar. Primero
un armario, ahora la cabina de una camioneta. No es un momento perfecto,
pero es exactamente como lo quiero.
—¿Aquí? —dice.
Juego con el botón de sus pantalones. Alguien podría pasar y vernos,
pero estamos en un rincón tranquilo del estacionamiento.
—¿Por qué no?
Me agarra de la muñeca y me sujeta la mano. Cuando habla, su voz
es más áspera. Casi tiemblo por la intensidad de su mirada; aunque sigo
abrigada, me siento expuesta, como si me hubiera arrancado la ropa.
—Asiento trasero. Quiero verte las tetas.
Subo al asiento trasero, me quito el gorro y la camisa, los tiro a un
lado y me quito las botas. Debajo llevo uno de mis brasieres más bonitos,
azul claro como las bragas que me piropeó la última vez. Ahora tiemblo de
verdad. Incluso con la calefacción encendida, no hace mucho calor. Se reúne
conmigo en el asiento trasero, también sin camiseta, y me detiene cuando
me acerco para desabrocharme el brasier.
—Joder —jadea. Me toca los pezones endurecidos a través del encaje
y me arranca un gemido—. Qué tetas tan bonitas. Me las imaginaba, Red.
Me inclino hacia él y extiendo la mano para recorrer su pecho. Tiene
un par de tatuajes: la detallada espada que vi antes y un ingenioso nudo
celta sobre el corazón. Quiero trazar las gruesas líneas negras con la lengua.
Continúa provocándome a través de la tela durante un momento antes de
sacarme las tetas del brasier, en lugar de quitármelo. Me besa y me pasa la
lengua por encima.

103 —¿Te hacen juego las bragas? —me dice cuando se retira—. Me
pareces ese tipo de chica.
Me desabrocho los pantalones y me los bajo por los muslos. Me ayuda
a quitármelos del todo, de modo que me siento en el asiento de cuero con
un trozo de tela diminuto y húmedo. Esta vez azul oscuro. Me frota los
nudillos por delante de las bragas.
—Bonitas.
Resoplo mientras intento esbozar una sonrisa coqueta.
—Dijiste que el azul me quedaba bien.
—Te queda bien. —Me besa con fuerza—. ¿De verdad quieres
chupármela, preciosa?
Le rastrillo las uñas por el estómago.
—Enséñame cómo te gusta.
Se baja los pantalones y el bóxer negro, dejando libre la polla. Parece
aún más grande de lo que recordaba, enmarcada por un vello oscuro y
limpio, con la punta enrojecida y cubierta de semen. Me relamo los labios,
lo que arranca un gemido de su pecho; me acerca y me besa de nuevo,
mientras me toca las nalgas con la mano.
—Quítame las bragas —susurro—. Ya están estropeadas.
Me las baja por el culo.
—Tan necesitada —dice—. ¿Tan excitada te pone la idea de probarme?
Las palabras salen de mis labios mientras tomo su polla con la mano
y le doy la sensual caricia que recuerdo de la última vez.
—Quiero beberme tu semen.
—Joder. —Me tira del cabello hasta que me deslizo hacia abajo, de
modo que mi rostro queda cerca de su polla—. Explora un poco, Red. Tómate
tu tiempo.
Mordisqueo la punta, estremeciéndome cuando me rasca el cuero
cabelludo con las uñas. Incluso la cabeza se siente grande en mi boca, suave
como el terciopelo y con sabor a sal. Lamo el presemen y muevo la lengua
sobre la vena que recorre su polla. Su mano me aprieta el cabello.
—Bien —me dice—. Sigue.
Utilizo la mano para sujetar la base mientras muevo la boca sobre él,
alternando besos y lamidas. Miro hacia arriba; tiene los ojos medio cerrados
y la nuez de Adán se le mueve al tragar. Lo muerdo accidentalmente con los
dientes y se sobresalta, pero medio segundo después vuelve a moverse
contra mí.
—Usa más los labios —murmura mientras me acaricia el cabello—. Si
quieres chupármela, méteme en la boca despacio. Respira por la nariz.
104 Quiero eso; quiero sentirlo en mi garganta. Solo de pensarlo aprieto
los muslos, desesperada por tener al menos un poco de contacto. En cuanto
sienta una fricción real, sé que me correré. Nuestras posturas, su voz áspera
y tranquila, la forma en que tiene mi cabello enredado en su puño... todo se
junta para llevarme al límite como nunca antes había llegado sin contacto
directo.
Le aprieto suavemente las pelotas, que están tensas y claramente
doloridas, porque gime. Sus caderas se sacuden ligeramente, empujando el
primer centímetro de su polla hacia mi boca. La chupo, disfrutando de su
sabor. Está temblando por el esfuerzo de mantenerse quieto, me doy cuenta
con una sacudida. Podría metérmela directamente en la boca y obligarme a
chuparla, pero se contiene y deja que yo marque el ritmo. Lo recompenso
metiéndome otro centímetro, y luego otro, chupando suavemente mientras
respiro por la nariz. Aún no me he metido ni la mitad y ya lo siento
profundamente.
—Red —dice, con la voz entrecortada. Muevo ligeramente la cabeza
mientras chupo. No puede evitar empujar más adentro de mi boca, pero lo
acepto como siempre he imaginado que lo haría, como he fantaseado
durante años, como he practicado con mis propios juguetes. Al poco rato,
me acaricia la mandíbula y murmura que está cerca. Me aparto, pero no del
todo; sólo lo suficiente para saborear su semen en mi lengua cuando se
inclina sobre el borde. Me lo trago y continúo lamiéndolo suavemente,
cerrando los ojos un largo rato mientras respiro. Su mano sigue
revolviéndome el cabello.
Finalmente, me levanta. La saliva me cubre la boca y la barbilla, pero
me besa de todos modos mientras me recorre los pechos y el vientre con las
manos y se posa en mis caderas. Cuando se retira, me siento tímida de
repente, incapaz de mirarlo a los ojos. Me levanta la barbilla y me da un
beso más suave en los labios.
—¿Estuve bien? —le pregunto. Se me quiebra un poco la voz. Siento
todo el cuerpo como una bujía a punto de estallar.
—Jodidamente bien —dice. Sus palabras me calientan el pecho, pero
el calor se dirige directamente a mis piernas cuando me separa y me frota
el clítoris hasta que grito suavemente contra su hombro. Siento cómo me
besa la cabeza mientras me masturba. Las sensaciones son exquisitas, pero
sus palabras me dejan tan cerca que apenas puedo soportarlo—. Córrete
por mí, nena.
Me estremezco. Si pensaba que me había corrido con fuerza cuando
me lamió, esto es diez veces más intenso; las estrellas estallan en los bordes
de mi visión mientras mi coño se aprieta casi dolorosamente. Estoy tan
sensible que intento apartarme de sus caricias, pero él se limita a
acariciarme la cara interna del muslo. La piel se me pone resbaladiza. Estoy
jadeando, y él también; parece como si estuviéramos en una cabaña de
105 sudor en vez de en una cabina de camioneta apenas caliente.
Es casi extraño mirarlo y ver las pruebas de lo que hemos hecho
juntos. Puedo ver el hambre persistente en sus ojos. La subida y bajada
todavía rápida de su pecho. Puedo sentir el ardor de su barba en mi boca y
mi mandíbula. Esperaba sentirme incómoda, pero estoy completamente
relajada y, a juzgar por la soltura de su cuerpo, él siente lo mismo.
Sé que esto no llevará a ningún sitio real, pero por un momento, medio
segundo, en realidad, me permito fingir.
Cooper

Termino de escribir las últimas frases de mi redacción, cierro el


cuaderno azul y me siento en la silla. Después de una hora frenética
escribiendo sobre el gótico en Jane Eyre, estoy agotado, y aunque tengo un
millón de cosas más en las que centrarme, como los deberes y los
entrenamientos, sólo quiero pensar en Penny.
Otra vez.
¿Todo el mundo piensa tanto en sus ligues? No estoy acostumbrado a
que se me quede una chica en la cabeza. Nos hemos estado mandando
mensajes sin parar, lo que es casi más raro que saber exactamente con
quién voy a tener sexo. Es adorablemente charlatana, me envía enlaces a
cuestionarios de Buzzfeed que quiere que haga y me informa de cada vez
que acaricia a un perro y me cuenta lo que pasa en The Americans, que está
viendo con su compañera de piso, Mia. Diría que está haciendo horas extras
para asegurarse de que nos mantenemos firmemente en el lado “amigos” de
este acuerdo, si no fuera por cómo se comporta cuando estamos en la misma
habitación. En la última semana y media, nos hemos enrollado media
docena de veces; memorablemente, me la comí en una vieja aula del sótano
cuando nos encontramos después de clase, y me la chupó otra vez, de
rodillas, pareciendo un ángel con su camisón blanco, cuando fui a su
dormitorio anoche.
Al principio intenté enviarle mensajes de texto, pero no parece ser su
estilo; si está de humor y quiere quedar, me envía un interrobang 14. ¡¿Ha
106 llegado un punto en el que cuando veo ese pequeño?!, o lo envío yo mismo,
se me acelera el corazón. Eso fue lo que me llevó a venir anoche, y en cuanto
cerré la puerta de su dormitorio, estaba sobre mí, murmurando:
—Quiero llevar tu mano como un collar. —Dejé que ella marcara el
ritmo, pero al final me suplicaba que le follara la boca, presionándole la
garganta tanto que se le saltaban las lágrimas.
El alivio del estrés me ha ayudado. He estado muy atento durante los
entrenamientos, y en uno de los partidos fuera de casa del fin de semana
pasado ganamos en la prórroga. En un giro que debería haberme hecho
sentir terriblemente incómodo, pero que me ha dejado decididamente

14
Es la combinación del signo de interrogación con el de exclamación.
impenitente, el entrenador me dijo ayer que había notado mis mejoras y mi
contención en el hielo.
Ojalá supiera de dónde viene mi nueva concentración.
Entrego mi redacción y salgo del edificio sacando el teléfono del
bolsillo. Me espera un mensaje de Pen y, antes de abrirlo, sonrío. Mañana
la veré para la clase de patinaje, y ya la he invitado a mi casa. Pizza, algo de
estudio, abandonar nuestros libros por mi cama... parece una buena puta
tarde.

Red Penny: ¡¡¡Acaricio a un gato con correa!!!


Callahan: Fotos o no pasó.

Para mi ligera sorpresa, me devuelve inmediatamente una foto de sí


misma agachada en la acera, acariciando a un gato que lleva un arnés. El
gato es lindo, negro con grandes ojos amarillos, pero apenas le echo un
vistazo antes de centrarme en Penny. Lleva el cabello recogido en una gruesa
trenza y un gorro de punto en la cabeza. Debajo del abrigo veo que lleva uan
camisa negra de cuello alto. Le sienta tan bien el otoño neoyorquino que
cuesta imaginarla como natural de Arizona, pero cuando charlamos por
teléfono hace un par de días, me hizo llorar de risa contando la vez que una
lagartija se coló en su patín y la llevó de Tempe a Salt Lake para una
competición de patinaje artístico.

Callahan: Te subestimé, Red.


Red Penny: No me meto donde hay animales lindos involucrados.
Hablando de coños...
Callahan: Eres incorregible.
Red Penny: Me fue terrible en mi examen de química. ¿Me distraes?
107
Callahan: Ojalá pudiera, pero tu padre nos está haciendo aparecer
para una práctica extra.
Red Penny: Boo.
Dile hola.
Es una broma.
Callahan: Como dije anteriormente: Incorregible.

Aunque me vendría bien algo de tiempo para ponerme al día con mis
lecturas para el seminario de Milton, me dirijo a la pista. Normalmente no
entrenamos los martes, pero el entrenador Ryder y su equipo han preparado
algunas formaciones nuevas y tenemos que preparar otro partido fuera de
casa, esta vez en New Hampshire. Llego un poco pronto, así que me pongo
unos pantalones cortos y una camiseta de usar y tirar y salgo a correr en la
cinta.
Al cabo de un par de minutos, Brandon se sube a la cinta junto a mí.
Le hago un gesto con la cabeza, pero me responde con una mirada pétrea
antes de empezar a calentar. Pasamos un buen rato en silencio, corriendo
uno al lado del otro. Si Evan estuviera conmigo, sería una competición
divertida mientras cantamos al ritmo de Foo Fighters. Si fuera Jean, sería
un silencio de compañía mientras escuchamos Led Zeppelin. Esto es una
tortura, sin música que me salve.
Aunque no he hecho más que intentar ser un buen compañero y líder,
Brandon parece decidido a odiarme a muerte. Antes de esto, no éramos
amigos íntimos ni nada parecido, pero charlábamos durante las fiestas del
equipo, jugábamos juntos al beer pong, ese tipo de cosas. La pasada
Nochevieja, pasé el fin de semana en la casa del lago de sus padres en
Michigan, e incluso me enrollé con su prima mayor, una buena chica
llamada Amanda que quería vivir una experiencia memorable antes de
trabajar con Médicos Sin Fronteras. No tenemos por qué ser mejores amigos,
pero que te den la espalda es agotador.
—Mira —digo al final, porque de todos modos estamos a punto de
entrar en el hielo y no habrá mucha oportunidad de charlar entonces—,
dime qué puedo hacer para que te dejes de tonterías.
Se pasa una toalla por la frente.
—Ya sabes qué.
Sí sé qué, pero es sorprendente oírle ser tan atrevido.
—Además de eso.
Se encoge de hombros.
108 —Entonces no te debo nada fuera del hielo. Si quieres amigos, quédate
con tu equipo y yo me quedaré con el mío.
—No voy a decirle al entrenador que no me haga capitán para no herir
tus putos frágiles sentimientos.
Detiene la cinta de correr de repente, con el pecho agitado. Está
sonrojado, una gota de sudor corre desde el sudoroso cabello rubio pegado
a su sien hasta su mejilla.
—Te queda otro año. Sólo eres junior, Callahan. Y tendrás una
oportunidad en la liga por toda la validación que buscas de tu padre.
Le devuelvo la mirada; no quiero darle la satisfacción de saber que me
ha golpeado en algún lugar real.
—¿Y?
—Esta es mi última temporada jugando hockey. Ha sido mi vida desde
que tengo memoria, y el año que viene por estas fechas, ¿dónde voy a estar?
—Se ríe brevemente, envolviendo la toalla sobre sus hombros—. Estaré
metido en una puta oficina, gestionando acciones.
—Podrías haberte presentado al reclutamiento. O podrías intentar
entrar en algún sitio después de graduarte. La AHL 15, o en algún lugar de
Europa.
—No eres el único con un padre duro. —Recoge sus cosas—. No voy a
dejar de luchar por esto. Es mi año. Soy el central senior. Tú sólo eres un
defensa junior que cierra el puño cada vez que escuchas algo que no te
gusta.
—¿En serio, Finau?
Se acerca lo suficiente como para que me estremezca, pero me
mantengo firme.
—Dile al entrenador que te retiras —dice, con voz engañosamente
tranquila.
—Ahí estás —dice Evan desde la puerta—. Vamos, Coop, tenemos que
empezar. ¿Cómo te va, Fins?
—Bien —dice, sin dejar de mirarme. Le devuelvo la mirada, porque de
ninguna manera voy a hacer eso por él en nombre de la justicia o lo que
carajo sea que él cree que es, y después de un momento, se marcha.
Evan lo mira salir del gimnasio antes de volverse hacia mí.
—¿Sigues enfadado por lo del capitán?
—Todavía no se ha decidido nada. —Tomo mi botella de agua y bebo
un largo trago—. Se está comportando como un imbécil.
—Se da cuenta de que Ryder está a punto de decidirse.

109 Tomo mi bolso y lo sigo hasta las puertas.


—Tal vez. O quizá nos mande a los dos a la mierda.
Evan es un gran amigo por muchas razones, pero la principal es su
habilidad para cambiar de tema con tacto cuando parece que la
conversación está a punto de desviarse hacia el pozo. Me da una palmada
en el hombro.
—¿Quieres venir a mi casa más tarde? Podemos pedir comida para
llevar en ese restaurante tailandés de Westbrook; Remmy ha querido retar
a Hunter a una nueva misión en Call of Duty.

15
American Hockey League en español Liga Estadounidense de Hockey.
Hunter es uno de los compañeros de equipo de Seb, y gracias a
nosotros dos, los equipos de hockey y béisbol se han hecho muy amigos. El
año pasado éramos amigos de los chicos de fútbol, gracias a James, pero
este año no tanto. Debería hacer los deberes antes de mañana, ya que dudo
que haga mucho cuando esté con Penny, dejando a un lado mis mejores
intenciones, pero la idea de pasar una tarde de relax con mi equipo suena
demasiado bien como para dejarla pasar. ¿Milton o Call of Duty? Mientras
mis compañeros duermen un poco en el viaje a New Hampshire, yo estaré
estudiando pasajes de Areopagitica, pero valdrá la pena.
—Claro que sí, hagámoslo.

110
Penny

5 de Octubre

Red Penny: ¿Preferirías vivir en el mundo de Star Trek o en el de


Star Wars?
Callahan: Buenos días a ti también, Red.
Red Penny: No lo sé yo estaba pensando en ello ayer por la noche.
Callahan: Adivina.
Red Penny: ¿Star Trek?
Callahan: No. Soy más un chico de fantasía.
Red Penny: Pero son básicamente lo mismo.
Callahan: ...Red.
No.
Red Penny:???
Callahan: Star Trek es ciencia ficción. Star Wars es space opera.
Totalmente diferente
Red Penny: Bueno, yo elijo Star Wars porque me gustaría poder
abrazar a Chewie...
Y besarme con Han Solo.
111 Callahan: Te quedarían bien las trenzas de Leia.
Red Penny: ¿Mi disfraz para Halloween?

6 de Octubre

Callahan: Espera, ¿has escrito un libro entero?


Red Penny: No del todo.
Más bien la mitad. Pero he escrito cosas más cortas antes, como
fanfiction.
Callahan: Eso es genial, Red.
Red Penny: Sí, bueno, será genial si alguna vez lo termino.
Callahan: Eso es lo que ella dijo.
Red Penny: No.
Callahan: :)
¿De qué trata?
Red Penny: Te vas a reír.
Callahan: Realmente no.
Red Penny: ¡?!
Callahan: ...Bien
Red Penny: Yay <3
Callahan: Pero al final te lo sacaré.
Tu balbuceas post orgasmo.
Red Penny: NO lo hago.

7 de Octubre

Callahan: ?!
Red Penny: Ugh, bien.
Callahan: Finge todo lo que quieras, pero estabas a punto de
preguntar. Puedo sentirlo
Red Penny: ...Puede que esté o no en el autobús a la ciudad.
Callahan: Ha, lo sabía.
112 Red Penny: Tienes New Hampshire este fin de semana, estaba siendo
proactiva.

10 de Octubre.

Red Penny: Tengo una pregunta.


Callahan: ¿Sí?
Red Penny: ¡¿Nosotros?! es exclusivo, ¿verdad?
Me di cuenta de que lo asumí.
Está bien si no.
Callahan: Claro que sí.
¿De qué otra forma puedo estar centrado en tus sexperiencias?
Red Penny: Callahan, por favor.
Callahan: Aw, vamos. Estaba orgulloso de eso.
Red Penny: Eres un idiota secreto, ¿sabes?
Callahan: Definitivamente no es un secreto, cariño.
Pero obviamente te gusta, así que ¿quién es el verdadero idiota?

113
Penny

Doy vueltas alrededor de mis alumnos mientras vuelven a patinar


solos, esta vez en medio del hielo, para que se impulsen con la fuerza de su
propio cuerpo, en lugar de usar las tablas como impulso. Aparte de un par
de caídas, han conseguido mantener el equilibrio y se ríen mientras patinan
de un cono naranja a otro. Me recuerda a cuando aprendí a patinar sobre
hielo con mi madre. Mis padres tuvieron una historia de amor muy típica
entre chico y chica, y todo empezó en una pista de hielo como esta. Se
tropezaron durante un patinaje libre en The Boston Common Frog Pond.
Ella estaba con sus amigos y él con los suyos, y ambos se separaron para
tomar un chocolate caliente. Según contaba mi madre, ella se dio cuenta
enseguida de que él era jugador de hockey y no quería involucrarse, y él se
dio cuenta de que ella era patinadora artística y supuso que sería una
estirada, pero para cuando los chocolates calientes se enfriaron, ya habían
hecho planes para una cita de verdad, y nunca miraron atrás.
Encuentro la mirada de Cooper. Está al otro lado del hielo, hablando
con Ryan. Ryan lleva otra vez una camiseta de los Capitals y un gorro de
punto que le cubre casi toda la frente. Agita los brazos mientras habla con
Cooper, y la risa de Cooper retumba en el espacio lleno de eco como
respuesta. No me molesto en ocultar mi sonrisa. Aquí estoy con mi propio
jugador de hockey, aunque el amor no está sobre la mesa.
Desde que nos enrollamos en su camioneta, he estado flotando en el
aire. No me había sentido tan bien desde que la doctora Faber finalmente
me situó con Lexapro después de probar otros tres medicamentos contra la
114 ansiedad. Puede que haya suspendido el examen de química y tenga un
montón de trabajo que terminar, pero tengo un nuevo amigo, y este acuerdo,
casual, sexy, divertido, es exactamente lo que necesitaba. Cooper sabe cómo
sacarme de quicio y, a juzgar por su actitud relajada, no se me da nada mal
seguirle el ritmo.
Antes de él, nunca me había sentido realmente sexy. Cuando he
tenido la atención de un chico, se trataba de objetivación, no de deseo. ¿Con
Cooper, sin embargo? Está a diez metros y puedo sentir el calor en sus ojos.
Antes de ir a la pista, me he maquillado y he elegido un bonito conjunto de
patinaje: unos calentadores rosas, unos pantalones negros y una camiseta
rosa ajustada. Combinado con el coletero que sujeta mi trenza y mis
pequeños aros dorados y el collar con el colgante de mariposa, parezco una
jugadora de hockey. Parezco el sueño húmedo de un jugador de hockey. En
cuanto terminamos la clase, voy a patinar hasta allí y le daré un beso.
Se me adelanta y casi choca conmigo en su impaciencia.
—La madre de Ryan lo va a apuntar a hockey —me dice, rodeándome
la cintura con los brazos y apretándome—. Voy a hablar con ella rápido,
¿bien? Luego podremos salir de aquí.
Levanta la mano mientras patina hacia la salida.
—¡Señora McNamara!
Me muerdo el interior de la mejilla mientras lo sigo, viéndolo despeinar
a Ryan mientras habla con su madre, que lleva bata; la semana pasada nos
dijo que era enfermera. Me desabrocho los patines, me despido de un par de
niños que pasan con sus tutores y me froto la rodilla dolorida.
Nikki me sonríe al pasar. Va vestida de entrenadora y lleva un
portapapeles bajo el brazo; sus patinadores artísticos junior empiezan
después de esto.
—¿Buena clase?
—Le están tomando el truco.
—Maravilloso. —Mira a Cooper—. Parece que se le dan bien los niños.
Debería trabajar con un equipo de hockey, ¿no crees?
La idea es adorable, y Cooper probablemente lo disfrutaría, pero dudo
que tenga tiempo. Creo que va tan retrasado en los estudios como yo. Aun
así, cuando se acerca, le digo:
—Serías un gran entrenador de hockey.
—La madre de Ryan me preguntó si iba a trabajar con el equipo —
dice mientras se acomoda a mi lado y tira de los cordones de sus patines—
. No se lo digas a tu padre, pero ojalá pudiera.
—Sabe que te gustan las clases.
115 —Lo cual le hace mucha ilusión, seguro.
Meto los patines en el bolso y los cambio por zapatos de calle, un par
de botas con un bonito interior peludo. Las botas Uggs solían ser el calzado
especial que sólo me ponía en la pista; si no, me quedaba con un par de
sandalias Birkenstocks, pero aquí les doy más usos.
—Está acostumbrado a que sus planes salgan bien. Es un genio
malvado en ese sentido.
Elude eso para decir:
—¿Pizza?
—Dios, sí, me muero de hambre. Pidamos en Annie’s.
Caminamos juntos hacia la salida.
—De ninguna manera —dice mientras me sostiene la puerta abierta—
. Hay que ir a Annabelle’s.
Me detengo en seco, aunque llueve ligeramente y ya estoy tiritando.
Cuando Cooper me ofrece su chaqueta, la tomo sin rechistar y me la pongo
sobre los hombros. Debería haberme puesto mi abrigo de invierno, aunque
me hace parecer una nube grumosa.
—Eso es difamación y no lo voy a consentir. Annabelle’s la ofrece con
la corteza como una oblea de comunión.
—¿Y eso no es difamación? La salsa de Annie’s sabe como si fuera de
una vieja lata polvorienta.
Hago una mueca.
—Grosero. Vamos a pedir en Annie’s, y la vamos a pedir con toneladas
de verduras, además de la ensalada Cesar.
—¿Pizza vegetariana? Vamos, tienes que estar de broma. Tienes que
pedir albóndigas y salchichas.
Me le adelanto.
—Si tanto te gusta la carne, pide dos pizzas, pero no te olvides de los
nudos de ajo.

116
Penny

Cuando llegamos a casa de Cooper, enseguida nos damos cuenta de


que hemos hecho bien en pedir dos pizzas. Izzy desaparece arriba con un
par de porciones de pizza vegetariana y un vaso de vino, murmurando algo
sobre su trabajo de inglés, y Cooper y Sebastian parten la pizza de carne en
dos. Mordisqueo un trozo, observando cómo devoran la comida. Parece que
estoy con un par de fieras hambrientas, no con chicos. Estamos en una
cocina sorprendentemente moderna; los herrajes dorados de los armarios
parecen obra de Izzy, ya que en el poco tiempo que hace que la conozco
tengo la sensación de que el glamour es su segundo nombre. Se abre a una
zona lo suficientemente grande para la mesa en la que estamos sentados.
La distribución es como la de la casa de mi padre, a sólo un par de manzanas
de distancia, pero la parafernalia relacionada con el trabajo cubre
perpetuamente la mesa de su cocina, mientras que un jarrón de flores
caídas y una pipa de agua pintada que, según Sebastian, vino con la casa,
decoran la de Cooper.
Sé que nuestro plan incluye hacer primero los deberes, y que
realmente deberíamos, pero no puedo dejar de pensar en lo mucho que me
gustaría deslizarme en su regazo y besarlo, con aliento a pizza y todo. No
hemos avanzado más en La Lista, a pesar de enrollarnos a diestro y
siniestro, pero me gustaría ponerme a ello. No voy a volver a sentirme segura
por arte de magia practicando sexo vaginal si antes no pruebo otra cosa.
—Sólo digo —dice Sebastian mientras deja su cerveza ya vacía; han
estado charlando de fútbol mientras yo miraba fijamente—, si consiguen
117 pasarle a Dallas, serán de oro.
Cooper resopla.
—Lo dices como si fuera fácil. Están persiguiendo a los Cowboys y
James lo sabe, por muy rápido que haya ido mejorando. —Toma otro trozo
de pizza y me mira—. ¿Ves fútbol, Red?
—La verdad es que no. Aunque mi padre y yo somos fans acérrimos
de los Lightning.
Hace una mueca.
—¿No de los Coyotes? Creía que eras de Arizona.
—Papá trabajó en el equipo de los Lightning antes de centrarse en el
entrenamiento universitario.
—O tal vez sólo te gustan esas Copas Stanley consecutivas.
—Quizá es que me gustan los jugadores. Pat Maroon tiene una barba
espectacular.
Cooper se queda con la boca abierta.
—¿Y yo no?
Me limito a sonreír, fingiendo meditarlo profundamente mientras me
doy golpecitos con la uña en la barbilla.
—Veamos. ¿Te gustan los Islanders o los Rangers? Eres de Long
Island, no pueden ser los Sabres.
—Elige bien, Red. Nuestro próximo ligue depende de ello.
—¿Ah, sí? —Me inclino sobre la mesa, acercándome lo suficiente como
para besarnos, pero me detengo justo antes de que nuestros labios se rocen.
Es divertido coquetear cuando no significa nada; no hay presión cuando sé
que sólo somos amigos. De todos modos, es una buena práctica de
seducción—. ¿Qué vas a hacer?
—Piensa en tu lista —me murmura al oído. Me estremezco al sentir
su cálido aliento en mi piel—. Sigue provocándome y tendré que castigarte.
Se me ocurren dos cosas que podrían ser adecuadas.
Sebastian se aclara la garganta.
—Estoy aquí, joder.
Cooper me da un picotazo en la boca antes de inclinarse hacia atrás.
Sus ojos son oscuros, como si realmente quisiera tirarme sobre su regazo y
azotarme aquí en la cocina. Aprieto los muslos, intentando no sentir el deseo
en mi vientre. Mira a su hermano.
—Lo siento, Sebby. Nos estamos involucrando en un serio
118 entrenamiento sexual.
—Porque es una idea inteligente —dice Sebastian secamente.
—No te preocupes, ya ha prometido no enamorarse de mí.
Pongo los ojos en blanco y le golpeo el hombro.
—Ni que lo digas.
—De todas formas, no me lo imagino. —Sebastian toma otra cerveza
de la nevera—. Pásenlo bien, chicos. Usen protección.
Mientras se va, Cooper grita:
—¡Alégrate de que sea así en vez de una perra furiosa! Me he curado.
—¿Te llamó así?
—Más o menos. —Se echa hacia atrás en la silla y deja caer el brazo
sobre el respaldo—. Entonces, ¿qué va a ser?
—Islanders —le digo—. ¿No es Matt Barzal un sueño? —Sé que está
mal; he visto el sticker de los Rangers en su camioneta. Pero es demasiado
divertido como para no bromear, sobre todo cuando me arrastra hasta su
regazo y luego por encima del hombro, como si llevara un saco de harina.
—¡Cooper! —grito, dándole patadas. Me tranquiliza tocándome el culo
y pellizcándomelo, haciéndome chillar. Su risa retumba en su pecho
mientras me lleva escaleras arriba. Me ruborizo por media docena de
razones, pero la primera de la lista es el hecho de que sus dos hermanos
están en casa, y aunque solo vi a Izzy cinco segundos, Sebastian sabe lo que
estamos a punto de hacer. Cooper está claramente impenitente, llamando a
su hermano para que le guarde pizza para más tarde, y creo que Sebastian
le grita algo, pero estoy demasiado distraída para escuchar.
Empuja una de las puertas del piso de arriba y pulsa un interruptor.
Giro el cuello para ver cómo es su dormitorio, pero en lugar de ponerme en
pie como una persona normal para que pueda ver el entorno, se acerca a la
cama y me tira al suelo. Salto, riendo, mientras él se une a mí, y entonces
nos besamos, y tal vez esto debería parecer raro o incómodo, pero no noto
nada excepto ese delicioso cosquilleo entre las piernas y el peso del cuerpo
de Cooper sobre el mío.
Al final, se echa hacia atrás. Sus ojos bailan y una sonrisa se dibuja
en sus labios.
—Te has fijado en el sticker de mi camioneta.
—Obviamente.
—Eres una pequeña mocosa.
—Pues castígame —le digo. Me deshago la trenza y me sacudo el
cabello largo por encima de los hombros—. Me prometiste lecciones. Estoy
lista para una nueva misión.
119 —Estoy impresionado, Red —dice mientras me arrastra cerca,
pasando su mano por mi espalda y apretando mi trasero—. Eres atrevida.
Jadeo cuando sus uñas se clavan en mi culo a través de los
pantalones. Ya he imaginado antes que me azotan, y siempre me ha
excitado; espero que me ocurra lo mismo en la vida real. Me baja el cuello
de la camiseta y me hace un chupetón en la piel lo bastante bajo como para
que nadie más que nosotros lo sepa. A su vez, yo me aprieto contra su
regazo, complacida cuando gime y vuelve a besarme la boca. Lo hacemos
hasta que nos quedamos sin aliento, jadeando. Me tira del cabello suelto y
me da otro beso fuerte en los labios antes de retirarse. Me mira a los ojos y,
como parece que le gusta lo que ve, me quita la camiseta. Me quito el brasier,
tirándolo por encima de la cabeza y tirándolo al suelo, y él hunde
bruscamente su rostro en mis tetas mientras me baja los pantalones y las
bragas. Entre sus dedos ásperos que me pellizcan un pezón y su boca que
casi me engulle el otro pecho, me siento abrumada, pero eso palidece en
comparación con el calor que me recorre cuando me pone sobre su regazo,
desnuda, con el trasero al aire.
Gimo, enterrando mi rostro contra su muslo aún vestido. Lleva toda
la ropa puesta, incluso el cinturón, y yo estoy completamente desnuda,
dispuesta para él como un bufé. Me pasa una mano por la espalda desnuda
hasta el culo y me aprieta.
—Aquí también hay pecas —dice, con una nota de diversión en el tono.
Le muerdo el muslo como recompensa. Ni siquiera me hace el favor
de fingir que me duele.
—¿Qué tal diez, Penny? Debería ser suficiente. No quiero agobiarte
demasiado.
Utiliza mi nombre real con tan poca frecuencia que me distraigo un
momento, pero luego me hunde los dedos en el culo.
—¿Cariño?
—Sí. Cooper... —Me trago el nudo que tengo en la garganta. Tampoco
uso su nombre de pila muy a menudo.
—Voy a cuidar de ti —dice, captando de algún modo el sentido de mi
pregunta no formulada; estoy tan excitada que sé que probablemente le esté
manchando los pantalones, pero no me importa. Estoy temblando de
excitación.
—Cuenta para mí. Si voy demasiado lejos, dímelo y pararé enseguida.
Su voz ha adquirido un tono grave y tranquilizador. Me acaricia la piel
un momento más antes de darme la primera bofetada. No es tan fuerte como
para hacerme daño, pero sí lo suficiente como para escocerme. Jadeo y
pataleo un poco; él me sujeta con una mano fuerte en la espalda.

120 —Cuenta —pide.


Mi voz se tambalea por la emoción inesperada.
—Uno.
—Buena chica. Me vuelve a pegar, esta vez con la palma abierta en la
otra mejilla. Cuento más deprisa, así que vuelve al otro lado y seguimos así
hasta el siete, mientras él murmura elogios.
Sabía que me excitaría, tanto los pequeños y agudos brotes de dolor
como la posición, el hecho de saber que me ha tomado y me ha exhibido
solo para sus ojos, pero yo también siento una oleada de emoción, los ojos
me arden mientras lucho por mantener la respiración uniforme. Me golpea
más abajo, en el pliegue del muslo, y grito antes de que pueda contener la
lengua.
—Te ves tan linda y rosada así —dice, inclinándose para besarme la
parte superior de la columna mientras tartamudeo al contar—.
Entregándote a mí, siendo mi puta niña buena.
—Cooper —digo, con la voz estrangulada; es eso o llamarle algo que
me aterra que pueda arruinar por completo el ambiente.
Me separa las mejillas, sin duda para que vea mi agujero, y me da una
palmada encima. Las puntas de sus dedos me tocan el coño, gimo y le vuelvo
a presionar el muslo. Me presiona con la mano para que sus dedos queden
resbaladizos y termina las tres últimas bofetadas así: con la mano mojada,
marcando mi piel en más de un sentido. Una parte de mí quiere que siga,
que me empuje hasta que no sea más que una baba temblorosa, pero me
aprieto contra su regazo como si la más mínima fricción me ayudara a aliviar
mi dolorido vientre, y casi sollozo de alivio cuando me arrastra hacia un
beso, con una mano enredada en mi cabello y la otra acariciando mi
enrojecido y escocido trasero. Me da un beso rápido en la mejilla.
—Preciosa —murmura—. Tan buena y perfecta para mí.
Me mete la mano entre las piernas y me pasa los dedos por el coño.
Gimo en voz alta incluso con ese leve roce, deseando que me presione el
clítoris hasta que vea las estrellas, pero él utiliza las yemas de sus dedos
húmedos para jugar con mis pezones, cada uno de ellos en un pequeño
capullo rígido.
—Te preguntaría si te ha gustado, pero tengo la respuesta aquí mismo.
—Necesito más —digo, arqueándome en su agarre—. Por favor, lo que
sea.
Me pellizca el labio mientras me besa.
—Mi polla te va a llenar a la perfección.

121
Cooper

En cuanto las palabras salen de mi boca, sé que he hecho algo mal.


Penny se pone rígida, y no de la forma en que lo hizo
inconscientemente justo antes de que mi mano se posara en su precioso
cuño. Algo en mi sugerencia la ha alejado mentalmente de mí; ya está
cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza. Se frota los ojos con los puños y
exhala un suspiro.
—No. Eso no. Otra cosa de la lista.
—Lo siento —digo rápidamente, aunque todavía no sé por qué me
disculpo—. No quería presionarte.
Sacude la cabeza y abre los ojos. Están brillantes por las lágrimas y
sonríe con pesar.
—Es sólo que es lo último de la lista por una razón. Aún no he llegado.
No debería haber dicho nada.
Le beso suavemente la mejilla, más por obligación que por otra cosa.
Al menos no se ha caído de mi regazo. Creo que la he sobresaltado, no
asustado. Aun así, soy un idiota; por supuesto, hay una razón por la que la
vieja polla en la vagina es la última de su lista. No conozco todos los detalles,
y no me los debe, pero eso no significa que tenga que comportarme como un
idiota.
—Respira hondo por mí.
122 Parpadea, asiente, su garganta se mueve mientras se obliga a tragar.
—Estoy bien.
—¿Todavía quieres hacer algo? Lo que quieras, quiero dártelo. Acabas
de ser tan buena conmigo.
Mantiene sus preciosos ojos fijos en mí mientras se mete la mano
entre las piernas y se frota el clítoris, jadeando suavemente. Las pequeñas
curvas de su cuerpo, las tetas que puedo chupar enteras si me apetece, la
puta marca de nacimiento junto a su ombligo que parece una estrella, una
estrella de verdad, quiero decir, no el caramelo, todo forma una imagen que
me ha dejado tan excitado que apenas puedo pensar. La polla me aprieta
los pantalones y detesto mi brillante idea de llevar cinturón hoy. No puedo
contener la posesividad que me recorre mientras la miro. Sé que no es
realmente mía, que esto no es más que un acuerdo, pero ahora mismo no
voy a acudir a nadie más para esto, y ella tampoco. Lo hemos dejado claro.
Es mi nombre el que acaba de decir mientras le doy unos azotes en el culo,
y será mi nombre el que pronuncie cuando se corra.
Sus delicados dedos siguen trabajando entre sus piernas.
—Hazme esperar —dice.
—¿Más bromas?
—Todo lo que pueda aguantar. —Jadea cuando encuentra un ángulo
especialmente bueno—. Me mantendrá concentrada en el ahora.
Concentrada en vez de pensar en qué, es la pregunta, pero no soy su
novio, así que no lo intento. En vez de eso, la recojo y la acuesto contra mis
almohadas. Está muy guapa así, ruborizada mientras se acomoda contra
las sábanas gris pizarra. Me quito el cinturón, centímetro a centímetro.
Joder, es preciosa. Es una mocosa, pero es una buena chica, y ahora
es mía.
—Extiende las muñecas, cariño.
Abre mucho los ojos y traga saliva. Es otro punto en su lista, pero
¿por qué no hacer dos a la vez? Bondage y negación del orgasmo. Estará
completamente a mi merced si no puede usar sus propios dedos para
acariciar su clítoris hinchado, y yo podré bordearla todo lo que pueda. He
practicado un poco, así que le pongo las muñecas por encima de la cabeza
y el cinturón le sujeta las manos contra el cabecero, apretado, pero no tanto
como para que no pueda quitárselo en caso de emergencia. Lo suficiente
para que el control se incline a mi favor una vez más. Así es como más me
gusta, y adivinando por su respiración agitada, a ella también le parece
excitante de mierda.
Arrastra los dientes delanteros sobre el labio inferior y abre las
piernas, apoyando los pies en la cama. Gimo en voz alta, me quito la
123 camiseta por la cabeza y la tiro. Tanteo el botón de mis pantalones, incapaz
de apartar la mirada ni un instante. Los rizos rojos entre sus piernas son
oscuros y húmedos, y su vientre, suave como la seda, está deliciosamente
resbaladizo. Soy un maldito bastardo con suerte. Se me llena la boca de
saliva al recordar su sabor salado.
—¿Todo bien? —le pregunto—. Si necesitas parar, dímelo y lo
haremos.
—Tengo un vibrador en el bolso —responde, en un tono que dice
claramente: Estoy bien, no seas idiota.
Levanto una ceja.
—¿Qué, lo llevas todo el día encima?
Me hace esa desafiante inclinación de barbilla que tanto me gusta.
—¿Vas a usarlo para ayudar, o eres uno de esos idiotas que piensan
que es hacer trampa?
Ya lo estoy buscando en su bolso.
—Por favor. Los juguetes y yo tenemos un acuerdo especial. Lo que es
bueno para ti es bueno para mí.
Resopla.
—Qué raro eres.
Levanto el vibrador. Es de un tono fucsia realmente atroz, pero
termina en un par de bonitas orejas de conejo. Cuando hago clic
rápidamente en las distintas velocidades, su respiración se entrecorta y sus
caderas se agitan como si se muriera por acercarse. Sonrío mientras me
acomodo en la cama.
—¿Te pongo música para tapar tus gritos? Metallica podría funcionar
bien.
Me fulmina con la mirada.
—No voy a escuchar Metallica. Y no soy una gritona.
—¿Quién ha dicho algo de correrse? Se trata de negarlo, cariño. —
Enciendo el vibrador y lo arrastro por su vientre mientras beso sus tetas.
Me llevo una a la boca y le acaricio el pezón; ella suelta un gritito suave. La
suelto despacio, mirándola a los ojos—. A una mocosa como tú le vendría
bien un poco más de disciplina.
Parpadea rápidamente, su pecho se agita y abre aún más las piernas.
La recompenso presionando la punta del vibrador contra su agujero, usando
su lubricante. Balbucea mi nombre, pero antes de que pueda suplicar, le
doy una muestra de lo que busca, masajeando su clítoris con las puntas del
vibrador.
Mi polla reclama atención, apretada contra su muslo, pero la ignoro
124 para seguir provocándola. Rasco su suave piel con mis uñas mientras froto
su clítoris con el vibrador. Me recompensa con gemidos dulces y silenciosos,
como si intentara agresivamente no hacer ruido, lo cual estoy segura de que
es cierto, porque si algo he aprendido de Penny es que es testaruda. Sujeto
el vibrador contra su clítoris mientras recorro sus pliegues y, poco a poco,
la forma en que se balancea contra mí la desespera. En lugar de eso, me
relajo y la beso en la boca; me muerde el labio con fuerza. Cuando jadeo,
con medio segundo de dolor agudo que me atraviesa la polla dura como el
granito, ella sonríe.
—Eres una amenaza —le digo—. ¿Quieres correrte?
—Al final me dejarás.
—¿Oh?
—Te gusta demasiado verme correrme como para no hacerlo. —Tira
del cinturón, pero sus muñecas siguen atadas. Le doy una larga caricia a
mi polla, considerando la posibilidad de correrme y dejarla allí enfurruñada,
pero tiene razón, tengo demasiadas ganas de ver su orgasmo final. Vuelvo a
colocarme entre sus muslos y uso el vibrador en su clítoris mientras lamo
su agujero, absorbiendo cada uno de sus gemidos con avidez. Está tan
resbaladiza que me gotea por la barbilla; arquea la espalda, intentando tener
más contacto. Hundo aún más mi rostro entre sus muslos, trazando dibujos
en su piel, mordisqueando las partes blandas de sus muslos. Grita, esta vez
más fuerte, lo que es música para mis oídos; puede que no sea una gritona,
pero consigo que pierda sus inhibiciones.
Cuando se estremece con tanta fuerza que sé que está a punto de
correrse, vuelvo a aflojar, dejándola justo en el punto álgido, sin el empujón
extra que necesita desesperadamente. Sigue temblando mientras le hago
chupetones en la piel del interior de los muslos. Doy otra sacudida a mi
polla, tocándome la cabeza. Tengo las pelotas apretadas y doloridas, pero
ignoro las ganas de seguir hasta correrme en mi puño.
Su expresión de traición me oprime el corazón.
—Cooper —gime—. Por favor...
Se le quiebra la voz. Me apiado de ella y cambio el vibrador a una
posición más alta mientras vuelvo a trabajar su clítoris.
—Más alto, nena —le digo—. Quiero oírte.
Me responde con un gemido lo bastante fuerte como para que me lo
trague con un beso. Cuando me retiro, ella también sonríe, suave y sólo
para mí, y juro que casi me corro. De una puta sonrisa. Es como si me
hubiera hecho un regalo y no tuviera que compartirlo con nadie.
—Te tengo —digo mientras presiono directamente sobre su clítoris.
Hago el ángulo justo mientras mojo los dedos de la otra mano con su cálido
y resbaladizo semen. Apuesto a que aún le duele el culo, marcado en rojo
125 por mi palma. Aprieto el culo con los dedos lo suficiente como para hacerla
gritar. La próxima vez, la azotaré más fuerte, y luego la mantendré de
rodillas para follarme su dulce culito. La sola idea basta para hacerme
tambalear al borde del clímax, pero entonces ella se agarra y se corre con
un sollozo sincero, la humedad inunda mi mano, y si no estaba a punto de
estallar entonces, lo hago ahora, justo en su vientre.
Está llorando. Durante medio segundo, atrapada entre la oleada de
placer que reverbera entre los dos, mi corazón palpita de miedo. Le
desabrocho el cinturón y le froto las muñecas.
—Pen. ¿Lágrimas buenas o lágrimas malas?
—Buenas —dice. Se ríe húmedamente mientras le limpio las lágrimas
del rostro—. Dios, Cooper, nunca me había corrido sin penetración.
Aprieto sus labios contra los míos, enredando mi mano húmeda en su
cabello mientras froto mi semen en su piel. El vibrador cae al suelo de
alguna manera, aterrizando sobre la madera con un fuerte zumbido que me
recuerda al graznido indignado de un pájaro. Nos echamos a reír,
besándonos entre carcajadas; resoplo tan fuerte que me duele el pecho.
Penny se estremece contra mí. Nos abrazamos durante un largo rato,
recuperando el aliento. Apostaría a que es la vez que más intensamente se
ha acostado con otra persona, así que voy a tener que darle un cuidado
especial.
—¿Cómo te sientes? —le pregunto acariciándole el cabello.
Me rodea con el brazo.
—Bien.
Capto la indirecta y la abrazo aún más fuerte. Le doy un beso en la
cabeza y respiro su aroma a lavanda.
—Mi chica buena.
Nos quedamos quietos un momento, pero entonces ella clava sus uñas
en mi espalda tensa y besa mi tatuaje de Andúril... y lo muerde. Le tiro del
cabello en represalia y, como esperaba, eso la hace sonreír.
—¿Qué es esto? —pregunta.
—La Llama del Oeste, nena.
Entrecierra los ojos.
—¿No es una espada cualquiera?
—Por supuesto que no. Es la espada forjada con los fragmentos de
Narsil en Rivendel. Aragorn la renombra Andúril. Llama del Oeste.
—¿Aragorn?
126 Me quedo con la boca abierta.
—Vamos. Si no lo has leído, al menos has visto las películas de El
Señor de los Anillos.
Niega.
—No, nunca.
Me acerco y apago el vibrador. Está lleno de polvo, lo que me recuerda
que tengo que limpiar mi dormitorio, así que lo dejo en la mesita antes de
que se dé cuenta y tomo el portátil del bolso.
—Bueno, empecemos ahora mismo.
—Tenemos deberes —recuerda—. ¿Y no duran como un millón de
años?
—Podemos hacer varias cosas a la vez. Además, eso ha sido intenso.
Iba a abrazarte de todas formas, así que si fuera tú, me rendiría.
Sonríe.
—¿Qué te hace pensar que me gustaría?
—Vi el libro que estabas leyendo mientras esperabas a que empezara
la clase. Es fantasía, ¿verdad?
—Fantasía romántica —dice, con un toque de desafío en el tono. Como
si esperara que me burlara de ella. Como si fuera a hacerlo; soy plenamente
consciente de que soy un nerd en lo que a medios de comunicación se
refiere. Me encanta jugar Call of Duty con mis amigos, pero prefiero Legend
of Zelda. Leeré a Fitzgerald, Sontag y Baldwin y lo disfrutaré, pero prefiero
leer a George R.R. Martin. Me parece lógico que a Penny le guste una buena
novela romántica. A juzgar por el par de libros de bolsillo que he visto en su
dormitorio y los stickers de su Kindle, le gustan sexy. Me pregunto si eso es
lo que escribe también. No he conseguido que admita de qué trata el libro
que está escribiendo, pero es genial que lo haga.
—Oye, a mí también me gusta el romance en mi fantasía. Te gustará
la historia de amor de estas películas.
—Bien, de acuerdo. Pero primero usaré tu ducha.
Meto la mano bajo su barbilla, mirándola a los ojos.
—¿Segura que estás bien? ¿Te traigo algo?
Asiente, mordiéndose el labio.
—¿Más pizza?
Está tan guapa que no puedo evitar besarla. Apoyo la palma de la
mano en el nudo celta que tengo tatuado en el pecho.

127 —Ah, una mujer como yo.


Pone los ojos en blanco, intentando disimular una sonrisa, mientras
recoge su ropa. Hace una mueca, mirando hacia abajo; mi semen sigue
salpicando su vientre y el interior de sus muslos debe de estar cada vez más
pegajoso. Todavía no me puedo creer que se haya corrido; ha sido caliente
como la mierda. Mientras está en el baño, cambio las sábanas para que no
se avergüence de la mancha húmeda. Toma mi camiseta y se la pone.
—Esto no significa nada —dice, pinchándome en el pecho con el dedo
índice—. Es que no quiero mancharme la ropa.
La saludo.
—Sí, señora.
—¿Qué, no señorita?
Sonrío.
—Date la vuelta para que pueda ver mi obra.
Justo antes de abrir la puerta, se sube la camiseta y me deja ver su
culo rosa algodón de azúcar. Silbo, y me lanza una falsa mirada de
indignación, pero yo me limito a guiñarle un ojo.
Luego me pongo manos a la obra para poner en cola La Comunidad
del Anillo.

128
Penny

—No puedo creer que se haya ido —le digo a Mia.


Avanzamos en la fila. Se acerca Halloween, así que en el cine de la
ciudad proyectan El silencio de los inocentes. A mí no me gusta el terror,
pero Mia está obsesionada con Jodie Foster, así que el plan es comer un
montón de palomitas y taparme los ojos cada vez que pase algo
especialmente espeluznante. Preferiría ver la próxima película de El Señor
de los Anillos, pero hace días que no veo Cooper.
Mia me mira. Lleva un enorme pañuelo negro enrollado alrededor del
cuello dos veces, dando la impresión de que su cabeza está separada del
cuerpo.
—Supongo que era su hora.
—¡Estaba bien ayer mismo!
La chica que nos precede en la fila se da la vuelta y dice:
—Siento mucho su pérdida.
Miro a Mia, que dice:
—Deberíamos celebrar un funeral. Aunque no estoy segura de cómo,
no es como si pudieras tirarlo por el retrete.
La chica pone una expresión de confusión y se da la vuelta. Intento
controlar la risa.
129 —Podríamos hacer una ceremonia sobre el cubo de la basura del
lavadero.
—O quizá deberíamos robar una pala del invernadero y cavarle una
tumba.
—Aquí yace Igor —empiezo—. Un sirviente leal.
—Dedicado a la búsqueda del placer hasta el final —continúa Mia.
Inclino la cabeza con gravedad.
—Un verdadero héroe. Lo echaremos de menos.
—Qué carajo —murmura la chica mirándonos de nuevo.
Nosotras nos reímos. Es realmente triste que Igor haya estirado la
pata mientras yo intentaba hilar una fantasía muy caliente sobre un hombre
lobo que me secuestraba y, esto no se lo he confesado a Mia, tenía los ojos
como los de Cooper. Puede que estuviera trabajando en mi libro antes de
abandonarlo por mi cama. Intenté revivirlo con pilas nuevas y una recarga,
pero ninguna de las dos cosas funcionó. Quizá su vuelo por mi dormitorio
fue su canto del cisne, y yo ni siquiera me di cuenta.
Tengo mi vibrador de conejo, el último que usé cuando Cooper me
sacó de mis casillas, pero no es lo mismo. Uno pensaría que salir con alguien
regularmente significaría que no me importaría, pero he estado más caliente
que nunca. El otro día tuve un sueño erótico en el que otro chico bueno de
ojos azules me daba azotes con el cinturón en lugar de utilizarlo para
sujetarme. Maldita sea la borrachera de lectura de romances oscuros de la
mafia que me di durante el verano.
—No puedo creer que me abandonara cuando lo necesitaba —le digo—
. Necesito algo que me distraiga del hecho de que voy a suspender química.
Nos acercamos a la taquilla, así que Mia tiene que esperar para
responder hasta que estemos en la cola de las concesiones.
—¿Hablas en serio? Creía que habías aprobado los parciales.
Niego.
—Fui a la oficina a hablar de ello y la profesora me dijo que no me
había suspendido, así que tengo la oportunidad de aprobar el curso, pero
debería haberlo suspendido. Sin la curva, ni siquiera podría haberla
falseado lo suficiente como para que fuera un aprobado. Está el siguiente
examen, y el final, pero aun así.
—Mierda, Pen, lo siento.
Me encojo de hombros.
—Quizá papá se dé cuenta por fin de que es una idea terrible.
Mia me mira sorprendentemente seria.
130
—O simplemente podrías decírselo. Decirle que vas a cambiar de
carrera y ya está.
—¿Tu familia no cree que estás estudiando para profesora?
—Ugh. No me lo recuerdes. —Frunce el ceño, pero un momento
después lo transforma en una sonrisa—. Eh, es tu jugador de hockey.
Me doy la vuelta. Cooper, Sebastian y un tercer chico que reconozco
vagamente del equipo de hockey se dirigen a la fila de las concesiones,
abriéndose paso entre la multitud de estudiantes universitarios y habitantes
de Moorbridge con facilidad. Se mezclan en la fila justo detrás de nosotros
y, cuando alguien protesta, Cooper dice:
—Lo siento, hombre, solo iba con mi chica.
Lo fulmino con la mirada. Dejas que un chico te dé unos azotes y
después ves su película favorita, y actúa como si significara algo. No debería
hablar así en público, de todos modos, nunca se sabe a quién puede conocer
mi padre.
Me rodea la cintura con el brazo. A pesar del tiempo ventoso y
miserable que hace fuera, sólo lleva una sudadera, su gorra de los Yankees
hacia atrás, como siempre. ¿Qué les pasa a los chicos con eso de actuar
como si el tiempo no les afectara?
—No te tenía por una fan del terror —dice.
—Sólo estoy aquí por Mia. —Debería encogerme de hombros, pero no
me atrevo. Miro a su amigo—. Tú también estás en el equipo, ¿verdad?
—Sí —dice, asintiendo. Es guapo, de mandíbula afilada y tez morena,
con el cabello oscuro recogido en trenzas—. Soy Evan.
—Oh, claro, Evan Bell. —Sonrío. Por la forma en que papá habla de
él, tiene un buen conjunto de habilidades y una velocidad impresionante
sobre el hielo—. Encantada de conocerte.
—No te preocupes —dice Cooper en un fuerte susurro—. Sabe que soy
tu guía turístico de sexperiencias. Tu entrenador de especias, si quieres.
Mia estalla en carcajadas.
—Ni de broma.
Intento pisotear las zapatillas de Cooper, pero se aparta a tiempo.
—Me arrepiento de haberte enseñado esa palabra. ¿Es siempre tan
insufrible?
—Sí —dicen Sebastian y Evan al mismo tiempo.
—Los días de partido son los peores —añade Evan.
Cooper se enfurruña, mirándome en busca de apoyo, pero yo me
131 limito a sonreír, tan impenitente como él cuando me saca un orgasmo
realmente bueno. Ha sido más difícil de lo que pensaba no dejar que los
sentimientos se enredaran en todo esto. No me estoy enamorando de
Cooper, no es lo que quiero ahora, pero somos amigos y eso significa que
me gusta. Es mejor chico de lo que pensaba, inesperadamente dulce y
genuinamente divertido, y tengo que admitir que desde que empezamos todo
esto, mi vida ha mejorado para bien. Es divertido tomarle el pelo con sus
amigos, porque sé que encontrará la forma de vengarse cuando estemos en
la oscuridad del cine.
Pedimos palomitas y refrescos, y Cooper lo paga todo, lo que debería
molestarme, pero no lo hace, al menos no tanto como debería. Cuando
entramos en el cine, Cooper, y, por tanto, Sebastian y Evan, nos siguen y,
por supuesto, acabo sentándome a su lado. Lanzo un suspiro y abro el
paquete de gomitas que había metido en cuanto me di cuenta de que estaba
decidido a darnos un capricho.
—¿Me das un poco? —pregunta.
Le doy un par en la palma de la mano.
—Son mis favoritas.
—Tomo nota.
—Igor murió.
No sé exactamente por qué se lo digo. Cuando descubrió a Igor,
después de husmear en mi dormitorio mientras yo iba a orinar, claro, le
pareció divertidísimo que le hubiéramos dado un sexo y le hubiéramos
puesto nombre y todo eso. Pero entonces me vio usarlo en lo que tuvo que
ser la sesión de masturbación mutua más caliente que jamás haya tenido
lugar en Lamott Hall, y le tomó un nuevo aprecio.
—¿Qué ha pasado? —pregunta. Mueve las cejas—. ¿Lo montaste
demasiado fuerte?
—No hagas que me arrepienta de habértelo contado.
Su rostro se suaviza.
—Lo siento. Es un asco. ¿Pudiste terminar, al menos?
—No —admito.
—Ah, no me extraña que estés tan gruñona.
—Sólo estoy gruñona porque estás actuando demasiado familiar en
público. ¿Y si alguien nos ve?
Las luces se atenúan en ese preciso momento, por supuesto, así que
Cooper dice:
—Creo que no nos han visto —y entonces siento su mano en mi muslo
y la respiración se me entrecorta en la garganta.
132
—Ven a la ciudad conmigo mañana —dice—. Te compraré juguetes
nuevos. Todos los que quieras.
—Tengo clase.
—Yo también. Fúgate conmigo. He quedado con mi hermano para
comer; puedes conocerlo y luego podemos ir a mi tienda de juguetes
sexuales favorita.
Ojalá pudiera verle mejor su rostro, porque no sé si de verdad tiene
una tienda de juguetes sexuales favorita o me está tomando el pelo. Su mano
se desliza hasta mi cintura y sus dedos acarician mi vientre desnudo. Me
recorre la marca de nacimiento, una parte de mí que siempre parece
fascinarle. La primera vez que lo hizo, me puse tensa y me preguntó si no
quería que me tocara ahí... y, por supuesto, esa consideración me hizo
desear que volviera a hacerlo.
—No lo sé.
—Será divertido. —Se acerca y siento su aliento en mi piel. Ya han
empezado los trailers, así que hay mucho ruido en el cine, pero aún puedo
oírlo cuando me susurra al oído—: Lo que tú quieras, Red. Y luego los
probaremos.

133
Cooper

A la mañana siguiente, en lugar de apresurarme para ir a mi clase de


microbiología, me tomo un café con leche en la estación de Metro-North de
Moorbridge, buscando a Cooper en el estacionamiento. Llevo aquí diez
minutos y el tren sale dentro de dos. Si no se da prisa, no va a llegar a
tiempo, lo que sería un fastidio porque, dejando a un lado el hecho de que
es una mala idea, estoy deseando alejarme del campus por un día. Me
encanta McKee, pero a veces es fácil olvidar que hay un mundo más allá del
campus de postal perfecta y la ciudad igualmente linda. Cuando papá y yo
nos mudamos por primera vez, no podía creer lo de los ladrillos cubiertos
de hiedra, los arces y los árboles de hoja perenne, y las pequeñas carreteras
de uno o dos carriles. Sólo he estado un par de veces en Nueva York, pero
creo que el ambiente urbano me sentará bien, aunque sea mucho más
grande que Phoenix.
Por fin veo la camioneta de Cooper, y un momento después a él,
corriendo hacia el andén cuando el tren se detiene. Tiene las mejillas
enrojecidas por el frío y el esfuerzo; me sonríe mientras se pasa la mano por
el cabello.
—Ya tengo los billetes en el teléfono —dice, guiándome hacia el tren
con una mano en la parte baja de la espalda—. Busquemos un sitio
tranquilo.
No hay mucha gente en el tren una mañana cualquiera entre semana,
porque los viajeros ya se han marchado, pero Cooper me lleva a una zona
134 de asientos más pequeña, donde los asientos están uno frente al otro y hay
espacio en medio. Me doy cuenta de por qué cuando se deja caer en un
asiento y estira sus largas piernas. Me siento en el asiento de la ventanilla,
cruzo los tobillos y me aliso la falda vaquera.
Rebusca en su chaqueta y saca una bolsa de papel blanco arrugado.
—Me alegro de haber comprado esto en vez de cafés.
Sonrío mientras miro dentro de la bolsa; hay un par de donuts de
sidra de manzana encajadas entre hojas de papel encerado. Le doy uno y
saco otro para mí.
—Gracias. ¿De dónde las has sacado?
—En la cafetería del pueblo. No en la del campus.
—Ah. —Le doy un mordisco. Todavía está caliente, el azúcar del
exterior compitiendo con la acidez de la sidra—. Mia trabaja en The Purple
Kettle, así que no suelo ir a la del pueblo.
—Qué curioso. La prometida de mi hermano solía trabajar allí.
—James, ¿verdad?
—Sí. Nos hizo reservas en Bryant Park Grill. Podemos ir andando
desde Grand Central.
Me encojo de hombros.
—Eso no significa nada para mí.
—Está cerca de la Biblioteca Pública de Nueva York —dice alrededor
de un bocado.
—Oh, eso es genial.
—Y el sitio al que quiero llevarte está a un par de paradas de metro de
allí. Se llama Dark Allure.
Levanto las cejas mientras me meto el resto del donut.
—¿Debería asustarme?
Se ríe un poco y busca otro donut en la bolsa.
—No finjas que no te gusta.
Miro por la ventana. Parece que pasamos por un barrio residencial,
hay vallas altas para impedir la vista de las vías del tren.
—Cuéntame más cosas de tu hermano.
Charlamos cómodamente durante la hora que dura el viaje en tren.
Después de compartir un poco sobre James, el jugador de fútbol, y su
prometida Bex, que acaba de montar un negocio de fotografía, Cooper dirige
una tesis para un trabajo mío. Está tomando una clase sobre literatura
gótica feminista, que suena tan bien que no puedo evitar sentir un poco de
envidia. Intenta ayudarme con los deberes de microbiología que me traje en
135 la mochila, pero tras un par de minutos, desistimos y volvemos a hablar de
libros.
Cuando entramos en Grand Central Station, lo que me hace pensar
en Serena volviendo a casa al principio de Gossip Girl, Cooper me toma de
la mano y me agarra con fuerza. Le sigo mientras me guía hasta el andén.
—¿Cooper?
—Sólo quiero asegurarme de que te quedas conmigo, cariño —dice
distraído mientras encuentra las escaleras adecuadas para que subamos.
Lucho por ignorar la pequeña pizca de calor que se instala en mi
vientre. Le he dicho que sólo he estado en Nueva York un puñado de veces,
así que probablemente por eso se muestra tan protector. Aunque no tiene
por qué ir llamándome cariño, no es como si estuviéramos en la cama.
Caminamos por la estación y, aunque Cooper es un caminante rápido
por naturaleza, se ve obligado a reducir la velocidad para que yo pueda mirar
el techo dorado, porque se niega a soltarme la mano. Finalmente,
abandonamos el calor de la estación para salir a la acera. Me estremezco de
inmediato; aquí hace más viento. Me anuda la bufanda al cuello y me la
mete por delante de la chaqueta.
—No puedo permitir que te conviertas en un carámbano —dice—.
¿Quieres tomar un Uber?
—¿No está muy cerca?
—No está lejos, pero no quiero que te congeles —dice frunciendo el
ceño.
Le doy un beso en la mejilla.
—Estaré bien.
No sé por qué lo hago. Quizá porque está siendo extrañamente dulce,
o quizá porque somos anónimos aquí. Sólo un par de chicos en la acera. Me
sonríe y juraría que se sonroja, pero no puedo distinguirlo por su barba.
Vuelve a tomarme de la mano y prácticamente me arrastra hasta el cruce
peatonal.
Llegamos al parque después de caminar un par de minutos. Incluso
en otoño, es bonito, con las hojas doradas y marrones cubriendo la acera.
La gente salpica el césped; una pareja mayor camina tomada del brazo, una
mujer con un carrito de la compra da de comer a los pájaros, un hombre
observa cómo su hijo pequeño juega entre las hojas. En un extremo hay un
restaurante con un patio en la azotea. Seguro que en verano está lleno, pero
ahora las mesas y sillas están apiladas contra la pared, ocultas bajo lonas.
El anfitrión nos lleva a una mesa junto a una ventana con vistas al parque,
donde un tipo parecido a Cooper, menos la barba, se sienta con una mujer
rubia que lleva un par de pendientes colgantes con dijes en forma de
136 pequeñas fresas. Cuando nos ve, sus ojos se iluminan y su sonrisa es tan
cálida que me siento inmediatamente a gusto.
—¡Coop! —dice James, poniéndose de pie para darle una palmada en
la espalda a Cooper—. Me alegro de que estés aquí.
No puedo dejar de mirar a Cooper y a su hermano. Sus ojos tienen el
mismo tono de azul intenso, su cabello el mismo castaño espeso, casi negro.
Cooper tiene la nariz torcida por una lesión que sufrió jugando al hockey en
el instituto, pero por lo demás tienen la misma forma, al igual que sus
fuertes mandíbulas. Me pregunto si Cooper tiene vello facial no sólo porque
es común en los jugadores de hockey, sino porque le ayuda a distinguirse
un poco. ¿Y Bex? Quizá sea imposible no ser atractiva cuando estás
comprometida con el quarterback más sexy de la NFL, porque ella es
despampanante.
—Cooper —dice, poniéndose de pie también y abrazándolo con
fuerza—. Te he echado de menos.
Él les sonríe a los dos mientras da un paso atrás.
—Yo también te he echado de menos. Ella es Penny.
—James mencionó que traerías a alguien —dice Bex—. Encantada de
conocerte.
—Encantada de conocerte a ti también —digo con un pequeño saludo
mientras nos sentamos. Echo un vistazo a su anillo de compromiso y casi
me quedo con la boca abierta. Me las arreglo para contenerme, pero joder.
Me daría demasiado miedo perderlo como para llevar algo tan caro en el
dedo todo el día. El diamante es enorme y está enmarcado a ambos lados
por zafiros—. Soy de Cooper... somos amigos.
—Y co-voluntarios —dice Cooper—. Además, hay una cosa de amigos
con beneficios. En realidad, soy su entrenador sexual...
Se interrumpe cuando lo pisoteo con el pie debajo de la mesa, pero no
antes de que llegue la camarera para tomar nota de nuestras bebidas. Finge
ignorarnos, pero creo que se ha quedado mirando a James, al que reconoce
claramente. Tartamudea un poco mientras lee las especialidades.
En cuanto se va, con todo el veneno que puedo reunir mientras Cooper
me sonríe como el impenitente cabeza de lechuga que es, le digo:
—Eres una amenaza, Callahan.
James se ríe.
—Me gusta esta chica.

137
Cooper

Miro de reojo a Penny mientras me roba otra papa frita del plato.
—Si quieres mis papas, pídemelas.
—Pensé que el método de robarlas sería más efectivo —dice, y su
mano se acerca para tomar otra. La moja en ketchup antes de metérsela en
la boca—. Me estoy arrepintiendo de todo en mi vida ahora mismo.
—Cooper suele ser mucho más tacaño a la hora de compartir su
comida —dice James—. Debes valorar, Penny.
Me sonríe con la boca llena. Pongo los ojos en blanco mientras aparto
mi plato de ella. Es culpa suya por pedir una ensalada cuando la
hamburguesa estaba justo ahí, en la parte superior del menú.
—Ya deberías saber que si la vida te ofrece papas fritas, las tomas.
—Es un buen lema —dice después de dar un sorbo a su té helado—.
Deberías ponerlo en un sticker. Lo pondría en mi Kindle.
—¿Justo al lado del de “diosa de la obscenidad”?
Casi se atraganta con la bebida y me mira indignada.
—¡Te enseñé mi Kindle en confianza!
Bex mira entre nosotros con las cejas arqueadas. Me entretengo con
la comida. Esta comida no ha sido excesivamente incómoda ni nada por el
estilo, pero está claro que Bex, y probablemente James, seamos realistas,
138 piensa que aquí pasa algo más, y no es así. Claro, Penny es posiblemente la
mejor chica que he conocido, pero mi trabajo es ayudarla a sentirse más
cómoda con el sexo, no enamorarme de ella.
—Ese golpe en el partido del fin de semana pasado fue duro —suelto
para cambiar de tema.
James suspira pesadamente mientras deja su vaso de agua.
—Sí. No fue divertido.
—Tenía tanto miedo de que se hiciera daño —dice Bex—. El minuto
más largo de mi vida.
—Todavía me duele el hombro —dice—. Pero no es mi brazo de lanzar,
así que estamos lidiando con ello. No es la primera vez que juego golpeado.
Asiento con conmiseración. He tenido bastante suerte con las
lesiones. A lo largo de mi carrera en el hockey, he sufrido cosas
relativamente leves, como fracturas de nariz y tirones en los isquiotibiales,
pero nunca me he roto un hueso ni me he desgarrado nada.
—Solía competir en patinaje artístico —dice Penny—. Eso se acabó
cuando me rompí el ligamento cruzado anterior.
James y yo nos estremecimos. Si hay una frase que nunca quieres oír
cuando eres deportista, es “rotura del ligamento cruzado anterior”. En mi
primer año en McKee, un estudiante de último año se lesionó y nunca volvió
al hielo en su última temporada.
—Mierda —dijo—. ¿Cuándo pasó eso?
—Tenía dieciséis años —dice—. Me hice polvo durante mi programa
corto en Desert West y me tuvieron que operar de la rodilla.
—Jesús —dice James—. Eso es terrible.
—No lo sabía —le digo.
—Sabes que solía patinar —dice—. Me ves hacerlo todas las semanas.
—Sí, pero nunca mencionaste tener una lesión que acabara con tu
carrera. —Debe ser por eso que a veces la veo frotándose la rodilla después
de que terminamos una lección.
Se ríe brevemente.
—Apenas fue una carrera. No iba a entrar en el equipo de Estados
Unidos. —Se limpia la boca rápidamente y deja la servilleta de tela sobre la
mesa—. Esa era mi madre.
Siento el impulso de tomarle la mano, pero me detengo a tiempo.
—¿Ya estás bien?
—Bien. A veces me sigue doliendo la rodilla, la rehabilitación no fue
muy bien —dice—. Es una larga historia.
139 —Penny, ¿vendrías al baño de damas conmigo? —pregunta Bex.
Mientras se abren paso entre las mesas alejándose de nosotros, James
se inclina.
—Amigos, ¿eh?
Me meto el resto de la hamburguesa antes de contestar. En el
momento en que Bex le pidió a Penny que fuera al baño con ella, me imaginé
que algo así estaba en mi futuro. James y Bex han estado compartiendo
miradas cómplices de pareja durante toda la comida. Sería asqueroso si no
me alegrara tanto por mi hermano.
—Sí. Es la hija del entrenador Ryder.
—Interesante.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué me miras así?
Suelta una carcajada y se echa hacia atrás en la silla.
—Coop, te gusta.
—Me gusta —digo a la defensiva mientras apuñalo una papa frita con
el tenedor—. Es una persona genial.
—Vamos, no me mientas. Te gusta esa chica.
—Así no. Somos amigos.
—¿Los amigos se miran así?
Mi ceño se frunce.
—Sí.
—Uh-huh.
—La estoy ayudando con algo.
—¿Algo que resulta que implica dormir juntos?
—Es sólo sexo.
Simplemente ignora eso, presionando.
—¿Y cuántas veces me restregaste cómo miraba a Bex antes de que
hiciéramos las cosas oficiales?
Parece tan engreído que tengo ganas de tirarlo al suelo, pero no sería
un comportamiento apropiado en un restaurante, así que me conformo con
darle una patada en la espinilla.
El mantel lo disimula lo bastante bien como para que la pareja que
almuerza a nuestro lado ni siquiera nos eche un vistazo.
—No miento. Es mi amiga. Ya sabes cómo hago las cosas.
—Recuerdo que las reglas incluyen no repetir —dice—. Entonces,
140 ¿cómo llamas a esto?
—Un favor. Uno que resulta ser divertido.
—Bien, sigue mintiéndote a ti mismo. —Se encoge de hombros, como
si no le molestara—. O sé un hombre y haz algo al respecto, de cualquier
manera.
No conoce toda la situación, como el hecho tan importante de que
Penny ha dicho específicamente que no quiere nada romántico, pero no me
atrevo a ignorar sus palabras.
No me gusta Penny Ryder. No es mi amor de colegio. Es mi amiga y
somos almas gemelas en la cama, pero eso no me hace querer ser su novio.
Incluso si todos mis sueños húmedos últimamente la han
involucrado.
Aunque su risa sea tan adorable que me duela el pecho.
Aunque nunca haya disfrutado tanto del sexo y ni siquiera le haya
metido la polla en otro sitio que no sea su boca.
Aunque mi recuerdo reciente favorito sea acurrucarme con ella en mi
cama mientras veo El Señor de los Anillos.
—Eso no va a pasar —le digo—. Aunque yo lo quisiera, que no es el
caso, ella tampoco.

141
Cooper

—¿Por qué es esta tu tienda de juguetes sexuales favorita? —pregunta


Penny mientras subimos las escaleras del metro a la acera. Alguien se
interpone entre nosotros para bajar las escaleras. Vuelvo a tomarla de la
mano y tiro de ella para acercarla.
—Es donde perdí la virginidad —le digo mientras la guío a la vuelta de
la esquina.
Entrecierra los ojos.
—¿En serio?
Me río de su expresión.
—Sólo bromeaba. Fue en la fiesta en la piscina de Emma Cotham.
Aquí tienen un buen aceite de masaje.
—¿Sólo lo mejor para tu polla?
—Empiezas a entenderme. —En el escaparate correcto, abro la puerta.
Dark Allure es diminuta, una pequeña tienda entre un restaurante indio y
un salón de manicura. Podría comprar el aceite que me gusta usar para
masturbarme en un sitio más práctico, pero me gusta recorrer los pasillos.
La gente hace cosas muy raras. El primer expositor es tranquilo, sólo una
hilera de tapones para el culo de buen tamaño, pero a la vuelta de la
esquina, sé que hay algunos dispositivos metálicos de castidad—. ¿Por qué
no lo convertimos en un juego? ¿Cursi o vergonzoso?
142 Me entiende enseguida y esboza una sonrisa.
—De acuerdo.
—¿Cariño? —le digo justo antes de perderla en los pasillos.
Mira por encima del hombro.
—Sí.
—Y elige lo que quieras. Pero elige bien, porque lo que compres lo
usaré contigo más tarde.
Se sonroja, pero me sostiene la mirada un momento antes de
apresurarse por el pasillo.
Curioseo por la parte delantera de la tienda, que tiene algunos
disfraces para juegos de rol, y tomo de la estantería el aceite perfumado de
jazmín y bergamota. Tengo que presentárselo a Penny. La veo buscando en
una caja de anillos para pollas y tomo un plug anal de cola de zorro antes
de dirigirme hacia ella. Está tan absorta mirando las distintas opciones que
no se da cuenta de mi presencia hasta que le pongo la cola delante de su
rostro.
—¡Cooper! —dice riéndose—. ¿Qué es eso?
—Es casi Halloween. Podrías ser un zorro; tienes cabello para ello.
—Ugh, no. Esa es la definición literal de vergonzoso.
Señalo el anillo para pollas que tiene en la mano. Es rosa intenso y la
etiqueta dice que lo fabrica una empresa llamada The Big O.
—Vibra, qué bonito. ¿Es cursi?
—Me imagino a alguien que se lo compre a su marido porque las cosas
se han puesto rancias. —Mira un par de esposas de peluche y las muestra—
. Espera, esto es aún más cursi. Siempre que pienso en porno, esto es lo
que me viene a la mente.
—¿Nunca has visto nada?
Niega.
—Me quedo con mis novelas románticas picantes, gracias.
—Qué raro.
—Prefiero imaginarme a los chicos exactamente como yo quiero.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es?
Sonríe dulcemente.
—¿No te gustaría saberlo? ¿Dónde están todos los consoladores?
—En la pared del fondo.
143 Va a mirar, pero yo me quedo atrás, distraído por un maniquí que
lleva un corsé de cuero. A Penny le quedaría de puta madre. ¿Y si le pusiera
tacones y se recogiera el cabello? Creo que me daría un infarto.
Me fijo en una estantería de cintas de vídeo, de las antiguas, ni
siquiera DVD, llenas de porno vintage, y las hojeo. Algunas de las chicas de
las portadas están tan buenas que me gustaría poder reproducirlas. Sin
embargo, la única pelirroja del grupo no le hace justicia a mi Red. Hay un
trípode en la estantería sobre ellas, uno pequeño que podría colocarse
encima de una cómoda para facilitar un vídeo sexual casero. Sonrío y lo
tomo. ¿Esto cuenta como algo cursi o sólo como algo vergonzoso? Nunca me
he parado a pensar cuántos vídeos sexuales caseros malos debe de haber
en el mundo, pero estoy seguro de que la respuesta es demasiados.
Sostengo el trípode mientras me dirijo a la pared de consoladores del
fondo. Penny lleva una caja rosa bajo el brazo y mira los vibradores con
expresión seria.
—Oye, Pen. ¿Vídeo sexual? ¿Cursi o vergonzoso?
Me mira. Lo meneo, pero en lugar de reírse como hizo con el plug anal
de cola de zorro, su expresión se apaga.
—Deja eso.
—Creo que es vergonzoso, pero supongo que si...
—Bájalo —vuelve a decir, cortándome el rollo.
—¿Estás bien? —le digo mientras vuelvo a dejar el trípode sobre la
mesa.
Se muerde el labio. Todo su cuerpo parece rígido, como si alguien le
hubiera dado una descarga eléctrica. No sé qué demonios he hecho, pero
está claro que ha sido algo, porque está tensa. Levanta la caja rosa.
—Voy a tomarla.
—Penny.
Me adelanta y se dirige a la caja registradora.
La alcanzo a toda prisa y saco mi cartera.
—Ya lo tengo.
Me mira.
—Este es el caro.
—Bien. —Le doy la tarjeta de crédito a la cajera, que me mira con
interés antes de escanear el código de barras.
—Tienes un gusto excelente —dice—. Ojalá tuviera un novio que me
comprara vibradores de lujo.
—No es mi novio —dice Penny automáticamente—. Es mi...
144
—Educador sexual —digo mientras pongo también el aceite en la
encimera.
Pone los ojos en blanco.
—No.
—¿Qué? Es apto. Tengo más experiencia que tú y te estoy enseñando
las cuerdas. Como un profesor.
Se tapa el rostro con la mano.
—No puedo llevarte a ninguna parte. —Mira a la cajera—. Casi le dice
lo mismo a su hermano en el almuerzo.
—Vaya —dice la cajera, mirando entre los dos—. Eso es un poco raro.
—Y ahora parece que no puedo callarme, porque te lo estoy contando
—añade Penny. Me fulmina con la mirada—. ¿Por qué me pones tan
parlanchina?
—Supongo que te sientes cómoda conmigo —le digo. Creo que es la
verdad, pero, por desgracia, eso hace que arrugue la nariz. ¿Qué tenía el
trípode que la ponía tan nerviosa? ¿Alguna vez ha intentado grabar algo?
Eso no suena a ella; acaba de admitir que nunca ha visto porno. Es un bicho
raro entre las sábanas, seguro, pero no me parece el tipo de persona que
quiera que otras personas, aparte de su pareja, vean su placer. Pero se
supone que es un día divertido, así que cuando veo un pequeño vibrador
con mando a distancia, lo tomo de la estantería y lo deslizo hasta la cajera.
Lo menos que puedo hacer es compensarla tachando otro punto de su lista.
—¿Viene cargado?

145
Penny

En cuanto estamos en el tren, Cooper nos conduce a un vagón como


en el que estuvimos la última vez. Tiene una mirada que hace que se me
retuerza el estómago; no sé qué tiene planeado, pero no es otra hora de
charla. Menos mal, porque no quiero pensar, y mucho menos hablar, de lo
que pasó en la tienda con el trípode.
Me besa mientras nos sentamos, esta vez en el mismo lado, y me pone
la mano en el muslo, por debajo de la falda. La Penny de antes sabía lo que
hacía cuando optó por la falda y medias hoy.
—Callahan —murmuro mientras traza un dibujo sin sentido en las
medias—. ¿Qué estás haciendo?
—¿Qué número es el sexo en público?
El rubor prácticamente estalla en mi rostro. Esto es perfecto; no
somos los únicos en el tren, pero no hay tanta gente como para que nos
interrumpan. Una pizca de peligro, pero no tanto como para hacerme dudar.
—Semipúblico. Y es el seis.
—Adelantándome un poco —dice mientras me besa el cuello—.
Todavía tengo que follarte el culo pronto, cariño. Pero no aquí. —Me clava
las uñas en las medias y me las rompe para llegar a las bragas.
—Eran mis medias buenas —protesto, la voz se me va apagando
mientras me frota con los nudillos la parte delantera de las bragas.
146 —Te compraré unas nuevas. —Sigue besándome el cuello, me
desenrolla el pañuelo y lo tira en el asiento de enfrente—. Te compraré diez
pares nuevas. Las que quieras.
Desde luego, no pestañeó al comprarme un consolador de ciento
cincuenta dólares, así que no dudo de que me llevaría al centro comercial a
comprar medias nuevas. Es fácil olvidarlo porque no parece un chico rico,
nada que ver con el tipo de chico rico de Preston, pero su familia está
forrada. Mientras rebusca en la bolsa de Dark Allure, sigue provocándome
con las bragas y el nivel de excitación subyacente que siento cada vez que
estoy cerca de él aumenta. Cuando encuentra el vibrador teledirigido,
maldice el envoltorio; se lo quito de las manos y lo abro en el momento exacto
en que también me estropea las bragas.
—¡Cooper! —digo, escandalizada. Las medias son una cosa, ¿pero mi
ropa interior? Definitivamente me debe unas nuevas—. Te comportas como
un bárbaro.
—Se me ha puesto dura desde la tienda —dice contra la oreja—.
Mierda, tú también estás mojada. Eres una pequeña zorra.
Las palabras me hacen gemir, inclinando la cabeza contra el asiento.
El tren se pone en marcha y las luces se atenúan a medida que avanzamos
por el túnel. Durante un par de largos minutos, no puedo ver nada más que
las luces de las farolas que pasan a nuestro lado en borrones naranjas, y no
puedo concentrarme en nada más que en los dedos de Cooper acariciando
mi clítoris.
—Quiero meter los dedos —me murmura al oído—. ¿Puedo meterte
los dedos aquí mismo, donde cualquiera pueda vernos en cuanto salgamos
del túnel?
Asiento contra su hombro; ahora mismo no me fío de las palabras. Me
mete uno de sus dedos largos y gruesos, deliciosamente despacio, y yo
vuelvo a gemir, agarrando el aire hasta que apoyo la mano en su brazo. Me
besa el costado de la cabeza y añade otro dedo, apretándolos con fuerza.
Grito, pero afortunadamente el silbato del tren se traga el sonido.
El mundo que nos rodea vuelve a estallar en luz. Cooper sigue
metiéndome los dedos, inclinando el cuerpo para ocultarme todo lo posible.
Es como si no quisiera que nadie me viera, no solo porque sería mortificante,
sino porque me quiere solo para él. Justo cuando empiezo a balancearme
contra él, apretando con fuerza para mantener sus dedos dentro, se relaja.
Lo miro suplicante, con una protesta ya en los labios, pero él agarra
el pequeño vibrador, que ahora veo que tiene la forma, abstracta pero
reconocible, de un zorro, con una nariz puntiaguda perfecta para rozar un
clítoris, y lo mete contra mis pliegues. Me baja la falda. Me aliso el jersey.
Podrías mirarnos sin encontrar nada fuera de lo normal, aparte del bulto de
sus pantalones y mi rubor, claro.
147 Sonríe mientras sostiene el mando a distancia.
—No hagas ruido, nena.
Me muerdo el labio mientras enciende el vibrador. El repentino
movimiento me hace jadear, pero él me besa para amortiguar el ruido,
mientras me acaricia la falda con la mano. Oculta el mando en la palma de
la mano; pulsa otro botón y el ritmo cambia. La cola del vibrador, apenas
introducida dentro de mí, vibra rápidamente, mientras que la cabeza, y esa
nariz nudosa, chocando justo contra mi clítoris, pulsa con movimientos
largos y lentos. Creo que va a ser difícil no correrme en unos treinta
segundos, por mucho ruido que haga, cuando se abre la puerta del tren.
Me muerdo el labio con tanta fuerza que me duele. Cooper ni siquiera
pestañea; se limita a cruzar el tobillo sobre la rodilla y sacar el teléfono
mientras se acerca la revisora, una mujer mayor de cabello rizado. Somos
los únicos dos en el vagón, así que se dirige hacia nosotros sonriendo.
—¿Tickets? —pregunta.
—Aquí tiene —dice Cooper, tendiéndole el teléfono.
—Perfecto —dice mientras escanea los tickets—. ¿Qué han hecho hoy?
Espero que algo divertido.
—Somos estudiantes de McKee —dice Cooper. Me rodea con el brazo
despreocupadamente, y entonces debe de volver a pulsar el botón del mando
a distancia, porque las vibraciones aumentan en ambos extremos del
juguete. Es todo lo que puedo hacer para no gemir en voz alta, ansiosa de
alivio—. Acabamos de comer con mi hermano y su prometida.
—Qué bien —dice—. ¿Conoces la ciudad?
Cooper, el muy cabrón, charla con la revisora durante unos minutos
mientras cambia las velocidades y los ritmos del juguete. Yo me limito a
sonreír con fuerza, tratando desesperadamente de evitar que se note lo que
está pasando mediante un jadeo o un gemido inoportuno. No es que quiera
que pare, no quiero. Sólo quiero correrme, arrodillarme y chuparle la polla
hasta que vuelva a llamarme zorra.
Cuando por fin me corro, apaga bruscamente el vibrador. Me quedo
con la boca abierta; estoy a punto de echarle la bronca por ser tan cabrón,
pero antes de que pueda, me quita el vibrador, lo mete en la bolsa de plástico
de la tienda y me arrastra hasta el cuarto de baño que hay al final del vagón.
—¿Qué...?
—Tengo unas ganas locas de probarte —me dice mientras me aprieta
contra la puerta y cierra el pestillo. El tren se balancea y casi me caigo, pero
él me sostiene. Parece tan desesperado como yo, se relame los labios y lleva
la gorra de béisbol hacia atrás. Juraría que sus iris son varios tonos más
148 oscuros. Se arrodilla en el suelo, que debe de estar más sucio que el armario
donde nos enrollamos la primera vez, y mete la cabeza en mi falda.
Las estrellas estallan en mi campo de visión cuando su lengua me
pasa por el clítoris. Gime como si fuera él quien recibe el placer, acariciando
mis pliegues con la barba.
—Eres mi sabor favorito en todo el maldito mundo.
Le quito la gorra de béisbol de la cabeza para agarrarle el cabello y
ponerle su rostro justo donde quiero. El tren se balancea de nuevo y casi me
voy con él; tengo las piernas como gelatina, pero él me salva antes de que lo
estropee todo dándome un golpe en el lavabo metálico empotrado en la
pared. Mi placer alcanza el punto máximo al que había llegado durante toda
la conversación con la revisora. Si me aprieta un poco más, si me mete un
dedo o me muerde, me corro en su boca. Sin embargo, sigue provocándome
y sus palabras resuenan en mi mente como una bola de pinball.
Eso es lo que dicen los chicos, ¿no? El placer los hace divagar. Nunca
te puedes fiar de lo que dice un chico en la cama. O en el baño de un tren,
por lo visto.
La puerta suena fuerte. Me quedo paralizada, pero Cooper sigue. Me
meto el puño en la boca para no hacer ruido, y menos mal, porque me mete
dos dedos a la vez. Lo aprieto y él gime, vuelve su boca hacia mi muslo y me
muerde. En respuesta, clavo los dedos en su cabello y tiro con fuerza.
Quienquiera que esté al otro lado vuelve a intentar abrir la puerta.
Reprimo una risita histérica. Si se rompe la cerradura y nos prohíben entrar
en Metro-North para siempre, obligaré a Cooper a llevarme a la ciudad
siempre que quiera.
—Fantástico —dice una voz. Escucho atentamente el sonido de los
pasos y, cuando veo que no están a punto de entrar, me relajo, pero sólo por
un momento, porque Cooper parece decidido a hacerme perder cualquier
atisbo de decencia que me quede. Cuando introduce un tercer dedo, caigo
en picado y suelto el puño para poder gritar.
Se levanta al instante, toma mi rostro con las manos y se inclina para
besarme. Me saboreo en su lengua mientras meto la mano en sus
pantalones y lo agarro con fuerza. Gime en mi boca y me aprieta contra la
puerta con tanto peso que me siento deliciosamente atrapada. El tren se
detiene, cosa que agradezco porque aún me siento tambaleante, pero me
gustaría mucho estar de rodillas para devolverle el favor. Cuando ve a dónde
quiero llegar, se apoya en la pared con la mano y deja caer la otra sobre mi
cabello.
Cuando fui al baño con Bex, me preguntó si estábamos saliendo. Le
dije la verdad, un no rotundo, pero ahora me lo imagino de forma más
concreta. ¿Sería así? ¿Viajes de un día a la ciudad, citas dobles con su
hermano? ¿Sexo alucinante y conversaciones profundas sobre literatura?
149 Quizá una etiqueta lo cambiaría todo. Tal vez nos obligaría a entrar en un
terreno que ninguno de los dos está preparado para manejar.
Cuando me lo meto en la boca, suspira, como si realmente le estuviera
ofreciendo un alivio muy necesario y esperado, y me pasa la mano por el
cabello. Lo miro a través de las pestañas; tiene los ojos cerrados y la boca
floja. Es tan hermoso que duele. Estoy demasiado asustada para nombrar,
ni siquiera en mi mente, el zarcillo de emoción que me recorre.
Cambiaría las cosas inexorablemente. Podría perder cualquier
relación que haya reconstruido con mi padre. Dudo que pudiera soportarlo.
Seguir La Lista nos da estructura. Somos amigos, pero hay condiciones. Una
fecha de caducidad invisible. Necesito las cuerdas para atarme, y una vez
que él sea capitán, todo esto probablemente se esfumará. Tanto la amistad
como las citas.
Pero no puedo negar que no me he sentido tan feliz o asentada en
mucho tiempo. Aquí, concretamente, de rodillas en un baño de un tren en
marcha, esperando poder beberme la corrida del chico que acaba de decirme
que soy su sabor favorito de todos.
¿Soy todo lo que la familia de Preston dijo que soy?
No me dolió cuando Cooper me llamó zorra. Me sentí apreciada.
Especial. Sé que lo dijo en el mismo sentido en que me llama Red. Pero ya
me habían llamado así antes, y entonces me dolió más que casi nada.
Tal vez entre los dos, hay un camino a seguir.
Sólo que no puede ser Cooper a mi lado cuando lo descubra.

150
Penny

23 de Octubre

Mia: ¿El hizo qué?


Penny: Lo sé.
Mia: Mierda.
Penny: LO SÉ.
Mia: Esto es aún más salvaje que lo del bondage.
Bien por ti.
Penny: Ni siquiera yo puedo. Es como un cachorro gigante un
segundo, y un lobo al siguiente.
Mia: Suena como una buena inspiración para tu libro.
Penny: Puede que le haya cambiado el nombre.
Por Callum.
Mia: Oh, chica.
Penny: Lo sé.
Mia: Lol RIP.

151
Cooper

Penny suelta un suspiro y se desploma en el suelo.


Levanto la vista de mi ejemplar de Othello. Al cabo de un momento,
cuando queda claro que está decidida a hacer de la polvorienta parte inferior
de la mesa su nuevo hogar, dejo el libro en el suelo y también me meto
debajo. La mesa no es muy grande, pero merece la pena cuando la veo
sonreír. Me acerco. Cuando esta mañana me la he encontrado al salir del
gimnasio y me ha invitado a ir a la biblioteca con ella, no he podido evitar
decirle que sí. Estaba tan linda con su jersey verde bosque y su falda negra
plisada, su collar de mariposas doradas brillando en el hueco de su
garganta, que no podría haber dicho que no aunque lo hubiera intentado.
Dejé que me guiara y me arrastró por tres estrechos tramos de
escaleras hasta aquel pequeño rincón. Durante medio segundo pensé que
sólo quería un lugar más bien privado para enrollarse, pero entonces se
sentó y sacó un libro de texto gigantesco, así que rebusqué en mi bolso en
busca de Othello y el cutre cuaderno de periodista que utilizo para tomar
apuntes. Eso fue hace una hora. Ha sido tortuoso, aunque hemos estado
charlando, así que no la culpo por necesitar el descanso.
—Esto es un desastre —susurra.
—¿Por qué susurras?
—Es una biblioteca.
—Estamos tan metidos en las estanterías que dudo que nadie más
152 que nosotros haya estado aquí en la última década.
—Aun así. Es respetuoso con los libros.
—¿Eres una de esas personas? —pregunto, con la voz tan baja como
la suya—. ¿Nunca has pasado de página en tu vida?
—Esa copia de Othello es horrible.
—Lo compré usado.
—Aun así. Te he estado observando.
Sonrío.
—Te distraigo, lo sé.
—Debería estar estudiando. —Pone una mala expresión y cruza los
brazos sobre el pecho—. Es que lo odio tanto. Y odio que lo odie, lo que lo
hace peor.
La emoción en su voz, ese borde de tambaleo, me hace acercarme y
poner mi mano en su rodilla. Me paso la lengua por el labio. Quiero besarla,
pero consigo contenerme.
—Lo siento.
En lugar de eso, me besa, sorprendiéndome con la fuerza de sus labios
contra los míos, sus delicados dedos entrelazados en mi cabello. No hemos
follado desde hace un par de días en el tren, y cada segundo valió la pena
por el dolor en mis rodillas. Vuelvo a ser consciente de que estamos debajo
de una mesa, escondidos en un rincón olvidado de la biblioteca, pero justo
cuando mi polla se estremece de interés, se aparta.
—Gracias —dice, con voz suave como una nube.
—Deberías dejar de pensar en eso —le digo, intentando sonar normal
en vez del lujurioso que me gustaría ser ahora mismo. La forma en que su
falda cae sobre sus muslos es prácticamente criminal—. Háblame de tu
libro.
Niega con la cabeza, pero sonríe.
—Has estado esperando una oportunidad para sacarlo.
—Puede ser. Pero cuéntamelo en la mesa, soy demasiado grande para
estar aquí debajo.
Resopla, pero vuelve a sentarse frente a mí. Se estaba haciendo
estrecho debajo de la mesa, pero lo que realmente necesitaba era algo de
separación. Un minuto más y habría estropeado otro par de sus medias.
—Es una novela romántica —dice.
—Me lo imaginaba.
Pone los ojos entrecerrados, como si esperara que me riera. Levanto
153 las cejas.
—¿Qué tipo de novela romántica?
Suspira, se deshace la trenza y se sacude el cabello.
—Ni siquiera sé si es bueno.
—¿Y qué? Sigue siendo genial que lo hagas.
—Gracias —dice ella—. No sé, lo intento lo mejor que puedo. Hay
tantos autores a los que admiro, y la idea de inventar una historia que a
alguien le pueda gustar tanto...
—Es mágico.
Sonríe.
—Sí, es mágico.
—No soy ni de lejos tan creativo, así que estoy jodidamente
impresionado. —Le doy un codazo con mi zapatilla por debajo de la mesa—
. ¿De qué va?
—Es un romance de fantasía. Básicamente, este lobo cambiaformas
tiene que aparearse para hacerse cargo de la manada después de que su
padre muere.
—¿Y él no quiere?
—En realidad no, pero sabe que es importante, así que está
intentando encontrar a alguien cuando esta mujer humana se cruza en su
camino. Ella está huyendo de su abusivo ex y necesita un lugar donde
quedarse, así que él la deja esconderse con él.
—Eso suena genial.
Sus mejillas se sonrojan.
—No tienes que fingir.
—No estoy fingiendo. —Me inclino sobre la mesa y le tiendo la mano.
Lleva un anillo con una pequeña luna y estrellas martilladas en el metal; me
pregunto si se lo puso porque le recordaba a su libro—. Supongo que están
hechos el uno para el otro.
—Básicamente. Pero él necesita aparearse con un lobo, así que si ella
quiere estar con él, tiene que aceptar ser mordida.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro.
—Qué pervertido.
—Algo así —admite, con un sonrojo cada vez más intenso—. Es sexy
y muy divertido de escribir, aunque debería estar centrada en la
universidad.
—¿Puedo leerlo?
154 Aparta la mano.
—Nadie lo ha hecho excepto Mia. Y no es que esté terminado.
Levanto las manos.
—No tengo que criticarlo ni nada. Además, seguro que es genial.
Se queda callada un momento, claramente considerándolo.
—Tal vez.
—Para mí es suficiente.
Mueve ligeramente la cabeza.
—Qué raro eres.
—Somos igual de raros. —Miro mi libro. Tengo que terminar de leer
esto y empezar a escribir mi respuesta, pero en lugar de eso, hojeo una
página en blanco de mi cuaderno y dibujo un anzuelo—. ¿Quieres jugar al
ahorcado?
—¿En serio? ¿Al ahorcado?
—Tienes aún menos ganas de estudiar que yo ahora mismo. —Escribo
espacios para la palabra en la que estoy pensando: verosimilitud—. Apuesto
a que no adivinas la palabra que tengo en mente.
—¿Es incorregible? —pregunta secamente.
—No.
—Pareces demasiado satisfecho de ti mismo.
—Porque nunca la adivinarás.
Entrecierra los ojos; ahora hay un brillo competitivo en ellos. Cruza
los brazos sobre el pecho y se inclina sobre la mesa.
—Dame una pista.
—Es larga.
Mira el papel.
—Una de verdad.
—Es un sustantivo.
—Te odio.
Relleno la primera letra y la golpeo con el bolígrafo.
—Ya está. Si ganas, te compro lo que quieras de la máquina
expendedora. Pero si gano yo, me mandas tu libro.
Suspira, parece molesta, pero me doy cuenta de que está dispuesta a
jugar. Me tiende la mano para que se la estreche.
—Trato hecho. Prepárate para darme un festín de caramelos,
155 Callahan.
—Ni hablar, Red.
Cooper

29 de Octubre

Red Penny: Es muy lindo que le compres el equipo a Ryan.


Callahan: Me alegro mucho de que su madre accediera a inscribirlo
en el equipo.
Se merece lo mejor.
Red Penny: Qué tierno.
Callahan: Mi tío me compró mi primer par de patines.
Red Penny: Me preguntaba cómo te metiste en el hockey, dado tu
padre y todo eso.
Callahan: Sí, fue mi tío Blake. Hace tiempo que no lo veo, pero me
enseñó a patinar y me llevó a mi primer partido.
Red Penny: ¿Por qué no lo has visto?
Callahan: Es una larga historia, pero básicamente, ha luchado
contra la adicción. Está en California, lo ha estado la mayor
parte de mi vida.
Red Penny: Lo siento.
¿Te has puesto en contacto con él?
Callahan: Mi padre se volvería loco si lo hiciera.
156 Supongo que el patinaje siempre estuvo en tus planes.
Red Penny: ¿Entre mi padre entrenador de hockey y mi madre
patinadora profesional? Sí, era inevitable.

31 de Octubre

Callahan: No puedo creer que tenga que estar en UMass para


Halloween. El universo me está castigando
Red Penny: ¿Tú específicamente?
Callahan: Debe ser una venganza cósmica por la temporada pasada.
Red Penny: Eso es muy filosófico de tu parte.
Callahan: Ni siquiera puedo beber después del partido porque mi
habitación está al lado de la de tu padre.
Red Penny: LMAO 16 eso es hilarante.
Callahan: La verdadera tragedia es que no podemos hablar por
teléfono.
Red Penny: ¿Cuál es tu palabra favorita?
Ah, sí. Incorregible
Eres incorregible
Callahan: Pero tienes razón, eso apesta. Supongo que tendrás que
imaginarme usando mi nuevo juguete ;)

3 de Noviembre

Penny de la suerte: Gracias por convencerme de ir a las horas de


oficina... Creo que por fin entiendo la patogénesis.
Callahan: Estupendo.
¿Quieres salir más tarde? ¿Tu padre canceló el entrenamiento?
Penny de la suerte: Estoy en casa ahora mismo, está enfermo así
que le traje algo de sopa.
Callahan: Oh, está bien.
Espero que se sienta mejor pronto.
Penny de la suerte: ¿Pero te veré mañana?
Callahan: Ryan está tan emocionado de que vayamos a su partido.
157
Penny de la suerte: Todavía no puedo superar lo emocionado que
estaba cuando le enseñaste a patinar hacia atrás.

16
Laughing My Ass Off, que en español es Partiéndose el culo de la risa, es una versión
actualizada de LOL.
8 de Noviembre

Penny de la suerte: Todo lo que digo es que podrían haber hecho a


los orcos un poco menos asquerosos.
¡Voy a tener pesadillas, Coop!
Callahan: Nunca me llames Coop.
Además, tus palabras fueron ¿por qué los orcos no son sexys?
PENELOPE.
Penny de la suerte: Nunca me llames Penelope.
Si vieras un orco de novela romántica, lo entenderías.
Mmm, sobremordida ;P
Callahan: Eres un bicho raro.
Penny de la suerte: Tú también lo eres. ¿Un sueño húmedo en el que
tenía orejas de elfo? Callahan, por favor.
Callahan: Disculpa, pensé que habíamos acordado dejar eso.
Penny de la suerte: ...
Callahan: Acordamos dejar eso, ¿verdad? ¿Verdad, Red?

11 de Noviembre

Penny: Mia se está enrollando con un chico que conoció en


Tinder... reza por mis oídos
Callahan: ?!En cambio?
Penny: ¿Tres días es demasiado para ti?
Callahan: Tengo un partido mañana...
158 Penny: Tienes que recogerme.
Y voy a llevar a Mark Antony.
Callahan: Todavía no puedo creer que dejaras que Mia nombrara a tu
nuevo amigo.
Nos vemos en quince.
Cooper

En cuanto veo a Penny abrir la puerta de un empujón y bajar


corriendo las escaleras hacia mi camioneta, sé que está planeando algo.
En primer lugar, nunca la había visto llevar un abrigo tan largo; hace
frío, pero no tanto. Dos, tiene el cabello empapado y la semana pasada me
dijo que odiaba salir sin secarse el cabello.
Ah, y tercero, tiene un enorme consolador rosa en la mano. El regalo
que le hice en Dark Allure, para ser exactos, y que su compañera de piso ha
bautizado como Mark Antony por razones que ninguna de las dos ha
conseguido explicar sin desternillarse de risa. Estoy tan distraído por el
hecho de que no lo haya metido en una bolsa ni nada parecido que me olvido
de abrir la puerta del copiloto. Golpea la ventanilla con el consolador
mientras baila un poco para entrar en calor.
Bajo la ventanilla en lugar de abrir la puerta.
—Pareces trastornada.
—¡Me estoy congelando las tetas! Abre la puerta.
Cuando lo hago, se sube y me besa sin pensárselo dos veces.
Últimamente nos pasa mucho: nos besamos con la ropa puesta y todo. Es
como si nuestro beso bajo la mesa de la biblioteca hubiera abierto esa
posibilidad. No lo odio, de hecho, me gusta más de lo que debería, pero
siempre me sorprende. Se abre el abrigo.
—Mierda —digo.
159
¿He tenido un accidente de auto de camino aquí y este es el último
esfuerzo de mi cerebro para despertarme del coma? Es imposible que Penny
lleve esas botas hasta el muslo que tanto me gustan y un body negro de
encaje. Me pellizco en el brazo y me duele muchísimo, así que supongo que
no estoy soñando.
Lleva labial oscuro. Su boca se curva en una deliciosa sonrisa
mientras observa mi expresión.
—¿Te gusta?
—¿Gustarme? —Le digo. Mi voz se quiebra como si volviera a ser
adolescente—. Red, ¿estás intentando matarme?
El body está prácticamente pintado; junta sus pequeños pechos en
una curva pegajosa y dulce, y las costillas del traje acentúan su figura de
un modo que me dan ganas de meterla en mi regazo y amoldar mis manos
a sus caderas. El corte del bikini muestra sus muslos a una perfección
deliciosa. Mi polla palpita. Deseo tanto estar dentro de ella que no puedo
pensar con claridad.
—Dijiste que tenías que relajarte —dice. Lo dije, no con tantas
palabras, pero ella lo entendió y fue mucho más allá—. Ahora date prisa, no
me he duchado en vano.
—¿Por qué lo hiciste? —le pregunto, apartando de mala gana la
mirada para poder concentrarme en que volvamos a mi casa de una pieza.
—Para que me folles el culo, claro —dice.
Piso el freno y prácticamente estaciono la camioneta. Sus ojos se
abren de par en par, como si no tuviera ni puta idea de lo que me está dando
ahora mismo. Quiero follarle el coño, claro que sí, pero después de su
reacción a la sugerencia, no he vuelto a insistir. Si llegamos al final de la
lista, ese será el último hurra. ¿Pero follarme su dulce trasero? No puedo
dejar de fantasear con ello. El otro día le metí un dedo en el culo, se lo lamí
también después de un azote, y se corrió tan fuerte que casi lloro.
Me inclino y la beso. Probablemente estoy estropeando su labial, pero
me importa una mierda. Huele a limpio, a lavanda y menta, y me lame la
boca como si se muriera por probarme. Nos besamos durante lo que deben
ser un par de minutos; mis manos se enredan en su cabello mojado y las
suyas se acercan para aferrarse a mi espalda. Pero al final me veo obligado
a separarme. Si avanzamos más, o me distraigo demasiado para conducir o
me corro en los pantalones, y ninguna de las dos cosas suena tan apetecible
cuando dentro de una hora puedo estar por fin con Penny en algún sitio que
no sea su suave boca.
Cuando llegamos a la casa, doy gracias al universo de que Izzy haya
salido con sus amigos y Sebastian esté... dondequiera que esté, no lo sé y
160 no me importa ahora que no es el único que tiene acción, y llevo a Penny
directamente de la camioneta a mi dormitorio. Está riendo, sin aliento,
retorciéndose en mis brazos con el consolador aún agarrado en la mano. La
tumbo en la cama y me quedo embobado viéndola. Tiene el abrigo abierto,
el pecho hinchado y está como para comérsela.
—Callahan —dice, sentándose sobre los codos—. Habría presionado
para esto antes si hubiera sabido que te convertiría en un hombre lobo.
—¿Es eso lo que hacen tus hombres lobo? —digo mientras me arranco
la chaqueta y la tiro a un lado. Me quito la camisa y sigo con los pantalones.
Ella se quita el abrigo y lo tira al suelo, pero por suerte no toca el resto—.
¿Secuestran a mujeres desprevenidas y las llevan a sus guaridas?
—A veces —dice con descaro.
Me uno a ella en la cama, la estrecho entre mis brazos y le beso el
cuello. Raspo con los dientes la columna de su garganta solo para sentir
cómo se estremece.
—¿Qué me dices de esto? —murmuro.
Su respiración se entrecorta.
—Siempre —dice. Sus uñas me arañan la espalda desnuda—. Sabes
que a un monstruo le gusta morder.
Entonces la muerdo, ligeramente, arrancándole un gemido ahogado.
—¿Es eso lo que quieres, cariño? ¿Un mordisco?
—Mientras venga con tu polla.
—Ahí está mi chica. —Me incorporo y paso la mano por su muslo
desnudo. Su piel es suave, pálida y salpicada de esas pecas de las que nunca
me canso—. ¿De verdad quieres que te folle el culo?
Asiente y las palabras se le escapan de la boca.
—Por favor, es en lo único que he podido pensar.
La beso de nuevo.
—Date la vuelta.
—No rompas esto —advierte.
—Seré un perfecto caballero —le digo, aunque en realidad, aunque lo
rompiera, me limitaría a comprarle cinco más en los colores que ella
quisiera. Un azul muñeca le quedaría precioso, aunque el negro es llamativo
con su tez.
Empiezo por las botas, las abro de una en una y las dejo caer al suelo.
Subo las manos por la parte de atrás de sus piernas y aprieto el culo de
encaje con las palmas. Hay una cremallera en el lateral del body. Se la bajo
lentamente, centímetro a centímetro, besando y mordisqueando su nuca
mientras lo hago. Luego se la quito, le acaricio las tetas y le rozo los pezones
161 con los pulgares. Gime y me agarra del brazo mientras me mira por encima
del hombro.
—Cuéntame cómo lo llevas, ¿de acuerdo? —digo besándole la frente—
. Podemos parar en cualquier momento.
Asiente.
—Estoy lista.
No oigo ninguna duda en su voz, así que tomo lubricante y un
preservativo de la mesita. Le paso una mano por la espalda.
—Manos y rodillas, cariño.
Se pone en posición, temblorosa, con la cabeza apoyada en las
almohadas de la cama. Me doy un momento para contemplar su culo
perfecto antes de golpearlo ligeramente. Su suave grito hace que se me
tensen las pelotas; quiero penetrarla de inmediato. Pero no puedo. Nuestro
acuerdo implica darle las experiencias que desea, y es la primera vez que
prueba el sexo anal. Tengo que ir despacio. Se trata de ella, no de mí, aunque
fui yo quien pidió la cita.
Deslizo los dedos y le doy un beso en la nuca fría. Se estremece. Le
acaricio el costado con la mano libre y le froto el culo con el dedo.
—Relájate, Red. Te tengo. Como la última vez.
Respira hondo y suelta el aire lentamente mientras le meto el dedo.
—Yo también me he metido un dedo aquí antes —dice.
La imagen mental es tan excitante que tengo que parar un segundo,
pero sacudo la cabeza y me obligo a concentrarme. La he visto tocarse antes;
hace varias semanas, pasamos una noche memorable en su dormitorio,
donde ella utilizó su viejo juguete mientras yo me acariciaba. Me corrí en
sus tetas y se las lamí hasta dejarlas limpias, y después me quedé viendo
The Bachelor con ella y Mia. Pensar en sus finos dedos haciendo algo tan
sucio hace que me apriete más a su cadera.
Le meto los dos dedos siguientes despacio, estirando un poco cada
vez. Tiembla, gime, con la cabeza girada hacia un lado y la boca abierta
mientras se somete a mis sucias caricias. Cuando se vuelve a apretar contra
mí cada vez que retrocedo, muriéndose por más contacto, enrollo el condón
en mi polla y me acaricio un par de veces con una mano resbaladiza.
—Respira. Déjame entrar.
Asiente, jadeando cuando separo sus glúteos. La primera presión de
la cabeza de mi polla contra su culo la hace jadear, enroscando las manos
en las sábanas. Ahora está de rodillas y con los codos; engancho mi mano a
su alrededor para extenderla sobre su vientre, anclándola en el ángulo que
quiero.
162
Cuando estoy dentro del todo, disfrutando de su calor, aprieto los
labios contra su nuca. Me cuesta quedarme quieto, pero tengo que dejar que
se adapte. Le froto el clítoris mientras le rozo el hombro con la boca, con la
esperanza de provocar placer a pesar de la incomodidad que siente.
—Dime qué se siente.
Se limita a gemir. Sonrío contra su piel.
—Usa tus palabras. ¿Te parece bien?
—Sí —jadea—. Mierda, qué grande eres.
Suelto una carcajada.
—Lo sé. Me estás tomando muy bien.
—¿Sí?
—Sí, cariño. —Empujo superficialmente; el movimiento nos hace
gemir a los dos—. Te estás portando muy bien. Es como si tu cuerpo
estuviera hecho para mí.
Las palabras son como una hierba para ella. Prácticamente puedo
sentir su sonrisa, cómo se relaja. La ternura me llena el pecho y se extiende
por todas partes: el corazón, los pulmones, entre las costillas, asentándose
en mi estómago como un gran trago de chocolate caliente en una mañana
invernal. No puedo dejar de sonreír. Es la chica más dulce que he tenido
nunca y, si he de ser sincero, me está arruinando para cualquier otra.
—Muévete —ruega—. Por favor, lo necesito.
Lo necesita como yo lo necesito. Muevo las caderas mientras la follo
con más energía, creando un ritmo entre mis largas embestidas y las
caricias contra su clítoris. Va a correrse así, puedo sentirlo, llena de mi polla
y con la respiración entrecortada. Me duelen las pelotas; tengo que apretar
el culo para no correrme antes de tiempo. Está gimiendo tan fuerte que me
alegro de que seamos los únicos en la casa.
—Penny —gimo—. Penelope. Chica preciosa.
—Méteme el consolador en el coño —jadea—. Por favor, puedo
soportarlo. Está en la lista.
Tartamudeo, perdiendo el ritmo.
—¿Qué, Mark Antony?
—Cooper —gimotea.
Cruzo la cama y lo tomo.
—Así se llama, ¿verdad?
Suelta una risita, y el sonido es como puro sol.
163 —Ni se te ocurra, Callahan. ¿Lo vas a meter o no?
Me distrae la forma en que frunce el ceño, su labio inferior
sobresaliendo en un mohín. Ojalá pudiera besarla desde su ángulo, pero
tengo que conformarme con presionar el consolador contra su agujero. Deja
caer la frente sobre la cama, temblando ahora como si estuviera a punto de
caerse a pedazos; debe de estar a punto. Se lo meto sin rodeos, ya que está
lo bastante resbaladiza como para chorrear, y suspira cuando le lleno los
dos agujeros, como si hubiera estado esperando este momento y ahora por
fin pudiera disfrutar. Apenas consigo darle dos embestidas más antes de
que se corra, y su placer, la forma en que su cuerpo me agarra con fuerza y
no me suelta, me lleva al límite.
Pasa mucho tiempo antes de que ninguno de los dos nos movamos.
Se queda sin huesos y gime cuando lo saco, llevándome el juguete. Me pongo
un par de bóxers para no exhibirme accidentalmente ante mis hermanos si
alguno de los dos llega a casa y me dirijo al baño del pasillo en busca de una
toallita. Cuando vuelvo, Penny está en la misma posición. La recojo en mis
brazos, me besa cansada y apoya la cabeza en mi hombro mientras la limpio.
—Chica bonita —suspiro. La beso de nuevo, larga y lentamente,
disfrutando de su peso contra mi pecho.
—¿Te sientes más relajado?
—Me siento como si pudiera salir mañana al hielo y conseguir un hat
trick.
—Bien. Llevo años deseando esto, así que gracias. —Se acurruca aún
más—. ¿Está bien si yo...
Le paso el brazo por el medio.
—No te vas a ir ahora.
—¿Oh, no? —bromea.
—No cuando por fin tenemos que llegar a El Retorno del Rey. —Vuelvo
a bajarme de la cama y rebusco en mi cómoda un jersey que Penny pueda
ponerse, ya que ha venido prácticamente sin nada puesto, y se lo tiro antes
de acercarme a mi bolsa de ropa.
Se pone el jersey por encima de la cabeza.
—Por favor, dime que Aragorn se pone aún más caliente.
—Sí —le digo, sobre todo para oír su dulce risa—. Atención.
Saco la bolsa de gomitas de un bolsillo lateral y se la tiro. La toma y
sus ojos se iluminan cuando se da cuenta de lo que es.
—¿Gomitas?
Me rasco la nuca.
164 —Acabo de recordar que te gustan.
Su sonrisa hace que se me corte la respiración.
—Qué amable. —Abre la bolsa y se mete una en la boca—. ¿Hay
alguien en casa? ¿Puedo ir primero al baño?
Un par de minutos después, nos acomodamos en la cama con mi
portátil en equilibrio sobre una almohada frente a nosotros. Penny se ha
subido a mi regazo al volver del baño, así que somos una maraña de
miembros, pero no me importa. En cuanto a vistas de El Señor de los Anillos,
esta ha sido mi favorita, y he visto estas películas casi una docena de veces.
Penny me pone un par de ositos de goma en la palma de la mano.
Cuando se gira para besarme, su aliento huele a azúcar.
—Gracias —dice—. Aunque huelan mal. ¿Por qué estaban en tu
mochila? Dudo que mi padre quiera que coman caramelos en el banquillo.
—Siempre me gusta tener un snack cerca. —La verdad es que los
compré y los puse en mi bolso de equipo para un momento como este. Sabía
que sonreiría, y quería ver que esa sonrisa se producía gracias a mí.
Conseguí exactamente eso, y aunque me alegro de que folláramos,
realmente me siento más relajado, listo para apretarme el cinturón y
concentrarme en vencer a Merrimack, es en esa sonrisa en la que pensaré
cuando salga al hielo mañana.
Pulso el botón de reproducción de la película.
—Te prohíbo que grites cuando aparecen los orcos.
—¡Pero es que son tan asquerosos!

165
Penny

No tenía pensado ir al partido contra Merrimack, pero Dani, Allison y


Will nos invitan a Mia y a mí, y parece un viernes por la noche mejor que
quedarse hasta tarde en la biblioteca, así que tiro de los privilegios de la hija
del entrenador para conseguirnos asientos en primera fila, justo detrás de
una de las porterías. De camino al Markley Center, nos encontramos con
Sebastian e Izzy, que van al partido con la amiga de Izzy de la noche de la
fiesta de Haverhill, Victoria, al parecer, Victoria se enrolló con el portero,
Aaron Rembeau, y puede que estén saliendo, pero ella no está segura y
quiere reivindicarse, y dos amigos de Sebastian del equipo de béisbol, Rafael
y Hunter.
En un extraño giro del destino con el que estoy casi segura, pero no
del todo, que Cooper no tiene nada que ver, todos tenemos asientos en la
misma fila, así que cuando empieza el partido, hemos pasado de ser dos
grupos a uno grande, listos para la fiesta. Rafael y Hunter tienen veintiún
años, así que nos traen cervezas para compartir, y Mia ha metido de
contrabando no una, sino dos petacas. Mientras McKee sale patinando de
púrpura real, con los bastones en alto para agradecer las ovaciones y los
gritos, yo bebo un buen trago de whisky. Me quema, pero aguanto... al
menos hasta que veo la “C” en la camiseta de Cooper.
Es una mala idea, terrible, pero me pongo en pie de un salto y golpeo
el cristal, gritando su nombre. Me ve, en realidad, nos ve a todos, y se acerca
166 patinando.
Sebastian suelta la pregunta antes que yo.
—¿Te ha nombrado capitán?
Cooper parece aturdido, sinceramente. Su camiseta de hockey está
impecable, sin un hilo fuera de su sitio. Mi padre debió de dárselo en el
vestuario. Cooper y yo somos amigos ahora. Si ya lo supiera, me habría
dicho algo. Se mira la camiseta, como si viera la “C” por primera vez.
—Sí —dice—. No dijo mucho. Sólo dijo que me lo había ganado y me
lo dio.
—Felicidades, hombre —dice Sebastian, golpeando el vaso con la
palma de la mano. Mia y el resto corean sus felicitaciones.
—¡Esto es increíble! —dice Izzy—. ¡Mamá y papá van a alucinar!
—Suena como mi padre —digo yo. Estoy absorta en su imagen, con
las protecciones puestas, tiene un aspecto formidable, joder, y me dan ganas
de subirme a él como a un árbol y quitarle el casco de la cabeza para tirarle
del cabello, pero entonces el árbitro hace sonar el silbato, arruinando el
momento.
—Disfruten del partido —dice golpeando el cristal con el guante—.
Fiesta con todos ustedes más tarde, ¿bien? No se diviertan mucho sin mí. E
Izzy, espera, quiero decírselo yo.
Se va patinando. Me quedo de pie junto al cristal, con la mano
apoyada en él. Si mi padre echa un vistazo, se preguntará qué estoy
haciendo, actuando como una WAG 17 enamorada. Necesito sentarme,
despejar la mente y disfrutar del partido, pero no puedo moverme. Estoy
extasiada por Cooper, sé lo mucho que significa para él, pero cuando
llegamos a un acuerdo, dijimos que lo mantendríamos hasta que se
convirtiera en capitán.
Ahora ya lo es, y si antes no había recuperado su juego, ahora sí.
Podrá tener a la chica que quiera, porque ¿quién no querría acostarse con
el capitán del equipo de hockey? Combina su estatus con su reputación,
que sé de primera mano que vale cada palabra, y no tendrá que preocuparse
de relajarse antes de los partidos durante el resto de la temporada o la
siguiente, y mucho menos cuando se gradúe y consiga el suculento contrato
de novato que tanto desea. ¿Por qué querría mantener una relación con una
chica que ni siquiera lo ha dejado follarme el coño cuando podría tener eso
y más, todo en una noche, de cualquier número de chicas que lo acosarán
en cuanto salga del vestuario después del partido?
—Siento lo que dije la noche de la fiesta —dice Sebastian.
Sacudo ligeramente la cabeza mientras lo miro.
167 —¿Qué?
—Fui demasiado duro contigo. Sé que te preocupas por él.
Trago saliva.
—Sí, es un buen tipo. Un buen amigo.
Sebastian se limita a asentir. Patéticamente, quiero preguntarle qué
ha dicho Cooper de mí. Quiero, necesito, que la respuesta sea lo que acabo
de decir. Es una buena amiga.

17
WAG (Wifes and Girlfriends) es un acrónimo que se emplea para hacer referencia a las
esposas y novias de deportistas de élite.
Aunque deseo desesperadamente seguir repasando La Lista con él y
solo con él, esta es la salida que ambos necesitamos. Y como no soporto
oírlo de él, necesito ser yo quien lo diga primero.

McKee aplasta a Merrimack 7-0. Es un marcador tan alto para el


hockey que resulta difícil de creer, pero todo el equipo ejerció una presión
increíble en el primer periodo, y no aflojó en ningún momento. Para deleite
de Victoria, Aaron Rembeau realizó varias paradas espectaculares. Veo
cómo se reúne con él a la salida de los vestuarios y, si antes estaba
preocupada por su situación, la forma en que se le iluminan los ojos cuando
va a saludarla con un beso acaba con todo.
—Genial, primero vamos a Red's —le dice Sebastian a Mia. Los dos se
han encargado de organizar la fiesta. Me da pánico intentar usar mi
identidad falsa en un bar por el que podría entrar mi padre en cualquier
momento, así que me tomaré un refresco allí, pero merecerá la pena celebrar
la victoria con el equipo.
Cooper sale de los vestuarios con Evan, recién duchado y con una
expresión de asombro.
Cuando nos ve, sonríe.
—¿Cómo han llegado hasta aquí?
—Penny ha conseguido entrar —dice Sebastian. Le da una palmada
en la espalda a Cooper—. ¿Cómo está el capitán?
—Agotado —dice. Ha jugado un partido limpio, sin sanciones, y ha
demostrado sus habilidades. Espero que hubiera un reclutador de la NHL
168 en las gradas, o que al menos grabara este partido, porque mostró lo mejor
de él. Algunos jugadores de hockey, sobre todo los defensas, confían en su
físico para mantener el disco lejos de la portería rival, pero Cooper es un
verdadero jugador de habilidad. Cuando se haga profesional, apostaría a
que lidera la liga en puntos como novato. Esa es una de las razones por las
que mi padre insistía tanto en que mejorara su comportamiento: un jugador
como él debe permanecer en el hielo, no acumular tiempo en el banquillo,
aunque esté listo en cualquier momento para liarse a puñetazos.
—Has estado más de media hora en el hielo —dice Evan secamente—
. El entrenador no pudo mantenerte fuera.
—Llevando la cuenta ahora, ¿huh? —dice Cooper, jugando a golpear
a Evan en el estómago. Aunque Cooper está agotado, tiene energía más que
suficiente para la noche que les espera. Ignoro el destello de deseo que
asoma la cabeza esperanzado. Es hora de aplastarlo.
—Oye, cuando tú juegas, yo juego —dice Evan—. Me estaba
arrastrando al final.
—Gran partido —dice al pasar uno de los otros jugadores, un tipo al
que no reconozco. Otro le da una palmada en el hombro a Cooper y le hace
un gesto con la cabeza, pero su compañero, al que reconozco vagamente
como Brandon Finau, frunce el ceño. Está claro que no todo el mundo está
encantado con la decisión de nombrar capitán a Cooper.
Veo a papá al otro lado del pasillo, hablando con su cuerpo técnico,
así que le doy un tirón de la manga a Cooper. Estoy segura de que me ha
visto en el partido, pero le enviaré un mensaje de felicitación más tarde; no
quiero enzarzarme en una conversación con él ahora mismo. Por no
mencionar que enloquecería si oliera el alcohol en mi aliento.
—Salgamos.
Como todo el mundo está ya un poco borracho, empezamos a caminar
hacia el centro. El frío pica menos con whisky en el estómago, pero sigo
pegada a Cooper. Es como un horno, y es mágico. Me toma de la mano en
cuanto salimos del edificio, y sé que debería apartarme, más exactamente,
debería preguntarle si podemos hablar, pero es demasiado agradable robarle
el calor que irradia como para querer estropearlo aquí fuera, en el frío. El
grupo, Victoria y Aaron, Dani y Will y Allison, Izzy y Mia, Sebastian, Rafael
y Hunter, y también Evan y Jean, se separa de nosotros al girar hacia Main
Street. Me doy cuenta de que ha sido a propósito en el momento en que
Cooper me arrastra detrás de un arbusto y me besa con fuerza en los labios.
Bastardo astuto.
Le rodeo el cuello con los brazos y me pongo de puntillas para hacer
palanca y devolverle el beso. Es automático, tan natural como respirar. Nos
besamos durante al menos cinco minutos, con sus manos bajo mi camisa.
Me estremezco, pero no de frío; las yemas de sus dedos parecen pequeñas
169 llamas de vela. Cuando finalmente se retira, lo hace a regañadientes,
sacando una mano y luego la otra, lamiéndome la boca una vez más antes
de tomar aire.
—Cooper —digo. Mi voz se siente espesa. No estoy ni borracha, pero
por un momento desearía estarlo. Borracha me olvidaría de lo que tiene que
hacer—. Te hicieron capitán.
—Todo gracias a ti, Red —dice.
Mierda, su voz suena tierna. Sacudo la cabeza.
—No. Todo ha sido gracias a ti. Eres tan jodidamente talentoso que
habrías llegado a la primera ronda del draft si te hubieras presentado.
Eso le hace torcer la boca.
—No importa —dice—. Lo que importa es ahora.
—Sí —le digo, aprovechando eso como una balsa salvavidas en aguas
infestadas de tiburones. Solo que los tiburones no son tiburones, son
sentimientos, y de verdad, de verdad que no quiero que me devoren. No
cuando sé que la salida, al final, está llena de dolor—. Tienes lo que querías.
No… tenemos que seguir haciendo esto. No te sientas obligado cuando estoy
segura de que hay como media docena de chicas en Red's ahora mismo,
esperando a que entres.
Se queda callado tanto tiempo que casi me repito, pero entonces se
mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y mira al suelo cubierto de
escarcha.
—¿Es eso lo que quieres?

170
Penny

Lo miro fijamente durante un largo y congelado instante.


Sí.
No.
No, no es lo que quiero, pero no puedo enamorarme de él, y él no
puede enamorarse de mí, y en algún lugar entre bromas sobre libros y
estúpidas conversaciones por SMS y ositos de gomitas y sexo tan bueno que
me hace llorar, pienso que eso es lo que podría estar pasando, y si cedo y
todo se hace añicos, si mi vida se hace añicos por tercera puta vez...
—Sí —consigo decir, aunque me duele el pecho como si alguien lo
hubiera golpeado con un yunque—. Es lo que quiero.
—Pero no terminamos tu lista.
—Está... está bien. Es lo que sea.
—Y una mierda —dice, su mirada busca la mía. Se pasa la mano por
el cabello húmedo—. Penny, ¿por qué mientes? ¿Qué ha pasado?
Abro la boca, no sé para decir qué, pero antes de que pueda enredarme
en mis pensamientos, un maullido lastimero rompe el silencio.
—¿Era un gato? —dice, mirando a su alrededor.
Caigo de rodillas, me limpio furtivamente las mejillas para
deshacerme de las lágrimas rebeldes y miro debajo del arbusto.
171 —Dios mío, hay un gatito.
Cooper también se arrodilla y me pone la mano en el brazo para evitar
que me meta en el arbusto.
—Espera, podría morder. Deja que lo haga yo.
Hurga con cuidado en la parte inferior del arbusto. Suena otro
maullido, esta vez más fuerte, y saca un gato naranja y delgado con grandes
ojos color ámbar. No estoy segura de cuántos años tiene, pero si tuviera que
adivinar, sólo un par de meses. Sisea y le enseña los dientes a Cooper. Alargo
la mano para tomarlo y Cooper lo deposita con cuidado en mis brazos. Se
acurruca en el pliegue de mi codo y le lanza una mirada que indica
claramente que cree que yo soy la mejor opción.
—¿Sabes que nunca he interactuado con un gato? —dice Cooper.
—¿Nunca?
—Nunca. Ten cuidado, podría tener rabia.
—Lo dudo. —Acaricio mi dedo entre sus orejas, y maúlla de nuevo,
sonando mucho menos molesto. Debía de estar helándose debajo de ese
arbusto—. Me pregunto qué hace aquí, hace frío.
—¿No hay ninguna etiqueta?
—Nada.
—Qué raro —dice, pasándose las manos por las rodillas antes de
enderezarse—. ¿Deberíamos... llevarlo al parque de bomberos o algo así?
Levanto una ceja mientras me pongo de pie.
—¿Eso no es para bebés?
—Probablemente. —Mira la cosa como si esperara que empezara a
aullar como una alma en pena—. Ten cuidado, Pen. Podría hacerte daño.
Me río.
—Cooper, es un gatito de un kilo. Difícilmente amenazador.
—No me fío.
—Deja de comportarte como un bebé. Mira, es lindo. —Lo levanto.
Vuelve a maullar, golpeando el aire con una patita—. Tuve un gato cuando
era pequeña, son animales adorables.
—Los perros son animales adorables —dice—. Los gatos son seres
mágicos con malas intenciones.
Abrazo al gatito contra mi pecho. Necesita un baño y comida. Ni
siquiera puedo tener un gato en mi dormitorio, pero ya espero que cuando
lo llevemos al veterinario no le encuentren un microchip. Si acaso, puedo
intentar convencer a mi padre para que lo acoja.
172 —¿Puede quedarse en tu casa esta noche?
Arruga la nariz.
—Está bien. Llevémoslo a casa. No podemos llevarlo al bar.
Meto al gatito en mi abrigo, cosa que debe de agradecer porque me
recompensa con un ronroneo.
—Creo que es ella.
Enviamos un mensaje a Mia y Sebastian, respectivamente, y nos
dirigimos a su casa. Es cobarde, pero tener algo inmediato en lo que
concentrarme hace que sea fácil ignorar nuestra conversación inacabada.
Ni siquiera nos sentimos incómodos mientras caminamos juntos, y no
puedo decidir si eso es positivo o negativo.
Cuando llegamos a la casa, Cooper se dirige directamente a la cocina.
Toma un cuenco, lo llena de agua y saca una lata de atún de la despensa.
—Probablemente esto esté bien para dárselo, ¿no?
Me acomodo en el suelo, sentada con las piernas cruzadas, y saco al
gato, sujetándolo para que no se escape.
—Sí. Sólo un poco. Puede que sólo quiera el agua por ahora.
Echa un poco de atún en otro cuenco y deja los dos en el suelo. Se
sienta de espaldas a la nevera y mira a la gatita con una expresión de duda
que normalmente se reservaría para el queso un poco caducado, pero
percibo un destello de alivio cuando ella toma el agua y bebe un par de
sorbos.
Le acaricio la espalda.
—¿Puedo bañarla en tu lavabo?
—Claro, cariño.
Trago saliva.
—Callahan.
—No quiero cambiar las cosas, Penny. —Alarga la mano
tentativamente y frota la oreja de la gatita. Ella lo mira, pero no retrocede ni
nada. Aunque no es una recién nacida, por suerte, sigue siendo pequeñita,
y su mano parece tan grande en comparación—. Empezamos algo y quiero
terminarlo. No quiero acostarme con nadie más ahora mismo.
Me muerdo el labio.
—¿Qué pasó con los ligues de una sola vez?
—He cambiado las reglas por ti. —Se acerca, me toma la barbilla con
la mano y me levanta la cabeza para que nos miremos a los ojos. Trago
saliva; parece tan intenso como cuando un golpe lo estampó contra las
tablas justo delante de nuestros ojos al final del segundo periodo—. Dime
173 que de verdad quieres parar y lo respetaré, pero si me preguntas, quiero
seguir.
Sería inteligente poner distancia entre nosotros. Tratar de ser sólo
amigos. Pero él se dio cuenta de que estaba mintiendo, y no me atrevo a
intentarlo dos veces. No cuando mi corazón late como un martillo y me
muero de ganas de besarlo, me cuesta pensar con claridad.
—Bien, pero no estamos saliendo —consigo decir.
—Lo sé. —Me pasa el pulgar por la mejilla—. Hay mucho más que
quiero hacer contigo.
—Enséñamelo —susurro.
Se inclina y me besa con fuerza en los labios, pero la gatita maúlla
con fuerza. Los dos sucumbimos a la risa, separándonos cuando la gatita
salta al regazo de Cooper; la desconfianza inicial parece desvanecerse
rápidamente. Él la toma, mirándola a los ojos, y ella estira la mano para
golpearle la nariz.
—Además —dice—, necesito que seamos buenos. Ahora somos padres
de gatos.
Cuando se levanta, lo sigo. Me entrega a la gatita, limpia el fregadero
y deja correr el agua.
—Creía que ni siquiera te gustaban los gatos —le digo.
—No me gustan —responde—. Me gusta esta gatita. Mañana vamos a
llevarla al veterinario y, si no es de nadie, nos la quedamos. Así que
abróchate el cinturón, porque tú eres mamá y yo soy papá.
—Si somos sus padres —digo, intentando mantener la voz uniforme,
aunque realmente me gustaría soltar un grito de felicidad—, necesita un
nombre. La gata que tuve de pequeña se llamaba Lady.
Por alguna razón, eso le hace soltar un bufido.
—Lo siento —dice, comprobando la temperatura del agua con el
dedo—. Me hace pensar en Juego de Tronos. Que vamos a ver a
continuación, por cierto.
—Um, no. Iba a sugerir Crepúsculo.
—Veremos los dos. —Me mira a mí y a la gatita—. Tangerine 18.
—¿Qué?
—Su nombre. Debería ser Tangerine.
La levanto. No parece importarle el nombre, necesariamente, pero eso
puede ser sólo porque está mirando el lavabo como si supiera que está a
punto de sufrir la indignidad de un baño.

174 —¿Tangy 19?


Me besa.
—Sí, como tú. Tu gusto, al menos.
—Cooper.
Sonríe.
—¿Qué?
—Eres lo peor.

18
Mandarina en español.
19
Caliente en español.
—Claro —dice, sus ojos prácticamente brillando de diversión—. Ven
aquí, madre de los gatos.

175
Penny

Nunca he tenido fiebre de bebé, aparte de la reacción ocasional a una


escena kink de crianza bien escrita, pero si me convierto en padre, creo que
va a ser algo como esto. En la última semana, Cooper y yo hemos enviado
mensajes de texto sobre nada más que Tangerine. El horario de alimentación
de Tangerine. Las vacunas de Tangerine en el veterinario. El progreso de
Tangerine con la caja de arena. Anoche la coló en mi dormitorio y le hizo
galletas con sus patitas en el pecho mientras veíamos Eclipse. No para de
decir que aún le está tomando cariño, pero ya he visto las fotos que manda.
Está obsesionado con ella, y yo también, y esa pareja con el bebé pequeñito
que vimos en Target hace un par de días mientras le comprábamos a
Tangerine una cama adecuada para gatos no tiene nada que envidiarnos.
En estos momentos, sin embargo, Tangerine está mirando fijamente
a Cooper mientras él intenta, una y otra vez, sin éxito, enseñarle a jugar a
la pelota. Termino de garabatear una respuesta en mi cuaderno de
laboratorio y los miro. Estoy boca abajo en su cama, con los deberes
esparcidos a mi alrededor. Había estado trabajando en un trabajo, pero el
aburrimiento acabó venciendo y ahora está en el suelo, sentado con las
piernas cruzadas mientras Tangerine lo mira fijamente.
—No va a hacerlo —le digo.
—Lo hará —insiste Cooper—. Antes estaba interesada en ello. Tangy,
enséñale a Penny en qué hemos estado trabajando.
Tangerine se limita a mover la cola, parpadeando con sus ojos
176 brillantes. Su collar, de color rosa fuerte y cubierto de brillantes desde que
Izzy vino con nosotros a Petsmart a comprarlo, destaca sobre su pelaje ahora
brillante. No se parece en nada a la de hace una semana, embarrada y medio
congelada; juraría que ya ha engordado medio kilo.
Vuelve a lanzarle el ratón de juguete y ella vuelve a mirarlo pasar por
encima de su cabeza con un leve interés. Él suspira y le rasca entre las
orejas.
—Está bien —dice—. Si es sólo entre tú y papá, no pasa nada.
Ordeno los papeles de mi carpeta. El informe de laboratorio en el que
he estado trabajando durante la última hora es, por decirlo amablemente,
un desastre. He tenido que rehacer las cuentas del paso uno unas diecisiete
veces. Y ahora no encuentro la hoja de recopilación de datos que necesito
para pasar a la siguiente sección.
—Mierda.
—¿Pasa algo?
—He dejado algo que necesito en casa de mi padre. —Me siento,
mordiéndome el labio mientras miro la hora en mi teléfono—. Esto es para
mañana; tengo que ir a buscarlo.
—Puedo llevarte.
—Sólo está como a tres manzanas.
—Caminaré contigo, entonces. Dijiste que había salido, ¿no?
Suspiro mientras me deslizo fuera de la cama y agarro mis botas.
—Sí. No me lo dijo, pero creo que está en una cita.
Sonríe, tomando a Tangerine para darle un beso antes de depositarla
en la cama.
—Vamos, entrenador.
Pongo los ojos en blanco.
—Ni siquiera me importaría. No es que quiera que esté solo. Pero es
tan reservado al respecto, como si pensara que me voy a morir si me entero
de que tiene novia.
—¿Sabes quién es?
—Tengo una idea, pero no estoy segura. —Abro la puerta y Tangerine
salta de la cama de forma bastante atlética, corriendo hacia el pasillo. Le
encanta dormir en la cama de Izzy.
—Iz, vamos a salir unos minutos —dice Cooper.
En lugar de contestar, oímos a Izzy gritar:
—¡Tangy! No puedes saltar sobre mi computadora.
177
Resopla mientras nos guía escaleras abajo.
—¿La conozco?
—Sí.
Levanta las cejas.
—Cuéntame.
Nos abrigamos y salimos al frío. No me importaría conducir, en
realidad, pero en caso de que papá esté cerca, no me gustaría que viera la
camioneta de Cooper.
—Creo que es Nikki.
—¿Nuestra jefa Nikki?
—Sí. Se conocen desde hace mucho tiempo. Entrenó con mi madre.
Ella es la que le habló de la posición de entrenador en McKee.
—Huh. Como dije, vamos entrenador. Está muy buena.
Vuelvo a poner los ojos en blanco, pero tiene razón, es guapa. Eso es
todo lo lejos que estoy dispuesta a llegar, así que me siento aliviada cuando
llegamos a la casa. Cuando abro la puerta, Cooper mira a su alrededor como
si estuviera delante de una casa encantada y no de una de las muchas casas
coloniales perfectamente agradables de esta manzana.
—Esto es un poco raro —dice—. Nunca había estado en casa del
entrenador.
—Sigo intentando que organice una cena de equipo aquí —digo
mientras muevo el pomo de la puerta. Es una casa vieja, como la mayoría
de las de esta parte de la ciudad; la puerta principal siempre se atasca
porque ya no está centrada en el marco. No me importa esta casa, pero sigo
echando de menos la que teníamos en Tempe, aunque me pareciera mucho
más pequeña y triste desde que mamá ya no está.
—Sí, siempre hacemos el banquete de invierno en Vesuvio's. —Cooper
me sigue hasta la cocina del fondo. Sobre la mesa, que como de costumbre
está cubierta de carpetas y hojas de estadísticas y el gran bloc de dibujo que
papá utiliza para planificar su libro de jugadas, encuentro la hoja de
recopilación de datos que rellené en el laboratorio a principios de semana.
En algún momento entre empujar toda la basura de la mesa para que
pudiéramos comer la comida para llevar y tomar mis cosas para ir a casa de
Cooper, se me pasó por alto.
—Bien, vámonos —digo. Me doy la vuelta y choco con Cooper, que
está mirando el cuaderno de dibujo.
—Eso nunca funcionaría —dice, frunciendo el ceño mientras traza la
desordenada letra de papá—. A Jean no se le dan bien las feinting 20.
178 Levanto la hoja.
—Ya está. Vámonos.
—¿Y negarme el placer de ver tu dormitorio, Red?
—Créeme, no es nada del otro mundo.
—¿Y si te dijera que viene con una sesión de besos?
Me muerdo la sonrisa.
—Bien. Pero no puedes burlarte de mí póster de Robert Pattinson.

20
Maniobras diseñadas para distraer y engañar a un oponente.
—Como si eso fuera una novedad, cariño. He visto cómo miras a
Edward.
Me acerco para pellizcarlo, pero se aparta a tiempo. Suspiro y subo
las escaleras.
Nos mudamos a Moorbridge antes de mi último año de instituto, así
que pasé un año entero viviendo aquí a tiempo completo antes de empezar
en McKee. Cooper era un estudiante de primer año durante el primer año
de mi padre como entrenador en McKee. Por la razón que sea, es más raro
pensar en mí yendo al instituto de Moorbridge mientras Cooper estaba a
sólo diez minutos que pensar en el año pasado, cuando los dos estábamos
en el campus y no nos cruzamos. Aunque si lo hubiéramos hecho, dudo que
estuviéramos haciendo lo que estamos haciendo ahora.
Acciono el interruptor de la luz del techo. Cooper se queda pensativo.
Una cosa es ver mi dormitorio y otra muy distinta ver una versión de mi
dormitorio de adolescente. Pintura amarilla en las paredes, una alfombra
azul en el suelo. Una pequeña cama individual apoyada en la pared y libros
por todas partes. Mi póster de Crepúsculo, que colgué sobre la cama y nunca
quité, y, por supuesto, una estantería llena de trofeos y medallas, reliquias
de una época de mi vida que ya pasó. Me agacho y me froto la rodilla. El
dolor fantasma siempre aparece cuando pienso en el costo de esos premios.
—Conseguiste el primer lugar muchas veces —dice Cooper.
Sonrío irónicamente.
—Tuve un buen entrenador.
—¿Era tu madre?
—Sí. Otra persona se hizo cargo cuando se puso enferma, pero antes
de eso, ella era mi entrenadora. —Me siento en la cama, tragándome la
oleada de emoción que siempre acompaña al hablar de ella. Sé que podría
parar, y Cooper no me presionaría, pero algo en verlo aquí me hace querer
continuar. Se sienta a mi lado en la cama y me toma la mano con las dos
suyas—. Sé que el estereotipo es como, la madre mala que obliga a su hija
179 a hacer lo mismo que ella, reclamar su gloria, lo que sea, pero ella no era
así.
—¿Cómo era? —pregunta en voz baja.
Le recorro la palma de la mano.
—Era maravillosa. Lo hacía divertido. Hacía todas mis rutinas con
canciones alegres. En mis clases de ballet, bailaba a mi lado. Guardábamos
álbumes de recortes de todas mis competiciones, las notas del programa y
las cintas. Siempre llevaba en el bolso caramelos de goma y gusanos agrios
por si necesitaba animarme. Sé que su carrera terminó porque se quedó
embarazada de mí, pero nunca hizo ver que yo había arruinado su vida. Fui
una sorpresa, pero mis padres me querían.
Sonrío, recordando una vez que regañó a otra madre por gritar a su
hija después de un programa desastroso.
—Ella nunca gritaba. Cuando cometía errores, los repasábamos de
una forma que, de alguna manera, me hacía sentir mejor, aunque la hubiera
cagado, ¿sabes? Me hacía sentir agradecida por haber tenido la oportunidad
de cometer el error y aprender de él.
Mi voz suena gruesa, como siempre que hablo de ella. Ha pasado casi
una década y, sin embargo, no puedo recordar sin llorar. A veces me
pregunto si será así el resto de mi vida, si un día le hablaré de ella a mi hijo
y no pararé de sollozar. Es como si el dolor se volviera a sentir de nuevo,
como si viviera todos los momentos de aquel hospital a la vez.
Cooper me abraza y yo me derrito contra su pecho, agradecida.
—Lo siento —me dice. Hace una mueca de dolor—. Y yo siento haber
dicho eso. Sé que esas palabras no ayudan.
Sacudo la cabeza.
—No pasa nada.
—¿Qué ha pasado? Si quieres compartirlo.
—Tenía cáncer de ovarios. Era muy agresivo. —Me limpio los ojos,
mirándolo—. Tenía el mismo cabello que yo, ya sabes. Este bonito color
pelirrojo. Se le cayó en cuanto empezó la quimio. Yo tenía trece años.
Catorce cuando murió.
Me abraza tan fuerte que me deja sin aliento.
—Me acuerdo por la foto que había en tu mesita de noche en la
residencia. ¿Debería dejar de llamarte Red? ¿Te trae malos recuerdos?
—No. —Me incorporo, moqueando mientras intento esbozar una
sonrisa—. Me gusta mucho. No dejes de hacerlo.
Me roza la frente con los labios.

180 —Gracias por contármelo.


—No hablo de ella lo bastante a menudo. —Mi sonrisa se tambalea de
nuevo—. A papá no le gusta. Creo que aún le duele demasiado.
—Sabes, sería raro besarse bajo la mirada de Edward Cullen —
bromea.
Me río a carcajadas. Ya van tres veces seguidas que su amabilidad me
sorprende. Me pregunta por mi madre. Comprobando que sigo queriendo
que me llame “Red”. Y ahora esto, que sabe exactamente cuándo necesito
humor para no caer en una espiral.
—Nos conocemos desde hace mucho —le digo—. Empecé a leer
Crepúsculo en el hospital. Fue la serie que me hizo enamorarme de la
lectura.
—Bueno, eso lo arregla todo —dice—. Tenemos que hacer un
intercambio de libros. Yo leeré Crepúsculo y tú puedes echarle un vistazo a
El Señor de los Anillos.
Me acerco a la estantería que hay junto a la cama; mis ejemplares,
muy usados, están en el centro del estante superior. Saco el primero y lo
hojeo. Si lo lee, verá todos los pasajes que he subrayado. He leído cientos de
libros desde entonces y sé que la serie no es perfecta, pero sigo adorando
cada una de sus palabras.
—Probablemente no te gusten. Los libros no se parecen en nada a lo
que sueles leer.
—Me gustan las películas —dice—. Y te gustará La Comunidad del
Anillo.
—Bien —le digo—. Pero si me retiro porque no hay suficiente romance,
no...
—¿Bicho? —llama Papá—. ¿Estás en casa?
Se me cae el corazón al suelo.
—Armario —murmuro, empujando a Cooper—. Ve.
Se encierra en el armario en el mismo momento en que papá llama a
mi puerta.

181
Cooper

Desde que empecé a enrollarme, me han metido sin contemplaciones


en armarios en dos ocasiones: una porque la chica con la que me enrollaba
tenía un novio del que no me había hablado, y otra porque sus estrictos
padres habrían enloquecido si hubieran visto que tenía un chico en su
dormitorio. Me he escondido debajo de la cama, debajo de las sábanas y, en
una ocasión memorable, me aferré a la terraza como el puto Romeo
Montesco. Y esas son solo las veces que no me atraparon. Todavía me
estremezco cada vez que recuerdo que me golpearon en el culo con una
zapatilla bien apuntada mientras salía corriendo de una casa en ropa
interior. Aquella abuela tenía algo de brazo.
Pero hasta ahora, nunca me había tomado tan en serio lo de
esconderme. Apenas respiro por si el entrenador lo escucha. No me
preocupa tanto lo que me pueda pasar si me atrapa; solo quiero ahorrarle a
Penny la vergüenza, sobre todo después de que haya sido tan sincera
conmigo sobre su madre.
—Penelope —le dice—, creía que habías vuelto a los dormitorios.
—Lo hice —dice ella. Miro a través de los listones de la puerta, es una
puerta de madera estilo contraventana, lo que significa que tengo una pizca
de vista, pero eso hace aún más probable que el entrenador se dé cuenta de
que pasa algo, mientras ella levanta la hoja de datos del informe de
laboratorio—. Olvidé esto, tuve que volver a por ello.
—Espero que no hayas venido andando desde el campus —dice—. Mia
182 te recogerá, ¿verdad?
—Sí. —Observo cómo se pasa la mano por el cabello—. Tomé un taxi
hasta aquí. Lo necesito para algo que tengo que entregar mañana y no quería
interrumpir tu cita. Por cierto, ¿qué tal ha ido?
Como en respuesta, una mujer llama:
—¿Larry? ¿Va todo bien?
—Bajo enseguida, Nikki —dice el entrenador. Se está sonrojando, cosa
que nunca lo había visto hacer. No sabía que fuera capaz de hacerlo.
—Oh —dice Penny. Ella también se sonroja furiosamente—. Eso es,
um, genial, papá. Tomaré un Uber de vuelta al campus.
—Yo puedo llevarte —dice él.
—No, está bien —dice ella rápidamente—. Deberías pasártelo bien.
—Espero que sigas concentrándote en la universidad —dice el
entrenador, señalando el libro que tiene en las manos—. No quiero que leas
mucho de eso, Pen.
La indignación me invade. Penny cruza los brazos sobre el pecho,
abrazando el libro.
—Sigo haciendo todo lo que tengo que hacer para la universidad.
—No te convertirás en fisioterapeuta a menos que te esfuerces. Ya lo
sabes.
¿Fisioterapeuta? Ni siquiera sabía que ése era el plan de Penny; nunca
lo había mencionado. Me preguntaba por qué estudiaba biología cuando sus
pasiones eran otras. Ahora veo por qué, y por desgracia, lo entiendo. Quiere
hacer feliz a su padre, aunque eso signifique estudiar algo que no le interesa.
Querer hacer feliz a mi padre es la razón por la que estoy en McKee ahora
mismo en lugar de estar ya posiblemente en la liga.
—Lo sé —dice—. Estoy trabajando en ello, lo prometo. Voy a las horas
de oficina todo el tiempo.
—Últimamente pareces distraída —dice él. Se acerca un paso, con la
preocupación dibujada en el rostro—. Me dirías si algo está pasando,
¿verdad? ¿No es algo como Preston?
—No —responde ella. Toma el resto de los libros de la estantería y
mete su hoja de datos en uno de ellos—. No es nada de eso.
—Porque siempre puedes volver a las visitas semanales con la doctora
Faber. Sigues tomando tus pastillas, ¿verdad?
Si es posible, el rubor de su rostro se hace más oscuro. Vuelve a mirar
hacia el armario. Hago una mueca de dolor, deseando ponerme las manos
sobre los oídos, porque esto ha entrado en un terreno que obviamente no
183 me incumbe, pero no quiero arriesgarme a hacer ruido y estropear aún más
las cosas.
—Papá —dice—. En serio, estoy bien. Estoy tomando mis medicinas.
Y releer una serie que me gusta no significa que me vaya a volver loca otra
vez. Ni siquiera es por eso por lo que... lo que sea. Hablamos luego.
Huye del dormitorio. El entrenador Ryder se queda allí un momento,
con los brazos cruzados sobre el pecho. No me doy cuenta hasta que respira
entrecortadamente, pero está llorando. Saca un pañuelo del bolsillo, se
limpia los ojos con cuidado y se aclara la garganta.
—Lo siento, cariño —le dice a Nikki mientras sale del dormitorio—.
¿Puedo traerte esa copa nocturna ahora?
Para cuando salgo por la ventana, me atrevo a saltar al suelo y me
escabullo por la casa, Penny ya está a media manzana. Corro para
alcanzarla. Está llorando, con grandes sollozos que me duelen en el alma.
Cuando le paso el brazo por los hombros, se encoge de hombros.
—Red.
—Cuando lleguemos a tu casa, ¿puedes llevarme?
Me trago las protestas que quiero hacer.
—Claro.
—Gracias.
—Lo siento —suelto.
Me mira.
—¿Por qué? ¿Por oír todo eso? No es culpa tuya que estuvieras allí.
Me aferro al tema más seguro, aunque no dejo de preguntarme quién
es Preston y por qué va al psiquiatra.
—No quieres ser fisioterapeuta.
Resopla.
—No —dice con dificultad—. ¿Pero sabes que a veces te aferras a algo
y no puedes dejarlo ir? Después de mi lesión, me interesé por la fisioterapia
y él me sugirió que me dedicara a ello. No es que tenga mejores ideas, así
que da igual. Es lo que sea.

184 —No es lo que sea. Es tu vida. ¿Qué hay de tu escritura?


—No conoces toda la historia.
—Pues cuéntamela.
Se detiene en la acera, me mira con lágrimas en las mejillas; su aliento
se cristaliza en el aire mientras suspira.
—No puedo —dice, con la voz entrecortada—. No te preocupes.
Pero no puedo dejar de preocuparme. No puedo parar cuando
llegamos a la casa y ella recoge sus cosas. No puedo parar cuando toma mi
ejemplar de La Comunidad del Anillo de la estantería y se lo lleva al pecho
como si fuera un premio. No puedo parar cuando se despide de Tangy con
un abrazo, ni cuando conducimos hacia el campus en silencio, ni cuando
esquiva mi beso al salir de la camioneta. Me preocupo por ella en la cama,
con Tangerine arrimada a mi costado y roncando delicadamente mientras
leo los dos primeros capítulos de Crepúsculo. Mi preocupación está tomando
una forma que sé que no debería tener, pero no puedo hacer que
desaparezca. La semana pasada le dije que no íbamos a salir, y voy a
aferrarme a ello todo lo que pueda, pero cada segundo que pasa mis
sentimientos se adentran en un terreno que nunca antes había sentido.
Me ha hablado de su madre, y tengo su libro favorito en las manos, y
puedo ver su letra de trece años en los márgenes, y ¿no significa algo que
me lo haya ofrecido? Cuando lea La Comunidad del Anillo, verá dónde he
marcado las páginas, dónde he roto el lomo, dónde he escrito pensamientos
durante las relecturas en las que las cosas parecían especialmente mágicas.
Sé que no debería sentir esto por ella, y quizá esté interpretando mal toda
esta situación, pero ella no puede no sentir nada.
Lo siento en el pecho, como algo palpable. No es amistad. Es algo más
profundo. Al final, no podré contenerlo, y me aterra pensar que en el
momento en que eso ocurra, perderé a Penny para siempre.

185
Cooper

—¿No es maravilloso que la semana de descanso de James coincidiera


con esto? —dice mamá en cuanto me abraza.
Llevo horas en el Markley Center preparándome para el partido, pero
me escapo en cuanto oigo que ha llegado mi familia. Todavía no llevo mi
equipo, sólo ropa de entrenamiento, pero después de saludar, tengo que
ponerme el uniforme.
—Por supuesto. —La aprieto fuerte; no he visto a mis padres desde
que empezó el semestre, y la he echado de menos especialmente a ella.
Cuando mamá me suelta, papá se adelanta y me abraza. Me relajo un
instante, porque, aunque ahora soy más alto que él, no lo parece, y es raro
que consiga un abrazo de Richard Callahan. Con suerte, conseguiré otro
después del partido. Les dije a mis hermanos que mantuvieran en secreto
la noticia de ser capitán para poder compartirla con él en persona.
—Es una pena que no podamos quedarnos todo el fin de semana —
dice James mientras nos damos palmaditas en la espalda—. El entrenador
quiere que lleguemos a Texas antes de tiempo.
—Y todavía no me puedo creer que no vayan a estar aquí para Acción
de Gracias —dice mamá con un suspiro.
—Alguien tiene que jugar contra Dallas —dice papá—. Y es un partido
de división.
—Sí, sí —dice mamá agitando la mano—. Al menos tendremos a Bex.
186 Y a la gata, ¿verdad? Estoy deseando conocerla.
—La gata es tan linda —dice Izzy—. Mamá, vas a alucinar.
Bex sonríe y se adelanta para abrazarme también.
—Me he quitado el sombrero de McKee para esto —dice, dándome un
beso en la mejilla—. Es raro, volver al morado.
—Les he conseguido asientos en primera fila —le digo mientras la
acompaño por el estacionamiento. Es un partido a media tarde, el que los
aficionados al hockey de McKee llevan esperando toda la temporada: el
primer partido en casa contra UMass. Alguien empezó a llamarlo el Turkey
Freeze hace años, y el nombre se quedó, ya que tiene lugar justo antes de
las vacaciones de Acción de Gracias. Incluso hay un trofeo, un pavo de
bronce vestido de hockey que nos pasamos según quién gane. Es uno de los
partidos más importantes de la temporada regular que jugamos en Hockey
East. Lo retransmite CBS, y el entrenador ya me ha dicho que es probable
que me entrevisten en algún momento, así que tengo que pensar cómo
quiero presentarme. Mis estadísticas han sido buenas toda la temporada,
pero jugar bien este partido me ayudará a demostrar que soy capaz de
esforzarme incluso en los momentos importantes. Será la primera vez que
vea a Nikolai en casa desde la temporada pasada, pero ya no me preocupa.
Estoy concentrado, y eso significa no prestarle atención, no importa lo que
me diga o los golpes bajos que intente.
—Está justo enfrente de los banquillos.
—Fantástico —dice mamá—. Nos hace mucha ilusión verte jugar,
cariño.
—Esperen a verlo con toda su equipación —dice Izzy socarronamente.
Le doy un codazo en las costillas. Chilla y se aleja de mí bailando—. ¡Cooper!
—Ni una palabra —le advierto.
—¿Qué? —pregunta papá.
—Nada —suelto—. Tengo que ir a los vestuarios, pero he dejado las
entradas en la taquilla. El padre y la hermana pequeña de Evan van a estar
cerca de ustedes y mi amiga Penny.
James me lanza una mirada, que yo ignoro. Dejando a un lado las
reflexiones inoportunas, no es que nada haya cambiado desde el día que
comimos con él y Bex. Penny sigue siendo sólo mi amiga y, en todo caso, las
cosas han estado tensas entre nosotros desde la noche en que su padre casi
me atrapa en su dormitorio. Cuando intenté sacar el tema el otro día, me
miró como si le hubiera pisado la cola a Tangy. No lo he vuelto a intentar.
En el vestuario, la energía es alta. Siempre he intentado animar a los
chicos antes de los partidos, parte de la razón por la que quería ser capitán
en primer lugar, es algo natural, pero ahora, con la “C” en el pecho, siento
la presión con más intensidad. El entrenador Ryder, que hoy luce muy
187 guapo con una camisa morada clara y un traje azul marino, me saluda con
la cabeza mientras pongo cinta adhesiva nueva en mi stick.
¿Sabe la presión a la que está sometiendo a su hija? ¿Sabe cuánto le
duele todavía? Algo me dice que ni siquiera sabe que está escribiendo un
libro.
—¿Has visto ya a tus padres? —me pregunta Evan mientras se ata los
cordones de los patines.
Salgo de mis pensamientos. Lo único que importa ahora es el partido,
aunque siempre que miro al entrenador Ryder pienso en su hija. Llevará el
color púrpura de McKee, pero no será mi camiseta.
—Sí, acabo de acompañarlos. Se van a sentar cerca de tu padre y tu
hermana.
—Genial. Quizá después podamos cenar juntos.
—Callahan —dice el entrenador—. Me gustaría que dijeras unas
palabras antes de salir.
Le hago un gesto con la cabeza. Ya me lo esperaba. Al otro lado del
vestuario, Brandon frunce el ceño. Cuando el entrenador anunció que me
iba a nombrar capitán, me preocupó que me echara la bronca, pero ha
estado callado, pegado a su equipo mientras yo me pegaba al mío. Una parte
de mí siente que debería vigilarme las espaldas, por si intenta ponerme la
zancadilla de alguna manera, pero es sólo paranoia. Mientras sus
sentimientos no afecten a su juego sobre el hielo, no me importa cuáles
sean. Puede odiarme todo lo que quiera, pero me lo he ganado.
Cuando nos hemos puesto el equipo, nos juntamos en el centro del
vestuario. Hay un cámara en la esquina; no me había fijado en ella hasta
ese momento. Probablemente esté grabando una imagen en directo del
vestuario. Me trago la oleada de nervios y golpeo el suelo con mi stick para
hacer callar a todo el mundo.
—Chicos —digo—. Sé que cuando visitamos UMass hace un par de
semanas, perdimos. Fue duro.
Murmullos de acuerdo. Esa derrota fue una mierda. 1-0 es una
píldora difícil de tragar, especialmente en UMass. Nikolai me abucheó
cuando sonó el timbre y la banda de estudiantes entonó la canción de la
victoria; tuve que respirar hondo y salir patinando del hielo antes de llevar
las cosas en una dirección que no deseaba. Hay algo en el rostro de ese
imbécil que me hace pegarle un puñetazo.
—Pero ahora los tenemos aquí, y desde entonces llevamos una racha
ganadora. El partido contra Merrimack fue una puta joya. —Miro alrededor
del grupo. Evan mira al suelo, balanceándose de un lado a otro. Remmy
parece encerrado, lo que me encanta ver. Jean me hace un gesto con la
188 cabeza, y Mickey también. Incluso Brandon me escucha—. Conocemos
nuestros puntos fuertes. Somos más rápidos que ellos. Nuestro juego de
pase es más fuerte. Tenemos a Remmy, que es un puto mago en la red.
Volvemos aquí después de tres duros periodos de juego con una victoria.
—¡McFucking McKee! —grita Jean. Todo el mundo se ríe, golpeando
sus sticks contra el suelo mientras repetimos sus palabras. Con suerte, la
retransmisión en directo tiene un retraso para que puedan censurar todas
las palabrotas. Espero junto a la puerta y les doy un golpecito en el casco a
todos los que pasan, un gesto de buena suerte que nuestro capitán del año
pasado hacía antes de cada partido.
Salimos a patinar para las presentaciones. Alguien del coro de la
universidad canta el himno nacional mientras toca la banda de estudiantes.
Es un poco incómodo, la verdad. No estoy acostumbrado a tanta pompa y
circunstancia. James sí, seguro; la temporada pasada fue al partido del
campeonato nacional de fútbol americano universitario. Me engancho el
stick sobre los hombros e inclino la cabeza mientras los chicos de UMass
patinan hacia el hielo.
Cuando levanto la cabeza, casi suelto una maldición inoportuna.
Nikolai está de pie justo enfrente de mí... con una “C” en su camiseta
también. Eso no había estado allí en Halloween.
Tienes que estar de broma.
Su boca se tuerce en una sonrisa.
—Parece que ambos tenemos mejoras, Callahan.
—Vuelve a la KHL 21, Volkov.
Se muerde el protector bucal. Más le vale haberlo mejorado también
si no quiere tragarse un diente.
No. Sacudo la cabeza minuciosamente. Tengo que concentrarme, por
mucho que intente presionarme. Miro hacia dónde está mi familia, y Penny,
y me relajo cuando veo su cabello rojo suelto alrededor de los hombros. Es
como un faro de fuego que me conecta a la tierra. Mi padre apoya los codos
en las rodillas y junta los dedos. No es un experto en hockey, pero es un ex
deportista y tendrá mucho que criticar al final del partido. Busco una pizca
de orgullo en su expresión, algo que demuestre que se ha dado cuenta del
cambio de uniforme, pero no hay nada.
Penny me mira. Sonríe y me deja sin aire. Es la maldita perfección. Lo
único que lo haría mejor sería que llevara mi camiseta. Quiero que todos en
el estadio, incluso su padre, sepan que es mía.
Sólo puedo esperar que un día me deje tenerla. No sólo en la cama, y
no sólo como amigos. La quiero toda, cada parte, las que ya conozco y adoro,
y las que no, pero espero conocer algún día. Me estoy ganando su confianza
pieza a pieza, y aunque no tengo la imagen completa, sé que cuando la
189 tenga, me encantará.
Cuando el director deportivo de McKee se acerca al micrófono para
presentar el partido, Nikolai se inclina.
—¿Dónde has estado escondiendo a esa hermana tuya, Callahan?
Tendrás que presentármela.
Me pongo el protector bucal en su sitio.
—Chúpamela.

21
Kontinental Hockey League (Liga Continental de Hockey).
Sonríe, su mirada es oscura. Tiene una cicatriz en un lado de su
rostro, como si intentara ser un villano Bond de la era soviética, y un
moretón en la mandíbula que desearía haberle hecho yo.
—¿Y la pelirroja? Parece que da buenas mamadas.
—Gracias —dice el director deportivo. Hay aplausos, pero suenan
apagados, como si vinieran de debajo del agua. Puto imbécil. El árbitro hace
un gesto a Brandon y al central de UMass para que se coloquen en posición
para el saque de banda.
—Cuidado con lo que dices —digo en voz baja—. No hables de mi
hermana ni de mi chica.
Nikolai me sostiene la mirada, pero nos vemos obligados a romperla
cuando el árbitro dice:
—Caballeros. Posiciones.
Patino hasta mi sitio y golpeo dos veces el hielo con el stick. Tengo que
luchar contra el impulso de volver a mirar a Penny. El disco cae. Brandon
se lanza hacia delante, gana la posesión y se la pasa a Mickey mientras
patina hacia la línea azul, y nos vamos.
Juego para mi familia. Por mi padre.
Pero, sobre todo, juego por mi Penny de la suerte.

190
Cooper

Resulta que CBS quiere una entrevista. La periodista me alcanza en


el túnel justo cuando termina el partido. Ganamos en la prórroga, gracias a
un gol precioso de Mickey, y yo sigo sin aliento, sudando como si acabara
de salir de una piscina. He tenido que lanzarme literalmente delante de un
par de tiros a la red, lo que significa que seguro que tendré un montón de
dolores nuevos y extravagantes cuando se me pase la adrenalina.
—Hola Cooper, soy Kacey Green de CBS Sports. ¿Te importa si
charlamos unos minutos? —dice con una sonrisa de cámara. Lleva un
vestido verde pino que complementa su tez morena y, aunque lleva tacones,
apenas me llega al pecho. Me siento como un monstruo enorme y sudoroso
comparado con ella, pero debe de estar acostumbrada, porque si cree que
huelo mal, no lo demuestra.
Me apoyo en mi stick.
—Por supuesto.
—Un partido fantástico —dice—. ¿Sientes que mostró lo que esperas
aportar a la liga?
Hago lo posible por ignorar la cámara que está a su lado mientras me
agacho para hablar por el micrófono. Sería raro hablar de mí después de un
esfuerzo de grupo tan grande, así que digo:
—Gracias, Kacey. Todo el equipo ha jugado muy bien. Tuvimos una
dura derrota contra UMass a principios de temporada, así que es
191 emocionante mantener el trofeo Turkey Freeze aquí un año más.
—Pero hoy lo has dado todo.
—Sí. —Me río un poco, pero me duele el estómago—. Presioné bien,
bloqueé algunos tiros. Ha sido un buen esfuerzo.
—Hace poco te nombraron capitán.
—Sí. Es un honor que el entrenador y el equipo me hayan elegido.
—Tú y Nikolai Abney-Volkov son los defensas mejor clasificados de la
I División de hockey masculino —dice—. Sus estadísticas son casi idénticas
esta temporada. Los Sharks seleccionaron a Volkov en la primera ronda del
primer año en el que ambos eran seleccionables, pero tú decidiste no ser
seleccionado.
Espero una pregunta, pero hace una pausa, así que me limito a
asentir. Maldito Nikolai.
—¿Te arrepientes de haber esperado a llegar a un acuerdo después de
graduarte?
—Yo… —Antes de que empezara la temporada, habría dicho que sí,
que prefería estar a nivel profesional, poniendo toda mi energía en lo único
que más me importa en el mundo. Que me dejasen desguazar y reforzar
nuestra zona y luchar por mi tiempo en el hielo como todos los demás. ¿Pero
ahora? No estoy tan seguro. Si ya estuviera en la liga, no habría conocido a
Penny. Si alguien me diera a elegir entre aguantar el resto de la universidad
o entrar en la liga mañana, no sé qué diría.
Por el rabillo del ojo, veo a mi padre. Está apoyado contra la pared
mientras habla con alguien por teléfono, medio en la sombra, pero puedo
sentir que me mira. Quizá otros padres no llevarían pantalones, camisa de
cuello y camisa de cachemira para ver a sus hijos jugar hockey, pero a él lo
siguen reconociendo allá donde va, así que sus estándares no son los
mismos que los de la mayoría. Técnicamente, ni siquiera puede volver aquí,
pero seguro que alguien lo reconoció y le hizo señas para que pasara.
Discutimos sobre si me alistaría o no durante la mayor parte de mi
último año de instituto. El resentimiento era tan profundo que apenas nos
hablamos durante meses. Ya casi ha desaparecido, es una parte del pasado
que no tengo ningún interés en revivir, pero cuando la pregunta de Kacey
resuena en mi mente y miro a mi padre, que sin duda pudo oír nuestra
conversación, siento el aguijón. Nunca ha entendido en qué se diferencia el
mundo del hockey profesional del fútbol, y tampoco se ha preocupado nunca
por aprender.
—No —le digo—. He ido mejorando con cada partido que juego, y el
entrenador Ryder es una gran parte de ello. Ahora mismo estoy donde tengo
192 que estar, aunque me emociona lo que viene.
—Felicidades de nuevo —dice—. Gracias por tu tiempo.
Le doy las gracias y espero a que la cámara deje de grabar antes de
cruzar el pasillo hacia mi padre.
—Papá —digo, secándome la frente con la manga de la camiseta. No
puedo contener la sonrisa—. ¿Has oído eso?
Termina su llamada, con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—La entrevista.
—¿Hay algo de lo que debería haberme dado cuenta?
Me pongo de puntillas y casi me abalanzo sobre él para abrazarlo, pero
me detengo en el último momento. Estoy empapado en sudor; no querrá que
le estropee la ropa.
—¿Y el cambio de uniforme? Muy genial, ¿verdad?
Me mira de arriba abajo. Me enderezo, porque hace años que me dicen
que vigile mi postura, y me aliso la parte delantera de la camiseta, por si
acaso no ha visto bien la nueva prenda.
—¿No querías decírnoslo de antemano? —dice, estudiándome como si
yo fuera una ruta compleja en un libro de jugadas.
—Quería que fuera una sorpresa.
—Es bueno que tu entrenador haya visto suficientes mejoras en tu
juego y comportamiento.
—He estado trabajando muy duro esta temporada.
—Que es lo que espero de ti —dice—. Los crie a ti y a James para que
fueran capitanes.
—Sí, señor.
¿Por qué pensé que terminaríamos esta conversación sin que
mencionara a James? No importa lo que haga, no importa lo que consiga,
incluso en un deporte diferente, James lo hará primero. Y a papá le gustará
más porque lo hizo en el fútbol.
—Esa pérdida del disco al principio del tercer periodo podría haber
sido un desastre —continúa.
Tiene razón, por supuesto; fue el mayor error que cometí durante el
partido, y no me sorprende que se diera cuenta. Asiento, mordiéndome el
interior de la mejilla. Es una crítica justa, aunque no sea lo que quiero oír
ahora. Cuando repasemos la cinta de este partido, el entrenador dirá lo
mismo. El remedio a las pérdidas del disco es no cometerlas.
—Correcto, señor. Pero, ¿no es genial? Y ya he marcado cuatro goles
193 esta temporada.
El teléfono que tiene en la mano suena. Lo mira y se le tensa la boca.
—Tengo que contestar, hijo. Luego hablamos.
—Espera, papá...
Me da otra palmada en el hombro al pasar.
—No hagas jugadas descuidadas.
Lo veo correr por el pasillo con el teléfono pegado a la oreja. No oigo lo
que dice, pero a juzgar por la expresión de su rostro, no es muy agradable.
Me siento estúpido, de repente; me voy a casa para Acción de Gracias
en menos de una semana, no es como si no fuera a verlo allí. Entonces
podremos hablar más. Pero, aunque lo sé, una parte de mí desearía poder
hablar con él un poco más en este momento. Oír de su boca las palabras
que ansío escuchar. Siempre le dice a James, a Izzy y a Seb lo orgulloso que
está, así que, ¿por qué no me lo dice a mí? Siempre que intento conectar
con él, algo se pierde en la traducción. Si mira a James y se ve a sí mismo,
entonces yo soy el tío Blake, y él sólo está esperando a ver cuándo voy a
joderlo todo.
Estoy a punto de abrir la puerta de los vestuarios cuando veo la gorra
de McKee con el pompón encima.
Es Penny, con expresión de haber visto un fantasma.

194
Penny

Ser la hija del entrenador conlleva una serie de privilegios, como el


acceso a casi cualquier parte del Markley Center. Cuando el guardia frente
a la zona de jugadores me ve, se limita a asentir y decir:
—Adelante, señorita Ryder. —Por supuesto, cree que voy a hablar con
mi padre, pero mi verdadera misión tiene que ver con cierto capitán recién
nombrado.
Cuando me acerco a los vestuarios, siento una oleada de déjà vu. Las
cosas nunca estuvieron a este nivel cuando yo estaba con Preston, un
equipo itinerante de instituto, por mucho talento que tenga, no tiene nada
que envidiar al hockey de la I División, pero puedo sentir el recuerdo
presionando en los bordes de mi mente. El aire acondicionado helado, la
ráfaga de aire húmedo cada vez que se abría la puerta. Los bancos de
madera de los vestuarios, las estridentes risas del equipo cuando entraban
las novias. Preston haciéndome girar en sus brazos, aún con las
protecciones y los patines, susurrándome al oído sobre la fiesta en casa de
Jordan. Sus padres están en Salt Lake. Ha invitado a todo el mundo.
Podemos ver la puesta de sol y fumar, por favor, se me pasará para el próximo
partido, y tú no vuelves al circuito de competición hasta dentro de unas
semanas.
Me apoyo contra la pared mientras se me acelera la respiración.
Sacudo la cabeza y me recuerdo a mí misma: No estoy en Tempe, a punto
de escabullirme a una fiesta en Alta Mira. Estoy en Moorbridge, en el
195 Markley Center. Acabo de ver jugar a los Royals, no a los Nighthawks.
Cooper estaba en el hielo, no Preston. Cooper es a quien estoy a punto de
besar.
Me meto en un hueco, me meto las manos en las mangas de la
chaqueta y respiro hondo un par de veces.
—¿Red? ¿Estás bien?
Levanto la vista y me encuentro con la mirada de Cooper. Sus
profundos ojos azules están llenos de preocupación. Me muerdo el interior
de la mejilla, centrándome en la gota de sudor que corre por un lado de su
rostro, y consigo lo que espero que sea una sonrisa semi-normal.
—Quería verte —le digo—. Muy rápido.
Echa un vistazo al pasillo.
—Tu padre está por aquí. ¿Va todo bien entre ustedes? No quiero
empeorar las cosas.
—Es lo que sea.
—¿Segura?
No lo está, pero no quiero pensar en eso ahora. Resisto el impulso de
pisar fuerte y me conformo con cruzar los brazos sobre el pecho.
—Cállate y ven aquí.
Sonríe y me saca el aire de los pulmones. Esto es lo que estaba
buscando. No Preston, no una torre de recuerdos que he luchado por hacer
añicos. La doctora Faber me ha dado muchos consejos desde que se
convirtió en mi terapeuta, pero uno de mis favoritos siempre ha sido que
crear buenos recuerdos ayuda a que los viejos duelan menos. Nunca volveré
a colarme en aquel vestuario para ver a Preston, y puedo hacer que el
recuerdo se desvanezca un poco más con un buen beso de Cooper.
Cuando me tiene en sus brazos, me toma el rostro con las dos manos
y me besa con ternura. Puedo oler el sudor de su piel mezclado con su
desodorante, y me gusta tanto como me gustó terminar mi rutina justo a
tiempo, escuchando cómo se desvanecía el último estribillo de la música
mientras me quedaba paralizada como una estatua perfecta. No podemos ir
más allá, no aquí, pero eso no significa que mi cuerpo no responda,
despertándose gracias a su tacto. Cuando se separa, hago un ruido suave.
Me recoge el cabello detrás de la oreja.
—¿Segura que estás bien, osita de goma?
Lo dice para hacerme sonreír, estoy segura, y funciona. Parece
contento, como si le hubiera llevado un rato pensar en eso, y es más lindo
de lo que tiene derecho a ser.
Me aclaro la garganta.
196 —Gran partido. Y sin penaltis.
—Sí. —Sacude la cabeza, con una expresión de asombro en su rostro.
Debe de seguir aturdido por haber llegado a ser capitán. Alargo la mano y
tiro de los cordones del cuello de su camiseta. Sólo quiero seguir tocándolo,
y si no puedo arrodillarme aquí mismo en el pasillo para chuparle la polla,
supongo que esto tendrá que bastar—. Me siento tan lúcido ahora mismo.
Es... bueno, no quiero volver a hablar de tu padre, pero es como él dijo.
Volviendo a lo básico, recordándome por qué lo hago...
Asiento.
—Tienes puro amor por lo que acabas de hacer.
—¿Lo echas de menos? —pregunta—. ¿Competir?
—A veces. —Continúo trazando la costura—. Pero a veces creo que lo
que realmente echo de menos es a mi madre.
Asiente.
—Ojalá hubiera podido conocerla.
Se me corta la respiración. Sólo Cooper podía decir algo así tan a la
ligera y hacerlo sonar tan sincero.
—¿Has hablado ya con tu padre? ¿Estaba emocionado?
Espero volver a ver su sonrisa, así que el ceño fruncido me
desconcierta. Mira a su alrededor, pero estamos solos.
—Algo está pasando.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé. Ha sido raro. Estaba distraído y se fue a atender una
llamada antes de que pudiéramos hablar mucho.
Le aprieto el brazo. Anoche estuvimos una hora hablando por teléfono,
charlando, y al menos tres veces mencionó su entusiasmo por que su familia
viniera a ver el partido. No lo dijo abiertamente, pero me di cuenta de lo
mucho que significa para él la aprobación de su padre. A mí me resulta igual
de familiar, pero por motivos completamente distintos.
—Seguro que está emocionado por ti.
—Tal vez.
—Claro que lo está.
Presiona sus dientes delanteros sobre el labio.
—Siempre parece tan fácil para él cuando se trata de James. Izzy y
Sebastian, también. Ellos lo consiguen todo, y yo no siempre puedo
conseguir un mísero abrazo. Porque aparentemente, es tan difícil ser mi
padre. Incluso cuando hago algo genial, no importa, porque James lo hizo
primero.
197 Frunzo el ceño.
—Pero eso es fútbol. Ni siquiera es el mismo deporte.
—Da igual.
—Dudo...
—Siempre ha sido así —me interrumpe—. Es como si... James fuera
el hijo que quería, y yo el extra que tiene que aguantar.
Su voz se quiebra al final de la frase. Puedo ver en la caída de sus
hombros lo mucho que le costó admitirlo. Ha jugado todo un partido de
hockey, uno precioso, y ahora debería estar celebrándolo con sus
compañeros, no preocupándose por lo que piense su padre. Incluso cuando
la relación con mi padre estaba fracturada, nunca dudé de su amor.
—Eso no puede ser lo que piensa. —Lo rodeo con los brazos,
balanceándonos de un lado a otro. No me importa que apeste. Aprieto mi
rostro contra su pecho de todos modos—. Ni que fuera una competición.
—No te ofendas, pero no lo entiendes —dice, soltándose de mí—. Tú
no tienes hermanos. No sabes lo que es estar siempre detrás.
—Pero no estás atrás. Sólo eres un poco más joven. Y haciendo algo
totalmente diferente, de todos modos.
—No se trata de... —Se detiene, trabajando su mandíbula—. Es lo que
sea. Hasta luego.
Me resisto a tenderle la mano; algo me dice que va a alejarse de nuevo,
y no quiero experimentar su rechazo. Nunca lo había visto así, tan
derrotado. Me duele el corazón.
—Cooper, espera. Lo siento.
Se limita a sacudir la cabeza mientras camina por el pasillo hacia los
vestuarios.

198
Penny

23 de Noviembre

Penny: Tienes razón.


No lo entiendo. Pero lo siento.
Callahan: No es que sea tu culpa
Penny: No, pero te mereces algo mejor.
Lo que has hecho hasta ahora esta temporada es increíble. Si él no
puede ver eso, entonces es su pérdida.
Callahan: Gracias, Red.
Penny: <3

24 de Noviembre

Callahan: Papá decidió que todos teníamos que ir a Dallas para ver
el partido de Acción de Gracias de James
Penny: Puedo llevarme a Tangy. Sólo seremos papá y yo y comida
para llevar.

199
26 de Noviembre

Penny: Feliz Día de Acción de Gracias, Callahan.


Callahan: ¿Cómo van las cosas con el entrenador?
Penny: Bien. Aparte del hecho de que sigue preguntando por la
universidad.
No sabe lo mal que se me dan las ciencias.
Callahan: Un poco irónico para la chica que acaba de empujarme a
leer Ice Planet Barbarians.
Penny: Shhh, es toda una fantasía de todos modos.
No se necesitan matemáticas.
Además, terminaste Crepúsculo. ¿Qué se supone que debía hacer?
También... tengo fotos de Tangerine.
Callahan: Envíamelas.
Llevo todo el día atascado escuchando hablar de fútbol.

28 de Noviembre

Penny: Yo también sé que me gustaba más en el cine, pero DIOS


SAM
WISE
Lo amo.
Callahan: ¿Pies de hobbit y todo?
Penny: No me hagas empezar.
Papá pregunta por qué la gata se llama Tangy.
Odio que me hayas hecho eso.
Callahan: Se llama así por la canción de Led Zeppelin.
Penny: No mencionaste eso.
Callahan: Escúchala.
“Tangerine”.
Me recuerda a ti.
Penny: ¿Y la gata?
200

2 de Diciembre

Penny: Estoy jodida.


Callahan: No en unos días.
Penny: No, en serio Voy a suspender química.
Callahan: Mierda.
Lo siento, Pen.
Penny: Acabo de suspender la repetición del último examen. El
profesor ya no puede ayudarme.
Callahan: ¿Puedo hacer algo? Estoy recibiendo un masaje ahora
mismo, pero puedo ir después.
Penny: Ugh, ojalá pudiera darme un masaje.
Callahan: Te daré uno después. Estará bien, lo prometo.
Penny: Se supone que debo declarar mi especialidad el próximo
semestre. Y se supone que es biología con un curso de pre-
medicina.
Callahan: Tu novela es impresionante.
Callahan: ¿Pen?
Penny: No me lo recuerdes. Fue una pérdida de tiempo, debería
haber estado estudiando.
Cooper: No fue una pérdida de tiempo. Eres muy buena escribiendo,
me di cuenta de que era tu trabajo.
Penny: Porque era deprimente.
Cooper: Porque era divertido, y algo raro, y tú eres ambas
cosas...
En el buen sentido.
El personaje de Callum soy yo, ¿verdad? Siempre quise ser un
hombre lobo multimillonario que da muy bien sexo oral.
Al menos la última parte ya es verdad.
Penny: ........Me arrepiento de todo.

8 de Diciembre
201
Penny: Voy al partido de Vermont.
Cooper: Mierda.
Red, va a ser jodidamente difícil mantener mis manos lejos de ti.
Penny: Entonces no lo hagas.
Pero no llevo tu camiseta.
Cooper: Pero llevas la de alguien.
Penny: ¿De qué otra forma sabrá Vermont que estoy en su contra?
Cooper

Echo la cabeza hacia atrás y dejo que el agua caiga en mi rostro.


Aunque el vestuario visitante de Vermont no es nada del otro mundo, la
presión del agua es decente y, ahora mismo, eso es suficiente para evitar
que mi estado de ánimo se deteriore por completo.
Penny vino al partido de Vermont.
La vi de reojo todo el tiempo, el único punto morado en una multitud
verde. Estaba sentada un par de filas detrás de una portería, con el cabello
recogido en una trenza, mordiéndose el labio mientras miraba.
Cuando me mandó un mensaje para decirme que pensaba venir al
último partido antes de la pausa de la temporada, me alegré mucho... y
luego me echó la bronca por llevar la camiseta de otra persona. Nos hemos
bromeado muchas veces, pero verla aparecer en el partido con la camiseta
de Brandon, de todos los jugadores del equipo, me sentó como un golpe en
en el estómago. Ella no sabe los problemas que he tenido con él, pero aun
así.
Es mi chica. Tal vez no sea oficial, pero es la verdad. Es mía, y en
cuanto lo admita, lo gritaré a los cuatro vientos.
Hasta entonces, sin embargo, tengo que aguantar mierda como esta.
Verla animar al equipo mientras lleva el #19 de Brandon en vez de mi #24.
Sabiendo que cuando la vea, si hay alguien cerca, no podré besarla. Pienso
colarme en su dormitorio más tarde, pero no es lo mismo que besarla en el
202 vestíbulo y verla dormir sobre mi hombro en el autobús del equipo. No sé
cuándo, exactamente, me convertí en el tipo de chico que sueña despierto
con ver dormir a una chica, pero con Penny parece natural. Inevitable. Es
como si nunca hubiera salido con nadie más porque estaba esperando que
ella entrara en mi vida. ¿Por qué perdería el tiempo con alguien que no es
ella?
No es que estemos saliendo.
Ese recuerdo me hace fruncir el ceño. Tomo el champú y me enjabono
el cabello. Me duele el costado por un fuerte golpe que debería haber
supuesto un penalti, pero no fue así (el entrenador gritó a los árbitros por
ello) y, a pesar del agua caliente, tengo un escalofrío que no desaparece.
Tomo el jabón, pero antes de que pueda destaparlo, la cortina de la ducha
cruje.
Mis compañeros de equipo son tan impacientes a veces.
—¿No escuchas el agua, imbécil? —llamo a quienquiera que esté ahí
fuera. Hay un montón de duchas, así que no es que esté acaparando el baño.
—¿Así es como hablas con los chicos?
Me asomo por la cortina. Penny está ahí de pie, todavía con esa
camiseta claramente ofensiva, una ceja levantada como si estuviera a punto
de regañarme. Miro a mi alrededor, pero ninguno de mis compañeros ha
salido. Sin embargo, alguien está cantando, horriblemente desafinado;
apostaría, teniendo en cuenta la noche de karaoke en Red's de hace un par
de semanas, a que es Remmy.
—¿Cómo has entrado aquí?
Se encoge de hombros.
—No es importante.
—¿Te interesa verle el culo a otro chico, Red?
Pone los ojos en blanco.
—Aunque así fuera, es sólo una polla. Las pollas, en general, no son
tan especiales.
Pongo expresión de herido.
—Y yo que pensaba que te gustaba mi stick de disco.
Su resoplido es lo bastante fuerte como para que lo oiga el tipo del
baño de al lado, así que cierro el grifo y me sacudo el cabello antes de tomar
la toalla. Penny traga saliva, me mira la entrepierna y se sonroja. La
confianza con la que ha venido se está esfumando, y menos mal. Puede que
sea tan descarada como para salirse con la suya llevando la camiseta, pero
de ninguna manera voy a dejar que lo exhiba después del partido. Me
203 envuelvo las caderas con la toalla y la atraigo hacia mí. Ahoga un grito
contra mi hombro desnudo mientras se retuerce contra mí, pero la agarro
con fuerza.
—¿Creías que podías salirte con la tuya llevando la camiseta de otra
persona, nena? Piénsalo otra vez.
Se estremece cuando le aprieto la mandíbula y le presiono la boca con
el pulgar. Es una imprudencia; cualquiera podría acabar en un segundo y
vernos a los dos aquí de pie, pero no me alejo. No ahora, cuando la tengo
atrapada y mirándome como si no quisiera otra cosa que ser devorada.
Recupera la sonrisa burlona con la que llegó, mordiéndome el pulgar.
—Es sólo una camiseta —dice—. Y te lo dije por adelantado.
—Para torturarme. —Me inclino hacia ella, dejando que sienta mi
aliento contra su oreja. Aunque hace frío en este vestuario sin ropa y ella
lleva la camiseta equivocada, estoy medio empalmado, con la polla pidiendo
atención—. Jodida mocosa, Red. Quítatela antes de que te la arranque del
cuerpo.
Respira entrecortadamente. Me aprieto contra ella, sabiendo que
puede sentir el contorno de mi polla a través de la toalla.
—No lo harías.
Tenso el dobladillo.
—Mírame.
—¿Qué te pasa con lo de destrozar mi ropa?
—Esto no es tuyo. Si fuera mi número, sería tuya.
Sus ojos se abren un poco ante el tono áspero de mi voz. Terminar el
semestre, prepararme para este último partido antes de las vacaciones,
contener la parte de mí que quiere rogarle a Penny que me diga si tengo
alguna posibilidad de ser su novio... todo me ha estado machacando, y la
camiseta es la gota que colma el vaso. Traga saliva con fuerza y esos
preciosos ojos azules me miran. Estoy a dos segundos de ponerme de
rodillas en este vestuario y rogarle que me dé una oportunidad, solo una
oportunidad, de demostrarle cómo han cambiado las cosas para mí y
preguntarle si también están cambiando para ella, cuando la ducha se cierra
en una de las cabinas. Giro la cabeza, pero parece que el universo ha
decidido evitarme al menos un poco de vergüenza, porque es Evan quien
toma su toalla.
Penny se aleja de mí de todos modos, con el rostro tan rojo que apenas
puedo ver las pecas más claras. Evan se queda helado y le cae agua por
todas partes; al menos lleva una toalla alrededor de la cintura. Levanta tanto
las cejas que casi le llegan al nacimiento del cabello.
—Voy a...
204 —Nos vemos —chilla Penny. Sale corriendo del vestuario.
Me restriego la mano por mi rostro. Menos mal que se ha ido, porque
si hubiéramos vuelto a estar a solas, o me habría desahogado con ella o
habría intentado follármela contra la pared, y no sé qué habría sido peor
para alguien.
—Hombre, lo tienes mal —dice Evan. Cruza el vestuario hasta donde
sigo clavado, me pone una mano en el hombro y me aprieta—. No me había
dado cuenta.
—Yo no… —replico.
—Hombre, la estabas mirando como si... ¿cómo se dice? ¿Colgada de
la luna? La mirabas así. Como si se hubiera subido a una escalera y la
hubiera puesto en el cielo sólo para ti.
Prácticamente le muestro los dientes a Evan, que se limita a sonreír,
claramente encantado con toda esta situación.
—No te preocupes —añade—. Nos pasa a los mejores. Pero, ¿qué hacía
con la camiseta de Finau?

No puedo esperar a que todo el mundo se calme para volver a verla.


En cuanto terminamos en el estadio, tomo un Uber hasta el hotel y me dirijo
directamente a su planta. Está en la misma que el cuerpo técnico, lo que
significa que podría encontrarme con cualquiera, desde el jefe de equipo
hasta el propio entrenador, pero en este momento me importa una mierda.
Voy a mentir en mi camino a través de él si es necesario. Estoy desesperado
por terminar lo que empezamos en el vestuario.
Antes me ha dado la llave de su habitación, pero llamo de todos
modos. Primero mira por la mirilla, buena chica, y luego abre la puerta.
Antes de que pueda decir una palabra, me abalanzo sobre ella, la
estrecho entre mis brazos y la beso con fuerza. Cierro la puerta de una
patada y la hago girar, apretándola contra ella mientras devoro su boca.
Sabe a menta, y hay algo dulce mezclado con la lavanda de su perfume, y
cuando por fin me separo, jadeando, ella gime y me tira hacia atrás.
—Callahan —murmura contra mi boca—. ¿Qué te pasa?
Me aparto, aunque es una tortura; estoy empalmado en los
205 pantalones. Cada parte de mí se muere por besarla, por saborearla, por
tragarse sus gemidos, pero en lugar de eso, le levanto la barbilla. Ella traga
saliva, nos miramos a los ojos y saca la lengua para humedecerse los labios.
Contengo una maldición.
—Sabes cómo me llamo.
—Pero...
Le meto el muslo entre las piernas, haciéndola callar, y arrastro la
mano desde la barbilla hasta la garganta. No la aprieto, no la lastimo, sólo
la sostengo como si fuera un collar. Hay un fuego azul en sus ojos, la pasión
crepita en el aire entre nosotros como un cable en tensión. Me doy cuenta
de que está a tres segundos de lanzarse a mis brazos, así que le aprieto el
pulgar para calmarla. Salta justo debajo de su piel.
—Me llamas Callahan porque te ayuda a fingir que no pasa nada más
profundo —digo en voz baja—. Corta el rollo, Penny. Sabes cómo me llamo.
Dilo.
Me mira fijamente durante un largo rato, con los ojos desafiantes y la
nariz respingona, pero luego me empuja y se quita la camiseta por la cabeza.
La deja caer al suelo.
—Cooper —susurra—. Tengo miedo.
—¿Por eso te has puesto su camiseta?
Se rodea con los brazos. Sin la camiseta, sólo lleva una blusa de
tirantes con un brasier debajo, ambos de color amarillo canario. Me duelen
las costillas al ver las pecas que se agrupan en sus hombros como
constelaciones. Quiero estrecharla entre mis brazos, pero la energía de la
habitación ha cambiado; un paso en falso y podría empujarme de nuevo al
pasillo.
—Quizá tengas razón —admite—. Tal vez fue otra capa de distancia.
—No quiero distancia. —Alargo la mano, tomo una de las suyas y la
aprieto—. Sólo te quiero a ti. No como amigos. No como la persona con la
que follas. Quiero estar contigo en todos esos sentidos y más.
Sacude la cabeza.
—No conoces toda la historia.
—No la necesito para saber que quiero estar contigo.
—Cooper, no es... —Se detiene. Sus ojos nadan en lágrimas—. Ya has
oído a mi padre. Hay una razón por la que quería hacer una lista en primer
lugar.
—Y no me importa cuál sea.
206 —Lo dices ahora, pero no lo sabes.
—Pues dímelo. —Le quito las lágrimas de las mejillas. Se me rompe el
corazón por ella, pero ni siquiera sé por qué, y eso no me gusta. ¿Cómo
puedo ayudarla, ayudarla de verdad, si no conozco toda la historia?—.
Dímelo, Red.
Niega y, en lugar de responder, me atrae hacia sí con un beso lleno de
moretones. Sus manos tiran de mi camiseta hasta que la dejo que me la
ponga por encima; también se quita la blusa de tirantes y luego el brasier.
Me da otro beso. La siento temblar contra mí. Le muerdo suavemente el
labio. No quiero dejar de hablar, pero si necesita esto, estoy más que
dispuesto a dárselo primero.
Estoy a punto de acercarla a la cama cuando alguien llama a la
puerta.
—¿Penelope? ¿Estás ahí?
Es la voz del entrenador.

207
Penny

Me quedo helada al oír la voz de mi padre. Noto que Cooper también


se ha quedado helado, pero él se levanta primero, se agacha para recoger mi
blusa de tirantes y me la pone por encima de la cabeza. Me limpio la cara
furiosamente mientras me aliso el cabello.
—Papá —digo, con voz temblorosa—. Estoy haciendo los deberes.
Hasta luego.
—Penelope, abre la puerta —dice. Su voz tiene un tono duro que
algunos confundirían con ira, pero yo sé que es algo peor: preocupación.
—La vi entrar con alguien —dice otra voz—. Sólo quiero asegurarme
de que está bien, ¿sabe?
Suena como Brandon Finau. Miro a Cooper, que de repente parece
querer cometer un asesinato. Antes de que pueda empujarlo en dirección al
baño, se inclina y abre la puerta.
Papá está allí de pie con Brandon, con la aprensión grabada en cada
línea de su rostro. Asimila la escena en un instante, sólo como alguien
acostumbrado a evaluar situaciones en cuestión de segundos, y se le tuerce
la boca.
Antes de que pueda decir nada, Cooper dice:
—Señor, tenemos que hablar.
—Cooper —le digo con urgencia.
208 Me mira brevemente antes de volver a posar su mirada en mi padre.
—No es lo que parece.
—Creo que sé exactamente lo que parece —dice papá. Mira a Brandon,
que esboza una sonrisa de suficiencia con los brazos cruzados sobre el
pecho mientras observa la escena. Qué imbécil. No sé qué ha hecho
exactamente, pero de algún modo ha convencido a papá de que tenía que
hacerme un chequeo. Por la forma en que Cooper lo mira, está claro que
Brandon quería que mi padre lo encontrara aquí. Su reacción cuando me
puse la camiseta de Brandon tiene mucho más sentido ahora. No fue sólo
que me puse la de otra persona, es que elegí la de Finau.
Cualquiera que sea el problema, no me importa. Lo que sí me importa
es que mi padre vea a un Cooper Callahan sin camiseta en mi habitación de
hotel, y que la brillante idea de Cooper a todo esto sea pedirle que hable.
Puede que Cooper me haya ayudado a volver a ponerme la blusa de tirantes,
pero sigo sintiéndome expuesta. Se me revuelve el estómago.
—Gracias, Brandon —dice papá—. Yo me encargo.
Me despide, pero Brandon se queda quieto. Cooper levanta una ceja,
de alguna manera parece tranquilo y sereno a pesar de estar bajo un
microscopio como yo, y dice:
—No sé tú, pero yo estoy bastante seguro de que el entrenador te dijo
que te perdieras.
—¿Y perderme el espectáculo? —gruñe Brandon—. No puedo creer
que seas tan idiota, Callahan. ¿La hija del entrenador?
—¿Así es como te vengas de mí por ganarte y ser capitán? —Cooper
da un paso en su dirección, su mirada oscura—. Que te jodan por arrastrar
a Penny a esto.
—Callahan —dice papá en tono de advertencia. Se vuelve hacia
Brandon—. Finau. Vete antes de que te deje fuera del próximo partido.
Brandon se queda con la boca abierta.
—¿Por qué? ¡Lo estoy ayudando!
—Y ahora estás acabado. Vete.
Brandon mira fijamente a Cooper durante medio segundo más antes
de llevar su lamentable culo al ascensor. Me vuelvo a encoger contra la
pared, abrazando con fuerza los brazos contra el estómago. Siento un
zumbido sordo en los oídos. Tuve pesadillas con situaciones como esta
durante mucho tiempo después del incidente con Preston; me imaginaba a
papá entrando en el momento en que todo se venía abajo. A veces me
salvaba, pero más a menudo me dejaba sufrir la humillación de su
presencia. Cooper me rodea los hombros con el brazo. Me vuelvo hacia su
209 pecho, incapaz de mirar a mi padre.
—Señor —dice Cooper—, denos un minuto para ponernos más
presentables y luego entre y hablaremos.
Miro a papá. Tiene una expresión rara en su rostro, como si no
estuviera seguro de qué pensar sobre esta faceta de Cooper, pero al final
asiente. Cooper cierra la puerta casi por completo y luego toma su camiseta
y se la vuelve a poner. Se acerca a mi maleta y saca la camiseta con la que
pensaba dormir.
—Gracias —le digo cuando me la tiende. Mi voz suena oxidada, como
si no la hubiera usado en mucho tiempo—. No me puedo creer que me haya
puesto la camiseta de ese puto chico.
Una vez me pongo la camiseta, enrosco las manos en las mangas
holgadas. Cooper sonríe, como si eso fuera tan adorable como la forma en
que Tangerine se sienta en el alféizar de la ventana a esperar al cartero, y
me besa en los labios, suavemente. Me recoge el cabello detrás de la oreja.
—Todo va a ir bien —susurra.
Ojalá pudiera creerle, pero sinceramente no sé qué pensará papá de
esto. ¿El hecho de que sea Cooper lo hace mejor o peor? ¿Verá esto y pensará
que voy por el mismo camino que antes?
—Lo he dicho en serio —añade. Me besa en la frente—. Adelante,
entrenador.
Papá empuja la puerta con cautela.
—Bicho. ¿Estás bien?
Me desenredo de Cooper. No quiero sentarme en la cama,
afortunadamente todavía hecha, así que me arrinconó en una esquina.
—Sí. ¿Qué te ha dicho?
Papá cierra la puerta tras nosotros con un chasquido firme.
—Hizo parecer que estabas aquí arriba con alguien al azar. Lo siento,
cariño. Me entró el pánico. —Frunce el ceño—. Aunque ahora estoy
preocupado por una razón totalmente distinta. ¿Qué está pasando aquí?
—Estoy intentando convencer a su hija de que salga conmigo —dice
Cooper. Hay un atisbo de desafío en su voz, como si desafiara a papá a
protestar. Si no lo conocieras, pensarías que está relajado en este momento,
pero puedo ver la tensión alrededor de su boca—. Lo he estado pasando
fatal.
—Penny no tiene citas.
—No le voy a mentir, hemos tenido algo. —Me sonrojo por el tono
práctico de su voz. Es una forma de expresar nuestro acuerdo—. Y si no le
gusta, me da igual que me baje de ser capitán o me mande al banquillo. —
210 Me mira, su mirada se suaviza—. Sólo quiero una oportunidad con ella.
Me muerdo el labio. Tengo calor por todas partes; estoy segura de que
el rubor que no he podido contener en los últimos minutos ha adquirido un
tono aún más oscuro. Casi ver a Evan Bell desnudo no tiene nada que ver
con esto. Cooper sigue mirándome, claramente esperando una respuesta,
pero no tengo ni idea de qué decir. Mis sentimientos por él son más
profundos que cualquier cosa que haya experimentado. Sé hacia dónde se
dirigen. ¿Pero ponerle una etiqueta? ¿Llamar a Cooper Callahan mi novio?
Sólo lo querría hasta que escuchara la verdad sobre mí, lo destrozada que
sigo estando.
Abro la boca, pero no sé lo que voy a decir. Y entonces me salvo de
contestar de todos modos, porque me doy cuenta de que papá está llorando.
—¿Papá? —Me apresuro a acercarme, revoloteando ansiosamente—.
¿Estás bien?
—Maldita sea —dice, secándose los ojos con impaciencia—. Maldita
sea, Penelope.
Me encojo. El corazón se me hunde en el vientre.
—Esto no es como antes. Te lo prometo.
Sacude la cabeza.
—¿Después de todo este tiempo, bicho? ¿Me sigues ocultando cosas?
—Yo no...
—¿Sigues pensando que no te apoyaría? —Se pellizca el puente de la
nariz, estremeciéndose con otro suspiro—. ¿De verdad creías que no te
apoyaría?
He visto llorar a mi padre más a menudo que otras hijas, estoy segura;
entre mi madre y Preston, hemos tenido mucho por lo que llorar. Pero esto
es diferente. Tal vez sea porque Cooper está en la habitación, mirando entre
los dos con preocupación. Sea lo que sea lo que pensaba que iba a pasar,
está claro que no era esto. Me tiembla el labio, pero me trago el sollozo que
amenaza con escaparse.
—Pensé... pensé que no.... Me respetarías. Que pensarías que estoy
dando un paso atrás.
—No pensaría eso.
—No quería que las cosas volvieran a desmoronarse —susurro.
Papá se seca los ojos bruscamente.
—Cariño —dice—, creía que confiabas en mí. Creía que lo habíamos
superado.
—¡Lo hicimos! Y no quería estropearlo.
—Y, sin embargo, vuelves a ocultarme cosas. Cosas importantes.
211
Me muerdo el interior de la mejilla. Quizá tenga razón. Después de su
reacción inicial a la situación con Preston, tuvimos que trabajar duro para
volver a un lugar donde nos sintiéramos cómodos el uno con el otro. A pesar
del drama, no estaba enfadado por lo del vídeo; estaba decepcionado porque
se lo oculté hasta que tuve un ataque de pánico y me lesioné en el hielo. Y
ahora, tratando de evitar otro desastre, hice lo mismo. Cooper extiende la
mano y yo la tomo agradecida, apretando tan fuerte que estoy segura de que
le estoy cortando la circulación sanguínea.
—¿Quieres que te espere afuera, cariño? —pregunta. Tiene una
mirada ferozmente protectora, como si hiciera cualquier cosa por
mantenerme a salvo. ¿Cómo he podido ignorar durante tanto tiempo los
sentimientos que había entre nosotros? Estoy segura de que si pensara que
corro el más mínimo peligro, me defendería, aunque eso significara perder
su puesto en el equipo. No puedo fingir que hay algo casual en eso.
Sacudo la cabeza. Puede que aún tenga que llegar al punto en el que
esté preparada para que Cooper escuche toda la historia, y cuando eso
ocurra, estaré esperando todo el tiempo que no sea lo que lo aleje, pero él
puede quedarse para esto. Su apoyo es un salvavidas, que se hace realidad
por la forma en que me agarra la mano.
—Tienes razón —le digo a papá. Respiro entrecortadamente—. Y lo
siento.
—Sólo quiero que seas feliz, bicho. —Mira nuestras manos
entrelazadas y me parece ver un atisbo de sonrisa en su rostro—. Sea lo que
sea, mientras estés a salvo.
—Soy feliz —digo en voz baja.
No debería, pero parece una revelación. Soy más feliz de lo que he sido
en mucho, mucho tiempo, y Cooper es la razón. Desde que le pedí que saliera
conmigo en la pista de patinaje, ha ido minando las vallas que puse
alrededor de mi corazón hace mucho tiempo.
Una vez que lo digo así, es obvio. Tengo que dar el salto, por mucho
miedo que me dé caerme sobre el frío y resbaladizo hielo. Cooper quiere que
yo sea suya, y yo quiero que él sea mío. Esto no es como antes. Se ha ido
ganando mi confianza, pieza a pieza, y lo que es mejor, quiero que la tenga.
Igual que quiero que papá tenga la mía, y que tenga la suya.
Me lanzo hacia delante y abrazo a mi padre. Me devuelve el abrazo,
apretándome tan fuerte que apenas puedo respirar. Hacía tanto tiempo que
no me abrazaba así que casi había olvidado lo que se siente.
—Soy feliz —vuelvo a decir, y ahora lloro más fuerte, pero son lágrimas
necesarias. Las lágrimas que se sienten como una dosis de medicina, no de
veneno—. Siento no habértelo dicho. Cooper tiene razón, en realidad no
estábamos... saliendo, oficialmente.
212
Le devuelvo la mirada. Sigue de pie, totalmente despreocupado, con
una mirada que no consigo identificar. Cuando sonrío tímidamente, me
dedica una de esas sonrisas ladeadas que me dan ganas de besarlo hasta
dejarlo sin sentido.
—Pero ahora sí.
Penny

—¡Prometiste que no te reirías!


—No me estoy riendo de ti.
—Oh, porque es mucho mejor reírse de mi libro. —Me tumbo en la
cama. Tangerine me sigue con elegancia y se acomoda sobre mi pecho. Con
los dormitorios cerrados por el semestre, vuelvo a casa de mi padre. Gracias
a una noche justo antes de las vacaciones que empezó de forma inocente,
follar casi siempre con la ropa puesta cuenta como inocente en lo que
respecta a Cooper, pero que rápidamente se volvió más sucia que un
romance tabú, siempre que estoy en esta cama pienso en la quemadura de
la barba y en la aspereza de su voz cuando me dijo que me corriera una vez
más. Un ejemplo: llevamos media hora hablando de nada y mis bragas están
húmedas.
—¡Yo tampoco me río de eso! Me río con él. Porque es gracioso.
—Claro.
—Llamaste gusano impotente al malvado tipo rival hombre lobo, Pen.
¿No se supone que debo reírme de eso?
Cuelgo un ratón de juguete delante de Tangy, uno de los muchos
juguetes suyos esparcidos por mi dormitorio, pero ella se limita a mover la
cola. No me arrepiento de haberle dado a Cooper mi libro para que lo leyera,
pero sigue siendo un poco raro saber que Callum y Twyla, dos personajes
que han existido casi por completo en mi cabeza y en ninguna otra parte,
213 ahora también le pertenecen a él, en algún nivel. Cuando por fin lo añadí,
ahora que estamos de descanso, me exigió que le enviara los nuevos
capítulos inmediatamente.
—No, fuiste tú.
—Caso en cuestión.
Le saco la lengua, aunque sólo estamos hablando por teléfono y, por
desgracia, no podemos vernos.
—¿Cómo te ha ido el descanso hasta ahora?
—Lo de siempre. Salir a correr por la mañana temprano con todos
menos mamá y Bex. Sesiones de ejercicio para mantenerme en forma.
Viendo cintas de hockey. Leyendo más novelas románticas que me
recomendaste, así sé cómo funciona tu retorcida mente.
Ahora me alegro de que no pueda ver mi rubor.
—No tienes que hacerlo, sabes.
—Oh, sí que tengo. Sigo siendo tu entrenador sexual, Pen. Tengo que
seguir mejorando mi técnica. —Puedo oír la diversión en su voz, y porque
aparentemente incluso eso es suficiente para hacer que una ola de deseo
me inunde, aprieto las piernas.
—No los leo sólo por el sexo —protesto.
—No, ya lo sé. —Hace una pausa y oigo un crujido, como si estuviera
hojeando un libro de bolsillo—. Los lees porque te hacen feliz. Y eso es
bonito. A mí también me hacen feliz. ¿A quién no le gusta oír hablar de
amor?
—¿Quién diría que podrías ser tan romántico?
—Tengo que admitirlo, es una curva de aprendizaje.
—Tú aprendes más rápido. —Me sonrojo un poco mientras añado—:
Quiero decir, hasta ahora has sido mejor que cualquier novio de libros.
Después del partido de Vermont, pasamos las dos últimas semanas
del semestre envueltos el uno en el otro. Saliendo. Cooper me llevó a cenar
en cuanto volvimos a McKee y, después, me hizo sentarme en su rostro y lo
llamó su postre. Estudié para mis finales en su cama mientras él escribía
sus trabajos en su escritorio, alternando entre poner mi música y la suya.
Pasamos una tarde memorable en una pista de hielo al aire libre,
exhibiéndonos ante los turistas, y otra en los Juegos Galácticos, donde se
esforzó por ganarme el conejito de peluche que ahora descansa sobre mi
almohada. Nos turnábamos para quedarnos a dormir en casa del otro y,
debido a la pequeña pausa de la temporada, mi padre daba a los chicos
libertad para los entrenamientos de madrugada, así que la mayoría de las
veces me despertaba más descansada que en años anteriores, envuelta en
214 el cálido capullo del abrazo de Cooper.
Ahora ya casi es Navidad, y aunque me encantan las fiestas, no me
encanta el hecho de que él esté en Long Island y yo siga en Hudson Valley.
Papá y yo planeamos pasar nuestra habitual Navidad tranquila, aunque
ahora Tangerine está incluida en eso, ya que gané su custodia para las
vacaciones, y aunque será agradable, preferiría estar con Cooper. Incluso
echo de menos a Sebastian e Izzy, ya que los he visto mucho. El día después
de que terminaran las clases, Mia y yo fuimos a cenar a casa de Sebastian,
con brownies ligeramente quemados cortesía de Izzy, y empezamos la
temporada navideña con Elf.
—Te echo de menos —digo, incapaz de evitar el lloriqueo en mi voz. Si
estuviéramos en el mismo sitio ahora mismo, estaríamos bailando el tango
horizontal. Preferiblemente, probando una de las nuevas técnicas sobre las
que sigue leyendo. Aún no hemos tenido sexo vaginal; ese paso aún me
parece gigantesco, pero me ha apoyado y no me ha presionado en absoluto,
y nos hemos divertido mucho con el anal. Me mira tanto el culo que
cualquiera diría que es un maldito Monet.
—Yo también te echo de menos —dice—. ¿Quieres tener sexo
telefónico?
—Dios, pensé que nunca me lo pedirías —le digo sin aliento—. ¿Qué
debería ponerme esta vez?
—Hmm, veamos.
—Penny —llama mi padre—. ¿Lista para ir a cenar?
Dispara.
—Espera, lo siento. Olvidé que salgo a cenar con mi papá esta noche.
Cooper gime por la línea y el sonido es tan jodidamente sexy que me
resulta tortuoso despedirme, pero de algún modo lo consigo. Me quito el
chándal y me pongo unos pantalones una camiseta, bragas limpias
incluidas, además de estos bonitos botines que Izzy me convenció de
comprar en el centro comercial el otro día. Se suponía que íbamos a comprar
los regalos de Navidad, pero, al parecer, la filosofía de Izzy es que siempre
hay que comprar algo para uno mismo, y no puedo discutirlo.
En el auto, papá me mira mientras jugueteo con la calefacción. Hace
un frío terrible en el auto, incluso con una sudadera gruesa de Cooper con
el logotipo de los Rangers bordado por delante. Ojalá hubiera traído un par
de guantes.
—¿Cómo está Cooper? —pregunta.
—Bien. —Dejo pasar la ligera incomodidad que ha estado flotando en
el aire entre nosotros desde el partido de Vermont y añado—: Ha estado
viendo la cinta como le pediste.

215 —Bien, bien. —Tamborilea con los dedos en el volante—. ¿Esa


sudadera es suya?
—¿Qué la delató?
—Conozco a mi hija y no es fan de los Rangers.
Miro mi regazo mientras sonrío.
—Tienes razón.
—Tu madre solía robarme la ropa. —Su voz suena un poco gruesa,
como siempre que habla de mamá—. De todas formas, esa sudadera de
Harvard le quedaba mejor.
—Recuerdo esa sudadera.
—Con el tiempo se deshilachó tanto que sólo se la ponía cuando
limpiábamos la casa los sábados por la mañana. Estaba cubierta de tantas
manchas de lejía que el carmesí se desvaneció. —Se aclara la garganta—.
Cooper... ¿Se ha portado bien contigo, bicho?
Me meto las manos en las mangas de la sudadera. Huele a Cooper,
ese picante aroma masculino que tanto me gusta.
—Sí.
—Pensé que lo haría. Es un buen chico. —Entra en uno de los
estacionamientos del pueblo y busca sitio para el auto. Moorbridge está
decorado para las fiestas, con luces colgando de las farolas y elaborados
escaparates en las tiendas. Compré el regalo de Navidad de papá, una
cartera de cuero cosida a mano, en una tienda a la vuelta de la esquina—.
Pero si pasa algo, me lo dirás, ¿verdad? No me enfadaré.
Trago saliva; de repente siento la garganta espesa.
—Lo intentaré.
Aunque hemos estacionado, no apaga el auto. Se vuelve hacia mí y se
pasa una mano por la cara.
—Sé que ahora es diferente —me dice—. Sé que eres adulta, que
puedes elegir con quién quieres estar. Pero sigues siendo mi niña y siempre
estaré a tu lado.
—¿Papá?
—¿Sí?
El corazón me martillea en el pecho. He estado evitando esta
conversación todo lo posible, pero con las notas saliendo pronto, no hay
donde esconderse.
—Sé que aún no me han devuelto las notas, pero... voy a suspender
química. Y probablemente microbiología también.
Parpadea. Hay una larga pausa y me encojo, pero al final dice:
216
—No pasa nada, Pen. Hablemos de ello durante la cena.
Cooper

—Joder, nena. —Me meto la polla en el puño y la acaricio lentamente.


Incluso por teléfono, los dulces gemidos de Penny me vuelven loco. Estoy a
punto de estallar de necesidad—. Dime cuántos dedos tienes metidos en ese
precioso coño.
—Tres —dice jadeando—. No es suficiente.
Hay verdadero dolor en su voz, como si estuviera más que frustrada.
Ojalá pudiera ver su rostro, pero le da reparo al sexo por vídeo, así que nos
hemos puesto al día durante el descanso por teléfono. Cierro los ojos e
imagino sus piernas abiertas, sus finos dedos metidos en su apretado coño,
deseando más. Por un juguete que la llene, o incluso a mí, cuando lleguemos
a ese número de su lista.
—Mete el meñique.
Su gemido me hace saber que lo ha hecho, pero me informa sin
aliento.
—Buena chica —la elogio—. Un día voy a llenarte el coño tan
perfectamente, Red, que te prometo que lo sentirás por todas partes. Tócate
el clítoris para mí.
Me sorprende con una carcajada que se dispara directamente a mi
polla.
—No puedo conseguirlo como quiero.
217 —Qué pena, nena, porque eso es lo que vas a conseguir ahora mismo.
Córrete para mí y consideraré dejarte usar un juguete.
—¿Dejarme? —Bromea. Su voz es aguda y entrecortada, pero el
desafío se escucha alto y claro—. Podría encender uno ahora mismo y no
harías nada.
—Quizá ahora no —acepto—, pero ya sabes lo que les hago a las
mocosas que no escuchan.
—No lo sé —dice. Me imagino su sonrisa burlona—. Quizá necesite
que me lo recuerdes.
Sigo con la mano apretando la base de la polla para no eyacular antes
de tiempo. Quiero alargar esto todo lo posible; oírla tener unos cuantos
orgasmos antes de rendirme a los míos.
—¿Oh sí? —le digo—. ¿Quieres que te lo explique?
—Lo necesito —gime.
Joder, esta chica va a ser mi muerte. Si estuviéramos en el mismo
lugar ahora mismo, la estaría besando hasta robarle todo el aliento de sus
pulmones.
—Primero, te quitaría la ropa —le digo. Mi voz es áspera, baja, y cierro
los ojos mientras hablo por teléfono. Estoy escondido en mi dormitorio; es
la mañana de Navidad y ya hemos hecho los regalos a la familia, así que
nadie debería venir a mirar a menos que intenten ser odiosos. James y
Sebastian se han burlado de mí por mi nueva novia de seis maneras hasta
el domingo, pero saben que necesito el tiempo para ponerme al día con mi
chica. Me relamo los labios, imaginando cómo le quito la ropa a Penny pieza
a pieza, cómo veo su precioso cuerpo. Sus dulces tetas, su trasero redondo,
el suave vientre que adoro besar. Todas las putas pecas, el mar de ellas
esparcidas por su piel clara—. Pedazo a pedazo, tan despacio que me
suplicas que te las arranque. Luego te pondría sobre mi regazo, porque ahí
es donde deben estar las mocosas, y simplemente miraría.
—¿Por qué? —tartamudea.
—Porque eres preciosa. —Le doy otra caricia a mi polla. Las palabras
se me atascan en la garganta, emotivas sin que yo lo intente, la dulzura
atenuando la palabrota—. Retorciéndote en mi regazo, intentando aliviarte.
Me encanta verte necesitada de mí.
—¿Y ahora qué?
—Ya sabes qué sería lo siguiente, cariño. Mi palma, tu trasero y una
obra de arte tan jodidamente hermosa que no podría apartar la vista.
Su respiración entrecortada suena como un sollozo.
218 —Cooper.
—Sí, osita de goma. Ese es mi nombre. ¿Sigues tocándote el clítoris
como te dije?
—Sí.
—Buena chica. Mueve tus dedos, encuentra tu punto G. Córrete para
mí tan rápido como puedas. —Paso el pulgar por la cabeza de mi polla,
siseando; está hipersensible y gotea pre semen por todos mis dedos. No la
presiono para que se haga una foto, pero me gustaría tener una. Solloza de
verdad y se me revuelve el estómago; casi llego al clímax, pero consigo
controlarme. Vuelve a sollozar y sé que se va a correr por la forma en que
murmura mi nombre. Mi chica necesitada. Incluso en diferentes partes del
puto estado, puedo sentir su necesidad irradiando como una presencia
física.
Me trago otra divertida oleada de emoción. Incluso más que ver su
cuerpo en este momento, quiero ver su cara. ¿Están sus ojos azules
brillantes por las lágrimas? ¿Tiene el ceño fruncido? ¿Lleva el collar de
mariposas que me gusta chupar mientras mis dedos la penetran?
—Usa el juguete, Pen. Cualquiera. Dame otro.
—Soy tan sensible.
—Puedes hacerlo —murmuro. Ahora me masturbo más rápido,
tomando ritmo. Usar un juguete justo después de que acaba de correrse
hará que su próximo orgasmo sea rápido, y quiero correrme cuando vuelva
a oír esos dulces gritos en mi oído—. Pedías algo más grande, nena, es esto.
Oigo un crujido y luego un zumbido al encenderse el juguete.
—Estoy usando a Mark Antony —dice.
No puedo evitar reírme.
—Aw, nena, y yo que pensaba que estabas sola.
—Cállate —dice. Jadea como si la hubieran dejado sin aliento.
Apostaría lo que fuera a que acaba de meterse el consolador en el coño
empapado—. —Joder, esto se siente bien.
—Fóllate con él.
—Maldito ángulo. —Hay más crujidos, y luego ella dice—: Bueno,
estoy en mis manos y rodillas. Es más fácil así.
Gruño.
—Ahora me estás torturando.
—Está hasta el fondo —susurra—. Puedo sentirlo tan profundo,
palpitando dentro de mí. Pero no quiero las vibraciones cuando sé que puedo
tenerte. Un día, estarás tan caliente y grueso dentro de mí, apretándome.
219 Haciéndome tomar cada centímetro de ti. Ni siquiera querré usar condón.
Tomaré la píldora para que te corras desnudo dentro de mí.
Giro la cabeza hacia un lado y muerdo la almohada para amortiguar
mi grito mientras me corro dentro de mi puño. Ella también grita, sin duda
está llegando al clímax. No puedo dejar de imaginarme el cuadro que acaba
de pintar. Nunca he follado a una chica sin condón, nunca he querido
arriesgarme, pero con Penny es distinto. Cuando demos ese paso, lo quiero
como ella quiera, y si quiere que la lance sobre mi polla y me corra dentro
de ella, eso es lo que haremos. Soy un maldito bastardo con suerte.
—Y veré cómo gotea de ti —le susurro—. Me lo comeré de tu coño
empapado y te besaré para que puedas saborearnos mezclados. Seré
jodidamente bueno contigo, Red.
—Lo sé, bebé. —La emoción en su voz hace que se me hinche el
corazón.
Nos quedamos al teléfono, jadeando, durante unos minutos y, poco a
poco, siento que salgo de la neblina orgásmica. Tengo la mano hecha un
desastre, así que tomo un pañuelo de papel de la mesilla y me lo limpio.
Cuando mi ritmo cardíaco vuelve a ser el que debería, me siento contra las
almohadas.
—Asegúrate de ir a orinar.
—Ya voy. Vuelvo en un segundo.
—Ahí está mi chica.
Mientras tanto, tomo el regalo que Penny ha enviado a mi casa, aún
envuelto desordenadamente en papel con pingüinitos patinando sobre hielo,
y me lo llevo a la cama. Decidimos intercambiar los regalos el día de Navidad
en lugar de por adelantado, y no quería alejarla de su padre a primera hora
de la mañana, así que planeamos hacerlo más tarde, a solas. Por eso me
escondí en mi dormitorio; nos distrajimos con el sexo telefónico. No me
arrepiento de nada.
Cuando vuelve a ponerse al teléfono, le digo:
—¿Quieres hablar por FaceTime mientras desenvolvemos los regalos?
—Oh, sí. Espera, dame un segundo. Tengo una sorpresa para ti.
Al cabo de un momento, me llama. Cuando contesto, está sentada en
la cama, con el cabello suelto sobre los hombros. Lleva el collar de
mariposas, pero sólo lo recuerdo medio segundo antes de distraerme con la
camiseta de hockey que lleva.
Mía.
Un puto tsunami de posesividad se apodera de mí. Ya me había
imaginado cómo le quedaría mi camiseta, pero esto es aún mejor: está como
para devorarla. Se mira el pecho y sonríe mientras tira de los cordones.
220 —Papá me la compró. La tenía envuelta bajo el árbol y todo.
—¿En serio?
Me mira. Incluso a través de la diminuta pantalla del teléfono, me
cautiva su sonrisa.
—Le encanta que estemos juntos. No puedo creer que estuviera tan
preocupada por su reacción.
—Sé que no conozco toda la historia, pero seguro que tenías una
buena razón.
—Sí, bueno. —Se da la vuelta, enseñando la espalda; mi nombre está
cosido encima del #24. Es nuestra camiseta local, morada con letras
blancas. Le queda increíble, pero ya tengo ganas de que llegue el momento
en que volvamos a estar juntos y pueda quitársela. Esta no se la arrancaré,
aunque me muera por verle las tetas. Puede que el entrenador lo haya hecho
para mostrar su apoyo, pero estoy seguro de que cuando lo compró no pensó
en que yo fantaseaba con que Penny la llevara puesta mientras se sentaba
a horcajadas sobre mi regazo—. Para que lo sepas, no llevo nada más ahora
mismo.
Gimo. Aunque el orgasmo me ha exprimido, siento un parpadeo de
calor en el bajo vientre.
—Ya estás otra vez. Torturándome. En Navidad.
—Lo sé, lo sé. —Sonríe—. Es tan fácil, bebé.
—Penny, parece que un niño de jardín de infantes envolvió este regalo.
—Iba a decir, ¿te lo hizo un profesional? —Sostiene mi regalo hacia
ella. Los bordes están nítidos, el lazo rojo sigue perfectamente atado sobre
el papel de regalo plateado.
—Soy una bestia envolviendo regalos.
—No me lo habría imaginado.
—Llevo envolviendo los regalos de mis hermanos desde que estaba en
secundaria. —Agito el regalo de Penny, pero no suena ni nada. La forma
indicaría que es un libro, pero no recuerdo si mencioné que quería leer algo
en concreto antes de irnos de vacaciones—. Es mi habilidad más inútil.
—De ninguna manera, no es inútil. Te lo vas a pasar genial haciendo
de Santa para tus hijos.
Levanto la cabeza. Penny sigue mirando a la cámara, pero un rubor
le ha invadido su rostro como un reguero de pólvora.
—Quiero decir, tus eventuales hijos —divaga—. Si es que quieres tener
hijos. Dios, quiero decir... sí.
—Claro que sí, quiero tener hijos. —Me mojo el labio inferior; ahora
221 no puedo dejar de pensar en Penny con un pequeño bebé pelirrojo en brazos.
No he pensado mucho en los niños más allá de saber que algún día me
gustaría tener una familia, pero eso no significa que la fantasía no sea
atractiva. No pienso renunciar a Penny a menos que me vea físicamente
obligado, así que tal vez eso esté en nuestro futuro—. Pero no pronto.
—Definitivamente no. Criar es excitante, ¿pero estar embarazada?
Horripilante.
Suelto una carcajada.
—¿Quieres abrir los regalos al mismo tiempo?
—Por supuesto. —Desata el lazo del suyo mientras yo rasgo el papel
de regalo del mío—. Espero que te guste. Pero si no, no me ofenderé.
—Lo mismo digo. —Me restriego la mano por la barba, recién
recortada porque mamá insistió en ello para la foto familiar de Navidad—. Y
si ya lo has leído, dímelo y te llevaré a la librería en cuanto vuelva a
Moorbridge. Diablos, te llevaré de todos modos. Que sea una cita.
Sonríe mientras arranca el resto del papel de regalo.
—Me encantaría. —Entonces jadea, levantando el libro—. ¡Cooper! Me
encanta esta serie.
—Mierda, ¿la has leído?
—¡No, esto es increíble! Nunca había visto esta versión. —Hojea las
páginas—. ¿Y está firmado? ¿Con obsequios? Madre mía.
Deja el primero a un lado con cuidado y toma el siguiente. Cuando vi
las portadas de las ediciones especiales de esta serie romántica de fantasía,
me imaginé que sería lo suyo. No le gustan las tapas duras, así que pude
conseguir los cuatro libros en rústica. Cuando la autora se enteró de que se
los iba a comprar a mi novia, me regaló unos stickers y una vela que, al
parecer, huele como el príncipe demonio.
—Cooper, me encantan las ediciones especiales. —Abraza los libros
contra su pecho, respirando el olor—. Y esta serie es tan divertida. No tenía
libros de bolsillo, ¡así que es perfecto! Voy a releerlos todos. Quizá me ayude
a salir de mi bloqueo de escritora con lo que estoy trabajando.
Sonrío. Me encanta dar en el clavo con los regalos.
—Bien, me alegro. Tendré que leerlos.
—Creo que te gustará. Hay toda una guerra en esta serie, además de
un montón de criaturas mágicas. —Rebota en la cama—. Aún no has abierto
el tuyo.
Arranco el resto del papel de regalo. El bulto cobra sentido cuando veo
que ha agrupado dos libros con un par de rollos de cinta adhesiva para mi
stick.

222 —Oh, vaya.


—Lo consulté con papá para asegurarme de que la cinta era de buena
marca —dice—. Pero me pareció muy lindo.
La cinta es roja, con el sello de la Casa Targaryen impreso en negro.
—Esto es genial. Gracias, Red. —La dejo a un lado y miro los libros.
Uno es The Simarillion, que aún no he leído, y una novela de Brandon
Sanderson que tengo, pero no desde que estaba en el instituto—. Y estos
tienen una pinta impresionante. Lo mataste totalmente. Necesitaba algo
nuevo que leer, terminé todos los libros que me recomendaste.
—Eso puede haber sido lo más sexy que me hayas dicho.
—Está claro que tengo que mejorar mi juego —digo secamente.
Se acurruca contra las almohadas, equilibrando el teléfono para que
yo vea sólo la mitad de su cara.
—Cuéntame cómo te han ido las Navidades. ¿Ganaste al Monopoly?
Frunzo el ceño.
—Sebastián hizo trampa. Aún no sé cómo, pero cuando lo sepa, será
hombre muerto.
Como si lo hubiera invocado, llaman a mi puerta.
—Hermano —dice Seb—, estamos empezando Christmas Vacations.
Pensé que no querrías perdértela.
—Ooh, me encanta esa —dice Penny—. El joven Chevy Chase podría
conseguirlo.
—Voy a ignorar eso —digo—. Entra, hombre. Saluda a Penny.
Sebastian entra. Sigue en pijama, mamá nos compró a todos pijamas
navideñas a juego e insistió en retratarnos delante del árbol en el estudio,
cosa que Bex facilitó encantada, y lleva el cabello revuelto, como si acabara
de despertarse de la siesta. Bosteza y se rasca la camisa.
—¿Terminaron de hacer el asqueroso?
—Estábamos abriendo nuestros regalos de Navidad, imbécil.
—Después de un polvo a distancia, seguro. —Se deja caer en mi cama,
saludando a Penny—. Hola, Pen. Ese jersey te queda bien.
—Es una camiseta —murmuro.
—Gracias —dice, devolviéndome el saludo—. Cooper cree que has
hecho trampa en el Monopoly.
Levanta una ceja.
—Si alguien hizo trampa, fue Bex.
Me quedo con la boca abierta.
223 —No puede ser.
—James y Bex se aliaron para sabotearnos.
—¿Qué? James no acepta alianzas cuando se trata de juegos.
—Ella lo tiene envuelto alrededor de su dedo. —Sebastian sacude la
cabeza—. Y ahora a ti. Cuando Izzy consiga novio, estaré frito.
—Oh, alguien será capaz de soportar mirar tu feo rostro
eventualmente.
Seb me mira de reojo y vuelve a bostezar.
—Jesús, tengo resaca. La segunda botella de Bailey's fue una mala
idea. Izzy aún está tumbada en el sofá.
—Se animará cuando empiece la película. —Ahogo un bostezo. No
tengo tanta resaca, pero me vendría bien una siesta en algún momento—.
Bajaré en un rato.
—Me parece bien. Feliz Navidad, Penny.
—Feliz Navidad, Seb. Saluda a Izzy de mi parte.
Cuando se ha ido, vuelvo a mi teléfono.
—¿Qué tienes planeado para el resto del día? ¿Quieres ver Christmas
Vacations con nosotros? Podemos enviarnos mensajes de texto sobre las
reacciones. Lloro cada vez que está en el ático viendo las películas caseras
y no me avergüenza admitirlo.
Su sonrisa se ensancha.
—Me parece perfecto. Voy por chocolate caliente y a ver si papá
también quiere verla.

224
Cooper

Al bajar las escaleras, me encuentro con mi padre. Es mezquino, pero


casi siempre lo he ignorado durante las vacaciones. No ha intentado
explicarme por qué se marchó antes del partido de UMass, porque no volvió
después de tomar la llamada, mamá dijo que tenía que ocuparse de unos
asuntos, y yo no se lo he pedido. Supuse que, después de que actuara como
si no hubiera pasado nada en Acción de Gracias, no iba a obtener más
respuestas en Navidad. Lo miro con recelo cuando me pone la mano en el
hombro.
—Aquí estás —dice—. Ven a mi despacho un momento.
—Estamos a punto de ver una película.
—Lo sé. Sólo será un momento.
Le mando un mensaje a Penny para que no empiece la película sin mí
y sigo a papá a su despacho. La habitación es un tanto opresiva; los
recuerdos relacionados con el fútbol, sobre todo la vitrina cerrada con los
anillos de la Super Bowl, dominan el espacio. Casi espero que se siente en
su escritorio de caoba, pero permanece de pie, frunciendo el ceño mientras
mira sus estanterías. Incluso con pantalones de chándal ajustados y un
suéter con un árbol de Navidad en la parte delantera, tiene un aspecto
formidable. Me enderezo y resisto el impulso de huir hacia la seguridad de
la sala, donde seguro que Izzy se queja de que la hayan despertado de la
siesta y James está haciendo algo adorable con Bex, como darle de comer
una galleta de azúcar a mordisquitos. Prefiero eso a esta incomodidad.
225
Me mira.
—¿Te sientes bien con tus notas?
Asiento. Tuve que pasar muchas noches en vela para terminar mis
trabajos finales, pero lo conseguí. Penny, no tanto. Me resisto a hacer una
mueca de dolor al pensar en ello. Por fin ha hablado con su padre de cambiar
de estudios y, al menos según ella, él la apoya, pero eso no significa que se
sienta bien por suspender la mitad de las asignaturas.
—Bien, bien. —Se frota la barbilla—. ¿Ha pasado algo?
—¿Qué quieres decir?
—La no, novia —dice—. Aunque me sorprendió enterarme por tu
hermana.
—Se llama Penny. La conociste en el partido. Si prestaste atención.
—Sí, Cooper, la recuerdo —dice secamente—. La hija de Ryder, ¿huh?
—Él lo sabe.
Asiente, callado por un momento, aparentemente necesitando tiempo
para digerir el hecho de que estoy saliendo con alguien. La noticia también
sorprendió a mamá, pero se le pasó rápido y me bombardeó con un millón
de preguntas sobre ella. Ya me ha hecho prometer que llevaré a Penny como
acompañante a la gala de la fundación de ella y papá en marzo. Papá,
mientras tanto, parece como si acabara de decirle que me he fugado con
una chica que he conocido hace cinco segundos.
—Tu tío no se ha puesto en contacto, ¿verdad? —pregunta.
Tío Blake. El corazón se me sube a la garganta.
—¿Debería?
—No. —Suspira y se acerca al escritorio. Mientras toma una fotografía
que hay encima, sólo conozco esa, es de él y el tío Blake de niños en Robert
Moses, una playa de la costa sur de Long Island, sacude la cabeza—. ¿Pero
lo ha estado?
—No.
Toma aire.
—Eso está bien. Si lo hace, dímelo, Coop, ¿bien?
—¿Ha vuelto a la ciudad?
—Posiblemente. —Deja la fotografía abajo y vuelve su mirada hacia
mí—. Sé que lo echas de menos, pero la situación es complicada.
—¿Complicada cómo?
—Aún no conozco todos los detalles. Pero no quiero que te hagan
226 daño.
Doy un paso atrás. No es ningún secreto que mi padre nunca ha
llevado bien los problemas del tío Blake, pero pensar que me haría daño es
irrisorio. Tener problemas para mantenerse sobrio no significa que seas
violento, o lo que sea que él piense.
—Él no haría eso.
—Hijo...
—No, al diablo con eso. —Doy zancadas hacia la puerta—. No sé por
qué no puedes aceptar que tiene problemas. No es como si fuera un asesino
con hacha.
—Nunca dije eso.
—Pero lo insinuaste. Te niegas a ayudarlo...
—No sabes lo que he hecho por mi hermano. —Se acerca un paso—.
No conoces toda la historia.
—Sé lo suficiente. Tú fuiste quien lo llevó a California. ¿No quieres que
vuelva?
—Sí —suelta—. Quiero que mi hermano vuelva a mi vida. Pero tú eres
mi hijo, y mi responsabilidad, y hasta que resuelva las cosas, si intenta
ponerse en contacto, me lo vas a decir enseguida.
Me muerdo las duras palabras que quiero lanzar en su dirección y
abro la puerta de un tirón, asegurándome de que se cierra tras de mí. He
dado tantos portazos que vuelvo a sentirme como un niño de diecisiete años
al que han gritado por escaparse, por comprarse la camioneta sin permiso
de papá, por suspenderme en la escuela por una pelea, por docenas de
razones. Antes de hoy, la última vez que le di un portazo, acabábamos de
terminar de discutir sobre si me presentaría al servicio militar obligatorio.
Yo soy el que siempre rompe primero, el que cierra la puerta de un portazo.
Siempre se sale con la suya. Siempre gana.
Saco el teléfono, no para mandarle un mensaje a Penny, aunque tengo
uno suyo esperando, sino para llamar a mi tío.
Soy mayor de edad. Si ha vuelto a la ciudad, papá no puede impedirme
que lo vea. Y después de eso, seguro que no voy a decirle que estamos en
contacto. Si se sale con la suya, esta vez lo mandará a otro continente, y
entonces no volvería a verlo.
El número salta al buzón de voz. Supero la decepción y empiezo a
hablar en cuanto suena el botón de grabación.
—Hola, tío Blake. Soy Cooper. He oído que has vuelto a la ciudad. Sigo
en McKee. Si quieres quedar o algo, llámame. Gracias.

227
Penny

—Muy bien, Señorita Ryder. Ya está lista.


Sonrío a Nicole, una de las mujeres que trabaja en la oficina de
registro de McKee. Tiene más o menos la edad que tendría ahora mi madre
y lleva el cabello rubio recogido en un moño. Su blusa es de un rosa muy
vivo y sus largas uñas hacen juego. No sé cómo teclea con ellas, pero es
mucho más rápida que yo con la computadora.
—Muchas gracias.
—Felicidades. Es muy importante declarar su especialidad. Y deberías
tener tiempo suficiente para recuperar todo lo que necesitas incluso sin
obtener esos créditos del semestre pasado, pero si no, siempre podemos
discutir opciones para continuar. Siempre es más fácil trabajar en la que
declaraste desde el principio en lugar de cambiar.
Asiento, sosteniendo la hoja de papel, aprobación oficial de una
especialización en Inglés, cerca de mi pecho.
—¿Eres aficionada al hockey? —Señala la camiseta que llevo y me
sonríe.
Menos mal que estamos en enero, porque es lo único que quiero
ponerme la camiseta de hockey de Cooper. Últimamente, cada vez que me
la pongo en The Purple Kettle o en otro de los espacios comunes del campus,
una chica que debe de estar loca por Cooper me mira mal. Los mejores
momentos son cuando estamos juntos y me besa; no puedo negar que me
228 satisface dejar las cosas claras. Puede que haya sido uno de los jugadores
más importantes del campus, pero ahora es mío.
—Es de mi novio. —Me da un vuelco el corazón al oír mis propias
palabras. Creo que nunca me cansaré de llamar así a Cooper—. Está en el
equipo.
—Debería haber reconocido el apellido —dice—. Eres la hija del
entrenador Ryder.
Me acomodo el cabello detrás de la oreja.
—Sí.
—A mi esposo le encanta el hockey. Juega en una liga de cerveza en
Pine Ridge. —Se ríe un poco, inclinándose sobre el escritorio—. Es malísimo,
pero voy a verlo de todos modos. Buena suerte con todo, cariño. Avísame si
necesitas ayuda.
Al salir del edificio, el aire helado me golpea, pero no me importa.
Doblo el papel, lo meto con cuidado en el bolso y le mandó un mensaje a
papá diciéndole que ya lo tengo todo arreglado. Admitirle que he suspendido
dos asignaturas, a pesar de esforzarme al máximo, que es lo más
deprimente, ha sido horrible, pero al final me ha apoyado. Tal vez se sienta
aliviado de que me esfuerce por no ocultarle nada importante, pero incluso
se ha mostrado entusiasmado, aunque perplejo, con la novela romántica
que estoy escribiendo. Aparte de él, Cooper y Mia son los únicos que lo
saben, y pretendo que siga siendo así hasta que esté terminada.
También le envió un mensaje a Cooper. Está en un seminario de no
ficción toda la tarde, pero a juzgar por su resumen de la primera reunión de
la semana pasada, es aburrido como para dormirse en la mesa, así que estoy
segura de que mira el teléfono de vez en cuando. Estoy en lo cierto: antes de
que llegue al edificio para Literatura Americana I, me envía una hilera de
signos de exclamación.

Cooper: !!!!!!!!!!!!!!!!
Penny: Estoy muy emocionada.
Quiero decir, no tengo ni idea de qué hacer con un título de
inglés.
Pero ahora mismo no me importa.
Cooper: Sé lo que vas a hacer. Vas a ser una escritora increíble.
Elegí Inglés como mi especialidad porque me gusta leer y sonaba
bastante poco práctico para mí, lo cual era perfecto, ya que mi
padre no se movía en todo el asunto de la universidad.
229 Pero en realidad no lo es. Te ayuda a aprender a pensar, a
comunicarte y a apreciar el arte.
Ayuda a construir empatía.
Incluso por el perdedor que se sienta a tu lado en clase comiendo
el sándwich más asqueroso de la historia.
Ayúdame, Red.
Podría ser totalmente de cebollas.
Penny: Sabes qué, eso era hermoso hasta que dejó de serlo.
Tengo que ir a Literatura Americana I.
Cooper: Vas a ir con Stanwick, ¿verdad?
Penny: Si.
Cooper: Dulce, disfruta.
Penny: Tengo la regla, así que cruzo los dedos para que no me dé
un ataque de calambres.

Me hago el ovillo más pequeño que puedo y suelto un gemido.


La regla me ha hecho el favor de no ser una zorra mientras estaba en
clase, y era una clase superinteresante, sobre literatura de la época colonial,
pero ahora siento como si alguien me estuviera clavando grapas con una
pistola de clavos desde dentro del útero. Cooper llegará en cualquier
momento y yo llevo un viejo y feo pantalón de chándal, una camiseta de
manga larga en la que pone “Holy Salchow”, un regalo de Navidad de Mia, y
calcetines peludos. Una parte distante de mí piensa que al menos debería
cepillarme el cabello antes de que llegue, pero eso requeriría moverme, y
nada suena peor.
—¿Estás bien ahí dentro? —llama Mia.
—Creo que me estoy muriendo.
Asoma la cabeza en mi dormitorio.
—No te estás muriendo.
—No lo sé, creo que me estoy desangrando. —Otro calambre me
golpea; siento como si alguien tuviera mi espalda baja atrapada en una
prensa—. Si este es el final, asegúrate de que Tangerine me recuerde como
230 la que le dio más bocadillos.
—¿Está bien? —Escucho preguntar a Cooper.
—No —dice Mia—. Pero al menos es dolor físico. Mis periodos me
convierten en una perra furiosa.
Cooper entra en el dormitorio con una bolsa de plástico colgando de
una mano. Lleva la mochila colgada del hombro; me ha mandado un
mensaje diciendo que venía del entrenamiento. Ya me he acostumbrado a
verle la barba un poco más larga porque es invierno, pero el deseo me
recorre. Aprieto las piernas; incluso con los calambres, me duele el cuerpo
de necesidad. Me mira por encima del hombro, con el ceño fruncido.
—¿Estaba bromeando? —pregunta—. Daba por hecho que ser perra
era su estado por defecto.
—¡Ya lo he oído! —grita Mia desde su dormitorio.
—¡Como si no estuvieras orgullosa de eso! —le contesta Cooper.
Resoplo una carcajada, hundiendo la cabeza en la almohada.
—Agradece que mis ansiolíticos mantengan las cosas estables.
—Agradezco cualquier cosa que te ayude. —Se sienta a mi lado en la
cama, me pone la mano en el hombro y rebusca en la bolsa de plástico—.
He traído algunos refuerzos.
Saca una almohadilla térmica, los tampones y las compresas que le
pedí que me trajera y, lo mejor de todo, ositos de goma. Abro el paquete y
respiro su aroma azucarado.
—¿El paquete es nuevo porque me quejé de que tu bolso olía
demasiado para guardar mis preciados ositos de goma?
Pone los ojos en blanco.
—No está tan mal.
—Huele como un sobaco. Uno gigantesco. —Arrugo la nariz mientras
mastico.
—Bueno, ahora no está tan mal. Tengo un desodorante para el bolso
del gimnasio y funciona. —Se inclina y abre la cremallera del pequeño
bolsillo lateral donde guarda los snacks (gomitas para mí y barritas de
proteínas para él) y saca una bolsa de plástico—. También las he estado
metiendo aquí. Una doble capa de protección contra el mal olor.
Estoy a punto de pensar en una réplica sarcástica, aunque sea
adorable que intente hacer la bolsa menos asquerosa solo por mí, cuando
un calambre me hace apretar los dientes, doblándome. Cooper llega
enseguida y me toma en brazos. Me deja el paquete de gomitas en la mesita
y me aparta el cabello de la frente.
231 —Cariño.
—Es que... joder. Me duele.
—Sí. No pasa nada, te tengo. ¿Quieres la almohadilla térmica?
Sacudo la cabeza.
—¿Podrías...? —Me detengo, ruborizada. Ya ha hecho bastante. Hay
una diferencia entre tocarme con los dedos porque me ayuda a aliviar los
calambres y pedirle que se monte en la marea roja.
Me mete la mano por debajo de la camiseta y me frota el vientre. Gimo
y vuelvo mi rostro hacia su cuello. Huele a limpio, con toques de canela, su
colonia masculina, casi picante. Muerdo suavemente y él suelta una
pequeña carcajada. Sigue masajeándome la piel mientras me besa la parte
superior de la cabeza.
—¿Podría hacer qué, Red?
—Soy demasiado asquerosa.
—Nunca eres demasiado asquerosa.
Entrecierro los ojos.
—Ya sabes, hago caca y todo eso.
Se ríe.
—Sabes, he oído algo sobre chicas que hacen eso. Qué raro.
—Bien, si no soy asquerosa, lo que quiero preguntarte sí lo es.
Traza alrededor de la marca de nacimiento al lado de mi ombligo.
—Quieres que te dé un orgasmo.
Entierro mi rostro contra su pecho.
—No tienes por qué.
—Joder, ¿tengo que hacerlo? Quiero hacerlo. Ayuda, ¿verdad? ¿Con
los calambres?
—Normalmente, sí.
Me da unas palmaditas en la barriga.
—Dame un segundo. Voy a buscar una toalla para no tener que lavar
las sábanas.
Cuando se incorpora, lo vuelvo a mirar con los ojos entrecerrados. Ni
siquiera estoy segura de cómo ha ocurrido, pero tengo la devoción de Cooper
y creo que si le pidiera que hiciera cualquier cosa, al menos lo consideraría.
Pero esto no entra dentro de las obligaciones normales de un novio, que yo
sepa, y no quiero que se asquee y decida que ya no le atraigo.

232 Todo esto se me escapa de la boca en un revoltijo. Se limita a enarcar


una ceja cuando termino de divagar.
—Cariño, no hay literalmente nada que pueda hacer que deje de
sentirme atraído por ti. —Me sonríe y añade—: Sabes que me gusta cuando
las cosas se complican.
Penny

Me tumbo contra la cama. Esto va a ser el mejor orgasmo menstrual


de la historia o un desastre total, y aunque espero que sea lo primero, lo
segundo parece más probable.
Cooper vuelve con una toalla y la extiende sobre la cama. Luego vuelve
a sacarme del ovillo en el que me he hecho, con ositos de goma como
soborno.
—¿Quieres quitarte toda la ropa? —me pregunta mientras me meto
un par en la boca.
—Creo que sólo la parte de abajo —le digo cuando he masticado.
Se quita la camiseta y los pantalones, se queda en camiseta y bóxers
y se tumba a mi lado en la cama. Es un sitio estrecho, dado que solo hay
dos camas individuales, pero ya lo hemos hecho muchas veces. Se inclina y
me besa.
—Levanta las caderas, cariño.
Siento la cara literalmente en llamas cuando me baja el pantalón y las
bragas. Aprieto las piernas, pero él se limita a pasarme la mano por el muslo.
—Déjame ver. ¿Quieres que te toque el clítoris y te deje el tampón
adentro? ¿O te lo quito para que te meta los dedos?
—Quiero tus dedos —admito—. Siempre puedo correr al baño y
quitármelo.
233 Me besa de nuevo, suavemente, y mete la mano entre mis piernas.
—Ya lo tengo.
Me tenso cuando tira del cordón del tampón. Nunca me había parado
a pensar si esto sería sexy o simplemente incómodo, pero de algún modo
consigue que sea lo primero. Quizá sea el hecho de que es lo bastante
hombre como para no sentirse avergonzado o asqueado, o quizá sea la forma
en que me acaricia el cabello mientras me mira. Juraría que hay amor en
sus ojos, pero probablemente me lo estoy imaginando. Me pone el tampón
con dos dedos y jadeo contra su boca. Me muerde el labio, con la misma
suavidad con la que me mete los dedos, y me acaricia el clítoris larga y
sensualmente.
—Háblame —murmura—. ¿Esto es bueno?
Asiento y recuerdo mi voz.
—Sí. Me siento muy... llena.
—Bien. —Enrosca los dedos, haciéndome gritar. Juro que sus dedos
son mágicos; sabe exactamente cómo tocar mi punto G. Sigue trabajando
mi clítoris con el pulgar, y pronto estoy temblando, incapaz de contener los
gemidos.
—Shh —dice—. Te tengo. Eres una niña tan buena, Penny, dejándome
cuidarte.
Resoplo. No me merezco esto, pero voy a montarlo mientras él esté
dispuesto a dármelo.
—Cooper. —Le rodeo el cuello con los brazos y le doy otro beso—.
Cariño, necesito...
—Dímelo, preciosa. Dímelo y te lo daré.
Se me saltan las lágrimas. Puede que la regla me esté volviendo más
sensible de lo normal, pero ¿cómo no reaccionar ante unas palabras así,
dichas en voz tan baja que no podrían ser para nadie más que para mí,
aunque lo intentaran? Lo beso con tanta fuerza que nuestros dientes se
rozan, pero él da lo mejor de sí mismo y entiende lo que yo quería de todos
modos, un tercer dedo que me estira de la forma más deliciosa. Muevo las
caderas, buscando un poco más de contacto, un poco más de fricción, y él
me recompensa frotándome el clítoris más deprisa. Los orgasmos siempre
llegan rápido cuando estoy con la regla, y no tardo nada en morderle el
hombro, aguantando un clímax que me hace temblar. Se sacude cuando lo
muerdo, riendo contra mi cabello, y el sonido me llega al alma.
—Joder, Red. —Sigue moviendo los dedos dentro de mí y me presiona
la sien con los labios—. ¿Puedes darme uno más?
—No estoy segura —digo con otro jadeo.

234 —Creo que puedes. —Me mira; desde este ángulo y con tan poca luz,
sus ojos parecen el cielo antes del anochecer. Parpadeo y le sostengo la
mirada. Tiene un brillo casi salvaje en los ojos, como si estuviera mirando a
la mujer más sexy que jamás ha visto, y su voz tiene ese tono áspero que he
notado cuando está a punto de correrse—. Relájate y déjate llevar por mí.
Me parto mirándolo, mientras las lágrimas resbalan por mis mejillas,
mientras el corazón se me acelera en el pecho. El orgasmo ruge a través de
mí, más fuerte que el primero, y creo que grito su nombre, pero no me oigo
por encima del zumbido de mis oídos. Pienso, distante, que será mejor que
Mia lleve auriculares, y eso me hace soltar una risita.
Me pellizca el muslo.
—¿Por qué te ríes tanto?
—Es Mia. Espero que su música esté alta.
Saca los dedos con cuidado, como con el tampón, y los limpia en la
toalla. La vergüenza se apodera de mí cuando veo lo sucio que lo he dejado,
pero él niega ante mi sonrojo.
—Nada de eso. Me he corrido, ¿sabes? Me he corrido en los pantalones
como si tuviera catorce años otra vez y estuviera viendo porno en el teléfono
bajo las sábanas.
Me ahogo de risa.
—Ni de broma.
Nos aseamos juntos; no es la primera vez que agradezco el baño
privado. Los calambres no han desaparecido del todo, pero son menos
fuertes que antes. Cooper insiste en llevarme del baño a la cama. Me mete
debajo de las sábanas, enciende la almohadilla térmica, me da los ositos de
goma y la botella de agua, y finalmente se mete a mi lado, apoyando el
portátil en el estómago.
—Antes ha pasado algo raro —dice mientras pone en la cola la película
de relajo que le pedí, La princesa prometida. Nunca la ha visto, y sé que le
van a encantar las exclamaciones de “¡inconcebible!” del personaje de
Wallace Shawn.
—¿Raro cómo?
—¿Recuerdas cómo le dejé a mi tío ese mensaje de voz?
—Sí.
—Creo que lo he visto.
Hago una pausa con un osito de goma a medio camino de mi boca.
—¿Qué quieres decir con que lo has visto? ¿No te ha devuelto la
llamada?
—No, no ha dicho nada, pero estaba sentado en las gradas durante el
235 entrenamiento. Se fue antes de que pudiera verlo más de cerca. —Sacude la
cabeza—. Al menos, pensé que era él. No entiendo por qué aparecería de
repente sin decir nada.
—¿Tal vez tu padre sabe que estaba allí?
Resopla.
—Diablos, si lo sabe, está planeando activamente cómo enviarlo de
vuelta al otro lado del país.
Me acurruco contra él y me rodea con el brazo.
—Espero que sea él. Sé que lo echas de menos.
Asiente y pone la película.
—Prefiero tenerlo cerca que a mi padre, te lo aseguro.

236
Cooper

Compruebo la hora en mi teléfono antes de meterlo en el bolsillo.


Penny y yo estamos en el edificio de Inglés los jueves por la tarde, pero mi
seminario termina media hora antes que su clase de escritura creativa. A
pesar de que el final de enero ha sido húmedo y miserable hasta ahora y de
que antes he pisado un charco de hielo medio derretido, no puedo dejar de
sonreír. En cuanto salga del edificio, voy a sorprenderla con un viaje a la
librería.
Quizá a otras chicas les regalen flores, chocolate o un viaje al spa.
Pero yo sé lo que le gusta a mi chica: libros en vez de flores, ositos de goma
en vez de chocolate y orgasmos semipúblicos en vez de tratamientos de spa.
Joder, estoy sonriendo como un idiota. Solía burlarme de James por
eso, pero ahora lo entiendo. Tienes a la chica que necesitas en tu vida, y
parece que todo es posible. Ya estamos metidos de lleno en la temporada,
en la que cada partido cuenta un poco más, pero estoy relajado. Aparte del
hecho de que UMass está por delante de nosotros por un juego y papá y yo
no hemos hablado desde Navidad, la vida es buena. Penny es mi ángel
pelirrojo, y si no fuera porque sé que no querría una relación con nadie más
que con ella, no podría creer que haya pasado casi veintiún años sin
experimentar lo que se siente al poder llamar mía a una chica.
Prácticamente salta al salir del edificio mientras charla con una
compañera, pero en cuanto me ve, corre a mis brazos y salta. Atrapo su peso
con facilidad, haciéndola reír contra mis labios mientras me da un beso.
237 Está calentita por llevar más de una hora dentro de un aula caldeada. Le
devuelvo el beso un par de segundos antes de dejarla en el suelo.
—¿Qué haces aquí? —dice—. Creía que tenías entrenamiento.
—Tengo unas dos horas antes de que tenga que estar en la pista. —
Le pongo una mano enguantada sobre la cabeza—. Supongo que es tiempo
suficiente para la sorpresa que he planeado.
Su sonrisa ilumina todo su rostro.
—¿Una sorpresa?
—¿Tienes tiempo?
—Para ti, siempre. —Me toma de la mano mientras bajamos por la
acera—. ¿De qué se trata?
—¿No sabes cómo funcionan las sorpresas?
No para de pedirme pistas durante todo el camino. Una de las cosas
buenas de McKee es que Moorbridge está entrelazado con el campus, así
que puedes recorrer ambos sin necesidad de tomar siempre el auto.
Podríamos haber tomado el autobús; hace frío, con montones de nieve a
ambos lados de la acera y el hielo derretido crujiendo bajo nuestros zapatos,
pero me siento bien con ella a mi lado.
Se da cuenta de que me dirijo a Book Magic cuando doblamos la
esquina de Main Street y empieza a saltar de verdad, prácticamente
arrastrándome hasta la entrada. La detengo justo antes de que entre
corriendo y le digo:
—Estas son las reglas.
Hace un mohín y sus grandes ojos azules se agitan.
—¿Reglas?
—Bueno, una regla —corrijo. Voy a disfrutar de lo lindo—. Lo que tú
quieras, yo invito.
Una lenta sonrisa se dibuja en su rostro.
—¿Lo que yo quiera?
—Cualquier cosa.
—Vaya —respira—. Esto es mejor que el sexo.
—Bueno —digo—, no mejor, pero...
—¡Adiós! —Abre la puerta de un empujón y entra corriendo antes de
que pueda terminar la frase.
La sigo, negando, pero no puedo dejar de sonreír. Puede que ella
piense que un viaje a la librería indie de la ciudad es mejor que ponerse
238 manos a la obra, pero más tarde la haré cambiar de opinión. Me muero por
volver a correrme en sus tetas, y sé que mi chica sucia no dirá que no.
La encuentro en la sección de romance, lo que ya me esperaba; lleva
tres libros bajo el brazo. Me sonríe de una forma que hace que me duela el
pecho, y no puedo evitar tomar su rostro con las dos manos e inclinarla para
besarla. Tiene los labios un poco agrietados y fríos, y me entran unas ganas
irrefrenables de mirar por la tienda hasta que veo a alguien y le presento a
Penny como mi chica.
Cuando nos separamos, su mirada traviesa desaparece. Parece feliz.
Sigo sin saber qué le pasó en el pasado que a veces la hace apartarse de mí,
pero espero que se esté dando cuenta de que, sea lo que sea, no voy a ir a
ninguna parte.
Y entonces veo a alguien, una mujer un par de años mayor que
nosotros, que lleva una camiseta de Book Magic.
Sus anteojos negros, más el cabello castaño rizado, le dan un aspecto
de búho. Señala con la cabeza el libro que encabeza la pila de Penny.
—Ese es genial.
—Fantástico —dice ella—. No leo mucho romance histórico, pero hace
tiempo que está en mi lista.
La mujer asiente mientras endereza un expositor.
—Cuando lo termines, entra y cuéntame qué te ha parecido. Es mi
favorito de la serie: Miles es un héroe maravilloso.
—Está escribiendo un libro —digo, señalando a Penny—. Mi novia. Es
muy bueno.
—Cooper —dice ella, sonrojándose.
—¿Qué? —le digo—. Lo es, y leo para que sepas que no miento. Es
una novela romántica.
La mujer nos mira interesada.
—Tenemos un grupo de escritura creativa que se reúne aquí dos veces
al mes —dice—. ¿Vas a McKee? Podrías unirte a nosotros.
—Yo... —Penny me mira con ojos desorbitados.
—Le encantaría —termino.
Se sonroja aún más, pero dice:
—Suena increíble, de verdad que me encantaría. ¿Cuándo es la
próxima reunión?
Dejo a Penny charlando con Monica, la mujer se presenta mientras
seguimos hablando, y me dirijo a la sección de fantasía. Escojo un par de
libros para mí y me hago con un ejemplar de Daisy Miller, que necesito para
mi clase de Modernismo. Cuando me encuentro con Penny en la caja, ya
239 lleva diez libros en los brazos y está charlando con Monica como si fueran
viejas amigas.
—Te enviaré el primer capítulo por correo electrónico esta noche —le
dice Penny cuando le quito los libros de los brazos. Me besa en la mejilla—.
Gracias, bebé.
Monica rodea el mostrador para pasar por caja.
—¿Apoya lo que escribes y te compra? Asegúrate de quedarte con él.
Penny
28 de Enero

Penny: Le encantó.
Coop: ¡¡Red!!
Eso es impresionante.
Penny: ¡Lo sé! No puedo creerlo
Coop: Bueno, yo sí puedo. Es un libro malditamente bueno.
Penny: Estoy emocionada por ir al grupo de escritura.
Coop: ¿Quieres que nos veamos en la ciudad cuando termines?
Podríamos salir a cenar tarde.
Penny: Suena bien.
Todavía tienes que venir a cenar a casa de mi padre. No deja de
preguntármelo, como si no lo vieras más que yo.
Coop: ¿Qué tal este fin de semana? Podemos llevar a Tangy.
Penny: La quiere mucho. Lo está convenciendo para tener otro gato.
Coop: Deberías ir al refugio con él para elegir uno.

1 de Febrero
240
Coop: Cuando sugerí lo del refugio, no me refería literalmente.
Penny: Lo sé, es salvaje.
Apenas me salió la frase de la boca cuando tomó las llaves del
auto.
Coop: ¿Cómo se llama?
Penny: Se llama Gretzky.
Coop: Adorable.
Penny: Me gusta más nuestra hija <3
Pero él es dulce.
Aparentemente a Nikki también le gustan los gatos.
Coop: ¿Sigue fuerte?
Penny: ¿Supongo?
Coop: ¿Todavía te parece bien?
Penny: Quiero que sea feliz.

3 de Febrero

Coop: ¡?!
Penny: Estamos en la misma habitación, bebé.
Coop: Lo sé, pero te ves tan tranquila con los auriculares
puestos.
Penny: ¿Así que pensaste que era el momento perfecto para sacarme
de la zona?
Coop: Sé que estás escribiendo sobre cosas muy importantes y
obscenas...
Pero sólo digo que, si necesitas a alguien con quien actuar, estoy
aquí.
Y súper aburrido.
Penny: En realidad, estoy escribiendo una escena de batalla.
Coop: ¿¿¿Oh???
Penny: Por supuesto, eso es lo que te excita.
Coop: Literalmente tengo una espada tatuada en mi cuerpo.
241 Penny: Ven aquí y bésame.
Cooper

Ahí está otra vez.


Está sentado en las gradas, observando el entrenamiento desde las
sombras. He cometido un par de errores durante nuestros ejercicios porque
no puedo dejar de mirarlo. Chaqueta de cuero negra, gorra de los Yankees
bien calada sobre su rostro, mucho desaliño: es mi tío Blake.
¿Pero qué demonios hace aquí? ¿Viéndome patinar como si volviera a
tener cinco años y estuviera en mi primer equipo alevín, sin siquiera
enviarme un mensaje para avisarme de que está en la ciudad?
Evan entrecierra los ojos cuando lo señalo.
—¿Estás seguro? —dice—. ¿Es tu tío?
—Sí. No sé por qué no me mandó un mensaje. —Le doy una palmada
en el hombro a Evan—. Voy a preguntarle al entrenador si puedo hacer un
descanso para hablar con él.
—Lo que Cooper quiere, Cooper lo consigue. —Se burla Brandon
mientras paso patinando—. Supongo que es así cuando le has metido la
polla...
Vuelvo a patinar hacia él.
—¿Quieres terminar esa frase? —Me inclino, mirando al entrenador
deliberadamente antes de fijar mi mirada en Brandon—. Porque si tengo que
patearte el culo, lo haré. Y luego le diré al entrenador exactamente quién se
242 atrevió a faltarle el respeto a su hija.
Brandon traga saliva, pero no dice otra palabra.
—Eso es lo que pensaba. —Sacudo la cabeza—. Cuida tu puta boca.
Y la próxima vez que veas a Penny, te vas a disculpar por esa payasada que
hiciste en Vermont. ¿Entendido?
Su expresión vacila, como si estuviera considerando mandarme a la
mierda. Levanto una ceja.
—Bien —suelta.
El entrenador me da permiso para hablar con el tío Blake, al menos
espero que sea él, porque si no, esto va a ser incómodo, así que subo las
escaleras. Cuando llego a la fila en la que está sentado, levanta la mano en
un pequeño saludo.
Si antes no estaba seguro, ahora sí: es mi tío. Un poco más viejo, un
poco más desgastado, pero definitivamente él.
—Hola, Cooper —dice cuando me siento a su lado en el banco. Es de
lo más informal, como si acabara de verlo la semana pasada para la cena
del domingo.
—Tío Blake. —Acepto su abrazo de costado. Huele a humo de cigarrillo
y a jabón barato, pero eso me resulta familiar tratándose de él—. ¿Qué haces
aquí? Te he llamado.
—Los negocios me trajeron de regreso a Nueva York —dice—. Pensé
en ver a mis sobrinos, y las entradas para los Eagles son demasiado caras.
Me sonrojo de la de vergüenza. Por supuesto, espera ver a James.
Todo el mundo lo espera.
—Puedes pedirle las entradas —digo fríamente—. Tengo
entrenamiento.
Alarga la mano y me da un puñetazo en el brazo antes de que pueda
levantarme.
—Era broma, Coop. Creía que sabías aceptar una broma. Siento no
haber respondido a tu mensaje, pensé que esto sería más fácil.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Sólo quiero ponerme al día, como tú. ¿Quizá podría invitarte a
cenar? Cuando termines, claro.
Levanto las cejas.
—Um, ¿seguro?
—Tu cumpleaños es pronto, ¿no? —dice—. Llámalo regalo.
243 Hace tanto tiempo que no lo veo que casi me sorprende que se
acuerde. No ha estado en la ciudad desde que yo tenía diecisiete años, y eso
fue sólo por un corto tiempo antes de que se fuera a rehabilitación de nuevo.
Me pregunto si está limpio, y luego me siento culpable por pensarlo. Está
haciendo todo lo que puede, estoy seguro, y ha mencionado ir a cenar, no a
beber. Papá es el único que lo juzga a él y a sus luchas, y si hay alguien a
quien no quiero parecerme, es a él.
—Gracias. —Miro hacia el hielo, donde el equipo sigue practicando. El
entrenador Ryder hace sonar su silbato y los chicos se detienen, prestándole
atención—. Voy a cambiarme.
—Bien hecho. —Me da una palmada en la espalda antes de
levantarse—. Estoy emocionado por ver qué ha estado haciendo mi sobrino
favorito.
Cuando termina el entrenamiento, me cambio lo más rápido que
puedo, me despido de los chicos y del entrenador Ryder, y lo reservo. Una
parte de mí, una pequeña parte irracional, se pregunta si el tío Blake se
habrá ido, pero está apoyado en el edificio, fumando un cigarrillo. El invierno
significa que el sol ya se ha ocultado bajo el horizonte, pero una luz cenital
lo ilumina, haciendo brillar el cuero negro de su chaqueta.
Cuando me ve, se le iluminan los ojos. Son como los míos, como los
de papá, de un azul intenso. Azul Callahan, solía bromear mi madre.
Siempre ha sido más amable cuando habla del tío Blake, aunque ella no es
su pariente.
—¿Conoces algún sitio bueno por aquí para comer algo? —pregunta.
—¿Pizza está bien?
—Vamos, chico. Puedo hacer algo mejor para tu vigésimo primer
cumpleaños.
—Hay una buena hamburguesería no muy lejos. —Me engancho el
bolso al hombro—. ¿Has venido en auto?
Se pasa la mano por el cabello.
—Me ha traído un amigo.
—No hay problema —le digo, rebuscando las llaves en el bolsillo
mientras cruzamos el estacionamiento—. ¿Recuerdas la camioneta que
compré después de ahorrar todo el verano? ¿La última vez que estuviste en
la ciudad? He estado trabajando en ella todo este tiempo.
—¿En serio?
—Sí. Ahora funciona de maravilla. —Paso la mano por el capó negro
brillante antes de entrar—. Genial, ¿verdad?
244 El tío Blake se acomoda en el asiento del copiloto.
—Seguro que a Rich le encanta.
—Ha sido un punto delicado —digo alegremente—. Quería comprarme
un Range Rover como James, pero prefiero este.
—Ves, tú y yo somos iguales —dice—. Hay Richards y Jameses. Blakes
y Coopers.
Lo fulmino con la mirada.
—Es una forma de decirlo.
Me dedica una media sonrisa.
—Dime qué te pasa, chico. Sé que no he estado precisamente por aquí.
Pero estoy limpio y sobrio.
El corazón se me hincha en el pecho.
—Me alegro.
—Tardé un poco en recuperarme y hacer que se mantuviera, pero aquí
estoy.
Giro a la izquierda; sé cómo llegar a este restaurante en sueños. He
perdido la cuenta de las veces que Sebastian y yo hemos pasado por la
ventanilla de hamburguesas. Los batidos tienen la consistencia perfecta.
Probablemente no debería tomarme uno, pero no es como si pudiera intentar
usar mi DNI falso una vez más para pedir una cerveza delante del tío Blake.
—Estoy bien —digo—. La temporada está yendo bien. Soy... Soy el
capitán del equipo.
—Ahí está el Cooper que recuerdo. —Se golpea las palmas de las
manos—. Supongo que compensa el haberse perdido el draft.
Se me corta la respiración.
—Sí. Sobre todo. —Entro en el estacionamiento. En una noche
cualquiera de febrero, no hay demasiada gente, sólo un par de autos más—
. Está bien, me encanta mi equipo y estoy mejorando mucho.
—No hay necesidad de ser tan modesto. Habrías pasado la primera
ronda, y lo sabes como yo. —El tío Blake me guía hasta la puerta y me la
abre; el aire benditamente cálido nos golpea en el rostro—. Si fueras mi hijo,
te habría empujado a hacerlo.
—No es que no quisiera.
Agita la mano.
—Bien. Rich.
Suelto una carcajada.
245 —Nadie lo llama así, ¿sabes?
—Soy su hermano, está permitido.
Pedimos hamburguesas y papas fritas y un batido de chocolate cada
uno. Tengo que traer a Penny aquí alguna vez; sé que preferiría el batido de
fresa y me encanta el bailecito de felicidad que hace cuando prueba algo
bueno. Quizá cuando McKee proyecte una de sus películas en el patio en
primavera, vayamos a cenar y al cine.
El tío Blake elige un reservado en la esquina. El neón del cartel de la
pared de arriba le baña el rostro en tonos rosas y morados. Cuando me
siento frente a él, se inclina con los codos sobre la mesa pegajosa.
—¿Los reclutadores han estado en contacto?
—Algunos —le digo—. Saben que me voy a quedar. Papá y el agente
de James van a trabajar en una oferta después de la graduación.
—A la mierda —dice, jugueteando con su reloj. Es caro, un Rolex de
oro y plata. Mi padre también tiene un Rolex y, a juzgar por su regalo de
graduación a James, yo tendré uno después del año que viene—. Los
equipos van a estar haciendo cola alrededor de la manzana. No necesitarás
un agente. Ahórrate el dinero.
Sacudo la cabeza.
—No puede ser. Los contratos son complicados.
—Tienes algo que ellos quieren. He visto tus mejores momentos esta
temporada. Eres una puta superestrella. Podrías ser el próximo Makar.
Suelto una carcajada incrédula. Es halagador que haya visto la cinta,
pero es un gran salto pasar de “mejor defensa del Hockey East” a “ganador
del Norris Memorial Award”. Incluso si eso es con lo que fantaseo, no es el
tipo de sueño que admitiría en voz alta.
—Seguro.
—No dejes que nadie te diga lo contrario. Tienes el puto talento; ya
deberías estar en la liga. No jugando para algún equipo universitario y
escribiendo trabajos.
—Estoy bien donde estoy —digo, un poco cortante—. Y McKee no es
un equipo universitario. Somos lo suficientemente buenos como para ganar
la Frozen Four este año.
Se acomoda contra la cabina, con las manos levantadas en señal de
rendición.
—Hablo en serio, chico. Pero no tenemos que hablar de ello.
—Lo siento. —Me quito la gorra y me paso la mano por el cabello
mientras inspiro—. Pero estoy bien donde estoy. De verdad.
—Bueno, venga, cuéntame más. —Le sonríe coquetamente a la
246 camarera mientras nos deja la comida y ella se sonroja al marcharse. Resisto
el impulso de poner los ojos en blanco; al parecer, el encanto de mi tío sigue
vivo—. Ya estoy aquí. Esta vez para siempre.
—¿En serio?
—En serio como un infarto. Toma su batido y golpea su vaso contra
el mío en señal de júbilo—. Me he mantenido alejado demasiado tiempo. Es
hora de que eso cambie.
Penny

Me acomodo contra los cojines del sofá, respirando el olor familiar del
ylang-ylang y el azahar. La doctora Faber está sentada frente a mí en su
sillón de cuero, con el cuaderno abierto. Cruza una pierna sobre la otra y
entrelaza los dedos, cada uno adornado con al menos un anillo. Me he
sentado en este mismo lugar más veces de las que puedo contar, pero
siempre que llego recuerdo la primera cita.
Llevaba unos pantalones rotos, lo que exasperó a papá; de algún modo
se le había metido en la cabeza que la doctora Faber era una anciana y se
ofendería porque su paciente adolescente enseñara demasiada piel. Me
acompañó hasta su consulta, regañándome por ello, y entonces la doctora
Faber abrió la puerta y no era en absoluto una anciana, sino una treintañera
que llevaba un vestido de verano y zuecos, tatuajes en ambos brazos y el
cabello rosa cortado en un corte recto asimétrico. Me encantó de inmediato.
Ya no la veo tan a menudo como antes, pero su despacho, con sus paredes
azules y su arte abstracto, su colección de cojines y su viejo y chirriante
radiador, me reconforta. Yo no tengo tías, pero eso es lo que la doctora Faber
siempre me ha parecido: un pariente con el que puedo sincerarme sin miedo
a ser juzgada. Estoy impaciente por contarle que el chico con el que me
había estado enrollando es ahora mi novio.
—¿Te ha traído tu padre? —me pregunta.
Me acomodo el cabello detrás de la oreja, incapaz de contener la
sonrisa.
247 —En realidad, fue mi novio.
También sonríe.
—¿Novio? Penny, eso es maravilloso. ¿Es el joven que mencionaste en
nuestra última sesión? —Hojea sus notas—. Justo antes de Navidad,
mencionaste que habías estado experimentando con un chico llamado
Cooper.
—Sí. Es él.
Garabatea una nota.
—¿Cómo sucedió eso?
—Como que... desarrollamos sentimientos, supongo, mientras
trabajábamos en la lista que tenía. Ya sabes cuál.
Asiente, aun sonriendo. Cuando le expliqué la lista, cuando
empezamos a hacer sesiones, esperaba que le preocupara, pero ella estaba
de acuerdo en que la probara algún día, siempre y cuando tachara los
puntos con alguien en quien pudiera confiar de verdad. Por eso me gusta la
doctora Faber; siempre ha entendido de dónde vengo y nunca me ha hecho
sentir que mis deseos son erróneos.
—¿Sabe tu padre que estás saliendo con alguien?
—Sí. Y le gusta. Ya conocía a Cooper, ¿sabes? Por el equipo.
—Claro, por supuesto. —Se acomoda, cruzando de nuevo las
piernas—. Suenas bien, Penny. ¿Te sientes bien?
—Sí. —Respiro hondo—. Realmente bien. Me... me gusta de verdad.
Es tan diferente a Preston. Me divierto con él, y realmente creo que estoy
empezando a confiar en él.
—Eso es genial. —Hace otra nota, dándome una suave sonrisa—.
Hablemos de eso en un momento, porque sé qué época del año es, y estoy
segura de que tú tampoco lo has olvidado.
El calor que me recorre se enfría.
—No.
—Pero quiero oír más sobre Cooper y tu lista. ¿Has tachado todos los
puntos?
—Casi. —Suelto una carcajada—. Segura sabes lo que falta.
—¿Sexo vaginal? —Su voz es franca. Eso es otra cosa que siempre he
apreciado de ella; dice las cosas como son sin dejar de ser amable. Me
recuerda a mamá. Ella nunca conoció a la Doctora Faber, por supuesto,
pero creo que la aprobaría.
—Quiero hacerlo. Quiero tener esa experiencia con él.
248 —¿Ha expresado algún sentimiento sobre el tema?
—Estoy segura de que quiere hacerlo. —Arrastro los dientes sobre mi
labio inferior, considerándolo—. Nunca ha intentado presionarme ni nada
por el estilo. Y nos divertimos haciendo otras cosas. Pero esto sería muy
especial, ¿sabes? O al menos espero que lo sea, no como la última vez.
—No te apresures, pero creo que permitirte tener esta experiencia
podría ser fortalecedor. Incluso más que los otros actos de control y
recuperación de la lista que has hecho con él.
—Haces que suene mejor que mi compañera de piso.
Se ríe.
—Eso es lo que es, en el fondo, ¿verdad? Recuperar el poder. Tú eres
poderosa, Penny. El hecho de que te hayas dado tanto espacio para explorar
tu sexualidad en tus propios términos es algo que no deberías tomarte a la
ligera. La Penny que conocí no habría hecho esto.
Se me hace un nudo en la garganta, pero digo:
—Gracias. Lo sé. A veces me siento igual que entonces, pero luego
recuerdo que no es así. Estoy creciendo.
Me lanza una mirada cariñosa y me acerca sutilmente los pañuelos.
A estas alturas ya sabe que es tan probable que llore de alegría como de
tristeza.
—Ya casi es 18 de febrero —dice, con un tono cuidadoso en la voz.
—Sí. —Tomo un pañuelo, aunque no estoy llorando, y lo doblo en un
cuadradito. El primer aniversario de la fiesta, estaba hecha un desastre;
apenas podía hablar por la rabia y el pánico. Ahora estoy mejor, pero eso no
significa que lo esté deseando, aunque esa fecha sea el cumpleaños de
Cooper. Si consigo superarlo sin tener un ataque de pánico, lo consideraré
un día exitoso—. He intentado no pensar en ello.
—¿Por evasión?
—Más bien... por terquedad. —Me encojo de hombros—. Es el
cumpleaños de Cooper, el 18. Quiero celebrarlo con él. Estoy ayudando a
sus hermanos a organizarle una fiesta sorpresa. No quiero ser un desastre,
¿sabes? Y no he tenido un verdadero ataque de ansiedad en años. Así que,
cada vez que mi mente lo trae a colación, intento redirigirlo.
—¿Qué estrategias de afrontamiento utilizas?
—Recordarme a mí misma que puedo controlar mis pensamientos.
Hacer un ejercicio de respiración. Tomarme un tiempo y leer unos minutos
en su lugar. Lo que hemos hablado.
—Eso es excelente —dice—. Pero también quiero que te des la gracia
si acaba siendo difícil. Apoyo totalmente que quieras crear nuevos
249 recuerdos, te ha estado funcionando bien, pero ese día todavía tiene bagaje.
—No es justo —le digo ferozmente.
—Nunca he dicho que lo fuera —dice. Se inclina y vuelve a juntar las
manos—. Penny, ¿Cooper sabe algo de Preston?
—No —admito.
—¿Por qué crees que te has estado conteniendo?
Trituro el pañuelo en tiras y me doy cuenta de que estoy haciendo un
desastre, así que lo meto en un puño. Me obligo a mirar a la doctora Faber
a los ojos.
—¿Y si se entera y decide que es demasiado para él?
—¿Ha hecho algo que te haga sentir que esa es una posibilidad?
—Siempre es una posibilidad. —Jugueteo con mi anillo lunar; es eso
o tomar otro pañuelo para destruirlo—. ¿Y si piensa...?
Ni siquiera puedo decirlo en voz alta, pero la doctora Faber me
entiende.
—Sólo tú sabes cuál es el momento adecuado para decírselo —dice—
. Pero te animo a que intentes ser sincera al respecto. Sigue tus instintos.
Acabas de decirme que empiezas a confiar en él. Si le confías tu pasado,
podría acercarlos aún más.
—O alejarlo.
—Tal vez —dice. Se adelanta y cubre mi mano con la suya—. Pero el
amor casi siempre merece el riesgo.

250
Penny

Penny: Todo bien con la terapeuta.


Ya he terminado.
Coop: Buena chica. Estoy afuera.

Meto el teléfono en el bolso y me subo el cuello antes de salir del


edificio. La camioneta de Cooper está junto a la acera. Disimulo mi sonrisa,
el eco de los elogios rebota en mi mente, mientras abro la puerta. Agradezco
que no me haga cruzar el estacionamiento a pie, porque el viento es terrible.
El primer año que viví en Nueva York, pensé que el cambio de tiempo
me ayudaría. Cuando vivía en Tempe, febrero significaba tiempo agradable
y templado. Una noche agradable es lo que llevó a esa fiesta en casa,
después de todo. Quería que el aire amargo y la sucia aguanieve me
recordaran que no estaba cerca de Preston.
No ha funcionado exactamente así, pero quizá este año, con el
cumpleaños de Cooper para celebrar, por fin lo superaré. Terminé mi sesión
con la doctora Faber con una nota de esperanza, especialmente porque mis
medicamentos siguen funcionando bien y he podido usar con éxito mis
mecanismos de afrontamiento. Además, no he tenido un ataque de pánico
desde que conocí a Cooper, y eso debe contar para algo.
Se inclina para besarme mientras me abrocho el cinturón. La cabina
de la camioneta está calentita y su barba me roza agradablemente la piel.
251 Lo beso más profundamente antes de que pueda apartarse y, de algún modo,
eso lo hace apoyar el codo en el claxon. El bocinazo nos hace reír a los dos.
Amor. La doctora Faber mencionó el amor. No estaba segura de sí
volvería a decirle a alguien esas palabras. Sigo sin estar segura, pero la
posibilidad brilla en la distancia como una lluvia de sol lejana.
—Whoops —dice, lanzándome un último beso antes de poner la
camioneta en marcha—. ¿Segura que todo va bien?
—Estoy bien —le digo con firmeza. Saco el teléfono y le envió un
mensaje a mi padre—. Era más que nada una revisión para mi próxima
receta.
—Bien. —Agacha el cuello para asegurarse de que no viene nadie
antes de salir del estacionamiento—. Buena chica. Estoy orgulloso de ti.
Me sonrojo.
—Sólo era una sesión de terapia.
—Y eso es un puto trabajo duro. Hay ositos de goma para ti en la
guantera.
Mi corazón hace el staccato mientras los saco. Cuando papá solía
llevarme a terapia, cuando yo lo necesitaba más a menudo, siempre tenía
un snack para después, helado o un viaje a Barnes and Noble o incluso
ositos de goma. El hecho de que Cooper pensara en el mismo gesto es más
dulce de lo que él cree.
—¿Aún te parece bien ir al partido? —pregunta.
—Totalmente. Quiero conocer a tu tío.
—Genial. —Apoya su mano en mi muslo, conduciendo con una sola
mano. El calor me llena el estómago. La naturaleza casualmente posesiva,
combinada con el hecho de que no ha llamado la atención, es lo
suficientemente caliente como para hacerme querer pedirle que pare. No se
la he chupado en su camioneta desde que empezamos a salir, así que ya es
hora. Tal vez después del partido. El otro día bromeó con que le metiera los
dedos y, desde entonces, no he podido dejar de pensar en lo excitante que
sería darle a probar su propia medicina, sobre todo si al mismo tiempo me
metiera su polla hasta la garganta. Es algo que siempre me ha gustado, pero
ni siquiera lo había apuntado en mi lista; no creía que fuera a encontrar
nunca a un chico tan acorde con mis fantasías.
Me mira.
—¿En qué estás pensando?
—En cosas sucias.
Menea la cabeza.
252 —Estás más caliente que yo.
—Sólo a veces. —Juego con sus dedos, mordiéndome el labio mientras
lo miro. Me mira de nuevo, tragando saliva, y casi le pido que dejemos el
juego para irnos a follar, pero sé lo importante que es todo esto para él. La
relación que ha estado construyendo con Ryan, que su madre agradece
porque no tiene ni idea de hockey, y la que está reavivando con su tío ahora
que lleva dos años sobrio y ha vuelto a su vida.
Así que me muerdo la lengua y reprimo el deseo que me recorre de
camino a la pista de Pine Ridge, donde juega el equipo de Ryan. Son los
Moorbridge Ducks, y los uniformes son tan pequeños y adorables que casi
lloro cada vez que los veo. Demasiado lindos.
Cooper me besa en cuanto estaciona la camioneta en el
estacionamiento.
—Joder, Penny. Los ojos de dormitorio se llaman así por algo.
Parpadeo inocentemente.
—¿Puedo meterte los dedos en el culo después del partido?
Gruñe, prácticamente tirándome del asiento, y menos mal que acaba
de apagar la camioneta, porque mi rodilla golpea la palanca de cambios.
Acabo en su regazo, hecha una maraña de extremidades, y besa mi rostro
por todas partes; sus manos están en mi culo, masajeándolo a través de mis
pantalones. Me estremezco, aunque ya no tengo frío. Es tan jodidamente
grande que me hace sentir diminuta.
—Maldita chica sucia —murmura. Me roza el cuello de la chaqueta,
me besa y me chupa el cuello. Me estremezco y busco su cabello con las
manos. Noto su polla a través de los pantalones. Si no nos apartamos, va a
ponerse duro, y yo no me quedaré atrás; ya noto cómo se me humedecen las
bragas. Me aprieto contra él, sin poder evitarlo, y gime echando la cabeza
hacia atrás.
Aprovecho que tiene el cuello al descubierto para hacerle un chupetón
a juego, justo al lado de la cicatriz que tiene debajo de la oreja. Cuando le
pregunté por ella, me dijo que era de un viejo accidente de auto del que
apenas se acuerda. Sisea y me tira del cabello cuando le muerdo el hombro.
Me echo hacia atrás para mirar lo que he hecho, pero él vuelve a acercarse
a mí y me pega la boca a la oreja.
—Claro que puedes, joder —susurra con voz grave, áspera y
deliciosa—. Pero me voy a correr en tu rostro y te voy a dejar hecha un asco,
porque sólo las mocosas torturan a sus novios justo antes de ir a algún sitio
público.
Aprieto los dientes mientras nos besamos, sin dejar de sonreír.
—Sólo si después me escupes para limpiarme.
253

—Y entonces se arrancó los guantes y retó al chico a una pelea. Seis


años. —Blake sonríe a Cooper, dándole una palmada en el hombro—. Liga
de pee wee 22 y ya decidido a defender a sus compañeros.

22
Es un nivel de hockey sobre hielo para niños de 11-12 años
Cooper agacha la cabeza, pero capto su sonrisa. Durante todo el
partido, hemos estado animando a Ryan, que se está convirtiendo en un
patinador muy seguro, e incluso ha marcado un gol antes, y Blake Callahan
me ha estado contando alegremente todas las historias de la infancia de
Cooper que se le han ocurrido.
—Ryan es así de luchador —dice Cooper—. Cuando empezó en la clase
que di con Penny, era tímido, pero ahora es totalmente diferente.
Vemos a Ryan hacer un disparo y lo animamos, pero el portero se lo
traga. Doy un sorbo a mi refresco.
—Vas a volver, ¿verdad?
—En cuanto ganemos la Frozen Four —promete Cooper.
—Bien. Te echo de menos allí. —Miro de reojo a Blake, pero a él no
parece molestarle la melosidad. Por lo visto, recuerda a Cooper como el
jugador que solía ser, el Cooper del instituto era incluso más salvaje que el
de la universidad, aunque no estoy segura de creérmelo, y no podía creerse
cuando Cooper le dijo que iba a conocer a su novia. Blake ha sido ingenioso,
desternillante sin pretenderlo, y también todo un ligón; charló
descaradamente con una mujer en el puesto de comida y le guiñó un ojo
cuando su marido vino a recogerla. No es de extrañar que Cooper echara de
menos su presencia en su vida, sobre todo con lo estricto que es su padre.
Sebastian me dijo el otro día que aprueba nuestra relación, pero Cooper no
ha estado de humor para hablar de su padre, así que no lo he mencionado.
La fundación de su familia va a celebrar una gala, esa es la palabra que ha
utilizado, gala, como si de repente estuviéramos en una corte real de
fantasía, es el mes que viene, y ya me estoy preparando para la incomodidad.
—Penny —dice Blake—, ¿no estás de acuerdo en que Cooper podría
fichar por un equipo mañana mismo y patearle el culo a media liga?
—Probablemente. —Mi estómago da un vuelco ante la idea de que
Cooper me deje para ir a jugar a la NHL. Ya he pensado en el hecho de que
se gradúa un año antes que yo. Estar a distancia durante un año mientras
254 él se va a alguna ciudad, posiblemente al otro lado del país o incluso a
Canadá, va a ser un asco, por muy necesario que sea. La idea de renunciar
a él apesta aún peor, después de todo—. Pero no hay prisa. ¿Verdad?
—Cierto —dice Cooper, mirando a su tío con los ojos entrecerrados.
—Sólo quería que supiera lo semental que eres —dice Blake. Se frota
la barba y me dedica una sonrisa pícara. No puedo evitar sonrojarme—.
Además, lo entiendes. ¿Verdad, Penny? Con un entrenador como padre y
todo eso.
—Sí. —Vuelvo a centrarme en el partido, donde Ryan está de nuevo
en el hielo y muestra sus habilidades cada vez mayores. Cooper fue así una
vez, pequeño pero feroz. Yo también lo fui. Es una tontería pensarlo, porque
él estaba en Nueva York mientras yo estaba en Arizona cuando teníamos
más o menos la edad de Ryan, pero ¿y si nos hubiéramos conocido de niños?
¿Nos habríamos gustado? Tengo la imagen repentina de un pequeño Cooper
retándome a una carrera en patines. Él llevaría una camiseta de hockey y
unas protecciones, sus ojos azules brillarían, y yo llevaría unos calentadores
y un leotardo, el cabello recogido en un moño en lugar de suelto alrededor
de los hombros. De pequeña era tímida y algo me dice que Cooper me habría
gustado tanto que no habría sido capaz de hablar con él.
Ahora es el hombre del que estoy peligrosamente cerca de
enamorarme, y aunque su futuro está en la NHL, no hay ninguna parte de
mí que quiera que se adelante, aunque técnicamente pudiera intentarlo.
—Si su propio padre no va a presumir de él, alguien tiene que hacerlo
—añade Blake. Le da un codazo en el costado a Cooper—. Un día, ese
amiguito tuyo en el hielo llevará tu camiseta.
La sonrisa de Cooper no es la habitual, ni amplia, ni bravucona. Sólo
suavidad. Se me derrite el corazón, y las cosas no mejoran mucho en ese
aspecto cuando Ryan sale corriendo del hielo al final del partido un par de
minutos después y rodea a Cooper por la cintura con los brazos.
—¿Lo has visto todo? —pregunta emocionado—. ¿Incluso mi gol?
—Cada momento, amigo —dice Cooper. Le quita el casco a Ryan y le
alborota el cabello sudoroso—. ¿Dónde está tu madre? Vamos a hablar con
ella para que encuentre un momento para ayudarte a trabajar en el manejo
del stick.

255
Cooper

Llueve a cántaros cuando volvemos de Pine Ridge y, de alguna


manera, en el trayecto de mi camioneta a la puerta, conseguimos calarnos
hasta los huesos. Estoy temblando sin control. En cuanto entramos en casa,
empujo a Penny contra la puerta y la beso tan profundamente que saboreo
el azúcar de su lengua. Está helada como yo, pero al menos hay chispas en
la forma en que nuestro aliento se inunda mutuamente. Me rodea el cuello
con los brazos, tirando aún más de mí. Llevo suficiente tiempo con ella para
saber que eso significa que quiere todo mi peso sobre ella. Mi polla responde.
Se agitó cuando me susurró esas cosas sucias al oído justo antes de ir al
partido de Ryan, y ahora todo vuelve a la normalidad. La complazco y la
aprieto contra la puerta, con mi pierna entre las suyas. Le quito el abrigo de
los hombros, le desabrocho la bufanda del cuello y estoy a punto de bajarle
la camiseta para verle las tetas cuando alguien tose.
Penny abre mucho los ojos.
—¡Cooper! —susurra, golpeándome el brazo.
Gimo y me doy la vuelta. Sebastian, Rafael y Hunter están en el sofá,
empujándose mientras juegan a un videojuego. Victoria está sentada en el
sofá; Remmy está estirado en él, con la cabeza en su regazo. Izzy está en el
suelo con Tangy, leyendo un libro, o al menos lo estaba hasta que nos vio.
—¿No podías hacer eso en el auto? —exclama—. O, no sé, ¿en tu
dormitorio?

256 —¿Por qué están todos aquí?


—Lo creas o no, tenemos vidas que no siempre te involucran —dice
Sebastian. Nos mira durante medio segundo—. ¿Tienen hambre? He hecho
estofado.
—Era un guiso de puta madre —dice Hunter. No aparta los ojos del
juego; está tan concentrado que se le sale la lengua por la comisura de los
labios.
—¿La forma en que tostó la masa fermentada? Perfección —dice
Rafael.
Remmy saluda.
—Hola, Coop —dice—. Supongo que Pen está ahí, en algún lugar
detrás del muro de músculos, así que hola, Penny.
—Hola —dice Penny mientras se pasa los dedos por el cabello
mojado—. Estofado suena... genial, Sebastian, gracias.
—Más tarde —añado—. Antes tenemos que ocuparnos de algo.
—Claro —dice Izzy exageradamente—. No hagas mucho ruido.
Penny hace un mohín.
—De verdad que me gustaría estofado —dice—. Al menos el estofado
está caliente.
La empujo hacia arriba.
—Tengo una idea mejor para calentarte.
Cuando se da cuenta de que la llevo al baño, no a mi dormitorio,
desaparece la vacilación de su rostro. Sonríe y me besa en cuanto cerramos
la puerta.
—¿No cabemos los dos?
Enciendo el chorro de la ducha y me quito la ropa.
—Ya veremos.
—Siempre pensando en cómo desnudarme —bromea. La observo
hambrienta mientras se quita la ropa y deja al descubierto toda esa piel
suave y pecosa.
Levanto las cejas.
—Tú fuiste la mocosa primero.
Cruza los brazos sobre el pecho y levanta la cadera. Se me seca la
boca al verla; solo lleva una braga de algodón y calcetines. Sus ojos azules
me miran, suaves como una mañana de primavera, mientras se lame los
labios. Una gota de lluvia rueda por su mejilla, un tentador anticipo de cómo
será una vez empapada en la ducha.
257
—Y tú me hiciste promesas, Cooper.
—No me conviertas en un mentiroso.
Desliza la braga por sus largas piernas junto con los calcetines y pasa
a mi lado para abrir la puerta de cristal. Ya está empañada, calentando todo
el cuarto de baño. Suspira de placer cuando el agua la baña. Mi polla, cada
vez más pesada, sin nada tan tonto como unos bóxers, se estremece al oír
el ruido. Es como cuando hizo de ese puto interrobang nuestro código para
el sexo; un vistazo y ya estaba medio duro.
Me uno a ella en el remolino de vapor, la atraigo contra mi pecho y le
doy un beso rápido en el punto en que su hombro se une a su cuello. Gime
y echa la cabeza hacia atrás. Extiendo la mano sobre su vientre y presiono
su piel resbaladiza con las yemas de los dedos. Se balancea ligeramente, no
es un baile, pero es lo más parecido a una ducha, y yo me muevo con ella,
saboreando el calor que ahuyenta la humedad de mis huesos. Hay algo
contemplativo en ella en este momento. Hay algo deliberado en la forma en
que me mira a través de sus pestañas. Mi vientre se aprieta al ver sus labios
entreabiertos, sus mejillas sonrojadas, los pálidos capullos rosados de sus
pezones rígidos.
—¿Estás bien? —murmuro. Quizá esté pensando en su sesión de
terapia. Nunca he ido a terapia, pero no me cabe duda de que es dura. Suena
como escribir, la verdad: mostrar una parte de uno mismo a otra persona
de buena gana y esperar que la entienda. Ella es mi chica valiente por hacer
ambas cosas—. ¿Qué tienes en mente?
Menea ligeramente la cabeza mientras se gira en mis brazos, de modo
que quedamos frente a frente.
—Algo que dijo antes la doctora Faber.
—¿Le hablaste de mí? —Aprieto la mandíbula—. No es que necesites
hablar de ello, si es difícil.
—No, está bien —dice—. Se lo conté. Ella lo aprueba.
—Me alegro.
Sonríe. Me encanta cómo me sonríe cuando estamos solos. Es como
si me diera una parte de sí misma, una pequeña porción del sol que vive
dentro de su alma. Le paso el pulgar por el labio inferior y gimo, como
siempre, cuando lo muerde.
—¿Lo que has dicho antes iba en serio? —me pregunta.
—No soy un mentiroso. —Demonios, esta chica podría decirme que
quiere follarme, y la llevaría a Dark Allure a elegir un arnés. Casi hemos
terminado su lista, así que tal vez es hora de hacer una nueva juntos. Nunca
he tenido miedo cuando se trata de sexo, y no lo tengo ahora—. El aceite de
masaje que me gusta está en el rincón junto al champú.
258 Su sonrisa se vuelve socarrona. Se echa el cabello mojado, más oscuro
por el agua, por encima del hombro y se arrodilla.
—A Sebastian le debe encantar.
—Cree que es aceite para la barba.
Estalla en carcajadas mientras se estira hacia atrás y lo toma.
—¿Por qué está aquí?
—Porque no puedo sacarte de mí maldita mente, y al menos en la
ducha, tengo algo de privacidad. —La sostengo mientras intenta quitar el
tapón de la botella—. Dime si el azulejo te hace mucho daño en la rodilla.
Hace un gesto con la mano.
—Estoy bien.
—Te duele más cuando tienes frío.
Me mira, arrastrando los dientes sobre el labio mientras me bombea
la polla con una mano delicada.
—Ya no tengo frío.
Apoyo una mano en la pared de la ducha y hundo la otra en su cabello.
El agua me golpea la espalda, haciéndome gemir tanto como el primer
contacto de los labios de Penny con mi polla. Me besa por todas partes y
luego se lleva la lengua a la cabeza, haciendo un remolino que me aprieta
las pelotas.
—Joder.
Se aparta deliberadamente.
—¿No querrás decir cielo?
La cursilería me hace resoplar. Se ríe antes de volver al trabajo,
llevándome hasta el fondo de su garganta. Estoy tan concentrado en las
sensaciones, en lo caliente, húmeda y apretada que la siento, que no espero
la presión de su dedo contra mi culo. Está untado de aceite y me frota de
una forma que añade un nuevo nivel a las sensaciones que ya me recorren.
Ahogo un gemido y me aprieto más contra la baldosa.
Se aparta.
—¿Está bien así? —pregunta, presionando ligeramente la punta de su
dedo contra mí.
Tiro bruscamente de su cabello. Es extraño, pero no en el mal sentido.
—Sí, cariño. Continúa.
Me mete el dedo hasta el fondo, tortuosamente despacio, prestando
atención a mi polla todo el tiempo. Cuando lo mete, me roza la próstata y
gruño, apenas resistiendo el impulso de metérsela hasta la garganta. Ella
259 capta la indirecta y me penetra hasta el fondo mientras explora ese punto
de mi interior. Incluso añade un segundo dedo; hay un momento de
incomodidad, pero luego se funde con todo lo demás. Sólo me había
masajeado aquí desde fuera, y pensaba que me sentía bien, pero esto es algo
totalmente distinto. Provoca profundas oleadas de placer que me dejan casi
jadeando, a punto de correrme en su garganta. Ella tampoco cede en su
empeño de torturarme hasta arrancarme uno de los mejores orgasmos de
mi vida.
Cierro los ojos, estoy tenso por todas partes, casi temblando de nuevo,
esta vez de calor y placer en vez de por la fría lluvia. Arrastra las uñas de su
mano libre por mi vientre. Jadeo y me aprieto contra ella con más fuerza,
incapaz de no forzar el resto de mi polla hasta el fondo de su garganta.
Abro los ojos y la miro. Me toma de maravilla, mi chica buena,
mientras sigue provocándome en la próstata. Siento que ya voy a correrme,
lleno de tanto placer que estoy a punto de estallar. En el momento en que
presiona la punta de sus dos dedos contra ese pequeño nódulo,
masajeándolo con firmeza, me corro de verdad.
Se lo traga todo, y parece un maldito sueño mientras lo hace. Me saca
los dedos y yo me alejo. No sólo tiene la boca mojada por el agua de la ducha,
sino que tiene saliva por todos los labios y la barbilla. La ayudo a levantarse
y hace un gesto de dolor, pero sonríe mientras me besa.
—Joder —digo contra su boca.
—¿Bien?
—Debo de estar en el cielo, como dijiste. —Le rozo el costado con la
mano—. ¿Te duele la rodilla?
Me da otro beso en los labios, esta vez más suave.
—Vale la pena.
—Eso es un sí. —Me acerco y cierro la ducha. La ayudo a salir de la
cabina y la envuelvo en una toalla—. Terminemos esto en mi dormitorio.
Protesta cuando la levanto, pero no quiero que se caiga si se siente
inestable.
—¿Quieres decir que me voy a correr?
—Sí, nena. Te vas a correr.
Ignoro los gritos que vienen del piso de abajo mientras abro la puerta
de mi dormitorio. Dejo a Penny en la cama y le quito la toalla. El agua
mancha su cuerpo, sonrojado por el calor. Se sienta sobre los codos y me
mira mientras abre las piernas.
—Ahora estoy deseando correrme en tu rostro —murmuro. Aunque
estoy agotado por el orgasmo, mi polla se agita con interés.

260 Sonríe descaradamente.


—Sabes que me encanta cuando estás dentro de mí.
La posesividad se despliega como una vela, enviándome calor desde el
cuero cabelludo hasta los dedos de los pies. Doy un paso adelante y apoyo
la mano en su vientre.
—Aquí.
Se estremece al poner su mano sobre la mía.
—Ya está, nena.
Me arrodillo y la beso en los labios antes de bajar la boca hasta sus
tetas perfectas. Le acaricio el coño, caliente y húmedo, y aplasto el clítoris
con el talón de la mano. Gime, apretándose contra mí, buscando el mayor
contacto posible. Había planeado arrodillarme y masajearle la rodilla
mientras utilizaba mi boca para excitarla, pero en lugar de eso me estiro en
la cama y tiro de ella para que nos acurruquemos.
Mi polla reblandecida encaja perfectamente en el pliegue de su culo.
Engancho la barbilla en su hombro mientras la masturbo con los dedos. Ya
está hecha un lío, es fácil; le meto dos dedos y encuentro su punto G
mientras sigo frotándole el clítoris. Se estremece y suelta una serie de
pequeños suspiros y gemidos. Mi semen está en su vientre. Es toda mía,
joder. La idea me hace ahogar otro gemido.
Le saco un orgasmo y sigo hasta que me da otro. No quiero dejar de
tocarla, ni siquiera por un momento, pero al final se retuerce en mis brazos.
Tiene las pupilas dilatadas y se muerde el labio inferior. Toma mi rostro por
los dos lados y me besa como si fuera lo último que fuera a hacer. Tiembla
aún más que cuando llegamos a casa, pero al menos está caliente.
—Fóllame el culo luego —murmura—. Quiero sentirte profundamente.
Se baja de la cama y se seca con la toalla.
No me muevo por un momento, absorto en sus palabras, palabras con
las que aparentemente quiere que me quede sentado el resto de la noche, y
observando cómo se mueve mientras camina. Asalta mi cómoda en busca
de una camiseta y se asoma al pasillo. Parece que no hay moros en la costa,
porque sale corriendo y vuelve un momento después con nuestra ropa
desechada.
—¿Cooper? —pregunta mientras me tira la ropa—. ¿Te he roto?
—En el buen sentido. —Sacudo ligeramente la cabeza—. ¿Segura que
quieres volver abajo?
Vacila, pero entonces su estómago ruge con fuerza.
—Los ositos de goma no son suficiente cena —dice, algo triste—. Lo
he aprendido por las malas.
Cuando bajamos, Penny se acomoda en el sofá con Victoria, los chicos
261 han metido a Remmy en el juego, y saca su cuaderno. Me desvío a la cocina
y caliento dos platos de estofado, luego los saco con pan y té helado.
—Ha sido demasiado largo —dice Izzy, mirándome. Sigue en el suelo,
con un par de juguetes para gatos esparcidos a su alrededor. Tangy está
sentada a un palmo de distancia, moviendo la cola. No parece muy
impresionada por la exhibición. A mi hija le cuesta mucho emocionarse. Un
simple juguete no basta; para eso hay que sacar el atún o la hierba gatera
o, en ocasiones especiales, los vídeos de pájaros.
—De acuerdo —dice Sebastián secamente. Mueve el puño al matar.
Hunter le choca la mano—. Estábamos a punto de enviar un grupo de
búsqueda.
Penny se ríe, dándome las gracias mientras toma su plato de estofado.
—No vayas a buscar si no estás seguro de que te gustará la respuesta.
Izzy se lleva las manos a las orejas de Tangy.
—Disculpen, aquí hay inocentes.
—¿A qué están jugando? —Pregunto con insistencia. Me uno a Izzy en
el suelo, pero me apoyo en las piernas de Penny. En lugar de ponerse la ropa
que llevaba puesta, ha optado por quedarse con mi camiseta, añadiendo
unos pantalones de chándal que ha tenido que remangar media docena de
veces antes de que se quedaran en sus delgadas caderas. Aparto el plato
para que se enfríe y masajeo la rodilla de Penny a través de la tela. Me apoya
la mano en el hombro y me aprieta, como un sutil agradecimiento.
—Halo —dice Rafael—. ¿Quieres unirte?
—Quizá después de comer.
Tangy se desliza junto a Izzy y se acomoda en mi regazo. Acurruco su
cálido peso contra mi estómago mientras acaricio con mis dedos la rodilla
de Penny. Afuera caen unos relámpagos, seguidos instantes después por el
estruendo de un trueno. Penny hunde la mano en mi cabello, medio seco, y
me rasca el cuero cabelludo con las uñas. Se me cierran los ojos.
La gente habla del amor como si fuera algo natural, pero hasta ahora
no sabía si eso me incluía a mí. Sin embargo, cada momento como este...
¿Penny a mi lado, abriéndose paso en mi vida tan a fondo como Tangerine?
Doy gracias al universo por tener la suerte de vivirlos.

262
Cooper

14 de Febrero

Penny: TERMINÉ.
Coop: Aw, ¿sin mí?
Penny: Cállate, sabes lo que quiero decir.
Coop: Nena.
Estoy tan orgulloso.
Penny: No puedo creerlo.
Coop: Yo puedo.
Eres una maldita estrella de rock.
Penny: Sigo mirando el documento como, ni siquiera sé.
Como si todo fuera a desaparecer.
Es un desastre, pero existe. Yo soy...
Coop: Envíamelo.
Penny: ¿No tienes ese papel grande para escribir?
Coop: Eh... Seguirá siendo grande dentro de un par de horas.
263 Penny: Eso es lo que ella dijo.
Coop: Me metí en eso, ¿no?
Penny: Whoops.
Coop: Lo guardaré para el viaje en autobús a Lowell.
Vamos a cenar para celebrarlo.
Penny: ¿Podemos comer ramen?
Y magdalenas.
Coop: Lo que quieras, nena.
Penny: Ahora me voy a tomar una siesta.
Coop: Lo prepararé todo.
Es el día de San Valentín, después de todo.
<3

264
Penny

—Espera, ¿así que sus cumpleaños tienen literalmente nombre?


Izzy se queda paralizada en medio del pasillo una vez más,
obligándome a parar en seco para no chocarme con ella. Llevamos casi una
hora en esta tienda de fiestas de un centro comercial cualquiera, recogiendo
adornos para la fiesta de cumpleaños de Cooper, y me encanta Izzy, pero es
tan jodidamente lenta cuando se trata de comprar. Asiente.
—Sí. Día de Izzy, que es el mejor día, obviamente. Pero también el Día
de James, el Día de Sebastian y el Día de Cooper.
Mete un montón de vasos de chupitos de neón en el carrito. Los miro
dubitativa.
—¿Podemos comprarlos si no tenemos veintiún años?
Se encoge de hombros.
—No es que vayamos a comprar el alcohol. Eso es cosa de Seb.
No creo que Sebastian tenga veintiún años todavía, pero no me
molesto en preguntarle. Su identificación falsa es probablemente de primera
categoría.
—¿De verdad está haciendo un cóctel de autor?
—El slap shot —sonríe Izzy—. Me voy a poner tan borracha que no
puedo esperar.
265 —¿Como en la fiesta de Haverhill?
Curiosea por las estanterías con un pequeño resoplido.
—Ese fue el primer semestre Izzy. El segundo semestre Izzy tiene más
clase.
—¿La clase es hablar en tercera persona?
Mete tres pancartas diferentes de “Feliz Cumpleaños” en el carrito.
—Dios, me encanta que salgas con Cooper. Por favor, dime que
también te burlas de él. Necesita que alguien le baje los humos.
—Probablemente más —admito—. Es tan fácil.
—Tienes que venir con nosotros a los Outer Banks este verano.
Me acomodo el cabello detrás de la oreja, sonriendo. Es agradable
pensar que estaremos juntos en un futuro tan lejano y que iremos tan en
serio como para que me inviten a las vacaciones familiares. Nunca he estado
en los Outer Banks, en realidad, nunca he estado en la playa, y punto, y me
gusta la idea de ver a Cooper sin camiseta y en pantalones cortos.
—Supongo que tendré que esperar que me invite.
—Oh, lo hará. —Izzy se pone de puntillas para tomar unos manteles
azules de plástico—. Está enamorado de ti.
Me quedo helada. Creo que me callo un momento, porque Izzy dice
algo más, pero no la oigo. Tira los manteles al carrito y me pasa la mano por
mi rostro.
—Tierra a Penny.
Parpadeo, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Lo siento.
—¿Aún no lo ha dicho? —Ladea la cabeza—. Qué raro. Porque lo está.
Luego dobla la esquina hacia el siguiente pasillo como si no acabara
de sacudir mi puto mundo.
No es que sea una sorpresa. No soy idiota, sé que Cooper se preocupa
por mí. Mucho. Pero preocuparse por alguien con quien estás saliendo y
amarla son dos cosas totalmente diferentes, y no sé cómo sentirme al
respecto. Desde que tenía dieciséis años, me he guiado por un principio
general: a otras chicas se las quiere, pero a mí no. No románticamente, al
menos. Puedo tener amigos, y tengo a mi padre, pero ¿un novio? ¿Un novio
que me quiera por mí? Yo tuve uno de esos, o al menos eso creí, y luego me
arruinó la vida.
Cooper no se parece en nada a Preston. Eso ya lo sé. Y, sin embargo,
me cuesta recordarlo ahora mismo.
Me miro las manos. Me tiemblan. Antes no me temblaban, pero ahora,
266 cuando ocurre así de repente, no significa nada bueno. Trago saliva. Siento
la boca borrosa, como si acabara de comerme un montón de bolas de
algodón. Me esfuerzo por recordar mis ejercicios de respiración. Las cosas
han ido tan bien. Mis medicamentos han funcionado. Mis habilidades de
afrontamiento han sido eficaces. La terapia dos veces al mes ha sido
suficiente. Por fin siento que mi vida es mía y que no tengo que disculparme
por ello. Cooper no ha presionado para que le hable de mi pasado, aunque
está en su derecho de hacerlo, y en el proceso, me convencí a mí misma de
que podría desvanecerse por completo.
Debería haber sabido que no puedo escapar de mis recuerdos. No
cuando tienen dientes. No cuando acechan en los bordes de mi mente, listos
para atraparme cuando tropiezo, especialmente a finales de febrero.
¿Por qué el cumpleaños de Cooper tiene que ser el 18 de febrero? ¿De
todos los días del mes, de todo el año?
—¡Penny! —llama Izzy. La oigo de lejos, como si me estuviera gritando
desde el otro lado de un campo de fútbol. Doy un paso adelante y casi
tropiezo.
Cada vez que Cooper y yo hemos tachado algo de La Lista, ha sido una
putada para el recuerdo de lo ocurrido. Ahora que hemos hecho todo menos
el último punto, el grande, el que se siente como un “te amo” si es que alguna
vez hubo uno, pensé que por fin estaba llegando a alguna parte. Que viviría
mi propia vida el 18 de febrero sin sentir ni un ápice de vergüenza o pánico,
que disfrutaría del vigésimo primer cumpleaños de mi novio y que, cuando
se fueran todos los invitados, lo llevaría a la cama y por fin borraría el
horrible momento en que me di cuenta de que Preston me dijo que me quería
sólo para poder pulsar grabar en su teléfono.
Ahora, empujar el carrito hasta el siguiente pasillo me parece casi
imposible. ¿Y el resto? De risa.

—¡Está en camino! —llama Sebastian—. ¡Silencio todo el mundo!


Disminuyo las luces; al otro lado de la habitación, me hace un gesto
con el pulgar mientras baja el volumen de la música. Nunca he organizado
una fiesta sorpresa, pero esta tarde, una vez que he tenido algo de tiempo
para aclarar mis ideas, ha sido divertido prepararla. James, que ya ha
terminado la temporada de fútbol y está de vacaciones, se llevó a Cooper a
pasar el día fuera y, mientras tanto, decoramos la casa, montamos un bar
completo y dimos la bienvenida a todos sus compañeros de equipo y amigos
267 del departamento de inglés. Tangerine estaba sumamente descontenta con
todo el alboroto, así que la encerramos en el dormitorio de Izzy con sus
juguetes y su torre para gatos favorita. Antes probé el slap shot de Seb, y es
exactamente el tipo de bebida que le encantará a Cooper, una versión de un
whisky smash, pero con cereza y lima. No creo que sea buena idea beber
esta noche, pero espero que Cooper se divierta. Se lo merece, sobre todo
teniendo en cuenta que cada vez quedan menos partidos de la temporada
regular en los que concentrarse.
Se abre la puerta principal y Cooper pasa primero.
—Bueno, se ha portado bien conmigo —dice, pero la frase se acaba
cuando James enciende las luces y todos empezamos a gritar. Se queda
helado un momento, está realmente sorprendido, lo cual es adorable y hace
que mi corazón se acelere de la mejor manera, pero luego se ríe—. ¡No me
jodas!
—¡Feliz cumpleaños! —grita Sebastian—. Invita tú la próxima vez que
vayamos a Red's, viejo cabrón. Y ahora, ¡a la puta fiesta!
Sube el volumen de la música, enviando a Nirvana a través de los
altavoces. Evan preparó una lista de reproducción con las canciones
favoritas de Cooper. He colado un par de las que he conseguido que disfrute
últimamente, concretamente de mis eternos favoritos, Taylor Swift y Harry
Styles.
Cooper me toma en brazos y me da la vuelta; tiene una mano en mi
espalda y la otra en mi trasero, un apretón posesivo que sólo se vuelve más
maravilloso cuando me besa con fuerza justo contra la puerta de entrada,
ahora cerrada. Respiro hondo, disfrutando de su aroma y del frío del aire
nocturno que le rodea. Hoy lo he echado de menos, y cuando las cosas se
han torcido por un momento, me hubiera gustado poder hablar con él. Pero
no iba a arruinar su cumpleaños, y es lo mejor. Sólo necesito permanecer
en el momento. Una fiesta de mierda en casa de Jordan Feinstein, cuando
yo pensaba que tomarse una cerveza a escondidas era escandaloso, no tiene
nada que envidiarle a una fiesta sorpresa de cumpleaños de mi novio.
Sonrío cuando sus labios se mueven contra los míos.
—Feliz cumpleaños, bebé.
—¿Has hecho todo esto? —pregunta mientras echa un vistazo a la
habitación. Hemos movido los muebles hacia las paredes para hacer sitio a
una pista de baile, y gracias a todos los adornos que Izzy y yo compramos
antes, todo está engalanado con globos y serpentinas azules y plateadas. En
lugar de pastel, hemos optado por magdalenas de diferentes sabores de la
pastelería de la ciudad, glaseadas en morado y blanco con pequeñas
espadas comestibles clavadas en el centro. Sebastian y James tienen
previsto encargarse de la barra en la cocina, Bex tiene una cámara de cine
para hacer fotos, e incluso tenemos una hoguera en la parte de atrás para
268 quien quiera descansar del interior pero no quiera congelarse el culo. Si a
eso le añadimos los torneos de beer pong y dardos que están organizando
sus compañeros, será la fiesta favorita de Cooper.
—Fue idea de Izzy —admito—. Para su Día de Cooper. Pero Sebastian
y yo ayudamos a planearla. Bex también, y Evan y Remmy y Mia, y James
ayudó a mantenerte alejado durante el día.
Sacude la cabeza con incredulidad.
—Así que básicamente todos. Esto es increíble, Red. Gracias.
Le sonrío.
—¿Qué se siente al deshacerte de las identidades falsas?
—Como si fuera un hombre nuevo. —Me abraza más fuerte, poniendo
su barbilla sobre mi cabeza y balanceándonos al son de la voz de Kurt
Cobain. Escucho cómo saluda a alguien, aceptando felicitaciones de
cumpleaños. Aprieto mi rostro contra su garganta e ignoro a quienquiera
que sea.
Me pasa la mano por el cabello. Lo llevo medio recogido, medio suelto,
en concreto porque el otro día, mientras jugábamos a Super Smash Bros, me
miró a media carrera y me dijo: Estás guapísima con el cabello así.
Mi vestido de terciopelo azul bebé, a medio muslo y de manga larga,
tiene un escote pronunciado con el que puedo ir sin brasier, lo que hace que
incluso mis prácticamente inexistentes tetas parezcan tentadoras. Llevo las
botas hasta los muslos que a él le encantan y unas bragas de encaje con
medias que espero que rompa, y en el bolso tengo algo ridículo que me
ayudará a tachar el único otro punto de la lista aparte del sexo vaginal: los
juegos de rol, y sé que a él le gustarán. Ya he visto suficientes veces cómo
mira a Arwen como para darme cuenta de que las orejas de elfo lo excitan,
y como se ha mostrado de buen grado respecto a una versión de él como
hombre lobo en el libro que estoy escribiendo, puedo hacerlo. Cuanto más
tontas sean las cosas, más suelta y relajada me sentiré, y necesitaré toda la
ayuda que pueda conseguir más adelante.
Al final, nos separamos. Me toma de la mano mientras nos movemos
por la fiesta. Sebastian le hace un tiro de bofetada y yo me tomo un refresco
de cola para mí antes de fundirnos con un grupo de sus compañeros de
equipo, que ya están inmersos en una partida de dardos. Hablo con Evan,
Victoria y Mia mientras Cooper juega y gana la primera partida, porque
parece que su atletismo general se aplica a todo lo que intenta. También es
jodidamente sexy verlo, un hecho del que Victoria se burla de mí cuando
está claro que no disimulo muy bien mi sonrojo. Mientras se prepara para
otra ronda, inclina la cabeza hacia atrás para darme un beso, y me cuesta
todo mi esfuerzo no arrastrarlo escaleras arriba en ese mismo instante.
—¿Quieres jugar? —me pregunta—. ¿La próxima partida?
269 —No creo que se me dé bien. —Arrugo la nariz—. No se me dan bien
las cosas que implican... lo que sea que implique esto.
—Coordinación mano-ojo —dice Mia. Frunce los labios, negros mate
y tan definidos como su delineador de ojos, y levanta su copa hacia mí. Lleva
unos pantalones pitillo negros, unos tacones con los que me rompería un
tobillo y una camiseta sin mangas que, de algún modo, le queda bien a pesar
del tono verde del rotulador; la gente no ha dejado de mirarla desde que
empezó la fiesta. Al final de la noche tendrá su elección, y estoy segura de
que dejará un rastro de corazones rotos—. Puedes hacer mucho más con los
pies.
—Eso es lo que ella dijo —dice Izzy astutamente mientras se desliza.
Lleva un minivestido plateado con botas blancas de cuero y mucho
maquillaje brillante. Cuando Sebastian la vio, bromeó diciendo que parecía
una bailarina go-go y, sinceramente, la comparación es acertada. Se peinó
en el baño mientras Mia me ayudaba a maquillarme, y ahora le cuelga
alrededor del rostro en grandes y suaves rizos. Lástima que si a algún chico
se le ocurre mirarla, recibirá la atención, y no de la buena, de tres hermanos
mayores. Comparada con ella y Mia, me siento como una niña jugando a
disfrazarse.
Alargo la mano y agarro la de Izzy.
—Iz, esto es increíble.
Sonríe.
—Quizá debería hacerme organizadora de fiestas.
—Podrías —dice Mia. Señala el espacio con su bebida, que ya sólo
tiene hielo. Parece que hay más gente que antes. Me pregunto cuándo ha
llegado toda esta gente y si Cooper los conoce a todos o si se han enterado
de que había una fiesta en casa de los Callahan, cosa que nunca ocurre, y
se han pasado por allí. Se me eriza la piel al pensar en extraños que se
presentan sin más—. La idea de encargarme de organizar algo así me da
ganas de clavarme un dardo en el ojo, pero a ti se te daría bien.
—De buen humor —asiente Victoria, aceptando otra copa de Remmy
cuando éste se acerca con un cóctel para ella y una cerveza para él. La besa
ligeramente en los labios, lo que me hace sonreír—. Pero eres fantástica.
—Y un poco aterrador —añade Sebastian, pisándole los talones a
Remmy con una cerveza en una mano y un cóctel en la otra—. Compré la
salsa equivocada y tuve que volver a la tienda.
Le entrega el cóctel a Mia, que lo mira con una singular ceja arqueada
antes de cambiarle su vaso vacío por el lleno.
—No bromeabas cuando dijiste que serías mi barman personal.
Sebastian da un largo sorbo a la cerveza antes de contestar:

270 —Cariño, ya deberías saber que mantengo mi palabra.


Cooper y yo nos miramos. Mia y Sebastian son coquetos por
naturaleza, pero, sinceramente, no creo que a Mia le guste mucho. Por otra
parte, a Mia no le gusta mucha gente, así que esa no suele ser una buena
forma de medir su interés por alguien.
—Ni siquiera sabía que había un tipo equivocado de salsa —dice
Cooper—. Eso suena falso.
Izzy resopla.
—Te doy el mejor día de Cooper desde el encuentro con los Rangers,
¿y estas son las gracias que recibo?
Se ríe y le revuelve el cabello.
—Gracias, Iz. Eres la mejor hermana pequeña que un chico podría
pedir.
—No me toques el cabello —refunfuña, pero capto su sonrisa. No es
la primera vez que me pregunto cómo será ser ella. Es tan glamurosa, pero
está dispuesta a ensuciarse las manos por el voleibol, ¿y crecer con tres
deportistas sobreprotectores como hermanos mayores? Suena tan extraño
para mí que apenas puedo imaginarlo—. Cantaremos el “Cumpleaños Feliz”
en una hora.
Cooper gime.
—¿Y dejarme de pie torpemente mientras lo hacen?
—Será divertido —dice—. ¿Verdad, Penny?
Me encojo de hombros, parpadeando inocentemente a Cooper.
—Es una fiesta de cumpleaños.
—Debería haber sabido que tú e Izzy serían una combinación horrible
—refunfuña—. Me arrepiento de haberte presionado para que fueran
amigas.
Me acerco y le beso la mejilla.
—Enséñame a jugar a los dardos.

271
Penny

Se me da fatal, como era de prever. Envío más dardos contra la pared


en lugar de el tablero a pesar de la ayuda de Cooper, pero al menos hace
reír a todo el mundo. Cuando termina la partida, me apoyo contra la pared
agradecida. Ser el centro de atención, incluso por algo tan tonto como una
terrible partida de dardos, no me hace sentir bien.
Me rodeo el estómago con los brazos y miro cómo Cooper charla con
sus compañeros. Incluso Brandon está aquí. Evan insiste en que Cooper
querría que todo el equipo, incluso los chicos con los que no se lleva tan
bien, estuvieran aquí. Estoy segura de que está tratando de mantener las
cosas bien con el equipo. Por eso no protesté, porque, sobre todo ahora, el
hockey es lo primero, pero Brandon fue un imbécil por lo que hizo, y aunque
Cooper lo haya superado, yo no.
Me quedo mirando. Brandon establece contacto visual conmigo, sin
duda sintiendo mi mirada, y levanta su cerveza. Intento sonreír, pero siento
la expresión de plástico.
—Penny, ¿bebes algo? —pregunta Sebastian mientras se dirige a la
cocina.
Una copa no hace daño. Después de todo, es una fiesta. Me comeré
un montón de magdalenas para absorber el alcohol.
—Claro, gracias.
Me trae un trago para mí y otro para Cooper. Me lo trago demasiado
272 rápido. El whisky me quema la garganta y me hace llorar los ojos, pero me
gusta. Me gusta cómo se asienta como fuego en mi vientre. Pido otro y
también me lo bebo.
Mia me lleva al centro de la habitación para que podamos saltar al
ritmo de algunas canciones de Reputation. Izzy y Bex se unen a nosotras,
además de Victoria y Dani, y pronto casi todas las chicas de la sala están
bailando mientras los chicos miran, algunos silbando y sosteniendo sus
teléfonos como si estuvieran en un concierto. A medida que una canción se
mezcla con la siguiente, me doy cuenta de que los bordes de la habitación
se ven borrosos. La música suena distante, como si la oyera desde lejos.
James se acerca con una bandeja de chupitos, tomo dos, me bebo uno y le
lanzo el otro a Mia. Ella lo levanta, sonriendo, antes de devolvérmelo.
Bex usa su cámara para hacer un par de Polaroids.
—Una del cumpleañero y su chica —grita por encima de la música.
Cooper se acerca, me rodea la cintura con los brazos y me pone la
barbilla sobre el hombro. Me da un vuelco el corazón, pero sonrío mientras
Bex hace la foto. La agita para que se revele y nos la pasa. Cooper sonríe;
me ha puesto unas orejas de conejo detrás de la cabeza. Yo sonrío, pero
parezco tan cómoda como me siento. Apartada de él, aunque estoy en sus
brazos.
—Adorable —dice Bex—. Me alegro de que estén juntos.
Me trago el ataque de emoción y digo:
—Gracias. Yo también me alegro.
Cooper me besa, pero antes de que nos liemos demasiado, Evan silba
y se lo lleva a rastras para hacer unos chupitos con Mickey y Jean y un
grupo de chicos del equipo. Me abro paso lentamente entre la multitud,
buscando a Mia, pero no la veo; cuando llego a la cocina, está vacía, excepto
por Brandon. Intento retroceder rápidamente, pero me ve.
—¿Penny? —pregunta.
Trago saliva, resistiendo el impulso de huir al salón.
—¿Qué?
Me hace un gesto con la cerveza.
—¿Podemos hablar?
Una parte de mí quiere decir que no, pero parece lo bastante sincero.
Si Cooper tuviera un verdadero problema con él, me lo habría dicho, ¿no?
Fue un imbécil con los dos en Vermont, pero eso no significa que no sea
capaz de ser amable. Doy un paso adelante, sintiéndome un poco inestable;
el whisky me está afectando mucho.
—Sólo quería disculparme —dice, rodeando el mostrador y
273 apoyándose en él. Doy otro paso tambaleante y él me tiende la mano para
mantenerme en pie. Hace una mueca y me agarra el antebrazo—. He sido
un imbécil y lo siento. Respeto al entrenador Ryder, a ti y a él. Solo estaba
amargado. No debería haberme involucrado con...
Me aparto de él.
Tropic Blue.
—¿Penny? —dice, frunciendo el ceño—. ¿Estás bien?
Ahora que he olido su colonia, es lo único que noto. Me llega como
humo, un feo olor de agua de mar y roble. Casi me dan arcadas; giro la
cabeza hacia un lado para respirar hondo, pero no se va, joder. Me miro las
manos. Tiemblan, pero no las siento. No siento nada, en realidad, y la
música de fondo se ha desvanecido en una melodía lejana, y hace dos
segundos estaba caliente, con whisky en el estómago, pero ahora siento
tanto frío que es como si me hubiera desnudado y hubiera salido a la noche
de febrero.
Tropic Blue. No he olido eso desde Preston, y sin embargo mi nariz
recuerda cada nota. Lo llevaba esa noche, se empapó de él. Lo olí en él, y en
ese momento me excitó. Los novios de otras chicas llevaban Axe, pero el mío
ya se había pasado a una colonia de verdad. Era un hombre, y aquella noche
que me colé arriba con él en la fiesta de Jordan, estaba decidida a que me
convirtiera en una mujer.
Besos en el pasillo de arriba. Encontrar una habitación vacía. Darle
un par de caladas a su porro, aunque me hiciera llorar los ojos.
Cierro los ojos, como si eso fuera a desalojar el recuerdo que se
reproduce en mi mente como una película. Aprieto mi rostro con las palmas
de las manos. Creo que Brandon sigue hablándome, pero no oigo más allá
del sordo zumbido de mis oídos y no puedo concentrarme en nada más que
en el aroma de su piel. Me agarra de los brazos y me aparta las manos de
los ojos; lo empujo hacia atrás y salgo corriendo. Necesito escapar. Si
consigo escapar, no podrá grabarme...
Atravieso la habitación a empujones y corro hacia las escaleras. No
puedo respirar. Siento la garganta como si alguien me hubiera metido
carbón caliente por ella, y el rostro de todo el mundo es un gran borrón, una
mancha de recuerdo. Subo a trompicones y casi me caigo al perder un
escalón. La vista se me nubla cuando abro de un tirón la puerta del
dormitorio de Cooper y la cierro de golpe. Me tiro al suelo y suelto un sollozo
ahogado mientras entierro la cabeza entre los brazos. Sigo sin sentir nada,
ni los pies ni las manos, pero el corazón me late como si estuviera a punto
de salírseme del pecho.
Estoy en casa de Cooper.
Estoy en Nueva York.
274 Cooper.
Estoy con Cooper, no con Preston. Ni siquiera sé dónde está Preston
ahora mismo. Pero sé dónde está mi novio. Está abajo pasándolo bien en su
cumpleaños. Soy su novia, y debería estar a su lado, pero en vez de eso estoy
aquí arriba, sola. Estúpida. Ahogándome.
Agua de mar y roble. Rociándomelo en las muñecas porque quería oler
como él. Le encantaba eso, ¿verdad? Me tenía envuelta alrededor de su dedo.
La botella de vidrio era azul oscuro con una tapa turquesa. Más bonito
que tus ojos, me había dicho el día que lo descubrí, en su dormitorio, con él
por primera vez. ¿Lo había estado planeando ya entonces? ¿Qué había en
mí que le hizo decidir que yo era la chica perfecta para traicionar?
Intento dar un paso, pero caigo al suelo y me golpeó la cabeza con la
esquina de la estantería que hay junto a la ventana. Me duele la frente, pero
aprieto los dientes y me arrastro hasta el armario. Necesito sacarme el olor
de la nariz. Necesito liberar el recuerdo y hacerlo pedazos.
De algún modo, llego al armario. Lo abro, me meto dentro y me hago
un ovillo encima de un montón de zapatos. Levanto la mano y tomo una
camiseta cualquiera, la saco de la percha y entierro mi rostro en ella. El olor
almizclado de Cooper me inunda la nariz, y mi siguiente sollozo es de alivio.
Puedo hacerlo, puedo calmarme. Cinco minutos rápidos y estaré de vuelta
en la fiesta.
—¿Red? Cariño, ¿adónde has ido? —La voz suena distante, pero al
menos sé que es la de Cooper. Preston nunca me llamó Red.
No lo suficientemente rápido.

275
Cooper

—Esta bebida está de puta madre —le digo a Seb mientras le paso el
brazo por encima de los hombros y lo abrazo de lado. No se espera mi peso,
así que caemos juntos contra la pared, pero eso nos hace reír a los dos—.
¿De verdad lo has preparado tú?
—Genial, como tú, hermano —dice sonriéndome—. Dulce, también.
—La primera parte sonaba bastante mal.
—Sí, bueno. Eres tan dulce con Penny que me da un maldito dolor de
muelas.
Ni siquiera tengo una represalia, y lo peor, o posiblemente lo mejor,
es que no quiero tomar represalias. Y qué, soy dulce con mi chica. Ella lo es
todo para mí. Acepto que me azoten si eso significa que puedo arrodillarme
para adorarla.
Así que, en vez de eso, le alboroto el cabello a Seb y le doy un beso
rápido en la sien.
—Gracias, hermano.
He tenido muchos días de Cooper memorables, pero este supera a
todos los demás. Tener aquí a todos mis seres queridos, mis hermanos, mis
amigos, mis compañeros de equipo, mi novia, hace que mi corazón se hinche
más de lo que creía. Lo único malo de tener a todo el mundo cerca es que
no puedo arrastrar a Penny y quitarle ese vestidito azul que lleva. Si no fuera
grosero, insistiría en subir corriendo a echar un polvo rápido.
276
Miro a mi alrededor mientras bebo un sorbo, pero no la veo. Con casi
todo el mundo amontonado en la sala, hemos sobrepasado el aforo, pero
mire donde mire, veo un rostro conocido. Estoy seguro de que Izzy no lo
pretendía así, pero es un bonito recordatorio de todas las conexiones que he
hecho hasta ahora en McKee. El tío Blake me hizo pensar de nuevo en el
draft, pero si me inscribiera y luego un equipo me llamara... Tal vez nunca
hubiera desarrollado lazos tan estrechos con Evan o Remmy. No habría
podido vivir con James una vez más el año pasado. Y lo peor de todo es que
es muy probable que no hubiera conocido a Penny, que lo es todo para mí.
Hasta pensar en eso me duele. Me froto el pecho mientras me apoyo contra
la pared.
Bex nos ha hecho una foto Polaroid a los dos hace un par de minutos,
y esa foto va a ir a mi cartera a primera hora de la mañana. Sacudo la cabeza
y sonrío en mi vaso de plástico. Cuando descubrí que James tenía una foto
de Bex en la cartera, me burlé de él sin piedad. Ahora voy a ser yo él que se
muera por sacarla y enseñársela a todo el mundo. Oye, ¿quieres ver a mi
novia? ¿No es la mujer más guapa del mundo?
—Deberíamos jugar al beer pong —dice Evan, dándome un codazo en
el costado—. Intentar batir el récord de la última vez.
—Definitivamente —dice Remmy—. Llamo a Vic para mi equipo.
Evan gime.
—Eso significa que querrá que Penny haga pareja con él.
Remmy se ríe.
—Todo mi cariño para Pen, pero si no sabe lanzar un dardo, ¿qué te
hace pensar que puede lanzar una pelota de ping-pong?
Me encojo de hombros.
—Bueno, sí. Pero no me importa.
—Porque estás enamorado —dice Jean, espeso a través de un bocado
de papas fritas—. Tiene una cuerda de puto fuego alrededor de tu garganta.
—¿Eres una especie de poeta secreto? —dice Remmy—. ¿Tienes un
toque country?
—En Canadá también tienen vaqueros —dice Jean, exagerando su
acento para que Remmy estalle en carcajadas.
Evan suspira, mirando alrededor de la fiesta.
—¿Qué posibilidades crees que tengo con Mia?
Seb resopla. Le da una palmada en el hombro a Evan.
—Amigo, con todos mis respetos, te comería vivo y te escupiría el
suspensorio.
277
—Podría joder con eso —dice Mickey, interrumpiendo su conversación
con una chica que reconozco vagamente como amiga de Izzy. Le lanza una
mirada indignada y se marcha. Hago una mueca de dolor, pero él no parece
darse cuenta.
Lo entiendo, Mia es una fuerza jodidamente formidable. Si aún fuera
otro tipo de hombre, ya habría intentado llevármela a la cama. Estoy de
acuerdo con Sebby, le pasaría por encima a Evan. Mickey podría meterse en
su cama con zalamerías, pero dudo que fuera capaz de quedarse allí si se lo
propusiera.
Sigo la mirada de Evan. Mia se acurruca contra un chico que
reconozco vagamente del equipo de béisbol, y él tiene ambas manos en las
caderas de ella. Pero no está Penny.
—Tengo que encontrar a Penny si vamos a jugar —les digo a los
chicos—. Vuelvo en un segundo.
—¡Nada de rapiditos! —dice Remmy, chasqueándome los dedos
mientras me alejo de la pared.
—Como si no te hubieras enrollado ya con Victoria en el baño —dice
Jean.
—Durante unos cinco segundos —dice Remmy afligido—. Luego me
agarró de las pelotas y me dijo que la mirara mientras se iba.
—Caliente.
—Eso sólo es sexy para ti porque nunca has ido más allá de la segunda
base.
Resoplo mientras sus voces se desvanecen en el fondo. Está sonando
una canción de Harry Styles, al menos, eso creo; aunque finja que no me
gusta delante de Penny, su música da buen rollo, así que supongo que
encontraré a mi chica en la pista de baile. Pero atravieso la multitud dos
veces y no la veo. Izzy está con algunos de sus amigos del equipo de voleibol,
James y Bex se están besando contra el armario de los abrigos, Mia y ese
jugador de béisbol se están echando los ojos y un grupo de novatos del
equipo se han apoderado del tablero de dardos. No Penny.
—Oye —le digo a Rafael al pasar—. ¿Has visto a Penny por algún lado?
—Creo que fue a la cocina.
Le doy una palmada en el hombro.
—Gracias, hombre.
En la cocina, sin embargo, sólo hay una persona: Brandon.
Sinceramente, me sorprende que haya aparecido. Agradecido, porque
278 necesitamos tanta unidad de equipo como podamos conseguir, a estas
alturas de la temporada y tan cerca de ganar la Hockey East 23, pero, aun
así. No hemos hablado fuera de lo necesario desde que le dije que se
disculpara con Penny, y no creo que lo haya hecho.
Me apoyo en la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Has visto a Penny por algún sitio?
—Acaba de estar aquí.

23
La Hockey East Association, más comúnmente conocida como Hockey East, es una
conferencia dedicada únicamente al deporte del hockey sobre hielo, de la División I de la
NCAA.
—¿Hablaste con ella? Todavía estoy esperando esa disculpa, ya sabes.
Llámalo regalo de cumpleaños.
Camina alrededor del mostrador, frotándose la barbilla.
—Eso es lo que intentaba hacer.
—¿Intentabas?
—No lo sé, hombre. Se ha vuelto loca, ha salido corriendo...
Se me revuelve el estómago.
—¿Por dónde?
Levanta las manos en señal de aplacamiento.
—No quise decir...
—¿Por qué. Camino. Joder?
—No lo sé. Creo que tal vez subió.
Camino entre la gente. Al pie de la escalera, choco con una chica a la
que apenas reconozco; grita mientras su bebida nos salpica a los dos, pero
la ignoro. Subo las escaleras de dos en dos y abro la puerta de un empujón.
El corazón me golpea la caja torácica con cada latido. Sea lo que sea lo que
haya hecho Brandon, sea lo que sea lo que haya pasado, lo superaré en
cuanto sepa que mi chica está bien.
—¿Red? Cariño, ¿dónde has ido?
No la veo. Giro en círculo, por si acaso no la he visto, pero mi
dormitorio no es tan grande. Mi cama sigue hecha y no hay nadie sentado
en mi escritorio. Miro debajo de la cama por si está jugando al escondite,
pero sólo hay polvo. No habrá ido al dormitorio de Seb, pero ¿quizá esté en
la de Izzy con Tangerine? ¿O en el baño de arriba?
Estoy a punto de irme cuando veo que la puerta de mi armario está
entreabierta.
Me agacho y la empujo hasta abrirla del todo.
279
—¿Penny?
El corazón me late tan fuerte que lo siento como un hematoma. Penny
está hecha un ovillo en el suelo del armario, con su rostro hundido en una
de mis camisetas de punto. Le tiemblan los hombros mientras solloza, un
sollozo ahogado que sale de lo más profundo del pecho. Tiembla tanto que
puedo verlo, incluso a un metro de ella.
Todo se congela. Por un momento no oigo nada, la rabia que me
recorre es tan fuerte, pero sacudo la cabeza, parpadeando para disipar la
niebla en los bordes de mi visión, y eso ayuda. Olvida latir con fuerza. Mi
corazón está a punto de romperse. Vuelvo a decir su nombre, más bajo, pero
o no me oye o me ignora, porque no levanta la cabeza.
Necesito verle los ojos.
Me meto en el armario con ella. Es muy estrecho, teniendo en cuenta
que es un armario normal y que yo soy el doble que ella, pero me las arreglo.
Le pongo la mano en la rodilla y la aparta.
—Red —murmuro. Me cuesta bajar la voz, pero está claro que está
aterrorizada y si grito, aunque sea lo que realmente quiero hacer, solo
conseguiré asustarla más—. Hola, osita de goma. ¿Puedes mirarme?
Levanta la cabeza.
Contengo una maldición. Lo que realmente me gustaría hacer es
estampar el puño contra la pared, pero consigo no hacerlo. A puras penas.
Sus grandes ojos azules están inyectados en sangre. Tiene su rostro
enrojecido, brillante por las lágrimas. Pero todo eso palidece en comparación
con el corte de su frente. Ya tiene moretones y un hilo de sangre le recorre
su rostro.
Todo en el maldito mundo se desvanece.
Muevo la mandíbula hasta que puedo hablar con normalidad.
—¿Quién te ha hecho esto?
Su voz es un susurro crudo.
—¿Qué?
—¿Fue Brandon? —Tiemblo casi tanto como ella—. ¿Qué carajo te ha
hecho?
Arruga las cejas. Sacude la cabeza.
—Fue el olor.
Arranco una tira de tela del dobladillo de mi camiseta y se la pongo
en la sien ensangrentada. ¿Está conmocionada? Sus ojos parecen bastante
claros.
—¿Qué olor?
280
—Su... yo no... —Su rostro se tuerce y vuelve a sollozar. Me golpea la
mano, pero cuando ve la sangre, se estremece.
—¿Qué? Cariño, respira, dime qué te pasa.
—¡Su colonia! —dice, con la voz desollada—. Tropic Blue. La misma.
Exactamente la misma que la de Preston. Siempre la llevaba; la llevaba
cuando...
Se detiene, sacude la cabeza y se rodea las rodillas con los brazos.
Se me hiela la sangre. No he oído muchas veces el nombre de su ex,
pero supuse que se debía a una fea historia. No parece la típica ruptura de
mierda. Cierro los ojos brevemente. Casi no quiero preguntar, pero ahora
que la puerta está abierta, tengo que pasar. Ella me necesita.
—¿Cuándo él qué?
Vuelve a sollozar. Su voz me atraviesa la piel como un cuchillo. La
acerco y la acuno.
—¿Cuándo hizo qué, Penelope? Dímelo.
Sacude la cabeza.
—Cooper, no puedo. No soportaré perderte.
Sacudo la cabeza antes de que termine de hablar.
—No vas a perderme. Sea lo que sea, no vas a perderme.
Solloza.
—¿Cómo puedes saberlo?
Se me corta la respiración. Nunca antes había dicho esas palabras,
pero son más ciertas que cualquier otra cosa en el mundo, y no sirve de
nada contenerse cuando Penny necesita saber de una vez por todas que,
mientras me deje, seré suyo. No puedo recordar el momento en que me di
cuenta; podrían haber sido mil diferentes, breves instantes que se unieron
para crear una constelación que está impresa en el tejido de mi alma. Cada
vez que me sonríe, me vuelvo a enamorar.
—Porque te amo.

281
Cooper

En cuanto las palabras salen de mi boca, siento el pecho más ligero.


Es como si hubiera estado guardando un enorme secreto, aunque,
sinceramente, estoy seguro de que cualquiera puede ver cómo mis
sentimientos se reflejan en mi rostro cada vez que la miro, y ahora por fin
puedo relajarme.
Me mira durante un largo rato. Resisto el impulso de volver a
estrecharla entre mis brazos. Necesito que elija esto, que me elija a mí y a
nosotros. Que atravesemos juntos la puerta de la memoria. No importa lo
fea que sea la historia, no importa lo que haya sufrido, yo estaré ahí al final,
abrazándola fuerte.
Ya tiene que saberlo. Si no lo sabe, he fracasado como novio.
—Confío en ti —dice. Hay algo feroz en su expresión, un toque más de
la Penny que estoy acostumbrado a ver—. Nunca pensé que volvería a
confiar en alguien así.
La estrecho entre mis brazos. Se acurruca contra mí, haciéndose
pequeña. La agarro por la cintura y rozo brevemente su cabello con los
labios.
—Puedes confiar en mí. Tómate tu tiempo.
Asiente contra mí, moqueando.
—Creo que me caí —dice—. Cuando subí las escaleras. Tenía pánico,
no podía... Me golpeé la cabeza, creo, con tu estantería.
282
—Mañana la haré pedazos.
Creo que se le escapa una sonrisa. Siento el contorno contra mi pecho.
—Lo único que olía era Tropic Blue.
—¿Qué es Tropic Blue?
—Una colonia. —Vuelve a moquear—. Una colonia de mierda. Mi ex
solía usarla todo el tiempo.
—Preston.
Se pone rígida en mi agarre.
—Sí. Preston. Pero Brandon la llevaba. Él estaba tratando de
disculparse por lo que pasó en Vermont, y se acercó y lo olí, y es como... es
como si estuviera de vuelta allí. En una fiesta diferente. Un 18 de febrero
diferente. —Esta vez se ríe de verdad, con amargura, sacudiendo la cabeza—
. Sabía que tenía que parar.
La camiseta. Debía de estar buscando algo que detuviera el recuerdo,
que la sacudiera de su ataque de pánico. La tomo y se lo doy.
—Toma, cariño.
Me mira. Todavía tiene lágrimas en los ojos, pero su voz es más firme.
Le quito una lágrima de la mejilla. Vuelve a hundir la nariz en la camiseta.
Ni siquiera intento reprimir la oleada de posesividad que siento.
—Gracias —dice—. Tómatelo como un cumplido, supongo. Hueles
bien.
—Me alegro. —Le paso la mano por el cabello, desenredándoselo
suavemente.
—Preston me grabó cuando tuvimos sexo.
Pensé que me había preparado para lo que fuera a decir. Me
equivoqué. Sus palabras me golpearon como un maldito tren de carga. Es
como si me hubiera dado un puñetazo en la garganta; no puedo respirar por
un momento.
De repente, todo tiene sentido. Nada de sexting, nada de fotos. Nada
de videollamadas cuando nos conectamos a larga distancia. El trípode en la
tienda... mi rostro arde. Fui un imbécil con ella sin darme cuenta,
burlándome de su dolor. Mierda.
Le tiembla el labio inferior y le brotan lágrimas frescas de los ojos. Me
obligo a seguir mirándola, aunque quiero derretirme en el suelo. No sé qué
decir. ¿Qué carajo dices cuando alguien a quien quieres te cuenta algo tan
doloroso que puedes sentir el recuerdo y ni siquiera es tuyo?
—Cariño. Lo siento mucho. —Me trago todas las maldiciones que
283 desearía lanzarle, un imbécil al que sacaría a puñetazos en dos segundos si
alguna vez tuviera la oportunidad—. Él... quiero decir, fue...
—No, no fue así. —Se ríe ahogadamente—. Lo quería tanto. Pensé que
lo amaba. Quería estar tan cerca de él, compartir esa experiencia con él.
—Qué tierno —logro decir.
—Fue nuestra primera vez. —Me araña la camisa con las uñas. El otro
día fue al salón de belleza con Mia para que se las arreglaran; cada uña azul
noche tiene un copo de nieve—. Llevábamos saliendo un tiempo y era
perfecto, ¿sabes? Yo era patinadora artística. Él era jugador de hockey.
Mayor, lo que me hacía sentir especial. Su equipo estaba en la otra punta
del hielo mientras yo practicaba con el mío, y pasábamos el rato juntos.
Cuando llevábamos seis meses saliendo, me sentí preparada para dar el
siguiente paso. Él había tenido sexo antes, pero yo no, y quería sentirme tan
cerca de él.
Empiezo a sentir náuseas. Para mí tiene sentido que Penny trate su
primera vez como algo importante. La virginidad es una construcción social,
claro, pero eso no significa que no tenga mucho peso para la mayoría de la
gente. No me extraña que planeara una lista que quería seguir; necesitaba
controlar sus propias experiencias ya que su primera vez estaba manchada.
—¿Lo planeaste?
—Más o menos. Una noche, después de un gran partido, hicimos una
fiesta. Los padres de su compañero de equipo estaban de vacaciones, así
que teníamos la casa para nosotros solos. Acabamos en la cama y nos
acostamos.
Levanta los ojos, como si quisiera ver mi reacción. Me limito a frotarle
el brazo para tranquilizarla.
—¿Te diste cuenta entonces?
—No. —Sacude la cabeza—. Escondió su teléfono. No lo supe hasta
un par de semanas después, cuando descubrí que se lo enseñaba a todos
sus conocidos. Me encantó cada momento, y pensé que era secreto y
especial, y mientras tanto todos sus amigos se reían de lo puta que era. Lo
hizo por un reto.
Qué mierda. La agarro con fuerza hasta que se retuerce. Me obligo a
respirar hondo y a relajarme.
—¿Un puto reto?
—Déjame terminar —me interrumpe. Su voz vacila, pero asiento—. Al
final, no solo lo veían ellos, sino todo el instituto. La gente intentaba negarlo,
pero todo el mundo lo veía, incluso mis amigos. Rompí con Preston, pero
entonces mi padre quiso saber por qué, y yo... no pude decírselo. Después
de que mamá murió, las cosas se distanciaron entre nosotros, así que ni
284 siquiera sabía cómo decírselo. Era demasiado embarazoso. Lo vieron todo,
Cooper. Todo, de principio a fin.
Hace una pausa. La abrazo y le froto la espalda para tranquilizarla.
Respira hondo y dice:
—Se enteró justo antes de mi programa corto en Desert West. Era la
primera competición mía a la que iba en años. Alguien se lo contó a su
madre, que a su vez se lo contó a él. Intentó enfrentarse a mí, pero yo tenía
que actuar. Tuve un ataque de pánico en medio de mi rutina. Así fue como
me rompí el ligamento cruzado anterior. Me caí y me estrellé contra las
tablas.
Habla con un tono de naturalidad, como si ya hubiera explicado esto
antes y necesitara la distancia para superarlo.
—¿Qué ha pasado? Por favor, dime que ese bastardo está en la cárcel.
Menea la cabeza.
—Presentamos cargos, pero no pasó nada, salvo que a él y a un par
de chicos los echaron del equipo de hockey.
—Jesucristo.
—Pero sinceramente, ni siquiera... me importaba —dice, dudando—.
Sobre lo que les pasó, quiero decir. Sólo odiaba que todo el mundo pensara
que yo era... una puta, por ponerme en una posición en la que permití que
me grabaran. Alguien incluso se acercó a mi padre en un restaurante y le
dijo que nunca habría dejado que su hija hiciera eso. Los padres de Preston
hablaban mal de nosotros a cualquiera que quisiera escuchar.
—Pero él te apoyó, ¿verdad?
Respira hondo.
—Sí. Pero no era lo mismo, ¿sabes? No es que lo hubiera sido en
mucho tiempo, pero intenté ocultárselo, y de repente tuve esta lesión
enorme, y cada vez que íbamos a algún sitio de la ciudad, la gente se
quedaba mirando, y yo ya no era... ya no era su niña pequeña. Todo era
diferente. Incluso afectó a su trabajo en Arizona State: el nieto de uno de
sus jefes estaba en el equipo. No le renovaron el contrato, así que consiguió
el trabajo en McKee y nos trasladó a Moorbridge para mi último año de
instituto. Tardamos mucho en llegar a donde estamos ahora, y luego casi la
cago de todas formas en Vermont.
Me echo hacia atrás para poder mirarla a los ojos. No me extraña que
al principio se empeñara tanto en mantener nuestro acuerdo en secreto. No
quería que su padre la juzgara, aunque eso significara ocultarle otro secreto.
—Cariño, lo siento...

285 Limpia su rostro rápidamente.


—No lo hagas —me dice—. Deberíamos volver a la fiesta.
—No vamos a volver ahí abajo. —Le beso suavemente la frente—. No
importa.
—Pero es tu fiesta de cumpleaños.
—Y me importa una mierda la fiesta cuando estás sufriendo. —
Acaricio su rostro—. ¿Qué necesitas de mí? ¿Cómo puedo ayudarte?
—No quiero pensar más en ello. —Se agarra el vestido y se lo levanta—
. Quiero olvidarlo. Dame lo último de la lista, Cooper, por favor. Lo necesito.
Te necesito a ti.
Intenta quitarse el vestido por encima de la cabeza, pero se le enreda
en los codos. Tiro suavemente de él hacia abajo. Los dos hemos bebido y
estamos en mi armario, y aunque me encantaría estar tan cerca de ella
ahora mismo, no puedo. No cuando ella se merece más. Sacudo la cabeza.
—Pero confío en ti —susurra.
—Lo sé —le digo. Sé lo difícil que fue admitir todo esto; puedo verlo en
sus ojos. Contarme lo de su madre fue duro, pero esto lo fue más, y requería
un nivel de confianza que no había dado a un chico desde Preston, y ahora
los dos sabemos cómo acabó aquello—. Sé que lo haces, cariño. Así que
déjame seguir demostrándote que puedes confiar en mí. Haremos esto
cuando estemos sobrios y ambos estemos listos, realmente listos, ¿de
acuerdo? Te lo prometo.
Se pega a mí, hipando.
—Dijiste que me amabas.
La aprieto fuerte como respuesta.
—¿Aún me amas? —Su voz es apenas audible—. ¿Lo he jodido?
—No, nena. No has jodido nada. —La acuno en mi regazo. Aquí, lejos
de la fiesta y del resto del mundo, siento que es mi única oportunidad de
hacer que se dé cuenta de lo profundos que son mis sentimientos—. Te amo,
y no voy a parar.
—Quiero decirlo. —Me clava las uñas en la espalda—. Pero cada vez
que lo intento, las palabras se deshacen.
Mi corazón late con fuerza. Quiero que lo diga. Quiero que lo diga más
de lo que nunca he querido nada. Pero me acaba de dar una gran parte de
sí misma y no puedo presionarla. Tengo que confiar en que llegará, por
aterradora que sea la espera.
—Tómate tu tiempo —murmuro—. Estaré aquí mismo.

286
Penny

19 de Febrero

Penny: Quiero que sepas que estoy lista.


Y no sólo por lo de anoche.
Estoy lista porque quiero dar este paso contigo.
Porque confío en ti.
¿De acuerdo?
Coop: De acuerdo, cariño.
Ven, he estado trabajando en algo.

Pensé que mi primera vez era especial.


Claro, fue en casa de otra persona. Los dos habíamos bebido. Pero fue
todo lo que quería que fuera, todo lo que imaginaba, y ocurrió con la persona
287 con la que creía que lo viviría el resto de mi vida. Quería cada momento, la
incomodidad y el malestar. Antes de darme cuenta de lo que había hecho,
repetí cada momento en mi mente. Quería que ese recuerdo estuviera tan
desgastado como un viejo par de patines.
Resulta que no sabía lo que significaba especial hasta ese mismo
momento.
Cooper y yo no volvimos a unirnos a la fiesta. En lugar de eso, me
ayudó a quitarme la ropa y a ponerme algo suyo, por comodidad, y tomó a
Tangy del dormitorio de su hermana. Me acurruqué con ella mientras él le
explicaba la situación a Sebastian. De paso, compró unas magdalenas y
botellas de agua para que no tuviéramos resaca por la mañana. Me dormí
en sus brazos con dolor de cabeza por el whisky y la nariz taponada de llorar,
y no dudé ni un segundo de que era donde él quería estar.
¿Pero esto? Esto es mágico.
Me detengo en la puerta de su dormitorio y lo miro.
—¿Tú hiciste esto?
Se pasa la mano por el cabello, agacha la cabeza y sonríe. Lleva el
cabello un poco más largo y también la barba, ya que la temporada está
llegando a su fin. Fuera de la ventana, está nevando, el tipo de copos de
nieve gordos y húmedos que siempre me hacen pensar en Lucy de The
Peanuts. No han cancelado las clases, pero sospecho que todos los que
fueron a la fiesta anoche utilizaron sus resacas como excusa para pasar el
día nevando. Antes tuvimos una pelea de bolas de nieve con sus hermanos,
e Izzy y yo hicimos un pequeño muñeco de nieve que actualmente está
colgado en el porche delantero. Después de la pesadez de la noche anterior,
el día parecía tan dulce como el chocolate caliente que Sebastian nos
preparó.
Ahora, sin embargo, estamos solos. Ha limpiado, cambiado las
sábanas y encendido velas en las ventanas. Colgó luces de hadas sobre la
cama y alrededor de las ventanas. La luz tenue me produce un escalofrío de
calor. Cuando follamos, normalmente es sucio, pero él sabía de algún modo,
me estoy dando cuenta de que sabe muchas cosas, que necesito algo dulce
para esto.
—¿Es demasiado cursi? —me pregunta.
Me inclino y lo beso en sus labios.
—No.
—Espero que no incendiemos la casa.
—Sólo con nuestra pasión —digo, sólo para ver cómo se acobarda. Me
muerdo el labio inferior mientras le sonrío—. ¿Demasiado?

288 —Ven aquí —gruñe prácticamente, tirando de mí en sus brazos y


llevándome a la cama. Como de costumbre, me tira al suelo. Salto un poco
y observo cómo me ve en su cama. Las sábanas están frescas y limpias, y
me muero de ganas de sentirlas contra mi piel desnuda.
Me agarro el dobladillo para quitarme la camisa, pero él niega y lo
hace él mismo. Parpadeo mientras me arregla el cabello. No voy a ponerme
a llorar, ya lo hice bastante anoche, pero la expresión de ternura de su rostro
es casi suficiente para que se me salten las lágrimas. Toda esa ternura
silenciosa, casi tímida, y es para mí y solo para mí.
Me quita los pantalones, me baja las manos por los muslos y se
arrodilla para que estemos casi a la altura de los ojos y pueda besarme. Le
devuelvo el beso, pero sólo un momento; estoy deseando que se desnude
también, así que lo que siento es su piel desnuda. Solo han pasado un par
de días desde la última vez que follamos, pero me parece que hace
muchísimo tiempo que no veo sus tatuajes. Cuando tiro de la tela de su
suéter azul marino, se lo quita, junto con la camiseta, y se baja los
pantalones. Cuando se reúne conmigo en la cama, estamos en ropa interior
y disfruto de su cálido cuerpo mientras me acerca a él. Es como el sol de
Arizona al mediodía en julio; quiero disfrutar de su resplandor.
Me besa la garganta y luego se lleva a la boca el colgante de mariposa
de mi collar, que chupa unos instantes antes de escupirlo mojado. Me
estremezco y subo la mano para enredarla en su cabello.
—He apagado el teléfono y la computadora —dice.
Se me saltan las lágrimas. Demasiado para no llorar.
—¿En serio?
—Estamos los dos solos, Red. Puedo enseñártelo.
Le acaricio la barba mientras niego.
—Confío en ti.
Después de mantener esas palabras en mi pecho durante tanto
tiempo, darlas libremente se siente extraño. Pero es una buena sensación,
y espero que con el tiempo sea tan normal como respirar. Desde nuestro
primer encuentro, Cooper me ha dado razones para confiar en él. Anoche
me dio la mayor de todas cuando me dijo que me amaba. Aún no se lo he
dicho; es el último paso y aún lo siento muy lejano, pero me siento cada vez
más cerca. ¿Cómo no iba a hacerlo si nos ha hecho este cálido lugar en el
que refugiarnos?
Nos pone de lado y me pasa una mano por el cabello.
—Muy bien, preciosa —murmura—. Háblame, ¿bien? Dime lo que
necesitas
—Sólo a ti. —Hago rodar mis caderas contra él. Está medio duro, lo
289 noto. Me recorre otro agradable escalofrío. Pronto lo sentiré en lo más
profundo de mi ser. Me ha encantado todo lo que hemos hecho juntos, pero
esto es lo que he estado deseando desde la primera vez que se arrodilló y me
abrió las piernas para probarme.
Nos sienta, lo cual es más difícil de lo que parece porque me niego a
dejar de besarlo, y me quita también el brasier por la cabeza. Me pasa la
mano por delante, acariciándome los pechos, antes de posarla en la cintura
de mis bragas. Puede que su tacto sea suave, pero la fiereza de sus ojos hace
que se me corte la respiración.
—Esto es igual de importante para mí —me dice mientras acaricia el
trozo de tela con las yemas de los dedos—. Quiero oír cada gemido, cada
quejido y cada vez que digas mi nombre. Eres mía y yo soy tuyo, y quiero
oírlo, joder.
Me baja las bragas por las piernas y las tira a un lado, luego hace lo
mismo con sus bóxers. Me tira de la pierna hasta que caigo sobre las
almohadas. Me mira fijamente los pechos durante un largo rato antes de
llevarse una a la boca y chuparla prácticamente entera.
Muevo las caderas, buscando el contacto, y él me recompensa
poniendo su muslo entre mis piernas y apretándolo lentamente contra mis
pliegues ya húmedos. Gimo como él quiere, y me recompensa dándome el
mismo tratamiento en la otra teta, todo mientras su pierna se mueve con
una lenta y deliciosa fricción. No es suficiente, pero él lo sabe. Cuando por
fin termina su tormento, sustituye la pierna por las manos y me abre aún
más. Estoy expuesta ante él, cada centímetro de mi cuerpo desnudo, pero
bajo su mirada ardiente no siento nada más que deseo. Ni preocupación, ni
pánico. Me siento jodidamente sexy gracias al gemido bajo de Cooper y a la
forma en que se lame los labios. Una mujer que sabe exactamente lo que
quiere y va a conseguirlo.
—Quiero asegurarme de que estás bien mojada —dice mientras me
besa el vientre. Presta especial atención a mi marca de nacimiento, lo que
me hace parpadear de nuevo. Buenas lágrimas. Le meto la mano en el
cabello y tiro de su cabeza hacia abajo.
El primer contacto de su lengua con mi coño lo hace gemir. Aprieta la
lengua contra mí, inspira sin moverse. Luego gira la punta alrededor de mi
clítoris, acercándose lo suficiente como para que se me contraiga el
estómago, pero se retira en el último momento. Lo tiro del cabello. Suelta
una carcajada antes de chupar por fin el pequeño capullo.
—Mocosa —dice, con la voz apagada—. Joder, nunca superaré tu
sabor.
Me mete un dedo mientras me chupa el clítoris, y luego otro. Frota las
puntas de sus dedos contra mi punto G y yo inclino la cabeza hacia atrás
290 mientras las estrellas bailan en los bordes de mi visión. Se apiada de mí y
sigue trabajando ese punto hasta que me corro con su nombre en los labios.
No me da un respiro, ni siquiera cuando tiemblo de hipersensibilidad; un
tercer dedo me penetra desde dentro mientras sigue jugando con mi clítoris.
—Cooper —gimo—. Más.
—¿Qué, mis dedos no son lo bastante gruesos para ti?
Le clavo el talón en la espalda.
—Por favor, bebé. No quiero esperar más.
Por fin se separa, con los labios brillantes por mi resbaladiza humedad
y las pupilas dilatadas. Saca los dedos y noto inmediatamente el dolor de la
pérdida. Normalmente, llegados a este punto, tomaría un juguete para
follarme, pero ahora no. En lugar de eso, toma un condón de la mesita y lo
rompe con los dientes.
Me siento y busco su polla. Ahora está durísimo, nunca podré olvidar
lo excitado que se pone cuando me lame, y gime en cuanto le rodeo la polla
con la mano. Un juguete está bien, claro, pero su polla está caliente y dura,
y su piel es como el terciopelo. Es tan gruesa y larga que me llenará mejor
que cualquier juguete, incluso que el caro que me compró. Tengo mucha
práctica, pero notaré el estiramiento, igual que cuando me folla el culo y me
la mete hasta el fondo. Froto la punta con el pulgar, esparciendo el semen,
y uso la otra mano para acariciarle las pelotas. Le cuelgan pesadas, sin duda
doloridas.
Lo ayudo a colocar el condón. En cuanto terminamos, me besa
profundamente y me lame la boca. Aún puedo saborear los restos de
chocolate caliente en su lengua. Su aroma, gracias a Dios, es limpio y fresco,
nada que ver con Tropic Blue. Me acaricia el costado del rostro con ternura
cuando se separa. Parpadea con sus preciosos ojos azules, oscurecidos por
el deseo, y me pasa el pulgar por el labio inferior.
—¿Sigues bien? —pregunta—. ¿Sigues conmigo?
Asiento, impresionada por la intensidad de su voz. Me besa una vez
más, como si no pudiera evitarlo, y luego me empuja contra la cama. Abro
las piernas y él se acomoda entre ellas. Toma su polla con la mano, le da
una última caricia y luego, sin dejar de mirarme, empuja hacia dentro,
centímetro a centímetro, inexorablemente.
Está temblando por el esfuerzo de no ir demasiado rápido. Me agarro
a su brazo y arqueo la espalda mientras lo tomo. Me aprieta, pero eso lo
hace aún más delicioso; lo siento tan dentro que juraría que me está
llenando por completo.
—Joder —jadea—. Joder, nena, es como si estuvieras hecha para mí.
Engancho mi pierna alrededor de su cadera y le insto a que se acerque
más. Quiero sentir su pecho contra el mío; quiero besarlo mientras me
291 penetra con profundas embestidas. Quiero haber sido hecha para él, para
él y para nadie más. Capta la indirecta y aprieta la frente contra la mía
mientras me penetra. Respiramos el uno en la boca del otro, de sien a sien,
mientras me penetra más profundamente que antes. Me da un beso en los
labios y vuelve a penetrarme, esta vez más deprisa. Me aprieto contra él y
prácticamente ahoga un gemido; sus caderas tartamudean antes de
recuperar el ritmo.
Me burlo de él un par de veces y, en respuesta, se retira casi por
completo. Le ruego que vuelva a meterla, y lo hace, pero sólo después de
clavarme las uñas en el muslo con tanta fuerza que grito.
Una vez que empieza a follarme con fuerza, no afloja. Los dos nos
reímos, nos besamos y nos agarramos con fuerza, y la alegría y el alivio son
como un bálsamo para mi alma. Se corre dentro de mí, con sus embestidas
erráticas, pero igual de deliciosas. Sus dedos encuentran mi clítoris y me
llevan al límite con él. Después, se tumba encima de mí como una manta
grande, cálida y atlética, y yo le acaricio el cabello mientras me muerde las
tetas perezosamente.
Podría hacer esto durante una eternidad sin saciarme, y a juzgar por
la forma en que gime por mi nombre, él siente lo mismo.

292
Cooper

—No me gusta.
Miro de reojo a Seb mientras quito más nieve del parabrisas de mi
camioneta.
—No tiene por qué gustarte.
—Por algo no es...
—Sí —interrumpo—. Esa razón es que papá es un imbécil criticón. Se
está esforzando y lo está haciendo bien. Si papá se niega a verlo, él se lo
pierde.
—Me parece raro. —Seb patea un trozo de nieve, enviándolo a través
de la calzada—. Ha estado fuera de nuestras vidas durante años, ¿y de
repente vuelve? ¿Por qué ahora?
Muevo la mandíbula mientras termino de limpiar el parabrisas. Sé que
Sebastian sólo ha visto al tío Blake unas pocas veces, y que no es ni de lejos
tan cercano a él como yo, pero algo de apoyo estaría bien.
—Es duro —digo mientras tiro el rascador de hielo a la camioneta—.
No puedo imaginar lo jodidamente difícil que debe ser estar sobrio y
mantenerse sobrio si eres un adicto. Está aquí y quiere ser de la familia. Si
vinieras a comer, lo verías.
Seb echa un vistazo a la casa.
—De acuerdo. Pero llevemos a Izzy también.
293
Tenemos que esperar otra media hora a que Izzy se prepare, pero al
final nos reunimos con el tío Blake en un restaurante del centro. Ya está
allí, bebiendo un refresco mientras lee algo en su teléfono. Se levanta para
darme una palmada en la espalda y abraza a Izzy.
—No puede ser —dice—. Isabelle, has crecido mucho.
Izzy se recoge el cabello detrás de la oreja.
—Hola, tío Blake.
—¿Sigues jugando al voleibol?
—Sí —dice ella—. Estoy en el equipo de McKee. Aunque la temporada
ya terminó.
—¿Todavía tienes ese saque endiablado?
Se ríe.
—¿Qué piensas?
—Buena chica. ¿Y tú, Sebastian?
—Pronto empieza la temporada de béisbol —dice Sebastian. Se aparta
del tío Blake cuando se acerca para darle una palmada en el hombro.
Apenas consigo no poner los ojos en blanco. Cualquiera diría que lo invité a
almorzar con un extraño cualquiera y no con nuestro pariente—. Estoy bien.
—Bien, bien.
El camarero se acerca y pedimos. El tío Blake se acomoda en su silla
y nos mira a los tres.
—No puedo creer lo mucho que te pareces a papá —suelta Izzy.
—Pero más guapo —dice con una sonrisa—. Y con menos palo en el
culo.
—¿Qué haces en Nueva York? —pregunta Seb—. Coop dice que estás
aquí para siempre.
—Sí. —Se rasca la nuca—. Estoy trabajando en la búsqueda de un
lugar.
—¿Y un trabajo?
—Sebastian —digo bruscamente.
Seb se queda mirando al tío Blake.
—Ni siquiera sé a qué te dedicas.
El tío Blake se pasa la mano por la mandíbula. Se afeitó, así que
entiendo lo que quiere decir Izzy; sin la barba, se parece a papá, sólo que un
par de años más joven.
—Tengo algunas cosas entre manos.
294 —¿Cómo qué?
—Sebastian, en serio, cierra el pico.
Izzy abre los ojos ante mi tono cortante. Pero no puedo evitarlo. No
tengo ni idea de lo que el tío Blake está haciendo ahora, pero no me importa.
Podría trabajar de friegaplatos y me importaría una mierda; lo importante
es que está aquí y lo está intentando.
—Está bien, Cooper —dice. Se inclina sobre la mesa y apoya los codos
encima—. Es una pregunta justa. Yo trabajaba en finanzas. En la ciudad.
Cuando estaba en California, ayudé a desarrollar varios negocios.
—¿Y qué? ¿Volveras a Wall Street?
—Estoy en ello —me mira—. Tengo... algunas deudas, sin embargo,
de la rehabilitación. Un buen centro de tratamiento no es barato, y tu padre
se negó a ayudar.
Sebastian frunce el ceño.
—No tenía que hacerlo.
—No —asiente—. Pero ayudó en el pasado, sólo que no esta vez. No la
vez que realmente se atascó.
—Suena como él —digo.
Sebastian resopla.
—Claro. Esta vez es diferente, ¿no?
El tío Blake mira a Seb, que cruza los brazos sobre el pecho.
—Quizá deberíamos hablar de esto en privado, Cooper.
—No —dice Seb—. Lo que vayas a decirle a él, puedes decírnoslo a
nosotros también.
Me pongo de pie, enviando mi silla patinando hacia atrás.
—Debería haber sabido que era un puto error traerte. Vamos afuera.
Sebastian también se levanta.
—Jesús, Cooper. Usa la cabeza.
—No. —Me quito la gorra de béisbol y me paso la mano por el cabello.
Los de la mesa de al lado nos miran, pero no me importa—. Habría esperado
esto de papá, pero es una puta mierda recibirlo de ti también. Es de la
familia, y si necesita nuestra ayuda para volver a nuestras vidas, voy a
ayudarlo, joder.
Abro la puerta de un tirón justo cuando el camarero se acerca con
nuestras bebidas. Me da igual. Ya no tengo hambre. Me meto las manos en
los bolsillos y meto la barbilla en el cuello del abrigo. Mi abrigo sigue dentro,
pero da igual. Una mujer pasa junto a mí con su perro, y el perro intenta
295 saludarme; le enseño los dientes mientras la mujer lo aparta.
Joder, me duele el estómago.
Suena el timbre de la puerta y el tío Blake sale un momento después.
Somos más o menos de la misma altura, así que estamos hombro con
hombro. No quiero mirar atrás y ver a Seb e Izzy en el restaurante, pero no
puedo evitarlo. Izzy parece disgustada y Seb le está frotando la espalda.
Mierda. Me siento mal, pero no es culpa mía si no entienden lo importante
que es esto para mí.
—No quiero hacer esto —dice el tío Blake después de un largo
momento en silencio—. Pero si pudiera conseguir algo de ayuda con las
deudas, entonces me sería más fácil instalarme aquí. Ya tienes tu fondo
fiduciario, ¿verdad?
Tuve acceso a él en cuanto cumplí veintiún años.
—Sí.
Asiente.
—Bien. Qué bien. —Se le tuerce el rostro y suelta una pequeña
carcajada—. Lo siento —añade—. Esto es patético. Pero si me ayudas, puedo
devolvértelo. Tu padre no es el único con contactos. Podría encontrarte un
agente mejor, alguien que haga lo mejor para ti, no lo mejor para tu padre.
Parpadeo.
—Pero... Jessica va a ser mi agente. Tenemos nuestra propia relación.
El tío Blake alza las cejas.
—¿Estás seguro de eso? ¿Seguro que tu padre no va a intentar
controlarlo todo? Me contaste cómo manejó las cosas con tu hermano. Está
en su naturaleza, Cooper. Es como dije, es un tipo de persona. James
también. Luego está la gente como nosotros. ¿No quieres forjar tu propio
camino?
Es todo lo que siempre he querido, y el tío Blake es el único que lo ha
reconocido. ¿Quién me llevó a la pista por primera vez? ¿Quién me enseñó
a sostener un stick de hockey? Tal vez tenga razón, siempre hemos sido
diferentes. No sólo segundos hijos, sino en una categoría completamente
diferente. Tal vez si realmente quiero el futuro que siempre he soñado,
necesito distanciarme. Me he dejado la piel para llegar hasta aquí, y nada
de lo que haga podrá competir con James. Desde el momento en que elegí
el hockey, perdí el interés de mi padre.
Pero puedo ayudar al tío Blake. Puedo hacer una nueva relación. No
es mi padre, pero es familia, y ve mi verdadero yo.
—¿Cuánto necesitas?
296
Penny

Levanto mi cerveza junto con el resto del grupo cuando Cooper se pone
en medio del círculo. Aunque hay más gente en Red's, nos hemos apoderado
de la escena en cuanto hemos llegado. Todo el grupo bulle de energía
excitada y aliviada.
—¡Campeones del puto Hockey East! —Ruge.
Los chicos estallan en ovaciones. Evan y Remmy, Jean y Mickey,
Brandon y todos los demás, chicos a los que me he pasado casi toda una
temporada animando, empiezan a corear “¡McFucking McKee!”.
Me uno a ellos, junto con el resto de nuestro equipo, y hacemos tanto
ruido que ahogamos la música y las televisiones de encima del bar. Al ganar
su partido, tienen una plaza automática en las Regionales. Sé que les queda
mucho hockey por jugar, pero puedo sentir en mis huesos que van a llegar
hasta la Frozen Four en Tampa Bay, y que van a ser campeones. De todos
los programas de hockey de la I División del país, ellos serán los que
levanten el trofeo.
Aún no se lo he dicho a Cooper, pero he empezado a ver vuelos a
Florida. Tendrían que encerrarme para que no lo animara con su camiseta,
muchas gracias. En el partido de esta noche contra Maine, grité tanto que
me dolía la garganta. Estaba sentada al lado de una señora mayor
cualquiera, y al final se exasperó tanto que gritó: “Tu novio no es el único
que juega”.

297 Debía de ser fan de los Black Bears.


—¡Habla! —dice Remmy. Los chicos le hacen eco, golpeando las mesas
y la barra y dando pisotones.
Cooper levanta la mano, fingiendo pensar.
—Ah, joder —dice—. Eso es lo que es.
Todo el mundo se ríe, incluso el camarero y el grupo de chicos
sentados en una mesa cercana.
—¿Eres Cooper Callahan? —pregunta uno de ellos—. ¿El otro chico
de Richard Callahan?
—Sí, lo es —dice el tío de Cooper mientras se abre paso a hombros
entre la multitud hasta nosotros. Le revuelve el cabello y lo abraza—. Es mi
puto sobrino. Consigan su autógrafo ahora, chicos, antes de que esté en la
NHL.
—Tu padre era un quarterback muy bueno —dice uno de los otros
chicos—. Bien por ti, chico, por encontrar tu propio éxito.
Cooper se sonroja. Se acerca a mí, me rodea los hombros con el brazo
y me aprieta.
—Gran puto partido. Gran puta temporada. Ha sido un honor hacerlo
con ustedes, y sé que nos queda mucho por dar. Celebrémoslo, luego
volvamos al hielo y preparémonos para las Regionales.
—¡Bien dicho! —dice Brandon. Levanta su cerveza y nos saluda a
Cooper y a mí. Le devuelvo el gesto. Él no conoce los detalles de por qué me
escapé la noche de la fiesta de cumpleaños de Cooper, pero se disculpó
adecuadamente con los dos por lo que pasó en Vermont, y realmente creo
que está orgulloso de apoyar a Cooper—. ¡Royals!
—¡Royals! —gritan los chicos.
Cooper me besa y sus manos se enredan en mi cabello. Oigo cómo sus
compañeros lo riñen y sonrío contra sus labios. Pensaba que nunca volvería
a acercarme a un jugador de hockey, y mucho menos a todo un equipo, y
mírame ahora. Besando a mi novio, campeón de la Hockey East, en un bar,
deseando tener la oportunidad de estar a solas con él. Experimentar el
último punto de La Lista abrió las compuertas; he estado sobre él cada vez
que he podido. Todo lo que hicimos antes fue increíble, claro, pero ahora
que sé lo que se siente, no hay nada mejor que correrse con la polla de
Cooper apretada dentro de mí. He concertado una cita con mi ginecólogo
para que me ponga un DIU y pueda correrse dentro de mí sin condones.
Quiero que me reclame desde dentro cada puta vez.
—Mi Penny de la suerte —murmura, agarrando puñados de mi
camiseta con las manos—. No podría haberlo hecho sin ti.
298 —¿Tanto te he ayudado a concentrarte? —bromeo.
Se aparta, me mira a los ojos y me doy cuenta de que no está
bromeando.
—¿Recuerdas cómo empezó esto? —me dice—. ¿Nuestro acuerdo? A
mí me sigue funcionando, nena. Te pruebo y ya está.
Creo que Evan nos escucha, porque gira sobre su talón y empieza a
hablar en voz alta con alguien sobre qué cabeza de serie del grupo de
dieciséis acabará teniendo McKee, pero ni siquiera me atrevo a
avergonzarme demasiado.
—¿Y ahora qué? —digo tímidamente. Levanto la mano para susurrarle
al oído lo siguiente—. Estoy empapada por ti desde que empezó el partido.
Se queja.
—Joder.
Antes de que pueda convencerlo de que me lleve a su camioneta, a los
baños o incluso a la parte trasera del bar, su tío le da una palmada en el
hombro.
—Tengo algunas personas que quiero que conozcas —dice—. Socios
de negocios. Lo siento, Penny.
—No pasa nada —le digo. Sebastian ha sido difícil con el tío Blake,
pero alguien tiene que apoyar a Cooper, y sé que esta relación es importante
para él. Incluso si es un poco raro que le esté dando a su tío un montón de
dinero, como miles de dólares de su fondo fiduciario, es su decisión, y yo
voy a apoyarlo—. Iré a bailar con Mia.
Mia me abraza en cuanto me ve. También lleva una camiseta de
hockey, de Mickey, pero se niega a entrar en detalles, y sus pantalones pitillo
negros hacen que su culo luzca fantástico. Se lo digo, teniendo que gritar
las palabras por encima del ruido del bar, y ella sonríe, me toma de las
manos y me hace girar en círculo. Alguien pone una nueva canción en el
tocadiscos, así que Johnny Cash cambia por The Heavy. Me bebo el resto de
la cerveza, la dejo sobre la mesa y me pongo a bailar. Sé que se me da fatal,
pero ahora mismo no me importa, no mientras Mia y yo estemos
sincronizadas y no podamos parar de reír. No me sé la letra, pero intento
seguir el ritmo. Mia me da un beso en la mejilla mientras aprieta sus caderas
contra las mías.
Siento un cosquilleo en la nuca. Alguien me está mirando. Me
estremezco un poco al girarme, esperando que sea Cooper, pero en vez de
eso, miro a un tipo sentado en una mesa cercana. Probablemente
treintañero, con traje y un vaso de cerveza vacío junto al codo. Su teléfono
está apagado, apoyado en el dispensador de servilletas, y tal vez pensaría
que está enviando un mensaje de texto, pero hay algo en la forma en que
nos mira que hace que mis manos se pongan húmedas.
299 Está mirando y grabando para más tarde.
—Mia —digo con urgencia—. Mia, para.
Hago un gesto al tipo, que levanta la mano y saluda. El rostro de Mia
pasa de la alegría a la rabia incandescente en medio segundo. No me da
tiempo más que a notar cómo se me revuelve el estómago antes de que se
acerque a él, le quite el teléfono y lo lance contra la máquina de discos. La
música no se detiene, pero casi todos en el bar se paralizan. Cooper se abre
paso entre la gente con Sebastian pisándole los talones.
—¡Maldita zorra! —suelta el tipo, poniéndose de pie. Mide más de
medio metro más que Mia, pero ella se limita a cruzar los brazos sobre el
pecho—. Vas a pagar por eso, joder.
—Cierra la boca, pene de lápiz —dice Mia—. Te hemos visto.
Cooper me tira del codo, un ojo en mí, el otro en Mia.
—¿Qué ha pasado?
Me trago la oleada de repulsión que siento el tiempo suficiente para
empezar:
—Tenía el teléfono afuera, creo que estaba...
Cooper ya está dando zancadas en su dirección.
—¿Qué, tu juego de ligar es tan jodidamente patético? ¿No consigues
que las mujeres te miren dos veces, así que tienes que grabarlas, puto
baboso?
Se pone justo enfrente del tipo, empujando a Mia detrás de él. Ella
intenta abalanzarse sobre el tipo, pero Cooper la toma por la cintura y la
lleva a los brazos de Sebastian. Cooper es de la misma altura que el tipo,
pero debe de pesar al menos diez kilos más que él. Tiene un brillo peligroso
en los ojos mientras lo acorrala contra la pared.
Sin embargo, este idiota agarra su vaso de cerveza y lo estrella contra
la cabeza de Cooper antes de que éste pueda golpearlo.
Grito mientras el vaso prácticamente explota. La sien de Cooper es un
tajo sangriento, rojo oscuro que le recorre el rostro como pintura. Ladea el
puño y golpea al tipo en su rostro, luego le da un rodillazo en el estómago.
Sebastian deja a Mia en el suelo, ha estado luchando por zafarse de
sus brazos todo este tiempo como una gata salvaje, y dice:
—¡Por el amor de Dios, Mia, no te muevas! —antes de saltar a la
refriega junto a Cooper.
El tipo sigue forcejeando, dando patadas y puñetazos por todas
partes. Golpea a Sebastian en la garganta con el puño. Sebastian se
tambalea hacia atrás, jadeando, y la furia de Cooper alcanza un nuevo nivel:
agarra al tipo por la cintura y lo arrastra entre la multitud. Evan y Remmy
300 ayudan a empujarlo a la acera. Alguien apaga la música, por fin, lo cual es
bueno porque me pitan los oídos, y todos oímos alto y claro cuando Cooper
grita:
—Si quieres conservar tus ojos, escoria, te largas de aquí de una puta
vez.
Empujo a todo el mundo hasta que lo veo. Sus ojos son salvajes y
oscuros y está temblando. Tiene sangre en su rostro, en los ojos, en la barba,
en el cuello de la camisa. Reprimo una risita histérica mientras tomo un
trapo de encima de la barra y se lo pongo en la sien.
Quizá otra chica se enfadaría, pero yo no siento más que satisfacción
y asombro. Ha luchado por mí. Ha luchado por mí, joder.
—Nena. Nena…
Me acerca, enterrando su rostro contra mi cabello. Lo está
ensangrentando, pero me importa una mierda.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Me echo hacia atrás, trago saliva y asiento.
—Sí. Gracias.
Se ríe.
—¿Gracias?
—Nunca nadie se había levantado así por mí. —Aprieto un beso en
sus labios, aunque puedo saborear el cobre—. Nadie ha luchado nunca por
mí.
—Como no puedo darle una paliza a tu ex, esto es lo mejor que podía
hacer.
Blake se acerca, con gesto rígido.
—Ve a urgencias —dice—. Vas a necesitar puntos. Voy a suavizar las
cosas aquí.

301
Cooper

Intentar escribir un trabajo con resaca ya es bastante malo, pero si le


añades los puntos, apenas puedo concentrarme en la pantalla del portátil.
Aun así, este trabajo debe entregarse mañana y, a pesar de los próximos
playoffs, necesito mantener mis notas estables. Vuelvo a mirar a Daisy
Miller, intentando recordar lo que quería decir sobre el paseo nocturno por
las ruinas romanas, cuando suena el timbre.
Izzy está arriba con Tangy, haciendo sus deberes, y Sebastian también
está en su dormitorio, que yo sepa. Nos cubrimos las espaldas durante la
pelea en el bar, claro, pero las cosas siguen heladas entre nosotros. No le ha
dado las gracias al tío Blake por convencer a Red's de que se olvidara de la
pelea, de hecho, ha conseguido que prohibieran la entrada al tipo que
intentó grabar el vídeo de Penny y Mia, y la única vez que hemos
interactuado hoy ha sido cuando ha intentado convencerme, otra vez, de
que no transfiriera el dinero a la cuenta del tío Blake. Ya lo hice, pero no
pienso decírselo. No cuando lo hace reaccionar como si el tío Blake me
hubiera pedido que le diera un riñón.
Lo cual haría si lo necesitara. Especialmente después de anoche.
Incluso llamó al entrenador y le explicó toda la situación mientras Penny iba
a urgencias conmigo. Todavía no he hablado con el entrenador, porque por
muy justificado que estuviera proteger y defender a Penny, he estado
controlando mi temperamento, y la pelea del bar hizo saltar todo eso por los
aires. Como no tiene nada que ver con el hockey y el otro tipo empezó, creo
que estoy a salvo, pero eso no significa que no sea una pérdida de control
302 en un momento jodidamente inoportuno.
El timbre vuelve a sonar. Me levanto de mi sitio en el suelo de la sala,
con los libros y el portátil desplegados frente al televisor, y abro la puerta.
Supongo que es demasiado esperar que sea Penny. Me habría mandado un
mensaje si estuviera de camino y, de todos modos, creo que ahora mismo
está en casa de su padre.
Es mi padre.
Trago saliva y doy un paso atrás. La energía que irradia parece una
bomba: chisporrotea, humea, está a punto de estallar. Entra sin decir
palabra. Me meto las manos en el bolsillo de la sudadera cuando pasa a mi
lado. Se queda de pie en medio de la sala, mirando a su alrededor durante
lo que parece el momento más largo de su vida hasta que por fin me mira a
los ojos. El traje, el caro chaqué y el reloj que brilla en su muñeca parecen
fuera de lugar en nuestra casa de la universidad. ¿Por qué está aquí?
Cuando le envié un mensaje para decirle que habíamos ganado la Hockey
East, me contestó con un emoji de pulgar hacia arriba y un recordatorio de
que no nos confiáramos y de que fuéramos más rápidos en la defensa.
Puede que ese tipo de presión funcione con James, pero me
avergüenza saber que yo necesito más que eso. Incluso un “buen chico” me
habría hecho sonreír en lugar de querer tirar el teléfono por la habitación.
Su rostro se tuerce en señal de desaprobación mientras me examina.
Sé que tengo un aspecto horrible; los puntos y el moretón que me rodea son
repugnantes. Seguro que también estoy pálido, con resaca y agotado, el
cabello grasiento y necesitado de un lavado. Con el humor que he tenido
hoy, cualquiera diría que nos acabamos de enterar de que no llegaremos a
los playoffs en lugar de ganar nuestra conferencia.
Resopla mientras se quita el abrigo y lo deja en el respaldo del sofá.
Lleva un traje de chaqueta, sin corbata; se quita también la chaqueta y se
remanga metódicamente hasta los codos.
—Cooper.
—Señor.
Señala mi rostro.
—¿Por qué carajo me he enterado por tu hermano?
Me trago la indignación que siento mientras miro hacia las escaleras.
Maldito Sebastian. Claro que tenía que meter a papá en esto.
—¿Por qué has venido hasta aquí? Podrías haber llamado.
—Estaba en la ciudad ultimando algunas cosas para la gala.
La gala. He estado tan concentrado en el hockey y en Penny que me
olvidé por completo. Una noche en Nueva York en el Hotel Plaza, fingiendo
303 estar en buenos términos con toda mi familia para que mis padres puedan
conseguir muchas donaciones para su fundación. Suena como el infierno.
—Bueno, puedes volver a lo que estabas haciendo —le digo, ignorando
cómo se me revuelve el estómago; una pequeña parte de mí esperaba que
quisiera felicitarme en persona por la victoria en la conferencia—. El tío
Blake y yo lo tenemos controlado. Todo va bien.
Se ríe brevemente.
—¿Ah, sí? ¿Lo tienes controlado? Mi hijo tiene puntos en el puto rostro
por una pelea de bar, ¿y mi hermano adicto lo tiene controlado? ¿Qué ha
pasado con lo de decirme si se ha puesto en contacto contigo?
—Oye —digo bruscamente—. Está sobrio. Y últimamente ha estado a
mi lado, no gracias a ti.
Suspira.
—Cooper. No conoces toda la situación.
—Sé lo suficiente. Es tu hermano, pero nunca ha sido más que un
desastre para ti. No importa lo que haga, no puedes verlo de otra manera. Y
así es como siempre me has visto. Incluso cuando me ves.
Parpadea.
—¿Qué?
Me muerdo el labio, aunque me duele. Mis ojos pinchan de lágrimas.
—No finjas que no empezaste a ignorarme cuando te diste cuenta de
que no iba a ser futbolista como James. Como tú. Al menos el tío Blake no
actúa como si deseara que yo fuera otra persona.
—No deseo...
—Dejemos de fingir —digo, de repente tan cansado que lo siento en
los huesos. Me gustaría estar en cualquier sitio menos aquí, teniendo esta
conversación, pero no tengo elección. El tren ha salido de la estación. No
puedo dar marcha atrás—. Deja de fingir cuando sé la verdad. James
siempre ha sido tu favorito, especialmente ahora que es tu próximo yo.
Cuando miras a Sebastian, sólo ves a tu mejor amigo muerto. Izzy es tu niña
perfecta y no puede hacer nada mal. ¿Yo? Soy tu cagada, y nunca dejaré de
serlo, por mucho que lo intente.
—¿Eso es lo que realmente piensas?
—Cuando me convertí en capitán, fue como si ni siquiera te importara.
—Me presiono los ojos con las palmas de las manos, intentando contener
las lágrimas. No he llorado delante de mi padre desde que era pequeño, y no
pienso hacerlo ahora—. He trabajado muy duro para llegar hasta aquí y tú
te has limitado a señalar mis errores.
304 Abre la boca, pero no dice nada. Lo empujo y me dirijo a la mesa de la
entrada para tomar las llaves. Quizá sea cobarde irme, pero necesito ver a
Penny. Es la única que puede hacer que esta situación sea un poco menos
horrible. Además, si me quedo aquí más tiempo, temo hacer o decir algo de
lo que me arrepienta. ¿Qué dijo papá? ¿Que el hockey saca lo peor de mí?
¿No sería este el puto momento de darle la razón?
—Cooper.
Abro la puerta.
—Maldita sea, Cooper, mírame.
Respiro hondo y cierro la puerta. Cuando me giro para mirarlo, siento
caer las primeras lágrimas, pero mantengo la cabeza alta. Miro hacia las
escaleras y veo a Sebastian de pie. Parece afligido, lo que hace que mi
corazón palpite con dulzura. ¿Qué creía que pasaría si metía a papá en esto?
—Tu tío es un manipulador. —Papá sacude la cabeza, riendo
amargamente—. Todo lo que te ha contado es mentira.
—Simplemente no puedes soportar la idea de que yo tenga mi propia
relación con él.
—Te está utilizando, y cuando crea que has cumplido tu propósito, se
irá con otro. No eres un imbécil, hijo, pero ahora mismo estás actuando
como tal.
Abro la puerta de un tirón.
—Gracias por avisarme.
Me sigue hasta el porche, pero lo ignoro. Subo a mi camioneta y la
arranco, y él golpea el cristal, pero yo me limito a salir de la acera.
Cuando llego a casa de Penny, apenas puedo ver a través de las
lágrimas. Pensé que había llorado mucho la noche de mi cumpleaños,
después de que Penny se durmiera y ya no tuviera que ser valiente por ella,
pero esto es peor. Consigo estacionar la camioneta y, de algún modo, me
encuentro llamando al timbre. El entrenador contesta. Cuando me ve allí,
me abraza. Ni siquiera dice nada, se limita a cerrar la puerta detrás de
nosotros y dejar que me apoye en él con todo mi peso. Su mano me acaricia
la espalda.
—Oye —me dice—. Oye, hijo, no pasa nada. Respira hondo.

305
Penny

Giro en un lento círculo alrededor del probador, observando cómo


sube y baja la falda del vestido que llevo.
—Sólo digo que no tenemos que ir.
—Lo cual es un detalle —dice Cooper—. Pero no puedo hacerle eso a
mi madre, pase lo que pase con mi padre.
Me muerdo el labio mientras miro a Cooper. Está en un rincón,
sentado en un ridículo y diminuto puf de patas enjutas. Si no me preocupara
tanto que lo rompiéramos, me deslizaría hasta su regazo y le besaría el ceño
fruncido.
En la semana transcurrida desde la victoria en la conferencia, y todo
lo que vino después, incluida una pelea de Cooper con su padre de la que
aún no me ha contado los detalles, ha estado de dos estados de ánimo:
retraído, con el ceño fruncido ante todos y todo lo que le rodea, o caliente
como una cuba. Esto último es más divertido para mí, claro, si no fuera
porque sé que lo hace para distraerse de lo que sea que esté pasando con
su padre. También ha estado pasando mucho tiempo con su tío. Espero que
nunca deje de agradecerle a Cooper por darle un cuarto de millón de dólares.
Cuando me dijo la cantidad exacta, mi estómago se arrugó como uno auto
en un accidente. Es mucho dinero para dárselo a alguien, incluso con la
mejor de las intenciones.
—De acuerdo —le digo—. Pero siempre podemos pagar la fianza si
306 acaba siendo demasiado.
—Entendido.
—Sólo quiero que tengas un...
—Gira para mí. —Hace el movimiento con el dedo—. Me gustas de este
color.
Miro el vestido. El negro es más del estilo de Mia que mío, pero no
puedo negar que me hace parecer elegante. Un poco más madura. No me
vendría mal, asistiendo a una elegante gala neoyorquina del brazo de
Cooper. Sin embargo, en lugar de girar, me pongo las manos en las caderas.
—Cooper Callahan. ¿Estás escuchando lo que te digo?
—¿Contigo en ese vestido? —Sonríe sin arrepentirse—. La verdad es
que no.
Me encojo de hombros y lo dejo caer sobre la silla.
—Eres lo peor.
—Pruébate el verde. El esmeralda te quedaría precioso, nena.
Suspiro, me lo pongo y me giro para que me ayude con la cremallera.
Cuando está subida del todo, dejo caer la falda. Es un vestido de etiqueta,
largo y elegante, con escote corazón. Cooper tenía razón. El verde intenso
me sienta de maravilla. Mientras me miro en el espejo, él silba y se ajusta
los pantalones.
Le enarco una ceja sin darme la vuelta. Él puede verlo a través del
espejo.
—¿De verdad crees que eso va a funcionar?
—No lo sé, ¿lo hace?
Levanto las manos. Joder. Quizá sea una mala idea, pero está
funcionando; ahora sólo quiero sentarme en su polla. Intento quitarme el
vestido, pero él se levanta y me detiene con una mano en la muñeca.
—No lo hagas —murmura—. Quiero follarte con él puesto.
—No lo hemos comprado.
—No me importa.
—Si lo estropeas...
Me corta con un beso.
—Discúlpate. Págalo y lo que quieras. Conozco el procedimiento.
Ahora sé una buena chica y dame duro el resto del camino.
El deseo me recorre el vientre y se instala en algún lugar más abajo.
Llevo todo el puto día mojada por él; resulta que comprar vestidos en Nueva
York es estupendo para mi libido. Izzy estaría orgullosa. Me besa más
307 profundamente, apoyándome contra la pared. Espero que no haya nadie
cerca que nos oiga. Esta tienda es tan lujosa que el probador es una
experiencia totalmente privada con champán si queremos, pero no somos
los únicos en el edificio. Cuando le meto la mano en los pantalones, gime en
mi boca, provocando otra oleada de deseo. Ese sonido es tan jodidamente
sexy que juraría que podría correrme sólo con él. Hasta ayer, no habría
pensado que podría correrme sólo porque él jugara con mis tetas, y eso
ocurrió con relativa facilidad. Lo miro a los ojos o siento el roce de sus
caricias, y juro que no puedo controlarme.
Le acaricio la polla mientras nos besamos. Cuando trazo con la uña
la vena que la recorre, sisea y me atrae hacia él. Nos desplomamos en el
suelo, una gran maraña de miembros y la falda. Antes de que me dé tiempo
a adaptarme, me baja las bragas por las piernas y las tira a un lado, luego
me sube la falda y sus manos encuentran la suave parte inferior de mis
muslos. Me levanta sobre su polla. Jadeo mientras me estira, centímetro a
centímetro. Pensaría que ya estoy acostumbrada, teniendo en cuenta las
veces que Cooper me ha follado el coño desde la primera vez, pero no puedo
creer lo grande que es. Me llena hasta el borde, llegando más profundo que
cualquier juguete, y es mucho mejor ahora que tengo un DIU.
—Tan jodidamente apretada —murmura—. Me tomas tan bien, Red.
Gimo en voz alta, pero él lo disimula con un beso. Pongo las manos
en su pecho para hacer palanca y moverme sobre su polla. Me mira mientras
lucho por conseguir el ángulo adecuado durante unos cuantos empujones
antes de apiadarse de mí y moverme él mismo arriba y abajo, con las manos
plantadas en mi culo. Me aprieto a su alrededor, haciéndolo ahogar un
gemido. Sigue ayudándome a moverme con un brazo alrededor de la cintura,
pero me rodea el cabello con el puño y tira de él hasta que lo miro.
—Te amo —me dice.
Las palabras bailan en la punta de mi lengua. Es una invitación, una
puerta abierta a un jardín secreto que ambos podríamos compartir. Ha
encontrado la llave y la ha abierto, y todo lo que tengo que hacer es atravesar
la entrada.
Pero siento como si la puerta estuviera flotando al borde de un
precipicio. Podría llegar a la tierra prometida, pero con la misma facilidad,
podría caer.
—Yo...
Algo parpadea en sus ojos. Decepción. Puede que incluso miedo. Mi
corazón se convierte en hielo y se rompe por la mitad. ¿Por qué no puedo
decirlo? ¿Por qué no puedo decirlo de una puta vez?
—Cooper, yo... —Me trago el enorme nudo que amenaza con
ahogarme—. Yo...
308 Mira a un lado.
—No pasa nada.
—No está bien. —Vuelvo su rostro hacia el mío y lo beso suavemente
en los labios—. Sí, quiero...
—No lo hagas —me interrumpe. Suena más serio que nunca—. No lo
digas por mí. Dilo por nosotros cuando lo digas en serio.
Lo digo en serio, pero si lo digo ahora, pensará que intento aplacarlo.
Lo beso de nuevo, esperando que la energía que chispea entre nosotros le
dé una muestra de lo que siento. Por un momento, no me devuelve el beso,
pero luego me muerde el labio inferior y el gesto juguetón me alivia un poco
la opresión del pecho. Otro hombre lo habría convertido en un ultimátum,
pero él no, y es una de las muchas razones por las que quiero cruzar esa
puerta. Pero la paciencia tiene un límite, sobre todo con un tipo como
Cooper.
Sólo espero que cuando gire la cerradura, no sea demasiado tarde.

309
Cooper

3 de Marzo

Papá: Cooper, tenemos que hablar.


Hay cosas que necesitas saber sobre tu tío.
Cooper, por favor toma el teléfono.

5 de Marzo

James: Coop, lo que papá tiene que decir es importante.


¿Qué, también me estás ignorando?
Será mejor que vengas a la gala.

9 de Marzo

Penny: ¿Estás seguro de que es una buena idea?


310
Coop: Es más padre para mí que mi propio padre, Pen.
Penny: De acuerdo.
Sólo... asegúrate de tener cuidado.
Coop: ¿Habló Seb contigo?
Penny: No. Sólo estoy preocupado por ti.
La Gala Benéfica Anual de la Fundación de la Familia Callahan, sí, un
verdadero trabalenguas, es el orgullo y la alegría de mi madre, lo que
significa que espera que sus cuatro hijos se comporten lo mejor posible. Los
esmóquines y los vestidos de gala son obligatorios. Las riñas se contestan
con una rápida mirada. La mayoría de los años, agoto mi paciencia para
charlar una hora antes; siempre hay nuevos amigos de mis padres a los que
conocer y con los que quedar bien. El año pasado, cuando Bex asistió por
primera vez, a la gente le gustó tanto el número de tortolitos de James y ella
que Sebastian y yo nos escapamos del salón y nos colamos en una boda que
se celebraba al lado. Este año llevo a Penny del brazo y, aunque no me
gustaría que fuera de otra forma, tengo la sensación de que vamos a atraer
muchas miradas. Debería, con su vestido esmeralda, sus tacones dorados
de tiras y sus pendientes de aro a juego, y, por supuesto, esa melena salvaje
que le cuelga de los hombros.
La otra diferencia es que tengo al tío Blake conmigo. Que te jodan,
papá. Espero que disfrutes viéndome llevarlo a todos tus benefactores.
En la entrada del Plaza, el tío Blake se detiene, ajustándose la pajarita.
—Hace años que no vengo a esto. No desde que eras pequeño.
—Sí, bueno, deberías haber estado aquí todo el tiempo. Papá ha sido
un imbécil contigo. —Piso la acera con el zapato y aprieto la mano de Penny.
Tenerla aquí significa más de lo que ella cree, aunque los últimos días hayan
sido tensos. No debería haberla empujado a decir esas palabras—. Necesita
saber que formas parte de esta familia y que no te vas a ir.
El tío Blake me da una palmada en el hombro.
—Por los nuevos comienzos. Mañana me mudo a mi nuevo
apartamento. Puedes venir a verme a la ciudad cuando quieras, tú y Penny.
Lo estrecho en un abrazo.
—¿Y el trabajo?
311 —He vuelto. —Me aprieta fuerte—. No podría haberlo hecho sin tu
apoyo.
Antes de seguirlo a la entrada, Penny me tira de la mano. Me atrae
hacia un beso.
—Si necesitas un descanso, busquemos un armario.
Me río contra su boca.
—Te a...
Me duele detenerme, pero lo hago y corto mis propias palabras con
otro beso. Si sigo insistiendo y ella se siente acorralada, podría ceder a algo
que no siente realmente... o quizá se largue. Me aclaro la garganta.
—Me parece bien.
La persona que comprueba los nombres en la puerta frunce el ceño
cuando el tío Blake da el suyo, pero en cuanto me inclino y le explico la
situación, nos hace pasar a los tres. Mis padres hacen todo lo posible para
este evento, pero este año parece más elegante que la mayoría; cuando
entramos en el salón de baile, no puedo decidir hacia dónde mirar. Un grupo
de música toca en directo en un escenario al otro lado de la sala. Las mesas
están perfectamente dispuestas, cada una con un arreglo floral blanco y
azul en el centro y una vajilla de cristal. No hay una, sino dos barras llenas,
y camareros con camisas blancas y pantalones de vestir se pasean con
bandejas de aperitivos. Los candelabros brillan en la penumbra. Una vez le
pregunté a mi madre por qué siempre celebraba la gala en la peor época del
año, a finales del invierno neoyorquino, cuando el tiempo sigue siendo
amargo y la nieve que queda es triste y gris, y me contestó que lo hacía
precisamente por eso; quería darse a sí misma, y a sus amigos, colegas y
benefactores, algo que esperar con ilusión en los lúgubres días de principios
de marzo. Por la forma en que Penny respira, creo que ha dado en el clavo
entre lo mágico y lo sofisticado.
—Me voy al bar —dice el tío Blake.
Creo que se me nota la alarma en el rostro, porque se ríe y dice:
—Para un seltzer, chico, cálmate. —Se abre paso entre la multitud
con la cabeza alta, como si supiera que este es su sitio.
—¿Quieres una copa de vino? —le pregunto a Penny—. No
comprueban las identidades en esto.
—Claro. —Pasa los dedos por la silla más cercana. Es dorada, con un
lazo de seda azul atado al respaldo—. Esto es realmente muy elegante,
Cooper, ¿estás seguro...?
Rozo mis labios con los suyos.
—Eres la chica más guapa de aquí. Vamos, tengo gente que quiero
presentarte.
312
Pero antes de llegar muy lejos, mi madre nos ve. Lleva un vestido azul
oscuro con un chal de seda sobre los hombros. Lleva el cabello recogido en
una especie de nudo complicado, sujeto con una pinza de cristal. Las patas
de gallo de sus ojos se arrugan cuando me abraza y hace lo mismo con
Penny.
—Cariño —dice—. Izzy aún se está preparando, pero tus hermanos
están por aquí. Están muy guapos. Gracias por venir, Penny.
—Gracias por invitarme —dice Penny—. Esto es realmente increíble,
Señora Callahan.
—Oh, llámame Sandra. —Aprieta el brazo de Penny, desviando su
mirada hacia la mía por un momento. Se me hincha el corazón—. Me ha
hecho tanta ilusión que salgan juntos que no te lo imaginas.
Luego se inclina hacia mí y se le borra la sonrisa del rostro.
—Cariño, tienes que decirle a tu tío que se vaya.
Sacudo la cabeza antes de que termine la frase.
—No.
—Tu padre no lo quiere aquí. —Mira hacia el bar, donde el tío Blake
se ríe con el camarero—. Y francamente, yo no lo quiero aquí.
Doy un paso atrás. Me lo esperaba de papá, pero ¿también de mamá?
—Pero... mamá, es de la familia.
Me mira con firmeza y me toma la mejilla con la mano.
—Y a veces a la familia se la quiere más desde la distancia.
—No. No es justo. —Me encojo de hombros—. Está limpio. Está sobrio.
Volvió a Nueva York para estar con nosotros.
Suspira.
—Oh, Cooper. Dijo eso cuando tenías siete años. Luego lo intentó
cuando tenías diez, y otra vez cuando tenías diecisiete.
—Y en vez de ayudarlo, sigues alejándolo.
—No —dice bruscamente. Le tiembla el labio, una oleada de angustia
recorre su rostro. Joder. Pensé que aunque papá no lo entendiera, ella sí, y
el hecho de que ni siquiera esté enfadada, sino molesta por algo que yo hice,
me golpea como un puñetazo en las costillas—. Lo intentamos durante
mucho tiempo, pero hay cosas que no se pueden perdonar. Tu padre y yo
no podríamos vivir con nosotros mismos si te volvieran a hacer daño otra
vez. Haz que se vaya, Cooper, por favor. Podemos hablar de esto más tarde.
—¿Otra vez? —dice Penny—. ¿Qué quieres decir con otra vez?
313
—Sólo fue un accidente —digo despacio—. Mamá, no fue culpa suya.
—¿Qué accidente? —Penny me tira del brazo—. ¿Cooper?
Mamá aprieta los labios con fuerza.
—Le pides que se vaya, y si no lo hace, haré que seguridad lo escolte
fuera. —Se limpia rápidamente los ojos, parpadea dos veces y se endereza.
Vuelve a esbozar una sonrisa—. Tienes que confiar en mí, cariño.
—¡No es un delincuente! —Levanto la voz sin querer; un par de
personas nos miran. Mamá cruza la sala a grandes zancadas y yo la sigo,
pero Penny clava los talones para detenerme.
—Cooper —dice—. Creo que deberías escucharla. Y a tu padre. Algo
no va bien.
—¿Tú también? —me quejo—. Penny, ¿en serio?
—Es raro que te haya pedido todo ese dinero. —Sus ojos buscan los
míos—. Piénsalo, Cooper. ¿Qué hombre adulto le pide tanto dinero a su
sobrino?
—Es para pagar sus gastos de rehabilitación.
Menea la cabeza. Su voz es muy suave.
—Ninguna rehabilitación cuesta más de un cuarto de millón de
dólares.
—¿Qué, eres una experta en eso? —No puedo contener el veneno en
mi tono. Me la quito de encima y sigo a mi madre a zancadas.
Mi padre nos gana a los dos.
Si antes de esto creía saber cómo era mi padre cuando se enfadaba,
no había sido más que testigo de una leve irritación. La rabia prácticamente
baila en sus facciones; su boca es un tajo apretado, su mirada tan oscura
que hasta yo me sorprendo. Le arrebata el vaso al tío Blake, lo huele y lo
deja encima de la barra.
—Ginebra —gruñe—. Siempre fue tu favorita, ¿verdad?
—Richard, cariño —dice mamá, mirando a su alrededor. Su sonrisa
se tambalea de nuevo—. Por favor, no montes una escena.
—Oh, haré una puta escena. —Me mira durante medio segundo antes
de agarrar a mi tío por el hombro y prácticamente arrastrarlo hasta la puerta
más cercana—. Siempre se te ha dado bien meterte donde no te llaman,
Blake, lo reconozco.
—¡Papá! —Grito. Mi voz resuena por toda la sala, y sé que estoy
llamando demasiado la atención, pero ahora mismo, joder, me da igual. Doy
un paso adelante, pero alguien me agarra por la cintura.
314 —No lo hagas —me dice James al oído—. Deja que se encargue él.
Le doy un codazo fuerte, y debo de sobresaltarlo, porque se separa
con una maldición.
—Cooper.
—Que te jodan —le digo—. No lo entiendes.
James me agarra por el codo y me empuja hacia la pared. Veo a Penny
rondando; pone la mano en el brazo de mamá. La banda sigue tocando, así
que dudo que los invitados nos oigan, pero seguro que nos ven.
—Escúchame —dice—. El tío Blake te está utilizando.
Me río.
—Eres igual que papá. Él dice salta, tú preguntas qué tan alto. Pensé
que tal vez cuando luchaste por Bex, por fin estabas adquiriendo una
columna vertebral, pero me equivoqué.
Su boca se tensa.
—No digas mierda que no quieres decir.
Alcanzo la puerta por la que entraron papá y el tío Blake y la abro de
un tirón. Estamos en una especie de camerino; a juzgar por el tocador de la
esquina, aquí es donde una novia podría prepararse antes de caminar hacia
el altar. Mi tío tiene las manos levantadas, en medio de una frase. Pero en
cuanto me ve, se detiene.
—Cooper —dice—. Vuelve a la fiesta. Tenemos esto controlado.
—No le hagas caso —digo, mirando a papá—. Diga lo que diga, que
sepa que no me lo creo.
Papá tiene un trozo de papel en la mano. Me lo empuja.
—Bien. Si no me crees, mira la prueba.
Es una confirmación de vuelo. JFK a LAX. Nombre del pasajero: Blake
Callahan. La miro fijamente, la arrugo y la tiro a un lado.
—¿De qué se supone que es una prueba? De que vuelve a California,
lo que sea.
—No está sobrio. No está limpio. Tenía un gin tonic en la puta mano,
y seguro que lleva coca encima. —La voz de mi padre es como hielo sólido—
. Te ha estado utilizando todo este tiempo, hijo. ¿Quieres saber la razón por
la que mantengo alejado a mi puto hermano? No es porque lo odie por ser
un adicto. Es porque casi te mata.
La puerta se cierra mientras las palabras de papá resuenan en el aire.
Penny está de pie, con las manos en las caderas y una mirada afectada
pero decidida.

315 —Cooper —dice—. Tu madre me acaba de decir que... cuando tenías


siete años... tuviste un accidente de auto.
—Ya te lo he dicho. Así me hice la cicatriz junto a la oreja. —Miro por
encima del hombro a mi tío, que arrastra los dientes por el labio inferior—.
Alguien chocó contra nuestro auto de camino al entrenamiento.
—Estaba borracho y drogado. —Intenta contener un sollozo, pero no
lo consigue—. Tuviste una conmoción cerebral y te rompiste el brazo.
—Lo recuerdo. Pero no estaba... no estaba... —Vuelvo a mirar a mi tío.
Me mira, pero hay tristeza en sus ojos. Se me aprieta el estómago—. Fue
sólo un accidente.
—En vez de presentar cargos, le pagué la rehabilitación —dice papá—
. Sólo que tomó el dinero y se largó a California. —Se vuelve contra mi tío
una vez más—. Podrías haber matado a mi puto hijo, y en vez de meterte en
la cárcel, que es donde deberías estar...
—Para —lo interrumpo. Intenta continuar, así que le grito la palabra—
. ¡Solo Para! Joder Para. —Camino hacia mi tío. Estoy temblando tanto que
prácticamente noto cómo me castañetean los dientes—. No me importa el
pasado.
—No es el pasado —dice papá—. Nos manipuló entonces, y volvió a
intentarlo cuando eras adolescente, pero lo mantuve alejado. Lo intenté esta
vez, pero sabía qué botones apretar, hijo. Sabía cómo ponerte en mi contra.
Contra la familia.
—¡Es nuestra puta familia!
Papá sacude la cabeza.
—¿Cuánto le diste, Cooper?
—Yo no...
—¿Cuánto, joder?
Contengo una maldición.
—Sólo lo que pidió. ¿Verdad, tío Blake? ¿Para la rehabilitación?
Papá se ríe brevemente.
—Por supuesto. La tarjeta de rehabilitación. El dinero es para las
deudas, Cooper. Deudas de juego. Deudas con sus traficantes. No le importa
una mierda nada más que conseguir lo que necesita.
—¡Deja de mentir!
—No es mentira —dice James—. Vino a mí primero, el otoño pasado.
Intentó que le diera dinero. Supongo que cuando me negué, pasó a ti.
—Sabía que este año tendrías acceso a tu fondo fiduciario —dice papá.
316 Ya ni siquiera parece enfadado. Sólo agotado—. Y ahora que tiene el dinero,
no va a volver, no hasta que necesite más.
Sacudo la cabeza.
—No. Él no me haría eso. ¿Verdad, tío Blake? —me mira, pero no dice
nada. Trago saliva; tengo un nudo en la garganta del tamaño de un disco de
hockey—. Tienes el piso y el trabajo, pronto iremos a un partido de los
Rangers, aunque vuelvas a caer en la rutina, podemos hacer que vuelvas a
ella. Te ayudaré.
Se frota la mandíbula con la mano.
—Lo siento, chico.
No quiero que sea verdad. Me desespera que todos mientan, todos
menos él. Sin embargo, lo veo en sus ojos. Tiene lo que quiere y no va a
volver.
Me rio. Suena metálico. Una grabación de la risa en lugar de un sonido
real que acabo de hacer. Tengo las manos húmedas y, cuando intento
apretar y aflojar los puños, no consigo realizar el movimiento. Los bordes de
esta pequeña habitación de mierda parecen borrosos. Doy un paso atrás y
casi tropiezo con una silla. Hay otra puerta, no la que da al salón de baile,
sino a otra parte. Necesito llegar a ella. Necesito aire antes de dejar de
respirar, joder.
Soy el mayor idiota del mundo. Nunca la primera elección de papá. La
segunda elección de mi tío sobre a qué sobrino estafar, aparentemente. Ni
siquiera podría ser el primero en eso. Ahora que Penny se ha enterado de
todo el maldito lío, va a salir corriendo gritando en otra dirección. Me
convencí a mí mismo de que ella me amaba, pero no sabía cómo decirlo
todavía, pero la verdad es que era sólo cuestión de tiempo antes de que se
fuera.
¿Después de esto? Yo tampoco quiero que esté conmigo. Soy un
imbécil, y ella puede hacerlo mejor.
Abro la puerta de un tirón y salgo corriendo al pasillo. Alguien me
persigue, pero no estoy seguro de quién, y ahora mismo no me importa. Mis
zapatos chirrían en el costoso suelo mientras corro por el pasillo, directo al
lujoso vestíbulo, delicadamente decorado. Abro la puerta de un empujón
antes de que el portero pueda abrirla y salgo derrapando a la acera. Empiezo
a temblar de inmediato, pero me siento bien. Déjame sentir algo que no sea
dolor, aunque sea casi igual de desagradable.
Estamos cerca de Central Park. Corro hacia la entrada más cercana y
me apresuro a bajar por uno de los muchos senderos. No conozco bien este
parque, pero por aquí hay una pista de patinaje al aire libre que debería
estar todavía en temporada. El año pasado fuimos todos, incluso papá, al
que no le gusta patinar.
317 Sé que estoy en medio de una de las ciudades más grandes del mundo,
pero si puedo ver una pista de patinaje, una pizca de la felicidad de otra
persona, bajo las estrellas y la luna de finales de invierno, quizá el mundo
deje de girar.
Penny

Cooper se ha ido.
Corro hacia la puerta y me asomo al pasillo. No lo veo, pero no puede
haber ido muy lejos. Me trago la maldición que quiero gritar. Me duele el
corazón por él. Pero la ira también me recorre, ardiente y peligrosa. Pero no
va dirigida a su tío. Me importa una mierda, siempre y cuando le devuelva
el dinero a Cooper.
Detrás de mí, alguien gruñe. Me doy la vuelta. Richard tiene a Blake
contra la pared, con el brazo sobre la tráquea.
—Esto es lo que va a pasar —dice, con una voz letalmente suave—.
Vas a devolverle a mi hijo cada maldito centavo que le quitaste. Y una vez
que lo hayas hecho, te irás y no volverás jamás. Mantente jodidamente
alejado de mis hijos.
—Papá —dice James—. Papá, no...
Blake empuja a Richard hacia atrás, haciéndolo tropezar, y cierra el
puño. James se lanza hacia delante, pero antes de que pueda intervenir,
Richard esquiva el puñetazo de Blake y le clava el suyo en la mandíbula. Su
anillo de boda atraviesa la mejilla de Blake. Blake grita y cubre su rostro
mientras se tambalea. Richard se endereza y se ajusta la chaqueta del
esmoquin mientras se examina los nudillos.
—Penny —dice James, empujándome hacia la puerta—, ve a buscar
a Cooper.
318 Me detengo en el umbral.
—No.
—¿No?
Miro a su alrededor, a Richard.
—Sabes, has sido un padre de mierda para él.
Parpadea.
—¿Perdona?
Blake, todavía arrugado en el suelo, se ríe.
—Oh, esto es gracioso.
—Cállate —le digo bruscamente—. Eres un puto gusano impotente y
espero no volver a verte después de esta noche.
—Mierda —dice James. Parece un poco asustado de mí, lo que me
agradaría en otras circunstancias, pero ahora mismo, lo ignoro, dando un
paso más cerca de Richard. Voy entendiendo su forma de actuar, pero ¿de
qué sirve el amor si no lo hablas abiertamente con la gente que te importa?
—Todo lo que siempre quiso es sentir que te importaba.
—Me importa. —Hace una mueca de dolor mientras gira el hombro—
. Haría cualquier cosa por él.
—¡Entonces díselo! Díselo.
—Él sabe que...
—No. No lo sabe, ese es el problema. ¿Sabes lo emocionado que estaba
cuando te dijo que había llegado a capitán? ¿Y lo molesto que estaba cuando
no le dijiste lo orgulloso que estabas? Tal vez si no fueras tan mierda a la
hora de decirle a tu hijo que lo quieres, no sentiría que necesita comprar el
afecto de su tío. —Escupo las palabras. Quizá no debería hablarle así a mi
futuro suegro, al menos, al que espero que sea mi futuro suegro, pero da
igual. Tiene que oírlo. Si hubiera escuchado a Cooper, joder, si le hubiera
dado lo que necesita, nada de esto habría pasado.
Richard parece aturdido. Bien. Espero que escuche lo que digo. Me
limpio los ojos; he empezado a lagrimear por la mitad y ya no puedo
contenerlas más.
—Tienes que decirle lo que sientes; de lo contrario, no confiará en ti y
seguirá haciéndose daño. Créeme, lo sé.
Me acerco a la puerta y la abro de un tirón.
—Ahora, si me disculpas, tengo que ir a buscar a mi novio. Porque lo
amo, y no me da miedo decírselo.
Me recojo la falda y salgo corriendo por el pasillo. En las películas
319 hacen que esto parezca fácil, pero no lo es en absoluto. Casi tropiezo con
mis propios tacones y me mantengo en equilibrio gracias a los años de
patinaje artístico.
En el vestíbulo, la mujer de la recepción dice, sin levantar la vista del
ordenador:
—¿Buscas un chico?
Me froto la rodilla, que protesta. El frío va a ser un asco, pero necesito
encontrar a Cooper antes de que se aleje demasiado.
—Sí. ¿Por dónde se ha ido?
—A la izquierda.
—¡Gracias! —digo mientras salgo corriendo del edificio.
El aire me golpea como una ducha helada. Este vestido no tiene
tirantes y mi chaqueta está en el guardarropa, lo que significa que soy un
bloque de hielo en menos de diez segundos. Tomo un coletero del bolso, me
hago un moño desordenado y me vuelvo a recoger la falda. Un hombre que
pasea a un perrito vestido con un abrigo me silba al pasar. Le hago un gesto
con el dedo cuando aún estoy en movimiento, lo que me hace sentir mal,
pero entonces casi resbalo en un trozo de hielo. La rodilla me grita. Sigo
cojeando. No veo a Cooper por ninguna parte. ¿Dónde estamos? Justo
debajo de Central Park, creo. Nunca he estado en esta parte de la ciudad.
Sería tan estúpido perderme mientras intento encontrar a mi novio,
pero no es como si pudiera parar ahora. Tiene un corazón de oro. No puedo
ni imaginar cuánto dolor debe estar sintiendo.
—¡Cooper! —Lo llamo. Aquí hay relativamente poco ruido, pero no oigo
más que un leve bocinazo y el eco de mi voz. Saco el teléfono y lo llamo.
Salta el buzón de voz.
Fantástico.
Miro al cielo. ¿Adónde habrá ido? Podría haber tomado un Uber, pero
pensábamos pasar la noche en el Plaza, así que no hay otro sitio adónde ir.
Supongo que podría haber ido a la estación de tren, pero no saldría de la
ciudad sin mí. El cielo nocturno es tan liso como un espejo, con un número
impresionante de estrellas salpicando el azul profundo. Sé que si quisiera
despejarme, buscaría la pista de hielo más cercana, pero estamos en pleno
Manhattan.
Entonces me acuerdo: hay una pista de patinaje cerca.

320
Penny

Más adelante, hay una entrada al parque. Central Park es enorme,


pero hay patinaje sobre hielo al aire libre allí. Al menos es un punto de
partida. Me apresuro a cruzar la entrada y me detengo en cuanto llego al
sendero.
Incluso a principios de marzo, con los árboles desnudos y la nieve del
suelo medio derretida, el parque es precioso. Es como si hubiera entrado en
un jardín secreto. Los faroles iluminan el sinuoso sendero y, durante medio
segundo, olvido que todo está a punto de desmoronarse. Hay un estanque
delante, el agua oscura y brillante. La luna se posa en él como un trozo de
plata. Su visión me tranquiliza. Avanzo despacio, girando la cabeza a todas
partes por si se desvía del camino. El frío no le molesta tanto como a mí, así
que no me extrañaría que se pusiera a correr por la nieve con sus zapatos
de gala.
Hablando de zapatos, tengo los dedos de los pies helados. Me muerdo
el labio, haciendo muecas a cada paso.
No puedo creer que tuviera miedo de hablarle de mis sentimientos.
Que pensara que podía darle mi confianza sin mi corazón. No quiero
parecerme en nada a Richard, luchando por decirle a su propio hijo lo que
siente. Amo a Cooper, y si soy sincera conmigo misma, empecé a
enamorarme de él en cuanto hablamos por primera vez.
Lo que pensara de él antes, los muros que creía que podía mantener
alrededor de mi corazón, ya no importan. Y si tengo que dar vueltas toda la
321 noche para encontrarlo y poder decírselo, eso es lo que haré.
Veo un cartel que indica la pista de patinaje Wollman Rink y empiezo
a andar deprisa, con los tacones repiqueteando contra el asfalto. Vuelvo a
llamar a su teléfono, pero salta el buzón de voz. Me rodeo con los brazos y
lo llamo por su nombre.
—¡Cooper!
El camino gira alrededor de un grupo de árboles y entonces lo veo,
mirando fijamente una pista de hielo. La pista es más grande de lo que
pensaba, iluminada con focos y con la luz de los rascacielos del fondo. Está
rodeada de árboles, altos pinos y arces pelados por la estación. Aunque es
de noche, hay muchos patinadores sobre el hielo. En la taquilla suena
música pop. La escena me recuerda a la caja de música que mi madre solía
tener en el tocador: pequeños patinadores dando vueltas mientras sonaba
“Für Elise”. Ahora esa caja me pertenece, pero está en mi armario.
La pondré en mi propio tocador en cuanto lleguemos a casa.
Cooper me da la espalda, pero lo reconocería en cualquier parte. Sus
anchos hombros, la forma en que su cabello se enrosca sobre su cuello. Mi
corazón se hincha en mi pecho.
Ese es mi chico.
—¡Cooper! —Grito mientras corro hacia él.
Se gira y sus ojos se abren de par en par cuando me ve. Me atrapa
cuando me deslizo justo delante de él, estabilizando mis hombros.
—¿Penny? Jesús, te estás congelando.
Antes de que pueda preguntar, se quita la chaqueta y me la pone sobre
los hombros. Me mira los pies y luego vuelve a mirarme. Arquea una ceja.
—¿Arriesgas los dedos de los pies por mí, Red?
Sonrío, aliviada. Si está tan bien como para burlarse de mí, es una
buena señal.
—Cooper, lo siento mucho.
Su expresión se apaga.
—Siento haberte dejado ahí.
—No pasa nada. Quiero decir, estoy preocupada por ti, y estoy un poco
preocupada de que voy a perder un dedo del pie, pero no importa. Porque te
amo.
Se aparta, poniendo varios metros de distancia entre nosotros. Odio
perder su tacto; lo odio más que a nada en el mundo.
—No hace falta que lo digas por mí —dice. Su voz suena hueca—. No
hace falta que lo digas.
322
Me ciño más a su chaqueta.
—Sí que lo necesito. Y esto no es por ti, es por nosotros. Es como
dijiste.
—Nunca soy la primera opción de nadie, Pen. No tienes que fingir que
soy la tuya. —Se pasa la mano por su rostro, mirando a la pista.
Nunca lo había visto parecer tan derrotado. Me aterroriza. Pensar que
he contribuido a que se sienta así... No puedo soportarlo.
—Tú eres mi primera opción. Por eso estoy aquí ahora mismo.
—¿Por qué querías estar conmigo en primer lugar? —Se ríe, y es un
sonido feo, nada parecido a su risa melódica habitual—. Querías
experiencias sin ataduras. Una opción segura. Querías algo de mí, y yo te lo
entregué, y tal vez aquí es donde termina.
—No. —Mi voz suena débil. Asustada—. No, maldita sea, no me estás
escuchando. Esto no es eso.
Sus ojos parecen planos. Nada que ver con el azul dinámico al que
estoy acostumbrado.
—Entonces dime.
Trago saliva, obligándome a seguir mirándolo a los ojos. Llevo meses
dándole trozos de mí misma y ahora, ante la posibilidad de perderlo todo, sé
que el camino que me ha llevado hasta aquí ha merecido la pena. Cada
pedazo feo de mi pasado valió la pena porque significó conocer a Cooper.
—Es como si hubiera estado cayendo toda mi vida, y finalmente
aterrizara en un lugar seguro. Estoy a salvo, y te amo. Esa es la verdad.
—Penny —dice, con la voz quebrada.
—Por favor, Cooper. Te elijo a ti primero. Por encima de todo.
Vuélveme a elegir.
Finalmente, finalmente, me abraza. Sollozo, enterrando mi rostro en
su pecho. Su mano me acaricia la espalda y murmura, bajo y áspero:
—Te elegiría en todos los universos. Me saqué el corazón del pecho y
te lo entregué, en carne viva y enrojecido, y es tuyo para siempre. Te
pertenece, y aunque intentes devolvérmelo, si lo abandonas, no me lo
llevaré.
—¿Tomarás el mío?
Me levanta la cabeza y me besa.
—Sí.
—¿Para siempre?
—Para siempre.
323 Suelto una carcajada, secándome los ojos.
—Bien. Porque nos necesitamos el uno al otro. ¿Y qué padres de gatos
seríamos si nos divorciáramos?
Me abraza más fuerte. Durante un largo rato, nos respiramos el uno
al otro. Aunque sigo temblando, siento calor por dentro y por fuera.
—Ni se te ocurra decir esa palabra —murmura—. Cuando nos
casemos, se acabó, Red. Tangy tendrá que soportar que seamos insufribles.
El matrimonio. Me gusta como suena eso. Por lo que a mí respecta,
ya somos el uno para el otro, pero algún día, estaría bien hacerlo oficial. No
me importa cómo sea el futuro, mientras pueda pasarlo con él.
Pone la barbilla sobre mi cabeza, suspirando como si estuviera
agobiado.
—Estás temblando. No vamos a declararnos nuestro amor para luego
morir en un banco de nieve en mitad de Manhattan, vamos.
Miro hacia la pista.
—¿Sabes qué nos calentaría?
El tipo que atiende la taquilla y alquila patines parece perplejo y nos
da un par de patines a cada uno, además de un par de feos pero necesarios
calcetines deportivos para mí. Cooper necesita que lo animen y yo necesito
un poco más de magia para esta noche.
Patinamos hacia la pista tomados de la mano. Es incómodo
levantarme la falda lo suficiente para no pasar por encima, pero Cooper me
mantiene firme. No patinamos bien, es ridículo, para ser una patinadora
artística y un jugador de hockey, pero eso no importa. Sigue parando,
equilibrándonos a los dos para que podamos besarnos. Al final, dejamos de
fingir y nos balanceamos. Cada vez que levanto la vista, no puedo decidir si
mirarlo a él, mi nuevo para siempre, o a los puñados de estrellas que brillan
en el cielo.
Creo que es el mejor patinaje que he tenido nunca.

324
Cooper

Cuando me despierto, sólo conozco a Penny.


Su perfume de lavanda, que aún perdura en su piel. Su cabello
brillante, extendido sobre la almohada. Sus pecas. Su marca de nacimiento
en forma de estrella. Sus pestañas, tan largas que casi rozan sus mejillas.
La curva ágil de su cuerpo y su pierna blanca y suave sobre la mía. Su nariz
de duendecillo y sus labios obstinados. Los mordiscos que le dejé en el
interior de los muslos, en los pechos. Una imagen de la perfección, desnuda
y hermosa y toda mía.
También sus ronquidos. Pero eso nunca se lo diré.
No puedo creer que haya pensado, aunque sea por un segundo, en
renunciar a ella. Tiene razón. No importa cómo empezó, somos el uno para
el otro. Pude haberme equivocado con el tío Blake, pero no con ella.
Ya estoy medio duro, gracias a dormir desnudo y enredado con ella, y
no tengo reparos en despertarla con un beso. Cuando por fin llegamos a la
Plaza, después de patinar sobre hielo en Wollman Rink y de comer algo en
un restaurante de falafel de mala muerte, subimos sin pensar en volver a la
gala. Nos calentamos de una vez por todas con una ducha en la enorme y
lujosa bañera. También follamos en ella. Y luego otra vez en el suelo. Y
finalmente en la cama. A pesar de todo, estoy casi listo para volver a hacerlo.
Se remueve cuando siente mi beso y mi mano acariciándole el cabello.
—Cariño —murmura.
325 —Hola, cielo.
Abre un precioso ojo azul.
—¿Ya es de día?
—Algo así.
Ahoga un bostezo con la almohada.
—Necesito café.
—Desgraciadamente, no me queda café. ¿Te apetece un poco de
madera mañanera?
Eso hace que se incorpore.
—¡Cooper!
—Ah, ahí está. Mi bella durmiente personal.
—Voy a golpearte con esta almohada.
Sólo le sonrío.
—Y te daré las gracias.
—Voy a hacer pis. —Se levanta de la cama, se estira y me deja ver su
bonito cuerpo. Esos mordiscos de amor le quedan de puta madre—. Y usar
enjuague bucal. Si puedo caminar derecha.
—Si me salgo con la mía, nunca volverás a caminar recta.
Pone los ojos en blanco, pero se sonroja. La quiero por muchas
razones que no tienen nada que ver con lo bien que lo pasamos juntos, pero
no puedo negar que encontrar a mi alma gemela sexual significa mucho
para mí.
Me apoyo en las almohadas y acaricio mi polla con fuerza. Es
jodidamente satisfactorio saber que aún me siente tan profundamente.
Cuando vuelve un par de minutos después con aliento a menta fresca, se
desliza hasta mi regazo. Se adapta tan bien a mí. Me besa, enredando
nuestras lenguas mientras aprieta mi polla. Le devuelvo el beso y le paso la
mano por la espalda, apretándole el culo. Gime suavemente en mi boca. Me
duelen las pelotas, apretadas; como siempre, su sola presencia me pone al
borde del abismo.
—Necesito estar dentro de ti, nena —susurro—. ¿Puedo tenerte?
Me mordisquea el labio.
—Siempre.
Nos doy la vuelta y ella queda debajo de mí, con la cabeza apoyada en
las almohadas. Me rodea la mandíbula con la mano y vuelve a besarme.
Mientras tanto, bajo la mano por su cuerpo y le acaricio el coño. Ya está
resbaladiza.
326 Sonrío contra su boca.
—Qué buena chica.
—Nada de bromas —murmura—. Dámelo. Quiero que me duela por
ti.
Ya estoy duro, gracias a la fricción de nuestros cuerpos, así que le
abro las piernas y froto la polla contra su entrada. Me mira fijamente, y
supongo que eso es burlarse de mí, así que le golpeo el coño con la palma
de la mano. Se queda con la boca abierta, sorprendida, pero luego gime
echando la cabeza hacia atrás. La golpeo de nuevo, un poco más fuerte, y
ella levanta las caderas, buscando más dolor que se mezcla tan bien con su
placer. Nos pongo de lado, acurrucándola, y aprieto su pierna contra su
pecho para tener acceso a su dulce coño. La golpeo un par de veces más,
escucho sus jadeos, veo cómo se estremece entre mis brazos y, por fin, la
meto de golpe. Es jodidamente exquisita la forma en que se siente; tan
jodidamente apretada que apenas puedo moverme, sintiendo su coño
agitarse a mi alrededor mientras intenta acostumbrarse a mi longitud. Grita
mi nombre. Siento calor desde la cabeza hasta la punta de los pies. Busco
el lugar donde su hombro se une a su cuello y muerdo mientras me balanceo
dentro de ella. Y como es mi chica buena, mi mejor chica, mi puto todo, eso
hace que se eche hacia atrás para tirar más de mi peso sobre ella.
Le tiembla la voz cuando vuelve a decir mi nombre. Callahan no.
Cooper.
—Me tomas tan jodidamente bien —le susurro al oído. Ahora que tiene
el DIU y somos monógamos, hemos renunciado a los preservativos la mayor
parte del tiempo, y el arrastre de mi polla desnuda contra su núcleo
apretadísimo me deja mareado. El hecho de que confíe en mí, que me quiera
lo suficiente como para hacerme este regalo, me asombra. Si me salgo con
la mía, pasaré el resto de mi vida adorando en el altar de su cuerpo.
Alargo la mano para frotarle el clítoris, pero me la aparta.
—Puedo correrme —dice, con voz temblorosa—. Fóllame más fuerte.
Tiro de ella para acercarme más, aprovechando la fuerza para
penetrarla aún más. Grita tan fuerte que me alegro de que estemos en una
habitación de hotel y no en casa. Debo de haber dado con el ángulo perfecto,
porque se tensa y todo su cuerpo parece a punto de estallar, justo antes de
gritar mi nombre. Una humedad cálida y resbaladiza me cubre la
entrepierna cuando se corre. La forma en que grita, la evidencia de su placer
que nos marca a los dos, me pone al límite y me corro dentro de ella,
gimiendo mientras respiro su aroma. Las estrellas brillan en los bordes de
mi visión. Me abraza con tanta fuerza que no podría moverme aunque
quisiera.
—Vaya —murmura, aturdida—. Un orgasmo vaginal. Nunca lo había
327 sentido tan intensamente.
—Mi ego no necesita caricias, pero me gusta cuando lo haces de todos
modos.
Suelta una risita. Presiono mi mano contra su esternón; su corazón
se acelera como si acabara de correr una carrera. El mío también late con
fuerza. Un orgasmo vaginal. Hasta ahora no sabía si existían. Pero ahora
que lo sé... Va a ser divertido sacarlos de ella.
Nos quedamos así un rato, pero finalmente, ella busca su teléfono.
—Oh, mierda. Tenemos que irnos.
—Podemos tomar un tren más tarde.
—No —dice, mirándome por encima del hombro—. Vas a desayunar
con tu padre.
Levanto las cejas.
—No.
—Anoche quedé con él. Tienes que hablar con él, amor.
Se me corta la respiración. Es injusto que me llame así en un
momento como este.
—Dudo que quiera hablar conmigo.
—Sí que quiere. —Nos desenreda a los dos y se baja de la cama—. Él
sólo...
Miro sus muslos lubricados. Se me hace la boca agua.
—No había terminado, ¿sabes?
Cruza los brazos sobre el pecho, lo que me hace mirarle las tetas. Por
muy divertido que sea correrme dentro de ella, me encanta poder chupar mi
semilla de esos pezones rosa pálido.
—Pues qué pena —dice—. Tu padre le pegó un puñetazo a tu tío
anoche.
Me parto de risa.
—No puede ser. Richard Callahan no le pega a la gente.
—Lo hace cuando defiende a su hijo. —Penny se pasa los dedos por el
cabello, deshaciendo los nudos—. Sé que se ha portado fatal contigo, pero
se lo dije. Le he dicho que tiene que ser sincero contigo, y esa sinceridad
empieza ahora. Vístete.
Mis ojos se abren de par en par.
—¿Qué has hecho?
—Había que decirlo, y no me arrepiento.
328 —Mierda, ojalá hubiera estado allí para ver eso.
—Creo que aterroricé a James. —Hace una mueca—. Puede que
también haya llamado a tu tío gusano impotente. Estaba tan enfadada.
—Y pensaste que ese insulto era demasiado exagerado.
—Se lo merecía —dice, con una nota feroz en la voz. Me imagino la
escena: Penny con su elegante vestido, los brazos cruzados sobre el pecho,
la barbilla ladeada mirando a un hombre adulto. ¿Cómo pude pensar que
no me elegiría a mí primero? Cuando huí, ella estaba allí para aguantar la
presión... y luego me encontró y me dio su corazón. A una chica así no se la
aparta, se la mantiene cerca y se agradece a las estrellas de la suerte que
haya decidido que eres tú a quien quiere—. Puede que no merezca otra
oportunidad, pero tu padre sí. No dejes que las cosas entre ustedes se
marchiten, Cooper. Lleva mucho tiempo que vuelvan a reverdecer.

329
Cooper

Una vez vestidos, bajamos al vestíbulo a esperar. Después de lo de


anoche, me aseguré de que Penny se abrigara con calcetines gruesos, botas,
pantalones, una camiseta interior, un jersey y luego su abrigo, guantes y su
gorro de punto de McKee. Parece un globo con el abrigo y me mira como si
estuviera muy enfadada, pero no me importa. No va a volver a arriesgarse a
pasar frío, no después de lo que hizo anoche.
Me siento como si estuviera esperando una endodoncia. Nunca me
han hecho una, pero así es como me imagino que es: mirando fijamente el
reloj, deseando que vaya despacio pero rápido, con un pozo de terror en el
estómago del tamaño del Gran Cañón. Preferiría ir al dentista a hablar con
mi padre. Al menos el dentista sería menos incómodo, y quizá incluso menos
doloroso. Te dan novocaína en el dentista, no para hablar de corazón a
corazón.
Si esto termina siendo eso. No puedo imaginar que tenga algo bueno
que decir. ¿Después de darse cuenta de que le di el dinero? La mirada de
decepción en sus ojos fue suficiente para hacerme querer arrastrarme a la
alcantarilla y convertirme en una de las ratas del metro.
—Gracias a Dios que ha aceptado —oigo decir a mi madre. Me doy la
vuelta y veo que sale del ascensor del brazo de papá. Cuando nos ve, sonríe
cansada—. Ahí están, Richard.
Penny se levanta de un salto y me besa en la mejilla.

330 —Diviértete. Voy a almorzar con Izzy y tu madre.


—Necesito una mimosa —dice mamá—. Y un bagel.
—¿Podemos comprar bagels? —Le pregunto a papá.
Parece hecho polvo, con ojeras y una sombra de barba en su rostro.
Cuando se abrocha el abrigo, veo moretones en sus nudillos. No es que
pensara que Penny mintiera. No es que pensara que Penny mentía sobre la
pelea, pero sonaba tan improbable que no me lo creía. Sin embargo, aquí
está la prueba, justo delante de mí.
Le da a mamá un beso en los labios antes de señalar la puerta.
—Podemos tomar lo que quieras, hijo. Pero necesito un poco de aire
fresco.
Me quedo un momento en el vestíbulo para que mamá pueda
abrazarme. Besa un lado de mi rostro y me aprieta con fuerza.
—Escúchalo, ¿bien? —Se echa hacia atrás y me toma la barbilla con
la mano enguantada—. Los amo mucho a los dos. Necesito que estén bien.
—Yo también te amo —le digo. Se me quiebra la voz, pero es más fácil
decírselo a ella que a papá.
Me da unas palmaditas en la mejilla antes de volverse hacia Penny.
—Izzy dijo que estaba despierta —dice, frunciendo el ceño ante el
teléfono—. El tiempo no es su fuerte.
—Tampoco es el de Cooper, si no es por el hockey —oigo decir a Penny,
con una nota seca en el tono. Casi me doy la vuelta para sacarle la lengua,
pero papá me llama por mi nombre.
Caminamos hombro con hombro por la acera. Al principio, creo que
estamos dando vueltas, pero entonces él dice:
—Los mapas dicen que la tienda de bagels debería estar más adelante
—y me doy cuenta de que ha buscado la más cercana mientras yo me
despedía de mamá. Se me encoge el corazón. Luego pasa un momento y me
siento tonto. Le he preguntado si podíamos comprar bagels y ha encontrado
una tienda. Estamos en Nueva York. Hay uno en cada esquina.
Aun así, cada uno toma un bagel tostado con crema de queso, además
de un café.
—Penny y yo fuimos a patinar sobre hielo anoche —digo—. En
Wollman's. ¿Recuerdas el año pasado?
—Recuerdo que casi me rompo la muñeca —dice papá secamente—.
Esa chica es un fuego.
—Enfádate conmigo si quieres, pero no te enfades con ella.
—¿Enfadado? —Me guía hasta un banco en el interior del parque—.
No estoy enfadado con ella ni contigo, hijo. Estoy enfadado conmigo mismo.
331 Casi se me cae el bagel a la acera.
—¿Papá? ¿Te encuentras bien?
Se queda mirando los árboles.
—Blake te está devolviendo el dinero. Al menos, lo que queda. Acepté
reponer el resto, así que se va mucho antes.
Trago un bocado demasiado grande de bagel.
—Gracias.
A pesar de saber que es lo mejor, me duele el corazón. Quizá sea como
dijo mamá, y realmente se le quiera más desde la distancia, pero me gustaba
tenerlo cerca. Si no fuera por él, nunca habría descubierto el hockey, y
entonces tal vez sería un receptor de mierda o algo así. Era agradable tener
un tío, aunque alimentara las partes más frágiles e inseguras de mí mismo.
Papá suspira y sigue mirando alrededor del parque. Un grupo de
mujeres pasa caminando junto a nosotros y un paseador de perros viene en
dirección contraria. Nadie nos mira dos veces, cosa que agradezco. James
ha dicho que le cuesta salir en público con papá; siempre hay alguien que
reconoce a uno o a los dos.
James. Tengo que disculparme con él, y con Sebastian. Sólo trataban
de ayudar, y fui una mierda con ellos. Sé que la relación de papá y el tío
Blake es complicada por muchas razones, pero nunca quiero estar molesto
con mis hermanos como lo están ellos.
Papá deja con cuidado el café en el banco de al lado y se vuelve hacia
mí, con las manos juntas sobre las rodillas. Me atrae de nuevo su mano
izquierda; los nudillos hinchados y magullados hacen que el corazón me dé
un vuelco.
—No me puedo creer que le dieras un puñetazo al tío Blake —suelto.
Cierra los ojos brevemente.
—Quizá no fue mi mejor momento.
—¿No eres tú el que siempre me dice que no pierda los nervios?
—Cierto —dice con ironía—. Pero cuando se trata de mis hijos, no hay
nada que no haría. —Suspira de nuevo—. Cooper, no he sido un buen padre
para ti. Cuando vi cómo estabas anoche, se me rompió el corazón. Siento
haber jodido tanto las cosas. Y necesitaba oírlo. Espero que pienses seguir
contando con esa chica, porque te vendría bien.
Agacho la cabeza, con una pequeña sonrisa en mi rostro.
—Es la mejor.
—Y tú te mereces lo mejor. Te mereces un padre que no te haga
cuestionar su amor.
332 Levanto la vista; a papá se le quiebra la voz. Tiene lágrimas en los ojos
y, cuando parpadea, unas cuantas le resbalan por el rostro. No sé si alguna
vez había visto llorar a mi padre. ¿Quizá cuando James fue fichado por los
Eagles? ¿En el funeral del abuelo? Sacudo la cabeza, apenas comprendo lo
que dice.
—Quiero decir, sé... sé que me amas.
—Claro que te amo. Te amo desde el momento en que tu madre y yo
supimos que íbamos a tener la suerte de tener otro hijo.
Me muerdo el labio. Al otro lado del camino, dos ardillas se persiguen.
Una mujer pasa con un niño en brazos. Tantas cosas corrientes suceden a
nuestro alrededor y, sin embargo, mi corazón late como si estuviera
esprintando sobre el hielo con una escapada.
—Cooper, mírame.
Es difícil, pero me obligo. Se limpia los ojos cuidadosamente con un
pañuelo antes de doblarlo en un cuadrado y metérselo en el bolsillo.
—Siempre he estado orgulloso de ti, incluso cuando no lo he
demostrado. Estoy especialmente orgulloso del hombre en el que te estás
convirtiendo. Y siento que hayas dudado de ello. Siento que sintieras que
nada de lo que hacías era suficiente.
Se me nubla la vista con mis propias lágrimas. Parpadeo impaciente.
—¿Por qué nunca... dijiste eso? Como cuando me hice capitán, ¿por
qué actuaste como si no te importara?
—Me importaba. Estaba tan jodidamente orgulloso de ti que apenas
podía hablar. —Se ríe amargamente—. Pero me acababa de enterar por
James de lo de tu tío. Estaba tratando de protegerte, y por supuesto, todo
lo que hice fue llevarte directo a él.
—¿Papá?
—¿Sí, hijo?
—¿Tú...? —Me quedo sin palabras. Joder, esto es duro, pero necesito
saber la respuesta de una vez por todas. Si habla en serio sobre la
honestidad, entonces esta es la oportunidad de preguntar—. ¿Te gustaría
que jugara fútbol? ¿Te decepcioné eligiendo el hockey?
Me sorprende una vez más apartando con cuidado mi café y tirando
de mí para abrazarme. Me quedo paralizado por un momento, con el cerebro
revuelto mientras intento asimilar lo que está pasando: un abrazo de mi
padre que me da la mano, pero luego me relajo. Es como cuando fui al
entrenador, pero mejor, porque es mi padre quien me lo da, no mi novia.
—Nunca. Ni un poco.
333 —¿Estás seguro? Porque James...
Me frota la espalda con caricias largas y reconfortantes.
—Es James. Tú eres tú. Nunca he querido que fueras nadie más que
tú mismo, y es culpa mía si eso se perdió en la traducción. Mi padre, tu
abuelo, hizo lo que pudo, ¿sabes? Pero era del tipo estoico. Siempre había
un siguiente paso. Algún otro lugar a donde ir. Y, sobre todo, eso funcionó
como motivación para mí. Pero ahora veo que tus necesidades son
diferentes, y siento haberte fallado durante tanto tiempo.
Respira hondo y tembloroso.
—Te lo diré tantas veces como necesites. No dejaré que mi amor quede
sin decir o sentir. Nunca más. Eres precioso para mí, hijo.
Estoy seguro de que mi cerebro sufre un cortocircuito. Intento
responder, pero mi voz se entrecorta. Al final, digo en voz baja:
—Gracias.
Me da un beso en la cabeza. Me muerdo el interior de la mejilla. No lo
hacía desde que yo era muy pequeño. Un niño en un dormitorio con temática
de hockey, esperando a que su padre quarterback llegara a casa de un
partido a tiempo para darle el beso de buenas noches. Me quedaba despierto
mucho más tarde de lo que debería, sólo para poder estar un par de
segundos más con él.
—Iba a ir a verte de todas formas, ¿sabes? —dice—. El día después de
que te pelearas.
—¿No para echarme la bronca por lo del tío Blake?
—No. Y me arrepiento de lo que dije. —Se aparta mientras se aclara
la garganta—. Quería sorprenderte con un almuerzo para celebrar que
ganaste la Hockey East. Pero Sebastian me llamó de camino, y dejé que mi
preocupación y mi miedo se apoderaran de mí. Deberíamos haber estado
celebrando tu logro, y en vez de eso lo estropeé todo. Otra vez.
Oír lo que pretendía hacer, aunque no haya sucedido, alivia el dolor
de mi alma.
—Podríamos hacerlo ahora —le ofrezco—. Que sea una cena más
tarde, con Penny y su padre. Quiero que hables de verdad con el entrenador
y que conozcas mejor a Pen.
Asiente.
—Tu madre también querrá estar allí, estoy seguro. Después de todo,
viajaremos con ella para ver las Regionales. La Frozen Four, también,
cuando llegues allí.
El calor se extiende por mis entrañas.
—Si llegamos.
334 —Llegamos. —Asiente, como si fuera un hecho indiscutible—. He visto
la cinta, hijo. Llegarán allí y ganarán.
Me paso la mano por el cabello. Es absurdo, después de la
conversación que acabamos de tener, pero aún me pone un poco nervioso
pedirle cosas. He pasado mucho tiempo preocupándome por su rechazo,
pero si esta relación va a ser diferente en el futuro, tengo que arriesgarme
tanto como él.
—Entonces, ¿quieres que lo organice? ¿O estás demasiado ocupado?
—Nunca para ti. —Recoge su café y el resto de su bagel y me da una
palmada en el hombro—. Vamos a ver el patinaje un rato. Y háblame más
de esa chica con la que te vas a casar algún día.
Penny

semanas

Cooper tiene la cabeza hundida entre mis muslos, comiéndome como


si fuera su última puta comida, piensa que lo era, ha sido tan dramático
asegurándose de que todo esté perfecto antes de irnos a la Frozen Four, y
estoy a punto de correrme otra vez cuando me fijo en el reloj. La primera vez
que vi su dormitorio, le dije que era un viejo por tener un despertador
anticuado junto a la cama, pero ¿ahora? Se lo agradezco, porque sin él no
me habría dado cuenta de que teníamos que irnos al campus hace al menos
diez minutos. Quince, si fuéramos realmente inteligentes.
Claramente no lo somos.
No había planeado despertarlo con mi mejor imitación de Arwen, pero
ayer vi La Lista mientras hojeaba mi cuaderno durante una sesión de
escritura, y recordé que técnicamente no habíamos tachado todos los
puntos, y que yo ya tenía las orejas, y bueno... eso llevó a enrollarnos, lo
que llevó a un orgasmo vaginal que me hizo correrme a chorros, lo que llevó
a Cooper a poner esa mirada en sus ojos que significa que estoy a punto de
ser devorada. Es una mirada que no puedo resistir, pero en mi defensa, creo
que la mayoría de las mujeres estarían de acuerdo conmigo. No te dejas
follar los ojos por Cooper Callahan y luego lo rechazas cuando se pone de
rodillas.
335
Le golpeo el hombro con la palma de la mano.
—¡Cooper!
—Mm —dice.
La vibración de su voz me hace perder la concentración, pero entonces
veo que mi teléfono, en el suelo, medio debajo de su escritorio, se ilumina
con una llamada. Apostaría mi último orgasmo a que es papá,
preguntándose por qué demonios no estamos en el Markley Center, listos
para ir al aeropuerto.
—Cooper. Callahan. Vamos a llegar tarde.
Él sólo arremolina su lengua alrededor de mi clítoris.
—Me encanta cuando dices mi nombre así.
—Lo digo en serio.
—Mi reina, no te irás sin otro orgasmo.
Suelto una risita ante su tono de falsa seriedad, pero se convierte en
un grito ahogado cuando roza mi punto G.
—Cariño...
—Tenemos tiempo. Dame otro rápido y nos vamos.
—Definitivamente no tenemos tiempo —refunfuño, pero permanezco
en mi sitio. De todos modos, mi orgasmo está creciendo; unas cuantas
caricias más y la opresión de mi vientre se aliviará. Lo agarro del cabello,
acercándolo aún más a mi coño, y él me recompensa chupándome el clítoris.
Cuando me corro, ahogada en mi hombro para no tener que explicar a sus
hermanos por qué llegamos tarde, suspira y apoya la cabeza en mi vientre.
—Buena chica —murmura. Esas dos breves palabras hacen que la
felicidad resplandezca en mi pecho, porque me encanta ser su chica buena,
lo único que es mejor es ser su mocosa, porque se pone gruñón, pero
entonces recuerdo que no hay tiempo para mimos.
Lo tiro del cabello con fuerza para que levante la vista.
—Vamos —le digo—. Tenemos que vestirnos.
—Ojalá nunca le hubiera dado a Izzy el dormitorio ptincipal —dice
mientras se pone la ropa—. Estoy todo pegajoso.
—Oh, cállate —digo con el ceño fruncido mientras doy saltitos,
poniéndome primero la camisa porque me da pavor la situación de las
bragas—. Mira lo que me has hecho. Se me va a empapar la ropa interior.
Me lanza una camiseta limpia.
—Límpiate con eso. —Hurga en su escritorio, su cesto, las sábanas—
. Necesito mi puto infierno. Necesito mi gorra de los Yankees.
336 —Déjala —le digo—. Baja las maletas.
—Es mi amuleto de la suerte, Pen.
—¡Pensé que yo lo era!
Se detiene, presionando un beso en mi mejilla rápidamente.
—Lo eres. Eres mi Penny de la suerte. Pero esto es una superstición.
Es muy importante. Toda la Frozen Four es...
Veo, parpadeando, cómo gira sobre sus talones y sale corriendo de la
habitación. Pongo los ojos en blanco. Los deportistas y sus supersticiones.
No es que tenga mucho en lo que apoyarme. Recuerdo cuando no hacía una
rutina si no llevaba el coletero del color adecuado en el cabello. Me froto,
huelo la camiseta y hago una mueca de dolor al tirarla a la cesta.
Mientras me subo los pantalones, oigo gritar a alguien.
Tomo el despertador de Cooper, el objeto más pesado que veo, y corro
en dirección al ruido.
—¿Cooper?
Está en el pasillo... con Sebastian. Que está sin camiseta y con el ceño
fruncido. De pie frente a ellos, sin embargo, está Mia. Está vestida y todo,
pero su lápiz labial está manchado.
Espera, ¿Mia?
—¿Cuándo ibas a decírnoslo? —está exigiendo Cooper—. ¿Después de
la boda?
Bajo el despertador.
—Espera, ¿están juntos?
—Es complicado —dice Sebastian.
Al mismo tiempo, Mia dice:
—Diablos, no.
—Dios mío. —Tangy sale del dormitorio de Sebastian maullando. La
tomo en brazos y la estrecho contra mi pecho—. ¿También delante de mi
hija?
Sebastian entorna los ojos.
—Espera, ¿llevas orejas de elfo?
Me sonrojo y me las quito de las orejas.
—No.
—No cambies de tema —dice Cooper, su tono positivamente
amenazador—. Explícame esto.
—No hay tema —sisea Mia. Se sube el bolso al hombro—. Nunca ha
habido ningún tema. Y, de todos modos, me voy.
337
Nos giramos y vemos cómo se dirige a las escaleras. Cooper me enarca
las cejas, pero yo me encojo de hombros. Mia no me ha dicho nada, pero en
cuanto esté en el avión, le enviaré mensajes con memes odiosos hasta que
me cuente los detalles.
Antes de bajar corriendo las escaleras, se echa el cabello largo y
oscuro hacia atrás y le dice a un atónito Sebastian:
—Disfruta viéndome marchar, Callahan.
1. Sexo Oral (Recibir)

2. Sexo Oral (Dar)

3. Azotes

4. Anal

5. Bondage

6. Sexo Semi-Público

7. Negación del orgasmo

8. Juego de roles

9. Doble penetración

10. Sexo Vaginal

338
339
Cooper

Doy un sorbo a mi cerveza y tamborileo con los dedos sobre la barra


mientras veo el partido de los Stars. Este bar del centro de Dallas es de lujo,
con una lista de cócteles artesanales de dos páginas de largo, así que el
partido es poco más que el ruido de fondo para la mayoría de los clientes,
pero cuando los Sharks cometen un penalti por high-sticking e inician un
power play de los Stars, un tipo al final de la barra levanta su cerveza hacia
mí. Yo levanto la mía a mi vez.
—¿Me invitas a una copa? —pregunta una voz femenina.
Mantengo la mirada fija en el partido.
—¿Quieres beber algo, cariño?
—Un chupito de tequila.
Le hago señas al camarero y pido dos chupitos.
—Tengo novia.
Por el rabillo del ojo, la veo girar lentamente.
—No la veo por aquí.
Doy un largo sorbo a la cerveza.
—¿Buscas algo?
Me roba la cerveza delante de mis ojos y se la lleva a los labios. Está
340 medio a la sombra; alguien ha bajado las luces para crear ambiente para el
grupo que toca al otro lado de la barra, que ha empezado a tocar una canción
country. Capto la curva de sus labios negros mate mientras bebe mi cerveza.
—Sabes —le digo—, no le gusta compartir.
—Entonces no debería dejarte solo. —Deja la cerveza en la encimera
y se acerca lo suficiente para susurrarme al oído—: Háblame de ella.
Me giro y casi rozo su mejilla con mis labios. Huele a lavanda y menta.
—¿Tu competencia?
—No finjas que no quieres dar una vuelta, vaquero.
Rodeo su cintura con mi brazo y la acerco. Lleva un vestido negro
diminuto, tan ceñido que parece pintado, y botas hasta el muslo que
terminan en un tacón afilado. Un collar de oro brilla en su garganta.
—No soy un vaquero.
—¿Ah, sí? —Golpea su pie contra el mío—. ¿Qué son esos, entonces?
—Cuando esté en Dallas.
—Ah. Y si no eres un vaquero, ¿qué eres?
Me limito a sonreír.
—Tiene el cabello como el atardecer y los ojos como el cielo.
—Un poeta, entonces.
—Sólo enamorado.
Sus largas uñas recorren mi espalda.
—¿Qué más? —murmura contra mi oído. Me pasa la lengua por el
lóbulo.
Le aprieto el culo a mi vez.
—Pecas por todas partes. Es como si el sol no dejara de iluminarla.
Malditas piernas largas. Solía hacer patinaje artístico, y se nota.
El camarero nos pone dos chupitos de tequila con lima. Los tomamos
juntos, nos los bebemos y seguimos con la lima. Me quema la garganta. Me
vuelvo hacia ella y engancho mi pierna a la suya para acercarla aún más.
Sus manos me tocan el pecho, con el brillo de su anillo de estrella y luna.
—Lo mejor de todo —murmuro contra su boca—, es que me deja
follarla donde quiera. Y lo que yo quiero es hacerla gritar contra la pared del
baño del fondo de este puto bar.
Penny se echa hacia atrás, con los ojos brillantes de promesa. El collar
de mariposas que lleva en la garganta contrasta con el atuendo pecaminoso
que lleva puesto.
341
—Entonces será mejor que no la hagas esperar.
Dejo el dinero en la barra y la tomo de la mano mientras la conduzco
entre la multitud. El corazón me late con fuerza, pero ya sé que Penny lo
tiene peor. Al fin y al cabo, este juego fue idea suya... ¿y su puta ropa? ¿Esas
botas, el escote del vestido? Todo es una sorpresa. Ella me envió a este bar
y me dijo que esperara.
Es una sorpresa que me tiene duro como una piedra.
Hay un par de baños individuales al fondo del bar; empujo una de las
puertas y tengo suerte cuando se abre. Se abalanza sobre mí en cuanto la
cierro, me besa y sus manos se enredan en mi cabello.
—Joder —murmura—. Ha sido más duro de lo que pensaba.
Le lamo la boca.
—Has jugado conmigo de maravilla, Red.
—Fue tan jodidamente caliente. —Me toma la mano y me la mete entre
sus piernas—. Estoy empapada.
No lleva bragas.
Prácticamente gruño mientras le acaricio el coño, pasando los dedos
por sus delicados pliegues. Está tan mojada que le cubre el interior de los
muslos, caliente y resbaladizo. Gimo.
—¿Te has paseado por el bar sin bragas?
Sonríe contra mi boca mientras me besa.
—No quería estropear unas bragas en perfecto estado sin motivo.
—Cualquiera podría haberlo visto —digo bruscamente—. Eso apenas
es un vestido.
Le meto un dedo. Jadea y abre las piernas. La recompenso con otro,
aunque la cabeza me da vueltas de celos.
—Eres mía, nena. Jodidamente mía. Este coño es mío.
—Tuyo —jadea—. Fóllame, bebé, vamos.
La apoyo contra la pared más cercana, besando su cuello. Le bajo el
escote de su diminuto vestido de mierda para que sus tetas, brillantes,
queden al aire, con los pezones rosa pálido duros. Chupo uno, prestándole
atención mientras muevo los dedos. Gime en mi boca, haciéndome sonreír.
Puede que hable mucho, pero yo sé cómo hacer que se desmorone.
Porque es mía.
—Mi preciosa chica —murmuro, pasando de un pecho a otro—. Este
puto cuerpo.
342 Me tira bruscamente del cabello y arquea la espalda contra la pared
para que tenga mejor acceso a sus tetas. Cuando le rodeo el clítoris con el
pulgar, gime en mi boca y sus caderas se sacuden hacia delante. Siento que
mi polla está a punto de estallar; me duelen las pelotas de ganas de
enterrarme dentro de ella. De mala gana, aparto los dedos de su calor
aterciopelado y los deslizo por su mejilla. Gira la cabeza e intenta lamerme
los dedos. Se me retuerce el estómago, el placer me recorre por dentro.
Subo su pierna alrededor de mi cintura, y luego la otra. Se cruzan en
la parte baja de mi espalda, anclándola a mí.
—Por favor —susurra.
Esa pequeña palabra rompe cualquier atisbo de control al que me
había aferrado. Me bajo los pantalones lo suficiente para liberar mi polla y
empujarla de un solo golpe. Su agarre se hace más fuerte, me arrastra un
poco más, me insta a penetrarla un poco más. La saco lo suficiente para
volver a meterla, empujándola unos centímetros con la fuerza. Sus dulces
gemidos me llenan los oídos de miel. Su lengua se enreda con la mía y el
sabor a tequila y lima perdura.
Se corre intacta tras unos pocos empujones, tan al límite por la
anticipación que no le cuesta mucho perder el control de sí misma. Me corro
unos instantes después, profundamente dentro de ella, respirando contra
ella mientras nos besamos, duro y desordenado y jodidamente perfecto. Sus
talones se clavan en mi culo, sus uñas se arrastran por mi espalda... y el
rugido de mi sangre se calma, sólo un poco, al verla saciada, jadeante, con
el cabello alborotado y su rostro sonrojado.
Le doy un tierno beso.
—Dallas es nuestro mejor juego hasta ahora.

343
Penny

Cooper me suelta las piernas lentamente. Doy gracias por la pared


que tengo a mi espalda, por muy asquerosa que probablemente sea, porque
siento todo el cuerpo como gelatina. Se ha retirado hace un momento, pero
la sensación persiste. Si pudiera hacerlo de nuevo ahora mismo, se lo
suplicaría; le rogaría que me hiciera doler tanto que apenas pudiera salir de
aquí.
En lugar de eso, aprieto mi frente contra la suya.
—¿Incluso mejor que Charleston?
En Charleston, Cooper me dejó coquetear con alguien, sólo para
actuar como un novio celoso cuando nos atrapó juntos. Me azotó con su
cinturón y me folló la boca después, y renunciar a ese control me sentó tan
jodidamente bien, que me corrí sin tocarme. Igual que ahora. Jugar con él
me pone más caliente que nada, algo de lo que nos hemos dado cuenta desde
que nos fuimos de viaje por carretera al final del semestre. Jugar a ser la
sensual desconocida en el bar ahora mismo me sacó de mi zona de confort,
pero escuchar la posesividad en su voz y sentirlo tan profundo hizo que cada
momento valiera la pena.
Después de esto, estaremos en Arizona, y el ambiente cambiará.
Aunque no sea mi intención, ocurrirá, y los dos somos conscientes de ello.
Una última noche, entonces, en Dallas.
Como si se diera cuenta de lo que estoy pensando, se arrodilla y sus
344 manos se enroscan en mis muslos. Se me corta la respiración. Esperaba que
quisiera lamerme después de sentir lo mojada que estoy, pero, aun así,
Cooper Callahan de rodillas es una puta obra maestra. Y tengo más suerte
que nadie, porque soy la única que puede verlo así.
Mi vestido aún me rodea las caderas, así que no le cuesta nada
separarme las piernas y meter la cabeza entre ellas. Me agarra con fuerza
por los muslos y respira contra mi cuerpo. Mis manos vuelven a posarse en
su cabello. Ahora es un poco más largo, suave y espeso, y él se estremece
cuando le rasco el cuero cabelludo con las uñas. Me hace pensar en todas
las noches que he pasado en su casa, sobre todo este último mes.
Despertarme enredada con él, y con Tangerine, es como soñar despierta
desde el momento en que abro los ojos.
Saca la lengua y me acaricia el clítoris.
Jadeo suavemente. Siento su sonrisa en mi piel. Se toma su tiempo
para burlarse de mí, trazando dibujos sin sentido en mi piel con la punta de
la lengua. Sus manos masajean mis muslos, aumentando las sensaciones
que me recorren. Aunque todavía estoy sensible, mi bajo vientre se
estremece. No tardaré mucho, así, en correrme de nuevo, y él lo sabe; se ríe
mientras me besa el interior de los muslos.
—Te adoro, joder —dice.
—Te sientes tan bien.
—Mantén esas piernas abiertas para mí, nena. —Me lame una larga
franja desde el agujero hasta el clítoris. Lo tiro bruscamente del cabello y mi
cabeza cae contra la pared mientras gimo. Es como si el ruido abriera algo
para él, que lame y chupa todo lo que puede. Sin dejar de prestar atención
a mi entrada, aún empapada, me pellizca el clítoris con el dedo, y las
sensaciones hacen que los dedos de los pies se me enrosquen en las botas.
Cierro los ojos y me concentro en él, en la sensación que me produce.
Me pellizca la parte interior del muslo, me hace gritar y su risa retumba en
mi interior. Me lame el clítoris y luego me lo chupa, firme e insistente a pesar
de mi sensibilidad. Me muerdo el labio para contener mis fuertes gritos
cuando vuelvo a correrme, pero la música sigue resonando aquí en el baño,
así que dudo que nadie pudiera escucharnos, aunque quisiera.
Se levanta despacio, se vuelve a poner los pantalones y hace lo mismo
con mi vestido. Probablemente parezco un desastre, pero nos
escabulliremos por detrás. Se ríe mientras me alisa el cabello.
—Eres un buen vaquero —le digo.
Me da un beso en la cabeza y rodea mi cintura con su brazo.
—Sólo si tú eres mi vaquera.

345
Cooper

La luz se cuela por la ventana de la habitación del hotel, iluminando


el cabello de Penny. Brilla con cualquier luz, pero ahora parece una cortina
de fuego, con los rojos y dorados centelleando. Me acerco y le aparto un par
de mechones del rostro. Arruga la nariz de forma adorable, pero no abre los
ojos.
Lo juro, un día en Arizona y ya tiene una docena de pecas nuevas.
Después de dos semanas viajando los dos solos, alojados casi siempre
en moteles baratos o en campings, el lujo de esta cama gigante, repleta de
almohadas como para mantener a flote el Titanic, me ha hecho dormir de lo
mejor que he dormido en años. La última vez que dormí tan bien,
acabábamos de ganar la Frozen Four. La noche después del partido fue un
borrón; salimos a celebrarlo, por supuesto, y Penny no pudo quitarme las
manos de encima más de medio segundo. Estoy medio convencido de que el
entrenador la vio intentando trepar a mí como si fuera un árbol, pero si fue
así, prefirió no mencionarlo, y se lo agradezco, porque mis manos estaban
absolutamente en un lugar que un padre odiaría ver.
La noche terminó, finalmente, en una cama como esta, y con nosotros
horizontales, y con lágrimas en sus ojos mientras me acariciaba el cabello y
me daba besos en el rostro como si yo fuera su amuleto de la suerte en vez
de al revés. Entonces hicimos los planes para este viaje por carretera. Pasar
tiempo a solas, los dos solos, y llevarla de vuelta a Arizona por primera vez
346 desde que se mudó a Nueva York. Nos fuimos en cuanto terminó el semestre,
viajando despacio, disfrutando de las vistas y jugando todo el rato, dentro y
fuera de la habitación.
Exploramos el capitolio bajo una lluvia torrencial. Toparnos con un
oso en el camping de Carolina del Norte. Pasar más tiempo en Charleston,
aunque estuviera lejos, porque nos encantaba. Bailar en línea en Nashville.
Manosearnos en el Gateway Arch. Comer tarta a las dos de la mañana en
Oklahoma, en un restaurante que rivalizaba con el antiguo local de Bex.
Justo antes de venir aquí, exploramos Dallas, y eso nos llevó a nuestro mejor
juego.
Nos llevó un tiempo llegar hasta aquí, pero estaba claro que era el
camino a seguir, porque en el momento en que cruzamos las fronteras
estatales, Penny estaba emocionada por ello, en lugar de ansiosa. Ayer
exploramos Flagstaff, y ella encajó muy bien, bañada por el sol y el aire seco
del desierto, con los hombros desnudos y enseñando el estómago.
Anoche fuimos más al norte; nos alojamos en un hotel cerca del Gran
Cañón. Lo tenemos previsto para hoy. Ella nunca ha estado, y yo tampoco,
y creo que quiere un poco de tiempo para instalarse antes de ir al sur, a
Tempe, a visitar la tumba de su madre.
Cuando lleguemos, lo que tenga que decir, lo que tenga que hacer, allí
estaré para apoyarla. Tres, casi cuatro años después de lo que pasó con
Preston, y no ha vuelto. El entrenador sí, al parecer, pero Penny no ha
querido ir con él, ni siquiera para sentarse un rato junto al lugar de
descanso de su madre.
Se acurruca más, aún dormida. La rodeo con el brazo por debajo de
las mantas. La acción la hace abrir un ojo.
Vaya.
Esconde un bostezo detrás de la mano.
—¿Qué hora es?
—Ha salido el sol.
—Claro —refunfuña—. ¿Ya has salido a correr o algo así?
—Pensé en preguntarte si querías unirte. —Aprieto nuestros cuerpos.
Los dos estamos desnudos desde anoche; en cuanto volvimos de cenar, ella
nos estaba tirando de la ropa. La botella de vino que compartimos me ha
dejado un poco confuso, pero estoy seguro de que me empujó hacia atrás y
se subió a mi polla. Ahora, mis dedos recorren su columna vertebral—. O
podríamos hacer ejercicio de otra manera.
Entierra su rostro contra el mío, así que siento, más que veo, su
sonrisa.
—¿Interrobang?
347 —Siempre.
Se escabulle.
—Incorregible. Tengo que orinar.
Mientras espero a que vuelva, aprieto mi polla y le doy una caricia que
me hace morderme el interior de la mejilla. En un momento, ella está aquí
de nuevo, sus delgados dedos rodeando los míos, su aliento recién
mentolado rozando mi mejilla.
Me guiña un ojo.
—¿No podías esperar?
—Anoche soñé contigo, Red.
Se toca el pecho y sonríe cuando me chupo los labios.
—¿Llevaba ropa?
—No.
Se pellizca el pezón.
—¿Fue así?
—Estábamos en un campo. Flores silvestres y hierba alta alrededor.
—Qué romántico eres.
Me incorporo y la beso en la boca, sustituyendo su mano pequeña por
la mía, mucho más grande y áspera. Gime cuando paso mi lengua por la
suya. Me retiro para decir:
—Llevabas un vestido azul, para empezar, pero luego era una manta.
Sin bragas. Eso me hizo reír. Tú lo planeaste, dijiste, me trajiste aquí porque
querías que te diera el sol en la piel mientras follábamos. Lo de las bragas
lo habré sacado de Dallas.
Me da un apretón en la polla.
—¿Qué hicimos?
Puse mi boca contra su oreja y susurré:
—Te comí el coño en la tierra, contra todas esas flores, mientras me
chupabas la polla.
Sonrío satisfecho y ella se queda paralizada. Prácticamente me
empuja contra la cama, sus manos se dirigen a mi cabello y me besa
descuidadamente, rechinando nuestros dientes. Le muerdo el labio y jadea.
Mis manos buscan su culo y lo aprietan, tirando de él de una forma que
hace que la piel de su clítoris se ponga tensa.
—Ahora mismo —jadea, y sus caderas se mueven hacia delante—.
Hagámoslo ahora mismo.
Le paso un dedo por la raja del culo.
348
—¿Crees que puedes seguirme el ritmo?
Como respuesta, se da la vuelta, sacudiendo esa melena roja, naranja y
dorada.
Penny

Cooper me come como un muerto de hambre.


Tengo la boca llena de su polla, chupando desordenadamente,
mientras él me come por detrás. ¿Por qué no hemos hecho esto antes? Sus
manos se clavan en mi culo para mantenerme firme mientras hunde su
lengua en mi agujero, haciéndome estremecer. Gimo alrededor de su polla,
y sé que le gusta por la forma en que gime, contra mi coño. Lo siento tanto
como lo oigo, vibraciones que me recorren, y sé que él debe de sentir lo
mismo.
Una cosa es tenerlo dentro de mí, sentirlo piel con piel. Este es un
nivel diferente; es lo más cerca que he estado de sentir su placer con el mío.
Durante nuestro juego de Nashville, me metió los dedos en el culo mientras
me follaba el coño, y pensé que eso era mucho, doble penetración no de un
juguete sino de más de él, pero esto es diferente. Esto supera todo lo demás.
Sólo desearía tener sus dedos en mi coño, porque estar vacía en todas partes
excepto en la boca es una tortura.
Siempre que tenemos sexo, me siento cerca de él, más cerca de lo que
nunca he estado de otra persona. Desbloqueó una parte de mí que pensé
que nunca sería capaz de liberar, y cada vez que estamos juntos, nos
conocemos un poco mejor. Esto no es exactamente hacer el amor; nuestros
juegos no van de eso, pero de todas formas siempre hemos sido mejores
follando.
Ha soñado conmigo. La idea me hace sonreír.
349
—Dios —gime. Me toca el clítoris con la lengua—. Estás empapada.
Siempre tan necesitada.
Me aparto de su polla y le aprieto las pelotas.
—Sólo para ti —jadeo.
Me golpea ligeramente el culo. Me estremezco y entierro mi rostro
contra su muslo. Siento su sabor en la lengua, salado y delicioso. Muerdo
la punta y vuelvo a metérmelo en la boca. Parece más grande desde este
ángulo, y me resulta imposible concentrarme en otra cosa que no sea su
tacto.
Consigue meterme un dedo, y yo casi sollozo de alivio, apretándome
contra él. Sigue lamiéndome el agujero mientras su pulgar encuentra mi
clítoris, y eso me pone al límite; la tensión de mi vientre se afloja mientras
grito alrededor de su polla, con el sonido amortiguado. Hace un ruido que
es casi un gruñido y me empuja a soltarle la polla.
—Quiero correrme dentro de tu coño —murmura mientras me tumba
sobre las rodillas y los codos. Su cuerpo cubre el mío, su mano encuentra
de nuevo mi clítoris y juega con él hasta que abro las piernas—. Maldita
chica.
Giro la cabeza hacia un lado y respiro contra las sábanas. Me separa
aún más las rodillas y me pone una mano en la espalda mientras empuja
hacia dentro, centímetro a centímetro, con mi saliva y mi lubricante
haciéndolo más fácil. Cuando ha entrado del todo, tan profundo en este
ángulo que no puedo hacer mucho más que jadear y ajustarme, apoya la
frente en lo alto de mi columna. Siento su aliento en mi cuello, el ligero
temblor mientras intenta contener la parte de él que sin duda quiere
correrse en ese mismo instante.
—Encajas a la perfección —susurra—. Joder, Penny, te amo.
Parpadeo para contener unas lágrimas repentinas. Tempe es para
llorar. Aquí no.
—Yo también te amo. —Le tiendo la mano a ciegas y él la toma entre
las suyas—. Ahora fóllame como si fuera en serio.

350
Penny

Aparto una rama de pino mientras sigo a Cooper por la siguiente curva
del sendero.
Aquí los árboles son frondosos, altos pinos con ramas llenas de savia.
A los treinta segundos de este paseo, que más bien parece una caminata,
mi cabello se ha acercado a una piña pegajosa. Cooper tardó quince minutos
en quitármela del todo y, aun así, creo que me arrancó más cabello del
necesario.
Le saco la lengua, aunque él mira hacia delante. Tuvo la brillante idea
de evitar las multitudes de la entrada principal y dirigirse a este pequeño
mirador. Veinte minutos a pie, decía su teléfono.
Mentiras.
—Sabes, la gente desaparece en los parques nacionales todo el tiempo.
—Estamos bien. —Da unos pasos alrededor de un afloramiento de
roca—. Esto no es al azar, es un mirador con nombre y todo. Cuidado con
esa roca.
—Si caemos juntos en el cañón...
—No vamos a caer en el cañón. —Mira por encima del hombro. Hace
calor; incluso a la sombra de los pinos, el sudor le empapa la camisa y tiene
el rostro rojo. Estoy segura de que yo no tengo mucho mejor aspecto—. Toma
un sorbo de agua.
351 Frunzo el ceño mientras desenrosco la tapa de mi botella de agua. Él
también bebe un trago de la suya y mira hacia el bosque. Intelectualmente,
sé que el cañón está en algún lugar por aquí, pero en este momento, se
siente como si estuviéramos en medio de un bosque al azar.
Seguimos avanzando, pero él ralentiza el paso y enreda su mano
sudorosa en la mía. Al menos parece que los árboles se van haciendo más
finos.
—Esto es bonito —dice—. Estar tan alto. Y todos estos pinos. —
Agacha la cabeza mientras rodeamos un árbol de ramas bajas—. Quizá
deberías ambientar tu próximo libro en Arizona.
—Tal vez si escribo ese libro sobre el tipo de la manada rival.
—Monica te enviará un correo electrónico con sus comentarios
cuando lleguemos a casa, ¿verdad?
—Sí. —Se me revuelve el estómago de ansiedad. Entregarle el libro
terminado, aunque una versión editada, lo mejor que pude hacer por mi
cuenta, a Monica, mi amiga de Book Magic, fue cuando menos angustioso.
Aún no he decidido qué voy a hacer con él, si publicarlo yo misma o buscar
un agente. No estoy convencida de que vaya a ser capaz de triunfar como
autora, y eso es lo primero en la lista de cosas en las que no quiero pensar
demasiado ahora mismo.
La otra es qué haré cuando Cooper se gradúe y se vaya a jugar a la
NHL, y yo me quede en Moorbridge al menos un año más, terminando la
carrera. No es que crea que no seremos capaces de soportar la distancia, es
que no quiero. No quiero hablar con él por teléfono ni ver sus partidos por
televisión. Quiero estar a su lado, esté donde esté. Pero mi padre, y
probablemente Cooper, seamos realistas, enloquecerían si intentara dejar
los estudios o terminarlos por Internet.
—Me doy cuenta de que estás pensando —me dice. Me guía hacia
delante con una mano en la espalda por una parte estrecha del sendero—.
Probablemente pensando demasiado. ¿Sobre qué?
Me giro y le doy un beso en los labios. Aunque los dos estamos
sudados, me rodea la cintura con el brazo y me acerca.
—En que no quiero quedarme sola en Moorbridge cuando te gradúes.
—Eso será dentro de un año, osita de goma.
—Lo sé. —Vuelvo a besarlo rápidamente—. Sigue siendo un asco
pensarlo.
—No será para siempre. Y tendrás a Mia. —Levanta una rama para
que pueda pasar por debajo—. ¿Crees que ya se han matado?
La pregunta me arranca una carcajada. Entrecierro los ojos y miro al
sol. Echo de menos este aire, los cactus y las suculentas y los pinos, la
352 fuerza de la luz del sol. Es difícil pensar en Nueva York mientras estamos
aquí. Cuando sugerí este viaje, esperaba que parte de el fuera curativo. Que
explorar el país con Cooper nos llevaría a alguna parte. Definitivamente ha
sido agradable, pero todavía estoy ansiosa por tantas cosas. Tempe se
avecina, y no tengo ni idea de qué hacer cuando visitemos la tumba de mi
madre.
—Creo que ya nos habríamos enterado si hubiera habido un doble
asesinato.
Cooper sacude la cabeza.
—No puedo creer que Mia no te haya dicho nada.
—No es que Seb te haya dicho algo.
—Cierto. —Le da una patada a una piedra y la hace saltar delante de
nosotros—. Tal vez volvieron a follar. O lo que sea que estuvieran haciendo
juntos.
Mia está trabajando en un laboratorio del campus este verano y, al
parecer, su alojamiento no funcionó, algo sobre una inundación que arruinó
su par de botas favoritas, porque un par de días después de que nos
pusiéramos en camino, envió un mensaje para decir que se quedaba en casa
con Sebastian. Izzy está haciendo unas prácticas para una organizadora de
bodas en Nueva York, pero Sebastian aún no ha terminado la temporada de
béisbol, así que ha estado en Moorbridge, cuidando de Tangy. Con Mia, al
parecer. Sacudo la cabeza. La llamé para preguntarle cómo había ocurrido,
pero me dijo una idiotez sobre un acuerdo con él.
Sola. En Moorbridge. Con Sebastian.
Quizá estén follando otra vez. Ella no quería tener nada que ver con
él después de que los descubriéramos juntos justo antes de irnos a la Frozen
Four, pero quién sabe. Sebastian tiene un cierto tipo de energía tranquila y
atractiva. No se parece en nada al tipo de gente con la que he visto a Mia,
pero quizá eso sea bueno.
—Si salieran juntos, estaría bien.
Cooper resopla.
—Conozco el tipo de chicas con las que sale Seb, y no se parecen en
nada a Mia Di Angelo.
—Oh, vamos. Puede ser simpática cuando quiere.
Me rodea con el brazo y me da un beso en la sien.
—No tan buena como tú.
—Tal vez igual de traviesa. A Seb le vendría bien.
Hace una mueca y dice:
—No me interesa pensar en mi hermano y la palabra “traviesa” en la
353 misma frase.
Abro la boca para replicar, pero la vista hace que las palabras mueran
en mi garganta.
Estamos al borde del pequeño bosque de pinos y, delante, el cañón se
extiende por el paisaje. Es tan grande, con sus rojos, marrones y grises
apiñándose los unos sobre los otros, que parece no tener fin, como si algo
tan permanente y desnudamente bello debiera extenderse hasta el infinito.
El cielo cerúleo prácticamente centellea, salpicado de nubes esponjosas. A
lo lejos, muy por debajo, vislumbro el río Colorado. Parece una cinta, con el
agua corriendo en tonos azules.
—Vaya —respira Cooper.
—Me retracto de lo que dije —digo débilmente.
No parece haber nadie aquí, excepto un excursionista solitario,
cámara en mano. Avanzamos despacio. Más adelante, al borde del mirador,
hay una roca grande y plana, perfecta para sentarse. Yo voy delante, pero
no puedo dejar de girar la cabeza. Hay tanto que asimilar, tanto que mirar...
podría pasarme días aquí y encontrar un detalle nuevo, seguro. Cooper tenía
razón sobre ir a un lugar menos conocido. Podría quedarme aquí durante
horas, y gracias a la tranquilidad, no me sentiré culpable si hacemos
exactamente eso. Sombreo los ojos y observo cómo un halcón surca el cielo.
—Precioso —digo en voz baja.
—Sí —dice Cooper, su voz igual de tranquila. Le echo un vistazo.
No está mirando el paisaje.

354
Cooper

Me paso el antebrazo por las sienes mientras bebo un sorbo de agua.


Aunque el camino hasta aquí ha sido más largo de lo esperado, gracias,
teléfono, las vistas vale la pena. Penny acaba de sentarse en una roca y, a
juzgar por su reacción, estaremos aquí un buen rato.
Estar en la naturaleza de esta manera, con el cañón a nuestro
alrededor, crudo y real, tranquiliza mi mente. Lo que sea que esté pasando
con Sebastian y Mia, las preocupaciones de Penny sobre después de la
graduación... todo se desvanece ante la vista de ella, contemplando el
paisaje.
—Precioso —murmura.
Me trago el repentino nudo que se me hace en la garganta.
—Sí.
No es el cañón lo que estoy mirando. Es hermoso, sin duda, y está
lleno de historia y naturaleza desenfrenada, pero no puedo apartar la mirada
de ella.
Encaja aquí. No dejaba de pensarlo durante el paseo, y ahora, frente
a un cielo azul intenso y una belleza natural impresionante y aterradora, es
más obvio que nunca. Algunas de las piedras tienen el tono exacto de su
cabello y brillan con la misma intensidad bajo el sol. Puede que haya
encontrado su hogar en el hielo, igual que yo, pero nació para estar en un
lugar como éste. Un lugar que la muestre como una gema en bruto.
355 —Me estás mirando —bromea.
Me acomodo a su lado en la roca.
—No puedo evitarlo.
—Puedes mirarme cuando quieras. Seguro que a veces lo haces
cuando duermo.
—Supongo que aprendí algo de Edward Cullen.
Me da un empujoncito.
—Raro.
—Esto es precioso, sí. —La rodeo con el brazo y la aprieto—. Pero sólo
hace que me fije más en ti. Una y otra vez, Red.
No sé si se ha sonrojado, porque aún tiene su rostro sonrojado por el
paseo. Me toma la mandíbula y me pasa el pulgar por la barba.
—Ridículo.
—De verdad. —Me giro y le beso la palma de la mano—. ¿De verdad
estás preocupada? Porque yo no estoy preocupado.
Niega.
—No sé. No sobre nuestra ruptura, exactamente. O que algo vaya mal.
Pero tal vez... tal vez para cuando estemos juntos de nuevo, algo habrá
cambiado.
—Muchas cosas podrían cambiar entre este año y el siguiente.
—Pero al menos estaremos juntos durante él.
Me echo hacia atrás y la estudio. La idea de que se preocupe por
nosotros, cuando ella es la única parte de mi vida de la que estoy
completamente seguro, no me sienta bien.
—¿Quieres casarte?
Parpadea.
—¿Qué?
—O podríamos comprometernos.
—Cooper...
—Hablo en serio —digo suavemente—. Lo que sea que te ayude a darte
cuenta de que somos el uno para el otro.
Me toma la mano y juega con mis dedos.
—Quizá todavía no.
La beso.
356
—No pasa nada. Es un gran compromiso.
—Y es un compromiso que quiero hacer contigo, en algún momento.
—Sus uñas se clavan en mi palma, dejando pequeñas marcas de media
luna—. Me gusta la idea de hacer algo. Algo especial, sólo para nosotros,
hasta que estemos listos.
—Piénsalo. Me apunto a lo que quieras hacer.
Mueve ligeramente la cabeza.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Se acerca y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Podemos quedarnos un rato?
—Siempre.
Tras unos minutos contemplando el paisaje, el excursionista con la
cámara se acerca. La levanta con una leve sonrisa.
—Solía venir aquí con mi esposo —dice—. Ustedes dos me recuerdan
a nosotros. ¿Quieren que les haga una foto?

357
Cooper

Pasamos un par de días más en el Gran Cañón.


Durante el día, hacemos senderismo. Caminamos de verdad, hasta el
interior del cañón, empezando tan temprano que el sol apenas deja ver los
árboles. Por la noche, nos exploramos mutuamente. Conozco cada
centímetro de ella, cada peca, cada punto que la hace jadear, pero cada vez
es un poco diferente. Nos dormimos envueltos el uno en el otro y nos
despertamos con el sonido del despertador. A diferencia de los juegos que
nos han traído hasta aquí, esto es hacer el amor de verdad, de alma a alma.
Mientras caminamos, hablamos. Es como si estar aquí hubiera
aflojado algo en Penny, y las palabras no pueden salir lo suficientemente
rápido. Hablamos de su infancia y de la mía. Del próximo año escolar.
Nuestros amigos y familia.
Del futuro.
Aún no me ha dicho qué quiere que hagamos para cumplir su
promesa, pero hablamos de ello. En qué ciudades podría jugar. Las
esperanzas que tiene puestas en su carrera. Nuestra boda; si nos
fugaríamos o celebraríamos una fiesta. El hijo que nos gustaría tener algún
día.
—He soñado con ello —dice mientras camina a mi lado, cuesta arriba
desde el puente Bright Angel—. Un niño. Creo que me gustaría tener un
niño.
358 —¿Tenía tu cabello?
—Sí.
Sonrío.
—Entonces lo apruebo.
—Podremos enseñarle a patinar —dice. Me aprieta los dedos—. Puede
que no le guste tanto como a nosotros, pero podemos intentarlo.
—Quizá llegue a ser patinador artístico —le digo.
—O jugador de hockey —replica.
Me detengo, haciendo equilibrios contra una roca, y bebo un sorbo de
agua. Le ofrezco la botella a Penny, que también bebe un sorbo.
—O ninguna de las dos cosas —le digo—. Lo cual estaría bien. Aunque
quiera jugar al fútbol, supongo que encontraré la manera de lidiar con ello.
Su sonrisa hace que me duela el pecho.
—Es que me gusta la idea de que sea nuestro —dice—. O ella. O ellos.
Sean quienes sean. Pedazos de ti y pedazos de mí.
—Algún día.
Ella sombrea sus ojos mientras mira el paisaje. Solo nos quedan un
par de millas más de caminata, así que el río parece distante de nuevo. Un
par de rapaces revolotean perezosamente en busca de su próxima comida.
Sé, intelectualmente, que el río es lo que creó este cañón, pero es difícil
imaginarlo cortando la pared rocosa. Millones de años de esto, y seguirá
mucho después de que nos hayamos ido. Tal vez eso haría que alguien más
se sienta insignificante de mala manera, pero me gusta.
—No sabía qué decirle —dice.
La miro.
—¿A quién?
—A mi madre. —Respira hondo—. Por eso quería quedarme aquí unos
días. No quería irme y simplemente... no decir nada. Quería sentir que tenía
algo real que compartir con ella.
Asiento y aprieto su mano.
—Y ahora sé lo que quiero decir. —Se recoge el cabello detrás de la
oreja. No llora, pero su voz está cargada de emoción. Juega con su collar de
mariposas—. Estoy preparada. ¿Qué te parece si pasamos una noche más
aquí y mañana nos vamos?
—Me parece un buen plan. —Le froto círculos en la espalda. No sé qué
esperar, si se enfadará o si estará tranquila. Tengo suerte, comparado con
ella; mis dos padres están en mi vida. Las cosas también han ido mejor entre
papá y yo últimamente. No perfectas, pero definitivamente mejores. El hijo
359 jugador de hockey del gran Richard Callahan, que jugó y ganó la Frozen
Four, se convirtió en noticia, y creo que nunca lo había visto tan
entusiasmado por hablar de mí. Darme cuenta de cuántos partidos míos ha
visto todavía me hace sacudir la cabeza—. Estaré a tu lado, osita de goma.
Me besa la mejilla.
—Lo sé. Y te lo agradezco.
Seguimos por el sendero, parando de vez en cuando para descansar y
charlar. Nos quedan horas de luz, tiempo de sobra para terminar la
caminata y asearnos antes de cenar. Hemos reservado en uno de los
restaurantes del hotel. Quizá juguemos otro juego. Turistas a punto de tener
una aventura de vacaciones, poniéndose calientes en el ascensor. Una
pareja en un punto de ruptura que necesita pelearse y reconciliarse.
Cuando por fin llegamos arriba, me duele el cuerpo agradablemente
por el esfuerzo. Penny tiene su rostro rojo, pero sonríe.
—Yo también me he dado cuenta de otra cosa —dice.
—¿Sí?
Pasa el dedo sobre la punta de mi tatuaje de Andúril.
—Para hacer nuestro compromiso. Hagámonos tatuajes a juego.
Sonrío.
—¿En serio?
—Si no te importa hacerte otro.
—Jamás. —Le rozo su rostro con las dos manos y le doy un beso en
los labios. Los dos estamos cubiertos de sudor y probablemente olamos mal,
pero no me importa—. ¿Tienes alguna idea?
—Es una tontería.
—Te escucho.
—Pensé que tal vez... algo en élfico. Sindarin, quiero decir.
Me pellizco deliberadamente el brazo.
—Red. ¿Estás bromeando? ¿Estoy soñando?
Sacude la cabeza, riendo.
—No...
—Podemos hacer algo en Sindarin o Quenya, pero con la escritura de
Tengwar.
Se levanta y me besa ligeramente.
—Por eso te amo.
—Preguntaré en el foro de El Señor de los Anillos en el que estoy sobre
la ortografía. Si estás segura.
360 Sus ojos brillan de emoción.
—Estoy segura. Encontremos pronto a alguien que lo haga.
—Por eso te amo.
Me acaricia el pecho.
—Lo sé, cariño.
Penny

Enredo mi mano en la de Cooper mientras caminamos por el


cementerio.
Esta mañana hemos conducido temprano hacia el sur y nos hemos
alojado en un hotel cerca de donde yo vivía. Volver a Tempe, un lugar que
conocía tan bien, es extraño. Almorzamos en una cafetería a la que solía ir
con mis amigos después del instituto. Y seguía estando delicioso. Al
principio, estaba convencida de que alguien de mi antigua vida entraría por
la puerta, pero a medida que pasaba el tiempo sin que se produjera ningún
encuentro horriblemente incómodo, me relajé. Acabó siendo agradable,
aunque tengo un nudo en el estómago del tamaño del Gran Cañón que se
me formó en cuanto cruzamos las fronteras de la ciudad y que no se ha ido.
Al menos ha sido difícil pensar en Preston, o en cualquier otra cosa
relacionada con esa situación, cuando tengo a Cooper a mi lado.
Voy al cementerio con un vestido de verano y mis viejas Birkenstocks,
el cabello suelto sobre los hombros. Cuando miro las opciones de mi maleta,
todo me parece un poco mal, como si debiera ir más formal, teniendo en
cuenta nuestros planes para la tarde. Pero Cooper se dio cuenta de mi
mirada fija, de cómo me clavaba los dientes en el labio hasta que me dolía
y, sin mediar palabra, me tendió uno de mis vestidos favoritos. Me lo puso
por la cabeza y me besó profundamente mientras me arreglaba el cabello.
Ahora me deja marcar el ritmo del camino. Aún conozco el camino,
años después del entierro.
361 Antes de salir del hotel, metí un poema en el bolso. El semestre pasado
hice una unidad de poesía en la clase de escritura creativa y, aunque la
poesía no es lo mío, escribí uno medio decente, “Rosa del desierto”, sobre
ella.
Tengo vagos planes para leerlo en voz alta. Quizá alguna parte de ella
pueda escucharlo.
No sé qué esperar. Durante el funeral, estaba demasiado aturdida
para llorar. Las dos veces que la visité antes de irnos de Arizona, sí lloré,
pero no dije mucho. Simplemente me quedé mirando la lápida, todo el mar
de ellas interrumpido sólo por caminitos bien cuidados y cactus y árboles,
y sentí un pozo de tristeza tan profundo que no tenía ganas de bucear hasta
el fondo.
Respiro hondo.
Esto es diferente. Tengo al amor de mi vida a mi lado. Puede que el
matrimonio aún no esté sobre la mesa, pero es nuestro futuro. Tengo flores
en las manos y un poema en el bolso. Mi poema.
A ella le gustaría lo que estoy haciendo ahora. El futuro que intento
crear. Desearía que pudiera experimentarlo todo conmigo, pero tengo que
esperar que una parte de su alma perdure. Que sea capaz de ver todo lo que
he hecho y todo lo que haré.
Me froto la piel alrededor del vendaje de la muñeca, donde está
cicatrizando mi nuevo tatuaje. Anoche encontramos un salón de tatuajes
abierto y no dudamos cuando nos dijo que podía hacernos un hueco. Dos
tatuajes diminutos, uno en mi muñeca y otro en la suya. Te amo, escrito
con una letra bonita y curvada que Cooper describió como Tengwar, que
deletrea la frase en Sindarin. Podríamos haber tenido la misma frase en
inglés, o en otro idioma hablado, pero esto parecía lo correcto. Se parecía a
nosotros.
Llegamos a la curva correcta del camino. Siento los pies como un par
de ladrillos; apenas puedo hacer fuerza para levantarlos.
Un par de pasos más.
Un palo verde con el tronco retorcido.
Me detengo y me obligo a mirar la lápida.
—Hola, mamá.

362
Cooper

Penny tiene los ojos claros, tan azules como el cielo. A pesar de no
haber estado aquí en años, conoce el camino exacto. Cuando llegamos a la
lápida correcta, justo debajo de un árbol que no sé cómo se llama, se detiene.
Respira hondo y suelta el aire temblorosamente. Le tomo la mano, pero no
me aprieta los dedos.
Miro al cielo, al árbol, a la hilera de tumbas. La lápida de su madre es
sencilla, de granito o alguna otra piedra, con uno de esos grabados de una
fotografía debajo del nombre.

Evelyn York Ryder.

Baila, entonces, dondequiera que estés.

Aunque la imagen está impresa en la piedra, puedo captar pequeños


fragmentos de Penny en ella: la inclinación de su boca, la forma en que el
cabello le cae sobre el hombro.
—Hola, mamá —dice en voz baja.
Le aprieto la mano, y esta vez ella me corresponde.
—¿Quieres que te deje un momento a solas?
363 Niega.
—Quédate.
Se arrodilla en la hierba y deja el pequeño ramo de flores que trajimos.
Saca el poema que escribió para ella.
—Papá eligió el epígrafe. Es de una canción, creo que inglesa; la
funeraria tenía un libro de ejemplos y le llamó la atención. Le gustaba decir
que era una bailarina que eligió el hielo como medio.
—Es precioso.
Me mira. Ahora tiene los ojos llenos de lágrimas y, cuando parpadea,
se le escapa una, que corre por su mejilla como un pequeño río.
—Le habrías gustado mucho.
—¿Puedo conocerla?
Me tiende la mano.
Me acomodo en el suelo a su lado, la hierba seca se arruga. Mi familia
nunca ha sido religiosa, así que no sé muy bien en qué creer, pero sé que
creo en la mujer que tengo a mi lado, y eso debe servir de algo. Siento un
profundo tirón en el pecho al ver esa foto.
—Ojalá no tuviéramos que conocernos así, señora Ryder.
Los ojos de Penny se abren de par en par durante medio segundo
antes de estallar en carcajadas.
—Habría insistido en que la llamaras Evelyn.
—Evelyn. —El viento agita el aire, alborotando nuestro cabello y la
cinta atada alrededor del ramo—. Amo a tu hija.
Penny apoya la cabeza en mi hombro.
—Y como tengo mucha suerte, ella también me ama. Me lo dice todo
el tiempo.
—Después de decirlo una vez, ¿por qué parar?
Le doy un beso en la sien.
—Puedes decirlo todo el maldito día y nunca me cansaré.
—Ojalá te hubiera conocido. Creo que habría visto mucho de Red en
ti. —Levanto la muñeca, donde mi nuevo tatuaje, a juego con el de Penny,
está cicatrizando—. Lo que ella siente por mí está impreso en mi piel; está
en todas partes. Ella está en todas partes. Es la mejor persona que he
conocido. Creo que si pudieras verla ahora, estarías orgullosa de en quién
se ha convertido.
Penny me agarra la mano con tanta fuerza que no siento los dedos.
En un arrebato, se lanza a mis brazos, tirándonos a los dos al suelo. Me
364 besa con fuerza, con sabor a sal, con la respiración agitada mientras se
aferra a mí. Yo le devuelvo el abrazo, igual de fuerte, enterrando mi rostro
en el pliegue de su cuello. Lavanda. Menta. Sal.
—Osita de goma —murmuro en voz tan baja que apenas se escucha.
Pero lo escucha. Ella me escucha.
Siempre nos oímos.
—Solía decirme que daría cualquier cosa por cinco minutos más con
ella —susurra—. Cinco minutos más, y daría cualquier cosa en el mundo
entero. Sólo por volver a hablar con ella. Para abrazarla. Para decirle todo lo
que entonces no tenía palabras. —Se sienta y nos miramos a los ojos. Le
quito una lágrima perdida—. Pero ahora las cosas son diferentes. No
renunciaría a ti. No puedo renunciar a ti. Eres lo único a lo que no puedo
renunciar. Y creo que ella estaría feliz por eso.
La beso por todas partes.
—Te amo.
Te amo. Te amo.
El viento cálido sigue soplando.
Sopla cuando Penny se desenreda lentamente y saca el poema del
bolso.
Sopla cuando lo lee, con voz suave pero firme.
...Te vi con patines colgando de tus dedos.
Te vi con rosas del desierto en el cabello.
Te vi con sueños en los ojos y amor en la curva de tu sonrisa.
Te vi. Te vi, y te dije adiós...
Me duele cuando Penny me mira, con mechones de cabello rojo
anaranjado cayéndole sobre su rostro.
Me duele cuando le cuenta a su madre todo lo que ha pasado desde
aquel día en el hospital. Habla de su pasado. De nosotros. De su padre, que
poco a poco sigue adelante con Nikki.
Suena cuando se mece en mis brazos y habla del futuro. Nuestro
futuro.
Se desvanece cuando estamos de pie, pero luego, cuando nos damos
la espalda, una caricia contra nuestros rostros. Un hola y un adiós.
—Te amo —murmura Penny, y sé que nos habla a los dos.

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366
Querido lector,
Muchas gracias por leer la historia de Cooper y Penny. Espero que
hayas disfrutado de este viaje con ellos tanto como yo disfruté escribiéndolo.
Si aún no conoces a James y Bex, su libro, First Down, ya está disponible.
Sebastian e Izzy tendrán sus propias historias próximamente, así que aún
no hemos abandonado el mundo de los Callahan y la Universidad McKee.
Asegúrate de seguirme en las redes sociales para no perderte
actualizaciones, contenido adicional y mucho más.
Si te ha gustado este libro, te agradecería mucho que dejaras una
reseña. Me encanta saber de los lectores, así que no dudes en ponerte en
contacto conmigo directamente.
Gracias,
Grace.

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Grace Reilly escribe novelas románticas contemporáneas sensuales y
picantes, con corazón y, por lo general, una buena dosis de deporte. Cuando
no está ideando historias, se la puede encontrar en la cocina probando una
nueva receta, abrazando a su manada de perros o viendo deportes.
Originaria de Nueva York, ahora vive en Florida, lo cual es preocupante dado
su miedo a los caimanes.
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Hell of Books se complace en traer para ti esta traducción 
completamente gratis. Te pedimos encarec
 
 
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STAFF ........................................ 4 
CONTENIDO ............................... 5 
SINOPSIS ............
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55 .......................................... 272 
56 .......................................... 276 
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Un acuerdo secreto de amigos con beneficios con la hija del 
entrenador no debería tener ninguna posibilidad de ser
8 
Sin embargo, cuanto más dura nuestra relación, más confiamos el 
uno en el otro y menos quiero despedirme. Sé que el a
 
 
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Para Moira, que amó a Cooper desde el principio.
10 
 
Aunque he intentado ser sincera con la realidad del hockey 
universitario y de los deportes universitarios en gener

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