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SOBRE UN CACTUS LLAMADO SAN PEDRO

Érase que se era una vez un cactus alto y delgado que crecía
en las tierras de Perú, el Ecuador y Bolivia. Antes de que los
europeos llegaran por esas latitudes los nativos lo conocían
con el nombre de achuma; al producirse la cristianización
todos ellos —excepto los curas— lo vieron claro: si el apóstol
Pedro tenía las llaves del cielo, entonces ese cactus era su san
Pedro, pues él también guardaba las llaves que daban acceso
a los reinos celestiales —a veces previo paso por los
infernales—.

Un día conocí un ecuatoriano que vivía cerca de Barcelona y me contó sobre el uso del San Pedro en sus
tierras nativas. Estando en una terraza de bar comentando con unos amigos las desvelaciones que traía
consigo la cultura lisérgica, un camarero indígena se les acercó y les dijo: “Yo conozco eso de lo que están
hablando”. Esa persona se adentraba periódicamente en la selva ecuatoriana, dónde había un personaje que
dominaba el uso del vegetal, y allí participaba con otras personas en dichas ceremonias. Los blancos se
sumaron a la excursión y contó que el brujo andaba durante la sesión con un bastón rozando a los
participantes diciéndoles: ahora veréis el cielo, y así lo visualizaban. Luego repasaba a la clientela y les
tocaba de nuevo uno por uno con la vara y les anunciaba: ahora el infierno, y visitaban el infierno. Mi
conocido probó de cocinar el potaje por si mismo y le resultó. “Una bebida digna de brujos”, decía perplejo
y admirado aún.

En esta colección de apodos no podían faltar los botánicos, que acabaron por bautizarlo Trichocereus
pachanoi (pronunciado tricocereus pacanoi) —o el T. peruvianus, primo hermano del primero y que
también es utilizado para confeccionar el bebedizo mágico—. (Estas plantas se diferencian unas de otras
por su flor nocturna, que nace a principios de verano, y por la longitud de sus espinas -por lo general más
largas en el peruvianus)

El san Pedro es un cactus realmente curioso, pues dentro de la famosa lentitud de crecimiento de esta
familia de vegetales es el que desarrolla de forma más ágil, llegando a crecer más de 20 centímetros en un
año, y resiste un amplio rango de temperaturas, adaptándose a climas húmedos y a diversas alturas.
Rompiendo los esquemas supersticiosos que aseguran que las cactáceas no gustan de agua, éste agradece
lluvias abundantes, así como un suelo rico en nutrientes. (Tiene otro pariente espiritual más al norte, en
México, el cual también gusta de poner en tela de juicio todo tipo de esquemas: crece bajo arbustos para
evitar insolaciones.) Pero en este caso el san Pedro sigue la línea estipulada para los cactus: se eleva
rápidamente hacia el astro padre buscando luz y calor, alimentándose más aún de sus rayos que del agua y
los nutrientes de la tierra.

Al poder convertirse en un bebedizo mágico dispone también de estatus legal en nuestra civilización. No
está perseguido su cultivo, ni su venta ni su compra; lo que está mal visto es su ingestión. Se puede
encontrar en floristerías para utilización ornamental, e incluso en Sudamérica se utiliza para hacer cercos,
pues aunque normalmente pierda las espinas en su madurez es tan prolífico y fácil de enraizar que allí hace
la función de los cipreses aquí.
Si alguien quiere hacer de jardinero y dedicarse a la procreación de tan portentoso cactus hay dos
maneras de multiplicarlo: por esqueje, o bien con semillas. El esqueje pilla rápido, y más si le ponemos
hormonas para enraizarlo; si se parte de una planta ya ancha se tiene la ventaja de que sólo hemos de
esperar a que se alargue, pero ya partimos de un ejemplar grueso. Es conveniente dejar un zócalo de 15 cm
en el cactus original, pues de él saldrán más brazos y continuará creciendo. Antes de enraizar la parte
cortada ha de esperarse que su sección se seque, pues en caso contrario podría generar putrefacción. La
sombra en los primeros meses facilita el enraizamiento.

La procreación partiendo de semillas tampoco es difícil. Con un poco de dedicación germinan un 30%
de ellas. Eso sí, deben observarse unos principios de seguridad para que todo no quede en nada. La tierra ha
de ser arenosa, pues los cactus demandan un sustrato aireado y ventilado. No todas las bolsas que se
venden en las jardinerías como sustrato para cactus son válidas. El sustrato ha de estar compuesto de una
mezcla de arena, o perlita, de una granularidad parecida a la de la playa, más una parte de tierra fértil
normal. Si no se dispone de tan mágico compuesto lo puede amalgamar uno mismo (quizás añadiendo una
parte de turba para hacer todavía más amorosa la mezcla). La arena se puede obtener en la montaña, pues
hay vetas de ella por dónde los geólogos aseguran que antes reposaba el mar. La que se utiliza en las
construcciones vale también, pero deberíamos pedir permiso a los paletas para que nos presten un poco,
¿eh? Si tomáramos una arena de playa que tiene toda la pinta de haber estado tamizada por todo tipo de
contaminantes modernos, convendría hervirla para desinfectarla un poco. Rellenando un tiesto con este
compuesto maravilloso esparcimos las semillas por su superficie, sin llegar a hundirlas en ella. Regamos
entonces con un aspersor (pulverizador) para no provocar inundaciones y otras catástrofes en la superficie.
Al día siguiente se le da un toque mágico, y como si se tratara de un pastel la espolvoreamos con tierra
fina, utilizando un colador para ello -en caso de que no moleste a los miembros de la familia-. Sólo
añadiremos una capa de un milímetro de espesor, más o menos. Volvemos a regar un poco más y a los tres
días, cuando ya se haya evaporado un poco de tanta agua, cubrimos los tiestos con un plástico transparente
-para que se conserve la humedad y deje pasar la luz-. Un poco de calor no iría mal a la germinación:
colocar el tiesto en un radiador suave puede ayudar a que las semillas germinen en una o dos semanas.

La época adecuada para la siembra es la primavera (nunca una vez entrado el verano, pues si tienen
demasiado calor posiblemente no germinará ninguna semilla). Al año siguiente podemos separar la maraña
de cactus que hayan aparecido en el tiesto para trasplantarlos en tiestos individuales. La primavera vuelve a
ser el momento adecuado para el trasplante de las cactáceas, tanto jóvenes cómo adultas. (Aquí vuelven a
invertirse los patrones, pues en la mayoría de plantas la época adecuada para el trasplante es el invierno.)
La mejor manera de hacerlo es con una cuchara, intentando mantener todo el juego de raíces de cada
ejemplar en una porción compacta; para ello va bien hacerlo al cabo de unos tres días de haber regado la
tierra, marcando con un cuchillo la zona de cada pequeño ejemplar con un corte profundo. También
podríamos sumergir el tiesto en un recipiente con agua dejando que allí se disgregue la tierra y se desnuden
las raíces de cada pequeño individual; éste método sería útil cuando el tiesto está muy poblado de
ejemplares y nos es imposible realizar una separación con herramientas, pero tiene el inconveniente de que
al quedar las raíces del cactus desnudas, éste tarda más de un año en recuperarse del susto y adaptarse a un
nuevo hogar terráqueo y subterráneo. La solución para tiestos con un gran número de ejemplares es separar
pequeños grupos de cactus y trasplantarlos en familias, sin que esta convivencia comunitaria suponga
ningún contratiempo para el feliz desarrollo de la planta individual. Un poco de sombra nuevamente es
necesaria durante las primeras semanas de esfuerzo y adaptación.

Cuando es pequeño el cactus agradece la humedad, pero cabe desalentar aquellos que piensen en añadir
al sustrato un potaje para mantener a ésta elevada (polidritos). Estos productos dificultan la ventilación de
la tierra y nada es más perjudicial para un cactus. La arena y la turba se colocan precisamente por esto: para
hacer más suelto y transpirable el suelo. De lo contrario las raíces de los cactus recién nacidos podrían
pudrirse. Un plástico traslúcido que cubra el tiesto es lo más adecuado para preservar un alto grado de
humedad. Conviene quitarlo periódicamente para renovar el aire. Durante el invierno obsequiaremos al
cactus con una etapa de descanso: un riego pobre. El primer invierno lo invitaremos a un invernadero, para
ahorrarle un poco el frío.

Y ahora podemos repasar el uso ritual que hacen de esta planta los nativos de Sudamérica.
Evidentemente no la toman para ir de fiesta; en todo caso para celebraciones religiosas (que también
pueden ser una fiesta) y rituales de sanación.

La preparación del bebedizo se hace con la parte superior del tronco de este cactus columnar. Se hace así
porqué esta zona es la que tiene más principios activos -y aun mejor en setiembre, después del crecimiento
del verano-. La dosis media oscila alrededor de los 25 cm de largo, teniendo en cuenta que la planta ha de
ser ya madura y con un diámetro de unos 8 cm. El tamaño de brazo que se coge puede variar no sólo
dependiendo de si conviene una dosis menor o mayor, sino también de si la planta viene de una familia con
alta concentración de alcaloide o ésta es más bien baja (estudios científicos han revelado que el rango de
mezcalina en un ejemplar secado oscila entre un 2,3% y un imperceptible 0,2% del peso).

Una vez cortado se puede dejar secar para conservarlo, o prepararlo ya en fresco. En caso que de que se
seque se suele dejar al sol para que el proceso vaya más rápido. Tanto si se sigue un camino como el otro
sólo la parte verde del cactus se utiliza -y aún después de haberle quitado una fina película transparente que
protege el cactus del medio-. El núcleo del cactus, la carne blanca, no contiene mezcalina y por tanto se
desecha para el brebaje. Partiendo de esta base inicial ya podemos empezar a estudiar los dos caminos que,
bifurcándose, llegan a la misma parte. Uno de ellos parte de la piel seca del cactus, y el otro lo hierve
directamente.

En el primer caso se coge la parte verde del cactus que se ha dejado secar y se tritura hasta pulverizarse.
Esto teóricamente está listo para ingerirse mezclado con agua o con cualquier otro alimento que no se tome
en gran cantidad. (Durante el día anterior, y a veces durante varios días, se guarda ayuno para limpiar el
cuerpo y centrar el alma). El potaje es bastante amargo y a veces se envuelve con la hoja de alguna planta.

La segunda manera implica un cocido. Se escoge nuevamente la piel del cactus y se hace hervir durante
un período de siete horas a un fuego muy lento, con agua suficiente para que el potaje no se queme.
(Previamente se habrá triturado el cactus hasta convertirlo en una pasta un poco pegajosa.) Ya que lo que
se aprovecha es el jugo que queda, y no la pasta, es usual ir separando ambos cada 2 ó 3 horas ya que un
tiempo prolongado de cocción estropea la sustancia; la pasta que queda se vuelve a hervir con más agua
hasta completar el ciclo de las siete horas. Después dejará evaporar el líquido hasta que queda un residuo
que tiene consistencia de goma.

En Sudamérica, dónde estas plantas no han dejado de utilizarse por miles de años, hay unos personajes
que aquí llamamos chamanes (aunque allí los nombran personas de conocimiento) que son expertos en la
conducción de sesiones con estas plantas. La figura equivalente en nuestra cultura serían los médicos,
psicólogos y psiquiatras, pero salvando el gap cultural que separa las sociedades arcaicas de las
industriales: en unas el peso se da en el mundo psíquico, mientras que en la nuestra la atención se dirige
hacia el mundo externo, el físico. El reto que plantean estas sustancias no es tanto su digestión física, sino
la mental. Un antropólogo comentaba que estas sociedades tienen tan codificada la simbología de su
inconsciente como nosotros nuestra bioquímica. Así pues, la incursión del occidental en el reino del
espíritu puede concluir en extravío, aunque lo deseable sea un reencuentro vivificante con esta parte de
nuestra persona tan ocultada y olvidada. En Sudamérica las sesiones se llevan a cabo en un marco nocturno
y reposado. En occidente, al no disponer de brujos, conviene una persona próxima y que disponga de
experiencia para que nos acompañe.
Cactus San pedro o Ashuma

CULTIVO DEL SAN PEDRO

El San Pedro, un cactus utilizado por los chamanes de Sudamérica y que contiene mezcalina como principal
principio psicoactivo. En este artículo podréis encontrar información sobre la identificación botánica, el cultivo y la
preparación tradicional de este cactus.
IDENTIFICACIÓN

El cactus de San Pedro, conocido con el nombre botánico de Trichocereus pachanoi, es un cactus columnar de
color verde azulado, de rápido crecimiento, y que puede llegar a alcanzar los seis metros de altura creciendo a un
ritmo de hasta cuarenta centímetros anuales. Los brazos del cactus, que pueden presentar de 4 a 8 costillas, llegan
a tener diez centímetros de diámetro cuando éste alcanza su plena madurez; los ejemplares de cuatro costillas son
especialmente apreciados por los chamanes, otorgándoles poderes especiales, simbolizando estas cuatro costillas
los cuatro puntos cardinales del horizonte. Las areolas, las zonas dónde aparecen las espinas, se encuentran a lo
largo de las costillas, y encima de cada una de ellas puede apreciarse una marcada hendidura. Por lo general los
ejemplares maduros carecen de espinas, como si quisieran indicarnos que ya están listos para ser transmutados en
una poción mágica, mientras que en los ejemplares jóvenes éstas aparecen en número de 3 a 7, llegando a medir 2
cm de longitud y siendo de un color que va del amarillo al marrón. Cuando el cactus alcanza los 30 cm de altura
empieza a echar ramificaciones desde su base de forma bastante prolífica, convirtiendo el cactus en una especie de
candelabro, cosa que permite realizar varios esquejes de la misma planta. Por lo general, a simple vista, el T.
pachanoi, puede ser confundido con otros cactus de la misma familia, como el T. macrogonus o el T. bridgesii. La
característica más distintiva por la que podemos identificar de este cactus son las flores, que aparecen durante las
noches de los meses de junio y julio. Éstas nacen en la parte más alta de los tallos, miden unos 20 cm de diámetro y
tienen una fragancia muy perfumada. Los pétalos más externos son de color rojo o marrón, y los más internos son
de color blanco; los estambres tienen largos filamentos de color verdoso y el estilo es verdoso en su parte inferior y
blanco en su parte alta. Aunque el T. pachanoi es el cactus usado tradicionalmente para la preparación de pociones
enteógenas, también se ha encontrado mescalina, el principio activo del San Pedro, en otros cactus de la misma
familia. El más remarcable es el T. peruvianus, del que A. Shulgin hizo unos análisis durante los años setenta que
mostraron que podía llegar a contener un porcentaje de mescalina 10 veces mayor que el San Pedro (la variedad
que presentó este alto contenido del alcaloide es la KK242)
Este post es meramente informativo y no se hace responsable por el uso y abuso. También es para que tomemos
conciencia de las plantas sagradas. Tratemos de evitar la depredación que se da en lugares como Catamarca o en
bolivia donde los psico turistas llegan y cortan toda planta que encuentran sin el mínimo respeto de estos
ejemplares que datan algunos de ellos 30 décadas o mas....
Preparación del San Pedro

Este sistema de cocción del San Pedro es una síntesis de varias cocciones y lo que hemos tratado es unificar dicha
preparación. Lo novedoso de este sistema es que se logra matar por completo el sabor amargo del cactus y además
se logra aprovechar al máximo todas las partes del mismo.

Debes saber que el cactus debe medir al menos 60 cm ya que los cactus pequeños apenas contienen mescalina y
otros alcaloides. Deberás cortar unos 25 cm. de la parte superior.

Vas a necesitar:

- Un cuchillo
- Dos cacerolas
- Una batidora
- Licor Jägermeister (licor de hierbas)
- Un bote de cristal

1. Lo primero es cortar una sección del cactus lo suficientemente grande entre 20 y 25 cm. Para poderlo agarrar te
vendrá bien usar papel de revista si no quieres acabar con los dedos agujereados. Busca una superficie dónde
poder trabajar con comodidad, una tabla de madera será útil.

2. Quítale la piel que recubre la parte carnosa y ponla en un plato.

Luego corta en pedacitos la parte carnosa y colócalo en otro plato. Ten cuidado de que no queden espinas en la
parte carnosa.

3. Vierte agua en las dos cacerolas y coloca el contenido de los platos en cada una de ellas. En ambas echa medio
vaso del licor y ponlo todo a hervir entre 7 y 9 horas. Tendrás que estar atento e ir echando agua a medida que esta
se vaya evaporando.

4. Una vez transcurrido este tiempo, cuela el líquido de la piel en la cacerola con los pedacitos de la parte carnosa.
Es hora de usar la batidora y reducirlo todo a una espesa sopa. Ahora sólo debes poner a hervir de nuevo la sopa
hasta que quede una pasta. Mete la pasta en un bote y cúbrela lo suficiente con el licor, de esta manera evitarás
que se infecte con hongos y la podrás conservar en la nevera el tiempo que quieras.

Para finalizar deciros que debéis tener mucho cuidado en la dosificación, ya que no todos los cactus contienen la
misma cantidad de alcaloides y puede haber variaciones en la cocción, por lo que debéis ser prudentes puesto que
los efectos suelen aparecer entre 110-180 minutos.
Otro método de preparación

1.- La elección del 'ejemplar': es conveniente que el cactus tenga unos dos metros o más de altura REAL. Quiero
decir 'real' porque las más de las veces las suculentas que se adquieren en las grows o viveros proceden del corte
de un cactus adulto, por lo que no hay que dejarse engañar por su altura en la maceta. Lo más fiable es medir el
diámetro: un SP adulto sano puede tener entre 30 y 40 cm o más. Olvidaos del número de facetas y el famoso
'azulonamiento'. El contenido en mezcalina lo determinarán las más de las veces su genética, sus condiciones de
cultivo ... y la suerte :-). Pero, por regla general, cuanto más adulto sea el ejemplar, más psicoactivo resulta.

Ojo, eso si, a los cactus 'de palo', que ya empiezan a aparecer columnares que nada tienen que ver con los
trichocereus, pero de morfología muy similar. A mi me han intentado colocar incluso saguaros (que, curiosamente,
son también psicoactivos aunque poca gente lo sepa) y diversos 'cactus de ordenador', como auténticos san
pedros. Patético.

2.- Preparación: cortad el cactus por la base, si no es muy alto, o un pedazo de unos 50-60 cm, si es alto. (Un
consejo: cortad la punta (20 cm + o -) y re injertadla en la base. Así no perderéis el ejemplar, en caso de que salga
'de buena cosecha' :-). Ahora viene el proceso de desespinado; cada uno tendrá su técnica, yo os cuento cómo lo
hago yo: deslizo el borde no cortante del cuchillo por las facetas, arrancando a pequeños golpes las espinas.
Prefiero hacerlo así para no dañar la parte psicoactiva realizando cortes o escarificaciones. Es importante que
quede bien limpio, más que nada para evitar pinchazos en el proceso (alguno os daréis, fijo, pero es el cactus, que
se defiende :-).

Una vez desespinado, podéis seguir el siguiente: cortadlo en cuatro o cinco trozos y, con cuidado pero con firmeza,
id retirando el pelagio, que es la pielecilla transparente que recubre el cactus y la responsable de los desagradables
vómitos. Para que salga más fácilmente, dejad el cactus cortado un par de horas al sol: al secarse, el pelagio se
despega levemente de la carne, facilitando su eliminación.

Debéis desechar también toda la carne blanca del interior, al no contener mescalina. Esta se encuentra solo en la
'dermis' verde intenso del exterior.

Cuando tengáis todos los trozos cortados y limpios, a la cazuela.

3.- Cocción y decantado: La cocción se ha de realizar a fuego muy lento y -lo deseable- durante unas 8 o 9 horas.
Echadle un chorrito de limón, para facilitar la extracción de la mesca. Cubrid de agua los trozos e id añadiendo más,
poco a poco, según se vaya evaporando. Ojo, no os despistéis, que el proceso es largo y yo ya me he olvidado un
par de veces el preparado en el fuego... con consecuencias desastrosas :-).

Observareis, como a las tres horas, que el líquido se torna parduzco. Poco a poco, reducidle la cantidad de agua -
este es el momento de los olvidos catastróficos- que añadís, dejando que el preparado se vaya decantando, hasta
obtener un aceite denso, oscuro y viscoso. Id apagando y encendiendo el fuego, para no quemar el contenido y que
siga, muy lentamente, evaporando el agua. Cuanto más denso seáis capaces de dejar el residuo, tanto más fácil
será de manipular y -en tal caso- desecar.

Podéis verter el aceite en un vaso o taza. Otro consejo: cubrid el vaso por dentro con papel de plata o similar.
Ahora podéis hacer dos cosas: o ingerir el aceite empapándolo en papeles de fumar, por ejemplo o -el método más
coñazo pero más adecuado y 'limpio'- desecar totalmente el aceite hasta endurecerlo y reducirlo a polvo.
SAN PEDRO PARA CINCO. Trichocereus peruvianus
Cada ejemplar de san Pedro tiene una cantidad distinta de mezcalina, por eso las cantidades pueden variar entre 10
y 50 gramos de tejido verde seco por persona. Como media 300 gramos de tejido verde fresco, que al secarse se
reducen a solo 20 gramos, tendrían unos 300 miligramos de mezcalina que serían suficientes para un viaje intenso
emocionalmente, aunque no siempre produzca visiones. Tomar diez veces más cantidad produce un efecto solo un
poco más fuerte. Lo importante es llegar a ese mínimo de 300 mg de mezcalina, que algunos autores elevan a 500
mg –medio gramo- para un viaje intenso. Para evitar problemas estomacales y digestivos hay que seguir una serie
de pasos.

1. Congelar y descongelar. Se pesa el tejido verde seco de san Pedro hasta alcanzar los cien gramos (que
equivaldrían a 1500 gramos de cactus fresco). Se mete en el congelador y al día siguiente se saca a un plato
y se espera a que se descongele. Así se rompe la dura estructura celular del cactus. Una vez descongelado
se pone a cocer en un cacharro con agua.
2. Cocer a fuego medio durante unas dos horas, tanto si es cactus fresco como seco, o pulverizado. Si no se ha
congelado y descongelado hay que cocerlo varias horas más.
3. Licuar y colar. Tras apagar el fuego y una vez que se ha enfriado, se mete en una licuadora para romper las
duras fibras del cactus. Luego se cuela. Este paso se puede saltar si el material de partida es tejido verde
seco molido.
4. Reducir el volumen de líquido: Se pone al fuego hasta que el líquido se reduzca por evaporación y pueda
entrar en una botella de tres cuartos de litro. Una vez reducido se podría beber si se filtra varias veces a
través de un colador de tela, de los de café, pero quedan unos últimos pasos que lo hacen más digerible.
5. Reposar y fermentar. Se echa el caldo en una botella y se tapa. A los dos días se le quita el tapón a la
botella y se oirá salir el gas generado por la fermentación. Se vuelve a cerrar la botella y cada dos días se
repite la operación hasta que ya no salga gas, “hasta que deje de echar pedos”. No conviene agitar la
botella porque por decantación se irá separando el líquido rico en mezcalina, que flotará en la parte
superior, y la parte vegetal gelatinosa que reposará al fondo de la botella.
6. Separar y reducir. Para sacar el líquido de la botella sin agitarla, lo mejor es meterle una sonda o tubito de
plástico o pequeña manguera y tras aspirar dejar que vaya por el tubito hasta otra botella situada más
abajo, como se hace para trasvasar gasolina de un tanque a otro. Al final tendremos la antigua botella con
la pasta gelatinosa, y la nueva botella solo con el líquido rico en mezcalina. No hay más que verter éste
líquido en un cazo y calentarlo a fuego lento hasta que quede reducido a cinco chupitos o hasta la casi
completa evaporación del agua, en cuyo caso tendremos una pasta negra: alquitrán de mezcalina, que
algunos secan pulverizan e introducen en cápsulas de gelatina (de venta en farmacias y tiendas de
productos químicos y material de laboratorio, donde también se venden sondas de plástico para goteros).

Informacion Adicional:

Según paginas de internet he encontrado que el Trichocereus Peruvianus es que mas mezcalina contiene, luego le
sigue el Trichocereus Pachanoi y por ultimo el Trichocereus terscheckii.

Esta es mi experiencia, en donde cuento como la pase y como lo prepare

PD: Alguna duda, me la comunican y se los explico.


Experiencia y Preparacion del San Pedro variedad Trichocereus terscheckii

Primera Parte:

En esta primera parte les contare el “antes” del brebaje, donde luego en la segunda parte, se verán los efectos.

Es un anochecer hermoso, aquí la estrellas relucen mucho mas de lo normal

Fuimos en busca del cactus, el famoso Cardon. En medio de las montañas y alejado de la ciudad, se encontraban los
inmensos Cardones. Decidimos escoger uno de tantos, sacándoles así un tronco de unos 40cm. El siguiente paso
era cortarle todas las espinas, no fue un trabajo muy fácil, pero con un alicate todo se puede volver un poco más
fácil. Una vez hecho eso, luego lo cortamos en trozos pequeños para que pueda entrar en la olla. A fuego de leña, y
con una paciencia de 6hs, el brebaje estuvo listo. Antes de seguir con el relato, es importante decir que el brebaje
necesita:

- Al menos un total de 4 litros de agua.

- Un limón

Una vez puesto el cactus en la olla, se le agrega agua y limón, a medida que pasan las horas, hay que ir agregándole
mas agua, así hasta completar su ciclo.

Segunda Parte:

Mientras esperábamos los últimos instantes para concluir la pócima, agudizamos la garganta con un poco de vino
regional.

MIERCOLES 00:40 am.

El momento esta dicho, y era hora de tomar la pócima, como la olla era chica, solo se pudo extraer 2 vasos de
“sopa de cactus”. Se repartieron uno para cada uno, y nos echamos a dormir un instante.

MIERCOLES 01:30 am.

Nos levantamos con una sensación muy extraña, con dolor en la mandíbula, la pupila de los ojos más grande, y con
alucinaciones. Al principio no se entendió, si lo que estaba pasando era producto de la mezcalina, pero al pasar los
minutos, nos dimos cuenta que las cosas tenían colores diferente, de repente las cosas empezaron a tener vida y
colores distinto. Un poco asustados, pero emocionados de lo que estábamos viviendo. Es inevitable contar, que en
ese estado es posible ver cosas que no son reales. En una etapa de la madrugada, nos acercamos a un árbol, y
vimos algo blanco que, según mi compañero, “el era su amigo imaginario”, el tema es que yo también lo vi., nos
acercamos, y al asustarnos por la curiosidad, nos volvimos al auto. Las visiones duraron unas 5 horas,
aproximadamente, hasta las 6 am, seguramente debido a la mínima ingesta del brebaje.

Aclaración:

Mucha gente probó la mezcalina, y tuvo sensaciones maravillosas, pero es cierto que hubo gente que estuvo en
presencia de la muerte, en eso influye el estado de conciencia de cada persona, sus problemas y su personalidad.

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