El sonámbulo
Roa Bastos, Augusto
El sonámbulo / Augusto Roa Bastos. - 1a ed. - Córdoba :
Caballo Negro Editora, 2020.
86 p. ; 20 x 14 cm. - (Narrativa)
ISBN 978-987-3612-43-5
1. Narrativa Paraguaya. I. Título.
CDD Pa863
Caballo negro editora
Colección narrativa
Arte de tapa: Enrique Collar, fragmento de “Canchita Sport-Novillo”
óleo sobre tela, 100x120 cm. 1992
Colección Latourrette. Bo, Paraguay.
Diseño de tapas: Gonzalo Peralta
Maqueta: Carolina Ellenberger
Digitalización: Carlos Castells
© 2020 Caballo negro editora
© 2020 Herederos de Augusto Roa Bastos
ISBN 978-987-3612-43-5
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra,por cualquier medio
o procedimiento, sin permiso previo del editor y/o autor.
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
El sonámbulo
Augusto Roa Bastos
Prólogo
A mi profesora Nora Bouvet, In memoriam
Es nuestro orgullo presentar por primera vez al lector
argentino la nouvelle El sonámbulo (1976) del gran escri-
tor paraguayo Augusto Roa Bastos. Inédita hasta hoy en
nuestro país, fue escrita por Roa en su residencia en Bue-
nos Aires casi inmediatamente después de Yo el Supremo
(1974). Y tanto por los recursos procedimentales de su es-
critura como por el tratamiento de la historia paraguaya,
por lo que llamaríamos la cocina del libro, está estrecha-
mente ligada a ella.
La noveleta, designación italiana para el género nou- 7
velle, aunque para Ángel Rama se trata de un cuento,
fue editada por Franco María Ricci Editore, de Milán, en
una edición de lujo acompañando la reproducción de los
principales cuadros de la Guerra del Paraguay del pintor
argentino Cándido López. Los libros editados por Ricci se
destacaban, nos cuenta Nora Bouvet, por el valor artístico
de las imágenes y la calidad de la impresión. Se utilizaba
papel verjurado, fabricado especialmente para esas edicio-
nes y forrados en seda con estampaciones en oro. Se editó
entonces en italiano, traducida del castellano por el histo-
riador Gianni Guadalupi, como Cándido López. Immagini
della Guerra del Paraguay, con un testo di Augusto Roa Bastos,
Franco Maria Ricci editore, Colección “I segni dell’uomo”.
Luego, en 1977, apareció en portugués, como Cándido López.
Imagens da Guerra do Paraguay, traducida por Maria Moraes
Barros, Franco María Ricci e Nova Fronteira, Río de Janei-
ro, Cofraria dos Amigos do Libro. Y finalmente, en 1984,
en castellano, como Cándido López. Imágenes de la guerra del
Paraguay, con un texto de Augusto Roa Bastos; Franco María
Ricci, (editor), Milán, Colección “Los signos del hombre”.
Todas ediciones de lujo, nada accesibles al lector común.
Recién en 2009, “El sonámbulo” apareció incluido en la edi-
ción póstuma Memorias de la Guerra del Paraguay, por la edi-
torial Servilibro de Asunción. Y como volumen autónomo,
en 2014, en la Biblioteca básica “Augusto Roa Bastos” de la
misma editorial. El derrotero de su publicación pospuso su
edición en su idioma original pero además de eso la fijó a
otros textos de Roa sobre la Guerra Grande, como los ex-
8 traídos del libro Los conjurados del quilombo del Gran Chaco
(2001), quitándole valor como texto independiente. De
ninguna manera podemos decir, como asevera Daniel Bal-
derston, que El sonámbulo pasara a formar parte, después
de grandes modificaciones, de la novela El fiscal (1993), pero
sin duda los fragmentos sobre la Guerra Grande, disquisi-
ciones de su personaje narrador y alter ego de Roa, Félix
Moral, abrevan en algunos fragmentos de esta nouvelle. Lo
mismo podemos decir de los capítulos “Frente al frente ar-
gentino” y “Frente al frente paraguayo” de Los conjurados…
Pese a su dimensión El sonámbulo tiene una arquitec-
tura compleja y atrapante, centrípeta, donde la apuesta
ficcional se cierne sobre la historia y parasita otros textos.
Algunos canónicos de la historiografía paraguaya como
Memorias o Reminiscencias históricas sobre la Guerra del Para-
guay (1944) del Coronel Juan Crisóstomo Centurión, otros
menos consabidos. La introducción al relato, firmada por
el “compilador”, explica que éste encontró el manuscrito
en los archivos de la Fiscalía General del Estado, mien-
tras trabajaba de periodista a principios de 1947. En ese
paratexto ficcional, el periodista –Roa era redactor del
diario El país– cuenta las vicisitudes de una investigación
que realizaba sobre unos negociados con ventas de tie-
rras públicas –Natalicio González era el Ministro de Ha-
cienda, enemigo y principal artífice de la salida al exilio
del escritor– durante el gobierno de Higinio Morínigo.
Como vemos, el texto echa mano al relato autobiográfico
del propio Roa Bastos y de las razones de su exilio. Esto
lo cotejaremos en un texto titulado “Fragmentos de una
autobiografía relatada”, un diálogo entre Roa Bastos y Ru-
bén Bareiro Saguier aparecido en Trilce, de Montevideo, 9
en 1989, texto recogido luego en el Suplemento nº 25 de la
revista Anthropos, a cargo de Paco Tovar.
Por su parte, en el descargo del Coronel Silvestre Car-
mona –nombre apenas mencionado por Centurión en sus
Memorias… como traidor al Mariscal en Cerro Corá, pero
para quienes conocemos su libro, Carmona es claramente
el mismo Centurión– Roa efectiviza una apropiación de las
memorias del Coronel. Para despistar apenas las huellas de
esa apropiación Roa usa la referencia textual en clave pyta-
jovái (talones contrapuestos). Es notorio que el prologuista
de las Memorias… y su editor no sea otro que el destacado
intelectual colorado, aludido por el Compilador. El prólo-
go de Natalicio, que abre no solo una cimbra sino también
un camino hegemónico de interpretación, y por qué no, de
tergiversación histórica, es a su vez parasitado en el relato
autobiográfico de Carmona. En él, podemos ver claramen-
te las marcas autoficcionales del erudito Coronel, pero
también las intrigas del prologuista republicano. Desde
su nacimiento el día que murió el doctor Francia en 1840,
pasando por su infancia, su primera educación y la de ju-
ventud, su trabajo de escribiente con Carlos Antonio López
y sus primeros encuentros con Francisco Solano López, sus
estudios en Europa, su participación en la Guerra Grande,
su relación de amistad con Madame Lynch, y la conclu-
sión con su actuación en Cerro Corá, donde un balazo en
la cara le destroza la lengua, aquí el peso simbólico de este
suceso es muy significativo del universo roabastiano. Solo
en algunos tramos la ficción invade como tatatiná (bruma
vivificante) la referencia historiográfica, entregándonos al
10 sentido pleno de su noche; esto es cuando nos cuenta del
retraimiento malsano de Silvestre Carmona niño, un re-
traimiento casi similar al de un retardado, producido en
su primera infancia por un golpe, del que se repone nueva-
mente por otro golpe accidental durante un viaje al interior
con su padre; y hacia el final, volviendo otra vez a esa vieja
obsesión del escritor paraguayo, en la resolución y vuelta a
empezar, la elipsis del mito a través de la figura borgeana
del traidor y el héroe, la dialéctica del otro-el mismo.
“El ingrato puesto del intelectual, tan menospreciado
por el anti-intelectualismo que en Yo el Supremo desarro-
lla el intelectual Dr. Francia”, afirma Ángel Rama en “El
escritor latinoamericano como traidor”, Nuevo Texto Crí-
tico, Año I, No. 2, 1988, “reaparece en El sonámbulo, vincu-
lado al tercer componente de la tríada, el extranjerismo,
que el propio narrador reconoce como origen de su doble
comportamiento en el momento inicial de la guerra, evocan-
do el ‘alma doble’ que le había atribuido el Mariscal. Esa alma
doble se explica por una tendencia nacionalista y patriótica
enfrentada a otra tendencia dubitativa que Carmona atribu-
ye a su educación en la Inglaterra victoriana donde apren-
dió los conceptos de libertad e independencia individual”.
Como vemos, tanto en aspectos formales como de con-
tenido en El sonámbulo se puede reconocer fácilmente el
molde barrero de Yo el Supremo. Desde el valor del pasquín
inicial de esta novela o la nota del Compilador. Otro aspec-
to que lo religa a este texto previo es la irrupción, la in-
tervención del relato propiciada desde los paratextos. El
fiscal, rabioso enemigo de Solano López, es el destinatario
de ese relato de Carmona, que no es un diario íntimo ni
sus memorias destinadas a un lector futuro. Burlón, chica- 11
nero, el Fiscal hace comentarios manuscritos en cursivas
en el margen del texto. Todos los datos nos dictan que el
Fiscal es, en efecto, Cecilio Báez, uno de los intelectuales
más importantes del liberalismo y principal artífice de la
teoría del cretinismo secular del pueblo paraguayo. Todas
las críticas a los argumentos del narrador tienen el sello
prototípico del discurso liberal. Con lo cual, la confronta-
ción escrita es una escenificación del debate que confronta
al nacionalismo liberal de Centurión con la ideología libe-
ral spenceriana del Fiscal.
La denominación “sonámbulo” del título de la novela re-
fiere, más que al narrador, al pueblo paraguayo. El sonam-
bulismo es nacional, colige Nora Bouvet. Y así lo estipula el
epígrafe de Montaigne, cita destinada a orientar el sentido
de la lectura del texto. Dejo como un chascarrillo chicanero
de la historia a la ficción, la aparición, no hace mucho, de
las supuestas memorias del General Patricio Escobar, li-
bro publicado de manera rimbombante por el historiador
colorado Washington Ashwell. En él, con la prepotencia
que otorga el archivo, se afirma que la muerte del Mariscal
Francisco Solano López fue causada por el disparo de un
lugarteniente suyo. La historiografía oficial sigue adjudi-
cando la defensa de los valores nacionales al letrado “alum-
brado”, parafraseo otra vez a Nora, pero repite, ya como
farsa, el destino de claque intrigante ligada venialmente a
la escritura, que es básicamente traidora.
Mario Castells
Rosario, 10 de enero de 2020
12
Duerme, aunque parece despierto; está a dos pasos de la muerte,
aunque parece vivir y ver.
Lucrecio
Nota del compilador
A comienzos de 1947, mientras me hallaba buscando en los ar-
chivos de la Fiscalía General del Estado ciertos datos reservados
para documentar una campaña que proyectaba el diario del que
yo era redactor, encontré por azar el presente escrito. La campaña
periodística se proponía ventilar los entretelones de un malhada-
do asunto: la venta de tierras públicas en zonas de fronteras.
Mi hallazgo no tenía relación directa con el peculado de las tie-
rras, pero en cierto modo explicaba éstas y otras anomalías, al re-
montarse a las raíces de la revuelta vida política paraguaya, luego
de la devastadora guerra de la Triple Alianza. 15
El escrito, impregnado de una intensa subjetividad, no puede
ser considerado un trabajo histórico; pero, por ello mismo, es más
y menos que eso. No se le dio el curso que marca la ley, ni siquie-
ra el registro en los libros de entrada. Aunque no tiene fecha, data
sin duda de la primera década del siglo; hecho verificable en que fue
dirigido al fiscal que actuó por aquella época, un jurista e historia-
dor de apellido patricio que se distinguió en el cargo por su rigor y
severidad, sobre todo con los adversarios políticos. Hombre culto y
versátil –polígrafo se decía entonces– publicó varios ensayos, folletos
y monografias; entre ellos, un voluminoso y furibundo libelo contra
Francisco Solano López, titulado Un tirano del Paraguay. En sus
inflamadas páginas trató de demostrar que López, hijo, fue la terce-
ra persona –cito textualmente–: “de la Santísima Trinidad del Poder
Absoluto que, con Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio
López, convirtió al Paraguay en un país de ilotas y cretinos”.
El carácter del presente escrito, mezcla difusa de confesión, me-
moria y hasta si se quiere, de ensayo narrativo, va más allá de estas
meras clasificaciones genéricas. La revelación de un secreto des-
conocido por los historiadores le permite configurar un aterrador
examen de la traición y de sus extremas consecuencias. No oculta,
por otra parte, que este examen se basa en una autoincriminación;
pero a la vez el escrito constituye una refutación del libro del fiscal,
quien de este modo queda incluido entre los traidores: “aquellos que
sobreviven sentados sobre una media verdad, ésa que queda sobre
un solo filo del sable”.
El fiscal acusó el reto. Se advierte que dedicó al escrito una sa-
ñuda atención; las notas y comentarios de puño y letra dejados en
las márgenes –la mayor parte de los cuales se reproducen aquí– la
reflejan torvamente. En una de ellas, el fiscal y escoliasta observa
que la copia mecanografiada es una versión del manuscrito original
16
redactado sobre resmas de papel de envolver; en otra, denuncia el
estado físico y moral que le produjo “el haber manipulado durante
cinco años esos desechos para descifrar el relato probablemente apó-
crifo de un simulador”.
Mi nombre es Silvestre Carmona. Nada le dirá
a usted este nombre, señor Fiscal General; yo
mismo me esforcé en olvidarlo a través de las
desventuras de los años. Soy el ex coronel Sil-
vestre Carmona de la Guerra Grande. Luché en
ella hasta el último combate de Cerro Corá, que
acabó con la guerra y nuestra nación cuando el
enemigo asesinó vilmente al Mariscal Francis-
co Solano López presidente de la República y
generalísimo de nuestro ejército. 17
Esa mancha cayó también sobre mí, entre
los pocos sobrevivientes de aquella hecatombe
en que se inmoló a todo un pueblo. Tal fue mi
peor castigo: sobrevivir en la tortura de una con-
dena sin término. La vida entonces es peor que
la muerte. ¿Puede acaso el que sobrevive hacer-
lo sentado plácidamente sobre una media ver-
dad, ésa que queda sobre un solo filo del sable?
Pese a mis antecedentes, y no obstante el
papel que me correspondió en el desenlace de
aquella tragedia que duró cinco años, no habrá
leído usted una sola línea sobre mí en la multi-
tud de folletos, memorias, crónicas e historias
que se escribieron –que usted mismo ha escri-
to– sobre la Guerra Grande.
El coronel Juan
Crisóstomo Centurión
lo menciona a usted
en sus Memorias;
muy de pasada, es
cierto, como si saltara
sobre una lápida.
Muchos nombres me han dado, junto con la li-
mosna pública; motes más propios para desper-
tar la burla, que la piedad o la compasión. Esto
último habría sido aún más cruel para mí, no
menos que la consideración y el respeto. Imagí-
nese usted al coronel Silvestre Carmona pavo-
neándose, casi octogenario, con las insignias de
sus condecoraciones, con los recuerdos de cien
18 combates y batallas durante la Epopeya Nacional.
En cada tramo de mi vida, el destino hizo de
mí lo contrario de lo que habría querido ser. Des-
de mi niñez amé el mundo del espíritu, los goces
del estudio y la soledad. Podría decirse, que la
única pasión de mi vida fue la paz, y se me dio
la guerra como signo de mi vida. Odié la milicia;
terminé siendo un jefe intrépido. Fui condena-
do, yo el cobarde, a ser un bravo entre los bravos,
como ahora soy un despojo entre los despojos.
La identidad de un hombre –usted lo sabe
mejor que nadie, señor Fiscal– radica no en
cómo se llame ese hombre o en cómo lo llamen,
sino en lo que ha hecho. Lo que producimos
vuelve sobre nosotros, y están aquellos que pre-
fieren mirar el destino cara a cara. Yo lo hice
una sola vez en un parpadeo; volví la espalda a
esa visión intolerable. Ahora la veo por un espe-
jo oscuro (según la atroz visión del Evangelio).
Pero aquella vez vi naufragar en el arroyo del
Aquidabán-Nigüí, en la persona de su Jefe Su-
premo, lo que restaba de un pueblo, de nuestra
nación, convertida en un inmenso osario.
La de Cerro Corá fue,
sí, la última batalla
de aquella guerra
emprendida por las tres
naciones civilizadas,
pero no contra nuestra
nación sino contra el
bárbaro tirano que la
sojuzgó hasta su total 19
exterminio.
No invierta usted
la lógica de la historia.
A un pueblo no se le
mata con un golpe de
lanza ni se le asesina
con un escopetazo.
Los paraguayos continuamos sumidos aun
en aquella interminable pesadilla como entre
el polvo de una gran catástrofe de recuerdos.
Permítame usted, se lo digo sin maledicencia,
señor: todos seguimos mirando en el deli-
rio de una fiebre fría en torno a esa inmensa
tumba, los ojos pesados de tierra; enfermos
de una profunda enfermedad en la que los
vivos se diferencian muy poco de los muertos:
si éstos no saben que han muerto, los vivos no
saben que viven. Cada uno es más viejo de lo
que es; cada uno, su propio antepasado. No
existen contemporáneos ni sucesores. Simple-
mente, un día el alma no existió más; pero tam-
bién fuimos abandonados por nuestro cuerpo;
abandonados por todo sentimiento posible en
el hombre, hasta por la última de las esperan-
zas permitidas. Así, falazmente, una tranquila
desesperación también pesada de tierra entró
a empapar nuestra sangre, a vaciar nuestra
memoria de todo, salvo de aquella visión más
propia de fantasmas que de hombres.
20 No piense, empero, que yo pretenda abusar
de su paciencia, embaucarlo con mis choche-
ces de viejo. Sin memoria y sin lengua, sólo
puedo escribir; poner lo más mío, lo más ocul-
to de mí, en lo que hay de más ajeno a uno:
la palabra escrita. Lo bueno de lo escrito, sin
embargo, es que uno lo deja de lado y desa-
parece. Con sólo desviar la atención y la mi-
rada de lo escrito, eso se borra, se extingue. En
cambio, lo hablado perdura. Los sonidos de la
voz se acantonan en las costuras del alma. Vea
usted la diferencia: mi nombre, por ejemplo,
ha desaparecido de las crónicas de la Guerra
Grande con el último secreto de ella que está
enterrado en mí. Pero yo continúo oyendo,
estremecido hasta los huesos, el grito terrible
que exhaló al morir el Mariscal; ese alarido de
furia y condenación con que se fulminó a sí
mismo antes de que los negros asesinos del
Imperio troncharan cobardemente su vida.
La imprecación también me atravesó a mí
como un lanzazo. Contra el cielo negro de pól-
vora, rajado por el fulgor de las descargas, sentí
que, a partir de ese instante, mi corazón bom-
bearía en vez de sangre la cicatriz de aquel gri-
to para siempre.
He tardado en morir. Pero mucho después
que mi cuerpo se convierta en polvo, aquel gri-
to seguirá resonando en él.
No es más difícil ser pordiosero en la plaza
de un mercado, que coronel en el caos de una 21
batalla perdida; sobre todo, cuando esa batalla
es la última y la causa de la independencia de
una nación se convierte en el fin de esa nación.
Soy el mismo viejo a quien usted ha arrojado
más de una vez, al pasar, monedas y hasta bille-
tes de un peso, en la recova del mercado y los
domingos en el atrio de la catedral. Me ha visto
tal vez, pero no me conoce. Tendrá que estirar
la suela de su paciencia, señor Fiscal General, y
leerme del principio al fin.
Me dirijo a usted por las funciones de su
cargo, pero también porque se ha destacado
como uno de los más empecinados detractores
del Mariscal Francisco Solano López. He leído
su libro; no le honra a usted.
No lo he escrito para
que usted me elogiara.
Son las razones de la
dignidad humana y el
peso de la historia las
que mueven mi mano,
mi corazón y mi mente.
Declaro bajo juramento que digo como verdad
lo que escribo en este testimonio. Voy a reve-
lar como verdad un secreto que concierne a
un momento crucial de nuestra nación herida
de muerte en el calvario de Cerro Corá, el 1º de
marzo de 1870.
Se preguntará usted por qué he tardado
22 tanto tiempo en hacerlo. ¿Puede el que sue-
ña una pesadilla contarla sin estar despierto?
¿Lo estoy ahora? Es posible, señor. Conoce-
mos las cosas en los sueños; las ignoramos en
la realidad. Pero también las obsesiones en-
vejecen, se descaman. La culpa dura siempre
más que el remordimiento. Y por fin, ahora,
la tenaz parálisis de mi voluntad, de mis hue-
sos ha ido cediendo en un lento deshielo. Me
ha costado retomar el hábito de escribir. Muy
torpe aprendizaje es el que precede en poco
tiempo a la inmovilidad definitiva. Uno ol-
vida las palabras y lo que realmente quieren
significar. Para peor, los cabos de lápices y la
carbonilla que se consiguen en estos lugares,
no ayudan a precisar los rasgos.
Debo comenzar por el principio. Nací en la
villa de San Pedro, el 20 de septiembre de 1840,
el mismo día, mes y año en que murió el Dicta-
dor Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia.
Esta coincidencia tan al azar afligió mi ni-
ñez con las bromas que sacaban de ella mis
siete hermanos varones –el menor era yo– para
divertirse a mi costa; sobre todo mi padre,
hombre en extremo festivo y ocurrente pese a
ciertos infortunios de su vida, pese a su nom-
bre parecido a un conjuro de desgracias: De las
Llagas Carmona; nombre que con el tiempo se
redujo a don Llagas o don Carmona.
–Silvestre será el sucesor del Finado –decía
a menudo–. ¡Mírenlo ahí con los ojos revueltos 23
hacia adentro calculando cómo levantar su Rei-
no del Terror!
Mi padre no guardaba buena memoria, jus-
to es decirlo, del Supremo Dictador. Por cues-
tión de un escrito donde aparecía la omisión de
una fórmula pesada y servil a que se mandaban
sujetar en aquel entonces las solicitudes, lo
mandó a poner preso. Al cabo de un año, lo dejó
en libertad a costa de la confiscación de parte
de sus propiedades, que distribuyó entre otros
pobladores más necesitados que él.
En rueda de parientes o de amigos solía rela-
tar escenas espeluznantes de aquellas mazmo-
rras; el tono risueño las volvía más siniestras.
Contaba que una vez por un tragaluz había
visto pasar al Supremo; como de costumbre
me señaló a mí:
–¡Un hombre del tamaño de esa criatura!
Un pucho de nada, más seco que una momia,
montado en un inmenso cebruno que lo enchi-
quecía más todavía. ¡Y tanto mando y poder
como hombreaba ese hollejo arrugado! No; si
está escrito: Silvestre va a ser el sucesor del Fi-
nado; apenas que se muera don Carlos.
Las risotadas de mi padre me arrancaban de
las pálidas ensoñaciones en que yo solía caer.
Conteniendo las ansias de llanto, me refugiaba
en los lugares más oscuros de la casa. Mi madre
le reprochaba:
24 –¡Por Dios, De las Llagas, no le digas más
a Silvestre esas cosas que pueden resabiar su
alma!
–No quiero un hijo fantasmático, Gracilia-
na. Quiero que sea como los otros.
En la oscuridad yo seguía encandilado por
la bola de fuego que daba vueltas en mi cabeza,
y que me dejó allí la coz del potro recién doma-
do, la tarde que me arrimé a recuperar un li-
món de entre sus cascos.
Pequeño y frágil de salud, de los siete a los
nueve años, mi familia pensó que no iba a cre-
cer más. Mi madre no sabía qué hacer para cu-
rarme de uno y otro mal.
–Dame a Silvestre, yo te lo voy a estirar –le
dijo un día mi padre, y comenzó a llevarme en
sus viajes por los yerbales que poseía en el nor-
te del país.
Yo cabalgaba como a través de una materia
algodonosa, sin la mayor noción que me orien-
tase sobre los lugares que cruzábamos entre
montes, esteros y serranías. Insensible a la fa-
tiga, por largas que fuesen las distancias, sen-
tía que podía flotar sobre la montura cuando la
neblina del amanecer era más densa, entraba
en mí y me volvía tan liviano como ella nublan-
do un poco la bola de fuego.
Mi padre y mis hermanos espaciaron sus
burlas; comprendí que mi aguante pasivo y
silencioso comenzaba a infundirles una espe-
cie de respeto y hasta una secreta humillación. 25
“Este se va curando de la patada”, comentó
mi padre. Me entró pena, como si en lugar de
anunciarme la salud me hubiese vaticinado
una larga enfermedad.
En uno de estos viajes, en que sólo yo acom-
pañaba a mi padre, me ocurrió otro accidente
fortuito. A escasa altura vi un cuervo volar en-
tre los árboles, perseguido por muchachos que
le arrojaban boleadoras para cazar pájaros. Una
de ellas volteó al cuervo, pero el plomo de otra
se me incrustó en la cicatriz de la cabeza. Caí
del caballo. Mi padre arremetió furioso contra
los muchachos cazadores, que desaparecieron
entre los matorrales. Cuando volvió, yo estaba
de nuevo en pie enjugándome la sangre con yu-
yos. Mi padre terminó la curación lavándome
la herida con el aguardiente que llevaba en su
caramañola de cuero; luego anudó a mi cabeza
su pañuelo de cuello a guisa de venda.
–¿Cómo se siente? –me preguntó limpián-
dome la sangre de la ropa.
–Bien señor –le dije con una voz que me oía
por primera vez.
–Lo voy a llevar al pueblo para que lo acaben
de curar.
–¡No! –dije gritando casi–. No hace falta, se-
ñor. Me siento muy bien. Podemos seguir viaje.
Mi padre me observaba perplejo. Lo pri-
26 mero que noté fue esa actitud nueva hacia
mí, su voz casi tierna; luego, la sensación de
completo bienestar. No sentía ningún do-
lor. La bola de fuego había desaparecido; de
pronto, en la penumbra crepuscular que si-
guió a su desaparición, la luz de la memoria
se despertó a chorros en mí. Recuperé de gol-
pe todo lo que había perdido. En ese momen-
to todo tenía importancia para mí: la selva,
el cielo, la luz; hasta el reborde de una hoja,
cada uno de los granos de arena del camino.
“Soy otro... –me dije–. A lo mejor soy otro... El
mismo, pero otro...”
La risa hombruna de mi padre repercutía en
el boscaje:
–¡Un clavo saca otro clavo! Ya sabía yo que
estos viajes lo iban a curar a usted, mocito. ¡Su
madre no lo va a querer creer!
Yo tampoco me animaba a confiar demasia-
do en una dicha tan repentina. A un costado del
camino vi el cuervo muerto con las boleadoras
arrolladas a las alas. Volví a la voz de mi padre,
que en ese momento decía:
–Tienes que hacerte hombre. El ser del hom-
bre es su acción. Es lo único que lo saca de su
enlaberintamiento.
Durante el viaje empecé a sentir mi peso
natural sobre el caballo, a sufrir las molestias
de los insectos, el cansancio; reparé sin sor-
presa en los lugares que habíamos atravesa- 27
do tantas veces; los reconocí melancólico de
inmediato como al regreso de una larga au-
sencia. El canto melancólico del urutaú en la
espesura preludió nuestro paso por el vado
del río Aquidabán. Cruzamos el abra mon-
tuosa de Cerro Corá, y entramos en la senda
del Chirigüelo: ese túnel pantanoso de diez
leguas, abierto hacía siglos en el corazón del
monte. Oí el rumor de la selva virgen; un ru-
mor totalmente anónimo y misterioso que
sólo volvería a encontrar después cruzando
el mar. Mi padre conocía palmo a palmo los
agrestes recovecos; él seguía por instinto los
atajos y desvíos. Yo, en cambio, avanzaba
viendo en la oscuridad cada detalle del angosto
laberinto afelpado de helechos, erizado de es-
pinas. No tengo otro modo de explicar aquel
extraño fenómeno. Mucho después imaginé o
leí que el mundo es más profundo de lo que el
día lo piensa, y que sus ondas de fuerza propa-
gan sus más mínimos filamentos en todas di-
recciones del espacio y del tiempo. Aunque no
hay dos momentos iguales, ¿no es el recuerdo
mismo una manera de ver el futuro? Entonces
pensé: se empieza a morir por los ojos.
Mi padre gritó de pronto:
–¿Dónde estás, Silvestre?
–Aquí, señor –dije.
–No te pierdas. Sigue mi caballo.
28 Por darle gusto me arrimé hasta casi tocar el
anca de su montado con la cabeza del mío. Re-
volaban los murciélagos. Los ahuyenté a guas-
cazos. La luz invisible que me llenaba por den-
tro hacía visible lo oscuro; después borraba sus
huellas. Se volvía astuta, maliciosa, me mostra-
ba imágenes extrañamente entreveradas. ¿Era
eso ver por espejo en oscuro? ¿Estaba entrando yo
en otro “enlaberintamiento”?
Al regreso pernoctamos en el abra circular.
Yo elegí un lugar bien preciso, en el centro del
gran anfiteatro, pero hice como si desensilla-
ra bajo un árbol cualquiera. Tendido sobre
nuestros aperos, los ponchos nos defendían
del helado relente. Con las últimas pitadas a su
cigarro, mientras el humo se confundía con la
escarcha, dijo:
–Sabes, Silvestre, este lugar es el único
realmente infranqueable del Paraguay. Con
sólo unos pocos hombres que guarden el
paso del Aquidabán y las dos bocas del Monte
Chirigüelo, no hay ejército que sea capaz de
entrar aquí. Cuando el Supremo Francia me
mandó apresar, yo pude haberme escondido
por siglos en estos montes. Me entregué por-
que se me antojó, porque no tuve miedo a él ni
a sus calabozos.
Tiró el pucho, se cubrió la cara con el pon-
cho y quedó en silencio. Pensé que se había
dormido. Yo contemplaba las estrellitas lumi- 29
nosas del cielo.
–Quise probarme contra el Poder Absoluto
–dijo la voz asordinada por el poncho–. No hay
Poder Absoluto en un hombre solo, mi hijo…
Era la primera vez que De las Llagas Car-
mona me había llamado “mi hijo”; también
la primera que yo escuchaba la expresión
Poder Absoluto. Imaginé un cetro de oro que
podía alcanzar hasta el mismo cielo donde
temblaban friolentas las estrellas; una voz
de mando que podía llenar el mundo ente-
ro; una fuerza sobrehumana que podía des-
cuajar el mundo de su eje, esas selvas vírge-
nes donde el tiempo se estancaba y pudría.
Poco después, De las Llagas Carmona mu-
rió. Durante las festividades de San Pedro y
San Pablo, su parejero preferido se desbocó
en una carrera, desmontó al jinete y lo arras-
tró como una media legua larga entre los co-
coteros de la orilla del pueblo.
Mis hermanos se hicieron cargo de las pro-
piedades. Al año siguiente, viajé con mi ma-
dre a radicarnos en Asunción, y yo pude ver
realizado mi viejo sueño de continuar los es-
tudios, más allá de los catones y cuartillas de
la escuela rural.
En la escuela del benemérito maestro Esca-
lada, primero; luego en la de matemáticas del
30 sabio francés Dupuy; finalmente, en el Aula de
Filosofía, fundada por el maestro español Ilde-
fonso Bermejo, no me costó distinguirme entre
los mejores. Esas anormales facultades de per-
cepción y de memoria que me sobrevinieron a
raíz de los accidentes en la cabeza, supongo,
me ayudaron en mis empeños. “Distinto de los
demás –dijo de mí el maestro Escalada–, no pa-
rece niño sino una persona mayor que ya sabe
todo lo que se debe saber. Sólo yo sabía qué no
sabía qué era lo que más anhelaba saber.”
El sabio Dupuy, al despedirme de su Es-
cuela de Matemáticas con un abrazo murmu-
ró: “El hecho de saber es secundario, mon cher.
Todo está en los símbolos. Nunca sabrás lo
que verdaderamente quieres saber. El hombre
del sacrificio mantiene su vida esencialmente”.
No comprendí entonces lo que me quiso decir.
El insidioso Bermejo entregóme el diploma
en la colación con una ironía: “Este alumno
sabe tanto, que puede volver a encontrar la ig-
norancia más allá del saber...”
Todo mi orgullo se me vino a los pies; quedé
helado y ardiendo a la vez hasta la raíz de los ca-
bellos. El presidente don Carlos Antonio López
se hallaba presidiendo la ceremonia; extraordi-
nariamente grueso parecía enorme enfundado
en su uniforme de capitán general. Me hizo lla-
mar: el único alumno que mereció este honor.
Avancé hipnotizado entre las hileras de sillas
hacia ese hombre que llenaba la sala, el país, el 31
mundo. Me tendió la mano; yo me incliné en
una genuflexión y al intentar besársela según la
vieja costumbre de hacerlo con el anillo del obis-
po, resbalé y caí a sus pies. La risa del público re-
tumbó en mi cabeza, impidiéndome oír lo que
me dijo el presidente.
Cuando regresé a la fila de los graduados,
Natalicio Talavera –poeta, y segundo en la lis-
ta de promoción, luego de haberse distinguido
en la guerra como director de los periódicos de
trinchera– me preguntó por lo bajo:
–¿Pasaste algún informe a don Carlos?
La pregunta de Icho Talavera tenía su mor-
daz intención. Ocurrió que mi paso por estos
institutos se caracterizó por la particularidad
de que en todos ellos era designado invariable-
mente cuidador, bedel o fiscal de las aulas.
Yo creí siempre que esta distinción o res-
ponsabilidad se debía a mi aplicación o com-
portamiento, como a mi formalidad y pun-
tualidad. Mis compañeros pensaban de otra
manera; la frase del efebo poeta lo confirmaba.
–¡Lástima que se te acabaron las argollas!
–agregó soplándome calientes sus palabras
al oído. A los celadores nos distribuían al co-
mienzo de cada día unos anillos de bronce; al
que pillábamos hablando guaraní o cometien-
do cualquier otra infracción, debíamos po-
nerle el anillo al cuello, y sólo podía sacárselo
32 luego de recibir el correspondiente castigo.
Precisamente ese último año, a raíz de algu-
nas injusticias del maestro Bermejo, se dieron
algunos casos de insubordinación. Bermejo
pasó su informe al presidente, y éste ordenó
que los cabecillas –unos diez alumnos perte-
necientes a las mejores familias de Asunción–
fuesen destinados al desagote de letrinas en
los cuarteles del ejército.
Uno de esos alumnos era
mi abuelo. Años después
fue ejecutado por un
presunto desfalco al
fisco.
Si bien, ni una sola de mis argollas de bronce
lució esta vez en el cuello de los culpables, la
inquina general me atribuyó el “aplastamien-
to” de la sublevación estudiantil. No me afectó
mucho la calumnia; con la conciencia tranqui-
la enfrenté en silencio a mis detractores. Ya
estaba empezando a acostumbrarme a esa de-
marcación de mi yo por los demás. Dicen que
uno acaba pareciéndose a la imagen que los
otros se forman de uno; peor sería que apa-
reciesen en el rostro los estigmas de nuestras
obsesiones y anhelos postergados, esos que
forman nuestra verdadera pero oculta imagen.
Mi madre, con la sabiduría del simple senti-
do común, me confortaba:
–No te duela lo que digan de ti, Silvestre. Lo
bueno no es lo malo que pasa a los particula- 33
res. Lo bueno es lo que está ocurriendo a todo el
país, a todos en general. Ya no hay ricos ni po-
bres. Ya no hay esclavos. Tienes que poner toda
tu inteligencia y tu voluntad en esta gran obra.
Y así era, en efecto. En este punto también
debo salir al paso de su libro, señor Fiscal. En
el Paraguay, desde el comienzo de su vida in-
dependiente, nunca contó mucho la persona
(me refiero al individuo en oposición al común
de la gente). Después de la férrea clausura im-
puesta por el Dictador Perpetuo, el país se es-
taba abriendo a los beneficios de un acelerado
progreso. Así como el doctor Francia, lector de
Rousseau, había sido un acérrimo partidario
del retorno a la naturaleza, el viejo don Carlos
leyó y comprendió las nuevas necesidades del
país que sólo podían satisfacerse con los ade-
lantos modernos. ¿Cómo cree usted que en
menos de diez años hubiera logrado por otros
métodos convertir al Paraguay en la prime-
ra potencia sudamericana? “Es la nación más
poderosa del nuevo mundo, después de los Es-
tados Unidos –reconoció el cónsul norteameri-
cano Hopkins–. Su Pueblo es el más unido; su
gobierno, el más rico que el de cualquiera de los
estados de este continente.”
Contrató en Europa técnicos y profesiona-
les de primera línea: ingenieros, topógrafos,
médicos, educadores. Mis maestros Dupuy y
34 Bermejo vinieron en esta legión de hombres
capaces que, bajo la dirección de don Carlos,
estaban construyendo el progreso del país. Al
comienzo de su gobierno constitucional, el pre-
sidente López dio libertad a los esclavos, veinte
años antes de que se aboliera la esclavitud en el
gran país del norte; hecho que también usted
incluye en su minuciosa lista de omisiones.
No, mi estimado
Carmona: el viejo López
no abolió la esclavitud.
La cacareada ley
estableció solo una
abstracta libertad de
vientres que producía
“libertos”, en suma,
nada entre dos platos,
puesto que la esclavitud,
en un país donde todos
seguían siendo esclavos
de un poder despótico,
no podía abolirse
solamente con palabras.
Las grandes potencias empezaban a mirar con
malos ojos el pésimo ejemplo de este pequeño
país que, no dependiendo de nadie, era ya el
más fuerte de todos: un escándalo de la razón
política que trastornaba los planes de los do-
minadores. Había que borrarlo cuanto antes.
No ignoraba don Carlos que sólo consolidando
el poder material y militar del Paraguay podía
proteger por sí mismo su independencia y so- 35
beranía. Encomendó entonces a su hijo mayor,
Francisco Solano, la organización del ejército;
lo nombró su ministro de guerra y comandante
en jefe, brigadier general a los diez y ocho años.
Claro, el viejo López
sintió la necesidad
de asegurar, más que
la defensa del país, la
sucesión dinástica de su
régimen en el inepto y
arrogante mozalbete.
Desde mi niñez había sentido el anhelo de co-
nocer al general López, el más joven de Améri-
ca, a quien aprendimos a admirar en la ingenua
iconografía escolar. Su nombre, su imagen,
su fama, irradiaban ya, mágicamente, como
los de un joven Dios sobre un país selvático.
Erguido sobre su corcel de guerra, lo imagi-
nábamos esbelto y marcial hacia lo alto, entre
las nubes, con su espesa barba negra y las ful-
gurantes condecoraciones. Yo anhelaba pero
igualmente temía conocerlo. Allí, donde en la
infancia de las inclinaciones del corazón se
dan como signos mudos sobre un fondo de
noche, aparecía su imagen imponente. La es-
trella de cinco puntas, bordada en oro sobre la
casaca azul del general Francisco Solano, era
una luminaria secreta que eclipsaba las otras.
36
Hasta mucho más de terminados mis es-
tudios académicos no tuve oportunidad de
verlo en persona; siempre ocupado en la or-
ganización del ejército o dirigiendo los ejer-
cicios y maniobras de tropas en todos los
puntos del país, era un ser ubicuo, inalcan-
zable, invisible.
Un vínculo indirecto comenzó a acercamos,
sin embargo, cuando, a mi egreso del Aula de
Filosofía, el Padre Fidel Maíz se constituyó en
mi preceptor. Lo había sido también del joven
López durante su adolescencia.
Después lo mandó a
prisión durante cuatro
años, por haberse
opuesto el cura a que su
exdiscípulo fuera
elegido presidente con
poderes omnímodos. Su
antiguo preceptor debía
conocerlo muy bien.
Me hablaba a menudo de él, de su excepcional
inteligencia, del extraordinario destino que es-
taba llamado a cumplir; también de las gran-
des pruebas y sufrimientos que ese destino le
reservaba.
–¿Sufrir él? –balbuceó mi admiración, no mi 37
asombro.
–En una gran inteligencia siempre hay gran-
des sufrimientos, hijo mío. Hasta el mismo Cris-
to fue preciso que sufriera para vencer a la muer-
te por la muerte y entrar en la gloria. Que valgan
también para ti estas verdades del Evangelio.
Las palabras del P. Maíz no me daban del jo-
ven López más que el retrato, que es presencia
y ausencia a la vez.
–Ves nuestra suerte, Silvestre –me decía mi
madre con la voz henchida de orgullo–. El mismo
maestro que tuvo el hijo mayor de nuestro Caraí
Guasú, es ahora tu maestro. Te has ganado este don
con la ayuda de Dios y de tu propia inteligencia.
Como todas las noches, nos arrodillábamos
a rezar el rosario ante la imagen del Señor de la
Paciencia. Sus llagas fosforecían al destello de
la vela. Cuando niño, se me había ocurrido un-
tarlas con polvo de lámpiros machacados, re-
cubriéndolas con resina de sigilaria. Desde en-
tonces el titilar apenas se había atenuado. Por
momentos, mientras sentíamos que los miste-
rios deslizaban sus cuentas entre las yemas de
los dedos, aún creíamos ver que el cuerpo del
Crucificado se retorcía en los centelleos y que
las heridas manaban esa sangre lumínica.
Cuando estaba trabajando en el censo de
la población mi madre murió. No pudieron
38 enviarme aviso; en mis recorridas de un con-
fín al otro del país, mi itinerario era incierto.
Mis hermanos la llevaron a enterrar en la tierra
natal. Ni entonces ni después, conocí el sabor
de las lágrimas. Encerrado en la casa vacía, du-
rante la novena recé el rosario en toda soledad,
pero sin demasiada pena. Mi madre, después
de muerta, como antes en vida, seguía cargan-
do sobre sí los excesos de mis padecimientos.
Pronto olvidé la costumbre del rezo. Un hecho
extraordinario absorbió por completo mi vida.
Don Carlos me empleó en palacio como es-
cribiente. Logré ganarme poco a poco su con-
fianza; esto me permitió interiorizarme de los
principales problemas del país y de cómo los
consideraba el anciano mandatario.
Lo más importante de estas cuestiones, y la
de mayor riesgo, seguía siendo la libre navega-
ción de las aguas internacionales.
Sin el pleno uso de este derecho, el Paraguay
no podía comerciar con el exterior ni influir
decisivamente en la balanza del Río de la Plata.
–La balanza está allá, pero el fiel debe estar
aquí –dijo una vez don Carlos al ministro de
relaciones exteriores–. De lo contrario, sólo
podremos dar peso al humo, comer el olor del
asado ajeno y pagarlo con el sonido de nues-
tras onzas de oro.
Si vis pacen, para bellum, sigue siendo una
buena máxima.
Para el cumplimiento de estos planes dis- 39
puso enviar al general Francisco Solano. Me
transfirió a su servicio. Al término de la mi-
sión, yo iba a permanecer en Europa para de-
dicarme al estudio de las ciencias políticas; el
propio presidente me había inculcado su inte-
rés por ellas.
–La diplomacia es el verdadero campo de
batalla del Paraguay –dijo cuando habló de la
misión–. Necesito diplomáticos tan expertos
como mis mejores oficiales. Gentes que en
cada momento y circunstancia sepan lo que
tienen que hacer y con más claridad todavía lo
que deben hacer a continuación.
Algunos días después, el general Francisco
Solano me mandó llamar. Entré en su despacho,
poseído por un temor casi demencial. Era la
primera vez que lo veía. Se hallaba escribien-
do abstraído en su mesa, abrumada de le-
gajos y papeles. A contraluz del ventanal, su
silueta desmereció en su primer momento al
ícono imaginario de mi infancia. La inagota-
ble y mágica figura no era más que la de ese
hombre bajo y corpulento. Sin embargo, la
radiación de su persona superaba lo imagi-
nado. Firmó un pliego, irguiendo la cabeza
fuerte y hermosa, enmarcada por la barba y
la cabellera negrísimas y sedosas que le co-
mían la cara. La pluma estampó en un solo
trazo la complicada rúbrica. Me pareció que
40 las paredes y el techo ondearon al impulso de
ese enérgico movimiento. Cerré los ojos. Si el
vigor y la soberanía de un alma querían decir
algo, esa firma y esa rúbrica la sellaban de un
modo inexorable. Antes de abrir los ojos, sen-
tí en todo mi ser la fuerza de su mirada. Me
nombró. Creí oír la voz de mi difunto padre;
pero quien estaba y hablaba allí era un ser vivo
que no podría finar jamás. Admito que todo lo
que pueda sugerirme la memoria y alcance a
decir de aquel primer encuentro, no dará sino
fragmentos descosidos. Cuando las fuerzas se
han marchitado, la memoria sólo usurpa vie-
jos temores.
–Quiero saber qué sabes –ordenó la voz
imperativa.
–A sus órdenes, Excelencia –dije tratando
de no tartamudear.
Me sometió a una vertiginosa cadena de
preguntas. Cometí mi primer error: respondí
sin error a todas; era un autómata cuya apa-
riencia de serenidad aumentaba la sensación
de artificialidad de mi voz y de mis conoci-
mientos; esto pareció irritarlo.
–¿Qué idiomas dominas?
–El latín, el inglés y el francés, Excelencia.
–Del latín no tendremos necesidad. Veamos
tu inglés y tu francés.
Comenzó a hablarme alternativamente en
las dos lenguas, y yo a equivocar las respues-
tas. Fue inútil que me fijara atentamente en 41
una pequeña úlcera que el general tenía en la
comisura de los labios, como aferrándome a un
signo de debilidad en esa naturaleza poderosa.
–Ves lo que pasa, bribón –chanceó–. La lengua
que mejor dominas es la del pedante culterano.
Incliné la cabeza perrunamente.
–Ejemplos como el tuyo son los que me
convencen de que no se deben enviar todavía
a Europa como lo quiere el señor Presidente, a
estudiantes novatos; sobre todo si pertenecen
a familias acomodadas de la capital, perpetuos
hijos de traidores. No engendran sino gentes
recalcitrantes a la idea y necesidad de dar una
sólida educación a sus hijos de modo que pue-
dan ser útiles a la Patria y al Gobierno.
Por supuesto, no iban a
permitir que el Estado
educara a sus hijos
para convertirlos en
sumisos sirvientes.
Pese a mi atonía, logré envalentonarme un poco.
–Pertenezco a una familia del campo, Excmo.
Señor General. Nací en la villa de San Pedro, y viví
toda mi infancia en los montes.
–¿Y pretendes, ratón montaraz, ser mi es-
cribiente?
–¡Ningún honor sería más grande para mí,
Excelencia!
Las miradas de sus ojos penetrantes cuya
42 presión sobre las cosas jamás cedía, se clava-
ron en mí. La voz habituada al mando me dictó
varias planas. La escritura me salvó; mi letra
caligráfica se plegó sin un error a las menores
inflexiones del dictado. El general examinó los
pliegos.
–Basta, clerizonte. Tu vestigia ruris no ocul-
ta tu alma doble, pero eres buen escribiente. Yo
haré de ti el resto. Desde hoy vendrás todos los
días a trabajar en mi gabinete. En dos semanas
partiremos para Europa.
El cruce por el vasto mar pareció ensanchar
los proyectos de Francisco Solano López. La ban-
da de músicos, que formaba parte de su séquito,
ejecutaba en cubierta aires paraguayos casi todo
el tiempo. Mientras esa música ardiente y sua-
ve, con olor a campo, a selva, se difundía sobre
la espuma de las olas, entre los peces voladores
del atardecer, y por las noches, entre el cente-
lleo fosforescente del mar, Francisco Solano
trabajaba sin pausa en su cabina dando los úl-
timos toques a los proyectos de su misión di-
plomática.
Sabemos lo que
fue esa “misión
diplomática”; bacanales,
escándalos, una orgía
ininterrumpida de
dos años, que costó al
erario una fortuna.
43
Sobre la alfombra
mágica del dinero, el
nabab guaraní se paseó
de corte en corte con
estrafalarios uniformes,
convirtiéndose en el
hazmerreír de los
asombrados europeos. Se
ve que usted no ha leído
bien mi documentada
investigación sobre
aquella mascarada.
Durante diez y ocho meses trabajé junto a él.
Emprendedor, infatigable, expeditivo, resol-
vió en menos tiempo del que se había previs-
to las complejas cuestiones de la misión. En
medio del protocolo y de las pompas con que
fue recibido en la corte de Saint James y luego
en la del Segundo Imperio, iniciaba y concluía
exitosas tratativas en las cancillerías; negocia-
ba con banqueros, armadores y fabricantes de
armas. En los principales centros políticos, fi-
nancieros y científicos recogió en provecho de
nuestro país las mayores ventajas que Europa
le presentaba. También ofreció las suyas. Abrió
el comercio para el algodón y las maderas pre-
ciosas del Paraguay en Gran Bretaña y Francia,
que reconocieron estas materias primas como
las mejores del mundo. Envió un cargamento
de yerbamate al rey de Prusia; el primer inten-
44 to de introducir su consumo por el ejército de
este país, dio buen resultado. Usted, señor Fis-
cal, nada dice acerca de esto.
Qué quiere que diga,
Carmona; acaso que el
rey de Prusia encontró en
la Ilex paraguayensis
la fuente de energía
marcial de su ejército.
¡Ya me veo a los varones
bálticos tomando tereré
todo el día!
Luego de la inicial indiferencia, el nombre
del Paraguay y el prestigio del gobierno em-
pezaron a ser reconocidos en todas partes.
No entendieron al principio cómo este “país
de bárbaros” había podido transformarse por
su solo esfuerzo en el más rico, organizado y
fuerte de la América Meridional.
Napoleón III, ensartado en la desastrosa
guerra de Crimea, por la ambición de imponer
su hegemonía en Europa, preguntó una noche
al embajador paraguayo:
–¿Cómo han hecho ustedes ese milagro?
–Con el valor de las dos de la madrugada
–respondió Francisco Solano.
Picado en su curiosidad y en su orgullo, el
soberano del Segundo Imperio –a quien pe-
saban excesivamente la corona y el nombre–,
inquirió sobre el sentido de la enigmática ex-
presión. 45
–Es la frase que Napoleón I dijo a Las Ca-
sas en una ocasión –respondió el huésped sin
vacilar–. El valor que se requiere en las ocasio-
nes más inesperadas y que a pesar de ello nos
permite la completa libertad de juicio y de deci-
sión. Es nuestro lema en el Paraguay, Majestad.
Otro hecho decisivo aconteció a Francisco
Solano en París: su encuentro con Elisa Ali-
cia Lynch. Los seres excepcionales, que han
de unirse en una causa también excepcional,
suelen encontrarse en los lugares y las circuns-
tancias más inesperadas; a veces, hasta en las
más frívolas. Esto aconteció a Alicia Lynch: de
un salón mundano de París a la cerrada y pa-
cata Asunción donde regían aún las leyes de
las Siete Partidas, las de Castilla y las de Toro;
luego el peregrinaje, a lo largo de cinco años
de horrores y sufrimientos, entre el fragor de
las batallas. Ella, la extrajera –apodada des-
pectivamente la Lynch o Lavincha– iba a ser la
heroína del Paraguay, compañera de su héroe
máximo, madre de sus hijos. En la paz como
en la guerra, hizo honor a ese destino que el
encuentro con Francisco Solano le marcó de
una vez para siempre sin que ella tal vez lo su-
piese todavía.
¡Perversa y maléfica
mujer! No sólo
escarneció a la austera
sociedad paraguaya.
46
A ella le debe nuestro
país la mitad de su
ruina.
No insistiré sobre este encuentro. Nadie sabe
a ciencia cierta cómo y cuándo se realizó. Yo
la conocí al final de la misión; había ido a lle-
varle una esquela del general López. Me re-
cibió ella misma con encantadora sencillez
y afabilidad. Sólo sé decir que su juventud y
su casi irreal hermosura me deslumbraron.
Todas las descripciones que se han hecho de
ella no han captado –ni podían captar– la luz
espiritual que manaba de su alta y armoniosa
figura, de sus ojos de un celeste azul, miste-
rioso y cambiante: la imagen absoluta y total
de la belleza. Eugenia de Montijo no se podía
comparar con ella; de seguro tampoco Lady
Hamilton, la amada del héroe de Trafalgar; ni
Kitty O’Shea, la del legendario Parnell de su Ir-
landa natal; menos aún, de Manuelita Sáenz, la
amante marimacho de Simón Bolívar.
Todas esas incongruencias las imaginé
después. En ese momento, la imagen de la
mujer adolescente me sugirió el espejismo de
una boda que domina la memoria de una raza.
Una imagen así no se convierte jamás en una
experiencia olvidada; nítida e intemporal,
propaga el contagio del pasado: lo hace perpe-
tuo presente.
Creo que conversamos un rato; tal vez me 47
hiciera preguntas sobre el Paraguay y sobre
mí mismo. Yo estaba en una nube. Mi francés
debió de haber empeorado de golpe; Madame
Lynch encontró que mi pronunciación fallaba
en algunos sonidos e inflexiones, y se tomó el
trabajo de enseñarme algunos ejercicios. Sólo
unos años mayor que yo, me hacía sentir un
niño en vías de hacerse. Tras entregarme su
respuesta para Francisco Solano, me despidió
con un golpecito en las mejillas. En los fines
de jornada, a escondidas, puse en práctica los
ejercicios que me recomendara Madame. Al-
gunos de ellos exigían a mi lengua un movi-
miento que la hacía rozar contra el filo de una
muela careada. La persistencia del esfuerzo,
exagerado adrede, hizo sangrar la lengua por
algunos días; esta sangre tenía para mí un sa-
bor especial: el de una mínima y secreta cere-
monia. Cada uno habla según el pensamiento
que lo ha alucinado, ¿no? Se empieza a morir
por los ojos, dije antes. Se acaba de morir por
la lengua, debí agregar quince años más tar-
de, vuelto al idioma natal del silencio, que es
el castigo que uno merece cuando se ha descu-
bierto el crimen de no haber podido ser jamás
un ser.
Durante la fiesta de la despedida de la mi-
sión, Madame celebró en un aparte mis pro-
48 gresos. Yo mordí, orgulloso, la cicatriz de la
lengua. Madame, a pedido de todos se sentó a
tocar el arpa en medio de una ovación. Entre
los vibradores destellos de las cuerdas con-
templé su rostro que se correspondía con su
voz admirable. Inclinada hacia don Francisco
Solano, cantaba y sonreía en la plenitud de su
dicha. ¡Felices de ellos que, según la definición
de San Agustín, podían amarse en la medida
justa del amor, que es el amar sin medida!
Ya no habría de volver a verlos hasta mi
regreso, cuando el estallido de la guerra era
inminente.
Francisco Solano iba a afrontarlo todo: la
oposición de su anciano padre, de su madre,
la autoritaria y ambiciosa doña Juana, de sus
hermanos. Desoyendo las instancias de su
hermano Benigno, que trató de disuadirlo de
su decisión, embarcó a Madame en Burdeos,
como a su verdadera esposa. La suerte estaba
echada.
Entre bronces y
porcelanas, tapicerías
francesas y alfombras
orientales, López
estableció el aduar de su
querida en una mansión
situada entre las calles
Libertad y Fábrica
de Balas. Sarcasmo y 49
presagio. Eran los
comienzos cínicamente
fastuosos de su fugaz
imperio.
Mis años de estudio en Londres se consumie-
ron monótonos e intensos a la vez; me refu-
gié en los libros con encarnizamiento, y como
quien poda su vida por adelantado, escribí una
noveleta que titulé premonitoriamente Viaje
Nocturno.
De tanto en tanto llegaban más estudian-
tes y, con ellos, noticias de la patria lejana. De
Madama Lynch contaban que había triunfado
plenamente en la guerra que, desde su arribo
a Asunción con su primer hijo, Panchito, le
había declarado la familia López, por un lado,
y las damas de alto rumbo y copete por otro.
La gente del pueblo, en cambio, vio en ella al
comienzo la encarnación de una deidad venida
del otro lado del mar, como en algunos mitos
de la cosmogonía indígena; luego, simplemen-
te, aprendió a querer y admirar a esa mujer que
no desdeñaba alternar con ellos y ayudar a los
necesitados.
Sus tertulias eran frecuentadas por altos
funcionarios, diplomáticos y militares. El ge-
neral López no vivía allí, pero iba a las veladas,
o salían juntos al campo.
La muerte de don Carlos y la elección de
50 Francisco Solano por el congreso para suce-
derlo en la presidencia, iniciaba un tramo can-
dente de la historia, que tarde o temprano iba
a estallar.
–Las intrigas internacionales se están anu-
dando contra nuestro país –había dicho el an-
ciano presidente, en su lecho de muerte, a su
hijo–. Resuélvelas con la pluma antes que con
la espada.
La megalomanía del
tirano hizo exactamente
lo contrario, y precipitó
la guerra creyendo que
podía llevárselo todo por
delante.
No abrumaré, señor Fiscal General, con la
crónica de esa contienda, la más cruenta y
salvaje de nuestro continente. Usted mismo la
ha hecho en su libro, entre la multitud de plu-
míferos de toda laya que se ocuparon de ella,
más que para explicarla, para inclinarla al ar-
bitrio de sus caprichos e intereses de partido.
Las únicas historias dignas de crédito son las
relatadas por los que participaron en ellas. A
veces, una sola frase, una acción privada, un
hecho oculto, son más significativos que los
más espectaculares.
Desde el comienzo de las acciones milité
bajo las órdenes directas de nuestro Maris-
cal Presidente; primero en la ayudantía de su 51
cuartel general; luego, en los campos de batalla,
desde soldado raso a coronel. Debo reconocer
que en los primeros tiempos viví una situación
extraña y absurda que me hacía sufrir mucho
más que las penurias y sacrificios de la campa-
ña: una mitad de mí combatía con el espíritu
de lealtad, la exaltación y el fanatismo que nos
poseían a todos; la otra mitad se replegaba y
resistía en la duda, en una sutil abstinencia.
Sentía por decirlo así, desmoronarse el terreno
bajo mi pensamiento. La larga ausencia, pen-
sé, las ideas sobre los conceptos de libertad e
independencia individual que bebí en la Ingla-
terra victoriana, pudieron haber producido en
mí esta dolorosa fractura. “Tienes el alma doble”,
me había dicho el Mariscal en nuestro primer
encuentro.
Solano López, creyendo ciegamente en la
justicia de su causa, decidió caer como el rayo
sobre la coalición de tres naciones que firma-
ron el tratado de la Triple Alianza. “Mi mano
de hierro –proclamó– no está al extremo de mi
brazo, sino que se relaciona directamente con
mi cabeza”. Sin mover un solo dedo, fuerte por
su actitud moral y su potencia material, Fran-
cisco Solano López pudo haber inmovilizado al
Imperio del Brasil, obligándolo a capitular, lo
mismo que a Buenos Aires. Su triunfo habría
52
cambiado el curso y la fisonomía de la historia
americana.
¡Este era el superhombre
que pretendieron
deidificar los ilusos cuya
única pasión había sido
el miedo!
En el curso de la campaña esbocé algunos
apuntes críticos a la conducción de la guerra en
los aspectos políticos y estratégicos –¡yo el mi-
serable estudiantillo de Londres!–, en el pom-
poso estilo del King’s College. Pudo ser la causa
de mi perdición. La granada enemiga que in-
cendió mi tienda en Pykysyry, me salvó quizás
del fusilamiento.
Lo cierto fue que la rendición de nuestras
tropas en Uruguayana y el fracaso de la Ex-
pedición del Sur, por la traición de sus jefes,
anuló casi la mitad y la mejor parte de nuestro
ejército al comienzo mismo de la guerra. El
primer choque militar destruyó al Paraguay
como fuerza política sudamericana. Quedó
solo, a merced de sus enemigos. La derrota
final quedó sellada desde el principio. Esto
sí lo vislumbró claramente nuestro Jefe Su-
premo. Pero ya que el triunfo había quedado
enterrado bajo la piedra de la desgracia, él
encarnaba ahora el espíritu de la resistencia
a los invasores con mayor fuerza y ahínco que
antes. No se ilusionó jamás –como lo afirma 53
usted en su libelo– con la posibilidad de que
algún “milagrito” volcara la situación a su fa-
vor. Quiso hacer la resistencia misma al revés
de la derrota: un triunfo moral superior y más
duradero que la victoria de las armas. Sólo
restaba defender palmo a palmo el territorio
del país; mientras el Mariscal Presidente es-
tuviese vivo, el Paraguay entero estaría vivo
en él; mientras su gobierno estuviese como
sede en un sitio cualquiera en el suelo patrio,
su integridad, su honor, su soberanía, estaba
a salvo. Estas fueron su pasión y su estrategia:
llevar la patria a cuestas.
Para que el
Superhombre pudiera
salvar el pellejo
mediante el arte de la
fuga perpetua,
lo demás era moco
de pavo: la reina, el
arrasamiento del país
entero. Él, que pretendía
rastrear las luminosas
huellas de Napoleón, no
llegó jamás a aprender
las tres cualidades
del capitán del siglo:
mandar personalmente
las batallas, ofrecer
54
la paz después de las
victorias, y abdicar
el mando supremo,
siempre que los vitales
intereses de la patria lo
exigiesen.
Solano López saturó a sus tropas con su espíri-
tu; las condujo con indomable y férrea volun-
tad. Entre él y sus soldados surgió una mezcla
de compañerismo y veneración, que no podía
agotarse con el último hombre. Su horizonte
era el mismo suelo que pisaban; su destino, esa
larga retirada sobre la tierra espasmódica ha-
cia la posteridad.
El marqués de Caxias, comandante en jefe
de los ejércitos imperiales informó a Pedro II
en un despacho privado, que usted omite: “To-
dos los encuentros, todos los asaltos, todos los
combates, desde Coímbra hasta Tuyutí, mues-
tran y sostienen de una manera incontestable
que los soldados paraguayos se caracterizan
por una bravura, un arrojo, una intrepidez y
una valentía, que rayan en ferocidad sin ejem-
plo en la historia del mundo. Su disciplina pro-
verbial que los lleva a morir antes que rendirse,
ha aumentado con la moral adquirida.
Sensible es decirlo, pero es la verdad. López
tiene el don sobrenatural de magnetizar a sus
soldados convirtiéndolos en soldados extraor-
dinarios invencibles, sobrehumanos, soldados
o simples ciudadanos, mujeres y niños, un solo 55
ser moral indisoluble”.
Evidentemente no ha
entendido
usted, Carmona, que
ese patético informe
que Caxias envía a su
emperador tenía por
objeto, a expensas de la
verdad, presentar a
un enemigo invencible
para justificar los
fracasos iniciales de los
aliados.
Durante tres años, la fortaleza de Humaitá con
sus doscientos cañones detuvo a los acoraza-
dos de la escuadra imperial. López encadenó el
río. Usted sabe que esta frase no es una mera
figura; habrá visto en el museo de Río de Ja-
neiro la inmensa cadena de más de mil yardas,
que el Mariscal mandó tender con gabarras de
una orilla a otra. Durante tres años la escuadra
bombardeó la fortaleza y la cadena, mientras
se libraban en tierra las primeras grandes bata-
llas. Se combatía desde el alba hasta el crepús-
culo. Cuando el sol se ponía bajo los cañones,
legiones suicidas de combatientes paraguayos
atacaban en canoas y lanchones a los barcos de
hierro paralizados por el espejismo que les ce-
rraba el paso. Cuando al fin lograron quebrarlo
a cañonazos, las batallas recrudecieron. El ejér-
56 cito, el pueblo, que seguían a Solano López, se
apretaron en torno a él. Formaron la muralla
viva de la resistencia, deshecha a veces pero
siempre intacta más allá de los desastres.
¿Cómo explica entonces
que comenzaron a
menudear las
rendiciones al enemigo,
las traiciones y las
conspiraciones en las
filas de ese “único ser
moral indisoluble”?
Mi lucha íntima cesó; quizás simplemente se
amplió. A lo lejos, o en el fragor de las cargas, o
en los entreveros a sable y lanza, empecé a ver
a las fuerzas enemigas como una duplicación
de las nuestras. Alguien o miles morían en uno
y otro bando, y esas muertes se fundían en una
sola. El día último –y único– en que el tiempo
parecía detenido, era el mismo para los vivos
y los muertos. Puede ser que cada uno sintiese
que no tendría suficiente eternidad como para
arrastrarse y revolcarse en esa mortandad que
nos unía a todos. El odio, la sangre, la furia, los
uniformes distintos, no eran más que el disfraz
utilizado por la guerra para ocultar esa solida-
ridad profunda y sin fronteras. No sabe usted
cómo la guerra une a los que destruye.
Así, de aquellos primeros años, de aquellas
historias increíbles a reventar de vida y muer-
te, una es la que rememoro y veo con más niti- 57
dez: la del soldado enemigo que se ponía a pin-
tar los preparativos de una batalla, o el paisaje
sepulcral poblado de muertos, que dejaba una
victoria o una derrota. Sentado en un tronco, o
de rodillas frente al caballete, con la visera del
kepis en la nuca, fijaba con sus pinceles esas vi-
siones que envejecían rápidamente.
Cuando lo descubrí por primera vez en los
campamentos aliados de Paso de Patria, sos-
peché que se trataba de una nueva fórmula de
alucinación. Le disparé un tiro que levantó un
poco de tierra detrás del caballete. No se inmu-
tó; volvió fugazmente la cabeza en dirección a
mi escondrijo, lanzó un escupitajo y continuó
pintando, impasible. No fui yo solo quien lo
vio; muchos otros lo avistaron pintando con la
misma impavidez el desarrollo de los comba-
tes, sentado en lo alto de las barrancas. Lo apo-
damos el ta `angá apoha (el hacedor-de-figuras).
Quimera o no, lo volví a ver en Estero Be-
llaco, en Curuzú, en Tuyutí; por último en
Curupayty, al día siguiente del desastre de
los aliados. Pretextando recorridas de ex-
ploración, salía a buscar a ese fantasma que
pintaba fantasmas. Con el catalejo tardaba en
ubicarlo. Absorto, hacía su trabajo sin apuro
entre los reverberos del sol y el aire manchado
por el humo de la pólvora y los incendios. Sólo
cuando el sucio crepúsculo comenzaba a caer,
58 parecía acometerlo cierta inquietud, como
preocupado de que los millares de cadáveres
se levantaran de pronto, recogieran sus carro-
ñas y se fueran caminando hacia un lugar os-
curo y desconocido.
En la tierra que las explosiones talaban y lle-
naban de cráteres, ese hombre fijaba el punto
en que el tiempo aparece y desaparece. En ese
punto, que abarcaba a todo, a vivos y muer-
tos, a amigos y enemigos, también mi ima-
gen –pensé– debe hallarse presente; la imagen
de mi cuerpo escondido entre los matorrales;
mis ojos observando a ese hombre cuyos ojos
y manos disputaban al olvido eI misterio de la
comunión que la guerra forjaba: sus símbolos
más visibles pero también más ocultos.
Me habría gustado que el hacedor-de-figuras
llegara hasta Cerro Corá, y allí hubiese inmo-
vilizado con inmutable pero viviente fijeza ese
momento único en la historia de América.
Tiene usted razón:
el retrato del
Superhombre, tomado
al natural en su última
huida, habría resultado
harto gratificante.
Cuando en febrero de 1868, los acorazados del
Imperio forzaron el paso fortificado de Hu-
maitá, quedaron al descubierto los indicios de
otra ínfima guerra, mucho más miserable pero
mucho más peligrosa que la que se libraba en 59
los campos de batalla: la propia familia de So-
lano López conspiraba contra él. Su madre, sus
hermanos Venancio y Benigno, sus cuñados
Barrios y Bedoya, en complicidad con el obis-
po y otros jefes y funcionarios de alta jerarquía,
cayeron en sospecha de haber revelado secre-
tos militares al enemigo y de buscar entendi-
miento con él.
El dominio del río, verdadera columna dor-
sal, abría a la escuadra del Imperio la posibili-
dad de quebrar en dos el país y apoderarse de la
capital. Asunción era un hervidero de intrigas,
de corrupción y de miedo.
En su cuartel general de San Fernando, el
Mariscal tronó: “¡Este es el último día de mi
clemencia!” Ordenó la evacuación de la capi-
tal, el arresto de los acusados y la formación de
tribunales militares. Se lo veía lleno de indig-
nación y de furia; la cara hinchada por el dolor
de muelas que le atacaba agoreramente en los
peores momentos, le daba un aspecto terrible.
Si en lugar de esas
caries, se le hubiera
instalado un grano
de arena en la uretra
como a Cromwell
–según nos informa
Pascal– quizás la paz
habría venido
más rápidamente.
60
Un amigo de la juventud, el P. Maíz, iba a pre-
sidir estos tribunales, y yo fui llamado a inte-
grarlos. Si mi situación era penosa, la de mi
antiguo preceptor lo era infinitamente más.
Liberado de la prisión, poco tiempo atrás,
luego de retractarse de sus errores pasados con
un acto de contrición ante el obispo –que fue
quien lo denunciara antes–, el P. Maíz debía
ahora a su vez juzgarlo y probablemente en-
viarlo al patíbulo. Ningún arrepentimiento,
por llorado que fuese, podía borrar el delito de
alta traición.
La causa siguió su curso. Las pruebas fue-
ron abrumadoras; sobre todo, para los princi-
pales conjurados.
En uno de los últimos viajes de Madama
Lynch a la desocupada Asunción para retirar
el resto de sus pertenencias, fue visitada por
doña Juana. Una testigo –la mujer de su ser-
vidumbre que la había acompañado– contó
que con lágrimas en los ojos se humilló a pe-
dirle que intercediera ante Francisco Solano
en favor de su hermano Benigno, cabecilla de
la conspiración. Dijo que Madama Lynch se
limitó a responderle: “¡Qué puedo hacer yo, si
Benigno es un traidor!” Agregó la testigo que
entonces la señora ex presidenta descubrió sus
pechos exclamando: “¡Con estos he amamanta-
do a ambos!” y que Madama Lynch replicó “¡No
lo parece!” 61
Francisco Solano fue más tajante. El P. Maíz
me refirió que cuando Madama Lynch contó el
episodio al Mariscal, este dijo: “¡No doy ningu-
na importancia al accidente de haber salido del
mismo agujero!” El P. Maíz comentó que estas
palabras de Plutarco en boca de Francisco Sola-
no y en tales circunstancias, llevaban la conde-
nación más allá de todo sarcasmo. Unas horas
antes del ataque de los aliados a Pykysyry, el 21
de diciembre de 1868, fueron fusilados el obis-
po Palacios, el ex general Barrios y el ex tesore-
ro Bedoya, cuñados del presidente.
Contra lo que usted afirma en su libro, se-
ñor Fiscal, la batalla de Pykysyry –la más larga
y cruenta de la guerra– sirvió para demostrar
y confirmar una vez más la excepcional condi-
ción de jefe de Francisco Solano López. Durante
el bombardeo que redujo a escombros nuestra
posición, se mantuvo imperturbable a caballo
mandando en persona las cargas. No retroce-
dió ni siquiera cuando las columnas enemigas
llegaron a más de cien metros del cuadro del
cuartel general. No es verdad que el edificio
estuviese protegido por enormes murallones
de piedra, como usted escribe, repitiendo los
embustes de Thompson, Mastermamn y Gar-
mendia. No existían simplemente porque en
ese lugar no había piedras. Construir tales mu-
rallones hubiera llevado más tiempo y trabajo
62 que levantar las pirámides de Egipto.
En medio de la espesa mortandad y del di-
luvio de las balas que sólo al Mariscal parecían
respetar, permaneció en los sitios de más ries-
go, estimulando con su presencia a los jefes y a
las tropas.
–¡No podían matarlo! –dijo el P. Maíz–. Ese
no es un hombre que vive en su tiempo. Es un
hombre que vive en su milagro.
Al cabo de siete días de lucha, se retiró de
Pykysyry al atardecer del 27, con un contingen-
te de menos de cien hombres. Había perdido su
último ejército. Fueron tomados sus bagajes,
ropas y documentos. Se alejó lentamente a la
vista de todo el ejército aliado que no se atrevió
o no atinó a desprender ninguna fuerza para
perseguirlo, capturarlo o darle muerte. En un
lance desesperado, logré recuperar el carrua-
je de Madama Lynch, con su tiro completo de
caballos. Cuando me reuní al pequeño grupo,
iban chapoteando aún en el lodo sangrien-
to. Herida en un hombro, Madama Lynch fue
trasladada al carruaje. En su interior, el doctor
Skinner le practicó una cura de emergencia.
Después continuamos la marcha, hasta que
nos tragó la noche.
A sabiendas omite usted
que entre esos papeles
tomados por los
vencedores se hallaba el
testamento que el tierno 63
amante y jefe supremo
tuvo tiempo de hacer
la noche del 24. En este
documento legaba a
su concubina todos
sus bienes, derecho y
acciones personales
en una “donación pura
y perfecta”. Era el regalo
de aquella navidad en el
infierno.
El 5 de enero de 1869, Asunción fue ocupada
por los invasores. La ciudad solitaria y silencio-
sa, por cuyas calles sólo cruzaban hambrientas
ratas, fue saqueada bárbaramente. Los buques
de transporte y hasta algunos de guerra, salían
del puerto cargados con el producto del pillaje
y las depredaciones; pianos, camas, muebles y
objetos de arte se amontonaban en bodegas,
sentinas y cubiertas. Las fuerzas imperiales
empezaron a cobrarse la deuda de guerra. Es-
tablecieron, además, en Asunción un gobierno
provisorio que cumplía sus órdenes y legaliza-
ba sus atropellos.
De la vorágine final, Solano López resurgió
con un nuevo ejército y comenzó la campaña
de las Cordilleras. Seguía la guerra con lo que
restaba del pueblo paraguayo: ancianos, muje-
res y niños. No hablaré de esta última campaña
donde las atrocidades de los invasores supera-
64 ron las ya cometidas.
No me referiré tampoco a la cadena de cons-
piraciones que en el seno de su familia conti-
nuó haciendo una doble guerra a Solano López,
y que culminó con el complot de su madre y
hermanas para darle muerte por envenena-
miento, poco antes de Cerro Corá.
Su último ejército, sacado poco menos que
de la nada, continuó librando insospecha-
dos combates contra el invasor. A los escasos
batallones de sobrevivientes, se sumaron los
ancianos, heridos convalecientes y niños. Las
propias madres acompañaban a sus hijos, re-
comendándoles repetidas veces que nunca se
mostrasen cobardes frente al enemigo, so pena
de maldición materna.
Expediciones clandestinas acudieron a los
antiguos campos de batalla para recuperar los
pertrechos abandonados. A través de lagos y
esteros transportaban las máquinas de fun-
diciones y arsenales. Con las campanas de los
templos se fundieron cañones. En las improvi-
sadas maestranzas se repararon nuestros vie-
jos e inservibles fusiles de chispa y las armas
tomadas al enemigo; se forjaron lanzas y sables
para los niños “a la medida de su talla”, observó
acertadamente un jefe enemigo.
¿Adónde pretendía ir el
Superhombre con ese
ejército de juguete?
¿El exterminio de todo 65
un pueblo era para el
echacuervos sólo un
juego de su terrible
insanía?
En la retirada del Amambay, la interminable
marcha cruzó dos veces la sierra de Mbaca-
rayú. El hambre, las lluvias torrenciales, el sol
de fuego de aquel verano de infierno, fueron
convirtiéndolos en espectros. Los que se olvi-
daban de morir, continuaban avanzando por
desfiladeros, precipicios y ríos desbordados
por la inagotable selva.
Su mayor hazaña era sujetar al tiempo de
volver a empezar y seguir indefinidamente.
Cada uno era todos nosotros; antes de morir,
ninguno tenía otra cosa que hacer sino mar-
char y combatir en pos del Mariscal Presiden-
te. Sólo de este modo el más enfermo se sentía
terriblemente mejor. El hambre devoraba a
los hambrientos; el sol desecaba esas momias
errantes, que ya no sabían gemir. El sufrimien-
to mismo estaba embrujado. Una seguridad
grande –y grande sin término de comparación–
permite a un espectro ser más fuerte que la
realidad y atravesarla. Sólo así se explica que
los espectrales batallones pudiesen avanzar
cargando sus armas, sus huesos despellejados,
piezas de artillería, pólvora, municiones, má-
quinas, arneses, carros, cureñas, la pesada ma-
66 teria de su obsesión.
En el cruce de la cordillera hubo algunos con-
ciliábulos acerca del camino a tomar. Hay la le-
yenda de que un cacique de las tribus indígenas
del Mbaracayú ofreció al Mariscal esconderlo a
él y a su familia en las impenetrables cavernas
de la serranía. De haber existido esta propues-
ta, la habría rechazado de plano. Las palabras
escondrijo, huida, rendición, las había borrado de
su mente para siempre. Era posible imaginar a
quien conocía al Mariscal que él contaba con una
guerra de generaciones, en la que era necesario
durar indefinidamente en otra escala de tiempo
más que humana, o más allá de lo humano. El
hombre del sacrificio guarda su vida esencialmente.
Las palabras de mi maestro Dupuy tenían ahora
para mí un sentido muy claro; la trascenden-
cia que Solano López encarnaba con voluntad
indomable era la de vencer a la muerte por la
muerte. La caravana del Éxodo era cada día
más numerosa.
Al miedo no le gusta
vivir solo: la fiera
aterrorizada mandaba
arrear a punta de lanza
a toda esa gente
para que muriera con él.
Como jefe de la escolta y uno de los mejores
conocedores de la zona, no me fue difícil ha-
cer prevalecer la idea de elegir Cerro Corá
para sede del cuartel general. Desde lo alto 67
de una cuchilla, Solano López contempló la
escuálida peregrinación que serpenteaba por
los desfiladeros de la cordillera.
–¿Podrá guarecer Cerro Corá a toda esa
gente? –me preguntó.
–¡De seguro, Excelencia! –dije con un aplo-
mo que me venía de lejos.
–¡Adelante! –ordenó.
Me dio de lleno en la cara su aliento enmo-
hecido por las muelas enfermas; el dolor pro-
fético de otras situaciones desesperadas vol-
vía a hincharle el carrillo monstruosamente.
Madama Lynch se acercó a anudarle el pañue-
lo empapado en aguardiente.
–Tomemos el camino que indica Silves-
tre –terció después, pasándole la mano por la
frente sudorosa.
–No sé cómo atravesaremos ese embudo del
Chirigüelo –gruñó Panchito López, flamante
coronel de quince años, que nunca se separaba
del padre.
–Después del boquerón de la entrada, va-
mos a ensanchar la piedra –sugirió el jefe de la
Mayoría.
–¡Cien años nos llevará talar ese monte! –re-
plicó huraño Pachito López.
–¡Adelante! –ordenó de nuevo el Mariscal–.
No podemos perder el tiempo. Yo llevo mi alma
atada al tiento del reloj.
68
Los tubos de artillería, las municiones, la
pólvora, el resto de los víveres fueron cargados
a pulso. Quedaban las carretas que transpor-
taban el tesoro nacional en monedas de oro y
plata, y el equipaje de Madama Lynch. Con la
venia del Mariscal dispuse distribuir la carrete-
ría en varios grupos y enterrarlos en distintos
sitios. Así se hizo, una vez que toda la caravana
desapareció en la picada.
Debería agregar usted
que los conductores de
las carretas fueron
lanceados y enterrados
con ellas para asegurar
el secreto de los
escondrijos.
El carruaje de Madama Lynch fue desarmado.
Con su animoso espíritu, que nunca decaía,
hizo a caballo el trayecto del Chirigüelo.
Tomé la delantera, y la oscuridad de diez
leguas volvió a cerrarse sobre nosotros. Avan-
zamos a tientas, lacerados por las espinas, en-
vueltos en lianas, en gigantescas telas de ara-
ña. El denso olor a limo, la falta de aire en el
laberinto boscoso, sofocaban las voces, el sordo
tumulto de la marcha, el desolado lamento de
algún pájaro.
Poco a poco, de tornatrás, resurgió en mí la
luz de la última travesía: esa luz interior que
alumbraba lo oscuro fuera de mí. Nuevamente
reducido mi ser al estado de tiniebla, mi pen- 69
samiento se hizo otra vez una bola luminosa.
Alocadas visiones acudían y se mezclaban en un
punto fijo; voces, figuras, reminiscencias más
fantasmales que nunca; el susurro selvático ti-
ritaba más en la piel que en los oídos. El tiempo
mismo había cambiado en esas visiones: su na-
turaleza, su ritmo, su medida, su delirio. ¿Cómo
referir lo que concebí o sentí en esos instantes?
Las imágenes se iban velozmente a alguna parte,
pero seguían estando ahí con la forma perfecta
de su ausencia. Hay velocidades que nadie ha
calculado. Memoria y olvido juntos proyectaban
sus sombras sobre ese punto inmaterial en que
las cosas, los hechos, los seres, forman un teji-
do sin costura. De improviso, la fornida figura
del Mariscal surgía pendenciero, impasible, su
cigarro de Curuzú, en medio de la metralla; o
en su entrevista con el generalísimo argenti-
no en Yatayty-Corá, donde el ofrecimiento de
paz de nuestro Jefe Supremo no fue más allá
de un cambio de látigos, de mudas palabras,
de un saludo y una despedida. Sobre ese apre-
tón de manos que pudo evitar un millón de
muertos se encendió una forma pequeña: el
estuche de palosanto con la pierna amputada
y embalsamada del general Díaz, vencedor de
Curupayty en un rincón del hospital de sangre;
los ojos húmedos del Mariscal contemplaban
la silueta yacente de su mejor jefe. Fragmentos
70 de reflejos rotos. Triunfos. Derrotas. Conspi-
raciones. Traiciones. Los tribunales de guerra
de San Fernando y Pykysyry desplegaron sus
tablas de sangre. Se impuso la esmirriada si-
lueta de mi escribiente: volver a ver la uña de
su dedo meñique creciendo sin cesar al ritmo
de la escritura, sobre los pliegos. Debía salir,
cada tantas horas, trozárselas con el machete.
Centenares de machetes zumbaban ahora en la
picada, desmontando los rincones enmaraña-
dos. Quise evocar las presencias de mi padre,
de mi madre; no vi más que el borrón de sus
cenizas. Uno cree posible enumerar las cosas,
y son infinitas; uno trata de explicar el caos, y
sólo consigue mostrar lo que es: inexplicable.
A mis espaldas, Madame Lynch me preguntó
algo. No entendí sus palabras. Su rostro que-
mado por los soles de cinco años retrocedió y
se superpuso al de una mujer adolescente, en
París, que enseñaba a un niño los sonidos de
la pronunciación francesa. Reapareció con su
guerrera de coronela hecha guiñapos, cabal-
gando al frente de las mujeres del Éxodo, en el
corazón de una raza extraña, elegida por ella
como la suya.
Elegida por la irlandesa
para reinar sobre ella.
Pensar en el pasado, atrasa. Cuando salí al res-
plandor del abra, yo el guía, no reconocí el vasto
espacio rodeado de bosques y cerros. El cuartel 71
maestre ya estaba levantado en el centro de
la meseta en herradura, al pie de un pequeño
monte. A corta distancia, Madama Lynch ponía
orden en su tienda y daba de comer a sus cua-
tro hijos pequeños.
Nadie pareció notar mi ausencia. Sin em-
bargo, yo había estado allí desde el principio,
desde el momento de nuestro arribo, el 8 de
febrero de 1870. Había secundado al Mariscal
quien, como de costumbre, dirigió personal-
mente los trabajos de fortificar los pasos del
arroyo Takuaras y del río Aquidabán, que yo le
indiqué como los dos puntos de acceso posible.
–Mis Puertas Calientes –dijo contemplando
las aguas frías y cristalinas.
No lo entendí en aquel momento. Lo noté
más animado. No llevaba el pañuelo sobre la
cara. La hinchazón había desaparecido. Sus vo-
ces de mando resonaban potentes en la revista
de sus efectivos. Menos de quinientos hom-
bres, en su mayoría enfermos, era todo lo que
restaba del último ejército de las Cordilleras.
Las mujeres, ancianos y niños que alcan-
zaron a arrastrarse hasta allí, sumaban otro
tanto. Pero el hambre diezmaba cada vez más
rápidamente el millar de almas en pena. Las
mujeres jóvenes salían a recoger frutas y raí-
ces silvestres; los chicuelos soldados se iban a
pescar al río, o a cazar roedores en los montes.
72 Únicamente la madre y las hermanas del
Mariscal permanecían en la choza, la mejor de
todas, que se les había destinado, no lejos del
cuartel general. Despreciadas, o simplemente
olvidadas por las demás mujeres, doña Juana
y sus hijas, expiaban quizás su culpa orando
todo el día en solitario aislamiento. Otra vez
era Madama Lynch quien, por encima de todos
los agravios, las socorría con comidas y hasta
con ropas, sin que ellas lo supiesen.
El día 12, el Mariscal despachó a un grupo de
los jefes más capaces y de su mayor confianza
con órdenes de ir hasta Matto Grosso y reco-
ger todo el ganado que pudiesen encontrar a su
paso. Nos preparábamos para la eventualidad
de un largo sitio.
El Mariscal me confió, además de mi puesto
en su escolta, la misión de inspeccionar y pa-
trullar los pasos fortificados y los escalones se-
cundarios de defensa, pasando por encima de
la autoridad de los jefes del sector. Yo cumplía
estas tareas, clandestinamente; por lo general,
durante las noches y a las horas más desusadas,
temiendo posibles descuidos y negligencias,
debido al cansancio de los efectivos ya medio
muertos de inanición.
Por las mañanas, a la salida del sol, apronta-
ba el carruaje de Madama Lynch y efectuaba el
cambio de su guardia. Me trataba con cariño,
casi maternalmente. Yo seguía siendo para ella
el muchachuelo imberbe de otros tiempos. Me 73
daba consejos “para el día de mañana” que su
delicadeza impedía que fueran absurdos en la
situación en que nos hallábamos. Una mañana
le llevé una torcaza. Tomó el ave herida que aún
se debatía entre sus manos y murmuró: Ils ne
sont pas!... Ils ne sont pas!... Leur enfer es d ‘une au-
tre sorte!..
Panchito López, a las voces de su madre,
salió de la tienda. Autoritario y de mal modo
cogió el ave de su madre y la arrojó entre la ma-
leza ordenándome que me retirara a cumplir
con mis tareas.
En momentos baldíos se me había ocurrido
fabricar unos candiles que ardían con el aceite
de las semillas machacadas de naranja agria.
Se los llevé al Mariscal, que elogió mi “invento”.
–No se olvide de patentarlo –me dijo, po-
niéndolo sobre el cajón que le servía de mesa.
También obsequié a Madama Lynch con al-
gunos de estos candiles; me los agradeció y en
retribución me regaló dos o tres libros. En uno
de ellos, el de un autor inglés del siglo pasa-
do, leí: “El ejecutor de una empresa atroz debe
imaginar que ya la ha cumplido, debe impo-
nerse un porvenir que sea irrevocable como el
pasado”. La mezcla de cinismo y de grandeza
que fluía de este párrafo me impresionó; qui-
zás la deficiente versión hecha por mí de me-
74 moria, no expresaba los matices del original.
El tirano tradujo en los
hechos, impecablemente,
esa sentencia.
Lo cierto es que un hálito cada vez más entene-
brecido se cernía sobre la vida del campamento.
Queriendo tal vez contrarrestarlo el Mariscal
Presidente instituyó una medalla conmemora-
tiva, “en honor de todos los ciudadanos que llevaron
cabo la campaña del Amambay, venciendo penurias
y fatigas.” El día 25 –en la que sería su última
revista militar– distribuyó los distintivos de la
condecoración: las cintillas de raso gualda y
borde rojo, que se confeccionaron en el obra-
dor de Madama Lynch.
El Mariscal se extendió en su arenga sobre
los deberes y sacrificios que imponía el patrio-
tismo ante el país arrasado a sangre y fuego.
En memoria y honor de los mártires, juró que
no habría de abandonar la lucha. “¡Si muero ha
de ser en enfrentando al invasor con la espada en la
mano!”, clamó, exhalando un mortal suspiro
que había envejecido en su pecho. No abusó
empero del tono trágico; hasta dijo unos chas-
carrillos burlándose de los macacos imperiales,
que provocaron la hilaridad general y fueron
celebrados con ovaciones y aplausos.
En representación de los condecorados, el
P. Maíz tomó la palabra y exaltó la medalla con
la elocuencia que lo había hecho famoso en los 75
púlpitos. Se dirigió al Mariscal, como a un per-
sonaje convertido en la suprema encarnación
de una raza. Lo comparó con Leónidas, que con
trescientos espartanos intentó detener el ejér-
cito entero de Jerjes en las Puertas Calientes
del desfiladero de las Termópilas, en Tesalia.
–No pudiendo imaginar Jerjes –clamó el
orador– que aquel puñado de hombres qui-
siese cometer el desatino de cerrarle el paso,
intimó a Leónidas: ¡Entrega las armas! El es-
partano le contestó: ¡Ven a tomarlas! Pero un
traidor, Efialtes, vendió a Leónidas indicando
a los persas el camino por donde podían fran-
quear el desfiladero. ¡Cerro Corá es nuestro
desfiladero de las Termópilas! –Exclamó el P.
Maíz–. Aquí los hechos se olvidan de la pala-
bra humana y forman ya la leyenda que han de
transmitir los siglos...
–¡Aquí esperaremos a los macacos negros del
Imperio! –lo interrumpió el Mariscal, que des-
preciaba los alardes de oratoria–. ¡Que vengan
a tomar nuestras armas, si pueden! Confiemos
también en que no habrá entre nosotros nin-
gún Efialtes, y que venceremos a la muerte por
la muerte.
Trescientas gargantas mortecinas pro-
rrumpieron el grito de ¡Vencer o morir!; sus ecos
se propagaron hasta las breñas más lejanas.
El P. Maiz me miró con una sonrisa signifi-
76 cativa. Por más de veinte años había esperado
de su antiguo condiscípulo esas palabras.
En el proceso del
obispo Palacios, el
Gran Iscariote de los
tribunales de sangre
había escrito: “El
Mariscal López es el
padre y la vida de la
Patria; es el Cristo
del pueblo paraguayo”.
Ahora, por fin, ya estaba
colocado en su Gólgota.
Y Maíz rezaba su
anticipado responso.
El amanecer de aquel primero de marzo fue
apacible y luminoso. Las torcazas zureaban
dulcemente en los bosques. El olor de la vege-
tación, de la tierra húmeda por el rocío de la
noche, inundaban el campamento. Mientras
me dirigía al cuartel general, divisé a Madama
Lynch atendiendo a los enfermos que se haci-
naban en el bosquecillo cercano.
El P. Maíz llegaba también en ese momento
al cuartel general, sin poder ocultar en su sem-
blante la congoja que lo dominaba. Entramos
juntos, y vimos al Mariscal, vestido con su uni-
forme de gala. Acompañado por su hijo Panchi-
to, repartía a sus ayudantes y hasta al personal
de la servidumbre sus ropas y objetos de uso,
pidiéndoles que los conservaran como un re-
cuerdo de su persona. 77
Nos saludó sereno y afable. El P. Maíz le co-
municó la muerte del sacerdote Gamarra, uno
de los capellanes y secretario suyo. Las faccio-
nes del Mariscal se contrajeron por un instan-
te con la relampagueante energía de siempre.
Luego, posando los ojos en cada uno de noso-
tros, dijo calmosamente:
–El P. Gamarra sólo nos ha llevado un poco
la delantera.
En ese momento, el rumor de muchos gri-
tos nos atrajo hacia el exterior de la tienda. A
todo correr, un grupo de mujeres que venían
del Aquidabán, se acercaron con la noticia
de que el enemigo había forzado el paso del
arroyo Tacuaras. Las voces ululantes, las caras
embarradas de llanto y sudor, esparcieron el
pánico por el campamento.
Sin perder su serenidad, el Mariscal me or-
denó que volara a ver lo que estaba pasando
realmente. Cuando me dirigía a todo galope
hacia el Paso Tacuaras, a una legua del campa-
mento, comenzaron a tronar los cañones. Poco
después vi aparecer a lo lejos la vanguardia de
la caballería enemiga. Las estelas de fuego de
los obuses rayaban el aire y talaban el boscaje
en todas direcciones.
Volví grupas y regresé a la mayor velocidad
que podía exigir a mi trasijado caballo. Por el
camino, y contorneando el flanco del campa-
mento, recogí a los hombres de los puestos de
78
guardia y a los que se hallaban dispersos por los
montes en busca de comida. Organicé las esca-
sas fuerzas y las desplegué en guerrilla tratando
de reunirlas al núcleo de la resistencia en torno
al cuartel general. Pero los batallones del enemi-
go caían en avalancha incontenible, arrollando
y matando a tiros, a sablazos, a bayonetazos,
a hombres, mujeres y niños que huían en des-
bandada. La confusión era espantosa. No pude
distinguir al Mariscal en ninguna parte. Pen-
sé, en un primer momento, que había logrado
ponerse a salvo en los bosques. Galopé hacia la
tienda de Madama Lynch, pero tampoco alcancé
a verla. Sólo un momento después, cuando una
racha de viento aclaró un poco la masa de humo
y polvo, divisé el carruaje que se alejaba hacia el
sur por el camino del Chirigüelo; lo escoltaban
Panchito López y un reducido grupo de jinetes.
En el instante en que la negra victoria se
perdía en un recodo, alguien –una mujer, tal
vez la misma madre del Mariscal– me sacó de
mi ensimismamiento con un ronco grito:
–¡Están matando a Solano en el arroyo!
Me interné a la carrera por un sendero hacia
la orilla boscosa del Aquidabán-Niguí: fui bor-
deando el arroyo, hasta que vi al Mariscal caído
en medio de la corriente. Aún estaba vivo; la he-
rida del lanzazo en el costado teñía el agua con
su sangre. Un ennegrecido tronco de palmera
le servía de cabezal. La hoja de su espada chis-
peaba en el aire manteniendo a raya a la solda-
79
desca enemiga, paralizada más que por el arma
por la furia sobrehumana de esas miradas agó-
nicas. El jefe imperial volvió a intimarle rendi-
ción. Irguiéndose a medias con el resto de sus
fuerzas, por toda respuesta el Mariscal le lanzó
una estocada, exhalando aquel grito tremendo
de ¡Muero con mi patria!
El apóstrofe proferido no
fue éste –como quieren
los asnos hereditarios
del rumor– sino ¡Muero
por mi patria! No
se puede negar, sin
embargo, que el otro era
más grandilocuente pero
menos falaz.
Un soldado enemigo se echó sobre él y lo afe-
rró por el cuello. En la lucha cayó abrazado al
Mariscal; otro, apoyó la carabina sobre su pe-
cho, y le disparó a quemarropa. Sólo entonces,
echando cuajarones de sangre por boca y nariz,
se hundió definitivamente.
Los imperiales sacaron el cadáver a la orilla,
y empezaron a despojarlo de sus ropas. El sol-
dado que le había dado el tiro de gracia, alcanzó
al jefe un objeto que extrajo del pantalón azul;
los rayos del sol hirieron de reflejos el reloj de
oro a cuyo tiento ya no seguiría atada el alma
del Mariscal. Su cuerpo desnudo fue ultrajado;
las negras turbas empezaron a bailar sobre los
80 despojos del vencido, pisoteándolo alegremen-
te, en medio de una salvaje gritería. Impelido
por una furia ciega atropellé las matas espi-
nosas, abalanzándome hacia el lugar de pro-
fanación y de oprobio. Salí a un claro. Un tiro
me hizo volar parte del maxilar y tronchó mi
lengua de raíz; otro, mató mi caballo. La lengua
quedó colgada de una membrana. La escupí en
la mano y la estrellé contra el suelo. Después
caí sin sentido entre los matorrales.
Cuando recobré el conocimiento, me en-
contré bañado en sangre en la cuerda de un
grupo de prisioneros. De seguro no me reco-
nocieron a causa de mi cara horriblemente
desfigurada; me miraban con cierta instintiva
repugnancia.
Desde el lugar donde nos tenían encadena-
dos vi de pronto a Madame Lynch enterrando
con sus propias manos los restos del Mariscal y
de su hijo Panchito.
Vio mal y anota mal.
Padre e hijo, afirman
otros testigos más dignos
de fe, fueron enterrados
en una fosa poco
profunda. A pedido de la
Lynch, la ahondaron, y
ella misma colocó
juntos los dos cadáveres,
separados apenas por
una camada de tierra.
81
Entre los vencedores, la inmolación, o en térmi-
nos más precisos, el asesinato del Mariscal Pre-
sidente, se redujo –como bien es sabido– a un
interminable pleito entre los dos jefes imperia-
les que participaron en la innoble hazaña y que
se atribuyeron el mérito de haberla ejecutado.
“Doy cien libras esterlinas a quien mate a
López”, había prometido a sus soldados el co-
ronel da Silva Tavares, comandante de las van-
guardias que entraron a Cerro Corá. Su cabo
de órdenes, Francisco Lacerda, apodado Chico
Diavo fue, según él, quien asestó al Mariscal el
mortal lanzazo en el bajo vientre.
Por su parte el general Correia da Cáma-
ra, superior del coronel Tavares, afirmó que la
muerte de Solano López se produjo a raíz del
disparo de uno de sus soldados, al no querer
rendirse ni entregar su espada. Durante diez
años continuaron discutiendo sobre a quién
correspondía la recompensa por la muerte de
Solano López.
El general Cámara,
ganó, no sólo porque
tuvo la razón sino
porque era el jefe. Su
victoria en Cerro Corá
le valió merecidamente
el título de vizconde de
Pelotas. El coronel
Tavares solo ascendió a
82 general. A su regreso,
tuvo que pagar a Chico
Diavo, en ganado
de su propiedad, el
equivalente de las cien
libras prometidas, por
el presunto lanzazo
tiranicida.
Falta aún señor Fiscal, revelar la mayor vileza
de esta historia; la que se cometió en nues-
tras propias filas. Hubo un entregador de
Cerro Corá; un guía indicó al enemigo los pa-
sos fortificados y la forma de penetrar en el
último bastión de Solano López. El traidor lo
hizo a condición de que se le permitiese vol-
ver a combatir en Cerro Corá y le respetasen
la vida y la libertad de Madama Lynch. Ambas
condiciones, insignificantes para los imperia-
les ansiosos de cobrarse la pieza mayor, fueron
aceptadas sin discusión. La propuesta era ex-
traña; no les sorprendió siquiera el hecho de
que el hombre que entregaba el reducto quisie-
se retornar a él para defenderlo; les pareció una
astuta coartada. El traidor regresó esa misma
noche al campamento. Combatió, fue herido y
tomado prisionero.
Ese traidor fui yo, el ex coronel Silvestre
Carmona.
83
Caballo negro editora agradece a Carla Daniela
Benisz, Mirta Roa, Enrique Collar y Carlos Castells
por la colaboración brindada para que este libro sea
posible.
Y especialmente a Mario Castells por sus aportes
fundamentales y su amistad.
Compuesto en Alegreya ht,
del talentoso tipógrafo argentino
Juan Pablo del Peral
Este libro se terminó de imprimir en el mes de
agosto / 2020, en los talleres de Gráfica del sur.
Juan B. Justo 5951/3 - Córdoba -
Tel: (0351) 4923625
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