Voy a comenzar hablando del concepto “adolescencia” como un proceso psíquico que deben transitar los
individuos en su estar creciente. Se trata de un suceso que se va dando en su propio devenir, sin caminos
establecidos ni direcciones a seguir, más bien caracterizado por conflictos, obstáculos, regresiones y demoras
(Grassi).
La adolescencia es evolutiva porque va de lo simple a lo complejo. Es un cambio progresivo de lo
inmaduro a lo maduro. El crecimiento no es lineal, rompe con la linealidad del tiempo. Se trata de tramas.
Este tiempo se caracteriza por el entretiempo de la sexuación abarca tres instancias, lo puberal, lo
adolescente y lo juvenil. En su recorrido, el sujeto se encontrará en un constante y continuo proceso de
producción de subjetividad que, a su vez, llevará a la integración psicosomática.
La adolescencia es urgencia de transformar y crear, es puesta en desorden del cuerpo, de la identidad
infantil, del orden familiar y la posición generacional, ello se verifica también en el campo del lenguaje.
Al adolescente le urge poner en desorden el lenguaje. Los adolescentes necesitan recurrir a significantes
propios El adolescente no cuenta con un “discurso apropiado”, está en proceso de desasimiento y
desalineación del Otro parental, debe entonces crear recursos expresivos en la grupalidad. Este será un
modo de transcribir en lo simbólico la experiencia con lo real de un cuerpo cuya imagen es alterada.
Apropiarse del lenguaje permitirá materializar sus deseos y decir algo en nombre propio.
Grassi ubica un factor central al que debe llegarse para dar inicio a los procesos psíquicos, el desorden.
Este se da sobre organizaciones previamente elaboradas en el período infantil que, obra del advenimiento de
lo puberal, comienzan a modificarse y desestabilizarse dentro de los planos intrasubjetivo (cambios
corporales que advienen en el cuerpo todavía niño, que implicarán para el mismo replantearse
identificaciones infantiles enraizadas a lo somático y la familia y elaborar, mediante un nuevo pasaje por el
estadio espejo y la re significación del complejo de Edipo, un nuevo registro y significación del cuerpo ahora
genital), transubjetivo (ante el advenimiento de este nuevo cuerpo genital que es capaz de procrear, se debe
simbolizar un emplazamiento generacional donde las posiciones establecidas en el plano infantil sufren
modificaciones. El pasaje de hijos a posibles padres implica un deseo de asesinato y muerte a los padres
como operación simbólica al que, los mismos deben sobrevivir) e intersubjetivo (pasaje de lo endogámico a lo
exogámico caracterizado principalmente por la conformación del cuerpo genital y el hallazgo de objeto que no
se da sin la participación del otro. Requerimos de un alter que coadyuve con la inscripción de la mismisidad y
la alteridad) para, luego, poder lograr la incorporación e integración de lo novedoso.
Esta necesidad de homogeneizar, incorporar algo del afuera y hacerlo familiar es una de las funciones del
aparato psíquico y lo denominamos metabolizar, es decir, una actividad de representar.
En la misma línea, Waserman habla de la condena a la exploración, la exploración obligada y siempre
acompañada que se realiza para ir al encuentro con otros exogámicos, objetos necesarios para el andar
adolescente. En ellos se busca recuperar el apuntamiento perdido, ya sea en el hallazgo de objeto o en
grupo. El adolescente debe viajar a sus orígenes para descubrir su identidad y esto se realiza debido al
deseo, la metamorfosis del cuerpo y el trauma de lo puberal.
Estas organizaciones, desórdenes y neorganizaciones de las que habla Grassi están atravesadas y se dan
de la mano de la elaboración del trauma puberal, el duelo historizante y acontecimiento adolescente.
Ampliando este desarrollo tomando a la autora Grassi, podemos decir que el advenimiento de la genitalidad
en el cuerpo infantil, con la nueva imagen y sensaciones implicadas, en sumatoria con las consecuentes re-
significaciones que se producen de vivencias infantiles interpretadas a la luz de esta nueva lógica producen
en el sujeto un exceso de excitaciones que no logra inscribir ni elaborar. En este período, representaciones
incestuosas dan sustento a la actividad auto erótica que tiende a la descarga. Este conjunto de factores lleva
a la aparición de lo que llamamos “trauma puberal”, el cual requerirá un trabajo que le permita la inscripción y
significación de aquello novedoso, el mismo se dará ya en el advenimiento de lo adolescente.
Córdova haba del duelo historizante como un proceso que le posibilitará al sujeto abandonar su posición
de actualidad y repetición respecto al trauma puberal, permitiéndole el pasaje a lo nuevo, que le habilitará el
devenir de su propio deseo. Para que esto logre llevarse a cabo el adolescente deberá comenzar por el
trabajo de duelo, esto significa considerar lo infantil como pasado definitivamente perdido, lo que implicará el
asesinato y la muerte simbólica de los padres ideales perfectos, al igual que el niño maravilloso. Se trata de
un proceso que conlleva tiempo y energía y que, una vez consumado, le permite al sujeto simbolizar la
ausencia de lo infantil e incorporar por identificación las marcas con el vínculo de los objetos parentales.
Ahora bien, una vez elaborado el duelo se abre paso al proceso historizante que le brinda la posibilidad al
sujeto de subjetivar su propia historia, reordenar sus vivencias adjudicándole sentido y significaciones
propias. Tomando las consideraciones de Aulagnier (1991) cabe destacar el necesario pasaje de pluma de
aquellos que cumplen la pareja parental al adolescente, quien ya a comienza a tomar distancia de lo
endogámico con su salida a la exogamia, las identificaciones con sus pares y, por ende, la re-elaboración de
diferentes acontecimientos. En consecuencia, también se realiza un pasaje del yo ideal al ideal del yo. El
autor en su desarrollo también destaca la importancia del fondo de memoria, el cual contribuye en dos
aspectos en lo que al historizar refiere. Por un lado organiza lo permanente en un registro identificatorio y, por
el otro, compone el capital fantasmático. Ambos demarcarán lo modificable y no modificable de cada aparato
psíquico asentando determinadas posibilidades en el devenir, tanto en lo identificatorio como en lo vincular.
Ahora bien, una vez consumado este proceso de apropiación y subjetivación que se da en lo adolescente
de aquello que devino con lo puberal, se abre paso a un nuevo horizonte, lo juvenil. En este marco puede
ubicarse el acontecimiento adolescente (Grassi), el mismo se desarrolla en una nueva temporalidad, al haber
logrado elaborar el trauma puberal ya no nos encontramos en la constante repetición, sino en la apertura a lo
nuevo, a las nuevas posibilidades. Se trata de querer y ser conscientes de que algo diferente a lo actual
puede ocurrir, sin olvidar que para ello fue necesario previamente haber investido el pasado.
Podemos ubicar aquí una de las elaboraciones propias del yo, el proyecto identificatorio como una apertura
hacia el devenir donde el yo construye su misma continuidad, da lugar a su propia existencia. Si bien invita a
pensar en el futuro y proyectar sobre el mismo, esto se hace preservando anclajes significativos del pasado
en los cuales el sujeto asienta su identidad. A su vez, cabe destacar que este proyecto se encuentra guiado
por el ideal del yo y, por lo tanto, por la serie de desidentificaciones e identificaciones que haya incorporado o
de las que se haya desasido el sujeto, tanto en lo respectivo a la mirada familiar como en lo que al plano
exogámico refiere.