LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD
"Otros dos sacramentos, el Orden y el Matrimonio, están ordenados a la salvación de los
demás. Contribuyen ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el
servicio que prestan a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a
la edificación del Pueblo de Dios" (Cat.I.C. 1534).
EL SACARAMENTO DEL ORDEN
Una sociedad para poder vivir armónicamente necesita distribuir funciones.
Todos no pueden hacer todo y entre los muchos miembros de la sociedad cada uno tiene
sus funciones específicas. También la Iglesia es una comunidad que necesita ser
organizada. La necesidad de ministros en la comunidad y la voluntad de Dios así lo
dispusieron.
El sacramento del Orden Sagrado constituye a algunos cristianos en ministros lo cual
significa "estar habilitado para hablar y actuar en nombre de la Iglesia, con todo lo que ello
supone y así poder hacer a Dios presente en medio de su pueblo. Significa tener la
responsabilidad de un poder que es preciso ejercer en nombre de Cristo y a su estilo".
El Orden es el sacramento por el que "algunos de entre los fieles quedan constituidos
ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y
destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en
la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir" (Cat.I.C 1008).
Este sacramento se llama orden sagrado porque consiste en grados ordenados,
jerárquicamente subordinados entre sí, de los que resulta la jerarquía eclesiástica: obispo,
presbítero y diacono.
Todo bautizado participa del sacerdocio de Cristo y está por tanto, capacitado para
colaborar en la misión de la Iglesia. El orden, sin embargo, imprime una especial
configuración -carácter indeleble- que distingue esencialmente a quien lo recibe de los
demás fieles, capacitándolo también para funciones especiales.
Por eso se afirma que el sacerdote posee el "sacerdocio ministerial", distinto
delsacerdocio real o "sacerdocio común" de todos los fieles.
En efecto, la Iglesia es una comunidad sacerdotal, ya que todos los fieles participan de
alguna manera del sacerdocio de Cristo -de su oficio profético, sacerdotal y regio- y de la
misión única de la Iglesia. Todos están llamados a la santidad. Todos deben buscar la
gloria de Dios y trabajar en el apostolado, dando con su vida testimonio de la fe que
profesan. Esta participación en el sacerdocio de Cristo es doble y difiere esencialmente.
Hay un sacerdocio común a todos los fieles, que confieren el bautismo y la confirmación, y
un sacerdocio ministerial que sólo tienen quienes reciben el sacramento del orden. Así lo
enseña el Concilio: "Lo propio de los sacerdotes, es celebrar el Santo Sacrificio de la
Misa, predicar la palabra divina, administrar los sacramentos y guiar a los hombres en
orden a conseguir la salvación eterna" (L.G 10). El sacerdote actúa "en la persona de
Cristo Cabeza", es decir, actúa en el nombre y con el poder de Cristo.
Las funciones que desempeña se resumen en una triple potestad: enseñar, santificar y
regir. De los sacerdotes -otros Cristos- depende en gran parte la vida sobrenatural de los
fieles, ya que solamente ellos pueden hacer presente a Jesucristo sobre el altar y
perdonar los pecados. Aunque éstas son las dos funciones principales del ministerio
sacerdotal, su misión no se agota ahí: administra también los otros sacramentos, predica
la palabra divina, dirige espiritualmente, etc. Es decir, participa del triple poder de Cristo:
- poder de santificar, administrando los sacramentos, sobre todo el de la Penitencia y el
de la Eucaristía;
- poder de regir, dirigiendo a las almas, orientando su vida hacia la santidad;
- poder de enseñar, anunciando a los hombres el Evangelio.
Jesucristo es el verdadero y supremo Sacerdote de la Nueva Ley, pues sólo
El nos reconcilió con Dios por medio de su Sangre derramada en la Cruz (cfr. Hb 8,1;
9,15). Sin embargo, quiso Jesús que algunos hombres, escogidos por El, participaran de
la dignidad sacerdotal de modo que llevaran los frutos de la redención a todos los demás.
Con ese fin instituyó el sacerdocio de la Nueva Alianza (cfr. Lc 22,19).
A su vez los Apóstoles, inspirados por Dios, sabían que el encargo de Jesús no acabaría
con ellos, y por eso transmitían el ministerio mediante el sacramento del orden, que
administraban por la imposición de las manos y la oración (cfr. Hch 14,23-24). De este
modo, comunicaban a otros hombres el poder de regir, santificar y enseñar que ellos
habían recibido directamente del Señor.
El rito esencial del sacramento del orden está constituido, para los tres grados (que serán
caracterizados más adelante), por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza del
ordenado, así como por la oración consagratoria que pide a Dios la efusión del Espíritu
Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es ordenado (cfr.
Cat.I.C.1573).
La materia: en 1947, después de una larga controversia sobre el tema, PÍO XII declaró
que la materia del sacramento del orden es la imposición de las manos (cfr. Dz. 2301;
Cat.I.C. 1009).
En otros sacramentos la materia es una cosa (res) -p. ej., el agua, aceite, etc.- porque el
efecto del sacramento no deriva de algo que tenga el ministro; en cambio en el
sacramento del orden se comunica una potestad espiritual que viene de Dios, pero que es
participada por quien lo confiere: por eso la fuerza de la materia está en el ministro y no
en un elemento material.
La forma: La forma es la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para
cada grado (cfr. Cat.I.C. 1009).
Efectos del Sacramento del Orden
Por la ordenación sagrada, el sacerdote es constituido ministro de Dios y dispensador de
los tesoros divinos (cfr 1Cor. 4,1). Con este sacramento recibe una serie de efectos
sobrenaturales que le ayudan a cumplir su misión, siendo los principales: el carácter
indeleble, la potestad espiritual, el aumento de gracia santificante y la concesión de la
gracia sacramental.
Imprime carácter indeleble, distinto al del bautismo y al de la confirmación, que
constituye al sujeto en sacerdote para siempre: "Tú eres sacerdote para siempre, según el
orden de Melquisedec" (cfr. Sal 110,4; Hb 5,5-6).
El carácter es una cierta capacitación para el culto, que en el sacramento del orden
constituye la más plena participación en el sacerdocio de Cristo:
- lleva a su plenitud el sacerdocio,
- perfecciona el poder sacerdotal,
- corona la capacidad de ejercer fácilmente ese poder sacerdotal, que el fiel ya tiene por el
Bautismo y la Confirmación.
El carácter realiza todo esto a través de una configuración del que se ordena con Cristo,
Cabeza del Cuerpo Místico, que le faculta para participar de un modo muy especial en su
sacerdocio y en su triple función. Por eso el sacerdote se convierte en:
- ministro autorizado de la palabra de Dios, participando del munus docendi (poder de
enseñar);
- ministro de los sacramentos, participando del munus sanctificandi (poder de
santificar); de modo especial se convierte en ministro de la Eucaristía, por lo que su oficio
principal es la celebración del Santo Sacrificio del Altar, donde se renueva
sacramentalmente la obra de nuestra Redención y se aplican sus frutos, y donde el
ministerio sacerdotal encuentra su plenitud, su centro y su eficacia (cfr. Presbyterorum
ordinis,)
- ministro del pueblo de Dios, participando del munus regendi (poder de gobernar); así,
entra a formar parte de la jerarquía eclesiástica, de modo distinto según su grado propio:
adquiere una potestad espiritual para conducir a los fieles a su fin sobrenatural eterno.
Este efecto se explica por separado a continuación.
La diversidad de grados en el ministerio
El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya
desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos.
- El episcopado: "Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer
lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remota hasta el
principio, son los transmisores de la semilla apostólica" (L.G 20, cfr. Cat.I.C. 1555). Se
entiende por ministro del orden sacerdotal aquel que tiene potestad para administrarlo. Es
ministro de la ordenación sagrada en todos sus grados, el obispo consa- grado; así consta
en el Concilio de Florencia y en el de Trento (Dz 701; 967, cfr. Cat.I.C. 1012). "Dado que
el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los
obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir el don espiritual; la semilla
apostólica" (Cat.I.C.1576). Según la Sagrada Escritura, los Apóstoles (cfr. Hch 6,6; 14, 22;
2Tim1,6) o los discípulos de los Apóstoles consagrados por éstos como obispos (cfr. 1Tim
5,22; Tit 1,25), aparecen como los ministros de la ordenación.
- El presbiterado: Los presbíteros (del griego presbyterós = anciano), aunque no tienen la
plenitud del sacerdocio y dependen de los obispos en el ejercicio de su potestad, tienen el
poder de: consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo; perdonar los pecados; ayudar a los
fieles con las obras y la doctrina; administrar aquellos otros sacramentos que no requieran
necesariamente el orden episcopal.
- El diaconado: El diácono (del griego diaconós = servidor) asiste al sacerdote en
determinados oficios; p. ej.: en las funciones litúrgicas, en conformidad con los respectivos
libros; administrando el bautismo solemne; reservando y distribuyendo la Eucaristía,
llevando el Viático a los moribundos y dando la bendición con el Santísimo; asistir al
Matrimonio donde no haya sacerdote, etc. (cfr. el Motu proprio Sacrum diaconatus
ordinem de PABLO VI, del 18-VI-1967). El diáconado que fue y sigue siendo un escalón
previo al presbiterado, es también ahora un grado permanente y propio de la jerarquía
(cfr. LG 29; Motu proprio Ad pascendam de PABLO VI, del 15-VIII-1972).
El ministro del Orden Sagrado es sacramento es el obispo que debe cerciorarse
debidamente de la idoneidad del candidato, de acuerdo a las normas establecidas por el
derecho (cfr. Cat.I.C. 1050-1052), que vienen a ser una concreción de aquella
recomendación de San Pablo: "no seas precipitado en imponer las manos a nadie, no
vengas a participar en los pecados ajenos" (1Tim 5, 22).
Es sujeto del sacramento del Orden sagrado el hombre que no tenga impedimentos:
"Sólo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación" (Cat.I.C. 1024).
EL MATRIMONIO
Conviene celebrar la esperanza que representa para un sociedad la formación de una
familia es una apertura hacia el futuro. El matrimonio es la fiesta de la continuación de la
vida y el amor a pesar de las amenazas. Es celebrar el amor como don gratuito de Dios
que se viven en la pareja y luego en la familia. El sacramento es la unión marital de un
hombre y una mujer, entre personas legítimas, para formar una comunidad indivisa de
vida. "Fundada por el creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad
conyugal de vida y de amor está establecida sobre la alianza de los cónyuges, es decir
sobre el consentimiento personal e irrevocable… Cristo, nuestro Señor bendijo
abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está
formada a semejanza de la unión con la Iglesia… Por ello los esposos cristianos, para
cumplir dignamente su deber de estado, están fortalecidos y como consagrados por un
sacramento especial" (GS 48).
Es tanta la importancia del matrimonio en la vida de la sociedad, que Jesucristo quiso
elevar la realidad natural del matrimonio a la dignidad de sacramento para quienes han
recibido el bautismo. Por tanto, el contrato matrimonial válido entre bautizados es por eso
mismo sacramento (cfr. Cat.I.C 1055).
El sacramento no es algo añadido al matrimonio, sino que, entre bautizados, el
matrimonio es sacramento en y por sí mismo, y no como algo superpuesto.
Por eso precisamente todo matrimonio válido entre bautizados es sacramento. El
sacramento, pues, deja intactos los elementos y propiedades de la institución matrimonial,
confiriéndole, eso sí, una especial firmeza y elevándolos al plano sobrenatural. Como
señala SANTO TOMÁS (Suma Teológica, q. 42, a. 1, ad. 2), el sacramento es el mismo
contrato asumido como signo sensible y eficaz de la gracia. El libro del Génesis enseña
que Dios creó a la persona humana varón y mujer, con el encargo de procrear y de
multiplicarse: "Hombre y mujer los creó, y los bendijo Dios, diciéndoles: procread y
multiplicaos, y llenad la tierra" (1,28).
Es entonces cuando instituye Dios el matrimonio, haciendo al hombre y a la mujer
colaboradores en la tarea de transmitir la vida. También para que se ayuden y sostengan
mutuamente: "No es bueno que el hombre esté solo; voy a darle una ayuda semejante a
él" (2,18). El matrimonio no es, por tanto, un invento del hombre: la institución matrimonial
forma parte, desde el momento mismo de la creación del hombre, de los planes divinos.
En el Nuevo Testamento también encontramos fundamentos sólidos de la validez de este
sacramento. Es el mismo Jesús que, retomando las palabras del Génesis dirá: "¿No
habéis oído que al principio el Creador los hizo varón y hembra?
Y que dijo: por eso dejará el hombre al padre y a la madre, y se unirá a la mujer, y serán
los dos una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt. 19,4-5).
También recordará en el sermón de la montaña el origen divino de este sacramento (cfr.
Mt 5,31-32). Por tener su origen en Dios, sólo a El corresponde legislar sobre la institución
matrimonial.
La Sagrada Escritura además de mencionar los matrimonios de individuos concretos, usa
también imágenes asociadas al matrimonio en otros contextos, en particular para destacar
la relación entre Dios y el pueblo elegido en el Antiguo Testamento y en el Nuevo
Testamento San Pablo al dirigirse a los esposos utilizará la imagen del amor entre Cristo y
la Iglesia.425(cfr. Ef 5,25-27.32), que le hizo entregarse para santificarla y tenerla para sí
gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada. Resumiendo con palabras del
Magisterio, podemos afirmar que el matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de
los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes
de los hombres, sino del Autor mismo de la naturaleza, Dios, y del Restaurador de la
misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio
de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges (PÍO XI,
Encíclica. Casti connubii, 31-XII-1930: Dz. 2225).
Efectos del sacramento
El efecto propio del matrimonio, en cuanto institución natural, es el vínculo entre los
cónyuges, con sus propiedades esenciales de unidad e indisolubilidad, como veremos
más adelante. Para los cristianos, además, el sacramento del matrimonio produce efectos
sobrenaturales:
- aumento de gracia santificante,
- la gracia sacramental específica, que consiste en el derecho a recibir en el futuro las
gracias actuales necesarias para cumplir debidamente los fines del matrimonio que son:
la procreación y educación de los hijos (cfr. Cat.I.C 1005),
- la ayuda mutua entre los esposos y su propio perfeccionamiento."Esta gracia propia del
sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a
fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia se ayudan mutuamente a
santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos"
(Cat.I.C 1641).
Los Ministros del sacramento
Los contrayentes son los ministros del sacramento del matrimonio (cfr. S. Th., Supl., q.
42, a. 1, ad. 1; q. 45, a. 5). Los esposos son quienes, como ministros de la gracia de
Cristo, se confieren mutuamente el sacramento del Matrimonio, expresando ante la Iglesia
su consentimiento (cfr. Cat.I.C 1623).
Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres
para contraer matrimonio y que expresan libremente su consentimiento.
‘Ser libre’ quiere decir:
- no obrar por coacción;
- no estar impedido por una ley natural o eclesiástica (cfr. Cat.I.C 1625).
La asistencia del sacerdote tiene la categoría de un testigo calificado, y es
imprescindible por exigirlo así el Derecho de la Iglesia (cfr. Cat.I.C 1108).
Propiedades del sacramento la indisolubilidad y la unidad
El amor conyugal es, por su misma naturaleza, un amor fiel y exclusivo hasta la muerte
(cfr. Cat.I.C 1644-1648). El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos muestra
que la fidelidad no es sólo connatural al matrimonio, sino también manantial de felicidad
profunda y duradera (cfr. PABLO VI, Encíclica Humanae Vitae, 9).
- La unidad: es la unión de un solo hombre con una sola mujer. En el matrimonio los
cónyuges se donan recíprocamente uno al otro. La fidelidad es requisito indispensable
para esta unión, de no existir provocaría un gran desequilibrio en el matrimonio.
- La indisolubilidad: significa que el vínculo matrimonial dura para toda la vida y nadie lo
puede deshacer. "Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).
Estas propiedades son necesarias porque, por medio de ellas, se logra conservar y
fomentar la fidelidad conyugal, se facilita la ayuda mutua y el perfeccionamiento de ambos
cónyuges, es muy importante para la educación de los hijos que requieren una estabilidad
familiar y es buena para la sociedad.
Esta doctrina ha sido siempre enseñada por la Iglesia, que exhorta a la práctica de la
verdad expuesta con plena claridad por Jesús sobre la unidad y la indisolubilidad del
matrimonio (cfr. Mt 19,3-9: Mc 10,1-2; Lc 16-18).
CONCLUSIÓN
Considerando lo expresado en la unidad debemos concluir diciendo que, cuando nos
referimos a los sacramentos debemos comprenderlos en un sentido amplio y estricto. Ya
que, como se analizó, hacen referencia a distintas realidades que son: Cristo, la Iglesia, el
hombre y lo que habitualmente se conoce como
los siete sacramentos: Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Reconciliación, Unción de los
enfermos, Orden Sagrado y Matrimonio.
También se debe tener presente que estas realidades, a las que hemos llamado
sacramentos, guardan estrecha relación entre sí. Cristo sacramento primordial del Padre,
al encarnarse, se hizo sacramento de Dios y constituyó a la Iglesia como sacramento
universal de salvación, para que continuara su obra salvífica en el tiempo. Brindando
dicha salvación especialmente en los siete sacramentos.
Será el hombre sacramento, (en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios y capaz de
percibir la presencia de Dios) quien dentro de la Iglesia reconocerá en los siete
sacramentos, (signos sensibles y eficaces de la gracia), la manifestación de Jesucristo
obrando la salvación, ya que cada uno de ellos tiene referencia directa a Cristo y a
momentos y realidades importantes de la existencia humana.
Por último: "No es posible encontrarse con Dios prescindiendo de un encuentro con el
hombre, el encuentro sacramental que tiene lugar en Cristo no podrá ser nunca
celebración de un encuentro directo con Dios, que permita evadirse del compromiso de un
encuentro fraternal, con los hombres…es esto precisamente lo que hace de los
sacramentos un encuentro dialógico… Puesto que los individuos que se unen a Cristo
constituyen una sola cosa con Él, el diálogo sacramental tiene que asumir por necesidad
el papel de un punto de encuentro de los hombres entre sí. En los sacramentos es donde
Dios edifica su Iglesia haciéndola fuente de salvación para todos los hombres. Y en los
sacramentos es donde la Iglesia responde comunitariamente al propio Dios dándole una
alabanza perfecta".