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Vida y Obra del Apóstol Pablo

Este documento presenta una biografía del apóstol Pablo en cuatro secciones: 1) Su origen y familia en Tarso, donde recibió educación judía y farisea. 2) Su formación intelectual en Jerusalén bajo Gamaliel. 3) Su persecución de los cristianos antes de su conversión. 4) Su repentina conversión en el camino a Damasco cuando vio a Jesús y recibió una visión celestial que lo llevó a convertirse al cristianismo y predicar la palabra de Dios.

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Vida y Obra del Apóstol Pablo

Este documento presenta una biografía del apóstol Pablo en cuatro secciones: 1) Su origen y familia en Tarso, donde recibió educación judía y farisea. 2) Su formación intelectual en Jerusalén bajo Gamaliel. 3) Su persecución de los cristianos antes de su conversión. 4) Su repentina conversión en el camino a Damasco cuando vio a Jesús y recibió una visión celestial que lo llevó a convertirse al cristianismo y predicar la palabra de Dios.

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República Bolivariana de Venezuela

Instituto Biblico Ministerial Hermón (INBITEMHE)

Unidad Curricular: Epístolas paulinas y universales

San Fernando – Edo – Apure

VIDA Y OBRA DEL APOSTOL PABLO

Facilitadora: Aminta De Salazar Participante: Noel Alcalá


BIOGRAFIA DEL APOSTOL PABLO

(A) ORIGEN Y FAMILIA.

Pablo: gr. «Paulos», lat. «Paulus», «pequeño»). El apóstol de los gentiles. Su nombre judío era
Saulo (heb. «Shã'ûl», gr. «Saulos»). A partir de la conversión de Sergio Paulo, procónsul de Chipre,
Saulo recibe en Hechos el nombre de Pablo («Paulos»; cfr. Hch. 13:9). En sus epístolas, el apóstol
siempre se llama a sí mismo Pablo. Se ha venido a suponer, por parte de algunos, que eligió el
nombre de Pablo debido a la conversión del procónsul. Se trata de una afirmación muy poco
probable, y que no tiene en cuenta la manera en que Lucas introduce en los Hechos el nombre
romano del apóstol; de hecho, lo emplea a partir del instante en que da comienzo entre los
gentiles la obra de aquel a quien ellos conocían como Pablo. Lo más plausible es que ya desde el
principio Pablo habría tenido ambos nombres. Éste era el caso con muchos otros judíos,
especialmente entre los de la Diáspora (Hch. 9:11; 21:39; 22:3). Era miembro de la tribu de
Benjamín (Fil. 3:5). No se conoce con certeza la razón de que su familia se estableciera en Tarso.
Una tradición muy antigua informa que salieron de Gischala, en Galilea, cuando los romanos se
apoderaron de esta ciudad. Hubiera podido ser posible que en tiempos anteriores esta familia
hubiera formado parte de una colonia que alguno de los reyes sirios estableciera en Tarso (cfr.
Ramsay, «St. Paul the Traveler», p. 31). Es posible también que la familia emigrara
voluntariamente, por necesidades de la profesión de comercio, como era el caso con muchas otras
familias judías. Los parientes de Pablo parecen haber sido numerosos e influyentes. En Ro. 16:7,
11, Pablo hace saludar a tres de sus parientes: dice de Andrónico y de Junias que son muy
estimados entre los apóstoles y que fueron antes que él en Cristo. En Hch. 23:16 se nos informa
que el hijo de la hermana de Pablo (que parece que residía en Jerusalén, posiblemente con su
madre), denunció ante el tribuno el complot tramado contra su tío. Este episodio permite suponer
que el joven estaba emparentado con alguna de las familias implicadas. Lo importante del papel
de Pablo, a pesar de su juventud, durante el martirio de Esteban, apoya esta suposición. Es
indudable que Pablo era ya miembro del sanedrín (Hch. 26:10), y el sumo sacerdote le encomendó
la misión de que persiguiera a los cristianos (Hch. 9:1, 2; 22:5). Las mismas palabras del apóstol
(Fil. 3:4-7) prueban que, siendo un personaje importante, y teniendo en el comienzo mismo de su
carrera la perspectiva de honores y fortuna, no pertenecía precisamente a una familia oscura.
Criado en la obediencia a la Ley y en la piedad judía tradicional, por cuanto su padre era un fariseo
estricto (Hch. 23:6), Pablo poseía también, por nacimiento, la ciudadanía romana. No se sabe en
virtud de qué fue concedido este derecho a uno de sus ascendientes, si como recompensa por
servicios prestados al Estado, o como privilegio adquirido mediante el pago de una gran suma de
dinero. Es posible que ello dé explicación del nombre latino de Pablo. En todo caso, su condición
de ciudadano romano le fue de utilidad en su apostolado y le salvó la vida en más de una ocasión.
(B) FORMACIÓN MORAL E INTELECTUAL.

Tarso, una de las capitales intelectuales de la época, era un foco de cultura griega. Estaba
entonces de moda el estoicismo. Sin embargo, es muy poco probable que Pablo acudiera a
escuelas griegas; sus padres, austeros judíos, lo enviaron de joven a estudiar en Jerusalén. Los
jóvenes judíos aprendían una profesión, y Saulo hizo el aprendizaje de fabricación de tiendas (Hch.
18:3). Dice él (Hch. 22:3) que había sido criado en Jerusalén, a donde tuvo que llegar muy joven. La
educación recibida lo arraigó profundamente en las tradiciones del fariseísmo. Fue instruido en el
conocimiento preciso de la ley de sus padres (cfr. Hch. 22:3). Su maestro fue uno de los más
célebres rabinos de su época, Gamaliel. Un discurso de Gamaliel (Hch. 5:34-39) convenció al
sanedrín a no condenar a los apóstoles a muerte. Aunque era fariseo, el gran rabino no rechazaba
del todo la cultura griega, y mostraba un espíritu tolerante. A sus pies, el joven Saulo no estudió
solamente el AT, sino también las sutilezas de las interpretaciones rabínicas. Se lanzó
ardorosamente dentro del seno del judaísmo, animado de un excesivo celo por las tradiciones de
sus padres (Gá. 1:14). Versado en la religión y en la cultura judías, sumamente dotado, miembro
de una familia distinguida, el ferviente joven fariseo estaba preparado para grandes logros en el
seno de su pueblo.

(C) SAULO EL PERSEGUIDOR.

Los falsos testigos que lapidaron a Esteban encargaron al joven Saulo que guardara sus ropas
(Hch. 7:58). Si el papel de Saulo no tuvo un carácter oficial, el relato implica, no obstante, que el
joven participó en el deliberado propósito de llevar a cabo aquella muerte (Hch. 8:1). Saulo fue
seguramente uno de los judíos helenistas mencionados en Hch. 6:9-14 como instigadores del
martirio. Es evidente que Pablo ya aborrecía entonces a los adeptos de aquella nueva secta,
menospreciando a su Mesías, y que los estimaba peligrosos tanto sobre el plano político como
sobre el religioso. Lleno de un fanatismo firme y acerbo, estaba dispuesto a llevarlos a todos a la
muerte. Acto seguido después de la muerte de Esteban, Saulo organizó la persecución contra los
cristianos (Hch. 8:3; 22:4; 26:10, 11; 1 Co. 15:9; Gá. 1:13; Fil. 3; 1 Ti. 1:13). Su conciencia ofuscada
lo llevó a actuar con el encarnizamiento de un inquisidor. No contento con actuar en Jerusalén,
pidió cartas del sumo sacerdote para las sinagogas de Damasco, a fin de llevar presos a Jerusalén a
los cristianos de origen judío ,a los que quería llevar cargados de cadenas (Hch. 9:1, 2).Los judíos
tenían una gran autonomía en sus asuntos internos, con la autorización de los romanos. En
Damasco, que estaba bajo el control de Aretas, rey de los nabateos, el gobernador era
particularmente favorable hacia los judíos (Hch. 9:23, 24; 2 Co. 11:32); así, es totalmente plausible
la intervención de Pablo en esta ciudad. El testimonio formal de Lucas, corroborado por el propio
Pablo, revela que éste, hasta el mismo momento de su conversión, aborrecía a los cristianos, y
creía estar sirviendo a Dios al perseguirlos.

(D) LA REPENTINA CONVERSIÓN DE SAULO EN EL CAMINO DE DAMASCO (HCH. 9:1-19).


El perseguidor y sus compañeros siguieron, probablemente a caballo, el camino que iba de
Galilea a Damasco, a través de regiones desérticas. Hacia el mediodía llegarían a las bellas
campiñas irrigadas que rodeaban Damasco; el sol estaba en su cenit (Hch. 26:13). Repentinamente
apareció en el cielo una luz fulgurante, empalideciendo la del sol, y los viajeros cayendo al suelo
(Hch. 26:14). Pablo se quedó postrado, al parecer, en tanto que sus compañeros se levantaban
(Hch. 9:7). Una voz saliendo del resplandor dijo en hebreo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hch. 26:14). Saulo le dijo: «¿Quién eres, Señor? Y el
Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch. 26:15). «Levántate y entra en la ciudad, y se
te dirá lo que debes hacer» (Hch. 9:6; 22:10). Los compañeros de Pablo oyeron algo (Hch. 9:7),
pero sólo él entendió lo que la voz decía (Hch. 22:9). La luz dejó ciego a Pablo. Así, entró en
Damasco conducido por la mano, y fue llevado a la casa de un cierto Judas (Hch. 9:11), donde
estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber. Estuvo orando (Hch. 9:9, 11), tratando de
comprender el significado de lo que le había sucedido. Al tercer día, el Señor ordenó a Ananías,
cristiano de origen judío, que se dirigiera a Pablo y que le impusiera las manos para que recobrara
la vista. Ananías dudaba, porque temía al perseguidor. El Señor le dio seguridades, revelándole
que Pablo había sido advertido por una visión, y Ananías obedeció. Saulo confesó su fe en el Señor
Jesús, recobrando la vista y recibiendo el bautismo. Con su energía característica, y para confusión
de los judíos, se puso de inmediato a proclamar en las sinagogas que Jesús es el Cristo, el Hijo de
Dios (Hch. 9:10-22).

En Hechos se dan tres relatos de esta conversión: el relato de Lucas (Hch. 9:3-22); el de Pablo a los
judíos (Hch. 22:1-16), y por último su testimonio ante Festo y Agripa (Hch. 26:1-20). Los tres
registros concuerdan entre sí, aunque cada uno de ellos remarca unos detalles que no aparecen
en los otros. El narrador tiene en cada caso un propósito diferente. En las epístolas, Pablo hace
frecuente alusión a su conversión, que él atribuye a la gracia y al poder de Dios (1 Co. 9:1, 16; 15:8-
10; Gá. 1:12-16; Ef. 3:1-8; Fil. 3:5-7; 1 Ti. 1:12-16; 2 Ti. 1:9-11). Así, los testimonios más
convincentes dan prueba de esta conversión. Así, es cierto que no sólo se dignó Jesús dirigir la
palabra a Saulo, sino que se le apareció (Hch. 9:17, 27; 22:14; 26:16; 1 Co. 9:1). La forma de Su
aparición no nos ha sido descrita, pero es evidente que fue gloriosa: el fariseo se dio cuenta de
que el Crucificado era el Hijo de Dios. Habla de la «visión celestial» (Hch. 26:19), expresión esta
que se menciona sólo en Lc. 1:22 y 24:23; y que describe una manifestación angélica y
sobrenatural. La pretensión de que Pablo fuera el juguete de una ilusión es algo que carece de
todo fundamento. Pero tampoco fue la sola aparición de Cristo lo que provocó su conversión. Ésta
se produjo evidentemente gracias a la obra del Espíritu en el corazón de Saulo, hecho por ello
capaz de comprender y aceptar la verdad, que le había sido revelada (cfr. en particular Gá. 1:15
ss.). En fin, Dios se sirvió de Ananías para poner al nuevo convertido en relación con la naciente
iglesia. Las diversas teorías racionalistas que intentan explicar la conversión de Saulo sin tener en
cuenta la intervención personal y sobrenatural de Cristo, esquivan el testimonio del apóstol. Él
declara que, hasta el momento mismo de su conversión, consideraba que era su deber perseguir a
los cristianos para ser leal al judaísmo. Él afirma que su conversión se debió al poder y a la gracia
soberana de Dios, que, sin saberlo el mismo Saulo, lo había preparado para su tarea futura. Su
condición de ciudadano romano, la educación rabínica que había recibido, y sus dotes
intelectuales, hacían de él un instrumento calificado. Se cree, con razón, que Saulo, a pesar de su
celo, no había hallado en el judaísmo la paz que su alma necesitaba (Ro. 7:7-25). Lo repentino de
su conversión debió hacerle consciente de que la salvación se debe totalmente a la gracia de Dios
manifestada en Cristo. Su misma experiencia religiosa contribuyó a hacer de él el gran intérprete
del Evangelio, a proclamar que sólo por la fe personal en la obra expiatoria de Cristo justifica Dios
al pecador.

(E) INICIO DE SU VIDA CRISTIANA.

Desde su conversión, Saulo empezó a anunciar el Evangelio. Su carácter enérgico le llevaba a


ello, así como la revelación de los propósitos de Dios, que lo llamaba al apostolado (Hch. 9:15;
26:16-20; Gá. 1:15, 16). Predicó a Cristo en las sinagogas de Damasco (Hch. 9:20-22). Los judíos de
la ciudad, apoyados por el gobernador, decidieron eliminar a Saulo (2 Co. 11:32). Los discípulos le
salvaron la vida bajándolo de noche por el muro dentro de una canasta (Hch. 9:23-25; 2 Co. 11:33).
En lugar de volver a Jerusalén, se dirigió a Arabia, y volvió después a Damasco (Gá. 1:17). Se
desconoce el lugar de Arabia en el que estuvo Pablo, o el tiempo que se quedó, o lo que hiciera
allí; lo probable es que se diera a la meditación y a la oración en soledad. Tres años después de su
conversión fue de Damasco a Jerusalén para conocer a Pedro (cfr. Gá. 1:18). Estuvo solamente
quince días en Jerusalén, y no vio a ningún otro apóstol, excepto a Jacobo, el hermano del Señor
(Gá. 1:19). Lucas ofrece algunos detalles suplementarios (Hch. 9:26-29). Los cristianos de Jerusalén
tenían miedo de Pablo, y no creían que se hubiera convertido en discípulo de Cristo. Pero Bernabé,
con la generosidad que le caracterizaba, presentó a Pablo a los apóstoles, y les relató su
conversión y los sufrimientos que había tenido que sufrir a causa de su cambio radical. El antiguo
perseguidor anunciaba enérgicamente el Evangelio y quería convencer a los judíos helenistas, sus
amigos de otros días (Hch. 9:26-29), que intentaron darle muerte. Por esta razón, los discípulos
enviaron a Pablo a Cesarea, desde donde se dirigió a Tarso (Hch. 9:29, 30; Gá. 1:21). El Señor se le
apareció en el Templo, en Jerusalén, y le reveló que su apostolado iba a tener lugar entre los
paganos (Hch. 22:17-21). Hay exegetas que han pretendido que los pasajes de Hechos que relatan
esta visita a Jerusalén no concuerdan con los de la Epístola a los Gálatas. Sin embargo, es fácil ver
la armonía de ambos relatos. Es muy probable que Saulo, queriendo trabajar de acuerdo con los
doce, quiso visitar a Pedro, que tenía un lugar prominente. La desconfianza de los cristianos de
Jerusalén con respecto al antiguo fariseo era bien natural; y el gesto de Bernabé, judío helenista
como Pablo, está muy de acuerdo con su actitud posterior. Por otra parte, dos semanas
transcurridas en Jerusalén fueron suficientes para el desarrollo de los hechos relatados en Hechos.
La orden de partir que le dio el Señor a Saulo confirma la brevedad de esta visita (Hch. 22:18). El
pasaje de Lucas, mencionando que Bernabé «lo trajo a los apóstoles», no contradice en absoluto
la afirmación de Gá. 1:18, 19, según la cual Saulo sólo vio a Pedro y a Santiago. Estas dos personas
(el segundo recibe asimismo el nombre de «columna» Gá. 2:9) representaban en esta ocasión a
todo el cuerpo apostólico. Éste es el significado de la afirmación de Lucas en Hechos. En todo caso,
Saulo y los dirigentes de la iglesia en Jerusalén comprendieron entonces con claridad que Cristo
destinaba al nuevo discípulo a ser el apóstol de los gentiles. No parece que en este momento
nadie se preocupara de la actitud que tomarían los convertidos provenientes del paganismo hacia
la Ley de Moisés. Ni tampoco nadie podía suponer la importancia que tendría la misión de Pablo,
pero reconocieron el mandato que le había sido dado. Conscientes de que su vida peligraba, los
enviaron a Tarso (Hch. 9:30).
(F) SAULO EN TARSO Y EN ANTIOQUÍA DE SIRIA.

Son escasos los datos acerca del comienzo de este período. Es probable que la estancia de Saulo
en Tarso durara de 6 a 7 años (véase el apartado cronología al final de este artículo [PABLO (III)]).
Es indudable que el nuevo testigo llevó a cabo una obra misionera y que fundara las iglesias de
Cilicia, mencionadas de manera incidental en Hch. 15:41. En Tarso seguramente se encontró
frente a diversas corrientes intelectuales; ya se ha mencionado que la ciudad era un foco de la
filosofía estoica. El encuentro del apóstol con los epicúreos y los estoicos en Atenas da evidencia
de que conocía bien los sistemas de ambos (Hch. 17:18-19). Anunciando el evangelio en Tarso, es
indudable que Pablo se atendría a lo que el Señor le había mostrado acerca del carácter de su
ministerio. Algunos cristianos de origen judío-helenista, que habían sido ahuyentados de Jerusalén
por la persecución que siguió al martirio de Esteban, llegaron a Antioquía de Siria, sobre el
Orontes, al norte del Líbano. El gobernador romano de la provincia de Siria vivía entonces en esta
ciudad, que había sido anteriormente la capital del reino de Siria. Antioquía contaba con más de
medio millón de habitantes. Una de las principales ciudades del imperio, y centro comercial con
una población muy mezclada, ejercía una poderosa influencia. Cerca de Palestina, y a las puertas
del Asia Menor, y manteniendo relaciones comerciales y políticas con todo el resto del imperio,
esta ciudad constituía una base desde donde la nueva fe, destinada a separarse del judaísmo,
debía partir hacia todo el mundo. Los cristianos refugiados en Antioquía anunciaron el Evangelio
«a los griegos» (Hch. 11:20). Hubo numerosas conversiones. Y así es como nació, en la metrópolis
de Siria, una iglesia de cristianos salidos del paganismo. Cuando la iglesia en Jerusalén lo supo,
enviaron a Bernabé a Antioquía. Con una hermosa grandeza de visión, se dio cuenta de que el
Señor estaba otorgando Su bendición a la iglesia en Antioquía, aunque sus miembros no
estuvieran circuncidados. Después, discerniendo indudablemente que el propósito de Dios era que
Pablo fuera a Antioquía, fue a Tarso a buscar al antiguo perseguidor, y lo llevó a la capital, donde
trabajó un año con él (Hch. 11:21-26). Es en Antioquía donde los discípulos recibieron por vez
primera el nombre de «cristianos», lo que demuestra el carácter no judío de esta comunidad. La
aparición de una comunidad compuesta de cristianos surgidos del paganismo marca una gran
etapa en la historia de la Iglesia. Éste sería el punto de partida de las misiones de Pablo al mundo
pagano.

Un profeta de Jerusalén, Agabo, predijo a la asamblea que habría un período de hambre (Hch.
11:27, 28). Los hermanos de Antioquía decidieron ayudar a los cristianos de Judea. Este testimonio
de solidaridad demuestra que estos gentiles se sentían obligados hacia los que les habían
transmitido la nueva fe. Su gesto revela asimismo que el Evangelio destruyó ya en su comienzo las
barreras de razas y de clases. Bernabé y Saulo llevaron a los ancianos de la iglesia en Jerusalén los
dones de los cristianos de Antioquía para los de Judea (Hch. 11:29, 30). Esta visita de Saulo a
Jerusalén se sitúa probablemente alrededor del año 44 d.C., o algo después. La carta a los gálatas
no la menciona, indudablemente porque Pablo no se encontró entonces con ninguno de los
apóstoles. Hay exegetas que han tratado de identificar esta visita con la referida en Gá. 2:1-10,
pero es evidente que este pasaje de Gálatas se refiere a otro viaje, posterior a la discusión acerca
de la circuncisión de los gentiles. Y Lucas sitúa el inicio de esta controversia (Hch. 15:1, 2) en una
época posterior al año 44. Pablo, escribiendo a los gálatas, sumariza las ocasiones en las que
presentó su evangelio ante los apóstoles que habían sido antes que él, y que lo aprobaron. Según
Lucas (Hch. 11:30), Pablo sólo se encontró en esta ocasión con los ancianos de la iglesia de
Jerusalén, y se limitó a entregarles los fondos. El argumento de Pablo en Gá. 2:1-10 no exige la
mención de una simple visita de caridad. Él y Bernabé se volvieron a Antioquía junto con Juan, de
sobrenombre Marcos (Hch. 12:25).

(G) PRIMER VIAJE MISIONERO DE PABLO.

El Espíritu Santo reveló a los profetas de la iglesia en Antioquía que Pablo debía emprender un
apostolado itinerante (Hch. 13:1-3); les ordenó asimismo que pusieran aparte a Bernabé y a Pablo
para la obra a la que Dios los había llamado. Se desconoce la fecha precisa de este viaje, aunque es
situado entre los años 45 y 50 d.C.; es posible que tuviera lugar entre el 46 y el 48. Tampoco se
sabe cuánto tiempo duró. Bernabé, que era mayor, dirigía la misión, pero Pablo, más elocuente, se
destacó pronto; Juan Marcos los acompañaba. El pequeño grupo se dirigió de Antioquía a Seleucia,
en la desembocadura del Orontes. De allí se embarcaron hacia Chipre, país de origen de Bernabé.
Los tres misioneros desembarcaron en Salamina, sobre la costa oriental de Chipre, y empezaron a
predicar el Evangelio en las sinagogas. Así atravesaron toda la isla, llegando al puerto de Pafos, en
el suroeste. Sergio Paulo, el procónsul romano, residía en esta ciudad; interesándose en conocer el
Evangelio, intentó oponerse a ello un falso profeta judío, Bar-jesús, que tenía por sobrenombre
Elimas (el mago), que gozaba del favor del procónsul. La vehemencia de su oposición a la Palabra
de Dios indignó a Pablo, que apostrofó al mago, anunciándole que el Señor lo heriría de ceguera.
Testigo de esta intervención divina, y atento a las enseñanzas de los misioneros, abrazó de
corazón la fe cristiana (Hch. 13:6-12).

El grupo, dirigido ahora por Pablo (cfr. Hch. 13:13), se embarcó hacia Asia Menor, llegando a
Perge, en Panfilia. Allí es donde Juan-Marcos rehusó proseguir el viaje, volviéndose a Jerusalén. Se
desconocen sus motivos. No parece que Pablo y Bernabé se quedaran en Perge; dirigiéndose al
norte, entraron en Frigia, llegando a Antioquía de Pisidia, capital de la provincia romana de
Galacia. Los misioneros acudieron a la sinagoga, donde los principales les invitaron a hablar.
Entonces Pablo pronunció el gran discurso registrado en Hch. 13:16-41. Después de afirmar que
Dios había conducido a Israel y que lo había preparado para recibir al Mesías, Pablo recordó el
testimonio dado por Juan el Bautista y el rechazamiento de Jesús por parte de las autoridades
judías. Dijo el apóstol que Dios había resucitado a Jesús, en quien se cumplían todas las antiguas
promesas hechas a Israel, añadiendo que sólo la fe en Jesús justifica al pecador; exhortó a
continuación a los judíos a que no asumieran la misma actitud que los príncipes homicidas de
Jerusalén. Este discurso suscitó la hostilidad de los notables judíos, pero convenció a muchos de
los israelitas piadosos, y especialmente a muchos de los gentiles que habían sentido la influencia
del judaísmo. Estos prosélitos permitieron que Pablo hallara en todas partes el nexo entre la
sinagoga y el mundo gentil. El sábado siguiente, los misioneros, injuriados, rompieron el contacto
con la sinagoga, y se dirigieron directamente a los gentiles.

El Evangelio se expandió por todo el país, pero las autoridades de Antioquía de Pisidia, alertadas
por los judíos, expulsaron a Pablo y Bernabé (Hch. 13:50). Se dirigieron entonces a Iconio, ciudad
frígica, donde hubo numerosas conversiones de judíos y gentiles (Hch. 13:51-14:1). Los judíos, que
mantenían una postura de hostilidad, sublevaron a una parte de la ciudad contra los misioneros,
que partieron hacia Listra, y después a Derbe, ciudades importantes de Licaonia (Hch. 14:2-6). En
Listra, Pablo curó milagrosamente a un hombre paralítico de nacimiento. La multitud, que creía
que se trataba de los dioses Júpiter y Mercurio, les querían ofrecer sacrificios. Bernabé y Pablo se
opusieron a ello, y Pablo pronunció su discurso contra la idolatría, resumido en los versículos 15-
18. Éste es el segundo de los discursos de Pablo que nos refiere Lucas. La conversión de Timoteo
se produjo indudablemente en Listra (cfr. Hch. 16:1; 2 Ti. 1:2; 3:11). Los judíos de Antioquía y de
Iconio amotinaron entonces al populacho. Pablo fue lapidado, sacado de la ciudad, y dejado por
muerto (Hch. 14:19). Sin embargo, Dios lo reanimó, y se dirigió con Bernabé a Derbe,
posiblemente sobre el limite suroriental de la provincia de Galacia (Hch. 14:20).

Al llegar a Cilicia por las montañas, los misioneros hubieran podido dirigirse a Tarso y llegar
directamente a Antioquía de Siria, después de haber hecho un itinerario circular. Pero deseaban
confirmar las nuevas iglesias antes de volver a Antioquía de Siria. Así, volvieron de Derbe a Listra, a
Iconio, a Antioquía de Pisidia, y a Perge, consolidando las iglesias y confirmando los ánimos de los
discípulos. Se detuvieron en Perge para predicar, lo que probablemente no habían hecho en su
anterior viaje. A continuación descendieron a Atalía, puerto de Perge, y allí embarcaron rumbo a
Antioquía de Siria (Hch. 14:21-26). Así finalizó el primer viaje misionero de Pablo, en el que había
recorrido los centros inmediatamente al oeste de aquellos en los que el Evangelio estaba ya
implantado. El método del apóstol era el de presentar el Evangelio en primer lugar a los judíos, y
después a los paganos. Descubrió que el judaísmo había influenciado ya a un gran número de
gentiles, y que habían quedado preparados para aceptar el mensaje de Cristo. En este método se
daba también la fundación de iglesias en las principales ciudades, a las que era fácil el acceso
gracias a las excelentes carreteras que el imperio romano había hecho construir para unir entre sí
las diversas guarniciones militares. La lengua griega estaba esparcida por todas partes. Es así que
Dios había abierto el camino al heraldo del Evangelio.

(H) EL CONFLICTO CON LOS CRISTIANOS JUDAIZANTES: CONFERENCIA DE JERUSALÉN.

El éxito de la obra de Pablo entre los gentiles provocó entonces un conflicto en el seno de la
Iglesia. Ciertos cristianos de origen judío, todavía aferrados a la Ley de Moisés, fueron de Jerusalén
a Antioquía con el fin de anunciar a los convertidos salidos de la gentilidad que la salvación
dependía de la circuncisión (Hch. 15:1). Algunos años atrás, Dios se había servido de Pedro para
revelar a la Iglesia que no tenían que obligar a los discípulos de origen gentil a observar la Ley
mosaica (Hch. 10:1-11:18). Pero los cristianos judaizantes, en su mayor parte fariseos convertidos
(Hch. 15:5), no siguieron las instrucciones de Pedro. Cuando la iglesia de Antioquía vio lo que éstos
enseñaban, envió a Pablo, Bernabé y a otros hermanos a Jerusalén, a fin de que sometieran la
cuestión a los apóstoles y ancianos (Hch. 15; Gá. 2:1-10; estos dos relatos concuerdan totalmente,
a pesar de la diferencia de perspectiva entre ambos redactores).

Pablo dice que se puso en marcha después de una revelación directa de Dios (Gá. 2:2). Estaba
en juego el porvenir del testimonio cristiano. Triunfaron la fidelidad a la doctrina cristiana y el
amor. Pablo y Bernabé expusieron ante la iglesia de Jerusalén la obra que Dios había llevado a
cabo por medio de ellos. Los cristianos judaizantes respondieron insistiendo en la necesidad de la
circuncisión y de la Ley de Moisés, lo que obligó a los apóstoles y ancianos a reunirse para estudiar
el problema (Hch. 16:6-29). Pedro les recordó que Dios había revelado Su voluntad a este respecto
cuando Cornelio había sido convertido, y que los mismos judíos no habían podido llevar el yugo de
la Ley. Pablo y Bernabé mostraron asimismo cómo Dios había bendecido su obra entre los gentiles.
Santiago, el hermano del Señor, declaró que los profetas del AT habían preanunciado que los
gentiles serían llamados. Se resolvió reconocer como hermanos a los convertidos incircuncisos,
liberándolos de la Ley, pero demandándoles sin embargo que respetaran unas prohibiciones
necesarias por su universalidad (de la idolatría, de sangre y de comer animales ahogados,
prohibiciones éstas impuestas a Noé y su descendencia, cfr. Gn. 9:3, 4; y de fornicación). Estas
prohibiciones no eran ninguna concesión a los escrúpulos judíos, como algunos expositores han
alegado. No tendrían ningún sentido como mera concesión después de haber negado la necesidad
de la circuncisión, de importancia capital para ellos. La base sobre la que se dan estas
prohibiciones a los cristianos surgidos de la gentilidad es la de la voluntad expresa de Dios a «nivel
universal», tratándose de «cosas necesarias» (Hch. 15:28, 29).

En la Epístola a los Gálatas, Pablo afirma que la iglesia en Jerusalén le prestó su apoyo contra los
«falsos hermanos», y que Jacobo, Pedro y Juan le dieron la mano de comunión, reconociendo que
Dios, que les había dado a ellos el apostolado entre los judíos, había comisionado a Pablo y a
Bernabé para que evangelizaran a los gentiles. Así, Pablo quedó en comunión con los apóstoles, y
también en libertad para cumplir su misión. Los judaizantes mostraron entonces su
encarnizamiento, manifestando más tarde hostilidad e incluso odio contra Pablo, cuya opinión
había prevalecido. Los argumentos del antiguo fariseo habían salvaguardado la unidad de la Iglesia
y la libertad de los convertidos incircuncisos. La decisión emitida daba la exacta relación de los
cristianos de origen gentil con la Ley, que era su libertad de ella, poniéndolos sin embargo en
guardia contra unas prácticas que afectaban a la relación de toda la descendencia de Noé con el
Dios único soberano de este mundo, salvaguardando Sus derechos sobre Sí mismo (no adoración a
falsos dioses), sobre la Creación (permiso a Noé y a su descendencia para comer la carne de los
animales, pero no su sangre), y sobre el hombre mismo (el cuerpo no es para la fornicación, sino
para el Señor).

Sin embargo, la controversia se volvió a desencadenar poco después en Antioquía (Gá. 2:11-21).
Pedro, que había llegado a la capital de Siria, participaba al igual que Pablo en las comidas de los
creyentes incircuncisos. Después de la llegada de ciertos judíos de Jerusalén, Pedro, e incluso
Bernabé, dejaron de comer con los gentiles convertidos. Pablo reprendió públicamente a Pedro, y
reafirmó los principios doctrinales sobre los que reposaban los derechos de los gentiles en la
Iglesia: la salvación sólo se obtiene por la fe en Cristo, por cuanto el cristiano, crucificado con
Cristo, está muerto a la Ley de Moisés. Al morir, Cristo ha cumplido por Su pueblo todas las
obligaciones legales. Es suficiente poner la fe en Cristo para venir a ser cristiano; no hay ninguna
otra condición a cumplir. Pablo sabía que no se trataba sólo de preservar la unidad de la Iglesia,
sino de mantener la base fundamental del Evangelio. Al defender el principio de la salvación por la
fe y al dar a conocer por todas partes la Buena Nueva, Pablo contribuyó más que nadie a imprimir
el carácter universal del testimonio cristiano. El concilio de Jerusalén tuvo lugar probablemente
alrededor del año 48 o 49 d.C. (Véase Cronología al final de este artículo).

(I) SEGUNDO VIAJE MISIONERO.


Poco después del concilio de Jerusalén, Pablo propuso a Bernabé que lo acompañara en su
segundo viaje (Hch. 15:36). Pero, al rehusar Pablo a Juan Marcos como acompañante, Bernabé
decidió no acompañar al apóstol, que se llevó consigo a Silas (véase SILAS). Los misioneros
visitaron al principio las iglesias en Siria y Cilicia, y después cruzaron los desfiladeros del Taurus
con el fin de visitar las comunidades que Pablo había fundado durante su primer viaje. Llegaron a
Derbe, dirigiéndose a continuación a Listra, donde el apóstol circuncidó a Timoteo, para evitar
escandalizar a los judíos, porque Timoteo, a quien quería llevar de acompañante, era hijo de padre
griego. Pablo hizo así muestra de sus deseos de conciliación, aunque no cedió ni un ápice en la
cuestión de principio. Timoteo era de ascendencia judía por parte de madre, por lo que no era lo
mismo que si hubiera sido un creyente de origen totalmente gentil. De Listra fueron, según
parece, a Iconio y Antioquía de Pisidia.

La continuación de su viaje ha suscitado controversias entre los comentaristas, y ha dado lugar


a dos interpretaciones:

(A) Ramsay y otros exegetas creen que las iglesias del primer viaje son las «iglesias de Galacia», a
las que más tarde se dirigió la Epístola a los Gálatas (véanse GALACIA, GÁLATAS [EPÍSTOLA A LOS]).
Estos comentaristas sostienen que Pablo fue directamente a Antioquía de Pisidia, al norte, y que
atravesó la provincia romana de Asia, pero sin predicar, porque «les fue prohibido por el Espíritu
Santo predicar la palabra en Asia» (Hch. 16:6). Habiendo llegado a Misia (Hch. 16:7), los
misioneros intentaron entrar en Bitinia, pero de nuevo se vieron impedidos. Dejando entonces
Misia a un lado, se dirigieron al oeste, atravesando o pasando junto a Misia, para llegar a Troas.

(B) La interpretación más aceptada es que, de Antioquía de Pisidia, los viajeros se dirigieron a la
Galacia propia. Pablo cayó enfermo, pero aprovechó esta detención en Galacia para anunciar el
Evangelio y fundar las iglesias de Galacia (Gá. 4:13-15). La orden de no predicar en la provincia de
Asia determinó este itinerario de Antioquía de Pisidia hacia el noreste. Cuando Pablo hubo
acabado de predicar en la Galacia propiamente dicha, intentó entrar en Bitinia, pero el Espíritu
Santo se opuso nuevamente a sus intenciones. El apóstol se dirigió entonces hacia el oeste (la
segunda interpretación se une aquí con la primera) atravesando Misia o rodeándola para llegar a
Troas. Lucas habla muy poco de este período. El Espíritu Santo estaba dirigiendo a los misioneros
hacia Europa, y el relato de Lucas es tan precipitado como el ímpetu con el que se movían.

En Troas, Pablo tuvo la visión de un varón macedonio suplicando que los ayudara (Hch. 16:9).
En respuesta a este llamamiento, los misioneros, a los que se unió Lucas, emprendieron la travesía
hacia Europa, desembarcando en Neápolis, y dirigiéndose acto seguido hacia la importante ciudad
de Filipos. Allí Pablo fundó una iglesia (Hch. 16:11-40), y esta iglesia sería especial objeto de su
afecto (Fil. 1:4-7; 4:1, 15). Fue también en esta ciudad que fue entregado por primera vez a los
magistrados romanos y que constató cómo su ciudadanía romana podía ser de utilidad para
ayudarle en su obra (Hch. 16:20-24, 37-39). Dejando a Lucas en Filipos, Pablo se dirigió a
Tesalónica junto con Silas y Timoteo. El breve relato de Hch. 17:1-9 acerca de la iglesia en
Tesalónica se completa mediante los datos que se dan en las epístolas a los Tesalonicenses. En
esta ciudad el apóstol ganó para Cristo a muchos griegos, poniendo con mucho cuidado las bases
de la iglesia, dando ejemplo de trabajo y de frugalidad, fabricando tiendas para no ser una carga
para nadie (1 Ts. 2, etc.). Pero los judíos de Tesalónica desencadenaron una persecución contra
Pablo. Los hermanos lo hicieron partir entonces con Silas hacia Berea, donde la predicación suscitó
numerosas conversiones, incluso entre los judíos. De allí, Pablo se dirigió a Atenas. Esta ciudad
frustró sus esfuerzos. Hch. 17:22-31 da el resumen del discurso que pronunció ante los filósofos,
sobre la colina de Marte (Areópago). Pablo expuso las verdades comunes al estoicismo y el
Evangelio, proclamando fielmente ante un auditorio sumamente crítico que ellos debían volverse
al Dios verdadero, arrepintiéndose y creyendo en Cristo, con vistas al juicio que había de venir, y a
la resurrección.

Acto seguido partió para Corinto, quedándose allí dieciocho meses, y ganando a numerosas
almas para la fe. Allí conoció a Aquila y a Priscila, hospedándose en la casa de ellos (Hch. 18:1-3).
La predicación de Pablo provocó la ira de los judíos; dejó entonces de frecuentar la sinagoga y
desde aquel momento anunció el Evangelio en casa de uno llamado Justo, cuya casa estaba junto
a la sinagoga (Hch. 18:5-7). En Hch. 18:8, 10 y 1 Co. 2:1-5 se hace alusión a los sufrimientos
morales de Pablo en Corinto, en su resolución de anunciar en Grecia, como en todos los otros
lugares, el Evangelio del Crucificado; 1ª Corintios revela su éxito, así como también las tentaciones
de los cristianos de Corinto, objeto de la solicitud del apóstol. La situación en las otras iglesias
también le provocaba inquietudes. Es en Corinto que redactó las dos epístolas a los
Tesalonicenses, con instrucciones prácticas, y poniéndolos en guardia contra ciertos errores
doctrinales. La hostilidad de los judíos no cesaba. Hicieron comparecer a Pablo ante Galión, nuevo
procónsul de Corinto. El descubrimiento, en 1905, de la «Piedra de Delfos» permite situar el
proconsulado de Galión entre mayo del año 51 y el 52, lo que permite así establecer la fecha de la
estancia de Pablo en Corinto. Galión declaró que la misma sinagoga debía resolver estas
diferencias, por cuanto el apóstol no había violado ninguna ley romana. Así, en aquella época
Roma protegía a los cristianos al identificarlos con judíos. Pablo pudo quedarse en Corinto sin ser
molestado. De todas las misiones de Pablo, la de Corinto fue una de las más fructíferas. Acto
seguido pasó a Éfeso; no se quedó allí, aunque prometió su vuelta, y se embarcó rumbo a Cesarea,
desde donde sin duda fue a Jerusalén (Hch. 18:22) para saludar a la iglesia, volviendo de allí a
Antioquía de Siria, el punto de partida de este segundo viaje (Hch. 18:22), en el curso del cual
había llevado el cristianismo a Europa, al evangelizar Macedonia y Acaya. El Evangelio había dado
un gran paso para introducirse de lleno en el Imperio Romano.

(J) TERCER VIAJE MISIONERO.

Después de una corta estancia en Antioquía, Pablo emprendió su tercer viaje, probablemente
en el año 53 d.C. Recorrió «la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos»
(Hch. 18:23), llegando después a Éfeso. El Espíritu Santo le permitiría ahora a Pablo predicar la
Palabra en la provincia de Asia, en tanto que le había sido prohibido durante su segundo viaje. El
apóstol hizo de Éfeso, capital de Asia Menor, su base de operaciones a lo largo de tres años (Hch.
19:8, 9; 20:31). Enseñó durante tres meses en la sinagoga (Hch. 19:8), y después, durante dos
años, en una escuela o sala de conferencias de uno llamado Tiranno (Hch. 19:9).

República Bolivariana de Venezuela
Instituto Biblico Ministerial Hermón (INBITEMHE)
Unidad Curricular: Epístolas paulinas y u
BIOGRAFIA DEL APOSTOL PABLO
(A) ORIGEN Y FAMILIA.
     Pablo: gr. «Paulos», lat. «Paulus», «pequeño»). El apóstol de los gent
(B) FORMACIÓN MORAL E INTELECTUAL.
     Tarso, una de las capitales intelectuales de la época, era un foco de cultura griega.
El perseguidor y sus compañeros siguieron, probablemente a caballo, el camino que iba de
Galilea a Damasco, a través de
celo, no había hallado en el judaísmo la paz que su alma necesitaba (Ro. 7:7-25). Lo repentino de
su conversión debió hacerle
(F) SAULO EN TARSO Y EN ANTIOQUÍA DE SIRIA.
     Son escasos los datos acerca del comienzo de este período. Es probable que l
época posterior al año 44. Pablo, escribiendo a los gálatas, sumariza las ocasiones en las que
presentó su evangelio ante los
mantenían una postura de hostilidad, sublevaron a una parte de la ciudad contra los misioneros,
que partieron hacia Listra, y
el problema (Hch. 16:6-29). Pedro les recordó que Dios había revelado Su voluntad a este respecto
cuando Cornelio había sido
Poco después del concilio de Jerusalén, Pablo propuso a Bernabé que lo acompañara en su
segundo viaje (Hch. 15:36). Pero

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