El gato
y el insomnio
Francisco Héctor Morán Olmedo
Derechos reservados
Sólo tengo una lata de atún entre mis manos
Las garras, la insistencia, la mirada nocturna,
los maullidos prolongados en la obscuridad y la azotea,
un cuerpo corto, acechante, hace presente al hambre,
su tenacidad empuja mis oídos.
Abro la puerta,
su seca indiferencia elude mi cuerpo,
soy un pretexto con una lata de atún entre las manos.
Cumplo con una obligación:
alimentar a un gato a pesar del daño que provoca,
su saliva cierra mis bronquios
y no puedo respirar si me acerco a menos de un metro,
pero un acuerdo silencioso entre nosotros alarga mis manos
y deposita esa combinación de pescado y soya
que el minino consume con placer.
No tengo una gota de su cariño,
no aspiro a que me reconozca como dueño,
soy una persona,
un humano obligado a ejercer la caridad como una loza,
como un acuerdo de siglos
que nos hace reverenciar a estos tigres misántropos.
Después se irá a vagar por las banquetas,
a pelear a muerte por la cópula,
a correr su destino por una ciudad vacía.
Tal vez,
lo considero como una verdad
que no me atrevo a mirar de frente,
lo alimento porque envidio su vida nómada,
sin los compromisos vacuos
que nos ponemos encima los humanos.
Envidio sus caminos, sus paseos,
las siestas a la hora que le gana el sueño.
Envidio su soledad callejera.
No me atrevo a mirarlo por vergüenza,
entro a mi departamento cargando la rabia
y la melancolía de una libertad
que cambié por un plato de lentejas.
Con mi garganta construyo un hábito
Es una punta de la madeja,
el hilo tiene muchos inicios y finales,
es el trazo de mis pasos por las calles y avenidas,
la cima de una barda
sobre la que camino haciendo un prodigio de equilibrio,
adivino las huellas de los bichos y las ratas,
los residuos de un charco,
el mudo desplazamiento de los planetas,
Júpiter brillando
en la línea que divide la contaminación del cielo.
Sigo los cables colgando de los postes,
el zumbido de los transformadores,
las gotas y los rayos
multiplicados en el hueco de las ventanas.
Son los energúmenos girando sobre su historia,
en algún momento perdieron la cordura
y levantaron un mundo sobre el mundo,
una corteza sobre la corteza,
una costra ocultando el caos y el concreto.
Ahogan a la tierra con anuncios y gasolina,
una raya en mis ojos,
una cicatriz oculta en mi pelaje:
esa es su suerte y su futuro,
después los olvidaremos,
los miraremos sumirse en su incoherencia convertida
en un pantano de billetes podridos y monedas oxidadas.
Nuestro trabajo es ser pacientes.
Hoy acerco mis bigotes a la puerta
y con mi garganta filosa como aguja construyo un hábito,
la puerta abierta,
la luz recortada en un rectángulo,
el círculo de metal
y el contenido que consumo con deleite.
Son animales de costumbres,
hay que hacerlos girar una vez y otra,
hasta que se muevan arrastrados por rutinas.
Así hago que este humano imbécil me alimente.
Cuando el tiempo es denso como el mercurio
Está enojada.
Ha puesto su vida encima de la mía,
una confianza despiadada sobre la juventud elástica,
los paseos bajo paraguas,
las lecturas parciales e incómodas
y las palabras, siempre las palabras.
Ahora no soporta la aproximación
en la que me he convertido.
Un intento, un soporífero intento
que repasa las posibilidades como calderilla en los bolsillos.
No soporta ver como disuelvo
las horas frente a una pantalla,
ganando juegos en los que pierdo siempre,
he dejado caer en ellos la energía,
el impulso,
el tiempo que pude haber empleado
en mirar la ciudad de otra manera,
en gastar los zapatos,
en la rabia necesaria para estrellarme contra el mundo
y sobrevivir.
Las tardes se convirtieron en una extensión de la rutina,
las conversaciones secas,
la mirada perdida en comerciales
y nuestros cuerpos acostumbrados a sí mismos,
consumidos por la profundidad de una indiferencia
que parece asco.
No gritamos porque somos demasiado cobardes
y preferimos ahogarnos en este tiempo
denso como el mercurio.
Por eso está enojada,
porque fallamos el tiro y lo sueños dieron en el aire,
en el poderoso consumo que todo lo devora,
porque no hay palabras que llenen la ausencia
de una tarde desperdiciada,
porque las calles se convirtieron en transporte
del trabajo a la casa al trabajo a la casa,
de la cama al sueño como un pretexto
para que los años se acumulen y lentamente se disuelvan.
¿Por qué me levanto a las cinco de la mañana?
Somos el silencio y la soberbia,
nos conocemos por el sigilo,
por las marcas que dejamos con nuestras huellas.
Somos el motor oculto de la tierra,
la respiración profunda de la noche.
Somos la muerte, los huesos cruzados sobre un cráneo,
el filo de la viuda,
los tres puntos del nombre y los signos.
Así vagamos por los puentes y avenidas,
un trozo de piel bajo el granizo,
el intento de un animal salvaje sobre el pavimento.
Rozamos con los nervios las esquinas,
así sabemos dónde está el norte, el sur,
la pesada ruta de la vida,
la lucha a muerte por la cópula.
Sublevamos la noche
y nuestros gritos de amor convertido en odio
despiertan la sangre como una garra,
como un recuerdo.
Una pisada suave sobre la existencia,
es el arte sutil de mover consciencias y abandonos,
hace falta mucha hambre
y repartimos la dosis con precisión de cirujano,
la necesaria para vaciar la vida,
olvidarse de cada segundo perdido,
perder la cuenta del desperdicio cotidiano,
hasta que un día es mejor la ausencia que el olvido.
Así vagamos por las noches,
en un círculo donde encerramos la esperanza.
Despierto a las tres de la mañana
Me despierto,
escucho el temblor del mundo,
en este punto de la madrugada crece una débil consciencia,
me asomo para observar las calles vacías,
la obscuridad cae en el silencio,
en la pulsión de una mañana que todavía no existe,
en el hueco que dejan los minutos que han dejado de ser.
Doy vuelta,
giro sobre el colchón,
es inútil, nadie puede obligarme a dormir,
regreso al pasillo, a la ventana,
en estos momentos parece que no estoy presente,
soy una aproximación, un receso,
la cuenta de mi respiración cuajada en un sueño
que desaparece apenas lo rozo,
despierto cuando descubro la imagen imposible.
Tomo las vidas que imagino y les doy vuelta,
las giro por los años inmediatos,
por el frío de mis brazos fuera de las sábanas.
Descubro que deseaba a mujeres
con las que apenas intercambié un minuto.
Es la sorpresa de saber que vivo una vida prestada.
Apoyo mi frente en el vidrio,
una capa de niebla y luego un trazo con el dedo.
Todo se borra cuando me alejo.
El futuro era esta trampa,
un cuerpo que no se atreve a descansar,
las horas bebidas,
el recuerdo de una sidra que sabía a milagro,
los peces deshechos entre los dientes,
el sabor de una vida cautelosa y fría.
Me hundo en el insomnio,
en esa presencia
que me abandona en un sitio que no es el mío.
Soy nadie mientras me siento en el sillón
y miro el rectángulo
que proyecta el arbotante sobre el suelo,
es mi voluntad fracturada en un presentimiento.
Hay que luchar por la gloria del imperio
Esta es la gloria del imperio,
los trazos grises, los autobuses, los rezagados,
las últimas almas que salen del metro.
Es el vuelo de un avión que rompe la barrera del sonido
y hace un hueco en aire que provoca un alarido,
es el niño estirando la mano mientras oculta una navaja
que debe hundirse en la panza
de otros pobres menos afortunados.
Esta es la gloria del imperio,
el muro donde clavo mis garras y trepo
para mirar desde las nubes
el movimiento tenue de los árboles.
Unos zapatos flotando en un charco
y las manecillas del reloj violando las tarjetas
y las huellas con las que marcamos la jornada del vacío,
una hora tras otra
construyendo un mundo que no reconocemos.
Esta es la gloria del imperio,
el atleta poderoso que corre los cien metros
en menos de diez segundos,
el acróbata que atraviesa un territorio y su desprecio
para cruzar un río sobre una alberca inflable,
y se hunde como los sueños en dólares,
con el recuerdo de un país arruinado
por el que no valía la pena luchar.
Esta es la gloria del imperio,
las patrullas, los militares, los uniformes
y los rifles de asalto manchando con plomo aldeas
que no conocen la democracia.
Todo por las urnas, los votos,
la riqueza bien habida inclinando la balanza un poco,
apoyando de más los dedos para que los beneficios
caigan siempre a la derecha.
Yo soy la gloria del imperio,
mi hocico y los bigotes arañando el pavimento.
Un montón de libros alineados
Los objetos se difuminan y dejan de pertenecerme,
ese librero contiene mi historia,
es el registro puntual de mis fracasos,
las múltiples historias que no me atreveré a vivir.
Lo observo instalado en la penumbra,
donde mi presencia se difumina,
el sitio donde dejo de ser,
obscurecido por las páginas que no he leído.
Entre los tonos de gris, azul, negro,
el peso de las cosas se aligera,
parecen una intención,
una aproximación que sé vuelve sólida
cuando la luz recorta su superficie,
mientras son un bloque de terciopelo,
una forma sin límites definidos.
Los reconozco porque son míos,
me apropié de ellos cuando los marqué con trazos ilegibles.
Abro uno
y mi adolescencia cae adolorida,
son los restos de unas páginas que creí
cuando el amor era una absoluta imaginación
y el odio duraba un par de semanas.
Son el dibujo de las horas gastadas en un parque,
en las escaleras,
en los autobuses,
son palabras acumuladas,
el sedimento de una idea que no seguí,
el depósito de un compañero turbio y amargo.
Son los golpes sobre un futuro que construí como un error,
la falsa profecía de un narrador
que sólo sabe contar una historia y la multiplica.
No sé si valen la pena el tiempo y dinero invertidos
en un placer tan egoísta,
pero nada se parece al hallazgo y la búsqueda,
a la consistencia de un ejemplar cuajado de promesas,
al rectángulo de niebla que conservo como un trofeo,
la evidencia de que soy un adicto con gustos refinados.
Es la madera y un montón de libros alineados.
Dos cubos de hielo girando en un vaso desechable
Imagina una juventud pasada por el molino de la historia,
triturada hasta la sangre y el recuerdo,
hasta la lenta agonía de un salario mínimo,
los movimientos desgastados frente al torno,
frente a la máquina
que vomita cajas que embala en otras cajas,
así, hasta que un cliente satisfecho
deshace el glorioso paquete de cartón corrugado.
Imagina una vida así y ahora,
ha decidido llevar de paseo a un trozo de pobreza,
invertirlo en bares
y un cuerpo humedecido por el sudor de varios bailes,
de luces resbaladizas sobre un abdomen
que alguna vez dejará de ser plano
y las piernas cansadas de enredarse en un poste de aluminio.
Imagina las visiones invertidas en un boleto
que cuesta cinco horas de jornada
y el trago que consume un par de horas extras,
las risas extraviadas,
las bromas de los jefes,
la grasa de las uñas escondidas bajo una servilleta.
Todo da vuelta,
lubricado por música estridente,
como los hielos girando en vaso de agua mineral,
coca cola y alcohol adulterado.
Imagina esa miseria rompiendo las costillas,
las manos adormecidas,
la tripa que reciente la mezcla edulcorada.
Es el sabor del veneno,
el engaño que oculta un poco
el dolor profundo que provoca la existencia.
Morder el pan y beber el café tibio
El trazo de una vida abierta en la llovizna,
las gotas breves, frágiles, mojan los cristales con paciencia,
el dolor de una pérdida,
volver a caminar sobre unas banquetas sólidas y grises,
marcadas por las raíces de los árboles,
ahogadas de vendedores y turistas,
las calles transformadas por la ausencia.
Acostumbrarse, otra vez, a despertar solo, sola,
beber el café con los ojos atravesando la ventana,
abandonado a una imagen, un punto, una línea,
la forma lenta de un recuerdo,
las posibilidades que nunca florecieron.
Abre los ojos y descubre que no está,
abraza al insomnio porque algo irreparable se ha roto
y las astillas queman los ojos
y las lágrimas.
Saber que la distancia es mejor que su presencia
y los mensajes clandestinos,
el murmullo ausente,
las respuestas como formularios porque se descubre el tedio
que provoca una persona transparente,
pesado como una barra de hierro hecha silencio,
la conversación sigue por inercia
y no sabes que ha pasado, pero ha pasado para siempre.
Saber que hace tiempo no está aquí,
pero hasta ahora decidió llevar su cuerpo a otra parte.
Ahora debe estar sonriendo,
entrelazando los dedos y mirando una película
o conversando en un parque
o caminando mientras planean la próxima fiesta,
la reunión,
la conversación con los amigos.
Muerdes el pan,
es lo único cierto en esta historia
donde las personas pasan una a otra
y después se hacen imposibles,
llenos de la gracia que concede el olvido.
No hay recuerdo
para quienes alguna vez fueron irremplazables.
Sus nombres se han borrado,
como la ansiedad que se sintió por sus manos.
Se recuerda el desprecio,
agradeciendo el tiempo que han arrebatado
como una costra convertida en polvo.
Otro sorbo al café, se ha entibiado,
como la mañana convirtiéndose en tarde,
con el sol estrechándose en el cielo
y los vecinos pasando uno a uno a la compra, a la escuela,
a sus vidas, una y otra tan completas.
Tomar el paraguas,
ponerse encima el saco
que se ve en una fotografía donde están juntos,
esa en el que su abrazo parece un sitio al que han llegado
y del que no quieren irse nunca.
Y ese abrazo ya no existe,
pero la fotografía permanece
y resulta imposible sacársela de encima.
Salir de casa
para entrar a la ciudad como un pretexto enorme y obscuro.
Estar dónde sea,
cualquier lugar donde no pueda acompañarse,
donde se pueda estar a solas de sí mismo.
Una ciudad se cruza en el tiempo
El reloj inventó el tiempo inventó esta mañana,
el sueño que no duermo en este autobús de resacas
y ascos instantáneos,
el desayuno breve como un suspiro,
ajeno al sabor del pan,
la brújula girando, el norte está en todos los sitios,
todos los lugares que inauguro con mi aburrimiento,
la voz monótona de maestro que sabe todas las lecciones
y estudiantes que aspiran a olvidarlas.
Los celulares como insignia de importancia,
los ingenuos sacando banderas para el asalto,
los ladrones imperceptibles y simultáneos.
Cruzar la ciudad para llegar
a una fábrica, oficina, cocina, taller, imprenta
donde cada minuto cuenta,
cada minuto es un obstáculo para el siguiente,
cada minuto es una marca
que se rompe cuando llega la hora de comer.
Entonces volvemos a las calles,
los gafetes ondeando
son las banderas de una identidad que se construye
cada vez que nos presentamos como empleado.
Somos la conversación y las quejas,
la aspiración al aumento,
el incremento de sueldo es una promesa
que siempre puede postergarse
y cuando se cumple es demasiado tarde,
la promoción es un ascenso,
un privilegio de pocos,
una oficina y el cielo rozado con los dedos.
Todo termina a las cinco de la tarde
y aquí permanecemos los que queremos algo más indefinido
o quiénes aún no han conseguido una esposa
que los obligue a llegar temprano.
Si llegamos cuando el sol no había salido,
debemos irnos después de que se pierda
en el horizonte de anuncios, edificios
y contingencias ambientales.
Otra vez el autobús, los ladrones,
el precio del ruido en los vendedores ambulantes.
Somos una oferta, una premonición, el mercado laboral,
el capital humano,
lo más valioso de la empresa.
Somos esto que se recorta en la cama
y mira con los ojos vacíos un programa,
una línea agotada sobre la próxima mañana tiempo reloj.
Era fácil abrir la puerta y escapar
Era fácil abrir la puerta y bajar las escaleras
mientras aseguraba que no volvería jamás.
Después venían las horas,
la imaginación siguiendo una ruta,
las nubes rasgadas,
los trazos blancos sobre el azul inmaculado
y esa voz repetida,
el golpe de un zapato contra el suelo
y suponer que esos pasos eran suyos.
Era fácil olvidar,
hasta que cualquier pretexto recordaba un cuerpo adverso,
aliviado por el peso de una lujuria que no sería la mía,
los labios impregnados de un sudor ajeno,
la sonrisa en el techo
mientras su cara se hundía en el cabello.
Entonces era la rabia, la derrota, las mentiras bien contadas,
la máscara aferrándose al teléfono
y una respuesta como una gota de veneno.
Era fácil,
hasta que se encontraba con la ausencia
y decidía volver sobre las mismas calles y semáforos,
el pasto de cada tarde, el olor de la noche
y una banca con una mano sobre su pecho.
El amor confundido con una falda,
unas manos ágiles y la luz cortada en el cemento.
Era fácil, hasta que moría un poco.
Así un día se hizo otro, uno más, aguantando.
Ahora se pregunta cómo pudo ser tan imbécil,
pero la mano de un ángel vuela y lo convence:
así aprendemos,
has pagado tus pecados y puedes seguir viviendo.
Orino a las tres de la mañana
El espacio en blanco también es escritura,
un abismo de nada que construye todo,
la hoja pálida cayendo en el insomnio,
las horas blancas sin sueño,
cabalgando sobre las ideas como un potro de nubes,
una y otra repitiéndose,
explorando las cañadas de los años perdidos,
de las palabras mal dichas,
de los momentos desaprovechados.
Vagabundear por una sala vacía,
el comedor lejano,
los cristales de las ventanas reventados por la ansiedad,
saber que mañana voy a trabajar,
entonces tendré ganas de dormir y no podré.
Voy a mantenerme un día más flotando en la rutina,
viviendo como un pretexto para respirar,
tomar café,
beber coca colas
que mantengan mi cerebro impregnado de vigilia.
Sentir el sueño de otros como una afrenta,
una venganza en contra de mis arranques de ira,
de mi indiferencia,
de la violencia que ejerzo
con la precisión de un ejército alemán,
siempre al final contra mí,
contra mi presencia en este mundo que pateo
y reciclo como un deseo vergonzante.
En momentos como este soy transparente,
un ayuno animado por las armas del viento,
por el desgaste del aire sobre el desierto,
las bolas de hierba seca girando sobre un territorio
que guardo y desconozco.
Soy lo que no soy ahora,
soy un brote de estiércol y amargura,
y sigo aquí,
rascando la madrugada con mis propias uñas,
temo que el amanecer caiga
y me descubra con la garganta desvelada.
Voy al baño,
vacío un chorro de orines, regreso,
son las tres de la mañana.
El precio del esperma
Esto es a muerte.
Sus garras y el cuchillo buscando las costillas,
mis colmillos hundidos en su cuello.
Esto no es amor,
es la perentoria necesidad de trascender al tiempo
y dejar una gota de esperma dentro del cuerpo de una gata.
Es demostrar que mi fuerza es suficiente
para rodar sobre el mundo y sobrevivir a los años y la peste.
Aquí se trata de multiplicar los gatos con mi nombre,
con las manchas en las patas
y los ojos verdes moteados y rasgados.
No tengo enemigos,
este que muere cuando lo desgarro es un pretexto,
un obstáculo,
el óbolo que damos a la vida para nutrir la vida
y seguir girando en la tierra del hambre,
la esperanza y los maullidos nocturnos.
Es la daga de la permanencia atravesándonos.
Ella nos observa,
espera la sangre en nuestra sangre,
las rayas en las rayas,
el filo del sol en un grito abierto y seco
cruzando las ventanas,
su privilegio
es dar vueltas alrededor de nuestra furia
con pasos cautelosos,
el cuerpo tenso girando entre la muerte y la lujuria.
Un salto y el descuido,
un breve error me permite hundir un rayo en su garganta,
su cuello cruje,
siento la ligereza de su aliento huir hacia otra parte,
a un espacio desconocido,
el rival formidable
se ha convertido en un montón de huesos,
carne y nervios inservibles,
apenas tengo fuerza para reclamar la recompensa.
Paso mi lengua por las heridas,
el dolor es la renuncia de mi carne,
pero me estiro,
hago un arco con mi espalda y me acerco,
me recibe con una ternura resignada,
acepta que sus hijos serán los hijos de un gato victorioso
y eso es suficiente por ahora.
Estamos dormidos y despiertos al mismo tiempo
Una fibra se rompe
cuando permaneces entre el sueño y la vigilia,
cuando no sabes si estás dormido o despierto,
cuando te mueves en la cama y no recuerdas si dormías
o sólo seguías el hilo de un pensamiento lejano
como un pájaro entre las nubes de la madrugada.
Entonces se tensa el aire en los pulmones
y empujas un trozo de verdad
hasta el fondo de la consciencia.
Como una toalla mojada sobre el rostro
y el sudor adhiere a tu cuerpo las cobijas,
quieres recordar,
reconocer la última imagen de personas
que sólo conoces en la pasión nocturna,
los amigos cercanos
que creaste para acompañarte en una vida
que se continua por su propia inercia
y no recuerdas su nombre,
ni el tuyo
ni las cosas o lugares que te iluminaron como a un niño.
La fibra se dobla, traza un arco entre una hora y otra,
te has ido por un momento
y regresas después de siglos que se fueron en un segundo,
porque la velocidad del pensamiento es un destello
quebrando las posibles realidades
entre las que balanceas tu castigo y tus deseos.
No sabes por qué ahora tiemblas
y quieres regresar al sitio dónde nunca fuiste.
Miras el techo,
estás seguro que tu cuerpo se elevó
y ha vuelto de un paseo
que se fragmentó con el suspiro de las sombras.
Apenas reconoces la mañana
que se acerca como una promesa,
el día anterior cuando envejeciste mil años,
el color de los ojos y la temperatura de los labios.
Abres los ojos y no sabes si estás aquí, ahora
o en otro sitio donde no has despertado.
Los múltiples colores del felino
No envidio al tigre,
su selva es un corazón verde
y su vida es una más entre la hierba, los árboles
y las serpientes.
Es una franja dorada
que se rompe en una ráfaga invencible,
es el poder y la avaricia,
es el rey temible de súbditos malditos,
la lluvia sobre el río,
un trozo de fuego con garras invictas
y el hocico abierto como un abismo.
En contraste,
mis presas son frágiles y sobrias,
mi selva es una grieta de luz abierta en el concreto,
es pavimento indiferente,
mi selva no me traga ni me extingue.
Soy un trazo de furia disfrazado de ternura,
la locura colgada de una ventana,
el equilibrio prodigioso sobre un poste,
el juguete perdido en la cima de un árbol.
Soy un intento, una aproximación,
una aventura mínima en los pasillos y las cloacas.
La ciudad me recorta
como un recuerdo del tiempo y el Nilo,
el suave pelaje en las rodillas de abuelas y princesas,
mis siervos son felices haciéndome feliz,
soy el regalo, el insondable, el arrogante malentendido.
Adelanto mis huellas en el pasto,
adivino a un ratón y con pasos lentos lo desnudo,
su carne es un trapo, un hilo de lana,
la memoria de mis orígenes salvajes.
La vida se me va en el regocijo
y no tengo tiempo para la muerte
ni los rugidos grandilocuentes,
soy modesto y orgulloso como una perla falsa,
como un cristal de nieve,
como un pedazo de carbón,
como un ágata colgando en la pulsera de una virgen,
y eso me basta.
Ábranme
El borracho toca la puerta, nadie le abre.
Insiste, recuerda este sitio como su casa,
aquí vive cuando no está en la fábrica.
El temblor de la puerta me obliga a levantarme,
lo observó detrás de la cortina.
El borracho ruega entre murmullos que le abran la puerta,
jura que no lo volverá a hacer,
no se gastó todo el dinero,
sólo un par de tragos,
porque se parte una buena chinga en la fábrica
y necesita desahogarse, abrir una ola en la jornada.
La puerta sigue cerrada y comienza a subir la voz.
Así agradecen lo que hace por ellos,
una mujer y sus hijos desconsiderados,
ahí durmiendo mientras el pasa fríos en la calle,
los labios secos por la rabia,
el cuerpo atravesado por una sed que no termina.
Pero un día se va a ir,
a ver con qué tragan cabrones,
para trabajar estoy bueno,
pero cuando quiero darme un descanso no me dejan,
no me dejan parar la rueda, secar la maquinaria,
filtrar el aceite con la estopa,
soy un aditamento despreciable,
al fin y al cabo, yo pago la renta, parásitos,
la cama donde duermen es mía…
Está en el límite,
el volumen se incrementa…
pero van a ver, me voy a largar, los voy a dejar solos
para que se mueran de hambre hijos de la chingada.
Comienza patear la puerta y con cada golpe grita ¡puta!
Entonces se ilumina la línea debajo de la puerta
y poco a poco se abre.
Con un empujón mete a su esposa a la casa
mientras suelta algunos puñetazos y le jala el cabello.
Me pregunto por qué esperan a que esté furioso
si de cualquier manera lo dejarán pasar.
Después la mujer grita, se adivinan los golpes,
luego vienen los llantos de los niños,
los muebles estrellándose contra los muros,
el cuerpo de la mujer arrastrándose en el suelo
y las patadas
y detente papá
y por qué chingados no me abre.
Es un ritual que cumplen cada semana,
los vecinos ya no se molestan, no los oyen,
el escándalo forma del paisaje y siguen durmiendo.
El borracho y su familia son parte del barrio,
como la tienda, la panadería, el taller mecánico.
Una forma de vivir
que se extiende como agonía porque no conocen otra.
¿Para qué moverse?
Me canso de mirar por la ventana,
he vivido en lugares así desde mi infancia,
rodando por la ciudad cuando al dueño del inmueble
se le ocurría subir la renta
y mi padre no podía pagar el incremento
o el hijo embarazo a la novia
y nos avisan que al terminar el año no renovarán el contrato
porque el muchacho va a venirse a vivir aquí
y no hay espacio para inquilinos ni esperanzas.
Cada mudanza llenando cajas de cartón
con ropa, platos, sartenes, zapatos, juguetes,
intentos de salvación y agonías,
arrepentidos de comprar tanta mierda
que no sirve para nada.
Llegar a colonias nuevas
con la esperanza de cambiar con el paisaje
y esos buenos deseos se desvanecen
cuando nos damos cuenta que este rumbo
se parece mucho al otro,
los mismos ruidos, olores, personajes repitiéndose,
la misma piel de la ciudad en otro envase,
los límites de un territorio adocenado,
marcado por los postes, el esmog y la basura,
mostrándonos que nada cambia
porque nosotros no cambiamos.
Al final, tenemos la pobreza adherida a la piel
como una enfermedad obscena.
El dueño de nuestras pesadillas
Mi color es la ceniza cayendo del techo de las nubes,
el movimiento preciso
bajo el círculo de luz dibujado por el poste,
el poderoso engaño de una raya entre los párpados.
Soy el poder de un trazo sobre las calles.
Persigo las sombras toda la noche,
vestigio de plata vertiginoso y obscurecido
por las intenciones de los escaparates.
La sombra de la luna es mi territorio,
la soledad espesa y los intrusos.
Nadie descifra las huellas de mis patas,
mi equilibrio frágil sobre un trozo de asombro.
Estoy en todas partes,
vagabundo como una hoja de periódico
rodando sobre el viento y los callejones.
Es el tiempo nocturno estirándolo
para cubrir la ciudad seca y entera.
Un avión dibuja un arco y me sigue,
sus luces parpadeantes son el aviso de los viajeros
que no saben quién espera,
el horario puntual,
glotones del tiempo en un sobre para entrega inmediata,
aquí no espacio para el frío,
soy una vigilia densa caminando
en la esfera de un reloj interminable,
un hueco con piel de espuma,
el rasguño de cinco garras diminutas.
Es el color de mis paseos,
el rumbo abierto e indefinido,
la hoguera de un barrio,
los cantos ahogados para no dañar al silencio,
los zapatos grises de los veladores,
el silbato largo como un aullido y las miradas clandestinas,
todo lo que les avergüenza lo guardan en la noche,
no saben que lo observo con la mirada celosa,
soy dueño de sus secretos,
soy dueño de la vida que no se atreven a vivirla.
Cuando camino me apropio de sus voces y pesadillas.
Una verdad que sale cuando duermo
Ahora sé que esta noche en blanco
es hija del miedo al abandono,
no quiero cerrar los ojos
y perder mi lugar en el mundo,
rodar por los laberintos inconscientes,
lleno de imágenes
y recuerdos que invento como un teatro de fuego
y hielo mezclados en la tundra de las sábanas.
Tengo miedo al contagio,
al límite entre las palabras,
la caída en el pantano de folios que siento y no adivino.
Mi cuerpo deja de ser mío y se transforma en un pretexto,
en una imagen que flota con la respiración entrecortada,
las cosas son más reales, más ciertas
y no duermo porque no quiero despertar.
los recuerdos se hacen de los sueños,
inventamos cosas que no existieron,
otras duelen tanto que nos ahogamos
y salimos de ellos mojados de una nostalgia indeterminada,
como esa vez,
cuando regresé antes de lo esperado,
quise sorprenderla
y vi un auto desconocido frente a su casa,
distinguí ese rostro que había besado impunemente
unido a otro,
a una materia desconocida,
a una roca vestida de hombre
que rompió de un golpe la imaginación
y las posibilidades.
Sí, ahí estaba con otro como una estampida de deseo,
levantó los ojos y me miró de frente,
una aparición vertiginosa, una caída,
un cañón y un río de agua milenaria enfrío mi sangre
y seguí caminando mientras una lluvia interna
me golpeaba como granizo.
Ese es el profundo temor,
la verdad que guardo y sale cuando duermo.
No se rompe cuando camino
Mis patas recogen los recuerdos del polvo,
el dolor del último asalto,
las balas de un ajuste de cuentas,
el solitario recuerdo del engaño,
el hambre del camino desterrado.
Esto parece un desierto,
el aguijón de un alacrán hundido en las entrañas,
el sabor del veneno,
un trozo de piedra arrancado a la banqueta
para arrojarlo y romper la cabeza de un rival imaginario.
Pero no siempre es así,
a veces el silencio me sigue,
un insomne fuma y me mira desde la ventana,
cuenta los minutos
que habitan una noche larga como serpiente
y el aullido de un perro con frío.
En otro sitio brilla una pantalla
y las oficinas siguen encendidas,
son las alfombras del hambre,
la persecución del dinero,
el oro escurriendo de una mano a otra
y cuando termina se ha convertido en un puño de ceniza.
A veces me miran unos ojos parecidos a los míos,
son huérfanos del sol con la esclerótica inundada
de presagios rojos y adormecidos.
Buscan un poco de paz en una tierra que los arrasa,
lo suyo es esconderse,
humillarse por un poco de pan
y el trozo de una dosis
que los acompañe el resto de sus días,
me ven como un bocado de espuma,
una rodaja tibia que baja por la calle
y los hace sentir más afortunados.
A veces mis paseos son tranquilos
y las caminatas se extienden como un niño dormido.
Unos minutos de sueño
Así, sin esperarlo, una suave paz me adormece,
mi cuerpo es un molde que se desvanece entre las sábanas,
desaparezco junto a tu respiración lenta.
No me preocupa el trabajo,
ni el desayuno, ni los periódicos, ni las noticias,
soy una línea de metal hundiéndose en un túnel,
pronto nos comerá la noche vivos e inmaculados.
El cansancio siempre vence,
seguimos un pensamiento hasta que lo agotamos,
girando como una rueda en una caída eterna,
el contorno de un abismo
en el que nos golpeamos una y otra vez,
hasta que recogemos la carne adolorida,
la sangre molida bajo la piel,
como mordidas de un perro rabioso,
los dientes de la vida escurriendo el plasma de la ira.
Hacemos una pausa porque es doloroso existir siempre,
en el fondo, más allá de las dudas,
nos sabemos eternos y eso nos espanta,
nos aturde pensar,
el diálogo infinito que mantenemos con alguien que somos.
La representación continua de nosotros,
la ruptura entre la luz y el mundo,
somos el fragmento que sobró de una estrella.
Por eso nos abandonamos en el sueño,
dejamos en suspenso una existencia que se dobla,
regresa, continúa a pesar de nuestros esfuerzos.
Me acerco y abrazo la certeza de tu cuerpo,
apenas te mueves,
eres el calor de una respiración profunda,
hago un esfuerzo por acercarme a ti sin despertarte,
mi cabeza se disuelve en la almohada,
cierro los ojos y me voy.
Un cóndor en la montaña
Llueve, un rayo revienta las nubes,
su grito eléctrico recorta los edificios,
las antenas, la ropa colgada,
las gotas son un suave murmullo en las ventanas,
en las láminas de plástico como un ejército,
los sonidos se filtran y las imágenes se esfuman,
vuelvo a mi cuerpo sorprendido,
soy otra vez,
no hay refugio para esta existencia hecha de carne y ansia.
Me duele el hombro
sobre el que dejé reposar el peso de mis huesos,
el dolor es la conciencia,
nos avisa,
nos hace rodar sobre nosotros mismos
para encontrar un espacio entre el tiempo y el aire,
soy la inquietud entre las sábanas,
el peso muerto de las cobijas en el límite del frío,
me muevo,
te mueves como un recuerdo.
Está lloviendo -dices-
y tu rostro con los ojos abiertos se encuentra con el mío,
ya duérmete -ordenas-
y das vuelta para alojarte
en una isla que no puedo alcanzar.
Nada te puede tocar mientras duermes,
estás lejos de las gotas,
de las nubes, de los charcos, del ruido, del insomnio,
eres la verdad entregada a la inocencia.
Las alas de un cóndor rozan mis párpados,
es el gigante flotando entre montañas,
el dueño del horizonte,
la caída permanente en el viento,
suspendido en una región inalcanzable,
tres metros de prodigio entre el sol y la tierra.
Estoy soñando y no sé que estoy soñando,
en la orilla de una montaña verde miro un ave prodigiosa.
Estoy soñado
y afuera llueve como una caricia de la madrugada.
Aquí no hay discusiones
El agua se derrama mientras la piel se encoje en un refugio,
un arroyo crece en la orilla de las banquetas,
el lomo curvo, los bigotes caídos,
los ojos afligidos
mirando las líneas trazar círculos en los charcos.
Nada más triste que el gato escondido en un resquicio.
Es la ansiedad en una grieta de la ciudad implacable.
Su ternura es engañosa, dentro,
en un punto donde concentra el corazón y sus vísceras,
guarda una ira implacable,
es una fuerza sobre su fuerza,
el límite abierto para una criatura
que siempre ha sabido salirse con la suya.
Tiene una idea que se escapa,
no sabe cómo detener el surco inagotable,
infinito,
vertiginoso,
de sensaciones que lo agobian.
Es el clima condensado en una aguja dolorosa,
la Tierra borrando los vestigios de una vida que se pudre,
las cosas deben eliminarse de los nombres,
de la caída,
de las manchas,
arrancar de raíz las cicatrices,
la escritura en las garras de un gato gris como la niebla.
Es el sabor de la derrota,
la miseria encogida para no mojarse.
Cada minuto es un siglo extendido sobre las piedras,
sobre el cemento,
sobre los pocos automóviles que se atreven a cruzar este río.
La fuerza innombrable, la obediencia al juicio,
saber quién manda
cuando la atmósfera indefinible deja caer el optimismo,
cuando se lavan los pecados y se pagan las cuentas.
Así,
acurrucado,
inmóvil,
arrepentido,
el gato espera.
Bastaría con cerrar la puerta
Someterse es sencillo,
abandonarse a una historia ajena,
tu vida es una narración en la que ocupas un rol secundario,
el acompañante silencioso,
un punto y coma después de un enunciado,
mirar hacia otro lado mientras las manchas crecen
y te arrebatan una a una las certezas.
Después sabes que algo hace falta,
es una ausencia enorme,
tan grande que no puedes verla
porque ocupa todas las habitaciones, la vista, el horizonte,
es la llanura donde estás parado
y sólo es una extensión de pasto seco
y un temor latente.
Eres tú en otra parte, siempre en otra parte,
alejado de tus pulmones,
del aire que respiras y te traga como una hiena.
Es fácil oprimirse y pedirle que sea bueno,
que no grite,
que te ayude a levantar ese pedazo de hojarasca
en el que te has convertido,
como un viento que barre, limpia, empuja,
porque decidir puede ser un poco doloroso
y los demás pueden estar en contra
y sacudirse tu presencia como el zumbido de un mosco,
por eso guardas silencio y observas con ojos asombrados.
Suspiras, temes por tu vida,
el café que salió volando sobre tu cabeza
y la taza quebrándose en el piso,
te levantas, te arrastras, tragas amargo
y esperas que el asunto se termine de alguna manera,
porque hacerte responsable puede ser doloroso
y tendrías que dejar a todos, olvidarlos,
mandarlos a la chingada para poder existir
por un momento, por un dorado minuto.
Pero eso da miedo
y permaneces a la orilla de un abismo,
delicado como el ala de un ángel.
Así esperas hasta que el cuchillo se hunde
y vuelas como un albatros encima de la tierra
y esperas por otra oportunidad
o poco a poco te vuelves invisible
y no hay quien te mire desde el espejo
o arrancas esta existencia como racimo de uvas
y las tragas de un golpe,
así,
hasta que un día tengas el valor de cerrar la puerta
y no regresar.
La hora más obscura
Es el camino entre los charcos,
entre las islas negras
sobre la noche que se convierte en una línea,
cada vez más exigua, cada vez más temprana.
Es el camino entre el frío y las promesas.
Una raya nocturna se transforma en madrugada,
separada por un cristal que se fragmenta
y deja caer trozos sobre las calles solitarias.
Nadie navega, se guardan, roncan, esperan,
es el peor momento para salir de casa,
el mal está suelto,
sólo los gatos negros se atreven a retarlo,
este minuto es su territorio,
es la flor del aire compactado,
un suspiro siniestro recorriendo la tierra,
el instante más obscuro
antes de romperse con la luz del alba.
Los animales nocturnos aguantan la respiración.
Ocurre cada noche, pero pocos lo soportan,
es el peso de la rabia
y la injusticia concentrada en un átomo vacío,
es el grito enmudecido,
es la piel obscurecida por las malas intenciones,
después el equilibrio sigue
y nos movemos con una hoja de luna girando, cayendo,
cerrada sobre el ojo de la vida.
Pagando en abonos
Comienza sobre los cerros y los edificios,
es el plástico dorado ajustándose,
la mancha naranja rompe las ventanas,
cruza el horizonte de las sábanas,
se aloja entre los libros y una pared enmohecida.
Es el calor en un tímido intento,
una proximidad interrumpida,
el polvo flotando sobre las constelaciones.
Una ciega inquietud se acerca galopando,
primero son los gritos, después la prisa,
un tono se repite inmisericorde,
el ritmo del trabajo y el dinero,
la historia impulsada
hacia un vacío que todavía no descubre,
los números cambiando en la pantalla enrojecida,
es la importancia de los semáforos y los uniformes,
el infierno compartido en cuatro ruedas.
Todo sube y se agota, una vez, otra, una vez más,
así, hasta que se instala entre la tierra y el cielo
como una nube de agonía, ansiedad, triunfo,
la seca victoria sobre lo que fuimos,
la derrota del aire respirable,
el paisaje se dibuja en una ráfaga,
es un tren inalcanzable,
la velocidad del sonido superada
por la manzana que se traga en el desayuno.
Entonces son los ojos abiertos con sorpresa,
el recuento de las horas dormidas,
los dedos buscando una alarma que se resiste,
que sigue existiendo más allá del ruido y la monotonía.
Una oración tendida sobre un lamento y esperanza.
Hoy comienza, igual que ayer, igual que mañana,
una lenta caminata en círculos.
Se observan y saben que no tendrán perdón,
tienen que levantarse y seguir,
el beso se desvanece entre buenos deseos
y unas monedas rodando hasta perderse.
El sonido de la regadera es una calma tensa,
ahora vendrá la vida encima,
como una cuota a pagar en plazos sin fecha definida.
Una asquerosa mascota
Un residuo de sueño se queda colgado
y parece surgir en cualquier instante,
el barco gira sobre la tersa superficie del agua,
vuelve al puerto por algo que ha olvidado,
un tramo de justicia, de perdón, de olvido.
Somos los olímpicos,
los vencedores de la ruta,
la noche pasó por nuestra garganta y sobrevivimos.
Regresar es una trampa,
hemos devorado una parte de nosotros que nunca vuelve,
que se va para destrozarnos,
así muevo mis cuatro patas,
acerco el hocico al suelo
para reconocer los olores de mi historia,
la azotea, las puertas, las mismas ventanas colgando,
los colores deslavados en los muros,
este es mi rumbo,
el barrio donde los humanos me adoptaron.
Siento un manojo de odio,
es la vergüenza de no irme para siempre,
de sentir la obscura confusión de la pertenencia,
esta calle es tan mía como yo de ella
y hay algo de perverso en eso,
un límite desconocido que me atraviesa,
un perímetro impuesto por el tiempo y la costumbre,
por los días que se tiñen del mismo lodo,
por el hambre que se extiende
y traga la misma lata de comida gris y ansiosa.
Estoy aquí otra vez,
buscando el mismo rincón donde duermo la siesta.
Mientras los tontos, los perdidos,
salen a malgastar el sol y la existencia,
yo dejó caer el cuerpo
en una cobija sucia, tibia, casi amorosa.
Tengo sed, recojo un poco de agua con la lengua
del tazón que me espera,
estoy cerca,
muy cerca,
de convertirme en el hábito, en la maña,
en una asquerosa mascota
mientras ella pasa su mano tibia por mis orejas.
Gato ya eres mío
Otra vez, otra vez,
tú aquí, con tus maullidos, con tus quejas,
esta inclinación estúpida de abrir la puerta
para callarte con el alimento que exiges como mi obligación,
mirándote, domesticando tu impulso de dejarme afuera,
de cerrar los oídos con la esperanza de que me pierda
y no regrese.
Sabes que te odio, sabes que te odio,
porque me recuerdas un impulso que olvidé,
eres la imagen del temor y te detesto porque alguna vez,
cuando no resista la noche,
cruzaré la puerta y seré de ella, seré como tú,
una mancha que recorre el mundo para tener la panza llena
y un cuerpo tibio que soporte mi peso
mientras pasa sus manos por nuestra piel,
asegurando nuestro lugar en el mundo.
Eres el sitio de mi cobardía, eres el sitio de mi cobardía,
el eco de un lamento, el hueco en las horas y los días,
el pan de una ley,
la costra que nos hace amar las piedras, el cielo, las nubes,
este territorio que en algún momento seguirá sin nosotros,
sin extrañar a un par de migas que se odian de tanto amarse.
Se asoma por encima del hombro,
otra vez este gato, voy a ponerle un nombre,
si le damos de comer, debemos llamarlo de algún modo,
qué bonito, ya viste, come y te agradece.
Estira los brazos, levanta al felino, lo mira a la cara,
se me hace que no tiene dueño, ya sé que eres alérgico,
pero si no lo cargas, no hay problema,
cierra la puerta para que no se salga,
ahora mismo le hago una cama.
Ya eres mío gato, yo te cuido.