Autor: Mario Benedetti
Título: La Tregua
Año publicación: 1960 (escrita en 1959).
País publicación: Uruguay
Nuestra editorial: Biblioteca El Mundo con el prologo de Manuel Vázquez Montalbán.
La Tregua de Mario Benedetti es una obra corta pero intensa que condensa un viaje
emocional y existencial de una manera bella y dolorosa. Benedetti es probablemente uno de
los escritores uruguayos más relevantes del siglo XX y uno de los poetas que mantiene su
vigencia y frescura en nuestros días.
La tregua es el diario personal de Martín Santomé, viudo de casi cincuenta años que acaricia
la cada vez más pronta jubilación y fantasea, con cierto temor, con la hora de que llegue el
tiempo del ocio, de vivir sin la preocupación del trabajo, y lo que eso quiere significar
también, la hora implacable de la edad y el paso del tiempo cada vez más ceñida sobre su
cuerpo. Hemos dicho que es viudo, sí, pero además tiene tres hijos con los que no tiene muy
buena relación salvo con Blanca, su hija. Esta se presenta como una vida de rutina, de
encuentros, de reflexiones, en la que incluso se diría que es una persona en apariencia gris y
suscrito a un pacto con lo rutinario. Esta existencia se ve convulsionada con pequeñas
descargas eléctricas hasta que la evidencia del amor es reconocible. Estas pequeñas descargas
eléctricas se manifiestan en Laura Avellaneda, una joven que recien llegada a la empresa
donde trabaja y él es su inmediato superior. Ambos comienzan una historia de amor, en el
sentido hondo de la palabra, en la que se ven y parecen felices. Sin embargo, oh dios mío, la
vida.
Uno de los elementos que me han gustado es la veracidad de los personajes, comprendemos
a Martín, nos conmueve, nos parece tierno y honesto ante su vida y sombras. A través de las
páginas supone un amigo cercano con el que celebramos su felicidad y nos compunge su
dolor, que en el fondo es un poco nuestro, ya que los elementos que va entretejiendo
configuran una melodía coral y que se amplifica en nosotros. Como un resorte pueden
aparecer reflexiones nuestras activadas por este libro, pues su corte existencial y de grandes
preguntas en torno a la vida nos impacta. Es una obra muy hermosa de la que podríamos
releer una y otra vez frases. No tiene épica, tiene la delicada realidad de la vida cotidiana, no
hay héroes ni caracteres idealistas.
“la vida se, se está yendo ahora mismo, y yo no puedo soportar esa sensación de escape, de acabamiento,
de final.” (p. 133).
“he fabricado mi rutina, pero por la vía más simple: la acumulación. La seguridad de saberme capaz de
algo mejor me puso en manos de la postergación, que al final de cuentas es un arma terrible y suicida”
(p. 45).
Así explica algunas de las reflexiones que le acompaña, no solo a él, sino a otros que le rodean.
El paso de la vida, el postergar los sueños, de ciertas dosis de idealismo, al ir poco a poco
desecándose y pactar con la rutina, en el peor sentido de la palabra, aquella que nos configura
grises, que alinea el pensamiento y empalidece las emocione, o incluso las resignaciones más
sociales y generales, como la juventud de Montevideo que chocaba con la resignación de sus
mayores.
“¿qué está peor, entonces? Después de mucho exprimirme el cerebro llegué al convencimiento de que lo
que está peor es la resignación. Los rebeldes han pasado a ser semirebeldes, lo semirebeldes a resignados.”
(p. 57).
Lo cierto, es que parece contemplar su vida, soñando con ese punto de inflexión que
supondría la jubilación, aunque con cierto temor ya que: ¿qué haría con su tiempo de ocio?,
¿cómo enfrentarse a su pasado y a lo que quiso llegar a ser? ¿cómo reconducir la relación con
sus hijos?
Esto se diluye, parcialmente, con la entrada de escena de Avellaneda, una joven que llega a la
empresa, como hemos dicho, y, poco a poco, comienza a sentir el amor, un amor que es
correspondido y recíproco y que no solo les une cada vez más, sino que tiene efectos en él,
en la manera en la que comienza a observar el pasado, incluso parece que acerca más a sus
hijos, sobre todo con dos de ellos; todo parece una confabulación. Él se ve tierno, ante este
amor, entiende aún mejor la relación que mantuvo con su difunta mujer y las piezas que
compusieron su historia. En todas estas páginas se sobrevuela en torno al valor de los
recuerdos, el paso del tiempo, la inseguridad y sobre todo la felicidad:
“De pronto tuve la conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado
máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero
tenía la hiriente sensación de que nunca más volveré a serlo, pero lo menos en ese grado, con esa
intensidad. La cumbre es así. Además estoy seguro que la cumbre es sólo un segundo, un breve segundo,
un destello instantáneo, y no hay derecho a prórrogas” (p.91).
Esta sería la certeza de nuestro Martín. Pero Avellaneda tiene otra teoría bien diferente, y
proviene vía materna y así la cuenta ella sobre su madre: (…) La gran teoría de su vida, la que la
mantiene en vigor es que la felicidad, la verdadera felicidad, es un estado mucho menos angélico y
bastante menos agradable de lo que uno tiene siempre a soñar. Ella dice que la gente acaba por lo general
sintiéndose desgraciada, nada más que por haber creído que la felicidad era una permanente sensación
de indefinible bienestar, de gozoso éxtasis, de festival perpetuo. No, dice ella, la felicidad es bastante
menos ( o quizá bastante más, pero de todos modos es otra cosa) y es seguro que muchos de esos presuntos
desgraciados son en realidad felices, pero no se dan cuenta, no lo admiten, porque ellos creen que están
muy lejos del máximo bienestar.”(p.86-85)
Estas concepciones de la felicidad también tienen cierta relación con otras reflexiones, pero
plantea de forma inmediata la cuestión de cómo ha de vivirse la vida, el enfrentarse con el
día a día. ¿Hasta qué punto se abandona el idealismo para acabar sumido en la mohosa
realidad?¿ qué implica la realidad?¿renunciar a la posibilidad del éxtasis feliz por una pausada,
sosegada felicidad? Por otro lado, también en el libro aparece en relación con la cuestión del
amor, que es podría ser tampoco ese éxtasis sino algo más sencillo y cotidiano:
“ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que
besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor”
(p. 152)
La vida pasa, les pasa a Martín y a Avellaneda, llegan las certezas y la honda felicidad, sin
embargo, fuera de debates, de grandes temas que nos invaden, pasa la vida, y lo doloroso no
es el paso del tiempo, sino precisamente que el tiempo deje de pasar. Entonces las teorías de
la felicidad caen, y queda recuerdo y el enfrentarse. Quizá la felicidad quizá sea una tregua,
no una cima de la montaña ni un inmenso collado, sino una tregua ante algo más oscuro y
doloroso. Diferentes reflexiones que nos llegan en su lectura.
Es un libro que cala, como a mí lo ha hecho, por las hermosas frases, la historia con honda
reflexiones muy cercanas a uno mismo ya que son muy significativas y profundas.