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ganzl912

Helio Jaguaribe
Un estudio crítico
de la historia
Tomo I
S e c c ió n de O bras de H is t o r ia

UN ESTUDIO CRÍTICO DE LA HISTORIA

I
Traducción de
C arlos Ávila F lores
G raciela N oemí Bayúgar Faigenbaum
A na P ulido R ull
HELIO JAGU ARIBE

UN ESTUDIO CRITICO
DE LA HISTORIA
i

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA


M ÉX IC O
Primera edición, 2001

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra


—incluido el diseño tipográfico y de portada—,
sea cual fuere el medio, electrónico o-mecánico,
sin el consentimiento por escrito del editor,-1

D. R. © 2001, Fondo de C ultura E conómica


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ISBN 968-16-6363-2 (obra completa)


ISBN 968-16-6364-0 (tomo i)
impreso en México

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https://tinyurl.com/y7k8sjjr
A F ederico M ayor,
quien, como director general de la unesco,
creyó en esta investigación cuando sólo
era el simple esbozo de un ambicioso proyecto
PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL

Antes de que la unesco me cediera, a manera de pago, los derechos sobre


mi libro, yo había pedido que el Fondo de Cultura Económica se encar­
gara de la traducción al español. En realidad, tengo una deuda de grati­
tud con esta casa editorial porque, a través de sus excelentes traduccio­
nes del alemán, pude acercarme a autores que me familiarizaron con la
historia germana de m ediados del siglo xix a la caída del nacionalso­
cialismo.
Hoy me complace saber que el fce se ha echado a cuestas la tarea de
traducir y publicar Un estudio crítico de la Historia en su versión en español,
antes de que la traducción al inglés salga a la luz; como autor latinoam e­
ricano, me gusta que las cosas se hayan dado en ese orden.
Este último com entario me obliga a hacer una aclaración final. Esta
obra fue escrita originalmente en inglés porque, según el acuerdo estable­
cido con la unesco , el primer borrador de cada capítulo debía ser some­
tido al juicio crítico de un grupo de eminentes sociólogos e historiado­
res de varias universidades de Europa y los Estados Unidos — incluida
una investigadora argentina— para los cuales el inglés era un idiom a
común.
H. J-

Río de Janeiro, septiembre de 2001

9
SUMARIOS

T omo i

Introducción general
I. La aparición del hombre y la civilización
II. La civilización mesopotámica
III. Egipto
IV. La civilización egea
V. El antiguo Israel
VI. Persia
VII. Grecia
VIII. Roma
IX. La civilización bizantina
X. El Islam
Anexos

Tomo ii

XI. La India
XII. China
XIII. África
XIV. Civilizaciones precolombinas
XV. La civilización occidental 1. Formación de Europa
XVI. La civilización occidental. 2. El Renacimiento
XVII. El desarrollo de Occidente
XVIII. Reflexiones sobre el siglo xx
XIX. Conclusiones
Anexos

índice de nombres de los tomos i y n

11
PREFACIO

Este estudio podría interpretarse, en sentido general, como una incur­


sión en el ámbito de la Sociología de la Historia, tendiente a elucidar los
principales factores y condiciones que han influido en el surgimiento, el
desarrollo y, posiblemente, la decadencia de 16 grandes civilizaciones, y
a determ inar si en las civilizaciones concurren circunstancias únicas, o
si factores sim ilares producen consecuencias equivalentes en diversas
civilizaciones y periodos históricos. Estas cuestiones esenciales, ya tra­
tadas en una extensa bibliografía sobre la Filosofía de la H istoria, han
sufrido, empero, las limitaciones derivadas de enfoques apriorísticos y
dogmáticos, propios de este género. El presente estudio intenta abordar
estas cuestiones desde un punto de vista estrictam ente empírico. Tam­
bién pretende analizar ciertas constataciones importantes producto del
estudio com parativo de las condiciones prehistóricas y de las civiliza­
ciones aquí examinadas.
Durante muchos años pensé en emprender semejante estudio — que
por fin inicié en 1994— y me preparé para la tarea (nunca hasta el grado
en que habría querido) acumulando datos y bibliografía. M ientras tan­
to, algunos de mis libros tuvieron nuevas ediciones, las cuales fueron
anotadas debidamente. Empero, no he vacilado en emplear referencias
de ediciones anteriores cuando la información pertinente no se modificó
en las nuevas.
Producir una obra tan voluminosa como ésta desde el punto de vista
de un país que, como Brasil, se encuentra en la periferia de la civilización
occidental presenta obvias desventajas y dificultades, así como ciertas
ventajas, menos obvias. Una de éstas es la falta de prejuicio cultural y de
provincialism o, lo que permite el acceso a fuentes de las naciones más
diversas en lugar de la concentración exclusiva o excesiva, común entre
los estudiosos de los países centrales, en su propia bibliografía. Otra
de las ventajas consiste en que ofrece un entendim iento directo de los
altibajos del proceso de desarrollo, menos visibles desde la perspectiva
de los países que alcanzaron su estabilidad hace largo tiempo.
Una dificultad particular con la cual topa un estudio como éste es
típica de todos los intentos por lograr enfoques sociológicos de la Histo­
ria, así como de todos los relatos que pretenden ofrecer una visión gene­
ral deí proceso histórico. Parte de esta dificultad tiene que ver con la
13
14 PREFACIO

diferencia entre las características del enfoque del historiador, interesa­


do por lo específico de cada hecho histórico y adverso a todas las gene­
ralizaciones que pudiesen deformar tal especificidad, y el enfoque del
sociólogo, que se distingue por el intento de encontrar erTlos hechos
sociales su m odelo ideal. Otra dificultad se halla en el riesgo implícito
en los enfoques genéricos. En la búsqueda de una visión general de un
proceso sociohistórico — y que, por tanto, interpreta su significado en
conjunto—, por lo general se descuida o posiblem ente se pasa por alto
una multiplicidad de detalles que son parte sobresaliente de los hechos
específicos de tal proceso. Por ello, entre otras razones, los historiadores
siempre han criticado las generalizaciones históricas. Puede decirse con
justicia que el rechazo de la mayoría de los historiadores al monumental
Estudio de la Historia de Toynbee, tras la publicación de sus tres primeros
tomos, anticipó la crítica a las suposiciones más objetables de este autor,
debatidas sólo mucho después, y que sim plem ente expresaba el repu-
| dio natural del historiador a las generalizaciones históricas.
El presente estudio no habría sido posible, desde el principio, sin el
apoyo de la un esco y de su director general, profesor Federico Mayor.
Tampoco habría sido factible si el autor no hubiese contado con la ayu­
da de un reducido grupo de sociólogos eminentes, especializados en el
análisis de los procesos de desarrollo, que integraron el personal central
de la investigación, y de un grupo, más numeroso, de eminentes histo­
riadores, los cuales, en calidad de asesores temáticos, aportaron sus con­
sejos sobre las civilizaciones de sus respectivas especialidades.
El capítulo xm, sobre Africa, lo escribió el profesor Ki-Zerbo; el xiv,
sobre las civilizaciones precolombinas, es responsabilidad del profesor
Heraclio Bonilla; las secciones 1 a 3 del capítulo x, el Islam y las mismas
secciones del capítulo xi, acerca de la India, las prepararon los profe­
sores Kees Bolle y Hugh Kennedy, respectivamente. La sección 3, "Los
descubrim ientos m arítim os y los albores de la ciencia m oderna", del
capítulo xvi, "El Renacim iento", la escribió el embajador José Calvet de
Magalháes. El resto del libro fue escrito por mí y es de mi responsabili­
dad exclusiva, sin subestim ar las excelentes opiniones que recibí, tas
cuales en general fueron incorporadas a él.
Los preparativos de este libro pasaron por una serie de etapas. Des­
pués de la investigación propiamente dicha, escribí un primer borrador
y lo som etí al análisis crítico de los sociólogos. Con sus observaciones
elaboré una versión revisada que sometí dos veces a los comentarios crí­
ticos de los historiadores asesores especializados en cada tema. Luego se
preparó un texto final, teniendo en cuenta las sugerencias recibidas. Los
comentarios finales de los asesores se presentan en el anexo de la obra.
PREFACIO 15

El texto de este libro fue escrito directamente en inglés, pero se pre­


sentó a una minuciosa revisión idiomática de distinguidos expertos en
esa lengua. Los capítulos n a vi los revisó la doctora Alice Koller, y los
demás el doctor Geoffrey Lloyd Gilbert.

Petrópolis, agosto de 1999


AGRADECIMIENTOS

Una obra extensa como ésta no habría sido posible sin la ayuda y las
aportaciones de m uchas personas. El autor está en deuda, ante todo,
con la confianza y el apoyo recibidos de Federico Mayor, director gene­
ral de la unesco de 1987 a 1999, a quien dedica el libro. El creyó en esta
investigación cuando sólo era el simple esbozo de un ambicioso proyecto.
Vaya tam bién la gratitud del autor a un gran núm ero de personas.
Deseo m encionar en primer lugar a María Lucia, mi esposa, y a mi fa­
milia en general, quienes con paciencia y generosidad soportaron d u ­
rante casi seis años mi total concentración en los preparativos de este
estudio, en detrimento del tiempo que debí dedicarles. También quiero
expresar mi gratitud al personal administrativo del Instituto de Estudos
Políticos Sociais, cuyo apoyo desinteresado ha asegurado la existencia
misma de la institución y posibilitó la culminación de este trabajo. Las
condiciones propicias para emprenderlo se debieron a un reducido gru­
po de entusiastas empleados del instituto: la señora Regina Lúcia Cor­
tes Lima, quien m ecanografió la obra en inglés sin conocim iento del
idioma, gracias a una minuciosa atención a cada letra; la señora Maria
Augusta Leal Soares, quien adm inistró con toda eficiencia mi oficina,
contando con el auxilio contable del señor Admar Cam pos Albo y los
servicios de archivo del señor Joaquim Gon^alves de Oliveira Brígido.
La señora Maria de Guadalupe Affonso M artinez prestó valiosa ayuda
secretarial al retirarse la señora Leal Soares.
Lo escrito directam ente por mí en lo que voy a llam ar "in glés de la
ontj// fue convertido en un "inglés oxfordiano" inicialmente por la doc­
tora Alice Koller, encargada de la revisión lingüística de los capítulos n
al vi. El resto lo revisó con gran tino el doctor Geoffrey Lloyd Gilbert.
Me siento particularmente agradecido con los eminentes sociólogos e
historiadores cuyos nombres aparecen en seguida, quienes con ojo críti­
co revisaron mis textos y me hicieron inapreciables comentarios, al igual
que con los profesores Ki-Zerbo, Heraclio Bonilla, Hugh Kennedy y Kees
Bolle, así como con el embajador José Calvet de Magalháes, por los exce­
lentes textos que aportaron a este estudio.
Los profesores Vicente Barretto, de mi instituto, y A m o Wehling, pre­
sidente del Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, me dieron el más
valioso apoyo; el primero, entre otras cosas, seleccionando a los asesores
17
18 AGRADECIMIENTOS

de historia, y el último organizando los dos seminarios brasileños a que


asistieron eruditos de la misma nacionalidad a cuya crítica fue sometida
esta investigación.
La obra no habría sido materialmente posible sin el apoyo financiero
de la unesco , complementado por el del Ministerio de Cultura de Brasil,
presidido por el profesor Francisco Weffort, y el de la Funda^ao Vitae.
Además, entre 1995 y 1999 se realizaron cinco seminarios internacionales
para que los historiadores y sociólogos que intervinieron en el estudio
debatieran personalm ente con el autor; en el debate se incluyeron las
aportaciones independientes, en estos sem inarios, de los profesores
Cándido Mendes y Christophe Wondji. El Conselho Nacional de Desen-
volvimento Científico e Tecnológico (c n pq ) de Brasil aportó los fondos
necesarios para los tres prim eros seminarios internacionales y para el
prim er seminario brasileño. El Programa de Participación Brasileña de
la unesco aportó los fondos para los dos últimos seminarios.
Estoy agradecidísimo con la delegación brasileña a la unesco , en par­
ticular con el em bajador Fem ando Pedreira y con el doctor Isnard de
Freitas, así como con el supervisor de esta investigación por parte de dicho
organismo internacional, el profesor Christophe Wondji, por atender en
él los procedimientos burocráticos del caso.
Por último, pero con igual efusión, deseo dar las gracias a los dirigen­
tes de mi instituto: el presidente, Israel Klabin; los directores, padre Fer­
nando Bastos de Avila, S. J.; Alberto Venáncio Filho, Alfredo Lamy Filho
e Italo Simeáo Viola, y al presidente del Consejo de Curadores, Roberto
Paulo Cezar de Andrade, por su continuo apoyo y estimulantes críticas.
COLABORADORES

PERSONAL CENTRAL

Prof Torcuato Di Telia


Universidad de Buenos Aires
Buenos Aires

Prof‘ Martfred Mols Emb. Ludovico Incisa Di Camerana


Instituí für Politikwissenschaft Istituto
Johannes-Gutenbecg-Universitát Mainz Italo-Latinoamericcino
Maguncia Roma

ASESOR GENERAL

Prof. Albert O. Hirschman


Institute for Advanced Study
Princeton University
Schoo] of Social Science
Princeton

ASESORES TEMÁTICOS

E gbo E gipto
Profa. Isabelle Ozanne Profa. Dominique Valbelle (directora)
Ifremer, Direction de LTngenierie, de la Institut de Papyrologie et d'Egiptologie
Technologie etde L'Informatique, París de Lille, París

Á frica L a aparición del hombre y la civilización


Prof. ]oscph Ki-Zerbo (relator) (director) Prof José Garanger
ceda (Centre d'Études pour le Université de París 1 Panthéon-Sorbonne,
Développement Africa in)r Laboratoire D'EthnoIogie Préhistorique,
Ouagadougou, África París

B izancio La formación de E uropa


Profa. Angeliki E. Laiou Prof. R. B. Dobson
Harvard's Research Center, Harvard Christ's College, Cambridge University,
Cambridge
C hina
Prof. Robert Hymes Introducción general
Department of East Asian Languages Prof Candido Mendes (rector)
and Cultures, Columbia University, Universidad Candido Mendes, Río
Nueva York de Janeiro

19
20 COLABORADORES

G recia P ersia
Pro} ’ Roger S. Bagnall Pro} Richard N. Frye
Department of Classics, Hamilton Hall, Department of Near Eastem Languages
Columbia University, N ueva York and Civilizations, Harvard
University, Harvard
A ntiguo Israel
Prof. Mordechai Cogan L as civilizaciones precolombinas
Department of Jewish History, Pro} Heraclio Bonilla (relator)
The Hebrew University of Jerusalem, Universidad Nacional de Colombia,
Mt. Scopus, Jerusalén Bogotá

I ndia R eflexiones sobre el siglo xx


Pro} Kess W. Bolle (relator de las seccio­ Pro} Manfred Mols
nes i a íii) (director) histitut für Politikwissenschaft,
Hermeneutics, Studies m the History Johannes-Gutenber g-Unive rs itá t
of Religión, Portland, E. U. A. Mainz, Maguncia

Islam El R enacimiento
Pro} W. F. Madelnng Pro} Ruggiero Romano
The Oriental Institute, University College de France, París
of Oxford, Oxford
R oma
Pro} Hugh Kennedy (relator de las sec­ Pro} Aldo Schiavone
ciones i a ni) Universidad de Roma,
Department of Mediaeval History, Roma
University of St. Andrews, St. Andrews,
Fife, Escocia, Reino Unido, St. Andrews D esarrollo del O ccidente
Pro}. Peter Gay
M esopotamia Department of History,
Pro/, jean Bottéro Yale University,
École Pratique des Hautes Études, París Yale
INTRODUCCIÓN GENERAL

C o n s id e r a c io n e s p r e l im in a r e s

El presente estudio no es una Historia Universal. Hay muchos relatos sin­


téticos sobre la historia de la hum anidad, incluso varios muy buenos,
algunos de los cuales han sido consultados por este autor.1 En cambio,
esta obra, aunque trata uno de los temas tradicionales de la Filosofía de
la Historia, a saber, los problemas que atañen al surgimiento, el desarro­
llo y, según el caso, la decadencia de las civilizaciones, tiene un enfoque
distinto. La Filosofía de la Historia significó diferentes cosas para Vico,
Voltaire, Hegel o Toynbee, entre otros. A pesar de esto, su característica
predom inante ha sido el intento — basado en algunas suposiciones a
priori— de elucidar el significado y el propósito último de la Historia o
descubrir las leyes que rigen el proceso histórico. Más adelante presen­
tarem os algunas breves observaciones sobre el tema. Sin em bargo, la
Historia no tiene propósitos preasignados ni se deja gobernar por leyes
similares a las naturales.
En este libro, siguiendo las huellas de la obra pionera de Alfred Weber
de los años treinta, Kulturgeschichte ais Kultursoziologie, se intenta elucidar
desde una perspectiva estrictamente empírica las condiciones principa­
les que influyeron sobre los hechos decisivos en el caso de 16 grandes ci­
vilizaciones.2 Luego, se ha intentado comparar los descubrimientos para
ver si las civilizaciones se ven rodeadas por circunstancias únicas, o
bien si condiciones o factores similares generan consecuencias equiva­
lentes en distintas civilizaciones y en diferentes m om entos históricos.
Por último, se ha intentado analizar otras varias aseveraciones plantea­
das por la investigación. Es un ensayo que pertenece, pues, al ámbito de
la Sociología de la Historia.
Para los fines de este estudio, las civilizaciones que abarca fueron
enfocadas desde seis puntos de vista: 1) una introducción, en la cual se
señala su ubicación espaciotem poral y el pueblo o los pueblos que la
crearon; 2) un breve relato histórico de sus principales hechos sociopolí-
1 Cf. W. H. McNeill, The Rise ofthe West, Nueva York, Mentor Book, 1965 (1963); John A. Garraty
y Peter Gay (comps.), The Columhm History of the World, Nueva York, Harper & Row, 1981 (1972);
J. M. Roberts, The Pelican History ofthe World, Londres, Penguin Books, 1980 (1976),
2 La civilización tiene un significado socioantropológico y uno histórico. Esta cuestión es tratada
brevemente en la segunda sección de esta introducción y en el capítulo i.

21
22 INTRODUCCIÓN GENERAL

ticos; 3) un breve análisis de sus principales características instituciona­


les y culturales en el curso de su historia; 4) un análisis y una elucidación
de las condiciones que influyeron en su surgim iento; 5) su desarrollo
y 6) su decadencia, según el caso.
Un problem a difícil — y no enteram ente resuelto— consistió en de­
terminar la extensión conveniente de las secciones que tratan de la his­
toria y de la cultura de las civilizaciones estudiadas. Un tratam iento
extenso habría exigido incluir en la obra cierto tipo de Historia Univer­
sal abreviada, lo cual no era nuestra intención, m ientras que un trata­
miento muy condensado no habría dado a los legos en dichas civiliza­
ciones una clara com prensión de los problem as relacionados con su
surgimiento, desarrollo y, en su caso, decadencia. Los colaboradores del
presente estudio sostienen varias opiniones al respecto. La extensión
final dada a esas secciones refleja, en última instancia, la elección del
autor.
La presente introducción general tiene tres propósitos. Intenta, ini­
cialm ente, analizar con brevedad las principales suposiciones teórico-
m etodológicas adoptadas para el estudio. En segundo lugar, trata de
establecer los principales puntos de coincidencia y divergencia entre
este estudio y dos obras anteriores im portantes: la ya citada de Alfred
Weber, y el Estudio de la Historia , de Toynbee. Por últim o, como suelen
hacerlo las introducciones, pretende guiar al lector a través de los temas
de la problématique de que tratan los capítulos.1

1. H i s t o r ia e h i s t o r ia

La Historia como narración

1 Es bien sabido que la palabra historia y su equivalente en otras len-


i guas occidentales tiene dos significados: uno concerniente al proceso
| histórico, res gesta , y el otro a la narración y el análisis de ese proceso, his-
t | toria rerum gestorum. La historia como proceso empezó con la aparición
de la cultura, en el Paleolítico temprano, en el sentido de que al surgir la
r cultura el hom bre logró transm itir modos de conducta que no habían
sido genéticam ente heredados. El proceso histórico, en cambio, sólo se
vuelve objeto de la Historia, como disciplina, en la medida en que trans­
mite inform ación de su surgimiento al historiador. En gracia a la facili­
dad, la palabra H istoria con H m ayúscula será em pleada aquí para
designar la disciplina, mientras que con h minúscula se referirá al pro­
ceso histórico.
INTRODUCCIÓN GENERAL 23

¿Qué es la Historia? La Historia ha seguido un largo curso, desde sus


orígenes m ás remotos en las cronologías m esopotám ica y egipcia, así
como en los relatos bíblicos, hasta la todavía mitológica Historia de Heca-
teo de Mileto (siglos vi-v) y el "padre de la H istoria", Heródoto de Hali-
carnaso (ca. 484-425 a.C.). Heródoto intentó hacer un reportaje acritico
de lo que vio y le dijeron diversos testigos, narrando en sus Historias (en
el sentido de investigaciones) los acontecim ientos cuyo recuerdo le
pareció digno de conservar, desde Creso de Lidia (ca . 560-546 a.C.) hasta
Jerjes (486-465 a.C.), la invasión de Grecia por los persas y la victoriosa
resistencia de los griegos.
Se llegó a un punto culminante de la Historia griega con La guerra del
Peloponeso, de Tucídides (ca. 460- ca. 400 a.C.), en la cual se dio un empleo
más selectivo a la información. Su principal objetivo era comprender lo
que había impulsado los hechos de los actores. De ahí su interés en los
discursos. Cuando las palabras, como suele suceder, no se conservaron,
Tucídides simplemente expresó lo que consideró habrían dicho los acto­
res, dadas las circunstancias. La oración fúnebre de Pericles en 430 a.C.
es, al mismo tiempo, una obra maestra de un supuesto discurso (como
la oración fúnebre de Marco Antonio, de Shakespeare) y una m uestra
típica de las reconstrucciones de Tucídides.
Polibio (ca. 200 -ca. 118 a.C.), nacido en una rica familia de Megalópo-
lis y preparado para dirigente de la Liga Aquea, constituye el nexo entre
la historiografía griega y la romana. En sus Historias (40 libros en total,
cinco de los cuales se han conservado intactos junto con fragmentos de
los otros), narró la conquista del mundo por Roma (220-167 a.C.). Trató
de mostrar y explicar cómo Roma conquistó al mundo en poco más de
50 años. Polibio intenta ser objetivo y verídico, pero, al m ismo tiempo,
desea enseñar a generales y estadistas, así como dar edificación moral al
lector ordinario. Explica el triunfo de Roma como resultado de una
combinación de buenas instituciones, hombres de gran valor y una serie
de circunstancias afortunadas (Tyche).
La historiografía romana, cuyos principales representantes — al lado
del genial intento de César por emplear la Historia objetivamente narrada
como instrumento de su propia gloria— fueron Tito Livio (ca. 64 a.C.-23
d.C.) y Cornelio Tácito (56-ai. 120), fue concebida, a la manera de Poli­
bio, como un relato objetivo y verídico de los hechos apropiados para la
educación moral y cívica de los romanos.
Durante la Edad Media, la Historia pasó a ser un modo de mostrar el
desenvolvimiento de los planes de Dios en el proceso histórico. Los his­
toriadores renacentistas, a partir de la incursión de Petrarca (1304-1374)
en este ám bito con su Historia de Roma — en que presentó sus pensa­
24 INTRODUCCIÓN GENERAL

mientos sobre lo que habría debido ocurrir—, le fijaron su propio objeti­


vo: revelar los designios de la Divina Providencia hacia el propósito de
inform ar objetivamente de los hechos importantes, tal como fueron co­
nocidos, para la educación del hombre. Los Comentarios y la Historia del
pueblo florentino, de Leonardo Bruni (1369-1444); los ocho libros de Histo­
ria florentina, de Poggio Bracciolini (1380-1459), y la Historia de Fernando de
Aragón, de Lorenzo Valla (1407-1457), son los ejemplos más sobresalien­
tes de la gran cultura filológica, aunque menos precisam ente historio-
gráfica, de los maestros italianos. Su amplio conocimiento de los clásicos
permitió a Valla exponer la composición fraudulenta dé la célebre "D ona­
ción de Constantino".
La H istoria m oderna surge en edsiglo xvm. Em pieza con el prim er
intento objetivo de llegar a un conocimiento teórico del proceso histórico,
el de Giambattista Vico (1668-1744) con sus Principi di una Scienza Nuova,
publicados por vez primera en 1725. Vico sostuvo que el cartesianismo,
apropiado para estudiar los fenómenos naturales, no era adecuado para
abordar los temas históricos. Inauguró la crítica de la razón histórica, la
cual desarrollarían Windelband, Rickert y Dilthey a finales del siglo xix.
Adoptó un enfoque genético de los hechos históricos y subrayó que el
hom bre conoce la historia porque la historia es hecha por el hom bre:
verum etfactum convertuntur. Aplicando esa forma de conocimiento, Vico
sostuvo que el proceso histórico estaba sujeto a una alternación de corso
y ricorso, aunque no circularmente, sino en un proceso en espiral. Cada
cultura tiene sus propios rasgos, pero algunos rasgos históricos son
recurrentes a lo largo de la historia según la alternación m encionada.
Identificó tres pautas de fases que se sucedían: la divina, la heroica y la
humana. En el corso de las fases de decadencia surge la fase sucesiva, y
la decadencia de esta última inicia el ricorso hacia una fase divina. Esa
concepción básica volvería a ser adoptada por la Dinámica social y cultural
de Sorokin (1957).
Entre los historiadores de la Ilustración hay tres nombres que mere­
cen m ención especial: Voltaire, G ibbon y Condorcet. Fran^ois-M arie
Arouet, quien se dio el seudónimo de Voltaire (1694-1778), fue un genio
polifacético que en cierta forma dio un sabor especial al siglo xvm. Entre
sus diversas colaboraciones a la Historia, las más conocidas son El siglo
de Luis XIV (1756) y el Essai sur les Moeurs et l'Esprit des Nations (1751).
Voltaire intentó escribir historia filosófica, pero la entendía como una
narración objetiva de hechos pasados im portantes, m enos interesada
por la erudición que por el significado profundo de los hechos y sus cir­
cunstancias sociales y culturales. Su propósito, inspirado por sus ideas
libertarias y antisectarias, era dar lecciones del pasado para el presente.
INTRODUCCIÓN GENERAL 25

Edward G ibbon (1737-1794), cerebro enciclopédico y autodidacto,


imbuido de los valores racionales y libertarios de la Ilustración, dejó en­
tre sus m uchos escritos una obra m onum ental que aún m erece atenta
lectura: La historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776-1788).
Su perfecto dominio del francés le permitió una íntima relación con Vol-
taire y los philosophes, y su competencia en el latín le dio pleno acceso a
las fuentes romanas. Gibbon atribuye la decadencia y caída del Imperio
rom ano a la pérdida de la disciplina y del valor de sus fundadores, y
atribuye al cristianismo una gran responsabilidad en esa decadencia.
Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet (1743­
1794), entre cuyas muchas obras sobresale el Esbozo para un cuadro histó­
rico del progreso del espíritu humano, escrito mientras lo perseguía el terro­
rismo de Robespierre y publicado postumamente en 1795, presentó una
visión optimista de la historia, pese a las circunstancias. El Tableau es la
expresión más representativa de la visión del hombre y la historia a ojos
de la Ilustración.
Un momento culminante de la historia de la Historia fue alcanzado por
Hegel (1770-1831) con sus Lecciones sobre la filosofía de la historia (Vorlesun-
gen über die Philosophie der Geschichte), pronunciadas en 1820 y publica­
das postumamente en 1832. Hegel distinguió tres enfoques de la Historia:
la Historia original, la Historia racional y la Historia filosófica. La His­
toria original es la narrada por los protagonistas, como en los casos de
Tucídides o de César. La Historia racional comprende tres formas: ana­
les, que narran la historia de un país, como lo hace Tito Livio; pragm áti­
ca, como la de Montesquieu, quien identifica leyes, y la racional, como
la H istoria del arte, la religión y el derecho. Según H egel, la H istoria
filosófica es la consideración reflexiva de la historia, que com bina el
relato objetivo de hechos pasados con la introducción del concepto de
razón, interpretado a la vez como la sustancia del universo y como su
energía infinita. Pretende dam os una visión racional de la historia. La
razón existe en la historia. "La definición más general que puede darse
es que la Filosofía de la Historia no significa sino la consideración reflexiva
de ella ."3 "El único pensamiento que la Filosofía aporta a la contem pla­
ción de la historia es el sim ple concepto de Razón: que la Razón es la
Soberana del mundo; que la historia del mundo, por tanto, nos presenta
un proceso racional."4
Según Hegel, la historia del mundo viaja de Oriente a Occidente, pues
Europa es, absolutam ente, el fin de la historia y Asia el principio. El
Oriente hasta el día de hoy sólo sabe que uno es libre; el mundo griego y
3 Cf. Hegel, The Phílosophy of History, trad. inglesa, Nueva York, Dover PubL, 1956, p. 8.
4 ibxd„ p. 9.
26 INTRODUCCIÓN GENERAL

romano, que algunos son libres; el mundo germánico sabe que todos son
libres. Por consiguiente, la primera forma política que observamos en la
historia es el despotismo; la segunda es la democracia y la aristocracia,
y la tercera es la monarquía.
La fase con la que tenemos que empezar es el Oriente, la niñez de la
historia. La segunda etapa es la griega, periodo que puede compararse
con la adolescencia. La tercera fase, el ámbito de la universalidad abs­
tracta, es el Estado romano. La cuarta fase es germ ánica. Es su vejez.
Em pezó con la reconciliación ofrecida por el cristianismo, pero sólo en
la etapa inicial, sin desarrollo nacional ni político.
La aportación de Hegel a la Historia, una vez liberada de sus supo­
siciones m etafísico-religiosas, fue de la mayor im portancia y echó las
bases tanto para los conceptos de Marx como para los culturalistas.
La H istoria poshegeliana siguió tres rumbos distintos: la línea del
idealismo alemán, que generó el historicismo; la línea del positivismo,
que subrayó la adopción, por la Historia, de las mismas normas y m eto­
dología de las ciencias naturales, y la línea del culturalismo, que exigía
una forma particular de entendimiento de los procesos socioculturales.
Leopold von Ranke (1795-1886) es la figura cumbre de la escuela históri­
ca alemana, ya que combinaba el rigor en el estudio de los documentos
con una filosofía idealista y la convicción de que el historiador puede y
debe informar de los hechos históricos como en realidad ocurrieron.
La línea positivista encuentra sus dos principales expresiones en Henry
Thom as Buckle (1821-1862), con su History o f Civilization in England
(1857), e Hippolyte Taine (1828-1893), con Les Origines de la France Con-
temporaine (1874-1893). En su sentido más lato, el materialismo histórico
de M arx (1818-1883) y Engels (1820-1895) podría incluirse en la línea
positivista.
La línea culturalista empezó con la gran figura de Jacob Burckhardt
(1818-1897) y fue seguida por los neokantianos W ilhelm W indelband
(1845-1915), Heinrich Rickert (1863-1936) y Georg Simmel (1858-1918).
La mayor expresión del culturalismo alemán fue la de Wilhelm Dilthey
(1833-1911).
Estos historiadores, reaccionando contra el positivismo y su imposición
de conceptos de la ciencia natural sobre conceptos culturales, subra­
yaron lo específico de las ciencias culturales y la necesidad de enfocar­
las con diferentes métodos, capaces de tratar su característica esencial,
que es la existencia del significado, en oposición a la simple objetividad
de las ciencias naturales. La com prensión de los hechos significativos
exige una herm enéutica específica. El historiador ha de partir de una
expresión externa del pasado para colocarse en el estado interno conec­
INTRODUCCIÓN GENERAL 27

tado con esta m anifestación, y entonces captar su significado. Tal com ­


prensión se logra m ediante el triple proceso de Erleben (experiencia),
Ansdruck (expresión) y Verstehen (entendimiento).
A finales del siglo xix y comienzos del xx, la Historia se encontró ante
el problema de definir su naturaleza como disciplina teórica y de preci­
sar las características de su objeto, el hecho pasado, y de su relación con
el historiador. Una cuestión importante, relacionada con la epistem olo­
gía de las ciencias, era saber si el concepto de "cien cia", que implica el
conocimiento en general, podría ser empleado por la Historia, orientada
hacia el conocimiento de hechos particulares. Fue su interés por lo gene­
ral lo que llevó a los positivistas a sostener que la Historia debía aspirar
a investigar las leyes generales del proceso histórico. Los neokantianos,
refutando a los positivistas, sostuvieron la distinción entre las ciencias
nom otéticas, orientadas hacia la búsqueda de leyes generales — como
las ciencias naturales— , y las ciencias idiográficas o ciencias culturales,
orientadas a la búsqueda de "form as".
Continuando con la tradición culturalista, Max Weber (1864-1920)
intentó, con éxito, crear un método apropiado para el estudio de la uni­
cidad de los procesos históricos. Partió de la distinción establecida por
Dilthey y Rickert entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias de la
cultura. Las realidades culturales, aun negando la clase de generaliza­
ciones (del tipo de leyes) de las ciencias naturales, pueden ser concep­
tualmente captadas por medio de tipos ideales comparativos, como ma­
nera de Verstehen, de alcanzar intelectualmente la comprensión. Weber
subrayó la necesidad de abordar sociológicam ente la historia, y la So­
ciología desde el punto de vista de la historia. Su hermano Alfred Weber,
brillante pero m enos conocido, utilizó la m etodología del tipo ideal
para producir un espléndido estudio comparativo de la cultura: su His­
toria de la cultura como sociología de la cultura (Kulturgeschichte ais Kultur-
soziologie, 1935).
En el contexto de la controversia sobre la naturaleza de la Historia,
Benedetto Croce (1866-1952), después de una fase inicial en que conside­
ró a la Historia como una particular forma de arte (en "La Storia Ridotta
Sotto il Concetto Generale delTArte", de 1893), revisó sus ideas en su
Lógica, de 1909, donde afirmó que era artificial la oposición clásica entre
los juicios universal e individual establecida desde Aristóteles y reformu­
lada por Hume y Kant. Croce subrayó que las verdades necesarias o
universales y las contingentes o individuales no son dos clases de cogni­
ción diferentes, sino elementos inseparables de toda cognición verda­
dera. Una verdad universal es cierta tal como se realiza en un ejemplo
particular: lo universal debe estar encarnado en lo individual.
28 INTRODUCCIÓN GENERAL

Por otra parte, el juicio individual o histórico no es una simple intkición de


un hecho dado o la aprehensión de un dato sensorio; es un juicio con un pre­
dicado; este predicado es un concepto, y ese concepto está presente en el
espíritu de la persona que hace el juicio como idea universal de la cual, si
entiende su propio pensamiento, deberá poder dar una definición. Por ello,
sólo hay un tipo de juicio, que es al mismo tiempo individual y universal;
individual en la medida en que describe un estado individual de cosas, y
universal en la medida en que lo describe pensándolo según conceptos uni­
versales.5

La doctrina de Croce de la im plicación mutua del juicio universal o


definitivo y del juicio individual o histórico da una respuesta a la pre­
gunta de cómo la Filosofía (es decir, el juicio universal) está relacionada
con la Historia. En lugar de separar de la Historia la Filosofía, Croce las
une en un todo, un juicio cuyo sujeto es lo individual y su predicado
lo universal.
La cuestión del acontecim iento pasado como objeto de la H istoria,
que será críticamente revaluada por la Nouvelle Histoire y su concepción
antieventualista de la Historia, ha sido contemplada de distintas mane­
ras por los clásicos del historicismo y por los historiadores contem porá­
neos. Ranke consideró que la tarea de la Historia es narrar los hechos
pasados tal como en realidad ocurrieron. Los historiadores contem po­
ráneos insisten en que es imposible informar de los hechos pasados tal
com o en realidad ocurrieron porque los hechos históricos no tienen
la objetividad de una cosa material: son expresiones de significado desde
que ocurrieron, y sólo llegarán a ser objeto de la Historia en la medida
en que después sean interpretados por el historiador.
Robin George Collingwood (1889-1943), en su Idea de la Historia (1946)
— publicada postum am ente y presentada por T. M. Knox— , reconoció
la existencia objetiva de los hechos pasados, pero subrayó que su cono­
cim iento sólo es posible por medio de una repetición del pasado en el
espíritu del historiador. El historiador no inventa el pasado y, en ese
sentido, no es novelista, pero por los indicios apropiados cobra concien­
cia de que en un momento y lugar determinados ocurrió algo de cierta
índole. A firm ar lo que en realidad fue ese hecho es una operación de
apropiación intuitiva del hecho por el historiador m ediante la repeti­
ción de tal hecho, produciendo subjetivamente, mediante el uso de mé­
todos apropiados, un modelo ideal del acontecimiento.

5 C/ Collingwood, The Idea ofH istory, Oxford, Clarendon Press, 1949 (1946), p. 195.
INTRODUCCIÓN GENERAL 29

La nueva Historia

Particularmente en la concepción francesa de Nouvelle Histoire, la nueva


Historia caracteriza un enfoque contemporáneo de la Historia que tiende
a una visión global y subraya la necesidad de remplazar su dependencia
casi exclusiva de docum entos escritos, en su m ayoría de fuentes ofi­
ciales, por el empleo de las más vastas fuentes de información posibles:
arqueológicas, numismáticas, elementos de la vida privada, etc. La Nou
velle Histoire critica acrem ente tomar los hechos como base de la H is­
toria, y como oposición a la histoire évenémentielle ofrece una Historia
"global" “—con el apoyo de las ciencias sociales, en particular la Antro­
pología— que considere los más vastos movimientos sociales y la longue
durée. En sus actuales manifestaciones francesas, el movimiento fue lan­
zado por el diccionario La Nouvelle Histoire, de 1978, editado por Jacques
Le Goff.
De hecho, el término "nueva H istoria" fue lanzado inicialm ente por
Kark Lamprecht (1856-1910) en sus Alte und Neus Richtungen der Geschichte
Wissenschaft, de 1896, con las cuales intentó abrir la Historia al ámbito
sociocultural. Con similar intención, la "N ew H istory" fue prom ovida
por James Harvey Robinson (1863-1936) en New History; Essays lUustra-
ting the Modern Historical Outlook, publicada en 1912.
Le Goff y sus colegas reconocen el origen de su perspectiva histórica en
la escuela de los Anuales, iniciada por Marc Bloch (1886-1944) y Lucien
Febvre (1878-1956) en 1929 con la fundación de los Anuales d'Histoire
Économique et Sociale. Fernand Braudel (1902-1985) sería, después (1956),
el partidario más importante del grupo de los Anuales, y con La Medite-
rranée et le Monde Méditerranéen a l'Époque de Philippe II (1949) introdujo
un acento en la Geohistoria y en el análisis sociocultural de los procesos
a largo plazo. En 1969, los Anuales incorporaron a otro grupo de jóvenes
historiadores: André Burguiére, Marc Ferro, Jacques Le Goff, Emmanuel
Le Roy Ladurie y Jacques Revel.
En su fase más militante, la Nouvelle Histoire criticó enconadamente la
historia política, al considerarla un relato superficial de decisiones de
personajes notables y de grandes hom bres que no tiene en cuenta los
verdaderos factores de la historia, de carácter económico y sociocultural,
relacionados con los grandes m ovim ientos de m asas y los procesos a
largo plazo. Tal fue, asimismo, una fase de mayor aproximación de los
Anuales a la historiografía marxista.
La "Escuela de la nueva H istoria", si puede emplearse esta designa­
ción, tuvo importantes repercusiones fuera de Francia, como en Alema­
nia, en los Anales de Historia económica y social (Viertelgahrscrift fü r Sozial
30 INTRODUCCIÓN GENERAL

und Wirtschaftsgeschichte), o en los angloamericanos Comparative Studies


in Sociology and History. Según Jórn Rüsen,6 hay dos elementos comunes
en los diversos grupos de la nueva Historia: 1) "La perspectiva histórica
desvía su atención de los hechos impulsados por la acción humana in­
tencional para enfocar, en cambio, las cambiantes constelaciones de fac­
tores que condicionan la acción y sus interconexiones sistemáticas7', y 2)
"El empleo de construcciones teóricas como medio de interpretaciones
históricas".
El grupo de la Nouvelle Histoire ha tenido la mayor repercusión y alcan­
zado, según Guy Bourdé y Hervé M artin,7 una posición predom inante
en la historiografía francesa. Empero, estos m ism os autores, que han
hecho críticas parciales a la Nouvelle Histoire, afirman, por otra parte, que
el predom inio del grupo entre los historiadores franceses se encuentra
casi limitado a los modernistas y medievalistas, m ientras que los histo­
riadores de la Antigüedad y de la historia contemporánea no comparten
sus ideas. Además, Bourdé y Martin ven una renovación de la historia
política en Francia, sobre todo con la inspiración de Rene Rémond y su
Pour une Histoire Politique, de 1988. Sin embargo, la nueva historia política,
después de haber sido categóricamente rechazada por los historiadores
seguidores de los Anuales y la Nouvelle Histoire, no es, a diferencia de su
correlato clásico, puramente évenémentielle, sino que, incorporando mu­
chas de las aportaciones de la nueva escuela, intenta llegar a una visión
global del proceso histórico, considerando sus dimensiones económicas
y socioculturales, sus raíces en los m ovimientos de masas y sus proce­
sos a largo plazo.
Similar a la nueva historia política francesa, la corriente de la "Historia
U niversal" del mundo anglosajón que cuenta, entre otros, con William
H. M cN eill, W illiam A. Green y Francis Fukuyam a, ha restaurado los
estudios de Historia Universal. En Alemania, el grupo de historiadores
dedicados a Geschichte und Gesellschaft [Historia y sociedad], entre otros
especialistas, también ha subrayado el papel histórico de la política, con­
cebida según sus más vastos factores económicos y socioculturales condi­
cionantes.
Las críticas hechas por los Anuales y por la Nouvelle Histoire a la histoire
évenémentielle , aunque han rebasado los límites razonables, como suele
ocurrir con tales movimientos, han surtido, en última instancia, un efec­
to saludable en el ámbito de la Historia al obligar a la historiografía con-
6 Cf. Jórn Rüsen/ "Histórica] Enlightenment in the Light oí Postmodernism: History in the Age
of the 'New Unintelligibility'", en History and Memory (primavera-verano de 1989), 116; e Ignacio
Olábarri, "'New' New History* A Loneue Durée Structure", en Historv and Theoru, vol. 34, núm. 1,
1995, pp. 1-29. ' " ,
7 Cf. Guy Bourdé y Hervé Martin, Les Écoles historiques, París, Éd. du Seuil, 1983.
INTRODUCCIÓN GENERAL 31

tem poránea a devolver su debida im portancia al hecho y a la política


históricos dentro de una comprensión global de las diversas dim ensio­
nes del proceso sociohistórico. Tal es la perspectiva adoptada en el pre­
sente estudio.

La Filosofía de la Historia

Todavía en el dominio de la Historia como historia rerum gestorum, debe


hacerse una breve referencia a una disciplina muy cercana a la Historia,
que es la Filosofía de la Historia. Ya se ha observado que Filosofía de la
Historia tuvo diferente significado para Voltaire, Hegel y los positivistas.
Salvo (en gran medida) en el caso de Hegel, esas interpretaciones han
sido abandonadas por los filósofos de la Historia contemporáneos. En la
actualidad, la Filosofía de la Historia, como disciplina, se interpreta de
acuerdo con tres concepciones principales.
La que podría llamarse la visión clásica, relacionada con Hegel, inter­
preta la Filosofía de la Historia como el intento de discernir en el proceso
histórico su significado y sus propósitos últimos. Tal es el caso de Origen
y meta de la Historia (Vom Ursprung und Ziel der Geschichte, 1949),8 de Karl
Jaspers; del Estudio de la Historia (1934-1954), de Arnold Toynbee,9 y de
Man the Measure (1961) y The Meaning ofHistory (1964), de Erich Kahler.101
Una segunda interpretación de la Filosofía de la Historia la ve como
el estudio de las condiciones de la posibilidad de la investigación histó­
rica. ¿Cómo llegan a saber los historiadores? Para Collingwood,11 ésta es
la pregunta a la que debe tratar de dar respuesta una concepción contem­
poránea de la Filosofía de la Historia. Esta es, asim ism o, en su propia
formulación, la interpretación que da W. B. G allie12 a la Filosofía de la
Historia. Otra versión de esta segunda línea, más cercana a la filosofía
analítica, intenta elucidar las condiciones y los requerim ientos de la
explicación histórica como lo hace, entre otros, Patrick Gardiner.13
Una tercera línea de la Filosofía de la H istoria contem poránea la
interpreta com o un estudio de las condiciones a las que está sujeto el
proceso histórico. Esta línea contiene un enfoque metafísico, como en La

8 Karl Jaspers, Origen y meta de ¡a Historia, trad. al español, Madrid, Revista de Occidente,
1950.
9 Arnold Toynbee, A Study of History, 10 vols., Londres, Oxford University Press (1934-1951),
10 Erich Kahler, Man the Measure, Nueva York, George Braziller, 1961; The Meaning of History,
Nueva York, G. Braziller, 1964.
11 R. G. Collingwood, The Idea ofHistory, op. cit.
12 W. B. Gallie, Phtlosophy and the Histortcal LInderstandmg, Nueva York, Schocken Books, 2* ed.,
1968(1964). ‘
13 Patrick Gardiner, The Nature of Historical Explanation, Londres, Oxford University Press,
1968 (1991).
32 INTRODUCCIÓN GENERAL

decadencia de Occidente, de Spengler,14 y un enfoque sociológico, como el


de la Historia de la cultura como Sociología de la cultura (1935), de Alfred
Weber.15 Sin embargo, el enfoque de Weber podría ser mejor clasificado
como Sociología de la Historia que como Filosofía de la Historia. Tal es
el enfoque adoptado en el presente estudio.
No es el propósito de nuestra introducción analizar estas tres líneas
de la actual Filosofía de la Historia. Sin embargo, séame permitido m en­
cionar que, en opinión de este autor, el intento de discernir un significado
y un propósito últimos en la historia, como lo hacen Jaspers y Toynbee, y
como fue originalmente el caso de san Agustín, constituye una suposi­
ción metafísica derivada de creencias religiosas judeocristianas, sin nin­
gún apoyo empírico. Kahler, en forma un tanto distinta y aun com par­
tiendo creencias judeocristianas, considera la historia como un proceso
abierto en el curso del cual el hombre ha conquistado, aunque no lineal­
mente, un dominio cada vez mayor sobre su medio y se encuentra hoy
ante la posibilidad de erigir una civilización humanista universal, o de
lanzarse a su propia destrucción. En la segunda sección de esta introduc­
ción se intentará hacer un breve estudio de las concepciones de Alfred
Weber y de Toynbee, comparándolas con las que subyacen tras el pre­
sente estudio.
Un último punto que aquí tocaremos concierne al significado del tér­
mino "crítico", empleado en nuestro título. La expresión "Historia crítica"
tiene tres significados principales. En primer lugar, designa el empleo
de métodos críticos por parte del historiador en sus intentos de recons­
truir y analizar un hecho pretérito. La Historia crítica es el método actual
de escribir la Historia, y así lo ha sido, hasta cierto punto, desde el Renaci­
miento y, más profundamente, desde la Ilustración y los historiadores del
siglo xix. Aunque historiadores precríticos, como Heródoto, aceptarían
como buena toda información que les pareciese verosímil, el historiador
crítico som ete sus datos a todas las referencias cruzadas posibles, ya
sean arqueológicas, num ism áticas, sigilográficas, filológicas, epigráfi­
cas, paleográficas u otras.
Un segundo sentido de "H istoria crítica" se relaciona con el análisis
epistemológico de la proposición histórica y de la explicación histórica.
Tal es la práctica habitual de los filósofos analíticos de la Historia.
Un tercer significado de "Historia crítica", que es el del presente estu­
dio, se refiere al intento de identificar y analizar las condiciones princi-

14 Oswald Spengler, La decadencia de Occidente (trad. española del alemán Der Untergang des
Abmdlandes, 2 vols., 1918), Madrid, Espasa-Calpe, 4 vols., 1947.
15 Alfred Weber, Historia de te cultura (trad. española del alemán Kulturgeschichte ais Kultursozio-
logie [1935]), fc e , México, 1943 (1941).
INTRODUCCIÓN GENERAL 33

pales y los factores que han influido en un proceso histórico. Se trata, pre­
dominantemente, de un ejercicio en el ámbito de la Sociología de la His­
toria que tiene en cuenta todas las circunstancias y los factores condicio­
nantes pertinentes.
En el caso de nuestro estudio, las tres secciones iniciales de cada capí­
tulo constituyen un intento de resumir y ordenar la mejor inform ación
de que tuvo conocimiento este autor, presentada por competentes histo­
riadores críticos (críticos en el primer sentido), acerca del lugar, el pue­
blo y la principal evolución sociopolítica y cultural de la civilización de
que se trate. Luego se ha hecho un esfuerzo por identificar y analizar las
principales condiciones y factores que han influido en el curso de esa
civilización. Sem ejante ejercicio produce una cosecha abundante: nos
da, en primer lugar, una comprensión crítica de los procesos estudiados,
aclarando por qué las cosas han tomado cierta dirección en lugar de otra.
Nos permite ver las maneras en que se generaron acontecimientos deci­
sivos, como los que condujeron al surgim iento, el desarrollo y, en su
caso, la decadencia de una civilización determinada. Además, ofrece ele­
mentos de comparación entre diferentes civilizaciones de las principales
condiciones que influyeron sobre sus cursos.

La historia como proceso

Lo dicho hasta aquí sobre la investigación histórica nos lleva a la natu­


raleza del propio proceso histórico o res gesta: ¿qué es la historia?
Dice Wilhelm Bauer: "Llamamos 'histórica' a la plenitud de lo que su­
cede, en la multiplicidad de sus relaciones y sus nexos internos y externos
que, por decirlo así, forma la materia prima con que el historiador delinea
y forma la Historia, de manera subjetiva".16Edward Hallet Carr, después
de definir la Historia como "u n proceso continuo de interacción entre
el historiador y sus hechos, un diálogo interminable entre el presente y el
pasado", considera que los hechos con que selectivamente trata el histo­
riador son la totalidad del pasado humano.17 Dice a su vez Erich Kahler:
"H istoria es acontecim iento, forma particular de acontecim iento y el
concomitante remolino que genera". Luego aclara: "Para formar histo­
ria, la conexión de los hechos debe tener algún sustrato, o foco, algo con
lo que esté relacionado, alguien a quien le ocurre".18

16 Cf Wilhelm Bauer, Introducción al estudio de la Historia, traducción española del alemán (1922),
Barcelona, Bosh, 1957, p. 33.
17 Cf. Edward Hallet Carr, Wl:at is History?, Nueva York, Alfred Knopf, p. 35.
18 C f Erich Kahler, The Meaning of History, Nueva York, George Braziller, 1944, p. 17.
34 INTRODUCCIÓN GENERAL

Teniendo en cuenta las opiniones de estos y otros historiadores, el


presente estudio interpreta la historia como el proceso que abarca el cur­
so temporal de una sociedad en su medio natural y cultural, sus reaccio­
nes a él y su interacción con otras sociedades. Este curso temporal con­
siste en las actividades de los miembros de una sociedad en sus mutuas
interrelaciones; en sus relaciones con el medio natural y cultural, y en
sus interrelaciones con pueblos de otras sociedades.
Hegel consideró que este proceso estaba dominado por la autorreali-
zación del Espíritu en su curso temporal del Oriente al Occidente, pa­
sando por toda una serie de fases de creciente conciencia de sí mismo.
Los pensadores religiosos, desde san Agustín hasta Toynbee, considera­
ron que el proceso histórico era guiado por un plan divino. Condorcet
pensó que el proceso era impulsado por la innata capacidad del hombre
para perseguir, a través de toda una sucesión de etapas, su crecien­
te perfeccionam iento. Marx sostuvo que el m otor de la historia era la
lucha de clases, que pasando por sucesivos modos de producción culmi­
naría en la liberación socialista del hombre. Croce y, a su manera, Erich
Kahler comprenden el proceso histórico como la realización gradual de
la libertad.
El presente estudio se basa en la suposición — empíricamente confir­
m ada— de que la historia no es guiada por ninguna fuerza o principio
ajeno a su propio proceso. El proceso histórico es la secuencia, en el tiem­
po y el espacio, de acciones hum anas que afectan las condiciones que
influyen de alguna manera sobre otras acciones humanas. No todas las
acciones humanas son históricas, como no lo son la mayoría de las acti­
vidades puram ente biológicas del hombre, ni la m ayor parte de sus
actividades privadas consideradas aisladamente. Las pautas de la acti­
vidad privada son históricamente significativas, aun cuando el acto de
un hombre que toma sus alimentos, visto como acto individual, en prin­
cipio carece de toda importancia histórica. Lo que tiene pertinencia histó­
rica es la manera en que, en un momento dado, el hombre se habituó a
tomar sus alimentos. Sin embargo, los actos biológicos humanos adquie­
ren significación histórica cuando se les relaciona significativam ente
con agentes históricos, como el nacimiento o la muerte de gobernantes
y de grandes hombres. Un suceso aislado sin importancia como una co­
mida puede cobrar trascendencia histórica cuando, como en el caso de
Siddhartha Gautama, es causa de muerte.
La pertinencia histórica es proporcional a la medida en que los actos
hum anos generan o influyen sobre condiciones de importancia. Así, la
cuestión decisiva consiste en determinar cuáles son las "consecuencias de
im portancia". A la postre, precisamente porque la Historia, como lo dijo
INTRODUCCIÓN GENERAL 35

Edward Hallet Carr, "'es un continuo proceso de interacción entre el his­


toriador y sus hechos", la pertinencia histórica qued, i determinada por el
historiador según su evaluación de las consecuencias generadas o in­
fluidas por cierto acontecim iento. Tal es una de las razones de que la
investigación histórica deba renovarse continuamente. Esto se debe, por
una parte, a que las pruebas históricas, en el sentido de ind naciones obje­
tivas conservadas concernientes a hechos pasados y disponibles para el
historiador, cambian en el curso del tiempo, generalmente aumentando
la cantidad de datos disponibles. Por otra parte (y aun de mayor impor­
tancia), porque la perspectiva del historiador se modifica en el curso del
tiempo y, con ella, lo que él considera pertinente. Uno de tales cambios
típicos de los paradigmas historiológicos ocurrió a los historiadores de
los Anuales y de la Nouvelle Histoire en com paración con los historia­
dores de la generación de Ranke, como se analizó brevem ente párra­
fos atrás.
El proceso histórico no es impulsado por fuerzas trascendentes, como
lo supusieron san Agustín o Hegel, sino por su dialéctica interna. Esa
dialéctica se derivó no sólo de la lucha de clases, como lo sugirió Marx,
sino de todos los motivos e impulsos que mueven a los hombres a perse­
guir sus objetivos, desde la simple necesidad de buscar su propia sub­
sistencia hasta un propósito más idealista, como el de Juana de Arco o de
Fidel Castro. En sus actividades humanas, además de su propia volun­
tad, se ven sometidos a las circunstancias de su medio material y cultural,
y — como sabiamente observó Polibio— al juego arbitrario del azar.
Por consiguiente, el proceso histórico se ve sometido a un cuádruple
régimen de causalidad, determinado por factores reales e ideales, el azar
y la libertad humana. Los factores reales abarcan todas las condiciones
naturales y m ateriales que rodean al hombre. Los factores ideales con­
tienen la cultura de una sociedad en un momento determinado de la his­
toria y la cultura de las sociedades con las que interactúa. El azar es la
manera aleatoria en que, en un espacio y un tiempo dados, se combinan
todos los actores para afectar a un actor determinado. Los dos primeros
factores (el real y el ideal) son de carácter estructural. Forman el medio
objetivo dentro del cual ocurren las acciones humanas. Los dos factores
últimos (azar y libertad) son de carácter coyuntural: los hechos hum a­
nos ejercen su libertad dentro del contexto dado por los factores reales y
los ideales, según la configuración última de las circunstancias resultan­
tes del azar.
El proceso histórico, empíricamente observado, ¿está sometido a cier­
tas tendencias generales? La mayoría de los historiadores contem porá­
neos niegan todo propósito a la historia, pese a opiniones contrarias sos­
36 INTRODUCCIÓN GENERAL

tenidas por estudiosos como Croce, Karl Jaspers, Toynbee y, hasta cierto
punto, Erich Kahler.
Desde un enfoque distinto, Sorokin19 sostiene que el proceso cultural
está sometido a una circularidad en espiral, de manera similar a las ideas
de Vico. Las sociedades inician su curso histórico con una cultura idea-
cional, que después aspira a una formulación idealista, la que a su vez
tiende a una cultura sensorial. La forma extrema de esta última, la cul­
tura hipersensorial, es autodestructiva y genera, por medio de un des­
arrollo dialéctico interno o una intervención externa, una nueva cultura
ideacional. Las culturas ideacionales están im buidas de un profundo
sentido de lo sagrado y basadas en creencias incondicionales en dioses
o en un Dios. Las culturas idealistas introducen una exigencia de racio­
nalidad en sus creencias religiosas, lo que convierte las m itologías en
teologías. Las culturas sensoriales se orientan hacia la prueba empírica
y el rigor analítico. Las culturas hipersensoriales son llevadas a un rela­
tivismo completo, hasta perder su convicción de cualquier verdad.
Como se ve brevem ente en los capítulos xvm y xix de este trabajo, el
autor sostiene que el principio antrópico produce, entre otras muchas
consecuencias, el postulado de una esfera antrópica. Planteado por la
cosmología contemporánea, el principio antrópico (el cual afirma que el
surgimiento de la vida y del hombre en nuestro planeta sólo fue posible
porque la evolución del cosmos, desde la explosión prim ordial, ha se­
guido exactamente el curso que siguió, y no otro) es un postulado pre­
ñado de muchas consecuencias que implican, como ya se m encionó, la
esfera antrópica. Rem itiendo al lector al análisis de esta cuestión en el
tema de la posm odernidad, en el capítulo xvm, baste decir aquí que la
esfera antrópica delimita el ámbito de posibilidad de las acciones huma­
nas. Dada su naturaleza psicofísica, el hombre dispone de un m uy vasto
— pero no ilimitado— repertorio de opciones, empezando por diversas
pautas culturales. Cada pauta cultural contiene, a su vez, otra gran va­
riedad de opciones, eidéticas, pragmáticas y artísticas. Las fases históricas
más breves actúan dentro de los límites de una pauta cultural determi­
nada. Las fases más prolongadas pasan de una pauta cultural a otra.
La afirmación de Sorokin acerca de la sucesión cíclica de las fases cul­
turales, de la ideacional a la idealista y luego a la sensorial, es apoyada
por un vasto Corpus de pruebas empíricas inequívocas. Todas las civiliza­
ciones conocidas surgieron en la historia con culturas ideacionales. Algu­
nas pasaron después a una etapa idealista, como la griega y la romana, la
china, la india, la islámica y la occidental. Sin embargo, algunas, como

19 Cf. Pitirim Sorokin, Social and Cultural Dynamics, Boston, Eorter Sargent PubL, 1957.
INTRODUCCIÓN GENERAL 37

en el caso de las civilizaciones cosmológicas de Mesopotamia y Egipto,


fueron incapaces de transformar su cultura ideacional en idealista y, en
cambio, pasaron directamente a una fase sensorial y perdieron su auto-
regulabilidad en un tiempo relativamente breve, con la influencia de la
cultura helénica. Por otra parte, aunque la fase sensorial de la cultura clási­
ca avanzara, junto con el cristianismo, a otra fase ideacional, no hay in­
dicaciones de que nuestra cultura occidental tardía, que hoy está entrando
con presteza en una fase hipersensorial, vaya a retornar a una fase idea-
cional. Por consiguiente, la teoría cíclica de Sorokin debe ser vista como
una sugestión de tendencias, pero no necesariamente como indicativa.
En lo tocante al propósito de la historia, el presente estudio se basa en
la afirmación de que el análisis empírico indica claramente que la historia
no tiene ni pudo haber tenido un propósito a priori. Precisam ente por­
que la historia es resultado de las interrelaciones de un número infinito
de acciones humanas en el curso del tiempo, impuesta cada una por su
propio propósito, el proceso en conjunto no es un proceso deliberado,
sino un proceso consecuencial. No obstante, hay ciertas formas de pro­
greso en la historia, en su mayoría de progreso técnico, aunque no lineal
y continuo, como se analiza en la última sección del capítulo xix. El tipo
de progreso técnico em píricam ente observable en el proceso histórico
indica que una naturaleza humana estable encuentra — en las diversas
pautas culturales sucesivamente alcanzadas por la condición humana,
aunque, una vez más, no lineal ni continuamente— una creciente facili­
dad para subvenir a las necesidades básicas del hombre. Se ha observado
que este hecho fundamental, al lado de otros factores, está contribuyen­
do a una creciente humanización de las condiciones sociales. Para poner
un ejem plo sencillo, las condiciones sociales en el mundo clásico eran
mejores que en Mesopotamia; eran aún mejores en la baja Edad Media y
en el siglo xvm, y son mejores todavía el día de hoy. Sin embargo, esta
creciente humanización debe verse en el sentido de una tendencia gene­
ral, que no excluye la continua perpetración de actos de la más extrema
violencia, crueldad y explotación, como ocurrió con los nazis y, más
recientemente, en la Serbia de Milosevic.

2. W eber v T oynbee

Alfred Weber

La contribución de Alfred Weber a la Sociología de la H istoria queda


representada, principalmente, por dos libros: Historia de la cultura como
38 INTRODUCCIÓN GENERAL

Sociología de la Cultura (Kulturgeschichte ais Kultursoziologie, 1935)20 y


Principios de Historia y Sociología de ¡a cultura (Prinzipien der Geschichte
und Kultursoziologie, 1951).21 La importancia de la aportación de Alfred
Weber — además de la brillantez y amplitud de sus análisis— consistió
en transferir los enfoques habitualmente apriorísticos de la Filosofía de
la Historia al análisis empírico de la Sociología de la H istoria. Con su
Kulturgeschichte intentó escribir una Sociología de la Historia dentro del
ámbito de la historia universal, concebida desde el punto de vista del cur­
so de la historia. Con sus Prinzipien , escritos 16 años después, presentó
sus suposiciones teóricas y metodológicas en el campo de la Sociología
de la Historia.
El principal libro de Alfred Weber, la Kulturgeschichte , se propone
analizar una pregunta esencial concerniente al proceso histórico: ¿qué
ocurre en ese proceso al ser anímico-espiritual del hombre? ¿Qué cambios
experim enta? Inicialm ente, sostiene que un enfoque contem poráneo a
la historia universal es distinto del de Ranke o el de Burckhardt, quienes
trataron de informar de los hechos pasados tal como en realidad ocurrie­
ron. Weber insiste en que nuestro enfoque se interesa en nuestra posición
en el flujo de la historia.

T en em os la im p re sió n de que esa co rrie n te d e la h isto ria, c o n una v e lo cid a d


ca d a v e z m a y o r y h asta v ertig in o sa, n os está llev an d o a una n u e v a existen cia
en la que m u ch a s d e las co sa s g ra n d e s que co n o cim o s a p e n a s e n cu e n tra n , al
p arecer, esp acio p a ra su crecim ien to , que p u e d e o fre ce r m a y o re s c o m o d id a ­
d es en lo técnico, pero que, a la v ez, con tien e tam bién m u ch o m ás de lo o scu ro ,
g ra v e y p elig ro so , m u ch a s d im en sio n es d e m e n o r lib ertad ; y está c o n s id e ra ­
b le m e n te e m p o b re c id a en c u a n to a las fu e rz a s in te rn a s y e s p o n tá n e a s , e n
co m p a ra c ió n con la v id a de tiem p o s a n te rio re s.22

Según Alfred Weber, en cuanto enfocamos la historia en busca del des­


tino cultural de la humanidad — cualquiera que sea nuestro concepto de
cultura— ,

v e m o s qu e se p resen ta el p ro ceso h istó rico en p a rte co m o su cesió n , en p a rte


co m o m a n ife sta ció n c o n c o m ita n te y su p e rim p o s ic ió n d e g ra n d e s cu ltu ra s:
la eg ip cia, la b ab ilón ica, la in d ia, la ch in a, la ju d e o -p e rs a , la g re c o rro m a n a , la
b iz a n tin a , la islám ica o la o ccid e n ta l, p a ra m e n c io n a r las m á s im p o rta n te s .
C a d a u n a c o n su p ro p ia e s e n c ia , su p ro p ia fo rm a d e e x p re s ió n , su p ro p io

2fi Cf la trad. al español de Historia de la cultura, México, f c e , 1943 (1941).


21 Cf la trad. al español de Sociología de la Historia y de la cultura, Buenos Aires, Galatea-Nueva
Visión, 1960 (1957).
22 Cf. Historia de la cultura, p. 9.
INTRODUCCIÓN GENERAL 39

m o v im ie n to , re p re s e n ta n la to ta lid a d d e la re a liz a c ió n c u ltu r a l h a s ta h o y


a lca n z a d a p o r la h u m a n id a d .23

En su Kulturgeschichte, el objetivo de Alfred Weber

no es e stu d ia r la h isto ria d e m a n e ra siste m á tica , sin o , d e n tro d el m a rc o del


a co n te ce r h istórico u n iv ersal, e x p lica r el cre cim ie n to y la d islo ca ció n de cu l­
tu ra s totales c e r ra d a s , q u e se d ife re n cia n u n as d e o tra s p o r su e se n c ia y su
fisio n o m ía c a r a c te rís tic a s y q u e, e n c a d a c a s o , lle v a n u n a fo rm a c ió n y una
actitu d d istin tas, a u n cu a n d o co n un a so lid arid ad u n ita ria .24

El estudio que hace Weber del proceso histórico empieza por tener en
cuenta las ''zonas históricas" que sucesivamente o de manera concom i­
tante han aparecido, a saber: la cultura china, la de la India oriental, la
egipcia occidental, la babilónica (primer grado), la persa-judía, el círculo
de la antigua cultura mediterránea (segundo grado), la eslavo-bizantina
oriental, la islámica y la occidental (tercer grado). Estas culturas deben ser
representadas como cuerpos históricos cerrados, cuyos contornos y cor­
poralidad pueden ser aprehendidos mediante la observación de algo que
también es visible y que puede ser externamente captado, lo que significa
considerar la formación de sus estructuras sociales y las mutaciones de
estas últim as. Tales estructuras sociales, aunque en m uchos aspectos
pasan por fases análogas en cada una de las zonas, siempre tienen algo
peculiar en sí mismas que es característico de cada una de las situacio­
nes culturales. Todos estos cuerpos históricos están insertos en un gran
proceso unitario de m ovim iento gradual que abarca a toda la hum a­
nidad. Este es el proceso civilizador que atraviesa el devenir histórico y
constituye su soporte. Todo esto significa que ofrece una serie de m e­
dios variables para la construcción social, un m undo transform ado de
objetos físicos y espirituales.25

A l p arecer, resp ecto a las ép o ca s de e n tra d a de los g ra n d e s p u e b lo s en la h is­


to ria p o d e m o s d e c ir q u e o c u rre el s ig u ie n te fe n ó m e n o : p a r tie n d o d e u n a
co n stelació n inicial se co n stitu y e la su stan cia étn ico -e sp iritu a l en algo fijo; y,
así, vien e a crearse una esp ecie de entelequia anímica , que, a n á lo g a m e n te a una
m a g n itu d b io lóg ica, tra ta de d e sa rro lla rse en to d a s d ire ccio n e s y a trav és de
las su cesiv as é p o c a s .26

Esa entelequia anímica constituye un factum que tiene una trascenden­


cia aún más inmanente por el hecho de que lo anímico-espiritual actuará
23 Cf. Sociología de ¡a Historia y de la cultura, p. 21.
24 Ibid.'p. 17.
25 Cf. Historia de ¡a cultura, p. 18.
26 lbid.f pp. 20-21.
40 INTRODUCCÍÓN GENERAL

por medio de nosotros m ism os — por decirlo así— sobre la sustancia


vital dada y sobre sus condiciones conformantes transformadas por nos­
otros mismos; y opera de modo espontáneo, indestructible, con una ten­
dencia a fijar lo que llamamos sublime, perfecto y sagrado, y a crear un
conjunto de formaciones, actitudes y obras. En tales casos, reconocemos
la aparición de una alta cultura.
Sin embargo, la voluntad catártica no es la única voluntad formativa
anímico-espiritual. También existen fuerzas demoniacas que actúan en
todas las culturas. En algunas de ellas, estos poderes y fuerzas son expe­
rimentados como un destino demoniaco; en otras, se les considera como
seres cósmicos; en otras más, como una conducta radicalmente mala.
El mundo primitivo no es sencillamente una etapa que precedió a la
nuestra. El mundo primitivo todavía existe en lo cultural y está configu­
rado, en gran medida, por una lucha con esas fuerzas oscuras que aún
hoy llevamos dentro de nosotros.
En el marco conceptual mencionado antes, el enfoque de Weber a las
civilizaciones que han aparecido en la historia fue iniciado por su análi­
sis de los grandes movimientos migratorios que dispersaron a los pue­
blos pastores para llevarlos de la meseta asiática, principalm ente de la
cuenca del Tarim, hasta Irán, Arabia y aun África, desde cerca del año
4000 a.C. Otras migraciones lanzaron a estos criadores de ganado hacia el
Asia Menor y Europa. Bajo la influencia de esos rudos inmigrantes, los
pacíficos agricultores de las aldeas neolíticas empezaron a formar las civi­
lizaciones primarias del Viejo Continente.
Weber distinguió cuatro niveles de civilizaciones. Las civilizaciones
primarias brotan directamente de su anterior etapa neolítica mediante la
incorporación — a veces conflictiva, a veces pacífica— de criadores de ga­
nado y pueblos ecuestres a pueblos de campesinos neolíticos, como los
casos de Sum eria y Egipto. Las civilizaciones secundarias del prim er
grado tam bién son resultado directo de la evolución de grupos neolí­
ticos que, sin embargo, ya tenían conocimiento de otras civilizaciones,
como en los casos de los hebreos o de los minoicos. Las civilizaciones se­
cundarias del segundo grado brotan de la desintegración total o parcial
de una civilización anterior, como los griegos a partir de las ruinas de los
egeos, y Roma, de los etruscos. Las civilizaciones terciarias, por último,
formadas por la transform ación de una precedente civilización secun­
daria del segundo grado, como en los casos de Occidente y de la civili­
zación bizantina, resultantes de las transform aciones experim entadas
por la Antigüedad tardía.
Con base en tales suposiciones e ideas, Alfred Weber pasa a hacer el
análisis histórico-sociológico de Egipto y Babilonia, China y la India, los
INTRODUCCIÓN GENERAL 41

judíos y los persas, las antiguas culturas mediterráneas, Roma, la A nti­


güedad cristiana, Bizancio, el Islam, Rusia y las diversas fases de la civi­
lización occidental, además de Japón, hasta la actualidad.
El análisis de Weber sobre estas civilizaciones, que fue la inspiración
del presente estudio, constituye una aportación brillante y penetrante a
su comprensión histórico-sociológica y representa un hito en el estudio de
las civilizaciones, que ha conservado hasta hoy su validez y lozanía, aun
si algunas de sus suposiciones ya no son generalmente compartidas. Las
suposiciones de Weber y su visión histórica fueron en gran parte influi­
das por H egel, aunque un Hegel revisado bajo la influencia de Marx.
También llevan cierta influencia de Spengler y su idea de las civilizacio­
nes com o organism os históricos cerrados, som etidos a una inherente
secuencia vital de fases de surgimiento, florecimiento y decadencia.
Esta obra, aunque está inspirada — como ya se dijo— en el enfoque his-
tórico-sociológico de Weber, se fundamenta en otras suposiciones. En la
prim era sección de esta introducción se han m encionado brevem ente
esas suposiciones, que también, hasta cierto punto, quedan implícitas en
la última. La diferencia básica entre las suposiciones de Weber y las del
presente estudio — además de cuestiones clasificatorias de m enor im ­
portancia— es el modo de considerar lo permanente y lo cambiante en
el proceso histórico. Bajo la influencia de Hegel, Alfred Weber planteó la
hipótesis del proceso histórico, viéndolo como una especie de ser, como
portador de fuerzas anímico-espirituales: el sustituto de Weber al Espí­
ritu de Hegel. Como dice Weber:

A h o ra bien, esos cu e rp o s h istó rico s, tan to en el ca s o de que co n stitu y a n cu l­


tu ras p rim a ria s y se cu n d a ria s su p e rp u e sta s co m o tam b ién en el ca s o d e que
se a n p r o d u c to s p rim a rio s p e rm a n e n te s , q u e c o e x is ta n u n o s ju n to a o tro s ,
está n to d o s ellos in se rto s en un g ra n m o v im ie n to u n ita rio d e p ro g re s o g ra ­
d u al [ ...] E se p ro ce so d e la d o m in a ció n in telectu al y te ó rica de la ex iste n cia
m a rch a a u n p a so p ro g re s iv o irrev ersib le d e sd e la in g e n u id a d a la co n cie n ­
cia reflexiva (d esarro llo que a tra v ie sa toda la h u m a n id a d ); m a rc h a a u n p a so
p ro g re s iv o d e sd e u n a a c titu d d e e m b o ta m ie n to a u n a ilu s tra c ió n c a d a v e z
m ás in ten sa y d esa rro lla d a sobre to d a s las fu erzas de la vid a [ . . . ] D e a cu e rd o
co n lo e x p u e s to , el a c o n te c e r h u m a n o , a rtic u la d o e n la to ta lid a d d e la c u l­
tura co n sus p ecu liares e stru ctu ras sociales, fo rm a una u n id a d a este resp ecto,
p orq u e está in serto en una co rrie n te u n itaria. P u es bien, este proceso civiliza­
dor — así lo llam are m o s d esd e ah ora en ad elan te— q u e cru za el d e v e n ir h is­
tórico y que es el so p o rte del m ism o , no significa otra co sa que el o frecim ien to
d e una serie variab le de m e d io s p ara la co n stru cc ió n so cial, u n m u n d o tra n s­
fo rm a d o d e objetos físicos y e sp iritu a le s p a ra la total fo rm a ció n p sico ló g ica
y esp iritu al [ ...] C o n stitu y e u n factum que tiene ca d a v e z m a y o r tra sc e n d e n ­
42 INTRODUCCIÓN GENERAL

cia in m an en te, el h ech o de que la v o lu n ta d a ru m ico -esp iritu al a c tú a a tra v é s


d e n o so tro s — p o r así d ecirlo — sob re la su sta n cia vital d a d a y so b re sus co n ­
d icion es co n fo rm a d o ra s tra n sfo rm a d a s p o r n o so tro s m ism o s; y a ctú a d e u n a
m a n e ra e s p o n tá n e a , in d e stru ctib le , con la te n d e n cia a p la n te a r aq u ello q u e
lla m a m o s su b lim e, p erfecto y sa g ra d o , y a h acer su rg ir fo rm a cio n e s de c o n ­
ju n to s, a ctitu d e s y o b ra s.27

En contraste con Weber, el proceso histórico en el presente estudio es


considerado un proceso consecuencial, no un proceso intencionado o
teleológico. Las acciones de los hombres tienen un propósito, de acuer­
do con sus innumerables motivaciones, a menudo en conflicto. El proce­
so histórico es la consecuencia resultante y, por tanto, no deliberada, de
esos actos. Cierto es, como lo afirmó Weber, que existen algunos elemen­
tos permanentes en el proceso histórico que son em píricam ente obser­
vables. Estos elem entos permanentes son el resultado de la perenne
estructura psicofísica de la naturaleza humana y de los muchos modos
en que la naturaleza humana se adapta a sus cambiantes circunstancias.
El proceso histórico es el trayecto, en el tiempo y el espacio, de la adapta­
ción de la naturaleza humana a las diversas y cambiantes circunstancias
socioculturales y naturales que van adoptando diversas condiciones hu­
manas. Esta adaptación se ve sometida a las posibilidades contenidas en
la esfera antrópica. En las partes finales tanto de la tercera sección del capí­
tulo xviii como del capítulo xix se presenta un breve estudio del principio
antrópico y de la esfera antrópica.
En el presente breve análisis de las ideas de Weber baste decir que la
esfera antrópica tiene la posibilidad de constituir diversas pautas cul­
turales, pero no en número ilim itado. Cada civilización es una pauta
cultural básica. Ha habido cierto número de civilizaciones (26, según
Toynbee), y aunque su número preciso no importa, debe observarse que
son m enos de unas cuantas docenas. También hay que notar que nos
encaminamos hacia una civilización planetaria, que probablemente será
la última civilización creada por el hombre.
Cada pauta cultural tiene vastas posibilidades de expresión en materia
de ciencia, arte, ética, tecnología y cuestiones prácticas. Estas expresio­
nes, aunque sumamente numerosas, no son ilimitadas, y dentro de cada
pauta cultural los niveles de excelencia son mucho más escasos. Cada ci­
vilización ha producido un número finito — cientos, rara vez miles— de
obras maestras en los diversos campos de expresión.
Estando limitadas las posibilidades básicas de la expresión cultural,
aunque nos parezca que son muchas, tam bién es lim itado el progreso
27 Historia de la cultura, pp. 18-20.
INTRODUCCIÓN GENERAL 43

dentro del ám bito de cada pauta cultural. Habiendo llegado a los más
altos niveles de excelencia alcanzables dentro de una pauta cultural de­
terminada, las ulteriores manifestaciones se ven obligadas a repetir los
m odelos de excelencia o bien a destruirlos. El nuevo progreso sólo es
posible con un cambio de la pauta cultural. Una vez generada la pauta
cultural culminante — como probablemente será el caso de la civilización
planetaria— , aunque aún se esté muy lejos de ello, en ese m om ento se
habrán alcanzado los límites del progreso. Y el hombre, como todos los
demás animales, se verá obligado a seguir haciendo lo m ismo o a des­
truirse a sí mismo, lo que los otros animales no son capaces de hacer.

Arnold ]. Toynbee

El monumental Estudio de la Historia de Toynbee apareció por entregas.


Los tres primeros tomos fueron publicados en 1934. La segunda serie, los
tomos iv a vi, apareció en 1939. Diversas circunstancias, en particular la
segunda Guerra Mundial, retrasaron la publicación de los tomos vn a x
durante varios años, para aparecer finalmente en 1954. El xi, el "A tlas",
fue publicado en 1959. Un duodécimo tomo, las "R econsideraciones",
apareció en 1961. Mientras tanto, D. C. Somervell preparaba una valiosa
versión abreviada de esa obra colosal; su primer tomo, que compendiaba
los tomos i al vi de Toynbee, fue publicado en 1946, y el segundo (con los
tomos vii a x) apareció en 1957. El propio Toynbee, aunque aplaudiera la
versión abreviada de Somervell, decidió preparar su propia versión re­
sumida, ayudado por Jane Caplan, y la publicó en un único tomo, bella­
mente ilustrado, en 1972.2a
El Estudio de la Historia de Toynbee, cualesquiera que sean las críticas
que merezca, es la obra más completa, profunda y cultivada jamás escri­
ta en este ámbito. Representa un hito en el dominio de la Filosofía de la
Historia y probablemente constituye la ilustración última y culminante
de una interpretación completa y competente, asombrosamente erudita y
teleológica de la historia, desde De Civitate Dei de san Agustín (413-426).
Toynbee fue influido por las notables similitudes que vio entre la pri­
mera Guerra Mundial y la Guerra del Peloponeso. Se preguntó si en la
historia habría otras sem ejanzas. Leyendo La decadencia de Occidente
(1918-1922) de Spengler, Toynbee confirmó su impresión de que existen

7B Cf. Arnold J. Toynbee, A Study o/History, Londres, Oxford University Press, vols. i- xii, 1934­
1961; D. C. Somervell, A Study o/History, compendio de los vols. i-vi, 1947, y de los vols. vn-x, 1957,
Londres, Oxford University Press; Arnold Toynbee y Jane Caplan, versión abreviada en un solo
tomo de A Study of Hístory, Londres, Thames y Hudson-Oxford University Press (1972), 1995.
44 INTRODUCCIÓN GENERAL

pautas recurrentes en la historia, y considerando que la obra de Spengler


no estaba debidamente apoyada en datos empíricos y que sólo se lim i­
taba a ocho civilizaciones, decidió preparar un estudio completo sobre
el tema.
Toynbee comienza su obra observando que a las unidades habituales
de la historiografía, los Estados nacionales, no se les puede entender en
aislamiento, en vista de su profunda interconexión con organismos m a­
yores, y que la unidad apropiada para el estudio histórico son las civi­
lizaciones. Emprendió un análisis de éstas viéndolas como una forma
especial de sociedad, hizo un esfuerzo por identificar las civilizaciones
que han existido y concluyó que son 21; luego aumentó el número a 26,
para incluir las " civilizaciones detenidas". En su ulterior edición, de un
solo tomo, Toynbee reconoce la existencia de 14 civilizaciones indepen­
dientes, 17 civilizaciones satélites y seis civilizaciones abortadas.
El propósito central de Toynbee, además de identificar las civilizacio­
nes que han existido, fue analizar desde cierta perspectiva las cond i­
ciones que determinaron su nacimiento, desarrollo y decadencia. Desde
otra perspectiva, se esforzó por comprender el proceso civilizador, sus
fases y su propósito último. Con respecto a lo primero, llegó a la conclu­
sión de que el factor clave que rige la vida de las civilizaciones es un pro­
ceso de "desafío y respuesta", así como la forma en que una minoría go­
bernante dirige las respuestas a los retos que enfrenta. La cuestión
presenta dos variables decisivas: la naturaleza y la extensión de los desa­
fíos, por una parte, y la naturaleza y lo apropiado de las respuestas, por
la otra. Las civilizaciones surgen cuando las sociedades se enfrentan a
desafíos grandes pero no insuperables y la minoría dirigente reacciona
a tales desafíos con espíritu creador. Los pequeños retos no tienen im ­
portancia, m ientras que los desafíos excesivos superan la capacidad
para reaccionar de una sociedad. Los desafíos difíciles pero aceptables,
debidam ente enfrentados por la minoría dirigente, se encuentran en el
origen de la civilización. El desarrollo de las civilizaciones depende de lo
grande que sea el espíritu creador con que la minoría dirigente encare
los desafíos. Sometidas a un proceso de retirada y avance en el curso del
tiempo, las minorías creadoras aseguran el desarrollo de sus civilizacio­
nes al responder adecuadamente a los nuevos desafíos, en un proceso
que no depende del engrandecimiento territorial ni del progreso técnico
— aunque sin excluirlos— , sino que está esencialmente relacionado con
la "eterealización" de su cultura. Las civilizaciones caen en decadencia
cuando la minoría dirigente, en lugar de dar respuestas creadoras, se con­
vierte en una minoría dominante egoísta, que oprime coercitivamente a
las masas (el proletariado interno) y pierde su capacidad para influir en el
INTRODUCCIÓN GENERAL 45

proletariado externo. Las divisiones internas y la agresión externa final­


mente producen la decadencia y caída de las civilizaciones, pero en última
instancia su causa son sus propias deficiencias.
Vistas desde otra perspectiva, las civilizaciones constituyen un proce­
so que pasa por diversas fases: una fase heroica; una fase de plenitud;
una fase de constitución, al comienzo de la decadencia, de Estados uni­
versales como respuesta mecánica a los desafíos, y una fase de creación
de iglesias universales, que tiende a volverse la crisálida de una nueva
civilización. Sin embargo, las ideas de Toynbee sobre semejante proceso
sufrieron un cam bio radical en los largos años transcurridos entre la
aparición del tomo vi y la del tomo vil de su obra: en ese lapso, se volvió
profundamente religioso y adoptó las ideas básicas de san Agustín, según
las cuales la historia es el desenvolvimiento de un plan divino. Aunque
él consideraba que las civilizaciones eran los ''cam pos inteligibles del
estudio histórico", en adelante las religiones ocuparon el lugar central.
Antes, las religiones fueron el puente entre las sucesivas civilizaciones.
En su obra ulterior, las civilizaciones se volvieron el puente entre las
grandes religiones. En palabras de Toynbee:

Sin e m b a rg o , a h o ra qu e n u e stro e stu d io n o s ha lle v a d o a u n p u n to en q u e


las civilizacion es, a su v e z , co m o los E sta d o s p a rro q u ia le s del m o d e rn o m u n ­
d o o ccid en tal al co m ie n z o de n u estra in v e stig a ció n , h an d ejad o de co n stitu ir
ca m p o s d e estu d io inteligibles p a ra n o so tro s y h an a b a n d o n a d o su sig n ifica­
ció n h istó rica , salv o en la m e d id a en que a d m in is tra n el p ro g re s o d e la reli­
g ió n , d e scu b rim o s q u e, d e sd e este p u n to d e v ista m á s re v e la d o r, la e sp e cie
m ism a ha p e rd id o su u n id ad esp ecífica.29

En una declaración posterior, en el tomo ix de su obra, Toynbee aclara


su pensamiento:

E ste p ro g re s o a c u m u la tiv o d e la re lig ió n — q u e es el tip o e s p iritu a lm e n te


su p erio r d e la exp erien cia y del esfuerzo d en tro de las p o sib ilid ad es del h o m ­
b re en la T ierra— es u n p ro g re so en la p ro v isió n p a ra el h o m b re , en su p a so
p o r este m u n d o , de m ed io s de ilu m in ació n y g r a d a p a ra a y u d a r al p e re g ri­
n o, m ie n tra s a ú n está e m p e ñ a d o en su p e re g rin a ció n terren al, p a ra a lca n z a r
una m á s íntim a co m u n ió n co n D ios y v o lv e rse m en o s d istin to d e E l.30

La profunda religiosidad de Toynbee, aunque basada en el cristianismo,


fue ecléctica, un tanto como la del emperador mogol Akbar (1542-1605),

?1J Cf. A Study of History, vol. vti, p. 449.


30 Ibid., vol. ix, p. 174.
46 INTRODUCCIÓN GENERAL

y tom ó lem as de otras grandes religiones. Por ello, concluyó su obra


m onumental con una plegaria que empieza con las palabras: " Christe ,
audi nos, Cristo Tamuz, Cristo Adonis, Cristo Osiris, Cristo Balder, escú­
chanos, sea cual fuere el nombre con que te bendigam os".31
El presente estudio, que trata el mismo tipo de cuestiones a las que se
enfrentó Toynbee — si bien en un nivel de erudición incomparablemen­
te más modesto— , se basa en suposiciones por completo distintas, como
puede verse en la primera parte de esta introducción. Entre las muchas
diferencias de enfoque, cinco puntos esenciales m erecen una breve
mención.
El primero atañe al concepto de civilizaciones. Para el Toynbee de la
mayor parte de su obra, las civilizaciones, los "cam pos inteligibles del
estudio de la historia", son una especie de sociedades de las cuales for­
man parte los Estados nacionales, como Gran Bretaña, o las ciudades-
Estado, como Atenas. Resulta interesante observar que m ientras Toyn­
bee considera que las civilizaciones son "átom os" del proceso histórico,
presta poca atención a la definición y clarificación de tal concepto, dando
por sentado que es comprensible por sí mismo, y rara vez explica lo que
quiere decir con "civilizaciones".32
En contraste con Toynbee, en el presente estudio el térm ino civiliza­
ción se emplea con dos significados diferentes. La civilización, como
concepto socioantropológico, designa el estado de una sociedad que ha
sobrepasado su condición neolítica y, como se explica en el capítulo i,
cumple al menos con tres de los cuatro requerimientos siguientes:
1. La urbanización, mediante la edificación de un sistema habitacional
considerablem ente más grande y más complejo que la aldea neolítica;
que combina la existencia de uno o más edificios religiosos con un palacio
o palacio-templo, casas residenciales, edificios de almacenamiento, ins­
talaciones de abasto de agua y calles;
2. Una cultura común, que incluye una lengua, una religión, una cos-
movisión y un repertorio de costumbres y técnicas sociales;
3. Un sistema político que presenta los rasgos básicos del Estado, ya
sea insertado en el sistema religioso o separado de él, y
4. Un sistema de escritura.
El térm ino civilización posee tam bién un significado histórico, dife­
rente del sociológico aunque conectado con éste. Es en su significado
histórico como las civilizaciones son tratadas en el presente estudio, del
mismo modo, aunque sin una definición conveniente, que en la obra de
Toynbee. En su sentido histórico, nuestro estudio ha seguido, con ciertas
31 A Study o/History, vol. x, p. 143.
32 Op. cit., vol. i, pp. 44-45; vol. vm, pp. 667-673; y vol. x, p. 167.
INTRODUCCIÓN GENERAL 47

adaptaciones, la definición dada por Braudel en su Grammaire des Civili-


sations*33
En su sentido histórico, la civilización — según Braudel— es un pro­
ceso sociocultural que cumple con los cinco requisitos siguientes: 1) la
ocupación estable de un territorio específico, 2) por una sociedad espe­
cífica, 3) con ciertas características económ icas, 4) cierta m entalidad
colectiva y 5) cierta continuidad histórica.
En esta obra se ha adoptado una versión m odificada del concepto
braudeliano de civilización: ésta se interpreta como un sistema sociohis-
tórico con las cuatro características esenciales siguientes: 1) es un sistema
cultural compartido, con continuidad histórica, por una o más socieda­
des que han alcanzado la etapa de civilización en su sentido socioantro-
pológico; 2) ocupa de manera estable un territorio en el que hay uno o
más poblados; 3) emplea, de manera duradera, una o más lenguas con
una forma escrita, tiene una religión o cosmovisión específica, así como
técnicas autónomas para su subsistencia estable en su m edio natural y
humano, incluidos elementos de defensa propia, y 4) está dotado de las
condiciones culturales adecuadas para garantizar autónom am ente su
autorregulación.
Con base en este entendimiento de lo que significa históricamente el
término civilización , el presente estudio no considera que las civilizacio­
nes sean sociedades. Las civilizaciones son superestructuras culturales
transmitidas por una o más sociedades. Cuando hablam os de la civili­
zación egipcia nos estamos refiriendo a ciertas características culturales
básicas que la sociedad egipcia presentó desde el Reino Antiguo hasta
su conquista por Augusto, y, por implicación, nos referimos también a lo
que ocurrió a dicha sociedad. Cuando hablamos de la civilización occi­
dental estamos indicando unas características culturales básicas com ­
partidas por varias sociedades, como la francesa, la italiana, la alemana
y otras, y más recientemente las sociedades americanas, desde el fin del
Imperio carolingio hasta la actualidad y, por implicación, a lo que les ha
ocurrido a tales sociedades. Además, se ha introducido una distinción
entre la civilización occidental y la civilización occidental tardía, similar
a la distinción que separa la civilización antigua de la Antigüedad tardía.
Hay otra serie de diferencias importantes entre la explicación que da
Toynbee del nacimiento, desarrollo y decadencia de las civilizaciones y
las concepciones adoptadas en el presente estudio. Según Toynbee, tan­
to el concepto de "desafío y respuesta" como la distinción entre minorías
"creadoras" y minorías "dominantes y egoístas" son los elementos claves
33 Fernand Braudel, Grammaire des Civilisations, París, Flammarion, 1987 (1963), pp, 33 ss.
48 INTRODUCCIÓN GENERAL

para explicar el surgimiento, desarrollo o decadencia de las civilizacio­


nes. Desde luego, Toynbee tiene clara conciencia de las condiciones
específicas que rodean estas fases esenciales en las diversas civilizacio­
nes. Sus hipótesis explicativas, empero, se basan en lo apropiado o
inapropiado de las respuestas que dan las m inorías a los desafíos que
sus civilizaciones enfrentan en las diferentes fases.
En esta investigación se ha llegado, de manera empírica, a las hipóte­
sis explicativas concernientes a los factores que generan esos efectos
vitales, comparándolas con los diversos casos de surgimiento, desarrollo
y decadencia, y determinando cuáles son los factores y las condiciones
comunes observables en todas ellas. Los fenómenos de desafío y de res­
puesta son observables en diversas situaciones, como en el caso clásico
de la influencia de grandes ríos o del océano sobre diversos pueblos.
Pero no es posible explicar las respectivas fases de su civilización sólo
apelando a un sistema de desafío y respuesta. Los retos a los que se en­
frentó la Antigüedad tardía no cambiaron cuando los pueblos se convir­
tieron al cristianismo. Y tampoco los desafíos a los que se enfrentaron
los árabes se m odificaron con su conversión al Islam. Como se resume
en el capítulo xix, "Conclusiones", el análisis comparativo de 16 civiliza­
ciones nos ofrece, para cada una de las fases esenciales analizadas, una
hipótesis explicativa específica, a saber:
1. Las civilizaciones suelen surgir cuando las sociedades que han alcanzado
sociológicamente la etapa civilizada y son reguladas por un régimen funcional
de élite-masa generan una cultura específica, distinta de las existentes , y ma­
nifiestan una propensión expansiva sostenida para incorporarse nuevos valores
utilitarios, como la tierra y otros recursos materiales, en condiciones naturales
y operativas que permiten su subsistencia y expansión, y que no enfrentan a
estas sociedades a impedimentos externos.
2. Las civilizaciones tienden a desarrollarse si persisten las condiciones que
favorecieron su surgimiento y su autososteníbilidad, y se cumple con dos condi­
ciones nuevas. En primer lugar, si adquieren una capacidad militar superior a las
sociedades a las que se enfrentan, ya sea por su organización, disciplina y com­
batividad (Roma), por su ímpetu, habilidad y elevada motivación ideológica (el
Islam) o por su clara superioridad técnica (el Occidente). En segundo lugar, si des­
arrollan una cultura favorable a su expansión, dotada de valores, instituciones
y prácticas apropiados para ese fin.
3. Las civilizaciones entran en declive y se vuelven decadentes cuando pierden
su autosostenibilidad, ya sea por la pérdida de autooperacionalidad y/o de su
autorregulabílidad. La pérdida de autooperacionalidad puede ocurrir por
causa de una decisiva derrota militar, que priva a la(s) sociedad (es) de los
medios políticos y militares necesarios para continuar sosteniéndola(s).
INTRODUCCIÓN GENERAL 49

También puede ser el resultado de un irrecuperable atraso tecnológico


en relación con otra civilización contemporánea, cuyas normas tecnoló­
gicas se ve obligada a adoptar por la necesidad de sobrevivir o por una
im posición externa. A su vez, la pérdida de autorregulabilidad ocurre
cuando una civilización pierde la convicción en sus valores o sus ideas
básicas del mundo, habitualmente como resultado de haber sido invadi­
da por una cultura ajena y más poderosa.
Otra diferencia básica entre Toynbee y nuestro estudio se relaciona
con la interpretación del proceso histórico. Éste es visto por Toynbee des­
de sus primeros tomos, pero especialmente a partir del vn, como proce­
so teleológico, mientras que nosotros lo interpretamos como un proceso
consecuencial, cuyas características específicas no fueron planeadas por
nadie. A partir de innum erables acciones hum anas, realizadas con los
propósitos más variados, surge un resultado final que nó corresponde
exacta y específicamente a ninguno de los designios de los actores, por
causa de los efectos resultantes de su interacción recíproca y de los efec­
tos impredecibles derivados del puro azar, aun si, en determinadas cir­
cunstancias, un actor predominante ejerce una influencia predominante
sobre el resultado final.34
Por consiguiente, aunque la historia no tenga una dirección predeter­
minada, el proceso histórico no es arbitrario ni im procedente. Ciertos
factores estructurales tienden a orientar el proceso histórico, en condicio­
nes dadas y por un tiempo, en cierta dirección general. Por otra parte, la
vida hum ana y la social no son repetitivas. Existen dim ensiones h u ­
manas en que el progreso acumulativo, si no resulta lineal ni continuo,
sí es observable, como en el caso de la ciencia y la tecnología, aunque de
acuerdo con distintos paradigmas sucesivos. También existe, en térm i­
nos generales, una tendencia hacia una mayor humanización de la vida
social, no tanto por causa del progreso moral (aunque pueda observarse
cierto discreto progreso moral a largo plazo),35 sino porque las mejoras
técnicas y sociales logradas a través de mucho tiem po han facilitado
la vida y hecho posible satisfacer necesidades hum anas básicas para
un mayor número de personas sin necesidad de em plear violencia ni
engaño.
Lo que da a la extraordinaria realización de Toynbee su carácter único
como el tratado más importante escrito hasta hoy en el ámbito de la Fi­
losofía de la Historia, y que probablemente será irrepetible, es la combi-
34 La decisión de un gobernante puede imponer una ley. Sin embargo, su aplicación suele corres­
ponder menos exactamente a los designios del gobernante.
35 El progreso moral discreto resulta principalmente de la tendencia a humanizar la vida social
antes mencionada, como puede verse al comparar las condiciones medias en los mundos asirio,
romano y moderno.
50 INTRODUCCIÓN GENERAL

nación de brillantes visiones y asombrosa erudición con suposiciones


inadecuadas. Debe añadirse algo sobre la idea de Toynbee de que el pro­
longado proceso de la historia va aproximando gradualm ente a la hu­
manidad a Dios. El presente estudio no presupone la existencia de Dios,
pero, como se ve en los capítulos xvm y xxx, las condiciones contem porá­
neas son de una naturaleza tan terminal que la humanidad está aproxi­
mándose con rapidez a una encrucijada: o bien las sociedades perderán
su autosostenibilidad, o bien serán aniquiladas por una suicida terce­
ra guerra mundial, o bien, de otra manera, se verán obligadas a dejarse
regular en lo interno por regímenes humanistas sociales e internacional­
m ente por un régim en de Pax Universalis, como el prescrito y previsto
por Kant.

3. E l curso d e la H is t o r ia

La aparición del hombre

Esta tercera sección de la introducción señala brevem ente algunos de


los principales aspectos de que tratan los capítulos i a xvm, cuyas conclu­
siones están resumidas en el capítulo xix.
El capítulo i presenta sucintamente el proceso que condujo a la apari­
ción del hombre y la civilización. Subraya el hecho de que las condicio­
nes prehistóricas ya estaban revelando hasta qué grado la preeminencia
sociohistórica de los grupos humanos dependía de cierta com binación
de resistencia con racionalidad. Muestra cómo unos clactonienses y taya-
cienses más primitivos pero más rudos prevalecieron sobre los abbevi-
Ilienses y los acheulenses. Sin embargo, también muestra que, a plazo
más largo, lo que finalmente prevalece es la superioridad cultural: tien­
den a predominar las culturas de racionalidad operativa y conceptual­
mente más comprensivas. Los mejores ejemplos históricos son los casos
del logos helénico y el ethos judeocristiano.
La Prehistoria también muestra la profunda conexión existente entre la
humanización y la religiosidad. ¿Cuándo se volvió enteramente humano
el homo prim ate? Se volvió plenam ente hum ano cuando cobró cabal
conciencia de su m ortalidad y expresó sus esperanzas religiosas sobre
otra vida.

Evolución y cultura

Sobre la base de los esfuerzos pioneros de Lamarck y Darwin, se ha lle­


gado a un consenso científico sobre el proceso evolutivo que condujo
INTRODUCCIÓN GENERAL 51

desde un remoto antepasado común al hombre y a los simios, el procón­


sul, que vivió en Africa oriental a comienzos del Mioceno, hace 24 m i­
llones de años, hasta el Homo habilis a comienzos del Pleistoceno, hace
más de dos millones de años; al Homo erectus, hace un millón de años; al
Homo sapiens arcaico, hace 300 000 años, y al Homo sapiens sapiens , hace
unos 100 000 años. Desde este eslabón final, la especie humana no ha su­
frido cambios evolutivos. A pesar de ello, la diferenciación geoclimática
en la evolución gradual del Homo erectus hacia adelante ha generado
cinco grandes subespecies geográficas: australoides, mongoloides, cau-
casoides, capoides y congoloides.
Además, la evolución cultural ha producido cambios importantes en
la conducta humana desde el primitivo hombre paleolítico de hace cer­
ca de un millón de años. Como en el caso de la evolución biológica, tam­
bién la evolución cultural queda básicamente condicionada por factores
geoclimáticos. En el periodo que siguió a la última etapa glacial de Würm,
de cerca de 8300 a.C., hubo un rápido calentamiento de las zonas de gran
altitud, que permitió recolonizar al Asia central y septentrional. En estas
vastas regiones se desarrolló una población considerable, que adquirió
técnicas de cría de ganado bovino y caballar. Después, con el deterioro del
clima, a partir de 4000 a.C., sucesivas oleadas migratorias de criadores
de ganado se difundieron de la cuenca del Tarim por todo Irán y Arabia
hasta llegar a Africa. A comienzos del segundo milenio antes de Cristo
ocurrieron otras oleadas migratorias de criadores de caballos al sur y al
sureste.
En el marco de estas variaciones climáticas se desarrollaron tres tipos
básicos de cultura: culturas agrícolas y sedentarias en las zonas tem ­
pladas y, en otras regiones, culturas nómadas de pastoreo de ganado y
otras aún más nómadas de criadores de caballos. Tales avances cultura­
les condicionaron el proceso histórico hasta el siglo xvi d.C., especial­
mente el periodo que va de 4000 a.C. a 1000 d.C., y con más intensidad
desde el siglo jv hasta el vii de nuestra era.
La historia de estos periodos se caracterizó por la incorporación de
técnicas de recría de ganado bovino, con base en adelantos del Neolítico,
y por la fusión — de grado o por fuerza— con poblaciones pastoriles. Al
mismo tiempo, pueblos bárbaros de nómadas criadores de caballos que
circundaban las zonas colonizadas invadieron éstas y aplastaron las ci­
vilizaciones primitivas, como en los casos de los harappas en la India y
los egeos en el Mediterráneo, o las dominaron, como en M esopotam ia
y Egipto.
En un periodo ulterior, procesos similares — aunque en condiciones
mucho más com plejas— condujeron a la caída del Im perio romano de
52 . INTRODUCCIÓN GENERAL

Occidente en el siglo v d.C. La súbita expansión de los árabes, después


de Mahoma, combinó las conquistas de los bárbaros ecuestres con el rá­
pido desarrollo de una nueva gran civilización: el Islam. Desde el siglo x
hasta el xiv, los bárbaros vikingos, empleando la guerra ecuestre y sus
técnicas de navegación, mantuvieron una continua arremetida contra la
civilización occidental, desde el norte de Europa hasta Sicilia, y arrasa­
ron el norte de Rusia. En un periodo ulterior, desde fines del siglo xn
hasta mediados del xiv, jinetes mongoles devastaron grandes áreas de
Asia y de Europa oriental. Los turcos finalmente ejercieron una función
similar, al principio con los seljuks, atacando el califato abasida a comien­
zos del siglo xi, y después Bizancio. Más adelante, con la formación del
Im perio otom ano, siguieron am enazando Europa hasta el siglo xvi, y
pudieron sitiar Viena todavía en la segunda mitad del xvii.
La evolución cultural, desde la época en que las civilizaciones echaron
firmes raíces en el mundo, siguió su marcha dentro del proceso histórico,
aunque ya no con el predominio de factores climáticos, sino en un mo­
vim iento de causación circular por medio del cual la historia genera
innovaciones culturales y éstas a la vez condicionan el ulterior desarrollo
de la historia. En la sección anterior, al analizar las ideas de Toynbee, ya
hemos considerado los dos sentidos en que entendemos la civilización:
el sentido socioantropológico y el histórico.

Los estratos de la civilización

El proceso de evolución cultural que formó las civilizaciones obedeció a


diferentes pautas, entre ellas las específicas, en cada caso, de las civiliza­
ciones prim arias, secundarias y terciarias. En el presente estudio se ha
adoptado una versión ligeramente modificada de las clasificaciones de
Alfred Weber.
Son civilizaciones primarias aquellas que surgieron, directam ente y
sin otro condicionam iento, de su precursora neolítica. En general, se
acepta que hubo siete civilizaciones prim arias,36 cuatro de ellas en el
Viejo Mundo: M esopotamia, Egipto, Harappa y el Shang, sobre el Río
Amarillo, y tres en el Nuevo Mundo: la maya, la azteca y la inca. Las ci­
vilizaciones secundarias se subdividen en las de primero y las de segun­
do grados. Civilizaciones secundarias de primer grado son las que, aun­
que habiendo surgido directamente de su respectivo periodo neolítico, lo
hicieron con conocimiento de la existencia de otras civilizaciones; ejem ­
plos de ello son los hebreos, los hititas, los fenicios, los m edos-persas y
36 Cf. Glyn Daniel, The First Civilizations, Nueva York, Thomas Y. Crowell, 1970 (1968).
INTRODUCCIÓN GENERAL 53

los egeos, entre otros. Son civilizaciones secundarias de segundo grado


las que surgieron de la desintegración total o parcial de una civilización
anterior; tal es el caso de la civilización helénica, que surgió de las ruinas
de la egea, y de Roma, que surgió en parte de la civilización etrusca y en
parte al destruirla.
Son civilizaciones terciarias las que resultaron de considerables trans­
formaciones de una precedente civilización secundaria de segundo gra­
do. Tal es el caso de Bizancio y de la civilización occidental, frente a Roma.
También es el caso del Islam, civilización terciaria formada por medio
de la creación por M ahoma, en la cultura árabe, de una religión que
incorporó elementos de las tradiciones judaica y cristiana.

El curso de las civilizaciones

Esta obra estudia 16 civilizaciones, desde Mesopotamia hasta la civiliza­


ción occidental. Esta última es enfocada de acuerdo con cuatro etapas
básicas: 1) la formación de Europa; 2) el Renacimiento; 3) el desarrollo
de O ccidente, desde la época barroca hasta com ienzos del siglo xx, y
4) el siglo xx.
Los análisis efectuados en el presente estudio han llevado a la conclu­
sión — empíricamente bien fundada— de que factores similares produ­
cen efectos equivalentes en diversas civilizaciones y tiempos históricos.
Com parando las circunstancias, condiciones generales y factores rela­
cionados con el surgimiento, desarrollo y decadencia de las civilizacio­
nes estudiadas, ha sido posible observar empíricamente que los hechos
esenciales de la historia de las civilizaciones presentan ciertas regularida­
des. Tales regularidades han sido planteadas en la sección anterior de esta
introducción. Se les esboza, aunque muy brevemente, en el capítulo xix.
El análisis comparativo de las civilizaciones estudiadas también mos­
tró regularidades de interés que atañen, entre otras cosas, a los siguien­
tes acontecim ientos o situaciones im portantes: el proceso de cam bio
social; la religión; la relación entre la élite y las masas; el poder y las ideas;
la ejemplaridad y la institucionalización; la modernización; la malicia y
el interés general; la centralización y la fragmentación; el desarrollo y el
subdesarrollo; la globalización, y el progreso en la historia. En el capítu­
lo xix se analizan brevemente todas ellas.
En las conclusiones de este estudio se ha intentado analizar las pers­
pectivas más probables para la sociedad contemporánea y para la regula­
ción actual del mundo. El curso de la historia de la civilización occidental
índica que ésta, de manera similar a lo que ocurrió con la civilización
54 INTRODUCCIÓN GENERAL

romana, ha llegado a su fase tardía. Así como hubo una civilización ro­
mana tardía, correspondiente, hasta cierto punto, al periodo de la Roma
cristiana, así hay en la actualidad una civilización occidental tardía, que
comenzó a surgir tras la primera Guerra Mundial y, de forma más acele­
rada, con la segunda. Así como la Antigüedad se convirtió en Antigüe­
dad tardía en la medida en que su anterior cosmovisión cívico-pagana
fue remplazada por una visión cristiana del mundo, la civilización occi­
dental se ha convertido en una civilización occidental tardía en la medi­
da en que su cosmovisión cristiana ha sido remplazada por una visión
científico-tecnológica.
El proceso de formación de la civilización occidental tardía es conco­
m itante — en grado considerable— a otro proceso más general: la for­
m ación de una civilización planetaria, por la compleja interrelación de
influencias que ha conducido a la creciente occidentalización de las civi­
lizaciones no occidentales que subsisten hasta hoy: la islámica, la india,
la japonesa y, de m anera más autónoma, la china. Tales civilizaciones
están siendo transformadas en variaciones de la civilización occidental
tardía, la que a su vez absorbe cada vez más elementos de civilizaciones
no occidentales desde Á frica, el Oriente y los am erindios del Nuevo
Mundo. Todo el proceso va marchando hacia la formación de una civili­
zación planetaria, que a largo plazo será integrada por varias subespe­
cies, expresión de las precedentes civilizaciones que fueron llevadas a
fundirse con la predominante occidental tardía. Las diferencias entre es­
tas subespecies, hasta cierto punto, serán similares a las que hoy existen
entre anglosajones, germ anos, latinos, nórdicos y eslavos dentro de la
civilización occidental.
Otra cuestión importante para las próximas décadas es el curso que
más probablemente adoptará la actual sociedad de masas tecnológica y
consumista. El consumismo no es una novedad contemporánea: ha sur­
gido recurrentem ente desde el prim er periodo interm edio egipcio (ca.
2175-1991 a.C.) o el babilónico tardío. Sin embargo, el consumismo con­
temporáneo está adquiriendo cada vez más un carácter perm anente y
cobrando, con gran rapidez, proporciones alarmantes. Un consumismo
total y no transitorio llevaría a las sociedades contemporáneas a la pér­
dida de su capacidad de autosustento. ¿Qué clase de valores correctivos
podrán llegar a prevalecer sobre un consumismo perenne?
La última parte del libro trata de las perspectivas de la sociedad con­
temporánea. También, de la clase de orden mundial que más probable­
m ente se formará en los años venideros tras el fin del régimen bipolar
que dominó al mundo hasta el desplome de la Unión Soviética en 1991.
¿El m undo, tal como hoy parece probable, será regulado por una Pax
INTRODUCCIÓN GENERAL 55

Americana, con la consolidación y la generalización de una hegem onía


mundial estadunidense? ¿O bien alcanzará una Pax Universalis, regulada,
con la égida de las Naciones Unidas, por un régimen multipolar, dirigido
por un consorcio de las grandes potencias? Las posibilidades de estas
dos opciones se analizan en los capítulos xvni y xix. Cualquiera que sea
el resultado, podemos afirmar una cosa, siguiendo lo que ya fue previs­
to y prescrito por Kant: sólo un acuerdo que conduzca a una Pax Univer­
salis, con una regulación racional y razonablem ente equitativa de los
asuntos mundiales, será capaz, en las condiciones tecnológicas actuales,
de asegurar la supervivencia de la humanidad.

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I. LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

1. E l p r o c e s o e v o l u t iv o

A. El proceso evolutivo global

El hom bre1es un resultado tardío y no programado del proceso evoluti­


vo global del cosmos, proceso que llevó al desarrollo del Sistema Solar y
la Tierra; la evolución de los mamíferos a través del Oligoceno; el surgi­
miento de los primates desde el Cenozoico medio, y la aparición final de
los homínidos en el Plioceno tardío y del Homo a lo largo del Pleistoceno.
Está más allá de los límites de este estudio intentar, así fuera bre­
vemente, la descripción del pioceso evolutivo global, que se prolongó
durante miles de millones de años. Baste mencionar las etapas siguien­
tes, que gozan de un consenso científico general:
— El origen del universo actual, con la explosión del núcleo prim ige­
nio, el Big Bang, ocurrido hace unos 15000 millones de años.12
— El origen del sistema solar, hace unos 5 000 m illones de años, m e­
diante la concentración gradual de una gran nebulosa de hidrógeno
gaseoso; la Tierra y los otros cuerpos integraron el sistema, que se formó
en tom o de su núcleo solar hace unos 4500 millones de años.
— La aparición de la vida, con protobacterias heterotróficas unicelula­
res, hace cerca de 3 000 millones de años, por la combinación espontánea
de am inoácidos, ácidos nucleicos, com puestos de fósforo y otros pro­
ductos químicos bastante concentrados en remansos del océano prim i­
genio, y asociados a otros elementos como metano, hidrógeno, amoniaco
y vapor de agua de la atmósfera y sintetizados por las descargas eléctri­
cas de los rayos.3
— La conversión de seres heterotróficos unicelulares en seres autotró-
ficos, mediante la incorporación de pigmentos fotosintéticos.
— La formación de seres multicelulares complejos, con una creciente

1 Véase a este respecto una breve presentación del principio antrópico y de la esfera antrópica en
el tópico H de la sección 3 del capítulo xvm, así como en el tópico Al de la sección 5 del capítulo xix.
2 Observaciones recientes con el telescopio espacial Hubble sugieren que el universo es más
joven, de cerca de 13000 millones de años de existencia, en lugar de los 20 000 millones antes acep­
tados.
3 Basado en las teorías de H. C. Hurey, en 1953 S. I. Míller produjo en el laboratorio aminoácidos
en condiciones semejantes a \as que se piensa prevafecieTon en\a atmósfera y e\ océano primitivos.

59
60 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

especialización celular, pasando de formas no perm anentes de asocia­


ción de células a formas orgánicas reproducibles.
— La diversificación y el desarrollo de los mamíferos en el Cretáceo,
después de la extinción de los dinosaurios.
— El surgimiento de los primates durante el Paleoceno (Purgatorius ,
hace 70 millones de años) y su desarrollo durante el Cenozoico medio,
en protochimpancés y en protohumanos en el Mioceno tardío, hace cer­
ca de un millón de años, los probables antepasados comunes del pan y
los homínidos.

B. La aparición de los homínidos

La formación evolutiva del hombre pasa por tres etapas principales;


2. Los primeros homínidos: el preaustralopiteco, que apareció hace seis
millones de años, como primera forma homínida, según Yves Coppens
(1983).
2. Los homínidos completos: los australopitecinos y sus diversas especies,
que culminaron en el Homo habilis, hace más de dos millones de años.
3. El género Homo, con la especie original, el Homo erectas , hace más de
un millón de años, y sus diversas subespecies, y el Homo sapiens , como
Homo sapiens arcaico, hace unos 300 000 años. Por último, hace más de
100000 años, aparece el Homo sapiens sapiens con sus varias subespecies.
Se acepta generalm ente que el australopiteco fue el antepasado del
hom bre. Según Sim pson (1948), aún era un póngido. Según Heberer
(1959), era un homínido. Theodosius Dobzhansky (1961) considera que
el australopiteco es el "eslabón perdido". B. Campbell (1966) lo ve como el
prim er homínido. Durante el Pleistoceno temprano hubo dos especies
coexistentes de australopiteco: el robustas y el africanas, que llegaron a
diferenciarse por obra de factores ecológicos y conductuales. El robustus
siguió viviendo en el bosque, con características simiescas. El africanas
se trasladó a las estepas y se volvió cazador, hasta evolucionar en el Homo
habilis . El Homo erectas, segunda mutación evolutiva, aparece en el Pleis­
toceno medio. Según Yves Coppens, el keniapiteco, un ramapitecino, es
el antepasado com ún de los póngidos y los hom ínidos. El siguiente
paso, el preaustralopiteco, que apareció hace seis millones de años, es un
homínido que evolucionaría hasta dar lugar a los australopitecinos hace
cerca de 3.5 millones de años, los que generaron, hace más de dos m illo­
nes de años, al Homo habilis, el cual durante largo tiempo mantuvo una
coexistencia pacífica con aquéllos. El Homo erectas , avance ulterior,
apareció hace un millón de años. José Garanger (1992) acepta la genea­
logía básica de Coppens; considera que los australopitecinos se desarro-
C uadro 1.1. Cuadro del consenso, durante la década de 1960, respecto
a la evolución humana, según Gabriel Camps
A ntigüedad Estratigrafía
(años) climática alpina Industrias Períodos Tipos humanos

10000 Posglacial Neolilift?

Mesoli'tico

20000 W-IV
Magdaícniense

Solulrense s u p e rio r
30000 W-HI
Protomagdaleniense

Cromarion
Auriñaciense

40000
50000 M e d ie
Atico¿JuiL,t1SL,
]00000 W-II

W-I

Neandertal

Rjss-VVürm

III
ri SuptTXLTf
í
Riss
Devolinis
250000 Mindel-Riss Tai/acimse
Medio
Meridional
M in d e l Antiguo Pitecántropo
500000

700 000 Giinz-Mirdel Inferior


1000000
G ünz

D o n a u -G ü n z

2 000 000 D a n u b io Australopiteci}

Fuen te: Gabriel Camps, 1982, p. 49.


62 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

liaron a partir de una especie anterior, el Preaustralopitecus afarensís, que


sería el mismo preaustralopiteco de Coppens, que generó dos especies: el
A. boisei y el A. africanus. A partir de éstas, evolucionarían dos especies
nuevas: el A. robustus y el Homo habilis.

C. Las subespecies geográficas

La gradual evolución del Homo erectas al Homo sapiens m uestra ciertas


diferenciaciones geográficas, debidas a las condiciones ambientales, que
produjeron cinco subespecies o razas de la humanidad: la australoide
(sudeste de Asia e Indonesia), la m ongoloide (China), la caucasoi-
de (Asia occidental y Europa), la capoide (norte de África) y la congoloide
(África al sur del Sahara). Ciertos fósiles indican que las características
geográficas han sido observables desde la etapa del Homo erectus.
La línea australoide está representada principalm ente por fósiles de
Homo erectus y por dos especímenes de Homo sapiens. La línea empieza
con cuatro especímenes de los Lechos de Djetis de Java, que datan del
Pleistoceno inferior tardío. Los australoides tienen un cráneo con arcos
superciliares pesados y rectos, huesos frontales sum am ente inclina­
dos, bóvedas y un pronunciado prognatism o alveolar, con grandes
dientes y enormes molares.
La línea m ongoloide es, principalm ente, del Homo erectus , con una
transición al Homo sapiens, observable en el nivel del Mapa de Ting-tsin
a finales del Pleistoceno medio o comienzos del superior. Las principa­
les características de los mongoloides son los cráneos con arco superci­
liar recto, huesos frontales curvos que suben pronunciadam ente, silos
nasales, prognatism o alveolar, torus m andibular y dientes con pesado
efecto de tracción de los incisivos caninos.
La línea caucasoide está representada por cráneos de Homo sapiens, en
su mayoría neandertalenses, con excepción de la mandíbula de Heidel-
berg de comienzos del Pleistoceno medio, difícil de clasificar porque no
se tiene el cráneo. Existen fósiles completos caucasoides modernos pro­
cedentes de Würm I en Palestina. Las principales características cauca­
soides son un esqueleto nasal protuberante, arco superciliar con curva
lateral, poco o ningún prognatismo facial mediano, mandíbulas relativa •
mente estrechas y dientes pequeños con poca o ninguna protuberancia.
El testimonio congoloide está limitado a un casquete craneal del Pleis­
toceno m edio, de la cañada de Olduvai, y a cráneos y fragm entos del
Pleistoceno superior, de Broken Hill (Zambia), Saldanha Bay (Provincia
del Cabo) y Kanjera (Kenia), que presentan rasgos de la raza negra.
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 63

C uadro 1 .2 . Cronología de las etapas de humanización

Comienzo Primates
Periodo Época Etapa (miles de años) (al-homo)

Reciente Posglacial 10 Humanidad moderna


C
U Glaciación de 120 Homo sapiens sapiens
1
A Würm (Cromañón)
T Homo sapiens neandertalense
E | 240 Homo sapiens soloense
R 3a glaciación Homo sapiens presapiens
N interglacial de Homo erectus pekinensis
A Riss
R 480 Homo erectus erectus
I Pleistoceno 2a glaciación Homo erectus heidelbergmsis (?)
O interglaciai de
Mindel Homo erectus modjokertensis
600 Australopitecus SP (?)
Ia glaciación
interglacial de 1 000 Australopitecus SP (?)
Günz
Plioceno 12 000
T Villafranquiense Dryopitecus, oreopitecus
E
R Astiana
C Mioceno pontiana 29 000 Dryopitecus
I precónsul, pliopithecus
A
R Vindobodiense
I Oligoceno Burdigeliense 39 000 Parapitecus, propliopithecus
O
Eoceno 58 000
Paleoceno 75 000 Prosimio, tarsioide

F u e n t e : Theodosius Dobzhansky, Mankind Evolving, New Haven, Yale University Press, 1965,

cuadro 16, p. 172.

Las características del capoide son más vagas y se asemejan a las del
mongoloide y hasta cierto grado, a las del bosquimano de África. Carle-
ton Coon declaró capoides unos fósiles de Homo erectus del norte de
África, con grandes arcos superciliares rectos, huesos frontales curvos,
un esqueleto facial superior plano, un prognatism o pronunciado y
grandes dientes con efecto de tracción.
64 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

D. La aceleración del proceso

Cuando desplazam os nuestra atención del proceso cósm ico global


al Sistema Solar y la Tierra, el surgimiento y el desarrollo de la vida, la
aparición de los primates, homínidos y el hombre en las sucesivas eta­
pas de la Edad de Piedra, vemos una creciente aceleración en el ritm o
de la evolución. 6000 millones de años desde el Big Bang hasta el Sistema
Solar; 3 000 millones para el desarrollo de la vida; 20 m illones de años
para la hom inización; un millón de años para el Paleolítico; 100 000
años para el desarrollo del Homo sapiens sapiens , y 5 000 años para el
desenvolvimiento de las civilizaciones.

2. E l e n t o r n o natural

El Pleistoceno fue una edad particularm ente activa desde el punto de


vista geológico-geográfico. Según la clasificación alpina de las glaciacio­
nes, que es básicamente aplicable a otros continentes, en el Pleistoceno
hubo cuatro glaciaciones con sus correspondientes periodos intergla­
ciales, las que produjeron muy marcadas diferencias en la temperatura
media de la Tierra y la extensión de la capa glacial, así como — en las zo­
nas tropicales— en la cantidad de lluvia y la duración de los periodos
de sequía.
Las glaciaciones fueron un fenómeno típico del Plioceno, aunque des­
de el Cámbrico ya habían ocurrido. El hielo es una relativa anormalidad
en la Tierra. Los polos han estado libres de hielo, con pocas excepciones,
desde el Précámbrico. En la actualidad, sólo 10% de la superficie de la
Tierra está cubierta de hielo, mientras que durante los periodos glacia­
les lo estuvo una tercera parte. Esto causó una baja del nivel del m ar
hasta de 120 metros, lo que abrió grandes superficies que comunicaron
a África con Eurasia, a Siberia con Norteamérica y a islas como las britá­
nicas y Japón con el continente. Los periodos interglaciales del Pleisto­
ceno duraron largo tiempo, hasta 250 000 años, y algunos fueron más
cálidos que la época actual; bien podríamos estar hoy día en otro perio­
do interglacial.
La era Cenozoica com enzó con una baja de la tem peratura m edia,
pero en el Eoceno la Tierra recuperó gran parte del clima del Mesozoico.
Durante el Eoceno tardío y el Oligoceno, Europa y Am érica del Norte
tuvieron un clima subtropical, con su flora correspondiente. El clima era
más cálido y más uniforme que el actual, y la superficie de la Tierra era me­
nos montañosa que la de hoy. En el Pleistoceno hubo una considerable
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 65

C uadro 1 .3 . Glaciaciones alpinas


Antigüedad
(años) Fases geológicas Fases paleolíticas Acontecimientos

600 000 Pleistoceno inferior Paleolítico inferior Primera glaciación


(de Günz)

Interglacial
(de Günz-Mindel)
500 000
480 000 Fase acheulense Segunda glaciación
(de Mindel)
300 000 Pleistoceno medio Interglacial
(de Mindel-Riss)
250 000 Tercera glaciación
(de Riss)
Fase inusteriense
100 000 Interglacial (Riss-Wünn)
Hombre de
Neandertal

Pleistoceno superior Cuarta glaciación


(de Würm)
25 000 Paleolítico superior
Homo sapiens
sapiens,
30 000-27 000 Fase auriñaciense
Fase magdaleniense
17 000-10 000
12 300-11 800 Epipaleolítico Posglacial
Dryas anterior (I-II)
11 800-11 000 Allerod
11 000-10 000 Dryas posterior (III)

Temperaturas posglaciales en la superficie del Atlántico en grados centígrados:


— De Dryas II a Alierod, la temperatura aumentó en invierno de 0.9° a 9o y en verano de 6.6° a 14°.
— Durante Dryas III, la temperatura en invierno bajó a 1.8° y en verano a 7.4°.

actividad de form ación de m ontañas; fue cuando se levantaron cordi­


lleras como los Alpes, los Himalaya, las Rocosas y los Andes. Esto, com­
binado con una reducción de la radiación solar, produjo las glaciacio­
nes, las cuales son procesos que se alimentan a sí mismos: los glaciares
enfrían la atmósfera, lo cual favorece la nieve y se forma más hielo; ade­
más, la superficie de hielo refleja 80% de los rayos del sol, mientras que
la superficie de la Tierra sólo refleja 20 por ciento.
66 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

Los periodos glaciales e interglaciales produjeron cambios decisivos


en el clim a, con los efectos correspondientes sobre la flora y la fauna.
Durante los periodos glaciales, hasta un tercio de la superficie de la Tierra
quedó cubierta por el hielo, sin ninguna vegetación. En torno de los gla­
ciares, la tundra sólo era apropiada para una fauna especial de clima frío,
como el reno, mientras que las áreas templadas concentraban la mayor
proporción de la vida animal, lo cual facilitó mucho la caza. Las áreas tro­
picales, cubiertas de densos bosques, se vieron afectadas por lluvias
torrenciales que formaron grandes ríos y lagos. Durante los periodos in­
terglaciales, los renos emigraron a zonas más frescas, m ientras que los
bosques invadieron las tierras de pastoreo, reduciendo el hábitat de
los animales de presa.
El hombre paleolítico se adaptó a estas variaciones climáticas. Durante
los periodos glaciales aprendió a protegerse cubriéndose con pieles de
animales y viviendo en las cavernas y, con el Homo erectus, aprendió el
uso del fuego. Desarrolló técnicas de cacería apropiadas a la fauna cir­
cundante. Los neandertaloides en el periodo m usteriense y el Homo
sapiens sapiens en la fase m agdaleniense alcanzaron un alto nivel de
adaptación a su medio. El fin del cuarto periodo glacial, con un calenta­
m iento de las tem peraturas m edias calculado hasta en 10° C, produjo
una gran crisis en la cultura magdaleniense al reducir drásticamente la
disponibilidad de alim entos. Pierre Chaunu (1981) ha calculado que
entonces la población descendió de ocho a cinco millones de personas.

3 . E l P a l e o l ít ic o

A. El Paleolítico inferior

No hay fecha precisa que marque el comienzo del Paleolítico. Los aus-
tralopitecinos, hace más de tres millones de años, se valieron de herra­
mientas y útiles para cazar. El Paleolítico inferior duró, en la mayor parte
del mundo, hasta el fin de la glaciación de Riss (hace 250 000 años).
Resulta conveniente distinguir dos periodos de esta larga fase de la
historia: el Paleolítico arcaico, esencialmente en el sur y el este de Africa
(cultura de cantos tallados), y el Paleolítico inferior stricto sensu (entre
aproximadamente 1.3 millones y 100 000 años antes de la época actual),
con la aparición del acheulense y el Homo erectus. El territorio del Paleo­
lítico inferior representó una quinta parte de las tierras del mundo. Aún
no estaban habitadas América, Australia y probablemente Asia septen­
trional y Europa central.
.A APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 67

África es el lugar del desarrollo del Paleolítico arcaico. Los artefactos


más antiguos fueron guijarros — o cantos desgastados por el agua— de
lava, cuarzo y cuarcita, burdam ente descantillados para que tuviesen
puntas o filos para cortar y que, según una opinión controvertida, perte­
necieron a las culturas del río Kafu y de Olduvai. Los primeros, habitual­
mente tallados sólo de un lado, datan de los comienzos del Pleistoceno.
Los cantos tallados de Olduvai proceden del Pleistoceno inferior y
medio. El nivel de Olduvai fue descubierto en la caverna de australopi­
tecus de Sterkfontein y en el horizonte del "zinjántropo" de la cañada de
Olduvai. En dicha cañada se han encontrado testim onios de cóm o la
más antigua de las culturas humanas progresó gradualmente, pues una
serie de depósitos sobrepuestos muestra cómo se afilaron los guijarros
con creciente elaboración y claridad de propósito. Los últimos niveles
de Olduvai contienen guijarros con características abbevillienses y hasta
acheulenses.
El Paleolítico inferior muestra dos principales divisiones culturales,
aunque, según José Garanger, semejante distinción resulta un tanto artifi­
cial. En África; desde el extremo oriental del Mediterráneo hasta el Mar
Negro; en la India meridional y central, e intermitentemente en Europa,
va delineándose una forma común: el hacha de m ano abbevilliense y
acheulense. En el Asia suroriental (Java, China, Birmania y la India sep-
tentrional-central), el Homo erectus desarrolló una cultura distinta, en
general menos avanzada, conocida como el Complejo de Tajar-Tajando,
con una alta proporción de herramientas hechas de burdas hojuelas de
piedra o lascas. Una provincia cultural relacionada con la anterior se
extendió por toda Europa y llegó hasta Gran Bretaña.
En Europa y la India se traslaparon las dos tradiciones; sin em bar­
go, en la primera fueron sucesivas. A partir de la cultura del hacha de
mano, más avanzada, desarrollada durante todo el cálido prim er p e­
riodo interglacial, durante la segunda fase glacial pueblos paleoantrópi-
cos más primitivos y resistentes tomaron posesión de la parte habitable
del continente.
Fuera de África no se han encontrado hom ínidos que fabricasen
herramientas antes del deshielo de la glaciación de Günz. Con la prime­
ra fase interglacial empieza a cobrar forma el mapa cultural del Viejo
Mundo. Al llegar el Pleistoceno medio con la segunda Edad de Hielo, se
hace claramente visible la pauta de distribución de los pueblos del Paleo­
lítico inferior.
68 LA APARICIÓN DEL HOMBRE V LA CIVILIZACIÓN

Europa

Durante la etapa final de la segunda glaciación, el norte de Europa se


volvió inhabitable y casi todas las regiones del continente fueron extre­
madamente frías. Él pueblo abbevilliense se retiró hacia sus originales
zonas africanas. Su lugar fue ocupado, según ciertas opiniones, por
un pueblo más resistente, de cepa pitecantrópica, el cual creó la cultura
clactoniense, cultura de lascas que poseía herram ientas hechas a base
de hojuelas audazm ente golpeadas, que en su m ayoría servían como
cuchillos para desollar y para raspar cueros, apropiados para la vida en
climas fríos. Cerca del comienzo de la glaciación de Mindel, esta cultura
ocupó el occidente de Europa; acaso tuviera un origen com ún con los
primeros soanienses asiáticos. Sin embargo, José Garanger y M. Y. Ohel
opinan que los sitios clactonienses tal vez fuesen campos preparatorios
para la producción de hachas de mano acheulenses.

Asia oriental

En el Pleistoceno medio, Asia oriental contó con tres principales centros


culturales. Uno de ellos en el Punjab, con la industria de hojuelas del
Punjab. Otro, en el oeste de Birmania, con la cultura anyatiense de caza­
dores del valle del Irrawaddy, que contaban con instrumentos para cor­
tar, hachas de m ano y grandes raspadores. El tercero es la cultura de
Chokoutien, de pitecantropicinos.
En el valle del Soné, en Paquistán, la cultura soaniense fue desarrollan­
do sus instrumentos cortantes durante más de 3000 años. Los soanienses
posteriores, que vivieron durante la glaciación de Riss y la fase ulterior,
llegaron a un nivel cultural casi similar al del levalloisiense europeo.
Poco sabemos del sur de China. En China septentrional, el Homo erectus
vivió durante centenares de miles de años en sitios como las cavernas
chokoutienses, sin que se note una evolución perceptible de sus ce­
rebros y su cultura. Todo esto cam bió en las fisuras conocidas como
la caverna superior de Chokoutien, donde hom bres de nuestra es­
pecie, con rasgos mongoloides, enterraron a sus m uertos y fabricaron
avanzadas herramientas de hueso.

África

Los pueblos abbevillienses que volvieron a África con la glaciación de


Mindel continuaron su desarrollo cultural. Durante el segundo periodo
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 69

interglacial, la más primitiva etapa abbevilliense de su cultura evolucionó


para pasar al acheulense, con instrumentos cada vez más finos y bellos.
Acaso por entonces penetraran en la India, donde la tem prana cultura
de Madrás dominaría toda la península con primitivas hachas de mano
abbevillienses.

El regreso a Europa

Durante los 150 000 años del periodo interglacial de M indel-Riss, los
pueblos poseedores de hachas de mano avanzaron una vez más por
Europa, llevando consigo la cultura acheulense y alzándola a su mayor
desarrollo. La cultura acheulense cubrió m ucho más de la m itad del
mundo habitado por el hombre y cerca de 20% de las tierras del planeta.
Resulta notable que en tan inmenso territorio esta cultura haya manteni­
do su unidad. La evolución fue lo bastante lenta para que la diseminación
se mantuviera a su mismo ritmo. A partir del Paleolítico superior, este
estado de cosas en general se invirtió: la evolución cultural, dentro de
regiones limitadas, fue más rápida que su diseminación.
La cultura acheulense dejó abundantes restos materiales; en cambio,
son raros los fósiles humanos. Lo que hasta hoy se ha descubierto pro­
cede de distintas especies. El descubrimiento más antiguo son las man­
díbulas de Atlanthropus (un ser paleoantrópico cercano al Homo erectus)
de Argelia. Esto indica que la tradición acheulense fue practicada por el
hombre de H eidelberg y por los pitecantropicinos. Tanto el hombre
de Swanscombe, que hacia fines del periodo cálido fabricaba hachas de
mano, como los cráneos de Kanjers son de Homo sapiens. Pueblos clacto-
nienses y acheulenses se encontraron y probablem ente fraternizaron,
pues se han hallado artefactos de ambas tradiciones en lugares como
High Lodge, en Suffolk, Inglaterra.
Con el retorno del hielo, al llegar la glaciación de Riss, aparece en Euro­
pa, según ciertas opiniones, la cultura levalloisiense, caracterizada por
m aneras más eficaces de fabricar instrum entos de lascas. Esto proba­
blemente se derivó de una mezcla de las tradiciones de hojuelas acheu­
lense y clactoniense, mejor adaptadas a climas fríos. Conforme avanzaba
el hielo, algunos acheulenses se retiraron hacia el sur, al norte de Africa.
Sin embargo, según F. Bordes y José Garanger, la cultura levalloisiense
probablem ente no fue sino una variedad de la acheulense y la m us-
teriense.
Al este de los levalloisienses, en el oriente y el centro de Europa, se
encontraba la cultura tayaciense, más primitiva, extendida desde Fran­
70 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

cia hasta Palestina. Parece haber sido una derivación de la clactoniense,


probable producto de representantes excepcionales del tipo paleoan-
trópico.
D urante el periodo interglacial de Riss-W ürm, los levalloisienses
parecen haberse quedado en Europa mientras los acheulenses volvían a
A frica, llevando consigo la última forma de la tradición acheulense,
aunque con ciertas señales de decadencia. Durante la primera mitad del
periodo interglacial, acheulenses y levalloisienses tardíos vivieron como
vecinos en el suroeste de Europa y dejaron abundantes testimonios de su
influencia mutua.

De nuevo Asia oriental

En vísperas del Pleistoceno superior, el oriente de Asia seguía siendo


una tierra de atrasados fabricantes de herramientas escantilladas. África
estaba habitada principalmente por acheulenses, pero también tenía la
cultura de instrum entos de lasca de los pueblos de Hope Fountain. El
suroeste de Asia estaba dominado por acheulenses tardíos. El Paleolí­
tico superior intensificó y aceleró la mezcla de pueblos y de culturas, ya
observable en el Pleistoceno medio. Parece probable que, físicam ente,
todos los asiáticos orientales fuesen de cepa paleoantrópica prim itiva,
m ientras que en Eurasia y África hubo una mezcla de tipos ya m ucho
más cercanos al hombre moderno, con diversos grados de características
paleoantrópicas.

Los neandertaloides y el musteriense

D urante la segunda mitad de la últim a fase interglacial (hace unos


120000 años), el hombre de Neandertal hace su aparición en Europa y el
Cercano Oriente; era una subespecie del Homo sapiens arcaico, de cultura
m usteriense, la cual surgió de la clactoniense o tayaciense, descubierta
en Europa oriental y en regiones adyacentes. Podemos distinguir cinco
grupos de industrias m usterienses, algunas de las cuales em pleaban
técnicas levalloisienses. El rasgo más sobresaliente de la cultura m uste­
riense fue la introducción — por vez prim era— de ritos fúnebres, con
señales de la que acaso fuese una forma de creencia religiosa en otra
vida. También se han encontrado posibles indicaciones de endocaniba-
lismo, tal vez como rito fúnebre para "incorporar" partes del cuerpo del
difunto en el organismo de los restantes miembros del grupo. La cultura
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 71

musteriense fue desarrollada por un nuevo homínido, el hombre de Nean­


dertal, subespecie, como dijimos, del Homo sapiens arcaico. Pequeño, de
cerca de 1.55 m de estatura, con un cerebro grande (hasta de 1 600 cm3)
pero menos desarrollado en la región frontal y más en el lóbulo occipi­
tal, con arcos superciliares huesudos aunque no tan pronunciados como
los del Homo erectus, era robusto y tenía una m andíbula pequeña, así
como un pecho enorme. Los neandertaloides desaparecieron casi súbi­
tamente hace unos 35 000 años para ser rem plazados por el hombre
moderno, en su mayoría del tipo Cromañón.

B. El Paleolítico superior

Visión general

En el Pleistoceno superior hubo algunos centros en que hombres ente­


ram ente de nuestro género crearon el principio de las altas culturas
cazadoras del Paleolítico superior. La primera cristalización de la cultura
de cuchillos del Paleolítico superior probablem ente ocurrió en Asia
occidental. Todo eJ movimiento Paleolítico superior tuvo lugar en una
zona limitada: Eurasia, desde Francia hasta las llanuras meridionales de
Rusia y Persia. Sin embargo, ocurrieron algunos im portantes avances
técnicos en China, con las culturas de Order y Fen, y en otras diversas
zonas. Mientras que Asia oriental siguió ocupando un puesto marginal
durante el Paleolítico inferior y medio, también África pasó a segundo
plano.
El Paleolítico superior se caracterizó por una rápida evolución cultu­
ral que, al superar las posibilidades de difusión, puso fin a la uniform i­
dad de la cultura acheulense. Los hombres se volvieron físicamente más
uniformes y culturalmente mucho más diversos.
Ha aumentado mucho nuestro conocimiento sobre el Paleolítico su­
perior, cuyos restos se concentran sobre todo en Europa occidental. Sin
embargo, la cultura de cuchillos no se originó ahí, sino que provino de
inmigrantes llegados probablemente del suroeste de Asia, donde se han
encontrado señales de una naciente cultura de cuchillos. En Adlun, en
la costa de Líbano, se ha descubierto una cultura preauriñaciense. En el
Monte Carmelo, mezclas de tipos raciales y de tradiciones culturales
parecen confirmar la ya verosímil suposición de que el prim er avance
en materia de cuchillos y buriles se debió a hombres de la cepa de Homo
sapiens, que intercambiaron sus genes y sus nuevas ideas de fabricación
de herramientas con los neandertaloides.
72 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

Los chatelperronienses

Las tierras situadas más allá del extremo oriental del M editerráneo,
donde se iniciaría la revolución neolítica, desempeñaron un papel casi
de igual im portancia en las innovaciones culturales del Paleolítico su­
perior. Ahí, según Jacquetta Hawkes, se encuentra la cuna de los cha­
telperronienses que desplazaron al hombre de N eandertal en Europa
occidental. Sin embargo, los avanzados auriñacienses que los siguieron
acaso se hayan originado en el este de Europa. La cultura chatelperro-
niense se ha relacionado con la raza de Combe Capelle, probablemente
predecesora de la raza mediterránea. No obstante, José Garanger, en sus
com entarios al presente texto, subraya la extrema com plejidad de las
tempranas culturas del Paleolítico superior en el Cercano Oriente y con­
sidera que la cultura chatelperroniense fue una derivación directa de la
musteriense, partiendo de la tradición acheulense.

Los auriñacienses

La auriñaciense, segunda cultura del Paleolítico superior, se propagó


durante un clima más favorable, entre el primero y el segundo clímax
de la glaciación de Würm (hace de 30000 a 27000 años). Muestra una indi­
vidualidad tan coherente que debió de estar relacionada con una sola
raza migratoria, del tipo de Cromañón. Penetró en Gran Bretaña, donde
los chatelperronienses no lograron establecerse, y se extendió hacia el
este hasta llegar a Asia suroccidental, pasando por las estepas pónticas,
y por el sur hasta penetrar en Líbano y Palestina.

Los gravetienses

La tercera cultura, la de los gravetienses, de marcadas distinciones con la


auriñaciense, en opinión de Jacquetta Hawkes, probablemente fue una de­
rivación de la chatelperroniense. Sus portadores también eran de la raza
de Combe Capelle. Se inició en el sur de Rusia, entre cazadores de ma-
mutes. A pesar de las inhóspitas condiciones prevalecientes en el segun­
do clímax de la glaciación de Würm, los creadores de la cultura grave-
tiense lograron establecerse aun en el norte de Inglaterra. Se quedaron
allí hasta el fin de la Edad de Hielo y desarrollaron una cultura local co­
nocida como cresvelliana.
En Francia los gravetienses, posiblem ente con alguna influencia de
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 73

C uadro 1 .4 . Cuadro de estilos del Paleolítico superior de Gabriel Camps

Figuras
Periodo Estilo Caballos humanas Señales

Magdaleniense
reciente
(10 000 años)
Reciente ■^eiA y Iv
Magdaleniense
medio
(13 000 años)
Temprano
^ <11
Magdaleniense
temprano III
(15 000 años)

Solutrense
(20 000 años) II

Gravetiense
(25 000 años)

AJ
Auriñaciense
(30 000 años)

Cha telperroniense
é.
QQ
(35 000 años) Prefigurativo

F u e n t e : Gabriel Camps, Introduction á la Prólustoire, París, Librairie Academique Perrin,


1982, fig. 32.

los aterienses, fueron seguidos por la cultura solutrense, distinguida


por sus exquisitas lanzas de pedernal o dagas, que muestran una forma
sumamente avanzada de tajar por presión. La cultura solutrense se di­
fundió por una vasta zona desde el norte de África y España hasta Euro­
pa central, probablemente diseminando su cultura entre las poblaciones
existentes. Una vez más, tal opinión es negada por José Garanger, quien
cree que los solutrenses deben considerarse una evolución del Perigor-
diense superior, si no es que m uestran el surgim iento, en el valle del
Ródano, de una cultura musteriense tardía-
74 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

Los magdalenienses

En el clímax final de la glaciación de Würm, pueblos y culturas queda­


ron aislados y sometidos a los acontecimientos locales. Entre estas cul­
turas, la más notable fue la m agdaleniense, del suroeste de Francia y
norte de España, que también ejerció influencia en Bélgica, Suiza, el sur
de Alemania y Bohemia. Los cazadores m agdalenienses, cuya vida era
fácil gracias a la concentración de animales, muy abundantes en sus tie­
rras de pastoreo y sus tundras, pudieron diversificar sus actividades y
acumular excedentes para desarrollar una clase de artistas que dejaron
extraordinarias obras de pinturas rupestres, grabados y tallas hace unos
12 000 años, como puede verse en las cuevas de Lascaux y Altamira.
La unidad cultural revelada por este arte es muy im presionante. Al
término de la glaciación y con el cálido clima del periodo de Ollerod,
hubo una merma sustancial de los pueblos del Paleolítico superior. Como
ya vimos, Pierre Chaunu (1981) calcula que la población se redujo de
cerca de ocho millones a cinco millones de habitantes; esa enorme pérdi­
da es refutada por algunos autores, como José Garanger, quien niega la
posibilidad de obtener estadísticas demográficas de tal periodo.

África

Durante la mayor parte del periodo pluvial gámblico, correspondiente a


la glaciación de Würm, los pueblos de África llevaron adelante sus tra­
diciones acheulenses y levalloisienses. En África septentrional una cul­
tura m ás desarrollada, la ateriense, creció a partir de la m usteriense
local, con avanzadas técnicas de tajar por presión. Es posible que los
aterienses participaran en la cultura solutrense de Europa y se les ha
atribuido la invención del arco y la flecha. También en África septentrio­
nal, la cultura dabba, introducida por pueblos llegados del extrem o
oriental del M editerráneo, desarrolló cuchillos con lomo y buriles típi­
cos de las principales tradiciones europeas y del suroeste de Asia. La
cultura oraniense, en el Magreb, muestra una gran preponderancia de
pequeños cuchillos con lomo, que se asocian a las fisonomías de gran­
des arcos superciliares que recuerdan al tipo de Cromañón.
Hace cerca de 10000 años, el pueblo de la cultura dabba, que vivía a
lo largo de las pendientes meridionales en las faldas de los montes Atlas,
en Argelia y Túnez, dio pie a la cultura capsiense, creadora de grandes
hojas curvas con lom os, sim ilares a las chatelperronienses de Europa
occidental. La cultura capsiense superior fue una cultura mesolítica pos­
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 75

glacial. El capsiense temprano o típico terminó hace cerca de 6 400 años.


Los portadores de la cultura capsiense fueron especímenes más pequeños
y delicados, con algunos rasgos de la raza mediterránea. Los capsienses
desarrollaron un arte rupestre de pequeñas pinturas, en su mayoría her­
mosos retratos de animales salvajes.

América

Otro movimiento tardío y periférico del Paleolítico superior fue la ocu­


pación de América por pueblos de un tipo caucásico primitivo, pero ya
con características mongoloides, llegados de Siberia a través de Alaska.
Según la mayoría de las opiniones (Jacquetta Hawkes), esto ocurrió al
mismo tiempo que el primer pueblo de cultura de cuchillos iba entran­
do en África, cerca de 15 000 a.C. Aprovechando el bajo nivel del mar
durante el clím ax final de la glaciación de W isconsin, atravesaron el
estrecho de Bering, entraron por diversos puntos y básicamente siguie­
ron la costa del Pacífico a través de América del Norte y Central, hasta
el extrem o m eridional de Sudam érica, adonde llegaron alrededor de
6000 a.C., unos 10 000 años después. Sin em bargo, D aniele Lavallec y
Patrick Plumer, en el capítulo 7 de La Préhistoire dans le Monde, compilado
por José Garanger, afirman que una reciente datación efectuada en Pedra
Furada, en Brasil, ha hecho retroceder los primeros vestigios del hom ­
bre hasta cerca de 32 000 años antes de la época actual, lo que significa­
ría cambiar el principio del cruce del estrecho de Bering hasta hace unos
40 000 años.
En América hubo tres clases de culturas principales:
— Las culturas paleorientales de cazadores de piezas mayores, quie­
nes crearon puntas de proyectiles de piedra o pedernal.
— Unas culturas paleoccidentales con lanzas más pequeñas, para pie­
zas menores, que hacían gran uso de piedras de amolar para cereales.
— Unas culturas paleoseplentrionales de Alaska y del norte de Canadá,
que pueden representar lina ulterior emigración de esquimales.

Australia

La gran Australia, como lo ha subrayado José Garanger en sus com enta­


rios al presente estudio, estuvo habitada desde muy tem prano, hace
unos 40000 años, por pueblos llegados del sureste de Asia. Para hacerlo
tuvieron que cruzar una extensa faja de mar, dem ostrando así ser los
76 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

primeros marinos de la historia. Un rasgo interesante de los aborígenes


australianos es que siguen siendo cazadores y recolectores y se han
negado a aceptar la difusión cultural del Neolítico.

C. El Epipaleolítico

Los cambios climáticos

El Epipaleolítico corresponde a los dos últim os m ilenios de la últim a


glaciación, entre 10000 y 8000 a.C. Después de la fase fría de Dryas II
(10300-9800 a.C.), contemporánea de las últimas culturas del Paleolítico
superior, los renos desaparecieron de casi toda Francia. Las culturas me-
solíticas cobraron ímpetu y se diversificaron en el curso del interestadial
de Allerod (9800-9000 a. C.), que ya anunciaba el recalentam iento pos­
glacial. La última etapa fría, Dryas III (9000-8000 a.C.), larga y severa,
interrumpió este recalentamiento, sin el retomo de los renos.
Estudios clim áticos basados en diversos indicadores em píricos han
establecido las siguientes tem peraturas típicas en la superficie del
Atlántico:
—-Desde Dryas II hasta el Allerod, las temperaturas suben en invier­
no de 0.9° a 9 o C y en verano de 6.6° a 14°;
— durante Dryas III, la temperatura en el invierno baja a 1.8° y en el
verano a 7.4°.
D espués, el clima m ejora, con tem peraturas m edias de verano en
Inglaterra, desde 9500 a.C., correspondientes a las actuales, luego de un
aum ento de 7o en el curso de 500 años. Desde el fin de Dryas III, hace
más de 2500 años, el nivel del mar se elevó 60 metros. Por tanto, el aisla­
m iento de Inglaterra se hizo perm anente desde hace cerca de 8 500 a
9 000 años. Los m esolíticos perdieron progresivamente más de 300 000
kilómetros cuadrados de superficie continental, en particular las tierras
bajas invadidas por el Mar del Norte y el Canal de la M ancha. Com o
compensación, 1.4 millones de kilómetros cuadrados de tierra liberada
por los glaciares quedaron abiertos a la colonización en valles de gran
altitud en las regiones templadas y en las áreas bajas de tierras de alta
latitud, como el norte de Gran Bretaña, Noruega, Suecia, Finlandia y la
península de Kola. También los paisajes cambiaron considerablemente.
Las tierras de pastoreo de las latitudes francesas fueron rem plazadas
hace 10000 años por bosques de pinos; luego, hace 9000 años, por bos­
ques más densos, y por últim o, hace 7000 años, por densos bosques
mixtos: de robles, tilos, olmos y fresnos.
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 77

Principales grupos mesolüicos

El M esolítico, como clasificación, no puede emplearse de manera uni­


versal. No hubo M esolítico en el Nuevo M undo, ni en O ceanía ni en
África. El puñado de industrias m icrolíticas del tipo del Paleolítico
superior, junto con el M esolítico de África septentrional (el M aghreb,
el Sahara y el valle del Nilo), constituyen el periodo Epipaleolítico, cuyas
culturas más antiguas se remontan 21 000 años atrás. Lo mismo puede
decirse del Cercano y el Medio Oriente, donde aquel térm ino designa
culturas microlíticas, como la kabarisense, de hace 19000 años, y la natu-
fíense, de hace 12500 años.
En Eurasia se ha identificado un periodo m esolítico, desde Irlanda
hasta Siberia y Manchuria. En gran parte de Europa central y m eridio­
nal no hay un rompimiento entre las industrias epigravitienses del fin
de la última glaciación y las del periodo posglacial, llamadas epitardi-
gravitienses, que se volverían neolíticas; por tanto, allí no hubo periodo
mesolítico. En Europa occidental, el comienzo del M esolítico presenta
marcadas características magdalenienses hamburguienses, con un aumen­
to de la cantidad de puntas vueltas hacia atrás. Estas, a menudo asociadas
a raspadores cortos, caracterizan la cultura aziliense. La era m esolítica
(Jacquetta Hawkes) continuó la tendencia del Paleolítico superior a des­
arrollar culturas locales. Aunque el avance de los bosques redujo la faci­
lidad de desplazamiento, ocurrió un movimiento considerable: el avan­
ce a las partes habitables del norte de Europa y de Asia, antes cubiertas
por el hielo. En Francia y en Europa meridional y suroccidental, la cul­
tura m agdaleniense se volvió aziliense, y como tal sobrevivió durante
milenios. Después surgieron otras culturas derivadas de las ya m ori­
bundas tradiciones del Paleolítico superior. Entre ellas fue importante la
sauveterriense — antes conocida como baja tardenosiense— , que preva­
leció sobre gran parte de Francia y de Gran Bretaña. Más adelante, simi­
lares culturas de cuchillos y de trapecios se difundieron sobre la mayor
parte de Europa; representaban, con sus formas m icrolíticas, una ulte­
rior m anifestación del M esolítico, pero fueron adoptadas por pueblos
que ya poseían algunos animales domésticos: cabras y ovejas y, luego,
ganado bovino. Son m odestos equivalentes europeos de los pueblos
neolíticos anteriores a la alfarería, del suroeste de Asia.
En el norte de Europa, cazadores de renos ocuparon territorios que
antes estuvieron congelados. Los que se desarrollaron con el cálido cli­
ma de los tiempos del Bóreas se adaptaron a una vida fluvial o costera
entre los bosques, y fabricaron hachas para talar árboles y anzuelos para
la pesca. Tai fue el caso de los pueblos maglemosienses y de los kundra.
78 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

Hace 7000 años, cuando el húmedo clima del Atlántico hizo más den­
sos los bosques del norte dificultando la caza, los habitantes tuvieron
que desarrollar sus habilidades pesqueras. La cultura m aglem osiense
fue seguida por la del pueblo de Ertebolle, que ha dejado enormes yaci­
m ientos arqueológicos de concha y hueso a lo largo de las costas de
Dinamarca. Estos pueblos echaron las raíces de la futura raza nórdica.
Las culturas mesolíticas fueron, en esencia, una adaptación de antiguos
cazadores de grandes presas a las nuevas condiciones clim áticas de la
época posglacial. Su ingente avance de recolectores a productores de
alimento se logró de forma gradual, en un área situada entre el extremo
oriental del Mediterráneo, el Mar Negro, el Mar Caspio y el Golfo Pérsi­
co, es decir, entre o sobre el borde de las tierras altas que limitan el valle
del Tigris y el Eufrates. Existen huellas dispersas de cultura m esolítica
en esa zona. Entre ellas, es de suma importancia la cultura natufiense de
Palestina. Allí puede verse la transición del mundo de los cazadores a la
nueva vida de los agricultores. Los natufienses siguieron cazando, pero
con las cornamentas de los ciervos hicieron hoces para su agricultura, y
les gustaba adornarse con hermosos penachos y collares.

4. C a m p e s in o s y n ó m a d a s

A. El Neolítico temprano

El Neolítico fue la culminación del proceso comenzado en el Mesolítico


que creó diversas técnicas para producir alim entos y otros elem entos
para la vida sedentaria: la construcción de casas permanentes, con alfa­
rería y m uebles, y la organización de los requerim ientos básicos de la
vida comunal en aldeas.
El Neolítico comenzó en el Creciente Fértil, hace unos 10000 años, y
gradualm ente se difundió por diversas zonas del Viejo Mundo. Tam­
bién tuvo un desarrollo independiente no sólo en America, sino también
en otros lugares como el norte de China, la zona tropical del sureste de
Asia y las tierras altas de Nueva Guinea, donde se practicó la horticul­
tura. La economía neolítica empezó en Puebla, México, en el octavo mi­
lenio, y en Sudamérica en el tercer milenio.
Las principales características del Neolítico fueron el cultivo de cereales
y otras plantas com estibles; la cría de ganado bovino, caballos, cabras,
ovejas y cerdos; el desarrollo de la alfarería, la cestería y otras piezas de
m obiliario; una considerable mejora en la creación de herram ientas; la
edificación de casas permanentes; la formación de aldeas, y la adminis­
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 79

tración de la vida colectiva. Las mujeres desempeñaron un papel impor­


tante en el desarrollo de la agricultura, desde la recolección de hierbas
hasta la plantación selectiva.
La falta de fortificaciones en las aldeas del N eolítico tem prano es
reveladora del desarrollo pacífico de campesinos sedentarios. La vida
sedentaria y la acumulación de excedentes alimentarios como cereales y
ganado introdujeron un cambio profundo en las costumbres. El avance
de la especialización trajo consigo la form ación de clases sociales: las
clases superiores desempeñaron funciones mágico-religiosas, adm inis­
traron las actividades colectivas y después realizaron actividades m ili­
tares; los plebeyos se dedicaban a la labranza y las artesanías.
Las condiciones del N eolítico trajeron consigo un vasto desarrollo
cultural que culminaría con la invención de la escritura y un más rápido
crecimiento demográfico, junto con un aumento considerable de la ri­
queza y la calidad de la vida.

B. Pastores y agricultores

Las condiciones climáticas y ambientales influyeron decisivam ente en


la forma que adoptó la evolución neolítica en diferentes sitios y pueblos.
Aunque el Neolítico correspondiera en general al empleo de técnicas
agrícolas y pastoriles, las condiciones am bientales produjeron, entre
otras cosas, tres distintos estilos de vida: la cultura sedentaria de los agri­
cultores en las zonas cálidas, la cultura pastoril y nómada de ios criado­
res de ganado, y la cultura aún más nómada de los jinetes.

C. Los cambios climáticos

En el Viejo M undo ocurrieron im portantes cam bios clim áticos entre


6000 y 1 700 años antes de la época actual. Hasta hace 3 000 años, la
Europa mediterránea y del noreste tenía un clima cálido y húmedo, pro­
picio para la vida, pero a partir de entonces el clima se volvió cálido y
seco, y desde hace 1 700 años se ha tornado, por el contrario, húmedo
y cada vez más frío.
Asia central y septentrional, muy favorecida antes en lo clim ático,
sufrió un marcado deterioro. La parte septentrional, particularm ente el
noreste de Siberia, se convirtió en una gran zona de tundra congelada.
Asia central y Rusia, así como la parte meridional del norte de Asia, se
convirtieron en tierra de grandes ríos y lagos: el más grande territorio
80 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

fértil de las zonas templadas, debido a la fusión de los glaciares de Escan-


dinavia y las nieves de las montañas del noroeste asiático. Con el tiempo,
se desarrollaría en estos territorios un clima más seco, en un proceso de
siglos que aún hoy continúa. Inicialmente, se volvieron estepas, y des­
pués altas llanuras desiertas.
Allí se desarrolló el nomadismo desde los tiempos neolíticos hasta la
aurora de la civilización. Aquélla era la zona más rica de la Tierra en m a­
teria de ganado bovino y caballar. Los criadores de bovinos y caballos se
vieron obligados a desplazarse debido al cambio de clima, lo cual generó
el nomadismo, y con éste Asia se volvió el principal centro de fuerzas mi­
grantes de la historia, como queda indicado en la cronología siguiente:
— El conocim iento de la cría de ganado llegó al sur antes de las m i­
graciones, ca. 4000 a.C.
— Cerca de 4000 a.C. surgió la primera oleada de m igraciones de
Asia central, de Rusia y de la parte meridional del norte asiático; criado­
res de ganado de la cuenca del Tarim pasaron por Irán y Arabia hasta
Africa.
— Migraciones de criadores de ganado, ca. 3500 a.C., se establecieron
entre los agricultores de Mesopotamia y Egipto y formaron las civiliza­
ciones sumero-acadia y egipcia.
— Al llegar el tercer m ilenio, los jinetes habían em igrado al norte y
noroeste de Europa, donde se encontraron con una cultura megalítica.
La cultura megalítica de las costas de Gran Bretaña y Portugal, como en
Stonehenge, es actualm ente reconocida como antiquísim a (m ediados
del quinto milenio).
— Con el creciente deterioro del clima, los jinetes empezaron a avan­
zar en dirección sureste. Hubo dos corrientes: una en dirección a China,
que creó las civilizaciones de Harappa y del río Amarillo, y la otra en el
oeste, donde junto con otros nómadas creó la primera capa de las cultu­
ras secundarias: la persa, la judía y la griega.
— Cerca de 2000 a.C. el deterioro del clima en Europa y Asia produjo
la primera oleada de criadores de caballos por el sur: los aqueos en su
península, los hititas en Asia Menor y los hicsos en Egipto.

5. E l s u r g im ie n t o d e l a c iv il iz a c ió n

A. Los estratos

Como lo ha observado Alfred Weber (Kulturgeschichte ais Kultursoziologie,


1935), las civilizaciones, a lo largo de la historia, han surgido en capas
PARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN SI

sucesivas, ya sea, en algunos casos, como desarrollo de las aldeas neolí­


ticas de las que procedieron o bien, en otros casos, bajo la influencia
directa o indirecta de civilizaciones anteriores.
En este estudio se propone una versión ligeramente modificada de la
tipología de Weber, con una distinción entre: 1) civilizaciones primarias;
2) civilizaciones secundarias del primer grado; 3) civilizaciones secun­
darias del segundo grado, y 4) civilizaciones terciarias.
Las civilizaciones primarias son las que surgieron directamente de su
propio pasado neolítico, mediante la evolución de la cultura de aldea
hacia una civilización urbana, sin contribuciones importantes de civiliza­
ciones anteriores. Ejemplos típicos son la mesopotámica y la egipcia.
Las civilizaciones secundarias del prim er grado son aquellas que,
aunque surgieron directamente de un pasado neolítico, estuvieron ente­
radas de la existencia de civilizaciones precedentes y fueron influidas
por ellas. Ejemplos típicos son los hebreos, los hititas y los egeos.
Las civilizaciones secundarias del segundo grado se caracterizan por
haber surgido de la desintegración total o parcial de una civilización
anterior. Ejem plos típicos son la civilización griega, que surgió de las
ruinas de los egeos, y Roma, de los etruscos.
Las civilizaciones terciarias son el resultado de transform aciones de
anteriores civilizaciones secundarias del segundo grado, com o en el
caso de Rizando, o de su desintegración, como en el caso de la civilización
occidental. El Islam es otro tipo de civilización terciaria formada por la
creación de una nueva religión, que se propagó rápidamente en la cul­
tura árabe incorporando elementos de las tradiciones judía y cristiana.

B. Elementos esenciales de una civilización

Existe la evidente necesidad de contar con normas empíricamente basadas


para determinar si una cultura y una sociedad representan una civiliza­
ción. Esa necesidad es particularmente aguda para distinguir las civili­
zaciones primarias de etapas desarrolladas de culturas neolíticas.
A pesar de cierta diversidad de opiniones entre los especialistas, exis­
te un consenso general sobre el hecho (véase Philip Bagby, Culture and
History, Berkeley, University of California Press, 1963) de que una socie­
dad debe haber alcanzado tres de cuatro rasgos esenciales para llegar al
nivel de civilización. Son los siguientes:
1. La urbanización, mediante la construcción de un sistema habitacio-
nal considerablemente más grande y más complejo que la aldea neolítica
y combinando la existencia de uno o más edificios religiosos con un pa­
82 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

lacio o palacio-templo, casas residenciales, edificios de almacenamiento,


instalaciones de abasto de agua y calles.
2. Una cultura común, que incluya una lengua, una religión, una cos-
movisión y un repertorio de costumbres y técnicas sociales.
3. Un sistema político que presente los rasgos básicos de un Estado,
ya sea dentro del sistema religioso o separado de él.
4. Un sistema de escritura.

C. Las civilizaciones primarias

Por lo general se acepta (véase Glynn Daniel, The First Ciuilizatíons, Nueva
York, Thomas Y. Crowell, 1970) que ha habido siete civilizaciones prima­
rias: cuatro en el Viejo Mundo: las civilizaciones mesopotámica, egipcia,
harappa y shang, y tres en el Nuevo Mundo: la maya, la azteca y la inca.
El caso del Viejo Mundo es claro. Aunque hay influencias observables
de los mesopotamios sobre las culturas harappa y del río Amarillo, e in­
fluencias recíprocas entre la m esopotám ica y la egipcia, cada una de
esas cuatro civilizaciones surgió directamente de un m edio neolítico y
sufrió un proceso evolutivo que no fue decisivamente influido por una
civilización anterior.
Menos claro es el caso de las civilizaciones precolombinas. La maya y
la azteca son consideradas civilizaciones primarias sobre la suposición
de que las sociedades antes existentes, como los olmecas, los toltecas y
la cultura de Teotihuacan, no habían alcanzado plenamente el nivel de
civilización. De igual manera, la inca es una civilización primaria en la
medida en que culturas anteriores, como la de Huaca Prieta, en el valle
del Chicama, y las culturas más desarrolladas de los mexicas, los chimus,
los nazcas y los teotihuacanos no habían alcanzado el nivel de civilización.
Cada una de estas siete civilizaciones prim arias cum plió al m enos
con tres de los cuatro requisitos mencionados. Los egipcios estuvieron
m ediocrem ente urbanizados pero satisficieron con plenitud las otras
tres condiciones. Los incas no tuvieron escritura pero sí un sistem a de
cuentas basado en el uso de quipus, y satisficieron cabalmente los otros
requerim ientos. Las otras cinco presentaron las cuatro características
antes mencionadas.

D. Nómadas y campesinos

Las civilizaciones, desde la sumeria hasta el siglo xiv d.C., estuvieron


sometidas a una relación antagónica con los bárbaros que las rodeaban.
i aparición del hombre y la civilización 83

Los pueblos sem íticos del desierto y los indoeuropeos, originarios del
Cáucaso, acosaron desde sus primeros días a las civilizaciones mesopo-
támica y egipcia. Los pueblos germánicos acabaron por someter al Impe­
rio romano. Los normandos, hasta el siglo xi d.C., y los mongoles, hasta
el xiv, atacaron los centros civilizados de Europa y Asia. Aunque los
bárbaros, en el sentido propio de la palabra, han sido actualmente redu­
cidos a minúsculas tribus en zonas remotas, el mundo contem poráneo
está produciendo un nuevo tipo de bárbaro: el bárbaro civilizado, ya sea
en el Tercer Mundo, como efecto de la ignorancia y la miseria, o en países
sumamente desarrollados, como resultado combinado de la enajenación
económica y social, las contraculturas primitivas y los ghettos urbanos.
Los bárbaros, en el sentido estricto del término (según Gordon Childe,
pueblos de cultura neolítica o pueblos no sedentarios con técnicas para
trabajar el m etal), a lo largo de la historia m antuvieron una relación
compleja con las sociedades sedentarias. O bien las asaltaban y saquea­
ban, hasta acabar por destruirlas, o bien las penetraban y se fundían con
ellas, dándoles un nuevo im pulso de energía y una nueva visión, y
poniéndose a la cabeza.
Las cuatro civilizaciones primarias del Viejo Mundo son resultado de
una interrelación pacífica y no pacífica entre cam pesinos sedentarios
de aldeas neolíticas y pastores nóm adas recién llegados, que después
serían seguidos por aún m ayores números de jinetes nóm adas. Los
campesinos neolíticos fueron portadores de culturas mágicas profundas y
generales, cristalizadas en sus prácticas rituales. Los recién llegados
nóm adas, habituados a los requerim ientos m ás enérgicos de la vida
pastoril o a los com bates a caballo, tenían un enfoque más racional de
las tareas colectivas y una propensión natural al liderazgo. La combina­
ción de tales atributos con los de los campesinos sedentarios hizo surgir
las civilizaciones primarias a partir de anteriores aldeas neolíticas.

6. B reves r e f l e x io n e s so b r e l a P r e h i s t o r ia

A. Consideraciones generales

La Prehistoria es la fase más im portante del hombre en la Tierra en la


medida en que fue psicofísicam ente el proceso del que gradualm ente
surgió, a partir de antepasados comunes con los póngidos, como especie
dotada de racionalidad y libertad. Culturalmente, porque consistió en la
transición de recoger alimentos a cocer alimentos y de la adaptación de
la vida humana al medio a la incipiente adaptación del medio a las con­
84 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

veniencias de la vida humana. La transición del Paleolítico inferior al


superior, la difícil adaptación im puesta en el M esolítico por drásticos
cambios de clima, y los logros finales alcanzados en el Mesolítico con el
desarrollo de técnicas de recría de ganado bovino y caballar, de agricul­
tura y organización social, que proseguirían durante todo el Neolítico,
crearon los parám etros centro de los cuales se desarrollaría la civi­
lización.

B. Fases

1. Hasta Gunz: hominización, primeras culturas.


2. Desde el primer periodo interglacial hasta el tercero glacial: abbevi-
lliense y acheulense.
3. Desde el tercer periodo interglacial hasta el cuarto glacial: cultura
musteriense, ritos funerarios, hombre de Neandertal.
4. Paleolítico superior: esplendor magdaleniense, Homo sapiens sapiens.
5. Epipaleolítico: adaptación forzada a clim as cálidos, principio de
labores de preparación de alimentos y nueva organización social.
6. Neolítico: agricultura sedentaria, alfarería, cestería, construcción y
administración de aldeas, pastoreo nómada, interrelación pacífica y no
pacífica.

C. Efectos del clima

Los marcados cambios climáticos que caracterizaron el Pleistoceno, con


la alternación de lapsos glaciales e interglaciales, aunque sobre larguí­
sim os periodos, tuvieron efectos decisivos en la evolución tanto física
como cultural del hombre. En ciertas circunstancias, el avance de los
glaciares afectó negativamente a una cultura y a sus portadores, como
los abbevillienses, obligados por la glaciación de M indel a volver de
Europa a A frica, y su remplazo en Eurasia por paleoantropicinos más
resistentes y más primitivos, con su cultura clactoniense, y después los
acheulenses, empujados de vuelta a Africa al llegar la glaciación de Riss
y sustituidos por los tayacienses, más prim itivos. Lo m ismo ocurre al
hombre de Swanscombe, más cercano al hombre moderno, remplazado
por los más primitivos neandertaloides a fines del interglacial de Riss-
Würm. Por otra parte, la glaciación de Würm llevó a Europa al hombre
moderno, el hombre de Cromañón, causando así la desaparición de los
neandertaloides. Una vez más, el calentamiento del clima alteró drásti­
camente las condiciones en que floreció la cultura magdaleniense, pro­
vocando una marcada reducción de la población — de cerca de ocho
LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN 85

m illones a cerca de cinco m illones de personas según las discutibles


estimaciones de Pierre Chaunu— y generando en Europa un dificilísi­
mo ajuste al Mesolítico temprano. Los desafíos que hubo que enfrentar
en el Epipaleolítico estimularon el desarrollo de técnicas de preparación
de alimentos, y finalmente generaron la cultura neolítica, más avanzada.
La interrelación pacífica y no pacífica entre agricultores neolíticos y pas­
tores y jinetes nómadas, aunque llevara el saqueo y la destrucción a las
sociedades campesinas, también les dio un nuevo dinamismo que elevó
a las culturas neolíticas hasta el nivel de una civilización urbana.

D. Rudeza y racionalidad

Tomando en consideración los efectos de los cambios del clima sobre el


Paleolítico y el Mesolítico, y la difícil interrelación entre pastores nóma­
das y campesinos sedentarios, puede llegarse a dos conclusiones princi­
pales. La primera se refiere al hecho de que, a corto plazo, la rudeza es
requerimiento primordial para la supervivencia y el predominio sobre los
competidores. Los clactonienses y los tayacienses, más prim itivos pero
resistentes, prevalecieron sobre los abbevillienses y los acheulenses, y el
hombre de Neandertal sobre el hombre de Swanscombe. Después, pas­
tores más primitivos pero rudos y belicosos prevalecieron sobre campe­
sinos sedentarios y pacíficos. Sin embargo, la segunda conclusión es
que, a más largo plazo, lo que al final prevalece es la superioridad cul­
tural. Este concepto es complejo y fácilmente puede resultar engañoso.
La superioridad cultural frente a otra cultura es un concepto nítido sólo
cuando se le interpreta en función de la extensión com parativa de la
racionalidad operacional, lo que significa empíricamente que entre dos
culturas una funciona con mayor racionalidad. La superioridad eidética
y axiológica, aunque más difícil de evaluar empíricamente, desempeña
una función social e histórica mucho más compleja. Su predominio his­
tórico a largo plazo es irregular y se ve expuesto a la intervención de
muchos factores. Sin embargo, considerando el proceso histórico en
conjunto, puede sugerirse que las culturas de niveles conceptuales y
axiológicos superiores tienden dialécticam ente a prevalecer a la larga,
como lo muestran los casos del logos helénico y el ethos judeocristiano.

E. La humanidad del hombre

¿Cuándo se volvió enteramente humano este homo primate? Como pue­


de verse en las secciones anteriores, el proceso de hom inización fue
86 LA APARICIÓN DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

sum am ente prolongado y comenzó, según Yves Coppens (1983), hace


más de seis millones de años, con la aparición del preaustralopiteco. El
Homo habilis, hace más de dos m illones de años, presentaba los rasgos
biológicos esenciales del hombre, y el Homo erectas, hace más de un
millón de años, ya estaba muy cerca del hombre moderno. Más que las
características biológicas o aun las capacidades técnicas, lo que diferen­
ciaría al Homo sapiens de sus predecesores sería la conciencia de su con­
dición mortal. Todos los anim ales mueren y de alguna m anera tienen
un entendim iento operativo de la m uerte, revelado por la m anera en
que tratan de evitarla, y provocarla para sus enemigos o sus presas. En
cam bio, sólo el ser plenam ente hum ano tiene conciencia de su condi­
ción m ortal.4 En ese sentido esencial, el hombre de N eandertal, al en­
terrar a sus muertos y con el tiempo practicar un ritual endocaníbal con
partes selectas del cadáver, daba pruebas de su plena humanidad, como
tan bien lo ha observado Pierre Chaunu (1981). Saberse mortal dio una
conciencia de sí mismo al Homo sapiens y, con ella, de la distinción entre
el cuerpo y el ego, lo que motivó una fe en la otra vida y condujo al des­
arrollo de sentimientos religiosos y prácticas mágicas. Con la conciencia
de la muerte, la cultura pasó de un conjunto de prácticas orientadas a la
recabación de alimentos y la fabricación de instrumentos a ser un cuer­
po complejo de conceptos de diversos niveles, desde los dedicados a las
técnicas operacionales hasta los referidos a las relaciones entre el cuerpo
y el espíritu, lo humano y lo divino, lo profano y lo sagrado. Esta com bi­
nación de pragmatismo y creencias mágico-religiosas es la base sobre la
que se ha creado la civilización.

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4 Un aspecto importante de la condición humana, relacionado con el principio antrópico, se


analiza brevemente en el capítulo xvm.
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II. LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

1. I n t r o d u c c i ó n

A. La tierra

La antigua Mesopotamia ocupaba un territorio que corresponde aproxi­


madamente al del Irak contemporáneo. Es el área situada entre los ríos
Eufrates y Tigris, limitada por los montes del Cáucaso al norte, por el Gol­
fo Pérsico al sur, por los montes Zagros al este y por el desierto de Siria
al oeste. En la época en que existía Sumeria, las costas del Golfo Pérsico
estaban mucho más al norte que en la actualidad, pues ambos ríos han
seguido depositando materia aluvial.
La tierra está naturalmente dividida entre la Alta Mesopotamia (hoy
Jezireh), que fue el centro del Imperio asirio, y la Baja Mesopotamia, don­
de surgió la civilización sumeria y que incluía a Babilonia en su parte
septentrional.
Las dos partes de Mesopotamia tienen climas contrastantes. La Baja
Mesopotamia es muy cálida, húmeda y pantanosa, sometida a grandes
inundaciones pero con un suelo extrem adamente fértil. La Alta M eso­
potamia es seca, más fría y más dependiente de la lluvia para su agricul­
tura. El área central es subtropical: muy cálida en verano pero con preci­
pitaciones de menos de 25 cm anuales en el invierno.
Aunque las secciones septentrionales de los dos ríos siguen corriendo
casi por el mismo lecho que en tiempos antiguos, pasando por las m is­
mas antiguas ciudades de Karkemish, Mari, Nínive, Nim rud y Assur,
am bas corrientes han m odificado considerablem ente su curso por la
Baja Mesopotamia. Las antiguas ciudades de la Mesopotamia m eridio­
nal se asentaron junto a uno de los dos brazos del Eufrates, que durante
3000 años pasó al lado de Sippar, Babilonia, Nippur, Shuruppak, Uruk,
Larsa y Ur. Todas estas ciudades están hoy entre 25 y 80 km al este del
actual cauce del río.
En la mayor parte del área mesopotámica, la agricultura depende del
riego y se ve sometida a dos graves desafíos: la salinización de la tierra,
si no es propiamente drenada, e inundaciones sumamente graves, que re­
quieren la construcción de grandes represas y canales de drenaje. El dre­
naje de la tierra para desaiinizarla parece haber sido desconocido en la
89
90 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

Antigüedad y, así, extensas áreas se volvieron áridas y yermas. Encon­


trar nuevas tierras apropiadas para la agricultura y luego regarlas fue un
problema constante.

6. Los pueblos

La Baja Mesopotamia estuvo habitada por dos muy conocidos grupos


étnicos: los acadios, que eran semitas, y los sumerios, que eran asiáni-
cos, probablem ente de ascendencia m editerránea. También hubo un
pueblo desconocido anterior, probablemente muy poco numeroso. Los
tres grupos vivían pacíficam ente desde los com ienzos del tiempo his­
tórico.
Además de los sumerios y los acadios, la región fue después habitada
por una variedad de bárbaros semitas y no sem itas,1 así como por pue­
blos de otras sociedades civilizadas. Entre los bárbaros semitas estaban los
amoritas, los árameos y los caldeos. Los amoritas habían llegado de la
Alta Siria; eran pastores nómadas que se establecieron en Mesopotamia
a finales del tercer milenio antes de Cristo, derrocaron a la tercera dinas­
tía de Ur, ca. 2004 a .C , y fundaron, ca. 1894 a.C., la primera dinastía ba­
bilónica. Los árameos, del desierto de Siria, invadieron Mesopotamia a
finales del siglo xn a.C. y abrumaron al Imperio medio asirio; la lengua
aramea se convirtió en la lingua franca de la región y lo siguió siendo hasta
los últimos tiempos asirios y babilónicos. Los caldeos habían sido semitas
nómadas, probablemente llegados del desierto de Arabia, al borde del
Golfo Pérsico. Cayeron con la influencia de la civilización babilónica y,
bajo Nabopolasar (625-605 a.C.), se adueñaron de Babilonia en el siglo vn
a.C., con cierto apoyo local, para fundar el Imperio neobabilónico.
Entre los bárbaros no semitas estaban los gutos y los kasitas, ambos
grupos de los montes Zagros, y toda una variedad de los llamados pue­
blos del mar. Los gutos invadieron Acad a fines del siglo xxiii a.C. y fun­
daron una nueva dinastía en el antiguo Imperio acadio (ca. 2200-2120),
pero Utukhegal los expulsó de Uruk a fines del tercer m ilenio antes de
Cristo. Los kasitas (kashshú, en babilónico) eran un pueblo asiánico que
se estableció en Mesopotamia durante el segundo milenio antes de Cristo.
El prim er rey kasita m encionado en la lista real babilónica, G andash,
vivió cerca de 1730 a.C. Después de que los hititas saquearon Babilonia,
ocuparon el sitio y fundaron la dinastía kasita (1600-1150 a.C.). A los
kasitas se les atribuye haber introducido los caballos en M esopo­
tamia. Adoptaron la cultura sumero-acadia. El rey kasita Kashtiliash IV
1 La expresión ''bárbaro" se emplea para designara los pueblos preletrados, en su mayoría
nómadas. *
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 91

fue derrotado y capturado, ca. 1235 a.C., por el asirio Tukulti-Ninurta I


(1244-1208 a.C.). Los pueblos del mar eran indoeuropeos de la zona
mediterránea, que invadieron Mesopotamia durante los siglos xii a.C. y
posteriores y destruyeron el Imperio hitita ca. 1200 a.C. Entre estos pue­
blos m editerráneos se hallaban los tirrenos, los licios, los sardos, los
siculianos (sicilianos), los filisteos y los aqueos.
Entre los pueblos civilizados que después vivieron en M esopotamia
estuvieron los elamitas, los hititas y los hurrienses. Los elamitas proce­
dían del suroeste de Irán, del área que hoy corresponde a Khusistán, y
su capital estaba en Susa; aunque tenían su propia cultura, adoptaron
costumbres sumerias. Estuvieron activos desde ca . 2500 a.C. hasta que
Asurbanipal los destruyó en 640.
Los hititas ocuparon la zona situada entre el Mar Negro y el Halys;
eran un pueblo indoeuropeo que apareció a finales del tercer milenio y
se mezcló con los asiánicos. Labarnas I fundó el reino hitita ca. 1680, con
su capital en Hattusha. En el periodo de decadencia (1530-1450) Tudha-
liyas I (1450-1420) estableció el Imperio hitita, que fue destruido por los
pueblos del mar ca. 1200 a.C. Los hititas desarrollaron una alta civili­
zación feudal, con dos sistemas de escritura: los jeroglíficos hititas y la
escritura cuneiforme, adoptada de los babilonios.
Los hurrienses, pueblo asiánico encabezado por una aristocracia
indoeuropea, desarrollaron el reino de Mitani (1550-1270 a.C.). A finales
del tercer milenio se establecieron entre el lago Van y los montes Zagros,
con su capital en W ashukhani, cerca de Harrán, donde recibieron la
influencia de los hititas.

C. El concepto de civilización mesopotámica

La expresión civilización mesopotámica designa el desarrollo, durante casi


tres milenios, de la civilización sumeria, su conversión en la civilización
sum ero-acadia y su desenvolvim iento por m edio de dos principales
centros emparentados con ella: Babilonia y Asiria.
Los sumerios crearon el núcleo de la civilización mesopotámica: su cul­
tura y religión, su sistema de escritura y sus técnicas básicas. Los acadios,
indígenas de la zona, vivieron en paz con los sum erios la m ayor parte
del tiempo. En tiempos de Sargón el Viejo (2334-2279 a.C.), los acadios se
valieron de la fuerza militar para imponer su dominio político a Sumeria
y practicaron la exogamia con los sumerios, formando así la civilización
sum ero-acadia. Introdujeron su lengua y sus costum bres, más rudas,
pero también absorbieron el núcleo mismo de la cultura sumeria.
92 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

A través de m uchas vicisitudes, la civilización sum ero-acadia des­


arrolló dos ramas principales: la asiria y la babilónica. Aunque se basaban
en la misma cultura sumero-acadia, presentaban diferencias muy marca­
das que distinguían a la sociedad asiría, esencialmente m ilitar y explo­
tadora, de la babilónica, comercial y orientada hacia la cultura.
La vida de la civilización sumero-acadia se caracterizó por los inter­
minables conflictos con bárbaros circundantes o invasores, que más de
una vez llegaron a dom inar los centros civilizados pero term inaron
siendo culturalm ente absorbidos por éstos. También hubo relaciones
de cooperación, y ocasionalmente de guerra, con centros civilizados que
competían con ella, algunos cercanos, como Elam, el Imperio hitita y el
reino de Mitani, y algunos más remotos, como Egipto o los hebreos.

2 . S ín t e s is h is t ó r ic a

A. La Prehistoria

Entre 50 000 y 40 000 a.C., el hombre de N eandertal dejó im portantes


artefactos en la caverna de Shanidar. El periodo neolítico empezó en la
Alta Mesopotamia entre el octavo y el séptimo milenios. El cobre apare­
ció por vez primera en el cuarto milenio.
La transición del periodo neolítico a los comienzos de la civilización
fue sumamente gradual y prolongada. Sus sucesivas etapas se caracteri­
zaron por las mejoras técnicas y de organización. Los especialistas con­
vienen en que hay seis principales periodos reconocidos, que llevan el
nombre de los lugares donde inicialmente se descubrieron sus restos:

Periodo Hassuna 5800-5500 a.C.


Samarra 5600-5000 a.C.
Halaf 5500-4500 a.C.
Ubaid (1 y 2) 5000-3750 a.C.
Uruk 3750-3150 a.C.
Jemdat Nasr 3150-2900 a.C.

El periodo Hassuna es el más primitivo y presenta artefactos típicos


de la vida neolítica:,una alfarería burda e instrum entos de piedra. El
periodo de Samarra muestra considerables adelantos en alfarería y aloja­
miento. La alfarería del tercer periodo, el de Halaf, alcanza la más alta
calidad de la cerámica de los tiempos prehistóricos. La alfarería del pe­
riodo ubaidense es menos atractiva, pero la cultura ubaidense se exten­
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 93

dió por toda Mesopotamia, desde el extremo sur hasta el extremo norte,
y llegó a ser la base del ulterior desarrollo urbano de las ciudades; esta
cultura constituyó la primera capa de la civilización sumeria.
Em pezando con el periodo de Uruk, cam bios sociales y culturales
ocurridos en el curso de unos siete siglos hicieron surgir la civilización
sumeria. Estos cambios fueron impelidos por la gradual urbanización
de la Mesopotamia meridional. Los avances de las técnicas agrícolas y el
creciente uso del riego fueron seguidos por el correspondiente aumento
de población y del núm ero y la densidad de las aldeas. En torno de
Uruk, el número de las comunidades pasó de 18 a 184 en un par de siglos
y la población se decuplicó. Al crecer las aldeas, gradualmente se com ­
binaron, en especial cerca de los lugares de culto, y así se formaron las
ciudades.
En este mismo periodo de Uruk, poco antes de 3000 a.C., se inventó la
escritura, al principio con pictografías que representaban esquem ática­
mente el objeto designado. Después, la escritura de Uruk utilizó ideo­
grafías cuneiformes que también podían designar sonidos.
A finales del cuarto m ilenio, cerca de 20 ciudades-Estado se habían
organizado en torno de un templo, con asambleas de ancianos. Es pro­
bable que el sumo sacerdote llegara gradualmente a ser o fuera rempla­
zado por un amo (en) o un gobernador (ensi), y en las unidades más nu­
m erosas, por un rey (lugal). El largo curso histórico de la civilización
sumeria se inició a finales del cuarto milenio.

B. Snmerios y acadios

Los sumerios no fueron el primer pueblo que se estableció en M esopo­


tamia. Aunque coexistieron con los acadios, que ocuparon la parte central
de la zona, se concentraron en el sur desde su llegada a la región. Sin
embargo, ambos fueron precedidos por otros pueblos de origen desco­
nocido. Los propios sumerios eran un pueblo asiánico, que hablaba una
lengua aglutinante. Acerca de sus orígenes existen varias hipótesis.
Algunos especialistas creen que procedían de Anatolia, el Cáucaso, la
meseta iraní o incluso, según George Roux, acaso hayan vivido siempre
en la región.
Cuando llegaron a Mesopotamia, probablemente encontraron la cultu­
ra indígena de Uruk, que influyó sobre su desarrollo ulterior. Pero mien­
tras que la cultura de Uruk se propagó a toda Mesopotamia, la sumeria se
mantuvo limitada a la parte meridional de la región durante el siguiente
periodo de Jem dar Nasr, y por un tiempo considerablem ente más pro­
94 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

longado. Es probable que la mejor organización de los sumerios fuese la


fuerza im pelente que convirtió las existentes aldeas neolíticas en ciu ­
dades-Estado, mientras que la cultura religiosa y técnica de Uruk formó
la base de la civilización sumeria.
Durante el prolongado tiempo que se extiende desde fines del cuarto
milenio hasta la segunda mitad del tercero, los sumerios permitieron la
coexistencia de varias ciudades-Estado independientes, aun cuando
algunas de ellas, como Uruk, Kish, Ur, Lagash y Umma intentaron vana­
mente ejercer cierta hegemonía sobre la región. Lugalzaggisi (2340-2316),
ensi de Umm a, finalm ente logró form ar un im perio sum erio, pero su
realización sería efímera.
Sargón el Viejo (2334-2279),2 un acadio de origen m odesto, ex servi­
dor de Urzababa, rey de Kish, logró derrocar a su monarca, ascendió al
trono e inició una extraordinaria carrera de conquistas militares. Adop­
tando las tácticas m óviles de los acadios contra las pesadas falanges
sum erias, que com batían con lanzas, largo escudo y lentos carros de
cuatro ruedas, derrotó a Lugalzaggisi. Se apoderó del Imperio sumerio,
lo ensanchó con nuevas conquistas e impuso su gobierno por toda Me-
sopotamia, desde el Golfo Pérsico hasta el M editerráneo y Karkemish.
Su nieto Narám-Sin (2254-2218) extendió aún más el Imperio, adoptó el
título de "Rey de los Cuatro Puntos Cardinales" y proclamó su propia
divinidad.
Los acadios impusieron gradualm ente su propia lengua sobre la de
los sum erios, que quedó lim itada a usos religiosos y culturales, pero
absorbieron la cultura y la religión sumeria y adoptaron su sistema de
escritura. Aunque claramente predominaron los elementos sumerios, la
fusión de los dos pueblos y culturas generó una forma nueva de cultura
sumeria: la civilización sumero-acadia.
El Imperio acadio fue de corta duración. Nunca alcanzó una unidad
interna estable porque no era más que una superestructura militar im ­
puesta a las ciudades-Estado sumerias. Conflictos internos por el poder
im pidieron a los acadios resistir a los invasores gutos, quienes en 2160
a.C. descendieron de los montes Zagros. La dinastía guta que siguió fue
incapaz de mantener la unidad del Imperio, lo que abrió la posibilidad de
revivir las ciudades-Estado sumerias en la parte meridional de la región.
Utukhegal de Uruk expulsó a los gutos y restableció el reino sum erio
(2123-2113).
Una nueva fase se inició con la fundación de la Tercera Dinastía de Ur
(2112-2095), por Urnammu. A esto siguió un brillante periodo cultural

2 Cronología tomada de George Roux, La Mcsopotamie, París, Éd. du Seuil, 1985.


LA CIVILIZACIÓN MESOPOTAMICA 95

que floreció durante casi un siglo. A finales del siglo xx a.C., invasores
am oritas, semitas del oeste y elamitas destruyeron la Tercera Dinastía
de Ur. Sólo Lagash, con su rey Gudea, conservó su independencia.

C. Babilonia y Asiria

Después de un siglo de disputas entre la dinastía Isin y la dinastía Larsa


por la hegem onía sobre el sur de M esopotam ia, dos centros nuevos,
Babilonia y Asiria, llegaron a dominar la política y la cultura de la región.
Ambos eran expresiones de la civilización sumero-acadia, hablaban sus
propios dialectos del acadio y desarrollaron sus propias versiones de la
misma cultura. Sus relaciones variaron frecuentemente entre el conflicto
y la cooperación, pero mantuvieron nexos a través de muchas vicisitudes.
A m bas culturas habían sido dom inadas por invasores bárbaros y, sin
embargo, lograron incorporar a los invasores a su propia cultura.
Invasores am ontas y pastores semitas llegados de la Alta Siria funda­
ron la primera dinastía de Babilonia. Sumuabum (1894-1881) logró for­
mar un reino independiente. Esa primera dinastía alcanzó su m ayor
esplendor durante el reinado de Hammurabi (1792-1750). Cayó cerca de
1595 a.C., cuando Mursilis I, rey del ascendente reino hitita, saqueó Babi­
lonia y volvió a su patria con un botín inmenso. Los kasitas, de los mon­
tes Zagros, ocuparon la devastada ciudad abandonada por M ursilis e
iniciaron una dinastía kasita que incorporó la civilización sum ero-aca­
dia. Esta nueva fase de Babilonia terminó al ser conquistada por Tukul-
ti-Ninurta I (1244-1208), rey de Asiria. A eso siguió un largo periodo du­
rante el cual la independencia fue intermitente, como en el reinado de
Nabucodonosor I (1124-1103), pero el dominio asirio volvió a imponerse.
Sólo mucho después, Babilonia recuperó un brillante aunque breve
periodo de independencia y expansión, con el Im perio neobabilónico
(625-539), bajo los caldeos. El reinado de N abucodonosor II (604-562)
constituyó la fase más elevada de Babilonia.
El curso histórico de Asiria es paralelo al de Babilonia, aunque pre­
senta características distintas. A pesar de otros antecedentes, los auténti­
cos fundadores del antiguo Imperio asirio durante los prim eros siglos
del segundo m ilenio fueron los am oritas. El antiguo Im perio siguió
existiendo hasta ser conquistado por Hammurabi, ca. 1780 a.C.
Los hurritas, pueblo asiánico encabezado por una aristocracia indoeu­
ropea, fundaron el reino Mitani en el siglo xvi a.C., entre los montes Zagros
y el lago Van. Los hititas dominaron la parte septentrional de M esopo-
tamia y mantuvieron bajo vasallaje a Asiría durante cerca de dos siglos.
96 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

La posibilidad de una recuperación asiria surgió con la decadencia de


Mitani, en la segunda mitad del siglo xiv a.C. Adad-nirari I (1307-1275),
rey de Asiria, conquistó Mitani y la subyugó. Así empezó el Imperio me­
dio asirio. Grandes reyes guerreros, como Asurubalit I (1365-1330), Sal-
manasar I (1274-1245), Tukulti-Nimurta I (1244-1208) y Tiglath-Pileser
(1115-1077) convirtieron a Asiria en la más formidable maquinaria m ili­
tar de la Antigüedad, que combinó la fuerza bélica con las atrocidades
más feroces. Estos reyes fueron los primeros en la historia que em plea­
ron sistem áticam ente el terror como arma para abrum ar e intim idar a
poblaciones enteras. Al término del siglo xi a.C., invasores árameos ocu­
paron Asiria. Al mismo tiempo, los caldeos se adueñaban de Babilonia.
Después de ser dominada durante más de un siglo, Asiría volvió a ser
un protagonista histórico durante el reinado de Assurdan II (934-912),
quien creó el nuevo Imperio asirio. Una serie de grandes reyes conser­
varon el vigor de Asiria durante más de tres siglos. Sobresalientes en
especial fueron Salm anasar III (858-824), Tiglath-Pileser III (744-727),
Senaquerib (794-681), la famosa reina regente Sam m u-Ram at (Semíra-
mis) (683-670), Esarhaddon (680-669) y, ante todo, Asurbanipal (668-627).
Aunque las tradicionales belicosidad y ferocidad asirias persistieron
durante todo el nuevo Im perio, su aspecto se volvió más civilizado y
culto con Salm anasar III, Senaquerib, Esarhaddon y, hasta un grado
sobresaliente, Asurbanipal.
Asiria siempre deseó mantener bajo su yugo a Babilonia, pero al mis­
mo tiempo la tomaba como modelo de su propia cultura religiosa. Estos
conflictos con Babilonia, combinados con sus propias y frecuentes difi­
cultades dinásticas, redujeron el poderío de Asiria. N abopolasar se
adueñó del trono de Babilonia (625) y se alió a Ciajares de Media (635-585)
para infligir a los asirios una serie de derrotas que finalmente aniquila­
ron su maquinaria militar.
La vida del Imperio babilónico fue espléndida pero efím era. N ebu-
chadrezzar II (Nabucodonosor) (604-562) inauguró la fase suprema de
la historia de Babilonia, un periodo de cultura refinada, edificios magní­
ficos, prosperidad económ ica y predom inio político-m ilitar. Ciertos
conflictos habidos en Siria-Palestina con Egipto y Judá condujeron a la
conquista de Jerusalén (587) y después, sometiendo una revuelta de los
judíos, a una nueva ocupación de la ciudad y a la destrucción del tem ­
plo. Muchos judíos fueron llevados en cautiverio a Babilonia.
En la segunda mitad del siglo vi a.C., dificultades políticas causaron
el asesinato de Evil-Merodach (560), hijo de Nabucodonosor, y después
(555) el ascenso al trono de un usurpador, Nabonido (555-539). Hombre
extraño, obsesionado con cuestiones religiosas y con el culto del dios de
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 97

la Luna, Sin de Harrán, a menudo delegó en su hijo Baltasar los asuntos


de gobierno, para dedicarse exclusivam ente a sus intereses religiosos,
sobre todo en el oasis de Tema, en Arabia. El debilitamiento de Babilo­
nia; la impopularidad de su rey, una brecha creciente entre el gobierno,
por una parte, y los sacerdotes y mercaderes por la otra, la superioridad
militar de Ciro el Grande (640-600) y la duplicidad del general babilonio
Gobrias se combinaron para perm itir a los persas ocupar Babilonia en
539, casi sin encontrar oposición. Esa ocupación duró hasta la conquista
de Babilonia por Alejandro, en 330 a.C.

3. P rincipales rasgos culturales

A . Características generales

La cultura mesopotámica es un producto de la cultura sumeria tal como


surgió en el cuarto m ilenio; los cambios resultaron de la asim ilación
de la cultura acadia por Sumeria y su adopción del acadio como len­
gua cotidiana, mientras que el sumerio pasó a ser el idioma de la cultu­
ra. La escritura cuneiforme fue adaptada a la lengua acadia. La cultura
y la civilización sum ero-acadias siguieron dos líneas de desarrollo
paralelas: la babilónica y la asiria, cada una con su dialecto hablado,
pero con escritura en lengua acadia. Más adelante, en la segunda par­
te del prim er m ilenio, el arameo pasó a ser la ¡ingua franca del M edio
Oriente.
La cultura m esopotám ica se caracteriza por una visión cosm ológica
del mundo, que considera a la sociedad y a los seres humanos parte del
complejo cósmico. Por otro lado, el cosmos es considerado un conjunto
de fuerzas divinas, una especie de Estado, presidido por el dios supremo
Anu, dios del cielo. Los dioses son los propietarios de la Tierra. Cada
ciudad y sus campos adyacentes son propiedad de un dios. Los seres
humanos fueron creados para servir a los dioses.
Esta visión cosmológica se basa en una visión dualista de la realidad.
Cada objeto, real o ideal, es al mismo tiempo él mismo y su "esencia". Por
ejemplo, un puñado de sal es, al mismo tiempo, cierta cantidad de sal y
un portador de la salinidad. La "esencia" es lo que determ ina lo que
es cada cosa. Aparte de cualquier caso específico, existe como fuerza es­
piritual, dotada de propiedades inherentes y de su propia voluntad
dentro del ámbito de sus propiedades. Por ello se dirigían oraciones a la
sal. Así pues, esta cosmovisión admitía varios planos de realidad, desde
objetos com unes y sus esencias hasta objetos colectivos o abstractos y
98 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

sus respectivas esencias, y hasta fenómenos y fuerzas naturales, inclui­


dos las estrellas y los planetas, y una infinidad de espíritus, en su m ayo­
ría terribles demonios, pero también algunos espíritus buenos, como el
espíritu guía de cada hombre (el ángel guardián), y, por último, los di­
versos niveles de dioses. En el nivel superior había tres dioses: Anu,
dios del cielo, presidente de los dioses; Enlil, dios del aire y de la tierra,
verdadero gobernante del universo, y Enki o Ea, dios de las aguas, dota­
do de una inteligencia suprema.
Esta cosm ovisión está relacionada con una m anera precientífica de
pensar, que apenas reconoce el razonamiento inductivo o deductivo. Tal
m entalidad conecta una cosa con su nombre. Las cosas sólo existen en
la m edida en que tienen un nombre. El nombre y el objeto nom brado
tienen una interrelación activa.
La visión dualista de la realidad y la doctrina del nombre se encuen­
tran en la base de la mente mágica mesopotámica.3 Pronunciar un nom ­
bre es dominar a la vez el nombre y la cosa correspondiente. La eficacia
del conjuro tam bién depende de una entonación particular de la voz.
Una de las consecuencias de esta manera mágica de pensar fue que cada
quien debía disim ular su verdadero nombre para impedir que otros lo
pronunciaran. Escribiendo criptográficam ente se podía encubrir, asi­
mismo, el significado de lo que se había escrito.
Los mesopotamios combinaron su profunda y completa visión mágica4
del mundo con un sólido sentido común. Estas dos tendencias conflu­
yeron en un enfoque m ágico-pragm ático del m undo, que es p articu ­
larm ente observable en la medicina m esopotám ica. N um erosas expe­
riencias con los efectos de ciertas drogas obtenidas de plantas o de otras
fuentes naturales, así como ciertos procedimientos médicos y quirúrgi­
cos, crearon un im portante Corpus de conocimiento médico m esopotá-
mico, que sus practicantes aplicaron con éxito. Sin embargo, esa medici­
na estuvo siempre íntimamente asociada a prácticas mágicas,5 que sólo
otros especialistas podían emplear. De este modo, un buen tratamiento
siempre incluía la acción combinada del experto médico y del mago. Tal
com binación de prácticas expertas era empleada en toda actividad
importante, desde entablar la guerra hasta construir templos.
La ciencia y el arte mesopotámicos reflejan esta doble visión mágico-
pragmática. Las ciencias combinaban verdaderos descubrimientos cien­

3 Véase George Contenau, Everyday Life in Babylon and Asyria, Nueva York. Norton, 1966, parti­
cularmente el cap. 3. Véase también George Roux, La Mesopotamie, op. cit., particularmente el cap. 6.
4 Jean Bottáro, en sus excelentes comentarios críticos sobre este capítulo, dice que en lugar de
"práctica mágica" debiera ponerse "exorcismo".
5 Bottéro sugiere que en lugar de "medicina mágica" se hable de dos prácticas médicas adopta­
das independientemente: pragmática la una, basada en el exorcismo la otra.
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 99

tíficos con rituales y prácticas mágicos, como en el caso típico de la


astrología, que mezclaba sanas observaciones astronómicas — como el
calendario lunar de 12 meses de 30 días, con un mes intercalado a inter­
valos regulares— con un pensamiento mágico. La " ciencia de la adivi­
nación" ocupaba lugar privilegiado en el universo intelectual de los
mesopotamios. En paralelo con esa "ciencia" hubo importantes logros en
m atem áticas, en las que se usaba un sistema de num eración basado
en el número 60 y se tenía un símbolo para el cero.
El arte mesopotámico, dedicado principalmente a temas religiosos, al
engrandecimiento de la realeza o a propósitos militares y defensivos, es
impresionante por su realismo, su perfección técnica y su extraordinaria
precisión para representar objetos reales, al mismo tiempo que está im ­
buido de una visión mágico-mítica del mundo.

B. Los dioses y la religión

La primitiva religión m esopotámica se basaba en el culto a las fuerzas


vitales de la naturaleza, pues las religiones asiánicas se asemejaban a las
primeras indoeuropeas. Los dioses sumerios y el concepto sum erio de
la divinidad, basado en ideas que se desarrollaron durante el cuarto mi­
lenio a.C. y se fundieron con elem entos sem itas de la cultura acadia,
produjeron una multitud de dioses que ordenaban todos los aspectos de
los fenóm enos naturales y las aspiraciones hum anas, adem ás de que
eran gobernantes locales, según una jerarquía clara y precisa.
Los dioses mesopotámicos, como los griegos, tenían atributos huma­
nos, buenos y malos en grado superlativo, y estaban dotados de extraor­
dinaria fuerza y, desde luego, de inm ortalidad. De ellos irradiaba un
esplendor, una lum inosidad que era el atributo justo de la divinidad.
Los espíritus y dioses mesopotámicos ocupan distintos niveles jerárqui­
cos; el más bajo corresponde a los dem onios y espíritus — entre ellos
el espíritu guardián (ángel guardián) de cada persona— , y el más eleva­
do es el de la tríada suprema de dioses: An (Anu, en acadio), dios del
cielo y presidente de los dioses; Enlil, dios del aire que en realidad es
el que gobierna el universo, y Enki (Ea, en acadio), dios de las aguas,
poseedor de inteligencia suprema y favorable a los seres hum anos.
Otros tres dioses pertenecen al supremo concilio que gobierna el mundo:
dos reyes astrales, Nanna (Sin, en acadio) el dios de la Luna, que preside
el calendario, y Utu (Shamash, en acadio), dios del Sol, que también lo
es de la justicia. El tercero es una diosa, Innana (Ishtar, en acadio), diosa
del amor y de la guerra. En un nivel secundario se encuentra su marido
100 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

Dumuzi (Tamuz, en acadio), a quien ella llevó a la " tierra de la que no se


regresa" a cambio de sí misma.
Los dioses de la ciudad son soberanos sobre sus respectivas localida­
des. En el curso del tiempo, dos dioses urbanos alcanzaron la suprema­
cía y se adueñaron del papel de Enlil: Marduk, el dios de Babilonia, y
Ashur, el dios de Asiria.
Varios mitos describen la génesis de los dioses más importantes y las
más notables de sus aventuras. Los mitos más sobresalientes son los que
conciernen al origen del universo y al Gran Diluvio.
El poema "Enüma elish" [Cuando en los cielos], llamado así por sus
prim eras palabras, expone el mito cosmogónico. Cuando nada había
sido aún nombrado (es decir, creado), la madre Tiamat, que representa
el mar, estaba m ezclando dentro de sí todas las aguas: las de Apsu, el
dios de las aguas dulces, y las de M umm u,6 que representa los bancos
de nubes y la niebla. Dos dioses primordiales surgieron del caos cósmi­
co: Lahmu y Lahamu, personificación del aluvión, seguidos por Anshar
y Kishar, quienes son los horizontes del cielo y la Tierra. De su unión
nació Anu, dios del cielo. Anu dio la vida a Nudimmud, otro nombre de
Ea o Enki, dios de las aguas, que originalmente representaba a la Tierra
misma. Nacieron entonces otros dioses. Nada se dice de ellos, salvo que
eran ruidosos y turbulentos y que perturbaban la paz de Tiamat. Tia­
mat, Apsu y M ummu decidieron entonces aniquilarlos. Pero Ea, tan
amigo de los dioses como de los seres humanos, frustró su plan, echan­
do un conjuro que paralizó a Mummu e hizo dormir a Apsu; luego en­
cadenó a éste, se apoderó de su corona y lo mató. Después, Ea retornó a
su morada y embarazó a su mujer, Damkina, de su hijo Marduk, dotado
de atributos extraordinarios. La inm ortal Tiamat, enfurecida, declaró
la guerra a los dioses y para combatirlos dio vida a terribles monstruos
a las órdenes de su hijo, Kingu. Inform ados por Ea de lo que estaba
ocurriendo, los dioses se aterrorizaron y se negaron a luchar. Sólo M ar­
duk, quien impuso la condición (aceptada por los dioses) de que él sería
su jefe, declaró que combatiría. Marduk eligió sus armas: el arco y la fle­
cha, el rayo, una red y las tormentas. Así equipado, se enfrentó a Tiamat,
la atrapó en su red, arrojó la tormenta en su boca abierta y, m antenién­
dola así, con su flecha le atravesó el corazón. Los monstruos de Tiamat
huyeron horrorizados, pero Marduk atrapó a Kingu con su red, cortó el
cuerpo de Tiamat "com o si fuera un pescado seco", y creó el cielo con una
de sus mitades y la Tierra con la otra. Kingu, entonces, fue decapitado, y
con su sangre Ea creó a la humanidad.
6 Bottéro considera que los estudios recientes no permiten otorgar a Mummu un lugar compa­
rable con el de Tiamat y Apsu.
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 101

Este mito es, en sí mismo, una adaptación babilónica de una anterior


versión sumeria, porque las realizaciones de Marduk dependen de los
atributos de Enlil, dios del aire. También hay otra versión del origen de
la humanidad, presentada en el poema "A trahasis", cuyo título babiló­
nico era "Infim a il aw ilum " [Cuando los dioses eran como hom bres].
Aunque el "Enüm a Elish" siguió siendo para los mesopotamios la pre­
sentación mítica de los orígenes del cosmos, se consideró que el "Inüm a"
era la historia mítica de los orígenes de la humanidad. Según ese mito,
en cierta ocasión los dioses se cansaron de trabajar y algunos de ellos
hasta quemaron sus instrumentos. Ea propuso entonces la creación de
seres hum anos para que liberaran a los dioses del trabajo arduo. Los
dioses estuvieron de acuerdo. Uno de ellos, Wé — que a la postre sería el
jefe de la rebelión— , fue sacrificado, y la diosa Mam i (Nintu, la tierra
madre), mezclando barro con sangre de Wé, creó al primer hombre. Des­
pués, otras diosas madres crearon siete hombres y siete mujeres y ayu­
daron al parto.
El propio mito es también una de las narraciones mesopotámicas del
Diluvio Universal, relato que sería retenido por la Biblia. Según la con­
tinuación del poema "A trahasis", 1 200 años después de la creación de
los seres humanos la población se había multiplicado hasta tal punto que
su clamor perturbaba el sueño de Enlil. Después de adoptar varias m e­
didas inútiles, Enlil, viendo que los dioses no podían impedir que los se­
res humanos siguieran procreando, decidió exterm inarlos con un gran
diluvio. Sin embargo, Ea informó a un hombre sabio, Utanapishtim, de
lo que iba a ocurrir y lo instruyó para construir una gran nave y em bar­
carse en ella con su familia y con representantes de todos los animales.
Después del diluvio, Ea persuadió a Enlil para perdonar a Utanapishtim,
quien junto con su esposa recibió entonces el don de la inmortalidad.
La religión m esopotám ica imbuía toda la vida personal, pero era
sombría y triste. Los seres humanos eran servidores de los dioses, crea­
dos sin otro objeto que el de trabajar para ellos, rendirles homenaje con­
tinuamente y prestarles servicios. Los dioses eran los propietarios de la
Tierra, y los sacerdotes y reyes sólo sus representantes.
Los dioses mesopotámicos eran reverenciados como seres vivos por
medio de sus estatuas en sus respectivos templos. La estatua del dios o
la diosa, en el templo dedicado a cada cual, era mantenida en el celia, por
lo general en posición sedente y rodeada de ricas decoraciones; el dios
estaba ataviado con finas ropas que se cambiaban periódicamente, y por
todos lados veíanse flores y regalos. Se le servían cuatro comidas diarias,
y era la creencia que el dios comía tras unas cortinas, aunque eran los
sacerdotes y los servidores del templo quienes en realidad consumían
102 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

los alimentos. En ocasiones festivas, la estatua del dios era solemnemen­


te llevada en procesión, seguida por todo el pueblo.
Un rasgo peculiar del templo mesopotámico era el ziqqurat, una ele­
vada estructura de torres piramidales, una sobre la otra, cada cual más
pequeña que la anterior; la de la cúspide también servía de observatorio
astronómico. Además de sus funciones religiosas, los templos servían a
importantísimos propósitos económicos, educativos y científicos. Poseían
vastas áreas de tierras agrícolas que eran explotadas por medio de unos
adm inistradores, los uku, bajo la dirección del supervisor general, el
nubanda. Los templos, además, eran responsables de la educación de los
escribas y administraban casi todas las escuelas; también eran centros de
observación científica, a la manera distintivamente mesopotámica de unir
los procedimientos científicos con los mágicos.
Aunque la religión mesopotámica fuese esencialmente cultista y ritua­
lista, la cultura m esopotám ica com binaba elevados preceptos éticos,
como reglas de buena conducta, generosidad y modestia similares a los
de los credos m onoteístas avanzados, con m andam ientos ritualistas e
impersonales, cuya falta de observancia era pecado, cualquiera que hu­
biese sido la intención de la persona. La estricta obediencia a los supe­
riores, desde el hermano mayor, el padre y la madre, hasta el rey y los
dioses, era la regla general entre las normas mesopotámicas de conducta.
A discreción de los dioses, la recompensa a la buena conducta de los fie­
les era una vida feliz, saludable, próspera y larga; eran, esencialmente,
recompensas en este mundo. La vida en el otro mundo, un "infierno'', el
arallu, el mundo sin regreso, una especie del Hades griego, gobernado
por Ereshkigal, hermana de Inanna y su marido Nergal, era una existen­
cia de silencio y sombra. Sin embargo, los reyes, rodeados de sus tesoros
y sus sirvientes, podían obtener de los dioses del infierno una vida de
ultratumba ligeramente menos triste.
La inm ortalidad, otorgada a U tanapishtim como excepción, estaba
negada a los seres humanos. El gran héroe mítico de Sumeria, Gilgamés,
rey legendario de Uruk, en vano intentó alcanzarla. El poem a épico
narra cómo, tras muchas vicisitudes, Gilgamés arrancó a Utanapishtim
el secreto para recuperar su juventud: debía conseguir una planta espi­
nosa del fondo del mar. Se sumergió profundam ente, cortó la planta y
retornó a la superficie. Para refrescarse, se bañó en un pozo, pero una
serpiente le robó la planta.
LA CIVILIZACIÓN MHSOPOTÁM1C A 103

C. El Estado y el rey

La visión mesopotámica del mundo se basaba en la suposición de que el


cosmos era un conjunto de fuerzas divinas, seres humanos y sociedad
que formaban parte del complejo cósmico. La Asamblea de los Dioses,
presidida por Anu, el dios del cielo, y con las funciones ejecutivas a cargo
de Enlil, dios del aire, regía los asuntos cósm icos y los hum anos. Los
dioses eran los propietarios de la Tierra; cada ciudad y sus campos cir­
cundantes pertenecían a un dios específico. Los seres hum anos fueron
creados para servir a los dioses. Según esa suposición, cada una de las
ciudades-Estado que surgieron en el cuarto milenio, aunque adm inis­
trada por un ensi, era propiedad de su dios respectivo. El ensi era un re­
presentante del dios y administraba las actividades de la ciudad-Estado
en su nombre y para su beneficio.
El palacio y los templos eran los centros de administración de la tierra
a las órdenes del ensi, ayudado por los sacerdotes del templo y la burocra­
cia de palacio. La ciudad-Estado funcionaba como un castillo medieval.
Siervos y servidores se encargaban de todas las actividades relaciona­
das con una economía agraria, como aparceros o recibiendo un salario
en cereales. Suponíase que el propio dios de la ciudad ordenaba el proce­
so mediante sus instrucciones transmitidas al ensi. Le ayudaban un gran
número de dioses secundarios, como su mujer —o marido, en el caso de
las diosas— , sus hijos y dioses servidores. Los dioses secundarios super­
visaban cada una de las actividades propias de una econom ía rural y
ejercían su autoridad por medio de los sacerdotes y funcionarios, que
de hecho desempeñaban esas actividades. Las instrucciones de los dio­
ses eran interpretadas por el ensi de acuerdo con varios procedimientos,
como leer las entrañas de animales sacrificados y, para los asuntos más
importantes, por medio de lo que soñaban al dormir en el templo del dios.
Suponíase que el ensi, como inquilino del dios de la ciudad y principal
servidor de todos los dioses, tenía cuatro funciones principales: la efi­
ciente administración de la propiedad del dios, la impartición de justicia,
la defensa militar de la ciudad y el oficio de los ritos más importantes.
Los asuntos humanos eran considerados la realización de las decisio­
nes tomadas por los dioses. Si una ciudad era conquistada por otra, esto
se interpretaba como un decreto de la A sam blea de los Dioses, que
transfería al dios de la ciudad vencedora, al menos por un tiem po, el
trono de la ciudad conquistada. Si un ensi era depuesto y otro gobernante
se ponía al mando de la ciudad, eso significaba que el dios de la ciudad
había cambiado a su representante.
Com o la ciudad-Estado era adm inistrada como sistema económ ico
104 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

para beneficio de su dios correspondiente, su riqueza era guardada en


su templo, después de cubrir los gastos de producirla, incluido lo que se
debía al ens¡r los sacerdotes, los burócratas y los militares. Pero el sistema
político, que abarcaba la formación de reinos e imperios, era visto como
un instrumento de la voluntad de los dioses. La ciudad-Estado se encar­
gaba de satisfacer las demandas privadas de su dios. El Estado en con­
junto se hallaba al servicio político de su dios en su papel de miembro ofi­
cial del Estado cósmico. Enlil, el dios del aire, era el comandante natural
de toda acción militar. Sin embargo, los dioses podían elegir a otro dios
soberano de un reino o un imperio, y ese dios ejercería su poder por me­
dio de un representante humano, el rey o el emperador, elegido por él.
Por ejemplo, cuando Ur dominó las ciudades sumerias se consideró que
Nanna, el dios de Ur, había recibido esa autoridad de la Asamblea de los
Dioses. Del m ismo modo, si un rey era depuesto y otro jefe se ceñía la
corona, esto era consecuencia de que el anterior rey había perdido la con­
fianza de los dioses del Estado, que entonces eligieron al nuevo jefe como
su representante.
Las funciones principales de un rey, como representante del dios del
Estado, eran mantener el orden interno y la justicia, velar por la defensa
militar del Estado y cum plir con ciertos deberes religiosos, en especial
los que conectaban el orden humano con el orden cósmico. El más impor­
tante de los ritos cósmicos era la representación, en el Año Nuevo, de la
victoria de Marduk o Assur sobre Tiamat y las fuerzas del caos. En las
complejas festividades y ritos que representaban ese acontecimiento, el
rey, personificando a M arduk o Assur, aseguraba la conservación del
orden cósmico para el nuevo año, al repetir sim bólicam ente la derrota
de Tiamat y la muerte de Kingu asando un cordero que representaba a
ese dios.
Otro im portante rito cósmico desempeñado por el rey era la repeti­
ción de la unión de Inanna, diosa del amor, con Dumuzi, que aseguraba
la fertilidad de la plantación de prim avera. El rey, representando a
Dumuzi, se casaba simbólicamente con una sacerdotisa, representante de
Inanna, y su unión física aseguraría la continuación del poder creador
de la naturaleza.

D. La estructura de la sociedad

La sociedad mesopotámica tenía tres clases principales: hombres libres,


mushénu y esclavos. Los mushénu eran los pobres; no eran esclavos, pero
trabajaban al servicio de la gente libre y rica, y al llegar la época de
Hammurabi se les consideraba insignificantes. Los esclavos eran en su
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 105

mayoría prisioneros de guerra, pero también había entre ellos personas


sometidas durante un tiempo a la esclavitud por deudas.
Los esclavos eran asignados a diversas tareas. Los esclavos de las
casas desempeñaban el servicio dom éstico; se les trataba con benigni­
dad y sólo había unos cuantos por cada familia, ya que la mayoría de las
labores domésticas estaban a cargo de las mujeres de la casa. Otros es­
clavos eran asignados a actividades comerciales y más fácilmente podían
obtener su manumisión. En números considerables se les enviaba a los
templos para los arduos servicios agrícolas y otras activiciades. Los m u­
chos cautivos de guerra eran empleados en trabajos pesados, com o la
construcción de tem plos, la apertura y m antenim iento de canales y
la edificación de represas. Asiria destacó por el inmenso número de pri­
sioneros de guerra que m antenía en la esclavitud. En realidad, parte
de su belicosidad fue motivada por su determinación de emplear como
esclavos a sus cautivos.
Com o en una sociedad moderna, los hombres libres ocupaban dife­
rentes puestos según sus categorías y capacidades. Los miembros de la
familia real se encontraban en la cúspide de la sociedad. En el siguiente
nivel estaban los sacerdotes de alto rango y los grandes com andantes
m ilitares. Los m ercaderes, sobre todo en Babilonia, gozaban de gran
prosperidad y prestigio. Los médicos y magos (estos últimos a menudo
pertenecientes a una clase sacerdotal) desempeñaban un papel im por­
tante. La mayoría de las personas libres eran pequeños tenderos, artesa­
nos y aparceros de los templos y de las propiedades del rey.
La apariencia de los varones variaba según la edad y las fases históricas.
Los sum erios se afeitaban al ras. Los babilonios llevaban barba, corta
entre el pueblo común, larga y cuadrada entre los dignatarios. Los jóvenes
se afeitaban. Las mujeres ricas se vestían y adornaban con elegancia.7
Las ciudades mesopotámicas estaban rodeadas por muros defensivos
y fortalezas. Dentro de los muros había grandes templos, un palacio real
rodeado de jardines (los míticos jardines colgantes de Babilonia), las gran­
des casas de los ricos y una caótica acumulación de casuchas a lo largo de
calles estrechas, sin empedrado ni limpieza.
La vida civil estaba regulada por leyes y costumbres; la más célebre
colección de "leyes'' es el Código de Hammurabi. Las leyes protegían
a los consumidores y aplicaban principios equitativos, ocasionalmente
con extrañas excepciones. El comercio era muy activo, pues los babilo­
nios eran ante todo comerciantes y tenían subsidiarios y representantes
en el extranjero. Antes de la introducción de la moneda (práctica tomada
7 Véase, sobre estas costumbres, George Conferían, Everyday Life m Babylon and Assyria, op. cit.,
p. 65.
106 LA CIVILIZACIÓN MESOLOTÁMICA

de los lidios en el siglo vii a.C.), la cebada era el medio de cambio habi­
tual. Gradualmente, piezas de cobre y después de plata llegaron a ser de
uso más general. La rápida difusión por toda Mesopotamia de la m one­
da, inventada en Lidia, se logró porque fijaba un patrón al intercambio
de bienes y servicios, y se aseguraban el peso y la calidad de las piezas de
plata y de oro al imponerles el sello real.
Los mesopotam ios, creadores de la primera civilización del m undo,
también organizaron el primer ejército permanente. El ejército se basaba
en el deber de los súbditos de servir a su rey; cada aldea tenía que aportar
un determinado contingente. El ejército estaba a las órdenes de oficiales
profesionales, con el rey como com andante supremo. Había cuerpos
especializados de arqueros, infantería, carros, lanceros montados, inge­
nieros y artillería. Las fuerzas de choque incluían a los guardias perso­
nales del rey. Las campañas militares eran cuidadosamente preparadas,
con espías que informaban acerca de las condiciones de cada lugar. La
guerra se hacía pragm áticam ente y sus métodos estaban íntim am ente
asociados con prácticas m ágico-religiosas. Aunque los preparativos
eran laboriosos y se adoptaban las maneras más eficientes de hacer la
guerra, se suponía que el dios de la ciudad o del campo era el vencedor
de las batallas. Las derrotas se atribuían a una decisión de los dioses,
que habían transferido la soberanía de la parte derrotada al dios de la
vencedora.

4. E l surgimiento

A. De la aldea a la ciudad-Estado

La civilización sumeria que surgió a mediados del cuarto milenio a.C. lo


hizo esencialmente de la forma siguiente: un grupo de aldeas se convir­
tió en una ciudad-Estado, en torno de un templo mayor; se difundió el
empleo de la escritura; más o menos se homogeneizaron sus creencias
religiosas; se utilizó más general y sistem áticam ente el riego, y se di­
ferenció al gobernador de la ciudad, el ensi, del sacerdote que servía en
el templo. Al principio, el proceso fue muy gradual. Las aldeas se volvie­
ron más abundantes y populosas; en el curso de dos siglos, el número de
aldeas neolíticas en torno de Uruk pasó de 18 a 184.8
Durante ese cuarto milenio, los cambios de clima im pusieron el uso
de m étodos agrícolas más productivos. Una prolongada sequía y la
correspondiente reducción de la disponibilidad del agua condujeron a
la invención del arado y al mayor uso del riego.
8 Véase George Roux, La Mesopotamie, op. cit., p. 71.
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 107

A finales del periodo neolítico, la etapa de Uruk (3750-3150 a.C.)


correspondió a la llegada de los súmenos, que ya se encontraban en un
avanzado estado de cultura. Hay múltiples indicios de que al integrarse
los súmenos en la cultura de Uruk, por medios pacíficos o no pacíficos, le
dieron el ímpetu necesario para conglomerar las aldeas formando ciu­
dades-Estado. En este proceso ocupó un lugar central la form ación de
una jefatura política, la del ensi, asociado al templo pero sobreimpuesto
a sus cotidianas funciones religioso-económicas; no menos importantes
fueron la centralización de la autoridad v la creación de un mando mi-
j

litar. Convertir al sumo sacerdote en un gobernador civil y m ilitar fue,


hasta donde podem os inferirlo por los testim onios disponibles, una
consecuencia del proceso de urbanización. Al introducirse la nueva je ­
fatura sumeria, fue evidente que adm inistrar de forma centralizada la
econom ía, velar por el bienestar colectivo y defender la ciudad eran
funciones inseparablemente conectadas.
El ensi, o el rey (lugal) se separó en los grandes estados de las activi­
dades ordinarias del templo y adoptó las funciones de gobernante, pero
conservando su papel de jefe religioso. La creciente diferenciación entre
la autoridad religiosa y la política, ejercidas ambas en nombre del dios
de la ciudad, hizo que el sumo sacerdote fuese nombrado por el rey. Al
mismo tiempo, el palacio se encargó de la jefatura antes desempeñada
por el templo. Con el transcurso del tiempo, el papel económico de los
tem plos también fue transferido en gran parte al palacio, de tal modo
que las zonas agrícolas quedaron cada vez más bajo la supervisión de
delegados del rey.

B. Sumerios y acadios

Sumerios y acadios coexistieron en armonía — o de otra manera— desde


que por la misma época se establecieron en Mesopotamia. La parte me­
ridional de la Baja M esopotamia era sum eria, con una minoría acadia
pacíficamente integrada. La sección del norte, en torno de Kish, era aca­
dia. Pero la discordia entre los habitantes sum erios y los acadios de la
Baja Mesopotamia se intensificó cuando nuevas oleadas de acadios, lle­
gados de la Alta Siria, se unieron a las antiguas comunidades.
El proceso que había conducido a la formación de ciudades-Estado
también llevó a varias de ellas a tratar de dom inar a las demás. Como
vimos en líneas anteriores, Lugalzaggisi, ensi de Urnma, finalm ente
logró formar un imperio sumerio, ca. del año 2340 a.C., de breve dura­
ción. Sargón el Viejo, que tomó la corona de Kish, se lanzó a la conquista
y derrotó a Lugalzaggisi cerca del año 2316 a.C., gracias al em pleo de
108 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

superiores tácticas militares; fundó el Imperio acadio y se anexó las ciu­


dades-Estado del sur de Sumeria.
La resultante civilización sumero-acadia fue el efecto com binado de
dos factores principales. Por una parte, las tácticas militares superiores
y más ágiles creadas por Sargón destruyeron a los lentos y pesados ejér­
citos sumerios. Por otra, los acadios, más dinámicos pero primitivos, se
sumergieron en la cultura sumeria en detrimento de la suya propia aun­
que conservando de ella ciertos aspectos. Surgieron nuevos jefes que
participaron de ambas culturas, acelerando así la integración de sum e­
rios y acadios. Muchos siglos después algo similar ocurriría a los nor­
m andos, que habiendo invadido Francia, donde ocuparon la actual
Norm andía, adquirieron la cultura y la lengua francesas al tiempo que
daban un enérgico impulso a la misma sociedad que, indefensa, los ha­
bía albergado.
La lengua acadia remplazó a la sumeria para fines ordinarios, m ien­
tras que el sum erio pasaba a ser el idioma de la cultura. La escritura
cuneiforme sumeria fue adaptada a la lengua acadia. El acadio, imbuido
de cultura sumeria, se convertiría, con ligeras modificaciones locales, en el
idioma de Babilonia y de Asiria, hasta la época en que el arameo empezó
a propagarse, cerca del primer milenio.
La ciudad-Estado surgió en Mesopotamia como condición necesaria
para organizar la vida de la comunidad durante el proceso de urbaniza­
ción que se llevó a cabo en el cuarto milenio. Además de la organización
misma, el aspecto más notable de la naciente vida civilizada en M esopo­
tamia fue la institución de una autoridad política capaz de ordenar al
mismo tiempo el sistema de producir alimentos y otros bienes, incluido
el requerim iento de un riego apropiado, y las necesidades culturales y
de defensa de la sociedad.
Unos cinco siglos después, el Imperio acadio, con su jefatura política
acadia y su tradición cultural sumeria, se había vuelto sumero-acadio.
Durante un tiempo, el imperio integrado logró producir las condiciones
en que pudiesen existir compatiblemente las antiguas ciudades-Estado.
Había surgido la civilización mesopotámica.

5. E l D ESA RRO LLO

A. De la ciudad al Imperio

Las ciudades-Estado m esopotám icas lucharon continuam ente por la


supremacía. La hegemonía solía lograrse en cuanto uno de los conten­
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 109

dientes alcanzaba la superioridad militar. Sin embargo, había que intro­


ducir y mantener un orden político aceptable, y rara vez se cumplió con
este requerimiento.
Varios factores favorecieron un sistema imperial:
— Podía hacer una defensa más eficaz contra bárbaros y pueblos civi­
lizados competidores, como los elamitas, hititas y hurrienses.
— El marco de un sistema imperial reforzaba la ya existente unidad
cultural y religiosa.
— Ofrecía mejores condiciones agrícolas y comerciales al dar unifor­
midad a las normas, instalaciones de transporte y seguridad general.
— Un sistema imperial era compatible con la vida urbana, pues daba a
la ciudad un margen adecuado para administrarse a sí misma y aumen­
taba la seguridad colectiva y la prosperidad económica.
Otros factores iban en contra del imperio:
— Las ciudades aspiraban a la plena independencia, y varias de ellas
a la hegemonía.
— Existían diferencias considerables entre la Alta y la Baja M esopo-
tamia.
—Los sistemas imperiales mesopotámicos iban orientados no a la for­
mación de una nación, sino al predominio de la ciudad mayor. Los pro­
yectos im periales dependían, así, casi com pletam ente de la superiori­
dad militar y la coacción más que de la lealtad voluntaria.
— Las sucesiones dinásticas eran frágiles, particularmente en Babilo­
nia, lo que producía crisis periódicas.
Lo que en realidad ocurrió fue que los intentos m esopotám icos por
formar un imperio dieron por resultado la inestabilidad y sólo duraron
hasta que surgieron los imperios Medio y Nuevo asirios.
El prim er intento logrado de formar un imperio fue el sum erio, em ­
prendido por Lugalzaggisi, ensi de Umma ca. 2340 a 2316. Formado por
una frágil superestructura militar, no pudo ganarse la lealtad de las ciu­
dades-Estado en cuestión.
Sargón el Viejo inició el segundo intento en 2334 a.C. Su imperio duró
hasta 2154. Los acadios tuvieron mejor éxito que los sum erios, pero
tampoco ellos lograron constituir una nación, aunque en conjunto fun­
dieron los ingredientes sumerios y acadios para producir una sola cul­
tura. La derrota m ilitar de los acadios ante las hordas gutas causó el
resurgimiento de las ciudades-Estado sumerias. La Tercera Dinastía de
Ur, de 2112 a 2004, obtuvo gran preeminencia en el sur de Mesopotamia
y llevó la cultura sumero-acadia a su edad de oro.
Dos siglos de conflicto entre las dinastías Isin y Larsa, entre 2017 y
1763, allanaron el camino a los dos principales centros de poder y cultura
110 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

que surgirían en Mesopotamia: Babilonia y Asiria. El ulterior desarrollo


de la civilización mesopotámica quedaría polarizado entre ellos.

B. Asiría y Babilonia

La civilización mesopotámica se desarrolló durante más de trece siglos:


desde com ienzos del siglo xix a.C. hasta la caída de Babilonia en 539.
Sus dos polos políticos y culturales, Asiria y Babilonia, determinaron el
curso de ese desarrollo porque las formas de su compleja relación alter­
naron entre el conflicto y la cooperación. Hay cierta sim ilitud entre la
relación asirio-babilónica y la que después existió entre atenienses y es­
partanos. Como en el caso de las ciudades-Estado griegas, los dos gran­
des centros m esopotám icos no pudieron formar una nación com ún, ni
siquiera una com unidad, ni im poner una hegem onía estable de uno
sobre el otro.
Hemos dicho antes que Asiria se volvió la más terrible potencia mili­
tar de la Antigüedad tem prana, m ientras que Babilonia se desarrolló
hasta ser el centro cultural y económ ico más im portante de la misma
época. A pesar de todo, cada una compartió los principales atributos de
la otra en gran medida y durante prolongados periodos. Asiria también
fue un im portantísim o centro cultural, en particular durante el nuevo
Im perio (805-609), y llegó a alcanzar una categoría sobresaliente en
tiempos de Asurbanipal (668-627). Babilonia ejerció la supremacía polí­
tica y militar durante el reinado de Hammurabi (1792-1750), por un bre­
ve tiempo con Nabucodonosor I (1124-1103) y nuevamente con Nabuco-
donosor II (604-562).
Aunque el auge de Asiria fue apoyado por la agricultura y el com er­
cio, se basó esencialm ente en su poderío m ilitar y fue m antenido por
continuidades dinásticas rara vez interrumpidas por usurpadores. Utili­
zó su poderío militar con dos propósitos. En primer lugar, para fines de
carácter estratégico, tanto defensivo como ofensivo, Asiria deseó dom i­
nar directam ente o por medio de reyes vasallos toda el área m esopo­
támica desde el Golfo hasta el M editerráneo y aspiró continuam ente a
som eter en lo político a Babilonia. Pero, en segundo lugar, tam bién se
emplearon medios militares con la intención de obtener inmensos con­
tingentes de prisioneros de guerra y volverlos esclavos para que efec­
tuaran trabajos arduos, com o abrir y m antener canales y otras tareas
onerosas.
El surgimiento de Babilonia fue obstaculizado por frecuentes intentos
de usurpar el trono. Su poderío se mantuvo por medios militares, tam ­
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 111
bién empleados en varios intentos de form ación de un im perio, como
los de Hammurabi y de los dos Nabucodonosores. Babilonia tenía una
econom ía muy activa, y su cultura y religión se propagaron por todo
el mundo conocido. Producía un rico excedente de cereales y otros pro­
ductos agrícolas, así como un cúmulo de artefactos de calidad, y tam ­
bién contaba con una muy com petente y bien organizada clase de co­
m erciantes y m ercaderes, con representantes en países extranjeros.
Babilonia fue la mayor potencia económica de la Antigüedad temprana.
Su riqueza fue intensificada por su cultura y por su prestigio religioso. El
cosm opolita estilo de vida de Babilonia, en particular durante el im ­
perio neobabilónico, la convirtió en la Nueva York de la A ntigüedad
temprana.
Sin embargo, Asiría y Babilonia no lograron superar las lim itaciones
de ciudad-Estado de sus respectivas capitales. En el caso de la primera,
la hegemonía de Nínive (después de Ashur y de Kalach) y el etnocentris-
mo de los asirios siempre dependieron de la superioridad militar y de la
coerción, incluidas algunas prácticas de aterradora crueldad. De este
modo, sus intentos imperiales fracasaron, a pesar de durar relativamen­
te largo tiempo: más de tres siglos para el nuevo Imperio asirio. Babilo­
nia adm inistró m ejor su im perio, basando su dom inación en factores
económicos y culturales más que en la sola fuerza militar, e incorporan­
do élites nativas en los gobiernos locales. No obstante, tam poco logró
formar un sentido de nación que abarcara todas las ciudades mesopotá-
micas, particularmente las de la Alta Mesopotamia.
Adem ás de la com pleja interrelación entre Asiria y Babilonia, otro
factor importante caracteriza el desarrollo de la civilización mesopotá-
mica. Aunque la rigidez cultural de Mesopotamia se derivara de su vi­
sión cosmológica del mundo, y sus rituales y magia abarcaran todas las
actividades, esa civilización se vio expuesta a un proceso de m oderniza­
ción durante toda su prolongada historia.
La m odernización, como proceso sociohistórico, puede concebirse
independientemente de su surgimiento en la reciente civilización occi­
dental. Vista como ocurrencia observable en distintas civilizaciones en
diversos tiempos históricos, la modernización consiste en el difundido
uso de una racionalidad instrumental, en el desarrollo de un sentido de
intimidad ante la vida pública y en la expansión del cosmopolitismo. En
ese sentido, tanto Asiria como Babilonia estuvieron expuestas a procesos
de modernización.
Hasta donde podem os juzgar a partir de los datos disponibles, el
nuevo Imperio asirio y, con mayor razón, el Imperio neobabilónico ma­
nifiestan claras indicaciones de una creciente modernización. La moder­
112 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

nización asiría se refleja en un nuevo interés por la cultura y las artes


decorativas, llevadas a su más alto nivel durante el reinado de Asurba-
nipal. La modernización de Babilonia es más general y afecta el estilo de
vida de las clases media y alta. Se caracteriza por un sentido de intim i­
dad cada vez mayor y orientado hacia metas económ icas y culturales.
Empieza a abrirse una distancia entre el individuo y el Estado, lo que
trae consigo actitudes y conducta cosmopolitas que agrandan la brecha.
En este proceso se vio severam ente socavada la naturaleza sagrada
del rey. Su relación con los dioses y sus funciones cosm ológicas se vol­
vieron más remotas y vagas, mientras se intensificaban sus funciones de
administrador de los intereses de la comunidad. Una de las consecuen­
cias de la modernización fue que las clases cultas aceptaron la idea de
que el gobernante era remplazable. Esta actitud cosmopolita condujo a
la formación en Babilonia de una considerable facción favorable a Ciro.
Ciro el Grande, invencible, magnífico, generoso, respetuoso de los dioses
y de las costumbres locales, fue visto por muchos como un gobernante
m ejor que el rey babilónico Nabonido, quien en realidad era un usur­
pador, y que su hijo Baltasar. Y a la postre, la mayoría de los influyentes
— sacerdotes y mercaderes— llegaron a estar de acuerdo con ello.

C. El papel de los bárbaros

Desde la época de sus orígenes sumerios, Mesopotamia — como primer


experim ento de civilización— estuvo rodeada por bárbaros. Algunos
eran semitas, otros asiánicos y otros más indoeuropeos. Vistos en la pers­
pectiva histórica, estos bárbaros conservaron su estilo de vida nómada
y se aproxim aban a los centros civilizados sólo para saquearlos. Sin
em bargo, algunos trataban de m ezclarse con la gente civilizada y de
quedarse en las tierras conquistadas como sus nuevos jefes.
Los gutos, de los montes Zagros, invadieron Acadia a fines del siglo
xxm a.C. y fundaron una nueva dinastía, de 2200 a 2120, pero fueron
expulsados de Uruk por Utukegal (2123-2113) a finales del tercer milenio.
Los kasitas, pueblo asiánico también de los montes Zagros y encabe­
zado por una aristocracia indoeuropea, se asentaron en M esopotam ia
desde comienzos del segundo milenio. Tras el saqueo de Babilonia por los
hititas, ellos ocuparon la ciudad, formaron la dinastía kasita (1600-1150) e
introdujeron el caballo. Adoptaron la cultura sumero-acadia y goberna­
ron Babilonia hasta que fue conquistada por el asirio Tukulti-Ninurta I,
en 1235.
Los árameos, semitas del desierto de Siria, invadieron Mesopotamia a
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 113

finales del siglo xn a.C. y abrumaron al Imperio medio asirio. Aunque


no lograron dar continuidad al régimen asirio, introdujeron (con una
versión adaptada del alfabeto lineal fenicio) el uso cada vez más genera­
lizado de su lengua, que gradualmente sustituyó al acadio.
Los amoritas, pastores nómadas semitas de la Alta Asiria que se esta­
blecieron en Mesopotamia en el segundo milenio, derrocaron a la terce­
ra dinastía de Ur ca. 2004 y fundaron, cerca de 1894, la primera dinastía
de Babilonia.
Los caldeos, antes nóm adas semitas probablem ente del desierto de
Arabia, cada vez más influidos por la civilización babilónica, bajo Nabo-
polasar, en el siglo vn a.C. se adueñaron de la ciudad y fundaron con el
apoyo local el Imperio neobabilónico.
Los bárbaros desempeñaron un doble papel de extrema im portancia
en el curso de toda la civilización mesopotámica. Fueron, por igual, un
desafío destructivo y una reconstituyente renovación. Esta interrelación
entre bárbaros y pueblos civilizados podría llamarse el "síndrom e bár­
baro-civilizado". Apareció por primera vez en Mesopotamia en el cuarto
milenio y reapareció en distintas formas durante el ulterior curso de su
historia. Los bárbaros tenían una enorme energía debida a su primitivo
y arduo modo de vida; mostraban una espontánea inteligencia no con­
tam inada por suposiciones dogm áticas, una gran apreciación de las
hazañas heroicas y la correspondiente aceptación a tener que esforzarse,
a correr riegos personales, y un desdén por la muerte que los convertía
en soberbios com batientes. Su falta de organización y de habilidades
tácticas los hacía incapaces de resistir a los ejércitos disciplinados y bien
planeados de sus enemigos civilizados, que podían contar con menos
soldados pero cuya fuerza armada se basaba en la superioridad tecnoló­
gica. Sin embargo, a la postre, los bárbaros solían prevalecer cuando sus
adversarios civilizados perdían el deseo de luchar al verse debilitados
por disputas intemas y por la molicie de sus vidas cómodas.
Rodeados por bárbaros dispuestos a aprovechar cada oportunidad de
llevarse sus riquezas, los mesopotamios estuvieron constantemente dis­
puestos a rechazarlos y llegaron a emprender a veces acciones militares
preventivas. Sin embargo, de cuando en cuando los bárbaros lograron
superar a los ejércitos civilizados, por lo general después de periodos de
enredos dinásticos y otras divisiones internas. Algunos de los bárbaros
volvieron a sus vidas nómadas, cargados con un rico botín. Otros se que­
daron, sus jefes se casaron allí y parcialm ente rem plazaron a la aristo­
cracia local para instituir una nueva dinastía. Tal fue el caso de los amo-
ritas, que fundaron la primera dinastía de Babilonia; de los kasitas, que
se adueñaron de la ciudad devastada por los mursilis, y de los caldeos,
114 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

que instituyeron el Imperio neobabilónico. En la mayoría de los casos,


los bárbaros pronto mostraron la facilidad con que podían asimilarse a
la civilización conquistada por ellos e insuflarle un nuevo dinam ism o
e ímpetu.

D. Civilizaciones en competencia

Un peligro para Mesopotamia mayor que el de los bárbaros fue el de las


civilizaciones en com petencia que se desarrollaron cerca de sus fron­
teras. Los elam itas, los hititas, el reino hurriense de Mitani, el reino de
Urartu, los egipcios y, a la postre, los medos y los persas constituyeron
importantes amenazas para la supremacía mesopotámica.
Los elam itas, con su capital en Susa, estuvieron en acción desde el
tercer milenio hasta que fueron destruidos en 640 por AsurbanipaL En
1176, con su rey Shutruk-nahunte I, saquearon Babilonia y se llevaron a
Susa la estela de Hammurabi y la estatua de Marduk. Más tarde, derro­
taron a Sargón II de Asiria (721-705), esta vez aliados con Babilonia.
Finalmente fueron aniquilados por AsurbanipaL
Los hititas demostraron ser un desafío más peligroso. Mursilis I saqueó
Babilonia en 1595 a.C., con lo cual allanó el camino a la ocupación de la
ciudad por los kasitas. En el siglo xiv a.C. un gran rey hitita, Suppiluliu-
mas I (1380-1336), impuso el orden a Mesopotamia. En 1346 devastó el
reino de Mitani. Adad-nirári I convirtió Mitani en un Estado vasallo. Su
desplome final fue logrado por Salmanasar I (1274-1245), quien redujo
el reino a una provincia asiria. Los hititas, debilitados por un largo e in­
concluso conflicto con los egipcios, cayeron en grave decadencia en la
segunda mitad del siglo xm a.C. y finalmente fueron destruidos por los
pueblos del mar, ca. 1200.
El reino de Urartu apareció en el siglo xm a.C., pero sólo alcanzó cierta
importancia a comienzos del ix. Los urartianos tenían muchos rasgos en
común con los hurrienses; por ejemplo, sus lenguas estaban íntimamente
emparentadas. De 1275 a 840, los asirios constituyeron una mayor am e­
naza contra Urartu, a la que combatieron en su propia tierra encontrando
sólo una débil resistencia. De 840 a 612, durante el gran periodo de domi­
nio de Urartu, sostuvo sin embargo un prolongado conflicto con los asi­
rios, en el que varias veces logró la ventaja. Sarduri II derrotó a Ashur-
nirari V en la cuenca alta del Tigris, ca. 753. Los asirios reaccionaron
enérgicamente: Tiglath-pileser III (744-727) derrotó a Sarduri II en 743 en
Commagena, cerca de Halpi, y llegó hasta las puertas de Tushpae, la ca­
pital de Urartu. Una revuelta palaciega destronó a Sarduri y colocó en el
trono a su hijo, Rusas I (730-714). Sargón II (721-705) com pletó la des­
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 115

trucción del poder de Urartu. Éste subsistió como potencia menor hasta
fines del siglo vii a.C., cuando los árameos conquistaron el reino.
La intervención de Egipto en Mesopotamia se relacionó con su disputa
con el reino de M itani por el dom inio de Siria-Palestina. Tutmosis III
(1504-1450) esperaba conquistar Palestina y trabó con los hurrienses
varias batallas que term inaron indecisas. Sin em bargo, Tutm osis IV
(1425-1417), temiendo la amenaza de los hititas, hizo la paz con Mitani y
cedió Siria a los hurrienses a cambio de que ellos renunciaran a sus pre­
tensiones en Palestina. Posteriores conflictos con Nabucodonosor II ter­
minaron en la victoria de este último.
A pesar de todo, el verdadero desafío a los reinos m esopotám icos
apareció con el surgimiento de los medos y los persas. Estos pueblos in­
doeuropeos invadieron Irán desde ca. 1200, entrando por vía del Cáu-
caso, y se establecieron en torno del lago Urmiah. A comienzos del siglo
vii a.C., los persas descendieron de los montes Zagros para establecerse
en la región que es el actual Shiraz.
Los m edos fueron los prim eros en intervenir en M esopotam ia. En
ca. 625, Ciajares, nieto de Deioces, rey de algunas de las tribus medas,
logró unir a los medos en un solo reino, gobernado por él, con su capital
en Ecbatana. Ciajares se alió con Nabopolasar de Babilonia, dándole en
matrimonio a una de sus hijas. Después de organizar un poderoso ejército,
Ciajares y Nabopolasar se unieron en mortífero asalto contra los asirios,
conquistaron Nínive en 612 e infligieron sucesivas derrotas a Asur-uba-
lit II (611-609), hasta la aniquilación de los asirios en 609.
Los persas fueron el segundo pueblo que logró intervenir en Babilo­
nia. A las órdenes de Ciro II el Grande (559-529), conquistaron Babilonia
en 539. Rebelándose contra su soberano medo, Astiages (585-550), Ciro
unió los tronos de Media y de Persia en 550 y fundó así el Imperio per­
sa. Durante los años subsecuentes conquistó Lidia (547) y em prendió
una guerra contra el rey Nabonido de Babilonia (555-539). Con la com ­
plicidad de Gobrias, un general de Nabonido, Ciro ocupó Babilonia casi
sin lucha.

6 . L a decadencia

A. El problema de la decadencia

Uno de los principales propósitos del presente estudio es ofrecer un


análisis empírico de las principales condiciones que han contribuido a
la decadencia de una civilización. Sem ejante análisis requiere definir
claramente el concepto de decadencia.
116 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

Una civilización puede ser monosocietal, correspondiente a una sola


sociedad, como en el caso del antiguo Egipto. También puede ser pluriso-
cietal, correspondiente a varias sociedades, ya sea en sucesión cronológi­
ca, como cuando la sociedad sumero-acadia sucedió a la sociedad sume-
ria o cuando las sociedades babilónica y asiria sucedieron a la sociedad
sum ero-acadia, o bien coexistiendo paralelam ente como lo hicieron
Babilonia y Asiria a partir del siglo ix antes de Cristo.
Ya sea que una civilización sea monosocietal o plurisocietal, lo impor­
tante es saber cómo reacciona a los hechos que la afectan profunda­
mente. En una civilización m onosocietal, una derrota m ilitar decisiva
puede provocar su decadencia y su definitiva extinción. En una civiliza­
ción plurisocietal, el fenómeno de la decadencia incluye elementos más
complejos. La aniquilación militar de Asiria, bajo Nabopolasar y Ciajares
(611-609), condujo a la extinción del Imperio asirio y, con ella, de la en­
cam ación asiria de la civilización mesopotámica; sin embargo, la civili­
zación m esopotám ica no se extinguió, sino que gozó de un brillante
aunque no largo futuro con Nabopolasar (624-605) y sus sucesores hasta
la conquista de Babilonia en 539 por Ciro el Grande, cuando Nabonido era
su rey. Aunque ese decisivo acontecim iento pueda haber indicado un
avanzado proceso de decadencia, no derivó en la extinción de la civili­
zación m esopotám ica. Esa gran civilización siguió existiendo bajo el
régim en benigno de los persas sin perder su carácter social y cultural,
hasta que fue conquistada por Alejandro (330). Una vez más, este nuevo
acontecimiento decisivo no representó la extinción de la civilización me­
sopotámica por medios militares. Esa influencia, y no una coerción m i­
litar, fue el factor que socavó la civilización m esopotám ica y gradual­
mente la hizo fundirse en el mundo helénico.
Por consiguiente, la decadencia de una civilización debe interpretarse
como un proceso derivado de varias causas posibles. A veces, las causas
son acumulativas, a veces cíclicas. Pero gradual o súbitamente, no pue­
den sostenerse ya los valores y las pautas de su vida social.

B. Sumerios y sumero-acadios

La derrota y captura de Lugalzaggisi por Sargón el Viejo, cerca del año


2316, puso térm ino al efím ero Im perio sum erio. A unque esa victoria
militar fue decisiva, no constituyó el fin de la cultura sumeria y mucho
m enos el de la civilización m esopotám ica, que aún estaba forjándose.
Demostró que las ciudades-Estado sum erias eran incapaces de unirse
en un sistema político general y también que los acadios eran más capa­
LA CIVILIZACIÓN m e s o p o t á m ic a 117

ces que los sumerios de gobernar el crisol mesopotámico. Pero, a la larga,


también probó que el más enérgico impulso político-m ilitar de los aca-
dios era insuficiente para triunfar sobre la brillantez de la cultura políti­
ca sumero-acadia.
La victoria de Sargón sobre Lugalzaggisi se debió a las superiores tác­
ticas m óviles de los acadios. Sin em bargo, el nuevo sistem a im perial
edificado por Sargón nunca logró ganarse en realidad la lealtad de las
ciudades que gobernaba. Su hijo menor, Rimush, que le sucedió, hubo
de hacer frente a una seria rebelión al comienzo de su reinado de nueve
años. Rimush fue asesinado, probablemente por su hermano mayor Ma-
nishtusu, quien al sucederlo se enfrentó a unos insurgentes. Aunque la
dinastía agade había sometido a las provincias del Imperio, nunca logró
integrarlas satisfactoriamente a él. Por ello, no pudo contener a las hordas
gutas que atacaron a los acadios. Los recursos militares de que dispuso
uno de los últim os reyes de Agade, Shar-kali-sharri (2217-2193), no
pudieron resolver la situación, y discordias internas redujeron definiti­
vamente a los acadios a la impotencia. Así, los gutos pudieron conquis­
tar Acad en 2180.

C. Asiria y Babilonia

Los destinos finales de los dos grandes centros de la civilización m eso­


potámica fueron tan distintos como sus sistemas sociopolíticos.
A siria form ó la m áquina m ilitar más eficiente y terrible de la A nti­
güedad temprana. Pese a que era sensible a la modernización, el nuevo
Imperio asirio (805-609) mantuvo su opresivo y terrorista m ilitarism o.
Las ciudades asirias, particularm ente Nínive, em plearon los aspectos
cultos del nuevo Imperio, pero no así las regiones y los pueblos dom i­
nados. En la propia Asiria, la cultura era privilegio de las clases altas, no
de las masas. No se permitió algún alivio a las penalidades impuestas a
los esclavos. Asiria pasó los largos años de su indisputada supremacía
rodeada por el tem or y el odio de los pueblos que se hallaban bajo
su yugo.
La caída de Asiria fue, en esencia, el resultado de una derrota militar
causada por insuficiencia de soldados. Sus dificultades empezaron con
la muerte de su gran rey, Asurbanipal, en 627. Su hijo y sucesor, Asureti-
lelani, tuvo que sofocar una rebelión encabezada por un usurpador, en la
cual perdió a muchos de sus hombres. Babilonia, encabezada por Na-
bopolasar, se rebeló y se volvió independiente. Lo m ism o hicieron
los m edos, a las órdenes de Ciajares. O tras provincias del Im perio se
separaron y el reino cayó en un gran desorden. Tras el breve reinado de
118 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

Asuretilelani, ascendió al trono su hermano Sin-shar-iskun. Sin em bar­


go, se había reducido drásticamente su poderío militar, así como el nú­
mero de zonas que en realidad dominaba. Ciajares de M edia, quien
mandaba un poderoso ejército bien preparado en los métodos militares
asirios, y N abopolasar de Babilonia, hom bre políticam ente astuto y
cuyo poderío caldeo iba resurgiendo, unieron fuerzas para atacar Asiria.
Los asirios recurrieron a sus dos principales aliados: los egipcios (que
antes se habían liberado del yugo asirio) y las hordas escitas. No obs­
tante, los escitas fueron atraídos por la perspectiva del botín asirio que
Ciajares les había prometido y se pasaron a la alianza antiasiria.
Luego de su largo predominio militar, los asirios se enfrentaban ahora
a una potencia superior. Sitiada por las fuerzas aliadas, N ínive final­
mente cayó en 612. Sin-shar-iskun pereció al arrojarse a las llamas de su
propio palacio. La ulterior resistencia en la fortaleza de Harrán, encabe­
zada por Asur-uballit II, hermano de Asurbanipal, también cesó en 610.
Las fuerzas asirías restantes y sus aliados egipcios intentaron contraata­
car, pero fueron irremisiblemente derrotados en 609. Por fin había sido
aniquilado el poderío asirio. Los vencedores se dividieron los territorios
de Asiria y sus riquezas. Babilonia quedó como única representante de
la civilización mesopotámica y entró en el breve esplendor del Imperio
neobabilónico.
Aun cuando el legado cultural asirio fue casi com pletam ente erradi­
cado de Mesopotamia bajo el Imperio neobabilónico, considerables ele­
mentos de esa cultura fueron transferidos a los medos y al por entonces
futuro Im perio persa. Su legado incluyó a m uchos trabajadores del
m etal y de la piedra, quienes crearon gran parte de las obras de arte
atesoradas en Persépolis y Ecbatana, así como a quienes habían inventa­
do los métodos militares asirios, que fueron adoptados por los medos y
los persas.
La decadencia y la caída de Babilonia, en contraste con las de Asiria, no
fueron básicamente consecuencia de una derrota militar. Al menos tres
factores contribuyeron a su caída final. En primer lugar, ciertas caracte­
rísticas desagradables de la personalidad de su último rey, el usurpador
Nabonido. En segundo, procesos internos que causaron profundas divi­
siones entre el gobierno y personajes influyentes — sacerdotes y merca­
deres— en un ambiente en que iba aumentando el cosmopolitismo. Por
último, el contexto externo marcado por la rápida y abrumadora acumu­
lación de poder y prestigio de Ciro el Grande, que llegó a ceñirse la corona
de los medos.
Las dificultades políticas de Babilonia em pezaron con la m uerte de
Nabucodonosor, en 562. Su hijo, Avil-Marduk, fue una persona débil,
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 119

incapaz de dom inar eficazm ente el Estado. Después de dos años, su


cuñado Nergal-shar-usur (Neriglisar) encabezó con éxito una rebelión
que terminó con el asesinato del rey, y se ciñó la corona (559). Falleció en
556, dejando el trono a su hijo Labashi-Marduk. La incapacidad política
del sucesor favoreció, ese mismo año, una nueva rebelión, y los conspi­
radores eligieron a uno de sus cabecillas, Nabü-na'id (Nabonido), para
ocupar el trono babilónico.
Nabonido reinó 17 años, durante los cuales surgió una com pleja si­
tuación. Por una parte, había una absoluta falta de correspondencia
entre la conducta del rey babilónico y las circunstancias sociales y políti­
cas, internas y externas, en las que actuaba. Por otra, había crecientes
divisiones dentro de Babilonia: se reducía la cohesión entre los diversos
sectores y provincias del reino, a la vez que se abría más la brecha entre
los sacerdotes y mercaderes y entre el rey y su corte. El creciente cosmo­
politismo que socavó la lealtad de las clases media y alta al Estado las
llevó a ver al rey de Persia como una m ejor opción que sus propios
gobernantes.
El proceso de m odernización que caracterizó al Im perio neobabiló-
nico se distinguió por la prevalencia de un nuevo sentido de la intim i­
dad en las clases alta y media cultas. Se preocupaban por sus asuntos,
su religión personal y su goce individual. La visión cosm ológica del
carácter sagrado del rey, disminuida ya por las sucesivas usurpaciones,
fue más socavada aún por este nuevo sentido de la vida privada. Cobró
mayor importancia la buena administración pública para asegurar que
se atendiera debidam ente los intereses privados de los ciudadanos. Se
consideró que conservar el estilo de vida babilónico, que los sectores
prósperos daban por sentado, era más importante que conservar al sobe­
rano del reino. Desde esta perspectiva, la conducta de Nabonido pareció
errática y extraña: sólo se interesó por su devoción a Sin, el dios de la
luna de Harrán, de quien su madre era suma sacerdotisa. Su espléndida
restauración del gran templo de E-khulkhul en Harrán fue considerada
inapropiada por los sacerdotes de Marduk en Babilonia. Además, pasó
11 de los 17 años de su reinado en el oasis árabe de Teima, dejando los
asuntos de gobierno en manos de su hijo Baltasar, quien era impopular.
En contraste, Ciro II el Grande se dedicó activa y triunfalmente a exten­
der su Imperio y su poder, reuniendo en torno a su reino todas las regio­
nes que rodeaban Babilonia. Ciro fue obteniendo el creciente apoyo de
los babilonios notables, hasta llegar a gobernarlos. Lo vieron como un rey
invencible, pero también como mi príncipe tolerante y de amplio criterio.
En 547, Ciro atravesó el Tigris, debajo de Arbela, y se adueñó de su parte
alta. Al año siguiente tomó Uruk, en el sur de Babilonia, con el apoyo de
120 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

los elamitas. Babilonia quedó como una pequeña zona rodeada por las
fuerzas de Ciro, quien en 539 derrotó a un contingente babilónico en
Opis, y allí fue muerto Baltasar. Este acontecimiento desencadenó una
rebelión general en Acad. Nabonido huyó a Babilonia, pero la ciudad se
negó a oponer resistencia a Ciro. Gobrias, el general de N abonido en­
cargado de defender el ala izquierda del ejército babilónico, se pasó al
bando de Ciro y las puertas de Babilonia quedaron abiertas a los persas.
Ciro entró en la ciudad y fue triunfalmente recibido por los babilonios.
G obrias fue nom brado gobernador de la ciudad y N abonido enviado
lejos, como gobernador de la provincia persa de Carmania.
La conquista persa, como lo habían esperado los notables, no afectó el
estilo de vida babilónico. Ciro conservó y rindió pleitesía a los dioses
babilónicos y ejerció un gobierno benigno. Tal situación persistió hasta
la conquista de Babilonia por Alejandro, en 330.
Otros dos factores condujeron a la extinción final de la civilización
babilónica. El primero y más importante fue que los babilonios estuvie­
ron continuam ente expuestos a la superior racionalidad de la cultura
griega. La visión mágico-cosmológica de los mesopotamios cedió ante el
logos helénico. El proceso recibió impulso por lo conveniente que resultó
a las clases alta y media adoptar la cultura griega como condición para
tener acceso a superiores niveles de influencia y poder. El segundo factor
fue la fundación de Seleucia en 300, que atrajo a la nueva metrópoli la
vida de Babilonia. Los seléucidas no se propusieron destruir Babilonia;
sencillamente, quedó como ciudad desierta.

D. Observaciones finales

Algunas observaciones de extremo interés derivan de este exam en del


surgimiento, desarrollo y decadencia final de la civilización mesopotá-
mica, llena de personalidades, características y episodios fascinantes. El
autor considera que tres de estas observaciones tienen un significado
cuya relevancia para el estudio com parativo de las civilizaciones tras­
ciende las circunstancias del tiempo y el lugar en que ocurrieron.
La primera observación concierne al papel de los grandes hombres y
el grado hasta el cual algunos de ellos lograron inclinar a su favor las cir­
cunstancias que rodearon sus acciones, m ientras que para otros unas
circunstancias desfavorables resultaron insuperables pese a su valor y ca­
pacidad. Sargón el Viejo (2334-2279), de humildes orígenes, logró ceñirse
las coronas de Kish y de Agade. A partir de ese principio edificó un impe­
rio que abarcaría toda Mesopotamia y que, pese a su fragilidad relativa,
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 121

persistió durante casi dos siglos. Pocas décadas después, Sumu abum
(1894-1881) y sus nómadas pastores amoritas fundaron la primera dinas­
tía de Babilonia, y elevaron el poder y la cultura de este imperio a uno
de sus más altos niveles. Hammurabi (1792-1750) dominó toda Mesopo-
tamia y adoptó unas exaltadas normas de conducta que se reflejaron en
su célebre Código. Asurbanipal (668-627) llevó el predominio militar de
Babilonia a su punto culminante, y al mismo tiempo elevó la cultura asi­
ria a su cúspide. Nabucodonosor II (604-562) encumbró a Babilonia has­
ta su más alta categoría histórica al com binar su predom inio político
con sus más admirables realizaciones culturales. Después de los siglos en
que Babilonia estuvo subyugada por Asiria, Nabopolasar (625-605), con
la ayuda de los caldeos, restauró la independencia y el poder de Babilo­
nia, explotando con soberbia habilidad política su alianza con los medos
y atrayendo a las hordas escitas a ponerse de su lado, con la prom esa
del botín asirio. Por último, Ciro II el Grande, después de ser vasallo de los
medos, unió a medos y persas bajo su corona, conquistó Lidia y exten­
dió su imperio hasta las murallas de Babilonia, donde inspiró la forma­
ción de un partido pro persa que le abrió las puertas de la ciudad (539),
por las que entró triunfante entre aclamaciones de los babilonios.
En todos estos ejemplos, como en otros que podrían m encionarse, la
historia de Mesopotamia da muestras extraordinarias de hasta qué grado
algunos grandes hombres pudieron torcer a su favor las circunstancias
que los rodeaban, adecuándolas a su voluntad y alcanzando así sus metas.
En cambio, la incapacidad y las flaquezas de los sucesores de N abu­
codonosor II llevaron esta brillante herencia a un rápido declive. Una
sucesión de regicidas y usurpadores, entre 562 y 555, contribuyó a una
grave pérdida de la fe en el carácter sagrado del rey; no hizo ascender a
jefes hábiles al trono y terminó con el errático e irresponsable reinado de
N abonido (555-539) y la apertura de las puertas de Babilonia por los
propios babilonios, quienes traicionaron a su rey (m ientras, al mismo
tiempo, se sentían traicionados por él) para facilitar la entrada triunfal
de Ciro.
Sin embargo, las dificultades pueden acumularse hasta hacerse insu­
perables. Los dos últimos reyes de Asiria nos ofrecen trágicos ejemplos.
La guerra civil (652-648) entre Sham ash-shum -ukin de Babilonia y su
hermano Asurbanipal de Nínive (658-648) terminó con la derrota de Ba­
bilonia; no obstante, dejó com pletam ente exhausta a Asiria y conside­
rablemente reducida la capacidad de sus militares. En estas circunstan­
cias, Sin-shar-iskun, con un débil apoyo de Egipto, hubo de enfrentarse a
la superior fuerza militar de los ejércitos combinados de Ciajares de M e­
dia y Nabopolasar de Babilonia. Su situación se hizo insostenible cuando
122 LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA

las hordas escitas violaron su alianza con Asiría y se unieron a las fuer­
zas de Ciajares. Heroicamente, Sin-shar-iskun resistió el ataque a Nínive,
y al verse rodeado por sus enemigos se arrojó a las llamas de su palacio.
A sur-uballit II, herm ano y sucesor de A surbanipal, reagrupó lo que
quedaba del ejército asirio y ofreció una desesperada resistencia desde
la fortaleza de Harrán, que finalmente cayó en 610. Los asirios, con la
ayuda de sus aliados egipcios, intentaron un últim o contraataque en
609, pero fueron aniquilados en definitiva. El largo dom inio de Asiria
sobre M esopotam ia, basado en su continuada superioridad militar,
finalmente hubo de enfrentarse al hecho de que para entonces los pape­
les se habían invertido.
Una segunda notable observación que surge de un examen de la his­
toria de Mesopotamia tiene que ver con el papel de los bárbaros. El pri­
mer proceso de civilización, la transición gradual pero triunfante de
M esopotam ia al pasar del periodo neolítico para civilizarse, ocurrió
entre otros pueblos que conservaron su condición de bárbaros. Esos
pueblos, que habitualmente se encontraban en la fase de pastoreo nóma­
da, fueron atraídos por la riqueza acumulada en las ciudades de M eso­
potamia y por el estilo de vida de sus habitantes. Algunos de los bárba­
ros vencedores saqueaban las ciudades conquistadas y volvían con el
botín a su vida nómada. Otros se ponían al frente de la sociedad con­
quistada y absorbían rápidam ente su cultura. Por tanto, los bárbaros
desem peñaron dos funciones de gran im portancia: fueron un desafío
constante a las sociedades civilizadas, ya que las obligaban a mantener­
se en estado de alerta para poder rechazarlos — reforzando así, involun­
tariamente, la fuerza de sus adversarios— , pero también se convirtieron
en fuente de renovación y de liderazgo al infundir nueva energía e im ­
pulso a unas sociedades que empezaban a declinar por los efectos rela­
jantes de la molicie de la vida urbana.
Una tercera observación sobresaliente concierne a ciertos aspectos y
consecuencias de los procesos de modernización. A pesar de la rigidez
cultural resultante de la visión mágico-cosmológica del mundo, las socie­
dades mesopotámicas vivieron procesos de m odernización durante los
periodos del nuevo Imperio asirio (936-609) y el Imperio neobabilónico
(626-539).
La modernización consiste en la vasta propagación de la racionalidad
instrumental, el desarrollo del sentimiento de intimidad personal y una
búsqueda de ésta, y la adopción de una perspectiva cosmopolita. Sorokin,
quien analizó estos procesos en su Dynamics of Culture, llegó a la conclu­
sión de que fueron llevados a una erosión de las creencias m orales y
religiosas, las que fueron sustituidas por un enfoque sensual y pragm á­
LA CIVILIZACIÓN MESOPOTÁMICA 123

tico de la realidad. La m odernización tiende a suprim ir los aspectos


m ágico-cosm ológicos de una cultura, llevándolos a su mínima expre­
sión, y a subrayar los aspectos prácticos e inmediatos de la vida. Mientras
que el rey de Mesopotamia conservaba sus funciones cosm ológicas de
relacionar el mundo con los dioses y mantener la armonía entre la socie­
dad y el cosmos, las exigencias que se le hacían eran cada vez más prác­
ticas: la defensa externa, el orden interno, un sistema de riego que fun­
cionara debidamente, y la pronta atención a las tareas religiosas, rituales
y administrativas que, supuestamente, desempeñaban el rey y el Estado.
Ante estos procesos, los últimos reyes babilónicos fueron incapaces
de conservar el imperio que habían heredado de Nabucodonosor y per­
mitieron que Babilonia pronto cayera en una decadencia general. La con­
ducta errática e inconsistente de Nabonido llevó a los notables a consi­
derar aceptable como gobernante a Ciro, mejor que su propio rey, quien
después de todo también era un usurpador.
En Babilonia, la modernización socavó la fe en el carácter sagrado del
rey e hizo languidecer el interés mágico-religioso de hacer compatibles
los órdenes cósmico y social; además, afectó considerablemente los valo­
res babilónicos y las pautas de la vida pública, dejando espacio a un cre­
ciente cosmopolitism o. Los sentimientos por los cuales las clases altas
babilónicas se identificaban con el interés público fueron así considera­
blemente debilitados y remplazados por un creciente apego a sus propios
intereses privados.
Estos fenómenos ponen de relieve la cuestión que seguiremos investi­
gando en nuestro análisis de otras civilizaciones: el grado en que la mo­
dernización tiende continuamente a propagar el uso de la racionalidad
instrumental y a socavar los fundamentos culturales de una sociedad, tra­
yendo, en su secuela, la decadencia y disolución final de ésta.

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III. EGIPTO

1. Introducción

A. La tierra

El antiguo Egipto creció como un área larga y estrecha al borde del cur­
so del Nilo. Con una extensión de más de mil kilómetros de longitud y
cerca de 30 kilómetros en su máxima anchura, Egipto ocupó la región
situada entre el mar Mediterráneo al norte y Nubia al sur, en tanto que
los desiertos form aron sus fronteras oriental y occidental. Los lím ites
meridionales del antiguo Egipto llegaron a la primera catarata durante
el Reino Antiguo y a la cuarta catarata en el Reino Nuevo, en tiempo de
Tutmosis I. La frontera nororiental también se recorrió desde los bordes
de la península del Sinaí hasta el río Eufrates, cuando el Imperio egipcio
alcanzó su mayor extensión.
El paisaje egipcio ya había adquirido en el quinto m ilenio la mayor
parte de su carácter actual. El territorio está naturalmente dividido en el
Alto y el Bajo Egipto. El Bajo Egipto corresponde a la zona relativamen­
te extensa del delta, desde Menfis hasta el mar. Durante el Reino A nti­
guo, el Alto Egipto se extendía por el sur hasta la actual Asuán. Durante
el Reino M edio llegó al Kumné, y luego hasta la cuarta catarata en
la época del Reino Nuevo, cuando el Imperio se había extendido hasta
sus mayores límites.
El Bajo Egipto tiene un clima semitemplado y extremadamente seco,
sin precipitaciones pluviales pero muy bien regado por el Nilo, cuyas
ramificaciones en el delta y sus crecidas de temporada pueden emplearse
para el riego. El clima del Alto Egipto es tropical; hay algunas lluvias y el
río a menudo inunda sus estrechísimas riberas. Las inundaciones regu­
lares del Nilo depositan en sus márgenes un aluvión fertilizante, que ase­
gura excelentes condiciones agrícolas naturales a las zonas a las que lle­
gan sus crecidas.

B. El pueblo

Los vestigios más antiguos de ocupación humana en Egipto son los ins­
trum entos de pedernal descubiertos en las m esetas del valle del Alto
125
126 EGIPTO

Nilo. Proceden del Paleolítico medio, periodo muy anterior a que el mar
se retirara del Bajo Egipto.
Al llegar el sexto milenio, cambios clim áticos en el norte del África
m editerránea habían reducido la disponibilidad de alim entos. Tribus
cam iticas relacionadas lingüísticam ente con los sem itas del Cercano
Oriente, así como aborígenes paleolíticos buscaron mejores condiciones
en el delta egipcio. Los pueblos nilóticos probablemente llegaron del sur,
y del este provinieron tribus semitas neolíticas por vía de la península
del Sinaí, atravesando el Mar Rojo.
Las características étnicas egipcias proceden de diversos pueblos que
m ezclaron sus genes desde los tiem pos prehistóricos. El tipo de los
egipcios ya estaba formado en la época del periodo tinita (prim era y
segunda dinastías), y los distinguía de su cercanos vecinos, los libios y
los nubios. Cuatro estratos de herencia formaron el pueblo egipcio: 1)
una raza neolítica, de cráneos alargados (dolicocéfalos), procedente de
pueblos paleolíticos de Crom añón; 2) una raza del sur habitualm ente
llamada camita, conectada con los somalíes y con habitantes originales
de Arabia m eridional; 3) una raza de europoides del norte, de cráneos
redondos (braquicéfalos), cuyos tipos están reproducidos en las esta­
tuas del periodo de Menfís y que corresponden a los semitas llegados
de Arabia, y, por último, 4) un considerable ingrediente libio.

C. Continuidad y cambio

La civilización egipcia perduró más de 3000 años. Sus rasgos princi­


pales ya estaban presentes antes del periodo dinástico, hacia 3200 a.C.
La cultura y el arte tardíos de la dinastía Saíta (663-525 a.C.) reprodu­
jeron los rasgos del periodo del Reino Antiguo (2700-2200 a.C.). Tan
grande durabilidad imparte una cualidad inmutable a la cultura egipcia
y da lugar a la difundida creencia de que Egipto jamás cambió. Sin em­
bargo, Egipto perduró precisam ente porque en él ocurrieron cam bios
importantes, y los saítas desearon restaurar la estabilidad de los valores
antiguos y tradicionales.
Una parte considerable de esa impresión de inmutabilidad es atina­
da, en la medida en que los egipcios constantemente mantuvieron una
temprana " forma" suya durante su prolongada historia. Pero la im pre­
sión es errónea en lo tocante al espíritu y a ciertos aspectos significati­
vos de la cultura egipcia. Cualesquiera que sean las circunstancias
coyunturales relacionadas con hechos políticos o económicos, en térmi­
nos generales podemos decir que la civilización egipcia pasó por cinco
EGIPTO 127

grandes fases hasta ir desapareciendo gradualmente bajo la dominación


rom ana, siguiendo en particular los cambios espirituales producidos
por el cristianismo. La cinco fases corresponden a: 1) el Reino Antiguo
(2700-2200 a.C.); 2) los profundos cambios introducidos por las crisis del
Prim er Periodo Intermedio (2200-2050 a.C.) y el ulterior Reino M edio
(2050-1800 a.C.); 3) la fuerte sacudida adicional de la dominación de los
hicsos (1730-1570 a.C.) y la nueva sociedad y cultura que surgieron con el
Reino N uevo, hasta la época de Am enofis IV (Akenatón) (1380-1362
a.C.) respecto a las cuestiones culturales y hasta la de Ramsés III (1195­
1164 a.C.) respecto a las sociopolíticas; 4) la pérdida de autoridad del
faraón y de la creencia en su carácter sagrado durante el último periodo
de Ramsés, y el largo periodo de decadencia política y económ ica que
continuó durante sucesivas dom inaciones extranjeras por los asirios,
los babilonios y los persas, y, a la postre, por la conquista de A lejan­
dro en 332 a.C., y 5) el Egipto tolom eico hasta la dom inación romana
(305-30 a.C.).
La compleja relación entre la relativa inmutabilidad de la forma de la
civilización egipcia y los considerables cambios de su contenido duran­
te estas cinco fases corre paralela a la manera en que la cultura egipcia
combinó su creencia básica en que el universo es estático, con su prag­
mático sentido de que debe hacerse todo lo posible por llevar una vida
feliz. El tipo de mentalidad que permitió combinar ia inmutabilidad for­
mal con la adaptabilidad pragmática se basó en conceptos que exam ina­
remos en secciones ulteriores.

D. Cronología

La cronología de las civilizaciones antiguas siem pre es com plicada,


sometida como está a los cambios que brotan de los nuevos testimonios
arqueológicos que van surgiendo y de nuevas interpretaciones de los
textos antiguos. En lo tocante al antiguo Egipto, una cronología sitúa
los acontecimientos en un periodo anterior, y otra más reciente los colo­
ca, por alguna razón, un siglo después. Ambas se basan en los anales de
M aneto (ca. 300 a.C.). El presente estudio ha adoptado la cronología
propuesta por John A. Wilson en su libro The Burden o f Egipt: An Inter-
pretation o f Ancient Egyptian Culture (Chicago, U niversity of Chicago
Press, 1951). La propuesta de Wilson es muy similar a la de Nicolás Gri-
mal en su libro Histoire de TEgypte Ancienne (París, Fayard, 1988).
128 EGIPTO

2. S í n t e s i s histórica

A La Prehistoria y el periodo protodinástico

La cultura neolítica egipcia dejó num erosos artefactos en el área de


Fayum y en M enm de Beni Salam é, lugar situado en la parte baja del
delta en donde pueden observarse los restos de una aldea neolítica.
Nuestro conocim iento del Neolítico egipcio ha aum entado considera­
blemente en los últimos 20 años.
Las técnicas egipcias de tallado de la piedra continuaron en la edad
cacolítica, cuando se introdujo el cobre en comunidades como Badari y
El Amarah. Después, la cultura amratiense (o primera nagadiense) creó
una alfarería con decorados geom étricos. Hay señales de com unica­
ciones con áreas externas, como Abisinia, M esopotam ia y pueblos del
Mediterráneo.
La cultura gercense (o segunda nagadiense) logró im portantes m e­
joras al producir grandes cuchillos de piedra tallada que incorporan
la técnica del bajorrelieve. Aún no se conocen bien los orígenes de la cul­
tura gercense. Parece haber surgido en el delta, al contacto con elemen­
tos asiánicos (particularmente mesopotámicos). Los gercenses hablaban
un lenguaje que es antepasado del egipcio y tiene grandes afinidades
con las lenguas sem ítica y camitica (libio y bereber). Podem os supo­
ner que el egipcio se separó del primitivo tronco camítico-semítico antes
de que el sem ítico pudiese evolucionar por sí solo. Q uienes hablaban
esa lengua, llegados de Asia, probablemente la im pusieron por m edio
de la conquista, y al ser introducida en una civilización plenamente des­
arrollada pronto evolucionó, así como los motivos del arte de los con­
quistadores, que a su vez fueron influidos por el estilo del país, con su
sustrato nilótico.
El proceso que por entonces se desarrollaba se asemejó al que ocurri­
ría en el periodo histórico. Asentamientos locales, con insignias seme­
jantes a las de las futuras provincias (nomos), luchaban entre sí. Con el
tiempo, formaron dos reinos: el reino del Norte y el reino del Sur. Esta
división ha sido confirm ada por una lista hallada en un santuario de
M enfis, de una serie de m onarcas que reinaron separadam ente en los
dos países, y por una serie posterior de reyes que gobernaron am bos
m ucho antes del reinado de Menes. Estudios recientes indican que el
sur conquistó al norte de Egipto antes de la Dinastía tinita e impuso así
una unificación que después se rompería.
De ese periodo se deriva la base de la cultura egipcia: creencias reli­
EGIPTO 129

giosas/ritos funerarios y una escritura que se desarrolló gradualmente,


pasando de los ideogramas a los jeroglíficos. En los poblados más im­
portantes había un culto al Sol, al Halcón Horus, a Isis y a Thot, el ibis
sagrado.
Varios de los últimos reyes predinásticos dejaron monumentos. Uno
de ellos, el Escorpión, procedía de Hieracónpolis (Neken). Entabló varias
guerras en que triunfó, y llegó por el norte hasta Tura y a Menfis, alla­
nando el camino a la unificación de los dos reinos.

B. La Dinastía tinita y el Reino Antiguo

No se com prenden bien los orígenes de la prim era D inastía. Según la


tradición, Menes fue el primer rey del Egipto unificado (3150-3125 a.C.).
La paleta de pizarra de Narmer, probable sucesor de el Escorpión, lo mues­
tra en el templo de Nekbet en Hieracónpolis como el rey que unificó el
Alto y el Bajo Egipto. Menes significa "alguien", designación empleada
en la xvin Dinastía para referirse a Narmer. Según M aneto, Aha fue el
fundador de la primera Dinastía, llamada tinita — igual que la segunda
por asociación con Tinis, su aldea de origen— . Hubo una transición del
periodo protodinástico del Escorpión al mejor documentado reinado de
Aha, en el curso del cual Menes, Narmer y el propio Aha pueden haber
desempeñado papeles separados, o tal vez simplemente se trate del mis­
mo rey con diferentes nombres.
A M enes se le ha atribuido tradicionalm ente la fundación de la
"M uralla Blanca", después llamada Menfis. Al principio fue una fortale­
za, y después una necrópolis de la tercera Dinastía. Disponemos de poca
inform ación acerca de los reyes finitas, toda ella basada en la lista de
Maneto. Los reyes finitas se preocuparon por consolidar los dos países y
defender sus fronteras contra los pueblos libios y asiánicos en el norte y
los nubios en el sur.
En ese entonces se echaron las bases de la cultura egipcia. Desde el
principio, el rey fue visto como la encam ación del dios Horus, y prote­
gido por dos diosas: Nekbet, encarnada como un buitre, en el Alto Egip­
to, y Bufo, encam ada como una serpiente, en el Bajo Egipto. El rey lleva­
ba una doble corona: la corona blanca del Bajo Egipto y la corona roja
del Alto Egipto. Antiguos sellos de barro muestran que el predominio de
Horus fue desafiado durante el periodo tinita por los partidarios de su
hermano y enemigo, el dios Seth del Alto Egipto. El rey Peribsen, de la
segunda Dinastía, ordenó esculpir el animal Seth en una estela, cerca de
su tum ba en A bidos. Su sucesor, Kasekem ui, cuyo nombre significa
130 EGIPTO

"Los dos poderosos aparecen", representó un compromiso para reintro­


ducir a Horus, que después prevaleció, en tanto que Seth tan sólo recu­
peró la asociación con la monarquía durante la xix Dinastía.
La organización civil, m ilitar y sacerdotal de Egipto se derivó de las
dinastías tinitas. El rey era asistido por un visir — aunque el título sólo
aparecería después— y por administradores de las tierras altas y bajas,
a cuyas órdenes importantes funcionarios supervisaban la recaudación
de im puestos, la construcción de obras de riego y la edificación de las
distintivas tumbas de Menfis, llam adas "m astabas". El ejército estaba
formado por contingentes que cada aldea debía aportar; quedaba bajo
el mando supremo del rey, y a las órdenes directas de un jefe de solda­
dos y de jefes de las fortalezas. También de aquella época procede la
organización de los cultos, bajo distintos grupos de sacerdotes, como los
sacerdotes Zematy del sur y del norte. La mayoría de los templos, acaso
bajo la influencia mesopotámica, se construían de ladrillos.
M uy poco se sabe acerca de la tercera D inastía, salvo que su figura
central, el rey Zoser (ca. 2700 a.C.), gozó de una reputación de sabiduría
y buen gobierno. Su célebre arquitecto y consejero, Imhotep, construyó
para él en Sakkarah, la primera pirámide de piedra diseñada en la for­
ma de terrazas sucesivas, que llegaría a ser característica de la arquitec­
tura egipcia.
El momento clásico del Reino Antiguo está representado por la cuarta
Dinastía, la de los grandes constructores de pirámides: Khufu (Keops),
Khafré (Kefrén) y Menkaure (Micerino). El poder estaba supremamente
centralizado en manos del faraón, y se subrayaba su carácter divino. Se
requirió una inmensa movilización de mano de obra para construir esos
colosales monumentos; pero inevitablemente, otras actividades produc­
tivas sufrieron por ello y el país se empobreció.
La quinta Dinastía (2500-2350 a.C.) siguió construyendo pirám ides,
aunque en menor escala. Se activó la política exterior y se em pren­
dieron expediciones económicas y militares a Siria y Nubia, y, por mar,
a lugares tan lejanos como Punt, en Eritrea, de modo que pudieran lle­
varse a Egipto m ateriales im portantes que no se encontraban en su
territorio.
Al término de la quinta Dinastía surgió una tendencia a la descentra­
lización que reforzó el poder autónom o de los jefes provinciales
(nomarcas) y de la nobleza. Estas tendencias, recurrentes en la historia
egipcia, se acentuaron durante toda la sexta Dinastía (2350-2200 a.C.),
en particular durante los largos reinados de Pepi I y Pepi II; este último
gobernó durante más de 90 años. El poder fue pasando gradualm ente
de las manos del rey a las provincias y sus nomarcas, quienes asegura­
EGIPTO 131

ron cada vez más la transm isión hereditaria de sus funciones y de su


correspondiente independencia ante el rey.

C. El Primer Periodo Intermedio (2200-2050 a.C)

Casi nada se sabe acerca de la séptima y la octava dinastías. Tal fue una
época durante la cual los nomos fueron com pletam ente autónom os y,
como no había un poder centralizado, se desplomó el orden interno del
reino.
En H eracleópolis, Kheti I (Actoes), fundador de la novena Dinastía
(ca. 2240 a.C.), ejerció el poder independientemente de los otros nomos.
En contraste con la crisis sociopolítica, bajo la dinastía heracleopolitana
floreció la cultura. De este periodo procede el célebre libro de instruccio­
nes para un futuro rey, Merikaré, escrito por su padre y predecesor. Otros
poderes independientes y locales se formaron y funcionaron en Tebas,
Intefs y M entuhoteps. También en esta época los tebanos se anexaron
Abidos.
Los reyes heracleopolitanos y tebanos se enzarzaron en conflictos, en
que triunfaron los segundos. La xi Dinastía conquistó todo Egipto, pero
su régimen fue impugnado. La xn Dinastía restableció el pleno dominio
sobre el Alto y el Bajo Egipto, bajo Amenemhet I, un tebano descendien­
te de altos funcionarios de los reyes anteriores.

D. El Reino Medio (2050-1800 a.C )

Bajo Amenemhet I los nomarcas conservaron un gran margen de inde­


pendencia. Sólo con Senwosret (Sesostris I) se restableció el poder cen­
tral. Los reyes tebanos se llevaron su capital a Licht, más allá del Fayum,
donde se unen el Alto y el Bajo Egipto.
La política de la xir Dinastía fue de expansión. Hubo un activo com er­
cio con fenicios del puerto de Biblos, que se hallaba bajo la influencia
egipcia. Se ejerció un dom inio sobre Palestina y hubo incursiones en
Libia y Nubia, esta última finalm ente anexada por Sesostris III. El co­
mercio marítimo fue activo en el Mar Rojo y con Creta, Florecieron el arte
y la literatura. De hecho, los sucesores de A m enem het dieron al país
cerca de dos siglos de prosperidad- Pero luego, durante la xm Dinastía,
pese a que también era tebana, reaparecieron las divisiones.
132 EGIPTO

E. El Segundo Periodo Intermedio y los hicsos (1800-1550 a.C.)

Reyes efímeros (ninguno de ellos hereditario) gobernaron durante la xiv


Dinastía. Fueron monarcas elegidos, que reinaron durante breves perio­
dos, m ientras visires hereditarios controlaban el poder. A lgunos reyes
tenían nom bres semitas, y hubo una considerable exogam ia con pue­
blos asiánicos.
A partir de ca. 1730 a.C., los hicsos, o reyes pastores, gradualm ente
fueron conquistando el poder. Eran asiánicos, en su mayoría semitas, y
disponían de medios de guerra superiores: caballos, carros tirados por
caballos, el arco compuesto, nuevas armas de bronce y nuevas técnicas
para edificar fortificaciones. Em pezaron por el norte, adueñándose de
Avaris en la margen derecha del delta. Luego tomaron Menfis y Helio-
polis, y continuaron expandiéndose durante medio siglo. Finalm ente,
en 1675 a.C., en tiempos de Dedomoso, de la xiv Dinastía, completaron
su conquista de Egipto.
En 1674 a.C., Salitis fundó la prim era dinastía de los hicsos, la xiv
Dinastía en la lista de Maneto. Hasta 1633, la dinastía de hicsos coexistió
con lo que quedaba de la xiv Dinastía. Entre los prim eros reyes hicsos
figuraron Salitis, Chechi y Charek, que gobernaron desde Menfis duran­
te 20 años. Para entonces el reino de los hicsos incluía el delta y el valle
hasta Gebelein, así como la ruta de las caravanas. Los nubios se hicieron
aliados de los hicsos. El rey hicso Apofis I (ca. 1650 a.C.), delegó parte de
su autoridad a una línea más joven de hicsos, que eran sus vasallos y a
quienes Maneto, erróneamente, llamó la xvi Dinastía.

F. La guerra de liberación

Bajo los hicsos surgió una dinastía tebana independiente. Rahotep, que
procedía de un linaje local de la xm Dinastía, fue su prim er rey. En ca.
1650 a.C. se convirtió en la xvll Dinastía, según el papiro de Turín, que
enumera 15 reyes en esa dinastía.
Durante 75 años, reyes tebanos dominaron los ocho primeros nomos
del Alto Egipto, desde Elefantina en el norte hasta Abidos en el sur. Era
casi la misma área ocupada por los tebanos durante el Prim er Periodo
Interm edio. Puede decirse que la tradición egipcia data de ese p erio­
do, porque se han conservado copias de textos clásicos. Entre ellos se
encuentra el papiro de Prisse, que contiene una versión de las máximas
de Ptahhotep, "Instrucciones a K agem ni", y la "C anción del arpista",
que decoró la tumba de Antef VII. Hasta tiem pos de este últim o, las
EGIPTO 133

relaciones con los hicsos fueron buenas y pacíficas. Apofis I fue descrito
como rey del Alto y el Bajo Egipto.
Taa I, el Viejo, sucesor de Antef VII, inició el conflicto con los hicsos.
Taa II, llamado el Valeroso, continuó las guerras. Seqenenré Taa II llevó el
conflicto hasta la zona que rodea Cusae. Después de su m uerte, su hijo
Kamosé extendió la guerra por el norte, hasta Beni Hassán; luego proce­
dió, también por el norte, hasta Avaris, y asimismo hizo campaña contra
los nubios.
Ahm osis, herm ano de Kamosé, heredó la sucesión y fundó la xvm
Dinastía ca. 1570 a.C. Completó la expulsión total de los hicsos, a quie­
nes derrotó en Sharuhen en Palestina, donde por último se habían refu­
giado. Ahmosis murió de 50 o 60 años, después de un reinado de casi 25.
Lo sucedió su hijo Amenofis I, ca. 1545 a.C.
Amenofis tuvo que sofocar rebeliones en Nubia, por donde avanzó
hasta llegar al Pozo Superior. También hubo de rechazar a los libios que
habían invadido el occidente del delta, protegiendo así la frontera con­
tra nuevos ataques. Su reinado señala el principio de la form ación del
Imperio egipcio.

G. El Imperio

Amenofis I reinó cerca de 20 años. Como no tuvo hijos, lo sucedió su


hermana Ahmosis pero, de acuerdo con la costumbre egipcia, su marido
Tutmosis pasó a ser faraón, con el nombre de Tutmosis I, Éste tuvo que
suprimir otra rebelión nubia. Su victoria quedó registrada en una ins­
cripción de granito en la margen oriental del Nilo, opuesta a la isla de
Tombos en la tercera catarata. En Tombos se levantó una fortaleza. Dos
años después, fue sofocada una nueva rebelión. Entre estas dos expedi­
ciones, hubo una campaña por Siria. Tutmosis penetró hasta Narin, en
los tramos altos del Eufrates; obtuvo allí una gran victoria, que quedó
registrada en inscripciones triunfales. Entonces, el Imperio egipcio fue
más extenso que nunca.
Tutmosis I y la gran esposa real, Ahmosis, tuvieron dos hijos varones
y dos mujeres. Todos menos una de las niñas m urieron en la infancia.
Mutnofret, llamado también Tutmosis, fue un hijo anterior de Tutmosis I,
que había tenido con otra princesa, quien llegó a ser TuLmosis II; casó
con la hija sobreviviente de Tutmosis I, Hatsepsut, la heredera indudable
del trono, para asegurar la legitimidad de su sucesión. La salud de Tut­
mosis II era frágil, pero su reinado fue vigoroso. Al ser coronado tenía 20
años y casi inmediatamente debió enviar un poderoso ejército para vol­
ver a subyugar a los nubios; fueron masacrados todos los varones de ese
134 EGIPTO

pueblo. Como no tuvo descendientes varones con su herm ana espo­


sa Hatsepsut, nombró sucesor a un hijo que había tenido con una esposa
menor; este hijo/también llamado Tutmosis, fue Tutmosis III. Su padre
dispuso su matrimonio con Meritre, su hija tenida con Hatsepsut, quien
era la auténtica heredera del trono.
A la muerte de Tutmosis II (ca. 1490 a.C.) fue coronado Tutmosis III y
Hatsepsut quedó como regenta; sin embargo, al llegar Tutmosis III a la
m ayoría de edad en 1486 a.C., la propia H atsepsut ascendió al poder
real. Contó con el apoyo de su consejero, arquitecto y probablem ente
amante Sesenm ut, y gobernó Egipto hasta 1468 a.C., cuando Tutmosis
III, por entonces de aproximadamente 30 años, logró derrocar al grupo
gobernante y acabó por matar a Hatsepsut. Esta mujer bella, inteligen­
te y enérgica, había gobernado muy bien. Construyó grandes m onu­
mentos, entre ellos el alto obelisco de Karnak, en el sitio de la victoria de
Tutmosis I.
Tutmosis III reinó durante 54 años, entre 1490 y 1436 a.C., incluyendo
el periodo de 1490 a 1468, cuando Hatsepsut reinó como regenta y sobe­
rana. Tutmosis fue un rey eficiente por 33 años, hasta 1436 a.C. Como rey
único, ejerció sus extraordinarios talentos políticos y militares, y llegó a
ser uno de los más grandes soberanos de la historia egipcia. Al comienzo
de su reinado tuvo que sofocar la rebelión de los principados asiánicos,
encabezados por el príncipe de Kadech, quien estaba bajo la influencia
de Mitani. Tutmosis III emprendió 17 campañas antes de dominar com ­
pletamente la situación. El conflicto entre Mitanni y Egipto se desarrolló
en el curso de ocho años. A la postre, Tutmosis impuso el gobierno egip­
cio desde el sur de Siria y Palestina hasta Nubia.
Tutmosis III fue también un gran constructor y continuó el programa
de Tutmosis I. Entre sus muchas edificaciones se encuentran el templo
de Amon-Ra en Karnak, iniciado por el arquitecto Enéni, y las fortifica­
ciones de D eir-el-Bahari y M edinet Habou. Prom ovió m uchas otras
obras im portantes en Egipto y Nubia. Tutmosis III intentó borrar el
nombre de Hatsepsut de doquiera que se encontrara en las inscripcio­
nes de tem plos y m onum entos. Dos años antes de morir, dispuso que
Amenofis II, su hijo, tenido con su segunda esposa, Hatsepsut II Meriré,
ascendiera al trono. Amenofis II rindió culto funerario a la memoria de
su padre.

H. Los sucesores de Tutmosis III

Tutm osis III m urió cerca del año 1436 a.C. Había dado a Am enofis II
una sólida preparación en las artes m ilitares y en los deportes, porque
EGIPTO 135

su hijo estaba dotado de una fuerza tan excepcional que Tutmosis III
deseó desarrollarla hasta lo máximo.
En el tercer año de su reinado de Amenofis encabezó su primera cam­
paña, provocada por la rebelión de algunos de los distritos del norte de
Siria que Tutmosis III había conquistado, entre ellos Takhsy, cerca de
Kadesh. Y logró tomar Kadesh. Lanzó nuevas cam pañas durante los
años séptim o y noveno de su reinado para extinguir rebeliones que
habían estado gestándose desde Karkemish. El faraón obtuvo una victo­
ria completa. Su inmenso botín incluyó 3 600 apirus, que acaso fuesen
judíos. Amenofis II fue enterrado en el Valle de los Reyes, cerca de su
padre. Lo sucedió su hijo, Tutmosis IV.
Tutmosis IV ordenó excavar la Gran Esfinge, que había estado cubier­
ta por las arenas. La habían esculpido con el rostro de Kefrén pobable-
mente por la época en que éste construyó su pirámide. Al morir Tutmo­
sis IV, fue enterrado en el Valle de los Reyes, y su hijo, engendrado con
la gran esposa real Mutewiya, ascendió al trono como Amenofis III.
Amenofis III (1413-1377 a.C.) reinó pacíficamente durante 36 años de
prosperidad. Fue un activo cazador de leones. La única excepción a su
tranquilo reinado ocurrió durante su quinto año, cuando em prendió
una expedición para someter a las tribus nubias. Su victoria fue total, y
se llevó muchos cautivos que empleó como esclavos para hacer los tra­
bajos pesados durante su m uy febril periodo de construcción de tem ­
plos. Ya estaba casado con Tiy, una hermosa plebeya, quien, pese a sus
orígenes modestos, fue elevada al rango de gran esposa real y, así, al de
reina consorte. Ella, de espíritu creador, tomó parte abiertam ente en la
vida pública, como puede verse en varias estatuas suyas con el faraón,
así como en escarabajos sagrados. Ordenó excavar un gran lago no lejos
del palacio real en la orilla occidental de Tebas.
Un hom ónim o, Amenofis, resultó im portante. Sería la figura clave
durante el reinado de Amenofis IV, pero también fue escribano, funcio­
nario administrativo y jefe militar. Y — tal vez lo más im portante— fue
arquitecto. Probablemente, él edificó el magnífico templo de Luxor y el
templo mortuorio de su rey detrás de los colosos, al oeste de Tebas.
Amenofis III contrajo una grave enfermedad durante el año 34 de su
reinado. Al entrar en su última década, aseguró la sucesión de su hijo,
Amenofis IV, nacido de la reina Tiy. Como corregente, Amenofis IV ini­
ció la construcción de su futura capital, Amarna. También m ostró su
interés por una religión centrada en el dios-sol, Atón, y por ello tropezó
con la enconada oposición de los sacerdotes de Amón en Tebas.
Las artes florecieron y la escultura alcanzó su más consumada expre­
sión, pero también creció el descontento político, y cuando empezaron
136 EGIPTO

las hostilidades sirias Egipto no reaccionó debidamente. En la segunda


parte de su corregencia, Amenofis IV cambió su nombre por el de Ake-
natón y estableció su residencia permanente en Aketatón (Amarna).

L Akenatón y la Reforma

Amenofis IV (1380-1362 a.C.) fue corregente, junto con su padre, duran­


te unos 12 años. Se casó con la hermosa Nefertiti, quien acaso fuera una
de las princesas extranjeras (¿de Mitani?) que vivían en la corte egipcia,
o tal vez la propia hermanastra de Amenofis; su matrimonio habría sido
una manera de legitimar el derecho de éste al trono.
La educación de Amenofis IV recibió poderosa influencia de los
sacerdotes de Heliópolis, con su fe en que el dios-sol Ra-H arakhti (Ra-
Horus del Horizonte) era el más grande de los dioses. Los sacerdotes de
Heliópolis se encolerizaron contra los sacerdotes de Amón por la predo­
minante influencia que habían adquirido. Los sacerdotes de Heliópolis
crearon una doctrina según la cual la forma más pura del dios-sol no era
Horus del H orizonte, con su cabeza de halcón, sino el deslum brante
disco visible del sol mismo, designado por un antiguo nom bre. Shu
— un tercer dios-sol a quien se rendía culto en H eliópolis— era, junto
con Atón y Ra-Harakhti, otro nombre del sol único. Amenofis IV reunió
la identidad de los tres dioses en una fórm ula concisa: "R a-H arakhti
vive y se complace en el horizonte en su nombre Shu, quien es A tón".
Después de su coronación en Herm ontis, el nuevo rey se proclam ó
sumo sacerdote de Ra-Harakhti, y ordenó que en Tebas se construyera
un gran templo al dios. Los más antiguos relieves de las paredes de este
templo muestran al dios como un hombre con cabeza de halcón, corona­
do por el disco del sol, el cual está rodeado por la serpiente Ureus, como
tradicionalmente se mostraba a Ra-Harakhti.
Durante el cuarto año de la corregencia de Amenofis IV, éste decidió
construir en Amarna una nueva ciudad dedicada al dios-sol, ya que las
divinidades antiguas originalmente procedían de ciudades específicas.
A su nueva ciudad la llamó Aketatón, "el Horizonte de A tón". Sus lími­
tes fueron señalados por enormes estelas de roca labrada, con inscrip­
ciones. La nueva capital fue construida con gran celeridad, y el rey se
mudó a ella dos años después, durante el sexto de su reinado.
Al principio, Amenofis IV no atacó los dioses y cultos de otras ciuda­
des. Los sacerdotes de Amón en Tebas no tardaron en com prender su
herejía, lo que enconó más aún la oposición de los sacerdotes y del pue­
blo a sus ideas. Esto no importó al rey, que había decidido "vivir según
EGIPTO 137

la verdad". Por decreto, en el sexto año del reinado de Amenofis, Atón


pasó a ser el dios de la religión de Estado. El rey cambió su nombre por
el de Akenatón, "E l que es benéfico a A tón", e impuso el culto de Atón
así como la prohibición de otros cultos.
El gran escultor Tutmosis produjo las más bellas piezas de arte egip­
cio en Amarna. Fue seguido por otros artistas de gran talento que escul­
pieron el célebre busto de Nefertiti y la estatua de Akenatón, así como
otras obras de arte mundialmente famosas.
El reinado de Akenatón se señaló por una creciente resistencia al
dominio egipcio en Siria y Palestina. Los reyes de Hatti, Mitani y Asiria
apoyaron esta resistencia. Horenm hab, futuro rey de Egipto, fue el
comandante de las tropas egipcias, y las salvó de su total aniquilación.
A kenatón, cuyo reinado duró cerca de 18 años, se preocupó por su
sucesión. Nombró corregente a Smenkhkare, esposo de su hija favori­
ta, M eritatón, pues no tuvo hijos varones. Pero tanto M eritatón como
Smenkhkare perecieron antes que él. Entonces, Akenatón eligió a Tutan-
katón, hermano menor de Smenkhkare, y lo obligó a casarse con Anke-
senpatón, su hija, que también era su esposa.
Tutankatón era un niño de nueve años cuando ascendió al trono, bajo
la vigilancia del anciano visir Ay, quien después sería su corregente y
sucesor. Adoptó un nuevo nombre, Tutankam ón, pero sólo reinó 10
años. También Ankesenpatón cambió su nombre por el de Ankensena-
món. Tras la muerte de Tutankamón, la reina pidió al rey de los hititas
uno de sus hijos para casarse con él. Suppiluliuma envió a Sannanzach,
pero éste fue asesinado en el camino. No se sabe con certeza lo que ocu­
rrió a la reina. Tal vez m uriera (asesinada), o acaso se casara con Ay
(1352-1349 a.C.) para legitimar su sucesión.
Horemhab, quien había sido el comandante en jefe desde el reinado
de Akenatón (1349-1319 a.C.), se ciñó la corona y marchó con sus tropas
sobre Tebas. Supuestamente, lo acompañaba el dios Horus para llevarlo
a la presencia de Amón y conferirle la corona.
Horemhab eliminó definitivamente todos los vestigios restantes de la
religión de Atón. Restableció el orden interno y fortificó las fronteras.
Sin herederos, Horem hab eligió por sucesor a Ram sés, y falleció des­
pués de un reinado de cerca de treinta años.

/. Los ramsésidas

Ramsés I, quien ya era viejo al ascender al trono en 1319 a.C., falleció un


año después. Lo sucedió su hijo Sethi í (1318-1301 a.C.), quien se dedicó
138 EGIPTO

a restablecer las fronteras y el dominio de Egipto sobre el territorio con­


quistado por Tutmosis III pero perdido por Akenatón. La primera cam­
paña de Sethi fue contra los beduinos, que am enazaban la frontera
palestina. Después de derrotarlos, el rey se trasladó al norte y sometió a
los príncipes rebeldes de Galilea. Luego, en campaña contra los hititas,
obligó a Murshili II, hijo menor de Shuppiluliuma, a hacer la paz. Muwa-
tali, hijo de Murshili II, aprovechó la paz para organizar una gran coali­
ción de las fuerzas sirias y más tarde lanzó una enorme ofensiva contra
Egipto.
Ramsés II (1301-1234 a.C.) había sucedido a su padre y, en el quinto
año de su reinado, salió de Egipto con un gran ejército para com batir
a los hititas. Una falsa inform ación acerca del paradero del enem igo
causó un ataque por sorpresa contra Ramsés II, mientras él aguardaba
a que una gran parte del ejército llegara a su campamento, al norte de
Kadesh. El vigoroso contraataque del rey lo salvó de una derrota catas­
trófica, pero lo obligó a retirarse. Los anales egipcios presentan la batalla
como una gran victoria del rey.
Luego hubo m uchas batallas indecisas durante un periodo de años
entre los dos reinos, en Siria y Palestina. Por último se acordó un tratado
de paz, en el vigésimo primer año del reinado de Ramsés II. Egipto con­
servó Palestina y el sur de Siria, y los hititas se quedaron con el norte de
Siria. Una hija del rey hitita fue cedida en matrimonio a Ramsés II.
Ram sés II falleció ca. 1234 a.C., después de un largo reinado de 67
años. Le sucedió su decim otercer hijo, M erneptah (1234-1222 a.C.), ya
anciano. M erneptah com batió a los libios durante el quinto año de su
reinado (1230 a.C.), y la victoria de Egipto fue completa. La muerte de
Merneptah inició un confuso periodo durante el cual varios usurpado­
res ocuparon el trono.
Sethnakht (1197-1195 a.C.), hombre de origen desconocido, se ciñó
la corona e inició la xx Dinastía. Lo sucedió su hijo, Ram sés III (1195­
1164 a.C.), que tomó como su modelo a Ramsés II. Su prim era acción
consistió en infligir una devastadora derrota al libio M eshwesh, quien
había iniciado una nueva ofensiva en el delta. Luego se opuso a las
migraciones de los pueblos del mar a través de Siria, después del des­
plome del reino hitita.
Por razones económicas, los últimos años de Ramsés III no fueron tan
triunfales. La riqueza pasó del rey a los sacerdotes, y el monarca fue víc­
tima de una conspiración palaciega. Encabezada por su segunda espo­
sa, Tiy, para beneficiar a su hijo Pentaruet, la conspiración fue descu­
bierta y severamente castigada. Ramsés III murió, al parecer de muerte
natural, y fue sucedido por su hijo Ramsés IV (1164-1157 a.C.).
EGIPTO 139

Los ramsésidas edificaron extraordinarios monumentos funerarios en


el Valle de los Reyes. El monumento a Ramsés III se encuentra particu­
larmente bien conservado.

K. La decadencia egipcia

El de los ram sésidas — como se conoce a los reinados que van desde
Ramsés IV (1164 a.C.) hasta Ramsés XI (1116-1090 a.C.)— fue un periodo
de decadencia. Nubia siguió bajo el dom inio egipcio y fue goberna­
da para el faraón por el "hijo del rey de Kush". Los asirios, bajo Tiglath-
Pileser I (1116-1078 a.C.), se adueñaron de Siria y Palestina, mientras los
hebreos tomaban posesión de las ciudades canaanitas.
Egipto cayó en la inestabilidad. La autoridad del rey se debilitó con la
pérdida de sus riquezas, m ientras que los sacerdotes de Amón se
engrandecían. Un oráculo, en el templo imperial de Karnak o en el tem­
plo de Khonhsu, manifestaba las decisiones de Amón, compitiendo así
con el poder divino del rey. Al mismo tiempo, la naturaleza sacrosanta
de los reyes era profanada por ladrones de tumbas, y hubo que retirar
las momias de los grandes faraones de sus monumentos funerarios para
llevarlos a un pozo oculto en los riscos cercanos a los templos de Deir-
el-Bahari.
El verdadero poder recayó en el ejército. Sus más poderosos contin­
gentes estaban bajo las órdenes del virrey de Nubia, como había sido
costumbre desde el comienzo del Reino Nuevo. Durante el reinado de
Ramsés XI, Penesi, com andante del ejército, nom bró a uno de sus ofi­
ciales, Herihor, como sumo sacerdote de Amón en Karnak. El propio
Herihor pasó a ser virrey de Nubia, y algunos años después com andan­
te en jefe del ejército, con lo que acaparó la m ayor parte del poder de
Egipto. Ramsés XI quedó sólo como rey titular, m ientras que Esm en-
des, el gobernador de Tanis, compartía el verdadero poder con Herihor.
A la muerte de Ramsés XI (1090 a.C.), Esmendes se proclamó rey, proba­
blem ente habiéndose casado con la hija de Ram sés XI. A sí se fundó
la xxi Dinastía.

L. El Tercer Periodo Intermedio: las Dinastías xxi a xxv

La xxi Dinastía (1090-945 a.C.) se caracterizó por una división del poder
entre el rey, en Tanis, y el sumo sacerdote de Amón, en Karnak y Tebas.
140 EGIPTO

Tal fue un periodo de decadencia, pues Egipto resultó incapaz de m an­


tener su dominio en Siria-Palestina y Nubia.
Los libios, descendientes de antiguos prisioneros de guerra, se hicie­
ron cada vez más poderosos en Bubastis, entre Menfis y Tanis, en el Bajo
Egipto. Cuando el últim o rey de la xxi D inastía, Susennes, m urió sin
herederos en 945 a.C., Shosheng, el bíblico Shishak de ascendencia libia,
príncipe guerrero de Bubastis, se apoderó del trono, inaugurando así
la xxn Dinastía. Shosheng gobernó eficazm ente y renovó la presencia
egipcia en Palestina y Nubia, pero sus sucesores no fueron capaces de
m antener la unidad del reino. A esto siguió un periodo de divisiones in­
ternas encabezadas por los reyezuelos de la xxm Dinastía (745-718 a.C.).
Mientras tanto, Nubia se había organizado — de acuerdo con la pauta
egipcia— como reino independiente, con su capital en Napata. El prín­
cipe nubio Pyankhi (720 a.C.) avanzó hacia el sur y tomó Tebas. Su suce­
sor, Shabaka (715 a.C.), se instaló en Menfis como rey de Egipto.
Durante el periodo siguiente, Egipto perdió varias guerras con Asiria.
Sus reyes — Esarhaddón y Asurbanipal— im pusieron a Egipto un rey
vasallo, Necao I (672 a.C.). Al mismo tiempo, hicieron volver al faraón
nubio Taharka (690-664 a.C.) a Tebas y luego a Napata, donde murió.
Tantam ani, su sobrino, logró recuperar Egipto y dio m uerte a Necao,
pero los asirios regresaron en 663 a.C., saquearon Tebas y expulsaron a
Tantamani.

M. Los últimos siglos

La Dinastía Saíta (663-525 a.C.) aportó un breve periodo de reafirm a­


ción de la independencia egipcia con el com petente reinado de Sam é-
tico I (663-609 a.C .); la recuperación de la flota egipcia lograda por
N ecao II (609-594 a.C.), y el firme gobierno de Sam ético II y otros tres
monarcas. El desplom e de Asiria elim inó la más aprem iante am enaza
exterior, y mercenarios griegos formaron un buen ejército. La prosperi­
dad volvió al país. También hubo un resurgimiento cultural, en que se
cultivaron las tradiciones clásicas del Reino Antiguo.
La amenaza babilónica sucedió a la asiria. Una vez más, la indepen­
dencia egipcia se vio en peligro. Los babilonios derrotaron a los asirios,
obligándolos a salir de Egipto. Como aliado de Asiria, Egipto combatió
a Babilonia y fue derrotado en Karkem ish en 605 a.C. Los babilonios,
en realidad, no ocuparon Egipto. Sin embargo, éste quedó convertido en
una potencia menor, dependiente de sus mercenarios, y a la postre fue
conquistado por los persas encabezados por Cambises en 525 a.C. El ré­
gimen persa tuvo periodos positivos, como el de Darío I (521-486 a.C.),
EGIPTO 141

pero siempre tropezó con la resistencia de los príncipes egipcios del delta.
Habiéndose rebelado contra los persas m andados por A m irteo, único
rey de la xxvm Dinastía, los egipcios fueron finalmente vencidos.
Durante un breve periodo, N ectanebo I (380 a.C.), prim er rey de la
xxx Dinastía, logró devolver su independencia a Egipto. Aunque la xxx
D inastía hizo un verdadero esfuerzo por reconstruir y reorganizar el
país, particularm ente en los ámbitos cultural, religioso e institucional,
los persas lo recuperaron en 343 a.C., sólo para perderlo a m anos de
Alejandro en 332 a.C.
Egipto bajo los Tolom eos, periodo de extrem o interés, será b reve­
mente analizado en otro capítulo como uno de los más im portantes de
los reinos helenísticos.

3 . P r i n c i p a l e s rasgos cu ltu ra les

A. Características generales

Para el hombre moderno, no es posible llegar a un pleno entendim ien­


to de la cultura egipcia. N uestra manera de pensar es totalm ente dis­
tinta de la egipcia; en términos generales, es distinta de las de todas las
civilizaciones que precedieron a los griegos. Sin em bargo, podem os
aproxim arnos razonablemente al marco conceptual de la cultura egip­
cia si consideram os las características principales de su cosm ovisión y
mentalidad.
En las raíces mismas del pensamiento egipcio está su interpretación
del mundo. En ella, la realidad es estática, fija e inmutable desde el acto
primigenio de la creación: el universo conservará para siempre todas las
características que inicialmente recibió. La única clase de cambio posi­
ble es de naturaleza cíclica, lo que significa que las etapas del ciclo, que
continúan renovándolo, son a su vez inmutables. El cam bio no cíclico
simplemente parece ser cambio, pero, en todo caso, no tiene im portan­
cia. Según esta visión, el orden social es parte del orden cósm ico, que
también es el orden decretado por los dioses.
Otro elemento fundamental de la cultura egipcia es la creencia en una
vida eterna después de la muerte y la profunda preocupación por esa
otra vida durante ésta. La inmortalidad fue inicialm ente concebida
como prerrogativa del dios-rey. Le fue dada a los demás seres humanos
necesarios para atender al rey después de su muerte terrenal. Gradual­
mente la inmortalidad fue atribuida a la nobleza, y con el tiempo quedó
asegurada para todos.
142 EGIPTO

La concepción egipcia de la vida después de la muerte es m uy com ­


pleja, y sufrió un cambio sustancial en el curso de ía historia. Sin em bar­
go, siempre estuvo presente un sustrato m aterial, y ello en un sentido
doble. Primero, la vida post mortem estuvo conectada a la conservación
del cuerpo, fuese como tal — que es la razón de la m om ificación— o
bien mediante imágenes hechas ritualmente como sustituto del cuerpo.
La tumba era un requerimiento para albergar el cuerpo y sus imágenes.
En segundo lugar, los tres com ponentes del alma — Ka, su principio
vital; Ba, su aspecto psíquico, y Ak, su manifestación post mortem — tam­
bién eran de naturaleza material, aunque de una índole especial, impal­
pable y capaz de penetrar cualquier obstáculo.
Aunque se hallaban inmersos en la concepción de una realidad inmu­
table, los egipcios fueron un pueblo pragmático. Supieron adaptarse a
las circunstancias cambiantes, y estuvieron claramente orientados hacia
la felicidad y el goce de la vida. Pudieron combinar su adaptación prag­
mática a las circunstancias variantes con una metafísica de la inmutabi­
lidad de la realidad gracias a su particular manera de pensar, basada en
dos conceptos: 2) El concepto de consustancialidad sostenía que una
cosa podía ser al mismo tiempo otra cosa, pero que la misma sustancia
existía en cada una; 2) el concepto de la m ultiplicidad de la identidad
sostenía que el m ismo ser podía m anifestarse en diferentes formas sin
perder su identidad. Así, la inmutabilidad de la realidad y sus cambian­
tes manifestaciones eran compatibles.
La cultura egipcia retuvo una "form a" constante que daba la aparien­
cia de su inm utabilidad, y m antenía esa suposición. Pero tam bién el
contenido de la cultura egipcia pasó por un cam bio considerable.
Importantes modificaciones de las creencias y los sentimientos egipcios
fueron producidos por la gran crisis que interrumpió ía continuidad del
Reino Antiguo, a partir del Primer Periodo Intermedio, el Segundo Perio­
do Intermedio y la conquista de los hicsos que puso fin al Reino Medio.
También influyó sobre el resto del curso de la historia egipcia: los triunfos
de la expansión imperial en el Reino Nuevo hasta el reinado de Ameno-
fis III; la frustrada revolución encabezada por Akenatón; la decadencia
del poder real con los últimos ramsésidas, las vicisitudes de la decaden­
cia desde la época de la xxi Dinastía; la ulterior experiencia de la dom i­
nación extranjera por los asirios, los babilonios, los persas y los griegos,
y el fin definitivo de toda independencia en tiempos de Augusto.
La sólida y armoniosa concepción de continuidad del orden cósmico,
que se extendía hasta el orden social y el humano, gradualmente llegó a
ser una visión de la realidad como algo cada vez más diferenciado e
inclinado hacia el individualism o subjetivo. Una noción cuasitrascen-
EGIPTO 143
dente de lo divino, heredada del Primer Periodo Intermedio y que duró
todo el Reino Medio, se convirtió en una nueva reafirmación de fuerza
social cuando la autoridad y el poder reales quedaron triunfalm ente
centralizados durante los siglos de expansión del Reino N uevo. Pero
entonces fue desacreditándose gradualmente la creencia en que el rey
era sagrado. El pueblo perdió su confianza en una inmortalidad feliz. Su
temor a la muerte y al otro mundo llegó a tal grado, que todos sucum ­
bieron a las creencias de la magia y las prácticas que de ella brotaron.

B. Los dioses y la religión

Las religiones intentan describir una supuesta realidad que, por defini­
ción, está más allá de todo alcance empírico y se resiste a las reglas ana­
líticas. La religión egipcia, con sus conceptos de consustancialidad y
multiplicidad de la identidad, introduce nuevos elementos de compleji­
dad. Adem ás, la religión egipcia se presenta en distintos aspectos,
dependiendo de cómo la enfoquemos. Podemos considerarla desde una
perspectiva teológica en función de sus ideas acerca de la muerte y de la
vida después de la muerte, o de acuerdo con sus ideas acerca del origen
del universo. Podemos también considerarla como religión oficial, mar­
cadamente condicionada por las características de cada dinastía y de su
lugar de origen, o podemos verla como una religión popular, imbuida
de concepciones y prácticas mágicas. La religión egipcia tam bién fue
afectada por los mismos cambios que incidieron sobre la cultura egipcia
en el curso de su historia.
Los egipcios tenían tres cosmogonías o creencias acerca del origen del
universo. Según la heliopolitana, que fue la primera y más importante,
en el principio fue Nun, un elemento líquido no controlado que repre­
sentaba el caos. Nun no era intrínsecam ente negativo: era tan sólo un
elemento no creado que contenía todas las posibilidades de vida. Pero
también era una permanente división de la realidad que no desaparece­
ría con la creación, y amenazaba con invadir el universo si se violaba su
armonía. Las almas que no recibían el beneficio de los ritos funerarios y
los niños nonatos habitaban en Nun. De ese caos surgió Atum, el Sol,
cuyo origen es desconocido pues se creó a sí mismo. Su aparición primi­
genia ocurrió en un prom ontorio cubierto de arena pura que brotó de
las aguas. Una piedra levantada, el "Benben", de la cual creíase que era
la petrificación de los rayos del sol, fue objeto de un culto en el templo
de Hermópolis, considerado el sitio de la creación. Del semen de Atum
surgieron dos dioses: Chu, el Seco, y Tefnut, el Húmedo. Su unión gene­
144 EGIPTO

ró una segunda pareja de dioses: Nut, el Cielo (femenino), y Geb, la Tie­


rra (masculino). Esa pareja tuvo cuatro hijos: Isis, Osiris, Seth y Neftis.
Atum y los ocho dioses que lo sucedieron form an la enéada, el rango
supremo de los dioses. Osiris, rey original de Egipto, fue muerto por su
hermano Seth, quien representa los aspectos violentos y negativos de lo
divino y tam bién del faraón. Isis, la esposa perfecta, pide la ayuda de
Anubis, el dios-chacal, nacido del amor incestuoso de N eftis y Seth.
Entre los dos, reconstruyen el cuerpo desmembrado de Osiris y lo em ­
balsaman. Isis da a luz a Horus, hijo postumo de Osiris, quien después
entabló una prolongada lucha contra Seth. Cuando Horus salió victorio­
so, los dioses le entregaron la corona de Egipto, que había pertenecido
a su padre y sido usurpada por Seth. Los dioses le dieron a Osiris el rei­
no de los muertos.
La cosmogonía heliopolitana describe el surgimiento de los Ogdoad,
los ocho dioses supremos. Concibe una sucesión de cuatro parejas de
dioses y de diosas. Nun y Naunet, el Océano Prim igenio, generaron a
Heh y Hehet, el Espacio Infinito. Luego Keku y Keket generaron las
Tinieblas. La cuarta pareja es la de Amón, el dios oculto, y Amaunet.
Según la cosmogonía menfita, Ptah es el dios creador, que formó a los
seres hum anos del barro. Ra sucede a Ptah, disipando las tinieblas y
creando la vida.
Los sacerdotes egipcios desarrollaron líneas de deidades en com pe­
tencia, según que el dios supremo fuese Amón, el Oculto, originalmente
de Tebas; Ra, el Sol, de Heliópolis, o Ptah, el creador, de Menfis. Bajo la
influencia de la dinastía tebana, Am ón fue relacionado con Ra como
Amón-Ra y se convirtió en el dios supremo. La teología tebana llegó a
adm itir sólo tres dioses, interpretados como una trinidad: Amón, Ra y
Ptah. "Tres son todos los dioses: Amón, Ra y Ptah, que no tienen similar.
Amón es su nombre en cuanto a oculto; él es Ra por su rostro y su cuer­
po es P tah".1
Los especialistas han discutido hasta qué punto la trinidad tebana
se anticipó a la trinidad del cristianismo. De ser así, la religión egipcia
puede interpretarse como m onoteísta. O bien, acaso no llegara mucho
más allá de la monolatría (el culto de un solo dios, pero reconociendo la
existencia de otros), y entonces resulta com patible con un politeísm o
residual.
La extraordinaria revolución religiosa de Akenatón no sobrevivió al
faraón, aunque, m ientras él vivió, tuvo consecuencias trascendentes.
Akenatón se rebeló contra Amón y sus sacerdotes y, con celo de misio-
1 Del himno de Su t y Hor, grabado en una estela en tiempos de Amenofis III, transcrito de una
cita en franqois Da urnas.
EGIPTO 145

ñero, intentó fundar un culto cuasi-monoteísta del Sol como Atón, pero
sus sucesores se vieron obligados a volver al culto de Amón. Generacio­
nes posteriores considerarían hereje a Akenatón.

C. La muerte

La cultura egipcia — como vimos— se basó en el concepto de un mundo


que, supuestamente, había sido creado inmutable de una vez por todas;
los cam bios observables se consideraban de naturaleza cíclica, o bien
carentes de importancia.
Puesto que la muerte no era, evidentemente, un cambio sin im portan­
cia, había de ser concebida como un proceso cíclico. C reíase que la
muerte del faraón era cíclica. Horus pasa del rey m uerto al nuevo rey.
Entre las personas no divinas, la muerte se interpretaba como un paso
de este mundo al otro mundo. Sin embargo, había que proteger la inmor­
talidad mediante condiciones apropiadas. Puesto que la vida en el otro
mundo era concebida como dependiente de algún sustrato m aterial,
había que conservar el cadáver. Eso podía lograrlo la m omificación, así
como ciertas im ágenes m ágicas que representaban el cuerpo del di­
funto. El rito de abrirle la boca era importante. La buena conservación
del cuerpo también exigía una tumba apropiada para albergar el cadá­
ver y, hasta cierto punto, el Ka y el Ba de la persona. Las tumbas primi­
tivas (mastabas) de la segunda Dinastía incluían hasta excusados. En la
tumba se depositaban ofrendas de alimentos así como útiles empleados
en la vida, ya fuese directamente o bien representados por im ágenes e
inscripciones. La tumba era una base necesaria para la vida post mortem
del difunto, aunque la existencia de la persona no quedara limitada a la
tumba. Las ideas acerca de la clase de vida que el muerto llevaba fuera
de la tumba variaban, dependiendo del rango de la persona: fuese real,
noble o plebeya, y también se modificaron a lo largo del tiempo. Aunque
la cultura egipcia retuvo un carácter cosmológico, se desarrolló históri­
camente al diferenciar, cada vez más, los acontecim ientos hum anos de
los cósmicos.
En el Reino Antiguo, la visión cosmológica fue aplicada sin limitación
a los asuntos sociales y humanos. Por consiguiente, la vida después de
la m uerte fue considerada como una reintegración de los m uertos al
proceso cósm ico, ya fuese incorporando al faraón difunto al Sol como
A tón-Ra, o convirtiendo el Ba de la persona m uerta en un Ak que se
convertiría en estrella del cielo, especialmente entre las estrellas circun-
polares.
146 EGIPTO

La gran crisis del Primer Periodo Intermedio introdujo una diferen­


ciación importante en la estrechez de la visión cosm ológica egipcia. El
culto osiriano subrayó un sentido de subjetividad personal, al favorecer
el desarrollo de una conciencia ética que obedecía norm as de buena
conducta, de Maát como justicia, que el juicio de Osiris tendría en cuen­
ta después de la muerte. Adaptarse objetivamente a las reglas cósmicas
ya no era la manera en que la gente vivía sus vidas. La revolución social
y espiritual que ocurrió en este periodo atribuyó la inm ortalidad a
todos los seres humanos, mientras que antes había sido atributo exclu­
sivo del dios-rey. El "Texto de las pirám ides", que contiene conjuros e
indicaciones para el viaje del rey muerto hacia su incorporación en Osiris
y Ra, fue adaptado para los muertos que no eran reyes en el Libro de los
muertos. Cualquier persona podía ser ya identificada con Osiris, m ien­
tras que al mismo tiempo conservaba una vida personal en los campos
de Ialu.
Durante los periodos de mayor optimismo, como aquellos de la res­
tauración del orden en el Reino Medio y de la euforia imperial del Reino
N uevo, la idea prevaleciente fue de felicidad. En los cam pos de Ialu,
vagam ente situados en el Occidente donde el Sol se pone, los muertos
llevaban una existencia feliz. Podían cultivar sus campos si así lo desea­
ban, ayudados por espíritus buenos, los ushebti, en un clima benigno; y
podían gozar, aparearse, tener hijos y descansar apaciblemente. Había
que superar algunos peligros antes de que el alma de los muertos llega­
ra a salvo a los campos de Ialu, pero en el ataúd y en la tumba se coloca­
ban conjuros especiales para defenderlos de tales peligros así como para
justificar su admisión por Osiris.
Cuando el ánimo egipcio se volvió pesimista, en el curso de la larga
decadencia de siglos posteriores, el hogar de los muertos se hizo menos
grato. Los cam pos de Ialu ya no eran sonrientes. Se convirtieron en el
severo Occidente, como Amenti, sombrío y triste. En lugar de las imáge­
nes gozosas que adornaban las tumbas de tiempos anteriores, se refor­
zaron, en cam bio, los peligros que rodean a los m uertos y todos los
aspectos negativos de la muerte. Se volvieron cada vez más com unes
el recurso a la m agia y los dram áticos llam ados a la clem encia de los
dioses.

D. El rey

Los egipcios crearon un Estado bastante com plejo, que funcionó con
gran eficiencia durante la mayor parte de su historia de 3 000 años. La
m aquinaria del Estado consistía en unas autoridades civiles, eclesiásti­
EGIPTO 147

cas y m ilitares, y en prácticas bien establecidas. No obstante, era más


limitado su concepto de Estado que respecto a lo que pertenecía al rey,
y, hasta cierto punto, a los templos. El centro de la vida egipcia era el
rey, visto como un dios, la encarnación de Horus. En tal guisa, el rey
aportaba la continuidad entre lo divino y lo hum ano, lo cósm ico y lo
social. Todos los poderes sociales, incluso la autoridad de los sacerdotes
— excepto durante el periodo crítico de los últim os ram sésidas— , se
derivaban del rey y eran delegados por él.
El concepto de la naturaleza divina del rey varió en el curso de la his­
toria egipcia. No se le puede comprender separado de los conceptos de
consustancialidad y de la m ultiplicidad de la identidad, que fueron
peculiares de su cultura. Los egipcios siempre estuvieron conscientes de
que el faraón era un hombre mortal, sometido a todas las flaquezas de
la condición hum ana. También tuvieron conciencia de que algunos
reyes fueron personas excepcionales: Amenemet I, Ahmosis, Amenofis
I, Tutm osis I, Ramsés II y, durante la decadencia egipcia, Sam ético I.
También supieron que otros reyes habían sido muy débiles, como por
ejemplo los últimos Ramseses. Por consiguiente, el sentido en que el rey
era un dios no impedía que el pueblo tuviese conciencia de su carácter
humano.
En el Reino A ntiguo, la divinidad del rey era consustancial. La
m onarquía egipcia y aun Egipto como país tenían un origen divino,
derivado de Osiris y Horus. La condición de ser faraón era divina. En
cuanto el individuo ejercía ese poder, era tomado por Horus y se con­
vertía en una de sus manifestaciones, sin perder por ello sus característb
cas humanas. Durante el Reino Medio, el faraón perdió una parte de sus
poderes cosm ológicam ente divinos, mientras conservaba los atributos
divinos de su función. Se veía al faraón como representante de la huma­
nidad ante los dioses. En el Reino Nuevo, la divinidad del faraón adqui­
rió un sentido físico. Se le interpretó como, físicamente, el hijo de Horus
o de Ra, que había adquirido el aspecto del m onarca reinante para
engendrar en la reina al siguiente faraón. Desde el em brión hasta su
muerte terrenal, el faraón era un dios aunque mostrara todas las carac­
terísticas de un ser humano. Con la gradual decadencia del poder real y
el ocaso general de Egipto, finalmente el origen divino del faraón quedó
tan sólo como una doctrina para legitim ar al m onarca reinante, sin
importar que fuese un extranjero.
148 EGIPTO

E. El gobierno

Una de las ventajas de encarnar la realeza en un faraón — un ser divi­


no— es que perm ite crear un cuerpo bien organizado de funcionarios
para rodearlo y protegerlo. Mientras esos funcionarios se conservaron
bajo el dominio del rey y no consideraron que sus prerrogativas oficia­
les fuesen privilegios personales, el Estado conservó su fuerza, el país
estuvo bien adm inistrado, y el poder central fue grande y respetado.
Pero cuando la falta de energía del soberano perm itió que los cargos
públicos se volvieran hereditarios, los funcionarios se convirtieron en
señores feudales, el poder central quedó dividido entre el rey y la noble­
za, y las invasiones extranjeras apresuraron el debilitam iento general
del país.
La historia egipcia osciló entre estos dos extremos. Sus dos grandes
crisis sociales — una de ellas en el periodo que siguió al Reino Antiguo y
la otra después de los débiles reinados de los últimos ram sésidas— se
caracterizaron por un regreso a formas jurídicas arcaicas, como el dere­
cho de primogenitura. El servicio público desaparece m ientras se bene­
ficia una casta que desea concentrar los poderes adm inistrativos y las
posesiones valiosas en sus propias manos. Cuando la realeza es fuerte,
el príncipe vuelve a reducir a quienes se han vuelto privilegiados al papel
de simples funcionarios, a quienes los bienes, así como la autoridad, les
llegan del rey.
A la cabeza de los distintos m inisterios había un visir, intermediario
entre el rey y las dependencias gubernamentales. Su figura se originó en
la época tinita y se consolidó durante la sexta Dinastía. El visir era un
juez, pero tam bién supervisaba las obras públicas, las finanzas, los
archivos, las aduanas e incluso el palacio, y era centro de rituales impor­
tantes.
En los agitados tiempos que siguieron a la sexta Dinastía, el papel del
visir quedó sim plem ente como título. Sólo con el Reino M edio se le
devolvió el poder. Durante algunos periodos de la historia egipcia hubo
dos visires, uno para el Alto y otro para el Bajo Egipto, y tal fue la norma
a partir de los tiempos de Tutmosis III.
Por debajo del visir estaban los jefes de los cuatro grandes departa­
m entos del gobierno, así como las dem arcaciones provinciales, los
nomos, con las cuales el visir estaba en contacto por medio de los jefes
de misiones. El primer departamento era la Tesorería, que administraba
la econom ía general y recababa los im puestos. El segundo era el de
Agricultura, subdividido en un sector para el ganado y otro para el cui­
dado de los campos. El tercero, el Archivo Real, guardaba los títulos de
EGIPTO 149

propiedad y copias de las leyes civiles. El cuarto departam ento, el de


Justicia, se encargaba de aplicar las leyes.
En el Bajo Egipto había 20 nomos, y 22 en el Alto. El gobierno de estas
provincias lo ejercían los nomarcas, funcionarios nom brados pero que
siempre aspiraron a ser señores hereditarios. El ejército estaba al m an­
do operativo de oficiales profesionales, aunque el poder supremo era
del rey. El visir también supervisaba el ejército, por m edio de la ofici­
na del Gran General, en las cuestiones concernientes al reclutamiento y
el abasto de provisiones.

F. El ejército

Durante el Reino Antiguo y a com ienzos del M edio, Egipto no contó


con un ejército permanente. Cada nomo tenía su propia milicia, y cada
una de las grandes circunscripciones de los tem plos contaba con su
propia fuerza policial. El ejército estaba integrado por una infantería y
una m arina, cuyas actividades se lim itaban, en gran parte, a los ríos.
Había numerosas fuerzas auxiliares: nubios, libios y bereberes. Durante
los periodos de reclutamiento, cada aldea debía aportar un contingente
de ciertas dimensiones para el ejército del faraón.
En el Reino Nuevo estuvo mejor organizado el ejército perm anente.
A la infantería y a la marina se añadió un cuerpo de carros. Los carros
eran tirados por dos caballos y llevaban dos tripulantes: un auriga y un
guerrero. En la xvm Dinastía, el ejército fue fraccionado en dos divisio­
nes, para el Bajo y para el Alto Egipto. Después, Ramsés II adoptó cua­
tro divisiones, que llevaron los nombres de Amón, Ra, Ptah y Seth. Cada
división era de 5 000 hombres, organizada en 20 compañías de 250 ele­
mentos cada una. A su vez, una compañía se dividía en cinco secciones
de 50 hombres. Quienes encabezaban las compañías eran oficiales pro­
fesionales. Los jefes de sección, también profesionales, eran equivalen­
tes a los sargentos de hoy. Dos escribas principales, uno para las tropas
y otro para el abastecimiento, estaban a cargo de las cuestiones adminis­
trativas del ejército. Cada com pañía tenía su escriba adm inistrativo.
Al parecer, en tiempos de Ramsés II cada división tenía una sección de
50 carros.
Durante la xvm Dinastía, el Imperio egipcio recibió su organización
perm anente. Fue nombrado un virrey para Nubia, m ientras que en la
frontera asiática se adoptó una política de m anipulación, junto con
la "egipcianización" de los príncipes locales. Cierto número de adminis­
tradores egipcios, con el apoyo de pequeñas guarniciones, vigilaban a
esos príncipes para asegurarse de que pagaran el tributo.
150 EGIPTO

G. Las clases sociales

Heródoto distinguió siete clases en Egipto: sacerdotes, guerreros, pasto­


res de ganado vacuno, pastores de cerdos, m ercaderes, intérpretes y
pilotos. Un cuadro más preciso distinguiría una clasa alta, que incluía a
la familia real, los nobles, los altos funcionarios, los sumos sacerdotes y
los generales; una clase media de funcionarios de nivel modesto, sacer­
dotes, mercaderes y granjeros; y una clase baja de artesanos y campesinos
libres, y la clase de los esclavos.
Un gran segmento de la nobleza estaba compuesto por descendientes
de los faraones anteriores y del entonces reinante. Dada la costumbre de
tener m uchas esposas y un número ilimitado de concubinas, la sangre
real estaba muy dispersa.
Los cam pesinos inicialm ente fueron siervos, asignados a las fincas
reales o a las de los grandes templos. Con la revolución del Primer Perio­
do Intermedio, las familias campesinas recibieron tierras que pudieron
cultivar, a cambio de pagar un tributo de sus cosechas. Su arrendador era
el rey, o bien un templo, un nomarca o alguien que poseyera una granja
más grande que la de ellos. Los campesinos podían ser reclutados para
el servicio militar o para las obras públicas.
Los esclavos eran, esencialmente, prisioneros de guerra, entregados a
los soldados por el rey como recompensa por sus servicios militares. La
esclavitud no era de gran im portancia para la econom ía egipcia. Los
esclavos contaban con cierta protección legal, y podían ser m anum iti­
dos. No era raro que personas pobres se vendieran a sí mismas para ase­
gurarse de poder alimentar y albergar a sus familias.

4 . E l surgimiento

A. Las condiciones generales

En comparación con Mesopotamia, la transición egipcia de su etapa neo­


lítica a la civilización fue relativamente rápida. La fase primera nagacien-
se de Mesopotamia, correspondiente al Neolítico amraciense de las me­
setas del Alto Egipto, evolucionó en el curso de algunos siglos hasta el
segundo nagadiense, correspondiente al Neolítico gercense del delta. La
fase gercense llevó rápidamente a la formación de los dos reinos y a su
final unificación, bajo la dirección del Egipto meridional. Todo el proceso
ocurrió en el curso de cinco siglos. En contraste, en Mesopotamia la tran­
sición de la etapa neolítica a la civilización requirió casi dos milenios.
EGIPTO 151

Otra diferencia en los procesos formativos de estas dos civilizaciones


es que hubo menos urbanización en Egipto. En M esopotamia, la gente
vivía unida en grandes aldeas que después llegarían a ser centros urba­
nos. La civilización egipcia se formó mediante la interrelación de gran­
des núm eros de pequeños asentam ientos a lo largo del Nilo. Egipto
siguió siendo una sociedad rural hasta llegar a su fase im perial en el
Reino Nuevo, cuando Tébas pasó a ser una metrópoli. La población con­
servó sus hábitos rurales y las aldeas relativam ente grandes fueron
lugares para el intercam bio de bienes, em plazam iento de tem plos y,
después, las cambiantes residencias de los reyes.
Una tercera diferencia importante entre esas dos civilizaciones con­
siste en que, aun cuando Egipto mostró las características esenciales de
una civilización original, fue influido por Mesopotamia en su fase ger-
cense formativa. En contraste, los sumerios lograron su propia civiliza­
ción de forma enteram ente autónom a y en realidad fueron el prim er
pueblo de la Tierra que se volvió civilizado.
La civilización egipcia se form ó durante tres fases sucesivas: 1) la
transición del amratiense al gercense; 2) el desarrollo del gercense, que
culminó en la formación de los dos reinos, y 3) la unificación y consoli­
dación de Egipto bajo las dos primeras dinastías.

B. Del amratiense al gercense

Resulta un tanto arbitrario fijar una fecha de partida al primer periodo


formativo de la civilización egipcia. Los continuos esfuerzos por adap­
tar el m edio natural de las riberas del Nilo a los requerim ientos de la
cultura neolítica de sus habitantes crearon naturalm ente una creciente
demanda de personas que coordinaran sus actividades.
Desmontar la selva lodosa, secar los pantanos para extender las tie­
rras disponibles para la agricultura y abrir canales de riego con objeto
de llevar agua a los sembradíos en una región árida eran tareas que las
familias no podían ejecutar aisladamente. La civilización egipcia empe­
zó a surgir cuando su pueblo consideró necesario coordinar actividades
que requerían muchas manos, e inventar medios apropiados dentro de
los límites de las herram ientas de la Edad de Piedra. Por lo que pode­
mos inferir a partir de los testimonios disponibles, los factores prim or­
diales en la formación de la civilización egipcia fueron las lim itaciones
im puestas por la naturaleza a las necesidades hum anas y a los medios
sociales y tecnológicos requeridos para enfrentarse a este desafío natu­
ral. Entre estos últimos estuvo un intenso y variado intercambio, exten­
152 EGIPTO

sivo entre los muchos pequeños asentamientos situados a lo largo de las


riberas del Nilo, desde la primera catarata hasta el delta, el cual implicó
así un difundido y temprano uso de la navegación fluvial.

C. Del gercense a los dos reinos (3300-3100 a.C,)

La fase gercense es particularmente significativa en la form ación de la


civilización egipcia, porque correspondió a los avances que condujeron
a la adquisición de un sistema de escritura, desarrollado a partir de ini­
ciales ideogram as, y la concom itante configuración de las principales
creencias y ritos de la cultura egipcia. Estos avances estuvieron asocia­
dos a la llegada de otro pueblo al delta, que procedente de Asia llevó
consigo un lenguaje semítico y transmitió la influencia de la civilización
m esopotám ica. Esas influencias extranjeras muy probablem ente acele­
raron el proceso formativo de la civilización egipcia, si se compara con
el curso más lento de los mesopotamios, quienes inventaron por sí solos
los logros de la civilización.
Los com ienzos de la cultura egipcia son resultado de la fusión de
varios elementos. En prim er lugar, los elementos nilóticos locales que
habían estado desarrollándose desde el Neolítico temprano y, en parti­
cular, desde la fase am ratiense (4000-3300). Luego, en la fase gercense,
hubo elementos culturales llevados por los recién llegados al delta, cuya
influencia predominó y fue particularmente poderosa al dar forma a la
lengua egipcia.
Una población creciente, favorecida por la extensión de las tierras
agrícolas y las m ejoras en las técnicas agrícolas ocupó muchos asenta­
mientos. Surgieron disputas sobre la hegemonía y para determinar qué
comunidad controlaría el producto de la labor colectiva requerida para
la agricultura. Estos enfrentam ientos finalm ente polarizaron el poder
entre el Alto y el Bajo Egipto, conduciendo a la formación de los dos rei­
nos. La lucha por la hegem onía continuó, pero ahora entre estos. Los
datos de que disponemos indican que el norte prevaleció al principio,
aunque no duraron sus prim eros esfuerzos por la unificación. Un
segundo intento, encabezado por M enes-Narm er, del sur, finalm ente
logró unificar a Egipto, cerca del año 3100 a.C.
Aunque la necesidad de satisfacer las demandas físicas del territorio
fuese el factor m otivador de la inicial fase formativa de la civilización
egipcia, las disputas por el liderazgo entre los diversos asentam ientos
que condujeron a la conquista del norte de Egipto por el sur y a la cons­
titución final de los dos reinos, son los principales factores de la fase for-
EGIPTO 153

mativa de esa civilización. La unificación de Egipto, factor predominante­


mente político, consolidó los fundamentos culturales de su civilización.

D. Las dos primeras dinastías

El periodo dinástico, que comenzó cerca del año 3100 a.C, ya contenía
los principales elementos de la cultura egipcia: el concepto de la divini­
dad del rey, el carácter cosmológico de la religión egipcia, las técnicas
del Neolítico tardío que fueron incorporando gradualmente la metalurL
gia de la Edad de Cobre, y la escritura jeroglífica.
Las aportaciones de las dos prim eras dinastías a la configuración
final de la civilización egipcia fueron, esencialmente, sistematizar y con­
solidar el concepto del rey-dios, y con ello legitimar un sistema social y
político basado en la autoridad total y exclusiva del rey.
El concepto del rey-dios, que es el fundam ento m ism o del sistem a
de vida egipcio, tuvo que superar la polarización entre Horus y Seth, que
fue cuestión tanto de disputa teológica como de determ inar qué creen­
cia local había de prevalecer. Seth fue el dios original del Alto Egipto, el
bando vencedor en el proceso de unificación, mientras que Horus era el
dios del Bajo Egipto, la más desarrollada y civilizada de las dos partes.
Las dos primeras dinastías tuvieron que enfrentarse a todas las conse­
cuencias de dicha polarización. En cierta época, Seth llegó a prevalecer
sobre Horus, con Peribsén, pero finalmente quedó reducido a un papel
de menor importancia. La lógica de las concepciones religiosas egipcias
actuó en favor de un dios positivo, como Horus, y en contra de un dios
maligno, como Seth. También funcionó en detrimento de Osiris, que para
entonces había sido confinado a los límites del ámbito de los muertos.
A m ón-Ra y Horus eran expresiones de vida y esperanza y fueron los
dioses que prevalecieron.
Los requerimientos técnicos fueron el factor inicial de la civilización
egipcia. El segundo factor fue político: la unificación del poder y la
autoridad sobre las dos tierras en manos del faraón. Pero el último fac­
tor formativo de este proceso fue la consolidación del concepto del rey-
dios; fue el fundamento de la legitimidad no sólo del rey y de su dinas­
tía sino también de todo el sistema de vida egipcio.
154 EGIPTO

5. E l D E S A R R O L L O
4

A. La tendencia general

El periodo de desarrollo del antiguo Egipto duró más de 15 siglos, empe­


zando por el Reino Antiguo (2700-2200 a.C.) y terminando con la crisis
de los ramsésidas hasta la época de Ramsés IV (1164-1157 a.C.). A partir de
allí se inició un periodo extenso — aunque con altibajos— de decaden­
cia. Algunos reyes enérgicos intentaron restaurar la gloria de Egipto,
pero las condiciones ya no permitieron una recuperación estable. Una
interacción compleja entre el debilitamiento religioso y político del rey y
la descentralización de los principales centros de poder hizo imposible el
funcionamiento ordenado del sistema egipcio. Los espíritus y la volun­
tad de todas las clases de la sociedad egipcia fueron afectados, volvién­
dola impotente.
El prolongado periodo de desarrollo de lo que podemos llamar el sis­
tema egipcio — los aspectos culturales, técnicos, políticos y sociales de
su civilización— pasó por cinco fases principales. La primera fue el Reino
Antiguo, que duró cerca de 500 años. Tal fue el periodo fundacional del
sistema egipcio, su época clásica.
La segunda fase fue el llamado Primer Periodo Intermedio, que duró
aproximadamente un siglo y medio. Fue una época de crisis profunda y
generalizada. El poder central se disolvió, las jerarquías sociales se alte­
raron y el país se empobreció. Al mismo tiempo, una profunda revisión
de los valores y las creencias hizo surgir el concepto y el sentimiento del
individuo, un sentido de los derechos humanos individuales, y el des­
arrollo de la subjetividad personal y la importancia de las aspiraciones
trascendentes de cada cual.
La tercera fase, el Reino Medio, fue un periodo de restructuración del
sistema egipcio, en el curso de unos 250 años. Se restableció la unidad
del país; el poder central gradualmente reafirmó su autoridad y su régi­
m en, y se restauraron las jerarquías sociales. Sin em bargo, la visión
egipcia de su lugar en el universo no volvió a ser la del Reino Antiguo,
sino que retuvo la impronta y ciertos elementos de la fase anterior.
La cuarta fase fue el Segundo Periodo Intermedio, bajo la dominación
de los reyes de un pueblo extranjero, los hiesos. Una vez más, el sistema
egipcio entró en una época de crisis, aunque menos profunda y generali­
zada que la del Primer Periodo Intermedio. Durante unos 230 años Egip­
to estuvo sometido al yugo de los "asiánicos"; sin embargo, los hiesos
reinaron como faraones egipcios, y no como ocupantes extranjeros. Man-
EGIPTO 155

tuvieron relaciones básicamente normales en lo general con los nomar-


cas, y durante largo tiempo con la dinastía vasalla de Tebas. Durante este
periodo, la élite egipcia aprendió de sus gobernantes hicsos nuevas téc­
nicas que después pudo emplear para expulsar del país a los invasores.
La fase final del desarrollo egipcio fue el Reino Nuevo, cuyo período
productivo duró cerca de cuatro siglos. Em pezando por la guerra de
liberación contra los hicsos, condujo a una extraordinaria expansión
imperial. En el norte, los territorios de Siria y de Palestina, y en el sur, los
de Nubia, quedaron som etidos al dom inio egipcio. Fue una fase muy
creadora en todas las dim ensiones im portantes de la vida egipcia, y
generó gran prosperidad y optimism o. Pero durante este periodo se
sembraron las semillas de la futura decadencia de su sociedad, que con­
dujo a la crisis de los ramsésidas desde el reinado de Ramsés IV.

B. El Reino Antiguo

Durante el Reino Antiguo surgieron y se consolidaron los principales


rasgos de la civilización egipcia. Los elementos que se derivaron de la
fase prolodinástica recibieron su típica forma egipcia.
El factor central que dio forma al sistema egipcio fue el concepto de la
divinidad del faraón como hijo de Horus o de Ra. En torno a esa creen­
cia estaba la concepción cosmológica del mundo, según la cual fuerzas
cósmicas divinas regulan las estrellas y la sociedad, los seres humanos y
los animales. Estas fuerzas determ inan y sostienen el orden global. El
mundo es estático: en el momento de su creación primigenia recibió su
actual estructura, incluso la existencia misma de Egipto y del rey egip­
cio. El faraón es, a la vez, hum ano en su vida terrenal y divino com o
encarnación de Horus y de Ra, y se reincorporará al Sol después de su
muerte terrenal.
La concepción cosmológica del mundo en general, y de la divinidad
del rey en particular, imbuyeron la civilización egipcia de un sentido de
absoluta estabilidad, predecibilidad e inmutabilidad. La vida humana
fue vista como parte de la estructura cósmica. Actuar de acuerdo con
esa estructura era cuestión de interés personal y de propia conservación.
Como lo ha observado Eric Voegelin, "siendo egipcio, el más hum ilde
cam pesino en su tierra, o el obrero en su pirám ide, participaban de la
divinidad del orden que em anaba del faraón: la divinidad del faraón
irradiaba sobre la sociedad, transformándola en un pueblo del d io s".2
2 Cf. Eric Voegelin, Order and History, vol. 2, Baton Rouge, Louisiana State University/ 1991
(1956), p. 74.
156 EGIPTO

La cuarta Dinastía (2650-2500) fue la edad de oro del Reino Antiguo.


El poder quedó concentrado en las manos del rey; una burocracia que
fue organizada en una bien reconocida jerarquía supervisaba eficiente­
mente todas las actividades sociales en una especie de socialism o teo­
crático agrario, y había una actitud de cooperación activa entre
cam pesinos y obreros. Todo esto contribuyó a dar una considerable
prosperidad a una tierra de rica agricultura y a form ar una sociedad
segura, que funcionaba bien. La edificación de las grandes pirám ides
expresó esa prosperidad, la eficiencia de la organización social y la
auténtica devoción del pueblo a sus reyes, de cuya inmortalidad depen­
día la suya propia.
Existe una notable similitud entre el esfuerzo colectivo que se invirtió
en la construcción de las pirámides — esos monumentos increíblemente
grandes— y el espíritu que se manifiesta en las catedrales de Europa,
construidas durante la Edad Media. En ambos casos, el minucioso cui­
dado con que se edificaron los monumentos inspira un temor reveren­
cial. Esa clase de minuciosidad no puede imponerse mediante coacción,
aun si consideramos el trabajo rígidamente organizado que fue necesa­
rio para extraer, transportar y colocar colosales piezas de piedra en posi­
ciones precisas. Esto sólo pudo hacerse con devoción y amor.
Pese a la buena voluntad con que fueron construidas las grandes pi­
rámides, en términos prácticos representaron un esfuerzo social excesivo,
em pleado con fines no productivos a expensas de las m etas producti­
vas. Al término de la cuarta Dinastía, el país se había empobrecido. La
econom ía de la quinta Dinastía sólo pudo construir m onumentos más
pequeños y más sobrios a los muertos. Al llegar la sexta Dinastía, el poder
ya no estaba en manos del rey, sino que había pasado a los nomarcas y
la nobleza.

C. El Primer Periodo Intermedio

La prolongada y profunda crisis del Primer Periodo Intermedio fue con­


secuencia de un proceso durante el cual se deterioró la autoridad cen­
tral en Egipto, al tiempo que sus creencias religiosas y sociales pasaban
por un cam bio profundo y difundido. La extrem a concentración del
poder en manos de los reyes de la cuarta Dinastía y las prerrogativas
sagradas que ejercían habían obligado a practicar una conducta más
m odesta desde la quinta Dinastía. Ya se m anifestaba una tendencia de
los nom arcas a afirmar su independencia. Dicha tendencia, recurrente
en todas las ulteriores crisis egipcias, llegó a sus máximos límites duran­
te la sexta D inastía, en particular después del reinado de Pepi II, que
EGIPTO 157

duró 94 años. Después de su muerte, el poder central se desplom ó en


Egipto.
Los nomarcas se arrogaron el dominio hereditario de sus provincias
y a menudo lucharon entre sí, compitiendo por la expansión territorial
o la hegem onía local. Los nobles ya no desearon construir sus tumbas
en la cercanía de las pirámides del rey para compartir su inmortalidad.
En cambio, supusieron que ellos mismos eran inmortales y edificaron sus
monumentos funerarios en sus propios territorios. La jerarquía social ya
iba desplom ándose. Los plebeyos, siguiendo el ejem plo de los nobles,
afirmaron sus derechos personales y la esperanza de su propia inmorta­
lidad individual. Profetas de la época como Ipuwer y Neferrohu, al des­
cribir el desorden reinante, lamentaron la profanación de tumbas reales
y el hecho de que las personas ya no pudieran confiar unas en otras.
La nueva actitud generada por la disolución del poder central se
caracterizó por un naciente sentido de la individualidad y de los dere­
chos humanos. El pueblo exigía justicia en este mundo, y deseaba exten­
der a todos los seres humanos la idea de la vida después de la muerte en
el otro mundo. Nació un sentido de que la buena conducta y las recom­
pensas post mortem estaban correlacionadas, y así el destino de los seres
humanos fue transferido del ámbito cosmológico al de la ética humana.
Se intensificaron ahora el culto de Osiris y una visión cuasitrascendente
del dios supremo.
En lo político, el desplome de la autoridad central tuvo varias conse­
cuencias importantes. En las relaciones con sus vecinos, Egipto fue inca­
paz de impedir que los asiánicos penetraran profundamente en el delta,
aunque en realidad no se tratara de una invasión. En lo interno, fueron
surgiendo gradualm ente dos nuevos polos de poder en com petencia.
En el norte, en el Fayum, los heracleopolitanos formaron las dinastías
novena y décima, y dominaron el área que va del delta al Alto Egipto
hasta 2150 a.C. Floreció la literatura. Compitiendo con los heracleopoli­
tanos, los tebanos, en el sur, eran m enos refinados pero m ilitarm ente
más poderosos. Por último, prevalecieron los tebanos. A mediados del
siglo xxi, la xi Dinastía tebana impuso su supremacía en el norte. Duran­
te la xrr Dinastía se consolidó la reunificación del país.
El resultado de la crisis fue que la actitud egipcia ante la vida se
modificó considerablemente, con un profundo pesimismo y una desilu­
sión que la volvieron intolerable. Dicho pesimismo se refleja en el " Diá­
logo del hombre que pensó suicidarse con su propio Ba". Muchas perso­
nas adoptaron una visión hedonista de la vida que propugnaba gozarla
en el aquí y ahora antes de que todo terminara con la muerte, como lo
proclam ó "L a canción del arpista". De manera general, el efecto más
158 EGIPTO

profundo de la crisis consistió en hacer surgir la idea de la inmortalidad


personal de todos, lo cual permitió que los plebeyos fuesen enterrados
con los m ism o ritos y fórm ulas reservados antes a los reyes y a los
nobles, como puede verse en el "Texto del ataúd".

D. El Reino Medio

Aunque Tebas era un centro menos importante en materia de población,


riqueza y cultura, su superioridad militar le aseguró el dominio sobre
los heracleopolitanos en el norte. La xi Dinastía logró imponer su dom i­
nio sobre todo Egipto, pero perm itiendo una gran autonom ía a los
nomos. Los reyes de la dinastía también impusieron el dogma de su ori­
gen divino como hijos de Ra. Sin em bargo, la reafirm ación de la divi­
nidad del faraón durante el Reino M edio no alcanzó el carácter abso­
lutam ente indiscutido que antes tenía. Ya no se veía al rey com o una
emanación de las fuerzas cósmicas, sino tan sólo como representante de
la humanidad ante los dioses y como el buen pastor de su pueblo.
La x i i D inastía dio a Egipto buenos reyes, quienes restauraron la
prosperidad perdida durante el Primer Periodo Intermedio. Su poder y
autoridad se fortalecieron, una vez más, por un proceso de gradual cen­
tralización. El Reino Medio recuperó su presencia internacional gracias
a un comercio activo. Reabrió los pozos en el desierto y desplegó apoyo
militar para volver a explorar las minas del Sinaí y todo el camino hasta
Nubia. También retornó a la navegación para llegar hasta Punt, en la
costa árabe. Importantes obras de riego extendieron las tierras labrantías
en cerca de 11000 hectáreas.
Al adaptarse a un ánimo más positivo y a la renovada autoridad del
faraón, el clima espiritual del Reino Medio conservó muchos de los ras-
gor del periodo anterior. El dios tebano Amón (el Invisible), cuyo culto
iba en ascenso, quedó sintetizado con Ra para volverse Am ón-Ra, que
a su vez se volvió A m ón-Ra-Ptah, expresión trinitaria de un m ism o y
único dios. La creencia en un dios creador hacía a todos básicam ente
iguales. Todas las personas estaban dotadas de derechos hum anos,
esencialm ente el derecho a la justicia, como se muestra en la "O ración
del campesino elocuente". Mediante el juicio de Osiris, el dios creador
abrió a los justos el camino a una vida eterna y feliz.
La buena fortuna del Reino Medio duró cerca de dos siglos y medio.
Los últimos reyes de la x ii Dinastía fueron monarcas débiles que tuvie­
ron que enfrentarse a circunstancias adversas. Una vez más, los reyes
egipcios cedieron parte de su poder a los nomarcas y los nobles. Unas
EGIPTO 159

situaciones de poder cambiante en Asia y África ejercieron nuevas pre­


siones sobre Egipto. Los kasitas en M esopotamia y los hicsos en Pales­
tina, que estaban siendo em pujados por m igraciones indoeuropeas,
penetraron en zonas en que el com ercio egipcio había predom inado,
lim itándolo. En África, presiones dem ográficas sobre el sur de Nubia
produjeron desplazamientos hacia el norte en dirección a Egipto.
La gradual desintegración del Estado egipcio, al form arse dinastías
en com petencia, facilitó la invasión de los hicsos. M edios de guerra
superiores dieron a los hicsos una nueva ventaja. Utilizaban caballos y
carros tirados por caballos; contaban con m ejores arm as, como el arco
com puesto, y con espadas más sólidas; se protegían con arm adura, y
tenían nuevas técnicas para construir fortificaciones. El área que con­
quistaron los hicsos comenzaba en el delta y se extendía hasta el Alto
Egipto, con su capital en Avaris.

E. Los hicsos y el Reino Nuevo

Tres factores perm itieron a los hicsos ocupar triunfalm ente Egipto a
com ienzos del siglo xvrn a.C. La autoridad central se redujo durante
la x i i Dinastía. Se habían formado dinastías en competencia — la x i ii en
Tebas v la xiv en Xois— v su existencia debilitó más aún a los últim os
j j

reyes de la x i i Dinastía. Por último, los invasores eran m ilitarm ente


superiores: iban equipados con carros tirados por caballos y llevaban
mejores armas.
Los hicsos consolidaron su poder bajo Salitis, quien fundó una dinas­
tía egipcio-hicsa, la xv. Durante cerca de dos siglos, sobrevino una tre­
gua relativamente larga. Durante ese periodo de coexistencia, los reyes
hicsos administraron el país con el activo apoyo de los nubios. También
aceptaron la autonomía casi total de la dinastía tebana, la xvu, cuyos dos
últim os reyes iniciaron la rebelión contra ellos. El gobierno hicso sólo
fue tolerado porque las circunstancias no eran propicias para oponerse
a él, y por ello los egipcios se mantuvieron en paz hasta que pudieron
rebelarse. La élite egipcia, particularm ente la tebana, consideró la tre­
gua como una hum illación nacional y como una sacrilega usurpación
del trono. Los tebanos aprendieron de los hicsos sus mejores técnicas
m etalúrgicas e imitaron sus armas y sus tácticas, con lo cual buscaron
los medios y las condiciones que les permitieran rebelarse contra ellos.
Taa I inició la guerra de liberación, que Ahmosis, fundador de la xvm Di­
nastía, llevó a una triunfante conclusión.
Com o los de la xii Dinastía, tam bién los de la xvm fueron grandes
160 EGIPTO

reyes. La guerra de liberación m ovilizó las energías y las capacidades


nacionales que aniquilaron el último refugio de los hicsos en Sharuhen,
Palestina. En la secuela de esta victoria, se extendieron grandemente el
poderío y la dominación territorial de Egipto. Amenofis I (1545-1525 a.C.)
inició la formación del Imperio egipcio. Sus sucesores extendieron sus
logros, y el Imperio llegó a su mayor grandeza con Tutmosis III. Duran­
te el reinado de Am enofis IV (Akenatón), el Im perio sufrió pérdidas
considerables básicamente por causa de su obsesión religiosa. Después,
fue restablecido por Seti I.
Desde la época de Ahmosis I (1570-1545 a.C.) hasta que Egipto cayó
en decadencia con Ramsés IV (1164-1157 a.C.), los prim eros siglos del
Reino Nuevo fueron un largo periodo de poderío y prosperidad. En lo
económico, llovieron riquezas gradas a la productiva agricultura local y
las ganancias obtenidas de un activo comercio internacional, a lo cual
contribuyó el tributo recabado de los pueblos som etidos a la dom ina­
ción egipcia — hasta el Eufrates en el norte y Nubia por el sur— .
En lo espiritual — salvo durante el breve reinado de A kenatón—
Amón-Ra pasó a ser el dios supremo, el dios creador, transformado des­
pués en el trinitario Amón-Ra-Ptah. Surgió una optimista confianza en
la felicidad ultraterrena. La inmortalidad se extendió a todos los seres
hum anos y se conservó el concepto — desarrollado durante el Reino
Medio— del juicio de Osiris, que daría a las personas justas una recom­
pensa eterna.
Durante los cuatro primeros siglos del Reino Nuevo, factores m ilita­
res y económicos contribuyeron al desarrollo de Egipto. Su fuerza m ili­
tar le perm itió conquistar nuevos territorios y m antener el imperio así
creado, y la aventura imperial, a su vez, reforzó la prosperidad econó­
mica de Egipto. La renovada creencia en la divinidad del rey, que llegó a
ser visto como el hijo físico de Amón-Ra, fortaleció más aún la urdimbre
social. Los estratos superiores de la población se anim aron con una
expansiva vivacidad. Los estratos inferiores aceptaron de buena gana el
orden social existente, compartiendo la confianza de las clases superio­
res en el gobierno bueno y divino del rey, y viendo la recompensa de sus
sacrificios terrenales en una vida eterna feliz después de la muerte.
A pesar de todo, desde la época de Tutmosis III ya estaban presentes
las semillas de futuras perturbaciones.
EGIPTO 161

F Breve resumen

Desde sus principios en el Reino Antiguo hasta los primeros siglos del
Nuevo, puede decirse que el desarrollo de Egipto mostró cinco fases.
El principal factor que influyó en el desarrollo del Reino Antiguo fue
el hecho de que una rígida visión cosmológica del mundo, de la socie­
dad humana, de Egipto y de su rey imbuyó todas las instituciones egip­
cias. Los egipcios se consideraban inmersos en un orden global cosmo­
lógico estático e inmutable, generado de una vez para siempre en el acto
prim igenio de la creación. Actuar de acuerdo con ese orden era básico
para la autoconservación. El mundo era bueno porque era divino en su
origen y divino en su gobierno por el rey-dios. Quienes servían al rey lo-
seguirían en su vida eterna.
El Primer Periodo Intermedio fue una época de crisis y de desencanto,
si no de desesperación. Pero también fue una etapa durante la cual los
valores egipcios y la visión egipcia del universo fueron sometidos a una
revisión. Se descubrió la subjetividad humana; la gente supuso que tenía
derechos y hubo una demanda de justicia, una esperanza de inm ortali­
dad para todos los seres humanos por el hecho mismo de serlo. Se refor­
mularon los valores. Ya no se les consideró como consecuencias fácticas
de un orden cosmológico, sino como imperativos éticos a las órdenes de
un dios cuasitrascendente que asignaría la salvación eterna a los justos
y aniquilaría a los malhechores. El Primer Periodo Interm edio no sólo
fue una fase crítica en lo político, social y económico, sino también una
etapa muy creativa en cuestiones culturales y espirituales, que introdujo
algunos elementos nuevos que llegarían a ser aspectos permanentes de
la civilización egipcia.
El Reino Medio constituyó una transición entre la sociedad antigua y
la nueva, entre la espiritualidad subjetiva e individualista del Prim er
Periodo Intermedio y la revaluación del poder real y la restructuración
de la sociedad que asegurarían la continuidad histórica de Egipto.
La invasión de los hicsos movió a los egipcios a afirmar su identidad
nacional, lo que generó el impulso y el compromiso que movilizaron el
Reino Nuevo y su expansión imperial. Esta última fase brillante del des­
arrollo de la civilización egipcia se caracterizó por una buena adminis­
tración interna, la cual generó un rico excedente alim entario anual. Su
expansión imperial arrancó un tributo a los pueblos conquistados, esti­
muló el comercio y sostuvo su fuerza militar. Su visión del faraón como
el hijo físico de Amón-Ra, que gobernaba a sus súbditos con justicia y
eficiencia, lo presentó como jefe de una sociedad feliz, confiada en su
162 EGIPTO

éxito en la Tierra y segura de que las buenas alm as que había en ella
recibirían su recompensa eterna.

6 . L a decadencia

A. Características generales

La decadencia de Egipto fue un prolongado proceso que em pezó


con el debilitam iento del poder real desde los tiem pos de Ram sés IV
(1164-1157 a.C.) y terminó con la dominación del país por gobernantes
extranjeros: asirios, babilonios, persas y, por últim o, A lejandro y los
lágidas.
Todo análisis del proceso de decadencia debe tener en cuenta la dife­
rencia entre la decadencia de un sistema político y la de una civilización.
En el caso de Egipto, como en el de Babilonia y tantos otros, existe una
conexión general pero no exhaustiva entre el sistema político que gober­
nó la sociedad y los demás elementos culturales y sociales de la civili­
zación engendrada por esa sociedad. Babilonia fue tom ada por Ciro
sin una correspondiente pérdida de su civilización. Pero la pérdida de
su sistema político endógeno resultaría faltal a la larga para la civiliza­
ción babilónica al privar a la sociedad de la capacidad de regularse a sí
m isma quedando expuesta a la abrum adora influencia de la cultura
griega.
De manera similar, en el caso egipcio, la pérdida de su sistema políti­
co endógeno lo expuso a la superior influencia de la cultura griega. El
Egipto tolom eico, en contraste con la Babilonia seléucida, conservó
muchas — si no la mayoría— de sus propias características, pero en for­
ma de un creciente sincretismo, tanto así que la manera más convenien­
te de ver el Egipto tolomeico es como una variedad de la civilización
helenística y no como una etapa de la civilización egipcia. Fue precisa­
mente la "form a" egipcia la que desapareció con tanta rapidez. Esa for­
ma, con su cambiante contenido, había persistido durante más de tres
milenios, pero bajo los lágidas la forma griega fue lo bastante considera­
ble para ocupar su lugar.
Vemos así la decadencia egipcia como un círculo vicioso en que el
debilitam iento del poder y la autoridad reales condujo a la alteración
de las condiciones e instrumentos sociales que habrían podido capacitar
el sistem a egipcio para sostenerse por sí solo; y a su vez, la perturba­
ción social debilitó más aún la autoridad real, y con el tiem po Egipto
desapareció.
EGIPTO 163

Podemos distinguir cuatro fases en el largo proceso de la decadencia


egipcia. Las primeras semillas aparecieron y germinaron en el periodo
de oro de la expansión im perial, en particular bajo Tutmosis III. La
segunda fase ocurrió con las consecuencias destructivas del fracaso del
intento de Akenatón por transformar el culto de Amón-Ra en el culto de
Atón, y su incapacidad de hacer que su propio culto durara después
de su m uerte inició la erosión de la creencia en la naturaleza sacra del
faraón, proceso que culminó con los últimos ramsésidas, cuando el rey
y el sumo sacerdote de Amón llegaron a compartir el poder. Una tercera
fase empezó cuando ya no pudo sostenerse en forma congruente el dog­
ma de la divinidad real, porque el trono había sido usurpado por ex­
tranjeros. La pérdida se inició cuando los extranjeros fueron relativa­
mente del "interior", como las dinastías libia y etiope, y continuó al ser
totalmente ajenos, como los asirios, los babilonios, los persas y los grie­
gos. La fase final de la decadencia egipcia empezó al desm oronarse la
coherencia interna de la sociedad, que ya no respondió a las demandas
reales ni a la necesidad de defender su propia patria. Los últimos farao­
nes se vieron obligados a depender de mercenarios extranjeros para sos­
tener su gobierno y oponerse a los invasores.

B. Los factores iniciales

La triunfal expansión del Imperio egipcio bajo Ahmosis culminó en las


victoriosas campañas de Tutmosis III. Cada vez más, la riqueza, las pre­
rrogativas y el prestigio del poder fueron transferidos a los sacerdotes
de los templos, particularmente los del templo de Amón en Karnak. La
cultura egipcia atribuyó sus victorias militares a Amón-Ra, tanto como
cuasitrascendente dios suprem o, que como el padre del faraón m ani­
fiesto en él. La acumulación de favores en los templos redujo proporcio­
nalm ente la riqueza del tesoro real y, a la postre, el poderío del rey.
A largo plazo, la acumulación de la riqueza, el prestigio y el poder en
manos de los sacerdotes de Amón los convirtieron en rivales del faraón.

C. La erosión de la naturaleza sacra del rey

Amenofis IV (Akenatón) fue una figura extraña y extraordinaria, nota­


ble entre los jefes religiosos del mundo. Con el mayor celo y consistencia,
fundó un nuevo culto que fue prácticamente una nueva religión mono­
teísta. Es difícil saber hasta qué grado motivos políticos contribuyeron a
164 EGIPTO

su plan de sustituir el culto de Amón por el de Atón, el disco solar. Sin


duda, comprendió el peligro político que había en la creciente riqueza y
poder de los sacerdotes de Amón. En su nueva religión, el rey, y no los
sacerdotes, era el intermediario entre Dios y los seres humanos.
Como Akenatón no tuvo ningún hijo varón, las dificultades relacio­
nadas con su sucesión deben considerarse entre los factores que im pi­
dieron que la nueva religión echara raíces después de su m uerte. Sin
embargo, aun en sus últimos años encontró creciente oposición para lle­
var adelante sus ideas, y tuvo que llegar a cierto acuerdo con los segui­
dores de Amón.
El hecho principal para com prender el proceso de decadencia de
Egipto es que, después de su muerte, Akenatón fue visto como un here­
je. Su sucesor, Tutankatón, se vio obligado a renunciar formalmente a la
religión de Atón y a cambiar su nombre por el de Tutankamón, reincor­
porando en él el de Amón. Considerar hereje a un rey-dios era negar su
divinidad, y por ello representó una ruptura importante con el dogma
de que el rey había sido engendrado por un dios.
Esa primera erosión importante de la creencia en lo sacro del rey fue
exacerbada por el creciente prestigio y poder del sumo sacerdote de
Amón, que contrastó con el poder declinante de los ramsésidas durante
el reinado de Ram sés IV. El resultado final de esa rivalidad ocurrió
cuando el sumo sacerdote declaró que tenía com unicación oracular
directa con Amón, lo que rompía el m onopolio del diálogo real con el
dios. También se crearon condiciones favorables para que hubiese dos
centros de poder en tiempos de Ramsés XI, cuando el sumo sacerdote
Herihor, quien también era el máximo com andante militar, se adueñó
del poder auténtico e inauguró una dinastía sacerdotal paralela. El
hecho de que las tumbas reales fuesen frecuentemente saqueadas indica
con toda claridad hasta qué grado había quedado desacreditada la
naturaleza sagrada de los reyes en la mente del pueblo común.

D. La crisis de la usurpación

La abierta usurpación del trono fue un hecho mucho más grave para la
civilización egipcia que para la mesopotámica. En M esopotamia, la doc­
trina según la cual lo que ocurre en la Tierra corresponde a los decre­
tos de los dioses hizo de la usurpación de la corona una señal de que los
dioses habían cam biado a su representante terrenal. En cam bio, en la
cultura egipcia el propio rey era un dios. En el Reino Nuevo se creía que
EGIPTO 165

era hijo carnal de Amón-Ra, quien adoptaba los rasgos del soberano rei­
nante para engendrar, en la reina, al futuro rey.
En dicha doctrina, la abierta usurpación de la corona no podía ser
compatible con el concepto de que el rey era un dios desde el momento
de su concepción. Sheshonq, descendiente de ex prisioneros de guerra
libios, asestó el primer golpe a la coherencia político-religiosa de la doc­
trina egipcia en 945 a.C., al usurpar la corona para iniciar una nueva
dinastía libia, la xxn, en Bubastis. Otra embestida contra la ortodoxia del
origen del faraón ocurrió cuando el nubio Pianki se apoderó del trono
(747 a.C.) y fundó la xxv Dinastía. El último golpe llegó con la conquista
de Egipto por los asirios, su dominación por los babilonios y el ascenso
al trono egipcio del persa Cambises.

E. La disolución social

El efecto com binado de las cuatro fases críticas fue una profunda per­
turbación del sistema egipcio. Cuando los nobles y los plebeyos respon­
dían a las decisiones del rey y obedecían regularm ente sus órdenes,
estaban actuando movidos por un sentido de legitimidad que se basaba
en la naturaleza sacra del rey. La completa erosión de la fe en su carácter
sagrado convirtió la legitimidad del faraón en un reconocimiento pura­
mente formal de su poder defacto. Formalmente se le siguió consideran­
do como el hijo de Amón-Ra, pero sólo se le obedecía en la m edida en
que tenía suficiente poder coercitivo para imponer su voluntad. La con­
secuencia práctica de socavar su naturaleza sacra fue que el rey quedó
dependiente, por completo, de tropas mercenarias. En todos los estratos
sociales dejó de existir el compromiso de mantener el Estado y los inte­
reses colectivos.
Reyes vigorosos, como Samético I (664 a.C.) y otros monarcas saítas,
se vieron reducidos a depender de mercenarios griegos y de otras nacio­
nalidades para mantener su poder y defender el país. Con los persas, así
como después con Alejandro y la instalación de los Tolomeos en el trono
egipcio, se hizo evidente que la independencia egipcia era incapaz de
oponerse a una agresión seria.
La civilización egipcia brotó con una rígida visión cosm ológica del
mundo, según la cual el mismo orden cósmico gobernaba a los dioses,
las estrellas y los seres humanos. A partir del Reino Medio, el rey fue vis­
to como un dios encarnado que representaba a los seres humanos ante
los dioses, y el pastor bueno y competente de su pueblo. La coherencia de
la civilización egipcia se basaba en un sentido del orden global que, con
166 EGIPTO

el tiempo, fue cambiando de una concepción puramente cosmológica a


otra que diferenciaba a los dioses y los seres humanos. Según este último
concepto, la conexión entre lo divino y lo hum ano quedaba asegurada
colectivamente por el Maát del faraón, e individualmente por la conduc­
ta justa de cada persona. La pérdida de la naturaleza sagrada del faraón,
al alterar ese orden, hizo que el sistema egipcio perdiera su coherencia y,
con ella, su capacidad de sostenerse a sí mismo.

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IV. LA CIVILIZACIÓN EGEA

1. In t r o d u c c ió n

A. La tierra y el pueblo egeos

El área egea incluye las islas situadas en el mar Egeo — Creta, las Cicla­
das y Chipre— , la tierra firme griega frente al mar y la costa jónica de
Anatolia, lugar de la antigua Troya. La población del área consistía en
tesalios, chipriotas, isleños de los archipiélagos, cretenses y micénicos.
El pueblo era una m ezcla de las razas alpina, m editerránea, danubia,
armenia y dinárica. Desde el principio se hablaron muchos idiomas en
la zona.
La propia "civilización egea" es una expresión poco precisa que se
emplea para designar el proceso social que precedió al auge de las ciu­
dades-estado griegas. Pero la civilización egea no presenta una unidad
comparable con la civilización asiria o con la egipcia. La unidad única­
m ente fue alcanzada durante la época micénica. Sin embargo, hubo un
modo de vida egeo entre los marineros y campesinos que vivían en un
área físicam ente hom ogénea. El clima m editerráneo, con sus tórridos
veranos y relativamente fríos inviernos, es bastante árido; los ríos que­
dan secos durante la mitad del año, pero con frescas corrientes que bro­
tan de su suelo de piedra caliza.

B. Cronología general

El desarrollo de la civilización egea se presenta esquem áticam ente


en los cuadros IV .1, IV.2 y IV.3.

2 . S ín t e s is histórica

A . La Prehistoria

Se han descubierto restos de esqueletos del hombre de Neandertal, bási­


camente en la llanura de Tesalia. Poblaciones paleolíticas vivieron en el
168
LA CIVILIZACIÓN EGEA 169

C u a d r o IV. 1. Cronología gen era l de 6 0 0 0 a 2 0 0 0 a .C .

Acontecimientos
Fechas Épocas Culturas principales principales

6000 Neolítico Cnosos Cultivo de cereales


temprano Khirokitia Domesticación de animales
Sesklo I Invención de la alfarería
5000 Neolítico Tsangli Sotira I
medio Arapi
Orzaki Mag. Saliages
4000 Neolítico
tardío

4000 Neolítico Sotira II Predinástico


tardío Keos egipcio

Dimini
(Sesklo II)
Raklhmani
Calcolítico
Lemba-Lakhus
Grotta-Pelos
3000 Edad de Bronce Lerna I
temprana Troya I
I Argissa Antiguo reino egipcio
Lakkudhes
Lerna II
II Keros-Symos
Lema III Troya II
2000 III Lerna IV Invasiones en Grecia
Troya III-XI Dinastía egipcia
Edad de Bronce Lema V Troya IV-XII Dinastía egipcia
media I
II Filakopi I Troya V
III
Troya VI

norte de Grecia y pueblos del Paleolítico medio y tardío a lo largo del río
Peneo, al oeste de Larisa.

El Neolítico

Durante el séptim o m ilenio antes de la era cristiana hubo una cultura


neolítica que cultivó cereales, domesticó animales e hizo obras de aliare-
170 LA CIVILIZACIÓN EGEA

C uadro IV.2. Cronología gen era l de 2 0 0 0 a 1 7 0 0 a.C .

Algunos
acontecimientos
Fechas Chipriotas Cid adíeos Minoicos Meládicos principales

Tardío III
2000 Temprano IA Temprano Aparición de la
III Medio I III equitación
Medio Grecia
IB (?) septentrional
1980
Medio IIA XII Dinastía
Medio I egipcia
Hammurabi, rey
de Babilonia
1800
Medio II Medio II Medio IIB Medio

1700 Medio III Reyes hiesos en


Egipto (Khien)
Medio III A

F u e n t e : Henri Van Effenterre, Les géens, pp. 18-19.

ría a mano, pero sólo tuvo una mínima vida social. Sus sitios principales
estuvieron en Cnosos y Khirokitia en Creta; Dhimini y Sesklo en Tesa­
lia; Fosis en Elatea, y Queronea en Boecia. En Melos se ha descubierto
obsidiana. El Neolítico temprano empezó allí ca. 6500 a.C. y terminó ca.
a.C. El Neolítico medio fue de 5200 a 4200 a.C. y el N eolítico tar­
dío terminó ca . 3600 a.C. Se cultivaron allí viñas desde 3600 a.C. A partir
del año 4200 a.C., los muertos fueron enterrados en cem enterios sepa­
rados de las m oradas humanas. A partir del séptim o m ilenio se em pe­
zaron a producir pequeñas estatuillas, en su mayoría fem eninas. Las
aldeas tenían entre 1000 y 4000 habitantes, que vivían en chozas ovala­
das y también rectangulares.

El c neolítico (3500-2500)

A finales del cuarto m ilenio había empezado el periodo calcolítico en


Lerna, Sesklo II y Rakhm ani, coincidiendo con la llegada de nuevos
inmigrantes de Anatolia. Las islas de Creta y Chipre, así como la isla del
cobre, quedaron habitadas.
C u a d ro IV.3. Cronología gen era l de 1 7 0 0 a 1 4 0 0 a.C.

Fecha Creta Islas del Egeo Grecia continental

1700 Empieza el Minoieo "Talasocracia de Mi- Escasas importaciones del Minoico


medio III ("nueva era" nos" medio III en la Argólida
de Minos) Aumenta la influencia
minoica en Mclos, The-
ra, Ceos (importación o
imitación de alfarería,
frescos de estilo minoi­
co, etc.). Conquista mi­
noica de Ceos
Asentamiento minoico
en Trianda (Rodas)

1600 Gran terremoto, de- Cataclismo volcánico en Túmulos micénicos en Dañaos,


sastres en Cnosos Tera Cadmus y Pelops
Empieza el Minoico Primeras tumbas en forma de col­
tardío mena en Kardites (Tesalia) y Kor
phasion (Mesenia)
Pelias en Iolcus; Neleus a Mesenia;
empieza el Heládico tardío (Mi
Comercio y asentamien­ cénico I). Empieza el estableci­
to minoico en Mileto miento de centros micéncios en
Grecia
1500 Empieza el Minoico Perseidas en Miceasa
medio IB i Primer sitio de Calidenia
Destrucción volcánica Comerciantes heládicos en el Me­
Destrucción de Zakro, de asentamiento minoi­ diterráneo oriental y central
Malia, Festos, etc. co en Tera Viaje de Argón

Empieza el Heládico tardío II

ca. 1450 Minoico tardío 11 en Destrucción del asen­ Primer palacio en Micenas
Cnosos tamiento minoico en
Trianda (Rodas)
Influencia y conquista Asentamiento minoico
heládica en Cnosos. (Heládico tardío) en
Escritura lineal B Rodas (Heráclidas) y tal Orcomenos destruida por Tebas.
vez también en Mileto Tebas y la Argólida en guerra (los
"siete")
Dédalo en Cnosos. El
Atica queda tributaria Sinecismo del Ática bajo Teseo.
de Creta. Teseo en
Cnosos Empieza el Heladio tardío IR A.
Establecimientos de los paleópidas
Minos en Sicilia en la Argólida

1400 Destrucción del pala­ Expansión de la influen­ Destrucción y reconstrucción del


cio minoico en Cnosos. cia micénica en las islas palacio en Micenas. Aumenta el
Comienza el Minoico del Egeo comercio de Micenas con Chipre,
tardío III Siria, Palestina, Egipto (Tell el
Amarna). Saqueo de Tebas por
epígonos (tardíos)

F uente : The Cambridge Anáent History, vol. ir, primera parte, 3a. ed., pp. 822-823.
172 LA CIVILIZACIÓN EGEA

La Edad de Bronce temprana (3000-1800 a.C.)

A finales del cuarto milenio y comienzos del tercero/se inventaron téc­


nicas para fundir el cobre (el cual requiere una temperatura de 1083 °C)
y para amalgamar el cobre y el estaño (se requieren 1100 °C). Los prin­
cipales sitios de la Edad de Bronce temprana fueron Argisia en Tesalia y
Lerna en la Argólida. Otros conocidos sitios de la Edad de Bronce están
en Creta: Cnosos, Pirges, Festo, Leben, M odos y Vasiliki. Los periodos
más importantes fueron la Edad de Bronce temprana I y II, entre 2100 y
1990 a.C., cuando floreció el arte de los pequeños objetos de bronce y se
introdujeron caballos, probablemente llevados de Anatolia, a partir del
siglo xix a.C. La evolución religiosa se hizo manifiesta en Creta, particu­
larmente en dirección a las diosas de la fertilidad. La religión se practi­
caba al aire libre y en instalaciones especializadas. Se considera que la
difusión de la escritura ocurrió desde cerca del segundo milenio, pero el
origen de la lengua sigue siendo oscuro.
Al llegar el segundo milenio, los asentamientos que naturalm ente se
forman en tomo de las fuentes de agua, se convierten en verdaderas aldeas
en Creta: Cnosos, Festos, Malia, Zakros y Palaikastro. Sin embargo, las
aldeas no se desarrollaron hasta que la organización social generó luga­
res públicos: puntos de reunión, mercados y centros religiosos.
Las calles de las ciudades cretenses eran relativam ente anchas, de
dos a tres metros, sólidamente pavimentadas y con aceras ligeramente
elevadas en el centro. El pueblo común ocupaba casas muy pequeñas,
m ientras que las fam ilias ricas vivían en m ansiones que cubrían más
de 200 metros cuadrados. La casas parecen haber sido diseñadas para
familias nucleares.

B. Creta. El Minoico temprano (3000-2000 a.C.)

La parte más habitada era el extremo oriental de la isla, que conservó


su carácter subneolítico. El M inoico tem prano es un periodo durante
el cual se desarrollaron los puertos de M odos, Vasiliki y Palaikastro.
Aún no se construían palacios. El cobre era el metal de uso más difun­
dido y el bronce sólo apareció al término del periodo. Ya estaba en uso
la doble hacha. Durante el antiguo periodo Minoico, los cretenses man­
tuvieron relaciones con Asia Menor por vía de Fenicia. Se formaron las
prim eras aldeas, y hay pruebas de la prim era organización de un go­
bierno. La alfarería se hacía a mano, y ya había una prim itiva escritura
pictográfica.
LA CIVILIZACIÓN EGEA 173

Los muertos, incluso los jefes, eran enterrados en tumbas comunales


que pertenecían a clanes o a familias extensas. El entierro era norm al­
mente en posición fetal, con las rodillas bajo la barbilla, y se celebraban
ceremonias funerarias. Se colocaban los cadáveres en grandes jarras de
alm acenam iento o en pequeños arcones o ataúdes de barro. Con el
difunto se dejaban objetos de uso personal, armas o joyas, y fuera de la
tumba se colocaban vasos que contenían ofrendas.

C. El Minoico medio (2000-1700 a.C.)

Esta es la fase paleopalacial, durante la cual se construyeron los prime­


ros palacios en Cnosos, Festos y Malia. Creta fue dividida entre p rin ­
cipados feudales que coexistieron pacíficam ente y se dedicaron al co ­
m ercio m arítim o con las Cicladas, Rodas, Chipre, el Cercano O riente
y Egipto, donde los cretenses eran conocidos como kefion. Se desarro­
llaron la m etalurgia, la alfarería, la joyería y el arte de grabar piedras
preciosas.
El sistema silábico de escritura lineal A hizo su aparición, sustituyen­
do a los jeroglíficos. Para contar se empleaba un sistem a decim al. La
escritura se utilizaba con propósitos contables y administrativos. El len­
guaje hablado sigue siendo un misterio para los especialistas.
Surgió también la alfarería hecha en torno. Era de gran perfección,
como claramente lo demuestran unos vasos tan delgados como una cás­
cara de huevo.

D. El Minoico tardío (1700-1400 a.C.)

Del siglo xvm al xvu antes de nuestra era, varios desastres cayeron sobre
Creta. Los palacios de Cnosos y de Malia sufrieron enormes daños y un
incendio destruyó el palacio de Festos. Se desconocen las causas de esos
desastres; probablemente fueron ocasionados por terremotos.
En el M inoico tardío — la fase neopalacial— se reconstruyeron los
palacios que habían sido dañados por terrem otos, de acuerdo con
el plano del edificio anterior pero con m ejoras considerables. Cnosos
pasó a tener influencia dominante sobre Creta y extendió su comercio
marítimo. La "talasocracia" abrumó las Cicladas. Entonces, Creta inició
un contacto con la Grecia continental e impuso una especie de sobera­
nía de señorío sobre A tenas, si es que el m ito de Teseo tiene alguna
base histórica. Creta alcanzó la cúspide de su grandeza durante los dos
174 LA CIVILIZACIÓN EGEA

o tres siglos siguientes, que fueron los más prósperos de la Edad de


Bronce egea.
Los reyes-sacerdotes1 vivían en condiciones extraordinariam ente
confortables y modernas, con agua corriente e instalaciones de desagüe.
Muchas alas de los palacios tenían dos o tres pisos, y en algunos de ellos
hasta cinco. En ellos, grandes áreas quedaban reservadas a rituales de
culto, m ientras que otras eran depósitos del impuesto que se había co­
brado en especie. Unas plazas pavim entadas los flanqueaban. H abía
calles pavim entadas, por cuya parte central corrían unas aceras más
altas. En el palacio de Cnosos, desagües cubiertos y tubos de barro há­
bilmente unidos sacaban el agua de la superficie. Extensos poblados sin
m urallas surgieron en torno de los palacios. Se em pleaba m ucho la
madera para hacer columnas y pilares. Aparecieron diosas en las pintu­
ras al fresco, principalmente dedicadas a la religión.
La religión cretense fue esencialmente agraria, un culto al aire libre de
las diosas de la fertilidad. La mujeres gozaban de gran consideración, y
el linaje probablemente era matriarcal.
La pintura mural fue la máxima realización de los artistas cretenses.
Se han encontrado pocos testim onios de escultura, aparte de piezas
pequeñas. La alfarería entró en declive, porque se hacía un uso extenso
de la plata y el oro. Los recipientes para cocinar eran de cobre o de bron­
ce, así como las hachas de doble hoja que aún existen.
Tenemos pruebas de que en Creta hubo escritura a com ienzos del
periodo palacial, ca. 2200. La escritura temprana era pictográfica o jero­
glífica, pero sólo unos cuantos signos cretenses se asemejan a jeroglíficos
egipcios. Aun cuando Egipto o Siria acaso hayan inspirado la escritura
cretense, el sistema es original de Creta. Ulteriores avances condujeron
al lineal A, que era común en Creta y en la tierra firme desde finales del
siglo xv a.C. La escritura cretense se ha descubierto, sobre todo, en ta­
blillas de barro. También se empleaba la tinta, en una especie de papel
hecho de papiro o de hojas de palma.

E. La llegada de los aqueos

La erupción en Tera (1600) tuvo consecuencias terribles, sin embargo,


todos los daños estuvieron reparados cerca de 1500, y Creta volvió a
una relativa prosperidad. La alfarería hizo su prim era aparición con
decoraciones marinas.
1 La categoría de "rey-sacerdote" de los soberanos cretenses es una suposición, razonable pero
no totalmente confirmada.
LA CIVILIZACIÓN EGEA 175

En algún m om ento, a mitades del siglo xv a.C., la m ayoría de los


sitios im portantes del centro y el sur de Creta fueron súbitamente des­
truidos por el fuego. No se reconstruyeron los palacios y las casas. Esa
nueva catástrofe parece sugerir un total desplome del orden social. Sólo
el palacio de Cnosos se libró de graves daños. Testimonios arqueológi­
cos indican que un pueblo belicoso penetró en la zona egea. Eran los
aqueos, criadores de caballos y dedicados a edificar edificios colosales y
a hacer la guerra, quienes sometieron a los campesinos egeos.
Los aqueos llegaron de la tierra firme y establecieron su capital en
Cnosos, con otros centros de poder en Festos y Kidonia. Pocos años des­
pués, los m ism os conquistadores invadieron las Cicladas. El lineal B
rem plazó al lineal A, y ya era un griego aqueo. Em pero, la conquista
aquea no fue una simple devastación; también creó una comunidad cul­
tural, una koiné, que se extendió por toda la zona mediterránea oriental.
Los m icénicos habían desarrollado inicialm ente su propia civilización
en la Grecia continental, y sólo posteriormente conquistaron Creta y las
islas del Egeo.
En la decoración de los vasos se adoptó un rígido y formal " estilo pa­
laciego/y. El gusto y la imaginación artísticos declinaron, pero las habili­
dades técnicas siguieron en un alto nivel. Se lograron grandes avances
en la fabricación y el horneado de la alfarería y en inventos de equipo
militar. Las puntas de flecha de bronce, desconocidas en Creta, rempla­
zaron a las de pedernal y obsidiana. También hubo mejoras en la cons­
trucción naval.
No había un sistema político único en la cultura micénica; sin em bar­
go, ésta si era una cultura común, compartida por varios principados,
aun cuando Micenas llegara a ocupar el lugar predominante.
Para emplearlos en su administración de Creta, los micénicos introdu­
jeron el sistema y la escritura lineal B, modificación del lineal A, que ya se
había desarrollado en la tierra firme para los documentos escritos en la
lengua micénica.

F. Las Cicladas. Un pueblo marino

Las Cicladas son un grupo de 12 islas cercanas a Délos, cuna de Apolo.


En realidad, hay muchas más que las 12 tradicionales. Aunque el clima
difiere entre el norte y el sur, el este y el oeste, prevalecen ciertos rasgos
generales. El pueblo del lugar era de m arineros y cam pesinos, típica­
mente egeos. Su agricultura era mediterránea: olivos, higos y vides de
los que obtenían algunos vinos célebres, como los de Quíos, Santorín y
Samos. La riqueza natural más importante de las antiguas Cicladas era
176 LA CIVILIZACIÓN EGEA

la obsidiana, que se encontraba sobre todo en M elos, Antiparos y Gili.


También eran importantes el esmeril — mineral empleado para pulir—
y el mármol.
La navegación era la actividad clave de las Cicladas, y aunque apenas
se había desarrollado durante el Neolítico, al llegar eJ cuarto milenio ya
era de gran im portancia. La primera representación de pasajeros en
botes del Egeo data de fines del tercer milenio. En el segundo m ilenio,
las reproducciones de navios fueron cada vez más frecuentes. Los m ari­
nos pronto aprendieron a fijar los mástiles a los botes para aprovechar
un viento de popa. En navegación y construcción de barcos, las Cicladas
se mantuvieron a la vanguardia.
El N eolítico tuvo una presencia rara en las Cicladas. La población
había llegado en naves desde el continente a finales del cuarto milenio,
probablemente del oeste del Asia Menor, y rápidamente ocupó las islas.
La gente construyó casas rectangulares con techos de terrazas. Fuertes
murallas protegían las aldeas, lo que parece indicar una gran inseguridad.
El pueblo desarrolló una alfarería decorada y empleó sartenes, algunas
de ellas de bronce. Los antiguos griegos llamaron "carios" o "leleges" a
los habitantes de las Cicladas, nombres que indican sus orígenes.
Los habitantes de las Cicladas eran comerciantes y piratas. No forma­
ban una nación políticamente unificada, sino que cada comunidad vivía
separada; a veces había varias en lina misma isla.
Se produjeron cantidades considerables de idolillos, típicos y muy
originales, muchos de ellos de mármol. Algunos eran sumamente estili­
zados y representaban formas femeninas simplificadas. No se conoce el
propósito últim o de estas estatuillas, a las que atribuían propiedades
mágicas, pues las colocaban en las tumbas. Sin embargo, este arte des­
apareció cerca del 2000 a.C. Más tiempo duró la alfarería cicládica.

Thera

Cerca de 1600 a.C., Santorín (Thera en griego) fue víctima de una terrible
erupción volcánica, que enterró la isla bajo una espesa capa de ceniza y
lava. A consecuencia de esta catástrofe se conservó la ciudad en bastante
buen estado para ser estudiada. Hoy se está excavando con ese propósito.
En particular, ciertos frescos bien conservados revelan una tierra de
ricos armadores que se dedicaban al comercio marítimo. El arte de San­
torín es de estilo minoico, pero tiene un carácter propio. La influencia
m inoica predominó sobre Thera, que después cayó bajo la influencia y
el gobierno micénicos.
LA CIVILIZACIÓN EGEA 177

G. Chipre. El chipriota temprano

Chipre es por su tamaño la tercera isla del Mediterráneo. Los antiguos


habitantes llegaron de las costas de Siria-Palestina. En el séptimo m ile­
nio antes de nuestra era ya había allí asentamientos neolíticos, entre los
que Khirokitic era el más importante. Desde los tiempos más remotos,
los chipriotas fueron mitad campesinos y mitad marineros.
A finales del sexto milenio y comienzos del quinto llegó una segunda
oleada de inm igrantes, principalm ente de Anatolia. Crearon otra fase
neolítica, la cultura de Sotiva, pero el lugar fue abandonado después de
un violento terremoto.
Nuevos inmigrantes llegados de Anatolia y del Egeo introdujeron la
fase calcolítica a mediados del cuarto milenio. La gente vivía en peque­
ñas chozas redondas construidas en torno de un área pavimentada para
su uso común. Se hacían herramientas de piedra, aunque también oca­
sionalmente hubo algunas herramientas de cobre. Se cultivaba el trigo,
la cebada y las lentejas y se criaban cerdos y pequeño ganado bovino,
aunque la gente tam bién cazaba. Chipre desarrolló por su cuenta una
cultura im portante y rica que ya en la Edad de Bronce contaba con un
sistema de escritura. Llegó a ser un nexo necesario entre Creta, Micenas
y el Oriente.

H. La Edad de Bronce

La Edad de Bronce empezó cerca de 3000 a.C. y continuó hasta 1800 a.C.
En Chipre, sus fases más importantes fueron el temprano II y el tempra­
no III entre 2100 y 1900 a.C.
Floreció el arte de fundir pequeños objetos de bronce. En los cultos
religiosos se adoraba a un trío de dioses, a los que se sacrificaban toros.
Desde cerca del siglo xix a.C. se montaba a caballo, práctica surgida
en A natolia y que en Chipre se adoptó antes que en otras partes del
Egeo. La escritura empezó a difundirse en el segundo milenio, aunque
se desconoce qué lengua se hablaba.I.

I. La Edad de Bronce tardía

La Edad de Bronce tardía tuvo lugar en Chipre entre 1900 y 1625 a.C.
A m enazas externas m ovieron a los chipriotas a construir fortalezas y
fortificar sus aldeas. Chipre se dedicó activamente a las relaciones exte­
riores, y cada región y aldea desarrolló su propia especialidad para el
comercio exterior.
178 LA CIVILIZACIÓN EGEA

Chipre estableció alianzas directas con hititas, sirios, egipcios, minoi-


cos y micénicos. Aumentaron las poblaciones y las aldeas. M arinos de
todas partes llegaban en busca de lingotes de cobre, los "oxide". El arte
de crear objetos pequeños y estatuillas de bronce se desarrolló con una
mezcla de influencias egipcia, siria y egea. Durante dicho periodo, que
correspondió a la llegada de la Edad de Hierro, se edificaron grandes
templos con altares al aire libre. Surgió una religión en que se rindió cul­
to al "dios lin gote", influida por cultos que atravesaron el m ar desde
Creta, Anatolia y la Grecia continental.
Los muertos eran enterrados en tumbas familiares, separadas de las
viviendas, y se excavaban o construían salas funerarias (tholoi).
Chipre soportó la influencia de Cnosos, pero después los hititas recla­
m aron la isla, la cual fue incorporada por los aqueos a la civilización
egea en la época de Micenas. Al terminar el siglo xm y comenzar el xn,
los pueblos del mar la saquearon severamente.

J. El Heládico temprano {2299-2000 a.C.)

La relativa unidad de la incipiente civilización en el Egeo fue alterada


por un nuevo movimiento de pueblos llegados a las Cicladas y la parte
meridional de la tierra firme. Hacia fines del siglo xm a.C., el fuego des­
truyó m uchos de los asentam ientos de tierra firme, como el de Lerna.
Las casas construidas después difirieron de las antiguas y fueron más
prim itivas. Algunos de los habitantes anteriores acaso sobrevivieron
como leñadores y aguadores.
La alfarería mostró continuidad, aunque nuevas formas y texturas
aparecieron junto con las antiguas y dejaron de producirse salseras.
Se adoptaron nuevas prácticas funerarias. Las tumbas familiares fue­
ron remplazadas por tumbas individuales cuando surgió la costumbre
del entierro intramuros, como en Anatolia, Cesó por completo la anterior
práctica del entierro en el exterior,
¿De dónde llegaron los invasores del año 2000? Según una hipótesis,
vinieron del área de la llamada cultura "kurgan", al norte del Mar Negro.
El pueblo portador de esta cultura acaso integrara el grupo lingüístico
indoeuropeo, y al llegar el tercer milenio tal vez viviera entre los Cárpa­
tos y el Cáucaso, en las llanuras de la Rusia meridional. Sin embargo,
los vestigios de los invasores se encuentran básicam ente en la costa, lo
que parece indicar que llegaron por mar. La presencia de alfarería mi-
noica en el nivel de Troya VI sugiere que Troya recibió a los m ism os
invasores
LA CIVILIZACIÓN EGEA 179

En realidad, no hubo ninguna nueva invasión desde la época del Helá-


dico tem prano II hasta la Edad de Bronce tardía. Por tanto, hem os de
concluir que los micénicos fueron descendientes de aquellos invasores
que se habían mezclado con la población egea entonces existente. En el
aspecto lingüístico puede adoptarse la misma conclusión. El lenguaje
hablado desde el principio del segundo milenio fue el griego.
La lengua de los invasores fue influida por la anterior lengua egea.
Esto explica, por ejemplo, la aparición de términos no indoeuropeos en
griego, como los que emplean los fonemas "th ", "n d ", "ss" y "an ", como,
en su grafía inglesa, "Conrinth", "Tyrus", "M ycenac", "A thens" y "Par-
nassus".
El Heládico temprano fue inicialmente una época de confrontación y
luego de fusión e integración. En su apogeo, Creta impuso su superiori­
dad técnica, cultural, socioeconómica y marítima a todo el continente.
Los habitantes de la tierra firme incorporaron tales influencias a sus
propias pautas, haciendo nacer, así, la cultura micénica.

K. El Heládico medio (2000-1550 a.C.)

Restos arqueológicos del Heládico medio indican que los centros aqueos,
desde la época de su origen, fueron palacios fortificados y, al mismo
tiempo, residencias de los príncipes.
La ciudadela de Agamenón es un puñado de residencias y un palacio
rodeados por muros ciclópicos en lo alto de una colina de 278 metros de
altura que domina el golfo Argólico. El cercado tiene dos puertas: la de
los Leones, al oeste, y la del norte. En la acrópolis del cercado se encuen­
tra el círculo de las tumbas.
En Micenas, en Pilos, se construyeron importantes palacios micénicos
fortificados; el palacio de Néstor, en la Argólida, en Micenas y Tirinto.
Los dos círculos de tumbas de Micenas datan de los siglos xvi y xvii.
Schliemann (1822-1890),2 habiendo descubierto el primer círculo, supu­
so erróneamente que había localizado las tumbas de Agamenón, Casan-
dra y Egisto, pero ellos vivieron en la época de la Guerra de Troya, a
finales del siglo xm antes de Cristo.

2 Schliemann fue una persona extraordinaria que asoció a un serio conocimiento de la Antigüe ­
dad una gran imaginación y devoción de toda su vida a encontrar los restos de Troya, que logró
descubrir en 1873, iniciando así la exploración arqueológica de los egeos.
180 LA CIVILIZACIÓN EGEA

L. El Heládico tardío (1550-1100 a.C.)

Más de medio milenio separa las invasiones m icénicas de la construc­


ción de los palacios del Heládico tardío. La riqueza extraordinaria de
los príncipes micénicos fue resultado, en parte, del saqueo, y en mayor
medida del intercambio de productos agrícolas locales por objetos pre­
ciosos de Creta, Asia M enor y Egipto. El área fue dividida en varios
pequeños reinos, cada uno con su rey (wanax) y su ejército, su burocracia
y sus siervos campesinos. El wanax tenía categoría religiosa, así como
militar y política.
Por debajo del rey había un lazvagetas, una especie de m inistro. Se­
guían los eqetai o compañeros, que formaban un grupo de guerreros de
élite equipados con carros. Otro grupo de élite era el de los telestai, no­
bles de provincia de quienes dependían los gobernadores, llamados kore
teres. Es probable que los koreteres fuesen nombrados por los reyes. Un
grupo de escribas se encargaba de todos los requerim ientos adm inis­
trativos. Este sistema de gobierno de palacio era muy sim ilar al de los
cretenses y fue copiado de ellos, probablem ente desde antes del si­
glo xm antes de Cristo.
El periodo H eládico posterior constituyó el cénit de los m icénicos.
A finales del siglo x m y comienzos del xii ocurrieron dos grandes acon­
tecim ientos antes de la crisis y desplome de la civilización m icénica.
El prim ero fue la ocupación aquea y la conquista de Creta, ca. 1450,
seguidas por la imposición de un dominio micénico sobre toda la zona
del Egeo. El segundo fue la Guerra de Troya, de mediados del siglo x m ,
acontecimiento cuya historicidad no está bien confirmada.
Los micénicos desarrollaron una poderosa flota mercante, que mucho
después emplearon con propósitos militares y de piratería. Su m arina
los conectó con Creta, las Cicladas, Asia Menor e Italia meridional. Chi­
pre fue un importantísimo puesto intermedio entre los micénicos y, Asia
Menor y Egipto. El comercio marítimo micénico se hizo más activo en el
periodo Heládico posterior. Los navios micénicos eran como los creten­
ses, pero con algunas mejoras. No es fácil saber si el comercio marítimo
m icénico fue em prendido directam ente por los reyes o m ediante su
supervisión, o bien si fue a iniciativa de navieros libres. La representa­
ción de barcos es más frecuente en el arte egeo que en el arte continental
m icénico. Las naves son representadas, a menudo, en los "h orn os" de
las Cicladas.
A pesar de la cada vez mayor preeminencia de Micenas, las activida­
des extemas micénicas fueron empresas conjuntas de diversos príncipes.
Esto puede decirse, asimismo, de su ocupación de Creta, de su ulterior
LA CIVILIZACIÓN EGEA 181

expansión por todo el Egeo y de su expedición contra Troya, acerca de


la cual inferimos nuestra información a partir de los poemas homéricos
en combinación con testimonios arqueológicos.
Los principados m icénicos eran gobernados por una aristocracia
aquea dedicada a la guerra, a la caza y a deportes violentos. A menudo
com batiendo entre sí, mantuvieron una rivalidad recíproca que no to­
leró la formación de una unidad política, aun cuando se reconociera la
preeminencia de Micenas.
La Guerra de Troya, a mediados del siglo xm (si en realidad ocurrió),
constituye el momento de mayor cooperación entre los príncipes m icé­
nicos y la culm inación del predom inio m icénico en el Egeo. Pocos de­
cenios después, el mundo micénico fue rápida y totalmente devastado.
En el curso del siglo xn, la civilización micénica quedó, para todos los
fines prácticos, extinta. Palacios y aldeas fueron destruidos por el fuego
y la población que escapó de estos desastres huyó a las Islas Jónicas y
Asia Menor. Donde habían estado los anteriores centros micénicos sólo
quedaron unos cuantos habitantes dispersos, y su cultura desapareció
por completo.

3 . P r in c ip a l e s r asg o s c u lt u r a les

A. La cultura minoica

La cultura minoica es ejemplo típico de una civilización secundaria del


primer grado. Se desarrolló directamente a partir de los comienzos neo­
líticos, pero bajo la influencia de la civilización mesopotám ica, llevada
consigo por inmigrantes de Anatolia. La cultura minoica adquirió sus
rasgos característicos después de una prolongada fase neolítica y proto-
palacial durante el M inoico medio, al principio del segundo m ilenio,
que fue contemporánea del Reino Medio egipcio.
La primera generación de palacios apareció cerca de 2000-1900 a.C. El
sistema de palacios desarrolló una cultura fundamentada en la agricul­
tura y la pesca, pronto apoyada por un activo comercio marítimo, en el
que se intercambiaban productos de artesanía locales — alfarería fina y
objetos de bronce— por piedras preciosas y otros artículos. Era una cul­
tura fundada en una concepción realista de la naturaleza y estaba orien­
tada al culto de las diosas de la fertilidad.
En torno de un palacio coordinador, al mando de un rey-sacerdote,
surgieron varios centros independientes. Un aspecto notable de la vida
pública cretense es la falta de formas observables de coerción. El siste­
ma funcionaba sobre una base voluntaria. El pueblo participaba gustoso
182 LA CIVILIZACIÓN EGEA

en la vida pública. Los palacios eran lugares de festejo, donde nobles y


plebeyos interactuaban, aunque los primeros tenían preferencia.
Creta era una tierra agradable pero no un paraíso, dadas las lim ita­
ciones de su sistema agrícola, cuya producción era insuficiente. El méri­
to del sistema palacial consistió en regularizar la economía agrícola, lo
que estabilizó la producción, uso, distribución y exportación de bienes.
El temor a las dificultades y a varios males, entre ellos las catástrofes na­
turales, movió a los cretenses a valerse de recursos mágicos.
El arte de la escritura hizo su primera aparición en Creta a comienzos
del periodo palacial. El lineal A acaso evolucionara localmente, aunque
cuando Creta fue invadida, ca. 2200, gente de la tierra firme tal vez haya
llevado consigo el concepto de la escritura jeroglífica.
Creta avanzó rápidamente por el camino de la civilización durante el
periodo de los prim eros palacios, en tanto que la tierra firme recaía
en una relativa barbarie. El arte de grabar sellos fue particularm ente
bien desarrollado. Había comenzado el uso del torno rápido. En la alfa­
rería apareció un nuevo estilo de pintar figuras claras sobre un fondo
oscuro. En los talleres de palacio se producía una alfarería llamada de
"K am ares", de delicadísimos artículos con paredes tan delgadas como
las de los vasos de metal. Predom inaban las copas de plata, pues ésta
era considerada más valiosa que el oro. Los orfebres cretenses fueron
maestros en el arte de soldar y los metalistas sobresalieron en el mundo
civilizado de la época.
Poco se sabe de la religión minoica, salvo que se centraba en el culto a
las diosas de la fertilidad, reteniendo sus originales características agra­
rias pese a las actividades marítimas y comerciales que se desarrollaron
durante la talasocracia minoica. Desconocemos las ideas minoicas acer­
ca del otro mundo. De la creencia en la vida después de la m uerte da
testimonio el tipo de ofrendas depositadas en el tholoi de los muertos.
Los entierros se hacían en tumbas comunales, aun en el caso de los reyes,
que tenían sus propios clanes. El culto a la fertilidad se practicó básica­
mente en santuarios al aire libre, aunque también en los palacios se han
descubierto algunos santuarios. Los palacios eran centros adm inistrati­
vos a la vez que religiosos.
Los reyes ejercían funciones sacerdotales. En contraste con los meso-
potámicos y egipcios, los reyes minoicos no dejaron m onumentos a su
existencia, salvo sus palacios. Aun allí, nada perpetúa la memoria de los
reyes individualm ente, como si fueran servidores públicos anónimos.
La minoica fue una cultura pintoresca y jubilosa, dedicada a ocupacio­
nes pacíficas y agradables, en que probablemente la música y la poesía
desempeñaron un gran papel, y a deportes como saltar sobre toros. La
LA CIVILIZACIÓN EGEA 183

literatura m inoica era de tradición oral, así como después lo sería la


m icénica. La escritura sólo se dedicaba a la contabilidad y a asuntos
administrativos.

B. La cultura micénica

La cultura m icénica es resultado de la evolución, en el continente, de


una cultura neolítica. Como en el caso de Creta, fue influida por la civi­
lización de Asia Menor y por la civilización minoica. La cultura micénica
se extendió desde el centro de Grecia y el Peloponeso hasta las islas del
oeste (ítaca y las Islas Jónicas), las islas meridionales (Citera) y las islas
del este (Eubea, las Espóradas del Norte y las islas del Egeo, hasta C hi­
pre y Creta). El área estaba muy densamente poblada. Mesenia, la Argó-
lida, el Atica y Beoda eran los centros de población. Por entonces, Grecia
estaba más poblada que en los albores de la época arcaica. Hubo una
enorme baja demográfica entre los siglos xm y xi a.C., cuando sólo que­
dó una octava parte de la población.
La letra escrita apareció en forma del lineal B durante el Heládico tar­
dío, a mediados del siglo xv, antes de la ocupación de Creta. El lineal B
fue una adaptación del lineal A cretense a la lengua griega, aunque con
cierta imprecisión. De sus 24 signos, aún no se ha descifrado una docena,
que era de uso mínimo. Había más de cien ideogramas, que se colocaban
al final de cada rúbrica para indicar la naturaleza del tema que se estaba
tratando. Por ejemplo, el ideograma de una oveja indicaba que las ovejas
eran el tema. Los escritos en lineal B tratan principalmente de contabili­
dad y asuntos administrativos.
La relación social micénica básica era la que existía entre el palacio y
el da-mo, el cual era una entidad colectiva que incluía a cam pesinos,
artesanos, remeros y soldados que vivían en un territorio determinado.
El da-mo era el propietario de dos clases de tierras (ko-to-na). A lgunas
parcelas, llamadas ke-ke-me-na, eran explotadas por hombres libres que
pagaban un tributo al palacio. Otras parcelas, llamadas ki-ti-me-na, eran
propiedad de una sola persona. Las restantes parcelas del da-mo eran cul­
tivadas por esclavos o por individuos dependientes del da-mo o del
palacio, habitualm ente pastores de ganado bovino o porcino. El da-mo
era administrado colectivamente, bajo la supervisión de un da-mo-ko-ro
nombrado por el palacio. A los esclavos varones se les llamaba do-e-ro y
a las mujeres do-e-ra. Quienes trabajaban en las minas tenían que sopor­
tar ínfimas condiciones, mientras que los esclavos dom ésticos recibían
buen trato. Los esclavos dedicados al servicio de los dioses gozaban de
cierto respeto. Los da-mos estaban sometidos a la ley de palacio y debían
184 LA CIVILIZACIÓN EGEA

aportar fuerza de trabajo para las obras públicas y otros propósitos.


También se esperaba que aportaran hombres al ejército.
Los m icénicos vivían en casas pequeñas de una o dos habitaciones,
que estaban dispuestas muy compactamente detrás de los muros de las
ciudadelas o en aldeas. Los campesinos se fabricaban sus propias herra­
mientas y ropas. El trigo era el cereal importante y por doquier se plan­
taban olivos y viñedos. El ganado pertenecía al palacio o, a veces, a la
com unidad. Los cam pesinos rara vez consum ían carne, aunque los
boyeros tenían más oportunidades de hacerlo. Los artesanos trabajaban
en talleres del palacio y de la aldea; se tenía en particular estima el tra­
bajo en metales. El tejido de textiles, sobre todo de lana, era muy im por­
tante y constituía la fuente principal de la riqueza real.
La religión micénica combina las originales creencias indoeuropeas
de los aqueos con tradiciones egeas locales. Las representaciones plás­
ticas, en especial la figura de la gran diosa madre de la fertilidad, son
predom inantem ente egeas. Sin embargo, en ciertos textos de lineal B
donde figuran a muchas divinidades, por lo menos la mitad son varones
que llevan los nombres de los dioses griegos de la época histórica. Cier­
tas tablillas de barro indican la existencia de un sistema religioso orga­
nizado, con santuarios y personal, así como prácticas religiosas. Aunque
los palacios fueran los centros de los cultos religiosos, también existían
otros centros.
Después de la invasión se desarrolló un largo proceso de fusión en­
tre los dioses de los invasores y los locales. Con el transcurso del tiem­
po, casi todo el repertorio iconográfico fue tomado de Creta. Cuando la
cultura micénica prevaleció sobre la minoica en la Edad de Bronce tar­
día, las representaciones religiosas conservaron la influencia artística
cretense, aun cuando los dioses continentales adquirieran la suprem a­
cía. Por ello, las representaciones plásticas religiosas micénicas son pre­
dom inantem ente m inoicas, m ientras que textos religiosos en lineal B
representan a dioses con nombres griegos. Los textos religiosos en lineal
B indican que no sólo la lengua griega sino también los dioses griegos se
derivan de tiem pos m icénicos, lo cual remonta su origen a un pasado
más remoto que el de los poemas de Homero y Hesíodo.
A pesar de todo, la religión micénica era bastante distinta de la reli­
gión griega clásica. Por una parte, muchos dioses griegos im portantes
estuvieron ausentes del panteón m icénico. Adem ás, los textos de que
disponemos no nos permiten conocer los atributos de dioses micénicos
que llevan los mismos nom bres de ulteriores dioses griegos. Algunos
dioses'olímpicos ya habían sido nombrados en Micenas: Zeus, Poseidón,,
Hermes, Ares, Hera, Artemisa y Atenea. Los micénicos también tuvieron
LA CIVILIZACIÓN EGEA 185

correlatos femeninos de Zeus — Divia— y de Poseidón — Posidaeje— ,


que no existieron en la religión griega. En la religión micénica, Zeus no
desempeñaba el papel de dios supremo, y existen indicios de que Posei­
dón era más importante.
La palabra di-wo-nn-so tal vez nombrara a Dioniso, pues la importan­
te actividad micénica de cultivo de los viñedos probablemente estuviera
bajo su protección. Homero no menciona a Dioniso, y ésa es una de las
razones por las que m uchos expertos suponen que éste apareció des­
pués en la religión griega. Un Dioniso micénico modificaría tal opinión.
Otra distinción importante entre la religión micénica y la griega es el
empleo de la expresión po-ti-ni-ja, que según J. Chadwick corresponde a
"Nuestra Señora". Esta expresión aparece en varias manifestaciones de
diosas en fórmulas como "N uestra Señora de los Pantanos", "N uestra
Señora del Laberinto" y "Nuestra Señora del Trigo". ¿A cuál diosa iban
dirigidas tales expresiones? ¿Hera, Artemisa o Atenea? Según una teoría
luego desarrollada por Nilsson, Isabelle Ozanne propone que Atenea es
la heredera de la Potnia micénica.
Las divinidades femeninas suelen ser representadas por la imagen de
una mujer, de pie o sentada, con grandes pechos desnudos, que lleva una
larga falda flotante y está flanqueada, en posición heráldica, por dos
leones o dos aves. Por lo general, las diosas se presentan como divinida­
des de la fertilidad o protectoras de los guerreros. Entre los dioses
ausentes de los textos micénicos están Hades, Hefesto, Afrodita (origi­
naria de Chipre), Apolo y Deméter.
Las ciudades aqueas, como las describe Homero, no tenían templos.
Los ritos se celebraban en los palacios y en santuarios fuera de los pala­
cios, a menudo al aire libre. Las prácticas del culto consistían esencial­
mente en ofrendas, sacrificios y plegarias, y con frecuencia iban acom ­
pañadas por música y danzas. A menudo las ceremonias religiosas iban
seguidas de competencias deportivas, como pugilato, lucha y carreras
de carros. Los ritos funerarios incluían com petencias sim ilares. Los
muertos eran enterrados en tumbas que variaban según la importancia
del difunto. Los tholofi quedaban reservados a la fam ilia real y a las
familias nobles. Se enterraba a los difuntos con sus armas o sus joyas,
acom pañados de ofrendas. No sabemos cómo concebían los m icénicos
el otro mundo, pero dice Homero que es un mundo de sombras.
Los palacios de Creta y Micenas están decorados con frescos. Existen
más frescos m inoicos, mejor conservados y, por lo general, de m ejor
calidad. Los frescos cretenses datan de m ediados del tercer m ilenio,

3 Los tholoi eran tumbas circulares en forma de colmena.


186 LA CIVILIZACIÓN EGEA

m ientras en el continente datan de fines del Heládico medio. Sólo en la


época de los segundos palacios, en el siglo xvn, la pintura mural cretense
alcanzó todo su esplendor, bajo la clara influencia de Egipto. Los frescos
m icénicos proceden principalm ente del H eládico tardío III A y III B.
Fueron pintados tras la conquista de Creta (1456 a.C.) y bajo la influen­
cia cretense. Los frescos micénicos muestran más influencia cretense en
el primer periodo (Heládico tardío III A) que en el Heládico tardío III B,
cuando surgió cierta originalidad local. La técnica del fresco fue la m is­
ma que la del Renacimiento: el artista pinta sobre una superficie todavía
húm eda (fresca) y los colores se adhieren al secarse la superficie. Los
frescos requieren que el artista pinte con rapidez mientras la superficie
todavía está húmeda. Los colores se preparan con anticipación, utilizan­
do ingredientes minerales. El arte cretense prefería los colores fuertes,
en tanto los micénicos son más sutiles.
El humo de las estufas pronto manchaba estos frescos, que tenían que
ser repintados con frecuencia. Los temas más frecuentes eran procesio­
nes femeninas o escenas de caza o de lucha; las procesiones femeninas,
tema heredado de Creta, era el predilecto. Las mujeres, de tamaño natu­
ral, eran representadas en atuendo solem ne, llevando ofrendas a un
dios. Algunas de las figuras, como la ''Bella M icénica", se cuentan entre
las pinturas más bellas del mundo.
La alfarería micénica imitó inicialmente la cretense o la del Heládico
local. Sólo durante el Heládico tardío III desarrolló M icenas su propio
estilo, con la copa "efirea". En el Heládico tardío III B, la alfarería m icé­
nica alcanzó su mayor calidad, con originales decorados geométricos y
figurativos.
Son frecuentes las estatuillas de diosas o las pequeñas estatuas de
sacerdotisas en terracota, al parecer con propósitos votivos. También
existe un arte del tallado en marfil que se practicaba con múltiples fines.
La orfebrería micénica, realizada sobre todo en piedras duras pero tam­
bién en oro, producía pequeños sellos en forma de lentes.

C. La tradición épica

Nuestro conocim iento de la vida palaciega m icénica nos sugiere que


debió existir una literatura épica que celebrara las guerras y los héroes.
Sin embargo, el lineal B sólo es una escritura esquemática, no apropiada
para usos literarios, y todas las tablillas de barro que se han conservado
se relacionan con asuntos de contabilidad. Isabelle Ozanne, entre otros
especialistas, ha sugerido la posibilidad de que otro sistema de escritura,
LA CIVILIZACIÓN EGEA 187

más avanzado, se utilizara en papiros y otros m ateriales no duraderos


que contenían dicha literatura pero que no sobrevivieron.
En la actualidad, "la cuestión homérica" tiene un doble sentido. En el
sentido más antiguo, se suele preguntar si el mismo poeta compuso la
litada y la Odisea, los únicos poemas homéricos que se han conservado.
En el sentido más reciente, la cuestión concierne a la relación entre esos
poemas y la cultura micénica. Lo que Homero describe, ¿está relaciona­
do con las realidades de Micenas? Y, de ser así, ¿cómo esa realidad, del
siglo xiii a.C., recorrió la larga Epoca de las Tinieblas de Grecia hasta lle­
gar a un poeta del siglo vm a.C.?
Haberse retenido elementos de la civilización micénica en el griego
del siglo vm es algo que implica, hasta cierto punto, que se habían con­
servado algunos indicios. En grado m ayor im plica que el recuerdo
de esos elementos se conservó por medio de una tradición de poesía oral.
Por consiguiente, los poemas homéricos no deben verse como un recep­
táculo para la memoria, sino como su transmisor. Los propios micénicos
debieron crear poesía épica, pues tenían todo lo necesario para hacerlo.
El lenguaje homérico es de carácter mixto. El dialecto jónico constitu­
ye su esencia. A dicho dialecto le asocia formas propias de otros dialectos
griegos. Algunas de esas formas se derivan del eolio continental, lo que
indicaría que la tradición épica llegó a Grecia por Asia Menor, transm iti­
da por inmigrantes de Beocia o de Tesalia. Las formas aqueas que utiliza
Homero están conectadas con los dialectos arcadlo y chipriota, más cer­
canos a la lengua micénica.
Según A. M eillet, citado por Isabelle Ozanne, la métrica homérica y
su hexám etro dactilico son ajenos a la tradición indoeuropea y se les
debe buscar en la Creta minoica. Los micénicos, según Meillet, tomaron
de Creta una antigua forma egea de poesía.
Es im portante com prender que, aun cuando Homero celebrara h a­
zañas y luchas micénicas, no tuvo la menor idea de la cultura palaciega ni
de los otros m uchos aspectos de la vida m icénica. Sin em bargo, de la
tradición oral que heredó, el poeta retuvo muchos otros rasgos específi­
cos que eran completamente ajenos a su época y a su entorno.

4. E l surgimiento

A . El cuadro general

La civilización egea surgió de asentamientos neolíticos que se desarrolla­


ron en la Grecia continental, Creta y Chipre bajo la influencia de inm i­
188 LA CIVILIZACIÓN EGEA

grantes. Quienes fueron a Creta llegaron principalm ente de A natolia;


los que arribaron a Chipre procedían básicamente de Palestina, la costa
siria y después también de Anatolia; y los que llegaron a la Grecia conti­
nental e r a n o r ig in a r io s , a n te todo, del Cáucaso. Los inmigrantes e n Creta
y Chipre contribuyeron considerablemente a su desarrollo en diferentes
épocas; m ejoraron las técnicas agrícolas en sus nuevas tierras a princi­
pios del cuarto milenio, y a finales de este m ismo introdujeron la m e­
talurgia.
También la parte continental estuvo expuesta a una fácil penetración
por tierra desde el norte y por el mar desde el sur. Una primera oleada
de inmigrantes que hablaban griego arcaico destruyó la incipiente cul­
tura de la Edad de Bronce del H eládico tem prano aproxim adam ente
en 2000 a.C.
La egea constituye un caso típico de civilización secundaria del pri­
mer grado. Tuvo tres centros principales y se desarrolló directamente a
partir de asentam ientos neolíticos, pero, a diferencia de los sum erios,
fue influida por pueblos que ya habían tenido contacto con civilizacio­
nes existentes — la mesopotámica y en menor grado la egipcia— que les
habían transmitido, entre otros elementos, la metalurgia y la escritura.

B. Los minoicos

La cultura minoica es el resultado de un extenso desarrollo indígena. Se


originó en asentam ientos neolíticos durante el séptimo milenio. Inm i­
grantes de Anatolia, que llegaron cerca del cuarto m ilenio, llevaron la
influencia de mejores técnicas agrícolas, mientras otra oleada de inm i­
grantes de Asia Menor, a finales del cuarto milenio, aportó técnicas de
trabajo del metal.
La escritura fue inventada en el segundo m ilenio. Com enzó com o
pictografías y jeroglíficos, probablemente bajo la influencia de Egipto, y
después se desarrolló en la forma de la lineal A.
La civilización minoica fue el núcleo de la civilización egea. Influen­
cias mesopotámicas y egipcias mostraron a los egeos elementos im por­
tantes de la vida civilizada, como la m etalurgia y la escritura, que sin
embargo ya habían sido desarrollados por los minoicos y después, bajo
la influencia de Creta, por los otros centros civilizados de los egeos por
iniciativa propia. La situación insular de Creta la protegió durante largo
tiempo de intrusiones adversas, permitiéndole desarrollar una civiliza­
ción pacífica.
L A C IV IL IZ A C IÓ N E G E A 189
C. Las Cicladas

El surgimiento de la civilización en las islas Cicladas se relacionó con el


desarrollo de la navegación durante el cuarto milenio/que las abrió a la
influencia de Creta y Asia Menor. Los cicládicos eran m arinos mercan**
tes y piratas que no formaban un sistema políticam ente unificado. Las
com unidades vivían separadas unas de otras, aunque en directas rela­
ciones recíprocas.

D. Los chipriotas

Desde el tiempo en que los primeros habitantes llegaron procedentes de


la costa sirio-palestina en el séptimo milenio, sucesivas oleadas migrato­
rias fueron m arcando la cultura chipriota; por tanto, fue forjada por
sucesivas agregaciones de elementos importados, hasta culminar en la
Edad de Bronce, cerca de 3000 a.C., por inmigrantes llegados de Anatolia.

E. Los micénicos

La m etalurgia fue introducida en Grecia en la prim era parte del tercer


m ilenio. El paso de la etapa neolítica a la civilización de la Edad de
Bronce fue gradual. En excavaciones del Neolítico ulterior se han descu­
bierto objetos de metal. Los hornos de los alfareros podían cocer barro a
altísimas temperaturas, cercanas a la que puede fundir el cobre (1 083 °C).
Existían las condiciones necesarias para que los artesanos griegos
pudieran adoptar prontam ente las nuevas técnicas. Antes del cuarto
milenio no parece haberse practicado la metalurgia de bronce, que des­
de Egipto y Mesopotamia se difundió hasta la zona Anatolia en el Egeo
a comienzos del tercer milenio, y después apareció en Europa central y
occidental.
En Chipre había cobre; en cambio, sólo se podía conseguir estaño en
las montañas de Armenia y Afganistán, pues en esa época se desconocían
los depósitos de estaño de España e Inglaterra,
En la primera fase de la Edad de Bronce temprana, casi todos los asen­
tamientos eran similares a los del Neolítico tardío. Ya se han descubierto
restos de comienzos de la Edad de Bronce II que indican un principio de
organización urbana. Varios sitios están fortificados (por ejem plo, las
torres semicirculares de Lerna y los muros de Egina) al estilo cicládico.
Las casas rectangulares tienen varias habitaciones. Están compactamen­
te agrupadas y separadas por calles estrechas, y algunas tienen propor­
190 L A C IV IL IZ A C IÓ N E G E A

ciones grandiosas. El prototipo de tales residencias principescas es la


"Casa de las Tejas" de Lema, la cual mide 25 metros por 12 y contiene tres
salas principales, una de las cuales es un prim itivo gran salón central
(protomegarón). En la zona hay 12 de tales casas: en el sur de M ecenia,
en Tebas, en Colona y en Egina. En estudios recientes se ha subrayado
la diferencia entre estas habitaciones y el ulterior megarón micénico.
Durante la Edad de Bronce temprana, en la Grecia continental se produ­
cía una alfarería fina, la cual muestra sus avances sobre la alfarería del
Neolítico.
Las tumbas eran individuales, pobremente construidas, y dentro se
depositaban unos cuantos objetos. Los simples agujeros fueron gradual­
mente remplazados por tistes , construcciones tumularias que llegarían a
ser comunes en la Edad de Bronce media.

F Observaciones finales

La civilización egea se desarrolló partiendo de culturas neolíticas en


Creta, las Cicladas y la Grecia continental. Estuvo en deuda con aporta­
ciones llevadas por sucesivas oleadas de inm igrantes, sobre todo de
Anatolia. Con base en su contacto con Mesopotamia, los anatolios intro­
dujeron mejores técnicas agrícolas en Creta durante el Neolítico tardío
del Egeo. A finales del cuarto milenio también introdujeron sus conoci­
mientos técnicos de metalurgia.
La situación insular de Creta, Chipre y las Cicladas protegió estas áreas
durante largo tiempo contra toda agresión externa. Particularmente en
Creta, condiciones favorables para la agricultura y la pesca contribuye­
ron a su más rápido y mayor desarrollo. Pronto, un comercio marítimo
cada vez más activo reforzó la prosperidad cretense. La transición de
pictografías locales a la escritura jeroglífica mostró la influencia egipcia.
La escritura evolucionó independientemente en Creta y en Chipre hasta
llegar al mejor sistem a silábico de la escritura lineal A. D espués, los
aqueos adaptaron la lineal A a su griego arcaico, creando así la lineal B.

5. E l desarrollo

A. El cuadro general

El desarrollo de la civilización egea siguió al inicio cuatro líneas princi­


pales: la minoica, la cicládica, la chipriota y la heládica en la Grecia con­
tinental. Al desarrollarse completamente la cultura minoica después de
L A C IV IL IZ A C IÓ N E G E A 191

construidos los palacios, cerca de 1700, y cuando Cnosos, durante la tala-


socracia minoica, llegó a predominar cada vez más, la influencia cretense
se fortaleció en las Cicladas y Chipre. También el Heládico medio estuvo
imbuido de la influencia cretense. Sin embargo, la Grecia continental se
desarrolló en forma independiente. Su prosperidad y fuerza aumenta­
ron hasta que, a la postre, prevaleció sobre los demás centros y llegó a
dominar el Egeo desde mediados del siglo xv hasta su decadencia en
el xnr. Por último, se desplomó a comienzos del siglo xn a.C.

B. Etapas principales

Tres etapas sucesivas se advierten en el desarrollo de la civilización egea.


La primera fase ocurrió durante el último periodo del Minoico temprano
y el Heládico temprano. Los cuatro centros culturales — Creta, Chipre,
las Cicladas y la Grecia continental— desarrollaron paralelam ente una
cultura del bronce basada en actividades agrícolas y pastoriles. El siste­
ma palaciego apareció en Creta, particularm ente en Cnosos, M alia y
Festos. En la Grecia continental se desarrolló toda una variedad de pe­
queños reinos o principados después de que pastores em igrantes del
Cáucaso, que hablaban un griego arcaico, destruyeron la incipiente cul­
tura del bronce que había brotado en el lugar. Chipre, la tierra del cobre,
desarrolló una floreciente cultura local del bronce. Desde los primeros
tiempos, los cicládicos habían mostrado grandes habilidades marítimas,
y siguieron activamente dedicados al comercio marítimo y a la piratería.
La segunda fase comenzó cuando se restauraron los palacios creten­
ses, que habían sido destruidos por terremotos cerca de 1750, y cuando se
desarrolló sin tropiezos la cultura del Minoico medio con su talasocra-
cia, bajo la supremacía creciente de Cnosos. La cultura cretense preva­
leció por todo el Egeo e influyó sobre la Grecia continental sin privar de
su independencia a los reinos locales, donde M icenas m ostró un cre­
ciente predominio. Sigue siendo discutible hasta qué punto Atenas fue
sometida a pagar tributo a Cnosos, a pesar del mito de Teseo.
La tercera fase com ienza a finales del siglo xvn a.C., al aum entar la
riqueza y el poder de los micénicos, quienes se habían hecho ricos explo­
tando a sus campesinos y saqueando otros centros o com erciando con
ellos. Cerca de 1450 ocuparon Creta, destruyeron sus palacios e im pu­
sieron a los minoicos la dominación de una aristocracia aquea. Aum en­
taron su poderío naval y arrebataron el dom inio del com ercio naval
egeo a los minoicos y cicládicos.
La tercera fase culminó en la Guerra de Troya, encabezados los minoi-
192 L A C IV IL IZ A C IÓ N E G E A

eos por Agamenón. Pocos decenios después, el mundo m icénico entró


en profunda decadencia, y sus palacios y aldeas fueron destruidos. Al
llegar el siglo xii a.C., había desaparecido la civilización m icénica, últi­
ma expresión de la civilización egea.

C. Principales condiciones de influencia

A pesar de que había importantes rasgos comunes en su desarrollo, los


cuatro centros principales de la civilización egea estuvieron expuestos a
diversos factores. Chipre se m antuvo relativamente alejado de la línea
principal del desarrollo de la civilización egea. Su cercanía al Asia Me­
nor y Egipto hizo que la cultura chipriota fuese como un puente entre el
Egeo y el occidente de Asia. Las Cicladas eran una aglom eración de
pequeños asentam ientos independientes, algunos de ellos en la m is­
ma isla, y por eso no llegaron a ser una masa capaz de seguir un curso
significativo propio. Desde la época del M inoico m edio, las Cicladas
quedaron cada vez más bajo la influencia cultural de Cnosos. Por ello, a
la postre Creta y la Grecia continental — los dos centros principales
de la civilización egea— llevaron adelante su propio desarrollo.

Creta

La cultura minoica constituye un caso muy especial no sólo en el marco


de la civilización egea, sino en una perspectiva histórica más vasta, por­
que, hasta donde podemos inferir a partir de los testimonios disponibles,
la cultura minoica se caracterizó por sus rasgos pacíficos y no coercitivos.
Varios principados coexistieron en torno de sus respectivos palacios
en Creta, siendo los más preeminentes los de Cnosos, Malia y Festos. No
había fortificaciones en estos palacios ni a su alrededor, lo que muestra
un duradero estado de confianza mutua y coexistencia pacífica. Tampoco
hay señales de que los palacios gobernaran mediante coacción los terri­
torios que había dentro de su jurisdicción. Los reyes-sacerdotes creten­
ses ciertamente tenían lo que parece haber sido un pequeño contingente
de hombres armados. Es probable que también los aristócratas tuviesen
algunos guardias en sus tierras; pero aunque no puede considerarse que
el sistem a político m inoico gobernara totalm ente desarm ado, los tes­
tim onios arqueológicos y documentales nos informan de un gobierno
pacífico en una sociedad contenta con su suerte, en que la coerción real
no era el principal instrumento para mantener el orden social.
C uadro IVA Desarrollo de la civilización en el Egeo (2000 a 1200 a.C.)

1 Cultura
Fecha Creta Chipre Cicladas Heládica

Tem prano ITÍ C alco litico desd e 300 0 N avegación desde el Destrucción de anterio­
a. C Florecim iento del cuarto milenio a.C. C o ­ res asen tam ien to s por
arte del bronce en pie- m ercio y piratería pastores de lengua grie­
zas pequeñas. ga arcaica

2000 Fund ación en lA. Pala­ Tem prano III


cios en C n o so s, M alia,
Festos. Lineal A.

1900 IB Medio I Varios principados for­


tificados.

M edio IIA Aparición de fortalezas Medio II M icénico medio.


1800 M ediano 1. A ctivo co- Palacios micénicos. Cre­
mercio m arítimo ciente actividad m arí
tima.
M edia U B Medio II

Destrucción de palados. G ran expansión d e p o ­


blación y aldeas.

1700 R econstrucción en ei Medio III Hegem onía de Cnosos. IA. A p og eo d e los m i­


M edio III A , en mejo- C reciente influencia de cénicos. Po d ero sa cu l­
res condiciones. Tala- Creta. tura. M arina m ercante.
socracia. Prim eras for­ Tardío IA
1600 talezas. Los hititas reclam an la M edio II IB
isla. Tardío n i

Medio IIIB Tardío I Erupción en Tera.

1500 Tardío 1 A Tardío Tardío UTA


Tardío IB
C onquista por los
aqueos Lineal B. II B

Tardío E l A G nerra de Troya.


1400 D estrucción d e p a la ­ Tardío II Tardío DIB
cios, elim inación de la
1300 aristocracia guerrera.

1200 Tardío m B Saqueada p o r los p u e­ D estrucción de palacios


blos del mar. y ald eas, desp lo m e de
la civilización micénica.
Tardío IIIC
Tardío III Invasión de los pueblos
del mar, luchas internas
1100 Tardío 111 C y ataque d e los dorios.
194 LA CIVILIZACIÓN EGEA

La falta de coerción en un grupo social siempre indica la prevalencia


de un nivel considerable de consenso, que las diferencias sociales entre
las clases o grupos sociales existentes no son excesivas y que hay un sis­
tema satisfactorio para resolver de manera pacífica las diferencias entre
los ciudadanos.
La cultura minoica dio un buen nivel de vida a su población. Contaba
con un clima benigno, una economía agraria satisfactoria, abundancia
de pescado y un próspero comercio marítimo. Durante largo tiempo es­
tuvo protegida de agresiones externas por su condición insular. No obs­
tante, ciertas características de la cultura minoica siempre han sido re­
sultado de la coerción real en otras sociedades: la existencia de grandes
palacios con excelentes instalaciones de agua y drenaje, hermosamente
adornados con frescos y llenos de objetos caros, revela una concentra­
ción de riqueza en manos de los reyes-sacerdotes.
¿Existirían en Creta, tal vez, otras formas más sutiles de coerción? Sin
embargo, en gran medida, los testimonios disponibles im plican que el
pago del tributo a los palacios era principalm ente voluntario. Existe
aquí cierta analogía con el Reino Antiguo de Egipto, donde la consi­
derable cantidad de contribuciones voluntarias a la construcción de las
pirám ides del rey era un modo de extender la inm ortalidad del m o­
narca a los plebeyos. Hemos de inferir que los reyes-sacerdotes minoi-
cos desempeñaban un decisivo papel de regulación, tanto religiosa como
pública. Al fomentar el consenso, aseguraban espiritual y adm inistrati­
vamente las condiciones necesarias para el desarrollo pacífico y próspe­
ro de la sociedad minoica. En contraste con las estatuas colosales de los
reyes mesopotámicos y egipcios, no quedan imágenes ni inscripciones
de ningún rey-sacerdote minoico en especial. Esta circunstancia robus­
tece la hipótesis de que los reyes-sacerdotes desempeñaban de alguna
manera, im personalm ente, la función de una monarquía no coercitiva.

Los micénicos

El desarrollo de la cultura micénica siguió una pauta muy distinta. Los


aqueos, llegados del Cáucaso como pastores bárbaros, dom inaron a la
población existente y fundieron sus propios elem entos culturales con
los de aquélla. En el curso de algunos siglos, la cultura micénica surgió
en forma de pequeños reinos independientes que competían entre sí pa­
cífica o agresivamente. Las actividades productivas corrían a cargo de las
poblaciones subyugadas en su condición de siervos, mientras los aqueos
dedicaban sus vidas a los deportes violentos, a la caza y a la guerra.
LA CIVILIZACIÓN EGEA 195

Los micénicos crearon una poderosa marina mercante — la cual, a la


postre, emplearían con propósitos militares y de saqueo— , que los co­
nectó con Creta, las Cicladas, Asia Menor e Italia meridional. Chipre fue
un importantísimo puesto intermedio entre los micénicos, Asia Menor y
Egipto. El comercio marítimo micénico se hizo más activo en el periodo
Heládico tardío. Sus naves se asemejaban a las cretenses, con ligeras me­
joras. Es difícil saber si el comercio marítimo micénico fue iniciado por
los reyes y bajo su control directo, o por armadores libres. El arte egeo
representa barcos más frecuentem ente que el arte de la M icenas conti­
nental. Los navios a menudo aparecen representados en los "hornos" de
las Cicladas.
El desarrollo de la cultura m icénica se basó esencialm ente en su
explotación coercitiva de la población aborigen, en el comercio m aríti­
mo y en el saqueo. El sistema fue legitimado por un ethos heroico que
atribuía al guerrero victorioso el derecho de vida y m uerte sobre los
vencidos. El saqueo de Creta y el de Troya son ilustraciones caracterís­
ticas de dicho ethos. El mismo ethos imponía un estricto código de valor
a los nobles, un código de continuada devoción a las causas que abraza­
ban. Ese sentido de legitimidad heroica y la obsesión de alcanzar fama
inmortal generaron una cultura épica. Ésta era la clase de inmortalidad
que buscaban los aqueos, como después lo atestiguarían los poem as
homéricos. Semejante cultura poseía todos los instrumentos para crear
su propia literatura épica. Si existió, habría sido principal o totalmente
oral, y nada que hubiera sido de ella se ha conservado directamente.
Éstos fueron, pues, los principales factores que influyeron en el des­
arrollo de la cultura micénica; un ethos épico que impulsaba las hazañas
heroicas, y un afán pragm ático de acum ular riqueza saqueando a sus
vecinos y explotando a los pueblos subyugados.

6. L a D E C A D E N C IA

La decadencia de la civilización egea ocurrió en dos fases. La primera


fue la caída de la cultura minoica, iniciada cuando los aqueos ocuparon
Creta e impusieron su yugo a los habitantes locales, y cuando los micé­
nicos extendieron su dom inio por toda la zona egea. La segunda fue
la súbita decadencia de los micénicos en el siglo xm, que terminó en la
extinción, para todo propósito práctico, de la civilización micénica en el
siglo siguiente.
Con la destrucción de los palacios ca. 1450, la dom inación aquea de
Creta y el remplazo del lineal A por el lineal B, la cultura micénica
196 LA CIVILIZACIÓN EGEA

absorbió a la minoica. No desapareció la cultura minoica, como después


desaparecería la micénica; antes bien, la cultura minoica se fundió con
ella entre los siglos xv y xui a.C. para producir el más elevado nivel de la
cultura micénica.
La decadencia de la cultura minoica — cultura pacífica subyugada
por un pueblo belicoso— es uno de los diversos ejemplos de una civili­
zación que mediante la fuerza es dominada por bárbaros o por los por­
tadores de una civilización menos avanzada pero poseedora de mayor
poderío militar. También es una de las m uchas ilustraciones de la in ­
fluencia que una sociedad de cultura superior ejerce finalm ente sobre
quienes la vencieron. Hay una clara analogía entre las relaciones de los
m inoicos y los m icénicos, y la ulterior relación de los griegos con
los romanos.
No se han determ inado claram ente las causas del desplom e de la
civilización micénica. Una explicación que antes prevaleció se relaciona­
ba con el legendario retorno de los heraclidas. Sostenía que los bárbaros
invasores, los dorios, equipados con armas de hierro, destruyeron la
civilización micénica porque sus armas de bronce eran menos eficaces.
Esta hipótesis ha sido rechazada debido a las fechas probables de ambos
acontecimientos. Aun cuando es verdad que los palacios micénicos fue­
ron destruidos a fines del siglo xm a.C. y en la primera parte del xn a.C.,
la invasión doria no pudo ocurrir antes del fin del siglo xn a.C. y más
probablemente a comienzos del xi a.C. Los dorios quizás completaron la
destrucción de la civilización m icénica, pero no pudieron haberla ini­
ciado. En la actualidad se considera que el desplome de la civilización
micénica fue resultado combinado del ataque de los pueblos del mar y
de grandes trastornos internos. Desde este punto de vista, la ulterior in­
vasión de los dorios pudo acabar de destruirla.
Los pueblos del mar aparecieron en la zona del Egeo a fines del siglo
xm a.C. y a com ienzos del xn a.C. Probablemente destruyeron los pala­
cios cretenses tardíos. Fueron expulsados de Egipto con gran dificultad
por Merneptá (1236-1223 a.C.) y por Ramsés III (1198-1166 a.C.). Entre
estas dos expulsiones, los pueblos del mar interrumpieron el comercio
m arítim o de los m icénicos, lo que afectó gravem ente su econom ía, y
acaso em prendieran incursiones destructivas por la tierra firme m icé­
nica. Es probable que en esas difíciles condiciones, grandes trastornos
internos y luchas intestinas fuesen factores adicionales en la destrucción
de los principados micénicos.
La forma en que fueron completamente destruidas las fortificaciones
y aldeas micénicas requiere una explicación adicional. ¿Cómo pudo un
pueblo tan belicoso ser tan enteramente demolido unas cuantas décadas
LA CIVILIZACIÓN EGEA 197

después de su mayor hazaña m ilitar — el saqueo de Troya— por unos


asaltantes como parecen haber sido los pueblos del mar? La explicación
más creíble es que la fragmentación y las divisiones de los principados
micénicos facilitaron la destrucción de todos sus centros, atacados uno
tras otro por enorm es contingentes de los no menos belicosos pueblos
del mar. Las luchas intestinas entre los propios m icénicos habrán, sin
duda, acentuado el aislam iento de cada principado ante los agresores
llegados del exterior.
Al menos una inferencia puede hacerse de los desastres sufridos por
los micénicos a finales del siglo xin. El poder de los palacios y de su aris­
to c ra c ia se desplom ó cuando los que sobrevivieron a la destrucción
infligida por los pueblos del mar fueron a otras zonas. También sabe­
mos que cuando llegaron los dorios, cierto tiempo después, fueron des­
truidos los restos ya dispersos de la civilización micénica. Con la desapa­
rición del sistem a de palacios — para cuya adm inistración se había
inventado el lineal B— , el uso de la escritura fue innecesario y la letra
desapareció de la zona egea.
Sobrevivieron, en cambio, la lengua griega arcaica y objetos com o
piezas de cerámica, sellos y estatuillas. Pero los vestigios más importan­
tes de la extraordinaria cultura micénica fueron su tradición de poesía
oral y las epopeyas que celebraban los grandes hechos de los aqueos.
Bardos de la Epoca de las Tinieblas transm itieron estas epopeyas, y
Homero las sistem atizó en sus dos grandes poem as durante el siglo
viii a.C. La poesía épica conservó los vestigios sobrevivientes de la cul­
tura micénica. Fue un gran factor en la formación de la civilización grie­
ga, al actuar como puente entre la civilización helénica, que iba nacien­
do, y la egea, que había sido destruida.

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V. EL ANTIGUO ISRAEL

1 . In t r o d u c c ió n

A. La tierra

Canaán, palabra que probablemente significa "Tierra de la Púrpura", es


el nombre antiguo de Palestina, el área geográfica donde se desarrolló el
antiguo Israel. En términos precisos, Palestina incluye la franja costera
de Acre (Akko) a Arcalón. En el sentido más lato que define el área don­
de ocurrió el desarrollo histórico de Israel, Palestina es la región de Siria
y de Palestina, desde el sur del Líbano hasta la península del Sinaí.
Palestina es el ulterior nombre romano de esa tierra, derivado del
nombre "Philistia" dado por los filisteos cuando la ocuparon en el siglo
xn a.C. La Palestina propiamente dicha es el área costera del Mediterrá­
neo oriental situada entre Dan (hoy Tell-el-Gadi) y Bersabe (Bir es Seba).
Se extiende 240 km de norte a sur, y está limitada por el desierto de Siria
al este y por el mar Mediterráneo al oeste.

B . Los pueblos

Como Canaán es una tierra que une Asia Menor y Egipto, muchos pue­
blos distintos la han habitado desde los tiempos paleolíticos.
Hay vestigios de una ocupación neandertalense que data de 40 000
a.C. en las cavernas del Monte Carmelo. En el décimo milenio, la tierra
empezó a ser ocupada por pueblos no emigrantes. En ca. 7800 a.C., el
Mesolítico natufiense ocurrió en Jericó. En el séptimo milenio, una cul­
tura neolítica protocerámica fue sucesora de los natufienses. Hubo asen­
tam ientos calcolíticos en 4000 o 3000, cuando un pueblo agricultor y
ganadero que empleaba instrumentos de piedra, pero también de cobre,
se instaló tan firmemente en la tierra que llegó a construir aldeas.
La Edad de Bronce tem prana ocurrió entre los siglos xxxm a xxix.
Entre 3200 y 2800 a.C., los primeros canaanitas, cuyo origen es oscuro,
organizaron varias ciudades-Estado. También puede verse allí influen­
cia egipcia.
La Edad de Bronce media I ocurrió entre 2000 y 1800 a.C., aproxima­
199
200 EL ANTIGUO ISRAEL

damente. Los amontas, pueblo semítico, penetraron en la zona y domina­


ron a los canaanitas originales. La Edad de Bronce media II ocurrió alre­
dedor de 1850 a 1500 a.C., y muestra la influencia de los hicsos.
Desde 1500 hasta 1400 a. C., más o menos es la Edad de Bronce tar­
día I. A mediados del siglo xv a.C., Tutmosis III conquistó las ciudades
canaanitas. En la Edad de Bronce tardía II, de 1400 a 1200 a.C. aproxima­
damente, la zona estuvo bajo el control egipcio, en particular durante la
época de Amenofis III (1417-1379 a.C.), aunque los hititas disputaron el
dominio de Egipto. El gobierno egipcio fue considerablemente debilita­
do durante el reinado de Akenatón (1379-1302 a.C.) en la edad de Amar-
na. M erodeadores apiros hicieron incursiones en la zona durante este
m ismo periodo. De acuerdo con algunos estudiosos, acaso fuesen ellos
los hebreos originales.
La Edad de Bronce tardía fue un periodo de población creciente en la
región canaanita. Los hurrienses (los horitas bíblicos), los am ontas y los
canaanitas formaron una población mixta con relaciones pacíficas, aun­
que a veces agresivas. Se desarrolló una sociedad feudal de ciudades-
Estado gobernadas por príncipes, con una aristocracia de aurigas gue­
rreros que dominaron a los campesinos, quienes eran siervos. Ugarit fue
la riudad-Estado más célebre de Canaán. Produjo ima importante poe­
sía épica y narraciones m itológicas en textos escritos en un alfabeto
cuneiform e que era similar, en apariencia, al alfabeto fenicio, el cual
tenía consonantes. La lengua del pueblo era el canaanita, pero el idioma
diplomático escrito era el cuneiforme babilónico.
Bajo Seti I y Ramsés II (1304-1237 a.C.) los egipcios reafirm aron su
soberanía sobre los principados canaanitas, pero los hititas obligaron a
los egipcios a com partir la región. En un acuerdo entre Ram sés II y
Katusilis III de 1283 a.C. los hititas se quedaron con la parte septentrio­
nal (Siria) y los egipcios conservaron la meridional (Palestina).
Del siglo xm al xn, Canaán fue invadido por los hebreos, inicialmente
encabezados por Josué, y después por los filisteos, durante el siglo x i i .
Los filisteos eran uno de los pueblos del mar, llegados del Egeo. Los
egipcios habían rechazado su intento de invadir el delta, pero ellos
lograron establecerse en la zona costera de Palestina, donde formaron la
Liga de las Cinco Ciudades — Gaza, Ascalón, A zoth, G adara y Seca­
rón— e introdujeron el conocimiento de la metalurgia del hierro, enton­
ces desconocida por los otros pueblos de la región.
En el siglo x i i , los árameos invadieron la zona, en masa, y predom ina­
ron en Damasco y Zobah. Los luvienses, del destruido Im perio hitita,
form aron algunos principados en el norte de Siria. Encabezados por
Carchem is, expulsaron a los canaanitas de la zona costera, desde Tiro
EL ANTIGUO ISRAEL 201

hasta Arvad. Más adelante, los canaanitas lograrían recuperar parte de


sus tierras.
De los siglos xm a xi a.C., con excepción de su derrota casi completa a
manos de los filisteos en 1050 a.C., los israelitas conquistaron gradual­
m ente las ciudades canaanitas y formaron una especie de confedera­
ción. En la época de la penetración hebrea, la región tam bién estaba
habitada por otros pueblos junto con los ya referidos: los edonitas, que
se mezclaron con los hurrienses; los amoritas, situados al este de Trans-
jordania, y los moabitas, quienes vivían al sureste del Mar Muerto.

C. La antigua civilización israelita

El concepto de una antigua civilización israelita requiere cierta preci­


sión, debido a un rasgo único de su cultura: el pueblo que heredó esa
cultura había triunfado sobre la extinción de su propio Estado nacional
e incluso sobre el hecho de haber perdido la ubicación geográfica de su
sociedad.
Los hebreos de Abraham se volvieron los israelitas de la Liga Confe­
derada y del reino de Saúl y David, y de los reinos separados de Israel y
Judá. Después de la caída de Judá en 587 a.C., de la destrucción del
segundo tem plo en 79 d.C. y de la aniquilación final de Israel como
nación organizada, en 135 d.C., los sobrevivientes desarrollaron una
cultura y una religión judías que dieron continuidad a sus creencias, de
modo que el judaismo sigue siendo, en nuestra época, una tradición viva.
Por consiguiente, el antiguo Israel no representa una civilización en el
mismo sentido en que lo fueron Mesopotamia y Egipto, aun cuando los
tres tengan rasgos en común. El antiguo Israel es, ante todo, una cultura
religiosa im buida del sentido de su propia etnicidad, un sentido que
creó por sí sola y continuó afirmando a pesar de persecuciones históri­
cas y del holocausto de Hitler durante los decenios de 1930 y 1940. Pero
filósofos medievales, así como ilustrados judíos modernos como Martin
Buber o Erich Kahler, han rechazado el sentido de una etnicidad distinta.
Raymond Aron, uno de los judíos más ilustrados, acostumbraba decir:
"Yo no soy un judío francés, sino un francés que es judío".
Dadas estas necesarias cortapisas, resulta apropiado el concepto de
una antigua civilización israelita. Desde la época de la ocupación israeli­
ta de Canaán en el siglo xm a.C. hasta los prim eros siglos de nuestra
época, el desarrollo social, político y cultural de los israelitas m ues­
tra todas las características de una civilización específica. Fue la única
civilización antigua que resistió la devastadora capacidad del Iogos helé­
202 EL ANTIGUO ISRAEL

nico para absorber toda cultura que encontró en su camino, aun al pre­
cio de confinarse dentro de su propia comunidad.

2 . S ín t e s is h i s t ó r ic a

A. Los siglos xx a xix a.C .

Los prim eros hebreos fueron un pequeño grupo sem ítico relaciona­
do con los áram eos. Llegaron originalm ente de M esopotam ia, donde
eran pastores nóm adas. Encabezados por Abram, después llam ado
"A braham " por Yahvé, emigraron de la zona de Ur en dirección a Siria
ca. 1800 a.C. Se detuvieron primero en Harra y luego continuaron ha­
cia Canaán, en Palestina.

B. Los siglos xix a xiv a.C.

A braham , Isaac y Jacob fueron los patriarcas en torno a los cuales se


reunieron los judíos en Canaán, los que mantuvieron relaciones comer­
ciales con el vecino Egipto. Un fresco de las tum bas de Beni-H assan
sugiere que grupos sucesivos de judíos penetraron en Egipto por causa
del hambre, con esperanzas de encontrar una tierra mejor. Este despla­
zamiento de pueblos fue acelerado por la invasión de los hicsos durante
el siglo xvii a .C ., época en que debemos situar la historia de José como
m inistro hebreo de un rey hicso. A la postre, los hicsos fueron derro­
tados por A hm osis, quien los expulsó totalm ente de Egipto durante
su reinado (1570-1545 a.C.) y destruyó su refugio final en Saruhen,
Palestina.
Como los hebreos habían sido considerados aliados de los hicsos, en
el curso de los siglos sucesivos se vieron sometidos a un trato servil y
obligados a aportar trabajo no pagado en la construcción de carreteras y
otras obras para el rey. Su situación se volvió particularmente difícil en
tiem pos de Ram sés II (1304-1237 a.C.), quien los obligó a reconstruir
Tanis en el norte del delta, que recibió el nuevo nom bre de "C asa de
Ram sés", y a construir Pi-Ramsés y Pitom. Entonces apareció Moisés.
La vida de Moisés está rodeada por la leyenda; fue escrita dos siglos
después de su m uerte sobre la base exclusiva de la tradición oral. De
todo ese cuerpo de hazañas legendarias, una de ellas es generalm ente
reconocida como hecho histórico: que Moisés encabezó a un gran con­
tingente de hebreos y salió de Egipto, al parecer con el consentim iento
EL ANTIGUO ISRAEL 203

inicial de Ramsés II. Pero así como los hebreos entraron en Egipto, tam­
bién salieron de él en oleadas sucesivas. Un m ayor contingente de
hebreos, encabezado por M oisés, se detuvo en la península del Sinaí,
donde recibió la ley teocrática de Yahvé, quien ordenó a Moisés entre­
garla a su pueblo.
Según el pacto con Yahvé, que Moisés les relató, los hebreos eran el
pueblo elegido. Todas sus actividades espirituales y temporales debían
estar som etidas al reino de Dios, que ellos establecerían en la Tierra.
Moisés fue la figura de mayor relieve en la historia de los hebreos. Los
liberó de la esclavitud en Egipto, fue su legislador y, asimismo, el funda­
dor del núcleo de sus creencias religiosas.

C. Los siglos xin a x¡ a.C.

La ocupación de Canaán fue un proceso prolongado que em pezó con


las conquistas iniciales de Josué y que continuó mediante una combina­
ción de medios m ilitares y pacíficos — como alianzas y exogam ia—
durante un periodo de casi tres siglos.1
Las tribus de Israel formaron una no muy unida confederación: la
Liga Israelita. En los momentos de grave peligro, las 12 tribus unían sus
esfuerzos bajo el mando único de un "ju ez " nom brado por ellas, que
era, de hecho, un comandante militar. Como el gobierno prevaleciente
era estrictam ente tribal, el ejercicio de la autoridad de un jefe fuera de
su propia tribu dependía de un consenso, que sólo se lograba en cir­
cunstancias específicas y que, a menudo, sólo abarcaba algunas de las
tribus.
Habiendo logrado la ocupación de las antiguas tierras canaanitas, los
israelitas se enfrentaron a la fuerza recién reorganizada de los filisteos
en el siglo xi a.C. Unidos al mando del rey de Gath, los filisteos infligie­
ron una serie de derrotas a los israelitas gracias a la superioridad de sus
carros de guerra hechos de hierro. En ca. 1050 a.C., fue destruido Silo, el
refugio central de los israelitas, y el Arca fue llevada como trofeo. La
existencia misma de Israel estaba en juego. Sam uel, el últim o juez, no
logró liberar a su pueblo de los filisteos y se vio obligado a instituir la
monarquía. Ungió rey a Saúl, a quien confirió la autoridad que los jue­
ces habían ejercido hasta entonces.

1 C/. Adolphe Lods, Israel, París, Albín Michel, 1969 (1930), pp. 327 ss.
204 EL ANTIGUO ISRAEL

D. Saúl y David (1020 961 a.C.)

Saúl ejerció una monarquía limitada. Su título era el de nagid, que signi­
fica ''com andante". El honor que se rendía a los profetas era otra lim ita­
ción a los poderes del rey.
Después de algunos triunfos contra los filisteos, Saúl cayó en la catas­
trófica batalla de Gilboa, ca. 1002 a.C. Luego de una larga disputa con el
antiguo general de Saúl, Abner, David lo sucedió (1000-961 a.C.). David
había sido el principal asistente de Saúl, pero cayó en desgracia y tuvo
que huir del país para salvar su vida. Al principio, David fue nombrado
sólo rey de Judá, pero luego conquistó el poder sobre las tribus del nor­
te, tomó Jerusalén y la hizo su capital. Devolvió el Arca a Jerusalén y la
colocó en un tabernáculo para salvaguardarla, reconstruyendo con ello
el antiguo santuario. La derrota final de los filisteos fue una victoria de
David, quien los sometió como vasallos. También subyugó a las nacio­
nes circundantes, entre ellas los árameos por el norte, y extendió el reino
de Israel desde el Eufrates en el noreste hasta el golfo de Aqaba en el
sureste. El reinado de David fue una época de gran actividad literaria
y religiosa. Dispuso que fuesen recabadas las tradiciones de los jueces y
las mandó transformar en una epopeya, la llamada fuente yavística, la
mayor etapa en la historia de la tradición del Pentateuco.

E. El reinado de Salomón (961-922 a.C.)

David ya había adoptado unas innovaciones que rompían con las insti­
tuciones religiosas y sociales tradicionales. Su hijo Salom ón siguió un
cam ino que transform ó cada vez más a Israel en una m onarquía del
Cercano Oriente. Edificó un templo dinástico idéntico al de C anaán y
rem plazó las estatuas religiosas en el cuerpo del tem plo (celia) por el
Arca. También construyó un gran palacio y una ciudadela en Jerusalén,
las fortificaciones de Gezer y de M egiddo, y una refinería de cobre en
Ezion-Gaber. Estableció un Estado centralizado para facilitar el cobro de
impuestos e impuso un trabajo no pagado para las obras públicas. Puso
fin a las tradicionales fronteras de las tribus y las remplazó por distritos
adm inistrativos, gobernados por funcionarios nombrados por la corte.
Salom ón extendió notablem ente el ejército perm anente y lo equipó
con carros de guerra. Formó una im ponente flota, en asociación con
Hiram de Tiro, para comerciar en el Mediterráneo, en el Mar Rojo y tal
vez hasta en el Océano índico. Organizó un intercam bio de carros y
caballos con Cilicia y Egipto. También estableció un control de las rutas
EL ANTIGUO ISRAEL 205

de caravanas que comerciaban en incienso y perfumes con la reina de la


A rabia m eridional. El reinado de Salom ón fue pacífico, en gran parte
gracias a su diplomacia y a su política de alianzas y m atrim onios polí­
ticos.

F. La división del reino; Israel y Judá (922-587 a.C.)

De pronto, a la muerte de Salomón estallaron dos tensiones importantes


que habían estado acumulándose durante su reinado: la primera fue un
conflicto entre las ideas políticas y religiosas ortodoxas sobre los intere­
ses de Israel; la otra fue la competencia, siempre latente, entre las tribus
del norte y el Judá meridional.
A unque Salom ón acaso se sintiera personalm ente atraído por los
esplendores y fastos del estilo oriental de un rey, tenía cabal conciencia
de las limitaciones del poder de Israel y del grave peligro que plantea­
ban los grandes im perios que había a sus fronteras. Para conservar la
independencia de Israel, llevó la situación con realismo, adoptando una
política de favorecer matrimonios que solidificaran alianzas políticas y
respetando los símbolos religiosos de sus vecinos. A su muerte, su hijo
mayor, Roboam (933-917 a.C.), fue incapaz de conservar la lealtad de las
tribus del norte, las que bajo Jeroboam I (933-912 a.C.) crearon el reino
independiente de Israel. Y con Roboam, Judá quedó como segundo rei­
no independiente, pero leal a la Casa de David.
Los dos reinos israelitas iniciaron su existencia independiente en
mutuo conflicto militar. Judá afirmaba representar la continuación legí­
tima de la Casa de David, mientras que el Estado del norte sostenía que
representaba la autenticidad de la ortodoxia religiosa. Los dos reinos
siguieron distintos caminos, alternando entre unos periodos de conflic­
to y otros de cooperación. El reino de Israel trató de socavar el prestigio
de Jerusalén como sede del Arca — especialmente por su afirmación de
ser el único centro religioso— , organizando un nuevo culto nacional en
el santuario patriarcal de Betel. En ambos reinos, las personas religiosas
deploraron la división porque la consideraron un grave pecado.
Aunque cada uno de los dos reinos conservó un sentido de unidad
cultural y religiosa pese a seguir cam inos separados, diferían en sus
políticas interna y externa. En lo interior, el problema de la legitimidad
política continuó pesando sobre el reino de Israel. Ocurrieron entonces
varios regicidios: Baasa asesinó a Nadab, hijo de Jeroboam, y se apoderó
de la corona; y Ela (877-876 a.C.), hijo de Baasa, fue asesinado por Zimri
(876 a.C.), quien a su vez fue quemado vivo en su palacio por Omri, fun­
dador de una nueva dinastía. En el ámbito de las relaciones internado-
206 EL ANTIGUO ISRAEL

nales, el reino de Israel quedó bajo la influencia de la ortodoxia religiosa


que había inspirado su creación y se inclinó a enfrentarse a sus vecinos
paganos. Fue víctim a de una política sim ilar cuando los asirios, bajo
Sargón II, lo conquistaron en 722 a.C. Sargón se llevó más de 27 000 pri­
sioneros israelitas y convirtió en una provincia asiria el área ocupada
por Israel
El reino de Judá siguió la política realista de Salomón e intentó adap­
tarse a las poderosas fuerzas en com petencia de Egipto, Asiria y Babi­
lonia. C uando Judá lo consideró necesario, aceptó varias form as de
vasallaje, pagó tributo y enfrentó a los adversarios unos contra otros
m ediante unas alianzas cam biantes. Estas m edidas políticas asegura­
ron más larga vida a Judá, que sobrevivió como el único reino israelita
durante casi dos siglos, desde 720. hasta su conquista final por Nabuco-
donosor en 587 a.C., después de su rendición inicial en 597 a.C. Con
la segunda y definitiva ocupación de Jerusalén por Nabucodonosor, la
m ayoría de los pobladores, entre ellos sin duda los que se hallaban
en los más altos niveles de la sociedad, fueron llevados cautivos a Babi­
lonia.

G. Del exilio babilónico a Barcoquebas

Cuatro fases principales demarcan la historia de la sociedad israelita en


el curso de siete siglos, desde el exilio babilónico hasta la catastrófica
rebelión de Barcoquebas en 132 d.C. y la final expulsión de los judíos de
Jerusalén. La primera fase fue el muy productivo periodo de cautiverio
babilónico hasta la conquista de Babilonia por Ciro en 538 a.C.
La segunda se extiende desde el retorno autorizado de los habitantes
de Judea después de la caída de Babilonia hasta la conquista del este
por Alejandro en 332 a.C. Este periodo de benigno gobierno persa sobre
Palestina se caracterizó por la influencia decisiva de N ehem ías y de
Esdras en la segunda mitad del siglo v y el com ienzo del iv siglo a.C.
Ellos inventaron las instituciones y prácticas restrictivas que caracteri-
zaroñ ese periodo.
La tercera fase, y la más larga, es la helenística, bajo el dominio alter­
nado de los lágidas de Egipto y los seléucidas de Siria. Durante el perio­
do del predom inio tolom eico, A lejandría pasó a ser el centro más
importante de la cultura judía fuera de los límites de Israel. La toleran­
cia religiosa estuvo muy difundida bajo los Tolomeos y perm itió que
ideas griegas penetraran en la cultura israelita. Después de que los
seléucidas arrancaron Palestina a Egipto en 198, su intolerancia aumen­
tó hasta culm inar en la obligatoria helenización im puesta por Antíoco
EL ANTIGUO ISRAEL 207

IV Epífanes (175-164 a.C.). Esto provocó la rebelión religiosa de los


Macabeos en 164 a.C., que a su vez los hizo fundar la dinastía político-
religiosa de los asmoneos. Bajo los asmoneos, Israel recuperó la mayor
parte de su anterior territorio y su independencia política, hasta que
Pompeyo conquistó Jerusalén en 63 a.C.
La cuarta fase de la sociedad israelita duró casi dos siglos, desde la
conquista de Pom peyo y la dom inación romana hasta la desastrosa
revuelta de Barcoquebas en 132 d.C., en tiempos de Adriano. Esta fase
culminó con la total represión de la población y la expulsión final de los
judíos de Jerusalén. A comienzos del periodo romano, grandes zonas de
Palestina fueron adm inistradas por reyes judíos nom brados por los
romanos. Desde 37 a.C. hasta 44 d.C., los herodianos gozaron de un gra­
do razonable de autogobierno y plena autonom ía religiosa. Después,
Judea fue dividida en dos provincias romanas, Galilea y Samaria, pero
el judaismo fue reconocido como religión legítima y recibió el privilegio
de seguir practicando sus ritos.
Como respuesta a la rebelión de los celotes en 66 d.C., los rom anos
tomaron Jerusalén. Bajo Vespasiano, y al final a las órdenes de Tito, los
romanos destruyeron el templo. Las pérdidas humanas fueron terribles.
Según Tácito, murieron más de 600 000 judíos. Sin embargo, después de
sofocar la rebelión, Tito restableció la tolerancia religiosa. Casi un siglo
después, Barcoquebas, dirigente popular radical inspirado por el gran
rabino Akiba, que se había proclam ado m esías, encabezó una nueva
rebelión. La fe religiosa lo impulsó a protestar contra el intento de
Adriano de imponer coercitivamente la helenización a Israel y restringir
su libertad de culto. Adriano también había fundado la colonia romana
Elia Capitolina en Jerusalén y dedicado un templo a Júpiter Capitolino
en el sitio del templo judío. La rebelión fue brutal y sistem áticam ente
reprimida, costó más de 580 000 vidas y causó la expulsión final de los
judíos de Jerusalén.

3. P r in c ip a l e s r a s g o s c u l t u r a l e s

A, La cultura israelita

La dimensión cultural, que siempre es característica central de cualquier


civilización, tiene particular im portancia en el caso del antiguo Israel.
Desde los tiempos de Moisés, la historia de Israel ha sido el desenvolvi­
miento de un núcleo de creencias centrales, condicionadas por un cuer­
po, en devenir, de ritos y prácticas. El contenido esencial de esas creen­
208 EL ANTIGUO ISRAEL

cias centrales que M oisés transm itió como reveladas a él por Yahvé es
que Dios es uno y que ha hecho un pacto eterno con su pueblo elegido:
Israel.
A pesar de todo, la cultura del antiguo Israel pasó por cambios signi­
ficativos durante su dilatada historia. En el núcleo mismo de su cultura
está la Biblia. Sus tres secciones — la Tora, el N evi'im y el K etuvim —
quedaron en su forma canónica definitiva entre el siglo vn a.C. y el siglo
i d.C. Es el texto fundador de Israel, que compiló y sistematizó antiguas
tradiciones orales e importantes documentos previos. La cultura israeli­
ta se vio bajo dos distintas fuentes de influencia. La primera fue la anti­
gua cultura hebrea de los patriarcas que precedió a las revelaciones
transmitidas por Moisés. La segunda fue el efecto producido en la cul­
tura israelita por muchos acontecimientos de gran trascendencia: la pri­
mera caída de Jerusalén (597 a.C.), las meditaciones exílicas, la reocupa­
ción de Jerusalén después del exilio, el largo contacto con la cultura
helénica, la segunda caída de Jerusalén y, por último, la bifurcación de
la cultura israelita entre sus ramas cristiana y judía.
En vista de estas consideraciones, analizarem os los seis temas
siguientes: 1) la antigua cultura hebrea; 2) la cultura del Antiguo Testa­
mento; 3) los mensajes proféticos preexílicos; 4) las fases exílica y post-
exílica; 5) el im pacto del helenism o, y 6) la bifurcación en judaism o y
cristianismo.

B. La antigua cultura hebrea

El hogar original de los patriarcas probablemente fue Padán-A ra'n, la


llanura de Aram, en el norte de Mesopotamia, donde se vieron expues­
tos a una m ezcla de influencias acadias, hurrienses y am oritas. Los
hebreos eran nóm adas que pastoreaban ovejas y cabras y em pleaban
asnos para el transporte. No tenían caballos. Su sociedad era marcada­
mente patriarcal, organizada en clanes que, según creíase, estaban rela­
cionados por la sangre; esta circunstancia les imponía una lealtad abso­
luta. Los clanes em parentados formaban una tribu, cuyos m iem bros
eran considerados descendientes de un antepasado común. Un m iem ­
bro de una tribu que viviera en otra era tratado como huésped; además,
la hospitalidad era un deber estricto.
La vida del clan estaba asociada al culto de los antepasados y a la
creencia en la supervivencia después de la muerte. Los difuntos vivían
en sus tum bas, pero también vivían como som bras en el Seol, bajo la
superficie de la Tierra. La deidad premosaica de los hebreos fue un dios
de la montaña, El. Sin embargo, cada clan tenía su propio dios, proba­
EL ANTIGUO ISRAEL 209

blem ente un antepasado deificado, y el clan cum plía un trato con ese
dios. La práctica de la circuncisión era un rito del paso de la niñez a la
edad adulta, celebrado de los seis a los 14 años de edad. Tal práctica era
común entre los pueblos del Cercano Oriente; sólo mucho después se
convertiría la circuncisión en un rito esencial de la religión israelita.
Antes de que los hebreos se establecieran en Palestina, puede suponerse
que su lengua era un dialecto semítico que se hablaba en el noroeste de
M esopotam ia, del cual se derivó el arameo. En Canaán, los hebreos
adoptaron un dialecto canaanita local, un hebreo arcaico.

C. La cultura del Antiguo Testamento

El núcleo de la cultura israelita está contenido en tres secciones de la


Biblia — la Tora, el Nevi'im y el Ketuvim— , conocidas por su acrónimo
Tanakh. Este núcleo de creencias fue legado por tradición oral y por anti­
guos documentos desde las revelaciones transmitidas por Moisés en el
Monte Sinaí en el siglo xii a.C. El documento más antiguo escrito en la
Tora, el llam ado Docum ento J, data del siglo x. La Tora o Pentateuco
contiene cinco libros: Génesis (Bereshit), Exodo (Semot), Levítico (Vayi-
kra), Números (Ba-M idbar) y Deuteronom io (Devarim). El texto de la
Tora fue consagrado en 622 a.C. durante el reinado de Josías. El Nevi'im,
que reúne la literatura de los profetas, recibió su forma canónica en la
época de Nehemías y Esdras, a comienzos del siglo iv a.C., después del
cisma sam aritano. El Ketuvim fue organizado en su forma canónica
mucho después, ca. 200 a.C.
El contenido mosaico central de la Biblia es la revelación de la exis­
tencia de un dios único y trascendente, creador del Cielo y de la Tierra
(Gén. 1:1-25), quien creó al hombre a su imagen y semejanza (Gén. 1:26-
27) y cuyo nombre es Yahvé, que significa "el que es" (Ex. 3:14). Este
dios es supremamente justo, omnipotente y om nisciente, pero exige la
atención y la obediencia del hombre, y es celoso de otros dioses. Por
medio de su profeta Moisés, este dios hizo un pacto con los israelitas, no
por causa de la virtud de éstos, sino por su propia y libre elección. El
pacto está regido por tres decálogos: 1) el decálogo "É tico" (Ex 20:2-17;
Dt. 5:6-18), que es el más importante y contiene los Diez Mandamientos;
2) el decálogo "D el culto" (Éx. 34:17-26), que describe la conducta y los
ritos, y 3) el decálogo de la "M aldición" (Dt. 27:15-26), que contiene las
maldiciones que deben emplearse para castigar transgresiones específi­
cas de las leyes. Por medio del trato con este dios, Israel se convirtió en
el pueblo elegido. La tarea de Israel era rendir culto a Yahvé y tenía pro­
210 EL ANTIGUO ISRAEL

hibido servir a ningún otro dios. A cambio de su fe y su obediencia a los


mandamientos, Yahvé prometió a los israelitas su protección eterna jun­
to con su posesión futura de Canaán, la "tierra prom etida". Yahvé pro­
hibió toda imagen o representación de sí mismo y advirtió que su rostro
no debía ser visto por ningún ser vivo. Se manifiesta mediante fenóm e­
nos naturales o por medio de sus profetas, a quienes habla directamente
o Ies da a conocer su voluntad en sueños.
En un medio cultural internacional caracterizado por una visión cos­
mológica de lo divino y por una multiplicidad de dioses que a menudo
tienen todas las flaquezas humanas, la cultura israelita originó el con­
cepto del ser divino como espíritu trascendente, más allá del universo.
Así, el universo era visto sim plemente como una cosa m aterial creada
por él y obediente a su voluntad. La concepción de Yahvé, sobre todo en
las versiones primitivas, es del todo antropomórfica. Sin embargo, aun­
que fácilmente es presa de la ira, del deseo de venganza, de los celos y
del arrepentim iento, no tiene ninguna de las m ezquinas debilidades
humanas. El dios israelita es un ser trascendente, omnipotente y sagra­
do, que recompensa a los justos y castiga a los malhechores. Al mismo
tiempo, como en las concepciones originales, es un dios tribal, un dios
de la guerra y un protector de su pueblo, que, así, muestra en grado su­
premo las características de un gran patriarca hebreo. Por tanto, Yahvé
tiene a la vez aspectos universales y locales. Así como es el creador omni­
potente y omnisciente del mundo, que es infinitamente justo y compasi­
vo, tam bién es universal, es el Dios de todos los seres hum anos. Pero
como deidad étnica que prevalecerá sobre los dioses de todas las demás
naciones y aniquilará a los enemigos de Israel al fin de los tiempos el día
que él lo elija, es un dios local.

D. La tradición profética antes del exilio

La tradición profética es uno de los rasgos más extraordinarios del anti­


guo Israel. Todas las culturas antiguas se interesaron por recibir alguna
indicación acerca del futuro y, por tanto, todas ellas creyeron en los pro­
fetas, individuos de quienes creíase que estaban dotados de poderes
mágicos o habían recibido mensajes divinos, y que afirmaban ser capa­
ces de predecir los hechos futuros. Hasta culturas racionales, como los
griegos con sus pitonisas y los romanos con sus sibilas, tuvieron profe­
tas. Además de tales videntes, las culturas antiguas hicieron extenso uso
de prácticas m ágicas para averiguar si las acciones futuras tendrían
resultados favorables o desfavorables. Los arúspices descubrían agüe­
EL ANTIGUO ISRAEL 211

ros en las entrañas de los animales, y los augures los veían en la direc­
ción y la forma del vuelo de las aves. También Israel tuvo esos videntes
(Is. 28:7-20) y "falsos profetas". El rasgo exclusivo de la cultura del anti­
guo Israel, particularmente en el periodo anterior al exilio pero también
durante éste y después, fue la aparición de algunos hombres excepcio­
nales que estaban profundamente convencidos — en contra de sus pro­
pios deseos y a riesgo de sus vidas— de haber sido elegidos por Yahvé
para reprender a los israelitas por sus pecados y advertirles de un casti­
go inminente y terrible si no se arrepentían. Por consiguiente, los gran­
des profetas israelitas no fueron pronosticad ores del futuro ni formula-
dores de augurios buenos o malos, como lo fueron los antiguos videntes
y los "falsos profetas" del propio Israel. Fueron m ensajeros de Yahvé,
profundamente convencidos de estar hablando en su nombre y bajo su
guía infalible.
La existencia de la profecía en el antiguo Israel expresó una com bina­
ción de factores insólitos. En primer lugar, la convicción absoluta de que
Yahveh, quien era trascendente, omnipotente y el único dios verdadero,
había hecho un pacto con el pueblo de Israel y cumpliría su promesa en
la medida en que éste ejecutara su voluntad. En segundo lugar, apare­
cieron algunos hombres excepcionales que transm itieron este m ensaje
durante el difícil periodo de los dos reinos y cuando la sociedad israeli­
ta fue restaurada después del exilio. Esos profetas fueron movidos por
un profundo sentido de justicia e im parcialidad, y algunos de ellos
poseyeron una comprensión estratégica del contexto internacional y de
sus peligros para Israel.
Aparte de la importancia religiosa de Elias, los profetas Amos, Oseas,
Isaías y Jerem ías merecen m ención especial entre los que surgieron
antes del exilio. Amos y Oseas vivieron en el reino de Israel y fueron dos
de los llamados doce profetas menores. Amos, el primero de los profe­
tas letrados, pastor de origen modesto, floreció durante un breve perio­
do que comenzó en 760 a,C., durante el reinado de Ozías (769-734 a.C.).
Predijo que Israel sería devastado por un enem igo que destruiría las
m urallas, saquearía el palacio y deportaría a su población hasta un
lugar situado más allá de Damasco; esta profecía implicaba que los asi­
rios eran el instrumento elegido por Yahvé para castigar a Israel por su
falta de justicia. Amos tenía una concepción universalista de Yahveh, de
quien creía que no sólo era el dios de la nación de Israel, sino también el
Dios absoluto del universo y de toda la humanidad.
Oseas predicó en el decenio de 740 o com ienzos del de 730 a.C., y
siguió una línea sim ilar a la de Amos. Predijo el fin de la dinastía de
Jehú, que había sido creada por el asesinato de los om ridas. También
212 EL ANTIGUO ISRAEL

advirtió que los asirios serían el instrumento del castigo de Yahvé por
los pecados de los israelitas si no enmendaban su modo de vida.
Isaías y Jeremías vivieron en el reino de Judá. Junto con el desconoci­
do genio del exilio, llam ado el "D eutero-Isaías", se cuentan entre los
más grandes profetas israelitas. Isaías profetizó a fines del reinado de
Ozías, durante el reinado de su hijo Jotham y en el de su sucesor, el rey
Ajaz (734-715 a.C.). Como Amos y Oseas, predicó contra los pecados de
los israelitas, el peor de los cuales fue, para él, la rebelión contra Yahvé,
pues fue m otivada por la soberbia. Pronosticó la destrucción del rei­
no por los asirios, quienes serían el instrumento del castigo divino si el
pueblo no se arrepentía. Encarecidamente rogó a Ajaz que no pidiera la
ayuda de los asirios para combatir la alianza que habían organizado el
rey Peca de Israel y el rey Rezín de Damasco contra Judá, porque predi­
jo que la propia Judá tam bién sería destruida. Ajaz no atendió a sus
recomendaciones. Los hechos profetizados no ocurrieron en el tiempo
predicho, pero dos años después cayó Dam asco, y 10 años más tarde
Samaría. En 701 a.C., conflictos entre Egipto y Asiria, que se dirimieron
en territorio de Judá, devastaron el país.
La característica distintiva de Isaías fue su absoluta confianza en la
eficiencia de la intervención de Yahvé para cum plir su berith, o pacto
con los israelitas, siempre que ellos acataran sus órdenes y nunca per­
dieran la fe en él. Recomendó a Ezequías confiar en el poder de Yahvé, y
no en la fuerza de sus ejércitos y la solidez de las murallas para derrotar
a los invasores asirios mandados por Senaquerib en 701 a.C. De hecho,
el rey se salvó gracias a que pagó un tributo. Eric Voegelin2 emplea su
concepto de "m etástasis'' para explicar la confianza inquebrantable de
Isaías en la eficiencia con la cual Yahvé podía intervenir en los asuntos
hum anos, aun cuando su profecía, al parecer inspirada, estuviera en
contacto directo con las pruebas empíricas.
Jeremías, que también vivió en Judá, representó la otra gran voz de la
tradición profética. Inició su carrera pública en 627 a.C. bajo Josías (640­
609 a.C.), cuyas vastas reformas de las prácticas religiosas él apoyó ini­
cialm ente. Más adelante, analizando las reformas y descubriendo que
sólo habían sido form ales en lugar de producir un verdadero cam bio
moral en la sociedad, empezó a predecir los terribles castigos que sobre­
vendrían si el pueblo no cam biaba de vida. Sus profecías parecieron
improcedentes porque el país estaba gozando de gran prosperidad y en
general había sabido apreciar el gobierno de Josías. Sin em bargo, los
acontecimientos dieron un giro inesperado con la muerte de Josías en la
2 Cf. Eric Voegelin, Order and History, Baton Range, Louisiana University Press, 1991 (1950),
vol. i, p. 481.
EL ANTIGUO ISRAEL 213

batalla de Megiddo en 609 a .C En tiempos de Joaquín (609-598 a.C.), el


pueblo reanudó sus anteriores prácticas idólatras, incluso el culto de la
Reina de los Cielos y de Tamuz, así como de dioses egipcios. Jerem ías
siguió con sus amenazas proféticas y proclamó que el santuario de Jeru-
salén sería derribado. En cierta ocasión, estuvieron a punto de lincharlo.
Con una profunda com prensión estratégica de los hechos que ocurri­
rían entre las naciones, predijo que Nabucodonosor sería el instrumento
del castigo de Yahvé a los israelitas.
En 593 a.C., durante el cuarto año del reinado de Zedequías (597-587
a.C.), éste envió un mensaje a los judíos que habían sido llevados a Babi­
lonia durante la prim era ocupación de N abucodonosor, en 597 a.C.,
advirtiéndoles que debían resignarse a vivir allí durante largo tiempo.
Cuando Zedequías no hizo caso de los desesperados consejos de Jeremías
en sentido contrario y encabezó una rebelión contra los babilonios, du­
rante el primer sitio de Jerusalén por Nabucodonosor, el profeta cons­
tantemente pidió al rey que se rindiera, pues consideraba éste como un
mal menor. Fue detenido, acusado de ser partidario del enemigo y arro­
jado en una cisterna para que m uriera. Lo salvó un sirviente que por
casualidad pasaba por allí.
Tras la toma de Judá, Jerem ías se quedó en el país de M ispa com o
consejero de G odolías, nom brado gobernador por los babilonios. A
sugerencia de Jerem ías, Godolías intentó reconstruir el núcleo de una
nación israelita, sometida de hecho a Babilonia. Pero Godolías fue asesi­
nado por un príncipe judío, Ismael, hijo de Nethanías. La rebelión fraca­
só y, m uy a su pesar, Jerem ías fue llevado a Egipto por una banda de
refugiados. Su última predicción fue que les estaría prohibido pronun­
ciar el nombre mismo de Yahvé. Amos había com prendido que Yahvé
era el Dios único y universal de toda la humanidad, y Jeremías llevó esa
interpretación hasta su conclusión última. Como lo ha com entado Eric
Voegelin (op. cit ., p. 491), Jeremías comprendió que ningún pueblo elegi­
do, cualquiera que fuese la forma que adoptara, sería el centro de un
verdadero orden de la humanidad.
Los profetas que vivieron antes del exilio desem peñaron un papel
importantísimo en la historia cultural del antiguo Israel. No sólo fueron
la fuerza impelente que movió a los israelitas a comportarse mejor, en lo
ético y lo religioso, sino que también inspiraron a reyes como Ezequías
y Josías a reformar a su pueblo. Vistos en la perspectiva histórica, man­
tuvieron la fe en Yahvé y velaron así por que se mantuviera lo distintivo
de las creencias y la cultura judías. Pero tam bién convirtieron un dios
étnico en un Dios universal de la humanidad, el Dios infinitamente jus­
to y compasivo que recompensaría en lo individual — y no sólo en for­
214 EL ANTIGUO ISRAEL

ma colectiva a un pueblo en especial: el israelita— la buena conducta de


los justos y castigaría a los malvados.
Todos los pueblos antiguos interpretaron los hechos terrenales como
consecuencia de las decisiones de los dioses. Si una ciudad era conquis­
tada por otra, los m esopotam ios lo atribuían a que los dioses habían
transferido al dios victorioso el dominio sobre la ciudad vencida, m ien­
tras que los egipcios lo habrían interpretado en el sentido de que el dios
vencedor era más poderoso que el dios derrotado. Los israelitas no
habrían dejado de considerar denigrado a su dios si el hecho de haber
sido conquistados por asirios y babilonios hubiese sido interpretado
como victoria de los dioses más poderosos de sus enemigos. Los profe­
tas anteriores al exilio, que predicaron contra los pecados de su propio
pueblo, predijeron que Yavhé lo castigaría enviando enem igos más
poderosos para conquistarlo. Por consiguiente, los israelitas siem pre
vieron a Yahvé como el dios todopoderoso que determina los destinos
humanos. Los profetas cambiaron un dios que era originalm ente tribal
y dios de la guerra en el Dios universal de la humanidad. Su insistencia
en el contenido espiritual de la religión, en lugar de seguir sus prescrip­
ciones para un ritual, echó los fundamentos de una religión universal
que después sería lo bastante fuerte para subsistir, pese a que su origi­
nal Estado nacional fue disuelto y dispersada su sociedad.

E. Corrientes del exilio y posteriores

Con la caída de Jerusalén, Babilonia quedó como el centro más im por­


tante de la cultura israelita. Pese a las descripciones del Antiguo Testa­
mento sobre los horrores infligidos a los cautivos, los especialistas sue­
len convenir en que los castigos fueron reservados a quienes intentaban
rebelarse y, como Zedequías, traicionaron su juram ento de sumisión. A
los cautivos se les permitió vivir en sus propias comunidades y conser­
var su religión y cultura. Por esas razones, el exilio babilónico fue cultu­
ral y religiosamente fértil para los judíos.
Durante el cautiverio babilónico, profetas y dirigentes religiosos modifi­
caron su posición anterior. De manera general, la caída de Jerusalén y el
cautiverio de un gran número de judíos fueron severos castigos a los que
Yahvé ya había condenado a Israel por sus pecados. Ahora, Yahvé tendería
a mostrarse compasivo y devolvería la libertad a su pueblo con sólo que
éste mostrara su arrepentimiento y sincero deseo de enmendar su vida.
Según algunos de sus profetas, Dios, por su propia gracia, hasta podría
restaurar la libertad de los israelitas aun antes de que se arrepintieran.
EL ANTIGUO ISRAEL 215

La im portancia cultural y religiosa del periodo del exilio y el poste­


rior, basado en la idea de que la redención debía seguir al castigo, con­
siste en que presentó dos tendencias opuestas, la universalista y la
parroquial, elementos constitutivos del núcleo mismo de la antigua cul­
tura israelita. La corriente universalista se manifestó en el profeta anóni­
mo y extraordinario conocido como el D eutero-Isaías. La tendencia
parroquial, que apareció por vez primera en las profecías de Ezequiel
durante el cautiverio babilónico, fue subrayada por Nehem ías y espe­
cialmente por Esdras, después del exilio.
El Deutero-Isaías escribió su texto por la época en que Ciro extendía
el poderío persa hasta conquistar Babilonia. Pero vio a Ciro como el ins­
trumento de Yahvé para liberar del cautiverio a los judíos. Proclamó la
victoria de Ciro y exhortó a sus conciudadanos a volver a Jerusalén. La
excepcional im portancia de su profecía queda revelada en los cuatro
cantos del Siervo Sufriente (Is. 42:1-4, 45:1-6, 50:4-9, 52:13 y 53:12).
El Siervo Sufriente proclam a que, por m edio de los extrem os sufri­
m ientos infligidos al fiel siervo de Dios, llegará la redención final y no
será exclusiva del pueblo elegido, sino para toda la humanidad. El Sier­
vo Sufriente es una especie de Job, salvo que expresa su fe en el propio
pueblo israelita, el cual, por haber soportado duras pruebas, aceptará la
misión de ser testigo de Dios y hará saber a todos los pueblos que deben
obedecer y amar a Dios. La nueva Jerusalén no será un nuevo reino en
la Tierra, porque todos los reinos terrenales están condenados. El nuevo
reino será el reino de Dios. La notable similitud entre el Siervo Sufriente
y la futura enseñanza de Jesús ya ha sido observada por todos los
expertos. Es muy probable que Jesús tomara en consideración algunas
de estas ideas en su propio concepto de sí mismo.
En el Libro de Daniel también pueden verse algunas tendencias uni­
versalistas. Los eruditos actuales convienen en que este extraño libro
fue escrito en realidad en el siglo u, entre 167 y 164 a.C., probablemente
por dos autores que describen hechos del m om ento com o si hubiesen
sido previstos por un escritor del siglo vi. Del libro se inferiría que fue
escrito en la Babilonia del siglo vi, durante la época de Nabucodonosor.
Entre los relatos concernientes a Daniel, contiene los que se afirma que
son profecías acerca de hechos relacionados con Antíoco IV Epífanes y
el periodo transcurrido entre 167 y 164 a.C. Desde el punto de vista de
la cultura israelita, dos partes del libro son particularm ente significati­
vas. Una de ellas es la referencia al papel redentor del Hijo del Hombre
en el Juicio Final (Dn. 7:13-14), que después sería vital para la designa­
ción de Jesús por sí mismo. La segunda parte importante es la que con­
tiene la primera declaración en un texto bíblico que afirma la resurrec­
216 EL ANTIGUO ISRAEL

ción de los m uertos (Dn. 12:2) para su eterna recom pensa o castigo
según el Juicio Final. La doctrina sacerdotal, apoyada por los fariseos,
decía que los seres humanos eran irremisiblemente mortales y que Yahvé
nos da nuestros castigos y recompensas durante nuestra vida.
El Libro de Daniel expresa de m anera conm ovedora la perspectiva
escatológica y la esperanza de la inmortalidad del alma, que fue im bu­
yendo cada vez más el pensamiento judío desde el periodo siguiente al
exilio hasta el siglo i d.C. Creó un ambiente religioso y psicológico que
generaría las condiciones necesarias para la futura aparición de Juan el
Bautista y para las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
La tendencia parroquial, que se desarrolló durante el exilio y después,
es otra característica de la cultura israelita que brotó de la autoprocla-
mada distinción étnica de los judíos y luego la reforzaría. Los desastres
que culminaron en la caída de Jerusalén y en la deportación de un gran
número de judíos influyeron poderosamente sobre esta tendencia. Yahvé
había abandonado y castigado severamente a su pueblo porque no siguió
sus instrucciones y traicionó el berith (pacto). Una vez que Yahvé per­
donó al pueblo elegido y volvió a Sión a protegerlo, los judíos debieron
tener gran cuidado para asegurar la lealtad de él a ellos, y la de ellos a él.
Con este fin, había que codificar con el mayor detalle los deberes religio­
sos y se pediría a los judíos que los observaran estrictamente.
Ezequiel (ca . 638-ca. 570 a.C.) fue el primero en formular esta tenden­
cia particularista. Era miembro de una familia de sacerdotes que, según
la tradición, estuvo entre los primeros judíos que fueron deportados a
Babilonia en 597. Predicó la penitencia y el arrepentimiento de acuerdo
con las profecías que precedieron al exilio. Después de la caída de Jeru­
salén anunció, desde Babilonia, que pasado el castigo un futuro mejor
restauraría a Israel. Para conservar el apoyo de Yahvé prescribió la res­
tauración de un Estado teocrático, que excluyera a extranjeros y no cre­
yentes, con un rígido cumplimiento de todos los ritos.
Las ideas de Ezequiel fueron puestas en práctica por N ehem ías y
Esdras, dos dirigentes religioso-políticos que influyeron poderosamente
sobre la ulterior cultura judía: Nehemías fue un funcionario de alto ran­
go de Artajerjes I Longimano (464-424 a.C.). Después de su primera visi­
ta a Jerusalén, retornó en 445 com o gobernador nom brado por el rey.
Obtuvo autorización para reconstruir las murallas de la ciudad e intro­
dujo una estricta observancia de los ritos tradicionales. Esdras, sumo
sacerdote que tam bién fue nombrado gobernador de Jerusalén por el
rey de Persia A rtajerjes II, reforzó enérgicam ente esta política algún
tiem po después. De acuerdo con las ideas de Ezequiel, Esdras exigió
que las reglas de Nehemías fuesen observadas aún más estrictam ente,
EL ANTIGUO ISRAEL 217

prohibió los matrimonios mixtos, anuló los ya existentes y expulsó de la


comunidad a las mujeres no judías y sus hijos. Estas regulaciones pro­
vocaron una reacción adversa de los samaritanos, entre quienes era fre­
cuente la exogamia. Los samaritanos conservaron la Tora como su libro
sagrado, pero desdeñaron las otras partes de la Biblia.

F. El efecto del helenismo

Desde la época de las ciudades-Estado griegas hasta los reinos helenísti­


cos y la Roma helenizada, la cultura helénica ejerció efectos devastado­
res sobre todas las culturas antiguas, empezando por los mesopotamios
y los egipcios, afectando a los persas y más profundam ente aún a los
judíos. El logos helénico, que sometía los conceptos de objetos y la for­
mulación de ideas a un razonamiento lógico, era irresistiblemente con­
vincente y obligaba a todos los que entraban en contacto con él a incor­
porarlo en su pensamiento. Más adelante la cultura occidental, con sus
normas científicas y tecnológicas, sería igualmente persuasiva.
La helenización de la cultura israelita ocurrió básica pero no exclusi­
vamente en la Alejandría tolomeica, desde donde irradió al exterior. La
tolerancia religiosa en Alejandría bajo los lágidas ofreció terreno fértil a
la influencia griega; los judíos fueron libres de mantener sus creencias y
prácticas religiosas, con algunas excepciones sin importancia. El clima
de tolerancia hizo que los judíos no m ostraran ninguna tendencia en
contra del helenism o y facilitó los intercam bios que extendieron las
obvias ventajas de las formas lógicas de pensamiento.
Muchas fueron las consecuencias de la parcial helenización de la cul­
tura israelita, tres de las cuales m erecen ser m encionadas. La más ra­
dical fue la adaptación de la fe bíblica a las formas de pensamiento helé­
nicas, como en el caso del judío helenizado más notable, Filón de
Alejandría. Otra fue que las ideas griegas — por ejemplo, los conceptos
filosóficos de materia y forma, sustancia y esencia, cuerpo y alma— lle­
garon a im buir las concepciones israelitas. La idea de la resurrección,
que reflejó la influencia de fuentes como Persia (y que la doctrina sacer­
dotal rechazó categóricamente) obtuvo gran aceptación entre los judíos.
Los fariseos la adoptaron junto con el Libro de Daniel durante el perio­
do asmoneo y después. La tercera consecuencia del helenism o fue que
se formó y creció un numeroso grupo de judíos helenizados, particular­
mente entre los judíos de la diáspora. No llegaron tan lejos como Filón,
pero adoptaron el griego por idioma, leyeron el Septuaginta (traducción
griega de la Biblia) y aceptaron reglas de lógica griega como su modo de
218 EL ANTIGUO ISRAEL

pensar. Más ade^nte, serían los discípulos más importantes de la ense­


ñanza de Jesús y de su gradual cambio de una nueva secta judía a una
nueva religión.
La transferencia final de Palestina del régimen tolomeico al seléucida
en 198 a.C. redujo la libertad religiosa de que habían gozado los judíos,
y la desastrosa y brutal política de Antíoco IV Epífanes, quien obligó a
Palestina a helenizarse, sembró una profunda hostilidad contra el hele­
nismo. A sí creció la incom patibilidad entre helenism o v judaism o. La
influencia de las ideas griegas sobre los judíos sufrió una grave derrota
y quedó limitada prácticam ente a los judíos de la diáspora que vivían
en ciudades helenizadas.
La fase asmonea en Palestina hizo resurgir la estricta observancia de
las reglas que habían pedido Nehemías y Esdras, pero tam bién generó
toda una pluralidad de sectas. Entre ellas, la más influyente fue la de los
saduceos, que representaba a las clases más prósperas y al círculo cleri­
cal que controlaba el templo de Jerusalén, y la de los fariseos, que proce­
dían de la clase media culta. Los fariseos formaban una hermandad que
acataba reglas estrictas y que después se desarrollaría independiente­
mente del templo. Los esenios se separaron de los fariseos y practicaron
un ascetism o m inucioso en una organización social com unitaria. Las
sinagogas se volvieron centros de meditación y de instrucción sobre la
Biblia, así en Palestina como en casi todas las com unidades judías de
la diáspora.

G. Las ramas judía y cristiana de la cultura israelita

Nadie que estuviera familiarizado con la cultura israelita que siguió a la


fase asmonea habría podido esperar que ésta tuviera una im portancia
histórica decisiva. Y sin embargo, el hecho más importante de la historia
cultural tardía del antiguo Israel fue el surgimiento de una nueva ver­
sión de ciertos aspectos de la tradición profética que existían desde
antes del exilio. La nueva tradición estaba en armonía con la enseñanza
universalista del Deutero-Isaías, y fue la culminación de las corrientes
escatológicas de la época. Este acontecimiento fue la aparición de Juan el
Bautista y de su sucesor Jesús de Nazaret durante el reinado de Herodes
Antipas.
Está más allá de los límites de este estudio tratar de resumir siquiera
el contenido religioso de la prédica de el Bautista y, después, de Jesucris­
to. Considerando tal acontecimiento desde una perspectiva puramente
sociohistórica, podemos condensar en dos puntos los aspectos básicos
del nuevo m ensaje. En prim er lugar, el deber esencial de los seres
EL ANTIGUO ISRAEL 219

humanos en relación con Dios es amarse unos a los otros sin limitación,
y las intenciones que hay en el corazón de una persona son lo que ver­
daderamente importa, no la práctica de ritos y la obediencia de reglas.
En segundo lugar, el reino de Dios es inminente, y muchos de quienes
aún viven llegarán a verlo. Consiste en el juicio universal de la humani­
dad, de los vivos y de los muertos, en que los justos serán eternamente
salvados y los pecadores no arrepentidos serán condenados por toda la
eternidad.
La vida y la enseñanza de Jesús im presionaron profundam ente a
quienes lo conocieron, tanto por el contenido extraordinario de su men­
saje de amor incondicional como por su ejem plo personal de reunirse
con personas despreciadas y m iserables — indigentes, prostitutas y
publícanos— , así como por su inmensa fama de taumaturgo y los asom­
brosos milagros que se le atribuyeron. Su mensaje y su persona dejaron
una huella indeleble en sus discípulos. Su condenación y muerte hicie­
ron surgir un momento de terrible duda entre sus seguidores inm edia­
tos. La fe absoluta en su resurrección, a juzgar por el episodio de la tum­
ba vacía y las varias ocasiones en que quienes lo vieron afirmaron haber
experim entado su presencia física (Mt. 18:1-20), transform ó entre sus
discípulos la aceptación de sus enseñanzas en una convicción de su
divinidad.
La propagación del mensaje de Jesús, después de consolidada la fe en
su resurrección, siguió un camino que llevó a sus seguidores a convertir­
se de miembros de una secta judía en partícipes de una nueva religión: el
cristianismo. Al principio, la prédica de los Apóstoles se confinó a los
judíos en Palestina. Después de la conversión de Saulo y la notable
misión religiosa que emprendió, predicando una versión helenizada del
mensaje de Cristo, la palabra llegó gradualmente a los judíos heleniza-
dos de la diáspora y luego pasó a los gentiles de varias provincias del
Imperio romano. Sobre todo entre los judíos helenizados, algunos de
Palestina pero particularm ente los de la diáspora, el m ensaje de Jesús
generó la nueva religión cristiana. "C risto" es la palabra griega que sig­
nifica "el ungido", y a los seguidores de Cristo se les llegó a llamar "cris­
tianos".
Al principio, los discípulos exigieron que sus adherentes observaran
la ley judía, incluida la circuncisión, pues creían que el m ensaje de
Jesús, aunque mejorara la religión de la Biblia, retenía su esencia. Pero
quienes no observaban los ritos religiosos judíos se resistieron, por esta
razón, a volverse cristianos. Fue Pablo quien eliminó el requerim iento
de seguir los rituales de la ley judía. Al mismo tiempo proclamó que la
fe de Cristo dejaba atrás la tradición mosaica, porque el Mesías en reali­
220 EL ANTIGUO ISRAEL

dad había venido y era el Hijo del Hombre, aun cuando el sanedrín no
lo hubiese reconocido y, de hecho, lo hubiese rechazado.
Con el cristianismo, la cultura judía se encontró ante dos creencias en
conflicto. El mensaje de Cristo era la formulación últim a y su p rem a de
la dimensión universal de la fe bíblica que habían articulado Isaías, Jere­
mías y en particular el Deutero-Isaías. Por otra parte, la conversión del
Hijo del Hombre en Hijo de Dios era una blasfem ia desde el punto de
vista de la revelación mosaica. La mayoría de los judíos se mantuvieron
leales a la tradición mosaica, si bien aceptó la visión universal cristiana
de Dios. M uchos también aceptaron las enseñanzas de Jesús de amor
incondicional y de que debemos juzgar toda acción con base en las in­
tenciones sinceras, y no en si esa acción simplemente se atiene a la letra
de la ley.
Con el transcurso del tiempo, la cultura israelita contribuyó a la for­
mación del Islam, otra gran religión monoteísta cuyo efecto sobre la his­
toria sería profundo. Sin embargo, la religión judía ha persistido hasta
nuestra época, junto con el sentimiento de una nación judía. Para algu­
nos judíos, tam bién existe una etnicidad judía específica. Desde la
Inquisición medieval hasta el holocausto de Hitler, el judaism o ha esta­
do expuesto a incontables persecuciones. A comienzos del siglo xx llegó
a quedar dividido entre las form ulaciones ortodoxa, conservadora y
liberal, y la idea de poseer su propio territorio como m oderno Estado
independiente volvió a surgir y se consumó. El m oderno hum anism o
judío que imbuyó los altos niveles de la cultura occidental desde finales
del siglo xvm brotó de la antigua cultura israelita.3 Después de la segun­
da Guerra M undial, obligó a las naciones de Occidente a com prender
que el mensaje cristiano, en lo mejor que tiene, es idéntico al contenido
universalista de la fe judía en sus m ejores facetas, com o tan bien lo
expresó Eric Kahler.4

4. LOS ORÍGENES

A. Las emigraciones patriarcales

Es rem oto y oscuro el origen de los hebreos como tribus pastoriles


nómadas en el norte de Mesopotamia. Acaso vivieran en las llanuras de

3 Cf. Julius Guttmann, Philosophies of Judaism, Nueva York, Holt, Rinehart and Winston, 1964,
particularmente la parte tu.
4 C f Eric Kahler, Man the Measure, Nueva York, George Brasiler, 1961; y The Jews Among the
Nations, Nueva York, Transaction Books, 1989.
EL ANTIGUO ISRAEL 221

Padan-Aram. Según el Antiguo Testamento, Táraj, su hijo Abram con su


esposa Sara y el sobrino de Abram, Lot, salieron de Ur de los caldeos en
dirección de Canaán, y se detuvieron por primera vez durante un tiem­
po en Harán, donde murió el padre de Abram. Entonces, Abram pasó a
Canaán, donde Yahvé le dio el nombre de Abraham. Después de algún
tiempo, por causa de una ham bruna, se trasladó a Egipto, pero luego
volvió a Canaán a quedarse, y allí m urió a la edad de 175 años (Gén.
11:31-32, y Gén. 25:7-11).
Eruditos actuales5 creen que el relato del Antiguo Testam ento tiene
alguna base histórica, aun cuando expresa una narrativa ulterior de tra­
diciones antiguas que probablemente se transmitió en forma de poesía
oral. Patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob originalmente fueron jefes
de tribus, a quienes se dieron los nombres de las tribus de las que des­
cendían. Habían estado merodeando por Canaán desde el siglo xix a.C.
Es posible que algunas o todas estas tribus fueran los apirus que inva­
dieron Canaán en el siglo xiv a.C. Algunos de los primeros nómadas he­
breos en Canaán se encontraban en una etapa pastoril relativam ente
avanzada y m antenían relaciones com erciales con los canaanitas allí
establecidos y con los egipcios. El hambre y otras circunstancias obliga­
ron a algunas de estas tribus a emigrar a Egipto a com ienzos del siglo
xvm a.C., cuando la dinastía de los hicsos em pezaba a consolidar su
territorio, tal vez durante el reinado de Yaqoub-Mar. La historia de José
está relacionada con estas migraciones.

B. Las actividades fundadoras de Moisés

La guerra de liberación que los príncipes tebanos iniciaron contra los


hicsos cambió radicalmente la situación de los hebreos en Egipto. Como
se les consideró aliados de los hicsos, cuyas características étnicas com ­
partían, los hebreos ya no fueron huéspedes de honor y quedaron redu­
cidos a una condición servil. Su servidum bre en Egipto duró varios
siglos: el Antiguo Testamento menciona 430 años (Ex. 12:40). Probable­
m ente por la época de Ramsés II, M oisés encabezó a los hebreos de
Egipto hacia la tierra prometida de Canaán, después de una larga per­
manencia en el desierto del Sinaí.
Las revelaciones hechas a Moisés en el monte Sinaí en el siglo xn a.C.
constituyen el fundamento de la cultura del antiguo Israel. Los princi­
pales rasgos de esta cultura han sido indicados previamente. Para com-
5 Cf. William F. Albright, Frow Stone Age ¿o Christianity, particularmente el capítulo ív, Nueva
York, Doubleday Anchor Books, 1957.
222 EL ANTIGUO ISRAEL

prender los orígenes de la antigua Israel, es im portante saber que las


revelaciones hechas a Moisés y toda la obra del patriarca unificaron só­
lidam ente un conglom erado de tribus que habían estado apenas re­
lacionadas por su sentim iento de una etnicidad y unos antepasados
comunes y porque compartían la misma cultura. La nueva unidad ins­
pirada por M oisés se fundam entó en un monoteísmo trascendente: la
creencia religiosa en la deidad única y suprema sostenida en común por
todas las tribus, y la convicción compartida de que un acto de gracia de
Yahvé había hecho de los hebreos su pueblo elegido por un pacto entre
él y ellos. El pacto con Dios y las regulaciones relacionadas con él y que
M oisés reveló son la base sobre la cual se fundó una nueva realidad
histórica. Un pueblo generó el núcleo de una religión que lo reconfi­
guró como nación dotada de una misión universal y de la confianza en
que, com o parte del trato, Dios la protegería como su pueblo elegido
y aseguraría las condiciones necesarias a fin de que cumpliera la misión
asignada.
Pese a la decisiva importancia del berith mosaico, el proceso de con­
vertir a un grupo de tribus laxamente unidas en una sola nación requi­
rió largo tiempo. Según la tradición, Moisés tuvo que seguir inspirando
la fe en Yahvé entre los hebreos por el resto de su vida, hasta que
m urió en los límites de Canaán. A su vez, la ocupación de Canaán fue
un proceso prolongado. Cruentas batallas que incluyeron la práctica
brutal del "h ere m "6 alternaron con diversos procedim ientos pacíficos,
como largas treguas, alianzas, exogam ia e intercam bios com erciales y
culturales.
Las tribus hebreas, concebidas como 12 en número, a menudo lucha­
ron entre sí. Rara vez com batieron unidas como un solo ejército. Judá,
por otras razones, se unió después a la Liga Israelita. Sólo ante la am e­
naza de ser com pletam ente subyugados por los filisteos decidieron
som eterse a un solo mando, que en adelante los guiaría. Como prim er
rey eligieron a Saúl. En lo político y psicológico, antes del exilio los
israelitas nunca estuvieron perfectamente unidos porque siempre, bajo
la superficie, había asomado la división entre norte y sur. El resultado
final de esta hostilidad fue la form ación de dos reinos separados y en
competencia.
Por último, el rey David unificó el antiguo Israel para formar una sola
nación pese a elementos residuales de división. La fe mosaica fue el fac­
tor central de dicha unificación. Sin embargo, se dio un paso importante
entre la Edad de Bronce temprana y los comienzos de la Edad de Hie-
6 El "herem " era el primitivo ritual semítico de total exterminio de un pueblo vencido, como
sacrificio sagrado al dios del vencedor.
EL ANTíGUO ISRAEL 223
rro, cuando unas tribus sem inóm adas se convirtieron en un pueblo
sedentario y la cultura pastoril evolucionó hasta convertirse en una civi­
lización avanzada.

5. E l d e s a r r o l l o

A. Fases principales

El desarrollo del antiguo Israel fue un proceso político y cultural influi­


do por las condiciones internacionales que prevalecieron en el M edio
Oriente desde el reinado de David (1000-961 a.C.) hasta la conquista de
Jerusalén por Pompeyo en 63 a.C. En lo interno, Israel fue influido por
las vicisitudes del reinado salom ónico y de sus dos estados sucesores:
los reinos de Israel y Judá. Durante ese periodo de su historia, Israel
hubo de enfrentarse a una circunstancia sumamente compleja: la dialéc­
tica interna de las características, los requerimientos y las consecuencias
de una m onarquía centralizada en las condiciones del antiguo Medio
Oriente, y las características, los requerimientos y las consecuencias de
la fe judía.
Bajo estas influencias internas y externas, el antiguo Israel se desarro­
lló durante fases sucesivas que se caracterizaron por dos tendencias
opuestas: una tendencia de la autonomía política de Israel a declinar,
hasta que terminó con el exilio, fue acompañada por una tendencia de
la visión religiosa de Israel a crecer y mejorar, que culminó en los escri­
tos del Deutero-Isaías.
En contraste con casi todas las demás civilizaciones, no podem os
hablar de las fases de la decadencia de Israel en el sentido estricto de la
palabra cuando nos referim os a su pérdida de independencia, ya sea
que tengamos en mente la primera caída de Jerusalén en 587 a.C. o su
segunda caída en 70 d.C. La razón de ello es que la civilización de Israel
sobrevivió independientem ente del Estado de Israel, lo cual significa
que Israel se resistió a ser absorbido por la civilización helénica. Pero
Israel tam bién hizo nuevas contribuciones im portantes, tanto por la
transformación de uno de sus segmentos en una cultura cristiana como
por medio de su ulterior forma talmúdica.
El desarrollo del antiguo Israel pasó por cuatro fases principales: 1) el
reino unido, desde David hasta Salomón; 2) los reinos sucesores de Judá
e Israel; 3) el periodo del exilio y su secuela, y 4) el periodo helenístico.
224 EL ANTIGUO ISRAEL

B. El reino unido

La im portancia particular del reino unido yace en el hecho de que


durante ese periodo aparecieron por vez primera varios de los principa­
les factores que influyeron en el desarrollo de la civilización del antiguo
Israel.
Los israelitas reconocieron la necesidad de tener un solo general per­
m anente, que tam bién sería su rey ungido, el representante de Yahvé.
Ante los reinos centralizados de sus vecinos, cuyos ejércitos perm anen­
tes estaban bajo un mando unificado, los israelitas se vieron obligados a
adoptar una organización similar, sim plem ente para sobrevivir. Sin
embargo, una vez que su aparato defensivo alcanzó un nivel de eficien­
cia confiable, se convirtió en instrum ento de conquista y perm itió a
David construir un im perio que abarcó toda Palestina. La República
rom ana es otro ejem plo de este proceso: cuando Roma tuvo la fuerza
militar necesaria para resistir a Aníbal y finalmente derrotar a Cartago,
la República se convirtió en el Imperio romano.
El reino israelita alcanzó su más alto nivel de eficiencia política y
adm inistrativa en tiem pos de Salomón. Pese a los m odestos recursos
hum anos y naturales de Israel, el reino de Salom ón constituyó una
potencia importante en la región. La decadencia de Egipto bajo Ramsés
IV y la prolongada inmovilización de Asiria habían dejado un relativo
vacío de poder durante esa época. La hábil diplomacia de Salomón y su
política de alianzas por medio de matrimonios resultó muy eficaz, pues
llevó gran prosperidad al reino y le proporcionó a su rey una m agnifi­
cencia oriental que acaso satisficiera su gusto personal.
El resultante Estado, eficiente, centralizado, autoritario, secular y
ostentoso, no era congruente con los mandamientos de Yahvé. El repre­
sentante de Yahvé en la Tierra no podía ser un pragm ático hombre de
poder, un soberano absoluto que siguiera sus propias inclinaciones,
actuando a menudo sin pensar en la santidad y permitiendo que miem­
bros de otras religiones las practicaran aunque sólo fuese por razones
de conveniencia diplomática. Hubo agudas e inevitables fricciones en­
tre los requerimientos de la eficiencia política y militar, en que eran inevi­
tables los abusos, y las exigencias de un orden social que siguiera los
dogmas religiosos de la fe m osaica, en que las reglas eran inevitable­
mente vulnerables a las consecuencias empíricas.
Estas contradicciones continuaron causando un efecto pernicioso
sobre el Estado israelita desde el reinado de Salom ón y a través de los
reinos sucesores y las subsiguientes formas de organización política. La
principal consecuencia de estas contradicciones fue que hicieron casi
EL ANTIGUO ISRAEL 225

imposible para los israelitas combinar su desarrollo político con su des­


arrollo religioso y cultural en general. El avance de un tipo de desarrollo
produjo la decadencia del otro.

C. Los reinos sucesores

Los reinos sucesores de Israel y Judá heredaron las contradicciones polí­


ticas y religiosas surgidas en tiempos de Salomón a consecuencia de sus
propios triunfos políticos. Continua crisis de legitim idad y trágicos
hechos internacionales afectaron a Israel, y Judá tuvo que pagar un alto
precio a grandes potencias extranjeras para m antener un m ínim o de
independencia.
La principal diferencia entre la situación a la que se enfrentaron los
dos reinos y aquella encarada por el reino que había estado unido bajo
Salomón, fue que llegó a su fin el relativo vacío de poder en el ámbito
internacional. Asiria recuperó su independencia y su poder bajo Asu-
dán (935-913 a.C,) y gradualmente fue formando una m aquinaria m ili­
tar más poderosa, que iría m ucho más lejos de lo que nunca llegó
durante el segundo milenio. Una sucesión de grandes y capaces reyes,
desde Salm anasar III (859-825 a.C.) hasta A surbanipal (669-627 a.C.),
extendieron el Imperio asirio por el oeste y el sur, absorbiendo a Siria-
Palestina y por último al propio Egipto.
Los divididos principados sirio-palestinos, incluidos a los reinos en
competencia de Israel y Judá, fueron incapaces de organizar una resis­
tencia contra la terrible máquina de guerra de los asirios. Cuando Acab
de Israel se unió al rey A dad-idri de Damasco y al rey Irchulini de
Hamath para formar una alianza defensiva, lograron contener el avance
de Salm anasar III en la batalla de Qarqar en 853 a.C. Un régimen de la
unión palestina quizá habría podido detener a los asirios, pero sólo
durante un tiempo, pues una contención perm anente habría requerido
la formación de un imperio centralizado aún más poderoso, como des­
pués ocurriría en el caso de Persia. Por separado, la única alternativa a
la absorción total fue, para los palestinos, una política de vasallaje y tri­
buto. Esa política, si no siempre seguida, fue adoptada predom inante­
mente por Judá, y dio por resultado ima más larga vida independiente
del reino. En cambio, esa misma política exacerbó las contradicciones con
los requerim ientos religiosos del yahvisino, como en los críticos casos
de M anasés (687-642 a.C.) y de Amón, bajo Esajardón (681-670 a.C.) y
Asurbanipal (669-627 a.C.) de Asiria.
Los profetas anteriores al exilio fueron hombres extraordinarios, pro-
226 EL ANTIGUO ISRAEL

fundamente imbuidos de la fe yahvítica. Respondiendo a las contradic­


ciones que había entre la política y la religión, m uchos de ellos com ­
prendieron los peligros de la agresión asiria y vieron en el enemigo un
instrum ento de Yahvé para castigar la infidelidad de los israelitas.
M ientras que los reyes trataron de aplacar a las grandes potencias to­
mando en matrimonio a sus princesas y tolerando el culto a sus dioses,
los profetas vieron en tales prácticas los pecados que estaban causando
la ira de Yahvé. Según Isaías, el rey debió poner su fe en Yahvé y permitir
que él destruyera al enemigo, en lugar de confiar en sus murallas y sus
ejércitos.
A decir verdad, las condiciones internacionales prevalecientes en el
M edio Oriente dificultaron enorm em ente la existencia de un Estado
yahvítico. Había surgido el nuevo Im perio asirio, al que seguirían el
periodo de la hegemonía babilónica, el Imperio persa, los reinos hele­
nísticos y, por último, el duradero Imperio romano. Después de la pri­
mera caída de Jerusalén, dejó de ser viable la existencia de un Estado
judío. La única solución para que la civilización israelita continuara des­
arrollándose era concebir una cultura israelita sin un Estado.

D. La fase del exilio y la fase posterior

Adem ás de su florecimiento cultural y religioso, el exilio y el periodo


que lo siguió fueron im portantes para el desarrollo de la civilización
israelita porque representaron el primer experimento en la conservación
y el desarrollo cultural de esa civilización sin un marco nacional.
Durante el cautivero babilónico, los profetas dejaron de anunciar que
era inm inente el castigo por los pecados de los israelitas y em peza­
ron a expresar su confianza en la clem encia de Yahvé, ya que su pue­
blo había soportado grandes padecim ientos. Los hechos culturales y
religiosos que ocurrieron también estuvieron im buidos de espirituali­
dad, y el Deutero-Isaías llevó la fe de Moisés a su nivel más alto y uni­
versal.
Bajo un benigno régimen persa, el periodo siguiente al exilio se carac­
terizó por las regulaciones restrictivas de Nehemías y Esdras, que repre­
sentaron un retroceso desde la posición abierta y universalista de los
profetas y del Deutero-Isaías antes del exilio. Pero ese periodo también
representó el primer intento de organizar una sociedad religiosa autóno­
ma que no estuviese apegada a su propio Estado independiente. La solu­
ción descubierta por Nehem ías y por Esdras persistió durante mucho
tiempo. La comunidad judía, por entonces predominantemente concen­
EL ANTIGUO ISRAEL Til

trada en Palestina, se organizó de acuerdo con la regla de estricta obser­


vancia de sus regulaciones religiosas bajo la guía de sus sacerdotes.

E. La fase helenística

El m ayor desafío al m antenim iento de la identidad judía fue la larga


exposición de la civilización israelita a la cultura helenística que com en­
zó con la conquista de A lejandro, en particular cuando Palestina se
som etió al régim en, religiosam ente tolerante, de los lágidas. El logos
helénico, que sometía las concepciones de los objetos y la form ulación
de las ideas al razonamiento lógico, era — como dijim os— irresistible­
mente convincente y ejerció un efecto devastador sobre las culturas del
antiguo M edio O riente, incluida la de los israelitas. Los jud íos de la
diáspora, en particular los de Alejandría, y un sector de los judíos pales­
tinos se vieron som etidos a un extenso proceso de helenización más o
menos profundo.
La creciente tolerancia mostrada por los seléucidas llegó a su fin con la
imposición coercitiva de la helenización por Antíoco IV Epífanes (215­
163 a.C.). Sus severas medidas causaron un gran resentimiento contra los
griegos, particularmente en Palestina. La revuelta de los Macabeos esta­
lló en 168 a.C., y la dinastía asmonea inició su reinado en un territorio
que, aproximadamente, abarcaba las mismas fronteras de Salomón. Para
fines prácticos, tal fue la independencia para todos los israelitas.
La fase asmonea representa el segundo y último experim ento de los
israelitas en materia de autogobierno, aun cuando tuviesen un Estado
prácticam ente independiente. A diferencia del reino de Salom ón, su
Estado no era secular, sino teocrático. Después de que Jonatás Macabeo
expulsó de Judea al ejército de Baquides en 158 a.C., sucedió a su her­
mano Judas como com andante de los israelitas contra los sirios y asu­
mió las funciones de sumo sacerdote. Al sucederlo Simón Macabeo, esa
función se volvió hereditaria en la familia. M ás adelante, A lejandro
Janeo (102-76 a.C.), nieto de Simón, se arrogó el título de rey al asumir
las funciones de sumo sacerdote.
A pesar de todo, los asmoneos no lograron organizar una teocracia
estable. En el plano político, la dinastía asmonea fue severamente debili­
tada por luchas de familia. Simón fue asesinado por su cuñado en 135
a.C. El resultante conflicto entre sus nietos, A ristóbulo I y Alejandro
Janeo, y la continuación de esa lucha en la guerra civil entre los dos hijos
de este último, Hircano II y Aristóbulo II, allanaron el camino a la inter­
vención romana y a la conquista de Jerusalén por Pompeyo en 63 a.C.
228 EL ANTIGUO ISRAEL

En el ámbito religioso/la dinastía asmonea no logró m antener la uni­


dad entre los israelitas, divididos en dos grandes sectas. Los saduceos,
que predominaron al principio, representaban a las jerarquías más ele­
vadas de la sociedad y a la tradicional aristocracia sacerdotal. Los fari­
seos, representantes de la clase media educada, se sentían com prom e­
tidos con la estricta observancia de la ley.
El periodo asmoneo duró cerca de un siglo a pesar de su fragilidad
política y de los conflictos sectarios que lo agitaron. Como antes lo hicie­
ran Nehemías y Esdras, contribuyó a forjar las ulteriores corrientes reli­
giosas de los israelitas. Los fariseos llegaron a prevalecer e impusieron
un modo de practicar la fe de Moisés que estuviera en estricto acuerdo
con el Talmud. La estricta regulación del judaism o instaurada por los
fariseos estuvo marcadamente imbuida de sentimientos antihelénicos, y
las sinagogas como lugares de meditación y enseñanza adquirieron cre­
ciente importancia a expensas del anterior monopolio que sobre la reli­
gión había tenido el templo. Se crearon así algunas de las condiciones
im portantes para la futura bifurcación entre cristianism o y judaism o,
como la incompatibilidad entre los judíos helenizados y el judaismo, la
cual hizo que los primeros abandonaran los ritos judíos y se orientaran
hacia la naciente religión cristiana.
Sólo muchos siglos después, un lejano y reformulado brote de hele­
nism o, o sea la Ilustración, fue capaz de inducir a la élite intelectual
judía a superar los tradicionales sentim ientos antihelénicos para dar
paso al humanismo judío moderno.6

6. El d e s p l o m e p o l ít ic o

A. La vía romana

El dominio romano sobre Palestina a fines de la República y comienzos


del Imperio adoptó una forma tolerante y benigna, pese a los abusos de
funcionarios oficiales o recabadores de impuestos. El propósito básico
de Roma era mantener a Judea bajo su dependencia política y su control
militar, y extraerle tributos. Durante largo tiempo, Roma prefirió ejercer
la mayoría de estas funciones — salvo la militar— por medio de dirigen­
tes locales, cuya confiabilidad quedaba fortalecida porque dependían
del apoyo romano. Los herodianos gobernaron así Judea desde 41 a.C.
hasta la rebelión de los celotes en 66 d.C., lo que dio al país un amplio
m argen de autonomía local, aunque su autonom ía se fragm entó des­
pués de la m uerte de Herodes el Grande. La cultura y la religión roma-
EL ANTIGUO ISRAEL 229

ñas eran muy tolerantes, y aceptaban como legítimas las culturas y reli­
giones de otros m ientras no chocaran con los intereses y el régim en
romanos.
A finales de la República y comienzos del Imperio, la cultura romana
significaba esencialmente el derecho romano, las prácticas adm inistrati­
vas romanas y el dominio militar romano. También se im puso el latín
como lengua oficial y el helenismo como dimensión suprema de la civi­
lización. Un legado del helenismo fue la tolerancia religiosa, expresada
en un politeísm o ritualista combinado con una profunda superstición
mágica para las m asas, con el orfismo y otros cultos de los m isterios
para quienes se inclinaban a lo m ístico, y con el estoicism o filosófico
para la gente culta.
Dentro de esa perspectiva, el modo romano de vivir y de hacer las
cosas, en que la cultura de la clase superior era la helénica, fue conside­
rado un privilegio al que los extranjeros podían ser admitidos por selec­
ción después de ser debidamente romanizados y helenizados. Las con­
sideraciones raciales eran secundarias, pues el proceso de romanización
era esencialm ente cultural y político. Por consiguiente, ni la rom aniza­
ción ni la helenización fueron impuestas por la coacción hasta m ucho
tiempo después. Ser romano era una recompensa, no un deber. Por con­
siguiente, dado que la religión judía era un culto religioso, una manera
entre muchas otras de relacionarse con los dioses, no sólo fue permitida
como religio licita , sino que quedó exenta del culto al em perador de
acuerdo con el ritual romano. Desde los días del Im perio tem prano, al
judaism o se le otorgó esta categoría a cambio de sus diarias plegarias
por el emperador en sus propios ritos.

B. La destrucción del segundo templo

Sin embargo, después de la muerte de Herodes la situación de Palestina


sufrió profundos cambios. Las dificultades habían empezado a finales
de su reinado, con luchas de familia y la com petencia por la sucesión
entre los muchos hijos tenidos en sus 10 matrimonios. Enfermo de escle­
rosis en sus últimos días, Herodes se volvió cada vez más desconfiado y
temeroso de conspiraciones, reales o imaginarias, de sus hijos. Sus dos
favoritos, los inicialmente elegidos para heredar el reino que sería divi­
dido después de su muerte, fueron ejecutados en 6 a.C. Antipater, otro
de sus hijos preferidos, fue muerto dos años después.
Augusto había sido amigo de Herodes, pero después le disgustaron
su violencia y brutalidad. A la m uerte de Herodes en 4 a.C., A ugusto
230 EL ANTIGUO ISRAEL

aprovechó la oportunidad para reducir el poderío político del reino de


Herodes, con el pretexto de cumplir su última voluntad. Antipas recibió
el gobierno de Galilea y de Parea; Filipo el de G aulanitis, Traconitis,
Batanea y Pañis, y Arquelao el de Judea, Idumea y Samaria. Los dos pri­
meros hijos incorporaron el nombre de Herodes al suyo, como nombre
dinástico.
Sin em bargo, la situación en Jerusalén fue de profunda inquietud
después de la muerte de Herodes. Hubo motines contra "lo s griegos"
que ocupaban altos puestos y, con el transcurso del tiempo, aumentó la
oposición a Herodes Arquelao. Después de que se deterioró gravemente
la posición de éste, una embajada que representaba a los judíos y otra
que representaba a los samaritanos declararon unánimemente su prefe­
rencia por el gobierno directo de Roma, a condición de conservar su
libertad religiosa. En 6 d.C., Augusto convirtió a Judea en provincia
romana, bajo un procurador imperial. Arquelao fue desterrado a Viena,
en la Galia Narbonensis.
A la larga, la introducción del gobierno romano directo en Judea tuvo
consecuencias muy negativas, sobre todo en la muy sensible ciudad de
Jerusalén. Tres factores, concentrados básicamente en Jerusalén, exacer­
baron la situación social de Judea. Uno de ellos fue social, relacionado
con los conflictos sectarios entre los saduceos, de clase alta, y los fari­
seos, de clase media. En el marco de una situación económica general­
mente pobre, los judíos más menesterosos pugnaban por la redistribu­
ción de la tierra, si no por la instauración del " com unism o" de los
esenios, que se apoyaba en textos del Antiguo Testamento. Sin embargo,
los terratenientes y la nobleza sacerdotal encontraron protección en el
gobierno de Roma y en el derecho romano.
El segundo factor fue la creciente hostilidad a los romanos y su hele­
nism o. De hecho, los rom anos la provocaron con algunas desastrosas
iniciativas. En 40 d.C. habían levantado una estatua deificada a Calígula
en Javnis. C uando los judíos la destruyeron, Calígula se resolvió a
imponer el culto del emperador y a levantar una nueva estatua colosal.
Estos actos habrían anulado la tradicional exención concedida a los
judíos en lo tocante al culto al emperador. El gobierno tolerante y benig­
no que había caracterizado la política romana desde Pom peyo y César
hasta Augusto dejó de existir. Al adoptar Calígula estas severas y repre­
sivas m edidas, se intensificó la incompatibilidad psicológica y cultural
entre los romanos y la población helenizada, por una parte, y los judíos
ortodoxos, por la otra. Esto llegó a remplazar la que fuera una tolerancia
benigna de los gobernantes y una conform idad pragm ática de los go­
bernados.
EL ANTIGUO ISRAEL 231

En este clima social, los fariseos fueron identificados con la cultura y


las aspiraciones nacionales. AI seguir exacerbándose las tensiones socia­
les, los celotes, grupo de fanáticos radicales, adquirieron una influencia
creciente y pronto engrosaron sus filas. Un grupo todavía más violento,
el de los sicarios, empezó a practicar la represalia directa, asesinando a
aquellos judíos cuya posición conciliadora consideraban una traición al
judaismo.
En esta situación potencialm ente explosiva, entre 64 y 66 d.C. el
gobernador Albino trató de pacificar el país con una política de modera­
ción y reconciliación. Los estudiosos siguen preguntándose si semejante
política habría podido evitar la revuelta general que estaba a punto de
explotar en Palestina, porque Albino fue despedido en 66 d.C., acusado
de corrupción. Tomó su lugar el gobernador Gesio Floro, partidario de
la línea dura. Después de los esfuerzos de reconciliación hechos por
Albino, el intento de Gesio Floro por imponer su dominación sin tener
una presencia militar lo bastante poderosa en territorio palestino provo­
có una rebelión general. Las clases altas de Judea habían intentado evi­
tar la rebelión porque sabían que, dentro dei vigoroso Imperio romano,
aún en expansión, no podrían repetir el triunfo de los Macabeos, que se
habían enfrentado al decadente reino seléucida.
Después de una larga lucha, los rom anos suspendieron toda acción
militar durante el periodo de política indefinida que siguió a la caída de
Nerón en 68 y a su difícil sucesión. Por último, Vespasiano ordenó que
la rebelión fuese sistemáticamente aplastada. Investido de la dignidad
de emperador, permitió que su hijo Tito completara la subyugación de
los rebeldes con la conquista de Jerusalén y todas las fortalezas judías
restantes.
Una vez que Tito se aseguró el dominio completo de Judea, restauró
la libertad religiosa de los judíos m ientras m antenía sobre ellos un
estricto control militar. Sin embargo, había ocurrido algo irreparable: se
habían convertido en una provincia romana m ilitarm ente dom inada.
Los israelitas habían perdido no sólo la posesión de un Estado indepen­
diente, igual que ocurriera con Nabucodonosor, sino también el razona­
ble m argen de autonom ía local de que habían gozado bajo los hero-
dianos. Un último intento — hecho casi un siglo después por el dirigen­
te populista Barcoquebas— de llamar a un levantam iento general tan
sólo exacerbó la marginación política de los judíos. También hizo que la
población fuese terriblemente diezmada. Durante largo tiempo, se pro­
hibió a los judíos entrar en Jerusalén, que se convirtió en la ciudad gen­
til de Elia Capitolina.
El judaism o, reaccionando a tan adversas condiciones, evolucionó
232 EL ANTIGUO ISRAEL

hasta convertirse en una religión sin Estado. La segunda caída de jeru-


salén y el surgim iento del cristianism o, inicialm ente com o otra secta
judía y después como la nueva religión de los pueblos helenizados del
mundo antiguo, incluidos los judíos helenizados y los gentiles converti­
dos, consolidaron el judaismo talmúdico como versión actualizada de la
fe mosaica, minuciosamente regulada y rodeada por rituales estrictos.
El fariseísmo pasó a ser el judaismo talmúdico incorporando en su cuer­
po de doctrinas la fe en la inmortalidad del alma y en la resurrección el
día del Juicio Final. Una gran religión albergó la cultura judía y protegió
su identidad durante todos los siglos que vivió dentro de una cultura
occidental surgida del judaismo profético en las condiciones sociocultu-
ralcs de la Antigüedad tardía helenizada. La hostilidad entre el helenis­
mo y el judaism o, que tan profundam ente caracterizó a la Palestina
rom ana, persistió como anim osidad entre cristianos y jud íos durante
toda la Edad Media hasta culminar en los horrores de la Inquisición.
Con la Ilustración, el dogmatismo y el sectarismo declinaron por todo
el mundo occidental. En el ambiente cultural de Occidente, los pensado­
res judíos pudieron revisar sin prejuicios el legado helénico. A la vez, la
Reform a y sus versiones ilustradas del siglo xvm, que hicieron surgir
la teología protestante liberal del xix, abrieron los espíritus de Occidente
a las aportaciones de la tradición del Antiguo Testamento. Las condicio­
nes ya eran propicias para el surgimiento de un hum anism o filosófico
com ún a judíos y cristianos. Aunque el holocausto de Hitler reabrió el
abism o de la m aldad hum ana, no pudo im pedir que personas cultas,
tanto judías como cristianas, convergieran en el humanismo. Afirmaron
su fe común en la dignidad de los seres humanos y en el valor supremo
de la gran tradición ética que tenía sus raíces en la filosofía griega, en la
revelación mosaica y en el mensaje cristiano del amor universal. Martin
Buber y Karl Jaspers, para m encionar a dos sobresalientes pensadores
de raíces judías y cristianas, ilustran esa corriente.
Como tan bien lo ha dicho Eric Kahler,7 lo extraordinario de la cultu­
ra judía es que ha logrado conservarse históricamente porque sus ritos y
prácticas tradicionales, que en sí mismos no tienen un significado racio­
nal, les sirvieron como escudo que protegió el mensaje esencial de la fe
judía, mientras la validez universal de ese mensaje prestó su dignidad a
tales ritos y prácticas.

7 Cf. Eric Kahler, The Jews Ántong theNations, op. cit.


EL ANTIGUO ISRAEL 233

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VI. P E R SIA

1 . In t r o d u c c ió n

A. La tierra

La antigua civilización persa surgió en la meseta iraní. Desde allí, irra­


dió por el oeste hacia el valle de Mesopotamia y por el este hasta los ríos
Oxus e Indo. Por el norte estaba limitada por los mares Caspio y Negro,
y al sur por el M editerráneo, el desierto de Nubia al sur de Egipto, el
desierto de Arabia y el Golfo Pérsico.1
La meseta iraní es un triángulo situado entre el Golfo Pérsico al sur y
el mar Caspio al norte. Forma un puente entre Asia central y Asia occi­
dental que une las estepas del interior del continente con la meseta de
Asia M enor y más allá, hacia Europa. El triángulo está lim itado por
m ontañas que se elevan en torno de un desierto central, el lecho de lo
que en un tiempo fue un mar.
A lo largo del eje que corre del mar Caspio al Golfo Pérsico, la cordi­
llera del Elbruz constituye el límite septentrional: su pico más alto, el
monte Demavend, tiene 5 700 metros de altura. Los montes del Luristán
se elevan en sus límites central y central-m eridional. A lo largo del eje
que va de Bagdad al m ar Caspio, los m ontes Zagros m arcan el lím ite
occidental, m ientras el monte Demavend y el m ar Caspio form an su
límite nororiental. En la parte central de la meseta se encuentra un gran
desierto, una de las regiones más áridas del mundo.

B. Los pueblos

Por la época de la glaciación de Würm, la meseta iraní pasó por un


periodo de abundantes lluvias durante el cual hasta los más altos valles
quedaron bajo el agua. La parte central de la meseta, que hoy es el gran

1 Persia e irán, aunque empleados como sinónimos, podrían distinguirse, aplicando "Persia" a
la meseta, e "irán" o la "región iraní" al cúmulo de pueblos que hablan la lengua iraní (sogdienses,
bactrianos, etc.), que se extienden desde el norte del Cáucaso hasta las estepas de Siberia y las fron­
teras de China.

234
PERSIA 235

desierto salado, era un inmenso lago alimentado por muchos torrentes


de montaña.
Entre 15 000 y 10 000 años atrás hubo un cambio gradual de clim a, y
a las lluvias torrenciales siguió un periodo de sequía. Durante este pe­
riodo, un pueblo paleolítico cavernícola vivió de la caza y de la reco­
lección de raíces; ya se había desarrollado una alfarería prim itiva. Las
m ujeres em pezaron a aum entar su abasto alim entario gracias a sus
prim eros esfuerzos por establecer una agricultura. La preem inencia
de las mujeres durante el M esolítico iraní parece haber producido un
sistem a fam iliar m atrilineal. El asentam iento hum ano m ás antiguo
que se ha identificado, de la época neolítica, se encuentra en Siyalk,
cerca de Kasán, al sur de Teherán.

El Neolítico

El Cercano Oriente es una de las áreas más antiguas del mundo neolíti­
co. Se han descubierto testimonios mesolíticos en sitios de Karim, Sahir
y Sanidar. A sentam ientos neolíticos perfectam ente desarrollados, que
datan de fines del octavo milenio, fueron descubiertos en sitios cercanos
a los montes Zagros en Harme, Saráb, el Alto Ali Kosh y el Alto Gurán.
Cerca de 6 000 a.C., la agricultura de aldea y avanzadas pautas de agri­
cultura habían cundido extensamente sobre gran parte de la m eseta ira­
ní y por las tierras bajas del Kuzistán.
Por largo tiempo, Irán siguió siendo neolítico. Sus edades calcolítica y
de Bronce se desarrollaron en relativo aislam iento durante el m ilenio
siguiente, mientras por el sur los elamitas creaban una civilización urbana
en relación directa — aunque a menudo en conflicto— con M esopota-
mia. Los diversos asentamientos iraníes estaban separados por la acci­
dentada topografía de la meseta y sus culturas paralelas se desarrolla­
ron en aislamiento, pero mantuvieron relaciones com erciales entre sí y
con Elam, su contacto con la civilización y con Mesopotamia.

Las edades de Bronce y de Hierro

En el cuarto milenio y posiblemente en el quinto, una población de raza


desconocida vivió en Susa en una etapa calcolítica. Los m ontes Zagros
fueron poblados por pueblos llamados gutos, lullubienses y kasitas; estos
últimos ocuparon y gobernaron Babilonia desde 1530 hasta 1180 a.C.
Los elamitas, con su centro principal en Susa, desarrollaron una escri­
236 PERSIA

tura pictográfica que fue empleada por su propia lengua — aglutinante,


sin antecesores o sucesores conocidos— y por el acadio. La historia de la
civilización elam ita está directam ente relacionada con M esopotam ia.
Desde de la época de su aparición histórica, a finales del quinto milenio,
hasta que pasaron a formar parte de Asiría, bajo Asurbanipal en 648-640
a.C., los elam itas desempeñaron un papel más o menos im portante en
los asuntos mesopotámicos.
La expansión indoeuropea a partir de su hogar original en el sur
de Rusia ocurrió en dos oleadas históricas. A finales del tercer milenio,
la primera oleada atravesó los Balcanes y el Bosforo, fundó el Imperio
hitita y se mezcló con pueblos asiánicos como los kasitas. La segunda
oleada, ca. 1200 a.C., im pelió a tribus traci-frigias a penetrar en Asia
Menor. Unos pueblos balcánicos conocidos como los pueblos del mar
— frigios, armenios, tracios y micenios— destruyeron el Imperio hitita, y
con gran dificultad fueron expulsados de Egipto por Ram sés III; en­
tonces, se trasladaron a Siria y a Asia Menor. Otra rama de indoeuro­
peos, que una vez habían penetrado en Irán durante el segundo m ile­
nio, volvieron a com ienzos del prim er milenio, en enorm es oleadas
sucesivas. Esta vez no fueron absorbidos por la población asiánica resi­
dente, como ocurriera a los gobernantes de Mitani y a los kasitas. En el
curso de varios siglos, estos emigrantes indoeuropeos se establecieron
como amos de la meseta iraní.

C. La antigua civilización persa

La antigua civilización persa fue resultado de la fusión de los invasores


indoeuropeos con las poblaciones existentes, en su m ayoría asiánicas,
que ya habían experim entado la influencia de otras varias civilizacio­
nes, como la elamita, la mesopotámica y la griega.
Em pezando con la unificación de las tribus medas de Ciajares (625­
585 a.C.) y la ulterior incorporación de Media por Ciro a sus dominios
(550-530 a.C.), la civilización persa pasó por cuatro fases principales: la
aqueménida (550-330 a.C.), la helenística (330-67 a.C.), la parta, que has­
ta cierto punto se traslapó con la helenística (249 a.C .-226 d.C.), y la
sasánida (226 d.C.-642 d.C.).
Durante esos mil años hubo una continuidad básica de las condicio­
nes en que vivía la población. En el periodo aquem énida, se iniciaron
prácticas sociales y administrativas que la época helenística sólo conser­
vó en los campos; los rasgos típicos de las sociedades helenísticas sólo
aparecieron en la cultura urbana y en las formas urbanas de gobierno.
PERSIA 237

La fase parta, aunque siguió influida por sus precedentes helenísticos,


restauró elementos de la anterior tradición aquem énida y preparó los
fundam entos del segundo gran periodo de la civilización persa, ya
anunciado por los sasánidas.
El conflicto de la Persia aquem énida con Grecia y la lucha que los
partos continuaron, primero con los seléucidas y más tarde con Roma, y
luego las pugnas casi continuas entre los sasánidas y Bizancio hicieron
surgir una visión deformada de la antigua Persia entre los autores gre­
corromanos clásicos. Tendieron a oponer la civilización (que para ellos
era la del m undo clásico) a la barbarie de Persia. Ésa fue la idea de
Herodoto, al menos en lo tocante a los campesinos persas. A diferencia
de la versión ateniense de la cultura griega, que se caracterizó por un
sentido básico de igualdad y de una ciudadanía comúnmente com parti­
da, en la antigua Persia, cuya civilización era en esencia aristocrática y
feudal, las diferencias de clase eran profundas e insalvables. No obstan­
te, la civilización de la antigua Persia fue la expresión de un pueblo
sum am ente culto que tenía una refinada com prensión del m undo y
cuya ética se caracterizaba por la justicia y la tolerancia.

2 . S ín t e s is h i s t ó r ic a

A. La fase aqueménida

Los indoeuropeos

La irrupción de los indoeuropeos en Grecia, Asia M enor y M esopota-


mia, entre 2300 y 1900 a.C. aproxim adam ente, se caracterizó por una
terrible destrucción. Algunos documentos mencionan a grupos étnicos
como los hititas, los luvienses y los m itanis como vencedores de las
poblaciones asiánicas y semíticas. Cuando los arios indoeuropeos pene­
traron en la llanura indogangética, ca. 1200 a.C., otros indoeuropeos
em pezaban a asentarse en Persia, Grecia y las islas del Egeo. Algunos
siglos después estaba considerablem ente avanzada la indoeuropeiza-
ción de una vasta zona: la India, la península italiana, los Balcanes y la
Europa central entre los Cárpatos y el Danubio, y la región que va del
Vístula al mar Báltico y el océano Atlántico.
Hoy se conviene, en general, en que el centro originario de los indo­
europeos es la región situada al norte del Mar Negro, entre los Cárpatos
y el Cáucaso. Al norte del Mar Negro, la cultura de los húrganos o túmu­
los se desarrolló entre el quinto y el cuarto m ilenios. En el siguiente
238 PERSIA

milenio, la cultura de los kurganos penetró en Europa central, la penín­


sula de los Balcanes, Transcaucasia, A natolia y el Irán septentrional
(3500-3000 a.C.). En el tercer m ilenio, esos pueblos habían llegado al
norte de Europa, al Egeo y al este del Mediterráneo. Eran los protoindo-
europeos que después serían los indoeuropeos.
El origen de la cultura indoeuropea data del Neolítico. Los indoeuro­
peos eran agricultores y criadores de ovejas y cerdos. Estaban familiari­
zados con los caballos y después los domesticaron. En su mayoría eran
pastores nómadas que vivían en una sociedad patriarcal orientada hacia
la guerra y el saqueo. Son evidentes las distinciones sociales entre los
túm ulos de los nobles y las tumbas de la gente com ún, reflejo de las
diferencias sociales. Había una clase de sacerdotes, además de la clase
guerrera y la de los campesinos.
Los pueblos indoeuropeos hicieron su aparición en Irán durante el
segundo milenio, pero llegaron a predominar durante la Edad de Hie­
rro. Al llegar el siglo ix, los medos y los persas eran los dos principales
grupos de Irán occidental. Los medos se habían dispersado y formaban
un grupo más importante. La introducción de la alfarería gris-negra en
Irán occidental probablemente indique el comienzo de la Edad de Hie­
rro. Durante la Edad de Hierro I, ca. 1300 a.C., los iraníes indoeuropeos
habían penetrado paulatinamente en los montes Zagros. Los habitantes
originales de la meseta intentaron resistir y a menudo pidieron ayuda a
Urartu, Asiría y Elam. La cultura de la Edad de Hierro II (1000-8Ó0 a.C.)
en los Zagros sólo cubrió una región limitada. Al llegar el siglo ix a.C., la
Edad de Hierro III (750-550 a.C.) cubría un territorio mucho más vasto.
Los iraníes extendieron su ocupación en la m eseta, y en el siglo vn y
comienzos del vi a.C. surgió el reino medo.

El reino de los medos y Ciro

Según Herodoto, la unificación de los medos fue lograda por Deyoces


a com ienzos del siglo vn a.C. A los medos, encabezados por el hijo de
D eyoces, Fraortes (ca. 675-653 a.C .), se les unieron los cim erios y los
maneos en su intento de atacar a los asirios. Fueron derrotados y Fraor­
tes perdió la vida. En 653 a.C., los m edos estaban dom inados por los
escitas; Ciajares I los emancipó entre 625 y 585 a.C., aproximadamente,
y unificó a las diversas tribus iraníes, incluso a los persas, bajo su go­
bierno. Los persas se habían establecido en la región de Fars desde el
siglo V IH .
Ciajares estableció una alianza con Nabopolasar de Babilonia y atacó a
PERSIA 239

los asirios. Asur fue saqueada en 614 a.C., y Nínive tomada en 612 a.C.,
aunque la victoria final y decisiva llegó en 609. Los medos ocuparon las
tierras altas asirias y Babilonia las tierras bajas. Después de una guerra
de seis años contra Lidia, un tratado de 585 estableció el río Halys como
frontera entre los dos estados. El Im perio m edo no se basaba en un
gobierno central, sino en un sistema de reyes, todos los cuales eran sus
vasallos. Ciro, uno de estos reyes vasallos, unificó a los persas bajo su
gobierno en 555 a.C. Se rebeló contra Astiajes, rey de los medos, que era
su propio suegro, a quien derrotó y unió a medos y persas bajo su cetro.
Según la tradición, los reyes persas descendían de un antepasado,
Haxamanish o Aquemenes. La línea de descendencia venía de Teispes
hasta Ciro T, Cambises y Ciro II. En menos de veinte años, Ciro II con­
quistó todo el antiguo Oriente: Lidia en 546 a.C. y Babilonia en 539 a.C.
La única potencia restante, Egipto, fue conquistada por el hijo de Ciro,
Cambises (530-522 a.C.). El triunfo de los persas puede atribuirse a una
combinación de capacidad militar superior con el trato magnánimo que
daban a los pueblos conquistados, cuya cultura y costumbres respeta­
ban. En Babilonia, Ciro liberó a los judíos y rindió homenaje a Marduk
proclamándose rey de Babilonia.

El Imperio aqueménida

El Imperio aqueménida, que duró de 550 a 330 a.C., creció con relativa
rapidez si consideram os sus inmensas dimensiones y la diversidad de
los pueblos que abarcaba. Ciro el Grande edificó el Im perio durante su
reinado (550-530). Su hijo Cambises II (530-521 a.C.), de quien Heródoto
hizo un retrato de acre censura pero probablemente inexacto, ordenó el
asesinato de su propio herm ano Esm erdis (Bardiya), quien de otra
manera habría heredado el trono. Realizó el plan de su padre al con­
quistar Egipto en 525 a.C., pero mientras dirigía su ejército de regreso a
Persia para sofocar una rebelión encabezada por Gaum ata (mago que
pretendía ser el príncipe asesinado Esmerdis) fue víctim a de un acci­
dente. Uno de sus generales, Darío I (521-486 a.C.), hijo de H istapes,
miembro colateral de los aqueménidas, fue su sucesor.
Darío reconstruyó el Imperio. Dedicó los dos primeros años de su rei­
nado a reprimir rebeliones en varias de sus provincias. Luego emprendió
la extraordinaria tarea de consolidar y administrar el Imperio; expandió
grandemente su territorio hasta penetrar en la India, y luego contuvo a
los escitas en el sur de Rusia. El imperio estaba dividido en 20 satrapías o
provincias. Además del gobernador o sátrapa, elegido entre la nobleza
240 PERSIA

persa y aun la familia real, en cada provincia estaba acantonado un co­


mandante en jefe de las fuerzas armadas, directamente responsable ante
el rey El sátrapa era ayudado por un secretario que establecía el contacto
entre él y la autoridad central. Además, un inspector real, llamado "las
orejas del rey", podía supervisar sin advertencia previa la situación de
cada provincia e informar de sus descubrimientos al soberano.
Para m antener el nexo entre las provincias y él m ismo en el centro,
Darío creó toda una red de caminos, con puestos o estaciones, para facili­
tar los viajes a sus agentes. La vía real de Susa a Sardes, que atravesaba el
río Tigris, tiene cerca de 2 700 kilómetros de longitud. Estaba dividida en
varios puestos-estaciones, cada uno de ellos con relevo de caballos fres­
cos para los correos reales. M ientras que las caravanas necesitaban 20
días para recorrer el camino de un extremo al otro, los agentes reales lo
cruzaban en una semana. Además, Darío mandó excavar un canal desde
el Nilo hasta el Mar Rojo para conectar Egipto con el Océano Indico.

Las Guerras Médicas

Las Guerras Médicas —así llamadas por los griegos— fueron provoca­
das en 499 a.C. por una revuelta de las ciudades jónicas contra Persia,
tal vez celosas de los privilegios otorgados por Darío a los fenicios.
Darío sofocó la rebelión y arrasó Mileto en 494 a.C. Trató de ganarse la
sim patía de las ciudades cesando a los tiranos persas y restaurando la
democracia. Sin embargo, los jonios, azuzados por Atenas, siguieron en
rebelión. Darío organizó entonces una expedición m ilitar, pero fue
derrotado por los griegos en Maratón (490 a.C.).
Después de la muerte de Darío, su hijo Jerjes I (486-465 a.C.) lanzó un
nuevo ataque por tierra y mar. Los persas lograron tom ar e incendiar
Atenas, pero los atenienses abandonaron la ciudad y derrotaron a la flo­
ta persa en Salam ina (480 a.C.) y al ejército persa en Platea (479 a.C.);
luego atacaron de nuevo a la flota persa en Micala (479 a.C.), lo que obli­
gó a los persas a quemar las naves para que no cayeran en sus manos.
A decir verdad, los persas siguieron siendo una tem ible am enaza
para Grecia durante un siglo. Sin embargo, desde el punto de vista per­
sa, Grecia nunca constituyó una cuestión importante: sólo fue un desa­
fío periférico del oeste al Imperio, y por lo demás no fue causa de mayor
preocupación.
La paz de Calias (449 a.C.) sin duda fue hum illante para Artajerjes I
(405-424 a.C.), pero restableció el statú quo en Asia Menor, donde las ciu­
dades griegas siguieron bajo la soberanía persa.
PERSIA 241

Durante la Guerra del Peloponeso, la diplomacia persa utilizó el "oro


persa" para explotar la discordia entre las ciudades-Estado griegas. La
alianza de Darío II Ocos (423-404 a.C.) con Esparta contribuyó a la
derrota de Atenas en 404 a.C. Después Artajerjes II (404-358 a.C.) apoyó
a los enem igos de Esparta, y las flotas com binadas de Atenas y Persia
infligieron a Esparta la derrota de Cnido (394 a.C.). Grecia, exhausta, se
vio obligada a firmar la Paz de Antálcidas, "la Paz del Rey", que recono­
ció definitivam ente la posesión de las ciudades jónicas por el Im perio
persa e hizo que el Gran Rey fuese el árbitro de los asuntos griegos (386
a.C.)* Con ello, se alcanzaron los objetivos de Darío I y de Jerjes.

Una fase de decadencia

Pese a ciertos periodos de renovación, el Imperio persa después de Jerjes


entró en una progresiva decadencia con Artajerjes I (464-425 a.C.), Jerjes
II (425-424 a.C.), Darío II (423-404 a.C.), Artajerjes II (404-359 a.C.), A r­
tajerjes III (358-338 a.C.) — asesinado por el eunuco Bagoas, quien tam­
bién mató a su hijo Arsés— y Darío III Codom ano (335-330 a.C.). Este
último, quien procedía de una rama colateral de los aqueménidas, subió
al trono gracias a la influencia de Bagoas. Mandó matar a Bagoas, pero
Alejandro atacó Persia, le infligió una serie de derrotas, desde Granico
(334 a.C.) hasta Iso (333) y hasta Gaugam ela o Arbela (331), y tomó el
tesoro persa de Susa. En 331 conquistó Persépolis y persiguió a Darío,
quien en su huida fue asesinado por el sátrapa Besso en 330 a.C..

B. La fase helenística

La muerte de Alejandro, ocurrida en 323 a.C., sin haber designado a un


heredero, provocó una prolongada pugna entre sus generales. Después
de su m uerte, estalló inm ediatam ente el conflicto entre Perdicas y los
aristocráticos jefes de la caballería, en Babilonia. Estos deseaban aguar­
dar el nacimiento del hijo de Alejandro, que esperaba su esposa Roxana;
si el vástago era varón, lo nom brarían rey y sucesor de A lejandro. La
infantería, de clase más popular y contraria a la idea de unirse con los
persas, deseaba entregar la sucesión a Arrideo, uno de los medios her­
manos de Alejandro que era imbécil; se trataba de un hijo ilegítim o de
Filipo. El conflicto fue zanjado mediante un compromiso: ambos prínci­
pes fueron nombrados reyes: el hijo de Roxana bajo la tutela de Perdi­
cas, y Arrideo bajo la de Cratero.
242 PERSIA

La prolongada lucha por la sucesión de Alejandro no se resolvió con


ese acuerdo y continuó durante medio siglo. El conflicto giraba en tom o
a dos cuestiones principales. Una de ellas era saber si el Imperio alejan­
drino se mantendría bajo un solo régimen, como lo deseaba Perdicas, o si
se fragmentaría en distintas partes, como lo querían Tolomeo y Seleuco.
La segunda cuestión, planteada entre los que deseaban mantener la uni­
dad del Imperio, era quién ejercería el mando supremo: Perdicas o Anti-
pater y Cratero. Dado que ninguno de los generales tenía el prestigio y el
genio de Alejandro, era impensable el proyecto de m antener la unidad
del enorm e y heteróclito imperio que había forjado el rey muerto. El
resultado final fue que el imperio quedó dividido en tres grandes partes:
Macedonia-Grecia, Egipto y Persia. Antígono quedó como rey de Mace-
donia (306), Tolomeo de Egipto (304 a.C.) y Seleuco de M esopotam ia y
de las zonas orientales del antiguo Imperio aqueménida (306 a.C.).
El Imperio seléucida subsistió formalmente hasta que Pompeyo con­
quistó Antioquía, única ciudad que le quedaba, en 64 a.C. Al iniciarse el
Im perio en 306, a.C., retuvo la m ayor parte de su territorio inicial y de
sus fuerzas hasta la secesión de Bactriana bajo Diódoto (ca. 255-228 a.C.)
y de Pérgamo, bajo Atalo I (241-197 a.C.). Luego fue severamente afecta­
do cuando Arsaces I (248-212 a.C.) fundó el reino de los partos. Conflic­
tos simultáneos con Roma y Partía fueron superiores a las capacidades
del Imperio seléucida, que cayó en una larga decadencia desde el reina­
do de Antíoco III el Grande (223-187 a.C.).
Bajo los seléucidas, las partes urbanas y civilizadas de Persia se con­
virtieron en una sociedad helenística. Hubo una fusión de griegos e ira­
níes en que predominaron la cultura y la lengua de los primeros.

C. Los partos

Los arsácidas gobernaron Persia desde mediados del siglo m a.C, hasta
com ienzos del siglo ni d.C. La dinastía, inaugurada por A rsaces I (ca.
248-212 a.C.), terminó con la derrota y m uerte de Vologesio V (207-223
a.C.) y su hermano y rival Artabán V. El país fue dominado por Ardasir,
m iem bro de una familia de príncipes de Fars, quien fundó la dinastía
sasánida.
Los partos lucharon continuamente con los seléucidas, quienes trata­
ban de im pedir que se formara un reino persa independiente en las
fronteras orientales de su imperio. Los partos siguieron luchando contra
los romanos cuando los territorios occidentales de los seléucidas caye­
ron bajo el dominio de Roma, tras la conquista de Antioquía por Pom-
PERSIA 243

peyó (64 a.C.). El foco de la disputa fue A rm enia, y el problem a era


saber si la frontera sería el Éufrates o estaría más cerca de Ctesifonte. En
el siglo ii d.C., los romanos debilitaron grandemente el reino de los par­
tos. Ya habían ocurrido la guerra parta de Trajano (113-117 a.C.) y las
campañas de Marco Aurelio (163-165 a.C.), y Vologesio IV (192-207 a.C.)
había sufrido el ataque de Septim io Severo. El costo de defender las
fronteras orientales del reino contra los bárbaros nómadas fue otro fac­
tor que contribuyó a la decadencia de los últimos arsácidas. La derrota
de Artabán V a manos de Ardasir I señaló el fin de la dinastía y el reino
partos.

D. Los sasánidas

Ardasir 1 (226-241) fue el fundador de la dinastía sasánida y, con ella,


del nuevo Imperio persa. Tal vez haya sido nieto de Sasán, sumo sacer­
dote del templo de Anahita en Estakhr. Su padre, Papak, quien sucedió
a Sasán en el cargo sacerdotal, se adueñó del poder en la provincia de
Fars mediante un golpe de Estado. El rey de los pardos, Vologesio V, se
negó a reconocerlo y se opuso a la intención de Papak de transm itir el
reino de Fars a su hijo Sapur. Cuando Sapur murió joven, su hermano
Ardasir, que puede suponerse era el segundo hijo de Papak, subió al
trono, se proclamó rey de Persia y sometió a su yugo a todos los peque­
ños príncipes locales. En la guerra siguiente entre el rey de los partos y
el nuevo rey de Persia, el primero sufrió varias derrotas sucesivas. Arta­
bán V desplazó a Vologesio V, su hermano, y, a su vez, fue derrotado y
pereció en la batalla final de Susiana (224). Dos años después, Ardasir
fue coronado en Ctesifonte. En el curso de los 12 años siguientes, Arda­
sir venció a todos sus adversarios y se adueñó de un imperio que había
recuperado territorios que coincidían, aproximadamente, con las anti­
guas fronteras iraníes de los aqueménidas.
El Imperio sasánida o Imperio Nuevo persa alcanzó un alto nivel de
civilización. Se basaba en una eficiente administración civil y en un for­
midable sistema militar, que resultó comparable, si no superior, al de los
romanos. Los sasánidas gobernaron el Imperio persa desde el tiempo de
Ardasir I (226-241) hasta el de Yadsgard III (632-651), un periodo de más
de cuatro siglos.
La fase sasánida de la civilización persa se basó, como sus predeceso-
ras, en una agricultura de campesinos siervos. Sin embargo, se mostró
mucho más activa en el com ercio interno e internacional y desarrolló
una avanzadísima artesanía. La estructura feudal que mantuvo se fun­
damentaba en grandes familias y en una pequeña nobleza subordinada
244 PERSIA

a ellas. A la postre, ésta fue una de las causas principales del final debili­
tamiento del Imperio. No obstante, salvo en los periodos difíciles que se
hicieron más frecuentes a finales del siglo vi, los sasánidas mantuvieron
una sólida autoridad central, tanto en lo civil como en lo militar.
El nuevo Imperio persa heredó los continuos conflictos de los partos
con Roma, que se convertiría después — con la derrota y captura de
Valeriano en 260 d.C,— en un prolongado conflicto con Bizancio. Con
los diversos grados de éxito de tan continuos enfrentamientos, los sasá­
nidas, bajo Cosroes II (590-628), estuvieron muy cerca de destruir el
Im perio bizantino. La extraordinaria energía y capacidad m ilitar de
Heraclio (610-641) salvaron a Bizancio al invertir las tornas de la guerra
e infligir una aplastante derrota a Cosroes, quien fue muerto por su pro­
pio pueblo cuando intentaba huir después de la caída de Ctesifonte.
En los 14 años transcurridos entre la muerte de Cosroes II y el ascenso
de Yazdgard III, último de los sasánidas, el trono fue ocupado por toda
una sucesión de gobernantes que fueron m anipulados por facciones
rivales de la aristocracia. Cuando Yazgard III se ciñó la corona, ya estaba
muy avanzada la desintegración del Estado sasánida. El ejército había
perdido su unidad y cada general trataba de explotar la provincia que
tenía encomendada arrogándose su jurisdicción. El avance del feudalis­
mo fue muy rápido, pues las satrapías se habían vuelto hereditarias.
En esta situación de extrema debilidad y desorganización, el Imperio
fue atacado por los árabes, impulsados por una fe fanática y por el empu­
je de los beduinos. El general sasánida Rustam mandaba un numeroso
ejército, pero sufrió una grave derrota en Qadisiah, en M esopotamia, y
pereció en combate. Los árabes tomaron Ctesifonte y se llevaron un
inmenso tesoro. Un nuevo ejército levantado por Yazdgard se enfrentó a
los árabes en la llanura de Nihawand, al sur de Hamadán, pero nueva­
mente fue derrotado. El rey huyó con su corte al este, pero, como el últi­
mo rey aquem énida, fue asesinado cerca de Merv en 651. Tal fue el fin
del Imperio sasánida.3

3. P rincipales rasgos culturales

A. La fase aqueménida

La civilización persa

Según la interpretación actual, el término "civilización persa" abarca las


características socioculturales que se desarrollaron durante las fases
PERSíA 245

aqueménida, parta y sasánida de la antigua Persia. La cultura sasánida


fue su producto final. Los sasánidas incorporaron deliberadam ente las
grandes tradiciones del periodo aqueménida, modificando lo que no les
servía. También retuvieron, acaso de forma menos deliberada, muchos
aspectos del período helenístico, en particular su cultura urbana. Edifi­
caron una cultura específicam ente sasánida sobre la herencia que ha­
bían recibido de los partos, que en su conjunto incorporó elementos de
las culturas romana y bizantina, pero también se manifestaron influen­
cias de los pueblos nómadas de las estepas del norte y, hacia el fin, de
los árabes.
Tras la conquista árabe en el siglo vu d.C., de la fusión sasánida con la
cultura islámica surgió una segunda y distinta expresión de la cultura
persa. Aunque esta nueva cultura persa-islám ica adquirió un carácter
distintivam ente persa, diferenciándose así de la rama árabe del Islam ,
quedó dominada por una visión islámica del universo que difiere por
completo de la tradición persa. La visión persa del mundo, distinta de la
islámica que llegó a prevalecer, se fundamentaba en el mazdaísmo y el
zoroastrismo. La nueva fase cultural de Persia pertenece al m undo del
Islam y será analizada en el capítulo correspondiente.

La lengua

El Imperio aqueménida abarcaba muchos pueblos distintos, con su corres­


pondiente variedad de lenguas locales. Tres lenguas se difundieron ex­
tensamente por toda Persia: el antiguo persa, lengua iraní de la parte
suroccidental de Irán, que fue la oficial; el elamita, utilizado con frecuencia
porque la mayoría de los escribas eran elamitas, y el arameo, que gradual­
mente llegó a ser lingua franca no sólo de Persia sino de todo el antiguo
Medio Oriente. El persa y el elamita se escribían en cuneiforme. El arameo
tenía su propio alfabeto, lo que permitía escribirlo en papiro con tinta.
Darío adoptó el antiguo persa, el babilónico y el elamita para las ins­
cripciones reales cuneiformes. Sus sucesores continuaron la práctica. El
medo, otra lengua iraní de la parte noroccidental de Persia, era hablado
por tribus analfabetas y persistió sólo como idioma local.

La religión

Los indoeuropeos llevaron consigo a la meseta iraní su primitivo poli­


teísmo de las fuerzas naturales. Mitra era el Sol, Mah la Luna, Zam la
246 PERSIA

Tierra y Atar el fuego. Con el tiempo, este sustrato religioso original fue
transform ado por influencias de antiguos cultos locales asiánicos, por
creencias babilónicas y por las enseñanzas de profetas posteriores, en
particular Zoroastro y Manes.
En la fusión resultante, Ahura Mazda se convirtió en el dios supremo,
creador del Cielo, la Tierra y los seres humanos. El rey Darío dominaba
Persia y las otras naciones del Imperio porque así se lo había concedido
el dios supremo. Ahura Mazda, "el señor de la Sabiduría " o "el sabio",
reinaba sobre el universo y protegía la Tierra y a su gobernante, el rey
aqueménida. El rey era su virrey en la Tierra y gobernaba en su nombre.
Sin embargo, no surgió allí un culto imperial como en Babilonia y Egip­
to, y el Estado no estaba fundado en la religión, aunque el rey era visto
como el representante de Ahura M azda en el mundo y gozaba de un
aura sagrada.
Los persas prezoroástricos adoraban a sus dioses con sacrificios san­
grientos que debían ser celebrados por los magos, fraternidad que goza­
ba de ciertos privilegios políticos y religiosos y que probablemente era
de origen medo. Además de dirigir las ceremonias religiosas y supervi­
sar los sacrificios, sus otros deberes importantes consistían en mantener
el fuego sagrado, hacer predicciones con base en buenos y malos augu­
rios y, con la ayuda del haoma — bebida em briagante— , presidir ritos
funerarios que consistían en exponer los cadáveres a las depredaciones
de bestias y aves carroñeras.
Herodoto supuso que los persas no tenían templos ni estatuas de sus
dioses, pero después de su época tuvieron am bas cosas. Levantaron
templos en forma de torres cuadradas. Cada cual tenía una sola habita­
ción a la que se llegaba por una escalera y estaba reservada al fuego
sagrado. Las ceremonias religiosas se celebraban al aire libre. Bustos de
Ahura M azda en bajorrelieve, con un disco alado, abundaban en las
construcciones imperiales.
La religión original de los magos fue profundamente afectada por las
reform as de Zoroastro. No estamos seguros de cuándo haya vivido
Zoroastro. De acuerdo con la tradición iraní, vivió 258 años antes de la
conquista de Alejandro, y por ello podemos calcular que vivió entre 628
y 551 a.C., es decir, fue casi contemporáneo de Buda. "Z oroastro" es la
forma griega corrom pida de un antiguo nombre iraní, "Z aratu stra".
Probablem ente fue un "zoatar", un sacerdote que dirigía sacrificios y
encabezaba plegarias, y seguramente procedía de un clan de Espitama
de criadores de caballos. Su padre fue Purusaspa, un hombre casado
bastante pobre.
Cerca de cum plir los 30 años, Zoroastro tuvo una prim era visión de
PERSIA 247

Ahura Mazda. Se vio obligado a abandonar su tierra natal y fue a predi­


car al Asia central. Sus primeros seguidores fueron unos pastores que se
habían establecido en el oriente de Irán. Sus sacerdotes fueron guardia­
nes de la tradicional religión aria que Zoroastro estaba revisando en
nombre de Ahura Mazda. Entre los seguidores que atrajo había un prín­
cipe, Histapes, tal vez sátrapa de Partía y de Hircania, que se convirtió
en su protector y que algunos creyeron era el padre de Darío.
Las ideas religiosas de Zoroastro se basan en una interesante clase de
m onoteísm o, que presenta algunos aspectos dualistas.2 Rechaza a los
dioses de todas las religiones, excepto Ahura M azda, el Señor de la
Sabiduría. Al principio de la creación, Ahura Mazda engendró a Espen-
ta M ainyu y Angra M ainyu, espíritus gem elos después identificados
con Orm uz y Ahrim án, quienes, según el mito zurvaniano, eligieron
libremente ser el Bien y el Mal. El mundo está dividido entre estos dos
espíritus, y los seres humanos deben escoger entre ellos. Una conflagra­
ción universal consumirá el mundo y terminará con la victoria del Bien,
cuyos seguidores se levantarán de la muerte para compartir una nueva
creación. M ientras esto llega a pasar — inicialm ente se supuso que no
tardaría— , las alm as de los m uertos atravesarán el "P u en te de los
Pagos". De allí, las almas buenas serán conducidas a aguardar en el cie­
lo y las malas en el infierno. Más adelante, Zoroastro consideró que el
fin del mundo estaba lejos, en un futuro remoto. También creyó que las
almas de los condenados serían purgadas por el fuego para que tam ­
bién pudieran participar en la renovación última del mundo. Zoroastro
condenó los sacrificios de sangre, particularmente de bueyes, e impuso
severos lím ites al consumo de haoma. Conservó el ritual de m antener
ardiendo el fuego sagrado, no porque considerara que el fuego era un
dios, sino únicam ente como representación de la pureza y el poder de
Ahura Mazda.
El zoroastrismo predicaba una elevada ética basada en la justicia y la
verdad. La oposición entre Angra Mainyu y Espenta M ainyu, que con­
cluiría con la victoria del bien al terminar este mundo, fue considerada
por Zoroastro condición de la libertad humana, ya que todos los seres
hum anos necesariam ente deben elegir entre justicia e injusticia, entre
verdad y mentira, entre bien y mal.
No se sabe hasta qué grado fue influido Darío por Zoroastro. La pri­
mera mención de Ahura Mazda en las inscripciones reales persas cono­
cidas es de cuando Darío era rey. La religión aquem énida estaba cerca
del m azdeísm o, tanto en su afirm ación de Ahura Mazda como dios
2 El profeta Manes (216-276) propuso después un dualismo radical, el maniqueísmo, que luego
de un periodo de auge fue perseguido por Bahram II, lo que llevó a la ejecución del profeta.
248 PERSIA

suprem o, creador del Cielo y de la Tierra, como en sus prescripciones


éticas que subrayan la justicia y la verdad. Por otra parte, es probable
que el monoteísmo de Zoroastro no fuese aceptado por Darío, quien, en
su propio hogar en Persépolis, habla de Ahura M azda como el más
grande de los dioses. Los sucesores de Darío fueron aún más eclécticos.
Artajerjes II oraba a Ahura Mazda pero también a Anahita y Mitra, divi­
nidades prezoroástricas. Mitra, el Sol, uno de los dioses suprem os del
pasado ario, no es mencionado siquiera por Zoroastro en sus Gathas, la
parte del libro sagrado Avesta directamente atribuida a él. Anahita, dio­
sa de la fertilidad, acaso derivaba de influencias babilónicas. Las tum­
bas de Ciro y sus sucesores no están en armonía con la habitual práctica
de los magos de exponer a los muertos. Sin embargo, los Gathas no pres­
criben la exposición.

La vida económica y social

La economía del Imperio persa fue muy sana y próspera. Las provincias
eran adm inistradas razonablem ente, m ediante la com binación de nor­
mas centrales con prácticas locales. Había un sistema jurídico uniforme,
que se anticipó al concepto romano del derecho universal y que también
incorporaba costumbres locales. Una red de caminos y rutas marítimas,
un sistema equilibrado de impuestos, un considerable influjo de oro y un
sistema monetario bimetálico (introducido por vez primera por Creso en
Lidia) m antenían próspera la economía. Originalm ente, los salarios se
pagaban en especie — carne, cebada, trigo y vino— , pero esto fue susti­
tuido de manera gradual por el pago en monedas. En menos de unos 50
años el dinero remplazó casi por completo a los pagos en especie.
Por todo el país se construyeron caminos, acueductos y canales sub­
terráneos (ghanats) para regar las zonas áridas. Una inteligente política
agrícola destinada a mejorar el bienestar del pueblo tenía en cuenta las
diversas especies de árboles, plantas, cereales y anim ales dom ésticos
que habían sido llevados de diversas partes del Imperio para aclimatar­
se en las regiones del país en que pudieran darse. También a los bosques
se les dio un empleo racional para no destruirlos. Por todo el Imperio se
explotaban extensamente los minerales.
Grandes latifundios eran la base de la producción agrícola. Los sier­
vos, inseparables de la gleba, que eran comprados y vendidos con ella,
trabajaban en las granjas, así como los prisioneros de guerra. También
había pequeñas fincas en el Imperio, pero su importancia era muy rela­
tiva. Los cam pesinos poseían sus propias tierras, principalm ente en
PERSIA 249

Fars, el lugar de origen de los persas, donde no se cobraron impuestos


durante los primeros años del Imperio-
A bundaban los artículos m anufacturados. A rtesanos siervos en el
campo y artesanos libres en las ciudades producían textiles, artefactos
de madera o bronce y objetos de metales preciosos, joyas y cosméticos.
El Imperio fomentó el desarrollo económ ico, dando oportunidades de
comerciar en las provincias y con otras naciones. Marinos griegos, feni­
cios y árabes intercam biaban bienes entre la India, el Golfo Pérsico,
Babilonia y Egipto. La banca se había instaurado en M esopotamia des­
de el segundo milenio, pero sufrió graves daños por obra de invasores de
la Edad de Hierro temprana. Los persas se encargaron de reactivarla.
Los bancos hacían préstamos, recibían depósitos, organizaban inversio­
nes y practicaban labores de corretaje. También conservaban dinero en
cuentas corrientes, de las que se podía retirar mediante una especie de
cheque.
Durante el periodo aqueménida se hizo un primer intento de organi­
zar una economía nacional. Se cobraban los impuestos por medio de las
satrapías y se asignaban recursos para satisfacer las necesidades de la
corte, el ejército, las obras públicas y la administración general del Esta­
do. En el corazón mismo del Imperio, los templos y las grandes fincas
seguían siendo los centros de la vida económica. El Estado intentó prote­
ger a la clase obrera regulando el trabajo y los salarios, como lo muestran
las tablillas elamitas de Persépolis. Se asignaron valores monetarios a los
bienes de uso común para que, aun si la gente los pagaba en especie, su
precio fuese el mismo. El departam ento im perial de obras públicas
empleaba a trabajadores de todas partes del Imperio y del extranjero.

El arte

Con un abundante ingreso de oro, los aqueménidas deseaban tener ciu­


dades capitales y palacios que diesen testim onio del poderío imperial
de Persia. Tras una breve residencia en Babilonia, Darío escogió Susa
por capital. Construyó una ciudadela en la acrópolis donde Asurbani-
pal había destruido los palacios y tem plos de los elam itas que en un
tiempo se levantaran allí. Cerca, edificó su palacio y la apadana, salón
hipóstilo del trono. Más al este se encontraba la ciudad propiam ente
dicha. Todo el complejo estaba rodeado por una sólida muralla de ado­
be, flanqueada por torres y rodeada por un foso de agua. Para construir
el palacio de Darío hubo que llevar una m ultiplicidad de artesanos de
Jonia, Egipto, Babilonia y otras tierras. La arquitectura se basó en los
250 PERSIA

principios babilónicos que habían sido adaptados al clima del lugar. El


techo de la sala del trono estaba sostenido por seis hileras de seis colum­
nas de 20 metros de alto, con capiteles en forma de toros alados.
Darío ya había abandonado Pasargadas, que pertenecía al linaje
dinástico de Ciro. Ahora, además de Susa, decidió construir una nueva
capital en Persépolis. El palacio de Persápolis se erguía sobre una in­
mensa terraza. Era otra obra maestra de la arquitectura persa, construi­
da por muchos de los mismos artesanos que habían completado el pala­
cio de Susa. El toro alado siguió siendo la figura decorativa principal.
El aqueménida fue un arte cortesano, que representaba al rey y a los
grandes jefes. Pero a los aquem énidas les encantaba el arte griego.
Emplearon artesanos y pintores jonios, y llevaron m uchas estatuas de
Grecia. Los artesanos persas produjeron bellas piezas de bronce. Sin
embargo, el arte persa básicamente abrevó de otras fuentes: Babilonia,
Egipto y Jonia. Alcanzó su cúspide en tiempos de Darío, pero su falta de
originalidad lo mantuvo sin cambios hasta que llegó a su fin.

El gobierno

El persa fue no sólo el mayor imperio de entonces, sino también el mejor


organizado. El rey, jefe de Estado por la gracia de Ahura Mazda, era ase­
sorado por un grupo de siete consejeros, que eran ministros de los diver­
sos departamentos del Estado. Otro grupo de funcionarios, los "portado­
res de la ley" (dátabara) lo asesoraban sobre asuntos jurídicos. Sin
embargo, el poder del rey era absoluto. La monarquía era hereditaria,
pero él podía elegir cuál de sus hijos sería el heredero. Entre los anterio­
res aqueménidas, la función del rey también consistía en tomar para sí
mismo la corona legítima de las familias más importantes. En Babilonia,
era el representante de Marduk; en Egipto, era hijo de Amón-Ra.
Como el Estado era gobernado mediante una combinación de autori­
dad central e iniciativa provinciana, había espacio para dar acomodo a
costumbres, culturas y dioses locales. Más que una tolerancia religiosa,
la política de los aqueménidas consistía en apoyar muchos cultos, finan­
ciando tem plos y ritos locales. El Imperio era gobernado en realidad
desde Susa y, hasta cierto punto, desde Ecbatana y Babilonia. Dos capi­
tales llegaron a tener importancia religiosa: Pasargadas, hogar ancestral
que había pertenecido a Ciro y a su dinastía, y Persépolis, construida
por Darío y en cuyo cercano Naksh-Erustam se enterraba a los reyes en
tumbas excavadas en la roca.
Adem ás de pagar im puestos en m etales preciosos, las satrapías de­
PERSIA 251

bían también entregarlos en especie: caballos, ganado bovino y alim en­


tos. Estas contribuciones subvenían a las necesidades de la corte, for­
mada por millares de personas, y al ejército. Tan sólo la satrapía de
Babilonia alimentaba al ejército durante cuatro meses de cada año.
El sátrapa era ayudado por un secretario que supervisaba todas sus
acciones y servía de nexo entre él y la autoridad central. Como vimos,
este sistema incluía un grupo de inspectores, conocidos como 'Tas orejas
del rey". Sin advertencia previa podían visitar a los administradores de
cada satrapía y supervisar su dirección de los negocios. Estas institucio­
nes fueron muy admiradas por reyes posteriores, entre ellos Carlomag-
no, quien creó los missi dominici, los enviados reales.
Un racional sistema jurídico — contenido en estelas, tablillas y papi­
ros, y aplicado uniformemente por todo el Imperio— aseguraba la con­
gruencia del gobierno e impedía dar un trato arbitrario a sus súbditos.
También se aplicaban leyes locales en cada lugar, y Darío dispuso que
algunas de ellas (por ejem plo, las de los egipcios) fuesen puestas por
escrito.

El ejército

El ejército estaba organizado con base en el núm ero 10. Divisiones de


10 000 hom bres tenían 10 batallones de 1 000 hom bres; cada batallón
tenía 100 grupos de 10 hombres, y cada grupo, batallón y división con­
taba con su propio com andante. En tiempos de guerra, el ejército era
reclutado entre todas las naciones del Imperio, bajo el mando supremo
de persas o medos. Los cuerpos de élite eran tam bién exclusivam ente
persas o medos, estos últimos en menor proporción. Cuando Gautama
intentó usurpar el trono de Cambises II en 521, fue derrotado por con­
tingentes persas y medos. De los ocho principales generales m enciona­
dos por Darío en la inscripción de Bisutum, seis son persas, uno medo y
el otro armenio.
El núcleo del ejército persa eran los llam ados Inmortales , cuerpo de
10 000 soldados de infantería, y un cuerpo de caballería de élite. Por
todo el Imperio había guarniciones persas localizadas en sitios estraté­
gicos. Los funcionarios de la corte y de las satrapías eran reclutados
entre los jóvenes de la nobleza persa y preparados en una escuela de
cadetes. Se hacía hincapié en los antiguos modos de vida persas y en sus
realizaciones: la equitación, el tiro con arco, la cacería y el com er m ode­
radamente y de acuerdo con reglas prescritas. El aprendizaje de estas ha­
bilidades y hábitos era complementado con una instrucción en historia,
252 PER5IA

religión y procedim ientos jurídicos, y debían fam iliarizarse con los


métodos reales de conceder y negar favores.

B. La fase parta

La religión

Los partos llevaron de las estepas su primitiva religión de la naturaleza,


pero las religiones civilizadas de Persia influyeron en ellos. Persistió el
trío de Abura Mazda, Mitra y Anahita, que había prevalecido durante
el periodo aqueménida. El culto de Anahita, predominante desde Arta-
jeqes II, fue aún más importante para los partos.
Las prácticas de mantener el fuego sagrado y de los sacrificios anima­
les ocupaban lugar central en el culto de Anahita. Las costumbres fune­
rarias en Susa a finales del siglo i y comienzos del siglo n d.C. muestran
que la práctica de los magos de exposición de los muertos se com binó
con el uso de tumbas. Se exponía a los muertos hasta que sus cuerpos
fuesen devorados por bestias salvajes o cuando su carne se descom pu­
siera. Luego, los huesos limpios eran colocados en astodans o "cajas de
huesos'". Los partos fueron muy tolerantes en materia religiosa y parti­
cularm ente favorables a los judíos, a diferencia de los seléucidas y, en
Palestina, los romanos.

La vida económica y social

Los partos se aseguraron de que Irán m antuviera su activo sistema de


comercio. Sus caminos recibían buen mantenimiento, una fuerza poli­
ciaca m óvil protegía las caravanas y se im pulsó un intenso com ercio
tanto local com o entre oeste y este. El acero chino era utilizado por la
caballería parta.
La agricultura persa estaba dom inada por las grandes fincas de la
nobleza. Los campesinos virtualmente perdieron su libertad y los cam ­
pos quedaron entre tierras del Estado y grandes latifundios. El progreso
de la ciencia agrícola declinó después de haber sido importante durante
el periodo helenístico, pero se lograron avances en la recría de animales
dom ésticos. Unas costum bres liberales en las ciudades paliaban las
duras condiciones de los esclavos. En las ciudades, griegos e iraníes
continuaban m ezclándose, política que había sido iniciada por A lejan­
PERSIA 253

dro. Las clases sociales estaban divididas por su grado de riqueza y el


griego era la lengua de la cultura.
Los partos y Roma continuaron en conflicto: Roma avanzaba hacia el
este y los partos hacia el oeste. La frontera era el Eufrates. Irán salió vic­
torioso de la larga lucha y de los ataques de los nómadas del norte. La
capacidad para resistir a Roma y a los bárbaros nómadas creó un nuevo
espíritu nacional que después brotaría entre los sasánidas. También pro­
tegió al mundo civilizado de Asia oriental contra los bárbaros del norte.

El gobierno

El poder de los arsácidas se basaba en unas cuantas familias nobles del


Pañí. Eran iraníes del norte, básicamente nómadas, que habían logrado
la suprem acía sobre los pueblos sedentarios del sur de Irán, influidos
por el helenismo y por las más antiguas civilizaciones de Asia occiden­
tal. Nunca fue colmada la brecha que había entre ellos. Cuando los arsá­
cidas necesitaban ayuda de cualquier índole, preferían buscarla entre
sus parientes de las estepas del este del Caspio, más que en el sur de
Irán.
Los arsácidas heredaron las prácticas del decadente Imperio seléuci-
da y conservaron su costumbre de mantener a reyezuelos locales, pero
convirtiéndolos en reyes vasallos. Estos a m enudo se inclinaban por
apoyar a las potencias que se oponían a los arsácidas, como cuando los
seléucidas intentaron recuperar su territorio, cual fue el caso de Antíoco
III, Lúculo y Pompeyo. Los escritores clásicos sostuvieron que los partos
tenían 18 estados vasallos, 11 de ios cuales eran considerados superiores
y siete inferiores. El resto del territorio estaba dividido en satrapías. El
sistema feudal parto se asemejaba al de la Europa medieval. G oberna­
ban siete familias nobles, una de las cuales era la de los arsácidas. Una
pequeña nobleza de caballeros dependía de esas fam ilias. En lo más
bajo de la jerarquía estaba un campesinado de siervos. El nexo entre los
señores locales y los siervos era más fuerte que el que había entre los se­
ñores y el rey.
La monarquía parta no necesariamente se transmitía de padre a hijo,
precisam ente porque la aristocracia era muy poderosa. Ella expresaba
sus deseos por medio de un consejo o "senado", que limitaba las prerro­
gativas reales. Otra asamblea cercana al trono era la de los magos, cuyas
facultades eran sólo consultivas. El sistem a feudal era la fuerza y a la
vez la flaqueza del Estado parto. Procedía de los aqueménidas y persis­
tió con los sasánidas. La nobleza hacía y deshacía reyes. Los reyes que
254 PERSIA

intentaron fortalecer su posición fueron depuestos a m enudo bajo la


acusación de "atrocidades". Con frecuencia, las sucesiones eran dispu­
tadas por pretendientes en competencia, y no había manera de determi­
nar quién era el sucesor legítimo. Los competidores solían pedir ayuda
a los nómadas o a los romanos.
El noble era guerrero y caballista, dedicado a la guerra y a la caza. No
había un ejército permanente. Cada señor feudal tenía su propio ejército
y, con sus siervos, auxiliaba al rey en caso de guerra, Los nobles forma­
ban la caballería pesada que llevaba armadura de hierro (el catafracti) y
la nobleza menor aportaba la caballería ligera con arcos y flechas (sagita-
ri). También se empleaban camellos, de los que en la batalla de Carras se
usaron mil. La infantería, formada por m ontañeses y siervos, era de
m enos im portancia y se le em pleaba principalm ente para la defensa.
Los partos tenían un conocimiento rudimentario de los aparatos de ase­
dio y se les dificultaba mucho tomar una fortaleza sólida.

Los partos y los griegos

Desde los tiempos de Mitrídates I, los primitivos gobernantes partos se


denominaron filohelenos en sus monedas. Durante el periodo de los par­
tos, éstos modificaron sus relaciones con las ciudades que aún se halla­
ban bajo la influencia helénica por causa de los griegos o los iraníes
helenizados que en ellas vivían. Algunas ciudades conservaban su auto­
gobierno y su cultura, incluidas sus propias fuerzas m ilitares, y paga­
ban im puestos. Sin embargo, la arm onía no siem pre era perfecta, y
grandes ciudades como Seleucia, sobre el Tigris, pasaron por épocas de
violentos trastornos.

C. La fase sasánida

La religión

Bajo los sasánidas, la religión en Irán sufrió varios cambios importantes


hasta que el zoroastrismo universal en tiempos de Sapur II (309-379) y
sus sucesores le dio una relativa estabilidad. La religión tradicional se
conservaba en Fars, en el suroeste de Irán, a comienzos de la época sasá­
nida. El aquem énida Artajerjes había introducido el culto de A nahita,
diosa de las aguas y de la fertilidad, en las prácticas de esta religión.
Al ascender al poder la dinastía sasánida en Fars, el culto local adora­
ba a A nahita y a Ahura Mazda. El principal santuario de A nahita en
PERSIA 255

Estakhr era atendido por los "herbados" o sacerdotes del fuego. El ante­
pasado Sasán había ocupado un puesto importante en dicho centro reli­
gioso. Sapur I continuó la tradicional asociación de la familia con este
culto y fundó un templo en la ciudad de Bisapur, donde el culto del
agua (Anahita) era asociado al del fuego (Ahura Mazda). En el noreste,
la antigua fe iraní se centraba en torno al gran santuario de Shiz, que era
atendido por la antigua fraternidad de los magos o "m obads", que eran
inazdaístas zoroástricos.
Sapur I (241-272) deseó dar una religión imperial al naciente Imperio
sasánida y simpatizó con las enseñanazas de Manes. Éste era de noble
cuna y, como Zoroastro, afirmaba haber recibido de Dios la m isión de
propagar sus revelaciones. Predicaba una nueva religión universal, diri­
gida a todas las personas de cualquier clase social. Sus doctrinas, influi­
das por los cultos de Babilonia y por el judaism o y el cristianism o, se
basaban en la oposición entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal.
El espíritu es luz y bondad, el cuerpo es tinieblas y m aldad. Cuando
toda la luz y todas las almas, que son prisioneras de la materia, queden
libres y asciendan al Sol, desaparecerán la Tierra y el Cielo, y el reino de
la luz durará para siempre.
Los fieles estaban divididos entre los "elegidos", sacerdotes que hacían
voto de celibato, se abstenían de comer carne y abjuraban de toda envidia
y mentira, y los "escuchas", gente común a la que estaba permitido casar­
se y trabajar. Los maniqueos practicaban el bautismo y la com unión, y
antes de morir recibían la absolución de sus pecados. Fueron influidos
por el gnosticismo y sus himnos mostraron una inspiración babilónica,
mientras que sus ideas eran las que predicaba Zoroastro. A Jesucristo se le
daba un elevado lugar en una trinidad tomada del cristianismo.
Al parecer, Sapur I intentaba hacer de su m aniqueísm o la religión
imperial. Sin embargo, después de su muerte los m agos, encabezados
por un sacerdote llamado Kartir, convencieron a los sucesores de Sapur,
en particular a Bahram II (276-293), de proscribir el m aniqueísm o.
Manes fue ejecutado y perseguidos sus seguidores, después de lo cual
huyeron a Asia central, Asiria y Egipto.
Tras la m uerte de Kartir, N arsah (293-303) adoptó una política de
tolerancia. Después habría un resurgimiento del mazdaísmo. En el m ar­
co de la expansión de las grandes religiones monoteístas, los "m obeds"
apoyaron a una especie de trinidad, con Ahura Mazda como dios prin­
cipal y Anahita y Mitra como dioses secundarios. Com o los com pila­
dores del A ntiguo Testamento, los m agos com pusieron el Avesta con
relatos de tradición oral. La unidad religiosa siguió a la unidad política.
Con el apoyo de los reyes, el zoroastrism o recibió la categoría de reli­
256 PERSIA

gión oficial y, cuando el m aniqueísm o fue declarado herejía, quedó


proscrito en Irán, Aunque a veces se persiguió a cristianos y judíos, en
general fueron tolerados.

La vida económica y social

La Persia sasánida poseía una rígida estructura social, con el rey en la


cúspide y tres clases de aristocracia. Venían primero los vasallos, prínci­
pes grandes y pequeños que conservaban sus tronos a cambio de reco­
nocer la soberanía central del rey. Este estrato también incluía a prínci­
pes iraníes de sangre real, a cuyo gobierno confiaba el rey las grandes
provincias. Los principados locales fueron declinando paulatinamente,
aunque siguieron constituyendo la defensa externa del Imperio.
Un segundo estrato de la aristocracia estaba integrado por los jefes de
las siete grandes familias — número que persistió a través de los siglos
desde el tiempo de los aquem énidas— , que fueron causa de continuo
conflicto entre el poder central y los señores feudales porque exigían a
sus provincias pagarles tributo, además del que entregaban al rey. Esta­
ban obligados a aportar sus hombres en apoyo militar a la corona.
La nobleza menor, que incluía a los altos funcionarios del Estado,
ministros y funcionarios reales, formaba el tercer nivel de los aristócra­
tas. Esta clase, en continuo crecimiento, era un contrapeso a los señores
feudales. En lo más bajo de esta clase estaban los "hom bres libres", la
nobleza que poseía pequeñas parcelas y los que encabezaban las aldeas,
que constituían el nexo entre los cam pesinos y los funcionarios. Por
debajo de la aristocracia, o tal vez en paralelo con ella, se hallaba el esta­
blecimiento religioso, con su propia jerarquía.
En lo ínfimo estaban los cam pesinos y artesanos que form aban la
gran masa de la población, libres de jure pero, de facto, siervos de la gle­
ba. El Irán sasánida era una sociedad agrícola. Trabajaba la tierra un
campesinado de siervos bajo el dominio del Estado y de la alta nobleza.
H abía un com ercio activo, en que la seda de China iba a Occidente
como su más valioso producto.
Los iraníes establecieron prácticas bancarias y em plearon extensa­
m ente letras de cambio. Judíos e iraníes operaban una red de bancos
que apoyaba un importante comercio internacional. El Estado favorecía
y prestaba ayuda al comercio exterior — del que obtenía considerables
ingresos— m anteniendo y vigilando las carreteras, aportando estacio­
nes y caravanseras, ofreciendo abastos de agua y construyendo canales.
El Estado estableció además monopolios, el más importante de los cua­
PERSIA 257

les era el de las sedas crudas de China. La seda también se trabajaba en


talleres bizantinos de Siria, y los sasánidas establecieron una industria
rival en territorio iraní con talleres en Susa, Gundeshapur y Shushtar.

El arte

El arte sasánida, como la última fase del arte parto, aceptó influencias
extranjeras, pero adaptándolas a las tradiciones de su tierra. Sin embar­
go, al término del periodo sasánida prevaleció la iconoclasia en el arte.
Los sasánidas fueron grandes constructores de ciudades. Al princi­
pio, siguieron el plano circular parto, pero luego cam biaron a disposi­
ciones rectangulares. Estuvieron de moda los edificios de piedra decora­
da, pero los materiales de construcción más frecuentem ente utilizados
fueron la cantera y el yeso. En la edificación de los palacios eran habi­
tuales los relieves en los muros, con escenas de cacería o de batallas, y el
rey en el centro. A sim ism o, con frecuencia aparecieron decorados en
estuco, de influencia romana, así como abundantes frescos; los del pala­
cio de Ctesifonte representaban la toma de Antioquía. El arte sasánida
produjo abundantes platos cincelados y tallados, así como tazas y bote­
llas de plata y oro con escenas de cacería donde figuraban los reyes.
El arte sasánida dejó huellas de su influencia por toda la vasta zona
que va de China a Europa. Presenta al rey, representante de Dios en la
Tierra, entronizado en majestad y rodeado por una corte brillante. Los
bizantinos tom aron esta pauta como m odelo para m ostrar un Cristo
triunfante, rodeado por ángeles y santos. El gesto de respeto de los sasá­
nidas — la mano derecha levantada con el índice curvado— fue repro­
ducido en la escultura y en frescos de antiguas iglesias francesas, sin
que los artistas supieran su significado. Orfebres de la Europa central
tam bién im itaron los diseños de la m etalistería repujada sasánida
(toréutica) sin comprender el significado de sus im ágenes. Las pautas
de los textiles sasánidas igualmente influyeron sobre las de otras tierras.
Los sasánidas copiaron la literatura nacional iraní (que hasta entonces
había sido puramente oral) en textos escritos que se leían en las casas de
los nobles y en la corte. Obras extranjeras fueron traducidas del griego,
del latín y de lenguas indias en tiempos de Sapur I. Florecieron en la épo­
ca de Cosroes I, cuyo reinado constituyó un renacimiento iraní. Su tole­
rancia y amplitud de criterio atrajeron a su corte a filósofos y sabios, dis­
gustados de la intolerancia de la Iglesia cristiana bizantina. Esta libertad
de pensamiento fue condenada por los sacerdotes zoroástricos, pero su
batalla contra las nuevas ideas estaba perdida de antemano.
258 P E R S ÍA

El gobierno

Los sasánidas forjaron un poderío central lo bastante fuerte para conte­


ner a su aristocracia feudal. Disponían de un bien preparado ejército
regular y de un gobierno eficiente. El mundo civilizado quedó dividido
entre Roma y los sasánidas. Éstos se mostraron muy activos en asuntos
extranjeros y durante siglos entablaron guerras en tres frentes: por el
occidente contra Roma, por el este contra los kushanos y los eftalitas, y
por el norte contra los nómadas.
El gran visir o primer ministro encabezaba el gobierno sasánida y lo
dirigía en nombre y por instrucciones del rey. A veces tam bién era el
com andante supremo del ejército. Era el jefe de los ministerios ("d iva­
nes")/ dirigidos por secretarios, administradores de gran competencia.
Los principales divanes eran los de la cancillería, los despachos, los
nombramientos y honores, la justicia, la guerra y las finanzas. Este últi­
mo m andaba un ejército de contadores, recabadores de im puestos y
agentes. La mayor parte de los ingresos procedía de los im puestos a la
tierra y el peaje, más los impuestos individuales. El cobro del impuesto
solía ser abusivo y provocó conflictos entre los sasánidas, como sucedió
en el Egipto tolomeico y en la Roma de los siglos n y ni. La cultura iraní
mostró siempre gran respeto por la justicia, que bajo el diván correspon­
diente era impartida por el clero. Se permitía la apelación al rey. En las
aldeas, el jefe o el terrateniente local dispensaba la justicia. Los libros
sagrados zoroástricos dedicaron capítulos enteros a la ley e incluyeron
una lista de los delitos. La ordalía y la tortura era prácticas legales.
El gobierno territorial continuó dividido en provincias o satrapías,
encargadas a dignatarios elegidos entre la familia real, los nobles de
mayor alcurnia y, después, los militares. Los límites de las provincias no
estaban claramente demarcados. Las provincias se dividían en distritos,
a cargo de gobernadores, y luego se subdividían en cantones, goberna­
dos por m iem bros de la pequeña nobleza, bajo los cuales estaban los
jefes de las aldeas. Esta estructura se derivaba del periodo arsácida,
pero en sus últimos años se había fragmentado. Los sasánidas crearon
una burocracia estable que constituía el nexo entre las provincias y el
gobierno central, y aseguraba así un grado razonable de eficiencia.
La vida de la corte estaba regulada con gran minuciosidad. Quienes
vivían en ella se dividían en tres grupos, según su cuna y su cargo: los
miembros de la familia real, y los caballeros del séquito real y el conjun­
to de bufones, payasos y músicos. La corte consistía en miles de perso­
nas y era sumamente onerosa. Los costos se pagaban con im puestos y
otros ingresos, incluyendo los de las aduanas, las tierras reales y el botín
PERSIA 259

de guerra. Enorme era el tesoro sasánida y, aunque los sasánidas ilustra­


dos intentaron utilizar esta riqueza en beneficio del pueblo, la tendencia
general era acumularla.
Durante los tres primeros siglos del ejército sasánida, su comandante
en jefe fue un m iembro de la familia real y el cargo fue hereditario.
Otros dos altos cargos militares, los de ayudante general y comandante
de la caballería, estaban en manos de miembros de las grandes familias.
Se dice que Cosroes I (531-579) modificó el sistema al crear cuatro ejérci­
tos acampados en los cuatro puntos cardinales, cada uno con su com an­
dante en jefe y su asistente.
Continuando la costumbre de los partos, la base del ejército era una
caballería pesadam ente armada (catafracti), form ada por la más alta
nobleza, y una caballería ligera de arqueros de la pequeña nobleza que
los protegían. Los sasánidas empleaban elefantes (no así los partos). La
infantería era una retaguardia de campesinos mal armados. El ejército
estaba dividido en cuerpos integrados por divisiones que, a su vez,
abarcaban pequeñas unidades. Eran muy eficaces en el sitio de ciudades
— lo que no eran los partos— y en general su capacidad m ilitar pudo
compararse con la de los romanos.4

4. Los O R ÍG E N E S

Las civilizaciones antiguas del Medio Oriente desarrollaron sus rasgos


culturales básicos antes de erigir sus estados. Dichos Estados evolucio­
naron cuando los sistemas culturales existentes quedaron políticamente
organizados. Esto puede decirse de M esopotamia, de Egipto, del anti­
guo Israel y de la civilización Egea. Sin embargo, en el caso de Persia, el
Estado y la form ación del núcleo del Im perio precedieron a la form a­
ción de la civilización persa y fueron factores im portantísim os en su
configuración.
No cabe duda de que elem entos culturales que llegaron a quedar
integrados en la civilización persa existían desde antes de la formación
del Imperio. Tal es el caso de las características culturales aportadas por
los indoeuropeos, así como de los rasgos culturales que encontraron
entre los pueblos que ya vivían en la meseta iraní cuando ellos la inva­
dieron. A pesar de todo, la civilización persa es el producto ulterior del
conglom erado de una gran variedad de pueblos de distintos orígenes
étnicos, diferentes culturas y lenguas que después se integraron al
modo de vida de los persas, con el derecho, el gobierno y la defensa per­
sas. Al compartir algunas creencias comunes fundam entales, Cuajares
260 PERSIA

unió a los medos bajo su reino y dio forma al Imperio medo. Ciro conso­
lidó el reino persa y luego, al absorber a los medos, integró el núcleo de
un Imperio persa en rápida expansión. En cierto sentido, el Imperio per­
sa fue una anticipación del Imperio romano. Los persas fueron los pri­
m eros "rom anos". La élite persa estaba dotada de un considerable
talento político-militar que le dio capacidad para el liderazgo, pero lle­
vaba consigo un sentido de la tolerancia que hizo fácilmente aceptable
su hegemonía. Con el transcurso del tiempo, el Imperio persa se convir­
tió en el correlato oriental del Im perio romano. La persa y la romana
eran civilizaciones abarcadoras, sobreimpuestas a las distintas culturas
de sus respectivos imperios, que respetaban — y en cierto m odo prote­
gían— sus peculiaridades.
El Im perio persa fue una vasta y com prensiva superestructura del
suroeste de Asia que desempeñó m uchas funciones al m ism o tiempo.
Mantuvo las características específicas de sus diversas unidades, forma­
das por distintos pueblos que tenían su propia cultura, e impartió a esas
unidades la universalidad persa. Esa universalidad fue, al principio,
política, administrativa, jurídica y militar, pero coaligada en una civili­
zación persa que tenía sus raíces en el mazdaísmo, intensificado por la
reforma zoroástrica; era movilizada por un Estado activo que regulaba
el comercio para mantenerlo fluyendo a lo largo de un sistema de cami­
nos bien cuidados, y que lo ayudaba con sus medios de transporte y sus
comunicaciones.
D espués de la m uerte de Cam bises y una vez sofocada la revuelta
gaumata, la reorganización del Imperio, obra de Darío, derivó en reali­
dad en el progreso que a la postre arraigaría los fundamentos de la civi­
lización persa. Su poderoso gobierno central mantuvo las características
regionales y locales. Con la elevada ética de su versión zoroástrica,
Darío unlversalizó el mazdaísmo, sin imponer el culto del dios. Estable­
ció una duradera pauta de relaciones entre las ciudades y los campos,
entre nobles, mercaderes y campesinos, y entre el gobierno central, los
sátrapas y los jefes de aldea. Al hacer todo esto, creó el marco en el cual
la civilización persa fue tomando paulatinamente su carácter distintivo.5

5. E l d e s a r r o l l o

El desarrollo de los persas pasó por cuatro fases: la aqueménida, la hele­


nística, la parta y la sasánida.
La fase helenística ocurrió cuando los sucesores de Alejandro dom i­
naron Persia, tanto en lo político como en lo militar. Aunque dependía
PERSIA 261
de tropas y jefes extranjeros, la propia cultura helénica ejerció una vasta
y poderosa fascinación sobre la élite persa. El sentido de homonoia de
Alejandro había preparado las circunstancias con el principio de que no
se toleraría ninguna discrim inación basada en diferencias étnicas.
Muchos siglos después, la cultura occidental ha ejercido una fascinación
similar sobre las élites colonizadas del mundo no occidental. Desde el
punto de vista persa, la fase helenística constituyó una desviación de la
cultura persa; aunque conservó muchas prácticas persas, sobre todo en
el mundo rural, simplemente sobreimpuso a Persia la cultura griega.
La Persia helenística duró más de dos siglos, pero no podía ser per­
m anente por tres razones principales. Primero, porque aunque los se-
léucidas no tenían prejuicios raciales y siempre permitieron que la élite
helenizada persa ingresara en su sociedad, tam bién practicaron una
enérgica política helenizante que con el tiempo se volvió intolerante en
m ateria de cultura. Desde la época de A ntíoco IV Epífanes (215-163
a.C.), los seléucidas, en sus círculos privilegiados, rechazaron la cultura
persa. En segundo lugar, macedonios y griegos ocupaban los más altos
puestos de las organizaciones políticas y militares del Imperio seléuci-
da, pese a la apertura de los seléucidas a la élite helenizada persa. Por
último, la fuerza de los seléucidas se basaba en un ejército de m ercena­
rios griegos, com pletam ente separados de la gente local. Pronto fue
im posible reclutar suficientes hombres, y con el transcurso del tiem po
ello disminuyó la capacidad guerrera del ejército por debajo de un nivel
crítico. El prolongado conflicto de los seléucidas con los lágidas (tolo-
meos) redujo más aún su capacidad militar, y la intervención de los
romanos siguió agravando la situación hasta que, por último, los seléu­
cidas fueron desafiados por el naciente poderío de los partos.
La civilización persa se desarrolló bajo los aqueménidas, y el hecho de
que los partos, y más aún los sasánidas, la restauraran puede atribuir­
se a que era plena y generalmente adecuada a las circunstancias reales
de Persia. Una vez m ás, debe m encionarse la analogía con el Im perio
romano.
Empezando por los aqueménidas, continuando con los partos y par­
ticularm ente bajo los sasánidas, el Imperio persa fue como un Im perio
romano de Asia suroccidental. La cultura persa fue la cultura de ese impe­
rio, particularm ente apropiada a las características socioculturales de
los diversos pueblos y comunidades que habían quedado integrados en
él. La civilización persa fue la cultura que vinculó las peculiaridades de
las distintas regiones y localidades, debidamente conservadas, con una
cosmovisión universal y con las prácticas civilizadas del gobierno persa.
Al correr del tiempo, y — durante la fase sasánida— con la propaga-
262 PERSIA

ción del mazdaísmo zoroástrico, la civilización persa encontró un satis­


factorio modus vivendi con las dos más importantes m inorías culturales
que habían entrado en su im perio: los cristianos nestorianos y los ju ­
díos. En contraste con la intolerancia de la religión bizantina, en Persia
la regla fue la tolerancia de todas las religiones, a menos que se sospe­
chara de deslealtad al imperio: en la Persia sasánida, la persecución de
los cristianos por lo general reflejó el ya viejo conflicto con Bizancio,
provocado por la no irrazonable convicción persa de que los persas cris­
tianos eran aliados de Bizancio y conspiraban en favor del enem igo.
Una vez que la Iglesia cristiana persa declaró su independencia del
Patriarcado Bizantino, durante el reinado de Bahram V (421-438), ese
conflicto prácticamente cesó.
Com o las civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, también la persa
pasó por un proceso de modernización durante los siglos v y vi, en par­
ticular bajo los brillantes reinados de Bahram V (421-438) y Cosroes II
(531-579). La modernización trajo consigo un nuevo florecimiento de las
artes y las ciencias. Libros griegos e indios fueron traducidos al pahlavi,
la lengua persa-meda de los sasánidas, y surgió un creciente sentido de
tolerancia y de apertura a otras culturas, así como a los refinam ientos
de la vida. A diferencia de lo ocurrido a las anteriores civilizaciones cos­
mológicas, la modernización no fue un factor de decadencia en la Persia
sasánida: su crisis — su final conquista por los árabes y su ulterior con­
versión al Islam— se debió a otros factores y circunstancias, que en bre­
ve analizaremos.

6. La d e c a d e n c i a

A. El significado de la decadencia para Persia

Lo que para una civilización significa decaer es siem pre una noción
compleja que abarca distintos dominios: el político, el militar, el social y
el cultural. La decadencia política de una civilización ocurre cuando la
sociedad portadora de esa civilización pierde su independencia y su
autonomía. Su declive político a menudo no coincide con su desapari­
ción cultural, y así las civilizaciones babilónica y egipcia sobrevivieron
durante largo tiempo a la pérdida de independencia de sus respectivas
sociedades. La decadencia cultural de una civilización — el declinar de
los aspectos esenciales de esa civilización— es aún más compleja, por­
que también se debe tener en cuenta la relación que pueda surgir entre
una civilización y sus retoños. De ello es ejemplo la relación de Bizancio
con la civilización romana.
PERSIA 263

La estructura política de la antigua Persia pasó por cuatro distintas


secuencias: la aqueménida, la seléucida, la parta y la sasánida. Hasta la
caída de los sasánidas, la civilización persa sobrevivió e incluso recibió
un nuevo vigor durante periodos considerables. Varias de sus caracte­
rísticas siguieron existiendo aun bajo una diferente visión del m undo,
que su conversión al Islam había transform ado notablem ente. Hasta
cierto grado, la Persia islámica es una continuación de la Persia sasáni­
da, pero también constituye una profunda ruptura con ella. Puede con­
siderarse que la Persia islám ica es un caso extrem o de adecuación de
dos civilizaciones que solamente se combinaron porque una transformó
profundamente a la otra. El caso de Bizancio y de Roma es un ejemplo
más moderado de ese radical fenómeno.

B. Los tres primeros frenos

La Persia aqueménida

Una derrota militar absoluta fue la causa directa de la desaparición de la


Persia aqueménida. Sin embargo, tras esa derrota se encuentran muchos
otros factores que contribuyeron a su decadencia y a su final incapaci­
dad de resistir el embate de Alejandro. Ese periodo de declinción estuvo
relacionado con uno de los males habituales que acechan a los sistemas
im periales: el poder central y la autoridad se debilitan porque ciertos
procesos, dentro del propio centro, están desgarrándolos. Los jefes de
las provincias en quienes el gobierno central había delegado su autori­
dad convirtieron sus territorios en Estados feudales, y la nobleza se vol­
vió autónoma ante el rey.
Los últimos aqueménidas fueron reyes débiles. Después de asesinar a
Artajerjes III, quien había reinado de 358 a 338 a.C., el eunuco Bagoas
también mató al hijo de Artajerjes, Arsés, y manipuló su sucesión para
entregar la corona a Darío III (335-330 a.C.). Aunque éste logró librarse
de Bagoas mandándolo ejecutar, fue, no obstante, un monarca débil. No
sólo había heredado una autoridad central muy m enguada, sino tam ­
bién era un ser medroso que prefirió huir antes que luchar arriesgando
hasta el último hombre en sus batallas con Alejandro.
La completa derrota militar que Alejandro infligió a la Persia aque­
ménida no basta para explicar la difundida y relativamente rápida hele-
nización del país. Como había ocurrido en M esopotam ia y Egipto, el
logos helénico había ejercido su fascinación sobre las élites de Persia y
promovido así dicha helenización.
264 PERSIA

La caballería de nobles persas luchó con gran bravura, pese a lo timo­


rato de su rey. Alejandro se expresó de ella en términos muy encomiásti­
cos. Pero el ejército persa en conjunto no había estudiado ni adoptado
los avances militares que Filipo había introducido en sus falanges y que
las tácticas de Alejandro habían mejorado más aún. Pese al refinamiento
religioso y ético de la cultura persa, en térm inos filosóficos era clara­
m ente inferior a la cultura griega. En esas condiciones, la política de
homonoia de Alejandro, que al principio continuaron los seléucidas fren­
te a los persas, ejerció una inmensa atracción sobre la élite persa. Aun­
que la cultura griega no remplazó por completo a la persa, la heleniza-
ción de Persia tuvo un enorme alcance entre la élite durante un tiempo
relativamente largo.

La Persia seléucida

La helenización de Persia, que cundió rápida y extensam ente entre la


élite de la época de A lejandro, fue, no obstante, un proceso lim itado.
No logró introducir un cam bio irreversible en la cultura persa, como
después lo haría el Islam. Resumiendo una cuestión com pleja, sugeri­
remos que tres factores principales lim itaron el efecto duradero de la
cultura helenística sobre Persia: se concentró esencialm ente a lo largo
de la ruta com ercial de Bactriana y el este, dejando grandes zonas del
oeste bajo dirigentes locales; fue, sobre todo una cultura de ciudad,
compartida por los griegos y por la élite urbana helenizada, que no lle­
gó a los campos, y, en materia política y militar, no tomó en cuenta sufi­
cientemente a los iraníes, sino que otorgó los puestos más importantes
a los griegos.
Por consiguiente, vemos que la Persia seléucida fue una estructura
sobreimpuesta a esta cultura dividida. Su dominio le permitió ganarse a
las clases más altas de la sociedad urbana y sostenerse dependiendo de
un ejército profesional de mercenarios, principalmente griegos y mace-
donios. La secesión de Bactriana y de Pérgamo redujo considerablemen­
te la fuerza de los seléucidas. La continuada guerra con los lágidas y
después con Roma agotó sus recursos militares. Por tanto, fueron inca­
paces de im pedir el surgim iento y la consolidación de un reino parto
independiente, y aún m ás de im pedir que los partos se hicieran más
fuertes y extendieran su territorio. Por último, los partos impusieron su
dominio sobre todo Irán.
Com o resultado, salvo en zonas lim itadas de algunas ciudades, la
civilización helenística no persistió, en particular después de que la di­
PERSIA 265

nastía sasánida renovó la cultura persa. No obstante, la civilización


helenística influyó poderosamente en el Irán parto.

El Irán parto

Los partos lograron un resurgimiento de la cultura y la civilización ira­


níes, que fue muy extenso pero también parcial. Los partos constituían
una rama relativamente marginal de los pueblos iraníes del norte, que
no penetró extensamente en la parte suroccidental del país, la más civi­
lizada, sino que perm aneció más cerca de sus nóm adas antepasados
caspios. Su origen y su relativa marginación de la civilización persa no
los hicieron los agentes más apropiados para impulsar su resurgimien­
to. El Irán parto estuvo imbuido de tradiciones derivadas de su nom a­
dismo ancestral y fue considerablem ente influido por el helenism o de
las ciudades civilizadas de Irán y Mesopotamia.
Las limitaciones sociales del Irán parto lo hicieron depender en exce­
so de su fuerza política y militar. Los partos lograron formar un ejército
muy eficiente, pese a que no era profesional. Su fuerza se basaba en su
caballería pesada, los bien armados catafracti, que contaban con el apo­
yo de una muy ágil caballería ligera de hábiles arqueros montados.
Sin embargo, con el tiempo la fuerza militar parta se debilitó por una
guerra casi interminable contra dos enemigos: las renovadas invasiones
de nómadas en la frontera oriental, y los romanos en Mesopotamia. En
el siglo ii d.C., las campañas de Trajano (113-117), Marco Aurelio (163­
165) y Septim io Severo durante el reinado de Vologesio IV (192-207)
debilitaron gravemente los recursos militares de los arsácidas. La derro­
ta infligida al rey Artabán V por Ardasir, rey rebelde de Fars, puso fin a
la dinastía parta e inauguró la fase sasánida de Persia.

C. La decadencia de los sasánidas

Tras la muerte de Sapur II (309-379), los sasánidas fueron afectados por


una de las perturbaciones que a menudo debilitaron a las dinastías: la
falta de reglas de sucesión claras y permanentes. Aunque la dinastía de
Sasán seguía siendo reconocida como la legítim a heredera al trono, la
sucesión sasánida se volvió electiva entre los m iem bros de la fam ilia.
Facciones de nobles en competencia buscaron apoyo entre los militares
o en Bizancio.
La situación se volvió crítica después de la muerte de Cosroes (Khor-
266 PERSIA

sau) II Parvez (591-628). Bajo el dominio de los m ilitares y los nobles,


una sucesión de pequeños príncipes, entre ellos varias mujeres, ocupa­
ron el trono durante breves periodos, pero no pudieron impedir el cre­
ciente deterioro del poder y de la autoridad del gobierno central. Los
comandantes de ejércitos provincianos y los sátrapas, cuya autoridad se
había vuelto hereditaria, se hicieron prácticamente autónomos. Cuando
el gobierno central se vio privado de ingresos porque las autoridades
provinciales los retuvieron, la excesiva carga de impuestos compensato­
rios acabó con los recursos productivos del sistema. La prolongada gue­
rra contra Bizancio también debilitó gravemente la capacidad m ilitar de
los sasánidas y agotó sus reservas de hombres para el reclutamiento, en
particular después de las terribles derrotas que Heraclio infligió a los
persas durante los últimos años de Cosroes II.
En estas condiciones de debilidad crónica, el últim o rey sasánida,
Yazdgard III (632-651), hubo de enfrentarse a la invasión árabe. Ésta
com enzó como una rebelión del rey vasallo árabe Lakhm ida y luego
pasó al mando de los califas de Mahoma. Después de un primer y triun­
fal esfuerzo por contenerlos, los persas, al m ando de Rustam , fueron
totalmente derrotados en Qadissiya (637). Yazdgard reclutó un nuevo
ejército y trató de contener a los árabes en la llanura de Nihawand, pero
sufrió otra derrota aplastante. El rey intentó huir al este, pero fue asesi­
nado en 651 cerca de Merv por un m olinero que estaba tratando de
robarle. Los árabes quedaron dueños del territorio persa.
La ocupación árabe fue totalmente distinta a la de los griegos y trans­
formó profundamente la cultura persa al ir generando paulatinamente
una nueva civilización: la Persia islám ica. La conversión de Persia al
Islam procedió en dirección opuesta a la de su anterior helenización. El
logos griego y el alto nivel de racionalidad de la cultura griega habían
fascinado a la élite persa, en detrim ento de los rasgos originales de su
cultura específica. En contraste, el Islam atrajo a las masas y a la clase
media de Persia, que habían quedado relegadas a una situación de des­
precio y explotación por el carácter aristocrático de la civilización persa.
El Islam les mostró la democracia religiosa de los creyentes sin entrar en
conflicto directo con la ética persa. Se permitió a las élites conservar su
propia cultura, siempre que mostraran lealtad a los nuevos gobernan­
tes, y éstas se convirtieron con relativa rapidez al Islam, bajo las influen­
cias combinadas del ambiente cultural creado por los nuevos gobernan­
tes y de los incentivos pragmáticos de evitar los impuestos fijados a los
no creyentes y de participar en la nueva clase gobernante. C uando la
rama chiíta del Islam llegó a prevalecer en Persia, sus estrictos requeri­
mientos reforzaron las desventajas de no convertirse al Islam.
PERSIA 267

La conversión de Persia al Islam produjo un cambio de enorme signi­


ficación histórica. La civilización persa clásica, que los sasánidas habían
robustecido, estaba más cerca de Occidente que su sucesora islámica. El
curso de la historia desde la Edad Media hasta nuestra época habría
sido distinto si los sasánidas hubiesen logrado resistir la invasión árabe
y mantener durante más tiempo la civilización persa

BIBLIOGRAFÍA

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Wiesehófer, Josef, Ancient Persia, trad. del alemán, Londres, I. B.Tauris, 1996.
VIL G R E C IA

1 . In t r o d u c c ió n

A. Lugares y pueblos

La Grecia continental es la extensión meridional de la Península de los


Balcanes, limitada en el norte por Iliria y Macedonia, en el oeste por el
mar Jónico y en el este por el mar Egeo. La civilización griega se exten­
dió hasta las islas del Egeo, la costa oriental del mar Egeo, las costas
meridionales en torno de los mares Adriático y Tirreno y muchos sitios
costeros alrededor de toda la cuenca m editerránea. D espués, con las
conquistas de Alejandro, se extendería mucho más lejos hacia el oriente.
Los primeros habitantes de Grecia y su prehistoria ya fueron tratados en
el capítulo v de este estudio, dedicado a la civilización egea.
La griega es una civilización secundaria del segundo grado. Surgió
en el curso de la llamada Epoca de las Tinieblas griega, que va desde el
desastre de la cultura micénica, del siglo xn al siglo xi a.C., cuando los
pueblos jonio, eolio y dorio, que formaban la población restante de la
zona, fueron recuperando paulatinamente sus normas civilizadas, des­
pués de las invasiones dóricas de los siglos x ii a xi a.C. Todos estos pue­
blos hablaban el griego: el griego occidental; el griego dórico y del noroes­
te; el griego predórico; el eolio y el jónico, de los cuales el ático era un
subdialecto, y el arcado-chipriota, que se hablaba en Arcadia y Chipre.

B. La civilización griega

Los persas, como vimos en el capítulo anterior, hicieron el primer inten­


to en la historia de formar una civilización universal, pero no lograron
extender su gobierno y su cultura al continente europeo. Recaería sobre
los griegos el destino de forjar una cultura ecuménica. La extraordinaria
realización de la civilización griega, que modificó el curso de la historia
y dividió el panorama general en las épocas pregriega y posgriega, no
es fácil de delimitar en el espacio ni, menos aún, en el tiempo.
En general se acepta que la civilización griega, como ya se mencionó,
surgió durante los siglos de la Época de las Tinieblas griega, sobre los
268
G R E C IA 269

escombros de la civilización micénica; de hecho, muchas de las caracte­


rísticas de aquélla ya estaban presentes en ésta. Por ello Homero, cele­
brando a los aqueos de finales de la Epoca de las Tinieblas griega, es al
mismo tiempo el poeta de la Guerra de Troya, culminación de la gesta
m icénica, y el fundador de la cultura griega. Si consideram os el otro
extremo de la civilización griega, el grado hasta el cual penetró y modi­
ficó la civilización romana, se reafirmó (aunque de manera transform a­
da) en la civilización bizantina y persistió a través de sus categorías
lógico-filosóficas en la civilización occidental, también se nos dificultará
determ inar su límite final. Dentro de los borrosos linderos de su surgi­
miento en el siglo vin a.C. y su romanización, en particular desde el C ír­
culo Escipiónico — que también constituye todo un hito en el proceso de
helenización de la cultura rom ana— , podem os situar el núcleo de la
civilización griega, que comprendía la cuenca mediterránea, Egipto y el
antiguo Imperio persa, hasta Bactriana y las riberas del Indo.
Si adoptamos una visión vasta de su desarrollo cultural, podrem os
dividir la civilización griega en tres fases principales: la arcaica, del
siglo xi al vn a.C.; la clásica, del vr al iv a.C., y la helenística, del siglo m
al i a.C. En el curso de estas tres fases sobresalen varios periodos de par­
ticular importancia: 1) la formación de la polis; 2) las Guerras Médicas;
3) el siglo v y la edad clásica ateniense; 4) la Guerra del Peloponeso; 5)
los intentos hechos en el siglo iv a.C., después de la Guerra del Pelopo­
neso, por reedificar la ciudad-Estado; 6) el surgimiento de Macedonia y
la época alejandrina, y 7) el mundo helenístico.
En el curso de casi un milenio, esta civilización pasó por m odificacio­
nes importantes, caracterizadas por la transición del ideal heroico indi­
vidualista al proyecto patriótico de la excelencia por la ciudad y, tras la
decadencia de la ciudad-Estado, al de la excelencia individual en el
mundo. No obstante, a lo largo de estos cambios pueden observarse dos
constantes en la cultura griega: 1) el dominio supremo de la racionali­
dad, del logos, aun si se daba considerable espacio al éxtasis humano y a
la ilum inación sobrehum ana; y 2) el incesante esfuerzo por lograr la
excelencia individual, agón, ya fuera interpretada como el heroísmo épi­
co homérico, como el propósito aristocrático de la kalokagathia, como el
ideal pericleano de justicia social, o como el proyecto estoico de justicia
benévola hacia la humanidad y estricto dominio de sí mismo.
270 GRECIA

2 . S ín t e s i s h i s t ó r ic a

A. De la Época de las Tinieblas a la "polis"

La Época de las Tinieblas de la cultura griega, del siglo xi al ix a.C.,


corresponde al prolongado proceso de surgim iento de la civilización
griega, partiendo de las ruinas de la cultura m icénica, cuyos últim os
restos fueron borrados por las m igraciones dóricas. Los aqueos busca­
ron refugio en las islas Jónicas. Sólo el Ática, Eubea y las C icladas no
fueron invadidas. Sin embargo, aun allí la civilización micénica desapa­
reció y la población restante quedó reducida a una condición bárbara e
iletrada. Durante este periodo ocurrieron grandes m igraciones a Asia
M enor; los eolios se establecieron en la costa del norte, los jonios en el
centro y los dorios en el extremo sur.
En el curso del siglo x, un proceso de urbanización — por synoikismos,
agrupando aldeas vecinas hasta formar una ciudad, como en Esparta, o
disponiendo varias aldeas en torno de una central, como en A tenas—
empezó a modificar la etapa primitiva de los grupos segmentados, con­
virtiéndolos en el principio de una civilización. La naciente sociedad
quedó organizada a lo largo de dos lineamientos: la polis, que abarcaba
la tribu, y el ethnos, que formaba la estructura de la polis: hogares (oikoi),
clanes (gene) y fraternidades (phratries). Las nacientes ciudades-Estado
eran gobernadas por reyes, quienes ejercían la autoridad religiosa, m ili­
tar y política. Gradualmente, con excepción de Esparta hasta cierto gra­
do, la autoridad de los reyes empezó a ser remplazada por la de la aris­
tocracia, form ada por terratenientes que podían criar y m ontar sus
caballos. Además del proceso de synoikismos, otros dos factores desem ­
peñaron un papel decisivo en la form ación de la naciente civilización
griega: la institución de los juegos panhelénicos, como los Juegos Olím ­
picos, comenzados en 776 a.C., que subrayaban los rasgos comunes de
los griegos, y las dos epopeyas de Homero, probablemente compuestas
en el siglo v iii a.C., que se difundieron con rapidez desde su nativa tie­
rra jónica, probablem ente Q uíos, por todo el m undo de habla griega
hasta generar una muy extensa cultura helénica.
El siglo v iii a.C. fue un periodo revolucionario para la formación de la
civilización griega. Presenció la introducción del alfabeto fenicio y su
adaptación a la lengua griega. La alfabetización modificó la pauta de la
educación, que antes fuera puramente física y musical, al introducir con
los grammatistes la enseñanza de leer y escribir. Esto causó una demanda
de leyes escritas (nomoi) en lugar de las reglas anteriores impuestas por
G R E C IA 271

reyes y nobles (thesmoí). Se lograron mejoras en la metalurgia del hierro


y las técnicas agrícolas, que, sin embargo, lucharon para m antenerse al
paso del continuo aum ento de población, el cual generó necesidades
que conducirían a la fundación de colonias. Entre estas colonias sobre­
salieron Cumas, en el suroeste de Italia, fundada por los eubeos, Síbaris
y Crotona, en el sureste de Italia, fundadas por aqueos del norte del
Peloponeso, o Siracusa en la costa oriental de Sicilia, fundada por corin­
tios. Las colonias enviaban metales y alim entos a sus m etrópolis e im ­
portaban a cambio productos terminados. Estas y otras circunstancias
condujeron a una rápida expansión del com ercio y al difundido des­
arrollo de las ciudades. A finales de ese siglo había más de 700 ciuda­
des-Estado ávidas de obtener su independencia e invariablem ente en
guerra entre sí.1 No obstante, las guerras por entonces no tuvieron muy
graves consecuencias, ya que los ejércitos eran incapaces de sostener
largas campañas.
Ese clima de beligerancia movió a las ciudades-Estado a robustecer
su fuerza militar movilizando a la mayoría de los varones adultos solte­
ros. Una infantería pesadam ente armada — los hoplitas— rem plazó a
los anteriores ejércitos de caballería menos efectivos. Los hoplitas com ­
batían en falanges de ocho en fondo, en que cada hombre protegía a su
vecino de la derecha utilizando un escudo de bronce (argos), una espada
corta de hierro (calois) y una lanza de un metro y medio. Los cambios
m ilitares causados por los hoplitas tuvieron consecuencias políticas,
pues en una sociedad agraria y pobre sólo los ricos podían pagar el cos­
to de su armamento. Así, la riqueza, en lugar de la sim ple cuna noble,
ensanchó el círculo de personas políticam ente activas m ás allá de las
familias aristocráticas y llevó a los mercaderes ricos a las más altas jerar­
quías sociales y políticas.
De m anera general, puede decirse que en los siglos vm a vi a.C. la
polis griega experim entó una transición del gobierno m onárquico al
aristocrático. En el curso de las crisis sociales de los siglos vu y vi a.C.
pasó por una serie de gobiernos dictatoriales (los tiranos) hasta llegar
finalm ente a unos regím enes oligárquicos o dem ocráticos. Esparta
siguió un curso distinto porque conservó, aunque con restricciones, su
doble monarquía y, después de la segunda Guerra Mesénica, desarrolló
la organización militar específica que llegaría a caracteriza ría.

Cf. Michael Grant, The Rise ofthe Greeks, Nueva York, Macmillan, 1989 (1987), p. xni.
272 GRECIA

B. Atenas

Lim itando nuestro breve análisis del sistema de la polis a los dos Esta­
dos griegos más im portantes, descubrim os, en el caso de A tenas, la
transición de una monarquía — cuya fundación en el siglo vin se ha atri­
buido generalm ente a Teseo— a la abolición de la sucesión hereditaria
en 683 a.C. y su remplazo por el gobierno de un funcionario anual, el ar-
conte basileos , con funciones religiosas, ayudado por un jefe militar, el
arconte polemarca, y el jefe civil, el arconte epónimo . Se crearon entonces
seis tesmotetas para aplicar el derecho consuetudinario y se form ó un
grupo de nueve arcontes, elegidos entre los nobles por el areópago, con­
sejo de nobles que era la autoridad suprem a del Estado. La asam blea
del pueblo, la ecclesia, tenía entonces poca importancia.
En el aspecto étnico, el pueblo estaba dividido en cuatro tribus here­
ditarias (phylai) integradas por cierto núm ero de fraternidades (phra-
triai), com puestas por m iembros de estos clanes (gennetai) y que des­
pués contendrían cierto número de plebeyos (orgeones). Cada tribu
estaba dividida, para fines administrativos, en 12 naucrariai, que distri­
buían los ingresos y eran responsables de la marina. En lo social, el pue­
blo estaba dividido en tres clases: la clase alta de los hippei (caballeros),
la clase media de los zeugitai (quienes poseían una yunta de bueyes) y la
clase trabajadora de los thetes.
En 632 a.C., Cilón, un noble emparentado con el tirano de M egara,
Teógenes, intentó adueñarse del poder en Atenas; finalmente fue derro­
cado y el arconte Megacles, del clan alcmeónida, violando el santuario
en que se habían refugiado algunos de los partidarios de Cilón, los hizo
matar, lo que dio lugar a la "maldición de los alcm eónidas".
En 620 a.C., Dracón, bajo el arcontado de Aristecm o, hizo el primer
intento de introducir leyes escritas que regularan los casos de hom ici­
dio, eliminando así la libre interpretación de la ley por el areópago. Las
leyes draconianas fueron célebres por su excesiva severidad.
La m onetarización de la economía griega, a partir del siglo vn, hizo
surgir la práctica del préstamo. En las condiciones de la época, cuando
los cam pesinos poseían parcelas cada vez más pequeñas por causa de
las subdivisiones resultantes de las sucesivas herencias, esto causó un
progresivo endeudamiento y la esclavitud por deudas. El Estado quedó
cada vez más dividido entre una m inoría formada por agricultores
nobles que poseían grandes propiedades y mercaderes libres dedicados
a un lucrativo comercio internacional, junto a una gran mayoría de cam­
pesinos sin tierras obligados a trabajar para las grandes fincas, que reci­
bían como pago un sexto de los ingresos de las cosechas (los hectemoroi),
GRECIA 273

y una cantidad creciente de esclavos deudores, algunos de ellos ya ven­


didos a propietarios extranjeros.

Solón

Con objeto de dar una solución legal a una crisis social cada vez más
aguda, Solón, que gozaba de gran respeto por su rectitud y competen
cia, fue nom brado arconte único en 594 a.C. Por medio de su seisacteia
(alivio de cargas), todas las deudas fueron canceladas, los deudores
vendidos como esclavos al extranjero fueron redimidos a expensas del
Estado, y los que había en el Ática quedaron libres. Se prohibió la escla­
vitud por deudas. Las leyes de Dracón fueron revisadas y se les dio una
forma más benigna. Se creó un tribunal de todos los ciudadanos, la
héliea , para juzgar las apelaciones de los magistrados. A la ecclesia se le
concedió el derecho de seleccionar a sus magistrados, echando sus nom­
bres a la suerte; se consideró que ésta era la forma más dem ocrática de
nombramiento porque así podía ser elegido cualquier ciudadano. Como
cuerpo deliberativo que iniciaba toda legislación, se creó un consejo de
400 hombres, la bulé, con 100 de cada una de las cuatro tribus. La asam­
blea sólo podía aprobar o rechazar sus propuestas. El areópago, en lo
sucesivo com puesto por exarcontes, conservó su función de guardián
de la ley y supervisor de los magistrados.
Solón también intervino en la composición social de Atenas. Los ciu­
dadanos fueron divididos en cuatro clases: los pentacosiomedimnoi (con
ingresos superiores a 500 medimni1 de trigo o metretas de vino o aceite),
los hippeis (con 300), los zeugitai (con 200) y los thetes (labradores). Estas
clases serían redefinidas después atendiendo al valor de sus propieda­
des y no de sus ingresos. Sólo las dos prim eras eran elegibles para el
arcontado; la tercera tenía acceso a cargos m enores, y la cuarta sólo
podía participar en la heliea y en la ecclesia.
Solón devaluó el dracm a en cerca de una cuarta parte de su valor,
aumentó los tamaños de pesos y medidas y prohibió la exportación de
todos los productos agrícolas, salvo el aceite, para garantizar el abasto
interno de alimentos. Favoreció la inmigración de artesanos y también
reguló los festivales, base del calendario ateniense.
A pesar de todo, las reformas de Solón no dieron una solución defini­
tiva a la crisis social. Como se negó a expropiar y redistribuir tierras, los
cam pesinos que no las poseían siguieron bajo el yugo del régim en de

Un medimnos equivalía aproximadamente a 51.8 litros.


274 GRECIA

hectemoroi y quedaron condenados a una miseria permanente. Esa situa­


ción hizo que se formaran partidos sociales y políticos y que se desarro­
llara una pugna faccional que enfrentó a los nobles ricos de la llanura
(pediakoi), encabezados por Licurgo, contra la clase media (paralioi) diri­
gida por el alcmeónida Megacles, descendiente de su homónim o, el de
la maldición.

Pisístrato

En esta situación, Pisístrato, que había adquirido fama como el general


que conquistó Nicea, el puerto de Megara, organizó un nuevo partido,
el de los diakrioi, formado por pequeños granjeros, artesanos, pastores y
los pobres en general. Después de dos fallidos intentos (561 y 559 a.C.),
con riquezas obtenidas explotando sus minas de Tracia y con la ayuda
de Tesalia y de Ligdamis de Naxos, Pisístrato finalmente se adueñó del
poder en A tenas en 546 a.C v apoyado por un destacam ento de bien
armados guardias de corps. Sus adversarios fueron exiliados, y sus tie­
rras confiscadas y entregadas a los hectemoroi.
Pisístrato consiguió un amplio apoyo a su régimen: el de los nobles,
porque él mismo lo era, de ahí que los intereses esenciales de los eupátri-
das fueran respetados, aunque quedaran sometidos a las leyes de Solón; y
el del pueblo, por causa del populismo ilustrado de Pisístrato, que con­
servó las conquistas de Solón y entretuvo a las masas con fiestas y juegos.
En el aspecto económico, Pisístrato ayudó a los granjeros pequeños y
m edianos, creando un fondo de préstam os del Estado y estableciendo
30 jueces de circuito en lugar de las aristocracias locales. Para el país en
general promovió el comercio internacional exportando aceite y alfare­
ría e importando cereales. Favoreció la exploración minera en Pangeo y
después en el Laurio, y puso en circulación las m onedas de plata con
"escudo de armas".
Pisístrato distribuyó los campos confiscados a los alemeónidas entre
los cam pesinos sin tierras y fijó un im puesto, probablem ente de 5%,
sobre las ganancias de la agricultura para financiar el fondo de présta­
mos. También estableció un impuesto sobre el comercio para costear las
obras públicas.
En lo internacional, mantuvo hábilmente relaciones pacíficas y amis­
tosas con Esparta y con las principales ciudades-Estado, mientras exten­
día y consolidaba la hegemonía de Atenas en el Atica, establecía el domi­
nio ateniense sobre Salamina (contra Megara) y los jonios, y reanudaba
el dominio de Sigeo, del otro lado del Helesponto.
G R E C IA 275

En el ámbito religioso, Pisístrato siguió la política de unificar el Esta­


do con la centralización de los cultos. Reconstruyó la Sala de la Inicia­
ción (el Telesterion) en Eleusis y organizó el Festival de las Panateneas, o
por lo menos le dio categoría panhelénica, al mismo nivel que los Festi­
vales de Olim pia. También creó o dio m ayor categoría a las Grandes
D ionisiacas, celebradas en la prim avera en honor de D ioniso, llevó a
Atenas el culto de Dioniso Eleuterio, de la aldea de Eleuteria en Ática, y
colocó la estatua del dios en un santuario bajo la pendiente suroriental
de la acrópolis.
Se mostró particularmente activo en el dominio cultural, tanto en las
artes plásticas como en la literatura y el teatro. En la arquitectura, llevó
adelante un ambicioso programa de construcciones que aumentaron la
belleza de la ciudad, como el Eneakrounos, la fuente de nueve chorros, el
templo de Atenea sobre la acrópolis, la fortificación del ascenso a ésta y
otras diversas obras públicas. También la escultura floreció en tiempos
de Pisístrato con la creación de muchos hermosos ejemplos de korai en
mármol, algunos de ellos llevados de Naxos y Paros.
En el ámbito de la literatura y el teatro, además de ordenar una repro­
ducción escrita estandarizada de las dos epopeyas homéricas, Pisístrato
favoreció el surgimiento y el apogeo de la tragedia. El festival dionisia-
co pasó a ser la ocasión de presentar tales obras. Los orígenes de la tra­
gedia griega tienen raíces más remotas. Su nueva forma em pieza con
Tespis en 534 a.C., quien complementó la anterior función coral con un
prólogo e introdujo discursos, creando así la tragedia original. En las
primeras obras que se presentaron en Atenas probablemente participa­
ron actores llegados de Eleuteroa y fueron montadas bajo la acrópolis,
donde Pisístrato había colocado la estatua de Dioniso, tomando de tras­
fondo el frente del templo.
A pesar del ulterior prejuicio contra el "tiran o", fue aceptado y aun
demócratas posteriores reconocieron que el reinado de Pisístrato pudo
considerarse una Edad de Oro.
Pisístrato (561-527 a.C.) fue sucedido por sus dos hijos, H ipias e
Hiparco (527-510 a.C.). Hiparco fue muerto por Harmodio y Aristogitón
(514 a.C.), y después Hipias fue derrotado con ayuda de Cleomenes I de
Esparta. El conflicto entre los nobles, encabezados por Iságoras, y los
plebeyos, bajo el alcmeónida Clístenes, se decidió en favor de este últi­
mo, quien fue elegido arconte (508-507 a.C.).
276 GRECIA

Clístenes

Cleom enes rompió posteriormente con Clístenes e intentó restaurar a


Hipias (ca. 506 a.C ), sin lograrlo. Un segundo intento (504 a.C.), apoyado
por Calcis y por la Liga Beoda, también resultó vano. Atenas derrotó a
los dos ejércitos el mismo día. Beocia quedó irreparablemente vencida y
a Calcis se le confiscaron sus tierras, las cuales fueron entregadas a 4000
colonos atenienses.
Los atenienses dieron facultades a Clístenes para reformar la Consti­
tución. La reforma de Clístenes remplazó con tribus nuevas a las cuatro
tribus tradicionales dom inadas por los nobles, que no incluían a los
nuevos ciudadanos creados por Solón y los pisistrátidas. Las antiguas
tribus conservaron sus funciones religiosas. Clístenes dividió al pueblo
del Atica, incluido cierto número de extranjeros y de esclavos, en 10 tri­
bus nuevas, basándose en su lugar de residencia. Cada tribu tenía que
aportar un regimiento al ejército, el cual pronto desarrolló esprit de corps.
Las tribus tenían sanciones religiosas, nombrada cada una por un héroe,
supuestam ente enterrado en Atenas, salvo dos, uno en Salam ina y el
otro en Eleusis. Cada tribu tenía tres tritos. Se modificaron las tres regio­
nes anteriores (llanura, costa y colina). Las nuevas regiones se convirtie­
ron en ciudades (Atenas, Falero y el Pireo); la costa (paralia) correspondía
en su mayor parte a la antigua costa, y el interior incluía todas las demás
áreas. Los tritos fueron divididos en demos (demoi), en núm ero de casi
150, que rem plazaron a las aristocráticas fratrías. En las 10 tribus se
incluyeron demos para cada una de las tres regiones. Los demos mantu­
vieron la lista de miembros (la pertenencia a ellos se conservaba con los
cambios de domicilio), tenían su propia vida social — sólo los miembros
de un demo podían ser ciudadanos atenienses— , así com o sus cultos
religiosos y asam bleas (tal vez raram ente convocadas). Cada año ele­
gían a un demarca. Los demos eran escuelas de democracia, con su pro­
pio gobierno local.
Se creó un nuevo consejo de 500 miembros; cada tribu contribuyó a él
con 50 hombres de no menos de 30 años; cada miembro servía durante
un año y era elegido por la asamblea y después seleccionado al azar en
los demos. El consejo se reunía diariamente, salvo los días festivos y los
nefastos. Cada demo estaba representado en proporción a sus dim en­
siones. Los negocios que iba a tratar el consejo eran preparados por una
comisión de 50 miembros (prytaneis), cada uno de los cuales servía una
décima parte del año. El grupo en el cargo trabajaba todos los días bajo
la conducción de un presidente, el epistatos. El consejo tema muy vastas
atribuciones e iniciaba la legislación.
GRECIA 277

El sistema de suertes

Como ya se ha observado, los atenienses creían que la elección a suerte


era decisión de los dioses, lo que le daba respetabilidad religiosa. Los
radicales la apoyaban como la forma más democrática de nombramien­
to, mientras Sócrates la condenó por motivos de eficiencia. Sin embargo,
el sistema operó razonablem ente bien en A tenas porque, prim ero, el
ciudadano com ún recibía una preparación política y adm inistrativa
básica en los diversos organismos comunitarios locales, y segundo, en el
periodo temprano operó con nombres elegidos mediante un previo pro­
ceso de votación (prokrisis) de los demos, que seleccionaba así a los pre­
candidatos.
Con Clístenes, el consejo y la asam blea adquirieron considerable
poder. El consejo determinaba los asuntos que se someterían a la asam ­
blea y cómo se debería tratarlos. La asam blea se reunía 40 veces cada
año y podía enmendar o rechazar las mociones presentadas por el con­
sejo. La asamblea era la autoridad competente para declarar la guerra y
para elegir a los strategoi, uno por cada tribu, que com andarían los 10
regimientos tribales, bajo el mando supremo del polemarc . Los arcontes
perdieron importancia en cierto grado. También ellos, como los miem­
bros del consejo, eran elegidos al azar entre una selecta lista de prokritoi
designados por los demos. En el siglo v, un sistema de dos sucesivas
elecciones a suerte remplazó a los prokritoi. La asamblea estaba abierta a
las opiniones de todos los ciudadanos, pero quienes no tenían suficiente
experiencia eran abucheados por el público, de ahí que en la práctica los
aristócratas, que habían tenido tiempo para educarse, desempeñaran un
papel principal.
Clístenes también introdujo la institución del ostracismo3 para prote­
ger al pueblo contra un faccionalismo excesivo. Las reformas de Clíste­
nes produjeron una dem ocracia eficiente — si bien no de m asas— e
hicieron prevalecer el principio de isonomia sobre la antigua eunomia aris­
tocrática.

C. Esparta

El curso de las instituciones de Esparta fue muy diferente, en parte por


las características conservadoras de la cultura dórica, en parte porque la
decisión espartana de esclavizar a los mesenios les impuso la necesidad
de contar con un Estado militar.
3 En la Atenas deí siglo v, el ostracismo era una manera de expulsar durante 10 años a una per­
sona, considerada por voto popular nociva para la ciudad.
278 G R E C IA

Cerca del año 800 a.C., Esparta se había adueñado de Laconia y colo­
nizó la costa de Mesenia. A finales del siglo vm, con el rey Teopompo,
conquistó com pletam ente M esenia en el curso de la prim era Guerra
M esénica (ca. 736-716 a.C.) y redujo a su población a la condición servil
de ilotas. El territorio m esenio fue dividido en parcelas distribuidas
entre los espartanos, m ientras los habitantes locales, como ilotas, eran
obligados a trabajar la tierra para sus respectivos amos.
En su historia antigua, hasta la segunda Guerra M esénica (650-630
a.C.), Esparta fue célebre por su hospitalidad, por la belleza de sus
mujeres y por su estilo de vida agradable, enriquecido por la poesía, la
música y otras actividades artísticas. Alemán (654-611 a.C.), poeta lírico,
Taletos de Creta y Polim nasto, m úsicos, y Terpandro de Lesbos (647
a.C.), músico y poeta, fueron algunos de los artistas célebres que trabaja­
ron en Esparta.
La enorm e dificultad que tuvieron los espartanos para sofocar la
rebelión durante la segunda Guerra M esénica m ovió a la aristocracia
espartana a introducir un régimen, cerca del año 610 a.C., que supuesta­
mente instituía la eunomia o buen Estado por medio de una ley, la Rhe-
tra, después atribuida a Licurgo, la cual establecía un Estado totalitario
y militar.
Sólo los espartanos — que representaban 10% de la población— te­
nían derechos de ciudadanía. Los demás lacedem onios eran perioikoi,
con un régimen de extranjeros legalizados, y los propios mesenios que­
daron reducidos a la condición de esclavos o ilotas. Los niños — des­
pués de elim inados los varones físicamente deficientes— eran som eti­
dos desde los siete años a una disciplinada preparación para su futura
condición de soldados. El entrenamiento militar se iniciaba a los 13 años
y continuaba hasta los 30, al adquirirse la plena ciudadanía. Los espar­
tanos o iguales eran asignados entonces a su regimiento tribal y someti­
dos a una vida colectiva con comidas en común, aunque se les estimula­
ba a casarse y tener su propia casa.
Las tres anteriores tribus dóricas fueron abolidas y remplazadas por
cinco tribus, con base en su localidad. Cada tribu formaba un regimien­
to, dividido en pelotones y secciones, cada uno con su propio oficial.
Los ciudadanos debían tener tierras suficientes para poder mantenerse
de modo que pudiesen dedicar todas sus energías al servicio del Estado.
Sin embargo, la tierra era pública e inalienable. Este sistema convirtió a
Esparta en la más formidable e invencible máquina de guerra de Grecia,
pero al costo de sofocar sus capacidades intelectuales y artísticas.
Esparta fue uno de los pocos Estados que no pasaron por un periodo
de tiranía en el siglo vii . Conservó su doble monarquía tradicional, con
GRECIA 279

el gobierno conjunto de un rey de la casa de los agidas y otro de los


euripóntidas. Según la Rhetra, los asuntos comunes del gobierno queda­
ban en m anos de cinco éforos, elegidos anualm ente por la apella entre
los miembros de la más rancia aristocracia. Al transcurrir el tiempo, los
reyes se vieron reducidos a m andar el ejército, y la m ayor parte del
poder del Estado se concentró en manos de los éforos. Un consejo de
ancianos, la gerusia, integrado por 28 miembros también elegidos por la
apella entre los ciudadanos notables de 60 años o más, formó, junto con
los reyes, un colegio deliberativo y judicial representante del dem os,
que entre otras funciones preparaba los asuntos de la apella y contaba
con poderes aun de pasar por encima de sus decisiones. La apella , o
asamblea de los ciudadanos armados, integrada por espartanos de un
mínimo de 30 años, era el cuerpo soberano; sólo actuaba por aclamación,
aprobando o rechazando las propuestas de la gerusia o de los éforos.
En las décadas siguientes, Esparta logró organizar bajo su hegemonía
una Liga Peloponesa, que llegó a aglutinar a todos los Estados de la pe­
nínsula, excepto Aquea y Argos. Los aliados tenían igualdad de votos en
política exterior y se comprometían a pagar impuestos en caso de guerra.
La Liga adoptó una política antitiránica y Esparta ayudó a expulsar a
los tiranos de Sición y Naxos, y después a Hipias de Atenas (510).

D. Las Guerras Médicas

Las Guerras Médicas (499-478 a .C ) representaron el desafío más grave


al que pudiera enfrentarse Grecia antes de la dominación macedónica.
Incluso Macedonia y Roma, que en épocas posteriores llegaron a som e­
ter a los Estados griegos logrando lo que no habían podido hacer los
persas, constituyeron una distinta clase de amenaza, en vista de la iden­
tidad cultural como en el caso de Macedonia, o la directa afinidad, como
en el caso de Roma, entre los griegos y sus nuevos señores. Los persas,
considerados bárbaros aunque dotados de un alto nivel de civilización
material, no podían ser tolerados en el suelo sagrado de Grecia.
Los persas habían sido durante largo tiempo una amenaza a la inde­
pendencia de las ciudades-Estado de la Grecia continental, y para los
jonios a lo largo de las costas de Asia Menor y el Ponto, durante dos
generaciones y en el reinado de dos reyes persas: Darío y Jerjes. En tér­
minos generales, pueden distinguirse tres fases en el curso de la am ena­
za persa a Grecia: la primera, de una lucha relativamente continua des­
de la rebelión de los jonios en 499-494 a.C. hasta la victoria griega en
M icala en 478 a.C.; la segunda, correspondiente a la intervención de
280 GRECIA

Persia en la Guerra del Peloponeso, en que aquélla intentó — y final­


m ente logró—•, m ediante el hábil uso del "oro persa", reim poner su
dominio sobre los jonios del este, y la tercera fase, de carácter más laten­
te, correspondió al periodo que va de la derrota de Atenas en 404 hasta
el ataque de Alejandro en 334 a.C., con la resultante liberación de los
jonios del este.
La rebelión de los jonios (499-494 a.C.) produjo, a petición suya, la
intervención principalmente simbólica de Atenas, que los abasteció con
20 navios más otros cinco llegados de Eretria, en Eubea. Darío logró
sofocar la revuelta, y la flota griega fue derrotada en una batalla frente a
la isla de Lada, en 494 a.C. Mileto fue tomada y saqueada, y se consoli­
dó el dominio persa sobre los jonios del este. Entonces el rey persa, de­
cidido a castigar a Atenas y Eretria por haber apoyado la revuelta, envió
una flota al mando de Mardonio, pero una tormenta destruyó esta pri­
mera expedición persa frente al monte Atos y obligó a Mardonio a reti­
rarse.
Darío preparó una segunda expedición, al m ando de A rtafernes y
Datis. Artafernes sitió Eretria, mientras Datis desem barcaba en M ara­
tón. Después de oponer una valerosa resistencia durante seis días, Ere-
tria cayó cuando dos traidores abrieron sus puertas al enemigo. Milcía-
des, por entonces uno de los 10 generales atenienses, propuso atacar a
los persas en Maratón. Habiendo obtenido el apoyo del polemarca Cali­
m aco y de otros cuatro generales, recibió el mando el día mismo de la
batalla. Los persas contaban con una infantería de 25 000 hombres y con
una temible caballería de otros 1 000. Los atenienses tenían 15 000 hopli-
tas. A provechando una m om entánea ausencia de la caballería persa,
Milcíades ordenó la carga de los hoplitas el día 16 de boedromión, que
corresponde al 21 de septiembre del año 491 a.C., y obtuvo una resonan­
te victoria. Los persas perdieron 6 400 hombres contra sólo 192 bajas de
los atenienses. Los persas restantes huyeron a sus naves, pero Milcíades
pronto retom ó a Atenas para prevenir un nuevo desembarco del enemi­
go y obligar a los persas a retirarse.
La repercusión del triunfo de Maratón fue extraordinaria. Atenas fue
proyectada al más alto nivel de prestigio y la fama de los hoplitas grie­
gos se hizo universal. Darío, profundamente impresionado por la derrota,
decidió m ovilizar un gran ejército contra Grecia y anexarla al Im perio
persa. La rebelión de Egipto y la muerte del rey, en 486 a.C., interrum ­
pieron los preparativos de invasión. Jerjes, hijo de Darío, después de
someter Egipto y de consolidar su gobierno interno, reanudó los prepa­
rativos de un ataque en gran escala. A través del Helesponto se constru­
yeron dos pontones de navios, desde Abidos hasta un punto cercano a
GRECIA 281

Sestos. El rey, después de pasar el invierno de 481-480 a.C. en Sardes,


movilizó una fuerza de 180 000 hombres, bajo su propio mando, e inició
el cruce del Helesponto, lo que requirió siete días, en tanto que una flota
de 730 naves era enviada al Ática. El ejército persa llegó a la frontera de
Tesalia sin encontrar oposición.
Mientras tanto, los griegos estaban ajetreados preparando su defensa
mediante la organización de una liga de ciudades griegas, cuyos repre­
sentantes se reunieron en Corinto en 481 a.C., bajo la presidencia de
Esparta. El intento de formar una movilización panhelénica no tuvo el
éxito deseado. La mayoría de las ciudades del noroeste, los aqueos del
Peloponeso y Creta, no ingresaron en la liga. Los corcirenses prom etie­
ron su ayuda, pero sus 60 navios sólo llegaron a Cabo Malea. El número
de los soldados aliados sólo era la mitad del de los persas. Temístocles,
con su flota recién formada, propuso una estrategia tendiente a destruir
la escuadra persa y cortar así las comunicaciones y abastos del enemigo.
Los espartanos se inclinaban más a defender el istm o por tierra. Por
últim o, bajo el m ando general de Esparta, se decidió salir al paso del
ejército persa en el desfiladero de las Term opilas, m ientras la arm ada
griega intentaba derrotar a la flota persa en Artemisium. Leónidas, rey
ágida, fue enviado a las Termopilas con una fuerza de 10 000 soldados
de infantería.
Sin embargo, los hechos siguieron un curso distinto. Tras un encuentro
indeciso, la flota griega retomó al Ática, siguiendo el plan propuesto por
Temístocles de atraer la flota persa al estrecho de Salam ina, donde las
naves griegas, más veloces, podrían destruirla. Por su parte, Leónidas,
aún suponiendo que pronto ocurriría un encuentro naval en Artemisium,
pero informado de que los persas habían tomado un atajo, decidió enviar
de regreso a la mayoría de sus soldados y se quedó sólo con 1 000 focen-
ses, 300 espartanos y 700 tespios. Su objetivo era contener a los persas
algunos días, con objeto de dar tiempo a la flota griega para destruir a su
adversaria. Por consiguiente, envió a los focenses al lugar en que suponía
que los persas saldrían del atajo, hacia Titronio y Elatea, y conservó sus
mejores tropas en las Termopilas. El general persa Hidarnes, guiado por
el traidor Efialtes, había tomado, empero, otro cam ino, descendiendo
por Anopea, y sorprendió por la retaguardia a Leónidas. Los griegos for­
maron un cuadro y lucharon heroicamente hasta el último hombre.
Tem ístocles convenció a los atenienses de que debían abandonar la
ciudad, imposible de defender, y trasladarse a Salamina y al Pelopone-
so, confiado en que su marina vencería a los persas. Los hechos dieron
la razón a Tem ístocles. Los persas ocuparon A tenas, derrotaron al
pequeño contingente que había insistido en defender la acrópolis y des-
282 GRECIA

pues saquearon e incendiaron la ciudad. M ientras tanto, Tem ístocles,


por medio de un mensajero, hizo creer a Jerjes que la flota griega, con­
centrada en el estrecho de Salam ina, trataría de escapar por la noche.
Jerjes, creyendo que los griegos estaban cerca de una completa derrota,
ordenó a su flota penetrar en el estrecho y bloquear los dos canales que
rodean la isla de Pritaleya, ocupada por los persas. La flota griega,
siguiendo el plan de Tem ístocles, atacó en masa a los persas el 23 de
septiembre de 480 a.C. Atrapados en las estrechas aguas del canal, los
persas no pudieron maniobrar ni aprovechar el superior número de sus
naves. La flota persa cayó en un com pleto caos, en el cual barcos que
huían de los griegos chocaban con los que aún trataban de seguir avan­
zando. Al término de la batalla, los persas habían perdido 200 navios,
entre ellos el corazón mismo de su armada, la flota fenicia.
Jerjes, que había contemplado la batalla desde su trono en lo alto de
una colina, privado de su línea naval de abastecimiento, se vio obligado
a retornar a Persia con el único consuelo de haber incendiado Atenas. El
ejército persa fue dividido en tres secciones. Una tercera parte, que
incluía a los Inmortales, siguió al rey; otra, a las órdenes de Artabaces, fue
a Tracia; y el otro tercio, a las órdenes de Mardonio, pasó el invierno en
Beoda.
Al año siguiente Mardonio, con un ejérdto de 60 000 hombres, volvió
a invadir el Ática, tratando de lograr la definitiva conquista de Grecia.
Los griegos, a las órdenes del rey ágida Pausanias, con fuerzas inferio­
res, marcharon a enfrentarse a él en Platea. Mientras las fuerzas atenien­
ses fueron retardadas por tropas beocias aliadas de los persas, Pausa­
nias, con sus hoplitas espartanos, logró resistir la carga de la caballería
persa y lanzó un devastador contraataque que puso en fuga a sus
adversarios; Mardonio pereció en la batalla. Después de la victoria, los
griegos ajustaron cuentas a los tebanos, que habían apoyado a los per­
sas, y tomaron la ciudad después de sitiarla, ejecutaron a los jefes pro­
persas y establecieron un régimen democrático.
Al mismo tiem po de la victoria de Platea, el rey euripóntida, Leotí-
quidas, hizo desembarcar a sus hombres en Micala, adonde la flota per­
sa había llegado para unirse con sus fuerzas de tierra, la tomó por sor­
presa y le infligió una aplastante derrota. Los persas, que perdieron a
sus generales M ardontes y Tigranes, lograron quem ar sus naves para
im pedir que cayeran en manos de los griegos. Entonces, Leotíquidas
acudió en ayuda de los jonios, que se levantaron contra Persia y se unie­
ron a la flota griega que sitió Sestos, en el Quersoneso de Tracia. Luego,
los espartanos volvieron a su tierra mientras atenienses y jonios comple­
taban la derrota de los persas al apoderarse de Sestos en 478 a.C.
GRECIA 283

La grave derrota infligida a los persas, que demostró la superioridad


de la marina griega en el mar y de los hoplitas griegos en tierra, movió a
Jerjes a abandonar sus planes de conquistar Grecia y concentrar su aten­
ción, durante el resto de su reinado, en asuntos internos y en gozar de la
buena vida en sus varios palacios.

E. La Atenas del siglo v a,C.

El siglo v a.C. constituyó el momento culminante de la civilización griega.


Pese a las im portantes contribuciones de otros varios centros griegos,
como Esparta, Argos y Corinto en Grecia, Sam os y M ileto en Asia
Menor, Siracusa y Acragas en Sicilia, y Elea en Italia, fue en Atenas don­
de la civilización griega del siglo v alcanzó en todos los ám bitos su
expresión más completa y sus logros más notables. En lo interno, estuvo
el triunfo político de una auténtica democracia de masas. En lo interna­
cional, el hecho de derrotar a las inmensas fuerzas persas — reconocida­
m ente, con la decisiva participación m ilitar de Esparta— y el sim ple
genio ateniense al contener al Imperio persa y formar un sistema heléni­
co, encabezado por Atenas, empezando por la Liga de Délos, que des­
pués se extendería hasta ser el Imperio alejandrino. Y, ante todo, las rea­
lizaciones culturales de crear esos fundam entos perm anentes de la
com prensión racional del mundo y del hombre, y las norm as, aún no
superadas, de perfección artística en la arquitectura, la escultura y el
teatro.
Durante el siglo v a.C., Atenas se enfrentó a tres principales cuestio­
nes interrelacionadas: 1) las Guerras Médicas (499-478 a.C.) y después la
prolongada contención del Imperio persa; 2) la relación entre Atenas y
Esparta y, en general, la definición del papel de Atenas en Grecia y las
opciones del Im perio ateniense, y 3) la form ación de una dem ocracia
igualitaria para la ciudadanía ateniense y el conflicto entre los princi­
pios de igualdad y com petencia en el gobierno del Estado. Estas tres
cuestiones estuvieron interrelacionadas de diversas maneras.
Después de la victoria de M icala, la am enaza persa se hizo m enos
inmediata, aunque siguiera siendo un gran peligro potencial. Pese a la
relativa superioridad m ilitar de los griegos en tierra y mar, el abasto
prácticamente inagotable de recursos persas, tanto de hombres como de
dinero, más las ventajas en la práctica de un mando unido en com para­
ción con la pluralidad de los jefes (en continuo conflicto) de Grecia, eran
factores que podrían tener consecuencias catastróficas para los griegos
en un futuro no muy lejano. Esparta, siempre renuente a intervenir en
284 GRECIA

planes a largo plazo y a comprometerse fuera de su zona de influencia,


no tom aría ninguna iniciativa. Fueron jonios y atenienses quienes la
tomaron y decidieron unir sus esfuerzos para expulsar de todo el terri­
torio griego a los persas y adoptar medidas defensivas contra toda nue­
va posible agresión de Persia. Con este propósito fue creada en 478 a.C.
la Liga Delia, con sede en Délos, donde se reuniría la asamblea general
de los aliados (synedrion), que determinaba la política de la Liga. Cada
aliado había de aportar una cuota en naves o en dinero, según una pro­
porción sugerida por Arístides con base en el anterior tributo pagado a
los persas.
Cim ón, hijo de M ilcíades, fue nom brado com andante en jefe de la
Liga Delia. A sus órdenes, las fuerzas de la Liga tomaron los fuertes per­
sas situados a lo largo de la costa tracia, con excepción de Dorisco. Eión
fue tomada después de un largo sitio en 476 a.C., pese a la heroica
defensa de su com andante persa, Boges, quien m ató a su fam ilia y se
suicidó antes que rendirse.
Durante casi 15 años, Cim ón dominó la política de A tenas, hasta el
surgimiento del partido popular presidido por Efialtes y el juicio a que
él mismo fue sometido en 463 a.C. Se orientaba hacia dos metas básicas:
1) la continua contención de Persia y la eliminación de las fuerzas per­
sas que aún quedaban en territorio griego, y 2) el m antenimiento de la
alianza entre Atenas y Esparta, como condición para la unidad griega y
la paz interna. Por causa de la posición antiespartana de Temístocles y
sus directas relaciones con Pausanias, que por entonces era un renegado
espartano, Cim ón, aún al mando de la política ateniense, obtuvo el
ostracismo de Temístocles en 471 a.C. Temístocles (ca . 528-467 a.C.), des­
pués de ser el principal arquitecto de la resistencia a Persia y el creador
del poderío naval ateniense, fue llevado por sus sentimientos antiespar­
tanos a conspirar contra la política proespartana de Cimón y a enredar­
se en las secretas intrigas de Pausanias con Artabaces, sátrapa de Dasci-
lio sobre el Propóntide.
La relación entre Atenas y Esparta fue convirtiéndose paulatinamente
en el problema principal de la política de Atenas, con el creciente poder
del partido popular de Efialtes. Éste consideraba que la nueva posición
de A tenas, como cabeza de la Liga Delia y como poderío hegem ónico
cada vez más imperial, estaba convirtiendo la alianza espartana en una
desventaja.
El gobierno de Efialtes (462-461 a.C.) fue seguido por el de Pericles
tras el asesinato de aquél. Pericles logró mantener el predominio del par­
tido popular y su propio liderazgo —en una Atenas cuyas deliberaciones
democráticas eran dominadas por la clase popular de los tetes, quienes
GRECIA 285

también integraban las tripulaciones de la flota ateniense— , desde la


muerte de Efialtes (461 a.C.) hasta su propia caída en 430 a.C., con un
breve regreso al poder en 429, pocos meses antes de morir. Durante los
30 años de autoridad de Pericles, la política ateniense se dirigió constan­
temente hacia cuatro objetivos principales: 1) la expansión y conserva­
ción del im perio ateniense, en el cual se había transform ado la Liga
Delia; 2) la cautelosa pugna contra Esparta tras la protección de las gran­
des murallas de Atenas; 3) la edificación y consolidación de una dem o­
cracia igualitaria y de orientación social para los ciudadanos atenienses,
y 4) la transformación de Atenas en el centro cultural de toda la civiliza­
ción helénica.
Para conservar el Imperio ateniense, Pericles impuso enérgicam ente
el régim en de Atenas a todos los aliados que intentaban retirarse de la
antigua Liga o alianza o que trataran de afirmar su propia autonom ía,
como en el caso de Eubea en 446 a.C. y de Samos en 440 a.C. Las G ue­
rras del Peloponeso, hasta cierto punto provocadas deliberadam ente
por Pericles, im plícita pero eficazm ente robustecieron el Im perio ate­
niense al unir a los aliados de A tenas contra el enem igo com ún en el
Peloponeso.
La estrategia de Pericles en la lucha contra Esparta consistió esencial­
mente en evitar las batallas campales, en las que los espartanos tenían
una superioridad manifiesta, y en mantener a los atenienses tras la pro­
tección de sus murallas, mientras la flota ateniense prevalecía sobre los
espartanos y acosaba sus instalaciones costeras. Tal estrategia demostró
ser sumamente eficaz durante los dos primeros años de la guerra, pero
impuso a los campesinos atenienses la severa carga de tener que aban­
donar sus tierras y refugiarse, con todas las propiedades que pudieran
llevarse, tras los muros de Atenas. Fue el apiñamiento de refugiados de
los campos, en terribles condiciones sanitarias, el que provocó la gran
peste de 430 a.C., que mató a una cuarta parte de la población y de la
que finalmente cayó víctima el propio Pericles en 429 a.C.
Los 30 años de la jefatura de Pericles constituyeron el apogeo de Ate­
nas. En lo internacional, correspondieron a su máximo prestigio y pode­
río, y fueron el periodo (en el curso de transform ar la Liga Delia en el
Imperio ateniense) en que la hegemonía de Atenas fue menos resentida
por sus aliados, debido a los persistentes temores al peligro persa y por
el gobierno ilustrado de Pericles, pese a sus iniciativas de instalar cleru-
quías, que tanto disgustaron a los aliados. En materia de política inter­
na, Pericles m antuvo el continuo apoyo del demos por m edio de sus
reformas democráticas y su política igualitaria, mientras que, al mismo
tiempo, su probidad personal y su incesante búsqueda de todas las for­
286 GRECIA

mas de excelencia le perm itieron conquistar el apoyo de casi todos los


mejores hombres de Atenas.
La era de Pericles fue, ante todo, el momento supremo de la cultura
ateniense- Esa época inspiró las últimas tragedias de Esquilo (525-456
a.C.), como La Orestiada (458 a.C.), y algunas de las mejores tragedias de
Sófocles (496-466 a.C.), como Antígona (441 a.C.). Por iniciativa de Peri­
cles se construyó el Partenón, obra maestra de la arquitectura griega,
dirigida por Ictino y su ayudante Calícrates, con obras escultóricas de
Fidias, entre ellas la enorme estatua criselefantina de Atenea. Otra obra
maestra de la acrópolis, también debida a Pericles, fue el Propileo, edifi­
cado en 435 a.C. y diseñado por M nesicles, quien después iniciaría la
construcción de esa otra joya de la acrópolis, el Erecteón, concluido en
405 a.C. En lo intelectual, la generación de Pericles marcó el surgimiento
del espíritu crítico. Tal fue un cambio de acento de la anterior filosofía
jónica, que pasó de inquirir en la naturaleza de la naturaleza a inquirir
en la naturaleza del hombre con Anaxágoras (cu. 500-428 a.C.), maestro
y am igo de Pericles, y después con Sócrates (470-399 a.C.), am igo de
Aspasia. También constituyó un giro de la adm isión indiscutida de las
tradiciones religiosas, con Esquilo, al relativismo de Protágoras (ca. 485­
415 a.C.) y los sofistas.

F. Las Guerras del Peloponeso

Visión general

Las hostilidades militares entre Atenas y Esparta, que en ciertos momentos


abarcaron a casi todos los Estados griegos, tuvieron tres fases principales:
1. La primera Guerra del Peloponeso, de 460 a.C. a la Paz de los Trein­
ta Años, de 446-445 a.C.
2. La Guerra Arquidámica, de 431 a.C. hasta la Paz de Nicias en 421 a.C.
3. La Guerra Deceleica o Jónica, de 414 a.C. hasta la rendición de Atenas
en 404 a.C.
Las dos últimas fases correspondieron a un conflicto en gran escala,
casi continuo, que constituyó la gran Guerra del Peloponeso.

La primera Guerra del Peloponeso

La primera Guerra del Peloponeso también fue la consecuencia inicial


de la peligrosa polarización de la mayoría de los Estados griegos entre
dos bloques potencialm ente hostiles: la Liga del Peloponeso y la Liga
GRECIA 287

Delia. Esparta y Atenas, principales ciudades de cada una de las dos


ligas, tenían en sus áreas Estados rivales y hostiles: Argos y Egina, res­
pectivam ente. Una alianza de cualquiera de estos dos Estados con la
potencia rival representaba una grave amenaza a su respectiva vecina.
A mayor abundam iento, cualquier cambio significativo en la posición
de poder de uno de los dos Estados principales necesariamente obliga­
ría al otro a adoptar medidas compensatorias.
En semejante situación, la alianza concluida a finales de 462 a.C. por
Atenas con Argos y Tesalia representó una am enaza para Esparta. Al
año siguiente, la alianza de Atenas con Megara, por entonces en conflic­
to con Corinto, y la construcción de una gran muralla protectora por los
atenienses, que conectaba a Megara con su puerto de Nicea, constitu­
yeron un desafío a Corinto, vital aliado de Esparta. Los corintios decidie­
ron oponerse a im desembarco ateniense en Halieis. Más adelante, Egi­
na, sintiendo amenazado su comercio oriental por la Liga Delia, se alió a
los peloponeses y reunió una gran flota en el Golfo Sarónico. La flota
ateniense tomó la iniciativa y atacó, infligiéndole una severa derrota.
Mientras tanto, los atenienses aceptaron la invitación del pretendien­
te Inaros, rey de Libia, para unirse a él en la rebelión de Egipto contra
los persas. La doble intervención de los atenienses en Egipto y Egina fue
vista por los corintios como una ocasión propicia para una invasión de
Megárida (459-458 a.C.). El general ateniense Mirónides, al frente de una
tropa de soldados muy jóvenes o ya un tanto avejentados (pues las me­
jores fuerzas estaban en Egina y Egipto), logró, a pesar de todo, derrotar
a los corintios.
Sin embargo, en 457 a.C., mientras Egina finalmente se rendía a Ate­
nas y era obligada a ingresar en la Liga Delia como Estado tributario,
Esparta, habiendo logrado sofocar la rebelión de los ilotas después del
terremoto de 464 a.C., entró en la guerra, restauró la Liga Beocia bajo la
hegem onía de Tebas y derrotó a las fuerzas atenienses en Tanagra. El
conflicto de Atenas con Corinto fue la primera Guerra del Peloponeso.
Esta resultó un enfrentamiento indeciso. Los atenienses sufrieron un
verdadero desastre militar en Egipto a manos de Persia, y junto con sus
aliados perdieron más de 50 000 hombres.4 Pero la diplom ada de Peri-
cles, quien probablemente había sobornado al rey espartano Plistoanax,
im pidió la que habría podido ser otra catástrofe m ilitar cuando los
espartanos, después de llegar a Eleusis, decidieron retornar a Esparta.
Ulteriores negociaciones con Esparta condujeron a la Paz de los Treinta
Años.
4 Cf. E. M. Walker, The Cambridge Ancient History, vol. v, cap. m, Cambridge University Press,
1969, p .84.
288 GRECIA

La Paz de los Treinta Años

En el invierno de 446 a.C. se reunió en Esparta una conferencia de paz.


La base del acuerdo fue, prim ero, la rendición de lo que quedaba del
Im perio de Atenas en tierra (los puertos m egáricos de Pegea y Nicea,
junto con Aquea y Trozen en la Península del Peloponeso) y, segundo, el
reconocimiento de Esparta al Imperio ateniense en el Egeo. En las nego­
ciaciones, Atenas logró conservar Naupacto y Egina. Argos y A tenas
recibieron el derecho de concluir entre sí una alianza separada, siempre
que no fuese dirigida contra Esparta.
El tratado de la Paz de los Treinta Años fue un compromiso para A te­
nas pero un triunfo para Pericles, quien obtuvo las concesiones concer­
nientes a Naupacto y Egina. La anterior guerra demostró la incapacidad
de Atenas para combatir al mismo tiempo a Esparta y a Persia. Por en­
tonces, Atenas sólo logró movilizar 13 000 hoplitas. A ristóteles calculó
que durante ese periodo Atenas estaba perdiendo de 2 000 a 3 000 hopli­
tas por año.
La política de Pericles, además de sobreexplotar los recursos de A te­
nas, cometió tres errores decisivos: 1) suponer que la supresión obligada
de las oligarquías en las ciudades bajo el régimen de Atenas y la intro­
ducción de la dem ocracia asegurarían el apoyo popular a A tenas; de
hecho, esas ciudades apreciaban su autonom ía m ucho más que la
democracia; 2) creer que las ventajas que aportaba el Imperio ateniense
— contención de Persia, uniformidad de la ley y de los acuerdos contrac­
tuales y protección del comercio internacional contra la piratería— com­
pensarían la sumisión de los aliados a la autoridad discrecional de Ate­
nas, y 3) suponer que el Im perio ateniense podría resistir, llegado el
caso, a un ataque sistemático de la Liga del Peloponeso.

La Guerra Arquidámica (431-421 a.C.)

Com o ya hem os com entado, la form ación de dos bloques rivales, la


Liga del Peloponeso y el Imperio ateniense, creó una situación de tenso
equilibrio en Grecia, en la que toda modificación en la relación de fuer­
zas en favor de un bando provocaba la necesidad de adoptar medidas
compensatorias en el otro.
La segunda fase del enfrentam iento, la Guerra Arquidámica, surgió
inicialm ente de la querella de Corcira con Corinto por su colonia con­
junta de Epidamno. Esta disputa causó un enfrentamiento naval en 435
a.C., del que Corinto salió vencido. Inmediatamente, Corinto inició los
GRECIA 289

preparativos de una gran expedición. Para protegerse, Corcira pidió la


ayuda de A tenas, que no se hizo del rogar, principalm ente porque
intentaba obtener una base en el oeste de Grecia, entre Corcira y la costa
de Epiro. La oportuna intervención de una flota ateniense impidió que
los corintios derrotaran a los corcirenses en una batalla naval, en 433
a.C. Entonces, Atenas exigió que Potidea — antigua colonia corintia—
dejase de recibir magistrados corintios y demoliera sus murallas. Como
esta dem anda fue rechazada por los potidenses, en 432 a.C. Atenas
envió un destacamento militar que venció a las fuerzas locales. Una vez
con el dom inio de Potidea, Pericles, deseando hacer un alarde de la
fuerza ateniense y castigar a los m egarenses por la m atanza en unas
guarniciones atenienses 14 años antes, obtuvo de la asamblea un decre­
to que impedía a los megarenses emplear cualquier puerto del Imperio
ateniense, medida que arruinaría a Megara. Aunque Pericles alegó que
esa acción no infringía el tratado de la Paz de los Treinta Años, los
espartanos, apremiados por los corintios, los megarenses y los egineten-
ses, declararon que aquello constituía una violación del tratado. Enton­
ces, se reunió la Liga del Peloponeso y declaró la guerra en 432 a.C.
La Guerra Arquidámica, marcada por la gran peste que mató a más
de una cuarta parte de la población ateniense en 430-429 a.C., incluido
Pericles, en términos generales no fue demasiado favorable para Atenas.
Cleonte, un orador popular (demagogue) que sucedió a Pericles como
jefe político de Atenas, fue muerto ante Anfípolis. También pereció el
triunfante general espartano Brasidas. La m uerte de los dos caudillos
que habían instigado a la guerra allanó el camino a un acuerdo útil para
ambos bandos.
En 421 a.C., Nicias, que por entonces dominaba la política ateniense,
logró negociar con Esparta la llamada Paz de Nicias, que supuestam en­
te duraría 50 años. El principio rector del acuerdo de paz fue la devolu­
ción de lo que cada bando había tomado en el curso de la guerra. Los
atenienses se quedarían con Nicea hasta que Platea fuese devuelta por
los beocios; las ciudades calcídicas recuperarían su autonom ía, pero
quedarían como tributarias de Atenas. Los prisioneros de guerra serían
liberados, y Anfípolis devuelta a Atenas. Sin embargo, el tratado, más
favorable a Atenas de lo que merecían los anteriores encuentros m ilita­
res, no fue plenam ente respetado. Clearidas, el nuevo com andante de
las fuerzas espartanas, se negó a devolver A nfípolis. Los corintios,
megarenses, eleáticos y beocios, aliados todos ellos de Esparta, velando
por sus respectivos intereses, se negaron a firm ar el tratado. Esparta,
deseosa de volver a tener mano libre ante la inminente expiración de su
tratado de paz con la hostil Argos, como medida protectora decidió fir-
290 GRECIA

m ar una alianza de 50 años con Atenas. En vista de esta alianza, fue


concluida otra entre Elis, M antinea, Corinto, las ciudades calcídicas y
Argos.

La Guerra Deceleica (414-404 a.C.)

Podía predecirse que la precaria paz entre Esparta y Atenas tendría


muy breve vida. Los beodos, antes de devolver Panacto a Atenas en 420
a.C., la arrasaron. Esta acción movió a Corinto a abandonar la Liga Argi-
va. Entonces, Atenas formó una cuádruple alianza de 100 años con
Argos, Mantinea y Elis, pese que los dos últimos Estados se hallaban en
guerra contra Esparta.
Después de cierta tregua, en 418 a.C. Esparta decidió invadir Argos,
su vieja enemiga, comprometiendo así la alianza de Atenas con Argos.
Atenas se sintió obligada a apoyar a Argos, pero los espartanos derrota­
ron a las fuerzas aliadas en la batalla de Mantinea. Argos se vio inicial­
m ente obligada a aceptar una alianza de 50 años con Esparta, pero al
año siguiente la rechazó y renovó su alianza de 50 años con Atenas. En
tales condiciones, Atenas fue impulsada a un nuevo enfrentamiento con
Esparta, y la guerra se declaró formalmente en el año 414 a.C.
El nuevo conflicto, esta vez de 10 años, resultó absolutamente desas­
troso para Atenas. Pese a algunos triunfos atenienses, como en las bata­
llas navales de Cízico en 410 a.C., al mando de Alcibíades, y de las Argi-
nusas en 406 a.C., bajo el hábil mando de Conón, los atenienses fueron
totalmente derrotados por los espartanos. La infausta expedición sicilia­
na de 415-413 a.C., bajo el triple mando del caprichoso A lcibíades,5 el
excesivamente cauteloso Nicias y el intrépido Lámaco, y la catastrófica
destrucción de la flota ateniense en la batalla de Egospótamos en 405 a.C.
debida a la completa negligencia de los comandantes, más el hecho de
que los espartanos fueron ayudados por el "oro persa", condujeron a la
final y definitiva rendición de Atenas en 404 a.C.
Los desastres de la guerra tuvieron serias repercusiones políticas para
Atenas, desmoralizando al partido popular (responsable de la política
imperialista y de la guerra) y desacreditando las instituciones dem ocrá­
ticas introducidas por Clístenes y mejoradas y extendidas por Pericles.
En el año 411, los clubes oligárquicos de Atenas (hetairai), empleando
tácticas terroristas, lograron lim itar la ciudadanía a los atenienses más

5 Nicias llegó a ser a la postre el comandante máximo de la expedición, antes de finales de 415
a.C., después del retiro de Alcibíades, quien huyó a Esparta acusado de la mutilación sacrilega de
las Hermas.
GRECIA 291

ricos, lo cual redujo el cuerpo de votantes a un grupo de unos 5 000


hombres. La junta de los 400, provisionalm ente elegida para gobernar
hasta que fueron elegidos los 5000, asum ió el auténtico gobierno del
Estado. La intervención de un aristócrata moderado, Teramenes, ayudó
a restaurar la dem ocracia en 410 a.C. Con la derrota y la rendición de
404 a.C., negociada por Teramenes, se nombró una comisión de 30 hom ­
bres para promover reformas y proponer una nueva Constitución. Sin
embargo, los Treinta, como los 400 antes que ellos, se arrogaron plenos
poderes y, encabezados por Critias, establecieron un régimen tiránico, sa­
crificaron a Teramenes y persiguieron y ejecutaron a quienes se oponían
a su voluntad.
En 403 a.C., bajo la jefatura de Trasíbulo, los Treinta fueron depuestos
y, tras el efímero gobierno de los Diez, apoyado por el general espartano
Lisandro, se restauró la democracia bajo la protección del rey Pausanias.

G. Grecia en el siglo iv a.C.

Las cuestiones principales

Pasando de los escombros de las Guerras del Peloponeso en los prim e­


ros años a la hegem onía macedónica de las últimas décadas, la Grecia
del siglo iv a.C. se enfrentó a dos problemas políticos principales. El pre­
ponderante durante todo el siglo fue el conflicto entre las aspiraciones
profundam ente arraigadas de la ciudad-Estado — conservar su in d e­
pendencia y su autogobierno— y las diversas fuerzas y factores que
condujeron a la formación de grandes unidades políticas, que tendían a
un único sistema panhelénico. El segundo problem a — directam ente
relacionado con el primero— fue la actitud contradictoria de los princi­
pales Estados griegos, particularmente Esparta y Atenas, al ver a Persia,
por una parte, como el enemigo histórico d é la Hélade y considerar que
era deber general de los griegos intentar liberar las ciudades griegas
situadas en la costa asiática del Egeo; y por otra, emplear los recursos
m ilitares o financieros persas a conveniencia de las operaciones de los
Estados griegos en las pugnas que sostenían entre sí.
Presentaremos aquí una breve descripción de las principales vicisitu­
des políticas en el curso de la primera parte del siglo iv a.C. Tratarán del
conflicto entre las fuerzas centrífugas y centrípetas en Grecia, así como
de la ambigüedad griega entre sus sentimientos antipersas y el pragmá­
tico expediente de emplear recursos persas para los fines particularistas
de cada ciudad-Estado.
292 GRECIA

El conflicto del Peloponeso terminó con una sólida hegemonía espar­


tana sobre los Estados griegos basada en el poderío militar, que, aunque
decisivamente reforzado por el "oro persa", había aniquilado a las fuer­
zas adversarias y reducido a Atenas a la rendición incondicional, con
una guarnición espartana que vigilaba la ciudad y los Treinta tiranos
(apoyados por Esparta) que la dominaban. El remplazo de Lisandro por
el rey Pausanias permitió al pueblo ateniense, encabezado por Trasíbulo,
expulsar a los Treinta y, a la postre, restaurar la democracia ateniense.
Esparta había triunfado en el conflicto del Peloponeso y se jactaba de
haber liberado a Grecia de un Imperio ateniense basado en la imposición
forzosa de su gobierno sobre los antiguos miembros de la Liga Delia, así
como del intento ateniense de ejercer una dominación hegemónica sobre
toda Grecia. Por otra parte, la victoria espartana había sido decisivamen­
te ayudada por el "oro persa". Habiendo logrado una indiscutible supe­
rioridad militar sobre todos los Estados griegos, ahora los espartanos se
enfrentaban a dos dilemas. Por una parte, de acuerdo con sus propios
principios e instituciones, o bien volver con sus fuerzas a Laconia y per­
m itir que las ciudades vencidas se gobernaran librem ente, o bien, ha­
biendo logrado un verdadero dominio sobre la mayoría de los Estados
griegos, someterlos a una declarada hegemonía espartana. Por otra par­
te, o el de continuar sus relaciones de cooperación con el Imperio persa,
abandonando las ciudades griegas del este a su dominación, o bien em­
plear las fuerzas combinadas de Grecia, ahora bajo el dominio espartano,
para liberar de la dependencia extranjera a estas ciudades.
Al principio, bajo Lisandro y después bajo el rey A gesilao, Esparta
decidió conservar y fortalecer su hegemonía sobre Grecia, para lo cual
impuso gobiernos peleles a las ciudades dom inadas, bajo la despótica
dirección de un gobernador m ilitar (harmost) y m antuvo en ellas una
guarnición. Al mismo tiempo, intentó varias incursiones en territorio
persa (Dercílidas en 399 a.C.; Agesilao en 396-394 a.C.), pero trató de
evitar una confrontación directa con el Gran Rey.
En los años que sucedieron a la derrota de Atenas en 404 a.C., Esparta
intentó imponer un régimen despótico a su adversaria vencida mientras
al mismo tiempo mantenía un comando discrecional sobre sus propios
aliados y atacaba las satrapías de Tisafernes y de Farnabazo, en las
regiones suroccidentales del Imperio persa, confiando en la debilidad
de las defensas persas, que había quedado dem ostrada6 por Jenofonte
en la Retirada de los Diez Mil.

6 Jenofonte narra en su Anábasis (escrita en 386 a.C.) su célebre retirada de Persia a Grecia, en
401-399 a.C., después de la muerte de Ciro, quien aspiraba al trono persa contra su hermano Arta-
jerjes, apoyado, entre otras fuerzas, por los 10 000 hombres de Jenofonte.
GRECIA 293

Dercílidas en 399 a.C. y su sucesor, el rey A gesilao, en 396-394 a.C.,


asolaron territorios persas. La combinación de un trato autocrático a sus
aliados con la agresión a Persia -^que no afectó considerablem ente los
recursos del Imperio— condujo a la formación de una liga antiesparta­
na apoyada por Persia entre Corinto, Tebas, Argos y A tenas, a la que
después se adhirieron los eubeos, arcamos y calcidicos, que llevó a la
llamada Guerra Corintia.
La Guerra Corintia duró de 395 a 387 a.C., con resultados indecisos;
los espartanos vencieron en varios encuentros en tierra y sufrieron gra­
ves derrotas navales, primero a manos del almirante ateniense Conón,
mandando una flota persa en Cnido en 394 a.C., y después a manos de
la marina ateniense capitaneada por Trasíbulo. El apoyo de Persia a Ate­
nas, que permitió la reconstrucción de las grandes murallas y el finan-
ciamiento de la flota, lo cual convirtió una vez más a Atenas en una gran
potencia, llegó a su fin cuando, por razones patrióticas, Atenas se sintió
obligada a adoptar el bando de Evágoras de Chipre en su rebelión contra
Persia en 390 a.C.
Este hecho introdujo un cambio significativo en la situación al perm i­
tir un acercamiento de Esparta a Persia. El resultado de todo esto fue la
paz negociada por el enviado espartano A ntálcidas, tam bién llam ada
la /7Paz del Rey7', de 387 a.C. Los exhaustos beligerantes griegos fueron
convocados por el sátrapa Tiribazo a Sardes, donde oyeron el veredicto
del Gran Rey: las ciudades asiáticas griegas quedarían bajo dom inio
persa, m ientras que las otras serían libres y autónomas. La resistencia
de Atenas fue quebrantada por el bloqueo espartano del Helesponto, y
Tebas fue obligada a aceptar sus condiciones. Entonces, Esparta tuvo
manos libres para ajustar sus cuentas en Grecia.
En los años siguientes, Esparta dividió M antinea, se apoderó de la
ciudadela tebana — donde dejó una guarnición y nombró a un harmost
espartano sobre la ciudad— , tomó Olinto y por último disolvió la Liga
Calcídica en 379 a.C. Esta última iniciativa tendría im portantes conse­
cuencias, por entonces imprevisibles, pues allanó el camino a la ulterior
unificación de Macedonia bajo Filipo II.
El segundo cuarto del siglo iv a.C. se señaló por una nueva coalición
antiespartana en Grecia, fom entada por el despotism o espartano: la
Segunda Liga Ateniense, en que participó Tebas con la excepcional jefa­
tura de Epaminondas, la cual gozó de un breve periodo de supremacía.
En ese mismo periodo (372-370 a.C.), Jasón de Fera logró, con asombro­
sa rapidez, unificar bajo su gobierno la mayor parte de Tesalia, en otro
intento de hegemonía griega que llegó a su fin al ser asesinado Jasón.
El hecho decisivo que contribuyó a una eficaz nueva coalición contra
294 GRECIA

Esparta fue la audaz iniciativa de Pelópidas de adueñarse de Tebas. Con


unos cuantos patriotas tebanos, logró entrar secretam ente en Tebas en
379 a.C. e invitó a los polemarcas proespartanos a un banquete, durante
el cual fueron asesinados por los conspiradores. El tiránico jefe de la fac­
ción proespartana, Leóntidas, fue muerto después. Al día siguiente el
pueblo se reunió en el ágora, proclamó la independencia de la ciudad y
confirió el mando militar a Pelópidas y a Epaminondas. La guarnición
espartana se rindió, y después de varias vicisitudes se estableció una
alianza entre Atenas y Tebas.
La Segunda Liga Ateniense, que encabezada por Calístrato reunió los
Estados de Tracia, el Egeo, Asia Menor, Tebas y Atenas, fue concebida
como un acuerdo igualitario entre Atenas y los aliados. Se tom aron
todas las precauciones para impedir que se formara un nuevo Imperio
ateniense y una política im perialista de Atenas. Los aliados form aron
una asamblea (synedrion) que tendría la misma voz y autoridad que la
ecclesia ateniense, de modo que las decisiones dependerían siempre de
su mutuo acuerdo. Se adoptó una contribución (syntaxeis) para financiar
el esfuerzo de guerra. El objetivo declarado de la Liga era obligar a
Esparta a respetar la independencia y la autonom ía de las ciudades
griegas.
Los hechos siguientes fueron condicionados por tres factores impor­
tantes. Uno de ellos fue la formidable eficiencia militar lograda por Epa­
minondas con las fuerzas tebanas. Combinando una severa preparación
militar con nuevas tácticas para la falange tebana y su excepcional jefatu­
ra personal, Epaminondas infligió sucesivas derrotas a los hasta entonces
invencibles hoplitas espartanos. Por su parte, los atenienses, encabeza­
dos por el alm irante Chabrias, destrozaron la flota espartana frente a
Naxos y adquirieron con ello el dominio de los mares.
La superioridad militar de la Liga habría dado por resultado la com­
pleta derrota de Esparta si no hubiesen intervenido dos circunstancias.
La primera fue el creciente alejamiento de Tebas y Atenas. Esta última,
no sin cierta envidia del genio militar de Epam inondas, se convenció
cada vez más de que aun cuando Esparta hubiese quedado reducida a
una posición secundaria, Tebas — geográficam ente cerca del A tica—
estaba convirtiéndose en una potencia hegemónica y representaría una
amenaza para la situación privilegiada de Atenas. Tebas se retiró de la
alianza en 371 a.C. y formó la Liga Arcadia. El tem or a Tebas produjo
una alianza entre Atenas y Esparta en 369 a.C., y después, tras la caída
de Calístrato en 365 a.C., a una paz separada de Atenas, encabezada por
Timoteo, con Tebas.
El tercer factor que impidió la derrota final de Esparta tuvo que ver
GRECIA 295

con la mala situación financiera de Atenas, que hizo cada vez más difícil
sostener el alto costo de su flota. Atenas se vio obligada a volver a fijar
im puestos a los aliados, como lo hiciera en su época im perial, lo cual
causó una rebelión que condujo a la llamada Guerra Social, de 357 a 355
a.C. Los atenienses, bajo el mando menos com petente de Cares tras la
muerte de Chabrias en 357 a.C., tuvieron que retirarse de Jonia y acep­
tar la independencia de sus aliados rebeldes. La Segunda Liga dejó de
funcionar y los acontecim ientos de Grecia tomaron un curso distinto,
con el ulterior surgimiento de Macedonia.

H. Macedonia

La segunda parte del siglo iv a.C. presenciaría el ingreso de un nuevo


protagonista en los asuntos griegos: M acedonia. G eográficam ente,
Macedonia forma el nexo que conecta a los Balcanes con la península
griega. La Macedonia propiamente dicha consistía en la llanura costera
del golfo Termaico, formado por los ríos Haliacmón, Lidias y Axius. Sus
dos regiones principales eran el valle del Haliacmón, en Pieria, y el valle
del Hagios.
Durante la prehistoria, M acedonia estuvo continuam ente ocupada
desde los tempranos tiempos neolíticos y poseyó una cultura uniforme
en la Edad de Bronce, poco influida por los micénicos. En ca. 1150 a.C.
fue invadida por un pueblo del norte que acaso provocara la ulterior
invasión de los dorios. La resultante población macedónica tuvo un ori­
gen diverso. La aristocracia era doria. Las tribus de la Alta Macedonia
eran una mezcla de cepas griega, iliria y tracia. La monarquía m acedó­
nica era hereditaria, pero sometida a la intervención de la aristocracia.
Los reyes eran primus ínter pares entre sus súbditos aristocráticos y man­
tenían una vaga soberanía sobre los príncipes vasallos — en esencia
independientes— de la Alta Macedonia.
Según la tradición, el reino macedónico fue fundado por los herácli-
das, llegados de Argos, ya fuese Perdicas, hijo de Témenos, o Caranos,
quien en 796 a.C. convirtió a Edesa en capital del nuevo reino. Perdicas
I, reinante a mediados del siglo v ii a.C., es el primer rey registrado en el
árbol genealógico real de Macedonia.
La helenización de este reino sem ibárbaro em pezó con A lejandro I
(495-450 a.C.), recibió un nuevo im pulso de Arquelao, que fue rey de
413 a 399 a.C., y organizó el poderío militar de M acedonia al preparar
una infantería y construir caminos. Arquelao trasladó la capital de Ege a
Pella y atrajo a artistas griegos, como Eurípides y Zeuxis. Adoptó el
296 GRECIA

patrón m onetario persa y desarrolló el comercio. A m intas III (393-370


a.C.), después de un periodo de dificultades que siguió al asesinato de
Arquelao, aumentó el poderío del reino por medio de una hábil política
de alianzas, y además presentó una efectiva resistencia militar a los ilirios
y los dárdanos.
Los dos hijos mayores de Amintas III, A lejandro II y Perdicas III,
murieron jóvenes, dejando el último de ellos un hijo que estaba aún en
la infancia. El tercer hijo de Amintas, Filipo II, fue nom brado regente
en 359 a.C. y, para seguridad del Estado, que se veía bajo graves amena­
zas internas y externas, fue proclamado rey en 356 a.C.7
Filipo com enzó su reinado disponiendo de sus cinco com petidores
internos. Su medio hermano Arquelao fue ejecutado, m ientras que los
otros dos, Arrideo y Menelao, huyeron del país. Mediante ciertas dispo­
siciones, anuló las pretensiones de los otros dos pretendientes. Habien­
do consolidado su posición en el trono, efectuó una radical reorganiza­
ción del ejército, y aplicó y mejoró el arte militar que había aprendido de
Epaminondas durante su breve periodo de permanencia en Tebas. Con
su nueva falange sometió a los príncipes bárbaros de la Alta Macedonia
e impuso un pleno dominio centralizado a todo el país.
Filipo dedicó toda su extraordinaria energía y talento en el curso de
los 20 años siguientes a establecer la hegem onía panhelénica, aunque
intentara m inim izar el empleo de medios coercitivos, en particular en
Atenas, y trató de dar un carácter consensual a la unión de los griegos
bajo su égida, así como un propósito superior a tal unión: la m oviliza­
ción de toda Grecia contra Persia.
En términos generales, las campañas de Filipo en su búsqueda de la
hegem onía griega pueden dividirse en dos fases. La primera empezó
con la tercera Guerra Santa y concluyó con la Paz de Filócrates en 346
a.C., que consolidó casi todas las ganancias de Filipo. La segunda, que
surgió de la movilización de una alianza griega promovida por Demos-
tenes contra Filipo, condujo a la cuarta Guerra Santa en 399-338 a.C. y
terminó con la irremisible derrota de Atenas y sus aliados en la batalla de
Queronea.
La tercera Guerra Santa se originó por la negativa de los separatistas
focios a pagar una cuota que les había impuesto el Consejo Anfictiónico,
por haber cultivado sacrilegamente en la llanura Criseana, consagrada a
Apolo. Los focios reaccionaron tomando posesión de Delfos (335 a.C.) y
de su tesoro sagrado, y empleando los fondos para organizar un gran
ejército mercenario que primero estuvo al mando de Filomelo y luego,
7 Algunos especialistas, como lo subraya el profesor Roger Bagnall, consideran más probable
que Filipo fuese proclamado rey después de la muerte de Perdicas III en 359 a.C.
GRECIA 297

tras su muerte, al de Onomarco. Los anfic ti órneos declararon la guerra


santa contra los tocios (la tercera) y pidieron a los beocios (que habían
tenido que ver en el asunto) y después a Filipo, a petición de los tesa-
lienses, que los castigaran. Aunque la primera batalla con los beocios no
le fue muy favorable, Onomarco, al enfrentarse a Filipo, logró infligirle
dos derrotas, pero finalmente en 352 a.C. Filipo venció por com pleto a
los io d o s en una batalla en la que Onomarco pereció.
A pesar de todo, la guerra duró varios años más porque los aliados de
los focios tenían sus propios objetivos independientes. Esparta deseaba
reconquistar M esenia, m ientras Tebas estaba ocupada com batiendo a
los focios. Atenas quería debilitar a Tebas e im pedir la expansión de
M acedonia. Por su parte, Filipo trataba de ensanchar y consolidar sus
dominios. Se adueñó de la mayor parte de la costa del norte del Egeo,
con excepción del Quersoneso y de la zona de la Liga Calcídica. Demos-
tenes, iniciando su aparición en la vida pública alarmado por el avance
de Filipo por el Propontis, pronunció su primera Filípica , en la que pro­
puso enviar una poderosa fuerza ateniense a Tracia para contener a Fili­
po. Eubulo, el hábil financiero que por entonces dom inaba la política
ateniense, intentó mantener una posición cautelosa. Sin embargo, el ata­
que de Filipo a Olinto movilizó la opinión pública ateniense, azuzada
por las Oraciones olintiacas de Demóstenes. Una fuerza de 2 000 hombres
fue enviada para liberar a Olinto, pero llegó demasiado tarde, pues Fili­
po ya había tomado y destruido la ciudad e incorporado otras varias
ciudades a la confederación de Macedonia.
Financieramente exhausta, Atenas no estaba ya dispuesta a em pren­
der una larga cam paña contra Filipo. Las negociaciones de paz final­
mente condujeron a la Paz de Filócrates en 346 a.C., en que se respetó el
statu quo territorial de los contendientes; Filipo conservó el derecho de
zanjar su disputa con los focios, a los que pronto derrotó; el lugar de los
focios en la Liga Anfictiónica fue ocupado por Macedonia.
Los años transcurridos entre la Paz de Filócrates (346 a.C.) y la declara­
ción de la cuarta Guerra Santa en 339 a.C, se caracterizaron por los persis­
tentes pero vanos esfuerzos de Filipo por establecer relaciones amistosas
con Atenas, y por el más persistente y logrado esfuerzo de Demóstenes
por despertar el odio contra Filipo entre los atenienses y m ovilizarlos
contra Macedonia.
Filipo sentía adm iración y sim patía por A tenas, a la que con razón
consideraba la capital de la cultura griega. En vista de que Macedonia
había sido un reino semibárbaro hasta el siglo v a.C. y sólo estuvo ex­
puesta a la helenización tardía, por lo cual no era aceptada en los círcu­
los clásicos de Grecia como Estado plenamente helénico, Filipo sintió la
298 GRECIA

necesidad de establecer nexos sólidos con Atenas como condición para


legitimar el papel predominante de Macedonia en el mundo griego. Por
consiguiente/ en el gran designio panhelénico de Filipo, el liderazgo
político-m ilitar de M acedonia debía estar íntim am ente asociado a la
posición predominante de Atenas en lo cultural. En ese proyecto, Espar­
ta, cuyo enfrentam iento m ilitar con Atenas podía luego extenderse a
Macedonia y Tebas, debía quedar reducida a un papel muy secundario.
Oponiéndose diam etralm ente a las ideas y los deseos de Filipo,
Demóstenes, que como proxenos de Tebas en Atenas sentía una gran sim­
patía por Tebas (que en realidad no compartía la mayoría de los atenien­
ses), intentó formar una sólida alianza entre Atenas y Tebas para conte­
ner a Macedonia, mantener quieta a Esparta y enviar las fuerzas de tierra
requeridas por Atenas — potencia naval— para ejercer su supremacía en
Grecia. Con ese fin, Demóstenes aplicó su genio retórico para convencer
a los atenienses de que el único propósito de Filipo, tras sus m anifesta­
ciones de simpatía, era devastar el Atica y aniquilar a Atenas.
La elocuencia de Demóstenes logró cambiar la tendencia política de
Atenas. Su partido superó al partido de la paz, encabezado por Eubulo
y Esquines y apoyado por Filócrates y Foción. Cuando Demóstenes, en
su incesante campaña conLra Filipo tanto en Atenas como en otros Esta­
dos griegos, logró en 341 a.C. separar de la alianza macedonia a Bizan-
cio y Propontis, Filipo tuvo que convencerse de que nunca obtendría la
sim patía de Atenas m ientras la política de ésta estuviese dirigida por
Demóstenes. Por tanto, decidió conquistar Atenas por la fuerza.
El primer paso de Filipo fue tratar de tomar Perinto y Bizancio. Sitió
Perinto, inútilm ente, y tampoco tuvo éxito un ataque por sorpresa a
Bizancio, en cuya defensa participaron los atenienses. Entonces, Filipo
se preparó a entablar la guerra terrestre. M ientras tanto, Demóstenes,
alentado por los fracasos de Filipo en el Helesponto, introdujo im por­
tantes cambios en las leyes que regulaban las contribuciones a la m ari­
na, haciéndolas proporcionales a la riqueza de cada ciudadano y m ejo­
rando con ello las finanzas de la flota.
Los preparativos de guerra de Filipo estaban bien avanzados cuando
un incidente ocurrido en el Consejo Anfictiónico le dio la oportunidad
de atacar en legítim a defensa el santuario de Delfos. El incidente tu­
vo que ver con un donativo de los atenienses al santuario en recuerdo
de que Tebas se había puesto del lado de los persas contra los griegos.
Anfisa, pasándose al bando de los ofendidos tebanos, propuso exigir a
Atenas el pago de una indemnización. Sin embargo, Esquines, represen­
tando a Atenas y empleando su mejor talento retórico, logró invertir la
sentencia final anfictiónica contra Anfisa, aprovechando otro incidente
GRECIA 299

que había movido al bando de Anfisa a atacar a un grupo de anfictiones.


Como los anfictiones no tenían fuerzas suficientes para marchar contra
los anfisianos, pidieron a Filipo que ejecutara la sentencia en nombre de
ellos. Al punto, Filipo aceptó el compromiso de proceder contra Anfisa
y Atenas, informó a los tebanos que planeaba invadir el Atica y les pidió
unirse a sus fuerzas o, al menos, permitirle atravesar Beocia en su cam i­
no al Atica.
Los atenienses quedaron aterrorizados ante la perspectiva de un ataque
en masa por tierra de los macedonios. Fue enviada a Tebas una embajada
ateniense, encabezada por Demóstenes, para proponer a los tebanos una
alianza, en las condiciones que ellos eligieran. Los embajadores de Mace-
donia y los atenienses se encontraron en Tebas en la primavera del año 338
a.C., y presentaron sus respectivas propuestas. La insuperable elocuencia
de Demóstenes movió a los tebanos, contra toda apreciación sensata de
sus propios intereses, a ponerse del lado de Atenas.
En vista de la alianza entre Atenas y Tebas, Filipo decidió ejecutar la
tarea que le había confiado el Consejo Anfictiónico. Después de algunos
triunfos menores de los aliados, Filipo tomó Anfisa y también Naupac-
to. Trasladó entonces sus fuerzas a Beocia y se encontró con los aliados
muy cerca de Queronea. Llevaba consigo 30 000 soldados de infantería y
2 000 de caballería; los aliados contaban con una fuerza ligeram ente
inferior. El encuentro term inó con la absoluta derrota de los aliados.
Filipo demostró la clara superioridad de sus tácticas militares, que com ­
binaban las innovaciones de Epaminondas con las suyas propias. Bajo el
choque sucesivo del ala izquierda de la falange macedónica con sus lar­
gas picas y la carga de caballería mandada por Alejandro (por entonces
de 18 años) fue aniquilada el ala derecha de los aliados, que se jactaba de
contar con sus mejores soldados: los tebanos. La Banda Sagrada Tebana
luchó hasta el últim o hombre. Los atenienses, com batiendo en el ala
izquierda de los aliados, se vieron entonces rodeados por la falange
macedónica y, comprendiendo que habían sido vencidos, se dieron a la
fuga, con Demóstenes entre ellos.
La batalla de Queronea sometió toda Grecia a la voluntad de Filipo.
Éste trató a Tebas con severidad, ejecutando a los dirigentes antim ace­
dónicos, pero se mostró sum am ente benigno con Atenas. En lugar de
invadir el Ática, como lo había predicho Dem óstenes, Filipo propuso
liberar a todos los prisioneros de guerra atenienses y exigió que Atenas
disolviera el resto de su confederación y se uniera a la nueva unión
helénica que Filipo se había propuesto organizar.
En el año 338 a.C., Filipo convocó a un congreso federal en Corinto, al
que asistieron todos los Estados griegos excepto Esparta, para estable­
30D GRECIA

cer una Liga Helénica. En ella se conservaría la independencia de cada


Estado, que tendría una representación proporcional en la asamblea, y
se respetarían sus derechos privados, sin im posición de tributos, pero
con el mando militar conferido al rey de Macedonia. El Consejo Anfic-
tiónico recibió la función de tribunal supremo y se anunció el plan de
una campaña helénica en Asia. Al año siguiente se reunió un segundo
congreso en Corinto y se declaró la guerra a Persia.
Filipo com enzó sus preparativos para la invasión de Persia. Poco
tiempo antes se había enamorado de Cleopatra, la joven y bella sobrina
de uno de sus principales generales, A talo, y se divorció de O lim pia
para casarse con ella. El episodio provocó una pugna con A lejandro,
quien se fue de la corte en compañía de su madre. Después fue llamado
por Filipo y, como ya se dijo, participó activamente en la batalla de Que-
ronea. Por lo general, se supone que Olimpia instigó a Pausanias, ene­
migo personal de Atalo y de Filipo, a asesinar al rey en vísperas de su
cam paña contra Persia. En una solem nidad celebrada en Pella en 336
a.C., Filipo fue apuñalado y tam bién se dio m uerte a su asesino. Se
supuso entonces que éste había actuado por instrucciones de los persas.I.

I. Alejandro

La carrera de Alejandro puede dividirse en tres etapas desiguales. La


etapa preparatoria abarca desde que fue discípulo de Aristóteles, de los
13 a los 16 años; su aprendizaje de príncipe hasta el asesinato de Filipo
en 336 a.C., y los dos primeros años de su reinado, dedicados a consoli­
dar su dominio de los asuntos internos y sus preparativos de la campa­
ña contra los persas. La segunda y más larga etapa, que va de 334 a.C.,
cuando salió de Grecia para cruzar el H elesponto, hasta la batalla de
Hidaspes, en 326 a.C., cuando sus tropas se negaron a seguir adelante,
correspondió a su extraordinaria conquista de Persia y su audaz aven­
tura en la India. La última fase, la más breve, de 326 hasta su muerte en
323 a.C., señaló el principio de sus intentos de organizar un im perio
ecum énico y de prom over la fusión de elem entos griegos y persas en
una nueva cultura cosmopolita.
Alejandro heredó los impulsos pasionales de su madre y el valor y la
audacia calculada de su padre. De Aristóteles recibió la mejor educación
posible en la época, así como un poderoso sentido de justicia e imparcia­
lidad. Era magnánimo por naturaleza; tenía una concepción militante de
su liderazgo, compartía las condiciones de campaña de sus soldados y se
colocaba al frente de su caballería en todas las cargas. Fue constantemen-
GRECIA 301

te herido por su exposición frontal en cada batalla, y es casi un milagro


que haya sobrevivido a tantos encuentros. Su propia excepcional habili­
dad y la protección personal que le daba la infatigable devoción de sus
camaradas explican parcialmente este milagro.
Después del asesinato de Filipo, probablemente instigado por Olim ­
pia pero que se supuso había sido ordenado por los persas, Alejandro
inmediatamente se propuso ser reconocido como el sucesor y nuevo rey,
y detuvo y castigó a todos los que consideró conveniente involucrar en
la conjura, con la obvia excepción de la propia Olimpia. Cuando Tebas
se levantó en armas junto con Atenas, Arcadia, Elis y Etolia al saberse la
m uerte de Filipo, Alejandro prontamente tomó Tebas y la sometió a un
trato im placable, arrasando la ciudad y esclavizando a sus habitantes.
Aterrorizadas, las otras ciudades se apresuraron a pedir la paz. A lejan­
dro, poniéndose al frente de la Liga Helénica creada por Filipo, reanudó
entonces sus planes de declarar la guerra a Persia y empezó a preparar
la invasión.
En 334 a.C., habiendo dejado a Antipater como gobernador de Grecia,
Alejandro atravesó el H elesponto a la cabeza de un ejército de 32 000
soldados de infantería y 5 000 de caballería, apoyados por una flota
de 160 navios. Memnón de Rodas, al frente de los mercenarios griegos de
Darío, propuso una táctica de tierra quemada. Sin embargo, los sátrapas
locales se negaron a sacrificar sus tierras y optaron por una confronta­
ción. En G ranico, introduciendo sus propias m ejoras a las tácticas de
Filipo y con el efecto galvanizador de su jefatura personal, infligió una
devastadora derrota a los persas.
La victoria de Granico indujo a la mayoría de las ciudades griegas de
Asia a levantarse contra Persia. Alejandro procedió a conquistar Caria y
Cilicia. Mientras tanto, Memnón murió en 333 a.C., privando a Darío de
un hábil comandante. El rey llamó a los mercenarios a Siria, Alejandro
fue a M iriandro, donde se enfrentó a Darío a la cabeza de un ejército
multiétnico que adoptó posiciones de combate en la llanura de Iso en el
año 333. Alejandro, por entonces de 22 años, una vez más lanzó uno de
sus fulminantes ataques y derrotó completamente a Darío, que huyó del
campo de batalla, abandonando a su familia en su tienda de campaña.
Alejandro dio trato real a la familia del rey y conquistó así su simpatía.
Darío, aterrorizado por la aparente invencibilidad de A lejandro, pro­
puso la paz y le ofreció toda el Asia situada al oeste del Éufrates más
10 000 talentos. Alejandro exigió la rendición incondicional.
Al año siguiente, Alejandro obligó a rendirse a toda Fenicia, con ex­
cepción de Gaza y Tiro. Después de un asedio difícil, tomó Tiro. Lanzó
entonces una expedición a Egipto, donde no tropezó con ninguna oposi­
302 GRECIA

ción y fue recibido como libertador. Realizando una antigua aspiración,


fue a consultar al oráculo de Amón en una mal planeada expedición, en
el curso de la cual el pequeño grupo que encabezaba estuvo a punto de
extraviarse en el desierto. En cambio, la visita al oráculo fue sumamente
grata para Alejandro, quien fue recibido por los sacerdotes com o un
faraón. Aunque nunca reveló lo que le dijo el oráculo, se ha supuesto que
éste le aseguró que él era el hijo de Zeus-Amón, pues después de esta
visita Alejandro empezó a formarse la idea de que era un dios. En el cur­
so de su paso por Egipto, fundó Alejandría en el año 332 a.C.
El año siguiente, 331, sería la ocasión de la definitiva victoria de Ale­
jandro en la batalla de Gaugam ela, una derrota de la que Darío nunca
se recuperó- Después de Gaugamela, Alejandro fue a Arbela y se apode­
ró de un gran tesoro persa, con el que puso a flote sus finanzas. Babilo­
nia y Susa se le rindieron. Persépolis, accidental o deliberadamente, fue
incendiada y otro inmenso tesoro cayó así en manos de Alejandro. Fue
entonces cuando Esparta, bajo el rey Agis III, con dinero persa y en
alianza con Elis, Aquea y parte de Arcadia, venció a la guarnición mace­
dónica local y sitió Megalópolis. La rebelión fue sofocada por Antipater,
quien llegó con una fuerza considerable.
Al año siguiente, Alejandro se lanzó a perseguir al fugitivo Darío,
quien finalmente fue hecho prisionero por Beso. Apresurándose todo lo
que pudo, Alejandro, según la leyenda, llegó a tiempo para ver poco
antes de su muerte a Darío, que había sido apuñalado por Beso. Alejan­
dro dio un funeral real a su adversario vencido. En ese m ism o año de
330 a.C. se descubrió una conspiración encabezada por Filotas, hijo
de Parm enio, uno de los m ejores generales de Alejandro. Filotas fue
condenado a muerte por sus compañeros oficiales y Alejandro, temiendo
una posible rebelión de Parmenio, resolvió ejecutarlo en secreto.
El año 329 a.C. selló la culminación de la conquista de Persia. El últi­
mo sátrapa que resistía, Espitámenes, fue vencido en Bactriana. Enton­
ces, Alejandro empezó a adoptar el atuendo y la etiqueta de la corte de
los persas y a hacer insinuaciones públicas de que era un dios. Ese fue el
año en que, en un arranque de ira alcohólica, m ató a su am igo Clito,
quien, probablemente ebrio, lo había tratado con insolencia; inmediata­
mente después, horrorizado por lo que había hecho, intentó suicidarse.
Ese mismo año Alejandro, habitualmente muy frío en sus relaciones con
las mujeres, conoció (después de su atrevida toma de una fortaleza inex­
pugnable, la Roca Sogdiana) y se casó con la hermosa Roxana, hija del
im portante general persa O xiartes. Esto pudo ser, según la tradición,
porque se enam oró por vez prim era, o bien, como suponen m uchos
especialistas, porque le pareció políticamente conveniente.
GRECIA 303

Durante los dos años siguientes, Alejandro vivió su un tanto temera­


ria aventura en la India, invitado por Taxiles a unírsele en una guerra
contra el rey Poros, quien fue derrotado con gran dificultad en 326 a.C.
Habiendo llegado hasta el río H ifasis, afluente oriental del Indo, y
deseoso de seguir avanzando, Alejandro tropezó con la categórica nega­
tiva de su tropa, y decidió regresar. Una parte de la tropa perm aneció
con Alejandro por tierra, siguió el curso del Indo y avanzó a través del
desierto de Gedrosia, mientras el resto se embarcaba, cerca de Nearcos,
para reunírsele en Carmania.
En los años 324 y 323 a.C., los dos últimos años de su vida, Alejandro
se dedicó a cuestiones de organización mientras preparaba una expedi­
ción a Arabia. La m uerte de su íntim o amigo H efestión, ocurrida en
Ecbatana, lo afectó profundamente. Poco después, víctima de una fiebre
infecciosa, Alejandro moriría en Babilonia, la ciudad que había planea­
do convertir en capital de su Imperio.
La vida y la carrera de Alejandro III de Macedonia (356-323 a.C.) pro­
bablemente constituyan la gesta personal más extraordinaria de la his­
toria universal. Lo que hace tan excepcional a Alejandro es la com bina­
ción, en un solo hombre, de una multiplicidad de atributos, todos ellos
del más elevado nivel de excelencia humana, y cada uno en particular,
suficiente para señalarlo como personaje excepcional. Fueron esta acu­
mulación de dones y la sucesión ininterrumpida de asombrosos logros
durante sus breves 33 años de vida las que confirieron a A lejandro,
según la impresión de sus propios contemporáneos y de muchos obser­
vadores posteriores, la apariencia de un dios griego, impresión que Ale­
jandro se inclinó cada vez más a creer después de su visita al oráculo de
Amón en 332 a.C. Parecía un dios y llegó a sentir en sí mismo algo divi­
no; un dios griego, con las características, aunque a un nivel supremo,
de la condición humana, con muchas de sus flaquezas. El rasgo dom i­
nante de su personalidad fue su absoluta dedicación a la excelencia per­
sonal. No fue, como su padre Filipo, un constructor de Estados o un
hombre al servicio de un proyecto dinástico. Infatigablem ente trató de
sobrepasar todo lo que habían alcanzado los héroes griegos, empezando
por Aquiles, y, con cada nuevo logro, superar sus propias hazañas ante­
riores.

/. El mundo helenístico

Como ya se dijo en el capítulo anterior, la falta de un sucesor de Alejan­


dro claramente designado y comúnmente aceptado provocó un prolon­
gado conflicto entre sus mejores generales. El resultado de la pugna de
304 GRECIA

los diadocos fue dividir en tres bloques principales el Im perio alejan­


drino:
2. Tolomeo I Soter, uno de los generales de Alejandro con mayor habi­
lidad política, hijo de un noble macedonio, Lagos, se adueñó de Egipto,
donde fundó en 305 a.C la dinastía de los lagidas.
2. Seleuco I Nicator, otro de los jóvenes generales de Alejandro y uno
de sus compañeros, hijo asimismo de un noble macedonio, Antíoco, se
adueñó de la mayor parte del anterior Imperio persa y fundó ese mismo
año la dinastía de los seléucidas.
3. A ntígonas II G onatas, nieto de otro de los grandes generales de
A lejandro, A ntígono I, autoproclam ado rey en 283, logró el dom inio
efectivo de Macedonia en 270 y fundó la dinastía de los antigónidas.

Características generales

El periodo helenístico, visto en términos políticos, abarcó los tres siglos


que van de la muerte de Alejandro en 323 a.C. a la conquista de Egipto
por Augusto en 30 a.C. Sin embargo, después de la m uerte de A lejan­
dro, los reinos helenísticos necesitaron cerca de dos décadas para conso­
lidarse bajo las dinastías antes m encionadas. Por otra parte, desde el
punto de vista cultural, el mundo helenístico com prende un periodo
mucho más prolongado. De hecho, empieza con la supremacía macedó­
nica, bajo Filipo II, y con las enseñanzas de A ristóteles. Más difícil es
establecer sus lím ites finales porque, como ya se m encionó en el
comienzo de este capítulo, la cultura helénica im buyó profundam ente
la civilización romana desde los tiempos de Escipión el Africano (236-184
a.C.), y de m anera decisiva desde la época de Cicerón y A ugusto. En
muchos aspectos esenciales, los fines de la República y el Imperio roma­
nos pertenecen al mundo helenístico, así como después, en forma m odi­
ficada, la civilización bizantina.
Para los propósitos del presente tema, el concepto del mundo hele­
nístico quedará limitado a los tres principales reinos helenísticos y a sus
relaciones con Grecia. Visto de modo global, este mundo presenta a la
vez una gran unidad cultural y una división incesante, belicosa y, en
última instancia, estéril.
La cultura helénica fue el resultado de una combinación única de dos
potencias opuestas: las fuerzas centrífugas del localism o de la ciudad-
Estado y las fuerzas centrípetas del universalism o del logos griego. El
localismo de la ciudad-Estado impregnó la cultura helénica con un pro­
fundo sentido de em ulación patriótica, que fue una de las dos fuentes
GRECIA 305

principales de su espíritu creador, m ientras el universalism o racional


promovió un incesante afán de expansión del conocimiento, que fue la
otra gran fuente de la inventiva griega. Con la supremacía macedónica
y la filosofía aristotélica se hizo un doble intento por llegar a una sínte­
sis de localismo y universalismo, con el proyecto de un sistema político
panhelénico y la formulación de una filosofía universal. Alejandro con­
virtió este proyecto panhelénico en una empresa ecuménica.
Los reinos helenísticos fueron el resultado de la imposibilidad de un
sistema político ecuménico en las condiciones que siguieron a la muerte
de Alejandro. Con la fragmentación del Imperio alejandrino, reaparecie­
ron las fuerzas centrífugas de la cultura griega en los fútiles y a la postre
autodestructivos conflictos que continuam ente lanzaron a los lágidas
contra los seléucidas, tam bién enredando de diversas m aneras a los
antigónidas. Dichas fuerzas reaparecieron, asimismo, en las pugnas no
m enos estériles por el proyecto panhelénico m acedónico, que nunca
logró ir más allá de la hegemonía macedónica y los constantes esfuerzos
de las principales ciudades-Estado griegas por conservar o por recupe­
rar su independencia, ya fuese individualmente o por medio de la for­
mación de ligas, como la Etolia y la Aquea.
En contraste con esta continua división ■ — que finalmente condujo a la
hegem onía de Roma, potencia secundaria hasta la segunda mitad del
siglo iii a.C., m ientras Siria, Egipto y M acedonia aún eran grandes
potencias— , el mundo helenístico presentó un asombroso universalis­
mo cultural. Pese a los rasgos particulares del helenism o tolom eico,
considerablemente influido por la tradición egipcia,8 el mundo helenís­
tico formó un conjunto cultural expresado por medio de la koine, la for­
ma helenística de la lengua griega, con similares manifestaciones barro­
cas de las líneas clásicas de la arquitectura y la escultura y un continuo
desarrollo del enfoque científico de A ristóteles a la realidad, así como
una vasta absorción de elementos significativos de las culturas orienta­
les por vía de la influencia persa.

Las vicisitudes políticas

La historia política de los reinos helenísticos, desde su fundación a fines


del siglo iv a.C. hasta su desplome al término del i a.C., se puede carac­
terizar por cinco principales acontecimientos y circunstancias:

8 Los tolomeos conservaron la religión egipcia, a la que, con razón, consideraron factor legiti­
mador de su propio gobierno; reconstruyeron templos, edificaron otros nuevos (como en Filas) y
mantuvieron las prácticas funerarias tradicionales.
306 GRECIA

1 . El prolongado y suicida conflicto entre los lágidas y los seléucidas


en el curso de las cinco guerras sirias, con ocasionales intervenciones de
Macedonia y la disputa por Coele y Siria como principal objetivo; este
conflicto debilitó decisivamente sus respectivos recursos y no dio venta­
jas considerables a ninguno de los contendientes.
2. El enfrentamiento asimismo prolongado entre los antigónidas y las
ciudades-Estado griegas, en lo individual — particularm ente Esparta y
Atenas— o por medio de sus dos principales ligas, la Etolia y la Aquea,
conflicto que también socavó severam ente los recursos griegos e hizo
que Roma fuese llamada a intervenir contra Macedonia, allanando así el
camino a la ulterior subyugación de ambos bandos por Roma.
3. La fragm entación del Im perio seléucida, que generó otros dos
grandes reinos helenísticos independientes y rivales: Pérgamo y Bac-
triana, y redujo considerablemente la fuerza de los seléucidas.
4. El resurgimiento de fuerzas iraníes nativas bajo los partos arsáci-
das, que mantuvieron una continua y enconada lucha contra los seléu­
cidas, finalm ente derrotados por Fraates II en Ecbatana en 127 a.C. La
com binación de agresión parta y romana agotó por com pleto los ya
menguantes recursos de los seléucidas, hasta su desplome final.
5. La falta de un mínimo sentido de cohesión helénica frente a los
romanos, particularmente crítica en los casos de las Guerras M acedóni­
cas y en el conflicto entre Roma y Antíoco III el Grande. Estados como
Pérgamo y Rodas prefirieron ponerse del lado de los romanos en vez de
llegar a un acuerdo intrahelénico, lo que inclinó definitivamente la balan­
za del poder en favor de Roma.
Además de tales hechos y circunstancias — que ellos mismos fomenta­
ron— , lágidas y seléucidas fueron muy afectados desde el siglo n por cre­
cientes manifestaciones de decadencia intema bajo una serie de monarcas
incompetentes. Tal fue el caso de los tolomeos a partir de Tolomeo VI
(181-145 a.C.) y de los seléucidas con Demetrio I (162-150 a.C.). En con­
traste, antes y después de su victoria final sobre Cartago, la República
romana mantuvo una gran unidad nacional, creó el mejor ejército de su
época y contó con generales sumamente capaces, como los Escipiones,
Flaminio, Emilio Paulo y Pompeyo.
La prim era Guerra Siria (276-272 a.C.) fue iniciada por Tolomeo II
(285-246 a.C.), y dio una considerable ventaja a Egipto. De las siguien­
tes, ganó algunas, pero la quinta y última (202-195 a.C.) favoreció a
Antíoco III, quien recuperó de Egipto la mayor parte de Coele-Siria y el
Asia M enor m eridional. Sin embargo, ambos contendientes agotaron
considerablemente su capacidad militar en estas guerras.
En el bando macedónico, el principal problema al que se enfrentaron
GRECIA 307

los antigónidas en su corto periodo reinante (276-167 a.C.) fue su inca­


pacidad — con breves excepciones— de aportar un aceptable marco ins­
titucional a sus relaciones con las ciudades griegas, como inicialm ente
había sido concebido, si no practicado, por Filipo II con su Liga Helénica.
Por su parte, los Estados griegos también fueron incapaces de rebasar
las limitaciones de la ciudad-Estado para formar una federación estable
y sostenible. Las dos ligas independientes, la Etolia y la Aquea, nunca
recibieron la participación activa de los dos Estados principales, Esparta
y A tenas, y por consiguiente no lograron establecer las condiciones
necesarias para unificar al menos sus respectivas regiones de Grecia y
mucho menos toda la Hélade, ni para ofrecer una resistencia efectiva a
la dominación macedónica o la romana.
Roma infligió una decisiva derrota a Perseo en la batalla de Pidna
(168 a.C.), en la tercera Guerra Macedónica (171-167 a.C.), capturó al rey
y dividió a M acedonia en cuatro repúblicas independientes. Una rebe­
lión ulterior encabezada por Andrisco, quien afirmaba ser hijo de Perseo,
fue aplastada en 148 a.C., y Macedonia quedó convertida en provincia
romana. Dos años después, Roma decidió suprim ir las ligas griegas,
saqueó Corinto, remplazó las democracias por oligarquías en las ciuda­
des-Estado y dejó a Grecia bajo la supervisión del gobernador de M ace­
donia. Cinco décadas después de la proclam ación ilusoria — aunque
hecha de buena fe— de libertad griega por Flaminio, luego de movilizar
a todos los griegos para derrotar a Filipo V de Macedonia, Roma finali­
zó su conquista conjunta de Macedonia y Grecia, dejando a ambas bajo
su yugo.

3. P r in c ip a l e s r a s g o s c u l t u r a l e s

A. Observaciones introductorias

Los rasgos culturales de cualquier civilización son su cualidad esencial,


y esto puede decirse particularmente de la civilización helénica. En pri­
mer lugar, porque su legado cultural es aun más im portante que los
extraordinarios logros político-militares que pusieron la mayor parte de
la ecúmene civilizada de la época desde el oeste de la India bajo el régi­
men griego, logros cuya importancia se deriva precisamente del hecho
de que representaron la universalización del helenism o. En segundo
lugar porque los griegos fueron los fundadores de la cultura racional y,
como tales, constituyeron la primera cultura moderna y fijaron la medi­
da de todas las culturas racionales posteriores.
Como se dijo en la sección 1 de este capítulo, la civilización griega,
308 GRECIA

desde su gradual surgimiento en el curso de la Época de las Tinieblas


del siglo xi a.C. hasta la conquista del Egipto tolomeico por Augusto en
30 a.C., se puede dividir grosso modo en tres fases principales: la arcaica,
hasta el siglo vn; la clásica, desde el siglo vi hasta los com ienzos del si­
glo iv, y la helenística, desde entonces hasta la muerte de Cleopatra VII.
En el curso de tal milenio se mantuvieron los rasgos esenciales de la
cultura griega: el supremo imperio de la racionalidad, del logos, pese a
ofrecer considerable espacio a la expresión mítica y a la pregunta extáti­
ca, y el incesante esfuerzo por lograr la excelencia individual: el agón . Sin
embargo, también ocurrieron cambios considerables durante tan largo
periodo. Una sociedad prim itiva y de clanes agrupados en torno de
reyes religioso-políticos y de nobles guerreros que además eran terrate­
nientes, im pulsados por un heroico arelé, fue transform ada gradual­
m ente en una sociedad de ciudades-Estado, bajo las órdenes de los
eupatridai, comprometidos con el ideal de kalokagatia, la expresión de la
consumada plenitud viril, para adoptar después, durante la democracia
ateniense, el ideal de Pericles del buen ciudadano. Por últim o, con el
desplome político de las polei y la consolidación de las monarquías hele­
nísticas, una sociedad impulsada por un cosmopolitismo individualista,
apoyado por la ética epicúrea de la amistosa sociabilidad o bien la ética
estoica del deber, la benevolencia hacia los demás y la severidad hacia
uno mismo. Cualquier enfoque que intente resum ir tan rica cultura se
verá inevitablemente condenado a hacer burdas simplificaciones. Entre
las varias maneras posibles de definir satisfactoriamente los principales
rasgos culturales de la civilización griega, tomando en cuenta las condi­
ciones propias de cada ima de sus principales fases, el presente estudio
ha optado por analizar la cuestión bajo tres rubros principales: la estruc­
tura social, las creencias religiosas y la visión del mundo.

B. La estructura social

Un análisis de la estructura social de la sociedad griega, que siempre


tuvo distintas características en cada una de sus num erosas ciudades-
Estado, deberá considerar los cambios decisivos producidos por su evo­
lución en el curso de las tres fases principales ya mencionadas.
Una característica relativamente constante de esa sociedad, desde la
formación de las polei en el siglo vm a.C., fue la distinción que se hizo en
todas ellas entre los ciudadanos, miembros de esa polis, y los no ciuda­
danos, que podían ser hombres libres de otra polis o bien esclavos.
En la época hom érica, hasta que se inició el proceso de aglutinación
GRECIA 309

de las aldeas en ciudades-Estado, la sociedad griega estuvo esen cial­


mente constituida por un grupo de nobles guerreros en torno de un rey;
en un peldaño inferior estaba una baja nobleza de asistentes, cuyas tie­
rras eran trabajadas por campesinos siervos y cuyos requerimientos de
herramientas estaban a cargo de artesanos, siervos también, que a veces
eran esclavos. Los esclavos, relativamente pocos, eran sobre todo prisio­
neros de guerra y por lo regular servían en las casas de los nobles, don­
de gran parte de las labores domésticas estaba en manos de las mujeres
de la familia.
Dicha estructura social cambió con la formación de las ciudades-Esta­
do. Los nobles guerreros, sin perder sus virtudes militares, formaron la
clase de los eupátridas; ellos atendían el gobierno aristocrático del Esta­
do, y pronto remplazaron a los reyes hereditarios por arcontes nom bra­
dos entre su propia clase. Los pequeños cam pesinos libres, que en su
mayoría trabajaban sus propias tierras y a veces laboraban en las gran­
des fincas de los nobles, constituían la segunda clase social junto con los
artesanos urbanos libres, los demiourgoi, cuyo número fue aumentando
lentam ente. La gente sin propiedades, los tetes, eran trabajadores ma­
nuales libres y aportaban los remeros para la marina. Los extranjeros,
como los metecos atenienses, desempeñaron un papel importante como
clase media de mercaderes y artesanos, de cuyas filas saldrían después
algunos de los hombres más ricos de la ciudad. Los esclavos siguieron
existiendo en números moderados, que crecían de acuerdo con el des­
arrollo económico de las ciudades.
Las reformas de Solón introdujeron en Atenas modificaciones im por­
tantes. De manera general, Solón transformó una sociedad aristocrática
en una dem ocracia de notables, en que el linaje noble fue perdiendo
importancia cada vez más para ser remplazado por la riqueza. Se insti­
tuyeron entonces cuatro clases de hombres libres: 1) la clase alta de los
pentacosiomedimni, con cosechas de más de 500 m edim noi9 de cereales;
2) la clase media alta de los hippeis, con cosechas de 300 medimnoi; 3) la
clase media baja de los zeugitai, con 200 medimnoi, y 4) el proletariado,
de los tetes. Además, había una clase esclava que continuó increm entán­
dose, estim ulada por la riqueza en aumento de una ciudad creciente­
mente mercantil y que exportaba cada vez más manufacturas. El arcon­
tado estaba reservado a las dos clases más altas.
Las reformas de Clístenes en 508 a.C., que mantuvieron el sistema de
clases de Solón, instituyeron una dem ocracia de clase m edia. Fueron
suprimidas las cuatro tribus tradicionales y remplazadas por 10 tribus,

9 Véase la nota 2.
310 GRECIA

basadas en normas residenciales (filai) y distribuidas en 150 demes, que


constituían lo que podría llam arse un barrio. El Atica fue dividida en
tres secciones: Atenas y una zona adyacente, la costa y el interior. Cada
tribu estaba com puesta por tres tritos. Cada trito representaba una de
las tres secciones del Ática. El consejo de los 400 fue aumentado a 500,
cuyos miembros eran elegidos al azar, 50 de cada tribu, y de cada demo
en proporción a su población. Los cargos de arconte dejaron de ser de
elección popular y también fueron echados a la suerte.
Las reform as de Pericles transform aron una dem ocracia de clase
media en una democracia de masas. Los tetes, que formaban la mayoría
de la ecclesia , llegarían a ser la fuerza política predominante en Atenas.
A los zeugitai se les dio acceso al arcontado, y también los tetes llegaron a
ser, defacto , elegibles. Instituyendo un pago para los jurados populares,
los dicastas, Pericles abrió el camino a los tetes, quienes dependían de sus
salarios diarios para ejercer sus funciones. Entonces, la ciudadanía ate­
niense fue limitada a aquellos cuyos padres fuesen, ambos, atenienses.
En la época de Pericles, Atenas tenía una población de 150 000 a
170 000 ciudadanos, de 35 000 a 40 000 m etecos y de 80 000 a 100 000
esclavos.101El trato que verdaderamente se daba a la población esclava
ha sido un tema acaloradam ente debatido, y las opiniones van desde
aquellos que lo consideran severo hasta las que lo ven muy benigno. Los
datos de que disponem os11 sugieren que hubo un trato y un estatus
sumamente diversos entre los esclavos, según la clase de actividad que
se les hubiera asignado y según se tratase de esclavos privados o pú­
blicos.
En términos generales, pueden identificarse cinco grupos principales:
1) los esclavos domésticos; 2) los empleados en actividades de negocios,
como artesanos, comerciantes, etc.; 3) los esclavos agricultores; 4) los que
trabajaban en las minas, y 5) los esclavos públicos. Había pocos esclavos
agricultores, ya que los griegos no tenían un equivalente de los latifun­
dios romanos, y los granjeros libres trabajaban sus propias tierras, aun­
que con la ayuda de unos cuantos esclavos, tratados por lo común como
miembros de la familia. Los esclavos domésticos, de tres a 12 por familia
en prom edio,12 por lo general eran bien tratados, a menudo afectuosa­

10 Cf. Marcus M. Todd, The Cambridge Ancient Hislory, cap. i, vol. v, Cambridge University Press,
1969 (1958); véase también Michael Grant, A Social History ofG reece and Rome, Nueva York, Scrib-
ner, 1992.
11 Cf. Henri Wallon, Histoire de I'Escíauage dan$ TAntíquité, París, Laffont, 1985; M. I. Finley, The
Ancient Economy, Berkeley, University of California Press, 1974; e Ivon Garlan, Slavery in Ancient
Greece, traducción al inglés, Ithaca, Cornell University Press, 1988.
12 C f Marcus N. Todd, The Cambridge Ancient History, vol. v, p. 8, Cambridge University Press,
1969 (1935).
GRECIA 311

mente. Los esclavos dedicados a las actividades de negocios gozaban de


un gran margen de libertad, com partían con sus amos las ganancias y
por lo común obtenían con sus ahorros su manumisión final. Los escla­
vos públicos gozaban de una posición privilegiada: responsables de la
vigilancia de Atenas y de los servicios de los archivos públicos, recibían
salarios y tenían una situación mejor que la de muchos hombres libres
pobres. Por el contrario, los esclavos enviados a las minas sufrían bastan­
te, pues trabajaban largas horas en condiciones de pésima sanidad.
La m ayoría de los esclavos griegos eran bárbaros, ex prisioneros de
guerra o víctimas de piratas. Algunos habían nacido de padres esclavos.
La esclavización de griegos fue enérgicam ente condenada según los
valores del m om ento, pero en el curso de la G uerra del Peloponeso
algunas ciudades vencidas sufrieron ese castigo, así com o Tebas des­
pués de su rebelión tras la muerte de Filipo de Macedonia. La mayoría
de los esclavos eran vendidos en los mercados, y ciudades como Délos,
Quíos, Samos y Bizancio alcanzaron fama por ese tráfico.
Los esclavos griegos se vestían como ciudadanos comunes, general­
m ente recibían un salario13 si trabajaban fuera del hogar de su amo, y
gozaban de ciertos derechos. Por ejem plo, si el dueño los trataba con
crueldad podían refugiarse en los templos y luego exigir ser vendidos a
otro amo. Con la ya mencionada excepción de los mineros, por lo general
se les daba buen trato. Las revueltas de esclavos fueron sum am ente
raras en Grecia; uno de los pocos casos fue la rebelión de Casandria en
279 a.C., encabezada por Apolodoro.
Totalmente distinta era la condición de los ilotas de Esparta, Eran mese­
mos, militarmente dominados por los espartanos y reducidos por la fuer­
za a la condición de siervos del Estado; trabajaban los campos y eran asig­
nados a espartanos particulares, pero dependían del gobierno. Siempre en
rebelión latente, los ilotas recurrían a la insurrección armada en cuanto se
les presentaba la oportunidad, como en el caso de las Guerras Mesénicas.
Con el desarrollo de los reinos helenísticos, la estructura social griega
pasó por considerables cambios. El patriotism o de la ciudad-Estado
perdió todo significado. Por su parte, los reyes helenísticos no lograron
— ni lo intentaron seriamente— conquistar la fidelidad militante de to­
dos sus súbditos. Contaron con el apoyo activo de sus oficiales y de tro­
pas mercenarias y, en general, de la población griega y la helenizada. En
el mundo helenístico no se desarrolló un sentimiento nacional, como el
que despertó la República romana y que después prevaleció en las
monarquías europeas de los siglos xvn y xviii. En ese marco, el compro-
13 Los registros de las remuneraciones a ios trabajadores durante la construcción del Erecteón
muestran que se pagaba la misma cantidad a ciudadanos, metecos y esclavos.
312 GRECIA

miso público norm al del ciudadano griego fue rem plazado predom i­
nantemente por el individualismo privado, aunque los estoicos mantu­
vieron un sentimiento del deber frente al Estado.
El mundo helenístico desarrolló un estilo social y una mentalidad un
tanto sem ejantes a los m odernos. Tenían, es cierto, la institución de la
esclavitud y también su sólido sentido religioso, pero su cosm opolitis­
mo individualista, su espíritu de empresa y sus aspiraciones personales
fueron similares a los del ciudadano occidental contemporáneo. Las cla­
ses sociales se basaban en la riqueza y el poder; prim ero estaban los
altos dignatarios, grandes terratenientes y comerciantes, luego una cla­
se media de funcionarios y mercaderes, así como artistas y artesanos de
renombre representados por nativos tanto griegos como helenizados, y
por último una clase baja nativa de cam pesinos y artesanos com unes,
que incluía a griegos pobres y fracasados.

C. Las creencias religiosas

La religión griega

Para los griegos, la religión representaba algo a la vez más extenso y más
estrecho que lo que significaba para los creyentes monoteístas. Más vasto,
porque el ámbito de la religión en Grecia incluía el culto de los antepasa­
dos y los héroes, y abarcaba un ámbito que iba desde las narraciones y
entidades mitológicas interpretadas como tales, pasando por una concep­
ción politeísta de lo divino, hasta una especie de monoteísmo filosófico.
También representó una visión más estrecha de la religión, ya que se le
mantuvo dentro de los límites de una concepción inmanente de lo divino.
El politeísm o griego representó la sedimentación final — nunca muy
bien sistematizada— de un proceso sincrético en que creencias indoeu­
ropeas en dioses celestiales se fundieron con anteriores ideas religiosas
de la cuenca m editerránea sobre diosas de la tierra y la fertilidad, e
incorporó creencias de Asia y, más tarde, de Egipto. Homero, Hesíodo y
los poetas trágicos intentaron hacer una descripción coherente del pan­
teón griego. Hesíodo diferenció tres generaciones divinas: la prim era,
de los dioses cósmicos, constituía una cosmogonía mítica. La segunda
generación representó una transición, sobre todo a través de los titanes
—los hijos de Gaia y de Urano— , a unos dioses más personalizados. La
tercera generación fue la de los dioses olímpicos.
Vista desde otra perspectiva, la religión griega presenta cinco niveles
distintos: 1) el nivel familiar de los dioses dom ésticos y el culto de los
GRECIA 313

antepasados: hestia patroi; 2) el nivel cívico — de los dioses de cada ciu­


dad— ; 3) el nivel olím pico; 4) la religión del nivel de los m isterios
(ritos), y 5) el nivel filosófico.
Como los lares romanos, cada familia griega mantenía en su casa un
fuego sagrado por medio del cual los dioses de la familia, asociados al
culto de los antepasados, recibían atención continua junto con ofrendas
de alimentos, flores y perfumes. Asimismo, cada ciudad tenía su hestia
patroi en un altar público: el pritaneo. Al transcurrir el tiempo, la catego­
ría de patrón de la ciudad tendió a ser ocupada por un dios olímpico,
como Atenea en Atenas o Hera en Argos.
Los dioses por lo general moraban en el Olimpo, incluso los dioses
cósmicos, como Gaia, Rea, Helios y Selene, o mortales deificados, como
Hércules. Sin embargo, en un sentido estricto, los dioses olímpicos fue­
ron los 12 dioses m encionados por Hesíodo, entre ellos Zeus, el dios
supremo; Poseidón y Hades, señores del mar y del infierno; Ares, Arte­
misa, Deméter, Hefestos, Hera, Hermes y, según diferentes opiniones,
Hestia, diosa de la Tierra, o (en Atenas) Dioniso, dios del éxtasis y el
vino. Cada dios tenía un área de influencia particular con sus correspon­
dientes atributos. De especial importancia era Apolo, el luminoso dios
de las artes, la salud y la profecía. Debidamente consultados, oráculos y
sacerdotes especializados revelaban la voluntad divina, presentada en
forma misteriosa. El más célebre era el oráculo de Delfos, atendido por
los anfictiones.

La genealogía de los dioses

Homero es la autoridad suprema al identificar los dioses olím picos,


pero no se interesó por consideraciones cosm ogónicas ni hizo caso de
los dioses ctónicos (deidades del infierno) o de Dioniso. La Teogonia
de Hesíodo intentó reconciliar la cosmogonía mitológica tradicional con
los dioses olímpicos al establecer una secuencia generacional. Primero
fue el Caos, una realidad indiferenciada y no configurada. El Caos
engendró a Erebo, las Tinieblas del Infierno, a Nix, la noche, a Gaia, la
Tierra, y a Eros, el principio del amor. Erebo y Nix generaron a Tanatos,
la m uerte, a Hipnos, el sueño, a Éter, el cielo, y a Hemera, el día. Gaia
generó a Urano, y Ponto, el mar. Con Urano engendró a los titanes, los
cíclopes y los hecatonquiros,14 los gigantes y el Tártaro. De Ponto des­
cendió toda una serie de otras divinidades del mar.
u Los hecatonquiros (Coto, Briareo y Gies) eran monstruos de cien brazos que se pusieron de
parte de Zeus contra los titanes.
314 GRECIA

Entre los titanes, generados por Gaia y Urano, estaban seis divinida­
des m asculinas y seis fem eninas, entre ellas Cronos y Rea. Cronos se
rebeló contra Urano, le cortó los genitales con una hoz y se apoderó del
reino de los dioses. Con las gotas de su sangre, Gaia concibió a los
gigantes, y de la espuma de los genitales de Urano fue creada Afrodita
en el mar.
Cronos y Rea tuvieron seis hijos, pero Cronos, para no ser destrona­
do, los devoró. Sin embargo, Rea logró salvar al último de ellos, Zeus,
haciendo mediante un engaño que Cronos comiera una piedra en lugar
del niño; luego lo confió al cuidado de Am altea, concebida com o una
cabra o como una ninfa, que crió a Zeus en una caverna de Creta, ayu­
dada por una banda de kouretes que cantaban y bailaban en torno del
niño para impedir que Cronos lo descubriera. Al llegar a adulto, Zeus se
enfrentó a Cronos, lo derrotó y lo obligó a vom itar a sus otros hijos:
Hera, Hestia, Hades, Deméter y Poseidón. Zeus se puso al frente de los
dioses, cedió el dominio de los mares a Poseidón y el infierno a Hades, y
tomó a Hera por esposa.

Los héroes divinizados

Los dioses griegos, como ya se ha observado, eran seres inm ortales y


siempre jóvenes, dotados de poderes sobrenaturales y un nivel supremo
de inteligencia, belleza y fuerza humanas, junto con pasiones y flaque­
zas también humanas. En tiempos antiguos convivían con los mortales
y se enamoraban de mujeres bellas y de hombres hermosos, aunque sin
compartir sus alimentos. Los hijos de un dios y de una mortal eran m or­
tales con características sem idivinas y formaban una clase especial de
héroes. Tal fue el caso de H eracles, hijo de Zeus y de A lcm ena, quien
efectuó las más extraordinarias hazañas, fue llevado al Olimpo cuando
se arrojó en una pira ardiente,15 y recibió el don de la inm ortalidad.
Esculapio, el médico m aravilloso, fue alcanzado por un rayo de Zeus
porque había devuelto la vida a los muertos, pero se volvió un dios, con
su principal santuario en Epidauro, y después fue considerado hijo de
Apolo.
La deificación de héroes adoptó diversas formas en Grecia. Algunos,
como los ya m encionados, se volvieron dioses; otros, aunque seguían
siendo mortales, eran objeto de veneración, como Aquiles, Teseo o, más

15 Según la leyenda, Deyanira, esposa de Heracles, engañada por el centauro Neso, dio a aquél
la sangre del centauro, provocándole insoportables dolores al héroe que lo llevaron a darse la
muerte.
GRECIA 315

limitadamente, Belerofonte, quien tenía un culto en Corinto y en Licia.


La deificación también era concebida como un acto de reconocim iento
público de hom bres excepcionales de quienes se creía que no habían
adquirido la inmortalidad, pero que eran objeto de un culto público, se
les consagraban templos y sacerdotes para mantener viva su memoria,
y cuya invocación se celebraba como rito cívico. Tal fue el caso de Lisan-
dro, en Esparta, después de la victoria de Egospótam os. A ristóteles
subrayó el carácter divino del gran gobernante. Filipo II de M acedonia
adquirió, en ocasiones, una actitud divina, y su estatua se añadió, en la
xni Olimpiada, a una procesión de dioses olímpicos. Alejandro, descen­
diente de Aquiles por su padre y de Zeus por su madre, aceptó, tras la
proclamación del oráculo de Amón, su condición de dios. La deificación
de grandes reyes se volvió habitual en la época helenística y después
fue seguida por la deificación de emperadores romanos.

La religión de los misterios

La religión de misterios representa una de las facetas más im portantes


de la religiosidad griega. Los misterios tenían en común el hecho de ser
ritos de iniciación que debían mantenerse en estricto secreto ante los no
iniciados y, como propósito general, con ellos se pretendía asegurar una
vida feliz después de la muerte. Por consiguiente, estaban muy vincula­
dos a ideas concernientes a la otra vida, de lo cual haremos breve m en­
ción en el tema siguiente.
Había tres principales religiones de misterios en Grecia: la eleusina, la
dionisiaca y la órfica. También se practicaban algunos misterios im por­
tantes, como los del dios frigio Sabacio, similar a Dioniso, y los de Cabiri
en Samotracia para la protección de los marinos.
Los misterios eleusinos se celebraban en honor de Deméter, original­
mente en Eleusis, y se referían al rapto de su hija Perséfone por Hades y
a sus esfuerzos por recuperarla. Pretendían dar a los iniciados una vida
más feliz después de la muerte, como la semilla que muere para generar
una nueva planta. Los misterios eleusinos no tenían doctrina, sino que
consistían en ciertos ritos, algunos públicos y, los más im portantes,
secretos. Los m isterios dionisiacos tam bién pretendían asegurar una
vida feliz después de la muerte, y celebraban los poderes extáticos del
dios. Los m isterios órficos, supuestam ente fundados por Orfeo, eran
más complejos porque incluían toda una literatura e ideas doctrinales,
además de las prácticas rituales. Exigían una alta norma ética de vida a
sus practicantes, lo cual revela su directa conexión con religiones como
316 GRECIA

el cristianismo- Los órficos creían en la metémpsicosis y en el castigo y


la recompensa después de la muerte, según los méritos de cada quien.
Platón, influido por los mejores aspectos del orfismo, desarrolló una
concepción de Dios visto como el Dios Supremo, y propuso una especie
de m onoteísm o filosófico, aunque en términos puram ente éticos, por­
que no vio a Dios como a un trascendente creador del mundo. La con­
cepción platónica de la inm ortalidad del alma se derivó de Sócrates,
quien m urió proclam ando su fe. Sin em bargo, A ristóteles no sostuvo
esta convicción, pues interpretó el alma como la forma del cuerpo e
inextricablemente asociada a él.16

Concepciones de la otra vida

Los griegos no tuvieron una concepción única sobre el destino del hom­
bre y su vida después de la muerte. Dos ideas contradictorias acerca de
los muertos representaron sus creencias centrales. Por una parte, supo­
níase que los m uertos vivían una vida fantasmal en sus tumbas y que
tenían el poder de ayudar o perjudicar a sus descendientes y a los habi­
tantes de la ciudad. Tal convicción se encontró en la raíz misma del cul­
to de los muertos. Por otra parte, como lo describe Homero, se suponía
que se convertían en som bras inm ateriales en el Hades: los buenos
paseaban por el Elíseo, pero carecían de todo poder.
Una distinta corriente presentaba el alma como un espíritu inmortal
que después de la muerte tendría un destino mejor o peor según que el
difunto hubiese o no sido iniciado en uno de los misterios salvíficos. Un
concepto más elevado sostenían los filósofos, quienes creían en la
inmortalidad del alma y asociaban el destino ultraterreno del hombre a
sus virtudes y cualidades. Esa idea se popularizó en tiempos posterio­
res, en el periodo helenístico y en la Antigüedad tardía, habitualmente
asociada a religiones orientales, y allanó el camino a la concepción cris­
tiana del paraíso y el infierno.

16 Había tres calidades de alma, como de la forma del cuerpo, según Aristóteles: la vegetativa,
que también existía en las plantas; la animal, que aportaba las facultades de percepción y movi­
miento, y la racional. La razón era inmortal, pero estaba privada de sentimiento y personalidad,
como agente inmaterial de entendimiento. Por tanto, las almas eran perecederas y morían con el
cuerpo.
GRECIA 317

D. Cosmovisión

Observaciones introductorias

El rasgo más característico de la cultura griega fue su intento de enten­


der el m undo por m edio de un enfoque teórico racional, tendiente a
identificar y describir la esencia de todos los objetos reales e ideales. Los
griegos fueron los fundadores de la cultura racional y establecieron los
parám etros necesarios para toda posible cultura racional del futuro.
El enfoque griego fue predominantemente visual, en el doble sentido
de detectar las form as visibles de la realidad por medio de las artes
plásticas, y de detectar su forma ideal por medio de términos filosóficos,
científicos y literarios. Un arte auxiliar, la m úsica, de cuyo desarrollo
entre los griegos sabemos poco, intentó sobre todo expresar por medio
de la danza los ritmos del cuerpo humano y, en segundo lugar, servía de
acompañamiento a diversas formas de poesía.
Los griegos lograron un sabio equilibrio entre un enfoque predom i­
nantemente racional, cuya expresión última fue su filosofía, y la apertu­
ra a los aspectos emocionales y extáticos del hom bre, centrados en los
festivales y el culto dionisiacos y expresados por medio de ritos, música
y teatro. Aunque ocasionalm ente las m énades cayesen en excesos de
emociones irracionales, las dimensiones dionisiacas de la cultura griega
eran básicamente controladas por la disciplina apolínea, incluso por la
regulación pública de los festivales dionisiacos y la consiguiente crea­
ción de los paradigmas de la tragedia.
Con objeto de presentar, en form a sucinta, un cuadro de la infinita
riqueza de la representación griega del mundo, el presente estudio ha
enfocado el tema bajo tres rubros principales: 1) las ideas griegas sobre
el origen de la naturaleza y del m undo, 2) la representación artística
griega del mundo, y 3) las ideas sociopolíticas griegas.

Visión del mundo

La visión griega del mundo sufrió una evolución gradual, desde unas
cosmogonías mitológicas hasta la búsqueda de una comprensión racio­
nal de la naturaleza y de la realidad,17 seguida por un ulterior interés
operativo y filosófico en la naturaleza del hombre que, aun conservando

17 Windelband, en su obra A History of Philosophy, dividió la filosofía griega en tres periodos: V


el cosmológico, de 600 a 450 a.C.; 2) el antropológico, de 450 a 400 a.C.; y 3) el sistemático, que va
de Demócrito a Aristóteles (400-321 a.C.).
318 GRECIA

las investigaciones filosóficas, particularmente de cuestiones éticas, con­


dujo a un nuevo intento de comprensión científica de la realidad a partir
de Aristóteles, incluyendo en los tiempos helenísticos importantes expe­
rimentos tecnológicos, aunque éstos no tuviesen fines económicos.

Las cosgomonías mitológicas

Los mitos cosm ogónicos, sistem atizados por Hesíodo y que después
recibieron aportaciones de los trágicos y los órficos, explicaban, según
se mostró en la sección anterior, cómo los elementos primordiales apa­
recieron personificados en dioses cósmicos. Esos mitos cosm ogónicos
generaron otros mitos concernientes al origen del hombre.
Al igual que los hebreos, los griegos dividieron los orígenes del hom­
bre en dos etapas: la de la hum anidad original, exterm inada por un
inm enso diluvio, seguida por una segunda hum anidad posdiluvial,
generada por la prudente familia que escapó de aquél. El hombre origi­
nal fue concebido conform e a dos distintos m itos explicativos. Según
uno de ellos,18 el hombre surgió de las cenizas de los titanes fulminados
por el rayo de Zeus; según el otro,19 fue creado del barro por Prometeo.
La segunda etapa de la humanidad está representada en el mito de Deu-
calión, el Noé griego. Deucalión, rey de Fetia y de Tesalia e hijo de Pro­
meteo, fue advertido por su padre de que Zeus se proponía inundar al
mundo; construyó entonces un arca de madera, la llenó de todo lo nece­
sario y, con su esposa Pirra, flotó durante nueve días y sus noches hasta
desembarcar en el monte Parnaso. Deucalión rogó a Zeus que le permi­
tiese formar una nueva especie humana. Zeus, atendiendo a su plegaria,
ordenó a él y a su esposa que dejaran caer piedras tras ellos al caminar,
y de esas piedras fueron engendrados nuevos hombres y mujeres.

Los presocráticos

La visión griega de la naturaleza evolucionó de una cosmogonía mitoló­


gica, como ya se m encionó, a un enfoque racional que — dentro de las
condiciones de su época— intentó formar un entendimiento sistemático
del origen y el carácter de la naturaleza, en lo que podría llamarse una
filolsofía precientífica de la naturaleza. Como ya lo observó Werner Jae-

18 C/. W. K. C. Guthrie, The Greeks and their Gods, Boston, Beacon Press, 1966 (1950), pp. 319-320.
39 Véase el artículo de Herbert Jennings Rose y Charles Martins Roberíson sobre "Prometheus",
en N. C. L. Hammond y H. H. Scullard (comps.), The Oxford Classical Dictíonary, pp. 883-884.
GRECIA 319

ger, '"debemos entender el desarrollo de la filosofía griega como el pro­


ceso por el cual las concepciones religiosas originales del universo, la
concepción implícita en el mito, fueron cada vez más racionalizadas".20
Desde el siglo vi a.C. hasta los sofistas y Sócrates, cinco escuelas princi­
pales — unas más consistentes que otras— intentaron llegar a una com­
prensión racional de la naturaleza: la milésica, la eleática, la pitagórica,
la dialéctica y la atómica.
Los milésicos, con Tales (624-547 a.C.), Anaximandro (610-546 a.C.) y
Anaxímenes (mediados del siglo vi a.C.), consideraron que alguna fuer­
za o material básico yacía en el origen de la formación de las cosas natu­
rales. El agua, según Tales; el apeirón (lo ilimitado), según Anaximandro,
y el aire, según Anaxímenes.
La escuela eleática, con jenófanes de Colofón (570-480 a.C.), Parméni-
des (ca. 515 hasta la segunda mitad del siglo v a.C.) y Zenón (nacido cu.
490 a.C.), vieron en la unicidad y la singularidad del ser el fundamento
de la realidad, en contra de la multiplicidad de las apariencias. Según lo
subrayó Parménides, principal filósofo de esta escuela, la multiplicidad
de los seres existentes no es más que una apariencia de la realidad eter­
na única, el ser. De allí el principio de Parménides: todo es uno. El uno
es el eón , el ser puro, eterno, inmutable e indestructible. El cambio y la
multiplicidad pertenecen a una realidad de segundo nivel: la de las apa­
riencias. En esta escuela, Zenón formuló su célebre tesis sobre la imposi­
bilidad del m ovim iento: dada la infinita divisibilidad de la distancia
que debe atravesar cualquier objeto móvil, no puede llegar a su fin sin
haber pasado por el medio, y luego, por el medio del medio, en una infi­
nita serie de subdivisiones.
La escuela pitagórica fue fundada por Pitágoras, originario de Samos
(ca. 580-ca. 500 a.C.), quien emigró cerca de 531 a.C. a Crotona, en la
Magna Grecia de Italia, y formó una comunidad íilosófico-religiosa que
dominó políticam ente la ciudad. Los pitagóricos com binaban una reli­
gión m ística, basada en la fe en la m etem psicosis o transm igración de
las alm as, con una elaborada com petencia m atemática. D esarrollaron
una concepción idealista del mundo en que la materia sensible es una
copia y un reflejo de los números. Aceptaron (con la agregación de un
quinto elemento, el éter) los cuatro elementos de Empédocles: el fuego,
el aire, el agua y la tierra. Estos elementos son determinados por formas
geométricas: el fuego por el tetraedro, la tierra por el cubo, el aire por el
octaedro, el agua por el icosaedro y el éter por el dodecaedro. Creían
que las formas matemáticas eran la realidad última y más alta, y la reali­

20 Cf. Werner Jaeger, Paideia, voi. i, Mueva York, Oxford University Press, 1945, p. 152.
320 GRECIA

dad empírica sólo una copia. Esa teoría antecedió las ideas de Platón e
influyó en ellas.
La escuela dialéctica está representada por Heráclito de Efeso (siglo v
a.C.), quien, refutando a los eleáticos, afirmó que todas las cosas están
en cambio perpetuo, representadas por parejas de opuestos, como día-
noche, guerra-paz, saciedad-hambre. No es posible — decían— bañarse
dos veces en el mismo río; la sabiduría se encuentra no tanto en apren­
der, sino en el despertar de toda el alma del sueño de sus deseos y opi­
niones privadas a una conciencia del orden mundial (dialéctico), y todo
conocimiento es autoconocimiento.
La escuela atómica está representada por Leucipo de Mileto (segunda
mitad del siglo v a.C.) y Dem ócrito de Abdera (nacido entre 460 y 457
a.C.), quien vivió más de cien años. Esta escuela significa un importante
avance analítico en la com prensión preexperim ental de la naturaleza,
pues afirma que todos los seres existentes son resultado de cierta combi­
nación de unidades elem entales indivisibles: los átom os. Los átom os
han sido originalm ente dotados de movimiento, y las cosas se forman
por la ocasional colisión y acum ulación de ellos. Hay varios m undos,
resultantes todos ellos de combinaciones ocasionales. Demócrito, discí­
pulo de Leucipo y el miembro más im portante de la escuela, sostuvo
una teoría evolutiva de la naturaleza, de lo sensible a lo complejo, hasta
llegar al hombre como etapa final. El alma, causa de la sensación y de la
vida, está hecha por finos átomos y es perecedera junto con el cuerpo.
La percepción es causada por el impacto de átomos de objetos sensibles
en el alma.
Los átomos de Demócrito, minúsculas partículas esféricas de materia
invisible son una abstracción distinta de la actual interpretación del sis­
tema atómico, pero constituyen una extraordinaria intuición de la mate­
ria como formada por partículas elementales. La ética de Demócrito era
un hum anism o evolucionista, su cultura era enciclopédica y escribió
sobre una vasta gama de disciplinas, desde m atemáticas hasta física y
ética, y de sus escritos aún se conserva un número considerable de frag­
mentos breves.
Debemos citar a otros dos importantes filósofos presocráticos: Anaxá-
goras de Clazom enes (ca. 500-428 a.C.) y Em pédocles de A cragas (ca.
493 -ca. 433 a.C.). Anaxágoras, maestro y am igo de Pericles, no puede
clasificarse como eleático, si bien tuvo algunas ideas en com ún con
dicha escuela, ni como atómico, por más que sus conceptos sean cerca­
nos a los de Demócrito. Aunque aceptando la negativa eleática del
"devenir" y del "vacío", sostuvo que el mundo es una mezcla de "sem i­
llas" elementales o elementos primordiales, a los que Aristóteles llamó
GRECIA 321

"hom eom erías". Esos elementos, de diferentes características cualitati­


vas, son la causa de la diversidad de las cosas existentes.
Em pédocles tam poco pertenece a ninguna de las grandes escuelas,
aunque en sus conceptos se encuentran influencias eleáticas, pitagóricas
y heracliteanas. Como Pitágoras, fue una personalidad mística, conven­
cido de estar cumpliendo una misión divina, y al mismo tiempo un filó­
sofo de la naturaleza. Su aportación más im portante, que conservó su
influencia durante largo tiempo, fue el postulado de que la realidad está
constituida por cuatro elementos primordiales: fuego, aire, agua y tie­
rra, com binados en diferentes formas y proporciones e im pulsados
hacia procesos acumulativos o disgregativos por otras dos fuerzas pri­
mordiales: el amor y el odio.

Los sofistas

El movimiento de los sofistas introdujo un profundo cambio en la evo­


lución del pensamiento griego y fue, en sí mismo, la expresión de nue­
vas condiciones sociales, particularm ente en Atenas. El desarrollo de
enfoques racionales a la interpretación de la realidad, en lugar de las
antiguas formas mítico-religiosas, y el creciente individualism o en una
sociedad cada vez más diversificada y dem ocrática, como la ateniense
posterior a las Guerras Médicas y durante el siglo de Pericles, crearon y
difundieron una exigencia de competencia personal en la vida pública,
haciendo hincapié en las habilidades de la persuasión. Esta exigencia
produjo un cambio de acento, que pasó del estudio del carácter de la na­
turaleza a las consideraciones teóricas y prácticas concernientes a la
naturaleza del hom bre y a los requerim ientos del éxito político. Un
aspecto importante de las nuevas condiciones sociales y políticas crea­
das por la democratización de la sociedad fue el desarrollo de una nue­
va demanda de educación. La areté aristocrática se transmitía por la san­
gre. En una democracia, la areté de los plebeyos debía ser adquirida por
medio de la educación, aunque los altos precios que cobraban los sofis­
tas limitaran el número de alumnos a los de las familias ricas.
Esas nuevas condiciones y demandas sociales estimularon un cambio
de interés en la inteligentsia griega, de la física a los asuntos humanos y
sociales. Los sofistas eran profesores profesionales itinerantes de areté ,
interpretada por ellos de diversas maneras, según concepciones de un
carácter predominantemente ético — como en el caso de Protágoras— o
de carácter pragmático orientadas al éxito personal — como en el caso de
Gorgias.
322 GRECIA

El rasgo común del movimiento sofista fue su interés en los asuntos


humanos y sociales, vistos desde una perspectiva relativista y orienta­
dos a la enseñanza de habilidades prácticas. Protágoras, Pródico, Gor-
gias e H ipias de Elis fueron los sofistas más destacados. Ese nombre,
adoptado por ellos, no se refería — como en la actualidad— a personas
" tram posas" en sus razonamientos, sino a hombres sabios y conocedo­
res . Sin embargo, los sofistas "pragm áticos", dedicados a desarrollar la
capacidad de persuasión en sus alumnos por medios teóricos y am aña­
dos sin ninguna otra consideración, hicieron surgir el sentido negativo
del término.
Protágoras de Abdera (ca. 48 5-ca. 415 a.C.) es el representante más
destacado del m ovimiento sofista. Hombre serio y culto, trató de ense­
ñar la arete en su pleno sentido original de capacidad moral e intelec­
tual. Fue relativista en el sentido de que subrayaba, por una parte, hasta
qué grado es relativo el dominio de la cultura — incluidas las concepcio­
nes prevalecientes del bien y la verdad— , según las circunstancias
sociales e históricas y, por otra parte, en el sentido de lo que hoy llama­
ríamos perspectivismo, pues las cosas son lo que parecen en función de
la perspectiva desde la cual se les ve. De allí su afirm ación central: el
hombre es la medida de todas las cosas.
El relativismo de Protágoras lo llevó a adoptar una posición agnósti­
ca en materia de religión. Sin embargo, postuló unas elevadas normas
éticas, basadas en un concepto del uso racional de la libertad, como con­
dición para mantener una sociedad buena.

Sócrates

Ateniense del demo de Alopece, hijo de Sofronisco, un escultor o alba­


ñil, y de Fenarete, una comadrona, Sócrates (469-399 a.C.) inicialmente
fue preparado para seguir el oficio de su padre y después se interesó en
la filosofía. M iembro de una familia relativam ente acom odada, sirvió
como hoplita con gran valentía y distinción en varios de los choques de
la Guerra del Peloponeso, en la que salvó la vida a Alcibíades.
Sócrates fue, a la vez, miembro del movimiento sofista de ilustración
intelectual ^-en realidad, el ejemplo supremo de ilustración— y adver­
sario de su relativism o, particularm ente en el sentido pragm ático de
G orgias e H ipias. M antuvo relaciones cordiales con Protágoras, pero
difirió de él al sostener que el conocimiento objetivo, válido para todos
y no una simple opinión, puede alcanzarse m ediante el intelecto. Ese
conocim iento se puede obtener comprendiendo la naturaleza concep­
GRECIA 323

tual de las cosas. El objetivo de toda labor científica es determ inar la


naturaleza esencial de las concepciones por medio de definiciones exac­
tas. Para llegar a ese concepto, Sócrates unió el m étodo m ayéutico de
interrogar al arte de la comadrona — de traer niños al mundo— y al arte
filosófico — de provocar ideas— . Desafió el relativism o ético de los
sofistas en nombre de una idea, objetivamente alcanzable, de la justicia
y del bien. La virtud consistía en el conocimiento del bien: todo el que
alcanza ese conocimiento se ve impelido a practicarlo, y en ese sentido
puede enseñarse la virtud. Sócrates también desarrolló la interpretación
de la libertad com o, esencialm ente, una libertad m oral, una libertad
interna que puede ser alcanzada por un esclavo pero acaso no lo sea por
su amo.
A diferencia de los sofistas, Sócrates no cobraba por sus enseñanzas
ni intentó fundar una escuela filosófica, aunque se viera rodeado por un
grupo de discípulos. Tampoco dejó reflexiones escritas. Su enseñanza
era oral. Solía entablar discusiones libres con sus amigos y con la gente
común, tratando siempre — por medio de su método mayéutico, y par­
tiendo de una declaración de su propia ignorancia— de alcanzar un
reconocim iento consensual de la esencia del tema en discusión, por lo
general relacionado con cuestiones éticas o políticas. Las ideas de Sócra­
tes fueron conservadas por Platón y por Jenofonte. En el Sócrates que
presenta Platón no es posible hacer una clara distinción entre las ideas
de este último y las puramente socráticas.
Como es bien sabido, aun cuando había resistido valerosamente a las
injustas órdenes de los Treinta Tiranos a riesgo de su vida, Sócrates fue
absurdamente condenado a muerte tras la restauración de la dem ocra­
cia ateniense, acusado de impiedad y de corrupción de la juventud. Tras
esas descabelladas acusaciones estaban los temores y el resentim iento
provocados por sus críticas a la dem ocracia ateniense, que pretendía
alcanzar la meta de la igualdad mediante el sistema de sorteo a expen­
sas de la competencia y el mérito. La amistad de Sócrates con Alcibíades
y su anterior asociación con Critias, jefe de los Treinta Tiranos, también
influyeron en su condenación. La defensa de Sócrates fue una arrogante
reafirmación de sus ideas — que despertó la ira del jurado— , en la que
sostuvo que en lugar de un castigo merecía el reconocim iento público
por sus servicios al educar a los atenienses. Rechazó las facilidades de
escapar que se le dieron y apaciblemente bebió la copa de cicuta, m ien­
tras dialogaba serenamente con sus amigos y subrayaba su convicción
de la inmortalidad del alma.
324 CR ECIA

Platón

D iscípulo de Sócrates y m iem bro de una fam ilia aristocrática, Platón


(427-347 a.C.) se propuso inicialmente entrar en la política. Los abusos
cometidos por los Treinta Tiranos — uno de ellos, Critias, era su parien­
te— y la ulterior condenación arbitraria de Sócrates, el más sabio de los
griegos, como lo reveló el oráculo de Delfos, lo convencieron de que las
condiciones de su época no eran propicias para la acción política a la
que deseaba dedicarse, y que, en cambio, lo necesario era un esfuerzo
filosófico por aclarar los problem as de la sociedad y un com prom iso
pedagógico de cambiarla. Aunque dedicado a la filosofía, Platón ejerció
en parte sus aficiones políticas en sus erróneos experim entos de aseso­
rar a Dionisio y a Dión en Siracusa.
Platón y su academ ia participaron en una vasta gama de estudios,
desde las matemáticas hasta la metafísica, la estática, la lógica y la polí­
tica. Su interés central fue determinar los requerimientos de una socie­
dad buena, partiendo de la suposición básica de que una sociedad bue­
na es el producto de hom bres buenos, y que los hom bres buenos
tienden a ser formados por sociedades buenas. El fundamento es la jus­
ticia, tanto en el corazón de los hombres como en las instituciones y las
prácticas de la sociedad.
Como Sócrates, Platón creía que el conocimiento absoluto puede ser
alcanzado por el intelecto mediante la captación conceptual de la esencia
de las cosas. Aceptó el relativismo de Protágoras sobre el conocimiento
del mundo m aterial obtenido m ediante la percepción. En cam bio, el
conocimiento de las esencias y las ideas, precariamente presentadas por
el mundo sensible, es universal y permanente. Las ideas, como los seres
incorpóreos eternos, son la realidad efectiva contra las cambiantes apa­
riencias del mundo sensible. La idea suprema es la idea del bien.
La metafísica de las ideas correspondió, en Platón, a una cierta inter­
pretación del alma. Consideró que el alma presentaba tres partes o
dim ensiones: 1) la razón, la facultad de conocer, 2) el espíritu, la facul­
tad de la voluntad, y 3) el apetito, la facultad del deseo sensorial. La
vida buena consistía en som eter el apetito a las determ inaciones de
la voluntad y en som eter la voluntad a las deliberaciones de la razón,
orientada por la contemplación de las ideas, bajo el mando supremo de
la idea del bien.
Por consiguiente, la sociedad buena debía presentar una estructura
equivalente: los que estaban som etidos al predom inio del apetito, los
trabajadores, debían estar al mando de guerreros, som etidos al predo­
minio de la voluntad, y los guerreros, a su vez, estar sometidos al man-
GRECIA 325

do de los filósofos, contempladores de las ideas, bajo el elevado régimen


del rey-filósofo, poseedor de la idea suprema del bien.

Aristóteles

N acido en Estagira, en Calcídice, A ristóteles (384-322 a.C.) fue hijo


de Nicómaco, médico y amigo del rey Amintas II de Macedonia, el pa­
dre de Filipo II. Pasó su niñez en la corte de Pella e ingresó en la acade­
mia de Platón a los 17 años; allí se quedó hasta la muerte de su maestro
Platón (348 o 347 a.C.), primero como alumno y luego como lo que en
nuestros días llamaríamos estudiante investigador. Cuando Platón fue
sucedido por Espeusipo, erudito de orientación matemática, Aristóteles,
particularm ente interesado en la biología, se fue de la academia junto
con Jenócrates y aceptó una invitación de Hermias, ex alumno de la aca­
demia y gobernante de A tam e y Assos, para trasladarse a esta últim a
ciudad. Casó con Pitia, sobrina e hija adoptiva de Hermias, y se quedó en
Assos hasta la caída y muerte de éste. Después fue invitado por Filipo II
a ser tutor de Alejandro y desem peñó esa función durante tres años
(343-340 a.C.). Más tarde vivió algunos años en Estagira, donde prosiguió
junto con su amigo Teofrasto sus investigaciones científicas. Ambos fun­
daron su propia escuela en Atenas, en el Liceo. Después de 12 años de
intensa actividad salió de allí — tras la muerte de Alejandro y de un bro­
te de sentimientos antimacedónicos— y se fue a Calcis, en Eubea, donde
un año después falleció.
Aristóteles, el genio más enciclopédico, lúcido y congruente de la Anti­
güedad, escribió sobre una vasta gama de temas, desde lógica —-de la que
fue el fundador— hasta física, biología, estética, ética, metafísica y políti­
ca. La Lógica de Aristóteles es una teoría del razonamiento basada en la
interpretación rigurosa de los requerimientos de las proposiciones con­
gruentes y los modos en que se concatenan para llegar a conclusiones
apodícticas. Oponiéndose al concepto platónico de las ideas como seres
incorpóreos independientes y como realidad última, mostró que eran,
sencillamente, representaciones mentales de objetos reales o ideales. Esta­
bleció las categorías fundamentales de la metafísica, como materia y for­
ma, sustancia y atributo, esencia y accidente, acto y potencia, causa y
efecto, que configurarían todas las futuras investigaciones filosóficas. Su
metafísica, fundamentada en un análisis sistemático de las propiedades
aparentes de la realidad, dominó nuestra comprensión del mundo duran­
te dos milenios, en la Edad Media fue la base del escolasticismo y, desde
Santo Tomás hasta hace muy poco tiempo, fue la base de la fe cristiana.
326 GRECIA

Aristóteles sostuvo que el mundo, tal como existe, requiere la suposi­


ción de un "prim er motor" como causa inmóvil de todos los m ovimien­
tos. El primer motor es pensamiento puro, pensamiento de pensam ien­
tos, autoconciencia absoluta, y representa una entidad similar pero no
equivalente al dios de Platón. A diferencia de la idea del dios de las reli­
giones monoteístas, el dios de Aristóteles no es el creador del mundo ni
el fundamento de los valores éticos. Para Aristóteles, el universo es fini­
to pero eterno, y coexiste con el prim er motor en una eterna relación
entre m ateria y forma. Por su parte, el prim er m otor es una fuerza
orientada a sí misma, indiferente al destino del hombre y no relacionada
— como la idea del bien de Platón— con el universo de los valores.
De acuerdo con tales ideas, el alma, según Aristóteles, es la entelequia
del cuerpo y muere con él. Y la ética de Aristóteles, con su conrrelato en
la política, es una reflexión humanística sobre el ejercicio racional de la
libertad dentro de las condiciones requeridas para unas conductas recí­
procamente compatibles en la sociedad y el Estado.

El periodo helenístico

El mundo helenístico, en las condiciones sociales y políticas brevemente


analizadas en anteriores secciones de este estudio, llevó el espíritu grie­
go en dos direcciones principales: la ética y la científico-tecnológica.
Investigaciones filosóficas de la índole desarrollada por Platón y Aristó­
teles persistieron en la forma del neoplatonism o y el neoaristotelism o
— además de aportaciones nuevas de los escépticos, los eclécticos y los
sincretistas— , pero sin el mismo vigor creador, y más orientadas al estu­
dio académico y a la sistematización de los viejos maestros. Los neope-
ripatéticos tuvieron particular importancia en la obra llevada adelante
en la célebre biblioteca de Alejandría. Un pensamiento claramente ético,
con las correspondientes consideraciones m etafísicas, recibió nueva
prominencia por obra de Epicuro (341-270 a.C.) y Zenón (335-263 a.C.),
fundadores, respectivamente, de las escuelas epicúrea y estoica.
Ambas escuelas tenían el propósito común de encontrar en las condi­
ciones del mundo helenístico una vía hacia la felicidad humana. Ambas
subrayaban que tal felicidad debía buscarse, en lo posible, independien­
temente de las circunstancias externas y con base en los recursos perso­
nales del hombre, hasta lograr la im perturbabilidad, con fundam ento
en el uso apropiado de su libertad racional y subordinando a la razón
los deseos y apetitos sensoriales. Ambas se interesaban por el individuo
y aspiraban a llevarlo a un máximo de autosuficiencia personal, inde­
GRECIA 327

pendientemente de las circunstancias externas. El epicureismo — que no


tenía el significado puramente hedonista que después adquirió el térm i­
no— se basaba en la idea de la amigable sociabilidad en condiciones de
frugalidad personal. El bien supremo para los epicúreos era el goce
estético del hombre cultivado.
El estoicismo compartía con el epicureismo la idea de que la felicidad
dependía de subordinar la conducta del hombre a los imperativos de la
razón. Sostenía que la razón es la esencia de la naturaleza y de la natu­
raleza humana. El sabio alcanza la felicidad viviendo de acuerdo con la
razón del m undo, considerada divina. Esto significa, por otra parte,
la subordinación de los apetitos sensoriales y los deseos mundanos a un
austero ejercicio de la libertad racional. Por otra parte, dada la naturale­
za social del hombre, también significa la idea del imperativo de la justi­
cia y el amor universal del hombre, sin consideraciones nacionales ni
sociales, que conduce al concepto de un imperio universal y una ciuda­
danía cosm opolita que, por tanto, abarca a griegos y bárbaros, amos y
esclavos. Los estoicos alcanzaban su ideal de felicidad mediante el ejer­
cicio de la virtud y la estricta observancia del deber. La severidad con
uno mismo y la conducta benigna hacia los demás eran el modelo estoi­
co de vida. Ese ideal influiría profundam ente en los grandes hombres
de Roma y de la ética cristiana.
La otra dirección prevaleciente de interés intelectual en el m undo
helenístico fue de naturaleza científico-tecnológica, siguiendo los linca­
mientos de la ciencia natural de Aristóteles y el legado de la matemática
griega. Las matemáticas, la astronomía, las ciencias de la tierra, las cien­
cias naturales, la medicina y las correspondientes invenciones técnicas,
así como las disciplinas de historia, filología, gramática y crítica litera­
ria, pasaron por un desarrollo excepcional que superó con m ucho las
realizaciones anteriores.
En el ámbito de las matemáticas, Euclides de Alejandría (floreció ca.
300 a.C.), Arquímedes de Siracusa (ca. 287-212 a.C.), Apolonio de Pérga-
mo (floreció en la segunda mitad del siglo iii a.C.) y Herón de Alejandría
(floreció en la segunda mitad del siglo i a.C.) fueron los sabios más emi­
nentes. En astronomía, Aristarco de Samos (floreció en la primera mitad
del siglo iii a.C.) propuso, por vez primera, una teoría heliocéntrica. Era-
tóstenes de Cirene (ca. 275-194) midió la Tierra, e Hiparco de Nicea, ade­
más de realizar sus estudios trigonométricos, determinó los movimientos
del Sol y de la Luna.
La medicina, partiendo de las anteriores aportaciones de Hipócrates
(469-399 a.C.), logró un notable desarrollo en este periodo con Herófilo
de Calcedonia (primera mitad del siglo m a.C.), investigador de anato­
328 GRECIA

mía y autor de la teoría de los hum ores junto con su contem poráneo
Erasístrato de Ceos, anatomista y autor del prim er estudio de los ner­
vios. Teofrasto (ca. 370-288 o 285 a .C ), continuando las ciencias natu ­
rales de su maestro Aristóteles, hizo una importante contribución a la
biología.
Un aspecto de enorme interés en la ciencia helenística fue su puesta
en práctica gracias a la invención de máquinas, y la aplicación de la tec­
nología en un nivel sorprendentem ente avanzado. Las condiciones
sociales de la época, basadas en la mano de obra esclava, no favorecie­
ron la aplicación económica de las invenciones helenísticas. Se emplea­
ban con propósitos militares o prácticas médicas y para producir m ila­
gros en los templos. Entre los inventores más notables del periodo debe
hacerse m ención especial de Ctesibio de A lejandría (floreció en 270
a.C.), descubridor de la compresión del aire e inventor de las bombas de
aire; Filón de Bizancio (ca. 200 a.C.), inventor de la succión y de la bom ­
ba im pelente; Apolodoro de A lejandría (siglo ii a.C.), farm acólogo; el
genial Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.), matemático y astrónomo
inventor de maravillosas máquinas de guerra y otros aparatos m ecáni­
cos, y H erón de Alejandría (floreció en el siglo i d.C.), constructor de
aparatos "hacedores de m ilagros" para los templos.

E. El arte griego

Las realizaciones de Grecia en el dominio de las artes sólo pueden com­


pararse con su extraordinaria contribución a la filosofía. Fuera de su
música — aún insuficientemente conocida— , que desempeñaba el papel
de acom pañam iento de la poesía y los ritos o una función rítmica para
la danza, los griegos sobresalieron en arquitectura y escultura, llegaron
a un alto nivel en la pintura y, con sus tragedias, alcanzaron la más su­
blime expresión del género, con la que sólo pudo rivalizar Shakespeare.
Como en otras manifestaciones del genio griego, su expresión artística
siguió una secuencia de fases que correspondieron, aproximadamente,
a los periodos arcaico, clásico y helenístico.
Las rudim entarias construcciones arcaicas fueron sucedidas por los
estilos dórico, jónico y corintio. Las primeras expresiones im portantes
de la arquitectura griega correspondieron a la época de Pisístrato, con la
fuente de Enneakrounos, el tem plo de Atenea en la acrópolis y otras
construcciones. La cum bre de la arquitectura clásica llegó durante la
época de Pericles, con la edificación del Partenón bajo la dirección de
Ictino y con aportaciones de Fidias. El Propileo añadió un rasgo arqui­
GRECIA 329

tectónico soberbio al acceso a la acrópolis, junto con esa otra delicada y


graciosa obra maestra: el Erecteón.
La transición de la arquitectura clásica a la helenística se caracteriza
por el cambio de una medida equilibrada, propicia para las dim ensio­
nes humanas, a la idea de grandeur y el propósito de transmitir la sensa­
ción de grandiosidad que rodeó a las monarquías helenísticas, tendien­
do, al m ism o tiem po, a ajustar la proporción de los edificios a las
poblaciones más num erosas de sus principales ciudades. Uno de los
ejem plos más típicos y logrados de esta arquitectura de grandeur , que
también conservó el diseño más perfecto, es el altar de Zeus en Pérga-
mo. Sin embargo, delicadeza y ornamento también fueron característi­
cas del nuevo arte.
La escultura griega alcanzó un nivel aún superior: fijó un eterno pa­
radigma de belleza que se impondría a la sensibilidad del Renacimiento
e influyó decisivamente en la cultura occidental hasta la revolución del
arte moderno.
Las esculturas arcaicas, que presentaban a jóvenes kouroi desnudos y
muchachas korai vestidas en posiciones rígidas, ya estaban m anifestan­
do, con sus sutiles sonrisas, el mensaje humanístico de la cultura griega.
La escultura clásica, desde Fidias (490-431 a.C.) y Policleto (nacido ca.
480 a.C.) hasta Praxiteles (390-330 a.C.), llegó al nivel de la perfección
última con su paradigm a de belleza serena y adquirió, con el últim o
mencionado, una refinada delicadeza apolínea. Los relieves funerarios
del siglo v exhibirían el mismo ideal, no afectado por la presencia de la
muerte.
El periodo helenístico, en su fase superior (ca. 240-150 a.C.), pasó del
paradigm a clásico a m anifestar los rasgos realistas de los individuos
retratados o bien las características típicas de los dioses y héroes repre­
sentados. Al m ism o tiem po, abandonó el ideal clásico de placidez y
optó por un dramatismo barroco y un intento de transmitir la sensación
de m ovimiento y las expresiones de la pasión. La escultura helenística
tardía (ca. 150-30 a.C.) intentó volver al modelo clásico, como en el ejem­
plo típico de la Afrodita de Melos.
La escultura helenística, que durante largo tiempo fue víctima de un
desdén dogmático, en la actualidad es objeto de enorme admiración. La
Afrodita acurrucada de D oidalsas, el Hermafrodita dormido de Policles,
el Apolo de Belvedere de Leocares, la Cabeza de Atenea de Eubólides, en el
altar de Pérgamo, así como esas extraordinarias obras maestras de auto­
res desconocidos, como las estatuas del siglo iii de un Galo dándose muerte
y Menelao con el cuerpo de Patroclo, o esculturas del siglo n como la Victo­
ria de Samotracia, la Atenea de Pérgamo, la Artemisa de Rodas, el Centauro
330 GRECIA

de Ero, o la ya m encionada Afrodita de Melos, figuran entre las más


bellas esculturas del periodo clásico.
También la pintura alcanzó un alto nivel en Grecia. Lamentablemen­
te, han sobrevivido hasta hoy muy pocas pinturas, excepto en alfarería
o en mosaicos, y hemos de depender básicamente de descripciones anti­
guas. Polignoto y Apolodoro en el siglo v, Zeuxis, Pausias, Nicias, Ape­
les y Actio en el siglo ív, este último con su célebre pintura de la Boda de
Alejandro y Roxana , dejaron reputaciones de alta calidad. El arte del
mosaico hizo avances considerables en los tiempos helenísticos, cuando
el uso de cantos cortados fue remplazado por trozos de cerámica delibe­
radam ente preparados para ese fin, las tesserae, con que se produjeron
obras m agníficas como el m osaico de Alejandro (ca. 300 a.C.), el de los
Músicos de Dioscorides (siglo m a.C.) y el impresionante Dioniso montan­
do la pantera (ca. 100 a.C.).
A pesar de todo, fue en la tragedia donde los griegos hicieron una de
sus aportaciones más insuperables. Habiendo surgido la tragedia, como
ya se dijo, de los festivales dionisiacos, los grandes trágicos griegos,
Esquilo, Sófocles y Eurípides, mostraron, en la interrelación entre una
pareja de actores y el coro, algunas de las expresiones más extraordina­
rias del conflicto entre los hombres, y entre ellos y el destino.
En la secuela de los trágicos griegos, los cambios ocurridos en el m ar­
co sociocultural de Grecia se reflejarían en los temas de las obras y en la
forma de presentarlas. Esquilo, quien combatió en Maratón y probable­
mente en Salamina, da expresión a la Grecia religiosa y heroica. En un
estilo grandioso describe el conflicto épico entre la voluntad humana y
el destino, y muestra cómo a la postre prevalece la justicia divina. Sófo­
cles crea sus tragedias con la misma impecable arm onía del Partenón.
Las pasiones humanas y los grandes principios morales están enju ego y
en conflicto, siguiendo un camino trazado por los dioses.
Con Eurípides, la edad de la Ilustración y el relativismo de los sofistas
hacen su aparición en el universo de la tragedia. Las cuestiones a las que
se enfrenta el hombre se vuelven más ambiguas y presentan aspectos
conflictivos. Los grandes mitos ya no se enfocan de manera religiosa, sino
que son aprovechados por el hombre para favorecer sus propios intere­
ses. La tragedia deja de ser un conflicto entre la voluntad hum ana y el
destino o la voluntad de los dioses, y pasa a ser una interacción de las
pasiones humanas, así como el desarrollo de las contradicciones del alma.
En un ambiente sociocultural de crítica intelectual y revisión de las
ideas, Aristófanes (ca. 446-388 a.C.) creó una elaborada forma de come­
dia. Com o la tragedia, tam bién la com edia procedió de los festivales
dionisiacos, en los que tenía el carácter de una bufonería como el komos.
GRECIA 331

Actores que representaban pájaros, bestias y m onstruos, llevando a


veces un falo de exageradas dim ensiones, presentaban tem as de farsa
— originalmente derivados del epicharmo siciliano— en algo equivalente
a la commedia dell'arte italiana. Después, la comedia ateniense tendría un
coro. Aristófanes, único escritor cuyas comedias completas han llegado
a nosotros, reformó el modo en que el género había sido tratado por sus
más distinguidos predecesores, Chiónidas, Magnes y Cratino, y lo llevó
al más alto nivel artístico.21
La com edia griega evolucionó al pasar por tres etapas sucesivas:
la comedia antigua (siglo v a.C.), la comedia media (finales del siglo v
a.C.) y la com edia nueva (siglos vi-m a.C.). Las tram as de la com edia
antigua, por lo general de carácter fantástico, ofrecían un buen contexto
para ridiculizar y parodiar a contemporáneos eminentes, como Sócrates
en Las nubes de Aristófanes. El propio A ristófanes es un destacado
representante de la comedia media. La derrota de Atenas en la Guerra
del Peloponeso y el carácter cosmopolita que adquirió la ciudad se refle­
jaron en la comedia media, que era esencialmente una comedia de cos­
tumbres. La comedia nueva correspondió a la m anifestación final del
genio ateniense en el marco del m undo helenístico. Es una parodia de
intrigas individuales y domésticas. Filem ón (369 a 366-267 a 263 a.C.),
Difilo (segunda mitad del siglo iv a.C.) y principalmente Menandro (342
o 341-293 a 289 a.C.) fueron los representantes más significativos de este
arte.
En el periodo helenístico las disciplinas literarias se orientaron en parte
hacia la erudición y en parte hacia el entretenimiento ligero, aunque se
siguieran cultivando la poesía épica y la religiosa. La vida intelectual de
este periodo se concentró particularmente en Alejandría, mientras Atenas
m antenía una tradición filosófica y algunas otras ciudades, como An-
tioquía, Pérgamo y Rodas, seguían siendo activos centros provincianos.
La vida intelectual de Alejandría se concentraba en el Museo y en la
Biblioteca, fundada por Tolomeo Soter y desarrollada por Tolomeo II. Se
cultivaron la historia, la poesía y la prosa de entretenimiento. El lirismo
bucólico de Teócrito y los poemas eruditos de Calimaco representaron
las cumbres de este periodo. La Biblioteca, organizada por Demetrio de
Falero (nacido ca . 350 a.C.), tuvo toda una dinastía de bibliotecarios,
hombres cultos que también eran preceptores de la familia real. En su
interesante libro sobre la Biblioteca de Alejandría, Mustafá El-Abbadi22

21 C/. J. T. Sheppard, The Cambridge Ancienl History, vol. v, cap. v, Cambridge University Press,
1996.
22 Cf. Mustafá EZ-Abbadi, Life and Fate of tire Ancient Library of Alexandria, París, unesco , 1992
(1990). '
332 GRECIA

presenta una vivida historia de esa gran institución, cuya rica colección
de m anuscritos fue clasificada por Calim aco (ca, 305-240 a.C.) en un
catalogue raisonné en 120 volúmenes, la primera historia literaria cientí­
fica del mundo.

F. Las concepciones sociopolíticas griegas

La definición del hombre dada por Aristóteles, zoon politikón, fue emi­
nentemente aplicable a los griegos mientras logró sobrevivir la autono­
mía de las polei. En Grecia no hubo claras distinciones entre la vida pri­
vada y la vida pública, entre la sociedad civil y el Estado, entre las
esferas política y religiosa. La autoridad dom éstica del padre tenía un
carácter político y religioso. No había fronteras bien definidas entre la
sociedad y el Estado, y el concepto griego de libertad era esencialmente
político: el derecho de ejercer una ciudadanía activa. Esta m entalidad
pasó por un cam bio significativo con la consolidación de las m onar­
quías helenísticas, que desarrollaron condiciones sociales y culturales
muy similares a las occidentales del día de hoy.
En un pueblo tan empapado de vida política, el pensamiento político
presentó una gama extremadamente amplia, desde los discursos, trage­
dias y comedias, hasta los tratados políticos (con la fundación por Aris­
tóteles de la ciencia política como disciplina específica) y la manera de
concebir la historia como disciplina científica.23 Tucídides, como estadis­
ta, historiador y orador, sintetiza la expresión m ultiform e del pensa­
miento político en Grecia.
No es posible resumir en pocas palabras — sin hacer simplificaciones
burdas— el pensamiento político en Grecia ni tantos otros campos de la
ilim itada expresión de su genio. En el presente estudio hem os optado
por concentrar el breve trato de este tema en tres cuestiones centrales:
1) las divergentes opiniones políticas de Cimón y Pericles sobre la direc­
ción de los asuntos atenienses; 2) las ideas opuestas de Isócrates y
Dem óstenes sobre la relación entre la polis (Atenas) y la Hélade y, por
tanto, sobre el proyecto panhelénico de Filipo, y 3) las diferentes ideas
acerca de la amenaza romana contra el mundo griego.

23 La Historia como disciplina, desde Hecateo de Mileto (mediados del siglo v a.C.) y Heródoto
(segunda mitad del v a.C.) hasta Tucídides (nacido de 460 a 491 a.C.), con quien alcanzó su más alta
forma, recibió entre el año 200 y después del 118 a.C. el carácter de reflexión política que le dio
Polibio.
GRECIA 333
Cimón y Feríeles

En una sección anterior de este capítulo se hizo una breve descripción


de las principales actividades político-militares de Cimón (504-449 a.C.)
y Pericles (495-429 a.C.). Ahora nos interesa analizar brevem ente sus
encontradas opiniones sobre cómo dirigir los asuntos atenienses. Proce­
dentes ambos de familias nobles, de gran cultura y dotados de elevadas
cualidades morales e intelectuales, estaban profundamente com prome­
tidos con los intereses de Atenas. La diferencia en sus ideas se manifestó
con respecto a las relaciones de Atenas con Esparta, en especial al deter­
minar si se debía llevar adelante la política de amistad y cooperación
con ésta (Cimón) o una política de declarada rivalidad y posiblem ente
de hostilidad (Pericles). Esta divergencia central entre ambos estadistas
tuvo grandes repercusiones.
Cimón era un eupátrida dedicado al servicio de la ciudad. Su ideal de
la kalokagatia personal también era la base de su propuesta política, una
especie de kalokagatia pública para Atenas, no necesariamente en igual­
dad de condiciones para todos los atenienses. Creía que los tetes pobres
y menos educados debían tener voz y voto en la ecclesia como ciudada­
nos atenienses, pero no ser la fuerza determinante, de modo que predo­
minaran los ciudadanos más capaces. Deseaba un liderazgo ilustrado y
dem ocráticam ente responsable, que rindiera cuentas a la ecclesia , pero
en las condiciones adecuadas para llevar con eficiencia los asuntos
públicos. También deseaba conservar y fortalecer — de manera no coer­
citiva— el predominio ateniense en los asuntos de la liga.
Cim ón deseaba m antener la alianza con Esparta no sólo porque
admiraba las virtudes espartanas de austeridad, disciplina y valor, sino
tam bién porque pensaba que esa alianza sería la m ejor política para
Atenas y para toda Grecia. Esparta era una potencia m ilitar terrestre,
poco interesada en cuestiones de negocios y de cultura. Atenas era una
potencia marítima, sumamente dedicada al comercio y a las actividades
culturales. Por consiguiente, había amplio espacio para una coexistencia
amistosa y cooperativa de las polei. Lo contrario, una política de hostili­
dad hacia Esparta, desprovista en sí misma de motivos razonables, iría
en extrem o detrim ento de Atenas; posiblem ente seria catastrófica, de
acuerdo con la fuerza y la capacidad militar de los espartanos.
Es difícil imaginar cuánto tiempo la política de Cimón hubiera podi­
do sobrevivir a su m uerte. De hecho, el sim ple proceso objetivo de
intensificar la dem ocratización en Atenas iba, necesariam ente, aumen­
tando la influencia y el poder de los tetes en la conducción de los asun­
tos públicos. El partido popular tuvo que convertirse en una sólida
334 GRECIA

m ayoría para que el proceso democrático continuara extendiéndose o,


sencillamente, para conservarlo.
Pericles, que sucedió a Efialtes, quedó al frente del partido popular.
Su liderazgo fue sumamente ilustrado y decoroso, no dem agógico, no
entregado al populism o barato, pero tam bién fue resultado de una
interpretación realista de las necesidades de la plebe, que form aba la
m ayoría de sus electores. Tales necesidades, directa e indirectam ente,
dependían del mantenimiento y la expansión del imperialismo atenien­
se. Y el im perialism o significaba la capacidad para im poner las cleru-
quías atenienses y otorgar terrenos y aperos agrícolas a los tetes carentes
de tierras, a expensas de otras propiedades. Im perialism o significaba
m antener una gran flota, que daría a los tetes innum erables empleos
como remeros y trabajadores en los astilleros. Im perialismo significaba
la im posición de contribuciones anuales, en última instancia forzosas,
a los aliados, así como la apropiación del Tesoro de Délos, todo ello
necesario para financiar la marina, edificar magníficos templos en Ate­
nas, costear los espléndidos festivales y pagar un estipendio por el des­
em peño de servicios públicos. Sin em bargo, el im perialism o en tan
grande escala también implicaba un enfrentamiento con Esparta y hacía
inevitable una gran guerra entre las dos ciudades y sus respectivos
aliados.
Cimón conocía las catastróficas consecuencias que bien podían resul­
tar del imperialismo ateniense, pero fue vencido políticamente por Peri­
cles en sus intentos de bloquearlo. También Pericles conocía los peligros
de su política, pero no previo los funestos resultados que en última ins­
tancia provocaría, creyendo que podría m antener el poderío ateniense
tras sus grandes murallas y su poderosa flota. Como ya se ha menciona­
do, la victoria política de Pericles — inevitable en las condiciones de la
dem ocracia ateniense— trajo, en el corto plazo histórico, la ruina de
Atenas, pero en el largo plazo la gloria eterna de su cultura.24

1Sócrates y Demóstenes

Isócrates (436-338 a.C.) y Demóstenes (384-322 a.C.) representaron, en


sus opiniones opuestas sobre la relación entre la polis (Atenas) y la Héla-
de, entre la intransigente conservación de la independencia de la ciudad-
Estado y la idea de una comunidad panhelénica organizada, esa básica

2<í Como lo subraya el profesor Roger S. Bagnall en sus comentarios a este capítulo, Pericles no
pudo prever ios desastres de la plaga de 430-429 a.C., que afectaron mucho la fuerza de Atenas y
causaron su muerte.
GRECIA 335

polaridad de la cultura griega entre el localismo de la ciudad-Estado y


el universalismo del logos helénico.
Como suele ocurrir en tales polaridades, las circunstancias específicas
en el curso de las m últiples vicisitudes de un proceso prolongado no
siempre se ajustan al paradigma. Isócrates conocía las ambiciones hege-
mónicas de Filipo y no las apoyó. Acabó por quitarse la vida por causa
de la política de Filipo después de Queronea. Tampoco desconocía, en
sus prim eras obras, las dificultades prácticas de una alianza estable
espartano-ateniense, que él, atinadam ente, consideraba fundam ental
para el bienestar de Grecia. Por su parte, Demóstenes tam bién estaba
consciente de la im posibilidad de m antener a largo plazo la indepen­
dencia total de las polei, y solamente esperaba que un régimen de alian­
zas pudiese com binar la autonomía de las ciudades-Estado con los
esfuerzos en cooperación, necesarios para su supervivencia. A penas
puede justificarse que considerara recomendable una alianza ateniense-
persa en interés de la independencia de la ciudad-Estado.
Las dos principales declaraciones de Isócrates en favor de sus ideas
panhelénicas están contenidas en el Panegírico, que apareció en 380 a.C.
— después de 10 largos años de elaboración— , en que propone un
gobierno compartido de toda Grecia entre Atenas y Esparta, y en el Fili­
po , de 346 a.C., en que recomienda una alianza griega con Filipo para
declarar la guerra a Persia y unificar Grecia. C om prendiendo que su
solución predilecta, la jefatura conjunta ateniense-espartana, no era via­
ble, Isócrates consideró que unirse con la M acedonia de Filipo sería la
segunda m ejor oportunidad de lograr la unidad griega y ganar una
guerra contra Persia. Bien consciente estaba de que, tras sus propuestas
de una liga griega libre, en realidad lo que buscaba Filipo era la hege­
monía m acedónica. Pero creyó que si las principales ciudades-Estado
form aban una alianza con Filipo, podrían contener las am biciones de
éste y establecer un equilibrio de fuerzas que conduciría a una com uni­
dad consensual que mantuviera los derechos de las ciudades y asegura­
ra a Grecia la victoria contra Persia.
Sin embargo, embrujadas por la devastadora elocuencia de Demóste­
nes, las ciudades griegas rechazaron la alianza con Filipo y optaron por
el curso opuesto: una alianza tebano-ateniense fue m ovilizada para
combatir a Filipo, con la venia de Bizancio y de otras polei, e hizo inevi­
table la guerra contra M acedonia, como deseaba D em óstenes. Sin
embargo, éste había subestimado notablem ente el poderío y el talento
militares de Filipo, quien en 338 a.C. en Queronea infligió una aplastan­
te derrota a los aliados, aniquiló a los hoplitas tebanos y puso en fuga a
los atenienses. Isócrates aún intentó, en su tercera epístola a Filipo, des­
336 GRECIA

pués de Queronea, convencerlo de que empleara sabiam ente su recién


adquirido poder para imponer un sistema consensual panhelénico. No
obstante, Filipo, libre ya de toda lim itación, dictó una paz en sus pro­
pias condiciones, aunque reservando un trato benigno a Atenas. Con­
vencido de que sus ideales se habían perdido para siempre, Isócrates se
dejó morir de hambre.
No menos trágico íue el destino de Demóstenes; aunque el gran ora­
dor prevaleció sobre Isócrates y el partido pacifista dentro de Atenas,
im pidió que se enviaran em isarios de paz y provocó así la guerra con
Filipo. Después de sus cuatro sucesivas Filípicas y otros discursos de
extraordinaria elocuencia, y tras incesantes gestiones diplomáticas anti­
macedónicas ante varias ciudades griegas, Demóstenes logró una alian­
za con Tebas para enfrentarse m ilitarm ente a los m acedonios cuando
Filipo ya estaba amenazando con invadir el Atica. Después de la decisi­
va victoria de Filipo en Queronea, Demóstenes, cuya jefatura se conser­
vó gracias al trato benigno dado por Filipo a A tenas, continuó su de­
safiante pugna contra M acedonia. Inicialm ente creyó que el poderío
m acedónico se reduciría al morir Filipo; fomentó la rebelión de Tebas
contra A lejandro, con la consiguiente y catastrófica aniquilación de
Tebas, y luego pasó su estrategia a Persia, con la esperanza de que el
Gran Rey sometiera a Macedonia. Una vez más, ocurrió todo lo contra­
rio. Pocos años después de la muerte de Alejandro, para no ser captura­
do por Antipáter, Demóstenes se dio muerte.
Demóstenes es un ejemplo impresionante, pero un tanto patético, del
estrecho localismo de la ciudad-Estado y de las energías mal dirigidas.
El caso de Isócrates no es tan fácil de juzgar, pues pese a sus propuestas,
correctas, es imposible conjeturar hasta qué grado una alianza volunta­
ria de las ciudades-Estado con Filipo hubiese conducido en realidad a la
formación de una comunidad griega relativamente libre. Aún más difí­
cil resulta saber hasta qué punto esa com unidad, si se hubiese dado,
habría podido perdurar. Lo que sí parece claro es que los sentim ientos
incondicionalm ente antim acedónicos de Dem óstenes, que lo llevaron
hasta intentar una alianza con Persia contra M acedonia, no eran m uy
compatibles con los intereses colectivos de la Hélade y aun con los inte­
reses particulares de la propia Atenas.

La llegada de Roma

Uno de los acontecimientos más extraordinarios de las postrimerías de


los reinos helenísticos fue la rapidez con que una potencia ajena, Roma,
GRECIA 337

apenas conocida por los ciudadanos cultos de la cuenca oriental del


Mediterráneo, subyugó los reinos antigónidos y seléucid os, cuya fuerza
combinada probablemente era superior al poderío aún incipiente de la
República romana.
En contraste con el Egipto tolomeico, que ya daba señales de deca­
dencia en el curso del débil reinado de Tolomeo IV (221-203 a.C.), a fina­
les del siglo ni a.C. Macedonia y Siria contaban con monarcas jóvenes y
capaces: Filipo V (235-179 a.C.) y Antíoco III (ca. 242-187 a.C.), respecti­
vamente, quienes habían hecho prosperar a sus reinos y aumentado su
fuerza militar. A pesar de esto, en pocos decenios Roma, después de una
inicial intervención limitada en la primera Guerra Macedónica (215-205
a.C.), que concluyó para ella en térm inos desfavorables con la Paz de
Fenice (205 a.C.), logró aprovecharla en un decidido objetivo de dom i­
nación de toda la zona, som etió a M acedonia y a Grecia a su yugo y
expulsó a los seléucidas de la cuenca del M editerráneo. La batalla de
Cinoscéfalos, en 197 a.C., redujo a Macedonia a la categoría de potencia
secundaria. Veinte años después Perseo, hijo y sucesor de Filipo V, fue
irremisiblemente derrotado en 168 a.C. en la batalla de Pidna, y el terri­
torio macedónico fue convertido en cuatro pequeños estados. En cuanto
al Imperio seléucida, su destino también quedó sellado después de las
batallas de las Termopilas (191 a.C.) y de M agnesia (190 a.C.), y en la
paz de Apamea (188 a.C.). Antíoco III fue expulsado del Mediterráneo.
En la sección 2 de este capítulo se presentó una breve referencia histó­
rica a esos hechos. Lo que ahora merece un comentario muy sucinto es
el aspecto político de la cuestión. Polibio (ca. 200 -ca. 120 a.C.), que fue
participante m enor como ex hiparca de la Confederación Aquea (170­
169 a.C.) y que después de Pidna fue uno de los 1 000 aqueos deporta­
dos a Roma (donde trabó amistad con Escipión Emiliano y fue miembro
del Círculo Escipiónico), hizo un relato com pleto de los hechos en sus
Historias , de las Guerras Púnicas hasta Pidna, y expresó sus opiniones
sobre dichos sucesos. De sus 40 tomos, del prim ero al quinto y partes
considerables de casi todos los demás han llegado hasta nosotros.
Por el cuadro presentado por Polibio podemos comprender cómo fue
posible que Roma dominara el mundo helenístico en unas cuantas déca­
das, pese al hecho de que, como ya hemos observado, por esa época la
fuerza combinada de los Estados helénicos era muy superior al poderío
de Roma. Polibio sintetiza sus opiniones atribuyendo el triunfo de
Roma a una com binación de mayor congruencia y capacidad político-
militar, incluida su forma de gobierno, con la continua buena fortuna
que le daba Tyche.
La intervención de Roma en los asuntos de Macedonia, Grecia y Siria
338 GRECIA

fue posible, como condición inicial, gracias a la inerradicable división


que prevalecía entre los estados helenísticos. La respuesta de éstos a la
am enaza romana habría debido consistir en form ar un frente común
contra el invasor extranjero. La simple existencia de ese frente habría
disuadido a los romanos de toda intención de intervenir. Sin embargo,
Roma no fue vista como invasora, sino como aliada contra Macedonia y
contra la odiada e im predecible conducta terrorista de Filipo V. Se le
dieron todas las facilidades a Roma para destruir por separado a Mace­
donia, supuestamente para favorecer la causa de la independencia grie­
ga, y luego para liquidar la fuerza m ilitar de A ntíoco III. Por últim o,
Grecia, indefensa, tuvo que someterse a su conquistador romano.
Otra consideración importante en lo práctico fue la superioridad tác­
tica, dem ostrada en todas las batallas, de la legión ágil y m aniobrable
sobre la sólida y compacta falange. La carga de la falange, con su rígida
formación de largas sarisas, era irresistible en el choque frontal, pero la
agilidad de la legión le perm itía eludir la carga y contraatacar por el
débil flanco derecho de la falange.
En este contexto, otro elemento esencial que explica los triunfos de
Roma fue que los griegos no tuvieron conciencia de la amenaza romana
y durante un periodo crítico tampoco la tuvo Antíoco III. Polibio la vio
claram ente y desde m uy pronto. Inicia sus Historias preguntándose
" quién es tan indiferente o tan indolente que no quiera saber cómo y bajo
qué forma de gobierno casi todas las partes de la oikoumene cayeron ba­
jo el dominio de Roma en menos de 53 años, un fenómeno sin preceden­
te". Con esta tem prana conciencia de la intención conquistadora y la
capacidad de Roma, Polibio presenta el discurso que, supuestam ente,
fue pronunciado en la conferencia de paz de Naupacto por el estratega
de los etolios, Agelao. Según Polibio, dijo Agelao a Filipo V:

Si es acció n lo qu e d e se á is, e n to n ce s m ira d h a d a el o este y a te n d e d a la g u e ­


rra en I t a li a ...25 p u e s si a g u a rd á is h asta que esta to rm e n ta que h o y se ciern e
so b re O cc id e n te lle g u e a p o s a rs e so b re G re cia , m e p r e o c u p a m o rta lm e n te
q u e n o s o tro s , c a d a u n o d e n o s o tro s , e n c u e n tre e s a s tre g u a s y g u e r r a s , y
to d o s esos ju eg o s d e n iñ o s que e m p re n d e m o s u n o s co n tra o tro s, tan sú b ita­
m en te in terru m p id o s que nos e n co n tre m o s o ra n d o a los d io ses p a ra que nos
d ejen al m en o s co n esta facu ltad : lu ch a r y h a ce r la p a z e n tre n o s o tro s c u a n ­
d o lo d e se e m o s, en su m a , co n te n e r n u e stra s p ro p ia s d is p u ta s .

Filipo V, previendo la amenaza, hizo la paz con los etolios para estar
libre de enfrentarse a los romanos. Sin embargo, por las divisiones de

25 Las Guerras Púnicas.


GRECIA 339

los griegos y la mala reputación que él mismo había adquirido no logró


formar una coalición numerosa contra Roma. Antíoco III habría podido
ayudarlo si hubiese com prendido la naturaleza de la am enaza que
representaba Roma. Anteriormente había establecido un pacto con Fili-
po (203 a.C.) para compartir con él los despojos de las posesiones marí­
timas egipcias, pero no pudo llevar adelante este plan por la oposición
de Rodas y Pérgamo, que derrotaron a su armada en la batalla de Quíos
(201 a.C.). Después, ante la guerra entre Roma y Macedonia, a Antíoco
no le desagradó la derrota de Filipo, imaginando que Roma se retiraría
a su normal zona de influencia y dejaría abierto el camino a su propia
supremacía en el M editerráneo oriental. No obstante, pocos años des­
pués Antíoco se encontró con un veto romano a su expansión por Euro­
pa y tuvo que enfrentar una seria guerra en que la superioridad táctica
de la legión derrotó, una vez más, a la falange helenística. Algunos años
después de la Paz de Apamea (188 a.C.), el Senado rom ano (146 a.C.)
dejó a Grecia bajo la supervisión del gobernador de Macedonia.
Aunque Flaminio fue subjetivam ente sincero al proclam ar la libera­
ción de Grecia después de la derrota de Macedonia, en los Juegos ístm i­
cos de 196 a.C. el proceso que comenzó con la destrucción de Macedonia
fue llevado objetivamente a su conclusión final con la transformación de
Macedonia y de Grecia en provincias romanas. Sin em bargo, con el
transcurso del tiempo, los conquistadores de Grecia se helenizaron pro­
fundamente. Una Roma helenizada, que unió su genio para la organiza­
ción y la capacidad militar a la cultura que adquirió de Grecia, consiguió
lo que los griegos habían sido incapaces de hacer: form ar un im perio
ecuménico civilizado que daría su forma final a la Antigüedad clásica.4

4. E l s u r g i m i e n t o

Grecia, como ya se mencionó, era una civilización secundaria, de segun­


do grado. Poco a poco fue apareciendo, a través de su llamada Época de
las Tinieblas, del siglo xn al siglo xi a.C., a partir de los escombros de la
cultura micénica. Al llegar el siglo vm a.C., ya iban cobrando forma los
rasgos esenciales de la civilización griega.
La destrucción de la cultura micénica por los pueblos del mar, segui­
da por una segunda oleada devastadora a cargo de los invasores dorios,
tuvo el efecto de despoblar drásticam ente la región; m uchos de los
sobrevivientes huyeron a las Islas Jónicas y a Asia Menor, Ello elim inó
la cultura palaciega, con sus burocráticos registros escritos y espléndi­
dos edificios, y rebajó la población restante a un nivel primitivo, agrario
340 GRECIA

y pastoril. Incluso zonas no directamente afectadas por las incursiones


de los pueblos del mar y la ulterior invasión de los dorios, como el
Ática, descendieron a las mismas condiciones primitivas.
La nueva población, com puesta en su m ayoría por jonios, eolios y
dorios, gradualmente se recuperó y desarrolló la que llegaría a ser la ex­
traordinaria civilización helénica. Varios factores contribuyeron a la
creación de esta civilización nueva, seis de los cuales merecen mención
especial. El primero es la recuperación de elementos de la anterior civili­
zación micénica por la restante población de la zona griega. Esta disper­
sa población, que desde el siglo xi a.C. quedó reducida a una vida pasto­
ril y agrícola residual, desarrolló una organización social basada en una
pauta tribal de clan a las órdenes de un jefe o rey Esto condujo a la for­
mación de una sociedad aristocrática, en que una clase de nobles belico­
sos (los hetairoi: compañeros), con grandes propiedades y reconociendo
la preeminencia del rey del clan, dominó en condiciones variadas a una
numerosa clase de campesinos y pastores. Los vestigios restantes de la
cultura micénica, presentes en sus ruinas y transmitidos en los círculos
nobles por los poemas orales de los bardos que celebraban las heroicas
hazañas de los aqueos, así como influencias llevadas por el com ercio
con Asia Menor, contribuyeron al gradual surgimiento de una civiliza­
ción nueva. El proceso se aceleró en el siglo x a.C. por la aglomeración
de pequeñas aldeas, hasta formar ciudades-Estado como Argos, Corin-
to, Esparta y A tenas, m ediante el proceso conocido como synoikismos.
N ecesidades de defensa entre incipientes ciudades-Estado que se ha­
cían la guerra produjeron mejoras militares, como la formación de una
infantería pesadamente equipada: los hoplitas. Además de modificar las
tácticas guerreras, los hoplitas tam bién consolidaron la form ación de
las ciudades-Estado.
El siglo vin a.C. trajo innovaciones revolucionarias que finalm ente
configuraron la nueva civilización griega. En primer lugar, los griegos
(segundo factor principal), bajo la influencia de m ercaderes fenicios,
adaptaron el alfabeto de éstos a la lengua griega y añadieron letras para
designar las vocales. La educación, hasta entonces limitada a los ejerci­
cios físicos y la música, incorporó como elemento básico la enseñanza
de la lectura y la escritura. Al mismo tiempo (tercer factor), se intensifi­
có considerablemente el comercio entre Grecia, Asia Menor y Egipto, así
como un enorme movimiento migratorio de colonización griega en tor­
no de la cuenca mediterránea, impelido — pese a las mejoras agrícolas—
por presiones demográficas en tierra firme, lo que contribuyó a la expan­
sión del universo griego y al desarrollo de racionalidad.
Los otros tres factores principales que contribuyeron a la formación
GRECIA 341

de esta nueva civilización son de carácter cultural. Uno de ellos, de


im portancia suprema, fue la propagación de las epopeyas hom éricas,
las cuales llegarían a ser el fundamento de la cultura griega al haber crea­
do el paradigma del cthos heroico, que forjaría la paidea griega hasta el
siglo v a.C. y que conservaría un atractivo permanente hasta Alejandro
y la época helenística. Vinculada a la omnipresente influencia de Home­
ro y a la importante contribución de Hesíodo, vino la formación de una
religión panhelénica con los mismos dioses, estratos de devoción y festi­
vales, desde el culto de los antepasados y de los héroes hasta el de los
olím picos y de los m isterios. Junto con la religión com ún, tam bién la
participación com ún en los juegos panhelénicos — com o los Juegos
Olím picos, instituidos en 776 a.C., los Juegos Pitios, los ístm icos, los
Ñem eos y otros— contribuyó a la form ación de una cultura helénica
com únm ente com partida y del sentim iento en cada griego — m ás allá
del localismo de las ciudades-Estado— de pertenecer a la misma cultu­
ra, vista por todos los helenos como manifestación suprema de la civili­
zación.
La civilización griega fue el resultado incomparable de la dialéctica
entre el particularismo nunca olvidado de la ciudad-Estado y el universa­
lismo radical del logos helénico. Esta tensión, que generaría las soberbias
realizaciones del siglo v a.C., las obras más extraordinarias en los ámbitos
del arte y la filosofía, la gesta no superada de Alejandro y la asombrosa
modernidad de la época helenística, ya estaba presente en la formación
original de la civilización griega, desde Homero hasta Esquilo.

5. El d e s a r r o l l o

El extraordinario desenvolvimiento de la civilización helénica, pasando


por las varias etapas y vicisitudes que hemos descrito brevemente en la
sección 2 de este capítulo, sin duda fue favorecido — hasta el surgimien­
to de Roma— por el hecho de que no intervinieron enem igos externos
abrumadoramente poderosos. Macedonia, a la que habría podido resis­
tir una coalición de los estados griegos, no era un enem igo externo
— pese a las opiniones de Demóstenes— sino un miembro, aunque rela­
tivam ente m arginal, de la civilización helénica. El Im perio persa, a
pesar de que estaba dotado de gran superioridad en núm ero de hom ­
bres y en oro, lo que habría podido com pensar con creces su relativa
inferioridad en preparación militar, era una potencia y una cultura asiá­
tica que nunca se decidió por completo a conquistar Grecia. Cuando su
intento dem andó una abrumadora m ovilización de todos los recursos
342 GRECIA

persas, el Imperio se desvió hacia otros objetivos. Y la propia Roma, que


infligió una ininterrumpida serie de derrotas a los reinos helenísticos,
debió sus triunfos a las divisiones de los griegos, que a la postre fueron
vencidos por sí mismos. El extraordinario desarrollo de la civilización
griega, aunque no contenida por fuerzas externas, se debió a su propia
dinámica intema.
Un análisis de las condiciones que más influyeron en el desarrollo de
la civilización griega revela que su dinámica interna debió su fuerza a
que la cultura de los griegos generó en ellos un sentimiento de igualdad
básica — de modo que cada quien podía hacer, en principio, todo aquello
de lo que fuera capaz— y también un excepcional impulso por dem os­
trar en la competencia su excelencia personal — agón — en el marco de
una cultura fundamentada en el principio de la libertad racional.
La multiplicidad de pequeñas ciudades-Estado dio a los griegos un
ámbito vasto para ejercer papeles relevantes en el conjunto del mundo
griego y en cada una de sus polei. Esta m ultiplicidad, en sí misma, fue
efecto del afán individualista de los griegos. En el resultante proceso de
causación circular, las personas fueron llevadas a una emulación inter­
urbana e intraurbana, cuyo resultado fue una extraordinaria estim ula­
ción de la búsqueda de la excelencia en todos los dominios de la activi­
dad hum ana y la producción de una cantidad increíble de hom bres
excepcionales: genios militares, como Milcíades, Temístocles o Epami-
nondas, para no mencionar a Filipo y Alejandro de Macedonia; extraor­
dinarios estadistas, como Cimón, Arístides y Pericles; artistas insupera­
bles, com o Fidias, Escopas y Praxiteles en la escultura, o Sófocles y
Eurípides en la tragedia, y filósofos, como Sócrates, Platón y Aristóteles.
Otras dos circunstancias contribuyeron significativam ente al dina­
mismo excepcional de la civilización griega. Una de ellas fue el conflic­
to, inmanente a la cultura griega, entre el particularism o de la ciudad-
Estado y el universalism o del logos helénico. La otra, las opiniones y
estilos opuestos, particularmente en el caso de la democracia ateniense,
de los estadistas relacionados con la aristocracia, como Cim ón, y los
relacionados con los bajos estratos sociales, como Pericles.
La polis griega fue una estrecha asociación de tribus, que representó
una transferencia de los nexos de sangre a los nexos territoriales de un
grupo relativamente pequeño de antiguos clanes. Por lo general, la ciu­
dadanía era transmitida por nacimiento. Aunque el culto de los antepa­
sados se siguiera practicando activamente, la polis llegó a ser cada vez
más el centro de la lealtad pública y de la devoción religiosa de sus
m iem bros en el curso de su historia. Vista desde la perspectiva de la
polis, la Hélade, como cultura y nación común de todos los griegos, sig­
GRECIA 343

nificó algo casi equivalente a lo que Europa representó para los euro­
peos hasta la prim era mitad del siglo xx. Los conflictos entre las polei
griegas fueron tan frecuentes y tan naturales como los conflictos entre
las naciones europeas desde el Renacimiento hasta la segunda Guerra
Mundial.
Sin embargo, por otra parte, los griegos estaban conscientes de que
colectivamente formaban una cultura distinta y, hasta cierto punto, una
nación com ún que ellos consideraban incom parablem ente superior a
cualquier otra. Tampoco este sentimiento era muy distinto de aquel de
los europeos hacia Europa y el resto del mundo. Las Guerras M édicas
revelaron claramente hasta qué grado la división de las Ciudades-Esta­
do las hacía vulnerables a toda agresión externa seria. Las Guerras del
Peloponeso dem ostraron el carácter suicida de los conflictos entre las
ciudades, y entonces muchos griegos buscaron una m anera en que la
independencia y el autogobierno de las polei pudiesen reconciliarse con
un sistema panhelénico capaz de ofrecer seguridad colectiva e intensifi­
car la cultura helénica. Entre los interesados en el ideal panhelénico,
nadie tuvo mayor conciencia de su necesidad ni más congruencia en su
promoción que Isócrates (436-338 a.C.).
La tensión entre el particularismo de la polis y la comprensión racio­
nal de la necesidad de un sistema panhelénico fue otra de las fuerzas
impulsoras de la civilización griega. Movió a Isócrates, inicialm ente, a
abogar por una jefatura conjunta de Atenas y Esparta en toda Grecia y,
después, a considerar que el liderazgo de Filipo en el ámbito de la liga
helénica era una manera, menos deseable pero posible, de lograr la uni­
dad de Grecia, aun al costo de reducir la plena independencia de las
polei. Por su parte, Demóstenes, hablando en favor de la independencia
irrestricta de la ciudad-Estado, prefería cualquier otro com prom iso,
incluso transferir el liderazgo de Atenas a Tebas, con tal de oponerse a
Filipo.
El curso ulterior de los acontecim ientos mostró que la autonom ía
política de la ciudad-Estado no podía sobrevivir después del siglo iv
a.C. Pero los hechos también demostraron, contra los deseos de Isócra­
tes, que no podía formarse un sistema panhelénico sano y equitativo (en
contraste con lo que la Europa contem poránea está en proceso de
lograr) por el irremisible localismo de las polei. Ni los intentos federati­
vos de las ligas etolia y aquea ni la liga hélenica bajo la jefatura m ace­
dónica lograron crear un sistema federal eficaz. Las ligas etolia y aquea
no fueron capaces de unir más que temporalmente a los dos principales
Estados griegos, Esparta y Atenas, y fracasaron entre otras cosas por
esta causa. La liga helénica quedó como un simple membrete para disi­
344 GRECIA

mular la hegem onía m acedónica, así como la liga delia había sido un
simple disfraz del imperialismo ateniense.
La otra contribución importante al dinamismo de la civilización grie­
ga, la oposición de ideas y estilos entre los partidos aristocrático y
popular en la democracia ateniense, desempeñó una función compleja
que terminó ocasionando consecuencias trágicas. La prim era etapa de
ese proceso correspondió a la equilibrada jefatura de Cim ón (504-440
a.C.). Las reformas de Clístenes llevaron a los eupátridas a aceptar gra­
dualmente el carácter irreversible de la democracia ateniense y a jugar
de acuerdo con las nuevas reglas. Los eupátridas tenían la doble venta­
ja de ser mejor educados y más conocidos para disputar la jefatura políti­
ca en la ecdesia . Cimón, del partido aristocrático, hijo de Milcíades, gra­
cias a su valerosa y competente acción en Salamina (480 a.C.) fue elegido
estratego y logró ser reelegido sucesivamente durante 10 años. En este
periodo de jefatura consiguió forjar el Im perio ateniense, y como co­
mandante de la flota delia infligió graves derrotas a los persas en Asia
Menor y en el Quersoneso. Al mismo tiempo, pudo mantener relaciones
amistosas con Esparta e inducir a los espartanos (que se sentían seguros
mientras Atenas fuese gobernada por Cimón) a aceptar de buen grado
el creciente prestigio de Atenas.
M ientras tanto, la clase baja, encabezada por Efialto y después por
Feríeles, aumentó su influencia en la ecclesia. Las reformas de Feríeles,
que instituyeron una especie de democracia de masas en Atenas, trans­
firieron los poderes de toma de decisiones en la asamblea a los tetes, de
la clase obrera, que también eran los remeros de la flota ateniense; y la
jefatura de Atenas fue correspondientem ente transferida de Cim ón a
Pericles.
Con Pericles, el juego entre el partido aristocrático y el popular entró
en una nueva fase. Las nuevas condiciones, dada la considerable mayo­
ría de los tetes, aseguraban una superioridad casi automática al partido
popular en la asamblea. Como ya se observó en la sección 2 de este capí­
tulo, Pericles, gracias a su insuperable capacidad de estadista, durante
los casi 20 años de su jefatura logró combinar el apoyo popular con la
m ovilización de m uchos de los mejores hom bres de A tenas, en su
m ayoría procedentes de la nobleza. Pero aunque La política interna de
Pericles convirtió a Atenas en la escuela de Grecia — en realidad, en la
escuela permanente de toda la humanidad— , su política exterior, im pe­
rialista y antiespartana, condujo junto con las Guerras del Peloponeso a
la ruina de Atenas y, a la postre, al principio del fin de las ciudades-Esta­
do griegas.
Durante la jefatura de Cimón, la tensión entre los partidos aristocráti­
GRECIA 345

co y popular fue sumamente positiva, pero con Pericles se presentó un


agudo contraste entre la excelencia de su política interna y sus desastro­
sos efectos internacionales. Sin em bargo, en térm inos históricos, la
suprema herencia cultural de Grecia y, en última instancia, de Atenas no
habría alcanzado su insuperada grandeza si no hubiese sido promovida
por Pericles, a pesar de la Guerra del Peloponeso.
La tercera etapa de esta tensión entre lo aristocrático y lo popular
tuvo consecuencias trágicas. La derrota en el Peloponeso desmoralizó al
bando popular y devolvió la supremacía a los aristócratas. Sin embargo,
esta vez los aristócratas, conscientes de que la superioridad num érica
de los tetes en la ecclesia nunca les daría la oportunidad de una jefatura
estable, decidieron imponer un régimen oligárquico mediante un golpe
de Estado, primero con los 400 y luego, en forma mucho más tiránica,
con los Treinta. Trasíbulo, con el ulterior apoyo del rey agida Pausanias,
restauró el régimen democrático. No obstante, la nueva jefatura dem o­
crática, presa de un odio indiscriminado a cualesquiera personas que de
alguna manera hubiesen estado relacionadas con los Treinta, cometió el
abominable crimen de condenar a muerte a Sócrates, esencialmente por
causa de sus ideas independientes, pero en última instancia porque Cri-
tias, el peor de los Treinta Tiranos, había sido su discípulo.

6. L a d e c a d e n c ia

Es difícil establecer el límite final de la civilización griega, com o ya lo


hemos dicho, por el grado hasta el cual penetró en la civilización roma­
na y se convirtió en su fundamento cultural, y por el resurgimiento de
la herencia griega — ahora transformada— en la civilización bizantina,
así como por la permanencia de sus principales categorías y valores en
la civilización occidental.
A pesar de todo, las etapas de la decadencia son em píricam ente
observables en el curso de la historia griega, en particular con respecto a
tres acontecimientos principales: 1) los desastrosos efectos de la Guerra
del Peloponeso; 2) el vano intento de las ligas etolia y aquea por una
parte, y de Filipo y Alejandro de Macedonia, por la otra, de formar un
sistema federativo, y por último 3) la incapacidad de los reinos helenís­
ticos para instituir un régimen satisfactorio de coexistencia y seguridad
mutuas. En estas tres circunstancias históricas, el particularismo heléni­
co resultó insuperable, pese a que todo anunciaba sus catastróficas con­
secuencias y sin importar que hombres sumamente capaces trataran de
salvar el sistema griego.
346 GRECIA

Como ya lo hemos visto, Pericles se encontró en la difícil situación de


ser el responsable, por una parte, de casi todas las políticas internas
ilustradas y fructíferas de la historia de Grecia y, por otra, de la más rui­
nosa política exterior en la vida de Atenas. Creyó que el proyecto demo­
crático com pensaría las restricciones im puestas a Atenas por sus alia­
dos. Sin embargo, los aliados tenían en mayor estima su independencia
que el régimen dem ocrático, entre otras razones porque las peculiares
condiciones de la dem ocracia y de la estructura social atenienses no
tenían equivalentes entre ellos. Además, Pericles sobrestimó la capaci­
dad del Imperio ateniense, protegido por las recias murallas de Atenas
y su gran marina, para resistir a unas fuerzas del Peloponeso magnífica­
mente dirigidas por Esparta. El catastrófico resultado de las Guerras del
Peloponeso consistió en aniquilar el poder de un Estado que sabía cómo
encabezar a Grecia, y en concentrar ese poder en manos de los esparta­
nos, incompetentes en lo cultural y lo político.
La incapacidad para llegar a un buen acuerdo federal por parte tanto
de las ligas como de Macedonia fue otra consecuencia trágica del parti­
cularismo de la ciudad-Estado. Las ligas estuvieron cerca de formar un
sistema federal viable, pero fueron incapaces de incorporar en ese siste­
ma, salvo tem poralm ente, a los dos principales estados de Grecia. La
única condición en que habría sido posible dicha incorporación hubiera
sido conferir la jefatura de las ligas a esos estados. La ligas no estaban
dispuestas a tom ar esa inteligente decisión, y los dos estados nunca
estuvieron muy ansiosos por ingresar en ellas. Además, de haber tenido
las ligas mejor éxito, su nueva fuerza probablemente habría creado con­
diciones similares a las que causaron la Guerra del Peloponeso.
Macedonia estaba en mucho mejor situación que la que nunca alcan­
zaron las ligas para promover un sistema federal. Filipo logró organizar
un sistema federal en que el privilegio formal de Macedonia sólo consis­
tía en m antener el mando militar de las fuerzas federales. Tal fue una
disposición realista y razonable; sin embargo, la liga de Filipo sólo se
reunió dos veces durante la vida de éste, la última para declarar formal­
mente la guerra a Persia. Su asesinato, poco después, no le dejó tiempo
para mostrar cómo hubiera encabezado la recién creada federación grie­
ga. Filipo fue inmediatamente sucedido por Alejandro, quien hizo que
la liga reconociera su sucesión legítim a al mando militar. Luego se
embarcó en su extraordinaria gesta por Persia y la India, de la cual no
regresó, sin haber intentado nunca poner en movimiento el mecanismo
federal de la liga. Por lo contrario, trató de im poner su voluntad a los
estados m iem bros, como en el caso de la repartición de los exiliados.
También exigió, sin encontrar seria resistencia, ser reconocido dios por
GRECIA 347

las ciudades-Estado. La primera de sus condiciones, que significó des­


plazar a colonos atenienses y etolios en beneficio de la repartición, tro­
pezó con una rígida oposición de las ciudades afectadas.
El extraordinario talento y la perseverancia de Filipo lo llevaron a
unir a sus órdenes a toda Grecia bajo el estandarte de una guerra contra
Persia. Pese a sus intentos de lograr esta unión por medios predominan­
tem ente persuasivos — aunque impuso algunas m edidas coercitivas
contra los recalcitrantes— , su liga helénica fue dictada por la hegem o­
nía militar. Fue tem ido, pero no amado. Su hijo y sucesor A lejandro,
combinando su irresistible personalidad con su genio militar y político, y
pese a la resistencia residual de los atenienses, logró ganarse la simpatía
y la admiración de muchos griegos, aunque fuese enconadamente odia­
do por muchos otros. Sigue discutiéndose si hubiera podido lograr una
com unidad griega, pero la verdad es que no lo intentó ni se propuso
form ar un Estado, como su padre. Sólo se interesó en su propia y
extraordinaria realización, como una obra de arte en torno de su divina
persona. Nunca se tomó la molestia de asegurar un heredero a su trono
y sólo tardíamente em pezó a considerar la posibilidad de dar cierta
organización al imperio mundial que había conquistado. Filipo se inte­
resó profundam ente por crear un sistema griego perdurable, pero los
griegos no lo siguieron de buen grado y fue asesinado a la mitad de su
proyecto. Alejandro probablemente habría sido seguido por los griegos,
pero no se interesó en formar im sistema panhelénico y, aunque lo atraía
la idea de un imperio ecuménico — que habría sido insostenible— , no se
dedicó mucho a organizarlo, ni siquiera a ordenar los asuntos internos de
la propia Grecia.
El tercer acontecimiento principal que demostró la incapacidad de los
griegos para organizar un sistema panhelénico sostenible se relaciona
con la política exterior de los reinos helenísticos y su final subyugación
por Roma. Como ya se ha dicho antes, los lagidas y los seléucidas, con
diversas intervenciones de los antigónidos, habían estado en constante
lucha entre sí, debilitándose en el proceso. Por su parte Macedonia, ade­
más de su participación en el conflicto egipcio-sirio, mantuvo una hege­
monía — continuamente desafiada— sobre los estados griegos y nunca
intentó volver a la propuesta federal de Filipo. A la postre, pese a contar
con hombres de gran valor como Antíoco III y Filipo V, los reinos hele­
nísticos, extenuados por los conflictos entre sí y, en el caso de Siria, por
la fragm entación del antiguo Im perio seléucida y la aparición de sus
tem ibles enem igos, los partos, fueron dom inados por Roma. Esta los
enfrentó unos contra otros con relativa facilidad, aprovechando su inco­
rregible hostilidad mutua, los incesantes movimientos antimacedónicos
348 GRECIA

de los estados griegos y la preferencia de algunos/ como Pérgam o y


Rodas, a ponerse del lado de los romanos en lugar de contribuir a for­
mar un sistema helénico.
El genio de Grecia fue insuperable en casi todos los ám bitos de la
actividad humana, pero una de sus fuerzas impelentes, el localismo de
la ciudad-Estado, generó su incapacidad para una cooperación pan-
helénica equitativa. Los reinos helenísticos lograron rebasar las estre­
chas fronteras del sistema de la polis, pero no fueron capaces de crear un
verdadero proyecto panhelénico. La cultura helénica tuvo que aguardar
a Roma y remodelar la cultura romana para hacer posible un im perio
ecuménico estable.

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VIIL ROMA

1. I n t r o d u c c i ó n

A. El lugar y los pueblos

La península italiana ocupa una posición intermedia sobre la costa sep­


tentrional del Mediterráneo, limitada en el este por el mar Adriático, en
el oeste por el mar Tirreno, en el norte por la Galia Cisalpina y en el sur
por Sicilia y el Mediterráneo. Roma está situada en la parte occidental
del centro de la península, en las riberas del río Tíber, a 24 km del mar
Tirreno.
Gran parte de Italia tiene terreno accidentado, con llanuras al pie de
los montes, la mayor de las cuales es el valle del Po, en el norte de la pe­
nínsula. Otras llanuras fértiles se localizan particularm ente en la costa
del oeste, como la llanura de Campania, en torno de la bahía de Nápoles,
las tierras bajas del Lacio y la zona de Etruria, en la Toscana. El clima es
mediterráneo, templado, relativamente cálido y seco en verano, y frío y
húm edo en invierno. Roma, por su situación, está bien abastecida de
agua en todas las estaciones y rodeada de tierras feraces. La zona fue
habitada por hombres de Neandertal y se ha descubierto en ella un crá­
neo de 30 000 años de antigüedad.
En la edad neolítica habitaban Italia hombres dolicocéfalos que ente­
rraban a sus muertos. Se extendieron de un mar a otro, en el sur y el nor­
te de la península. En la zona central, su frontera occidental corría apro­
xim adam ente por la línea formada por el río Arno, la cordillera de los
Apeninos y el río Liris.
No mucho antes de comenzar la Edad de Bronce surgió un nuevo ele­
m ento en las estribaciones del sur de los Alpes: un pueblo palafito de
cepa indoeuropea. Llegó al valle del Po atravesando el Véneto y se esta­
bleció primero sobre el lago de Garda. Cerca de mediados del segundo
milenio había llevado su técnica de construcción a tierra firme para dar
lugar a la cultura terramare. Los terramaricoli eran campesinos que prac­
ticaban la cremación. Hay indicios de que la costumbre romana de deli­
m itar la ciudad con un arado de bronce procede de los terramaricoli,
pues restos arqueológicos muestran que hubo una conexión entre éstos
y el Lacio.
352
ROMA 353

En el siglo x ii a.C. había aparecido en Roma y en los montes albanos


un nuevo grupo indoeuropeo, los lacios, toscanos y boloñeses (villano-
venses, propiamente dicho), que constituyeron una clase genéricamente
llamada los villanovenses (probables descendientes de los terramaricoli),
que formaban el primer estrato de la población latina. Por entonces tam ­
bién había llegado al sitio que hoy ocupa Roma una segunda oleada de
pueblos de origen sabino.
A comienzos de la Edad de Hierro, las tierras del Lacio eran jóvenes.
El Monte Calvo, que domina el paisaje latino, es el más prom inente de
unos 50 cráteres que existen en la vecindad, pero se apagó no m ucho
antes de 1000 a.C. Cuando los villanovenses llegaron a los montes alba-
nos encontraron una región que era habitable desde hacía poco tiempo
y, por ello, estaba escasamente poblada.
La historia social del antiguo Lacio está rodeada de leyendas, una
breve descripción de las cuales se presenta en el tem a siguiente. El
empleo de las palabras latium y latini demuestra que la población era
considerada ima sola étnicamente, aun si esta unidad había sido resul­
tado de una fusión. La población estaba dividida en facciones políticas,
posiblemente derivadas de las bandas itálicas originales. Las familias se
formaron dentro de estos bandos. Tales grupos se apropiaron parcelas y,
al correr del tiempo, se fusionaron con grupos vecinos y produjeron un
populus.
La gente vivía en aldeas. Cálculos tom ados de un texto de Plinio
sugieren que unas 60 comunidades acaso se dividieran el territorio del
temprano Lacio. Las aldeas fueron formando, paulatinamente, mayores
aglom eraciones que, al ser rodeadas por m urallas, se convirtieron en
ciudades. Es probable que la antigüedad de la ciudad no pase del siglo
vi a.C. El pequeño mundo formado por estas aldeas se mantuvo en rela­
tivo aislamiento durante largo tiempo. Muy pobre en recursos m inera­
les, el Lacio creó una cultura atrasada, sin conexiones con el m undo
exterior. Al término del siglo v ii a.C., cuando Etruria iba aprendiendo de
Cumas a escribir, el Lacio se había quedado al margen. Lentamente, el
Lacio fue desarrollando nexos comerciales con Etruria.
En el siglo vn a.C., alguna forma de nexos religiosos había unido a las
com unidades latinas en torno del santuario de Júpiter Latiaris en el
Monte Calvo y otros santuarios dedicados a Diana. La tradición presen­
ta a Alba Longa como cabeza de una liga religiosa. Según Dionisio, 47
ciudades participaban en los festivales del Monte Calvo, pero no se sabe
si Roma era ima de ellas.
La aldea de la Roma propiamente dicha había sido construida en la
colina del Palatino, a comienzos del primer milenio, por un pueblo ere-
354 ROMA

mador — probablem ente villanovense— que fundó la Roma Quadrata.


Un siglo después, unos inmigrantes que practicaban la inhumación, se­
guramente de origen sabino, se mezclaron con ellos. La siguiente etapa
se caracterizó por una unión de carácter religioso entre los cremadores y
al menos algunos de los recién llegados. La supervivencia de esta unión
se conservó en la República romana gracias al festival de Scptimontium .
Las siete colinas en cuestión probablemente eran Palatio, Velia, Fagutal,
Germ alus, Coelius, Oppius y Cispius. Scptimontium, según Varrón, fue
el nombre empleado para denotar cierta área, antes de ser abarcada por
las murallas de la ciudad posterior.

B. La civilización romana

Aunque es posible situar en el espacio y en el tiempo los orígenes de la


civilización romana, como un largo proceso de desarrollo gradual en el
curso del prim er m ilenio a partir del Palatino hasta la transform ación
del Septimontium en una ciudad, en el siglo vn a.C., resulta mucho menos
claro determinar su final.
La expansión territorial de Roma hasta Trajano, el últim o gran con­
quistador, extendió la civilización romana a las partes más diversas de
una enorm e zona en torno del M editerráneo. Las fronteras africanas,
entre las regiones romanizadas de África septentrional y las que se con­
servaron bajo los bereberes y los árabes, fueron variables. También fue
inestable la frontera entre los im perios romano y parto y después el
sasánida, que se extendían y contraían siguiendo las vicisitudes de
una guerra secularm ente prolongada, lo mismo que las fronteras con
los pueblos germ ánicos en la orilla derecha del Rin y la izquierda del
Danubio.
Mayor que la falta de precisión geográfica al delimitar la civilización
romana es la de su delimitación terminal. ¿Cuándo se convirtió la civili­
zación romana en la cultura de la Edad Media occidental? ¿Cuándo se
volvió bizantina la civilización romana en el Este? H. M. Gw atkin, en
el primer capítulo de Cambridge Medieval History, al analizar la primera
pregunta, sitúa la conversión de la civilización romana en la cultura de
la Edad Media en algún punto entre Augusto y Carlomagno, y subraya
lo gradual del proceso, precisa claramente sus fases inicial y final pero
queda muy incierta la fase intermedia. Por fin concluye, un tanto arbi­
trariamente, que el año 500 d.C. puede ser reconocido como el momento
decisivo de ese proceso de transición.1
1 Para facilidad de los lectores, el término Edad Media en el presente capítulo sigue la tradición
ROM A 355

Aceptando la idea de Gwatkin de una "fase interm edia", yo sugeriría


que tal fase sea vista como la época en que la autoridad imperial dejó de
prevalecer sobre la vida en los campos del Imperio de Occidente. Y en
ese sentido, el último emperador importante de Occidente fue Teodosio
el Grande (379-395), quien ya se asemejó notablem ente a un rey de la
Edad Media, como lo muestra el episodio de su penitencia pública — im ­
puesta por san Am brosio, obispo de M ilán— por haber m asacrado a
7 000 personas en Tesalónica (390) para castigar una insurrección.
Después de la m uerte de Teodosio, la división del Imperio entre sus
hijos, yendo el Oriente a Arcadio y el Occidente a Honorio, produjo una
m arcada acentuación en O ccidente de las características m edievales.
Por entonces, el verdadero poder lo ejercían los senadores terratenien­
tes, tras sus quintas fortificadas y rodeados por miles de sirvientes
armados, en lo que llegaría a ser el comienzo de un sistema feudal.
La conversión del Imperio romano de Oriente y su civilización en su
sucesora, Bizancio, que también fue un proceso gradual desde la época
de Constantino, estaba concluida claram ente en tiem pos de H eraclio
(610-641). El reinado de Justiniano (527-565) puede considerarse como la
última fase típicamente romana y el comienzo de la "bizantinización".
El latín siguió prevaleciendo sobre el griego como lengua imperial, y la
reconquista de O ccidente por Belisario, seguido por N arses, tam bién
fue típicamente romana. Los mosaicos de Justiniano y de Teodora en San
Vital, en Ravena, ya muestran, sin embargo, la visión bizantina del em ­
perador cuasitrascendente. El usurpador Focas (602-610) es una figura de
transición, que conservó algo del antiguo déspota militar romano, pero
rodeado ya por el aura imperial bizantina. Heraclio, al restaurar las for­
tunas del Imperio después de haberse acercado éste a la extinción, marcó
la clara "bizantinización" de Constantinopla.
En el curso de su trayectoria m ilenaria desde la Roma de los reyes
hasta Justiniano, la civilización romana pasó por profundos cam bios
que transformaron una ciudad-Estado patricia, profundamente impreg­
nada de creencias ético-religiosas, en la espléndida civilización m edite­
rránea — aunque supersticiosamente religiosa— de la época de César y
Augusto, pasando por la terrible crisis del siglo m, para ser reorganiza­
da según los lineamientos de un Estado pagano universal y semitotali-
tario hasta convertirse en un Estado cristiano tam bién sem itotalitario
que se convirtió, en Occidente, en una cultura bárbara anterior a Carlo-
magno y, en Oriente, en la civilización bizantina.
En el curso de este largo proceso pueden identificarse cinco etapas
de colocar este periodo en la secuela de la caída de Roma en 476 d.C. En el capítulo xv, "La forma­
ción de Occidente", se presenta una visión más elaborada.
356 ROMA

principales: 1) la etapa inicial, correspondiente al periodo monárquico y


la República temprana; 2) el periodo de la República tardía; 3) el Princi­
pado, de Augusto a Marco Aurelio;2 4) la gran crisis del siglo rrr, y 5) el
periodo de la Antigüedad tardía, con sus sucesivas fases pagana y cris­
tiana, y la división entre Oriente y Occidente. Este largo proceso convirtió
una ciudad-Estado patricia en un imperio m undial autoritario, gober­
nado por jefes militares — en su mayoría de orígenes muy humildes— y
administrado por una aristocracia de funcionarios que se volvió predo­
minantemente hereditaria y que gobernaba una sociedad diversificada,
desde Hispania y Britania hasta la frontera del Rin y el Danubio, Armenia
y la costa septentrional de África. En ese imperio, una masa de campesi­
nos aparceros y — particularmente en Oriente— cierto número de cam­
pesinos libres trabajaba en el límite de la subsistencia en beneficio de
una clase senatorial reducida, culta, refinada y en su mayor parte here­
ditaria.
Durante los profundos cambios que afectaron esta civilización en el
transcurso de sus cinco etapas principales, su característica más durade­
ra, la marca que persistió mientras siguieron existiendo los verdaderos
romanos, fue su audaz y valeroso pragmatismo racional, puesto al de­
voto servicio de la ciudad-Estado; luego, al servicio ilustrado del Im pe­
rio, con Augusto y los buenos emperadores del siglo ii; después, al de
am biciones personales, y por último, en Occidente, al servicio de una
vida privada retraída y refinada, cuando las condiciones del siglo iv y
comienzos del v consolidaron el divorcio entre las esferas pública y pri­
vada, con la creciente "barbarización" de la primera y el cada vez mayor
debilitamiento de la segunda.

2. S ín t e s is h is t ó r ic a

A. La etapa inicial

El mito de la fundación de Roma

Según la tradición, recogida por Virgilio en su Eneida, la fundación de


Rom a se relaciona con la Guerra de Troya. Eneas, hijo de A nquises y
de Venus, escapa de Troya y se establece en las riberas del Tíber, en el
reino de Latino, descendiente de Saturno. En honor de su suegro, da a
su pueblo el nombre de latinos. Su hijo Ascanio o Julu funda la ciudad
2 El profesor Aldo Schiavone, en sus excelentes comentarios sobre este capítulo, propone a Ale­
jandro Severo, y no a Marco Aurelio, como último gobernante del Principado.
ROMA 357

de Alba Longa, que se convierte en capital del Lacio, y com ienza una
dinastía que tres siglos después se enfrenta al problema de la sucesión
por el conflicto entre dos herm anos, Numitor, el mayor, y A m ulio, el
menor. El segundo destrona al prim ero y obliga a la hija de éste, Rea
Silvia, a ingresar en la orden de las Vírgenes Vestales, para que así no
tenga descendientes que puedan competir con él. Sin embargo, el dios
Marte tiene con ella dos gemelos, Rómulo y Remo. Para librarse de ellos,
Amulio los deja en una cesta en el río Tíber. La corriente deposita la ces­
ta al pie del monte Palatino. Una loba los amamanta y después los crían
unos pastores. Habiendo crecido, derrocan a Amulio y vuelven a colo­
car en el trono a su abuelo Numitor.
Después, Rómulo y Remo deciden fundar otra ciudad en el sitio del
Palatino en que los salvaron. Echan a suertes quién será el fundador y pri­
mer rey, y le toca a Rómulo, quien con un arado marca los límites de la ciu­
dad (753 a.C.) y prohíbe atravesarlos sin su consentimiento. Desafiándolo,
Remo cruza ese límite, y Rómulo lo mata. Como primer rey de Roma (753­
715 a.C.), Rómulo establece un senado de 100 paires, cuyos descendientes
serán los patricios romanos. Para poblar la ciudad, organiza el rapto de las
sabinas. La guerra consiguiente llega a su fin gracias a la intervención de
las mujeres, mediante la reconciliación y la unión, por matrimonios, de los
dos pueblos, que da lugar a los quirites. Rómulo divide la población en 30
curias y tres tribus: los ramnes, los titios y los lúcéres.

La antigua Roma

Roma, como ciudad, data del siglo va a.C. y su prim er pomerium — el


lím ite divino de una ciudad— fue más restringido que la m uralla de
Servio, sistema de defensa del siglo vi que incluía la colina de Esquilino,
no cercada en la primera ciudad.
La tradición hace remontar la fundación de Roma por Rómulo al año
753 a.C., cuando todavía era una aldea. Según la misma tradición, des­
pués de Rómulo fue gobernada por seis reyes sucesivos: Numa Pompi-
lio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino
el Soberbio. No hay duda de que, inicialmente, Roma fue gobernada por
reyes. Es dudosa la existencia histórica de los primeros reyes m enciona­
dos, considerados reyes latinos, aunque las reformas atribuidas a Servio
Tulio dejaron ciertos testimonios históricos. La historia también ha con­
firmado que los últim os reyes fueron etruscos — ciertam ente, los dos
Tarquinos— , pero no se sabe de qué manera llegaron al trono, si por la
fuerza militar o de otra manera.
358 ROMA

Durante el periodo monárquico, el pueblo romano tenía dos clases:


los patricios, dotados de plenos derechos, y los plebeyos, privados de
derechos públicos. Los plebeyos acaso fueran un estrato form ado por
un pueblo antes dom inado y después reducido a ocupaciones hum il­
des. Es más probable que fueran inmigrantes posteriores, que llegaron a
ofrecer su trabajo a una población anterior de granjeros independientes,
los cuales constituían la clase patricia. Los clanes patricios (gentes), divi­
didos en tres tribus, formaban 30 curias, organizadas en la Comitia Curia-
ta como asamblea de ciudadanos con todos los derechos. Los jefes de las
gentes form aban un consejo de ancianos, los paires , que integraban el
Senado, originalmente de 100 miembros que asesoraban al rey.
A Servio Tulio se le atribuyen im portantes reform as sociopolíticas:
remplazó las tres primeras tribus por nuevas tribus residenciales, que
gradualmente aumentaron hasta ser 35, y dividió al pueblo en cinco cla­
ses, de acuerdo con su riqueza. Estas clases fueron desigualmente divi­
didas en centurias, de m odo que la más rica contenía 80 centurias,
m ientras que la segunda, la tercera y la cuarta tenían 20 cada una, y 30
la quinta. Además, había 18 centurias de équites y cinco de pobres. La
Comitia Centuriata, la asamblea de las centurias, se convirtió en la princi­
pal asamblea de ciudadanos y adoptó la mayoría de las funciones de la
Comitia Curiata . El sistema de votación era por centuria, de modo que
los caballeros y la prim era clase, con 98 centurias, tenían la m ayoría
absoluta de votantes en las 193 centurias que integraban la Comitia Cen­
turiata.
Con la expulsión de Tarquino el Soberbio (510 a.C.), Roma se liberó de
la élite etrusca y estableció una República aristocrática. Dos m agistra­
dos anualmente elegidos, después llamados cónsules, fueron investidos
de imperium. En casos de em ergencia podían nom brar a un dictador,
que ocuparía seis meses el cargo. El Senado siguió teniendo los 300
m iem bros del últim o periodo real, pero aum entó su influencia como
formulador de la política y cuerpo supremo de deliberación. La Comitia
Centuriata y el Senado tenían la capacidad para legislar y para nombrar
a los magistrados, en un sistema que podría designarse como la tempra­
na democracia republicana, controlada por la clase superior, o como una de­
mocracia oligárquica.

La República temprana

En el periodo que va de comienzos del siglo v a.C. al prim er tercio del


siglo iri a.C., Roma dem ostró su capacidad para unificar a toda Italia
ROMA 359

bajo su dominio y, a la vez, para promover vastas reformas sociales ante


la continua presión de la plebe. Una sociedad patricia, gobernada por
cerca de mil familias aristocráticas, logró conservar la lealtad militar de
sus plebeyos en una sucesión de guerras victoriosas, durante casi dos
siglos y medio, al ampliar continuamente el alcance de su reclutamiento
m ilitar y, al mismo tiempo, sobrellevar un prolongado conflicto social
mediante la sabia sucesión de compromisos hasta convertir una socie­
dad patricia en una república constitucional formalmente igualitaria.
Al comienzo de ese proceso, a principios del siglo v a.C., los plebeyos
romanos prácticamente no tenían derechos públicos. La mejor oportuni­
dad a que podía aspirar un plebeyo era volverse cliente de una familia
patricia poderosa, pues obtenía la protección de ésta a cam bio de sus
servicios y su lealtad. Al transcurrir el tiempo, los plebeyos se resintie­
ron por su condición inferior. Los plebeyos ricos exigieron la m isma
igualdad legal y social de los patricios. Los pobres quisieron obtener
derechos civiles y protección, sobre todo en contra de la frecuente escla­
vización por deudas. El arma de que disponían los plebeyos era la seces­
sio, forma de huelga que se practicaba abandonando la ciudad y negán­
dose a participar en sus actividades. Tradicionalmente se ha aceptado
que ocurrieron cinco secessios durante ese periodo, aunque sólo dos se
han podido confirmar históricamente.
La primera secessio ocurrió en 494 a.C. Los plebeyos se dirigieron a la
colina Aventina y prestaron juramento de apoyo mutuo. Arrancaron a los
patricios el derecho de elegir a los tribuni plebi, investidos de intocabi-
lidad como defensores de los plebeyos contra todo trato arbitrario, con
derecho a tomar decisiones de veto (intercessio) contra los m agistrados
que hubiesen dañado a la plebe, así como derecho de convocar a los ple­
beyos a una asamblea (Concilium Plebis) y hacer deliberaciones (plebisci­
ta). Inicialmente dos en número, los tribunos después llegarían a ser 10.
Dos años antes de esta secessio, los romanos habían sufrido una derrota
a manos de los latinos sobre el río Cremera, y un año después celebra­
ron con ellos el tratado de Cesia.
En 451 a.C., un fuerte m ovimiento plebeyo que exigía leyes escritas
llevó a la constitución de los decenviros, que finalmente emitieron la ley
de las Doce Tablas. En 449 la plebe logró nuevas concesiones con una se­
gunda secessio . La prohibición de los matrimonios entre plebeyos y pa­
tricios fue suspendida en 445 a.C., y al año siguiente el consulado fue
remplazado por los tribuni milítia, entre los que había plebeyos.
Al mismo tiempo, se declaró la guerra a los veyentes, con la toma de
Fidenas en 425 a.C. Los équites fueron vencidos en 431 y los veyentes
finalmente conquistados en 396 a.C. Pocos años después se reinstaló el
360 ROMA

consulado y los plebeyos obtuvieron el derecho a tener un consulado pro­


pio. En 351 se abrió a los plebeyos la censura. Poco después estalló la
primera Guerra Samnita, que duró de 343 a 341 a.C. En 360 a.C. se creó
el cargo de pretor, abierto a los plebeyos. La segunda Guerra Sam nita
duró de 328 a 302 a.C. Durante este periodo, el cónsul Petelio ayudó a
los plebeyos a mejorar la situación de los deudores.
Los romanos sufrieron una hum illante derrota en 312 a.C., a manos
de los samnitas, en las Horcas Caudinas. En el año 300, una ley otorgó a
todos los ciudadanos el derecho de apelación (provocatio) contra las sen­
tencias capitales impuestas por un funcionario. Por otra ley, los plebeyos
pudieron nombrar a la mitad de los pontífices. En 295, los romanos por
fin derrotaron a los samnitas en Sentinum. Pocas décadas después, en
257, el dictador Quinto Hortensio emitió las Leyes Hortensias, que daban
fuerza de ley a los plebiscitos adoptados por el Concilium Plebis . Roma
pasó a ser, por derecho, una república igualitaria.
En el curso de dos siglos y medio, los romanos habían logrado unifi­
car Italia bajo su dom inio, ganarse la lealtad efectiva de las ciudades
incorporadas — como lo demostrarían las ulteriores guerras contra Pirro
y Aníbal— y aplacar a los plebeyos. Era legalmente una democracia, go­
bernada por la Comitia Centuriata y el Concilium Plebis. Pero era asim is­
mo una oligarquía, porque los patricios y plebeyos ricos habían logrado,
por diversos medios, el verdadero dominio del país. Al abrirse las ma­
gistraturas a los plebeyos surgió una nueva nobleza, formada por las
fam ilias que tenían entre sus antepasados a cónsules y dictadores, en
contraste con el populacho común.

La conquista de Grecia

La penetración de Roma en el sur de Italia la puso en contacto con los


m undos griego y cartaginés, y generó algunas de las condiciones que
conducirían a ulteriores conflictos. El choque principal sería con Car-
tago. El mundo helenístico se vio afectado, inicialmente, por la alianza
de Filipo V con Aníbal (215 a.C.), la cual, sin embargo, nunca fue efecti­
va. Filipo se había dado éuenta de la amenaza que el surgim iento de
Roma representaba para el mundo griego y, aconsejado por Demetrio
de Faros, pensó que luego de Cannas su apoyo a A níbal podía ser un
factor decisivo para contener a Roma. La falsa noticia de que la flota
romana del Adriático iba a intervenir le impidió tratar siquiera de des­
em barcar en Italia. La alianza de Pérgamo, Rodas y los etolios bastó
para contenerlo, y la esperada ayuda naval cartaginesa no se m ateriali­
ROMA 361

zó. Sin embargo, mediante su acción militar y su hábil diplomacia, Fili-


po neutralizó la alianza griega con Roma y obtuvo un tratado de paz
relativamente favorable en Fenice (205).
A pesar de la existencia de un tratado secreto entre Filipo V y Antíoco
III (203 a.C.) para dividirse los despojos del declinante reino tolomeico,
esa iniciativa se redujo a nada por la acción combinada de Rodas y Per-
gamo, que vencieron a Filipo en la batalla de Quíos (201 a.C.). Los años
siguientes, desde finales del siglo m hasta mediados del ii a.C., presen­
ciaron la destrucción de Macedonia, el desm antelam iento de las pose­
siones de Antíoco en el Mediterráneo y la transformación final de Grecia
en una provincia romana.
Esos acontecimientos ya han sido brevemente descritos en el capítu­
lo vii de este estudio. La incorregible desunión del m undo griego y la
falta de agudeza de Antíoco III ante los designios romanos durante un
periodo crítico, de la primera a la segunda Guerras Macedónicas (215-205
y 200-196 a.C.), permitieron a los romanos aniquilar a Macedonia con el
apoyo de los griegos y la falta de intervención de Antíoco III. Entonces,
los romanos infligieron dos graves derrotas a Antíoco, después de pro­
vocarlo a luchar en condiciones desfavorables, y lo expulsaron de la
cuenca del Mediterráneo. Y así, una Grecia indefensa, que había ayudado
a los rom anos a destruir M acedonia, quedó convertida en provincia
romana. Pérgamo y Rodas, movidas por miopes consideraciones loca­
listas, actuaron como peleles de Roma y contribuyeron considerable­
mente a que ésta sometiera al mundo griego.
Durante el curso de la segunda Guerra Púnica, Roma, a pesar de la
presión de Aníbal, con ayuda de los etolios y de Pérgamo logró entablar
la primera Guerra Macedónica, aunque con resultados indecisos. Con la
derrota de Cartago en 202, Roma pudo movilizar toda su fuerza contra
Filipo V en la segunda Guerra Macedónica y le im puso una aplastante
derrota. Antíoco III, cobrando conciencia tardíamente del peligro roma­
no, sobrestimó el apoyo que le habían prometido los etolios y, al trabar
batalla en Grecia con fuerzas insuficientes, fue derrotado dos veces por
los romanos.

Las Guerras Púnicas

Según la tradición, Cartago fue fundada por Tiro, puerto fenicio, en


814 a.C. Cerca de un siglo después, Cartago se independizó y pronto se
desarrolló como país mercantil y marítimo. A principios del siglo ív a.C.
su población era el triple de la romana. Sus ciudadanos, que se dedica­
362 RO M A

ron al comercio y compartían las ganancias de los negocios de la ciudad,


dejaron la República en manos de una pequeña clase dirigente formada
por mercaderes hábiles y cautelosos que gobernaron el Estado como si
fuera mía empresa. Los cartagineses, interesados exclusivamente en los
negocios, contaban con una gran marina y un poderoso ejército, forma­
dos en su m ayor parte por africanos y m ercenarios. A m ediados del
siglo iii a.C., Cartago había tomado y extendido los anteriores puestos
comerciales de los fenicios por todo el Mediterráneo occidental.
Sicilia occidental fue una de las áreas donde penetró Cartago, pese a
la oposición sistemática pero inútil de los griegos. También ocupó posi­
ciones estratégicas en Cerdeña y Malaca, en Hispania. Desde Cerdeña,
Cartago obtuvo el acceso a las minas de metales de Etruria. Los cartagi­
neses fueron aliados de los etrurios contra los griegos de Córcega y
ganaron una batalla naval frente a esta isla, obteniendo así acceso a dos
puertos etruscos en Cere, uno de ellos en realidad dominado por Carta­
go y por esa razón llamado Punicum. Esto podía ocasionar un conflicto
con Roma, en vista de la proximidad de las dos potencias: Cartago esta­
ba a sólo 200 km del estrecho de Sicilia, y Punicum a unos 50 km de
Roma.
El conflicto entre Roma y Cartago dio por resultado las tres Guerras
Púnicas. La prim era (262-241 a.C.) fue provocada por una crisis en
Mesana. El grupo gobernante de Mesana empezó por pedir a los carta­
gineses que ocuparan la ciudad para resolver ciertas rivalidades inter­
nas y conjurar las am enazas externas de Siracusa. Cartago aceptó; sin
embargo, a esa intervención se opusieron los griegos de la Italia m eri­
dional, aliados por entonces de Roma, quienes veían en ello una amena­
za a su propia seguridad. Entonces, los dirigentes de Mesana cambiaron
de opinión y pidieron ayuda a Roma, apoyados por las ciudades del sur
de Italia. Roma aceptó, lo que dio lugar a la primera guerra con Cartago.
La prim era Guerra Púnica obligó a los romanos a crearse una flota,
que inicialm ente siguió el modelo de las quinquerrem es cartaginesas.
Marinos principiantes inventaron una táctica de abordar las naves ene­
migas con cubiertas móviles: los cuervos (corvi). La guerra terminó con
la conquista de Sicilia por los romanos, pero fracasaron sus intentos de in­
vadir Cartago. A Cartago, vencida, se le prohibió enviar naves a aguas
italianas, y fue obligada a renunciar por completo a sus pretensiones so­
bre Sicilia y a pagar una gran indemnización de guerra durante 10 años.
La segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) fue, con mucho, la más gra­
ve y estuvo a punto de terminar en un completo desastre para Roma. La
guerra fue un intento, promovido por la nueva familia gobernante car­
taginesa, los barcidas, de vengar la derrota anterior. Amílcar Barca (236-
ROMA 363

228 a.C.), y después de su muerte su yerno Asdrúbal (228-221 a.C.)/ crea­


ron un imperio cartaginés en Hispania. Roma había hecho a Cartago la
promesa de no atacar Sagunto o Emporia. Tras el asesinato de Asdrúbal
por im esclavo celta, Aníbal, el hijo mayor de Amílcar — por entonces de
25 años— , se puso al mando de los cartagineses en H ispania y en 219
a.C. destruyó Sagunto. Luego, en una marcha audaz por todo el sur de
Francia, atravesó los Alpes y llegó al valle del Po con 26 000 hombres y
unos cuantos elefantes que habían sobrevivido a la travesía. En el Tesi-
no derrotó a un ejército romano mandado por Cneo Escipión, y obtuvo
otra victoria en la batalla de Trebia.
La primera fase de la guerra se caracterizó por las sucesivas victorias de
este extraordinario general. En el lago Trasimeno aniquiló las fuerzas del
cónsul C. Flam inio. Poco después, los dos nuevos cónsules, L. Em ilio
Paulo y C. Tarencio Varrón, con un ejército de 86 000 hom bres, fueron
deshechos en Cannas, en la Apulia, aunque Varrón logró escapar.
A pesar de todo, Roma no se rindió e hizo un esfuerzo extraordinario
por contener a Aníbal. En el curso de los 14 años siguientes, los romanos
lograron invertir el curso de la guerra: expulsaron de Hispania a los car­
tagineses mientras que Aníbal, privado del apoyo de Cartago e incapaz
de movilizar otras fuerzas antirromanas en Italia, salvo en Capua y en
Siracusa, Sicilia, no pudo sitiar Roma, después de haber llegado a un ki­
lómetro y medio de la ciudad. Publio Cornelio Escipión, hijo de Publio
Escipión, dejó a Aníbal en Italia y, con la ayuda de Masinisa, rey de Nu-
midia, atacó directamente a Cartago. Llamado de regreso a Africa, Aní­
bal fue finalm ente vencido en la batalla de Zama (202 a.C.) y Cartago
obligado a rendirse (201 a.C.) y a pedir la paz. Las condiciones fijadas
por Escipión lo redujeron a la condición de potencia menor. La tercera
Guerra Púnica fue el resultado de la obsesión de Catón por destruir a
Cartago. Un ataque de Cartago a Masinisa, el aliado de Roma, sirvió de
pretexto para que Escipión Emiliano invadiera Cartago. Debilitada por
la guerra anterior, Cartago fue fácilmente tomada y destruida (146 a.C.).

B. La República tardía

Los problemas de la época

Después de las Guerras Púnicas y de sus conquistas en M acedonia y


Grecia, Roma se vio ante tres principales problemas:
2. Lo inadecuado de las instituciones y las prácticas de una ciudad-
Estado para gobernar un sistema imperial que abarcaba toda Italia, el
sur de la Galia, Hispania, Macedonia, Grecia y Africa.
364 ROMA

2. Las reclamaciones cada vez más apremiantes de una gran parte de


la población italiana, que no había recibido la ciudadanía romana pero
que form aba parte del ejército y com partía otras cargas im periales, la
cual exigía obtener la plena ciudadanía y una parte de los beneficios del
Imperio.
3. Las necesidades de una inmensa y creciente parte de la población,
originalmente formada por pequeños campesinos que, reclutados para
largos años de servicio militar, habían perdido sus propiedades durante
sus prolongadas ausencias y formaban ahora un proletariado sin em ­
pleo, concentrado principalmente en las ciudades, sobre todo en Roma.
El prim er problem a, de carácter institucional y que influyó sobre
todos los demás aspectos de la vida pública romana, aún no había sido
visto claramente a mediados y finales del siglo n a.C. Sólo después de las
vicisitudes de Mario y Sila y de la dictadura de César, el problema sería
resuelto por Augusto con la institución del Principado. El tercer proble­
ma fue debidamente considerado por Tiberio Graco en su plan agrario.
Al segundo problema le hizo frente su hermano menor, Cayo.

Los Gracos

Los Gracos se hicieron célebres durante la segunda Guerra Púnica. Tibe­


rio Sempronio, el padre, había tenido una distinguida carrera y estaba
casado con Cornelia, hija de Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal.
Tiberio Sempronio Graco, su hijo mayor (169 a 164-133 a.C.), se casó con
Claudia, hija de Apio Claudio Pulquer, por entonces jefe del Senado, y
fue educado por su madre Cornelia en las disciplinas griegas; el estoico
Blosio fue su maestro más influyente. Su herm ano m enor fue Cayo
Sempronio Graco (160 a 153-121 a.C.).
Tiberio Graco intentó remediar los males sociales causados por la for­
mación de un enorme proletariado sin empleo, en su mayor parte urbano
y romano, originado por ex pequeños campesinos que habían perdido
sus tierras, las más de las veces por haber sido retenidos durante m u­
chos años en el servicio militar. Al regresar descubrían que sus granjas
habían sido ocupadas o anexadas por grandes terratenientes. Al mismo
tiempo, se iban formando enormes latifundios, en su mayor parte para
la cría de ganado, trabajados por esclavos.
Siendo ya tribuno, Tiberio propuso la aplicación de una antigua ley
que reducía a 500 ingera (unas 120 hectáreas) el área m áxim a del ager
publicas, que podía ser ocupada por un arrendatario (possessore). En su
ley agraria, aprobada por la Asamblea, concedió otra área adicional de
ROMA 365

250 ingera para cada hijo del arrendatario, hasta llegar a un límite total
de 1000 ingera. Las fuerzas conservadoras y el Senado pidieron al tribuno
M. Octavio que vetara esta ley; Tiberio reaccionó convocando a un ple­
biscito que depuso a Octavio, y así su sucesor aprobó la ley. Según dicha
ley, las áreas de tierras públicas que excedieran el límite legal debían ser
distribuidas a las personas sin tierras en parcelas cuyo tamaño no cono­
cemos con precisión. Se dice que Mommsen descubrió pruebas de que
el tam año m áxim o era de 30 ingera. Se creó una com isión para aplicar
las reformas agrarias, comisión de la que formaron parte los dos Gracos
y el suegro de Tiberio, Apio Claudio Pulquer. Para financiar la ejecución
de su programa, Tiberio propuso por medio de la Asamblea que los in­
gresos de Pérgamo, recién legados por Atalo III a Roma, se emplearan
con ese propósito. Esta directiva iba contra la costumbre según la cual
los asuntos extranjeros eran de la competencia del Senado.
Tiberio decidió presentarse a reelección en el verano de 133 a.C., lo cual,
aunque no era formalmente anticonstitucional, iba contra la tradición. Un
grupo de senadores sumamente conservadores, encabezados por P. Esci-
pión Nasica y sus partidarios, atacaron a Tiberio por sorpresa, matándolo
junto con muchos de sus seguidores. En el periodo inmediato al asesinato
de Tiberio, el Senado adoptó una posición marcadamente reaccionaria
y enjuició a muchos de los partidarios de aquél, aunque sin intervenir en
el funcionam iento de la comisión agraria. Tiberio fue sustituido en la
comisión por P. Licinio Craso Muciano, suegro de C. Graco. Poco tiempo
después, ingresaron en la comisión Cayo, Carbo y Fulvio Flaco, quienes
ocuparon sus cargos continuamente desde 130 hasta 122 a.C.
La labor de la comisión, al ser extendida a las tierras públicas de las
áreas latinas e italianas, exacerbó las pretensiones locales de igualdad
pública con los ciudadanos romanos, no sólo como aspiración a la ciuda­
danía romana, sino, más aún, como aspiración a una parte equitativa de
los beneficios del Imperio. El primer objetivo era recuperar el excedente
de tierras ocupadas por terratenientes latinos e italianos para distribuirlas
entre el proletariado romano; sin embargo, el objetivo de mayor alcance
era conseguir la igualdad pública general con los romanos.
M. Fulvio Flaco, uno de los comisionados agrarios y cónsul en 125 a.C.,
trató de resolver la crisis con la propuesta de otorgar la ciudadanía roma­
na a los aliados deseosos de volverse ciudadanos. Tal propuesta no fue
aprobada y, como consecuencia, estalló una rebelión en la ciudad de Fre-
gelles: ésta anunciaba el verdadero peligro de una insurrección en toda
Italia, la cual ocurriría 15 años después. A la vista del peligro, los roma­
nos emprendieron una rápida acción para suprim ir la rebelión, im pi­
diendo así que cundiera. Sin embargo, la cuestión se volvió apremiante.
366 RO M A

Cayo Graco, elegido tribuno en 123 a.C. y reelegido sin oposición, en


su segundo año en el cargo, intentó, entre otras iniciativas, otorgar la
ciudadanía romana inicialmente a los latinos y después a todos los ita­
lianos. La iniciativa no fue aprobada; Cayo no pudo obtener una tercera
elección y poco después fue víctima, junto con 3 000 de sus partidarios,
de una m atanza legalm ente sancionada, llevada a cabo por el cónsul
Opimio con base en el Senatus Consultum Ultimum del Senado. Una vez
más, un sabio intento por resolver el problema de los italianos fue frus­
trado por la miopía de Roma. El prolongado resentimiento de los italia­
nos por su condición de ciudadanos de segunda clase finalmente cobró
un carácter general y explosivo con la Guerra Social (91-88 a.C.).

Mario

El asesinato legalmente sancionado de Cayo Graco y sus partidarios ini­


ció un periodo reaccionario en los asuntos internos de Roma, que con­
dujo a la revocación de la Lex Agraria y a que se suspendiera la distribu­
ción de tierras. Sin embargo, acontecim ientos externos desviaron la
atención de las clases gobernantes, que pasó de los asuntos sociales a los
militares. Los hechos ocurrieron en dos contextos distintos y sucesivos:
la guerra contra Yugurta, en el norte de África, y el desafío germánico
de los cinabrios y teutones en la Galia.
A la m uerte del rey Masinisa, cuya ayuda había perm itido que Esci-
pión venciera a Aníbal en África, el reino cliente de Numidia fue dividi­
do por Roma entre sus dos nietos, Yugurta y A dherbal. Yugurta, que
había servido a las órdenes de Escipión Em iliano, era un consum ado
atleta, así como un jefe político y militar. Se adueñó de todo el país al
capturar y matar a Adherbal, pese a la intervención romana.
Roma declaró la guerra a Yugurta, y el cónsul Bestia invadió N um i­
dia; sin embargo, éste ofreció al rey unos términos de paz favorables, ya
fuese porque deseara evitar la intervención de Roma en los asuntos
internos de Numidia, o porque el oro de Yugurta había empezado a sur­
tir efecto. Después de otra fallida intervención, Roma envió a un general
severo y competente, Quinto Metelo, a subyugar a Yugurta, pero a pesar
de sus triunfos militares, después de dos años de campaña no logró obli­
garlo a rendirse. La resistencia de Yugurta provocó un profundo des­
contento en Roma. Cayo Mario, un rico novus homo de la orden ecuestre
y ayudante de Metelo, logró socavar la posición de su jefe y obtener ei
consulado para 107 a.C.; entonces, la Asamblea Popular lo nombró para
encabezar la guerra contra Yugurta. Mario no tardó m ucho en demos­
ROMA 367

trar su enorme capacidad militar. Sin embargo, su triunfo final se debió a


que Sila, su lugarteniente, logró capturar a Yugurta m ediante una trai­
ción, valiéndose de un aliado africano, y aquél fue ejecutado sin mayor
dilación.
La victoria sobre Yugurta marcó el com ienzo de una carrera excep­
cional para Mario, que llegó a su cúspide con su ulterior victoria sobre
los invasores germ anos. Dos grupos de tribus germ anas, los cim brios
y los teutones, obligados por el exceso de población y otras circunstancias
a emigrar desde sus tierras de Jutlandia, habían avanzado a lo largo del
Elba y el Danubio y derrotado a varios ejércitos romanos al norte y al
oeste de los Alpes. Un grave desastre militar ocurrió en 105 a.C., cuando
dos legiones romanas fueron vencidas en Arausio, sobre el Ródano, por
los cimbrios.
Elegido para un segundo consulado m ientras los bárbaros estaban
asolando Hispania, Mario se preparó seriamente para combatirlos. Des­
de la guerra contra Yugurta había adoptado, entre otras mejoras m ilita­
res, una innovación que m odificaría el carácter del ejército rom ano y
después afectaría profundam ente sus instituciones: la aceptación de
proletarios como reclutas voluntarios, desentendiéndose de las condi­
ciones de propiedad que antes se requerían. Se constituyó así un ejército
profesional que daría su lealtad a sus generales, y no al Senado ni a la
República. Cuando estuvo debidamente preparado, Mario infligió una
devastadora derrota a los invasores teutones en Aquae Sextae. Al año
siguiente, junto con Catulo, volvió para enfrentarse a los cimbrios, que
estaban atravesando el paso de Brenner, y en 101 a.C. les im puso una
aplastante derrota en Vercellae.
Convertido en héroe nacional, Mario fue elegido cónsul por sexta vez
en 100 a.C. La animosidad del Senado, inspirada por la excesiva fama de
este advenedizo, creó graves obstáculos; sin em bargo, la distribución
de tierras entre los veteranos de Mario, llevó a éste a aliarse con los jefes
más radicales de la facción popular, C. Servilio Glaucia, un pretor, y el
dem agogo tribuno Apuleyo Saturnino. Estos inauguraron la práctica,
que después llegaría a ser la norma, de imponer decisiones mediante la
Asamblea Popular, contra la voluntad del Senado, m ediante la m ovili­
zación de agitadores, la coacción de los adversarios y, en ocasiones, el
asesinato de sus rivales. Con tales aliados, Mario logró obtener las tie­
rras que había pedido para sus veteranos, pero, en vista de sus crecientes
actos de violencia, tuvo que apoyar la declaración de emergencia nacio­
nal del Senado. M ovilizando a un grupo de sus veteranos, ordenó el
arresto de Saturnino y sus amigos, quienes después serían linchados en
prisión. La ruptura de Mario con los populistas no bastó para calmar la
368 RO M A

animosidad de los optimates, quienes lo privaron del apoyo de ambos


bandos y lo colocaron, durante los años siguientes, en una situación
relativamente marginal.
Todavía en 88 a.C., Mario, con el apoyo de Sulpicio Rufo, logró hacer
que se aprobara una ley que transfería el mando del ejército que iba
contra M itríates, de Sila a él mismo. Sin embargo, Sila, sabedor de que
gozaba del apoyo del ejército, pasó por alto esa ley, se puso al mando de
las tropas, invadió Roma y obligó a Mario a huir. Todavía Mario tendría
una última oportunidad política, después de que Cirtna fue ilegalmente
depuesto en favor de M erula en 87 a.C. U niendo sus fuerzas a las de
Cinna, Mario volvió a ocupar Roma, se hizo nombrar cónsul para el año
86 a.C. y recibió el mando del Oriente contra Mitríates, pero murió antes
de poder ocupar el puesto. Este último retorno de Mario, por entonces
ya septuagenario, fue manchado por la más bárbara proscripción, horri­
ble práctica que después sería aplicada por Sila y, más adelante, por
Antonio. Con la renuente complacencia de Cinna, Mario, con sus liber­
tos y sus esclavos, desencadenó un mortífero ataque contra sus enemi­
gos, reales o imaginarios, en particular entre los optimates. Después de
cinco días de terror, Cinna finalmente le puso fin, cuando sus soldados
rodearon y ajusticiaron a los agentes de Mario responsables de la m a­
tanza.
Antes del lamentable regreso de Mario, Roma se enfrentó a uno de sus
más graves trastornos internos: la llamada Guerra Social (bellum sociale) o
rebelión de los italianos. Con excepción de unos cuantos grupos m eno­
res, la m ayoría de los italianos, aunque sufriera los sacrificios de las
guerras romanas en hombres y posesiones, no gozaba de ninguno de los
correspondientes beneficios. El tribuno M. Livio Druso, hombre de gran
integridad, intentó reparar esta injusta situación al proponer que se
otorgara la ciudadanía romana a todos los italianos. Su propuesta fue
rechazada con argum entos técnicos y Druso fue asesinado en 91 a.C.
Esto produjo una difundida revuelta en que los italianos form aron su
propia república independiente, Italia, con capital en Corfinio.
Roma intentó inicialm ente sofocar la rebelión por la fuerza. Sin em ­
bargo, el cónsul Lucio Julio César, temiendo que la revuelta — primero
sostenida por los marcios en tierra firme— se propagara a los etruscos
y los um bríos, en 90 a.C. decidió aprobar la Lex Julia, que otorgaba la
ciudadanía rom ana a todos los italianos que se m antuvieran leales o
que estuvieran dispuestos a entregar las armas. Al año siguiente, la Lex
Plautia Papiria confirió la ciudadanía romana a todos los italianos que
la pidieran en los 60 días siguientes. Estas medidas llevaron a su fin la
bellum sociale.
RO M A 369

Sila

Los 10 años siguientes, de 89 a 79, se caracterizaron por dos hechos con­


comitantes, en parte interconectados: la guerra civil y la Guerra Mitri-
dática. La guerra civil, que lanzó a los populares contra los optimates, a
partidarios de Mario contra seguidores de Sila, señaló el principio del
fin de la República. Otras dos guerras civiles causarían un daño terrible
a la sociedad romana, antes de que se consolidara según las nuevas ins­
tituciones del Principado augustal: la guerra civil em prendida por
César al cruzar el Rubicón, en 49 a.C., y la guerra civil causada por su
asesinato en 44 a.C., cuando los cesarianos se vengaron de los verdugos
de César, y por el ulterior conflicto entre Marco Antonio y Octavio. La
primera Guerra Mitridática, de 88 a 84 a.C., creó las condiciones necesa­
rias para la ulterior dictadura de Sila al conferirle el mando del ejército
romano contra el rey del Ponto, mando que llegó a ser independiente de
las autoridades romanas, lo cual creó una dualidad de poder, desde el
consulado de Cinna en 86 hasta la conquista de Roma por Sila en 82 a.C.
Mitrídates VI, Eupator Dionisio (120-63 a.C.), era descendiente de un
largo linaje de reyes pónticos helenizados, originalmente de sangre per­
sa. Sostuvo y promovió la política expansionista de su padre, pero, con­
tra la tradición de su dinastía, se lanzó contra los aliados y los intereses
de Roma. Sila, cónsul en 88 a.C., recibió del Senado el mando del ejército
para com batir a Mitrídates. Fue entonces cuando el tribuno P. Sulpicio
Rufo hizo aprobar en la Asamblea Popular una ley en que confería el
mando del este a Mario. Como ya se dijo, Sila, seguro de la lealtad de sus
tropas, se negó a transferir el mando a Mario y, en cambio, marchó sobre
Roma, la ocupó y proscribió a Sulpicio, quien fue asesinado, y a Mario,
quien huyó a África. Entonces, Sila introdujo una serie de leyes conser­
vadoras y, como procónsul, partió en 87 a.C. rumbo a Asia.
Los acontecimientos siguientes, ya descritos en parte, condujeron en
87 a la caída de Cinna, cónsul de Mario, y a su victorioso retorno, apoya­
do por Mario, en ese año. Cinna y Mario obtuvieron el consulado para
86 a.C., y tocó entonces a Sila el turno de quedar proscrito. Pero Cinna,
aunque era capaz de dar un curso moderado a su régimen tras la muerte
de Mario ganándose en el proceso un considerable apoyo en Roma, tan­
to de los populares como de los optimates, no tuvo manera de poner fin
al mando independiente de Sila sobre el ejército del Este. Por tanto, se
instaló en Roma una doble estructura de poder: el anterior poder legal
de Cinna, que dominaba la maquinaria del Estado y una parte del ejér­
cito desde Roma, y el poder militar de Sila, trabado en la guerra contra
Mitrídates.
370 ROMA

De 87 a 84 a.C., Sila infligió varias derrotas a Mitrídates y lo obligó a


salir de Grecia y aceptar la paz en sus propias condiciones. Los años
siguientes presenciarían un fortalecimiento del poder de Sila y la corres-
pondientp desintegración de las fuerzas de Cinna. Tras la victoria final
de Sila en la batalla de las Puertas de la Colina, en 82 a.C., se convirtió en
el amo de Roma y se hizo nombrar dictador con el propósito de restau­
rar el Estado (reí publicae constituendae).
La victoria de Sila fue seguida por una proscripción m uchas veces
peor que la de Mario. Sila seleccionó y manumitió a más de 10 000 de
los esclavos más jóvenes y fuertes de las personas proscritas, los llam a­
dos "C ornelios", y utilizándolos como una especie de ejército personal,
les ordenó masacrar a un número no menor de ciudadanos.
La dictadura de Sila representó un intento de reorganizar la sociedad y
el Estado de acuerdo con valores conservadores. Los poderes de los tribu­
nos fueron considerablemente reducidos y acrecentados los del Senado,
cuya composición se duplicó hasta tener 600 miembros. Se introdujeron
reformas importantes en el sistema judicial, que resultaron las más dura­
deras de todas las medidas. En el año 79 a.C., habiendo com pletado las
reformas deseadas, Sila renunció voluntariamente a toda función pública y
se retiró a la Campania, convencido por una antigua profecía de que
pronto iba a morir, lo que en efecto ocurrió un año después.

Cicerón y Pompeyo

Los 20 años siguientes (79-59 a.C.) representaron en la historia de la


República romana la última fase de crisis antes de que surgiera Cayo
Julio César. En lo interno, la República logró superar la más grave de
sus rebeliones de esclavos, conocida como la tercera Guerra Esclava.5
Un gladiador tracio, Espartaco, hombre de gran carisma y capacidad de
lucha, fomentó una triunfante rebelión en la escuela de gladiadores de
Capua y unió, entre fugitivos y esclavos, un ejército que en su momento
cum bre contó con 90000 hombres y con el cual asoló el sur de Italia*
venció a varias legiones y abrió el camino de la Galia Cisalpina, donde
esperaba desbandar sus tropas. Sin embargo, sus seguidores prefirieron
seguir saqueando toda Italia. Entonces, Espartaco se abrió paso hacia el
sur con la intención de invadir Sicilia. En 71 a.C., Craso, al frente de un
enorme ejército de 10 legiones, venció dos veces a Espartaco, para dejar3

3 La primera Guerra Esclava (135-132 a.C.) fue una rebelión de esclavos en Sicilia, encabezada
por un esclavo sirio, Euno. La segunda Guerra Esclava (103-99 a.C.) volvió a ocurrir en Sicilia,,,
encabezada por Trifón y Atenión, y fue sofocada por el cónsul M. Aquilio.
ROMA 371

a Pompeyo, que regresaba de Hispania, la final aniquilación de sus fuer­


zas. Miles de los esclavos sobrevivientes fueron crucificados.
También en el ámbito de los asuntos internos Cicerón, cónsul en 63
a.C., reveló y suprimió la conspiración de Catilina, quien contaba con el
apoyo de deudores y aventureros, proceso que dio lugar a una de sus
oraciones más inspiradas: el famoso discurso "Quo usque tándem abu-
tere, Catilina, patientia nostra".
En asuntos exteriores, Roma logró, inicialm ente bajo el m ando de
Lúculo y después de Pompeyo, la derrota final de Mitrídates en 65 a.C.
El rey del Ponto huyó a Crimea y se dio muerte en 63 a.C., al enterarse
de la rebelión de su propio hijo. Otro im portante triunfo militar, tam ­
bién obra de Pompeyo (quien recibió facultades extraordinarias para su
tarea), fue el exterm inio de los piratas que infestaban las aguas del
Mediterráneo oriental.
Las dificultades de la República a mediados del siglo i a.C. no se de­
bieron a la falta de recursos o de energía, como ocurriría en la crisis final
de Roma muchos siglos después. Los problemas fueron de carácter insti­
tucional y social. El sistema de gobierno de la ciudad-Estado era comple­
tamente inadecuado para un imperio mediterráneo. La nueva realidad
social y política del mundo romano era incom patible con la concen­
tración del poder en manos de un pequeño grupo de aristócratas en el
Senado, y de la irresponsable y no representativa plebe de Roma. Dos
generaciones antes, los Gracos habían previsto las implicaciones básicas
de esta situación, pero fueron vencidos por la oligarquía.
Cicerón, que desem peñaba un papel central a m ediados del siglo i,
intentó prom over la arm onía entre las órdenes (concordia ordinum) y
orientar la República para que combinara la jefatura sabia y moderada
de los optimates con la conservación institucional y práctica de los inte­
reses de los populares. Sin embargo, Cicerón no vio lo inadecuadas que
eran las instituciones de la ciudad-Estado — a las que tuvo una incon­
movible devoción— para el gobierno del Imperio. Además, como triun­
fante homo novus que había conquistado la aceptación de los optimates
hasta convertirse en uno de sus jefes, se inclinaba excesivamente en su
favor. A finales de su consulado, Cicerón se convenció de que las nuevas
condiciones de la República exigían una jefatura fuerte apoyada por el
poder militar, lo cual no podría lograrse median Le el imperium anual de
dos cónsules, fácilmente dividido por rivalidades, y consideró que Pom ­
peyo era el mejor candidato disponible. Aunque Pompeyo fuese origi­
nalmente de la orden ecuestre, Cicerón vio en él el tipo de cualidades
necesarias, pues com binaba la sensibilidad hacia los optim ates con el
respeto al Senado y sobresalientes capacidades m ilitares. C uando fue
372 ROMA

claro que el destino del Estado se decidiría en el conflicto entre Pompe-


yo y César, Cicerón no vaciló en apoyar al prim ero, aun cuando reco­
nociera la superioridad del segundo, de quien recibió continuas demos­
traciones de admiración y simpatía. Pompeyo, por su parte, mostró cierta
tendencia a desdeñarlo.
Los años transcurridos entre 64 y 59 a.C., correspondientes al periodo
que va del consulado de Cicerón y la derrota de Mitrídates hasta el con­
sulado de César, se caracterizaron inicialmente por el creciente poderío
y prestigio de Pompeyo, después de sus victoriosas — aunque no total­
mente legales—•campañas en Asia y en Siria, con la anexión de los restos
del reino seléucida y la conquista de Jerusalén, donde instaló a un se­
guidor suyo: el sumo sacerdote macabeo Hircano. Sin embargo, gradual­
mente fue haciéndose claro que César, después de retornar victorioso de
su proconsulado en la Hispania ulterior y de demostrar su habilidad en
la política rom ana (m ientras Pom peyo hacía cam paña en O riente),
había adquirido influencia suficiente para hacer que Pompeyo deseara
buscar una alianza. A su regreso de Oriente, Pompeyo había desbandado
a sus tropas y estaba pidiendo, ante una considerable oposición del
Senado, la distribución de tierras entre sus veteranos. También nece­
sitaba que fuesen rarificadas sus conquistas en Oriente. César tuvo asi­
mismo dificultades con el Senado, al exigir un consulado para 59 a.C. y
una recompensa por sus victorias en Hispania. La alianza de Pompeyo
con César, consolidada por el matrimonio del primero con Julia, hija del
segundo, y después reforzada con la inclusión de Craso, el hombre más
rico de Roma, para formar el primer triunvirato, hizo que se cumplieran
los deseos de sus miembros. César fue elegido cónsul para 59 a.C., con el
apoyo de sus aliados, y, a cambio, los veteranos de Pompeyo recibieron
sus tierras y las conquistas en Oriente fueron debidam ente ratificadas.
La práctica de llenar el Foro con partidarios y con manifestantes violen­
tos, ya empleada con éxito por Saturnino y Servilio Glaucia, volvió a ser
adoptada, esta vez con los veteranos de Pompeyo, demostrando la faci­
lidad con que se podía manipular la Asamblea Popular.

César

La personalidad y las actividades de César desde su consulado en 59 a.C-


y en particular desde que sim bólicam ente cruzó el Rubicón (alea jacta
est) en 49 a.C., llenarían los últimos años de la República y establecerían
un cambio político e institucional irrevocable en Roma al crear las con­
diciones que conducirían a la constitución del Principado por Augusto.
ROMA 373

La asombrosa carrera de Cayo Julio César presenta cuatro fases dis­


tintas y desiguales: 1) el periodo formativo y preparatorio, que va desde
su nacimiento en 100 a.C. hasta su consulado en 59 a.C.; 2) la etapa bre­
ve pero importante de su consulado, en 59 a.C.; 3) su extenso proconsu­
lado y conquista de la Galia (58-49 a.C.), y 4) la dictadura, desde 49 a.C.
hasta 44 a.C., año de su asesinato.
Nacido en una familia patricia distinguida pero no de particular emi­
nencia, la de los Julios, hijo de C. César y Aurelia de la Cotta, también era
sobrino de la esposa de Mario. Casó con Cornelia, hija de Cinna, en 84
a.C. Se vio expuesto, por las conexiones de su familia, a la brutal pros­
cripción de Sila, y en 82 a.C. salvó la vida gracias a su juventud. Valerosa­
mente se opuso a la presión del dictador para que repudiara a Cornelia.
Al principio, la carrera de César siguió el curso tradicional que
correspondía a un patricio joven y brillante. Participó con valor en la
toma de Mitilena (80 a.C.), por lo que obtuvo la corona cívica. Captura­
do por piratas en 75, en broma amenazó con ahorcarlos en cuanto se
pagara su rescate, y cumplió su palabra. Participó brevem ente en la
lucha inicial contra M itrídates. Nom brado pontífice en 73 a.C., ocupó
un tribunado militar durante los años siguientes y fue quaestor en 69 a.C.
Tras la muerte de Cornelia, ocurrida en 67 a.C., se casó con Pompeya, nie­
ta de Sila, ese mismo año. Aedilis curulis en 65 a.C. se llenó de deudas,
financiadas por Craso, por gastar a manos llenas en el mantenimiento y
la m ejora de las carreteras romanas. A la edad de 37 años, en 63 a.C.,
conquistó gran fama cuando logró ser nombrado pontifex maximus. Sien­
do pretor, en 62 a.C., se divorció de Pom peya (no se puede sospechar
siquiera de la esposa de César) después de verse enredado, involunta­
riamente, en el escándalo de la Bona Dea,4
El cargo de pretor valió a César su primer nombramiento estim ulan­
te: el proconsulado de la Hispania ulterior en 61 a.C., donde emprendió
campañas victoriosas contra la belicosa tribu de los lusitanos. Allí se dio
cuenta de su gran talento militar.
Ciertas circunstancias particulares permitieron a César volver de His­
pania para formar una alianza en 60 a.C. con Pompeyo, por entonces en
la cumbre de su gloria pero que, por envidias, estaba tropezando con la
oposición del Senado a su demanda de tierras para distribuirlas entre
sus veteranos de las campañas del Este. Después, Craso pasó a formar
parte de lo que informalmente sería el primer triunvirato.
La com binación de los recursos y la influencia de los tres hom bres
resultó sum am ente eficaz. César obtuvo su codiciado nom bram iento
4 Clodio fue descubierto en la casa de Pompeya, disfrazado de mujer, en las fiestas de la Bonn
Dea, exclusivas para mujeres; al parecer, deseaba insinuársele a Pompeya.
374 ROMA

para el consulado en 59 a.C. (con Bibulo, una nulidad conservadora), y


valiéndose de su ley agraria aseguró la distribución de las tierras a los
veteranos de Pompeyo. Por medio del tribuno P. Vatinio — brazo dere­
cho de César— se ratificaron las conquistas de Pompeyo en Oriente. El
mismo Vatinio participó en la aprobación, en el Concilium Plebis, de una
ley que concedía una remisión de un tercio del precio estipulado por la
compra de impuestos de los recaudadores asiáticos; con ello, satisfizo una
insistente demanda de Craso, quien era el jefe de ese grupo particular de
équites, y probablemente resolvió al menos en parte el problema de las
deudas de César.
César también se valió de la Asamblea Popular para cambiar la nimia
asignación proconsular que antes le diera el Senado (relacionada con la
silvicultura) por un gobierno de cinco años en la Galia Cisalpina y en el
Ilírico. La súbita muerte de Metelo Celer, quien había recibido la guber-
natura de la Galia Trasalpina, dio a César la oportunidad de añadir esta
provincia a su jurisdicción; Pompeyo instigó esta medida en el Senado.
Además de las iniciativas políticas tendientes a favorecer sus propios
intereses y los de los otros triunviros, el consulado de César hizo dos
contribuciones públicas importantes. Una de ellas fue colocar en lugares
públicos algunos ejemplares de las leyes comunes y resoluciones senato­
riales para asegurar su difusión y credibilidad. La segunda fue la conso­
lidación de rebus repetundis de anteriores estatutos concernientes a la
extorsión, para dar protección duradera a las poblaciones de provincia.
Las excepcionales realizaciones políticas y militares de César en los
10 años de su gubernatura de la Galia (los cinco iniciales fueron renova­
dos por otros cinco años en 55 por la Lex Pompeia Licina) sólo pueden
mencionarse aquí en términos muy generales. Aprovechando las divi­
siones entre las tribus galas, de 58 a 53 a.C., César logró, con una serie de
magistrales maniobras políticas y militares, obtener el predominio en la
Galia, empezando con su campaña contra los belgas, hasta el exterminio
de los eburones en 53 a.C., en la ribera derecha del Rin, e incluyendo
dos incursiones a Britania. Sin embargo, al año siguiente un extraordina­
rio jefe galo, Vercingetórix, logró unir a la mayoría de las tribus contra
los romanos. En gran desventaja numérica y carente del apoyo local de
que gozaba el enem igo, César dio una continua dem ostración de su
genio militar y logró inicialmente infligir derrotas, por separado, a algu­
nas de las fuerzas contrarias antes de que pudieran unirse. Después,
mediante maniobras, confundió a Vercingetórix, rodeó a sus fuerzas en
Alesia y mandó construir una doble trinchera en torno de la ciudadela,
lo que le permitió infligir una derrota devastadora a los refuerzos llega­
dos del exterior en auxilio del jefe galo, sin permitir a los de dentro rom­
ROMA 375

per el sitio. Obligado a rendirse por hambre, Vercingetórix pasó años en


prisiones romanas y terminó siendo exhibido con crueldad en el triunfo
gálico de César, para, a la postre, ser ignominiosamente ejecutado.
La última fase de la carrera de César fue un infatigable esfuerzo por
eliminar, mediante una sucesión de campañas victoriosas en Hispania,
Asia, Africa e Italia, las diversas fuerzas y jefes que intentaron oponér­
sele. El triunvirato, reafirmado después de serias tensiones en el acuer­
do de Lúea en 56 a.C. (que otorgó una prórroga de cinco años a la gu-
bernatura de César), finalmente se disolvió en 54 a.C., tras la muerte de
Julia, la hija de César. El Senado y Pompeyo prepararon una acusación
contra César en 49 a.C., por la que perdería sus inmunidades al concluir
el mandato de su segunda gubernatura. Éste fue el motivo decisivo para
que César se rebelara y cruzara el Rubicón. Desde la aplastante derrota
de Pompeyo en Farsalo, siguiendo con la aventura egipcia de César con
Cleopatra al año siguiente, hasta la destrucción en 45 a.C. en M unda,
Hispania, de las fuerzas restantes de los hijos de Pompeyo, César tuvo
poco tiempo para preocuparse por los asuntos romanos, y menos de un
año antes de su asesinato trató de introducir sus deseadas reformas.
Después de tomar Roma, el poder constitucional de César residió en
la dictadura, a la que inicialmente renunció tras unos cuantos días en 49
a.C., al ser elegido cónsul por segunda vez. Luego de Farsalo, recibió un
consulado para cinco años y una dictadura anualmente renovada con po­
deres tribunicios. Fue cónsul por tercera vez en 46 a.C., junto con Lépido.
Después de Tapso, recibió una dictadura por 10 años y la función de
praefectus morum. Fue cónsul único en 45 a.C., y después de Munda reci­
bió otra dictadura por 10 años. En 44 a.C. fue nombrado dictador vita­
licio, atribución que desencadenó la conjura para asesinarlo.
Provisto de estos poderes, César intentó reform ular el gobierno de
Roma. Su observación del verdadero funcionamiento de la República le
había producido una profunda desconfianza acerca de la validez de sus
instituciones. El Senado estaba dominado por una minoría oligárquica,
que sólo se preocupaba por conservar sus privilegios. En la Asam blea
predominaba la parasitaria chusma romana, al servicio de demagogos o
de cualquiera que desease com prar el voto popular, sin pensar en el
bien de la República y del Imperio. Demagogos como Clodio o M ilón,
empleando tácticas brutales, lograban obtener todos los votos que nece­
sitaran; de esta práctica se valió también el propio César. Aparte de tan
graves ineficiencias, la Asamblea era un grupo puramente local, basado
en el proletariado romano, sin la menor relación con los ciudadanos ro­
manos que vivían fuera de Roma, y aun menos con los intereses de las
provincias del Imperio en su conjunto.
376 ROMA

El prolongado contacto de César con el mundo helenístico, en Egipto,


Asia Menor y África, lo convenció de que la única manera de gobernar a
un numeroso grupo de sociedades heteróclitas, como las que formaban
el Imperio romano, era establecer algo similar a las monarquías helenís­
ticas, fundadas en el culto del gobernante, como sustituto de la falta de
solidaridad entre sus pueblos. Estuvo sinceramente convencido de que
él tenía las superiores cualidades necesarias para cumplir esa misión, y
fue impelido por una compleja combinación de orgullo y vanidad para
aspirar a cum plir con ella. De hecho, su soberbia lo hizo despreciar
abiertamente las instituciones romanas y su vanidad lo llevó a aceptar
una serie de títulos honorarios, incitando así a los conspiradores a asesi­
narlo.
Retomando de sus victorias sobre Escipión y Catón, pudo celebrar un
cuádruple triunfo, sobre la Galia, Egipto, Farnaces y Juba. Se calculó que
el número de enemigos muertos era de 1 191 000.5 Vercmgetórix, Arsinoé,
hermana de Cleopatra, y el niño príncipe Juba fueron públicamente exhi­
bidos en las celebraciones triunfales.
Una de las primeras tareas del gobierno de César fue la realización de un
censo exacto de la población romana. Como resultado, el núm ero de
quienes tenían derecho a la distribución gratuita de cereales se redujo
de 320 000 a 150 000; luego inició la política de fundar colonias en diversas
partes del Imperio como manera de resolver el problema social creado
por el proletariado urbano sin empleo. En el curso de dos años, desde
46 hasta su asesinato en 44 a.C., reacomodó a 80 000 ciudadanos. Las
medidas tomadas para reducir al proletariado fueron complementadas
por otras tendientes a aumentar la burguesía, como otorgar la ciudada­
nía a los m édicos y maestros de las artes liberales radicados en Roma.
Como praefectus moribus, César adoptó una ley suntuaria que ponía res­
tricciones a la ostentación de riquezas. Uno de sus m áximos logros
como pontifex maximus fue corregir el calendario lunar adoptando el
solar, el calendario juliano, basado en los cálculos del sabio griego Sosí-
genes. Para poner en vigor el nuevo orden se valió de los instrumentos
constitucionales del edicto, el decreto senatorial y la ley popular.
Además de su intención social, la política de colonización de César
tenía por objetivo distribuir funcionarios romanos por todo el Imperio.
La ciudadanía romana — si bien ya carecía de im portancia en Roma—
fue otorgada a un gran número de personas por todas partes para formar
una clase gobernante provinciana que pudiera adm inistrar el Imperio.
César también tenía — aunque no llegó a materializarlos dada su pre­

5 Fecha citada por Mathias Gelzer en Ceasar, Oxford, Basil Blackwell, 1985 (1968), p. 288.
ROMA 377

matura muerte— grandes planes de construcción, como la apertura de


un canal navegable a través del istmo de Corinto y otro canal que sería
excavado desde el Tíber, cerca de Roma, hasta Terracina para form ar
una vía de agua y secar los pantanos Pontinos. A dem ás, el puerto de
Ostia sería considerablem ente ensanchado; se drenaría el lago Fucino
para abrir una gran zona de nuevas tierras labrantías; se estaba planean­
do construir un importante camino nuevo desde el Adriático, pasando
por los Apeninos hasta el valle del Tíber; y el pomerium (límite de la ciu­
dad) de Roma sería considerablemente extendido para dar lugar a gran­
des edificios.
En otro ámbito, César comisionó a Marco Varrón para com pilar toda
la literatura griega y romana en una gran biblioteca. También dio órde­
nes de unificar todo el cuerpo del derecho civil en un conjunto sistemáti­
co, pero esta tarea sólo sería efectuada mucho después por Justiniano
(527-565 a.C.).
En sus dos últim os años, César fue continuam ente aprem iado por
Cicerón y Salustio para que reformara las instituciones republicanás. No
hacerlo fue interpretado por Cicerón y los republicanos como dem os­
tración de su deseo de mantener una dictadura perpetua como tirano.
En realidad, César ya estaba firmemente convencido de que las institu­
ciones republicanas eran irrem isiblem ente inadecuadas para gobernar
el Imperio. Tampoco creyó en las convicciones y ni siquiera en la since­
ridad de los optimates y los populares.
Con su experiencia como procónsul dictatorial de la Galia y el ejem ­
plo de las monarquías helenísticas (Cleopatra ejerció una influencia par­
ticular), César creyó que sólo un sistema monárquico, legitimado por el
culto religioso del gobernante, podría gobernar el Imperio romano. Pero
subestimó la necesidad — al contrario de Augusto— de formar un nuevo
sistema institucional legitimador. Probablemente se propuso aplazar la
cuestión hasta una etapa posterior de su régim en, que pretendía ser
vitalicio. Habiendo m ovilizado 16 legiones, estaba preparando activa­
mente una guerra decisiva contra los partos, con la intención de incor­
porarlos de manera permanente al Imperio romano, cuando fue asesi­
nado poco antes de partir rumbo de Partía. Nunca pensó que el odio de
los optimates pudiera llevarlos hasta el asesinato, y en todo caso prefirió
correr ese riesgo antes que rodearse por guardias de corps.
La excepcional personalidad y los logros de César lo han convertido
en una de las figuras más extraordinarias de la historia universal, com ­
parado desde la Antigüedad con Alejandro, como en las célebres pági­
nas de las Vidas paralelas de Plutarco. Lo que hace tan excepcional a César
es la combinación de uno de los cerebros más lúcidos que se conocen en
378 ROMA

los anales históricos con una infatigable determinación para alcanzar las
m etas más am biciosas, apoyado por una valerosa audacia para correr
riesgos calculados e inspirado por un espíritu noble y magnánimo. Mien­
tras que Alejandro fue impelido por una fuerza irresistible, guiado por
una captación instantánea e intuitiva de las características principales
de una situación dada, César guió sus acciones de acuerdo con metas
bien sopesadas, orientado por una visión ilustrada y generosa de lo que
podía hacerse y, en circunstancias específicas, corriendo riesgos valero­
sam ente calculados. Hay algo de un dios griego en Alejandro y de un
Prom eteo en César. El primero, como Mozart en la m úsica, gozaba de
una comprensión inmediata y a priori de lo que haría. El segundo, como
Beethoven, fue el ingenioso constructor de una obra calculada.

La doble lucha

Pronto quedó demostrado que el asesinato de César fue un grave error


de los conspiradores al suponer que la eliminación del "tirano" restau­
raría, per se, las instituciones republicanas y con ellas la perdida libertas
romana. A terrorizado por el hecho, el Senado no em prendió ninguna
acción, dejando abierto el camino a la intervención de Marco Antonio.
Antonio fue cónsul para 44 a.C. y también había sido el magister equi-
tum de César, y por tanto ejerció, junto con Lépido, el poder ejecutivo
civil, así como el control de las legiones. Pronto se hizo cargo de la situa­
ción, movilizando a la plebe romana con su oración fúnebre, de la cual
Shakespeare daría una versión inmortal. Los conspiradores tuvieron
que huir de Roma y decidieron ponerse al mando de las provincias ya
asignadas a ellos. Décimo Bruto se fue a la Galia Cisalpina, Marco Bruto
a Macedonia y Casio a Siria.
Los años que siguieron al asesinato de César, de 44 a 30 a.C., se carac­
terizaron por un doble conflicto en tres etapas. Al principio Octavio,
sobrino nieto de César y su designado hijo adoptivo y heredero, habien­
do tomado el nombre de Cayo Julio César Octaviano, reclutó un ejército
privado con dinero prestado, enroló a los veteranos de César y, con el
apoyo de Cicerón, obligó al Senado a aceptar su pretensión de conferirle
un imperium como propretor para combatir a Antonio, junto con los recién
elegidos cónsules Hirtio y Pansa. En 43 a.C. marcharon en ayuda de Déci­
mo Bruto, quien había sido atacado por las fuerzas de Antonio, y en dos
batallas obligaron a éste a retirarse a la Galia. Sin embargo, ambos cón­
sules perecieron en com bate; O ctavio m archó sobre Rom a y obligó al
Senado a elegirlos a él y a Pedio en su lugar.
ROMA 379

Octavio hizo entonces que su adopción fuese finalmente reconocida,


y por medio de una Lex Pedia se declaró la venganza pública contra los
asesinos de César. Cuando Octavio se dio cuenta de que el Senado no le
conferiría los poderes de César, cambió de posición y se alió con Antonio.
Marco Lépido, gobernador de la Galla Trasalpina, también se unió con
Antonio, mientras que Décimo Bruto finalmente fue muerto. De esta ma­
nera se inició la segunda etapa del doble conflicto, con la formación del
segundo triunvirato en noviembre de 43 a.C., confirm ado por una Lex
Titia, con facultades para reorganizar el Estado (triumviri rei publicae
constituendae). En el curso de esta segunda etapa, los triunviros irían
venciendo gradualm ente a las fuerzas de los conspiradores, m ientras
que Octavio y Antonio competían, secretamente, por ascender al supre­
mo poder de César.
La lucha contra los conspiradores se entabló en el curso del año 42
a.C.; después de la proscripción de 43 a.C. impuesta por Antonio con el
consentim iento de Octavio, que costó la vida a Cicerón, las fuerzas de
los triunviros derrotaron al ejército combinado de Casio y Bruto en Fili-
pi; ambos conspiradores se quitaron la vida.
Sexto Pompeyo, que había salvado a una flota de la derrota de Munda
— lo cual aprovechó para dominar Sicilia— , inicialmente fue reconocido
por los triunviros en el pacto del Miseno (39 a.C.) como fuerza indepen­
diente. Sin embargo, después la flota de O ctavio — al m ando de M.
Vipsanio Agripa, quien desempeñaría un papel principal en el futuro
régimen de Augusto— derrotó a Pompeyo. Este huyó a Mileto, donde
después falleció.
De 40 a 32 a.C., Octavio y Antonio mantuvieron, entre varias vicisitu­
des, una relación ambigua de amistad y enem istad que se volvió de
abierta hostilidad en 32 a.C., cuando Antonio tomó por esposa a Cleo-
patra luego de repudiar a Octavia, herm ana de Octavio, con quien se
había casado en 40 a.C. para consolidar el Tratado de Brundisio, que re­
novó la alianza de los triunviros. Después de 36 a.C., Lépido se vio redu­
cido a la condición de cautivo de Octavio en Circes, aunque se le permitió
conservar el título de pontifex maximus durante el resto de su vida.
En la tercera etapa del conflicto ocurrió la prim era confrontación, la
batalla de Actium, en 31 a.C., cuando Cleopatra y Antonio, tratando de
romper el cerco formado por la flota de Agripa, perdieron casi toda la
suya. El siguiente paso fue la conquista de A lejandría por Octavio,
quien no tuvo problemas para vencer a las desm oralizadas fuerzas de
Antonio; poco después, éste se suicidó junto con Cleopatra. Finalmente,
en el año 30 a.C., O ctavio se había vuelto el indiscutible aspirante al
poder de César.
380 ROMA

C. El Principado

El edificio augustal

La persecución de Octavio contra los asesinos de César se basó legal­


m ente en las facultades conferidas por la Lex Tifia del año 43 a.C., que
les daba a los triunviros un imperium de cinco años para la reconstruc­
ción de la República. El I o de enero de 42 a.C. C ésar fue reconocido
com o dios y O ctavio pasó a ser divi filius. Por m edio del acuerdo de
Tarento, del año 37 a.C., los poderes de los triunviros fueron extendidos a
otros cinco años. En su lucha contra Antonio y Cleopatra, de 32 a 30 a.C.,
después de expirar su mandato como triunviro, la mejor justificación de
los poderes m ilitares de Octavio fue el juram ento de lealtad prestado
por las provincias de Occidente junto con la sacrosanctitas tribunicia
anualmente renovada, y después de 31 a.C., también un renovado cargo
de censor.
H abiendo concentrado el poder supremo de la República en sus
manos después de la derrota y el suicidio de Antonio, Octavio se encon­
tró ante el problema que César había dejado sin resolver: ¿cómo reconci­
liar la necesidad de una estructura de poder con características m onár­
quicas — requerido para gobernar el Imperio en las condiciones sociales
y culturales romanas de la época— con la necesidad, tam bién dictada
por las mismas condiciones sociales y culturales romanas, de un sistema
republicano?
La solución dada por Octavio consistió en establecer gradualm ente
un principado, un sistem a en que un imperator, con el suprem o poder
militar, el mando absoluto de las provincias y la autoridad superior en
Roma, en Italia y el Estado romano en general, gobernaría por dele­
gación del Senado y de la Asamblea Popular, conservando todas las for­
malidades republicanas y actuando con estricto apego a las leyes. El sis­
tema no fue concebido en su conjunto por Octavio, sino que fue edificado
por etapas sucesivas, conforme se desenvolvieron las relaciones entre el
divi filius , el Senado, la opinión pública y el ejército. Octavio supo desde
el principio que tenía que reconciliar un auténtico dominio vitalicio del
poder suprem o, particularm ente el mando del ejército, y su gobierna
personal sobre casi todas las provincias, con la conservación de las for­
malidades y las apariencias del régimen republicano, en particular fren­
te al Senado.
En cuanto Octavio consolidó su dominio del Estado, decidió correr el
riesgo de hacer un gesto grandioso. En enero de 27 a.C. declaró ante
el Senado que ya había cumplido con todas las tareas especiales que se
ROMA 381

le habían confiado para restaurar la República y que, por ello, deseaba


transferir el gobierno del Estado al Senado y al pueblo romano. Como
lo había esperado, el Senado se negó y le pidió que conservara sus po­
deres. O ctavio insistió en renunciar a ello y, por últim o, se llegó a un
acuerdo. Octavio quedó como responsable del gobierno de las 12 pro­
vincias no totalmente pacificadas, y el Senado de las otras por medio de
promagistrados. Octavio recibió un imperium de proconsulado sin límites,
por 10 años, que sería renovado cada década; además, retuvo su consu­
lado y recibió la sacrosanctitas tribunicia, que sería anualm ente renova­
da. Tres días después, con objeto de reconciliar el imperium de Octavio
con el del Senado, éste le confirió el título y las prerrogativas de augus-
tus, lo que significaba la auctoritas suprema, con im plicaciones religio­
sas. Por tanto, se estableció que Octavio no tendría ya más poder (potes-
tas) que sus colegas, pero sí más auctoritas. Quedó así como primus Ínter
pares . Dada su auctoritas augustal, el imperium del proconsulado de los
princeps sobrepasaba a todos los demás. Entonces, O ctavio cam bió su
nombre por el de Imperator Caesar divi filius Augustus.
En 23 a.C., antes de partir de Roma para una larga gira de supervi­
sión de las provincias, Augusto tomó sus últimas disposiciones constitu­
cionales. Renunció a su consulado y recibió un proconsulado general
para todo el mundo romano; el imperium majus. En 19 a.C. recibió pode­
res censorios y facultades consulares perpetuas, sin un consulado. Y des­
pués, en 18 a.C., el Senado le confirió el ius edicendi, el derecho de pro­
clamar leyes.
Quedó entonces completa la formación del régimen del Principado.
Las facultades de Augusto se basaron en un triple fundam ento: 1) el
imperium proconsular general, renovado cada 10 años; 2) poderes y sacro­
sanctitas tribunicios automáticamente renovados cada año, con ius edi­
cendi, reforzado por facultades consulares y censorias, y 3) la auctoritas
augustal, que lo hacía primus Ínter pares.
A ugusto, nacido en 63 a.C., gobernó Roma com o princeps desde
30 a.C. (formalmente desde 27 a.C.) hasta su muerte, ocurrida en 14 a.C.
Su reinado marcó un periodo de prosperidad pacífica y grandes realiza­
ciones culturales, con una considerable recuperación del espíritu público,
muy quebrantado por los años de guerras civiles y las proscripciones,
desde Mario y Sila hasta la secuela del asesinato de César y las nuevas
proscripciones del segundo triunvirato.
Sin inclinación hacia las actividades m ilitares, A ugusto ejerció un
gobierno eminentem ente civil, dejando el ejército al mando de Agripa
dentro de los lím ites estrictos de la ley. Si bien no siguió una política
agresiva, se interesó en consolidar las fronteras, extenderlas y penetrar
382 ROMA

con prudencia en territorios semiconquistados. Hispania fue finalmente


som etida a la autoridad de Roma y reorganizada, así com o la Galia.
A lgunos avances logrados en territorio germ ano fueron suspendidos
después del desastre de Varo y la aniquilación de sus tres legiones en el
bosque de Teutoburgo, en 9 d.C.
En el aspecto cultural, la época augustal fue la edad de oro de las letras
romanas. Bajo la protección de Mecenas, uno de sus hombres más cerca­
nos, Virgilio y Horacio hicieron sus extraordinarias aportaciones a la
poesía romana, m ientras Tito Livio escribía su gran historia de Roma.
En la tercera sección de este capítulo se presenta una breve descripción
de sus logros culturales.
Aunque el poder de Augusto era estrictamente personal y se basaba,
de manera formal, en su delegación por el Senado y la Asamblea Popu­
lar según los procedim ientos del sistema republicano, en general se
entendía y aceptaba que esto representaba una monarquía disimulada y
que Augusto sería sucedido por otro imperator de su propia familia, aun
si se pedía al Senado otorgar su sanción. Augusto, profundamente inte­
resado en esta cuestión, trató de elegir a su sucesor y prepararlo para
una transición sin tropiezos. Sin embargo, tuvo el infortunio de que sus
candidatos predilectos murieran antes que él. Primero, al no tener here­
dero varón, consideró dar la sucesión a Marco Claudio Marcelo, hijo de
su hermana Octavia, y lo hizo casar con su hija Julia. Pero Marcelo falle­
ció prem aturam ente en 21 a.C. Su segunda elección fue Agripa, gran
general y estadista directamente asociado a su gobierno, quien también
casó con Julia después de la muerte de M arcelo. Sin em bargo, Agripa
falleció, a su vez, en 12 d.C. En tales circunstancias, su última elección fue
Tiberio, hijo de su esposa Livia con su primer marido, Tiberio Claudio
Nerón, quien había dado pruebas de capacidad militar y de liderazgo, y
fue quien llegó a sucederlo. Antes se le había ordenado divorciarse de su
esposa Vipsania Agripina y casarse con Julia, hija de Augusto, dada por
tercera vez como prenda de la sucesión.

La dinastía Julia-Claudia

Aunque las muertes de Marcelo y Agripa im pidieron a A ugusto legar


su sucesión a sus candidatos predilectos, tuvo todas las razones para
creer que su política sería leal y capazmente continuada por Tiberio, y
que las instituciones del Principado, edificadas por él, asegurarían la
continuidad de un buen gobierno para el Imperio romano.
En efecto, el edificio augustal demostró ser estable al m antener du-
ROMA 383

rante más de medio siglo una sucesión de cuatro emperadores de la casa


Julia-C laudia. Y ello, pese al hecho de que el segundo, Cayo Claudio
Nerón César Germánico, llamado Calíguía, resultó un loco, y el cuarto,
Lucio Domicio Enobarbo Claudio Druso, conocido como Nerón, fue un
bufón irresponsable. Más aún, la solidez del sistema augustal y su ade­
cuación a las necesidades del mundo rom ano quedaron confirm adas
por el hecho de que el crítico fin de la dinastía Julia-Claudia, tras un bre­
ve periodo intermedio, no degeneró en una anarquía militar ni trajo de
regreso el antiguo régimen republicano, sino que condujo a la continua­
ción augustal de los Flavios y los A ntoninos, que dieron a Roma una
serie casi ininterrumpida de excelentes emperadores.
A pesar de todo, el Principado tam bién mostró, con Tiberio y en la
secuencia de los príncipes Julios Claudios, sus limitaciones internas. El
sistema funcionaba bien siempre que la púrpura imperial recayese so­
bre un hombre capaz y equilibrado. Esta condición no sería satisfecha por
herencia, como lo demostrarían los casos de Calíguía y Nerón o después
el de Cómodo, ni por supremacía militar, como ocurriría en el siglo m.
No obstante, la dinastía Julia-Claudia produjo dos buenos em pera­
dores: Tiberio y Claudio. Tiberio se ganó una mala imagen histórica, no
totalmente inmerecida, porque desde 21 hasta 31 d.C. dependió de una
personalidad traicionera: el prefecto de la guardia pretoriana, Sejano.
Tiberio, quien gobernó Roma de 14 a 37 d.C., era en lo personal un hom ­
bre decente y austero, capaz como m ilitar y astuto como político. Sin
embargo, su mente suspicaz le hizo prestar oídos a las intrigas de Sejano,
lo que dio por resultado muchas acusaciones de traición insuficiente­
mente demostradas, si no del todo inventadas. Pero, por regla general,
su gobierno fue justo y competente. Por medio de su hijo Druso y de su
hijo adoptivo Germánico vengó la catástrofe romana del bosque de Teu-
toburgo derrotando a Arminio, recuperando las águilas de Varo y disi­
pando la amenaza germana durante largo tiempo. Pese a las instancias
de Germánico, no apoyó el proyecto de este último de conquistar Ger-
m ania, pues com prendió las dificultades prácticas de m antener una
provincia romana en medio de los bosques teutónicos, sin abastecim ien­
tos, y entre un pueblo bárbaro aún bastante primitivo.
Los reinados de Calíguía y Nerón fueron totalmente improductivos.
La época demencial de Calíguía no duró más de cuatro años. Su despó­
tico régimen y sus locas pretensiones de divinidad llegaron a su fin en
41 d.C. por una revuelta de la guardia pretoriana. El reinado de Nerón,
más largo (54-68 d.C.), fue m enos dañino para el Im perio de lo que
habría podido ser, pues mientras el gran comediante actuaba o cantaba,
los ejércitos romanos, con generales capaces, defendían las fronteras y
384 ROMA

sofocaban las rebeliones, como en Britania a las órdenes de Suetonio


Paulino, o en Judea bajo Vespasiano y Tito. Aun así, el irresponsable
remplazo del hábil general Córbulo por el incapaz Peto en las guerras
contra los partos (55-63 d.C.) convirtió una campaña victoriosa en una
paz negociada. Nerón, si no totalm ente loco com o C alígula, tam bién
tuvo una larga serie de crímenes en su haber, como el asesinato de Britá­
nico, hijo de Claudio, el de su propia madre, Agripina, y la ejecución de
su mujer, Octavia, para complacer a su nueva esposa, Popea. Falsamente
culpó del gran incendio de Roma a los cristianos, lo que causó su perse­
cución y dio por resultado un gran número de víctimas. Por otra parte,
la fracasada conspiración de Pisón, en 65 d.C., en que participaron algu­
nas de las mejores personalidades de Roma, costó la vida a Séneca.
El de Claudio (41-54 d.C.) fue un periodo de buen gobierno y de
expansión del Imperio, con la conquista de Britania por Aulo Plauto en
43 d.C.; el propio Claudio fue a la isla a aceptar la rendición de Camulo-
dunum (Colchester). Hombre débil, considerado imbécil hasta que los
pretorianos lo eligieron, cuando ya tenía 50 años, para suceder a Calígu­
la, por ser el hermano de su amado Germánico, había dedicado su vida
al estudio y a la investigación cultural. Él volvió a las prácticas buenas y
justas del gobierno augustal, aunque dependiendo de libertos para lle­
var los asuntos públicos. Fue particularmente débil con sus cuatro espo­
sas; sólo cuando la tercera, Mesalina, celebró una ceremonia pública de
matrimonio con C. Sitio, después de un largo periodo de la más escan­
dalosa prom iscuidad, ordenó Claudio la ejecución de am bos. Se casó
después con su sobrina Agripina, quien lo persuadió a adoptar como su
sucesor a Nerón, hijo de su primer m atrim onio, prefiriéndolo sobre
su propio hijo Británico. En general se cree que fue envenenado por
Agripina, deseosa de anticipar la sucesión de Nerón, quien a su vez uti­
lizaría la misma táctica contra el joven Británico.

Los emperadores buenos

La sucesión de Nerón fue una época muy agitada, pues cuatro empera­
dores se pusieron el manto purpúreo en el mismo año de 68 d.C. El pro­
ceso comenzó con la rebelión de G. Julio Víndex, legado de la Galia Lio-
nesa, quien precipitó la caída de Nerón y propuso como em perador a
Servio Sulpinio Galba, el legado de mayor antigüedad en la Hispania
Tarraconense. La rebelión fue sofocada por L. Verginio Rufo, legado de
la Alta Germania. Al morir Víndex, Galba fue proclam ado em perador
por sus tropas. Nimfidio Sabino, prefecto de la guardia pretoriana, reco­
ROMA 385

noció como tal a Galba mientras el Senado declaraba enemigo público a


Nerón. Como ya se dijo, Nerón se suicidó y Galba, reconocido por el
Senado, adoptó como heredero al aristócrata Pisón Luciano. Esa solu­
ción resultó políticamente errónea. Marco Salvio Otón, legado de Lusi-
tania y anterior m arido de Popea, quien inicialm ente había apoyado a
Galba llevando consigo sus tropas a Roma — probablemente con la es­
peranza de sucederlo— , decidió tomar de inmediato la iniciativa; orde­
nó la ejecución de Galba y se hizo proclamar emperador.
Esta segunda sucesión también trajo inestabilidad. En 69, las legiones
de la Baja Germania saludaron a su jefe y gobernador, Aulo Vitelio Ger­
mánico, como nuevo emperador, con el apoyo de la Alta Germania. En
el siguiente conflicto, Vitelio derrotó a Otón — quien fue muerto— y se
puso la púrpura imperial con el reconocimiento del Senado. Sin embar­
go, por la misma época las legiones de Oriente dieron su lealtad a Ves-
pasiano, gobernador de la rebelde Judea, quien prácticamente ya había
sofocado la revuelta. Los ejércitos del Danubio siguieron a Vespasiano.
Estalló otro conflicto, que term inó con la victoria de Vespasiano y la
m uerte de Vitelio. Una vez más, el Senado sancionó la elección hecha
por las armas.
Con el reinado de Vespasiano (69-79), Roma inició un largo y casi
ininterrum pido periodo de paz y prosperidad que term inó hasta la
m uerte de Marco Aurelio en 180 d.C. Después de Vespasiano llegó su
hijo Tito (79-81), luego Domiciano (81-96), Nerva (96-98), Trajano (98­
117), Adriano (117-138), Antonino Pío (138-161) y Marco Aurelio (161 -
180), todos los cuales — aunque en cierta forma con la excepción de
Dom iciano— fueron muy buenos em peradores, quienes volvieron al
estilo augustal de gobierno que combinaba la adm inistración justa del
Estado con la autoridad y la centralización imperiales y el debido respe­
to al Senado. Aunque excesivamente desconfiado, como Tiberio, y con
pretensiones divinas como Calígula, incluso D om iciano fue un buen
gobernante del Imperio.
Tito Flavio Vespasiano, fundador de la dinastía Flavia, fue hijo de un
modesto cobrador de impuestos del m unicipio italiano de Reato. En
asuntos extranjeros, extendió el dominio de Roma sobre Britania. En lo
interior, inició la construcción del Coliseo y reorganizó el Imperio, que
estaba padeciendo las consecuencias del mal gobierno de Nerón y las
dificultades de su sucesión. Otorgó la ciudadanía romana a toda Hispania
y reorganizó el Senado, en el que introdujo senadores de las provincias.
Su hijo y tocayo, Tito Flavio Vespasiano, com pletó la tarea de som eter
Judea al dominio romano y luego volvió su atención hacia Roma, gastó
a manos llenas (con las economías de su padre) para embellecer la ciu-
386 RO M A

dad y concluyó, entre otras obras, el Coliseo. La sim patía de su perso­


nalidad, más que sus realizaciones, le valió el epíteto de Amor as deliciae
generis humani. Tras su muerte prematura, fue sucedido por su hermano
menor Tito Flavio Domiciano, quien entabló una guerra triunfal contra
los catos, después de atravesar el Rin cerca de Maguncia. Su gestión de los
asuntos imperiales fue competente pero, como ya se mencionó, era fácil
presa de sospechas, lo cual lo llevó a ordenar cruel y arbitrariamente la
ejecución de víctim as de intrigas. Su conducta planteó una amenaza a
sus más allegados y condujo, en 96, a su asesinato en una conspiración
palaciega.
Con el probable consentimiento de Nerva, los conspiradores lograron
del Senado la pronta aprobación de su sucesor, M arco Coceyo Nerva
(96-98), viejo senador respetado y rico, quien restauró la línea flavia de
buen gobierno e inauguró la práctica de seleccionar por adopción a
un buen sucesor. Su elección recayó en el distinguido general Trajano,
cuya adopción, en 97, aseguró la tranquilidad militar durante su breve
reinado, el cual representó un puente entre los Flavios y los Antoninos.
Con Marco Ulpio Nerva Trajano (98-117) comenzó lato sensu el linaje
dinástico de los Antoninos,6 que eligió por adopción una serie de empe­
radores muy com petentes en lo que fue el periodo de buen gobierno
más duradero en la historia del Imperio romano. Los cuatro buenos em­
peradores de la serie — Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio,
que gobernaron desde 98 hasta 189 d.C.— también representaron cuatro
diferentes enfoques a los problemas del Imperio. Compartieron un inte­
rés común por el tratamiento justo, eficiente y minucioso de los asuntos
públicos, contribuyeron directa e indirectam ente a la prosperidad del
Imperio y de sus ciudadanos en la paz, gobernaron de manera humana
y atinada, y conservaron y fomentaron la herencia grecorrom ana. Sus
diferencias, aunque reflejaran la singularidad de sus personalidades,
también fueron dictadas en gran medida por las condiciones prevale­
cientes.
Aunque conservara el carácter civil de su gobierno, Trajano fue un
gran jefe militar y emprendió dos guerras contra el rey Decébalo (101-102
y 105-107). Con la derrota completa del rey, quien se quitó la vida junto
con toda su corte en un banquete suicida, Trajano conquistó y se anexó
la Dacia. También emprendió una gran campaña contra los partos (113­
117), se anexó Armenia y formó las provincias de Mesopotamia (115) y

6 En realidad, con toda precisión, los Antoninos empezaron con Antonino Pío, primer empera­
dor de este nombre. El linaje hispánico de Trajano y Adriano, quienes iniciaron el buen estilo de
gobierno continuado por Antonino Pío y por Marco Aurelio, justifica, en gracia a la simplicidad, la
retrocesión de la designación de Antoninos a los dos primeros gobernantes.
ROM A 387

Asiria (116), con el Tigris como frontera oriental del Imperio. Buscando
la defensa de las fronteras, construyó fortificaciones en sitios estratégi­
cos. En asuntos internos fue un soberano excelente y progresista, que se
ganó por m éritos propios el título de optimus princeps. Por desgracia
para Rom a, falleció antes de consolidar sus conquistas finales, lo que
habría podido hacer en pocos años más.
Adriano, adoptado por Trajano en su lecho de muerte — según dijo su
esposa Plotina— , había prestado brillantes servicios militares a las órde­
nes del emperador. Como Trajano, procedía de una familia romana em i­
grada a H ispania en la época de los Escipiones. El abuelo paterno de
Adriano estuvo casado con Ulpia, una tía de Trajano que lo consideraba
su sobrino. Fue hombre de excepcional capacidad intelectual y determi­
nación, autodisciplina y tenacidad, que combinaba una refinada educa­
ción clásica, sostenida por su pasión por la cultura griega, con un gran
talento administrativo y una distinguida carrera militar. Por su extraor­
dinaria personalidad y su desempeño al frente del Im perio se le debe
considerar como uno de los más grandes estadistas en la historia de
Roma. El Senado, al que siempre trató cortésm ente, aceptó todas sus
demandas y lo colmó de honores, pero mantuvo un encubierto resenti­
miento contra él, que se manifestó en la renuencia de los senadores, des­
pués de su muerte, a conferirle la deificación solicitada por su sucesor,
Antonino Pío.
Si Trajano fue el último gran conquistador del Imperio romano, Adria­
no fue su gran consolidados Poseía un vasto y preciso conocimiento de
las condiciones de cada provincia y del gobierno central, así como de sus
recursos humanos y financieros. Ese conocimiento lo llevó a la creencia
de que el Im perio se había extendido en exceso: nuevas conquistas no
sólo causarían una inaceptable relación de costos y beneficios; incluso
algunas de las últimas adquisiciones debían ser abandonadas, o al menos
sometidas al régimen descentralizado de Estado cliente.
Esta política de consolidación defensiva — que contrastaba con la ex-
pansionista de Trajano— , adoptada en una época en que parecía que
nuevos esfuerzos podían conducir a la dom inación de los partos y de
zonas importantes de Germania, provocó una fuerte reacción en el Se­
nado y entre los sectores "im perialistas" del círculo gobernante. Cuatro
de los anteriores generales consulares de Trajano intentaron organizar
una conspiración (118) a comienzos del gobierno de Adriano; como resul­
tado, el Senado ordenó la ejecución de aquéllos, lo que proyectó una
im agen negativa del nuevo emperador. Adriano intentó disiparla al
regresar a Roma, después de pasar el año anterior poniendo en orden
varias provincias. D istribuyó extraordinarias recom pensas, prom ovió
388 ROMA

grandes espectáculos y com bates de gladiadores, perdonó deudas de


cerca de 900 millones de sestercios al tesoro imperial y prometió solem ­
nem ente hacer que los senadores fuesen juzgados por sus pares. Si el
Senado se mantuvo secretamente hostil, Adriano logró ganarse, en cam­
bio, las simpatías del pueblo.
La obra de Adriano fue, en esencia, la de consolidar las instituciones
y la marcha del Imperio. Con la ayuda del jurista Salvio Juliano, produjo
la codificación definitiva de los Edictos del Pretor para dar objetividad y
confiabilidad al sistema judicial. La única fuente del derecho eran, ahora,
los edictos del emperador. Adriano dedicó más de la mitad de su reina­
do a inspeccionar personalmente las provincias para asegurarse de que
estuviesen bien administradas y gobernadas con justicia. Especial aten­
ción dedicó a fortalecer las defensas de las fronteras im periales, y así
edificó la célebre Muralla de Adriano en Britania, que separó el territo­
rio romano del de los bárbaros. Mostró notable interés por consolidar
y desarrollar la cultura grecorromana, a la que consideraba la esencia y
fundamento de la civilización. Por esta razón, favoreció particularmente
a Atenas y a Grecia en general. Su interés en la tradición helénica y la re-
vitalización de los dioses del Olimpo fue la causa involuntaria de la últi­
ma y más trágica rebelión de los judíos. El influyente sacerdote Eleazar
y el radical fundam entalista Sim ón Barcoquebas incitaron a una gran
rebelión (132-135) contra la fundación de una colonia romana en la Elia
Capitolina, en Jerusalén, y la consagración de un templo a Júpiter Capi­
talino en el mismo lugar del templo judío. La supresión de la revuelta
causó terribles bajas. La población judía fue diezmada, con la pérdida de
cerca de 580 000 vidas humanas; los judíos fueron expulsados de Jerusa­
lén, lo que dio lugar a la última gran diáspora.
En 137, después de reinar Adriano 20 años, el Senado le otorgó elo­
gios y honores sin precedente. Sin embargo, el emperador, ya enfermo,
se convirtió en una figura triste y solitaria, víctima de pérdidas de con­
ciencia. Su primera elección para sucederlo en 136 fue L. Cejonio Cóm o­
do, de quien muchos decían que no merecía el honor de tal elección y el
cual, por fortuna para Roma, murió poco después. Adriano tomó enton­
ces una muy sabia decisión: adoptó al senador T. Aurelio Arrio Antoni-
no, quien durante largo tiem po había sido m iem bro de su consejo, e
hizo que él, a su vez, adoptara a un joven a quien Adriano había llegado
a admirar: Anio Vero, el futuro Marco Aurelio. También hizo que Anto-
nino adoptara al hijo de su anterior elección, el joven Vero. En 138 falle­
ció Adriano, y Antonino obtuvo fácilmente el reconocimiento del Sena­
do como sucesor.
Tito Aurelio Ful vio Arrio Antonino, después llamado Pío por su devo­
ROM A 389

ción a su padre adoptivo, tuvo un largo y feliz reinado (138-161) en que


hubo pocos acontecimientos. Haber seguido de cerca la obra de Adriano
hizo nacer en él una auténtica admiración por sus excepcionales cuali­
dades y una verdadera amistad. Con obstinación, superó el antagonis­
mo del Senado y la animosidad pública que rodearon los últimos años
de Adriano, le construyó un magnífico monumento funerario y obtuvo
su deificación. Si Adriano había sido el gran consolidador del Imperio,
A ntonino Pío, enem igo de viajar y de adoptar grandes com prom isos,
fue el promotor del bienestar general. El suyo fue un remado de paz, que
gozó de las ventajas del buen gobierno y la cuidadosa protección de las
fronteras que habían sido obra de su predecesor. Compartió la admira­
ción de Adriano hacia el joven Marco Aurelio, a quien casó con su hija
Faustina y lo asoció a su reinado a partir de 146; a la m uerte de Pío,
Marco Aurelio no tuvo dificultad para sucederlo.
Marco Anio Aurelio Vero, nacido en 121, corregente de 146 a 161
y emperador desde entonces hasta su muerte en 180, fue el último gran
emperador de la dinastía de los Antoninos y también, en todo el sentido
de la palabra, una figura trágica. Cumpliendo escrupulosamente el tes­
tam ento de Adriano, formó una colegialidad con su incom petente co­
em perador y "herm ano", Lucio Aurelio Vero. Sin embargo, durante el
periodo relativamente breve de tal corregencia (161-169) hasta la muerte
del segundo, constantemente tuvo que reparar sus errores, mientras tra­
taba de conservar limpia su propia imagen.
El reinado de Marco Aurelio señaló la fase inicial de un grave desafío
al Imperio. La infatigable dedicación del emperador, la fuerza transmiti­
da por su excepcional carácter y su buen ejemplo ayudaron a mantener
la integridad del Imperio en las circunstancias más adversas. Las tropas
enviadas para rechazar la invasión de los partos, nominalmente encabe­
zadas por Lucio Vero pero en realidad m andadas por Avidio Casio y
Estacio Prisco, infligieron sucesivas derrotas al enemigo hasta conquistar
finalmente en 165 su capital, Ctesifonte. Cuando los partos estaban casi
completamente sometidos, una terrible peste azotó al ejército romano y
lo obligó a retirarse. La peste lo acompañó, cundiendo por casi todo el
Im perio, incluso en Roma, con efectos devastadores. A pesar de esto,
se recuperaron Capadocia y Siria, y Armenia y Orcomenes se volvieron
reinos clientes.
Otra am enaza mayor aún asom ó en las fronteras del norte, cuando
los marcomanos, los cuados y otras tribus germánicas de Bohemia atra­
vesaron en 166 el alto Danubio. Marco Aurelio movilizó todas las fuerzas
disponibles, severam ente reducidas por la peste, y se puso al frente.
Para asegurar la frontera del oriente otorgó a Avidio Casio, gobernador
390 RO M A

de Siria, el mando de toda Asia Menor. La victoriosa ofensiva de Marco


obligó a los cuados a pedir la paz. La súbita m uerte de Lucio Vero, en
enero de 169, hizo que Marco regresara a Roma. Tras m uchas vicisitu­
des, logró vencer a los marcomanos, lo cual abrió la posibilidad de ocu­
par sus tierras; empero, la súbita rebelión de Avidio Casio en 175, al
parecer porque creyó que había muerto Marco Aurelio, obligó a éste a
dividir sus tropas para sofocar el levantam iento, lo que le im pidió so­
meter definitivamente a los marcomanos, que aprovechando este respi­
ro planearon en 175 una nueva invasión. Marco, con la hábil ayuda de
Claudio Pompeyano y Licinio Sura, volvió a vencer a los bárbaros pero
por segunda vez no pudo consolidar su victoria, pues falleció inespera­
damente en 180.
Marco Aurelio, que fue ante todo un filósofo, representa una de las
más elevadas expresiones del estoicismo. Llevó el Imperio y su propia
vida personal desde la perspectiva estoica. Se consideraba agente de la
razón universal, comprometido a actuar de acuerdo con el logos divino
y obligado por deber a ejecutar sus tareas de emperador. Ser el empera­
dor romano y cumplir con los deberes correspondientes era para Marco
Aurelio, según sus estrictas normas éticas, el compromiso ineluctable de
promover y defender los intereses del Imperio aun cuando, como filoso
fo y hum anista, pudiera com prender y posiblem ente sim patizar con
opiniones opuestas. Tuvo conciencia de que vivía tiempos difíciles, go­
bernando a lina sociedad civilizada y madura que ya daba ciertas señales
de fatiga. En tales condiciones, pensó que el emperador debía com pen­
sar las lim itaciones resultantes con una suprema devoción al cum pli­
miento de sus tareas para servir lo mejor posible y ser ejem plo para la
ciudadanía. Sus Meditaciones, escritas en griego durante sus campañas,
muestran que siempre colocó sus deberes imperiales por encima de sus
consideraciones personales, y pueden unirse al Manual de Epicteto
como una de las mejores condensaciones de la ética estoica.
Marco Aurelio decidió interrumpir la secuencia de adopciones impe­
riales que había prevalecido desde Trajano (entre gobernantes que no
tenían herederos varones) en favor de su hijo Cómodo, entre otras razo­
nes porque no encontró un candidato para sucederlo que obtuviese la
aceptación general. Pronto com prendió las lim itaciones de Cóm odo,
pero con un exceso de indulgencia esperó que algún día pudiese ser un
buen emperador si se rodeaba de buenos consejeros. En 177 nombró
corregente a Cómodo y partió a combatir la nueva invasión de los marco-
manos, que en 178 fueron vencidos por completo. Marco Aurelio estaba
preparando la ocupación del territorio de los marcomanos cuando fue
víctima de la peste, en 178, y murió tan serenamente como había vivido.
ROMA 391

Sin embargo, Cómodo, contra la voluntad de sus tropas, prefirió hacer


la paz con los marcomanos, aunque en condiciones favorables, para vol­
ver a su vida de placeres en Roma.

D. La crisis del siglo ui

El lamentable gobierno de Cómodo7 (180-192), quien llevó una vida de


desorden e indignidad mientras dejaba el gobierno en manos de los pre­
fectos pretorianos, precipitó la terrible crisis que azotó a Roma en el
siglo m. Como ya se ha observado, Marco Aurelio se había enfrentado a
circunstancias adversas en extremo. La peste que asolaba al Im perio
redujo de modo considerable sus fuerzas militares, precisamente cuan­
do Roma tenía que rechazar casi al mismo tiempo a los partos en el este
y a los germ anos en las fronteras del Danubio. El que M arco lograse
triunfar en ambos frentes se debió a su excepcional fuerza de carácter,
aunque se hubiesen frustrado sus anteriores intentos de resolver el pro­
blema de los sármatas por la rebelión de Avidio Casio.
A finales del siglo n, el Imperio, pese a la prolongada e ininterrumpi­
da secuencia de buenos emperadores desde Trajano hasta Marco Aure­
lio, empezó a mostrar una creciente brecha entre los recursos financieros
y los humanos, por una parte, y las tareas que había que desempeñar,
por la otra, cuestión que será brevemente analizada en las dos últimas
secciones de este capítulo; baste decir aquí que ese desequilibrio echó
cada vez m ás peso sobre el gobierno im perial. Contra lo que Roma
necesitaba en esos m om entos, se sucedieron los levantam ientos m ili­
tares y escasearon los buenos emperadores. Septimio Severo (193-211),
después de la difícil sucesión de Cómodo, cuando cuatro candidatos se
disputaron el trono, logró restaurar la disciplina y la eficiencia del ejérci­
to, pero el suyo fue ya un régimen típicamente militar. La incompetencia
de su hijo y sucesor, Caracalla (211-217), provocó otro periodo de crisis.
Dos mujeres de la familia de los Severos, su cuñada Julia Mesa y la hija
de ésta, Julia Mamea, trataron después de superar la crisis: impusieron
primero a uno de los nietos de Julia Mesa, el muy poco prometedor He-
liogábalo, que era homosexual, y después con mejores resultados a su
otro nieto, Alejandro Severo, hijo de Julia Mamea.
Ante el ataque simultáneo de los persas en el este y los germanos en
el norte, como antes Marco Aurelio, Mamea y Alejandro Severo trataron
de comprar a los germanos para concentrar sus recursos en los sasáni-
7 De acuerdo con ciertos rumores que circularon en Roma, Cómodo en realidad era hijo de
Faustina y de un gladiador, cuya apariencia física y personalidad había heredado.
392 ROM A

das. Sin embargo, las tropas se rebelaron y mataron a ambos. Sobrevino


entonces un largo periodo de inestabilidad, desde 235 hasta el ascenso
de Claudio II Gótico, emperador capaz que derrotó a los invasores godos
en 269, pero que al año siguiente cayó víctima de la peste.
Su sucesor, L. Domiciano Aureliano (270-275), fue la gran figura del
crítico siglo ni. Se ganó merecidamente el título de Restitutor Orbis. Reor­
ganizó el Estado y el aparato militar, construyó murallas defensivas en si­
tios estratégicos, incluso en Roma, y trató de infundir una nueva y unifi-
cadora creencia religiosa con el culto del Sol Invictus. Luego de revisar
las fronteras, abandonó Dacia porque era demasiado difícil conservarla
y volvió a los límites danubianos. Aureliano expulsó de Italia a los ala-
manos, derrotó a Zenobia, recuperó Palmira y restableció la autoridad
del gobierno central sobre la Galia al derrotar a Tétrico, sucesor del
separatista Postumo.
Habiendo reorganizado la base del Estado, fortificado las fronteras y
recuperado la plena hegem onía sobre todo el territorio del Im perio,
Aureliano empezó a preparar una gran campaña en Persia para resolver
en definitiva la cuestión de los sasánidas. Luego, en 275, súbitam ente
fue asesinado por un grupo de oficiales cuando su secretario privado,
Eros, temeroso del castigo por una grave falta que había cometido, falsi­
ficó una lista de futuras ejecuciones e incitó a las supuestas víctim as a
salvarse matando al emperador. Después se descubrió la falsificación y
Eros fue ejecutado, pero se había causado un daño irreparable que dejó a
Roma privada de su mejor gobernante desde Marco Aurelio.
Otro periodo agitado siguió al asesinato de Aureliano. Los militares,
arrepentidos, se negaron a postular un sucesor y delegaron la tarea en
el Senado. El viejo senador M. Claudio Tácito (275-276), nombrado por el
Senado, fue incapaz de someter a los militares. Una nueva sucesión de
generales del Danubio, Probo (276-282) y Caro (282-283), pudieron de­
fender el Imperio contra los continuos ataques de las tribus germánicas
y los sasánidas, aunque no lograron establecer un orden interno estable.
Esa gran misión recaería sobre otro soldado ilirio, Diocleciano (284-305),
pero exigiría vastos cambios institucionales.

E. La Antigüedad tardía

Una sociedad cambiante

El crítico siglo m trajo un profundo cambio a la sociedad romana. Los


aspectos sociales y culturales de la época se analizan brevem ente en la
ROM A 393

tercera sección de este capítulo. Grosso modo , pueden observarse dos


problemas esenciales: el primero concierne a la autoridad imperial, que
fue afectada por una crisis general de legitimidad relacionada particu­
larmente con el proceso de sucesión. Al mismo tiempo, el gobierno im ­
perial se enfrentó a crecientes am enazas externas, procedentes sobre
todo de las tribus sasánidas y germánicas, a las cuales hubo que sofocar
con cada vez menos hombres y dinero.
El segundo problema era el sistema romano de producción, técnica­
mente atrasado y perjudicado por sus primitivos medios de transporte
por tierra, que iban revelando su decreciente capacidad de subvenir a las
necesidades de la sociedad. Los pequeños campesinos libres, base de la
sociedad romana, casi habían desaparecido en Occidente, pues habían sido
remplazados al principio por esclavos y luego por aparceros que trabaja­
ban para los latifundia. Se veían tan oprimidos por los im puestos que
preferían huir, abandonando sus campos. A mayor abundamiento, el sis­
tema fiscal, basado casi exclusivam ente en la producción agrícola, era
insuficiente para costear los grandes gastos m ilitares requeridos'para
defender las fronteras. Al mismo tiempo, los continuos levantamientos
militares y la inestabilidad del gobierno iban alejando de la vida pública
a los mejores hombres, y el desencanto resultante iba socavando irrepa­
rablemente los valores cívicos y morales, y estimulando a las clases altas
a buscar refugio en la vida privada, y a las clases bajas a interesarse en
religiones orientales místicas y desapegadas del mundo, como el cristia­
nismo, que crecía pese a las periódicas persecuciones.
Las nuevas condiciones arruinaron la sostenibilidad intrínseca del
sistema augustal del Principado, basado en un gobierno civil y un equi­
librio entre el supremo imperium y la auctoritas del emperador, en las res­
petadas funciones de consejo y sanción del Senado, y en un ejército dis­
ciplinado que había defendido triunfalmente las fronteras romanas. El
gobierno im perial se m ilitarizó de manera progresiva, el Senado fue
perdiendo im portancia y el ejército se volvió cada vez más levantisco;
los principales comandantes se disputaban la sucesión al trono, que por
su parte era cada vez más frecuente.
En tales condiciones, Diocleciano, al asum ir la púrpura im perial en
284, logró introducir profundos cambios en la administración pública y
el sistema de trabajo en general. Fue sucedido, después de otro periodo
de perturbaciones que comenzó en 305, por Constantino, cuyo reinado
como emperador único comenzó en 324. Entre los últimos años del siglo
in y la segunda década del iv, el Estado y la sociedad de Roma pasaron
por un cam bio que transform ó un sistem a autoritario, basado en una
economía agraria de mercado, en un Estado semitotalitario, fundamen-
394 ROMA

tado en una economía regulada y en gran medida operada directamente


por el Estado mismo.
Con sus reformas, Diocleciano trató de alcanzar tres objetivos princi­
pales: 1) asegurarse de que se cum plieran con eficiencia las tareas re­
queridas para sostener la sociedad y el Estado, desde la producción
agrícola hasta la defensa militar y el servicio civil; 2) asegurarse de que
el Estado cobrara en realidad los impuestos necesarios para su sosteni­
m iento, y 3) restaurar la legitimidad y la verdadera autoridad y poder
del emperador. Logró alcanzar casi todas sus metas mediante la form a­
ción de un Estado pagano semitotalitario en que la mayoría de las activi­
dades, privadas y públicas, se volvieron hereditarias y obligatorias, y en
que el emperador, rodeado de un respeto y una etiqueta orientales, pasó a
ser un. monarca en toda forma dentro de un ingenioso sistema de tetrar-
quía. Más adelante Constantino, al remplazar la tetrarquía por su go­
bierno personal, convirtió al Estado pagano semitotalitario en un Esta­
do sem itotalitario cristiano, e intensificó la legitimidad y la autoridad
del emperador introduciendo el principio (que tendría largo curso his­
tórico) de la legitimación del rey por ia gracia de Dios.

Diocleciano

Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, nacido en 245, presidiría eí gobierno


romano desde 284 hasta su voluntaria abdicación en 305. Originalmente
llamado Diocles, era un dálmata de origen humilde que ascendió hasta
comandante de la guardia personal de Numenano. Elegido por el ejérci­
to cerca de Nicomedia para ser el nuevo emperador y vengar la muerte
de su señor, atacó al prefecto pretoriano Aper y marchó hacia oriente
para vencer a Carino, hermano de Numeriano, en el valle del Margo en
285. Compartió el gobierno con su viejo camarada Maximiano, primero
como césar y luego como coaugusto. Pocos años después creó el sistema
de tetrarquía, convencido de que cada una de las partes principales del
Im perio necesitaba una autoridad regional superior y el apoyo de un
segundo funcionario del más alto rango.
La tetrarquía quedó formada por Diocleciano como principal augusto,
suprema autoridad sobre todo el sistema y gobernante directo del Impe­
rio de Oriente ayudado por un césar, Galerio. El Im perio de Occidente
quedó subordinado al segundo augusto, Maximiano, ayudado por Cons­
tancio como césar. Cada una de las cuatro autoridades tenía su propio
prefecto, el cual supervisaba su respectivo sector del gobierno. El número
de provincias fue aumentado de 50 a 100, pues un territorio más pequeño
ROMA 395

podría ser mejor dirigido y supervisado por su respectivo gobernador.


Los gobernadores de provincia sólo tenían funciones civiles, mientras que
los asuntos militares se manejaban independientemente. Las provincias
fueron subdivididas en 13 diócesis, cada una bajo un gobernador gene­
ral subordinado directamente a uno de los cuatro prefectos.
D iocleciano tam bién llevó adelante una reorganización general del
ejército, el cual fue dividido en cuatro mandos, cada cual bajo uno de los
cuatro gobernantes m áxim os. En el aspecto operativo, el ejército fue
escindido en dos ramas. Una de ellas, móvil — los comitatenses— , estaba
compuesta sobre todo por la caballería, que incluía a la guardia imperial
m ontada (scholae palatinae), integrada casi en exclusiva por germanos.
La segunda rama, los limitanei, principalm ente de infantería, era una
fuerza acantonada a lo largo de las fortificaciones fronterizas y estaba
formada sobre todo por ciudadanos romanos. El total de la fuerza m ili­
tar fue fijado en 500 000 hombres.
Para dar apoyo económico al nuevo sistema, Diocleciano adoptó un
rígido y exigente sistema de impuestos, el cual trataba de ser más justo
porque se adaptaba a las condiciones de quien debía pagarlos. El siste­
ma se basaba en los impuestos a la producción agrícola. Se adoptó un pre­
supuesto anual, junto con un sistema de censo quinquenal. Se dividieron
las tierras según la unidad fiscal de m edida, el iugum , calculado de
acuerdo con las diversas calidades de las cosechas y de las tierras. Los
impuestos se pagaban en especie (annona). El iugum fue definido como
el área que podía ser cultivada por un hombre (caput). Además de esto,
hubo una capitatio humana y una capitatio animalum. Los aparceros fue­
ron obligados a quedarse en sus tierras para evitar la evasión de im ­
puestos, y los terratenientes serían responsables de las contribuciones
de sus aparceros. Los artesanos y otros oficiales fueron organizados en
corporaciones, también responsables de los impuestos de sus agrem ia­
dos. Para garantizar el pago de las cargas fiscales, todas las ocupaciones
se volvieron fijas y hereditarias, incluso las militares.
Dado que la continua depreciación de la moneda reducía el valor del
dinero, Diocleciano adoptó el pago en especie para los impuestos agríco­
las. También trató de revaluar el dinero por medio de una reforma mo­
netaria que fijó el valor del aurus en 5.67 gramos de oro. Un anrus valía
25 argenti y 800 denarios. La economía monetaria coexistía con la econo­
mía en especie. Como medida adicional contra la inflación, Diocleciano
promulgó en 301 un edicto que fijaba el precio máximo de una larga lis­
ta de artículos, aunque, como podría esperarse, el resultado fue la crea­
ción de un mercado negro.
Puede decirse, en términos generales, que las medidas de Diocleciano
396 ROMA

tuvieron gran éxito. Las fronteras quedaron bien defendidas; en Roma y


en otras partes se edificaron grandes construcciones, entre ellas la enor­
me fortaleza-palacio de Salona, donde vivió Diocleciano después de su
abdicación. El sistema productivo funcionó satisfactoriamente y los im­
puestos se cobraron. Sin em bargo, el nuevo Estado totalitario pronto
empezó a mostrar los efectos negativos de un exceso de regulaciones y
de rigidez burocrática. Aunque fueron efectivamente acatadas las medi­
das que se dictaron para el sostenimiento de la sociedad, la forzosa esta­
bilización de las personas en sus ocupaciones actuales y la transferencia
hereditaria de dichas ocupaciones, como podía esperarse, pronto exacer­
baron la inconformidad de quienes se veían obligados a hacer lo que les
disgustaba. Pese a todas las regulaciones, muchos encontraban la forma
de burlar las reglas, agravando así los problemas que el Estado trata­
ba de resolver. A la larga, el sistema totalitario privaría a la sociedad de
Roma y al Estado romano de las condiciones mínimas necesarias para
su sostenimiento.

Abdicación y sucesión

Diocleciano se preocupó por mitigar los efectos negativos de la vejez y


la enfermedad y la condición negativa de los em peradores, tanto para
ellos m ism os como para el Im perio. Por eso, decidió abdicar al trono
cuando consideró que su salud iba declinando, lo que ocurrió en 305, y
obligó a Maximiano a imitarlo.
Sin embargo, y en contra de sus esperanzas, la tetrarquía no sobrevivió
al retiro de su creador. Había deseado que los anteriores Césares se vol­
vieran augustos, mientras dos nuevos Césares, Galerio Valerio Maximiano,
sobrino de Galerio, bajo su tío, y Flavio Valerio Severo, bajo Constanti­
no, ocuparían el segundo cargo máximo. No obstante, Constantino, hijo
de Constancio, y Majencio, hijo de Maximiano, estaban resueltos a dis­
putarse la púrpura imperial. El resultado fue el comienzo de otro perio­
do de conflictos, que sólo term inaría en 324 cuando C onstantino, ha­
biendo vencido a todos sus rivales, quedó com o único em perador de
Roma.

Constantino

Flavio Valerio Constantino (nacido en 285), después de vencer a Licinio


en 323, quedó al año siguiente como emperador único. Su padre, Cons­
ROM A 397

tancio, ío había procreado con su concubina Helena. Constantino fue un


hombre enérgico y bien educado y, como Diocleciano, un general muy
capaz. Su reinado (324-337) se caracterizó por su inicial tolerancia a los
cristianos y, finalmente, por la adopción de la nueva religión como la ofi­
cial del Imperio, lo que después lo llevaría a repudiar todas las demás.
La fundación de Constantinopla, el 11 de mayo de 330, fue otro de los
hechos sobresalientes de su reinado.
Constantino heredó y mantuvo el carácter dado por Diocleciano a la
sociedad y al Estado romanos, y convirtió un Estado semitotalitario pa­
gano en otro cristiano. De acuerdo con la nueva fe, los rasgos de totalita­
rismo se hicieron más acentuados, ya que, en lo tocante a la sociedad,
incluyeron un dogma oficial que contrastó con la anterior aceptación de
toda una multiplicidad de creencias religiosas. Con respecto al Estado,
dio al emperador legitimidad por la gracia de Dios y como realizador de
los designios de la Divina Providencia.
El reinado de Constantino conservó la buena defensa dada por Diocle­
ciano a las fronteras imperiales. La decisión de convertir la antigua ciu­
dad de Bizancio en la gran ciudad nueva de Constantinopla fue dictada
por consideraciones estratégicas. Desde largo tiempo atrás se reconocía
que Roma estaba demasiado lejos de las fronteras amenazadas para ser
la capital del Imperio. Constantinopla, más cerca de las conflictivas fron­
teras del oriente y del norte, y gozando de un magnífico medio natural
que además era fácilmente defendible, convenía perfectamente para este
propósito. El hecho de que el Imperio romano de Oriente sobreviviera
casi otro m ilenio tras la caída de Roma dem ostró que la elección de
Constantino había sido excelente.
Constantino continuó la reorganización del ejército iniciada por Dio­
cleciano. Se mantuvieron las dos ramas del ejército. Los móviles comita-
tenses fueron puestos al mando de un magister equitum para la caballería
y de un magister pedim para la infantería. Los limitanei siguieron siendo
la guardia permanente de las fronteras. La guardia pretoriana fue defini­
tivamente desbandada y sus funciones entregadas a la Scholae Palatinae.
El número de germanos del ejército se incrementó de modo considera­
ble, sobre todo en la caballería, incluidos los más altos rangos. El reclu­
tam iento m ilitar fue reforzado y se le dio carácter de obligatorio, y se
dictaron severos castigos a quienes no lo cumplieron.
El gran suceso del reinado de Constantino fue su conversión al cris­
tianismo y la adopción de éste como religión de Estado. Los estudiosos,
desde Burkhardt, han analizado ampliamente hasta qué grado su deci­
sión fue motivada por razones políticas o como resultado de una autén­
tica conversión. Los aspectos sociales y culturales del caso se analizan
398 ROMA

brevem ente en la sección 3 de este capítulo. Lo que im porta conside­


rar aquí es el hecho de que las anteriores persecuciones organizadas por
Diocleciano, incluida la última (muy severa), habían demostrado ser in­
capaces de erradicar la nueva fe o, incluso, de im pedir su gradual pro­
pagación. Las persecuciones de Diocleciano fueron dictadas exclusiva­
mente por consideraciones sobre la lealtad de los cristianos al Imperio,
lealtad que, se sospechaba, ellos negaban. Al principio, Constantino se
inclinó m arcadam ente a la tolerancia religiosa y m ostró una afinidad
cultural con las creencias básicas de la nueva religión. Afirmó que antes
de su victoria sobre Majencio en el puente Milvio, en 312, había visto en
el cielo la cruz y la frase in hoc signo vinces. La entereza de los cristianos
en defensa de su fe y el hecho de que la ética cristiana fuese congruente
con los valores necesarios para el buen funcionamiento de una sociedad
llevaron a Constantino a la convicción de que la unidad espiritual —-que
Diocleciano había intentado mantener en el Imperio mediante la revita-
lización de un paganismo decadente— sólo podría lograrse por medio
de la nueva religión.

Juliano

La sucesión de Constantino se convirtió en un conflicto fratricida entre


sus hijos. El mayor, Crispo, había sido ejecutado en 326 por instigación
de su segunda esposa, Fausta. De los tres hijos restantes, Constantino II
recibió las prefecturas de Italia y de la Galia; Constancio II el Oriente, y
Constante la Iliria y África. Dos sobrinos, Dalmacio y Anibalio, fueron
sum ariam ente ejecutados por Constancio. La segunda fase de la suce­
sión, hasta 351, se caracterizó por las luchas fratricidas. Constantino atacó
a Constante, pero fue muerto en 340 en Aquileya. Constante, a su vez,
fue muerto en 350 por un aspirante al trono: Magno Magnencio. En 351,
Constancio, que había estado ocupado en una campaña contra los sasá-
nidas, derrotó a Magnencio en Mursa; poco después, este último se qui­
tó la vida. Habiendo quedado como único emperador en 351, Constan­
cio eligió inicialm ente a su primo Galo como césar, pero, sospechando
su traición, lo hizo ejecutar en 354; al año siguiente nombró césar a su
otro primo, Juliano, medio hermano de Galo, y le confirió el mando con­
tra los alamanos y los francos.
Flavio Claudio Juliano, nacido en 332, fue hijo de Julio Constantino,
medio hermano de Constantino. Su padre había muerto en 337 durante
un m otín encabezado por Constantino II. Juliano y su m edio hermano
Galo fueron educados bajo una estricta supervisión en una remota forta­
ROMA 399

leza de Capadocia, donde recibieron una instrucción clásica de piadosa


orientación cristiana impartida por Mardonio. A diferencia de su medio
hermano, Juliano sentía una verdadera pasión por el estudio y la cultura,
y quedó fascinado por los clásicos griegos, por el helenismo y los héroes y
dioses olímpicos. En 351 se le permitió completar su educación en Éfeso.
Allí, fue discípulo del neoplatónico Máximo, quien también era devoto
de la teúrgia y de la magia. Juliano, sumamente influido por él, abando­
nó sus ya vacilantes creencias cristianas y aceptó las ideas de su maestro
sobre neoplatonismo y su visión teúrgica de los dioses griegos. Pruden­
temente, ocultó su regreso al paganismo hasta que ascendió al trono.
Siendo césar, Juliano emprendió una brillante campaña militar contra
los francos y los alamanos, restauró la frontera de Rin, infligió severas
pérdidas al enem igo y liberó a cerca de 20 000 prisioneros rom anos.
Habiendo recibido el mando supremo de la Galia, también manejó muy
atinadam ente los asuntos civiles de la provincia. En esta coyuntura,
aunque Constancio estaba muy complacido por los triunfos de su joven
sobrino, ciertas intrigas cortesanas empezaron a instilar envidia y des­
confianza en el corazón del emperador, quien en 360, decidido a reducir
el poder de su césar, ordenó el regreso de algunas de sus mejores fuer­
zas a Oriente.
Juliano trató de acatar las instrucciones de C onstancio, pero se en­
frentó a una rebelión de sus tropas, que se negaron a abandonar la Galia
y, en cambio, lo proclamaron emperador. Juliano, en parte obligado y en
parte estim ulado por sus propias am biciones, aceptó su proclam ación
como augusto y pronto movilizó sus tropas para marchar contra Cons­
tancio. Antes de llegar a Constantinopla, recibió la noticia de la muerte
del emperador y quedó, así, como su sucesor legal.
El breve reinado de Juliano (361-363) dejó una indeleble marca histó­
rica por su serio aunque frustrado intento de volver a la anterior religión
pagana, lo que movió a los cristianos a llamarlo d Apóstata. Compartía la
convicción de los últimos paganos de que el cristianism o estaba soca­
vando el espíritu cívico de los romanos, y en cambio veía en un retorno
a los dioses clásicos una manera de recuperarlo y, a la vez, de conservar
los fundamentos de la civilización clásica. Está más allá de los límites de
este estudio analizar las ideas políticas y religiosas de Juliano; baste decir
que su intento de restaurar la religión clásica no se basó en la persecu­
ción de los cristianos —salvo una prohibición de que enseñaran en las
escuelas— , sino que consistió, además de sus campañas de propaganda,
en transferir los beneficios y la ayuda del Estado, de las iglesias cristia­
nas a los templos paganos. Asimismo, Juliano trató de instaurar un sacer­
docio pagano similar al de los cristianos.
400 ROM A

Juliano fue un director competente y humano de los asuntos imperia­


les, pero en su guerra contra Persia demostró ser un estratega mediocre.
Después de pasar varios meses preparando una gran campaña contra los
sasánidas, Juliano, al entrar en territorio persa, dividió sus fuerzas en
dos colum nas, cada una de las cuales siguió una ruta distinta. Con la
que quedó bajo su mando personal, derrotó a las fuerzas persas que tra­
taron de contenerlo y se aproximó a Ctesifonte sin una clara idea de lo
que deseaba lograr. Con sus solas tropas tampoco tenía fuerzas suficien­
tes para enfrentarse al principal ejército sasánida, ni tomó las medidas
necesarias para unir las dos columnas. Por consiguiente, se vio obligado
a retirarse hacia el oeste para encontrarse con su otra colum na, pero
tuvo que hacerlo bajo el continuo acoso de la caballería persa. En una de
estas escaram uzas fue herido de muerte. Ha quedado sin resolver la
duda de si fue casualmente herido por el enemigo, o a propósito por un
cristiano de sus propios soldados.
Juliano tuvo una personalidad impresionante, que combinó una bue­
na educación clásica y una auténtica pasión por la herencia grecorro­
mana con la más absoluta integridad personal, extrema autodisciplina,
costumbres austeras y un profundo interés cívico-humanista por devol­
ver sus grandes y más felices días al Imperio romano. Pero también fue
un soñador utópico, tan apartado en lo personal de las realidades huma­
nas y sociales de su tiempo que creyó que su visión un tanto nebulosa de
la religión clásica, en realidad muy impregnada de imaginación, podría
restaurar el culto de los dioses griegos.

La caída de Roma

La caída de Roma, en el siglo v d.C., la desaparición de la Roma aeterna,


tal vez sea el hecho más espectacular en la historia de la humanidad. Lo
que parecía la esencia misma de la cultura y el baluarte de la civiliza­
ción cayó bajo el dominio de un cabecilla germánico de segundo orden,
Odoacro, quien en 476 depuso al último em perador de Occidente,
Róm ulo Augústulo, sin hacer el nom bram iento, así fuera puram ente
formal, de un sucesor.
La enorme repercusión del acontecimiento fue, a pesar de todo, casi
exclusivamente simbólica. De hecho, para entonces ya no existía el Im­
perio rom ano de Occidente. Rómulo A ugústulo era un adolescente a
quien su padre, Orestes, un ex secretario de Atila, dio el pomposo título
de emperador. Desde antes, un general suevo sem ibárbaro, Ricimero,
había estado al frente de los ya fantasmales vestigios del Imperio roma-
ROMA 401

no de Occidente (455-472), haciendo y deshaciendo emperadores quie­


nes lo eran sólo de nombre.
Roma había caído ya tres veces antes de Odoacro. La primera — cuan­
do fue un acontecimiento sensacional— en 410, ante Alarico, rey de los
visigodos. La segunda vez, en 451, ante Atila, quien ejerció el absoluto
dominio m ilitar de la ciudad y no la invadió gracias a las súplicas del
papa León I. La tercera en 455, ante Geserico, rey de los vándalos, quienes
sí la ocuparon y saquearon.
Resulta sorprendente que sólo unos cuantos años antes de esta serie
de desastres, comenzando por la ocupación de Roma por Alarico, el Im ­
perio romano de Occidente aún diera buenas señales de energía. Teodo-
sio el Grande (387-395) ejerció una auténtica hegem onía sobre todo el
Im perio. Pocos años antes de que Roma fuese saqueada por Alarico,
este rey había sido severamente vencido en 396-397 por los romanos al
mando de Estilicón, quien habría podido entonces destruir a los visigo­
dos de una vez por todas si hubiese deseado hacerlo. Lo que resulta aún
más notable, unos 40 años después de que Alarico se apoderó de Roma,
es que Aecio, comandante de las tropas del emperador Valentiniano III
(425-455), por entonces en alianza con los visigodos — y en gran parte
por causa de esto— , infligió en 451 una severa derrota a A tila en los
Campos Cataláunicos.
Las principales condiciones y factores que condujeron a la decaden­
cia y caída del Imperio romano de Occidente se analizan brevemente en
la última sección de este capítulo. Las causas profundas subyacentes
a la caída de Roma fueron resultado de un prolongadísim o proceso,
cuyos orígenes están relacionados con la crisis de la República en el
siglo i a.C. En térm inos m enos remotos, la decadencia y la caída de
Roma se derivaron de las graves y crecientes deficiencias inherentes al
Estado semitotalitario y al modo en que Diocleciano y Constantino in­
tentaron resolver la crisis del siglo iii d.C. Y en cuanto a causas aún más
recientes, la caída de Roma fue precedida por un creciente retiro de los
mejores romanos, a partir de la época de Juliano, hacia la vida privada o
al sector religioso, mientras que la esfera pública, especialmente la m ili­
tar, era ocupada cada vez más por bárbaros semirromanizados. La caída
final de Roma fue sólo un cambio en que los bárbaros del exterior ocu­
paron el lugar de los bárbaros del interior.
Los hechos más relevantes inm ediatam ente anteriores al saqueo de
Roma por Alarico pueden condensarse en tres acontecim ientos princi­
pales. El prim ero fue la decisión de Teodosio el Grande de dividir el
im perio entre sus dos jóvenes hijos: Arcadio, por entonces de 18 años,
recibió el Oriente y reinó desde la muerte de Teodosio, en 395, hasta la
402 ROM A

suya propia, en 408; Honorio, que por entonces era un niño de 11 años,
recibió el Occidente y reinó hasta 423. La división correspondió a una
realidad social, económica y cultural, y tendió a abrirse cada vez más la
brecha entre el Oriente civilizado y relativam ente próspero y el O cci­
dente más pobre y atrasado, penetrado además por colonos bárbaros.
La separación oficial y real de las dos mitades del Imperio fue — como
podía predecirse— nociva para el O ccidente, pues redujo de m anera
considerable su capacidad para sostenerse por sí solo.
Un segundo factor esencial fue que los emperadores de Occidente, a
partir de Honorio, quedaron reducidos a un poder puramente nominal,
pues el efectivo era ejercido por el magister militiae. Honorio, que ascen­
dió al trono siendo niño, tuvo por tutor a Estilicón, su magister militiae,
quien lo siguió siendo hasta que, en un vano intento por ejercer el poder
efectivo, el emperador mandó asesinarlo en 408; pronto comprendió que
había m atado a un buen general sólo para quedar bajo el dom inio de
otro. En las condiciones que por entonces prevalecían en Occidente,
de continuos ataques de los bárbaros y de un reducido ejército imperial
que tenía enormes dificultades para reclutar nuevas fuerzas, el mando y
los recursos militares tuvieron que concentrarse, lo que inevitablemente
confirió el poder auténtico a su comandante. Estilicón (395-408), después
Aecio (430-455) y por último Ricimero (456-472) fueron los verdaderos
detentadores del poder imperial a finales del Imperio de Occidente.
El tercer factor relevante fue la baja de la capacidad defensiva del Im­
perio, reducido a un número relativamente escaso de tropas com pues­
tas casi en forma exclusiva por bárbaros m ercenarios a las órdenes de
generales bárbaros y privados de facilidades de reclutamiento. En tales
condiciones, una derrota grave amenazaría la supervivencia misma del
Imperio. Geserico, rey de los vándalos, habiendo llevado sus fuerzas de
Hispania a África (430-431), estableció allí una sólida base desde la cual
lanzó una victoriosa ofensiva contra Roma en 455, cuando conquistó y
saqueó la ciudad. Este acontecimiento prácticamente señaló la desapari­
ción de los restos del Imperio romano de Occidente.
Las limitaciones militares romanas del siglo v explican por qué los ven­
cidos visigodos pudieron ser los conquistadores de Roma unos cuantos
años después, en 410. Estilicón, obsesionado con su deseo de intervenir
en el Imperio de Oriente y posiblemente contenido por su solidaridad
étnica con los visigodos, no explotó como debía su victoria en 396-397,
suponiendo acaso que podrían ayudarlo después contra Constantino-
pla. De hecho, como ya se dijo, si no contra Constantinopla, los visigo­
dos aportarían más tarde las fuerzas militares que perm itieron a Aecio
derrotar a A tila en 451.
ROMA 403

La civilización romana no desapareció con el Imperio de Occidente, y


el propio Imperio romano sobrevivió en Oriente; precaria fue su super­
vivencia bajo Arcadio (395-408) y su hijo Teodosio II (408-450), y menos
precaria con los subsiguientes emperadores isáuricos. Sólo volvería a sus
épocas de gloria con Justiniano (527-565). Como ya se observó, el periodo
justiniano puede considerarse como la última fase "rom ana" del Im pe­
rio de Oriente, aunque ya diera señales de su gradual "bizantinización".
Heraclio (610-641), al sacar al Imperio de Oriente de su anterior crisis,
ya fue un emperador bizantino.

3 . P r in c ip a l e s rasg o s c u ltu ra les

A. Observaciones introductorias

A lo largo de su historia milenaria, la sociedad romana pasó por cinco


principales fases socioculturales: 1) el periodo real y la República tem ­
prana; 2) la República tardía; 3) el Principado; 4) el Dominado , y 5) la
Antigüedad tardía, con sus periodos pagano y cristiano.
En el curso de ese milenio, una sociedad latina primitiva, con im por­
tantes elementos sabinos y etruscos, expuesta a la influencia de las colo­
nias griegas de la Italia meridional y de los reinos helenísticos, desarrolló
esa peculiar mezcla de rasgos culturales latinos y griegos que formaría la
cultura romana, plenamente madura a finales de la República y durante
la era augustal. Influencias orientales y el cristianismo en el siglo m d.C.
introducirían profundos cam bios en las creencias y en el sistem a de
valores de los romanos, cambios que crearon las condiciones culturales
que caracterizarían a la A ntigüedad tardía y su ulterior y bifurcada
transform ación en la cultura bizantina oriental y la Edad M edia occi­
dental.
Dentro de esta evolución cultural, e interactuando con ella en un pro­
ceso de causación mutua, las condiciones sociopolíticas de Roma, some­
tida a la crisis casi letal del siglo ni d.C. y bajo la presión cada vez mayor
de los partos, la Persia sasánida y las tribus germánicas, condujeron a una
creciente militarización, autoritarismo y regulación totalitaria que dege­
neraron — particularm ente en O ccidente— en la gradual "barbariza-
ción" del ejército y el gobierno, a partir del siglo rv d.C.
En los apartados siguientes se intentará hacer un breve análisis de las
principales características de la estructura social, las creencias religio­
sas, la cosmovisión, las instituciones políticas y el sistema m ilitar de los
romanos en el curso de su historia milenaria.
404 ROMA

B. La estructura social

En términos generales, la sociedad romana pasó de una estructura basa­


da en las órdenes (determ inadas por nacim iento), prevaleciente en el
periodo monárquico y en el temprano republicano, a una estructura de
clases (determinada por la riqueza) que surgió desde la etapa preceden­
te y que prevaleció a partir de finales de la República. Sin embargo, se
retuvieron elementos considerables de la estructura anterior — como las
órdenes senatorial y ecuestre— dentro de la nueva estructura de clases
fundada en la propiedad.
La tem prana sociedad romana com prendía dos clases de hom bres
libres: los patricios y los plebeyos, y una pequeña clase de esclavos. Los
patricios, descendientes de las tradicionales cien familias de primeros co­
lonizadores, eran granjeros-soldados y estaban dotados de todos los
derechos públicos y civiles. Se dividían en gens, y los miembros de cada
gens afirmaban tener un antepasado común. La gens estaba dividida en
fam iliae, cada una bajo la autoridad autocrática de su paterfamilias. El
populus,, que abarcaba a todas las gens, estaba dividido en tres tribus tradi­
cionales: ramnes, ticienses y luceres, cada una de las cuales incluía 10 curiae.
La Comitia Curiata, integrada por las 30 curiae, cada cual con derecho a
voto, fue la asamblea popular original del pueblo romano.
Los plebeyos, que eran trabajadores inm igrantes, estaban unidos al
populus y formaban parte de él. Acaso fueran habitantes anteriores que
habían sido dom inados por los prim eros colonos rom anos. No tenían
derechos políticos ni civiles, y originalm ente gozaron tan sólo de los
más elementales "derechos hum anos", como el derecho a la vida y a la
propiedad personal. Los plebeyos eran llevados a m antener una rela­
ción de clientes con una familia patricia, como en su mayoría lo hicieron
en tiem pos antiguos, y se veían obligados a servir a esa fam ilia, de la
que recibían protección.
Con las reformas de Servio Tulio en 578 se adoptó el principio de una
estructura de clases en que la ciudadanía quedó dividida en cinco, cada
una de las cuales contenía un variado número de centurias, que eran uni­
dades civiles y militares. La primera y más rica clase, formada por ciuda­
danos, con un mínimo de 100 000 ases8 contaba con 80 centurias de solda­

8 El as libralis era una moneda de bronce que originalmente pesaba 10 onzas. Al transcurrir e¡¡
tiempo, sufrió sucesivas devaluaciones y su peso se redujo a un tercio de libra, como as trientalis-
(fines del siglo m d.C.), un doceavo de libra como as íincialis (comienzos del siglo n d.C.) y media
onza en el siglo i d.C. El sestertius (Hs) de plata, en el siglo m d.C., valía 2,5 ases, el denarius, tam­
bién de plata, 10 ases. En el siglo i, el sestertius de bronce pesaba 36.38 gramos. Un denarius de plata,
con peso de 3.89 gramos, valía cuatro sestercios. Un áureo de oro, con peso de 8.1 gramos, valía 2o
d enarios.
ROMA 405

dos de infantería y 18 de caballería, es decir, 98 centurias, lo que le asegu­


raba la absoluta mayoría de votos en un total de 190 centurias. La segun­
da clase, de los ciudadanos con un mínimo de 75 000 ases, tenía 20 centu­
rias. El mismo número tenía la tercera clase (50 000 ases). La cuarta clase
(25 000 ases) también contaba con 20 centurias de soldados de infantería
más dos centurias de ingenieros militares y dos de músicos. La quinta cla­
se (10 000 ases) tenía 30 centurias de infantería ligera, y los proletarios
tenían una centuria de servicios auxiliares. La Comitia Centuriata, que lle­
gó a ser la asamblea política de los romanos, adoptó muchas de las fun­
ciones de la Comitia Curíala. Por su parte, las tribus cambiaron la exigen­
cia de nacimiento por la de residencia, con lo que se crearon 36 tribus.
La República temprana fue una etapa de considerable conflicto entre
las órdenes, que duró hasta el prim er tercio del siglo m a.C. La plebe,
utilizando el arma de la secessio (una especie de huelga), gradualmente
obligó a los patricios a otorgar derechos sim ilares a los suyos hasta
alcanzar la plena igualdad. Con la Lex Hortensia de 257 a.C., la asamblea
de los plebeyos, el Concilium Plebis, pudo emitir una resolución, el plebisci-
tum, que tenía fuerza de ley.
Al igualarse los derechos entre patricios y plebeyos, la anterior dis­
tinción perdió todo significado. Las nuevas clases sociales quedaron
dependientes de si se tenían o no antepasados que hubiesen ocupado
las altas m agistraturas (cónsul o pretor); quienes estaban en el prim er
caso constituyeron una nobleza. En el Principado, esta división distin­
guió a los honestiores, que formaban las órdenes senatorial y ecuestre, de
los humiliores comunes.
Los équites, que habían sido miembros de la caballería, se convirtieron
en una orden cuando la Lex Sempronia de 123 a.C. les dio el derecho exclu­
sivo de ejercer la jurisdicción penal. En su mayoría se dedicaron a reali­
zar negocios que estaban prohibidos a la clase senatorial (su riqueza se
basaba en la propiedad de tierras) y se convirtieron en la clase más rica
de Roma. En el Imperio desempeñaron un papel cada vez más im por­
tante, hasta dirigir los asuntos públicos. La orden senatorial comprendía
a las familias que habían tenido antepasados senatoriales o que pertene­
cían al Senado. Originalmente, tuvieron acceso exclusivo a las altas m a­
gistraturas. Poco a poco, en el curso del Imperio, la orden ecuestre tam ­
bién fue admitida en estas magistraturas. Augusto estableció una base
censal para las dos órdenes, que exigía un millón de sestercios para la
orden senatorial y 400 000 para la ecuestre. A finales del Imperio, la orden
senatorial tenía tres niveles, según las magistraturas ejercidas: los clarissi-
mi en el fondo, los spectabili en el medio y los illustri en la cum bre. La
orden ecuestre contaba con los perfectissimi y los egregii.
406 ROMA

Los libertos, originalmente limitados a ocupaciones privadas de bajo


nivel, a fines de la República y en el curso del Imperio tuvieron acceso
a los negocios y empezaron a ocupar altos cargos im periales. Desde la
época de Adriano, tales puestos fueron concedidos en su mayoría a los
équites.
A finales de la República, los esclavos llegaron a ser la principal fuerza
de trabajo en Roma, particularmente en los grandes latifundia, a expen­
sas de los pequeños granjeros, que en su mayoría se vieron obligados a
emigrar a las ciudades, donde formaron un enorme proletariado parasi­
tario que fue el origen de la demanda de "panera et circences". Al termi­
nar las guerras de conquista, el número de esclavos se redujo de manera
considerable en la sociedad romana. El trabajo de los cam pos pasó a
manos de aparceros formalmente libres, que llegaron a estar en directa
relación con las tierras que cultivaban y que, en el Imperio tardío, que­
daron legalmente atados a la tierra junto con sus descendientes. Tal fue
el origen de las parcelas feudales de la Edad Media.
Con el transcurso del tiempo, la condición de las mujeres pasó por un
gran cambio. En un principio habían sido alieno juris, enteram ente so­
metidas a la autoridad de su padre o su marido. Al término de la Repú­
blica podían, en el caso de los matrimonios síne manu, mantener una in­
dependencia patrimonial ante su marido siempre que tuviesen un tutor, al
menos nominal, que administrara sus asuntos. A finales de la República
se aceptó el divorcio. Durante el Imperio, la independencia de las muje­
res aum entó legalm ente y aún más en la práctica. Nunca adquirieron
derechos políticos, pero, a partir de finales de la República y durante
todo el Imperio, pudieron ejercer en privado una influencia pública. Las
m ujeres de la fam ilia im perial a veces desem peñaron un im portante
papel político, como fue el caso particular de Julia Mesa y Julia Mamea
en la crítica sucesión de Septimio Severo, o, más adelante, en el caso de
Gala Placidia, hermana de Honorio.

C. Las creencias religiosas

En Rom a, la religión estaba menos claramente definida que en Grecia.


Por una p a r t e , e n el curso del t ie m p o se presentó bajo muchas distintas
guisas, desde el animismo primitivo hasta la religión olímpica y el cris­
tianismo. Por otra parte, sus límites eran muy vagos, ya que elementos
anim istas originales persistieron durante largo tiem po, m ientras que
nuevos dioses fueron sucesivamente incorporados a los cultos, algunos
de ellos varias veces rechazados (como el de Isis y las Bacanales) sólo
ROM A 407

para volver más tarde. La mayoría de las prácticas religiosas incluía la


celebración de ritos cúlticos, en tanto que las dem andas espirituales,
insatisfechas por el puro ritualismo, buscaron solaz en los misterios grie­
gos o el m isticismo oriental y después en el cristianism o, y las dem an­
das racionales empezaron a conducir a soluciones filosóficas.
Vista desde cierto ángulo, la religión romana tenía cinco estratos dis­
tintos: familiar, local, laboral, público y m ístico. Desde otro punto de
vista, com o lo subrayó M ucio Escévola, pontifex maximus en la época
de Cicerón, había tres clases de religión: la de los poetas, la de los filóso­
fos y la de los estadistas (única que, según él, merecía ser aceptada). En
cuanto a su evolución histórica, se deben considerar cinco fases princi­
pales: la primitiva religión animista, la religión arcaica, la fase heleniza-
da, la religión imperial y la fase cristiana.
El primitivo animismo ítalo-mediterráneo persistió durante muy largo
tiempo y dejó un residuo permanente sobre toda la evolución de la reli­
gión romana. El animismo consistía en ver tras los fenómenos naturales
la acción de fuerzas espirituales, los numina, que se manifestaban en las
fuentes, los arroyuelos y los bosques, así como en las actividades huma­
nas, como la siembra y la cosecha, en sentimientos como el amor, el odio
o la compasión, en la guerra y la paz, en la concordia y la discordia. Los
numina eran fuerzas sin forma específica y, por tanto, representadas sim­
bólicam ente por medio de una piedra o un lugar sagrado. El hom bre
estaba rodeado de numina y tema que aplacar a los espíritus adversos y
ganarse la ayuda de los que le fueran propicios.
Bajo la influencia de la cultura etrusca y de otras vecinas, así como
por un proceso interno de racionalización de su anim ism o prim itivo,
gradualm ente surgieron creencias religiosas más sistem áticas en la
Roma tem prana, las cuales form aron el núcleo arcaico de la religión
romana. Tal fue la religión de Roma antes de verse sometida a un proce­
so cada vez más intenso de helenización, después de su expansión hacia
el sur. Los dioses indígenas (indigetes), en oposición a los dioses im por­
tados (novensides), eran numina que habían adquirido una forma defini­
da y funciones específicas. Así lo fueron Carmenta, diosa de las fuentes
y luego de la predicción; Ceres, diosa de los frutos de la tierra, herm ana­
da con Pom ona, diosa de los árboles frutales; Fauno, dios del ganado;
Flora, diosa de las flores; Jano, dios de la luz y encargado de abrir puer­
tas; Juno, diosa de las mujeres; Júpiter, dios del cielo; Liber, dios de la
vina; Marte, dios de la vegetación y después dios de la guerra; Minerva,
diosa de la inteligencia; Palés, dios y luego diosa de los pastores; Quiri-
no, quien era Rómulo deificado, que después se confundiría con Marte;
Saturno, dios de la siembra; Tellus o Terra Mater, diosa de la tierra; Ver-
408 ROMA

tumno, dios de las estaciones y del comercio; Vesta/diosa del hogar, y


Vulcano, dios del fuego.
A partir del siglo vi a.C., a través de los etruscos, la religión griega ejer­
ció una influencia decisiva y creciente sobre la romana, particularmente
desde el siglo írr a.C., y condujo a una asimilación de los dioses anteriores
(con sus atributos olímpicos) y la incorporación de otros nuevos, como
Apolo, Diana y Venus. La sistematización de la religión romana bajo la
influencia griega produjo una clara diferenciación de los cinco estratos
ya mencionados: familiar, local, laboral, público y místico.
La religión de la familia (sacra familiaria) tenía como centro mismo el
Lar Familiaris, el dios de la familia, representado por una estatuilla de
cera mantenida en el lararium , con un fuego sagrado permanente (focus
patrias), y con los dos penates , divinidades encargadas de abastecer el
hogar. La religión familiar aún incluía el culto de los antepasados (Venus,
madre de Eneas, para la gens Julia), la propiciación del alm a de los
muertos, los manes, para aplacarlos, previniendo así acciones maléficas, y
el culto del genio del paterfamilias, representado por una serpiente. Todo
hombre en vida, de la cuna a la muerte, era asistido por su genio, quien
era un principio de vida y expresaba la personalidad de cada varón. Las
mujeres tenían en Juno al equivalente del genio. El culto familiar era ce­
lebrado diariam ente por el paterfamilias , seguido por la fam ilia y los
esclavos, y consistía en plegarias, ofrendas de flores y frutos y conserva­
ción del fuego sagrado en el lararium .
A sí como la fam ilia, tam bién las calles, las esquinas, las plazas y la
ciudad en conjunto tenían sus deidades locales y su culto. Los lares de
Roma eran Rómulo y Remo. La ciudad también tenía sus penates (pena­
tes publici), quienes se encargaban de aprovisionarla. Las ocupaciones
profesionales tenían sus patronos divinos, como Mercurio para los mer­
caderes y Vulcano para los herreros.
La religión pública incluía el culto de los 12 dioses olímpicos, particu­
larmente el anterior trío romano: Júpiter, dios supremo; M arte, dios de
la guerra, y Quirino, dios de la prosperidad. Este trío fue remplazado en
el siglo v a.C. por el trío capitalino: Júpiter, Juno y Minerva. La religión
pública se practicaba en un gran número de cultos, cada uno con su cole­
gio sacerdotal y con sus ritos adivinatorios y propiciatorios (auspicia).
Para toda decisión im portante se consultaba la voluntad de los dioses
por m edio de cinco clases principales de auspicia: el vuelo de las aves
(auspicia ex avibus), los fenómenos celestes (auspicia ex coelo), la conducta
de los pollos sagrados (auspicia pallaría), la conducta anorm al de cua­
drúpedos (auspicia quadrupedibus) y cualquier mal agüero (auspicia ex
diris). Aunque el espíritu marcadamente supersticioso del pueblo roma­
ROMA 409

no siguiera creyendo durante muy largo tiempo en augurios, a finales


de la República las personas cultas ya estaban conscientes de su falacia
y manipulaban los auspicia para su ventaja personal.
En el periodo monárquico, el rey era el sumo sacerdote, pero fue sus­
tituido después de la República por el rex sacrorum. Los principales cole­
gios sacerdotales, cuyos miembros siempre eran nombrados, fueron los
15/lamines, sacerdotes públicos del pueblo romano; los pontífices, ini­
cialmente de tres a cinco, originalmente responsables del puente sagrado
— el pont sublicius (origen de su nombre)— y encargados de supervisar
la práctica general de la religión a las órdenes del pontifex maximus,
quien establecía el calendario cívico que determinaba los días fasti (días
laborales) y nefasti (días libres); las vestales, vírgenes aristocráticas que
atendían el templo de Vesta; los 12 saliens, dedicados al culto de Marte;
los 20 fetialis, que celebraban los ritos de declarar la guerra y de firmar
tratados, con funciones diplomáticas, y el colegio de auguria, inicialmen­
te de tres sacerdotes y después de 16, que celebraba las prácticas augúra­
les. Las funciones sacerdotales conferían ciertos privilegios y eran’com-
patibles con una carrera privada o pública.
La religión romana, privada de dogmas y teología, y por ello muy to­
lerante ante otras religiones, era en esencia ritualista. El propósito era
obtener la pax deomm, lo que significaba una especie de contrato entre el
hombre y los dioses por el cual las divinidades favorecerían los desig­
nios humanos a cambio de recibir culto por medio de los ritos y sacrifi­
cios ordenados. Esa religión ritualista no satisfacía las demandas espiri­
tuales del hombre ni la humana preocupación por la muerte y el destino
del alma. Estas demandas producían prácticas místicas, ofrecidas ya por
la religión griega de los misterios y las religiones orientales de Isis o de
Mitra y, después de sufrir cierta influencia del monoteísmo judío, allana­
rían el camino a la expansión del cristianismo.
La crisis ética y religiosa generada por las guerras civiles, desde Mario
y Sila hasta César y el segundo triunvirato, llevaron a Augusto a inten­
tar seriamente la restauración de las normas religiosas y morales de la
sociedad romana. Se repararon los viejos tem plos y se construyeron
otros nuevos, se reanimaron los colegios sacerdotales, se insistió en la
moral pública y se exigió practicarla, y se introdujo un culto nuevo, el
de Roma, asociado en formas sutiles al culto del emperador, como una
manera de reforzar la pax romana y la unidad del Imperio. Augusto fue
divinizado, salvo en Roma y en Italia; en Roma, se rindió un culto discre­
to a su genio y después de su muerte se procedió a su divinización per­
sonal como en el caso de César, inaugurando así la práctica de la divini­
zación posmortem de los buenos emperadores por el Senado.
410 ROMA

Augusto fue un hombre profundam ente religioso y estuvo influido


por Nigidio Fígulo, quien al hacer su horóscopo había previsto su glorio­
sa carrera. Fígulo, un neopitagórico con influencias platónicas y estoicas,
propagó entre los círculos cultivados la creencia en la inmortalidad del
alma y en su som etim iento, después de la m uerte, a reencarnaciones
purificadoras hasta alcanzar la completa pureza y la eterna beatitud.
El periodo correspondiente al final de la República y com ienzos del
Im perio se caracterizó por la diseminación de concepciones filosóficas
del mundo y el destino del hombre entre la élite romana, poderosamen­
te influida por el epicureism o (Lucrecio) y el estoicism o (Cicerón y
Séneca), mezclados con ideas neopitagóricas y neoplatónicas.
La religión im perial, que inicialm ente estuvo bajo el predom inio
semimonoteísta de Júpiter Optimus Maximus y después del Sol Invicto
junto con el culto de Roma y del emperador, siguió ejerciendo su función
unificadora por todo el Imperio, como lo había concebido Augusto. Era
esencialmente un culto civil que subrayaba la lealtad cívica, la unidad de
la civilización romana y la supremacía de sus valores.
Los conflictos surgidos de la expansión del cristianismo y las varias
oleadas de persecución de los cristianos, aunque variando de acuerdo
con las circunstancias de tiempo y lugar, se debieron no a una intoleran­
cia religiosa y un dogmatismo cultural de Roma, sino a la negativa de
los cristianos a participar o simplemente aceptar la legitimidad del culto
de Roma y del emperador. Los romanos vieron en esa conducta una
expresión criminal de deslealtad cívica, mientras los cristianos conside­
raron que la aceptación de ese culto sería una traición a sus convicciones.
A este respecto, resulta interesante observar que los judíos, quienes tam­
bién eran leales monoteístas, no vieron ninguna traición a sus conviccio­
nes en el culto cívico romano y, por tanto, no sufrieron ningún acoso de
las autoridades romanas; antes bien, obtuvieron de éstas la autorización
de observar el culto del emperador según sus propios ritos. ¿Por qué no
hicieron lo mismo los cristianos?
Sería en extremo interesante un análisis más detallado de las razones
por las cuales, de las dos religiones monoteístas similares, el judaismo
fue tolerado por Roma y considerado religio licita, mientras que el cris­
tianismo fue perseguido hasta la conversión de Constantino; sin embar­
go, eso rebasaría los límites del presente estudio. Baste m encionar que
la diferencia esencial en la relación de ambas religiones con el Estado
romano consistió en que los judíos representaban una oposición externa
a Roma, mientras que los cristianos la representaban de manera interna.
Los judíos continuamente trataron — hasta la aniquilación final de sus
planes de un Estado judío independiente con la derrota de Barcoquebas
ROMA 411
en 135 d.C.— de conservar su autonom ía territorial. Con la diáspora
final, aceptaron el Imperio romano como la inevitable realidad política
de la época e intentaron adaptarse a ella con objeto de conservar en su in­
terior su propia cultura y religión. Ofrecer un sacrificio diario al empe­
rador, como culto cívico de acuerdo con sus propios ritos, no afectó sus
creencias religiosas.
Los cristianos, en cam bio, representaron una oposición interna al
Estado y en gran medida al orden social y la civilización de Roma. Los
cristianos se encontraron divididos en su relación con la civilización ro­
mana. Los más cercanos a las tempranas esperanzas en la parusía, con una
opinión marcadamente negativa del injusto orden social romano, como
Hipólito de Roma (170-236), consideraban que el Im perio rom ano era
una institución satánica. Los más influidos por la cultura clásica, como
Tertuliano (160-225) o, de manera más congruente, Orígenes (180-254),
aceptaron los que estimaron aspectos positivos de la civilización roma­
na y proclam aron su deber de obedecer, en principio, las norm as del
Estado (al cesar lo que es del césar). Sin embargo, ambas corrientes se
opusieron obstinadamente al culto del emperador, aunque reconocieran
que era un rito cívico, porque significaba negar o pasar por alto el hecho
de que la única autoridad suprema era Dios y que la autoridad del em­
perador simplemente era delegada.
Después de un lento desarrollo inicial, impulsado por el celo misionero
de Pablo, el cristianism o fue convirtiéndose gradualmente en un gran
movimiento sociorreligioso en el curso del siglo in d.C., hasta alcanzar
con Constantino la categoría de religión oficial. Las pasadas persecucio­
nes, que culminaron con la de Galieno en 303, fueron seguidas al cabo de
pocos años por la tolerancia decretada por Constantino en 312, y después
en 382 por el reconocimiento oficial, con la prohibición de otros cultos.
La nueva religión, que entre las creencias en com petencia era la que
daba la satisfacción más completa a las grandes exigencias de salvación
en otra vida, resistió a la temprana persecución, en parte porque su orga­
nización descentralizada para actuar a través de un gran número de co­
munidades independientes (cada una con su propio obispo elegido) le
dio gran flexibilidad, mientras que las asambleas de obispos y los conci­
lios ecuménicos aseguraron — pese al problema de las herejías— la con­
solidación de la doctrina y su unidad. Pero también porque las grandes
persecuciones fueron relativamente raras, y el excepcional valor de mu­
chos mártires, visto en principio como irracional obstinación,9 finalmen­
te transmitió una impresionante dem ostración de la seriedad de su fe.
9 Durante largo tiempo, la opinión popular de los romanos sobre los cristianos estuvo deforma­
da por prejuicios acerca de la naturaleza de sus ritos segiegados, hasta llegar a la convicción de que
412 ROMA

Sin embargo, la conversión de una religio illicita en la religión oficial


del Imperio romano se debió, ante todo, a un doble cambio. A finales del
siglo ni, el cristianismo se había diferenciado por completo de sus oríge­
nes judeocristianos. Se había vuelto la religión de una parte considera­
ble de las clases media y alta, habiendo absorbido plenamente la cultura
clásica y encontrado un modus videndi con los requerimientos cívicos del
Estado, sobre todo en el plano municipal. Al m ismo tiempo, la actitud
espiritual y religiosa general de los romanos también ya era totalmente
distinta de la que prevaleciera hasta el siglo n d.C. El paganismo clásico
había dejado el lugar a un nuevo monoteísmo, en sus diversas formas,
que daba grandes expectativas de salvación en otra vida a los no cristia­
nos, bajo influencias orientales o por la expansión de creencias neopla-
tónicas entre los sectores más cultos. La distinción entre cristianos y no
cristianos se volvió sutil y dejó de existir en la práctica.
Más que las persecuciones, el gran desafío al que se enfrentaron los
cristianos en Roma consistió en form ular una doctrina culturalm ente
coherente y en mantener su unidad ante importantes movimientos heré­
ticos, en particular los relacionados con los difíciles problemas de la Tri­
nidad y de ía doble naturaleza de Cristo, como el arrianismo, condena­
do por el Concilio de Nicea (325), y el nestorianismo, condenado por el
Concilio de Éfeso (431).10 La primera herejía logró establecerse entre las
tribus germánicas y la segunda en Asia Menor y Siria, con importantes
consecuencias futuras a partir del siglo v para las relaciones entre los
germ anos y la Italia ocupada, y para el problema del m onofisism o en
Constantinopla.

D. La visión del mundo

La práctica mentalidad romana no generó ■ — si se compara con la de los


griegos— una representación teórica del mundo plasmada en una m ito­
logía, una filosofía, una ciencia natural o una teoría política, ni se expresó
en paradigmas artísticos o grandes obras teatrales. Los romanos fueron
buenos para imitar y copiar a los griegos (la mayoría de las muestras que
quedan de la escultura griega son copias rom anas), pero su contribu­
ción original a las habilidades hum anas se relacionó con propósitos
prácticos: la oratoria política y del foro, la filosofía moral, el derecho y la
estaban poseídos por un odiutn hwnani generis. Opiniones ilustradas, como las que se revelan en el
intercambio de cartas entre Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, y el emperador Trajano, decían
que los cristianos violaban la lex de majestate impulsados por supersticiones irracionales.
10 Arrio (ai. 26Ü-336), presbítero de Alejandría, sostuvo que el hijo estaba necesariamente subor­
dinado al padre y, por tanto, no era divino, Nestorio, patriarca de Constantinopla (muerto ca. 451),
subrayó la independencia de las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana, y consideraba a
Cristo un hombre inspirado por Dios, y no un Dios hecho hombre.
ROM A 413

jurisprudencia, la historia, la ingeniería militar y civil, la arquitectura, el


urbanism o y un modo de vida civilizado. También crearon una gran
literatura.
La actividad intelectual llegó tarde a Roma, estimulada por sus con­
tactos con la cultura griega, en particular después de la toma de Tarento
(272 a.C.). Su periodo de esplendor fue el de finales de la República y la
época augustal. El periodo clásico del derecho romano llegó poco des­
pués, desde el segundo tercio del siglo n d.C. hasta el primer tercio del
siguiente. La ingeniería romana en la construcción de carreteras y puen­
tes, así como su arquitectura en la edificación de tem plos, palacios y
m onum entos conm em orativos, mantuvieron sus altos niveles hasta la
Antigüedad tardía. Para tratar de com prender la visión romana del
mundo a partir de su copiosa producción artística y técnica habremos de
tener en cuenta dos consideraciones principales: una de ellas, como
siempre ocurre en el ámbito de la actividad humana, es histórica. La otra
concierne a los dom inios en que mejor se expresó esa cosm ovisión.
Desde un punto de vista histórico debemos considerar cinco periodos
principales: 1) el periodo real y los principios de la República; 2) la eta­
pa final de la República y la edad augustal; 3) el Principado tardío; 4) el
Dominado, y 5) la Antigüedad tardía. En materia de sus expresiones más
representativas, también se deben considerar cinco sectores: 2) la expre­
sión de un propósito político en la oratoria, los ensayos y la escritura
histórica; 2) la reflexión moral; 3) el derecho y la jurisprudencia; 4) la inge­
niería y la arquitectura, y 5) la literatura.
El periodo real y la República temprana correspondieron a una fase
formativa, en cuyo curso el primitivo núcleo latino de la cultura roma­
na, con sus elementos sabinos y etruscos, pasó por un doble proceso de
racionalización bajo la influencia cada vez mayor de la cultura griega y
la sedimentación interna de sus propias tradiciones. En este periodo, los
excluidos plebeyos fueron obteniendo paulatinam ente una igualdad
estatutaria con los patricios; los romanos im pusieron su suprem acía a
las demás com unidades latinas; la cultura latina prevaleció sobre las
otras culturas italianas; la ciudad-Estado romana unificó la península
bajo su régim en y, habiendo vencido a Cartago, inició la creación del
Imperio romano. Fue un periodo que terminó con las crisis provocadas
por la incapacidad de las instituciones de la ciudad-Estado para hacer
frente a las nuevas condiciones sociales, en Roma y las provincias.
Ese periodo también se caracterizó por un serio compromiso cívico y
un vasto desarrollo en muy diversos ámbitos: la formación de un siste­
ma político romano y de una arquitectura romana a partir de modelos
etruscos; el desarrollo de una religión romana, bajo influencia etrusca y
414 ROMA

griega, partiendo del animismo original; la conformación de un ejército


de ciudadanos, eficiente y bien motivado, que derrotó a Cartago y em­
pezó a edificar el Imperio romano; y la evolución de la actividad intelec­
tual y literaria romana, bajo la creciente influencia griega, hasta culminar
en el Círculo Escipiónico. La última fase de este periodo fue la más pro­
ductiva. El Círculo Escipiónico, centrado en torno de Escipión Emiliano
(185 o 184-129 a.C.), hijo de L. Emilio Paulo e hijo adoptivo de Publio
Cornelio Escipión, hijo de Escipión el Africano, echó las bases de lo que
llegaría a ser la expresión madura de la cultura romana e im prim ió la
cultura latina con grandes contribuciones griegas m ientras conservaba
los valores romanos centrales.
El segundo periodo, correspondiente al final de la República y a la
edad augustal hasta la institución del Principado, fue al mismo tiempo
una de las fases más agitadas de la historia romana, marcada por cuatro
guerras civiles sucesivas, en las que intervinieron personalidades tan
dom inantes como M ario, Sila, César y O ctavio, así como una de las
fases más florecientes de la cultura romana en que brillaron hombres de
excepcional talento, como Cicerón, César, Salustio, Tito Livio y Tácito en
el ámbito político, y Virgilio, Horacio, Catulo y Ovidio en el literario. El
latín, como idioma, llegó a la cúspide de su perfección y fijó las normas
que la posteridad trataría de imitar en la propia Roma y después duran­
te el Renacimiento europeo.
El tercer periodo, los últimos años del Principado, a partir del breve
pero sabio reinado de Nerva (96-98 d.C.), pasando por el com petente
reinado de ios dos primeros Flavios para terminar con el sobresaliente go­
bierno de los Antoninos y hasta Marco Aurelio (161-180), fue una fase
de consolidación reflexiva y de conservación del legado romano. Trajano
llevó el Imperio a su más vasta y final expansión; A driano ajustó pru­
dentem ente sus fronteras, en armonía con sus capacidades defensivas
y los recursos administrativos de que disponía, y Aurelio, gobernando
una sociedad ya fatigada que empezaba a enfrentarse a crecientes pre­
siones externas, estoicam ente consagró su vida a la conservación de
dichas fronteras. El Principado tardío fue una fase de transición: de la
expansión imperial a las estrategias defensivas, de la gloriosa sensación
de una suprem acía predestinada al sobrio reconocim iento de que se
aproxim aba la decadencia. La nota dom inante del período fue la del
estoicismo, un estoicismo implícito en Trajano y Adriano, y explícito en
M arco Aurelio; un estoicism o introducido en Roma por Panecio, del
Círculo Escipiónico, desarrollado por Séneca (4-65 d.C.) en el trágico-
histriónico marco del reinado de Nerón, filosóficamente expuesto por
Epicteto (ca. 55 -ca. 135) y elevado por Marco Aurelio a la coherencia
ROMA 415

entre la teoría y la práctica. También fue una fase de oro en el ámbito del
derecho, con la codificación, por Salvio Juliano (100-169), por órdenes de
Adriano, del Edictum Perpetuum y la elaboración de los Digesta, sistema­
tización del derecho civil y pretoriano.
El cuarto periodo de la cultura romana, correspondiente al Dominado,
desde Septimio Severo (193-211) hasta Aureliano (270-275) y los empera­
dores danubianos (276-283), fue una fase de turbulencia militar intema y
de ataques externos, en el curso de finales del siglo iii d.C., cuando el
Imperio romano estuvo a punto de desplomarse. Durante esta fase, cul­
turalm ente muy yerma, el derecho civil, a partir de la codificación de
Juliano, fue sistematizado y mejorado en las primeras décadas por dos
generaciones de brillantes juristas. En contraste con la inestabilidad polí­
tica y la militarización del Estado, el derecho romano alcanzó su más alto
nivel con Papiniano (m. 212), Paulo (floreció ca. 210) y Ulpiano (m. 228).
El último periodo de la cultura romana, correspondiente a la Antigüe­
dad Tardía, desde Diocleciano (288-305) y Constantino (324-337) hasta
la caída de Roma con Alarico (416), G eserico (455) y la deposición de
Rómulo Augústulo (476), presenció el florecimiento final de las tradicio­
nes clásicas, con los esfuerzos del emperador Juliano (360-363) por res­
taurar el paganism o, la poesía de Claudiano (370-después de 404), la
poesía narrativa de Rutilio Nam aciano o las prim eras realizaciones
arquitectónicas en los reinados de Diocleciano y Constantino. También
fue la fase en que empezó a aparecer y dejar su huella la literatura cris­
tiana, con escritores em inentes como san Am brosio, obispo de M ilán
(339-397), San Jerónim o (348-420) y el más grande de todos ellos, san
Agustín (354-430).
En cuanto a su influencia, las mejores m anifestaciones de la cultura
romana correspondieron a los periodos segundo y tercero mencionados,
es decir, desde finales de la República hasta el ocaso del Principado. La
aportación de Roma tiene particular importancia en las diversas formas
en que transmitió un mensaje político. Cicerón (106-43 a.C.) constituye
la máxima expresión de la literatura política romana, como orador en
sus Catilinarias y Filípicas y como ensayista, en Brutus y De República .
La historiografía romana, a pesar de contar con méritos específicos,
en gran medida fue sólo una manera de transmitir un mensaje político.
Esto es manifiesto en los dos notables comentarios históricos de César,
De Bello Gallico y De Bello Civili. También es el caso de la historiografía de
Salustio (86-35): Bellum Catilinae , Bellum Ingurthinum e Historiae, que,
aun cuando representen un serio intento de historiografía a la manera
de Tucídides, también expresan las ideas políticas de Salustio acerca de
los asuntos romanos, acerca de los grupos y personalidades sociales, y
416 ROMA

fustigan a los optim ates m ientras elogian, m oderadam ente, a César,


Catón y Cicerón.
Los dos grandes historiadores romanos, Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) y
Tácito (ca. 55-0?. 120), pese a la importancia de su contribución a la his­
toria de Roma, también estuvieron interesados en transmitir un mensaje
político. La historia de Roma (Ab Urbe Condita Libri) de Tito Livio, en 142
tomos (de los cuales sólo se han conservado 35), empieza con la mítica
llegada de Eneas a Italia y termina con la muerte de Druso (9 a.C.), her­
mano menor de Tiberio. Aunque se interesa específicamente en relatar lo
que cree que en verdad ocurrió, también considera la historia como ins­
trumento para transm itir lecciones morales y políticas, y desea subra­
yar, en la edad augustal, la importancia de las virtudes republicanas.
Tácito fue un escritor prolífico. Además de su Dialogus, en que analiza
la oratoria romana, escribió una biografía de Agrícola (De Vita lulii Agri-
colae), su suegro, un ensayo antropológico sobre los germanos (De Origine
et Situ Germanorum) y dos grandes tratados históricos. La Historiae, en
12 tomos de los cuales sólo se han conservado los cuatro prim eros,
cubre el periodo que va de Galba en 69 al fin del reinado de Domiciano
en 97; su segundo tratado, los Anales, en 16 tomos, de los que se conser­
van nueve, trata de un periodo anterior, de Tiberio en 14 a Nerón en 68
d.C. Tácito es un espléndido escritor y, como Tito Livio, pretende hacer
un relato objetivo de acontecimientos históricos. Sin embargo, también
como aquél, desea extraer de la historia ciertas lecciones morales y polí­
ticas. Su afirm ación principal es que el Principado inaugurado por
Augusto, aunque realizó un mejor gobierno de las provincias e incre­
mentó el orden y la tranquilidad de la pax romana, confirió excesivos
poderes al príncipe, con los resultantes efectos corruptores — sobre todo
en el caso de personalidades menos equilibradas, como Domiciano— , y
suprimió virtudes cívicas entre la ciudadanía.
La filosofía moral representa otra importante expresión de la cosmo-
visión romana. Esta visión pasó por tres fases principales. Desde el
periodo real hasta la República temprana fue una visión cívico-patrió­
tica, que imponía austeridad y gravedad a la conducta individual, así
como una devoción ilimitada a la patria y al bienestar público, pero des­
pués de la crisis social caracterizada por los intentos igualitarios de los
Gracos y las intervenciones autoritarias de Mario, Sila y César, los roma­
nos llegaron a interesarse por el individuo y por las condiciones necesa­
rias para alcanzar la felicidad en una sociedad agitada.
Dos principales corrientes filosóficas heredadas de Grecia, el epicureis­
mo y el estoicism o, proponían una manera de alcanzar esta felicidad,
interpretada por ambas (aunque de manera diferente) como un estado
ROMA 417

de ataraxia: una condición de calma, libre de toda inquietud m ental


o emocional. La primera corriente tuvo su más alta expresión en Lucrecio
(99-55 a.C.). En los seis libros de su poema filosófico De Rerum Natura ,
Lucrecio escribió una de las presentaciones más extraordinarias de las
ideas de Epicuro, en donde expone la concepción atomista del mundo,
una explicación evolucionista predarwiniana de la vida y una dem os­
tración de que los dioses no se preocupan por la hum anidad, con la
resultante consecuencia de que el hombre debe cultivar una agradable
moderación, subrayando las virtudes de lealtad y de amistad, y m ante­
ner su serenidad ante la muerte, que, aunque inevitable, tam bién es el
fin del sufrimiento humano. El epicureismo fue adoptado como filosofía
y modo de vida por muchos nobles romanos de finales de la República y
comienzos del Principado, aunque no se conoce ningún otro importante
análisis filosófico romano de estas ideas.
Mayor influencia sobre Roma ejerció el estoicismo. Su proposición de
una sobria vida de austeridad y cumplimiento de los deberes públicos y
privados, subrayando la correspondencia entre la razón universal y la
razón humana, con la implicación de otra vida feliz para el alma inmor­
tal del sabio y del virtuoso, ejerció una poderosa atracción sobre la élite
romana. Presentado en Roma por Panecio (ca. 185-109), del Círculo Esci-
piónico, y desarrollado por su discípulo Posidonio (ca. 135-51 o 50), hom­
bre de sobresaliente cultura, llegó a ser la filosofía dominante entre los
m ejores espíritus del Principado. Cicerón experim entó una poderosa
influencia estoica, y Séneca fue su exponente más distinguido en la época
de Nerón. Aunque la conducta personal de éste acaso hiciera surgir
dudas, sus escritos filosóficos se encuentran entre las obras más logra­
das de la literatura moral romana.
A pesar de todo, las figuras más importantes del estoicism o romano
fueron Epicteto (ca. 44-ca . 135) y Marco Aurelio, que, curiosamente, ocu­
paron posiciones sociales antagónicas: el primero había sido esclavo y el
segundo fue un gran emperador. Las enseñanzas de Epicteto, dadas en
griego, fueron recabadas por su discípulo Flavio Arriano (Arrio), quien
también escribió una espléndida síntesis de sus ideas en el célebre Ma­
nual. Marco Aurelio, influido por Epicteto, tam bién escribió en griego
en cuadernos de notas durante sus cam pañas m ilitares y produjo, en
sus Meditaciones, una de las más elevadas reflexiones morales jamás es­
critas, legitimadas por el hecho de que su vida personal estuvo en total
armonía con sus ideas y sus ideales.
Por último, debe hacerse una breve referencia a los otros tres im por­
tantes ám bitos de expresión de la cosm ovisión romana: el derecho; la
ingeniería y la arquitectura, y la literatura. El derecho y la jurispruden-
418 ROMA

cia son las contribuciones más duraderas de Roma a la humanidad. El


mayor logro de Roma, la ecuménica pax romana, se basó en el concepto
de ley y orden. Las legiones romanas asegurarían la conservación del
orden, pero ese orden se fundaba en la ley Dos hitos registran las fases
inicial y final de la aportación legislativa romana: la Ley de las Doce
Tablas, aprobada en 450 a.C., y el Código de Justiniano, prom ulgado
entre 529 y 534 d.C. En el curso de ese milenio, el derecho romano pasó
por cuatro fases principales. La más prim itiva, hasta el siglo m a.C.,
estuvo caracterizada por un estricto formalismo. El respeto a rígidos
m odelos jurídicos prevalecía sobre las intenciones de las partes. La
segunda fase, que corresponde a los siglos n y i a.C., fue un periodo de
ajuste del estricto formalismo de la anterior ciudad-Estado a su condi­
ción, pronto creciente, de poder imperial. Fue entonces cuando hizo su
aparición el concepto de ius gentium y em pezó a ser aplicado por un
nuevo m agistrado el praetor peregrinus. La tercera fase correspondió al
Principado y a los com ienzos del Dominado, desde A ugusto hasta los
Severos. Tal fue el periodo clásico del derecho y la jurisprudencia, cuan­
do los ilustrados juristas antes m encionados, Juliano en el siglo n v
Papiniano y sus ayudantes en los prim eros decenios del turbulento
siglo iii, lograron establecer un régimen equitativo y técnicamente logra­
do de derecho civil. La cuarta fase fue un periodo de simplificación jurí­
dica en el Imperio de Occidente, gradualmente "barbarizado" pero que,
en el Imperio de Oriente, correspondió al magnífico nuevo esfuerzo de
codificación emprendido por Justiniano cuatro siglos después del códi­
go Juliano.
La ingeniería y la arquitectura fueron otros ámbitos im portantes en
que los romanos expresaron su visión del mundo. El concepto y la prác­
tica de la pax romana, con base en una insuperada capacidad para gober­
nar combinando la fuerza militar con el imperio de la ley bajo una inspi­
ración estoica, requirieron un correspondiente entorno físico. En primer
lugar, una extraordinaria red de buenas carreteras, conservada hasta
nuestros días, con sus elegantes y sólidos puentes que conectaban Roma
con las provincias; y en segundo lugar, una pauta racional de urbanismo
impuesta a todas las ciudades creadas o reconstruidas por Roma, con su
lógico cardo maximus, de norte a sur, su decumanns, de este a oeste, un
diseño en cruz con el forum y los edificios públicos en la plaza central.
A daptando m odelos etruscos y griegos a su conveniencia y sensibili­
dad, los romanos desarrollaron sus propias pautas arquitectónicas, ca­
racterizadas por arcos y domos, y por la invención y el uso corriente del
concreto. Las construcciones romanas — cuyas impresionantes ruinas se
han conservado hasta nuestra época— contrastan con las griegas, pero,
RO M A 419

de manera similar a sus equivalentes helenísticos, mostraron una prefe­


rencia por lo monumental: inmensas termas y basílicas, grandes arcos y
acueductos. Fue una arquitectura imperial para la primera sociedad de
masas civilizada y ecuménica.
La ingeniería romana, como puede suponerse, tam bién fue la más
competente ingeniería militar preindustrial del mundo. Con base en la
ingeniería m ilitar de A lejandro y los reinos helenísticos, los rom anos
crearon una gran variedad de máquinas de guerra, puentes m ilitares y
avanzadas instalaciones defensivas. La doble trinchera de la circunvala­
ción de Alesia que permitió a César sitiar a las tropas de Vercingetórix
para obligarlas a rendirse por hambre, y al mismo tiempo rechazar a las
fuerzas externas que trataron de rescatar al jefe galo, es una buena ilus­
tración de su sobresaliente ingeniería militar.
Por últim o, debe hacerse un breve com entario sobre la literatura
romana. Si los romanos no crearon, como los griegos, una gran filosofía,
una teoría política o un tratado psicológico, produjeron lina gran litera­
tura. Una vez más, la propensión de la cultura romana hacia los aspectos
aplicados del ingenio humano se refleja en la literatura. En cierto modo,
la literatura es una expresión aplicada de la filosofía, la ética, la psicolo­
gía y la política.
La literatura romana comenzó bajo la influencia griega tras la conquis­
ta de Tarento, con autores griegos que escribían en latín. Livio Andrónico,
de Tarento, tradujo al latín la Odisea, y en 240 a.C. puso en escena algunas
obras del repertorio griego. Nevio, de la Campania, compuso una epope­
ya latina sobre las Guerras Púnicas. La edad de oro de la literatura roma­
na correspondió al final de la República y a la era augustal. Cicerón y
César son los principales exponentes de la primera fase, en que la poesía
lírica de Catulo, que celebra su amor a Lesbia (en realidad Clodia, her­
mana de Clodio), ocupa un lugar importante. En la época augustal, bajo
el patrocinio aristocrático de Mecenas (m. 8 a.C.), paradigma de futuros
ministros de la cultura, Virgilio, Horacio, Propercio, C. M eliso, Vasio
Rufo y Domicio Marso, entre otros, formaron un brillante círculo de poe­
tas e intelectuales. Mésala Corvino (65 a.C.-8 d.C.) fue otro patrón de las
letras, y en su círculo figuraron Ovidio, Tibulo, Lidamo y Sulpicia.
Virgilio (Publio Virgilio Maro, 70-19 a.C.), Horacio (Quinto Horacio
Flaco, 65-8) y Ovidio (Publio Ovidio Nasón, 43 a.C.-17 d.C.) constituyen
las más altas expresiones de la poesía y la literatura romanas. Las princi­
pales obras de Virgilio fueron las Églogas (según el modelo de los Idilios
de Teócrito), el poema didáctico inspirado por H esíodo; las Geórgicas ,
sobre la agricultura, que exalta la vida rural, y el extraordinario poema
épico-lírico La Eneida, en que celebra las vicisitudes del mítico fundador
420 ROMA

de Roma, el héroe troyano Eneas, su huida de Troya, su amor a Dido y su


triunfante lucha contra Turno. La calidad insuperable de la poesía
de Virgilio fue reconocida durante su vida, en primer lugar por el pro­
pio Augusto. La Eneida, su obra mayor, se volvió para el mundo romano
el equivalente de los poemas homéricos en Grecia; el Renacimiento, co­
menzando con Dante, la incorporó como su paradigma poético, aprecia­
ción que en general ha sido sostenida por la crítica contemporánea.
Las obras principales de Horacio son el llamado Libro del Epodon , 17
poemas líricos inspirados en Arquíloco; las Sátiras, influidas por la poe­
sía autobiográfica de Lucilio, que expresan las ideas de H oracio sobre
los hechos y los hom bres; las Odas, colección de poem as líricos que
representan una versión m odernizada de Safo; las Epístolas, cartas en
verso sobre diversos temas, y el Ars Poética (otra epístola dirigida a Pisón
y a sus hijos), que en realidad no trata del arte de la poesía, sino de otros
géneros literarios, como la epopeya y el drama. La poesía de Horacio,
que combina el lirismo con la ironía y es una sobresaliente manifestación
de arte poético, se ganó la admiración de sus contemporáneos, y si bien
fue menos apreciada durante la época romántica, hoy ha recuperado su
alto lugar.
Ovidio, cuya vida al principio feliz fue súbitamente perturbada al ser
exiliado por A ugusto a Tomis, en el Mar Negro (supuestam ente por
complicidad en la conducta adúltera de Julia, nieta de Augusto), fue el
más grande poeta lírico romano. Entre sus obras principales están los
Amores, en que celebra su amor a Corina (probablemente, un personaje
ficticio); las Heroidas, cartas de mujeres legendarias, como Dido o Ariad-
na, a sus maridos o amantes, junto con una serie de intercam bios entre
enamorados, como la correspondencia entre París y Elena; el Ars Amato­
ria, en que explica a hombres y mujeres con insuperado talento el arte de
la seducción, combinando el lirismo, la ironía y una parodia de las partes
técnicas del amor, y su obra maestra, las Metamorfosis, colección de rela­
tos en forma de poem a lírico, en que pinta las transform aciones de la
leyenda clásica en una secuencia que culmina en la apoteosis de Julio
César. Desde su triste exilio en Tomis, Ovidio escribió varios poemas que
expresaban su pesar y su deseo de volver a Roma. El lirismo de Ovidio
es la mejor m anifestación del género en la literatura romana. Su dom i­
nio del idioma es extraordinario, pero su dramatismo ya muestra cierto
distanciamiento del clasicismo de Virgilio y Horacio, una tendencia que
luego sería exagerada por los escritores de finales del Principado, como
Séneca con sus tragedias.
ROMA 421

E. Las instituciones políticas

Las instituciones políticas de Roma, como casi todos los demás aspectos
importantes de su civilización, pasaron por cuatro fases principales: la
monárquica, la republicana, la imperial temprana y la im perial tardía.
La Roma m onárquica estuvo bajo la autoridad suprem a de un rey no
hereditario, quien era propuesto por el Senado después de consultar a
los dioses y elegido de por vida por la Comitia Curiata. El rey era el jefe
de los asuntos religiosos, del ejército y la justicia, y presidente del Senado.
Sus insignias eran una toga de color púrpura, una corona de oro, el cetro
y la silla curul. Era escoltado por 12 lictores.
El Senado, inicialmente de 100 miembros, que eran los paterfamilias
(paires conscripto más importantes, fue aumentado por Tarquino Prisco a
300 miembros, 100 por tribu. Los senadores eran nombrados por el rey.
Sus funciones principales eran mantener las costumbres de sus antepa­
sados (mos majorum), aconsejar al rey, supervisar la A sam blea (patrum
auctoritas) y gobernar en el interregnum, el intervalo entre la muerte de un
rey y el nombramiento de su sucesor.
La Asamblea (Comitia Curiata), formada exclusivamente por patricios,
tenía las funciones de elegir al rey, de acuerdo con las propuestas del
Senado, y conferir su poder, el imperium; sancionar las leyes; decidir
funciones de guerra y paz; participar en la jud icatura, y nom brar los
duoviri perdueüonis para juzgar los delitos de Estado.
La República suprimió la función del rey. Sus responsabilidades reli­
giosas fueron conferidas de por vida a un sumo sacerdote, el rex sacro-
rum, un patricio que no podía ejercer ninguna otra función. Las funciones
ejecutivas se entregaban a dos cónsules, inicialmente llamados praetores,
elegidos por el populus y aprobados por el Senado. Los cónsules, cuando
ambos tenían que salir de Roma, designaban a un praefectus urbi para
encargarse en su ausencia de los asuntos públicos. Esa función fue su­
prim ida con la creación ulterior del praetor urbanus , quien asum ió las
anteriores responsabilidades del praefectus urbi.
Como ya se dijo antes, el periodo republicano temprano se caracteri­
zó por el conflicto entre las órdenes, a partir del cual los plebeyos fueron
adquiriendo gradualm ente los mismos derechos que los patricios. El
primer paso en este proceso de cambio fue la creación de dos tribunos de
la plebe en 493 a.C., elegidos por la Comitia Tributa plebeya, ayudados
por dos ediles que después serían responsables de los edificios públicos.
Más adelante se crearían nuevas magistraturas. En 435 a.C-, entre los ex
cónsules fueron elegidos dos censores por la Comitia Centuriata, para
hacer cada cinco años un censo de la población. Los quastores, que origi­
422 ROMA

nalmente fueron secretarios de los cónsules, después pasaron a ser fun­


cionarios del tesoro, elegidos por la Comitia Tributa.
Con la plena institucionalización de la República romana, en el siglo
ii a.C. fue adoptado un cursus honorum, después revisado por Sila. La
carrera pública empezaba con los quaestores, seguidos por los ediles, los
pretores y los cónsules, en orden ascendente de importancia y dignidad.
Cada cinco años eran elegidos dos censores por 18 meses, encargados
de hacer un censo de la población, reclutar miembros para el Senado y
vigilar las costumbres públicas.
Las asambleas sufrieron dos cambios principales. La Comitia Centu-
riata, tomada de entre toda la ciudadanía, remplazó a la Comitia Curiata,
integrada exclusivamente por patricios. La Comitia Tributa, inicialmente
sólo de la plebe, se convirtió en la asamblea de toda la población (las 35
tribus) y compartió con el Senado un número creciente de facultades. El
número de senadores fue aumentando gradualmente: pasó de 300 en la
época de Sila a 600 bajo el dictador, luego a 900 bajo César y a 1 000 du­
rante el triunvirato.
Con la Lex Ovinia de 318 a.C. pudo elegirse a un plebeyo para ser uno
de los dos censores. En el aspecto político, su atribución más importante
era organizar la lista senatorial (álbum) con base en la lista anterior. El
reclutamiento para el Senado siguió un orden determinado: ancianos ex
dictadores, ex censores, todos los ex dictadores, ex cónsules, patricios y
plebeyos, unos y otros por antigüedad. El m ínim o de edad fue de 46
años, luego de 27 y, desde los tiempos de Sila, de 30 años.
El Principado condujo a la permanencia residual y casi formal de las
magistraturas republicanas. Los princeps acumularon, formalmente o en
la práctica, casi todos los poderes. Los cónsules vieron reducido su cargo
de dos años a cuatro meses (consulis ordinarii), mientras que los consulis
suffecti, nombrados por el emperador, servían un mandato anual.
El Senado, de 600 m iembros nom brados por el em perador, tenía la
atribución nom inal de elegir a éste, lo que en la práctica consistía en
homologar al sucesor elegido por el anterior o por el ejército. Nominal­
mente, el Senado conservó sus poderes legislativos y de convalidación
de decisiones del emperador. Tenía funciones consultivas, pero cuando
estas funciones llegaron a ser ejercidas cada vez más por el consilium
principis del emperador, gradualmente el Senado se convirtió en el con­
cejo municipal de Roma.
Durante el reinado de Tiberio, las funciones de la A sam blea fueron
transferidas al Senado. La antigua Comitia Curiata conservó la hondón no­
minal de conferir el imperium al nuevo emperador. Al correr del tiempo,
esta función fue reducida a una aclamación. El emperador recibía la tri­
RO M A 423

bunicia potestas de por vida, la función de princeps senatus, el imperium


proconsular para todo el Imperio, la autoridad de augustus, censor y pon-
tifex maximus. Por la Lex de Imperio se le otorgaban los poderes legislativo
y judicial; por la Lex de Tribunicia Potestate, poderes tribunicios, y por el
ius proconsidare el mando supremo del ejército. Por consiguiente, en tér­
minos prácticos, el emperador era un monarca absoluto bajo un supues­
to régimen republicano.
La concentración de poderes en la persona del emperador implicaba,
práctica y tam bién form alm ente, una considerable delegación de car­
gos de los altos funcionarios del Estado. Los más importantes eran los
dos praefecti pretorio, que mandaban la guardia pretoriana; el praefectus
annonae, encargado de abastecer la capital; el praefectus urbi, administra­
dor de Roma y jefe de la policía y de las cohortes urbanas, y el praefectus
vigilium , jefe de los bomberos.
No menos importantes para el Imperio en general eran las cancillerías
im periales, ejercidas inicialm ente por libertos y después por équites,
entre ellos los oficios epistulis , a cargo de la correspondencia con las
provincias; a rationibus, que trataban de asuntos financieros; a cognitioni-
bus, de asuntos judiciales; a libellis, que daban curso a las peticiones diri­
gidas al emperador.
En las provincias, el emperador estaba representado por los prefectos
o procuradores, habitualmente de la orden ecuestre. Desde la época de
Adriano se formó el Consilium Principis con los más altos funcionarios y
bajo la presidencia del emperador o de un prefecto.
El Imperio tardío mantuvo la estructura pública creada en el Princi­
pado; la única diferencia consistió en que las formalidades republicanas
fueron declaradamente abandonadas, y el poder absoluto, ya implícito en
el régimen anterior pero por lo general ejercido con m oderación o m e­
diante consultas al Senado o al Consilium Principis, fue abiertamente ejer­
cido por el emperador.

F El sistema fiscal

Originalmente, el ciudadano romano no pagaba impuestos. En caso de


guerra, se imponía a cada quien un tributum, de acuerdo con su rique­
za. Después de la conquista de Macedonia, el tesoro público fue lo bas­
tante rico para prescindir del tributum en Italia, a partir de 167 a.C. Los
que no eran ciudadanos pagaban el vectigal, un diezmo sobre su rique­
za. También se cargaban im puestos especiales, como 5% por m anu­
m isiones y un im puesto a los solteros. La tesorería pública recababa
ingresos del alquiler de tierras y lugares públicos, y un im puesto a las
424 ROMA

aduanas, el portorium, de un cuarentavo sobre el valor de los bienes,


para no mencionar los extraordinarios ingresos derivados de los botines
de guerra.
En la República, los im puestos eran cobrados por corporaciones de
publicani, formadas por équites, quienes entregaban al Estado una canti­
dad convenida a cambio del derecho a cobrar los impuestos. Unos ban­
cos privados (argentarii) se encargaban de las operaciones bancarias
habituales. El sistema fiscal era administrado por el Senado, con la ayuda
de censores y quaestores, y los fondos se conservaban en el aerarium populi,
la tesorería pública.
Los gastos estatales correspondían principalm ente a la ejecución y
mantenimiento de obras públicas, el financiamiento de cultos, los gastos
militares, unos pocos servicios públicos y, a partir de los Gracos, la dis­
tribución de cereales a precios bajos — y después gratuitos— a la pobla­
ción más pobre de Roma; este gasto pasó de 10 millones de sestercios en
75 a.C. a cerca de 77 millones en 46 a.C.
Con el Imperio se organizó más sistemáticamente el sistema fiscal. Se
fijaron impuestos directos a individuos (tributum capitis) y zonas rurales
de las provincias. Se fijó un impuesto a la tierra (tributum soli), con base en
registros iniciados por César y completados por Augusto. Entre los im­
puestos indirectos estaban el ya mencionado portorium, aplicado a la circu­
lación de bienes, y varios otros, como los impuestos por uso de las tierras
públicas de pastoreo (scriptura), pagaderos a una tasa de 1% de las ven­
tas de ganado (centesima rerum venalium), el ya m encionado 5% en m a­
numisiones y un impuesto por litigios (quadragesima litium), este último
sólo en tiempos de Calígula.
Los cuerpos de publícanos fueron remplazados por servidores públi­
cos de las municipalidades. Augusto creó una segunda tesorería, aparte
de la del Senado (el fiscus Caesaris), directamente adm inistrada por los
agentes del emperador, que recibía los im puestos de las provincias y
los ingresos por monopolios y confiscaciones.
El gasto público aumentó enorm em ente, sobre todo por razón del
ejército, que llegó a absorber hasta 70% de los ingresos con más de 140
millones de sestercios anuales, costo financiado principalm ente por la
tesorería imperial. Durante el Imperio también aumentaron considera­
blemente los gastos administrativos, cuando las funciones públicas, sal­
vo las del Senado, empezaron a recibir una remuneración.
A finales del Im perio se prescindió de la m ayoría de los im puestos
indirectos, pero se volvieron aplastantes los directos, el más importante
de los cuales era la annona, pagada colectivamente en especie por muni­
cipalidades y corporaciones; a partir de Diocleciano, todo el Imperio se
ROMA 425

vio sometido a este impuesto a la tierra.11 Los magistrados municipales,


los decuriones, pasaron a ser personalm ente responsables de los im ­
puestos de su respectivo municipio. La tesorería del Senado fue abolida
y sólo se mantuvo su equivalente im perial, con el nombre de aerarium
sacnim, supervisado por los comes sacrarum largitionum , con la ayuda de
gran número de oficiales y funcionarios.

G. El ejército

Como las demás instituciones, el ejército romano pasó por profundos


cambios al transcurrir el tiempo. Una milicia de ciudadanos, inicialmen­
te de patricios y de sus clientes durante el periodo real, fue transformada
después de Mario en un ejército profesional de voluntarios. En la A nti­
güedad tardía, la milicia profesional se convirtió en actividad hereditaria
y sus fuerzas se reclutaban, cada vez más, entre las tribus bárbaras.
Durante el periodo real, la base del ejército fueron las curiae, cada una
de las cuales aportaba 100 soldados de infantería y 10 de caballería. Las
tres tribus, con un total de 30 curiae, formaban un ejército de 3 000 sol­
dados de infantería (milites) y 300 de caballería (celeres). La caballería
constituía la guardia del rey y se empleaba con fines de transporte y
reconocimiento. El verdadero combate corría a cargo de los soldados de
infantería.
En la República, después de la reforma de Servio Tulio, el ejército
podía incorporar a todos los ciudadanos que tuviesen un m ínim o de
propiedad. Los contingentes eran aportados por las centuriae, ya no por
las patricias curiae. Las 18 centurias más ricas de la primera clase aporta­
ban la caballería. De la segunda a la cuarta clase salía la infantería pe­
sada. Las dos clases más bajas aportaban la infantería ligera. Había dos
centurias de ingenieros (fabri) y dos de músicos militares (tibicines). Por
la época de las Guerras Púnicas, dos centurias, cada una originalmente
de 100 hombres y después en promedio de 70, formaba un manípulo, y
30 manípulos integraban una legión de 4 200 hombres.
La reforma de Mario incorporó proletarios al ejército, al que convirtió
en un organismo profesional. Dos centurias de 100 hombres cada una for­
maban un manípulo, tres manípulos una cohorte, y 10 cohortes una le­
gión de 6 000 hombres. Antes de Mario, el ejército era movilizado en la
primavera (marzo) y desmovilizado en otoño (octubre). Originalmente,

15 La annona se imponía de acuerdo con una serie de variables, periódicamente revisadas, rela­
cionadas con la productividad calculada de cada iugum, el área de tierra que podía trabajar un
campesino.
426 ROMA

cada soldado debía aportar su propio equipo; después fue proporcionado


por el ejército. El ejército profesional, desde los tiempos de Mario hasta
la relajación de la disciplina militar en el siglo v d.C., estaba sometido a
un continuo entrenamiento intensivo y severa disciplina. La fuerza de los
ejércitos romanos y su habitual invencibilidad se derivaban de su disci­
plinada preparación y de la resultante flexibilidad táctica de los subsis­
temas/la cohorte y el manípulo, cada uno de ellos con papeles específi­
cos en las diversas posibles situaciones de batalla, ya fuese actuando
independientemente o en conjunto. Además, los ejércitos romanos goza­
ron de la inmensa ventaja de su ingeniería militar, desde las máquinas de
guerra hasta los cam pam entos, las trincheras y su ingenioso sistem a
de abastecimiento. Las principales armas del ejército eran la hasta , una
lanza; el pilum, jabalina de dos metros; el gladium, espada corta de doble
filo de 50 centímetros, y el scntum, escudo de madera reforzada, semici-
líndrico, además de la coraza y el casco. Las tácticas militares comenza­
ban con el lanzamiento del pilum, seguido por una carga de infantería
con las lanzas; el gladium se empleaba en el combate cuerpo a cuerpo.
El ejército se hallaba bajo el mando supremo de un cónsul o pretor,
quien nombraba a sus legados para comandar cada legión. Cada legado
contaba con la ayuda de seis tribunos militares, seleccionados entre ofi­
ciales con experiencia. Un centurión mandaba cada una de las 60 centu­
rias de la legión. Los oficiales subordinados, que dirigían las cohortes y
los m anípulos, eran los principales. La paga del soldado en el siglo iii
d.C. era de tres ases diarios, y de seis la de los centuriones. Estos sueldos
fueron duplicados por César.
Durante el Imperio se mantuvo permanentemente un ejército fuerte
de 150 000 hombres, con soldados profesionales que servían durante 20
años. El reclutamiento anual para llenar las vacantes por retiros y m uer­
tes estaba limitado a 10 000 hombres. Había un número correspondiente
de soldados auxiliares, cuyo tiempo de servicio era de 25 años.
Después de la batalla de Actium, Octavio quedó con 50 legiones, cada
una de 5 000 a 6 000 hombres, y redujo el total a 25 legiones con el m is­
mo número de hombres por legión. Marco Aurelio aumentó el ejército
perm anente a 30 legiones. Cada legión tenía un número: la primera, la
segunda, etc.; un título, como Augusta o Gálica; un nombre de familia,
Pía, Félix, etc., y un emblema: un jabalí, un león, un toro, etc. El recluta­
miento siguió siendo voluntario, principalmente entre las clases bajas de
las provincias. La paga de los soldados varió, de los siglos i a m, de 150 a
500 denarios anuales. Al retirarse, los soldados obtenían una praemia
militia de 3 000 dinares; más tarde se les dio una parcela de tierras la­
brantías.
ROMA 427

Con Augusto, a la jerarquía militar superior se agregó un prefecto de


campamento, que mandaba varias legiones bajo el com ando suprem o
del emperador. Cada legión era encabezada por un legado imperial pro­
pretor, ayudado por un tribuno laticlave y por un prefecto de campo.
Además de la legión del ejército había tres tipos de cohortes urbanas: las
cohortes pretorianas — la guardia imperial— , en número de nueve en la
época de A ugusto, cada una con 500 hom bres acantonados fuera de
Roma; las cohortes urbanas, cuatro en total, que constituían la policía
de Roma, y las cohortes de bomberos, formadas inicialmente por escla­
vos y después por libertos, en número de siete.
Además del ejército, Augusto estableció una marina permanente para
patrullar los mares y ríos fronterizos, la cual estaba formada por ocho
escuadrones, surtos en distintos puertos del Imperio, y tres flotas fluvia­
les: para el Rin, el lago de Constanza y el Danubio.
En la Antigüedad tardía, el ejército se vio gravem ente afectado por
la renuencia de la población romana a prestar el servicio militar. Con la
desaparación del enrolamiento voluntario, tropas auxiliares formadas
por bárbaros tuvieron que rem plazar a m uchas legiones y el servicio
militar se volvió hereditario. Las tropas estaban divididas en cuatro ca­
tegorías, consistentes en 35 legiones palatinas que formaban una reserva
estratégica acantonada cerca del emperador; 70 comitatenses en el inte­
rior; 38 sendocomitatenses cerca de las fronteras, y 47 riparienses en las
fronteras del Imperio, formadas por soldados campesinos; en total, 175
legiones. Por entonces, una legión tenía por regla general sólo 1 000
hombres. La infantería y la caballería estaban separadas, cada una bajo
el mando superior de un magister pedium para la infantería y un equitum
para la caballería. La verdadera fuerza de combate del ejército era consi­
derablem ente inferior a estos números. Los soldados cam pesinos no
estaban preparados para una verdadera lucha y dependían de los comi­
tatenses para rechazar invasiones en gran escala. Entre estos últimos, la
disciplina militar y la moral eran muy bajas, y campeaba la corrupción, lo
que explica las sucesivas derrotas de los ejércitos rom anos en el curso
del siglo v d.C. y, a la postre, las razones militares que contribuyeron a
la caída de Roma.

4. El s u r g i m i e n t o

Tres preguntas centrales

La milenaria historia de Roma y de su civilización, desde el siglo vi a.C.


hasta el vi d.C., plantea tres provocativas preguntas: ¿por qué y cómo
428 ROMA

una modesta aldea situada en lo alto del Palatino, establecida a comien­


zos del primer milenio, llegó a convertirse en una ciudad-Estado hege-
mónica en la Italia del siglo m a.C.? ¿Cómo y por qué la ciudad-Estado
romana, edificada en el curso de dos siglos, de finales del siglo iii a finales
del i a.C., pasó a ser el mayor imperio de la Antigüedad y el más durade­
ro de la historia? ¿Por qué y cómo — con tan extraordinario Im perio—
Roma cayó en sólo unas cuantas décadas, de 410 a 476 d.C., ante las mis­
mas tribus bárbaras a las que había dominado durante tanto tiempo? En
estas tres últimas secciones del capítulo intentaremos dar una breve res­
puesta a dichas preguntas vitales.

Los principios

Desde el periodo formativo de la ciudad-Estado, la civilización romana


fue gradualmente forjada con la influencia de rasgos sociales y culturales
sabinos, etruscos y griegos sobre la original cultura latina. La más tem­
prana expresión de lo que conocemos como civilización romana ya es­
taba claram ente form ada en el siglo iv a.C. y alcanzaría su expresión
madura a finales de la República, después de la época de los Escipiones.
Una cultura latina, con manifiestas influencias sabinas y etruscas en las
condiciones sociales de la monarquía y comienzos de la República, ge­
neró lo que podemos llamar la primordial civilización romana; en tér­
minos generales, ésta fue la civilización del pueblo romano antes de su
helenización.
Resulta interesante determinar por qué Roma, que originalmente fue
una modesta aldea entre las comunidades latinas, se convirtió en el cen­
tro hegemónico, y por qué la cultura latina prevaleció sobre las otras tem­
pranas culturas de Italia, como la osea, para no mencionar la alta civili­
zación etrusca, que siguió un curso diferente.
De hecho, el súbito aumento de importancia de la ciudad-Estado roma­
na resultó de una combinación de circunstancias casuales con los efectos
dinám icos de su estructura de clases y la contribución civilizadora de
los etruscos. Las favorables condiciones geotopográficas contribuyeron
al desarrollo relativamente rápido de la Roma preurbana y a la incipien­
te formación, en la ciudad-Estado, de una estructura de clases caracteri­
zada por la dominación de un estrato patricio sobre otro plebeyo. Esta
estructura de clases produjo un poderoso y doble efecto dinámico sobre
la sociedad romana. Los patricios, que necesitaban conservar sus pri­
vilegios de clase y al mismo tiempo la obediencia de los plebeyos a sus
designios económicos, políticos y militares, desarrollaron una excepcio­
ROM A 429

nal capacidad de liderazgo y un acendrado ethos basado en una rigurosa


disciplina propia, resistencia personal y valor militar, orientado todo ello
por un valeroso pragmatismo racional. Por su parte, los plebeyos ejercie­
ron una continua presión sobre los patricios para m ejorar su suerte y
alcanzar la igualdad social y política, lo cual constituyó la otra fuerza di­
námica dentro de la sociedad romana. A su vez, el liderazgo etrusco fue un
decisivo factor civilizador que dio a Roma su alfabetización e hizo otras
importantes aportaciones culturales, desde la religión, las artes y las técni­
cas militares hasta la organización política y el arte de gobernar La com­
binación de estos factores llevó a la supremacía de Roma entre los latinos
y a la de los latinos romanizados sobre las otras culturas de la península.
Al principio, la República causó una considerable pérdida de la fuerza
política y militar de Roma, amenazada por los rebeldes latinos y otros
enemigos, como los galos, que la ocuparon momentáneamente. Sin em ­
bargo, los patricios romanos, libres de las limitaciones de los reyes etrus-
cos, adquirieron mayor espacio de maniobra y pronto recuperaron la ini­
ciativa en el Lacio y con ello la supremacía, que impusieron sobre Etruria
y la Campania. Un ejército de ciudadanos, profundamente m otivado y
ahora fortalecido con plebeyos dueños de propiedades, inició la victo­
riosa carrera de las armas romanas.
La influencia etrusca en la formación de la civilización y la expansión
de la ciudad-Estado romanas tuvo dos fases distintas. Durante todo el
periodo de los reyes etruscos hizo una contribución positiva a la construc­
ción de la ciudad y la formación de sus instituciones. En el siglo v a.C.,
después de la expulsión de Tarquino el Soberbio y del fracasado intento de
Porsena por recuperar el poder etrusco, el Imperio etrusco cayó en una
decadencia relativamente rápida, atacado por los galos en el norte, ex­
pulsado por los griegos y los samnitas del sur y muy debilitado por su
falta de unidad interna, lo que abrió la posibilidad de una triunfal ofen­
siva romana en Etruria. Si las circunstancias hubiesen sido distintas,
bien habría podido ocurrir lo contrario.
El contacto con los griegos de la Magna Grecia y después con los Es­
tados helenísticos, que representaban la otra cara de la moneda, inició el
proceso de gradual helenización de Roma entre su élite y dio paso a esa
final m ezcla grecolatina que caracterizaría a la civilización rom ana
madura. Por otra parte, la segunda Guerra Púnica, con las iniciales vic­
torias sucesivas de Aníbal, requirió desesperados esfuerzos para salvar
a Roma de una derrota completa y desarrolló un acendrado patriotismo,
resistencia y combatividad que formarían otros ingredientes esenciales
de la cultura romana y definitivamente consolidarían la romanización de
toda Italia.
430 ROMA

5. El d e s a r r o l l o

Un proceso triple

La formación del Imperio romano fue un proceso gradual que, en el cur­


so de cerca de tres siglos, extendió la hegemonía romana desde la penín­
sula italiana hasta una vasta zona en torno del mar Mediterráneo y más
alia, incluida toda la ecúmene civilizada al oeste de la India, con la sola
excepción de Persia. Este proceso se logró por medios militares, lo que a
la postre implicó conquistas territoriales; sin embargo, no se le puede
com prender exclusivamente desde el punto de vista bélico. Se trató de
un proceso complejo, tanto por los factores que intervinieron en él como
por la forma en que fue concebido por los romanos en sus diversas fases.
Además del factor militar — el más visible y en general el primero— , la
formación del Imperio y las condiciones para mantener su unidad fue­
ron influidas decisivamente por dos fenómenos de carácter sociopolítico
y cultural
A diferencia del Imperio macedónico, que resultó de un plan delibe­
rado iniciado por Filipo y completado por Alejandro, el Imperio romano
no fue producto de una minuciosa deliberación en sus etapas iniciales
del siglo iii a.C., y sólo con César, a mediados del siglo i a.C., se convirtió
en objeto de un plan de conquista. Desde el punto de vista romano, el
Imperio comenzó como resultado de medidas defensivas, ya fuese como
consecuencias no program adas de cam pañas lanzadas con el fin de
rechazar una agresión militar, como en los casos de Hispania y África en
la segunda Guerra Púnica, o bien como campañas preventivas tendien­
tes a rechazar una agresión esperada, como en el caso de las guerras
contra Filipo V de Macedonia y Antíoco III de Siria.
Aunque, en general, una serie de acciones militares triunfantes fue­
ron el primer paso en el proceso de formación del Imperio, el de Roma
no fue, como el asirio, un imperio militar. La ocupación militar siempre
fue convertida en un gobierno civil y legal, salvo en las zonas fronterizas
expuestas a continua amenaza de invasión. Desde el punto de vista ro­
m ano, las legiones conquistaban nuevos territorios y subyugaban a
pueblos ajenos principalmente como resultado de una política defensiva.
Lo que después lograba mantener esos territorios y esos pueblos bajo la
soberanía romana era )a ventaja para estos últimos — así hubiese tam ­
bién desventajas— de mantenerse bajo la égida de la pax romana. Y lo que
en última instancia consolidaba sus nexos con Roma era la rom aniza­
ción social y cultural de las élites y clases medias nativas, una rom ani­
ROMA 431

zación que gradualmente llegó a la plena ciudadanía y se hizo coexten­


siva con el Imperio desde la época de Caracalla.
El Imperio romano fue el resultado de un proceso de estira y afloja.
Las excepcionales cualidades de liderazgo adquiridas por los patricios
romanos, combinadas con las crecientes demandas de los plebeyos en la
República temprana, dieron a la ciudad-Estado romana, como ya se men­
cionó, la hegemonía de Italia. Este proceso incorporó a los italianos ro­
m anizados y generó una nueva y dinámica relación entre la élite y las
masas que constituyó la fuerza impelente de la expansión de Roma, ini­
cialmente, desde el punto de vista romano, con propósitos defensivos;
más adelante, por la búsqueda de la gloria y del poder político conferidos
por sucesivas campañas militares, que las más de las veces produjeron una
enorme acumulación de riqueza, y más tarde aún, nuevamente con pro­
pósitos defensivos, cuando las fronteras distantes del Imperio formaron
las murallas fortificadas para mantener a raya a los invasores bárbaros.
A pesar de todo, el Imperio también fue resultado de un proceso de
atracción. En lo económico, pese a las cargas de los impuestos, el Impe­
rio fue un gran mercado común que aseguró las condiciones materiales
e institucionales necesarias para un comercio intenso y diversificado. La
pax romana significó no sólo una protección militar contra los bárbaros
que rodeaban al mundo civilizado, sino también la paz interna y, pese a
los no infrecuentes yerros de los representantes de la autoridad im pe­
rial, significó asimismo el mantenimiento "por el mundo entero" de un
régim en de ley y orden. El sistema im perial resultó particularm ente
favorable a las élites y clases medias urbanas, que conservaron su auto­
gobierno municipal, y así, el Imperio romano fue en realidad una confe­
deración de ciudades gobernadas por sí mismas.
El Im perio romano tam bién fue desde la época de A ugusto, y más
aún desde el siglo n d.C., una comunidad cultural y, a la postre, el marco
m ismo de la vida civilizada. Los rom anos m ostraron una tolerancia
excepcional hacia la diversidad religiosa y cultural, siempre que se obser­
varan los lemas básicos de Roma. La persecución de los cristianos, como
ya se mencionó brevemente en la tercera sección de este capítulo, no fue
causada por intolerancia religiosa, sino más bien porque ellos se negaron
a demostrar su lealtad al Estado. La tolerancia cultural de los romanos,
que incluyó una correspondiente tolerancia racial, como lo demuestra la
aceptación de emperadores étnicamente no romanos, dio por resultado
la form ación de un Im perio m ulticultural y m ultiétnico, unido por el
gobierno romano y por la civilización de Roma, y que com partía una
común herencia grecolatina que era compatible con la conservación de
las creencias religiosas y culturales de diferentes orígenes.
432 ROMA

El aspecto militar

Las victorias en el campo de batalla/aunque no buscasen la integración


de un im perio militar, fueron el prim er factor en el proceso de form a­
ción del Imperio. Sin embargo, la actividad bélica cobró un sentido dis­
tinto según el periodo particular de la historia rom ana. En térm inos
generales, pueden diferenciarse tres fases principales en la historia im­
perial: de carácter defensivo la prim era y la últim a, m ientras la fase
intermedia fue claramente dirigida hacia la conquista.
Antes de analizar el papel de los militares en la formación del Impe­
rio romano, deben hacerse dos observaciones. La primera es que la ex­
pansión de la ciudad-Estado romana por toda la península italiana se
considera una expansión preimperial, tema que ha sido tocado breve­
mente en la sección anterior de este capítulo. La segunda observación
trata del carácter cambiante del ejército en el curso de la historia romana.
En general, nuevamente, Roma tuvo tres distintos tipos de ejército. Des­
de la época de los reyes hasta Mario, a finales de la República, el romano
fue un ejército de ciudadanos, limitado a satisfacer los mínimos requeri­
mientos de la propiedad (que cada vez planteaba menores demandas) y
que por tanto reflejaba en su organización y su jerarquía la estructura de
clases de la sociedad romana. El segundo tipo de ejército romano, a par­
tir de Mario hasta el Imperio tardío y, más precisamente, hasta la reforma
de Diocleciano, fue un ejército popular que reclutaba a sus soldados por
medio del enrolamiento voluntario del proletariado, sobre todo rural v
provincial, m ientras los altos rangos procedían de las clases senatorial
y ecuestre. El tercer tipo de ejército, en el Imperio tardío, fue la com bi­
nación de una transmisión hereditaria, legalmente impuesta, de la con­
dición militar, con el reclutamiento voluntario u obligatorio de bárbaros,
en su m ayoría germ anos, que podían ascender hasta ocupar los altos
puestos de mando.
La estructura del ejército romano, su disciplina y entrenamiento, bre­
vemente mencionados en la tercera sección de este capítulo, constituye­
ron, hasta la parte final del Imperio, la mejor m aquinaria m ilitar de la
Antigüedad. La devoción cívica del temprano ejército romano, artífice
de la triunfante expansión de Roma por toda la península italiana, fue
eficientemente remplazada en su segunda fase por un alto profesiona­
lismo que combinaba una gran eficiencia táctica con el hábil empleo de
máquinas de guerra y de ingeniería militar. Mientras pudieron conser­
varse estas características, el ejército romano mantuvo su básica inven­
cibilidad, aun contra fuerzas considerablemente más numerosas.
La primera fase de las guerras im periales, como ya se dijo, tuvo un
ROMA 433

propósito defensivo desde el punto de vista romano. La primera Guerra


Púnica (264-241 a.C.), resultante de conflictos entre griegos y cartagi­
neses en Sicilia,, hizo entrar a los romanos en la liza contra los segundos.
En cierto sentido, fue el último conflicto relacionado con la expansión
de Roma por la península. La segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) fue
una conflagración terrible, que bien habría podido terminar en la total
derrota de Roma. Surgió cuando uno de los generales más grandes de la
Antigüedad, Aníbal, aprovechando la base de poder formada por Car-
tago en H ispania, decidió vengar las pérdidas sufridas por los carta­
gineses en la guerra anterior. Esta guerra perm itió dar los prim eros
pasos im portantes en la formación del Im perio rom ano, directam ente
con la conquista resultante de la Hispania cartaginesa, e indirectamen­
te — por los conflictos derivados con Filipo V de M acedonia y A ntío-
co III de Siria— con la conquista final de Macedonia y la subyugación de
Grecia. Pero estos triunfos im perialistas fueron efectos inesperados
de guerras consideradas defensivas por los romanos.
Un segundo ciclo de guerras im periales, desde la desatada contra
Yugurta (111-105 a.C.) hasta las tres Guerras M itridáticas, iniciadas por
Sila en 88 y concluidas por Lúculo (69 a.C.) y Pom peyo (66 a.C.), aún
pertenece al periodo de las guerras consideradas defensivas por los
romanos. Sin embargo, esta vez la política defensiva del Senado adoptó
un carácter preventivo. Yugurta, sobrino del rey M icipsa, gobernante
del Estado cliente de Numidia, aliado de los romanos contra Aníbal en
la época de Masinisa, recurrió a la fuerza para suceder a su tío y adoptó
una posición antirromana. El Senado consideró que sería un peligroso
precedente para Roma verse desafiada en una de sus áreas satélites. El
propósito de la guerra no fue la conquista del reino de Yugurta, sino la
conservación de la influencia romana. En el caso de Mitrídates IV, rey del
Ponto, la iniciativa que impulsó la guerra procedió del propio rey, de­
seoso de extender sus dominios y de iniciar una lucha victoriosa contra
los romanos y su aliado, el rey Nicomedes de Bitinia.
Este periodo representa una fase de transición: del control de los
asuntos públicos por el Senado — incluso los militares— al desarrollo y,
finalmente, la influencia predominante de la Asamblea Popular sobre el
gobierno civil, junto con la creciente autonom ía de los com andantes
militares, como Mario, Sila y Pompeyo. Como ya se observó, las guerras
seguían siendo consideradas sobre todo defensivas. Pero la autonomía
cada vez mayor de los comandantes militares aumentó su capacidad para
tomar decisiones ante la autoridad civil. Las acciones de Pom peyo en
Oriente, aunque resultaran de un mandato legal y representaran la con­
tinuación y conclusión de la guerra defensiva contra Mitrídates, ya fue­
434 ROMA

ron en alto grado expresión de su propia voluntad. No obstante, Pom-


peyo aún sintió la necesidad de som eter sus acciones en O riente a la
ratificación del Senado.
Con el proconsulado de César sobre toda la Galia (58-51 a.C.), se volvió
absoluta la autonomía del comandante militar. La conquista de la Galia
Transalpina fue una decisión personal de César. Si bien la inició so pre­
texto de contener la amenaza de los helvéticos a la Galia, fue sin duda
una guerra de conquista en que César deseó añadir una nueva provin­
cia al Imperio y, en el proceso, conquistar gloria y fama militar, así como
adquirir poder político y riqueza personal.
La ocupación de Britania durante el reino de C laudio tam bién fue
una campaña abiertamente imperialista. Las guerras de Trajano (98-117
d.C.) representan otra fase de transición. Fueron guerras de conquista
que dieron por resultado la adquisición de nuevas provincias en Meso-
potamia (de breve duración) y la ocupación de la Dacia, pero ya tuvie­
ron de nuevo un carácter preventivo y defensivo: tribus partas y germá­
nicas estaban desafiando las fronteras de Rom a, y las ofensivas de
Trajano intentaron, en su mayoría, protegerlas debilitando al enemigo.
Com o se m encionó en la segunda sección de este capítulo, Adriano
com prendió que el Im perio no sólo había llegado a la m áxim a expan­
sión que podía sostener, sino que la había rebasado, así que se dedicó a
fortificar las fronteras para hacerlas lo más defendibles que se pudiera.
A partir de Adriano, las guerras de Roma fueron siempre defensivas.

La pax romana

Como ya se ha observado, el factor militar fue indudablemente una con­


dición esencial para la expansión de Roma, pero el Im perio no habría
mantenido su unidad sociopolítica y su identidad cultural durante lar­
go tiempo — abarcando, como lo hacía, grupos étnicos y tradiciones cul­
turales sumamente distintos— de no haber sido sostenido por las venta­
jas de la pax romana y la romanización de las élites y las clases medias de
las provincias. La importancia de lo que he llamado "el factor de atrac­
ción " para sostener el Imperio puede comprobarse si consideramos las
consecuencias de la gradual erosión de este factor a partir del siglo m
d.C. y su práctica desaparición a finales del v d.C.
Los romanos fueron los más grandes y consumados constructores de
imperios en la historia. Los imperios modernos, desde el portugués y el
español hasta el francés y el británico (o el más inform al Im perio esta­
dunidense de nuestro siglo), pese al extraordinario avance de los medios
ROMA 435

técnicos a su disposición, fueron de mucha más breve duración y logra­


ron en mucho menor grado la unidad interna y la identidad cultural. El
extraordinario triunfo del Imperio romano se debió al hecho de que el
factor m ilitar fue sólo una condición previa para la adopción del régi­
men romano. Una vez consolidadas las conquistas, a menudo después
de una horrible fase inicial de explotación y de usurpación, el derecho ro­
mano y un gobierno competente dieron a los pueblos conquistados las
ventajas de una restructuración civilizada y cada vez más humana de sus
propias sociedades, mientras continuaban gobernando sus propias ciu­
dades. La tolerancia cultural romana conservó intactas sus creencias re­
ligiosas y sus valores. La tolerancia racial romana perm itió ascender a
las élites locales no sólo en sus propias provincias, sino por todo el Im ­
perio y aun en la cumbre de éste. Por último, los atractivos del racionalis­
mo y la riqueza cultural de la tradición grecorromana tuvieron una irre­
sistible influencia en la rom anización de pueblos de los más diversos
orígenes culturales. La romanización nunca fue impuesta por la fuerza a
los pueblos conquistados; por el contrario, la mayoría de ellos la pidió,
y los rom anos sólo gradualm ente otorgaron los codiciados privilegios
de la ciudadanía romana a los no romanos. El hecho de que finalmente la
abrieran a todos en el Imperio un tanto tarde y sobre todo con propósi­
tos fiscales constituyó una condición decisiva para la larga superviven­
cia del Imperio romano y su milenaria continuación después de la caída
de Roma.

6. L a d e c a d e n c ia

A. Principales factores reconocidos

Opiniones anteriores

La decadencia y caída del Imperio romano ha sido el tema histórico más


discutido. Desde la A ntigüedad, prácticam ente todos los autores que
han tratado sobre Roma han intentado desentrañar por qué y cómo cayó
la Roma aeterna. El tema sigue siendo analizado por los historiadores con­
temporáneos, que están llegando con rapidez a un consenso en lo tocante
a los factores específicos, y hoy el debate se refiere principalm ente a la
manera en que están interconectados estos factores. En la presente sec­
ción se intentará llegar a una interpretación satisfactoria del tema.
Los escritores de la Antigüedad citaron cinco principales factores
como causantes de la caída del Imperio romano de Occidente. Como es
obvio que esa caída incluyó la derrota m ilitar de las arm as romanas a
436 ROMA

m anos de los invasores bárbaros, desde los tiem pos antiguos el factor
m ilitar fue señalado como causa única o básica de la caída de Roma.
Rutilio Nam aciano, en su poema De Reditu Suo (417), consideró que el
Imperio había sido traicionado por Estilicón. Flavio Vegecio Renato, en
su interesante tratado De Re Militari (450), atribuyó las derrotas de Roma
al debilitamiento de su infantería, mal entrenada y mal equipada, que por
razones de comodidad abandonó el uso de la arm adura y otro equipo
defensivo con la consecuencia de que los soldados eran fácilmente heri­
dos o muertos.
Un segundo factor habitualmente señalado es el de la decadencia mo­
ral, con la pérdida del ardor guerrero y la generalización de la corrup­
ción, como lo describe Amiano Marcelino (ca. 330-395) en Rerum gestarum
libriy1 También se mencionan con frecuencia factores de naturaleza polí­
tica. Dión Casio (ca. 150-235) en su Historia de Roma y Herodiano (180-238)
en su Historia de los sucesores de Marco Aurelio sostuvieron que la deca­
dencia de Roma, después de la edad de oro de Marco Aurelio, se debió a
la transformación del poder imperial en un despotismo autocrático. Se­
gún Prisco (mediados del siglo v), quien conoció personalmente a Atila
y a Geserico, la decadencia de Roma se debió a la pérdida de combativi­
dad de los romanos, que fueron remplazados en el ejército por bárbaros,
con la resultante "barbarización" de Roma.
Una quinta causa de la decadencia de Roma, com únm ente citada,
como en la Histoira nova de Zósimo (498), es de carácter religioso. Según
los escritores paganos, el cristianismo fue el culpable de la decadencia
del Imperio, porque los cristianos se negaron a dar su lealtad al Estado y
evadieron el reclutamiento en el ejército. A su vez, los cristianos también
invocaron la religión, ya sea al atribuir los desastres de los romanos a un
castigo de Dios por sus pecados, o bien, como san Agustín, al conside­
rarlos com o prueba del carácter necesariam ente efím ero de todas las
obras humanas, pues la única realidad eterna — decía— es la Ciudad de
Dios. Para los escritores de la Ilustración, como Montesquieu, Voltaire y
G ibbon, la decadencia y la caída de Roma fueron, en últim a instancia,
consecuencias del debilitam iento del Estado y de la sociedad por obra
del cristianismo, que hizo que el ejército fuese incapaz de contener las in­
vasiones bárbaras.
Autores m odernos han subrayado que la decadencia y la caída de
Roma deben verse como resultantes de un complejo proceso de interaccio­
nes entre factores económicos, sociales, políticos y militares. Max Weber.

12 La generalización de la corrupción a finales del Imperio romano es considerada por Ramsay


Macmullen (Corruption and the Decline of Rome, Nueva York, Yale Universily Press, 1988) como ¿L
principal factor de la decadencia y caída de Roma.
ROMA 437

en su célebre ensayo sobre el tema, subrayó hasta qué grado el fin de las
guerras de conquista significó una pérdida de la básica fuente producto­
ra de esclavos, que provocó la decadencia económica del Imperio y, con
la resultante inflación, una ineludible necesidad de hacer recortes ante la
falta de medios para mantener un ejército numeroso.
O. Seeck, en su Geschichte des Untergangs der Antiken Welt (Berlín,
1897-1925), considera que la falta de progreso técnico es el factor subya­
cente tras el proceso de decadencia de Roma, al que contribuyen sobre
todo la destrucción de las élites por las guerras civiles y las intrigas polí­
ticas. A. E. R. Boak, en su Manpower Shortage and the Fall of the Román
Empire in the West (Ann Arbor, 1955), sostiene que los excesivos im pues­
tos arruinaron la econom ía al producir una baja de la población y la
consecuente pérdida de reclutamiento en el ejército. M. Rostovtzeff, en
Social and Economic History o f the Román Empire (Oxford, 1957), ve una
combinación de decadencia económica, peste, despoblamiento e indisci­
plina militar, además de la animosidad rural contra las ciudades y la de
los soldados y campesinos contra las clases altas, como una serie de fac­
tores interconectados que provocaron la decadencia y caída de Roma.
El factor m ilitar es reafirmado en L'Empire Chrétien (París, 1947) por
A. Pignariol, quien sostiene que fue la superioridad militar de los bárba­
ros la que derribó a la civilización romana. En un reciente libro, intere­
sante y bien documentado, The Fall of the Román Empire: A Military Expla-
nation (Londres, Thames & Hudson, 1986), Arther Ferrill considera este
factor como causa básica de la caída de Roma. Sostiene que graves erro­
res estratégicos cometidos en los reinados de Honorio (395-423) en Occi­
dente y Teodosio II (408-450) en Oriente, combinados con la pérdida de
eficiencia militar y disciplina entre las "barbarizadas" tropas romanas
de Occidente en el siglo v, condujeron a una sucesión de derrotas que cul­
minarían en la desaparición del ejército romano y la caída de Roma. Sin
em bargo, Ferrill, como otros defensores de la explicación m ilitar de la
caída del Imperio, no aclara satisfactoriamente las condiciones que con­
dujeron a la decadencia del ejército romano.
A. H. M. jones, en un libro que ha sido profusam ente elogiado, The
Decline o f theAncient World (Londres, Longman, 1978 [1966]), presenta la
opinión, hoy prevaleciente, de que aun cuando la enorme presión de los
bárbaros durante un largo periodo acabó por causar la caída de Roma,
la incapacidad del ejército romano para contenerlos se debió a factores
económ icos, sociales y políticos que desde la crisis del siglo iii habían
socavado casi continuamente la fortaleza del Estado. Como el Im perio
romano de Oriente estaba mejor protegido por fronteras naturales y por
las defensas inexpugnables de Constantinopla y sus condiciones econó­
438 ROMA

micas, sociales y políticas eran considerablemente mejores, los bárbaros


prefirieron (y fueron azuzados) a atacar la otra mitad del Imperio.

B. Un proceso triple

Com o se afirma en la quinta sección de este capítulo, el desarrollo de


Roma y la formación y mantenimiento del Imperio se debieron a un pro­
ceso triple. Las victoriosas legiones romanas, en lo que consideraban so­
bre todo como guerras defensivas, sometieron a la autoridad de Roma a
los territorios y los pueblos que llegarían a formar el Imperio. El factor
militar inició el proceso de creación del Imperio, pero otros dos factores
influyeron decisivamente en su formación y conservación. Uno de ellos
fue la pax romana, que creó en lo externo un sólido sistema de protección
contra ataques extranjeros, y en lo interno un sistema fuerte y básicamen­
te justo de ley y de orden, que aseguró las normas civilizadas de vida y
las mejores condiciones posibles en la época para el comercio y la segu­
ridad personal. El otro fue la formación de una com unidad ecuménica
grecorrom ana dentro del marco de una civilización rom ana cultural y
étnicam ente tolerante. La rom anización no fue im puesta por la fuerza
y fue bien recibida por casi todos los pueblos del Imperio, organizados
en un sistema de ciudades autogobemadas que conservaron sus origina­
les creencias religiosas y su cultura bajo la égida de Roma.
Con este proceso formativo, podemos com prender por qué la deca­
dencia de Roma también debe ser vista como un proceso triple, que pre­
senta el mismo ciclo, pero a la inversa. Las victoriosas legiones se convir­
tieron en un ejército mal preparado y sin incentivos, escaso de nuevos
reclutas y llevado por estrategias erróneas y falta de com batividad a
una serie de derrotas. La pax romana se convirtió en la oppressio romana, y
la ecuménica comunidad grecorromana, aunque intentara conservar en
lo posible sus normas civilizadas, perdió su sentido de unidad y se frag­
mentó en una serie creciente de divergencias locales que formarían todo
el m osaico m edieval de particularism os y, más adelante, de naciones
nuevas, perdiendo al mismo tiempo su identidad cultural con el conflic­
to entre paganos y cristianos.

La decadencia militar

Como ya lo subrayaron los autores de la Antigüedad y lo analizó pro­


fundamente Arther Ferrill, la caída de Roma fue la consecuencia última
ROMA 439

de una serie de derrotas militares. El ejército romano, antes tan eficiente,


se convirtió en una tropa de bárbaros mal preparados y sin incentivos,
voluntarios o reclutados por vía de la conscripción. Se cometieron gra­
ves errores estratégicos, como perm itir que A larico, después de ser
derrotado por Estilicón en Grecia, se retirara con sus tropas, y más tarde
el abandono de Italia tras la ejecución de Estilicón, lo que allanó el camino
al sitio de Roma por los visigodos. Se cometieron ante Geserico errores
estratégicos y militares que le permitieron adueñarse del norte de África,
hasta culminar después en el completo fracaso de la gran flota romana de
Occidente y de Oriente en 441, que aunque habría podido destruir el po­
derío naval de los vándalos, nunca fue desplegada por causa de rivali­
dades internas. Pocos años después, prácticamente sin oposición, Gese­
rico tomaría Roma y la sometería a un atroz saqueo.
Aunque pudieron evitarse tales errores estratégicos y acaso mejores
comandantes habrían podido obtener mejores resultados de un ejército
no muy eficiente, las condiciones que prevalecían no habrían podido mo­
dificarse sustancialmente y la caída de Roma se habría podido aplazar a
lo sumo algunas décadas. La cuestión esencial, a partir de la segunda
mitad del siglo iv, fue la creciente incapacidad del Imperio romano, es­
pecialmente en el Occidente, para mantener su anterior eficiencia m ili­
tar a la altura de las circunstancias.
Desde la época de Mario, el proletariado rural de las provincias del
Imperio había aportado voluntarios suficientes para llenar las filas de
un ejército sumamente eficaz y combativo. Con la crisis del siglo m y las
nuevas condiciones económicas y sociales de los siglos tv y v, el recluta­
miento voluntario se agotó en las provincias, pese a los adicionales be­
neficios y facilidades (como una mejor paga y el derecho a casarse) que
ahora se daba a los soldados. La población romana empezó a considerar
el servicio militar como una carga intolerable. Las motivaciones morales
y cívicas de las antiguas legiones desaparecieron por completo, en tanto
que las recompensas materiales no parecieron suficientes para compen­
sar los sacrificios de la vida del soldado. En tales circunstancias, el go­
bierno im perial tuvo que recurrir a m étodos obligatorios, como hacer
hereditaria la categoría militar. Sin embargo, el reclutamiento, forzoso o
voluntario, se limitó principalm ente a los bárbaros que vivían en las
zonas fronterizas del Imperio.
El ejército romano conservó y hasta desarrolló su carácter profesio­
nal, pero, adem ás de las dificultades para conseguir nuevos reclutas,
sufrió una creciente falta de disciplina y motivación y un aumento de la
corrupción. Los germanos, que llegaron a ser el grupo étnico más nume­
roso del ejército, eran reconocidamente soldados valerosos y luchadores
440 ROMA

tenaces, pero solían rebelarse contra la estricta disciplina del ejército


romano. Los soldados de Roma procedían cada vez más de las tribus
federadas germ anas y seguían bajo el mando de sus propios jefes. No
sólo fue imposible someterlos a la anterior disciplina y las prácticas de
entrenamiento del ejército, sino que resultó, asimismo, imposible impo­
ner tales prácticas a los otros sectores del ejército, en vista del trato dado
a los germanos.
Ya escritores antiguos, como Vegecio, observaron que la eficiencia
táctica del ejército romano se basaba en el uso estrictamente disciplina­
do y bien regimentado de su estructura articulada. Una legión, que nor­
malmente constaba de 5000 o de 6000 hombres, era un conjunto de sub­
sistemas en el que cada subsistema desempeñaba dos papeles: uno como
cuerpo autónomo, y otro como parte articulada de un conjunto mayor.
La unidad básica era la centuria, de 100 hom bres, que tenía su propio
papel específico. Dos centurias form aban un m anípulo, que tam bién
desempeñaba su propio papel. Tres manípulos formaban la cohorte, el
subsistema más importante de toda la legión. Según las necesidades de
la batalla, estos subsistemas, en particular la cohorte y el manípulo, reci­
bían orden de desempeñar tareas específicas. La acción coordinada de
estos subsistemas integrados y separados fue la razón subyacente tras
la insuperable eficiencia m ilitar de los rom anos. Con la pérdida de la
disciplina y el entrenam iento fue im posible usar debidam ente dichas
tácticas. Las legiones conservaron sus clásicas form aciones de guerra,
pero, incapaces de aprovechar de manera apropiada su maniobrabilidad
interna, se volvieron un blanco vulnerable de los bárbaros, que atacaban
por todos lados.
Los efectos negativos de esta pérdida de eficiencia táctica fueron
agravados por otra pérdida: la motivación pública de los últimos ejérci­
tos romanos. Los ejércitos profesionales pueden ser más eficientes que
los ejércitos de ciudadanos m ientras las ventajas del profesionalism o
militar no sean anuladas por la falta de motivación pública. Los ejércitos
profesionales del Imperio temprano combinaron un alto grado de profe­
sionalismo con una honda motivación, tanto por patriotismo como por
lealtad a sus generales y a los emperadores. Las rebeliones que ocurrieron
se debieron a menudo a la negativa imagen pública de algunos malos
generales o emperadores. Los últimos ejércitos romanos, reclutados por
la fuerza e integrados por mercenarios y bárbaros, carecían de toda mo­
tivación pública. Y la baja moral y las malas tácticas produjeron, inevita­
blemente, la derrota militar.
ROM A 44!

La oppressio romana

La crisis del siglo m destruyó el equilibrio interno del Imperio romano.


Para enfrentarse a los desafíos de una economía declinante, rebeliones
m ilitares, inestabilidad política y presiones cada vez m ayores de los
bárbaros en las fronteras, los emperadores, a partir de Septim io Severo
(193-211), intensificaron — aunque con altibajos— el carácter m ilitar y
autoritario del gobierno. Este proceso, que ya hemos observado, condujo
en tiempos de Diocleciano a la formación de un Estado pagano semito-
talitario, que llegaría a ser un Estado cristiano sem itotalitario en tiem ­
pos de Constantino.
La economía romana, aunque impulsada por el comercio internacional
y por transacciones financieras, siempre había sido agraria y técnicamen­
te prim itiva, y por tanto su productividad era modesta. La esclavitud,
los latifundios y las condiciones culturales prevalecientes obstaculiza­
ban el progreso — excepto, hasta cierto punto, el del armamento militar
a finales de la República— y la mejora o aun el empleo de la tecnología
helenística. Max Weber, como ya mencionamos, observó que con el fin
de las guerras de conquista se redujo considerablemente el abasto de es­
clavos, m ientras que la creciente concentración de la propiedad, sobre
todo en Occidente, generó un déficit de mano de obra rural. Este déficit
fue parcialmente compensado al adoptarse el sistema de colonos, por el
cual los campesinos no esclavos y los siervos de la gleba se convirtieron
en aparceros de los grandes granjeros — a quienes pagaban un alquiler en
especie— y quedaron sujetos a im puestos, tanto por el área cultivada
como per capita. Este sistema hizo que un número considerable de apar­
ceros fuesen incapaces de m antener a sus familias siquiera al nivel de
subsistencia, y a pesar de las prohibiciones legales y los castigos, ocasio­
nó un éxodo de los campos. Con el deterioro de las condiciones econó­
micas y sociales sobrevino una considerable reducción de la población
total del Imperio, incluso de la urbana.
El Imperio tardío, con objeto de mantener el rendimiento de los secto­
res productivos necesarios, el más extendido servicio civil, la defensa
m ilitar y un sistema fiscal capaz de subvenir a las crecientes necesida­
des del Estado, dispuso que casi todas las actividades fuesen obligatorias
y hereditarias. Esto sólo fue posible em pleando una brutal coerción y
aplicando las penas más severas a los infractores y, aun así, su eficiencia
fue limitada. Las autoridades municipales, que en otros tiempos se ha­
bían disputado las funciones honorarias, ejercidas por una rica nobleza
provinciana que de sus fortunas personales hacía sustanciales presentes
a las ciudades (evergetismo), se volvieron mucho más pobres y cada vez
442 ROMA

más renuentes a asum ir tareas públicas. El Im perio tardío reaccionó


disponiendo que tales funciones fuesen obligatorias y hereditarias e im­
poniendo a los decuriones m unicipales la obligación de aportar, a sus
expensas, una cantidad mínima de impuestos aunque no los hubiesen
cobrado.
Por su parte, los grandes terratenientes se vieron obligados a pagar
los impuestos de sus tierras, de sus rebaños y sus dependientes, además
de enviar reclutas al ejército. Estas obligaciones causaron una excesiva
explotación de los aparceros, mientras los terratenientes trataban de evi­
tar el envío de reclutas al ejército, o al menos de minimizar su número,
para no poner en peligro su propio abastecimiento de mano de obra.
Las crecientes dificultades a las que se enfrentó el Im perio tardío lo
obligaron a crear una sociedad y un Estado semitotalitarios. Sin embar­
go, el régimen semitotalitario convirtió la antes envidiada pax romana en
una detestada oppressio romana. Mientras que, en su apogeo, el Imperio
había sido sostenido por la anuencia de las provincias a atenerse al de­
recho romano, y ellas se disputaban el privilegio de la ciudadanía, a fi­
nales del Im perio ese "factor de atracción" casi desapareció, y sus ciu­
dadanos aplicaban todas sus energías y su ingenio a librarse del sistema
público. Una minoría privilegiada lograba refugiarse en una vida priva­
da protegida y, a falta de ello, en la esfera religiosa de la Iglesia institu­
cionalizada.

Regionalismo y particularismo

El Imperio tardío dividió el ejército en tres sectores: los palatinos , solda­


dos de élite cercanos al em perador; los comitatenses , en el interior del
Imperio, y los riparienses en las fronteras, soldados campesinos que cul­
tivaban la tierra para su subsistencia. Esta distribución consolidó una
antigua práctica de reclutar las tropas de las fronteras en sus respectivas
áreas de servicio, lo que produjo una creciente identificación de los ejér­
citos regionales con sus respectivas regiones a partir del siglo n. Una de las
consecuencias de esto fue la propensión de las legiones de cada región a
tratar de imponer las reclamaciones de sus jefes al trono imperial. Otra
consecuencia fue el desarrollo del regionalismo y del particularismo lo­
cales, que redujeron cada vez más el sentido de unidad del Imperio y de
la comunidad cultural ecuménica grecolatina. Con el transcurso del tiem­
po y el derrumbe final del Estado romano de Occidente, estas tendencias
centrífugas formaron los particularismos de la Edad Media y el núcleo
de las ulteriores naciones modernas.
ROMA 443

El choque entre paganos y cristianos

La descom posición de la unidad cultural de la com unidad ecum énica


clásica también fue causada, en sentido más profundo, por la creciente
expansión del cristianismo. En la tercera sección de este capítulo se pre­
senta un breve análisis de dicha cuestión decisiva; baste m encionar aquí
las dos principales consecuencias de tal expansión.
La primera, ocurrida en el curso de los tres últimos siglos del Imperio
romano, fue la división de la sociedad entre paganos y cristianos. Hasta
la época de D iocleciano, esta división contribuyó al brote de un odio
colectivo hacia los cristianos, particularmente entre la clase más baja, lo
que causó varias oleadas de persecuciones. También, en un proceso de
causación mutua, dio por resultado la animosidad de los cristianos hacia
el Estado romano; dado que veían a éste como el imperio del mal, adop­
taron una actitud de desobediencia civil, si no de rebelión, en particular
en lo tocante a las m anifestaciones de lealtad al em perador y todo lo
relacionado con las fuerzas armadas.
La segunda consecuencia, después de que la persecución se había
convertido en tolerancia y, por último, en la adopción oficial del cristia­
nismo en tiempos de Constantino, de sus hijos y de Teodosio el Grande,
fue el remplazo gradual pero relativamente rápido de los fundamentos
cívicos clásicos del Estado y de la sociedad romanos por valores cristia­
nos y una visión religiosa del mundo. La nueva cosmovisión ya no fue
de oposición y de resistencia al Estado, que se había vuelto un Estado
cristiano y el principal apoyo de la Iglesia, pero condujo a una actitud
de desapego hacia el ámbito público. Esta actitud hizo que un núm ero
considerable de buenas personas (buenos cristianos) evitara toda fun­
ción pública o actividad militar para refugiarse en la vida académica y
en la jerarquía eclesiástica.
La actitud anticívica de los primeros cristianos y la acívica de los últi­
mos contribuyó, sin duda, a la erosión objetiva y subjetiva de la unidad
romana y de la cohesión del Imperio. Haciendo a un lado la alta dosis de
prejuicios anticlericales de los escritores de la Ilustración, queda cierta
verdad cuando atribuyen una parte de responsabilidad a los cristianos
en la decadencia y caída del Imperio romano de Occidente.
Por lo demás, es interesante que esa crítica sólo sea pertinente en rela­
ción con O ccidente y no se aplique al Im perio rom ano de O riente. La
actitud anticívica de los primeros cristianos del Este fue la misma, si no
más pronunciada, que en Occidente. La diferencia surgió después de la
consolidación del cristianismo como nueva religión oficial. Roma con­
servó durante largo tiempo un sólido paganismo residual, al final encu­
444 ROMA

bierto. El de Occidente quedó sólo como imperio cristianizado, en tanto


que el de Oriente fue en realidad un Imperio cristiano. En Roma, los tra­
dicionales fundamentos clásicos del compromiso cívico no fueron ente­
ram ente rem plazados por valores cristianos. En Oriente se logró una
eficaz fusión entre el Estado y la Iglesia, entre el emperador y la fe. Los
cristianos de Occidente prefirieron retirarse del Estado; en cambio, los
de Oriente se identificaron con él.

C. La perspectiva histórica

Para una comprensión mejor de los principales factores que contribuye­


ron a la decadencia y caída del Im perio rom ano, adem ás del análisis
anterior, es necesario mostrar un breve panorama general del curso his­
tórico del proceso triple de decadencia de la capacidad militar, conver­
sión de la pax romana en opressio romana y descomposición de la sociedad
ecuménica grecorromana. ¿Cómo llegaron a ocurrir tales efectos?
Como ya se mencionó, la crisis de la República tardía, desde los Gra-
cos, Mario, Sila y Pompeyo hasta César, estuvo relacionada con la inade­
cuación de las instituciones y prácticas de la ciudad-Estado romana
para gobernar el Imperio y dirigir la nueva sociedad formada con él y
por él. La ciudad-Estado republicana había sido satisfactoriam ente go­
bernada por una democracia oligárquica. El Senado, representante de la
oligarquía, tomaba las decisiones principales y nombraba a los funciona­
rios más importantes. Los tribunos de la plebe, para proteger los intereses
y la seguridad del hombre común, ejercían el poder de veto defensivo.
A dem ás, el pueblo romano, por medio de la Asam blea Popular, nom ­
braba a sus propios funcionarios, y gradualmente extendió su influencia
al tomar decisiones soberanas en el ámbito — en rápido crecimiento— de
los asuntos públicos.
Estas instituciones y prácticas se volvieron cada vez más inadecuadas
como resultado de dos fenómenos. El primero fue el hecho de que, con
la formación y consolidación del Imperio romano, la solidaridad de las
provincias y la división de los costos de m antenerlo y defenderlo no
pudieron conservarse mediante un sistema de gobierno totalmente ajeno
a ellas, basado en las familias aristocráticas de Roma — que controlaban
el Senado— y la plebe romana — que dominaba la Asamblea Popular— .
El segundo fenómeno fue el hecho de que un Imperio complejo, cuyo man­
tenimiento y desarrollo dependían de una gestión com petente y repre­
sentativa de los asuntos públicos, no pudo ya ser gobernado de acuerdo
con los estrechos intereses de clase de la aristocracia romana y las deci­
ROMA 445

siones irresponsables de una plebe cada vez más parasitaria, cuyos votos
eran manipulados por demagogos o comprados por financieros.
César intentó resolver esos problemas añadiendo a su autoridad ca-
rismática el apoyo institucional del consulado y de la dictadura romanos.
Probablemente aspiraba a una monarquía mitigada al ceñirse la corona
del Im perio romano y hacerse nombrar dictador-cónsul vitalicio en la
Roma propiamente dicha. Al respecto, como ya se ha observado antes
en este capítulo, las ideas de César no quedaron claram ente definidas.
Pero sin duda pudo ver con nitidez esta doble inadecuación de las institu­
ciones republicanas, y comprendió la necesidad de unificar en una auto­
ridad suprema el gobierno competente del Imperio y una representación
satisfactoria de los intereses de las provincias.
La solución a la crisis de la República, como ya se ha observado, fue
la concepción augustal del Principado, que combinaba la concentración
de la autoridad y el poder en el princeps con la conservación de las insti­
tuciones republicanas. Tiberio, sucesor de Augusto, dio su forma final al
Principado, relevó a la Asamblea Popular de las formalidades de conferir
autoridad oficial al princeps y las reservó al Senado.
La solución dada por Augusto resultaba magnífica siempre que el prin­
ceps fuese un gobernante capaz y representativo que conservara el equi­
librio augustal entre su autoridad concentrada y el imperium con las for­
malidades republicanas, y un equilibrio satisfactorio entre la hegemonía
de Roma y los intereses de las provincias y de sus clases gobernantes.
Lo malo del modelo augustal fue que las condiciones mencionadas, re­
queridas para su éxito, no eran inherentes al modelo ni estaban sosteni­
das por las condiciones sociales y culturales del Im perio. El principio
hereditario, como lo demostró el curso de la dinastía Julia-Claudia, no
fue el apropiado para conservar el modelo augustal. Otra posible solu­
ción habría podido ser la institución de un Senado imperial que repre­
sentara satisfactoriam ente a las principales fuerzas integrantes del Im ­
perio — las clases gobernantes de Roma y las provincias— y fuera capaz
de mantener a los militares eficazmente subordinados a la autoridad civil.
Sin embargo, ese Senado imperial, aunque fuese una posibilidad teórica,
nunca fue una proposición práctica en las condiciones sociales y cultura­
les de Roma. Los romanos nunca concibieron, como los atenienses, una
autoridad representativa por delegación directa de los ciudadanos. La
representación fue primero por curiae y después por centuriae. Más ade­
lante, la representación fue remplazada por una representatividad deri­
vada de la cuna o del desempeño político-militar.
En consecuencia, el modelo augustal fue incapaz de regular la suce­
sión del princeps de manera estable y legítima. Las sucesiones legítimas
446 ROMA

fueron aseguradas por un régim en de adopción desde A ugusto h as­


ta Tiberio y, una vez más, desde Nerva hasta Trajano, continuando hasta
Marco Aurelio. Pero nada pudo garantizar el m antenimiento de adop­
ciones sabias por encima de las propensiones hereditarias. Y una vez
que el régim en hereditario — como lo demostró la dinastía Julia-Clau-
dia— fue incapaz de asegurar que habría sucesores com petentes y re­
presentativos, la legitimidad del principio hereditario entró en conflicto
con las demandas de un régimen justo y bueno, y abrió un espacio per­
manente a la usurpación militar.
La falta de un régimen de sucesión confiable y legítimo en el modelo
augustal condenó al Imperio a la crisis del siglo m. La usurpación m ili­
tar, además de sus males intrínsecos demostrados en las calamidades de
ese siglo, debilitó fatalmente al propio sistema militar en lo tocante a la
defensa del Imperio. Un emperador no podía tolerar que generales com­
petentes m andaran grandes unidades militares sin exponerse a la aso­
nada. Así, surgió una contradicción suicida en el propio sistem a del
poder romano: para m antener la autoridad del emperador, el sistema
exigía que los militares se debilitaran, lo que im plicaba un correspon­
diente aumento de la vulnerabilidad externa del Imperio.

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IX. LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

1 . In t r o d u c c ió n

A. El lugar y la gente

La civilización bizantina fue una continuación en condiciones nuevas,


de la civilización romana tardía. El centro de su desarrollo fue la zona
territorial de la mitad oriental del Im perio rom ano y transm itió su
influencia a otras áreas, como Italia meridional, Ravena y Rusia.
El Imperio romano de Oriente y su continuación bizantina abarcaban
las diócesis de Moesia, Tracia, Asiana y Póntica en el norte; Oriens en el
este; Egipto y Cirenaica en el sur. Al oeste, el límite de la mitad oriental
era Panonia. Este vasto territorio estaba habitado por una variedad de
pueblos. Había gente de origen itálico; en las zonas de los antiguos rei­
nos helenísticos residían pueblos de ascendencia griega y m acedónica,
adem ás de un gran núm ero de personas originarias de las diversas
regiones del Imperio en los Balcanes, Asia Menor y Egipto.

B. La civilización bizantina

La bizantina es una civilización terciaria. Como ya se ha m encionado,


fue el resultado de la gradual "bizantinización" de la parte oriental de la
civilización romana tardía. ¿En qué consistió dicho proceso de "bizanti-
nización"? ¿Cuándo se presentó? ¿Cuál fue el curso principal de esa ci­
vilización?
Como ocurre con m uchas características "g estálticas", es m ás fácil
identificar el proceso de "bizantinización" por lo que produjo (en espe­
cial por su arte) que definirlo conceptualmente. A pesar de ello, sí pue­
den identificarse algunos rasgos básicos de la civilización bizantina en
el curso de su historia milenaria. En términos generales, la "bizantiniza-
ción" se desarrolló como un proceso doble e interrelacionado, proceso
por el cual rasgos culturales bizantinos específicos fueron surgiendo
gradualm ente del trasfondo romano tardío y, debido a ese desarrollo,
causaron un creciente distanciamiento, una diferenciación y una poten­
cial aversión a los sucesores occidentales del Imperio romano de O cci­

451
452 L A C 1 V IL IZ A C IÓ N B IZ A N T I N A

dente, como la Iglesia de Roma, los italianos, los pueblos germánicos y


los normandos. En el curso de la civilización bizantina es posible obser­
var grandes rasgos culturales relativamente constantes. Los siguientes
siete son de particular importancia:
1. La convicción bizantina de que representaba la versión auténtica
del cristianismo (como quedó definido, en particular, por el Concilio de
Nicea), que provocó una enérgica oposición a la Iglesia romana.
2. La sensación de que en la perspectiva cristiana representaba la
auténtica continuación de la civilización grecorromana, ante las "barba­
rizadas" sociedades de Occidente, ante sociedades no cristianas como
Persia y la India, y ante los bárbaros de cualquier origen.
3. El concepto del emperador como sucesor legítim o de la púrpura
romana y a la vez único gobernante legítimo del mundo por delegación
y representación de Cristo y del patriarca de Constantinopla como uno
de los cinco auténticos representantes y cabeza de la Iglesia cristiana.
4 . La fusión de patriotismo cívico con fe religiosa, en la que esta últi­
ma legitimaba al primero y el primero sostenía la segunda; el concepto
de los patriotas bizantinos como los buenos cristianos.
5. Los aspectos específicos de las artes plásticas bizantinas, que fun­
dían la tradición clásica con influencias orientales y subrayaban un
sentido de trascendencia, distinguido por su preferencia por los colores
brillantes y luminosos, por el misticismo de sus iconos y por el peculiar
estilo de sus basílicas e iglesias en un plano griego en forma de cruz.
6. La continuación ininterrumpida de la tradición clásica en literatu­
ra, filosofía y ciencia.
7. El desarrollo, en el aspecto técnico, de nuevas armas o usos milita­
res, como el fuego griego y la caballería pesada de los catafracti.
¿Cuándo em pezó y cuándo term inó la civilización bizantina? En el
caso de muchas civilizaciones, las preguntas sobre el principio y el fin
son un tanto elusivas. El comienzo de las civilizaciones terciarias, como
la bizantina, no se puede datar con precisión porque fue resultado de la
gradual transformación de sus respectivas matrices. Desde la fundación
de Constantinopla en 330 d.C. y aun antes, la civilización romana empe­
zó a experimentar, en la parte oriental del Imperio, las influencias de su
entorno greco-oriental. Las diferencias teológicas entre las iglesias
romana y bizantina, fundamentadas particularmente en la aceptación o
el rechazo de la cláusula del filioque1 en el credo de Nicea, y exacerbadas

1 El texto de Nicea en griego mencionaba la creencia "'en el Espíritu Santo". La Iglesia romana
añadió, en su traducción latina, "qui ex Patre Filioque procedí t", es decir, "que procede del Padre y
del Hijo". Esto fue considerado por Bizancio, desde el siglo ix, como una reflexión teológica, y no
como una verdadera traducción del credo original.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 453

por factores políticos y la disputa entre el papa y el patriarca por la pre-


eminencia/fueron factores decisivos de la diferenciación. El factor esen­
cial fue la gradual sustitución de la cosmovisión romana y su enfoque
operativo al mundo por una cosmovisión cristiana helenizada junto con
su enfoque contem plativo. El gradual desplazam iento del latín por el
griego, al principio como el idioma corrientem ente hablado y después
como lengua oficial del Imperio, marcó la transición de la fase romana a
la bizantina. Lo mismo puede decirse del cambiante estilo de gobierno,
de Constantino a Justiniano y de Justiniano a H eraclio. El reinado de
Justiniano corresponde a la fase de cambio. Justiniano es un emperador
romano por su lengua y sus intereses públicos, pero la cultura ya estaba
acentuadam ente "bizantinizada", como puede verse en los retratos de
la pareja real en los mosaicos de Ravena. Heraclio, medio siglo después,
es ya un emperador bizantino.
Constantinopla tuvo dos ocasos. El primero, con su conquista por la
cuarta cruzada en 1204; el segundo, en 1453, al ser tomada por Moham-
ined II. Aunque el Imperio bizantino poslatino nunca recuperó su ante­
rior poderío, hizo renacer su tradición cultural con vigor considerable.
La caída de Constantinopla en 1453 puso fin a su civilización específica
m ediante una com binación de régimen sultanesco y difundida islam i-
zación, si bien los constantinopolitanos griegos, los fanariotas, conser­
varon durante largo tiempo su cultura y sus prácticas. Sin embargo, los
principales rasgos de la cultura bizantina sobrevivieron al Im perio
bizantino, tanto por la influencia de la Iglesia ortodoxa, viva hasta hoy,
como por la profunda influencia de la cultura bizantina sobre Rusia y el
mundo eslavo.
En su trayectoria milenaria, la civilización bizantina pasó por varias
fases distintas; en las dos siguientes secciones de este capítulo presen­
taremos un breve esbozo de las principales. Los aspectos esenciales de
este proceso fueron la transformación de la expresión oriental de la civi­
lización romana tardía — de Constantino a Justiniano— en la civiliza­
ción bizantina a partir de Heraclio; la manera peculiar en que la civili­
zación bizantina se adaptó a las condiciones de la Edad M edia, de los
siglos xi a xiv, sin perder sus características de cultura clásica, y la final
conversión de Constantinopla, en el curso de su último siglo, en un cen­
tro de humanismo que prefiguraba ya la cultura del Renacimiento.
La civilización bizantina tuvo una mala imagen universal que ha per­
sistido hasta hoy, propagada ante todo por los cruzados y las fuentes
occidentales en la baja Edad Media. Expresiones como "bizantinism o"
transmiten el concepto de discusiones vanas, de sofistería y un implícito
sentido de cobardía. Resulta comprensible que algunas discusiones teo­
454 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

lógicas de Bizancio fuesen marcadas por nimiedades y discusiones fúti­


les, pero lo mismo puede decirse de muchas discusiones escolásticas de
las universidades occidentales del mismo periodo. Por encima de tan
m ezquinos detalles, la civilización bizantina, vista objetivamente y sin
prejuicios, aparece como la extraordinaria continuación, desarrollo y
transform ación de la cultura clásica, sostenida con valentía e ingenio
contra los ataques de los bárbaros que destruyeron el Imperio romano de
Occidente y de los árabes que conquistaron-la mayor parte de la Europa
meridional, una civilización que en sus periodos de mayor flaqueza fue
reducida a una impotencia irreparable por una conspiración occidental.
Sin embargo, de hecho la civilización bizantina realizó la hazaña única
de mantener con vida la civilización clásica durante toda la Edad Media
y, sobre dicha tradición, edificar una de las bases del hum anism o rena­
centista.

2. B reve s ín t e s is h i s t ó r ic a

A. Panorama general

Vista en su desenvolvim iento m ilenario, desde la fundación de Cons-


tantinopla en 330 hasta su conquista por los turcos en 1453 — y recono­
ciendo que la civilización bizantina no desapareció súbitam ente con la
caída de Constantinopla— , podemos diferenciar ocho fases principales
en el curso de dicha civilización.
La primera fase correspondió al surgimiento y el incipiente desarro­
llo del Im perio romano de Oriente. Se puede considerar que abarcó el
periodo que va desde la fundación de C onstantinopla hasta el fin del
reinado de Anastasio I (491-518). Después de los brillantes días de Cons­
tantino y del reinado aún activo de Teodosio el Grande (379-395), el
Im perio quedó definitivam ente dividido en sus m itades occidental y
oriental; Honorio, el hijo infante de Teodosio, reinaba en la primera, y el
adolescente Arcadlo en la última. Los años que siguieron a la muerte de
Teodosio el Grande fueron devastadores para el Im perio. Rom a fue
saqueada por A larico en 410, nuevam ente por G eserico en 455 y por
último, en 476, un cabecilla germano, Odoacro, depuso al último empe­
rador pelele de Occidente: Rómulo Augústulo. Gracias a su privilegiada
situación inexpugnable, su capacidad para comprar a sus adversarios y
una buena dosis de fortuna, Constantinopla logró resistir las oleadas de
los bárbaros durante los terribles años del siglo v.
Una segunda fase de la historia de Constantinopla es inaugurada por
Justino (518-527) bajo la competente guía de su sobrino, el futuro empe­
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 455

rador Justiniano. El reinado de Justiniano (527-565) señaló un nuevo


periodo de apogeo para Constantinopla desde los días de Constantino.
El Imperio romano resurgió, fueron reconquistadas considerables regio­
nes de Occidente, aunque esto no fuese duradero para la m ayor parte
de su territorio, y un extraordinario florecimiento cultural acompañó la
reconstitución política de lo que seguía siendo el Im perio rom ano de
Oriente. Puede considerarse que esta fase, en condiciones ya declinan­
tes, abarca desde los sucesores de Justiniano hasta el incompetente rei­
nado del usurpador Focas (602-610).
La rebelión de Prisco y del exarca de África llevó al hijo de este últi­
mo, H eraclio, al trono de Constantinopla y abrió con su gran reinado
(610-641) otra fase de poderío político-m ilitar y renovación cultural.
Esta tercera fase correspondió a la dinastía heracliana, desde su funda­
dor hasta el segundo reinado de Justiniano II (705-711).
La cuarta fase, bajo los isáuricos (717-802) y la dinastía am oriense
(820-867), correspondió al periodo de la iconoclasia. Este se caracteri­
zó por su condenación, encabezada por varios emperadores, del culto
cuasiidólatra a los iconos, que provocó, con diversos grados de intensi­
dad, una lucha contra los m onjes, en su m ayoría ignorantes. Teófilo
(829-842), de la dinastía amoriense, fue el último iconoclasta. Las im á­
genes sagradas nuevamente tuvieron aceptación durante el reinado de
su hijo Miguel III (842-867), aunque en el estricto entendido de que los
iconos no son sagrados en sí mismos, sino sólo representaciones de lo
sagrado.
Una brillante quinta fase se inaugura con Basilio I (867-886), funda­
dor (aunque por manejos turbios) de la dinastía macedónica (867-1081),
que produjo otros grandes em peradores, en particular Basilio II (963­
1025).
Alejo Comneno, competente general que inicialmente sirvió al ejérci­
to sofocando rebeliones contra Nicéforo III (1078-1081), se levantó en
armas en 1081 y se apoderó del trono para dar comienzo a la dinastía de
los Comneno. Estos correspondieron a la sexta fase de la historia bizan­
tina, caracterizada por las crecientes amenazas de los turcos y de Occi­
dente al Imperio en general, particularmente por parte de los cruzados.
La prim era cruzada (1036-1097) fue hábilm ente desviada por Alejo
Comneno, de Constantinopla a Nicea, con la promesa (nunca cumplida)
de devolver las tierras reconquistadas al Imperio. La segunda cruzada
saqueó los Balcanes y hubo de ser tratada con la mayor diplomacia por
Manuel Comneno (1142-1186) para impedir un enfrentamiento peor. El
último Comneno, Andrónico, fue depuesto en 1185 por una rebelión que
encabezó Isaac Angelo (1185-1195). Tras las perturbaciones causadas
456 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

por la tercera cruzada (1189), la cuarta (1202-1204) fue emprendida por


el dux Enrico Dándolo, no para convertir a los infieles, sino para tomar
y saquear Constantinopla en 1204.
La séptima fase de la historia bizantina correspondió al inestable rei­
no latino de Constantinopla instituido por los cruzados, con Balduino I
(1204-1205) como primer rey latino, y terminó en 1260 con la recupera­
ción de Constantinopla por el emperador de Nicea, Miguel VIII Paleólo­
go. Los Paleólogos d i e r o n u n e f í m e r o r e n a c i m i e n t o al an teriorjm p erio
bizantino: su octava fase, que de forma cada vez más m enguada duró
hasta la toma de Constantinopla por los turcos en 1453.

B. La fundación y los periodos iniciales

En 324 Constantino tomó la decisión final de transferir la nueva capi­


tal del Imperio romano a la antigua ciudad de Bizancio. El 11 de mayo
de 330 fue oficialmente inaugurada la nueva capital, con el nombre de
Constantinopla. Desde hacía largo tiempo se dejaba sentir la necesidad
de contar con una nueva capital. Con los crecientes amagos de los bár­
baros y los sasánidas desde del reinado de Marco Aurelio, se reconoció
que la ciudad de Roma estaba demasiado lejos de las zonas amenazadas
para velar eficazmente por su defensa. Con ese propósito, Milán se con­
virtió en el cuartel general predilecto. Sin embargo, Constantino prefirió
la antigua Bizancio porque sus condiciones geotopográficas le conferían
insuperables ventajas defensivas, y la ciudad no estaba demasiado cerca
ni dem asiado lejos de las fronteras más am enazadas del Im perio: el
Danubio y las costas septentrionales y orientales del Mar Negro. La su­
pervivencia milenaria del Imperio bizantino confirmaría históricamente
la excelente elección de Constantino.
En la época de Constantino aún no era obvia la próxima disgregación
de Occidente. Cierta conmoción causó el anuncio del emperador de que
adoptaba el cristianismo, la tolerancia y el favor acordados a la Iglesia
cristiana, tolerancia que conduciría a su reconocim iento, a finales del
siglo iv, como la única verdadera fe y la consiguiente proscripción de
todas las demás religiones. Sin embargo, el paganismo persistiría duran­
te muchas generaciones.
Constantino convocó y presidió en 325 el primer concilio general de
Nicea. El obispo Eusebio (historiador de Constantino) planteó los funda­
mentos de una teoría de la soberanía cristiana que hacía hincapié no en
las dos ciudades, sino en el Imperio cristiano, temporal pero santificado,
com o instrum ento divino y gobernado por un em perador, que era el
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 457

vicerregente de Cristo en la Tierra. El Im perio m antendría la cultura,


el arte y la filosofía de Grecia. Su gobierno era el del Imperio grecorro­
mano y, basado en las reformas de Diocleciano y Constantino, asegura­
ría la continuidad de un dominio central eficaz.
Al término del siglo iv había cuatro prefecturas: 1) la de Oriente (que
incluía Egipto, AsialVIehor y Tracia); 2) la ilírica (los Balcanes centrales y
Grecia); 3) la italiana (Italia, el norte de los Balcanes, Damacia y una par­
te de África), y 4) la de las Galias (Britania, la Galia, Hispania y la Mau­
ritania occidental). Lás prefecturas fueron subdivididas en diócesis, y
éstas, a su vez, en 101 provincias.
En el capítulo viii de este estudio se presentó una breve descripción
de los principales rasgos del reinado de Constantino. La dinastía cons-
tantiniana terminó con el reinado de Juliano (361-363). Joviano, elegido
por el ejército para suceder a Juliano, tuvo un reinado breve (363-364).
Su sucesor, Flavio Valentiniano I (364-375), en 364 declaró coaugusto
para Oriente a su hermano Valente. La ambición de Valente de derrotar
a los visigodos con sus propias fuerzas sin aguardar el apoyo de Gracia­
no, emperador de Occidente, causó la catastrófica derrota de Andrino-
polis (378), que debilitó seriamente las fuerzas del Imperio de Oriente.
El nombramiento de Flavio Teodosio el Grande (379-395) por Graciano
aseguró una dirección capaz a la mitad oriental del Im perio. Con la
m uerte de Graciano en 383, Teodosio quedó com o único soberano de
todo el Imperio, el cual, después de su fallecimiento, fue definitivamen­
te dividido en dos partes: entre Arcadio, entonces de 18 años, en Oriente,
y Honorio, de 11, en Occidente.

C. La supervivencia de Oriente

Por la época de las incursiones de Alarico en Italia, el Im perio romano


de Oriente se hallaba en una situación bastante precaria. El emperador
Arcadio era una absoluta nulidad. La em peratriz (franca) Eudosia, de
más fuerte personalidad, se vio envuelta en escándalos personales y en
un conflicto (debido a su conducta) con el patriarca San Juan Crisós-
tomo. El Imperio había logrado eliminar a los godos que tenía a su ser­
vicio pero que estaban interviniendo peligrosam ente en los asuntos
internos y eran odiados por el pueblo; como resultado, se encontró
prácticamente sin ejército, en una época en que los ladrones que bajaban
de las colinas de Isauria asolaban los alrededores. D espués de que
Eudosia logró deponer a Crisóstomo (404), los partidarios de éste incen­
diaron la prim era Santa Sofía y el Senado. En este periodo, la buena
458 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

suerte — la ausencia de ataques de im portancia bárbaros— salvó al


Imperio.
Tras la muerte de Eudosia (404), circunstancias favorables condujeron
al nom bram iento de Antem io como prefecto pretorlano. Después de
m orir A rcadio (408), él quedó como regente de Teodósio II, hijo del
emperador. Antem io reorganizó el ejército, rechazó a los hunos en los
Balcanes y sometió a sus clientes, los esciros germ anos, a la servidum ­
bre en Asia Menor. Se reorganizó la flota del Danubio y se rechazaron
las incursiones llegadas del norte. Las ciudades ilíricas fueron refortifi­
cadas.
Se levantó una muralla desde el mar de Mármara hasta el Cuerno de
Oro, que salvó de Atila a Constantinopla. Destruida por un terremoto,
fue reconstruida por órdenes del nuevo prefecto, C onstantino, quien
cavó un profundo foso y levantó otra muralla en torno de la ciudad — el
Muro Teodosiano— . De este modo, Constantinopla quedó con una tri­
ple línea de defensa, separadas las dos m urallas por una terraza y el
foso. Las murallas, en tiempos del ulterior prefecto, Ciro, se extendieron
a lo largo de la costa. Tales murallas protegieron eficientemente a Cons-
tantinopla hasta su caída en 1453 en manos de los turcos. Antemio enta­
bló relaciones cordiales con el rey sasánida Yadzgard I (394-420), apoya­
do en un tratado com ercial, lo que m antuvo la paz en sus fronteras
orientales.
El reinado de Teodosio II (402-450), hombre débil pero decente que
dedicó su vida a los estudios y la religión, tuvo muchas cosas encomia-
bles, en gran parte debido a los buenos ayudantes que eligió. El Codex
Theodosicinus, publicado en 438, codificó las leyes romanas desde Cons­
tantino hasta el propio Teodosio. Dos códices anteriores, el Codex Grego-
rianus y el Codex Hermogenianus, abarcaban toda la legislación, primero
desde Adriano hasta D iocleciano y luego desde este últim o hasta el
siglo iv. No ha sobrevivido ninguna de estas dos colecciones. También
se debe a Teodosio la fundación de la Academ ia de C onstantinopla
(425), bajo la influencia de la emperatriz Eudosia (la ex pagana Atenais).
Los últimos años de Teodosio II fueron adversamente afectados por
el despido de Ciro, en 441, y su sustitución por el eunuco Crisofio, quien
gobernó — o, mejor dicho, desgobernó— el Imperio hasta la muerte de
Teodosio en 450; durante este periodo, Atila impuso una serie de tribu­
tos humillantes a Constantinopla, hasta su derrota en los Campos Cata-
láunicos en 451 y su muerte dos años después.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 459

Marciano (450-457), León (457-474) y Aspar

Teodosio II fue sucedido en 450 por su hermana mayor, Puqueria, quien


aceptó contraer un matrimonio nominal con Marciano, soldado capaz
pero de origen-modesto. Tracio de nacimiento, era el jefe del estado mayor
de Aspar y comandante alano del ejército. Después fue proclamado
emperador bajo la influencia del poder militar de Aspar. Marciano ordenó
la ejecución de Crisofio y restableció un gobierno bueno y ordenado.
Marciano murió sin dejar herederos. Aspar se adueñó de la situación
y convirtió en em perador a su m ayordom o, con el nombre de León I.
Este emprendió una gran expedición al mando de Basiliso, hermano de
su esposa, para ayudar al em perador de O ccidente, A ntem io, yerno
de Marciano, contra Geserico en 468, expedición desastrosa que debilitó
a Oriente.
León trató inicialmente de librarse de Aspar, casando a su hija Ariad-
na en 467 con Tarasicodessa, caudillo de los isáuricos, quien adoptó el
nombre de Zenón. El odio a los isáuricos en Constantinopla lo obligó a
enviar a Zenón a Cilicia como magister militum de Oriente. Se vio enton­
ces obligado a casar a una segunda hija con Patricio, hijo de Aspar, al
que confirió en 470 el rango de cesar, a pesar de ser arriano. Esto provo­
có una fuerte oposición en Constantinopla, lo que permitió el retorno de
Zenón y condujo al asesinato de Aspar y de su hijo mayor. Los guardias
godos de Aspar atacaron el palacio, pero fueron rechazados en 471 por
los excubitores isáuricos.

Zenón (474-491), Odoacro y Teodorico "el Ostrogodo"

Tras la muerte de León I (474) el trono, según sus instrucciones, pasó a


su nieto de seis años, León II, quien nombró coem perador a su padre
Zenón (yerno de León I). Poco después de la m uerte del niño, Zenón
quedó como único emperador y, con él, los bárbaros isáuricos ocuparon
el lugar de los germanos.
En 476, Odoacro depuso a Rómulo A ugústulo, propuso a Zenón
como em perador único de Roma y se confirió a sí m ism o el título de
patricio, con dominio sobre toda Italia, lo cual tuvo que aceptar Zenón.
M as para contener a Odoacro, éste persuadió a Teodorico, rey de los
ostrogodos (que estaba efectuando devastadoras incursiones por la
península balcánica), a que desafiara la posición de Odoacro. Teodorico
se trasladó a Italia, derrotó a Odoacro y fundó el reino ostrogodo de Italia,
con capital en Ravena.
460 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Anastasio I (491-518) - .

Tras la muerte de Zenón, su viuda Ariadna decidió casarse con un hom­


bre de edad avanzada, Anastasio. Miembro menor de la corte (silentia-
rius), A nastasio fue coronado em perador después de prom eter por
escrito que no introduciría innovaciones eclesiásticas, com o lo había
exigido el patriarca de Constantinopla, decidido partidario del Concilio
de Calcedonia. Anastasio empezó por quitar de los puestos de poder a
los isáuricos, odiados por la población de Constantinopla. Tuvo que
entablar una larga pugna en ísauria, de la que salió triunfante después
de seis años. El reinado de Anastasio fue afectado por incursiones
devastadoras de getas y escitas en los límites del Danubio. Para prote­
ger la capital contra los bárbaros del norte, A nastasio hizo edificar el
"Largo M uro" de Tracia, a unos 60 kilómetros al oeste de Constantino­
pla, que se extendía desde el Mar de Mármara hasta el Mar Negro. Sin
embargo, defectos de construcción y terremotos hicieron caer partes del
muro, y quedó sin valor defensivo.
La diplom acia de Anastasio lo llevó a reconocer la legitim idad del
gobierno de Teodorico en Italia y el reciente gobierno de Clodoveo en la
Galia y sus adyacentes partes germ ánicas. Las poblaciones locales se­
guían considerándose miembros del Imperio y exigieron que el empera­
dor reconociera a los dirigentes locales.
A nastasio tuvo problemas religiosos, pese a sus prom esas iniciales,
por causa de su monofisismo. Una gran rebelión encabezada por Vital,
so pretexto de restaurar la ortodoxia, fue contenida con cierta dificultad
(514-518). Anastasio también sostuvo con los persas una larga guerra, de
502 a 506, que terminó sin decisión. A pesar de sus dificultades, Anasta­
sio legó un gran tesoro a su sucesor, calculado por Procopio en 320 000
libras de oro. Anastasio siguió una política fiscal equilibrada que supri­
mió el impopular impuesto llamado chysasgyron sobre las mercancías y
locales de los comerciantes, pero adoptó, en cambio, un nuevo impuesto
a la tierra: la chrysoteleia. La responsabilidad fiscal colectiva de los curia­
les fue remplazada ventajosamente por unos recaudadores de im pues­
tos: los vindices. Anastasio otorgó reducciones fiscales a muchas provin­
cias y ciudades, especialmente a las afectadas por la guerra persa.

D. La fase justiniana

Después de ser el principal consejero de su tío Justino (518-527), Justi-


niano lo sucedió. En 532 tuvo que enfrentarse a la insurrección de Nika,
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 461

a quien contraatacó alentado por Teodora. Su general Belisario sofocó la


rebelión, m atando a cerca de 30 000 insurgentes, lo que puso fin al
poder popular en Constantinopla y reforzó al emperador.2
En lo político y militar, el reinado de Justiniano se caracterizó por sus
triunfales intentos de reconquistar los territorios perdidos en Occidente
por e] Imperio romano, aunque casi todas esas reconquistas fueron de
breve duración. En 533-534, Belisario, con una fuerza relativam ente
reducida, derrotó al usurpador vándalo G elim ero y recuperó África
septentrional, donde se estableció un buen gobierno que duró hasta la
invasión árabe. De 535 a 550, partiendo de Sicilia, Belisario procedió a
reconquistar gradualm ente Italia. En 550 fue rem plazado por N arsés,
quien, luego de desem barcar en el norte, infligió la derrota final a los
ostrogodos en 552 en la batalla de Taginae.
La reconquista de Italia, que no duraría, im puso un alto costo al
Im perio al reducir sus defensas en Oriente, pero tal era una tarea que
el em perador romano inevitablem ente debía intentar. Sin em bargo, el
régimen de justiniano fue odiado en Italia. Los lombardos reconquista­
ron fácilmente el norte en 568, pero la Italia meridional, así como Rave-
na, mantuvieron largos nexos con Bizancio.
El reinado de Justiniano se enfrentó a una serie de problemas: la am e­
naza persa, las migraciones de tribus germánicas a través del Danubio, y
el descontento permanente de varias provincias por razones religiosas
y políticas. En el norte y el este, la política de Justiniano fue principal­
mente defensiva. De cuando en cuando contuvo a los eslavos y los ávaros
que se introducían en el Imperio, pero dejó a su sucesor la tarea de en­
frentarse a estos nuevos inmigrantes.
Justiniano fue un convencido defensor del Concilio de Calcedonia,
pero trató de llevar a los monofisitas — apoyados por Teodora— hacia
una posición de via media. Teodora consideró preferible aplacar a Orien­
te que mantenerse en buenas relaciones con Roma, y sólo después de su
m uerte, en 548, Justiniano decidió hacer declaraciones eclesiásticas
— siguiendo su orientación intermedia— que resultaron un total fracaso
y le ganaron el antagonism o de Antioquía, Alejandría y Roma. Según
Hussey, Justiniano es uno de los pocos em peradores a cuyo gobierno
puede aplicarse con justicia el término de cesaropapismo.
Justiniano contó con ayudantes competentes, quienes lograron reca­
bar los fondos necesarios para financiar su política exterior y un muy

2 A pesar del carácter autocrático del Estado bizantino, el pueblo mantuvo una considerable
fuerza política, manifestada particularmente en el Hippodromo por medio de las facciones verde
y azul, que, con las características de un partido político, rechazaban o apoyaban al emperador y
provocaban fácilmente peligrosos motines.
462 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

activo programa de construcción de fortificaciones e iglesias y de mejo­


ras urbanas. Santa Sofía es la más soberbia de sus construcciones. Tam­
bién em prendió un vasto proyecto de codificación, conocido com o el
Corpus de Justiniano, que incluye una colección de edictos im periales
desde el Codex de Adriano, el Digesto, que clasifica las leyes de los juris­
tas romanos, las Institutas, que son un manual para uso de estudiantes de
derecho, y las Novelas, que contienen los edictos de Justiniano emitidos
después del Codex . El Corpus de Justiniano ejerció una enorme influen­
cia no sólo en el ulterior sistema jurídico de Bizancio, sino también en los
de los países eslavos y de Occidente.
En cierto sentido, Justiniano fue el últim o em perador romano. Su
intento de resucitar el antiguo Imperio no tuvo éxito, ni podía tenerlo.
Su exuberante reinado, además de que constituyó todo un hito, contri­
buyó, con su codificación y otras aportaciones, a la form ación de las
condiciones que permitirían la gradual conversión del Imperio romano
en el Imperio bizantino.

De Justino II a Focas

El periodo que siguió a Justiniano fue ocupado por cuatro em perado­


res: Justino II (565-578), Tiberio II (578-582), Mauricio (582-602) y Focas
(602-610).
Justino II se negó a seguir pagando a los sasánidas el impuesto anual
aceptado por Justiniano, y provocó así una prolongada guerra que
resultó adversa a Bizancio, hasta el reinado de M auricio. Este último,
aprovechando el conflicto civil de Persia, apoyó a Khusru II (Cosroes II).
nieto del anterior rey, Cosroes I, quien había sido depuesto por una
rebelión encabezada por Bahram Chobin. Mauricio le devolvió el trono
e hizo la paz con los sasánidas. La Armenia persa y el oriente de Meso-
potamia, con la ciudad de Daras (que había sido tomada por los persas
durante el reinado de Justino II), fueron devueltos a Bizancio.
Mauricio creó en 584 los exarcados de Ravena y Cartago; el exarca era
un representante directo del emperador, con poderes ilim itados. Los
exarcados dem ostraron ser un sistema eficiente y tuvieron larga vida,
Mauricio también se enfrentó al problema de su frontera septentrional.
Eslavos y ávaros (pueblo de origen turco)3 estaban atravesando el
Danubio para saquear el territorio romano. Mauricio lanzó una vigoro­
sa campaña para rechazarlos, pero fue asesinado en una rebelión militar
3 Cf. A. A. Vasiliev, History of the Byzantinc Empire, Wiscortsin, University of Wiscortsin Press
1980 (1952), p. 17.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 463

encabezada por Focas. En Italia, los lombardos ocuparon la mayor parte


de la península, con excepción de Ravena y Roma. Focas, militar ignoran­
te, tuvo un reinado desastroso y sangriento. Con el propósito de vengar
a su amigo Mauricio, Cosroes II atacó Bizancio y saqueó Siria, Palestina
y Asia Menor. La total descomposición de Bizancio fue impedida en 610
por la rebelión de Heraclio.

E. La fase heracliana (610-717)

Hijo del exarca de Ravena, del mismo nombre, Heraclio organizó una
expedición y en 610 tomó Constantinopla con ayuda del pueblo. Focas
fue asesinado.
Heraclio (610-641) demostró ser un organizador, gobernante y gene­
ral muy competente. Con el poderoso apoyo del patriarca Sergio, reor­
ganizó el ejército y, después de resistir en 619 a los avaros que amenaza­
ban Constantinopla, lanzó un efectivo contraataque contra los persas,
que habían tom ado A ntioquía, Apam ea, Emesa, Kaisarea, Dam asco
(613) y Jerusalén, y que en 619 conquistaron Egipto.
La campaña de Heraclio en la región transcaucásica de 622 a 630 ter­
m inó con una decisiva victoria en la batalla de N ínive de 627, que le
perm itió al año siguiente atacar Ctesifonte. Cosroes fue destronado y
m uerto, y su sucesor, Kavad Sheroe, inició negociaciones de paz con
Heraclio. Los persas tuvieron que devolver toda la provincia conquista­
da a Bizancio, además de la Santa Cruz tomada de Jerusalén. Durante la
campaña de Heraclio, los ávaros trataron de sitiar Constantinopla, pero
fueron derrotados en 626 por la guarnición local.
El Imperio bizantino alcanzó una nueva cúspide en los dos primeros
decenios del reinado de Heraclio. El emperador, que era llamado autó­
crata en griego, adoptó el título de basileo . Antes de que los bizantinos
pudiesen descansar y recuperarse de los costos financieros y humanos de
la guerra en Persia, tuvieron que enfrentarse a la invasión de los árabes.
Mahoma murió en 632, y sucesivos califas entablaron una fanática guerra
de expansión del Islam en territorios persas y bizantinos.
Sin em bargo, en los últim os años de su reinado, H eraclio perdió a
manos de los árabes las tierras que había reconquistado de Persia; estas
tierras nunca volverían a Bizancio. La división m onofisita desem peñó
un papel importante en la conquista árabe, pues sirios y egipcios prefe­
rían a los árabes a Constantinopla.
La dinastía heracliana tuvo que enfrentarse continuamente a invasio­
nes árabes. Constantinopla fue sitiada por mar y tierra en 673, pero las
464 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

murallas la protegían de todo ataque por tierra, y su flota, utilizando el


fuego griego recién inventado por Calínico, destruyó las naves árabes.
En 677, en Sileo, Constantinopla obtuvo una victoria decisiva, a la que
siguió una paz de 30 años.
Constante II (611-668), nieto de Heraclio, después de los breves reina­
dos de Heraclio Constantino y Heracleonas en 641, fue un gobernante
com petente y enérgico, que resistió con gran entereza el asalto de los
árabes. Reorganizó el gobierno de las provincias y creó los temas (thema-
ta), jurisdicciones que puso bajo un gobernador militar con vastos pode­
res militares y civiles. Su hijo, Constantino IV (668-685), fue un soldado
duro y competente cuyo reinado sufrió los más intensos ataques árabes.

El periodo intermedio

Justiniano II, hijo de Constante, coronado a los 16 años, fue cruel y enér­
gico. Venció a los eslavos en Tracia en 689, pero los bizantinos fueron
derrotados por los árabes en 692 en la batalla de Sebastopol. La política
de Justiniano contra la aristocracia y sus fuertes impuestos provocaron
a fines de 695 una rebelión encabezada por Leoncio, estratega de los
nuevos temas de la Hélade. Leoncio, con el apoyo de los A zules, fue
aclamado emperador. A Justiniano le cortaron la nariz y lo enviaron exi­
liado al Quersoneso.
A ello siguió un periodo de dificultades, con grandes pérdidas para
los árabes, incluso la de Cartago. La flota bizantina se rebeló contra
Leoncio, y Apsimar, drungarius del tema de los Cibirreos, con el apoyo
de los Verdes fue proclam ado em perador con el nom bre de Tiberio II
(698-705).
Justiniano II escapó del Quersoneso y después de muchas peripecias
obtuvo el apoyo de Tervel, kan de los búlgaros, y logró penetrar en
C onstantinopla para reconquistar el trono en 705. Su nuevo reinado,
que se caracterizó por una cruel venganza, duró hasta que otra rebelión,
en 711, term inó en su ejecución. Interesado sólo en la venganza p er­
sonal, Justiniano II abandonó los asuntos públicos, lo cual los árabes no
tardaron en aprovechar. Un armenio, Filípico Bardanes, fue entonces
proclamado emperador. Filípico se inclinaba al m onofisismo y abierta­
mente estaba en favor del monotelismo.4 Los búlgaros, para vengar a su
aliado Justiniano II, invadieron Tracia y llegaron a los muros de Cons­
tantinopla, asolando toda la región. Tropas bizantinas fueron transpor-
4 Cristo tenía dos naturalezas, la divina y la humana, pero sólo una, según el monotelismo. Esa
doctrina fue condenada por el vi Concilio Ecuménico.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 465

tadas desde el tema de Opsikión, pero se rebelaron, depusieron a Filípi-


co en 713 y lo dejaron ciego.
El servidor civil Artemio, protoasecretis, fue proclam ado em perador
con el nombre de Anastasio II (713-715); sin embargo, no pudo contener
a los árabes por causa de una revuelta de la flota del tema de Opsikión,
que proclamó emperador a su recaudador de impuestos, Teodosio. Éste
trató de escapar pero fue obligado a aceptar el trono; reinó de manera
incom petente y sólo por un breve periodo. Entonces León, general
triunfante, de origen humilde y estratega de Anatolikón, logró rechazar
a los árabes, obligó a abdicar a Teodosio y fue proclamado emperador en
717 como León III, el Isáurico (717-741).

F. La fase iconoclasta (711-843)

General eminente, León III restableció la disciplina militar. Restauró las


finanzas con fuertes impuestos, pero protegió al pequeño campesino con
un código agrario y simplificó el sistema jurídico con un nuevo código:
la Ecloga (741). En el aspecto administrativo, completó el sistema de los
temas, subdividiendo los ya existentes en otros más pequeños y creando
otros siete en Asia y cuatro en Europa.
En 717-718, los árabes intentaron volver a sitiar Constantinopla, pero
fracasaron después de un año, debido a la gran capacidad defensiva
dem ostrada por León III. Una vez m ás, el fuego griego tuvo efectos
devastadores sobre la flota árabe.
La política iconoclasta comenzó en 726: para frenar los abusos de los
monjes y su excesivo número — que reducía la mano de obra disponible
para el trabajo y la defensa— , León adoptó medidas contra el culto de
las imágenes. La rebelión de una flota griega enviada a atacar Constan­
tinopla (727) fue sofocada por la flota real y su fuego griego. Otra rebe­
lión en Ravena, en alianza con los lombardos, fue som etida con ayuda
de Venecia. En 739, los bizantinos obtuvieron una im portante victoria
sobre los árabes en la batalla de Akroinón.
El periodo que va de la muerte de León III en 741 al reinado de Teófi­
lo (829-841), correspondiente a la dinastía isáurica (hasta 820) y la
mayor parte de la amoriense (820-867), se caracterizó en lo interno por
el m ovimiento iconoclasta y, en el aspecto internacional, por las incur­
siones — a m enudo triunfantes— de los árabes y una enconada lucha
con los búlgaros y su hábil rey, Crum.
El movimiento iconoclasta fue un proceso complejo, que nos presenta
dos aspectos principales. Uno de ellos fue el religioso, dedicado a conte­
466 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

ner el excesivo culto de los iconos, por el cual las representaciones de lo


santo y lo sagrado eran consideradas objetos sagrados en sí mismas. El
otro aspecto fue el sociopolítico y se relacionó con una disputa por el
poder entre el emperador junto con los m ilitares, en un bando, contra
un enorme contingente económica y militarmente ocioso de monjes, en
su mayoría ignorantes pero que gozaban de un amplio apoyo popular,
en el otro. Iniciado por León el Isáurico y aprobado por el Conciliábulo de
Hieria en 753, el movimiento de los monjes fue abortado por el Concilio
de Nicea en 787 con el apoyo de Irene, madre de Constantino VI. Sin
embargo, el ejército renovó su oposición a los monjes y obligó a Irene a
retirarse. En 815, el Concilio de Santa Sofía volvió a la iconoclasia y des­
encadenó una violenta persecución contra los m onjes. El em perador
Teófilo (829-841), hombre culto pero fanático, hijo de Miguel II, lanzó la
última oleada de la iconoclasia.
Teodora, regenta de su hijo, el niño Miguel III (842-867), quien sucedió
a su padre Teófilo, decidió poner fin a la controversia religiosa con obje­
to de restablecer la paz interna. Sin embargo, se mantuvo el poder polí­
tico del emperador sobre la Iglesia.
En el aspecto internacional, los principales problemas que enfrentaba
el Imperio bizantino continuaron con las agresiones árabes y los inten­
tos de Crum, el muy hábil rey de los búlgaros, por forjar un imperio
búlgaro a expensas de Bizancio. Renovando su ataque tras el fracaso de
su segundo sitio a Constantinopla en 717-718 y su derrota en Anatolia
en 739, los árabes fueron comprados por Irene (789), quien les pagó un
inmenso tributo. Pocos años después reanudaron sus incursiones, asola­
ron Chipre y Rodas y obligaron a C onstantinopla a aceptar una paz
humillante. En 826, musulmanes llegados de España reocuparon Creta,
y otros provenientes del Africa septentrional tomaron Sicilia en 827-828.
Los bizantinos intentaron contraatacar con un asalto al Califato, pero
tuvieron que retirarse.
El Imperio bizantino tuvo más éxito en su enfrentamiento con los búl­
garos. En 755-764, nueve campañas sucesivas contra los búlgaros lo con­
dujeron a importantes victorias en Marcella (759) y Anquialos (763), que
obligaron al enemigo a aceptar la paz. En 772, en otra guerra contra los
búlgaros, los bizantinos volvieron a derrotarlos. Una guerra ulterior, de
809-813, fue favorable a los búlgaros, y en ella el em perador Nicéforo
murió en combate. Los bizantinos se vengaron en 817, cuando los búl­
garos fueron com pletam ente derrotados en M esembria, con la muerte
de su rey, Crum.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 467

G. La fase macedónica (867-1081)

Basilio, el anterior favorito de Miguel III (injustamente llamado el Borra­


cho) y su coem perador, asesinó al em perador y se apoderó del trono,
fundando la dinastía macedónica. Basilio, hombre tosco y rudo, fue un
gobernante y general eficiente. Su hijo León VI, el Sabio, fue erudito y es­
critor, más que soldado, y se interesó casi exclusivamente en cuestiones
jurídicas. Su hijo Constantino VII (913-959), de su cuarto m atrim onio
(muy poco canónico), que era niño cuando fue coronado, llegó a ser un
distinguido hombre de letras, autor de manuales de política. El almirante
Romano Lecapeno, el coemperador, le aseguró una competente defensa
militar. Después de ser capturado por sus propios hijos (948), Bordas
Focas conservó la fuerza de los militares. Romano II (959-963), el joven y
disipado hijo de Constantino, tuvo una breve vida y dejó como herede­
ros a dos niños: Basilio II y Constantino VIII.
Basilio II tuvo competentes tutores en su infancia y ascendió al poder
efectivo a los 18 años, con Constantino VIII como coemperador, quien
tenía poco interés en gobernar. Su reinado fue uno de los m ejores de
Bizancio. Basilio II empezó por sofocar rebeliones internas; luego exten­
dió el Imperio por el oriente hasta Mesopotamia; comba Lió y destruyó el
Im perio búlgaro y se lo anexó; adem ás, desarrolló activas relaciones
diplomáticas con los rusos, hasta hacerlos aliados de Bizancio. El presti­
gio de la dinastía macedónica, sólidamente establecida por Basilio II, le
permitió subsistir durante el incompetente reinado ulterior de sus her­
manas mayores: Zoé (1028-1050) y Teodora (1042-1056).
Los macedónicos contuvieron a los árabes y aseguraron la posesión de
Asia Menor, lo cual salvó a Europa oriental de] Islam hasta la llegada
de los turcos. El suyo fue un periodo de esplendor cultural y de expan­
sión religiosa. En el interior, una época de buen gobierno y defensa de
los pequeños campesinos, que aportaban los soldados para el ejército.
El reinado de Basilio II (976-1025) constituyó la cúspide del poder y el
triunfo de Bizancio. A su muerte, dejó la tesorería con 14.4 millones de
monedas de oro, entre otros artículos inapreciables. Los últim os años
de la dinastía m acedónica, con Zoé, Teodora (1055-1056) y M iguel VI
(1056-1057), fueron sumamente deficientes, sostenidos únicamente por
el tradicional prestigio de su casa.
El periodo siguiente, de Isaac I Comneno (1057-1059), un hábil gene­
ral, hasta Nicéforo III Botaniates (1078-1081), dominado por la aristocra­
cia civil de Bizancio y que pasó por los reinados de cinco emperadores,
fue de decadencia militar. Particularmente grave fue la derrota de Man-
zikert, en 1071, cuando Romano fue capturado por los seljukos. Grandes
468 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

granjas y propiedades eclesiásticas se extendieron, a expensas de los


pequeños propietarios, así como la práctica de la pronoia.5 Los im pues­
tos a los grandes granjeros se cobraban poco y mal, lo que produjo una
baja de los ingresos del Estado, m ientras el aum ento de las funciones
civiles y los irresponsables gastos de la corte iban mermando el tesoro
imperial. El emperador recurrió a la práctica de reducir el contenido de
oro de la moneda, el nomisma o bezant, que bajó de 24 a 18 quilates. Tam­
bién el reclutamiento militar se volvió más difícil por una considerable
reducción del número de pequeños campesinos soldados y la práctica
de aceptar exenciones pagadas del servicio militar.
La disminución de los recursos financieros y militares fue acompañada
por un serio agravamiento de la situación internacional. Por el este, los
turcos seljukos, victoriosos en M anzikert, extendieron vigorosam ente
sus dominios, al conquistar Persia y Armenia. Por el sur, los normandos
tomaron Bari, arrancaron Sicilia a los árabes y amenazaron Grecia. Por
el norte, tribus de las estepas, los patzinacos, uzes y cumanos, estaban
atravesando la frontera del Danubio e invadiendo territorio búlgaro,
que ahora era provincia del Im perio. A un cuando se les convenció
de que se establecieran como tropas fronterizas, continuaron asolando la
región. Los eslavos, en los Balcanes, constituían otro problema. Peque­
ños principados eslavos, como Zeta o Croacia, trataban de reafirmarse.
Los búlgaros, reducidos a una provincia, mostraban su descontento.

H. Los Comneno

Alejo Comneno (1081-1118), uno de los generales de Nicéforo III, sofocó


varias rebeliones pero finalmente se rebeló a su vez, y con una fuerza de
mercenarios (que se dedicaron al saqueo) tomó la capital, con lo cual se
ganó a la aristocracia militar, que desplazó a la civil. Alejo se propuso
trabajar en serio para mejorar la situación tanto en lo intem o como en lo
externo.
Tres Comneno: el padre, Alejo I; el hijo, Juan II; y el nieto, M anuel I,
fueron las principales figuras de este periodo. Tuvieron que gobernar un
sistema político que había perdido su fuerza central por la gradual centri­
fugación del poder y estaba convertido en una especie de régimen feudal.
Sólo el poderío político y m ilitar de las grandes familias terratenientes
podía aportar las fuerzas que necesitaba el Imperio. Alejo estuvo privado
de recursos financieros y militares centrales y tuvo que enfrentarse a
5 La pronoia consistía en la concesión de tierras, habitualmente de por vida, a un estratiota, como
recompensa por sus servicios militares. Las pronoias solían volverse hereditarias.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 469

poderosos y agresivos enemigos: los turcos en el este, los patzinakos en el


norte y los normandos en el sur. Los Comneno tuvieron que movilizar a
mercenarios, bajo generales aristócratas, para hacer frente al desafío.
Coronado en 1081, Alejo empezó a negociar una paz con los turcos
que reconocía sus reclam aciones en Asia Menor. La súbita m uerte de
Roberto Guiscard alivió temporalmente la presión de los norm andos.
Alejo centró entonces su atención en los patzinakos, que en 1091 sufrie­
ron una aplastante derrota. La partición del principado turco de Rum en
Asia Menor, después de la m uerte de Solimán, abrió la posibilidad de
que Alejo recuperara parte del territorio perdido.
El inicio de la primera cruzada cambió la situación. Propuesta por el
papa Urbano II en el Concilio de Clermont en 1095, la cruzada tuvo sig­
nificados totalm ente distintos para C onstantinopla y para Occidente.
Constantinopla consideraba como zona propia el Cercano O riente, y
deseaba que los cruzados devolvieran a Bizancio todas las tierras recon­
quistadas a los musulmanes. Los cruzados planeaban quedarse con sus
conquistas y, envidiosos de la riqueza de Constantinopla, se inclinaban
a saquearla si les era posible.
Alejo se m ostraba favorable a una reconciliación eclesiástica con
Roma, pero se oponía a toda extensión de la autoridad papal sobre los
territorios del patriarcado. También deseaba recibir la ayuda de tropas
latinas, no por el remoto objetivo de reconquistar Jerusalén, sino por ne­
cesidades más apremiantes en sus fronteras. Para Bizancio, la guerra con
los musulmanes era una realidad y una necesidad continua, que había
que tomar en cuenta con realismo, sin hacerse ilusiones acerca de Jeru­
salén. Bizancio también consideraba que expulsar a los infieles de Asia
Menor, Siria y Palestina era responsabilidad especial del Imperio roma­
no de Oriente, y no de la cristiandad en general. Por consiguiente, Alejo
se valió de su diplomacia para hacer que los cruzados pasaran por Asia
M enor sin grandes choques. Esto requirió navios, alim ento, guías y
policía, todo lo cual costó mucho a Bizancio. Alejo trató de compensarlo
exigiendo a los cruzados la promesa de devolver a Bizancio todas las
tierras que antes habían pertenecido al Imperio romano. La promesa no
fue cumplida. Antioquía se quedó en manos de Bohemundo, hijo de su
viejo enemigo Roberto Guiscard. Después de esto, se establecieron el con­
dado de Edesa y el reino de Jerusalén, y más tarde el condado de Trípoli.
Bohem undo fue el gran responsable de difundir la versión de que
Bizancio había traicionado a los cruzados. Trató de convencer al papa
de que apoyara la conquista de Constantinopla, justificando las sospe­
chas de Bizancio. En 1107 atacó territorio griego, pero fue derrotado.
Con ello se incrementó el prestigio de Bizancio.
470 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Alejo, reconociendo la importancia de Hungría en los Balcanes, deci­


dió casar a su hijo y heredero, Juan, con una princesa húngara. Alejo
también fue un competente administrador interno: figura impresionan­
te, logró aumentar los ingresos públicos; ante la creciente feudalización
de Bizancio, se las arregló para ponerla al servicio del Estado. Juan II
(1118-1143) y en particular Manuel (1143-1180), hijo y nieto de Alejo, res­
pectivamente, siguieron su política básica. Manuel, un brillante estadis­
ta, convirtió a Constantinopla en un reconocido centro universal de la
cultura, y trató de reunir el imperio universal de Roma por m edios di­
plom áticos. Su especial interés por Occidente lo llevó a un peligroso
descuido de la expansión de los seljukos.

I. El primer desplome

Al morir Manuel I, asumió el trono su hijo Alejo II, de 12 años. Su madre,


María de Antioquía, una latina, asumió la regencia; su favorito, el proto-
sebastus Alejo Comneno, sobrino del difunto emperador, se adueñó vir­
tualmente del gobierno pero, incapaz de dirigir con sensatez los asuntos
públicos, junto con la reina regente fue detestado por el pueblo. Se con­
sideró que ambos favorecían a los latinos, y el resentimiento contra ellos
llegó a un grado mayor. Un am biente de conspiración em pezó a des­
arrollarse, lo que allanó el camino para que otro miembro de la familia,
Andrónico Comneno, primo de Manuel, que por entonces era goberna­
dor del distrito del Ponto, se levantara en armas. Andrónico, sumamente
culto, de personalidad encantadora y gran valor, consiguió un apoyo
creciente y, con la adhesión del almirante de la armada, Andrónico Con-
tostéfano, llegó a dirigir el partido más poderoso. En Constantinopla
una rebelión depuso a Alejo, a quien detuvieron y sacaron los ojos. El
odio de Bizancio a los latinos condujo a una terrible matanza de los ha­
bitantes latinos de la capital, y Andrónico arribó triunfante a Constanti­
nopla y se ciñó la corona como coemperador, con el papel de protector
del joven Alejo II. La em peratriz viuda fue ejecutada; dos m eses des­
pués, el joven emperador fue estrangulado por los hombres de Andró­
nico, y su cadáver arrojado al mar.
Como emperador único, en su breve reinado Andrónico intentó so­
meter a la aristocracia militar a su autoridad, que impuso por la fuerza.
Con mano de hierro trató de corregir los males del Imperio y logró una
adm inistración más eficiente y equitativa, pero en el camino tuvo que
elim inar a muchos de los nobles de quienes dependía la fuerza del Es­
tado. La época de Andrónico se convirtió en un reinado del terror. Su
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 471

régimen finalmente condujo a una incontenible combinación de agresio­


nes externas y rebelión interna. Isaac Com neno, sobrino nieto de
Manuel, se adueñó de Chipre y se proclamó emperador independiente.
Los húngaros, en paz con Bizancio gracias a la diplomacia de Manuel,
desempeñaron bajo Bela III el papel de vengadores de su viuda, y apro­
vechando la debilidad del Imperio se apoderaron de Dalm acia y una
parte de Croacia. El gran supan de Serbia, Esteban Nemanja, se alió a los
húngaros. La situación más peligrosa fue creada por los normandos sici­
lianos, quienes se apoderaron de Dirraquium, en junio de 1185, y sitia­
ron Tesalónica hasta finalmente tomarla. Esto provocó una revuelta en
Constantinopla, y Andrónico fue muerto por el populacho. Con la caída
de Andrónico, el trono pasó a Isaac Angelo, uno de los dirigentes de la
rebelión, quien, como Isaac II, inauguró la dinastía de los Angelo.
Con Isaac se reanudaron todos los males y flaquezas del Im perio.
Tras su régimen ruinoso, de 1185 a 1195, fue destronado por su hermano
mayor, Alejo, el 8 de abril de 1195, cegado y puesto en la cárcel con su
hijo pequeño. Como Alejo III (1195-1203), el nuevo emperador tuvo que
enfrentarse a la creciente am enaza de los cruzados. Circunstancias
externas salvaron a Constantinopla de la tercera cruzada (1189-1192),
encabezada por Federico Barbarroja (quien m urió ahogado en 1190),
Ricardo Corazón de León de Inglaterra y Felipe II de Francia.
La cuarta cruzada (1202-1204) resultó fatal. Bajo la influencia prevale­
ciente del dux veneciano Enrico Dándolo, quien deseaba destruir el Im ­
perio bizantino en beneficio de Venecia, los cruzados, so pretexto de res­
taurar al depuesto y cegado Isaac II y azuzados por las prom esas de
grandes recompensas que les hacía su hijo, el joven Alejo IV, derrotaron a
Alejo III, restauraron al anterior emperador y nombraron coemperador
a su hijo. Sin embargo, cuando éste no pudo cumplir sus prom esas de
recom pensar a los cruzados, ellos atacaron y saquearon la ciudad,
poniendo fin a la dinastía de los Ángelos y a la independencia política
de Constantinopla.

/. La fase latina

Con la conquista de Constantinopla (1204) se instituyó un Imperio lati­


no de Oriente (Rumania). Balduino de Flandes fue el primer emperador
latino, como Balduino I, y el veneciano Tomás M orasini el nuevo
patriarca de Constantinopla. Venecia adquirió tres octavas partes de la
ciudad, además de Andrinópolis, Gallípoli, Naxos, Andros, Eubea, Cre­
ta y las tierras jónicas. El Imperio latino consistía, en realidad, en una
serie de feudos.
472 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Aparte del Imperio latino, se formaron varios principados, así como


dos Estados bizantinos: Epiro, bajo Teodoro Angelo, y el reino de Nicea,
bajo Teodoro Láscaris. Además, el Imperio de Trebisonda bajo Alejo y
David Com neno, que se había creado en 1204, siguió existiendo hasta
que fue conquistado por los turcos en 1461; de manera similar, el Estado
de M orea, creado por Andrónico II (1282-1328), tam bién sobreviviría
hasta 1460.
El dom inio latino de territorio bizantino, aunque presentara ciertos
momentos de florecimiento cultural y tuviese un efecto en general favo­
rable sobre la economía de la región, siempre fue precario, hizo frente a
grandes desafíos externos y estuvo dividido por rivalidades entre los
diversos principados. Contrastando con la inestabilidad de los latinos,
el reino de Nicea bajo los Láscaris, a partir de Teodoro I, fue convirtién­
dose paulatinam ente en el principal centro regional para el m anteni­
m iento y desarrollo de la tradición cultural de Bizancio. C on Juan III
Ducas Vatatzes, los nicenos gozaron de un periodo de considerable pros­
peridad y poder. Desde su fuerte base en Asia Menor, los Láscaris com ­
binaron un gobierno interno ilustrado con una diplomacia capaz y una
eficiente maquinaria de guerra, preparando la reocupación de Constan-
tinopla.
A la muerte de Teodoro II, que dejó para sucederlo a un hijo de siete
años, Juan IV Láscaris, el brillante general Miguel Paleólogo fue nom ­
brado regente y después coem perador (1258-1259). El surgim iento de
Nicea y el buen gobierno de M iguel Paleólogo condujeron a la form a­
ción de una gran coalición de fuerzas que trataban de superar a los nice­
nos, coalición formada por el hijo de Federico II, Manfredo de Sicilia, el
déspota de Epiro y el duque de Aquea, apoyados por el rey de Serbia,
Uros I. M iguel VIII y su herm ano el sebastocrator Juan Paleólogo, con
apoyo de contingentes cumanos y seljukos, movilizaron un gran ejército
que en 1259 infligió una aplastante derrota a la coalición.

K. Reconquista, decadencia y caída

H abía quedado el camino para la reconquista de C onstantinopla por


Nicea. La oportunidad surgió en 1261 cuando el general niceno Alejo
Estragópulos, en una m isión de reconocim iento por los aledaños de
Constantinopla, se dio cuenta de que la flota veneciana y la guarnición
franca estaban lejos, atacando la fortaleza de Dafnusium, ubicada en una
isla del Mar Negro. A toda prisa se dirigió a Constantinopla y la ocupó
casi sin encontrar resistencia; Balduino II y sus seguidores huyeron.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 473

Pocas semanas después, Miguel VIII tomó posesión solemne de la ciu­


dad y fue coronado con su esposa en la iglesia de la Sagrada Sabiduría,
restaurada al rito ortodoxo. Al mismo tiempo, Juan IV, de siete años, hijo
de Teodoro II Láscaris, fue proclamado basileo y heredero de la corona.
Después, el joven Juan IV Láscaris sería depuesto y cegado.
El restaurado Imperio bizantino tendría una nueva y larga vida, desde
1261 hasta su caída en 1453 a manos de Mohammed II (1451-1481). En el
curso de estos casi dos siglos, el nuevo Im perio, con escasos recursos
económ icos y m ilitares, tuvo que defenderse de enem igos poderosos:
normandos de Sicilia, búlgaros, húngaros, serbios y, el peor de todos, el
Imperio otomano, por entonces en expansión. Grandes gobernantes,
como Miguel VIII (1259-1282) en los primeros años del nuevo Imperio; el
tenaz Juan V (1341-1376 y 1379-1391) en el periodo intermedio; Manuel II
(1391-1425) y Juan VIII (1425-1448) al final, y el heroico último empera­
dor, Constantino XI (1448-1453), que luchó hasta la muerte en defensa de
su ciudad, intentaron desesperadamente salvar a Bizancio. Varios de los
emperadores (Miguel VIII con la Unión de Lyons en 1274, Juan V y Juan
VIII) intentaron promover la unión de las dos Iglesias, considerando que
el apoyo del papa les valdría la eficaz ayuda de Occidente, Tras el fracaso
de varios intentos, por fin se llegó a una decisión el 6 de julio de 1439, al
proclamarse la unión, en latín y en griego, en la catedral de Florencia. En
retrospectiva, puede verse que el apoyo papal no logró movilizar la pro­
tección de Occidente en favor de Constantinopla. Sea como fuere, la Igle­
sia ortodoxa y la opinión pública de Constantinopla se habían opuesto
de manera intransigente a la unión de las Iglesias y a la suprem acía
papal hasta pocos decenios antes de la caída de Constantinopla, lo cual
privó de todo efecto práctico los intentos de reconciliación.
Constantino XI, con menos de 7 000 soldados y rodeado por un inmen­
so ejército turco, superiormente equipado, de 60 000 hombres, vio demo­
ler los muros de Constantinopla por los cañones turcos y fue completa­
mente abrumado por el ataque de los jenízaros.
Pese a su debilidad material, el segundo Imperio bizantino fue, hasta
el fin, un centro floreciente de la cultura clásica y el misticismo religioso.

3 . P r in c ip a l e s r a sg o s c u lt u r a les

A. La estructura social

La estructura social de la sociedad romana pasó, en el curso del tiempo,


por cam bios sustanciales. De manera general, la sociedad de la Roma
474 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

antigua, basada en una estructura de órdenes (determinada por la cuna)


que persistió hasta la República temprana, se convirtió en una sociedad
de clases (determinadas por la riqueza) que surgió en el primer periodo
y prevaleció hasta la República tardía. Esta sociedad de clases, m ezclán­
dose con la anterior, como en los casos de las órdenes senatorial y ecues­
tre, fue dividida en un estrato superior, el de los honestiores , y uno in­
ferior, el de los humiliores, además de los esclavos. En el torbellino del
siglo ni de la era cristiana hubo una excepcional m ovilidad social, en
que hombres de los orígenes más humildes pudieron alcanzar los más
altos puestos, con la resultante anulación de la distinción entre hombres
libres, nobles y com unes. Con la reorganización de la sociedad y del
Estado bajo Diocleciano (284-305) y Constantino (324-337), una vez más
se estableció una nueva sedim entación entre hombres libres, que dife­
renciaba una clase alta, los clarissimi, y una baja, los humiliores.
Esta estructura social persistió durante todo el curso de la A ntigüe­
dad tardía, en que, aunque con renuencia, se conservó la esclavitud
durante la fase cristiana. El Imperio romano de Oriente y su sucesor, el
Imperio bizantino, conservaron esta estructura. En su curso milenario,
la sociedad bizantina se aferró a sus dos básicas dicotomías sociales ori­
ginales: por una parte, la que oponía a poderosos (dynatoi) y pobres
(penetes) — en la prim era mitad del siglo xiv vino a añadirse la clase
media de los mesoi— ; por otra, la distinción entre los urbani (en su
mayoría, habitantes de Constantinopla) y los rustid . La esclavitud, con­
denada por la Iglesia, fue paulatinamente suprimida hasta quedar casi
extinta en tiempos de Manuel I Comneno (1118-1143), aunque se conser­
varían sus vestigios hasta el siglo xui.
Un rasgo sobresaliente de la sociedad bizantina fue siempre la im por­
tancia que se dio a la educación y la alta cultura — puestas en manos lai­
cas— para el avance social. Pertenecer a la clase alfa dependía no sólo
de la em inencia que daba el alto rango político, burocrático, m ilitar o
eclesiástico, o que confería la propiedad de grandes extensiones, sino
tam bién de la cultura superior. Otra característica sobresaliente, here­
dada de la Antigüedad, fue el poco reconocimiento al trabajo manual,
en particular el de los campesinos, así como al comercio y al tráfico de
dinero. Pese a la importancia económica del comercio y las finanzas en
Bizancio tanto en lo doméstico como en lo internacional — Bizancio fue
el único centro comercial europeo de im portancia, hasta el siglo xn— ,
los mercaderes bizantinos no lograron formar una clase im portante de
hombres de negocios, como ocurriría en la Italia septentrional y las ciu­
dades hanseáticas.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 475

B. La vida privada6

A pesar del cristianismo, la antigua familia grecorromana siguió siendo


la célula social de Bizancio. Los apellidos obedecieron a dos tradiciones
iniciales: la griega y la romana. Según la griega, el nombre iba seguido
por los apellidos del padre o de los antepasados paternos: Teófrates Teo-
dorano. Según la romana, se observó el siguiente orden: nombre propio,
Petrus; apellido (gentilicio), Marcelino; mote, Félix Libérius. Después, la
costumbre griega introdujo el sufijo -pulos (hijo) al nombre del padre:
Argirópulos.
El matrimonio era temprano: 12 años para las muchachas, 14 para los
m uchachos como m ínim o de edad. El enlace era dispuesto entre las
familias, y la pareja tenía poco o nada que decir al respecto. Las mujeres
vivían en el hogar y cam inaban veladas por las calles. Se em pleaban
eunucos al servicio de las mujeres nobles.
La opinión pública era desfavorable para las mujeres, incluso la opi­
nión de ellas mismas. Ana Comnena dijo: "las mujeres son buenas para
llorar, no para cosas serias". Las mujeres vivían en un gineceo, atendi­
das por eunucos. La ley prohibió la castración en Bizancio, y los eunu­
cos importados del Cáucaso eran muy costosos; sin embargo, a menudo
se evadían las leyes, y había m uchos eunucos. Las fam ilias tenían un
gran núm ero de sirvientes, tanto libres como esclavos. La esclavitud
sólo desapareció a finales de la Edad Media, pero era más benigna que
en Roma, tanto legalmente como en la práctica. La manumisión era fácil
y se le fomentaba.
El nacim iento de los niños dependía de las comadronas, sin práctica
médica y con grandes supersticiones. Al nacer, se establecían los horós­
copos, y el niño era envuelto en vendas luego de bañarlo. El bautismo se
administraba una semana después del nacimiento. La educación prima­
ria era impartida en el gineceo, principalmente por la madre.
Los cementerios estaban situados en torno de las iglesias. La antigua
práctica de las plañideras (praedicae) se m antuvo en los ritos funerales
en los días tercero, noveno, y cuadragésimo después de una muerte.
Las casas privadas de Bizancio tenían grandes ventanas que daban a
la calle, además de galerías que llevaban el nombre de su fundador: la
Casa de León. Los pobres vivían en pequeños departam entos de edifi­
cios de siete a nueve pisos. Al principio, los varones se afeitaban, pero
después se dejaron la barba. Las mujeres llevaban una túnica (sticharia)
y un mantón (himation). Se comía tres veces al día: el progeuma, almuer-
6 Cf. Louis Bréhier, la Civilizalion Byzantine, París, Albín Michel, 1970 (1950), para la descripción
de la vida privada en Bizancio.
476 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

zo; el geuma, comida, y el deipnon, cena. Hasta el siglo x, la gente comía


reclinada sobre su lecho; después, se emplearon sillas. Había que cam ­
biarse de zapatos antes de sentarse a la mesa, y se comía con las manos,
que se lavaban antes y después; sin embargo, ya se empleaban un tanto
tenedores y cucharas. La refinada cocina bizantina incluía hors d'oeuvres,
carne asada, cordero, pato, pescado, huevos, verduras y ensaladas, pan,
queso, vinos, postres de fruta y dulces. Se hacía abundante uso de la
pimienta, la mostaza y el ajo.
Sólo en los palacios había baños privados. La gente empleaba las ter­
mas públicas varias veces al día. Después, el baño fue considerado poco
saludable y se tomaron baños tres veces por semana.
La vida del em perador estaba sometida a un exigente protocolo, de
acuerdo con la tradición romana, con influencia persa hasta los Com -
nenos. Posteriorm ente, todo se sim plificó gracias a la influencia occi­
dental. Los alimentos del emperador eran similares o más austeros que
los de los nobles, habitualm ente tom ados en familia y a m enudo con
invitados.
Constantinopla fue la mejor ciudad del mundo hasta su ocupación du­
rante la cuarta cruzada. En tiempos de Justiniano tuvo una población
de más de 800 000 habitantes.7 Los linajes básicos estaban com puestos
por griegos y pueblos helenizados. A los originarios de la ciudad se les
llam aba politikoi y a los provincianos thematikoi. La ciudad albergaba
grandes colonias extranjeras, incluso de armenios escapados de Persia
y recién helenizados, georgianos, árabes que tenían su mezquita (en el
siglo xi), occidentales, varegos anglosajones, caballeros normandos, fran­
ceses, italianos y, después de 1204, venecianos, genoveses y pisanos. Las
colonias extranjeras, que al correr de los años aumentaron en número e
importancia, dieron fin al comercio internacional bizantino.

C. La economía8

Siguiendo la pauta de Roma, Bizancio dependió esencialm ente de su


agricultura. H asta la conquista árabe, las provincias más im portantes
fueron Egipto, que producía trigo, y Siria. A las provincias europeas se
concedía una importancia secundaria. Sucesivos emperadores hicieron
esfuerzos serios por mejorar su agricultura occidental, de modo que en
el siglo x Tracia y Macedonia, una vez más, eran países de gran produc­
ción, como la Tesalia, el resto de los territorios griegos y el Peloponeso;
7 Cf. Vasiliev, op. c i t p. 483.
8 Cf. Bráhier, op. cit., pp. 137 ss., sobre la economía bizantina.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 477

hasta en Asia Menor, que antes fuera sólo pastoril, em pezó a desarro­
llarse la agricultura. La ocupación bizantina de Cilicia dio uso agrícola a
sus tierras.
El gran problem a al que se enfrentó la agricultura bizantina desde
sus prim eros tiempos fue la absorción de las granjas pequeñas por las
grandes. Los denodados esfuerzos de muchos emperadores por invertir
esta corriente fueron vanos, pues casi todas las tierras term inaban en
manos de unos cuantos grandes granjeros y de los m onasterios, causan­
do así la ruina del Imperio. Privado de impuestos y de agricultores que
sirvieran en el ejército, el Imperio se desplomó, primero, ante los solda­
dos de la cuarta cruzada y, después, ante los turcos.
En el periodo bizantino temprano se mencionan dos tipos de colonos
(georgoi): los misthotoi, que eran libres y poseían sus herram ientas y su
ganado, pero que fueron atados a sus tierras al cabo de 30 años, y los
adscriptitii (enapographoi), carentes de propiedades y en una condición
cercana a la esclavitud. Sin embargo, Lemerle ha demostrado que el pri­
mer grupo fue pequeño y transitorio, y que en realidad sólo hubo una
clase de coloni, o sea, los adscriptitii.
Basilio II (976-1025) defendió enérgicam ente los intereses de los
pequeños granjeros y los campesinos pobres, con cierto éxito temporal.
Sin em bargo, después de su m uerte, las grandes fincas lograron una
hegem onía absoluta sobre el mundo rural. Los dom inios aum entaron
constantem ente de tamaño, concentrados en manos de las principales
familias oligárquicas.
La economía agrícola de Bizancio recibió un golpe fatal con la derrota
de Romano VI a manos de los turcos en la batalla de Mantziker (1071) y
la consiguiente pérdida de las provincias de Oriente. Solim án logró la
adherencia de los campesinos, vacilantes bajo el doble yugo de la explo­
tación de sus señores y las exacciones fiscales. Solim án alivió la carga
impositiva. De hecho, por entonces la población bizantina había perdi­
do toda su lealtad al Imperio y abandonado la lucha de los aristócratas
provincianos contra los cruzados y los turcos, y preferido el gobierno
más benigno de éstos. La terrible explotación de los cam pesinos a
manos de los grandes granjeros produjo resultados suicidas.
Ya se había traducido y compilado un antiguo tratado sobre agricul­
tura, pero sin influencia práctica: la agricultura seguía siendo muy pri­
mitiva, basada en costumbres m ilenarias. La cría de ganado se practi­
caba extensamente en Asia Menor y en los valles altos de los Balcanes.
La población era nómada y acostumbraba la trashum ancia, a menudo
creando dificultades con los propietarios de las tierras que atravesaba.
La vida pastoril se había idealizado por causa de sus precedentes bíbli-
478 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

eos. Se practicaba extensamente la apicultura. La cacería era un deporte


muy popular, al que se dedicaban personas de todas las clases sociales.
La industria y el comercio eran minuciosamente supervisados por el
Estado, que además fabricaba, compraba y vendía, se reservaba los mo­
nopolios, también inspeccionaba las empresas privadas y controlaba la
calidad. El propósito de su intervención era garantizar que Constanti-
nopla y el palacio estuviesen bien abastecidos y vigilar los precios. Este
sistema se mantuvo mientras el Estado siguió siendo fuerte. Al debili­
tarse, el libre com ercio pasó a ser la regla y desaparecieron los m ono­
polios del Estado. Después, fueron ruinosamente otorgados privilegios
com erciales a colonias extranjeras. A partir de la época de los Com ne-
nos, el Estado empezó a perder el control de la economía.
El estatism o bizantino fue heredado de D iocleciano y persistió, sin
gran resistencia, hasta fines del siglo xi. Su durabilidad se debió a la só­
lida moneda que circuló gracias a la reforma de Constantino y que perdu­
ró hasta Alejo Comneno. El soíidus aureus era la moneda legal, con peso
de 4.48 g. Los pagos grandes se hacían en libras o en centenas de libras,
la kentenaria. A finales del siglo iv, la relación entre el oro y la plata era de
13 a 71, la libra de oro valía 1 000 monedas de plata o miliaresion, cada una
de las cuales pesaba 2.24 g. En el siglo vi, Constantinopla tomó el lugar de
A lejandría y de A ntioquía como principal m ercado de los artículos
de Oriente. La seda era muy cotizada, así como las especias.

El camino de la seda

En tiem pos rom anos, un m ercader m acedónico, M aestidianos, fue el


primero que conoció la ruta de la seda al enviar agentes a Kachgar, en
el oasis de Tarín, su principal mercado. Desde Occidente partían carava­
nas de Antioquía, atravesaban el Éufrates en Hierápolis, cruzaban terri­
torio parto, por vía de Ecbatana, Rhages, cerca de Teherán, Hekatémpi-
los, el oasis de Merv y Bactras, para llegar a Pamir, donde se hallaba la
Torre de Piedra. Allí se efectuaban los intercambios entre las caravanas
occidentales y las chinas. En Kachgar, el camino se bifurcaba. Hacia el
norte, a través de Issedón Escítica, Issedón Sérica y la puerta de Paxata.
Por el sur, atravesando Yarkanda, Khotan y Mirán. Los dos caminos se
unían en Troane. Luego, las caravanas penetraban en China, para llegar
a Sera M etrópolis y Sarago o Tinae (Lo Yang, Honan-Fou). En la época
de Justiniano, las caravanas necesitaban 150 días para llegar de China a
la frontera de Persia, y otros 80 hasta Bizancio.
Los sasánidas establecieron un m onopolio del com ercio de la seda,
LA CIVILIZACIÓN BEZANTINA 479

que les llegaba a través del oasis de Sogdiana (Samarcanda). Después


de intentar vanamente limitar el precio de la seda, Justiniano acabó por
aceptar las dem andas de los persas, pero estableció en Bizancio un
monopolio real de ese tráfico. En la época de Justiniano se introdujeron
en Bizancio los gusanos de seda. Otros acontecimientos, en tiempos de
Justino II, condujeron a una gran producción local de seda. La ruta
marítima hacia el Oriente a través del Océano índico, abierta por Hipa-
los en tiempos de Augusto, fue también empleada por Bizancio. Ceilán
(Taprobane) era el destino más lejano de esta ruta.
Al llegar el siglo xi, Europa occidental había desarrollado cada vez
más su manufactura y comercio; Italia (en particular Venecia y Génova)
y tam bién Francia en el siglo xii fueron desplazando gradualm ente a
Bizancio.

La devaluación de la moneda

En 1204, el hyperpere bizantino conservaba 90% de su valor anterior.


Juan Vatatzés, de Nicea, fabricó monedas de oro de 10 quilates para el
comercio interno, y otras con un patrón de 24 quilates para el comercio
internacional. Tras la reconquista de Constantinopla, Miguel Paleólogo
devaluó el hyperpere a nueve quilates y luego a cinco.
La devaluación de la moneda ocasionó considerables trastornos al
comercio internacional. Los países occidentales empezaron a acuñar sus
propias m onedas: Federico II lanzó el augustal; Florencia, en 1252, el
florín con la flor de lis, que obtuvo gran aceptación; Venecia, el ducado,
que llegó a ser predominante.

D. La religión

La cuestión teológica central para la Iglesia ortodoxa, que la colocó en


oposición a Roma desde el siglo ix, fue su estricta interpretación del
Credo de Nicea, que rechazaba la adición romana de la locución filioque
con respecto al origen del Espíritu Santo. A lo largo del extenso territo­
rio del Imperio en el siglo vi, muchas liturgias com ulgaban con la opi­
nión ortodoxa. Los liturgistas distinguían tres tipos: la siria — la liturgia
griega de Santiago el Egipcio—•, la griega de san M arcos y la bizantina,
derivada de la siria, que suplantó a los otros ritos.
Los iconos eran retratos realistas, pero pintados de tal m anera que
transmitieran la sensación de lo sagrado. Desde el siglo vi, el culto a los
480 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

iconos había llegado a tales extrem os que las im ágenes llegaron a ser
consideradas sacras por sí mismas. De allí la reacción iconoclasta del
Concilio de 754, mientras el Concilio de Nicea, en 787, trató de conser­
var las im ágenes como referencias a lo sagrado, pero subrayando que
no eran sagradas por sí mismas. Desde el siglo ix prevaleció la iconodu-
lia, que provocó una prodigiosa producción de iconos.
Todas las clases sociales tenían creencias mágicas, llegadas desde el
paganism o. Hasta em inentes sabios como Pselo, Cerulario y N icetas
Joniates creyeron en la magia. Se practicaba extensamente el exorcismo
para impedir los efectos de la magia negra. Pero la magia era condena­
da tanto por el Estado como por la Iglesia. La astrología, favorecida por
los emperadores, era muy popular. Se aceptaban las profecías, que eran
com unes. Algunos em peradores, como León XI (886-912), fueron pro­
fetas en el sentido de que predecían el futuro. También lo fue Teófilo
(829-842).
H abía un gran interés por discernir el juicio de Dios en asuntos
im portantes. Con ese propósito se discurrieron varias m aneras, como
las dos tablillas de Alejo Comneno antes de la victoria sobre los turcos
en Filom elion (1095). La interpretación de los sueños era uno de los
métodos preferidos, como lo muestra el Oneirokritis, tratado que los em­
peradores solían llevar en sus campañas.
Paralelas a la ortodoxia también surgieron en Bizancio nuevas here­
jías concernientes a la naturaleza de Cristo. Además de las ya viejas con­
troversias sobre el nestorianism o y el m onofisismo, brotó el neom ani-
queísm o de los paulicianos, en tanto que los bogom ilos en Bulgaria,
centrados en Filipópolis en los Balcanes, también eran dualistas.
Judíos y musulmanes, que tenían un estatus especial, eran tolerados
pero a menudo víctimas de la hostilidad popular. Los emperadores no
deseaban dañar a los judíos, sino convertirlos. En Bizancio no había una
organización central judía; en cambio, los judíos se agrupaban en torno
de las sinagogas. Distintos a los de Occidente, los judíos bizantinos no
eran financieros, sino m ercaderes sobre todo. También a los árabes se
les perm itía practicar su religión, y en C onstantinopla se edificaron
mezquitas.
Además de la religión oficial practicada por el patriarca y los empera­
dores, estaba la religión mística, tradicionalmente cultivada por los mon­
jes, la cual representaba una corriente opuesta a las ideas de los sabios
de la universidad de Constantinopla. Según Simeón, la nueva intuición
mística teológica era incompatible con la vida en el mundo, pues exigía
la calma de los monasterios. Simeón abandonó sus estudios filosóficos e
ingresó en el monasterio de Studios (950-1022), donde tuvo por maestro
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 481

a Simeón el Eulabor, quien falleció en 986, y por discípulo a Nicolás Este-


tatos (Pectoratus). Autor del tratado de los Á zim os, una de las causas
del cisma, definió las tres etapas que conducían a la apatheia (im pasibi­
lidad).
El monje Gregorio Sinaíta introdujo en el m onasterio del monte Atos
la hesychia o forma oriental de plegaria. El método, despectivamente lla­
m ado omphaloskopoi, consistía en mirar fijam ente el centro del propio
cuerpo, apoyando la barbilla en el pecho para alcanzar la ilum inación
divina. Estudiosos bizantinos, encabezados por otro monje, el muy doc­
to Barlaam , se opusieron enérgicam ente a esta práctica y criticaron al
jefe del m ovimiento hesycasta, Gregorio Palamás. Una forma de m isti­
cismo más elevada fue propuesta por Nicolás Cabasilas, quien apoyó al
partido de Juan Cantacuceno. Sus libros De la vida de ]esús y Explicación
de la liturgia divina llegarían a ser la principal expresión del misticismo y
ocuparon un sitio similar a la Imitación de Cristo.

E. Los aspectos institucionales

El Imperio bizantino mantuvo el sistema institucional del Imperio roma­


no de Oriente y lo adaptó a las necesidades de cada periodo, según la
m anera en que los em peradores interpretaran tales necesidades y los
medios de que dispusieran. Merecen breve mención cinco aspectos prin­
cipales: 1) los factores de poder; 2) la organización territorial; 3) la estruc­
tura administrativa; 4) el régimen financiero, y 5) el sistema militar.

Los factores de poder

Bizancio constituyó una autocracia teocrática moderada y conservó esa


característica básica durante todo el curso de su historia m ilenaria. El
emperador ejercía, de jure y en gran medida defacto , el poder absoluto.
Era el representante supremo de Cristo en la Tierra y su vicerregente. La
gracia de Dios era la fuente de su poder y él sólo era responsable ante
Dios, pero esto implicaba ciertas limitaciones. Los em peradores tenían
que ser cristianos ortodoxos. La Iglesia, por medio de sus distintos sec­
tores y "particularm ente del patriarca de C onstantinopla, em pleaba
diversos recursos para limitar el poder real. El hecho de que el patriarca
coronara a los nuevos em peradores como requerim iento inicial de su
autoridad le confería cierto poder y la posibilidad de obtener del nuevo
monarca, como en el caso de Anastasio (491), como condición para coro-
482 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

narlo, algunos com prom isos im portantes, sobre todo con respecto a
cuestiones religiosas. Sin embargo, el patriarca era nom brado y podía
ser depuesto por el emperador, lo que restringía considerablem ente su
independencia. Además, desde Constantino, los emperadores eran su­
premos en cuestiones religiosas, pues se necesitaba su sanción para va­
lidar las decisiones de los concilios ecum énicos. El acceso al trono se
hacía por vía de elección (principalm ente, por el ejército), m ediante
herencia, matrimonio o usurpación. El principio hereditario, aunque no
estaba form alm ente establecido, siempre había sido muy sólido en
Constantinopla, y al transcurrir el tiempo llegó a predominar cada vez
más. Por consiguiente, existía la tendencia a form ar dinastías y que
éstas continuaran mientras hombres lo bastante capaces lograran m an­
tener la sucesión dinástica. Tal fue el caso de los Justinianos, Heraclia-
nos, Isáuricos, Amorienses, Macedónicos, Comneno, Angelo, Láscaris y
Paleólogos.
Además de la Iglesia y la religión, los em peradores debían tener en
cuenta el poder de los nobles, el ejército, el pueblo — particularmente el
de Constantinopla— y, hasta cierto punto, el Senado y la Asamblea de
Notables o Silcntium.
La aristocracia bizantina, representada inicialmente por los miembros
de la orden senatorial, desde la fundación de Constantinopla se había
extendido de m anera gradual gracias a la form ación de una nobleza
terrateniente, que de continuo aumentaba sus dominios, y por ende su
poder, con base en su creciente riqueza y sus ejércitos privados. Los em­
peradores trataron de impedir que las pequeñas granjas fueran absorbi­
das por los grandes terratenientes, así como de lim itar su poderío, y a
veces lo lograron, como en los casos de León III (717-741) o Basilio II
(976-1025), pero a la postre los terratenientes llegaron a prevalecer. La
concentración dé tierras y poder en manos de unas cuantas familias oli­
gárquicas fue, finalm ente, la causa principal de la decadencia y caída
del Imperio bizantino.
El ejército era la fuerza más im portante de Bizancio después del
em perador; sin embargo, era menos independiente y menos poderoso
en lo político que el anterior ejército romano. Habitualmente, los miem­
bros de la aristocracia desem peñaban los más altos cargos m ilitares.
Temas im portantes, como los de A natolikón y A rm eniakón, contaban
con fuertes contingentes militares y durante largo tiempo ejercieron la
influencia correspondiente.
La Iglesia era el otro importante factor de poder por debajo del empe­
rador. En términos generales, abarcaba dos secciones: los m onjes y los
sacerdotes regulares, bajo la autoridad de obispos, arzobispos, metropo-
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 483

lítanos y el patriarca. Los monjes form aban un grupo sum am ente nu­
meroso — y en continua expansión— de personas incultas procedentes
de las clases bajas. Tenían opiniones fanáticas y ejercían una poderosa in­
fluencia en el pueblo. El movimiento iconoclasta, además de su im por­
tancia religiosa como oposición a la idolatría de los iconos, revistió un
carácter político tendiente a contener la excesiva influencia y el número
de los monjes. El clero secular era una corporación culta, bajo el alto man­
do del patriarca, cuya influencia aumentó considerablemente en el último
periodo del Imperio bizantino, al declinar el poder de los emperadores.
La importancia del pueblo, en particular de los habitantes de Cons-
tantinopla, era una realidad que los emperadores tenían que tratar con
cautela. Su poder político quedó considerablem ente reducido después
de que Justiniano sofocó la rebelión de Nika. Pero el pueblo desem ­
peñaba un papel im portante en la formación de la im agen pública de
los em peradores, que podía aumentar o reducir su autoridad y ser un
factor decisivo en momentos de crisis, como en los casos de Alejo Com-
neno (1081-1118) y Andrónico (1183-1185).
El Senado y el Silentium tenían una importancia institucional relativa,
el primero como cuerpo asesor y el segundo como Asamblea de N ota­
bles, para aprobar sin com entarios (de allí el nombre de Silentium) las
decisiones importantes del emperador.

La organización territorial

La Iglesia y el Estado contaban con una organización bien definida en el


Imperio bizantino. La Iglesia estaba dividida en obispados, arzobispa­
dos, áreas m etropolitanas y el patriarcado. El Estado tenía una triple
división territorial. Para propósitos militares, se hallaba dividido en the-
matas; para los administrativos y judiciales, en eparquías, y para fines fis­
cales, en episkepseis.
Desde los tiempos de Diocleciano hubo una separación entre la auto­
ridad militar y la civil, aunque en periodos de peligro los militares reci­
bían en las provincias el pleno poder civil. Antes de Teófilo (829-842)
hubo cinco grandes temas: Anatolikón, Armeniakón, Tracesión, Opsikión
y Bucelarión. Con Teófilo, o quizá desde antes, las marcas fueron sepa­
radas de los temas fronterizos para contar con m ejor y más rápida pro­
tección contra los musulmanes, formando cleisurarquías gobernadas por
un cleisurarca. Teófilo creó dos temas nuevos: Paflagonia y Caldia. Ade­
más, en el siglo vnr ya había cuatro temas europeos: Tracia, Macedonia, la
Hélade y Sicilia, así como cierto número de demarcaciones más pequeñas,
484 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

como Creta, Dirraquum y otras, aparte de dos temas navales: Cibirreos y


Egeón. Los strategoi eran los principales funcionarios de los temas.

La burocracia

La num erosa burocracia del Im perio bizantino, indispensable para el


gobierno centralizado de un extenso territorio habitado por toda una
variedad de pueblos y grupos étnicos, se dividía, en términos generales,
en dos sectores: la corte y la burocracia estatal. El em perador estaba
rodeado por muchos altos dignatarios a las órdenes de un curopalates y
del magister officiorum , a los que m ás adelante vendrían a añadirse el
praepositus y el ayudante personal del emperador, el parakimomenos ,
quienes compartían el ala de sus dormitorios. Después de ellos venía el
numeroso personal de la corte imperial. También la emperatriz contaba
con gran número de damas de honor, cortesanas y servidores.
Los funcionarios del Estado conservaron los antiguos títulos romanos
hasta el siglo vi: praetor praefectus (una especie de primer ministro); prae-
fectus urbif o sea el prefecto de la capital; magister officiorum (administra­
dor de palacio); quaestor (ministro de justicia); y comes, el administrador
de las propiedades imperiales. Con la helenización del Imperio empeza­
ron a emplearse títulos griegos. El praetor praefectus llegó a ser llamado
el gran logotetes.

El régimen financiero

El mantenimiento de una numerosa burocracia civil y militar, así como


el fasto del palacio imperial, exigían un sistema financiero bien organi­
zado. Semejante sistema operó satisfactoriamente mientras los empera­
dores lograron m antener centralizada su autoridad, es decir, práctica­
mente hasta la llegada de los Comneno (1081).
A partir del siglo viii, el sistema financiero quedó formado por ocho
ministerios, los más importantes de los cuales eran el Departamento de
Impuestos, la Tesorería Militar, los Abastos al ejército y la armada y las
Propiedades Imperiales. Había también una Oficina del cajero central,
sakellion , para asignar fondos a las expediciones militares, la construc­
ción de edificios públicos y los gastos del emperador.
Se conservó el antiguo sistema romano — heredado de César y de
A ugusto— de un censo periódico, con revisiones cada 15 años. El im ­
puesto principal siguió siendo el territorial, sufragado por todos los
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 485

propietarios y arrendatarios de tierras. Las fam ilias pagaban un im ­


puesto por la tierra, el kapnikon. Individualmente se erogaba un impues­
to personal: el cephaleum. Los moradores de las ciudades pagaban un
impuesto municipal: el politicoi phoroi. Además de estos impuestos im ­
portantes había otros gravámenes a todas las actividades: los pagaban
mercaderes, trabajadores de todas clases, artistas, sirvientes, etc. A me­
nudo, tales im puestos eran gravosos. D espués del siglo xnr se fijó un
impuesto por poseer animales domésticos. También los pescadores y los
cazadores habían de entregar una cantidad. Además, las provincias
estaban som etidas a ciertas obligaciones de pago en especie, com o la
angaria, la obligación de mantener caballos y carruajes para su posible
uso oficial, cuidar sus propios caminos y puentes, albergar a los digna­
tarios en sus viajes, mantener ejércitos móviles o acantonados, enviar
reclutas y navios, y salvaguardar el servicio postal imperial. Tales obliga­
ciones eran consideradas excesivas y pesaban particularmente sobre los
pobres. Los nobles y los clérigos gozaban de exenciones y reducciones.
A menudo quedaban exentas las propiedades monacales, lo que contri­
buyó a su rápida proliferación. Consciente de esta situación, Nicéforo I
(802-811), que había sido gran logotetes, intentó corregir los abusos gra­
vando todas las propiedades.
El impuesto a la tierra era el más importante. Los grandes dom inios
estaban sujetos a tributos específicos. Era difícil gravar los más peque­
ños;, por esta razón, las com unidades rurales eran colectivam ente res­
ponsables del impuesto a la propiedad. El tributo colectivo se llamaba
epibolé. El sistema fiscal se basaba en el valor y la estabilidad de la mone­
da, ehnomisma de oro, que tenía circulación internacional.

El ejército y la armada

El primitivo ejército bizantino fue una continuación de la organización


y de las tácticas del ejército romano. Los soldados eran principalm ente
reclutados entre la población rural, sobre todo de Asia Menor. Los gran­
des terratenientes estaban obligados a aportar cierto contingente. Con la
creciente resistencia al servicio militar se creó una nueva clase, la de los
stratiotai, soldados campesinos que recibían del Estado tierras inaliena­
bles y heredables. Sin embargo, los grandes terratenientes solían com ­
prarles sus tierras, lo que convertía a los ex soldados en paroikoi. Los
emperadores intentaron vanamente suprimir esta práctica.
Con el transcurso del tiempo, la mayor parte del ejército se volvió de
m ercenarios. Quedó form ado por hunos, godos, vándalos y después
486 LA CIVILIZACION BIZANTINA

germanos, italianos y los varangers ingleses y escandinavos. Las tropas


regulares contaban con la ayuda de una milicia local. Las fronteras esta­
ban protegidas por un sistema de fortalezas, las cleísiirae, a las órdenes
de un cleisurarca ayudado por un buen servicio de espías integrado por
mercaderes. Un sistema de faros, en lo alto de las montañas, servía para
transmitir rápidamente señales de peligro a Constantinopla.
A partir del siglo vm, la infantería fue remplazada en gran parte por
divisiones de caballería, la kaballarica themata. Los faros del este aporta­
ban el elemento humano a la caballería. Caballería e infantería estaban
divididas en pesadas y ligeras. La caballería pesada era la de los cata-
fractP en armadura, que se empleaban en cargas compactas; y la ligera,
de los trapezitai, para misiones de reconocimiento. También las fuerzas de
infantería eran pesadas o ligeras, equipadas las prim eras con lanza,
espada y escudo, y las segundas con arco y flechas. Cada tema tenía dos
o tres brigadas (turmas), cada una con entre tres y cinco batallones (drun-
goi) subdivididos en cinco compañías (bandon), cada una de 200 y des­
pués de 400 hom bres. Así, un tema grande contaba con un ejército de
30 000 hombres. \
Hasta el siglo vm, una poderosa flota patrulló los m^res del Imperio,
pero después cayó en decadencia. Durante la dinastía' de los isáuricos,
el peligro llegó por tierra, desde Bagdad, lo que produjo un descuido de
la marina. En el siglo ix, ésta fue reorganizada para proteger Sicilia. En
853 había 300 naves en la ruta egipcia y más tarde 400 en la costa de
Apulia. Con la decadencia imperial después de la dinastía macedónica,
los bizantinos tuvieron que pedir protección naval a los venecianos, a
cambio de una fuerte compensación.

F. La cultura

La cultura bizantina fue la continuación de la cultura helenizada y cris­


tianizada de la Antigüedad tardía, que fue desarrollando paulatinamen­
te su peculiar fisonomía bizantina. En el curso milenario de su cultura se
pueden discernir cuatro fases principales. Una primera, señalada por el
intento de dar fundamentos racionales al dogma cristiano y que repre­
sentó inicialm ente una continuación de la cultura romana tardía, llegó
hasta el siglo ix, habiendo adoptado a partir del siglo v un carácter cada
vez más bizantino. Una segunda fase corresponde al periodo transcurri-9

9 Los estribos, tomados de Jos guerreros de las estepas, fueron adoptados por la caballería
bizantina en el siglo vm. Cf. Lynn White Jr., Medieval Technology and Social Change, Oxford, Oxford
University Press, 1965 (1962), p. 21.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 487

do entre los siglos ix y xii, caracterizado por un desarrollo independien­


te bajo la influencia neoplatónica. La tercera fase, correspondiente al
siglo xiii y com ienzos del xiv, manifiesta una influencia creciente de la
cultura occidental y del escolasticismo. La fase cuarta y final, que va del
siglo xiv hasta la conquista de Constantinopla por los turcos, se caracte­
riza por el desarrollo del hum anism o bizantino, que ejercería una in ­
fluencia considerable sobre el Renacimiento italiano y europeo.
En el aspecto intelectual, la cultura bizantina no fue muy innovadora.
Mantuvo el carácter alejandrino de orientarse más hacia el análisis y la
discusión erudita de los grandes clásicos helénicos, que hacia la crea­
ción de ideas nuevas. Incluso, en comparación con los alejandrinos, fue
m enos creadora en los ámbitos de la ciencia y la tecnología. La mayor
limitación intelectual de esta cultura fue su cautela ante la herencia clá­
sica, derivada de su convicción de que los dogmas cristianos contenían
la verdad última. Esa convicción generó, en m uchos, un hondo senti­
m iento antihelénico según el cual el helenism o era la raíz misma del
paganism o. El antihelenism o cristiano dio por resultado una actitud
anticultural, que condujo al misticismo de los monjes, o a una posición
de sentido común, basada simplemente en la razón natural alimentada
por los dogmas religiosos.
Para una élite educada y culta que comprendió el inapreciable tesoro
intelectual contenido en la herencia helénica, el temor a entrar en con­
flicto con la fe cristiana generó una reserva paralizadora, que relativa­
mente pocos pensadores bizantinos lograron superar. A lgunos, como
Miguel Pselo (ca. 1018-1078), intentaron con éxito contener su helenismo
dentro de los lím ites del cristianism o. Otros, como Jorge G em isto (ca .
1355-1452), quien adoptó el nombre de Pletón, se atrevieron a ir más allá
de los dogmas cristianos.
La continuación de la tradición clásica plantea una pregunta intere­
sante: ¿hasta qué punto la civilización bizantina fue una cultura medie­
val? La mayor parte de la historia bizantina corresponde cronológica­
mente al periodo histórico que suele llamarse Edad Media. Las prácticas
m edievales de O ccidente, desde el modo de enfocar ciertos valores y
estilos, como los relacionados con la caballerosidad, y en el siglo xm con
el escolasticismo, ejercieron influencia sobre Bizancio. Pese a ello, hay
buenos m otivos para sostener que la civilización bizantina m antuvo
básicamente las características de la Antigüedad tardía hasta el siglo xiv,
y que entonces, sin adquirir las características esenciales de la Edad
Media europea, pasó a la era del Renacimiento.10
10 La profesora Angeliki Laiou, en sus excelentes comentarios a este capítulo, se inclina hacia la
idea opuesta y subraya el carácter medieval de la cultura bizantina.
488 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Los análisis de esta índole, siem pre im precisos, oscilan entre dos
enfoques típicos. Uno de ellos consiste en comparar listas completas de
rasgos característicos de la Antigüedad tardía y de la Edad M edia occi­
dental, y en intentar, de alguna manera estadística, llegar a una conclu­
sión. Lo m alo de proceder así es la im precisa gradación de la im por­
tancia de cada uno de los rasgos enum erados. El otro enfoque, el
"gestáltico", consiste en intentar determinar las características esencia­
les de cada época — con el inherente riesgo de subjetivismo— y tratar de
sacar conclusiones de dicha com paración. Sin ahondar m ás en este
tema, me atrevo a sugerir que puede observarse una diferencia esencial
entre el hombre típico de la\Edad Media occidental y su contemporáneo
bizantino: en el modo en que ven en sí mismos sus rasgos universales y
sus rasgos particularistas. El hombre de la Edad M edia occidental se
ve a sí m ism o, universalm ente, como cristiano, y en partircular como
miembro de una minúscula comunidad, una baronía o una aldea, objeto
de su lealtad; de su familia, objeto de su afecto; y también como miem­
bro de un gremio específico o un grupo social, que es el objeto de sus
intereses. El bizantino se ve como un cristiano que pertenece íntimamente
a su condición como miembro del Imperio y de la civilización de.Bizan-
cio, objetos indisolubles, ambos, de su lealtad. Sus rasgos particularistas,
de carácter local o familiar, así como sus nexos profesionales, pertenecen
a la esfera del apego emocional o del interés pragm ático. Estas típicas
concepciones oponen el universalismo clásico retenido por Bizancio al
localismo peculiar de la Edad Media occidental. Para Bizancio, la cultura
clásica era innata y correspondía a una tradición ininterrumpida. Para la
Edad Media occidental, los clásicos eran un tardío redescubrimiento del
mundo romano, penosamente adquirido por medio de los árabes, o por
la ardua labor de algunos monasterios ilustrados.
Vista en su conjunto, la cultura bizantina es predominantemente una
cultura form al y una cultura de las formas. Un intento (no siempre
logrado del todo) de conservar un griego ático puro, distinto de las len­
guas habladas prevalecientes. También hizo hincapié en la filología, la
gramática, la retórica, la lógica y la filosofía moral. Su literatura, básica­
m ente alejandrina, empleaba un sim bolismo pagano para expresar un
contenido cristiano. Sin embargo, los bizantinos lograron cultivar una
buena historia, pese a sus incursiones moralizadoras. Y, para ser una cul­
tura de las formas, produjo una pintura y una arquitectura admirables,
incluido el arte sin rival de los mosaicos. En los temas siguientes hace­
mos una breve descripción de la literatura, la historia, la filosofía y las
ciencias de Bizancio, así como de los modos de la enseñanza y del arte
bizantinos.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 489

La literatura

La educación estaba muy difundida y era básica para las carreras ecle­
siástica y pública. Un niño talentoso de orígenes m odestos recibía la
oportunidad de estudiar, en una época en que los occidentales vivían en
una profunda ignorancia. Sin em bargo, los hom bres de letras vivían
modestamente, dependiendo de la protección de los notables, si no eran
personalmente ricos, como Pselo o Ana Comnena.
Los "lib ro s" erán rollos de papiro, preferiblem ente de pergam ino,
que se emplearon cada vez más por ser más resistentes. Más tarde, los
pergaminos fueron encuadernados en forma de libro, por lo común de
360 hojas o 45 tetradia. La encuadernación fue un arte sum am ente des­
arrollado.
La lengua hablada era la koiné griega. La lengua literaria era el griego
clásico, distinto del griego coloquial. Cierta contaminación del lenguaje
literario por el popular puede observarse a partir del siglo vi. Pselo res­
tableció la pureza clásica de la lengua literaria; adoptó un tono atico,
pero sus declinaciones y conjugaciones son bizantinizadas.
La literatura bizantina es, básicamente, la literatura alejandrina tras­
puesta a Constantinopla y se caracteriza por el predominio de la forma
sobre el contenido, la búsqueda de un lenguaje bello, el abuso de la
mitología y la pedantería. Los bizantinos continuaron la labor filológica
de A lejandría, y la biblioteca de C onstantinopla llegó a ser la más
im portante de Oriente. La literatura bizantina tiene form a pagana y
contenido cristiano; sus obras más importantes fueron los escritos de los
Padres de la Iglesia, que influyeron profundam ente en la literatura de
Bizancio.
La literatura bizantina es muy rica, con toda una m ultiplicidad de
inspiraciones, abierta a fuentes exóticas, como de la India, Persia o Siria.
Debe reconocerse la originalidad de esta literatura, cuya expresión más
importante se encuentra en la retórica. Entre los representantes destaca­
dos del género debemos mencionar los nombres de Focio (siglo xi), su
discípulo N icetas de Paflagonia, Pselo, el gran intelectual, N icéforo
Basilakés (siglo xm), Nicéforo Gregoras (siglo xiv), M anuel Paleólogo
(1350-1425), Jorge Gemisto (Pletón), el cardenal Bessarión (ca. 1406-1472)
y Jorge Escolados, patriarca de Constantinopla (1454-1456).
O tras expresiones im portantes de la literatura bizantina fueron la
poesía y la novela. La poesía bizantina trata de seguir las pautas clási­
cas, basando el verso en el número y la cesura. Los epigramas, la forma
favorita de dicha poesía, consistían en piezas breves compuestas con los
más diversos propósitos: lírico, satírico, votivo, etc. Fueron reunidos en
490 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

antologías, como la de Constantino Céfalas, com puesta antes del año


900; en 980 apareció una edición corregida y aum entada, la Antología
palatina. En tiem pos de los Paleólogos, Máximo Planudes. (1260-1310)
publicó una antología que superó a todas las colecciones anteriores:
3 700 epigramas. < ,
Bizancio produjo una gran novela, Las hazañas de Bas'üi&JDigenis Akri-
tas, que data del siglo x, descubierta por Sathas en 1872 en un m anuscri­
to de Trebisonda del siglo xiv. El poema celebra las hazañas heroicas de
Basilio en el distrito de Eufrates, al frente de la guarnición fronteriza
de Bizancio contra los árabes y los apelatai, que eran asaltantes de la
montaña. La epopeya presenta un cuadro completo del mundo bizanti­
no en Asia Menor y de la vida en la frontera. Partes del poema sobrevi­
ven hasta la actualidad en Chipre y Asia Menor. En su contenido se ase­
meja mucho a la Canción de Rolando y El Cid. Está llena de aportaciones
adicionales al poema original, como es habitual en las epopeyas popu­
lares. Otros romances del periodo ulterior a la ocupación de Constanti-
nopla por los cruzados reflejan la influencia de la literatura caballeresca
occidental.
Una forma específica de la lírica de Bizancio fue la poesía rítmica, ba­
sada ya no en el número y la cesura, sino en la tónica de las vocales, com­
puesta para ser cantada. En su mayor parte era para uso canónico, en
forma de salmodias.
Las novelas bizantinas, inspiradas en cuentos helenísticos, eran histo­
rias románticas de amores exaltados y puestos en circunstancias exóti­
cas. Heliodoro, en la época de Arcadio, escribió la Etiópica o Los amores
de Teógenes y Carióle, que fue considerada obra maestra hasta el siglo xv.
Uno de los cuentos de m ayor éxito en Bizancio y el más conocido de
todos ellos es Dafnis y Cloe, de los tiempos alejandrinos.
Para concluir este breve resumen de la literatura bizantina debemos
m encionar el teatro. Como en el caso del Im perio rom ano tardío, en
Bizancio se iba al teatro a ver mimos, ya no tragedias. Las tragedias, tan­
to clásicas como contem poráneas — pocas de las cuales seguían escri­
biéndose— , no eran muy representadas, sino sim plem ente se leían y
declamaban.

La historia

La historia fue el género en prosa más notable de Bizancio. Cada siglo


produjo su cronista o historiador. Los historiadores bizantinos siguieron
los modelos antiguos, como Tucídides, Jenofonte o Polibio.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 491

Procopio de Cesárea, secretario de Belisario (cuyas campañas siguió),


fue el autor de ocho libros titulados Historias acerca de las guerras , que
constituyen una espléndida descripción de los acontecimientos. Asimis­
mo, escribió las Historias secretas , que son un m aligno panfleto contra
Justiniano. Agatias el Escolástico continuó la Historia de Procopio, desde
552 hasta 558; un oficial de la guardia imperial, Menandro, llevó adelan­
te esta historia desde 558 hasta el ascenso de Mauricio (582), pero de ella
sólo se ha conservado un fragmento. Telofilacto de Sim ocates, griego
egipcio y alto funcionario de Heraclio, escribió una historia de Mauricio
(572-602). Teófanes trató el periodo iconoclástico, continuado por León
el Armenio, hasta el periodo de Romano II (959-963). La historia imperial
continúa con León el Diácono, desde la muerte de Constantino Porfiro-
génito hasta la muerte de Juan Tzimiskés (959-976). Ex capellán militar
en las campañas de Basilio II en Bulgaria, León el Diácono vio de cerca la
guerra y presenta, con buena cultura clásica, una vivida narración de
batallas y costumbres.
La Cronografía de Miguel Pselo, que cubre hechos ulteriores, es una
de las obras más importantes de la historiografía bizantina. Describe 12
reinados, desde Basilio II hasta la caída de Miguel VII (976-1077). Hom­
bre de cultura enciclopédica, que alcanzó el m ás alto puesto público
bajo varios emperadores, Pselo se interesa menos por la historia externa
y las guerras que por la vida interior de Bizancio y las acciones y pen­
samientos de sus gobernantes: Constantino IX, Zoé, Teodora, etc. Como
el monje que escribió la vida deí patriarca Eutim io (907-912), trató de
plasmar la historia de su época, con la diferencia de que continuamente
se pone en primer plano.
Miguel de Attalis escribió acerca del difícil periodo transcurrido desde
el fin de la dinastía macedónica hasta eí ascenso de Ducas y de los Com-
neno (1034-1079). Sus obras cubren una parte del periodo de Pselo y pre­
sentan un relato más imparcial y objetivo de los acontecimientos.
Nicéforo Briemio, casado con Ana Comnena (1192), es autor de una
crónica familiar, que describe el origen de los Comnenos bajo Basilio II y
el ascenso de Alejo I Comneno al trono. A instancias sriyas, Ana Comne­
na, exiliada por su hermano Juan al monasterio de María Llena de Gra­
cia, escribió una obra m onumental sobre su padre 20 años después de
su muerte, que es al mismo tiempo un panegírico y una historia, con el
poético título de la Alexiada . La obra de Ana es una de las más notables
de la literatura bizantina.
Juan Kinnamos, secretario privado de Manuel Comneno, narra en su
Epítome el reinado de Juan Comneno (1118-1143) y de Manuel, hasta 1176.
Nicetas Joniates, secretario imperial y duque del tema de Filipópolis en
492 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

1189, en tiempos de Isaac Angelo, describe los hechos en que participó


desde su refugio en Nicea en 1204 y cubre el periodo que va desde el
ascenso de Juan Comneno hasta 1206, con una impresionante narración
del saqueo de Constantinopla por los cruzados.
Jorge Akropolités, preceptor de Teodoro II Láscaris, es el historiador
de los emperadores nicenos. Su Crónica comienza en 1203 y termina en
1261 con la reconquista de Constantinopla. Los Recítales históricos de Jor­
ge Paquím ero, que narran los acontecim ientos desde 1261 hasta 1308,
continúan la historia de Akropolités.
La historia del Imperio en el siglo xiv es tratada por dos eminencias
N icéforo Gregoras y Juan Cantacuceno. El primero fue un hom bre de
inmensa erudición, cuya Historia romana, en 37 libros, cubre los sucesos
transcurridos desde 1204 hasta 1359, tratando con mayor detalle el últi­
mo periodo. La Historia de Juan Cantacuceno, escrita después de su abdi­
cación, abarca el periodo que va de 1320 a 1356, y en ella trata de justificar
su política.
Ducas y Franzés, en el siglo xv, escribieron la historia del fin de Bizan-
cio. El primero narra los hechos, sobre todo, desde el punto de vista turco.
El segundo, hombre de Constantinopla que ocupó altos cargos públicos,
adopta el punto de vista de Bizancio. Calcocondilo, un ateniense al ser­
vicio de los otomanos, escribió en su Historia, que abarca el periodo de
1298 a 1462, la crónica de Bizancio bajo el régimen turco.

La filosofía

En Bizancio se siguió cultivando la filosofía, con base en las pautas grie­


gas. La educación filosófica se im partía en la universidad im perial,
mientras que en Occidente estaba en manos de la Iglesia. En Bizancio, el
m onasticism o era místico, no filosófico, pero la filosofía se adaptaba a
los dogmas cristianos.
La filosofía bizantina del siglo iv al ix fue un intento de justificación
racional del dogma cristiano. Más adelante empezó a desarrollar su pro­
pio campo de propensiones neoplatónicas, incluido el neopaganismo de
Jorge Gemisto, quien — como ya dijimos— adoptó el nombre adicional o
alternativo de Pletón. Nacido en Constantinopla en 1355, vivió en Mistra
y murió casi centenario. En sus numerosas obras, de carácter enciclopédi­
co, planteó particularmente ideas neoplatónicas y propuso una religión
nueva: un zoroastrismo pitagórico-platónico.
En el primer periodo, uno de los principales filósofos fue Juan Filípo-
nos, de Alejandría, un aristotélico que vivió a finales del siglo v i i . El seu-
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 493

dodionisio Areopagita, que simulaba ser el verdadero Dionisio, difundió


ideas neoplatónicas durante el siglo vn. Otra im portante aportación fi-
losófico-teológica de fines del siglo vm fue la de san Juan Damasceno.
Focio, en el siglo ix, hizo un estudio detallado del problema del nom ina­
lismo realismo.
El enciclopédico Pselo, que unió la filosofía y la retórica a sus ideas
platónicas, propagó particularm ente el neoplatonism o y las ideas de
Proclo. Trató de hacer una vasta síntesis de todas las disciplinas, incluso
de las ciencias ocultas, pero se mantuvo dentro de la ortodoxia cristiana.
Juan Italos, discípulo de Pselo, propugnó un neoplatonismo completo a
expensas de la ortodoxia cristiana.
Después de 1204, el escolasticism o occidental influyó en la filosofía
bizantina. En Nicea, Nicéforo Blemmides, nacido a finales del siglo xn y
que falleció en 1272, tuvo por discípulos a Jorge Acropólito, quien sería
gran logoteta, y al futuro em perador Teodoro II Láscaris. Blem m ides
escribió un tratado sobre la monarquía y sobre el rey filósofo (Teodoro
II) e intentó reconciliar el realism o con el nom inalism o, sugiriendo su
unión en el espíritu de Dios.
En la última fase de la cultura bizantina, la filosofía adoptó una orien­
tación humanista. Tal fue el caso de Teodoro Metoquites (1260-1332), el
gran logoteta de A ndrónico II. Su principal obra, M iscelánea , es una
enciclopedia filosófica; subraya una preferencia por Platón y sostiene
que las m atemáticas llevan a la inteligencia a captar la realidad. Como
astrónomo, ayudó a separar la astronomía de la astrología. También fue
su discípulo un excelente hum anista, Nicéforo Gregoras (1295-1360),
quien sostuvo la necesidad de contar con un razonamiento a priori, pa­
sando de lo general a lo particular, siem pre que se tenga en cuenta la
experiencia, en las categorías apropiadas.
La influencia de los últimos sabios bizantinos en la forma que tomó el
Renacimiento fue inmensa. Manuel Crisóloras, de la universidad im pe­
rial, fue profesor de griego en Florencia y a él se debe la influencia helé­
nica en la segunda generación de hum anistas. Juan A rgirópulo, de la
misma universidad, pasó por París en 1456 y después obtuvo una cáte­
dra en Roma. A sus cursos asistió Reuchling. Guillermo Budé siguió en
París en 1478 los cursos de Hermánimo de Esparta.
En Roma ejerció una influencia particular el cardenal Bessarión, ex
arzobispo de Nicea. Como presidente de la academ ia fundada por el
papa Nicolás V, promovió el encuentro de Poggio y Lorenzo Valla con
Teodoro de Gaza y Jorge de Trebisonda.
El principal representante de la corriente humanista fue Pletón, quien
dirigió una escuela de filosofía en Mistra, bajo la protección del déspota
494 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Teodoro II Paleólogo, en la que alcanzó una vasta reputación. Para Ple-


tón, los males de Bizancio se debían al hecho de haberse desviado del
helenismo, y pidió un retorno de la sociedad, el Estado y la educación a
las tradiciones abandonadas. También dirigió recom endaciones políti­
cas a Manuel II (1391-1425), se opuso enérgicamente a la idea del empe­
rador de reunir la Iglesia de Bizancio con la de Roma y pidió un regreso
modernizado al paganismo. El gran respeto y buena reputación de que
disfrutó Pletón entre sus contemporáneos se debieron no a sus propues­
tas neopaganas, sino a su enorme com petencia com o filósofo y a sus
ideas neoplatónicas.

Las ciencias

En Bizancio hubo un considerable desarrollo en el estudio de las cien­


cias basado en la exégesis de textos clásicos de Pitágoras, Euclides, Tolo-
meo, etc. La ciencia era considerada como una propedéutica de la filoso­
fía, particularm ente las matemáticas, por inducir a la mente al proceso
de abstracción. Como en Occidente, se adoptaron las siete artes libera­
les de Varrón: el trívium, que cubría las artes literarias y la retórica, y el
quadrivium, que incluía la aritmética, la geometría, la música y la astro­
nomía, a menudo confundida con la astrología.
La ciencia bizantina está principalm ente representada por las m ate­
m áticas y la astronom ía, con expresiones m enos im portantes en la
m edicina y ciertas contribuciones a la geografía. Las ciencias naturales
fueron afectadas por la confusión entre alquimia y qriímica, así como
entre la simple fantasía y la historia natural. En astronomía, los mejores
cerebros intentaron liberar su disciplina de la astrología y de toda impli­
cación religiosa y plantearon la astronomía como descripción objetiva
de los cuerpos celestes y sus órbitas. Por lo general, los astrónomos tam­
bién eran m atem áticos. A lejandría fue el principal centro científico y
Tolomeo su autoridad guía, así como Euclides en matemáticas. La astro­
nomía científica fue introducida en Constantinopla por Teodoro Meto-
quita, quien desde 1290 sirvió al emperador Andrónico II y alcanzó el
rango de gran logoteta; en 1332 falleció.
Nicéforo Gregoras (1295-1359), discípulo de M etoquita, continuó su
labor — adem ás de sus propias contribuciones a la historiografía—
haciendo com entarios sobre la aritm ética de Nicóm aco y la Megale
Syntaxis de Tolomeo. Escribió un tratado sobre el astrolabio. Su obra
más importante fue la revisión del calendario juliano, que Andrónico II
no se atrevió a introducir. Después de Gregoras, el astrónom o más
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 495

im portante fue Teodoro M eliteniotés, quien fue jefe de la Escuela Pa­


triarcal (ca. 1361), escribió una obra enciclopédica sobre astronomía ba­
sándose en Tolomeo, Teón y los astrónomos persas y subrayó enérgica­
mente el carácter científico de la astronomía, cuyo principal propósito
era describir los desplazamientos de los cuerpos celestes.
La m edicina bizantina fue en su mayor parte teórica, basada en las
obras de Hipócrates, Galeno y Asclepíades Heráfilo; a partir de ellas, los
médicos bizantinos intentaron establecer sus diagnósticos y utilizar su
experiencia farmacéutica para todo tratamiento. Alejandro de Tralles, el
más em inente m édico bizantino, utilizó su experiencia práctica y su
sentido de la observación para mejorar las modestas posibilidades ofre­
cidas por la teoría médica bizantina.
En geografía se produjeron tres tipos de obras: 1) itinerarios de viajes,
con indicación de las distancias, como el anónimo Periplo del gran mar [el
Mediterráneo]; 2) descripciones del mundo basadas en los antiguos maes­
tros, como la Geografía sinóptica, del siglo xin, de Nicéforo Blemmides, que
en gran parte es una paráfrasis de Dionisio el Periegeta; en otra obra estu­
dió el volumen de la Tierra y declaró su esfericidad, y 3) relatos de viaje­
ros, como la Topografía cristiana de Cosmas. Es interesante observar que
en el siglo xiv ya se conocía la brújula en Bizancio. A finales del siglo xm
existían m apas tolomeicos, y los mapas geográficos eran ya com unes.

La enseñanza

La escuela pública de la Antigüedad tardía continuó sin interrupción


en Bizancio. La Iglesia se encargaba de la enseñanza religiosa. Desde el
siglo iv hasta el xv, la universidad imperial de Constantinopla mantuvo
la tradición clásica en la enseñanza de la literatura, retórica, filosofía y
ciencias. En cambio, la teología era monopolio de la Iglesia. La universi­
dad se orientaba a la preparación de juristas capaces y funcionarios
para el Estado.
La universidad fue fundada en la capital, en 330, por Constantino.
Una parte de sus maestros eran paganos, como Libanio y Temistio. La
universidad de Teodosio II fue producto de una reorganización de la
antigua institución, efectuada en 425, que abrió 31 cátedras, 16 en griego
y 15 en latín. Los candidatos a las cátedras eran examinados por el Sena­
do, recibían un estipendio anual y después de 20 años de servicio eran
nombrados condes de la Primera Orden. La enseñanza fue bilingüe has­
ta fines del siglo n. En el curso de un milenio, la universidad pasó por
algunas fases letárgicas — una particularmente mala durante el periodo
496 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

iconoclasta (711-843)— , pero fue continuamente reanimada por los em ­


peradores y siguió siendo el hogar del helenismo.
César Bardas reorganizó la universidad en 863; León el Matemático ,
jefe de la enseñanza pública en tiempos de Teófilo, fue llamado por Bar­
das, quien le confió la cátedra de filosofía y la dirección general de la
universidad. Constantino IX (1042-1055) fundó la facultad de derecho
en el m onasterio de San Jorge de M anganes, y la facultad de filosofía,
dirigida por Pselo, con el título de Cónsul de los Filósofos. La facultad,
llamada Gymnase, tenía dos cátedras: la de gramática, bajo Nicetas, y la
de filosofía, bajo Pselo — que funcionaban en la iglesia de San Pedro— .
En tiempos de Alejo Comneno (1081-1118) se introdujo en la universidad
un nuevo acento religioso, como reacción contra el paganismo de Juan
el Italiano, y se adoptó oficialmente el aristotelismo.
La enseñanza pública desapareció en Constantinopla bajo los gober­
nantes latinos. En cambio, los emperadores nicenos, pese a sus limitados
recursos, mantuvieron la enseñanza pública y el legado helénico. Juan III
Ducas Vatatzés (1211-1254) fundó una escuela de filosofía en Nicea, bajo
H exaptérigo, después de cuya m uerte llegó el notable sabio N icéforo
Blemmides. Con la reconquista de Constantinopla por Miguel VIII Paleó­
logo se restableció la enseñanza pública. El gran logoteta Jorge Acropó-
lito volvió a abrir la universidad y fue nombrado su director y profesor
de filosofía (aristotélica). En tiem pos de A ndrónico II (1282-1328), la
universidad recuperó toda su importancia y llegó a ser el centro del hu­
manismo bizantino, que después influiría en el hum anism o italiano.
En los finales de Bizancio, Manuel II Paleólogo (1391-1425) reunió en
un m ism o edificio (un hospital adyacente al m onasterio de San Juan
Bautista) todas las dependencias de la universidad, con el nom bre de
Katholikon Museion , traducido por Francisco Filelfo como Universitas Lit-
terarum et Scientiarum, Publicas Discendi Ludus. Confirió gran prestigio y
categoría a sus profesores.
Un papel importante fue desempeñado por Manuel Crisoloras, envia­
do a Venecia en 1397 por Manuel II. Crisoloras motivó a los italianos a ir
a Constantinopla a aprender griego. Tal fue el caso de Francesco Fidelio,
de Turín, quien estudió con Juan Crisoloras. La universidad se orientaba
a formar hum anistas, y el platonism o volvió a la cátedra de filosofía.

La enseñanza religiosa

Cada diócesis tenía su escuela episcopal; la principal de ellas fue la Escue­


la Patriarcal de Constantinopla, cuya importancia aumentó durante el
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 497

siglo ix. Los profesores eran diáconos de Santa Sofía y estaban bajo
la dirección del profesor ecuménico. La enseñanza era similar a la de la
universidad, dando especial importancia a la teología.
San Basilio de Cesárea intentó fundam entar la educación monástica
en los estudios clásicos; sin embargo, los monjes de Bizancio se inclina­
ban al ascetismo y al misticismo, y esta orientación llegó a prevalecer. El
ideal m onástico era la hesychia o quietism o espiritual. Se m anifestaba
cierta oposición a los estudios clásicos y las ciencias. La educación gene­
ral prescrita por las reglas de san Basilio se mantuvo, no obstante, como
preparación para los estudios teológicos.

El arte bizantino

El arte helenístico adquirió un carácter internacional y fue cultivado por


doquier, dentro y fuera del Imperio romano. Sin embargo, en el Oriente
asiático el helenism o no pasó de ser un barniz superficial. El resurgi­
m iento de Persia con los sasánidas produjo un renacim iento del arte
oriental. Los m onumentos de Dura-Europos, anteriores a la ocupación
persa, revelan un arte ajeno a la tradición helenística. Las pinturas de
Dura — en una sim ple ciudad de provincia— m uestran el nuevo arte,
que también se volvió cosmopolita, particularmente en las zonas menos
helenizadas.
No puede señalarse un principio claro al arte bizantino, pues surgió
de una evolución, a partir de la original pauta helenística de la época de
Constantino, hacia una nueva pauta ya claramente establecida en tiem ­
pos de Justiniano, la cual expresa una síntesis entre las tradiciones helé­
nica y oriental. Conservó la representación de la figura humana, sum a­
mente estilizada, pero tratándola de un modo peculiarmente bizantino.
El arte bizantino no fue estático, sino que pasó por una continua
renovación en su trayectoria milenaria, reflejando las grandes crisis del
Im perio, com o el m ovim iento iconoclasta y la conquista de C onstan-
tinopla por la cuarta cruzada, en 1204; cada una de estas crisis fue un
nuevo punto de partida para el arte bizantino, en el siglo xi bajo la
dinastía macedónica y nuevamente en el xiv bajo los Paleólogos.
Hubo cuatro edades de oro del arte bizantino: 1) la época de Justinia­
no; 2) el periodo macedónico; 3) los siglos xi y xii, y 4) el siglo xii, bajo
los Paleólogos.
El arte bizantino irradió desde Constantinopla y giró en torno de los
m aestros encargados de Santa Sofía y los otros m onum entos justinia-
nos. Pero com enzó antes, en los siglos iv y v, en el norte de Italia: San
498 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

Lorenzo de Milán (fines del siglo iv), Ravena (siglo v) y en las catedrales
de Parenzo y Trieste. La magnífica construcción de Santa Sofía fue obra de
Antem io de Tralles e Isidoro de Mileto. Una innovación arquitectónica
llegó con la invención de la iglesia en forma de cruz griega. Un ejemplo
sobresaliente es el de M irelaion, en Constantinopla, com isionado por
Romano Lecapeno (920-944), y, en el siglo xi, la iglesia de la Virgen de
los Caldereros, también en Constantinopla.
El arte del mosaico (al que ya nos referimos al tratar el tema de la pin­
tura), continuando la tradición rom ana, recibió en Bizancio un trata­
miento que intensificó la sensación de lo sacro y trascendente, como los
mosaicos de Ravena y el que decora el nártex de Santa Sofía. La edad de
oro de los mosaicos fueron los siglos xi y xu, correspondientes al apogeo
del Im perio. Entre los m osaicos más extraordinarios se encuentra el
Pantocrator de Dafne. También debe hacerse m ención especial de los
extraordinarios frescos del último período bizantino en Mistra, el monte
Atos, Grecia y Serbia. Los iconos y los manuscritos ilustrados también
son una extraordinaria aportación artística de Bizancio.

4. E l s u r g i m i e n t o

El surgimiento de la civilización bizantina, a partir de su m atriz roma­


na, fue el resultado gradual de un proceso complejo en que diversos fac­
tores desem peñaron un papel im portante. Especial m ención merecen
cuatro circunstancias: 1) las que condujeron a la división del Im perio
rom ano entre sus m itades occidental y oriental; 2) el conjunto de cir­
cunstancias favorables que condujeron a la supervivencia de Oriente en
el curso del catastrófico siglo v; 3) las peculiares condiciones y circunstan­
cias relacionadas con el periodo que va desde el reinado de Teodosio II
(408-450) hasta el de Anastasio I (491-518), y 4) la gradual transform a­
ción cultural de la civilización romana de Oriente en la civilización bi­
zantina, desde la fundación de Constantinopla en 330 hasta el crucial
período de Justiniano (527-565) y el reinado, ya típicamente bizantino,
de Heraclio (610-641),
La gran diversidad y dimensión del Imperio romano, después de su
máxima expansión en el siglo u d.C., hizo cada vez más difícil el gobier­
no unitario y la defensa, en cuanto amenazaron su supervivencia m is­
ma la ominosa combinación de una peste recurrente una anarquía mili­
tar interna en el siglo m y sucesivas y crecientes oleadas de invasiones
bárbaras. Ante estos problemas, Diocleciano (284-305) decidió dividir el
gobierno y la defensa de Imperio con un coemperador: nombró a Maxi-
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 499

miaño como su coaugusto para Occidente, con base en Milán, mientras


elegía Nicomedia como su sede y nombraba a dos Césares para ayudar a
cada uno de los augustos y asegurar su respectiva sucesión. La tetrar-
quía de D iocleciano fue concebida con dos propósitos. Al dividir el
Imperio con fines operativos en dos mitades, oriental y occidental, pero
m anteniendo su unidad institucional bajo su autoridad superior, Dio­
cleciano trató de aumentar su gobernabilidad y capacidad de defensa.
Por otra parte, al instituir dos Césares, uno bajo cada uno de los coempe­
radores, intentó reforzar la capacidad de los augustos y elim inar las
dificultades de sucesión mediante el nom bram iento preventivo de los
sucesores, colocándolos ya en la segunda posición de poder.
Constantino, como único emperador en 324, no conservó la tetrarquía
diocleciana con su división del Im perio en Oriente y Occidente. Sin
embargo, con la fundación de Constantinopla en 330, trasladó la capital
del Imperio al este y creó así condiciones irreversibles para el desarrollo
futuro del Im perio romano de Oriente. Los sucesores de Constantino
continuaron el Imperio desde Constantinopla. Con Valeriano I (364-375)
se renovó la práctica de los dos augustos; su hermano Valen te recibió el
gobierno de Oriente. Después del desastre de Andrinópolis (378), G ra­
ciano nombró coem perador de Oriente a Flavio Teodosio. Teodosio el
Grande (379-395), como único emperador, reunió el Im perio, pero una
vez más lo dividió a su sucesión —esta vez de m anera perm anente—
entre sus dos hijos: Arcadio para Oriente y Honorio para Occidente. A
partir de Arcadio, el Imperio de Oriente siguió su propio curso.
Todo un conjunto de circunstancias favorables ayudó a la conserva­
ción de Oriente en el catastrófico siglo v, asegurando así la continuación
de la civilización romana y permitiendo su futura y gradual transforma­
ción en civilización bizantina. Ya se presentó en la tercera sección de
este capítulo una breve descripción de las condiciones que permitieron
la supervivencia de Oriente. El hecho de que C onstantinopla, bajo el
incompetente Arcadio y el débil gobierno de Teodosio II, lograra evitar
el destino de Roma — dos veces saqueada en el siglo v y caída finalm en­
te ante el cabecilla germano Odoacro— fue el feliz resultado de tres fac­
tores principales. En prim er lugar, la sim ple buena fortuna: en su
m omento más débil, bajo Arcadio, las hordas bárbaras atacaron O cci­
dente y Constantinopla no se vio sometida a agresiones serias. Después,
la erección del Muro de Antem io, desde el m ar de M árm ara hasta el
Cuerno de Oro, salvó de Atila a la ciudad. Refuerzos edificados por Teo­
dosio aseguraron la inexpugnabilidad de Constantinopla, que resistiría
a todo ataque hasta la llegada en 1453 de los cañones turcos. Un tercer
factor para la supervivencia de Constantinopla fue la habilidad diplo­
50D LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

m ática de los bizantinos para desarm ar a agresores reales o potencia­


les, desviándolos directa o indirectamente hacia Occidente, como en el
caso de los ostrogodos de Teodorico. Esta habilidad fue apoyada por
el oro de Bizancio, que siempre logró aportar la mucho más rica mitad
oriental del Imperio.
Una tercera circunstancia que debe tenerse en cuenta con respecto al
surgimiento de la civilización bizantina se relaciona con el modo en que
el Imperio de Oriente logró emplear a algunos germanos para su defen­
sa, luego a los isáuricos para deshacerse de los germanos y, por último,
la enorm e reserva de recursos humanos de Asia M enor para controlar
a los isáuricos. También en Oriente, como en Occidente, los germ anos
desempeñaron un papel decisivo en el siglo v en la defensa del Imperio,
aportando soldados y generales com petentes como Estilicón en O cci­
dente y Aspar en Oriente. Lo malo de esos generales y sus soldados era
su ambición de poner a sus propios emperadores bajo su dominio, si no
es que desplazarlos, para colocar en su lugar a em peradores peleles,
dóciles a su voluntad. En Occidente, Honorio logró librarse de la domi­
nación de Estilicón haciéndolo asesinar en 408, pero, como resultado,
perdió a su mejor general y no pudo impedir que en 410 las hordas de
Alarico saquearan Roma. Después, ese mismo papel fue desempeñado
por Ricimero, otro general germánico, aunque en lo militar menos com­
petente que Estilicón. En Oriente, León II (457-474), hecho em perador
por Aspar, el general germano com andante del ejército de O riente, se
libró de su dominio casando a su hija Eurídice con el jefe isáurico Tarasi-
codisa. Éste adoptó el nombre de Zenón; después, con sus seguidores
isáuricos, logró asesinar a Aspar y, finalmente, expulsar a los germanos.
Zenón sucedió en el trono a León II. Tras la muerte de Zenón, Anastasio I
(491-518), que ascendió al trono por su matrimonio con la misma Eurí­
dice, quitó a los isáuricos todos los puestos de poder y sometió su rebe­
lión en Isauria valiéndose de tropas reclutadas en Asia Menor. De este
m odo, los bizantinos emplearon a los rudos isáuricos para librarse de
sus custodios germanos, y recurrieron a su reserva de mano de obra en
Asia Menor para a su vez sacudirse a los isáuricos.
La cuarta circunstancia que generó la civilización bizantina — cuyos
rasgos principales han sido brevem ente analizados en la sección 1 de
este capítulo— fue el resultado natural, al transcurrir el tiem po, del
entorno greco-oriental sobre la civilización romana de Oriente. El cris­
tianismo ortodoxo, encabezado por la Iglesia bizantina, dio su carácter
específico a toda la sociedad bizantina. El griego koiné, la lengua habla­
da prevaleciente en Bizancio, fue desplazando gradualm ente al latín y
por último llegó a ser la lengua oficial del Imperio. La cultura griega ya
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 501

era la alta cultura de la civilización romana tardía. Prácticas griegas pri­


vadas que se iniciaron en Constantinopla penetraron en la corte im pe­
rial. Siendo aún emperador romano, Justiniano se rodeó de la cultura
griega; por ejemplo, sus Novelas fueron publicadas en griego. Heraclio,
medio siglo después, sería un emperador completamente bizantino. El
latín se conservó como segunda lengua durante largo tiempo en la uni­
versidad de Constantinopla, pero en fechas posteriores fue sim plemen­
te parte del entorno de unos cuantos eruditos.

5. El d e s a r r o l l o

A. El factor cultural

El desarrollo de la civilización bizantina estuvo en gran parte condicio­


nado, en el curso de su historia milenaria, por el dinamismo y las lim ita­
ciones inherentes a su cultura.
Con Justiniano (527-565), el Imperio romano de Oriente superó deci­
sivam ente las debilidades del periodo arcadio y aceleró el proceso de
"bizantinización". Bizancio seguiría su proceso de desarrollo, aunque
no sin altibajos, hasta los Comnenos. Con el últim o Com neno, Alejo II
(1180-1183) y con Andrónico I (1183-1185) se inició un largo periodo de
decadencia que conduciría a la primera caída de Constantinopla ante la
cuarta cruzada y, después de casi dos siglos de fantasmal resurgimiento,
a la segunda e irreparable caída en 1453 ante los turcos.
Un factor esencial en la promoción así como en la contención del des­
arrollo de Bizancio fue el carácter contradictorio de su doble cultura
cristiana y helénica. Tal contradicción, pese a la intervención de otros
varios factores, influyó de manera decisiva, tanto directa como indirec­
tamente, sobre las vicisitudes domésticas y el destino internacional del
Imperio.
La cultura bizantina expresó el desarrollo múltiple de la cultura clási­
ca cristiana, alim entada por la continua revaluación (desde una pers­
pectiva cristiana) del legado grecorromano, pero su creatividad fue cons­
treñida por la autoridad indiscutida de los clásicos y su capacidad de
innovación acotada por los dogmas cristianos. Por consiguiente, la civi­
lización bizantina derivó del desenvolvimiento de la cultura bizantina
bajo una triple limitación. En primer lugar, sus restricciones inherentes ya
mencionadas. En segundo lugar, los obstáculos resultantes de m om en­
tos o aspectos desfavorables de sus asuntos internos. Y, de no m enor
importancia, las limitaciones derivadas del curso desfavorable de asun­
502 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

tos internacionales, con las sucesivas pérdidas de territorios desde el


final del reinado de Basilio II (976-1025), causadas por conquistas
extranjeras y la correspondiente reducción de los recursos hum anos y
naturales de que disponía el Im perio, que term inó prácticam ente res­
tringido al enclave de Constantinopla.
Como ya se mencionó en la tercera sección de este capítulo, el carác­
ter concomitante helénico y cristiano de la cultura bizantina fue un fac­
tor dinámico para el desarrollo de la civilización bizantina y a la vez un
doble freno. La continuación ininterrumpida de la civilización clásica en
Bizancio mantuvo, a lo largo de su historia, un buen nivel de educación
popular, unas altas normas intelectuales para la élite instruida, refina­
das prácticas urbanas y competentes técnicas de administración pública
y de guerra. En comparación con Occidente, Bizancio alcanzó un nivel
incomparablem ente más alto de civilización y eficiencia hasta fines del
siglo xn. Sin embargo, como ya se observó, debe subrayarse que Bizan­
cio no pasó culturalm ente por la Edad Media: en m uchos aspectos
im portantes, la civilización bizantina m antuvo su carácter clásico du­
rante toda la Edad Media, y pasó directam ente de la época clásica al
Renacimiento.
También el cristianism o fue un factor dinám ico en varios aspectos
esenciales. La penetración cristiana en la sociedad romana oriental fue
más general y profunda que en Occidente. Este último se convirtió en
una sociedad cristianizada con hondas huellas de paganism o, y la pri­
mera en una sociedad cabalmente cristiana. En Bizancio, cristianismo y
patriotism o generaron un proceso dinámico de recíproca legitim ación
y estímulo. Quedó interrelacionada la promoción de los valores bizanti­
nos y la de los cristianos. La asombrosa recuperación de poderío militar
y la reconquista de los territorios perdidos por Heraclio, cuando Bizan­
cio había quedado severamente debilitado, fueron logradas como cru­
zada cristiana e impulsadas por una profunda fe que se convirtió en una
im portante m otivación en las triunfales empresas em prendidas por la
dinastía macedónica y por los tres primeros Comneno.
Sin em bargo, helenism o y cristianism o tam bién surtieron efectos
negativos en la cultura bizantina. La autoridad indiscutible de los clási­
cos griegos condicionó a los sabios bizantinos a mantener ante ellos una
actitud alejandrina, lo que produjo incesantes esfuerzos de interpreta­
ción y comentarios de los clásicos en lugar de emprender la innovación
y creación de nuevas ideas y experim entos. Salvo en la arquitectura y
las artes del mosaico y la tapicería, las innovaciones técnicas de Bizancio
fueron escasas, y la providencial invención del fuego griego por Calíni-
co — que salvó a Bizancio de las flotas árabes— fue otra de las raras
LA CrVILIZAClÓN BIZANTINA 503

excepciones. El telégrafo mediante faros (invento de León el Matemático)


fue otra innovación importante.
Además de los efectos dinámicos antes mencionados, el cristianismo
también puso frenos a la cultura bizantina. De manera general, el pue­
blo sintió una contradicción entre su fe cristiana y su herencia clásica. La
cultura helénica fue vista como la m anifestación suprema de la inteli­
gencia y el conocimiento, y al mismo tiempo como fuente de paganis­
mo. La pura fe cristiana fue considerada, por muchos, incompatible con
la cultura helénica y el antiintelectualismo de los monjes bizantinos de­
rivó de dicha convicción. Hasta los m ás ilustrados sabios bizantinos
sintieron un peligro para su fe en la excesiva impregnación de los pen­
samientos de Platón y Aristóteles. La aceptación ciega de los clásicos lle­
vó a eruditos como Pletón (Jorge Gemisto) a rechazar los dogmas cris­
tianos.

B. Asuntos internos

Un segundo conjunto de factores que influyó, positiva o negativamente,


en el desarrollo bizantino se relacionó con el curso de los asuntos inter­
nos. Estos fueron predominantemente condicionados por factores reli­
giosos y político-militares. Además del brote de cierto número de nuevas
herejías y de circunstancias relacionadas con cuestiones de prestigio, en
Bizancio las controversias religiosas giraron en torno a tres cuestiones
principales. Una de ellas, de carácter perm anente, fue la oposición
inerradicable de la Iglesia ortodoxa a Roma y el apoyo popular con que
siempre contó dicha oposición. Algunos emperadores intentaron reunir
las dos Iglesias, aceptando la supremacía romana, particularmente en la
época de decadencia de los Paleólogos. Se supuso que la adherencia a
Roma traería, bajo la influencia del papa, el apoyo militar de Occidente
contra los turcos. Vista en retrospectiva esa suposición, al m enos en la
época de los Paleólogos, no parece muy fundada; sin embargo, los em­
peradores que favorecieron esa política, salvo en los últim os años de
Constantinopla, nunca lograron aplicarla contra la irreductible oposi­
ción popular y eclesiástica.
Otro grave problema religioso de Bizancio fue la interpretación de la
naturaleza últim a de Cristo. Adem ás de las antiguas controversias
introducidas por el arrianismo y el nestorianismo, la cuestión de cómo
debían considerarse las naturalezas divina y humana de Cristo hicieron
surgir la controversia del monofisismo y el monotelismo. Los monofisi-
tas insistían en la naturaleza divina de Cristo, en oposición a los nesto-
rianos, quienes subrayaban su naturaleza humana. El m onofisismo lie-
504 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

gó a ser la convicción predominante en las partes orientales del Imperio,


Egipto y Siria. La oposición ortodoxa a los monofisitas, desde la época
de Justiniano, provocó una fuerte reacción en esas regiones, hasta el
punto de que llegaron a preferir el gobierno del Islam a las imposiciones
ortodoxas de Constantinopla. Tratando de colmar las diferencias entre
monofisitas y diofisitas, Heraclio apoyó las ideas del patriarca Sergio, y
en su edicto Ecthesis (683), colocado en el nártex de Santa Sofía, promul­
gó el principio del monotelismo: Cristo tenía dos naturalezas pero una
sola voluntad. Sin embargo, su intento fue vano. Sólo la pérdida final de
Egipto y Siria a manos de los árabes, facilitada por su oposición al diofi-
sism o, condujo a la pacificación, al excluir del Im perio bizantino las
regiones monofisitas.
La tercera gran controversia religiosa de Bizancio fue tocante a la
naturaleza de los iconos, las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, y
los símbolos que los representaban. Las imágenes sagradas eran objeto
de un difundido culto popular, fuertemente apoyado y propagado por
los monjes, pero fácilmente convertido en una adoración cuasiidolátrica
de los iconos, no siempre vistos como representaciones de lo sagrado,
sino como objetos sagrados en sí mismos. La oposición al culto de los
iconos fue cuestión de ortodoxia religiosa, pero tam bién política. Los
emperadores y por lo general el ejército se preocuparon por el excesivo
poder de los m onjes, los cuales formaban un enorme contingente que
quitaba hombres al ejército y a la agricultura, evadían o reducían consi­
derablemente los impuestos y movilizaban al pueblo contra las autori­
dades. A este problema se enfrentaron con toda seriedad León III (717­
741) y los isáuricos, quienes entablaron una cam paña radical contra
el culto de los iconos y contra los monjes, movimiento reactivado por el
emperador amoriense Teófilo (829-842).
Sin embargo, el movimiento iconoclasta, además de provocar la des­
trucción de inapreciables objetos de arte, ejerció un efecto disgregador
en la sociedad bizantina. La emperatriz Teodora, regenta del niño M i­
guel III (842-867), preocupada por las graves consecuencias negativas
de la iconoclasia, decidió discontinuar el movimiento para restaurar la
paz social. Así se mantuvo el poder del emperador sobre la Iglesia, que
el movimiento iconoclasta había reforzado.
También los asuntos internos, independientemente o en conexión con
cuestiones religiosas, tuvieron carácter político. El poder absoluto de los
emperadores, más intensificado aún que en la última época romana por
su contenido religioso, hizo que el destino de Bizancio dependiera exce­
sivamente de las buenas o malas cualidades de cada uno de ellos. Hom­
bres excepcionales como Justiniano, Heraclio, Basilio I, Basilio II y Alejo
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 505

Com neno — este últim o en condiciones m enos favorables— lograron


realizar grandes em presas, asegurar la buena adm inistración de los
asuntos internos y recuperar la fuerza militar del Imperio. Por otra par**
te, em peradores débiles o incom petentes pudieron ocasionar las más
desastrosas consecuencias, como Focas, Justiniano II, particularm ente
en su segundo reinado, Isaac I Com neno (1057-1059), Isaac II Angelo
(1185-1195) y Alejo IV (1204).
El poder casi absoluto de los em peradores tam bién fue causa de
muchas rebeliones y usurpaciones que tachonaron la historia bizantina,
algunas veces m otivados por el deseo de salvar el Im perio de gober­
nantes catastróficos, como la rebelión de Heraclio contra Focas, o la de
León III para restaurar la disciplina militar y contener a los árabes. Tam­
bién ocurrió que la usurpación del trono por simple ambición, como en
el caso de Basilio I (867-886) — que asesinó a César Bardas supuesta­
mente para consolidar el poder de su protector Miguel III y luego mató
al emperador y usurpó el trono— , quien allanó el camino, tras este sórdi­
do principio, a un buen reinado y el establecimiento de una gran dinas­
tía. Sin em bargo, muy a m enudo rebeliones y usurpaciones fueron la
manifestación de vulgar ambición o de indisciplina militar y produjeron
consecuencias negativas. El mejor ejemplo es el golpe militar de Focas
en 602, que derribó el buen gobierno de Mauricio Tiberio y lo remplazó
por un incompetente despotismo.
El principio dinástico, aunque nunca enteram ente consolidado, a
menudo se observó en el curso de la historia bizantina, como en los ca­
sos de los sucesores de Justiniano, H eraclio, León III, Basilio I, Alejo
Comneno, Constantino Láscaris y Miguel VIII Paleólogo. Las dinastías
resultantes ofrecieron largos periodos de estabilidad política. La insti­
tución de los coem peradores hizo posible corregir, en alto grado, las
lim itaciones de soberanos débiles o la sucesión de niños al trono. Sin
em bargo, el poder im perial ilim itado, si bien dio grandes m edios de
acción a hombres excepcionales (como ya se observó), las más de las ve­
ces fue causa de problemas, ya que los errores com etidos en lo alto no
podían repararse antes de producir los efectos más negativos, y la in ­
com petencia o debilidad de los em peradores no podían corregirse sin
suprimirlos.11
Las principales dinastías bizantinas — los Justinianos, H eraclianos
Isáuricos, M acedónicos y Com neno— gozaron, no obstante, de largos
periodos de estabilidad política que contribuyeron al desarrollo del
Imperio bizantino y su civilización. Durante larguísimo tiempo, el Im-
11 La práctica política bizantina, para evitar el pecado de matar a un emperador depuesto, con­
sistía en dejarlo ciego, incapacitándolo así para seguir reinando.
506 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

perio tuvo la ventaja de ser el único sistema civilizado en la vasta zona


del anterior Im perio romano. La superioridad bizantina de m edios y
tácticas sobre los bárbaros tam bién m antuvo durante largo tiempo a
éstos fuera de las fronteras im periales. La civilizada Persia sasánida,
que gozaba de los medios técnicos y de condiciones de organización
comparables a las de Bizancio, a menudo constituyó un muy peligroso
desafío a la supervivencia del Im perio. Sin em bargo, con H eraclio, el
equilibrio del poder se inclinó decisivamente en favor de Bizancio.
Debe tocarse, por último, la situación agraria del Imperio. A la muer­
te de Teodosio el Grande, el Im perio romano de Oriente m antenía una
estructura rural m ucho más sana que la de O ccidente. Aún existían
m uchos pequeños cam pesinos y no todos los que trabajaban para las
grandes fincas eran dependientes. Como se analizará en la próxima sec­
ción, la gradual desaparición de pequeños granjeros y de cam pesinos
independientes dio por resultado un fatal debilitam iento del poderío
militar bizantino.

C. La situación internacional

Constantinopla, como Roma, finalmente cayó conquistada por un ene­


migo externo: los turcos otomanos. Los ataques extranjeros habían sido
una am enaza constante al desarrollo y la supervivencia misma de Bi­
zancio desde la época crítica de Arcadio. Pero el problema de las agre­
siones externas siempre depende de la fuerza comparativa de los adver­
sarios. Mientras el Imperio bizantino m antuvo su capacidad interna y
no debió enfrentarse a una potencia abrumadoramente superior, como lo
fueron los otom anos en el siglo xv, logró extender su territorio, como
con Justiniano y Heraclio en las primeras décadas, o al menos defender­
lo eficientemente. La situación internacional se volvió peligrosa cuando
los emperadores empezaron a perder su capacidad para movilizar sufi­
cientes fuerzas militares. Tal pérdida resultó, en lo interno, de la crecien­
te autonomía de las grandes familias aristocráticas, a partir de Basilio II.
También fue resultado de las sucesivas pérdidas de territorios a m a­
nos de árabes, norm andos y seljukos, pérdidas que produjeron una
correspondiente reducción de recursos materiales y humanos, hasta que
el antiguo Imperio quedó reducido, a la postre, al enclave de Constan­
tinopla.
Como ya se observó, el Imperio romano de Oriente empezó su curso
separado bajo el régimen incapaz de Arcadio y sobrevivió al catastrófico
fin del Imperio de Occidente, porque las hordas germ ánicas se fueron,
por entonces, hacia Occidente y no hacia Oriente. Tras las décadas ini­
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 507

cíales, a partir del reinado de Justiniano, el Imperio bizantino se enfren­


tó a cinco principales agresores: los persas, los árabes, los búlgaros, los
normandos y los turcos.
La Persia sasánida, dotada de una civilización material y un poderío
militar comparables a los de Bizancio, tendió a extenderse por Occidente
y sometió a su yugo Mesopotamia y toda Asia Menor. Esta última, por
otra parte, fue un área esencial para Bizancio por razones económicas y,
sobre todo, por ser su m ayor fuente para el reclutam iento militar. La
pugna entre los dos imperios, interrumpida por fases pacíficas y hasta
de cooperación, casi se decidió en favor de Persia en tiempos de Cosroes
II (Khursu). Sin em bargo, Heraclio logró reorganizar su ejército y sus
recursos, y lanzó un victorioso contraataque que condujo a la derrota
final de Persia, con la deposición y la muerte de Khursu. La debilitada
Persia nunca volvió a representar una seria amenaza para Bizancio, y en
cambio se volvió presa relativamente fácil de la expansión musulmana.
Pero tam bién Bizancio pagó un alto precio por haber triunfado en este
enfrentamiento.
Los búlgaros intentaron formar un imperio y remplazar a Constanti-
nopla en el área en que predominaba. Amenazaron seriamente el Impe­
rio bizantino a com ienzos del siglo ix, bajo el capaz m ando del rey
Crum. Este logró derrotar y matar al emperador Nicéforo I (811) y, des­
pués de otros triunfos militares, se presentó ante los muros de Constan-
tinopla. Incapaz de superar las defensas de la ciudad, se retiró, pero
devastó Tracia y se apoderó de A ndrinópolis. Sin em bargo, Bizancio
logró vencer a su hijo y sucesor Om ortagun en 815 y recuperó A ndri­
nópolis.
Basilio II (963-1025) (Bulgaroktonos, es decir, m atador de búlgaros),
después de una serie de cam pañas victoriosas (996-1014), finalm ente
aniquiló al ejército búlgaro en Kleidion (1014) y convirtió a Bulgaria en
un Estado dependiente. Sin embargo, los hermanos Asen intentaron un
resurgimiento búlgaro en 1186, y Kaloyán (1197-1207) reorganizó un se­
gundo Imperio búlgaro con el apoyo del papa. El nuevo Imperio llegó a
su apogeo con Juan Asen II (1218-1241) y ocupó el occidente de Tracia,
Macedonia y el norte de Albania, después de vencer, durante la ocupa­
ción latina de Constantinopla, a Teodoro de Epiro en 1230, en Klokoto-
nitsa. El Imperio niceno de Teodoro II Láscaris venció después a los búl­
garos en A ndrinópolis, en 1254, y recuperó M acedonia en 1256; poco
después, el poderío búlgaro se desintegró.
Los enfrentam ientos con árabes, norm andos y turcos en el curso de
varios siglos dieron por resultado la derrota final de Bizancio. Durante
largo tiempo, los bizantinos habían logrado resistir los terribles ataques
508 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

de los árabes, que dos veces sitiaron Constantinopla sin lograr tomarla.
Los inexpugnables muros de tierra y el fuego griego en las batallas nava­
les impidieron que los árabes conquistaran la ciudad. A pesar de todo,
durante un largo periodo, desde fines del reinado de Heraclio (610-640)
hasta la segunda mitad del siglo ix, sucesivas incursiones árabes invadie­
ron Persia, Egipto y zonas del Egeo; condujeron a la ocupación de Asia
Menor y los Balcanes, y privaron a Constantinopla de los recursos mate­
riales y humanos necesarios para sostener el Imperio.
A comienzos del siglo xi, Constantinopla aún poseía fuerzas suficien­
tes para rechazar las prim eras incursiones de los turcos seljukos y los
normandos. La asociación de los normandos de Sicilia con los cruzados
de Francia y Alemania superó los medios militares de Constantinopla.
El desastroso giro de los hechos internos con los tres últim os A ngelo
llevó la cuarta cruzada a Constantinopla y dio a los cruzados la oportu­
nidad de dominar la ciudad y saquearla de la manera más abominable.
La lucha contra los turcos seljukos se volvió una batalla perdida ba­
jo C onstantino X (1059-1067), hasta llegar a la catastrófica derrota de
M anzikert (1071). Desde entonces, C onstantinopla entró en un pro­
ceso de decadencia, acelerado por el paso del Imperio turco de los sel­
jukos a los otomanos en el siglo xm.

6. D e c a d e n c ia y c a íd a

A. Principales factores

La decadencia y caída de Constantinopla presenta ciertas sim ilitudes


con la decadencia y caída de Roma. En ambos casos, la avidez inconte­
nible de los grandes terratenientes, que extendieron sus latifundios a
expensas de los pequeños granjeros y suprim ieron a los cam pesinos
libres para rem plazados por dependientes, fue uno de los grandes fac­
tores que dejaron sin reclutas al ejército. Como consecuencia — además
de otras condiciones— los ejércitos romanos occidentales llegaron a estar
formados por bárbaros y perdieron su anterior eficiencia, y los ejércitos
bizantinos acabaron por depender de m ercenarios. Sin em bargo, con
excepción de los efectos sim ilares que produjo la supresión de los
pequeños granjeros al debilitar su capacidad militar, y aparte tam bién
de que las agresiones extranjeras finalmente superaron a las m enguan­
tes defensas de am bas sociedades, puede decirse que el proceso de la
decadencia bizantina y la caída final de C onstantinopla siguieron un
curso propio, totalmente distinto del caso de Roma.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 509

Roma pasó con gran rapidez de un estado de poderío todavía relati­


vo, bajo Teodosio el Grande (379-395), a su saqueo por Alarico en 410 y a
la siguiente serie de catástrofes. Bizancio tuvo un prolongadísim o pro­
ceso de decadencia, caracterizado por altibajos. La época de Heraclio
(610-641) fue de contraataques victoriosos sobre los persas pero tam ­
bién, en los años finales, de las primeras pérdidas significativas de terri­
torios ante los árabes. Los Isáuricos, los M acedónicos y los prim eros
Comneno correspondieron a muy buenos periodos, aunque los em pe­
radores no pudieron invertir el proceso de expansión de los latifundios
en detrim ento de los pequeños campesinos libres, y tam poco lograron
contener la corriente hacia la autonom ación de las grandes fam ilias
terratenientes. De hecho, el proceso de feudalización progresó durante
todo el periodo de los Com neno y se hizo ya incontenible bajo los in­
competentes gobernantes de la dinastía de los Angelo.
Otra diferencia notable entre las decadencias de Roma y Constantino-
pla consistió en el hecho de que la "barbarización" interna de Roma pre­
cedió a su caída y contribuyó significativam ente a ella, m ientras que
Constantinopla mantuvo hasta el último día su autogobierno al mando
de sus emperadores nativos, salvo durante el breve periodo de la ocu­
pación latina. Roma llegó a su triste fin cuando semibárbaros germanos
se adueñaron del poder central y la som etieron a un proceso relativa­
mente rápido de extinción, en que toda una sucesión de em peradores
peleles, en el curso de dos decenios, fue interrumpida sin derram amien­
to de sangre cuando Odoacro, en 476, depuso al último: Rómulo Augús-
tulo. Constantinopla tuvo un fin trágico y heroico, y su emperador legí­
timo, Constantino XI, pereció en su última y desesperada lucha contra
los turcos.
La decadencia de Bizancio como civilización y como Estado fue un
largo proceso que siguió, como ya se ha observado, un curso de altibajos
y cuya tendencia sólo se volvió irreversible tras la primera mitad del si­
glo xn. El gobierno incompetente de los Angelos acentuó las debilidades
del Estado, en un momento en que el peligro de los cruzados — que la
diplomacia de Alejo Comneno en 1096-1097 había logrado eludir— llegó
a su cúspide con la cuarta cruzada. Antes y después de la ocupación de
C onstantinopla por los cruzados, varios factores contribuyeron a ese
proceso de declive. Estos factores fueron de carácter cultural, socioeco­
nómico y político-militar.
510 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

B. Los factores culturales

Entre los factores culturales que contribuyeron a la decadencia de la


civilización bizantina deben hacerse notar particularmente dos aspectos
o características de ésta: 1) el aislamiento del cristianism o ortodoxo en
un mundo cristiano no eslavo cada vez más dominado por Roma, y 2) el
carácter dogmáticamente religioso del civismo bizantino y el punto has­
ta el cual la lealtad al Estado dependía de las doctrinas religiosas que
éste sostuviera.

El aislamiento religioso

El aislam iento religioso fue resultado del desarrollo desigual de los


sucesores de las dos partes del Imperio romano, agravado por el grado
cada vez mayor en que la religión de Bizancio se convirtió en la caracte­
rística decisiva de su civilización.
En las condiciones caóticas del Imperio rom ano de Occidente y de
sus Estados sucesores en el curso del siglo v y siguientes hasta la conso­
lidación de la hegemonía franca con Carlomagno, el Imperio romano de
Oriente y su continuación bizantina representaron un área de civiliza­
ción cristiana rodeada por bárbaros, por la Persia zoroástrica y, tras
el desplome de ésta, por infieles islámicos. Constantinopla pasó a ser el
verdadero centro del cristianism o, pese a la im portancia relativa que
gradualmente fueron adquiriendo los obispos de Roma. En tales condi­
ciones, en los bizantinos se desarrolló un comprensible sentido de supe­
rioridad sobre O ccidente, el cual se negaron a abandonar cuando la
correlación de poder entre Bizancio y Occidente se inclinó en favor de
este último, tras la segunda mitad del siglo xi.
La especificidad religiosa en el Im perio bizantino fue reforzada en
particular por la fusión, en su cultura, de religiosidad y civismo. El cris­
tianismo ortodoxo, mucho más que una negativa (legítima) a aceptar la
cláusula áefilioqu e del credo romano, fue la expresión de la identidad
cultural y de la especificidad de la civilización bizantina y el com ponen­
te espiritual de su civismo.
La unión de las Iglesias fue deseada por Roma como auténtica aspira­
ción religiosa y como manera de asegurar, en el plano práctico, la uni­
dad de la fe cristiana. Pero tam bién fue volviéndose, cada vez más,
cuestión de afirm ación de la autoridad suprem a del papa, cuando la
suprem acía religiosa papal fue reconocida en Occidente como atributo
del sucesor de san Pedro. También tuvo implicaciones políticas en favor
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 511

de algunas potencias europeas, ya fuese el Sacro Imperio romano de los


emperadores germanos, el reino franco o el de los normandos de Sicilia,
según las diversas condiciones y lealtades papales.
Sigue siendo válido preguntar hasta qué grado una aceptación opor­
tuna y verdadera de la unión religiosa con Roma, incluso de la supre­
macía papal, por los bizantinos habría conseguido un satisfactorio apo­
yo m ilitar para éstos. La respuesta sería distinta según el m om ento
histórico que se considere, por ejem plo, antes de la cuarta cruzada
— cuando habría podido ser fructífera— o después de la reconquista de
Constantinopla, cuando se intentó. El único conocimiento que tenemos
concierne a las dos ocasiones, tras la recuperación de Constantinopla,
en que entró en efecto formalmente la unión de las Iglesias. La primera,
bajo Miguel Paleólogo, en el Concilio de Lyon en 1274, y la segunda en
1439 con Juan VIII Paleólogo, en el Concilio de Florencia.
El prim er docum ento de unión form alm ente firmado lo fue por el
papa Gregorio X (1271-1276) y el em perador Miguel VIII Paleólogo
(1261-1282), y los cofirmantes fueron el gran logoteta Jorge Acropólito,
el ex patriarca Germano y el metropolitano Teófanes de Nicea. Miguel
VIII, habiendo recuperado de los latinos el dominio de Constantinopla,
tuvo clara conciencia de la flaqueza m ilitar del im perio reconstruido,
que ya era seriamente amenazado por los turcos y, con realismo, estuvo
dispuesto a pagar el precio necesario por obtener un apoyo militar satis­
factorio de las potencias occidentales. Por su parte, Gregorio X tenía no
m enor conciencia de que el cristianism o oriental no podría resistir,
estando cada vez más completamente rodeado por los turcos, si no reci­
bía un decisivo apoyo militar de Occidente. En el Concilio de Lyon, la
unión de las Iglesias se celebró el 6 de julio de 1274, con la intención de
que ambas partes la pusieran realmente en vigor.
Sin em bargo, los acontecim ientos siguieron una dirección distinta.
Miguel VIII tropezó en el interior con una enérgica resistencia a la unión
que creó una peligrosa división entre una minoría de espíritus realistas,
en apoyo del emperador, y una mayoría de dogmáticos que considera­
ban esa unión como una traición a la fe ortodoxa y a la identidad cultu­
ral del país. En Occidente, las cosas tomaron un curso sumamente des­
favorable: Gregorio murió dos años después y fue remplazado por otro
papa también inclinado a la unión, Nicolás III (1278-1281), pero éste fue
seguido por un papa adverso, M artín IV (1281-1285), antes de que
pudiesen tomarse medidas prácticas. Carlos de Anjou deseó adueñarse
de Constantinopla e hizo todo lo que pudo por impedir que ésta recibie­
se ayuda militar durante los pontificados de Gregorio y Nicolás III. Con
el papa francés Martín IV, simplemente hubo una inversión formal de la
512 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

política anterior. El nuevo papa emitió una condenación del emperador


"cism ático" y declaró que lo deponía del trono. Constantinopla se salvó
gracias a la sagacidad de Miguel VIII, quien, previendo la posibilidad
de dicha inversión, organizó una eficaz resistencia a Anjou en sus pro­
pios dominios sicilianos y provocó una rebelión el 31 de marzo de 1281,
en ocasión de las célebres "Vísperas sicilianas".
El segundo intento por imponer la unión ocurrió durante el pontifica­
do de Eugenio IV (1431-1447) y el reinado del emperador Juan VIII Pa­
leólogo (1421-1448). Tal fue un último y desesperado esfuerzo por resca­
tar el Im perio bizantino, que ya estaba prácticam ente reducido a su
enclave de Constantinopla. El proceso de unificación tropezó con una
dificultad inicial, resultante de las rivalidades en la Iglesia de Occidente
entre el papa y los conciliaristas, que se reunieron en Basilea. Juan VIII
optó claram ente por el papa y se embarcó en 1437 hacia el Concilio de
Ferrara, seguido por el viejo patriarca José II; Bessarión, obispo de Nicea;
Isidoro, obispo de Kiev; Marcos Eugenikos, obispo de Efeso (quien se
negó a firmar el tratado); Jorge Escolarlos, quien después sería patriar­
ca, y Pletón. En total, fueron 700 los dignatarios bizantinos que se encon­
traron con el papa en Ferrara y lo siguieron a Florencia, cuando en 1439
el Concilio se trasladó a esa ciudad.
El Concilio de Florencia fue una reunión difícil, porque el deseo de
los participantes de llegar a un acuerdo tuvo que superar los habituales
obstáculos de una grave divergencia, particularmente con respecto a la
delicada cuestión del filioque. Sin embargo, se llegó a un acuerdo sobre
asuntos im portantes, y la delicada cuestión del filioque fue resuelta
mediante la fórmula "el Espíritu Santo procede del Padre por medio del
H ijo". La formal declaración de unidad fue solemnemente firmada el 6
de julio de 1439, con la citada abstención de Marcos Eugenikos.
A su regreso, la delegación bizantina fue muy mal recibida en Cons­
tantinopla, acusada de traicionar los principios de la Iglesia ortodoxa. El
hecho de que Marcos Eugenikos se hubiese negado a firmar el acuerdo
lo convirtió en un héroe nacional. Jorge Escolados se arrepintió pública­
mente de su apoyo a la unión. Isidoro, obispo de Kiev, fue detenido en
Rusia como traidor, y finalm ente huyó a Italia. También Bessarión se
trasladó a Italia. Sin embargo, el emperador Juan VIII, consciente de la
desesperada situación de Bizancio, mantuvo su posición. Por su parte,
el papa Eugenio intentó organizar una cruzada de apoyo a Constantino­
pla y confió al cardenal Cesarini la tarea de movilizarla. Pese a todos los
esfuerzos del papa, los resultados prácticos fueron limitados. La única
m edida eficaz fue la organización de un contingente húngaro serbio,
relativam ente pequeño, de 25 000 hombres. El sultán otomano Murad
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 513

II, después de sufrir varias derrotas iniciales, obtuvo una tregua de 10


años, al prometer que retiraría casi todas sus fuerzas a Asia Menor. Sin
embargo, la curia romana, convencida de que la fuerza expedicionaria
podría expulsar de Europa a los turcos con la prometida ayuda naval de
Venecia, insistió en continuar el ataque. El cardenal Cesarini convenció al
joven rey de Hungría, Ladislao III, de romper la tregua y lo absolvió de su
juramento. Sin embargo, los serbios, satisfechos con la tregua, se retira­
ron de la expedición, y Venecia no envió las naves prometidas. Las débi­
les fuerzas restantes fueron abrumadoramente derrotadas por los turcos
al mando personal de Murad, en Varna, el 10 de noviembre de 1444; el rey
Ladislao y el cardenal Cesarini perecieron en el combate. Y así, el segun­
do intento de unión con Roma también terminó en completo fracaso.

El civismo religioso

La fusión de religión y patriotism o, característica de la civilización


bizantina, produjo efectos contradictorios. Por una parte, fue una pode­
rosa fuerza cohesiva que contribuyó decisivam ente a la unidad social
del Imperio romano de Oriente, fuerza que faltó en la mitad occidental.
Por otra parte, empero, hizo que la lealtad cívica al Estado y al em pera­
dor dependiera excesivam ente de que com partieran las m ismas ideas
teológicas. La controversia entre los iconoclastas y los iconodulios tuvo,
en lo social, aspectos peligrosamente divisivos. Aún peor fue la acusa­
ción de los m onofisitas, condenados por el Concilio de Calcedonia de
451; las Iglesias monofisitas del Oriente cristiano, en Egipto y Siria, lle­
varon a sus partidarios, según algunos estudiosos, a considerar a la
Iglesia diofisita de C onstantinopla como un mal peor que el Islam , y
contribuyeron decisivamente a la islamización de estas zonas. La pérdi­
da de tales regiones debilitó considerablemente al Imperio bizantino al
privarlo de una gran parte de sus recursos económicos y humanos.

C. Los factores socioeconómicos

La decadencia y caída del Imperio bizantino, sin subestimar los efectos


negativos de algunas de sus características religiosas (ya analizadas bre­
vem ente), se debió en esencia a la gradual reducción de sus recursos
económicos, políticos y humanos, hasta que, por último, el Imperio per­
dió su capacidad para sostenerse por sí mismo. A este resultado contri­
buyeron dos principales factores: la gradual e incontenible expansión
514 LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA

de las grandes fincas con la correspondiente eliminación de un campesi­


nado libre/de cuyos sustratos podían reclutarse soldados, y la progresi­
va feudalización de la aristocracia terrateniente, que debilitó el poder de
los emperadores y redujo sus ingresos fiscales.
La expansión de las grandes fincas a costa de los pequeños campesi­
nos había adquirido ya una dim ensión peligrosa desde la segunda
m itad del siglo xi, bajo el gobierno de la aristocracia civil inaugurada
por C onstantino X Ducas (1059-1067), y continuó con los siguientes
emperadores hasta Nicéforo III Botardates (1078-1081). También las pro­
piedades eclesiásticas se extendieron, así como el uso de conceder tie­
rras, habitualmente de por vida, a cambio de ciertos servicios: la pronoia;
asimismo, la práctica de aceptar compensaciones pagadas en lugar del
servicio militar también llegó a difundirse. El efecto combinado de estas
costumbres fue una reducción considerable de la capacidad militar del
Imperio, que facilitó la penetración de los turcos seljukos; éstos tomaron
Ani y asolaron Armenia (1064), hasta culminar en la desastrosa derrota
infligida al emperador Romano IV Diógenes en la batalla de Manzikert
(1071). Pocos años antes, los normandos tomaron Otranto y Bari (1071),
poniendo fin al régimen bizantino en Italia.

D. La feudalización

La incontenible expansión de las grandes fincas, además de que redujo


el número de los pequeños campesinos libres y, por tanto, de la mano de
obra disponible para el reclutamiento militar, también condujo a la for­
mación de un feudalismo terrateniente. Los terratenientes organizaron
sus propias guardias de corps, convirtieron el gobierno de las provin­
cias en función hereditaria y tomaron posesión de sus ingresos fiscales,
dejando al gobierno central absolutam ente dependiente de su buena
voluntad de colaborar.
A lejo Com neno (1081-1118) desplazó a la aristocracia civil, que se
había adueñado de Constantinopla desde Constantino X Ducas, con una
dinastía de hombres capaces. Sin embargo, los Com neno tuvieron que
enfrentarse a un sistema político que había perdido su fuerza central. El
verdadero poder lo ejercían grandes fam ilias de terratenientes, y sólo
contando con ellas podían los emperadores levantar sus ejércitos, como
lo había m ostrado la anterior derrota bizantina en M anzikert (1071),
cuando Andrónico Ducas retiró sus fuerzas en medio de la batalla. Los
emperadores habían quedado dependientes de la voluntad de los terra­
tenientes para todas sus empresas.
LA CIVILIZACIÓN BIZANTINA 515

Las intrigas que rodearon el trono de los últimos Ángelos abrieron las
puertas de Constantinopla a la cuarta cruzada y condujeron a la instala­
ción del reino latino. Sin embargo, el Imperio bizantino ya estaba priva­
do de todos los medios económicos, políticos y militares necesarios para
sostenerse. Los Paleólogos, al recuperar en 1261 el dominio de Constan­
tinopla, heredaron el fantasm a de un im perio que, pese a su precaria
supervivencia durante otros dos siglos, nunca pudo recuperar un nivel
satisfactorio de sostenibilidad. Desde 1082, el Imperio se había visto obli­
gado a pedir a los venecianos y genoveses que lo reforzaran con el pode­
río naval que ya no tenía medios —si no determinación— de reconstruir.
A cambio, se vio obligado a cederles el control de su comercio.
La decadencia de Bizancio, vista en retrospectiva, fue un largo proce­
so en el curso del cual acontecim ientos internos, relacionados con dis­
tintos niveles y formas de disputas del poder,, redujeron los recursos
económ icos, políticos y humanos de que disponía el gobierno central.
La insuficiencia de riquezas causó derrotas militares, resultantes en pér­
didas de territorio y de población, lo que produjo una nueva dism inu­
ción de sus recursos. Para compensar tales reducciones se establecieron
acuerdos con potencias exteriores, como Venecia y Génova, a las que se
pidió que enviasen las flotas requeridas por la defensa y el comercio que
el Im perio había perdido la capacidad de restablecer. A cam bio, hubo
que ceder a esos países extranjeros recursos adicionales; de esta manera
Bizancio, incapaz en el curso de sus últimos siglos de administrar con­
venientemente sus propios recursos y de vivir de sus ingresos, tuvo que
cederlos gradualmente para sobrevivir en condiciones cada vez peores.
Im plorar el apoyo militar de Occidente, que los últim os em peradores
desesperadam ente intentaron obtener, se volvió la últim a posibilidad
de Bizancio, pero que sólo dio por resultado hum illaciones inútiles.
Reducido a una situación de im potencia, C onstantino XI, en lugar de
rendirse o huir, prefirió luchar hasta la muerte en defensa de su ciudad
ya condenada.

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X. EL ISLAM*

1. I n t r o d u c c i ó n

A . El paisaje y el entorno

La civilización islámica nació en Arabia con la misión del profeta Maho-


ma entre los árabes. Aunque gran parte de la península arábiga es de­
sértica, también hay importantes zonas apropiadas para la agricultura
sedentaria, entre ellas el territorio del Yemen actual en el suroeste, que
en gran parte es montañoso y atrae considerables lluvias del m onzón,
así como ciertas partes de Omán en el sureste y algunas áreas de las pro­
vincias orientales de Arabia Saudita. Aun en las zonas desérticas hay
oasis, como M adinah y H aybar en el Hiyaz (la zona occidental de la
moderna Arabia Saudita), donde es posible practicar la agricultura.
Desde tiem pos antiguos también se establecieron centros com erciales
como Shabwa en Hadramawt y La Meca en el Hiyaz, donde se han des­
arrollado ciudades pese a la falta casi absoluta de em balses y corrien­
tes de agua permanentes.
D urante las prim eras conquistas m usulm anas que siguieron a la
muerte de Mahoma en 632, la civilización islámica se desarrolló en pai­
sajes muy distintos. Gran parte del M edio Oriente es, desde luego, de­
sértica. El desierto de Siria es una extensión septentrional de los desier­
tos de la Arabia central. Aparte de las áreas situadas a lo largo de la
línea costera mediterránea, gran parte de África del Norte es de desierto
(el Sahara, palabra árabe que simplemente significa "el desierto"). A si­
mismo, gran parte de Irán central es un desierto de sal, mientras que al
noreste de la meseta iraní gran parte del Turquestán también es un de­
sierto de arena.
Acaso el desierto sea la característica más notable de los panoram as
de tierra firme musulmana, pero muchos otros paisajes y entornos son
tam bién im portantes. Existen altas cim as en los m ontes Zagros, entre
Irak e Irán, el Cáucaso y la cordillera de Elburz, en el extremo m eridio­
nal del mar Caspio. Más al este, en el Turquestán, las elevadas cordilleras
del Hindú Kush, los Pamires y el Tien Shan se encuentran en los límites

* Las secciones 1, 2 y 3 de este capítulo fueron escritas por Hugh Kennedy.

517
518 EL ISLAM

orientales del m undo islám ico tradicional. También al oeste se hallan


altas cordilleras, especialmente el Atlas y el Antiatlas de M arruecos, y
más al norte los Pirineos forman la última frontera de la conquista islá­
mica. A los ejércitos m usulm anes se les dificultó particularm ente la
penetración en áreas montañosas, y a menudo los pueblos de estos dis­
tritos conservaron sus tradicionales culturas y costumbres mientras los
de zonas más pobladas habían sido ya conquistados y empezaban a asi­
milar la cultura árabe musulmana. Tales "islas" de resistencia local pue­
den encontrarse entre los curdos de los Zagros, los armenios y georgia­
nos del Cáucaso, los bereberes del A tlas y los cristianos del norte de
España.
También hubo áreas de lluvias moderadas, adecuadas para el pasto­
reo o la agricultura. Siria y Palestina, el norte de Irak, A zerbaiyán en
Irán nordoccidental y gran parte de Túnez y Marruecos entran en esta
categoría. Era una tierra capaz de mantener a granjeros o pastores y que
también permitió el desarrollo de ciudades de tamaño intermedio, como
Alepo y Jerusalén en Siria, Tabriz en Azerbaiyán, y Fez y Marrakesh en
Marruecos. Aunque estas ciudades no pudieran rivalizar en tamaño o
importancia con El Cairo o Bagdad, de cualquier manera desempeñaron
un papel destacado en la historia del mundo musulmán.
En marcado contraste con los desiertos y las montañas agrestes esta­
ban los fértiles valles ribereños. Allí, una agricultura de riego podía
mantener a grandes contingentes de personas, y la tierra producía dos o
tres cosechas anuales. Fue en esas zonas donde primero se desarrolló la
civilización urbana desde 6000 a.C. y donde continuó floreciendo bajo el
régimen islámico. Los más importantes de estos valles ribereños fueron
los del Tigris y el Eufrates en Irak, y el del Nilo en Egipto, que m ante­
nían a Bagdad y El Cairo, las dos m etrópolis más grandes del mundo
m usulmán. También eran importantes otros valles ribereños de menor
tamaño: el Barada, que regaba el oasis de Damasco, el Zayandeh Rud,
que m antenía a Isfahán, y el Zarafshan, que daba vida a los oasis de
Sam arcanda y de Bujara, ejem plos de corrientes menores que, no obs­
tante, hicieron surgir oasis y ciudades que harían una contribución fun­
damental a la civilización islámica. Estas tierras regadas eran, potencial­
m ente, las zonas más ricas del M edio O riente, pero la tecnología del
riego exigía estabilidad e inversión. Eso se afirmaría en especial con res­
pecto a los sistemas de canales de Irak y los túneles subterráneos — los
qanats — de Irán. Pero fácilmente podían ser alterados y destruidos en
periodos de invasión o guerra civil. El sistema agrícola de Egipto, que
dependía de la crecida natural del Nilo, era más resistente a los distur­
bios políticos.
EL ISLAM 519

6. Los pueblos

Las variadísimas tierras del mundo islámico estuvieron habitadas por


m uchos pueblos distintos, que parcialm ente se diferenciaban por su
lengua y su identidad étnica. Desde luego, estaban los árabes, que por
la época del nacimiento del Islam habían sido confinados a la península
arábiga, al desierto de Siria y sus m árgenes. Después de las grandes
conquistas musulmanas, muchos árabes se establecieron en otras zonas,
como Irak y Egipto, y después en el Maghreb y partes de Irán. Al mismo
tiempo, muchos pueblos indígenas empezaron a hablar el árabe como su
lengua nativa y así se volvieron, en realidad, árabes. De este m odo, los
árabes surgieron como el grupo predominante en el Cercano Oriente y
en el Africa septentrional.
Sin embargo, otros grupos étnicos lograron conservar gran parte de
su lengua y su cultura aun después de convertidos al Islam. El ejemplo
más notable de esto ocurrió en Irán, donde la gran mayoría del pueblo
se convirtió al Islam antes del año 1000, pero donde el persa, y no el ára­
be, ha seguido siendo la lengua predominante. Lo mismo puede decirse
de los parlantes turcos del Turquestán, Azerbaiyán y la m oderna Tur­
quía, cuyos pueblos se han vuelto musulmanes, pero no árabes. Los cur­
dos de Irak, Irán y Turquía, así como los bereberes del M aghreb son
otros ejem plos de m usulmanes que no hablan árabe: aunque ninguna
de estas naciones ha desarrollado un Estado m oderno, sus identidades
étnicas siguen con vida.
En contraste, algunos pueblos han adoptado el árabe como su lengua
nativa, sin volverse m usulm anes. Los más conocidos probablem ente
son los maronitas de Líbano y Siria y los coptos de Egipto, grupos ambos
que han seguido siendo cristianos aunque estén enteram ente arabiza-
dos. Hasta hace poco pudo decirse esto de los judíos de Yemen, Irak y
otros países árabes, que hablaban el árabe.
Los pueblos se pueden catalogar por su identidad étnica, pero tam ­
bién por sus costumbres y por el entorno en que viven. El estilo de vida
más característico de M edio Oriente es el de los nóm adas: aunque en
realidad siempre han integrado una parte bastante pequeña de la pobla­
ción, desem peñaron un papel desproporcionado en política hasta el
siglo xvi. Los nómadas varían grandemente en su grado de interacción
con los pueblos sedentarios. Algunos nómadas "p u ros" casi no entran
en contacto con asentamientos, y otros viven en una clara simbiosis con
los pueblos de los oasis y las aldeas. Pueden encontrarse nóm adas
"puros" entre los beduinos de la Arabia interior y los tuaregs bereberes
del Sahara y algunos grupos de Asia central, los pueblos túrquicos,
520 EL ISLAM

en especial los mongoles, todos los cuales viven casi exclusivamente de


sus anim ales. Otros grupos nóm adas, como los beduinos del desierto
de Siria y del Maghreb o la mayoría de los nómadas bereberes, estuvie­
ron mucho más integrados a una sociedad sedentaria e intercambiaron
productos animales por cereales y otros productos agrícolas o manufac­
turados.
Además de los nómadas, también hubo importantes grupos trashu­
mantes, es decir, pueblos que explotaban el medio montañoso, pasaban
el verano en las tierras altas y llevaban sus bestias a las tierras bajas en el
invierno. Típicos de tales poblaciones fueron los turcomanos del sur de
A natolia y los m ontes Zagros, los curdos y algunos de los bereberes
del Atlas marroquí.
Los pastores acaso hayan desempeñado un papel sobresaliente en la
historia y la sociedad islámicas, pero es muy probable que, a lo largo de
su devenir, la m ayoría de los habitantes del M edio O riente islám ico
vivieran en aldeas y fueran granjeros sedentarios. En gran parte de Irán,
por todo el Creciente Fértil, en Yemen y el norte del Maghreb, el paisaje
estuvo punteado por pequeños asentam ientos nucleares de granjeros
que cultivaban las tierras circundantes. En contraste con Europa occi­
dental, las clases altas casi nunca vivieron en las aldeas, sino que prefe­
rían las ciudades o, en ocasiones, los cam pam entos nóm adas, y los al­
deanos rara vez desem peñaron un papel en la historia política. Sin
embargo, como proveedores de alimentos, contribuyentes y ocasional­
mente como soldados de infantería, fueron la verdadera espina dorsal
de los regímenes musulmanes.
La gente de la ciudad ha desempeñado un papel mucho más im por­
tante en los anales históricos. El Islam fue fundado por un citadino
(M ahom a) y siem pre ha encontrado su mayor fuerza en las ciudades
entre los mercaderes de los suqs y los bazares que rodean la mezquita.
Pueblos y ciudades poseen m ezquitas donde los fieles se reúnen en la
plegaria del viernes, y escuelas donde se enseña el derecho musulmán.

2 . S ín t e s is h i s t ó r ic a

A . Mahoma y los "Rashidun"1

La historia de la civilización islámica empieza con la misión de un hom­


bre, M ahoma, el profeta de Alá. Mahoma nació cerca de 570 d.C. en la

La palabra Rashidun ("bien dirigidos", en árabe) designa a los cuatro primeros califas.
EL ISLAM 521

ciudad com ercial de La Meca, en la Arabia occidental. A unque era


miembro de la tribu de Quraysh, que dominaba la ciudad y custodiaba
el antiguo santuario que hay en su centro, su propia fam ilia, los Banu
Hashim, no figuraba entre las más ricas. Como muchos otros jóvenes de
la ciudad, M ahoma se dedicó al com ercio y sus negocios lo llevaron a
Siria, donde entró en contacto con monjes cristianos. Cerca del año 600,
su vida cambió profundamente cuando empezó a tener revelaciones de
Alá, que le ordenaba predicar una nueva fe a los habitantes de La Meca.
El sencillo m ensaje era que no había más Dios que A lá, que los ricos
debían ayudar a los pobres y que todos los hombres serían juzgados en
la otra vida.
M ahoma pronto ganó unos cuantos firmes conversos, pero en La
Meca sus enseñanzas fueron mal vistas por m uchos, quienes sentían
que el profeta amenazaba su santuario y su comercio. En 622, Mahoma
y sus discípulos más directos aceptaron una invitación para acudir a la
ciudad de Medina, por entonces llamada Yathrib, unos 300 kilómetros
al norte. Esta em igración, conocida como la hijra, señala el com ienzo
de la era islámica. Yathrib estaba dividida por los odios que separaban
a las principales tribus, y Mahoma se convirtió en juez y mediador. Pron­
to se le conoció como el personaje más im portante de la ciudad, y sur­
gió así la ummcih o comunidad musulmana. El papel de Mahoma siguió
confirmándose gracias a nuevas revelaciones, reunidas para dar forma
al Corán.
Entre 622 y 628, Mahoma encabezó a los musulmanes en su combate
contra los habitantes de La Meca, pero se llegó a un acuerdo temporal.
La piedra negra del santuario de la ciudad se convirtió en centro de
peregrinaciones musulmanas, y en 630, al cesar la resistencia de La Meca,
Mahoma entró en ella como conquistador. Sin embargo, siguió residien­
do en Medina. En los dos últimos años de su vida, su influencia se pro­
pagó por toda Arabia, y muchos árabes aceptaron el Islam,
Al morir en 632, Mahoma no dejó a un sucesor generalmente recono­
cido. Se adueñó del poder un grupo de emigrantes que lo habían acom­
pañado desde La Meca en 622, encabezados por Abü Bakr y Ornar bin
al-Khattab, que habían excluido al primo y yerno del profeta, A lí bin Abi
Talib, quien también gozaba del apoyo de gran parte del ansar, o sea, el
pueblo de Medina.
Abü Bakr gobernó como califa (sucesor o delegado) durante dos
años (632-634) y fue sucedido por Ornar (634-644). Durante este periodo,
los ejércitos musulmanes fueron enviados primero contra aquellos árabes
que se habían apartado del Estado musulmán tras la muerte del profeta,
y luego contra los países del norte. En una asombrosa serie de victorias,
522 EL ISLAM

Palestina y Siria fueron arrancadas al Im perio bizantino en 632-640 y


Egipto en 640-641. Al mismo tiempo, atacaron el Imperio sasánida; gran
parte de Irak había caído en sus manos en 642, y poco después com en­
zaría la conquista de Irán. Los árabes obtuvieron una completa victoria
en Nihavand en 641, y la conquista casi se com pletó con la m uerte en
652 del último rey sasánida: Vazdegard III.
Pero la victoria sobre los enemigos del exterior no significó la paz en
el interior. En tiem pos del tercer califa, Uthman (644-656), surgió una
creciente oposición del grupo gobernante de Quraysh y de otros musul­
manes, la cual culminó con el asesinato del viejo califa en 656, a manos
de rebeldes llegados de Egipto. Entonces, A lí ascendió al califato, pero
tropezó con la oposición de la mayoría de los qurashis y de un pariente
de Uthman, Mu'awiya, gobernador de Siria. Al cabo de un tiempo, tras
un periodo de guerra civil, Alí fue asesinado en Kufa, Irak, en 661, y
Mu'awiya bin Abi Sufyan se estableció como califa.
Las conquistas árabes habían constituido triunfos asom brosos. La
mayoría de los árabes se estableció en ciudades especialmente construi­
das, como Basra y Kufa en Irak, y Fustat (el antiguo Cairo) en Egipto.
Cobraron impuestos a los pueblos sometidos, pero en general no inten­
taron apoderarse de sus tierras y demás propiedades. Se hicieron pocos
intentos de convertir por la fuerza a los pueblos al Islam, y en su mayoría
éstos conservaron sus antiguas creencias cristianas, judías o zoroástricas.

B. El califato umayyad (661-750)

M u'awiya (661-680) fue el primer gobernante de la nueva dinastía. Bajo


los umayyad, los árabes lograron hacer nuevas conquistas. Por el oeste,
al llegar al año 700 habían sometido a toda África septentrional, y entre
711 y 716 a España, m ientras por el este fueron obligados a someterse
Turquestán y Sind entre 705 y 715. Sólo por el norte fracasaron las armas
árabes. C onstantinopla, capital del Im perio bizantino, logró soportar
una serie de asedios, el último de ellos en 716-717.
El periodo umayyad también presenció la organización del gobierno
islámico. Al frente de las provincias estaban unos gobernadores (emires)
que solían ser elegidos entre los principales partidarios sirios de la dinas­
tía gobernante. Se desarrolló un sistema fiscal basado en el im puesto a
la tierra (kharaj) y el im puesto común, pagado por los no m usulmanes
(jizya). En tiempos del califa Abd al-Malik (685-705), tal vez el más gran­
de de los gobernantes um ayyad, se introdujo una m oneda estándar,
basada en el dirham de plata y el diñar de oro. Durante este periodo tam­
EL ISLAM 523

bién se emprendió la construcción de los primeros edificios m onum en­


tales del Islam, como la Cúpula de la Roca en Jerusalén y la Gran M ez­
quita de Damasco.
El califato umayyad fue un imperio gobernado por árabes sirios, que
excluyó del poder a casi todos los demás grupos. Esta distinción causó
un creciente resentim iento, tanto entre otros árabes como entre los no
árabes convertidos al Islam. Los problemas del régimen se agudizaron
por una creciente división en el ejército entre los grupos qaysi (norte de
Africa) y yemeni (Arabia del Sur). Tras la muerte del último gran califa
de la dinastía, Hisham (724-743), tal situación derivó en una abierta gue­
rra civil.
Los grupos opuestos al régimen de los umayyad sirios deseaban un
cam bio de jefatura y buscaron entre la fam ilia del profeta. En Irak
muchas personas, a quienes iba llamándose 'Tos sijs", deseaban que la
familia de Alí bin Abi Talib se pusiera al frente, pero después de los fra­
casados intentos de Husayn bin Alí en 680 y de Zayd bin Alí en 740 por
adueñarse del poder, la iniciativa pasó a los descendientes de Abas, tío
del profeta. Los abásidas recibieron el apoyo de los belicosos musulma­
nes de Khorasán, en las fronteras nororientales del mundo musulmán, y
en 747 estalló una rebelión en Marw, capital de la provincia.

C. El califato abásida (750-1268)

En 749-750, los abásidas y sus partidarios (de origen persa m uchos de


ellos) derrotaron al último califa umayyad, Marwan II, y se proclam a­
ron califas. Desde 750 hasta la m uerte de Harún al-Rashid en 809, los
califas abásidas gobernaron casi todo el mundo m usulmán, con excep­
ción de M arruecos y España, donde una rama de la fam ilia umayyad
regía en forma independiente. Bajo el gran califa al-Mansur (754-775), el
poderío de los abásidas llegó a su cúspide. En 768, al-Mansur fundó una
nueva capital en Bagdad, que rápidam ente se convirtió en la ciudad
más populosa del mundo islámico. Los no árabes cobraron una influen­
cia cada vez mayor en la vida política del califato, y los barmécidas per­
sas dominaron el gobierno hasta que su poder fue dramáticamente des­
truido en 806 por Harún al-Rashid.
El poderío abásida quedó gravemente debilitado por la guerra entre
los hijos de Harún al-Rashid, y cuando fue restaurado, en tiempos de al-
M a'm um (813-833) y al-M u'tasin (833-842), había cam biado conside­
rablemente. Al-M u'tasin llevó soldados turcos de Asia central para for­
mar un nuevo ejército de élite, y para ellos edificó una nueva capital en
524 EL ISLAM

Sam arra, al norte de Bagdad. Los m usulm anes, tanto árabes com o no
árabes, estaban ahora sometidos a los turcos y otros soldados extranje­
ros. Desde el asesinato de al-Mutawwakil en 861 hasta 870, los califas en
realidad fueron prisioneros de estas tropas, que los elegían o deponían a
su capricho. A partir de 870 hubo un lento resurgimiento del poder de
los califas, ahora basados nuevamente en Bagdad, pero el reinado de al-
M uqtadir (908-932) presenció el com pleto desplome del califato. Des­
pués de 945, los califas fueron figuras fantasmales sin ninguna autori­
dad real fuera de los muros de sus palacios.
D urante los años de confusión y guerra civil, el califato em pezó a
desm em brarse: después de 809, el M aghreb conquistó su verdadera
independencia, y a partir de 868 Egipto fue independiente, bajo la
dinastía tulímida. En el este de Irán, los safáridas desde 867 y los samá-
nidas desde 875 establecieron dinastías independientes. El Irán occiden­
tal fue tomado por los buyidas en 932, y en 945 se adueñaron del propio
Irak, corazón mismo de los califas abásidas. El título de califa también
fue usurpado por los fatimidas, otra rama de la familia del Profeta, en el
norte de Á frica, a partir de 909, y en 929 por los umayyad españoles.
A mediados del siglo x, la unidad política del mundo musulmán estaba
quebrantada y no se restauraría jam ás. Los abásidas sobrevivieron
como califas reconocidos por los musulmanes sunnitas durante varios
siglos, y a finales del siglo x i i y comienzos del xm recuperaron una parte
de su poderío político en Irak. Sin embargo, la llegada de los mongoles
puso fin a todo esto, y en 1258 el último califa de Bagdad fue ejecutado
por ellos. A partir de entonces, se estableció en El Cairo un im potente
califato fantasma.

El califato fatimida (909-2170,)

La destrucción del Imperio abásida en el siglo x fue acompañada por la


aniquilación de la prosperidad agrícola del Irak m eridional. Desde
entonces, el centro político, económico y cultural del mundo islámico se
trasladó a El Cairo en el oeste y a Irán en el este.
Los fatimidas afirmaban ser descendientes de Fátima, hija del profe­
ta, y de su marido Alí bin Abi Talib. En 909 lograron adueñarse de Qay-
rawan, por entonces capital de Túnez, y el fatimida Ubayd Alá fue pro­
clamado califa, con el título de al-Mahdi (el Mesías). Con ayuda de los
bereberes kutam as de las m ontañas de la Argelia occidental pronto
extendieron su poder por el Maghreb, pero su verdadera am bición
seguía siendo fungir como califas de todo el Islam. En 969, el general fa-
EL ISLAM 525

tímida Jawhar conquistó Egipto y fundó la ciudad de El Cairo, que llegó


a ser la capital fatim ida cuando el califa al-M u'izz se trasladó hacia el
este. Los fatimidas pronto conquistaron gran parte de Palestina y el sur
de Siria y enviaron agentes a Irak e Irán. Sin embargo, sus esfuerzos por
unir el mundo musulmán fueron frustrados a partir de 1040 por la lle­
gada de los turcos seljucidas del este. Los fatimidas continuaron gober­
nando Egipto hasta 1171 en un periodo de gran prosperidad; los califas
fatimidas favorecieron el comercio en el Mediterráneo y el Mar Rojo, y
Egipto empezó a desplazar a Irak como centro económico y cultural del
mundo musulmán.

Los turcos seljucidas (ca. 1040-1220)

El solar original de los turcos estuvo en las estepas de Asia central,


entre Irán y China. Eran muy apreciados por su resistencia y su habili­
dad como arqueros montados, y desde el siglo ix fueron em pleados
como mercenarios por gobernantes musulmanes. A mediados del siglo
xi, los turcos de Oghuz, encabezados por la familia seljucida, em peza­
ron a emigrar en grandes contingentes al nordeste de Irán. En 1040 infli­
gieron una aplastante derrota al gobernante local de Dandanqan, cerca
de Merv, y en 1055, encabezados por Tughril Beg, tomaron Bagdad. Los
turcos se convirtieron al Islam sunnita en los siglos x y xi, y entonces se
establecieron como protectores de los califas abásidas contra sus rivales
fatimidas.
Encabezados por el sultán Alp Arslan, los seljucidas tomaron el norte
de Siria, y después de su victoria sobre los bizantinos en M anzikert en
1071 ocuparon gran parte de Anatolia. Fue por entonces cuando los tur­
cos se asentaron en Azerbaiyán, en Irán, y en gran parte de la moderna
Turquía, y estas zonas se volvieron de habla turca por vez primera. El
sultanato seljucida alcanzó su apogeo en tiempos de Malik Shah (1072­
1092), quien con la ayuda del célebre visir persa Nizam al-Mulk estable­
ció un firme gobierno sobre sus vastos dominios. Sin embargo, después
de su muerte, el sultanato fue dividido entre sus hijos y empezó a des­
componerse en distintos principados, y por ello los seljucidas no logra­
ron impedir que a partir de 1097 los cruzados se establecieran en Siria y
Palestina. En el siglo xu continuó la desintegración política, y en 1157,
con la muerte del último gran seljucida, Sanjar, se perdió todo sentido
de unidad. Siria pasó a manos de los zengidas y los ayubies, mientras el
este de Irán quedaba bajo el dominio de los shas Khwarazm.
526 EL ISLAM

Zengidas y ayubíes (ca. 1128-1250)

En el Creciente Fértil, la decadencia del poder seljucida produjo la toma


del poder por sus oficiales. Imad al-Din Zangi comenzó su carrera como
atabeg o guardián del joven gobernante seljucida de Mosul, pero pronto
se estableció como gobernante por derecho propio. En 1128 tomó Alepo
y convocó a los m usulmanes a la jihad o guerra santa contra los cruza­
dos. En 1144 tomó el puesto de avanzada de los cruzados en Alepo. Le
sucedió su hijo Nur al-Din (1147-1174), quien continuó la labor de unir a
los m usulmanes contra los cruzados. Hacia el fin de su reinado, Egipto
fue conquistado por uno de sus oficiales, Salah al-Din bin Ayyub, cono­
cido en el O ccidente como Saladino, quien tam bién tom ó Dam asco y
Alepo a la muerte de Nur al-Din. Saladino se proclamó paladín de los
m usulm anes contra los cristianos y en 1187 logró recuperar la ciudad
santa de Jerusalén, que en 1099 había sido tomada por los cruzados. Sin
embargo, no logró expulsar completamente de Siria a los cristianos, y a
su m uerte, en 1193, sus reinos fueron divididos entre distintos m iem ­
bros de su fam ilia; una vez más, Damasco y Egipto quedaron como
Estados separados. Los últimos ayubíes no lograron repetir los triunfos
de Saladino contra los cristianos y gradualm ente fueron perdiendo
poder y prestigio. A la postre, en 1260 fueron derrocados por sus pro­
pios soldados mamelucos.

Los mamelucos (1260-1517)

El térm ino mameluco significa sim plemente esclavo, pues los m am elu­
cos fueron originalm ente soldados esclavos llevados desde las estepas
del norte del Mar Negro para servir a los ejércitos de los reyes ayubíes.
Com o la guardia pretoriana de los em peradores rom anos, estos m ag­
níficos soldados acabaron por adueñarse del poder. En 1260, Baybars
(1260-1277) ascendió al poder en Egipto, y ese mismo año pudo derrotar
a los mongoles en la batalla de Ain Jalut para establecerse como protector
de los musulmanes. Él y sus sucesores, Qala'un (1280-1290) y al-Ashraf
Khalil (1290-1294), lograron com pletar la tarea iniciada por Saladino y
expulsaron de Medio Oriente a los cruzados, obra que culminó en 1291
con la toma de San Juan de Acre.
Los mamelucos continuaron gobernando Egipto y Siria hasta comien­
zos del siglo xvi. No constituían, en realidad una dinastía, aunque a
veces los hijos sucedieron a sus padres como sultanes; eran, antes bien,
una aristocracia militar. Se siguieron llevando mamelucos de las estepas
EL ISLAM 527

para ser educados como buenos soldados y buenos m usulmanes en los


hogares de otros mamelucos en El Cairo. Aunque fue un periodo de in­
triga política casi continua entre el grupo gobernante, para Egipto en
conjunto lo fue de prosperidad y estabilidad. Los soldados mamelucos
gobernaban en alianza con los mercaderes árabes y los dirigentes reli­
giosos de El Cairo y Damasco, y las artes — en especial la arquitectura—
florecieron durante su gobierno. El últim o de los grandes soberanos
m amelucos fue Qayt Bey (1468-1496), después de cuya muerte los m a­
m elucos tuvieron que enfrentarse al creciente poderío de los sultanes
otomanos. En 1517, el sultán Selim I venció al último de los gobernantes
m am elucos, Turnan Bey, y tanto Egipto como Siria pasaron a form ar
parte del Imperio otomano, en el que quedarían durante los cuatro si­
glos siguientes.

Los nómadas del este: los mongoles y Tamerlán (ca. 1220-1500)

Mientras Egipto estaba seguro y aumentaba su poder bajo el régimen de


los mamelucos, las tierras islámicas del este eran asoladas por una serie
de invasiones de los nómadas. En 1206, G enghis Khan se estableció
como suprem o kan de los pueblos m ongoles y tártaros. En los años
siguientes, sus ejércitos invadieron y conquistaron el norte de China,
pero en 1220 volvieron su furia contra el oeste y ocuparon Irán. Los shas
Khwarazm, herederos de los seljucidas en Khorasán, no pudieron oponer
una verdadera resistencia, y los ejércitos mongoles llevaron a cabo una
destrucción masiva en el país, arrasaron ciudades antiguas como M erv
y Samarcanda y devastaron los campos. En 1256, Hulegu, hermano del
gran kan Qubilay, encabezó un segundo ataque contra Irán; en 1258
tom ó Bagdad y ejecutó al últim o de los califas abásidas gobernantes.
Hulegu y sus sucesores no eran soberanos sino cabecillas de bandas
belicosas, y sólo en el reinado de Ghazan Khan (1294-1305) y su visir
Rashid al-Din se estableció un verdadero sistema adm inistrativo y fis­
cal. Los descendientes de Hulegu, conocidos como los II-Khans, gober­
naron hasta 1335, cuando una vez más Irán fue dividido en m uchos
pequeños Estados.
Como Genghis Khan, al que mucho admiraba, Tamerlán ascendió al
poder uniendo bajo su mando a cierto número de tribus nómadas. Con­
solidó su poder en el decenio de 1370 entre las tribus turcom anas de
Transoxiana y en los decenios de 1380 y 1390 logró conquistar todo Irán.
A diferencia de Genghis, Tamerlán era musulmán, pero esto no moderó
su ferocidad contra sus adversarios ni su empleo del terror como manera
528 EL ISLAM

de reafirmar su poder. Hacia el fin de su vida inició conquistas por tierras


más remotas: en 1398 invadió la India y saqueó Delhi; en 1402 venció a
los otomanos en la batalla de Ankara y tomó prisionero al sultán Baya-
ceto I; y en 1405 ya se preparaba para invadir China cuando falleció.
Sus sucesores, los gobernantes tim úridas, no heredaron su instinto
belicoso, y son más célebres por sus realizaciones culturales; entre ellos
se contó al rey astrónomo de Sam arcanda, Ulugh beg (m. 1447) y a
Husayn Bayqara de Herat (m. 1506), patrono de Bihzad, el más grande
de todos los pintores persas.

Los grandes imperios musulmanes

Desde com ienzos del siglo xvi, la historia política del mundo islám ico
en Medio Oriente pasó por un gran cambio. En lugar de cierto número
de Estados, algunos grandes, otros pequeños, algunos duraderos, otros
efímeros, surgieron dos grandes imperios: el Imperio otomano de Tur­
quía, del oriente árabe, y el Imperio safávida de Irán. El sultanato oto­
mano sobrevivió hasta la prim era Guerra M undial; los safávidas des­
aparecieron en 1722, pero, tras un periodo de caos, fueron remplazados
por los qajar, que hasta 1925 gobernaron Irán. Sólo unas cuantas zonas
en los linderos del mundo musulmán estuvieron fuera del dominio de
uno de estos imperios; entre ellas, Marruecos en el extremo occidental,
Yemen y Om án en la Arabia m eridional y los khanados uzbecos de
Bujara, Khiva y Kokand en Asia central.

D. El surgimiento de los otomanos (1281-1453)

La familia de los otomanos fue originalmente de jefes de una banda de


ghazis turcos, o guerreros de la fe, que operaban en el noroeste de Tur­
quía, en la frontera con el Imperio bizantino cristiano. Esa ubicación les
atrajo más seguidores del este y pronto tuvieron un impresionante po­
derío militar. En 1357 lograron atravesar los Dardanelos, establecerse en
el sureste de Europa y fundar su capital en Edirne. Conquistaron Bulga­
ria y en 1386 derrotaron a los serbios en la batalla de Kulikovo Polje. Sin
duda, habrían completado la conquista del sureste de Europa de no ser
por la llegada de Tamerlán, quien en 1402 derrotó y capturó al sultán en
Ankara. Pese a este revés, los otomanos pronto recuperaron su posición:
ahora Constantinopla quedó totalmente rodeada y aislada del resto de
la cristiandad, y en 1453 el sultán Mehmet II entró en la ciudad y la con­
EL ISLAM 529

virtió en su capital con el nombre de Estambul. A esto siguió, pronto/la


conquista de la Grecia continental y la extinción de los últimos vestigios
del Imperio bizantino.

El cénit del Imperio otomano (1453 1566)

Durante más de un siglo, el Imperio otomano continuó extendiéndose


por el mundo árabe y amenazando Europa occidental. En 1517, el sultán
Selim I tomó Siria y Egipto y, finalmente, en 1574 cayó Túnez. En el este
vencieron a los persas safávidas en la batalla de Chaldirán, después de
lo cual quedó establecida la frontera turco-persa más o m enos como se
encuentra hoy, y en 1638 tomaron Bagdad, para establecer finalmente su
dominio sobre todo Irak. En 1526, Solimán el Magnífico (1520-1566) ven­
ció a los húngaros en la batalla de Mohács, y ejércitos otomanos acudie­
ron a sitiar Viena.
Los otomanos lograron sus grandes triunfos con un ejército de jeníza­
ros. Estos soldados de élite eran, originalmente, esclavos tomados de las
poblaciones cristianas subyugadas de Turquía y los Balcanes, y prepara­
dos como guerreros y administradores musulmanes. Gracias a su disci­
plina y su lealtad al sultán, formaron el ejército más form idable de la
época. Las fuerzas otomanas aprendieron la nueva tecnología de la arti­
llería de pólvora y, a las órdenes del alm irante Khair al-Din Barbarroja ,
establecieron su dominio naval sobre el Mediterráneo oriental. La época
de Solimán el Magnífico también se caracterizó por sus logros artísticos,
especialmente la soberbia obra del arquitecto Sinan, quien era, a su vez,
de origen jenízaro.

Decadencia y resurgimiento de los otomanos (1566-1922)

Después de la m uerte de Solim án em pezó a declinar el poderío del


Imperio otomano, en parte por causa de los propios sultanes. Cada vez
más, se les educó en la seclusión del harén en el palacio de Topkapi, sin
ninguna experiencia del mundo exterior hasta que ascendían al trono.
Una vez sultanes, estos bisoños soberanos podían fácilmente ser m ani­
pulados por los visires y los eunucos del harén. En el siglo xvm, el poder
de los sultanes empezó a resurgir bajo el enérgico liderazgo de visires
como los de la familia Koprulu. El reinado de Ahmet III (1703-1730) pre­
senció un resurgim iento cultural, durante el llam ado "periodo de los
tulipanes". En el siglo xix, los otomanos se enfrentaron al creciente ama­
530 EL JSLAM

go de las potencias de Europa occidental: perdieron Egipto después de


la invasión napoleónica en 1798, Grecia ya era independiente en 1829 y
Argelia cayó después de las invasiones francesas del decenio de 1830;
para contrarrestar esta presión, el sultán Mahmud II (1808-1839) lanzó
un gran programa de modernización conocido como tanzimat. El primer
paso consistió en disolver el antiguo ejército de los jenízaros, ya comple­
tam ente ineficaz, y rem plazado por un ejército m oderno, organizado
y equipado siguiendo los lineam ientos europeos. Esto puso al sultán
en conflicto con los jenízaros — que finalmente fueron desbandados en
1826— , y con los ulemas de las clases religiosas tradicionalistas, pero las
reformas permitieron a los otomanos resistir nuevas amenazas occiden­
tales en el Medio Oriente. Sólo después de la primera Guerra Mundial,
cuando Turquía se unió a las potencias centrales, el Im perio otomano
finalmente fue liquidado, y en 1922 el último sultán fue depuesto y rem­
plazado por el gobierno nacionalista turco de Kemal Ataturk.

Los safávidas en Irán (1501-1722)

La familia de los safávidas llevaba mucho tiempo establecida en el nor­


oeste de Irán, como jefes de una orden religiosa sufí, pero en tiempos de
Ismail (1501-1524) se adueñó de todo Irán. Adoptaron el antiguo título
de sha, unieron Irán y definieron sus fronteras con el Imperio otomano
al oeste y los uzbecos al noreste. También durante el periodo safávida el
Islam chiíta fue, por primera vez, la religión oficial del país. Ismail y sus
sucesores habían dependido del apoyo militar de los tribeños turcoma­
nos qizibash, pero bajo el sha Abas el Grande (1588-1629) fue reclutado
un ejército profesional, principalmente en la zona del Cáucaso. El reina­
do del sha Abas también presenció la llegada de crecientes cantidades de
enviados y com erciantes europeos a Irán, y el desarrollo y em belleci­
m iento de la capital, Isfahán, que sigue siendo una de las grandes glo­
rias de la arquitectura islám ica. A parte de Abas II (1642-1666), los
siguientes shas no fueron gobernantes muy notables. Como en el Im pe­
rio otomano de la época, el harén cobró cada vez mayor im portancia y
los shas, carentes de experiencia, fueron dominados por eunucos y otros
funcionarios de palacio. También los dignatarios religiosos aumentaron
su poder, pero se permitió que el ejército cayera en decadencia, de modo
que en 1722 los safávidas fueron incapaces de defenderse contra una
pequeña fuerza invasora afgana. Isfahán cayó y el Imperio safávida fue
destruido. A diferencia de los otomanos, los safávidas no sobrevivieron
el tiempo suficiente para modernizar su Estado en el siglo xix.
EL ISLAM 531

Irán (1722-1924)

El desplome de los safávidas hizo que Irán se encontrara en un verdade­


ro torbellino político durante la mayor parte del siglo xvui; sólo los
gobernantes zand, con base en Shiraz, lograron establecer un Estado
duradero. Al término de ese siglo, el país fue reunido por un jefe de la
tribu de los turcom anos qajares, Agha M uham m ad Jan (1779-1797),
quien fue el primero de los shas qajares que gobernaron hasta 1924; tal
vez por encontrarse más aislado de Europa, no hubo en Irán un equiva­
lente a las reformas otomanas tanzimat, y el Estado qajar siguió siendo
muy tradicional. A comienzos del siglo xx, la necesidad de una reforma
causó el golpe de Estado de un com andante militar, Reza Jan, que en
1924 se adueñó del poder con el título de sha, y con el nombre de Reza
Shah Pahlavi lanzó un programa de reforma nacionalista secular muy
semejante al introducido por su contemporáneo turco Kemal Ataturk.

3. P rincipales rasgos culturales

A. El periodo islámico temprano (ca. 600-ca. 950)

Durante este periodo surgió una cultura islámica distintiva. Hubo tres
elem entos principales que coincidieron para form arla: la cultura tra­
dicional de las tribus árabes preislám icas, las nuevas ideas religiosas
del Islam, y el legado de los antiguos imperios de Bizancio y la Persia
sasánida.

La división entre sunnitas y chiítas

Al morir en 632, el profeta Mahoma dejó dos ramas principales de guía


religiosa. La primera fue el Corán, la palabra de Alá, que le fue revelada
en el curso de su misión y que había sido registrada y recabada por sus
escribas. La segunda, mucho más extensa que el Corán, fue el registro
de sus palabras, actos y decisiones, que los musulmanes recabaron como
la sunna del profeta. El comentario y la exégesis del Corán y de la sunna
form an la base de la tem prana vida intelectual de la com unidad m u­
sulmana.
Entre los primeros musulmanes, el debate se centró en la cuestión de
la jefatura de la comunidad: quién debía encabezar a los musulmanes y
qué poderes debía tener. El propio Mahoma había dicho claramente que
532 EL ISLAM

él era el últim o de los profetas, pero no dejó una guía que gozara de
general aceptación sobre quién debía ser su khalifa (califa) o sucesor
como cabeza de la com unidad. En los tres siglos que siguieron a su
m uerte se desarrollaron dos ramas principales. La prim era fue la de
los sunnitas, que apoyaban el califato histórico. Sostenían que el cali­
fa debía ser el miembro más apropiado de la tribu del profeta, la de
quraysh, y sería nombrado por su predecesor, o elegido por los hombres
más poderosos de la comunidad musulmana. El califa ejercía el supre­
mo poder ejecutivo en cuestiones religiosas y políticas, pero estaba obli­
gado a actuar de acuerdo con la sunna del profeta y con la ley religiosa
elaborada por los sabios sunnitas (ulemas), y no detentaría el Poder
Legislativo. La otra rama era la del si'ah (partido) de Alí, por lo general
m encionada simplemente como los chiítas. Estos sostenían que la jefa­
tura correspondía a ciertos miembros de la familia del profeta, o sea a su
primo Alí, esposo de su hija Fátima, y a sus descendientes. Argüían que
los jefes de la familia del profeta, habitualmente conocidos como imams
o imanes, habían sido elegidos por Alá y, por tanto, contaban con el apo­
yo divino. Como los imanes eran en su mayoría dirigentes no políticos,
los chiítas los vieron básicamente como maestros de religión, y sus ideas
estaban revestidas de autoridad. Sin embargo, como los sunnitas, casi
todos ellos sostenían que los imanes estaban obligados por la sunna del
profeta y no podían tomar decisiones independientes en materia jurídi­
ca y religiosa.
La disputa sobre el liderazgo de los m usulm anes brotó inm ediata­
mente al morir Mahoma en 632, pero la división del mundo musulmán
en sunnitas y chiítas no se consumó hasta el siglo x. M ientras tanto, se
hicieron muchos intentos por levantar rebeliones contra los regímenes
umayyad y abásida, en nombre de la familia del profeta. Casi sin excep­
ción fracasaron, pero el recuerdo del m artirio del nieto de M ahoma,
Husayn, en Karbala en 680, y de Zayd bin Alí en Kufa en 740 (ambos en
Irak) a manos de las fuerzas umayyad, ha servido para inspirar, hasta la
actualidad, a los chiítas.

Desarrollo de las ciencias religiosas

La rápida difusión del Islam hizo que la nueva religión tuviera que ser
explicada y expuesta, y a ello se dedicó gran parte de la actividad inte­
lectual en el periodo m usulm án temprano. Había dos intereses princi­
pales: el prim ero, definir el Islam como algo distinto de las otras dos
religiones monoteístas, el judaismo y el cristianismo; el segundo fue dar
EL ISLAM 533

respuesta al creciente número de conversos no árabes, pues ahora había


m uchos m usulm anes que no eran árabes y que desconocían por com ­
pleto los orígenes árabes del Islam así como la lengua y la cultura ára­
bes, que había que enseñarles.
Entre las ciencias religiosas que surgieron estuvo el tafsir, que es la
exégesis y la explicación del Corán. La sunna del profeta se conservó en
tradiciones transmitidas oralmente al principio y luego en forma escrita,
de una generación de sabios religiosos a la siguiente, y se form ó toda
una ciencia destinada a determinar cuáles tradiciones eran confiables y
auténticas y cuáles no lo eran. Obviamente, era esencial una com pren­
sión cabal de la gram ática de la lengua árabe para entender tanto el
Corán como la sunna , así que en el siglo rx el estudio de la gram ática
árabe se convirtió en una disciplina intelectual por derecho propio.
La escritura histórica se originó, en parte, por razones religiosas.
Muchos sabios recabaron detalles de la sira, o vida y hechos del profeta,
porque su biografía arrojaba luz sobre el Corán y la sunna . También se
desarrolló la escritura histórica por el deseo de m antener vivos los
recuerdos de los prim eros y heroicos días del Islam y de sus grandes
conquistas. Tales recuerdos se conservaron originalm ente en akhbar o
anécdotas breves, pero en los siglos ix y x éstas fueron recabadas y selec­
cionadas por sabios como al-Tabari (m. 923) para formar obras históri­
cas en gran escala.
La ciencia del derecho religioso (fiqh) se desarrolló para codificar la
práctica m usulm ana. En los siglos viii y rx surgieron cuatro diferentes
escuelas de derecho: la Maliki, la Hanbali, la Shafii y la Hanafi, las cuales
llevan el nombre de sus fundadores. Aunque todas ellas convenían en
los principales puntos del derecho islámico, también había diferencias
que a veces, en el Bagdad del siglo x y en muchas ciudades iraníes de los
siglos x y xi, dieron por resultado luchas entre facciones y violencia. Las
fuentes del derecho islámico eran el Corán y la sunna, y el jurista al-Sha-
fi'i (m. 820) estableció el principio de que no podía considerarse como
base de la ley ninguna tradición que no se remontara hasta el propio pro­
feta. Esto, a su vez, dio gran relevancia a la colección de las tradiciones
del profeta y a las biografías de quienes las transmitieron.

La herencia de la Arabia preislámica

Los prim eros m usulm anes rechazaron gran parte de la cultura de la


A rabia beduina, pero en los periodos umayyad y abásida los sabios
em pezaron a recabar la poesía del jahiliyya (el periodo de ignorancia,
534 EL ISLAM

antes de la llegada del Islam), y las leyendas y cuentos de las batallas de


las tribus. Al llegar el siglo ix, ya era generalm ente aceptado que estos
poem as, después del propio Corán, eran los más bellos ejem plos de la
literatura árabe, y ciertos aspectos de la cultura beduina llegaron a ser
asimilados por la civilización islámica.

El legado de los imperios antiguos

Los musulmanes derrotaron a dos grandes imperios: el persa sasánida,


que fue totalmente conquistado e incorporado al mundo islám ico, y el
bizantino, el cual quedó reducido a la zona de la moderna Turquía. Los
conquistadores m usulm anes llegaron a respetar algunos de los logros
culturales de los imperios que habían conquistado, y los aprovecharon.
Los bizantinos transm itieron al Islam la herencia intelectual de la
Grecia clásica. Los m usulm anes m ostraron un especial interés por las
ciencias que consideraron útiles, como la lógica, la medicina y las m ate­
máticas, y muchos de los textos principales de autores como Aristóteles,
Galeno y Tolom eo fueron traducidos en el siglo ix a la lengua árabe.
Luego fueron comentados y desarrollados por intelectuales musulmanes
como Avicena (Ibn Sina, m. 1937) en filosofía y al-Jwarizmi (m. ca. 820) en
matemáticas. En los siglos x ii y xm, muchos textos, con sus comentarios
árabes, fueron traducidos al latín para constituir el fundamento de los es­
tudios de la m ayoría de las universidades europeas. En cam bio, los
m usulm anes m ostraron desinterés por la historia, la poesía y el teatro
de la antigua Grecia, muy poco de lo cual fue traducido.
Los m usulm anes tam bién heredaron ideas de gobierno y política.
Aquí, la inspiración predom inante fue el antiguo Irán, con el ideal del
gobernante ju sto y autocrático, aconsejado por un visir honrado y
sumamente culto. Entre estas ideas estaba el círculo benigno del poder:
el gobernante justo protege a aquellos que se vuelven prósperos para
que puedan pagar im puestos y así m antener el ejército que, a su vez,
aumenta el poder del gobernante, quien entonces puede hacer más por
los campesinos. Estos conceptos desempeñarían un papel principal en
el desarrollo del arte de gobernar y de la filosofía política musulmanes.
La arquitectura del Imperio bizantino y de Irán ejerció gran influen­
cia en el surgim iento de una tradición arquitectónica distintivam ente
musulmana. La herencia bizantina se refleja con claridad en estructuras
como la Cúpula de la Roca en jerusalén (ca. 690) y la gran mezquita de
D am asco (705-715). Am bas tienen las colum nas de piedra, los techos
de madera y la decoración de mosaicos característicos de la arquitectura
EL ISLAM 535

bizantina, aunque ahora, desde luego, empleados en los edificios de la


nueva religión, el Islam. Muy diferente fue la herencia arquitectónica
iraní, que empleaba una mampostería de ladrillo y cantera, y el caracte­
rístico domo e ivan o arco abierto. Pueden verse tempranos ejemplos del
estilo iraní en construcciones islámicas en la nueva capital de Samarra
en Irak, a partir de 833, y en el mausoleo con cúpula de los samánidas en
Bujara (ca. 900).

Las condiciones sociales y económicas bajo los umayyad (661-750)

Bajo los umayyad, la sociedad fue dividida entre la clase gobernante,


árabe-m usulm ana, y la mayoría de la población, que se aferraba a sus
antiguas religiones (cristianism o, judaism o y zoroastrism o). Durante
este periodo fue lenta la conversión al Islam, pero al llegar el siglo vm
había surgido ya una clase de maivali o no árabes convertidos al Islam.
Fueron especialmente numerosos en Irak y en Khorasán, y empezaron a
exigir los mismos privilegios de que gozaba la clase gobernante árabe-
musulmana.
A lo largo del periodo umayyad, las tribus nómadas árabes siguieron
enviando un rico abasto de soldados a los ejércitos del califato. Sin
em bargo, un número creciente estaba asentándose ahora en ciudades
como Kufa en Irak, Merv en Khorasán, y Damasco y Alepo en Siria. Los
propios umayyad llevaban una vida sem ibeduina y pasaban algunas
estaciones entregados a la cacería y los placeres en los qusur (castillos-
palacios), que edificaron en los límites del desierto.
Al parecer, la clase m ercantil cobró m ayor im portancia. Antes del
Islam , el com ercio sobre grandes distancias se había centrado en las
rutas marítimas mediterráneas, pero bajo los umayyad el mar se convir­
tió en zona fronteriza entre cristianos y m usulm anes, y el com ercio se
desarrolló, en cambio, por rutas terrestres entre Siria, Irak e Irán, y a lo
largo de la costa de Africa septentrional.
Sin em bargo, la mayor parte de la población aún se dedicaba a la
agricultura. Los propios umayyad poseían grandes extensiones, y a
ellos se debió la excavación de nuevos canales de riego en Irak y la aper­
tura de nuevas tierras al cultivo allí y en Siria. Sin em bargo, el Medio
Oriente fue azotado por repetidas plagas y terrem otos que parecen
haber afectado en particular a Siria y Palestina. Probablem ente, esto
causó una baja demográfica y dio por resultado que aldeas y ciudades
pequeñas fuesen abandonadas; éste fue uno de los factores que conduje­
ron entre 747 y 750 al desplome del régimen umayyad.
536 EL ISLAM

Características institucionales de los umayyad (661-750)

El gobernante del Estado umayyad era el califa (árabe: khalifa), también


conocido como el "com andante de los fieles" (árabe: Amir al-Mu'minin),
Era ayudado por una corte, reclutada principalm ente entre miembros
de la fam ilia umayyad y destacados jefes tribales árabes sirios. Unos
secretarios (árabe: kuttab) escribían las cartas y llevaban los registros. En
el siglo viii, el jefe de estos secretarios recibía el título de ivasir o visir.
H abía una tesorería donde se guardaban los recibos de los im puestos
(bayt al-mal). A finales del periodo umayyad se reconoció que había dos
principales fuentes de ingresos fiscales: el kharai o impuesto de la tierra,
y la jizya o im puesto colectivo, pagado por los no m usulm anes. Para
entonces, el ejército era reclutado principalm ente entre tribeños sirios.
Sus nom bres se anotaban en el registro (diwan) y se les entregaba un
salario mensual ('ata) en efectivo.
El califato fue dividido en cierto número de provincias, cada una con
su gobernador o wali — nombrado por el califa— , quien era el encarga­
do de cobrar los impuestos y pagar los salarios de las tropas acantona­
das en su zona. También era responsable de las labores de policía y de
asegurar la lealtad de su provincia al califa. Durante el periodo um ay­
yad se desarrolló el primer gobierno islámico. Al principio, muchas de
sus estructuras eran muy informales y extraoficiales, pero gradualm en­
te fueron quedando más organizadas.
En conclusión, hacia 950 ya se habían echado los fundam entos de la
cultura islámica y se habían desarrollado los lineamientos de una nueva
civilización.

Las condiciones sociales y económicas bajo los abasidas (750-1250)

En el periodo abásida temprano, en Medio Oriente la élite árabe-m usul­


mana perdió su papel predominante. Conform e más personas se con­
vertían al Islam, el poder político iba pasando a manos de los persas y
turcos islamizados. Ni siquiera los califas abásidas fueron ya árabes de
pura cepa. Al mismo tiempo, las tribus árabes beduinas quedaron mar­
ginadas y perdieron la importancia política de que habían gozado en el
primer siglo del Islam.
El aum ento del comercio que se había iniciado bajo los umayyad se
hizo mucho más marcado con los abásidas. Con el desarrollo de indus­
trias nuevas, en particular textiles y cerámica, sus artículos recorrieron
grandes distancias hasta llegar a m ercados nuevos. Desde ca. 1000, el
EL ISLAM 537

comercio mediterráneo empezó a resurgir al llegar mercaderes italianos


a Alejandría y a los puertos del Levante para comprar especias y sedas.
Al mismo tiempo, siguió floreciendo el comercio m arítimo con la India
y China.
Varias ciudades crecieron, hasta descollar como centros comerciales.
Entre ellas, las más im portantes fueron Bagdad en Irak; Isfahán, Nis-
hpur y Bujara en Irak; Alepo en Siria, y El Cairo en Egipto. Estas enor­
mes ciudades dominaron los campos circunvecinos, y la clase mercantil
llegó a predominar en ellas tanto en lo económico como en lo social. Los
qadis (jueces islám icos) y los ulemas (sabios religiosos) procedían casi
siempre de familias mercantes.
En contraste, el periodo abásida parece haber sido de decadencia
agrícola en m uchas zonas. Esto puede decirse especialm ente de Irak,
donde una prolongada crisis política que comenzó en el siglo ix condujo
a la destrucción de los sistemas de riego y al desplom e de la prosperi­
dad agrícola en el área. La población se redujo porque los cam pesinos
m orían o em igraban a zonas más seguras. Cerca del año 1000, Egipto
había remplazado a Irak como la más rica y próspera de las tierras islá­
m icas, seguido de cerca por Irán; tam bién Siria había perdido su posi­
ción predominante.

Características institucionales de los abasidas (750-1258)

Las características institucionales del califato abásida se fundamentaron


en las que se habían desarrollado durante el periodo umayyad, pero se
volvieron más formales. Hubo importantes diferencias entre el periodo
abásida temprano (750-ca. 935) y las etapas ulteriores.
Durante el periodo abásida temprano, el califa siguió siendo el sobe­
rano absoluto del Imperio. Aunque varios califas fueron desafiados o
derrocados por la vía del asesinato o la guerra civil, persistió la teoría de
la autoridad absoluta. Gradualmente la corte del califa fue cambiando
de carácter, y miembros de su familia y jefes tribales fueron remplazados
por burócratas y soldados profesionales. El gobierno fue dividido en
cierto número de diwans u oficinas responsables de diversas funciones,
como el cobro de impuestos, la correspondencia, el ejército, etc., con el
wasir como supervisor de todo el sistema.
También cambió el carácter de la organización militar. En el periodo
abásida temprano, el ejército reclutaba a sus miembros entre khurasanis
del noreste de Irán, que habían llevado el régimen al poder, y otros ára­
bes y persas. Sin embargo, desde el reinado de al-M u'tasim (833-842)
538 EL ISLAM

fueron remplazados por números menores de jinetes turcos, guerreros


profesionales reclutados o com prados como esclavos en Asia central o
el sur de Rusia. Conocidos como m am elucos, estos soldados esclavos
gradualmente fueron aumentando su influencia por todo Medio Orien­
te y siguieron siendo la fuerza militar dominante hasta la llegada de los
otomanos. En Egipto, incluso establecieron la duradera dinastía de los ma­
melucos (1260-1517).
Junto con el surgimiento de los mamelucos, el periodo abásida tam ­
bién presenció el brote de los ulemas o sabios como institución im por­
tante. Eran hombres doctos en las disciplinas del derecho islám ico y en
las tradiciones del profeta Mahoma, y, más que los califas o sultanes,
eran la autoridad última en cuestiones de derecho. Los qadis eran reclu­
tados entre los ulemas, así como los visires y otros secretarios encarga­
dos del gobierno civil.

B. El periodo islámico medio (ca. 950-1500)

Durante éste se consolidó la cultura islámica, aunque parece que se per­


dió algo de la vitalidad del primer periodo.

El fenómeno de los mamelucos

El hecho social y político característico de este periodo fue la llegada de


los m am elucos. Los ejércitos del periodo islám ico tem prano habían
sido reclutados originalm ente entre los beduinos de A rabia. Después
de las grandes conquistas, tam bién fueron em pleados muchos m usul­
m anes conversos de Siria, Irak e Irán, que llegaron a formar el grueso
de los ejércitos de los califas hasta ca. 800; después de esta fecha, los
califas empezaron a hacerse de m amelucos o soldados esclavos. En su
mayoría eran turcos, comprados cuando niños en Asia central o en las
estepas situadas al norte del Mar Negro. Con su gran destreza com o
arqueros a caballo, los m am elucos fueron los soldados más eficientes
de su época y dominaron los campos de batalla del Medio Oriente has­
ta la llegada de las armas de fuego en el siglo xvi. Ahora, árabes y per­
sas quedaron casi enteramente excluidos de los ejércitos de los Estados
musulmanes. Al principio, los mamelucos fueron leales esclavos de sus
amos, pero pronto empezaron a imponerse, y a nombrar y deponer go­
bernantes. En 1260, los generales mamelucos se adueñaron del poder
en Egipto, y estos soldados esclavos formaron las dinastías gobernan­
EL rSLAM 539

tes hasta la conquista otomana en 1517; más aún, los jenízaros que inte­
graron los ejércitos del Imperio otom ano tem prano fueron un tipo de
mamelucos. Esto provocó una marcada división entre los m ilitares, que
en su mayoría eran mamelucos turcos, y los comerciantes, adm inistra­
dores y otros civiles, casi todos árabes y persas. La mayoría de los regí­
menes del mundo islámico eran, en realidad, dictaduras m ilitares.

La religión

Las divisiones entre sunnitas y chiítas se hicieron m ás pronunciadas


durante el periodo islámico medio. Después de 945, los buyidas chiítas
pasaron a ser "protectores" de los califas abasidas en Bagdad, y en 969
los fatim idas, que afirmaban ser descendientes del profeta, se estable­
cieron como califas en El Cairo y enviaron m isioneros por todo Medio
Oriente, Crearon pequeños grupos de activistas chiítas conocidos como
ism ailíes, en las zonas montañosas de Siria y el norte de Irán, que con­
servaron su independencia de los regímenes que los rodeaban. Después
de m ediados del siglo xi, los turcos seljucidas se establecieron com o
paladines del Islam sunnita y, tras la caída de los fatimidas en 1170, los
chiítas entraron en decadencia en la mayor parte del territorio.
Durante ese periodo también se desarrolló el sufismo, un m isticismo
islám ico, y órdenes sufíes como la de los naqshbandis atrajeron a sus
herm andades religiosas a m usulmanes piadosos de todos los tipos de
vida. Algunos ulemas desaprobaron ciertos aspectos de la práctica y la
fe de los sufíes pero, especialmente después de la destrucción del califa­
to abásida por los mongoles en 1258, esos movimientos sufíes gozaron
de gran aceptación popular entre los musulmanes comunes.

La cultura literaria

Después de un prim er desarrollo en el periodo islám ico tem prano, la


cultura literaria fue más conservadora durante el islám ico m edio. Sus
obras m ás características fueron enciclopedias, que trataban de recabar
toda la inform ación sobre una disciplina determ inada. Contam os con
incontables diccionarios biográficos de grandes ciudades como Bagdad,
Dam asco y Alepo, en que se reunieron los nom bres de todos aquellos
— a menudo, m illares^ que habían transmitido las tradiciones del pro­
feta. Un diccionario biográfico más general de historia islámica fue obra
540 EL ISLAM

de Ibn Khalliqan, en tanto que Yaqut escribió un diccionario geográfico


con entradas para cada lugar que encontró en la literatura arábiga.
La escritura histórica continuó floreciendo en Siria, Egipto e Irán. Tal
vez los nom bres más grandes sean los de Ibn al-A thir (m. 1232) en
Mosul, al-Maqrizi (m. 1442) en Egipto y Rashid al-Din (m. 1318) en Irán,
todos los cuales tomaron como tema la historia m usulm ana íntegra,
pero también hubo muchos otros analistas y biógrafos.
M ientras florecía la historiografía arábiga, la poesía árabe entró en
decadencia. Al-Mutannabi (m, 965) fue el último de los grandes poetas
tradicionales en lengua árabe, y los escritores posteriores fueron en ge­
neral débiles y derivativos. En cambio, el verso persa siguió floreciendo.
La cultura preislám ica de Irán fue celebrada en el gran Shahnam eh
de Firdawsi (m. 1020 o 1021). Sa'di (m. 1292) fue muy conocido por sus
agudas observaciones y su ingenio, en tanto que Hafiz (m. 1362-1363),
de quien se ha dicho que es el más grande de los poetas persas, pro­
ducía versos en que, de manera embriagadora, se unían lo místico y lo
erótico.

La arquitectura y la ilustración

El periodo islámico medio presenció un florecimiento de la arquitectura


y la ilustración de libros en muchas áreas del mundo musulmán. Ade­
más de las mezquitas y los palacios, la arquitectura islámica creó nuevas
formas de tumbas y de mausoleos y la característica madrasa o escuela de
teología. En Egipto, los fatim idas fundaron la m ezquita-universidad
de Ashar en 969, en tanto que los dirigentes mamelucos edificaban mag­
níficas mezquitas y complejos de tumbas que a menudo incluían madra-
sas y hospitales, así como la cámara funeraria del fundador. Los mame­
lucos construyeron utilizando piedra de alta calidad; en contraste, los
arquitectos de Irán siguieron empleando ladrillo. El primer ejemplo de
esto en gran escala es la Gran Mezquita de Isfahán, del siglo xi. En los si­
glos xiv y xv, los constructores iraníes empezaron a decorar sus edificios
con tejas policromadas, a menudo de color azul o turquesa. El punto cul­
minante de este estilo es la capital de Tamerlán en Sam arcanda, de co­
mienzos del siglo xv, con una serie de tumbas y mezquitas, incluido el
gur-i amir, el mausoleo del propio gobernante.
El Islam tradicional prohíbe reproducir la figura humana, por lo que
la civilización islámica nunca desarrolló el arte religioso representativo,
que es característico del cristianism o, el hinduism o y el budism o. Sin
embargo, habitualm ente se permitió la ilustración de libros con temas
EL ISLAM 541

no religiosos. En el periodo islám ico m edio se desarrollaron dos im ­


portantes escuelas; la prim era de ellas estuvo basada en Siria y en el
Irak septentrional en los siglos xn y xm, cuando a m enudo se ilu stra­
ron libros de cuentos y obras botánicas y científicas; la otra estuvo en
Irán, donde a partir del siglo xiv se desarrolló una m agnífica trad i­
ción ilustradora, cuyos temas principales eran la historia y las hazañas
de los gobernantes. El clásico Shahnam eh fue el tema m ás gustado,
pero también se ilustraron las vidas de soberanos más recientes, como el
propio Tamerlán.

C. La época de los grandes imperios (1500-1922)

La religión

Durante este periodo, la política del gobierno agudizó la división entre


m usulm anes sunnitas y chiítas. El Im perio otom ano era sunnita y los
sultanes también exigían ser nombrados califas, como sucesores direc­
tos de los abásidas. El prim ero de los shas safávidas de Irán, Ism ail
(1501-1524), estableció el chiísm o com o religión oficial de su nuevo
im perio, y los sunnitas fueron discrim inados y hasta perseguidos, así
como lo habían sido tradicionalmente los chiítas bajo regím enes sunni­
tas. En Irán el sha, aconsejado por dirigentes religiosos chiítas a los que
se daba a veces el título de ayatolas, estaba al frente de los asuntos reli­
giosos. En el Im perio otom ano, los ulemas de Estam bul, encabezados
por el sheikhulislam, contaban con inmensa autoridad. Siguieron flore­
ciendo las órdenes sufíes y derviches, especialmente en el Imperio oto­
mano, donde se hicieron especialmente célebres los derviches que, basa­
dos en Konya, practican danzas giratorias. Sin embargo, por lo general
la política religiosa en ambos imperios fue muy conservadora, interesa­
da sobre todo en impedir toda infiltración de ideas occidentales. Así, los
ulemas de Estambul a menudo entraron en conflicto con los sultanes de
ideas modernas.

Las capitales

Tanto los gobernantes otomanos como los safávidas dedicaron gran cui­
dado a embellecer sus capitales. En Estambul se lanzó un vasto progra­
ma de construcción, empezando por la Mezquita de la Fe, poco después
de la conquista de 1453, y continuando con los grandes edificios de Soli­
542 EL ISLAM

mán el Magnífico (1520-1566), entre ellos el com plejo Suleim aniye, que
domina el panorama de Estambul. Dicho complejo incluye la Mezquita
del Sultán, su tumba y las edificaciones que servían de hospitales y
bibliotecas. Al mismo tiempo, los sultanes construyeron el Palacio de
Topkapi, que domina el Bosforo y es casi una pequeña ciudad. Mientras
tanto, el sha safávida Abas el Grande (1588-1629) construyó todo un nue­
vo barrio en Isfahán, que incluye una gran mezquita, un gran maydan o
plaza, y mezquitas y palacios más pequeños. Este barrio, que aún estaba
siendo em bellecido hasta la caída de la dinastía en 1722, representa el
último gran monumento de la arquitectura islámica persa.

La vida social y económica bajo los otomanos (ca. 1350-1900)

Durante el periodo otomano, la posición cultural y económica del m un­


do islámico fue desafiada por el creciente poderío de Europa occidental.
En el gran periodo de la expansión otomana, hasta ca. 1600, la econo­
mía del Im perio tuvo bases sólidas, y Estam bul, que había entrado en
pronunciada decadencia durante los últimos siglos del régimen bizanti­
no, volvió a ser una gran ciudad. M ercaderes europeos siguieron co­
merciando en los bazares de Alejandría y Alepo, y en general floreció la
agricultura.
Sin embargo, después de 1600, todo esto cambió. Ahora las principa­
les rutas com erciales eran oceánicas, de Europa a Oriente, en torno de
A frica, y el Océano índico quedó cada vez más dom inado por flotas
portuguesas y holandesas, y después francesas y británicas. El M edio
Oriente dejó de ser un importante centro de comercio internacional. La
economía de las ciudades se estancó, y casi todos los mercaderes se vie­
ron limitados al comercio local.
En situación igualm ente deprim ida se encontraba la agricultura.
Unas prolongadas rebeliones en A natolia, a com ienzos del siglo x v i i ,
ocasionaron la ruina de muchas zonas rurales y ciudades pequeñas. La
pauta parece haber sido muy sim ilar en Siria, Palestina e Irak, donde
muchas aldeas quedaron desiertas y los nómadas beduinos se asentaron
en zonas antes cultivadas.
Esta decadencia general empezó a invertirse en el siglo xix. Muham-
mad Alí, gobernante de Egipto entre 1805 y 1848, hizo un intento por
reanimar la actividad fabril y la agricultura. En la Turquía otomana, los
sultanes empezaron a patrocinar la construcción de ferrocarriles y fábri­
cas siguiendo el modelo europeo. La apertura del canal de Suez en 1868
hizo que el Medio Oriente volviese a ser una de las principales rutas de
EL ISLAM 543

Europa a Asia. Sin embargo, las tierras del Creciente Fértil, Irak, Siria y
Palestina permanecieron menos desarrolladas, y sólo el descubrimiento
de petróleo en el Golfo Pérsico a comienzos del siglo xx y el desplome del
Imperio otomano después de 1918 hicieron que estas zonas gozaran de un
difundido progreso económico.

Características institucionales de ¡os otomanos

La cabeza del Estado otomano era el sultán. Todos los sultanes descen­
dían del fundador del imperio, Osmán (m. 1281), y el cargo era heredi­
tario, aunque no siempre fuera el hijo mayor el que sucedía a su padre, y
en los siglos xvii y xviii hubo incontables intrigas palaciegas para decidir
la sucesión. El sultán era ayudado por el gran visir o primer ministro, y
las provincias tenían gobernadores locales llamados bajás o beyes. D es­
pués de la conquista de Constantinopla en 1453, el palacio de Topkapi
Saray de la ahora llam ada Estam bul fue la residencia del sultán y, al
mismo tiempo, el centro del gobierno.
En los primeros años, el ejército del pequeño sultanato otomano estu­
vo compuesto por los seguidores tribales de los jefes y \osghazis, o musul­
manes que habían llegado a luchar en la guerra santa contra los infieles
bizantinos. A com ienzos del siglo xv fueron rem plazados por los je n í­
zaros (la palabra se deriva de Yeni Cheri o nuevo ejército). Éstos eran
jóvenes de los pueblos sometidos, habitualmente cristianos de Anatolia
y los Balcanes, que fueron sacados de sus casas a tem prana edad para
educarlos como musulmanes y emplearlos en el ejército o en el gobierno
civil del Imperio. Durante los siglos xv y xvi, este ejército de jenízaros se
contó entre los más poderosos del mundo, y los otomanos fueron nota­
bles pioneros en el empleo de armas de fuego y la artillería de pólvora.
Pero a com ienzos del siglo xix, el ejército de jenízaros se había vuelto
ineficiente y corrompido. Incapaz de adaptarse a los nuevos modos de
la guerra, se había convertido en una privilegiada casta hereditaria con
escasa capacidad militar. En 1826, el sultán reform ador M ahm ud II
(1808-1839) acabó con su poder, dejando abierto el camino para que los
otomanos reclutaran un nuevo ejército siguiendo los modelos europeos.

El legado de los antiguos imperios

Entre los legados culturales más significativos de los antiguos imperios


estuvo un duradero interés en las obras de la filosofía griega, especial­
544 EL ISLAM

m ente las de A ristóteles y Platón. La tradición de la cultura griega se


mantuvo particularmente viva entre las comunidades cristianas de Siria
y Bagdad, pero sus pensadores más originales fueron musulmanes. Al-
Farabi (878-950) llegó originalmente del Asia central turca, pero su obra
más importante la compuso en Siria y Bagdad, donde entró en contacto
con la tradición árabe cristiana. Llegó a ser un destacado exponente de
la idea de que la filosofía griega podía emplearse para comprender más
plenam ente las verdades del Islam , y que no había conflicto alguno
entre las enseñanzas de Platón y las de Mahoma si se interpretan como
es debido. Escribió extensam ente sobre ciencias naturales y tam bién
sobre teoría política; siguiendo la tradición platónica, sugirió la necesi­
dad de tener un sabio rey filósofo.
La obra de Al-Farabi fue tan bien conocida como la de su compañero
de Transoxiana, A bü'A lí Síná (980-1037), conocido en Occidente como
Avicena. Como Al-Farabi, fue grandemente influido por las tradiciones
neoplatónicas de la Antigüedad y llegó a equiparar a Alá con el primer
motor, del que todo emana. También sintió profundo interés por cien­
cias más prácticas. Conoció bien la obra de A ristóteles y se dedicó al
estudio de la medicina, llegando a ser el médico más célebre del mundo
islámico medieval. Su canon de medicina, basado en la tradición clásica
pero com plementado por sus propias observaciones, fue am pliam ente
utilizado en el Occidente latino.
Otro pensador importante y original fue Ibn Jaldún (1332-1406), quien
procedía de una antigua fam ilia árabe de Sevilla, España, pero que
pasó casi toda su vida en las cortes bereberes del norte de África. Escri­
bió una im portante Historia que abarca todo el periodo de evolución
islámica hasta su propia época, y que es particularm ente valiosa como
fuente sobre el África septentrional bereber. Sin embargo, su mayor rea­
lización fue el Muqaddimah o prólogo a esta historia, en el que trata de
elaborar las pautas básicas del desarrollo histórico y social. Consideró
que el alza y la caída de las dinastías era algo esencialmente cíclico: por
lo general, las dinastías se originan entre los nómadas pastores, robus­
tos e independientes. En la primera generación, los tribeños se ven im ­
pulsados a conquistar las tierras civilizadas y las ciudades. En la segunda
generación se establecen, y los gobernantes empiezan a reclutar solda­
dos profesionales o esclavos para remplazar a los levantiscos tribeños.
En las generaciones tercera y cuarta, la dinastía pierde su antiguo vigor
y resistencia y se debilita cada vez más por el ocio y la molicie, hasta que,
inevitablem ente, surge una nueva dinastía entre los nóm adas y acaba
con ella. La obra de Ibn Jaldún constituye un gran intento, sumamente
original, por explicar los constantes cambios de la política musulmana
EL ISLAM 545

que él observó mientras escribía su Historia, y sus ideas han ejercido una
profunda influencia en todos los ulteriores historiadores y sociólogos
interesados en el mundo musulmán.

4. El s u r g i m i e n t o

A. La singularidad del acontecimiento

El surgimiento y la asombrosa expansión del Islam son los hechos más


extraordinarios de la historia en su tipo. Tres aspectos característicos del
Islam lo convierten en un acontecim iento absolutam ente único: 1) la
com binación, en una sola fe, de un credo religioso y sociopolítico que
abarca todos los principales aspectos individuales y colectivos de la
vida hum ana; 2) la rapidez incom parable con que, en m enos de un
siglo, ese credo y los efectos prácticos de su aceptación cundieron por
todo el Viejo Mundo, convirtiendo al Islam a una gran parte de los pue­
blos que vivían en África, Asia y la Europa meridional, y 3) la durabili­
dad de esa expansión, pues, con la excepción casi única de Europa, el
Islam se convirtió en rasgo perm anente de los regímenes y pueblos de
las conversiones iniciales.
La singularidad del Islam comienza con la vida y la personalidad de
su fundador, Mahoma (570-632). Nacido en un m edio hum ilde y poco
educado, de apariencia ordinaria y un modo de vida común hasta los 40
años, Mahoma se convenció de pronto de haber recibido una revelación
y una misión divinas. En los tres años siguientes, Mahoma recibiría con­
tinuas revelaciones del arcángel Gabriel, en su mayor parte por la voz,
en ocasiones por com unicación directa con su espíritu, a veces asocia­
das a una luz cegadora. Siguió recibiendo revelaciones durante el resto
de su vida, aunque con menor frecuencia.
Tras un periodo de vacilación, Mahoma se sintió seguro de haber sido
llamado para ser el profeta de Alá, recibir su revelación divina y propa­
garla. La primera etapa de la predicación pública de Mahoma, de ca . 613
a 632, le valió un pequeño pero activo grupo de conversos, empezando
por su esposa Kadijah, sus hijas, su suegro Abü Bakr y su yerno Alí. En
esa etapa, el nuevo credo, con M ahoma como profeta, despertó en La
Meca muchas más resistencias y protestas que aceptación. La nueva fe era
contraria a los intereses y las prácticas de la élite de La Meca. Mahoma,
hombre sin prestigio ni poder, al presentarse como el profeta elegido de
Dios estaba desafiando a las autoridades establecidas; por lo dem ás,
para ser el profeta de Alá no lo ayudaban su imagen social y su categoría
54 6 E L IS L A M

en La Meca, donde se le consideraba como persona buena pero sin nin­


gún atributo especial.-
El hecho de que sem ejante hombre, en tales circunstancias, pudiese
fundar una nueva religión universal, y con el Islam un imperio mundial
y una civilización nueva, fue algo absolutamente increíble y, como pue­
de comprenderse, al principio tropezó con muchos incrédulos.

B. El núcleo de Medina

La conversión de un grupo de cerca de 70 distinguidos habitantes de


Medina a la nueva fe de Mahoma tuvo consecuencias decisivas para el
nacimiento del Islam, muy superiores a las más optimistas expectativas
del profeta. El hecho de que los m edineses im portantes adoptaran la
nueva religión generó tres consecuencias sucesivas que hicieron posible
el nacimiento del Islam. En primer lugar, abrió a Mahoma y al grupo de
creyentes de La Meca que emigraron con él2 un am biente favorable en
que el profeta tuvo facilidades materiales y sociopolíticas para meditar
y predicar su mensaje. En segundo lugar, condujo a la formación del nú­
cleo inicial de una comunidad islámica (ummah), que dio por resultado
un prototipo en pequeña escala de la futura entidad islámica. En tercer
lugar, la naciente comunidad islám ica generó los recursos hum anos y
morales que hicieron posible la siguiente etapa, la conquista de La Meca,
y después, aún durante la vida del profeta, la conversión y movilización
de la mayoría de las tribus árabes.
Sin el apoyo de los medineses y su traslado a Yathrib — después lla­
mada Medina, la ciudad del Apóstol de Dios— , Mahoma probablemen­
te no habría logrado fundar el Islam en las condiciones originalm ente
adversas que encontró en La Meca. Transformado en el dirigente abso­
luto de Medina pudo, al mismo tiempo, reunir los recursos hum anos,
materiales y morales necesarios para el inicial lanzamiento del Islam, y
lograr la categoría religiosa y sociopolítica necesaria para im ponerse a
los habitantes de La Meca; de hecho, para sobreponer la im agen triun­
fante del Mahoma medinés sobre la mísera y trivial imagen del original
M ahoma de La Meca. La hégira (hijrah) ha sido justam ente considerada
por los musulmanes como el momento fundador del Islam.

2 Cerca de 70 seguidores, llamados muhnjirim (emigrantes).


EL ISLAM 547

C. El Islam aglutinante

La nueva fe predicada por Mahoma se basaba en una doctrina sencilla:


una visión estrictam ente m onoteísta de Dios. La doctrina reposaba
sobre "Cinco Pilares". El primero era el Shahadah o profesión de fe: "N o
hay más dios que Dios, y Mahoma es su profeta". Además de ese princi­
pio central, otras cuatro convicciones integraban el cuerpo de la fe: 1) la
creencia en ángeles, particularmente en Gabriel, ángel de la revelación;
2) la creencia en los libros revelados, los libros sagrados de la revelación
judeocristiana, el único indispensable de los cuales era el Corán; 3) la fe
en el día de la resurrección y en el juicio final, y 4) la creencia en la pre­
destinación, añadida posteriormente a las creencias centrales.
El segundo pilar del Islam era el deber de cumplir con las cinco ple­
garias cotidianas rituales, sujeto a m inuciosas regulaciones. El tercer
pilar, Zakat (la purificación), era el pago del impuesto anual, en su mayor
parte para los pobres. El cuarto pilar era el ayuno durante el m es del
ramadán,3 desde el alba hasta la puesta del Sol. El quinto era el Ha)], la
peregrinación anual a La Meca, al menos una vez en la vida. A lgunas
corrientes m usulm anas, como la de los kharijitas, añadieron un sexto
pilar, la jihad, o guerra santa contra los infieles.
El gran im pacto de la prédica de M ahoma, desde su periodo medi-
nés, fue resultado de la combinación de un trascendente salvacionismo
monoteísta, que superó todas las divisiones sociales y étnicas al dar un
significado absoluto a la vida de cada ser humano, con la formación de
una comunidad sociopolítica, la ummah, que también abarcaba todas las
jerarquías sociales y otorgaba un sentido de unidad y misión histórica a
los creyentes (originalmente, a los árabes).
En contraste con la religión primitiva — politeísta e idólatra— de los
árabes, Mahoma les ofreció el llamado de un Dios trascendente, om ni­
potente pero misericordioso, que recompensaría a los justos y castigaría
a los malvados. A una sociedad estratificada, que imponía las más míse­
ras condiciones de vida a la gran mayoría de la población, M ahoma le
abrió el camino a convertirse en una comunidad de creyentes en la que,
cualquiera que fuese su posición social, eran iguales ante Dios, y en la
que todos serían apreciados por sus hechos, más que por su condición
de cuna o su fortuna.
La Arabia preislámica fue una sociedad tribal sin Estado, empeñada
en interminables conflictos tribales y en que gran parte de la población
se ganaba la vida con una ganadería nómada y saqueando a las tribus

3 El ramadán es ei noveno mes del calendario lunar islámico.


548 E L IS L A M

vecinas. M ahoma dio a los árabes, adem ás de un sentido superior de


destino personal, una unidad cultural, una organización sociopolítica y,
muy pronto, un ím petu de conquista que llevó botín y tributos a los
miembros de la ummah.
El Islam era una religión superior, una civilización com pleja y un
compromiso sociopolítico impulsador que combinaba algunos elem en­
tos judíos y cristianos propicios con la cultura árabe. Aceptar el Islam
era cam biar una vida de nomadismo sin sentido o, para algunos, una
existencia m ercantil puram ente intrascendente, por un proyecto que
aseguraba una vida eterna paradisiaca después de la muerte y una exis­
tencia con sentido en este mundo, incluida la participación en la gloria y
las ventajas de un sistema de poder que iba en rápida expansión. El Islam
era un proyecto totalitario, que unía las recompensas espirituales a las
materiales. Si ese carácter totalitario dio mucho después por resultado
la aplicación de límites a la modernización, inhibiendo así la adaptación
del Islam a las nuevas condiciones culturales y sociales del mundo que
surgió a finales del siglo xvn, este mismo carácter aglutinado del Islam
le otorgó una capacidad inicial y duradera de reclutamiento y un ritmo
de expansión sin paralelo en toda la historia humana.

5. E l d e s a r r o l l o

A. Las tres dimensiones

El Islam es una religión, una civilización y un sistema sociopolítico fun­


dado por un genio inculto en las condiciones que imperaban en la Ara­
bia del siglo vn, y ha persistido hasta nuestra época. En ese sentido el
Islam es, históricam ente, un acontecim iento único. También el cristia­
nism o es una creación de la A ntigüedad, algunos siglos anterior al
Islam, que ha llegado hasta la actualidad con todas las características de
una gran religión universal y el núcleo de una civilización. Pero, con la
caída de Bizancio y el conflicto medieval entre el Imperio y el papado,
perdió el carácter de sistema sociopolítico.
La duración incomparable, en el curso de más de un m ilenio, de las
características básicas del Islam confiere un carácter especial a su des­
arrollo y un significado peculiar al concepto de decadencia, en el grado
y las condiciones en que tal concepto puede aplicarse al Islam. En ello
nos ayudará una comparación con el cristianismo. Los lemas básicos del
cristianismo, que combinan el mensaje de Cristo con elementos judíos y
clásicos, han abarcado dos épocas históricas: la Antigüedad tardía y la
E L ISLA M 549

civilización occidental. En la primera hubo una configuración romana y


una bizantina, m ientras la civilización occidental ha pasado por fases
tan distintas como la Edad Media, el Renacimiento y la Reforma, la Ilus­
tración, el siglo xix y el mundo contemporáneo, y experimentado duran­
te este largo proceso varias grandes crisis. ¿Podemos aplicar el concepto
de decadencia a la civilización occidental, a algunos de sus periodos
pasados o a sus condiciones actuales? A esta pregunta trataremos de dar
respuesta en el últim o capítulo de este estudio. C iertos analistas, si­
guiendo a Spengler o a Sorokin, consideran apropiado hablar de la
decadencia de Occidente, ya sea en la actualidad o desde hace algún
tiem po, pues la civilización ha perdido varios de sus valores básicos,
incluida una creencia verdadera y general en Dios y en la divinidad de
Cristo.
Si ahora consideramos el desenvolvimiento del Islam a través de los
siglos, también observaremos que ha pasado por fases y periodos muy
distintos, desde Mahoma hasta los cuatro primeros califas, de ellos a los
umayyad, a los abásidas, a la ulterior fragm entación del califato, a su
incorporación por los otomanos, a la decadencia del Imperio de éstos y
a las condiciones del Islam contemporáneo. ¿Han llevado estos aconte­
cim ientos al Islam a una decadencia final, sea en la actualidad o en
algún m om ento del pasado, como en el siglo xvm? Si com param os el
Islam contemporáneo con el cristianismo actual, uno de los hechos más
notables que veremos es que el Islam ha conservado sus lem as b ási­
cos mucho más vivos que el cristianismo. El Dios cristiano acaso haya
m uerto, como lo anunció N ietzsche; en cam bio, Alá ciertam ente no
ha muerto. Por otra parte, si comparamos la civilización islámica con su
equivalente occidental, habremos de reconocer que el Islam se ha visto
y se ve cada vez más obligado a occidentalizarse como condición para
sobrevivir. También hem os de reconocer que el Islam , com o sistem a
sociopolítico en los países islámicos, ha estado som etido a tan profun­
das transformaciones, además de su fragmentación en Estados naciona­
les, que aun los actuales regímenes fundamentalistas se han visto obli­
gados a edificar un Estado moderno, totalmente distinto de la original
ummah.
El Islam, como a menudo se ha observado en este capítulo, es una re­
ligión universal, una civilización y un sistema sociopolítico. El sistema
sociopolítico en el sentido que hemos considerado, en gran parte reali­
zado por los califas y en diferentes condiciones por los sultanes otom a­
nos, ha dejado de existir en su forma específica desde la caída del Imperio
otomano. La civilización islám ica ha seguido un curso más com plejo.
En la medida en que implica ciertas pautas básicas de creencias y con­
550 E L IS L A M

ductas espirituales y colectivas, ha persistido hasta nuestros días y así


ha sido porque, como religión universal, el Islam sigue sum am ente
vivo. Sin embargo, si bien la civilización islámica estuvo estrecham en­
te vinculada a sus iniciales valores y prácticas sociopolíticas y a cierta
interpretación de la ummah, las transformaciones sufridas por las socie­
dades islámicas desde que empezaron sus crisis de m odernización han
sido considerables e irreversibles. Lo que en la actualidad sobrevive es
el Islam como gran religión universal y la influencia de tal religión sobre
las sociedades en que prevalece,

B. Fases y épocas

Desde Mahoma hasta la actualidad, el Islam ha pasado por ocho fases


principales: 1) de fundación, con M ahoma; 2) la fase configurativa de
los cuatro prim eros califas; 3.) la consolidadora e institucional de los
um ayyad; 4) la universal de ios abásidas; 5) la fase de fragm entación
de poder en num erosas dinastías; 6) la fase m ilitar y restructuradora
del sultanato otomano; 7) las crisis de la modernización, desde fines del
siglo xvu hasta el comienzo del siglo xx, y 8) la fase contemporánea.
Vistas desde una perspectiva general, estas fases corresponden a cua­
tro grandes periodos o épocas. La primera de ellas es la del Islam árabe,
desde Mahoma hasta los abásidas. La segunda corresponde a un Islam
universal, desde los abásidas hasta los otomanos. La tercera época es la
del Islam otom ano. La cuarta, surgiendo de la larga decadencia del
Imperio otomano y de la pauta otomana de la civilización islámica, es la
época contemporánea.
Mahoma fundó una nueva religión y un nuevo sistema sociopolítico.
Sólo después, a partir de los primeros califas pero adoptando sus confi­
guraciones principales únicamente bajo los umayyad, el Islam se con­
virtió en una civilización distinta. También el cristianismo comenzó como
una religión nueva y sólo después se dividió en dos ramas: la civiliza­
ción bizantina y la civilización occidental.
En la civilización occidental, la temprana polarización entre el Im pe­
rio y el papado y la ulterior incapacidad del Imperio romano germánico
para lograr la universalidad a la que aspiraba impidieron que las crisis
de legitim idad llegaran a proporciones extrem adam ente graves. Rara
vez fueron im portantes los antipapas. Las crisis de legitim idad en el
Im perio o en uno de los grandes reinos cristianos fueron de carácter
regional y no afectaron la civilización occidental en su conjunto. En el
caso del Islam, y en menor grado en el de Bizancio, las crisis de legitim i­
E L IS L A M 551

dad fueron sumamente graves porque afectaron los fundamentos tanto


religiosos como sociopolíticos de la sociedad. Mahoma fue el dirigente
espiritual y al mismo tiempo sociopolítico, investido con esa autoridad
por la voluntad de Dios. Por tanto, no pudo ser legítimamente sucedido
sólo con base en la herencia, la elección por los fieles o por medios m ili­
tares. Hacía falta un carisma que presentara las señales reconocibles de
la sanción divina.
Las crisis de legitimidad en el Islam aparecieron cuando surgió una
oposición al califato de Alí, y llegó a niveles irreparables con la rebelión
de los kharijitas contra la irresolución de Alí y en un segundo momento,
con su asesinato en 661, seguido en 680 por el homicidio de Husayn, el
segundo hijo de Alí. Esta crisis de legitimidad envolvió a toda la dinas­
tía umayyad, continuamente rechazada por los chiítas. Adquirió mayor
dim ensión como resultado de la conspiración de los abásidas y la
matanza de los umayyad en 750, y por esta razón, la unidad del califato
se vio sometida a continuos desafíos y acabó por depender de la capaci­
dad político-m ilitar del califa. La gradual pérdida de poder efectivo de
los últim os abásidas produjo la fragm entación de las dinastías, desde
mediados del siglo ix. A finales del siglo xiv, los otomanos lograron con­
quistar la mayor parte de la autoridad central del Islam. Sin embargo,
con los otom anos, la religiosidad del sultanato dependía abiertam en­
te de su poderío político-m ilitar, invirtiendo así los conceptos de su
fundación, según los cuales el poder político se derivaba de la m isión
apostólica.
El Islam , com o nueva religión universal apoyada por un sistem a
sociopolítico específico, también se convirtió en una civilización nueva,
como ya había ocurrido a otras grandes religiones m undiales. El surgi­
miento de una civilización a partir de una religión es un fenómeno com ­
plejo, caracterizado por una aglutinante reconfiguración de las creen­
cias, instituciones, cultura y conducta colectivas de una sociedad por
medio de sus convicciones religiosas. La cultura religiosa remodela la
cultura laica de acuerdo con sus creencias y requerimientos básicos. En
algunos casos, como en el Islam, desaparece la distinción entre la cultu­
ra religiosa y la laica, con la correspondiente fusión de instituciones reli­
giosas y políticas. La nueva religión forja una nueva visión del mundo,
de la im agen del hombre, del propósito de la vida y la sociedad, y los
aspectos más representativos de semejante transformación son observa­
bles en las instituciones, las artes, y las pautas de conducta individual y
colectiva.
El Islam creó una cultura, una filosofía, una literatura, unas artes
visuales y rítmicas y una pauta de conducta islámicas. Las principales
552 E L JS L A M

características de esa cultura ya fueron brevem ente descritas en la ter­


cera sección de este capítulo. ¿Cómo llegó a form arse la nueva civili­
zación?
Para comprender el surgimiento y el desarrollo de la civilización islá­
m ica, cuyas características son típicas de las civilizaciones terciarias,
hay que tener en mente dos consideraciones principales. La primera es
el carácter gradual del proceso de form ación de la nueva civilización,
aunque el ritm o del proceso pueda ser rápido, como en el caso del
Islam, o muy lento, como en el de la civilización occidental. La segunda
consideración que debe tenerse en cuenta es que las civilizaciones ter­
ciarias se edifican sobre los materiales culturales de la o las civilizacio­
nes precedentes y los aprovechan. En e/caso del Islam , los m ateriales
culturales anteriores más importantes fueron los de las civilizaciones bi­
zantina y persa.
Los dos prim eros rasgos culturales generados por la nueva religión
en la formación de la civilización islámica fueron sus instituciones so-
ciopolíticas, relacionadas con el concepto del ummah, y sus artes visua­
les, relacionadas con la constricción de las mezquitas, o sea los templos
de la nueva religión. La compleja mezquita islámica evolucionó a partir de
simples edificios cuadrados construidos para la plegaria común, las reu­
niones comunitarias y otras actividades. Las primeras mezquitas (de las
cuales no se conserva ninguna) fueron grandes cuadrados rodeados por
una columnata cubierta. De esos edificios surgió la mezquita hipóstila,
con su pulpito (minbar) para el predicador que señala en dirección de La
Meca, y sus elegantes minaretes para llamar a los fieles a la plegaria. Las
primeras mezquitas típicamente islámicas fueron edificadas en Medina,
Jerusalén y Damasco. La mezquita de al-Aqsa en Jerusalén fue construi­
da en 691 por orden del califa Abdul Malik, y las otras dos en tiempos de
al-Walid I (705-715). Las técnicas arquitectónicas e ingeníenles de cons­
truir m ezquitas fueron legados de Roma y Bizancio. La form a icono­
clasta de su decoración, aunque no formalmente prescrita por el Corán
y la doctrina religiosa, en general fue influida por el temor iconoclasta
bizantino a la idolatría. Con la edificación de las primeras grandes mez­
quitas surgió una forma islám ica de arte, que se convirtió en rasgo
importante de la civilización islámica.

C. El Islam árabe

Los tres primeros califas, desde Abu Bakr (632-634) hasta Uthman (644­
656), recibieron de la fase fundadora de Mahoma un sistema religioso y
EL ISLAM 553

sociopolítico dotado de un extraordinario dinam ism o y una increíble


capacidad de expansión. En m enos de 30 años, los m usulm anes con­
quistaron Siria, Mesopotamia y Egipto, arrancándolos a Bizancio, y toda
Persia, arrebatándola a los sasánidas.
La rápida expansión del Islam, después del difícil califato de Alí (656­
661), continuó con los um ayyad (661-750). En tiem pos de M uaw iya
(660-680) fue conquistado Túnez, en el norte de Á frica, y en Asia los
ejércitos árabes llegaron hasta Kabul (664) y Bujará (674). Otra ex­
pansión espectacular ocurriría a com ienzos del siglo viii, bajo Tarik y
Musa, con la conquista de España y la aniquilación del reino visigodo
(711-773). Menos de un siglo después de la muerte del profeta, los mu­
sulm anes habían propagado el Islam hasta abarcar toda la península
arábiga, África septentrional, casi toda España, Siria, Palestina, M eso­
potamia, Persia y parte de Turquestán y la India. Además de la increíble
rapidez con que lograron estas conquistas, otro aspecto extraordinario
fue el tamaño relativam ente pequeño de las fuerzas m usulm anas. Por
ejemplo, al-Tarik conquistó la mitad de España con un ejército de 12 000
hombres, en su mayoría bereberes. Más adelante, Musa añadió un con­
tingente de 18000 hom bres para el resto de la conquista. ¿Cóm o fue
posible esto?
Tres aspectos de la extraordinaria expansión del Islam merecen con­
sideración especial. El primero es la entusiasta m otivación de las fuer­
zas musulmanas en los primeros decenios de esa expansión y el hecho
de que estaban casi totalmente integradas por una caballería de rudos
nóm adas, acostum brados a las tácticas de ataque rápido del desierto.
Una m otivación sin límite y una superior habilidad m ilitar llevaron a
los musulmanes a vencer a fuerzas mucho más numerosas.
La segunda consideración importante es que las dos grandes civiliza­
ciones invadidas por los árabes — los bizantinos y los sasánidas— esta­
ban saliendo de un largo y agotador periodo de guerras entre ellas. Las
cam pañas de H eraclio (610-641) casi destruyeron las fuerzas persas,
pero, en el proceso, Bizancio había sufrido una pérdida igualm ente
grande de recursos hum anos y m ateriales. Los árabes llegaron en un
m omento de extrema postración de ambas potencias, particularm ente
de los sasánidas. En el caso de la India, la conquista fue una tarea pro­
longada, después de la primera toma relativamente rápida (711-713) del
Sind por Muhammad ibn Qasim; su continuación durante la época abá-
sida requirió largo tiempo y se consumó en condiciones diferentes, con
el empleo de mamelucos turcos.
Un tercer aspecto importante de la rápida expansión del Islam fue la
tolerancia de los musulmanes a la cultura y las costumbres de los pue­
554 EL ISLAM

blos conquistados. Los sometieron sólo a dos requerimientos principa­


les: conformidad con el régimen musulmán y pago de unos impuestos
m oderados. La población oriental del Im perio bizantino, en Egipto y
Siria, a cuyo m onofisism o se oponía constantem ente C onstantinopla,
acabó por preferir el gobierno de los m usulm anes al de aquélla. En la
Persia conquistada, los campesinos y otras clases bajas de la población
sintieron menos opresivos a los musulmanes que a la aristrocracia sasá-
nida. La tolerancia islámica era al mismo tiempo una obligación religio­
sa (Alá el m isericordioso), una política inteligente para m inim izar la
resistencia, y una ventaja fiscal, porque sólo los no musulmanes tenían
que pagar impuestos completos.
Los umayyad transform aron el Islam relativam ente prim itivo que
habían heredado de Mahoma y los primeros califas en una nueva civili­
zación com pleja. Edificaron las instituciones de un Estado im perial y
reunieron en Damasco una corte refinada en torno de los califas, toman­
do de Bizancio y Persia los elementos culturales que exigía la nueva civi­
lización e im pregnándolos con el espíritu islámico. Asimism o hicieron
un gran esfuerzo educativo entre las masas, con los fundamentos de la
religión islámica para la instrucción primaria. También fueron grandes
constructores de mezquitas, palacios, fortalezas y carreteras. Encabeza­
dos por los árabes, crearon un imperio y una civilización islámicos cos­
mopolitas.
Entre las principales realizaciones de los umayyad, una que demostró
ser de particular im portancia para la expansión y conservación del
Im perio islám ico fue la organización de sus estructuras civil y militar.
La base del nuevo Estado islámico fue la transform ación de tribus be-
duinas (eternamente en guerra) en una nación árabe unida, desviando
su energía y belicosidad hacia el exterior, contra los infieles del Dar-al-
harb (casa de la guerra) y convirtiendo a los musulmanes en la clase go­
bernante de un vasto imperio. Con este propósito, se formó una buro­
cracia civil que seguía los lineam ientos bizantinos, así como un muy
eficaz ejército perm anente. La transferencia de la capital de M edina a
Damasco, en Siria, hizo posible el reclutamiento para el servicio del go­
bierno a m usulm anes de cultura refinada junto con cierto núm ero de
auxiliares no musulmanes. El impuesto pagado por los miembros de las
religiones toleradas, el impuesto general y, cada vez más, botines y tri­
butos arrancados a los pueblos conquistados fluyeron constantemente a
la tesorería de los califas. La tolerancia islámica a la religión y la cultura
de las poblaciones anexadas aseguró su ordenada adaptación al régi­
men islámico y permitió emplear la totalidad del ejército en las guerras
de conquista.
E L IS L A M 555

D. El Islam universal

El prolongado periodo abásida (750-1258), correspondiente al reinado


de 37 califas, desde Abdul Abas (750-784) hasta al-M usta'sim (1242­
1258), fue una etapa en que la civilización islám ica universal pasó del
dominio árabe a una jefatura más cosmopolita, que incluyó una podero­
sa influencia persa y, después, el liderazgo de los turcos. En la época
abásida, la penetración islám ica en la India se extendió considerable­
mente, y el Islam invadió zonas turcas y mongolas. En el aspecto cultu­
ral, el periodo abásida correspondió a los m om entos suprem os de la
civilización islám ica, con la incorporación y disem inación de los clási­
cos, y llegó a los más altos niveles de refinam iento y conocim iento en
España bajo la dinastía umayyad local, y en Bagdad, la capital abásida,
durante los califatos de al~Mansur (654-775), al-Mahdi (775-785), Harún
al-Rashid (780-809) y al-Mamún (813-833).
Este mismo periodo, tal como se desarrolló, fue políticamente de sub­
división del poder, pues el gobierno de Bagdad perdió su dom inio de
muchas regiones del mundo islámico, además de España, como el Áfri­
ca septentrional y Egipto, bajo los fatimidas; los tahiridis en Khorasán;
los ilkhanid, después sucedidos por los safávidas, en Persia; los ghazná-
vidas y dinastías sucesoras en la India, y, al correr del tiempo, la trans­
formación de los califas abásidas en soberanos peleles, bajo el gobierno
auténtico de los jefes buyidas del palacio, sucedidos por los seljucidas y,
finalmente, por los otomanos.
El periodo que va del primer califa abásida a la dominación otomana
abarca tres fases principales: 1) la fase clásica de la dinastía, desde al-
Saffah (745-754) hasta al-Mutawakki (847-861); 2) la fase de fragm enta­
ción del poder, desde al-M untasir (861-862) hasta la invasión m ongola
encabezada por Genghis Khan y la caída de Bagdad ante las hordas de
H uíegu Khan, en 1258, y 3) la fase de decadencia del califato hasta el
sultanato otomano, a comienzos del siglo xvi.

La fase clásica

La fase clásica de los abásidas en el curso de 11 decenios marcó el apo­


geo cultural, político y territorial del Im perio islám ico. La civilización
islám ica resistiría a la fragm entación de la fase siguiente y alcanzaría
altos niveles culturales en la España umayyad, el Egipto ayubí, la Persia
safávida y la India mogul. En la fase clásica de los abásidas, el Islam
conservó la mayor parte de su unidad política y, a partir de Bagdad y
556 E L IS L A M

otras ciudades, logró algunos de sus avances culturales de m ayor im ­


portancia.
Deben ponerse en relieve tres aspectos principales del periodo clásico
abásida: la organización del gobierno imperial; la consolidación jurídica
y teológica de la doctrina islámica, y la fundación y expansión de la cul­
tura islámica, a las que dio extraordinario ímpetu al-M am ún (813-833)
con su "Casa de la Sabiduría" (Bayt al-Hikmah), después de los logros
culturales del reinado anterior, de Harón al-Rashid (786-809).
Los abásidas establecieron a partir de al-Saffah un nuevo principio de
legitim idad basado en la "con su lta", según la cual los notables, en re­
presentación de la ummah, validaban la elección (hecha por el califa en
turno) del sucesor, que por lo general era su hijo o un herm ano. Si este
principio no logró im pedir recurrentes confrontaciones sangrientas
entre hermanos y otros parientes en la disputa por la corona, sí dio a los
vencedores una legitim idad que durante largo tiem po sostuvo a la
dinastía abásida. Con fundamento en esta legitimidad, los abásidas die­
ron una organización eficiente y racional al Imperio, con un ejército per­
manente profesional, integrado en su mayor parte por khurasanianos;
una burocracia profesional dirigida sobre todo por iraníes, y un sistema
de departam entos gubernamentales (diwan) para la adm inistración de
los asuntos públicos, coordinados por un visir (zvazir) y por gobernado­
res nombrados para las provincias. Un sistema centralizado de correos,
además de prestar servicios de comunicación, hacía posible supervisar
la conducta de los gobernadores, de la que inmediatamente se daba avi­
so al califa. Los asuntos judiciales, bajo la responsabilidad de cadíes y la
coordinación central del gran cadí, estaban separados del gobierno civil.
También el sistema fiscal operaba en total independencia de los gober­
nadores, bajo la responsabilidad, en cada distrito fiscal, de un agente fis­
cal (amil) nombrado por el califa.
A diferencia de los um ayyad, que a m enudo entraban en conflicto
con los dirigentes religiosos, los abásidas in tentaron gan árselos y
delegaron en el ulema más respetado la regularización y la estandari­
zación del derecho y la doctrina islámicos. Este nuevo enfoque com en­
zó con al-M ansur (654-775), el segundo abásida, quien dejó que los
expertos determinaran la forma en que las tradiciones del profeta (aha-
dith) debían ser recabadas y elegidas, haciéndolas com patibles con el
Corán y la sunna . De estos estudios surgieron cuatro escuelas de dere­
cho: el m alikism o, fundado por M alik ibn Anas (711-796); el hanafis-
m o, fundado por Abü H anifa en el siglo vm; el sh afi'ism o, fundado
por al-Shafi'i en el siglo íx, y el hanbalism o, fundado por Ahm ad ibn
H anbal en la segunda m itad del siglo íx. Esta política les valió a los
EL ISLAM 557

abásidas el apoyo de los dirigentes religiosos y reforzó la autoridad de


los califas. .
Un tercer rasgo importante del periodo clásico de los abásidas fue el
apoyo de sus califas más ilustrados al desarrollo de la cultura, desde al-
M ahdi (775-785) hasta al-M utaw akkil (847-861), incluidas figuras tan
brillantes como Harún al-Rashid (786-809) y al-M am ún (813-833). La
adaptación de la tradición clásica a las creencias religiosas islámicas, ini­
ciada durante el periodo umayyad, llegó a su cúspide en la fase clásica
de los abásidas y generó una cultura islám ica distinta y refinada. Del
siglo vin al ix, el Islam se adelantó al resurgimiento cultural que en Occi­
dente sólo comenzaría en el siglo xii , y con sus traducciones de autores
griegos4 y estudios originales de sabios m usulmanes contribuyó deci­
sivam ente a la futura aparición de la cultura occidental. En ese perio­
do, sólo el Islam y Bizancio, enzarzados en continuas guerras (que, sin
embargo, no les im pidieron lograr im portantes intercam bios cultura­
les), fueron centros de alta cultura, frente a los aún sem ibárbaros occi­
dentales, turcos y mongoles. En un periodo posterior, los cruzados lle­
varían la introm isión de los brutales francos y norm andos en los
dominios civilizados de la cultura islámica, pero al m ismo tiempo esta
última ejercería un efecto educativo sobre los toscos invasores, que por
primera vez entraban en contacto con las altas civilizaciones del Medio
Oriente, el Islam y Bizancio.
Los aspectos principales de la cultura islámica de la época ya fueron
brevem ente analizados en la tercera sección de este capítulo. Lo que
ahora nos interesa es comprender las condiciones en que se desarrolló la
cultura islámica en el curso de esos siglos.

Desarrollo del islamismo clásico

Desde la segunda mitad del siglo vm hasta la segunda mitad del ix, el
Imperio islámico, con el apoyo de un muy aguerrido ejército permanente
y con un competente servicio civil administrado por una serie de buenos
califas, constituyó, junto con Bizancio pero en condiciones mucho más fa­
vorables y extensas que este último, un gran entorno cosmopolita y civi­
lizado, en el que la vida fue regulada de manera ordenada, prosperaban
la producción y el comercio, y se respetaba y estimulaba la alta cultura.
Mientras seguía adelante la expansión m ilitar del Islam, con avances
continuos por el territorio bizantino y con la conquista de la Persia sep-
4 Las traducciones se hacían, habitualmente, en dos fases: primero del griego al sirio, en su
mayor parte por eclesiásticos cristianos, y luego del sirio al árabe, por eruditos musulmanes.
558 EL ISLAM

tentrional, Creta y Sicilia, el desarrollo de la civilización islámica se volvió


fundamentalm ente un proceso interno. Tras haber sido una civilización
árabe, el islamismo pasó a ser una civilización universal, con poderosas
influencias persas, crecientes aportaciones de Grecia y de la Antigüedad
tardía, y elementos importantes de los procedimientos adm inistrativos
bizantinos.
La com binación de la nueva religión con la cultura y las costumbres
del anterior nom adism o árabe había dado un ím petu extraordinario
a los prim eros decenios del Islam y generado una rápida expansión
durante los reinados de los primeros califas, continuada, aunque con me­
nos rapidez, bajo los umayyad. A pesar de que el dinam ism o islám ico
en la fase clásica de los abásidas, mantenía cierta expansión territorial,
se orientaba predominantemente hacia el interior. Fue en esta fase cuan­
do se forjó una civilización universal islámica específica y avanzada, en
cuyo curso las fuerzas centrífugas, que ya actuaban en un imperio gran­
de y diversificado, fueron contenidas por las fuerzas unitarias de una
civilización común, un fuerte poder central y un solo sistem a jurídico,
todo administrado desde Bagdad por una competente burocracia civil,
apoyado por la m ejor maquinaria militar de la época y estim ulado por
una misma religión y unos valores compartidos. Aunque el afán religioso
expansivo del Islam siguió desempeñando un im portante papel diná­
mico (en forma un tanto más moderada), el complejo proceso de inter­
cam bio económ ico, social, intelectual y político entre las diversas pro­
vincias del Im perio, conservada su unidad como ya se m encionó, fue
otro factor poderoso, tal vez más im portante aún, para el prolongado
desarrollo de la civilización islámica.

E. La fragmentación del poder

Desde el reinado de al-Muntasir (861-862) hasta la invasión m ongola y


la toma y saqueo de Bagdad por Hulegu en 1258, la civilización islámica
se vio sometida a un proceso de fragmentación de poder, el cual presen­
tó dos aspectos distintos, si bien parcialmente correlacionados. Por una
parte, se transfirió un poder central de las m anos de los califas a los
m ilitares, ya fuese en forma de una toma pretoriana del poder por la
guardia turca, desde al-M untasir (861-862) hasta al-Q ahir (932-934),
o, después, en forma de un poder central efectivo concentrado en manos
de emires hereditarios. Por otra parte, correspondió a una fracturación de
la unidad im perial con el surgimiento de dinastías independientes en
España, el Maghreb, Egipto, Persia y la India.

¥
E L IS L A M 559

La guardia turca fue establecida por al-M u'tasim (833-842). El ante­


rior califa, al-M am ún (813-833), ya había formado su guardia personal
con un cuerpo de esclavos turcos al mando de oficiales árabes de su con­
fianza. Al-M u'tasim introdujo la práctica de ascender a más alto rango a
los miembros meritorios de la guardia. Al correr del tiempo, la guardia
se volvió enteram ente turca y fue adquiriendo características cada vez
más pretorianas. Así, al-M utaw akkil se enfrentó a una rebelión de los
guardias, que lo asesinaron. La guardia continuó haciendo y deshacien­
do califas, hasta llevar al trono a al-M u'tam id (870-892), el último hijo
de al-Mutawakkil.
Los califas anteriores habían transferido su residencia a Sam arra,
em pezando en 836 por al-M u'tasim . A l-M u'tam id decidió regresar a
Bagdad para librarse de la hegemonía de la guardia turca acantonada en
Samarra, y durante un tiempo los califas recuperaron su poder. El último
califa independiente fue al-M uqtadir (908-932), quien efectivam ente
gobernó un vasto imperio que abarcaba Irak, Siria, Egipto, Persia y Khu-
zestán. Tras el breve reinado del siguiente califa, al-Qahir (932-834), al-
Radi (934-940) se vio obligado a conferir al gobernador de Wasit y Basra,
ibn Ra'iq, el cargo de gran emir (amir al-umará) y a cederle el verdadero
poder m ilitar y financiero. Se inauguró una nueva fase en que el califa
quedó reducido a funciones nominales y el poder central fue ejercido en
realidad por el gran emir. Este cargo fue desempeñado por los buyidas,
de 945 a 1055, y por los seljucidas hasta 1194. La invasión m ongola de
Genghis Khan y el saqueo de Bagdad por Hulegu pusieron fin a su
dinastía abásida en 1258 con el asesinato del último califa, al-Musta'sim.
El otro aspecto del proceso de fragmentación del poder fue la forma­
ción de dinastías independientes en España, el norte de África, Egipto,
Persia y la India. El proceso comenzó en España en 756, en el reinado de
Abderramán I, el umayyad que logró escapar de la matanza de su fami­
lia por los am biciosos abásidas. Proclam ándose em ir independiente,
rompió todos los nexos con Bagdad, salvo en cuestiones religiosas. En
tiem pos de A bderram án III (912-961), octavo umayyad de Córdoba,
tam bién se rom pió ese nexo restante, y entonces él se dio el título de
califa.
En el Maghreb, los idrísidas, con su capital en Fez, se declararon in­
dependientes de Bagdad en 789 y gobernaron el país hasta 974; rostemi-
das (779-909) y agghlabidas (800-909) dom inarían después partes del
Maghreb, hasta la llegada de los fatimidas, que reinaron desde 909 has­
ta 1171. En Egipto los tulúnidos, ex gobernadores turcos de los abásidas,
se volvieron soberanos independientes y formaron una dinastía que rei­
nó desde 868 hasta 905, cuando el país, durante un breve tiem po, fue
560 EL ISLAM

recuperado por los abásidas. Los ikhshididas (935-969), otra familia tur­
ca, actuando inicialmente como gobernadores de Egipto para los abási­
das, declararon su independencia y gobernaron el país hasta la llegada
de los fatimidas. Éstos dominaron Egipto hasta la invasión de la prime­
ra cruzada; la consiguiente inestabilidad política dio por resultado el
gobierno de Saladino y la form ación de la dinastía ayubí (1169-1260).
Los siguientes gobernantes, los mamelucos, mantuvieron su hegemonía
sobre Egipto hasta 1517, año de la conquista otomana.
En Persia, Hulegu fundó la dinastía ilkhanida (1260-1349), que gober­
nó el país hasta la invasión de Timur. Fue sucedida por los tim úridos
(1370-1505), a su vez seguidos por los safávidas (1501-1732), y, ulterior­
mente, durante un breve periodo, por los afsháridas (1735-1795), una
familia turca. Los kadjares (1799-1925) y los Pahlavi (1926-1979) fueron
las últimas dinastías, antes de la revolución del ayatola Jomeini.
En la India, el prolongado califato de Sind, después de la conquista
de 712, cedió ante los ghaznávidas (977-1186), de origen turco, quienes
establecieron un gobierno independiente. Los ghuridas (1146-1215), los
reyes esclavos (1206-1290) y los tughluquidas (1320-1413) fueron segui­
dos, después de la invasión de Timur, por los sucesores nombrados por
este últim o, los sayyidas (1414-1451). Éstos fueron derrocados por un
cabecilla de los patanes, Bahlul Lodhi, quien fundó la dinastía de Lodhi
(1451-1526). Después de un breve periodo, los m ogules, encabezados
por Hum ayún, conquistaron el país en 1556 e inauguraron la dinastía
mogul, que gobernaría hasta que en 1858 llegaron los británicos.
La fragmentación territorial constituyó una tendencia natural en las
provincias importantes, como España, Egipto, Persia y la India, tan aleja­
das de Bagdad. Al igual que le ocurriera a los imperios anteriores, como
la Persia sasánida y el Im perio seléucida, entró en acción la causación
mutua: un debilitam iento del poder central impele a los gobernadores
de provincias importantes a independizarse, y su independencia inten­
sifica la flaqueza del poder central. La fragm entación territorial del
Im perio abasida serviría para debilitar la resistencia del Islam ante la
agresión occidental, inicialm ente en su enfrentam iento con la primera
cruzada y mucho después ante las potencias europeas. También contri­
buiría al futuro surgim iento de Estados nacionales islám icos en el
M edio O riente. En los siglos que siguieron a la independencia de las
dinastías que gobernaron las anteriores provincias abásidas y hasta la
llegada de los otomanos, las consecuencias de la autonomía local fue­
ron, por regla general, favorables a tales provincias.
El hecho de ser administradas por autoridades locales — que no eran
originarias del lugar, aunque sí de sitios cercanos a las zonas y pueblos
EL ISLAM 561

que gobernaban— aumentó la prosperidad y estimuló el desarrollo cul­


tural de estas regiones. Es interesante que los más grandes exponentes
de la cultura islám ica, desde la segunda mitad del siglo ix hasta los
com ienzos del xv, fueran sabios de las provincias, como al-Farabi de
Turquestán (878-950), Avicena de Persia (980-1037), Averroes de España
(1126-1198) y el padre de la moderna filosofía de la historia, Ibn Jaldún,
de Túnez (1332-1406), quien durante un tiempo trabajó en España.

F. Los otomanos

Dos pueblos altaicos interrelacionados, los mongoles y los turcos, des­


empeñaron un papel vital en la civilización islámica. Los primeros destru­
yeron el califato de Bagdad y amenazaron la supervivencia misma del
Islam; los últimos defendieron y reconstruyeron la civilización islámica
sobre bases nuevas.
La presencia turca en el Imperio islámico empezó con las guardias de
corps turcas formadas por el califa al-Mamún (813-833). El siguiente ca­
lifa, al-M u'tasim (833-842), convirtió a esas guardias de corps en una
guardia turca, al incorporarles grandes contingentes de nuevos soldados-
esclavos turcos y darles oportunidad de ascender. La guardia turca, que
fue convirtiéndose cada vez más en un grupo pretoriano, se rebeló
durante el reinado de al-M utaw akkil (847-861) y lo asesinó. Procedió
entonces a hacer y deshacer califas hasta la llegada de al-Mu'tamid (870­
892), quien se libró de su control trasladando su capital desde Samarra,
donde estaba establecida la guardia, de regreso a Bagdad.
Los turcos empezaron a desempeñar un gran papel con los seljucidas.
Seljuco era el jefe de los ughuz, confederación de tribus nómadas turcas
llegadas de Turquestán a Transoxiana que se establecieron en torno de
Bujará desde el siglo x, convertidas al Islam. Pueblo sumamente enérgi­
co y combativo, bajo la jefatura de Tughril, nieto de Seljuco, emprendió
una serie de conquistas en Khorasán desde el tiempo de los ghaznávi-
das y extendió su dom inación hasta que, en 1055, Tughril dom inó la
mitad del califato. Marchó entonces sobre Bagdad, derrotó a los buyidas
que controlaban el califato, e hizo que el califa le confiriera el título de
Amir ul-Sharq zval-Gharb, o sea, Señor de Oriente y Occidente.
Tughril fundó el Imperio seljucida bajo la supremacía religiosa de los
califas de Bagdad. Los seljucidas aportaron cuatro sultanes importantes
al Imperio: Tughril I (1038-1063); su hijo Alp Arslan (1063-1072), quien
extendió el Im perio hasta Persia; su nieto M alikshah (1072-1092), y su
tataranieto, el último de los grandes seljucidas, Sanjar (1118-1157). Des-
5 62 EL ISLAM

pues de M alikshah, los seljucidas se dividieron y em pezaron a luchar


entre sí, fragmentando el Imperio en varios pequeños reinos. Sanjar fue
derrotado por una nueva rama de los ghuzz turcos y el Imperio seljuci-
da se escindió en numerosas dinastías locales.
La invasión mongola, la toma y saqueo de Bagdad y el asesinato del
último califa abasida, al-M usta'sim (1241-1258), pusieron fin a los califas
de Bagdad y amenazaron seriamente la supervivencia política del Islam.
Un miembro de la familia huyó a Egipto, donde, bajo la dominación de
los mamelucos, fue instalada una dinastía abásida pelele, que sobrevivi­
ría hasta 1517, año de la conquista otomana.
Después de la conquista de Hugelu, Irak se vio sometido a una larga
serie de dinastías extranjeras: los ilkhanidas (1260-1364) y los jalairidas
(1336-1432), m ongoles unos y otros, seguidos por los turcom anos, los
kara-koyunlu (1411-1468) y, durante un breve tiempo, por los safávidas,
hasta la conquista otomana de 1534.
Durante más de un siglo, los seljucidas gobernaron el Imperio en nom­
bre del califa, garantizaron su unidad y su defensa y contribuyeron a su
prosperidad económica; junto con los madrasas, que significa "lugares de
estudio", emprendieron la expansión de una floreciente cultura sunnita.
D espués del largo interregno que siguió a la invasión m ongola, los
otomanos, partiendo de la recién conquistada Constantinopla, la trans­
formaron en capital del Im perio y la llamaron Estam bul, iniciando así
una nueva época de la civilización islámica.
Los otomanos aparecieron por primera vez en la historia como una
banda de guerreros ghazi (combatientes de la fe) en la frontera anatolia
de Bizancio. Su jefe, Ertoghrul, fue convertido en señor feudal (beylik)
del distrito de Sogut por Alauddin III, el sultán seljucida de Konya. Tras
su muerte en 1285, le sucedió su hijo Osmán (Othman), quien dio origen
a los osmanlíes u otomanos. Osmán I (1290-1326) combatió triunfalmen­
te a los m ongoles, frente a Heraclea, y contra Bizancio en 1302, con lo
que ensanchó su territorio. Orkhán I (1326-1359), su hijo, logró apode­
rarse de Bursa en 1326, en tanto que uno de sus hijos penetró en Europa
por los Dardanelos y Tracia.
Los otom anos continuaron sus conquistas de territorio bizantino
durante los reinados de O rkhán y M urat I (1359-1389). La invasión
de Tamerlán en 1402 interrumpió la serie de triunfos, con la derrota de
Bayazeto I, quien quedó prisionero de por vida. El consiguiente periodo
de desorganización — que habría podido conducir a la expulsión de los
otomanos por los bizantinos, de no ser por su propia debilidad— llegó a
su fin con Murat II (1421-1451), quien reorganizó el sultanato otomano.
Venció a la cruzada de 1444 promovida por el papa, pero que fue des­
EL ISLAM 563

pués abandonada por los serbios, lo que causó su desastre final. El


Im perio bizantino, reducido al enclave de Constantinopla, finalm ente
fue conquistado por Mohammad II (1451-1481). Selim I (1512-1520), nie­
to de aquél, extendió el sultanato al vencer a los m amelucos de Egipto,
se anexó los países árabes y tomó el título de califa, del que despojó al
último califa de El Cairo.
Solimán el Magnífico (1520-1566), hijo de Selim I, llevó al Imperio oto­
mano a su más elevado nivel político, militar, económico y cultural. Sin
embargo, con Solimán llegó a su límite la expansión de los otomanos. El
asedio de Viena en 1529 term inó en un fracaso. La prolongada guerra
con los safávidas de Irán también quedó indecisa. Con su hijo Selim II
(1566-1574), los otomanos sufrieron su primera grave derrota en 1571 en
la batalla naval de Lepanto. Aunque Selim logró reconstruir su armada
e infligir una derrota a los venecianos, el ciclo de la expansión otomana
iba llegando a su fin, y los siglos siguientes serían un periodo de conti­
nua decadencia.

6. L a d e c a d e n c ia

A. Consideraciones generales

El concepto de decadencia se debe emplear con cuidadosa discrim ina­


ción cuando se aplica al Islam, pues éste fue y sigue siendo una realidad
compleja que, como a menudo se ha dicho en este capítulo, abarca tres
facetas: la religiosa, la sociopolítica y la civilizadora. Aunque la religión
islámica continúa sumamente viva — de hecho, más viva que el cristia­
nismo— , desde el desplome del Imperio otomano las actuales socieda­
des islámicas han mostrado tan diferentes características sociopolíticas
que resulta difícil hablar de una continuidad. Al mismo tiempo la civili­
zación islámica, aunque sobrevivió a los múltiples y profundos cambios
ocurridos desde los umayyad hasta los otom anos, a partir de la crisis
del Im perio otom ano ha dejado de m anifestar señales suficientes de
autorregulación independiente y de autosostenibilidad autónoma.
Resulta im portante tener en cuenta los rasgos que caracterizan una
civilización, ya analizados en el presente estudio. Como categoría socio-
antropológica, la civilización es el estado de una sociedad que ha llega­
do a unos modos de vida sedentarios, incluso a condiciones urbanas;
cuenta con su propia escritura; está dotada de una cultura específica y
se encuentra regulada por determinadas instituciones sociales, políticas
y religiosas.
Como categoría histórica, una civilización debe presentar, según Fer-
564 EL ISLAM

nand Braudel,5 cinco requisitos esenciales: 1) la ocupación estable de un


territorio determinado 2) por una sociedad dada 3) que presenta ciertas
características económicas 4) cierta mentalidad colectiva, y 5) cierta con­
tinuidad histórica.
Según el presente autor, una civilización, como realidad histórica,
muestra los cinco siguientes rasgos esenciales: 1) es un sistema cultural
transmitido, con continuidad histórica, por una o más sociedades 2) que
ocupan un territorio de manera estable, incluso con la existencia de una
o más ciudades, 3) que presentan, en condiciones duraderas, una cultu­
ra específica, con una lengua, una escritura, una religión con cierta cos-
m ovisión, técnicas de autosostenim iento, instituciones reguladoras y
costum bres com unes, 4) dotadas de condiciones suficientes para su
autorregulación cultural independiente, y 5) poseedoras de la capaci­
dad de una autosostenibilidad autónoma.
La m ayoría de las civilizaciones ha sobrevivido sólo en sociedades
políticam ente independientes. Sin embargo, unas cuantas han logrado
m antener durante largo tiempo su especificidad cultural después de
verse privadas de la independencia política, como los fenicios bajo el
Imperio persa, o los judíos, que incluso carecieron de un territorio pro­
pio, desde la diáspora tras la derrota de la rebelión de Barcoquebas (135
d.C.) hasta su absorción por la civilización occidental, a comienzos del
siglo XVIII.6
A plicado al Islam , el concepto de decadencia debe diferenciar los
aspectos sociopolítico, religioso y de civilización. No es aplicable al
aspecto religioso. En cambio, sí lo es a varias fases del desarrollo históri­
co del Islam y también, aunque de manera más cautelosa, a su dim en­
sión civilizadora.

B. La decadencia política

En el curso de su historia m ilenaria, el Islam ha estado sujeto, en sus


diversas ubicaciones geográficas, a varias fases de decadencia sociopolí-
tica. En gracia a la sim plicidad, las siguientes breves consideraciones
enfocarán exclusivam ente las sociedades islám icas centrales, sin ocu­
parse de las vicisitudes sociopolíticas que ocurrieron en la España islá­
mica, Africa septentrional, Persia y la India.
En su contexto sirio-iraquí, más central, el Islam pasó por tres gran­
des crisis sociopolíticas, desde los um ayyad hasta la form ación del

5 Cf. Femand Braudel, Grammaire des Civilizations, París, Flammarion, 1993 (1987).
6 En ese sentido, el actual Estado de Israel es parte de la civilización occidental tardía, aunque
conserve sus rasgos judíos específicos.
EL ISLAM 565

Imperio otomano. La primera gran crisis fue la revolución abásida, que


culminó en el derrocamiento de Marwán II en 750 y la siguiente m asa­
cre de los umayyad, con excepción de Abderramán, quien logró escapar
a España.
El Imperio umayyad fue gobernado por árabes sirios que excluyeron
del poder a casi todos los demás grupos. Los problem as del régim en
fueron agravados por la creciente división entre los grupos del ejército
qaysi (árabes del norte) y yemeni (árabes del sur). Tras la muerte de His-
ham (724-743), esto se convirtió en una abierta guerra civil.
El permanente descontento de los chiítas contra el régimen umayyad
fue otro factor que favoreció a los abásidas. Aprovechando la am bigüe­
dad de su lema, "el poder a la fam ilia", hicieron creer a los chiítas que
escucharían su voz si los umayyad eran derrotados. Estas circunstancias
facilitaron la rebelión de los abásidas, cuya fuerza m ilitar en Khorasán
les dio la victoria en 749 en la batalla de Zab.
La caída de los umayyad fue el resultado de una crisis política y
dinástica, no de un proceso de decadencia. Por el contrario, el Islam aún
se encontraba en etapa de expansión y continuaría durante más de un
siglo extendiendo sus territorios por España, Persia, Asia Menor, Creta,
Sicilia y la India.
La segunda gran crisis sociopolítica de la sociedad islám ica nuclear
ocurrió después de más de un siglo de régimen abásida. Fue, como en el
caso de los últimos umayyad, un fenómeno político que no menoscabó
el vigor de la religión islámica ni la vitalidad de.su civilización. Sí afectó
inicialm ente la capacidad del Im perio para m antener su unidad, y la
capacidad del califa para conservar su autoridad política y militar. Esta
fase de fragmentación y usurpación del poder del califa por los buyidas
y los seljucidas persistió hasta la invasión mongola y la toma y saqueo
de Bagdad en 1258 por Hulegu.
Esos dos hechos — la invasión mongola y la toma y saqueo de la capi­
tal— marcaron la tercera grave crisis sociopolítica del Islam. El califato
mantuvo una existencia casi fantasmal en Egipto, al mando de los ma­
m elucos; sin em bargo, la civilización islám ica se m antuvo con gran
vitalidad en el propio Egipto y el norte de Africa, en Persia y la India. En
España, la fragmentación local de los taifas, debida a disensión interna y
a la creciente fuerza de los principales reinos cristianos — Castilla, Aragón
y Portugal— , también presentó un cuadro de decadencia política y eco­
nómica. Sin embargo, en el aspecto cultural, Granada, bajo los nasridas
(1238-1492), experimentó un periodo de esplendor artístico e intelectual.
El Im perio otom ano, desde Osm án I (1290-1326) hasta M ehm et VI
(1918-1922), en el curso de su larga historia sufrió — como podía espe­
566 EL ISLAM

rarse— varias crisis políticas, algunas de ellas ocasionadas por la cre­


ciente insubordinación de los jenízaros a partir del siglo xvij, o por la
incompetencia y debilidad de algunos sultanes, como Mustafá I (1617-
1618/1622-1623), Ibrahim (1646-1648) o M uham m ad IV (1648-1687),
compensadas en algunos casos, como en el de este último, por el nombra­
miento de grandes visires competentes. Sin embargo, lo más importante
es el hecho de que tras el espléndido periodo de Solim án el Magnífico
(1520-1566), el Imperio inició una declinación que, aunque con altibajos,
a la postre se expresó en la decadencia civilizadora del Islam.

C. Factores ostensibles de la decadencia

Los prim eros síntom as de decadencia del Im perio otom ano fueron la
pérdida de su superioridad militar y la resultante tendencia a convertir
una política de expansión territorial en una política defensiva. El primer
grave revés m ilitar ocurrió durante el reinado de Selim II (1566-1574),
hijo de Solim án el Magnífico , inm ediatam ente después del periodo de
máxima expansión islámica, con la devastadora derrota de la flota oto­
mana a manos de don Juan de Austria en 1571 en Lepanto. La indecisa
guerra de 1593-1606 contra Austria fue concluida con el tratado de paz
de Zsitva-Tirok, de 1606, por el cual los austríacos dejaron de pagar tri­
buto por su parte de Hungría. Pocos decenios después, los otom anos
intentaron renovar su ofensiva contra Austria y sitiaron Viena en 1683,
pero fueron rechazados con la ayuda de fuerzas alem anas y polacas
mandadas por Carlos de Lorena y Juan Sobieski. En adelante, el Islam se
encontraría a la defensiva frente a Austria y el naciente poder de Rusia.
Los encuentros militares de los siglos xvm y xix entre el Imperio oto­
mano y las crecientes potencias europeas fueron, con pocas excepciones
— la guerra de 1711 y la Guerra de Crimea de 1853-1856— , desfavora­
bles para los otomanos. Desde Pedro el Grande (1689-1725) y Catalina II
(1762-1796) hasta el siglo xix, Rusia y Austria vencieron a los turcos en
seis guerras. Las derrotas causaron la pérdida de sus territorios euro­
peos — con la excepción de Constantinopla y su zona circundante— y
las tierras del norte del Mar Negro, que fueron tomadas por Rusia.
Un factor importante de la declinación militar de los otomanos fue la
decadencia de los jenízaros, tanto en su capacidad como con respecto a
su conducta de conjunto. Los jenízaros se habían convertido en el núcleo
m ismo del ejército otomano. Según el sistema devshhirme, jóvenes cris­
tianos eran reclutados como soldados esclavos en los cuerpos de jeníza­
ros después de haber sido sometidos a una intensiva educación militar
EL ISLAM 567

islám ica, que los convertía en una fuerza fanática y m ortífera. Con el
uso constante y mejorado de las armas de fuego, los jenízaros perdieron
su superioridad. En la secuela perdieron también la disciplina y se con­
virtieron en una ingobernable fuerza pretoriana, que hacía y deshacía
sultanes a su capricho. Varios sultanes intentaron vanamente controlar a
los jenízaros, al costo de su trono y de sus vidas, hasta que M uhammad
II (1808-1839) logró form ar un nuevo cuerpo, integrado por reclutas
campesinos turcos, y desbandó a los jenízaros, quienes se rebelaron y en
1826 millares de ellos fueron masacrados en sus propios cuarteles.
Las condiciones militares que surgieron de los cambios introducidos
gradualmente por los países europeos a partir del siglo xvn obligaron al
Imperio otomano a abandonar su antiguo sistema feudal, en el cual, con
excepción de los jenízaros, las fuerzas militares eran aportadas por los
ocupantes de grandes tierras (timares), que formaban la caballería feu­
dal de los sipahis. Ese sistema no exigía grandes medios financieros para
mantener el ejército, y hasta los jenízaros recibían más paga de la distri­
bución del botín y de futuras concesiones de tierras que en efectivo. La
nueva situación militar exigía un ejército pagado y la compra de costoso
equipo bélico. Sin embargo, las atrasadas condiciones económ icas del
Imperio otomano eran incapaces de generar suficientes ingresos fiscales
para mantener un ejército así, una burocracia moderna y los esplendo­
res del palacio del sultán. Las consecuencias de esta flaqueza financiera
se reflejaron en la decadencia del poderío militar otomano y en una cre­
ciente corrupción en la esfera pública, para no m encionar siquiera la
explotación cada vez mayor de los campesinos.

D. El reformismo islámico

El periodo que siguió al reinado de Solimán el Magnífico sometió a duras


pruebas el sistema militar otomano, el cual tuvo que sostener simultánea­
mente guerras con la Persia safávida y las potencias europeas. Este de­
safío, como ya se ha m encionado, ocurrió en una época de decreciente
poderío militar del Imperio. El peligro que representaba la ineficiencia del
ejército ante una doble amenaza causó un movimiento de reforma cada
vez mayor entre los más capaces sultanes e intelectuales otomanos.
Osm án II (1618-1622) fue el prim er sultán que se percató de que la
creciente indisciplina y la falta de preparación m ilitar de los jenízaros
eran las principales causas de las derrotas del Imperio. Cuando precipi­
tadamente intentó librarse de éstos antes de haber conseguido otro apo­
yo m ilitar, fue depuesto y asesinado por ellos. M urat IV (1623-1646),
568 EL ISLAM

que ascendió al trono siendo todavía niño, cuando por fin llegó a presi­
dir el Imperio intentó reducir el poder de los jenízaros suspendiendo el
enrolamiento de nuevos reclutas para disminuir su número. Reorganizó
el otro cuerpo del ejército y pudo entablar una guerra victoriosa contra
Persia, en la que tomó Tabriz (1629) y Bagdad (1640). Pero con su her­
m ano y sucesor Ibrahim (1640-1648) retornó la indisciplina militar, así
como la plaga de las intrigas en el harén.
En la segunda mitad del siglo xvn y el curso del xvm, el proceso de
decadencia otom ana y derrotas m ilitares, interrum pido a veces por
algunos visires, como los de la dinastía Koprulu, o algunos sultanes
m odernizadores, como Ahm et III (1703-1730), continuó debilitando y
desm oralizando el sistem a central del Islam , el Im perio otom ano. Al
pasar al siglo xix, Selim III (1789-1807) se percató de que las flaquezas
militares del Imperio, aunque debidas en parte al deterioro corporativo
de los jenízaros, teman causas mucho más profundas, que en última ins­
tancia se debían al creciente atraso del Im perio otomano en com para­
ción con Occidente, Se convenció de la necesidad de aplicar reformas
trascendentes no sólo en las instituciones militares, sino además en las
civiles y religiosas. También pensó que aun a las reform as duraderas
debía llegarse por consenso y estableció entonces una asamblea consulti­
va (mejlis meshveret), bajo su propia presidencia, para analizarlas. Em pe­
zando por el ejército, creó una nueva milicia y unas escuelas militares
con instructores franceses y manuales de preparación, teniendo siempre
en m ente la desastrosa derrota infligida en 1798 por N apoleón a los
m amelucos de Egipto. Sin embargo, los jenízaros, al sentirse am enaza­
dos, volvieron a rebelarse con el apoyo de los conservadores ulemas y
obligaron a Selim a abdicar. Su débil sucesor, Mustafá IV (1807-1808),
pronto fue depuesto, y se colocó en el trono al últim o príncipe de esa
dinastía, Mahmut II (1808-1839).
Al principio, Mahmut II tuvo un reinado muy difícil, pues heredó un
Estado caótico y unas fronteras am enazadas. No obstante, la incapa­
cidad de los jenízaros para sofocar la rebelión griega de 1821 arruinó
definitivamente el prestigio de ese cuerpo, aun a los ojos de los ulemas.
Apoyado por nuevas tropas, el sultán aprovechó la oportunidad para
disolverlos, y cuando éstos, como podía predecirse, se insubordinaron,
los rodeó en sus cuarteles y masacró sin piedad a todos los rebeldes.
Con Mahmut II se inició un proceso de reformas (tanzimat) que carac­
terizaría al últim o siglo del Im perio otomano. El proceso, continuado
por Abdul M ajis (1839-1861), entró en una nueva fase con los Jóvenes
Otomanos, bajo Abdul Hamid II (1876-1909), y en otra fase con los Jóve­
nes Turcos, bajo Mehmet V (1909-1918). El resultado final de los largos
EL ISLAM 569

años de crisis otomanas e intentos de reforma sería la radical revolución


de M ustafá Kemal tras la derrota del Im perio en la prim era Guerra
Mundial.
El reform ism o islám ico, en las diversas guisas en que se presentó
durante el últim o siglo del Im perio otom ano, se caracterizó por una
convicción general de que los lemas esenciales del Islam eran com pati­
bles con la incorporación de la ciencia y la tecnología occidentales, así
como la democracia parlamentaria de Occidente. Habían de adoptarse
reformas en todos los ámbitos de la sociedad islámica para enfrentar el
reto de las potencias europeas, pero sólo en la medida en que tales refor­
mas fuesen rigurosamente compatibles con la sharia (ley sagrada), inclui­
das la hadith (tradición) y la sunna (costumbre y práctica).
Por medio de sus escritos y acciones militantes, varios dirigentes reli­
giosos e intelectuales otomanos, uniéndose y apoyando a los sultanes
reform istas, aunque m anteniendo a m enudo posiciones críticas inde­
pendientes, intentaron promover las reformas institucionales y cultura­
les. Entre estas personalidades sobresalió Jamal al-din al-Afghani (1839­
1897), quien subrayó la importancia de conservar la lengua árabe como
instrumento de unidad y se esforzó por hacer que la ciencia y la educa­
ción modernas fuesen compatibles con el Islam. También consideró que
la amenaza extranjera más grave era la creciente dominación de los paí­
ses islámicos por los ingleses.
Muhammad Abduh (1849-1905), discípulo de Afghani, llevó adelante
su esfuerzo por reconciliar la ciencia y la educación m odernas con el
Islam. También se opuso tenazmente a la dominación británica y defen­
dió la adopción de una dem ocracia parlam entaria. En la generación
siguiente, M uhammad Rshid Rida (1865-1935) siguió la misma línea y
fundó una revista mensual, al-Manar (El Faro), para propagar estas ideas.
Pese al largo intento por prom over reform as, casi ininterrum pido
desde M ahm ut II (1808-1839), no pudo contenerse la decadencia del
Imperio otomano y del mundo islámico en general. La guerra de 1877,
de la que salió victoriosa Rusia, y el siguiente Tratado de San Esteban de
1878, revisado por el Tratado de Berlín del mismo año, convencieron al
sultán Abdul Hamid II (1876-1909) de que había fracasado el programa
de tanzimat . Suspendió la Constitución de 1876 dos años después de
haber entrado en vigor, expulsó a los Jóvenes Turcos y arrestó a su líder
y a su propio visir, Midhat Pashá. Siguiendo las ideas antirreform istas
de Ahmat Cevded Pashá, quien atribuía la decadencia del Imperio oto­
mano a la influencia occidental, el sultán intentó prom over un m ovi­
miento panislámico. Sin embargo, el Ejército Otomano Europeo obligó
al sultán a restaurar la Constitución de 1876. Al año siguiente, Abdul
570 EL ISLAM

Hamid II fue depuesto por un nuevo m ovimiento reformista, el de los


Jóvenes Turcos, que pusieron en el trono a Mehmet V (1909-1918).
Los Jóvenes Turcos trataron de fomentar las reformas y el desarrollo
con la cooperación del káiser. Esto los llevó a unirse a las potencias cen­
trales en la prim era Guerra M undial, lo que acabaría para el Im perio
otomano en una desastrosa derrota.

E. Las cansas de la decadencia

A pesar de los im portantes cam bios y la considerable m odernización


logrados por el movimiento reformista, el programa de tanzimat, como lo
sostuvo el sultán Abdul Hamid II, en última instancia fracasó. Visto en
retrospectiva y teniendo en cuenta los profundos cambios que después
serían introducidos por M ustafá Kemal, presidente de Turquía desde
1923 hasta su muerte en 1938, el fracaso del tanzimat debe atribuirse no
a los efectos pervertidores de la influencia occidental, sino al alcance
insuficiente de las reformas intentadas y, en sentido más profundo, a los
aspectos centrales de la propia civilización islámica.
Los dirigentes del movimiento del tanzimat, tanto los sultanes como
los intelectuales que los apoyaban, sostuvieron la convicción de que los
lem as básicos del Islam eran com patibles con la incorporación de la
ciencia y la tecnología occidentales, así como con las instituciones polí­
ticas de Occidente. ¿Hasta qué grado existía esa com patibilidad? Tal
cuestión está todavía abierta, pues tal vez lo que falló fue la manera en
que los reformistas otomanos intentaron reconciliar el Islam con O cci­
dente. Y aquí se debe establecer una distinción entre el típico sistem a
sociopolítico islámico, los aspectos centrales de la civilización islámica y
la religión islámica. La religión, como ya se ha reiterado en este estudio,
sigue muy viva y continúa influyendo sobre la vida colectiva e indivi­
dual de los musulmanes contemporáneos. Lo que resultó incompatible
con la adaptación de las sociedades islám icas a los requerim ientos del
mundo moderno fue el típico sistema sociopolítico islámico. Sin embar­
go, los cam bios requeridos para adaptar las sociedades islám icas al
mundo moderno, y así edificar un nuevo sistema sociopolítico, también
reclam aban im portantes cam bios de la civilización islám ica m isma,
independientem ente de la conservación de su credo religioso básico.
O tras civilizaciones, como la occidental, la japonesa y la china, han
experimentado profundos cambios en el transcurso del tiempo. La civi­
lización islámica no ha logrado pasar por los mismos cambios. Aún nos
preguntamos si habría podido experimentar los necesarios ajustes de su
EL ISLAM 571

civilización en diferentes condiciones, porque el curso de los aconteci­


mientos tomó otra dirección. La orientación adoptada por los reformis­
tas islámicos, desde finales del siglo xvii hasta antes de Mustafá Kemal,
se mantuvo dentro de un marco de unidad entre la religión y el Estado.
Esa unidad fue después quebrantada por Kemal, pero al precio de renun­
ciar a la civilización islámica, con la esperanza de transformar la Turquía
moderna en un país europeo.
Los reformistas islámicos intentaron, primero, asegurar su capacidad
defensiva restaurando su capacidad militar, severamente menoscabada
por su propio atraso. Con ese fin, trataron de superar el rezago general
del Imperio otomano adoptando las instituciones políticas, la ciencia y
la tecnología occidentales, pero no modificaron la base de su fusión po­
lítico-religiosa, característica de la civilización islám ica. Esa fusión,
que dem ostró su gran eficiencia en las condiciones que prevalecieron
hasta los com ienzos de la época m oderna, después resultó un freno
fatal. El sistem a educativo no se adaptó a la form ación de un pueblo
m oderno, sino que m antuvo su estricta subordinación a la tradición
islámica. Llegó incluso a excluir a los musulmanes de las mejores escue­
las, que eran las escuelas de palacio. La econom ía m antuvo su forma
agraria primitiva, basada en la explotación de los campesinos. El siste­
ma de producción, en general, se quedó en un nivel rudim entario, lo
cual hizo que la m odernización del Imperio otom ano dependiera por
completo de bienes y servicios extranjeros, y sin poder generar los m e­
dios necesarios para im portarlos ni los recursos para sostener las
dem andas de un Estado m oderno. Las contradicciones no resueltas
entre la ciencia y la cultura modernas y la tradición islámica impidieron
que esa civilización, en el Im perio otomano y en cualquier otra parte,
lograra su propia regulación independiente y su autosostenibilidad
autónom a. Las m odalidades tradicionales de la autorregulación de la
civilización islám ica no resultaron com patibles con sus dem andas de
m odernización, y éstas no pudieron ser convenientem ente atendidas
por los frenos tradicionales de la civilización islámica. En tales condicio­
nes, fue incapaz de obtener su sostenibilidad autónoma y cayó, en cam­
bio, en una creciente dependencia de los insumos extranjeros, los exper­
tos extranjeros y, en últim a instancia, de las decisiones tom adas en el
extranjero.

F. Mustafá Kemal

En las caóticas condiciones que siguieron a la derrota de los otomanos


en la prim era Guerra Mundial, cuando todo iba desplom ándose en la
572 EL ISLAM

zona central del Imperio otomano, surgió en la vida pública un hombre


excepcional, Mustafá Kemal, quien estaba relacionado con los Jóvenes
Turcos pero expresaba sus propias ideas; él comenzó una de las revolu­
ciones más extraordinarias del siglo xx: la de edificar sobre los escom ­
bros del Imperio otomano una nación y un Estado modernos: Turquía.
La vida de Mustafá Kemal (1881-1938) puede dividirse en cuatro eta­
pas desiguales: 1) la fase form ativa, desde su ingreso en la A cadem ia
Militar en 1895 hasta que salió de allí siendo capitán en 1905; 2) la carrera
militar, desde su nombramiento al Estado Mayor del Ejército hasta ser
designado comandante del VII Ejército en Palestina en 1917-1918; 3) la
actividad revolucionaria, desde su llamado en 1917 a una lucha nacio­
nal por la integridad de Turquía, hasta la proclamación de la República
en 1923 y su elección como prim er presidente, ese m ism o año, y, por
último, 4) sus esfuerzos para forjar una nación y un Estado, con sucesi­
vas reelecciones presidenciales hasta su muerte ocurrida en 1938.
La labor constructiva de Mustafá Kemal comenzó después de haber
logrado expulsar de Turquía a las fuerzas griegas de ocupación en el
curso de la guerra de independencia, de 1921 a 1922, concluida con la
Conferencia de Lausana de 1923. En 1922, la Asamblea Nacional, orga­
nizada por Kemal, votó por la abolición del sultanato. Mehmet VI salió
de Estam bul en un acorazado británico. En 1923 fue proclam ada la
República y Mustafá Kemal fue elegido primer presidente. La capital se
m udó de Estam bul a Ankara. En 1924 se prom ulgó la C onstitución
republicana, que confería el poder legislativo a una sola asam blea y
el poder ejecutivo a un presidente elegido por cuatro años; además, el
sufragio se extendió a las mujeres. Con el Partido Republicano del Pue­
blo, encabezado por Kemal, se instituyó un régimen de un solo partido,
con base en seis principios: republicanismo, nacionalism o, populism o,
estatism o, laicism o y revolución. Ese m ism o año fue aprobada una
legislación que suprimía las órdenes y los tribunales religiosos e insti­
tuía los códigos civil, penal y comercial, basados, respectivam ente, en
los modelos suizo, italiano y alemán. En 1925 se prohibió la poligamia y
fueron proscritos el uso del fez, así como la obligación de que las mujeres
llevaran velo. En 1926, Kemal pronunció un discurso histórico en que
describió los profundos cambios ya logrados en Turquía, y, por unani­
midad, fue reelegido presidente. En 1927 se hizo obligatorio el m atrimo­
nio civil. En 1928, el Islam fue abolido como religión oficial y adoptado
el alfabeto latino. En 1931, el túrquico fue adoptado como lengua religio­
sa, y Kemal volvió a ser reelegido por unanimidad. En 1934, la adopción
de un apellido se volvió obligatoria para todos los turcos. La Asamblea
confirió a Kemal el apellido de Ataturk: el padre de los turcos. Ese mis­
EL ISLAM 573

mo año fue adoptado, para la m odernización económ ica del país, un


plan quinquenal de desarrollo, basado principalm ente en em presas
públicas. De 1928 a 1937, Kemal dirigió las relaciones internacionales de
su patria hacia el objetivo de zanjar todas las disputas con los países
extranjeros y form arse un favorable am biente internacional. Kemal
murió el 10 de noviembre de 1938. Su compañero y ex primer ministro,
Ismet Ininu, fue elegido unánimemente para sucederlo.
En el curso de unos 16 años, Kemal, con el apoyo en masa de los sec­
tores urbanos instruidos de Turquía, logró establecer las bases de una
nación y un Estado m odernos, fundados en m odelos europeos, que
transformaron una sociedad islámica tradicional en una occidentaliza-
da. En contraste con los anteriores reformistas otomanos, Kemal advir­
tió la incompatibilidad entre el islamismo tradicional y la modernidad.
Llamó al pueblo turco a adoptar la modernidad y cam bió al Islam , de
ser un sistema público, en una religión subjetiva privada. Esta distin­
ción no pudieron lograrla los bizantinos y fue un factor im portante en
su incapacidad de adaptarse a la civilización occidental. Esta últim a,
a su vez, necesitó largo tiempo para alcanzar una clara separación entre
las esferas de la vida pública y las convicciones religiosas, empezando
desde la Edad Media con el conflicto entre el Imperio y el papado, conti­
nuando con el individualismo cultural del Renacimiento y el individua­
lismo religioso de la Reforma, y culminando en la crítica racional de la
Ilustración. Desde Canossa (1077) hasta Rousseau (1717-1778), Occiden­
te necesitó siete siglos para realizar lo que Kem al logró hacer, b ásica­
mente, en 16 años.
El precio pagado por Kemal para modernizar Turquía fue renunciar
al pasado otomano y, con él, a la civilización islámica, en un intento por
convertir a su pueblo a la civilización occidental.7

G. El Islam contemporáneo

Al entrar en el presente siglo, el Islam es la religión prevaleciente en


África septentrional, el Medio Oriente, Irán, Pakistán, gran parte de la
India y el sureste de Asia. Países importantes como Marruecos, Egipto,
Turquía, Irán e Irak son islámicos. ¿Cuál es el estado actual de la civili­
zación islámica?

7 EL hecho de que el kemalismo quedara como fenómeno casi exclusivamente urbano y no pene­
trara en el mundo rural, que demográficamente constituye la mayoría y tiene las más altas tasas de
natalidad, ha dado por resultado, junto con otras circunstancias, el actual resurgimiento del tradi­
cionalismo en Turquía.
574 EL ISLAM

El surgimiento y la desaparición de las civilizaciones son, con pocas


excepciones, procesos largos y lentos. La civilización bizantina sucum ­
bió con la caída de Constantinopla y, aunque haya dejado profundas
huellas en las sociedades rusa y griega de hoy, no se le puede considerar
ya una civilización viva. Rusia y Grecia, conservando su especificidad
cultural, se integraron a la civilización occidental tardía, así como los
judíos en el Israel contemporáneo.
Si analizamos la presente condición cultural de los pueblos islámicos
teniendo en mente tales consideraciones, nos encontrarem os ante ras­
gos contradictorios. Los sistemas sociopolíticos de los países islám icos
son totalmente distintos del modelo islámico, en las diversas configura­
ciones que adoptó desde los umayyad hasta los im perios otom anos.
Esto no sólo es así por la presencia obvia, en dichas sociedades, de la
m ayoría de las categorías, instrum entos, procedim ientos y conductas
típicos del mundo m oderno. Es así porque el carácter esencial de la
ummáh, la fusión de lo religioso y lo político, en que la autoridad políti­
ca se derivaba de la legitimidad religiosa, ha desaparecido de la socie­
dad islám ica contem poránea. La autoridad política en las sociedades
islám icas actuales es apoyada (cuando es legítim a) por la legitim idad
política. Tal legitimidad, sin embargo, rara vez se ajusta a las normas de
la legitimidad política occidental.
En cuanto a las principales características de la civilización islámica,
se encuentran allí los mismos rasgos contradictorios. La islámica posi­
blemente sea la religión más vibrante del mundo actual. Se han conserva­
do o se están reintroduciendo importantes costumbres islámicas, como el
uso del velo en las m ujeres. Las instituciones islám icas, aparte de las
exclusivamente religiosas, se conservan sobre todo en los países islám i­
cos, aunque a menudo coexisten con otras instituciones. Por ello tal civi­
lización no ha desaparecido en el sentido en que desapareció la bizanti­
na. A pesar de ello, aun en los países más estrictamente islámicos, como
Arabia Saudita, ha perdido dos de las características esenciales de una
civilización viva: su capacidad de autorregulación cultural indepen­
diente y su autosostenibilidad.
La civilización islámica perdura como tradición cultural de las socie­
dades islámicas. Sin embargo, cuando estas sociedades necesitan adop­
tar medidas innovadoras para resolver sus problemas, recurren a m ode­
los occidentales; cuando requieren reforzar su operacionalidad, ya sea
para defenderse ante amenazas externas, para promover su desarrollo
o, sencillam ente, para mantener sus sistemas actuales, aplican catego­
rías, instrumentos e insumos occidentales. Por tanto, la civilización islá­
mica está en rápido proceso de volverse una modalidad específica de la
EL ISLAM 575

civilización occidental tardía. Las sociedades islámicas tienen un pasa­


do islámico y un futuro occidental.
Los procesos de una transición cultural son rara vez arm oniosos y
apacibles. La sociedades islámicas de hoy transitan por perturbaciones
culturales porque, como ocurrió al íanzimat otomano, las convicciones re­
ligiosas existentes generan una exigencia de reconciliar los m odelos
occidentales con los lemas básicos del credo islámico, lo cual no es fácil
lograr. Este dilema cultural, en las condiciones de poca educación y
extrema pobreza de las grandes masas, sobre todo las rurales, ha creado
el fenómeno del fundamentalismo, que es la nueva y radical expresión
del antiguo antirreform ism o islám ico. Se trata de un m ovim iento re­
volucionario antim oderno y antioccidental, inspirado en la religión,
cuya importancia varía de acuerdo con diversas circunstancias relacio­
nadas con el grado de éxito obtenido por los modernizad ores islámicos
y con el grado en que la educación actual ha penetrado en las zonas
rurales y las periferias urbanas. Por ello, el fundamentalismo es un mo­
vimiento moderado en la Turquía moderna y un movimiento extremista
en Argelia.
¿Parece probable que el fundam entalism o prevalezca a la postre y,
en tal caso, dé un nuevo vigor a la civilización islám ica? Es difícil res­
ponder a lo primero: el fundamentalismo ha triunfado en Irán y puede
triunfar en cualquier otra parte. Sin em bargo, en cuanto a la segunda
parte de la pregunta, la respuesta es no, como lo prueba precisamente el
curso de los acontecimientos en aquel país. En cuanto se adueñan de los
instrumentos del poder e imponen su modelo cultural en donde gobier­
nan, los fundam entalistas se enfrentan al hecho de que el Islam como
civilización ha perdido su capacidad, en las condiciones contem porá­
neas, de una autorregulación independiente y, en particular, de opera-
cionalidad autónoma. Por ello se ven obligados a volver a recurrir a las
categorías, los instrumentos, los procedimientos y los modos de conduc­
ta occidentales para satisfacer las exigencias de defensa externa, orden
interno y progreso económico que les hacen sus propias sociedades. Así,
la modernización y la occidentalización han quedado inseparablemente
unidas.

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ANEXOS

COMENTARIOS FINALES DE LOS ASESORES


Estos anexos contienen los breves textos de los asesores que aceptaron la invitación del
autor para presentar sus comentarios finales sobre Un estudio crítico de la Historia en los
ternas de su respectiva especialización.
El autor tuvo el privilegio de leer esos comentarios antes de concluir su estudio, y re­
nueva su más cálido agradecimiento por esta ultima y valiosa aportación de los asesores.
Los comentarios se presentan sin observaciones por parte del autor. La medida en
que el autor concuerda o discrepa de ellos se refleja en el propio cuerpo del libro.
O B S E R V A C IO N E S G E N E R A L E S A L A M E T O D O L O G ÍA

C ándido M endes

Evaluación general y premisas metodológicas

El estudio del profesor Helio Jaguaribe surge de un profundo e incluyente enfoque de la


grandiosa visión clásica de la historia como destino de actores reconocidos y distintivos,
identificados como las 16 civilizaciones consumadas.

La teleología inmanente y el principio antrópico

Como se aprecia en los capítulos xvm y xix de este estudio, el autor sostiene que el prin­
cipio antrópico produce, entre muchas otras consecuencias, el postulado de la esfera
antrópica. El principio antrópico que postula la cosmología contemporánea — según
el cual el surgimiento de la vida y del hombre en nuestro planeta sólo fue posible gradas
a que la evolución del cosmos, desde la explosión primordial, siguió exacta y estric­
tamente el curso que en realidad siguió, y no otro— es un postulado preñado de muchas
consecuencias que implican, como ya se dijo, la esfera antrópica.
Esta visión se fundamenta en la interpretación de la historia como un proceso general
que al mismo tiempo supone, de hecho —en contra del enfoque final de Toynbee—, la
aceptación del principio antrópico como una teleología inmanente de fado. El estudio
presenta un modelo como un concepto paramétricamente definido de lo que es una civi­
lización, resultante de un reconocimiento ex post de una pauta básica de repetición, en
cada caso, de los ejemplos examinados. A pesar de todo, la historia, sea como consecuen­
cia o bien orientada por un propósito, se convierte en víctima de una entelequia oculta.
Este marco teórico general se basa en una búsqueda experimental de una constante
de regularidades sociales, y presupone al mismo tiempo una premisa lógica general que
imbuye todo el estudio. La "unicidad" de nuestra evolución hunde sus raíces en la
"adecuación" necesaria y última de la conducta del corpus social que se está estudiando,
y su dinamismo es, per se, su realización autentica y plena. No está en juego ningún otro
mundo más que éste, y éste es el mundo último y posible.
Por ello, debe hacerse una observación básica sobre esta suposición fundamental de
Un estudio crítico de la Historia. El llamado principio "antrópico" lo sostienen hoy, por
ejemplo, la perspectiva de Kahler o de Chardin en oposición a las actuales declaraciones
generales de estudios paleontoantropológicos, como por ejemplo los emprendidos por
Steven Jay Guld o lan Tattersall, los cuales, en contra del principio leibniziano desarro­
llado por la filosofía de la Ilustración, aseguran que "hay muchas maneras de llegar a
ser un homínido, y la nuestra es sólo una de esas posibilidades" (Tattersall, 1999,
p . 209).

Esa suposición nos lanza a la búsqueda de fa actitud epistemológica del mencionado


principio "antrópico" que posiblemente entraña un solipsismo, dentro de la lógica
implicada por esa afirmación, exactamente de la misma manera en que trata de man te-

579
580 ANEXOS

ner la visión de la historia como el desarrollo de una teleología inmanente. De hecho,


esta conclusión sólo puede afirmarse ex post, corriendo el riesgo temido en este razona­
miento por la hermenéutica de la comprensión. Un "cuasi", un absoluto grado de for-
malización en el alcance de regularidades sociales tiende a quedar subsumido por su
hipóstasis. Semejante discurso se hace inseparable de una pauta enteléquica y se vuelve,
cada vez más, a su secuencia sublatada.
El estudio tiende a tratar con oposiciones aporéticas sin distinguir entre el contrapun­
to contradictorio o antinómico, o a proponer una dialéctica efectiva vis-a-vis: ejemplari-
dad e institucionalización; centralización y fragmentación; globalización y progreso.

La retórica del discurso: "Las condiciones de posibilidad" y la causación histórica

Por consiguiente, el proceso histórico queda sometido a un cuádruple régimen de cau­


salidad determinado por factores reales e ideales, por el azar y la libertad humana. Los
factores reales abarcan todas las condiciones naturales y materiales que rodean al hom­
bre. Los factores ideales comprenden la cultura de una sociedad en un momento dado
de su historia, así como la cultura de las otras sociedades con las que interactúa. El azar
es la manera aleatoria según la cual, en una ubicación determinada en el espacio y en el
tiempo, se combinan los otros factores ante un actor dado.
Al mismo tiempo, la retórica de este discurso está fundamentada — como la estructu­
ra general de su explicación— en la figura de las "condiciones de posibilidad", como la
búsqueda nuclear de investigación, y deja al mismo nivel de causalidad todos los facto­
res elegidos para producir el macroacontecimiento considerado como "historia". De
hecho —podríamos argüir—, los componentes reales o ideales de esa causalidad gene­
ral no tienen el mismo grado de inmediatez, es decir, de dinamismo efectivo "interacti­
vo". El factor ideal no sólo incluye la mediación, sino una interrelación con diferentes
ámbitos ontológicos de representación, como el planteado por la reificación (Lukacs) o
la "sublación" (Derrida). La libertad implica un diferente conjunto de efectos: el de un
protagonismo individual ejemplar (Napoleón, Bismarck, Hitler) que brota de un expo­
nencial de condiciones latentes de conductas colectivas subjetivas, o las efectivamente
fundacionales, aunadas por ejemplo a sagas impuestas a una anterior memoria social
(Moisés); o un conjunto enteramente nuevo para un despliegue de poder (Constantino),
o un nuevo horizonte pletórico para un horizonte de poder limitado y parroquial (Car-
lomagno, Alejandro) (¿La Galia o el Imperio? ¿La hegemonía griega o el Imperio?)
Del mismo modo, cualquier afirmación sobre la aceptación del destino o el azar en el
proceso histórico desencadena las "advertencias" de la hermenéutica posmoderna con
respecto al papel efectivo de la negación en el estatus epistemológico de la explicación.
O bien damos marcha atrás, a un razonamiento subíativo, parchando las diferencias de un
elaborado medio "cuasi final" de una teoría, renovando así el papel "estocástico" de la
totalidad en la predicción histórica, o se supone que debemos hacer una "advertencia"
perm anente a la aceptación de este último ámbito a la serie siempre confusa de los jui­
cios históricos llamados incompletos. De hecho, podemos simplemente estar enfrentán­
donos a un nuevo "pliegue" (Deleuze) o a una retroalimentación ambigua, presupuesta
por la complejidad en acción en la urdimbre social. Dicho resultado se encuentra espe­
cialmente en juego en un contexto como el de la globalización y del nuevo "interjuego"
entre organizaciones, mercados y representaciones previstas de conductas sociales. Así,
de un aparente vacío en la explicación histórica surge un teatro abandonado. De otra
ANEXOS 581

manera, el espacio abierto a factores aleatorios expresados en eí azar o en la fatalidad


puede estar ■ — en este sobreacumulativo condicionamiento de la complejidad social
actual— frente a un " agujero negro" de causalidad, mucho más que al supuesto vacío
de la irracionalidad o de la simple impredecibilidad.
Por ello Derrida o hasta Ricoeur, al reexaminar la validez del errático acontecer de la
historia, prefieren hablar acerca del lado oscuro de un efecto de multicausacíón, gene­
ralmente descartado por Ja dialéctica lineal. Este vasto enfoque sugiere una actitud pris­
mática para contemplar la secuencia histórica que conduce a la aparición de factores
disimulados o "desdeñados", hechos visibles por ía hermenéutica que, respectivamen­
te, remplaza el discurso hegeliano, valora lo presentado de lo negativo y abarca la alteri-
dad hasta el estricto devenir de una identidad — y su autodivisora antinomia— en el
discurso pretendidamente lógico de la historia. ¿Hasta qué punto el azar se convierte en
el nexo reduccionista para una totalidad "casi devenida" en la realización efectiva de
ese discurso?

I. H acia una dialéctica interactiva prismática


Y NO AUTOABSORBENTE

El proceso histórico no es impelido por fuerzas trascendentes, como lo supusieron


Agustín o Hegel, sino por su dialéctica interna.
La dialéctica no puede interpretarse como una simple causación interactiva estricta
que conduce a una mera acumulación como su efecto principal, y a figuras seudohistó-
ricas de "rupturas" o "estallidos". El enfoque posmodemo a este interjuego, por el con­
trario, señala la discontinuidad y los exponenciales en esta serie de causación, provo­
cando asi renovaciones y perturbaciones en una etapa diferente, responsable de la
aparición afásica del significado en el acontecimiento histórico. Así, empuja hasta sus
límites mismos la "mimesis", la "hubris" y las "paráfrasis" y sus obstáculos, como indi-
sociables de la expresión hegemónica de tal significado, y su ulterior alteración o deca­
dencia. La "sublación" también explica una dimensión diferente para el papel de las
totalidades, de acuerdo con las expresiones tenues o enérgicas de las civilizaciones (Vat-
timo), generalmente consideradas en una misma especie indiferenciada y un mismo
tono.
El reduccionismo no puede separarse de ningún análisis del funcionalismo, en la
presentación de una élite como proclive a su autoaceptación como la regla para el auto-
ajuste del poder que rige un imperio.
No hay un vasto compromiso con un creador de visiones de la historia aparte de su
medio, como la sucesión de las civilizaciones. El inmenso esfuerzo toynbeano hizo creí­
ble, por medio de una abrumadora erudición, la sintaxis normativa que se convierte en
referencia necesaria para el ulterior intento de la misma ambición por crear un universal
como proceso, así como la presente obra se compara con el Estudio de la Historia. Sin
embargo, surge en un momento dado del progreso hermenéutico del propio cogito occi­
dental en un nuevo momentum de su reflexión multisecular, desde el enfoque cartesiano
hasta el husserliano, y luego hasta los nuevos pasos de Heidegger, Rortv, Gadamer y
Ricoeur. La historia de lo negativo, como contrapieza del canon establecido para deno­
tar hazañas y discurso, se enfrenta hoy día a una sobredeterminada interfaz nueva, con
la efectiva y plena convicción del significado como tensión histórica, con la onda larga
por encima del hecho aparente, cuando su manifiesta significación queda expuesta a un
inevitable reduccionismo (Derrida). La llamada coyuntura de la globalización en reali­
582 ANEXOS

dad impone a cualquier nuevo estudio de la historia un enfoque prismático, en que lo


suprimido o lo descartado deja ver su presencia en el proceso en acción llevado hasta el
borde de un cambio paramétrico. Si alguien se compromete con la metodología de la
desconstrucción, deberá superar la cegadora prevención del concepto de una totalidad,
borrando toda búsqueda de la diferencia potencial y naciente.
Este esfuerzo se ha hecho, aun al costo de un ejercicio heurístico, beneficiando, sin
embargo, en sus raíces el despertar y el devenir de la percepción de la alternidad, causa­
da por el acumen de una actitud hegemónica de un imperium ya sea poder ser o discur­
so hecho. Sea como fuere —aun al nivel de un bricolage— una construcción débil pero
definitivamente no "al azar" de raíces de significado, y por esta presencia de lo negati­
vo, que impone un reconocimiento previo, y escapa de la trampa de una estricta contra­
historia ideal, o de toda dialéctica de identidad inducida o fantasmal.
De hecho, asimismo, y en una rica visión de Jaguaribe, en sus muchas y creativas
revisiones del esquematismo de Toynbee, o de grandiosa altivez categórica habla acerca
de diferentes pautas de dinamismos dirigidos internos o externos en el despertar o en
las decadencias de las civilizaciones: autosostenibilidad (entelequial); autooperacionali-
dad (dirigida por entero hacia afuera) y autorregulaciones (reductiva y sublativamente
condicionadas en el proceso de representación).

En busca del pleno predicamento de Alfred Weber

Todo el proceso está avanzando hacia la formación de una civilización planetaria, que
quedará integrada, en un largo periodo, por varias subespecies, expresando las prece­
dentes civilizaciones que fueron llevadas a fundirse con la civilización occidental tardía.
El presente estudio se basa en la suposición empíricamente confirmada de que la historia
no es impuesta por ninguna fuerza o principio externo a su propio proceso. El proceso
histórico es la secuencia, en el espacio y en el tiempo, de acciones humanas que afectan
e influyen, de alguna manera, otra acción humana.
Considerando la estructuración general del proceso íntegro de la civilización, el estu­
dio sigue la gran visión de Alfred Weber. No obstante, nos preguntaríamos si todas la
riquezas de las triples corrientes de la causación histórica han sido exploradas en toda
su capacidad, con objeto de abarcar el contexto del siglo xx y considerar la condición
atípica y singular en que Occidente pudo escapar de la fijación de un curso de expan­
sión y de decadencia enfocado, empero, en un interjuego bidimensional en los procesos
social, cultural y de civilización. Siguiendo la visión del propio Weber del posible des­
membramiento de una civilización a partir de su anterior cultura nutricia, hoy la plane-
tarización puede ocurrir dentro de un condicionamiento general débil. Es decir, cuando
las pautas tecnológicas y de poder y organización puedan fundirse con diferentes cultu­
ras, superando la dicotomía entre los modos zelótico y herodiano, para morir o rendirse
por completo al alma ajena del imperio. El grado de "reducción" o de "objetivación" del
proceso de civilización puede permitir una plena liberación de la apropiación "reifica-
da", especialmente cuando se ve expuesta a un abrazo selectivo, como la estricta produc­
ción de civilización — técnicas y pautas de poder— se enfrenta a una poderosa cultura
ajena, como lo muestra hoy exactamente el mundo islámico. En este caso, la resistencia
fundamentalista puede convertirse en un diálogo fértil mientras el uis-á-vis con Occi­
dente no implique el monolito precisamente descartado por Weber, conduciendo a una
plena y pura resistencia a un resultado final. En realidad, lo que presupone ese enfoque
ANEXOS 583

prismático es un claro alejamiento del predicamento final de la civilización occidental,


precisamente el último ejemplo de una especie histórica, unida a una misma y continua
realización, hasta el punto de su decadencia dirigida hacia adentro o hacia fuera.

La hermenéutica de la causación histórica abierta

La estructura psicofísica permanente de la naturaleza humana y las muchas maneras a


través de las cuales la naturaleza humana se adapta a sus cambiantes circunstancias so-
cioculturales y naturales, adoptando diversas condiciones humanas.
También se debe subrayar cómo precisamente el compromiso de mostrarse "abier­
to", la visión de la dialéctica multidimensional ■— implicada por la crítica posmodema—
pone en juego las entidades iniciales —el ens loquendi— o primevales, que intervienen
en este discurso. "Ser" es, de hecho, un campo estructurado diacrónico en sí mismo: no
hay un flujo absoluto de un Erlebnis singular del self, sino campos, y el campo de cam­
pos en que surge ese sed án d oles una coherencia; no en un fundamento o un Grund en
un estilo o, mejor dicho, en una sintaxis (Derrida), cuando el significado toma su gesto,
y la significación sólo surge por diferencia, del mismo modo que el pleno enfoque nue­
vo surge por el contrapunto entre los actos conscientes y los objetos, ya que éstos son
"algo positivo ante nosotros" (Ricoeur). La diferencia en el campo del ser ha desplazado
al interior interjuego entre sujeto y objeto. La trascendencia es identidad dentro de la
diferencia (Merleau Ponty). El discurso producido así por sus propias diferencias
— "que no son diferencias semiológicas— efectos de discurso que son el efecto de sig­
nos" (Ricoeur). Es una sintaxis, proveedora de identidad, estrictamente dentro de un pro­
ceso, así como la historia es la exterioridad intrínseca de lo que la hace irrecuperable, y
fija el acumen de una diferencia. Además, la historia es el apoyo de un protagonismo
autoasegurado en su conducción, inseparable de una conciencia que se pone a cargo de
un reduccionismo nuevo infinito, que surge del brote de una homogeneidad subjetiva
antes del desempeño, defacto, de su hegemonía.
Los nuevos avances de la historia en la época pasada toynbeana no pueden pararse
ante el reconocimiento crítico de los imperios, como el ego interno de una civilización.
La hermenéutica de la pareja homogeneidad-hegemonía tiene, como escenario, una
representación que da un diferente juego de causación al despliegue y al destino de las
civilizaciones, como sucesoras o quebradoras de una configuración continua previa de
ese interjuego. El reduccionismo de la homogeneidad, como mediación de hegemonías,
puede responder a algunas desigualdades que aparecen en su aspecto más peyorativo,
situado como la longitud del tiempo de las civilizaciones (de 200 años a un milenio y
medio) o una ambigüedad interna o autorrepresentación de un nuevo actor histórico
específico.
La mencionada pareja de la interfaz subjetivo-objetiva de las civilizaciones nacientes
—expuestas a un reduccionismo inherente, como lo presupone el papel de un factor ideal
de causación histórica— puede darnos una clave para la explicación de identidades
nacientes autoasumidas, autodescartadas, en una continua exposición histórica a los
diálogos toynbeanos, o vis-a-vis, similar a una frontera. De hecho, el concepto de civili­
zaciones "primarias" o "secundarias" no puede evitar el efecto de una autoproclamada
homogeneidad "sobrestiesada", como separación prevista en un determinado horizonte
histórico. La idea de una sucesión en una secuencia de civilización tiene que responder
a una exploración más detallada de las súbitas desapariciones o indefinidas recupera-
584 ANEXOS

dones de estos actores, en el interjuego entre las civilizaciones y su destrucción, a partir,


justamente, de un choque objetivo de fuerzas brutas. Las sucesivas civilizaciones en la
secuela del protagonismo histórico sumerio pudieron ser mediadas por el despertar de
la civilización hitita y su instantáneo Imperio ungarit, al que sus "sucesores" babilonios
y asirios trataron de confrontar con sus impulsos destructivos defréres ennemis, de una
representación no resuelta necesitada del asesinato y ruptura simbólicos. Este vis-a-vis
ejemplar señala la crueldad específica de los reacomodos históricos, donde una visión
histórica general vería precisamente los azares o dinamismos incidentales del mismo
filo de la navaja de los bárbaros; la avidez del botín o la fuerza nueva y estricta de una
máquina militar. En realidad, esos aparatos ganan por disciplina y la disciplina por
ardor y el ardor por una representación de unicidad, sea privada o vindicativa o ya en ple­
no auge, y su pletórico mandato de prevalecer urbi et orbi, como lo muestra por ejemplo
el imperio "pedagógico" o "según el libro" edificado por el compromiso alejandrino.
El estado actual de nuestros archivos arqueológicos aún carece de ciertos eslabones
en la arquitectura del contrajuego supuesto por el gran acto de las secuencias civilizado­
ras y su continuidad de representación, como sucesores o enemigos, dando a luz el
aceptado discurso histórico actual y el tempo interno del brote de las civilizaciones. La
realización minoica sigue velada a la búsqueda de la tardía descripción de Braudel de
los pueblos del mar, y su incierta diáspora alrededor del siglo xu a.C., creando reaccio­
nes contradictorias y sin embargo sincrónicas, en preventivas representaciones homo­
géneas, cuando se ve expuesta al intercambio sobrecosmopolita de cretenses, hititas y
semitas. Todo ello se enfrentó al "exceso" de encrucijadas, hasta el punto de llevar la
Cultura de los "segundos palacios" minoícos a Egipto (Braudel) y crear allí el "universa­
lismo armaniano", o desviando el despliegue indoeuropeo, en cambio, a Anatolia, a Tra-
cia y a la península de lo Absoluto.

Racionalidad, historia y posmodernidad

La prevalencia sociohistórica de los grupos humanos depende de una cierta combinación


de rudeza y racionalidad. El desarrollo del pensamiento sociocultural e histórico condu­
jo a subrayar la noción relativista de "condición humana" hasta el punto de olvidar o de
simplemente negar la noción realista de naturaleza humana. Es indiscutible que la natu­
raleza humana, aunque sometida a los cambios por los que pasó la condición humana,
mantiene sus características permanentes —digamos, su esencia— desde el surgimiento
del homo sapiens.
Otro aspecto vital de este estudio en sus premisas establecidas es el enfoque adopta­
do acerca de la posmodernidad. El autor lo ve como una desviación del desarrollo natu­
ral de la racionalidad, y como el principal camino real del progreso y realización de la
civilización occidental. La posmodernidad es considerada simplemente como un sínto­
ma de una interpretación paradigmática del significado, de acuerdo con diferentes acti­
tudes últimas hacia la realidad, como las esbozó Pitirm Sorokin. Los "eones" de Vico
son remplazados, en este contexto, por una sucesión de pautas irreductibles, al conside­
rar el mundo contextual como una percepción última ideacional, idealista o sensata de
dicha realidad. Esa sucesión debiera ser capaz de revestir plenamente una cultura o una
civilización, de acuerdo con esa naciente visión del mundo. Habrá una clara sucesión de
esas metapercepciones, que ven el ritmo de los periodos históricos como circular y ago-
table, obedeciendo a la fatiga de tales figuraciones en sus sucesivas "entelequias". El
AN EXO S 585

posmodernismo favorece la división de tal discurso del logos; la ruptura de la tradición


en la interpretación de la verdad y la representación; la reorientación de los esfuerzos
para llegar a la realidad, con base tan sólo en la entidad de la narrativa, y las intermina­
bles interpretaciones de la vida, de acuerdo con el conjunto de la selección de Nietzsehe.
En opinión de Sorokin —adoptada por este autor— , el compromiso posmoderno no
equivale más que al desplome de una visión sensata de la vida, hecha posible por el
agotamiento de una actitud y una certidumbre imperiales de la percepción en la captura
de la realidad.
Lo que en verdad está en juego — al opuesto— es el esfuerzo continuo de la civiliza­
ción occidental por captar la racionalidad —de la cual el cogito cartesiano no es más que
un paso— para proceder a la revolución husserliana de la '''intencionalidad'" y la crítica
plena de la '"transparencia" como norma de evidencia, planteada por la ontología clási­
ca como la realidad última y efectiva de las "cosas como objetos" (Heidegger). El avance
husserliano-copernicano afirmaba que es dentro del universo de la percepción, hecho
posible por la conciencia, donde el mundo empieza a convertirse en realidad. El filósofo
alemán trató de dominar el universo subjetivo, entre la intentio y su constructo, superan­
do así la clásica adecjuatio del escolasticismo y de Descartes. De hecho, el resultado estric­
to de semejante reducción fenomenológica necesitaba ser sometido a un esfuerzo subse­
cuente para desenredar la interpretación de sus primeros y burdos hallazgos. El enfoque
husserliano — habría dicho Heidegger— traspone el estatus externo del objeto a‘l nivel
subjetivo, cuando tal conciencia en acción "es una obra de interminable interpretación sal­
vada por la hermenéutica" (Ricoeur). Estos esfuerzos — en todo este despliegue meto­
dológico— no sólo interpretan l'étant como el campo de l'étre, no sólo susceptible de ser
captado a la "manera débil" (Vattimo), siendo considerado l'étant como la maison de l'etre,
atendido por un directo bricolage. De hecho, la captación de su realidad última se man­
tiene en el entrelazamiento de las narrativas como el residuo, dejado como diferencia
y resultante del interjuego de la presencia y la alteridad (Derrida); del Dasein y el ser
auténtico (Heidegger), del élre dfatiente (Deleuze) dentro de la narrativa abierta, o de los
horizontes sujetos y su convergencia (Gadamer). No sólo apartándose de un Grund es
como una captura final de la realidad es menos el logro de una hermenéutica del supe­
rar (Ricoeur). Semejante éxito, empero, depende de descartar los criterios de transparen­
cia importados de la naturaleza, o de las certidumbres que brotan de la experiencia clá­
sica y praxística del sentido común. El apoyo natural de esta experiencia tiene como
ámbito el lenguaje con objeto de percibir, por medio de sus juegos, una comprensión e
interpretación del discurso y de la realidad que desentierra. Por último, la realidad yace
en el hogar del ser... si no se la perturba (Ryan).

II. La historia como finitud indefinida

Siendo limitadas las posibilidades básicas de la expresión cultural, aunque muy amplias
en términos humanos, también es limitado el progreso dentro del ámbito de cada pauta
cultural.
Richard Rorty afirmará entonces que el dominio de la realidad inerte siempre será
captado por la simple operación epistemológica que queda, como su "advertencia" hus­
serliana, pero sólo puede asegurarse la verdad de la subjetividad del hombre mediante
la evitación a partir del idealismo de su self atribuido y su forma perenne, y los atributos
tienden a ser una exterioridad intrínseca de su signo, salvada por la plena sintaxis de la
586 ANEXOS

narrativa. Se logra entonces una trayectoria completa entre lenguaje, comunicación


y significado, cuando la historia se ve como una temporalidad, de vida consciente, que
sólo es posible cuando la ''presencia retiene lo que está ausente" (Derrida). Según esta
interpretación, el significado se persigue en un campo diacrónicamente estructurado,
y la "captación del otro" postula la determinación del propio ego, haciendo posible cap­
tar la historia como el momento indefinido de la finitud. De esta manera queda superada
la dialéctica de la recurrencia permanente idealista del no — el self en el self— por medio
del contrapunto totalitario de la contradicción, y no por la desconstrucción, como una
"sublación" que produce la apariencia creativa de una "heterogeneidad recalcitrante"
(Derrida). Además, semejante metodología abre el camino a la "mediatización" —no a
la mediación— contra la dialéctica idealista, y allana el paso a la cuna efectiva de la his­
toria, cuando la diferencia — "destotalizada"— excede la identidad e invierte causa y
efecto, liberada de lo global y de lo particular presupuesto en el campo propiamente
dicho de la conciencia y la representación. A mayor abundamiento, y siguiendo la inter­
pretación que Gadamer da al arte como la cuna de la unidad social anticipatoria, debe­
mos ver la historia como el campo y el cuidador de estas identidades sociales siempre
amenazadas. Estas, en realidad, siempre quedan expuestas a este ejercicio colectivo de
manifestación, donde la llamada diversidad última no es el resultado de un pleno enfo­
que general, sino la captación, de vuelta a la racionalidad de Max Weber, que vuelve a la
dialéctica clásica, o de su construcción sublatada, de la cual el predicamento de Sorokin
no es más que uno de sus más sobresalientes subproductos.
En materia de la grandiosa mirada del día de hoy a la historia, ¿hasta qué punto pro­
gresaríamos en la actitud weberiana y más allá, en este discurso de formalización,
proclive a la interpretación epistemológica fenomenológica, y hasta qué punto explora­
ríamos la tensión entre identidad y diferencia? ¿O la matriz efectiva de la comprensión
será capaz de progresar, en términos de las semillas sofocadas por el brillante y grandio­
so discurso de Spengler, Weber y Toynbee? O, yendo más allá del aparente futuro evi­
dente del proceso, ¿explorará nuevas avenidas, como el intento radical de una historia
materialista de Walter Benjamín prefigurada en los "Pasajes", o la anamnesis de la me­
moria social, siguiendo la tradición de Halbawchs y Voegelin, o una vez más los paran­
gones de Gadamer?
Lo que está en juego en ambos casos, en los compromisos de Rorty o de Rieoeur, es
el resultado final del proyecto Iogo-teórieo del conocimiento, contenido en el lenguaje,
basado en metáforas, léxicamente formado en conceptos y guiado por fantasmas teóri­
cos, sean de la intuición, de la contemplación de la realidad, o de la llamada verdad tras­
cendental. El actual intento por captar no sólo concierne al cambio de paradigmas o de
logo-teorías. Profundizamos con una mucho más honda mutación en el compromiso
de la hermenéutica crítica, interminablemente en movimiento, aunque su lenguaje es
sólo uno de los elementos que deben evaluarse. "El juego deja entonces de estar en juego"
(Lyotard). Es en realidad la función, el peso, la imagen del lenguaje para la humanidad,
para el "estar en el mundo", lo que efectivamente cambia y nos entrega la perturbadora
verdad de la historia.
ANEXOS 587

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I. EL SURGIMIENTO DEL HOMBRE Y LA CIVILIZACIÓN

J o sé G a ra w g er

El proceso evolutivo

La teoría cosmológica del Big Bang puede explicar científicamente qué lo


siguió, pero no qué lo precedió. Para el hombre, ese pasado anterior al
Big Bang sólo es concebible por medio de la metafísica o de la religión, y
esto es, sin duda, lo propio del género Homo.
En la actualidad, los representantes más antiguos del Homo erectas
han sido fechados en 1 500 000 años (hallados al sur del lago Turkana,
en África oriental). El paso del Homo erectus al Homo sapiens parece haber
sido lento y complejo, hasta tal punto que aún es difícil separar las dos
especies; esta separación podría haber ocurrido hace 300 000 años, con
la aparición del Homo sapiens arcaico. El Homo sapiens neanderthalensis sólo
es una subespecie de Homo sapiens, que apareció en Europa y el M edio
Oriente a partir de una forma arcaica de Homo sapiens . El Homo sapiens
sapiens, según autores como Vandermersch, también tuvo por antepasa­
do al Homo sapiens arcaico en alguna parte de África y tal vez, asimismo
hace unos 300 000 años. Así, contrariamente a lo que durante largo tiem­
po se supuso, el Homo sapiens sapiens no es producto de la evolución del
Homo sapiens, sino que ambos tuvieron por antepasado a un Homo sapiens
arcaico.
Hubo otros periodos glaciales antes del Pérmico: en el Precámbrico y
en el Eocámbrico, en el Siluro-Ordovicense, en el Perm o-Carbonífero...
todos los cuales duraron varios millones de años y sin duda influyeron
en los procesos de evolución de los seres vivos; citemos, por ejemplo, el
gran empobrecimiento de la fauna y la flora durante el Pérmico.
Aún no se han explicado las causas de esas incesantes y rápidas
variaciones, correlacionadas con cambios ocurridos en la circulación de
las corrientes oceánicas y atmosféricas; sin embargo, no pudieron dejar
de influir en el comportamiento de las sociedades humanas.

589
590 AN EXO S

El Paleolítico

Parece conveniente distinguir dos periodos en esta prolongada fase de


Ja prehistoria: el Paleolítico arcaico, que concierne esencialmente a Afri­
ca meridional y oriental (cultura de cantos tallados) y el Paleolítico infe­
rior propiamente dicho (de 1 300 000 a 100 000 años) con la aparición en
el acheulense del Homo erectas , que pobló una gran parte del m undo
antiguo, descubrió el fuego y organizó su hábitat.
El Homo neanderthalensis es una subespecie que se individualizó en
Europa y el Medio Oriente a partir de un Homo sapiens arcaico hace unos
300000 años. El Homo sapiens sapiens es otra subespecie de un Homo
sapiens arcaico cuyo origen acaso se situara en África; al m enos, es allí
donde fueron descubiertos sus representantes más antiguos, fechados en
110000 años (gruta de Broken Hill, Zambia). Se ha demostrado ya que el
hombre de Neanderttal fue contemporáneo de los primeros sapiens sapiens,
que no desaparecieron al final del Musteriense, sino que lo hicieron pro­
gresivamente en un largo periodo: en Saint-Cézaire (Charenta Marítima,
Francia) fue descubierto en 1979 un esqueleto de neandertaloide, en un
nivel chatelperroniense de hace 35 000 años (comienzo del Paleolítico
superior). ¿Habrá aprendido el hombre de Neanderthal las técnicas líri­
cas del chatelperroniense al contacto con los sapiens sapiens? Y éstos, ¿se
habrán asimilado a aquél poco a poco... o lo habrán exterminado?

Los magdalenienses

Es difícil creer que una acumulación de excedentes en el magdaleniense


haya dado lugar al desarrollo de una clase de "m agos" pintores. La anti­
gua concepción de la función mágica del arte rupestre (especialm ente
relacionado con la caza) ha sido abandonada, en general, desde los tra­
bajos de A. Lam ing-Em peraire y de A. Leroi-G ourhan (quien, por lo
demás, ha hecho notar que el reno, la especie que más cazaban los m ag­
dalenienses, no representaba más de 6% de los animales que aparecen
en el arte rupestre y mobiliario).

El Neolítico temprano

Ya es vieja la idea de que el Neolítico comenzó en el Creciente Fértil y


que poco a poco se fue difundiendo por otras regiones del mundo anti­
guo, m ientras que en América tuvo un desarrollo independiente. Esta
ANEXOS 591

idea se debe matizar e incluso abandonar, pues hoy parece que también
en el mundo antiguo hubo varios diferentes focos de neolitización: la
cultura del mijo en las zonas de loes del norte de China, del arroz en
la zona tropical de Asia, del mijo en el Sahara (en el Air), para no hablar
sino del cultivo de cereales. Todavía tenem os que citar el sureste de
Asia, donde mucho antes de la introducción del cultivo del arroz fueron
"dom esticadas" plantas de tubérculos (ñame, taro...) y frutas: plátanos,
árboles de pan, cocoteros... Tras el descubrimiento del sitio de Kuk, se
ha planteado la hipótesis de que las tierras altas de Nueva Guinea tam­
bién pudieron ser un centro independiente de "dom esticación" de las
plantas (la caña de azúcar es originaria de allí), pues hay pruebas de
que se practicaron la protohorticultura hace unos 9 000 años y la horti­
cultura hace 6 000 años; se trataba de horticultura, y no de agricultura,
en aquel antiguo m undo indooceánico en que sólo se aprovechaba el
poder de reproducción vegetativa de las plantas, y no el de la sexuada
(por simiente de los granos, que se da por ejemplo entre los cultivadores
de cereales).

Los efectos del clima

Las sucesiones de periodos glaciales e interglaciales en el Pleistoceno


sólo afectaron profundamente las zonas templadas. En otras partes, los
concomitantes cambios del clima a veces fueron benéficos — como en el
sureste australiano, hoy desértico o sem idesértico, pero húm edo en
el periodo llamado de "m ungo", que corresponde al Würm europeo— y
permitieron la primera instalación del hombre hace entre 40 000 y 35 000
años. En las zonas subtropicales, ciertas regiones desérticas tam bién
pasaron entonces por una mejora del clima favorable a los homínidos.
Por el contrario, ciertas zonas tropicales fueron muy poco alteradas
(excepto las de gran altitud), como el sureste de Asia, donde al m ante­
nerse inalterada la vegetación pudo com enzar hace m iles de años la
protección de las plantas útiles para el hombre y, por tanto, para su evo­
lución (tan es así que no se conocen las antiguas especies silvestres del
cocotero). Todo esto puede explicar, en parte, las variantes en la evolu­
ción somática y los comportamientos culturales del hombre.
Desde un punto de vista general, parece que se ha tendido en exceso
a considerar exclusivam ente esos cam bios clim áticos para explicar
dicha evolución. Más im portante resulta subrayar la calidad excepcio­
nal de las facultades psíquicas de la especie humana, que la diferencian
totalmente de las demás y que le han permitido esa constante posibili­
dad de adaptación a las num erosas m odificaciones de su m edio, sean
592 ANEXOS

espaciales o temporales, e incluso, posteriormente, modificarse a sí m is­


mo a su conveniencia.

La humanidad del hombre

El reciente descubrim iento de un nuevo preaustralopiteco en Etiopía


(Australopithecus ramidus), 1.2 m illones de años más antiguo que Lucy
(3.2 millones de años), confirma la enorme antigüedad de los primeros
homínidos, ya calculada por Y. Coppens (ocho millones de años) al doc­
tor Johanson, codescubridor de Lucy (cinco o seis millones de años).
¿Libertad o determinismo? El estudio de los hechos pasados muestra
que ha habido elección y no determ inism o; por ejem plo, com o hace
notar J. P. Demoule, en un medio natural comparable no todas las socie­
dades se volvieron agrícolas; no todas las sociedades agrícolas se vol­
vieron inequitativas ni desembocaron en sociedades urbanas, y en caso
de apremio externo (por ejemplo, cambios climáticos), algunas socieda­
des optaron por la emigración y otras por la adaptación.
¿Vamos hacia una civilización universal? Hay peligro de que ésta
resulte artificial y deshum anizada debido al m onopolio de los mass
media, acaparados por un grupo limitado e incompetente. La intensifi­
cación de la investigación del pasado de las etnias, de su cultura y civi­
lización debe usar en su provecho, y no sufrir, la aceleración del progreso
de las técnicas de com unicación. La antropología biológica ha dem os­
trado hoy que nuestra especie sólo pudo sobrevivir gracias a su diver­
sidad, y así ocurre, ciertam ente, con su porvenir m ental y social: la
diversidad en la unidad.

A propósito del arte paleolítico

Desde los trabajos y la cronología de A. Leroi-Gourhan (retomados por


G. Camps y resumidos aquí en el cuadro de la p. 73), nuevos descubri­
mientos han llevado a rectificarlos. Se trata, entre otros y sobre todo, de
las grutas de C osquer y Chauvet. La prim era, descubierta en 1991 en
una rada de M arsella, oculta incontables pinturas rupestres de un esti­
lo nuevo, las más antiguas de las cuales han sido fechadas hace unos
27 000 años. No menos notable es la gruta de Chauvet, tam bién descu­
bierta en A rdéche, Francia, en 1994. Esas dos grutas perm anecieron
invioladas desde el Paleolítico hasta nuestros días, lo que permite hacer
un estudio arqueológico de su suelo, que ya está en curso y es promete­
dor. La gruta de Chauvet presenta cerca de 500 pinturas y grabados, los
ANEXOS 593

más antiguos de éstos datan de hace cerca de 31 000 años y, por tanto, son
muy anteriores a los del arte m agdaleniense de Lascaux y Altam ira en
particular. Las figuras de animales, tan evolucionadas como en estas dos
últimas (pero cuyo estilo y bestiario son un tanto diferentes), son testi­
monio, pues, de una mayor antigüedad del arte del Paleolítico superior,
pero también nos hacen pensar en la existencia de dos provincias artísti­
cas en Europa occidental: la llamada " franco-cantábrica", por una parte,
y una provincia mediterránea, por otra, que iba de España a Italia.

BIBLIOGRAFÍA

Cauvin, Jacques, Naissance des divinité$r naissance de 1'agriculture, París, cnrs , 1994.
Demoule, Jean-Paul, "Naissance du pouvoir et des inégalités", Sciences Humaines, núm.
31, París, septiembre de 1993, pp. 20-23 (y otros artículos y autores en el mismo
número, consagrado al origen de las sociedades).
Leroi-Gourhan, Andrá (comp.), Dictionnaire de la Préhistoire, T ed. aumentada y actuali­
zada, París, puf, 1994 (1988).
IL MESOPOTAMIA

Jea n B o ttéro

Sin duda, las exposiciones históricas prolijas son indispensables para


los lectores serios, que en ellas pueden encontrar una revelación de la
antigua marcha del mundo y una conciencia viva de todo lo que ha hecho
de nosotros lo que somos.
Pero aun los especialistas en tal o cual tema — pongamos por caso la
M esopotamia antigua— , que saben leer su abstrusa y temible escritura,
que comprenden esas lenguas, muertas desde hace tanto tiempo; que se
han alimentado de su vocabulario y están familiarizados con su biblio­
grafía, tienen verdadera necesidad de contar con una síntesis como ésta.
Tales expertos, por su oficio, sólo ven las cosas de su saber a través de
los textos de esa bibliografía y, casi diríamos, leídos palabra por palabra.
Por tanto, es saludable, sobre todo para ellos, desviar a veces la mirada
para detenerse ante unos cuadros de horizonte lo más amplios posible.
De esa manera podrán, como todos los demás lectores, reanim ar y re­
novar no tanto la precisión de sus conocimientos como su visión de las
cosas, y encontrarán en esos grandes frescos coloridos el esquema ínte­
gro del avance interminable del país en el cual los sumerge su trabajo, y
a la vez los sonidos y una cierta experiencia de su larga aventura.
A mis ojos, el capítulo sobre la antigua Mesopotamia tiene esta doble
virtud: resume claramente la venerable historia, casi desconocida para
quienes no son profesionales, de un pueblo antiguo, sim pático, inteli­
gente, creador, confiado, el primero en edificar una civilización superior,
rica y brillante, la más antigua, como tal, del largo linaje que conduce
hasta nosotros. Y, por el ángulo de su punto de vista y por su propia
presentación, nos insufla una sensación viva y cálida de esos ancestros
que vemos, entre las brumas del pasado, como nuestros más antiguos
parientes identificables en línea directa.

594
IV. LA CIVILIZACIÓN EGEA

IZABELLE O ZA N N E

El estudio de las civilizaciones antiguas del Egeo responde al interés de


plantear preguntas vitales para quien se entrega a una reflexión sobre el
destino histórico de las sociedades humanas.
En efecto, si hacemos un recuento de las ideas más debatidas entre
los especialistas del mundo egeo, hallaremos los temas que estructuran
la obra presente; a saber, la aparición, el florecimiento y el fin de las civi­
lizaciones. Asimism o, todas las controversias sobre la cronología egea
(por ejem plo, la ocupación micénica y las destrucciones del palacio de
Cnosos) nos llevan al debate concerniente a las rupturas y las continui­
dades, debate particularm ente vivo en el caso de una historia como la
de los pueblos del Egeo, marcada por destrucciones repentinas y por
una desaparición final relativamente súbita, que es un debate esencial,
tam bién, en la perspectiva de una investigación com o la em prendida
por el profesor Helio Jaguaribe y sus colaboradores.

El surgimiento

Llama la atención el papel decisivo que desempeñan las aportaciones


exteriores en la aparición y los com ienzos de las civilizaciones egeas.
Así, ya se trate de las etapas del Neolítico o de la Edad de Bronce anti­
gua, las técnicas nuevas (agricultura desde el séptimo milenio antes de
Cristo, m etalurgia en el cuarto) llegaron de regiones del M editerráneo
oriental (Siria-Palestina, Anatolia). Más adelante, el sistem a palaciego
que progresivam ente se estableció en Creta en la prim era m itad del
segundo milenio refleja con claridad la influencia del Oriente egipcio y
mesopotámico: escritura jeroglífica, plano del palacio, función a la vez
económica y religiosa de la autoridad que ocupa los centros palaciegos.
Asimismo, la Grecia continental presencia, con la llegada de poblacio­
nes que hablaban una lengua indoeuropea, la formación de lo que en la
segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo llegaría a ser la civi­
lización micénica.
Parece que esas aportaciones exteriores vienen, en cierta m anera, a
595
596 ANEXOS

alimentar elementos endógenos — que, desde luego, no faltan— , y apre­


suran así la manifestación de características locales y formas específicas
en el espacio egeo. Citemos como ejemplo las producciones tan origina­
les de las Cicladas, así como los ídolos estilizados de la Edad de Bronce
antigua o las cerámicas con decorado naturalista (ramo de flores, golon­
drina en vuelo, d elfín ...); los frescos en miniatura del palacio m inoico;
la célebre "Parisiense" de Cnosos, las tauromaquias cretenses cuyos usos
conocemos por sus frecuentes representaciones en frescos o en sellos; o
esas asombrosas tumbas de bóvedas prominentes y dimensiones m onu­
mentales que los micénicos dejaron como su marca imperiosa en todo el
dominio egeo en los siglos xiv y xm a.C.

El desarrollo

Los diferentes lugares del Egeo evolucionaron a ritmos diferentes y, en


el curso de la Edad de Bronce, se puede ver que se desplaza el centro de
gravedad de la civilización: primero es Creta la que se impone e irradia
su cultura, desde la época de los primeros palacios (2000-1700 a.C.) has­
ta la de los nuevos palacios (1700-1450 a.C.)* Toca después el turno a la
G recia continental, que tras la conquista de Creta por los m icénicos
(hacia 1450 a.C.) toma el relevo del poder. En ambos casos, el centro da
el impulso y sirve tanto de modelo a las zonas periféricas como de inter­
locutor a las potencias extranjeras; se trate de los minoicos o de los mi­
cénicos, podemos comprobar que el auge de la civilización va a la par de
la afirmación en el exterior y del aumento de los intercambios.
Así, la época de la "talasocracia" minoica coincide con el momento en
que se encuentran menciones a los keftiou (cretenses) en los documentos
egipcios, y es de la época de la koiné creto-m icénica la célebre inscrip­
ción de Kom-el-Hatam, en el Alto Egipto, donde figuran varios nombres
de localidades cretenses y griegas, como Cnosos y Kydonia, M icenas y
Citeres.
Se habrá observado, asimismo, que el periodo de la mayor afirmación
del mundo egeo fue aquel en que se dominó la escritura, una escritura
creada localm ente, lineal A en Creta, lineal B en la Grecia continental;
una escritura que los incendios de los palacios han conservado al cocer
las tablillas de arcilla sobre las cuales estaba inscrita. Com binación de
un sistema ideográfico y otro silábico, las escrituras lineales A y B ser­
vían para anotar dos lenguas diferentes; si la primera sigue indescifrada
hasta el día de hoy, el secreto de la segunda fue penetrado en 1953 gra­
cias a los resonantes trabajos de M ichael Ventris y John Chadw ick. El
ANEXOS 597

im portante descifram iento reveló que se trataba de una form a arcaica


de la lengua griega. En adelante, sabemos que muchos nombres que lle­
varon las divinidades griegas hasta el fin de la Antigüedad ya estaban
en uso en la Edad de Bronce: Zeus, Atenea, Apolo y hasta Dionisio, como
lo atestigua, al parecer definitivam ente, un reciente descubrim iento
efectuado en Kydonia, en Creta. En cuanto al vocabulario político y eco­
nóm ico, m uchas palabras son iguales en griego m icénico y en griego
clásico (y, a veces, hasta en griego moderno, como basileus, rey, o elaion,
aceite).

La decadencia

La brusca desaparición de la civilización creto-micénica sigue siendo un


misterio. Se ha observado que la destrucción definitiva de los palacios y
las ciudadelas (hacia 1200 a.C.) fue acompañada por el hundimiento del
sistema palaciego y el olvido de la escritura relacionada con él. La rápi­
da y profunda decadencia de toda la región se tradujo en una im portan­
te pérdida demográfica, un empobrecimiento general de las creaciones
materiales y el paro casi total de los intercambios con el exterior.
Se han planteado muchas hipótesis que tratan de explicar semejante
catástrofe, desde la época de las primeras excavaciones, hace poco más
de un siglo, con las que Schliem ann y Blegen resucitaron los sitios de
Troya, Micenas, Tirinto; y un poco después, sir Arthur Evans, el de Cno-
sos. Se han propuesto, sucesivam ente, la teoría de la invasión (de los
dorios o de los pueblos del mar), la de los conflictos internos (guerra
entre principados o revolución social) y, por fin, la de una catástrofe
natural (terremoto o cambio climático). Parece más probable que el fin
de la aventura egea fuese resultado de varios factores; se puede atribuir
en parte a la fragilidad de un sistema de poder de tipo feudal, curiosa­
mente asociado a una gestión de la economía sum am ente burocratiza-
da, pero, sin duda, lo precipitó un acontecimiento más o menos fortuito.
Así, puede encontrarse la conjunción de elementos endógenos y exóge-
nos tanto en la muerte como en el nacimiento de la civilización egea, y
el misterio de la una y del otro reside menos en las causas y las m odali­
dades del acontecimiento que en el momento en que sobrevino. Pero, de
hecho, ¿no es el tiempo, siempre y por doquier, el verdadero, el único
problema?
V. EL ANTIGUO ISRAEL

M o rd ech ai C ogan

Reconstruir los pasos de una civilización antigua es tarea delicada, que


requiere la juiciosa evaluación de las fuentes escritas y de los restos
arqueológicos, a la luz de las ciencias históricas y el pensamiento socio-
político de finales del siglo xx. En lo tocante a la antigua civilización
israelita, el análisis crítico del Antiguo Testamento — principal testimo­
nio documental de la vida y los tiempos del antiguo Israel— y los con­
tinuos hallazgos realizados en su tierra han llevado a una constante
depuración de nuestras hipótesis de trabajo y m odelos propuestos. El
modelo seguido en esta obra, en lo que toca a Israel, se basa principal­
mente en conocimientos y concepciones de mediados del siglo.
El cuadro que pinta el Pentateuco (del G énesis al D euteronom io)
de los orígenes de Israel y su establecimiento en Canaán es una mezcla de
leyenda y de folclor, de códigos de derecho civil y de regulaciones cúbi­
cas de diferentes edades, que fue elaborado por etapas durante el perio­
do m onárquico; estaba prácticam ente com pleto cuando la conquista
babilónica de Jerusalén en 586 a.C., aunque probablemente fue glosado,
resumiéndolo, para la época de la canonización de las Escrituras, entre
tres y cuatro siglos después. Pese a la general im presión de coherencia
que deja el texto, en él pueden detectarse tradiciones repetidas o en
conflicto. Más aún: después de un siglo y medio de estudio crítico, nin­
gún testim onio extrabíblico ha logrado com probar la historicidad de
alguna de ellas. Abraham y Moisés siguen envueltos en el misterio. La
escuela de Albright-Speiser, de los Estados Unidos, consideró que gran
parte de lo que dice la Biblia acerca de los orígenes de Israel se deriva de
una tradición oral que conservó núcleos de hechos históricos. Por consi­
guiente, los Patriarcas fueron asociados a los movimientos am ontas de
com ienzos del segundo milenio que llegaron tanto al sur de Babilonia
como a Canaán. Pero Israel se consideró siempre de extracción aramea:
"M i padre era un arameo errante" (Deuteronomio, 26:5). Los árameos
aparecen por vez prim era en registros asirios del siglo xiv en la M eso-
potamia septentrional. Además, es difícil considerar el habiru [o apiru],
térm ino usado durante más de mil años por todo el antiguo M edio
Oriente, como una clase de individ uos o bandas sin Estado alguno, que
598
ANEXOS 599

vivían fuera de la ley, e identificar a éstos con el hebreo bíblico, el etnicon,


aplicado a los antiguos israelitas. Los m erodeadores habiru que apare­
cen en los archivos de Amarna no se asemejan en nada a los nóm adas
pastoriles de la tem prana tradición bíblica, ni se les podría equiparar
con los invasores israelitas m andados por Josué (si fueran los m ismos,
esto sólo mostraría lo mucho que el relato bíblico dista de pintar la "rea­
lidad"). El relato bíblico de la conquista de Canaán por las 12 tribus a las
órdenes de Josué es un constructo ideológico tardío, al que contradicen
otras versiones del asentam iento que se encuentran en el m ism ísim o
documento. La referencia a Israel en el himno de victoria del rey egipcio
M erneptah a finales del siglo xm sigue siendo clave para cualquier re­
construcción, pues es la prim era m ención de Israel fuera de la Biblia;
pero se trata de un fragmento aislado.
La reciente terminación de excavaciones arqueológicas en las colinas
del centro de Israel ha dado nueva vida al modelo de Alt-Noth: la llega­
da de Israel a Canaán comenzó como el apacible asentamiento de unos
seminómadas en las áreas limítrofes de la región escasamente pobladas;
al cabo de pocas generaciones, el crecimiento dem ográfico y la expan­
sión llevaron a los recién llegados a establecer un contacto rispido con
los centros urbanos. Este siglo y medio (ca. 1200-1050 a.C.) fue el periodo
de la primera organización de la confederación tribal, después estabiliza­
da en las "doce tribus de Israel". El desafío de los "pueblos del m ar" (en­
tre ellos, los filisteos), que por esa época se habían establecido en la costa,
obligó a las tribus israelitas a reorganizarse como m onarquía. Saúl, el
primer rey, no estuvo dispuesto a guerrear; fue seguido por el carismáti-
co David, quien logró fundar un reino considerable y una dinastía esta­
ble que gobernó durante más de cuatro siglos. El cambiante destino de
la Casa de David fue determ inado tanto por su estabilidad interna
como por las fluctuaciones de la política internacional. De este m odo, el
reino de Salomón, hijo de David — considerado un reino autocrático— ,
y el deseo de autodeterm inación de los israelitas del norte provocó la
escisión del "Reino U nido" en los Estados separados de Israel y Judá. El
reino de Israel reconoció la hegem onía de A ram -D am asco durante la
segunda mitad del siglo ix. M edio siglo después, la fortalecida Asiria
finalm ente conquistó y se anexó Israel en el año 720 a.C. El reino de
Judá toleró durante casi un siglo el vasallaje im puesto por A siria; su
repetida rebelión contra Babilonia ocasionó su caída en 586 a.C.
Es imposible negar la importancia de los profetas literatos en el pen­
sam iento israelita. La exigencia planteada en el Pentateuco de que se
rindiera culto exclusivamente a Yahvé, el Dios de Israel, de acuerdo con
el ritual establecido, conllevaba la promesa de bienestar y de larga vida a
600 ANEXOS

sus seguidores, y de severo castigo a los desobedientes. En esta tempra­


na etapa, la fe de Israel era m onólatra y reconocía a los dioses de los
pueblos sobre los cuales imperaba Yahvé. Estas ideas cambiarían con el
transcurso del tiempo. A mediados del siglo viri, com o respuesta a la
corrupción en los altos cargos y a la opresión del pueblo israelita en
general, Amos de Tecoa declaró la suprem acía de la m oral. Israel ya
no sería juzgado por su lealtad cúltica, pues Yahvé, a diferencia de los
dioses paganos, no necesitaba sacrificios ni cantares. El destino de la na­
ción sería determinado por su manera de tratar a los pobres y los menes­
terosos, a la viuda y al huérfano; dem ostraría su capacidad para crear
una sociedad justa. A sí fue transformado Israel, que de ser un grupo de
individuos en competencia pasó a una colectividad nacional, en la que
todos serían responsables unos de otros, así como de los extranjeros
que hubiese entre ellos. Tocaría a Isaías, hijo de Amos, actuando en Judá
pocos decenios después, derivar toda la fuerza del m ensaje universal
en la nueva enseñanza profética. Isaías habló de una hum anidad que
dejaría aparte sus ídolos y superaría su orgullo y su afán de engrandeci­
miento. Su visión fue la de un mundo futuro en que todas las naciones
reconocerían a un solo dios y vivirían juntas en paz. El hom ónim o de
Isaías, el segundo Isaías del exilio babilónico, enredó a sus seguidores
en una polémica contra la futilidad de la idolatría y les exigió reconocer al
único dios de la historia de manera auténticamente m onoteísta. El uni­
versalism o inherente de los profetas no encontró una cabal expresión
política o social durante la monarquía, ya que el último siglo del periodo
del "Prim er Tem plo" transcurrió bajo dom inación extranjera. La cues­
tión se planteó durante breve tiempo, cuando los semiautónomos judíos
vivieron bajo el régimen persa. El rigorismo de la enseñanza de Esdras
exigía que los matrimonios fueran sólo endógamos y que se expulsara a
todos los extranjeros. En este caso, Esdras se encontró en oposición con
la apertura del segundo Isaías, para quien la Casa del Señor "deberá ser
llamada casa de oración para todos los pueblos". Siglos después, bajo la
dominación romana, este ideal fue sometido a la prueba última.

BIBLIOGRAFÍA

Coogan, M. D. (comp.), Oxford History of the Biblical World, Nueva York, Oxford Univer-
sity Press, 1998.
Kaufmann, Y., The Religión of Israel, Chicago, University of Chicago Press, 1960.
VI. PERSIA

R ic h a r d N. F rye

Las siguientes observaciones generales deben tom arse con reservas,


pues su sola intención es servir como guía para resumir e interpretar el
texto.
Un rasgo notable de la historia de Persia es la repetición de m otivos
en nuestras fuentes inform ativas, principalm ente acerca de los gober­
nantes, ya que por lo general la compilación de registros era ordenada
por ellos. Por ejemplo, la historia de Ciro y su ascenso al poder fue repe­
tida por la de Ardasir, fundador de la dinastía sasánida, y motivos sim i­
lares se encuentran en el relato de Ismail, quien estableció el Estado sa-
fávida durante el siglo xvl Surge la pregunta de si se trata de un mito del
fundador de una dinastía, repetido y hasta adornado por escritores de
tiempos ulteriores, o bien si los primeros monarcas de cada dinastía si­
guieron inconscientemente una pauta establecida u ordenaron a sus his­
toriadores atenerse al mito. Por consiguiente, nos quedamos perplejos e
incapaces de separar la verdad de la mentira en los anales del pasado.
Algunos persas justificarán tal ambigüedad afirmando que sólo por
medio del disimulo lograron sobrevivir a siglos de invasión y conquista,
y que, a semejanza de los chinos, ellos absorbieron o modificaron a sus
conquistadores. Esa actitud queda bien ejem plificada en los libros de
texto que citan al poeta Sa'di: "la mentirilla blanca que causa placer es
mejor que la verdad que trae dolor".
La gloria de la cultura y la civilización persas se encuentra en sus
artes y su literatura, especialm ente en la poesía, pues en ninguna otra
parte del mundo es la poesía tan ubicua y elevada. Los artesanos persas
han producido exquisitos tapetes, pintura en miniatura, elaborados tra­
bajos de metal y textiles complicados, mientras que formas arquitectóni­
cas distintivas han sido siempre una característica de sus construccio­
nes. El arte y la cultura de Persia, aunque se nutren de otros lugares, son
distintivos y han tenido influencia tanto en Oriente como en Occidente.
Sin em bargo, en el pasado, las aportaciones de Persia a la historia
universal no se limitaron a las artes y las artesanías. Aunque se basaron
en muchos rasgos de las instituciones del anterior Imperio asirio, puede
decirse que los aquem énidas crearon un m odelo de "im perio u niver­
601
602 ANEXOS

sal", gran parte del cual fue transmitido al Imperio romano. La insisten­
cia de este último en el derecho tuvo un predecesor en las leyes im peria­
les de los aquem énidas, la ley del rey, una especie de sistem a secular
que regía todo el Imperio, en tanto que códigos religiosos locales se cen­
traban en la fam ilia y en los asuntos sociales de los diversos pueblos
conquistados por los persas. Ambos imperios se mostraron intolerantes
con quienes se rebelaban contra el Estado, y en los castigos prevaleció la
crueldad, pero, por lo demás, ambos fueron muy tolerantes de las dife­
rencias religiosas, étnicas y lingüísticas que hubiera entre sus súbditos.
En m uchos aspectos, como los caminos, el servicio postal, la categoría
de los mercaderes y similares, los romanos fueron los herederos de los
persas aqueménidas.
Con la expansión de las religiones "m undiales" o "universalistas" en
los siglos ii y m de nuestra era, ocurrió un profundo cambio en las lealta­
des del pueblo, tanto en los Estados romanos como en los sasánidas. El
súbdito dejó de sentirse orgulloso de ser identificado como ciudadano
romano o como seguidor del rey de reyes persa. La fe religiosa rem pla­
zó a la adherencia política como primera señal personal de identidad.
Cundieron la mojigatería y la intolerancia en materia de religión, ya que
el cristianism o, el m aniqueísm o y, por entonces, tam bién el judaism o
y el zoroastrismo proclamaron la universalidad y la verdad absoluta de
su m ensaje, y el que no lo aceptara m anifiestam ente era un infiel y un
m alvado. Más aún: la antigua sabiduría que no coincidía con las ideas
de los dirigentes religiosos se volvió sospechosa y caduca. En Europa
occidental, a este periodo se le ha llamado la "Época de las Tinieblas",
pero en Bizancio y el Imperio sasánida sólo hubo una tibia reacción con­
tra la enseñanza secular. Además, los soberanos sasánidas empezaron
a fomentar la traducción de obras griegas, sirias e indias a su lengua, el
persa medio, y ellas estimularon la ulterior cultura islámica.
Los sabios, que a veces huían de las querellas doctrinales y la intole­
rancia del Estado bizantino, fueron bien recibidos en la Persia sasánida.
Así, en Oriente, la antigua cultura, ahora desdeñada en Occidente, reci­
bió un im pulso y después fue transm itida a Europa occidental. Persia
fue un importante factor en esta fase de la historia universal.
Otro aspecto de la historia persa que no ha recibido la atención que
merece es el papel de varios pueblos iranios, como los sogdios de Asia
central, los bactrianos, los jw arazm ianos y los propios persas como
interm ediarios entre China y Occidente. El intercam bio de productos,
obras artísticas y artesanías, así como de alimentos, gracias al comercio
entre Asia oriental y Persia desarrolló nuevos gustos en ambas direccio­
nes y extendió enorm em ente el com ercio internacional. Pieles, ámbar,
ANEXOS 603

cera y miel, el edulcorante de la Antigüedad, fueron llevados de Rusia y


el Báltico a Persia y la India a cambio de especias (los refrigeradores del
pasado), platos y ollas de plata sasánida, y otros objetos suntuarios.
China desem peñaba un papel im portante en el com ercio, y la cultura
persa ejerció gran influencia sobre la China de la dinastía Tang. Temas
del arte persa fueron copiados por artesanos chinos y pasaron a Japón y
otros lugares. Religiones como el cristianismo, el maniqueísmo y el bu­
dismo fueron llevadas a China por misioneros o mercaderes iranios, y a
cambio Occidente tuvo conocimiento de las culturas asiáticas. Tal fue el
periodo de desarrollo de la llam ada "'ruta de la sed a" entre Oriente y
O ccidente, y los pueblos iranios fueron los interm ediarios en varios
ám bitos de la ciencia, el arte, la tecnología y la filosofía entre Oriente
y Occidente.
Los filósofos de la historia han reconocido el im portante papel de la
"civilización irania" en el intercambio de ideas, creencias e invenciones
entre los pueblos de Oriente y Occidente, pero los auténticos herederos de
las culturas iranias fueron los m usulm anes, pues principalm ente los
persas transformaron una religión que tenía las costumbres y los límites
de los árabes del desierto en una religión, una sociedad y una cultura
universales. La impronta de Persia se aplicó no sólo al mundo islámico
oriental: Abenjaldún, el "primer sociólogo" que vivió en Túnez, se mara­
villó ante la función abrum adora que los sabios persas habían desem ­
peñado en la formación de la cultura islámica en general, y sólo estaba
haciendo eco a los sentimientos de otros. Tal es la herencia de Persia.
VIL GRECIA

R o g er S. Bag n a ll

La versión de la historia griega que aparece en este capítulo se concentra


en la historia política, tanto por el contenido sustantivo del relato como
porque, al hacer la evaluación general de la civilización griega, se centra
principalmente en las cuestiones políticas. Muchos sujetos de la historia
social y económica que ocupan el centro del escenario en los escritos his­
tóricos actuales están en gran parte o del todo ausentes, sobre todo las
mujeres. Dado que la narración, sin embargo, es breve comparada con la
cantidad de material de las fuentes que se han conservado y la compleji­
dad de los temas que cubren, sorprende que una gran proporción de las
afirmaciones hechas sea refutada por los especialistas en historia de la
A ntigüedad. Más aún, la seguridad y la sim plicidad del relato nos
recuerda la historiografía de hace un par de generaciones, y es percepti­
ble la influencia de la primera edición de la Cambridge Ancient History.
No sería m uy útil aquí pasar revista a cada afirm ación discutible;
muchas de ellas no son de particular importancia para las conclusiones
generales a las que llegan el capítulo o la obra en su conjunto. Por tanto,
los comentarios siguientes se concentrarán en unos pocos aspectos, que
pesan en la evaluación general de la Grecia antigua.
En prim er lugar, el cuadro de la política de Atenas en el siglo v, en
que aparece dominada por dos "partidos", uno de ellos "pop u lar" y el
otro "aristocrático", es, por lo menos, excesivamente simplista. La inves­
tigación moderna ha dem ostrado que el actual concepto de partido es
inaplicable a la compleja vida política de Atenas (véase W. Robert Connor,
The New Politicians o f Fifth-Century Athens, Princeton, 1971) y que la rela­
ción entre la élite y las masas en la política no era de simple oposición,
sino de interdependencia (véase Josiah Ober, Mass and Elite in Democra-
tic Athens, Princeton, 1989). El propio Pericles es un ejemplo, pues aun­
que en algunos aspectos fuese dem ócrata, procedía de una fam ilia de
alto linaje. El choque entre la aristocracia y el pueblo fue un factor
mucho más im portante en algunas otras ciudades, pero nos explicaría
poco de la vida pública ateniense.
En segundo lugar, la visión negativa de la política exterior de Pericles
que aparece de continuo en este capítulo dista mucho de ser universal­
604
ANEXOS 605

mente compartida. La política interna de las ciudades en el Imperio ate­


niense recibe poco peso, pero en realidad partes considerables de la
población de muchas de estas ciudades apoyaron el régimen ateniense
precisam ente porque m antuvo fuera del poder a los oligarcas; sólo
cuando Esparta pudo apoyar a estos últimos se inclinó la balanza. Ade­
más, el Imperio ateniense en realidad logró resistir notablemente el ata­
que espartano, por lo cual la estrategia militar de Pericles no constituyó
el fracaso que aquí se presenta. Nadie podría haber previsto razonable­
mente los devastadores efectos de la peste, ni que atacaría a uno de los
bandos con mucha mayor fuerza que al otro. En la última década de la
Guerra del Peloponeso, los atenienses se derrotaron a sí m ism os; no
los derrotaron los espartanos.
En tercer lugar, el capítulo hace una evaluación básicamente negativa
del periodo helenístico, lo que también es una opinión tradicional que
comparten algunos estudiosos, pero no la mayoría. La presentación de
Tolomeo VI y sus sucesores como incompetentes no me parece bien fun­
dada, y se exageran los efectos nocivos de las guerras entre los tolomeos
y los seléucidas. La desaparición del patriotismo de la ciudad-Estado es
pura ficción: en el panorama general las ciudades fueron menos podero­
sas que en otra época, pero en realidad casi ninguna de ellas había sido,
en particular, muy vigorosa durante largo tiempo. La decadencia de Ate­
nas, que cayó de su categoría de gran potencia, es atribuida a todas las
ciudades. No se justifica la idea de que las monarquías helenísticas des­
arrollaron condiciones similares a las monarquías m odernas; la falta de
riqueza industrial bastaba para impedir ese desarrollo.
Por último, en el resumen de la civilización griega se afirma la "inca­
pacidad" de Grecia para desarrollar una estructura política de conjunto
que hubiese podido resistir a Roma. Sin embargo, a falta de las com uni­
caciones y los transportes modernos, no resulta fácil ver cómo semejan­
te Estado habría podido ser sino m onárquico; y si esto se reconoce, no
resulta obvio de qué forma una m onarquía universal "g rieg a" habría
sido diferente o superior al Im perio romano, la parte oriental del cual
fue, en muchos aspectos, una monarquía griega. Desde el punto de vis­
ta de las élites de las ciudades griegas, su preferencia por Roma sobre
M acedonia, criticada en la conclusión de este capítulo, estuvo lejos de
ser irracional: les fue muy bien bajo el régimen romano, pues conserva­
ron un gran poder local.
Pero lo más desconcertante de este capítulo es su manifiesta preferen­
cia por la m onarquía al desorden y la com petencia de la dem ocracia,
pues, por lo demás, se hace justicia al aspecto competitivo de la civiliza­
ción griega como fuente de gran parte de la creatividad tan abundante­
606 ANEXOS

m ente m ostrada por esta sociedad. ¿Es im posible im aginar un mundo


en que no surgiese un Estado hegemórrico? ¿Y fue realmente insupera­
ble el provincianism o de la ciudad-Estado? Al fin y al cabo, la propia
Roma brotó de un Estado semejante. Preferencias similares por las m o­
narquías unificadas se encuentran a menudo en las relaciones modernas
de otras sociedades antiguas, como Egipto; pero no estamos obligados a
com partir esta preferencia, ni a creer que la tendencia hacia unidades
políticas de m ayor envergadura, que condujo al Im perio rom ano, era
inevitable.
v m . ROMA

A ld o Sch la v o n e

Observaciones generales

El estudio constituye una buena síntesis de toda la historia de Rom a,


desde sus orígenes hasta la caída del Im perio de Occidente. Contiene
claves interesantes y observaciones originales. Su estilo es fluido y per­
m ite al lector penetrar en un tema un tanto intrincado sin excesivo
esfuerzo. La simplificación, que es casi inevitable al escribir un ensayo
con tan limitado número de páginas, no es excesiva y muestra absoluto
respeto a la complejidad del tema.
Sin embargo, la obra nunca revela una relación directa con las fuentes
antiguas, ni siquiera con las más im portantes, como Polibio, Salustio,
Tito Livio, D ionisio, Tácito y la Historia Augusta. Los únicos nom bres
citados en la bibliografía (sólo en traducciones del italiano, y un tanto
de pasada) son los de Juliano, Celso y A gustín. El estudio reelabora
perspectivas y adquisiciones de la historiografía m oderna y llega a
veces a resultados notables. En lo personal, yo aconsejaría hacer explíci­
ta esta característica; en otras palabras, poner en claro que la obra no
aspira a ser un reexam en crítico de las fuentes, sino, antes bien, una
organización concisa, ejecutada con base en la m oderna investigación
histórica.
La bibliografía muestra algunas omisiones visibles en la forma en que
se ha compilado, y no es claro el criterio en que se basó la selección. En
particular, parecen siempre olvidados los autores italianos; por ejemplo,
en las obras generales no se menciona la Historia de Roma (siete volúme­
nes, 1988-1993) de Einaudi, aunque en general es reconocida hoy como la
obra más actualizada y moderna de toda la historia de Roma. Tampoco
se citan las obras de Mazzarino, Gabba, Momigliano y De Martino, cuyas
interpretaciones son, en la actualidad, clásicos del pensam iento histó­
rico del siglo xx. También hay omisiones en las citas de algunos de los
autores ingleses y estadunidenses más im portantes: sólo se recuerdan
dos de las obras de Moses Finley; no pude encontrar los nom bres de
Keith Hopkins ni de Glen Bowersock ni, si vi bien, el de Ronald Syme.
También faltan m uchas obras muy célebres de Peter Brown, A. H. M
607
608 ANEXOS

Jones y F. Walbank. En cambio, se incluyen estudios que hoy pueden


considerarse caducos, como los de Homo, Parain y Clarks.
Sin embargo, yo recomendaría reducir la bibliografía al mínimo, a no
más de 15 o 20 textos fundamentales: angloamericanos, alemanes, fran­
ceses e italianos. Esto haría más evidente el método de elección y justifi­
caría las omisiones.
En cuanto a la estructura de la obra, yo sugeriría m otivar m ejor la
separación que se ha hecho entre la narración de la historia política (sec­
ción 2) y la identificación de las cuestiones esenciales concernientes al
" surgim iento", el "desarrollo" y la "decadencia" (secciones 4, 5 y 6 del
capítulo). Tampoco es claro por qué se ha incluido el párrafo sobre "E s­
tructura social" entre los "Principales rasgos culturales". Su importancia
tal vez fuera digna de una sección aparte, aunque sólo fuese de pocas
páginas.
En cuanto al contenido cultural, creo que debiera encontrarse una
manera de explayarse sobre el tema de la economía romana, en especial
con respecto a su dependencia de la esclavitud. A lo largo del ensayo, la
economía parece brillar por su ausencia, m ientras que los investigado­
res más modernos — Finley, Hopkins, Harris, Duncan Jones, Lo Cascio o
Carandini, para no mencionar siquiera a Weber y Polanyi— han revela­
do la extrema importancia de este aspecto cuando se trata de describir
con precisión el mundo romano. En particular, yo sugeriría que se pres­
tara mayor atención a la peculiaridad de la esclavitud romana. La Roma
imperial fue una de las cinco grandes sociedades esclavistas de la histo­
ria occidental (junto con la antigua Grecia, Brasil, los estados del Caribe
coloniales y poscoloniales y los estados sureños de los Estados Unidos).
El M editerráneo romano no sólo era un mar m ercante, sino tam bién, y
quizá principalmente, un mar esclavista. De esta peculiaridad se deriva­
ron consecuencias enorm es, ciertam ente desde un punto de vista pro­
ductivo, pero también en lo político, lo cultural y lo mental, porque la
esclavitud es un "estado total" que influye sobre el contexto íntegro en
que se desarrolla (ya he tratado este tema en La storia spezzata. Roma
Antica e Occidente moderno, 3a ed., Laterza, Rom a-Bari, 1998; su traduc­
ción estadunidense, Broken History. Ancient Rome and the Modern West,
fue publicada recientem ente por la Harvard University Press en Cam ­
bridge, Mass.).
También me ha dejado un tanto perplejo que se defina a la sociedad
romana madura como una sociedad basada en una estructura de clases,
y no dividida en órdenes y categorías. Yo sugeriría matizar lo dicho. La
sociedad romana nunca fue —ni siquiera en la cúspide de su desarrollo—
una verdadera sociedad clasista, al menos no como interpretamos esta
ANEXOS 609

palabra en el mundo de hoy, y las diferencias de categoría y de orden


siempre desempeñaron un papel fundamental. Es esta peculiaridad la
que determ ina la gran diferencia entre el m undo social y económ ico
antiguo y nuestras sociedades modernas, en que es omnipresente la dis­
tinción económica.
Por últim o, recom endaría una revisión cuidadosa del texto para
corregir los errores de transcripción y otros pocos que todavía subsisten
(por ejemplo, la fecha de la Lex Hortensia es totalmente incorrecta).

Observaciones sobre las secciones particulares

Por razones prácticas, presento mis observaciones siguiendo el orden en


que está escrito el ensayo.

Introducción

La idea de que "la edad plena de la ciudad no se puede fechar más allá
del siglo vi" es discutible. Sugiero un enfoque más matizado.
El paso del mundo antiguo a la Edad Media es de suma importancia
histórica. Gwatkin simplemente toma la — en mi opinión inaceptable—
línea de Pirenne. Una vez más, en lugar de tratar de aportar una solución,
sugeriría establecer y estructurar el problema. Por último, sobre la di­
visión en periodos, yo no colocaría la conclusión del tercero en la muerte
de M arco A urelio, sino en la de A lejandro Severo, pues fue entonces
cuando comenzó la verdadera crisis.

Síntesis histórica

Sugiero hacer evidente, desde el principio, que esta síntesis sólo con­
cierne a la historia política; en otras palabras, es puramente una histoire
evénementielle: una historia de acontecimientos.
Las páginas sobre la Roma arcaica son demasiado rápidas y dem asia­
do categóricas. El lector queda con la impresión de encontrarse ante una
reconstrucción definitiva, cuando en realidad el tema sigue siendo cau­
sa de m uchos fascinantes debates (véanse, por ejem plo, las últim as
publicaciones de Tim Cornell y Andrea Carqndini).
Yo me negaría a definir a los patricios y los plebeyos como "clases";
asimismo, la fecha de la destrucción de Sagunto es incorrecta. Por otra
parte, no se hace ninguna mención a la batalla de Cannas, que es el acón-
610 ANEXOS

tecim iento más im portante de la campaña de A níbal en Italia. Por lo


demás, las expresiones correctas son aedilis curulis y magister equitum ; asi­
mismo, debe escribirse Lucca y no Lúea.

Principales rasgos culturales

Es dem asiado mecánica la correspondencia entre la división en perio­


dos de la historia política y la de la historia cultural. Como he dicho, yo
desarrollaría y extendería el párrafo llamado "Estructura social", sepa­
rándolo de "Principales rasgos culturales".
Tengo la impresión de que se lleva demasiado lejos la influencia de la
reforma de Servio Tulio, que en realidad ya a comienzos del siglo m a.C.
no representa la estructura de la sociedad romana. Por otra parte, dedica­
ría mayor espacio a los contrastes entre "nobles" y "équites" y entre "opti­
m ates" y "populares", que contienen tanto de la historia republicana.
El párrafo sobre la "cosm ovisión" me parece demasiado conciso y ge­
nérico. Los elementos mencionados son los mismos que pueden encon­
trarse en cualquier manual de historia de la literatura o de filosofía, y no
se hace un estudio crítico del tema ni se va al fondo.
Sugeriría dedicar más espacio a la historia del derecho romano y del
pensamiento jurídico romano. El ius fue el verdadero logos de la civiliza­
ción romana, y el derecho romano fue la contribución más im portante
de Roma a la historia de la cultura occidental: sin él, sería inconcebible
toda la historia de la Europa moderna. Este hecho debe plantearse con
mayor contundencia.

El surgimiento

El problema está bien planteado, pero se hace demasiado hincapié en la


importancia de una "estructura de clase". A lo sumo, podríamos referir­
nos a los resultados de una estructura mixta de órdenes y clases.

El desarrollo

Yo dedicaría cierto espacio al problema — aun desde el punto de vista


del pensamiento histórico antiguo— del imperialismo romano, que hoy
se considera un tema central. Me parece excesiva la parte dedicada a los
aspectos militares; en su lugar, yo habría intentado hacer una descrip­
ción de la polifacética estructura económ ica y social del Im perio (por
AN EXO S 611

ejemplo, la relación entre el centro y la periferia; entre las ciudades y el


campo; entre la costa y las regiones interiores). Uno de los grandes in­
ventos romanos fue la difusión "m undial" (en la antigua connotación
de "m undial") de la vida y la civilización urbanas. El Imperio como ciu­
dades-imperio. Esta característica es uno de los aspectos que se encon­
trarán en la futura historia de Occidente. Muy sugestiva resulta la com ­
paración con el Im perio estadunidense; ¿por qué no dedicarle unas
cuantas palabras más?

La decadencia

Creo que debe m encionarse que este concepto de "decadencia" se dis­


cute mucho hoy en día. Los que antes se refirieron a la "A ntigüedad tar­
día" rechazan esta categoría.
Entre los "factores" de la "decadencia" se presta muy poca atención a
los aspectos sociales y económicos, que fueron de capital im portancia.
El Imperio no sobrevivió porque su base productiva resultó incapaz
de desarrollarse — como ocurrió, mil años después, a las econom ías
medievales— y se mantuvo estancada. Entre los autores m encionados,
habría sido conveniente dedicar unos cuantos renglones más a Rostov-
zev, cuya interpretación acaso sea la más im portante de este siglo. Es
absolutam ente correcto remontarse a la República tardía para explicar
las razones del desplom e que ocurriría siglos después, pero, una vez
más, yo habría insistido en los aspectos de la historia social y económi­
ca, porque fue durante esos años — en los prim eros del siglo i a.C.—
cuando surgieron ciertas condiciones que determ inarían un desarrollo
diferente de la sociedad itálico-romana y que habrían podido inducir un
curso distinto de la historia; pero no se aprovechó esa oportunidad.
Por último, me habría centrado un poco más en el final del Imperio
romano de Occidente como periodo de una ruptura que hizo época. Pre­
cisamente en las regiones en que más catastrófica fue la fractura, pocos
siglos después se sembraron las semillas de una recuperación económi­
ca, política e intelectual que con el tiempo conduciría a la modernidad.
IX. BIZANCIO

A ngeliki E. Laiou

Los com entarios siguientes pretenden poner de relieve los rasgos que,
en opinión del autor, son sobresalientes de la sociedad y la civilización
bizantinas, así como subrayar el desarrollo y la transform ación de su
Estado.
A la civilización bizantina se le ha llamado terciaria; sin embargo, a mi
parecer — que también es el predominante en este ámbito— , no fue una
sociedad estancada de la Antigüedad tardía, sino una sociedad m edie­
val, que se había vuelto así debido a una serie de transform aciones.
Dejó de ser una sociedad laxamente organizada, basada en las ciudades
y unida por un sistema administrativo jerárquico, el ejército y un siste­
ma jurídico común, para convertirse en una sociedad en que las ciuda­
des perdieron toda independencia y se redujeron en número, tamaño e
im portancia durante el siglo vn, para reaparecer en el siglo x con dife­
rentes funciones, una sociedad que desarrolló sus propios m edios de
cohesión: la aldea, el gran feudo, las élites locales y la familia. También
el Estado modificó su papel, y la religión constituyó una presencia po­
derosa. Los rasgos son los de una sociedad m edieval, aun cuando se
conservaran las apariencias de la Antigüedad tardía, en especial en lo
tocante al Estado.
El Estado bizantino subsistió durante más de mil años, con una conti­
nuidad ostensible en que él mismo insistió. Esto crea una trampa para
los historiadores, así como para los bizantinos, aunque en mucho menor
grado. Los bizantinos, como todas las civilizaciones medievales, ateso­
raban la tradición, y toda innovación era considerada como una inver­
sión del buen orden. La innovación se presentaba, entonces, revestida
de una forma tradicional, lo cual resultaba más factible que en Europa
occidental por las siguientes razones.
Por una parte, Constantinopla fue fundada como ciudad de la A nti­
güedad tardía en 330, y su nacim iento (12 de mayo) fue celebrado du­
rante siglos, consagrando así la idea de continuidad. Pero la realidad era
muy distinta, pues Constantinopla, su economía y aun su aspecto exterior
se modificaron a lo largo de los siglos. Al llegar el siglo vm o rx, el pueblo
había olvidado las realidades del periodo de la Antigüedad tardía, y a la
612
ANEXOS 613

ciudad y sus edificios se les atribuía un pasado legendario así como


poderes mágicos. Sólo a finales del siglo xn, los anticuarios y los erudi­
tos hicieron recordar a la gente culta sus conexiones con un pasado que
ahora se redescubría y era visto desde una perspectiva docta.
Como en el caso de la ciudad, así ocurrió al gobierno imperial, que se
mantuvo sin modificaciones en el sentido de que el Imperio siempre fue
gobernado por el emperador. Pero la continuidad es ilusoria, pues las
formas del gobierno y de la administración cambiaron muchas veces en
el transcurso de mil años. La terminología administrativa tiene elemen­
tos de conservadurismo, ya que en distintos periodos se emplearon las
m ism as palabras para designar realidades diferentes; por ejem plo, el
término chorion, como aparece en los documentos fiscales, significó una
unidad fiscal durante los siglos vm a x, mientras que en adelante se aplicó
a un lugar de habitación. Un stratiotes era en el siglo x un soldado campe­
sino y, después del xi, el portador de una pronoia.
El sistem a jurídico ayudó a m antener la ilusión de continuidad. Se
basaba en el Código de Justiniano, pero la Égloga del siglo vm trajó con­
sigo cambios muy significativos. La codificación hecha en el siglo x, las
Basílicas , retornó a la legislación justiniana, y hasta m antuvo térm inos
y leyes vigentes en el siglo iv o en el vi, pero que ya estaban caducos en
el siglo x. Los verdaderos cambios del derecho bizantino pueden verse
en las numerosas Novelas, en las nuevas constituciones im periales y en
la aplicación de la ley, que podemos recuperar gracias a los escritos ju ­
rídicos.
El uso de la lengua griega, ya muy extendido en el siglo vr y casi
exclusivo después del vii , fue otro elem ento de aparente continuidad
con el periodo antiguo, pues el griego tenía un largo historial y en él
estaban los textos filosóficos y de otra índole que los bizantinos estudia­
ron y a menudo trataron de imitar. Esto introdujo un sólido elemento de
continuidad en la educación y la expresión, aun cuando el griego habla­
do (que influyó en el griego culto) evolucionó hasta llegar a sus formas
m edievales y de la época moderna temprana. El periódico redescubri­
miento o reinvención del pasado clásico y de la Antigüedad tardía en el
siglo x, como en el xi, el xn y el xiv, dio apoyo a la necesidad ideológica
de los bizantinos de considerarse herederos de una tradición ininte­
rrumpida.
Si los elementos antes descritos permitieron a los bizantinos conser­
var la ilusión de la continuidad, estos y otros rasgos de la sociedad han
llevado a los estudiosos modernos a la idea de un Bizancio inmutable,
idea basada en la consideración de ciertos factores y la exclusión de otros.
Presentaremos dos ejemplos.
614 ANEXOS

El prim ero concierne al Estado. En contraste con el caso de Europa


occidental, el Estado bizantino se mantuvo relativamente fuerte a lo lar­
go de toda su historia. No hubo ninguna devolución de impuestos esta­
tales hasta fines del siglo xi, y ninguna disminución del dominio del Es­
tado sobre el ejército hasta, quizá, un periodo muy posterior. La presencia
del Estado era muy visible: en la persona del emperador, en la corte, en
las ceremonias de palacio, y, en el terreno de los hechos, en la adm inis­
tración fiscal, el ejército y la justicia del Estado — salvo en el siglo xv y
aun entonces en casos específicos— . La trampa en que puede caer el his­
toriador moderno es la de equiparar el destino del Estado con el de la
sociedad, una interpretación que ha sido repisada desde la década
de 1960. Teóricamente es muy posible — y fue un hecho, en realidad—
que el Estado sea relativam ente débil m ientras se da un florecim iento
de la sociedad o al menos de ciertos grupos sociales específicos. Ocurrió
así en los siglos xi y xa, cuando una econom ía y una sociedad ricas y
diversificadas fueron de la mano con un Estado que, en el prim ero de
esos siglos, se volvió más pequeño y débil, y probablemente ocurrió lo
mismo a comienzos del siglo xiv. En realidad, puede sostenerse que un
Estado demasiado poderoso obstaculizó el pleno desarrollo de fuerzas
sociales saludables, y que, en cambio, un Estado más débil les permitió
florecer.
Esta diferenciación entre el destino del Estado y el de la sociedad y la
cultura también nos ofrece una explicación del hecho siguiente. El Esta­
do bizantino fue disuelto por la conquista otomana en 1453; sin embar­
go, la religión, la cultura, las formas artísticas y el poder económ ico de
ciertos grupos (por ejemplo, el de los mercaderes) sobrevivieron en los
Balcanes durante muchos siglos posteriores; de hecho, ciertos elementos
aún hoy siguen siendo poderosos. Ni la civilización bizantina ni ciertas
estructuras sociales y económicas perecieron en 1453.
Un segundo ejemplo de la aparente inmutabilidad de Bizancio es el
supuesto conservadurismo en la agricultura, a menudo considerada poco
innovadora en com paración con la de los países m usulm anes o de la
Europa medieval de Occidente. En realidad, sí hubo cambios; por ejem ­
plo, con la pérdida de las provincias orientales en el siglo vii, la agricul­
tura comenzó a practicarse en la costa mediterránea y las tierras interio­
res, donde el arado de hoja curva se adaptaba bien y los proyectos de
riego no necesitaban ser extensos. La agricultura bizantina fue muy pro­
ductiva y pudo mantener fácilmente a una creciente población después
del siglo ix.
Los dos problemas metodológicos, es decir, el hecho de que el cambio
se presente a menudo revestido de una forma tradicional, y la confusión
ANEXOS 615

entre el poder y riqueza del Estado y los de la sociedad, se encuentran


en la raíz misma del concepto de una larga decadencia a partir del siglo
iv. Ese concepto no es aceptado por los bizantinistas actuales, quienes
ven un prolongado desarrollo, con sus altibajos, que crea una sociedad y
una civilización medievales, las cuales no son únicas, aunque sí tienen
ciertos im portantes rasgos característicos que las diferencian de otras
civilizaciones medievales. Si nos concentramos en las transformaciones
como lo hacen los historiadores, entonces surgirá otra interpretación de
Bizancio.

Vienen primero los cambios cronológicos

El siglo vn es de im portancia fundam ental, pues el Im perio bizantino


pierde mucho territorio: Egipto, Siria, Palestina y África septentrional.
En el aspecto geográfico, Asia Menor pasa a ser el centro del Imperio, en
un cambio que persistirá hasta finales del siglo xi. Al perderse las pro­
vincias orientales, también se desploman el sistema ya decadente de las
ciudades de la Antigüedad tardía y sus estructuras sociales.
Constantinopla y su em perador cobran entonces la m áxim a im por­
tancia. Un Estado más pequeño y constantemente amenazado se reorga­
nizó a sí mismo y a sus fuerzas de manera im presionante. La sociedad
se uniform ó y no hubo ya linajes aristocráticos visibles. En el centro
mismo de la reorganización se encontraron la aldea libre y un ejército de
soldados cam pesinos, a quienes el emperador llam aba sus "h ijo s". En
torno del campesinado libre se organizaron tanto la defensa como el sis­
tema fiscal. Ésta es la expresión de una realidad económica que signifi­
caba una ruralización de la sociedad, en que las ciudades se hicieron
más pequeñas y se debilitaron sus funciones de intercam bio. Un buen
gobierno durante este periodo, y en otros 300 años, se reflejó en una ju s­
ticia fiscal, en tanto que la protección de los débiles pasó a ser un deber
y una virtud imperiales fundamentales. El sistema jurídico se reorgani­
zó para expresar tal valor. De este modo, el Estado se volvió un Estado
recaudador de impuestos que gobernaba una economía centralizada. A
cambio, ofrecía su protección (relativamente hablando) en lo militar, y
de los débiles contra los poderosos. La pequeña empresa pasó a ser vital
y prosperaron los pequeños granjeros, los soldados cam pesinos, los
arm adores y navieros en pequeño, y los inversionistas m odestos. El
Estado siguió siendo la única unidad grande, y con el transcurso del
tiempo se hizo mayor y más imponente. La iconoclasia era una religión
de Estado que daba el monopolio en asuntos espirituales al Estado y a
la Iglesia institucional.
616 ANEXOS

La reorganización funcionó bien, y al llegar el siglo x el sistem a


bizantino medieval se hallaba establecido y funcionando. Seguía siendo
un Estado recaudador de im puestos, en que los excedentes llegaban
hasta el emperador. El pequeño granjero y el soldado cam pesino eran
todavía la espina dorsal del Imperio. Pero también fue éste un periodo
de expansión dem ográfica, económ ica (tanto en agricultura com o en
comercio) y territorial, pues Bizancio pasó a la ofensiva con sus conquis­
tas que lo llevaron hasta Armenia, Georgia y Siria por el oriente, y a la
mayor parte de los Balcanes por el occidente. La base fiscal en expan­
sión y las recompensas financieras de las conquistas vinieron a enrique­
cer las arcas del Estado. Éste redistribuyó una parte del excedente en
forma de salarios para funcionarios y soldados. Los cargos estatales
eran fuente de poder, riqueza y cultura, y Constantinopla siguió siendo
predom inante, aunque otras ciudades nuevamente empezaron a flore­
cer. En lo interno, este sistema encontró su expresión ideológica en el
alto valor atribuido al orden. En lo internacional, el poderío y el brillo
de Bizancio eran indiscutibles. En el aspecto intelectual, el "Renacim ien­
to m acedónico" señala uno de varios retornos al arte, la filosofía y la
cultura del periodo clásico y la Antigüedad tardía. En el siglo x empezó
a ser evidente la estratificación social y económ ica, sobre todo en los
campos, con el surgimiento de poderosos clanes aristocráticos en Asia
Menor. Los emperadores (algunos de los cuales procedían de estos cla­
nes) lograron todavía contener su poder; sin embargo, el aum ento de
riquezas y el retorno a la paz trajeron consigo una inevitable estratifica­
ción de una sociedad que había sido casi indiferenciada.
Los siglos xi y xn constituyeron un periodo en que el desarrollo del
Estado y el de la sociedad siguieron diferentes caminos. Dicho en pocas
palabras, tras la batalla de Mantzikert (1071), el Estado bizantino sufrió
una considerable dism inución territorial en que lo más im portante fue
la pérdida de las tierras interiores de Asia M enor; pero esos m ism os
siglos también fueron un periodo de creciente riqueza, resurgimiento de
las ciudades y esplendor intelectual y artístico. Por consiguiente, en este
periodo se debe establecer más claramente la distinción entre el destino
del Estado y el de la sociedad.
Esos siglos xi y xn fueron una época de renovación y expansión eco­
nóm ica tanto en Europa occidental como en el Im perio bizantino. En
Bizancio, la prosperidad general se reflejó en lo que ocurrió al exceden­
te, del cual una menor parte se apropió el Estado, mientras la gran rapi­
dez de la circulación de monedas muestra que hubo un nivel inferior de
atesoram iento. El dinero se gastaba en el comercio, en la construcción,
en escuelas y universidades, en obras de arte. Por todo el Imperio, en las
ANEXOS 617

provincias así como en Constantinopla, hubo una urbanización y un


desarrollo del comercio y de las manufacturas. El comercio se hizo más
libre; dejó de existir una econom ía centralizada y los precios fueron
determinados por el mercado.
Es evidente el aumento de poder y prosperidad de grupos sociales
particulares. La aristocracia fue uno de tales grupos, pero tam bién los
mercaderes y banqueros, quienes adquirieron cierto poder político en el
siglo xi, para perderlo con la llegada de los Comneno. La sociedad que­
dó mucho más diferenciada: la aristocracia obtuvo una victoria con la
llegada de los Com neno, y su poder continuó en expansión, especial­
m ente el de quienes constituían el muy num eroso clan de Com neno-
Ducas. Fue un periodo en que se otorgaron privilegios, lo cual significa
que el poder del Estado quedó un tanto disminuido mientras aumenta­
ba el de otros grupos.
En lo cultural, es evidente la asimilación de la antigua cultura griega,
así como la presencia de muchos hombres y mujeres educados que es­
cribieron perdurables obras de historia y literatura. En el arte surgió un
clasicismo de gran pureza y hermosura, como lo muestran los mosaicos
de la iglesia de Dafnis.
Los historiadores de hoy consideran los siglos xi y xn como un punto
culminante de la historia bizantina, lo que no debe ocultam os el hecho
de que se perdieron para siempre grandes extensiones de territorio en
Asia Menor. Por otra parte, las provincias balcánicas, que hoy son un
foco de estudio, pasaron por un periodo de expansión.
La dism inución territorial del Estado bizantino, com binada con el
hecho de que a principios del siglo xm el Imperio cayó ante los ejércitos
de la cuarta cruzada, llevó a los historiadores de una época anterior a con­
siderar este periodo como de indiscutible y general decadencia, y a atri­
buir esa decadencia al creciente poder de la aristocracia y los grandes
terratenientes. Sin embargo, en lo económico dista mucho de ser claro
que los feudos desempeñaran un papel negativo. Se ha sostenido que,
por el contrario, ofrecieron mayores oportunidades de inversión y explo­
tación de nuevas tierras, y perm itieron m ejorar la organización de la
producción y emprender algunos grandes proyectos económicos. El re­
sultado fue que la producción se mantuvo al ritmo del aumento dem o­
gráfico, tanto rural como urbano; no se registran hambrunas durante el
siglo xn, y la gente acaso viviera más tiempo y m ejor que en Europa
occidental.
Por ello, este periodo es considerado hoy como una época de riqueza,
desarrollo económ ico y logros culturales. La diferencia de interpreta­
ción depende, hasta cierto grado, del punto de vista, es decir, de si con­
618 ANEXOS

sideramos los sucesos desde el ángulo del Estado o desde el de la socie­


dad. Pero también hay que tomar en cuenta las contradicciones internas,
los problemas y las áreas de tensión en el Imperio bizantino de este perio­
do, problemas externamente expresados en graves derrotas militares.
Hubo una serie de " salidas en falso", es decir, de avances o atisbos de
m odernización, sí así se quiere, a los que no se les perm itió llegar a su
evolución o conclusión natural. Un ejemplo es el auge de la clase media
en el siglo xi: banqueros, mercaderes y, probablemente, artesanos ricos.
En Constantinopla, y acaso en otras partes, este grupo incluyó a gente
rica en los siglos xi y xii; en el siglo xi comenzó a partir del poder político
al quedar representado en un cuerpo que tomaba decisiones: el Senado.
A finales del siglo xii aparecen esporádicos testimonios de que banque­
ros, cam bistas y m ercaderes actuaban como garantes de los tratados,
junto con la aristocracia. Pero estos acontecimientos ocurrieron en épocas
en que el gobierno central era débil. El poderoso gobierno central de los
Comneno obstaculizó esta evolución, y la cuarta cruzada le puso fin, al
menos por un tiempo. En el siglo xiv aparecen testim onios de tenden­
cias similares y de una gran autonomía de las ciudades. Esto coincidió
con un débilísim o gobierno central y ocurrió en una época en que las
presiones militares no permitieron el desarrollo normal de ninguna de
estas fuerzas sociales. Yo he sostenido que incluso la aristocracia del pe­
riodo de los Paleólogos tuvo un desarrollo malogrado o nulo.
Así, el Estado central, que en el siglo x había dado forma a la socie­
dad de Bizancio, protegiéndola e impulsando su desarrollo, después de
finales del siglo xi desempeñó un papel más ambiguo. Se volvió flexible,
pero tal vez no lo suficiente. Los cambios en la recaudación del impues­
to y en la burocracia, que se descentralizó, ciertamente reflejaron hasta
cierto grado el cambio social. El gobierno de los Comneno se caracteri­
zó por un autoritarismo feudal; es decir, aunque su base fuese aristocrá­
tica, conservó el poder, la autoridad y la riqueza de un Estado central.
Aprovechó esta autoridad para dar un virtual monopolio del poder a la
numerosa familia imperial, no al resto de la aristocracia, la cual quedó
inconforme. Asimismo, la recaudación del impuesto se volvió un tanto
improcedente en una sociedad cada vez más descentralizada.
La descentralización no fue la causa de la decadencia de la civiliza­
ción bizantina, que, por el contrario, floreció durante esa época. Antes
bien, la dificultad estuvo en el imperfecto desarrollo de las fuerzas pro­
ductivas, la inconclusa solidificación de importantes grupos sociales y
la evolución trunca de centros de poder locales, de modo que al llegar el
siglo xm no había un sólido gobierno central ni fuertes núcleos locales
de poder. Y esto fue aprovechado por los enemigos del exterior.
ANEXOS 619

Desde finales del siglo xi hubo guerra en tres frentes: tribus nómadas
atacaron por el norte; los turcos por el este, y el poder occidental más
expansionista, los normandos, por el oeste. Resulta extraordinario que
el Estado bizantino lograra sobrevivir, aun cuando se limitara a los Bal­
canes y las costas de Asia Menor. Al principio, las derrotas militares fue­
ron resultado de la guerra en los tres frentes, así como de luchas intes­
tinas por el poder, cerca del trono. Luego, a finales del siglo xii y aún
después, el Im perio bizantino se vio atrapado entre dos fuerzas en
expansión: los europeos occidentales, que em pezaban a dom inar los
mares, y los turcos. Los seléucidas eran, por entonces, sedentarios y
estables y hasta se retiraron a mediados del siglo xiii; pero a finales de
ese m ism o siglo, los ejércitos turcos fueron engrosados por sucesivas
oleadas de nómadas. Atrapadas entre unos y otros, las tierras bizanti­
nas pasaron por un periodo de fragmentación política, que b ien habría
podido convertirse en la génesis de Estados nacionales, pero que no
tuvo la posibilidad de llegar al final de este proceso. En cambio, la región
quedó integrada al Imperio otomano, y así la decadencia y destrucción de
una forma imperial de gobierno hizo surgir otra forma (mucho más po­
derosa) de gobierno imperial.
En suma, la interacción entre el Estado y el desarrollo de fuerzas par­
ticularistas fue sumamente rica, y hubo periodos de equilibrio en que la
sociedad en conjunto se benefició del sistema político; pero, a la postre,
el Estado y las fuerzas particularistas se debilitaron mutuamente. Podría
decirse que la transformación de Bizancio en unidades diferentes y via­
bles fue obstaculizada por el poder m ismo del Estado, así como la su­
pervivencia de un poderoso Estado centralizado fue obstaculizada por
el brote de otras fuerzas sociales y la estratificación de la sociedad.
La historia del Im perio bizantino nos plantea la pregunta de si una
forma particular de Estado o de contexto político es necesaria para el
desarrollo o la supervivencia de una civilización. Es indudable que la
civilización bizantina surgió dentro de un marco de Estado en particu­
lar, y tanto el Estado como la civilización se desarrollaron al correr del
tiempo. Y, a la inversa, aspectos importantes de la civilización bizantina
(la religión, la lengua, las formas del arte y los modos de producción)
sobrevivieron largo tiempo tras el ocaso del Estado, en el Imperio oto­
mano y los Balcanes. Sus bandas de transm isión fueron la Iglesia, una
élite que incorporó a cristianos, incluso a descendientes de la aristocracia
bizantina, y el pueblo.
X. EL ISL A M

W lLFR ED M ADELUNG

Las conclusiones a las que se llega en el capítulo correspondiente al


Islam son discutibles en varios aspectos. Un problem a clave es que la
civilización islámica, en este estudio, lleva el nombre de una religión y
se le distingue de otras civilizaciones que en su mayoría son nombradas
mediante términos geográficos o étnicos. Este nombre crea la suposición
de que cuando la "civilización islám ica" deja de estar integralmente for­
mada por la tradición religiosa del Islam, se vuelve una civilización di­
ferente. Por ello, el estudio juzga que la civilización islámica al moder­
nizarse "es una civilización en el rápido proceso de convertirse en una
modalidad específica de la civilización occidental tardía. Las sociedades
islámicas tienen un pasado islámico y un futuro occidental". Pero ¿dón­
de deja esto al cristianismo latino medieval, considerado la cuna de la
civilización occidental? Antes de la época de la secularización y de las
"lu c e s", la m ayoría de los occidentales había definido su civilización
como cristiana o, más explícitamente, como cristiana latina. El flexible
nombre geográfico "Occidente" oculta la notable distancia que hay entre
"tem prana" y "tardía", y al mismo tiempo permite sostener que se trata
de una sola civilización continua. Mientras que hoy muchos occidenta­
les conscientes de su cultura se declaran ateos o agnósticos y denuncian
a la Iglesia m edieval como en general nociva al progreso científico,
como lo hace este estudio, no por ello dejan de reconocer al cristianismo
m edieval como parte de su herencia cultural occidental y a menudo
adm iran las iglesias rom ánicas, las catedrales góticas, la pintura y la
música sacras, a Dante y a Tomás de Aquino.
Si de esta manera la civilización occidental mantuvo su continuidad
pese a la m odernización, por medio de la secularización y de las
"lu ces", ¿por qué habría de perder la civilización islámica su identidad
por obra de una sim ilar m odernización para convertirse así en una
modalidad de la civilización occidental tardía? ¿A la civilización islámi­
ca acaso debiéramos llamarla, en cambio, civilización del Medio Orien­
te, por su región nuclear histórica, y así establecer una base de compara­
ción más sólida con la civilización occidental? Entonces, ciertas partes
m odernizadas del mundo islám ico, incluso la Turquía secularizada,
620
ANEXOS 621

podrían ser apropiadamente llamadas "civilización del Medio Oriente


tardío", y no "m odalidad de la civilización occidental tardía". También
al Israel contemporáneo podríamos, más apropiadamente, considerar­
lo como una modalidad de la civilización del Medio Oriente tardío, y no
como "parte de la civilización occidental tardía", aunque mantiene ras­
gos judíos específicos. Muchos judíos emigran de Europa y Am érica a
Israel tratando de "desoccidentalizarse" y de recuperar sus raíces cultu­
rales del Medio Oriente. Esto lo refleja la restauración del hebreo como
lengua hablada y literaria en Israel. La conciencia histórica de los judíos
que se identifican con Israel difiere considerablemente de la conciencia
histórica occidental, y las corrientes modernas de la historiografía judía
reconocen con claridad las directas afinidades de la tradición cultural ju­
día con la civilización islám ica, más que con la civilización occidental
cristiana. Esto no tiene nada que ver con la cuestión de la modernidad y
el desarrollo económico.
Desde el punto de vista del estudio, pueden plantearse dos objeciones.
El Islam como religión (según se señala repetidas veces) sigue muy vivo
y más vital en la vida cultural que el cristianismo en Occidente. Aunque
el ateísmo y el agnosticismo han logrado ciertos avances en el moderno
mundo islámico, el pensamiento y los valores del Islam predominan en
el discurso intelectual y cultural, más que el pensam iento y los valores
cristianos en Occidente, aunque allí los fieles cristianos sigan contribu­
yendo considerablemente a la vida intelectual, literaria y artística.
La otra objeción es de mayor peso. El estudio sostiene que para la
civilización islámica toda modernización inevitablemente significa occi-
dentalización, ya que la civilización islámica ha llegado a una etapa de
irremisible decadencia. Contrasta esto con las civilizaciones del Lejano
Oriente: la japonesa y la china, que, como O ccidente, han pasado por
profundos cambios en el curso de la historia. Como prueba de la incapa­
cidad de la civilización islámica para m odernizarse, aduce prim ero el
fracaso del tanzimat en la Turquía otomana del siglo xrx y elogia profu­
sam ente la secularización y las reform as occidentalizantes de Kem al
Ataturk, presentándolas como modelo que deben emular otras partes
del mundo islámico.
Sin embargo, sería difícil negar que la modernización y el desarrollo
en Japón y China han significado occidentalización en el mismo sentido
que debe tener en el M edio Oriente. Si Occidente se m uestra como el
modelo del desarrollo y la modernidad, evidentemente habrá que con­
siderar a la civilización japonesa como una triunfante "m odalidad de la
civilización occidental tardía", y a la sociedad japonesa como "poseedora
de un pasado japonés y de un futuro occidental". En este sentido, Japón
622 ANEXOS

ha logrado hasta tal punto la occidentalización, que hoy sobrepasa a


gran parte de Occidente y com pite con los países occidentales más
avanzados y, en algunos aspectos, se convierte en modelo para ellos.
El hecho de que el estudio no considere la modernización en Japón y
China — pese a que indudablem ente han tom ado m uchísim o de O cci­
dente— como occidentalización, sino como un auténtico desarrollo de
sus civilizaciones, comparable con el de la propia civilización occiden­
tal, exige cierta reflexión sobre el significado de la modernización de las
civilizaciones en general. Aunque la modernización y el desarrollo pue­
dan verse como un estímulo constante para todas la civilizaciones, inevi­
tablem ente las apartan de sus raíces. El temor a esta alienación de las
raíces es la causa común de la resistencia a la m odernización, que asi­
mismo es evidente en todas las civilizaciones, incluso en Occidente. La
modernización consiste, en alto grado, en una racionalización; por con­
siguiente, afecta más a aquellas actividades hum anas que son más
reductibles a dejarse gobernar por la pura racionalidad, como las mate­
máticas, las ciencias, la tecnología civil y militar, los métodos de produc­
ción económica, y la organización jurídica y adm inistrativa. Dado que
la racionalidad es un rasgo universal y no específico de una cultura, la
m odernización y el desarrollo fácilm ente pueden transferirse de una
civilización a otra y, en general, provocan poca resistencia. Desde esta
perspectiva de la universalidad hum ana, la m odernización no puede
convertirse en sinónimo de occidentalización, por mucho que las cosas
transferidas en los tiempos m odernos hayan provenido de Occidente.
En la cultura de zonas específicas que por causa de sus fundamentos no
racionales y orientados hacia los valores son menos reductibles a la ra­
cionalización — como la religión, las artes, la literatura, la historiografía,
el idiom a, la filosofía, la moral y las costum bres— es donde, natural­
mente, hay una fuerte resistencia al cambio. Dado que la individualidad
de las civilizaciones se realiza en estas áreas, en ellas un cambio radical
puede significar el final de una civilización o su absorción por otra.
El fracaso del tanzimat en la Turquía otomana no basta para afirmar
que la civilización islámica ya no puede ser modernizada por causa de
"aspectos básicos de la propia civilización islám ica", como lo sugiere el
estudio. Los logros de la occidentalización kem alista y sus reform as
nacionalistas, cualesquiera que sean los méritos de ciertas m edidas en
particular, parecen hoy, más de 60 años después de la muerte de Ataturk,
muy discutibles dentro y fuera de Turquía. El esfuerzo de Kemal "por
renunciar al pasado otomano y, con él, a la civilización islámica, y por con­
vertir a su pueblo a la civilización occidental", aunque comprensible en
su propia época de absoluto desplome del Imperio otomano y la cum ­
ANEXOS 623

bre del nacionalismo chauvinista europeo, en retrospectiva debe consi­


derarse poco realista. Ha dejado a Turquía profundamente dividida en
lo cultural, m ientras que el nacionalism o turco está negando su iden­
tidad a los curdos, otro pueblo musulmán. El tradicionalismo islámico ha
resurgido no tanto porque m uchos de los jóvenes intelectuales, cons­
cientes de su cultura y su historia, se resientan contra la educación pre­
dom inantem ente occidental y las severas restricciones del mundo islá­
mico que los apartan de sus raíces culturales, en especial de sus aspectos
árabe y persa. La integridad de las reform as kem alistas es protegida
hoy — a expensas de la dem ocracia— por los jefes del ejército que no
sólo intervienen periódicamente para alterar los resultados de las elec­
ciones, sino que también practican " purgas'' en sus propias filas para
m antener su caduca ideología. En opinión de muchos agudos observa­
dores del exterior, la conversión de los turcos a la civilización occidental
no ha sido convincente hasta ahora, y muchos consideran que sería difícil
llamarla deseable.
La modernización y el desarrollo económico, a diferencia de la occi-
dentalización, no han sido considerablem ente acelerados o retrasados
en Turquía por la reforma kemalista. Turquía se encuentra en una etapa
com parable con la de algunos otros países del mundo islám ico, com o
Pakistán e Irán, pero no con Japón. Otros países islámicos no han segui­
do el modelo turco de secularización y occidentalización, o lo han hecho
sólo en grado muy lim itado. En Irán, el intento de seguirlo condujo a
una repulsa popular contra el gharbzadegi, la imitación servil de la civili­
zación occidental, y llevó a una revolución islámica. Hoy es Irán el que,
seguro de su tradición islámica así como de su tradición cultural persa,
está llam ando a una com unicación cultural y un diálogo cultural con
otra civilización del mundo. Para los historiadores de am plio criterio,
familiarizados con los antecedentes de la civilización islám ica, resulta
grato oír que el actual secretario general de las N aciones U nidas está
respondiendo positivam ente a este llamado. Occidente tiene más que
ganar, como ha ganado en el pasado, de observar y apreciar con espíritu
constructivo las realizaciones de la civilización islámica, que de aplicar
su presencia militar y su superioridad económica en una especie de im ­
perialismo cultural, para apremiar al mundo islámico a occidentalizarse.
ÍNDICE

Prefacio a la edición en español............................................................................................. 9


Sumarios.................................................................................................................................... 11
Prefacio........................................................................................................................................ 13
Agradecimientos...................................................................................................................... 17
Colaboradores............................................................................................................................. 19
Introducción general............................................................................................................... 21
C onsideraciones p re lim in a re s.................................................................................. 21
1. Historia e h istoria........................................................................................................ 22
La historia como narración, 22; La nueva historia, 29; La Filosofía de la Histo­
ria, 31; La historia como proceso, 33
2. Weber y T o y n b e e ........................................................................................................ 37
Alfred Weber, 37; Arnold J. Toynbee, 43
3. El curso de la H is to r i a ............................................................................................. 50
La aparición del hombre, 50; Evolución y cultura, 50; Los estratos de la civili­
zación, 52; El curso de las civilizaciones, 53
Bibliografía.......................................................................................................................... 55

I. La aparición del hombre y la civilización................................................................. 59


1. El proceso e v o lu tiv o ................................................................................................. 59
A. El proceso evolutivo global, 59; B. La aparición de los homínidos, 60; C. Las
subespecies geográficas, 62; D. La aceleración del proceso, 64
2. El entorno n a t u r a l .................................................................................................... 64
3. El P a le o l í t i c o ............................................................................................................... 66
A. El Paleolítico inferior, 66; B. El Paleolítico superior, 71; C. El Epipaleolítico, 76
4. Cam pesinos y n ó m a d a s .......................................................................................... 78
A. El Neolítico temprano, 78; B. Pastores y agricultores, 79; C. Los cambios cli­
máticos, 79
5. El surgim iento de la c iv iliz a c ió n ........................................................................ 80
A. Los estratos, 80; B. Elementos esenciales de una civilización, 81; C. Las civi­
lizaciones primarias, 82; D. Nómadas y campesinos, 82
6. Breves reflexiones sobre la P reh isto ria ............................................................. 83
A. Consideraciones generales, 83; B. Fases, 84; C. Efectos del clima, 84;
D. Rudeza y racionalidad, 85; E. La humanidad del hombre, 85
Bibliografía.............................................. 86

II. La civilización mesopotámica.......................................................................................... 89


1. In trod u cción ................................................................................................................... 89
A. La tierra, 89; B. Los pueblos, 90; C. El concepto de civilización mesopotámi­
ca, 91
2. Síntesis h i s t ó r i c a ........................................................................................................ 92
A. La Prehistoria, 92; B. Sumerios y acadios, 93; C. Babilonia y Asiria, 95
625
626 ÍNDICE

3. Principales rasgos culturales.................................................................. 97


A. Características generales, 97; B. Los dioses y la religión, 99; C. El Estado y
el rey, 103; D. La estructura de la sociedad, 104
4. El surgimiento.......................................................................................... 106
A. De la aldea a la dudad-Estado, 106; B. Sumerios y acadios, 107
5. El desarrollo............................................................................................. 108
A. De la ciudad al Imperio, 108; B. Asiría y Babilonia, 110; C. El papel de los
bárbaros, 112; D. Civilizaciones en competencia, 114
6. La decadencia.......................................................................................... 115
A. El problema de la decadencia, 115; B. Sumerios y acadios, 116; C. Asiria y
Babilonia, 117; D. Observaciones finales, 120
Bibliografía................................................................................................... 123

III. Egipto............................................................................................................. 125


1. Introducción............................................................................................. 125
A. La tierra, 125; B. El pueblo, 125; C. Continuidad y cambio, 126; D. Cronolo­
gía, 127
2. Síntesis histórica....................................................................................... 128
A. La Prehistoria y el periodo protodinám ico, 128; B. La Dinastía tinita y el
Reino Antiguo, 129; C. El Primer Periodo Intermedio (2200-2050), 131; D. El
Reino Medio (2050-1800), 131; E. El Segundo Periodo Intermedio y los hicsos
(1800-1550), 132; F. La guerra de liberación, 132; G. El Imperio, 133; H. Los
sucesores de Tutmosis III, 134; I. Akenatón y la Reforma, 136; J. Los ramséri-
das, 137; K. La decadencia egipcia, 139; L. El Tercer Periodo Intermedio: las
Dinastías x xí a xxv, 139; M. Los últimos siglos, 140
3. Principales rasgos culturales.................................................................. 141
A. Características generales, 141; B. Los dioses y la religión, 143; C. La muerte,
145; D. El rey, 146; E. El gobierno, 148; F. El ejército, 149; G. Las clases socia­
les, 150
4. El surgimiento.......................................................................................... 150
A. Las condiciones generales, 150; B. Del amratiense al gercense, 151; C. Del
gercense a los dos reinos (3300-3100 a.C.), 152; D. Las dos primeras dinastías, 153
5. El desarrollo............................................................................................. 154
A. La tendencia general, 154; B. El Reino Antiguo, 155; C. El Primer Periodo
Intermedio, 156; D. El Reino Medio, 158; E. Los hicsos y el Reino Nuevo, 159;
F. Breve resumen, 161
6. La decadencia.......................................................................................... 162
A. Características generales, 162; B. Los factores iniciales, 163; C. La erosión
de la naturaleza sacra del rey, 163; D. La crisis de la usurpación, 164; E. La
disolución social, 165
Bibliografía................................................................................................... 166

IV. La civilización egea................................................................. 168


1. Introducción............................................................................................. 168
A. La tierra y el pueblo egeos, 168; B. Cronología general, 168
2. Síntesis histórica....................................................................................... 168
A. La Prehistoria, 168; B. Creta. El Minoico temprano (3000-2000 a.C.), 172; C.
El Minoico medio (2000-1700 a.C.), 173; D. El Minoico tardío (1700-1400 a.C.),
173; E. La llegada de los aqueos, 174; F. Las Cicladas. Un pueblo marino, 175;
G. Chipre. El chipriota temprano, 177; H. La Edad de Bronce, 177; I. La Edad de
ÍNDICE 627

Bronce tardía, 177; J. El Heládico temprano (2299-2000 a.C.), 178; K. El He-


ládico medio (2000-1550 a.C.), 179; L. El Heládico tardío (1550-1100 a.C.), 180
3. Principales rasgos culturales......................................................... 181
A. La cultura minoica, 181; B. La cultura micenica, 183; C. La tradición
épica, 186
4. El surgimiento............................................................................... 187
A. El cuadro general, 187; B. Los minoicos, 188; C. Las Cicladas, 189; D. Los
chipriotas, 189; E. Los micénicos, 189; F. Observaciones finales, 190
5. El desarrollo.................................................................................. 190
A. El cuadro general, 190; B. Etapas principales, 191; C. Principales condicio­
nes de influencia, 192
6. La decadencia.................................................................................. 195
Bibliografía....................................................................................... 197

V. El antiguo Isra el ................................................................................ 199


1. Introducción......................................................... ! ...................... 199
A. La tierra, 199; B. Los pueblos, 199; C. La antigua civilización israelita, 201
2. Síntesis histórica............................................................................ 202
A. Los siglos xx a xix a.C., 202; B. Los siglos xrx a xiv a.C., 202; C. Los siglos
xitt a xi a.C., 203; D. Saúl y David (1020-961 a.C.), 204; E. El reinado de Salo­
món (961-922 a.C.), 204; F. La división del reino: Israel y Judá (922-587 a.C.),
205; G. Del exilio babilónico a Barcoquebas, 206
3. Principales rasgos culturales......................................................... 207
A. La cultura israelita, 207; B. La antigua cultura hebrea, 208; C. La cultura
del Antiguo Testamento, 209; D. La tradición profética antes del exilio, 210;
E. Corrientes del exilio y posteriores, 214; F. El efecto del helenismo, 217;
G. Las ramas judía y cristiana de la cultura israelita, 218
4. Los orígenes..................................................................................... 220
A. Las emigraciones patriarcales, 220; B. Las actividades fundadoras de
Moisés, 221
5. El desarrollo.................................................................................. 223
A. Fases principales, 223; B. El reino unido, 224; C. Los reinos sucesores, 225;
D. La fase del exilio y la fase posterior, 226; E. La fase helenística, 227
6. El desplome político....................................................................... 228
A. La vía romana, 228; B. La destrucción del segundo templo, 229
B ib lio g ra fía ................................................................................................................... 233

VI. Persia ................................................................................................ 234


1. Introducción.............................................................................. . . 234
A. La tierra, 234; B. Los pueblos, 234; C. La antigua civilización persa, 236
2. Síntesis histórica............................................................................ 237
A. La fase aqueménida, 237; B. La fase helenística, 241; C. Los partos, 242;
D. Los sasánidas, 243
3. Principales rasgos culturales......................................................... 244
A. La fase aqueménida, 244; B. La fase parta, 252; C. La fase sasánida, 254
4. Los orígenes..................................................................................... 259
5. El desarrollo.................................................................................. 260
6. La decadencia.................................................................................. 262
628 ÍNDICE

A. El significado de la decadencia para Persia, 262; B. Los tres primeros


frenos/ 263; C. La decadencia de los sasánidas, 265
B ib lio g rafía................................................................................................................... 267

VIL G r e c i a ............................................................................................................................. 268


1. In tro d u cc ió n ........................................................................................................... 268
A. Lugares y pueblos, 268; B. La civilización griega, 268
2. Síntesis h istó rica.................................................................................................... 270
A. De la época de las tinieblas a la polis, 270; B. Atenas, 272; C. Esparta, 277;
D. Las Guerras Médicas, 279; E. La Atenas del siglo v a.C , 283; F. Las Gue­
rras del Peloponeso, 286; G. Grecia en el siglo iv a.C., 291; H. Macedonia,
295; I. Alejandro, 300; J. El mundo helenístico, 303
3. Principales rasgos cu ltu ra le s........................................................................... 307
A. Observaciones introductorias, 307; B. La estructura social, 308; C. Las
creencias religiosas, 312; D. Cosmovisión, 317; E. El arte griego, 328; F.
Las concepciones sociopolíticas griegas, 332
4. El su rg im ie n to ........................................................................................................ 339
5. El d e s a rr o llo ........................................................................................................... 341
6. La d e c a d e n c ia ........................................................................................................ 345
B ib lio g rafía.................................................................................................................. 348

VIII. R om a................................................................................................................................. 352


1. In tro d u cció n ........................................................................................................... 352
A. El lugar y los pueblos, 352; B. La civilización romana, 354
2. Síntesis h i s t ó r i c a ................................................................................................. 356
A. La etapa inicial, 356; B. La República tardía, 363; C. El Principado, 380;
D. La crisis del siglo ni, 391; E. La Antigüedad tardía, 392
3. Principales rasgos cu ltu rales............................................................................. 403
A. Observaciones introductorias, 403; B. La estructura social, 404; C. Las
creencias religiosas, 406; D. La visión del mundo, 412; E. Las instituciones
políticas, 421; F. El sistema fiscal, 423; G. El ejército, 425
4. El su rg im ie n to ........................................................................................................ 42 7
5. El d e s a rr o llo ........................................................................................................... 430
6. La d e c a d e n c ia ........................................................................................................ 435
A. Principales factores reconocidos, 435; B. Un proceso triple, 438; C. La
perspectiva histórica, 444
B ib lio g rafía.................................................................................................................. 446

IX. La civilización bizantina............................................................................................. 451


1. In tro d u cció n ........................................................................................................... 451
A. El lugar y la gente, 451; B. La civilización bizantina, 451
2. Breve síntesis h is t ó r i c a ...................................................................................... 454
A. Panorama general, 454; B. La fundación y los periodos iniciales, 456; C.
La supervivencia de Oriente, 457; D. La fase justiniana, 460; E. La fase hera-
cliana (610-717), 463; F. La fase iconoclasta (711-843), 465; G. La fase
macedónica (867-1081), 467; H. Los Comneno, 468; I. El primer desplome,
470; J. La fase latina, 471; K. Reconquista, decadencia y caída, 472
3. Principales rasgos cu ltu rales............................................................................. 473
ÍNDICE 629

A. La estructura social, 473; B. La vida privada, 475; C. La economía, 476; D.


La religión, 479; E. Los aspectos institucionales, 481; F La cultura, 486
4. El su rg im ien to ........................................................................................................ 498
5. El d e s a rr o llo ........................................................................................................... 501
A. El factor cultural, 501; B. Asuntos internos, 503; C. La situación interna­
cional, 506
6. D ecadencia y c a í d a ............................................................................................. 508
A. Principales factores, 508; B. Los factores culturales, 510; C. Los factores
socioeconómicos, 513; D. La feudalización, 514
B ib lio g rafía.................................................................................................................. 515

X. El I s l a m .......................................................................................................................... 517
1. In tro d u cció n ............................................................................................................ 517
A. Ei paisaje y el entorno, 517; B. Los pueblos, 519
2. Síntesis h istó rica.................................................................................................... 520
A. Mahoma y los Rashidun, 520; B. El califato umayyad (661-750), 522; C. El
califato abásida (750-1268), 523; D. El surgimiento de los otomanos (1281­
1453), 528
3. Principales rasgos cu ltu rales........................................................................... 531
A. El periodo islámico temprano (ca. 600-ca. 950), 531; B. El periodo islámi­
co medio (ca. 950-1500), 538; C. La época de los grandes imperios (1500­
1922), 541
4. El su rg im ien to ........................................................................................................ 545
A. La singularidad del acontecimiento, 545; B. El núcleo de Medina, 546; C.
El Islam aglutinante, 547
5. El d e s a rr o llo ............................................................................................................ 548
A. Las tres dimensiones, 548; B. Fases y épocas, 550; C. El Islam árabe, 552;
D. El Islam universal, 555; E. La fragmentación del poder, 558; F. Los
otomanos, 561
6. La d e c a d e n c ia ........................................................................................................ 563
A. Consideraciones generales, 563; B. La decadencia política, 564; C. Fac­
tores ostensibles de la decadencia, 566; D. El reformismo islámico, 567; E.
Las causas de la decadencia, 570; F. Mustafá Kemal, 571; G. El Islam con­
temporáneo, 573
B ib lio g rafía................................................................................................................... 575

Anexos. Comentarios finales de los asesores.................................................................... 577


Observaciones generales a la metodología,Cándido M e n d e s ....................... 579
B ib lio g rafía................................................................................................................... 587
I. El surgimiento del hombre y la civilización,José G a r a n g e r ........................... 589
El proceso evolutivo, 589; El Paleolítico, 590; Los magdalenienses, 590; El
Neolítico temprano, 590; Los efectos del clima, 591; La humanidad del
hombre, 592; A propósito del arte paleolítico, 592
B ib lio g rafía................................... 593
ü . Mesopotamia, Jean B o tté ro ...................................................................................... 594
IV. La civilización egea, Isabelle O z a n n e ................................................................. 595
El surgimiento, 595; El desarrollo, 596; La decadencia, 597
V. El antiguo Israel, M ordechai C o g a n .................................................................... 598
B ib lio g rafía................................................................................................................... 600
630 ÍNDICE

VI. Persia, Richard N .,F ry e............................................................................................. 601


VIL Grecia, Roger S. B a g n a ll......................................................................................... 604
VIII. Roma, Aldo S ch iav o n e.......................................................................................... 607
Observaciones generales, 607; Observaciones sobre las secciones particulares,
609; Introducción, 609; Síntesis histórica, 609; Principales rasgos culturales,
610; El surgimiento, 610; El desarrollo, 610; La decadencia, 611
IX. Biiancio, Angeliki E. L a i o u ................................................................................ 612
Vienen primero los cambios cronológicos, 615
X. El Islam, Wilfred M a d e lu n g ............................................................................... 620
Un estudio critico de lo Historia, tomo i, se ter­
minó de imprimir y encuadernar en noviembre
de 2001 en los talleres de Impresora y Encuader­
nadora Progreso, S, A. de C. V. ( iepsa), Calz. de
San Lorenzo, 244; 09830 México, D. F. En su
composición, parada en el Taller de Compo­
sición Electrónica del fce, se emplearon tipos
Palatino de 12,11:13, 9:11 y 8:9 puntos. La edi­
ción, de 2 000 ejemplares, estuvo al cuidado de
Amador Guillen Peña.
Helio Jaguaribe
Un estudio crítico de la historia
Tomo I

El presente estadio no es una nueva historia universal, sino un


nuevo análisis sociológico de la historia. Im pirado en el célebre
Estudio de la historia de Toynbee, este libro nos presenta las
principales civilizaciones conocidas: mesopotámica, egipcia, egea,
israelita, persa, griega, romana, bizantina, islámica, india, china,
africana, maya, azteca e inca. El estudio de estas civilizaciones
busca elucidar las principales condiciones que contribuyeron a su
surgimiento, desarrollo y, según el caso, su decadencia.
L a concepción fundamental de la obra se corresponde con lo que
usualmente se conoce como filosofía de la historia, de san Agustín
a Toynbee. Sin embargo, se diferencia de esta disciplina porque no
parte de ninguna presuposición a priori, como la providencia
divina p ara los autores mencionados, el progresismo inmanente de
Condorcet, la lucha de clases de Marx, la marcha hacia la
creciente libertad de Croce, y otros postulados de carácter religioso
o metafísico. De a h í su singularidad: tío atribuye al proceso
histórico ninguna fin alidad previa; p or el contrario, esta obra
considera la historia como un proceso secuencial resultante, dentro
de condiciones específicas, de diversas intervenciones humanas.

El profesor Helio Jagu aribe ejerce como decano la dirección


académ ica del Instituto de Estudios Políticos y Sociales de Río de

D iseño de la fjtniaad: Te tesa Gtizmán R om ero


Janeiro. Es autor de una amplia obra —publicada en diversas
lenguas— sobre ciencia política, relaciones internacionales y
estudios histórico-sociológicos. En el f c e ha publicado Desarrollo
económico y político (1973), Hacia la sociedad no represiva:
estudio comparativo y crítico de las perspectivas liberal y
marxista (1980), El nuevo escenario internacional (1985),
Brasil 2000: hacia un nuevo pacto social (1989). Asimismo se
le debe la compilación en dos volúmenes de La sociedad, el
Estado y los partidos en la actualidad brasileña (1992).

www.fce.com.mx

i
9 7 8 9 6 8 1 ró63643 Fondo de Cultura Económica

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