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La Ciudad Fantasma

El protagonista despierta en un lugar oscuro y desconocido con dolor por todo el cuerpo, logra sacarse una aguja del hombro y ve una ciudad abandonada desde el helicóptero en el que viaja con un hombre misterioso.
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La Ciudad Fantasma

El protagonista despierta en un lugar oscuro y desconocido con dolor por todo el cuerpo, logra sacarse una aguja del hombro y ve una ciudad abandonada desde el helicóptero en el que viaja con un hombre misterioso.
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I.

LA CIUDAD FANTASMA

Desperté sin tener constancia de la hora que era, ni del lugar en el que me
encontraba, ni de qué hacía allí. Todo estaba oscuro, aunque, pasado el sopor del despertar,
logré identificar una pequeña mota luminosa a una distancia indefinida de donde me
encontraba.
Traté de ponerme en pie, sin embargo, el más mínimo movimiento me producía
intensas punzadas de dolor, punzadas por todo el cuerpo pero que se ramificaban para
confluir en mi hombro. Incapaz de erguirme, gateé torpemente hacia la luz. No sé si se
encontraba a diez, veinte o cien metros de mi, pero eventualmente me acerqué lo
suficiente como para ver la fuente que la emitía. Una bombilla algo rota, que conectada a
un cable raído por el tiempo y la humedad, colgaba de un techo cuyo fondo tampoco
alcanzaba a distinguir.
De repente, todo el dolor que sentí se intensificó y el hombro me comenzó a arder
como si alguien estuviese removiendo una vara de metal incandescente entre mis huesos.
Me llevé la mano al omóplato instintivamente, a la espera de palpar la herida que estaba
causándome tal sufrimiento. Para mi sorpresa, lo que hallé no fue sino una delgada aguja
metálica, suave al tacto, que sobresalía unos centímetros de la superficie de mi piel. Sin
pensármelo dos veces (en estas ocasiones es mejor no pensar), contuve el aliento y la
arranqué con un giro de muñeca. El inconfundible tintineo del metal al caer resonó por
toda la estancia mezclándose con su propio eco
.
Recompuesto gracias al alivio, me puse en pie. A la luz de la bombilla, se veía la aguja
tendida en el suelo de hormigón, manchada de sangre, mi sangre. Si lo que sobresalía eran
apenas tres centímetros, la varilla medía unos diez. Notaba como el agujero escocía, picaba
y ardía, y aparté la mirada. Por fin veía todo con claridad, todo lo poco que se podía ver.
Mis músculos se habían relajado y mi cerebro procedió a analizar los sucesos que habían
tenido lugar desde que abrí los ojos, pero al intentar retroceder, me di cuenta de que no
recordaba nada anterior, lo cual comenzaba a inquietarme hasta producirme cierto grado
de ansiedad. Por más que lo intentaba, por más que forzaba mis sentidos, por más que
apretaba los párpados al concentrarme, las puertas de mi memoria permanecían cerradas.
La luz cálida e intermitente de la bombilla apenas iluminaba una pequeña fracción de
espacio, pero lo suficiente para que pudiera ver un panel en una de las paredes. En él, una
palanca cubierta de una gruesa capa de herrumbre sobresalía.

Decidí abstraerme de mis pensamientos nebulosos y pulsarla. Esto me llevó varios


intentos, pues el óxido se había extendido hasta las coyunturas del mecanismo.
Afortunadamente, la palanca terminó por ceder y acto seguido el estruendo de los
engranajes en funcionamiento inundó la sala a la par que un chirrido a mi izquierda
rasgaba el aire. Una especie de persiana comenzó a elevarse, permitiendo que la luz del día
se filtrase y me cegase unos segundos. Confundido, comencé a andar en dirección a la
salida, pero a mitad del trayecto algo falló. Las cadenas que en un principio sujetaban la
puerta cedieron y cuando me quise dar cuenta, quedaba ya apenas un espacio de tres
metros entre la persiana y el suelo, mientras que más de treinta y cinco metros me
separaban a mí de la libertad.

Mis piernas se movían frenéticamente y mis pies apenas rozaban el suelo. Cuando la
oscuridad volvía a adueñarse de lo que amenazaba con convertirse en mi prisión tomé
impulso y me propulsé con un instinto animal. Cerré los ojos y sentí cómo algo rasgaba la
parte inferior de mis pantalones hasta arañarme los gemelos. Oí el golpe seco del metal
contra el suelo a mis espaldas. Lo había conseguido.
Me levanté, satisfecho de mi hazaña, sintiendo aún la adrenalina en mis venas.

Pero toda esa alegría se esfumó´cuando noté un punto frío clavarse en mi nuca y
alguien detrás de mí rugió con una voz áspera y grave “¡Identificación!”, y escuché como
cargaba el arma. Alcé las manos en pos de rendirme, pero en cuanto a la contestación, mi
boca fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Estaba paralizado. El silencio era
absoluto y oía cómo mi corazón latía más y más fuerte golpeando mis costillas. Entonces,
y sin ningún motivo aparente, el hombre cambió de opinión acerca del destino que me iba
a dar y, guardóse una vez el revólver (rara antigüedad bélica), puso su mano en mi hombro
dolorido y me ordenó seguirle. Obedecí sin rechistar.

No comprendía nada, ¿por qué me había perdonado la vida, si ni siquiera había


respondido a su pregunta? Llevábamos ya un rato andando por un sendero de tierra seca y
agrietada. Él iba delante de mí. Debía medir dos metros como mínimo y vestía un chaleco
negro sobre una camisa larga de color azul, unas botas marrones y cubiertas de polvo, y
unos pantalones negros, anchos y rígidos, sujetos a la cadera por un cinturón en el que
guardaba su pistola. El rostro no se lo ví, pero tampoco creo que mereciera la pena
intentarlo, pues un pañuelo rojo cubría toda su cara, dejando una estrecha rendija en el
lugar de sus ojos.
En conjunto, su figura adquiría un aspecto intimidante, acentuado por el rifle que portaba
en los brazos. Supongo que, en el fondo, esa era su intención.

Un insecto se posó en mi brazo y lo aplasté con un golpe. En ese momento, mientras


me quitaba los restos viscosos del bicho, noté que en el dorso de mi mano derecha había
un símbolo tatuado. Era reciente, pues la tinta no había intensificado el color aún, la rojez
hacía tiempo que había desaparecido. El diseño dibujaba en la piel una especie de “W” algo
aplanada , con dos pequeños círculos en los extremos de la letra y un triángulo equilátero
rellenando el espacio de la parte central. El símbolo carecía de sentido para mí, pero
quizás no para él. En efecto, cuando volví a analizarlo, descubrí el mismo tatuaje
asomando en su cuello. La sensación de que mi captor me había aceptado me relajaba en
cierto modo, pero no lo suficiente como para abandonar mi estado de pánico.

Estaba anocheciendo, cuando llegamos a un descampado en el que se encontraba,


aparcado, un helicóptero. Sin mediar palabra entró él en la cabina del conductor y
procedió a encender el aparato. Me impulsé con una de las barras laterales y me introduje
en el espacio que quedaba en la parte trasera. Las puertas se cerraron y las hélices
comenzaron a rotar, elevando más y más del vehículo.
El hombre se quitó el pañuelo, dejando ver con mayor claridad el anagrama, en efecto,
idéntico al mío.
Por fin mis emociones se habían calmado, y decidí hablarle con el fin de aclarar mis
dudas, que eran muchas.
- ¿Quién eres? - pregunté.
- Eso no es de tu incumbencia - respondió, severo - Pero dudo que te sentase
bien una respuesta sincera.

Y allí acabó toda la conversación, no muy fructífera a mi pesar, y que acrecentó aún
más mis inquietudes. Sin más que hacer, me animé a mirar por la ventana mientras aún
quedaban unos cuantos rayos de sol.
Desde las alturas, dediqué el resto del viaje a observar cada detalle del paisaje urbano,
que sobrevolábamos. Las calles desiertas, como ríos de asfalto, dividían la urbe en
cuadrículas de edificios de cristal y hormigon. No habían árboles, ni flores, ni parques que
decorasen las calles, ni coches, ni luces, ni carteles, ni personas. Toda la ciudad se tornaba
en una monótona gama de grises que se expandía a lo largo y ancho de mi campo visual y
avanzaba como la marea en pleamar hasta el horizonte, donde se fundía con un sucio cielo
nublado, difuminado de naranjas, rojos y amarillos, a medida que el astro rey descendía
para dar paso a la noche, más apropiada quizás para un paraje de tales características.

Algo en mi interior se revolvía, y una voz surgía diciéndome que esto antes no era así
mas por desgracia, no quiso describir cómo fue en aquel entonces la ahora abandonada
metrópoli. Parecía como si mi subconsciente quisiera jugar conmigo, hacerme perder en
los laberintos de lo desconocido e intocable. Archivos de recuerdos apartados para
siempre en algún lugar recóndito de mi mente. Para empeorar la situación, mi oportuna y
hostigada imaginación, le otorgó el nombre de “ciudad fantasma”.

Y admito que no le faltó razón.

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