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Paseo Solitario por Praga

Libro de relatos de índole fantástico. publicado en el año 2010 por el escritor Cecilio Pastrami (seudónimo)
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Paseo Solitario por Praga

Libro de relatos de índole fantástico. publicado en el año 2010 por el escritor Cecilio Pastrami (seudónimo)
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Praga

La habitación del hotel me recordaba a un mal sueño, a árboles con puntas venenosas, a canguros
en semillas, a una muerte en la familia.
Y afuera no se estaría nada mal; La ciudad me llamaba y hacía ya dos días que venía postergando
esa necesidad de perderme a través de los callejones del tiempo. Así que bajé sin avisarle a nadie;
Ni siquiera a Georgie, a quién sabía que no le desagradaría acompañarme. Lamenté no decírselo.
Conversar con él por aquellas calles sería de lo más estimulante.
Sin embargo, una suerte de codicia me dominaba: quería la ciudad para mí solo.
Más tarde intercambiaríamos nuestras impresiones.
¿Qué pensaría él de Praga?
Más tarde.
Hablaríamos largo sobre ello. Pero ya sobre otros cielos, bajo otros suelos...

Sin pensarlo más me liberé de las garras del hotel y caminé. Debía ir hacia la Ciudad Vieja, por lo
que tuve que cruzar el Moldava ante la severa mirada de los santos de piedra. Fue duro, más en
ningún momento sucumbí a la tentación impía que el puente me generaba.
El pequeño suplicio terminó en la otra orilla, junto al sol que comenzaba su periplo de aquel día;
Los primeros turistas ya paseaban por allí con sus rostros y con sus cámaras.
Tomándose fotos. Eternizables.
Es posible que yo mismo, sin querer, haya salido en alguna de tantas fotos: Ellos, el puente, el río,
Praga y un pedacito de mí.
Mi media cara, mi cuarto de hombro, mi primer ojo, mi media nariz.
También yo era eterno.

Sabía que no podía entretenerme mucho tiempo más allí, así que seguí por Karlova hasta
Linhartská y luego hacia la plaza del Ayuntamiento, dónde esperé lo que quería esperar. Sonaron
las en punto y ví a la muerte saludando. Un placer y media gracia. En ese momento hasta mis
labios se relajaron y mi cejo descansó de su continua tensión. Verdadero placer. Era muy temprano
y todavía había pocas personas...¡Maravillosas personas caminando por el empedrado!
...que se sentía tan basal bajo mis plantas. Una lástima sería desperdiciar tan bello empedrado...
Y por ello debía seguir la estela que hacia tantos años me había trazado.

De nuevo caminé y, sin notarlo pero sin evitarlo, me fui alejando de las calles más transitadas, de
las turísticas, de la gente, de las conversaciones ajenas que desde lejos me salpicaban cómo
cataratas caústicas…
Y me animaba a medida que los rastros de humanidad decrecían a mi alrededor...
Cuando finalmente percibí que me encontraba sólo comencé a doblar compulsivamente en cada
esquina, los senderos se bifurcaban, replicándose una y otra vez: El placer de estar en el laberinto,
sin poder salir, pero sin ser molestado…
Así continué sin poder precisar durante cuantas horas. En algún momento oscureció. Y Entonces...
...al girar una de tantas esquinas, tuve que detenerme.
Pues el aire me faltó por un segundo: Esa era la calle que había estado buscando;Algo familiar
había allí.
El empedrado era irregular, descendía en una especie de hondonada y se perdía en una posterior
elevación, en la oscuridad. No debía tener más de dos faroles encendidos; Eran faroles de gas, a la
vieja usanza. Un hilo de agua sucia corría a lo largo por un costado.
Recordaba esa calle de algún lado. Y decir deja vû era demasiado fácil, demasiado equivocado.
No. Yo había estado en aquella calle.

Mientras dudaba vino a mí esa idea de que al soñar, el alma se despega del cuerpo, trascendiendo
(y rompiendo) tiempo y espacio para volver al pasado y si puede volver al pasado...¿Acaso no
podría visitar el futuro?
¿Y si fuera así? ¿No esto sería un del futuro un recuerdo?¿No estaría ahora viviendo el momento
que recordaba?
Como fuera, una sensación indudable me galopaba: Yo había previsto esa calle.
El paso siguiente sería caminarla.

Sin embargo, con cautela, comencé a desandar el camino que me había llevado hasta ahí. No podía
hacerlo. Lo sabía desde el principio. Tenía demasiado miedo de lo que me encontraría en la otra
esquina, invisible desde donde me encontraba, hundida entre la oscuridad y la niebla fértil.
Pero de repente...
Un sopor.
Y una pausa.

Entonces, una fuerza que no provenía de mí me impidió retroceder más. Algo como una mano me
retenía.
La sentía (sin sentirla) en mi espalda. Era una mano mental. Una mano que yo podía ver (sin ver) a
mi espalda.
Y estas falanges eran dragones. Que me impulsaron hacia adelante.
Y comencé a caminar. ¿Con miedo? ¡Sí! Con todo el miedo del que era capaz, con pánico, con
terror profundo, con desesperación, con el corazón en la punta de la lengua y de los pies y aquel
latir, retumbaba en cada uno de mis pasos que poco a poco se iban acelerando mientras mi cuerpo
se inclinaba ligeramente hacia delante.

En ese momento lo ví venir en sentido contrario. Una sombra entre las sombras.
Caminaba con un paso dubitativo que contrastaba con mi andar. Y mi andar demostraba una
convicción que yo no sentía en absoluto.
Mi paso decía no hay pared, no hay infantería romana, no hay caballería mongol, no hay fisión
nuclear , no hay compasión , no hay odio , no hay amor que me detenga.
Soy el amo del universo.
Aún no estaba tan cerca cómo para ver su cara y ya lo sabía tan inferior a mí, tan simple, frágil e
imperfecto...Lo sabía tan ser humano que estaba seguro que la sola visión de mi rostro
despedazaría su voluntad y su cordura.

Y cuando pasó bajo.


El farol de gas me ví, caminando hacía mí mismo. Tembloroso y mortal. Con la mirada inyectada
de terror y sus pupilas (que eran mis pupilas) fijas en mi rostro terrible.
Y comprendí quién era. Fue allí cuando me olvide de mí y recordé: Mi tez amarillenta, mis ojos
ligeramente oblicuos y mi maldición eterna.
Entonces comprendí que quien venía hacia mí era el Golem, mirándome a través de mis propios
ojos.

Veinte mil kilómetros por segundo

Cierta víspera de año nuevo me encontró lejos de casa. En una ciudad que, sin ser desconocida,
me era extraña. Sin familia y sin amigos.
Esas son las veces en que el dolor emocional supura y el cuerpo comienza a sentirlo.
Y dolía cada paso por esas calles lejanas.
Las caras de las gentes no me decían nada, caminarían sus propios infiernos. Mucha felicidad de la
risa para afuera.
Pero un nuevo año venía y estarían obligados a renovar la inefable esperanza: Mover al mundo,
cambiar al mundo.
Al fin y al cabo, todos somos hijos de Febo.

Oscurecía a mi alrededor. Yo caminaba sin escrúpulo alguno cuando ví una vieja y un viejo que
venían hacia mí. Conversaban sin mirarse. Él miraba hacia el suelo. Ella, a mí.
Quizás se llamaría Paula, quizás Andrea, quizás Anastasia. Me miraba como si me reconociera de
algún lado. De los otros años, de los años pasados, de algún martirio o de alguna noche sagrada en
cierto balcón frente a un mar que no era el Mediterráneo.
Sin despegarme los ojos, seguía conversando y en su rostro creí ver una tristeza hecha de pura
nostalgia por eso que no volverá.
Yo le recordaría a alguien.
Ella no me recordaba nadie a mí, pero su mirada, su mirada….
Imaginé pasados memorables, imaginé errores de los que se arrepintió toda su vida y sentí lástima
por ella. También sentí lástima por mí. Pero estaba bien, los errores hay que cometerlos, por eso
son tan lindos, por eso nos dejan su marca indeleble.

Cada vez los tenía más cerca, a no más de dos o tres pasos; Pronto nos cruzaríamos desde tiempos
y lugares distantes; Pronto nos cruzaríamos y nunca, nunca más nos veríamos de nuevo. Entonces
sentí en mi carne la nostalgia que ella irradiaba, ese dolor dulce y terrible del que nadie escapa.
Y esas palabras: “nunca más” me llenaron el corazón de angustia.
“Nunca más” y está bien aunque duela.
No sería su culpa. No sería mía tampoco.

Ellos seguían hablando: Él mirando el piso, pensando en alguna mujer joven y hermosa que jamás
tendría a su alcance de nuevo. Ella mirándome y pensando que alguna vez fue joven y hermosa y
que jamás lo sería de nuevo.
Entonces nos cruzamos y escuché que le decía a su pareja “cada uno tiene lo que se busca”
mientras me miraba. Sabiduría popular de bolsillo me dije. Pero no había duda que tenía razón.

Ni siquiera miré para atrás después de cruzarnos, sé que ella tampoco. Seguiría en su
conversación, yo seguiría en mi vida.
Pronto serían las doce, una aguja avanzaría y otro año más se esfumaría en el aire.
Alptraum

No sé cómo, pero cierta noche terminé (aunque sería mejor decir comencé) en el lujoso penthouse
de un hotel, lugar dónde se desarrollaba una exclusiva fiesta swinger.
La habitación estaba completamente en penumbras, a excepción de un espacio, un circulo de luz en
el centro donde cada pareja hacia una pequeña introducción de sí misma. Todos iban con las caras
tapadas.
Yo no llevaba máscara pero sabía que jamás saldría de las sombras, estaba allí solo para ver. Ni
siquiera tenía pareja, aunque sentada a mi lado había una mujer gorda y negra (aunque no sé si era
negra o sólo la veía negra por la oscuridad reinante) que parecía excitada, que respiraba
ruidosamente y se movía al compás de alguna música que solo ella podría oír, un ritmo lento y
espeluznante que se me ocurría era una bossa nova sideral o, aún más lejana, una bossa nova
plutónica.
A pesar de que las parejas que se introducían a sí mismas eran cada vez más menos atractivas, la
gorda se veía cada vez más excitada; Era toda gente mayor, cincuenta años para arriba: Barrigas
prominentes y penes flácidos en los hombres; Las mujeres se defendían un poco más, aunque
ninguno llevara con mucha gracia su condición cuckold.
El silencio era total. A su turno; Cada pareja se situaba en el centro iluminado y procedían a, por
decirlo de alguna manera, posar.
Las mujeres lo hacían con cierto garbo, los hombres en absoluto; Me pareció que era una
competencia para ver quien lucía más ridículo.
La tercera pareja casi me roba una pequeña carcajada. La mujer llevaba bien el rol de diva sexy a
pesar de los cien kilos que debía pesar, el hombre parecía estar casi en su lecho de muerte. A duras
penas se mantenía erguido, parecía una chaucha vacía. Pero no se daba por vencido; Se lo rozaba
con el dorso de los dedos. Se daba pequeños cachetazos en el miembro y cachetazos, un poco más
fuertes, en el culo de su pareja; Ella podría excitar muy bien a un hombre pensé, con apenas cinco
años y diez kilos menos...
Luego de ellos, las restantes siguieron su curso; Pienso que debería haberme sentido preocupado, en
algún momento me tocaría, NOS tocaría. Pero no lo estaba, yo era algo externo a esa celebración,
de alguna manera sabía que no llegaría mi turno.
Y así fue, las seis parejas terminaron sus actuaciones y comenzaron las presentaciones para los
intercambios venideros y posteriores introducciones, de otro tenor ya, que no me atrevía a imaginar.
Cada pareja iba recibiendo a las demás en el óvalo brillante. Al finalizar, cada uno escribía algo en
un papelito y lo depositaban en un cofre de un material verde incandescente, cuya presencia yo
recién notaba, a pesar de su esplendor.
La ceremonia sería larga pensé, que hago aquí pensé a continuación y entonces, la mujer gorda y
sexy (que era rubia, tenía el cabello de marilyn, la boca de marylin) apareció en el círculo de luz
con su marido cayéndose a pedazos a su lado y creí que todos escribirían su nombre en el papelito
¿Usarían nombres en clave, nombres de fantasía, los nombres de flores, de árboles, de plantas, de
animales, de estrellas de cine? Allí estaba la Monroe con Charlton Heston. En la oscuridad
esperaban Bogart y Bergman, Brando y Audrey, Brad y Angelina…
Por primera vez en la noche, la gorda (pero no la rubia, mi acompañante) me miró y me susurró que
estábamos perdidos, que no teníamos nada que hacer allí, que guardáramos silencio. Al parecer, el
que respiraba fuerte ahora era yo: Cerca nuestro había una mesa con costosos relojes y joyas
esculpidas, también había un fajo con una aceptable cantidad de billetes de cincuenta dólares y a
primera vista calculé que habría más de mil, mucho más. Pensé en lo mucho que necesitaba el
dinero (en verdad, en ese entonces necesitaba mucho el dinero) y en lo grosero que sería robarlo.
Además, a lo mejor pronto nos tocaría el turno en el círculo de luz, pero yo no quería entrar con la
gorda, yo quería entrar con mi esposa (aunque ella estaría durmiendo). Sería mejor esperar y ver
qué vendría a continuación...
Lo que sucedió después de esperar un considerable tiempo fue que la gorda negra se enfadó, no sé
si conmigo, no sé si con los swingers, pero salió de la oscuridad y comenzó a gritar que a ella nadie
le prestaba atención, alguien encendió una luz (todavía tenue aunque iluminando un poco más todo)
para ver quién se quejaba tanto y muchos se sorprendieron de ver a la gorda allí. Creo que a mí
nadie me vio (Yo estaba sentado, casi como una estatua, en un sofá muy alejado del centro)
Lo raro fue notar que la gorda y yo (ahora la veía, no era negra, era morena, del color de los
Canarios) no éramos los únicos que veíamos el espectáculo desde las sombras, había otros como
nosotros, que también escapaban a la repentina iluminación. A mi derecha, en el margen opuesto de
la laguna brillante había uno sentado en un sillón parecido al mío que también jugaba a parecer
congelado. Me quedé observándolo sin hacer ningún movimiento, pero me tenté y cambié de
posición mi brazo ligeramente, él captó el mensaje y movió la rodilla, incluso creo que vi el brillo
de una mueca en la comisura de sus labios.
Entonces entró Bukowski.
La gorda morena seguía hablando en voz alta, quejándose sin razón (creo que todos estábamos de
acuerdo en eso, aunque nadie lo dijera); En el círculo de luz, tanto Marilyn y Heston como la otra
pareja habían empequeñecido. Todos miraban al piso.
La situación se había vuelto embarazosa y yo en cierta forma era responsable: la gorda había
llegado conmigo. Allí fue cuando apareció el hombre alto, barbudo y canoso que, en un principio,
confundí con Bukowski. Se lo veía bastante enfadado con la gorda, pero aún así mantenía la calma
mientras le susurraba palabras al oído que, poco a poco, fueron calmándola hasta que, ya tranquila,
se animó a soltar una risa que me pareció primero pícara y después obscena. Por suerte nadie más
que el hombre estatua notó esto, tampoco mi presencia. La gorda se rió un poco más y volvió a
sentarse, pero esta vez más cerca del círculo iluminado, Bukowski intentó volver adonde sea que
hubiera estado en un principió pero la gorda no lo dejó. Antes de que volviéramos a la oscuridad
inicial ví cómo le tocaba el culo mientras se sentada en su falda.
Yo había visto fotos de Bukowski y este tipo era idéntico; Pero Bukowski había muerto hacía
tiempo, no podía estar aquí a menos que yo hubiera muerto sin darme cuenta y estuviera en algún
tipo de infierno.
Sinceramente no recordaba haber muerto. Por lo que la otra opción que barajé fue el estar soñando.
Todo se me presentaba tan ficticio…Pero en mis sueños siempre despierto cuando quiero
despertar… Sólo me quedaba pensar que la realidad es mil veces más irreal que el sueño, que la
vida era mil veces más devastadora que la muerte, en fin y que un fajo de billetes de cincuenta
dólares no se va tan fácil de tu cabeza…
Me estaba cansando del espectáculo y de todos ahí. Recordé a Smithy. ¿Qué haría si tuviera ese
dinero a su alcance? Ya estaría en su casa, contándolo. Ya estaría a salvo.
Ahora todo estaba oscuro de nuevo. Esperé un par de minutos a que todos se concentraran en el
punto de luz. Conté hasta cincuenta y desde cincuenta a cero. Me levanté, tomé el fajo y me dirigí
hacia las cortinas por donde habíamos entrado. Nadie me había visto, nadie me podía identificar.

Sin prisa fui hasta el ascensor donde había una larga fila esperando para bajar. Al parecer el
Penthouse de los swingers no era tan exclusivo como creí, había un salón de baile en la misma
planta y todos los caballeros de smoking que esperaban el ascensor provenían de dicho salón. No
podía darme el lujo de esperar, no podía hacer la fila. Cuando comencé a bajar por las escaleras
sonó la alarma.
La cosa se complicaba, estaba en el piso 57 y bajando por las escaleras no llegaría a tiempo. Abajo
ya estaría lleno de agentes de seguridad y no tardaría en aparecer la policía.
Estaba bastante seguro de que nadie podría identificarme. La gorda no me delataría, si de algo
estaba seguro era de que no le gustaban los azules. Pero si me cogían con los billetes encima se
acababa todo. La única opción posible era esconderlos en algún lado y volver luego a buscarlos.
Mientras pensaba en mis posibilidades de escape y en el negro futuro que me esperaba si me
cazaban bajé diez pisos. Me detuve porque tanta vuelta me estaba mareando. Salí del hueco de las
escaleras y caminé por los pasillos que, a pesar de la alarma, estaban desiertos. En ese momento
pensé que la alarma aquella parecía más de incendio que de robo. ¿Acaso no se estaría incendiando
algo? Volví a las escaleras y seguí bajando, a lo mejor la alarma se debía a un incendio y no al robo,
me repetí esperanzado.
En la quinta planta las escaleras terminaban, no había forma de bajar más que por cinco ascensores
o por unas escaleras eléctricas que terminaban en el vestíbulo. Me asomé al balcón que se abría a la
gigantesca recepción y comprobe que no se trataba de ningún incendio. El lobby estaba lleno de
policías. Controlaban a cada persona que salía de los ascensores y de las escaleras eléctricas.
Algunos se organizaban para buscar planta por planta. Tenían perros, mascaras anti-gas y chalecos
de seguridad reforzados. A los perros los hacían olfatear unas ropas y no entendí bien por qué. ¿Si
me buscaban a mí en que los ayudaría oler esas ropas que no eran mías?
Como sea, debía salir de allí pronto. Volver a subir o buscar otra salida.
Una idea se me ocurrió, en el quinto piso estaban los comedores, tal vez tenían salidas de
emergencia o montacargas por los que podría escapar.
Me dirigí al más alejado del vestíbulo que, para mi alegría, estaba sin llave. Entré y todo estaba
oscuro de nuevo. Intenté caminar sigilosamente pero mis pasos retumbaban, choqué con dos sillas
y con una mesa dónde, al parecer, había cubiertos que se desparramaron por el piso causando un
gran estruendo ¿Para qué intentar ser silencioso si ya había hecho ruido para alertar a cinco
cuarteles de policía?
Finalmente pude llegar a la puerta que daba a la cocina (la puerta que asumí daba a la cocina, no
tenía idea hacia donde iba, la oscuridad era total) y salí a un pasillo donde las cosas (las paredes,
mis manos) eran un poco más visibles. Al final de una galería incinada estaba lo que buscaba, las
puertas metálicas de lo que parecía ser un ascensor de servicio. La puerta no tardó ni dos segundos
en abrirse. Entré y vi que ya era de día.

Todas las paredes del ascensor eran de cristal. Podía ver el sol del amanecer brillando, la ciudad a
mis pies; El problema era que el ascensor en vez de descender, ascendía. Más alto, cada vez más
alto. Comencé a preocuparme y a entender finalmente lo que ocurría.
No había ninguna estructura que soportara al ascensor, el edificio donde debería haber estado el
hotel había desaparecido, sólo podía ver un sol blanco a mi costado y la ciudad a mis pies. Entonces
el ascensor se detuvo junto a otro ascensor. Yo sabía que el otro ascensor bajaba, que debía
cambiarme porque este no se detendría, que intentaría llegar al sol y que en ese intento se derretiría.
Pero ambos ascensores estaban muy lejos. Debería saltar y sólo tenía una oportunidad, entonces
deseé despertar, deseé despertar con todas mis fuerzas, porque pensé, creí, supe que si caía y moría
todo eso no había servido de nada.
Entonces los ascensores comenzaron a tambalearse y parecían los dos pender de un hilo, ya ni
siquiera subían o bajaban, los dos se desplomarían en unos segundos...Una segunda vez quise
despertar, ahora estaba seguro que era un sueño, sólo que antes no había podido despertar... Ahora
necesitaba despertar, la ciudad interminable observaba desde allá abajo, amenazando esparcir mis
huesos, mis sesos y mis ideas con sus durezas.
Ya al borde del precipio, una cosa más me hizo notar que no era totalmente mía la conciencia que
había estado dominándome. En realidad I´ve been wandering in someone else´s dream, in
someone else´s mind...In the dream (or wathever it was) I was thinking in spanish and I don´t
speak spanish at all...
Grano de arena

En esta arena maté muchas veces. La estocada certera. La estocada mortal. Y los aplausos. Y los
vivas. Y una oreja(y a veces dos). Y ahora humillado. Nada más que rojo y arena.
Y la multitud expectante por mi última vez aunque nadie lo sepa.
Yo sé que no es el último. Quedan unos cuantos cruces más…Él todavía me está preparando.
Disfruta su momento. Se pasea altivo como tantas veces lo hice yo.
Brillante. Glorioso bajo las flores de estas majas, flores perfumadas con lo que ellas creen que es
amor.

El Gran Francisco de Navarro y Toledo soy. Periquito me decían, por mi padre, el torvo Perico,
también torero en cuyo honor ofrendé no pocas orejas de los miuras más robustos y peleaores.
Mi padre, quién murió en una arena por cornada de toro, como siempre creí que yo moriría.
Pero la suerte ladina siempre estuvo de mi lado para no morir en una arena como mi padre; La
suerte ladina, bizca y agorera que estuvo de mi lado hasta hoy. Por lo menos hasta hoy.
Y la multitud… La multitud hoy no está de mi lado.
Hoy me quiere ver sangrar.
Y me verán sangrar y se irán satisfechos.
Hoy me quieren ver sufrir y no están siendo defraudados.
La sangre no me importa. El dolor tampoco pero, en cada cruce se me va el alma, no puedo
soportar que El se salga con la suya.
Rojo y allí vamos; Al cruce una vez más.
Rojo y no lo puedo evitar. Instinto.
En cada lance con el bastardo me hundo más y más en la desesperación. Y quiero controlarme,
aclarar la mente y no puedo. Otro rojo y otra vez. El se sale con la suya.
Mi consuelo es saber que algún día llegará su redentor.

¿Sabes lo que te digo? Muchas veces estuve en su lugar, hasta que las cosas se dieron vuelta y otro
cruce más y no sé cuanto más pueda aguantar...
¿Será una maldición de la raza?¿A todos nos tocará ocupar este lugar una última vez? Las vueltas
en la arena como en la vida. Hasta creo ver en sus ojos que lo sabe. Que estoy aquí dentro…
¿Habrá sufrido mi padre esta afrenta? Por favor, Dios, no permitas que mi padre haya ocupado
este lugar, no quisiera imaginarlo atrapado de esta manera. Humillado dos veces. En la peor cárcel
que nos podría tocar. Moviéndose por instinto, sin pensar, sólo buscando sobrevivir y para
sobrevivir hay que matar. Comprendiendo de manera postrera que este es el castigo del torero.
Nuestro castigo final.
Pero quiero sosegarme aunque sea tan difícil, ya termina, ya casi termina ¡Dios! Quiero creer que
mi padre no.
Él no porque murió en una arena por cornada de toro y eso nivela las cuentas…
Yo morí en mi hogar, en mi cama, acompañado por mi esposa e hijos. Yo morí feliz porque viví
bien, con fama y dinero otorgados por la sangre. Y la suerte de mi lado.
Yo morí de viejo, creyéndome bendecido por la naturaleza y por ti, Dios.
Y entonces desperté aquí.

Adentro de este ser bestial.


Cuando comprendí ya era tarde pero....Tampoco había nada que hacer. Ahí viene otro rojo y no me
puedo contener. Otro rojo y quizás es final.
Ya sacó su estoque y lo presenta orgulloso al público. Yo quisiera embestirlo pero no puedo,
apenas lo veo deslizarse felino por mi costado mientras ciego sólo veo el rojo.
Y otro cruce y me llama el rojo como me llamó siempre la sangre y ataco: No lo puedo evitar,
agacho mi cabeza que pesa un mundo y veo rojo y arena y me viene no sé de dónde un olor a
hierba fresca y a boñigos en el campo y creo sentirme feliz...
Pero aquí no hay verde, sólo arena amarilla y sangre negra y ahora el dolor blanco porque el acero
se hace sentir en la nuca.
Y aún así…duele más mi humillación y su gloria, que es mi gloria robada y el mareo…Se respira
mal con tanta arena metiéndose, con tanta sangre escapando hacia todos lados y con esos aplausos,
bellísimos, gracias, gracias por esta despedida, de aplausos, de arena y de un frío pequeñito que sé
que irá creciendo y ahora sí, los banderilleros corren a cubrirme y mueven los capotes rojos
flameantes en zigzag , en rojo y rojo. En rojo y arena. En rojo y negro. En negro y negro.

Duelo

“Para entrar en el juego siempre es necesario dar un paso adelante. Y dar este paso, por mínimo
que sea, nos exige un acto de fiereza, de arrojo, de valentía. Un jugador es un valiente, un guerrero,
un héroe”

En verdad, Moby a veces exageraba un poco con sus teorías sobre el póker, sobre el juego y sobre la
vida en general. Pero así y todo, con exageraciones incluidas, en algunas ocasiones daba en el
clavo aún sin quererlo. Tenía todo un sistema de creencias acerca de cómo funcionaba el mundo.
Según él, en cada detalle, en cada momento de su vida, una persona estaba jugando el juego.
¿Qué juego?
El universo en sí era un inmenso juego.
Pero no vengo a recordar a Moby como pensador, como filósofo o como sociólogo.
Vengo a recordarlo por lo que fue: El mejor jugador de Póker que ví en mi vida. O mejor dicho,
UNO de los dos mejores jugadores de Póker que ví en mi vida. Y ya que voy a hablar de ambos,
tengo que ser imparcial.
Aunque (lo admito) yo siempre creí que Moby estaba un pasito por encima.
Ambos tuvieron su momento de esplendor a principios de los noventa. Aquella fue la época dorada
del Póker. Los jugadores éramos jugadores, no chiquillos que creen ser estrellas de cine, ni geeks,
ni nerds, ni computadores. Sólo hombres, frente a frente, armados sólo con nuestra decisión y
nuestra inteligencia. Después llegó Internet y lo pudrió todo. Pero esa es otra historia.

Moby no se llamaba Moby, se llamaba Dick, pero era tan grande y tan blanco que la asociación fue
inevitable. En las mesas de Poker todos tienen un nickname y mientras más grande se es, más
apodos se tienen. El Alemán, el Vikingo, el Profesor eran algunos de sus otros nicks (y sé con
certeza que éste último no le desagradaba en absoluto)
Nadie sabía dónde había nacido exactamente pero todos sospechábamos que venía de algún lugar de
la Europa del Norte. Sin embargo su inglés era perfecto, hacia mucho que vivía en los Estados
Unidos.

Y si los “early nineties” fue la época, la Costa Este fue el lugar. A veces pasan esas cosas. Uno no
comprende bien cómo. Las condiciones ideales se alinean en perfecta armonía y se produce la
magia. En Nueva York, Jersey, Boston, Philadelphia, Miami e incluso Atlanta estaban las partidas
de Póker más apetitosas que se podían encontrar sobre la faz de la tierra.
Vivíamos días en que cada jugador era un artista, cada jugada una obra maestra, cada partida una
sinfonía.
El Póker no tiene secretos y todos sabíamos (quién no lo sabe) lo poco que hay que saber para hacer
rodar un Texas Hold ´em.
Y aunque todos éramos buenos, siempre hay quienes destacan. Y no nos quedaba otra que aceptar
lo innegable: Ellos dos estaban por encima del resto.

***

Vader era la quintaesencia de la voluntad. Nunca conocí a una persona con tanta confianza en sí
mismo. Con tanta fé en su capacidad.
Nunca ví nadie que blufeara cómo él lo hacía. Que ganara sus apuestas con el corazón, por no decir
con sus dos cojones.
Él también tenía sus apodos: La mole, Luna nueva, The King. Aunque prefería que le llamaran
Vader a secas.
Cualquiera pensaría que se debía a que era negro, grande y daba miedo, pero no.
La principal razón era su voz, grave y profunda como la del personaje de “Star Wars”. Aunque
había una segunda razón que no todos conocían: Era muy parecido físicamente a James Earl Jones,
el gran actor que dobló la voz a Darth Vader.
El negro era de Memphis y de joven había intentado con la guitarra, con el saxo, con la trompeta,
con el canto…Con la música en general, sin suerte claro.
Anduvo en varias cosas y la vida lo fue llevando hacia el este poco a poco, hasta que, de alguna
manera termino sentado frente al verde con un par de ases en las manos. Quizás entonces supo que
podía hacer música de otra manera. Quizás entonces comprendió que su destino eran las cartas y
comenzó a recorrer mesas de tugurios, antros y caederos clandestinos primero; Y de torneos de
menor y mayor envergadura, después.
Con el tiempo su fama fue creciendo. Se decía que había un “hermano” que nunca daba una partida
por perdida, que siempre volvía por más.
Se decía que una vez había perdido todo el efectivo que llevaba encima y fue por más, volvió a
perder y fue por más, volvió a perder y fue por más, volvió a perder y, cómo no tenía más, apostó su
moto; Y volvió a perder.
Entonces fue y trajo, nadie sabe de dónde ni cómo, un coche nuevo o seminuevo. Entonces ganó. Y
comenzó a ganar y recuperó, primero su moto, después todo su dinero y después todo el dinero de
los demás, incluido un Camaro que, aunque viejito, seguía siendo una verdadera joya.
La versión menos desquiciada de aquella historia es que fue a robar ese coche para apostarlo, otros
dicen que lo compró y hay incluso quienes afirman que aquel era uno de esos coches de prueba que
prestan en las concesionarias; Que el fucking Vader llevó para apostar un coche de prueba. Hay
que estar muy seguro de ganar para hacer eso. O muy seguro o completamente loco.
Después de conocerlo, pensé que muchas de las historias que se contaban de él, a lo mejor eran
posibles….

***

“Poner las cartas sobre la mesa ¿Hay acaso una metáfora más hermosa, más acertada que esta?“
Muchas veces escuché a Moby comentar aquella frase, decía que algún día escribiría un libro sobre
los principios del Póker, sobre cómo se interrelacionaban el juego y la vida en general; Y aquella
sería la primera línea de su libro.
Creo que en el fondo, Moby tenía una enorme vocación docente: Uno podía ver en sus ojos la
satisfacción cada vez que alguien le llamaba profesor; Cada vez que algún lameculo le pedía que se
explayara sobre sus teorías acerca de esto y de aquello.

“La vida es un juego” decía “no vamos a descubrir nada con eso.
¿No es el amor un juego? Una gatita te lanza una mirada y escapa para que la sigas y tú, al
seguirla, aceptas las reglas. Claro que ningún hombre hecho y derecho puede ganarle a una gatita.
¿Y la guerra? ¿No es acaso un gigantesco juego?
Hay declaraciones de principios, establecimiento de reglas, atacar, defenderse, moverse hacia
delante, hacia atrás, hacia el costado, engañar, mentir, blufear. Hay cosas que se pueden hacer y
cosas que nó. Se puede matar, pero no se puede violar; Se puede matar, pero no se puede robar; Se
puede matar, pero no se puede torturar. Y hay comodines, nadie puede tocar a los muchachos de la
cruz roja, ni a los periodistas. Pero claro. En todas las guerras siempre hay trampas”
En el Póker también había trampas ¡Claro que las había! Pero aquella época fue especial también en
eso. Ninguno de los recorríamos las mesas más importantes hacía trampa: Primero porque todos
sabíamos cuáles eran. Y segundo porque el riesgo de ser cazado era grande y las consecuencias,
terribles; Ser desterrado del paraíso para siempre.

Les aseguro que ni Moby ni Vader pensaron jamás en hacer trampa. A pesar de que cada uno tenía
una forma diferente de jugar, ambos compartían ese principio. Eran verdaderos caballeros.
Pero no podían ser más diferentes frente a un paño. Moby jugaba con la cabeza. Vader con el
corazón. Moby era puro análisis mental. Vader se movía siguiendo sus instintos. Sus bluffs eran
joyas preciosas. Sus robadas, antológicas. Había una idea compartida por todos en el ambiente:
Nunca nadie alzaría una apuesta más arriba que Vader. Cuando comenzaba a levantar era mejor que
salieras corriendo, no sólo de la mesa sino del edificio. “Nunca le levantes a Vader” bromeábamos
“porque vas a perder desde tu dinero hasta tu virginidad”
En cambio, Moby jamás mentía. O quizás era tan endemoniadamente bueno que nos hacía creerlo.
Nunca nadie lo vió ser atrapado en un farol.

Y a medida que la fama de ambos fue creciendo, todos en el ambiente comenzaron a preguntarse lo
mismo: ¿Cuál de los dos era mejor? ¿Acaso era mejor atacar el juego desde lo cerebral, a lo
”Mobystyle”? ¿O lo fundamental para controlar una mesa era la fé, la fuerza, el corazón? Fue
inevitable que comenzáramos a desear que se enfrentaran para ver quién era el número uno
porque, esto era muy extraño, jamás nadie los había visto coincidir en una mesa.
Cuando alguien le preguntaba a Moby sobre esto siempre eludía el tema de alguna manera, casi
siempre lanzando alguna de sus peroratas filosóficas:
“…la necesidad de establecer jerarquías ¿No es así? Es una necesidad básica del hombre,
necesitar saber dónde está parado, quién está por encima, quién por debajo, generar un suerte de
orden, de estructura para saber a qué atenerse. ¿Esto de las jerarquías no les recuerda algo?
Escalera real, escalera de color, poker, full house, etc... ¿No es acaso lo primero que se aprende
del Póker? A veces me pregunto si es la vida, el universo la que imita al juego o viceversa…”

Vader era más escueto cuando se le preguntaba por qué nunca se habían enfrentado; Más escueto
pero no menos elusivo “que te den por culo” decía o “vé a joderte tu mismo”

Pero el enfrentamiento se hacía esperar. La primera vez que ambos se inscribieron en un mismo
torneo fue en noviembre del 91, en Miami.
Temblamos de excitación al enterarnos. Pero todo resultó un gran fiasco. Moby venía de una mala
racha de alcohol y mujeres y ni siquiera llegó a la mesa final; El torneo finalmente fue ganado por
Vader.
Seis meses después tuvimos nuestra segunda oportunidad, pero esta vez fue el negro quién no lo
logró. La suerte no estaba de su lado. Lo sacó un jodido chino que se hacía llamar Dragón Ki o Chi
o algo así. No fue su culpa. Fue a por todas con un full de ochos y diez, pero el chino lo esperaba
con reinas y ases. En la mesa final, Moby no dio oportunidad (ni al chino ni a ninguno) y se alzó
con el torneo.
Parecía que, de alguna manera (consciente o no) ellos evitaban el enfrentamiento. Durante varios
años siempre hubo algo que evitó que se vieran las caras en una mesa final: Un viaje de Moby a
Europa, una enfermedad, la eliminación sorpresiva de alguno de ellos en una ronda preliminar, la
boda de Vader, etc…
Esto último, la boda del negro, nos tomó por sorpresa; A ninguno de los dos se le daban muy bien
las mujeres, aunque Vader a lo mejor tenía un poco más de suerte ( y cuando me refiero a más
suerte, quiero decir que pagaba menos). A Moby nunca se lo vió acompañado más que por las
fulanas ocasionales que rondan a los ganadores.
Pero volviendo a nuestro tema , las cosas se enfriaron y después de un cierto tiempo, dejamos de
esperar aquel enfrentamiento…

Todo continuó tranquilo. El país, el mundo, el universo siguieron su curso. La economía florecía
gracias al gran Bill. No es que nos importara, pero necesitábamos que las cosas fueran bien afuera
para poder jugar tranquilos dentro.
Ellos no paraban de crecer, y no sólo en su juego sino también en sus dimensiones. Ninguno bajaba
de las 250 libras. Moby, además, comenzó a perder pelo.
Cuando los veías fuera de su ámbito natural resultaban incluso grotescos. Pero una vez que se
sumergían en el paño, se operaba una metamorfosis invisible. Allí dentro, se movían con gracia,
con precisión, con maestría.
Parecían dos bailarinas de ballet, dos tiburones, dos máquinas perfectas de ganar.

***
No sé con certeza a quién se le ocurrió lo de Moby Wan Kenobi.
Dicen que fue Sal “The Face” quién salió con aquel nuevo nickname. Aunque él lo niega claro,
nadie quería enemistarse con Moby.
Pero el nuevo nick pegó. En verdad era ingenioso. Si por un lado estaba Vader, aquí teníamos a
Moby Wan.
Moby detestaba que le dijeran así. Y ya se sabe que, cuando alguien odia un apodo, es justamente
así como todos le llaman.
Cuando se le preguntaba por qué le disgustaba tanto aquel apodo, Moby siempre se enredaba con
sus típicas respuestas filosóficas, pero la respuesta era tan simple como esto:
En la película, Vader derrotaba a Obi Wan…

A veces las cosas más sencillas, los actos más, al parecer, insignificantes tienen consecuencias
imprevisibles. ¿Quién pensaría que algo tan insignificante como un apodo llevaría a lo que todos
habíamos estado esperando?
En la primavera del 95, Moby retó públicamente a Vader a un duelo de Texas Hold´em. Le sugirió
que eligiera el torneo que deseara en el lugar que deseara, siempre y cuando, fuera en la Costa Este.
A sus más cercanos les dijo que estaba cansado de las eternas discusiones, que era hora de saldar las
cuentas. Pero estoy seguro que en el fondo la razón fue lo de Moby Wan. Aquella fue la gota que
rebalsó el vaso.
Fiel a su estilo, Vader fue a por todas, eligió el torneo más importante de aquel entonces. El Atlanta
Grand House, que se celebraba en uno de los hoteles más glamorosos de aquella ciudad.
Desde el momento en que se supo del duelo, las inscripciones se dispararon. Esto, a su vez, atrajo el
interés de los patrocinadores. Y esto aumentó el monto del premio. Sería la primera vez que un
torneo de póker ofrecería cifras de seis ceros al vencedor…

El torneo se celebró en octubre de aquel año. Fue un éxito en todos los aspectos. El interés hizo que
la ESPN trasmitiera la mesa final en vivo, aunque claro, poca gente se habrá quedado frente al
televisor hasta las 6 de la mañana.
Cómo era previsible, ni Moby ni Vader tuvieron grandes problemas para superar las rondas
preliminares. Yo, con pesar, veía a Vader más entero para la final. Durante muchos pasajes de las
clasificatorias, Moby se había mostrado vacilante y había cometido algunos errores menores.

A la mesa final no llegó ninguno que pareciera capaz de derrotarlos. La mayor parte, viejos
conocidos y un par de novatos con suerte.
Las eliminaciones no se hicieron esperar. Vader sacó a dos de un plumazo; Los hizo creer que
estaba blufeando con cuatro dieces. Moby se limpió a dos más a su estilo;Aunque el que parecía
llevar la espada ejecutora era Vader.
En aquella final, estuvieron cara a cara sólo en tres ocasiones.
El primer round fue ganado claramente por Vader. Después del flop, Moby subió la apuesta y el
único que se quedó fue Vader. No olvidaré aquel momento. Hubo una pausa dónde todos
comprendieron qué se comenzaba a dirimir allí. Luego un suspiro general que sonó como un trueno
en un sueño. Un largo silencio después.
Las cartas eran un ocho de pica, un nueve de diamante y un diez de corazones.

Moby volvió a subir la apuesta, pero conteniéndose. Con delicadeza, para no espantar a la presa.
Pero no era un jodido atún lo que había picado…
La cuarta fue una reina roja. El profesor pasó y el negro le siguió el juego. Estaba claro que ambos
iban por la escalera, sólo habría que saber cuál de las dos llegaba más alto. El quinto naipe desató
la locura; la Jota de tréboles. La escalera estaba formada en la mesa….
A su turno, me pareció que Moby dudó un segundo más de lo que convenía antes de apostar, lo que
no puedo decir es si lo hizo a propósito o no.
Su apuesta fue débil, dejándole la puerta abierta a Vader para que tomara la iniciativa. El negro
reaccionó cómo un pantera hambrienta. No podíamos creer que en la primera mano en la que se
enfrentaban apostara todo. El cartelito de “All In” se encendió de rojo brillante sobre la mesa.
Yo pienso que mi corazón dejó de latir durante varios minutos. El tiempo que tardó Moby en
escapar como una rata.
A veces Moby tenía esas salidas.
La jugada agrandó a Vader. Se pudo cómo líder de fichas y comenzó a presionar a los que
quedaban. Moby adoptó un perfil un poco más bajo haciendo un juego de subsistencia.

Aquí, el observador inexperto podría juzgar que aquella jugada había sido un grueso error de Moby,
pero alguien que lo conocía tan bien como yo, puede afirmar que TODO aquello era parte de su
jugada. En ese momento una luz me iluminó y comprendí que aquel supuesto error en realidad era
parte del gran plan. La manera vacilante en la que había venido jugando durante las últimas
jornadas también lo era. Así observaba Moby el universo. El juego contra Vader no había
comenzado en esa mano, ni en la mesa final, ni siquiera al comenzar el torneo. El juego para Moby
había comenzado antes, mucho antes.

A las cinco de la mañana, luego de más de catorce horas de juego, sólo tres gladiadores sobrevivían
en la arena.
Vader iba primero en fichas, Moby tercero; El jugador restante era un jovenzuelo con demasiada
suerte Mike Moltisanti.
Aquella última hora fue descomunal, dantesca, majestuosa. Moltisanti, que estaba en su noche, le
ganó dos pots pequeños a Moby y lo dejó casi al borde la eliminación. Entonces Vader quiso
rematar la faena y por dos veces Moby lo derrotó. La primera fue antológica, Vader quiso correrlo
con un bluf (apresurado si me preguntan) apostando el pote de Moby. Este aceptó y mostró dos
ases.
El flop descubrió otro as y el river traía el que faltaba. Eso era clase. Cuatro ases para salir de la
encerrona.
Unas cuantas manos después, vino la jugada que esperábamos. Moby blufeando a Vader. Quizás
era eso y nada más que eso lo que Moby deseaba. Hacer correr al negro usando SU método. Nunca
lo sabremos. En la mesa había poca cosa. La jugada más alta posible era un tercio. Y estaba claro
que Vader no lo tenía. Entonces Moby fue por el All in…
Nunca nadie sabrá si Moby tiró un farol o no aquella vez, pero nadie puso lo que había que poner
para ver si eso era cierto. En fin, la ganancia para el profesor fue mínima, pero mentalmente, creo
que por primera vez en su vida, Vader estaba derrotado.
Allí fue cuando Moltisanti (que a todas luces se veía como un carroñero) fue a por Vader. Poco a
poco fue carcomiendo sus fichas y su confianza. No tardó mucho en llegar el final para el negro.
Fue una jugada sucia, ignominiosa. No recuerdo las cartas pero creo que se debe a que no quiero
recordarlas. Fue un final que un jugador como él no merecía.
Parecía que el duelo había encontrado un vencedor…Entonces vino la sorpresa.
Después de que Vader se marchara, algo extraño comenzó a ocurrir, Moby parecía desenfocado.
La situación era simple. Moby llevaba una ventaja considerable sobre el chico, lo que le ponía las
cosas fáciles, más a alguien cómo él. Pero empezó a cometer errores estúpidos. Quizás suene
ridículo esto que pienso pero creo que sus errores eran a propósito.
El chico se fue recuperando un poco por el bajón de Moby y, lo admito, también por sus propios
méritos. Yo creía que Moby volvería con alguna jugada magistral para terminar de redondear su
victoria, pero el profesor nunca regresó.
A las seis y doce de la mañana, Moltisanti, ganaba el último pot del torneo más espectacular del
que se tenga memoria. Los otros no se fueron con las manos vacías, claro que no. Pero no era la
pasta lo ninguno de ellos dos habían ido a buscar allí.

***
A partir de ese momento, tanto Moby como Vader desaparecieron de las mesas y de todos los
lugares que solían frecuentar. Moltisanti tuvo sus cinco de gloria, bueno, quizás más de cinco.
Durante algunos años, fue considerado EL jugador de póker. Ganó varios torneos más. Se paseó
con alguna que otra zorrita de moda. Se convirtió en una de esas pequeñas celebridades... Pero su
luz se apagó a medida que Internet devoraba el ambiente del Póker con su sombra fulgurante.

Y el tiempo pasa, el rastro de ellos se pierde, el Póker los olvida.


Pero el Póker, no nosotros.
Nosotros (y sabemos quiénes somos nosotros) los llevamos siempre en nuestra memoria y en
nuestros corazones. En nuestro altar de héroes, de guerreros, de valientes.
Por eso es justamente que vengo hoy a recordarlos.
¿Qué extraño no? El universo juega con nosotros ¿No lo dirías Moby?
Es extraño que los dos hayan muerto el mismo día. En lugares y en circunstancias diferentes.
Vader murió en Miami, de cáncer de colon; Su esposa estuvo hasta el último momento a su lado.
A Moby, lo encontraron en su departamento, tres días después de su muerte, ahogado con un hueso
de pollo.
No me sorprendió la noticia. Comía como un cerdo…

Pareciera que, quién mueve los hilos, quién tira las cartas, quisiera decirnos algo.
Quizás sólo quiere divertirse a nuestra costa. ¿Acaso Chaplin y Hitler no nacieron con dos o tres
días de diferencia?
Parecieran pequeñas señales que quieren decirnos “No olviden que estoy aquí, que puedo hacer lo
que quiera con ustedes”
Pues, señor repartidor, tire las cartas que aquí hay jugadores.
Nos arreglaremos con lo que nos toque.
31 de diciembre de 2005

Del humo vienes y al humo vas. De humo somos ¿Acaso no es así? La mano de Gisella siempre
me buscaba, por siempre me buscará. Y yo nada. Sólo soy un ser de oscuridad.
Su mano... ¿Caminamos por la calle, a comprar algo para comer, a alquilar una película en el
videoclub? ¿O soy la luz de salvación? Soy el fuerte, el hombre. El que sale y no espera. Pero...Si
estamos saliendo todos¿no? Nos separamos saliendo y…
La voy a esperar afuera. Sin embargo, siento ese escozor en la palma... ¿Por qué? Siento un casi
dolor, una picazón, esa sensación de que algo hay que algo anda mal. Siento siento siento, mi palma
derecha tiene poderes sobrenaturales creo a veces...nunca más desde esa vez, siempre desde esa vez,
desde esa vez ya no hay veces, ni una ni dos ni mil, desde esa vez ya no soy nada que pueda hablar
de veces, desde esa vez soy una garganta que traga vidrio molido como rocas gigantescas y humo.
Desde esa vez de humo soy.
Una garganta acorazada. Que. Se. Expande. A. Todo. Mi. Cuerpo. Y no cambiaría nada si fuera el
pedazo de carne pudriéndose en la vereda. ¿Eso es lo que terroriza a todos no?
“¡Mi hijo donde está! ¿Mi hijo donde está!?”
“Está pudriéndose en la vereda, señora ¿Cuánto le debemos?”
Y...por un hijo muerto...le damos tres cristales de colores... Si los aprieta fuerte contra su pecho
pasan cosas maravillosas, el cielo se abre y puede ver la luz respirar, los secretos del universo bajan
del cielo corriendo ahora, por la escalera del costado.
(- Y ella donde está - me pregunta mi palma
- ya viene, ya viene - digo yo)
La desesperación se contagia y ese olor que estoy empezando a sentir por primera vez en mi vida y
que ya nunca de mí se irá. Hay grititos y gritos, hay risas, hay bromas, hay cantos, hay oscuridad
ahora. Y los grititos gritos pronto se unen en un alarido femenino y las bromas callan y las risitas...
risitas nunca más. A los lejos alguien habla por un micrófono y dice no sé qué cosas que no llego a
entender mientras nos seguimos moviendo con una tranquilidad espasmódica cuando el mic cae y
acopla acopla acoplanse las pieles todas juntas pieles probando un dos tres un dos tres… Si el
miedo y la preocupación por Gisella no me invadieran podría sentirlas (pieles) crisparse, dar ese
paso entre la preocupación tibia lejana y la desesperación que quema orejas y arrebata el latir,
acorazona el tun tun, ese paso que en una milésima de segundo entuma, paraliza y nos hace dar
cuenta de que es nuestra vida lo que está en juego.
Y ahí es cuando me alejo un poco de mí mismo y me digo que si mi vida peligra, la de ella mucho
más, ella está allí atrás, mucho más adentro y su candidez quizás no la ayude...
Y volver...
Intento frenarme pero la jauría me arrastra. “te preocuparas sólo por ti y los tuyos” ¿Qué
mandamiento es ese? Veo las mismas caras de preocupación entre algunos de los otros perros. Veo
rostros desencajados donde el alcohol poco a poco deja paso a una lucidez ingrata y amarga. Como
el humo.

Desbande hacia afuera


Los pelos explotan en golondrinas.
El rictus interior.
La negrura acecha.
Y las guitarras
cada
vez
más
cerca
del arpa.

Misdeas se fusionan en ese preciso instante que no olvidaré. Pisé a alguien y ni me importó. Mi
planta todavía siente esa espalda lábil, tierna, blanda al punto del desecho. Mimentimiento oscila
incesante en el abanico de posibilidades, mientras mi cuerpo (que no es ni va a ser de los cuerpos
furibundos de moscas que descansarán para siempre en la vereda) se deja balancear por la marea de
hombres-perros que me acercan a la salvación y me alejan de ella que. Eras. Mi. Luz. Siempre.
Vos. Adios. Mi. Amor.
Pero el abanico aún esta abierto y pasa de recuerdos del futuro, donde nos reímos juntos de
“aquella-vez-en-aquel-recital cuando nos perdimos y se cortó la luz y todos salieron tan apurados-
atemorizados y yo estaba tan preocupado porque no la encontraba y la señorita esperándome
afuera” a la antípoda feroz , a la posibilidad de esas grandes tragedias donde mueren digamos...195
personas y de las que nunca aprendemos desde el hombre de Neanderthal para acá, de esas grandes
tragedias que suceden precisamente porque el hombre es hombre y se preocupa sólo por sí mismo
(y a veces por los suyos…Está mal? Acaso eso esta mal? Qué mandamiento era ese? En qué número
estaba? Con qué prioridad iba?)
Las quizás-cosas que ya pasaron y que volverán a pasar. Una y otra vez en el espíritu del mundo y
de todos los que quizás-la-vivirían.
Sigo saliendo salivando desde ese día ya y por siempre después ácido destilan mis glándulas
salivacias y las salidas vacías estarán ahora si quizás un año después y todos brindaran en silencio
porque
no es lo mismo
un día después
que un año y un día después...
Y el recuerdo del horror
será mas triste
y espantoso...
Y la memoria de aquellos inocentes
será mas dulce
y mas hermosa
y flotará sobre nosotros
casi
casi
como suaves
volutas
de humo.
Tragaluz

La Mer volvió del baño como hipnotizada. Se sentó en la cama y no dijo nada por un buen rato.
Casi no parecía ser la misma persona.
El rostro pálido.
El rostro pálido.
- Hay alguien escuchando música en el baño – dijo finalmente.
- No puede ser...¿Cómo va a haber alguien?
- No sé. Hay alguien...

El baño no estaba lejos de la habitación, pero en la habitación no se escuchaba nada. Había que
salir, caminar la distancia (serían cinco , siete metros) doblar hacia la derecha, ahí estaba el baño...
Era verdad: Alguien escuchaba música.

Un poco de miedo. Eran las dos de la mañana recién. Los demás llegarían cerca de las ocho.
No había caso. Había que aguantar. Las noches pasan rápido si uno quiere que pasen rápido.
- ¿De donde vendrá la música?
- Parece que viniera de afuera. Entra por el tragaluz de arriba.
- Por eso odio las casas viejas. No entiendo por qué los techos tan altos...
- Tanto espacio muerto...
- Tengo ganas de ir al baño...

Hacia las cuatro no aguantó más. Tenía miedo de ir sola por lo que dejó la puerta del baño
entreabierta inútilmente ¿Para escapar más rápido quizás? La música venía (claramente lo notaba
ahora) desde el tragaluz. Parecía música clásica , pero no logró reconocer una melodía o un
instrumento.
Cuando Mercedes salió del baño, la puerta dejó escapar una ráfaga de aire helado. Temblores.
Escalofríos.
Seguían escuchando música.

Por suerte la pieza brindaba algún refugio. No había razón para moverse a ningún lado. Esperar el
amanecer nomás. Y dormir un poco si fuera posible. Aunque es difícil dormir con alguien que
escucha música en tu propio baño...

- ¿Y si viene a escuchar música acá?


- No se va a animar...Una habitación no es lo mismo que un baño...
- Además las ventanas están cerradas...
- Si ,las ventanas están cerradas...

Cerca de las cinco se escucharon los primeros rumores dentro de la pieza. Las gruesas paredes, al
parecer, no fueron suficiente...
Era imposible definir el momento exacto. El momento en que el oído comenzaba a percibir la
impresión sonora.
De ahí la sorpresa, al tener conciencia de la existencia de la música, pero sabiendo que hacía tiempo
que estaba ahí, que hacía un buen rato que sonaba allí, pero que no existía hasta que alguien la
percibía
¿Acaso había estado la música sonando toda la noche?
¿Acaso recién lo había notado?
Un nuevo terror. Una mayor intensidad. Quizás habían estado escuchando música toda la noche en
la habitación. Y recién ahora lo notaba.
La Mer estaba cada vez más pálida. Sus hermosos ojos azules parecían de cristal líquido.
A veces el miedo la hacía llorar...

- No llores. No llores. Dentro de poco va a amanecer...


- Está escuchando acá...
- Si , está acá...

***

Hace un par de horas que ha amanecido. Una llave gira y una puerta se abre. La familia entra a la
casa. Deja los bolsos. Seguro que alguien va a poner agua para tomar café o mate. ¿Mercedes
todavía estará durmiendo? ¿Habrá tenido algún problema en los días que se quedó sola cuidando
la casa?

Has Abierto Los Ojos

No sé...Ya casi ni me acuerdo de cómo paso todo. Fue hace tiempo. Fue cuando el instituto
“Sagrado Corazón de Jesús”.
Fue cuando el colegio de monjas: Rezos. Estricto uniforme. Retiros espirituales.
Fue cuando las esposas de Jesucristo
¿O eran todas esposas de Dios? El bígamo más grande de todos los tiempos.
¿Y nosotras? ¿También debíamos ser sus esposas?
En el mejor de los casos: Si nos portábamos bien. Si no teníamos pensamientos impuros. Si
respetábamos los mandamientos y no pecábamos...

Andrea ingresó en segundo año. Lo ví inmediatamente. Ella era diferente. Primero creí que era una
idea mía, que se debía a que venía de otra escuela, que eso era lo que la hacía diferente...
Pero no, se veía que ella era diferente.
Supongo que sólo yo lo notaba. Las demás no le prestaron más que la atención que se le presta al
bicho nuevo. Así funciona. Se la clasifica y se destina su rol en la sociedad aúlica.
¿Es linda...o por lo menos lo aparenta? ¿Merece estar con las lindas? Entonces a preguntarle cosas,
a hacerla parte del grupo.
¿Es una mosquita muerta? Con las tragas estudiosas
¿Es una rarita? A la fila de la pared. A andar sola en los recreos. O juntarse con otras raritas...

Yo no era de las raritas, yo era mosquita muerta: Pelo recogido, lentes, tímida, piadosa, respetuosa
de Dios (aunque diría más temerosa que respetuosa, las monjas habían metido con saña en mi mente
la idea de un infierno terrible y perpetuo, infierno al que me sentía condenada muchas veces...)
Así que no sé (mejor dicho, no supe en aquellos inicios)por qué me eligió.
Yo no la quería cerca. Cuando comenzó a acercarse a mí en los recreos me le escapaba con
cualquier excusa. Creo que ver lo que veía en ella me daba miedo. Pero (no sé cómo explicarlo)no
era un miedo total, era otra sensación: De vértigo quizás. Durante mucho tiempo, cuando
hablábamos ni siquiera podía mirarla a la cara.
Intenté evitarla, alejarla, evadirme de sus ojos...
Y cuando creí que lo estaba logrando me asusté. Comprendí que quería el vértigo. Sin Andrea todo
volvía a ser monjas, rezos y uniformes. Yo mosquita muerta, del cole a casa, a las tareas, a mamá
preparando la cena, a papá volviendo cansado de la oficina, a la casa de tía Pepa los domingos, al
caldo de gallina, a las tortugas de madera en el jardín...

Así fue que ingresó en mi mediocre mundo. Yo nunca había tenido una mejor amiga; En realidad,
jamás había tenido esa necesidad. No todos tienen un mejor amigo...
Sin embargo, desde su irrupción en mi vida, Andrea ocupó ese rol. Comenzamos a compartir tiempo
juntas y, extrañamente, la incomodad que me había generado su cercanía , fue desapareciendo.
Y la que comenzó a comportarse de manera rara fue ella: algunas veces se quedaba como
petrificada observándome. Eso me ponía muy nerviosa. Sobre todo porque su mirada era imposible
de precisar.
Me miraba pero, así y todo, no me miraba.
¿Cómo explicarlo? Cuando alguien nos mira dirige su mirada hacia un punto determinado de
nuestro rostro ¿No es así? Bueno, cuando ella me miraba, sus ojos se dirigían a un punto impreciso
de mi frente, perdidos, como vueltos hacia dentro.
Cuando le preguntaba que estaba observando, tardaba largos segundos en contestar. Lo recuerdo y
es increíble que justamente yo no pudiera descifrar qué era lo que miraba. Pero era pequeña, no
podía saberlo...

La amistad creció y también la confianza. Con el tiempo fuimos confesándonos nuestros secretos.
Aunque bueno...;Creo que ella fue más honesta que yo. Las cosas que me decía me hacían recordar
esos primeros días de vértigo, de sentir que caía en un auto en llamas por un precipicio.
Me decía que sus padres no eran verdaderamente sus padres, que había visto a sus verdaderos
padres en sus sueños, que estaban muertos flotando en el mar, que había visto en sus sueños cómo
los habían tirado, atados al mar.
Yo intentaba convencerme de que estaba medio loca, de que inventaba cosas para llamar mi
atención. Me dijo que no creía que existiera un Dios, pero que no podía mencionar “eso” en voz
alta. Sus padres eran muy creyentes, a pesar de que la habían robado. “Unos hipócritas” decía
Mi ingenuidad y el respeto y el temor al orden en que me movía me hacían dudar de sus ideas.
Pero en el fondo le creía. “Apenas pueda me iré de mi casa” juraba “puedes venir si quieres,
iremos a Europa, a París, a Londres, a Berlín...”

Cuando planeábamos cómo cóndores sobre nuestros futuros yo entraba en éxtasis. Sería tan
maravilloso vivir esa vida. Escapar juntas.
En Londres pasearíamos por Hyde Park, por Little Venice; En Paris, caminaríamos todo un día
nublado junto al Sena; En Berlín festejaríamos cada noche vieja, recibiríamos nuevos años nuevos.
Al regresar de aquellos viajes la luz era diferente, el sol alumbraba menos, el silencio nos aletargaba
y cada vez que volvíamos, en ella renacía la miraba perdida...
Yo en cambio, más práctica como era (cómo aún soy) comenzaba a planificar estratégicamente.
Sacaba agendas y calculaba cuanto deberíamos ahorrar. Qué tipo de trabajo deberíamos conseguir
para juntar el dinero necesario. Cuanto tiempo debería pasar para poder irme de casa sin que mis
padres enloqueciesen.
Mientras Andrea seguía buscando algo detrás de sus ojos, detrás de mi cabeza, yo planificaba ¡Qué
ingenua! Planeando futuros....

El final de ese curso trajo la noticia que ella seguramente sospechaba, a su padre lo trasladarían a
otra base militar. Creo que en el sur, creo que en Río Gallegos. La noticia me devastó. A ella no
pareció afectarle tanto.

Decidimos pasar nuestra última noche juntas. Fue una noche larga. Y de aquellas horas sí que
recuerdo cada detalle: Jugamos un poco. Nos juramos fidelidad y amistad eterna. Que nos
escribiríamos cartas. Que no perderíamos el contacto.
Ninguna quería dormirse. Ella porque tenía algo que contarme. Yo, esperando que me lo contara.
Sabía que quería decirme algo. Podía verlo en ella...
Divagamos una última vez acerca de nuestros futuros viajes, pero ella estaba cansada de la Europa
Meridional, por lo que se le ocurrió que podríamos, entre viaje y viaje, hacernos un tiempito para
conocer Finlandia.
“En invierno hay sólo tres horas de sol” dijo. A mi me pareció deprimente. “Eso no es una razón
para ir, es una razón para no ir” le contesté.
“Están las auroras boreales, que son como luces mágicas en el cielo, esa sí es una razón para ir”
continuó hablando sin mirarme “¿Sabés? Yo a veces también veo luces alrededor de las
personas...Son cómo brillos que la gente desprende. Cómo Halos o Auras...”
Yo guardé silencio. No sé por qué guarde silencio. Con respecto a eso sabía que no estaba
mintiendo. Pero me sentía congelada, era yo la que la miraba sin mirarla ahora.
“Y puedo conocer a las personas por el color que desprenden sus auras. No sé cómo lo sé pero lo
sé. Y para mí es un castigo”
“¿Y de qué color es la mía?” fueron las únicas palabras que pude pronunciar y, de sus ojos,
lágrimas. “La tuya es del color más hermoso que jamás ví. Creo que te amo, que te necesito, por el
color de tu aura. Me da una paz que nunca sentí. Es blanca, brillante, clara, cristalina, purísima.”
Respirábamos muy cerca una de la otra. Fue inevitable que me besara. Y yo a ella.

Nunca más la vi después de aquella noche. Quiero creer que encontró la paz. Quiero creer que no
se olvidó de mí, así cómo no me olvide de ella. Quisiera poder contarle ahora lo que no le conté
entonces. Que yo también la amaba, que ella también me completaba cada vez que veía aquel
fulgor rojo oscuro sobre su cabeza. Aquel halo que descolocaba mis cimientos. De color rojo
sangre , de destellos oscuros sobre sus ojos verdes de pantera.
Pequeña comedia del arte

Lo que sabía sobre Pantaleón:


A Joaquim Pantaleón lo conocí cuando comencé la carrera de Licenciatura en Letras en la
Universidad Nacional de Córdoba.
Habíamos ingresado en el mismo año y durante esos primeros tiempos nos cruzábamos muy de vez
en cuando:Formábamos parte del mismo microcosmos, es decir, frecuentábamos los mismos antros,
compartíamos amigos o al menos, teníamos conocidos en común. Creo que incluso llegamos a estar
en algunos grupos de estudio juntos.
En un principio no me pareció ni mejor ni peor que otros chicos de la carrera. Simplemente estaba
allí: Alto, regordete y sonrosado, jugando constantemente con el brillante reloj de su muñeca,
mirando siempre hacia los demás desde su pedestal...

Es sabido que cada carrera tiene sus materias “colador”. En Letras el colador era todo segundo año
por lo que fue inevitable que a partir de tercero comenzara a compartir más tiempo cerca de él. Fue
entonces cuando comencé a odiarlo.
Pero la dinámica de la universidad te obliga a relacionarte con personas con las que sabes que no
tienes cosas en común: Esa era mi relación con Joaquim. Me reventaban su pedantería, su soberbia
frente a los demás.
No tengo una mejor forma de describirlo que la siguiente: Se creía el rey del mundo.
Esta claro que no sólo había algo, sino mucho, de resentimiento en mi odio hacia él. El era rico, yo
pobre. El vivía en un lujoso departamento cerca de la facultad y yo en una habitación roñosa a
cuarenta minutos de autobús. El era amigo de todos, hablador, extrovertido y simpático. Yo un
miserable flacucho narigón de escasa gracia. Y ni hablar de mujeres. Siempre aparecía con alguna
nueva novia de arquitectura o de económicas que conocía en las fiestas de estudiantes, mientras yo
me pajeaba en soledad y en silencio, aguantando la respiración para que no me escucharan los de la
habitación de al lado.

En clase, le encantaba hacer gala de sus dotes de escritor. Intentaba por todos los medios que los
profesores lo hicieran leer sus composiciones.
Constantemente hablaba de sus futuros libros: Hoy proclamaba que había escrito un nuevo cuento
policial y se comparaba con Chesterton. Mañana traía un relato de terror, según él, al mas puro
estilo Poe.
Y todos leíamos las fotocopias de sus cuentos. Algunos por curiosidad, otros porque, realmente
creían que escribía bien. Y Otros como yo, para criticarlo con dureza y en secreto.
Y no. No escribía nada bien. Sus letras eran un perfecto reflejo de él: Grandilocuentes y absurdas.
Intentaba trazar emociones humanas con palabras rebuscadas, buscaba dilucidar grandes misterios
del universo a golpe de comparaciones forzadas. Cada frase era pretenciosa. Cada línea, vana y
superficial.
A veces hablaba de sus expectativas literarias “He querido ser escritor desde que tengo uso de
razón” contaba “No sé que haré cuando publique mi primer libro. Espero poder aguantar la
emoción...” decía, creyendo ser uno de esos seres tremendamente sensibles, seres que no pueden
llevar sobre sus hombros el peso de la crueldad de la vida...
Ya me había resignado a soportar pasivamente su presencia durante el resto de la carrera cuando,
al promediar cuarto año, desapareció. Chicos cercanos a él comentaron que había tenido un
problema familiar.
Voy a admitir que, en un acto despreciable, me alegré que nos dejara.
Pensé,ridículamente, “Karma”

Mi vida no mejoró con su partida. Los años siguieron su curso y cuando terminé la carrera, pensé en
tomarme un tiempito para mi novela. Conseguí un trabajito de medio día y dediqué el otro medio a
escribir.
Durante dos años luché; Luché con todas mis fuerzas contra las páginas en blanco. Yo sabía que
tenía algo dentro. Creía que podía escribir algo fantástico... Pero aquello no venía. El ave
maravillosa que yo esperaba... Las musas, le dicen algunos. La genialidad, otros.
Todo se iba por las cañerías cuando apareció una oportunidad: Cómo profesor de secundaria a
jornada completa. No lo dudé. Supuse que mi gran novela seguiría allí, aguardando mi regreso;
Podría retomarla una vez que me habituara a mis nuevos horarios...

Llevaba cinco años trabajando cómo profesor cuando leí sobre Joaquim en un suplemento de
cultura. Todo un artículo dedicado a su primer libro. Lo catalogaban de joven promesa. Describían
su prosa como “savia fresca”. El cronista auguraba un futuro brillante a este nuevo autor.
La novela se llamaba “Puentes sobre aguas turbulentas”. No sé si hace falta aclarar que salí
disparado a comprarlo. Cerca de casa había una pequeña librería y no lo tenían, pero sabían de qué
libro estaba hablando, ya habían preguntado un par de veces por el. Me dijeron que lo habían
encargado para la próxima semana y que , si deseaba, podía reservar uno.
Yo no podía esperar tanto. Esa misma tarde bajé a una de las librerías del centro. El libro no estaba
en escaparate, pero supe que pronto lo estaría.
La contratapa rezaba “Un puente sobre aguas turbulentas es un canto de esperanza y de optimismo,
una reflexión acerca del destino de la raza humana. Una obra que nos enseña que la redención está
al alcance de cualquiera”
Lo leí en una tarde. Siendo amable puedo decir que el libro era una mierda, una copia mediocre de
cualquiera de Coelho o de Bach. No demasiado diferente a sus escritos de nuestros tiempos en la
UNC.
No pasó mucho tiempo hasta que entró en la lista de más vendidos.

Su éxito no me afectó tanto como esperaba, es más, tuvo un efecto opuesto: Durante unos meses el
éxito de algo que yo consideraba tan mediocre hizo renacer mi pasión por escribir. Hacía tiempo
que había dejado mi prospecto de novela y pensé que era un buen momento para retomarla. Pero mi
ave seguía fugitiva...Y cada vez costaba más encender mi esperanza.

Joaquim siguió publicando a razón de un libro cada dos años aproximadamente. Su segundo libro se
llamó “Por debajo del océano inmóvil” y el tercero “Navegando a través de la tormenta”.
Yo compraba religiosamente cada libro que publicaba. No había perdido aquella vieja costumbre de
destrozarlo con mis criticas, aunque sólo fuera ante mí mismo.
Me resigné a ver cómo la masa endiosaba, una vez más, la innegable mediocridad. No sería ni la
primera ni la última vez que esto sucedería.
Lo más gracioso de todo es que, de alguna manera, yo era uno de sus más fieles seguidores. Cada
vez que veía una nota sobre él en algún periódico. Cada vez que le hacían una entrevista en la
televisión. Allí estaba yo, del otro lado. Supe que había tenido ciertos escarseos con una conocida
actriz en Buzios. Que había sido invitado a tal ponencia sobre literatura en el DF o en Madrid.
También me enteré que había fundado un taller para autores que quisieran pulir su arte.

Fue durante aquella época cuando cayó por primera vez en mis manos un libro de Arlequín. Al
terminar de leerlo debí aferrarme con fuerza a la silla dónde estaba sentado. Lo hice porque estaba
convencido que, de no hacerlo, saldría volando hacia la estratósfera (o estratésfera según Arlequín).
Pero ya llegaremos a ello...

Pasaron años y años. A Joaquim le dieron una cátedra en una muy prestigiosa Universidad, además
del título “ad honorem” que no pudo conseguir estudiando. Siguió sacando libros con frecuencia,
todos del mismo tenor. Alguna vez lo acusaron de plagio y yo pensé que probablemente haya sido
cierto. También se rumoreaba que los alumnos de sus talleres escribían para él pero nunca se probó.
Supuse que eso, seguramente también era cierto.
Yo seguí con mis clases en escuelas secundarias. No tenía de qué quejarme. Me había casado, tenía
dos hijas preciosas, un trabajo estable y una casa aceptable. También una botella de whisky para
cuando quería olvidar y relajarme leyendo algo de la respetable biblioteca que había edificado en mi
pequeña sala. Biblioteca dónde destacaban dos nombres: Joaquim Pantaleon y Arlequín.

Lo que no sabía sobre Arlequín:


De Arlequim se podía saber poco y nada. Sus libros eran cofres sellados. No tenían nada a
excepción de su contenido. Ni biografía, ni contratapa, ni información sobre la editorial.
Obviamente tampoco había fotos. La única información externa al texto en sí era el año de
publicación.
La primera novela suya que leí era del año 98, se llamaba “Remolinos” y cómo ya mencioné me
dejó en un estado semicatatónico. ¿Es que era posible escribir así?
Me la había traído el padre de un alumno, horrorizado, creyendo que yo les había recomendado
aquel “espantoso” libro. No me fui a la cama aquella noche hasta terminarlo. Con desesperación
aguanté hasta volver a ver en clase al joven del libro. Avergonzado, me explicó que se lo habían
dejado.
¿Quién?El amigo de un amigo. Hice una labor digna del mejor Marlowe hasta que dí con la dueña
del libro: La hermana de un amigo de un amigo del primer chico... Una chica rara, con pinta de
gótica o algo por el estilo. Me dijo que había conseguido el libro en una manifestación estudiantil.
Que lo estuvieron repartiendo un par de chicos, quizás de una de esas agrupaciones marxistas o
comunistas, no estaba segura. Que en la facu de letras o de arte podría conseguir más copias.
Así que me dirigí a mi antigua facu. En el centro de estudiantes, alguien recordaba algo sobre
aquellos libros. Sí que habían pedido permiso para repartirlos en la manifestación pero desde el
centro no se había autorizado nada que no fuera propaganda política. Si habían repartido algo había
sido por su propia cuenta.
Pensé que me encontraba en una calle sin salida cuando la encargada recordó algo más. Al
presentarse, el muchacho que había pedido el permiso le había dicho que trabajaba para una tienda
de manuscritos antigüos o de antigüedades (daba igual) de nombre “Verona” o “Venecia” o algo por
el estilo.

Un comercio de esas características sólo podía estar en una de las perdidas galerías que quedaban
más allá de la Colón. Dí varias vueltas por allí y no encontré ninguna Verona ni Venecia, pero sí una
Bizancio.
Campanillas sonaron cuando entré. Un hombre mayor parecía esculpido detrás del mostrador. Me
miró con desconfianza, reconociendo al instante que yo no era un coleccionista. Recién allí noté que
la B de Bizancio formaba una suerte de antifaz. Eso no podía ser más que un pequeñísimo guiño.
Un guiño hacia quién supiera entenderlo.
Fui directo al grano, le expliqué que buscaba información sobre un autor que se hacía llamar
Arlequím. Que mis, por llamarlas de alguna manera, pesquisas me habían conducido a aquel lugar.
Qué quería una copia de “Remolinos” y de cualquier otro libro que aquel autor hubiera publicado si
era posible.
“Me dijo que vendrían pocos” me contestó con una sonrisa “ pero que los que vendrían, vendrían
con su expresión”
Le pregunté de que expresión estaba hablando.
“De desesperación” contestó.

Pedro se llamaba el encargado. Tuvo que asegurarme dos o tres veces que no era él, Arlequím.
Que ni siquiera lo conocía. Hacía más de cinco años (o tal vez seis, ya ni recordaba)lo había
contactado por primera vez a través de su secretario para que actuara de distribuidor. Un muchacho
robusto de cabellos claros. Era él quién le traía los libros y le indicaba las ocasiones en las que debía
repartir algunos gratis. “Arlequin no debía darse a conocer, jamás. Si alguien preguntaba le podrás
contar esto” dijo “ pero nada más”
Intenté sacarle más información, pero Pedro respetaba celosamente este acuerdo. “Los anticuarios
poseemos un mercado muy acotado” me explicó “es difícil encontrar buenos clientes y cuando
encontramos uno lo cuidamos como un tesoro. Pues bien, este señor Arlequin es mi mejor
comprador. Y no es sólo por su poder adquisitivo, le aseguro que sabe valorar cada cosa que me
compra. Un cliente como él es el sueño de cada vendedor de antigüedades. ¿Crees por un instante
que voy a arriesgar todo eso con mi indiscreción?”
Comprendí que allí acababa mi investigación, pero no había sido en vano. Adquirí los tres primeros
libros de Arlequín:“Barreras naturales” y “Silencio. Inmensidad” eran los dos primeros que había
publicado. “Remolinos” era el tercero. También dejé mi número teléfonico para ser avisado cuando
publicase su nueva novela, así era el procedimiento.
Me marché de allí con los libros en la mano. Feliz como un niño con un juguete nuevo.

***

Atribuí a una casualidad que, dos años más tarde, Pedro me llamara justo el día que en la televisión
anunciaban el lanzamiento de la nueva obra de mi estimado Joaquim Pantaleón “La tierra es de los
ángeles”
Aproveché el viaje al centro del día siguiente para adquirir ambos libros. Encontré a Pedro en su
postura habitual. En la tienda, todo estaba exactamente cómo en mi anterior visita. Me sonrió al
reconocerme “Buenas tardes, profesor” agregó.
El cuarto libro de Arlequim se llamaba “Desertores del Dios”. A esa altura me consideraba un
conocedor de la obra de Arlequin y tenía ciertas expectativas que no fueron defraudadas en lo más
mínimo. A medida que pasaban los libros creía ir entendiendo hacia dónde iba todo aquello. Cada
libro a la vez que me hechizaba me alejaba. Sus obras me recordaban a la fascinación con la muerte.
Eran terribles, inevitables.
Pero la revelación que tuve un par de días después me hizo darme cuenta de cuan equivocado había
estado...
En realidad todo comenzó el día que compré los libros. Como un relámpago pasó por mi mente la
idea de que ambos títulos se correspondían, se complementaban. “La tierra es de los ángeles,
desertores del Dios”
Aquello no tenía sentido, así que dejé marcharse ese pensamiento cómo dejamos marchar miles de
pensamientos e ideas que cruzan por nuestra mente cada día.
Dos días después, no sé cómo ni por qué, tuve otra ocurrencia que, a priori, no tenía sentido: Leer el
libro de Joaquin y luego el de Arlequin.
Y allí estaba. Algo nuevo. Un tercer libro igual y diferente que surgía de las entrañas de la tierra o
del mismo cielo o, aún mejor, del mismo infierno. Yo me había maravillado con Arlequin y, sin
saber por qué, había estado obsesionado con Pantaleón. Ahora se abrían mis ojos.
El efecto era genial. Nuevos sentidos aparecían ahora a mi vista. Cosas que no había terminado de
entender en la lectura de Arlequin salían a la luz al contraponerlo con el libro de Joaquin. Y los
libros de Pantaleón, que yo consideraba tan abyectos, mediocres y superficiales no eran sino un
pedestal o una rémora que al situarlo junto a los libros de Arlequin, adquirían una nuevo brillo.
Corrí de nuevo, cómo aquella primera vez, hacía el resto de las obras de Arlequin y de Pantaleón.
Comparé años de publicación y coincidían. Todas se complementaban.
“Un puente sobre aguas turbulentas” y “Barreras naturales” , “Por debajo del océano inmóvil” y
“Silencio. Inmensidad” , “Navegando a través de la tormenta” y “Remolinos”

Ese fin de semana me interné para leer la que creo es la obra más ambiciosa jamás escrita. Al
terminar, maravillado,pensé en Joaquín y en su actitud de rey del mundo; Lo odié y lo idolatré sin
poder determinar dónde terminaba una cosa y comenzaba otra.
Aquella era la obra total. Una obra que exigía una capacidad de exégesis casi imposible.
Pensé en qué podía llegar a suceder si nunca nadie se enteraba de esto.
Entré en pánico, existía la posibilidad de que yo fuera el único ser que conociera la verdadera
naturaleza de su arte.
Imaginé razones por las que deseó mantener el secreto sobre lo que había hecho y no me costó
demasiado. Hay miles.
Imaginé su mente: Otro universo, más amplio y más perfecto que el nuestro.
Imaginé su muerte y todo aquello perdiéndose en la nada.
Imaginé mi muerte y temblé, entonces me apuré en dejar todo esto por escrito.
Sé que éste es mi legado:Dejar constancia del suyo...

dpgr
Con un suspiro regresó del recoveco de las horas. “Soy yo” fue la sensación en su cuerpo.
Y un latigazo de oscuridad asentó su conciencia.
“¿Dónde había estado?¿Dónde mierda había estado?”

No había dormido, estaba más que seguro de eso. Pero no había estado dentro suyo no. Dentro suyo
no...
Ni oscuridad ni silencio total. Eso reconforta. Podía ver los rasgos de su habitación, escuchar la
respiración acompasada de Tití a su lado. Estiró su mano para tocarla...
El resplandor tenue provenía del baño, cuya puerta no estaba totalmente cerrada. “Jean” pensó
“viviendo de noche, durmiendo de día...”

Se dijo que después de todo sí que habría estado soñando. Aunque trazos inexplicables en su
memoria le dijeran lo contrario. Se acomodó para volver a dormir y... “Mañana ni siquiera
recordaré esto”
Allí sintió, por primera vez, en plenitud la incomodidad en la vejiga. “Así que esto era todo.
Despertarse a mear en medio de la noche...Me estoy haciendo viejo...”
Pero la luz seguía encendida y alguien hacia ruidos dentro del baño.
Intentó olvidar la urgencia y trató de volverse a dormir por medio minuto, pero ya había pasado
demasiado tiempo de este lado.
Mear...Y después dormir...Y mañana a las...¿Nueve? Digamos nueve y media...Que Jean de
mierda...¿Que hace que tarda tanto?

Aún pasaron siete respiraciones de Titi, tres bostezos suyos y dos rascadas de cabeza antes de que la
luz del baño se apagara, luego el clik del interruptor y la luz del pasillo. Escuchó los pasos, que eran
demasiados pesados para ser de Jean, sin preocuparse; Aunque sí sospechó que algo andaba mal
cuando los sintió acercarse a su puerta entreabierta...
Que se abrió con un ligero quejido...

Pasos cuidadosos para no despertar a Titi, pasos que se detuvieron al ver el bulto en la cama
primero y al hombre acostado que lo miraba con expresión desencajada después, claramente
sorprendido al verse a sí mismo entrar sigilosamente a la habitación dónde dormía.
Canto
La lluvia. Siempre ahí detrás. Y arriba, y debajo también. Abrazando con su canto interminable.
Así es que no necesitamos trikitixas, chistus o guitarras. Incesante, nuestra música viene del cielo”

Unai encuentra descanso en divagar antes de cada controversia.


Dejar a su mente expandirse, vagar. Quizás imagen encontrar alguna para en algún bertso luego
usar .
Flotando, sus ojos recorren la taberna furiosa que, a esas horas, ya muy entrada la noche, se siente
cómo la caverna más hermosa. Todo huele a tabaco y a hombre. A no más de cuatro pasos, su rival
observa, juega con el vino de su copa.
Se miran y sonríen. Siran y monríen. Ambos están borrachos como cubas.

No habrá más de veinte personas en la tasca. Hablan todos al mismo tiempo. Algunos afirman que
Unai ganará, que tiene más experiencia. Otros, un poco más medidos, se la juegan por el Txiki
Xabier: Es joven sí, pero con un gran talento.

Piensa Unai: ¿Importa ganar o perder aquí?


No. Importa construir. Hacer del diálogo, florecer bellos bertsos.
Piensa Xabier: ¿Importa ganar o perder?
Sí. Demostrar mi valía. Hacerlos escuchar mi calidad de Bertsolari. Ganarme una reputación. Y que
mejor que haber derrotado al gran Unai Elorriaga.

Ensimismados, solo ellos dos, cuando acallan los murmullos. Se bajan los vasos. Se para la oreja.
Y silencio se hace.
Aunque bueno, está la lluvia, que en Euskadi equivale al silencio.
Se ha decidido de la controversia el tema:

“Un hombre observa en soledad los acantilados.


Se le presentan Dios y El Diablo.
Cada uno quiere atraerlo para sus huestes”

Están, parece, los que eligen tema también borrachos...


Al instante se sortea, quién es Dios y quién Diablo. Todo lo decide la moneda.
Que surca el aire. Cae. Muestra sólo una de sus múltiples caras.
Unai gana.
Elige al Diablo, claro. Los artistas se sienten más cómodos en ese lado.

Hay pocos segundos para que cada Bertsolari prepare su improvisación.


Así que Unai vuela hacia...
Acantilados. Mar. Agua. Dios. Diablo. Caída.
La caída de Lucifer.
Por desobedecer.
Dios quiere súbditos. Ovejas. Caerán por. Obedecer mansamente.
¿Revolución? Todavía no. Empezar. Ganar la simpatía del hombre.

Hastear
El canto de Unai se eleva. Su voz es clara en la noche. La lluvia acompaña.

“Es buen día, amigo, qué miras preocupado?


Acaso el mar te atemoriza?
Acaso la altura del acantilado?
Necesitas ayuda de un amigo
que sabe temer porque ha caído?
Por no seguir el buen camino,
y con buenas razones, haberse descarriado.”

Silencio de nuevo. Su rival ha escuchado y entiende que el diablo sabe más por viejo. Que será muy
difícil derrotarlo. Se lo habían dicho allá en la Pulpería del Gringo Morrison: “El Cóndor Rojas es
un bicho de cuidado. No dejes que agarre confianza porque te pinta la cara”
Y sí, el Cóndor llevaba años en eso.
Es un payador de la vieja guardia. Y no se iba a amilanar ante Él. Un mocito que “podía ser su
hijo” había dicho cuando lo vió llegar.
Tiene que retrucarle con ganas. Estar a su altura.
“Recién salido del cascarón” había rimado. “A ver si los tiene bien puestos” había cantado.
Recién, reciencito nomás...
El joven Juan Salvador Lezcano toma aire. El Cóndor lo mira cómo desde arriba, dispuesto a
comérselo si lo deja. Pero él no es un cordero manso no.
Rasga la guitarra con las yemas.
“Yemas. Huevos. De nuevo huevos” piensa y sonríe (tibiamente, para sus adentros).
La cabeza gacha y el piso de tierra.
“¿Que tiene escrita la letra en el piso, mocito?” grita un gracioso.
La peonada ríe con ganas. No perdonan una estos hijunasgransiete.
El acorde sigue en el aire. No le queda otra que levantar la vista, pero sin mirar a nadie, ni siquiera
al rival. Se enfoca en la ventana que da a la pampa, a la legua interminable, al océano seco del otro
lado.
La tarde avanza. El sol está aflojando ya, seguramente, afuera correría una brisa agradable.
“Huevos. Nuevo. Luego. Ruego” rima para sus adentros, busca la gracia de las musas.
Pero el tiempo se acaba. Si no se apura comenzarán los murmullos de desaprobación.
Así que empieza a tocar despacito, acomodando las últimas palabras de los nacientes versos. Y el
ritmo monótono llama al silencio del contrapunto.

“Dicen con razón que soy nuevo


no voy a negar su canción

dice el cóndor que soy nuevo


no voy a callar su canción

una pequeña licencia les ruego


y lo pido con devoción
Espero su comprensión
para que puedan ver el vuelo
de este pequeño gorrión
que hace poco conoce el cielo
y que anda de flor en flor
buscando el motivo sincero
de la música, del amor
y del canto verdadero”

Acaba la rima y cruzan, esta vez, miradas. Nota el hombre la chispa en del joven los ojos. De la
vida la chispa.
La repentización ha sido magnífica.
!Que delicia! ¡Qué envidia! Siempre creyó nunca la suya se extinguiría. Ahora la redescubre, pues
ya no la ve en lo que le devuelve el espejo: Los años...los años...
“Canta bien el chaval” Es inevitable pensarlo. Pero no busca construir sino...La victoria.
Hambre de gloria. De triunfo De seo. Me la ha puesto difícil...Pero ninguna cuesta imposible de
remontar es.
¿Contraatacamos?
¿O lanzamos otro cable a ver si esta vez lo coge?
Se toma una licencia Unai, para beber un poco del nuevo vino con que alguien ha rellenado su copa.
“Peleón este Rioja, joder. Peleón el chavalote también. Nadie querrá ir al infierno que ha descrito.
A ver cómo nos libramos de esta. Libre. Ser libre. No cordero manso. Elegir libertad o sumisión al
señor de los cielos. Suelos. Celos. Velos. Rostro. Descubrir...”

Pasó el ámbar carmesí hacia sus entrañas. Ahora es el paso al frente. El vino renueva y aplaca.
Ahora, su turno: Lucifer al habla.
No diga que no le favorece esa noche y ese ambiente macabro.
No diga que no se siente cómodo en esas catacumbas, su mejor escenario.
Divague Unai, divague. Con infiernos que arden, con agua que clama.

“No temas amigo al infierno


que la triste paloma revela
no existe el castigo eterno
ni es mi casa una condena
con el cielo no hay diferencias
son dos caras de la misma moneda”

Bien...Pero...
No ha terminado de convencerlo éste último. Se ha quedado a mitad de camino. Lo sabe Unai que
baja la vista. Lo sabe Lezcano que se crece. - Ahora te bajo de un hondazo, Rojas - piensa,aunque al
segundo se contiene - No hay que confiarse... Se cuentan muchas cosas del Cóndor...Que ha vuelto
de las peores. Que nunca hay que darlo por muerto. Además, el error no fue tan grave, la sangre no
llegó al río-
Pero sin duda le dejó la puerta abierta para un ataque. Olvido. Memoria. Historia.
Hay juego para aprovechar. Jugo para sacar.
El que mira la tierra ahora es Rojas. Está contraído, destilando odio. Una laguna la tiene cualquiera,
pero “¡una laguna justo en ese momento, carajo!!”
Que haya lío era de esperar. Uno de los paisanos de la Finca Grande sale con una gracia. Está
bastante mamao y se mete con el olvido del Cóndor. Y en este momento Rojitas no está para
bromas;En un suspiro se le planta en frente con el facón en la mano.
El paisanito, que se reía, se queda mudo, pero sobre todo se queda blanco.
Y es curioso y gracioso a la vez. Están cara a cara:
Rojas,colorao de bronca;
El paisano, pálido de miedo.
Si lo pincha se acaba todo... Pero no. El Cóndor se conforma con un chirlo bien puesto. Y Lautaro
Cano, que así se llama el paisano, siente el cachetazo cómo una bendición divina. “Tal vez es Dios
quién guía aquella mano”.

“Le voy a enseñar a tener la boca cerrada, canejo” masculla el viejo cuando vuelve a sentarse.
A Juan Salvador, la interrupción lo ha jodido lindo, le ha vaciao el marote. ¿Qué estaba pensando?
Atacar el olvido del viejo. La memoria que se va con los años. Un cóndor no es un elefante...
Y se lanzan una vez más sus zarpas a rasgar los tentáculos del tiempo.
Se tensa la cuerda grave en suave resonancia.
El polvo de la tierra flota, no terminó de asentarse aún. El rayo de una luz postrera traspasa sus finas
hebras en prisma de sol.
¡A cantar Salvador!
Un Cóndor no es elefante, no

“Le respondo mi amigo Rojas


a su olvido prematuro

dejeme contestarle Rojas


a su olvido prematuro

No se tome con apuro


los versos de este cachorro
aunque sea usted listo zorro
con firmeza le aseguro
que tengo el animo duro
a usted la cabeza le afloja
yo no sé si sera la edad
o que perdió la sobriedad
con tinto de La Rioja.”

Las ocurrencias del mocito hacen reír con ganas a todo el rancho. “Y no es sólo que saque lindas
rimas sino que también tiene arte este Txaparroa...” es lo que deben estar pensando en la taberna
todos.
“No me den por muerto aún, que de peores he salido. Aunque esta vez...No lo sé, le he dejado
demasiada rienda y ni el diablo, ni el diablo esta vez...”ve difícil Unai la controversia, aunque se
debe en gran parte eso a que medio ciego (por la noche, por el vino) va.
Pero no es excusa, el Txiki, su rival, más borracho que él, mucho más. Los pocos que aún quedan
lúcidos intentan comprender: ¿Cómo hace para sacar esos versos? ¿Cómo hace para mantenerse en
pie? Los demás tugurian: Cantan sin entonar, discuten sin enfocar, arguyen sin pensar, gritan sin
escuchar y a casi nadie le interesa que es de Unai turno de recitar.
A él, todavía menos...Está cómodo en su propio más allá. “Así será un infierno cuando es
encantador ¿Verdad? ¿Si la taberna bebiera? De agua de lluvia borracha va. Itsuturik egon. A
potar hombre! A potar hombres fuera todos al charco del agua del canto de la lluvia de la noche
del silencio de sangre. Puaj!”

- Que voy a cantar! Silencio! Isilik!! Ixo! - Reclama su lugar y la marea de voces va bajando al
tiempo que el arrullo de la lluvia se escora lánguido alrededor. “Cómo agua ha caído el señor del
infierno y casi vencido va. Dejémosle, al pobre diablo, la última oportunidad”

“Compañeros en la soledad
Aparta de mí ese mal!
Gritamos en vano a la divinidad
fácil hablar de pureza, fácil hablar de bondad
no entiendes, nuestro Señor, la humanidad
que está perdida y yo la encuentro,
y con artes de pobre diablo la intento aliviar”

“A esta altura de la noche, ya nadie está en condiciones de valorar cómo se debe tal maestría en el
canto” es lo que no piensa nadie, ni siquiera Unai que ha ido a buscar la poesía allí dónde nadie la
encuentra. Pero aún pudiendo encontrar palabras, no puede encontrarse a sí mismo. Acabó por esta
noche esto. Xabi está aún peor pero nadie duda que Lezcano puede contestar con altura a las últimas
décimas del Cóndor, no después de lo que demostró esta tarde. Pero el joven Juan Salvador no
piensa en versos,ya no rima con plumas sino con espadas...Ni él ni su china se merecían esas
palabras del viejo hijoputa éste que se vé que se quedó calentito con la reciente gracia del paisano
Lautaro Cano y que, sobre todo, está endiablao porque sabe que lleva las de perder con él. Por eso
es que comenzó con los golpes bajos el Cóndor. “Un bicho de cuidado” le habían dicho, pero no, el
no es corderito manso no y entonces, o se la come y sigue cantando o se le para y se arma el
quilombo.
Sabe que Rojas está esperando lo segundo y que todos ahí creen que por ser más joven se va a
quedar con lo primero. Pero el no es un cordero y al matadero no va a dejarse llevar y si que pesa
este chaval piensa Unai mientras arrastra como puede al Txiki al patio para que vomite. ¡Te me has
pasao de copas chaparro! Le dice y el otro ni siquiera levanta la cabeza, el aire de la lluvia se siente
fresco fuera y el sol ya está en el horizonte, teñido de rojo cómo pronto se teñirá la tierra. Lezcano
siente el cuchillo en descanso contra su cuerpo, Rojas desde hace rato que lo tiene en la mano. Se
enrosca el poncho en la zurda y saca a respirar el facón. El Cóndor juguetea con el suyo. “A mi no
me hacen falta ponchos ni mariconadas” dice “enanos como este me fileteo todos los días” y claro
siempre están los chupamedias hueleculos que se ríen de todo lo que dice.
No hay demasiado ritual, salir al fresco, escupir en el polvo y a acuchillarse. Y “a ver quien anda
con suerte hoy” Está enojado Rojas, eso quizás lo favorezca, ahí viene con todo, otra más “Vamos,
Xabi” dice Unai mientras le palmea suavemente la espalda al chico que no termina de lanzar toda la
mierda que tiene dentro, la lluvia que parecía haber parado ha vuelto a atacar con más ganas la
segunda vez, esta le pasó cerca “es rápido el viejo y mierda este” piensa Juan Salvador que sabe
que en el próximo cruce tendrá su chance. El Cóndor ataca siempre de costado, confía demasiado en
su velocidad pero no tiene técnica, pelea cómo canta este chaval, la verdad que tiene futuro, si no se
pierde en el alcohol y si es constante. Tiene futuro, lo veo algún día ganando la Txapela, vamos, una
más y nos vamos. Que todavía tengo que llegar a casa bajo la lluvia...El joven lanza las últimas
arcadas, puro bilis, pura baba goteando en la tierra que recibe agua, baba, bilis, vómito y sangre que
comienza a gotear despacio de las tripas del Cóndor. Salvador recibió el puntazo en el brazo, nada
grave, pero este Cóndor no va a volar más...Siguen pegados los dos, Lezcano sabe que tiene que
esperar que deje de luchar porque este lo va a querer clavar hasta último momento, dejar que se
ponga blando, que las fuerzas le abandonen ahora Xabier ya camina con un poco más de fuerza,
vomitar siempre hace bien y Unai piensa que después de todo sí que construyeron algo, algo que
quedó a medias...Aunque...¿Quién decide cuando algo está a medias y cuando está completo? Las
controversias siempre se hacen de a dos empieza a divagar Unai nuevamente y el arte, el arte
también siempre se hace de a dos, siempre hay una constante lucha que a veces se gana y a veces se
pierde pensara Rojas que ganó muchas pero en esta le tocó perder “Hijo de mil puta” le dice con las
últimas fuerzas a Lezcano que no suelta el mango-de-la-hoja-metida en el estómago de su rival
todavía; Y sí,en este oficio hay que tener arte pero sobre todo hay que tener huevos piensa Lezcano
que hoy ganó pero que quizás otro día no tenga tanta suerte.

Libros de ocasión
Sucedió en Madrid. No recuerdo con exactitud la fecha pero hacía frío. Seguramente fue en el
otoño, aún no estaban en las calles las luces de navidad.
No era mi primera vez allí, mi trabajo me exige viajar mucho y a muchos lugares. Esto no me
importa en absoluto, hay sólo una cosa que disfruto más que viajar, no diré cual es, yo lo sé y con
eso me basta.
En Madrid me sentía como en casa, no había rincón que no hubiera explorado, no había rincón que
no deseara volver a conocer. Amaba caminar a lo largo de la Gran Vía desde Plaza España hasta
Alcalá ida y vuelta decenas de veces, amaba perderme en las callejuelas vecinas a la Puerta del Sol
y despreocuparme paseando por el Retiro... Me gustan tantas cosas más de esta ciudad pero ya no
las mencionaré, esto se está pareciendo a un folleto turístico de la peor clase, lo admito.
Sólo diré una cosa más, Madrid es de ese tipo de ciudades...
Ciudades que son al mismo tiempo una ciudad pero que también son el universo. Sólo en Madrid
podría ser posible lo que voy a relatar.

Durante varias horas me había olvidado de mí mismo caminando por el vientre del gusano infinito
(no se llega a ningún lado allí, siempre hay un más allá) hasta que me vine a encontrar parado frente
al edificio de la Biblioteca Nacional.
Nunca había entrado en aquel gigantesco edificio repleto de libros. Pensé (inevitablemente) en
Borges. ¿Sería posible que todos los libros del universo estuvieran allí? Mi razón me dijo que no,
aunque me acercó una idea que me sirvió de sostén: “A lo mejor sólo están los libros que merecen
ser leídos”
Aquella última idea no me gustaba. Me parecía, como poco, intolerante y elitista. Además estaba el
gran problema ¿Quién decide cuales son esos libros? ¿A que clase de bibliotecario maravilloso
encargaríamos aquella tarea? Otra vez Georgie...

Pero el color de la luz reinante me advertía: Esta tampoco sería la vez que entraría a ese otro
universo. Había oscurecido ya. Babel-Babilonia estaría cerrado para seres humanos por aquel día de
hoy.
Giré para bajar hacia la Cibeles y una hilera de luces llamó mi atención sobre el paseo de Recoletos.
Las luces provenían de varias casillas puestas en fila una al lado de otra; Uno de esos típicos
mercadillos donde hippies (y no hippies) venden todo tipo de artesanías y cosas por el estilo.
Parecía que la Feria era grande, las lamparitas colgaban a lo lejos. Calculé que llegarían hasta la
Cibeles misma.
No tenía cosas más importantes que hacer por el momento así que, desganado, me dirigí hacia allí.
Pasear por ciertas regiones nunca está de más.
Sin embargo, al llegar cerca de los primeros puestos comprendí, con alegría, que había estado en un
error. Varios carteles a lo largo del paseo me informaban de mi equivocación.

“Feria del libro usado y de ocasión”

Fue una sorpresa agradable. Más que agradable diría yo, las ferias de libros usados están entre mis
lugares preferidos sobre la faz de la tierra.

***

Alguna vez he creído que quería dedicarme a ello; Comprar y vender libros de segunda mano. Pero
he creído tantas cosas en mi vida...He creído ser socialista, he creído ser honrado, he creído ser
buena persona, hasta he creído ser argentino...
Las evidencias me mostraron que soy demasiado egoísta para creer. Por eso me dedico a lo que me
dedico. Soy, por decirlo de una manera amable, un solucionador de problemas, un mercenario de
poca monta...

Respiré hondo y me metí de lleno en la feria. Se sabe, las cosas buenas nunca están en los primeros
puestos, así que ignoré las primeras tres casetas y me preparé a deleitarme en el placer de buscar por
buscar.
El primer puesto donde me detuve prometía: Crimen y Castigo, El Castillo, algo de Soriano,
Ficciones, Uno de los Trópicos (no recuerdo cúal), Fitzgerald, Estrella distante...
Cuando deje de vagar entre los títulos, noté que el vendedor me miraba expectante, aparentemente
había pasado demasiado tiempo frente a su puesto como para no comprar nada,por lo que me sentí
en la obligación de llevar algo.
Elegí una versión en francés de la Peste. Mi francés es lamentable y aquella era la ocasión ideal
para mejorarlo. En la primera hoja había una dedicatoria (en francés, claro) para un tal Jacques P.

“Le vrai pataphysicien ne prend rien au sérieux, sauf la ’Pataphysique ... qui consiste à ne rien
prendre au sérieux”

Traté sin éxito de comprender aquella frase, que no parecía una dedicatoria en absoluto. Más tarde
lo intentaría, diccionario de por medio.

Sin prisas seguí sumergiéndome en aquellas ruinas, en aquel país devastado y, aún así, repleto de
algo que yo me figuraba como sabiduría memorable y secreta.
Dejándome llevar por la marea de cuerpos sin rostros. Descubriendo. Gozando....
Y olvidando todo: mis obligaciones, el contrato que había firmado, la desagradable tarea que me
esperaba (y que cada vez me costaba más realizar) En aquel universo el tiempo no era nuestro
enemigo...
Me maravillé al encontrar una edición original del Tristam Shandy que a duras penas me contuve
de comprar (sabía que todavía no era mi tiempo de leerlo). Sin embargo no me pude resistir al Adán
Buenosayres que me esperaba en una fila catalogada bajo el ignominioso título de “Literatura
Latinoamericana”.
Tuve que contenerme varias veces más; Con una edición bilingüe de Baudelaire; Con los siempre
esquivos Gargantua y Pantagruel; Con algo de Marlowe (el siempre me tienta).
Pero encuentro un cierto placer en no apresurarme, en dejarle la decisión al destino o a la
suerte...Ellos seguirán esperándome. Algún día, a la sombra, tendremos nuestro momento.

Así fue que llegué a ese puesto donde se derrumbaban todas las murallas. Recuerdo que estaba
ubicado en el centro exacto de la Feria.
Ahora, tiempo después, puedo pensar en cosas más poéticas o trascendentales que en aquel
momento de sorpresa no vinieron a mi mente: Que no sólo era el centro exacto de la Feria, tal vez
era el centro de la tierra o del universo. O sólo el centro.
El chico no tendría más de veinte años y masticaba mirando al infinito. Yo deje a mis ojos
sobrevolar tranquilos, identificando categorías, títulos, nombres, apellidos.
Y allí estaba.
Ulises.
De James Joyce.

Ya lo tenía, claro. Ya lo había leído, claro. Mil veces lo había leído, o mejor dicho, mil veces había
intentado leerlo y en una ocasión lo había conseguido. Allí estarían Stephen, Boylan, Las sirenas y
Bloom tirándose pedos, la cojita y Bloom mojándose por ella.
Y Dublín. Sobre todo Dublín.
Otra cosa me había llamado la atención además de la obra en sí misma, la edición era la misma que
yo había leído, de una colección de Seix Barral de los años ochenta, volúmenes de tapas blandas y
color crema con la firma del autor en letras doradas.
Ya antes de abrirlo comencé a notar señales inquietantes; Unos rayones de lapicera azul en la tapa,
la punta inferior derecha de la portada cortada en triángulo.
Ya en la primera página descubrí con una tranquila sensación de pánico (y con un pequeño temblor
en un párpado) lo que deseaba no encontrar, el dibujo de un niño de siete u ocho años: Un auto, un
árbol y una casa con chimenea; Dos hombres hechos con trazos estaban parados frente a frente, El
de la izquierda tenía una pistola que, el estallido del cañón lo advertía, acababa de disparar una
desproporcionada y perfecta bala. La bala se dirigía al segundo hombre que observaba hacia el
lector con las manos levantadas. Tanto la chimenea como el caño de la pistola desprendían una fina
estela de humo...
Fui a la última página. Las letras, garabateadas tal como creía recordarlas, formaban el inequívoco
nombre de mi madre.
Yo había dibujado aquello. Aquel Ulises era mi Ulises.

***

No creo haber estado frente a aquel puesto tanto tiempo como recuerdo haberlo estado. Estoy
seguro que todas las explicaciones posibles que desfilaron por mi mente lo hicieron a la velocidad
del rayo. En ese momento me contenté con la más obvia. Habrían pasado tres o más años desde la
última vez que había releído algún capítulo de ese Ulises. Estaba en mi casa materna, en Tandil, en
Argentina. Alguien lo habría vendido (no mi madre). O robado y vendido. Habría viajado con otras
ferias por Argentina. Alguien lo habría comprado y traído a este lado del mundo.
Lo menos que podía hacer era recuperarlo. Por nostalgia. Por el placer de observar como se
materializaba el asombroso poder de la casualidad. Por lo que fuera, le dije al chico que me lo
llevaba.
 ¿Cuanto te debo? - pregunté
Cuando giró hacia mí entendí porque parecía mirar a lo lejos. Era ciego. Sin embargo me clavó sus
ojos como si estuviera estudiándome; Su entrecejo estaba en tensión; su boca, entreabierta con una
expresión que me pareció de gracia o de sorna.
 El Ulises – le dije.
 El Ulises – repitió.
Continuó unos segundos calculando algo, en ese momento no entendí qué. Su expresión era cada
vez más divertida. Finalmente dijo:
 Cuarenta euros con treinta -
Era una suma demasiado alta para ferias de ese tipo, pero en ese momento no me importaba pagar
diez veces más...Sin embargo, sin embargo...

No soy un hombre rico, pero tampoco soy pobre, me pagan muy bien mi trabajo (es un trabajo que
no cualquiera hace) y por costumbre ( y también por necesidad ) suelo llevar una aceptable cantidad
de dinero. Pero, justamente aquella noche, en mi bolsillo sólo cargaba con treinta y nueve euros,
además de la Beretta y del silenciador.
El chico se había desentendido y miraba de nuevo hacia algún lugar de la noche. Le ofrecí los
treinta y nueve euros y no aceptó, le ofrecí los treinta y nueve euros y mi reloj de quinientos dolares
y no aceptó. Registré mis bolsillos con detenimiento y sólo encontré treinta céntimos más. Su
respuesta seguía invariable:

- Tú no puedes llevártelo -

Pensé en robarlo pero no podía arriesgarme, no esa noche. Estuve a punto de ir en busca de un
cajero electrónico pero supe que al volver ya no encontraría el libro y, seguramente, tampoco el
puesto.
Abrí de nuevo en la primera página, ví mi dibujo y sentí el escalofrío.
El chico del puesto movía la boca, parecía hablar con alguien. Lo odié, pero sólo por un segundo.
Como yo, sólo trabajaba para alguien más.
Me resigné a volver a entrar dentro del tiempo, del mundo, del universo.
Metí la mano en el bolsillo y tomé la pistola, necesitaba aferrarme a algo para el regreso.
Me alejé de allí con la cabeza gacha.
Antes de meter la otra mano en el bolsillo miré mi reloj de quinientos dolares, tenía tiempo
suficiente para tomar un café antes de dirigirme a la casa del hombre que me habían encargado
liquidar.

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