30 Cuentos
30 Cuentos
Érase una vez un bosque donde vivían muchos animales y donde todos eran
muy amiguitos. Una mañana un pequeño conejo llamado Tambor fue a
despertar al búho para ir a ver un pequeño cervatillo que acababa de nacer. Se
reunieron todos los animalitos del bosque y fueron a conocer a Bambi, que así
se llamaba el nuevo cervatillo. Todos se hicieron muy amigos de él y le fueron
enseñando todo lo que había en el bosque: las flores, los ríos y los nombres de
los distintos animales, pues para Bambi todo era desconocido.
Todos los días se juntaban en un claro del bosque para jugar. Una mañana, la
mamá de Bambi lo llevó a ver a su padre que era el jefe de la manada de todos
los ciervos y el encargado de vigilar y de cuidar de ellos. Cuando estaban los
dos dando un paseo, oyeron ladridos de un perro. “¡Corre, corre Bambi! -dijo el
padre- ponte a salvo”. “¿Por qué, papi?”, preguntó Bambi. Son los hombres y
cada vez que vienen al bosque intentan cazarnos, cortan árboles, por eso
cuando los oigas debes de huir y buscar refugio.
Pasaron los días y su padre le fue enseñando todo lo que debía de saber pues
el día que él fuera muy mayor, Bambi sería el encargado de cuidar a la manada.
Más tarde, Bambi conoció a una pequeña cervatilla que era muy muy guapa
llamada Farina y de la que se enamoró enseguida. Un día que estaban jugando
las dos oyeron los ladridos de un perro y Bambi pensó: “¡Son los hombres!”, e
intentó huir, pero cuando se dio cuenta el perro estaba tan cerca que no le
quedó más remedio que enfrentarse a él para defender a Farina. Cuando ésta
estuvo a salvo, trató de correr pero se encontró con un precipicio que tuvo que
saltar, y al saltar, los cazadores le dispararon y Bambi quedó herido.
Había una vez, una alegre y despreocupada cigarra, a la que le encantaba pasar
el verano cantando, sin pensar en nada más. En el lado contrario, se encontraba
su vecina, una trabajadora hormiga, que tan solo vivía para trabajar y recolectar
comida.
Cuando el invierno, hizo acto de presencia, la cigarra se encontró con que nada
había previsto para calentarse, ni alimentarse durante esta gélida estación. Muerta
de hambre y de frío, recordó a aquella pequeña hormiguita, que siempre pasaba
por su casa, cargada de comida, a la que decidió pedir ayuda, para aliviar su
penosa situación.
-Me gustaría ayudarte cigarra, pero ¿no te reías de mí, mientras trabajaba en el
verano? ¿Qué te impedía imitarme?
-Pues en lugar de hacer tanto el vago, mejor te hubiera valido dedicar un poco de
tu tiempo a guardar para el invierno.
Debajo un botón, ton, ton, del señor Martín, tin, tin, había un ratón, ton, ton, iay!
qué chiquitín, tin, tin.
¡Ay! qué chiquitín, tin, tin, era aquel ratón, ton, ton, que encontró Martín, tin. tin,
debajo un botón, ton, ton.
Es tan juguetón, ton, ton, el señor Martín, tin, tin, que metió al ratón, ton, ton, en
un calcetín, tin, tin.
En un calcetín, tin, tin, vive aquel ratón, ton, ton, lo metió Martín, tin, tin, porque es
juguetón, ton, ton.
Debajo un botón, ton, ton, del señor Martín, tin, tin, había un ratón, ton, ton, iay!
qué chiquitín, tin, tin.
¡Ay! qué chiquitín, tin, tin, era aquel ratón, ton, ton, que encontró Martín, tin, tin,
debajo un botón, ton, ton...
EL BURRO ENFERMO
... Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de la
extensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos.
El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores
durante todo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con
todo lo que representaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba
su casa y sus pertenencias.
–Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa.
No, así no se preparan las sorpresas.
Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que
antes, mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus
rosas, siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera,
estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo.
Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta
que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la
tierra; el caracol se escondió bajo el suelo.
Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo
mismo.
–Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando en
morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho
valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que
no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy
distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo
seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?
EL ENANO SALTARIN
Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que
incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al
interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: - Además de
bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca. El rey,
francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y
la llevó con él a palacio.
Una vez en el castillo, el re y ordenó que condujesen a la hija del molinero a una
habitación repleta de paja, donde había también una rueca: - Tienes hasta el alba
para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo
contrario, serás desterrada. La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que
apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su
collar.
La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja
que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de
paja y la habitación refulgía por el oro. Cuando el rey vio la proeza, guiado por la
avaricia, espetó: - Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación. - Y le
señaló una estancia más grande y más repleta de oro que la del día anterior.
Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido
sus órdenes, anunció: - Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré
mi esposa - Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca
encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo
apareció el grotesco enano: - ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu
problema? - Preguntó, saltando, a la chica.
.
EL ERROR DE AMADEO
Un día llegó corriendo al almacén del pueblo, gritando y presumiendo de ser muy
listo.
-Cazaré todos los animales de la montaña -dijo riéndose- Entonces todos querréis
invitarme, abrazarme y sacarm e fotos.
-Cuando soplo en esa flauta, puedo imitar el sonido del animal que quiera: ciervos,
leones, osos...
Amadeo, enfadado, salió del almacén y se marchó a las Montañas Nubladas con
comida abundante, su flauta y una escopeta.
En efecto, un cervatillo rojo lo oyó y salió de entre los árboles. Con mucha calma,
Amadeo cargó el arma y apuntó.
Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada
de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el
establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera.
Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la
granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de
trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y
todos sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? les preguntó.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.
Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un
agujerito en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y
maduró, convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo? preguntó la gallinita roja.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.
Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su
piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus
compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo trillaré yo.
LA RANITA PRESUMIDA
Erase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo
su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla... una moneda de oro.
La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda.
El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: -
Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo? - . Y la ratita le dijo:
- No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches? - . Y el gatito con voz suave
y dulce le dice: - Miau, miau- . - Ay sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.-
Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce voz. Los dos juntos
fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este
Si con lo hermoso que soy diera ademas fruto, se dijo, ningun arbol del mundo
podria compararse conmigo.
Y decidio observar a los otros arboles y hacer lo mismo con ellos. Por fin, en lo
alto de su erguida copa, apunto un bellisimo fruto.
Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.
Tanto y tanto creció aquel fruto, que se hizo demasiado grande. La copa del cedro,
no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y cuando el fruto maduro, la copa, que
era el orgullo y la gloria del arbol, empezo a tambalearse hasta que se troncho
pesadamente.
¡A cuantos hombres, como el cedro, su demasiada ambicion les arruina!
Fin
El árbol mágico
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro
encontró un árbol con un cartel que decía: soy un árbol encantado, si dices las
palabras mágicas, lo verás.
El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del
mundo, y por eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las palabras
mágicas
La princesa de fuego
Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de
pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo
publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero
a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de
cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos
regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra.
Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad,
mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi
corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una
piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún
otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada.
Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante
meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro
como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego;
al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una
bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el
fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante. Durante
los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la
piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo
importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país
tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por
su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión
por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de
fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que
tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la
princesa hasta el fin de sus días
El cohete de papel
Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia la
luna, pero tenía tan poco dinero que no podía comprar ninguno. Un día, junto a la
acera descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos, pero al abrirla descubrió
que sólo contenía un pequeño cohete de papel averiado, resultado de un error en
la fábrica.
El niño se apenó mucho, pero pensando que por fin tenía un cohete, comenzó a
preparar un escenario para lanzarlo. Durante muchos días recogió papeles de
todas las formas y colores, y se dedicó con toda su alma a dibujar, recortar, pegar
y colorear todas las estrellas y planetas para crear un espacio de papel. Fue un
trabajo dificilísimo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de su
habitación parecía una ventana abierta al espacio sideral.
Desde entonces el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta
que un compañero visitó su habitación y al ver aquel espectacular escenario, le
propuso cambiárselo por un cohete auténtico que tenía en casa. Aquello casi le
volvió loco de alegría, y aceptó el cambio encantado.
Desde entonces, cada día, al jugar con su cohete nuevo, el niño echaba de menos
su cohete de papel, con su escenario y sus planetas, porque realmente disfrutaba
mucho más jugando con su viejo cohete. Entonces se dio cuenta de que se sentía
mucho mejor cuando jugaba con aquellos juguetes que él mismo había construido
con esfuerzo e ilusión.
Y así, aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando
creció, se convirtió en el mejor juguetero del mundo.
El niño que insultaba
demasiado
- ¡Oh, Gran Mago! ¡Ha ocurrido una tragedia! El pequeño Manu ha robado el elixir
con el hechizo Lanzapalabras.
- ¿Manu? ¡Pero si ese niño es un maleducado que insulta a todo el mundo! Esto
es terrible.. ¡hay que detenerlo antes de que lo beba!
Pero ya era demasiado tarde. Manu recorría la ciudad insultado a todos solo para
ver cómo sus palabras tomaban forma y sus letras se lanzaban contra quien fuera
como fantasmas que, al tocarlos, los atravesaban y los transformaban en aquello
que hubiera dicho Manu. Así, siguiendo el rastro de tontos, feos, idiotas, gordos y
viejos, el mago y sus ayudantes no tardaron en dar con él.
- ¡Deja de hacer eso, Manu! Estás fastidiando a todo el mundo. Por favor, bebe
este otro elixir para deshacer el hechizo antes de que sea tarde.
- ¡No quiero! ¡Esto es muy divertido! Y soy el único que puede hacerlo ¡ja, ja, ja, ja!
¡Tontos! ¡Lelos! ¡Calvos! ¡Viejos! - gritó haciendo una metralleta de insultos.
- Tengo una idea, maestro - digo uno de los ayudantes mientras escapaban de las
palabras de Manu- podríamos dar el elixir a todo el mundo.
- ¿Estás loco? Eso sería terrible. Si estamos así y solo hay un niño insultando,
¡imagínate cómo sería si lo hiciera todo el mundo! Tengo que pensar algo.
En los siete días que el mago tardó en inventar algo, Manu llegó a convertirse en
el dueño de la ciudad, donde todos le servían y obedecían por miedo. Por suerte,
el mago pudo usar su magia para llegar hasta Manu durante la noche y darle unas
gotas de la nueva poción mientras dormía.
Manu se despertó dispuesto a divertirse a costa de los demás. Pero en cuanto
entró el mayordomo llevando el desayuno, cientos de letras volaron hacia Manu,
formando una ráfaga de palabras de las que solo distinguió “caprichoso”, “abusón”
y “maleducado”. Al contacto con su piel, las letras se disolvieron, provocándole un
escozor terrible.
El elefante fotógrafo
Había una vez un elefante que quería ser fotógrafo. Sus amigos se reían cada vez
que le oían decir aquello:
- Qué tontería - decían unos- ¡no hay cámaras de fotos para elefantes!
- Qué pérdida de tiempo -decían los otros- si aquí no hay nada que fotografíar...
Pero el elefante seguía con su ilusión, y poco a poco fue reuniendo trastos y
aparatos con los que fabricar una gran cámara de fotos. Tuvo que hacerlo
prácticamente todo: desde un botón que se pulsara con la trompa, hasta un
objetivo del tamaño del ojo de un elefante, y finalmente un montón de hierros para
poder colgarse la cámara sobre la cabeza.
Así que una vez acabada, pudo hacer sus primeras fotos, pero su cámara para
elefantes era tan grandota y extraña que paracecía una gran y ridícula máscara, y
muchos se reían tanto al verle aparecer, que el elefante comenzó a pensar en
abandonar su sueño.. Para más desgracia, parecían tener razón los que decían
que no había nada que fotografiar en aquel lugar...
Pero no fue así. Resultó que la pinta del elefante con su cámara era tan divertida,
que nadie podía dejar de reir al verle, y usando un montón de buen humor, el
elefante consiguió divertidísimas e increíbles fotos de todos los animales, siempre
alegres y contentos, ¡incluso del malhumorado rino!; de esta forma se convirtió en
el fotógrafo oficial de la sabana, y de todas partes acudían los animales para
sacarse una sonriente foto para el pasaporte al zoo.
Los últimos dinosaurios
En el cráter de un antiguo volcán, situado en lo alto del único monte de una región
perdida en las selvas tropicales, habitaba el último grupo de grandes
dinosaurios feroces. Durante miles y miles de años, sobrevivieron a los cambios
de la tierra y ahora, liderados por el gran Ferocitaurus, planeaban salir de su
escondite para volver a dominarla.
Ferocitaurus era un temible tiranosaurus rex que había decidido que llevaban
demasiado tiempo aislados, así que durante algunos años se unieron para trabajar
y derribar las paredes del gran cráter. Y cuando lo consiguieron, todos prepararon
cuidadosamente sus garras y sus dientes para volver a atermorizar al mundo.
Al abandonar su escondite de miles de años, todo les resultaba nuevo, muy
disitinto a lo que se habían acostumbrado en el cráter, pero siguieron con paso
firme durante días. Por fin, desde lo alto de unas montañas vieron un pequeño
pueblo, con sus casas y sus habitantes, que parecían pequeños puntitos. Sin
haber visto antes a ningún humano, se lanzaron feroces montaña abajo,
dispuestos a arrasar con lo que se encontraran...
Pero según se acercaron al pueblecito, las casas se fueron haciendo más y
más grandes, y más y más.... y cuando las alcanzaron, resultó que eran
muchísimo más grandes que los propios dinosaurios, y un niño que pasaba
por allí dijo: "¡papá, papá, he encontrado unos dinosaurios en miniatura! ¿puedo
quedármelos?".
Así las cosas, el temible Ferocitaurus y sus amigos terminaron siendo las
mascotas de los niños del pueblo, y al comprobar que millones de años de
evolución en el cráter habían convertido a su especie en dinosaurios enanos,
aprendieron que nada dura para siempre, y que siempre hay estar dispuesto a
adaptarse. Y eso sí, todos demostraron ser unas excelentes y divertidas
mascotas.
El gran lío del pulpo
Había una vez un pulpo tímido y silencioso, que casi siempre andaba solitario
porque aunque quería tener muchos amigos, era un poco vergonzoso. Un día, el
pulpo estaba tratando de atrapar una ostra muy escurridiza, y cuando quiso darse
cuenta, se había hecho un enorme lío con sus tentáculos, y no podía moverse.
Trató de librarse con todas sus fuerzas, pero fue imposible, así que tuvo que
terminar pidiendo ayuda a los peces que pasaban, a pesar de la enorme
vergüenza que le daba que le vieran hecho un nudo.
Muchos pasaron sin hacerle caso, excepto un pececillo muy gentil y simpático que
se ofreció para ayudarle a deshacer todo aquel lío de tentáculos y ventosas. El
pulpo se sintió aliviadísimo cuando se pudo soltar, pero era tan tímido que no se
atrevió a quedarse hablando con el pececillo para ser su amigo, así que
simplemente le dió las gracias y se alejó de allí rápidamente; y luego se pasó toda
la noche pensando que había perdido una estupenda oportunidad de haberse
hecho amigo de aquel pececillo tan amable.
Un par de días después, estaba el pulpo descansando entre unas rocas, cuando
notó que todos nadaban apresurados. Miró un poco más lejos y vio un enorme pez
que había acudido a comer a aquella zona. Y ya iba corriendo a esconderse,
cuando vio que el horrible pez ¡estaba persiguiendo precisamente al pececillo que
le había ayudado!. El pececillo necesitaba ayuda urgente, pero el pez grande era
tan peligroso que nadie se atrevía a acercarse. Entonces el pulpo, recordando lo
que el pececillo había hecho por él,sintió que tenía que ayudarle como fuera, y sin
pensarlo ni un momento, se lanzó como un rayo, se plantó delante del gigantesco
pez, y antes de que éste pudiera salir de su asombro, soltó el chorro de tinta más
grande de su vida, agarró al pececillo, y corrió a esconderse entre las rocas. Todo
pasó tan rápido, que el pez grande no tuvo tiempo de reaccionar, pero enseguida
se recuperó. Y ya se disponía a buscar al pulpo y al pez para zampárselos,
cuando notó un picor terrible en las agallas, primero, luego en las aletas, y
finalmente en el resto del cuerpo: y resultó que era un pez artista que adoraba los
colores, y la oscura tinta del pulpo ¡¡le dió una alergia terrible!!
Así que el pez gigante se largó de allí envuelto en picores, y en cuanto se
fue, todos lo peces acudieron a felicitar al pulpo por ser tan valiente. Entonces el
pececillo les contó que él había ayudado al pulpo unos días antes, pero que nunca
había conocido a nadie tan agradecido que llegara a hacer algo tan peligroso. Al
oir esto, los demás peces del lugar descubrieron lo genial que era aquel pulpito
tímido, y no había habitante de aquellas rocas que no quisiera ser amigo de un
pulpo tan valiente y agradecido.
El hada fea
Había una vez una aprendiz de hada madrina, mágica y maravillosa, la más lista y
amable de las hadas. Pero era también una hada muy fea, y por mucho que se
esforzaba en mostrar sus muchas cualidades, parecía que todos estaban
empeñados en que lo más importante de una hada tenía que ser su belleza. En la
escuela de hadas no le hacían caso, y cada vez que volaba a una misión para
ayudar a un niño o cualquier otra persona en apuros, antes de poder abrir la boca,
ya la estaban chillando y gritando:
- ¡fea! ¡bicho!, ¡lárgate de aquí!.
Aunque pequeña, su magia era muy poderosa, y más de una vez había pensado
hacer un encantamiento para volverse bella; pero luego pensaba en lo que le
contaba su mamá de pequeña:
- tu eres como eres, con cada uno de tus granos y tus arrugas; y seguro que es
así por alguna razón especial...
Pero un día, las brujas del país vecino arrasaron el país, haciendo prisioneras a
todas las hadas y magos. Nuestra hada, poco antes de ser atacada, hechizó sus
propios vestidos, y ayudada por su fea cara, se hizo pasar por bruja. Así, pudo
seguirlas hasta su guarida, y una vez allí, con su magia preparó una gran fiesta
para todas, adornando la cueva con murciélagos, sapos y arañas, y música de
lobos aullando.
Durante la fiesta, corrió a liberar a todas las hadas y magos, que con un gran
hechizo consiguieron encerrar a todas las brujas en la montaña durante los
siguientes 100 años.
Y durante esos 100 años, y muchos más, todos recordaron la valentía y la
inteligencia del hada fea. Nunca más se volvió a considerar en aquel país la
fealdad una desgracia, y cada vez que nacía alguien feo, todos se llenaban de
alegría sabiendo que tendría grandes cosas por hacer.
El pingüino y el canguro
Había una vez un canguro que era un auténtico campeón de las carreras, pero al
que el éxito había vuelto vanidoso, burlón y antipático.La principal víctima de sus
burlas era un pequeño pingüino, al que su andar lento y torpón impedía siquiera
acabar las carreras.
Un día el zorro, el encargado de organizarlas,publicó en todas partes que su
favorito para la siguiente carrera era el pobre pingüino. Todos pensaban que era
una broma, pero aún así el vanidoso canguro se enfadó muchísimo, y sus burlas
contra el pingüino se intensificaron. Este no quería participar, pero era costumbre
que todos lo hicieran, así que el día de la carrera se unió al grupo que siguió al
zorro hasta el lugar de inicio. El zorro los guió montaña arriba durante un buen
rato, siempre con las mofas sobre el pingüino, sobre que si bajaría rondando o
resbalando sobre su barriga...
Pero cuando llegaron a la cima, todos callaron. La cima de la montaña era un
cráter que había rellenado un gran lago. Entonces el zorro dio la señal de salida
diciendo: "La carrera es cruzar hasta el otro lado". El pingüino, emocionado, corrió
torpemente a la orilla, pero una vez en el agua, su velocidad era insuperable, y
ganó con una gran diferencia,mientras el canguro apenas consiguió llegar a la otra
orilla, lloroso, humillado y medio ahogado. Y aunque parecía que el pingüino le
esperaba para devolverle las burlas, este había aprendido de su sufrimiento, y en
lugar de devolvérselas, se ofreció a enseñarle a nadar.
Aquel día todos se divirtieron de lo lindo jugando en el lago. Pero el que más lo
hizo fue el zorro, que con su ingenio había conseguido bajarle los humos al
vanidoso canguro
Eduardo y el dragón
Eduardo era el caballero más joven del reino. Aún era un niño, pero era tan
valiente e inteligente, que sin haber llegado a luchar con ninguno, había
derrotado a todos sus enemigos. Un día, mientras caminaba por las montañas,
encontró una pequeña cueva, y al adentrarse en ella descubrió que era
gigantesca, y que en su interior había un impresionante castillo, tan grande, que
pensó que la montaña era de mentira, y sólo se trataba de un escondite para el
castillo.
Al acercarse, Eduardo oyó algunas voces. Sin dudarlo, saltó los muros del
castillo y se acercó al lugar del que procedían las voces.
-¿hay alguien ahí?- preguntó.
- ¡Socorro! ¡ayúdanos! -respondieron desde dentro-llevamos años encerrados aquí
sirviendo al dragón del castillo.
¿Dragón?, pensó Eduardo, justo antes de que una enorme llamarada estuviera a
punto de quemarle vivo. Entonces, Eduardo dio media vuelta muy
tranquilamente, y dirigiéndose al terrible dragón que tenía enfrente, dijo:
- Está bien, dragón. Te perdono por lo que acabas de hacer. Seguro que no
sabías que era yo
El dragón se quedó muy sorprendido con aquellas palabras. No esperaba que
nadie se le opusiera, y menos con tanto descaro.
- ¡Prepárate para luchar, enano!, ¡me da igual quien seas! -- rugió el dragón.
- Espera un momento. Está claro que no sabes quién soy yo. ¡Soy el guardián
de la Gran Espada de Cristal!.-siguió Eduardo, que antes de luchar era capaz de
inventar cualquier cosa- Ya sabes que esta espada ha acabado con decenas
de ogros y dragones, y que si la desenvaino volará directamente a tu cuello para
darte muerte.
Al dragón no le sonaba tal espada, pero se asustó. No le gustaba nada aquello de
que le pudieran cortar el cuello. Eduardo siguió hablando.
- De todos modos, quiero darte una oportunidad de luchar contra mí.
Viajaremos al otro lado del mundo. Allí hay una montaña nevada, y sobre su cima,
una gran torre. En lo alto de la torre, hay una jaula de oro donde un mago hizo
esta espada, y allí la espada pierde todo su poder. Estaré allí, pero sólo esperaré
durante 5 días
Una paz casi imposible
Gigantes y dragones eran enemigos desde siempre. Pero habían aprendido
mucho. Ya no eran tan tontos de montar guerras con terribles batallas en las que
morían miles de ellos. Ahora lo arreglaban cada año jugando partidas de bolos. Un
gigante contra un dragón. Quien perdía se convertía en esclavo del ganador. Si un
dragón ganaba tendría un musculoso gigante para todas las tareas pesadas. Si lo
hacía el gigante, tendría vuelos y fuego gratis para todo un año.
Así habían evitado las muertes, pero cada vez se odiaban más. Cada año los
ganadores eran más crueles con los perdedores, para vengarse por las veces que
habían perdido. Llegó un momento en que ya no querían ganar su partida de
bolos. Lo que querían era no perderla.
Y el que más miedo tenía era el gigante Yonk, el mejor jugador de bolos. Nunca
había perdido. Muchos dragones habían sido sus esclavos, y se morían de ganas
por verle perder y poder vengarse. Por eso Yonk tenía tanto miedo de perder.
Especialmente desde la partida del último año, cuando falló la primera tirada de su
vida. Y decidió cambiar algo.
Al año siguiente volvió a ganar. Cuando llegó a su casa con su dragón esclavo
este esperaba el peor de los tratos, pero Yonk le hizo una propuesta muy
diferente.
- Este año no serás mi esclavo. Solo jugaremos a los bolos y te enseñaré todos
mis secretos. Pero debes prometerme una cosa: cuando ganes tu partida el año
que viene, no maltratarás a tu gigante. Harás lo mismo que estoy haciendo yo
contigo.
El dragón aceptó encantado. Yonk cumplió su promesa: pasó el año sin volar ni
calentarse. También cumplió el dragón, y desde entonces ambos hicieron lo
mismo cada año. La idea de Yonk se extendió tanto que en unos pocos años ya
eran muchos los gigantes y dragones que se pasaban el día jugando a los bolos,
olvidándose de las luchas y los malos tratos, tratándose más como compañeros
de juegos que como enemigos.
Mucho tiempo después Yonk perdió su primera partida. Pero para entonces ya no
tenía miedo de perder, porque había sido él quien, renunciando a esclavizar a sus
dragones, había terminado con su odio, sembrando la primera semilla de aquella
paz casi imposible entre gigantes y dragones.
Una playa con sorpresa
No había nadie en aquella playa que no hubiera oído hablar de Pinzaslocas, terror
de pulgares, el cangrejo más temido de este lado del mar. Cada año algún turista
despistado se llevaba un buen pellizco que le quitaba las ganas de volver. Tal era
el miedo que provocaba en los bañistas, que a menudo se organizaban para
intentar cazarlo. Pero cada vez que creían que lo habían atrapado reaparecían los
pellizcos unos días después, demostrando que habían atrapado al cangrejo
equivocado.
El caso es que Pinzaslocas solo era un cangrejo con muy mal carácter, pero muy
habilidoso. Así que, en lugar de esconderse y pasar desapercibido como hacían
los demás cangrejos, él se ocultaba en la arena para preparar sus ataques. Y es
que Pinzaslocas era un poco rencoroso, porque de pequeño un niño le había
pisado una pata y la había perdido. Luego le había vuelto a crecer, pero como era
un poco más pequeña que las demás, cada vez que la miraba sentía muchísima
rabia.
Estaba recordando las maldades de los bañistas cuando descubrió su siguiente
víctima. Era un pulgar gordísimo y brillante, y su dueño apenas se movía. ¡Qué
fácil! así podría pellizcar con todas sus fuerzas. Y recordó los pasos: asomar,
avanzar, pellizcar, soltar, retroceder y ocultarse en la arena de nuevo. ¡A por él!
Pero algo falló. Pinzaslocas se atascó en el cuarto paso. No había forma de soltar
el pulgar. El pellizco fue tan fuerte que atravesó la piel y se atascó en la carne.
¿Carne? No podía ser, no había sangre. Y Pinzaslocas lo comprendió todo: ¡había
caído en una trampa!
Pero como siempre Pinzaslocas estaba exagerando. Nadie había sido tan listo
como para prepararle una trampa con un pie falso. Era el pie falso de Vera, una
niña que había perdido su pierna en un accidente cuando era pequeña. Vera no se
dio cuenta de que llevaba a Pinzaslocas colgado de su dedo hasta que salió del
agua y se puso a jugar en la arena. La niña soltó al cangrejo, pero este no escapó
porque estaba muerto de miedo. Vera descubrió entonces la pata pequeñita de
Pinzaslocas y sintió pena por él, así que decidió ayudarlo, preparándole una casita
estupenda con rocas y buscándole bichitos para comer.
¡Menudo festín! Aquella niña sí sabía cuidar a un cangrejo. Era alegre, divertida y,
además, lo devolvió al mar antes de irse.
- Qué niña más agradable -pensó aquella noche- me gustaría tener tan buen
carácter. Si no tuviera esta patita corta…
Adiós a la ley de la selva (I):
El león
Iba un joven león por la selva pensando que había llegado su hora de convertirse
en rey, cuando encontró un león malherido. Aún se podía ver que había sido un
león fuerte y poderoso.
- ¿Qué te ha sucedido, amigo león?- preguntó mientras trataba de socorrerlo.
El león herido le contó su historia.
- Cuando llegó el momento de convertirme en el rey de la selva, decidí demostrar
a todos mi fuerza y mi poder, para que me temiesen y respetasen. Así que asusté
y amenacé a cuantos animales pequeños me encontré. La fama de mi fiereza era
tal que hasta los animales más grandes me temían y obedecían como rey. Pero
entonces otros leones quisieron mi reino, y así pasé de golpear de vez en cuando
a pobres animalitos a tener que enfrentarme a menudo con grandes leones. Gané
muchos combates, pero ayer llegó un león más grande y fuerte que yo y me
derrotó, dejándome al borde de la muerte y quedándose con mi reino. Y aquí
estoy, esperando que me llegue la muerte sin un solo animal al que le importe lo
suficiente como para hacerme compañía.
El joven león se quedó para acompañarlo y curar sus heridas antes de proseguir
su camino. Cuando al fin se marchó de allí, no tardó en encontrar un gigantesco
león encerrado en una jaula de grandes barrotes de acero. Tuvo que haber sido
muy fuerte, pero ahora estaba muy delgado.
¿Qué te ha sucedido, amigo león? ¿Por qué estás encerrado?
El león enjaulado le contó su historia.
- Cuando llegó el momento de convertirme en el rey de la selva, usé mi fuerza
para vencer al anterior rey, y luego me dediqué a demostrar a todos mi poder para
ganarme su respeto. Golpeé y humillé a cuantos me llevaron la contraria, y pronto
todos hacían mi voluntad. Yo pensaba que me respetaban, o incluso que me
admiraban, pero solo me obedecían por miedo. Me odiaban tanto que una noche
se pusieron de acuerdo para traicionarme mientras dormía, y me atraparon en
esta jaula en la que moriré de hambre, pues no tiene llaves ni puerta; y a nadie le
importo lo suficiente como para traerme comida.
El joven león, después de dejar junto a la jaula comida suficiente para algún
tiempo, decidió seguir su camino preguntándose qué podría hacer para llegar a
ser rey, pues había visto que toda su fuerza y fiereza no les habían servido de
nada a los otros dos leones. Andaba buscando una forma más inteligente de
utilizar su fuerza cuando se encontró con un enorme tigre que se divertía
humillando a un pequeño ratón. Estaba claro que ese tigre era el nuevo rey, pero
decidió salir en defensa del ratoncillo.
Un encigüeñado día de
boda
Érase una vez una cigüeña muy presumida que un día vio brillar un anillo desde el
cielo. Su dueño, un conejo que iba a casarse ese día, entró a una madriguera
dejando el anillo fuera, y la cigüeña aprovechó para probárselo rápidamente sin
pedir permiso. Pero al ir a quitárselo el anillo se atascó en su dedo, y la cigüeña
pensó:
- Qué vergüenza, me van a pillar. Algo tengo que inventar.
Y aprovechando que nadie la había visto, salió volando de allí con la idea de
devolver el anillo cuando pudiera quitárselo.
El conejo se llevó un gran disgusto al descubrir el robo. Pero era un gran
detective,y rápidamente todos en el bosque buscaban un pájaro con un anillo.
Cuando la cigüeña se enteró, se dijo:
- Qué vergüenza, me van a pillar. Algo tengo que inventar.
Y decidió ocultar el anillo metiendo rápidamente sus patas en un barril de pintura
negra que encontró cerca de donde se preparaba la boda. Pero mientras huía
volando, buena parte de la pintura goteó sobre los manteles y el vestido de la
novia, estropeándolos terriblemente. Cuando llegó el conejo y descubrió el
desastre se puso furioso, y olvidando el anillo puso a todos a buscar un pájaro con
las patas pintadas de negro. Al enterarse, la cigüeña dijo:
- Qué vergüenza, me van a pillar. Algo tengo que inventar.
Y decidió vendarse las patas, y fingir que había tenido un accidente. Pensaba la
cigüeña que así había resuelto el problema, pero cuando poco después se
encontró precisamente con el conejo, este sintió pena de ver una cigüeña tan
herida, e insistió tanto en acompañarla al hospital para hacerse una radiografía
que la cigüeña no pudo negarse. Esta sabía que si le hacían una radiografía se
descubriría el anillo, y que si le quitaban el vendaje verían la pintura, y se dijo:
- Qué vergüenza, me van a pillar. Algo tengo que inventar.
Y aprovechando que su casa estaba camino del hospital, le pidió al conejo que
esperase mientras subía a recoger algunas cosas. Una vez en casa, se quitó las
vendas y cubrió sus patas con unas placas de plomo para ocultar el anillo en la
radiografía, y luego las tapó con tantas vendas y pegamento que resultaría
imposible quitárselas. Pensaba la cigüeña que así podría ir al médico sin ser
descubierta, y que más adelante encontraría la forma de devolver el anillo.
Ya más tranquila, la cigüeña echó a volar para reunirse con el conejo, sin darse
cuenta de que nunca podría volar con tantísimo peso en sus patas. Y tan pronto
saltó del nido, cayó como una piedra, sin poder hacer nada para evitar darse el
mayor de los batacazos. Pero no contra el suelo, sino contra el pobre conejo, que
no tuvo tiempo de apartarse.
¡Santa me ha robado!
Marcianoto llegó volando en su nave espacial. Estaba emocionado porque por fin
había obtenido permiso para visitar la Tierra de nuevo. Ya había estado antes,
pero la última vez montó un lío tremendo: se había transformado en un tipo
llamado Albert Einstein y en unos pocos días reveló muchos secretos de los
extraterrestres. Por eso llevaba años castigado sin volver.
Esta vez tendría mucho más cuidado. Para no transformarse en nadie conocido
decidió aterrizar en el lugar más apartado del planeta. Era un lugar frío y blanco en
el que solo había una casa, y dentro pudo ver a un anciano solitario.
- Me transformaré en este anciano. Este sí es imposible que sea famoso. Además,
me encantan su traje rojo, su gran barba blanca, y ese saco enorme que tiene a su
lado. Me servirá para guardar algunas cosas.
Pero en cuanto llegó a la ciudad un gran grupo de niños se abalanzó sobre él.
- ¡Quiero mi coche!
- ¡A mí dame una muñeca!
- ¡Yo quiero una consola!
Marcianoto estaba rodeado y asustado. No sabía qué estaba ocurriendo, y solo se
le ocurrió ir sacando lo que llevaba en el saco para dárselo a los niños, que se
marchaban felices. Pero la fila de niños era tan larga que pronto se quedó sin
nada que darles, y tuvo que salir corriendo y esconderse.
Solo cuando se hizo de noche pudo salir. Estaba aterrado. No sabía cómo, pero
estaba claro que había vuelto a elegir mal en quién se transformaba. ¡Otra vez!
- No me extraña que ese viejo viviera solo y escondido. Debe ser un famoso
sinvergüenza ¡Le debe cosas a todo el mundo!
Así que volvió a la casa del anciano. Espió desde la ventana y descubrió una
enorme montaña de juguetes.
- ¡Ahí es donde tiene las cosas que quita a los niños este viejo malvado! -pensó.
Y esperó a que se hiciera de noche y el anciano se fuera a dormir para entrar sin
ser visto y llevarse los juguetes ¡Qué suerte! El viejo ponía etiquetas con los
nombres, y hasta tenía una lista de nombres y direcciones.
- Por fin voy a poder hacer algo bueno en la Tierra. Llevaré cada uno de estos
juguetes a su dueño.