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“SANACION DEL ALMA”


GRUN ANSELM – M. M. ROBBEN
Prólogo
Nosotros, los autores del presente libro, trabajamos en el acompañamiento espiritual. En los últimos meses hemos enfrentado, con
llamativa frecuencia, el tema de la relación con los padres en numerosas conversaciones con gente a la cual acompañamos. En la
supervisión de esas conversaciones individuales comprendimos que muchas personas están profundamente marcadas por las heridas
paternas y maternas, y que inclusive en su adultez continúan sufriendo por ello. Esa impresión nos llevó a analizar entre nosotros las
experiencias recogidas en esas conversaciones, a profundizar la reflexión a través de la lectura de libros sobre el tema y también a
observar más detenidamente las propias relaciones con nuestros padres. De ese análisis surgió el presente libro. En virtud de que se
trata de las heridas de los hijos y las hijas, resultó importante para nosotros que el libro fuera escrito simultáneamente por un hombre y
una mujer, que aportaron sus respectivas experiencias y puntos de vista. Siempre resulta difícil y a menudo insatisfactorio cuando un
hombre escribe sobre mujeres o a la inversa. Queda claro que también cuando escribimos sobre las heridas paternas y maternas de
otros, siempre lo realizamos sobre el fondo de las experiencias que nosotros mismos hemos tenido y lo efectuamos en virtud de las
propias heridas que hemos sufrido, así como las experiencias de la transformación y la sanación que nosotros mismos pudimos
realizar.
La frase que ilumina un punto de partida de nuestro libro pertenece a Friedrich Nietzsche: “Qué niño no tuviese un motivo para llorar
por sus padres”. Todos nosotros —también aquéllos que entretanto tienen sus propios hijos— somos hijas o hijos. Todos nosotros
llevamos a cuestas nuestra historia familiar y somos parte de la historia de otras personas. La historia que nos vincula con los propios
padres desde un comienzo es también siempre una historia que tiene dos caras, una positiva y una dolorosa. Las páginas siguientes
tratan fundamentalmente del lado doloroso de la relación padres-hijos, de las lesiones a través de las heridas paternas y maternas, y
de las posibilidades sanadoras para convivir con ellas. Nuestra convicción es que se trata de un tema vital y absolutamente central.
Encontrar el sendero de nuestra propia vida o dejar que la historia de nuestra vida nos determine depende de cómo se sanen las
heridas provocadas por nuestros padres. Sólo quien se reconcilia con lo que llegó a ser, será capaz de descubrir qué posibilidades se
encuentran dentro de sí. Dejará de responsabilizar a sus padres si su vida no marcha como lo había imaginado. En todas las heridas
que experimentamos podemos ver una oportunidad de hallar este ser interior de la propia persona. El secreto más profundo de nuestro
auténtico ser puede abrirse para nosotros si observamos conscientemente cómo fue la relación con nuestros padres, qué tuvo de
sanador y qué de doloroso y enferman-te. Quien tiene la valentía de observar las propias heridas, hallará a través de ellas también las
raíces positivas que ha obtenido de sus padres. Ya que los padres no sólo han lastimado, también han dado mucho. Somos partícipes
de su historia, de su talento, de sus aptitudes. Quien reprocha a sus padres durante toda su vida sus heridas paternas y maternas, se
distancia de las raíces positivas de sus padres. Su vida pende entonces en el aire.
Atravesando las heridas tenemos acceso a nuestro auténtico núcleo. En toda lesión este núcleo está dentro de nosotros intacto e ileso.
Si lo descubrimos, dejamos de culpar a nuestros padres. No nos quedamos en las heridas sino que vemos a través de ellas hacia
nuestra verdadera esencia, hacia nuestro ser original. A este núcleo auténtico llegamos al observar nuestros sueños de vida que
tuvimos de niños, cuando analizamos nuestros deseos profesionales de la infancia. Podemos preguntar: ¿Qué sendero de vida se
encuentra en mi deseo infantil de llegar a ser constructor o panadero? En el deseo de ser constructor existía un esbozo de construir
algo que para los demás fuera un hogar. En la imagen del panadero se manifiesta la idea de endulzar la vida de los demás. Otro
camino para descubrir el sendero de nuestra propia vida sería recordar los juegos que siempre jugamos de niños. Cierta mujer jugaba
de niña siempre con muñecas, las vestía y se preocupaba por ellas. En ese juego infantil se manifestaba su sendero de vida, de
ocuparse de los demás, de atenderlos y cuidarlos. También podemos hallar el sendero de nuestras vidas sí observamos
detenidamente nuestros cuentos favoritos, aquéllos que escuchábamos con tanto gusto de niños, o recordar las narraciones que
leíamos con entusiasmo. Cierta niña estaba siempre fascinada por los marginados. Su sendero de vida, el camino que la condujo hacia
su esencia más primitiva, consistía en aceptar marginados.
El objetivo del presente libro es reconocer nuestro auténtico ser y hallar nuestro sendero de vida más primitivo a través de la
observación de las heridas espirituales que hemos padecido en nuestra infancia. La represión no ayuda: quien no observa sus heridas
será determinado por ellas. Ellas falsean su sendero de vida. Esta persona piensa quizás que vive su propia vida. En realidad sólo
repite las heridas de su infancia, está determinada por sus heridas. Pero no se trata únicamente de observar las heridas sino también
nuestros recursos positivos, las fuentes de las cuales pudo beber nuestra alma desde la niñez, y los sueños en los que se manifestaba
la figura de nuestro propio ser. Si tomamos contacto con nuestra esencia tal como Dios lo ha pensado para nosotros, entonces
floreceremos, fluirá en nosotros nueva energía y percibiremos que la vida vale la pena, que sentirnos placer en esta vida única. Un
criterio para encontrar el propio sendero de vida es siempre que la vida fluya dentro de uno y emane hacia el exterior. Si mi sendero de
vida consiste por ejemplo en el cuidado de los demás, entonces sentiré placer en ello, me hará bien. Pero si ayudo a los demás
simplemente para no sentir mi herida materna, quizás acaso para atenuar mi propio dolor por la dedicación no recibida, entonces rá-
pidamente me sentiré sobreexigido, extenuado y agotado.
No se trata de acusar a los padres sino de reconciliarse con ellos. El psicoterapeuta Bert Hellinger, quien ha reflexionado mucho
acerca de los enredos incurables y enfermantes en el sistema familiar, critica con razón que muchos esperan la sanación de sus
heridas a través de la expresión y manifestación de su enojo. Él habla de venerar y honrar a los pa dres, lo cual no significa que
transfiguremos a los padres mediante una luz rosada y aprobemos todo en ellos. Ellos tienen ciertamente sus límites. No siempre nos
han dado lo que necesitábamos. Pero aun cuando esto fuera así: debemos cesar de reprochárselo. Debemos agradecerles lo positivo
que realmente nos han dado. También pudimos obtener de ellos. Ellos conforman las raíces a partir de las cuales hoy vivimos. Sin
estas raíces nuestro árbol de vida se seca. Para poder aceptar aquello que nos han dado nuestros padres y tornarlo útil para nuestra
vida, es importante comprenderlos en su limitación y en su propia historia. Si los entendemos, no los juzgamos. Vemos a los padres en
medio de sus complicaciones en la propia historia familiar.
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Podemos dejar en ellos lo que no nos dieron y con lo cual nos lastimaron, sin reprochárselo durante toda la vida. Quien responsabiliza
siempre a los padres por su destino y niega la propia responsabilidad por su vida, nunca hallará su forma interior y exterior, nunca
descubrirá la senda de su camino que lo lleva hacia la vida.
Observar las heridas paternas y maternas y enfrentar así las emociones vinculadas a ellas resulta para algunos como ‘‘girar en torno a
sí mismo’’. Ellos piensan que deberíamos dedicarnos mejor al presente y resolver los problemas existentes en ese momento.
Seguramente existen muchos actualmente que tienden a girar en forma constante en torno a sus heridas. Sí, a veces existe la
necesidad imperiosa de descubrir siempre nuevas heridas del pasado. Tal comportamiento maníaco seguramente no conduce a la
vida. También es un error creer que podría-¡nos acercarnos a los conflictos cotidianos sin prejuicio alguno. Todos nosotros
experimentamos no sólo los conflictos sino sencillamente las confrontaciones con la gente, ya con nuestras experiencias previas. El
modo en que experimentamos la autoridad depende básicamente de las heridas paternas que hemos sufrido. También las
manifestaciones y miradas de las personas en quienes buscamos dedicación las veremos siempre a través de los lentes de
experiencias dolorosas, es decir, las experimentaremos sobre el trasfondo de nuestras heridas maternas. Si no observamos nuestras
heridas y no nos reconciliamos con ellas, inconscientemente las transmitiremos. Una ley fundamental de nuestra conducta —bien lo
sabe la psicología— consiste en repetir las heridas que no hemos integrado a nuestra vida, ya sea lastimando a otros o a nosotros
mismos, o eligiendo situaciones que equiparan las escenas hirientes de la infancia. Sigmund Freud habla en este contexto de
compulsión de repetición: si bien queremos hacerlo mejor que nuestro padre, repetimos las mismas experiencias traumáticas que nos
ha causado nuestro padre. Un hombre decepcionado de su madre, adecuará inconscientemente las cosas de manera tal que también
obligue a su esposa “a decepcionarlo en última instancia de la misma manera en que él se ha sentido frustrado por su madre” (Richter
112). Muchos eligen situaciones en las cuales su pareja o su jefe, su amigo o su amiga los lastiman de la misma manera que sus
padres. Una mirada en la historia nos muestra cómo las personas heridas durante su infancia actúan sus heridas con los demás
durante toda su vida y qué consecuencias provoca. Basta con observar la vida de tiranos o delincuentes violentos. Por regla general se
trata de niños heridos que transmiten sus heridas de manera brutal y sin embargo nunca pueden desprenderse de ellas. También
existen las “victimas inocentes” que se lastiman a sí mismas constantemente y se sienten a gusto en su papel de víctimas. Pero como
víctimas a menudo también se convierten en actores. Ya que como víctimas impiden a las personas de su entorno vivir la vida que les
corresponde.
Impulsos espirituales
En este libro no se trata para nosotros exclusivamente de la dimensión psicológica de las heridas paternas y maternas sino también del
aspecto espiritual. Los reconocimientos psicológicos deben ser tomados seriamente. Pero no quisiéramos quedarnos en ellos. En la
reflexión de la dimensión espiritual nos interesa principalmente la cuestión acerca de la medida en que la confrontación con la palabra
de Dios en la Biblia puede sanar nuestras heridas espirituales. Para ello observaremos e interpretaremos las cuatro clásicas historias
de relación que nos describe la Biblia: la relación padre-hija en Marcos 5, la relación madre-hija en Marcos 7, la relación padre-hijo en
Marcos 9 y la relación madre-hijo en Lucas 7. En estas cuatro historias de relación aparece en cada caso Jesús como terapeuta que se
ocupa tanto del padre y de la madre como así también de la hija y del hijo. Otras cuestiones centrales que a continuación nos
interesan: ¿En qué medida puede ayudarnos la meditación acerca de estas historias de sanación a comprender y sanar nuestras
propias heridas provocadas por nuestros padres? ¿Cómo podemos experimentar hoy en nosotros la fuerza sanadora de Jesús? ¿En
qué se diferencian una psicoterapia de un acompañamiento espiritual? ¿Debemos concurrir con nuestras heridas a un terapeuta o
también es posible el camino hacia Jesús? ¿Cómo podemos reconocer
nuestra propia persona a través del encuentro con Jesús y hallar nuestro sendero de vida más primitivo? ¿Tiene Jesús alguna relación
con el descubrimiento de nuestro propio ser? ¿Qué piensa C.G. Jung al denominar a Jesús el más claro arquetipo del sí mismo?
No debemos confundir a Jesús con un mago que simplemente con tocarnos permite deshacernos, en lo posible sin dolor, de nuestras
heridas. Las historias de sanación de la Biblia, en cuyo centro está Jesús como terapeuta, nos demuestran caminos en los que se
transforman nuestras heridas y cómo al confrontarnos con Él podemos hallar nuestra auténtica figura. Jesús actúa en estas historias
como terapeuta experimentado. Pero simultáneamente actúa a partir de su unión interna con Dios. Dios es la verdadera fuente de
salvación y sanación. El modo en que Jesús aborda en las narraciones bíblicas al padre y la madre, al hijo y la hija. nos muestra cómo
proceder con nuestras propias heridas paternas y maternas. Si observamos detenidamente las historias de sanación, descubriremos
posibilidades para nuestra sanación y pasos hacia una vida auténtica. En el centro estará una y otra vez el reconocimiento de que no
debemos realizar la sanación por fuerza propial Ella tiene lugar cuando observamos y elaboramos nuestras propias relaciones a la luz
de la historia de relación bíblica, y nos ofrecemos con nuestras heridas a este Jesucristo, para que su espíritu sanador nos toque, nos
levante y nos coloque en el camino en cl cual hallaremos nuestra verdadera vocación, en el cual florezca nuestro ser auténtico e ileso.
La dimensión espiritual de nuestras heridas y su sanación toca sin embargo otro aspecto más. La experiencia con nuestros padres
marca esencialmente nuestra imagen de Dios. Tiene poco sentido reflexionar teóricamente sobre la imagen de Dios. Debemos
observar previamente cómo nació nuestra imagen de Dios, por qué nos aferramos aun inconscientemente a la imagen del Dios severo,
arbitrario y controlador, por qué en nuestro inconsciente reinan aún el Dios contador o el Dios exigente. En qué medida podemos
reconocer y amar en Dios a nuestra auténtica madre o a nuestro auténtico padre, dependerá de nuestras propias experiencias
paternas y maternas. También nuestro camino espiritual tiene su razón en las experiencias de la infancia. Hay quienes ven también en
su camino espiritual únicamente la satisfacción de las expectativas de los padres o divinas. Únicamente se colocan bajo presión. En su
vida espiritual quieren realizar todo correctamente. De tal forma, su espiritualidad no los conduce hacia la vida y hacia la libertad, hacia
el amor y hacia la amplitud, sino a la estrechez, el temor y la exigencia.
Las heridas espirituales no sólo duelen, también son al mismo tiempo una oportunidad para crecer espiritualmente. Cuando estoy
lastimado, no puedo continuar escondiéndome tras una fachada aparentemente perfecta. La herida quiebra mi máscara detrás de la
cual no sólo me escondo gustosamente frente a las personas sino también frente a Dios. Allí, donde más profundamente estamos
lastimados, también estamos abiertos a Dios. Nuestras heridas nos remiten a Dios. Nos muestran que nosotros mismos no podemos
ayudarnos.
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No sólo dependemos de la ayuda de otras personas sino, en última instancia, también de la ayuda de Dios. Sin embargo, no se trata
de utilizar a Dios para liberarnos lo más rápidamente posible de nuestro padecimiento sino que a través de las heridas nos abrimos a
Dios. Las heridas pueden transformarse en la puerta de entrada para su gracia. Una vez reconciliado con mi herida y abierto al amor
sanador de Dios, dejo de culpar a mis padres por la escasa ternura que me han dado. Estoy en armonía con mis heridas. Puedo
agradecer a Dios no haber llegado a estar satisfecho. Esto me mantiene vivo. El hambre interior me permite buscar el amor en el cual
no vuelvo a depender de las personas. Mi hambre y mi sed pueden, en última instancia, ser calmadas únicamente por el amor infinito
de Dios.
Efecto en el adulto de las heridas de la corta infancia
Las dificultades que uno tiene en la familia, en su comunidad, en el trabajo y en el trato con colaboradores y amigos y amigas, tienen
su razón de ser a menudo en las experiencias de la infancia. Quien por ejemplo no ha tenido la experiencia de un padre que le
brindara sostén y lo respaldara, tendrá dificultades con la autoridad. Presiente en cada autoridad a alguien que quiere someterlo y
hacerle difícil la vida. No puede enfrentar los conflictos porque no tiene respaldo. Se compara constantemente con los demás y se
adecua a ellos. Y cuando él mismo debe ejercer autoridad lo realiza frecuentemente de manera muy autoritaria. La mujer que no ha
encontrado en su madre el cobijo que anheló en lo profundo de su corazón, durante toda su vida buscará madres sustitutas. Y se
aferrará firmemente a aquellas que ama para no perder su dedicación. Agotará sus fuerzas para la madre iglesia o para la institución
escolar o la universidad o la empresa, para experimentar finalmente el amor que no ha tenido de niña. Pero de este modo se
sobreexige ella misma y a los demás e ingresa en un círculo vicioso de soledad. Nunca recibirá la dedicación que anhela. Siempre se
decepcionará porque su ansia no tiene límites.
La observación de las heridas paternas y maternas no debe convertirse en modo alguno en una disculpa, por cierto en el sentido de
“dado que yo tuve esta experiencia, no puedo hacer otra cosa, por esa razón carezco de confianza en mí mismo y mi vida no puede
tener éxito”. Esto sería una excusa. En algún momento debemos asumir la responsabilidad por nuestra propia vida. Esto significa
también que debemos reconciliarnos con las heridas que experimentamos de niños. Entonces podrán convertirse en una fuente de
vida. Nuestras heridas se transformarán en perlas, como afirma Hildegard von Bingen. Si observamos nuestras heridas podremos
comprendernos mejor. No nos autocondenaremos por reaccionar tan sensiblemente. Es claro que seamos tan sensibles con estas
heridas, tan fácilmente molestos, tan temerosos frente a la autoridad. Recién la comprensión nos libera de la propia condena.
Pero tampoco debe quedar en la mera comprensión. Se trata de descubrir en mis heridas el talento, precisamente la perla, que hace
valiosa mi vida. En la herida siempre se encuentra también mi oportunidad. Si por ejemplo he recibido muy poca ternura, seré sensible
a todas las personas que padecen de un déficit de amor. Y por no haber sido satisfecho en mi necesidad de amor y cercanía, he
tomado el camino espiritual. No me conformo con instalarme bien. Permanezco vivo en mi anhelo de Dios. Precisamente descubro mi
sendero de vida en mis heridas. Mis heridas se convierten entonces en mi oportunidad de reconocer y vivir mi propio carisma. De este
modo lo negativo se transforma en fuente de bendición para mí y para Otros.
Complicaciones en la relación padres-hijos
No resulta novedoso que la relación de los hijos con los padres sea compleja: por más que los padres tengan la mejor intención para
con su hijo, le transmiten sus propias experiencias infantiles como hijos e hijas. Si por ejemplo una madre padeció de niña que su
hermana fuera más bonita que ella y ésta fuera la preferida de su padre, no asombrará que controle celosamente a su hija y la humille.
No puede tolerar que su hija reciba la dedicación que ella tanto ansió. No ve en ella a su hija sino a su hermana con la cual rivalizó
toda su vida. Entonces su hija se convierte en su rival. O ella verá en su hija un aspec to de su propio ser. A través de la belleza de su
hija quiere compensar sus propios fracasos en este campo. La hija se convierte en reemplazante que debe vivir aquello que le fue
vedado a su madre. Existen numerosos enredos entre padres e hijos. Como el caso de la madre o el padre que ven en el hijo un reem-
plazo de la propia madre o del propio padre. Puede suceder que una madre quiera remedar en su hija la culpa que siente frente a su
propia madre. O que necesita de la hija para encontrar amor. La hija debería darle todo el amor que no tuvo de sus padres. Ella ama a
su hija con la intención inconsciente de ser amada infinitamente por ella. Utiliza a la hija para sus propias necesidades sin límite. No le
da a la hija lo que necesita sino que toma de ella y de este modo la sobreexige. Los ejemplos son numerosos:
Cuando el padre de la hija o la madre del hijo los toman como reemplazo del cónyuge, nace un intenso vínculo emocional y erótico que
no permite vivir al hijo o a la hija como sería adecuado para ellos. Ellos son utilizados por los padres para sus propias necesidades
insatisfechas. A veces los padres ven en los hijos un aspecto de su propio ser. Ellos proyectan en los hijos su ser ideal que nunca
lograron y el hijo debe vivir entonces supletoriamente lo que a los padres no les fue permitido o no pudieron. O los padres proyectan en
el hijo un aspecto negativo de ellos mismos. Entonces el hijo se convierte en el chivo expiatorio sobre el cual descargan todo lo que
arrastran como carga inconsciente. Ellos proyectan sobre el hijo lo que no quisieron cargar sobre sí mismos. Ellos no pueden resolver
su propio conflicto sino que lo descargan en forma supletoria sobre el hijo o la hija. Esto los libera de enfrentar la propia verdad. Peto el
niño convertido en chivo expiatorio de los problemas irresueltos y los conflictos reprimidos de los padres, frecuentemente aterriza en el
desamparo o en conductas neuróticas. Otra forma de lesión se verifica cuando el niño es utilizado por los padres como aliado, como
amigo o amiga, o como confidente. La madre toma al niño como arma contra su padre y a la inversa. El niño es tironeado entonces de
un lado para el otro y no puede construir una identidad clara. Y también de adulto continuará el juego de la utilización (comp. Richter
89-252).
1. Heridas maternas
La madre brinda al hijo protección y la confianza primitiva. Ella es la primera persona de relación para el pequeño y le transmite al
recién nackto que puede confiar en que el mundo es bueno y que puede confiarse en la bondad del mundo y de los hombres. La
madre permite que su hijo experimente que puede ser tal cual es, que puede tener necesidades y que estas necesidades se
satisfacen. Ella le muestra la proximidad y el amor, le brinda la sensación de que es bienvenido, aceptado y amado sin condicio-
namientos. Tal experiencia básica es la que necesita el niño como fundamento firme sobre el cual poder desarrollarse. Pero
prácticamente ninguna madre puede cumplir esta tarea en todo momento y en todo lugar. Tampoco sería bueno para el niño si exis
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tiera la madre perfecta, ya que no sólo puede aprender del amor infinito de la madre sino también de su limitación. La razón por la cual
mencionamos a continuación algunas heridas provocadas por las madres no es para crear remordimiento en ellas, ya que a todos
nosotros nos hieren, lo queramos o no. Es determinante, sí, cómo manejamos nuestras heridas. Si enfrentamos las heridas maternas,
ellas pueden sensibilizamos para con nosotros mismos y con los demás. Y principalmente nos protege una concientización y
autoconfrontación, de tal modo que inconscientemente transmitimos las propias heridas o nosotros mismos nos lastimamos o elegimos
una y otra vez aquellas situaciones que repiten las heridas de la infancia.
Las heridas maternas de las hijas
A veces la herida materna aparece antes del nacimiento del niño. Quizás no sea bueno el embarazo de la madre. Ella se resiste
interiormente a él. Ella fuma porque no puede resignarse a que precisamente ahora será madre. O la relación con el hombre es poco
clara. Los conflictos espirituales en el momento del embarazo trascienden al niño en el vientre materno. En el seno de la madre el niño
está expuesto a los estados de ánimo y humor, a la disposición física y espiritual de la madre. Y a veces recibe la ambivalencia interior
de la madre que, por un lado se alegra por el hijo, pero al mismo tiempo siente temor frente al nacimiento.
Cuando algunas madres leen acerca de tales problemas, sienten de inmediato remordimientos y se preguntan cómo fue su propio
embarazo. Para todas ellas, por suerte, el niño tiene siempre también, a pesar de todas las experiencias traumáticas, un potencial de
sana energía que puede transformar todas las heridas.
Una herida materna profunda surge cuando la madre no puede cumplir su tarea de brindar protección a su hijo, porque está ocupada
consigo misma o sobreexigida con esta tarea. Así, por ejemplo, nace una niña precisamente cuando la relación de los padres atraviesa
una crisis grave. La pequeña percibe inconscientemente que la madre no es capaz de establecer una relación con ella porque está
demasiado ocupada consigo misma. La niña reacciona frente a la incapacidad de relación de la madre rechazándola. No toma
alimentos. Se resiste probablemente frente a todos los intentos de contacto de la madre. Inconscientemente castiga a la madre porque
no recibe de ella lo que necesita. Así surge una maraña compleja en la relación, en la cual ambas padecen. Una vez que la niña se
convierte en mujer debe enfrentar esa herida. Y siempre resulta un camino doloroso, primero establecer la relación consigo misma y
luego una relación con la madre carente de recursos.
Cierta mujer cuenta que, de niña, su madre no la quería. Pero su madre quería sin falta quedar embarazada, porque las mujeres
embarazadas al final de la guerra estaban liberadas de trabajar en las fábricas de municiones. La niña percibió inconscientemente que
la madre la utilizó pero realmente no la amó. Otras madres ansían que al tener su hijo mejore la relación con su pareja. O quedan
embarazadas para, de este modo, unir a su novio a ellas. Mujeres mayores cuentan que a su sexto o séptimo hijo en realidad ya no lo
querían, porque estaban al final de sus fuerzas. A veces conscientemente descuidaban luego al niño. Para ellas era la única forma de
vengarse del hombre por el dictado de sus deseos. En todos estos casos el hijo es utilizado para otros fines.
La consecuencia: durante toda su vida la persona es prisionera de la sensación de no ser amada por sí misma sino utilizada por los
otros para sus fines. Esto conduce luego a que se proteja frente a los demás y no permita que nadie se le acerque emocionalmente.
Una niña utilizada anhela una persona que finalmente la ame sin condiciones. Pero a menudo experimenta la reiteración de su
situación infantil. Inclusive la persona de la cual recibe amor incondicional, en algún momento se aprovecha.
Frecuentemente la madre está sobreexigida con su hija porque está demasiado inquieta o no puede dormir de noche. Quizás la madre
tenga en ese momento mucho estrés en el trabajo o en el hogar. No puede soportar la intranquilidad de su hija, se torna agresiva y le
pega, aunque en realidad no hubiera querido hacerlo. No puede hacer otra cosa. Ella padece no corresponder a las necesidades de la
niña. Entonces intenta compensar a la niña por su ataque de ira mediante un amor desmedido. Pero de esta forma confunde a la niña,
quien no entiende. Muchas madres estuvieron sobreexigidas en la posguerra. Estaban preocupadas por sus maridos que estaban en el
frente mientras ellas mismas vivían en sus casas con el temor de ataques aéreos y debían ir con sus hijos a los refugios. En una
situación colmada de preocupaciones de esta naturaleza, las necesidades de muchos niños quedaron insatisfechas. Una mujer que
creció como niña bajo estas condiciones siempre tiene la sensación de que “todo ¡o que hago está equivocado. No puedo hacerlo
como quiere mi madre”. Cuando una experiencia tal se convierte en nuestro modelo interior, nos pesa durante toda la vida.
Otra herida materna surge cuando la madre utiliza a su hija como confidente: Una mujer no se entiende con su esposo y le cuenta a la
hija sus problemas conyugales. Frecuentemente pinta entonces una imagen negativa del padre, lo cual confunde a la hija que percibe
a su padre de manera totalmente distinta, ya que lo ama. Ahora no sabe a quién creer, a la madre o a su propio sentimiento. Y se
produce una confusión de sentimientos.
A veces la madre generaliza y transmite a la hija una imagen destructiva de los hombres: los hombres son machos, sólo quieren sexo,
son infieles, egoístas, fríos, no saben dominarse. La consecuencia: una imagen de los hombres tan negativa bloquea posteriormente a
la hija en su relación con los hombres.
A menudo también está unida a la imagen negativa de los hombres una imagen destructiva de las mujeres. La madre no puede
aceptarse a sí misma como mujer. Nunca aprendió a amar su sexualidad. Entonces lastima a la hija pintándole una imagen negativa
de la mujer. Una mujer recibió como mensaje de su madre la frase: “Como mujer eres la última basura, el felpudo de los hombres”.
Esta madre experimentó después de la guerra cómo las mujeres se con”irtieronen presa fácil para los soldados de la ocupación. Y
cuando el locador que alojó generosamente a ambas mujeres, ahusó sexualmente de la hija, la madre no pudo proteger a su hija de
ello. Ella le transmitió luego a la hija que tal es el destino de las mujeres. Ella proyectó su propia miseria a la hija. No asombra por ende
que la hija nunca haya encontrado alegría en el hecho de ser mujer y haya requerido de una prolongada terapia para descubrir su valor
como mujer.
Otras madres transmiten a sus hijas la sensación: “No te me acerques demasiado!” Si bien por un lado quieren ser madres afectuosas,
por el otro sienten temor ante una proximidad excesiva. No pueden demostrar la proximidad porque quizás ellas mismas están
impedidas y son incapaces de manifestar sus sentimientos, o porque no han experimentado cercanía de su propia madre. La hija
notará recién mucho tiempo después, que ella transmite el mismo mensaje a los hombres y a las mujeres. Ella anhela cercanía pero no
es capaz de darla o permitirla porque el mensaje inconsciente a todos quienes se acercan a ella es: “!No te me acerques demasiado!”
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Una hermana de la orden cuenta que de niña ella siempre debió trabajar duro y nunca tenía permiso para jugar. Aparentemente la
madre veía su propio valor en el servicio. De esta forma le transmitió a la hija que existen cosas más convenientes que jugar y perder
el tiempo. “Primero el trabajo, luego el juego”, era el lema. La hija ni siquiera podía disfrutar unos instantes para sí misma. La madre
siempre volvía a encontrar una tarea para encomendarle a la hija. Esto se grabó tan profundamente en la hermana que hasta, en la
actualidad, llega siempre un minuto tarde a la oración coral para que ninguna de las hermanas pueda pensar que tiene muy poco
trabajo.
Otras hijas son colocadas por la madre muy rápidamente en el papel de madre. Son responsables por sus hermanos menores y no
pueden disfrutar por ende su niñez o su juventud. Luego, de adultas, se sienten estafadas en su propia infancia.
Las heridas maternas de los hijos
Los hijos tienen experiencias distintas de las hijas. A menudo las madres tienen inconscientemente una relación más estrecha con
ellos. Cuando esto conduce a que los malcríen o den preferencia, les resultará difícil a ellos poder crecer. A veces también sucede
que, cuando el padre deja la familia o cuando la relación entre los padres es mala, los hijos varones son tomados como pareja
sustituta. Entonces se convierten en príncipes que todo lo tienen permitido y que no necesitan atenerse a ningún límite. Cuando el hijo
es utilizado como pareja sustituta, queda ligado inconscientemente a la madre y no tiene entonces posibilidad alguna de vivir su
masculinidad. La madre continúa durmiendo en la cama matrimonial con su hijo de trece años y no nota cómo ella despierta en él su
sexualidad. Pero al mismo tiempo reflexiona que el hijo reprime sus fantasías e intereses sexuales.
Ella se pone celosa cuando el hijo se enamora de una chica. La madre proyecta en el niño su temor frente a la sexualidad. Por un lado
lo enaltece como hombre, por el otro le impone una imagen masculina que reprime la sexualidad y que permite únicamente el “puer
aeternus”, el joven por siempre niño”, lo cual a menudo provoca que los hombres rehúsen toda responsabilidad, que finalmente
absorban a la madre y nunca tomen su vida en sus manos. Existen muchos hombres que a los cuarenta años aún viven con su madre.
Generalmente son desempleados porque no pueden embarcarse en ningún trabajo. Dependen económicamente de su madre, muchas
veces tienen problemas de alcoholismo y se aprovechan vergonzosamente de su madre. Pero dado que ella está interiormente ligada
a su hijo, no tiene el valor de arrojarlo del cálido nido para que finalmente se convierta en adulto.
Además del enaltecimiento del hombre, a menudo también sucede lo contrario: por el temor de la madre a la confrontación con el
esposo, ridiculiza al muchacho en su masculinidad. Eso puede provocar una profunda inseguridad en su papel de hombre. Con
frecuencia tales relaciones entre la madre y el hijo son contradictorias y confusas. El hijo anhela a su madre y la madre a su hijo. Pero
al mismo tiempo la madre se prohíbe una relación más estrecha con el hijo y lo desvaloriza en su identidad masculina. Tales hijos
permanecen a menudo tironeados entre su anhelo de una mujer y el temor frente a ella. En su fantasía se imaginan cuán bonito sería
tener una mujer comprensiva. Pero ni bien les interesa una mujer se retraen por temor a que ella los ridiculice en su masculinidad.
La mayor herida en la relación entre la mujer y el hijo es la experiencia de ser abandonado, lo cual puede suceder por igual a hijas e
hijos. Un hombre cuenta que su madre, quien vivía sola, permanentemente lo amenazaba con suicidarse si él no era obediente. Al hijo
no le quedaba otra opción que adaptarse. Constantemente debía vivir con miedo a que la madre se quitara la vida y quedara
abandonado. Aun cuando a veces debía reprimir su agresión, en ciertas oportunidades salía a la luz. El no tenía per mitido ser un niño,
debía preocuparse por su madre.
Algo similar experimentan muchos niños cuyas madres enferman a edad temprana, ya sea físicamente o de depresión o neurosis.
Cierto hombre tenía una madre psicótica. Ya de niño se avergonzaba cuando su madre aparecía en la ciudad, ya que constantemente
vociferaba. Finalmente le faltó su madre. Es comprensible que durante parte de su vida haya estado buscando un reemplazo de su
madre. Y también la vergüenza lo acompañó durante años. El se avergonzaba de sí y de su conducta, y una y otra vez se relacionaba
con personas de las cuales debía avergonzarse.
Una situación no tan extraña: el padre le pega a su hijo, la madre indefensa está a su lado. Si bien algunas madres tratan de intervenir
a favor de sus hijos, viven luego una situación tal que no les queda opción. Tienen miedo de que el padre, en un ataque de ira, también
les pegue a ellas. Los hijos lo viven entonces corno traición de la madre. La madre se retira. No dice nada. Reprime su propio
sentimiento. Esto resulta para el hijo una experiencia que lo marca y hiere profundamente, es una herida materna que permanece.
Otro hombre cuenta que de niño su padre lo encerraba siempre en un sótano oscuro. Si bien la madre lo veía, nunca intentó evitarlo.
Ni siquiera hablaba en su favor. La sensación de traición y abandono se ha marcado profundamente en este niño.
Ciertas madres, sobreexigidas con la conducta rebelde de los hijos, los amenazan con contarle al padre si no les obedecen. Una
madre que actúa de este modo no ofrece protección, delata a los hijos frente al severo padre. También ésta resulta una experiencia de
abandono.
El terapeuta suizo Theodor Bovet ha dicho que las adicciones son siempre un sustituto de la madre. Esto naturalmente no significa que
las madres son culpables de la adicción. También puede suceder que el hijo o la hija no logren desprenderse de la protección materna.
O quizás sencillamente no hayan experimentado esta protección materna debido a circunstancias externas, aun cuando la madre haya
puesto todo su empeño en ello. La adicción puede nacer por la experiencia de la falta de protección. En el alma permanece siempre un
agujero que no puede llenarse. Pero también puede nacer por la condescendencia.
La malcrianza reemplaza a menudo una relación afectuosa normal con el niño. Cuando una madre malcría a la hija o al hijo lo hace
precisamente porque quisiera ver concretado en ella o en él lo que ella nunca tuvo permitido. Frecuentemente tras la malcrianza se
esconde un remordimiento por no poder dar al hijo lo que necesita, o el empleo del hijo para fines propios. La madre malcría al hijo
para vivir en él su propia vida no vivida. Los hijos malcriados caen frecuentemente en una adicción, no sólo en adicciones materiales
como el alcohol, las drogas o las píldoras, sino también en aquellas adicciones Inmateriales como la manía de relación, la manía de
juego o la adicción al trabajo. Pero también la anorexia, en la cual la joven se resiste a comer y protesta frente a su rol de mujer, puede
ser consecuencia de relaciones enfermizas con la madre. A la inversa, la gula, unida frecuentemente a la bulimia (vómitos tras un
ataque de comer), muestra que la joven “tapona” con comida su falta de protección para dejar de sentirse sola.
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El efecto de las heridas maternas en los adultos


Quien padece una herida materna añora a su madre durante toda su vida. Constantemente necesita dedicación y reconocimiento.
Tales personas proyectan a menudo su herida espiritual a las personas con quienes conviven. En las palabras inofensivas escuchan
rechazo. En cualquier mirada preocupada ven insatisfacción en el otro. Todo lo refieren a ellas mismas y tienen constantemente miedo
a que el otro los rechace. Nunca consiguen la proximidad necesaria y si alguien se dedica a ellas se aferran a él. Pero cuanto más
quisieran retenerlo, tanto antes se desprende de ellas, ya que con su necesidad exagerada de dedicación generan temor en el otro.
Ellas controlan a todo responsable de un grupo o de una empresa para ver si habla con ellas la misma cantidad que con los demás.
Buscan una proximidad constante, buscan congraciarse con ellos. O dan todo para conseguir así dedicación. Quien da mucho,
también necesita mucho. Algunos dan todo porque son insaciables en su necesidad de amor.
Quien por ejemplo dirige un grupo debe calcular siempre que los integrantes traen consigo sus heridas paternas y maternas. Cuando
tienen una herida materna observarán con detalle al líder para ver cuánto tiempo habla con este o con aquel colaborador, con esta o
con aquella mujer. Controlan celosamente que les brinde la misma atención que a los demás. O hacen todo para atrapar su atención.
Ellos entienden la empresa, la comunidad, la familia como madre sustituta. No pueden existir conflictos. Una discusión es siempre una
amenaza que les roba la sensación de estar en casa. Pero quien como líder de un grupo de personas padece de una herida materna
de la cual no es consciente o que le pasa inadvertida, tendrá dificultades para conducir objetivamente. Utilizará su tarea de conducción
para hacerse querer: que todos lo quieran. Él necesita la función de conducción para satisfacer sus propias necesidades de
dedicación. Pero de esta forma él no está libre para conducir realmente bien a las personas y despertar vida en ellas. Utiliza a las
personas para sí mismo.
Quien se reconcilia con una herida materna naturalmente no ha resuelto de este modo todos los problemas de su vida: su historia
absolutamente personal puede convertirse en fortaleza para él pero simultáneamente también en una amenaza.
Quien cuida de los demás en virtud de su herida materna puede entender bien el sentimiento del otro y ayudarlo. Pero tal persona
debe saber al mismo tiempo de la amenaza que radica allí, de intervenir siempre a favor de los demás y preocuparse muy poco de sí
mismo. La herida materna puede convertirse en nosotros en la razón de un talento que se expresa en que podemos crear un hogar
para los demás. Pero al mismo tiempo no debo olvidar dónde puedo tener la propia sensación de hogar. Debo estar bien conmigo
mismo. De lo contrario corro el peligro de ofrecer a los demás un hogar con mucho amor y fantasía, pero hundirme yo mismo en mi
soledad. Recién descubro mi sendero de vida cuando veo en mi herida materna simultáneamente la oportunidad y la amenaza.
Entonces estoy protegido frente al trazado de un sendero excesivamente unilateral y de hundirme en el lodo de mis necesidades
inconscientes.
2. Heridas paternas
El padre tiene la misión de fortalecer la espalda del hijo, de transmitirle valor para aventurarse en la vida y asumir riesgos. Cerca del
padre, el hijo a menudo se atreve más que cuando está solo. Se atreve a saltar el arroyo, tiene el valor de sentarse en su bi cicleta. El
padre le fortalece al hijo su columna vertebral y le libera la espalda. Cuando falta la experiencia paterna el hijo busca una columna
vertebral de reemplazo, y a menudo ésta consiste en la ideología, en principios claros y firmes detrás de los cuales se esconde.
Theodor Bovet comenta al respecto que la ideología es el reemplazo del padre: quien carece de columna vertebral necesita otro
sostén. Y las normas rígidas se lo brindan a menudo, normas detrás de las cuales se oculta. Cuando un padre no nos fortalece la
espalda es menester aferrarse a principios que le brinden a uno seguridad supletoria. Tales hombres y mujeres parecen a primera vista
fuertes. Ellos saben con precisión qué es lo correcto y qué es lo que quieren. Pero si se los observa atentamente, se los reconoce
rígidos e inmóviles.
En el acompañamiento espiritual a menudo notamos cómo en las personas muy conservadoras,
el modo rígido de ver el mundo es simplemente un reemplazo del padre. Hacia afuera, estas personas fundamentan sus opiniones
conservadoras —cuando se encuentran por ejemplo en un entorno eclesiástico— con la doctrina de la Iglesia o del Papa. Si no
argumentamos en contra de sus opiniones sino que las enfrentamos con respeto y benevolencia, frecuentemente surge que el parecer
conservador es sólo una protección frente al propio caos interno. Muy a menudo existe un sentimiento de abandono, un no ser tomado
en serio por el padre, una carencia de la experiencia del padre. El padre no estaba presente en la casa. Se mantuvo ajeno a la
educación y se escondió detrás de su trabajo. O era demasiado débil para poder ser un padre. Era depresivo o alcohólico. O estaba
en la guerra, estuvo ausente en los años importantes de la infancia y estuvo por ende marcado por la guerra de modo tal que dejó de
ser abierto para ser un padre para sus hijos. Estaba ocupado consigo mismo y con sus vivencias traumáticas y se refugiaba en el
trabajo, en el alcohol o en la enfermedad. Para aquellas personas con experiencias paternas de esta naturaleza, una posición rígida y
conservadora es en principio una protección y también un factor estabilizante. Pero, con el tiempo, esta posición conduce a la
rigidización y a una prisión interior de la cual difícilmente se pueda emerger.
Es importante no menospreciar la posición de estas personas sino en cambio ofrecerles aprecio. Entonces podremos notar con
frecuencia que de pronto no se trata ya de tener razón sino de hallar un camino hacia la verdadera vida.
La reciente investigación de los lactantes demostró cuán importante es el padre en el desprendimiento del niño de la madre, que tiene
lugar entre el noveno y el decimocuarto mes de vida. Si el niño puede apoyarse entonces en su padre, estará protegido frente a los
difíciles temores del abandono (comp. Petri 31). Si falta el padre, se perturba el equilibrio familiar. El hijo, ya sea varón o mujer, no
puede separarse de la madre y se mantiene en una simbiosis con ella. La psicología reconoció la medida en que la ausencia del padre
puede lastimar al hijo. El padre tiene la misión de desplegar el entorno para que el hijo aprenda a tratar con él en forma activa. El
padre es para el hijo “modelo y soporte de esperanzas de las propias posibilidades” (Petri 36). Cuando no está —debido a muerte
prematura, por ausencia, por divorcio—, al niño le falta una protección importante frente a las amenazas del mundo exterior y una
posibilidad de identificación absolutamente relevante. El niño no puede desarrollar en forma adecuada su sentimiento de autoestima.
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El padre desempeña un papel primordial en la formación de la conciencia. Los jóvenes que carecieron de su padre muestran una
marcada tendencia a la violación de las reglas, al traspaso de los límites y a una conducta agresiva. Cuanto menor la identificación del
niño con el padre, tanto más difícil le resulta su “protesta masculina” frente a la sociedad, que se manifiesta entonces a menudo en
forma de actividades antisociales (comp. Petri 161). Se evidencia entonces que la herida paterna hiere tanto más profundamente el
alma del niño cuanto más temprano el niño carece del padre.
Los efectos de la falta del padre son muchas veces más fuertes en el divorcio que en la muerte del padre, ya que en el divorcio los
niños experimentan una fuerte desvalorización del padre a través de la madre. Entonces no pueden identificarse con él, mientras que
el padre fallecido tempranamente a menudo es idealizado y permanece vivo como posibilidad de identificación.
Las heridas paternas de las hijas
Las heridas paternas de las hijas generalmente tienen relación con la postura ambivalente del padre respecto a la mujer. Cuando un
padre siente temor frente a las mujeres, es frecuente que desvalorice a la hija. Se burla de sus sentimientos, o cuando llega a la
pubertad la lastima haciendo referencia acaso a su cuerpo voluptuoso. Por otra parte está orgulloso de su hija. Le hace bien cuando
ella se dirige a él. Pero debido a que su relación con las mujeres no es clara, vuelve a rechazarla. O la utiliza para sí al presentarla a
familiares y amigos. Luego, sin embargo, la pasa por alto como si no existiera. Ejemplificativo de ello resulta lo que contó cierta mujer:
su padre siempre la pasaba por alto y tenía la sensación que de niña y de joven, ni siquiera tenía relación con su padre, inclusive de no
haber cruzado palabra alguna con él. Las niñas a menudo se sienten empujadas para uno y otro lado entre el tironeo hacia el padre y
su postura de rechazo. De pequeñas experimentan la dedicación del padre pero ni bien se convierten en mujeres surge un bloqueo y
ya no encuentran más acceso al padre. Con frecuencia él también está ausente porque se esconde tras su profesión. De ello puede
resultar una herida de por vida.
Otra herida de la hija se verifica cuando el padre utiliza a la hija como compañera y socia o como congenial y confidente. La une
entonces tanto a sí que apenas puede separarse luego de él. La rodea de ternura, despliega en ella sus necesidades eróticas. La hija
se siente entonces sobreexigida.
La herida más profunda es el abuso sexual de la hija por parte del padre. En el abuso es terrible la confusión de sentimientos de la hija.
El padre le transmite a su hija que la ama por sobre todo. La acaricia. Y de pronto ve más allá y disfruta en ella su impulso sexual. La
hija ya no entiende. El padre le demostró todo su amor. Y ahora la lástima.
Ella siente repugnancia pero no se anima a resistirse a ello. Y tampoco puede hablar del tema con la madre. Queda entonces sola con
el abuso. A veces busca la culpa en sí misma. Quizás excitó demasiado al padre. Algunos padres les inculcan a las hijas no hablar una
sola palabra de ello. Es su secreto. Otros amenazan a la hija que, en caso de decir algo, ambos serán castigados. Entonces la hija
cada vez debe disociar más sus sentimientos. Y no sabe cómo manejarse con su sexualidad. A menudo inclusive siente asco frente a
la sexualidad y nunca llega a tener una sana relación con la misma.
También sucede que los padres castigan y pegan.
Cuando un padre le pega a su hija se produce una profunda herida paterna. La hija no puede defenderse frente al padre más fuerte.
Una estudiante contaba cuán denigrante resultaba para ella que su padre le pegara. Inclusive a los 17 años continuaba recibiendo sus
golpes. Experimentaba así cómo era despreciada como mujer. Nació en ella un odio abismal hacia el padre, quien no aceptaba sus
argumentos y en cambio la golpeaba si él tenía una opinión divergente a la de ella. En una atmósfera de tal violencia, la hija no puede
hallarse a sí misma. No puede aceptarse como mujer si constantemente experimenta la fuerza brutal del hombre contra ella.
Cierta mujer contaba que la maestra le preguntaba a menudo a qué se debían los moretones en sus brazos. Ella no se animaba a
decirle a la maestra que el padre había vuelto a pegarle. Y cuando la maestra expresó su sospecha de que podría haber sido el padre,
ella inclusive lo defendió. Esta mujer ansió toda su vida la proximidad de un hombre que la amara sin condicionamientos. Pero al
mismo tiempo sentía temor de ello. E inconscientemente siempre se relacionaba con hombres que la lastimaban de modo similar a su
padre.
Las heridas paternas de los hijos
También los hijos deben experimentar con frecuencia ser golpeados por sus padres. A menudo estos padres son muy controlados
hacia afuera y exitosos en la profesión. Pero en casa despliegan su lado de sombra, se vuelven irascibles y pierden su control. Le
pegan al hijo y le sacan sus agresiones a golpes. Esto provoca que el hijo se adapte porque no encuentra oportunidad alguna de
luchar contra la violencia del padre. Pero en algún momento cae en la depresión.
Cierto hombre contaba que su padre le pegaba con un cinturón de cuero. A veces tenía miedo de que lo matara, tan iracundo se ponía.
Uno puede imaginar el pánico que surgía en un niño tan impotente y cómo debía disociar sus sentimientos para sobrevivir. Vivía en un
miedo constante ante el padre imprevisible y no sabía cómo comportarse, ya que el ataque de ira del padre muchas veces no era
provocado por determinado comportamiento suyo sino por los estados de ánimo que el padre traía del trabajo, o por los conflictos que
tenía con la madre. El hijo era el reemplazo para la ira que el padre no podía manifestar frente a su esposa o en su trabajo.
Otro hombre contaba que su padre había convertido directamente en un ritual el castigo a sus tres hijos. Frente al estudio de su padre
se encontraban tres sillas. Los hijos debían esperar en ellas. Luego debían pasar de a uno. El padre le explicaba por qué debía
pegarle. Luego el hijo debía quitarse los pantalones y el padre le pegaba brutalmente sobre su trasero desnudo. Una vez que se había
vestido nuevamente, el hijo debía abrazar a su padre. Esto era un nuevo agravio, ya que en ese instante el hijo sólo tenía un
sentimiento de odio frente al padre. Ser obligado a demostrar mi amor a aquel que me pega es una forma sádica de lesión.
Las lesiones espirituales también pueden surgir de forma más sutil, por ejemplo cuando el padre todo lo puede y ejerce su
superioridad: el padre es quizás un artesano habilidoso. O es exitoso y reconocido en la política. Todo lo que toca le resulta. A veces
los hijos de tales padres exitosos se sienten fracasados. El padre nada puede hacer frente a esta herida, ya que tiene poco sentido
ocultar sus aptitudes. Pero frente a un todolopuede resulta difícil para el hijo encontrar su propia identidad. Siempre se siente inferior,
fracasado. A menudo no le queda otra cosa por hacer que lo contrario al padre.
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El hijo de un abogado y político exitoso halló su camino en ocuparse como sacerdote por los presos y las personas sin hogar. El
necesitaba su propio ámbito para hallar su identidad. Pero a la larga no se puede vivir sólo en la oposición al padre. Por lo tanto este
hijo también debió hallar conexión con las raíces positivas que a su vez le ofrecía su padre. El sacer dote descubrió después de
algunos años cómo el trabajo por los presos lo aliviaba. El ponía demasiada protesta contra su padre en este compromiso. Recién
cuando descubrió la fuerza dentro de sí mismo, que había obtenido de su padre, pudo hallar el sendero de su vida y dedicarse al
trabajo con renovada energía y placer.
Algunos padres tienen miedo frente a la masculinidad de su hijo. Entonces necesitan doblegar al hijo, lo cual a menudo provoca peleas
por rivalidades. Tales hijos ven su modelo de vida posteriormente en disminuir a los demás. El odio frente a su padre se acumula y se
manifiesta frente a los demás, ya que frente al padre no tendría posibilidad alguna. Entonces se trasladan las heridas a los más
débiles. Cuando no se observa esta herida paterna se convierte en una fuente continua de violencia y humillación. El fenómeno de la
violencia de extrema derecha, ante el cual nos asustamos actualmente con desconcierto, también tiene su origen en tales heridas
paternas.
Una herida paterna profunda surge también cuando el padre es arbitrario e imprevisible. Cuando el padre es alcohólico, toda la familia
siente temor ni bien regresa al hogar. Entonces ya es suficiente un pequeño motivo para que el padre les grite a todos o les pegue
arbitrariamente. Los niños tienen miedo de que en su arrebato no conozca límite alguno. A veces también deben presenciar cómo el
padre ebrio casi mata a golpes al hijo. El padre no puede tolerar que lo contradigan y no puede soportar que el hijo se desarrolle
distinto a lo imaginado por él. Tales hombres reaccionan de manera brutal frente a cualquier pequeña crítica o cuestionamiento.
Sienten miedo de ser destronados de su posición de poder. Entonces pegan a su alrededor y quieren afianzar de este modo su frágil
autoridad. Quien ha experimentado un padre arbitrario y brutal como éste, no encuentra un sostén. Nunca ha podido apoyar-se en su
padre. Entonces busca su sostén en una postura rígida, en principios claros o se desplaza por la vida de manera inestable y nunca
encuentra un terreno firme sobre el cual apoyarse.
Cierto hombre contaba que siempre tuvo miedo frente a su padre. El padre era severo, siempre tenía razón. No admitía ninguna
oposición. Incluso a los 45 años su padre lo seguía tratando como a un tuno.
El padre impartía las órdenes y el hijo debía obedecer. El hijo se sentía siempre sometido, nunca podía vivir sus propios deseos y
siempre fue humillado. Por ende nunca aprendió a defenderse a sí mismo y a sus sentimientos. Nunca tenía permiso para demostrar
sus sentimientos frente a su padre. Se tomó entonces inseguro y siempre se dejó determinar desde afuera. Pero algo en su alma se
rebelaba contra este padre todopoderoso. Se podría decir que necesitaba un fracaso para quebrar las ataduras de su padre. Para él
era la única vía posible hacia la libertad y hacia su propio camino. Pero al mismo tiempo esta vía resultaba muy dolorosa.
El efecto de las heridas paternas en los adultos
Quien padece de una herida paterna siempre tiene problemas de autoridad. Nunca puede llevarse bien con la autoridad. Tiene la
impresión de que todo superior quiere humillarlo y atacarlo. Vive entonces en una desconfianza permanente frente al superior. Nunca
puede enfrentarlo de manera objetiva sino que ve siempre en él las conductas de su padre que lo humilló y reprimió. Toda pequeña
crítica del superior la percibe como un rechazo o represión. Debe protegerse frente a la autoridad porque considera que lo destruiría y
que su único objetivo sería su ruina. Pero tampoco puede manejar la autoridad que le compete a él mismo. O bien no puede enfrentar
los conflictos por falta de columna vertebral e intenta siempre armonizarlos o alejar de sí los problemas. Él evita los conflictos y esquiva
cualquier confrontación y decisión. O también se convierte en autoritario. No permite oposición alguna e imita en última instancia
mediante toda su conducta al padre autoritario que él rechaza. El psicólogo infantil Bruno Bettelheim lo denomina “la identificación con
el agresor”: dado que el hijo no pudo resistirse al padre y siempre se sintió débil, se identifica con él y se vuelve igual de brutal y
autoritario frente a los demás a fin de alejarse de su temor frente a su propia debilidad.
La herida paterna se manifiesta en último término también en una profunda desconfianza frente a Dios. Los hombres y las mujeres con
una herida paterna siempre tienen la impresión de que no pueden confiarse a Dios. Inconscientemente tienen dentro de sí la imagen
de un Dios arbitrario. Es mejor protegerse frente a este Dios en lugar de aceptarlo.
Pero también albergan desconfianza contra sí mismos. No se animan a nada. No abordan los problemas sino que los dilatan en el
tiempo. Carecen de la energía paterna. Prefieren adecuarse y vivir inadvertidos, evitan toda discusión y se arrastran adaptándose por
la vida. Pero de este modo no viven ellos mismos sino que son vividos desde afuera.
Cuando la herida paterna radica en el abandono de la familia por parte del padre por irse a vivir con su novia, esta herida se manifiesta
en los adultos con frecuencia en un sentimiento de abandono. Ellos viven con un temor primitivo a ser abandonados nuevamente,
precisamente por las personas a quienes más aman. Y esta herida provoca que ellos busquen siempre la culpa en sí mismos. Las
preguntas mortificadoras giran en torno a ellos: ¿Qué hice mal? ¿No soy digno de ser amado, que mi padre me abandonó?
A causa de la partida del padre, a menudo el hijo mayor toma el rol de padre. Y como adulto es difícil que lo deje. Esto dificulta la
relación con su esposa y con frecuencia también su trabajo en la empresa, donde se siente responsable por todo.
El psicoanalista y terapeuta Horst Petri enumeró en su libro Vaterentbehrung (Carencia del padre), los efectos posibles de tales
experiencias a lo largo de la vida. Cuando el hijo no tiene posibilidad de identificación con el padre, su “protesta masculina” se
manifiesta generalmente en actividades antisociales (Petri 161). Se siente inseguro en su masculinidad y desvaloriza a las mujeres a
fin de superar su inseguridad. Los hombres y las mujeres sin padre, según lo demuestran las investigaciones, son con mayor
frecuencia que otros, neuróticos, depresivos y con riesgo de cometer suicidio. No obstante, nuestra conducta no depende únicamente
de la falta del padre sino también de cómo nos manejamos con ello y de si en nuestra historia de vida hemos conocido suficientes
personajes paternales.
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La herida paterna puede entonces obstaculizar-nos en la vida. Puede cubrir nuestro sendero de vida más primitivo. Pero también
puede convertirse en una oportunidad. Quien se ha reconciliado con este aspecto de su biografía, no se convertirá en un líder
autoritario que sólo golpea sobre la mesa para imponer su voluntad sobre los demás. Conducirá de modo cuidadoso y escuchará
también a los más débiles. No pasará por alto la demanda de nadie. Pero debe saber de su riesgo de esquivar los conflictos y dilatar
en el tiempo las decisiones. Es determinante que no luche y viva contra su herida paterna sino con ella. Entonces él descubrirá
precisamente aquí su camino totalmente particular. Vivirá su anhelo por el padre convirtiéndose en padre para otros. De este modo
toma contacto con las raíces positivas de su padre. Depende de nosotros si nuestra herida paterna nos condena a repetir y
experimentar una y otra vez nuevas heridas de las personas que están sobre nosotros, o si nuestra herida paterna se convierte en una
oportunidad para reconocer en ella nuestro carisma, nuestra misión de vida, nuestro sendero de vida. Entonces viviremos en paz con
nuestra herida paterna y nuestro sendero despertará vida no sólo en nosotros sino también en los demás.
3. Historias bíblicas de relación y cuentos
En este libro querernos observar nuestras heridas paternas y maternas mediante historias de relación bíblicas y a través de la
explicación de algunos cuentos. Nuestra experiencia en el acompañamiento de las personas demostró que la confrontación de las pro-
pias relaciones con los padres, con un texto bíblico, puede tener un efecto esclarecedor y al mismo tiempo curativo. La Biblia conoce
las cuatro historias clásicas de relación: la relación entre el padre y la hija en Mc 5, 21-43, entre la madre y la hija en Mc 7, 24-30, la
relación entre el padre y el hijo en Mc 9, 14-29 y la relación entre ¡a madre y el hijo en Le 7, 11-17.
Al entregar estos textos de relación al grupo para su elaboración en los cursos de interpretación escrita de psicología profunda,
siempre se generó rápidamente una conversación animada y personal. Los hombres y las mujeres reconocían su propia historia de
vida. Pero ellos no comprendían únicamente cómo habían experimentado a sus padres como hijos e hijas sino también el tratamiento
de sus hijos como padres o madres. Entendían entonces que se repetía mucho de lo que ellos mismos habían experirnentado en su
infancia.
Al elaborar los textos no se trata de desarrollar una interpretación válida para todos. En cambio invitamos a los y las participantes del
curso a reconocer su propia historia a la luz de los textos bíblicos y descubrir los pasos de la sanación y transformación de sus propias
relaciones con los padres. Seguramente no es casual que en los textos bíblicos el hijo y la hija no sean mencionados por su nombre.
Podemos aplicar nuestros propios nombres y descubrir nuestro propio sendero hacia la vida en las personas de la narración bíblica.
Antiguamente, el tratamiento de textos era un instrumento decisivo de la psicología y la ayuda espiritual. En el antiguo Egipto los
faraones escribían sobre su biblioteca: “sanatorio del alma” (Muth 31), una inscripción que también aparecía a menudo sobre la
entrada de las bibliotecas de los conventos, como por ejemplo en St. Gallen. En nuestros días ha vuelto a ser actual la biblioterapia.
Existen muchos terapeutas que dan libros a sus pacientes para leer, a fin de poner en marcha el proceso terapéutico.
¿Qué puede movilizar un texto? ¿Qué busca provocar? Trata de invitar al lector a observarse a sí mismo más conscientemente, a
reconocerse en sus modelos de relación sin juzgarse o condenarse. El texto no trabaja con un dedo índice moralista. Nos da la
libertad de llegar por nosotros mismos a las intrigas y ver la propia situación con mayor claridad. Pero principalmente el texto busca
desarrollar su fuerza sanadora. Los textos bíblicos son Sagrada Escritura. Lo sagrado sana. Esta es la convicción de toda religión. Un
texto sagrado no es sólo un texto interesante sino un texto del cual emergen efectos santificadores y sanadores.
En nuestra época, la logoterapia ha vuelto a descubrir el efecto sanador de los textos. Viktor E. Frankl realizó la experiencia: “El libro
adecuado en el momento adecuado ha salvado a muchos del suicidio” (Lucas 75). Los textos ofrecen la experiencia “que la vida
puede tener sentido y resultar, a pesar de su fractura” (ebd). El poeta judío Franz Kafka halló una imagen contundente: El texto
debería ser “el hacha para el mar helado dentro de nosotros”.
Al recoger las palabras de Kafka, la relación con un texto bíblico o con un cuento busca aflojar y descongelar los sentimientos helados
dentro de nosotros para que comiencen a fluir nuevamente. Frecuentemente estamos incomunicados con nuestros sentimientos. Si
bien algunos pueden hablar acerca de las relaciones con sus padres en la terapia o la ayuda espiritual, no entran en contacto con sus
auténticos sentimientos. El los relatan sonrientes cómo el padre les pegaba y humillaba. Un texto se dirige por cierto al plano de sus
sentimientos. Invita al lector a tomar otra vez contacto con sus sentimientos incomunicados. Le quita el miedo frente a su lado de
sombra y frente a las emociones desagradables que bullen dentro de su interior y que quisiera gustosamente guardar bajo llave.
Quien aborda un texto a través de la meditación tiene la oportunidad “de que un profündo proceso de maduración existencial sea
puesto en movimiento, que tenga lugar un trabajo de conciencia, que finalmente puede conducir a una serenidad alegre, que en el
mejor de los casos pueda provocar redención y liberación” (Raab 76).
¿Pero qué pretende la combinación de textos bíblicos y cuentos? ¿Los textos bíblicos deberán eolocarse en el mismo plano que los
cuentos? Existen diferencias y al mismo tiempo cosas en común. Las historias bíblicas de sanación describen sanaciones reales,
informan lo acontecido. Los cuentos describen un suceso, el camino de la realización humana. No pretenden haber tenido
efectivamente lugar. Los cuentos provienen de la sabiduría popular, la Biblia es un texto sagrado. La Sagrada Escritura está dictada
por el Espíritu Santo, según afirma la teología. Las palabras de la Biblia son sagradas y sanadoras. Los antiguos monjes, así por
ejemplo Evagrius Ponticus, comprendían la Biblia como libro sanador y también lo utilizaron en ese sentido. En la Sagrada Escritura
Dios mismo nos dice cuál es la situación del hombre. Y el propio Dios nos indica el camino hacia la sanación de nuestras heridas. En
la Biblia se verifica la sanación a través de un repentino milagro. En los cuentos se describe todo el proceso de sanación
generalmente como un largo camino. La realización propia está descripta por lo general en los cuentos en forma concreta. No tiene
lugar simplemente en mí sino que debo emprender el camino y a través de largos desvíos encontrar finalmente mi sendero de vida.
Pero a pesar de todas las diferencias, los textos bíblicos y los cuentos tienen algo en común. Ambos describen con imágenes el
camino del hombre y la transformación de sus heridas en nuevas posibilidades de vida. La Biblia describe con imágenes lo que Jesús
hizo en el hombre que nos permite referir estas historias también a nosotros y hallarnos nuevamente en ellas. Los cuentos están
formados por imágenes en las cuales podemos reconocer nuestro propio camino.
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Son imágenes arquetípicas que ponen en movimiento algo de nosotros. Aun cuando Jesús sana la enfermedad, no lo hace sin su
intervención. Si observamos los textos bíblicos con mayor atención, descubriremos también qué pasos debemos dar para que
nuestras heridas se transformen y elaboremos nuestra propia persona.
Hemos comprobado que a algunas personas les resulta más fácil relacionarse con un texto bíblico. Les resulta familiar. Sólo se trata
de no utilizar una interpretación ya leída o reflexionar sobre el texto únicamente en categorías teológicas, a fin de mantenerse fuera de
la actividad sagrada. Es importante una relación directa con el texto. Los lectores deberán reconocerse ellos mismos en el texto bíblico
y observar su propia historia de vida a la luz de lo escrito.
Otros tienen dificultades con la Biblia. Ellos observan la Biblia como un texto de la Iglesia. La Iglesia les ha quitado el gusto por la
Biblia debido a una interpretación excesivamente estrecha y moralizadora. Y prefieren un cuento, para el cual no necesitan requisito
alguno de creencia. Las imágenes de los cuentos están abiertas a todos. Cuando alguien se relaciona de manera intensiva con un
cuento, también allí descubrirá la dimensión espiritual del texto y de su propia vida.
Uno parte de la espiritualidad para aceptar honestamente su situación psicológica. El otro parte de las imágenes de la vida, tal como
se las ofrecen los cuentos, a fin de llegar lentamente a través de este camino a tomar contacto con su ansia de auténtica
espiritualidad.
En nuestro trabajo de acompañamiento espiritual, debemos ser sensibles a la situación interior de cada individuo para percibir si es
más adecuado un cuento o un texto bíblico a fin de acercarse a la propia verdad. Pero en ambos tipos de texto no se trata Únicamente
de reconocer la propia situación y quedarse en el análisis sino al mismo tiempo crear la esperanza de sanación y transformación. Los
textos bíblicos, así como los cuentos, muestran un camino para transformar las heridas paternas y maternas y cómo poder descubrir y
vivir nuestra propia persona.
En las historias bíblicas de relación Jesús no se dirige únicamente al hijo o a la hija sino también al padre y a la madre. Los padres y
los hijos necesitan el tratamiento. Jesús quisiera conducir a los padres y a los hijos hacia sí mismos. Para ello deben ser liberados
previamente de la trama de relación que los enferma. El enredo entre ellos debe disolverse para que cada uno pueda ser él mismo. A
Jesús no le interesa acusar a los padres como si fueran culpables de la enfermedad de los hijos. Él reconoce la relación desastrosa,
las complicaciones y los aprietos en los que se encuentran y de los cuales no pueden liberarse por propia fuerza. Podría decirse que
Jesús fue uno de los primeros terapeutas familiares. El ejerció una terapia sistémica, es decir, siempre dirigió su mirada a la trama de
relación sin por ello asignarle valor o culpas. Él simplemente ve el atascamiento y la perturbación endemoniada que se ha deslizado
dentro de la relación entre el padre y el hijo y la madre y la hija.
El psicoterapeuta sistémico Bert Hellinger hizo una y otra vez hincapié en que los hijos y las hijas frecuentemente actúan aquello que
en la familia quedó en secreto o sin elaborar. El hijo adopta el puesto del tío o del abuelo fallecidos tempranamen te. La hija se
identifica con la abuela depresiva. Los secretos familiares se manifiestan a través de los hijos y las hijas. Desde la psicología profunda
se le daría una explicación algo distinta: el padre nunca es solamente el padre sino también el hijo, marcado por su padre y su abuelo,
su tío, su párroco y sus maestros. Inconscientemente transmite la imagen de sí que adoptó de los demás en su historia de vida. En él
se condensa la historia familiar. Y de este modo también su hijo y su hija participan de los enredos de la historia familiar. Son
arrastrados a las relaciones inconscientes de la gran familia. Reciben la carga del pasado. Y a menudo no saben siquiera de qué
padecen en realidad.
Los padres transmiten inconscientemente lo que está marcado en ellos. A menudo se sorprenderán al mostrar las mismas conductas
frente a sus hijos que ellos rechazaron en sus propios padres. Ellos querían ser totalmente distintos y ahora deben reconocer que
repiten los errores de los padres. La sanación únicamente puede verificarse cuando se resuelve la trama de relación compleja y
caótica de la familia, cuando cada cual reconoce su propia vida y su propia posición y es capaz de vivir como él mismo sin la
obligación de tener que copiar a los padres o los abuelos. Y la sanación significa que aprecio a los padres en su manera propia, que
las heridas que me provocaron quedan en ellos y que les agradezco lo que me han dado.
En las historias bíblicas de relación, Jesús aparece como terapeuta. En su terapia descubrimos sabiduría y una gran sensibilidad en el
trato con los enfermos. Pero a muchos les extraña que Jesús sane al expulsar un demonio.
Es interesante que siempre se hable de la expulsión del demonio únicamente en las relaciones de igual sexo, o sea, padre-hijo y
madre-hija. Los demonios son descriptos frecuentemente como espíritus impuros que enturbian nuestro pensamiento. Y los demonios
representan fuerzas interiores, ideas fijas, complejos que nos tienen en su poder.
Jesús evidentemente reconoció que el hijo está turbado por su padre y la hija por su madre, que ellos no encuentran su propia
identidad porque el padre y la madre proyectan sobre ellos sus propios problemas irresubles. La imagen masculina poco clara del
padre y la inconsciente autodesvalorización de la mujer por parte de la madre se instalan cual demonios sóbre el hijo y la hija. Por esta
razón, sólo se curan y son integros cuando los padres los liberan de estas turbaciones, cuando el demonio es expulsado.
En las relaciones entre sexos opuestos, padre-hija y madre-hijo, Jesús sana al hijo y a la hija al resucitarlos de la muerte. La muerte es
aquí una imagen de la separación radical que el hijo y la hija deben llevar a cabo para poder hallar su propio sendero de vida. Si han
muerto en su antigua identidad, Jesús los toca, los levanta y los deja en su propio camino.
En los cuentos no es Jesús quien sana sino un príncipe, que despierta a la rosa con sus besos, o una buena hada, o un enano o un
animal. Estas figuras representan claramente nuestra propia participación, que necesitamos para que nuestra vida sea exitosa. Los
cuentos describen en estas imágenes nuestros propios recursos a partir de los cuales podemos crear. En nosotros se encuentran
fuentes de fuerza sanadora. Al leer los cuentos y meditar sobre ellos tomamos contacto con las fuerzas dentro de nosotros que
necesitamos para tener éxito en nuestro camino de vida.
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Pero también aquí, más allá de todas las diferencias entre la Biblia y los cuentos, debemos resaltar la similitud. Jesús no es en la
Biblia únicamente el sanador que nos toca, nos levanta y nos ofrece la palabra sanadora. Jesús no es sólo el Jesús histórico. No es
sólo el Cristo que vive actualmente y al cual podemos acudir con nuestras heridas para que las sane cuando estamos frente a él.
También es el arquetipo del sí mismo. C.G. Jung reconoció en Jesús al arquetipo más claro del sí mismo. Una imagen arquetípica
pone en movimiento el espíritu con miras a su propia integridad. A través de la meditación de las historias bíblicas “se manifiesta la
vida básica oculta e inconsciente de cada individuo” (Jung 97). A través de Jesús reconocemos qué posibilidades existen dentro de
nosotros. Él provoca que la fuente sanadora que está dentro de nosotros vuelva a fluir. Jesús no sólo es aquél que nos toca y sana
desde afuera. También está en nosotros como la auténtica esencia, el núcleo interior, como la fuerza sanadora que nos fue
obsequiada por Dios. Las narraciones bíblicas describen a este Cristo dentro de nosotros. Y nosotros meditamos acerca de él para
que pueda desarrollar dentro de nosotros su efecto sanador y transformador.
Es decir que, tanto a través de los cuentos como también de la Biblia, tomamos contacto con las fuentes interiores a partir de las
cuales debemos crear para que nuestra vida resulte. Cristo ya está en nosotros. El, que en aquel entonces trató de manera tan
inteligente a las personas, quisiera levantarse también dentro de nosotros y ganar un espacio para poder dejarnos guiar por Él como el
maestro interior y no por los enredos que nos ciegan frente a las propias posibilidades. Tanto la Biblia como los cuentos buscan
mostrarnos el aspecto espiritual de nuestro propio camino de sanación y del proceso de nuestra autorrealización. Los textos nos
muestran que no debemos realizar todo nosotros mismos sino que Dios tiene efecto en las palabras y las imágenes dentro de
nosotros, y que actúa en Jesucristo en y sobre nosotros para que nuestra vida tenga éxito.
4. La relación entre padre e hija “Niña, te lo digo: ¡levántate!” (Mc 5,21-43)
“Jesús se desplazó nuevamente en el bote hacia la otra orilla y una gran multitud de gente se reunió en torno a Él. Mientras aún
estaba junto al mar se acercó a Él un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al ver a Jesús se puso de rodillas y le suplicó:
‘Mi hija pequeña se muere. Te ruego que la toques para que se salve’. Jesús acompañó al hombre a su casa pero, mientras caminaba
seguido de mucha gente, una mujer se abrió paso entre la multitud y tímidamente tocó el borde de su túnica. Esta mujer había tenido
hemorragias internas imposibles de curar durante doce años. Muchos médicos la habían atendido, sufrió mucho, gastó toda su fortuna
pero de nada sirvió, su estado era cada vez más grave. Ella había escuchado de Jesús. Y se dijo: si pudiera
tocar su túnica, sanaría. Jesús se detuvo, mirando a su alrededor, y preguntó: 7,Quién me ha tocado?’ Pedro se sorprendió por la
pregunta y le dijo: ‘Señor, entre tanta gente ¿cómo puedes preguntar quién te ha tocado?’ Pero Jesús miró fijamente a la mujer y ésta
retrocedió temblando. Entonces Jesús, sonriendo dulcemente, le dijo: ‘No temas, hija mía. Tu fe en Dios te ha curado. Ve en paz y no
sufras más’. Y verdaderamente ella quedó sana en ese mismo momento.
“Mientras Jesús seguía hablando, se acercó gente que pertenecía a la casa del jefe de la sinagoga y dijo (a Jairo): ‘Tu hija ha muerto.
¿Por qué continúas molestando al maestro?’ Jesús, que había oído estas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: ‘No temas, ten fe’. Y no
permitió que nadie lo acompañara salvo Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Se dirigieron a la casa del jefe de la
sinagoga. Cuando Jesús notó el murmullo y escuchó a la gente lamentándose y llorando les dijo: ¿Por qué gritáis y lloráis? La niña no
está muerta, simplemente duerme. Entonces se rieron de él, pero Jesús entró a la casa, acompañado por Pedro, Santiago y Juan, y
por los padres de la muchacha. Jesús entró al cuarto de la niña y se paró junto al lecho donde estaba el cuerpo. Tomó su mano y dijo:
¡Talita kum! que traducido significa ‘Niña, levántate de la cama’. Y, para el asombro y la alegría de todos, la niña se levantó de la cama
y fue de un lado al otro. Tenía doce años. La sorpresa de la gente era inmensa. Pero él tan solo les pidió encarecidamente que nadie
se entere lo que pasó allí. Luego dijo: ‘Denle algo de comer a la niña
Como primera historia de relación Marcos nos describe el conflicto entre el padre y la hija. Jairo era jefe de La sinagoga. Nosotros
diríamos que era párroco o maestro de la religión. De todos modos tenía una función religiosa y era jefe de una comunidad. Tales
personas corren a menudo el riesgo de identificarse con su rol profesional o social y continuar representando ese rol también en la
familia. El jefe piensa que puede proceder con sus hijos de igual modo que con sus súbditos. Les transmite que él tiene conocimientos
de educación de los hijos.
Los funcionarios religiosos mezclan a veces su función de padre con las ideas religiosa. La hija de un pastor evangélico contaba que
su padre, con el mismo tono con el cual predicaba en la iglesia, le manifestaba sus pedidos, por ejemplo cuando quería que ella le
buscara una cerveza del sótano. Tal mezcla de rol de padre con rol de pastor siempre provoca irritación en los hijos.
Y si la autoridad del padre está fundamentada y sostenida religiosamente, la hija apenas puede resistirse a ello. El padre es entonces
algo absoluto. Aunque la hija descubra su humanidad, sus defectos y sus debilidades, ella prefiere cerrar los ojos ante ello, porque el
padre es aquél que aparece en la iglesia. Y con la sotana tiene algo divino. Es difícil tanto para el padre como para la hija separar lo
puramente humano de lo religioso y ver al otro en su función de padre o de hija.
Tres roles de las hijas
Si observamos la historia de relación entre el padre y la hija en esta historia, naturalmente no es posible averiguar la situación
verdadera a partir de estos pocos datos. Pero precisamente porque los textos bíblicos dejan mucho abierto, podemos completar los
cuadros con nuestras propias historias de vida. El padre es un jefe de la sinagoga. Ocupa por lo tanto una función directiva. Quizás se
haya identificado tanto con su rol de jefe que ha pasado por alto a su hija. La psicóloga Julia Onken describió cómo padecen por eso
las hijas. Parte de su vida deben pelear con la falta de confianza en sí mismas. No están seguras de su apariencia, de su valor y de su
identidad. Según Julia Onken existen tres maneras de reacción de las hijas frente al padre que las pasa por alto.
“La variante más habitual es la hija seductora” (Onken 84). Ella trata de seducir al padre ya sea haciéndose notar mediante su encanto
femenino y vistiéndose especialmente bonita o adecuándose al padre y leyendo de sus labios todos sus deseos. Pero las hijas
seductoras buscarán dur4nte toda su vida agradar a los hombres. Ellas se definen a través de la experiencia de ser admiradas. Si esto
desaparece, puede crecer una amenaza mortal para algunas mujeres. En casos extremos, no encuentran otra salida que despedirse
de la vida.
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La segunda posibilidad es la “hija servicial”. Ella trata de impresionar a su padre a través de su activi dad. Ella observa exactamente
cuáles son las áreas importantes para el padre. Especialmente en esta área intenta realizar mucho. Pero en todo momento va en
desmedro de su propia identidad. La hija servicial va más allá de sus sentimientos y del sentimiento interno de qué correspondería
para ella. Ella niega su propia debilidad. De ningún modo quisiera aparecer como débil. Entonces aprieta sus dientes y desarrolla una
disciplina inmensa. Desvaloriza a su madre que muy a menudo es subestimada por su marido obsesionado por el servicio. El precio
por este modelo de vida es un vacío interior. La hija sacrifica sus sentimientos en el altar del éxito.
La tercera posibilidad es la “hija obstinada”. Ella opone resistencia frente al padre, lucha contra sus opiniones, con frecuencia es
irónica y aguda en su observación. Ella le arranca a su padre “su atención, lucha por lograr su interés, lo obliga a tomar conocimiento
de su existencia y a batirse a duelo con ella: siento resistencia, por ende soy yo” (Onken 84). Ella puede argumentar en forma brillante
y se trenza en discusiones interminables con el padre de modo tal que él debe atenderla.
Quizás también la hija de Jairo haya sido pasada por alto por su padre. Y entonces se haya refugiado en uno de los tres papeles de
las hijas con el objeto de sobrevivir. Pero ella no encontró la vida de esta forma sino que cada vez se mezcló más en el torbellino de la
muerte. El nombre Jairo significa en realidad: “Dios ilumina” o “Dios despierta”. Quizás en el nombre se encuentre un programa para la
sanación de la hija. No es el padre quien la iluminará o despertará. La iluminación debe provenir de otro lado, de su propio interior, de
su auténtico ser, de Dios. Probablemente nunca sea vista por su padre como ella quisiera. Siempre percibirá con dolor el déficit de la
herida paterna. Deberá abandonar su necesidad de ser finalmente reconocida por su padre en su dignidad y exclusividad, y a cambio
de ello lograr la atención de su padre a través de seducción, servicio u obstinación.
El nombre del padre indica el camino en el cual la hija podría liberarse de su fijación a la dedicación del padre. Debe ver más allá de
él. Necesita otro motivo que su padre en cuerpo y persona. Ella debe hallar el motivo de su existencia en sí misma, en su propia
exclusividad, o en Dios. La referencia a Dios no debe ser una artimaña barata para liberarse de su dependencia del padre. Pero sólo
cuando la hija admite que su padre nunca la verá y apreciará como ella anhela, se liberará de su fijación. Y entonces podrá dirigir sus
ojos hacia aquello que realmente la soporta, a su propia dignidad, a Dios, quien la observa en su exclusividad, quien la llama por su
nombre.
En la historia, la hija de Jairo no tiene nombre. Quizás también pueda ser una referencia a que aún debe descubrir su propio nombre,
el nombre exclusivo por el cual la ha llamado Dios y que le dice qué secreto de su vida debe desarrollar.
La muerte de la hija
La hija de Jairo se estaba muriendo. El padre ya no podía ayudarla. En su desamparo se dirige a Jesús: “Ven y colócale las manos
encima para que sane y siga viviendo” (Mc 5,23). Los implicados ya no pueden resolver el conflicto. El padre no puede ser el
terapeuta de su hija. Debe venir otro y desplegar sus manos sanadoras sobre la hija para que vuelva a respirar y pueda hablar con
toda libertad sobre sí misma. Si el padre le da buenos consejos a la hija, ella nunca sanará. Ella permanece siendo la niña infectada
por él, que no puede crecer. Si el padre intenta sanar a la hija, no se da cuenta de que él mismo es el problema. La hija no sana
porque está demasiado ligada al padre, tanto en el sentido positivo como en el negativo. O bien lo admira tanto que no puede
desprenderse de él, o es permanentemente desvalorizada por él y ridiculizada en su desarrollo como mujer. En ambos casos se crea
una unión que el padre no puede liberar ni a través de la modificación de la conducta ni poniendo buena voluntad. Es necesario un
liberador externo, que la suelte de la mano del padre. El hecho de que el padre reconozca su impotencia y confié a su hija a las manos
y la protección de Jesús, ya es el primer paso de la sanación. Esto se aplica también para muchos padres aun cuando signifique para
ellos una ofensa narcisista, que a pesar de todo su conocimiento psicológico, su amor y dedicación bienintencionados no pueden
ayudar a su hija.
Cuando la hija ingresa al ámbito sanador de un hombre reposado o de una mujer madura y puede permanecer allí, puede sanar. Lo
trágico es que la hija busca con frecuencia un amigo, un terapeuta, un ayudante espiritual o un acompañante que continúe el rol del
padre. En ese caso no se verifica una sanación y en cambio se afianza el modelo enfermante. El terapeuta o ayudante espiritual se
rodea igual que el padre de una aureola divina, que evidentemente atrae a la hija. Es como una trampa en la que cae. Y luego
continúa la herida. Por esta razón, es importante para la evolución sanadora que la hija también enfrente la herida paterna.
Únicamente al atreverse a ello podrá confiar en su sentimiento y reconocer a quién puede dirigirse y a quién no. De lo contrario caerá
una y otra vez en aquellas personas que repitan las heridas del padre.
Es un gran peligro para todo ayudante espiritual y terapeuta, que se identifiquen con imágenes arquetípicas y, por ende, que lastimen
una vez más a las personas que buscan su acompañamiento. Si una mujer con una herida paterna busca el diálogo con un ayudante
espiritual masculino, aparece fácilmente en él el arquetipo del padre: “Podría ser para ella el padre que nunca pudo experimentar”. Si
el acompañante se deja guiar por esto, no notará que él mismo despliega su propia necesidad de cercanía con la mujer.
Y así no ayuda a la mujer. O cuando la mujer se queja de sus heridas y cuenta que hasta ahora nadie podo ayudarla, se presenta en
el acompañante el arquetipo del sanador: “Yo podría sanarla. Si me dejo guiar por Dios podré sanar sus heridas”. Tampoco entonces
notará que actúa sus propias necesidades, sus fantasías narcisistas de grandeza o su necesidad de ser algo especial, o de poder
transmitir la salvación de Dios.
El miedo del padre
Cuando los amigos del jefe de la sinagoga vienen y le avisan que la niña ha muerto, que no tiene sentido molestar a Jesús, Él exhorta
al padre: “!No temas, sólo cree!” (Mc 5,36). En estas pocas palabras se manifiesta cómo Jesús comprende de inmediato el estado
interior del hombre. En todas las historias de sanación podemos ver cómo Jesús da en el núcleo. En este caso, percibe el temor del
padre como el problema propiamente dicho. En griego no existe la diferencia entre miedo y temor. La herida paterna propiamente
dicha radica para la hija en el temor del padre. El padre quiere controlar porque tiene temor. Por temor reprime la sexualidad de su
hija. Por temor a su convertirse en mujer le impide desarrollar su propia identidad. Jesús reconoce intuitivamente la problemática más
profunda de este hombre. Y lo recoge allí donde está atrapado dentro de sí mismo y de su temor. Dado que Jesús comprende al
hombre, puede Iiberarlo de su vínculo temeroso con la hija y colocarlo sobre sus propios pies.
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Muchos padres reconocen actualmente el problema del temor frente a sus hijas. Ellos temen quizás que sus hijas extravíen su camino
y por ende deben controlarlas cuando regresan por la noche de su encuentro con su novio. Como teme que la hija no sepa manejar su
sexualidad, su padre lee secretamente en su diario para enterarse si ya ha tenido una relación sexual. Quizás el padre también tema
que
su hija sea más inteligente que él, lo cual difícilmente podría asimilar. O teme que ella sienta las necesidades que él siempre se
prohibió. En el temor en torno a la hija, el padre manifiesta su propio temor. En última instancia siente temor frente a sí mismo: frente a
su sexualidad, frente a las mujeres a quienes no comprende, frente al fracaso, frente a las propias necesidades y deseos, frente al
caos en su alma. Cuanto más quiera proteger a su hija frente a los errores a causa del temor, tanto mayor será el peligro de que la
induzca a caer precisamente en esos errores. Aquello que el padre quiere evitar por todos los medios, lo provoca en su hija. Cada vez
está más contagiada de su temor. Inclusive, una vez fallecido el padre, el temor del padre puede continuar turbando la memoria de la
hija. El temor se convierte en un demonio que se afianza dentro del alma de la hija.
Jesús atiende en primer término al padre. Lo libera de su fijación temerosa a la hija. Lo suelta de la desastrosa opresión que lo daña
tanto a él como a la hija. Lo coloca sobre sus propios pies para que pueda desempeñar libre y confiadamente su rol de padre. Jesús
se niega a atribuir al padre la culpa por la enfermedad de su hija. Él libera la maraña estrecha entre el padre y la hija para que ambos
puedan ser ellos mismos. En ello consiste la salvación para Jesús. Una vez liberada la opresión, padre e hija pueden restablecerse y
ser íntegros.
El primer paso de la terapia de Jesús consiste en permitirle al padre observar su temor. Él no lo juzga por su temor. Sólo al observar
su temor podrá distanciarse de él. En muchos hombres existe un temor primitivo ante las mujeres, temor que lleva al hombre a
desvalorizar a la mujer y querer dominarla. Una joven mujer contaba cuánto había padecido por ello de niña, cuando el padre no
tomaba en serio a su madre y la ridiculizaba. Esa desvalorización de la mujer no sólo la experimentó por parte del padre si no también
de sus hermanos. Los hombres en la familia no aceptaban sus sentimientos. Ocultaban su temor e inseguridad al considerar a las
mujeres como esclavas y desvalorizarlas en su dignidad. La joven mujer continúa padeciendo de esta desvalorización. Siempre que
debe relacionarse con hombres en su trabajo que no la toman en serio, aparece en ella esta herida a través de su padre y la paraliza.
No puede defenderse frente a este tipo de hombres. Si bien su razón analiza su inseguridad y su temor, en la realidad no puede
imponerse. La antigua herida aparece y la deja sin palabras.
El segundo paso terapéutico de Jesús consiste en su exhortación “Simplemente ten fe!” Jairo debe confiar en que su hija, más allá de
todas las crisis, encuentre su propio camino. Él no debe preocupar se temeroso por la niña y obstaculizarla así en su vida. Cuanto más
ata a la niña a su temor, tanto menos puede vivir. Él debe crear un ámbito de confianza en el cual la niña pueda florecer. Tener fe
significa soltar a su hija y confiarla a otro, en última instancia a Dios. El no es responsable por todo lo que crece dentro de su hija. Dios
le envía a sus ángeles. Éste es motivo suficiente para dejar a su hija en manos de los ángeles en lugar de colocarla en el corsé que
creó para ella. El término griego pisteuein no significa únicamente tener fe y soltar sino también “estar firme, afianzarse en Dios”.
Jesús invita al padre a obtener su propia estabilidad, a estar en Dios consigo mismo. Cuando el padre tenga paz en sí mismo, también
tendrá fe en su hija y le confiará algo a ella.
Confiar tiene relación con firmeza. El padre que confía a la hija le confiere una posición firme, un fundamento sólido sobre el cual
sostenerse. De tal modo ya no tiene necesidad de atarla a él o controlarla. Quien tiene paz en sí mismo como hombre, también
permite a la mujer ser totalmente ella misma. El se alegra de la naturaleza distinta de la mujer y confía en su desarrollo acorde a su
ser.
El sueño de la transformación
Una vez que atendió al padre, Jesús se dirige a la niña. A la gente que llora en voz alta la muerte de la niña les responde: “¿Por qué
gritáis y lloráis? La niña no ha muerto, sólo duerme” (Mc 5,39). Sólo murió en su antiguo rol de niña. Debió archivar su identidad de
niña, debió soltar la atadura con el padre. Y esto sólo se verifica a través de la muerte, a través de un cambio de identidad. Hacia
afuera es una muerte, sin embargo hacia adentro un sueño de la transformación. La hija se libera en este sueño de la transformación
de la atadura del padre. Ella suelta al padre. Ella suelta aquello a lo cual se sostenía y aferraba hasta ahora. Si el padre proyecta su
temor dentro de la hija, surge un vínculo tan estrecho que la hija sólo puede liberarse de él a través de la muerte, a través de una
muerte psíquica, al fallecer a su antigua identidad de “hijita del padre”.
El vínculo entre el padre y la hija a menudo también tiene un tinte de deseo erótico. El padre necesita a la hija como reemplazante.
Dado que no puede ya desempeñar su papel de amante frente a su mujer, lo intenta con la hija satisfaciendo cada uno de sus deseos
y entregándole todo su amor. O toma a su hija como compañera espiritual. Con ella comenta los libros que lee. Con ella va a los
conciertos porque su esposa no muestra interés alguno en ellos. La trata como a una camarada, como una interlocutora en igualdad
de derechos. Ella le presta gustosa su oído. Con ella puede compartir sus ideas. A ella puede moldearla como la mujer de sus sueños
que ansío pero no encontró en su esposa (comp. Richter 115 y sigs.).
Simultáneamente el padre cuida celosamente que nadie le dispute su hija. Nace entonces un vínculo estrecho. La hija sólo puede
liberarse de este vínculo cuando abandona el papel de amante del padre y se para sobre sus propios pies. A veces sucede que esta
muerte a la antigua identidad tiene lugar a través de una prolongada separación del padre. Pero no es suficiente con una separación
exterior, también debe llevarse a cabo en el alma. De lo contrario, el padre continúa determinando interiormente a la hija y no le
permite encontrarse a sí misma. A menudo las hijas de este tipo de padres son incapaces de llegar a una sana relación con un
hombre. No encuentran ningún compañero que alcance a su padre. Siempre tienen algo que objetar. Entonces permanecen solas. En
algún momento se sienten, en consecuencia, usadas y estafadas en su vida.
La hija de Jairo tiene doce años de edad. En aquella época era la edad en que las jóvenes eran casaderas en Israel. Evidentemente la
hija no puede crecer. Quizás es la atención excesiva del padre la que la obstaculiza en su crecimiento. O los ideales religiosos de
pureza que llevan a la hija a temer su propia sexualidad. Quizás sea también el deseo inconsciente del padre que impide a la hija ser
adulta, ya que el padre no quisiera perderla como compañera. El siente temor a que ella elija otro hombre. Entonces
inconscientemente la vincula a él y la torna incapaz de desarrollar su propia identidad.
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Eugen Drewermann compara, en su interpretación de esta historia, la situación de la hija con la de una anoréxica. En la anorexia la
niña rechaza convertirse en mujer. Niega su sexualidad. Y en la anorexia se esconde un deseo de muerte. Este deseo de muerte no
está únicamente dirigido contra sí misma sino también en última instancia contra el padre. La hija actúa en sí misma lo que realmente
quisiera decirle a su padre: que se muera para que finalmente pueda vivir ella. Pero no se anima a dejar que su deseo llegue a su
consciente porque significarían sentimientos de culpa imposibles de superar. Por temor a los sentimientos de culpa dirige la agresión
contra ella misma y se castiga por sus propios deseos de muerte frente al padre, dejándose morir lentamente de hambre.
Para Drewermann se demuestra “que la anorexia es casi siempre una protesta frente a cierta forma de indulgencia y atención
excesivas, contra la cual no es posible resistirse en una discusión abierta sin fuertes sentimientos de culpa” (Drewermann, TuE II,
300). Para algunas jóvenes mujeres, la anorexia se convierte en el único camino para liberarse de la omnipotencia del padre. Por
haber sufrido bajo su poder, dejan al padre padecer su desamparo y debilidad. Inconscientemente se satisfacen con el pánico que
llega a sentir el padre. En su debilidad, Jairo corrió hacia Jesús y se echó a sus pies. Se mostró totalmente en su desesperación y
desamparo, y reconoció que sólo otro podría ayudar allí.
“¡Levántate!”
Evidentemente a la hija de Jairo le queda como único camino la muerte para escapar de la esfera de poder del padre. En realidad, ella
no está muerta sino sólo rígida. Pero las personas de confianza del padre no se dan cuenta. Para ellas está muerta porque ya no
funciona como les agradaría, porque ya no desempeña el papel de la hija obediente y adaptada. Jesús se dirige a ella, la toma de la
mano y le dice: “Niña, te lo digo levántate” (Mc 5,41). El término griego para “tomar” (krateo) significa también “ser poderoso, fuerte”.
Jesús sostiene la mano de la hija y le manifiesta su fuerza. El padre la había retenido en su temor y quitado toda su fuerza. Jesús le
da la mano a la niña y permite que su fuerza fluya hacia ella. Pero también le da confianza para pararse sobre sus pro pios pies y
asumir la responsabilidad por su vida. La niña se levanta y se desplaza de aquí para allá. Transita sus propios caminos. Se libera de
las ataduras que inconscientemente su padre le había colocado, se libera del superyó del jefe de la sinagoga, del poder de las
órdenes religiosas que había almacenado en su inconsciente. Se anima a transitar su propio camino sin preguntarle al padre si está
bien, si puede que hacerlo. Lo aquí descrito con palabras sencillas es con frecuencia un proceso doloroso. En el camino hacia la
libertad aparecen una y otra vez deseos de amor y dedicación del padre, que quisieran retener a la joven en su avance por el propio
camino. Por lo tanto, se la tienta a retornar a los brazos llenos de amor pero también atrapantes del padre. La sanación de la hija no
se verifica sin su propia intervención. Ella misma debe dar los pasos que la llevarán hacia la vida.
De la mano de Jesús la hija celebra la resurrección. Marcos emplea a tal fin las dos palabras con las cuales también describe la
resurrección de Jesús: egeire significa “levántate” y aneste significa “ella se levantó”. Ella se levanta porque Jesús le da la mano y le
habla. En la palabra de Jesús ella recibe la fuerza sanadora de Dios. En Jesús encuentra a Dios, quien la pone en contacto con la
fuerza, que Él ya le había dado en el momento de su nacimiento. Con esta fuerza ella puede levantarse por sí misma y ser ella misma.
La hija no adquiere dependencia de Jesús como si fuera su terapeuta. Tampoco lo toma como padre sustituto. Jesús despierta en ella
el valor de ser ella misma. La resurrección —tal como nos dice esta historia de sanacíón— no tiene lugar después de nuestra muerte
sino en medio de nuestra vida. Siempre que una persona se levanta, se coloca sobre sus propios pies y transita su camino, ha
resurgido, forma parte del misterio de la resurrección de Jesús.
Jesús imparte dos órdenes más para completar la sanación. Por un lado está la orden que no le cuente a nadie de su sanación. Nadie
debe enterarse de ella. La hija necesita un ámbito protector de silencio, en el cual llegar a ella misma. Si la noticia de su sana ción se
hace pública, se colocaría en un papel que no le haría bien. Sería algo especial. Nuevamente sería motivo de asombro para todos y
no podría llegar a ser quien es. Como hija del jefe de la sinagoga presumiblemente también era un problema para ella estar
demasiado en la mira del interés general. Ella se desarrollé bajo la mirada de la comunidad religiosa que en la hija siempre veía
también al padre. Ella no sólo debe abandonar la esfera de poder del padre sino también de la comunidad para poder transitar su
camino.
Ya no puede permitir ser utilizada como objeto de demostración. El milagro de su sanación sería muy apropiado para hacer alarde
con su hija en los círculos religiosos: ella fue honrada con la sanación. Esto provocaría una gran impresión. Pero la hija necesita su
ámbito. Quizás deba mudarse de su casa para que —sin ser observada por todos— pueda encontrarse a sí misma.
Por último, Jesús le recomienda a la gente dar de comer a la niña. Es menester fortalecer su vitalidad. Ella debe disfrutar la comida y
en este goce entrar en contacto con su cuerpo, con su sexualidad. Ella debe vivir a gusto dentro de su cuerpo y encariñarse con él.
Parece asombroso que Jesús se preocupe por cosas aparentemente banales como la alimentación. Pero es importante para Él que la
hija se aboque a los placeres de la vida. Durante años estuvo rigidizada, quizás quería satisfacer los ideales religiosos del padre y dejó
de lado su persona y sus necesidades. O estaba destinada a ser reconocida por el padre. Ella vivía de los favores de su padre. Ahora
debe vivir ella misma y disfrutar su propia vitalidad. Ella necesita el permiso de Jesús, inclusive su orden, para animarse a satisfacer
sus necesidades vitales. Ahora puede ocuparse de sí misma y de su cuerpo. Dejar de preguntar constantemente si realmente puede
disfrutar una buena comida. Existen personas religiosas que en virtud del puro ascetismo han olvidado disfrutar la vida. Tampoco
pueden disfrutar a Dios. Están rigidizadas en su negación de la vida. Entonces necesitan la orden del propio Jesús para Iiberarse de
sus sentimientos de culpa y dedicarse con la conciencia limpia al goce.
Pero la orden de darle de comer a la niña no se refiere exclusivamente al goce. La hija debe aprender a alimentarse por sí misma, a
ser padre y madre para ella misma. Ella debe preocuparse por sí misma y ver que su cuerpo y su alma encuentren el alimento que
necesitan para ser totalmente ella misma. Al alimentar a su cuerpo, se encariñará con él. Ella tiene el derecho de sentirse a gusto en
su cuerpo como mujer y alegrar-se de ser mujer.
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La mujer con el flujo de sangre continuo


Entre el pedido del padre y la sanación de su hija, Marcos intercalé ingeniosamente la sanación de la mujer con el flujo de sangre
continuo. Ambas historias de sanación están vinculadas entre sí por el número doce. Con Drewermann sería posible comprender la
relación entre la niña de doce años y la mujer que hace doce años padece de flujo de sangre continuo; la niña no se atreve a madurar
como mujer, y que la mujer con flujo de sangre continuo no puede aceptar el hecho de ser mujer (comp. Drewermann, TE II 279 y
sigs.) Pero también sería posible ver en la mujer con el flujo de sangre continuo una imagen de cómo la niña que padece de la herida
paterna, se comporta como mujer adulta. ¿Cómo se manifiesta la herida paterna de una hija cuando una vez que llega a la adultez, se
casa y tiene hijos? ¿Cómo se muestra esta herida en su profesión, en su trato con hombres, en su relación con su cuerpo?
Una mujer que padece de una herida paterna ansía ser finalmente vista por el padre, finalmente obtener una palabra de confirmación
y de amor de él. Con el objeto de lograr dedicación del padre, ella se entrega toda. Brinda todo lo que tiene, su fuerza vital y su amor.
La sangre representa la vida y su amor. El amor de la mujer se debilita cada vez más cuanto más entrega de ella. Ella es como la hija
complaciente que desea despertar la atención de su padre. Pero cuanto más entrega, tanto menos recibe. Cierto refrán dice: “Quien
mucho da, mucho necesita”. Esto se aplica para muchas personas que trabajan en profesiones sociales. Ellos se entregan a los
demás no por altruismo sino porque ellas mismas necesitan dedicación y amor. Pero también se aplica para muchas esposas que
hacen todo por su marido para lograr su atención. Una mujer que padecía de una herida paterna, contaba que junto a su marido ella
era cada vez más débil. Él le robaba toda la energía. Ella creía que su esposo la valoraría recién cuando ella hiciera todo por él, le
leyera cada deseo de sus labios y se sacrificara por él. Pero cuanto más entregaba, tanto más se debilitaba. Toda la sangre fluía de
ella. Ya no tenía fuerza, se sentía sin vida y vacía.
Pero la mujer no entrega únicamente su sangre sino también sus bienes. Ella quisiera adquirir el amor a cambio de dinero y
obsequios. Pero por “bienes” se entiende también sus aptitudes, su capacidad de servicio. Ella les da sus bienes a los médicos para
que se ocupen de ella. Tiene por lo tanto la sensación de que sólo se le presta atención cuando da algo, cuando realiza algo. Existen
muchas mujeres que ya de niñas debieron comprar su dedicación a través de un servicio. Ellas se sobreexigen haciendo todo por la
familia, por la empresa, por la comunidad religiosa. Pero no reciben la confirmación que tanto anhelan. Tanto más entregan de sí,
tanto peor les va. Finalmente se encuentran totalmente vacías, se sienten estafadas en su vida. Entregaron todo y no recibieron nada
a cambio.
El primer paso de la sanación consiste en que la mujer deje de entregar su sangre y sus bienes. Ella ya no da, ella recibe algo.
Simplemente toma el extremo de la túnica de Jesús. Todavía lo hace a escondidas, ya que su modelo de vida de entrega la ha
marcado tanto que apenas se anima a tomar algo. Pero al tomar sencillamente el amor de Jesús, cesa su flujo de sangre.
Si dejamos de entregarnos, si tomamos el amor que se nos ofrece, también se detendrá nuestro camino hacia la debilidad cada vez
mayor y el vacío. Sólo necesitamos abrir los ojos. Muchas personas nos ofrecen amor y dedicación. Sólo debemos tomarlo. Debemos
tomar el amor que nos obsequian nuestros padres. Cada uno de nosotros debería tomar del extremo de la vestidura de su padre o su
madre. No existen padres que no brinden nada a sus hijos. También cuando el dar de nuestros padres sea limitado, todos hemos
tomado algo. Y sólo porque hemos tomado, podemos dar.
Algunas personas han adoptado el modelo de vida de entrega y de darse todo en su relación con Dios. Ellas consideran que deben
ganarse el amor de Dios cumpliendo todos los deberes religiosos o sacrificándose en lo posible por la gente. Pero no necesitamos
adquirir el amor de Dios a través de un servicio. Dios nos ofrece su amor. En las personas, en la belleza de la creación, en las
pequeñas cosas de todos los días podemos experimentar el amor de Dios, si simplemente lo tomamos. Entonces se detendría el flujo
de la entrega. Nos sentiríamos mejor, podríamos disfrutar el momento sin preguntarnos qué debemos hacer todavía o cómo nos
hemos merecido la belleza de este encuentro. Existen hombres y mujeres religiosos que sienten remordimientos cuando se sientan
durante una hora en el banco y se dejan iluminar por el sol. Ellos consideran que en realidad deberían visitar a algún enfermo o rezar
un rosario o realizar alguna otra actividad espiritual, olvidan y pasan por alto a causa de esta presión la belleza de la vida querida por
Dios. El segundo paso de la sanación consiste en que la mujer se anime a decir toda su verdad. Ella puede enfrentarse a sí misma y a
su enfermedad. Seguramente no es fácil para esta mujer relatar acerca de su enfermedad y su sanación en medio de tantos hombres,
que debido a su flujo de sangre se convirtieron en impuros según las concepciones judías. Por lo tanto tiembla de miedo. Pero
evidentemente la irradiación de Jesús le brinda la confianza y el valor de reconocer también abiertamente su verdad. A ella le habría
agradado que su sanación se produjera en secreto. En ese caso no habría tenido que contar a nadie de su enfermedad. Habría
podido retornar sana a su casa sin enfrentar la verdad de su vida. Pero en ese caso sólo se habría curado su síntoma pero no su
alma. No podemos esperar sanar nuestras heridas paternas si no nos confrontamos a la verdad completa de nuestras heridas. Y no
es suficiente si admitimos esta verdad únicamente en el silencio de nuestro corazón, debemos exteriorizarla. No obstante,
necesitamos para ello un ámbito de protección. Necesitamos confianza hacia una persona que nos enfrente plena de fuerza y amor de
modo similar a Jesús. En la cercanía de tales personas podemos exteriorizar toda la verdad. Y entonces sentimos que somos
totalmente aceptados, que no existe nada en nosotros que no deba ser. Todo puede ser. Todo en nosotros es bueno.
Jesús expresa el secreto de la sanación a través de la aceptación de la mujer con flujo continuo de sangre del siguiente modo: “Hija, tu
fe te ha salvado; ve en paz, y queda sana de tu enfermedad” (Mc 5,34). Aquí se hacen visibles cuatro aspectos de la sanación: Jesús
se dirige a la mujer como “hija”. Establece una relación especial con ella, una relación familiar. Jesús no trata a la mujer como a una
paciente sino que se relaciona con ella porque la aprecia. Jesús se convierte para ella en una persona paternal que le presta atención
y le informa sobre su fuerza. La experiencia de un padre sustituto que no utiliza a la mujer sino que le da participación en su sana
paternidad, puede sanar la herida paterna. Entre Jesús y la mujer nace una relación de confianza.
Ambos se aprecian mutuamente. Ambos se admiten. Ambos se encuentran mutuamente en libertad. Jesús confirma la fe de la mujer.
No es Jesús quien sanó a la mujer sino que su propia fe la ha salvado. Con la fe de la mujer, Jesús apela al propio recurso sano que
la mujer tiene dentro de sí. Ella tiene dentro de sí un sano anhelo de sanación, un sano egoísmo al que no renuncia, una sana
obstinación con la cual lucha por ella. Como tercera palabra Jesús le promete paz a la mujer.
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El término hebreo schalom no sólo significa “paz” sino también “plenitud de la vida, armonía, bienestar”. Schalom indica el estado del
mundo o de una persona tal como debe ser. Jesús lo confirma con este deseo: “Está bien tal como eres. Es bueno que existas. Anda
tu camino. Tienes fuerza suficiente dentro de ti. Vive tu vida en armonía con tu voz interior”. La última afirmación se refiere a la salud.
La mujer está ahora sana, integra, y está libre del fantasma de la enfermedad. La herida paterna ya no la determina. Aún existe como
cicatriz pero la mujer ya no padece por ella. Puede observarla, recordar el pasado a través de ella pero también reconocer en ella el
afecto que experimentó de Jesús. La herida se convierte en símbolo de la transformación interior. La mujer está ahora en paz consigo
misma. Ha experimentado el amor que tanto anheló, por el cual brindó todo de si. Ahora ya no necesita dar todo de sí, es amada sin
condicionamientos. Jesús la adoptó como hija. Le ha obsequiado la dedicación que tanto anheló. Ahora ya no está determinada por su
necesidad de dedicación sino que puede vivir su propia vida.
El cuento de Rumpelstilzchen
Si buscamos un cuento que tenga por tema la relación padre-hija, pensamos en primera instancia en
Rwnpelstilzchen.
“Había una vez un molinero pobre que tenía una hija bonita. Cierto día, al hablar con el rey, para darse importancia, le dijo:’Tengo una
hija que puede hilar paja y convertirla en oro”’. Y así comienza la desgracia. “El rey hizo buscar a la hija y le ordenó convertir en oro
durante la noche una habitación llena de paja. De lo contrario moriría. Cuando estaba allí sentada, desesperada y comenzaba a llorar,
apareció un hombrecito y le preguntó qué le daría si él hilaba la paja y la convertía en oro. Ella le regaló su collar. Y él hiló convirtiendo
toda la habitación en oro. Pero al ver tanto oro, aumentó la codicia del rey y le ordenó a la hija hilar una habitación llena de pa ja aún
mayor y convertirla en oro. Entonces le regaló al hombrecito su anillo. En la tercera oportunidad la hija ya no tenía qué entregar.
Entonces el hombre-cito le dijo: ‘Prométeme que cuando seas reina me darás tu primer hijo’. Ella lo hizo con la esperanza de que el
hombrecito lo olvidara. Después de la tercera prueba el rey se casó con la hija del molinero. Ella se convirtió en reina y después de un
año dio a luz un hermoso niño. Ella estaba feliz y ya no pensaba en el hombrecíto. Pero de pronto entró en su habitación y le pidió a
su hijo. Como la reina lloraba amargamente. él le dio tres días de plazo. Si en ese tiempo averiguaba su nombre, podría conservar al
niño. La reina envió un mensajero para que averiguara por doquier todos los nombres existentes. Pero todos los nombres que
mencionaba no correspondían al hombrecito. El tercer día el mensajero informó que había visto un hombre que saltaba sobre una de
sus piernas, gritando al mismo tiempo:
“Hoy hago pan, mañana cerveza, y pasado me traigo al hijo de la reina. ¡Qué bien! ¡Nadie tiene en la cabeza que Rumpelstilzchen soy
y que así me llamo”.
Cuando apareció el hombrecito por tercera vez, la reina le preguntó: “~,Te llamas Conrado?” “No”. “¿Te llamas Enrique?” “No”. “¿Te
llamas acaso Rumpelstilzchen?” “Te lo ha dicho el diablo, te lo ha dicho el diablo”, gritaba el hombrecito golpeando de rabia con su pie
derecho en el suelo, con tanta fuerza que se hundió hasta la cintura. Luego tomó su pie izquierdo con ambas manos y tiró tanto que
se partió en dos”.
Es posible interpretar este cuento de varias maneras. Quisiéramos limitarnos a observar la herida paterna y su cura, que se relatan en
este cuento popular. El padre utiliza a su hija para sí mismo. El abusa de su prestigio. Quiere quedar bien. Desea el ascenso social. El
padre no se preocupa por la hija sino que la utiliza para sus propios fines. Y por esta razón la coloca en una situación peligrosa. El so -
breexige a la hija, le pide lo imposible. Ya que ¿quién puede convertir paja en oro? Pero Rumpelstilzchen acude en ayuda de la hija.
Viene desde otro mundo y tiene facultades sobrenaturales. Sería posible ver a Rumpelstilzchen como el aspecto del padre, como la
cualidad interior del padre. El padre, que utiliza a su hija como compañera espiritual, le concede por ello grandes facultades. Pero
éstas tienen su precio. En el cuento tienen el valor del collar y del anillo. La hija debe entregar sus joyas, aquello que la adorna, lo que
la hace parecer linda. Pero el anillo es también la imagen de la redondez y del todo. La hija pierde su integridad, su identidad, cuando
permite que la determinen los deseos del padre. Finalmente la reina debe entregar su hijo. El hijo es la imagen de lo primitivo y
auténtico que quisiera vivir en la hija. La hija no puede vivir su unicidad mientras sea compañera espiritual del padre. Debe atravesar
un proceso doloroso. Ella quisiera conservar a su hijo y lucha por el niño. En principio envía a su sirviente para que le mencione
muchos nombres. “Poner nombres es una cualidad típicamente masculina” (Wittmann 163). Se podría decir que el sirviente representa
el lado positivo del padre que la hija necesita para poder conservar su niño, para ser totalmente ella misma. El sirviente se interna en
un bosque, en el ámbito del inconsciente. El aspecto paterno, o en la terminología junguiana e] aspecto positivo del animus, vincula a
la mujer con el inconsciente. El inconsciente es para nosotros una fuente de vida de la cual podemos crear. El padre ya no es des-
tructivo y sobreexigente aquí, en cambio se convierte en una fuerza qtie crece. Una vez que la hija se libera del padre sobreexigente,
puede tomar contacto con la raíz positiva que el padre le pone a disposición.
El cuento muestra cómo resulta el camino hacia la autorrealización para la hija del rey. Ella debe tomar en serio al niño que ha dado a
luz. Debe pelear por ella y por la imagen que Dios se ha hecho de ella. El niño representa también el aspecto erótico. Por tanto
servicio, la hija ha descuidado este aspecto. Pero ahora pelea por él. Ella no quiere seguir sobreexigiéndose, quiere cuidar
maternalmente a su hijo para que pueda crecer. Ya no se requiere el servicio sino su ser, su fertilidad, su integridad. Ya no es
importante el oro que brilla sino el niño en ella que grita por la vida y el amor. La hija ya no debe identificarse únicamente con los
aspectos conscientes del padre que apuntan al éxito y el servicio, sino con los aspectos inconscientes que conducen a lo profundo y
que le confieren la fuerza para poder pelear por ella y por su propio camino. Aun cuando el padre la haya empleado para sus propios
fines, él quería estimularla. Y en su afán de tenerla como compañera espiritual también existía un componente erótico. Con estos
aspectos positivos del padre debe tomar contacto la hija. Entonces experimenta a Rumpelstilzchen como el espíritu que viene de otro
mundo y la ayuda en la difícil tarea de la propia autorrealización. Recién cuando la hija se ha liberado interiormente de la intervención
del padre, puede establecer contacto con sus aspectos positivos y descubrir las buenas raíces en el padre que hoy le permiten su
crecimiento.
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Cierta mujer se había recluido en el convento durante una semana tras su divorcio. Cuando le consultaron en qué cuento se reflejaría,
espontáneamente mencionó a “Rumpelstilzchen”. Ella tenía la sensación de que durante toda su vida debió convertir habitaciones
repletas de paja en oro. En ese cuento se reflejaba la inutilidad de su vida. La primera habitación de paja representaba su infancia, en
la cual debió resignar su propia voluntad para ser amada por sus padres. La segunda habitación representaba su pubertad, en la cual
por afán de sus padres debió renunciar a su profesión deseada y por ende a su creatividad. La tercera habitación representaba su
matrimonio. Ella había intentado hilar la paja para convertirla en oro. Pero sencillamente le resultó imposible.
Debía entregar su alma para tolerar la relación. Entonces cada vez le iba peor. En el acompañamiento espiritual reconoció: “Quiero
conservar a mi hijo. No quiero vender mi alma. Quiero vivir yo misma, vivir de acuerdo a mi ser interior”. Una pregunta importante para
ella era saber por qué Rumpelstilzchen debía morir, si le había ayudado a sobrevivir. Pero era un precio demasiado alto. El padre, que
exige para sí la propia voluntad, la creatividad y el alma, debe morir. Y recién al liberarse de este aspecto paterno exigente y
“recaudador” puede vivir su propia vida. Entonces también puede sentir a Rumpelstilzchen como acompañante interior que le concede
nuevas aptitudes y la introduce en un mundo en el cual la paja se convierte en oro, en el cual descubre el brillo divino de su vida coti -
diana y normal, su dignidad intangible y divina.
Tratamiento espiritual de los cuentos y los textos bíblicos
Existen varios métodos de tratar un cuento y un texto bíblico, en los cursos o a través del acompañamiento espiritual. Una posibilidad
sería, por cierto, observar la propia historia de vida mediante las imágenes que aparecen en el cuento. ¿Qué imágenes me movilizan
espontáneamente? ¿En qué imágenes me siento reflejado? Puedo dejar actuar las imágenes sobre mí y traducirlas en ejercicios
concretos. Si observo la historia de la sanación, ¿qué imagen me moviliza? ¿Qué imagen interior surge en mí? ¿Cómo podría hacer
realidad en mí esta imagen? ¿Me ayuda pintar esta imagen? ¿O preferiría ponerla en palabras? Por ejemplo, puedo escribirle una
carta a mi padre en la cual le digo todo lo que tengo dentro del corazón y qué deseo de él. Y desde el lado de mi padre podría escribir
una respuesta a mi propia carta. De este modo permito todos mis sentimientos pero no me enfrasco en ellos. A través de la respuesta
observo mis heridas desde otro lado. Esto relativiza mis sentimientos y puede provocar otros sentimientos en mí. En lugar de rabia,
pena y dolor, es posible que surja comprensión por mi padre, compasión y nostalgia por su amor.
Pero en la historia bíblica de la sanación no se trata únicamente de observar mi situación en las imágenes sino imaginar
concretamente que encuentro a Jesús. Aquí interviene una persona distinta: Jesús, en el cual el mismo Dios me ilumina. Medito sobre
la historia ai imaginarme concretamente el encuentro con el propio Jesús: ¿Cuál es su apariencia? ¿Qué ropa viste? ¿Qué irradia?
¿Cómo me mira? ¿Qué me dice? ¿Qué quisiera decirle yo? ¿Cómo sana a la hija de Jairo, cómo sana a la mujer del flujo de sangre
continuo? ¿Cómo podría sanarme a mí? ¿Qué sentiría si Jesús me tocara, me mirara, me hablara, me levantara?
Puedo meditar acerca del pasaje de la Biblia al colocar frente a los ojos de mi alma los sucesos. Pe ro también puedo hablarle a Jesús
en voz alta y decirle lo que me apremia. Puedo decirle directamente mi necesidad, mi desesperación, mi falta de perspectivas, pero
también mi anhelo y mi esperanza. Y puedo pedirle que me libere de mis ataduras y sane mis heridas paternas. Otra posibilidad es
leer la historia dos veces en voz alta y lentamente, buscar luego una frase guía que movilice espontáneamente. Entonces puedo
repetirme esta palabra una y otra vez y pasar el día con esta frase guía. La frase me acompañará donde esté. Y se acuñará en mi
inconsciente. Se convertirá en una luz que ilumine el caos de la historia de mi vida y arroje luz sobre los problemas con mi padre.
A algunas personas les resulta difícil penetrar en la meditación de las narraciones bíblicas y enfrentar a Jesucristo en concreto. Jesús
está para ellos muy lejano. O su imagen está distorsionada por la enseñanza religiosa, de modo que no ansían entablar una
conversación con Él. Es importante que quienes meditan confíen en sus propias fantasías y sentimientos. Ellos no deben imaginarse a
Jesús de manera absolutamente concreta. Ellos simplemente deben permitir que surjan las imágenes en su interior. A veces
encuentran entonces una figura fascinante de Jesús que es todo luz, absoluta bondad y fuerza. A veces Jesús también permanece en
la oscuridad. Tampoco aquí deberíamos someternos a presión. Es determinante en la meditación de la historia bíblica de la sanación
que no debo realizar todo yo mismo. No debo elaborar y quitar yo mismo todas mis heridas. Yo las observo pero luego se las ofrezco a
Jesús. Hablo con Él sobre ellas. Le pido que me envíe su espíritu, que me toque y me sane. No obstante debo cuidarme de no utilizar
a Jesús como un mago, que me libera de mis heridas en lo posible sin dolor y con rapidez. Puedo ofrecerle a Jesús únicamente lo que
realmente he observado y analizado.
A quien le resulte difícil enfrentar a Jesús como persona concreta y hablar con Él, puede resultarle útil la idea junguiana de Cristo
como el arquetipo del sí mismo. Jesús se convierte para él en la imagen del sí mismo. Puede meditar acerca de la narración bíblica de
modo tal de descubrir en Jesús los aspectos de sí mismo que le ayudan a liberarse de su herida paterna. Jesús se convierte entonces
en la imagen representativa de los propios recursos, del ser propio íntegro y auténtico que ya está dentro de él pero que a causa de
las heridas de su historia de vi-da se encuentra oculto. A través de la meditación de la historia bíblica de la sanación puedo entrar en
contacto con mi auténtico ser, con el verdadero núcleo de mi alma. Jesús representa al niño divino dentro de mí que quisiera
desarrollarse. Representa el núcleo divino dentro de mí, que se desarrolla a través de todas las complicaciones de mi vida. Jesús está
en mí y me brinda la certeza de que mi camino hacia el auténtico ser tendrá éxito. Allí, donde Jesús está en mí, ya soy Íntegro y
completo, ya estoy en contacto con lo íntegro y sagrado en mí. Allí estoy libre de la herida paterna. Allí no tiene acceso. Allí no puede
determinarme. A través de Jesús tomo contacto con mi dignidad invulnerable, con las fuentes divinas de la fuerza sanadora dentro de
mi alma.
Un camino para entrar en contacto con el propio ser interior es la técnica del diálogo interior, tal como la describe el creador de la
psicosíntesis, Roberto Assagioli. Assagioli indica al paciente que se encuentra en una situación difícil lo siguiente: “Si existiera un
hombre sabio, un maestro, que tuviera la competencia espiritual y psicológica para analizar el problema con él y dar la respuesta
correcta, seguramente le costaría un gran esfuerzo conseguir una conversación con ese maestro y obtener su consejo” (Assagioli
230). Y luego le explica “que existe un maestro sabio dentro de él mismo, su propio ser espiritual que ya conoce su problema, su
crisis, su confusión”. Lo invita “a realizar un viaje interior, dicho más precisamente, un ascenso a los distintos niveles de la psiquis
consciente y supraconsciente, para acercarse a ese maestro interior, exteriorizar el problema y hablarle al maestro presentado cual si
fuera una persona viva, y esperar de él su respuesta como en una conversación cotidiana” (Ibíd. 230).
18

No todos tendrán éxito al realizar este viaje fantástico interior y esperar hasta que el maestro interior, que Assagioli también denomina
“Cristo interior”, responda. Una ayuda para entablar conversación con este “Cristo interior” puede ser sentarnos relajadamente e
imaginar que andamos muy lentamente sobre una montaña elevada. Sentimos el perfume del pasto y de los árboles. Nos imaginamos
cómo llegamos lentamente a una meseta elevada. Allí viene hacia nosotros una blanca figura que nos mira con bondad y
benevolencia y se detiene frente a nosotros. Tenemos la posibilidad de formularle tres preguntas a esta figura. ¿Qué preguntas quisie-
ra formularle? ¿Y qué respuestas imagino? Puede suceder que espontáneamente surja una respuesta en mí. Pero también puede
suceder que no escuche nada. Entonces debo tolerar que el tiempo para una respuesta aún no esté maduro. Quizás sea necesaria
una prolongada espera hasta que madure una solución dentro de mí.
Una posibilidad creativa de manejar los textos puede ser, además, describir sobre el fondo de la historia bíblica de sanación, la historia
de la propia sanación. Al escribir podemos reconocer aquello que no logramos mediante la mera reflexión. Si relatamos nuestra propia
historia buscamos menos las causas de nuestros problemas y mucho más las vías de solución. No nos estancamos en nuestras
heridas sino que vemos cómo podría continuar nuestro camino. Durante el relato adquirimos esperanza para nuestro camino.
Sentimos que al escribir, nuestra herida se transforma. El siguiente texto surgió como relato libre posterior a una historia bíblica de
sanación:
Niña, te lo digo, ¡levántate!
La historia de la pequeña Ester
En la noche, cuando la doceañera Ester decidió que prefería morir antes que continuar viviendo en este mundo de adultos, tuvo el
siguiente sueño.
Ella vivía en lo alto de una torre. Desde allí podía ver todo... el mar, cuyas olas la atemorizaban; los numerosos barcos que surcaban
el mar, y la tierra, allá a lo lejos. Ester vivía sus días en la torre, uno igual al otro... levantarse, trabajar, comer, dormir. Un día se
preguntó: Tantos días que ya vivo en esta torre, pero ¿esto es realmente vivir? ¿No estoy más bien enterrada en vida dentro de esta
torre? ¿Por qué estoy tan cansada —me siento más muerta que viva— sin motivo? Llegó al punto en que se preguntó por qué
continuaba viviendo en realidad.
Mientras cavilaba, una paloma voló de pronto hacia su ventana: —Ester, ¿por qué no te diriges a la tierra que desde hace años ves a
la distancia?
—Tengo miedo, paloma, allí hay gigantes. Gigantes que podrían aniquilarme si no consideraran mi pequeñez. Por otra parte, ¿cómo
podría atravesar el mar? Tiene muchos bajíos, me da miedo.
—Ester, el anhelo por esta tierra y la confianza en tu fuerza que están vivos dentro de tu corazón, serán lo suficientemente grandes,
entonces se calmarán las olas que sientes tan poderosas y el viento te indicará la dirección si te confías a él.
—No existe fuerza alguna en mí, paloma. ¿De dónde voy a tomarla? Por otra parte, ¿para qué quiero llegar a esa tierra?
—Si te encaminas, Ester, para atravesar esta tierra, te toparás un día con una cueva en la que está escondido un tesoro. Silo
encuentras, te enseñará a estar viva. Sí, te enseñará qué significa vivir en libertad. ¿No es éste acaso tu anhelo más profundo, tu
deseo más interior, Ester?
—Sí, es cierto, —respondió ella mientras reflexionaba, “¿me acompañas?”
—No, Ester, si quieres encontrar el tesoro debes emprender sola el camino. Sé que sientes temor pero sólo así aprenderás a confiar
en tu propia fuerza. Pero te brindo dos ayudas que te acompañarán. En primer lugar, está la voz dentro de tu propio corazón. Aprende
a escucharla y actúa según ella te indique. Esta voz es tenue, no se impone. Pero te indicará el camino correcto. Y te obsequio una
semilla de confianza para que lleves en tu camino. Tan pronto como la uses, se renovará. Arrójala sobre todos los obstáculos que se
presenten en el camino y podrás superar los muros de tu temor. Sólo avanzando a lo largo del camino, con la semilla de la confianza,
podrás llegar hasta la cueva. Y un día te darás cuenta de que la semilla de la confianza también ha echado raíces en tu corazón.
Ester inició entonces el camino. En su anhelo paso por encima de las olas del mar y alcanzó la tierra de los gigantes. Temerosa
avanzó paso a paso en la dirección que su corazón le sugería en voz baja. De pronto un gigante bloqueó su camino.
—¿Hacia dónde te diriges? ¿A quién buscas?
—preguntó con voz gruñona.
Temblando de miedo, Ester respondió:
—Estoy buscando un tesoro que me enseñará a vivir.
—Ahá—, carraspeó irónicamente el gigante. —Ni tú misma lo crees. Nunca escuché de un tesoro en nuestra tierra. Es un cuento.
Pero si lo crees... Te dejaré seguir tu camino si me dices la clave de tu vida. Si es correcta, podrás continuar. Si es falsa, deberás
retornar a tu torre.
Ester pensó desesperada qué responder. Nunca nadie le había formulado antes una pregunta así. Entonces se le volvió a ocurrir el
consejo de la paloma:
“Presta atención a tu voz interior”.
Ester escuchó atentamente dentro de sí. ¡Qué difícil resultaba escuchar lo que el corazón susurraba! ¿Qué decía su voz interior?
¿Cuál era la contraseña para todo lo que sucedía en su vida? ¿En qué se sentía realmente fuerte y libre? Entonces surgió como un
rayo la palabra clave de su vida. El rostro del gigante se iluminó y sin más palabras le liberó el camino.
Muchas veces más Ester encontró gigantes en su camino. Habitaban cavernas, estaban sobre muros y montañas. En cada
oportunidad, Ester volvía a sentir temor. Únicamente superaba la necesidad de retornar a su torre protectora al aprender a escuchar
su voz interior.
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Día a día Ester tomaba coraje y arrojaba la semilla de la confianza en cada morada de un gigante. Tras andar innumerables días,
alcanzó finalmente la caverna. Colmada de alegría ingresó con rapidez a ella. Por fin había llegado a la meta de su viaje. Ahora se
trataba de tomar rápidamente el tesoro. Pero qué grande fue la sorpresa cuando Ester penetró a la caverna. Estaba prácticamente
vacía. Sólo el agua de una fuente caía ruidosamente a través del lecho de piedra. Nada indicaba dónde podría estar oculto el tesoro.
Poco a poco Ester comprendió que necesitaría todavía un tiempo para hallar el tesoro. Por cierto, no estaba tan cerca de su meta.
Vacilante, comenzó a instalarse en la caverna. Día a día palpaba y golpeaba las paredes, verificaba el piso, espiaba a través de cada
grieta o rajadura de las rocas. De ese modo pasaba sus horas y sus días. Y con el tiempo Ester sentía que su interior se mol deaba a
través de la vida en la caverna, a través de la búsqueda diaria, a través de la esperanza y anhe lo crecientes. La oscuridad de esta
caverna, su lacónica desnudez, el silencio y la soledad se hundían en su propio corazón. Ester aprendió a tener paciencia consigo
misma y al mismo tiempo a poner manos a la obra con fuerza. Ella aprendió, aunque con dolor, a soportar y aceptar el frío de los
muros, el vacío y la soledad. Durante ese tiempo experimentó que su voz interior era cada vez más clara y que la fuerza de su
corazón crecía. Ella no dejó de buscar el tesoro, tampoco cuando al final del día no tenía otra cosa que mostrar que su anhelo cada
vez mayor.
Sin embargo, un día encontró una piedra. Estaba oculta en la fuente. La levantó con cuidado y asombrada reconoció delgados hilos
de oro en la piedra negra. Ester contuvo la respiración ante la sorpresa. ¿Había alcanzado la meta de su búsqueda? Ella arrastró la
piedra hasta la orilla para verificarla y precisamente allí, donde confluían los hilos de oro, descubrió una inscripción que descifró con
mucho esfuerzo. Diminutas, casi ilegibles, estaban colocadas las letras:
“Yo vivo — y te amo tal como eres. Ester tragó saliva... ¿qué significaba eso? ¿Eso era todo? ¿Era acaso un tesoro que le ayudaría
en su vida a vivir en libertad? Ella no podía ni quería creerlo. ¿Quién era el que había escrito esas palabras en la piedra? “Yo vivo — y
te amo tal como eres.” ¿Quién sabía ya quién era ella y cómo era en realidad? ¿Quién la había reconocido y amado auténticamente
en su vida?
Ester comenzó a llorar. ¿Cómo continuaría todo? ¿Qué podía hacer?
¿Regresar a su torre? No, ésa ya no podía ser su meta.
De pronto alguien tiró de su manga.
¿Por qué lloras?
Ester se dio vuelta.
Entonces vio a la paloma que durante tanto tiempo había desaparecido de su vista.
—Paloma, he andado todo el camino, superado todos los peligros, he cuidado el deseo dentro de mí y despertado la fuerza para la
vida que hasta ahora yacía dentro de mí sin ser utilizada; todo esto he realizado a fin de encontrar el tesoro. Tuve perseverancia,
busqué y ansié durante muchos años. Y finalmente sólo encuentro esta piedra con la inscripción: ‘Yo vivo — y te amo tal como eres’.
¿Qué significa esto?. ¿Qué sentido tiene? No sé cómo continuará mi vida.
La paloma observó a Ester con ternura:
—Ester, abandona tu cueva que se ha convertido en tu tesoro, aun cuando todavía no lo notas. Abandónala y colócate en la entrada
de esta cueva. Escucha allí tu voz interior.
Desesperada, Ester actuó tal como le indicó la paloma. Su corazón estaba colmado de tristeza y decepción. Se sentó a la entrada de
la cueva y, agotada, se durmió.
Entonces volvió a escuchar una voz, tierna y de terminante:
—Niña, te lo digo, ¡levántate!
¿Qué voz era ésa? Ella no se animaba a abrir los ojos. No, mejor no despertar, no levantarse. ¿Porqué? ¿Para qué? ¿Para quién?
Ester sentía temor. Tenía miedo frente al vacío de la cotidianeidad, frente al vacío en su propio ser interior. Ella temía la monotonía de
la vida, quería escapar del aburrimiento a través de un sueño profundo. Ella temía la inquietud del propio yo, el anhelo insatisfecho de
encuentro y protección. Ella temía la incapacidad de enfrentar la vida, su impotencia y debilidad. Ella quería escapar de las ataduras
del yo, superarlas a través de la huida hacia la muerte. ¿Para quién valía la pena vivir? ¿Quién la esperaba? ¿Qué amor podía
despertar su anhelo de vida? No, ella no conocía a persona alguna que tuviera ese poder del amor que le enseñaría a ansiar, amar y
saborear la vida. Ester se quedó paralizada. Al igual que la oruga, tejió el capullo de la muerte al resistirse a escuchar la voz que por
segunda vez le hablaba:
—Niña, te lo digo, ¡levántate!
No, Ester no se levantó. Su corazón vociferaba:
¡Dejadme en paz! ¡Dejadme morir, quizás allí se encuentre mi vida! ¡No me toques!... no valgo la pena! Durante toda mi vida me sentí
superflua. Alejaos, mi muerte interior ya es demasiado grande como para que alguien pueda alcanzarme.
¿Pero era realmente su voz interior, su verdad?
Debía existir alguien que escuchara un sordo grito de ayuda dentro de esa queja, y que creyera en una verdad que ansiara la vida
dentro de Ester. De pronto una mano se dirigió a la suya, suave, tiernamente, sin exigencias, sin ánimo de posesión, pero con tanto
amor que Ester sin resistirse debió abrir los ojos. Y por tercera vez sonó la voz:
—Niña, te lo digo, ¡levántate!
Y con esta tercera llamada Ester recibió una fuerza que la condujo hacia lo más interno de su ser. Allí, donde sentía que en el futuro
debía vivir en la fuerza de su corazón; allí donde ella —Ester despierta hacia la mujer— se reconoció capaz de amar y se descubrió
fuerte. Esa voz y esa mano le dijeron:
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—Te amo, tal corno eres. Y quisiera que cada vez estuvieras más viva. Continúa tu camino prestando atención a tu voz interior, tal
como te has animado a hacerlo en sueños; confía en la palabra que coloqué dentro de ti y que es como una contraseña para todo lo
que sucede en tu vida. Tu nuevo camino no será más fácil, Ester, pero tu vida será más profunda, más viva y más fundamental.
Entonces Ester se puso de pie y un pequeño movimiento en su corazón le dijo que la semilla de la confianza había comenzado a
echar raíces.
5. La relación entre madre e hija “El demonio ha abandonado a tu hija” (Mc 7,24-3 0)
“Jesús se levantó y partió hacia el territorio de Tiro. Fue a una casa pero no quería que nadie supiera de ello; pero no podía quedar
oculto. Una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, escuchó de él; inmediatamente acudió y cayó a sus pies. La
mujer, sirio-fenicia de nacimiento, era pagana. Le pidió expulsar el demonio de su hija. Entonces le dijo: ‘En primer lugar haced que los
niños estén satisfechos, ya que no es justo quitarle el pan a los niños y arrojárselo a los perros’. Ella le replicó. ‘Si, tienes razón, señor.
Pero también para los perros bajo la mesa cae algo del pan que comen los niños’. El le respondió: ‘Porque tú has dicho eso, te
respondo: Ve a tu casa, el demonio ha abandonado a tu hija’. Y cuando ella regresó a la casa encontró a la niña tendida sobre la
cama y vio que el demonio la había abandonado.”
La segunda historia de relación, que nos cuenta Marcos, relata el conflicto entre madre e hija. Jesús se retira con sus discípulos hacia
el Norte. No quiere ser interrumpido para instruir a sus discípulos. Pero su estadía no permanece oculta. Una mujer griega escucha de
él y se arroja a sus pies (Mc 7,24-30). Su hija tiene un espíritu inmundo. En griego se aplica aquí la palabra pneuma.
Es el mismo término utilizado también para el Espíritu Santo. Pero aquí se describe el espíritu como inmundo. La enfermedad de su
hija consistía en que tenía un espíritu inmundo. Si nos introducimos en esta imagen, podría significar que el espíritu de la mujer
estuviese mezclado con el espíritu de la hija. La hija no podía reconocer su propio espíritu y delimitado del espíritu de la madre. Las
ideas y sentimientos de la madre estaban tan incorporados en la hija que ella ya no era ella misma, ya que no podía pensar y sentir
claramente. La persona de la hija estaba mezclada con la persona de la madre. Ella carecía de una identidad claramente definida y no
podía diferenciar qué porciones le correspondían a ella y cuáles provenían de la madre, qué era correcto para ella y qué no, qué era
auténtico en ella y en qué era una mera copia de la madre.
En griego dice “hijita”. Quizás la madre tratara aún a su hija como a una pequeña niña y no la tomara en serio. O la haya utilizado para
sí y para satisfacer sus necesidades. Quizás ella misma tuviera necesidades emocionales y deseara que su hija le pudiera obsequiar
todo el amor que ella misma no había experimentado. Cuando la madre coloca tales expectativas en su hija, la hija es poseída por un
espíritu inmundo y ese espíritu enturbia sus pensamientos y sentimientos. Ella pierde la orientación. La niña no puede vivir su propia
necesidad sino que debe satisfacer permanentemente las necesidades de la madre. No es la madre quien cuida de la hija sino la hija
de la madre. La psicología habla aquí de asumir el rol de padres. Los niños no pueden ser niños sino que, como niños, deben meterse
en el rol de los padres. Esto no les hace bien. De adultos, se sienten luego estafados en su niñez.
El texto bíblico en sí mismo no dice nada respecto de por qué la hija tiene un espíritu inmundo, cuál era la problemática de la relación
entre la madre y la hija. Pero precisamente esa mancha blanca de la historia permite a cada mujer que medita acerca de esta
narración, incorporar su propia historia de vida. El texto bíblico está abierto a todas las experiencias que las madres tienen diariamente
con sus hijas y las hijas con sus madres. Así, por ejemplo, una mujer que de niña había amado mucho a su madre, a los doce años
notó que su madre bebía. EJ padre había regresado cambiado de la guerra. Para la madre se había venido el mundo abajo y trató de
esquivar el dolor de la falta de relación con su esposo a través de la bebida. La hija estaba sumamente decepcionada ya que ella
habría necesitado a su madre para edificar su identidad como mujer, para aceptarse como tal y reconciliarse con su naciente
sexualidad. En virtud de que la madre no estaba en condiciones de brindar esa ayuda, la hija se retrajo en sí misma. Durante toda su
vida le resultó difícil aceptar su condició n de mujer. Cuando experimentaba críticas no podía defenderse, se retraía y callaba. Al igual
que su madre había ahogado el conflicto con su padre dentro del alcohol, la mujer esquivaba cualquier conflicto cubriendo su dolor
con silencio. La mujer se sintió reflejada en esta historia de la Biblia. Y en ella descubrió un camino mediante el cual podía Iiberarse
del espíritu inmundo de su infancia. En primer término debía aprender: ¿cuáles son mis sentimientos más primitivos? ¿Qué quisiera yo
misma?
El espíritu inmundo puede expresarse como simbiosis en la cual la hija vive con su madre. La hija se aferra a la madre por temor a
perderla, o por temor a tener que enfrentar la vida sin su madre. Cuando la hija vive en simbiosis con la madre, se re-bela frente a las
mujeres que corporizan una imagen distinta de la mujer, y las desvaloriza. La psicoanalista Thea Bauriedel denomina a esta relación
simbiótica una “relación sin límites” (Bauriedel 16 y sigs.). Cuando la relación entre madre e hija no conoce límites precisos, la hija no
sabe dónde está parada. Ella no está en contacto con sus propios sentimientos. Ella adopta los sentimientos de la madre. A través de
tal supresión de los propios sentimientos y deseos, surge a menudo una doble unión funesta. Entonces la niña piensa: “Te amo, pero
eso te atemoriza; por lo tanto también me atemoriza a mí y por ende reprimo este sentimiento en mí” (Bauriedel 37). Este modelo que
la hija ha experimentado en la relación sin límites con su madre, lo aplica en cada una de sus relaciones. Ella desearía ser amada, y al
mismo tiempo se resiste al amor que le es ofrecido. Ella se torna incapaz para el amor. El espíritu in mundo, que surge a través de las
relaciones sin límites, es denominado también demonio en la historia relatada por Marcos. El demonio es en la Biblia siempre una
imagen para las ideas y sentimientos que me rodean, que se tumban sobre mí y me atrapan, de los cuales no puedo distanciarme.
Los demonios me impiden ser yo misma. Ellos enturbian mi pensamiento. Ellos quitan mi libertad, me tienen de tal modo en sus
manos que yo no puedo defenderme de ellos. El demonio tironea a la hija de un lado para el otro entre su anhelo de amor y su temor
frente a la cercanía, entre el temor frente a la absorción y el temor de ser rechazada. De tal forma, el mensaje que emanará de esta
hija durante toda su vida será: “!No me toques y no me dejes!” Este mensaje la obstaculizará en la vida y en el amor. Él es como un
demonio que se tumba sobre ella, le quita el aire y la separa de sus auténticos sentimientos y anhelos.
En la historia que cuenta Marcos no se menciona al padre. Al leerla actualmente con los ojos de nuestra experiencia, quizás pueda
manifestar algo que corresponda a nuestra experiencia cotidiana. Puede ser una imagen de los muchos padres que están ausentes en
la educación y que dejan a la hija en manos de la madre.
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En la actualidad existen muchas madres solas en la educación. El padre generalmente está a favor de las separaciones. Cuando la
madre debe educar sola, fácilmente puede caer en una relación sin límites con la hija. A la hija le resultará entonces más difícil edificar
su propia identidad. Ella necesita la experiencia de hombres paternales para poder separarse de la madre. Si está demasiado fijada a
la madre tiene lugar una mezcla de su espíritu con el de la madre. Esta es entonces el demonio que la infecta y enturbia sus
pensamientos y sentimientos.
La madre en nuestro relato bíblico siente que no puede ayudar a su hija. Ella no es la terapeuta de su hija sino mucho más su
problema. Ella siente su desamparo. La historia no sólo relata la necesidad de la hija sino que refleja también la situación de muchas
madres. Los ejemplos de nuestro entorno son numerosos: así, por ejemplo, la hija depresiva que no puede sacar fuerzas para asistir a
la escuela o al trabajo. Todos los intentos para empujarla finalmente a tomar las riendas de su vida, fracasan. Quizás la hija no fuera
hasta ese momento llamativa pero ahora, que llega a la pubertad, convierte la vida de la madre en un infierno. Algunas madres
piensan entonces qué demonio ingresó dentro de su hija. Ella busca consejo entre asistentes profesionales. Llegó al final de su
sabiduría. Siente que su hija transita caminos que no le hacen bien. Pero todos los intentos de hacerle entender a la hija, fracasan. La
madre tiene la sensación que ya no alcanza a su hija, que está poseída por un demonio, contra el cual lucha en vano.
El espíritu inmundo también puede ser la imagen de todo aquello que la hija no puede aceptar en si misma, lo que le resulta inmundo:
la hija no puede aceptar su cuerpo. Le resulta espantoso. Ella piensa que todos la miran y se ríen de ella. Ella cree que en la escuela
se la trata injustamente. Ella está invadida por estados de ánimo depresivos. Tiene miedo de ir a la escuela porque allí acabarían con
ella. Se imagina que todos están en su contra. Cree que su madre no la quiere de verdad. Todos los intentos de aclararle a la hija que
sus padres la quieren sin ningún condicionamiento, de que ella tiene muchas aptitudes, que ya le irá bien en la escuela, son inútiles.
La madre no logra imponerse sobre el demonio. Al contrario, cuanto más trata de convencer a la hija, tanto más fuerte parece
dominarla el demonio.
La terapia para la madre
La madre de nuestra historia ha escuchado hablar de Jesús. Entonces se dirige a Él. El primer paso de la sanación de su hija consiste
en que la madre se aleje de la hija. Ella no lleva a la hija hacia Jesús (como lo hará el padre con su hijo en la próxima his toria). Y ella
no trae a Jesús a su hogar como lo hiciera Jairo. Ella se va de casa. Necesita distancia con su hija para encontrar ayuda para ella. Se
dirige a Jesús para rogarle ayuda. Ingresa a la clausura en la cual se ha retirado Jesús y cae frente a Él y se aferra a sus pies. De este
modo expresa su debilidad. Reconocer su propio desamparo es la condición que diluye la atadura entre la madre y la hija y permite así
la expulsión del demonio.
Pero en la “caída a los pies” por parte de la mujer se evidencia también una tendencia absorbente. Evidentemente la mujer intenta no
sólo absorber a su hija sino también a todos aquellos de los que espera ayuda. Si no puede ayudar a su hija, puede al menos aplicar
su encanto femenino para movilizar a Jesús a que la ayude. Y ella calcula firmemente que este Jesús responda a su ruego
desesperado. Después de todo lo que escuchó de Jesús, ella cree que caer a sus pies convencerá a Jesús a ir con ella. Pero Jesús
se separa de la mujer. No permite que lo absorba. Le muestra sus límites. Jesús no cumple aquí totalmente la imagen del Salvador
dispuesto a ayudar en todo momento, que fue predicada con mucha frecuencia. Entonces se decía que simplemente había que
rogarle a Jesús y Él vendría de inmediato para ayudar. Pero en este relato Jesús no muestra disposición alguna para ayudarla. Él se
ha retirado con los discípulos para instruirlos. Esto es ahora más importante para Él. También Él tiene necesidades, y no permite que
lo determinen de inmediato ¡as necesidades de los demás. Evidentemente a la mujer le resulta de ayuda que alguien no responda
inmediatamente a su primer deseo sino que se distancie. Quizás este distanciamiento de Jesús sea ya el primer paso para la madre
para poder clarificar su relación con la hija. También ella puede establecer límites, puede tener y aceptar sus propias necesidades y no
precisa leer de los labios de su hija todos sus deseos. Ella debe aprender a transformar la relación sin límites en la cual se
entremezclan los sentimientos de la madre y la hija, en una relación clara en la cual cada una pueda ser ella misma.
En esta historia Jesús trata únicamente a la madre. La terapia para la madre no consiste en que le-sus sane a la madre porque está
enferma. Jesús no utiliza la división entre sano y enfermo. Él no la va-lora. Él ¡ibera a la madre del enredo con su hija y las conduce a
ambas hacia sí mismas. El demonio es una relación poco clara entre la madre y la hija, una complicación inmunda. Jesús la pone en
contacto consigo misma. Enseña a la mujer a permitir vivir a la hija. Inicia una conversación con ella. No habla con ella acerca de la
hija sino sobre su propio comportamiento. La confronta consigo misma para que aprenda a conocerse mejor.
Saciar al niño
El primer paso de la terapia de Jesús consiste en la frase particular: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar
el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (Mc 7,27). Muchos exégetas interpretan esta frase como si Jesús se sintiera únicamente
enviado a los judíos y no a los paganos. Si interpretamos la historia de este modo, si bien re sulta históricamente interesante, nos da
entonces un panorama de la historia de la antigua Iglesia, pero no tendría ningún significado para nosotros. Una y otra vez
experimentamos que la gente que aún no escuchó nada de esta interpretación histórica, se ma-neja mucho más libremente con esta
frase. De inmediato introduce sus propias experiencias. Una mujer consideró espontáneamente que se sentía identificada en esta
historia. Su madre tenía un negocio, con el cual estaba tan ocupada que su hija no recibió la dedicación que necesitaba. Sólo pudo
vivir de las migajas que caían del negocio. Pero esto no la saciaba. Entonces buscó entre los clientes lo que necesitaba. A menudo
concurría al negocio y hablaba con los clientes. De ellos recibió mucha dedicación. Entre ellos era querida y podía emplear su encanto
para buscarse el amor que en realidad ansiaba de su madre.
Si comparamos la experiencia de esta mujer con el relato bíblico, sería posible ver en la palabra de Jesús una interpretación de la
conducta enfermante de la mujer. La madre debe saciar a sus hijos en ¡ugar de quitarles el pan a ¡os niños y arrojárselo a los perros.
En griego utilizan el término “perrillo”. Los griegos gustaban de tener estos “perrillos” como animales domésticos. Y a menudo se
ocupaban algunas madres más de sus dulces “perrillos” que de los propios hijos. Evidentemente la mujer no aceptó a su hija en su
unicidad y diversidad y prefirió dedicarse a los perros.
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Era más fácil cuidar de ellos, podía educarlos como quería, mientras que la hija demostraba su propia voluntad. Los perros pueden
domesticarse, los niños deben aceptarse y tratar de entenderse. La hija no se sació. No recibió lo que necesitaba. No experimentó el
amor que ansiaba. Se les dio preferencia a los perrillos. De tal modo, para ella sólo quedaban las migajas del amor materno.
Para los judíos, el perro representaba también la imagen del idólatra. Si partimos de esa interpretación, la palabra de Jesús podría
contener el reproche, que para la mujer son más importantes los idólatras que el bienestar de su hija. Algunas madres persiguen a
algunos idólatras, al idólatra de su propia carrera o de su negocio, de su profesión o de su reconocimiento entre la gente. No se
ocupan de sus hijos sino de si mismas. Su educación es más importante que la de las hijas. Todo su anhelo está dirigido a tener una
buena imagen y llegada entre la gente. Quisieran ser mujeres atractivas y se resisten al rol de madres. O utilizan a las hijas como
idólatras. Las hijas deben vivir todo lo que ellas no pudieron o no les fue permitido. Pero no ven a las hijas como son. Ven en las hijas
el propio ideal que quisieran desarrollar en ellas. Entonces las sobrecargan con expectativas e ideales elevados que proyectan en
ellas. Las hijas deben defenderse de esta sobreexigencia. Y a menudo, la enfermedad es el único camino para defenderse de las
expectativas de la madre.
Crecer en la resistencia
Tal como lo hemos visto, Jesús no se permite ser absorbido por la mujer. Con su respuesta resiste al ruego de la mujer. La grandeza
de la mujer consiste simplemente en aceptar esa resistencia por parte de Jesús. Ella no se ofende sino más bien se asombra de la
conducta de Jesús, que había imaginado distinta. Pero crece con la resistencia de Jesús. Evidentemente reconoce que Jesús no va
inmediatamente con ella tras su ruego por comodidad. Ella percibe en el diálogo con Jesús simultáneamente el amor y la delimitación.
Éste es un reconocimiento importante. Tal vez haya visto el amor de manera excesivamente absoluta. Quien ama, debe estar siempre
para el otro según la opinión corriente. En la conducta de Jesús, entiende de pronto que el amor y la delimitación van juntos. El
psicoterapeuta Peter Schellenbaum habla del “No en el amor”. Sólo si puedo establecer un límite en el amor del otro podrá existir a
largo plazo el amor entre los cónyuges. Sin una sana delimitación, la agresión crecerá tanto en el inconsciente que en algún momento
se separarán. Cuando la madre no establece un límite en su amor hacia la hija, su amor absorberá a la hija y la oprimirá. Y en algún
momento la madre se sentirá sobreexigida en su amor y se apartará de su hija. Ya no puede amarla. Quizás la madre haya estado
precisamente en esta situación. Probablemente haya tenido un ideal demasiado elevado del amor. Y en virtud de que ya no podía
lograr ese amor sin límites durante las 24 horas del día, prefirió dedicarse al “perrillo”. Ahora aprende de Jesús que es posible amar al
otro y al mismo tiempo separarse de él, que puede ocuparse de su hija sin negarse a sí misma y sus propias necesidades.
La mujer acepta la óptica de Jesús: “Sí, Tú tienes razón, Señor”. Ella admite que ha descuidado a su hija. Ella reconoce que su hija no
ha podido saciar-se con su amor. Pero no se humilla cargando sobre sí todas las culpas y despedazándose con sentimientos de culpa.
Reconoce que su amor limitado también arroja algo para su hija y que su hija puede vivir de ello. De este modo amplía la óptica de
Jesús al responderle: “Pero también para los perros bajo la mesa cae algo del pan que comen los niños”. Con estas palabras expresa
su parecer. Ella reconoce: Si coloco a mi hija en primer lugar y le doy a ella lo que necesita, queda sin embargo o precisamente por
ello, aún suficiente para mí. Este asombroso reconocimiento sana a la madre. Se le abren los ojos a la madre sobre sí misma y sobre
la relación con la hija. Se libera del enredo enfermante con su hija. A través del encuentro con Jesús la mujer reconoce lo ‘‘embrujado’’
de la relación con su hija.
Presumiblemente, la madre estaba entregada al círculo vicioso que nace del sentimiento de culpa frente a la hija. Cuando una madre
se dedica a la hi¡a en virtud del sentimiento de culpa, no le sirve ni a ella ni a la hija. La madre se ve sobreexigida y la hija ya no
entiende. Muchas madres realizan en la actualidad una experiencia similar. Sienten que deben prestarle mayor dedicación a la hija y
eso ya les provoca un sentimiento de culpa. Se reprochan dedicar demasiado tiempo al negocio o al trabajo. Se despedazan con
sentimientos de culpa. Quisieran abandonar esos sentimientos de culpa y al mismo tiempo saldar la culpa inundando a la hija con
dedicación. Pero el cambio constante entre la carencia y la superabundancia de dedicación confunde a la hija. Ella enferma. La
confusión es como un demonio que le turba el pensamiento. En la confusión no se sacia. Quien padece constantemente de hambre no
puede satisfacerse cuando la mesa está servida en abundancia. La mujer reconoce su amor limitado hacia la hija. Pero al decirle
Jesús en primer lugar que no, al demostrarle su límite, la libera de sus sentimientos de culpa que siempre tuvo al dedicarse a sus
“perrillos”. Dado que ahora no actúa en virtud de un sentimiento de culpa, la relación con la hija puede ser distinta. La madre dejará de
sobreexigirse cuando se dedique a la hija. Ella tiene el permiso interior para poder dedicarse también a sus necesidades. Este permiso
interior le otorga la fuerza suficiente para darle también a la hija lo que necesita y la sacia. Ella no necesita expiar su culpa con su hi ja.
Puede verla tal cual es. Y puede darle aquello que está en condiciones de brindar sin agotarse con ello.
En una ronda de conversación cierta mujer contó que tenía sentimientos de culpa frente a su madre. Ella había amado mucho a su
madre pero, dado que vivía en otro pueblo, no pudo estar presente al momento de su muerte. Y ella se lo reprochaba una y otra vez.
No podía manejar los sentimientos de culpa frente a su madre. El único camino para liberar-se de ellos era expiar la culpa malcriando
a su hija. Pero aun al sacrificarse de ese modo por su hija, no lograba desprenderse de sus sentimientos de culpa. Los sentimientos
de culpa no pueden “pagarse con trabajo”. Es necesario otro camino para liberarse de ellos. La mujer recién tomó conciencia acerca
de cómo actuaba respecto a su hija, cuando en el curso se habló sobre la historia de sanación en Marcos 7. En ese momento
reconoció que gastaba todas sus fuerzas en su hija con el objeto de liberarse de sus sentimientos de culpa. Pero su sobrededicación
no le hacía bien a la hija, dado que ella no podía percibir los límites de la madre. Por esta razón, durante toda la vida le resultó difícil
establecer límites y observar sus propios límites. La sobrededicación que proviene de un remordimiento es igual de grave para la hija,
figuradamente tan afilada, tan mortal, como la falta de amor. Para la madre fue existencialmente importante la historia de la mujer
sirio-fenicia. Al igual que la mujer en la historia, aprendió de Jesús que no necesita dar todo sino sólo lo que está en condiciones de
dar. La hija crece cuando aprende que la madre también tiene sus límites y que puede respetarlos.
Sea cual sea la manera en que se entienda la respuesta de la madre, de todos modos en sus palabras se refleja una transformación
interior. La sanación de la madre consiste en el reconocimiento de su auténtica relación con la hija. Dado que a través del encuentro
con Jesús ha comprendido qué sucede entre ella y su hija, se libera de sus proyecciones inconscientes que hasta ese momento dirigió
hacia su hija.
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La madre no le promete a Jesús cambiar totalmente. Tal promesa seguramente serviría de poco y a lo sumo podría calmar sus
remordimientos. Inundaría a la hija con su amor y por ende la malcriaría. Pero al malcriarla únicamente perjudicaría a la hija. Algunas
madres se sienten tironeadas entre el descuido y el excesivo consentimiento. Con el excesivo consentimiento no aluden a sus hijas
sino a sí mismas que se sienten culpables. De este modo se enredan con la hija. El demonio que mantiene ocupada a la hija radica en
última instancia en este enredo inmundo de la madre con la hija, en la mezcla de los sentimientos de culpa de la madre con las ne-
cesidades de la hija.
La mujer le da la razón a Jesús. Ha comprendido lo que quiso significar. Y ahora reconoce los mecanismos que intervienen entre ella y
su hija. Jesús le ha abierto los ojos para que observe más detenidamente la relación con su hija sin evaluarla. Al resistirse Jesús a
acompañarla de inmediato y satisfacer sus expectativas, ha provocado que reflexione. Y esto es más beneficioso que la rápida acción
que sólo apunta a disolver de inmediato los síntomas. El reconocimiento de la estrecha maraña entre los conflictos y los problemas de
la hija libera a la madre de su atadura inconsciente a la psiquis de su hija. A la inversa, también libera a la hija del demonio. Dado que
la madre sólo puede regresar a casa transformada, la hija la enfrentará de manera distinta. Dado que ya no reacciona
inconscientemente a su conducta, la hija está libre para comportarse como lo indica su corazón. Jesús ha sanado el enredo inmundo
entre la madre y la hija al colocar en primer lugar a la madre sobre sus propios pies y confrontarla consigo misma. Una vez que la
madre es completamente ella, también la hija puede vivir su propia vida, estará libre de las turbaciones por los sentimientos de culpa y
temores maternos, podrá ser totalmente ella misma. En Indonesia se expresa mediante un ritual al hecho de soltar a la hija. Antes del
casamiento de la hija, la madre destruye una olla. Con ello expresa que la juventud de la hija ha pasado, que ella suelta a la hija para
que esté sobre sus propios pies.
Ofrecer sensación de hogar
Jesús envía a la mujer a su casa con las palabras: “Porque has dicho esto, te digo: ve a tu casa, el demonio ha abandonado a tu hija”.
(Mc 7,29). Jesús no fundamenta la sanación de la hija con la fe de la mujer sino con su reconocimiento. Por haber reconocido la causa
del enredo con su hija, la hija ha sanado. Pero aún necesita condiciones auxiliares para que la hija encuentre su sendero de vida. Una
mujer en el grupo de la Biblia opinaba que la terapia de Jesús consistía en remitir a la madre a su casa. Quizás la mujer estaba muy
poco en su casa. Quizás la mujer no le proporcionó a la hija la sensación de hogar que había deseado. Cuando la hija se siente en su
hogar se libera de su obligación de reclamar por doquier la dedicación de la madre. Cuando la madre regresa a casa, ve a la hija en la
cama. La cama es también la imagen de cobijo. La hija puede abandonarse. Está protegida y en paz consigo misma. Ya no es tironea-
da hacia uno y otro lado por el demonio. No necesita caminar inquieta de aquí para allá suplicando dedicación sino que puede
quedarse consigo misma.
La madre ve de inmediato que el demonio la ha abandonado. Cuando la madre sobrecarga a la hija con dedicación a fin de
desprenderse de sus propios sentimientos de culpa, también provoca sentimientos de culpa en la hija. Los sentimientos de culpa
provocarán entonces que la hija se mueva sin rumbo. Desde siempre, los hombres azotados por sentimientos de culpa son descriptos
como caminantes inquietos, tal el caso de Caín y Ahasver. Cuando la madre se presenta frente a la hija sin sentimientos de culpa,
también ella se libera de los mismos. Entonces puede estar consigo misma en casa.
En esta historia de sanación Jesús no vio siquiera el rostro de la hija. Él envía a la madre a su camino. Cuando la madre llega a casa
en armonía consigo misma, también la hija puede hallar su propia identidad. El espíritu inmundo de la hija está condicionado por la
óptica poco clara de la madre. La madre proyecta sus propios problemas hacia la hija. Ella no ve cómo es sino a través de los anteojos
de sus temores, su envidia, sus necesidades, sus heridas de vida no elaboradas. Y dado que la madre proyectó sus problemas hacia
la hija, tampoco la hija puede ver a la madre de manera objetiva. Ella transmitirá sus propias necesidades reprimidas hacia la madre.
De este modo nace un círculo vicioso que mantiene atrapadas a ambas. La sanación no consiste en una elaboración de las
proyecciones sino en la expulsión del demonio que enturbia la visión. Cuando la madre puede ver a la hija y la hija a la madre tal como
verdaderamente es, el demonio ya no tiene oportunidad.
Jesús no lucha aquí con el demonio que ocupa a la hija. Él no expulsa al demonio sino que le confirma a la madre que el demonio ya
ha abandonado a la hija. Cuando la madre cesa de infectar a su hija con sus proyecciones, ya no existirá demonio alguno que maneje
a la hija. Cuando la madre se haya encontrado a sí misma, no necesitará criticar constantemente a la hija, la encontrará en orden. En
la sanación de la herida materna Jesús muestra el optimismo con que ve a los hombres. Él le transmite a la madre que su hija está en
orden, que está libre de demonios que ella cree descubrir constantemente en ella. Cuando la madre retroceda un paso y observe a la
hija desde una distancia saludable, reconocera que no hay ningún demonio. La hija seguramente no es una santa pero tampoco un
demonio. Es tal cual es. Ella experimenta sus evoluciones, realiza algunos desvíos y recorre también caminos equivocados. Pero
hallará su camino. Entonces podríamos interpretar las palabras de Jesús a la mujer: “Tu hija está en orden. Ella es buena tal como es.
Ella tiene derecho a ser así. Perinítele ser así. Obsérvala en su unicidad. Confía en que un ángel la acompaña y que, a través de
todos los oscurecimientos de su ser, la conduce finalmente hacia la forma que Dios ha ideado para ella”.
“Blancanieves es mil veces más bonita que usted”
El cuento Blancanieves puede complementar la historia bíblica de la sanación. La madre de la historia en el Evangelio no puede
aceptar a su hija porque gira en torno a sí misma y a su belleza. Tiene un “peITillo” al que quisiera alimentar en primer lugar:
la propia belleza. La hija se convierte en su rival. Evidentemente, ve en la hija únicamente una carga que le impide ser la más bonita
del mundo. Quizás también reconozca en su hija que aquélla vive su belleza desde adentro mientras que ella misma sólo tiene
colocada una fachada. Entonces siente temor de que su fachada se desmorone. Pero en lugar de dedicarse a su propio desarrollo,
coloca toda la culpa sobre su hija.
En la versión original del cuento, es la propia madre que persigue con su odio a Blancanieves. En la versión más difundida sin
embargo es su madrastra (Stiefmutter). La madrastra muestra la otra cara de la madre, que aún no ha conocido a la hija, el lado
oscuro que le es mantenido oculto.
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El término alemán stief significa en realidad “despojado, huérfario”. Tiene relación con “maltratar” y “pegar”. Stiefinutter significa
entonces en esta comprensión lingüística, que los hijos han sido despojados de su auténtica madre, que han perdido a su buena
madre debido a la muerte o por una transformación interna, que han perdido a la madre que los cuida, los alimenta y les brinda hogar
y protección. La madrastra es la madre mala, que maltrata y pega a los niños. Ella no puede aceptar por cierto a los niños como son.
Los persigue porque ve rivales en ellos o ellas, porque proyecta sus propios problemas en los niños. Ella utiliza a los niños como
chivos expiatorios a los que carga con aquello que no quiere reconocer en si misma.
Así comienza Blancanieves, el cuento de Grimm que la mayoría de nosotros conoce desde la infancia: “Había una vez, en medio del
invierno y con copos de nieve que caían cual plumas del cielo, una reina que estaba sentada junto a una ventana de marco negro de
ébano, y cosía. Y mientras cosía y observaba la nieve, se pinchó un dedo con la aguja y cayeron tres gotas de sangre en la nieve. Y
como el rojo quedaba tan bonito sobre la blanca nieve, pensó para sí: ¡Si tuviera un niño tan blanco como la nieve, tan rojo como la
sangre y tan negro como la madera del marco! Poco tiempo después tuvo una hijita que era tan blanca como la nieve, tan roja como la
sangre y con cabellos tan oscuros como la madera de ébano, y por esta razón la llamó Blancanieves (blanca como la nieve). Y cuando
la niña nació, murió la reina”.
El cuento relata en su versión original, que Blancanieves era la hija de la bella reina que, tan orgullosa de su belleza, cada mañana se
colocaba frente al espejo y le preguntaba: “Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más bella en toda la tierra?” Y el espejo le
confirmaba: “Usted, señora reina, es la más bella de la tierra”. Pero cuando la hija tenía siete años, la niña superÓ a la madre en
belleza. Y entonces el espejo respondió: “Señora reina, usted es la más bella aquí, pero Blancanieves es mil veces más bella que
usted”. Entonces la reina comienzó a odiar a su hija. Le dio la orden a un cazador de matar a Blancanieves y traerle sus pulmones y
su hígado. El cazador se apiadó de la bella hija y en lugar de matarla a ella, lo hizo con un cachorro de jabalí, tomó sus pulmones y su
hígado y se los llevó a la reina para la comida. Blancanieves se desplazó errante y desamparada por el bosque hasta llegar a una
pequeña casa en la cual encontró una mesa con siete pequeños platos. Allí se aumentó y luego se recostó en una cama. Cuando
hacia la noche regresaron los enanitos del trabajo, vieron a Blancanieves y se alegraron por su belleza. Después de contarles acerca
de su destino, sintieron compasión por la niña y la invitaron a realizar las tareas de su hogar. Pero debería cuidar-se de la reina y no
permitir la entrada a nadie.
Y nuevamente la reina preguntó al espejo acerca de la mujer más bella. Y otra vez la respuesta fue:
“Sobre los siete montes, Blancanieves es mil veces más bonita que usted”. Entonces se preparó para matar ella misma a su hija. Se
disfrazó de tendera y golpeó a la puerta de la casa de los enanitos. Blancanieves pensó que a esa buena viejecita podría dejarla
pasar, y le compró un lazo de cuero. Pero la reina la ató tan fuertemente con el lazo que cayó muerta. Cuando regresaron los enanitos
se asustaron. Pero lograron cortar el lazo de cuero y hacer revivir a la niña. No obstante, le advirtieron que no debía permitir la entrada
a persona alguna. Sin embargo, por segunda vez la niña flaqueó. La reina envidiosa le vendió esta vez un peine envenenado. Ella
misma la peinó y se pinchó la cabeza con el peine. Nuevamente Blancanieves cayó muerta. Pero los enanitos le quitaron el peine
envenenado y revivió.
En la tercera oportunidad la reina le dio una manzana envenenada. Pero los enanitos no pudieron hacerla revivir. La colocaron en un
féretro de cristal y lloraron por ella. Pero cuando cierta vez llegó un joven príncipe a la casa de los enariitos y vio a Blancanieves en el
féretro de cristal, sintió tanto amor que le pidió a los enanitos que le vendieron el féretro con la niña muerta. Recién cuando
reconocieron el gran amor del príncipe le dieron el féretro, por compasión y como obsequio. “El hijo del rey pidió a sus sirvientes que lo
cargaran sobre sus hombros. Entonces sucedió que tropezaron con un arbusto y, por la sacudida, cayó de la garganta de
Blancanieves el polvillo venenoso de la manzana que había mordido. Y al poco tiempo abrió los ojos, levantó la tapa del féretro, se
levantó y revivió.” El príncipe se alegró y se organizó la boda con gran pompa y esplendor. En esta versión la reina participa también
de la boda, por curiosidad. “Pero cuando ingresó, Blancanieves la reconoció y ante el temor y el susto quedó paralizada. Pero ya
estaban colocadas pantuflas de hierro sobre carbón ardiente y fueron llevadas con pinzas ante ella. Entonces debió colocarse los
zapatos ardientes y bailar hasta caer muerta”.
A pesar de la madre o madrastra malvada, el cuento termina bien. Blancanieves tiene ayudantes de su lado. En una oportunidad es el
cazador que siente compasión por ella. El cazador representa el aspecto paterno. Él tiene una relación con el bosque, con el
inconsciente, y con los animales, con los impulsos del hombre. Él deja a la niña en el ámbito de lo desconocido e inconsciente.
Blancanieves avanza valiente hacia el bosque. Allí encuentra, tras los siete montes, la casa con los siete enanitos. (El número siete es
en el lenguaje del simbolismo el número de la transformación, que vincula lo terrenal con lo celestial.) Los siete montes describen el
lugar en el que la hija puede refugiarse, en el cual está para sí misma y que puede convertirse en el lugar de una transformación
positiva. La posibilidad aludida en este simbolismo puede convertirse en realidad en la vida cotidiana de múltiples maneras. Para una
niña actual, este lugar puede ser la escritura de un diario, para otra puede serlo la música, su grupo de amigas o el retraimiento hacia
su propia fantasía. Los enanitos del cuento simbolizan la fuerza interior que protege a la niña. Ellos extraen los tesoros del interior de
la tierra. Los enanitos representan la energía masculina dentro de la niña. Ella necesita la estructuración de su propio mundo interior
para poder madurar. Son siete enanitos. Siete, hemos dicho, es el número de la transformación. Por lo tanto, en la pequeña niña
existe suficiente fuerza para poder transformar la influencia negativa de la madre. Todo niño tiene recursos dentro de sí de los cuales
poder crear la transformación. No sólo está expuesta a los influjos enemigos y destructores externos, también puede dirigirse hacia
adentro. Allí existe suficiente que la alimenta. Y finalmente viene un príncipe que redime a la niña. Sin embargo, el príncipe debe es-
perar hasta que Blancanieves despierte en su féretro de cristal. Requiere un impulso externo para que la evolución que se ha detenido
continúe. El féretro es la imagen del repliegue espiritual de la niña. Necesita mucho tiempo para ella, hasta que aquello afincado en
ella pueda madurar. En la versión citada precedentemente es un golpe casual exterior. En la versión original los sirvientes no tropiezan
casualmente con el arbusto. El sirviente del príncipe en cambio se molesta porque debe cargar el féretro. Este sirviente representa la
parte agresiva del príncipe. El amor sin condicionamientos del hombre debe unirse con su fuerza agresiva para arrancar a la joven con
suave fuerza del ámbito materno, para expulsar la manzana envenenada de la garganta de la niña.
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A pesar del ámbito de protección que experimenta la niña en la casa de los siete enanitos, tampoco este lugar es completamente
seguro frente a los ataques hirientes de su madre. Los impulsos agresivos atacan también en el ámbito de protección que la niña
puede experimentar en su grupo, en su música, en su fantasía. Los tres intentos de asesinato muestran tres heridas maternas de la
hija ampliamente difundidas. La primera herida es la atadura con la cuerda. La madre estrecha cada vez más la cuerda y le quita el
aire a la hija. La atadura puede referirse a la sexualidad. Dado que presumiblemente esté pensado en estrechar el talle cada vez más.
En la moda del siglo XVI se hablaba del “talle de avispa”. El vientre como ámbito de vitalidad debe ser estrechado. La madre impide el
desarrollo sexual de la hija al endemoniarla y pintarle cuán grave es que a todos los hombres les interese únicamente la sexualidad.
El peine envenenado hace referencia a la segunda herida. La madre envenena los pensamientos de la hija. Algunas hijas son
envenenadas por sus madres porque deben prestar constantemente atención a lo que dice la gente. No pueden pensar por sí mismas,
no pueden confiar en sus corazones sino que deben ser tal como se espera que sean. El peine envenenado puede significar empero
algo más. Los cabellos son por un lado la fuerza, por el otro la imagen de la femineidad. Ciertas madres sienten temor frente a la
fuerza que está dentro de sus hijas y frente al hecho de ser mujer, que tratan de demostrar a través de su peinado. Las madres
comentan a menudo el peinado de sus hijas: “¿Cómo se te ocurre? ¡Péinate decentemente!” Para muchas niñas el peinado es
actualmente la primera posibilidad de diferenciarse conscientemente de las madres. Algunas se tiñen el cabello en un tono llamativo
para escandalizar a sus madres. Con ello quieren remarcar que piensan por sí solas y determinan por sí mismas como quieren ser. El
peine envenenado impide a la niña pensar por sí misma y exteriorizar sus conceptos de la vida.
La manzana es un viejo símbolo de amor. La madre envenena el amor de la hija. La reina parte la manzana en dos y le da a la hija la
parte envenenada. Esto indica la ambivalencia del amor que frecuentemente padecen las hijas. La madre ama a su hija pero al mismo
tiempo le transmite que debe agradecerle por ello. La hija percibe este doble mensaje de las emociones de la madre, en el cual van de
la mano el amor y el egoísmo, el poder y el deseo de determinar. El amor de la madre no sólo tiene el aspecto bueno sino también
uno envenenado. La madre ama a la hija para unirla a ella, para absorberla, inclusive a veces para amarse a sí misma en ella. A veces
el aspecto envenenado de este amor se hace visible cuando la madre se venga de su hija por transitar su mismo camino, cuando la
castiga al no prestarle atención y no hablar más con ella. Los enanitos ya no pueden liberar a Blancanieves de este envenenamiento.
Es entonces cuando debe venir un príncipe que la despierte con su amor. Debe ser un amor intenso que pueda disolver el
envenenamiento que se ha fijado en una mujer que continuamente fue tratada por su madre como una rival o un chivo expiatorio.
Y algo más ayuda a la hija a liberarse de la esfera de poder de la madre: la agresión. Cuando el príncipe hace bailar a la madre de
Blancanieves en las pantuflas ardientes, éste es un acto agresivo. Precisamente los psicólogos femeninos ponen énfasis hoy en día
en “el rol central que desempeña el giro agresivo de la niña contra su madre” (Agustín 123). La niña debe separarse de su madre para
apoderarse de su propio espacio junto a ella. Para ello necesita de la agresión. El giro de la hija en contra de la ma dre se verifica de
manera distinta al del varón, ya que la niña aún necesita cierta identificación con la madre. No se trata por lo tanto de un
desprendimiento total sino de una “diferenciación dentro de la igualdad”. “Muchas mujeres fracasan porque o bien se adecuan
demasiado o toman una distancia completa en lugar de separarse de las características de la madre de modo diferenciado” (Agustín
119). La hija necesita la agresión para descubrir a una distancia saludable las buenas raíces que ha encontrado en la madre.
Impulsos espirituales
Una mujer depresiva que durante años estuvo con diversos terapeutas, quedó totalmente asombrada al descubrirse en la historia de la
mujer sirio-fenicia. En ella vio perfectamente descripta su relación con su hija. Y encontró el valor de diferenciarse de su hija sobre el
trasfondo del texto bíblico, y dejar de ser absorbida por ella e inyectarse sentimientos de culpa. Aquellas mujeres a quienes les damos
para la meditación la historia de la sanación de la relación madre-hija, son todas hijas y muchas — de ellas también madres. A través
de este texto pueden meditar acerca de la relación con sus madres pero simultáneamente preguntarse cómo se comportan frente a
sus hijas. No se trata simplemente de comprender mejor las heridas maternas sino de descubrir el propio sendero de vida a través de
la herida. El tratamiento espiritual de la herida materna nos remite a los propios recursos que están dentro de nosotros. En cada uno
de nosotros bullen fuentes internas a partir de las cuales podemos crear. En última instancia, siempre se trata de una fuente divina de
la cual podemos beber. Y que está en cada uno de nosotros, inclusive cuando esa fuente a menudo esté cubierta por los aprietos de
nuestra infancia. Si a través de las heridas descubrimos la fuente dentro de nosotros, seremos capaces de seguir nuestro propio
sendero de vida.
Un camino para tratar espiritualmente nuestras heridas maternas sería convertir en ejercicios las imágenes de la historia de la
sanación. No debemos pagar con trabajo nuestras heridas pero tampoco debemos simplemente cruzarnos de brazos y esperar a que
Dios nos aligere de todo el trabajo. También nosotros podemos hacer algo para que Dios transforme y sane nuestras heridas. Los
ejercicios espirituales buscan ayudarnos a observar más conscientemente nuestras heridas, a tratar con ellas y dejar fluir la fuerza
sanadora de Dios dentro de ellas. Los ejercicios espirituales no son un truco para liberarnos en lo posible sin dolor de las heridas de la
infancia. Pero podemos confiar en que nos abrirán a la transformación y sanación que finalmente Dios siempre provoca.
La madre se dirige a Jesús y le ruega sanar a su hija. Si la mujer acompañada tuviera problemas con su hija, podría contarle a Jesús
durante media hora cómo ve a su hija y por qué quisiera rogarle a Jesús. Pero si quisiera observar su herida materna, enton ces podría
imaginarse que su madre se dirige a Jesús y le cuenta a Jesús sobre ella como hija. ¿Qué podría haber contado su madre de ella?
¿Cómo ve su madre a la hija? Esta meditación libera a la hija de la presión de tener que entender a su madre. Pero también la protege
de enfrascarse en una óptica excesivamente negativa de la madre. Algunas confunden terapia con observar la infancia de manera
bastante negativa. Es importante no reprimir nada y observar todos los sentimientos que afloran en uno. Pero también debemos
cuidamos del error retrospectivo que siempre se introduce furtivamente cuando observamos nuestro pasado con nuestros
conocimientos actuales. Quien lea literatura psicológica puede correr el riesgo de observar la infancia únicamente con enojo. La
logoterapia advierte frente al agravamiento de nuestra enfermedad espiritual a causa de la estimación errónea de nuestra infancia
(Lucas 169 y sigs.). Al imaginarme que mi madre habla con Jesús sobre mí, tomo distancia de ella y puedo verla con mayor
objetividad. Principalmente podría reconocer también que ella misma ha padecido su propia limitación.
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No obstante, la relación con la historia del Evangelio puede verificarse también de otro modo. A veces, durante el acompañamiento,
invitamos a la mujer a escribir una carta a su madre, en la cual exprese todas las heridas que se le ocurren en ese preciso instante. La
mujer no debería evaluar lo que escribe. No debería proteger precipitadamente a la madre sino escribir sin miedo alguno aquello que
espontáneamente se le ocurre sin realizar una autocensura. A continuación podría escribir una respuesta desde la óptica de la madre.
Ella debería colocarse en la situación de la madre e imaginar cómo le fue a ella en esas circunstancias y por qué actuó de esa
manera. Tal intercambio epistolar ficticio afloja cierta rigidez. El intercambio epistolar podría continuar. También podría escribir una
carta a su hija. ¿Qué querría decirle? ¿Cómo explicaría su propia conducta? Y luego podría introducirse nuevamente en el rol de la
hija y escribir una respuesta desde el lado de la hija. Esto provoca a menudo una mutua comprensión.
Otro método consiste en que el acompañante espiritual invite a la mujer a un juego de roles. Él coloca una silla vacía. La mujer deberá
imaginar que su madre está sentada en ella y le dice todo lo que la ha lastimado. Luego se sienta ella en la silla vacía y responde
como madre. También muchos terapeutas utilizan este método. El terapeuta o la acompañante espiritual pueden animar a la mujer a
expresar realmente todo lo que tiene dentro. Y puede observar si la mujer logra sentirse en el rol de la hija o si a tra vés de este juego
de roles aparece toda la distancia reinante entre ambas. Un juego de roles activo suele movilizar más profundamente el alma que la
mera reflexión acerca de un texto. Ya que en el primero debo manifestar mis sentimientos y exteriorizar aquello que durante mucho
tiempo estuvo oculto dentro de mí.
Jesús —según hemos visto— sana la relación madre-hija al disolver el aprieto entre ambas. El permite a la madre aceptar sus límites
y da confianza a la hija a encontrarse en sí misma cuando la madre encuentra su propio centro. Este método terapéutico de Jesús
invita a dejar caer por una vez la relación con la madre y en lugar de ello preguntarse en la meditación: “¿Quién soy yo misma? ¿Qué
quisiera yo misma? ¿Cuál es mi identidad y cuáles son las proyecciones de mi madre?” A veces invitamos a la gente a meditar
durante todo un día acerca de la frase: “Yo soy yo mismo”. Cuando me digo a mí mismo esta frase, ¿no corro el riesgo de nadar en
auto-compasión y responsabilizar a otros por mi situación? Un camino para hallar mi propio ser, al cual ya hemos hecho referencia,
consiste en preguntarme por los sueñós de vida de mi infancia. ¿Cuál era la profesión que siempre quise tener’? ¿Cuál era mi juego
favorito? ¿Cómo jugaba? ¿Qué expresaba en mis juegos acerca de mi auténtico ser? ¿Dónde estaba completamente conmigo
mismo? ¿Dónde era totalmente yo?
Jesús resucitado dijo a sus discípulos: Yo mismo soy (Lc 24,39). El término griego autos significa en la filosofía estoica el auténtico
ser, el santuario interior. Si incluyo esta frase en todo lo que me sucede, siento que no soy únicamente aquélla que fue lastimada, que
ha transitado caminos erróneos, sino también aquélla que a pesar de todo es auténtica, que lleva algo único dentro de sí. La frase me
ayuda a liberarme de la fijación a mis heridas y a descubrir mi auténtico ser, que no ha sido lastimado. “Soy yo misma” significa: en mí
existe un espacio sagrado e íntegro en el cual nadie puede lastimarme. Esto relativiza mi óptica de las heridas maternas. No las re-
primo. Ellas me pertenecen. Pero tampoco me fijo a ellas, ya que no son mi auténtico ser. A partir de la relación con mi ser interior
puedo observar mis heridas con mayor objetividad, tal como puedo manejarme actualmente con ellas con madurez.
Cierta mujer contaba que había ido de vacaciones con su madre. A través de una terapia de varios años había creído haber elaborado
su relación con la madre. Pero la madre no tenía para ella ninguna palabra elogiosa. Una y otra vez la criticaba o ponía nerviosa con
lamentos sobre las molestias propias de la edad. La mujer aguarda durante toda su vida una palabra de reconocimiento y amor de su
madre. Ella lamenta su pesado destino: nunca haber escuchado una palabra de amor de su madre es realmente duro. Convivir
espiritualmente con este problema significa aceptar la visión clara de Jesús: “Nunca experimentarás la palabra de confirmación y amor
de tu madre que anhelas. Recién cuando te reconcilies con ello estarás libre de la presión para poder poner en orden la relación con
tu madre.
Tú no debes poner nada en orden. Deja a tu madre donde está y preocúpate de ti misma. Tú debes ser tu propia madre y proceder
maternalmente con la niña herida”. Tal reconocimiento claro me libera de la ilusión de tener que experimentar una palabra de
reconocimiento y amor de mi madre. No cambiaré a mi madre. Sólo puedo trabajar en mí y en mi postura hacia ella. Soy responsable
por mi vida. Pero no se trata de determinar con resignación que nunca escucharé una palabra de amor de mi madre. Se trata mucho
más de poder encontrar qué es lo que ansío en lo más profundo. Puedo ser mi propia madre. Pero más allá de ello anhelo una fuerza
maternal a la cual confiarme. Dios es para mí el ámbito maternal en el que me sé protegida. Dios no debe significar aquí un consuelo.
En cambio la mirada hacia Dios y hacia su amor sin condicionamientos me libera de la fijación al amor humano que poco he
experimentado. La mujer no necesita creer en el amor de Dios. Pero podría sentarse a meditar en una iglesia en la cual se siente
cómoda, en la cual se siente protegida como en el regazo materno. Allí podría recitar una y otra vez las palabras que Dios le ha dicho
en el bautismo: “Tú eres mi querida hija. Por ti siento agrado.” Quizás estas palabras pasen de largo en ella o la tornen agresiva
porque no puede creerlo y sentirlo. Pero si confía en su presentimiento de que estas palabras podrían ser verdad, puede suceder que
una paz profunda llegue a ella. Entonces sentirá que todo esfuerzo por escuchar una palabra amorosa de la madre se desmorona,
que se siente libre, protegida y totalmente ella misma.
Hemos visto que Jesús sana a la madre al ofrecerle resistencia y delimitarse de ella. Precisamente con la resistencia crece la mujer.
Este método terapéutico es para nosotros una invitación a confiar en los propios sentimientos durante las conversaciones. Cuando
surge enojo en nosotros, tiene poco sentido reprimirlo. Precisamente los hombres espirituales corren el peligro de desvalorizar el enojo
y empujarlo a un lado. Ellos se dicen entonces: “No debo infectar la conversación con mi enojo. La mujer no es culpable de que yo
esté enojado. Soy sacerdote, asistente espiritual, quiero ser amable”. Pero en ese caso pasaríamos por alto una posibilidad esencial
de sanación. Asumiríamos la total responsabilidad por la mujer. Precisamente el enojo nos muestra que la mujer pasa por alto el tema,
que si bien padece por su hija o por sí misma, no está dispuesta sin embargo, a cambiar nada. Quizás quiera endilgamos toda la
responsabilidad. Deberíamos esforzarnos para que su problema sea resuelto. Jesús se defiende frente a tal absorción. Al decir que no
a los deseos de la mujer, ésta se acerca a la problemática propiamente dicha. Por esta razón, los acompañantes espirituales de
ambos sexos deberían tener el valor de confiar en los propios sentimientos. El enojo y las agresiones que emergen en nosotros son
un indicador importante de lo que sucede en ese instante durante la conversación. Buscan hacernos notar que nuestro diálogo no
lleva a nada, que nuestra interlocutora nos utiliza para sus fines. Pero entonces la conversación no aporta nada. Posteriormente
tendremos un gusto desabrido en la boca, la sensación de que fue tiempo malgastado. Y tampoco le servirá de nada a la mujer.
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Cierta madre contaba que su hija le robaba toda la fuerza. Cuando la hija está en el cuarto, la madre apenas puede respirar. Le quita
el aire. Pero la madre no se atreve a demostrar sus agresiones frente a la hija porque está llena de sentimientos de culpa. Ella se
reprocha haber hecho demasiado poco por la hija, haberle dado tan solo migajas. La meditación acerca de esta historia de sanación le
ha permitido interiormente tomar con seriedad su resistencia y establecer un límite frente a su hija. Las agresiones que la madre sentía
dentro de sí la impulsaron a actuar por sí misma en lugar de permitir que la hija le pre-escribiera las reglas de juego de su accionar.
Ella debió cuidarse por sí misma. Y luego es responsabilidad de la hija cuidarse a sí misma, en lugar de esperar todo de la madre y
absorberla con sus sobreexigencias.
La historia de la mujer sirio-fenicia y su hija poseída por el demonio puede brindar a los asistentes espirituales, tanto hombres como
mujeres, como así también a la mujer que recibe el acompañamiento, suficientes impulsos espirituales para salir de la turbación del
demonio y transitar con claridad el propio camino. Nos brinda métodos acerca de cómo manejarnos con nuestra herida materna sin
reprimirla pero tampoco con la presión de tener que elaborarla nosotros mismos. No necesitamos esperar haber analizado y elaborado
todas las heridas. Es terminante descubrir nuestro propio ser. La confrontación con Jesús podría ayudarnos en todos los enredos de
nuestra historia de vida y, a través de tales enredos, reconocer este auténtico e ileso ser, y retraernos en la oración una y otra vez al
santuario interior, en el cual estamos ilesos y somos íntegros: un ámbito por lo tanto, donde la lesión por parte de los demás no tiene
fuerza alguna. Entonces hallaremos nuestro propio sendero de vida que lleva a que salga a la luz cada vez más nuestra persona
original e íntegra.
Hemos colocado junto al texto bíblico el cuento Blancanieves. El cuento también puede iluminar la historia de sanación en la Biblia. Y
un camino por el cual es posible sanar la herida materna consiste en escribir el propio cuento de vida. Precisamente si intentamos
relatar nuestra vida en el idioma gráfico de un cuento, veremos las relaciones interiores de nuestra historia de vida bajo una nueva luz.
Reconoceremos el sentido que se encuentra detrás de todas las cosas y descubriremos el hilo rojo que se mantiene a través de todas
las dificultades. Quien quiera escribir el cuento de su propia vida podrá encontrar sugerencias en el siguiente texto:
El féretro de cristal Un cuento de vida
La princesa Monara vivió a lo largo de once años en el templo de cristal. Durante ese largo período, ella perdió la fe en que la vida
esperara por ella, la vida con sus alegrías, su amplitud, su vivacidad. ¡Cuán perdida se sentía al abandonar el templo, sin fuerzas, sin
valor y desesperada! Fue un despertar doloroso el que vivió Monara al descubrirse de pronto sin la máscara de cristal en la cual se
encontró rígida durante tanto tiempo. Tenía en claro: nunca más querría regresar al templo de cristal. El haber escapado de la muerte
y poder emprender la búsqueda de la tierra de la vida debía agradecerlo exclusivamente a la intervención de un pequeño duende.
Monara se sentó sobre una piedra junto al río para descansar. Sus pensamientos retornaban al pasado.
Como quinta hija de un matrimonio de reyes, ella había sido la hija predilecta de su padre. No obstante, Monara vivenciaba poco a su
padre dado que como gran monarca estaba a menudo de viaje para controlar la justicia en su reino. Al año de haber nacido Monara,
falleció su madre y a la madrastra, que al poco tiempo fue nombrada reina, no le agradaba mucho Monara. Celosa y envidiosa, ella
notó cuánto apego tenía el rey hacia esa hija. Entonces Monara fue encomendada a la protección de una nodriza que la cuidó y
atendi6. En lo profundo de su corazón, la pequeña princesa añoraba desesperadamente a su madre fallecida. Ella no lograba
comprender cuando la gente grande decía que su madre estaba en el cielo. ¿Dónde —pensaba Monara con desesperación—, dónde
está este cielo? Debe ser posible encontrarlo. Pero la gente grande no encontraba respuesta a la pregunta de Monara y un día ella
decidió emprender la búsqueda de su madre. Durante muchos días y meses vagabundeó por todo el país, acompañada únicamente
por su pequeño amigo Singuar, a quien podía contarle todo lo que conmovía su alma. Singuar era su perro y sólo él comprendía su
nostalgia y su búsqueda. Un día Monara descubrió, en un pequeño y alejado lago, la cabaña de un orfebre llamado Tieflis. Éste invitó
a la princesa a vivir con él y Monara estaba feliz de tener otra vez un lugar en el que su corazón podía estar en casa. El orfebre sabía
contar historias maravillosas de la vida y comprendió cómo ganar la confianza de Monara. Poco a poco ella olvidó inclusive la
búsqueda de su madre.
Tieflis calmó su alma atormentada y la despertó a la belleza de la vida. Monara sentía que lentamente se transformaba, sentía cómo
se caía el blindaje de tristeza de su alma y se elevaba su corazón. Por primera vez, la princesa sospechó algo del secreto del amor.
Pero su suerte duró poco, ya que Tieflis le informó sorpresivamente que debía partir para casarse. A partir de ese momento debía
transitar nuevamente sola su vida. Una profunda tristeza invadió a Monara. Un dolor desconocido atravesó todo su cuerpo y ella no
podía imaginar que una vida sin Tieflis tuviera sentido. Con pesadez en su corazón emprendió su camino. No sólo Tieflis la había
abandonado, también su pequeño amigo Singuar, quien entretanto había fallecido. Por lo tanto no tenía a nadie a quien contarle
acerca de su profundo dolor. La nostalgia de su madre volvió a despertar. Melancólica, encerró dentro de sí todos sus sentimientos.
Había pasado poco tiempo, cuando al cruzar un río, un bonito lobo color gris plata vino a su encuentro. Él la sáludó tan amablemente
que Monara sintió calidez en su corazón. “~Hacia dónde quieres ir?”, le preguntó con voz de terciopelo. “Estoy buscando a mi madre”,
respondió Monara. ‘?,Puedes ayudarme?” “Naturalmente”, respondió el lobo. “Pero primero descansa un poco. Mi casa está a tu
disposición. Sólo ten confianza, no te haré nada”.
Entonces Monara fue a su casa y se quedó con él durante siete años. Ella estaba feliz de haber escapado en esta forma de la
soledad. Dado que la princesa podía vivir en su casa, con gusto ofrecía sus servicios. Ella hacía lo que él le indicaba y trataba de
satisfacer todos sus deseos. Pero al poco tiempo Monara descubrió que la amabilidad era sólo un áspecto del lobo. En lo profundo de
su ser, él era violento e indomable. Había días en los cuales desgarraba a Monara con sus dientes para luego volver a atenderla
amorosamente. Un día, cuando era especialmente grave y Monara había sido nuevamente víctima de sus garras, ella decidió huir
durante la noche. Quizás lograra aún encontrar a la madre. Con ella podría estar segura y tener finalmente otra vez un hogar. Tomó
sus cosas y se fue. Pero al poco tiempo el lobo notó su desaparición y la persiguió a grandes saltos
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Un enorme miedo se apoderó de Monara. Lágrimas de desesperación corrían por sus mejillas. ¿Adónde ir? ¿Quién podría garantizarle
un refugio seguro en medio de ese gran bosque? Ella tropezaba con raíces, su piel se desgarraba con las malezas que atravesaba
con pasos rápidos, su respiración era jadeante. Desesperada, finalmente se desplomó. Si el lobo la encontrara, estaría perdida. Ante
el agotamiento, cayó profundamente dormida, tan profundamente, que las hadas de cristal que encontraron a Monara frente a su
templo de cristal, no quisieron despertarla. Llevaron a la princesa adentro del templo y la colocaron a los pies de una diosa. Después
de dormir durante tres días y tres noches, despertó. “ 6Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotras?” preguntó colmada de asombro a las
ondinas de cristal. “¿Cómo llegué aquí?”
A media voz se presentaron las hadas y le explicaron que servían a la diosa de la vida. Si quisiera, también ella podría entrar a su
servicio. Le otorgaría seguridad y protección. ¡Oh, cuánto lo deseaba Monara! Era lo que más quería. Más tarde continuaría la
búsqueda de su madre.
Las hadas de cristal la aceptaron en su círculo. Trataron amablemente a Monara y al poco tiempo la princesa sintió que la diosa de la
vida se convertía en su madre. El deseo de buscar a la propia madre se desvaneció. Entonces día a día vivió en el templo de cristal
tras puertas de cristal, separada del mundo, en medio de hadas de cristal. La diosa era el punto central de todo su hacer, su pensar y
su actuar. A lo largo del tiempo Monara se acostumbró, pero no notó que con ello perdía su vivacidad. La vida tras el cristal se
convirtió en una vida de cristal. La relación con los demás sólo era posible a través de paredes de cristal. Uno veía al otro, lo
escuchaba, pero no existía contacto entre ellos. Por lo tanto la soledad se apoderó una vez más del alma de Monara. El cristal la
protegía y al mismo tiempo la ahogaba. El conocimiento de su propia persona retrocedió tanto que finalmente hasta olvidó su nombre.
Todo en ella estaba como muerto. Se sentía como un árbol extinguido.
Pero cierta noche, cuando toda su esperanza de vida ardía en Monara como una pequeña chispa, un pequeño duende apareció junto
a su cama y la besó. Entonces el cristal que la rodeaba se rompió estrepitosamente en numerosos fragmentos pequeños. Monara se
levantó y siguió al duende hacia la luz del nuevo día que nacía.
Lentamente retornaron al presente los pensamientos de Monara. El río la tranquilizaba con su murmullo uniforme. Pero Monara no
lograba entender cómo de repente había desaparecido el pequeño duende. ¿Qué haría sin su ayuda? ¿Comenzar otra vez el camino?
Sí, por cierto debía ser así. Pero esta vez no quería emprender el camino para buscar a su madre. No, esta vez comenzaría a seguir
su anhelo y encontrar la vida dentro de la vida. Sí, ella sentía que su anhelo de vida y de amor, que podría recibir y obsequiar,
atravesaba todo su ser.
¿Sería posible?

Epílogo
Cuatro años después encontré a Monara. Sentí que ella había encontrado la vida; sí, se había encontrado inclusive ella misma. Había
llegado a su propio corazón.