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EN TORNO AL CONCILIO DE CONSTANTINOPLA

Eunomio

Hemos confesado un solo Dios, a la vez según la noción natural y según la enseñanza de
los Padres. No ha sido producido ni por sí mismo ni por otro. Pues cualquiera de estas dos
hipótesis es igualmente imposible, ya que, según la verdad, aquello que hace debe preexistir
a lo que es hecho, y lo que es producido debe ser segundo respecto al que lo hace. No puede
ser que una cosa sea anterior o posterior a ella misma, ni que sea previa a Dios... Si se ha
demostrado que no existe antes que él mismo ni que ninguna otra cosa existe antes que él,
sino que es el mismo antes de todo, es que le corresponde el ser ingenerado. O mejor, que
él mismo es la sustancia ingenerada 1.

Basilio Magno

Si se quiere aceptar lo que es verdad, es decir que el engendrado y el ingenerado son


propiedades distintivas consideradas en la sustancia, que conducen como de la mano a la
noción clara y sin confusión de Padre e Hijo, entonces se escapará al peligro de la impiedad
y se guardará la coherencia en los razonamientos. Pues las propiedades, como
características y formas consideradas en la sustancia, hacen una distinción entre lo que es
común gracias a las características que las particularizan, pero no rompen lo que hay de
común en la esencia. Por ejemplo la divinidad es común, pero la paternidad y la filiación
son propiedades (idiwmata). Y de la combinación de los dos elementos, el común y el
propio, se opera en nosotros la comprensión de la verdad. Así cuando oímos hablar de la
luz ingenerada, pensamos en el Padre, y si oímos hablar de una luz engendrada
comprendemos la noción de hijo. En tanto que luz y luz no hay entre ellos ninguna
oposición, en tanto que engendrado o inengendrado, se les considera en contraposición. Tal
es en efecto la naturaleza de la propiedad, la de mostrar la alteridad en la identidad de la
esencia (ousia) 2.

La esencia y la hipóstasis tienen entre sí la misma diferencia que existe entre lo común y
lo particular, como por ejemplo la que hay entre el animal en general y un hombre
determinado. Por esta razón reconocemos una sola esencia en la divinidad..., la hipóstasis
por el contrario es particular; así lo reconocemos para tener una idea distinta y clara sobre
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, si no consideramos los caracteres definidos
para cada uno, la paternidad, la filiación y la santificación, y si no confesamos a Dios según
la idea común del ser, nos es imposible dar razón de nuestra fe como se debe. Hay que unir
por tanto lo que es particular a lo que es común, y confesar así la fe. Lo que es común es la
divinidad; lo que es particular es la paternidad; después hace falta reunir estas nociones y
decir: creo en Dios Padre. Hay que hacer la misma cosa en la confesión del hijo y lo mismo
respecto del Espíritu Santo 3.

1
Apol. 7
2
Contra Eunomio II, 28.
3
Ep 236,6.
Puesto que muchos en sus doctrinas sobre los misterios (de la Trinidad) no distinguen la
substancia común de la noción de las personas caen en las mismas conjeturas pensando que
no hay diferencia en hablar de substancia y de persona. Por ello a algunos les ha parecido
bien admitir tal cosa sin previo examen, y así hablan igualmente de una substancia o de
una persona; y viceversa, a quienes confiesan tres personas, también les parece que de la
confesión de fe se puede enseñar una división de las substancias según el mismo número.
Por esto, para que tú no sufras de lo mismo, he hecho un breve memorial de este asunto.
Para decirlo en pocas palabras, este es el significado de los términos…. Por tanto decimos
lo siguiente: lo que indicamos como individual, lo designamos por la palabra hypóstasis.
Pues quien dice hombre, ofrece a quien lo oye una significación confusa porque tiene un
significado indefinido; pues designa por este nombre la naturaleza, pero no significa por
este nombre la cosa individual existente. En cambio quien dice Pablo, muestra la naturaleza
subsistente en el ser designado por tal nombre. Esto es pues la hypóstasis: no la noción
indefinida de la substancia, que por su significado general no indica ningún existente
concreto; sino aquélla que en algún ser determina y circunscribe lo que es común e
indefinido, mostrando las características individuales 4.

Él, iluminando a aquellos que se han purificado de toda mancha, los hace espirituales por
medio de la comunión con él. Y como los cuerpos límpidos y transparentes, cuando un
rayo los hiere, se convierten ellos mismos en brillantes y reflejan otro rayo, así las almas
que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu; se hacen plenamente espirituales y
transmiten a los demás su gracia. De ahí el conocimiento de las cosas futuras, la
comprensión de los misterios... la semejanza con Dios; el cumplimiento de los deseos:
convertirse en Dios 5.

Hemos dicho cuál es la fuerza de ambas expresiones. Ahora expondremos en qué


concuerdan y en qué se diferencian: no es que ambas se pongan en contraste, sino que una
y otra ofrecen a la piedad lo que les es propio. Porque “en” apunta más bien a lo que se
refiere a nosotros; en cambio, “con” enuncia la comunión del Espíritu con Dios. Por tal
motivo usamos ambas preposiciones: la segunda para expresar la dignidad del Espíritu, la
primera para enunciar la gracia que está en nosotros 6.

Gregorio Nacianceno

Y preguntan: “¿Qué le falta al Espíritu para ser hijo?, pues si nada le faltase, sería hijo”.
Les respondemos que nada le falta, porque a Dios nada falta. Sino que su diferente
manifestación, por así decirlo, así como la diversa relación entre ellos, es lo que ha indicado
la diferencia y ha dado origen a las distintas denominaciones. Porque tampoco falta nada
al hijo para ser Padre (ya que la filiación no es una falta), y sin embargo no es padre. De
otro modo, también algo faltaría al Padre para ser hijo. Y, no obstante, el Padre no es hijo.
Y todo ello no supone ni defecto alguno ni subordinación en la esencia. Les expresiones:
“no ser engendrado”, “ser engendrado” y “proceder” se dicen del Padre y del Hijo, y

4
Carta 38.
5
De Sp Sanc 9,23.
6
De Sp Sanc 27,68.

2
también denominan al Espíritu Santo. De este modo se salva la inconfusa (asygjuton)
divinidad de las tres hypóstasis, en una sola naturaleza y dignidad. Así como el Hijo no es
el Padre 8pues hay un solo Padre), pero es todo cuanto es el Padre; así ni el Espíritu es el
Hijo por proceder del Padre (a que sólo hay un Unigénito), pero es todo cuanto es el Hijo:
los tres son uno en divinidad, y la única (divinidad) es tres en las propiedades (en ta tria
theotéti kai to en tria tais idiotésin), de modo que ni la unidad dé apoyo a Sabelio, ni la
Trinidad justifique esta maladada división 7.

Cuando dirigimos la mirada a la divinidad (ten téeoteta) y a la causa primera y a la


“monarquía”, se nos aparece la unidad; cuando miramos a aquellos en los que se encuentra
la naturaleza divina, aquellos que provienen fuera del tiempo y con igual honor de la causa
primera, entonces son tres los que adoramos 8.

Tres diversas propiedades, una sola divinidad no dividida en la gloria, el honor, la esencia
y la realeza 9.

¡Por otra parte yo me asusto al considerar la riqueza de los títulos y de todos los nombres
ultrajados por quienes atacan al Espíritu! Es llamado Espíritu de dios (1Co 2,11), Espíritu
de Cristo (Rm 8,9), mente de Cristo (1Co 2,16), Espíritu del Señor (Sb 1,7; 2Co 3,17),
Señor mismo (2Co 3,17), Espíritu de adopción (Rm 8,15), de verdad (Jn 14,17; 15,26), de
libertad (2Co 3,17), Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de fuerza, de ciencia,
de piedad, de temor de dios (Is 11,2), porque él ha creado todas estas cosas; él llena todas
las cosas con su sustancia, él contiene todas las cosas, llena el mundo (Sb 1,7) con su
sustancia, pero no es contenible por el mundo en cuanto a su potencia; es bueno (Sal
142,10), recto (Sal 50,12), guía (Sal 50,14); santifica (1Co 6,11) por naturaleza, no por
disposición de otro, y no es santificado; mide y no es medido (Jn 3,34); se participa de él
(Rm 8,15), pero él no participa; llena (Sb 1,7), no es llenado; contiene (ib.), no es contenido;
es recibido en herencia (Ef 1,13-14), es glorificado (1Co 6,19-20); es contado con [el Padre
y el Hijo] (Mt 28,19); da lugar a una amenaza (Mc 3,29), es el dedo de Dios (Lc 11,20); es
un fuego (Hch 2,3), como Dios (Dt 4,24), para mostrar –pienso yo– que le es consustancial.
Es el Espíritu que crea (Sal 103,30), que recrea por medio del bautismo (Jn 3,5; cf. 1Co
12,13), y por medio de la resurrección (Ez 37,5-6,9-10.14). Es el Espíritu que conoce todas
las cosas (1Co 2,10), que enseña (Jn 14,26), que sopla donde quiere y como quiere (Jn 3,8),
que guía (Sal 142,10), que habla (Hch 13,2), que envía (Hch 13,4), que pone aparte (Hch
13,2), que se irrita (Jb 4,9), que es tentado (Hch 5,9), que revela (Jn 16,13), ilumina (Jn
14,26), que vivifica (Jn 6,63; 1Co 3,6) –o mejor, que es la misma luz y la misma vida– que
hace de nosotros templos (1Co 3,16; 6,19), que nos diviniza (ib.), que nos hace perfectos
(Jn 16,13), de modo que precede al bautismo (Hch 10,47) y es buscado después del
bautismo. Obra cuando obra Dios (1Co 12,4-6.11), se divide en lenguas de fuego (Hch
2,3), distribuye los carismas (1Co 12,11), hace apóstoles, profetas, evangelistas y doctores
(Ef 4,11). Es inteligente, múltiple, claro, penetrante, irresistible, inmaculado (Sb 7,22). Lo
que quiere decir que es la sabiduría suprema, el que obra de múltiples maneras (cf. 1Co
12,11), el que ilumina y penetra todas las cosas (Sb 7,24), el ser libre e inmutable (Sb 7,23).

7
Or 31,9.
8
Or 31,14.
9
Or 31,28.

3
Él lo puede todo, vigila todas las cosas, penetra todos los espíritus, los intelectuales, puros,
los más sutiles (ib.) –me refiero a las potencias angélicas– como también los de los profetas
(Sb 7,27) y apóstoles, en el mismo instante pero no en los mismos lugares (Sb 8,1), puesto
que están dispersos por aquí y por allí, lo cual muestra que nada le circunscribe 10.

Gregorio de Nisa

A partir de esto aceptamos que el Espíritu Santo está sobre la creación; sino que, todo
cuanto se piensa sobre el Padre y el Hijo, otro tanto se piensa también sobre el Espíritu;
porque si el Padre y el Hijo están sobre la criatura, en consecuencia también se atestigua
esta idea acerca del Espíritu Santo. De donde se sigue que, quien coloca al Espíritu Santo
por encima de la creación, ha acogido la doctrina recta y salvadora. Porque hemos de
confesar una sola naturaleza increada, que contemplamos en el Padre y el Hijo y el Espíritu
Santo 11.

Así como el Padre y el Hijo, así también el Espíritu Santo da la vida, ilumina, consuela y
realiza todas las cosas semejantes. Y ninguno excluye de la operación del Espíritu Santo el
poder de santificar, al oír que en el Evangelio el Salvador dice a los discípulos acerca del
Padre: “Padre, santifícalos en tu nombre”. De modo semejante, todas las otras cosas, si son
dignas de ellos, las realizan el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo: toda gracia y virtud, o
guía, o vida, o consolación, o transformación en inmortalidad, o mutación hacia la libertad,
o todo lo que sea bueno y que descienda hasta nosotros 12.

10
Or 31,29.
11
Carta a Simplicio.
12
Carta a Eustacio, 7.

4
OTROS TEXTOS MAGISTERIALES
Tomus Damasi (382?)

(2) Anatematizamos también a los que siguen el error de Sabelio, diciendo que el
Padre es el mismo que el Hijo.
(3) Anatematizamos también a Arrio y a Eunomio que con igual impiedad, aunque
con lenguaje distinto, afirman que el Hijo y el Espíritu Santo son criaturas.
Anatematizamos a los macedonianos que, viniendo de la de Arrio, no mudaron la
perfidia, sino el nombre.
Anatematizamos a Fotino, que renovando la herejía de Ebión, confiesa a nuestro
Señor Jesucristo sólo nacido de María.
(6) Anatematizamos a aquellos que afirman dos Hijos, uno antes de los siglos v otro
después de asumir de la Virgen la carne.
(7) Anatematizamos a aquellos que dicen que el Verbo de Dios estuvo en la carne
humana en lugar del alma racional e inteligente del hombre, como quiera que el mismo
Hijo y Verbo de Dios no estuvo en su cuerpo en lugar del alma racional e inteligente, sino
que tomó y salvó nuestra alma [esto es, la racional e inteligente], pero sin pecado.
(8) Anatematizamos a aquellos que pretenden que el Verbo Hijo de Dios es
extensión o colección y separado del Padre, insustantivo y que ha de tener fin. [...]
(11) Si alguno no dijere que el Hijo ha nacido del Padre, esto es, de la sustancia
divina del mismo, es hereje.
(12) Si alguno no dijere verdadero Dios al Hijo de Dios, como verdadero Dios a
[su] Padre [y] que todo lo puede y que todo lo sabe y que es igual al Padre, es hereje.
(13) Si alguno dijere que constituído en la carne cuando estaba en la tierra, no
estaba en los cielos con el Padre, es hereje.
(14) Si alguno dijere que, en la Pasión, Dios sentía el dolor de cruz y no lo sentía
la carne junto con el alma, de que se había vestido Cristo Hijo de Dios, la forma de siervo
que para sí había tomado, como dice la Escritura [cf. Phil. 2, 7], no siente rectamente.
(15) Si alguno no dijere que [Cristo] está sentado con su carne a la diestra del Padre, en la
cual ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, es hereje (DH 154-160; 163-167).

I Concilio de Toledo (400)

Creemos en un solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor de todo lo visible
y lo invisible, por quien han sido creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra. Que este
Dios es único y única es la Trinidad de su nombre divino [de su divina sustancia]. Que el
Padre no es el Hijo, sino que tiene un Hijo que no es el Padre. Que el Hijo no es el Padre,
sino que es el Hijo de Dios por naturaleza [de la naturaleza del Padre]. Que existe también
el Espíritu Paracleto, que no es ni el Padre ni el Hijo, sino que procede del Padre [y del
Hijo] (DzH, 188).

II Concilio de Constantinopla (553)

Si alguno no confiesa una sola naturaleza o substancia del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y una sola virtud y potestad, Trinidad consubstancial, una sola divinidad, adorada
en tres hipóstasis o personas, ese tal será anatema. Porque uno solo es dios Padre, de quien

5
todo, y un solo Señor Jesucristo, por quien todo, y un solo Espíritu, en quien todo (DH
421).

XI Sínodo de Toledo (675)

Confesamos y creemos que la santa e inefable Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, es
un solo Dios por naturaleza, de una sola sustancia, de una sola naturaleza, así como también
de una sola majestad y poder.

Y confesamos que el Padre no es engendrado, sino ingénito. Porque él no recibe su origen


de nadie; de él recibió el Hijo su nacimiento, y el Espíritu Santo su procedencia. Él es,
pues, fuente y origen de toda la divinidad.

Él es también Padre de su misma esencia, quien de su inefable sustancia engendró


inefablemente al Hijo; y, sin embargo, no engendró otra cosa distinta de lo que él mismo
es. Dios engendró a Dios, la luz a la luz. De él, pues, se deriva toda paternidad en el cielo
y en la tierra.

Confesamos también que el Hijo nació de la sustancia del Padre sin haber tenido un
comienzo, antes de todos los siglos; y, sin embargo, no ha sido creado. Porque ni el Padre
ha existido jamás sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre.

Y, no obstante, el Padre no procede del Hijo como el Hijo del Padre; porque no es el Padre
quien recibe la generación del hijo, sino el hijo del Padre. El Hijo, pues, es Dios que procede
del Padre; el Padre es Dios, pero no procede del Hijo. Es ciertamente Padre del Hijo, pero
es Dios que no proviene del Hijo; éste, en cambio, es Hijo del Padre y Dios que procede
del Padre. Pero es en todo igual a Dios Padre, porque jamás ha comenzado ni cesado en el
nacer.

Creemos también que el Hijo es una sola sustancia con el Padre; por lo cual, se dice que es
consustancial con el Padre, es decir, de la misma sustancia con el Padre; pues homos en
griego significa uno y ousía sustancia; y unidos los dos términos, suena: “una sola
sustancia”. Porque ha de creerse que el Hijo es engendrado o nacido, no de la nada ni de
otra sustancia distinta, sino del seno del Padre, es decir, de su misma sustancia.

Eterno es, pues, el Padre; eterno el Hijo. Si el Padre ha existido siempre, siempre ha tenido
al Hijo de quien era Padre. Por esto confesamos que el Hijo ha nacido del Padre sin
principio.

Y no se crea que, por haber sido engendrado por el Padre, decimos que este Hijo de Dios
es una partícula seccionada de su naturaleza; sino que afirmamos que el Padre perfecto ha
engendrado al Hijo perfecto, sin disminución ni división; porque es exclusivo de la
divinidad el no tener un Hijo que sea desigual.

6
Este Hijo es Hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. Hemos de creer que Dios Padre
no lo engendró ni por la voluntad, ni por necesidad; porque ni en Dios cabe necesidad
alguna, ni la voluntad precede a la sabiduría.

Creemos también que el Espíritu Santo, que es la tercera persona en la Trinidad, es un solo
Dios e igual al Dios Padre y al Hijo, de su misma sustancia y de su misma naturaleza. Sin
embargo, no fue engendrado ni creado, sino que, procediendo de uno y de otro, es el
Espíritu de ambos.

Creemos también que este Espíritu no es ingénito ni engendrado. Si dijéramos que es


ingénito, parecería que hablábamos de dos Padres; si dijéramos que es engendrado,
parecería que hablamos de dos Hijos. Pero no se dice que es solamente el Espíritu del Padre,
sino el Espíritu del Padre y del Hijo juntamente.

Porque no procede del Padre al Hijo ni procede del Hijo para la santificación de las
creaturas, sino que aparece como procediendo a la vez del uno y del otro, pues se reconoce
ser la caridad o la santidad de ambos.

Así, pues, creemos que el Espíritu Santo fue enviado por los dos, como el Hijo fue enviado
por el Padre. Pero no puede ser considerado como menor que el Padre o el Hijo, a la manera
que el Hijo afirma de sí que es menor que el Padre y el Espíritu Santo, por razón de la
humanidad que asumió.

He aquí cómo se ha de hablar de la Trinidad: hay que decir y creer que ella no es triple,
sino trina. Ni puede rectamente afirmarse que la Trinidad esté en un solo Dios, sino que un
solo Dios es trino.

En los nombres de personas que expresan una relación, el Padre es referido al Hijo, el Hijo
al Padre, y el Espíritu Santo a los dos; pero cuando se habla de las tres personas
consideradas en sus relaciones, se cree en una sola naturaleza o sustancia.

Ni afirmamos tres sustancias, como afirmamos tres personas; sino una sola sustancia, pero
tres personas.

En efecto, el Padre es Padre no por referencia a sí mismo, sino por referencia al Hijo. El
Hijo es Hijo, no por referencia a sí mismo, sino por referencia al Padre. Lo mismo el
Espíritu Santo no dice referencia a sí mismo, sino al Padre y al Hijo, porque se llama el
Espíritu del Padre y del Hijo.

Igualmente, cuando decimos “Dios”, no expresamos una relación a otro, como es la del
Padre al Hijo o la del Hijo al Padre, o la del Espíritu Santo al Padre y al hijo, sino referido
especialmente a sí mismo.

Si se nos pregunta de cada una de las personas, tenemos que confesar que es dios. Se dice
que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios, que el Espíritu Santo es Dios, cada uno en
particular; sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios.

7
Igualmente, se dice que el Padre es omnipotente, que el Hijo es omnipotente, que el Espíritu
Santo es omnipotente; sin embargo, no son tres omnipotentes, sino un solo Todopoderoso,
como también una sola luz y un solo principio.

Así, pues, confesamos y creemos que cada persona en particular es plenamente Dios; y las
tres un solo Dios. Su divinidad única e indivisa e igual, su majestad o su poder, ni se
disminuye en cada uno, ni se aumenta en los tres; porque ni tiene nada de menos cuando
singularmente cada persona se dice Dios, ni tiene algo de más cuando las tres personas son
llamadas un solo Dios.

Así, pues, esta santa Trinidad, que es un solo y verdadero Dios, ni está fuera del número,
ni está encerrada en el número. Porque el número aparece en la relación e las personas;
pero en la sustancia de la divinidad, no tiene sentido hablar de número. Así, pues, sólo hay
indicación de número en las relaciones que existen entre sí; pero carecen de número
consideradas en sí mismas.

Porque de tal suerte le corresponde por naturaleza un nombre a esta santa Trinidad, que no
puede ser utilizado en plural referido a las tres personas. Por esto creemos lo que dice la
Escritura: Grande es el señor Dios nuestro y grande es su poder, y su sabiduría no tiene
número.

Y no por haber dicho que estas tres personas son un solo Dios, podemos decir que el mismo
que es Padre es Hijo, o que Hijo el que es Padre, o que sea Padre o Hijo el que es Espíritu
Santo.

Porque no es el mismo (ipse) el Padre que el Hijo, ni es el mismo el Hijo que el Padre, ni
el Espíritu Santo es el mismo que el Padre o el Hijo, aun cuando el Padre sea lo mismo
(ipsum) que el Hijo, lo mismo el Hijo que el Padre, lo mismo el Padre y el Hijo que el
Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza.

Porque cuando decimos que no es el mismo el Padre que el Hijo, nos referimos a la
distinción de personas. En cambio, cuando decimos que el Padre es lo mismo que el Hijo,
el Hijo lo mismo que el Padre, el Espíritu Santo lo mismo que el Padre y el Hijo,
expresamos que esto pertenece a la naturaleza o a la sustancia por la cual es Dios; porque
en la sustancia son uno. Distinguimos las personas, pero no separamos la divinidad.

Reconocemos, pues, la Trinidad en la distinción de las personas; profesamos la unidad por


razón de la naturaleza o la sustancia. Estas tres cosas son uno en la naturaleza, no en la
persona.

Sin embargo, no hay que concebir a estas tres personas como si se pudieran separar; porque
creemos que ninguna de ellas ni ha existido ni ha operado antes que la otra, ni después que
la otra, ni sin la otra.

Ellas son inseparables en lo que ellas son y en lo que ellas hacen. Porque creemos que entre
el Padre que engendra y el Hijo que es engendrado y el Espíritu Santo que procede, no

8
existió ningún intervalo de tiempo en el cual el que engendra precediera al engendrado, el
engendrado faltara al que engendra, o el Espíritu que procede apareciera con posterioridad
al Padre o al Hijo.

Por eso, pues, confesamos y creemos que esta Trinidad es inseparable e inconfusa.
Consiguientemente, hablamos de estas tres personas, según que lo han definido nuestros
mayores, para que sean reconocidas como tales, no para que sean separadas.

Porque sin consideramos lo que la Sagrada Escritura dice de la Sabiduría: Es el resplandor


de la luz eterna, lo mismo que vemos que el resplandor va unido inseparablemente a la luz,
así confesamos que el Hijo no puede separarse del Padre.

Consiguientemente, como no confundimos aquellas tres personas de única e inseparable


naturaleza, así confesamos que en ningún modo son separables.

Porque la Trinidad misma se ha dignado mostrarnos esto de un modo tan evidente, que aun
en los nombres por los que quiso que cada una de las personas fuera reconocida
particularmente, no permite que se comprenda la una sin la otra: el Padre, en efecto, no
puede ser conocido sin el Hijo, ni al Hijo se le encuentra sin el Padre.

La misma relación, en su denominación personal, impide la separación de las personas; y


aun cuando no las nombra a la vez, a la vez las insinúa. Y nadie puede escuchar cualquiera
de estos nombres sin que por fuerza tenga que entender también el otro.

Así, pues, siendo estos tres una sola realidad, y una sola realidad tres, cada persona, sin
embargo, conserva su propiedad. El Padre tiene la eternidad sin nacimiento; el Hijo, la
eternidad con nacimiento; el Espíritu Santo, la procedencia sin nacimiento, con eternidad.

Porque el número se ve en la relación de las personas; pero en la sustancia de la divinidad,


no se comprende qué se haya numerado. Luego sólo indican número en cuanto están
relacionadas entre sí; y carecen de número, en cuanto son para sí. Porque de tal suerte a
esta santa Trinidad le conviene un solo nombre natural, que en tres personas no puede haber
plural. Por esto, pues, creemos que se dijo en las Sagradas Letras: Grande el Señor Dios
nuestro y grande su virtud, y su sabiduría no tiene número [Ps. 146, 5]. Y no porque
hayamos dicho que estas tres personas son un solo Dios, podemos decir que el mismo es
Padre que es Hijo, o que es Hijo el que es Padre, o que sea Padre o Hijo el que es Espíritu
Santo. Porque no es el mismo el Padre que el Hijo, ni es el mismo el Hijo que el Padre, ni
el Espíritu Santo es el mismo que el Padre o el Hijo, no obstante que el Padre sea lo mismo
que el Hijo, lo mismo el Hijo que el Padre, lo mismo el Padre y el Hijo que el Espíritu
Santo, es decir: un solo Dios por naturaleza. Porque cuando decimos que no es el mismo
Padre que es Hijo, nos referimos a la distinción de personas. En cambio, cuando decimos
que el Padre es lo mismo que el Hijo, el Hijo lo mismo que el Padre, lo mismo el Espíritu
Santo que el Padre y el Hijo, se muestra que pertenece a la naturaleza o sustancia por la
que es Dios, pues por sustancia son una sola cosa; porque distinguimos las personas, no
separamos la divinidad.

9
Reconocemos, pues, a la Trinidad en la distinción de personas; profesamos la unidad por
razón de la naturaleza o sustancia. Luego estas tres cosas son una sola cosa, por naturaleza,
claro está, no por persona. Y, sin embargo, no ha de pensarse que estas tres personas son
separables, pues no ha de creerse que existió u obró nada jamás una antes que otra, una
después que otra, una sin la otra. Porque se halla que son inseparables tanto en lo que son
como en lo que hacen; porque entre el Padre que engendra y el Hijo que es engendrado y
el Espíritu Santo que procede, no creemos que se diera intervalo alguno de tiempo, por el
que el engendrador precediera jamás al engendrado, o el engendrado faltara al engendrador,
o el Espíritu que procede apareciera posterior al Padre o al Hijo. Por esto, pues, esta
Trinidad es predicada y creída por nosotros como inseparable e inconfusa.
Consiguientemente, estas tres personas son afirmadas, como lo definen nuestros mayores,
para que sean reconocidas, no para que sean separadas. Porque si atendemos a lo que la
Escritura Santa dice de la Sabiduría: Es el resplandor de la luz eterna [Sap. 7, 26]; como
vemos que el resplandor está inseparablemente unido a la luz, así confesamos que el Hijo
no puede separarse del Padre. Consiguientemente, como no confundimos aquellas tres
personas de una sola e inseparable naturaleza, así tampoco las predicamos en manera
alguna separables. Porque, a la verdad, la Trinidad misma se ha dignado mostrarnos esto
de modo tan evidente, que aun en los nombres por los que quiso que cada una de las
personas fuera particularmente reconocida, no permite que se entienda la una sin la otra;
pues no se conoce al Padre sin el Hijo ni se halla al Hijo sin el Padre. En efecto, la misma
relación del vocablo de la persona veda que las personas se separen, a las cuales, aun
cuando no las nombra a la vez, a la vez las insinúa. Y nadie puede oír cada uno de estos
nombres, sin que por fuerza tenga que entender también el otro: Así, pues, siendo estas tres
cosas una sola cosa, y una sola, tres; cada persona, sin embargo, posee su propiedad
permanente. Porque el Padre posee la eternidad sin nacimiento, el Hijo la eternidad con
nacimiento, y el Espíritu Santo la procesión sin nacimiento con eternidad (DzH 525-532).

Concilio IV de Letrán (1215)

Creemos firmemente y confesamos sinceramente que hay un solo dios verdadero, eterno,
inmenso e inmutable, inabarcable, omnipotente e inefable, Padre e Hijo y Espíritu Santo:
tres personas, ciertamente, pero una sola esencia, sustancia o naturaleza absolutamente
simple. El Padre no proviene de nadie; el Hijo proviene sólo del Padre; el Espíritu Santo
proviene juntamente de los dos: sin comienzo, siempre y sin fin, el Padre que engendra, el
Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede. Son consustanciales, iguales entre sí,
igualmente omnipotentes y coeternos. Único principio de todas las cosas; creador de todos
los seres, tanto visibles como invisibles, espirituales y corporales; que con su poder
omnipotente creó de la nada juntamente al principio del tiempo a ambos géneros de
creaturas: las espirituales y las corporales; es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre;
y, después, la creatura humana que, constituida de cuerpo y espíritu, los abraza, en cierto
modo, a los dos… Esta santa Trinidad, indivisa según su esencia común y que se distingue
según las propiedades de las personas, dio al género humano la doctrina de la salvación…
(DzH 800)

Con la aprobación del santo Concilio creemos y confesamos, con Pedro Lombardo, que
existe una sola realidad suprema, inabarcable e inefable, que es verdaderamente Padre e

10
Hijo y Espíritu Santo; las tres personas juntamente y cada una de ellas en particular. En
consecuencia, en Dios sólo hay Trinidad y no cuaternidad, porque cada una de estas
personas es esta realidad, es decir, la sustancia, la esencia o la naturaleza divina. Ella sola
es el principio de todas las cosas; fuera de este principio, ningún otro puede hallarse. Y esta
realidad no engendra, ni es engendrada, ni procede, sino que el Padre es el que engendra,
el Hijo es engendrado y el Espíritu Santo es el que procede. De modo que las distinciones
están en las personas y la unidad en la naturaleza (DzH 804).

Concilio de Florencia (1438-1445)

La Iglesia romana, establecida por la palabra del Señor y Salvador, cree firmemente,
profesa y enseña un solo verdadero Dios, todopoderoso, inmutable y eterno: Padre e Hijo
y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas. El Padre, ingénito; el Hijo,
engendrado; el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo.

El Padre no es ni el Hijo ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo;


sino que el Padre es solamente Padre, el Hijo no es sino el Hijo; y el Espíritu Santo es
solamente el Espíritu Santo. Solo el Padre engendró de su sustancia al Hijo; solo el Hijo
fue engendrado de solo el Padre; solo el Espíritu Santo procede a la vez del Padre y del
Hijo.

Estas tres personas son un solo Dios y no tres dioses; porque las tres tienen una misma
sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad,
una sola eternidad y todo es uno en todo aquello en que no hay oposición de relación.

Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu
Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo. Ninguno precede a otro en eternidad, ni le
excede en grandeza, ni le sobrepasa en poder. Desde la eternidad y sin comienzo, el Hijo
tiene su origen del Padre; desde la eternidad y sin comienzo, el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo. Todo cuanto el Padre es o tiene, no lo tiene recibido de nadie sino de sí
mismo; él es principio sin principio. Todo lo que el Hijo es o tiene, lo ha recibido del Padre,
él es principio del principio. Todo lo que es o tiene el Espíritu Santo, lo ha recibido
juntamente del Padre y del Hijo; mas el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu
Santo, sino un solo principio. De igual modo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no
son tres principios de la creación, sino un solo principio (DzH 1330-1331).

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Quicumque (siglo V)

Quicumque vult salvus esse, 1. Quienquiera desee salvarse


ante omnia opus est, debe, ante todo,
ut teneat catholicam fidem: guardar la Fe Católica:

Quam nisi quisque integram inviolatamque 2. quien no la observare íntegra e inviolada, sin
servaverit, absque dubio in aeternum peribit. duda perecerá eternamente.

Fides autem catholica haec est: 3. Esta es la Fe Católica:


ut unum Deum in Trinitate, et Trinitatem in 4. que veneramos a un Dios en la Trinidad y a la
unitate veneremur. Trinidad en unidad.
Neque confundentes personas, neque 5. Ni confundimos las personas, ni separamos las
substantiam separantes. substancias.
Alia est enim persona Patris alia Filii, alia 6. Porque una es la persona del Padre, otra la del
Spiritus Sancti: Hijo, otra la del Espíritu Santo.
7. Pero la divinidad del Padre y del Hijo y del
Sed Patris, et Filii, et Spiritus Sancti una est
divinitas, aequalis gloria, coeterna maiestas.Espíritu Santo es una, es igual su gloria, es
coeterna su majestad.
Qualis Pater, talis Filius, talis Spiritus 8. Como el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo.
Sanctus. 9. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el
Increatus Pater, increatus Filius, increatus Espíritu Santo.
Spiritus Sanctus. 10. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el
Immensus Pater, immensus Filius, immensus Espíritu Santo.
Spiritus Sanctus. 11. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el
Aeternus Pater, aeternus Filius, aeternus Espíritu Santo.
Spiritus Sanctus. 12. Y, sin embargo, no tres eternos, sino uno
Et tamen non tres aeterni, sed unus aeternus. eterno.

Sicut non tres increati, nec tres immensi, sed 13. Como no son tres increados ni tres inmensos,
unus increatus, et unus immensus. sino uno increado y uno inmenso.
Similiter omnipotens Pater, omnipotens 14. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente
Filius, omnipotens Spiritus Sanctus. el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo.

Et tamen non tres omnipotentes, sed unus 15. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino
omnipotens. uno omnipotente.
Ita Deus Pater, Deus Filius, Deus Spiritus 16. Como es Dios el Padre, es Dios el Hijo, es
Sanctus. Dios el Espíritu Santo.
Et tamen non tres dii, sed unus est Deus. 17. Y, sin embargo, no tres dioses, sino un Dios.
Ita Dominus Pater, Dominus Filius, Dominus 18. Como es Señor el Padre, es Señor el Hijo, es
Spiritus Sanctus. Señor el Espíritu Santo.
Et tamen non tres Domini, sed unus Dominus. 19. Y, sin embargo, no tres señores sino un Señor.
Quia, sicut singillatim unamquamque 20. Porque, así como la verdad cristiana nos
personam Deum ac Dominum confiteri compele a confesar que cualquiera de las personas
christiana veritate compellimur: es, singularmente, Dios y Señor, así la religión

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Ita tres Deos aut Dominos dicere catholica católica nos prohíbe decir que son tres Dioses o
religione prohibemur. Señores.
Pater a nullo est factus: nec creatus, nec 21. Al Padre nadie lo hizo: ni lo creó, ni lo
genitus. engendró.
Filius a Patre solo est: non factus, nec 22. El Hijo es sólo del Padre: no hecho, ni creado,
creatus, sed genitus. sino engendrado.
Spiritus Sanctus a Patre et Filio: non factus, 23. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo: no
nec creatus, nec genitus, sed procedens. hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente
de ellos.
Unus ergo Pater, non tres Patres: unus 24. Por tanto, un Padre, no tres Padres; un Hijo,
Filius, non tres Filii: unus Spiritus Sanctus, no tres Hijos, un Espíritu Santo, no tres Espíritus
non tres Spiritus Sancti. Santos.
Et in hac Trinitate nihil prius aut posterius, 25. Y en esta Trinidad nada es primero o
nihil maius aut minus: posterior, nada mayor o menor,
Sed totae tres personae coaeternae sibi sunt 26. sino todas las tres personas son coeternas y
et coaequales. coiguales las unas para con las otras.
Ita, ut per omnia, sicut iam supra dictum est, 27. Así, para que la unidad en la Trinidad y la
et unitas in Trinitate, et Trinitas in unitate Trinidad en la unidad sea venerada por todo,
veneranda sit. como se dijo antes.

Qui vult ergo salvus esse, ita de Trinitate 28. Quien quiere salvarse, por tanto, así debe
sentiat. sentir de la Trinidad.

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