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Extravagante - Bryan Jarrett

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El libro de Bryan es la mejor guía que conozco sobre la manera

en que debemos responder al gran amor de Dios para nosotros.


Quien le ofrezca la extravagante consagración que Bryan des-
cribe, será bendecido de una manera incalculable.
Robert Morris, Pastor
Iglesia Gateway, Southlake, Texas

¡Atención, pastor!: el libro Extravagante, de Bryan Jarrett, puede


avivar el fuego de Dios en su congregación. La notable historia
personal y los principios igualmente notables que él comparte
con nosotros acerca de lo que Dios hace cuando le respondemos
de una manera extravagante, podría revolucionar su vida espi-
ritual… y la de su iglesia.
Dr. George O. Wood, Superintendente general
Asambleas de Dios de los Estados Unidos,
Springfield, Missouri

Si alguna vez ha habido un llamado a los cristianos para que


despierten y para señalarles hacia una experiencia más
profunda y emocionante de Dios, ese llamado es el libro de
Bryan Jarrett. El revolucionario discipulado que revela en su
obra Extravagante es irresistible.
Matthew Barnett, Presidente The Dream Center
Pastor del Angelus Temple, Los Ángeles, California

¡EXTRAVAGANTE! Cuando conocí al pastor Bryan Jarrett, noté en


su persona esa extravagancia. Como padre, la dedicación a sus
hijos era algo extravagante. Como esposo, el incansable amor
por su esposa también era extravagante. No es de sorprenderse
que este libro tenga por título ¡Extravagante! Un Dios extrava-
gante que nos ama con extravagancia, más allá de los límites
de la razón, sin restricciones de ninguna clase y de una manera
superabundante. Si eso es lo que usted quiere experimentar,
este libro es para usted. ¡Léalo y comience hoy mismo a vivir
esa vida extravagante!
Dr. Samuel R. Chand
([Link])
b r y a n j a r r e t t
prólogo de mark batterson

Springfield, MO
[Link]

© 2012 Bryan Jarrett


TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Publicado por Influence Resources


1445 N. Boonville Ave., Springfield, Missouri 65802

Publicado en asociación con The Quadrivium Group—Orlando, FL


info@[Link]
y New Vantage Partners—Franklin, TN
info@[Link]

Ninguna parte de este libro será reproducida, almacenada en


un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna manera
o por ningún medio—electrónico, mecánico, de fotocopia,
grabación, o de cualquier otra manera—sin previo permiso
del dueño de los derechos de copia, con la excepción de
breves citas que se usen en comentarios,
en revistas, o en periódicos.

Diseño de la cubierta y formato interior por Allen Creative—Snellville, GA

Traducción al español: Dr. Andrés Carrodeguas. Ph.D., [Link].


Título del original en inglés: Extravagant,
Living out Your Response to God’s Outrageous Love.
Copyright © 2011 por Bryan Jarrett.

Texto bíblico tomado de la Santa Biblia Nueva Versión Internacional® NVI®


Propiedad literaria ©1999 por Bíblica, [Link] Usado con permiso.
Reservados todos los derechos mundialmente.

ISBN: 978-1-93783-064-9

Primera impresión 2012


Impreso en los Estados Unidos de Norteamérica
Los dos hombres que han sido figura paterna para mí
estaban vivos cuando comencé este proyecto.
Ambos fueron al cielo antes de que lo terminara.
Dedico este libro a mi abuelo materno, M.D. Gibson,
y a mi padre, Roy Jarrett:

A mi abuelo, quien fue padre aunque no tenía obligación


de serlo; y a mi padre, que se convirtió en el padre
que nunca antes fue.
índice

reconocimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ix

prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . xi

introducción extravagante por naturaleza . . . . . . . . . . . . . . . . . 1


capítulo 1 el consejo de un sabio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
capítulo 2 un agridulce sometimiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
capítulo 3 provee y vencerás . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31
capítulo 4 un extravagante hace cosas extravagantes 47
capítulo 5 vive el lenguaje de la extravagancia . . . . . . . . 53
capítulo 6 hambre de Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65
capítulo 7 con todo su corazón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 77
capítulo 8 lo que das es lo que recibes . . . . . . . . . . . . . . . . . 93
capítulo 9 ¡suéltalo! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
capítulo 10 comprobación de seguridad . . . . . . . . . . . . . . . 121
capítulo 11 deja atrás las seguridades . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131
capítulo 12 la fe en juego . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
capítulo 13 la obra del Espíritu . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
capítulo 14 ¿ve y haz lo mismo? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 165
capítulo 15 el más extravagante de los regalos . . . . . . . . .171
capítulo 16 las lecciones más valiosas de la vida . . . . . . . 195
capítulo 17 el llamado a la extravagancia . . . . . . . . . . . . . . 209
capítulo 18 pase lo que pase . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 233

apéndice cómo usar este libro en clases y grupos . . . . 245


reconocimientos

¡Gracias, Jesús! La única razón por la que tengo la capacidad


de entender la extravagancia, es que tú fuiste el iniciador
del amor y me perseguiste con «un exceso sin límites».

Veo un modelo de consagración extravagante todos los días


en mi hogar, por la forma en que Haley y mis tres hijos me
aman. Su amor me proporciona el lugar seguro que necesito
para cumplir el llamado de Dios.

Mi gratitud a las dos congregaciones que me han concedi-


do la honra de ser llamado «pastor».

A First Assembly of God de Pine Bluff, Arkansas. Ustedes


ix
le dieron a un inexperto predicador de veinticinco años de
edad la oportunidad de pastorear una iglesia de setenta y
cinco años que tenía una rica tradición. Su amor, paciencia
y buena disposición a seguirme en mis locos pasos de fe
serán mi inspiración por el resto de mi vida.

Northplace Church, gracias por ser un laboratorio de cris-


tianismo del Nuevo Testamento ante la vista del mundo del
siglo veintiuno. Gracias por su dedicación al reino de Dios,
porque me ha liberado para seguir el exclusivo llamado que
hay sobre mi vida. Después de Jesús y de mi familia, ustedes
son el amor de mi vida.

A nuestro personal; su competencia hace posible el sueño,


su extravagancia honra a Dios, y su amistad hace que valga
la pena seguir adelante.
extravagante

Al Dr. George Wood, mi gratitud por su visión de crear una


plataforma para que los autores llenos del Espíritu causen
un impacto en el mundo.

A Pat Springle, gracias por tu apoyo mientras escribía. Esto


no habría sido posible sin tu ayuda.

A los correctores de estilo, que se convirtieron en mucho


más que eso: David Shepherd y Greg Webster. Su dedicación
al mensaje de este libro se manifestó en su labor destacada
durante el proceso. Su profesionalismo y su sabiduría me-
joraron el proyecto, y conocerlos a ustedes me ha mejorado
a mí.

Steve y Susan Blount, ustedes han sido los cuidadosos


mentores que han guiado a través de este proceso a un au-
x
tor novato. Gracias por haber compartido conmigo sus años
de experiencia.
prólogo

El seis de febrero es una fecha especial en mi familia.


Es el cumpleaños de Josiah, mi hijo menor. Este año, Josiah
cumplió nueve años, y ese mismo día, uno de los grandes
sueños de su joven vida se convirtió en realidad. Vio en per-
sona el triunfo del equipo favorito de nuestra familia, los
Green Bay Packers, en el Super Bowl XLV. Será difícil darle
alguna vez un regalo mejor que ese. Pero yo no soy el padre
que «consintió» a su hijo, llevándolo al Super Bowl como
regalo de cumpleaños. No; quien hizo este regalo fue Bryan
Jarrett, un hombre que, movido por nuestro mutuo Padre
celestíal, generosamente concedió una experiencia indes-
criptiblemente memorable a un niño que tanto Él como yo
amamos profundamente.
xi
Nuestro viaje al Super Bowl comenzó tres semanas an-
tes del gran evento. El lunes por la mañana, después que los
Packers aseguraron su posición, yo envié un alegre «tweet»,
comentando que el cumpleaños de mi hijo coincidiría con
el día en que los Packers jugarían en el Super Bowl. En vis-
ta de la oportunidad, Bryan me llamó desde su iglesia en
Dallas para decirme que quería comprar entradas para el
Super Bowl para mi hijo y para mí, y obsequiarnos un viaje
con todos los gastos pagados. Sólo había una condición, y
a la luz de su grandioso ofrecimiento, era realmente muy
pequeña. El pastor Bryan quería que yo predicara en su
iglesia el domingo del Super Bowl. Bastó un nanosegundo
para decidir que, por ese precio, valía la pena reorganizar
mi agenda.
El regalo de Bryan fue más que extravagante. Una
ofrenda de amor de su iglesia pagó hasta el último centavo
de nuestro viaje a Dallas y los boletos para ver el partido.
Al recordar, concluyo que no es un hecho corprendente. Su
iglesia está acostumbrada a mostrar exorbitante generosi-
extravagante

dad, porque Bryan, su pastor, siempre le ha presentado la


intimidad de un Dios que no se detiene ante nada para amar
a su pueblo. Los creyentes han aprendido su extravagancia
del Extravagante Original y por exelencia.
La historia de cómo Dios presentó paulatinamente a
Bryan a su extravagante amor, parece más bien una novela
increíblemente grandiosa. No hay manera de imaginar lo
que Dios puede hacer. Bryan no pudo. Y, al igual que yo,
estoy seguro de que usted se entusiasmará de ver que la
extravagante naturaleza de Dios eleva la consagración hu-
mana a niveles notables.
Bryan y yo tenemos algunas experiencias en común.
Ambos estudiamos en el mismo seminario (con algunos
años de distancia). Ambos somos pastores, y de vez en cuan-
do conversamos sobre ideas para los sermones y acerca de
problemas en el liderazgo. En estos últimos años, he llegado
xii
a respetar a Bryan como un líder muy bien dotado y un hu-
milde hombre de Dios. Su pasión por el Señor es contagiosa,
como también lo es su disposición a aventurarse a cosas ex-
traordinarias por Dios. Después de leer este libro, también
usted querrá atreverse a hacer lo extraordinario. Eso es lo
que me sucede a mí.

Mark Batterson
Pastor—National Community Church
Washington, DC
Junio del 2011
I
i n t r o d u c c i ó n

extravagante por naturaleza

¿Quién le viene a la mente cuando piensa en la gente


más rica del mundo? ¿Warren Buffet? ¿Bill Gates? ¿Su tío
abuelo (verdad que sería fantástico)? Quienquiera que sea,
las abundantes riquezas que tienen a su disposición son
imposibles de imaginar para la mayor parte de nosotros.
Y en muchos casos, el nivel de generosidad del que son
capaces se halla más allá de lo que nosotros podríamos dar
durante cien vidas seguidas, cual fuera nuestro actual nivel
1
de ingresos. Sin embargo, si se pudieran reunir las decenas
de miles de millones de dólares que vale una de esas perso-
nas, ni todos los centavos que tienen se podrían comparar
con la donación hecha por un hombre en la Biblia a la obra
a la que Dios lo había llamado.
Antes de morir, David, el segundo rey de Israel, lo que
más quería era construir un templo al Dios a quien había
entregado todo su corazón durante la mayor parte de sus
ochenta años. Siervo obediente como siempre, le suplicó al
Señor que le permitiera realizar la tarea, pero Dios no se
lo permitió. En cambio, el Señor decretó que Salomón, el
hijo de David, lo honraría con la tarea de edificar la casa
al único Dios verdadero. Con todo, esta reorientación no
disuadió a David de su visión de asegurarse de que se le
construyera un templo a Dios. No; se sintió más decidido
aún a garantizar el éxito de aquel proyecto. Hizo un plan
para estar seguro de que Salomón tuviera todo lo que nece-
sitara para edificar un templo que superara en esplendor a
extravagante

todos los demás. Por eso hizo una donación, y con ella, dio
las siguientes instrucciones a Salomón:

Mira, con mucho esfuerzo he logrado conseguir


para el templo del Señor tres mil trescientas
toneladas de oro, treinta y tres mil toneladas de
plata y una incontable cantidad de bronce y de
hierro. Además, he conseguido madera y piedra,
pero tú debes adquirir más. También cuentas
con una buena cantidad de obreros: canteros,
albañiles, carpinteros, y expertos en toda clase
de trabajos en oro, plata, bronce y hierro. Así
que, ¡pon manos a la obra, y que el Señor te
acompañe! (1 Crónicas 22:14-16)

Llevemos estas cantidades a términos actuales, sólo


2
para que usted tenga una perspectiva más precisa del gran
tamaño del regalo de David. El talento de metal, que es la
medida usada en el texto original, pesaba unos treinta y
dos kilogramos. Eso significa que David dio aproximada-
mente tres mil trescientas toneladas de oro, es decir, unos
3,4 millones de kilogramos. Multiplique ese número por mil
y tendrá el número de gramos. Basándonos en el precio que
tiene hoy un gramo de oro, David habría donado sólo en oro
alrededor de US$180 mil millones. Añada a esto las treinta
y tres mil toneladas de plata, que valdrían hoy unos US$42
mil millones, sin tomar en cuenta los demás materiales que
dio, y llegaríamos a una cifra que triplica o cuadruplica la
fortuna de una de las personas más ricas de la actualidad.
No sabemos cuánto dejó David para él mismo después de
dar todo esto, pero sin duda se trata de la donación más
grande jamás dada en toda la historia.
¿Qué habría motivado tal extravagancia? Creo que fue
el clarísimo reconocimiento por parte de David de que todo
lo que tenía —todo siclo, toda res, toda sandalia, toda orla
introducción | extravagante por naturaleza

de sus vestidos—, le había llegado de la mano de Dios, y lo


justo era que le devolviera también en abundancia, como
demostración de su gratitud. Aunque no puedo decir si le fue
fácil o no a David dar tanto, sí puedo decir que su respuesta
a Dios fue la más natural de alguien que estaba en contacto
tan cercano con su Padre celestial. Somos extravagantes
en nuestra respuesta a Dios, porque Él es extravagante por
naturaleza.
Cuando las personas
piensan en la «naturaleza
de Dios», les vienen a la Somos
mente ideas teológicamente extravagantes en
correctas: Dios es amor; Dios
nuestra respuesta
es justo; Dios es santo. Y
todas ellas son ciertas. Pero a Dios, porque Él es
perdemos algo cuando no re- extravagante por 3
conocemos los superlativos naturaleza.
que acompañan a cada una
de esas descripciones de su
naturaleza. En la visión de Isaías, los serafines se decían
uno a otro: «¡Santo, santo, santo!» Se trataba de una extrema
proclamación. La palabra «santo» por sí misma ya habla de
perfección, de ausencia de pecado, de pureza, y de justicia.
Pero los ángeles se sentían movidos a gritarla tres veces
para aumentar su énfasis. Eso se debe a que Dios no es sólo
más o menos santo, o más o menos amoroso, o más o menos
justo. Él es abundantemente, sin reserva alguna, generosa-
mente, copiosamente, y prolíficamente santo, amoroso, y
justo hasta la última iota de su infinito ser. En una sola pa-
labra, Dios es extravagante. Su mismo ser es extravagante.
Todas y cada una de sus cualidades son ilimitadas.
David respondió a esa extravagante realidad de Dios.
Mientras más cerca del Todopoderoso anda una persona,
más clara se graba en su conciencia esa extravagancia. Y
cuando lo «comprende», desata en su corazón y en su men-
extravagante

te una extravagante consagración que transforma su vida


en una experiencia inconcebible.
Con este libro es mi esperanza llevarlo a usted hasta
esta experiencia de un Dios extravagante. David es sólo uno
de los ejemplos que hay en la Biblia de personas que «com-
prendieron» la extravagancia. Le señalaré algunos más.
También yo he podido mojarme los pies en estas aguas de
la extravagancia de Dios, y tengo algunas historias tomadas
de mi propio peregrinaje, que espero que lo animen a ver
que el «ciclo de la extravagancia» —Dios es extravagante
con nosotros, lo cual despierta en nosotros una respuesta
extravagante, que a su vez mueve a Dios a nuevas expresio-
nes de su extravagancia— es tan real hoy, como lo fue en el
año 100 a.C., cuando David era rey.
En este libro, no estoy
llamando a nadie a hacer un
4
voto de pobreza, ni a esperar
Podemos que Dios lo inundará de ri-
entregarnos quezas materiales. El hecho
completamente de ser pobre no tiene nada de
particularmente santo, y no
a Dios, seamos
hay garantía bíblica de que
ricos o indigentes nos haremos ricos. Podemos
entregarnos completemente
a Dios, seamos ricos o indi-
gentes. El corazón extravagante puede estar tanto en el que
vive en una mansión como el que vive en un hospicio. Mi
propósito es llamarlo a un radical, drástico, y total compro-
miso con Dios en respuesta al derramamiento de su gran
amor por usted.
Una revolución en el corazón cambia nuestra manera
de ver lo que poseemos, los puestos que ocupamos, y nues-
tras relaciones, y nos enseña a definir la palabra «rico» de
una manera muy distinta al mundo. En su fascinante libro
introducción | extravagante por naturaleza

La búsqueda de Dios, A. W. Tozer explica «la bendición de


no poseer nada»:

Nuestros problemas comenzaron cuando for-


zamos a Dios a salir de su santuario central y
dejamos que entraran las «cosas». Dentro del
corazón humano, las «cosas» se han apoderado
de todo. Los hombres tenemos ahora por natu-
raleza una falta de paz en el corazón, porque
Dios ya no es el rey, pero allí, en medio de la
penumbra moral, unos usurpadores empecina-
dos y agresivos luchan entre ellos por ocupar el
primer lugar en el trono… Permítame exhortarlo
a tomar esto en serio. No se debe entender como
otra simple enseñanza bíblica, para guardar en
la mente junto con una inerte masa de otras
5
doctrinas. Es una señal en el camino hacia pas-
tos más verdes; un sendero abierto con esfuerzo
contra los empinados costados del monte de
Dios. Si queremos seguir adelante en esta santa
búsqueda no nos atrevamos a prescindir de él.
Es necesario que ascendamos paso a paso. Si
nos negamos a dar un paso, daremos fin a nues-
tro progreso.1

Si logro animarlo a que dé un solo paso, y después otro, y


otro, me sentiré satisfecho, porque este libro habrá cumpli-
do su misión. Basta vislumbrar solamente por un instante
la extravagancia de Dios, para que nos sea irresistible llevar
nuestra propia vida de extravagante entrega.

1. A. W. Tozer, The Pursuit of God [La búsqueda de Dios] (CreateSpace, 2010), 18.
1
c a p í t u l o

el consejo de un sabio

Salomón comprendió el mensaje. La exuberante entrega de


su padre a Dios había cautivado el corazón del joven rey, y
respondió por medio de una vida de abundante compromi-
so con el Señor.
Cuando Salomón subió al trono, heredó un imperio
unido. Las guerras de David habían traído la paz a aquellas
tierras, lo cual era una gran responsabilidad sobre los hom-
bros de Salomón. Como líder consciente que era, Salomón
7
conocía sus limitaciones, y quiso asegurarse de no fallar
a nadie: ni al pueblo de Israel, ni a su padre terrenal, ni a
su Padre celestial. Así que acudió primero al Padre cuyos
planes para la historia del mundo y para Salomón personal-
mente lo habían llevado al trono.
Según las Escrituras, Salomón buscó al Señor, ofrecién-
dole sacrificios de alabanza en Gabaón. Mientras estaba allí,
el Señor se le apareció en un sueño y le hizo un excepcional
ofrecimiento: «Pídeme lo que quieras» (1 Reyes 3:5).
El tercer rey de Israel habría podido pedir poder militar,
fabulosas riquezas o fama política, pero en vez de eso, pidió
a Dios sabiduría para guiar de la manera más adecuada a su
pueblo:

Ahora, Señor mi Dios, me has hecho rey en lugar


de mi padre David. No soy más que un mucha-
cho, y apenas sé cómo comportarme. Sin embar-
go, aquí me tienes, un siervo tuyo en medio del
pueblo que has escogido, un pueblo tan nume-
extravagante

roso que es imposible contarlo. Yo te ruego que


le des a tu siervo discernimiento para gobernar
a tu pueblo y para distinguir entre el bien y el
mal. De lo contrario, ¿quién podrá gobernar a
este gran pueblo tuyo? (1 Reyes 3:7-9)

Aquella petición de Salomón emocionó el corazón de Dios.


En respuesta a la humildad del rey, Dios le dio extraordi-
naria sabiduría espiritual, pero también le dio riquezas
fabulosas y honra en medio de las naciones.
Siguiendo los deseos de su padre David, Salomón hizo
planes para edificar un templo que sería una maravilla de
belleza y de arquitectura. Los obreros trajeron los mejores
troncos de cedro del Líbano. Los artífices esculpieron los
miles de millones que había en oro y plata. Sus hombres
tallaron bloques de mármol con tanta perfección, que los
8
obreros de la construcción no necesitaron de martillos y
cinceles para juntar las piedras en el lugar de la edificación.
Cuando el templo quedó terminado, Salomón financió
un elaborado servicio de consagración. Los sacerdotes lle-
varon el arca del pacto al Lugar Santísimo, y una nube llenó
el templo con la presencia de Dios. Salomón hizo una ora-
ción de consagración y después hizo un inmenso sacrificio
en el nuevo altar. «Como sacrificio de comunión, Salomón
ofreció al Señor veintidós mil bueyes y ciento veinte mil
ovejas. Así fue como el rey y todos los israelitas dedicaron
el templo del Señor» (1 Reyes 8:63).
Nos cuesta captar la significación de aquel momento.
¿Cuáles son los sonidos, los olores, y las escenas que se dan
cuando se sacrifican 142.000 animales en un colosal servicio
de adoración? Sin duda, se trataba de un extravagante des-
pliegue de adoración por parte de Salomón y de su pueblo,
por la bondad de Dios al establecer su nación, al darles un
hogar, y al guiarlos de manera exclusiva entre todas las na-
ciones. El Señor no le había ordenado a Salomón que hiciera
capítulo 1  |  el consejo de un sabio

tantos sacrificios. Aquello era únicamente lo que brotaba de


su profunda gratitud por todo lo que Dios había hecho por
él y por su pueblo. Y Dios mantuvo en movimiento aquel ci-
clo. Como respuesta, abrió los almacenes de los cielos para
honrar al que lo había honrado a Él. Y así siguieron Dios y
Salomón: Salomón honraba a Dios, y Dios recompensaba al
rey; entonces el rey alababa humildemente a Dios, y Dios lo
seguía guiando. .
Habrá quienes piensen: «Está bien que David y Salo-
món ofrecieran regalos tan extravagantes. Eran reyes ricos
y podían hacer tal cosa.»
Sin embargo, el lenguaje
de la extravagancia no es
un dialecto reservado a los Cualquiera puede
ricos y a los estratos supe- vivir esta clase de
riores de la sociedad. Jesús vida extraordinaria 9
dijo con toda claridad que
cualquiera puede vivir esta
y comunicarse así
clase de vida extraordinaria con Dios.
y comunicarse así con Dios.
El Evangelio según Marcos
nos lleva a una escena que tuvo lugar durante la última
semana antes de la crucifixión de Jesús:

Jesús se sentó frente al lugar donde se deposi-


taban las ofrendas, y estuvo observando cómo
la gente echaba sus monedas en las alcancías
del templo. Muchos ricos echaban grandes can-
tidades. Pero una viuda pobre llegó y echó dos
moneditas de muy poco valor. Jesús llamó a sus
discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta viu-
da pobre ha echado en el tesoro más que todos
los demás. Éstos dieron de lo que les sobraba;
pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía,
todo su sustento.» (Marcos 12:41-44)
extravagante

¿Por qué aquella pobre mujer dio a Dios todo lo que tenía?
Porque tenía un corazón desbordante de gratitud y obede-
cía con agrado. Y, ¿cuánto valía su ofrenda para Jesús? Lo
suficiente para que la señalara como un resplandeciente
ejemplo para todos. Aquella mujer había sido una figura
histórica sin importancia alguna, e insignificante hasta
que visitó el templo… hasta que su extravagancia cautivó
el corazón de Dios. Jesús la observó y, porque la ofrenda
en que dio todo atrajo su atención, nunca será olvidada. A
lo largo de todas las Escrituras, vemos que las vidas llenas
de una extravagante consagración y sumisión a Dios han
cautivado su corazón. Y lo siguen haciendo.

Poniendo a Dios en evidencia


Comencé a aprender lo importante que era esta clase de
entrega a Dios cuando me hice cristiano, a la edad de siete
10
años (después hablaré más de eso). El Señor me llevó a un
nuevo nivel de comprensión cuando llevaba unos años en
un ministerio y creía entender muchas cosas acerca de la
manera en que Dios obra. ¡Qué poco era lo que sabía en
realidad!
En aquellos tiempos, yo era un joven evangelista (¡real-
mente joven, porque comencé a predicar a los dieciséis
años!), y viajaba por todo el país, predicando en campañas
de las iglesias y en otras reuniones. Cuando llevaba varios
años en aquel ministerio notablemente «exitoso», Haley, mi
joven esposa y entusiasta compañera en el ministerio, y yo,
conducíamos a nuestro próximo compromiso, en Clinton,
Mississippi, situado entre Memphis, Tennessee y Jackson,
Mississippi. Haley estaba dormida junto a mí, cuando oí
que el Señor me susurraba: «Bryan, sométete.»
Me imaginé que el Señor se había equivocado. Cierta-
mente, su indicación era para otra persona. Mi obediente
respuesta, no del todo inmediata, fue: «Señor, ¿qué más
quieres que someta? ¡Ya te he dado suficiente!»
capítulo 1  |  el consejo de un sabio

Después de todo, yo había tenido planes de estudiar


medicina, pero renuncié a aquella «ambición mundana»
para convertirme en evan-
gelista. Había soñado con
dedicarme a la medicina, A lo largo de las
para tener una situación Escrituras, vidas
económica más holgada llenas de una
que cualquiera en mi fa-
milia. Pensaba que como
extravagante
médico, tendría una vida consagración a
sin problemas económicos. Dios han cautivado
Sería alguien al fin. Mos-
su corazón.
traría mis habilidades y
especial inteligencia. Sería
admirado en nuestra sociedad. Pero cuando respondí al
llamado de Dios y me hice evangelista, sabía con exactitud
11
lo que aquello significaba: pocos ingresos, preocupaciones
acerca del dinero para pagar las cuentas y, tal vez lo peor de
todo, ser uno de «aquellos».
Con todo eso en la mente, me sentí bastante resentido
cuando Dios me susurró aquella noche en el camino, pero
Él se tomó con calma mi respuesta. «Bryan—me siguió di-
ciendo—, en realidad, tú no sabes bien lo que es someterse,
pero yo te lo enseñaré durante el resto de tu vida.» No estoy
seguro de que era eso lo que quería escuchar, pero Dios ha
sido fiel a su palabra.
A pesar de estar escribiendo este libro, todavía tengo
mucho que aprender, y tengo mucho camino por delante.
Me siento como Winston Churchill después de la victoria
británica sobre el Afrika Korps alemán en la Segunda Ba-
talla de El Alamein, en Egipto. Sus reflexiones se hicieron
famosas: «Ahora bien, esto no es el fin. No es ni siquiera el
principio del fin. Pero tal vez sea el fin del principio.» La
manera en que yo entiendo el sometimiento a Dios es, en
extravagante

el mejor de los casos, el fin del principio de mi proceso de


aprendizaje.
Para mostrarle el nivel de percepción espiritual y de
consagración de aquella noche, le diré que pasé por alto el
mensaje del Espíritu Santo. Seguí mi vida y mi ministerio
de acuerdo a mis planes, como si nunca hubiera tenido
aquella conversación con Dios. Sin embargo, en los meses
siguientes, el Señor me recordó con frecuencia lo que me
había susurrado, para que comprendiera que debía darle
más de mí mismo.
Durante eos años de evangelista itinerante, Haley y yo
tuvimos dos hijos varones, Cadyn y Gavyn, y Dios bendijo
nuestro ministerio. Nuestro calendario estaba repleto de
grandes reuniones y megaiglesias. Pero aquello a lo que Dios
se había comprometido mientras conducíamos a Clinton,
en cuanto a enseñarme qué es el sometimiento, se volvió
12
realmente serio de repente en uno de mis más espléndidos
viajes de evangelismo a la ciudad de New York.
Una de las iglesias coreanas más grandes de la ciudad
me invitó a ministrar allí. Mis anfitriones reservaron una
habitación para Haley, los niños y yo, en el costoso y lujoso
Hotel Crown Plaza. La iglesia incluso nombró un conductor
para que nos llevara a ver la ciudad. ¡Este campesinito pen-
só que había llegado a la cumbre! Pensé: «¡Yo podría seguir
en este tipo de ministerio por el resto de mi vida!»
¡Qué equivocado estaba!
De camino a la Estatua de la Libertad, sonó mi teléfono
celular. (Prepárese cuando eso sucede.) Era un pastor amigo
de una iglesia en Pine Bluff, Arkansas. Me explicó que esta-
ba renunciando para tomar una iglesia en Memphis, y que
había pedido a cada uno de sus cinco ancianos que le diera
el nombre de una persona que ellos recomendarían para
que fuera el próximo pastor de la iglesia. Él también llevó
un nombre a la reunión, y me dio de manera resumida el
resultado: «Bryan, cuando nos reunimos, los seis habíamos
capítulo 1  |  el consejo de un sabio

escrito el mismo nombre: el tuyo.» Mi amigo hizo una pau-


sa y después señaló algo que era evidente: «Me parece que
esto es una señal de Dios.»
En mi estado de ánimo que no estaba dispuesto al so-
metimiento, decidí que no llegaría yo a la misma conclusión.
Al fin y al cabo, yo me había convertido en una persona im-
portante (aun sin ser médico), y estaba predicando en una
de las iglesias más prestigiosas del país, desplazándome en
un auto con chofer. Estaba en la cima del mundo. ¿Por qué
habría de dejar todo esto (y la promesa de que aún vendrían
cosas mejores) para ir a pastorear una iglesia en un remoto
lugar de Arkansas? Era absurdo. Además, yo era evangelista,
no pastor. Racionalizaba que para ser pastor del rebaño de
Dios, se necesitan talentos y pasiones muy distintos a los
que yo había manifestado. Lo que me gustaba era llegar,
predicar, y salir rápidamente del lugar. Aunque quisiera ser
13
pastor, no estaba seguro de poder serlo. Había razones más
que suficientes para negarme. Puesto que el pastor y yo
éramos buenos amigos, podía hablar sinceramente con él,
y eso fue lo que hice.
«No me imagino como pastor, pero voy a orar por este
asunto durante tres días.» Y a eso añadí un poco de palabre-
ría: «Y después te llamo para decirte que no voy.»
Él no pareció ofendido por la manera en que yo había
enfrentado el asunto, pero en
cuanto colgué el teléfono, sen-
tí en el estómago unas maripo-
Me consumía
sas tan grandes, que parecían
helicópteros. Aunque tengo el pensamiento
fotos para demostrar que fui de que Dios
a la Estatua de la Libertad, no estuviera
recuerdo ni un minuto de esa
visita. Me consumía el pensa-
cambiando mi
miento de que Dios estuviera rumbo.
cambiando mi rumbo.
extravagante

Yo había predicado en una campaña en la iglesia de


Pine Bluff y me encantaba la gente de allí, pero el pueblo no
es como la mayoría. Cuando entré allí para la campaña, el
cartel que vi no leía: «Uno de los cien mejores lugares para
vivir en los Estados Unidos.» En el límite de la ciudad había
un anuncio: «Cuidado con los autoestopistas. Esta es una
zona de prisiones.» De hecho, hay seis prisiones en la zona
de Pine Bluff.
Para darle aun menos atractivo, la ciudad tiene una
gran industria: molinos de papel. Si usted no sabe qué olor
tienen los molinos de papel, lo invito a conducir su auto
contra el viento cerca de uno durante varios minutos, y
respirar. Nunca olvidará ese olor. Y otra cosa más: después
del 11 de septiembre de 2001, se dio a conocer que el segun-
do lugar en tamaño de armas químicas de toda la nación
se encuentra inmediatamente junto a Pine Bluff. Aunque
14
desde entonces ha sido desmantelado, en aquellos tiempos,
si uno encontraba una caja o una lata rara junto al camino,
cualquiera que tuviera sentido común la dejaría totalmente
en paz. Así que mi idea de Pine Bluff era de gente estupenda,
pero prisiones, pulpa de papel, y venenos; una combinación
no muy atractiva para una familia joven.
A la noche siguiente de la llamada de Arkansas, no
pude dormir, ni siquiera en mi elegante cama del Hotel
Crown Plaza. Me daba vueltas y más vueltas, y gemía por la
indeseada carga que Dios había puesto sobre mi.
Finalmente, Haley sonrió con dulzura y me dijo:
«Bryan, estás molestando
a los niños, y yo tampoco
A la noche puedo dormir. Sé que hay
siguiente de algo entre tú y Dios, pero
la llamada …, ¿podrías orar en otro lado?»
Me levanté y arrastran-
no pude dormir… do los pies fui el baño, donde
me tiré en el piso para luchar
capítulo 1  |  el consejo de un sabio

con Dios respecto a mi futuro. Mientras oraba, lloraba, y


derramaba mi corazón ante el Señor. El Espíritu me mostró
que, aunque yo pensaba que estaba en la cima, en realidad
Dios me tenía debajo de una olla. Yo creía que mi futuro
era muy esplendoroso y lleno de potencial como para ir de
pastor a Pine Bluff y, de hecho, hubo respetables líderes que
más tarde me dijeron que ir a ese lugar sería mi fin. Pero
Dios quería que fuera, porque estaba haciendo planes para
usar a aquella gente maravillosa y aquella ciudad tan única
para transformarme conforme a su plan. Su dirección se
volvió insoportable en aquellos tres días.
Me sometí y trasladé mi familia a Arkansas.

La movilidad descendente
Larry Crab, escritor y psicólogo, hace la observación de que
el veneno de las «exigencias» ha contaminado el corazón
15
de casi todas las personas del planeta.2 Si hemos hecho algo
por Dios —aunque sea abandonar un pecado abominable
para hallar libertad en su perdón—, llegamos a la conclu-
sión de que ahora Él nos debe a nosotros. Anhelamos llegar
a la cima, que nos admiren, y tener todos lo que la riqueza
da para que la gente note nuestra existencia.
Esta descripción de la condición del ser humano no se
refiere a un jefe de la mafia. Se refiere a mí… y tal vez a us-
ted. Mientras yo luchaba con el Señor junto al inodoro del
Hotel Crown Plaza, Él me mostró que mi corazón se había
enamorado de sus dones de prestigio y de posesiones; tanto,
que esos dones habían echado fuera al Dador. Había llegado
a la conclusión de que era merecedor de todo aquello. Mis
exigencias estaban echando a perder mis relaciones, robán-
dome el corazón, y envenenando mi andar con Dios, y yo ni
siquiera lo sabía.

2. Larry Crabb, Inside Out [De adentro para afuera] (Colorado Springs: Navpress, 2007),
143-166.
extravagante

Una de las lecciones de sometimiento que Dios hasta


hoy me enseña (y seguramente nos enseña a todos), es lo
que el pastor Bill Hybels llama el principio de la movilidad
descendente3. Andamos en buena compañía. Los discípulos
habían estado con Jesús casi todos los días durante más de
tres años, pero la noche en que les lavó los pies y les expli-
có (¡otra vez!) que Él pagaría el precio del rescate de ellos,
estaban demasiado preocupados en sus asuntos personales
para comprenderlo. ¡En el momento del mayor sacrificio de
Cristo, ellos discutían quién sería el mayor en el reino!
Si la mirada de Jesús expresaba frustración, no lo sabe-
mos. Lucas sólo registra la conversación. En respuesta a su
afán por ocupar el rango más alto, Jesús les explica que en
su reino las cosas son al revés:

No sea así entre ustedes. Al contrario, el ma-


16
yor debe comportarse como el menor, y el que
manda como el que sirve. Porque, ¿quién es más
importante, el que está a la mesa o el que sir-
ve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin
embargo, yo estoy entre ustedes como uno que
sirve. (Lucas 22:26-27)

Entre otras cosas, cuando Jesús dijo «Sígueme», nos indicó


que siguiéramos su ejemplo de humildad y servicio. Si Él, el
Creador y Soberano del universo, estuvo dispuesto a dejar
el cielo para convertirse en hombre y sufrir una muerte
horrible con el fin de honrar a su Padre y llevarnos al Reino,
¿por qué habríamos de pensar que no se nos exigiría some-
timiento?
Una y otra vez, Jesús enseñó la humildad, y dio un
poderoso y constante ejemplo de ella. El Rey de la Gloria

3. Bill Hybels, Descending into Greatness [Descendiendo a la gandeza]


(Grand Rapids: Zondervan, 1994), 17.
capítulo 1  |  el consejo de un sabio

nació en un establo. En el reino de Dios, los últimos serán


los primeros, arriba es abajo, para vivir tenemos que morir,
y los parias son bienvenidos. Sólo nos levantamos cuando
nos inclinamos para adorar
y para servir. Jesús no exhi-
bió su carácter por medio
Jesús enseñó
de títulos, sino por el uso de la humildad, y dio
una toalla. un poderoso
No obstante, expresó
y constante
que la obediencia tiene su
recompensa. Él se aseguró ejemplo de ella.
de que sus seguidores supie-
ran que recibirían honra por haber servido con humildad.
En la conversación en que corrigió a sus discípulos por su
afán de grandeza, les recordó:
17
Ustedes son los que han estado siempre a mi
lado en mis pruebas. Por eso, yo mismo les con-
cedo un reino, así como mi Padre me lo concedió
a mí, para que coman y beban a mi mesa en mi
reino, y se sienten en tronos para juzgar a las
doce tribus de Israel. (Lucas 22:28-30)

Las recompensas a la humildad son muchas, pero rara vez


son inmediatas. Y las lecciones no siempre son fáciles, como
yo mismo aprendí muy pronto.
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Por qué ha decidido leer este libro? ¿Qué espera obte-
ner de él?

2.  ¿Cómo definiría o describiría usted una «consagración


extravagante»?

3.  ¿Ha pasado usted por momentos de su vida en que su


adoración, su entrega, sus decisiones o su sometimien-
to se podrían definir como extravagantes?

4.  Mencione alguien que refleje a su manera la clase de


extravagancia de la que dieron ejemplo David y Salo-
món. ¿Cómo lo inspira a usted el amor de esa persona
por Cristo… o cómo lo aterra?
18

5.  ¿Ha recibido usted alguna vez un llamado —literal o


figurado— de parte de Dios que habría querido que no
le llegara? ¿Cómo reaccionó? ¿Hay algún llamado de
ese tipo que usted ha recibido ahora último, y necesita
reconocer?

6.  ¿Hay algo en la historia de Pine Bluff que le inspira?


¿Hay algo que le disgusta?

7.  ¿Cómo reacciona usted ante la idea de la «movilidad


descendente» en su vida?
2
c a p í t u l o

un agridulce sometimiento

Nunca llegaremos a un verdadero sometimiento —ni


tampoco seguiremos sometiéndonos—, a menos que desa-
rrollemos en nuestro corazón la sincera convicción de que
podemos confiar en Dios. No significa que tenemos la res-
puesta para todas nuestras preguntas, pero al menos, pode-
mos tener la seguridad de que Dios sí tiene esas respuestas.
Para ayudarnos a llegar a ese punto, vemos en la Biblia
un esquema de vida espiritual consagrada que se repite:
19
mandato, obediencia, y milagro. Cuando Jesús se acercó a la
tumba de su amigo Lázaro, que acababa de fallecer, habría
podido mover la piedra sin ayuda alguna, pero ordenó a los
que estaban allí que la movieran. Les concedió «la dignidad
de la causalidad» al dejar que participaran en su obra mila-
grosa.
En otra circunstancia, Jesús pidió a sus seguidores que
oraran para que Dios enviara obreros a la cosecha. Casi de
inmediato, les dijo: «Ustedes son la respuesta a sus propias
oraciones», y los envió a predicar el evangelio y a sanar a
los enfermos. Al hombre que tenía la mano seca, le dijo que
extendiera el brazo, y después de que él obedeció, lo sanó. Le
dijo al paralítico que estaba junto al estanque que recogiera
su lecho, y el hombre sanó. En el Antiguo Testamento, en el
Nuevo Testamento, y aun hoy, Dios da órdenes a los suyos.
Cuando hallamos el valor necesario para someter nuestra
voluntad a la suya en un acto de obediencia, el Espíritu
queda libre para obrar milagros.
extravagante

Aun en los momentos en que la situación parece deses-


perada, Dios usa este esquema de vitalidad espiritual. Jairo,
el jefe de la sinagoga, acudió a Jesús para pedirle que sanara
a su hija, que estaba a punto de morir. Mientras se iban a
casa de aquel hombre, Jesús se detuvo para sanar a una mu-
jer que sufría de una enfermedad crónica. Cuando hablaba
con ella, unos amigos de Jairo llegaron con la noticia de que
su hija había muerto. ¿Termina aquí la historia? De ninguna
manera. Jesús miró a aquel padre que tenía el corazón des-
trozado, y le dijo: «No tengas miedo; cree nada más, y ella
será sanada» (Lucas 8:50). En aquel momento clave, Jairo ha-
bría podido pensar: «¡Pudis-
te atender a mi hija, pero te
Dios nos pide que distrajiste! No quiero saber
obedezcamos más de ti.» Sin embargo, aun
y que hagamos ante la muerte misma, Jairo
20
obedeció, confió, y llevó a
nuestra parte en Jesús a su casa. Al Señor no
el orden natural, le era difícil resucitar a una
y Él obra en lo niña muerta, pero eso nunca
habría sucedido si su padre
sobrenatural.
no hubiera obedecido la or-
den de confiar en Jesús.
Dios nos pide que obedezcamos y que hagamos nues-
tra parte en el orden natural, y Él obra en lo sobrenatural.
Nosotros no podemos resucitar a Lázaro ni a una niña, pero
sí podemos quitar la piedra y andar. No podemos multiplicar
los panes y los peces, pero sí podemos cargar las canastas.
No podemos sanar a los enfermos, hacer andar a los cojos
ni dar vista a los ciegos, pero sí podemos orar. No podemos
redimir a nadie del pecado y del infierno, pero sí podemos
abrir nuestra boca para compartir el mensaje del evangelio.
El problema está en que seguimos tratando de hacer
algo que sólo Dios puede hacer y, nos olvidamos de lo que sí
nos corresponde a nosotros. Aunque digamos que estamos
capítulo 2  |  un agridulce sometimiento

confiando en Dios respecto a alguna carga, generalmente,


sólo nos preocupamos. Llevamos nuestra preocupación al
altar, como si se tratara de un saco lleno de papas, y deci-
mos a Dios: «Es todo tuyo. Tómalo y haz un milagro, Señor.»
Sin embargo, cuando nos levantamos de allí, volvemos
a echarnos el saco al hombro, nos lo llevamos a casa con
nosotros, y nuestra ansiedad se multiplica. Dios no obra el
milagro, porque nosotros no nos desprendemos del proble-
ma. Si Él obrara sobrenaturalmente antes que nosotros le
confiáramos nuestra necesidad, de alguna manera llega-
ríamos a pensar que la obra fue nuestra, y nos llenaríamos
de arrogancia. Pero Dios es paciente. Él espera hasta que
seamos suficientemente humildes para confiar que Él hará
lo que sólo Él puede, y para identificar la pequeña parte que
nos toca dentro de todo el proceso.
Hace años, el teólogo alemán Reinhold Niebuhr escri-
21
bió una oración que ayuda a aclarar la diferencia entre el
papel que nos toca a nosotros y lo que Dios hace:

Dios me conceda serenidad para aceptar las


cosas que no puedo cambiar; valor para cam-
biar las que sí puedo cambiar, y sabiduría para
conocer la diferencia.4

Ciertamente, a veces lo que Dios nos ordena nos pare-


ce extraño. Cuando Jesús pidió a unos hombres que quita-
ran la piedra que cerraba la tumba, las hermanas de Lázaro
le hicieron ver las objeciones que tendrían muchos de los
que estaban allí: «¡Ya lleva allí dentro cuatro días y, en caso
de que tú no sepas lo que sucede después de tanto tiempo,
olerá muy mal!»

4. Reinhold Niebuhr, editada por Robert McAfee Brown, The Essential Reinhold Niebuhr:
Selected Essays and Addresses (Yale University Press; Nueva edición 10 de Septiembre,
1987), 251.
extravagante

En ese momento, esos hombres tenían que escoger:


obedecer y quitar la piedra, o sacudir la cabeza y marcharse
de allí, porque la orden de Jesús no tenía sentido alguno.
Decidieron obedecer, y así se convirtieron en partícipes
de uno de los milagros más notables de las Escrituras. Si
hacemos lo que sólo nosotros podemos hacer, entonces
Dios hará lo que sólo Él puede hacer. Si nosotros hacemos
lo posible, entonces Dios hará lo imposible. Si nosotros
hacemos lo natural, Dios moverá cielo y tierra para hacer lo
sobrenatural. Él es así de extravagante.

El trapecio
Creo que Dios, en su gracia, nos da momentos de decisión,
en que podemos permanecer estancados en nuestros mé-
todos usuales y naturales, o salir de ellos y arriesgarnos a
confiar en Él. Conforme al psiquiatra cristiano Paul Tour-
22
nier las decisiones más importantes de la vida son como
un trapecio. Cuando nos mecemos en el aire, estamos afe-
rrados al trapecio. Vemos el otro trapecio cerca de nosotros,
pero para tomarnos de él, tenemos que soltar aquel del cual
estamos asidos. Lo podemos pensar durante días, semanas,
o incluso años. En nuestra mente podemos hacer planes
sobre cómo lo soltaremos y nos aferraremos del otro tra-
pecio, hasta creer que hemos estudiado todos los ángulos;
pero, sencillamente, no podremos tomar el nuevo trapecio
mientras no soltemos aquel del cual estamos agarrados y
nos lancemos en fe.
Este concepto ilustra lo que significa arriesgarnos a
tener una fe extravagante. Nos aferramos a la barra del tra-
pecio, que son nuestros viejos hábitos, nuestras viejas ex-
pectativas, y nuestros viejos valores. Vemos la libertad y el
propósito que Dios nos quiere dar, pero tenemos que actuar
con osadía: tenemos que soltar lo viejo para asirnos de lo
nuevo. Tournier describe la oportunidad: «La vida aventu-
rada no es una vida exenta de temores, sino, al contrario; es
capítulo 2  |  un agridulce sometimiento

una vida que se vive con ple-


no conocimiento de temores
de toda clase; una vida en
la que seguimos adelante a
Llevar una vida
pesar de nuestros temores.»5 de extravagancia
Llevar una vida de extrava- significa confiar
gancia significa confiar en en Dios, aunque
Dios, aunque tengamos mie-
do. El valor no consiste en la tengamos miedo.
ausencia de miedo, sino en
actuar a pesar de él.
Muchos vemos una nueva oportunidad que Dios pone
ante nosotros, y queremos aprovecharla, pero también que-
remos aferrarnos a nuestra comodidad del presente. Nos
quedamos suspendidos en el aire, anhelando un glorioso
futuro, pero somos demasiado tímidos para soltarnos del
23
pasado. En un momento así, debemos tomar una decisión.
No podemos aferrarnos a ambas barras al mismo tiempo.
Para agarrarnos de lo nuevo, sencillamente tenemos que
soltar lo antiguo.
Para mí, la decisión de soltar lo antiguo y extender la
mano hacia lo nuevo es el «punto óptimo» de la fe. Mi vida
de conocido evangelista me parecería una magnífica mane-
ra de servir a Dios, e incluso comenzaría con un importante
paso de fe. Sin embargo, Dios está siempre más interesado
en quién llego yo a ser para Él, que en lo que hago por Él,
de manera que cuando llega el momento de extenderme de
nuevo, me exige un nuevo nivel de sometimiento. Nunca
me siento más espiritualmente vivo, que cuando me en-
frento a este reto y encuentro el valor necesario para dar
un paso de osadía, como dar en mi carrera el ridículo paso
de aceptar un pastorado en Arkansas. En el momento en
que respondo que sí, y suelto lo que tengo, y me aferro de

5. Paul Tournier, The Adventure of Living [La aventura de vivir] (Harper & Row, 1965), 116.
extravagante

lo nuevo, lo estoy arriesgando todo. Me encuentro en un


punto de sumisa vulnerabilidad. Si Dios no me ayuda, me
hundo. Aunque tenga miedo de fallar y caer, necesito poner
mi vida en las manos de Dios, y Él se agrada en esa medi-
da de fe. Hay quienes evitan este momento de riesgo y de
vulnerabilidad, como si fuera una plaga, pero para mí es
emocionante, porque me hace ver con claridad lo real que
es Dios en verdad.
Mientras estamos en el aire, muchos nos sentimos
paralizados por la indecisión. Vemos la gloria del futuro
en una vida de entrega a Dios, pero no estamos seguros de
que lo alcanzaremos. Sin embargo, no tomar una decisión
en realidad es tomar una decisión. En una ocasión escuché
una anécdota acerca de Ronald Reagan cuando era niño.
Pasó un verano con su tía, y ella lo llevó a un zapatero para
conseguirle un par de zapatos. El zapatero le midió el pie y
24
le mostró varios estilos de zapatos.
«Hijo—le preguntó—, ¿los quieres de punta redonda o
de punta cuadrada?
—En realidad, no sé—le contestó Reagan.
Y se marchó de la tienda con su tía. Pocos días más
tarde, Ronald y su tía se encontraron con el zapatero en una
tienda de víveres. Éste le preguntó de nuevo al muchacho:
—¿Ya decidiste cuál es el estilo que quieres?
Ronald se rascó la cabeza, sonrió, y dijo:
—No, en realidad no lo he decidido.
Para sorpresa del muchacho y de su tía, el zapatero se
limitó a decir:
—Mañana te tendré listos los zapatos».
Al día siguiente, cuando llegaron al taller, el zapatero
le presentó al muchacho su nuevo par de zapatos… uno con
la punta redonda y el otro con la punta cuadrada. Décadas
más tarde, aquellos zapatos estaban en la Oficina Ovalada
de la Casa Blanca. Muchos visitantes le preguntaban acerca
de aquel extraño par de zapatos, y el Presidente siempre
capítulo 2  |  un agridulce sometimiento

les explicaba: «Estos zapatos me enseñaron una valiosa lec-


ción: si uno no toma sus propias decisiones, otra persona lo
hará. Nunca lo he olvidado.»
Dios nos lleva a cada uno a un momento en que tene-
mos que decidir si daremos un paso más con Él, o no. En
griego, hay dos palabras para referirse al tiempo: kairós
y cronos. La mayoría de nosotros pensamos en el tiempo
como aquello que seguimos con el reloj y el calendario. Eso
es cronos, la secuencia de momentos en orden cronológico.
La otra palabra que define
el tiempo, kairós, se refiere
a un momento de oportuni- Dios sabe cuál es el
dad o de peligro. En las Es- momento perfecto
crituras, leemos que Cristo para cada cosa que
nació «cuando se cumplió el
plazo», y que «en el tiempo sucede.
25
señalado Cristo murió por
los malvados.» Dios sabe cuál es el momento perfecto para
cada cosa que sucede.
Hay ciertos momentos en que nuestro tiempo lineal,
cronológico, intersecta un momento de oportunidad. Cuan-
do esto sucede, es necesario que estemos preparados. El jo-
ven Ronald Reagan no supo aprovechar el momento en que
debía tomar una decisión, y terminó con un par de zapatos
desiguales. Él no es el único que ha cometido ese error. La
historia está llena de personas que no aprovecharon la
oportunidad que tenían frente a los ojos, y que perdieron
sus momento de decisión. Algunas de ellas son incluso di-
vertidas. Permítame compartir con usted unas pocas.

• En 1895, Lord Kelvin, el matemático y físico


inglés que presidía la Sociedad Real, declaró
extravagante

enfáticamente: «Es imposible que haya má-


quinas voladoras más pesadas que el aire.»6
• La revista Business Week del 2 de agosto
de 1968 informaba: «Con más de cincuenta
vehículos extranjeros en venta aquí [en los
Estados Unidos], es casi imposible que la in-
dustria automovilística japonesa consiga una
parte importante del mercado de los Estados
Unidos.»7
• En 1943, Thomas Watson, el presidente de
la IBM, hizo esta observación: «Creo que
hay un mercado mundial para unas cinco
computadoras.»8
• Ken Olson, el presidente de la Digital Equip-
ment Corporation, dijo en 1977: «No hay razón
alguna de que alguien tenga una computado-
26
ra en su hogar»9
• En 1962, un ejecutivo de la compañía Decca
Recording escuchó una grabación de los
Beatles y rechazó la oportunidad de ser el
sello que los grabara, diciendo: «No nos gusta
como suenan.»10
• Hasta los genios pueden perder sus momen-
tos de oportunidad. En 1880, Thomas Edison
inventó el fonógrafo, pero hizo la observación
de que su invento «no tenía valor comercial
alguno.»11
• El 4 de diciembre de 1941, Frank Knox, el
Secretario de la Marina, declaró: «Pase lo que

6. Paul Tournier, The Adventure of Living (Harper & Row, 1965), 116.
7. Scott T. Robertson, World Trade, «Japan Sells Its First Cars in the United States,»
[Japón vende sus primero autos a los Estados Unidos] 1 de julio, 2004.
8. Citado por Stephen Shankland, CNET [Link], 22 de diciembre, 2006.
9. Citado por various sources, entre ellas Wikipedia, [Link]/wiki/Ken_Olsen.
10. Citado en «Beatles Biography,» [Link]
11. Citado en varios lugares, entre ellos [Link]/item_50221.aspx.
capítulo 2  |  un agridulce sometimiento

pase, la Marina de los Estados Unidos no de-


jará que la sorprendan durmiendo la siesta»12

Algunas de esas personas vivieron lo suficiente para saber


que se habían equivocado, pero hubo quienes murieron
con una vanidosa seguridad, pero inexacta, de su sagacidad.
Pienso que Dios nos lanza la barra del trapecio de la
oportunidad muchas veces en la vida. En algunas ocasiones
debería ser obvio, pero no lo notamos. Uno de los mayores
dones que Dios nos da es el de la percepción, la capacidad
de ver a través de la neblina de la vida, para notar las opor-
tunidades. Nuestra percepción podría confundirse, sea por
nuestra preocupación por la vida tal como la conocemos, o
por nuestra tendencia a pensar más acerca del pasado, que
a creer a Dios en cuanto al futuro.
Para muchos de nosotros, los recuerdos son más gran-
27
des que nuestros sueños. Siempre estamos mirando por
el espejo retrovisor para ver dónde hemos estado, pero es
muy peligroso conducir mientras se mira sólo por el espejo
retrovisor. Con frecuencia las personas, las iglesias, los ne-
gocios, y hasta los gobiernos, viven preocupados por el pa-
sado, en vez de buscar las oportunidades que pueda haber
en el futuro. El pasado nos inspira seguridad, aunque haya
sido doloroso, y es menos amenazador. El futuro está lleno
de peligros y de riesgos, pero también de oportunidades y
de esperanza.
Si vemos que la barra del trapecio se balancea hacia
nosotros, y encontramos el valor necesario para asirnos de
ella, veremos que Dios hará cosas asombrosas. Por medio de
Jeremías, Dios dijo a su pueblo:

12. Citado por el Ejército de los Estados Unidos en el portal


[Link]/history2/history_dec.asp.
extravagante

Porque yo sé muy bien los planes que tengo


para ustedes —afirma el Señor—, planes de
bienestar y no de calamidad, a fin de darles
un futuro y una esperanza. Entonces ustedes
me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo
los escucharé. Me buscarán y me encontra-
rán, cuando me busquen de todo corazón.
(Jeremías 29:11-13)

¿Qué experimentará usted si no se aferra a la nueva barra


de trapecio? Estancamiento, impotencia, y decadencia espi-
ritual. Pero, ¿qué puede esperar si se toma de la barra del fu-
turo que Dios tiene para usted? Su bendición, su presencia,
y la aventura de su vida. Yo sé cuál de las dos cosas prefiero.
Sin embargo, aprender cuál es la debida preferencia puede
ser tan difícil como emocionante.
28

Atrévase a pensar con libertad

1.  En los últimos años, ¿cuáles son las barras de trapecio


de la oportunidad con las que se ha encontrado? ¿De
cuáles se ha tomado? ¿Cuáles ha perdido? ¿De cuáles
necesita aferrarse ahora?

2.  ¿Cómo afecta a su disposición a arriesgarse el hecho de


que no hay ningún tipo de garantías?

3.  En una escala de cero (no tengo) a diez (tengo mucho),


¿cuánto valor tiene usted para probar la bondad de Dios
y arriesgarse a confiar en Él? Explique su respuesta.

4.  ¿Hay alguna decisión que usted debe tomar ahora mis-
mo, para que, como en la anécdota de Ronald Reagan,
no termine con zapatos dispares?
capítulo 2  |  un agridulce sometimiento

5.  ¿Ha experimentado usted alguna vez un momento en


que el kairós y el cronos parecen encontrarse? ¿Está
luchando con un momento así ahora mismo? ¿Le emo-
ciona esa situación, o lo hace sentir nervioso?

6.  ¿Tiene usted la tendencia a pensar en su futuro como


una vida llena de peligros y riesgos, o lleno de oportu-
nidades y esperanzas?

29
3
c a p í t u l o

provee y vencerás

Cuando ejercemos una fe valiente para dar con audacia y


generosidad de nosotros mismos, de nuestro dinero, o de
nuestras posesiones, Dios abre las puertas de los cielos para
derramar sus bendiciones. Sin embargo, he descubierto que
esto sucede muchas veces en un momento de necesidad, y
no cuando tenemos de sobra.
Cuando llegué a Pine Bluff, me encontré con que el
contratista para el nuevo edificio de la iglesia había huído
31
de la ciudad sin pagar a los subcontratistas, y había dejado
a la iglesia la responsabilidad de pagar (otra vez) los tra-
bajos que ellos ya habían hecho. La iglesia estaba obligada
por ley a hacer ese doble pago, y yo, el nuevo pastor, heredé
junto con los hermanos una deuda grande e injusta. Estaba
enojado con Dios, porque yo habría querido contratar más
personal, pero no teníamos dinero suficiente. Quería echar
a andar nuevos programas, pero nuestras finanzas no lo
permitían.

Viviendo de un mes a otro sin sueldo


Todos los días me quejaba a Dios de nuestros problemas. Me
aseguraba de que supiera que la culpa era suya. Hasta el he-
cho de estar atrapado en Arkansas era algo que Él me había
hecho, y que desde el principio me había parecido una mala
idea. Ahora un mal plan me parecía aún peor, debido a la
precaria situación financiera de la iglesia.
Un día en que me lamentaba mientras conducía por la
carretera, hice esta oración: «Señor, aunque yo renunciara
extravagante

a mi sueldo durante todo un año y pusiera todo ese dinero


para pagar la deuda que tiene nuestra iglesia, no le haría
mella alguna a la cantidad que debemos.»
(Lo que sigue es un consejo gratuito: no sugiera a Dios
cómo podría mostrar su radical obediencia, Él podría inter-
pretarlo como una ofrenda de su parte. Es muy probable
que le tome la palabra.)
A los pocos minutos, el Espíritu Santo comenzó a in-
quietar mi corazón. Sentí que me decía: «en realidad, esa
idea no es tan descabellada. Precisamente ese es el tipo
de sacrificio que yo puedo usar para moldear tu carácter,
y lo puedo usar también para inspirar a los hermanos de
tu iglesia a amar más y a sacrificarse más que nunca. Vas a
aprender que yo soy Jehová Yireh de una manera en que la
mayoría no me conoce. Voy a usar la semilla de tu sueldo
para bendecirte a ti, y para inspirar a otros a pagar la deuda
32
de la iglesia.»
Dios también me aseguró: «Si tú das este paso, yo voy
a romper la mentalidad de pobreza que tiene la gente de tu
zona. Muchos se sienten encerrados en una vida de pobre-
za. Cuando vean tu sacrificio y mi bendición, se romperán
los grilletes que llevan puestos en el corazón, y quedarán
libres para amarme y confiar en mí.»
El pago de la deuda sólo era parte de la promesa de Dios.
La promesa aún mayor era que cambiaría las expectativas
de los hermanos de la iglesia, de manera que aprendieran a
confiar en Dios respecto a asuntos más grandes, y para toda
la vida. En ese momento, entendí que mi cronos y el kairós
de Dios se habían encontrado. Estaba seguro de que era Él
quien me había guiado a dar ese paso. El problema era que
yo no sería el único que tendría que aventurarme.
Fui a casa a decírselo a Haley, y los dos nos reímos de
la idea, como Abraham y Sara se rieron cuando Dios les re-
cordó que les daría un hijo de una manera milagrosa (hablo
más de Abraham y Sara en el capítulo 12). Pasaron meses, y
capítulo 3  |  provee y vencerás

Haley y yo no hicimos nada para seguir esta dirección de


Dios. Sin embargo, no dejábamos de pensar en la idea. Una
noche, durante ese tiempo, le expliqué a Dios que era una
idea horrible: «Señor, ¿cómo voy a renunciar a mi sueldo?—
le supliqué—. Si no puedo pagar mis deudas, quedaré mal
delante de nuestra iglesia, ¡y pensarán que soy muy poco
sabio!» Además, le aclaré al Señor que acabábamos de com-
prar una casa y que Haley estaba embarazada de nuestro
tercer hijo.
Entonces, en una conferencia de pastores que se
celebró a principios del mes de mayo de 2003, Haley y yo
escuchamos a Dan Betzer, el pastor de una gran iglesia
misionera, que predicó acerca de la milagrosa provisión de
Dios. Es posible que en toda la sala no hubiera otra persona
que necesitara escuchar su mensaje, pero ese mensaje me
atravesó el alma. Cuando hizo el llamado al altar, yo pasé
33
al frente, porque el Espíritu me había dado la convicción
de que debía confiar que Él proveería para mis necesidades,
y que yo debía obedecer sin
reservas y a cualquier precio.
Me tiré al suelo y lloré. Tenía Me tiré al suelo
destrozado el corazón, pero y lloré. Tenía
aún así no era fácil obedecer.
Horas más tarde, los custo-
destrozado el
dios del lugar me pidieron corazón.
que me levantara del suelo y
que me fuera, porque estaban a punto de apagar las luces y
cerrar las puertas con llave. Yo aún estaba luchando con la
clara indicación que Dios me había dado.
Aquella noche, Haley y yo nos sentamos a hablar.
Durante meses, le habíamos pedido a Dios que nos diera
sabiduría, y en la conferencia de pastores llegamos a la
conclusión de que nos estaba guiando de una manera abso-
lutamente clara. Ya no era asunto de si lo haríamos, sino de
cuándo lo haríamos.
extravagante

Un par de semanas más tarde, hablamos de nuevo,


pero esta vez acerca de los detalles de cómo serían las cosas
si pasábamos todo un año sin sueldo. Teníamos dos hijos
varones, y sabíamos que Haley llevaba en su seno la peque-
ñuela que ella tanto había anhelado tener. Le llamaríamos
Addisyn. Durante meses, Haley había estado haciendo
planes para pintar el cuarto de la bebé y comprar cortinas
nuevas de color rosado. Ahora se daba cuenta de que no
tendríamos nada de aquello. A mí me preocupaba la falta de
un plan de emergencia. No teníamos ahorros, ni parientes
ricos, y tampoco tendríamos un Plan B si Dios no obraba.
El espectro de perder nuestra casa, y de convertirnos en el
hazmerreír de la comunidad me obsesionaba.
Aquella noche, mientras nos preparábamos para
acostarnos, le dije: «Cariño, comencemos esto el primero de
enero del año próximo. Eso nos dará más de medio año para
34
alistarnos, vender algunas cosas, y estar preparados».
Ella me miró con expresión de dulce sometimiento y
me dijo: «Bryan, podemos jugar con Dios durante seis meses
y después confiar en Él, o simplemente, confiar en Él».
¡Cuando un hombre tiene una mujer como esa, es ca-
paz de apagar el fuego del infierno con una pistola de agua!
La valiente fe de Haley me llenó de acero el alma, y me sentí
listo para dar el paso que había evadido por tanto tiempo.
Dos semanas más tarde, anuncié en la iglesia que durante
todo un año no íbamos a aceptar un sueldo. Expliqué que
no se trataba en primer lugar de los dólares que la iglesia
ahorraría cada mes. Estaba convencido de que Dios usaría
el dinero para sembrar fe y generosidad en todos los herma-
nos de la iglesia. No es un asunto de dinero; es un asunto
de valentía, de carácter, y de liderazgo revolucionario. Uno
no puede pedir a los hermanos que hagan aquello que uno
mismo no ha hecho.
Para salir adelante durante todo el año, Haley y yo
habíamos hecho planes para limitar nuestros gastos de
capítulo 3  |  provee y vencerás

todas las maneras posibles.


Después de que recibimos
nuestro último cheque de Es difícil hacer
sueldo, nos sentamos a la un presupuesto
mesa de la cocina para orga- cuando se
nizar nuestro presupuesto.
Sin embargo, pronto enten-
comienza en cero.
dimos que es difícil hacer
un presupuesto cuando se comienza en cero. Durante el
año, vendimos la mayoría de nuestras cosas para conseguir
dinero y pagar las cuentas. Cancelamos nuestro servicio de
televisión por cable, los teléfonos celulares, y el teléfono
de la casa. Ella le pidió al barbero que la enseñara a cortar
el cabello. Una gran cantidad de cosas que nosotros había-
mos pensado que eran necesarias, en realidad eran lujos, y
podíamos vivir muy bien sin ellas. Estábamos reducidos
35
al máximo. Cada moneda de diez centavos era valiosa. Sin
embargo, a pesar de los cortes en el presupuesto, seguíamos
trabajando sin tener ingresos. Algo —o Alguien— nos ten-
dría que ayudar. Y Dios lo hizo.
Un día, un gran camión de reparto se detuvo frente a
nuestra casa y comenzó a dar marcha atrás en nuestra en-
trada al garage. No dije una sola palabra, pero miré a Haley y
pensé: «Mujer, no tenemos suficiente dinero para comprar
una nueva lavadora de platos. ¿Te has vuelto loca?
Más tarde, ella me diría lo que había estado pensando:
—Bryan, estás loco. No nos podemos permitir ninguna de
esas absurdas herramientas eléctricas.
Ninguno de nosotros expresó lo que realmente estaba
pensando, pero los dos dijimos enseguida: —¡Yo no hice
nada!
Haley y yo nos miramos un momento antes que ella
me diera la instrucción obvia: —Es mejor que salgas y le di-
gas al conductor del camión que se ha equivocado de casa.
extravagante

Salí corriendo y agitando los brazos. El conductor bajó


su ventanilla y yo le expliqué: —Oiga, me temo que usted
tiene una dirección equivocada. Nosotros no hemos pedido
nada. ¿Qué dirección anda buscando?
Él comprobó en su formulario de reparto, y tenía nues-
tra dirección. ¿Es esta la residencia de la familia Jarrett?
Yo estaba perplejo, pero le dije:
—Sí, aquí es.
—Entonces yo tengo una entrega para usted—me dijo.
—Uh, ¿y qué es?—le pregunté.
—Un congelador comercial.
—¿Un congelador comercial? ¿Y qué se supone que
haga yo con eso?
El conductor se estaba comenzando a molestar un
poco con mis preguntas, y me gritó: —¡Oiga, no tengo tiem-
po para ésto! Yo se lo entrego, y usted lo conecta. Eso es
36
todo. Ahora, ¿dónde lo quiere?
Yo le ayudé a bajarlo del camión y entré a la casa para
explicarle a Haley lo inexplicable. Ella me preguntó: —¿Y
qué vamos a hacer con un congelador comercial?
Le respondí con una sonrisa: —Tú conéctalo, querida.
Conéctalo. Eso es todo».
Estábamos perplejos. En el formulario de reparto no
había nombre alguno que indicara quién nos había com-
prado aquel congelador, y nosotros ni siquiera teníamos
suficiente comida congelada para llenar el congelador de
nuestro refrigerador.
A la mañana siguiente, llamó una señora de nuestra
iglesia. Su esposo y su cuñado tenían puestos en la gerencia
de la empresa alimentaria Tyson Foods y nos dijo que ha-
bían sentido que debían ayudar a nuestra familia. El Señor
les puso en el corazón que nos proveyeran un año entero de
carne. Cuando me dijo lo que ellos estaban haciendo, dijo
también: —Temíamos que ustedes no tuvieran un lugar
donde poner la carne. ¿Tienen dónde pornerla?
capítulo 3  |  provee y vencerás

Me quedé estupefacto, y entonces lo que había suce-


dido tuvo sentido. Dije lentamente entre dientes: Un año
entero de carne. ¡Gracias, Señor!
Algún tiempo después, descubrí que la dama que nos
había comprado el congelador nunca había hablado con
las personas que nos proveyeron de carne. Dios lo había
arreglado todo, y en ambas partes habían obedecido a sus
indicaciones. Cuando Dios le dijo a la señora que nos com-
prara un congelador, ella le contestó: «Señor, tal vez él ya
tenga un congelador.
Pero el Señor le respondió: —Tú cómprale uno. Y cóm-
prale el más grande que puedas encontrar».
Por ambas partes tuvieron que responder a lo que
el Espíritu les indicaba, para que aquello funcionara, y el
cálculo de tiempo fue impecable. ¡No quiero ni pensar en lo
que habría sucedido si la carne hubiera llegado un día o dos
37
antes que el congelador!

Un encuentro personal con Jehová Yireh


Yo había crecido oyendo relatos acerca de la provisión de
Dios, así que no tenía razón de sorprenderme ante tan
increíble obra de Dios. Mis abuelos vivieron durante la
Gran Depresión, y tuvieron que confiar que Dios les pro-
veería de alimentos. Tienen historias maravillosas acerca
de la provisión de Dios. El conocimiento de Yahveh Yireh
(el nombre de Dios del Antiguo Testamento que significa
«Dios proveerá») no era para ellos únicamente un concepto.
Ellos sabían que Dios sería fiel y proveería, porque habían
visto su milagrosa obra. En una ocasión, tenían la despensa
completamente vacía, y después de un tiempo de oración,
una caja de carne enlatada cayó de la parte trasera de un
camión que atravesaba el pueblo. Otra vez, después de una
inundación, mi abuela iba caminando y orando por víveres,
cuando se encontró con un inmenso búfalo de agua atasca-
do en una cerca a poca distancia del río. Ellos confiaban en
extravagante

Dios, porque no tenían más alternativas. Creo que Dios se


complace de las personas que están dispuestas a confiar en
Él, sobre todo cuando no hay a quien acudir. De hecho, los
únicos momentos en que la mayoría de nosotros realmente
sabe lo que significa confiar en Dios, es cuando se nos han
acabado todas las opciones.
Aquel cuyo nombre es «Yo proveeré» sigue presente
hoy. Busca gente que esté dispuesta a creer en Él y que lo
deje revelarse en poder y en
amor. Durante mi año sin
Aquel cuyo sueldo, lo vi vez tras vez.
Al poco tiempo de ha-
nombre es «Yo berme comprometido a no
proveeré» sigue recibir sueldo alguno, varios
presente hoy. hombres de negocios que
yo no conocía muy bien me
38
pidieron que me reuniera
con ellos en su oficina. Estos caballeros eran dueños de res-
taurantes. Aunque no asistían a nuestra iglesia, sí habían
escuchado mi historia de labios de otras personas de Pine
Bluff.
Me explicaron el motivo de nuestra reunión: «Pastor,
queremos ayudar a su familia, así que le vamos a entregar
este certificado que les permitirá a usted y a su familia co-
mer gratis en nuestros restaurantes».
Me entregaron un documento que habían creado en
una de sus computadoras. Estoy muy seguro de que no exis-
tía ningún documento como aquel. Decía: «Para el pastor
Jarrett y su familia: un número ilimitado de platos del menú
en cualquiera de nuestros restaurantes.» Así fue como yo al-
morcé en su restaurante Subway casi todos los días durante
el resto del año, y muchas veces lo acompañé con un helado
de su tienda de yogurts TCBY. ¡Me habría podido convertir
en el nuevo vocero de una campaña nacional de anuncios
acerca de la «dieta Jarrett»!
capítulo 3  |  provee y vencerás

De vez en cuando, los hermanos de la iglesia me mira-


ban con cara de preocupación y me preguntaban: «Pastor,
¿qué harán usted y su familia si no se les paga un sueldo?»
Yo mismo me había hecho muchas veces esa pregunta; pero
siempre respondía: «No le puedo decir cómo Dios proveerá,
pero estoy confiado en que sí lo hará. Cuando uno de sus
profetas necesitó comer, Dios envió cuervos que le llevaron
comida. Si es necesario, estoy seguro que Dios enviará cuer-
vos también para mí y para mi familia.»
Al parecer, di esa explicación a un buen número de
personas durante el año, porque muchos pensaron que yo
estaba esperando que llegaran cuervos. Muchos domingos
en la noche, cuando llegaba a casa, al vaciar los bolsillos
de mi traje, encontraba un sobre de los que usa la iglesia
para los diezmos, con unos cuantos billetes estrujados de
$5 y $10. Lo que estaba escrito en el sobre sugería que algún
39
hermano anciano me lo había deslizado en el bolsillo. Cada
vez, en el sobre sólo se leía: «Los cuervos».
Dios hizo mucho más que proveernos de lo que necesi-
tábamos. La noticia de mi extraño compromiso se esparció
por toda la comunidad. Una semana después de que reu-
niera un poco de dinero para
seguir viviendo, al reempla-
zar mi vehículo por uno más
Dios hizo
viejo y ruidoso, decidí llevar mucho más
a lavar mi «nuevo» vehículo que proveernos
viejo. Por lo menos, estaría de lo que
limpio, que ya era algo.
Cuando entré en el necesitábamos.
lugar de lavado de autos, un
hombre que yo no conocía me reconoció. Usted es el pastor
que no está recibiendo sueldo este año para ayudar a su
iglesia, ¿no es cierto? —me dijo.
Le confesé que sí, que ese era yo, y él me hizo un asom-
broso ofrecimiento. Era dueño de aquel lugar de lavado de
extravagante

autos y del garaje que tenía al lado, y me dijo que durante


el resto de mi trabajo sin sueldo, yo podría ir a ese lugar
todas las semanas para que me lavaran el auto, y que él se
ocuparía del mantenimiento sin cobro alguno. Mejor aún,
aquel hombre y su familia no habían ido a la iglesia por
mucho tiempo, pero como consecuencia de la relación que
desarrollamos, hablando de carros limpios, comenzaron a
asistir con regularidad a nuestra iglesia.
Hasta mis hijos fueron bendecidos, a pesar de los drás-
ticos esfuerzos para reducir los gastos de nuestra familia
a cero. Aunque nuestra participación en los equipos de
deportes de la YMCA significaba mucho para nosotros —yo
hasta era entrenador del equipo de béisbol de mi hijo—,
sabíamos que tendríamos que cancelar nuestra inscripción.
El día que llegué a cancelarla, el gerente «sospechó» que
había algo raro en la razón de esa cancelación. Después
40
de averiguar cuál era nuestra historia, nos dio una beca
completa para la familia. Más tarde, a través de algunos
contactos que desconozco, un jugador profesional de béis-
bol de un equipo regional también supo de nuestra historia.
Entonces, envió dinero a nuestra YMCA local para que mi
hijo tuviera su equipo completo —guante, casco, bate, pe-
lota—, ¡y para reembolsar a la organización el dinero de la
beca que había concedido a nuestra familia!
Ese fue también el año en que le di a mi esposa el
regalo más extravagante de nuestra vida de casados. Nos
llegaron las Navidades alrededor de seis meses después de
haber comenzado mi año sin sueldo, y todo lo que podría
regalar a Haley sería una vela perfumada de la tienda local
de regalos y joyas. Yo estaba muy contento con mi módica
compra, cuando oí la voz de mi amigo joyero, cuya familia
es dueña de la tienda.
«¿Es eso todo lo que el pastor de una gran iglesia le
dará a su esposa por las Navidades?—me dijo en son de
reproche, llamándome a la sección de joyería.
capítulo 3  |  provee y vencerás

—Así tendrá que ser este año—le respondí.


Él notó que hablaba seriamente, y se calmó un poco
en su manera de hablarme. ¿Sucede algo?» —me preguntó.
Puesto que yo conocía a esa persona desde hacía mu-
cho tiempo, sabía que tendría que ser sincero con él. Aun-
que él no estaba enterado del compromiso que había hecho
aquel año, sí sabía lo que yo antes había soñado respecto
a alguna pieza de joyería. Tiempo atrás había conversado
con él acerca de mi plan de comprar algún día un anillo
de matrimonio para Haley que valiera la pena. Cuando nos
casamos, no podía ni pensar en comprar una joya valiosa, y
ahora, con diez años de matrimonio, mi amigo pensó que
ya había llegado el momento de llevar a cabo mi plan de
regalar un mejor anillo a mi esposa. De manera que, para
calmar sus expectativas, le expliqué mi situación en cuanto
a sueldo.
41
Aunque pareció entender que era imposible que hicie-
ra una compra de esa importancia, mi amigo me dio una
lección de cómo escoger un diamante, en caso de que lle-
gara el momento en que pudiera comprar uno. Me pareció
interesante, así que lo seguí a través de su tienda hasta el
«cuarto de los diamantes». Él me puso delante una asom-
brosa variedad de resplandecientes gemas de mucho valor.
Después de que me explicó cómo se avalúan las piedras de
acuerdo a su tamaño y pureza, me preguntó cuál sería la
que más le gustaría a Haley. Le señalé una piedra tallada
que estaba aproximadamente en la mitad de la hilera que
había en la mesa. Entonces me hizo escoger un anillo que
le fuera bien a la piedra.
«El precio de venta de lo que seleccionaste—me dijo—,
es una joya de buena calidad que puedes comprar por un
precio promedio. Sin embargo, a mí me cuesta la mitad de
lo que tú pagarías, y por eso quiero hacerte una oferta. Si
compras hoy este anillo, te cobraré sólo lo que a mí me cues-
ta, y me lo puede pagar en cantidades pequeñas, conforme
extravagante

puedas, y en el plazo que puedas. Puedes pagarme $10 al


mes hasta que Jesús vuelva, si es eso lo que te conviene».
Lo miré fijamente y dije: «No, no puedo. No quiero».
Por bajos que fueran los pagos, sería una deuda y,
lo peor, se vería raro (por decir poco) que Haley apareciera
de repente con un anillo lujoso, cuando no teníamos un
centavo.
Él me pidió que lo pensara, y finalmente ofreció dejar
abierta la oferta durante veinticuatro horas, si quería vol-
ver al siguiente día a hablar con él. Viendo una manera fácil
de salir de esa negociación, acepté.
Al día siguiente, no estaba tan preparado para nues-
tro encuentro como pensé. El joyero había preparado un
contrato de compra en que establecía las condiciones que
había descrito el día anterior. De repente, me pareció una
oportunidad única en la vida. Seguramente, la gente se
42
preguntaría cómo un pastor sin sueldo se las habría podido
arreglar para regalar a su esposa un anillo de miles de dóla-
res para la Navidad; pero firmé el contrato, no muy seguro
de la manera en que lo explicaría.
Mi amigo me felicitó por la compra y después fue rá-
pidamente a llevar el documento firmado a su madre, que
supervisaba al fondo de la tienda. Ella recibió el contrato y
se me acercó.
«Usted ha hecho una excelente compra —me dijo muy
segura de sí misma—. Y es importante que usted sepa que
tiene una deuda muy significativa con esta joyería. Usted
acaba de comprar este hermoso anillo para su esposa a
pesar de las circunstancias, para ella será un regalo con
significado muy especial».
Después de decir esto, aquella señora, que estaba de-
trás del mostrador de la joyería, levantó el contrato de venta
y lo rompió por la mitad. «Sin embargo, nosotros tenemos el
privilegio de perdonarle esta deuda, y esperamos que usted
y su esposa disfruten de su nuevo anillo».
capítulo 3  |  provee y vencerás

Aunque la «compra» de aquel anillo fue algo asombro-


so para mí, no fue el presente más asombroso que recibí
durante el año en que no tuve sueldo. La provisión más
asombrosa fue la que más me hizo sentir más humilde. La
noticia de mi año sin sueldo había llegado a oídos de un
misionero en Albania que estaba pasando por dificultades
económicas. Al saber lo que Dios estaba obrando en los
Estados Unidos, sintió que debía enviarnos un cheque de
$100. Esta acción se puede comparar con la viuda que puso
su ofrenda en el tesoro del templo.
Desde junio del 2003 hasta julio del 2004, Dios se con-
virtió en una nueva clase de Jehová Yireh para mí. Yo había
respondido de mala gana y con lentitud a su indicación de
hacer algo que para mí era un gran sacrificio. Sin embargo,
Él hizo que lloviera en abundancia sobre mi familia, nues-
tra iglesia, y mi persona muchas bendiciones, tanto tangi-
43
bles como intangibles. Sabía que nunca sería el de antes.
También sabía que el gozo
de vivir en el punto óptimo
de mi fe, era algo a lo que Dios se convirtió
quería experimentar una y
otra vez. en una nueva clase
«El resto de la historia» de Jehová Yireh
también fue asombroso. En para mí.
once meses, la deuda de la
iglesia fue saldada. Los her-
manos se sacrificaron para aportar su ayuda. Hasta hubo
otras iglesias que nos ayudaron con generosidad.
Mi compromiso original fue pasar sin sueldo un año,
o hasta que pagáramos la deuda; lo que sucediera primero.
Puesto que la deuda había quedado pagada a los once meses,
los hermanos me preguntaron: «Pastor, ¿va a recibir ahora
su sueldo?»
Yo pensé y oré, y el Señor me recordó el relato de la ali-
mentación de los cinco mil. Después que dieron de comer
extravagante

a todos, los discípulos recogieron doce canastos de lo que


sobró. Por eso decidí: «No voy a recibir el sueldo durante
estas próximas cuatro semanas. Veamos cómo quiere usar
Dios lo que ‘sobre’ de todo lo que se ha dado». Y Él tenía en
mente muchas cosas que habían sobrado.
Durante mucho tiempo, la iglesia había estado bus-
cando más terreno para nuestra escuela, pero no aparecía
ninguna propiedad suficientemente grande, a un precio
que pudiéramos pagar. Sin embargo, durante el período de
las «sobras», Dios nos guió a un excelente terreno de más de
once hectáreas, que era exactamente lo que necesitábamos.
Aquella propiedad, que ya tenía un edificio de escuela en
ella, valía varios millones de dólares. Sin embargo, nuestra
iglesia la compró pagando únicamente la deuda de $75.000
que tenía el dueño. Vimos en esto otro ejemplo de la bendi-
ción de Dios en respuesta a nuestra obediencia.
44
Durante todo el año, Dios proveyó para Haley, para mí,
y para nuestros hijos, de manera que no nos faltó ni una
sola comida, y no dejamos nada sin pagar. Nos habíamos
privado de unas cuantas cosas, y no había nada en el banco,
pero Dios nos había provisto para todas nuestras necesi-
dades. Fue emocionante ver cómo Dios nos ayudó una y
otra vez. En cierto sentido, me sentí triste de que aquello
terminara. Habíamos vivido de lo que Dios había suplido
de manera sobrenatural, y cuando comenzamos a recibir
nuevamente los cheques del sueldo, nos preguntamos si de
alguna manera habíamos cerrado el conducto de las bendi-
ciones de Dios sobre nuestra vida. Estaba anhelante de otra
vez vivir la maravillosa experiencia del punto de encuentro
del riesgo y la bendición.
capítulo 3  |  provee y vencerás

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Ha experimentado usted a Jehová Yireh en un tiem-


po en que fue radicalmente obediente, en que mostró
una extravagante consagración a Dios, y Él proveyó de
manera milagrosa? Si así es, describa lo que sucedió. Si
no, ¿qué le dice sobre su vida espiritual la falta de esta
experiencia?

2.  ¿Se ha reído usted alguna vez al pensar en hacer algo


insólito para Dios?

3.  ¿Qué sintió mientras leía el relato acerca de pasar todo


un año sin sueldo?

4.  Medite en la historia acerca del anillo de Haley a la luz


45
del texto bíblico que dice que Dios hará más de lo que
podemos pedir o pensar (Efesios 3:20). ¿Ha experimen-
tado alguna vez más de Dios que cuanto usted pensaba
que era posible?

5.  Abra su corazón ante el Señor acerca de lo que ha leído


en este capítulo. Háblele con sinceridad acerca de sus
esperanzas y temores, de su ira, y de su amor por Él.
Después de esto, escuche lo que el Espíritu hable a su
vida.
4
c a p í t u l o

un extravagante hace
cosas extravagantes

La vida de extravagante consagración a Dios no es fácil.


Los cristianos de los Estados Unidos nadan en un océano
cultural de materialismo que mata el alma. En los últimos
años, he viajado por el mundo, predicando el evangelio y
exhortando a los creyentes, pero para ser sincero, con la
gente de los países del Tercer Mundo he aprendido mucho
47
más de lo que les he enseñado. Tienen muchas menos cosas
materiales de las que disfrutamos en los Estados Unidos,
pero tienen una consagración a Dios más profunda y un
nivel más elevado de genuina alabanza que los que veo
en la mayoría de nuestras iglesias. Manifiestan un «alegre
sometimiento» a Dios y a su llamado, y Dios se complace en
bendecirlos.

Un cambio de sueños
En nuestras iglesias, muchos hemos confundido el
Sueño Americano con el llamado de Dios a una consagración
radical. Por esa razón, tenemos una fe anoréxica: famélica
y débil. Creo que Jesús murió para darnos mucho más que
aquello con lo que nos conformamos. Él vino a darnos vida,
pero a nosotros nos distraen tanto el éxito, los placeres, y
la aprobación de los demás, y perdemos al Señor y su pre-
sencia, su poder, y su provisión. Los líderes de la Campaña
Right Now [Ahora] (ministerio que ayuda a las personas de
veinte y treinta años a encontrar oportunidades para servir
extravagante

a Dios) han popularizado un término que es útil. Dicen que


los cristianos de hoy necesitan convertirse en «cambistas».
Su misión es ayudar a la gente a cambiar el anhelo del Sue-
ño Americano por la búsqueda de Cristo y de la vida que Él
tiene para cada persona.
El apóstol Pablo nos exhorta a que no dejemos que las
presiones, los valores, y las distracciones del mundo nos
metan a la fuerza dentro de su molde. Esto es lo que escri-
bió a los creyentes de Roma:

Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la


misericordia de Dios, les ruego que cada uno
de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su
cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable
a Dios. No se amolden al mundo actual, sino
sean transformados mediante la renovación
48
de su mente. Así podrán comprobar cuál es la
voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.
(Romanos 12:1,2)

Observe que Pablo no nos


La vida de da una lista de cosas que
debemos dejar de hacer
consagración es para mostrar que somos
un poderoso y buenos cristianos. Nos invi-
convincente «sí»; ta a pensar, a reflexionar, y
no es una agria lista a analizar la incomparable
misericordia de Dios que
de «no». Jesús manifestó al morir en
la cruz . Su sacrificio nos
convence de que Él nos ama, y de que podemos confiar en
que nos guiará. En respuesta a su amor, su perdón, y su po-
der le decimos un entusiasta «¡Sí!» cada momento del día.
La vida de consagración es un poderoso y convincente «sí»;
no es una agria lista de «no».
capítulo 4  |  un extravagante hace cosas extravagantes

Cuando nuestro corazón ha sido inundado por la


gracia de Dios, rechazamos con todo gusto las cosas que se
interponen en el camino de nuestro anhelo de honrarlo a Él.
Y repentinamente —o a veces poco a poco—, Dios cambia
todo en nuestra vida. La paradoja de la vida cristiana es que
ganamos perdiendo, recibimos dando, el camino ascenden-
te va hacia abajo, salvamos nuestra vida perdiéndola, y la
manera de adquirir poder es cediéndolo por completo.
Con mucha frecuencia, somos esclavos de cosas que
nos prometen una vida divertida, fácil, y llena de riquezas,
pero el precio que pagamos por vivir para las cosas super-
ficiales y transitorias es muy alto; demasiado. Cuando todo
lo que hacemos es tomar como un pasatiempo las cosas de
Dios, nos volvemos espiritualmente famélicos. Jesús vino
para darnos una vida abundante y a establecer un reino
que es contracultural; un reino en que una prostituta o
49
un recaudador de impuestos que responde positivamente,
recibe más honores que un rey, y la mísera ofrenda de una
pobre viuda vale más que las riquezas de las naciones. Este
reino no es simplemente un poco distinto del reino en el
que vivimos cada día. Es categóricamente distinto en todo
sentido. La invitación a seguir a Jesús es una convocación a
la revolución; ni más ni menos que eso.
Los cambios no se producen con facilidad, ni tampoco
aparecen por arte de magia. La transformación de una vida
sólo se produce cuando la persona siente tal desesperación
de cambiar, que seguir estancada en la rutina de la vida deja
de ser una opción para ella. Bill Hybels, pastor de la iglesia
Willow Creek cerca de Chicago, dice que Dios necesita pro-
ducir en nosotros un «santo descontento». Estoy comple-
tamente de acuerdo. Cuando veo toda la superficialidad y
todas las distracciones que hay en mi vida y en la vida de
los que me rodean, siento una insatisfacción que me corroe
por dentro, unida a una ansiosa expectativa de lo que la
extravagante

Iglesia podría ser, si todos los cristianos respondieramos en


fe y obediencia a la gracia de Dios.
Juan Cruz, mi amigo y pastor ejecutivo de nuestra
iglesia, creció en América Latina. Cuando me oyó hablar de
este tema, hizo la siguiente observación: «Lo que le estás
enseñando a la iglesia es relativamente fácil en el Tercer
Mundo, porque no hay más alternativa; pero tú le estás
diciendo a gente en una cultura donde hay riqueza, que se
aferre a Cristo y que no se aferren a la abundancia. Estás
enseñando a la gente que ellos son posesión de Dios, y no
de las cosas que ellos creen que poseen.»

El desarrollo de su visión
Abraham fue un hombre rico. De hecho, fue uno de los hom-
bres más ricos de su tiempo. Para él, el potencial de maldad
no se encontraba en las riquezas o las posesiones, sino en
50
idolatrar el hijo que Dios le había dado. En vez de sostener
a Isaac con la mano abierta, se aferraba a él con demasiada
fuerza, haciendo del muchacho el objeto más importante
de su afecto. Sin embargo, después del supremo momento
de sometimiento a Dios en el monte de Moria, todo cambió.
Aún seguía siendo el padre de Isaac, pero ya no se eferró al
muchacho como antes. Isaac era el don que había recibido
de la bondad divina, y nunca más sería más importante
que el Dador. En ese momento, Abraham experimentó «la
bendición de no poseer nada».
Cuando contemplamos la hermosura y el poder de
Cristo, debemos tomar una decisión. Si tenemos el corazón
endurecido, nos encogeremos de hombros, cantaremos en
la iglesia con poca emoción, y seguiremos estancados en
un estilo de vida superficial y sin sentido. O bien, como
el apóstol Pedro, responderemos al llamado de Cristo a
arriesgarnos, a salir de la barca, y ver las cosas asombrosas
que hace en nosotros y a través de nosotros. Cuando Dios
nos desafía, tenemos dos opciones: progresar o dar marcha
capítulo 4  |  un extravagante hace cosas extravagantes

atrás. O damos pasos de fe hacia el frente, o retrocedemos


llenos de cobardía.
En su libro Dangerous Surrender [Peligroso someti-
miento], Kay Warren compara nuestra respuesta a Cristo
con el corazón y las manos abiertos, al acto de aceptar una
foto Polaroid sin revelar. (Para los jóvenes que no han visto
esta revolucionaria manera de tomar fotos, un clic del lente
iniciaba un proceso en que uno observaba que una super-
ficie oscura revalaba una imagen de manera casi mágica,
hasta que se convertía en la fotografía definitiva.) Cuando
Jesús extiende su mano y nos dice «sígueme», no nos explica
todo lo que encierra esa invitación. Es como si nos mostrara
una foto sin revelar, y nos dijera: «¿Quieres ver una imagen
de tu futuro?» Nosotros podemos decirle que sí, no porque
sepamos todos los detalles, sino porque confiamos que Él
nos guiará, nos fortalecerá, y nos bendecirá, cual sea la ima-
51
gen de nuestro futuro que vemos al revelarse la fotografía.
En una relación con Dios hay aspectos que no podre-
mos experimentar, hasta que nos sometamos por completo
a Él. Si Dios es para nosotros sólo una de las tantas cosas
importantes, nunca conoceremos la maravilla del gozo, la
paz, y el poder que significa andar tomado del brazo con Él.
Dios debe ser lo único que realmente nos importe.
¿Podemos confiar en Dios, si consagramos nuestra
vida a Él de una manera ex-
travagante? Sí. Él nos mostró
que es supremamente digno
de confianza. Dios envió a La vida es una
su Hijo a morir por nosotros
como expresión de la magni-
aventura para los
ficencia de su amor. No de- que se arriesgan a
bemos preocuparnos de que salir de la barca.
nos falte compasión, ni de su
intención para nuestra vida.
Sin embargo, le aseguro que
extravagante

si usted prefiere quedarse en la seguridad de la barca de la


mediocridad, perderá todo lo que Dios le ofrece. La vida es
una aventura para los que se arriesgan a salir de la barca, y
andan con Jesús sobre el agua; para aquellos que cambian
lo insignificante por la extravagante vida que Dios les ofre-
ce. En cuanto a mí, yo y mi casa, nos hemos comprometido
a ser «cambistas».

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Le da la impresión de que Dios quiere que usted par-


ticipe en una revolución en la Iglesia y en el mundo?
Explique su respuesta

2.  ¿De qué manera se ha interpuesto el sueño de prosperi-


dad entre usted y Dios?
52

3.  Explique en sus propias palabras el hecho de que el


reino de Dios es «categóricamente distinto en todo
sentido» a la mundanal manera de vivir.

4.  Lea de nuevo la cita de Romanos 12:1,2. ¿En qué aspectos


usted debe renovar su mente para que no se conforme
a los patrones del mundo?

5.  ¿Se encuentra usted en un momento de «peligroso so-


metimiento» en su andar con Cristo? Si así es, ¿qué paso
o pasos debe dar?
5
c a p í t u l o

vive el lenguaje de la
extravagancia
Si queremos una vida de extravagante consagración, de-
bemos aprender un nuevo lenguaje. Lo he llamado «el
lenguaje de la extravagancia»13. Comenzaremos con una
definición que nos ayudará a entender la naturaleza de la
vitalidad espiritual. La palabra extravagancia significa en
este contexto: «exceder los límites adecuados del decoro
o de las probabilidades; un exceso sin restricciones». Sin
embargo, sólo será extravagante nuestra consagración a
53
Cristo si primero meditamos en la extravagante gracia que
Él ha derramado sobre nosotros. Debemos hablar primero
de Dios.
Nuestro Dios es un Ser extravagante. Es el Dios que
«tanto amó», que «dio». Si llevamos su nombre, debemos
también manifestar su naturaleza. Si nuestro corazón está
repleto hasta desbordar de asombro y gratitud porque
Jesús pagó el máximo precio para darnos la libertad, nos
someteremos de buen grado a Él y nos convertiremos en
canales abiertos para que su gracia fluya de nosotros a la
vida de quienes nos rodean. En nuestra nueva manera de
hablar tal vez usemos muchos términos que ya conocemos,
pero estos adquieren un nuevo significado cuando los en-
tendemos desde el punto de vista de la Cruz. Entonces, en
vez de retener todo lo que podamos, estaremos dispuestos

13. Agradezco la enseñanza del pastor Robert Morris sobre el concepto de lo que es dar y ser
generoso. Cuando leí su libro, The Blessed Life, me sentí inspirado a vivir para Dios con
todo el corazón. Él fue el primero en presentarme el concepto de la extravagancia, que
entonces se convirtió en parte de mi propio lenguaje.
extravagante

a dar todo. En vez de buscar reconocimiento para nosotros


mismos, querremos honrar a Aquel que nos ama de una
manera tan extravagante.

La necesidad de tener buena memoria


Nuestra alabanza y nuestra obediencia abundan en directa
proporción a nuestra com-
Nuestra alabanza y prensión del amor de Dios
nuestra obediencia por nosotros, y refleja si real-
mente vivimos conforme a
abundan en lo que decimos creer acerca
proporción del Dios a quien servimos.
directa a nuestra Hay muchos que han sido
cristianos durante mucho
comprensión del tiempo, que se han sentado
54
amor de Dios. en silencio en tantos ser-
vicios, y que han cantado
alabanzas sin fijar su corazón en el Salvador, que ya han
olvidado cómo se sentían cuando estaban perdidos. En una
ocasión, un entrevistador le preguntó al pastor Tim Keller
el secreto de que su iglesia tuviera una vida tan exuberante.
¿Acaso había encontrado él alguna «clave» para el creci-
miento de la iglesia? Keller se limitó a sonreír y le explicó:
«Nunca nos hemos olvidado de cómo eran las cosas cuando
estábamos perdidos.» El recuerdo mantiene firme nuestra
fe y fresca nuestra alabanza.
Cuando estoy en iglesias donde hay personas que en
su vida anterior fueron prostitutas, ladrones, y adictos a las
drogas, veo en su adoración un poder que es imposible su-
perar. La realidad de la gracia de Dios inunda la sala, porque
ellos no han perdido el contacto con la desesperada situa-
ción que los llevó al pie de la Cruz e hizo que clamaran por
misericordia. La novelista y teóloga Dorothy Sayers hace
esta observación: «Ninguno de nosotros siente el verdadero
amor de Dios, hasta que nos damos cuenta de cuán malva-
capítulo 5  |  vive el lenguaje de la extravagancia

dos somos. Pero eso no podemos enseñar a las personas;


tienen que aprender por la experiencia.»14
Queremos tener un aspecto limpio y ordenado. Quere-
mos que la gente piense que somos buenos cristianos, pero
cuando olvidamos la maldad de nuestro corazón, reducimos
al mínimo el valor de la gracia, a pesar de que ella es nues-
tra única esperanza de perdón, paz, y gloria. Los adictos a
drogas, los presos, y otras personas sinceras y conscientes
de sí mismas se sienten deslumbrados ante el hecho de que
un Dios santo los ame lo suficiente para pagar el precio que
los libera del pecado, y para adoptarlos en su propia familia.
Cantan «Sublime gracia» con un corazón maravillado; tie-
nen una exclamación de alabanza en los labios y lágrimas
de gratitud en los ojos.
Tal vez el resto de nosotros tengamos un mejor aspecto
que los que algunos consideran «la escoria de la sociedad»,
55
pero nuestro corazón es tan malvado como el del criminal
que espera su ejecución. Aunque no hayamos cometido
los mismos crímenes, nuestra justicia propia hiede ante
el olfato de Dios. Cuando nos comparamos con otros y nos
sentimos superiores, nuestro orgullo impide que la gracia
fluya a nuestra vida y nos convierte en fariseos del tiempo
moderno. Cuando estoy consciente del egoísmo y la arro-
gancia que hay en mi propio corazón, recuerdo nuevamen-
te que tengo una urgente necesidad de recibir el perdón del
Salvador. Me maravillo de que el Hijo de Dios descendiera
de su gloria en el cielo para sufrir y morir… ¡por mí! A causa
de mis pecados, yo merezco estar en el lugar donde el fuego
nunca se apaga y el gusano nunca muere, pero Dios me ha
dado un puesto en su banquete, junto a Abraham, a Isaac, y
a Jacob. Ellos también, fueron seres humanos vulnerables
que clamaron a Dios para pedir su perdón.

14. Dorothy L. Sayers, The Emperor Constantine, A Chronicle [Crónica del emperador
Constantino], (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Company, 1976).
extravagante

Al final de su vida, en una de sus epístolas a Timoteo,


Pablo reflexiona y se identifica como «el primero de los
pecadores». Pablo, el líder más notable que tuvo la Iglesia
desde Cristo mismo, encontraba esperanza, gozo y fortaleza
al recordar su gran necesidad de perdón; no por proclamar
una falsa superioridad. Creía sinceramente lo que decía
acerca de sí mismo. A veces nosotros pensamos en los per-
sonajes de la Biblia como si fueran héroes de otro mundo.

El pan, la copa, y la misión


Desde el primer siglo, los cristianos han tenido la tendencia
de poner a los doce discípulos en un pedestal tan alto, que
difícilmente los imaginamos como personas normales de
carne y hueso. Sin embargo, eso es lo que fueron. El escritor
y pastor John MacArthur describe a los discípulos como
«hombres comunes y corrientes con un llamado fuera de
56
lo común».15 Cristo no los escogió porque fueran especiales,
extraordinarios, ni poseedores de algún increíble don. Lo
único extraordinario de ellos, es que eran personas como
cualquier otra: pescadores, recaudadores de impuestos, re-
beldes, y unos cuantos más para completar el grupo. Eran
como el resto de nosotros, indignos, y sin las cualidades que
se necesitaban. McArthur hace la siguiente observación:

Eran hombres perfectamente comunes y corrien-


tes en todo sentido. Ninguno de ellos tenía re-
nombre por su conocimiento o su gran erudición.
No tenían trayectoria alguna como oradores ni
como teólogos. De hecho, en lo que concernía a
la religión establecida de ese tiempo, eran extra-
ños a ella. No se destacaban por ningún talento
natural ni por ninguna capacidad intelectual.

15. John McArthur, Twelve Ordinary Men [Doce hombres comunes y corrientes], (Nashville:
Thomas Nelson Publishers, 2002), 1.
capítulo 5  |  vive el lenguaje de la extravagancia

Al contrario; tenían mucha tendencia a cometer


errores, decir lo que no era, adoptar actitudes
equivocadas, tener lapsos de fe, y fallar amar-
gamente… sobre todo Pedro, el líder del grupo.
Jesús mismo les dijo que eran torpes y tardos de
corazón (véase Lucas 24:25).16

Pero Cristo los salvó, los santificó, y los transformó en luces


resplandecientes de su gracia, para comenzar una revolu-
ción a nivel mundial.
Cuando nos sintamos desalentados porque tal vez
hemos llegado a la conclusión de que no somos nada ni
nadie, podemos recordar que somos precisamente la clase
de personas que Jesús escogió para cambiar al mundo. En
realidad, no hay ninguna otra clase de persona. No somos
nada, hasta que Cristo nos infunde su perdón, su poder, y su
57
razón de existir.
Cuando los discípulos se reunieron con Jesús para la
cena de la Pascua en la noche en que fue traicionado, ellos
ya llevaban tres años con Él. Habían visto los milagros y
habían escuchado sus enseñanzas. Habían presenciado
su tierna compasión por la gente que sufría, y habían pre-
senciado su ira contra los corruptos líderes religiosos que
alejaban al pueblo de Dios. Ahora, en la Última Cena, Jesús
quiso estar seguro de que aquellos hombres —a quienes Él
encomendaría la responsabilidad de llevar el evangelio al
mundo entero— lo habían comprendido de verdad. Él les
había hablado con frecuencia de establecer «el reino de
Dios» en la tierra. No sería ningún pulcro club elitista; ¡sería
una revolución!
Cuando Jesús distribuyó el pan y alzó la copa en la
Última Cena, estaba retando a aquellos hombres a un nivel
radical de compromiso y de comunidad que pocos de noso-

16. Ibid, xii.


extravagante

tros entendemos. Les dijo que el pan era un símbolo de su


cuerpo, que sería quebrantado por nosotros. Las Escrituras
dicen que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. El pan de la Últi-
ma Cena, y también el pan de cada Santa Cena o Eucaristía
que celebramos, es símbolo de nuestra conexión mutua; de
nuestra cercanía y de nuestros lazos indisolubles.
Me cuentan los soldados que los lazos que se crean
entre los hombres de una misma compañía —y en especial
entre los que están en la misma trinchera—, son la conexión
y la relación más poderosa que ellos conocen. Cuando las
personas están comprometidas a morir por la misma causa,
el sentido de comunidad que comparten es sobrenatural.
Cuando Jesús dijo: «Tomen de este pan», enseñó a los discí-
pulos —y también a nosotros— lo que es una auténtica co-
munidad cristiana. Juntos, vivimos y morimos por la causa
que compartimos: honrar a nuestro Salvador y propagar de
58
su reino. Esto es el significado de ser una «comunidad con
una misión».
Si bien el pan simboliza la comunidad, la copa simbo-
liza el compromiso. El vino simbolizaba la sangre que Jesús
derramaría el día siguiente en su sacrificio por ellos y por
nosotros. Cuando les dijo: «Beban de ella todos ustedes», los
estaba invitando a que dejaran que su sacrificio por el peca-
do de todos ellos penetrara hasta lo más profundo de su ser.
No quedaría nada escondido. No quedaría nada retenido.
Quería que bebieran de su gracia y su poder. Sólo entonces
serían transformados en su interior y experimentarían un
nivel de radical compromiso con la obra de Dios. No lo dude:
Jesús los estaba invitando a que se le unieran en la aventu-
ra más maravillosa que el mundo haya conocido jamás; una
aventura que primero lo llevaría a Él a la muerte, y después
a ellos también. Los estaba invitando a entregar su vida en
sentido figurado y en sentido literal. Cuando ellos comieron
el pan y bebieron la copa, firmaron un solemne pacto con
Dios y entre ellos.
capítulo 5  |  vive el lenguaje de la extravagancia

La copa que Jesús bendijo y que pasó a los suyos aque-


lla noche fue un símbolo de su compromiso. Mientras uno
la pasaba al otro, entendieron de manera instintiva que
aquel sorbo de vino era una valiente proclamación: «¡Señor,
cuenta conmigo! Pongo todo en tus manos. Eres el dueño
de mi vida.»
Ellos bebieron aquella noche de la copa, y lo hicieron
conscientes de su compromiso. Al menos, así fue para once
de ellos. Sí, huyeron del problema un par de horas más tar-
de, y se escondieron de las autoridades en las semanas des-
pués de la resurrección de Jesús. Pero el día de Pentecostés,
cuando el Espíritu Santo descendió con poder sobre ellos,
se convirtieron en leones de la fe. En los años siguientes,
tronaron con el mensaje de Cristo en todos los rincones del
mundo conocido. La extravagancia de su consagración la
vemos en la manera en que murieron:
59

• Simón el Zelote fue crucificado, como Jesús,


con las manos y los pies clavados a la cruz;
• Judas, conocido también como Tadeo, murió
en una cruz;
• Mateo fue asesinado con una piqueta en Eto-
pus;
• Felipe fue azotado, encarcelado, y más tarde
apedreado hasta morir;
• Santiago (Jacobo) el Mayor fue decapitado;
• Tomás fue asesinado por un enfurecido sacer-
dote idólatra, atravesado con una lanza, en
algún lugar de la India;
• Juan fue metido en una olla de aceite hirvien-
do, sobrevivió, y fue exiliado a la isla de Pat-
mos, frente a la costa de lo que hoy es Turquía;
• Simón Pedro, condenado a morir por el empe-
rador Nerón, fue crucificado cabeza abajo;
extravagante

• Andrés fue crucificado en una cruz con forma


de X;
• Santiago (Jacobo) el Menor fue apedreado, y
después apaleado hasta morir con un garrote
de batanero (un martillo usado para forjar el
hierro);
• Bartolomé, conocido también como Natanael,
fue desollado vivo y después crucificado ca-
beza abajo.17

Judas traicionó al Señor aquella noche, y pocas horas des-


pués, se ahorcó avergonzado. Para él, seguir a Jesús nunca
fue una consagración desinteresada ni un compromiso.
Sólo estaba con Jesús por lo que podría recibir de Él. Sin
embargo, Judas no era muy diferente de muchos cristianos
«consumidores» de hoy. Cuando se dio cuenta del precio
60
que significaba seguir a Jesús, cambió de rumbo y buscó la
manera de obtener provecho monetario de su relación con
Él.
En algunos trabajos, la gente enfrenta el momento de
la verdad, en que debe escoger entre quedarse en una posi-
ción segura o cruzar una línea de temerario abandono. Un
policía termina su entrenamiento y es asignado a su prime-
ra responsabilidad. Un soldado termina su entrenamiento y
debe ir a la guerra. Un negociante sostiene su pluma sobre
un contrato, y decide si lo firma o no. Para los doce prime-
ros discípulos, esa clase de momento decisivo fue cuando
bebieron de aquella copa.
En la Iglesia de los Estados Unidos creemos con fre-
cuencia en las doctrinas de la cruz, y podemos explicar
conceptos como justificación y reconciliación. Conocemos
el lenguaje, pero no captamos lo que implican esas verda-

17. Adaptado de John Foxe, Foxe’s Book of Martyrs [El libro de mártires de Fox] (CreateSpace,
2010).
capítulo 5  |  vive el lenguaje de la extravagancia

des. La cruz de Cristo nos libera del pecado, pero nos llama
a consagrar cada fibra de nuestra existencia a Aquel que
compró nuestra libertad. Como Pablo lo explica: “Ustedes
no son sus propios dueños; fueron comprados por un
precio” (1 Corintios 6:19,20).
Jesús no es el presidente de
nuestro Club Cívico de los
Domingos, y la Iglesia no es
La cruz nos llama
únicamente una reunión de a consagrar
tipo social. Las iglesias son nuestra vida a
una combinación de hospi-
Aquel que compró
tal y centro de comando; ¡el
lugar donde los que sufren nuestra libertad.
reciben consuelo y la plata-
forma de lanzamiento para
conquistar y transformar al mundo!
61
Si usted logra captar esto, se dará cuenta de que el
propósito de nuestra vida no viene de tener más bienes
materiales, o recibir un ascenso o algún otro placer. Viene
de saber que su vida realmente tiene significado en el Rei-
no de Dios. Os Guinness define nuestro llamado espiritual
diciendo que es:

«La verdad de que Dios nos llama a sí mismo de


una manera tan clara, nos mueve a invertir con
especial consagración y dinamismo todo cuan-
to somos, todo cuanto hacemos, y todo cuanto
tenemos, y a vivir de manera consecuente con
su convocación y a su servicio»18

Todos —no sólo pastores, líderes de iglesia, o personas muy


religiosas— hemos sido llamados a una extravagante con-
sagración a Jesús, en todo aspecto y todos los días.

18. Os Guinness, The Call [El llamado] (Nashville: Word Publishing, 1998), 4.
extravagante

¿Ha tomado usted el pan de la mano de Jesús y lo ha


comido? ¿Ha recibido de Él la copa y tomado una buena
cantidad de su gracia? Si lo ha hecho, ¿ha entendido lo que
esto significa? ¿Entiende que ha hecho un compromiso de
someter su vida a Dios? Si no lo ha entendido así, el men-
saje de este libro no tendrá sentido alguno para usted. No
obstante, puede comenzar a cobrar sentido ahora mismo.
Y si la emoción de andar con Jesucristo se ha convertido en
un lejano recuerdo, ha llegado la hora de cavar hasta llegar
a lo más profundo de su corazón, quitar las telarañas del
conformismo, y experimentar de una nueva manera el flujo
purificador de su perdón. Tal vez usted ha procurado evitar
los riesgos en su relación con Jesús. Es hora de poner todo
a su disposición y decirle nuevamente, o quizá por vez pri-
mera: «¡Señor, cuenta conmigo! Pongo todo en tus manos.
Eres el dueño de todo mi ser.»
62
La fe en Dios no es sólo para espectadores, ni tampoco
es un deporte individual. Todos y cada uno de nosotros for-
mamos parte del cuerpo de Cristo, y todos cumplimos una
vital responsabilidad en la salud de los demás miembros y
en la capacidad del Cuerpo para alcanzar sus metas. Al tomar
el pan aquella noche hace ya dos mil años, los hombres que
estaban sentados con Jesús, no sólo se comprometieron con
Dios, sino que hicieron un compromiso entre ellos. Nuestras
relaciones son parte vital de la revolución. Jesús desafió
a sus discípulos a unirse para dirigir el golpe de estado y
echar abajo el statu quo o estado del momento actual; no el
gobierno romano, sino la condición normal del ser humano,
que consiste en vivir sólo para sí mismo. Si ellos bebían de
la copa que les ofrecía el Señor y proclamaban su lealtad
absoluta e incondicional a Él, Cristo les prometió que los
usaría como instrumento suyo para cambiar el mundo.
En nuestra iglesia, explicamos que las personas
pueden pertenecer antes de creer. Los que se nos unen no
tienen que pensar como nosotros, actuar como nosotros, ni
capítulo 5  |  vive el lenguaje de la extravagancia

creer como nosotros para recibir nuestro amor. Estamos


convencidos de que si las personas permanecen un tiempo
en nuestro ambiente, querrán cruzar la línea de pertenecer
a creer. Es posible que no haya sometimiento la primera
vez que entren por nuestras puertas, pero si se quedan por
un tiempo, y si abren su corazón a la gracia y el poder del
Señor, terminarán entregando a Jesús todo lo que tienen.
Tal vez haya quienes lean este capítulo, examinen su
corazón, y lleguen a concluir: «Yo no he llegado a ese punto.
No tengo esa clase de anhelo por conocer a Cristo y seguirlo.
Este lenguaje de compromiso no es para mí.»
Muy bien, pero considere las siguientes preguntas:
¿Quiere usted conocer así a Jesús? ¿Anhela experimentar de
verdad su amor y su poder? ¿Tiene algún interés aunque sea
mínimo?
Todos estamos invitados a una vida de generoso so-
63
metimiento y poder sobrenatural, pero lamentablemente
son pocos los que se consagran a Cristo de manera tan ex-
travagante. Meister Eckhart,
el teólogo y místico alemán,
identificó el punto de parti- Todos estamos
da para muchos de nosotros. invitados a una
Esto es lo que escribió: «El vida de generoso
alma del hombre anhela a
Dios para que el amor divino
sometimiento
la consuma; pero si el alma y poder
no anhela a Dios, entonces sobrenatural.
satisfará ese anhelo en el
anhelo mismo. Este anhelo
de anhelar también viene de Dios.»19 Para llegar a ese punto
necesitamos desear a Dios como el hombre que se muere de
hambre anhela el alimento.

19. Citado por Philip Yancey en Reaching for the Invisible God [La búsqueda del Dios
invisible] (Grand Rapids: Zondervan, 2004), 208.
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Alguna vez alguien ha hecho algo extravagante a fa-


vor suyo? ¿Cómo se sintió usted? ¿Cuál fue su reacción

2.  Defina el vocablo «extravagancia» en sus propias pa-


labras.

3.  ¿Cómo le ha afectado leer las maneras en que fueron


martirizados los discípulos? ¿Le ha parecido algo im-
presionante, deprimente, inspirador, o desafiante?

4.  ¿Qué cambios necesita hacer usted en su lenguaje para


aplicar a su vida los principios de este capítulo?

5.  ¿Cuáles son las maneras concretas en que podemos


64
comunicarnos con Dios usando el lenguaje de la extra-
vagancia?

6.  ¿Es para usted la fe como un deporte que observa como


parte del público, o está usted «en el campo de juego»?
6
c a p í t u l o

hambre de Dios

Después de los milagros que experimenté durante mi año


sin sueldo, cualquiera pensaría que estaba lo suficientemen-
te lleno de la misericordia de Dios para toda una vida, y que
nunca más me faltaría el profundo sentido de su cercanía
y participación en mi vida. Es posible que usted piense así,
pero estaría equivocado. Ciertamente, Dios estableció que
Él es el Proveedor en mi vida. Nadie pudo hacerme dudar de
esa realidad. Aquel asunto estaba resuelta en mi corazón y
65
mi mente. Sin embargo, menos de un mes después de termi-
nar mi año sin sueldo, yo ya sentía la necesidad de dar un
nuevo paso con el Señor.
En su mensaje más famoso, Jesús dijo a la multitud:
«Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque
serán saciados» (Mateo 5:6). Yo había seguido fielmente a
Dios hasta Arkansas, había pastoreado allí durante más de
un año, lo había visto proveer de manera sobrenatural a mi
familia todo lo que necesitábamos; pero las palabras de Je-
sús en cuanto a tener hambre y sed de justicia dominaban
mis pensamiento. Tenía hambre y sed de experimentar la
dirección de Cristo en cuanto a lo próximo que nuestra igle-
sia debía hacer. Habíamos liquidado una cuantiosa deuda y
habíamos encontrado una propiedad para ampliar nuestra
escuela. Estábamos llenos de entusiasmo por la obra que
Dios estaba haciendo en nuestra congregación. Cuando
hablaba con mis mentores acerca de lo que Dios estaba
haciendo, ellos me decían: «Bryan, necesitas aprovechar
este entusiasmo y visión para hacer algo grandioso. Cons-
extravagante

truye un nuevo edificio, comienza una escuela secundaria,


inaugura un gran programa; ¡haz algo para aprovechar este
impulso!» Sin embargo, yo no sentía que Dios estuviera
llevando a la iglesia, o llevándome a mí, en ninguna de esas
direcciones. La inercia positiva estaba presente; sin embar-
go, yo no sabía qué hacer con ella.
En mi confusión, me preguntaba por qué tenía tanta
hambre de que Dios me dirigiera, pero no lo podía escuchar.
Mi condición espiritual me movía a meditar en qué podría
hacer para buscar al Señor. El pensamiento del hambre
espiritual se conectaba en mi mente con el de mi hambre
física. ¿Acaso Dios me hablaría si yo lo buscaba a través de
una significativa experiencia de ayuno?
Aquella idea me intimidaba. El ayuno no era mi dis-
ciplina espiritual favorita. Durante años, había ayunado
un día o dos. En pocas ocasiones había llegado a ayunar
66
diez días seguidos; pero también había sentido que, algún
día, Dios me indicaría que ayunara cuarenta días. Aunque
la idea de un ayuno prolongado era una posibilidad poco
agradable, creció en mí el pensamiento de que había llega-
do aquel momento. De nuevo el cronos y el kairós. Cuanto
más lo pensaba, tanto más reconocía que Dios me estaba
llamando a un ayuno de cuarenta días.

Compañeros de ayuno
Dios me había estado preparando para aquel momento más
de lo que yo había pensado. Un poco antes, había conocido
a Bill Bright, el fundador de la Cruzada Estudiantil y Profe-
sional para Cristo, y me impresionó compartir con él. Era
un defensor del ayuno, y con él aprendí muchas cosas que
me animaron a un ayuno serio.
Aunque encontré un monasterio donde me podría
aislar durante los cuarenta días, mientras oraba, Dios me
mostró que ésta debía ser una experiencia de toda la iglesia,
y no solamente mía. Él quería que mi ayuno fuera entre los
capítulo 6  |  hambre de Dios

hermanos de la iglesia, de
manera que pudiera guiar- Mi ayuno se
los y exhortarlos a orar y a
convirtió en una
ayunar también. Anuncié mi
plan a la iglesia, y al parecer, convocación a una
después de mi año sin suel- solemne asamblea
do, ellos se dieron cuenta en que unidos
de que era un plan serio. Mi
ayuno se convirtió en una
buscaríamos
convocación a una solemne a Dios.
asamblea en que unidos
buscaríamos a Dios. Durante aquellas semanas, prediqué y
dirigí a nuestra congregación día tras día, pero finalmente,
el ayuno me afectó físicamente. Al llegar la última semana
de mi ayuno, sólo con verme, los hermanos podían notar
algo diferente en mí; sin embargo, no era mi rostro que res-
67
plandecía como el de Moisés cuando descendió del monte
Sinaí. Había perdido más peso del que el médico me habría
recomendado. De 90 kilos bajé a 71 kilos.
En la última semana del ayuno, estaba demasiado débil
para ir a la oficina todos los días, y entendí que en los días
que me quedaban, debía concentrarme en salir airoso de
aquella prueba. Un amigo me ofreció el uso de una cabaña
en lo más profundo de los bosques de Arkansas, a kilóme-
tros de distancia de la ciudad. Yo acepté su ofrecimiento y
me dirigí hacia el retiro en el bosque, como un adecuado
final a mi ayuno de cuarenta días.
En la cabaña, todos los días tomaba la Santa Cena, me
sumergía en mis devociones, y oraba. Ya en el día 38, había
esperado que se produjera una milagrosa visitación de Dios.
Seguramente, después de un tan agotador ejercicio de espi-
ritualidad, yo merecería algún tipo de consideración espe-
cial. Una buena parte de la poca energía que me quedaba
comenzó a centrarse en la desilusión. Dios aparentemente
me había defraudado en aquel momento de seria necesi-
extravagante

dad. En mi ingenua fe, yo realmente pensaba que tal vez


Gabriel y Miguel aparecerían en la cabaña y me revelarían
los misterios del reino de Dios. O, seguramente, percibiría
el «suave murmullo» en el silencio del bosque (hacía ya
unos cuántos día que mi estómago había dejado de rugir).
Me esforcé interiormente por escuchar la sabiduría de Dios
respecto a la dirección para mi vida y para la iglesia, pero
no escuché ni vi nada; nada en absoluto. Me sentía como
si me hubiera esforzado muchísimo físicamente, para nada.
Dios me había abandonado.
Mis expectativas no eran totalmente infundadas. Yo
razonaba que, conforme progresara el ayuno, la experien-
cia de la presencia de Dios sería más intensa. Al fin y al cabo,
en algunos momentos durante los primeros treinta y ocho
días, la presencia de Dios era tan real, que me parecía que
lo podía tocar. Seguramente, el final sería el mejor de todos
68
los momentos. Sin embargo, en esos últimos días, los cielos
eran como unas puertas de acero que habían sido selladas.
En vez de sentir durante esas semanas que la visión se acla-
raba, me sentía más confundido que nunca.
Mi definición de líder es «el que sabe lo que debe hacer
a continuación». Sin embargo, de acuerdo con mi propia de-
finición, yo ya no era líder. Me habían pedido que predicara
en una convención de la denominación, pero no tenía la
menor idea de lo que debía decir a los pastores. Mientras
ayunaba, pensé que Dios me daría claridad y poder, pero
estaba luchando en medio de una nube de confusión e
impotencia. Comencé a dudar de mi llamado, mi valor, y
mi razón de ser. Me sentí más como una carga, que como
una persona de valor para mi iglesia y para el reino de Dios.
Hasta pensé en la posibilidad de renunciar.
En la mañana del día treinta y ocho, mientras oraba,
me desesperé. Tuve lo que mis amigos sureños llaman «un
ataque de ira». Sacudí el puño ante Dios y lo culpé de no
haber acudido en mi ayuda.
capítulo 6  |  hambre de Dios

Tal vez usted piense que debe soltar este libro y dar
un salto hacia detrás, porque un rayo podría destruirlo a
causa de mi blasfemia, pero le tengo una noticia: Dios no
ve la sinceridad como blasfemia. De hecho, mi ira hacia Él
esa mañana me situó en compañía de muchos hombres y
mujeres que han buscado a Dios de todo corazón. A Dios
le incomoda mucho más
nuestra apatía que nuestra
ira sincera. Por ejemplo, en A Dios
los Salmos, la transparencia le incomoda
con Dios se considera una
mucho más
señal de reverencia hacia Él.
Cuando leemos esos poemas nuestra apatía
y cánticos, observamos cómo que nuestra
los escritores derramaron ira sincera.
su corazón en medio de la
69
desesperación, la angustia,
la confusión, y la explícita ira. Martin Marty observa que
más de la mitad de los salmos son cantos de invierno, no
de tiempo asoleado; sin embargo, cuando el salmista derra-
maba su corazón, casi siempre encontraba una renovada
esperanza, una nueva visión, y un nuevo valor para seguir
a Dios.
El Señor no se ofende cuando nosotros lo perseguimos
y no lo dejamos ir. Él recibe con agrado la sincera expre-
sión de nuestras emociones, como señal de una fe genuina
y de un anhelo por conocerlo. A veces, lo más productivo
que podemos hacer en nuestra vida espiritual, es buscar
un lugar solitario y tener un encuentro a gritos con Dios.
Un pastor dice que a veces recorre caminos rurales poco
transitados y grita sus objeciones a la voluntad y a los ca-
minos de Dios. Esta sugerencia tal vez sea increíblemente
irreverente a algunos, pero en realidad, ayuda a eliminar
mucha aparente espiritualidad y falsa humildad, para que
seamos verdaderamente sinceros con nuestro Señor. La
extravagante

sinceridad es absolutamente esencial para que tengamos


una extravagante relación con Él. ¿Hay entre Dios y usted
la suficiente intimidad como para que discuta con Él? Eso
espero. Nuestras discusiones más intensas se producen en
nuestras relaciones más íntimas, porque sólo somos trans-
parentes con aquellos en quienes realmente confiamos.
De manera que, aquella mañana, tuve en la cabaña un
momento davídico de sinceridad con Dios. Grité y lloré. Me
quejé y sentí lástima de mí mismo. Después, recordé todo lo
que Dios había hecho por mi familia, por nuestra iglesia, y
por mí mismo el año anterior, y me sentí avergonzado. Me
sentí más quebrantado que nunca antes en mi vida y, de
repente, en vez de la ira y la culpabilidad, sentí que des-
bordaba de una renovada gratitud. Experimenté el perdón
de Dios en lo más profundo de mi alma, y entendí que Él
nunca me había abandonado. Lloré de pesar y de alivio.
70
Después de tres horas de ira y de arrepentimiento, estaba
tan cansado que me acosté y dormí.
Llevaba como dos horas durmiendo, cuando un suave
ruido me despertó. Al abrir los ojos, vi a un corpulento hom-
bre de pie a un par de metros de donde yo estaba. Vestía un
grasiento uniforme de color azul. Tenía las manos mancha-
das de grasa y aceite, y tenía una mirada vidriosa. Pensé
que era un adicto a la metadona, que había llegado allí para
matarme.
Él notó mi temor y levantando las manos, me aseguró:
«Señor, yo no estoy aquí para hacerle daño. Siento no haber
llamado a la puerta. Yo conduzco un camión de servicio,
y esta mañana salí de Mississippi para un largo viaje. He
estado orando mientras conducía». (¡Me sentí muy aliviado
cuando dijo que había estado orando!) «Iba por la carre-
tera—prosiguió—, pero sentí que Dios me guiaba a tomar
este camino de tierra.
—No esperaba que hubiera alguien aquí. Hace tres ho-
ras, Dios me dio un mensaje específico: —información de
capítulo 6  |  hambre de Dios

vida o muerte para alguien en autoridad espiritual. Llamé a


mi pastor, pero no lo ubiqué. Llamé a todos los pastores que
conozco, pero ninguno de ellos estaba disponible. Entonces
entendí que el mensaje no es para ninguno de ellos. Me
pregunté si me debía detenerme en todas las iglesias que
encontrara en la carretera, pero Dios me guió hasta aquí.
Señor, siento ese mensaje como un fuego en mi alma. No
puedo descansar hasta que lo entregue. Cuando vi su auto
junto a la cabaña, me sentí conmovido. Hizo una pausa y
después me preguntó: —¿Es usted ese hombre?»
Soy el pastor de una iglesia que está como a una hora
de aquí;—le expliqué—, y estoy en un ayuno de cuarenta
días para escuchar la voz de Dios.
Tan pronto como dije esas palabras, él se echó a llorar.
Habló con delicadeza: «Señor, me llamo Dale. —¿Me permi-
te que le diga lo que Dios me ha puesto en el corazón, para
71
ver si el mensaje es para usted?»
En mi mente no me cabía duda alguna de que ese hom-
bre tenía algo importante que decirme de parte de Dios. Le
hice señas de que se sentara, antes de recordar que no había
ningún lugar donde sentarse, así que él se las arregló. En mi
ira de unas cuantas horas antes, yo había vuelto al revés
la mesa del café, pero Dale la recogió, la puso en su lugar,
y se sentó sobre ella, de cara
hacia mí. Tomó mis manos
Ese hombre tenía
en las suyas. Me di cuenta de
que su fe era real, y de que algo importante
Dios lo había enviado, así que decirme de
que me relajé y me preparé parte de Dios.
para recibir el mensaje de
Dios.
Durante los cuarenta minutos siguientes, él no me
soltó las manos, ni tampoco dejó de hablar. A veces, me
preguntaba si Dale no sería un ángel en vez de un hombre.
Respondió una a una todas las preguntas que yo había pre-
extravagante

sentado a Dios durante los treinta y siete días anteriores, y


compartió conmigo una asombrosa percepción de lo que
hay en el corazón de Dios, y de su intención.
«Pastor Bryan—me dijo en cierto momento—, usted no
está feliz en el ministerio, porque ha apartado su atención
de Jesús y de sus promesas. Aunque está enfocado en estrate-
gias y en mejorar su eficacia, su corazón está dividido, y está
perdiendo de vista lo que es realmente importante. Lo real-
mente importante es Jesús. Si usted se dedica a Él con tanta
pasión y tenacidad como la que ha puesto en su ministerio
para Él, todas esas otras cosas fluirán de su relación con Él.»
Durante los cuarenta días, yo había predicado todos
los domingos sobre buscar la presencia de Dios, pero había
sentido un vacío en mi propio corazón. Ahora entendía que
había ayunado porque quería respuestas; no porque real-
mente quisiera a Dios.
72
Dale me miró a los ojos y me dijo: Pastor, si usted
busca a Jesús con todo su ser, y no deja que las añadiduras
lo atrapen —si lo busca con las anteojeras puestas—, las
cosas que usted ha querido que sucedan, llegarán como
resultado de su relación con Él. Entonces citó estas pala-
bras de Jesús: «Más bien, busquen primeramente el reino
de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas»
(Mateo 6:33).
El corazón es malvado y engañoso. Yo había predicado
a mi iglesia acerca de la necesidad de un compromiso radi-
cal y absoluto con Dios, y había ayunado durante treinta y
ocho días para escuchar la voz divina, pero aun así, había
dado prioridad a las respuestas de Dios a mis preguntas, y
había pasado por alto la importancia de Dios mismo en mi
vida. Había estado ciego por mis propias motivaciones y los
anhelos de mi corazón. Fue necesario que Dios me enviara
a aquel querido hermano, a que me diera su mensaje en
una polvorienta cabaña en algún lugar del bosque del sur
de Arkansas, para que yo pudiera ver el cuadro completo.
capítulo 6  |  hambre de Dios

Él me mostró que necesitaba menos pasión y esfuerzo en


el éxito de mis tareas, y más en mi asignación primordial,
que es conocer, amar, y servir a Jesucristo. Tenía que asegu-
rarme de que las cosas secundarias fueran verdaderamente
secundarias, y que lo realmente importante ocupara el
centro de mi afecto y mi atención.
Había estado preocupado por el mensaje a los pasto-
res de nuestra denominación, pero Dale me dijo: Usted ha
estado preocupado acerca de su palabra ante las naciones,
pero Dios no quiere que comparta ninguna nueva doctrina
ni ningún nuevo dogma. Sólo dígales lo que ya sabe.
De inmediato supe lo que me quería decir: debía con-
tar la historia de la redención de mi propia vida, y dejar
que el Espíritu la usara para tocar a otros. Sentí como si de
repente me hubiera puesto las sandalias de los apóstoles
en el libro de los Hechos. Yo también había experimentado
73
la obra milagrosa que había realizado el Espíritu de Dios en
la iglesia del Nuevo Testamento… ¡y era algo extravagante!

Invitado a Dios
Aquel día en que Dale se sentó sobre la mesita y sostuvo
mis manos, Dios me invitó a un nuevo nivel de extrava-
gante consagración a Él. De repente, muchos pasajes de las
Escrituras tuvieron un nuevo significado para mí. Me di
cuenta de que había estado «cansado y agobiado» por las
preocupaciones y las responsabilidades de la vida; ahora
me podría relajar, confiar en Dios, y ver cómo Él obraba
más poderosamente que nunca. Cuando mi atención pasó
de sentirme responsable de que sucedieran las cosas, a la
confianza de que Dios obraría a su manera y en su momen-
to, mi corazón quedó libre de aquella oprimente carga. Mi
adoración alcazó una mayor profundidad —de pureza, de
libertad, de sencillez, de compromiso.
En el Apocalipsis, Juan nos describe esta clase de ado-
ración. El Espíritu le permitió ver por un instante la esfera
extravagante

celestial, y a veinticuatro ancianos que se postraban ante


Dios y cantaban:

Digno eres, Señor y Dios nuestro,


de recibir la gloria, la honra y el poder,
porque tú creaste todas las cosas;
por tu voluntad existen
y fueron creadas. (Apocalipsis 4:11)

Yo había entonado antes muchos cánticos de adoración,


pero ahora los entendía y me identificaba con ellos más
que nunca. Lo más importante de mi tiempo devocional
ya no fue lo que podía aprender, sino mi conexión con el
Maestro. La invitación a pasar a un nivel más profundo de
consagración me dio más de aquello que realmente satisfa-
ce: verdadera paz, una razón de ser, y poder.
74
Por último, Dale me dijo estas misteriosas palabras:
«Pastor Bryan, no haga planes a largo plazo. Su futuro ya ha
sido decidido.»
Más tarde, cuando hablé de esto a Haley, ella me miró
con preocupación y me preguntó: «¿Quiere decir eso que
vas a morir?»
«—No—le aseguré—. Es una invitación a confiar en
Dios, a someterme, y a descansar. Yo no soy el que hago los
planes; es Él. Es como si Dios me hubiera dado una foto Po-
laroid sin revelar. En vez de esforzarme tanto en hacer que
sucedan las cosas, Dios quiere que haga menos planes y que
confíe mucho más en Él. Dios tiene todo bajo su control. Yo
no necesito controlar ni dirigir lo que suceda.»
Aquel día, antes de marcharse de la cabaña, Dale me
dijo: «Dios quiere que usted converse con Él el resto de su
vida, así como Salomón.»
Apenas él se alejó en su camión, yo eché mano de mi
Biblia y comencé a devorar los relatos bíblicos sobre las
conversaciones de Salomón con Dios. Cuando Salomón
capítulo 6  |  hambre de Dios

fue ungido rey, presentó a Dios una extravagante ofrenda


que capturó su corazón. Dios se sintió complacido con la
manifestación de afecto y de adoración del nuevo rey, y
le ofreció lo que le pidiera.
Como ya vimos en el capítu-
lo 1, Salomón humildemente Dios quiere que
pidió a Dios sabiduría e inti- haga muchos
midad con Él. Eso es lo que
menos planes y
yo también quise. Eso es lo
que tanto había anhelado: la que confíe mucho
presencia de Dios conmigo más en Él.
durante el resto de mi vida.
En La búsqueda de
Dios, Tozer describe las razones de que a veces perdemos la
intimidad con nuestro Padre celestial:
75
Yo quiero fomentar deliberadamente este
poderoso anhelo de Dios. Su ausencia nos ha
traído a la pobre situación espiritual en la que
nos encontramos. La vida religiosa tan rígida y
dura que tenemos es consecuencia de nuestra
falta de un piadoso anhelo. El conformismo es
enemigo mortal de todo crecimiento espiritual.
Es necesario que sintamos un intenso anhelo;
de lo contrario, no habrá una manifestación de
Cristo a su pueblo. Él quiere que le deseemos. Es
lamentable, que en el caso de muchos de noso-
tros, tenga que esperar tanto, pero tanto tiempo,
y en vano.20

Dios hizo lo que parecía imposible para destrozar mis su-


posiciones en cuanto a su carácter y su voluntad respecto
a mi vida, para enseñarme un nuevo nivel de extravagante

20. Tozer, The Pursuit of God [La búsqueda de Dios], 15.


extravagante

consagración. Y quiere que todos tengamos esta clase de


relación con Él. De hecho, toda bendición es también una
invitación a que lo veamos cada vez más hermoso y bonda-
doso para con nosotros. Todos los sufrimientos que vivimos
nos muestran cuán profunda es nuestra necesidad de Él.
¿Qué hará falta para que con todo el corazón usted anhele
más de Él?

Atrévase a pensar con libertad

1.  En una escala de 0 (nada) a 10 (¡todo!), ¿hasta qué punto


siente usted hambre y sed de justicia? ¿Qué le dice esta
puntuación?

2.  ¿Le intimida la idea de ayunar? ¿Lo entusiasma? ¿Nece-


sita intentarlo?
76

3.  ¿Por qué es importante que reconozcamos la maldad


de nuestro corazón como condición para experimentar
la gracia de Dios? ¿Cómo puede usted saber si está real-
mente convencido de la depravación del corazón?

4.  ¿Con cuál de las lecciones que yo aprendí con Dale se


identifica usted? ¿Qué aspecto tendrían esas lecciones,
si usted viviera conforme a ellas? ¿Cuáles serían las
consecuencias si usted las ignorara?

5.  ¿Quién ocupa el centro de su vida en este momento:


usted o Jesús?
7
c a p í t u l o

con todo su corazón

En las Escrituras encontramos una y otra vez que se nos


indica y exhorta a que demos el primer lugar a las cosas que
deben estar primero. Cuando Jesús fue al hogar de María y
Marta, María se sentó a sus pies para conocerlo y aprender
de Él, y Marta se dedicó por completo a preparar una exce-
lente cena a sus huéspedes. Le incomodó la decisión que
había tomado su hermana de «abandonar» los quehaceres
para estar con Jesús e hizo notorio su disgusto con una
77
queja. Jesús la corrigió sabiamente, y le dijo: «Marta, Marta,
estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo
una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la
quitará» (Lucas 10:41,42).
También Pablo estaba muy consciente de las muchas
distracciones que podían descarriar de la fe a los creyentes
de su tiempo, así como también amenazan a los creyentes
de hoy. Los valores que compiten con los principios cristia-
nos, una infinidad de responsabilidades, y un sinnúmero de
voces pueden apagar el «suave murmullo» del Espíritu. Por
eso él advirtió a los cristianos de Corinto: «Pero me temo
que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, los
pensamientos de ustedes sean desviados de un compromi-
so puro y sincero con Cristo» (2 Corintios 11:3).
Pablo era un férreo hombre de Dios. Iba con valor de
ciudad en ciudad proclamando el evangelio, sabiendo que
lo golpearían, que lo encarcelarían, y que lo azotarían. Aho-
ra bien, cuando dice: «Pero me temo…», es necesario que es-
temos alerta a lo que dirá. ¿Qué temía ese valiente hombre?
extravagante

Temía que los cristianos creyeran las engañosas promesas


del maligno, y que su limpia fe se contaminara. Creo que
eso mismo nos dice Pablo hoy. Si nos descuidamos, estare-
mos muy ocpados, y permitiremos que el ruido a nuestro
alrededor nos ensordezca, y que perdamos la pureza y el
gozo de conocer a Jesús.

Una sola cosa


Yo quiero ser un mejor esposo, padre, amigo, y pastor, pero
la conversación con Dale en la cabaña me reveló con dolo-
rosa claridad que me había concentrado de tal manera en
la búsqueda de la excelencia en todos esos aspectos, que
había apartado los ojos de mi blanco por excelencia: Jesús
mismo. Estaba ocupado en muchas y diversas tareas, que
eran parte de mi lista diaria de asuntos pendientes, pero
había fallado en la principal responsabilidad que Dios me
78
había dado. En un hermoso salmo de sometimiento, David
describe la responsabilidad que Dios le encomendó. Cuan-
do evaluamos las palabras de David, debemos recordar que
no era un monje enclaustrado, alejado de las tensiones de la
vida. Era el rey de Israel, y se enfrentaba a diario con enor-
mes retos y responsabilidades; mucho mayores de los que
yo podré cargar jamás sobre mis hombros. Pero entendía
en esencia el mensaje que Jesús comunicó a Marta, y con
el cual Pablo alertó a los corintios. El Salmo 27:4 describe
dónde debemos centrar nuestra atención:

Una sola cosa le pido al Señor,


y es lo único que persigo:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura del Señor
y recrearme en su templo.
capítulo 7  |  con todo su corazón

«Una sola cosa.» No un centenar de cosas, ni veinte; ni si-


quiera dos. Sólo una. La pasión de David, el anhelo de su
corazón, su meta: que Dios fuera el centro indiscutible de
su vida. Como gobernante del reino tenía responsabilidades
ogobiantes. Mientras que la mayoría de las personas que
dirigen organizaciones, negocios, o agencias de gobierno se
dejan absorber por los deberes y el prestigio de su cargo,
David no dejó que eso le sucediera. Mas bien se aferró de
todo corazón a su relación más importante y a su prioridad
más sublime: conocer, amar, y servir a Dios. Al contemplar a
Dios, notaba que su Señor era «hermoso».
Cuando vemos hermosura en una persona, una obra de
arte, o una escena de la naturaleza, nos deleitamos en ella.
No podemos dejar de pensar en ella, y queremos hablar a
todo el mundo de lo encantadora que es. ¿Es así de hermoso
Dios para usted? Estas son las preguntas que debo hacerme
79
a mí mismo de vez en cuando, sobre todo cuando percibo
que mi corazón se está deslizando hacia el deber, en vez de
deleitarse en la belleza del Señor.

Sea una nada para Dios


Con frecuencia nos aferremos neciamente a la ilusión de
que podemos controlar nuestras situaciones y también a la
gente que nos rodea, y que podemos ser el centro del uni-
verso. Pero en algún momento, tenemos que enfrentar la
realidad de que tenemos serios defectos, somos ignorantes,
y no tenemos el poder para grandes cambios. Thomas Mer-
ton hizo una vez la siguiente observación: «La razón de que
nunca entramos en la realidad más profunda de nuestra re-
lación con Dios, es que muy pocas veces reconocemos que
somos absolutamente nada ante Él.»21 Este pensamiento de
Merton es la puerta hacia un dulce sometimiento.

21. Citado por Lisa Harper in Tough Love, Tender Mercies (Wheaton: Tyndale House
Publishers, 2005), 45.
extravagante

El corazón que depende de Dios muestra que hemos


entendido bien nuestra encomienda. No dejamos que las
tareas de cada día, los milla-
res de fastidiosas responsa-
El corazón que bilidades, y tal vez algunas
depende de Dios mal orientadas expectativas,
erosionen nuestro gozo
muestra que
como el papel lija que se va
hemos entendido desgastando un pedazo de
bien nuestra madera. Cuando nos delei-
encomienda. tamos en Dios, y Él es nues-
tra primera prioridad, nos
suceden cosas asombrosas.
Vemos relatos en las Escrituras que nos abren los ojos a lo
que podría experimentar quien se centra en la capacidad
de Dios para manejar las cosas, y no en la suya propia. En
80
un festival de una semana en Jerusalén, los sacrificios y las
ceremonias iban aumentando en importancia cada día que
pasaba, culminando el último día con un glorioso final. Allí
estaba Jesús, y Juan nos dice en su Evangelio:

En el último día, el más solemne de la fiesta, Je-


sús se puso de pie y exclamó: —¡Si alguno tiene
sed, que venga a mí y beba! De aquel que cree
en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de
agua viva. Con esto se refería al Espíritu que
habrían de recibir más tarde los que creyeran
en él. Hasta ese momento el Espíritu no había
sido dado, porque Jesús no había sido glorifica-
do todavía. (Juan 7:37-39)

Para andar con Dios, debemos tomar decisiones; pero cuan-


do le damos el primer lugar, Él querrá derramar su Espíritu
en nosotros, y su amor, su perdón, y su poder desbordarán
a nuestro hogar, nuestra oficina, nuestro vecindario, y
capítulo 7  |  con todo su corazón

nuestra iglesia. Cuando bebemos de la Fuente de agua viva,


experimentamos un poder sobrenatural que nos mueve a
preocuparnos por cosas que antes pasábamos por alto, que
nos hace amar a personas que evadíamos, y que nos impul-
sa a obrar con valentía para cumplir la voluntad de Dios.
Cuando sometemos nuestro corazón a Dios, abrimos un ca-
nal para que su Espíritu fluya a nuestro interior, con el fin
de llenarnos, y para que desde nuestro interior, la gracia de
Dios alcance a quienes nos rodean. ¿Está experimentando
usted el movimiento del Espíritu en su vida personal? ¿Qué
fluye de usted en estos momentos? O tal vez sea mejor pre-
guntar: ¿Cómo describirían su familia y sus amigos aquello
que fluye de usted?

El desarrollo del carácter


Somos una cultura de gente que hace cosas. Para muchos
81
el carácter de una persona no es tan importante como sus
realizaciones. Pero el mensaje de las Escrituras da impor-
tancia al carácter. En la conocida descripción del amor en
su primera epístola a los corintios, Pablo dice que no impor-
ta cuáles y cuántos dones espirituales uno tenga, ni lo que
demos por causa de Dios. Si alguien no tiene amor, lo que
haga será un número más en una competencia de talentos.
En cambio, no es posible fabricar el amor. Es necesario que
sea forjado en un corazón transformado. La vida cristiana,
una vida de sometimiento al amor y la voluntad de Dios, se
enfoca primeramente en ser, y no en hacer. Sólo si somos
hijos amados de Dios, querremos hacer las cosas que real-
mente le agradan a nuestro Padre.
Con frecuencia definimos a los demás y nos definamos
a nosotros mismos a partir de lo que hacemos, pero el men-
saje de las Escrituras es que aquello que somos, nuestro
sentido de identidad, es lo que da forma a nuestras accio-
nes. El hacer fluye de lo que somos. No deberíamos tener
como meta que se nos conozca como «buenos cristianos»
extravagante

porque vamos a la iglesia


los domingos, diezmamos,
No deberíamos trabajamos en la guardería,
tener como o no hablamos vulgaridades.
Esas cosas no son malas,
meta que se
pero tampoco son centrales.
nos conozca En el mejor de los casos, no
como «buenos nos confunden; en el peor, se
cristianos» convierten en un obstáculo
en nuestra travesía a una
espiritualidad genuina.
Hay muchas personas que son como el hermano mayor
de la parábola que relató Jesús acerca de un amoroso padre
y sus dos hijos. El hermano mayor había hecho lo debido,
pero con una motivación errónea. Sí, es cierto; el hermano
menor menospreció el amor de su padre, y desperdició la
82
herencia que éste le había dado; pero cuando regresó es-
taba realmente arrepentido. El hermano mayor, aunque se
quedó en casa, sólo estaba cumpliendo su deber, sin honrar
gozosamente a su padre con su trabajo. Si somos como el
hermano mayor, este estilo de vida nos deja vacíos, enoja-
dos y confundidos. Nos sentimos justos, porque pensamos
que hemos hecho lo suficiente para ganar las bendiciones
de Dios, pero en realidad estamos amargados, porque Dios
no complace nuestros caprichos ni satisface nuestras ex-
pectativas. Cuando por fin reconozcamos la inutilidad de
nuestra propia justicia y de la confianza en nosotros mis-
mos, llegaremos al corazón mismo del problema, arrancare-
mos todas las capas de vana religión, y nos deleitaremos en
la belleza de Jesús.
Yo sé esto muy bien, por la manera en que Cristo ha
obrado en mi propia vida. Como mencioné en el primer
capítulo, tuve mi primer encuentro con el Señor a los siete
años, pero eso fue apenas el comienzo de la obra de Dios
en mí.
capítulo 7  |  con todo su corazón

Crecí en una devota familia cristiana, en casa de mis


abuelos. Mi abuelo era pastor, y siempre íbamos juntos a la
iglesia, a unos veinte minutos de la casa. Un domingo en la
noche, cuando regresábamos a casa de mi abuelo, yo sentí
en mi corazón el anhelo de seguir a Cristo. Cuando describí
a mi abuelo lo que sentía mientras íbamos en el auto, él
reconoció que mi deseo de conocer al Señor era sincero. En
casa, reunió a la familia para que compartieran el gozo de
verme responder a Jesús. Aquella noche, él me guió en la
oración del pecador para que comenzara una nueva vida en
Cristo… o al menos, esa era su esperanza.
Mi experiencia con Cristo aquella noche fue real, pero
también lo fueron las luchas que enfrenté en mis años de
desarrollo. A pesar del amor de mis abuelos, y de su fideli-
dad al Señor, «la vida» asfixió la presencia del Espíritu de
Dios en mí cuando era muchacho.
83
Yo vivía con mis abuelos debido a una seria disfunción
en el matrimonio de mis padres. Mi padre abandonaba una
y otra vez a mi madre, pero durante años, ella lo recibía cada
vez que él decidía regresar.
Cuando él se iba, mi madre y
yo vivíamos con mis abuelos.
No obstante, hasta la
«La vida» asfixió
vida con mis abuelos era la presencia del
difícil. Un pariente lejano Espíritu de Dios
que tenía serios problemas en mí cuando era
abusó sexualmente de mí
durante mis años preesco-
muchacho.
lares. Como típico en esas
situaciones, yo estaba dema-
siado avergonzado para revelar a mi madre y a mis abuelos
las cosas que hacía ese pariente, así que aquello sucedió
cada vez que mi madre y yo vivíamos cerca de él. Finalmen-
te, a los doce años, reaccioné ante la maldad de su abuso, y
con firmeza no dejé que aquello continuara. Sin embargo,
extravagante

el profundo daño emocional y espiritual ya estaba hecho, y


aquello tuvo una dolorosa repercusión en mi vida interior.
Aunque mis abuelos eran sinceros en su andar con
Dios, seguían la tradición de la santidad que trae consigo
una rígida obediencia a normas de tipo pietista. La ira y el
dolor que llevaba en el alma se unieron al desencanto con
la iglesia, y fomentaron en mi corazón una secreta rebelión.
Comencé a reunirme con muchachos mayores que yo, y a
los doce años bebí alcohol por vez primera, que estuvo muy
lejos de ser la última. Lo más triste es que aquellos amigos
procedían de familias que mi madre y mis abuelos conocían,
y en las cuales confiaban; pero eran un claro ejemplo del
problema del cual habla Pablo: «Las malas compañías co-
rrompen las buenas costumbres.» Además de beber alcohol
para «ser parte» del grupo de muchachos y distanciarme
del código moral religioso legalista, lo usaba para mitigar el
84
abrumador sufrimiento que llevaba en el corazón.
Vivíamos en un pequeño pueblo de campesinos, y yo
era atleta (no era especialmente bueno, pero al menos juga-
ba fútbol americano, que era el deporte que le importaba a
la gente de allí). Yo me aprovechaba de la categoría que me
daba el deporte: salía con las chicas «mejores» y me juntaba
con los muchachos «más divertidos». Lamentablemente,
esa «oportunidad» me puso en la compañía de gente que
celebraba lo peor de mi carácter, y las formas de conducta
que lo acompañaban. Así desarrollé furtivas maneras de
esconder de mi madre mi gusto por la bebida, y cuando pla-
neaba emborracharme, hacía arreglos para pasar la noche
con algún amigo.
Al llegar a los quince años, ya era un alcohólico, gracias
a lo fácil que era para mí alimentar mi hábito. Mis amigos
de mayor edad con gusto me compraban la bebida. En aquel
tiempo, las tiendas de licores de nuestra zona eran muy
poco exigentes y vendían alcohol a quien tuviera el dinero,
sin importar la edad. Aun así, mis ganas de beber superaron
capítulo 7  |  con todo su corazón

mi capacidad de pagar por la bebida. A los dieciséis años, ya


estaba robando bebidas alcohólicas en la tienda de víveres
donde trabajaba. Mis robos eran tan bien pensados, que
nunca nadie sospechó de mí.
Un 4 de julio, mi celebración del Día de la Indepen-
dencia fue beber todo el alcohol que encontrara a la mano.
Aquella noche, estaba tan ebrio, que me habría ahogado en
mi propio vómito si un amigo no me hubiera dado vuelta
para que pudiera respirar. Recuerdo vagamente que estuve
a punto de asfixiarme, y que ni siquiera pude moverme. Mi
resaca del día siguiente fue la peor; me sentí más enfermo
que nunca. Me asustó pensar cuán cerca de la muerte había
estado. Prometí que dejaría de beber, pero mi esfuerzo no
dió mucho fruto. Al los pocos días, estaba borracho otra vez.
Durante esos frenéticos y también angustiantes días,
siempre supe lo que era correcto. En realidad, nunca fui
85
un «mal muchacho». Aunque la adicción influía de manera
negativa en mí, nunca fui malo con nadie y, ciertamente,
nunca quise hacer daño a nadie. Por mucho que bebiera y
fiesteara, siempre me las arreglaba para tener buenas cali-
ficaciones. Era cortés con mis maestros y con mi madre («sí,
señora»/«no, señora» eran las expresiones que salpicaban
mi vocabulario y mejoraban mi imagen ante los adultos).
Incluso fui reconocido por mi buen rendimiento en los es-
tudios. Pero a pesar de las apariencias, a los dieciséis años
mi vida estaba fuera de control: no podía dejar de beber.
Obviamente, Dios sabía lo que me estaba viviendo, y usó un
extraño giro de sucesos geológicos para captar mi atención.
El mundo de Arkansas en 1990 era, literalmente, poco
firme. Los científicos especializados en movimientos sísmi-
cos dedicaron gran parte de ese año a precisar el momento
en que la Falla de Nueva Madrid, cerca del río Mississippi,
produciría nuevamente uno de los más poderosos terremo-
tos que se ha registrado. Esto había sucedido a principios
del siglo diecinueve, y se suponía que volviera a suceder.
extravagante

La fecha del 3 de diciembre de 1990 se había convertido en el


momento cero para el terremoto. Los residentes de la zona
habían almacenado alimentos y agua como preparación a
la calamidad, y los expertos incluso hicieron un cálculo de
la cantidad de personas que morirían en aquel gigantesco
terremoto. La noticia de ese posible desastre se abrió paso a
través de la nube del alcohol y me inspiró a pensar con más
seriedad que nunca en la eternidad y mi propia mortalidad.
La última vez que había meditado de esta manera fue a los
siete años. Aunque nunca había dejado de creer que hay
vida en la eternidad, había puesto mi espiritualidad «en
compás de espera», para más tarde.
Unas dos semanas antes de la fecha en la que la Fa-
lla de Nueva Madrid causara el siniestro, mi propia vida
experimentó un terremoto. En la noche del sábado 17 de
noviembre de 1990, después de festear con todas las ganas
86
y durante muchas horas, a diferencia de la mayoría de las
veces que había hecho algo así, decidí ir a mi casa, tan
borracho que casi era imposible reconocerme. Escogí un
mal momento, y mi madre me abrió la puerta. Se acabó la
posibilidad de esconder mi estilo de vida, o la rebelión que
llevaba en el corazón. Traté de pasar junto a ella, sin respon-
der a sus preguntas de lo que había estado haciendo.
Había pasado la noche del sábado; mi madre había
preparado el desayuno y se alistaba para ir a la iglesia. Me
las arreglé como pude para comer, y después me fui tam-
baleando a mi cuarto. Desde mi puerta, mi madre me pidió
que la acompañara a la iglesia. Yo me negué. Lo siguiente
que recuerdo es que oí las oraciones de mi madre en el baño,
su «lugar de oración». Me destrozó el corazón escucharla
orar por mí con tanta angustia. Ella se armó del valor que
le dio el Señor y regresó a mi cuarto con una santa valentía
que no era la característica.
—Levántate, que te vas a la iglesia conmigo.
—No.
capítulo 7  |  con todo su corazón

—Sí. Vas a ir. Acabas de comer algo que yo pagué y co-


ciné. Si quieres volver a comer otra vez aquí, vas a ir a la
iglesia conmigo. ¿Este cuarto en el que duermes? Yo soy la
que pago por él. Y si quieres
pasar otra noche en esta casa,
te irás conmigo. La ropa que
Me destrozó
llevas puesta, te la compré el corazón
yo. Y si la quieres volver a escucharla orar
usar, vendrás conmigo. Si no, por mí con tanta
quiero que te vayas antes
que yo regrese a casa. angustia.
A pesar del sopor en
que me encontraba, sabía que hablaba en serio. No tuve
tiempo para asearme, ni para cambiarme de ropa, así que
me presenté aquella mañana en la iglesia como la persona
más mal vestida y más repugnante de todas. Sobreviví al
87
servicio y, por la gracia de Dios, volví a la iglesia esa noche.
En su sermón del domingo por la noche, el pastor pro-
clamó: «Aquí hay algunos que saben todo lo que necesitan,
pero ese conocimiento no ha hecho mella en su corazón ni
en su vida. Son como una esponja o un marco lleno de agu-
jeros en espera de que los llenen. Han querido llenar esos
espacios con cosas que no son de Dios, y eso los ha dejado
con una sensación de vacío aún más intensa.» ¿Acaso había
visto mi alma? ¡Estaba hablando de mí!
«Dios te puede satisfacer—siguió diciendo el pastor—.
Ya no necesitas más información de quién es Él. Ha llegado
el momento de decidir. ¿Dejarás que Dios llene esos aguje-
ros que hay en tu vida?»
Yo detestaba la persona en la que me había convertido,
y no podía eludir la verdad. Cuando el pastor hizo el llama-
do al altar, sentí que yo mismo me obligaba a pasar al frente
del santuario; sabía que tenía que arreglar cuentas con el
Señor, pero me aterraba la posibilidad de no poder cambiar.
extravagante

¿Me emborracharía otra vez el viernes, y desaparecería así


esta última esperanza?
En su bondad, Dios aumentó el tamaño de mi fe, la
semilla de mostaza que le ofrecí aquel domingo en la no-
che. Esos pasos vacilantes al altar de la iglesia fueron el
principio de un recorrido de veinte años de andar con Él.
También fue el comienzo del verdadero desarrollo de mi
carácter en las manos de Jesucristo. Nunca podremos for-
mar nosotros mismos un carácter que se niegue a las opor-
tunidades para la maldad que nos ofrece esta vida. Sólo
cuando dejamos que el Espíritu Santo gobierne libremente
en nuestro corazón, se forjará en nosotros un carácter a la
semejanza a Cristo.

Una transformación de doble vía


La transformación de nuestro corazón se produce de dos
88
maneras: instantánea y progresiva. En el momento en
que confiamos en Cristo, y
lo aceptamos como nuestro
Sólo el Espíritu Salvador, somos liberados
Santo forjará del dominio de las tinieblas
en nosotros un y entramos al reino de Dios.
carácter a Nacemos de nuevo, redimi-
dos por la sangre de Cristo,
la semejanza perdonados, y adoptados
de Cristo. por Dios. Sin embargo, nues-
tra capacidad para experi-
mentar esta nueva verdad
requiere de tiempo y de atención.
Los sociólogos han identificado las cuatro etapas de
desarrollo de cualquier cosa que emprendemos, y estas eta-
pas son útiles para comprender el cuidado y la disciplina
que se requieren para que vivamos fieles a Cristo. Describo
brevemente cada una de ellas a continuación, señalando
cómo las he experimentado en mi andar con el Señor.
capítulo 7  |  con todo su corazón

1.  Cuando iniciamos algo, no estamos conscientes de


que no tenemos las habilidades que necesitamos. No
sabemos que no sabemos. Cometemos muchos errores
y, con frecuencia, ni siquiera estamos conscientes de
que nos hemos equivocado. Esto sucedió cuando yo
era alumno de primer año en el seminario. Demasiado
seguro de mi propia capacidad, no pensaba que en rea-
lidad tuviera necesidad de estar en la escuela. Al fin y al
cabo, tenía una visión para mi ministerio, y un llamado
de Dios. ¿Acaso eso no era suficiente? Mis maestros del
seminario pueden confirmarlo, yo no tenía idea de las
muchas cosas que ignoraba, todo lo que aún necesitaba
aprender.

2.  Sin embargo, pronto pasé a la segunda fase. Me di


cuenta de lo mucho que no sabía (eso es bueno). Cons-
89
taté que al fin y al cabo, no era tan listo como pensaba.
Tenía mucho que aprender, y reconocí mi incapacidad,
mi falta de habilidades. Consciente de mi ignorancia,
me convertí en un voraz lector. La humilde aceptación
de esta etapa es la clave de todo futuro aprendizaje.

3.  En la tercera etapa, la persona tiene conciencia de


sus habilidades. Los estudios han producido su efecto,
y aumenta la competencia de la persona. Las tareas
para las cuales antes tenía pocas habilidades, se han
convertido en realizables, pero aún necesita enfoque
y esfuerzo. Me veo creciendo en habilidades, pero ejer-
ciendo continuamente un considerable esfuerzo para
realizar una buena labor en el liderazgo, la predicación,
y la enseñanza. Para seguir progresando, analizo todo
lo que hago en esta tercera etapa de desarrollo. Estoy
enfocado en lo que quiero ser.
extravagante

4.  En la cuarta etapa, —inconscientemente hábil—, los


principios y las prácticas se asimilan cada vez más, y
el aprendiz ya no tiene que pensar todo lo que hace. En
mi vida, los principios y las prácticas del liderazgo se
convierten en parte de lo que soy. En vez de centrarme
en el ejercicio de las habilidades que he adquirido, al-
gunas cosas comienzan a «venir de manera natural».22

Este modelo de progreso se desarrolla en nuestra vida es-


piritual como discípulos de Cristo, pero en muchos casos
no nos movemos más allá de la primera etapa. Pensamos
que hacernos cristiano es el fin; pero es sólo el principio. El
progreso sólo es posible si estamos conectados a la Fuente
de la vida.
A veces somos tan poco eficientes, como el bombero
que apunta con la manguera al incendio sin haber conec-
90
tado el otro extremo al dispensador de agua. Su primera
tarea y la más importante es asegurar que la manguera esté
conectada a la fuente de agua. Sólo entonces el agua fluirá
hasta donde él está, para que cumpla con su responsabili-
dad de apagar el fuego.
Con mucha frecuencia, los demás ven en los cristianos
sólo unas gotas de agua viva, y no la inundación que Jesús
promete. Y a veces sólo ven un suelo estéril, completamente
árido. No es de extrañarse que los inconversos no se sientan
atraídos a esa clase de sequedad. Dios despierta en nosotros
un anhelo de un amor extravagante, y están esperando que
nosotros lo recibamos, para que podamos compartirlo con
los demás.
Para cumplir con nuestro llamado como discípulos de
Jesucristo, debemos convertirnos en discípulos fervorosos

22. Hay diversos autores que citan estas cuatro etapas, entre ellos Gerard J. Puccio, Mary
Murdock, y Marie Mance en Creative Leadership: Skills That Drive Change (Thousand
Oaks, CA: Sage Publications, 2007), 247-251.
capítulo 7  |  con todo su corazón

que internalicen la gracia y la verdad, de manera que los


caminos de Dios no se reduzca a un conjunto de normas.
Completamos la misión de cumplir nuestro deber cuando
el corazón de Cristo se forma en nosotros, y somos llenos
del poder del Espíritu, y guiados por Él para servir a Dios.
Cuando nuestra identidad es transformada por medio de
este constante desarrollo, nos convertimos en personas que
han sido inconscientemente capacitadas como creyentes.
En ese punto, ya no tenemos que vivir en un constante es-
fuerzo; podemos sencillamente dejar que el Espíritu fluya a
través de nosotros.
Es cierto que, hasta el
día de nuestra muerte, la Completamos la
vieja naturaleza y la nueva misión de cumplir
naturaleza estarán en pug-
nuestro deber
na, pero nuestra mente se
renueva mientras permane- cuando el corazón 91

cemos conectados con Dios de Cristo se forma


a través de su Palabra. Cada en nosotros.
día, tendremos más fuerza
para la lucha diaria y vere-
mos victorias que harán resplandecer el amor de Cristo y su
Espíritu fluirá a través de nosotros. Entonces, como María,
escogeremos la única cosa que cuenta, y seguiremos a Dios
de todo corazón.

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Hay algo en su vida que lo distraiga continuamente de


esa «una sola cosa»?

2.  ¿De qué maneras está reconociendo usted ante Dios


que «no es nada»?
extravagante

3.  ¿Está consciente de los problemas que Dios ha traído a


la luz al desarrollar su carácter? Si lo está, ¿cuáles son?
Si no lo está, ¿qué debe observar?

4.  Comparta con alguien el testimonio de su salvación. Si


no tiene un testimonio que contar, hable con su pastor
o con un amigo cristiano acerca de lo que necesita ha-
cer para ser salvo.

5.  Piense en las diversas facetas de la vida —lo espiritual,


las relaciones, la profesión, la paternidad, etc.— y eva-
lúese para ver cuál es su ubicación en el espectro de los
que inconscientemente no tienen habilidades, y de los
inconscientemente hábiles.

92
8
c a p í t u l o

lo que das es
lo que recibes

Al crecer como discípulos de Cristo, nos sentimos cada


vez más cómodos con el lenguaje de la extravagancia, del
que hablamos en el capítulo 5. Sin embargo, para que el
resultado dé fruto en nosotros, se requiere de un proceso
de aprendizaje.
He conocido personas que han hecho una dramática
93
confesión de sometimiento, como «Jesús, soy todo tuyo», y
han esperado que a partir de ese mismo momento su vida
esté llena de gozo, verdad, y gloria. No han entendido que
hay ciertos pasos que el cristiano debe dar a fin de ser un
discípulo eficaz. Hay ciertos puntos de referencia para una
consagración extravagante, y es esencial saber cuáles son.
De lo contrario, difícilmente sabremos lo que debemos
aprender y aquello en que debemos crecer como seguidores
de Jesús. En este capítulo, explicaré cuatro claves para con-
vertirnos en un discípulo inconscientemente capacitado
y extravagantemente consagrado a Cristo: confianza abso-
luta, obediencia extraordinaria, fe valiente, y generosidad
exorbitante.

Confianza absoluta
A veces oigo decir que para confiar en Dios hace falta una
«fe ciega». Sin embargo, de acuerdo a las Escrituras, Dios
muestra su amor y su poder vez tras vez y de maneras im-
predecibles, a un número incalculable de personas. Él no
extravagante

nos pide que cerremos los ojos con la esperanza de que esté
presente. Nos invita a abrirlos para ver todas las maravillas
que Él ha creado, la realidad histórica de la vida, muerte y
la resurrección de Jesús, y la manera en que Él ha obrado en
las personas y a través de ellas a lo largo de los siglos.
Cuando Juan el Bautista estaba en prisión y dudó de
que Jesús fuera el Mesías, Jesús envió de regreso a sus discí-
pulos con un mensaje acerca de las cosas palpables que Él
había hecho: sanar a los enfermos, resucitar a los muertos,
dar vista a los ciegos, y predicar el evangelio dondequiera
que iba. Cuando Juan dudó, Jesús le señaló los hechos.
Para comunicar un mensaje parecido, Lucas describe
un aterrador suceso que tuvo lugar en la vida de los discí-
pulos. Jesús estaba dormido en la barca en la que el grupo
atravesaba el mar de Galilea, cuando una fuerte tormenta
amenazó con hundir la nave. Aunque ellos habían visto a
94
Jesús obrar milagros dondequiera que iba, en ese momento
de desesperación los dominó el pánico. Despertaron a Jesús,
quien tranquilamente ordenó que las olas se calmaran y
que los fuertes vientos callaran. Después se volvió a aque-
llos atónitos hombres y les preguntó: «¿Dónde está la fe de
ustedes?» (Lucas 8:25). Con aquella pregunta Jesús les insi-
núa: «Ustedes deberían comportarse como mis discípulos.
¿Acaso no han visto lo suficiente mi poder y mi amor, como
para confiar en mí en medio de una tormenta?» La realidad
de lo que Jesús ya les había demostrado debió haber sido
suficiente para sostener la fe de los discípulos. Él no había
mantenido en secreto su poder, y esperaba de ellos que
tuvieran una fe comparable a las evidencias que habían
presenciado.
Así también, nuestra fe —nuestra confianza absoluta—
tiene como fundamento las evidencias del poder de Cristo
en acción, tal como lo encontramos en las Escrituras y en
la vida de quienes nos rodean. Lo único «ciego» respecto a
nuestra fe es el punto de vista que a veces tenemos sobre
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

los problemas que nos asaltan. De vez en cuando nos en-


contramos en el camino con obstáculos que nos confunden
y nos enfurecen. Hemos seguido fielmente a Dios, pero de
un momento a otro estamos atascados. Quisiéramos agitar
el puño ante Dios y decirle: «¡Esto no es justo! Yo pensaba
que tú me protegerías.» En esos momentos —y todo creyen-
te termina enfrentándose a una «noche oscura del alma»—,
tenemos que aferrarnos a Dios, a pesar de lo que percibi-
mos y lo que sentimos. Nos aferramos a la realidad de lo
que sabemos es cierto. Confiamos en Él, aunque estemos en
medio de las tinieblas, y nos asimos a Él, aunque no veamos
el camino que tenemos por delante, tal como hizo Juan el
Bautista en la prisión.
La capacidad de asombro y la gratitud son elementos
esenciales para una vida de confianza absoluta en Dios. No
podemos obtener del aire
95
esta clase de fe. La fe se forja
en las tinieblas, o en el can- La capacidad
dente fuego del desaliento. de asombro
En esos momentos críticos, y la gratitud
contemplamos de nuevo los
grandes letreros lumínicos
son elementos
de la grandeza y la gracia de esenciales para una
Dios: la Creación y la Cruz. vida de confianza
Cuando nos maravillamos
absoluta en Dios.
simplemente ante el tamaño
de todo lo que Dios ha hecho,
los miles de millones de galaxias, cada una de ellas con
miles de millones de estrellas, nos damos cuenta de que en
nuestra vida no hay nada que sea demasiado grande para
que Dios lo pueda manejar. Y cuando contemplamos la Cruz,
el sacrificio voluntario de Jesús nos grita acerca de su tier-
no e incondicional amor por nosotros. Las Escrituras nos
invitan a pensar, reflexionar, y meditar en la grandeza y la
extravagante

gracia de Dios, y cuando lo hacemos, saturamos de alabanza


y gratitud nuestra fe.
Sin embargo, La invitación a dar valientes pasos de fe,
no es sólo para cuando estamos en tiempos de oscuridad
y dificultad. Puede ser una invitación a confiar en Dios en
tiempos de bendición, para que se produzca aún más fruto
y tengamos maravillosas posibilidades de ver al Espíritu
obrar en nosotros y a través de nosotros.

Obediencia extraordinaria
Si usted nunca ha sentido que Cristo le pide que haga algo
que lo incomode, es de preguntarse si realmente está si-
guiendo al Señor. Lo más probable es que usted sólo esté
aparentando una versión diluida de cristianismo; cosas de
simple religión pero sin vida.
Jesús nos llama a abandonar los ídolos que tenemos en
96
el corazón; a abandonar todo para que Él sea la prioridad.
Nuestra vieja naturaleza quiere hacer tratos con Él; pero
Jesús nunca aceptará algo así. Él pide nuestro amor y leal-
tad, y a veces nos prueba para ver si realmente hablamos
con seriedad cuando decimos que Él es Señor nuestro. La
maravillosa noticia en todo esto es que sus pruebas son una
clara señal de que le pertenecemos.
Las Escrituras describen claramente muchas de las
exigencias de Dios. Los Diez Mandamientos nos llaman a
una vida de amor, sinceridad, y honor. Pero, a veces, nos
parece que sus indicaciones no tienen sentido. Naamán,
el general sirio, descubrió esta incómoda realidad. Él era
uno de los comandantes militares más ilustres del mundo
antiguo. Había guiado a su ejército a magníficas victorias, y
había conquistado la aclamación de su rey y de su nación.
Pero tenía un problema: era leproso. No obstante, descubrió
que había una solución.
Sus tropas habían capturado a una jovencita en una de
sus incursiones en Israel, y el general la tenía de sirvienta
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

en su hogar. Un día, ella le aconsejó: «Ojalá el amo fuera a


ver al profeta que hay en Samaria, porque él lo sanaría de
su lepra» (2 Reyes 5:3). Naamán, en su desesperación, siguió
el consejo de la joven. Hizo planes para viajar a Israel a ver
al profeta Eliseo, y empacó una fortuna en oro, plata y ropa,
para compensar por su sanidad. Sin embargo, cuando el
general sirio llegó a casa del profeta, el hombre de Dios ni
siquiera salió a la puerta a conocer al famoso general. Todo
lo que hizo Eliseo fue enviarle unas palabras por medio de
un criado. Naamán debía ir al río Jordán y bañarse en él
siete veces.
El general se enfureció. Las instrucciones eran claras
y sencillas; demasiado simples considerando la gravedad
de la degradante enfermedad que él sufría. Se sintió insul-
tado, y consideró que el Jordán, un enlodado riachuelo, no
le podía ofrecer más poder sanador que los grandes ríos
97
de su tierra. Estuvo a punto de marcharse enfadado, pero
sus siervos lo convencieron de que probara el remedio que
Eliseo le había indicado. Seguramente abrumado por una
confusión de poderosas emociones, Naamán se sumergió
siete veces en el Jordán, y su obediencia dio resultado. Dios
sanó su piel, y ésta quedó tan limpia y saludable como la de
un niño.
A lo largo de toda la Biblia descubrimos que la obe-
diencia pone en movimiento los milagros. Diez leprosos
pidieron a Jesús que los sanara, y quedaron completamente
limpios de su enfermedad
cuando obedecieron la or-
den de Jesús y fueron a mos-
La obediencia
trarse a los sacerdotes. Jesús
dijo al ciego que se lavara pone en
en el estanque de Siloé, y al movimiento
paralítico que recogiera su los milagros.
lecho. Al hombre de la mano
seca le dijo que extendiera
extravagante

su mano, y a la gente que estaba junto a la tumba de Lázaro


les indicó que movieran la piedra que cerraba el sepulcro.
En todos estos casos, y muchos otros, un simple acto de
obediencia desató el poder milagroso de Dios.
Hasta que alguien encuentre el valor necesario para
dar un paso de obediencia, la represa de la incredulidad
y la pasividad impide que se produzca el milagro. Cuanto
mejor veamos quién es Dios —y conozcamos más su in-
comparable poder y amor—, tanto más nuestra motivación
para obedecerle cambiará, y nuestro deseo de obedecerle
se fortalecerá. La renovada comprensión de su carácter y
sus propósitos, nos ayudará a someternos a Dios con una
actitud positiva. Nos inclinaremos ante él humildemente
para seguir su dirección, porque estaremos convencidos de
que es supremamente digno de nuestra confianza, aunque
no sepamos siquiera hacia dónde nos llama.
98
En nuestros días, el concepto de la obediencia no es
muy popular, porque la gente considera que viola su dere-
cho de tomar sus propias decisiones. Vivimos en un mundo
donde la confianza en uno mismo y la expresión del yo son
radicales, y nos ofende todo aquel —pariente, jefe, gobierno,
pastor, o Dios mismo— que nos pide que sacrifiquemos algo,
por poco que sea. Sin embargo, mientras este sea nuestro
punto de vista, difícilmente seremos discípulos de Jesús.
Cuando entendemos la profundidad del evangelio de la gra-
cia, en vez de demandar nuestros derechos, reconocemos
que sin Él ¡ nada tenemos! Le pertenecemos a Él en corazón,
cuerpo, mente, y alma. En vez de sentirnos ofendidos por su
invitación, e interpretar sus instrucciones como exigencias,
debemos buscar maneras de complacerlo. Pablo describe de
la siguiente manera la naturaleza de una obediencia alegre:

El amor de Cristo nos obliga, porque estamos


convencidos de que uno murió por todos, y por
consiguiente todos murieron. Y él murió por
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

todos, para que los que viven ya no vivan para sí,


sino para el que murió por ellos y fue resucitado
(2 Corintios 5:14,15).

Este dulce sometimiento significa que amamos de tal ma-


nera a Cristo, que realmente queremos obedecerle.

Fe valiente
Cuando nuestro corazón le
pertenece a Jesús, estamos
dispuestos a correr cual- Este dulce
quier riesgo, a renunciar a sometimiento
cualquier posesión, a hablar
con cualquier persona, a de- significa que
fender cualquier verdad, a ir amamos de tal
a donde sea, y a hacer cuan- manera a Cristo, 99
to Él nos ordene. En algunos
que realmente
círculos cristianos está en
boga el énfasis en la prospe- queremos
ridad, y en las promesas de obedecerle.
la bendición de Dios. Aun-
que yo creo plenamente que
Dios quiere bendecirnos, eso es sólo la mitad de la verdad.
Él también nos guía a las tinieblas y al sacrificio, y si usted
no sabe de lo que hablo, me pregunto si entiende realmente
la esencia del mensaje del evangelio. Dios no sólo consuela
a los afligidos, sino que también aflige a los cómodos. Nadie
está inmune.
Muchos cristianos que han andado con Dios en tiem-
pos difíciles, cuentan que su momento de mayor intimidad
con Él y cuando recibieron las bendiciones más significa-
tivas fue precisamente en sus experiencias de sufrimien-
to y sacrificio, o después de ellas. Ellos saben que fueron
precisamente esos tiempos de dolor los que los acercaron
al corazón de Dios. Por eso Él nos guía a las tinieblas: para
extravagante

que nos tomemos de su mano y nos apoyemos en Él como


nunca antes. Muchos queremos alejarnos de los problemas.
Gastamos nuestro tiempo y nuestro dinero en cosas que nos
protejan de los peligros. No hay nada malo en que tomemos
medidas prudentes para proteger a nuestra familia y pro-
tegernos a nosotros mismos, pero Jesús nos llama a «traer
su Reino a la tierra, como ya está en el cielo». Eso significa
que debemos compartir amorosamente el evangelio con
los inconversos, cuidar de los que sufren, dar de nuestro
tiempo y nuestros recursos para ayudar a los necesitados, y
combatir la injusticia en nuestras comunidades y nuestra
nación. Muchas veces aprenderemos lo que es la compasión
para cuidar de los demás sólo a partir de nuestras propias
experiencias en las que hemos descubierto que Dios es bon-
dadoso y está cerca de nosotros en tiempos de sufrimiento.
El riesgo es un ingrediente esencial en una vida de ex-
100
travagante consagración a Dios. Algunos somos «adictos a
la adrenalina». Nos encanta vivir en una continua tensión.
No defiendo ese estilo de vida, pero todos hemos sido llama-
dos a salir de nuestra comodidad de vez en cuando, a fin de
hacer algo grande para Dios. Aunque nadie puede escribir
una receta para una fe valiente que nos sirva a todos, Dios
sí nos guiará oportunamente a donde hay una persona que
sufre o una necesidad urgente. Lo he visto una y otra vez, y
es glorioso que el Espíritu nos guíe a la vida de alguien para
proveer esperanza, verdad, amor, y recursos en el momento
preciso de la necesidad.
Cuando usted se hace cristiano, Dios lo adopta como
hijo en su familia, pero también lo recluta en su ejército.
Pablo le dijo a Timoteo que sirviera como un «buen solda-
do», cuya pasión es complacer a quien lo reclutó. El soldado,
en el cumplimiento de su deber, enfrenta el peligro y la
muerte. La más importante pregunta que podemos respon-
der es ésta: «¿Es digno Dios de mi amor y mi lealtad?» Si
la respuesta es un rotundo «sí», Él valorará su valentía y
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

su disponibilidad, y lo usará como instrumento para hacer


cosas asombrosas en la vida de las personas. Tal vez usted
prefiera mantenerse seguro, dentro de un capullo de auto-
protección, con el fin de evitar cualquier riesgo; pero en ese
caso, se perderá la aventura que es la vida cristiana, y la
musculatura espiritual de su alma poco a poco se debilitará
y se hará más flácida.
Los más valientes soldados de Dios no siempre refle-
jarán la imagen que tenemos de un guerrero. Sin embargo,
como he podido descubrir, a veces Dios usa a quienes con-
sideramos débiles, para avergonzar a los que parecen más
fuertes. Para ilustrar aquello
de lo que hablo, es necesario
que le relate algo que le suce-
El viaje misionero
dió a uno de los voluntarios de Scottie fue
del ejército de Dios, cuyo un caso vívido 101
temple de hierro, dedicado
de extravagante
a compartir el evangelio, me
inspira cada vez que pienso consagración.
en él.
Scottie padece de parálisis cerebral. Sus contraídos
músculos le permiten limitado control y movimiento, y
apenas puede caminar, tambaleándose. Verlo caminar es
temer que con cada paso, termine en el suelo. Como con-
secuencia, pasa la mayor parte de su vida confinado a una
silla de ruedas. Esta dolencia inhibe su capacidad de co-
municación, y la posibilidad de que se lo entienda, porque
arrastra las palabras y las dice de manera intermitente. Sin
embargo, en una ocasión en que pregunté quiénes querían
participar en un corto viaje misionero de nuestra iglesia a
Ecuador, Scottie fue uno los primeros en ofrecerse. Yo me
preguntaba si no habría entendido todo lo que aquello sig-
nificaría. El viaje comprendía un arduo recorrido hasta las
selvas de América del Sur, precisamente la región donde el
extravagante

famoso misionero Jim Eliot había sacrificado su vida para


ganar a una tribu indígena, hace ya medio siglo.
«Scottie—le expliqué con toda la delicadeza posible—,
tendremos que viajar por senderos llenos de lodo. Tu silla
de ruedas no podrá avanzar por ellos.
Él me miró de frente y me dijo: —Pastor Bryan, tal vez
mi silla de ruedas no pueda, pero yo sí.»
Varios miembros de la junta me aconsejaron que no
permitiera a Scottie que hiciera ese viaje. Aunque respeté
la sabiduría de sus consejos, había visto el fuego en los ojos
de Scottie, y todo lo que le pude decir a mi equipo de líderes
fue: «Si ustedes están convencidos de que él no debe ir, en-
tonces díganselo ustedes. Yo no se lo voy a decir.»
Nadie le dijo a Scottie que no podía ir con nosotros a
Ecuador y, como era de esperar, su silla de ruedas se atascó
en el primero de aquellos senderos. Pero cuando llegamos
102
finalmente a nuestro punto de destino, muy adentro de
la selva, el equipo de nuestra iglesia —y más importante
aún, los aldeanos para quienes edificaríamos un templo—,
presenciamos una de las más santas ofrendas a Dios que
habíamos visto jamás.
La tarea más laboriosa e implacable que se necesitaba
en nuestro trabajo de construcción era la preparación de
la gravilla para hacer el hormigón. Lo recibíamos en pilas
de tierra, de las cuales había que sacar las piedras que
usaríamos. Todas las mañanas, Scottie comenzaba el día de
trabajo arrastrándose espásticamente hasta lo más alto de
uno de los montones de tierra. Allí se mantenía, acostado
sobre las piedras y la tierra, usando su brazo para separar
una por una las piedras, de manera que nosotros las pudié-
ramos usar. Durante cinco días, diez horas al día, Scottie
estaba allí tirado, con un calor de cerca de cuarenta grados
centígrados, sacando a mano las piedras de entre la tierra,
para que el pueblo de Dios pudiera tener un templo en la
selva. La sangre de sus dedos, rodillas y codos proclamaba
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

una consagración al servicio de su Señor, que cautivó el


corazón de ese pueblo nativo de América del Sur —y de
nuestro equipo misionero— más que cualquier cosa que se
dijera o se hiciera en aquella semana.
El Antiguo Testamento nos ofrece un ejemplo igual-
mente conmovedor de la manera en que Dios obra a través
de la vulnerabilidad humana. Después de la muerte del rey
Saúl, David recibió a Mefiboset, el hijo lisiado de Jonatán,
y nieto de Saúl, para que viviera con él en su palacio y co-
miera a su mesa. Aunque Mefiboset no podía caminar, cada
vez que se sentaba a la mesa del rey, nadie podía imaginar
que estuviera lisiado, puesto que hallarse en la presencia
del rey lo hacía tan bien capacitado como cualquier otra
persona.
El ejemplo de Scottie es un recordatorio del gozo de
Dios cuando usa como instrumento a quien se compromete
103
a cumplir sus propósitos. Su viaje misionero fue un caso
vívido de extravagante consagración. Scottie tuvo una fe
valiente. Aunque la labor que realizó allí pareciera de tan
poca importancia, mi servicio fue casi insignificante com-
parado con lo que él hizo. Yo presento a otros su ejemplo, y
les digo: «Anda entonces y haz tú lo mismo.»

Generosidad exorbitante
En nuestra sociedad orientada al consumismo, los
anuncios prometen muchas cosas, pero el verdadero men-
saje de todos ellos no es que el producto o el servicio que
ofrecen nos dará un buen vehículo, nos ayudará a bajar
de peso, o que disfrutaremos de lo último en programas
para la computadora, o nos ayudará a planificar nuestra
jubilación. La verdadera promesa es la de una realización
máxima: sencillamente, ¡no podremos ser verdaderamente
felices y sentirnos satisfechos, a menos que compremos ese
producto!
extravagante

Si usted cree que no lo afectan esos mensajes de «más,


más grande, y mejor» que lo inundan todo, piénselo de nue-
vo. El Profesor Philip Kenneson ha hecho la observación de
que a los creyentes nos resulta fácil pensar que seguir a
Cristo no es más que otra decisión consumista, que le da-
mos valor o la desechamos a nuestro antojo. Él escribe:

Vivir en una cultura como la nuestra también


anima a los cristianos a enmarcar su manera de
entender la fe primordialmente en función de
sus intereses personales. (¿Qué beneficio obten-
go yo de esto?…) De aquí que mucha personas
«se convierten», no necesariamente porque
reconozcan que están alejadas de Dios y de los
demás, ni por el deseo de una reconciliación,
sino más bien por la sensación de que son con-
104
sumidores inteligentes, que saben reconocer un
buen negocio cuando lo ven.23

Cuando sometemos a Cristo nuestra vida, una de las reper-


cusiones más importantes es que nos comprometemos a
dejar de vivir conforme a los valores del mundo. A nuestro
alrededor, la gente se esfuerza por tener más dinero, más
cosas, más de eso que llaman «la buena vida». En cambio,
la pasión y el impulso consumidor del cristiano deben con-
sistir en usar todos los recursos que tengan a su alcance
para honrar a Cristo. Eso no significa que vendamos todo lo
que tenemos, que lo demos a los pobres, y que nos convir-
tamos en ermitaños. En las Escrituras hay solo una persona
a quien Jesús le pidió que entregara todo lo que tenía, y
lo hizo porque aquel hombre daba demasiado valor a su

2 3. Philip D. Kenneson, Life on the Vine [La vida en la vid] (Downer’s Grove, IL: Intervarsity
Press, 1999), 47.
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

dinero. En el caso de la mayoría de nosotros, Dios quiere


cambiar el proceso mental con que tomamos las decisiones.
Muchos cristianos se sienten secretamente incómodos
cuando hay que dar dinero, por poco que sea, en la iglesia o
en cualquier otro grupo caritativo. Operan bajo una actitud:
«¡Dios, todo esto es mío y si decido darte algo, estás en deu-
da conmigo!» El corazón que
ha sido transformado por
Dios tiene el punto de vista Dios quiere
contrario: «Señor, soy todo
cambiar el proceso
tuyo, y todo cuanto tengo
es un regalo que he recibido mental con que
de ti. Haz lo que quieras con tomamos las
lo que tengo. Muéstrame decisiones.
dónde quieres que invierta
tu dinero para extender tu
105
reino.»
Uno de los «trofeos» que tengo en mi oficina es un
bote de conservas en el que hay $62,50. Para mí representa
un ejemplo de generosidad exorbitante. Durante el año en
que no recibí sueldo, un niño de nueve años de mi congre-
gación estuvo preocupado de que mi familia sobreviviera,
y comenzó a orar todas las noches para pedir que nosotros
estuviéramos bien. Tenía habilidades artísticas, y había di-
bujado a mano autos de carrera en calendarios, que vendió
a un dólar cada uno. Tenía el propósito de usar los ingresos
de su negocio con los calendarios para pagar el costo del
campamento de verano, pero sintió que Dios lo estaba
dirigiendo en otra dirección. Ya había ganado algo más de
sesenta dólares, cuando le dijo a su madre que Dios quería
que diera ese dinero para ayudarme a mí.
Su mamá le aseguró: Dios va a cuidar del pastor Bryan.
Ella no quería ver que su hijo se lamentara de «perder» el
dinero que tanto le había costado ganar. Pero él insistió, y
ninguno de sus argumentos lo pudo disuadir. Finalmente,
extravagante

un poco exasperado con ella, le dijo: Mamá, tú me has dicho


que Dios le habla incluso a los niños, y que Él puede usar lo
que yo le ofrezca, por poca edad que tenga. Creo que Él me
está diciendo que yo soy una de las formas en que Él quiere
proveer para el pastor y su familia. Yo siento en mi corazón
que éste es el momento en que debo hacerlo. Por favor, no
te opongas; déjame hacerlo.
A la mañana siguiente, llegó a mi oficina en la iglesia
con su mamá, y traía el bote de conservas donde había
$62,50. ¡Una generosidad realmente exuberante! Tanto si
se trata de un niño de nueve años, como de un hombre de
noventa, esa extravagante consagración incluye el recono-
cimiento de que todo cuanto tenemos, pertenece a Dios.
Todos y cada uno de nosotros, solamente somos ma-
yordomos de las cosas que Dios nos ha confiado, y un día
tendremos que rendir cuentas de nuestra mayordomía.
106
Ya se trate de confianza, de obediencia, de fe, o de bienes
materiales, los seguidores de Cristo consagrados a Él com-
prenden que todo cuanto damos a Dios es únicamente algo
que Él mismo puso en nuestras manos.
capítulo 8  |  lo que das es lo que recibes

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Cuáles son las evidencias que usted tiene de que su fe


en Cristo no es únicamente una «fe ciega»?

2.  Como los discípulos que iban con Jesús en la barca, ¿ha
vivido algún momento en que pudo confiar más en Dios?

3.  Yo afirmé: «Si usted nunca siente que Cristo le pide que
haga algo que lo incomode, debería preguntarse si lo
está siguiendo o no.» A la luz de esa idea, ¿hasta qué
punto considera usted que está siguiendo a Jesús?

4.  ¿Se ha negado a dar cierto paso de fe porque, como en


la historia de Naamán, le parece algo demasiado senci-
llo? ¿Está enfrentado ahora algo similar?
107

5.  ¿De qué manera ha construido usted su vida para evi-


tar el fracaso? ¿Conoce a alguien que sea ejemplo de
una fe valiente?

6.  ¿Qué sintió al leer la historia de Scottie? ¿Inspiración?


¿Tristeza? ¿Vegüenza? ¿Ánimo? ¿Qué lo hizo sentir así?

7.  ¿Cómo evalúa su vida cristiana en función de su interés


por usted mismo?
9
c a p í t u l o

¡suéltalo!

Somos gente olvidadiza, y necesitamos que se nos recuer-


den las cosas continuamente para que no nos desviemos.
Cuando Josué cruzó el Jordán con el pueblo de Dios para
entrar en la Tierra Prometida, ordenó que se levantaran
unas altas pilas de rocas para conmemorar aquel día. De esa
manera, siempre tendrían un recuerdo visual ante el cual
reflexionar acerca de la provisión y el liderazgo de Dios que
los había llevado a su nueva tierra.
109
Dios nos da muchas cosas que nos ayudan a recordar
lo necesitados que somos y la provisión que Él nos da. En la
Última Cena, Jesús le dijo a sus discípulos que el constante
recuerdo de aquella cena los haría conmemorar su sacri-
ficio. «Cada vez que coman y beban de ella—les explicó—,
háganlo para recordarme a mí.»
Necesito constantemente meditar en la necesidad de
mi propio sometimiento a Cristo. Necesito clavar una es-
taca en el suelo; algo que refuerce mi comprensión de su
gracia y mi continuo compromiso de confianza plena, de
obediencia extraordinaria, de fe valerosa, y de generosidad
exuberante. Hace varios años, firmé con Dios un contrato
de diez páginas. La primera página sólo dice: «¡Sí, Señor!»
Las otras nueve páginas están en blanco. En cambio, en
las numerosas páginas de los contratos de negocios, se
especifican claramente las responsabilidades, las fechas
límite, y quienes forman parte del acuerdo, cuya firma se
inscribe en la última página, con la verificación de un no-
tario. Usamos los servicios de abogados para que redacten
extravagante

los contratos a nombre nuestro, y si alguna otra persona los


escribe, pedimos que nuestros abogados los revisen, para
sugerir las modificaciones que protejan nuestros intereses.
La clara idea que rige la estructura de un contrato, es que
los signatarios deben entender todos los detalles antes de
hacer un compromiso.
En cambio, llevar una vida sometida a Dios todos los
días, es diferente. Requiere que digamos un «sí» a Dios, sin
poner condiciones ni esti-
pulaciones. Las páginas de
…en mi escritorio mi contrato con Dios están
hay un letrero que en blanco, porque Él sabe
lo que hace falta en ellas, y
dice sencillamente: yo me someto a su soberana
«¡Sí, Señor!» voluntad, pase lo que pase.
El contrato es una solemne
110
demostración de que me he
comprometido a ser un hombre de Dios, en los buenos y
en los malos tiempos, en medio de las tinieblas y en la luz,
en la vida y en la muerte. Para asegurarme de que tenga
presente este compromiso, en mi escritorio hay un letrero
que dice sencillamente: «¡Sí, Señor!»
¿Está usted dispuesto a hacer este tipo de compromiso
formal con Dios?
No responda a esta pregunta con rapidez, ni a la ligera.
Ore, reflexione, y piense en los beneficios y los sacrificios
que trae consigo el que demos a Dios un rotundo «¡Sí!» por
el resto de nuestra vida. Por supuesto, esto no significa que
usted obedecerá todo el tiempo y sin vacilación alguna.
Somos falibles. A veces caemos, y necesitamos el perdón
de Dios. Pero el contrato es una valiente declaración de
nuestra intención; un recuerdo de que hemos entregado el
título de propiedad de nuestra vida a Alguien que es más
competente de lo que nosotros jamás seremos. ¿Acepta el
compromiso?
capítulo 9  |  ¡suéltalo!

El antiguo himno que lee más abajo, capta la esencia


de lo que es un contrato «en blanco» con Dios. Le sugiero
que lo use como oración cuando haga su contrato con el
Señor. En mi experiencia de entrega a Dios, estas palabras
se han convertido en mi lema.

«¡Oh cuán dulce es fiar en Cristo,


Y entregarse todo a Él;
Esperar en sus promesas,
Y en sus sendas serle fiel!

Coro:

Jesucristo, Jesucristo,
Ya Tu amor probaste en mí;
Jesucristo, Jesucristo,
Siempre quiero fiar en ti.
111

Es muy dulce fiar en Cristo,


Y cumplir su voluntad,
No dudando su palabra,
Que es la luz y la verdad».24

La compensación por vivienda


A veces se necesita renovar el contrato. Como ya dije, tende-
mos a ser olvidadizos. Para desilusión mía, descubrí que ese
«tendemos» me incluye a mí. Cualquiera diría que después
de renunciar a mi sueldo durante todo un año por habérme-
lo pedido Dios, y de pasar tantos días de ayuno buscando su
dirección, yo habría entendido el precio que se debe pagar
para someterse realmente a su voluntad. También cual-
quiera pensaría que yo nunca olvidaría la manera tan fiel
en que Dios ha respondido a mi consagración. Pero mejor

24. Louisa M. R. Stead, «‘Tis So Sweet to Trust in Jesus,» 1882.


extravagante

que lo piense de nuevo, porque Dios me mostró que debía


repetir la lección.
Pocos años después de mi período sin sueldo, Dios
me llevó a una iglesia situada en el norte de Dallas. Esta
iglesia, situada en un excelente barrio residencial, tenía
una rica herencia misionera, una maravillosa reputación,
y muchos miembros en buena posición; gente de oficina.
Una vez en Texas, reflexioné sobre mis batallas en la iglesia
de Pine Bluff y llegué a la conclusión de que el llamado a
este ministerio más cómodo era la manera en que Dios me
estaba recompensando por mi obediencia y mi sacrificio
tan radicales. Era perfectamente lógico. Ahora Dios podía
confiar por completo que yo lo tendría a Él en el primer lu-
gar en mi vida. Me había provisto maravillosamente en mi
nueva situación, para que no me tuviera que preocuparme
o sentirme amenazado por problemas económicos.
112
Estaba equivocado; y las semillas para mi nuevo nivel
de ejercicio espiritual habían sido sembradas incluso antes
de que me marchara de Arkansas.
La mudanza desde Pine Bluff tuvo su drama. Como
habíamos vivido sin sueldo durante un año, alquilamos
una casa móvil. Una de las aventuras resultantes se produjo
después de que mi esposa y yo viajamos a una convención
en Colorado donde había veinte mil predicadores y líderes.
Mientras estábamos allí, un animal se arrastró entre la
tierra y el piso de nuestra casa móvil, y murió allí. La sen-
sación de asco ante la fetidez sólo fue sobrepasado por la
repugnancia de tener millares de moscardones en nuestra
casa. En cuanto abrimos la puerta, Haley y yo nos miramos
y lloramos. Después reímos. A veces, eso es todo lo que uno
puede hacer cuando la vida se vuelve tan absurda. La ironía
divina era que sólo veinticuatro horas antes, yo había pre-
dicado ante millares de personas en el Centro Pepsi de Den-
ver. Ahora estaba esquivando moscardones y conteniendo
las náuseas por el olor que nos recibió al llegar a casa.
capítulo 9  |  ¡suéltalo!

Sin embargo, la ventaja de haber vivido en nuestra


pequeña casa móvil fue evidente cuando la compañía de
mudanzas llegó para recoger nuestras cosas y llevarlas a
Dallas. Los empleados se quedaron sorprendidos de que no
teníamos casi nada de valor. Cualquiera podría haber dicho
que nuestro hogar había sido amueblado con cosas que na-
die quería. Los trabajadores no hicieron ningún comentario
sobre el mal olor que aún se sentía. Ciertamente, nos dio la
impresión de que trabajaron de una manera especialmente
rápida aquel día. Gracias a esto, nuestra mudanza tuvo un
comienzo eficiente.
Aunque habíamos vendido todo lo de valor que había
en nuestra casa, Haley y yo pudimos conservar unas pocas
inversiones en bienes raíces. Liquidamos esas propiedades
y compramos en Texas una casa que en aquellos momentos
era el hogar de nuestros sueños. El mismo equipo de mu-
113
danzas que había salido de una casa móvil en Pine Bluff
llegó en Dallas a la puerta principal de una hermosa casa
nueva de 465 metros cuadrados de superficie. Se deben ha-
ber quedado impresionados ante el contraste de nuestras
circunstancias, porque pude oír que uno de ellos decía:
«Oye, nos equivocamos de oficio.»
También nuestros hijos se dieron cuenta del cambio
en nuestro nivel de vida. Gavyn, el de seis años, entró al
recibidor de la casa y miró el cielo raso a seis metros de al-
tura. Su voz hizo eco en el espacio abierto, cuando se volvió
hacia mí, y me preguntó: «Papá, ¿esto es un hotel? ¿Estamos
de vacaciones, o realmente vamos a vivir aquí?
—No, hijo. No estamos solamente de visita—le asegu-
ré—. Dios nos ha dado esta vivienda.»
Me encantó ver el gozo y el alivio que se reflejaba en el
rostro de Haley mientras recorríamos la casa aquel día. Me
sentía emocionado de poder darle la casa que se merecía, y
dimos gracias a Dios por su buena provisión a favor de no-
extravagante

sotros. Establecernos en aquel nuevo lugar fue un agrado


para nuestro corazón, tan cansado ya de la casa móvil.
Pocas semanas después de llegar a Texas, fui a Nebraska,
a predicar en la iglesia de un amigo muy preciado. Durante
el viaje, leí un libro que este
amigo me había dado, acerca
El Espíritu siguió del sacrificio y la obediencia.
hablando: Bryan, En un momento de reflexión,
mientras volaba de vuelta a
no se trata de una casa, Dios me susurró: «Quie-
temporada. Es un ro que me des la posesión
estilo de vida. más valiosa que tienes.
—¡Señor, veamos lo que
me has dicho —le respondí
bruscamente en el corazón—. Durante mucho tiempo, no
he recibido un sueldo estable, gracias a lo que he hecho por
114
ti. En Pine Bluff hice exactamente lo que me pediste. Ya viví
esa temporada. ¡Ya pasé esa prueba!
Sin inmutarse, el Espíritu siguió hablando: —Bryan,
no se trata de una temporada. Es un estilo de vida.»
Pensé aquello durante unos segundos—el tiempo que
necesité para entender que la posesión más valiosa (la úni-
ca posesión valiosa) que teníamos era nuestra nueva casa.
Puesto que habíamos invertido hasta el último centavo que
pudimos reunir para comprarla, aquello cerró de golpe la
puerta a mi conversación con el Señor.
«Haley nunca sabrá que tuvimos esta conversación—
le dije en tono de reprimenda—. Ya ha tenido que pasar por
demasiadas cosas.»
Durante varios meses, mantuve este mensaje de Dios
escondido en el corazón y fuera de mi mundo consciente.
Entonces, en una conferencia misionera, Dios me recordó
aquello que me había indicado con tanta claridad en el
avión cuando regresaba de Nebraska. El mensaje central
en una de las sesiones era sobre el sometimiento. Muchos
capítulo 9  |  ¡suéltalo!

pastores fueron al frente del auditorio a llorar y orar. Por fin,


entendí que había llegado mi momento… otra vez.
Me postré en el suelo del pasillo y le expresé al Señor
mis preocupaciones: «Señor, voy a necesitar varias confir-
maciones tuyas acerca de esta decisión. ¡Hemos vivido sólo
unos pocos meses en esa casa!»
Cuando terminó la conferencia, todos salieron del
edificio, pero yo me quedé allí, sentado, llorando. Me
preocupaba el sufrimiento que Haley y los niños tendrían
que vivir si hacía lo que Dios me había mostrado. Nuestros
muchachos apenas comenzaban a adaptarse a una nueva
escuela pública en la comunidad, y si teníamos que mudar-
nos, era posible que tuvieran que dejar esa escuela. Y Haley…
me llenaba de tristeza pensar en la angustia que le causaría
perder la casa de sus sueños.
John Cruz, el pastor ejecutivo de nuestra iglesia, que
115
también estaba asistiendo a la conferencia, me vio y se
acercó a mi asiento. Sus dones proféticos estaban activos
aquella noche, y me dijo en voz baja: Pastor, durante dos
semanas, el Señor me ha estado dando un mensaje para ti,
pero no lo entendía. Mi esposa y yo te vimos luchando en el
servicio esta noche, y ella me preguntó si te había comuni-
cado la palabra que Dios me dio para ti. Ella ha insistido que
debo decirlo. Así que, pastor, no sé que te preocupa, pero
esto es lo que el Espíritu Santo me ha dicho para ti durante
dos semanas: ‘Lo que Él te ha dicho que hagas, hazlo’.
Todo lo que yo pude hacer fue asentir con la cabeza.
No había hablado con Haley acerca de las instruc-
ciones que me había dado el Espíritu durante mi viaje a
Nebraska, ni tampoco acerca de mi molesta lucha con la
obediencia, ni tampoco le hablé acerca de la palabra del
Señor a través de John. Decidí que si ella recibía el mensaje,
sería directamente de Dios.
Aquella noche, después que John me entregó el mensa-
je de Dios, con Haley fuimos a cenar con otros matrimonios.
extravagante

Regresamos tarde al hotel


y, mientras estábamos en el
Mientras le corrían baño cepillándonos los dien-
tes, ella se volvió hacia mí y
las lágrimas por me preguntó:
el rostro, me dijo: «¿Qué estás pensando.
Bryan, Dios quiere Tienes una mirada. ¿Acaso
Dios te está diciendo algo?
nuestra casa.
—No creo—respondí—.
Espero que no.
Después de unos segun-
dos de silencio, le dije de repente:
—Pero si me está diciendo algo, te lo dirá a ti también.
Si Él no te habla, todo estará bien.
Nos fuimos a la cama, y después de unos instantes,
Haley se levantó.
116
—Cariño, ¿dónde vas?—le pregunté.
Ella me miró pensativa antes de responderme.
—Voy a orar. No puedo soportar el pensamiento de que
todo nuestro futuro dependa de que yo escuche o no a Dios.
Hora y media más tarde, salió del baño y me despertó.
Mientras le corrían las lágrimas por el rostro, me dijo:
—Bryan, Dios quiere nuestra casa.»
Durante el resto de la noche, hablamos acerca de la
manera en que renunciaríamos a la casa. Sabíamos que
la gente nos preguntaría por qué se nos habría de ocurrir
hacer algo así, y queríamos tener una buena respuesta.
Varios meses más tarde, estábamos listos y sabíamos
exactamente de qué manera comunicaríamos lo que estába-
mos prontos a hacer. Alquilamos el Garland Events Center,
que tiene diez mil asientos; destinamos tres mil asientos a
las personas que esperábamos de nuestra congregación y
en los siete mil restantes pusimos papeles con el nombre
de siete mil parientes, amigos y colaboradores. Durante
el servicio, los miembros de la congregación comenzaron
capítulo 9  |  ¡suéltalo!

a leer los nombres, y yo les expliqué que algún día, esos


asientos no estarían vacíos. Estarían llenos de hombres y
mujeres, niños, y niñas que habrían venido a Cristo a través
del ministerio de los hermanos de nuestra iglesia. Después
seguí diciendo que, sin embargo, para poder causar un im-
pacto de esta magnitud, era necesario que manifestáramos
confianza absoluta, obediencia extraordinaria, fe valiente,
y generosidad exuberante.
Como ofrenda de primicias destinada a ese fin, Haley y
yo habíamos pedido a los representantes de una compañía
de títulos que pasaran al frente, y allí, delante de todos, le
entregamos a la iglesia el título de propiedad de nuestra
casa. Yo expliqué que el sueño colectivo de alcanzar para
Cristo a la gente que amamos, es mucho mayor que el sueño
personal de Haley y mío de tener un cómodo hogar. Estába-
mos comprometidos a vivir para cumplir el sueño mayor, y
117
también se había comprometido toda nuestra familia.

Dejen que vengan los niños… y ofrenden


Si usted es padre o madre, tiene una especial oportunidad
de influir a favor de Cristo en un selecto y pequeño grupo
de personas. La medida de consagración que usted muestre
delante de sus hijos, los preparará para una vida de fideli-
dad. Su exuberante generosidad y su valiente y poco común
obediencia moldearán la fe de sus hijos. Una semana antes
del servicio en que traspasamos a la iglesia el título de
propiedad de nuestra casa, Haley me encomendó una tarea:
explicar a nuestros dos hijos varones que renunciaríamos
a nuestra casa.
Como para hacerme casi sencilla aquella tarea, Cadyn
entró una noche en mi cuarto mientras yo estaba preparan-
do un mensaje. Había llegado allí para anunciarme: «Papá,
encontré diez dólares en mi mochila y no sabía que estaban
allí. Creo que Dios los puso allí».
—¿Por qué crees eso, hijo?—le pregunté.
extravagante

—Porque el otro día, di cinco dólares a un misionero, y


pienso que Jesús puso esos diez dólares allí para multiplicar
mi ofrenda.
Sin embargo, su sonrisa
Su exuberante cambió muy pronto a una
generosidad y su mirada llena de confusión.
—Pero papá —siguió—,
valiente y poco
hay algo que no entiendo.
común obediencia Me parece que Jesús quiere
moldearán la fe de que dé estos diez dólares
sus hijos. también.» Hizo una pausa y
después me miró a los ojos.
—Papá, yo sólo tengo
ocho años —dijo—. ¿Cómo voy a saber qué debo hacer
cuando Jesús me lo pide todo?
¡Qué excelente oportunidad para la enseñanza! Yo lo
118
acerqué para que se sentara conmigo en la cama, y le ex-
pliqué que dentro de una semana, su mamá y yo íbamos a
entregar nuestra casa a la iglesia. Él me miró pensativo y
me preguntó:
—¿Esto también incluye mi cuarto?
—Sí, hijo—le dije—. Tu cuarto también.
Mientras asimilaba la idea, comenzaron a rodar lá-
grimas por sus mejillas. Pensó profundamente durante un
minuto, y después, sin inmutarse, me miró y dijo:
—Papá, yo no sé dónde vamos a vivir, pero esto sí lo sé:
Jesús va a cuidar de nuestra familia. ¿Te importaría que yo
dé mis diez dólares cuando tú y mamá den la casa?
Sentí que mi corazón estaba a punto de estallar.
—Sí, hijo. Eso sería magnífico. A Jesús le va a encantar
tu regalo.
Unos días más tarde, en la noche del sábado antes del
trascendental servicio de ese domingo, el Señor me hizo ver
que mi hijo tenía más fe que yo. El Espíritu me susurró:
capítulo 9  |  ¡suéltalo!

—Bryan, quiero que me lo des todo. No te quedes con


nada.
Como de costumbre, le respondí de inmediato:
—¡Señor, estoy a punto de entregar todo! ¿Qué más
podrías querer?
De repente, entendí que mi hijo sí daría realmente
todo lo que tenía. Por monumental que la entrega de aquella
casa nos pareciera a Haley y a mí, aún teníamos el dinero
en nuestras cuentas de cheques y de ahorros, pero ahora
sentía que Dios me movía a dar ese dinero también.
—¡Con que eso es!—le dije a Dios—. Quieres hasta el
último centavo. Quieres que comencemos de nuevo nuestra
vida financiera mañana por la mañana.
Ni siquiera tenía deseos de mirar a Haley. ¿Cómo le di-
ría que nos quedaríamos sin casa y sin dinero el mismo día?
Mientras ella estaba leyendo su Biblia en el cuarto aquella
119
noche, yo evité mirarla de frente, pero le pregunté:
—¿Dios no te ha dicho nada a ti últimamente, no?
Sin mirarme, me dijo sin titubear:
—Sí, Bryan. Lo puedes entregar todo.»
Nos levantamos y fuimos a la computadora para
comprobar el estado de nuestras cuentas de banco. A la ma-
ñana siguiente, entregamos nuestra casa, hasta el último
centavo que teníamos en el mundo… y los diez dólares de
nuestro hijo. Yo salí del Garland Event Center convertido
en un pobre de solemnidad, sin un centavo en el bolsillo,
pero esperaba que Dios bendijera a mi familia de maneras
increíbles. Es probable que ya en estos momentos, usted
no se sorprenda de que le diga que Dios no me desilusionó.
Nos consiguió un nuevo lugar donde vivir, y nunca nos
perdimos ni una sola comida. Además de las bendiciones
familiares que recibimos durante los siguientes seis meses,
nuestra iglesia saldó por completo sus deudas. De nuevo
estábamos en el punto óptimo entre los trapecios… y nos
encantó estar allí.
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Necesita usted redactar o renovar un contrato con


Dios?

2.  ¿Le ha pedido a Dios que haga algo ahora mismo, y sólo
falta que usted diga: «Sí, Señor»?

3.  ¿Le inspira la historia acerca de la entrega de la casa de


Dallas? ¿Le da miedo? ¿Le desagrada?

4.  ¿En qué está participando usted —preferiblemente en


su iglesia local— que represente un sueño más grande
que sus propios intereses personales? Si no está ocu-
pado en algo así, es posible que necesite buscar qué
quiere Dios de usted.
120

5.  ¿Hay algún aspecto de su vida que le es difícil entregar


a Dios? Si así es, ¿qué le impide rendir todo a Dios?
10
c a p í t u l o

comprobación de
seguridad

En una ocasión, presenté los conceptos que aparecen en


este libro en un taller especial para seminaristas. En res-
puesta a ellos, Haroldo, un estudiante de Guatemala, hizo el
siguiente comentario:

La diferencia entre los creyentes de mi país y


121
los creyentes de los Estados Unidos es que te-
nemos embudos distintos. Los estadounidenses
predican acerca de la grandeza de Dios en las
iglesias y en las conferencias: esa es la abertura
ancha que es también la boca del embudo. Pero
en la parte de abajo, donde vive la gente, no hay
verdadera confianza de que Dios hará gran cosa.
El fondo de su embudo es demasiado estrecho.
En Guatemala, nuestro Dios es grande en el
fondo de nuestro embudo, y también lo es en la
parte de arriba. Confiamos que Él puede hacer
grandes cosas todos los días. Los estadouniden-
ses valoran más la seguridad que la vitalidad
espiritual, y por eso su fe es anémica y débil. Si
alguien quiere ver a Dios hacer grandes cosas,
tiene que ensanchar el fondo de su embudo
para que el Espíritu fluya. Ustedes tienen que
aumentar su capacidad de creer a Dios.
extravagante

El profundo comentario de Haroldo me lanzó a una seria


reflexión acerca del culto a la seguridad, al cual son adeptos
muchos creyentes en mi país. Es una cultura que encuentra
su satisfación en las cosas: ganar un mejor y más seguro
sueldo, y vivir en una encantadora casa de su propiedad.
Así he llegado a la conclusión —la triste y dolorosa conclu-
sión— de que Haroldo tiene la razón. Los cristianos de los
Estados Unidos hablamos cosas grandiosas, pero vivimos
de pequeñeces. Tenemos miedo y no nos arriesgamos a
confiar en Dios de alguna manera que podría tener por
consecuencia un fracaso o una pérdida. Aunque pocos de
nosotros reconocemos nuestra difícil situación, tenemos
una urgente necesidad de aumentar la capacidad para Dios
en nuestra vida. Sin embargo, para hacer esto, tenemos que
ser radicalmente sinceros acerca del hecho de que hemos
desviado nuestra prioridad hacia la seguridad, en vez de
122
cultivar una genuina sed de Dios.

El pastel entero
Una de las principales razones de la debilidad espiritual es
que hemos compartimentado nuestra fe. Para muchos, la
vida espiritual es solamente una hora o dos los domingos, y
tal vez unos minutos cada mañana, antes de salir corriendo
a sumergirnos en «el mundo real». Hemos desarrollado una
dicotomía entre lo sagrado y lo secular, y con resultados de-
sastrosos. Nuestra «relación con Dios» se convierte en una
estación de servicio a la que acudimos de vez en cuando
para llenar hasta el tope nuestro tanque espiritual. Después,
seguimos corriendo por nuestra propia cuenta, sin pensar
jamás en Dios hasta que llega el siguiente momento de lle-
nar nuestro tanque.
Unos cuantos maduros pensadores cristianos recono-
cen el peligro de esta parcelación de nuestra vida. Están
de acuerdo en que tenemos tres prioridades lineales: Dios,
familia, y trabajo. Tratamos estas tres prioridades como
capítulo 10  |  comprobación de seguridad

asuntos separados en el menú de las cosas importantes


de la vida. Después de haber adorado el domingo por la
mañana, de haber tenido un devocional diario, o de haber
asistido a un pequeño grupo de estudio, «cerramos el libro»
y pasamos a la siguiente cosa, sea la familia o sea el trabajo.
Pero Dios no va con nosotros a los demás compartimentos.
Cada uno de los segmentos de nuestra vida tiene poco que
ver con los demás y, de hecho, nos esforzamos para man-
tenerlos separados y en buen «equilibrio». De esta manera,
podemos levantar las manos llenos de entusiasmo en la
adoración del domingo por la mañana, y después timar a
alguien en un negocio el día siguiente sin sentir una pizca
de remordimiento. Nos sentimos cerca de Dios en nuestro
tiempo devocional, pero unos minutos más tarde, maltrata-
mos verbalmente a nuestros hijos.
Esta manera de vivir no encaja con la extravagancia
123
de Dios. En vez de ver nuestra relación con el Maestro
como una simple tajada del pastel que es la vida, debemos
verla como la homogénea masa de la cual está hecho todo
el pastel. Ni siquiera basta con considerar a Dios como la
tajada más grande del pastel. Si lo vemos de esa manera,
aún así lo dejamos fuera del resto de nuestra vida. La «masa
del pastel», cuyos ingredientes son el amor, el poder, y la
verdad de Dios, es el fundamento de todo lo que hacemos.
Si estamos completamente consagrados a Dios, confiamos
que Él está presente cuando trabajamos, cuando conduci-
mos nuestro vehículo, cuando educamos a nuestros hijos,
en todas nuestras relaciones personales, en nuestra mane-
ra de administrar el dinero, cuando sentimos la tentación
de murmurar acerca de algún amigo, y en cada cosa que
hacemos cada día.
Si sólo vemos a Jesús como una de las piezas que for-
man nuestra vida, dejaremos que Él nos hable acerca de la
adoración sólo en los momentos «espirituales». No lo escu-
charemos cuando nos inspire o nos desafíe a ser hombres
extravagante

o mujeres suyos durante el


resto de la semana. Cuando
Debemos Él sólo es una tajada del pas-
entender que tel, nos sentimos a salvo de
nunca dejamos de cualquier exigencia que Él
nos pudiera hacer. Los com-
pertenecer a
partimentos en nuestra vida
Aquel que nos creó nos permite proteger de Dios
y nos redimió. aquellos aspectos que consi-
deramos nuestros, en vez de
entregar todo a Él. Debemos
entender que nunca dejamos de pertenecer a Aquel que
nos creó y nos redimió. Comemos, dormimos, trabajamos, y
jugamos en compañía de nuestro Padre, que nos ama, nos
dirige, y nos da responsabilidades que debemos cumplir. La
adoración consiste en un corazón consagrado a Dios todo
124
el día, y cada día. No es sólo ir a la iglesia; ¡es la vida entera!
Como pastor, yo me considero el entrenador, mientras
que los hermanos de nuestra iglesia son los jugadores. Lo
nuestro no es sólo un partido del domingo en la mañana.
El domingo, cuando nos reunimos, realmente es una sesión
en que alabamos a Dios y planteamos estrategias. Piense
en lo ridículo que sería que un entrenador entusiasmara a
su equipo antes del partido, para que después simplemente
desfilen a los vestidores, se dirijan a sus autos, y vuelvan a
su casa, en vez de salir disparados al campo a jugar el gran
partido. Sin embargo, eso es lo que le sucede a la mayoría
después de haber estado en la iglesia: pierden la oportuni-
dad de ser campeones para Cristo durante la semana.

La seguridad puede ser una prisión


Cuando hago una lectura general de la Biblia, claramente
veo que las personas a las que Dios elogió fueron aquellas
que se atrevieron a arriesgar todo por Él. Se movieron más
allá de lo que les inspiraba seguridad. Ante su avanzada
capítulo 10  |  comprobación de seguridad

edad y su inminente impotencia, Abraham y Sara confiaron


en que Dios les daría un hijo. José lo soportó todo, hasta que
llegó una posición en que Dios lo usaría para rescatar a su
familia de la hambruna. Hebreos 11 es un verdadero catá-
logo de esta clase de hombres y mujeres que enfrentaron
grandes obstáculos, pero que confiaron en Dios que obraría
milagrosamente. En muchos casos, Dios obró de maneras
increíbles, pero cuando no lo hizo, el epitafio de los que mu-
rieron es este: «¡El mundo no merecía gente así!» La fuga de
la prisión espiritual en que el ser humano se encuentra es
lo que cambia nuestros valores y nuestras relaciones; nos
da una nueva perspectiva del uso del dinero y del tiempo, y
es la oportunidad en que Dios honra nuestros actos de una
manera extravagante. Yo he visto gente que se ha fugado de
esta prisión de manera sorprendente.
Lisel me escuchó con sus oídos y con su corazón
125
aquella mañana de domingo cuando anuncié que Haley y
yo daríamos nuestra casa y todo nuestro dinero a la iglesia
para los propósitos del reino de Dios. Esta joven, estudiante
del último año de secundaria, ya se había establecido un es-
tilo de vida en el que seguía fielmente a Cristo. También era
atleta, y su mayor sueño per-
sonal en aquellos momentos,
era jugar fútbol en el equipo
de la Universidad A & M de
«De veras creo que
Texas. Aunque sus medios Dios quiere que
económicos eran medianos, yo renuncie a mi
los padres de Lisel tenían futuro y confíe en
la esperanza de ayudarla a
realizar ese sueño, y durante Él.»
años habían ahorrado, para
pagar sus estudios en el cole-
gio universitario. Pero aquel domingo por la mañana, Dios
le habló a Lisel, y ella le susurró a sus padres: «De veras creo
que Dios quiere que yo renuncie a mi futuro y confíe en
extravagante

Él. Mi colegio universitario. Quiero entregar lo que ustedes


han ahorrado para mis estudios universitarios.»
Lisel creyó que el Señor la estaba llamando a entregar
los ahorros para sus estudios, que alcanzaba a unos veinte
mil dólares. Temiendo que esa decisión destruyera por com-
pleto las posibilidades futuras de su hija, y la privara de
estudiar en la universidad, y perder además la oportunidad
de jugar fútbol en la Texas A & M o en cualquier otro centro
superior de estudios, sus padres la convencieron de que
conversaran y oraran juntos durante la siguiente semana
respecto a la dirección que ella creía haber recibido de
Dios. Tal vez habría la posibilidad de que recibiera el apoyo
de una beca, pero hasta ese momento, sólo unos cuantos
pequeños centros de estudios habían respondido a sus
averiguaciones.
Durante la semana en que la familia oró sobre la direc-
126
ción que debía tomar Lisel, los tres quedaron convencidos
de que debían dar el paso de obediencia y entregar a la igle-
sia los fondos que habían destinado a los estudios univer-
sitarios. Así que el domingo 16 de julio por la mañana, Lisel
y sus padres pasaron al frente, sollozando de gozo y alivio,
porque habían escuchado a Dios con claridad. Llevaban con
ellos un cheque en el que estaban donando cien por ciento
del fondo de estudios, sin dejar nada, sólo confiando en que
esa era la ofrenda que Dios les había pedido. Fue una huida
sumamente dolorosa de la prisión de la seguridad, que sólo
fue sobrepasada por la respuesta de Dios.
En la mañana del lunes 17 de julio, el entrenador de
fútbol de Lisel en la escuela secundaria recibió una llama-
da telefónica del entrenador de la Texas A & M en la que
ofrecía una beca para que Lisel jugara este deporte en el
centro educativo de sus sueños. Hasta ese momento, no
había tenido respuesta alguna de la escuela. Sin embargo,
menos de veinticuatro horas después del fiel sacrificio
de Lisel, Dios respondió de manera extravagante. Aunque
capítulo 10  |  comprobación de seguridad

no era una beca completa, abría las puertas lo suficiente


para que comenzara a estudiar allí. También era la primera
muestra de la infinita fidelidad de Dios. Los padres de Lisel
nos han referido desde entonces muchas historias sobre las
diversas maneras en que Dios ha provisto para todas las
necesidades de Lisel durante sus estudios en la universidad.

Los valores
Cuando valoramos más nuestra seguridad que una consa-
gración extravagante, nos negamos a arriesgarnos. Sólo
hacemos aquellas cosas que nos ofrecen resultados ga-
rantizados, o tal vez aquellas en las que los fracasos se le
pueden atribuir a otra persona. Lo que más nos preocupa
es no hacer el ridículo. Nos preocupa nuestra imagen, que
la gente piense bien de nosotros, y rara vez pensamos en lo
que Dios piensa de nosotros.
127
El apóstol Pablo es modelo de lo que significa poner la
opinión de Dios por encima de lo que diga la gente. En un
conflicto teológico y cultural sobre la naturaleza del evange-
lio, se mantuvo firme ante sus adversarios. A los gálatas les
señaló cómo debían pensar: «¿Qué busco con esto: ganarme
la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro
agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería
siervo de Cristo» (Gálatas 1:10). Estaba comprometido con
Jesús y su verdad, a pesar de lo que la gente pensara de él.
Estaba dispuesto a correr grandes riesgos por su Señor.
Dios quiere que creamos en Él cuando se trata de asun-
tos tan grandes y audaces, que sin Él no podríamos man-
tenernos en pie. Esto no es garantía de que siempre todo
marchará a la perfección, ni significa que podemos correr
riesgos absurdos y esperar después la bendición de Dios.
No obstante, sí significa que debemos buscar en la Biblia
lo que realmente complace a Dios y la clase de personas
que Él elogia; debemos orar con corazón abierto, y decirle:
«Señor, soy tuyo, y quiero tu voluntad. Muéstrame lo que
extravagante

debo hacer. Desafíame; úsame. Como Caleb, Señor, hoy te


digo: ‘¡Dame esa montaña!’»
Yo pienso que Dios está buscando personas que se sal-
gan de círculo de comodidad y que hagan planes tan gran-
des, y oren de una manera tan específica, que queden en
ridículo si Él no se manifiesta. Dwight L. Moody, uno de los
grandes pastores de la historia de Chicago y de los Estados
Unidos, fue un hombre dominado del todo por el llamado
de Dios sobre su vida. Con frecuencia él decía a la gente:
«Está aún por verse lo que Dios puede hacer con un hombre
que se entrega completamente a Él.»25 Siempre terminaba
de inmediato el pensamiento, diciendo: «Bien, yo seré ese
hombre.»
En una conversación privada con el notable pastor y
teólogo R. A. Torrey, Moody hizo el siguiente comentario:
«Torrey, si creyera que Dios quiere que salte por esa venta-
128
na, yo saltaría.»
Más tarde, Torrey hizo la siguiente reflexión: «Yo creo
que lo habría hecho. Si pensaba que Dios quería que hiciera
algo, él lo hacía. Él pertenecía por completo a Dios, sin re-
servas, sin condiciones; completamente.»26
Vale la pena correr el riesgo para convertirse en esa
clase de personas.

25. Citado por Shelton L. Smith en Great Preaching on Christ (Sword of the Lord Publishers,
1ª edición, 2002), 126.
2 6. R. A. Torrey, «Why God Used D. L. Moody», citado en el portal
[Link]/biography/[Link].
capítulo 10  |  comprobación de seguridad

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿De qué manera socava nuestra vitalidad espiritual el


hecho de dividir la vida en compartimentos y convertir
la fe en «una tajada del pastel»? ¿Cómo se sabe si una
persona tiene ese punto de vista respecto a la vida?
¿Hay cosas que usted separa en compartimentos?

2.  ¿Cree usted realmente que es socio de Dios en la gran


tarea de edificar y establecer su reino en la tierra? Ex-
plique su respuesta.

3.  ¿Hasta qué punto se ha convertido la seguridad en una


prisión para usted?

4.  ¿Qué le pareció la historia de Lisel? ¿Absurda? ¿Poco


129
realista? ¿Emocionante? ¿Inspiradora?

5.  En este capítulo hice el siguiente comentario: «Dios


está buscando personas que se salgan de círculo de
comodidad y que hagan planes tan grandes, y oren de
una manera tan específica, que queden en ridículo si
Él no se manifiesta.» ¿Hay algo gigantesco hoy mismo
respecto a lo cual está —o debería estar— confiando
en Dios?

6.  Reflexione en las palabras de D. L. Moody: «Está aún por


verse lo que Dios puede hacer con un hombre que se
entrega completamente a Él.» Él quería ser esa persona.
¿Y usted? Si su respuesta es negativa, ¿cuál es la razón
de no quererlo?
11
c a p í t u l o

deja atrás las seguridades

Cuando la seguridad es nuestro valor más importante, el


círculo de nuestra vida se reduce a un simple punto en el
espacio. Nos preocupa continuamente lo que otros piensen
de nosotros, y usamos máscaras para tener la seguridad de
que no perderemos el control de nuestra imagen pública.
Pronto, ni siquiera sabemos quiénes somos, por haber pro-
yectado durante tanto tiempo la imagen de alguien que no
somos. Por escondernos detrás de nuestras máscaras, y por
131
nuestra falta de sinceridad unos con otros, nuestras relacio-
nes son superficiales. Somos sólo consumidores; vamos a la
iglesia a recibir lo que queremos, pero no estamos dispues-
tos a invertir en los demás.
La iglesia del primer siglo se habría quedado perpleja
ante este desarrollo. Los cristianos de entonces entendían
lo que era ser parte del «cuerpo de Cristo»; el significado de
la interdependencia, y la vida en comunidad. Por supuesto,
había fricciones. Eso siempre sucede cuando los seres hu-
manos caídos tratan de amarse unos a otros. Sin embargo,
en el mundo romano se reconocía a los creyentes como un
pueblo dispuesto al sacrificio los unos por los otros. Hubo
dos plagas que azotaron al mundo conocido en los primeros
siglos después de Cristo, y aproximadamente la cuarta parte
del imperio cayó enfermo de muerte. Los paganos huyeron
para salvar la vida, muchas veces abandonando a su propia
familia. En cambio, los cristianos tuvieron compasión de
su familia y sus amigos, y también de los paganos enfer-
mos. Cuidaron de ellos, arriesgando su propia vida. Como
extravagante

resultado, hubo muchas personas que aceptaron a Cristo,


porque los creyentes arriesgaron su propia vida para llegar
a la gente y cuidar de ellos en tiempos de necesidad.27
En nuestra cultura, algunos viven en barrios residen-
ciales, alejados de la gente más necesitada de la ciudad. Le-
vantan altas cercas —reales y figuradas— para proteger su
privacidad. Si es posible, entran y salen de su casa, usando
aparatos que abren y cierran automáticamente las puertas.
Van al trabajo en un vehículo sin pasajeros. En el trabajo,
ocupan un espacio aislado y trabajan en sus propios pro-
yectos. Equipan su hogar con las comodidades necesarias
para pasar la mayor parte del tiempo entre cuatro paredes,
alejándose de los vecinos o de los transeúntes. El concepto
de vida es mantenerse alejado del contacto con otras perso-
nas, y gozar de seguridad.
Aunque nuestro nivel de vida no sea el que se describe
132
más arriba, no estamos libres del individualismo y del de-
seo de sentirnos seguros. Todos comparamos nuestra vida
con las de quienes nos rodean. Si aventajamos en ese juego
de comparación, nos sentimos superiores. Si perdemos, nos
domina la vergüenza. Cuando nos sentimos solos y tristes,
no queremos que se note nuestro dolor. La sinceridad es un
riesgo, porque nos hace vulnerables y se sufre demasiado.
La comunidad bíblica tal vez no es muy ordenada, pero
cuando muestra el amor de Jesús a los demás, es hermosa y
poderosa. Y, a diferencia de las máscaras, transforma vidas.
Las máscaras que a veces usamos tienen su origen en
algunos «valores» que atesoramos, y que interfieren con
nuestra habilidad de finalmente librarnos de la trampa de
la seguridad. Hay dos grandes barreras que impiden que la
mayoría de las personas hablen con sinceridad de su condi-
ción interior.

27.  Descrito por Rodney Stark in The Rise of Christianity (HarperOne, 1997).
capítulo 11  |  deja atrás las seguridades

(1) La barrera del dinero


Muchos no queremos diezmar, porque nos aterra la posibi-
lidad de no tener suficiente dinero para comprar las cosas
que aseguran nuestra comodidad. No hemos entendido que
Dios no nos pide el diezmo porque necesite nuestro dinero.
Él es el dueño del «ganado de los cerros». Es el Señor de
toda la Creación. Las Escrituras explican una y otra vez que
nuestra generosidad es prueba de la condición de nuestro
corazón. Jesús dijo: «Donde esté tu tesoro, allí estará tam-
bién tu corazón» (Mateo 6:21). Dios quiere derramar sobre
nosotros sus bendiciones, pero primero nos pone a prue-
ba, para ver si nuestro corazón le pertenece. Cuando nos
aferramos a nuestro dinero, en vez de ofrecerlo con gozo
y generosidad a Él, cerramos la válvula de sus bendiciones.
Nuestra preferencia por la seguridad económica realmente
se convierte en pobreza material y espiritual. Algunos que
133
me han oído hablar acerca del diezmo, dicen: «¿Acaso el
diezmo no es un principio del Antiguo Testamento? Puesto
que ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia, ya no tiene
aplicación a nuestra vida.»
Cuando oigo ese argumento, en la mayoría de los
casos sospecho que la persona está buscando la manera
de no dar lo que sabe muy bien que debe dar. Aunque es
cierto que vivimos bajo la gracia, el diezmo es el punto de
partida de nuestra generosidad; un punto de referencia del
mínimo que da alguien que se siente jubiloso porque Dios
le ha mostrado su gracia. De hecho, en el Nuevo Testamento
nuestra respuesta no debería ser: «Dios mío, te doy el diez
por ciento», sino «Dios mío, todo lo que yo tengo es tuyo, y
me da gozo que tú lo uses de la manera que quieras.»
Mi madre me enseñó todo lo que necesitaba saber acer-
ca de la bendición que Dios derrama sobre nuestro diezmo.
Cuando yo era un adolescente rebelde y ella era una madre
sin esposo, siempre el primer cheque que ella escribía el día
de pago, era para la iglesia. Algunas veces, yo la observaba
extravagante

y le preguntaba con un tono


de desesperación: «Mamá, ni
«Hijo, vamos a siquiera sabemos si vamos
vivir mejor con un a poder pagar nuestras
deudas. ¿Por qué le das a la
noventa por ciento iglesia ese dinero que te has
bendecido, que ganado con tanto sacrificio?
con un ciento por Ella siempre me sonreía
y me decía: —Hijo, vamos a
ciento egoísta.»
vivir mejor con noventa por
ciento bendecido, que con
cien por ciento egoísta.»

(2) ) La barrera del tiempo


También protegemos nuestro tiempo. Según los sociólogos,
hace solamente unos años, la persona promedio tenía
134
diez horas por semana de un tiempo que podía usar a su
discreción; en cambio hoy, en un mundo lleno de «apara-
tos para ahorrar tiempo», no tenemos más de dos horas.28
Empleamos más tiempo para ir al trabajo y regresar de él,
y nuestros hijos participan en tantas actividades después
de las clases, que los padres pasamos gran parte de nuestro
tiempo tras el timón del auto. La cena es una pasada en el
auto por la ventanilla de algún restaurante de comida rá-
pida antes de la próxima práctica o el próximo juego. En el
poco tiempo que nos queda, nos incomodan las exigencias
que otros nos puedan hacer… especialmente Dios. Al fin y
al cabo, estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo durante
toda la semana. ¿Cómo es posible que Él espere algo más de
nosotros?
Como le pasa a la proverbial rana en la cacerola, el ca-
lor de las expectativas de una «buena vida» ha aumentado

28. De la presentación «Congregational Realities», hecha por Mel Ming, fundador de Leader-
ship Development Resources, en noviembre de 2003.
capítulo 11  |  deja atrás las seguridades

paulatinamente, pero nosotros no nos damos cuenta de


que nos estamos cocinando. Miramos a nuestro alrededor,
a la gente que anda, corre, y se desespera por cumplir sus
sueños, y llegamos a la conclusión de que tenemos que vivir
a la par de los demás. Si tenemos vehículo, pronto quere-
mos dos o uno más nuevo. Queremos una casa más grande
donde podamos acumular más comodidades. Compramos
casi todo a crédito. Corremos de una actividad a otra y
nos preguntamos por qué ya no vibramos al pensar en
Dios. Cuando oramos, le pedimos que nos ayude a alcanzar
nuestras metas centradas en nosotros mismos, que tienen
que ver con el buen éxito, el placer, y la aprobación de la
sociedad, y nos frustramos porque Dios no responde como
nosotros quisiéramos.
No podemos vivir en una extravagante consagración,
si Dios no es más que un apéndice de lo que soñamos al-
135
canzar, o peor aún, si lo vemos como una herramienta que
nos ayude a alcanzarlo. Al principio de su libro Una vida
con propósito, el pastor Rick Warren nos lanza el guante
del desafío: «No se trata de ti (…) Debes comenzar por
Dios.»29 Nosotros tendemos a invertir esto, pero mientras
insistamos en utilizar a Dios, en vez de amarlo y obedecerle,
nos mantendremos encerrados en la prisión de las falsas
expectativas. Valoraremos la seguridad y la garantía más
que la radical entrega al Señor. El escritor y profesor Dallas
Willard hace el siguiente comentario:

Nadie tiene que preocuparse de obtener lo


mejor de Dios como en una especie de trato con
Él, o de tener éxito al usarlo a Él para sus pro-
pósitos. Quien piense que esto es un problema,
ha subestimado seriamente la inteligencia y la

29. Rick Warren, The Purpose Driven Life [Una Vida con Propósito] (Grand Rapids, Zonder-
van, 2002), 17.
extravagante

agilidad de nuestro Padre de los cielos. Él no se


deja engañar ni estafar.30

Dios nos quiere dar más libertad, gozo, y razón de existir


que cuanto hayamos jamás imaginado, pero si insistimos
en ir siempre a lo seguro, nos
mantendremos atascados en
Dios nos quiere la prisión de las esperanzas
dar más libertad, disminuidas y la falta de
pasión. Tal vez suene extra-
gozo, y razón de
ño, pero en realidad, la pri-
existir de cuanto sión es un lugar que ofrece
nos hayamos mucha seguridad. Los que
imaginado jamás. están allí, no se preocupan
de los altibajos de la bolsa
de valores. No les importa el
136
clima, ni si comerán ese día. Se cuida de su salud, y se les
corta el cabello gratis. Son muchos los riesgos de la vida
que desaparecen, pero con ellos también desaparencen las
satisfacciones, las emociones, y la libertad de cumplir el
plan de Dios para nosotros.

El paso por las zonas de seguridad


En estos capítulos acerca de la seguridad, hemos hablado
de cuatro maneras de hallar el gusto a las cosas y ponerlas
a prueba: la manera en que manejamos nuestros valores,
nuestras relaciones, nuestro dinero, y nuestro tiempo. En
teoría, todo esto es bueno, pero no nos lleva a ningún lado, a
menos que pongamos por obra lo que sabemos. El salmista
nos invita: «Prueben y vean que el Señor es bueno» (Salmo
34:8). Cada vez que ponemos un bocado de una nueva comi-
da en nuestra boca, sometemos a prueba la habilidad del
cocinero, la calidad de los ingredientes, y nuestro paladar.

30. Dallas Willard, The Divine Conspiracy (HarperOne, 1998), 38.


capítulo 11  |  deja atrás las seguridades

Dios quiere que demos pasos de fe; que probemos su bon-


dad, y que nos probemos a nosotros mismos para ver si nos
hemos consagrado realmente a Él.
La confianza total en Dios se manifiesta a través de
palpables actos de fe. En la Biblia hay muchas historias de
fe que pusieron en marcha
milagros. Por ejemplo, en un
momento fundamental en la
historia de Israel, el pueblo
La confianza
de Dios enfrentó un grave total en Dios se
problema. Los filisteos ataca- manifiesta a través
ron al ejército de Israel, y el
de actos palpables
rey Saúl no los había hecho
retroceder. Para empeorar de fe.
las cosas, su «ejército» no
era más que un triste grupo
137
de hombres armados con herramientas de cultivo. El ene-
migo había impuesto su voluntad sobre el pueblo de Dios
y lo había predispuesto para un gran fracaso. Los filisteos
habían hecho imposible que los hombres de Saúl se prepa-
raran para la guerra: «En todo el territorio de Israel no ha-
bía un solo herrero, pues los filisteos no permitían que los
hebreos se forjaran espadas y lanzas… Así que ninguno de
los soldados israelitas tenía espada o lanza, excepto Saúl y
Jonatán» (1 Samuel 13:19,22). Su situación militar y política
era desesperada.
Cuando Jonatán, el joven hijo de Saúl, evaluó la situa-
ción, posiblemente sintió que debía hacer algo. Estaba muy
consciente de que su padre y él tenían muy pocos hombres
y estaban tristemente mal armados, pero no se dio por ven-
cido. ¡Maquinó un atrevido plan, e invitó a su escudero a
unírsele en un asalto de sólo dos hombres a través de un lu-
gar inexpugnable de despeñaderos! En una manifestación
de incomparable fe y valentía, lo animó y le dijo: «Vamos a
cruzar hacia la guarnición de esos paganos. Espero que el
extravagante

Señor nos ayude, pues para él no es difícil salvarnos, ya sea


con muchos o con pocos.» El escudero se sintió inspirado
por la valentía de Jonatán, y le contestó: «Haga usted todo
lo que tenga pensado hacer, que cuenta con todo mi apoyo»
(1 Samuel 14:6,7).
Los dos hombres escalaron un despeñadero y atacaron
la guarnición filistea, matando unos veinte hombres. Dios
honró su audaz fe: «Cundió entonces el pánico en el cam-
pamento filisteo y entre el ejército que estaba en el campo
abierto. Todos ellos se acobardaron, incluso los soldados de
la guarnición y las tropas de asalto. Hasta la tierra tembló, y
hubo un pánico extraordinario» (1 Samuel 14:15).
Los vigías de Saúl vieron al enemigo huir de su forta-
leza, y el rey ordenó que los pocos soldados de su ejército
atacaran. Cuando llegaron al campo de batalla, los filisteos
estaban tan confundidos, que se atacaban unos a otros.
138
Pronto se unieron más israelitas a la lucha, y la derrota fue
aplastante. Todo el día, el pequeño ejército de Saúl persi-
guió a los poderosos filisteos y los mató. ¿Cómo fue posible
que sucediera esto? Un hombre vio más allá de la desespe-
rada situación y vio la barra de trapecio de la fe que puede
cambiar la historia. Se soltó de su seguridad personal y se
aferró a la manera en que Dios les entregaría al enemigo. Y
no olvidemos al escudero que fue tan valiente como Jona-
tán. De hecho, es posible que haya mostrado aún más valor,
porque estuvo dispuesto a seguirlo en una estrategia que
tenía todo el aspecto de una lucha a muerte sin esperanza
alguna… y ni siquiera tenía espada. Ambos hombres sabían
que no había garantía alguna de buen éxito, sólo la fe de
que Dios prevalecería a través de ellos. Con mucha sinceri-
dad Jonatán dijo: «Espero que el Señor nos ayude.»
Cuando la situación es imposible, la escena está prepa-
rada para un milagro. Si procuramos que en nuestra vida no
haya riesgos, desechamos la condición que es esencial para
que se produzca un milagro: una necesidad insoslayable,
capítulo 11  |  deja atrás las seguridades

dura, y sin esperanza. Dios nos lleva al final de nuestros re-


cursos, antes de que confiemos que Él es quien nos llevará a
nuestro destino —sin plan B, y sin ninguna otra alternativa.
Con frecuencia comenzamos nuestro análisis de una
situación, enfocados en nuestros temores, y nos senti-
mos paralizados desde el mismo principio. En vez de eso,
deberíamos seguir el ejemplo de Jonatán, y confiar en
el carácter de Dios y en la posibilidad de que Él obre un
milagro a nuestro favor. Como él, debemos decir: «Espero
que el Señor actúe.» En todos los actos osados de fe que he
llevado a cabo, he tenido que mirar más allá de las dudas,
las excusas, y las críticas externas —por encima de lo que
parecía seguro ante mis ojos— para pensar en lo que Dios
puede hacer si mi fe lo deja en libertad de obrar conforme
a su poder. Muchas veces he oído que la gente se pregunta:
«¿Y si esto no es de Dios?» Pero cada vez que oigo algo así,
139
yo contesto: «¿Y si lo es?» Prefiero tener la osadía de probar
la bondad y la grandeza de Dios y ver qué sucede, a vivir
toda mi vida en medio de una temerosa mediocridad. En
todos esos momentos decisivos de mi vida, he tenido que
pensar con detenimiento cuál sería la consecuencia de
arriesgarme, pero también he pensado en la consecuencia
de no arriesgarme. En el momento final de mi vida, no quie-
ro mirar atrás y lamentar el hecho de «haber desperdiciado
una oportunidad». Aunque terminara en el suelo después
de haber confiado, quisiera decir: «Le entregué a Dios todo
lo que tenía.» ¡Yo quiero ser un Jonatán!
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Dónde está su seguridad?

2.  ¿Cree que puede vivir mejor con un noventa por ciento
bendecido, que con un cien por ciento bien seguro en el
punó de su mano?

3.  ¿Le da la impresión de que el tiempo se esfuma y que


muchas tareas quedan inconclusas? Mantenga un ca-
lendario de actividades de la semana, vea si necesita
hacer un cambio de prioridades en su vida.

4.  ¿Cuál de las barreras que impiden que nos liberemos


de la dependencia de la seguridad es la más desafiante
para usted?
140

5.  Como el caso de Jonatán y su escudero, ¿hay algún acto


palpable de fe que usted deba realizar para desatar la
obra de Dios en su vida?

6.  ¿Toma usted sus decisiones basado en su fe, o en sus


temores?
12
c a p í t u l o

la fe en juego

Me gustan mucho las historias de héroes de guerra y perso-


najes que responden con valentía al peligro, tal vez porque
la mayoría ni siquiera pasamos por tales situaciones. Sin
embargo, nuestra labor para Dios exige su propia medida
de valentía. Para usted, esa barra de trapecio del riesgo y
la esperanza podría ser el valor que necesita para abrir la
boca y hablar de Jesús a un amigo. O quizá sea la voluntad
de escuchar a alguien que realmente le incomoda, cuidar
141
de alguien que no puede dar nada a cambio, o perdonar a
alguien que lo ha herido profundamente. Dios podría guiar
a algunos a dejar la seguridad de una carrera para iniciar un
negocio, fundar una iglesia, o dedicarse a misiones. Raras
veces leemos algo acerca de estos actos en los libros de
historia, pero son la materia prima de una vida espiritual
extravagante, y es lo que alegra el corazón de Dios.

Los sustitutos de Dios


Nuestro inapropiado anhelo de seguridad impide que pon-
gamos la fe en acción y que avancemos con el valor que
produce la extravagancia de Dios. Muchas veces, el corazón
humano se inclina a lo que no es bueno. Centramos nuestra
esperanza en cosas que no deben llenar nuestro corazón ni
satisfacer nuestros deseos más profundos.
Muchos siglos atrás, Agustín habló del problema de
los «amores desordenados». Hizo la observación de que
no es malo amar la belleza, el placer, la gente, ni el éxito;
pero es un trágico error amarlos más que a Dios. Esta es la
extravagante

esencia de sus celebres palabras: «Nos hiciste, Señor, para


ti, e inquieto está nuestro corazón mientras no descanse
en ti.»31 Dedicamos mucho tiempo y dinero persiguiendo
cosas periféricas, en lugar de buscar lo primordial, y la con-
secuencia de nuestra confusión es devastadora.
Algunas de nuestras búsquedas son abiertamente
pecaminosas. Mentimos, robamos, engañamos, y murmu-
ramos para obtener lo que queremos. Usamos sustancias
adictivas y formas de conducta para adormecer el dolor del
maltrato o de un angustiante vacío, y adoptamos estilos de
vida que nos prometen placer y alivio momentáneos. No
todos somos alcohólicos ni adictos a las drogas. Somos aún
más los que hemos dejado que nuestro corazón se estre-
mezca con la emoción de los juegos de azar, la búsqueda de
algo más que comprar, el consuelo de la comida, el anhelo
de sobresalir en el campo profesional, o la compulsión a
142
ahorrar más y más para la jubilación. Cuando la familia es
un caos, muchos pensamos que los demás miembros de la
familia son la causa del problema, de manera que nos dedi-
camos a controlar la conducta de otros, aunque el problema
principal generalmente está en nuestro propio corazón.
El uso de sustancias adictivas y esquemas de conducta
destructivos para aliviar el sufrimiento y llenar el vacío en
el corazón no son solamente teoría para mí. Como expliqué
en el testimonio acerca de mis años de adolescencia, mi
vida por algún tiempo fue buscar la manera de de conseguir
y consumir bebidas alcohólicas para adormecer el dolor de
una niñez disfuncional. No se trata de que haya jugado
solamente con la adicción y todo el corolario de mentiras
y manipulaciones que trae consigo. Estaba sumido hasta la
coronilla en todo aquello, y mi vida estaba en serio peli-
gro. Sin embargo, no importa lo que usemos para sustituir

3 1. Augustine, Confessions I, 1.
capítulo 12  |  la fe en juego

a Dios, el resultado será el


mismo: una vida que no es
realmente vida. No importa lo
A través del profeta Je-
remías, Dios nos dice lo que
que usemos para
Él piensa acerca de nuestra sustituir a Dios,
búsqueda de cosas pecami- el resultado es
nosas en vez de buscarlo el mismo: una
a Él. Cuando el pueblo de
Dios adoraba a otros dioses vida que no es
(y eso hacemos cuando las realmente vida.
sustancias adictivas, ciertas
conductas, u objetos ocupan
el lugar que sólo Dios debe tener en nuestra vida), Él se
lamentaba:
143
Dos son los pecados
que ha cometido mi pueblo:
Me han abandonado a mí,
fuente de agua viva,
y han cavado sus propias cisternas,
cisternas rotas que no retienen agua.
(Jeremías 2:13)

Para quienes crecieron en la ciudad, cabe explicar que en


una cisterna se recoge el agua de lluvia para usarla más
tarde. Es un depósito inerte en el que no fluye agua natu-
ralmente, de manera que no se vuelve a llenar. La queja
de Dios respecto a su pueblo es que le habían vuelto la
espalda, a Él —la fuente de agua viva, refrescante, pura—,
y neciamente, se esforzaron para cavar huecos que sola-
mente podían contener aguas estancadas. Y aun así, esas
cisternas tenían grietas por las que se escapaba el agua. No
es de extrañarse que la búsqueda de la satisfacción fuera de
Dios no puede calmar la sed de nuestro corazón. Las cosas
extravagante

con que llenamos nuestra alma, no sólo se estancan, sino


que eventualmente se escurren y desaparecen. Entonces
nuevamente sentimos la necesidad de llenarnos de más
agua en mal estado, para sentir que hay algo en nosotros.
La queja de Dios no fue la última historia de su pueblo.
En lo que resta de la advertencia escrita por Jeremías, el Se-
ñor dice que poner en el centro del corazón cualquier otra
cosa que no sea Él, es idolatría —algo que no se debe tomar
livianamente. Aunque el pueblo protestó ante la dura eva-
luación de Dios, Él usó otra metáfora para aclarar aún más
su advertencia:

¿Cómo puedes decir:


“No me he contaminado,
ni me he ido tras los baales”?
¡Considera tu conducta en el valle!
144
¡Reconoce lo que has hecho!
¡Camella ligera de cascos,
que no puedes quedarte quieta!
¡Asna salvaje que tiras al monte!
Cuando ardes en deseos, olfateas el viento;
cuando estás en celo, no hay quien te detenga.
Ningún macho que te busque tiene que fatigar-
se: cuando estás en celo, fácilmente
te encuentra. (Jeremías 2:23-24)

¡En nuestra impulsiva exigencia de seguridad e importan-


cia alejados de Dios, somos como una camella o un asna en
celo, buscando a quien nos satisfaga!
¿Es demasiado duro hablar así? ¿Se refería realmente
al pueblo de Dios? El corazón humano es desesperadamen-
te malvado y, hasta que estemos en la presencia del Señor,
seremos tentados a poner cosas de menor importancia
—incluso búsquedas abiertamente pecaminosas— en el
centro de nuestro corazón.
capítulo 12  |  la fe en juego

Cuando las cosas buenas son las que interfieren


A pesar de la perversidad de lo que es innegablemente pe-
cado, la mayoría de nosotros enfrenta un problema más in-
sidioso en nuestra relación con Dios. Nuestro desordenado
amor no se inclina a conductas pecaminosas, pero sí con-
vierte lo bueno, los dones de Dios, en cosas esenciales. Tal
como Pablo explica en su epístola a los romanos, adoramos
las cosas creadas, en vez de adorar al Creador (Romanos 1:18-
25). En nuestra afluente cultura (que incluye a personas que
sin tener muchos recursos, disfrutan de un nivel de como-
didad y de complejidad tecnológica que habría asombrado
a los ricos de sólo un siglo atrás), no vemos las comodida-
des normales de la vida actual como dones que vienen de
Dios. Estamos convencidos de que tenemos el derecho de
poseerlas, y nos incomoda mucho cualquier contratiempo,
aunque mínimo, relacionado con esas comodidades. Cada
145
día tenemos más cosas, que elevan nuestra posición social
y nuestra riqueza. Interiormente estamos convencidos de
que nos tiene que ir mejor y mejor, en especial al pueblo
de Dios. Vivimos con una sensación poco meditada de que
tenemos derecho a «prosperar continuamente».
Sin embargo, tarde o temprano, Dios pone su dedo
incluso en las cosas «buenas» que en nuestro corazón han
ocupado el lugar que sólo a Él le pertenece. Puede que use
una pluma, o que use un mazo, pero un día querrá llamar
nuestra atención. Si somos sabios, atenderemos esa desvia-
ción de nuestro corazón y corregiremos lo que haga falta.
A la esposa de mi amigo le encantan las cosas bellas, y
ha decorado su hogar con muy buen gusto. Sin embargo, se
da cuenta de que tiene la tendencia de envolverse demasia-
do en esto de la belleza, así que de vez en cuando se prueba
a sí misma con un «ataque» a su vulnerabilidad. Regala
pinturas, jarrones, muebles caros, y otras cosas que aprecia,
cada vez que parecen estarse apoderando con demasiada
fuerza de su corazón. A veces, mi amigo se siente sacudido
extravagante

ante las decisiones que ella toma. En una ocasión me dijo:


«Me parecen cosas muy valiosas para regalarlas así como
así.»
Sin embargo, cuando él
le habla de esos regalos que
Tiene que ser algo hace, ella siempre le sonríe
que yo quisiera y le explica: «Si no fuera
valioso, no importaría tanto,
conservar, para
¿verdad? Tiene que ser algo
que el regalo que yo quisiera conservar,
exprese mi para que el regalo exprese mi
devoción a Dios. devoción a Dios… y me haga
pensar dónde debe estar mi
corazón.»
Excelente lógica.
Todos nosotros, incluso quienes hemos sido llamados
146
al ministerio, estamos sujetos a la «progresiva sensación de
derecho» que caracteriza a nuestra cultura. Recibimos un
poco de Dios y, al principio, nos sentimos agradecidos; pero
pronto consideramos que es nuestro soberano derecho te-
nerlo. Yo conozco esa trampa por experiencia personal. Eso
es lo que me sucedió a mí.
Hace años, cuando era aún un joven evangelista, Dios
bendijo mi ministerio. La primera semana después que Él
me liberó de mi adicción al alcohol, el pastor de jóvenes
de nuestra iglesia arregló sabiamente las cosas para que yo
diera mi testimonio en público. Como consecuencia de mi
mensaje, un buen número de muchachos de mi escuela se-
cundaria, que habían llegado para ver el espectáculo de mi
predicación, aceptaron a Cristo. De hecho, cuatro de ellos
se bautizaron junto conmigo aquella misma noche. ¡Yo fui
bautizado con mis primeros cuatro convertidos! Pero el
poder de la responsabilidad ante Dios se hizo presente. Yo
estaba «enganchado» con Jesús.
capítulo 12  |  la fe en juego

Pocas semanas más tarde, ya estaba viajando por toda


nuestra zona predicando en campañas, y aquello nunca
paraba. Las oportunidades de ministerio aumentaban.
Cuando cumplí los veinte años de edad, estaba en muy bue-
na posición —al menos a mi buen saber y entender— en
el ámbito del evangelismo. Había crecido en circunstancias
humildes, y de repente estaba dentro de ese círculo de co-
nocidos líderes cristianos. ¡Aquello era embriagador!
Para la adecuada presentación, compré trajes costosos,
zapatos de buena marca, y camisas caras. Hasta llevaba con-
migo una pluma Montblanc. Mi justificación era esta: «He
sufrido tanto en mi vida, y he hecho tantas cosas buenas
para Dios, que me merezco todo esto.» Por supuesto, estaba
completamente equivocado, aunque nunca lo habría reco-
nocido. Si alguien me hubiera enfrentado para cuestionar
esos derechos que yo reclamaba, me habría sentido profun-
147
damente ofendido y lo habría negado. Mi corazón estaba
enceguecido, y no veía los ídolos que se habían deslizado
sigilosamente a ocupar su altar.
Dios permitió que anduviera un buen tiempo a la
deriva en aquel maravilloso mundo del engaño, y fue en-
tonces cuando me llamó a dejar mi posición de aclamado
evangelista, para ser pastor en un pequeño poblado de
Arkansas. Tuve que enfrentar las fijaciones que ya tenía
en el corazón. Los símbolos de riqueza y de buen éxito se
habían convertido en ídolos para mí, y los ídolos no mueren
en quietud. Tenemos que agarrarlos por la garganta, y ma-
tarlos sin misericordia alguna. Mientras esto sucede, inven-
taremos mil razones de que debemos seguir viviendo de la
misma manera. O peor, nos comprometeremos a cambiar
sólo parcialmente. No; es necesario que mueran. Los ídolos
deben ser completamente derrotados. Nada que no llegue
a la altura de una total destrucción de los falsos dioses nos
liberará de las garras de la idolatría.
extravagante

Mientras luchaba con Dios, tratando de justificar mis


ídolos, llorando y orando, Dios me mostró que mi reconoci-
miento y mis éxitos se habían vuelto más importantes que
Él mismo. Si usted me hubiera preguntado acerca de esto
en el día anterior a aquella profética llamada telefónica
que recibí de la iglesia de Arkansas para pedirme que fue-
ra su pastor, yo me habría reído de la idea de que hubiera
idolatría en mi vida. Pero el Espíritu de Dios no me soltó, ni
dejó que le mintiera a Él ni me mintiera a mí mismo. Poco
a poco entendí que debía matar a la bestia para volver a
poner a Dios en el trono de mi corazón. Esta ha sido una
de las experiencias más atroces —y más liberadoras— de
toda mi vida. Y la tengo que repetir una y otra vez para
mantener la pureza de mi corazón. No obstante, ahora no
me sorprendo cuando Dios hace resplandecer la luz de la
verdad y la convicción respecto algo que se ha vuelto de-
148
masiado valioso para mí. He pasado antes por esa situación,
y sé lo que debo hacer. Todavía es difícil, pero al menos ya
conozco el camino.
Esta batalla con las cosas buenas que se convierten en
ídolos no tiene nada de nuevo en nuestra cultura. Durante
siglos la gente ha enfrentado de diversas maneras esa mis-
ma tentación. La historia de Abraham e Isaac tuvo lugar en
una cultura muy diferente a la nuestra, y hace cerca de cua-
tro mil años, pero su mensaje es tan fresco como la primera
taza de café que nos tomamos esta mañana.
Abraham y Sara habían esperado veinticinco años que
Dios cumpliera su promesa de darles un hijo. Es difícil ima-
ginar el éxtasis en que se sintieron cuando por fin pudieron
cargar a un niño en sus brazos. Su gratitud al Dios que les
había hecho un regalo tan valioso parecía imposible de
medir. Sin embargo, después de unos doce años, el afecto
de aquel anciano había pasado del Dador al don; de Dios a
Isaac; del Hacedor al hijo de Abraham. En una de las órde-
nes más angustiosas que aparecen en la Biblia, Dios indicó
capítulo 12  |  la fe en juego

a Abraham que matara a Isaac como sacrificio para Él, el


Dios Altísimo. Podemos estar seguros de que el corazón de
Abraham se hizo pedazos, pero decidió que obedecería. El
anciano padre y su hijo viajaron tres días hasta llegar al
monte Moria. Después de levantar un altar, Abraham acostó
a Isaac en la plataforma de los sacrificios, y levantó el cu-
chillo para matar a su hijo. En ese momento, Dios supo —y
lo más importante de todo, Abraham supo— que el corazón
del patriarca había regresado al hogar. Si el anciano estaba
dispuesto a matar a su propio hijo, el hijo de la promesa, su
arrepentimiento era genuino.
También en nuestra propia vida, Dios no está dispues-
to a bailotear con nuestra mediocridad, cuando un Isaac
ha ocupado el centro de nuestro corazón que es sólo suyo.
Puede tratarse de un hijo, de un cónyuge, de un sueño, de
una profesión, de una adicción, o de alguna otra cosa; Dios
149
no está dispuesto a regatear con nosotros acerca de nada.
Lo que Él nos exige es que pongamos nuestro deseo mal
dirigido (no una persona real) en el altar, que saquemos el
cuchillo, y que lo matemos allí mismo. Ninguna otra cosa
será suficiente.
Cuando tomamos esas drásticas decisiones —y todo
creyente está llamado a hacerlo de vez en cuando, porque
nuestro corazón fácilmente se aparta de su rumbo, que es
Dios, para ir tras nuestros Isaacs—, aunque el momento es
muy doloroso, encontramos una libertad, un gozo, y una
paz que no hemos experimentado en mucho tiempo, o tal
vez nunca. Ya no nos preocupa proteger a nuestro Isaac. No
hay nada que nos importe más que la recta relación con
Dios. Lo paradójico de todo es que cuando Dios está en el
centro, podemos disfrutar de nuestra vida y de las personas
que amamos mucho más que antes… e incluso ellos mismos
se dan cuenta de que es así. Antes del extravagante acto de
obediencia del monte Moria, la relación de Abraham con
Isaac estaba manchada por la idolatría de valorar a su hijo
extravagante

por encima de Dios. Sin embargo, aquel día ese veneno fue
eliminado. Entonces, padre e hijo pudieron disfrutar de su
relación mutua bajo la sonrisa de Dios.
Con frecuencia la gente malentiende el significado
de someter todo a Dios. Lo que se piensa es que Dios nos
quiere quitar todo lo que valoramos, y arruinarnos la vida,
cuando en realidad se trata exactamente de lo contrario.
Dios quiere que le entreguemos todo y lo pongamos a Él
en primer lugar, para que podamos disfrutar realmente de
los dones que Él nos da. Sólo podremos experimentar la
libertad y las bendiciones sin límites de Dios si lo ponemos
a Él en el primer lugar.
¿Acaso la seguridad, la búsqueda de algo, o tal vez una
persona se ha convertido en un Isaac para usted? Escuche
a Dios, y no preste atención alguna a los lloriqueos y los
regateos de esos deseos fuera de lugar. Mate los amores
150
desordenados, y vuelva a poner su supremo afecto donde
deben estar. Usted amará mejor y vivirá mejor si Dios se
encuentra en el centro de su corazón.

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Hay en su vida cosas pecaminosas que se interponen


entre usted y Dios? ¿Y cosas que no son precisamente
pecaminosas, pero que interfieren igualmente? ¿Qué
debe hacer para que esa situación cambie?

2.  ¿Hay en su vida algo a lo que usted ha llegado a pensar


que tiene derecho, pero en realidad no lo tiene?

3.  Lea de nuevo Jeremías 2:23,24. Mi pregunta al respecto


es si Jeremías habló con demasiada severidad al pueblo
de Israel. ¿Qué piensa usted?
capítulo 12  |  la fe en juego

4.  ¿En qué momentos ha visto que el excelente don de


Dios deja en las sombras aquello que usted pensaba
que era bueno?

5.  ¿Hay algún Isaac en su vida? ¿Qué acto de extravagante


consagración necesita usted realizar a fin de ponerlo
en el lugar que le corresponde?

151
13
c a p í t u l o

la obra del Espíritu

Uno de los principios más fascinantes e importantes de la


vida espiritual es que Dios, en su gran sabiduría, conecta
dos ámbitos: el eterno y el temporal; el infinito y el finito; el
espiritual y el físico; el invisible y el visible; el intangible y
el tangible. El Tabernáculo del Antiguo Testamento —y más
tarde el Templo— era el lugar de encuentro entre el cielo y
la tierra. En el Nuevo Testamento, Pablo sigue adelante con
el tema, explicando que nuestro cuerpo es «templo del Espí-
153
ritu Santo». No tenemos que ir a un templo ni a una iglesia
para experimentar la presencia del Dios santo, maravilloso
e infinito. ¡Él vive dentro de nosotros!

Socios
Como indiqué en el capítulo 2, las Escrituras nos relatan
que Jesús ofreció a la gente el maravilloso privilegio de par-
ticipar con Él en su obra. Y, de hecho, todavía está vigente
el principio de que muchas veces Él retiene sus poderes
milagrosos hasta que nosotros hagamos nuestra parte, para
poner en movimiento los engranajes de la bendición. En su
ensayo «La eficacia de la oración», C. S. Lewis comenta esta
voluntad de Dios de asociarse con nosotros:

Al parecer, Él no obra en aquello que puede de-


legar a sus criaturas. Nos ordena que hagamos
con lentitud y premiosamente algo que Él puede
hacer a la perfección en un abrir y cerrar de ojos.
Permite que seamos negligentes con lo que Él
extravagante

quiere que hagamos, o que incluso fracasemos.


Tal vez no tenemos conciencia plena del proble-
ma, por así llamarlo, que significa capacitar a
seres finitos con libre albedrío para que coexis-
tan con la Omnipotencia. Es como si en todo
momento hubiera una especie de abdicación di-
vina. Nosotros no somos simples destinatarios
o espectadores. O tenemos el privilegio de ser
parte del juego, o se nos obliga a colaborar en
la labor, «a empuñar nuestros pequeños triden-
tes». ¿Es este asombroso proceso sencillamente
una creación que produce delante de nuestros
ojos? Así es como Dios hace algo… a partir de la
nada (cosa que no debemos tomar a la ligera).32

En el punto más elevado del ministerio de Jesús, la muche-


154
dumbre iba a Él, porque quería recibir sanidad, o al menos,
ver cómo otros eran sanados. ¡Imagine cómo habría seguido
CNN las noticias de sus milagros! Hubo una circunstancia
en la cual cinco mil hombres (tal vez unas veinte mil per-
sonas, contando mujeres y niños) se sentaron en una pol-
vorienta colina para oír sus enseñanzas y ver los milagros.
Consciente de que la gente tendría hambre después de todo
un día de recibir sus enseñanzas, Jesús se volvió a Felipe y
le preguntó: «¿Dónde vamos a comprar pan para que coma
esta gente?» (Juan 6:5). Estaba probando a su discípulo,
para ver si tenía la visión de confiar que Él alimentaría
a las multitudes de una manera milagrosa, pero el pobre
Felipe no tenía la menor idea. Intencionadamente, Jesús lo
había hecho llegar, junto con el resto de los discípulos, a un
trascendental punto de necesidad. Juan nos dice que Él «ya
sabía lo que iba a hacer» (Juan 6:6).

3 2. C. S. Lewis, «The Efficacy of Prayer,» tomado de The World’s Last Night and Other Essays,
378–392.
capítulo 13  |  la obra del Espíritu

Este relato está en los cuatro evangelios, y cada vez


que aparece, el escritor se asegura de presentarnos cifras
concretas, para que entendamos la situación: había cinco
mil hombres, y un muchacho tenía cinco hogazas de pan
y dos peces; pero después de comer todos, sobraron doce
canastos. Aunque la gente tenía hambre, podemos suponer
que nadie se estaba muriendo de hambre. Un cuerpo hu-
mano saludable puede sobrevivir varias semanas con poco
alimento, o ninguno. Lo que nos quiere decir este relato
no es que la gente estaba desesperada por recibir alimen-
to. Habrían sobrevivido tranquilamente sea que Jesús los
alimentara o no . El mensaje de aquel día no tenía relación
alguna con la multitud, sino con los discípulos.
Jesús invitó a sus seguidores más cercanos a unír-
sele en un milagro. Le pidió consejo a Felipe, y aceptó el
almuerzo de aquel muchacho que Andrés le trajo. Por lo
155
menos Andrés estaba bien encaminado. Su ofrecimiento
era absurdo en un sentido
puramente físico. ¿De qué
habría servido una simple Jesús invitó a sus
merienda para un estadio seguidores más
lleno de gente? Pero a Jesús le cercanos a unírsele
encantó que aquel discípulo
se presentara con un recurso
en un milagro.
palpable. A esa «ofrenda», Él
le añadió su poder intangible, para multiplicar la comida de
manera que alcanzara para toda la multitud. Y aun enton-
ces, ordenó a sus discípulos que participaran en el milagro,
distribuyendo aquellos alimentos y recogiendo en canastos
lo que sobró.
Si Jesús hubiera hecho todo Él solo —lo cual cierta-
mente era posible—, los discípulos habrían sido observa-
dores, en vez de participantes. Él sabía que llegaría el día
en que el privilegio y la responsabilidad de alimentar a las
almas del mundo descansaría sobre los hombros de ellos.
extravagante

Los discípulos necesitaban comprender que su papel era de


suma importancia para el cumplimiento exitoso del plan
de Dios, tanto en la ladera de aquella colina aquel día, como
más tarde, en todo el planeta, cuando llevaran el evangelio
a toda tribu, lengua, y nación.

Construya su memoria de fe
Hay algunos pastores que enseñan que si andamos con Je-
sús, nunca atravesaremos por tinieblas ni necesidad; pero
eso, sencillamente, no es cierto. El Señor nos conduce a la
luz, pero tarde o temprano, el Dios de luz nos lleva a lugares
tenebrosos, donde nuestra única opción es confiar en Él.
Jesús probó a los discípulos aquel día, para ver si tenían la
fe y la creatividad necesarias para alimentar a la multitud,
y hoy nos prueba a nosotros de manera muy parecida.
Cada momento que requiere una decisión, pone a
156
prueba nuestra fe, y todos las victorias se almacenan en los
bancos de memoria de nuestra fe para fortalecernos en la
próxima prueba. No obstante, si no somos cuidadosos, nos
arriesgamos a pasar por alto las lecciones de fe que nos
brindan nuestras experiencias del pasado (como la provi-
sión de Jehová Yireh durante todo un año sin sueldo). Des-
pués del extraordinario milagro de aquel día en la colina,
Jesús envió a sus discípulos más cercanos en una barca a la
otra orilla del lago. Durante la noche, comenzó a soplar una
feroz tormenta. Mientras se esforzaban por remar, vieron
a Jesús andando sobre el agua. Se sintieron aterrados, pero
Jesús entró con ellos a la barca y la tormenta se calmó. Sólo
horas antes, habían presenciado el milagro que Él había
realizado, pero la experiencia no había penetrado al alma
de ellos. Marcos dice en su relato: «Estaban sumamente
asombrados, porque tenían la mente embotada y no habían
comprendido lo de los panes» (Marcos 6:51,52).
Podríamos estar en medio del mayor de los movimien-
tos de Dios de toda nuestra vida, y no tener conciencia de
capítulo 13  |  la obra del Espíritu

ello. En ocasiones, me he sentido frustrado ante personas


que al parecer no están conscientes de que el Dios Todopo-
deroso ha realizado un glorioso milagro entre ellas, y han
perdido rápidamente la fe. Pero el Señor me ha recordado
de inmediato: «Así también
sucedió con los discípulos
y, Bryan, tú también has Necesitamos
estado muchas veces en esa maravillarnos
situación.» (Como cuando ante el asombroso
tuve que renunciar a mi casa
para repasar la lección.) Para
poder de Dios.
ser socios de Dios, debemos
abrir los ojos a la unión entre lo tangible y lo intangible. Ne-
cesitamos maravillarnos ante el asombroso poder de Dios,
y dejar que los sucesos de Dios de los que participamos
penetren profundamente en nuestro corazón, con el fin de
157
que fortalezcan nuestra fe para el próximo paso, el próximo
trapecio, en nuestra aventura con Él.
Una nota al margen que vale la pena mencionar en el
relato de la alimentación de los cinco mil: la gente común
y corriente captó mejor el mensaje que los mismos discípu-
los. En respuesta al milagro de la multiplicación de aquella
merienda, la gente creyó en Jesús y lo siguió. A la mañana
siguiente, cuando vieron que se había marchado, corrieron
por la ribera del mar hasta el otro lado. Mientras iban de
camino, anunciaron a todo el mundo en aquella región lo
que Jesús había hecho (¡Esa sí es una señal de un verdadero
avivamiento espiritual!) Marcos describe así la escena:

Después de cruzar el lago, llegaron a tierra en


Genesaret y atracaron allí. Al bajar ellos de la
barca, la gente en seguida reconoció a Jesús.
Lo siguieron por toda aquella región y, adonde
oían que él estaba, le llevaban en camillas a los
que tenían enfermedades. Y dondequiera que
extravagante

iba, en pueblos, ciudades o caseríos, colocaban


a los enfermos en las plazas. Le suplicaban que
les permitiera tocar siquiera el borde de su
manto, y quienes lo tocaban quedaban sanos.
(Marcos 6:53-56)

Jesús había usado la provisión sobrenatural de una sencilla


merienda para convencer a la multitud de que Él podía
darle algo que era mucho más importante: la vida eterna.

Un regalo de familia
Cuando vemos cómo Dios toma nuestras ofrendas, peque-
ñas pero tangibles, y hace milagros maravillosos con lo que
nosotros le damos, es una de las experiencias más emocio-
nantes en la vida cristiana. Aunque yo aprendo lentamente,
ciertamente he comenzado a tomarle el gusto al riguroso
158
entrenamiento que Dios requiere de quienes que se han
presentado a Él como un sacrificio vivo.
Dos años después que nuestra iglesia de Dallas saldara
su deuda, ya no cabíamos en el edificio, e iniciamos otra
campaña para ampliarlo. Como líder de nuestra iglesia,
comprendí mi responsabilidad de dar ejemplo de generosi-
dad a la familia de la iglesia. Sin embargo, tenía los bolsillos
vacíos. Había renunciado a mi sueldo durante todo un
año. Después había renunciado a nuestra casa y a cuanto
centavo poseíamos. Quería ser un ejemplo de confianza
total, obediencia extraordinaria, fe valerosa, y generosidad
exuberante; pero no tenía nada que dar.
Entonces le pregunté a Dios: «Señor, ¿qué quieres que
haga?»
El Señor me recordó lo que le había preguntado a
Moisés desde la zarza ardiendo: «¿Qué tienes en la mano?»
(Éxodo 4:2).
Aunque yo no tenía dinero, ni la utilidad que habría
recibido de la casa y con lo que habría podido contribuir,
capítulo 13  |  la obra del Espíritu

me di cuenta enseguida de que tenía los talentos que Él me


había confiado. Tenía habilidad como orador, pasión por
el mensaje que Dios había
puesto en mi corazón, y una
red de conexiones con pasto-
res de todo el país. Aquello
era algo que podría usar para «¿Qué tienes en la
Dios de una manera nueva. mano?» (Éxodo 4:2)
Me reuní con mi junta oficial
y les dije que quería cumplir
mi promesa económica con
viajes de predicación en iglesias de todo el país. Así ofren-
daría «la utilidad que produce el sudor», y entregaría a la
iglesia todos los honorarios que me recibiera en mis giras.
La junta aprobó mi «segundo trabajo», de manera que Haley
y yo hicimos una promesa de dinero para el nuevo fondo
159
de construcción por una cantidad que no teníamos y que
excedía nuestra posibilidad.
Para iniciar la campaña de colección de capital, nuestra
iglesia alquiló el Eisemann Performing Arts Center. Mucha
gente estuvo presente en aquel acontecimiento. Muchos
estaban anhelantes de presentar sus muy bien pensadas
promesas para atender a esta necesidad de la iglesia. Aquel
domingo, cuando mi hija Addisyn, entonces de cuatro años
de edad, entró en el Centro Eisemann, un ujier que no se
dio cuenta de que era mi hija, la saludó. Para mantenerse
dentro del espíritu de aquella mañana, le preguntó:
«¿Qué traes para darle al Señor esta mañana?
—Sin pestañear siquiera, ella lo miró y le respondió:
—Mi papá»
Tenía razón. Mi compromiso de aquel día exigiría un
gran sacrificio de parte de cada uno en mi familia. Yo había
prometido a la junta de la iglesia que mis viajes no perju-
dicarían mi servicio en la iglesia. Durante dos años, casi
todas las semanas, antes de que terminara el último culto
extravagante

del domingo por la mañana, emprendía mi viaje a donde


necesitara estar para el culto de la noche como predicador
invitado. En algún momento entre el final de aquel culto y
las primeras horas de la mañana del lunes, regresaba a casa,
justo a tiempo para la reunión con que el equipo de trabajo
de la iglesia comienza su semana.
Todos estos viajes exigían mucho de Haley y de los
niños. No sólo renunciaron a mi presencia en el hogar
durante un centenar de domingos, sino que a veces tenían
que soportar a un predicador exhausto y agotado cuando
por fin tenía algún tiempo para su casa. Así que Addisyn
estaba en lo cierto. Yo había dado a Dios como ofrenda lo
que tenía «en mi mano», y mi familia también le había
dado lo que tenía: yo mismo. Me ofrendaron a las iglesias
donde prediqué, y me ofrendaron a nuestra iglesia, donde
donamos el dinero. Cada uno en nuestra familia ofrendó al
160
Señor con generosidad y gozo.
Aunque yo trabajé arduamente para cumplir con mi
promesa, la generosidad de Dios fue mayor, y recompensó
a mi familia y a mí con la oportunidad de ver la manera
en que Él finalizó el trato y en sus propios términos: con
un gran milagro. Aunque durante la experiencia sucedieron
muchas cosas, debo decir que fue Él quien multiplicó lo que
yo ofrecía.
Cuando quedaba menos de dos meses para que se
cumpliera el plazo de mi compromiso de dos años de la
entrega de mis honorarios a la iglesia, Haley y yo habíamos
donado ochenta y cinco por ciento de la cantidad total que
habíamos prometido. Sin embargo, de la noche a la mañana,
cesaron las invitaciones a predicar. Ya no tenía en mi calen-
dario ninguna otro compromiso que produjera más dinero.
Pensamos que debíamos conformarnos, que tal vez la can-
tidad que habíamos dado era «suficiente», pero ninguno de
los dos se sentía en paz con ese pensamiento.
capítulo 13  |  la obra del Espíritu

Dos semanas más tarde, sin que llegara más dinero ni


más invitaciones a predicar, me sentía muy desanimado.
Tanto que, un mediodía, cuando mi ayudante me anunció
que un antiguo amigo había tratado de comunicarse conmi-
go, decidí que no atendería aquella llamada. Hacía años que
no hablaba con él, y estaba seguro de que en ese momento
teníamos muy poco en común. Sin embargo, después de elu-
cubrar internamente, decidí que llamaría a aquel conocido
de quien me había desconectado hace tanto tiempo. Nos
pusimos de acuerdo para tomar un café. Al parecer, estaba
de paso por la ciudad, y quería verme.
Cuando nos reunimos, me encontré con la agradable
sorpresa de que había estado siguiendo mi ministerio
durante varios años, y escuchaba continuamente mis
podcasts. Por supuesto, aquello era gratificante, pero no me
preparó de manera alguna para lo que Dios hizo después
161
por medio de su fiel siervo que estaba sentado a la mesa
frente a mí.
—Bryan, tengo algo para ti, pero antes de dártelo, nece-
sito decirte que viene acompañado de una condición—me
dijo—. Cuando yo era niño, mis padres estaban en el minis-
terio, y yo veía que muchas veces entregaron a la iglesia
todo lo que tenían. Tengo un regalo que hacerte, pero quie-
ro que me prometas que lo usarás para lo que tú y Haley
quieran, menos tu ministerio.»
Una vez dicho esto, puso sobre la mesa un cheque por
la cantidad que nos faltaba para completar la promesa. Me
quedé mirando aquel cheque.
Cuando por fin pude hablar, le dije cuál era mi condi-
ción para aceptar aquel regalo. Si en realidad ese dinero era
para que Haley y yo hiciéramos con él lo que quisiéramos,
debía advertirle que no cumpliríamos su condición.
Cuando le expliqué el milagro del cual él estaba parti-
cipando, se alegró de que su cheque fuera parte de nuestra
extravagante

ofrenda a la iglesia. Haley y yo cumplimos la promesa, y nos


quedaron unos cuantos días libres.
Por supuesto, no fui yo la única persona de nuestra
iglesia que ofreció algo a Dios que Él multiplicó. Hubo quie-
nes tomaron un segundo trabajo con el fin de tener fondos
que aportar. Unos pocos comenzaron el negocio que había
sido sólo un proyecto, y conforme Dios los prosperaba, do-
naban sus ganancias a la iglesia. Incluso vimos personas
mayores a pesar de estar jubilados, buscaro un trabajo para
poder contribuir a los fondos que se necesitaban.
Después del domingo en que Addisyn me ofrendó a la
iglesia, Dios ha obrado maravillas en nuestra congregación.
Los hermanos han ofrendado más que nunca, han evange-
lizado con mucho amor a sus parientes, amigos y vecinos, y
han compartido la gracia de Jesús con la gente de nuestra
comunidad. Eso es lo que Dios tiene en mente cuando nos
162
pide que usemos lo que tenemos a la mano. Nuestras ofren-
das tangibles para su causa nos devuelven recompensas
intangibles que nunca habríamos imaginado.

Atrévase a pensar con libertad

1.  En la alimentación de los cinco mil, ¿cuál fue la función


los discípulos? ¿Cuál fue el papel de Jesús? ¿Por qué era
importante que los discípulos participaran activamen-
te en el milagro?

2.  ¿Recuerda usted algún momento en que haya perdido


la oportunidad de participar en un milagro? ¿Por qué
razón perdió esa oportunidad? ¿El temor? ¿Las dudas?
¿El deseo de comodidad o de sentirse aprobado por los
demás? ¿De qué manera lo ha preparado esa pérdida
para aprovechar la próxima oportunidad que se le pre-
sente?
capítulo 13  |  la obra del Espíritu

3.  ¿Cuáles son las experiencias que lo han ayudado a


construir su memoria de fe

4.  Reflexione en la experiencia de haber reunido el dinero


para una promesa al Señor por medio de un segundo
trabajo. ¿Alguna vez ha sentido usted la tentación a
quedarse corto en un compromiso que ha hecho con
Dios, porque no ve de qué manera Él lo ayudará? Si
usted «mantuvo la fe», ¿qué sucedió? ¿De qué manera
contribuyó esto a su memoria de fe?

5.  ¿Qué significa para usted la expresión «recompensa


intangible»?

163
14
c a p í t u l o

¿ve y haz lo mismo?

¿Debería usted renunciar a su sueldo por todo un año? ¿O


entregar a su iglesia el título de propiedad de su casa? ¿Qué
piensa acerca de aceptar un segundo trabajo para poder
ofrendar más para las obras de misericordia?
Con toda seriedad, no creo que Dios lo guíe a hacer las
mismas cosas que me mostró a mí. Su plan para cada uno
de nosotros es individual, diseñado conforme a nuestras
características y desarrollo espiritual. Dios no tiene sólo un
165
plan que aplica a todo su pueblo por igual.
Si renuncia durante todo un año a su sueldo, tanto us-
ted como su familia podrían pasar hambre. Si renuncia a su
casa, podría terminar viviendo debajo de un puente. Si toma
un segundo trabajo, sólo porque yo lo hice, o hace cualquier
otra cosa que Dios no le haya mostrado específicamente
que haga, Él no lo bendecirá. Sufrirá innecesariamente, y
culpará a Dios del desastre resultante (y tal vez también
a mí). Los detalles concretos de mi historia no son los im-
portantes, sino los principios que los han motivado, que
son una consagración, un sometimiento, y una obediencia
extravagantes. Esas cosas sí nos las pide Dios a todos y cada
uno de nosotros. Por eso, con el fin de prevenir que usted
haga una de esas cosas descabelladas que yo he hecho, re-
visemos unos cuantos principios que usted podría llevar a
la práctica y que lo ayudarán a discernir lo que realmente
Dios podría estar pidiendo de usted.
extravagante

Conecte lo tangible con lo intangible


Nosotros operamos dentro del mundo físico, pero Dios es
mucho más grande que todo eso. Si consagramos al Señor lo
que podemos ver, tocar, oler, y probar, Él abrirá las ventanas
de los cielos para bendecirnos espiritualmente, físicamen-
te, económicamente, y en todas las demás formas posibles.

No espere una respuesta perfectamente pura a la dirección


de Dios
Aunque no saque ninguna otra lección práctica de mi
historia, por lo menos quisiera que entienda que luché te-
nazmente contra las indicaciones de Dios y durante largo
tiempo, antes de tener el valor necesario para hacer lo que
era muy claro que Él quería que yo hiciera. Mi obediencia
no fue instantánea ni absoluta, pero gracias al Señor, me
armé de valor para decir que «sí». No se sorprenda si se
166
siente agobiado por dudas, interrogantes, y vacilaciones de
toda clase. Examínelos, ábrase paso entre ellos, busque el
consejo de gente piadosa que tenga una confirmada histo-
ria de obediencia radical (¡todos los demás pensarán que
usted se ha vuelto loco!), y busque la confirmación de Dios
en las Escrituras, las circunstancias, y el impulso interno
del Espíritu.

Comprenda que la obediencia radical no es optativa


No hay cristianos de primera y cristianos de segunda; no
hay un equipo A y un equipo B. Jesús nos llama a todos a
rechazar nuestro egoísmo, llevar sobre nosotros la cruz de
la obediencia y el sacrificio, y tomarnos de su mano para
seguirle dondequiera que nos lleve. Una señal de fe sincera
es que estemos dispuestos a dar, amar, y servir sin esperar
nada a cambio. La consagración extravagante no es para
supercristianos, ni está relegada a ciertos momentos de
nuestra vida. Es la respuesta normal de un corazón abier-
to a la maravillosa gracia de Jesús. Por otra parte, no todo
capítulo 14  |  ¿ve y haz lo mismo?

momento de la vida de un
cristiano es un llamado a un La consagración
sacrificio radical y al sufri-
miento. También tenemos
extravagante es la
muchos momentos de paz respuesta normal
y de bendición. Yo me he de un corazón
encontrado en tiempos de abierto a la
relativa tranquilidad en mi
experiencia con Jesús en los maravillosa gracia
que podríamos sentir que de Jesús.
andamos en la oscuridad. A
veces, los períodos más emocionantes son los que nos ha-
cen sentir más vivos en Él, pero esos momentos no duran
para siempre. No obstante, si usted no puede identificar
algunas ocasiones en que Dios lo llamó a tomar incómodos
y desafiantes riesgos de fe, entonces tiene razón de pregun-
167
tarse si entiende realmente lo que significa ser hijo suyo.

Dé primero los primeros pasos


Es probable que Dios no exija que le dé todo, mientras usted
no le haya dado fielmente algo. Para muchos de nosotros el
primer paso es dedicar un momento determinado todos los
días a leer la Biblia y a orar; apagar la televisión y conversar
con la familia; como mi madre, arriesgarnos a confiar más
en el noventa por ciento bendecido que en el cien por cien-
to que guardamos en la mano empuñada; ofrecernos como
voluntarios en algún proyecto de ayuda a la comunidad; o
participar en un viaje de misiones. Las opciones son casi
interminables. Pida a Dios que lo guíe. Póngase a su disposi-
ción, y verá que Él acepta su ofrecimiento.

No todo tiene que ver con el dinero


Hay cristianos que se incomodan cada vez que un pastor o
un líder de la iglesia habla de dinero. En cambio, he obser-
vado que los inconversos y los nuevos creyentes general-
extravagante

mente no les molesta que se hable de finanzas. Aceptan la


realidad de que para llevar adelante cualquier organización,
hace falta el dinero. Los que se resisten cuando los pastores
hablan del dinero, del diezmo, de las deudas personales, y
del presupuesto de la iglesia casi siempre son quienes an-
dan fuera de la voluntad de Dios; los que no han sometido
su corazón al Señor. A veces algunos dicen en tono de queja:
«Pastor, yo preferiría que usted no hablara tanto de dinero.
Eso me hace sentir incómodo.» Las personas que viven en
una extravagante consagración, saben que todo cuanto
tienen es de Dios, y quieren usar cada centavo, cada minuto,
y cada talento para honrarlo. No se ofenden cuando el pas-
tor habla de dinero. Al contrario, quieren saber cómo usar
sabiamente el dinero para el reino de Dios.
Sin embargo, la razón de que la extravagancia no siem-
pre tiene que ver con el dinero, es que éste es solamente
168
una expresión tangible de lo que verdaderamente valora-
mos. Cuando hay dinero en nuestra cuenta de banco, nos
sentimos completamente autónomos de tomar cualquier
decisión respecto a él. Si creemos que las posesiones y los
placeres son esenciales para nuestra identidad, lo acumu-
laremos, o lo derrocharemos. Pero si nuestra identidad está
en Dios, con cada moneda o billete que tengamos querre-
mos honrar al Señor.

Viva de tal manera que no tenga de qué lamentarse


Yo no quiero que en unos cuantos años al mirar de manera
retrospectiva, tenga que lamentar no haber puesto sobre
la mesa todo lo que tenía en mi andar con Dios. No quiero
llegar a la vejez atormentado por esas ideas que comienzan
con un: «y si yo hubiera…» Las decisiones que tome hoy son
las que determinarán los recuerdos que tendré mañana.
Dios sólo me da una cierta cantidad de días, de dinero, y
de talentos. Yo quiero invertir todo en Él y en su reino, de
capítulo 14  |  ¿ve y haz lo mismo?

manera que mis recuerdos sean agradables y tenga muy


pocas cosas de las cuales arrepentirme.
Cuando usted dé los pasos necesarios para dar, amar, y
servir, Dios lo bendecirá, y se sentirá más emocionado aún
de dar lo que sea necesario. Pronto querrá usar el noventa
por ciento para el sostenimiento del Reino, y querrá dar más
de su tiempo para ayudar a loa más necesitados, o alcanzar
a los que nadie ha evangelizado. No pasará mucho tiempo
antes que tenga el corazón tan lleno de la asombrosa gracia
de Dios, que dará una ofrenda como la de David para la
construcción del templo, o el sacrificio de ciento cuarenta
y dos mil animales que presentó Salomón cuando éste fue
consagrado, o el frasco de alabastro de María, lleno de un
costoso perfume que ella derramó a los pies de Jesús, o las
dos blancas de la viuda en el tesoro del templo. Esta manera
de dar nunca es forzada. Fluye de un corazón colmado de
169
gratitud.
Mientas que la mayoría de nosotros dedicamos nuestra
vida a protegernos, a evitar riesgos a toda costa y a valorar
la comodidad y las riquezas por encima de todo lo demás,
este estilo de vida es diametralmente opuesto al cristianis-
mo bíblico. Dios siempre nos pide que entreguemos todo
nuestro corazón. Y, a veces, para podernos purificarnos
de esos ídolos, nos pide algunas de esas cosas que se han
deslizado y han ocupado el centro de nuestro afecto. Ese
es el camino de la Cruz. No menosprecie el poder que hay
en esta verdad; de lo contrario, su vida espiritual siempre
será superficial y débil. Aunque Dios no lo llame a dar exac-
tamente de la manera en que yo he dado, sí será llamado a
manifestar su propia versión de lo que es una consagración
extravagante.
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  «Con toda seriedad, no creo que Dios lo guíe a hacer las
mismas cosas que me mostró a mí.» ¿Por qué?

2.  ¿Qué conexiones ha notado entre lo tangible y lo intan-


gible?

3.  ¿Cuáles son los obstáculos y las objeciones que usted


necesita resolver para poder responder de corazón a
Dios con un «sí»?

4.  ¿Qué factor hace que la consagración extravagante sea


la «respuesta normal» a Dios?

5.  Puesto que Dios no le exigirá que dé todo mientras us-


170
ted no haya dado algo, ¿qué es ese algo que debe darle
primero?

6.  ¿Se siente incómodo cuando se habla «espiritualmen-


te» acerca del dinero? Si así es, ¿por qué?

7.  ¿Es usted una de esas personas que siempre tiene algo
de qué lamentarse?
15
c a p í t u l o

el más extravagante
de los regalos

En infinidad de conversaciones con diversas personas a lo


largo de los años, he podido observar una singular verdad:
la calidad de las relaciones que más se valora produce las
mayores satisfacciones y también los más profundos sufri-
mientos. Algunos adultos me han descrito con lágrimas de
gozo el trato amoroso que recibieron de su madre y de su
171
padre. Y también he visto la huella del dolor en el rostro
de personas que fueron maltratadas o abandonadas por los
miembros de su familia. Las relaciones con nuestros padres,
cónyuge, e hijos son las que enriquecen nuestra vida y la
llenan de sentido, o crean profundas y dolorosas heridas.
Las relaciones ricas y llenas de sentido sencillamente se
pueden disfrutar como parte de la vida; pero, por lo general,
las heridas profundas y dolorosas exigen sanidad y mueven
a la persona a encontrar su razón de ser. Este es tal vez el
escenario más difícil de una consagración extravagante.
Llevar una vida de extravagante consagración a Cristo
significa participar en aquello que Él manifestó con mayor
claridad, y que estima como lo más valioso: el perdón. Ar-
chibald Hart, psicólogo cristiano, explica: «El perdón con-
siste en renunciar a mi derecho de hacerle daño a usted por
causa del daño que usted me ha hecho a mí.»33

3 3. Archibald Hart, Thrilled to Death, (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 2007), 248.
extravagante

En nuestras iglesias hablamos mucho acerca del per-


dón. Lo triste es que no somos muy buenos perdonadores.
Por nuestra falta de perdón, la mayoría de nosotros vivimos
con un cierto grado de amargura, de desilusión que nos
corroe por dentro, de una rabia que apenas contenemos, o
de una persistente sensación de distanciamiento. Las cosas
no tienen por qué ser así. El extravagante anhelo de Dios
siempre será que aprendamos a dar y recibir el don del
perdón. De hecho, la obra más extravagante de todas las
que una persona puede hacer, es perdonar a alguien que no
lo merece. Esa es la maravillosa naturaleza de la gracia de
Dios para con nosotros.

El perdón de Dios en usted


No tenemos manera de hacer algo así con nuestras propias
fuerzas, pero felizmente, no nos toca a nosotros «buscar en
172
nuestro interior» el material
La obra más necesario para fabricar con-
ductas de perdón. Dios las
extravagante de produce en nosotros cuando
todas las que una nos centramos en su gracia y
persona puede nos sometemos a Él. La vida
hacer, es perdonar cristiana no es una especie
de concurso de resistencia,
a alguien que no a ver quién «soporta más
lo merece. tiempo bajo el agua». Si
buscamos a Dios, Él nos hace
sobrenaturalmente más semejantes a Cristo. Conforme
crecemos en nuestra consagración a Él, conocemos mejor
su corazón. Entonces su amor y su poder fluyen a través
de nosotros por el poder del Espíritu Santo. Pero éste no
desbordará si nuestro pozo no está lleno.
Sólo podremos amar a quienes no inspiran amor, per-
donar a quienes nos ofenden, y aceptar a la gente difícil,
si Dios ha formado en nuestra alma los rasgos de carácter
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

necesarios, y ha llenado nuestro pozo hasta desbordar. Hay


tres pasajes de las Escrituras que lo explican:

• «En esto consiste el amor: no en que nosotros


hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó
y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como
sacrificio por el perdón de nuestros pecados.
Queridos hermanos, ya que Dios nos ha ama-
do así, también nosotros debemos amarnos
los unos a los otros» (1 Juan 4:10,11). El apóstol
Juan, el discípulo «a quien Jesús amaba» (Juan
20:2), sentía el amor de Cristo de una manera
tan sublime, que éste dio forma a su identi-
dad. Sabemos que Jesús amaba también a los
demás discípulos, pero Juan sintió su amor de
manera tan profunda, que la derramó en sus
173
escritos, cuando nos explica por qué debemos
amar a los demás.
• «De modo que se toleren unos a otros y se
perdonen si alguno tiene queja contra otro.
Así como el Señor los perdonó, perdonen
también ustedes» (Colosenses 3:13). Pablo co-
munica a los creyentes de Colosas las mismas
instrucciones que Juan.
• «Por tanto, acéptense mutuamente, así como
Cristo los aceptó a ustedes para gloria de
Dios» (Romanos 15:7). Pablo repite el mismo
mensaje de otra manera, al dirigirse a los
romanos.

Así que podemos amar, perdonar, y aceptar a los demás en


la medida —y sólo en la medida— en que hayamos experi-
mentado genuinamente el amor, el perdón, y la aceptación
de Cristo para con nosotros.
extravagante

Hay cristianos que tienen una idea errónea de lo que


es la madurez espiritual. Piensan que deben llegar a un
punto en que ya no luchen contra «los malos deseos del
cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida»
(1 Juan 2:16), y tienen razón. Ese día llegará. Se llama cielo.
Sin embargo, mientras estemos en este mundo, todos tene-
mos que luchar con nuestra vieja naturaleza, y ésta incluye
la lucha por perdonar. Si tratamos de convencer a la gente
que nos rodea de que «ya lo alcanzamos», no hablamos con
honradez y nos ocultamos tras una máscara en vez de ser
auténticos.
Creo que todos somos personas comunes y corrientes
que a veces soportamos intenso dolor. Sin embargo, con
frecuencia las más gloriosas experiencias con Dios las vivi-
mos en nuestro dolor. Él puede darse a conocer de cualquier
manera, pero ha escogido el lenguaje del dolor, que se mani-
174
festó de la forma más profunda en Cristo mismo. Él sufrió y
tuvo una horrible muerte para establecer su conexión con
nosotros en los aspectos más vulnerables de nuestra vida.
Nos mostró extravagante amor, al soportar la burla pública,
los fraudulentos juicios, su condena, los despiadados azo-
tes, y la muerte más dolorosa que un gobierno haya ideado
jamás. Soportó un sufrimiento físico innimaginable, pero el
dolor de su espíritu fue aún más intenso. Por vez primera
en toda la eternidad, el Hijo fue alejado del Padre, específi-
camente para llevar sobre sus hombros nuestros pecados.
Fue abandonado para que nosotros pudiéramos ser abra-
zados. Mientras pendía de aquella cruz, llevando sobre sí
nuestro pecado y sus consecuencias, clamó: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46). ¿Por
qué soportó tantos sufrimientos? No porque Él los mere-
ciera, sino por nosotros, quienes realmente los merecemos.
Ocupó nuestro lugar, pagó el precio que nosotros debíamos
pagar, y sufrió la muerte que nosotros merecíamos. Todo
para que pudiéramos ser perdonados.
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

El amor de Dios es
suficientemente poderoso
para convencernos de que El amor de Dios es
no tenemos razón alguna de
escondernos. Podemos ser
suficientemente
sinceros con Él en cuanto a poderoso para
nuestro pecado, porque Él ya convencernos de
mostró cuán profundo es su que no tenemos
amor, incluso hacia pecado-
res como nosotros. Y en su
razón alguna de
familia podemos ser since- escondernos.
ros unos con otros acerca de
nuestros pecados y nuestros
sufrimientos. A veces las relaciones nos hacen sufrir, pero
también es en las relaciones que podemos experimentar la
sanidad de Dios… si estamos dispuestos a ser sinceros entre
175
nosotros.
Cuando estamos llenos de su amor, su poder, y su
perdón, las cualidades de su gracia fluyen a la quebrantada
vida de quienes nos rodean. No se trata de un amor común
y corriente. Cuando aprendemos a amar como Jesús, no
significa que simplemente pasamos por alto los pecados y
los defectos que hay en los demás. Amamos lo suficiente a
las personas como para hablarles la verdad; no para conde-
narlas, sino para mostrarles un camino al cambio. El amor
de Jesús no es consentidor ni débil. Es fuerte, vibrante, y
lleno de verdad, y siempre busca alguna manera de ayudar
a las personas a cambiar y a crecer. Por ejemplo, cuando
hablamos de un adicto a las dorgas o de un abusador, ne-
cesitamos un «amor firme» como el que tuvo conmigo mi
madre cuando descubrió que yo tenía un problema con la
bebida. Para amar de esa manera, necesitamos una abun-
dante medida de la sabiduría y la fortaleza de Dios.
extravagante

La fuente de un corazón que sabe perdonar


Una de las cosas más asombrosas que la gente veía en la
vida de Jesús era que Él estaba dispuesto a perdonar a todo
el que quisiera recibir perdón. Perdonó a las prostitutas, a
Zaqueo, el odiado recaudador de impuestos, a una mujer
samaritana despreciada por la sociedad, e incluso a los que
lo clavaron a la cruz. Su perdón no tenía límites.
Estoy seguro de que los discípulos estaban atónitos
al ver que las enseñanzas de Jesús acerca de las relaciones
humanas eran mucho más profundas que las enseñanzas
normales. Desde mucho antes la ley judía había tratado
de refrenar la escalada de venganzas al instituir la ley del
Talión: «ojo por ojo y diente por diente». Sin embargo, Jesús
afirmó que esta venganza recíproca no era lo adecuado
para los súbditos del reino de Dios. Debemos ir más allá;
debemos perdonar a quienes nos ofenden.
176
Un día, Pedro quiso pasar por alto esta idea del perdón
y de la segunda milla, y preguntó: «Señor, ¿cuántas veces
tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí?
¿Hasta siete veces?» (Mateo 18:21). Tal vez pensó que siete
era una cantidad equitativamente honorable, pero Jesús
posiblemente contuvo la risa cuando le respondió: «No te
digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces.»
Su comentario fue hiperbólico, pero con él le indicó que
nuestro perdón no debe tener límites, como el perdón de
Dios para con nosotros tampoco lo tiene. Para ilustar cómo
deber ser el perdón, les refirió, a Pedro y a los demás dis-
cípulos, una parábola acerca de dos siervos que llegaron a
la corte de un rey. El primero de los siervos debía al rey la
astronómica suma de diez mil talentos. Algunos eruditos
bíblicos han acotado que esa cantidad de dinero equivalía al
producto nacional bruto de las tres naciones que rodeaban
a Israel. Era una cantidad tan extraordinariamente grande
que la deuda era imposible de saldar. Tal vez el siervo fuera
un funcionario de alto rango en el gobierno, a cargo del
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

tesoro del reino, que posiblemente despilfarró ese dinero


en tratos escandalosos. Hay quienes sugieren que esa es la
única manera en que habría podido incurrir en una deuda
de esa magnitud.
Cuando el siervo compareció ante el rey, y éste le
exigió el pago de la deuda, obviamente, él no tenía el di-
nero. Entonces, el rey ordenó que lo llevaran a la prisión
de los deudores, pero él le suplicó que le diera un tiempo
para pagar la deuda (de habérselo dado, todavía hoy estaría
pagando), pero el rey tuvo misericordia y condonó todo lo
que debía. Aquel hombre había entrado al palacio del rey
con una increíble deuda, sin esperanza de poder pagarla, y
con la espectativa de pasar el resto de su vida en prisión.
Sin embargo, ¡salió de allí completamente libre!
Mientras se alejaba del palacio, este mismo siervo vio
a un compañero suyo que le debía unos cuantos denarios.
177
No sólo le exigió que le pagara, sino que lo agarró con tanta
brusquedad que lo ahogaba. El hombre le suplicó que le
diera tiempo para pagar lo que le debía, pero el primer sier-
vo no aceptó. Ordenó que el siervo fuera a la prisión de los
deudores, hasta que pagara todo lo que le debía.
Otros siervos del rey, que habían visto ambas escenas,
la del palacio y la de la calle, informaron a su amo. El rey,
furioso, mandó llamar al primer deudor. «¡Siervo malvado!
—le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me
lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadeci-
do de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?»
(Mateo 18:32,33). Entonces lo entregó «para que lo tortura-
ran» hasta que pagara toda su deuda. Al final de la parábola,
Jesús hace una de las declaraciones más punzantes de la
Biblia: «Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes,
a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano»
(Mateo 18:35).
Jesús habló sin dejar lugar a dudas: somos como el pri-
mer siervo, que tenemos encima una deuda del tamaño de
extravagante

una montaña, estamos nece-


sitados de un verdadero teso-
Los que valoran ro de misericordia, y nuestra
profundamente responsabilidad es inmensu-
el perdón de Dios, rable. Hasta el mejor ser hu-
mano tiene una gran deuda
se convierten a de pecado con Dios, nuestro
su vez en buenos Rey. Es tan grande, que no
perdonadores. tenemos esperanza alguna
de poder pagarla. Nuestra
única esperanza es que nos
lancemos en los brazos de su misericordia y su gracia, y que
supliquemos que nos conceda su extravagante perdón. Los
que realmente valoran la profundidad del perdón de Dios,
se convierten a su vez en buenos perdonadores. En cambio,
quienes no mantienen su corazón lleno la gracia divina,
178
pronto la olvidan. Entonces, actúan como el primer siervo.
No perdonan a los demás, y, de cualquier manera posible,
tratan de asfixiar a quienes los han ofendido.
Dios no se complace cuando no perdonamos como Él
nos perdonó. Lucas 12:48 nos recuerda que «a todo el que se
le ha dado mucho, se le exigirá mucho». Como tal vez nos ha
sucedido a mucho de nosotros, el primer siervo fracasó en
su prueba de responsabilidad. Nosotros mismos somos res-
ponsables de nuestro sufrimiento, cuando no transmitimos
a los demás el perdón que Dios derramó abundantemente
y extravagantemente en nuestra vida. Él permite que nos
sintamos torturados por la amargura, el pesar, y nuestros
sueños de venganza. Esto arruina todas las relaciones en
las que no estamos dispuestos a perdonar, y bloquea el flujo
del Espíritu Santo en todo lo que hacemos. Negarnos a per-
donar es uno de los obstáculos más difíciles de mover para
tener una vida de extravagante consagración. En cambio, el
perdón nos acerca a Dios como ninguna otra cosa. Esta es
una verdad de vital importancia.
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

La decisión de perdonar
¿Le es difícil amar, perdonar, y aceptar a la gente que lo ro-
dea? De vez en cuando, esto nos sucede a todos, y con toda
seguridad, algunos vivimos con gente extremadamente
difícil. No podemos limitarnos a obedecer con la cabeza in-
clinada porque es nuestro deber tratarlos con la compasión
y la fortaleza de Dios. Esas cosas tienen que salir de nuestro
interior, de nuestra propia, rica y profunda experiencia del
amor de Cristo. El escritor y pastor Lewis Smedes enseña
que el perdón es categóricamente distinto a simplemente
disculpar a la persona que nos ha hecho daño. Lo explica de
la siguiente manera:

Cuando perdonamos la maldad, en vez de justi-


ficarla; no la toleramos; tampoco la reprimimos.
Contemplamos la maldad cara a cara; la lla-
179
mamos por su nombre; dejamos que su horror
nos sacuda, nos aturda, y nos enfurezca, y sólo
entonces, la perdonamos.34

El milagro del perdón comienza cuando reconocemos la


maldad que necesita del perdón, y después de todas mane-
ras perdonamos.
Yo he tenido que tomar la decisión de perdonar a dos
hombres que me hicieron un gran daño: uno que me aban-
donó, y otro que abusó de mí. Mi padre se marchó del seno
de nuestra familia cuando yo era aún pequeño, y otro pa-
riente abusó sexualmente de mí durante varios años, desde
que era sólo un niño, hasta mis años de pre-adolescencia.
Yo albergué amargura, falta de perdón, e incluso odio hacia
ambos durante muchos años, y faltó poco para que ese do-
lor acabara conmigo.

3 4. Lewis Smedes, Forgive and Forget [Perdonar y olvidar], (Harper & Row, 1984), 79-80.
extravagante

Como le sucede a muchos hijos de hogares donde ha


habido divorcio, tomé partido en contra de mi padre, y lo
culpé de todos los problemas de mi familia. En mi adoles-
cencia, sufrí la vergüenza de los abusos de mi pariente, aun
después de que cesaron. Como expliqué en mi testimonio,
consumí bebidas alcohólicas para adormecer mi sufrimien-
to emocional y mi agobiante vergüenza. Después de que
acepté a Cristo, Dios comenzó a obrar el milagro de su gracia
en lo más recóndito de mi corazón. En una radical conver-
sión, misericordiosamente y abruptamente me liberó del
alcohol y de todo lo que lo acompaña. Sin embargo, el dolor
no desaparecía. Cada vez que alguien hablaba de heridas,
de abuso, o de hombres en autoridad, era como si arrojaran
gasolina a un fuego dentro de mí, que yo esperaba que ya se
hubiera extinguido. No era así. Cualquier mención de esos
asuntos tan sensibles, provocaba en mí una nueva explo-
180
sión de sufrimiento, amargura, y furia. Yo quería seguir a
Dios con todo mi ser, pero sencillamente, no sabía de qué
manera enfrentar el dolor del pasado que me perseguía.
Conforme me acerqué a Dios, la luz de su amor me reve-
ló aquel profundo resentimiento que había llevado dentro
durante tanto tiempo, y comencé a experimentar sanidad.
Poco antes de que Haley y yo nos casáramos, escuchamos a
un predicador hablar acerca de las condiciones necesarias
para el perdón. Su sermón me sacudió en lo profundo de
mi ser. Presentó varios pasajes de las Escrituras que ense-
ñan el mensaje que da Jesús en su parábola de Mateo 18.
Es decir, que si no perdonamos a las personas que nos han
hecho daño, no podremos experimentar las bendiciones
de haber sido perdonados. En el Sermón del Monte, Jesús
explica: «Porque si perdonan a otros sus ofensas, también
los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdo-
nan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a
ustedes las suyas» (Mateo 6:14,15).
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

Cuando aprendí cuáles


eran las condiciones del per-
dón, mi punto de vista acerca Porque he sido
de mi padre y de quien había
abusado de mí lentamente
perdonado, yo
comenzaron a cambiar. Tal debo perdonar.
como describe la parábola
de Jesús, porque he sido per-
donado, yo debo perdonar; de lo contrario experimentaré la
tortura de la amargura. En su libro The Parables [Las pará-
bolas], Gary Inrig relata una historia acerca de la venganza,
que para algunos constituye una destructiva prioridad:

Un hombre fue mordido por un perro que se


descubrió que tenía rabia. El hombre fue trasla-
dado a toda prisa al hospital, donde los exáme-
181
nes indicaron que él también había contraído
aquella enfermedad altamente contagiosa. En
aquellos tiempos, la ciencia médica aún no ha-
bía descubierto una cura para la rabia, así que
el médico aconsejó al hombre que pusiera todos
sus asuntos en orden. El hombre, que estaba
agonizando, se hundió en la cama en estado de
shock durante unos minutos, y después se armó
de fuerzas para pedir pluma y papel. Cuando el
médico pasó por allí poco después, estaba escri-
biendo con gran energía.—¡Qué bien!—le dijo
el médico—. Me alegra ver que usted está tra-
bajando en su testamento.—Esto no es ningún
testamento—le respondió el hombre—. Es una
lista de toda la gente que voy a morder antes
de morir!»35

3 5. Gary Inrig, The Parables [Las parábolas] (Grand Rapids: Discovery House, 1991), 63.
extravagante

Nos aferramos a la amargura, porque nos da dos cosas


que queremos: identidad y energía. Nos vemos como «el
ofendido», de manera que nos sentimos justificados de
compadecernos de nosotros mismos, y todos los días la
idea de vengarnos hace correr la adrenalina por nuestro
cuerpo. Pero no nos equivoquemos: la amargura envenena
el alma. Durante años, me quedaba despierto en la cama
todas las noches, maquinando cómo me vengaría del hom-
bre que había abusado de mí. Yo no tenía idea de la manera
en que esos pensamientos me estaban destruyendo, pero
la persona que era el blanco de mi ira no era afectada por
ellos en ningún sentido. Yo era el único lesionado en mi
vida mental. El pastor Frederick Buechner hace la siguiente
observación:

De los Siete Pecados Capitales, posiblemente el


182
que más nos entretiene es la ira. Nos lamemos
las heridas, chasqueamos los labios sobre agra-
vios sucedidos hace mucho tiempo, paladeamos
el pensamiento de los amargos enfrentamien-
tos que aún están por venir, saboreamos hasta
el último trozo, tanto de los sufrimientos que
hemos causado como de los que nos han provo-
cado… En muchos sentidos se trata de un ban-
quete digno de un rey. El único inconveniente
es que nos devoramos a nosotros mismos. ¡El
esqueleto que queda después del banquete es
el nuestro!36

Al mismo tiempo que yo enfrentaba mi problema de esos


deseos de venganza, el Espíritu de Dios estaba obrando en
mí. Cuanto más recibía de la gracia de Cristo, tantas más
«cuentas pasadas quería saldar». Aunque las dos personas

3 6. Frederick Buechner, Wishful Thinking (San Francisco: Harper Collins, 1993), 2.


capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

que más daño me habían hecho nunca confesaron su pe-


cado, o pidieron perdón, yo comprendí que Dios me había
ordenado perdonarlas, hubieran ellas cambiado o no; se
hubieran arrepentido o no. Cuando el amor, el perdón, y
la aceptación de Cristo penetraron profundamente en mi
alma, fui a la oficina de mi pariente y le dije: «No espero que
respondas, pero quiero que
sepas que te he perdonado.»
Mi perdón no lo cambió Mi perdón no lo
a él, pero sí me cambió a mí.
Dejé de tambalearme en la
cambió a él, pero sí
vida bajo el peso del resen- me cambió a mí.
timiento. Aunque aún me
dolían las heridas, tomé la
decisión de no vengarme de ninguna forma: interiormente,
deleitándome en las cosas malas que le sucedieran a él; tam-
183
poco exteriormente, murmurando sobre él. La medicina del
perdón gradualmente sanó las heridas de esa parte de mi
pasado, pero aquel no fue el único obstáculo a mi perdón.
Mientras estaba en el seminario, tomé un avión a Illi-
nois para predicar en una campaña. Mi padre, quien había
estado enfermo por algún tiempo, y esperaba un trasplante
de corazón, vivía en Saint Louis, que estaba cerca de allí.
Cuando Haley y yo llegamos al aeropuerto, me sorprendió
que fuera mi padre quien nos recogió. Sin que yo lo supiera,
él estaba asistiendo a la iglesia en la que yo predicaría. En el
auto, las cosas fueron un poco tensas, por decir algo. Pero él
nos invitó a hospedarnos en su casa, y mientras estábamos
metiendo las maletas en la casa, se detuvo junto a la puerta,
se volvió hacia mí, y me dijo: hijo, yo no puedo volver al
pasado para arreglarlo. No todo lo he hecho bien, pero Dios
me ha perdonado, y todo lo que te puedo pedir es que tú
hagas lo mismo.
Yo asentí con la cabeza ante su petición, y en aquel
momento comenzó a echar raíces la restauración de nues-
extravagante

tras relaciones. La reconciliación no es algo que se produce


en un instante. Lleva tiempo para reconstruir la confianza
perdida y restablecer las líneas de comunicación, pero ex-
perimentar todo esto es un glorioso alivio. Lo recomiendo
ampliamente.

Cuando dejamos que el perdón obre


Cuando decidimos perdonar a alguien, no debemos es-
perar que todo nuestro sufrimiento y toda nuestra ira
desaparezcan al instante.
Muchas veces, la herida es
El verdadero demasiado profunda para
perdón comienza eso, y el procesamiento de
con una sinceridad las emociones exige pacien-
cia. Todavía hoy, el punzante
brutal. dolor del pasado sale a la
184
superficie en mi vida. Por
ejemplo, cuando pienso en que alguno de mis hijos puede
ser víctima de abuso sexual, el temor y la rabia estallan
en mi corazón, y tengo que pensar y orar para salir de ese
estado. Las emociones pueden ser salvajes y veleidosas, no
como animales domésticos a los que les podemos dar órde-
nes con facilidad. Gradualmente, las poderosas reacciones
que tenemos ante nuestras heridas dejan paso a la paz,
pero nunca desaparecen del todo. Aunque siempre vivamos
con una cicatriz, necesitamos recordar que las cicatrices se
producen cuando hay una curación.
Con frecuencia, las personas cometen uno de estos dos
errores cuando se enfrentan a la necesidad de perdonar a
alguien que les ha hecho daño: o bien convierten un simple
hormiguero en una montaña, o bien convierten una monta-
ña en un simple hormiguero. Hay quienes son tan frágiles,
que se sienten aplastados con sólo percibir levemente que
se los está ofendiendo. Si alguien nos mira de una manera
poco adecuada, sentimos que nos están clavando un cuchi-
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

llo en el corazón. Sin embargo, a veces se trata únicamente


de que hemos malentendido a la persona, y otras veces es
la persona la que no ha interpretado bien lo que nosotros
hemos dicho o hecho. Antes de poner a nadie en la catego-
ría de «Enemigo Personal Número Uno», necesitamos hacer
un poco de investigación y preguntar algunas cosas. Lo que
nosotros pensábamos que era una terrible ofensa, al fin y al
cabo tal vez no haya sido algo de tanta importancia.
El otro error es igualmente corriente. Muchos no
queremos enfrentar la dura realidad de que una persona a
la que hemos amado, y en quien hemos confiado, nos haya
traicionado. En vez de ser sinceros acerca de esa traumática
situación y sobre nuestro dolor, le restamos importancia a
lo sucedido («¡No fue tan terrible!»), lo justificamos («Ella no
se pudo aguantar»), o incluso negamos que haya sucedido
algo («Ni siquiera sé de qué estás hablando»). Sin embargo,
185
restar importancia, justificar, y negar son mecanismos que
impiden que perdonemos. Las personas que han sufrido de
abusos o de abandono prolongados, suelen ser las que tie-
nen más problemas en ser sinceras acerca de la realidad de
su dolor y del pecado que les han causado. Nunca han visto
ejemplos de sinceridad y de perdón, y no tienen mucha es-
peranza en que Dios, o cualquier otra persona, pueda sanar
su dolor. Sin esperanza alguna y sin las habilidades necesa-
rias, se quedan estancadas en el pantano de la amargura y
del traslado de culpas, siempre culpando a otros, y nunca
enfrentando la necesidad que tienen de recibir sanidad.
El verdadero perdón comienza con una sinceridad
brutal. Con mucha frecuencia, hace falta que un amigo nos
ayude a comenzar ese proceso. Tarde o temprano, seremos
capaces de separar lo excusable de lo inexcusable y, con el
corazón lleno de la gran gracia de Dios, podremos perdonar
las injusticias imposibles de defender, de la misma manera
que Jesús nos las ha perdonado a nosotros.
extravagante

Casi siempre el perdón exige que el que perdona pase


por un proceso de angustia. Las heridas no sanan de inme-
diato. Necesitan tiempo, atención, y el bálsamo del Espíritu
Santo. Yo había reprimido mi dolor y mi ira con respecto a
mi padre durante muchos años. Cuando él me pidió que lo
perdonara, tuve que escoger entre continuar reprimiendo
mi dolor, o dejar que saliera a la superficie, para enfrentarlo.
Escogí el camino más difícil: el de la sanidad. Con el tiempo,
mi padre y yo desarrollamos buenas y sinceras relaciones,
que fueron intensamente gratificantes. En ese tiempo en
que recibió su nuevo corazón físico y se recuperaba de la
cirugía, también pidió a Dios un nuevo corazón espiritual.
¡Su conversión a Cristo fue maravillosa!!
Cuando yo decidí perdonar a mi padre, ambos queda-
mos libres. Yo quedé libre de la esclavitud de la amargura, y
él pudo salir de la prisión de la vergüenza. El perdón es la
186
llave que abre el candado de las cadenas que nos atan.
Cuando nos hacen daño, la persona que nos lo hizo es
una especie de candado para nuestra vida. Si no perdona-
mos, lo arrastraremos con nosotros en nuestro matrimonio,
en nuestra relación con nuestros hijos, en todas nuestras
amistades, y en nuestro trabajo diario. Tal vez la persona
esté geográficamente muy lejos, o tal vez haya muerto, pero
la falta de perdón nos mantiene encadenados a ella hasta
que encontremos el valor suficiente para darle vuelta a la
llave y liberarnos. Sólo entonces podremos cultivar relacio-
nes que se basen en la confianza y el respeto. La verdadera
reconciliación se edifica con el tiempo, y si la persona
acepta, podemos dar pequeños pasos de confianza, para ver
lo que sucede. Es importante que mientras vamos por ese
camino, evitemos las zanjas que hay a ambos lados de él:
ser ingenuos y confiar demasiado rápido, o tener el corazón
duro y negarnos a confiar, aunque la persona muestre que
es digna de nuestra confianza. Necesitamos que la sabidu-
ría de Dios nos mantenga en el camino, y muchas veces esa
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

sabiduría llega a través de la buena y piadosa ayuda de un


sabio amigo o dos.

El perdón y la confianza
Hay una gran diferencia entre el perdón y la confianza.
Muchas personas no perdonan, porque no quieren confiar
en alguien que no merece su confianza. Sin embargo, la
realidad es que Dios no quiere que confiemos en personas
que no hayan mostrado que son de fiar. Eso sería absurdo.
Dios nos ordena que perdonemos, pero no nos ordena que
confiemos en los demás. Yo perdoné a mi padre y al hombre
del cual fui víctima de abuso; pero más tarde, mi relación
con ambos fue muy distinta. Mi padre mostró que había
cambiado, y ganó mi confianza. En cambio, mi otro pariente
nunca ha reconocido su pecado, y no quiere hablar de ello
conmigo. Auque lo he perdonado, ciertamente, no confío en
187
él. Nunca dejaría que pase tiempo con mis hijos.
Dios nos ordena perdonar, por horrible que sea el trato
que hemos recibido, e incluso cuando la persona no se sien-
te culpable de lo que ha hecho, no siente arrepentimiento,
y aparentemente no le da importancia. Nosotros perdona-
mos para resolver el problema del dolor y la ira que hay en
nosotros y para expresar el perdón que hemos recibido de
Dios. Pero la confianza no es calle de una sola vía; se nece-
sita de ambas partes para que cada cual gane la confianza
del otro con un trato honorable a lo largo del tiempo. Es
completamente posible, y en algunos casos, necesario, que
perdonemos, pero que no confiemos en la persona. Nadie
ha dicho que sea fácil perdonar y ofrecerse a restaurar una
relación, pero cuando se produce una reconciliación, es
prueba magnífica de una extravagante consagración a Dios,
y del valor que se necesita para dar los pasos más difíciles
de la fe.
Cuando nos negamos a perdonar, nosotros mismos nos
encerramos en la prisión del resentimiento. Hay muchas
extravagante

razones de que las personas se niegan a perdonar a quienes


les han hecho daño. Entre ellas están las siguientes:

• La persona no está arrepentida de lo que hizo.


• Lo volvería a hacer, así que para qué molestarse.
• No fue un accidente. ¡Lo hizo a propósito!
• Eso lo ha hecho muchas veces.
• ¡Fue horrible! ¿Cómo puedo perdonar algo así?
• No puedo perdonar porque aún me siento
muy herido y enojado. Sería un hipócrita.
• No tiene sentido dejar en libertad al causante
de todo.
• Si perdono a esa persona, no la llevarán a los
tribunales.
• ¡Eso no tiene perdón de Dios!
188
El perdón es un verdadero desafío. Philip Yancey dice que
perdonar a los que nos han hecho daño es «el acto antina-
tural», porque se opone completamente a nuestro deseo de
venganza.37 Así también, C. S. Lewis con toda franqueza dice
lo siguiente: «El perdón es una palabra hermosa, hasta que
tenemos algo que perdonar.»38
Cuando perdonamos, no dejamos libre de culpa a la
persona. Todo lo que hacemos es liberar a la persona y po-
nerla en manos de Dios. Pablo escribió lo siguiente:

No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer


lo bueno delante de todos. Si es posible, y en
cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con
todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino
dejen el castigo en las manos de Dios, porque

3 7. Philip Yancey, What’s So Amazing about Grace? [Gracia divina, condena humana] (Grand
Rapids: Zondervan, 2002), 83-94.
3 8. C. S. Lewis, citado por Robert Jeffress en When Forgiveness Doesn’t Make Sense [Cuando
el perdón no tiene sentido] (Colorado Springs: Waterbrook Press, 2000), 9.
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré»,


dice el Señor. (Romanos 12:17-19)

Debemos entender que no somos jueces y debemos dejar


que el Dios todopoderoso sea quien jusgue a quien nos ha
hecho daño. Su sabiduría es
infinitamente mayor que la
nuestra, y sus recursos son No somos jueces
infinitamente mayores para y debemos dejar
exigir venganza de quien que el Dios
nos ha hecho sufrir. Cuando
pongamos a esa persona en
todopoderoso sea
sus poderosas manos, tal vez quien juzgue.
deberíamos sentir lástima
por ella.
189
¿Acaso los justos no tienen derechos?
Hay maestros de la Biblia que afirman que el cristiano no
tiene derecho alguno, y en cierto sentido, dicen la verdad.
Si llamamos a Cristo «Señor», nos sometemos a su direc-
ción, dondequiera que nos envíe. No tenemos derecho a ir
en contra de la voluntad de Dios. Por otra parte, Él nos ha
dado el derecho y la responsabilidad de obrar de manera
adecuada en nuestras relaciones humanas. Como hijos
suyos amados que somos, debemos ser sabios en nuestra
interacción con los demás. Jesús nos dijo que seamos «as-
tutos como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo
10:16). Eso significa que debemos discernir las motivaciones
y observar el comportamiento que se produce en nuestras
relaciones, y responder con sabiduría, no con manipula-
ción ni con venganza. Cuando alguien trata de abusar de
nuestra confianza o de controlarnos, debemos protegernos.
Pablo es ejemplo de esto, cuando advierte a Timoteo que se
cuide de un hombre que lo había agraviado:
extravagante

Alejandro el herrero me ha hecho mucho daño.


El Señor le dará su merecido. Tú también cuída-
te de él, porque se opuso tenazmente a nuestro
mensaje. (2 Timoteo 4:14,15)

Igualmente, debemos cuidarnos de quienes nos han herido,


o podrían hacerlo. Pero eso no significa que nosotros los
ataquemos. Pablo exhorta a Timoteo a recordar que Dios
mismo dará su merecido a quien le ha hecho daño. Es com-
pletamente adecuado que nos protejamos, pero no así que
nos venguemos.
Puesto que en primer lugar, y por encima de todo, de-
bemos someternos al Señor, y no a la gente, debemos obe-
decerle no importa el costo, y en todo tiempo. En ese caso,
he aquí una pregunta significativa: ¿cuál es la voluntad de
Dios cuando estamos en una relación difícil?
190
Muchos textos de las Escrituras nos indican que debe-
mos «amarnos unos a otros», pero muchos estamos confun-
didos en cuanto a lo que significa amar a una persona con
adicciones, o abusiva. Si un alcohólico nos pide un trago,
¿es amarlo el que le demos una botella? No; claro que no.
Darle bebidas alcohólicas sería someternos a la voluntad de
esa persona, pero no sería favorecer sus mejores intereses y,
por consiguiente, no honraría al Señor. De igual manera, si
una persona exigente, abusiva, y manipuladora nos ordena
que nos sometamos, ¿ceder a su voluntad sería amarla?
Tampoco lo sería. Amarla sería enfrentarse a su manera
de conducirse y ayudarla a dar pasos al dominio propio, la
responsabilidad, y la bondad.
Someterse por temor sería obedecer los deseos de esa
persona, pero no es obedecer a Dios. En última instancia,
tampoco es amar a la persona, porque no es lo mejor para
ella. Pablo escribió a los romanos: «El amor debe ser sincero»
(Romanos 12:9). Nos comportamos como hipócritas si nos
encogemos de temor y obedecemos a una persona abusiva,
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

y llamamos a eso «amor». El


amor genuino es suficien-
temente fuerte para hablar
El amor genuino es
la verdad y hacer lo que es lo suficientemente
mejor para el otro, aunque fuerte para hablar
a esta persona no le agrade. la verdad.
El amor genuino también
busca sabiduría para hacer
lo bueno; no para convertirse en un trapo a su servicio, ni
para «arreglar» de forma compulsiva las cosas porque le
tenemos miedo. Y, en sentido contrario, no nos debemos
negar a ayudar, solamente porque estemos enojados.

Y ahora, ¿qué?
Muchos sueños han muerto en el umbral de una oportu-
nidad perdida. ¿Cuáles son las oportunidades críticas que
191
Dios ha puesto frente a usted? ¿Le ha hablado acerca de cuál
será el próximo paso en su andar con Él? ¿Hay acaso alguna
obra de ministerio que usted necesite aprovechar? ¿Hay en
su corazón algún ídolo que necesite destruir?
En algunos casos, como en las relaciones difíciles,
tenemos constantemente la oportunidad de hacer algo al
respecto; pero en otros casos, la ventana de oportunidad
se cierra con bastante rapidez. La nueva barra de trapecio
no se mece hacia nosotros para siempre. La tenemos que
agarrar cuando esté allí; de lo contrario, se nos escapará.
Nuestro cronos y el kairós de Dios se cruzan sólo en muy
raras ocasiones, así que necesitamos estar listos cuando
se produzca ese encuentro. Muchas relaciones rotas no se
arreglan, sencillamente porque alguien no tiene el valor
necesario para decir «lo siento», o «te perdono». Muchas
personas no han aceptado a Cristo porque a nosotros nos
ha parecido una incomodidad tener que dedicar tiempo a
conversar con ellas. El perdón tiene su momento preciso.
¡Aproveche la oportunidad de que lo libere!
extravagante

Hace años, yo estaba preparando una sala de reunio-


nes para una conferencia, y le pregunté a un empleado del
hotel:
«Caballero, ¿le parece que podríamos poner una cafe-
tera aquí dentro para nuestra reunión?
El hombre me sonrió al instante, y me dijo:
—Sí, señor. Todo es posible.»
¡Qué ejemplo tan excelente de lo que es la «industria
de la hospitalidad» en acción. Si un empleado de hotel tiene
esa clase de actitud en su trabajo, ¿qué se debería esperar
de nosotros, que seguimos a Aquel cuyo poder puso miles
de millones de estrellas en el firmamento, y cuyo amor que-
dó demostrado en la máxima revelación de su gracia en la
cruz? ¿Piensa usted que su situación es desesperada? Jesús
dijo: «Lo que es imposible para los hombres es posible para
Dios» (Lucas 18:27).
192
Él lo perdonó a usted de una manera extravagante,
y quiere ayudarlo a perdonar a otros, también de manera
extravagante. Pídale que le enseñe cuál es la barra del per-
dón que necesita atrapar, y agárrese de ella con todas sus
fuerzas.

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Cuáles son los puntos principales de la parábola de


los dos siervos que relata Jesús en Mateo 18? ¿Alguna
vez ha procedido como el primer siervo? Si lo ha hecho,
¿cuáles fueron los resultados? ¿Cuál fue la clase de «tor-
tura» que sufrió?

2.  Al observar a sus parientes y amigos, ¿qué consecuen-


cias ha notado cuando alguien no perdona a quienes le
hacen daño?
capítulo 15  |  el más extravagante de los regalos

3.  ¿De qué manera la amargura nos da identidad y ener-


gía? ¿Vale la pena estos “beneficios”? Explique su res-
puesta?

4.  Piense en las razones que se dan para no perdonar.


¿Cuáles son las más frecuentes o las más lógicas?¿Cuáles
ha usado usted?

5.  Describa las conexiones y las diferencias entre perdón


y confianza.

6.  Al leer este capítulo, ¿le trajo el Señor a la mente a al-


guien a quien necesita perdonar? ¿Hay alguien a quien
usted debe pedir perdón? ¿Cuándo usted responderá a
la dirección de Dios?
193
7.  Cuando Dios le muestra la profundidad del pozo de
dónde lo rescató, usted estará dispuesto, deseoso, y
capacitado para perdonar a quien le ha hecho daño.
¿Ya lo olvidó? ¿Está consciente de cuán maravilloso es
que Dios haya perdonado sus pecados? No podrá tratar
con misericordia y gracia a los demás, mientras no se
dé cuenta de lo mucho que ha recibido. Dedique un
tiempo a repasar su testimonio. Recuerde dónde estaba,
hacia dónde iba, y quién era cuando el Señor lo salvó.
16
c a p í t u l o

las lecciones más


valiosas de la vida

Dios quiere usar cada momento de nuestra vida —tanto los


buenos como los malos— para moldear nuestro carácter y
profundizar nuestra fe. La meta no es que nos libremos de
nuestro doloroso pasado (eso no puede suceder), sino que
Dios lo use para nuestro bien. El psicólogo Dan Allender
describe la percepción espiritual que podemos tener de los
195
sucesos dolorosos de nuestra vida:

Si no estudiamos concienzudamente la manera


en que responderemos al daño de vivir en un
mundo caído, nuestro dolor podría ser inútil.
Podría insensibilizarnos, o destruirnos, en vez
de perfeccionarnos, e incluso bendecirnos… La
sanidad en esta vida no es la resolución de
nuestro pasado; es el uso de ese pasado para
que nos lleve a una relación más profunda con
Dios y con sus propósitos para nuestra vida.39

Caídos… en el plan de Dios


No podemos escapar de la vida en un mundo caído. Como
Jesús, lloramos ante la muerte, las enfermedades, el divor-
cio, y muchas otras heridas que se producen en nuestra

3 9. Dan Allender, The Healing Path (Colorado Springs: Water Brook Press, 1999), 5-6.
extravagante

propia vida, y en la vida de nuestros seres amados. Y, como


Jesús, sabemos que hay esperanza de sanidad y de cambio.
En las amorosas manos de Jesús, las heridas que nos han
atormentado se convierten en la fuente de nuestras más
profundas comprensiones y la plataforma de nuestro más
eficaz ministerio a los demás. La compasión no se produce
en el vacío. Dios le da forma en nuestro interior conforme
sana nuestras heridas, y cuando perdonamos a quienes nos
han ofendido. Si confiamos que Dios nos sana, nuestros
dolores más profundos son la puerta de nuestro mayor cre-
cimiento espiritual y nuestro mejor ministerio.
El sufrimiento es una puerta de entrada al corazón de
la gente que nos rodea. Cuan-
do he viajado en avión, muy
El sufrimiento pocas veces he dicho que
soy pastor a quien se ha sen-
196 es una puerta de
tado a mi lado. Esa etiqueta
entrada al corazón enciende una serie de luces
de la gente que rojas y hace sonar sirenas de
nos rodea. advertencia. Sólo hablo con
la persona acerca de la vida
y, con mucha frecuencia,
algo doloroso sale a la superficie en la conversación. Tal vez
la persona está en medio de un divorcio, o tiene un hijo
enfermo de muerte, o ha tenido que enfrentar desilusiones
o relaciones difíciles en su trabajo. Cual sea la historia, con
frecuencia les hablo un poco de los sufrimientos que yo he
vivido, y nos consolamos mutuamente. Cuando ese compa-
ñero de asiento ha descubierto que soy pastor, algunos me
han dicho algo como: «¡Vaya, usted es una persona como
cualquier otra!» Esas palabras son como un elogio al poder
sanador del Espíritu en mi vida. Hace años, yo pensaba que
todos mis sufrimientos, mis disfunciones, y mi vergüenza
eran una amenaza para el ministerio y que me descalifica-
ban; pero ahora veo que, en realidad, esas son las cosas que
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

dan validez a ese ministerio. Son parte de la extravagante


obra de Dios en mí, y muchas veces me abren puertas a la
vida de las personas con las que me encuentro.
La historia de José, el personaje bíblico, es una ilus-
tración de esto. El undécimo hijo de Jacob, José era el más
amado de todos los hermanos. No es de extrañarse que el
trato preferencial que le daba su padre encendiera los celos
de los demás. Así fue como sus hermanos lo vendieron a
unos ismaelitas, quienes después lo vendieron en Egipto.
Una vez allí, tuvo que huir del intento de seducción por par-
te de la mujer de su amo. Fue injustamente encarcelado, y
allí estuvo durante años, hasta que Dios le salvó milagrosa-
mente la vida y lo elevó a una posición de poder sobre todo
Egipto. Gracias al genio administrativo de José, la nación se
salvó de morir de hambre. Durante los años de escasez para
los cuales José había preparado al pueblo del faraón, Jacob
197
envió a varios de sus hijos a Egipto, para que compraran
comida. Allí, José ocultó su identidad y los probó para ver
si habían cambiado. Cuando ellos pasaron las pruebas, él
les reveló quién era. Ellos se asombraron de que él siguiera
vivo, y mucho más de que fuera el Primer Ministro de Egip-
to. Cuando murió su padre, los hermanos temieron que José
se vengaría de ellos, pero él los tranquilizó:

—No tengan miedo —les contestó José—. ¿Pue-


do acaso tomar el lugar de Dios? Es verdad
que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios
transformó ese mal en bien para lograr lo que
hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha
gente. Así que, ¡no tengan miedo! Yo cuidaré de
ustedes y de sus hijos. (Génesis 50:19-21)

José no se dio por vencido en medio de la desesperación,


en la densa tiniebla por la que anduvo en su vida. Pasara
lo que pasara, se mantuvo fuerte, creyendo en Dios. En el
extravagante

momento propicio, Dios lo elevó a un sitio de honra y po-


der. Porque él fue fiel, Egipto fue salvado, y su familia fue
rescatada del hambre. A pesar de tantos años de traición,
esclavitud, y prisión, José estaba convencido de que Dios
tenía un buen plan para su vida. Nada pudo destruir su fe
en que Dios gobierna en los asuntos de los hombres y de las
naciones, y en que algún día, también su propia situación
mejoraría.

Más allá de la tolerancia


Muchos viven bajo el mismo techo con un cónyuge e hijos
en relaciones que son, en el mejor de los casos, una especie
de tregua armada. No se disparan cohetes unos a otros, pero
tampoco son afectuosos ni se apoyan mutuamente. Celeste
Holm dijo en una ocasión: «Vivimos de estímulos y mori-
mos sin ellos… de manera lenta, triste, y airada.»40
198
Como pueblo de Dios podemos vivir mejor y, de hecho,
Él nos ha mandado que nos amemos unos a otros, que es
mucho más que la tolerancia. Jesús no vino a la tierra para
sólo aceptarnos, y bajo ciertas condiciones. Él derramó
sobre nosotros su amor en abundancia, nos abrazó cuando
estábamos en nuestra peor condición, para mostrarnos
su maravillosa y sublime gracia. Una de las lecciones más
importantes es que aprendamos a vivir como Él. Éste es un
aprendizaje constante.
En el capítulo 5, vimos algunos términos que nos ayu-
dan a entender el lenguaje de la consagración extravagante.
Esa extravagancia no se limita sólo a dar pasos de fe. Tam-
bién debemos aprender a aplicarla en nuestras relaciones,
incluso con personas que no son necesariamente merece-
doras de ella. Para mostrar el amor de Dios de esta manera,
debemos seguir aprendiendo el lenguaje del reino de Dios.

40. Citado por Charles R. Swindoll, The Grace Awakening (Nashville: Thomas Nelson, 1990),
217.
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

En la relación con las personas, es un lenguaje que podría


expresarse de estas maneras:

• «Siento haber hecho (o dicho) eso. ¿Me podrías


perdonar?»
• «¿Te puedo ayudar? Tengo tiempo para hacer-
lo.»
• «Háblame más sobre lo que estás pensando.»
• «He estado hablando sin escucharte. Ayúda-
me a entender tu punto de vista.»
• «¡Cuánto te amo!»
• «¡Qué orgulloso me siento de ti!»
• «Tú eres muy diestro en esto. Admiro tu talen-
to y tus habilidades.»

Tal vez habrá quien diga: «No me siento cómodo diciendo


199
esas cosas, y no quiero ser poco sincero, así que prefiero no
decirlas.» En realidad, esa es una excusa para sólo tolerar a
las personas en vez de amarlas. Para que el verdadero amor
se arraigue en nuestra vida, no debemos esperar a sentirnos
inspirados a amar. Es más probable que lo que hagamos se
convierta en sentimiento, que lo que sentimos nos mueva
a la acción. Si usted comienza con la decisión de que usará
el lenguaje adecuado, o mostrará una actitud amorosa, los
sentimientos aparecerán.
Tal vez nunca se entere del efecto que una palabra de
aliento puede tener en otra persona. Cuando estaba sumido
en mi adicción al alcohol en mis años de secundaria, me
apronté para robar licor del almacén donde yo trabajaba
justo cuando el gerente pidió que un empleado fuera al
frente a meter víveres en bolsas. Yo fui rápidamente al
mostrador, y me mantuve de pie junto a Pat, la cajera, en-
sacando ágilmente los víveres del cliente. Había dejado a
medias mi robo de whiskey, y quería acabar de esconder las
botellas antes que alguien me sorprendiera. Cuando termi-
extravagante

né de meter los víveres en las bolsas, y el cliente se marchó,


Pat me puso la mano en el brazo, me miró a los ojos y me
dijo: «Tú eres un muchacho especial, Bryan. Algún día serás
un hombre importante.»
Por poco suelto una carcajada, mientras pensaba:
¡Señora, si usted supiera lo que yo estoy haciendo en tras-
tienda ahora mismo, no me diría algo así! Pero sus palabras
se quedaron en mi corazón como un mensaje de Dios de
que posiblemente, quién sabe, Él tenía un plan más grande
y mejor para mi vida. Jamás olvidaré la bondad y la valentía
de Pat cuando me animó en
un momento en que me sen-
Pat me demostró tía completamente perdido.
el poder que hay En aquel momento no en-
en una bendición tendí lo que ahora sé: Pat me
demostró el poder que hay
200 hablada. en una bendición hablada.
Unos meses más tarde,
después de mi radical encuentro con Dios, me vi en un
dilema para el cual, una vez más, fueron unas palabras de
aliento las que me dieron la respuesta. Jugaba fútbol amé-
ricano en la secundaria, y me encantaba ese deporte, pero
como trabajaba en un banco local, y ya estaba predicando
con regularidad, mi agenda era un desastre. Me di cuenta
de que para tener calificaciones que me permitieran ir al
colegio universitario, para conservar mi trabajo y seguir el
llamado de Dios a predicar, sólo había una solución: tenía
que dejar el fútbol. Una mañana, antes de clases, pasé por la
oficina de Don Campbell, mi entrenador principal de fútbol.
Con lágrimas, le dije que tenía que renunciar. Me sentía
como un cobarde y un derrotista, y me avergonzaba no
poder organizar debidamente todos los aspectos de mi vida.
El entrenador Campbell me dijo: «Bryan, quiero que
te quedes en el equipo. No es porque seas el mejor atleta.
Ambos lo sabemos. (Pudo haber evitado esas palabras.) En
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

nuestro equipo hay varios jugadores que obtendrán beca


para jugar en el colegio universitario, pero yo cambiaría a
los sesenta y dos muchachos que hay en este equipo por
uno sólo como tú. ¿Sabes por qué?
Yo le dije que no con un movimiento negativo de la
cabeza.
—Porque tú tienes corazón. No tienes el tamaño ni el
talento que tienen los demás, pero esos jugadores te necesi-
tan en su vida como un ejemplo, y yo quiero que te quedes
en el equipo para que los inspires. No renuncies. Si tienes
oportunidad de predicar, ve y predica. Si no puedes venir a
las prácticas, no importa. Si no entrenas, no puedo comen-
zar el siguiente juego contigo, pero no te voy a penalizar.
Te necesito aquí.
El entrenador Campbell dejó de hablar por un instante,
y después añadió: —Bryan,
201
algunos de esos jóvenes van
a jugar fútbol universitario,
pero tú harás algo especial Era la primera vez
con tu propia vida. Yo creo que un hombre en
en ti.» una posición de
Tal vez no pueda ima-
ginar (o tal vez sí pueda) lo autoridad había
que ha significado para mí bendecido así
las palabras de ánimo del mi vida.
entrenador Campbell aquel
día, y toda la vida. Es un gran
hombre y un caballero. Un metro noventa y cinco de estatu-
ra, toda una mole de masculinidad, fuerte en todo sentido.
Cuando él me dijo «Creo en ti», sentí que una corriente
eléctrica me recorría el corazón y me daba más seguridad
que nunca antes. Era la primera vez que un hombre en una
posición de autoridad había bendecido así mi vida.
Nunca se insistirá demasiado en lo importante que es
hablar palabras sinceras y positivas respecto a la vida de
extravagante

una persona, sin embargo me limitaré a referir otra historia


personal. En mis primeras semanas en el Colegio Bíblico,
presenté un discurso en una de mis clases. Cuando salía
del aula, la profesora Hanson (que también entrenaba el
equipo femenino de vólibol del colegio) me detuvo para de-
cirme: Bryan, tu discurso de hoy fue excelente. Ya verás que
cuando te gradúes, te pedirán que presentes el discurso en
la ceremonia. Así, ella despertó un don espiritual en mí por
el poder de su bendición hablada, y unos años más tarde, di
un discurso en mi graduación del Colegio Bíblico. Cada vez
que visito el Colegio, la visito para saludarla y agradecerle
que haya creído en mí.

La eliminación de la crítica
Muchos hemos guardado tanta crítica negativa, que noso-
tros mismos, constantemente criticamos a los demás. En
202
vez de hablar bendiciones, nuestras palabras son como pa-
pel de lija o mazos, que gradualmente desgastan el sentido
de seguridad de una persona, o lo hacen añicos con toda
rapidez. Nos bebemos la pócima de la vergüenza y la auto-
compasión, exigiendo que se nos trate bien y nos enfurece-
mos cuando no lo hacen. Así, repartir píldoras de amargura
a los demás se convierte en un esquema de conducta.
En cambio, cuando experimentamos la gracia de Dios,
Él rompe las ataduras de la mentalidad que grita a los
demás: «¡Yo me merezco algo mejor que eso!» Nos damos
cuenta de que Dios nos ha dado mucha más gracia y mucho
más amor del que merecemos, y nuestras exigencias se
convierten en gratitud. Lo mismo sucede en las relaciones.
En vez de quejarnos de que la gente no es lo que nosotros
quisiéramos y que el trato no es tampoco el que esperamos,
podemos levantar la mirada más allá de los obstáculos que
se presentan, para amar a los demás de todos modos.
Con frecuencia, para amar realmente a las personas,
tenemos que comenzar por limpiar la basura que se ha
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

acumulado en nuestra propia vida. Cierta vez, preparé un


poderoso mensaje a mi parecer. El tema era el amor, y el
pasaje bíblico era 1 Corintios 13, pero Haley y yo habíamos
estado discutiendo. Entonces me di cuenta de que no podía
predicar acerca del amor, cuando tenía el corazón lleno de
enojo contra mi esposa.
Oré: «Señor, ¿qué puedo hacer?» Y oí que Él me susu-
rraba: «Lávale los pies.» Pensé en todo lo que debía hacer
para tener una jofaina y una toalla, y lavarle los pies antes
de salir a la iglesia, pero el Espíritu me dijo: «No, Bryan. En
frente de todos.»
Aquella noche, antes de comenzar el sermón, dije a la
congregación: «Esta noche quiero hablar acerca del amor,
pero hoy ofendí a mi esposa. Me comporté de manera muy
egoísta, y ante todos ustedes, quiero pedirle que me per-
done. No puedo predicar este mensaje mientras no haga
203
esto.» Me volví a Haley y le
dije: «Cariño, sé que a ti no te
gusta estar frente a la gente,
pero esto es lo que siento en La sinceridad es
mi corazón. ¿Podrías subir el camino a la
y dejar que te lave los pies restauración y
como acto de humildad y de
perdón?»
el fortalecimiento
Ella subió a la platafor- del afecto.
ma y yo saqué una jofaina
y una toalla. Le lavé los
pies, mientras ambos llorábamos. Nos abrazamos y ella
me perdonó. Aquella noche, prediqué acerca del amor con
el corazón y la conciencia limpios. Las cosas no habrían
resultado así, si Haley y yo nos hubiéramos sólo tolerado
el uno al otro, y hubiéramos dejado que el lento hervor de
la ira quemara por completo el amor en nuestra relación.
Nuestra disensión tenía que terminar, y tenía que terminar
de inmediato.
extravagante

Conozco a muchos esposos, esposas, y padres de ado-


lescentes que están llenos de ira porque las personas que
aman no aceptan su opinión de cómo deben vivir. Cuanta
palabra se dice, es interpretada como una exigencia que
hunde todavía más la daga del resentimiento entre ellos.
Sin embargo, si dejaran de hablar y escucharan, podrían
restaurar su mutua confianza. Si hicieran preguntas, en
vez de esperar docilidad, podrían establecer una conexión
entre sí. Si buscaran rasgos que elogiar, en vez de centrarse
en los defectos, fortalecerían la seguridad del ser amado, en
vez de destruirla.
Cuando estamos dispuestos a reconocer que hemos
pecado, o que hemos fallado en algún sentido, tal vez te-
mamos que la sinceridad destruya nuestra credibilidad. Sin
embargo, sucede todo lo contrario; en realidad la aumenta.
Lo he visto muchas veces, en mí mismo y en otros. Las per-
204
sonas que yo amo, me valoran y me aman aún más cuando
reconozco que las he herido y les pido perdón. En cambio,
cuando pienso que «merecían» el maltrato, o que mi acción
en realidad no debió herirlos, habrá un distanciamiento en
la relación. La sinceridad es el camino a la restauración y al
fortalecimiento del afecto.

Dios como ejemplo


Recuerde que Dios es el ejemplo de quien es absolutamente
amoroso. Él no se limitó a darnos un pequeño toque de su
amor. Lo derramó sobre nosotros con abundante extrava-
gancia. Cuando experimentamos su bondad en los niveles
más profundos de nuestra vida, tenemos los recursos y la
motivación que necesitamos para manifestar su amor y su
perdón a las personas que nos han herido y desilusionado.
La amargura respecto al pasado envenena el corazón y
destruye las relaciones, y el hecho de limitarnos a tolerar a
las personas es una manera de morir lentamente. La consa-
gración extravagante a Dios desata la belleza de su perdón
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

en nuestro corazón. A través de nosotros, se derrama en la


vida de los que nos rodean. Y transforma todo lo que toca.
El pastor Kerry Shook escribió un libro llamado One
Month to Live: Thirty Days to a No-Regrets Life [Un mes de
vida: treinta días para una vida sin remordimientos]. En él
sugiere que deberíamos vivir como si sólo nos quedara un
mes de vida, resolviendo todos los problemas, manifestan-
do toda clase de afectos, restaurando todas las relaciones,
y asumiendo todos los riesgos que honren al Señor, de
manera que nunca perdamos una oportunidad de ser la per-
sona que Dios creó. Enseñamos estos principios en nuestra
iglesia, y vimos cosas asombrosas. Hubo personas que
habían guardado rencor durante décadas, y ambas partes
se buscaron para confesarse sus pecados y pedirse perdón.
Viajaron a otros rincones del país para reconciliarse con un
pariente del que se habían apartado. Muchos sencillamente
205
decidieron que dirían «te amo» con mayor frecuencia. Las
familias disfrutaron más, amaron más, y rieron más. Pero
usted no tiene por qué esperar a que se predique una serie
de sermones para ver florecer las maravillas de la gracia.
Esas maravillas se pueden convertir en el comportamiento
normal de todo aquel que anhele vivir una vida extravagan-
te en Cristo.
No podemos obligar a la gente a que nos ame o nos
perdone. No podemos forzar una reconciliación. Todo lo
que podemos hacer es que nuestro corazón se mantenga
puro, perdonar a los que nos han hecho daño, y ofrecerles
un camino de restauración a los que se han distanciado
de nosotros. Usted no es responsable de las actitudes y las
acciones de ellos, pero sí lo es de las suyas. Como dice Pablo:
«Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz
con todos» (Romanos 12:18).
No tiene sentido que neguemos el dolor que hemos
sufrido, o las heridas que otros nos han causado. Debemos
sacarlos a la vista y dejar que la luz del amor de Dios res-
extravagante

plandezca sobre ellos. Yo fui abandonado, fue víctima de


abuso, y me convertí en alcohólico y ladrón. Era un hijo pró-
digo que sabía qué era lo bueno, pero pisoteaba la sangre
de Jesús. Con todo, Dios se abrió paso para rescatarme. De
no haber sido por su gracia y su poder, hoy estaría en una
prisión, o tal vez en una tumba. Jesús no sólo me rescató del
infierno —y del infierno en esta vida que es la existencia
sin un propósito—, sino que también me concedió el inefa-
ble privilegio de representarlo ante otros pecadores que
necesitan un toque de su amor con la misma desesperación
que lo necesitaba yo. Además, me concedió el espléndido
regalo de una hermosa familia.
Los sufrimientos que he pasado me ayudan ahora a
identificarme con las personas que entran todas las semanas
por las puertas de nuestra iglesia. Muchas noches me dormí
llorando. Hasta pensé en el asesinato. Sé cómo se siente el
206
que odia, y también sé lo que significa vivir paralizado de
miedo. Aún quedan cicatrices, pero las heridas abiertas se
han cerrado, gracias al amor, el poder, y el perdón de Dios.
Uno de mis himnos favoritos es «Oh, amor de Dios»,
por Frederick M. Lehman. Este poema describe el amor
que nos mueve a perdonar a pesar de los sufrimientos.
Muchos años después de haber escrito este himno, Leh-
man reflexionaba sobre su origen. Dijo que la tercera es-
trofa fue un mensaje que alguien escribió en la pared del
cuarto de un manicomio. Lehman oyó estas palabras de un
evangelista itinerante que las citó al final de un sermón
sobre el amor de Dios, y lo conmovió de tal manera que
más tarde escribió las dos primeras estrofas y el coro. Lea
el himno, y conviértalo en su oración de alabanza, medita-
ción, y adoración.41

41. Frederick M. Lehman, pamphlet: History of the Song, «The Love of God», 1948.
capítulo 16  |  las lecciones más valiosas de la vida

Oh amor de Dios, su inmensidad


el hombre no podría contar,
ni comprender la gran verdad
que Dios al hombre pudo amar.
Cuando el pecar entró al hogar
de Adán y Eva en Edén,
Dios les sacó, mas prometió
un Salvador también.

¡Oh, amor de Dios!, brotando está,


inmensurable, eternal.
Por las edades durará
inagotable raudal.

Y cuando el tiempo pasará


con cada reino mundanal.
207
Y cada reino caerá
con cada trama y plan carnal.
El gran amor del Redentor
por siempre durará;
la gran canción de salvación
su pueblo entonará

Si fuera tinta todo el mar


y todo el cielo un gran papel,
y todo hombre un escritor,
y cada hoja un pincel;
Nunca podrían describir
el gran amor de Dios,
que al hombre pudo redimir
de su pecado atroz.42

42. Lehman, «The Love of God,» [Oh amor de Dios] 1917.


extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Por qué el sufrimiento de una persona es la puerta de


entrada a la vida de otros para mostrarles la compasión
y el amor de Dios? ¿Se ha convertido su propio dolor en
una puerta de entrada? ¿Cómo ha sucedido?

2.  ¿Qué diferencias hay entre tolerar a alguien y amarlo


realmente?

3.  ¿Tiene usted el cuidado de hablar siempre palabras


positivas a los demás? ¿Le viene a la mente alguien que
necesite eso de usted ahora mismo?

4.  ¿Hay alguien en su vida, cuyos pies usted necesita lavar,


ya sea literalmente o simbólicamente?
208

5.  ¿Qué significaría para usted vivir y amar como si sólo le


quedaran treinta días de vida? ¿En qué aspectos sería
diferente su vida de como es ahora?
17
c a p í t u l o

el llamado a la
extravagancia

En mis tiempos de especial extravagancia —el año en que


vivimos sin un sueldo, o cuando Haley y yo renunciamos
a nuestra casa, o el período en que tuve dos trabajos—, vi
a Dios obrar de la misma manera extraordinaria en la vida
de otras personas. Hubo algunos que renunciaron también
a su casa. Un hombre donó su colección de autos antiguos.
209
La gente trajo vehículos y armas, una vajilla de plata pa-
trimonio de la familia, y un álbum autografiado de música
de los Beatles. Incluso hubo un joven que iba camino del
estrellato en la música que entregó a la iglesia el autobús
en que hacía sus giras.
Durante mi año sin sueldo, la generosidad de los her-
manos hizo posible que la iglesia saldara una exorbitante
deuda en sólo once meses. Todo esto sucedió en medio de
una economía en crisis y en una comunidad cuyo ingreso
promedio por familia sitúa al veinticinco por ciento de la
población bajo el nivel de pobreza y con sólo treinta y tres
por ciento de alfabetismo.43 ¡Fue algo milagroso!
La genuina extravagancia siempre nos asombra, pero
en medio de toda la energía que produce, es crucial que
recordemos por qué somos extravagantes. Manifestamos
una extravagante consagración a Dios, porque Él es un
tesoro para nosotros —un tesoro mayor que todo cuanto

43. U.S. Census Bureau, Arkansas, [Link]


extravagante

podemos dedicar al cumplimiento de sus propósitos—, y


es maravilloso el efecto que produce el desbordamiento de
esta extravagancia. Nuestra expresión de afecto complace
a los demás, deja perplejos a algunos, y complace también
a Dios.

La extravagancia de María
Los escritores de los Evangelios presentan una hermosa
descripción de la extravagante respuesta de una mujer a
Jesús. Esto sucedió durante una cena en que estaban pre-
sentes las hermanas Marta y María, y su hermano Lázaro.
Mateo y Marcos nos dicen que esa cena tuvo lugar en Be-
tania, en casa de Simón el Leproso, o más mas bien «el que
había sido leproso», porque estoy bastante seguro de que
Jesús lo había sanado. (Además, nadie habría querido cenar
en casa de un leproso, por la posibilidad de un contagio.)
210
Juan explica que días antes de la cena, algunos de los que se
habían reunido habían pasado por el golpe de una muerte
en la familia, pero Jesús había hecho un milagro. Lázaro
había enfermado de gravedad y había fallecido. Unos días
después de que lo sepultaran, Jesús llegó a Betania y pidió
a los presentes que rodaran la piedra que tapaba la entrada
a la tumba, y el amado hermano de María y Marta resucitó
y salió del sepulcro. Ahora, todos estaban en casa de Simón
para celebrar y honrar a Jesús. Juan describe la escena:

Marta servía, y Lázaro era uno de los que esta-


ban a la mesa con él. María tomó entonces como
medio litro de nardo puro, que era un perfume
muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús,
secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se
llenó de la fragancia del perfume. (Juan 12:2,3)
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

Aquella cena —y el extravagante y memorable acto de Ma-


ría— es ejemplo de todos los rasgos de una consagración
extravagante.

Precioso para nosotros


Más adelante se nos dice en el relato que el frasco de per-
fume tenía un valor extraordinario, equivalente al salario
de todo un año de un obrero. Muy bien pudo la posesión
más valiosa que tenía María. Pero observe que no se limitó
a derramar un poco de perfume en los pies de Jesús y guar-
dó la mayor parte para otro momento. Ella derramó todo el
contenido del frasco sobre sus pies, se descubrió el cabello,
y secó los pies de Jesús con él. Es posible que María ahorró
años para comprar aquel perfume, pero en unos pocos se-
gundos la derramó sobre los pies de Jesús. ¿Cuál fue la causa
de esta tan extravagante expresión de su afecto? Es muy
211
posible que estuviera rebozante de gratitud, porque Jesús
les había devuelto a su hermano.
María no es la única.
He observado que todos los Nuestra
actos de extravagante devo-
ción que presenta la Biblia, y
extravagancia
son muchos, fluyen de un co- es una respuesta
razón henchido de gratitud a la sublime
por la gracia, la misericordia, extravagancia
y la provisión de Dios. Nues-
tra extravagancia es una con que primero
respuesta a la sublime extra- Dios nos amó.
vagancia con que primero
Dios nos amó. Cuando Jesús es nuestro tesoro, no podemos
menos que derramar nuestra incontenible gratitud. Esa es
la respuesta adecuada.
La razón de que la adoración en nuestras iglesias con
frecuencia es tan anémica, nuestras ofrendas tan raquíticas,
y nuestro servicio tan esporádico, es que no nos detenemos
extravagante

a meditar en la profundidad y la amplitud de la infinita


gracia de Dios. Sin embargo, no deberíamos esperar que
alguien que ha muerto resucite para agradecer a Dios por
su extravagante amor. Sólo tenemos que mirarnos al espejo
y ser sinceros en cuanto a lo que vemos en él. Ninguno de
nosotros se ha acercado a Dios con algo que le haya impre-
sionado. Él no nos debía nada en absoluto, sin embargo nos
entregó un don gratuito de perdón y de vida.
Podremos ser expertos en engañar a otra gente, pero
Dios conoce nuestro corazón. Y cuando somos sinceros
con nosotros mismos, reconocemos la gravedad de nuestro
egoísmo y nuestra depravación. El corazón agradecido se
fortalece cuando entendemos que somos más malvados
de lo que imaginamos, pero la gracia de Dios nos ha dado
un puesto a su mesa, puesto que nunca merecimos. Él no
debería hacer nada más a nuestro favor para que le respon-
212
damos con alabanza y gratitud extravagantes. No tiene que
darnos un trabajo estupendo, sanar a un miembro de nues-
tra familia, traer de vuelta al hogar a un hijo pródigo, ni
restaurar una relación rota, para mostrarnos que nos ama.
Ya nos ha sacado de lo más profundo del infierno, y con eso
basta. Si tenemos presente lo que en realidad merecemos, y
lo que Dios ha hecho para salvarnos, seremos todos los días
como fue María. ¡El desbordante río de la acción de gracias
y la alabanza no se puede detener!
La carta de Pablo a los efesios presenta una de las más
hermosas descripciones de la gracia de Dios en las Escri-
turas. El apóstol señala que nosotros estábamos muertos,
indefensos y sin esperanza, alejados de Cristo, y después
escribe:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su


gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo,
aun cuando estábamos muertos en pecados.
¡Por gracia ustedes han sido salvados! Y en
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos


hizo sentar con él en las regiones celestiales,
para mostrar en los tiempos venideros la in-
comparable riqueza de su gracia, que por su
bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús.
(Efesios 2:4-7)

Nosotros no ofrecemos nada, sino que lo recibimos


todo. El amor de Cristo es grandioso; su misericordia es
abundante y su bondad, asombrosa. Jesús es un tesoro que
no se puede describir en simples palabras, y el corazón de
María no dejó que ella se contentara con una respuesta
mediocre al amor que Él le ofrecía.
¿Qué me dice de usted mismo? ¿Cuál fue la última
vez en que fue más allá de la mediocridad en la oración, la
adoración, las ofrendas, el ayuno, el perdón, el amor, y el
213
servicio? ¿Está satisfecho con lo poco que hace por Dios, o
anhela su corazón derramar y ser derramado en una extra-
vagante expresión de gratitud, sin preocuparse de lo que
otros piensen de usted? María entregó todo a Jesús, porque
Él era más valioso para ella, que cualquier otra cosa en el
mundo.

Agradable a los demás


El presente de María a Jesús agradó a los demás. El aroma
de aquel perfume llenó la casa y se difundió a la calle y al
hogar de los vecinos. Su amor por Jesús llegó al corazón de
todos los que estaban allí (ahora bien, de casi todos). Cuan-
do nos entregamos a Dios sin reservas, la gente percibe la
fragancia de la vida que hay en nosotros. Muchos quisieran
tenerla, unos pocos la desprecian, pero nadie la puede negar.
Con mucha frecuencia, nuestros vecinos y compañe-
ros de trabajo no ven nada distinto en nosotros. Se sienten
confundidos cuando descubren que vamos a la iglesia, por-
que no notan a Jesús en nuestra vida. En cambio, cuando
extravagante

el amor de Cristo nos posee y


nos inunda, cambia nuestra
manera de hablar, de pensar,
La vida de Cristo y de actuar. La vida de Cristo
en nosotros llega a en nosotros llega a la vida
la vida de quienes de quienes nos rodean. Para
nos rodean. María fue un gran gozo sen-
tirse guiada por el Espíritu
de Dios a adorar a Cristo con
tan preciosa ofrenda.
Puedo imaginar el testimonio de por lo menos dos
hombres que estaban sentados a la mesa de la cena aquel
día. A los hombres nos gusta mucho hablar grandiosidades:
las historias del pescado más grande, del mejor deportista, y
del cliente más provechoso. Por eso, mientras los discípulos
y amigos celebraban en aquella cena el poder de Jesús para
214
cambiar vidas, casi puedo escuchar a Simón que dice a to-
dos los presentes: yo estaba leproso. Si hubieran visto cómo
tenía la piel. ¡De acuerdo, de acuerdo!, no voy a hablar de
eso mientras comemos, pero quiero que ustedes sepan que
Jesús me sanó. Como respuesta, Lázaro habría anunciado:
¿Alguien de ustedes ha estado muerto? ¡Jesús me sacó de un
hoyo en la tierra! Es probable que Jesús y el resto de los in-
vitados se divirtieron con aquella especie de competencia,
porque toda la escena era una celebración de su bondad.

Desconcertante para algunos


Cuando María se levantó de su lugar en la mesa y se acercó
a Jesús para ungirlo, tal vez muchos se sorprendieron; sin
embargo, puedo ver que la expresión de gozo en el rostro
de Jesús tranquilizó a la mayoría, y pudieron disfrutar de
aquel momento. Pero no todos se tranquilizaron. Judas era
la persona más negativa que podamos imaginar. Era el tipo
de persona que le encuentra un pero a un tazón de helado
en una calurosa tarde de verano. Judas, que era el «que
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

más tarde lo traicionaría»,


se quejó (posiblemente un El rasgo más
susurro que la mayoría pudo
oír): «¿Por qué no se vendió
importante de
este perfume, que vale mu- la consagración
chísimo dinero, para dárselo extravagante
a los pobres?» (Juan 12:5). Lo es que deleita el
cierto es que a Judas le im-
portaba muy poco la gente
corazón de Dios.
pobre. Todo lo que quería era
que lo que se obtuviera de esa venta ingresara a la tesorería
del grupo, para robar de él.
En sus diversas conversaciones con la gente a través
de los años, Jesús escuchó muchas cosas absurdas sin co-
mentarlas ni corregirlas, pero no fue así aquella vez. Una
semana después, Él estaría clavado a una cruz. Sabía que
215
el perfume de María sería la única unción formal para su
sepultura. Los demás huirían, pero María se quedaría. Así
que se volvió a Judas y lo reprendió.

—Déjenla en paz —dijo Jesús—. ¿Por qué la mo-


lestan? Ella ha hecho una obra hermosa conmi-
go. A los pobres siempre los tendrán con ustedes,
y podrán ayudarlos cuando quieran; pero a mí
no me van a tener siempre. Ella hizo lo que pudo.
Ungió mi cuerpo de antemano, preparándolo
para la sepultura. Les aseguro que en cualquier
parte del mundo donde se predique el evangelio,
se contará también, en memoria de esta mujer,
lo que ella hizo. (Marcos 14:6-9)

La extravagancia de María cautivó el corazón de Dios.


No todo el mundo valora la consagración extravagan-
te. María la valoraba; Judas no. Puede tener por seguro que
cuando nosotros derramamos nuestro corazón, nuestro
extravagante

tesoro, y nuestros talentos en abundancia para mostrar lo


mucho que adoramos a Dios, siempre habrá unas cuantas
personas que pensarán que estamos locos. El corazón hu-
mano —el de los demás o el nuestro— resiste la extravagan-
cia, y quiere restar importancia a las esplendas manifesta-
ciones de todo tipo. Quienes se sienten incómodos con una
espléndida consagración, nos acusarán de «exagerados»,
«poco realistas», o «extremistas». Pero eso no importa.
Prácticamente todas las manifestaciones extravagantes de
consagración a Dios han sido fustigadas por unos pocos.
Debemos confiar que Dios reconoce nuestra motivación,
valora nuestro extravagante anhelo de complacerlo, y nos
bendice abundantemente. Jesús siempre nota el amor que
le tenemos, y busca la manera de honrarnos.
Aún hoy, en nuestras iglesias y en los hogares del
mundo entero leemos la historia de María y su expresión
216
de amor y gratitud. Tal como Jesús anunció, aquel gesto
suyo pasó a la historia como un testimonio indeleble de su
sincera, efusiva —y razonable— consagración.

Agradable para Cristo


El rasgo más importante de la consagración extravagante
es que deleita el corazón de Dios. La manera en que Jesús
defendió a María de la crítica de Judas nos hace ver por un
instante su complacencia por ese gesto de amor por parte
de María. El Señor nunca pasa por alto nuestras oraciones
silenciosas, nuestra sincera preocupación por los demás, ni
el servicio que prestamos con gozo cuando nadie nos mira.
El salmista nos dice que Dios «es la alabanza» de su pueblo
(Salmo 22:3). Él mora en la maravillosa atmósfera de nuestro
sometimiento, obediencia, valentía, y amor a Él.
El escritor Phillip Keller presenta un punto de vista
diferente acerca de lo «escrito entre líneas» en los relatos
de los Evangelios. Él sugiere que en la memorable semana
después de aquella cena en casa de Simón, mientras Jesús
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

discutía con los líderes religiosos en el templo, sanaba a los


enfermos, y preparaba a sus discípulos para que se hicieran
cargo de su labor cuando Él regresara al Padre, la fragan-
cia del perfume de María seguía con Él. El recuerdo de su
consagración lo seguía: en los atrios del templo, en la salón
donde celebró la Pascua con sus discípulos, en el huerto de
Getsemaní, cuando estuvo ante Herodes, en el tribunal del
Sanedrín, en el patio de Pilato, en las polvorientas calles
que recorrió llevando la cruz, y mientras colgaba de ella
agonizando. Aquella dulce fragancia impregnó sus ropas, su
piel, y su cabello, y cada día le recordaba que por lo menos
una persona fiel lo amaba lo suficiente como para preparar-
lo para su sepultura. Cuando los demás sólo querían recibir
de Él, lo único que María quiso fue darle algo a Él.44
Aunque los escritores de los Evangelios no nos hablan
de la fragancia que dejó en el ambiente el perfume de María
217
durante aquellas últimas horas de la vida terrenal de Jesús,
es posible que Él la oliera un poco más cuando le pusieron
la corona de espinas en la cabeza, cuando el sudor le corría
por la frente mientras se tambaleaba bajo el peso de la cruz,
y cuando el viento la hacía llegar hasta su nariz mientras
colgaba entre el cielo y la tierra. Es concebible que aquel
extravagante regalo, el costoso perfume de María, le diera a
Jesús fortaleza para enfrentar sus sufrimientos y su muerte.
La extravagancia de ella lo sostuvo a Él.

Demasiado ocupado como para un tiempo de consagración


Encontramos a María en el centro de la escena en tres dis-
tintas ocasiones en los Evangelios. Las tres veces, la vemos
en actitud de humildad a los pies de Jesús. En una de ellas,
cuando Jesús y sus discípulos visitaron Betania, Marta
preparaba la cena mientras María se sentó a sus pies a es-
cucharlo. Aunque su hermana quería que se levantara y la

44. W. Phillip Keller, Rabboni: Which Is to Say, Master (Kregel Publications, 1997), 200.
extravagante

ayudara con los preparativos de la cena, María sabía qué era


lo más importante. Cuando Lázaro enfermó, María mandó
llamar a Jesús para que sanara a su hermano. Cuando Jesús
llegó más tarde de lo esperado, ella corrió a preguntarle
por qué no había venido antes. Tenía el corazón destrozado,
pero aun en medio de sus lá-
grimas, mantuvo firme su fe.
Y ahora, en la cena en casa
Me conmueve
de Simón, estaba nuevamen-
profundamente te a los pies de Jesús, esta vez
la intensa derramando su amor con un
consagración frasco de costoso perfume.
Cada vez que la vemos, está
de María. cerca de Jesús; a sus pies
escuchando, aprendiendo,
llorando, y ungiendo. Vivía a
218
los pies de Jesús, tanto en los momentos de dolor como en
los de instrucción y de gozo. Nada la apartaba de Él.
Me conmueve profundamente la intensa consagración
de María. Cuando llegue al final de mi vida, no quiero que
sólo se diga que fui un buen padre, un buen esposo, un ami-
go en el que se podía confiar, o un dinámico pastor. Quiero
que noten una característica clave en mi persona. Quiero
que se diga: «Bryan vivió a los pies de Jesús, y conoció
realmente a su Señor. Fue un hombre de una consagración
extravagante.»
Jesús muchas veces dijo a sus discípulos que moriría
en Jerusalén. Les explicó que su muerte era la principal ra-
zón de haber venido a la tierra. Pero ellos no lo entendieron.
Aun la última noche, antes que que fuera traicionado, les
dijo varias veces que estaban a punto de arrestarlo, juzgarlo,
torturarlo, y ajusticiarlo; pero ellos seguían sin entender.
Sin embargo, aunque María había pasado mucho menos
tiempo con Jesús que sus discípulos, ella tenía un nivel
de comprensión espiritual que la ayudó para entender
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

cuáles eran sus propósitos.


Cuando derramó el perfume
sobre los pies de Jesús, Él le Un gran obstáculo
dijo a la gente que la estaba a una vida de
observando: «Ella hizo lo consagración
que pudo. Ungió mi cuerpo
de antemano, preparándolo
extravagante
para la sepultura» (Marcos es que estamos
14:8). Aquel día había llegado, absurdamente
y ella estaba lista. Creo que
ocupados.
Dios les da una comprensión
espiritual especial a los que
manifiestan una extravagante consagración a Él, como
María.
En nuestra sociedad, un gran obstáculo a una vida de
consagración extravagante es que estamos absurdamente
219
ocupados. Pensamos que es una virtud atiborrar cada se-
gundo de nuestra vida con trabajos, diversión, televisión,
música, y charla. Ya sé, ya sé: esas cosas no son forzosamen-
te malas. De hecho, la mayor parte de ellas son esenciales
hasta cierto punto. Pero si consumen todo nuestro tiempo,
impiden que pensemos, meditemos, y oremos de tal manera
que la verdad de la Palabra de Dios y el amor de su corazón
pueda penetrar la corteza que nos cubre. El escritor Richard
Foster sostiene que de hecho, estos obstáculos son la bata-
lla espiritual cósmica en la que nos encontramos: «Nuestro
adversario se especializa en tres cosas: el ruido, la prisa, y
las muchedumbres. Si nos puede mantener enredados en ‘lo
mucho’ y ‘las muchas cosas’, estará satisfecho.»45 Carl Jung,
el famoso psicoterapeuta, hizo una observación similar:
«La prisa no es del diablo; la prisa es el diablo»46

45. Richard Foster, Celebration of Discipline [Celebración de disciplina] (San Francisco:


HarperCollins, 1988), 15.
46. Citado por Gary W. Moon, Apprenticeship with Jesus: Learning to Live Like the Master
(Grand Rapids: Baker Books, 2009), 208.
extravagante

Un ritmo de vida más lento a fin de tener el espacio


mental necesario para reflexionar, no es algo optativo para
los que quieren conocer a Cristo. Es una necesitad absoluta.
Durante siglos, los creyentes han desarrollado hábitos que
los han ayudado a conocer mejor la verdad y el amor de
Dios. Con frecuencia, a estos hábitos se les da el nombre
de «disciplinas espirituales» y métodos para preparar
nuestro corazón de manera que podamos escuchar con
mayor claridad la voz de Dios. Las disciplinas que usan con
mayor frecuencia los creyentes evangélicos son la oración,
el estudio y la memorización de la Biblia, el servicio a los
demás, la meditación en las Escrituras, el ayuno, el silencio,
y la soledad. El autor John Ortberg nos recuerda para qué
tenemos estos hábitos:

Las disciplinas espirituales no las tenemos para


220
ser suficientemente buenos de manera que me-
rezcamos el perdón y la buena voluntad de Dios.
No son maneras de ganar méritos extraordina-
rios, ni de mostrar a Dios cuán profundamente
comprometidos estamos con Él… Estas discipli-
nas espirituales sólo son un medio de que haga-
mos nuestra la vida que Dios nos ofrece en su
gracia, o de crecer en ella. Por eso hay ocasiones
en que se las llama «medios de la gracia.»47

Es importante la motivación que nos mueve a cultivar esos


hábitos. Comenzamos con una justa desilusión de nuestra
presente condición espiritual, y un anhelo de ir más allá.
Ortberg aísla la fuente de este descontento con nuestra
espiritualidad:

47. John Ortberg, The Life You’ve Always Wanted [La vida que usted siempre ha querido
(Grand Rapids: Zondervan, 2002), 46-47.
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

¿De dónde procede esa desilusión? Una respues-


ta corriente en nuestros días es que se trata de
una falta de autoestima, o una consecuencia
de no habernos aceptado a nosotros mismos…
La respuesta más antigua y más sabia, es que
el sentimiento de desilusión no es el problema,
sino un reflejo de un problema más profundo:
todavía no nos convertimos en la persona que
Dios tuvo en mente cuando nos creó. Es el «do-
lor perlado» que llevo en mi corazón; el deseo de
estar en el hogar con el Padre.48

Tenga presente que, si una mayor medida de disciplina


espiritual es algo nuevo para usted, no debería esperar la
perfección inmediata. Cuando se aprende a usar algo nuevo
—un programa de la computadora, una complicada receta
221
de cocina o una herramienta eléctrica—, la curva de apren-
dizaje puede ser muy empinada. El desarrollo de la compe-
tencia es el mismo camino
que expliqué anteriormente:
de ser inconscientes de que
no tenemos una habilidad, a Las más ricas vetas
ser inconscientes de que la de oro son las que
tenemos.
Hay creyentes que se
están a mayor
equivocan al pensar que profundidad.
la primera vez que hagan
un verdadero estudio de
la Biblia, oren sesenta minutos, ayunen dos días, o sirvan
como voluntarios, sentirán algo especial del Espíritu Santo
y desarrolarán una comprensión que nadie ha tenido antes,
con la excepción de Jesús y Pablo. Sin embargo, esto no es
así. La realista comprensión del desarrollo de las discipli-

48. Ibid. 13.


extravagante

nas espirituales nos protege del malestar, la confusión, y


la frustración por la aparente falta de resultados palpables
que vimos al principio. Las más ricas vetas de oro son las
que están a mayor profundidad. Los mineros diligentes
—sólo los más persistentes— son los que finalmente des-
cubren riquezas imposibles de imaginar. ¡Hay recompensas
para quienes se comprometen con la disciplina espiritual y
el crecimiento!

Escuchar la voz de Dios


A mí me es fácil dedicarme a las disciplinas espirituales más
activas, como el estudio de la Biblia, la oración, la comunión,
y el servicio. Sin embargo, las que han significado más para
mi vitalidad espiritual —las que son más difíciles para una
persona compulsivamente llena de energía como yo— son
las que me apartan por completo de la agitación, me hacen
222
vivir con mayor lentitud, y crean el espacio necesario para
que escuche la voz de Dios. Las disciplinas del silencio, la
soledad, y el ayuno han significado una revolución en mi
relación con Dios.
Cuando los canales de televisión dejaron de usar la
señal análoga para usar la señal digital, una estación pre-
sentó este mensaje: «Si tiene problemas con la nueva señal,
comuníquese con la estación para pedir ayuda.» ¡No creo
que el mensaje fuera de mucha ayuda! Quienes no tenían
el equipo adecuado ni siquiera pudieron leer el anuncio.
Para escuchar la voz de Dios, considero que necesitamos el
adecuado «equipo» del silencio y la soledad.
Jesús dio ejemplo de cuán importante es que nos apar-
temos de esta carrera de locos en que vivimos, para refres-
carnos y restaurarnos. Este ejercicio nos permite volver con
fuerzas renovadas al fragor de la batalla. Muchas veces, los
discípulos encontraron a Jesús a solas en las faldas de una
colina o en la cima de un monte, en oración con el Padre.
Hubo también ocasiones en que se retiró junto con ellos
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

para que descansaran y renovaran su punto de vista sobre


su llamamiento.
Mi pregunta es: ¿cree usted realmente que Dios nos si-
gue hablando hoy, o todo eso sucedió en los días de Moisés,
de los profeta, y de Jesús? La respuesta es categórica: sí, Él
todavía nos habla. Jesús es «la Palabra», y la Biblia es «la
Palabra de Dios». Estas expresiones revelan que la natura-
leza misma de Dios es comunicarse con su creación, y en
especial con aquellos que tienen una relación con Él.
Jesús explicó esta poderosa e íntima relación en térmi-
nos que la gente de su tiempo entendiera con claridad. En
su sociedad agraria, muchas personas se ganaban la vida
con la crianza de ovejas, así que conocían algunas caracte-
rísticas de los animales que con frecuencia Jesús usaba en
sus analogías de los seres humanos. Por ejemplo, aunque
hubiera varios rebaños en un corral, bastaba la voz del pas-
223
tor para que se distinguiera un rebaño del otro. Cuando un
pastor llamaba a sus ovejas, éstas se separban de las demás
para seguirlo. Jesús explica:

El que entra por la puerta es el pastor de las


ovejas. El portero le abre la puerta, y las ovejas
oyen su voz. Llama por nombre a las ovejas y las
saca del redil. Cuando ya ha sacado a todas las
que son suyas, va delante de ellas, y las ovejas
lo siguen porque reconocen su voz. (Juan 10:2-4)

Aunque Jesús siempre nos habla, nosotros no siempre le


prestamos atención.
Otra razón de que estas disciplinas espirituales más
pasivas son tan importantes, es que rara vez Dios grita
para captar nuestra atención. Él susurra. Si estamos dema-
siado distraídos con los ruidos de la vida, sencillamente
no podremos oír su voz. Tenemos que apartarnos, aclarar
nuestra mente y nuestro corazón, y dejar fuera todas las
extravagante

distracciones. El buen éxito


en los negocios o en el mi-
Aunque Jesús nisterio no es evidencia de
siempre nos que somos buenos oidores.
habla, nosotros De hecho, el éxito se puede
no siempre convertir en nuestro mayor
obstáculo. Elías, a quien Dios
le prestamos usó en grandes milagros, es
atención. un ejemplo de que el éxito
puede convertirse en obs-
táculo. Durante su ministerio, Dios le envió unos cuervos
con alimento, hizo que la jarra de aceite de una viuda no
se secara, y en un extraordinario despliegue de poder, en-
vió fuego desde el cielo para consumir un holocausto que
estaba completamente mojado. Hasta las piedras del altar
fueron consumidas a mano de Elías, para mostrar que Jeho-
224
vá era más grande que el dios Baal. Sin embargo, después
de esas maravillosas manifestaciones del poder de Dios, el
profeta se sintió profundamente deprimido y lleno de te-
mor. Cuando se escondió en la montaña, Dios llegó a él y se
sencillamente le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías?
El gran profeta respondió con un gemido: «Me consu-
me mi amor por ti, Señor Dios Todopoderoso. Los israelitas
han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus
profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único
que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí
también!» En ese momento, Dios le dijo que se presentara
ante Él en la montaña, y viera pasar su presencia:

 omo heraldo del Señor vino un viento recio,


C
tan violento que partió las montañas e hizo
añicos las rocas; pero el Señor no estaba en el
viento. Al viento lo siguió un terremoto, pero el
Señor tampoco estaba en el terremoto. Tras el
terremoto vino un fuego, pero el Señor tampoco
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

estaba en el fuego. Y después del fuego vino un


suave murmullo. Cuando Elías lo oyó, se cubrió
el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la
entrada de la cueva. (1 Reyes 19:11-13)

Dios sigue susurrando hoy. Necesitamos reconocer cuán


atestada de ruidos y actividades está nuestra vida. Cuan-
do nos entregamos al silencio y a la soledad, descubrimos
las muchas distracciones interiores que nosotros mismos
hemos dejado que nos consuman: emociones negativas,
anhelos secretos, recuerdos dolorosos, ansiedades, temores,
ambiciones, y muchos más. No podemos controlar esos
pensamientos sólo con nuestra propia fuerza de voluntad.
Es necesario que sean reemplazados por la gracia y la ver-
dad de Dios. El silencio y la soledad nos capacitan para ver
el mundo con mayor claridad. Hay un refrán que dice: «El
225
agua enlodada solo se aclara si se la deja tranquila por un
buen rato.» Si apartamos momentos para el silencio y la so-
ledad, aprenderemos a escuchar la voz de Dios. Cuando nos
acerquemos más a Él, nos convenceremos de que somos
más valiosos para Él que todas las riquezas del mundo, y de
que quiere revelársenos aún más.
Como describí sobre todo en el capítulo seis, Dios
ha usado momentos de ayuno en estos últimos años para
enriquecer mi sensibilidad espiritual y ayudarme a experi-
mentar tiempos más prolongados de silencio y de soledad.
¡Cuando la carne siente hambre, se alimenta el espíritu! En
la incomodidad del hambre, ésta es mi oración: «¡Señor, que
mi espíritu te anhele tanto a ti, como mi cuerpo anhela el
alimento!» Este es un asunto frecuente en la Biblia. En su
intenso sufrimiento y su confusión, Job dijo: «Anhelo tu
palabra, Señor, más que mi pan de cada día.» Ese es el espí-
ritu del ayuno. Cuando no comemos durante largo tiempo,
nuestros sentidos se avivan. Tenemos más conciencia de
extravagante

nuestra urgente necesidad de Dios, y sentimos su presencia


de una manera más íntima.
Cuando nos apartamos de las distracciones, podemos
ver con más claridad el rumbo que Dios nos muestra y
presentamos nuestras peticiones dirigidas a Él con mayor
fervor. Experimentamos quebrantamiento y dolor por la
maldad de nuestro corazón, y entendemos mejor que nunca
que Dios nos ama, nos perdona, y nos acepta gloriosamente
gracias a la sangre de Cristo. El hecho de privarnos de ali-
mentos durante un tiempo aumenta nuestra dependencia
de Dios y nos abre canales de comunicación con Él. Es una
práctica que todos debemos cultivar.
Dios nos hablará, pero sólo si sabiamente establecemos
un tiempo y un espacio de quietud, libre de distracciones,
en que podamos escuchar su voz. El silencio es fundamen-
tal, pero sólo es un requisito. En cuanto a lo que debemos
226
hacer cuando oímos la dirección de Dios, las Escrituras nos
enseñan que debemos preparar nuestro corazón para obe-
decer. Dios se complace en revelársenos, pero solamente lo
hace con aquellos que se han comprometido a obedecerle.
Jesús, la noche en que fue traicionado, explicó este princi-
pio a sus discípulos:

¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis


mandamientos y los obedece. Y al que me ama,
mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me
manifestaré a él. (Juan 14:21)

Tal vez usted esté pensando: «Todo eso del silencio y la so-
ledad suena como algo muy bueno, pero ¿qué sucede si ya
estoy ocupado en la obra de Dios?»
Es inconcebible que Dios nos dé tanto que hacer, que
no tengamos tiempo de buscarlo a Él. Recuerde a María a
los pies de Jesús. Marta era la que «servía», pero a la que
elogió Jesús fue a María, porque su prioridad era sencilla-
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

mente estar con Él. Si las distracciones y la agitación lo


alejan de esos momentos con Dios, puede estar muy seguro
de que está haciendo cosas —al menos unas cuantas— que
Él no lo ha llamado a hacer. La prueba de que sentimos un
auténtico anhelo de conocer a Dios es que lo busquemos di-
ligentemente, y esa búsqueda siempre implica que dejemos
fuera las distracciones.
También hay quienes se preguntan cómo pueden saber
cuándo han oído la voz de Dios, y puedo ofrecerles algunas
directrices. El mensaje que
viene de Dios siempre está
lleno de gracia y de verdad; Si apartamos
siempre está en sintonía
momentos
con su Palabra, y es tan
persistente que no nos deja para el silencio
tranquilos hasta que por fin y la soledad, 227
obedecemos. Lo que Él nos aprenderemos a
dice, no siempre es cómodo,
pero siempre nos lleva a una
escuchar la voz de
experiencia más profunda Dios.
de su amor, su perdón, su
poder, y su presencia.
Muchas veces me han preguntado: «Bryan, ¿cuál pien-
sas que es tu don espiritual más eficaz?» Muchos esperan
que yo responda «predicar y enseñar», pero no es eso lo que
digo. Aunque el ministerio tiene gran importancia para mí,
si tuviera que escoger entre perder la capacidad de oír y la
capacidad de hablar, sin vacilación alguna renunciaría al
habla. El regalo más importante que he recibido de Dios es
la posibilidad de oír su voz, de manera que pueda ser un
hijo amoroso, obediente, y receptivo.

Dios nos proporciona una casa


Cual sea el punto en que nos hallemos en nuestra búsque-
da de Dios, la extravagancia de nuestra consagración a Él
extravagante

nunca supera la extravagancia de su amor. Y una maravi-


llosa bendición que deriva de esta respuesta de Dios, es
la manera en que a veces fomenta una interdependencia
entre los creyentes dentro de la comunidad cristiana.
Cuando Haley y yo entregamos nuestra casa y nuestro
dinero, lo hicimos primeramente como un acto personal
de consagración. Sin embargo, la historia que se desarrolló
en los siguientes años muestra la amplitud de la milagrosa
respuesta de Dios a nuestra fidelidad.
Con nuestra familia vivimos en una casa que tenía
la mitad del espacio que la casa de nuestros sueños, a la
cual ya nos habíamos habituado. Sin embargo, esa casa
alquilada se convirtió en nuestro hogar. La paz de saber
que habíamos obedecido a nuestro amoroso Padre nos
ayudó a acomodarnos a un
nivel de vida más modesto.
228
«Cuando yo estaba Nos enfocamos sólo en las
construyendo riquezas del ministerio y la
vida de familia, hasta que un
esta casa, me
día, en el tercer año después
preguntaba si de nuestra gran entrega, «el
tal vez sería resto de la historia» de nues-
para usted.» tra extravagancia hacia Dios
se reveló ante nuestros ojos.
Mis viajes por la ciudad
me llevaban con frecuencia a través de un vecindario de
alta categoría que había sido abierto recientemente. Un
día, pasaba por ahí «como de costumbre», cuando hubo
algo acerca de una casa que había visto muchas veces, que
me pareció de repente como poco usual. Noté que aquella
magnífica casa que Haley y yo habíamos visto desde las
primeras etapas de su construcción dos años antes, todavía
estaba a la venta. Todas las demás casas se habían vendido.
En cambio, aquella hermosa residencia seguía en el merca-
do.
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

A Haley y a mí nos había encantado la casa desde el


primer momento en que vimos que su estructura ya toma-
ba forma, así que, más que nada por curiosidad, llamé al
teléfono que había en el letrero de venta, para ver si me
informaban cuál era la situación. De inmediato, la voz que
escuché por el teléfono me sonó familiar, y pronto descubrí
que era alguien relacionado con una familia de la iglesia.
El hombre me dijo que su hijo Greg, que era contratista de
viviendas residenciales de alta categoría, había edificado la
casa como uno de sus proyectos especulativos cuando se
había iniciado el desarrollo del vecindario, pero que nunca
se había podido vender. Me sugirió que hablara con él di-
rectamente.
Yo llamé enseguida al hijo de esta persona, pero no ob-
tuve una gran respuesta, sólo me dijo que nos reuniéramos
en la casa lo antes posible. Al día siguiente estábamos en
229
la espectacular cocina de una casa de ensueño, de mayor
ensueño que cualquier otra, y Greg me refirió la extraordi-
naria historia que nos había reunido aquel día.
Unos tres años antes, él había visitado la iglesia, preci-
samente el domingo en que Haley y yo habíamos entregado
el título de propiedad de nuestra casa. Aunque sus padres
asistían a ella de manera continua, Greg y su esposa sólo
iban de vez en cuando. De hecho, aunque sí le interesaban
las cosas espirituales, había pasado muy poco tiempo en la
iglesia. Sin embargo, aquella mañana Dios pulsó una cuer-
da de extravagancia en su corazón, y así cambió su vida… y
la mía.
En aquellos momentos, Greg trabajaba para un cons-
tructor que lo había entusiasmado con la idea de que un
día estableciera su propia empresa de construcción. Él
soñaba con edificar casas de primera calidad, y con mucho
esfuerzo había ahorrado diez mil dólares para echar a an-
dar su empresa. Sin embargo, aquella mañana en la iglesia,
sintió que Dios le tocaba el corazón y le decía que dejara
extravagante

sus planes futuros en las manos de su Padre celestial. El


aspirante a constructor vació su cuenta de ahorros, destina-
da al negocio de construcción, y entregó a la iglesia hasta
el último centavo de los diez mil dólares. Era una muestra
de consagración sin lógica alguna. Sin embargo, después de
aquel extravagante momento, las puertas de la oportunidad
se abrieron para aquel emprendedor joven. Al cabo de dos
años solamente, se convirtió en uno de los más buscados
constructores de casas de lujo en la zona metropolitana
de Dallas–Fort Worth. Su sueño de construir residencias
valoradas en varios millones de dólares hizo explosión y se
convirtió en una realidad.
Greg me mostró la cocina de ensueño en la que nos
encontrábamos. «Cuando yo estaba construyendo esta casa
—hizo una pausa para contener las lágrimas—, me pregun-
taba si tal vez sería para usted.»
230
Me quedé mirando a aquel hombre que había regre-
sado muy pocas veces a nuestra iglesia después de aquel
memorable domingo tres años antes. Qué idea tan dispa-
ratada, pensé. Si Haley y yo hubiéramos vendido la casa
de nuestros sueños y hubiéramos invertido nuevamente
hasta el último centavo, no podríamos comprar una casa
que fuera la mitad de magnífica que ésta, y mucho menos
en la situación en que estamos ahora.
«Pastor, yo sé que usted necesita un lugar donde vi-
vir—siguió diciendo Greg—, y yo he seguido llevando esta
casa en mis libros de contabilidad durante dos años ya. El
banco está más que ansioso de que pague el préstamo que
me dio para construirla. Creo que estamos en un momento
de Dios, y si usted y Haley están dispuestos a mudarse a ella,
podemos llegar a algún arreglo.
Me quedé escuchando, sintiendo que Greg tenía algo
más que decir.
—Esto me recuerda que me he dejado atrapar por mi
éxito, y me he olvidado del lugar de donde salí. Tal vez esta
capítulo 17  |  el llamado a la extravagancia

casa ha permanecido vacía durante dos años y medio, espe-


rando que usted se presentara aquí.»
Yo me alegré de haberme presentado, porque el arreglo
al que llegamos fue la manera en que Haley y yo compra-
mos aquella casa por una cantidad muy inferior a su precio.
Por extravagantes que hayamos querido ser al entregar la
casa de nuestros sueños, y Greg al entregar aquel dinero
que sirvió de semilla, Dios, con su extravagante respuesta,
superó a todo lo que nosotros pudimos hacer. La consagra-
ción extravagante toca el corazón de Dios, y Él siempre nos
bendecirá con su toque.

Atrévase a pensar con libertad

1.  Como María cuando derramó el perfume en los pies de


Jesús, ¿cuál es la expresión más extravagante de consa-
231
gración que ha visto en otra persona? ¿Y en su propia
vida?

2.  ¿Por qué la extravagante expresión de amor por Cristo


es precioso para nosotros, agradable para otros, sor-
prendente para algunos, y agradable a Dios?

3.  ¿Le roban la agitación y la prisa la capacidad para


reflexionar y escuchar a Dios? Si su respuesta es afir-
mativa, explique cómo se siente.

4.  ¿Cuáles disciplinas espirituales son parte normal de su


vida? ¿Qué efecto tienen en su corazón, en sus relacio-
nes, en sus decisiones, y en su experiencia con Dios?

5.  ¿Cuáles son los beneficios que producen la soledad, el


silencio, y el ayuno? ¿Cómo puede usted comenzar a
experimentarlos, o profundizarlos?
extravagante

6.  ¿Quisiera usted escuchar la voz de Dios de una manera


constante y poderosa? Explique su respuesta?

7.  ¿Cómo puede usted saber si está abierto al Espíritu y


dispuesto a dar valientes pasos de fe? ¿Está escuchan-
do su voz en estos momentos?

8.  ¿Cuál fue su reacción ante la historia de cómo Dios nos


proporcionó una casa?

232
18
c a p í t u l o

pase lo que pase

La vida espiritual no es estática, sino dinámica. La obra de


Dios en nuestra vida va cambiando, conforme a lo que ne-
cesitemos para crecer en cada etapa de nuestro andar con
Él. Al llevar a cabo los planes que tiene para nosotros, Dios
usa las dificultades y las oscuridades para atraer nuestra
atención y enseñarnos importantes lecciones. Cuanto más
crecemos en nuestra relación con Él, tanto menos depende-
mos de dramáticas evidencias de su presencia. En cuanto a
233
este punto, Dallas Willard y Jan Johnson hacen la siguiente
observación:

A medida que se despliega la historia de la Biblia,


vemos que al comunicarse Dios con el hombre,
cuanto más maduro es quien escucha, tanto
más claro es el mensaje y menor la función que
cumplen los sueños, las visiones, y otros fenó-
menos extraños y estados alterados»49

A veces, pensamos que Dios ni siquiera está presente. Es


entonces que debemos confiar en lo que no vemos, en vez
de confiar en lo que vemos; debemos apoyarnos en la natu-
raleza eterna de Dios que hemos llegado a conocer por me-
dio de las Escrituras, en vez de exigir su presencia palpable.

49. Dallas Willard y Jan Johnson, Hearing God Through the Year [Escuchar a Dios todo el
año] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2004), 140.
extravagante

Cuando confiamos en Dios en medio de las tinieblas, creo


que Él sonríe más aún.
Nuestra relación con Dios no es un asunto de negocios.
Hay quienes no entienden adecuadamente las promesas de
prosperidad, y piensan que si depositamos lo suficiente (en
cuanto a alabanza, ofrendas, y otras prácticas espirituales),
Dios está obligado a protegernos de todo daño y darnos
todo lo que queremos. Tarde o temprano, estas expectativas
erradas terminan en frustración y desesperanza.
Mi hijo me dio una muy
buena lección de lo erradas
Debemos aceptar que pueden ser nuestras ex-
la respuesta de pectativas de Dios. Cuando
aún no tenía tres años, Ga-
Dios, aunque no vyn era ya hábil para nego-
esté de acuerdo ciar. Una noche, íbamos en
234
con nuestras el auto, y decidió que quería
expectativas. una Coca–Cola. Yo, en mi sa-
biduría de padre, le negué lo
que me pedía, reconociendo
que un refresco azucarado y con cafeína no era lo mejor
para él a una hora tan avanzada. Sin embargo, Gavyn no se
dio por vencido y comenzó a llorar.
Cuando notó que su estrategia no daba resultado,
dejó de llorar para bosquejar la transacción que se estaba
produciendo. «Muy bien, papá—me explicó—, esto es lo
que debe suceder. Tú eres el padre. Yo soy el hijo. Yo te pido
las cosas, y tú me dices que no. Entonces, yo lloro, y tú me
dices que sí.»
La situación no resultó de esa manera para Gavyn, ni
tampoco resulta de esa manera en nuestra relación con
Dios. Debemos aceptar la respuesta de Dios, aunque no
esté de acuerdo con nuestras expectativas. Porque Dios (el
Padre) es quien sabe mejor las cosas.
capítulo 18  |  pase lo que pase

Un desafío a la fe
Siempre me siento inspirado cuando pienso en la difícil
situación de los tres jóvenes judíos que por poco murieron
quemados en un horno candente por no inclinarse ante
una estatua de su rey pagano. Esto es lo que respondieron
ante la exigencia del rey:

¡No hace falta que nos defendamos ante Su


Majestad! Si se nos arroja al horno en llamas,
el Dios al que servimos puede librarnos del
horno y de las manos de Su Majestad. Pero aun
si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que
no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su
estatua. (Daniel 3:16-18)

Aquellos jóvenes no tenían garantía alguna de que se les


235
liberaría de una muerte horrible. Todo lo que tenían era
una firme fe que los movió a confiar en Dios, cual fuera el
resultado final.
Las historias al estilo del horno de Nabucodonosor
me desafían, y me gustan los desafíos. Renunciar al sueldo
de un año y regalar mi casa fueron cosas que me hicieron
sentir más vivo espiritualmente. Sin embargo, el plan de
Dios para mi vida no es una serie continua de aventuras
llenas de emoción. Yo soy una persona impulsiva y tenaz,
pero a veces Dios me dice que haga lo que más me cues-
ta: esperarlo a Él. Tal vez me sienta listo para enfrentar el
próximo gran reto, pero Dios me ha mostrado que no debo ir
a ningún parte mientras no se muevan la columna de fuego
y la nube. Mientras espero, debo ser fiel y tener contenta-
miento, sabiendo que Él me ha llamado a mantenerme «en
pausa». El torrente diario de adrenalina que deriva de una
nueva emoción es lo que a mí me atrae, pero lo que Dios
me dice es: «Confía en mí.» Y eso me basta. No quiero que-
darme atrás cuando Dios me guíe, ni tampoco quiero correr
extravagante

y adelantarme. Quiero correr, caminar, o arrastrarme si es


necesario, pero cerca de Él, a su lado, a donde Él me guíe y
en el momento que Él diga.
Como Abraham, a veces tenemos que esperar un buen
tiempo entre la promesa y el milagro. Debemos tener pa-
ciencia para esperar a Isaac, en vez de hacer lo necesario
para que nazca un Ismael. En los tiempos de espera, pueden
asaltarnos las dudas respecto a Dios, los interrogantes en
cuanto a su dirección, y las dudas de si tenemos la capaci-
dad de escucharlo. Sin embargo, cuando Dios dilata las cosas,
no significa que nos niega sus promesas. En los momentos
de oscuridad y de espera, tenemos que depender de lo que
hemos aprendido respecto a la luz cuando hemos estado en
la luz. Entonces estaremos listos para dar acertadamente el
siguiente paso.
Hace años, un joven me dio una copia del diario de
236
su madre. Ella se estaba muriendo de cáncer, pero cada
anotación del diario, era acerca de la fe en su andar para en-
contrarse con Dios. Repetía con frecuencia una afirmación:
«¡Cómo quiero que llegue la medianoche.» Cuando se puso
demasiado débil, escribió una sola cosa: «Medianoche.» Le
pregunté al hijo qué significaba aquello para su madre, pre-
guntándome si tal vez era que recibía una dosis de morfina
cada noche a esa hora para aliviarle sus sufrimientos.
Él se rió y me dijo: «No, pastor. Ella estaba convencida
de que las misericordias de Dios nunca faltan. ‘Nueva son
cada mañana; ¡grande es su fidelidad!’. Si llegaba a la media-
noche, la misericordia de Dios sobre su vida se renovaría
una vez más. Ella esperaba con ansias ese momento cada
día.»
Aquella querida dama había aprendido a confiar en
Dios en medio de las tinieblas, segura de que Él le proveería
todo cuanto necesitara, día tras día.
capítulo 18  |  pase lo que pase

Valentía y gozo
Cuando respondemos al susurro en el que Dios nos pide que
le obedezcamos con una consagración extravagante, suce-
den cosas extraordinarias. A veces, nos dirige por senderos
que nos desafían en la esencia misma de nuestro ser, y con
frecuencia nos da un gozo asombroso. Cuando las personas
escuchan mis relatos acerca de la falta de sueldo y la casa
que ofrendamos, muchas veces se llevan una impresión
distorsionada. Piensan que estas decisiones fueron fáciles
para mi familia y para mí. No lo fueron. Al contrario, fueron
terribles; pero Dios las usó de maneras asombrosas.
La semana después de haber dicho a la iglesia de Pine
Bluff que renunciaría a mi sueldo durante todo el año si-
guiente, fui a una reunión de pastores en Little Rock. Para
tener algo de dinero, vendí mi amada camioneta y compré
un vehículo que ya tenía más de trescientos mil kilómetros
237
encima. Cuando llegué a la reunión, me sentí avergonzado
del vehículo que llevaba, y quise estacionarlo lo más lejos
posible, pero el único lugar disponible estaba cerca de la en-
trada, precisamente donde los pastores entraban al edificio.
Daba la impresión de que todos tenían un flamante vehí-
culo recién sacado de la agencia. Para subrayar mi humilla-
ción, mi viejo vehículo hizo
un ruido explosivo cuando
entré en el estacionamiento.
En mi mente, aquel ruido
Sabía que no me
anunciaba a todos que el debía importar
gran perdedor había llegado. qué vehículo
Durante semanas, lu- condujera, pero sí
ché interiormente con todas
las consecuencias materia- me importaba.
les de mi decisión sobre el
sueldo, pero en ese momen-
to vi de frente el malvado deseo que había en mi corazón
de mantener una buena apariencia ante mis colegas. Hasta
extravagante

sabía cómo debían ser las cosas. Sabía que no me debía


importar qué vehículo condujera, pero sí me importaba. Y
estaba furioso con Dios por llevarme a hacer algo tan deca-
bellado. También estaba enojado conmigo mismo, porque
mi preocupación de lo que pensara la gente me importaba
demasiado. ¡Vaya humilde siervo del Señor Altísimo que
había resultado! Cuando me baje de mi auto para unirme
a la asamblea, estaba igualmente seguro de que todos los
pastores se estaban riendo de mí en secreto. Me sentía con
el ánimo por los suelos.
Entré al salón donde nos reuniríamos, sin hacer muy
notoria mi presencia, pero el superintendente de la deno-
minación se me acercó y me dijo: «Bryan, yo sé lo que estás
viviendo en este momento. ¿Hay algo que querrías compar-
tir con nosotros?»
El corazón se me hundió más aún ante su invitación
238
para que hablara al grupo. Tal vez él pensaba que yo des-
cribiría la gloriosa manera en que Dios me estaba guiando
por la vida y mi gran gozo de obedecer al Maestro, pero en
vez de eso, dejé salir a borbotones mi ira, mis dudas, y mi
pecado. Descargué delante de ellos todas mi pesar por el
vehículo que manejaba donde iban mezclados mi mate-
rialismo y mi egoísmo, y después me arrepentí allí mismo,
delante de todo el mundo.
La respuesta de los
hombres que estaban en
aquella sala me dejó atónito.
Me arrepentí Yo había esperado que no se
allí mismo, rieran de mí, pero en vez de
delante de todo eso, ellos empezaron a con-
fesar sus propios pecados de
el mundo. materialismo. Un pastor se
levantó de un salto y salió
corriendo del salón. Pocos
minutos más tarde, cuando regresó, explicó que había com-
capítulo 18  |  pase lo que pase

prado una motocicleta, aunque sabía que Dios no quería


que lo hiciera. Ahora, estaba arrepentido y había salido
para ponerla en venta por la internet. Otro pastor confesó
que había mentido en una reunión de la denominación
para impresionar a los demás pastores en cuanto al tamaño
de su iglesia.
Emocionalmente agotado después de mi confesión pú-
blica, volví a mi asiento, apoyé la cabeza sobre la mesa, lloré
y oré. No presté atención mientras los demás pastores, uno
tras otro, confesaron sus pecados y se arrepintieron de ellos
delante del grupo. Pasaron minutos; tal vez horas, cuando
noté que todos habían dejado de hablar. Había silencio en
el salón cuando por fin levanté la cabeza para mirar a mi
alrededor. En la mesa, frente a mí, había un montón de
billetes y cheques. Dios había dirigido a aquellos hombres
a derramar su corazón delante de Él y de los demás, y a
239
vaciar sus billeteras para ayudar a mi familia. La mayoría
de ellos eran pastores de iglesias pequeñas, cuyos sueldos
eran muy modestos. Algunos eran ministros bivocacionales
que trabajaban esforzadamente, sólo para cubrir sus deu-
das de cada mes. Pero todos dieron de la abundancia de su
corazón. Fue una de las experiencias más conmovedoras de
toda mi vida.
La semana siguiente, uno de los pastores confesó a su
iglesia de Heber Springs, Arkansas, lo atrapado que estaba
por el materialismo en su vida. En su sermón, el pastor
Tommy relató mi historia y el impacto que causó en él.
Después de su mensaje, un hombre vestido con un overol a
rayas se puso de pie y anunció: «¡No podemos permitir que
ese predicador pase hambre!
Tommy le preguntó al hombre: —Ahora bien, ¿qué
quiere usted que hagamos?
—Tenemos que recoger una ofrenda para él, pastor»
—le respondió.
extravagante

La congregación ya había recogido la ofrenda semanal


y las bandejas estaban en otro cuarto, de manera que literal-
mente pasaron el sombrero en todo el santuario. ¡Cuando
se contó el dinero, aquella iglesita había recogido cinco mil
dólares para nuestra familia!
Un joven adolescente llamado Benjamín Wilson esta-
ba aquel día en el servicio de la iglesia de Heber Springs, y
durante la segunda ofrenda, salió apresuradamente de la
iglesia. Nadie sabía a qué ni por qué. Cuando regresó a la
iglesia aquel mismo día más tarde, todos se habían ido a
su casa, pero él llamó a la puerta de la oficina del pastor
Tommy. Cuando Tommy abrió la puerta, Benjamín le en-
tregó una caja donde había unos doscientos dólares. Allí
estaba cuanto centavo había ahorrado Benjamín desde que
era un niño.
«Le tengo que entregar ésto a ese pastor —explicó—.
240
¿Se podría asegurar usted de que lo reciba?»
Pocos días más tarde, Tommy y su esposa viajaron dos
horas hasta Pine Bluff para entregarme la ofrenda que los
hermanos habían dado para nosotros, y los ahorros de Benja-
mín. Aún tengo la caja con el dinero. Su ofrenda me recordó
una historia que aparece en la Biblia acerca del rey David.
Cuando estaba en una campaña militar, exclamó delante de
sus hombres que tenía deseos de beber «agua del pozo que
está a la entrada de Belén» (2 Samuel 23:15–17). En su anhelo
de servir a su líder, tres de sus guerreros atravesar las líneas
enemigas para cumplir ese deseo. Cuando le dieron al rey
aquella agua tan preciada, él se sintió tan conmovido por
el amor y la generosidad que le mostraron estos hombres,
que no pudo beber. Lo que le ofrecían aquellos hombres
era un sacrificio demasiado santo para que él se limitara a
saciar su sed con aquella agua. Entonces honró a sus gue-
rreros, derramando el agua como ofrenda a Dios, a quien
todos ellos servían. De igual manera, yo siempre guardaré
esa caja, como recuerdo de la manera en que Dios movió el
capítulo 18  |  pase lo que pase

corazón de tantas personas en general —y de un generoso


joven en particular— para atender a mis necesidades.

¿Extremo?
Hay quienes escuchan mis historias, leen cuál ha sido mi
respuesta ante el extravagante amor de Dios, y piensan:
“Hombre, ese individuo está loco. ¡Qué extremista!”
El punto de vista de una persona depende de dónde se
encuentre. Desde el punto de vista de la típica iglesia esta-
dounidense, una vida de extravagante consagración a Cris-
to parece extrema. La mayoría de nosotros estamos mucho
más interesados en lo que Dios puede hacer por nosotros,
que en vaciar el ungüento de un frasco de alabastro como
expresión de nuestra gratitud por lo que Él ya ha hecho por
nosotros. Sin embargo, una vida de confianza absoluta, obe-
diencia poco común, fe valiente, y exuberante generosidad
241
es la única respuesta razonable a la incomparable gracia de
Dios. Porque Él nos rescató del pecado y del infierno, noso-
tros lo amamos de todo corazón, y aprendemos a amar a los
demás con una generosa bondad, y con paciencia. Porque
hemos probado la bondad del Señor, el dulce sometimiento
a Él es perfectamente lógico para nosotros. Cuando discer-
nimos que Él nos invita a negarnos a nuestros apetitos pe-
caminosos, tomar nuestra cruz, y seguirlo, comprendemos
que nos guía a la única vida que vale la pena vivir.
Dios quiere que vivamos con las manos abiertas y el
corazón agradecido. En el camino a la realización de sus
planes para nosotros, nos guía por ciclos de sacrificios
y bendiciones. En este momento de la vida de mi familia,
vivimos en un hogar maravilloso. Lo disfrutamos minuto
a minuto, pero nuestras experiencias del pasado en que
escuchamos el susurro de Dios que nos invitó a entregarlo
todo, nos recuerda, a Haley y a mí, que en realidad noso-
tros no tenemos nada. Somos mayordomos temporales de
cuanta posesión Dios nos ha entregado, y somos muy des-
extravagante

prendidos con ellas. Cada día, recordamos que cada billete


y llave de la casa son herramientas en las manos de Dios
para moldearnos a nosotros y para tocar la vida de otros. Es-
cuchamos a diario las instrucciones que nos susurra sobre
cómo debemos usar lo que Él nos ha encomendado, para su
gloria y para la edificación de su reino.
Si usted ha llegado al final de este libro, es claro
que tiene sed de Dios. No ha llegado hasta este punto por
suerte ni por coincidencia.
Usted tenía una cita divina
para leer mis historias y
Una vida de mis reflexiones sobre las
extravagante Escrituras, responder algu-
consagración nas preguntas difíciles, y
reflexionar con sus amigos
a Cristo parece
acerca de la importancia de
242 extrema. una consagración exuberan-
te. La Palabra de Dios exige
una respuesta, y usted, con
su diligente lectura y reflexión, ha respondido con un ro-
tundo: «¡sí!»
Tal vez ya haya visto el esquema de orden, obediencia
y obra milagrosa de Dios en su vida, o quizá se dé cuenta
de que ya es hora de poner en movimiento esos engranajes
espirituales. De manera que la pregunta ahora es: ¿cuál es
el próximo paso de obediencia poco común que usted debe
dar? ¿Necesita hacer esa llamada telefónica a un miembro
de su familia del cual está distanciado, para pedirle u ofre-
cerle perdón y comenzar un proceso de reconciliación? ¿Es
hora ya de que suba un escalón y dirija un pequeño grupo,
o sirva en un ministerio? ¿Necesita confesar su pecado de
materialismo, o la idolatría de haber puesto algo o alguien
en el lugar de Dios en su vida? ¿Ha estado reteniendo sus
diezmos y sus ofrendas misioneras porque no confiaba en
que Dios lo bendijera económicamente si usted daba de la
capítulo 18  |  pase lo que pase

manera en que Él le ha indicado? ¿Lo ha estado llamando


Dios a dejar el mundo de los negocios para convertirse en
pastor o misionero, pero hasta este momento usted se ha
inventado un centenar de excusas? Necesita soltarse de la
seguridad que siente en su trabajo y comenzar el negocio
que Dios le ha mostrado? ¿Es ya hora de cambiar el esque-
ma de comunicación dentro de su familia, de manera que
el hábito de culpar se convierta en amar, y el de exigir en
saber escuchar?
En la ladera de la colina, Dios espera a gente de fe
sencilla y recursos limitados que ofrezca su almuerzo, de
manera que Él lo bendiga
y lo multiplique. Cada uno
de nosotros tiene una me- Dios quiere que
rienda que ofrecer, puede vivamos con las
ser tiempo, talento, y teso- manos abiertas 243
ros. Tal vez sea todo lo que
tenemos —por eso dar es
y el corazón
un acto de extravagancia—, agradecido.
pero cuando realicemos el
sencillo acto de entregar todo a Dios, Él obrará milagros y
tocará vidas a través de nosotros. Continúe aprendiendo el
lenguaje de la extravagancia, y escuchando el susurro de
Dios. Él lo guiará a un acto de extravagante consagración
que lo impulsará a un nuevo nivel de vida, de amor, de
aprendizaje, y de liderazgo.
Recuerde; recuerde; recuerde: la consagración extra-
vagante cautiva el corazón de Dios y desata su poder y su
gracia. Desde los tiempos de Abraham, pasando por el rey
David y María de Betania hasta hoy, siempre ha sido así.
Eso fue lo que desató la extravagante consagración de
ellos.
Eso es lo que desata la mía.
Eso es también lo que desatará la suya.
extravagante

Atrévase a pensar con libertad

1.  ¿Cuándo ha oído usted la voz de Dios y sentido con


mayor claridad que lo impulsaba a hacer algo? ¿Cuáles
son las distracciones que debe dejar a un lado para oír
mejor a Dios?

2.  ¿Cuáles son los principios o los relatos de este libro que
más lo han inspirado, desafiado, o amenazado? ¿Cómo
los puede llevar a la práctica en su vida?

3.  El capítulo 14 tiene por título «¿Ve y haz lo mismo?»


¿Qué le ha dicho Dios acerca de consagrarse a Él de una
manera extravagante? ¿Qué necesita para hacerlo?

4.  ¿Qué puede hacer usted para cultivar un estilo de vida


244
de constante consagración a Dios?

5.  ¿Por qué la consagración extravagante a Dios en reali-


dad no es «extremista»?
A
a p p e n d i x

cómo usar este libro


en clases y grupos

Además de ser una lectura que lo desafíe y lo inspire per-


sonalmente (eso espero), este libro se puede usar en el
estudio personal, en pequeños grupos, y en una clase. La
mejor manera de absorber y aplicar estos principios es que
los participantes lean por su propia cuenta los capítulos y
respondan las preguntas que hay al final de cada uno. Des-
245
pués podrán comentar sus respuestas, ya sea en una clase
o en un grupo.
Las preguntas de los capítulos tienen como fin la re-
flexión, la aplicación práctica, y la discusión, así que pida
suficientes ejemplares para que cada alumno tenga su libro.
En cuanto a los matrimonios, anímelos a que cada cual ten-
ga su propio ejemplar, de manera que puedan escribir en él
sus reflexiones personales.
El libro está estructurado en dieciocho capítulos para
que usted, como líder, tenga más flexibilidad en el manejo
del tiempo que dedicará al estudio en grupo. Si dispone de
tiempo suficiente, estudie un capítulo por semana durante
dieciocho semanas. Si no tiene demasiado tiempo (lo cual
es un problema muy común), puede planificar un estudio
de seis semanas, cubriendo tres capítulos en cada reunión.
El plan que se presenta a continuación da por hecho que el
estudio se hará en seis sesiones, pero usted adáptelo a sus
propias necesidades.
extravagante

Primera semana: Presentación del material


Como líder del grupo, presente su propia historia, comparta
sus espectativas para el grupo, y dé un libro a cada uno de
los participantes. Exhórtelos a leer el capítulo o capítulos
asignados cada semana y a responder las preguntas antes
de la siguiente reunión.

Semanas segunda a sexta: Presentación del tema para la


semana
En los pequeños grupos, guíe a los asistentes a través de
un comentario sobre las preguntas que aparecen al final de
los capítulos. En las clases, enseñe los principios de cada
capítulo usando ilustraciones personales, y dando oportu-
nidad a que expresen sus comentarios. Explique cómo Dios
ha usado estos principios en su propia vida.
246
Personalice cada una de las lecciones
No se sienta presionado a cubrir todas las preguntas en
las discusiones de grupo. Escoja tres o cuatro que sean las
que mayor impacto le hayan causado a usted, y céntrese en
ellas, o bien pida a los miembros del grupo que compartan
sus respuestas a las preguntas que fueron más importantes
para ellos en esa semana.
Asegúrese de personalizar los principios y las aplica-
ciones. Por lo menos una vez en cada reunión del grupo,
añada su propia historia para ilustrar un cierto punto.
Deje que las Escrituras hablen. Con mucha frecuencia,
leemos la Biblia como si fuera una guía telefónica, con poca
emoción, o tal vez ninguna. Describa a los miembros del
grupo unas imágenes llenas de vida. Presente el contexto
del encuentro de las personas con Dios, y ayúdelos a sentir
la emoción de ciertos personajes en cada una de las escenas.
capítulo A  |  cómo usar este libroen clases y grupos

Céntrese en la aplicación
Las preguntas que aparecen al final de cada capítulo y su
invitación a que sean auténticos, ayudará a los miembros
de su grupo a dar grandes pasos a la aplicación de los prin-
cipios que están aprendiendo. Hábleles cada semana de la
manera en que usted está aplicando a la vida los principios
de determinados capítulos, y anímelos a que ellos también
den pasos hacia su crecimiento espiritual.

Tres tipos de preguntas


Si usted ha dirigido grupos antes, ya sabe cuan importante
que es para estimular la discusión el que se hagan pre-
guntas que se respondan con un final abierto, en lugar de
hacer preguntas que se puedan responder con un simple
«sí» o «no». Hay tres tipos de preguntas que son útiles: las
limitantes, las de orientación, y las abiertas. Muchas de las
247
preguntas que encontrará al final de las lecciones, requie-
ren de una respuesta abierta.

• Las preguntas limitantes se centran en una


respuesta obvia, como: «¿Qué título se da a sí
mismo Jesús en Juan 10:11?» Estas preguntas
no estimulan a la reflexión ni a los comen-
tarios. Si quiere usar este tipo de preguntas,
sígalas con otra pregunta que llame a la re-
flexión.
• Las preguntas de orientación a veces exigen
que el alumno adivine lo que el líder está
pensando, como cuando se pregunta: «¿Por
qué usó Jesús la metáfora del pastor en Juan
10?» (Es probable que se estuviera refiriendo a
un pasaje del profeta Ezequiel, pero la mayor
parte de la gente no lo sabrá.) El maestro que
hace una pregunta de orientación tiene en
mente una respuesta específica. En vez de
extravagante

este tipo de pregunta, se aconseja que el líder


enseñe el punto, y tal vez haga una pregunta
abierta acerca de la idea que ha presentado.
• Las preguntas abiertas por lo general no
tienen una respuesta correcta o incorrecta.
Estimulan el pensamiento, y son menos ame-
nazantes que los demás tipos de preguntas,
porque la persona que la responde no está
bajo la presión de equivocarse. Estas pregun-
tas suelen comenzar con expresiones como:
«¿Por qué cree usted que…?», «¿Qué razones
hay para…?», o «¿Cómo se habría sentido us-
ted en esa situación?»

Preparación
Mientras se prepara para enseñar este material en un grupo
248
o en una clase, tenga en cuenta los siguientes pasos:

1.  Lea el libro con cuidado y detenimiento. Tome notas,


destaque las secciones, citas o historias clave y res-
ponda las secciones de reflexión que se encuentran al
final de cada capítulo. Esto lo familiarizará con todo su
contenido.
2.  Mientras se prepara para la sesión de cada semana, lea
de nuevo los capítulos correspondientes y haga notas
adicionales.
3.  Decida la cantidad de contenido de manera que se
ajuste al tiempo del que dispone. No habrá suficiente
tiempo para cubrir todas las preguntas, así que escoja
las más pertinentes.
4.  Planifique sus propias historias, con el fin de personali-
zar el mensaje y aumentar su impacto.
5.  Antes de su preparación y durante la misma, pida a
Dios que le dé sabiduría, claridad, y poder. Confíe en
que Él usará a su grupo para transformar vidas.
capítulo A  |  cómo usar este libroen clases y grupos

6.  La mayor parte de la gente saca mucho más provecho


del libro si lee los capítulos y responde a los puntos de
reflexión de cada semana. Encargue ejemplares del
libro antes que comience el grupo o la clase, o después
de la primera semana.

Para pedir más ejemplares de este libro


El libro Extravagante se encuentra disponible en
la Internet, en el portal
[Link],
donde puede conseguir descuentos.
También puede comprar el libro en la mayoría
de las librerías cristianas.

249

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