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AFROBARRANQUILLA

Este documento resume la historia y los aportes de los afrodescendientes en Barranquilla. Detalla la presencia de esclavos africanos y cimarrones en la región desde la colonia española, incluyendo la existencia de palenques y pueblos de negros libres. También describe la migración de afros a Barranquilla en el siglo XIX debido a la prosperidad económica ligada al río Magdalena, así como sus contribuciones culturales como la música, la danza y la gastronomía que enrique
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AFROBARRANQUILLA

Este documento resume la historia y los aportes de los afrodescendientes en Barranquilla. Detalla la presencia de esclavos africanos y cimarrones en la región desde la colonia española, incluyendo la existencia de palenques y pueblos de negros libres. También describe la migración de afros a Barranquilla en el siglo XIX debido a la prosperidad económica ligada al río Magdalena, así como sus contribuciones culturales como la música, la danza y la gastronomía que enrique
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1

AFROBARRANQUILLA
LA HISTORIA Y LOS APORTES DE LOS
AFROS EN BARRANQUILLA
2

INDICE

1. Presencia afrodescendiente en Barranquilla y el


departamento del Atlántico durante la colonia española
hasta el siglo XIX
 Cimarronismo y esclavitud en Tierradentro
 Cimarrones en el río Magdalena I
 Esclavos en las haciendas cercanas a Barranquilla I
 Surgen los palenques y pueblos de negros
 Cimarrones en el río Magdalena II
 Esclavos en las haciendas cercanas a Barranquilla II
 Condiciones propicias del sur del Atlántico para cimarronaje y los
palenques
 El palenque de Matudere o Tabacal
 Esclavos desperdigados por Tierradentro
 Las rochelas
 Cimarronaje en Barranquilla
 El caso de Nicolás Fester: un cimarrón barranquillero
 Manumisión y abolición

2. El río Magdalena y la prosperidad económica de


Barranquilla en el siglo XIX atraen la inmigración afro

3. Las migraciones de afrodescendientes hacia la Zona


Bananera a principios del siglo XX
 Los Yumecas

4. En el barrio Abajo me quedo


 Los recuerdos de los tiempos del tren
 La ubicación en el barrio
 El pasaje de todos
 La ruta diaria de las ventas en el Centro de la ciudad

5. Campesino: Lejos del Batey

6. En la búsqueda del palenque urbano


 La falta de espacios de vivienda y la primera invasión urbana de
Colombia: Las cuevas de Montecristo
 San Pachito
 Vámonos pa´l Bosque
 La construcción de una Nueva Colombia en La Manga deshabitada
 Los sanpableros en el barrio La Sierrita
 Sepelio en Siape
3

 Caraquita
 Sazón a golpe de currulao del Pacifico

PARTE II
1. Un nuevo y excluido Palenque

2. Los dramas del Nuevo Palenque

3. Trabajá, compañero trabajá

4. Aportes culturales de los afroquilleros


 Lenguaje y expresiones coloquiales
 Contando y recordando los cuentos
 El lenguaje gestual y el comportamiento social
 Música
 Rasgos de la música africana
 Ritmos de ancestros negros
 Las danzas de ancestro africano
 Como se formaron las danzas afros en Barranquilla
 Las mascaras de madera del carnaval de Barranquilla
 Actualidad musical afro: La champeta
 El legado cultural de Paulino “Batata” Salgado
 Una tradición de sabor: La culinaria

5. Vivencias culturales en la ciudad


 El lumbalú barranquillero
 Son Palenke pa´bailá
 Echando cuentos y cantando por toda la ciudad
 Otros lugares de encuentro

6. La etno educación
 El viejo colegio Ester de Peláez
 El caso de Matilde Herrera
 Las posibilidades de la etno educación
 El colegio Paulino “Batata” Salgado, antiguo Benkos Bioho
 El nombre del colegio
 El auto reconocimiento: factor claves según la rectora Danny
Lloreda
 El legado vivo del arte africano

7. La Organización de los afros en Barranquilla


 De los cuagros rurales a las Juntas urbanas
4

 Organizaciones afros
 Testimonio de Marcos Cassiani, líder de la Asociación de
Comunidades Afros
 Lideres de la comunidad afro

8. Perfiles de personajes afros en Barranquilla


 Culturales
 Académicos
 Deportivos
 Políticos
 Profesionales
 Personajes populares
5

1. PRESENCIA AFRODESCENDIENTE EN BARRANQUILLA Y EL


DEPARTAMENTO DEL ATLANTICO DURANTE LA COLONIA ESPAÑOLA
HASTA EL SIGLO XIX

CIMARRONISMO Y ESCLAVITUD EN TIERRADENTRO

Desde la primeras épocas de la colonización española en la


costa Caribe de Colombia fue notoría la escasez de mano de
obra para las diversas actividades de su sistema productivo
económico. Sobre todo en los oficios y trabajos que
implicaban condiciones difíciles. Por ello, en primera
instancia, se acudió al sometimiento de los indígenas, los
cuales por condiciones de su fisiología, no soportaron las
duras jornadas impuestas, extinguiendose de forma
paulatina. Para que ese aparato productivo siguiera
funcionando, la corona española a través de sus
representantes acudieron al expediente del secuestro masivo
en el continente africano de vastas oleadas de su población
iniciandose de esta manera el tráfico negrero en gran
escala hacia América.

Cartagena de Indias se convirtió en el gran puerto de


entrada y de distribución del tráfico de esclavos para
buena parte de suramerica. De salida, cuando Pedro de
Heredia realizó su fundación en 1533, al lugar escogido
desembarcaron, según Fray pedro Simón “mas de 300 hombres
de pelea, algunas mujeres, negros e indios aljamaniados y
lenguaraces”.1 A partir de ese mismo año se inician las
solicitudes formales ante la corona para incrementar el
número de esclavos como servidumbre de la iglesia y de las
familias que conformaban la incipiente ciudad.

1
SIMON PEDRO, Fray. Noticias historiales. BAC. Bogotá. 1953. Vol. VII. Noticias V. Cap. Xxxv pp.217-
218.
6

Ante tanta insistencia, en 1540 se autoriza a Pedro de


Heredia a que traiga 100 esclavos para el trabajo en las
haciendas y en los caminos.2 Puede cotejarse que, contrario
a las versiones que indican que la progresiva extinción de
los indígenas fue el detonante que permitió el ingreso de
africanos, estos llegaron en las primeras oleadas de la
empresa de la conquista. Así que todos los procesos
relativos a la condición derivada de la esclavitud como el
cimarronaje y palenques, aparecieron en esos mismos inicios
en la primera mitad del siglo XVI. El auge del cimarronismo
fue de tal magnitud que ya desde los 7 años de la fundación
de Cartagena, desde Madrid se legislaba contra ellos.

LOS CIMARRONES EN EL RÍO MAGDALENA I

Desde 1570 las autoridades de la colonia tenían pleno


conocimiento sobre los problemas de la obstrucción de la
navegación en el río Magdalena, debido, según la
historiadora María del Carmen Borrego, “a la presencia de
cimarrones, haciendo intransitable el río entre su
desembocadura maritima (actual Bocas de Cenizas) y el
portezuelo fluvial de la Barranca de Malambo en su margen
izquierda”, es decir, en el espacio que ocupa el actual
área metropolitana de Barranquilla.

El profuso uso de las riveras del Magdalena por los


cimarrones se observa en comunicaciones de la época que dan
cuenta de poblados fortificados a doce leguas de Cartagena,
colindantes con el río. Dentro de esos palenques se
encontraban los del Limón, Polín y Sanaguare, siendo El
Limón el principal y los otros dos subordinados a este. La
capitana de este palenque era una mujer negra africana que
llevaba por nombre Leonor, quién había tomado el poder a
2
Saco, 1538, IV
7

causa de las disputas permanentes entre los criollos. La


topografía de estos palenques era, según documentos de
época, las de “un terreno montuoso, circundado a espaldas
por el río Magdalena; allí tenían canoas en las que un
cierto número cruzó a la otra banda. Como el territorio era
tan montañoso y espeso fue imposible alcanzarlos. Por eso
decidieron quemarles sus bohíos con los bastimentos y los
sembrados que tenían”.3 Tal represión ocurrió en 1634.

ESCLAVOS EN LAS HACIENDAS CERCANAS A BARRANQUILLA I

Hacia 1590, la presencia de esclavos africanos se


encontraban reseñadas en las haciendas de Los Jagueyes,
cerca de Malambo4, en la hacienda El Carmen; ubicada entre
Barranquilla y Galapa5, y en la conocida hacienda San Blas6,
cerca de Baranoa, una de los núcleos germinales de la
posterior Barranquilla junto a la hacienda San Nicolás, con
quien mantuvo intercambio de administración y de tráfico de
ganado de la una a la otra.

Estas dos haciendas fueron las mas importantes en


Tierradentro durante el transcurso del siglo XVII. Allí se
trabajaba con mano de obra especialmente esclavizada,
identificados con claras referencias topomícas africanas en
sus nombres referidos a sus naciones originales de
procedencia; como por ejemplo, el caso de Mandinga, Bran y
Angola.7

SURGEN LOS PALENQUES Y PUEBLOS DE NEGROS


3
AGI. Santa Fe. 39. R. 5 No. 57
4
BLANCO, José Agustín. Mujeres en la agricultura colonial del departamento del Atlantico. Barranquilla y
el Atlantico en la epoca colonial. ED. Gobernación del Atlántico. 1902. p. 127
5
BLANCO, Jose Agustín. Op. Cit. P. 133
6
Ibid. p. 177
7
Ibid. p. 138
8

Uno de los palenque mas conocidos en la historia de


Cartagena fue el de La Matuna. Su inicio tuvo ocurrencia en
1601 y fue dirigido por el famoso Benkos Bioho, personaje
que finalmente fue ajusticiado. Posterior a este suceso,
vendría el conflicto con los cimarrones que se encontraban
en la población indígena de Usiacurí.

En 1610, el visitador Villabona incluyó entre los pueblos


encomendados, al de Nuestra Señora de Buenavista. Aunque
sus habitantes le daban tributos al encomendero de Tubará,
no se trataba de indios sino de zambos. Las indias eran sus
mujeres. En este sitio tambien habitaban negros libres
quienes habián llegado desde 1592 procedentes de Tolú.

Para 1620, la mayor parte de las estancias agrícolas eran


surtidas por manos esclavas de origen afro en un lento
proceso que llegaría también a los centros urbanos. Los
evadidos cimarrones deambulaban por poblaciones de lo que
hoy en día es el departamento del Atlántico. Es así como en
el mes de marzo de 1631, siendo gobernador de Cartagena don
Francisco de Murga, le informaba en carta a su majestad el
rey de España, sobre la maniobra cometida por un grupo de
cimarrones que “se había recogido en un palenque
inexpugnable, a veinte leguas de la ciudad de Cartagena, en
un sitio ubicado en unas montañas y arcabucos en el
distrito del pueblo de indios de Usiacurí. Desde allí
incursionaban en diversas haciendas llegando incluso hasta
las afueras de Cartagena, llevandose a la fuerza a los
otros esclavos que por razones de sus oficios deambulaban
por esos parajes”.8

En octubre de 1633 los habitantes de Cartagena dirigieron


una carta al Consejo de Indias quejandose de los esclavos
8
NAVARRETE, Maria Cristina. El Palenque de San Basilio. Pag. 52
9

evadidos y los asaltos que cometían en sus haciendas.


Constituida una expedición de guerra, llegaron al palenque
“ubicado”, según relatan los afectados, “en terreno
montuoso circundado a las espaldas por el río grande de la
Magdalena; allí tenían canoas en las que un cierto número
cruzó a la otra banda. Como el territorio era tan montañoso
y espeso fue imposible alcanzarlos.”

CIMARRONES EN EL RÍO MAGDALENA II

El gobernador de Cartagena en 1634 informaba que “varios


esclavos fugitivos desde hacía 60 años (alrededor de 1575)
habían hecho poblados fortificados a 12 leguas de la
ciudad, colindantes con el río Magdalena.

En 1655 se desencadenó un conflicto de intereses entre los


gobernadores de Santa Marta y Cartagena por la jurisdicción
de un palenque equidistante de las dos ciudades. El de
Cartagena juzgaba que era preciso atacarlo porque eran
fugitivos que despues de protagonizar actos violentos se
refugiaban en la otra banda del río. Este palenque cuyo
accionar consistía en la cercanía al río Magdalena, estaba
construido en terrenos anegadizos rodeados de una
vegetación casi impenetrable. Se encontraba ubicado en
cercanías de la Barranca, a cinco leguas del caño San
Antonio.

Para el gobernador de Santa Marta este palenque era


intocable y es posible que ya existiera cuando arribaron
los fugitivos del palenque del Limón, según lo señalaba el
gobernador de Cartagena Pedro Zapata. Y agregaba que en
1655 este palenque de las riveras del Magdalena había
10

cumplido cincuenta años de antigüedad, lo que equivale


decir que comenzó circa el año 1600.9

Se suma a lo anterior otra información al respecto. En


carta enviada por el gobernador de Cartagena García de
Giron a su majestad, da la noticia de una junta de esclavos
alzados que habitaban las riveras del río grande de la
Magdalena quienes habían dado muerte a cinco indios de
Malambo –cerca del actual casco urbano de Barranquilla-
pertenecientes a la encomienda de un vecino de Cartagena.10

ESCLAVOS EN LAS HACIENDAS CERCANAS A BARRANQUILLA II

Para el año 1655, Josefa Simanca, antes de casarse con


Nicolás de Barros, dueño de la hacienda San Nicolás en el
espacio de la actual Barranquilla, declaraba sobre sus
pertenencias indicando que tenía “esclavos negros en la
porquera de la barranca de Tierradentro que son: Juan
Jolofo, Gabriel, Sebastián y Antonio Angola, Joseph
Criollo, María Arará y María Carabalí”. 11

CONDICIONES PROPICIAS DEL SUR DEL ATLANTICO PARA EL


CIMARRONAJE Y LOS PALENQUES

El sur del departamento del Atlántico tiene una serie de


condiciones geográficas y estrátegicas que lo convertián en
proclive para el escondite de cimarrones y la construcción
de sus palenques. Allí se encuentra, en todo el centro, el
cauce del Canal del Dique con las aguas del río Magdalena,
una extensa zona de ciénagas; y franqueando todo este

9
NAVARRETE, Maria Cristina. El palenque de San Basilio.
10
AGI. Santa Fe. 63. No. 381
11
Ibid. P. 190
11

sistema acuatico; los Montes de María y la Serranía de


Luruaco. Una extensa área que tambien, por paradoja, se
encontraba en relativa cercanía de Cartagena y sus
haciendas perífericas lo que garantizaba el
aprovisionamiento e intercambio de productos para estos
palenques.

Para el historiador José Agustín Blanco, el sub-sector


comprendido entre el Canal del Dique y la Serranía de
Luruaco fue durante todo el siglo XVII el ámbito de los
evadidos cimarrones para sus asentamientos. Según el
sociologo e historiador Orlando Fals Borda los cimarrones
que huían de Cartagena tomaban tres rutas: hacia el sur,
por la costa de Sotavento, desde Matuna y Verrugas hasta
San Antero. Por el centro de la región, hasta llegar a
Arroyo Hondo, San Miguel y San Basilio. Y buscando el río
Magdalena –los antecedentes de la cultura afro en
Barranquilla-, estableciendo palenques en el río, las
serranías de Luruaco, el Canal del Dique con nombres como
Tabacal, Duanga, Arenal y Bongue.12

Acota la antropologa Nina Friedemann, que ademas, se


encontraba el palenque de Barranca y considera, lo mismo
que Fals, que Tabacal y Matudere son diferentes, aunque sin
aportar pruebas sobre su existencia simultanea. El
historiador Dolcey Romero asevera que hasta tanto no se
pruebe de forma fehaciente la existencia de estos dos
conglomerados de rebeldes, solo se puede hablar de la
existencia en el actual departamento del Atlántico de los
palenques de Matudere o Tabacal y el de Betancur.

EL PALENQUE DE MATUDERE O TABACAL

12
FALS BORDA, Orlando. Capitalismo y Hacienda en la costa Atlántica. Punta de Lanza. Bogotá. 1975. p.
22
12

Despues de someter en 1690 a los palenques ubicados en los


Montes de María, reduciéndolos en forma pacífica, el
Cabildo de Cartagena decidió atacar a un reducto palenquero
ubicado en la serranía de Luruaco. Las razones esgrimidas
para esta incrusión militar fue que los robos y desmanes
cometidos por los cimarrones porvenían de un nuevo palenque
llamado Tabacal. El nombre de Tabacal se confunde en
archivos con el de Matudere. Fue el más grande palenque en
el espacio de lo que es hoy el departamento del Atlántico.

El palenque de Matudere fue fundado por Domingo Padilla,


quien huyo con su mujer Juana y sus hijos Santiago, Vicente
y Tomé, a unas rozas viejas en donde hizo su ramada y vivió
por seis meses. Despues se trasladó a tierras de una
estancia agrícola y allí construyó sus bohíos, pero como
era un lugar incomodo decidió establecerse en un sitio a
unas veinte leguas de Cartagena, incrustado en unas
montañas que quedaban en la cercanías del pueblo de indios
de Usiacurí.

En los alrededores de este palenque existió otro de


dimensiones mas pequeñas denominado Betancur y que estaba
dirigido por el capitan africano Ventura Angola. Fue
desbaratado para unirlo al de Matudere con el objetivo de
propiciar una mejor defensa de los ataques de la corona
española.13

Para el año 1693, en el palenque de Matudere, tras la unión


con el de Betancur, vivían unas 140 personas adultas entre
hombres y mujeres. Su composición era heterogenea, pues
había africanos, negros criollos, mulatos cuarterones y
mujeres indias raptadas de sus pueblos. Esto hizo de
13
AGI. Santa Fe. Declaración de José de los Arcos ante el gobernador de Cartagena
13

Matudere una comunidad multiétnica donde circulaban


diversas lenguas africanas.Esa variedad en su composición
social sugiere que hubo una especie de conciliación social
con el proposito de administrar diferencias, forjando
nuevos lazos de solidaridad. Tenía una organización social
con una estructura definida en cuanto a oficios y género.
Los hombres del palenque se dedicaban a la agricultura y a
la cría de animales. Otros salian a montear buscando frutos
y la posibilidad de caza.

El caso específico sobre Matudere y Tabacal es que solo en


1693, despues de 12 años de vida, es que las autoridades de
Cartagena se enteraron de la existencia de este palenque.
Los vecinos que vivían en en los alrededores les pedían a
los españoles su exterminio antes que se juntaran con los
que todavía estaban en los Montes de María y fuese de
cáracter general la sublevación.

Matudere se encontraba ubicado en la serranía de Luruaco y


estaba rodeado de pueblos de indios y haciendas, lo que en
cierta forma,lo convertía en vulnerable. Se alejaba, desde
ese aspecto, de una carácteristica tradicional de los
palenques cual era su construcción en zonas escabrosas de
difícil acceso.

Su origen se debe a la hacienda del cual derivaría


posteriormente el corregimiento de Santa Cruz, que hizo
párte de las mercedes de tierra entregadas por el cabildo
de Cartagena a Pedro López y a otros hispanos en el período
comprendido entre 1589 y 1631.14 Esta hacienda había estado
ligada desde sus inicios, en 1600, al trabajo de mas de 200
esclavos. Sin embargo, las particulares condiciones

14
Documentos para la historia del departamento de Bolivar. Compilador: Eduardo Gutierrez de Piñerez.
Segunda edición. 1924. Imprenta Departamental. Pp. 154-156
14

geográficas de esta hacienda ubicada entre el canal del


Dique, un complejo de cienagas y la serranía de Luruaco, la
convertían en escenario propicio para la evasión y el
cimarronaje. Así,la hacienda Santa Cruz se convirtió en un
sitio de referencia entre los cimarrones y palenqueros de
Matudere, sirviéndole como fuente de abastecimiento y
justificación para protegerse de las acciones represivas de
las autoridades coloniales.

Si bien por todas estas condiciones Matudere no respondía a


la idea formal de un palenque, pues mantenía relaciones
comerciales con las estancias cercanas, tampoco impedía los
ataques a pueblos cercanos como el de indios de Piojón, al
que invadieron armados de lanzas, machetes y escopetas. En
una incursión mataron a nueve indios a machetazos, a un
niño de nueve años que se había refugiado con el cura y
obligaron al doctrinero a huir por los montes.

Según una declaración ofrecida por Vicente, hijo de Domingo


Padilla, caudillo del palenque, ante el gobernador de
Cartagena, éste acepto haber participado en el ataque al
pueblo de indios de Piojón. Dice que lo hizo motivado por
el deseo de librar al doctrinero, al encomendero y a una
india que era madrina de una hermana suya.

El ataque desde Matudere a las poblaciones indígenas fue


una táctica común de los esclavos, como lo cuenta Segundo,
esclavo de Diego Durango. Relata que a su hacienda llegó un
cimarron llamado Juan Esteban convenciéndolo a él, y a tres
compañeros mas; Francisco, Ignacio y Salvador para que se
fueran para su palenque. Si no lo hacían de forma
voluntaria eran obligados con el uso de la violencia, como
les sucedió a las hermanas cuarteronas Juana y Lucía
Hernández, forzadas a unirserseles forzosamente con otras
15

muchachas y muchachos desde su estancia de Bijigual.


Durante esa incursión los cimarrones azotaron a los hombres
y a otros les dieron machetazos. La misma formula la habían
aplicado a once indias del pueblo de Piojón.15

De acuerdo con José de los Arcos, todos los cimarrones iban


a las incursiones guerreras dirigidos por Francisco Arará,
llamado tambien de Amaya, capitan de guerra y que en
general todos los hombres participaban en los combates del
palenque, excluyendose de ellos a los enfermos o baldados. 16

Los grandes enemigos del palenque de Matudere fueron los


indios, pues en las incursiones de los cimarrones a sus
poblados se llevaban sus mujeres y arrasaban con lo que
encontraban a su paso. Por ello, en la guerra general
contra los cimarrones desde finales del siglo XVII,
participaban en las tropas los indios naturales de Malambo
y los Chimilas; habitantes de las riveras del Magdalena,
hábiles en el manejo de las flechas y guías experimentados
a tráves de los montes espesos.17

Pero lo que animaba a los indios a participar en la


persecución de los cimarrones era el hecho de recibir un
pago especial por cada cimarron que entregaran a las
autoridades. Tambien se les recompensaba por participar al
lado de las tropas españolas en la destrucción de los
palenques.

La vulnerabilidad de Matudere y Betancur, su relativo


acceso fácil y la conjunción de enemigos desde todos los
flancos, hizo que cayeran en manos de la gobernación de
15
AGI 213. Declaración de María Suarez Guerra, esclava de don Domingo Martínez
16
AGI. Santa Fe. Declaración de José de los Arcos ante el gobernador de Cartagena
17
BOOREGO, Maria del Carmen. Palenques de negros en Cartagena de Indias a fines del siglo XVII
16

Cartagena que los persiguió por toda las serranía de


Luruaco. A los aprehendidos se les obligo a declarar con
torturas y fueron empalados como escarmiento para los que
osaran repetir la historia. Fue un palenque con una vida
muy corta, de casi 20 años y por ello es practicamente
desconocido pues sus residentes fueron severamente
castigados por la justicia. Solo unos pocos se salvarían
sobreviviendo entre los montes o emprendiendo el camino
hacia otros sitios. En general, los cimarrones de Matudere
y Tabacal conservaron, a diferencia de los de San Miguel
Arcangel, actual San Basilio, sus rasgos culturales
africanos presentes en una preponderancia de apellidos
africanos como Arará, Biojó, Carabalí, Congo, Mandinga,
Mina, Popo y otros.

La totalidad de los palenques ubicados en el actual


departamento del Atlántico fueron atacados y diezmados. Ese
tambien fue el destino del palenque ubicado cerca de
Usiacurí.

ESCLAVOS DESPERDIGADOS POR TIERRADENTRO

La huída de los cimarrones y la presencia de la intitución


de la esclavitud fue constante a lo largo del actual
territorio del Atlántico, antaño Tierradentro. Se
encontraban negros, por ejemplo, en un aserradero en
Sabanalarga18, en el bogaje por el río Magdalena a partir de
171019, en el rol de mayordomos y en diversas actividades
artesanales. Por ello no es extraña la presencia de pueblos
de origen afro como Nuestra Señora de Buenavista, Saco-que
fue orginalmente poblado indígena-, Santa Cruz, Luruaco y
San Benito de las Palomas, conocido ahora como Repelón y

18
Ibid. P. 267
19
Ibid. P. 255
17

Palmar de la Candelaria o Palmar de Negros y los que se


encuentran en las riveras del Canal del Dique como Santa
Lucía.

La primigenia información sobre los esclavizados en el


Atlántico responde a un censo de esclavizados que se
encuentra en el Archivo General de Indias. Estos datos
fueron conocidos por la investigación que hizo Roberto
Arrazola sobre el Palenque de San Basilio. Según ese censo,
que no necesariamente refleja las verdaderas cifras de esa
población, para 1686 existían 473 esclavos en el actual
Atlántico de los 5700 que había en la provincia de
Cartagena. Ya para 1777 en Barranquilla habían 42 esclavos
y 66 en Soledad. En 1835 la suma de afros llegaba a 100,
luego en 1846 llegaron a 68 y para 1851 la cantidad había
bajado hasta 56.20

Con la disminución e inexistencia de los palenques durante


el siglo XVII y XVIII, las mujeres y los hombres negros se
establecieron en rochelas y en los sitios de libres,
mezclándose con otras razas y asumiendo otros rasgos
socioculturales. No es de extrañar por eso que pese a que
la esclavitud había sido proscrita en las leyes
independentistas,los jefes políticos cantonales de
Barranquilla y Soledad aseguraron en 1846 que las “personas
esclavizadas recibían buen trato de sus amos y cuando
alguno ocurre a la autoridad por que se le haya castigado
con exceso se da cumplimiento a las leyes en esta parte que
esta interesada la humanidad”.21

LAS ROCHELAS

20
ARHCIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Gobernaciones
21
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones, rollo 127, ff. 610-611
18

Con la disminución e inexistencia de los palenques durante


el transcurso del siglo XVIII, los fugitivos negros y sus
familias se establecieron en el tipo de asentamiento
denominado rochela, mezclandose con otras etnias en un
espacio común que la tipología política de la epoca
calificó como “libres de todos los colores”. Muchas de
estas rochelas se constituyeron en las cercanías de los
centros urbanos. Por ello, por ser centros poblacionales
sin mayor acatamiento a la endeble legislación española
fueron atacados y aniquilados por parte de las autoridades
coloniales, a partir del siglo XVIII, algo que no habían
podido conseguir por intermedio de las reformas borbonicas
de poblamiento, imponiendose el modelo de urbanismo
alternativo “criollo” al español y que funcionaba como un
mecanismo autonomo.

Así que el problema a combatir en el siglo XVIII no eran


los palenques sino las rochelas, que se transforman de
forma paulatina en pueblos de negros en el actual
departamento del Atlántico; que con excepción de Saco,
ubicado en el norte, se encuentran localizados en las
cercanías de Luruaco y sus alrededores como es el caso de
Santa Cruz, Cien Pesos, Las Caras, Luruaco y Repelón. Según
el historiador Dolcey Romero, Las Caras y Cien Pesos son el
producto del “esparcimiento y posterior nucleamiento en
diferentes sitios de los cimarrones que huyeron de Tabacal
y Betancur antes de su develación”.22

En la actualidad, Saco es el único pueblo de negros el


norte del departamento del Atlántico. En el sur, con
indudables condiciones geograficas ideales por ser
enmontada, cenagosa y con elevaciones, surgió el palenque
de San Benito de las Palomas que despues se convertiría en
el pueblo de negros de Repelón que en ese momento era una
22
ROMERO, Dolcey. Los Afroatlanticences.
19

una parroquia de 1406 vecinos que estaba situada al lado de


un caño.

Durante el trancurso del siglo XIX, los procesos bélicos


sobre la independencia de la corona española, produjeron la
huída de muchos naturales de esa nación europea,
abandonando haciendas y propiedades rurales, situación que
aprovecharon los cimarrones para arrochelarse o apoderarse
de esos bienes, construyendo allí sus asentamientos.

CIMARRONAJE EN BARRANQUILLA

En 1850 capturan en Barranquilla a los cimarrones Manuel


Lloret y Juan Nepomuceno Cañisares, los cuales habían huido
desde hacía 5 años de esta ciudad. Una curiosidad de este
hecho fue que mucho antes de la captura, su dueño Aquilino
Álvarez los había vendido a Pedro Martín Consuegra. Este,
apenas se produjo su captura, procedió a venderlo a Esteban
Márquez, uno de los hombres más ricos de la Barranquilla de
entonces.23

Algunos de estos episodios de cimarronaje se encuentran en


papeles notariales de herencia y albaceas. Pero quizás la
fuente mas importante de estos hechos sea el censo especial
de esclavos ejecutado en 1842. Después hubo información
posterior en los años 1843, 1846 y 1847. De allí se
desprende que en ese momento había en el Atlántico 135
cimarrones.

Según lo aprobado en el Congreso de Cúcuta en 1839 debían


obtener la libertad el primer grupo de jóvenes amparados
por la ley de partos que estableció que los hijos de las
esclavas que nacieran a partir de la aprobación de dicha
23
ARCHIVO HISTORICO DE CARTAGENA. Tomo II. Protocolo 22. f.f.132-134, 1850
20

ley, para el año 1821, obtendrían su libertad, luego que le


trabajaran a los amos de sus madres durante 18 años. Pero
cuando cumplían esta norma y se aprestaban a establecer su
libertad les cambiaban las reglas alargándole la esclavitud
de los manumisos.

Es por ello que a partir de 1840, aumentó en todo el país


el cimarronaje. En Barranquilla, entre 1842 y 1847 hubo 46
cimarrones. Casi el 60% de ellos menos de 40 años de edad.
Otro asunto bien importante es que en ese periodo los
fugados no eran clasificados con ningún vicio, excepto en
el censo efctuado en 1847 cuando tres de ellos fueron
catalogados como ladrón, holgazán y borracho.

En una lista nominal de esclavos fugados en la provincia de


Cartagena remitido por los jefes políticos en 1847 se
presentan los cimarrones barranquilleros Miguel Molinares,
Eugenio Pérez, Juan Francisco Salinas, Esteban Valle,
Faustino Duncan, José Chirino, Manuel Jiménez, Antonio
Macias, Sebastian Caballero, Fabián Duncan, Francisco
Esteban, José Antonio Zuñiga y Francisco Escalante. Este
último fue acusado públicamente de flojera.

EL CASO DE NICOLAS FESTER: UN CIMARRON BARRANQUILLERO 24

A finales del siglo XVIII Barranquilla se había convertido


en el núcleo poblacional más importante de Tierradentro.
Según el censo de 1777, este sitio albergaba en su interior
a 2633 almas de las cuales 42 eran esclavos. En ese sitio
de San Nicolás de Tolentino de Barranquilla inicio el 7 de
marzo de 1787 Juan Fester, alguacil del Santo Oficio,
vecino de Santa Marta y miembro de la elite del sitio, un
proceso judicial que concluiría el 19 de marzo de 1788
24
Condensado de la investigación NICOLAS FESTER: UN CIMARRON BARRANQUILLERO, del
profesor Dolcey Romero
21

contra su esclavo Nicolás Fester, acusándolo del delito de


huida, esto es, de cimarrón y de otros vicios colaterales.

Nicolás no era propiamente un esclavo común y corriente,


pues además de oficial de albañilería, sabía leer y
escribir, situación que le permitió desarrollar una serie
de relaciones de las cuales estaban excluidos los negros.
Así que cuando Nicolás es capturado, puede realizar su
alegato jurídico en cual quedo consignado en 134 folios del
Archivo General de la Nación –Colonia, negros y esclavos de
Bolívar, tomo XII, folios 283-417- el cual comienza
confesando que Juan Fester, su amo, era persona bondadosa y
paternalista que a fuerza de plata y calor humano lo había
enseñado a leer y escribir. Sin embargo el amo confiesa que
Nicolás ha salido con mala inclinación, desapareciéndose
para radicarse en la ciudad de Cartagena.

El proceso a Fester muestra una serie de realidades sobre


los esclavos, las autoridades y sus propietarios; que en el
caso especifico de Fester, eran los mismos. En efecto, a lo
largo de las deliberaciones del proceso se obesrva que los
testigos, jueces y partes procesales, estaban vinculados al
tráfico de esclavos o tenían bajo su servicio personas de
esta condición por lo que no les convenía a sus intereses
una rebeldía como la que manifestaba Fester.

Un logro indudable de Fester fue el haber logrado que las


deliberaciones del tribunal pasaran de Barranquilla a
Cartagena, involucrando a funcionarios de la colonia de
diverso rango. Al final del largo proceso, Nicolás acogió
una de las propuestas iniciales de Juan Fester en el
sentido de trabajar un año sin jornal en las obras reales
de Cartagena para después ser vendido a otro amo. Pero el
amo no aceptó como valida esta nueva propuesta, por lo que
22

el Conde de Pestagua ordena la remisión de Nicolás al sitio


de Barranquilla. Tal situación no se cumplió pues el virrey
al final lo remite al cumplimiento de trabajo forzoso en
las obras reales. La gran habilidad de Nicolás consistió en
involucrar en un caso domestico al virrey, maxima autoridad
colonial, desbordando la justicia domestica de Barranquilla
y Cartagena.

En la nueva etapa procesal el fiscal se pregunta que si


después de un año de trabajos forzados no es suficiente
castigo, preguntándose además si el Alcalde ordinario de
Cartagena tenia jurisdicción para proceder contra Nicolás
que provenía del vecindario de Barranquilla. Por supuesto,
el abogado de Juan Fester sentó su mas energica protesta
por el tiempo y dinero perdido en el proceso.

MANUMISION Y ABOLICIÓN

Si bien Barranquilla había experimentado la presencia de


población afro esclavizada y libre desde el siglo XVI, es
en el siglo XIX cuando esta presencia se hace notoria e
imprescindible debido a la dinámica desarrollada por su
núcleo social, su condición portuaria, la actividad
comercial, situación que provocó un rumbo en las
actividades tradicionales del Atlántico como fueron los
oficios del campo y las actividades domesticas en el campo
urbano.

En lo que respecta a la manumisión, el 21 de mayo de 1821


se aprobó la Ley de Vientres, con un total de 15 artículos
de los cuales solo el primero denotaba una predisposición a
favor de la abolición ya que se estableció que a partir de
la expedición de la ley los hijos que nacieran de las
esclavas serían libres. Pero después, en su artículo
23

segundo que solo tras cumplir 18 años de edad podían


acceder a la libertad por lo que durante esos 18 años el
manumiso debía trabajar para el amo de su madre para
compensar la alimentación, la educación y el vestido. En la
práctica equivalía a que se obtuviera la libertad a partir
de 1839.

El señor José María Rada en 1833 le otorgó en Barranquilla


la libertad a la esclava Juana Evangelista de Rada por
haberle entregado esta los $300 en que se justiprecio su
libertad. Y a continuación se aclaraba que la esclava era
sujeto de derechos y obligaciones jurídicas igual que las
personas nacidas en libertad. Sin embargo, algunas
manumisiones fueron de carácter “gracioso” por mera
liberalidad del esclavista que premiaba atributos de los
esclavos como la subordinación y la sumisión. Para 1834 la
esclavizada Juana María Cassasola se queja ante el
secretario de estado del distrito del interior porque el
Alcalde Primero municipal de Barranquilla no había querido
cumplir con la ley de manumisión y en consecuencia le había
negado la libertad en varias oportunidades. Este tipo de
actuaciones administrativas fueron la constante. 25

En Barranquilla tampoco funcionaron estas juntas como se


puede apreciar en el libro de oficios del Concejo para el
año 1845. Allí se presentan 26 actas de las cuales solo una
hace referencia a la libertad de los esclavos. Las
restantes 24 actas hacen referencia a la negativa del pago
de impuesto de manumisión. En otras palabras, igual que en
el resto del país, no hubo manumisiones.

El tipo de manumisión surgida en el Congreso de Cúcuta fue


la que existió hasta el primero de enero de 1852 fecha en
25
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones. Rollo 140. F.386
24

que quedó abolida la esclavitud. Para 1842 se crea la


figura de Jefe de Bogas en las actividades portuarias de la
ciudad.

El día 7 de marzo de 1850 se celebró el primer aniversario


de la llegada de José Hilario López a la presidencia de la
republica. Se conmemoró el hecho con una marcha solemne por
las calles de Barranquilla en cuyo interior iba una banda
de musicos. Mas tardese realizó en la sala de sesiones de
la Sociedad Democratica un acto simbolico de libertad de
cautro esclavos negros; tre con fondo de la junta de
manumisión y el cuarto por voluntad expresa de su finado
dueño. Despues de finalizada la ceremonia popular, se
iniciaron los festejos públicos que se prolongaron más allá
del tiempo acordado por sus autoridades.26

En 1855 narra Eliseo Reclus su paso por Barranquilla


destacando de manera amplia la población afro en la
conexión Barranquilla-Sabanilla. En el capitulo cuarto de
su libro de viajes publicado en 1861 muestra la extrema
pobreza de Sabanilla, la gran cantidad de afros vinculadas
a las labores de cargue y descargue, así como de la
conducción de bongos y champanes por el Canal de la Piña.
Dice que había “almacenes de depósito en donde indios y
negros arrumaban productos de toda clase”.27

La ley reglamentó su propia estructura creándose las


llamadas Juntas de Manumisión las cuales funcionarían en
cada cabeza de cantón, integrada por el juez primero del
lugar, por el cura, el vicario eclesiástico, dos vecinos y
un tesorero. La misión era recolectar los fondos con los
cuales se cancelarían a los propietarios el valor de los

26
La Democracia. Barranquilla. Abril 4 de 1950. No. 18
27
RECLUS, Eliseo. Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta. Biblioteca V Centenario Colcultura. 1992
25

esclavizados que entraron en manumisión. En otras palabras,


se recuperaba desde el punto de vista económico el valor
del esclavo. A la larga estas juntas no funcionaron por
múltiples razones.

En muchas oportunidades los esclavos aprovechaban eventos


especiales para liberar a sus hijos. Es el caso del
comerciante Juan Glenn en Barranquilla, que en su función
de alcalde publico de la Villa declaro: “Que en cuanto
Francisco Cardinales y su esposa Juana Evangelina Zapata,
mis esclavos, me han servido con lealtad exactitud, y que
por lo mismo en premio de sus servicios otorgó plena
libertad a su hijo José Ramón para que la tenga, goce y
disfrute como si hubiera nacido comprendido bajo la ley que
habla de los partos de las esclavas”.28 Otro caso de
libertad graciosa en Barranquilla fue la que Buenaventura
Camargo le otorgó a su siervo Luis de la Rosa en junio de
1851.29

A través de querellas y cartas las personas esclavizadas


denunciaban las obstrucciones que presentaban las
autoridades y los esclavistas, proponiendo la contribución
económica a las juntas de manumisión para acceder a la
libertad. Tal es el caso de Timoteo Henríquez que había
sido esclavo del banquero Esteban Márquez, conocido
personaje de la elite local que se negó a otorgar la
libertad a un anciano esclavo que le había servido toda la
vida obligándolo a acudir al personero municipal en busca
de solución.30

28
ARCHIVO HISTORICO DEL ATLANTICO. Fondo Notaria Primera. Libro unico de 1845. legajo 32.
foja 2
29
ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Gobernaciones. Rollo 117. F. 881
30
ARCHIVO DEL CONCEJO MUNICIPAL DE BARRANQUILLA. Libro d 1845. Oficios. Folio 129
26

Fueron las Sociedades Democráticas de corte liberal las que


impulsaron la abolición de la esclavitud. La de
Barranquilla, con el concurso de las autoridades políticas
de la villa celebraron el primer año del triunfo liberal
con un programa que pretendía legitimar la administración
del presidente López que era criticado por sus opositores:

Día 6 de marzo, misa solemne con te Deum y después de este


acto religioso se colocó el retrato del ciudadano
presidente, general José Hilario López en la sala de
sesiones de la sociedad. Por la tarde tuvo lugar el
interesante acto de romper las cadenas de la esclavitud a
cuatro seres que gemían bajo su peso, cuyo acto dispuso la
junta de manumisión con el entusiasmo y solemnidad dignos
del objeto. La corporación municipal, las autoridades
políticas, judiciales y eclesiásticas, la sociedad
democrática y una infinitud de espectadores concurrieron al
mayor lucimiento. Luego tomaron la palabra en su orden el
presidente del cabildo Manuel Antonio Salgado y el
personero parroquial Joaquín María Palacios.31

El 1 de enero de 1852 se reunió en la plaza de San Nicolás


de Barranquilla, la junta de manumisión para dar
cumplimiento a lo dispuesto en la ley del 21 de julio de
185.32 Después de los discursos se procedió a la liberación
de los esclavos que en ese momento existían en la ciudad.
De acuerdo con el acto, fueron 71 personas esclavizadas las
que fueron liberadas. Sin embargo, esta cifra se contradice
con las 79 reclamaciones que los esclavistas hicieron en
1855 para que el estado les cancelara a los esclavizados
que habían liberado el primero de enero de 1852. De estas
el 65% fueron mujeres y el 24% hombres. Esta relación de
género evidencia la tendencia general que se presentó en
31
LA DEMOCRACIA. No. 18 Cartagena. Abril 4 de 1850. P. 3
32
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones. Rollo f. 880
27

todos aquellos espacios poblacionales urbanos en que hubo


población esclavizada. El 73% de estas mujeres eran menores
de 45 años y solo el 27% estaba por encima de esa edad.

Los enfrentamientos entre la Junta de Manumisión de


Barranquilla no solo eran con los esclavos. El gobernador
de la provincia Juan José Nieto se enfrento a ellos
provocando pronunciamientos de su parte. Por su parte las
madres de los jóvenes que eran retenidos injustamente como
esclavos elevaron una denuncia sobre el incumplimiento de
la ley que fue respondida por el jefe político de la
provincia José María Palacios y los demás miembros de la
junta de Manumisión, respondiendo que “esos infelices nada
debían temer pues ellos quedaron implicados en la ley de
1851 y que el gobernador dictaría una resolución para que
los jefes políticos entregaran a los padres libertos, los
hijos manumisos que los ciudadanos tengan en su poder.33

La decisión de este funcionario fue aprovechada para


emplazar públicamente a los “comerciantes de carne humana
de Barranquilla” para que desertaran a la provincia de
Cartagena: “En ella el señor Juan José Nieto que fue hostil
a las cámaras legislativas a el proyecto de ley de
manumisión, continuará, no lo dudamos, patrocinando la
esclavitud en su ultimo atrincheramiento”.34 Fue una de las
tantas escaramuzas de la junta de manumisión de
Barranquilla con el gobernador Nieto, que incluso mantenía
una doble postura, pues su esposa, con su consentimiento,
negociaba sus esclavos.

En general las Juntas de Manumisión siguieron funcionando


hasta octubre de 1852 con el propósito de seguir atendiendo

33
EL PICOL. No. 1. Marzo de 1852. P. 12h
34
EL PICOL. No. 6 Barranquillaa. Abril 25 de 1852. P. 1
28

el pago de deudas y otros asuntos de su resorte. Ese fue el


caso de Isaac Pinedo Junior, hermano de Jacob Pinedo que
después de liquidar el haber hereditario de su difunto
hermano pago a la junta de manumisión de Barranquilla en
julio de 1853 la suma de $292.68 que se dedujeron de $7000
y pico, valor a los que ascendían varias deudas por cobrar
que habían quedado incluidas en el total de la herencia
dejada por Jacob.35

Posterior a este suceso, en los años 1855 y 1856, muchas


personas que aseguraban haber liberado sus esclavos
reclamaban los porcentajes correspondientes. Dentro de
estos reclamos estaban los de Melchor Blanco y Florencia
Acosta36, solicitando los billetes o bonos de manumisión por
haber liberado en su momento a las esclavizadas María
Natividad Munive y a Juana Escorcia. En general, la junta
de manumisión de Barranquilla rechazo estos pedidos
extemporáneos.

Los esclavistas en general, y en especial los de


Barranquilla, encontraron en los remates de los dineros de
los fondos de manumisión, una solución al pago de las
deudas que el estado había contraído con ellos por concepto
del valor de los esclavos liberados al iniciarse el año
1852. Por ello el poder ejecutivo central autorizó por el
decreto del 5 de julio de 1852 el remate de los dineros
existentes en esos fondos. Rafael González y sus hermanos
fueron los acreedores que mayor presión ejercieron sobre
las autoridades para que se efectuaran los remates de los
fondos de manumisión, obligando en la practica a gobernador
al traslado de sus peticiones al secretario de hacienda que
se declaro impedido en las decisiones referidas a los
remates, aclarando que Rafael González “era tenedor de una
35
ARCHVO GENERAL DE LA NACIÓN. Rollo 383. f. 226
36
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones. Rollo 383. F. 225
29

fuerte suma de billetes de manumisión de primera clase, que


hacia dos años debían amortizarse pero por razones que no
venían al caso no había podido tal amortización”. 37 En
general los bonos o billetes de manumisión adquieren una
gran importancia y se negociaban en el mercado de capitales
de la época. En 1852 el jefe político José María Palacios
lo solicitaba al alcalde que permitiera a Rafael González
el sellamiento de uno de estos billetes para negociarlos en
el comercio de Medellín y Bogotá.38

Los remates de manumisión eran sometidos a licitación


pública en Barranquilla pero los González eran los únicos
que en la práctica licitaban. Tal fue el caso de los
remates que se efectuaron en noviembre de 1855 y en abril
de 1856. En el primero el único licitante fu Luciano
González, hermano de Rafael que se presentó como González y
hermanos. En la transacción estos entregaron 8 bonos de
primera clase que ascendían a un valor de $1.354.22 y con
los cuales compraron el dinero recaudado por la junta de
manumisión que era de $1.327.67. La junta se ganó en
consecuencia el 2% de lo cancelado en bonos que fue la suma
de $704.70. En ambos casos por ser únicos licitadores se
les dio el beneficio de no entregar bonos completos y en
consecuencia quedaron debiendo fondos. Según el gobernador
se trataba de prestantes comerciantes de los cuales era
imposible dudar.39

En 1860, ochos años después de haberse abolido la


esclavitud, seguía con gran intensidad la actividad que
realizaba la población afrodescendiente, afirmándose en un
archivo de la época que “contaba con una población de 400
negros y nativos”.40
37
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones. Rollo 381. f. 1056
38
IBID. Rollo 316. F. 201
39
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Gobernaciones. Rollo 383. f 595
40
SABANILLA CONSULAR DESPACHES. March 12 1860. National Archives Microfilms USA
30

En suma, con la puesta en práctica en Barranquilla de la


ley de abolición no se terminaron los dramas para los
esclavizados. Un sector de los esclavistas persistía en
este negocio a través de diversos medios, incluso con las
mencionadas juntas de manumisión.

2. EL RIO MAGDALENA Y LA LA PROSPERIDAD DE BARRANQUILLA A


MEDIADOS DEL SIGLO XIX ATRAEN LA MIGRACIÓN AFRO

El río Magdalena con su tráfico comercial no solo


posicionaron a Barranquilla como una plaza estrategica
comercial y política, sino que tambien atrajo la migración
afro desde diversas procedencias. Una de ellas es la
presencia de palenques en las orillas del río cuyos
habitantes proveyeron de insumos a las embarcaciones en las
largas travesías y de bogas, cuando estos, por cualquier
motivo, desertaban del servicio.

Hay abundantes testimonios sobre la presencia afro en estas


actividades como la que relata Manuel María Madiedo en su
crónica El boga del Magdalena o José María Samper en su
relato De Honda a Cartagena. Este último cuenta con
abundantes detalles el encuentro con poblaciones afros y
bogas en medio de la espesura nocturna, cerca de la ribera
del río, durante una ceremonia de lumbalú: “La canción era
un conjunto de oraciones en verso, extravagantes,
31

compuestas y usadas siempre en todo novenario; y el


estribillo, tan imcomprensible en su lenguaje como enérgico
en su entonación, se componía de una serie de cuarteta de
versos de seis sílabas”.

Otra referencia historica sobre los hábitos de los bogas en


el río Magdalena la ofrece por esa misma temporada de 1825
Carl August Gosselman que escribía diciendo que “hay que
llevar aguardiente para los bogas,a fin de que no se
arrepientan de haber emprendido el largo viaje”.41

Otro recuento sobre la vida de los bogas negros del


Magdalena y su relación con el comercio de Barranquilla, la
ofrece el viajero aleman Alfred Hettner. Dice que en la
navegación “usan los champanes, embarcaciones parecidas
hasta cierto punto a las del río Elba en Alemania. Estos
champanes son lanchas de poco calado, de 10 a 15 metros de
eslora y de 2 a 3 metros de manga, cubiertas en su mitad
por un techo formado de palos y hojas de palmera y abiertas
en sus partes delantera y trasera. Ocho a doce bogas,
negros o zambos, medio desnudos, mueven el champán, remando
o empujando a garfio según las circunstancias, pues el poco
calado no permite navegar a vela. A tales embarcaciones,
con escasa posibilidad de moverse, y limitado a la compañía
de esta gente tan ruda y difícil de tratar, el viajero
quedaba confinado con frecuencia hasta dos meses, para
llegar a Honda, final de su viaje. Todas las descripciones
antiguas del viaje, por lo tanto, están llenas de
lamentaciones alrededor de este modo de viajar, de los
sufrimientos por el calor, de la pésima alimentación, de la
falta de toda comodidad, de los conflictos interminables
con los bogas siempre quejosos de las largas horas de su
41
GOSSELMAN, Carl A. Resa i Colombia aren 1825 och 1826. Transcripción y anotaciones de Aníbal
Noguera Mendoza, en Crónica Grande del Río de La Magdalena, Fondo Cultural Cafetero. Ediciones Sol y
Luna. Bogotá, 1980.
32

jornada y que a veces abandonaban abruptamente toda


actividad, para participar en la fiesta de algún pueblo
ribereño”. 

El viajero ingles John Steuart cuenta que en 1836 preparó


el viaje por el Magdalena como si se tratara de una larga
expedición enunciando los correspondientes preparativos:
“Nuestras provisiones consistían en siete barriles del
mejor bizcocho de mar; medio barril de harina de trigo,
artículo superfluo; un barril de la mejor carne de buey
salada; medio barril de puerco; un barril de jamón, lenguas
y salchichas de Bolonia; ocho jarras de mantequilla, bien
selladas, cada una con veintidós libras más o menos, lo que
resultó ser un artículo muy útil y necesario para freír
huevos , plátanos, etc., dos medias cajas de té, […]. Doce
docenas de clarete, cinco galones de brandy; seis galones
de ginebra; dos jarras de encurtidos, dos botellas de salsa
de tomate; dos cajas de uvas; dos grandes quesos y
pimienta, mostaza etc. Nuestra loza y nuestra vajilla
culinaria eran una docena de ternos (tazas y platos); una
docena de cuchillos y tenedores, una sopera, una docena de
platos, una docena de tazas de peltre, una gran olla de
comida, otra menor, una cazuela para salsa, una tetera y
una sartén […] Se abrió un barril de pan, colocado siempre
bien en popa, de manera que estuviera día y noche bajo
nuestra inmediata inspección. Todas las bebidas
espirituosas las pusimos en la cabina. Además de nuestra
provisión inicial, agregamos en Barranquilla una provisión
suficiente de ron del país, destinado a los bogas hasta
nuestro arribo a Mompox y distribuido a la tasa de dos
tragos por día para cada uno”. Lo importante de este
analisis es que muestra en la fecha de 1836 a bogas negros
viviendo en Barranquilla, pues desde esta ciudad era que se
armaban los viajes hasta Mompox y desde allí, al interior
de la republica, vía el río.
33

Estos nucleos de afros vinculados a la actividades del


transporte fluvial conformaban en Barranquilla sus
viviendas en los sectores aledaños a las sedes operativas
de esas empresas tales como los terrenos cenagozos
alrededor de los caños y en el territorio extramuros del
actual del barrio Abajo donde todavía existen sus huellas
con mas 100 años de permanencia.

En septiembre de 1852 llega a Nueva Granada el viajero


Isaac Holton. A su paso, escribe con precisión de notario
lo que ve. Al llegar en el buque al puerto de Sabanilla, es
bajado en una pequeña embaración de la que describe sus
impresiones:

“En la embarcación estaban el piloto, su pequeño hijo y un


negro. Los dos primeros tenían suficiente ropa y suficiente
mugre encima, pero el negro estaba semidesnudo y tenía una
expresión estúpica y vacía. No podría clasificar al padre y
al hijo en ninguna de las cinco razas del hombre: parecería
como si por lo menos la sangre de tres de ellas corriera
por las venas”.42

Isaac Holton tambien ofrece su visión del bogaje y del


tráfico comercial en las embarcaciones cuando cuenta su
itinerario a través del Canal de la Piña:

“Volví otra vez a Barranquilla porque tenía interés en


conocer el Caño de la Piña que conecta el puerto de
Sabanilla con el Magdalena. El dueño o capitán de un bngó,
canoa gigantesca, convino en llevarme por $1.20. Cargaron
la embarcación con mercancias que sacaron de la aduana,
42
HOLTON, Isaac. Sabanilla.
34

destinadas a un comerciante de Barranquilla, y como solo en


la popa había una epqueña cubierta, para protegerlas de las
inclemencias del tiempo, la cubrieron con unos cueros. La
tripulación consitía en el dueño, un negro enorme, otro
todavía mas negro per mas bajito y un mulato. Además, iba
con nosotros un negrito desnudo, hijo del patrón, y los
simples remeros, que se llaman bogas”.43

Donde mas se incorporaron negros como mano de obra fue en


las labores de cosntrucción del ferrocarril de Bolivar, que
unía a Barranquilla con el puerto de Sabanilla. Las labores
se iniciaron en 1869 y culminaron en 1873. Sin duda, las
arduas labores de construcción fueron asimiladas por los
afros que aportaron su singular fortaleza física en estas
duras labores. Igualmente, ante la solicitud de mano de
obra de estas características se incorporan al
levantamiento de la línea del ferrocarril a Sabanilla y
Puerto Colombia muchos obreros con experiencia en estas
lides que habían participado en la construcción del primer
ferrocarril que tuvo Colombia, como fue el de Panama, cuyas
obras culminaron en 1855. El de Sabanilla fue el segundo.

Para 1875 llega hasta el puerto de Sabanilla Edmund Andre,


redactor cientifico de la revista francesa Tour du Monde,
comisionado por el Ministerio de Instruccción de Francia.
Se embarca en la nave Simón Bolivar donde observa el
comportamiento de un camarero negro nativo que le robaba el
vino y la comida en sus servicios. En una litografía del
mismo Edouard Andre en 1875 muestra una calle de
Barranquilla en donde puede apreciarse la presencia de
negros en diversas actividades del mercado. 44 Vendedores
ambulantes, coteros, bogas, servicio domestico,

43
HOLTON, Isaac. Sabanilla.
44
GEOGRAFIA PINTORESCA DE COLOMBIA. Litografía Arco. Bogotá, 1984
35

prostitución eran los oficios que desempeñaban los afros en


Barranquilla.

Todo este complejo e incipiente sistema de transportes


vinculado a Barranquilla necesita mano de obra que resista
las largas y duras jornadas laborales. Al respecto señala
el historiador Jorge Conde que “en el quinquenio 1876-1880,
Barranquilla-Sabanilla acaparaba casi todo el tráfico de
los puertos del interior y afianzaba su supremacía
comercial. En esta época fue reconocida como la “reina” de
las exportaciones y las importaciones de la costa Caribe”. 45

Según el historiador Moisés Pineda, en numerosas crónicas e


informaciones relativas a ese periódo histórico se
encuentran referencias a la participación de la servidumbre
negra o de su aporte en el ramo de la albañilería, como fue
el caso de la construcción del teatro Emiliano, en los
oficios varios que presentaba el mercado público e incluso
en los reglamentos del tranvía de Barranquilla.

En 1882, en su transito por Barranquilla el viajero Alfred


Hettner, hace una descripción de la ciudad percibiendo sus
componentes sociales etnicos: “La población me parece que
consta, en su gran mayoría, de mulatos y zambos, es decir,
mezclas de negros con blancos e indios. Además hay mestizos
o cholos, es decir mezclas de blancos con indios, lo mismo
que blancos, negros e indios puros. Así se ven caballeros
que llevan vestido blanco fino, a la vez que pordioseros
cubiertos de harapos y negros a semivestir”.46

Durante la revolución radical liberal de 1885 que se tomó a


Barranquilla, parte importante de la tropa nativa estaba
45
CONDE, Jorge. Desarrollo de Barranquilla 1871-1905
46
HETTNER, Alfred. Viaje por los Andes Colombianos. 1882
36

compuesta de mulatos y negros. Parece que algunos de ellos,


a los que se les encargaron funciones administrativas
públicas transitorias, se dedicaron a cobrar las afrentas
que padecián por el color de su piel, encarcelando a varios
blancos locales de la élite. Este operativo fue impulsado
por un negro liberal apodado La Marimonda, capitan de una
comparsa de carnaval, a quien el jefe revoluvionario
Ricardo Gaitan lo invistió de Jefe de policía local.

Al final del siglo XIX, Barranquilla estaba consolidada


como la segunda ciudad en importancia en Colombia y la
primera, sin ninguna duda, en desarrollo comercial. Al
respecto señala el historiador Jorge Conde:

“Las transformaciones ocurridas en Barranquilla durante


este período (1871-1905) estimularon oleadas selectivas de
inmigrantes nacionales y extranjeros. Con la construcción
del ferrocarril de Sabanilla se radicaron miembros de la
élite samaria y cartagenera vinculados al negocio
tabacalero y ganadero. De la ciudad de Santa Marta
arribaron los Vengoechea y los Echeverría; de Cartagena los
Aycardi, los Zubiría, los Fortich y los del Castillo, entre
otros. Unidas a esas inmigraciones selectivas sucedieron
las de familias pudientes de pueblos circunvecinos atráidos
por las oportunidades ecnómicas brindadas por la ciudad”.47
A ello se sumarían otras corrientes migratorias etnicas
como la afro que buscarían a los suyos dentro de la nueva
ciudad a la que llegaban, adaptandose a las circunstancias
sociales, económicas y de vivienda, que se convirtió en
ghetto y territorio solidario conocido.

47
CONDE, Jorge. Desarrollo de Barranquilla, 1871-1905. Sucesos. Academia de Historia de Barranquilla.
1997
37

3. LA MIGRACIONES DE AFRODESCENDIENTES HACIA LA ZONA


BANANERA AL INICIO DEL SIGLO XX

La discriminación étnica laboral significa, en la práctica,


que los afrosdescendientes deben amoldarse a los oficios
“desechados” por los blancos. Desde la colonia, en el auge
de la esclavitud, las condiciones generales eran de duro
trabajo en condiciones ambientales difíciles –como la
minería, por ejemplo-, con una mala alimentación y por lo
general, con retribuciones económicas que no compensaban
las largas jornadas diarias que producián, a la larga,
enfermedades y, en no pocos casos, la muerte.

Dentro de esa perspectiva de supérvivencia, desde los


inicios del siglo XX ocurrieron en la región Caribe de
Colombia migraciones de afrodescendientes que se
dispersaron a lo largo de varios ejes: unos emprendieron la
ruta hacia el sur, buscando el Uraba antioqueño,
colonizando las vastas selvas baldías en una empresa
interminable, pues cuando civilizaban la parcela, la
negociaban con latifundistas, para así proseguir en la
tarea de desbrozar los incultos territorios. Casos
nombrados como el de la familia Julio, quienes llegaron
allí desde la bahía de Cartagena al inicio del siglo XX y
procearon una extensa parentela –igual que otras familias-
pero siendo estos nombrados en la memoria colectiva por
llevar en su seno una estirpe de tamboreros famosos,
bailarines y cantadoras.48

48
MINSKI, Samuel, STEVENSON, Adlai. Cantadoras Afrocolombianas de Bullerengue. Barranquilla,
Editorial La Iguana Ciega. 2008
38

Otro importante destino migratorio de los afrodescendientes


en esa época de principios de siglo XX fue la llegada a la
antigua provincia colombiana de Panamá en las labores de
construcción del Canal y de las nuevas “villas” que allí
surgieron a las riberas de la nueva artería interoceanica.

La promisoría Barranquilla de inicios del siglo XX no


escapa a esta formula de polo atrayente de emigración para
los afrosdescendientes. Y sobre todo, por su condición
estrátegica de ciudad equidistante de las más importantes
poblaciones de la región y que servía de escala obligatoria
en los movimientos de paso de los movimientos migratorios.
Esa fue la situación que ocurrió con la vinculación de
trabajadores afrodescendientes que provenían de la zona del
Canal del Dique y del sur del departamento del Atlántico
como jornaleros de la zona bananera de Ciénaga, ese emporio
de riqueza en el departamento del Magdalena.

El auge económico de este sector agricola se inició con las


exportaciones de banano en el año 1891, producidos en los
cultivos del distrito de Río Frío, a unos cuarenta
kilómetros de Ciénaga. Fue en ese preciso momento que José
Manuel González exportó los primeros 5.113 racimos de
banano de la variedad Gros Michel. Sin embargo, era un
cultivo limitado, si se quiere artesanal, por la carencia
de infraestructura y de logistíca hasta que Gonzalez le
vendió el negocio a J. Sanders, de Nueva Orleáns. Este a
su vez lo vendió a otra compañía, que luego, a finales del
siglo XIX se fusionaría con otras similares, creándose la
famosa United Fruit Company que entró a producir banano en
forma tecnificada, a gran escala, involucrando el
hinterland de Ciénaga en sus operaciones, como fue el caso
de Barranquilla. En esta ciudad le vendían insumos a los
comisariatos en que se proveían los trabajadores y el
personal de la empresa, se contrataba personal e incluso,
39

se emprendieron las actividades sindicales que


desembocarían en la huelga de 1928. Uno de estas casas de
enganche de trabajadores en Barranquilla fue la de Rafael
del Castillo, un rico comerciante e industrial de origen
cartagenero, que había abierto operaciones en esta ciudad
en diversos ramos comerciales.

Del Castillo era socio de una empresa harinera en Cartagena


y del ingenio Central Colombia en Sincerín, y por supuesto
tenía amplios contactos entre la población afrodescediente
de esa zona para reclutarlos como intermediario proveedor,
llevandolos hasta la zona bananera. No era el único en
Barranquilla que desempeñaba estas funciones de proveedor
de personal, pero si el mas importante desde el punto de
vista de la vinculación de afrosdescendientes nativos de
los pueblos cercanos al Canal del Dique como Mahates, María
la Baja, Sincerín y San Basilio de Palenque. A modo
informativo, Ciénaga creció tanto por este auge bananero
que entre 1870 y 1938, su población se incrementó a la
elevada tasa de 2.8% promedio anual.

Esta particular situación de escala obligatoria en el


periplo de los afros de la zona geografica del Canal del
Dique hacia la zona bananera de Santa Marta tendría
importantes repercusiones. Una de ellas es que este
migración llegaba a la zona portuaria de los caños cercana
al barrio Abajo del río, donde tambien quedaban las
oficinas de las empresas contratantes y la estación del
ferrocarril. En ese sector encontraban los afros a sus
paisanos y amigos, algún trabajo ocasional y era allí donde
tomaban las lanchas y vapores que los llevaban hasta la
estación de Ciénaga. Era el mismo circuito que hacian
cuando retornaban de Ciénaga al finalizar los contratos o
terminarse la temporada de recolección.
40

Una sobreviviente de esos tiempos es Antonia Hernandez. A


sus 80 años, es palenquera de nacimiento pero criada, desde
niña, en Barranquilla. Aquí llegó de manos de una de sus
abuelas ante el fallecimiento de su madre en el parto. Lo
importante de su testimonio es que desde su casa en el
barrio Abajo recuerda perfectamente las condiciones de vida
de su padre:“trabajaba en agricultura, sembraba arroz, maíz
y ñame. A veces se iba para Venezuela y cuando mi mamá
murió se iba para la zona bananera”.

De acuerdo a lo que indica Antonia, en la época que


coincide con su nacimiento y muerte de la madre, su padre
estaba justo a punto para partir hacia la zona Bananera.
Eso sería justamente en el año 1928, cuando ocurrió la
famosa huelga que culminaría con el ajusticiamiento de los
jornaleros en la plaza de Cienaga.

Dagoberto Padilla, otro afrodescendiente barranquillero de


familia palenquera, criado en el barrio Abajo, ofrece una
vesión mas detallada y amplia de esas migraciones hacia la
zona Bananera. Dice al respecto sobre la ruta y medio usado
de transporte usados:

“Mis padres llegaron a esta ciudad, según me lo comentaron,


de la Zona Bananera de Santa Marta. Mis abuelos y mis
padres; venían de Palenque por agua, por que no existía,
me cuentan mis abuelos todavía el transporte. Iban a
trabajar en la zona, en esas fincas de guineos. Luego
cuando terminaron esos trabajos, se quedaron un poquito
tiempo en Santa Marta para venirse a Barranquilla como la
mayoría de los palenqueros. Ha sido un fenómeno el
palenquero en Barranquilla; por que sino hubiese existido
esa zona en Santa Marta, posiblemente no estuviéramos aquí.
41

El transporte no era como hoy para ir a Palenque. Era un


viaje largo que comenzaba con la salida de Santa Marta en
la que se demoraban varios días. Llegaban y hacían escala
aquí. Después, seguían hasta llegar a Cartagena y de allí,
pasaban hasta Palenque. Pero muchos se fueron quedando aquí
y por eso hoy nuestra ciudad habemos mas palenqueros en
Barranquilla que en Santa Marta”.

De esas migraciones desde la zona del canal del dique


quedan sus rezagos culturales. Es una presencia visible, no
solo en el color de la piel de muchos habitantes del
municipio de la Zona Bananera, sino en la presencia de la
música de gaitas, tal como ocurre en la población de
Guacamayal, con su festival, al que la versión novena en el
año 2009 se le colocó el nombre de Victorio Cassiani en
honor al fallecido gaitero y acordeonero (cuando murió en
el 2001 tenía 84 años), proveniente, como lo indica su
apellido, desde el Palenque de San Basilio.

Otro músico de apellido Cassiani, el maestro Rafael,


director del Sexteto Tabalá de Palenque, indica que “Todos
esos grupos viejos de sextetos “se cayeron (terminaron),
pues los muchachos se fueron yendo para Barranquilla,
Cartagena, la Zona Bananera, Valledupar y Venezuela”.

En el libro Memorias de una epopeya, uno de los mas amplios


e investigados sobre la huelga y la masacre de las
bananeras, escrito por Carlos Payares Gonzalez, este
rechaza con enfasis la crítica que se presentaron sobre la
obra del escultor Rodrigo Arenas Betancourt en el homenaje
a los 50 años de la masacre de las bananeras por haber
representado en bronce la figura de un negro como simbolo
de los huelguistas con el argumento que en esas extensas
plantaciones cercanas a Ciénaga, Magdalena, nunca hubo
42

negros. Las evidencias historicas indican precisamente todo


lo contrario: una fuerte presencia de afros que fue
celebrada incluso por Gabriel García Márquez en su libro de
memorias Vivir para contarla:

“Desde la ventanilla del vagón se veían los hombres


sentados en la puertas de sus casas y bastaba con mirarles
la cara para saber lo que esperaban. Las lavanderas en las
playas de caliche miraban pasar el tren con la misma
esperanza. Yo los recordaba todos con la iglesia en la
plaza y las casitas de cuentos de hadas pintadas de colores
primarios. Recordaba las cuadrillas de jornaleros negros
cantando al atardecer, los galpones de las fincas donde se
sentaban los peones a ver pasar los trenes de carga, las
guardarrayas donde amanecían los macheteros decapitados en
las parrandas de los sábados”.49

La lógica del circuito de migraciones de afrodescendientes


nativos a la zona de influencia del Canal del Dique señala
que, tras su salida y trabajo en la zona Bananera, a su
regreso por Barranquilla, muchos preferian quedarse
trabajando, pues las expectativas en sus pueblos no habían
variado sustancialmente para su retorno.

LOS YUMECAS

Se les llama Yumeca a afros aclimatados en la costa Caribe


de Colombia –por el gentilicio anglo de jamaican-, y que
llegaban precisamente de la cercana isla de Jamaica. La
influencia de Jamaica en la colonia sobre diversos aspectos
del actual Caribe Colombiano es constante y se acentua a
finales del siglo XIX cuando comienzan a ingresar estas

49
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla.
43

migraciones. Uno de esos ejemplo sobre la llegada de


yumecas lo recoge el sociologo barranquillero Orlando Fals
Borda Fals Borda. Según la tradición oral, había una
notable presencia de yumecas y otros antillanos quienes
tocaban son y merengue en Calamar alrededor de 1880. 50

Allí, en 1892, en la estrategica zona de Calamar,la


compañía inglesa que construyó el ferrocarril Cartagena-
Calamar intentó introducir –sin éxito- yumecas y chinos. La
propuesta no prosperó debido a la oposición de la iglesia
Catolica que consideraba a estas unas inmigraciones
indeseables por pertenecer a otras creencias religiosas.51
Es probable que tambien hubiesen consideraciones políticas
en estas negativas, así como razones de orden económico
local, habida cuenta que en las riveras del Canal del Dique
había abundante mano de obra negra en diversas poblaciones.

Entre los años 1910 y 1920 la United Fruit Company, una


gigantesca y trasnacional empresa bananera de origen
norteamericano, comienza a impulsar sus negocios en la zona
cercana a Cienaga, Magdalena. Para efectos de la
contratación para este duro trabajo, “importó” trabajadores
que sirvieran en los diversos niveles de la gigantesca
empresa. Alberto Luna Cardenas sostiene que “por eso todos
aquellos, desde Ciénaga hasta Fundación, estaban colmados
de inmigrantes de todos los departamentos del país y de
países extranjeros, la mayoría de los cuales se sometían a
los reglamentos bajo la dirección y vigilancia de los
intendentes de la United Fruit Company, quienes eran
generalmente negros jamaiquinos (yumecas) entrenados en
Puerto Limón y otros lugares de centroamerica”.52

50
GONZALEZ, Adolfo. Revista Huellas. Universidad del Norte. Barranquilla
51
SOLANO DE LAS AGUAS, Sergio Paolo. Iglesia, cultura y liberalismo radical en el Caribe colombiano
en la segunda mitad del siglo XIX
52
Comentario citado por Sergio Solano
44

Según señalan testimonios, estos trabajadores yumecas de


“confianza”, muy pronto se sobrepasaron con la población
local granjeandose el odio y repudio generalizado.

Pero hubo una base radical en estos trabajadores yumecas,


los que ostentaban un rango común y corriente, sin
funciones de intendentes ni delegados de la United, quienes
no seguian las orientaciones de sus paisanos y mucho menos
las de esa empresa, que fueron considerados por el
presidente Miguel Abadía Méndez con la categoria de
“extranjeros peligrosos que habían llegado a difundir ideas
disociadoras”.

Como una forma de frenar la traída de mayores contingetes


de personal extranjero, se dictó una ley en el sentido de
impedir este tipo de vinculación laboral por las obvias
consecuencias negativas que generaba entre vastos sectores
sociales.

Que los yumecas constituyeron un amplio e ignorado mundo


parecen corrobarlo diversidad de fuentes y testimonios. En
la población rivereña de Barrancabermeja, en pleno
Magdalena medio, se recuerda que la afición por el beisbol
llegó con los yumecas que llegaron a enrolarse, por allá, a
finales de los años 30, en las fuentes de trabajo locales.

Por otra parte Daniel Samper Pizano, escribiendo sobre la


llamada música vallenata y sus migraciones señala que la
llegada de los negros jamaiquinos –yumecas jamaican-, que
eran mas negros que los locales, los hizo que el pueblo le
creara una categoria que es a la que se refiere
despectivamente en la canción La Gota Fría el viejo
45

Emiliano Zuleta para referirse con un insulto a su


archirival del acordeón: “Que cultura va a tener un negro
yumeca como Lorenzo Morales”. Para Samper, los yumecas
lograron influenciar esta música e incluso presenta algunas
tonadas de Rafael Escalona que llevarían esta particular
impronta antillana.

En Barranquilla se sintió particularmente la presencia de


los yumecas en varias actividades como en la construcción.
La circunstancia de fecha y algunos testimonios permiten la
hipotesis que muchos de estos yumecas licenciados en la
zona Bananera migraron hacia la ciudad mas cercana y donde
existian mayores posibilidades laborales. Un medico
valduparense recordaba que en sus años de infancia mientras
estudiaba en un colegio barranquillero en los años 30, los
yumecas trabajaban en las construcciones y pasaban el
agobiante tiempo de labor fumando marihuana.

El periodista Chelo de Castro recuerda que en el barrio


Arriba había un par de negras yumecas que cantaban y
tambien a un profesor de piano de esa nacionalidad. Y
tambien indica que en Barranquilla había en los años 30 un
boxeador originario de Jamaica que en los combates
deportivos le había ganado a todo el mundo, hasta cuando
llegó procedente de Venezuela Víctor Vásquez, propinándole
a Fitz Moore, nombre del yumeca, una tremenda paliza.

Dentro del ideario popular barranquillero se cobijaron bajo


la denominación de yumecas, antillanos de diversos países.
Podría ser el caso del famoso cantante barranquillero Luis
Carlos “El Negro” Meyer. En ese sentido dice el periodista
Javier Castaño lo siguiente:
46

“Luis Mateo Meyer, como figura en su fe de bautismo, nació


el 21 de septiembre de 1916. Su padre se llamó Isaac Meyer,
de Trinidad, y su madre Julia Castendet, de Martinica,
donde se casaron en 1899. Tuvieron varios hijos. Luis Mateo
fue su primer hijo y dio sus primeros pasos en la calle
Santander, entre el Hospital y Concordia”. (Barrio Arriba
del río).

“Su madre Julia era una negra alta y acuerpada que vendía
comida y dulces por las calles de Barranquilla. Era
orgullosa y vestía los sombreros más llamativos del
vecindario. Trabajaba como sirvienta en casa de los ricos,
mientras que su esposo Isaac, de origen inglés, se dedicaba
a las labores de mecánico de carros y de cualquier aparato
que resultara en el camino”.53

Esta imigración yumeca y de antillanos afros en


Barranquilla, así como llegó, se fue, pues los rastros de
descendencia familiares y culturales no subistieron en el
territorio de la ciudad. Aunque es bueno señalar el caso de
los hermanos March, barranquilleros del barrio Bostón, cuyo
padre era yumeca. Eso dice el director de orquesta y
pianista barranquillero Pete Vicentini:

“Despues conocí a 4 hermanos hijos de jamaiquinos, los


hermanos March; Larry y Henry, que eran, el menor de ellos
era muy pequeño y tocaba el bajo llamado Clifford, y el
mayor, llamdo Federico, pero no tocaba; él estudió trompeta
y no se dedicó a la música, pero Larry y Henry tocaban saxo
alto y tenor respectivamente y con ellos formamos un grupo
llamado Los Supersonicos”.54 Estos dos últimos hermanos

53
CASTAÑO, Javier. Luis Carlos Meyer. Ministerio de Cultura. 1998. Bogotá
54
ESPAÑA, Rogelio. Nuestra música tambien tiene melao. Cartagena de Indias. 2008
47

March despues se radicaron en Estados Unidos, país en donde


se vincularon al movimiemto salsero, sobre todo en el área
de New York. Tambien es recordado como yumeca un medico que
tuvo una clinica donde trabajban varias enfermeras de esa
isla. Otros recordados son los yumecas prebisterianos que
servían de profesores en el viejo Colegio Americano.

Vislumbrados tambien como “negros antillanos”, los


sanandresanos han construido su historia urbana a traves de
apellidos como los Forbes; vinculados a la historia del
beisbol local, los Davis y los Robinson. Algunas de estas
familias llegaron trasladadas como trabajadores del puerto
local y otras se dedicaron a comerciar con sus paisanos de
la isla con barcos de cabotaje. De los sanandresanos ha
pasado una importante emigración educativa, pues llegan a
Barranquilla a estudiar profesiones y, tras la obtención
del título, regresan a San Andrés o ejercen su oficio en
las otras islas anglofonas del Caribe.

4. EN EL BARRIO ABAJO ME QUEDO


48

Para que los afrodescendientes y sus familias escogieran


cual era el territorio de vivienda en Barranquilla
ocurrieron varios hechos culturales, urbanos y económicos
simultaneos. El principal factor fue la ubicación del
barrio con respecto a los centros neurálgicos de la ciudad,
en su orden; el nodo de transportes –navegación fluvial,
navegación maritima vía tren a Puerto Colombia y terminal
del tranvía-, el mercado público con su demanda de
vendedores callejeros y coteros-, el Centro comercial
histórico de Barranquilla y la zona industrial cercana a la
actual Vía 40.

Para la maestra de danza Angélica Herrera la llegada de


afrodescendientes a esa zona “fue por los alrededores de
los caños. Todos los trabajos de los negros eran duros. Por
eso los contrataron para tirar la construcción de las
líneas del ferrocarril por allá por el siglo XIX. Desde
mucho tiempo antes, habían llegado Palenqueros. Luego
fueron subiendo, lentamente, desde los caños hasta el
barrio abajo”.

Otro importante hecho fue que estos asentamientos se


hicieron en terrenos poco aptos o alejados del casco urbano
de ese momento. Específicamente alrededor de los caños, en
aréas cenagosas, que carecían de valor comercial como bien
ráiz o en circuntancias de topografía escabrosa, como era
el antiguo camino de lo que es hoy la carrera La María,
cauce de arroyo y comunicación difícil.

En general esa tendencia urbana de asentamiento afro se


perceptible a través de varios hechos: en las manzanas
cercanas a la actual carrera 46 se ubicó población blanca
de familias clase media. En la medida que se aleja de esa
49

zona de influencia, aparece la población afro. Precisamente


allí, en los límites del barrio Abajo, se gesta en 1913 la
primera invasión urbana de Colombia en los predios de la
finca Montecristo, que hoy le da el nombre a ese barrio.

El paradigma del desarraigo urbano y del ghetto marginal es


una constante de los afrodescendientes. Eso lo dice la
investigadora Elizabet Cunin en lo concerniente al
desaparecido barrio Chambacú de Cartagena de Indias:

“Chambacu (y los territorios urbanos de negros) no era


propiamente un terreno apto para la construcción sino mas
bien una maraña de manglares en medio de porciones de
tierra y mar que, a fuerza de los incesantes rellenos de
arena, cáscara de arroz y basura, permitió a sus habitantes
acceder poco a poco a algunos metros de tierra firme”.55

Ademas, se trata de mantener a los negros a la mano –en el


barrio Abajo- pero tambien convenientemente alejados para
evitar las mezclas sociales, creando estratificaciones
étnicas. Al respecto indica Elizabeth Cunin que “Las
relaciones entre negros y blancos no son conflictivas
mientras que cada cual conserve su lugar, unos como
empleados domésticos, jardineros u obreros, los otros
dedicados a actividades políticas y artísticas, o tal vez
organizando fiestas de la ciudad. Desde el instante en que
se rompe este equilibrio, la ritualización de las
relaciones sociales desaparece, para que en su lugar, se
instaure una situación incomoda, en el sentido
“goffmaniano”, en donde las buenas maneras dejan de ser
respetadas: de un lado, la polarización paternalista de las
identidades se disloca, y es entonces cuando los miembros

55
CUNIN, Elizabeth. Identidades a flor de piel.
50

de la elite pierden la esperanza de una armonica existencia


entre “negros” y “blancos”.56

Otro factor de llegada al barrio Abajo tiene mas profundas


imbricaciones: el concepto de solidaridad étnica, siempre
presente en el momento de ayudar a instalarse a los recién
llegados y las posibilidades que ofrece la familia extensa,
diferente al de familia nuclear tradicional.

Eso lo señalaba Manuel Zapata Olivella en su libro El


Hombre Colombiano. “En la familia costeña se observan,
ostensibles o encubiertos, los influjos africanos: hábitos
de amancebamiento, formación de la familia extensa,
destacado estrato que se le asigna al padre y al varón en
el grupo familiar, procedimientos para asegurar la
fidelidad de la mujer o el marido (hechicerías), arreglos
de matrimonio, etc.”.57

Sin embargo, en uno de los libros clásicos sobre la familia


en Colombia de Virginia Gutiérrez, la investigadora
sostiene que “Los negros no se desplazaban en familias, ni
en el grupo estricto, ni la célula extensa; tampoco
unidades mas amplias como fratrías o clanes. Eran solamente
individuos desintegrados de sus culturas, que no
pertenecían a una sola sino a numerosas comunidades de la
costa occidental. Eslabones rotos de sus valores,
concepciones y metas, sin unidad cultural alguna”. 58

El modelo de llegada de los emigrantes afrodescendientes al


Abajo era a través de un familiar, amigo o compadre que
vivía allí. Este lo alojaba inicialmente, de ser posible,
en su misma habitación, le suministraba alimentación y lo

56
IBID.
57
ZAPATA OLIVELLA, Manuel. El hombre colombiano.
58
GUTIERREZ, Virgina. La familia en Colombia
51

conectaba con las probables fuentes de trabajo. Otra forma


de vivienda compartida era en los pasajes o en una casa
comunal en que convivían simultáneamente varias familias.

El reencuentro cultural dentro del ámbito del barrio Abajo


significó la construcción de un denso y sutil tejido social
que transformó, no solo la vida de los recién llegados y
sus familias, sino del barrio mismo y de la ciudad.
Diseminados en un territorio urbano desconocido al cual se
incorporan a medias, latentes en sus tradiciones culturales
e independientes para crear su propio entorno con gran
adaptabilidad.

Es ese sentido oculto que les permite, según el antropólogo


inglés Peter Wade “el Juntarse en núcleos y crear pequeños
espacios de relaciones densamente entrelazadas dentro de la
totalidad de la red étnica- que después de todo, se expande
mucho mas allá de esos núcleos- es un recurso para la
construcción de una defensa para el propio ser negro y para
la creación de otro pequeño mundo en el cual ser negro es
de nuevo el estado normal de las cosas”.

Ese fue el mundo original re creado en el barrio Abajo.

LOS RECUERDOS DE LOS TIEMPOS DEL TREN

Pedro Valdez es un barranquillero nacido en San Basilio


hace largos 85 años. Vive en una modesta vivienda que tiene
un portón desvencijado, una cama de tijera con el toldo de
lona roído y un enfriador oxidado para ganarse unos
centavos con la venta de gaseosas y helados.

La vivienda de Pedro es lo único que sobrevive del antiguo


Pasaje de Los Chinos. El pasaje es una institución propia
del barrio Abajo que consiste en un largo corredor o patio
52

común que tiene a sus lados alineadas una serie de pequeñas


habitaciones que funciona, cada una, como vivienda
familiar. Una especie de comunidad forzosa en que se
comparte la comida, el baño, la ropa y hasta la crianza de
los hijos.

Pedro Valdez, recuerda a su familia palenquera y su llegada


a Barranquilla:

“Nací en el palenque de San Basilio en el hogar de Patricio


Valdez y mi mamá Faustina Cassiani. Viví en el pueblo hasta
enero de 1939 cuando me vine para Barranquilla al barrio
Abajo, calle Bolívar (41) entre Luz y Robles, con mi tía
Andrea Cassiani que era mayor que yo. El marido de Andrea
vivía desde hace mucho rato aquí, trabajando en la Compañía
Colombiana de Tabaco y en la Federación Nacional de
Cafeteros, siempre de cotero”.

Según Freema Herazo, un investigador palenquero residente


en Barranquilla, “la primera mujer palenquera que llegó a
Barranquilla; de no estar yo equivocado, fue Andrea
Cassiani. Gracias a ella, en está ciudad y en otras partes,
se dio a conocer la elaboración de bollos. Vicente Caceres,
su marido, fue uno de los primeros palenqueros que entró a
trabajar en empresas de Barranquilla allá por los años 1936
a 1938, en Coltabaco”.

De acuerdo con los datos temporales ofrecidos por Pedro


Valdez, se puede situar la llegada de Andrea Cassiani a
Barranquilla entre 1914 a 1920 y su marido Vicente,
alrededor de 1900 a 1905.
53

Otro viejo habitante del barrio Abajo y pariente de Andrea


Cassiani fue Sergio Cassiani. Sobreviente de esa vieja
generación de palenqueros barranquilleros es María de los
Santos Miranda. Con 83 años de vida, de los cuales en 79 ha
sido testigo de los sucesos del Abajo, indica que uno de
sus tíos se llamaba precisamente Sergio Cassiani. Señala
que “ mi tío tenía tiempo de estar viviendo en
Barranquilla. Trabajaba en la Compañía Colombiana de Tabaco
y vivía en un sector del barrio Abajo por los lados de
detrás de la Fagrave. Ahi viví yo y allí fui que lo
conocí”.

El sector que indica María de los Santos es la parte mas


cercana del barrio Abajo a la zona portuaria e industrial.
Una serie de viviendas que colindan con las grandes
paredillas de las fabricas. Un sector tan deprimido, tan
encerrado, que los otros afrodescendientes del Abajo le
dicen despectivamente Chambacú, como el antiguo barrio
ghetto desaparecido de Cartagena de Indias, sobreviviente
temporaneo del guerrero palenque de La Matuna.

Sobre esa misma zona urbana situa su relato Pedro Valdez:


“En 1939 mi tío Justo Valdez trabajaba desde hacía bastante
tiempo en el Ferrocarril a Puerto Colombia. Es más, cuando
tenía 12 años, yo, su sobrino, me embarcaba allí de sapo.
Yo me escondía del tío porque si veía que me colaba en el
tren me cascaba. Allí también trabajaba Abraham Cáceres,
primo hermano de mi madre. Era gente que no querría verme
por allí, metido en los vagones y jugando en los rieles de
la estación. Una vez, en el año 1942, íbamos una barra de 6
amigos corriendo. Cuando el tren venía por los lados de la
Base Naval, venía pasito, calmado. Allí donde queda
Fagrave, veníamos corriendo tras el tren. En eso, el Mono
Santana, al brincar al tren, perdió el equilibrio y cayó,
pasando el tren sobre el cuerpo y brincando la cabeza
54

solita en los matorrales. Yo me asuste y llegue a mi casa


escondiéndome debajo de la cama. Cuando llegó la noticia a
la calle Bolívar, donde también vivía el Mono Santana, dice
mi tía: “Y Cassianito, que no le he visto, oyendo las malas
noticias y nada de él”. Yo calladito debajo de la cama.
Cuando salí de abajo se me notaba el miedo y dice mi
hermano entonces: “Cassianito también estaba ahí con el
Mono Santana”. Me cogieron y me templaron duro. Ahí se
acabo la vagabundería del tren”.

Del testimonio de Pedro Valdez surgen varios hechos. Uno es


de la vinculación laboral de los afrodescendientes del
barrio Abajo con la Barranquilla Railways Company y su tren
a Puerto Colombia. Allí servían a bordo de los vagones o en
las labores de cargue y descargue de mercancias. Para
Joaquín Valdez Cassiani, y puede observarse como se repiten
los mismos apellidos; ya sea materno o paterno, indicando
que esta precisa migración tuvo –como otras iguales- unos
precisos linderos familiares. Dice Joaquín pormenores sobre
la llegada al Abajo y de su tiempo posterior de salida:

“Mis padres llegaron a Barranquilla en 1914 al barrio


Abajo. Allí me críe, entre la calle Santana y callejón La
Alondra, en un pasaje arrendado. Después me mudé para el
barrio Las Nieves”.

LA UBICACIÓN EN EL BARRIO
La llegada a Barranquilla significaba en la realidad
cotidiana de los afrodescendientes del sur del departamento
del Atlántico y del norte de Bolívar, una forzosa búsqueda
de vivienda entre los paisanos y familiares del barrio
Abajo. Un habitat con características especiales, una
especie de reproducción de las relaciones sociales
imperantes en sus poblaciones, pero adaptado a las
necesidades que suministraba la ciudad.
55

Son constantes de emigración, vivienda y trabajo que se


repetían de una persona a otra, de una familia a sus hijos
y a la extensa parentela. Deivis Cassiani Caceres, con dos
apellidos que se repiten en las calles del barrio Abajo, da
su versión sobre estos procesos de llegada al vecindario:

“Mí abuela me contaba que la gente que venía de Palenque


llegaba a Barranquilla al barrio Abajo a casas habitadas
por palenqueros. Ella, desde que llegó, trabajó duro hasta
que adquirió su casa propia. Era hermosísima, al lado del
estadio de béisbol Tomas Arrieta. Allí vivían hasta 7 y 8
familias sin cobrarles ni un peso. Ellos solo colaboraban
con la comida, ya que para ese entonces no se pagaba por
los servicios públicos. En general, en esa casa vivían
normalmente como 30 personas”.

“Mi abuela se dedicó a la ventas callejeras y tuvo la


oportunidad de trabajar en algún momento en la cercana
fabrica Gracetales. Mientras tanto, mi abuelo se dedicó a
la parte textil, pues laboraba en una fábrica que estaba
alrededor del barrio Abajo”.

“Pues bien, ella un día vendió esa casa y compró dos en el


barrio Mequejo. Porque mi abuela también decía que allá se
podía seguir con la tradición de comercializar los cerdos.
Los palenqueros criaban cerdos y después los vendían,
entonces ese negocio que ellos tenían en Palenque, no
podían seguir haciéndolo en un barrio como el Abajo. En
cambio, en esos territorios de acá, extensos y enmontados
si podían hacerlo. Así se mudaron para buscar un entorno
más familiar”.

Muy pocos compraron casa en el barrio Abajo. Aún teniendo


bajos costos las propiedades raíces, el nivel de efectivo
para adquirirlas era exiguo y muchos de los propietarios de
56

estos solares y viviendas, preferían arrendarlos pues de


esta manera había mas rentabilidad. Al respecto de lo
anterior dice Lina Esther Padilla, una palenquera con más
de setenta años, que pasó por todos esos procesos de
vivienda:

“A nadie se le dio por comprar en el barrio Abajo y eso que


las casas eran baratas. Todos vivían era Aquilao. Yo me
acuerdo que cuando me vine pelá, hasta donde me acuerdo yo,
en un cuarto vivían un poco de gente”.

“En una casa vivían hasta cuatro familias. En la casa


donde vivía tío Clemente, tenía adelante la sala y el
cuarto. En el segundo cuarto vivía tío Cachaco con tío
mayor y en el otro cuarto, Ramonita con el difunto Jasien.
En el patio había otro cuarto dónde vivía Tomasita con Pepe
y así. Esas casa eran alquiladas, toas eran alquiladas y
ellos pagaban y venían de Palenque. También me acuerdo que
venían de Palenque a trabajar pa´ compra ropa 20 y 30
vestidos para las fiestas y su poco de comidas y ninguno
decía: “voy a comprar mi casa. Na´ ma´ venían a trabajar,
comprar ropa para ir a lucir el traje a Palenque y esa
gente hacían plata. Las que venían a vender, vendían y se
iban”.

“Los que estaban aquí vivían aquilao. Entonces como


nosotros los palanqueros somos así que a ondeé hay uno
quiere haber 20, como yo vivía aquí, si venía algún
familiar mío, se bajaba aquí. Viendo que yo vivía en un
cuartico también se metía aquí. En ese cuartico vivían
varios, pero el que tenía su casa arrendá eran las personas
que vivían aquí”.

“El único que yo me acuerdo que tenía casa na´ ma´ en el


barrio Abajo fue Onofre Herrera y el viejo Sikito con tía
Clementina. Los demás, todos vivían aquilao, y te lo digo
57

desde la edad que te estoy diciendo que vine. Los demás no


se apuraban por nada”.

No todos lo que llegaban al barrio Abajo lo hacían por


trabajo. Otros, vislumbraban las virtudes de la educación
empujando a sus hijos a la academia con el propósito de
capacitarlos en oficios y profesiones. Eso es lo que señala
la profesora de danza Matilde Herrera, de 54 años:

“Mis abuelos no querían que ellos se vinieran para acá,


pero mi papá se vino de Palenque porque querría que sus
hijas fueran profesionales. Somos cuatro mujeres. Yo creo
que le dijeron varios paisanos que se vinieran. Uno de
ellos era un tío que se llamaba Salome Herrera. El vive
todavía y su casa esta por la casa del carnaval”.

“Cuando mi papá llegó a Barranquilla se mudó a un pasaje al


lado de la casa de su tío. Salome ubicaba a todos los
palenqueros que llegaban en ese pasaje, que tenía a los
lados varias piezas que daban a un patio grande donde se
lavaba, se planchaba, se hacían las alegrías, los bollos y
se festejaban los acontecimientos”.

“Un día de rutina de aquella época era que mi mamá traía su


maíz desde el mercado y lo transformaba en bollo. Salía a
las cinco de la tarde a vender. Nosotros, las muchachas,
nos llevaban enfrente, adonde las monjas del Ester de
Peláez y allí pasábamos todo el día”.

Por su parte Angélica Herrera, nativa del barrio Abajo, de


oficio promotora cultural sostiene que los palenqueros
llegaron a debatir su necesidad de vivienda propia con la
encrucijada de las ventas diarias en un sector de la ciudad
cercano al barrio Abajo. Sostiene Angélica que:
58

“Mis papás se quedaron siempre entre el barrio Abajo y


Montecristo. Nunca salieron de aquí porque se dieron cuenta
que el palenquero que salía de ese barrio a la invasión en
la Manga pasaba trabajo y necesidades”.

“Sobre todo con el agua, pues para aprovisionarse tenían


que ir a una loma que en una subida como a 2 kilómetros.
Una distancia que era bastante larga y que no compensaba
las necesidades iguales que había en el pueblo para venirse
de allá a pasarla acá. Mejor dicho, se mudaron para hacer
aquí otro palenque”.

A la loma que se refiere Angélica es a la Barranquilla de


urbanizaciones formales de finales de la década de los 50 y
comienzos de los 60. Cubiertas en los años 60 con el
servicio de agua que prestaba el tanque de Las Delicias con
un surtido que llegaba hasta al barrio del mismo nombre y
que llegaba justo a los barrios Olaya y San Felipe. En la
parte baja de la loma aludida surgieron La Manga, Bajo
Valle, La Esmeralda y Nueva Colombia. La decisión de
quedarse dentro de los vericuetos afectivos del barrio
también tiene relación con el transcurso de la vida misma
de los habitantes afrodescendientes. Ese hecho le sucedió
al octogenario Pedro Valdez:

“Yo llegue a Barranquilla de manos de un señor llamarse


Joaquín Blanco. Mi tía vivía en el barrio Abajo en la calle
Bolívar (41) entre Luz y Robles en una casa alquilada.
Ellos estaban hace rato aquí. A mi tía en el pueblo no la
conocían, yo vine a conocerla cuando llegué aquí”.

“Por suerte, apenas recién llegado, un señor de apellido De


la Hoz buscaba un muchacho para que trajera yerba del
mercado. En esa época, con el burro embarcaba la carga de
los buques fluviales en el terminal. Por eso me pagaban
mensual centavo y medio”.
59

Continúa Pedro Valdez describiendo a la gente que conoció


en esa temporada en el barrio Abajo:

“En la calle Bolívar vivían varios palenqueros: mi tío


Justo, mi tío Ángel, Porfirio Cassiani; es que era una casa
grande y las piezas daban para que vivieran varios. Claro,
que el cabeza de casa era uno solo”.

“A mi esposa la conocí en el barrio Abajo. Se llamaba Juana


Herrera. Me case con ella por lo católico en la iglesia del
Rosario en el año 1950, domingo de carnaval. Justamente ese
día hubo un motín allá en la cárcel Modelo. Se escaparon un
poco de presos y mataron también a otros. Total, el baile
que estaba animado, la gente bailando, y de pronto tiros,
cójanlo, decían, pan, pan, tiros. Allá va, decían, y la
policía detrás. Todo el mundo busco esconderse. La fiesta
era cerca de Fagrave, calle Santana entre la 54 y Topacio.
Estaba cerca de la Modelo. El baile era con pico”.

En esa convivencia forzada en una misma casa, en un mismo


techo, forja aún mas los lazos de solidaridad, extendiendo
el sentido amplio que tienen los afros de la familia. Eso
es lo que dice Concepción Torres de Cañate:

“Mis amigas todas murieron. La negra Vicenta, Amparo, todas


nosotras convivimos. Cuando yo me casé, vivíamos todas
juntas en el barrio Abajo, aún estando casadas. Todas en un
mismo sector, todas cuatro en una misma casa. Anteriormente
se cogía una casa para seis personas perfectamente bien,
sin haber ninguna molestia”.

Una descripción de la vida familiar en el barrio Abajo tras los


pormenores de la llegada es la que hace Rafael Cassiani Vargas:
60

“Yo me vine para acá desde los 16, 17 años a trabajar,


porque quede huérfano de padre y madre. A mí me crío una
tía y al fallecer ella tuve que venirme para acá, al barrio
Abajo, donde vivía una hermana mía. Ella se llamaba Amelia
Cassiani que vivía con el “Mojones” Cáceres, que por
desgracia murió. Yo llegué a Barranquilla en 1953 y viví en
el barrio Abajo hasta 1964 cuando me mudé”.

“Yo prácticamente me saque a mi mujer Andrea Pérez en 1959.


Me iba a casar pero tuve que irme a Venezuela. Total,
cuando regresé en 1960, me casé con ella y nos mudamos para
la casa de mi hermana en el barrio Abajo. En ese tiempo la
hermana mía tenía una pieza, un cuarto y nosotros teníamos
la sala. La casa estaba dividida así: en dos piezas
vivíamos dos familias”.

Eso es lo que dice también María Elena Gutiérrez, de 73


años de edad:

“Yo soy de de San Basilio de Palenque nacida, criada y


bautizada. Yo vine aquí como a la edad de 14 a 15 al barrio
Abajo, en el Callejón de La Palmita, por el estadio Tomás
Arrieta. En el año 1964 me mudé del barrio”.

“Me recibió una prima hermana, que era más o menos como
hermana, porque nos levantamos junta allá en el pueblo.
Zoila Cassiani Gutiérrez; se llama ella. Yo no pagaba nada
porque era mi prima hermana y yo estaba recogida donde
ella. Yo me inicie a pagar cuando me hice mujer y cogí
obligación en la pieza, porque antes se decía pieza y no
apartamento. Yo me case con mi esposo en el año 1954 el 1º
de agosto a las 10 de la mañana en la iglesia del Carmen”.
61

Para el investigador palenquero Freeman Herazo Padilla, la


inicial llegada de los palenqueros al barrio Abajo fue por
los lados del sector –la calle -El Limón. Pero así como
algunos llegaron al barrio Abajo con las intenciones de
mejorar la vida, al mejorar las condiciones de vida por los
ingresos, se mudaban, pero sin perder los nexos con la
familia y amistades. Es el caso de Felipe Valdez, de 73
años de edad:

“Nací en San Basilio de Palenque. Llegué a Barranquilla


hace mas de 50 años a donde mi tío Menejo Ávila, en el
barrio Abajo. Vine a conocer a mi tío, mi familia que
estaban en Barranquilla”.

“Apenas llegué me mude a trabajar a la casa de Emilio


Vengoechea en la carrera 51 con calle 79 en el Alto Prado.
Allí trabajé de jardinero hasta que me case en el 59 en la
Iglesia del Rosario del barrio Abajo”.

Para Andrea Herrera, su llegada hace 47 años coincide con


su matrimonio y confiesa que “Me vine a trabajar. Muy
bonita que fue mi juventud. Yo me hospede en el barrio
Abajo cuando llegué en la casa de mi tío Lázaro Pérez. No
tuve que cancelarle nada por el hospedaje. Viví allí hasta
que me casé. En ese tiempo uno salía en el barrio Abajo a
la hora que fuera y no le pasaba nada”.

Hay nombres que se le dan a sectores y calles que ahora no


aparecen en la nomenclatura urbana. Para Maritza Cassiani
“Mi mamá llego al barrio Abajo. Vivía en la Bodega Helada
con amigas, amistades que ella tenía”. O el periplo urbano
que hace Antonia Hernández Miranda, una recién nacida
palenquera criada de toda la vida en el barrio Abajo
describiendo un sector denominado Lácides Peña: “Viví con
Rafaela, después en el barrio Montecristo y luego nos
62

mudamos para el barrio Lácides Peña que queda antes de


llegar al barrio Modelo”.

De todos modos los palenqueros esperaban una oportunidad


para brincar de los pasajes a la construcción de un nuevo
palenque urbano, tal y como lo atestigua con fecha, Ricardo
Reyes Hernández, a sus 74 años de edad:

“Llegue en 1946 a Barranquilla al barrio Abajo a un pasaje.


Mis padres Salvador Reyes y Segunda Hernández tenían una
roza en Palenque y allí sembraban arroz, yuca y maíz.
Trabajé en diversos oficios. Me casé el 20 de julio de 1963
y me mudé ese mismo año a Nueva Colombia que es donde vivo
desde entonces”.

EL PASAJE DE TODOS

El último palenquero de 84 años que sobrevive en un pasaje


del barrio Abajo es Pedro Valdez. Enjuto, flaco, camina con
dificultad, atribuyendo este reciente mal a una enfermedad
de la columna y a una hernia mal curada. Por avatares del
destino quedó en su dominio una pequeña pieza sobreviviente
del antiguo Pasaje de los Chinos. Viviendo en la calle
Bolívar señala a la cofradía de amigos y familiares:

“En esa calle vivían varios palenqueros: mi tío Justo, mi


tío Ángel, Porfirio Cassiani; es que era una casa grande y
las piezas daban para que vivieran varios. Claro, que el
cabeza de casa era uno solo. Tuve 17 hijos: once hembras y
seis mujeres. Con diferentes mujeres. La verdad sea dicha
yo no tomo, mi única diversión es comer y las mujeres.
Tomaba solo con otros pendejos, no. Tengo una hernia en la
columna y con todo eso voy al mercado, compro pescado,
cocino y vendo gaseosas. Toda mi vida me ha gustado el
trabajo”.
63

“Mis hijos están en Medellín, Cartagena y Venezuela. Cada


quien cogió por su lado y ninguno se acuerda de mí. Nada
más me visita César que vive con su abuela en Caracas. Los
que viven conmigo aquí no hacen sino tomar ron y fumar
marihuana”.

“De mi casa me mude para el Pasaje de Los Chinos, todos


orientales, pero desgraciadamente, cuando comenzó la Guerra
Mundial se fueron. La dueña del lote, lo que quedó con eso,
nosotros le pagábamos 200 centavos por pieza. En la mitad
del patio las bateas, atrás el baño con un zaguán que era
la letrina. Allí vivían bastante palenqueros”.

“Otro pasaje con palenqueros fue el Pasaje Mattos, aquí


cerca de una empresa de laboratorios. Anita era una
muchacha de 40 años que vivía en el Mattos, era inquilina.
Había un pasaje de palenqueros de un tío mío, Onofre
Herrera. Quedaba detrás de la iglesia del Sagrado Corazón”.

“Mi tía se mudo del barrio Abajo para el Bosque que estaba
apenas empezando. Era una invasión. Eso fue por allá por
los años 55, 56. Los que se fueron para el Bosque, del
barrio Abajo, prácticamente nada más fueron los Cassiani”.

“Esta casa en que vivo era una parte del pasaje. Lo que
pasa es que todo esto lo compró Jorge Bolívar en 1975 y me
dejó aquí de celador. El en el lote hizo una fábrica de
bollo pero que va, eso fue un fracaso. Lo hacía en maquinas
y a la gente le gustaba el que fabricaban las palenqueras.
Me dijo un día: “Se queda usted aquí, aunque yo cierre la
fábrica”. Un señor de nombre Habib iba a comprar esto. El
iba a hacer unas casas. Pero su hija le dio leucemia, se la
lleva a Estados Unidos y se le muere. El señor se
desapareció y yo quede aquí prácticamente sin reportarle a
nadie, como si fuera dueño de esto”.
64

También llegaron al pasaje Chino los familiares de Ana


Cecilia Valdez Herrera:

“Mi padre se vino de 14 años y ahora tiene 84. Al llegar al


barrio Abajo alquilaron en el pasaje Chino. Ahí vivían
varias personas morenas y le dieron posada”.

Todavía los pasajes existen como institución criolla de


vivienda plurifamiliar en el barrio Abajo, aunque en la
actualidad no lo habiten ni chinos ni afrodescendientes.

LA RUTA DIARIA DE LAS VENTAS EN EL CENTRO

Ligado a la misma posición estratégica del barrio Abajo en


la topografía urbana de Barranquilla, sus habitantes afros
han desarrollado desde allí, una serie de rutas para vender
los productos que procesan en los patios del barrio. Los
dulces y las diversas variedades de bollos son alimentos
apetecidos que generan una demanda diaria. Los insumos de
preparación se encuentran en las cercanías, en el mercado
público. Para llevarlo al Abajo estaban los coteros, los
burros y las carretillas.

Todo este andamiaje de producción y venta de alimentos fue


factor decisivo al momento de elegir entre quedarse en el
barrio Abajo, o mudarse en masa para otros territorios de
la ciudad, desocupados y a disposición de los invasores,
pero alejados de los circuitos diarios de supervivencia y
trabajo. Eso lo dice, con 63 años de edad, María Cardona
Reyes:

“Vine hace más de 50 años al barrio Abajo a una pieza.


Comencé trabajando a los 14 años como domestica en casa de
65

familia. Después vendí bollos, dulces y frutas. Mi papá se


fue para Venezuela y mi mamá quedó vendiendo frutas pues se
vino para acá buscando un futuro mejor”.

María de los Santos Miranda Cassiani, de 83 años, confirma


que se quedó en el barrio Abajo por motivos eminentemente
prácticos:

“Siempre ha vivido en el barrio Abajo No me fuí para La


Manga porque en el barrio Abajo me quedaba mejor la
“venduta”, porque yo vendía por los lados del Centro, hasta
el parque del Locutor. Además, yo me amañe en el barrio
Abajo”.

Otra ruta de ventas partiendo desde las calles del Abajo es


llegando hasta la Catedral, subiendo al barrio Recreo y de
allí hasta Bostón. Otra, parte desde la carrera La María y
llega hasta El Prado, Alto Prado y Bellavista y finalmente,
hay una ruta popular que empalma con Montecristo y Modelo.
Son rutas que siguieron funcionando, aún después de la
masiva mudada de palenqueros a otras zonas de la ciudad.

Uno de los presupuestos de trabajo que tenían los


palenqueros cuando decidían salir de su pueblo, eran los
saberes ancestrales culturales de la jardinería y la
producción de bollos y dulces. Deivis Cassiani Pérez
explica el esquema:

“Los palenqueros se marchaban para Barranquilla y Cartagena


en donde más posibilidades había puesto que ahí se
encontraban las empresas en las cuales ellos se podían
desenvolver bien. Ellos llegaron al barrio Abajo y se
dedicaron a vender los productos artesanales que ellos
hacían en Palenque; por ejemplo el bollo, las cocadas, las
frutas”. El modo en que se organizaba el espacio interior
de las casas y los pasajes para efectos de producir los
66

bollos y dulces al interior del barrio Abajo lo relata


Matilde Herrera:

“Cuando mi papá llegó a Barranquilla se mudó a un pasaje al


lado de la casa de su tío. Salome ubicaba a todos los
palenqueros que llegaban en ese pasaje que tenía a los
lados varias piezas que daban a un patio grande donde se
lavaba, se planchaba, se hacían las alegrías, los bollos y
se festejaban los acontecimientos”.

5. CAMPESINO: LEJOS DEL BATEY


67

La zona del Canal del Dique, las serranías cercanas y los


extensos cuerpos de agua fueron áreas en que se
desarrollaron los cimarrones en sus palenques. Un
territorio en consecuencia, de ancestros étnicos afros,
marginada de la dinamica productiva de los grandes centros
urbanos y cuya población, al inicio del siglo XX se
dedicaba a las labores de la agricultura en minifundios y
latifundios como lo demuestran una serie de testimonios de
los palenqueros y sanpableros oriundos de Barranquilla,
respecto a sus abuelos y bisabuelos.

Ricardo Reyes Hernandez, de 73 años de edad, nacido en San


Basilio, recuerda que sus padres, abuelos y bisabuelos
trabajaban en las rozas cultivando maíz, yuca y arroz.
Ismael Salinas Cassiani, de 64 años, toda su vida trabajó a
punta de hacha y machete en la siembra y en la ganadería,
oficios ancestrales que tambien practicaban su abuelo
paterno en la ganadería y los maternos en la finca,
sembrando platano, yuca y batata.

Toda esa vasta experiencia traída desde la lejana Africa y


practicadas en las estribaciones de los Montes de María y
en la riveras del Canal del Dique sirvió, no solo como
medio de subsistencia de los nativos, sino para enrolarlos
como personal idoneo para ejecutar las labores del campo en
condiciones duras o difíciles.

Así que cuando en 1906 los hermanos Velez, nativos de


Cartagena de Indias, montaron con otros socios como Rafael
del Castillo y la suprema anuencia del presidente general
Rafael Reyes, un gigantesco proyecto agroindustrial de
siembra y procesamiento del azúcar, el personal que se
contrató en las diversas labores, fueron de las poblaciones
68

de Sincerín, María La Baja, Mahates, Malagana y San Basilio


de Palenque; todos con ancestros afros.59

Central Colombia fue el nombre escogido para este


desarrollo agro industrial, aunque despues fue transformado
por cuestiones legales y familiares. Basta señalar que la
existencia de este proyecto favoreció a la poblacion afro
de los alrededores, que accedía a un tipo de contratación
novedosa, con estipendios fijos y regulares. El proyecto
tuvo varios nombres siendo el último el Ingenio Sincerín o
Ingenio El Batey, desaparecido uno de ellos al inicio de la
decada de los cincuenta y otro, a mediados de los 60 en los
planes de reforma agraria y de reparto de tierras para los
campesinos.

Para manejar diversas áreas del proyecto los propietarios


trayeron de Cuba tecnicos afros desde las plantaciones del
oriente de la isla, quiene aplicaron el esquema de trabajo
de “parcelamientos”, que a la postre produjo resultados
negativos en la recolección de la caña de azúcar. Una de
las herencias culturales de la llegada de estos cubanos fue
la introudcción de los conjuntos soneros de sextetos en la
población afro de la zona, en particular de la variedad
denominada changui oriental.60

El cierre de estos proyectos azucareros dejó cesante a sus


trabajadores. El Incora, organismo estatal que impulsaba la
reforma agraria, a tavés de sus directivos hicieron una
jugarreta que despojó de las tierras a los afros de la
zona, reemplazandolos con personal traído desde el Valle
del Cauca.
59
RIPPOL DE LEMAITRE, Maria Teresa. El Central Colombia. Inicios de industrialización del Caribe
colombiano. Revista Boletín Cultural y Bilbiográfico del Banco de la República. Numero 45. Bogotá. 1997
60
SEXTETOS AFROCOLOMBIANOS. Fundación Cultural Nueva Música. Editorial La Iguana Ciega.
Barranquilla. 2006
69

Cesante un gran población, el panorama de abatimiento


desajusto las precarias economías, forzando una salida de
migrantes hacia los centros urbanos cercanos, como
Barranquilla y Cartagena, o en la búsqueda de la esquiva
fortuna por tierras venezolanas. Los “danmificados” con el
cierre de estos complejos, tras su llegada a Barranquilla,
no llegaron al antiguo territorio del Abajo: buscaron en
donde estaba el nuevo destino de los afros en Barranquilla.
En La Manga, El Valle y El Bosque.

6. EN LA BUSQUEDA DEL PALENQUE URBANO


70

LA FALTA DE ESPACIOS DE VIVIENDA Y LA PRIMERA INVASIÓN


URBANA DE COLOMBIA

Un hecho significativo de la historia de Barranquilla y de


Colombia fue la primera invasión urbana ocurrida en 1914 en
los terrenos de la finca La Cueva de Montecristo, en la
vecindad –pasando el zanjón de La María- del barrio Abajo.
De esa zona escarpada y de difícil acceso recuerda María de
los Santos Cassiani:

“En el barrio Abajo por todas partes vivían palenqueros. En


eso entonces era una “zajulda” que no tenía pisos,
pavimento, agua, hueco, charcos. Pero yo vivía con mis tíos
detrás de donde hoy queda Fagrave. Allá había un barrio
negro”.

Sin embargo, es menester precisar que en esta invasión la


presencia afro no fue tan contundente como la que
ocurrirían posteriormente en la década de los cincuenta y
sesenta en sectores del sur occidente de la ciudad y que
alcanzaron a moldear calles, avenidas, lomas, cursos de
arroyos dándole una particular fisonomía a la ciudad.

Al final de la década de los cincuenta el modelo económico


político que había desarrollado la dirigencia de
Barranquilla durante la primera mitad del siglo XX había
desaparecido. Una serie de condicionantes externos que no
fueron apreciados en su totalidad, ni mucho menos sopesados
para formular posibles soluciones, produjo a principios de
los sesenta las primeras muestras de una crisis de largo
aliento. El colapso del antiguamente modelo nacional de
servicios públicos y el ascenso de una nueva mentalidad
política expoliadora del presupuesto urbano, agotó los
71

discursos de ciudad “pionera”, entrando abruptamente en el


nuevo modelo de ciudad en crisis.

Es en ese momento en que se consolidan capitales políticos


prestando servicios y ayuda a las invasiones de terrenos en
los lotes comunales de la ciudad, por un lado, o brindando
cobertura legal en los privados, por otras. Capitanes
políticos lideraban estas tomas que no pocas veces tuvieron
desenlace violento, construyendo en la practica una ciudad
informal, con otro trazado en sus espacios públicos, mas
campesina si se quiere, en donde todo estaba por hacerse en
materia de infraestructura.

Es en esas condiciones donde comienza el trasteo de los


afrodescendientes del barrio Abajo, a otros sectores
“incivilizados” de la ciudad, con el claro propósito de
consolidar en unas nuevas condiciones urbanas y
ambientales, la posibilidad de un terreno y vivienda
propia.

Así aparecen las migraciones a los barrios El Bosque y San


Pachito, en la década de los cincuenta; y sobre todo, el
gran trasteo en la búsqueda de un palenque propio ciudadano
a los terrenos de La Manga, que eran extensas lomas
cruzadas por arroyos arenosos que en invierno se convertían
en barrizales.

SAN PACHITO

Un conocido enclave afro en Barranquilla es el barrio San


Francisco o Atlántico, mas conocido popularmente como San
Pachito. Su historia no tiene los ribetes de gran migración
que sí ostenta el Abajo, que por cierto queda relativamente
cercano, siguiendo el curso del río Magdalena y del antiguo
tren a Puerto Colombia en el trayecto de la actual Vía 40.
72

Tampoco tiene la epopeya de la diáspora, casi con ribetes


de estampida, que tuvo la huída al barrio La Manga.

Uno de las esquinas claves actuales del barrio es el


estadero El Dog Out. Nombre de ancestro beisbolero,
siguiendo la tradición deportiva de los barrios Abajo y del
Montecristo. Pero en el Dog Out no había bases ni bates:
solo un estruendoso picó salsero que alegraba el panorama
sonoro de los habitantes del sector los fines de semana
matizados por las respectivas cajas de “frías” bajo la mesa
mientras se disputaba una ardorosa partida de domino.
Reinado efímero el del Dog Out, pues al principio de la
década de los ochenta una empresa constructora promovió la
creación de un barrio de edificios de 4 pisos, Villa Tarel,
cerrados con una malla, para apartar a los nuevos vecinos
blancos de la “negramenta” indeseable del sector y de los
llamados rítmicos del picó. Poco tiempo después, la cantina
cerraría.

Una de las habitantes afros de San Pachito es la coreógrafa


e investigadora cultural Luz Marina Cañate Tejedor. Con esa
prosapia de apellidos uno sospecha de sus ancestros no tan
lejanos en el pueblo de San Basilio de Palenque. Tiene 54
años en el 2010 y es directora de la danza de carnaval
Bambazú. Novia de Abraham Cáceres, conocido coreógrafo del
carnaval de Barranquilla, folclorista e investigador de
tradiciones africanas; Luz Marina recuerda la historia de
su familia que es, en cierta forma, la misma de San
Pachito:

“Mis apellidos son palenqueros. Mi mamá se llamaba


Francisca Tejedor Reyes y mi papá Donaciano Cañate Ortega.
El nació en San Basilio de Palenque y mi mamá en una
especie de retiro; fuera del pueblo, que se llamaba
73

Culebra, porque allí abundaban las culebras. Ellos se


conocieron en Palenque y allá se casaron”.

“Se vinieron para Barranquilla en el año 1945. Yo nací en


1956 aquí en Barranquilla. Su llegada acá fue en la
búsqueda de un mejor horizonte, de pronto, vislumbrando una
mejor educación para sus hijos. Cuando llegaron a
Barranquilla se mudaron, como todos, al Barrio Abajo al
pasaje Chino. Después al Limón, donde vivieron un buen
rato. Este pasaje queda por los lados del Ester de Peláez”.

“Después de vivir allí se vinieron para San Pacho en unos


condominios que habían allí, unos pasajes, donde se vivía
como en el barrio Abajo. Mi mamá, en sus recorridos diarios
que hacía para vender dulces y bollos, pasaba por este
sector y vio que habían loteado estos terrenos. Habló con
la señora que era dueña para comprárselos y los pagó a
cuotas. Así construyo está casa en San Pachito”.

“Aunque parezca lo contrario, en San Pachito hay muy pocos


negros. Acá, a este barrio, solo llegaron tres familias de
palenqueros: Los Cañate Tejedor, Cassiani Cáceres y
Cassiani Cassiani, que viven por aquí, una cuadra más
arriba. Para los otros palenqueros, cuando descubrieron
este sector por acá, les parecía que era muy lejos del
Centro y por eso no les gustó. Sin embargo, fíjese que yo
estudiaba en el Ester de Peláez y me iba y venía de a pie.
Por aquí derecho, llega uno rápido al centro”.

“Pero las tres familias de palenqueros que les mencioné, sí


se quedaron. Y se fueron reproduciendo. Viven por aquí
también negros de Cartagena. Lo que pasa es que muchos de
ellos no se perciben como afros. Ahora de pronto si se
miran como negros debido a las prerrogativas que ofrece la
ley 70 y porque ahora la Ministra de Cultura es negra. Ah,
74

y como el presidente de Estados Unidos es negro, los negros


están de moda”.

“Nos toca duro con la tradición cultural de montar danzas


para el carnaval, pues muchas veces no hay patrocinio y nos
toca todo el año hacer bingos, rifas y otras cosas para
costear los gastos. Lo hacemos con gente de San Pachito y
de otros lados”.

VAMONOS PAL´ EL BOSQUE

Uno de los barrios incipientes que absorbió la inmigración


afro a Barranquilla en la década de los cincuenta fue El
Bosque. Ubicado en la salida de Barranquilla, cercano a la
carretera de La Cordialidad, sus terrenos barrosos y
escabrosos constituían un verdadero reto a la hora de
levantar las paredes de las viviendas. En la historia de la
toma por parte de los afros de estos terrenos, se
encuentran las figuras de celebres capitanes de los nuevos
políticos. Entre ellos se encontraba Claudio Urruchurtu,
que posteriormente formaría su propio grupo llamado Bola
Negra con el que llegó hasta el Concejo Municipal en una
larga temporada de los años sesenta. En entrevista
concedida en marzo de 2010 al diario El Heraldo, este
confiesa: “fui el promotor de diversos sectores barriales
de Barranquilla como El Bosque, La Paz y Nueva Colombia”.61

Federico Cassiani, con 53 largos años a cuestas, nacido en


San Basilio de Palenque en el hogar de Carlos Cassiani
Cañate y de Ceferiana Cassiani, nieto de Salvador Cassiani
e Isidora Cáceres, recuerda que antes de mudarse al Bosque
vivía en el barrio Las Nieves en la pieza de la casa de una
tía. Llegó a Barranquilla, recién nacido por allá por 1958.
Casi enseguida sus padres se instalaron en el barrio
Bosque.
61
EL HERALDO. 14 de marzo, 2010. Sección A. Pag. 5
75

La calidad de fundadores étnicos del barrio El Bosque se lo


atribuye Ismael Salinas a una paisana suya palenquera:

“la primera casa fue la de Andrea (Cassiani) y el difunto


Valdez. Luego nos vinimos del pueblo y nos pusimos al lado
de ellos, porque había terrenos y empezamos hacer las
casas”.

Para Pedro Valdés, de 84 años, la salida de su tía Andrea


Cassiani marca los tiempos emigración del vecindario:

“Mi tía se mudó del barrio Abajo para el Bosque, que estaba
apenas empezando. Era una invasión. Eso fue por allá por
los años 55, 56. Los que se fueron para el Bosque, del
barrio Abajo, prácticamente nada más fueron los Cassiani”.

Si bien es cierto que hubo toma de tierras en este sector a


través de la invasión, también hay testimonios que muestran
con claridad que estos terrenos se negociaban. Joaquín
Valdez Cassiani, de 67 años, presenta un itinerario urbano
en Barranquilla que empieza en una pieza arrendada de la
calle Santana, callejón La Alondra. Después, dice, “mis
padres compraron un solar en el barrio Las Nieves y allá
hicieron una casa. Luego de allá compraron en El Bosque”.

Similar periplo hizo Ana Cecilia Valdez Herrera, de 50 años


de edad: “Mis padres son de San Basilio de Palenque. Mi
papá se vino para Barranquilla a la edad de 14 años. Ahora
tiene 84. Llegamos al barrio Abajo y allí alquilaron una
pieza en el pasaje Chino. Ahí convivían varias personas
morenas y le dieron posada. Después nos mudamos al barrio
Las Nieves, allí nos robaron y pasamos a San Felipe. Por
eso mis padres retornaron en el barrio Abajo. Ahora vivo yo
en el barrio El Bosque con mi familia”.
76

Ese recorrido parece calcado por Augusto Valdez Cassiani,


de 53 años de edad, que vive en El Bosque con su esposa y
su hijo. Antes vivió en Cartagena, en el barrio Sevillo,
llegando a Barranquilla hace 40 años a la casa de una tía
en el barrio El Bosque. Reconoce que todos estos
movimientos lo hicieron impulsados por el factor económico.
Ahora vive en El Bosque confirmando, además una constante
de apellidos palenqueros en ese barrio: Los Valdez y los
Cassiani.

Para Franklin Fontalvo la llegada de su familia a


Barranquilla y mas concretamente al barrio El Bosque fue
para mejorar los ingresos que estaban muy malos en el
pueblo.

Un particular drama familiar es el presenta Faustino


Torres, de 58 años, nativo de Palenque. Confiesa que ahora
vive solo con las hijas en El Bosque tras el abandono
absoluto de su mujer. Dice que:

“Desde que llegue a Barranquilla he vivido en El Bosque. Me


vine de Palenque buscando trabajo, pues no ganaba mucho en
la agricultura. Me hospedó una prima mía ya fallecida,
Hortensia Cassiani, que tenía su casita en este barrio. Yo
no le pagaba nada sino que la ayudaba. En esa casa vivía
una sola familia: las cinco hijas de ellas y el varón”.
“En esa época la calle Murillo era chiquita y angosta. El
Bosque no tenía luz eléctrica y nos alumbrábamos con
mechón”.

Todas las características de típico barrio de invasión, sin


servicios públicos ni calidad de vida, ocurrieron en El
Bosque, cuyo nombre remite por cierto a un barrio clase
media alta de Cartagena. Un barrio que creció además, al
pie de la loma en que sonaban los picós y burdeles de La
Ceiba al finalizar la década de los cincuenta y durante
77

gran parte del transcurso de los sesenta, y que hacía volar


la imaginación de los palenqueros que subían a vislumbrar
el jolgorio, no siempre bien vistos por los propietarios de
los negocios que les imponía el racismo de entrada o los
etiquetaban como posibles delincuentes.

Para la sexagenaria Encarnación Torres, toda su vida, desde


los 18 años, ha transcurrido en el Bosque, tras su partida
de Palenque, por el miedo que su esposo les tenía a las
culebras tras la picadura en pleno monte de una de ellas.
Confiesa que “llegamos a la casa de la señora Andrea, sin
pagarle nada por estar de por medio la suegra mía. Después
salimos de allí para vivir un tiempo donde Josefa Márquez,
en el mismo barrio El Bosque. En esa casa vivían bastante
familias, cantidades!”

“Cuando llegamos al Bosque todo esto por aquí era puro


monte. No había agua y cuando llovía, toda se inundaba. El
personal que estaba mas abajo tenía que salir por atrás
porque el agua se metía con fuerza. Cuando yo llegué adonde
Andrea, ellas estaba acá desde hace mucho tiempo. Yo creo
que ella se vino de Palenque bien pequeñita. Mas bien es
como barranquillera”.

La condición de inhóspito del terreno en donde se asentaría


el Bosque lo describe Sonia Valdez Cassiani: “El Bosque era
puro monte y loma. Arriba pasaba un arroyo y para salir uno
pisaba y se hundía el pie hasta la rodilla. El nombre del
Bosque es porque estos eran de unos indios, aquí
encontraron bastante carabelas y cosas raras”.

Uno de los más graves problemas del barrio El Bosque es la


inseguridad. Si bien es cierto que esta situación de orden
público es general en amplios sectores de la ciudad, en
este barrio tiene un ingrediente adicional y es que los
78

afros, y más concretamente sus hijos, perdieron el sentido


solidario y fraterno, convirtiéndose en habitantes “sin
alma”, ejerciendo el malevaje contra su propia étnia.

Encarnación Torres, una de los habitantes afros del Bosque


sostiene que antes “uno podía andar bien en el pueblo,
porque era sano. No había ese corrompimiento de ahora.
Antes yo salía a vender por las calles con mi suegra y
nadie se metía con nosotros. Ahora uno no puede ni salir”.

Sonia Valdez Cassiani, de 52 años, parece desmentir esta


rotunda afirmación al decir que “temprano hago los fritos,
los vendo y en las tardes salgo a visitar a mis amigas en
todo El Bosque”. Lo mismo que Ismael Salinas Cassiani, de
64 años, cuando explica sus rutinas diarias en el barrio:
“Me levanto, hago el tinto, desayuno, voy al trabajo y en
la tarde me reúno con mis amigos a echar cuentos”.

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA NUEVA COLOMBIA EN LA MANGA


DESHABITADA

Una investigación de Elza Uzandizaga, en 1967, sobre los


barrios de invasión de Barranquilla, demostró que en estos
barrios, el 70% de los entrevistados eran inmigrantes que
desde hacía tiempo vivían desde en la ciudad. Algunos
tenían 5 años y otros 20 de residenciados en Barranquilla.

Como hecho que corrobora el peso dentro de esta amplia


emigración nacional –ya la del exterior había cesado-, los
afrodescendientes que llegaron a la ciudad en esa época de
finales de los cincuenta y principios de los 60 procedía
del departamento de Bolívar, es decir de poblaciones
cercanas a la zona de San Basilio, Malagana, San Pablo,
Mahates, María La Baja, Malagana y poblaciones aledañas.
79

Una serie de procesos que para la ciudad implicó asimilar


cambios en su cultura y comportamientos sociales. 62

Fue en esa precisa coyuntura, cuando ya el barrio Abajo no


podía recibir más inmigrantes afros y ante esta demanda
creciente que impulsaba el alza en los costos de los
arrendamientos, cuando ocurrieron las invasiones entre 1961
y 1963 a los terrenos de La Manga, en una zona despoblada y
boscosa, pero próxima al casco urbano. Terrenos que fueron
rápidamente ocupados por emigrantes afros con todo su
núcleo familiar, extendiendo los limites de la ciudad y
provocando profundos cambios urbanos para lo que hoy se
considera que constituye otra ciudad, dentro de la ciudad:
el complejo sur occidente de Barranquilla.

Asneris Pérez llegó con sus padres desde Palenque en 1944.


Como todos, prosiguieron la constante de aterrizar en el
barrio Abajo, en una casita alquilada. Dice ella:

“Ya ahí todo el mundo empezó crecer, a buscar su rumbo,


hasta que estuvimos grandes y nos ocupamos en hogares
aparte. Me mudé para el barrio El Valle en 1961. Y mis
papás se mudaron en la misma época para el barrio La Manga.
Uno dice que los tiempos de antes eran mejores que ahora
por lo que uno conseguía todo fácil, pero yo creo que todo
sigue igual. Antes era difícil conseguir la plata, y vea
usted, habían tantas cosas baratas, pero no se podían
comprar en aquel tiempo por que era difícil conseguir la
plata”.

“Nosotros en allá en el barrio Abajo, donde todo era tan


barato, y nos venimos todos los palanqueros para el barrio
el Valle, para el barrio la Manga, pudiendo hacerse uno en
el barrio Abajo”.

62
Del informe: Tres barrios de invasión
80

Sin dudas, el cambio abrupto de encontrarse en el centro de


la ciudad, en su medula íntima, como era el barrio Abajo,
para pasar a un modelo campesino dentro de la ciudad
produjo sus traumas.

Las costumbres urbanas traen sus necesidades y así muchos


evaluaban “el progreso” de una mudada al sector de La Manga
y El Valle. La carencia de servicios públicos, de colegios,
de transporte; pero era preferible todas esas privaciones
en el afán de constituir un habitat propio, una imitación
de Palenque en plena ciudad.

La profesora de danzas Matilde Herrera tiene claro todos


esos procesos. Y recuerda que su mamá anda por los 79 años
pues nació en el 30. Dice que esa potestad familiar que:

“En el barrio Abajo, aparte de los Herrera, estaban los


Cañate, los Valdez. Todos ellos se mudaron para el Valle y
Nueva Colombia. Yo viví en el barrio Abajo como 8 años. Mis
hermanas, como son mayores, vivieron más. De ahí del barrio
Abajo, no se quién de ellos, se dio cuenta que en La Manga
estaban dando unos terrenos. Y ellos le pagaban arriendo a
una señora que era la dueña de ese pasaje. Ya en últimas
les aumentó tanto que ellos no podían pagar y por eso se
mudaron. Mi papá nos pagaba estudios a nosotras y por eso
no le alcanzaba. Mi hermana la mayor estudiaba en un
colegio que quedaba por la Catedral que se llamaba Pío XII.
El me decía la Limbo, y decía que si se quedaba en el Abajo
no podía pagarme el colegio. El se fue entonces para La
Manga. No hubo políticos en la repartición de terrenos. Un
palenquero se dio cuenta que esos eran terrenos sin dueños.
Ellos llegaban, limpiaban y se metían allí. Todos eran
palenqueros”.

“Todos se fueron para La Manga y El Valle, menos Salome


Herrera, que tenía su casita, y otros que viven arrendados
81

como el señor Evangelista, el del piraguero, enfrente de la


casa del Carnaval. Ese señor era tío de mi mamá. El murió y
la esposa también murió este año. Ellos se quedaron allí
pues vendían comidas, arepas en ese sector y no les
convenía irse”.

“Otros que se quedaron fueron los Pérez, que viven detrás


de la iglesia del Sagrado Corazón. También los Tejedor y un
hermano de mi papá que quedó por ahí por la iglesia pues
compró casa al ganarse la lotería. Para nosotros fue un
orgullo que él pudiera comprar su casa”.

“Mi papá se fue para La Manga. Limpió ese terreno grandote


y allí sembraba yuca, ñame, criaba puercos; el allí volvió
a hacer todo lo que antes hacia en Palenque. Eso era puro
monte y por ahí no iba nunca la policía”.

“Todos los palenqueros eran ricos allí. Llegaban personas


de otros lados y ellos hasta los ayudaban, les daban hasta
comida. Como hacían negocio tenían siempre dinero. Mi papá
vivía en Nueva Colombia. Eso esta pegadito. Mi mamá se fue
también para allá”.

María de los Santos Miranda, con 82 años, es conciente que


en esos tiempos de huída del Abajo, casi se queda sola.
Pero amarradas a una rutina de venta de bollos y dulces por
los lados del Centro, era perdida mudarse a La Manga, tan
lejos de donde tenía todo cerca. Y siguió, hasta el día de
hoy, viviendo en el barrio Abajo, aunque recuerda que
“Cuando se fueron casi todos me dediqué a vender alegría y
bollo. Lo hacia en el patio de la casa de mi tío. Aquí en
el barrio Abajo había bastante palenqueros pero se fueron
bastantes para La Manga y San Felipe”.

“Las que se fueron, que recuerde, muchas están muertas”


dice María de los Santos-. “Cuando yo las conocí en el
82

barrio Abajo ya eran viejas. Me acuerdo de Amelia Cassiani,


que le mocharon una pierna; de Lilita Cassiani”.

La época en que se desajustó el mundo afro del barrio Abajo


todavía la recuerda Pedro Valdez:

“En 1960 y 61 fueron los años que invadieron La Manga y


Nueva Colombia. Allí se fueron casi todos de aquí para
allá. Claro, todo era gratis, armaban sus casas de cartón,
endebles, feas, con techo de calamina vieja, pero al fin y
al cabo ya era cosas suyas”.

De todos modos el cambio implicaba un precario concepto de


propiedad y unas libertades estéticas y de costumbres que
le habían estado vedadas en al alquilado barrio Abajo. Todo
estaba por hacerse, pero era hecho con entusiasmo
colectivo.

Eso lo corrobora Sergio “El Muller” Cassiani, cuando


rememora el tránsito de sus padres para llegar a Nueva
Colombia donde todavía viven. Y Sergio también, porque se
mudó a una casa del sector, mantiene un estadero de salsa y
es propietario de la mítica caseta de baile del barrio; Son
Palenke. Dice Sergio:

“Mi papá vivió en el barrio Abajo hasta el año 1959 cuando


se mudaron a San Isidro, en la 47 b con 27 a la casa de mi
abuelo que en ese momento trabajaba de jardinero en la
Compañía Colombiana de Tabaco. Alquiló una vivienda en ese
sector que era estrato uno”.

“El salto a Nueva Colombia fue rápido. Se corrió la bola


que estaban invadiendo terrenos baldíos y que había espacio
para todos. Los negros tenemos la particularidad de la
unidad, así que siempre todos nos ayudamos. Inicialmente
las invasiones eran por los lados del Valle. Eso fue en
83

1961. Muchos palenqueros se vinieron a coger terreno en ese


barrio armando un cambuche y así fueron bajando hasta
llegar al barrio Nueva Colombia en el año 62”.

Ocho años después, en el inicio de la década de los


setenta, el barrio Abajo había perdido toda la importancia
como epicentro de la llegada de palenqueros a Barranquilla.
Eso lo señala con evidente claridad Matilde Herrera:

“En los años 70 ya los palenqueros que venían no iban al


barrio Abajo sino a La Manga. Las casas eran de madera, los
baños eran en el monte, lejos de la casa. Cuando iban a
hacer sus necesidades decían: “Vete pa´ llá, pa´ el colao”;
que era lo último del patio. El orín de las personas hace
que las culebras se alejen. Así, de esa manera mantenían
las casas libres de culebras y otras alimañas”.

Los problemas estructurales por la carencia de servicios,


los enumera Edith Márquez:

“Los barrios Nueva Colombia, La Manga, Mequejo y El Valle


no eran como son hoy. Teníamos mucha mas necesidades: no
había alcantarilla, ni agua; solo luz. Por eso el agua se
buscaba arriba, en el barrio El Silencio. Y como no había
agua ni alcantarilla, carecíamos de letrinas. Después llego
el agua, la alcantarilla y lo demás”.

La zona de influencia de esta llegada de afros en los años


sesenta y setenta son barrios que hoy tienen los nombres de
El Valle, Bajo Valle, La Esmeralda, Nueva Colombia y
Mequejo; aunque también es notoria la presencia en San
Felipe y Las Nieves.

La historia de Concepción Torres de Cañate muestra el


entrecruzamiento de todas estas rutas de los palenqueros en
Barranquilla. Ella llegó a Barranquilla en 1943 pues su
84

padre cayó enfermo en el pueblo, dice “y una señora al que


le decía La Cucho, me trajo a Barranquilla, a la casa de
una tía en el barrio Abajo. De allí nos mudamos a San
Pachito. Luego a Mequejo, a San Felipe y por último al
Valle, donde vivo ahora”.

Que no es sustancialmente distinta a la de Edith Márquez,


nativa del barrio Arriba de San Basilio de Palenque que
traza todo su periplo barrial barranquillero:

“Llegue niñita a Barranquilla en 1978 al barrio Las


Delicias, al colegio de María Auxiliadora, en la sección
primaria. Viví con las monjas un año. Después me mudé para
el barrio Los Andes, donde una prima. De allí, por
necesidades, me vine para El Valle. Cuando termine en la
universidad estuve en el barrio San Luis un año, luego en
Mequejo y de allí hasta La Manga, en 1999. Otra vez me mudo
y llegó al barrio San Isidro, al Pumarejo en calidad de
arriendo y ahora en Los Ángeles”.

LOS SANPABLEROS EN EL BARRIO LA SIERRITA

La presencia afro es continua en diversos sectores de


Barranquilla, aunque no con la cohesión y la solidaridad
demostrada por los nativos de San Basilio de Palenque en su
nuevo enclave urbano.

Yeni Torres es una nativa de San Pablo, Bolívar, un pueblo


afro sin tanto protagonismo como el palenquero. Ella
reconoce su comunidad:

“Palenque, por ejemplo, maneja un lenguaje que en San Pablo


no lo tenemos. Su cultura y su identidad se han conservado,
pero en cuestión de las costumbres veo muchas mucha
afinidad porque todos venimos de la mismas raíces”.
85

“La comunidad de San Pableros se encuentra ubicada en su


mayoría en el barrio La Sierrita. Es una comunidad que no
ha demostrado mucho en Barranquilla, porque la verdad es
que aquí nos confunden. Todos los negros que ven creen que
son nativos de Palenque y por eso no hay esa identificación
entre nosotros mismo con la ciudad. Palenque ha aportado
más en la parte cultural más que la misma gente de San
Pablo”.

SEPELIO EN SIAPE

Otra pequeña, pero importante comunidad afro barrial en


Barranquilla es el barrio Siape. Ubicado a orillas del río
Magdalena, este punto era, originalmente, uno de los
paraderos del viejo tren a Puerto Colombia.

Noticia de ellos y de sus ligazones con los afros del


barrio Abajo la ofrece la octogenaria María de los Santos
Miranda Cassiani, madre de las Herrera, una aferrada
habitante que vive criando a los nietos de una hija
fallecida. Una especie de papá y mamá al mismo tiempo que
se confiesa devota del Sagrado Corazón y que se persigna
cuando confiesa la rutina de su vida actual y de las
vicisitudes de un velorio de paisanas en Siape:

“Yo ahora ando en la casa. Acabo de venir de un sepelio de


una palenquera que se murió en Siape. En Siape hay
bastantes palenqueros. Ellos viven pegado a los lados del
río. Usted llega donde ellos fácil: se mete por la iglesia
y va buscando el río. Cuando de pronto, un poquito antes de
los muelles, lo que ve es puro palenquero”.

CARAQUITA

Dentro del barrio Nueva Colombia existen sub sectores


conformados por personas nativas de poblaciones
86

bolivarenses, como San Pablo y María La Baja. De


descendencia afro, algunas de estas calles tienen en común
algunos rasgos. Como es el caso de la emigración hacia
Venezuela de sus habitantes. Por esa circunstancia la
llaman la calle Caraquita.

Una de las leyendas de cómo se formó esta calle la cuenta


Juan Manuel Valdez, 74 años, natural de San Basilio de
Palenque:

“Barranquilla era de San Felipe para allá. Todo esto era


montaña virgen. Cuando yo me metí aquí solito, paré mi
rancho con triplex arriba y puro triplex abajo. Después
llegó Aguita, Gualdino y se formo Caraquita”.

Los afros colombianos iniciaron en firme la emigración a


tierras venezolanas en la década del sesenta a través de
los caminos verdes ubicados en las fronteras de la extensa
Guajira. Indocumentados, llegaban a los barrios marginales
de Maracaibo y Caracas a juntarse con sus paisanos y a
conseguir” enchufarse” en la economía petrolera boyante de
ese país. Mal mirados en las calles, arrinconados en
barrios caraqueños como Petare, Antimanó, Catia y 23 de
enero, se encontraban los domingos después de dejar sus
oficios de domesticas, jardineros y empleados de oficios
varios en la zona del centro del viejo Caracas, por la
plaza del Silencio, donde eran perseguidos por las policías
en redadas de indocumentados.

Allá nacieron sus hijos y sus nietos. Pero esos ancestros


no son los mismos que los que salieron de Palenque, San
Pablo y María La Baja. Los cambios de país y la cultura
venezolana los han permeado. Viviendo en barrios “duros”
apenas si se adaptan a las nuevas costumbres que puede
ofrecerle un barrio como Nueva Colombia y una calle como
Caraquita.
87

Para Zulay Martínez, de 36 años, el nombre de Caraquita es


porque venía mucha gente de Caracas. “Cuando llegaban
todos, pasaban el rumor” dice, “por ahí vienen los
caraquiteños y así, a esa calle le pusieron Caraquita”.

Una de esas visitantes que se quedó de forma permanente


hace 4 años fue Yurleidis Ozuno González. Sus padres José
Ozuno y Marta González se radicaron en los años 70 en
Venezuela. Nativos de María La Baja, después de recorrer
los ranchos en los cerros caraqueños se mudaron al cercano
puerto de La Guaira, en donde precisamente nació Yurleidis.
Según ella “es una zona repleta de negros colombianos”.
Vive en Caraquita, después del regreso de Venezuela, con su
mamá y su esposo.

Es una historia que comienza seguramente en una roza en San


Pablo, en donde ya ni siquiera alcanza para sobrevivir con
los cultivos de pancoger, cansados de la mala paga del
oficio, dispuestos a jugarse el todo por el todo entando de
ilegales aventureros a aventurar a Venezuela. Angelis
Salcedo, habitante de Caraquita, con 27 años, cuenta la
historia de los ancestros:

“Mi abuelo en San Pablo era parcelero y tenía finca donde


sembraba plátano, mango. Mi mamá cosechaba las frutas y las
iba vender. Hasta que se fueron a trabajar a Venezuela.
Todavía viven allá, en Venezuela, pero tienen sus padres y
hermanos en San Pablo. Incluso tienen una casa allá”.

No todos se marcharon a Venezuela en la calle Caraquita.


Luz Neidis Olivo, de 34 años, nativa de San Pablo, es
enfática en mencionar las causas de la migración desde su
pueblo con las penurias pasadas frente a la actual
situación:
88

“En Barranquilla había muchas oportunidades que en el


pueblo no teníamos y más comodidad. Yo recuerdo que habían
muchas casas peores que las que están ahora; ósea que ahora
las cosas se han modernizado porque antes la gente no podía
caminar, en tiempos de lluvia y ahora está mejor”.

Estos fundamentos de cambio también lo atestigua Argenida


Martínez, de 36 años:

“La verdad, es que las calles estaban malucas y la gente


era como complicada. Pero ahora no, se nota el cambio de
las personas y las calles”.

Unas mejoras urbanas que siente en carne propia Clayton


Guerra Olivo, de 41 años, cuyos padres sanpableros se
mudaron hace 20 años para Santa Marta. Cambios físicos,
como la demolición de la casa de uno de sus héroes
infantiles, la señora Pilar, quien solía divertirlos por
las tardes, cuando nadie tenía televisión, con largos y
divertidos cuentos. Muerta hace algunos años, el último
reducto de su presencia cae y es motivo para que Clayton
rememore que la difunta “Cocinaba bien y siempre nos
atendía contándonos historias de su pasado, cosas bien para
nosotros que éramos unos muchachos”.

Una Caraquita diferente porque en esos tiempos, dice “yo


vivía en La Victoria y cuando venía aquí de visita,
encontraba esto lleno de barro. Ahora todo ha cambiado
bastante en todos los sentidos. Por ejemplo, a veces venía
a fiestas que terminaban en peleas dentro de la comunidad
cosa que después traía sus problemas. Sabe algo? Caraquita
ha mejorado bastante desde entonces”.

SAZÓN A GOLPE DE CURRULAO


89

La inmensa mayoría afro nativa de Palenque en esta ciudad,


ha invisibilizado otras importantes comunidades las cuales
no son reconocidas como un sector social étnico importante.
Ese es el caso de los afros nativos del pacifico
colombiano; del Valle del Cauca, del Chocó, de Nariño. Pese
a esta separación étnica regional, a esta aparente
exclusión, existe una amplia comunidad en Barranquilla con
sectores barriales propios con nombres como Chocó Sazón.
También cofradías y reuniones de la colonia para celebrar
sus fiestas con abundante Aguardiente Blanco del Valle,
borojó, chontaduro, currulao, pasteles y al son de la
música de Niche con Guayacán dando vivas al santo patrono
San Pacho en el día de su fiesta religiosa.

La pregunta clave que hace Damían González Sánchez,


Vicepresidente de la Asociación de la Comunidad
Afrocolombiana (ASOCAF) va dirigida a sensibilizar sobre la
existencia de otros núcleos afros en la ciudad. “¿Usted
cree que la población afrocolombiana solamente vive en los
barrios Nueva Colombia, Me Quejo o La Esmeralda?” Y el
mismo Damian responde que “Hay una gran comunidad del
Pacífico ubicada en el sur oriente, en barrios como Simón
Bolívar, La Pradera, Las Malvinas, Rebolo, entre otros”.
Para él “esta población ha sido invisibilizada por la falta
de comprensión del término “afrocolombiano”.

A diferencia de las masivas migraciones desde la zona del


Canal del Dique y las estribaciones de los Montes de María,
las de los afros nativos del Pacifico han tenido un
carácter esencialmente individual, llegando solitarios a
una ciudad desconocida e intentando acoplarse a ella a
través del contacto directo con sus paisanos.

Si bien en Barranquilla han vivido chocoanos y vallunos


afros, como fue el caso del músico El Brujo Valencia,
90

residenciado aquí a mediados de la década de los cincuenta


durante casi 10 años, conformando en su estadía una
familia, muy pocos supieron de su extraordinaria
importancia. William Asprilla Romaña, un quibdoseño de 56
años de edad, lo reivindica como uno de los grandes
personajes culturales de los afros pacíficos: “Hay un
personaje muy reconocido que acaba de morir en mi tierra.
Le llamaban El Brujo. Hizo mucho por el folclor, me enseño
todo lo que sé sobre joyería. De mi abuelo recuerdo que era
comerciante. Al no le gustaba la usurería. Los campesinos
afros llevaban el oro y mi abuelo se los cambiaba por
víveres”. De el Brujo Valencia y otros amigos músicos como
el Buga y Neptolio, co fundaron con los hermanos Pompeyo en
una noche de mediados de los cincuenta a la Sonora del
Caribe.

Cada uno de los afrodescendientes del Pacifico tiene su


particular historia de cómo llegó a Barranquilla. Para
Damián González Sánchez, de 43 años, su vida actual comenzó
hace 22 años cuando se queda en la casa de un primo en el
populoso barrio Rebolo:

“Tengo 43 años. Llegue a Barranquilla hace 22 años adonde


un primo en el barrio Rebolo. Aquí me casé hace 17 años y
vivo ahora con mi esposa en la ciudadela 20 de julio. Mi
padre era maestro de obra, mi abuelo agricultor y mi mamá
comerciante. Estudie Derecho y soy docente. Soy el
presidente de la Asociación Diego Luis Córdoba. Los
personajes afros en Barranquilla son Samudio Mosquera,
Dolcey Romero y Eustaquio Labe”.

“Recuerdo que en el Chocó hubo un paro donde los


estudiantes afros enfrentamos la policía. Un teniente le
quito la vida a un hermano. Reclamábamos el derecho por la
educación. Nosotros en América, en Colombia no nos han
regalado nada. Todo lo hemos obtenido peleando. Aquí en
91

Barranquilla nos tomamos la cátedra para ganar espacios,


pues la educación es la única metralleta, un arma letal
para enfrentar la discriminación que ha estado enquistada
en nuestro país”.

“La cultura afro esta vigente aquí en Barranquilla en


barrios como La Manga, Nueva Colombia donde hay
asentamientos netamente palenqueros. Nosotros los del
Pacifico estamos en los sectores de La Chinita, La Pradera,
Rebolo, La Central y la Ciudadela”.

La llegada de William Asprilla Romaña fue por causas de


salud. A la edad de 11 años emprendió la aventura de la
emigración a Bogotá, uno de los destinos preferidos, igual
que Cali y Medellín, para los afros del pacifico. Una
enfermedad, la hipertensión, lo convocó a vivir cerca del
nivel de mar y lejos de los Andes: “Llegué a Barranquilla
en el año 2006 a una casa de inquilinato de la calle
Murillo, en Villa Blanca. Actualmente vivo en el barrio
Santo”.

La causa mas común de llegada es la económica. William


Hurtado, de 48 años, nació en Turbo, Antioquia y vive en la
calle 74 con la carrera 22 b, cerca del colegio Carlos
Meisel, con su esposa Julia Ospina y sus tres hijos. Tiene
dos hijos con otra mujer. Vino del Chocó en el año 1986 por
un paisano que lo conocía en Quibdo desde 1986. Después de
ubicado, comenzó su periplo viviendo en varios sectores de
Nueva Colombia, trabajando de promotor de salud. Sobre las
razones de su llegada explica que “En el Chocó no había
empleo y las personas tenían que salir a otras partes en su
búsqueda”. Respecto a la cultura de la comunidad chocoana
en Barranquilla afirma que “Me gusta que para octubre se
celebra la fiesta del Chocó y la hacen en el club de Leones
de la carrera38. Allí se reúne toda la colonia chocoana a
92

revivir lo que se vive allá con los disfraces, la chirimía,


que es lo tradicional, música de pito, el baile, las
frutas, el chontaduro, el borojo, el mirajo y una especie
de carrozas; la que mas bonita quede, esa se gana el premio
del barrio y aquí hacen mas o menos un simulacro de eso”.

Siempre sigue latente la nostalgia de la tierra lejos de


Ella. Encontrar un espacio común en una ciudad desconocida
y emprender otros horizontes vitales. Eso le sucedió a
Denys de Jesús Lloreda Gracia, una mujer de 40 años casada
con un policía trasladado a Barranquilla y nativa del
pueblo de Badago, Chocó. Recuerda los pasos que siguió en
1996 para buscar la dispersa colonia y desde allí revivir
sus tradiciones culturales:

“Tiempos buenos aquellos cuando llegué. Lo primero que hice


fue buscar a los otros chocoanos y nos reuníamos de mucha
nostalgia al comienzo por que era un cambio bien grande
conocíamos poquita personas pero muy bonito por que
automáticamente nos integramos con otra gente de palenque y
empezamos hacer intercambio cultural, hemos aprendido
muchas cosas de la gente de palenque y de María la baja
enriquecimos nuestra identidad y nuestra historia. La
cultura del Chocó se vive en Barranquilla a través de la
gastronomía, arroz de longaniza, arroz con queso, pescado,
con nuestros amigos, pero a parte de eso también la
pedagogía, nosotros hablamos con orgullo de nuestro gualí,
que es parecido al lumbalu de palenque sino que en la costa
del pacifico se lo hacemos a los niños y acá en palenque se
lo hacen a los adultos. Hablamos de la región del pacifico
como una región pujante, tenemos nuestro San Pachito,
fiesta tradicional en que todos nuestros amigos asisten
durante el mes de octubre y en esa fiesta nosotros
mostramos nuestra cultura, mostramos nuestros bailes y
chirimías. La manera de hablar de nosotros también es
importante porque nos identifican por nuestro dialecto”.
93

Otro aspecto de la llegada es por el desplazamiento forzado


a través de los mecanismos de violencia. Se emigra para
salvar la vida, para recoger lo poco que queda o por una
orden perentoria de abandono. Barranquilla es una de las
ciudades de Colombia que mas ha absorbido esta particular
situación de las que no escapan los afrodescendiente del
Chocó. Eso le sucedió a Feni Mena Chaverra, de 30 años de
edad, nacida en Quibdo, un ama de casa que vive con sus
hijos en el barrio Candelaria del municipio de Soledad,
donde se mudó porque le dieron la “oportunidad”, dice, de
cuidar una vivienda. Llegó hace 8 años huyéndole a la
violencia. Enrumbó a Barranquilla porque aquí vivía su
hermana mayor quien la ayudó a superar ese mal momento.
Ahora, le toca defenderse sola, aunque se muestra contenta
de su paz y tranquilidad.

Precisamente en Soledad, se encuentra el sector Chocó


Sazón, donde vive Antonio Cuesta, de 35 años, con su
esposa. Como llegó hasta Barranquilla y el itinerario de
viviendas dentro de la ciudad, lo cuenta con evidente
optimismo, pues tiene varios negocios y ve progreso
económico:

“Vine del Chocó el 3 de enero de 1993. Aquí me recibió mi


hermana en el barrio La Chinita. Ella me dijo que viniera
porque aquí había posibilidades de trabajo. Yo le dije que
me ayudara. Me tocó de mi cuenta salir al centro, buscar
camello en el mercado y con todo eso de mi cuenta ha sido
lo bueno. Desde hace 8 años compre mi casita en Soledad, en
Chocó Sazón”.

Una muestra de contacto entre los afrodescendientes del


Pacifico con los del Caribe colombiano en Barranquilla la
constituye la presencia de la licenciada en etno educación
chocoana Danny Lloreda como rectora del Colegio Paulino
94

Batata Salgado en pleno sector de Nueva Colombia. Casada


con su paisano Martín Rentería, a mediados de marzo del año
2010 recibió un premio como una de las mujeres del año en
la ciudad.
95

PARTE II

1. UN NUEVO Y EXCLUIDO PALENQUE

i pa ma puegkesito í tené i ma ngaína/


y para los puerquitos que tengo y las gallinas
96

Desde finales del siglo XIX venía promoviéndose en


Barranquilla la toma de terrenos comunales por parte de
sectores de la élite. En 1886 el alcalde Antonio Abello se
queja ante el Concejo Municipal de la apropiación de
extensas áreas urbanas por parte de “capitalistas que
dentro de una década, al paso que van las ocupaciones de
los bosques, el pobre labrador no encontrará siquiera un
ángulo de tierra para cultivarla, y entonces tendrá que
pagarle terraje al opulento propietario”.63 Un problema tan
fuerte que en un memorial del 13 de agosto de ese mismo
año, Juan Bautista Insignares confiesa que: “aunque se ha
establecido la costumbre del que todo el que quiera
disponer de tierras comunales del distrito, cercan a
diestra y siniestra, para después venderlos al pobre”. Esta
tendencia continuó durante el siglo XX, y se acentúo al
final de la década de los 50 por la presión de demanda de
suelo urbano de gruesas masas de inmigrantes.

Precisamente en 1957, se plantea como salida radical a esta


demanda de vivienda las invasiones a extensos lotes de la
ciudad de carácter privados y públicos. Al respecto, el
historiador César Mendoza escribe:

“Un gran déficit de viviendas y la fuerte presión de


amplias capas de la población marginada hacían sobre el
suelo urbano se convirtieron en los fundamentos de las
invasiones que dieron origen a barrios como Carrizal
(1957), El Bosque (1958), Villate (1960), Las Américas
(1962) y La Manga (1963), entre otros. Se produjo a partir
de un acelerado movimiento interno de población y la
ampliación de la red urbana, hechos que condujeron a una
recomposición de la estructura territorial y poblacional de
la urbe.”64
63
Citado por Jorge Conde: Desarrollo de Barranquilla 1871-1905/ Archivo del Concejo de Barranquilla.
Libro de 1886
64
MENDOZA, Cesar. Barranquilla durante el Frente Nacional. 1958-1974. En el libro Historia General de
Barranquilla, Sucesos. Academia de Historia de Barranquilla. 1997
97

En realidad, los terrenos en que se levantaron estas


urbanizaciones espontaneas eran los desechados por los
contructores locales ya fuera por encontrarse en zonas poco
atractivas, por tener problemas en su composición geológica
–barro gallego deslizante-, por las temperatura mas
elevadas a que estaban sometidos por encontrarse taponados
y por encontrarse en situación de alto riesgo, todos
ubicados, casualmente, en la franja que hoy en día se
denomina sur occidente. Eran de topografía quebrada, en
pendiente, que caían justo hasta una especie de valle –de
allí el nombre de uno de estos barrios- franqueado en un
lado por Barranquilla y por el otro, en la lejanía, las
elevaciones de Tubara.

En la loma ubicada en la ciudad se ubicó El Silencio como


barrio popular, construido bajo instancia estatal del
Instituto de Crédito Territorial. Dado al servicio a
mediados de los setenta, en la practica sirvió de franja
“aislante” de los barrio espontáneos surgidos a su
alrededor como Mequejo, El Valle, Nueva Colombia, La
Esmeralda y La Manga. Gran parte de ellos habitados por
afrodescendientes.

La distribución del plano de Barranquilla muestra esta otra


ciudad –el sur occidente- con calles y carreras llenas de
meandros y curvas, producto de los acomodamientos
topográficos de los invasores, de la disposición del
terreno y de los cauces de los arroyos que corren entre las
lomas.

Si bien es cierto que muchos de estos terrenos fueron


“tomados” por encontrarse en calidad de baldíos, otros no
tenían esta condición, produciéndose luchas urbanas que
terminaban con el arrasamiento de lo construido.
98

El testimonio de Lina Esther Padilla Estrada es curioso.


Desde la perspectiva infantil de una palenquerita traviesa
que mira como juego los procesos de urbanización popular,
presenta en su testimonio como eran las irrupciones de las
operaciones de desalojo de los terrenos:

“Mi tía hacia petos y cocadas en esa zona de La Manga y las


daba para que las vendieran. Pero yo venía para acá no
tanto a vender sí no a reírme, porque a mí me daba risa que
después que las casas estaban paradas, las tumbaban porque
había un revuelvícola”.

“Esta zona cuando la abrieron se llamaba No mequejo.


Después apareció el dueño y como se había quejado que le
cogieron el terreno pa´ hacé casas le pusieron a too esto
Mequejo. Si, porque el dueño no lo había dao así se quedó;
con el nombre de la queja”.

“Esto lo vendió no sé si un Ordóñez o un Collante. O sea:


el que lo vendió no era el dueño. Tumbaban las casas
después que estaban parás y eso me causaba tanta risa; y yo
me reía y me reía hasta el día en que el tío Clemente me
cogió diciendo: “Yoneida, dile a tía Teresita que se apure
con los pasteles y buñuelos para nosotras irnos a reírnos
por el camino con la tumbazón de casas”.

“A tío Clemente le dio rabia este cuento. Y nos dijo que


como nosotros nos reíamos porque tumbaban las casas y
botaban a la gente con sus chismes a la calle. Ah, y siguió
diciéndonos: “Como ustedes se van a reír y no se compadecen
de esa pobres personas que quedan con todos esos pelaos pa´
dormir en las calles. Cómo?...voy azotarlas a las dos”.
“Desde ese día yo deje reírme, porque yo venía era a
reírme, muerta de la risa mientras tumbaban too eso y
después lo paraban otra vez”.
99

“A la señora Josefina y Juana Marta un poco después le


regalaron lo patios. Las trajeron de allá del bajo Valle,
que se estaba deslizando y le regalaron por acá y hay otras
que si compraron peor, pero yo creo que esa gente le dieron
terrenos regalaos”.

Algunos, como Rafael Cassiani, compraron el terreno y


enseguida procedieron a construir de un modo precario:

“Entonces abrieron la llegada aquí a La Manga; uno compró,


otro cogió y como yo si compré enseguida, hice una mejora
de tabla y con el tiempo lo fui haciendo de material y aquí
estoy”.

Los terrenos negociados y tomados del sur occidente de


Barranquilla fueron delimitados con el concepto de casa
lote con una serie de caracteres comunes: En la parte
superior del lote se construía el cambuche de latas y
cartón. Esta ubicación era para evitar arroyos,
inundaciones y las aguas lluvias de escorrentía. En la
parte inferior del lote corría la vía de acceso que no
pocas veces era la misma por la que circulaban arroyos en
épocas de invierno. Y en los alrededores del cambuche se
sembraban árboles y se colocaban los corrales de los
animales; sobre todo, las gallinas y los cerdos.

Pero así como esas posibilidades les parecieron a muchos


palenqueros como ventajas, para otros era un retroceso en
lo que consideraban los servicios que implicaba el vivir en
una ciudad de las características de Barranquilla. Angélica
Herrera señala que:

“Muchos palenqueros salieron del barrio Abajo cuando


empezaron a organizar las calles y el pago de servicios
públicos. Como no tenían trabajo, les ofrecieron un sitio
100

donde podían estar sin pagar servicios públicos, porque


además no habían, y armar como fuera sus viviendas de
madera sin pagar arriendos”.

“Así pasaron a uno de los grandes botaderos de basura que


tenía la ciudad de Barranquilla que eran los montes del
sector de La Manga y El Valle y Bajo Valle y Mequejo.
Esos alrededores fueron invadidos y así se despobló el
barrio Abajo de palenqueros. Mi papá por ese entonces
trabajaba en celaduría y era renuente en volver a hacer los
mismos servicios que tenía en el pueblo como atender una
roza, ordeñar vacas y cortar matas. Miraba solo las
actividades citadinas”.

“Mis padres se quedaron siempre entre el barrio Abajo y


Montecristo. Nunca salieron, porque se dieron cuenta que el
palenquero que salía de ese barrio a la invasión en La
Manga pasaba trabajo y necesidades. Muchas en su pueblo,
para venirse de allá, a pasarlas acá. Mejor dicho, hicieron
aquí otro palenque”.

Eso mismo cuenta Matilde Herrera respecto a las actividades


de su padre en el terreno en donde se mudaron en La Manga:

“Mi papá se fue para La Manga. Limpió ese terreno grandote


y allí sembraba yuca, ñame, criaba puercos; él hacía allí
igual a lo de Palenque. Eso era puro monte y por ahí no iba
nunca la policía. Todos los palenqueros eran ricos allí.
Llegaban personas de otros lados y ellos hasta los
ayudaban, les daban hasta comida. Como hacían negocio
tenían siempre dinero.”

Para otros afrodescendientes, esta oportunidad de


apropiarse de estos terrenos era lo más cercano al regreso
a sus raíces, pero en medio de la dinámica comercial de
Barranquilla. Un anhelado retorno construyendo al lado de
101

los suyos, su idea de palenque urbano. Unos evadidos de la


retórica de ciudad moderna, pero que a su vez, se
beneficiaban de ella. Eso manifiesta Deivis Cassiani Pérez:

“Mi abuela me contaba que al barrio Abajo llegaban los que


venían de Palenque a casas que estaban habitadas por
palenqueros. Pero ellos decidieron venirse para estos
barrios del sur occidente dejando esa parte del centro
histórico de Barranquilla, porque los palenqueros siempre
le ha gustado vivir juntos y además siempre han querido
formar un palenque”.

La identidad campesina perdida con la migración a una


ciudad de las características de Barranquilla se recupera
con el hallazgo de estos territorios “gratuitos”. Freema
Herazo hace un recorrido por ese paisaje bucólico inventado
en medio de la ciudad:

“Pues la forma de vida de aquellas épocas tenía un ambiente


particular porque los primeros habitantes de este sector
del sur occidente en la mayoría eran gente de los pueblos y
estos sectores estaban muy identificado con la agricultura
con el campo, siembra de las hortalizas y en la cría de
ganado caprino”.

“Cuando empezaron a construir las viviendas, las calles


eran muy parecidas a los pueblos, el ambiente era muy
pueblerino y la forma de vida de aquel entonces era mejor
que hoy día, menos estresante y la comunicación entre
nosotros era mejor”.

Así que estos reencuentros con el palenque mítico y soñado


se hicieron en terrenos malos. Que fueron botaderos de
basuras. Ubicados en los extramuros donde no llegaba
ninguna clase de servicio público. Pero también fueron una
102

autentica bendición que les permitió superar dependencias,


nutrir la cultura y unir los lazos solidarios.

Pero los tiempos cambian. Después llegarían al palenque


urbano, de uno en uno, los servicios públicos. El tejido
urbano se condensaría en torno a ellos y no serían un
referente territorial aislado, mezclándose con otros
sectores de la ciudad de similar estrato pero con otros
componentes socios culturales, económicos y étnicos. Eso lo
describe Luz Neidis Valdez Olivo:

“Yo recuerdo que antes habían muchas casas peores que las
que están ahora. O sea, que ahora las cosas se han
modernizado porque antes la gente no podía caminar en
tiempos de lluvia por las calles y ahora está mejor, pues
se encuentra pavimentada”.

2. LOS DRAMAS DEL NUEVO PALENQUE

Pero el panorama idílico del nuevo territorio del palenque


urbano ha sufrido, por cuenta de esa misma ciudad, a manera
de venganza impensada, cambios en las perspectivas y
comportamientos de sus habitantes.
103

En un primer sentido, desde el punto de vista urbano de


Barranquilla, todos estos son sectores conformados por
afrodescendientes que perciben los cambios generales;
pasando desde la categoría de tugurios a barrios
consolidados, pero marginales, que equivale en la práctica
al pago de los servicios públicos con todo lo que estas
obligaciones significan y la ubicación en un estrato socio
económico determinado.

Siguen excluidos en diversos aspectos, visibles unos y en


otros intangibles, de hipotéticas políticas de integración,
por parte de las elites de la ciudad. También segregados
ellos mismos desde el fortín de su palenque que de todos
modos reproduce los conflictos y dilemas socio económicos y
políticos que conlleva el resto del casco urbano.

Lo que deja la ciudad son restos. No hay posibilidades


reales de ascenso social y económico y pese a las ventajas
que ofrece el acceso a la educación. En el momento de
vincularse a los disputados empleos que tiene el aparato
productivo de Barranquilla, igual que ayer, les siguen
ofreciendo los mismos roles de exclusión. Pese a no tener
una tradición racista como Cartagena, en Barranquilla la
segregación adopta formas mas elucubradas y por ende, mas
dramáticas.

El palenque urbano es ahora un territorio de nadie,


peligroso, en que el respeto y la fraternidad étnica
parecen haberse perdido. Irremediable, como en el caso del
barrio El Bosque, todavía incierto, como en Nueva Colombia
y sectores adyacentes, un drama terrible al fin y al cabo
pues la perspectiva que muestra el Palenque urbano es que
en cierta forma, como el caballo de Troya, ha sido
absorbido desde su propia medula por sus propias gentes que
se convierten entonces en sus peores enemigos.
104

Una complejo proceso en que se encuentran involucrados los


ciclos generacionales en donde la originaria cultura afro
cede espacios y pasa a un segundo plano y las vueltas
migratorias de jóvenes hijos y nietos de emigrantes afros
colombianos que llegan a un desencuentro desde los barrios
“duros” de Caracas y Maracaibo.

Es también el quebrantamiento del estereotipo del “negro


bueno”, tan alabada antes, para que irrumpa una nueva
visión de la cultura urbana en donde ya no se busca el edén
perdido sino el pragmatismo del desencanto y la violencia.
Los síntomas externos son el consumo visible de drogas en
las calles, la perdida del concepto de familia extensa con
la negación creciente de sus autoridades, los robos,
homicidios y el acceso carnal violento.

Serafina Padilla es una nativa de San Basilio de Palenque.


Llegó a Barranquilla en 1948. Como de costumbre se alojó en
la pieza de un familiar en el barrio Abajo y enseguida, a
sus 12 años, se enroló a trabajar. Cuando se casó, busco el
territorio del barrio El Valle donde vive actualmente. Y
dice, sobre esa vida pasada, que:

“Eran tiempos maravillosos en que no había violencia, se


conocía muy poco la droga y todo era tranquilo, no se veía
el raterismo que hay ahora”.

Para Carlos Valdés, que llegó en 1940 al barrio Abajo a la


casa de una abuela, después se mudaría para La Manga y de
allá, por el año 1964, se residencio en El Valle.
“Aquello”, recuerda, “eran tiempos mejores que ahora, pues
no habían tantos muertos, tanta desgracia”.

Esa ambivalencia en la comparación de las épocas. Esa


nostalgia de un tiempo perdido es constante en diversidad
105

de testimonios. Nadie parece resignarse a los actuales y


terribles momentos. Con sus 67 años, Andrea Herrera
describe el proceso:

“Muy bonita que fue mi juventud. No se veía lo de hoy en


día. Uno salía a la hora que fuera y nos íbamos bien para
la casa. Ahora uno, cuando son las 9 de la noche, ya teme
de salir porque están los problemas en la calle y que de
pronto le vengan a meter un tiro a uno o atracarlo. Este
antes era un barrio serio y ya no lo es. Hay muchos
problemas. Y usted porque cree que hay tanto problema? Por
el desorden ese que hay ahora; los pelaos no respetan.
Anteriormente cuando yo estaba niña, no se sabía a dónde se
vendía vicio y ahora venden hasta en esta calle. De ahí es
donde viene el desorden que tienen los muchachos”.

El recuerdo de una vida vieja vida sana y de la


tranquilidad en el deambular de noche por las callejuelas
se asemeja en lo posible a un sueño convertido en
pesadilla. Es lo sostiene María Diluviana Cassiani:

“Yo recuerdo que las cosas eran diferentes porque la vida


era más sana. Yo me iba de aquí a bailar al barrio San
Felipe, al Valle, a la caseta Los Pinos. Un grupo de
muchachas bailábamos y nos regresábamos en la noche. Ahí,
en el bajo Valle, había un sector donde no había casas y
existía un camino y nosotros pasábamos y nunca conseguimos
un ratero, nadie quien nos violara, nunca conseguimos nada
y ahora uno no puede salir a nada de eso”.
“El tiempo ha cambiado mucho, las cosas eran muy
diferentes. En la verbena uno bailaba sin peloteras de
cuchillo. Y si habían peleas se daban trompadas y al ratico
eran amigos. Ahora no”.
106

No solo es el bajo Valle, El Valle, la calle Caraquita,


Nueva Colombia y La Manga. Todos estos sectores parecen
repetir en su interior sus mismos malestares. Eso lo dice
Aída Ruth Pérez:

“Antes no había el desorden que hay ahora. Principalmente


ese poco de matanzas, ese montón de revólveres; eso nunca
se había visto aquí en Barranquilla”.

Una violencia que para algunos es importada. Traída de


afuera, copiada y adaptada a las circunstancias de la
marginalidad afro barranquillera. Clayton Guerra sostiene
que:

“En aquel entonces se vivía mejor en Caraquita en el


aspecto de que no había tantas peleas ni mucha violencia
como hoy en día”.

Y así como muchos llegaron atraídos por la idea de tierra


propia y de la construcción de un nuevo palenque, también
decidieron, nuevamente emigrar. Huída ante el azote de la
terrible violencia. Eso lo describe Matilde Herrera, al
recordar la situación a que se vio abocado su padre, con
cuatro hijas estudiantes, tomando la decisión que vivir
allí no era un buen ambiente:

“Cuando ya tenía pesitos, mi mamá no quería que viviéramos


por allí pues entraron unas personas que tenían malas
costumbres. Había una señora que tenía 7 hijos y a todos
los mataron. Eran blancos. Hasta hace como 5 años hablar de
mí pueblo era bonito pues no había malas cosas, y al
palenquero le daba miedo hasta la policía. Ahora, los
palenqueros que han nacido aquí, no le tienen miedo a
muchas cosas”.
107

3. TRABAJÁ, COMPAÑERO TRABAJÁ

Jende á sé polé asé usto kusa un/ La gente no puede hacer


otra cosa
108

La gente afro hace los mismos oficios que la ciudad les ha


guardado. Invariables y ancestrales. Regidos por el hilo
secreto común de la llegada a este continente para el
trabajo duro de sol a sol, hoy, como si todavía fuesen
esclavos y estuvieran signados a proseguir las tradiciones
en los oficios que pesan a la hora de pretender cambiarlos.

Un esquema repetido, segregacionista, que maneja a la hora


de otorgar los trabajos a los egresados afros de las
universidades, una exclusión violenta que genera los
desalientos y las revanchas. Como si la gente en el fondo
no pudiera hacer otra cosa.

Ese conocimiento en determinados oficios es lo que señala


Luis Felipe Salgado que prima en las ocupaciones de los
afros de Palenque y San Pablo en Barranquilla. Dice:

“El palenquero siempre ha sido trabajador de la agricultura


y la ganadería. La mujer palenquera lo hace saliendo a
vender los productos de la tierra y de su elaboración como
frutas y dulces. Los que enseñan a vender a los palenqueros
son los blancos que llegan de España, que por cierto, no
son blancos de la élite sino de la clase baja. Ellos allá
vendían frutas, dulces y montaban carpinterías. Acá se
vuelven las mujeres se convierten en unas damas y obligan a
los esclavos a seguir con sus antiguas labores”.
“La idea de guardería es africana. Había unas mujeres que
salían a trabajar y había otras que se encargaban del
cuidado de los niños de las otras. Cuando el hombre acaba
de cosechar, las palenqueras salían a vender a Cartagena y
en otras partes”.

“Entonces cuando el palanquero llega a Barranquilla trabaja


en los puertos, en el mercado. El trabajo pesado era de
para los negros: la construcción por ejemplo. Entonces
vendían acá las frutas trasformándolos en dulces, manis y
109

frutas. Había muchos vendedores de maní. Se vestían de


blanco con una gorrita y bolsitas de papel o trabajaban de
jardineros”.

El testimonio de Salgado desmiente un mito urbano


barranquillero que sindica de flojos a los varones
palenqueros y de “camelladoras” a sus mujeres, cuando lo
cierto es que existe una clara división del trabajo por
géneros e incluso, por orígenes pues los sanpableros se
dedican a la jardinería, y los de otro pueblo a la venta de
frutas, lo del otro a la comercialización y producción de
dulces y bollos, y así sucesivamente.

La profesora Matilde Herrera presenta la historia de su


padre que salta desde el rebusque marginal, a un empleo en
una industria con todas las prebendas que tal situación
ofrece desde el punto de vista de la prestaciones sociales:

“Mi papá no conseguía trabajo pero él sabía hacer muebles,


esteras, era medio artesano. Un día se le dio por ir a
Barranquillita y allí había una empresa que se llamaba
Incopec, de gringos. Hacían focos. Mi papá limpiaba la
grama de esa empresa, como buen agricultor que era,
cuidando el jardín sin que le pagaran nada”.

“Un día, uno de los gringos gerentes se dio cuenta que eso
estaba muy bonito y que el que hacía eso era mi papá.
Enseguida lo contrató en la empresa con ese puesto. Y con
ese empleo nosotras estudiamos pues los gringos nos
ayudaron mucho. Ellos a las mejores alumnas las becaban y
les daban auxilios. Nosotras vivíamos como unas reinas”.

Igual recuerda Matilde que muchos del barrio Abajo se


emplearon en el puerto de Barranquilla por la coyuntura de
encontrarse un afrodescendiente sanandresano, Arthur
Forbes, en los puestos directivos del sindicato:
110

“El jugaba béisbol y a todos los negritos del barrio Abajo


que eran beisbolistas Forbes los metía a trabajar en el
terminal marítimo”.

“Con las alegrías y cocadas teníamos dinero adicional. Mi


mamá salía por el barrio Abajo y llegaba hasta el norte de
la ciudad. Ella todavía está viva. Vive en el barrio El
Valle en la calle 68 número 17-20. Tiene 80 años pues nació
en el 30. Cuando no había maíz para los bollos, hacían
alegrías y cocadas en el patio del pasaje. Colocaban tres
piedras, abajo leña y arriba la olla. Pasaban todo el día
en la casa en la fabricación. Después salían a venderlas
por las calles”.

En el fondo, mientras la ciudad les negaba una


incorporación al mercado laboral, los afros usando sus
conocimientos culturales, se inventaban ocupaciones de
subsistencia con que suplían sus necesidades. Angélica
Herrera presenta esa perspectiva desde las calles del mismo
Palenque de San Basilio con unos lazos y oficios que
prosiguen airosos en las calles y barrios barranquilleros:

“Mis padres se dedicaban a la finca, agricultura, la


atención de la roza y el ganado: ordeñaban. Mi mamá iba al
arroyo a lavar y se encontraban las del cuagro de mí mamá
en el ingenio El Batey. Allí vendían dulces y frutas. Los
sacaban de las plantaciones de las familias y las vendían a
la gente del Batey. Mi papá y mi mamá se conocieron
jovencitos en Palenque. Cuando él se vino a Barranquilla
los padres de mi papá comienzan a viajar. Onofre venía
mucho a Barranquilla y se vino para acá por cuestiones de
trabajo. Para hacer otro tipo de trabajo en la ciudad”.

“Se viene toda la familia Cañate y luego esas amistades las


reanudaron en Barranquilla. Mi mamá también se vino con su
111

familia y mi papá reanudo con ella su relación sentimental.


De esa relación nacieron 7 hijos. La mayor que es Venancia,
modista, trabaja en la zona franca. La segunda hermana, ya
fallecida, Diana Beatriz, que trabajaba como archivadora de
una empresa en el aeropuerto. La tercera es Isidora, ama
de casa y madre de 7 hijos y que vive en el Barrio Abajo.
Luego viene Salustiano que es tornero, trabaja en una
empresa. Después viene Onofre que también es tornero y
herrero independiente. Luego Angélica, docente en artes
escénicas y bailarina. Después viene Ivette que es
secretaria ejecutiva pero no se ha desempeñado en esa
ocupación sino que se fue por la línea de la danza, Me
siguió desde pequeña. Actualmente trabajamos con la
secretaria de Cultura del Distrito de Barranquilla”.

Una de las matronas mas respetadas es María de los Santos


Miranda Cassiani. Pasar de los 80 años de edad y con la
autoridad de conocer como fueron esos inicios en la primera
mitad del siglo XX con los trabajos para los de su etnía,
muestra a su tío vinculado al sector industrial y a ella
como empleada domestica:

“Mi tío Sergio Cassiani, tenía tiempo de estar viviendo en


Barranquilla. Trabajaba en la Colombiana de Tabaco. El
murió. Ya a él no lo conocía, pues no había ido a Palenque.
Aquí fue que lo conocí. Cuando llegue me empleé en una casa
de familia en la 62 por Bellavista. Muy buenas personas,
pero ellos eran alemanes y se fueron de Colombia.
Cuando se fueron me dedique a vender alegría y bollo. Lo
hacia en el patio de la casa de mi tío”.

Esas relaciones entre los palenqueros, el barrio Abajo y


los oficios la resuelve el viejo Pedro Valdez Cassiani, que
llega a Barranquilla en enero de 1939. Cuenta la índole de
su llegada y sobre sus primeras ocupaciones:
112

“Me vine con mi tía Andrea Cassiani. Era mayor que yo. Ella
vivía aquí desde hace rato con su marido que trabajaba en
la Compañía Colombiana de Tabaco, de cotero. Después
trabajo con la Federación de Cafeteros”.

“Yo llegue a Barranquilla de manos del señor llamarse


Joaquín Blanco. Por suerte, apenas llegue un señor de
apellido De la Hoz buscaba un muchacho para que trajera
yerba del mercado. En esa época con el burro embarcaba la
carga de los buques fluviales en el terminal. En esa época
me pagaban mensual centavo y medio”.

“Un compañero me dijo que porque no me iba al salón de Las


Quintas donde pagaban dos centavos y medio y cuando barría
encontraba plata tirada en el suelo. Trabaje allí con 12
años de edad. Allá nada mas barría, recogía y tiraba en la
caneca. Todos los días. Eso era por el cine. El día que mas
trabajo tenía era el domingo que tenia matinée, vespertina
y noche. Y contento que estaba porque veía cine.

Las películas que me gustaban eran La Araña negra, El


llanero Solitario, El Tren arrollador y El escorpión. La
música que más nos gustaba y se oía eran las rancheras.
En el ferrocarril a Puerto Colombia estuvo trabajando
durante mucho tiempo mi tío Justo Valdez. Es mas, los
domingos me embarcaba de sapo, de 12 años. Yo me escondía
de el porque si veía que me colaba me cascaba. Allí también
trabajaba Abraham Cáceres, primo hermano de mi madre. Era
gente que no querría verme por allí. Después de casado
trabaje en la metalúrgica Nucci”.

Para Sergio Cassiani, las cosas para sus padres, cuando


llegaron a Barranquilla alrededor de 1940 a 1945, no fueron
fáciles. Y obvio, resolvió subsistir con que lo que
conocía:
113

“Mi papá se dedicó a la jardinería, pues no tenia situación


académica que le permitiera aspirar a otras cosas en ese
tiempo. En ese tiempo en Barranquilla la gente se mostró
muy solidaria con los nativos de San Basilio de Palenque.
Mi mamá vendía dulces por las calles”.

La búsqueda de mejores oportunidades laborales y de estudio


para los hijos fueron los impulsores de las migraciones. Y
después el reparto: el marido se dedicaba a los jardines,
de coteros o ingresaban a trabajos no cualificados del
sector industrial. Esa es la historia de los padres de la
instructora de danzas y folclorista Luz Marina Cañate
Tejedor:

“Mis padres se vinieron para Barranquilla en el año 1945.


Se vinieron para buscar mejor horizonte, de pronto para
tratar de educar a sus hijos. Darles una mejor oportunidad.
Mi mamá vendía bollos en la subienda de cada época. Cuando
era época de bollo, vendía bollo, cuando era de alegría, de
frutas y así. Incluso, vendió hasta pescado”.

“Mi papá trabajaba inicialmente como jardinero y después en


fábricas como Unial. Era obrero. En esa época el trabajo
era muy fácil para los palenqueros, cualquiera llegaba, y
los trabajos más duros eran para los negros”.

Las situaciones de marginalidad laboral étnicas y de genero


suceden en toda América Latina, según un informe sobre el
mercado laboral desarrollado durante mas de una década por
el Banco Interamericano de Desarrollo. Por supuesto, en
algunas partes es más dramática la exclusión y la
segregación salarial con respecto a la población afro e
indígena que en otras. Frente a esa realidad, se imponía la
del cambio a través del estudio lo que en teoría posibilita
el desarrollo social y económico. Eso lo recuerda Deivis
Cassiani:
114

“Mi madre se crío en un hogar donde se hacían bollos. Igual


fue mi abuela que lo repartía en las diferentes tiendas de
Barranquilla. Entonces sus hijas se dedicaron también a
vender bollo, mi mamá vendía bollo y con el bollo nos crío
a nosotros”.

“Mi mamá se caracterizaba que ella siempre nos decía que no


quería que sus hijos hicieran los oficios que ella hacía.
Siempre nos colocaba como ejemplo a una prima que ya hoy es
difunta llamada Miriam Navarro Pérez que era abogada. Decía
que ella con su propio esfuerzo logro hacer muchas cosas
por la comunidad, lo mismo que Sixto Pérez. Siempre nos
puso como ejemplos a personas que trabajan por la comunidad
que lograron salir adelante frente a las adversidades,
pudieron levantarse y hoy son grandes”.

Una de las actividades que la mujer palenquera asumió como


suya fue la de vendedora de frutas en las calles, creando a
su paso pregones y recorriendo con puntualidad sagrada los
mismos itinerarios urbanos de lunes a sábados. Eso
recuerda, a los 67 años, retirada de las ventas, Andrea
Herrera:

“Yo hacía alegría, cocada, bollo. Ahora, como ya tengo la


edad encima, estoy de vacaciones y no estoy trabajando. Mi
esposo trabajaba en el Country Club de oficios varios. De
mis hijos, dos trabajan en la Triple A y el otro es
vendedor ambulante. Bueno en aquellas épocas en que empecé
a trabajar en las calles las cosas eran mejor, porque en
aquel tiempo se vendía el bollo, la alegría, la cocada”.
“Ahora hay mucha competencia. En un tiempo se burlaban de
nosotras porque las palenqueras se ponían las pucheras en
la cabeza y era una burla para los barranquilleros. En la
actualidad nos han quitado la forma de uno ganarse la vida
115

porque los que están vendiendo son ellos. Ya nosotros no


estamos vendiendo”.

Esa competencia no solo es callejera, en carros de mulas


con magnetófonos ensordecedores, sino a través de los
canales de mercadeo impuestos por las grandes cadenas de
mercados como lo atestigua María Diluviana Cassiani:

“Mi mamá aquí en Barranquilla vendía frutas, cocadas, hacia


bollos y mi papá en el pueblo trabaja en las fincas y
estaba metido en la política. El fue concejal de Palenque,
andaba siempre en las actividades políticas, el inyectaba y
ponía suero. Las ventas antes eran mejores. Yo vendí fruta
un tiempo y como no había tantos supermercados, sacaba una
ponchera de frutas a las nueve de la mañana y a las 12 del
día ya una estaba desocupada. Ahora no, sale temprano con
una ponchera de fruta y pasa todo el día vendiendo con
pocas utilidades. Ó sea que la vida es muy diferente
ahora”.

Una constante ecuación de las familias palenqueras en


Barranquilla es que la mujer trabaja con los dulces y
bollos y el marido trabaja dentro del empleo “formal” no
cualificado, por lo general en oficios varios, como
meseros, en labores de mantenimiento de jardines y
cargadores de bultos –coteros-. María Elena Gutiérrez lo
sabe por propia experiencia, relatando, además, sus ciclos
de ventas:

“Yo nunca he trabajado en empresas ni en casas de familia,


sino que yo he sido vendedora ambulante. Ya hoy en día no
trabajo, pero si trabajé bastante. Vendía bollo en la época
y alegría. Mi esposo ya no trabaja, está enfermo. El
trabajó en el Country Club de Barranquilla de jardinero”.

“Mis hijos hay uno trabaja y otro que no trabaja. Nada más
tengo dos trabajando fijo: uno es mototaxi y el otro
116

trabajó construcción. Mis hijos, los más grandecitos


cuidaban a los más pequeños porqué cuando ellos estaban
pequeñitos si no tenía con quien dejarlos, no trabajaba”.
Pero no todos pudieron acoplarse al manejo de tiempos del
empleo formal. Lina Ester Padilla se percató que lo suyo no
era el reporte a superiores sino las responsabilidades de
ella misma con su familia:

“Entonces yo dije que mejor me empleo, pero como yo era tan


pesada que me echaban de los empleos porque los lunes no
iba; yo me los cogía sin que me los dieran. Un día tío
Clemente dijo: “usted no va trabajar más, va vender y para
eso le voy a comprar una poncherita; el que no quiera
estudiar va a vender””.

“Yo me alegré. Tenía 12 años y en él me echo a vender


frutas con India. Yo me quede vendiendo con ella: cuando no
era fruta, era alegría. Cuando no era alegría era bollo y
así me levanté hasta que me casé y seguí con el mismo
proceso”.

“Yo toda la vida me he dedicado a hacer bollo. Yo hacía


alegría en enero y en febrero. Hasta mayo vendía aguacate y
en julio cogía el bollo; pero ahora me quede solo con el
bollo toda la vida he trabajado eso. Cuando me levantó voy
al mercado. Cocino todo el día y a las 5 de la tarde salgo
a vender los bollos hasta las 10 de la noche. A esa hora es
que vengo de vender los bollos y así”.

“Mi esposo hacía de todo cuando estaba varado: vendía


cigarrillos, raspaos, después se fue para Maicao, pa´
Riohacha. Después vino, compró aquí y se metió a trabajar
en las Empresas Públicas Municipales. Mi esposo vendía por
el barrio Simón Bolívar. Vendía maní con cigarrillo.
También vendía pescado y cuando no vendía pescado, vendía
117

otras cosas: de todas maneras él nunca fue flojo par


trabajar, siempre hacia algo”.

“Mis 4 hijos y 4 nietos también trabajan: el loco de Fresma


trabajando en Riohacha para dar clases y aquí está
estudiando. Y que viene el otro día porque va para la
universidad. La segunda no estudia, parir es su camino, el
tercero trabaja y estudia y el último, el cuarto, estudia
nada más”.

La división del trabajo antes mencionada la indica Aida


Ruth Pérez, de 57 años:

“Tengo 57 años y vivo en el barrio Mequejo. Mis padres son


de San Basilio de Palenque y vinieron a Barranquilla al
barrio Abajo. Vinieron a mejorar la situación porque él no
era muy bueno para el campo. Cuando llegaron se dedicaron;
él a trabajar en una fábrica textil y mi mamá a vender
bollos. Yo también vendo bollos, cocada, alegría y
enyucado. Yo misma los hago y atiendo a mis nietos desde
que me levanto. Voy al baño, al mercado, lavo los chismes,
traigo el maíz y me pongo a procesarlo. Después me encargo
de los chismes, los platos y las ollas”.

“Tengo 4 hijas pues mi esposo se murió hace 24 años. Una de


ellas es empleada domestica y una de ellas está haciendo un
curso de enfermería. Las demás no siguieron estudiando”.

Otro caso de empleo en el sector industrial y de la mujer


vendiendo en las calles es el de Yeni Torres de 35 años,
nativa de San Pablo.

“Estudié administración y ahora contaduría. Mi abuela se


dedicaba a la venta de bollos y mi abuelo trabajó en una
empresa de aquí, la Pepsi. Luego se regresan al pueblo a la
118

agricultura, viviendo de las cosechas que ellos sembraban.


Mis padres viven en Venezuela, yo me crié con ellos. Ellos
tuvieron que emigrar por cuestiones económicas a Venezuela,
y actualmente están allá. Mi mamá trabaja en su casa con
manualidades y mi papá es soldador de máquinas pesadas en
una empresa”.

Historia similar cuenta Fredmann Herazo:

“Mi difunto abuelo se dedicaba al cultivo de maíz, yuca y


ñame. Fue considerado el mejor agricultor de ñame en San
Basilio de Palenque y uno de los mejores de la región. Mi
abuela era vendedora de las cosechas que el cultivaba en el
campo y así pudo obtener una pequeña tienda en el pueblo y
de esa forma criar a sus 10 hijos”.

“Mi mamá cursó hasta 3 grado de bachillerato y mi papá


también pero dejaron de estudiar porque no tenían ese apoyo
de los padres para terminar los estudios. Mi mamá salía a
trabajar en casa de familias haciendo oficios domésticos y
mi papá haciendo oficios varios. Y pues ella opta por
quedarse con los bollos ya que así era la dueña de su mismo
empleo, sabía lo que se gastaba y lo que quedaba. A mi papá
si le toco quedarse haciendo oficios varios en empresas o
por su propia cuenta”.

Para Faustino Torres, la emigración a Barranquilla tuvo una


causa laboral:

“Vine en busca de trabajo. Allá en Palenque no tenía un


trabajo fijo. Trabajando la agricultura casi no me
favorecía mucho. Cuando llegue aquí me puse de vendedor de
maní en el Paseo Bolívar. Después me conseguí un trabajo
que es en el que estoy ahora de operador de máquinas: de
mezclador, comprensor, saltarín y en los rodillos. Mi padre
119

era agricultor en el pueblo. Mi madre vendía en Cartagena


platanito, guineos y frutas”.

Los recuerdos de Palenque pesan. Eso está claro para


Encarnación Torres pues su padre trabajaba en el monte
mientras su madre atendía en Palenque su tienda. Al llegar
a Barranquilla se dedicó a la venta de cocadas y de bollos
de mazorca. O los oficios de albañilería que según Luz
Neides Valdez, hacia su padre mientras la madre vendía
frutas por las calleas. Ocupaciones heredadas según Víctor
Martínez pues su abuelo y su padre fueron agricultores.
Ahora el trabaja en los barrio del norte de Barranquilla
ejerciendo la jardinería.

El mismo viejo oficio de Clayton Guerra: “Yo trabajo de mi


cuenta en el oficio de jardinería. Mis padres hacen dulces
en Santa Marta y los venden en la playa. Mis abuelos no
trabajan sino que están en la casa. Uno de mis abuelos
murió ya. Mi otra abuela también. Tengo nada más dos
abuelos vivos, la mamá de mi papá y el papá de mi mamá y
están ahí con los viejos míos en la casa”.

Si bien estos oficios siguen en ejercicio, también los


profundos cambios de la comunidad afro en Barranquilla ha
cambiado estos paradigmas. Esa es el aporte que ve Argelis
Salcedo Morales: “Mi abuelo en San Pablo era parcelero y
tenía finca donde sembraba plátano, mango y mi mamá sabia
agarrar las frutas y las iba vender. Yo estudié docencia en
la Universidad”.

Para Antonio Cuesta, chocoano, incluirse en la dinámica de


empleos de Barranquilla no fue fácil: “Me toco salir a
trabajar en el Centro, camellar en el Mercado y eso ha sido
bueno. En el Centro tengo un negocio de correas, billeteras
y en temporadas, yo mismo salgo a vender. En Soledad tengo
una distribuidora de pollo”.
120

Sin embargo, todavía se encuentra lejana la igualdad


laboral y la presencia masiva de afros en posiciones
cualificadas. Dentro de esa lógica las nuevas generaciones
se encuentran, tras su paso por los estudios técnicos y
profesionales, en condiciones de inferioridad frente a la
oferta de empleos. Y este desaliento repercute en las
calles del barrio y es peligroso motor para los otros
jóvenes que deciden no emprender ese camino. De ahí las
quejas de los viejos para esos muchachos que deambulan sin
esperanzas por las calles y que constituyen el grueso de
los consumidores de drogas, de los expendios de drogas.

Es que no se vale tanto estudio para acabar siempre en la


misma cosa. Un trabajo duro de subsistencia recorriendo
diariamente los recovecos de Barranquilla ofreciendo
dulces, bollos y las labores de jardinería, para en la
tarde, cansados, emprender el retorno a su palenque urbano.

4. APORTES CULTURALES DE LOS AFRO QUILLEROS

Donde con mayor intensidad se percibe la influencia negra


en Barranquilla es en el área cultural. Permeada desde sus
mismas bases fundacionales, baste con señalar que los
rasgos de identidad de la ciudad poseen diversos aspectos
cuyos contextos son de absoluta claridad sobre sus precisos
orígenes afros –como en la música, las danzas Congos de
121

carnaval- hasta otros no siempre tangibles y visibles como


la gastronomía y el lenguaje; tanto el gestual como el
hablado.

LENGUAJES Y EXPRESIONES COLOQUIALES

Mas que expresiones y términos que tengan relación con las


lenguas de origen bantus como el kikongo y el kimbundu;
introducidas en Barranquilla a través de la lengua criolla
del palenque de San Basilio, la terminología y expresiones
culturales lingüísticas de uso cotidiano en Barranquilla se
encuentran relacionadas con el Caribe cultural afro. Una
influencia perceptible a través de la navegación, lenguaje
castizo con dichos traídos y llevados por los tripulantes
de los barcos, por las migraciones o por la fuerte
presencia cultural de la música cubana, país que también
tiene rasgos ancestrales de los bantus africanos.

La presencia cubana se dio a través de las migraciones de


ese país y, sobre todo, a la presencia en los diales
locales de la radio de ese país con sus locutores,
animadores, radionovelas y cómicos.

Es el caso, para citar diversos ejemplos, de la fuerte


presencia de expresiones africanas a través de todo el
territorio cultural del Caribe con expresiones que han
pasado al argot popular como burundanga, sandunga,
mandinga, bemba, timba, bilongo, mondongo, congo, tongo,
sorongo y en general, la creatividad del lenguaje popular
con términos compuestos con el sufijo terminado en ongo:
saboriongo, sabrosongo, bailongo, cheverongo, arrechongo,
etc.

La africanización de la fonética barranquillera se presenta


por la caída de la d intervocálica, por ejemplo, lo que
motiva que en vez de completar la palabra salado como se
122

escribe, se diga salao. Igual en la s final de silaba que


aspira y la r final de los infinitivos. Otra de esas
características es la fuerte nasalización de las vocales
que anteceden a las consonantes m y n. Muy similar a la
prenazalización de las oclusivas sonoras que tiene la
lengua bantú en su adaptación palenquera.

El geográfico y mítico pueblo Macondo, de Gabriel García


Márquez, es una palabra de origen bantú compuesta por el
prefijo Ma. Además, según testimonios de amigos del
escritor, éste había reemplazado el nombre original de
Barranquilla en Cien años de Soledad, por insinuación de
ellos mismos pues consideraban que no era un nombre de
atracción literaria. Lo cambió por el sonoro de Macondo,
que era el nombre de una finca ubicada entre los pueblos de
Guacamayal y Tucurinca, en una zona que tiene amplios
ancestros de población afro.

Las identificaciones de los vocablos de origen africano es


asunto de origen sin mayores dificultades en la lengua
española del caribe colombiano. Aparece, como ya decíamos,
en el habla cotidiana y en diversas denominaciones. En el
lenguaje relacionado con la música se encuentra con el
mapalé, la cumbia, bullerengue, la marimba, la conga, el
bongo, shekere, batá, porro, bombo, zambapalo, lumbalú,
currulao y bambuco; entre otros.

Otro escenario cultural en que reaparece el léxico de


origen africano es en lo concerniente a la alimentación y
sus diversos insumos. Así se encuentran denominativos como
la cañandonga –para el fruto de un árbol y una jalea-, el
guandúl, que es precisamente ingrediente esencial de una de
las comidas típicas de Barranquilla; biche, por verde 65,

65
Ejemplo citado por Nicolas del Castillo en Esclavos negros en Cartagena y sus aportes lexicos.
Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo.
123

guineo, bitute, por comida; malanga, calabazo moncholo, que


es una especie de pescado de río; entre otros.

Otras palabras de herencia africana usadas en el léxico


Barranquillero son las siguientes: Bamba, o ir embambao,
cuando se llevan muchos accesorios de vestuario o “prendas”
de oro; cancaman o cancamana; algo viejo, decrepito o
demasiado usado; matimba, que es un vegetal, morrongo o
morronga, motete, rebolo, atribuido a un árbol de ciruela y
que le da nombre a un barrio tradicional, sungo que
significa pelado o limpio, tongo, monicongo, cachimba –
tabaco u olor a cénizas de tabaco-, batea, calabozo,
mangle, tapetusa, tumbadora y muchas mas.

Es imprescindible aclarar que por la vía de la lengua


palenquera no se han introducido vocablos, conceptos y
términos en el habla cotidiana barranquillera que
consideraba “corroncha” esta expresión cultural. Por el
contrario, muchos palenqueros, al sentirse que eran objeto
de burlas públicas, abandonaron lentamente su lengua
nativa, hasta el punto que la primera generación afro de
San Basilio de Palenque nacida en Barranquilla, desconocía
su uso. Hoy, gracias a la etno educación y a un re
descubrimiento de los valores culturales de esa lengua,
nuevamente se encuentra en uso, y no solamente por parte de
afrodescendientes nativos de San Basilio sino por afros
diferentes a esta comunidad que la estudian con evidente
interés.
CONTANDO Y RECORDANDO LOS CUENTOS

Cabe destacar la fuerte presencia negra en los cuentos de


tradición oral populares, especialmente en las narraciones
que suelen contarse en los velorios o lumbalus. Igualmente
en las reuniones de entretención de los menores.
124

Mucha de esta cuentería proviene directamente desde España


y se mezclaban con los cuentos de los negros africanos y
los mitos indígenas. Todavía en los cuentos de animales
encontramos a los antiguos relatos de los esclavos negros
como el zorro, pero sin duda el héroe principal de las
aventuras maliciosas del reino animal sigue siendo siempre
el divertido y astuto conejo africano denominado como el
Tío Conejo.

En un cuento recogido por Aquiles Escalante en el Palenque


de San Basilio, encontramos ala hija desobediente que es la
“culebra” africana, raptando a una jovencita. Es la misma
culebra de la danza afro desaparecida en el Carnaval de
Barranquilla que mencionaremos mas adelante.

EL LENGUAJE GESTUAL Y EL COMPORTAMIENTO SOCIAL

Aunque escondida y anónima, buena parte de la idiosincrasia


barranquillera tiene su origen en los procesos de
sincretización que partieron de componentes étnicos
africanos. La gestualidad abierta, el hablar en voz alta,
el manoteo y la cheveridad encuentran su eco en la forma
desenfadada y rítmica de la cultura africana.

Son, como dice Fernando Iriarte, aportes afrosdescendientes


“buena parte del lenguaje gestual y de los movimientos
corporales de las gentes en Colombia; en la mujer, además
del andar elegante y grácil también el aporte genético de
las formas del cuerpo”.66

MUSICA

La presencia afro en la música que se crea e interpreta en


Barranquilla es proceso cultural de reconocida notoriedad.
Sobre todo la concerniente a la de los carnavales, en donde
66
IRIARTE, Fernando. La formación de la cultura en Colombia/ Pais Plural.
125

se ejecutan toques de tambor provenientes de los antiguos


cabildos de esclavos en Cartagena de Indias, que a su vez
provenían de manifestaciones tribales africanas. Estos
toques aclimatados de forma urbana funcionan en las
diversas danzas de Congos llamada Toritos, provenientes a
su vez de rituales guerreros que reproducían a finales del
siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX en las
plazas de la ciudad con muertos y heridos.

Los toques de calle y de marcha de estos tambores manejan


rasgos particulares que definen a cada agrupación y que
funcionan en la distancia como mensaje de presencia
cercana. Eso lo afirmaba Antonio María Peñaloza cuando
recordaba que parado en el Paseo Bolívar, allá por los años
treinta y cuarenta, podía percibir en la lejanía por el
sentido del toque que danza de Congos se encontraba por
allá cerca.

RASGOS DE LA MÚSICA AFRICANA

La música del carnaval de Barranquilla con ancestros


africanos responde a unos precisos lineamientos teóricos:
 La poliritmia como eje fundamental: dos tambores,
bombo, guache, maracas, guacharaca
 El trabajo musical reposa sobre los formatos
percusivos
 El modelo vocal antifonal con un solista que va
trabajando dentro de esquemas improvisativos o que
delinea con constante cambios e inflexiones,
respondiendo una masa coral
 El uso de los acentos fuertes como sincopa rítmica que
determinan un modelo de pulsaciones
 El desarrollo, dentro de la misma música, de diversos
modelos acomodados a necesidades funcionales de los
126

danzantes o de la comunidad, tales como los pasos de


calle, de baile, de marcha y de retirada.

También en las letanías, modelo de coplas de carácter


crítico, humorístico y social, tienen un esquema rítmico
que representa este legado africano. Igual que la música de
garabato, congo, cumbia y chande.

Un ejemplo típico de lo anterior:

Solista
Yo soy muy barranquillero
Y no puedo permitir

Coro
Yo soy muy barranquillero
Y no puedo permitir

Solista
Que aquí venga un forastero
A echarme vainas a mí

Coro
A echarme vainas a mí

Ese ejemplo se repite en diversidad de tonadas y ritmos y


es una de las características de la música del carnaval de
Barranquilla. Otro aspecto africano es esta música es en el
uso de la sincopa y de la poliritmia que son patrones
percusivos superpuestos con diversos acentos, tiempos
timbres.

RITMOS DE ANCESTROS AFROS


Cuatro ritmos de tradición africana se muestran en el
carnaval. El Chande –una derivación de los aires de tambora
ribereños de la zona de la depresión momposina, los toques
127

de congos, el casi similar toque de garabato; y la cumbia,


con su organología híbrida étnica, pero haciendo la
salvedad que a diferencia de los conjuntos de gaitas de
ancestro indígena de los Montes de María, de la zona de la
bahía de Cartagena y del Canal del Dique, en la cumbia
desarrollada en Barranquilla para los carnavales, y mas
concretamente en el núcleo ubicado en el cercano municipio
de Soledad, la melodía la ofrece la flauta de millo –o de
corozo- con perceptible ancestro africano y que en algunas
zonas de las sabanas del departamento de Sucre, por los
lados de Morroa, le dicen pito atravesao.

El formato de estos grupos varía de un ritmo a otro, pero


consta de un bombo o tambora, un tambor alegre, un llamador
–o machero-, maracas, guache, flauta y guacharaca. Algunas
danzas de congo llevan acordeón.

La ubicación estratégica de la ciudad en el Caribe, se


manifiesta también en que la cultura musical de origen
africana de esta área geográfica cultural se acoja como
propia en la ciudad. Al respecto decía en una conferencia
Antonio Peñaloza lo siguiente:

“Por su destacada posición frente al mar Caribe,


Barranquilla es antena receptora de las corrientes
musicales de Norte y Centro América. Por estas razones, es
la ciudad donde se concentra y expresa el mayor número de
ritmos musicales: por la costa, la cumbia, el porro, el
pajarito, el paseo y el merengue vallenato, la puya, la
gaita, el golpealegre, el zambapalo y otros; por las
antillas, la guaracha cubana, el guaguanco, el son montuno,
la bomba portorriqueña, la guajira, el merengue
dominicano”.67 Sobra advertir que todos estos ritmos
musicales tienen claro ancestro africano y que en
Barranquilla algunos han sido acogidos como propios.
67
PEÑALOZA, Antonio. La
128

LAS DANZAS DE ANCESTRO AFRICANO

Uno de los últimos remanentes de los antiguos cabildos de


negros de Cartagena de Indias es la danza de los congos,
que en Barranquilla tomaron nombre vinculados a las
actividades ganaderas. Remanente de los cabildos de congos,
minas y carabalíes, cuando los españoles concedían la
gracia del regocijo y permitían festejos con música y ron,
prestándoles las blancas de castilla sus ajuares íntimos y
externos a las negras, que los lucían con esplendor en una
noche. Después, devolvían las ropas para continuar la vida
de la esclavitud.

El libro de Roberto Castillejo, El carnaval en el norte de


Colombia, publicado en 1957, es el primer trabajo de
investigación sobre las raíces de las fiestas buscando el
componente africano de las mismas. Sin entrar en
elucubraciones sobre el desarrollo y los cambios que ha
tenido el carnaval, la danza de más añeja tradición en los
carnavales es la del Congo Grande, inicialmente denominada
Negros del Toro. Esta danza nació precisamente en el barrio
Abajo en 1875, creándola un señor de apellido Macias. Este
un relato de tradición oral expuesto por Escalante que
certifica los ancestros afros del Abajo y que presupone,
como lo presentan múltiples testimonios, una fuerte
presencia afro en ese área de Barranquilla desde el
mediados del siglo XIX.

Dice Escalante:

“Ya en trabajos anteriores hemos establecido que las danzas


de congos barranquilleras tienen su origen inmediato en los
cabildos de negros bozales existentes en Cartagena durante
la época colonial. Dichos grupos aglutinaban a los negros
129

esclavos bozales procedentes de una misma etnia o nación.


De ahí los cabildos Mandinga, Carabalí, Mina y Congos. Cada
cabildo tenía su rey, su reina y sus príncipes. Su
funciones eran de mutua ayuda y de tipo recreativo. (…) Las
danzas de congos están asociadas al totemismo del buey,
como lo indican sus nombres: Negros del Toro, la Burra
Mocha, el Torito Ribeño, Toro Grande. (…)Finalmente las
mascaras de madera usadas por los disfrazados de animales
constituyen la herencia de la artesanía africana de
madera”.

Posteriormente, en 1878 Campo Elías Fontalvo fundó en pleno


barrio Arriba la danza del Torito Arribeño; actual danza
del torito. Otras danzas de congo que provienen de este
tronco étnico son La Burra Mocha, el Congo Chico, Congo
Reformado, Congo Grande de Galapa y el Toro Grande. Los que
lucen el vestido de una danza de congo reciben el nombre
genérico de Negros, así no pertenezcan a esta etnia.

Los aditamentos de vestuario de estas danzas de Congos


sugieren una presencia en todo el Caribe pues se encuentran
indumentarias similares en Republica Dominicana, Venezuela
y Panamá.

El cubano Argeliers León dice a propósito de estas


agrupaciones que “servían para mantener el rito y las
practicas ancestrales de cantos y danzas que implicaban sus
creencias religiosas…fueron los medios para conservar
algunas de las tradiciones culturales africanas, muchos de
cuyos elementos pasarían a integrar la cultura cubana”. 68

Para Nina Friedemann, las danzas de Congo están asociadas


al totemismo del buey, que es “un animal importante entre
los pueblos bantú. En el norte de Nigeria, el búfalo es

68
LEON, Argeliers. Ensayo sobre la influencia africana en la música de Cuba. 1959
130

protector de muchas de las tribus y se le representa


ampliamente con mascaras”.69

Otra danza de negro es la del garabato, fundada


inicialmente por Sebastian Mesura en el barrio Rebolo en
1929. Consiste en una lucha entre la vida y la muerte y
también es de origen africano como lo dice Argeliers León:

“Otra forma de hacer música como recurso sustitutivo de


tambores es el toque con garabatos. El mismo es una rama
cortada en forma de V que tuviera una de sus ramas mas
largas, pero donde se toma con la mano; la otra rama, mucho
mas corta, queda como un gancho. Así se le usa en faenas
agrícolas como para recoger con el gancho yerbas y plantas
pequeñas, traerlas junto así y poder cortarlas con el
machete. El garabato, cuando se hace con plantas a las
cuales se les atribuyen poderes mágicos, se convierte en un
símbolo ritual, a su golpeteo se atraerá la fuerza mágica
contenida en el. El oficiante puede acompañar su canto
golpeando con el suelo rítmicamente, con uno de estos
instrumentos…el sonido seco y al significación de llamada a
poderes que residen en la tierra, como despertándolos o
alentándolos, se asocia a la muerte, por lo que aparecen
estos toques y cantos en ceremonias funerales”.70

Ese encuentro del garabato con la africanía también lo


presenta el musicólogo Odilio Urfé:

“Ejemplos de la riqueza coreográfica los tenemos en los


bailes de Eleggua, un dios travieso, en cuya vocación
danzaría la bailadora usa un pequeño palo anguloso o
garabato, que es movido de un lado a otro, como si fuese
apartando la maleza o abriendo un camino en la selva”.71

69
FRIDEMANN, Nina. Carnaval en Barranquilla. Editorial La Rosa. Bogotá. 1985
70
ARGELIERS, Leon. Del canto y el tiempo. Ed. Letras Cubanas. 1984
71
URFÉ, Odilio. La musica y la danza en Cuba. Africa en America Latina,
131

Dice Aquiles Escalante que en el garabato es fundamental en


las labores agrícolas y que los negros africanos
desempeñaban tales tareas la esclavitud. Sin embargo, esta
danza pasó de los sectores populares de extracción afro, a
la actual danza cuyos integrantes pertenecen a sectores de
las clases medias altas y altas.

Otra danza de indudables orígenes míticos africanos con


fuerte presencia en el carnaval de Barranquilla es la de
las Culebras. El profesor Rodrigo Vengoechea las describe
así:

“La Danza de las Culebras. Esta danza ha sido presentada en


distintas poblaciones y de diversas maneras, y así los
versos que son también variados. Aquí damos a conocer lo
que nos ha parecido interesante por su carácter local.
Representa unos negros en una finca. Las culebras van
vestidas de franela con las rayas y manchas que
caracterizan dichos animales; hacen contorsiones,
encogiéndose y retorciéndose en el suelo. Los negros llevan
unos pantalones y camisas de coleta, otros solo llevan
pantalón. Al aparecer las culebras, los negros hacen gran
alboroto que atrae al capataz. Este se dirige al negro mas
viejo y grita:

¡Canuto, Canuto!- ¿Qué hace don Aniceto?- ¿Qué le pasa a la


negra que a estas horas está levantá?- Mi amo, que he visto
un animá con boca de candela, nariz de alfilé, con unos
dientes que me quieren mordé.- Mata el animá…! Animá tan
maluco no mato yo…Animá tan maluco no mato yo…”72

COMO SE FORMARON LAS DANZAS AFROS EN BARRANQUILLA

72
VENGOECHEA, Rodrigo. La danza de las Culebras. Revista Divulgaciones Etnológicas. 1950.
Barranquilla
132

Sobre estas danzas de indudable raigambre africana,


presuponen una llegada a Barranquilla de estos
descendientes desde Cartagena y su entorno de haciendas,
desde el siglo XVIII. También con la importancia de la
navegación en el río Magdalena partiendo desde Barranquilla
y la incorporación de bogas negros en las embarcaciones.
Otros importantes hechos correlacionados fueron:

 La lenta agonía económica de Cartagena de Indias a


finales del siglo XIX que produjo migraciones, entre
otras, de miembros de la elite y de otros sectores
sociales
 La creciente importancia económica de Barranquilla
como puerto y eje de la costa
 Las construcciones y la necesidad en el comercio y en
el puerto de todo tipo de mano de obra justo alrededor
de 1870
 La vinculación de estas danzas a sectores populares de
Barranquilla el barrio Abajo y Rebolo, que serían ejes
del desarrollo del carnaval de Barranquilla.

LAS MASCARAS DE MADERA DEL CARNAVAL DE BARRANQUILLA

En las mascaras de madera que se usan en diversas danzas y


eventos del carnaval de Barranquilla se rastrean orígenes
africanos. Una relación que incluye una rastreo a las
sociedades secretas de ese continente como las del área
Congo Angola que utilizan mascaras en sus diversos
ceremoniales y en las prácticas guerreras. La sociedad
secreta denominada Poro, en el área de Sierra Leona,
Liberia, Nigeria y en la antigua Guinea Francesa. Es una
133

institución social que regula diversos aspectos de la


cultura y la vida, pero que también son clubes de mutua
ayuda formados por grupos que tienen en cuenta
características comunes como la edad, oficios y zona en
donde viven. Muy parecidos a los actuales cuagros o clubes
sociales que mantienen los afrodescendientes en
Barranquilla y en otras partes de la costa Caribe.

Las mascaras de animales del carnaval de Barranquilla


provienen de aspectos totémicos con los animales, de la
congregación de comunidades alrededor de ellos y de la
recreación de los mismos en cuadrillas callejeras barriales
de danzantes. La antropóloga Nina Friedemann recuerda la
compara que hizo de una de estas mascaras de madera del
carnaval a un artesano del mercado de Barranquilla y de la
posterior sorpresa al encontrar una similar en una visita
que hizo a África. Al respecto precisa la investigadora:

“Las máscaras de madera pintadas de negro, rojo, amarillo y


blanco con la vivacidad de colmillos, bigotes, barbas y
cuernos de los mismos animales, con sus mandíbulas
articuladas y sus espejos mágicos, me parecieron promesa de
placer y anticipo de nostalgia, y cansancio de la orgia
mundana en la que cualquiera puede participar anualmente.
Los toros y los tigres, las marimondas, los perros, micos,
burros y chivos vibraban en ese mercado cuando aun la
oferta y la adquisición eran posibles. Estas esculturas de
tradición negra que abundaban eran nada menos que la
evidencia de la permanencia cultural de África en la
sociedad barranquillera”.73

ACTUALIDAD MUSICAL DE ANCESTROS AFROS

Aunque la llamada música champeta se le da un nacimiento en


las barriadas afros populares de Cartagena, fue en la
73
FRIEDEMANN, Nina. Carnaval de Barranquilla. 1985
134

industria discográfica barranquillera de finales de los


sesenta y principios de los setenta, que despegó, por lo
menos como producto cultural adaptado, de los éxitos
musicales que colocaban en los picós traídos desde África y
del Caribe anglófono y francófono.

Desde ese momento, esta música se apoderó del gusto de los


sectores populares de la ciudad y en especial de esa
afroquilla que baila en las verbenas y en los llamados
clubes sociales de los fines de semana. La música que
ingresa proviene del caribe afro anglófono y francófono; en
especial del compas haitiano y del calipso. Después se
traerían discos desde África en la modalidad llamada
Soukous y que en otras partes se llama high life. Estas
músicas son el repertorio histórico que nutre picós y
casetas verbeneras, sumados a la adaptación local hecha en
pequeños estudios de Cartagena y de Barranquilla a la que
se la ha denominado champeta.

Un mundo sonoro con su propio santuario de ídolos y que se


vende, gracias a las bondades de la tecnología, a precios
muy baratos, incluso a menos que los discos “pirateados”.
Incluso, la modesta champeta, se ha convertido en una
música con amplia difusión en todos los estratos sociales,
desplegada incluso a nivel internacional por su erótico
baile y de la cual muy pocos recuerdan su indudable origen
afro dentro de las comunidades afros de Barranquilla y
Cartagena.

Es, sin embargo, un género todavía marginal del cual se han


hecho experimentos de desarrollo como el Joeson, de Joe
Arroyo, Batata y su Rumba Palenquera y otros grupos jóvenes
y experimentales que la incluyen dentro de su repertorio.

El caso de Joe Arroyo constituye una autentica curiosidad


de africanía en Barranquilla. Reivindicados sus orígenes,
135

copiando música de las antillas, adaptándola, Arroyo se


radicó en Barranquilla donde ha transcurrido su carrera
musical, entre la salsa, la música del Caribe colombiano y
de las citadas “adaptaciones”. Arroyo es una viva presencia
africana en el imaginario cultural de la ciudad, ganador
absoluto de todos los Congos de Oro del Carnaval de
Barranquilla, pero que manifiesta una ambivalencia desde
las entrañas de su misma comunidad: los afros de
Barranquilla no lo reivindican como líder ni como personaje
destacado. Paradójico, pues Arroyo canta contra la
esclavitud en su conocido tema La Rebelión, una especie de
himno estudiado y analizado en universidades extranjeras
como testimonio musical de una época y en uno de sus mas
recientes temas; que no contó con mucha difusión, se lo
dedicó a Mama Pacha, una palenquera briosa que crío a sus
hijos a punta de dulces y arrullos de tambor. Pero el
aspecto más notable de Joe Arroyo como icono cultural es su
indumentaria de clara inspiración africana en algunas
carátulas de discos y en conocidos reportajes y libros74
sobre su vida y obra.

EL LEGADO CULTURAL DE PAULINO SALGADO “BATATA”

Paulino Salgado Valdez nació el 29 de mayo de 1927 en la


población de San Basilio de Palenque, hijo de Manuel
Salgado Cañate Reyes (Batata II) y doña Luz María Valdez
Laguna (La Luz). Murió en Bogotá el 24 de enero de 2004,a
la edad de 74 años. Su apodo es una herencia de su padre y
su abuelo. 

La niñez de Paulino Salgado transcurrió en Palenque


realizando labores domésticas. Fue machetero, pintor,
74
SILVA, Mauricio. Joe Arroyo: El Centurión de la Noche. Editorial La Iguana Ciega. Barranquilla. 2008
136

albañil y cultivador de caña en el ingenio Central Colombia


de Sincerín. Sus tíos Pantaleón, Leonardo y José Salgado
trabajaron como cortadores de caña de azúcar y compartieron
al lado de los trabajadores cubanos del ingenio la riqueza
y el sabor de la música de la isla de esa época, lo que
daría posteriormente la simbiosis de bullerengue y son
changüí en el formato de sexteto con marímbula, claves,
bongo y maracas.

En 1946 llegó por vez primera a Barranquilla. En la década


del 1950 trabajó de cobrador de bus en la ruta Barranquilla
a Magangué y como albañil junto al maestro Roberto Palma,
también tamborero barranquillero. De esa amistad laboral
nació el grupo folclórico “La cumbiamba de Palma y
Paulino”. Fue en esa época cuando Batatá incursionó en los
Carnavales de Barranquilla al lado de las folcloristas
Sonia Osorio y Gloria Peña, tocando cumbias y puyas en
carnavales, en las fiestas novembrinas en Cartagena y en
las fiestas de pueblos.

Para 1967 participó en la grabación de dos larga duración


editados por la Cafetería Almendra Tropical de Barranquilla
con ocasión del 40 aniversario de su fundación. Los discos
tenían por título “40 años de música costeña” y fueron
realizados bajo la coordinación de Esther Forero,
musicalización a cargo de Félix Chacuto, locución de Miguel
Lugo Villarreal y Félix Chacuto y poemas de Jorge Artel. 
La grabación se realizó en los estudios de Industrias
Fonográficas Tropical, de Emilio Fortuo, en Barranquilla.

En 1969 Paulino Salgado viajó a Valledupar donde trabajó


como celador durante cinco años consecutivos. Para 1974
regresa a Barranquilla y mientras trabajaba en el acueducto
como obrero, tocaba  tambor con los Gaiteros de Chengue,
con el viejo Pacho Bolaños, llamado el “Poeta de los
Negros” y que era un cantante que trabajaba para el grupo
137

de Estercita Forero; actuó también en el grupo de Carlos


Franco, , trabajó con la profesora de danza María Barranco
en Bellas Artes, con la profesora Carmen Meléndez y su
grupo “Palma Africana”, hasta que en 1979 viajó a Bogotá
para unas presentaciones con la profesora Meléndez, y se
vinculó al Ballet de Colombia de Sonia Osorio. 

Desde entonces Batata se estableció en la capital


colombiana, donde permaneció con Sonia Osorio hasta 1985.
Con el grupo de Sonia viajó a diferentes partes del mundo.
Ese mismo año participó en Francia en la grabación de
varios temas que luego fueron prensados bajo el título de
“La ceiba”, junto con la cantadora Estefanía Caicedo y Totó
la Momposina. En ese disco se encuentran:  “El manduco”,
“La verdolaga” y “A pilá el arroz”, entre otros.

En 1987 grabó la música de son de Sexteto para la colección


“Música tradicional y popular colombiana” de Procultura. En
1988 ganó el premio al mejor intérprete de tambor en el
festival de Gaitas de Ovejas (Sucre) junto con los hermanos
Cabrera.

Luego ingresó como tamborero mayor al grupo de Totó la


Momposina con quien grabó 3 discos. El primero fue en 1991
en Londres,y se llamó La Candela Viva. Con Totó, Batatá
tuvo la oportunidad de viajar por muchas partes del mundo.

Durante los últimos diez años estuvo dedicado a enseñar a


las nuevas generaciones de tamboreros. Entre sus discípulos
más avanzados están Jorge Luis Palma, Pedro Tapias y Yamil
Cure en Barranquilla, los hermanos Danny y Jean Paul
Garcés, además de Amet Torres en Bogotá.

En el 2002 grabó algunos temas en la producción “Alé Kumá”


junto con las cantadoras Etelvina Maldonado y Martina
Camargo. También aparece Batata como invitado especial en
138

el disco Contacto de Andrés Cabas. 

La primera y última producción de Paulino Salgado como


solista fue realizada bajo la dirección del cineasta
colombiano Lucas Silva con la participación de algunos
músicos colombianos y africanos. Batata y su Rumba
Palenquera es el título del disco compacto con doce
composiciones impregnadas de cumbia y de champeta. Radio
Bakongo es una joya musical del Caribe colombiano que
permanece ignorada por los programadores radiales de la
región. Incomprensiblemente, la música de Batata aún no es
muy conocida en el Caribe colombiano y en el resto del
país, pero es ampliamente reconocida en los círculos del
World Music y entre franceses, alemanes e ingleses.
Diversos sitios en Internet celebran a Batata como uno de
los mejores percusionistas del mundo.

UNA TRADICION DE SABOR

Quizás la imagen más perceptible de los afros en


Barranquilla sean las imágenes de las palenqueras
recorriendo las calles con su ponchera sobre la cabeza en
donde acomodan, por gracia del equilibrio, frutas, bollos,
mazorcas cocidas y por supuesto, su variada dulcería.

Una intricada red de vendedoras que se reparten zonas y


barrios, repitiendo invariable una ruta aprehendida desde
años con conocidos en todas las casas que las saludan como
vieja amiga de la familia. Caminando con un pregón
callejero en que descuella Alegría con coco y anís, bollo,
caballito y cocada. Un aporte ambulante de la culinaria
siempre viva.

Dice Fernando Iriarte que “En la cocina, los negros


realizaron una eficaz incorporación de lo suyo a lo
indígena y blanco, como el uso abundante de aceites, las
139

recetas numerosas que incluyen pescados, el coco. Las


mezclas de carne y verduras, quizás nuestro sancocho y el
aprovechamiento imaginativo de las frutas”. 75 No por
casualidad una de las expresiones populares para indicar
total revoltillo –o fusiones- es “se volvió un arroz con
mango”, cuyo original sentido de los gustos imposibles
europeistas habría que endilgárselo a los africanos.

Uno de los más claros acentos africanos en la cocina


barranquillera es el gusto por la fritura y las comidas
fuertemente condimentadas. Una de las diferenciaciones
entre el área geográfica andina de Colombia con el Caribe
es precisamente la fama de cocina sin sazón que tienen lo
habitantes de la montaña. A la inversa, el concepto de
sazón y sabor se confunden en la costa como patrimonio
exclusivo suyo de origen afro con una estrecha relación, a
nivel de gusto, con las bondades de la poliritmia.

Una herencia que se siente en la fritura del millo


endulzado con coco acaramelado, materia prima mística de
las alegrías y del misterioso encanto del caballito, un
dulce de papaya solidificado en rizos. Otros dulces son la
cocada, el millo quemado amargo sin azúcar y la diversidad
de variedad de dulces que salen con toda su parafernalia en
la semana santa católica como el mongo mongo, el de
ciruela, guandul, corozo, mamey, piña y en general, todos
lo que logre conciliar la imaginación de las frutas
cocinadas y pasadas con azúcar.

La mojarra frita en abundante aceite –casi tostada- y el


arroz con coco, cocinado con los pedazos de su nuez
interior y aguas y que devuelve al concepto de la inventiva
con las fruta. El acompañante ideal de pescados y quesos es
el patacón, plátano frito casi hasta tostarse, y que es
herencia afro en la cocina del Caribe colombiano.
75
IRIARTE, Fernando. La formación de la cultura en Colombia. País Plural.
140

En cuanto a los bollos la variedad es igual de rica que con


los dulces. De los indígenas adaptaron los afros el bollo y
lo transformaron. También adaptaron ingredientes y
componentes de la cocina española. Y que en el caso
concreto de Barranquilla es una tradición que se remonta a
principios del siglo XX cuando Andrea Cassiani elaboraba
sus bollos desde el patio de su casa en el barrio Abajo.
Bollo de limpio, con una masa blanca procesada de maíz, de
mazorca tierna, el de angelito, el de queso y en algunos
casos de plátano. Tradición de ventas y de calidad
gustativa que varias veces pretendió ser industrializada y
siempre, con un fracaso anunciado pues el producto ofrecido
carecía del sabor amoroso fabricado por las manos de las
palenqueras.

Además, la influencia de la culinaria palenquera es visible


en los centros comerciales de la ciudad. En almacenes de
cadena siguen vendiendo con sus poncheras, incluso se
pasean dentro con sus pregones rituales:

“Alegría, con coco y anís…Boooollo”

En las puertas de los centros comerciales colocan su


variopinto repertorio de bollos, mazorcas tiernas guisadas
y dulces. Las frutas, ese otro renglón, lo abandonaron hace
años y su puesto en las calles ha sido asumido por
barranquilleros que pregonan, megáfono en mano, desde un
carro de mula, su repertorio de delicias de la naturaleza.
141

5. VIVENCIAS CULTURALES EN LA CIUDAD

EL LUMBALU BARRANQUILLERO

Testimonios de Filomena Valdez y Asneris Pérez/


Investigadoras

Cuando una persona afro muere en Barranquilla, enseguida se


notifica a Palenque y Cartagena. Ahora se hace por
teléfono, antes, se mandaba un chaquero que era una persona
que salía de aquí a informar que había muerto tal persona.
142

En el pueblo se enteran y enseguida los familiares y amigos


viajan al velorio a la hora que sea. Siempre hay alguien en
Palenque. De igual manera, si muere alguien en Palenque, de
aquí viajan. La mayoría pertenece a una junta. Si es viejo,
porque cuando es joven, pertenecen a organizaciones,
fundaciones. Los antiguos cuagros se fueron transformando a
juntas y en organizaciones. Los cuagros eran grupo de
personas con una misma edad, en cambio las juntas pesa el
factor dinero, en que cada quien aporta mensualmente y se
comparte, trago, comida, negocios.

En las juntas se estipula cuanto dinero se le debe dar a


los miembros cuando muere una persona o familiar.

Las personas que traen al sexteto Tabala son o amigos de


ellos o tienen recursos económicos. Al menos, que le pongan
algunos de aquí. Cuando muere vienen los familiares de
Cartagena, Palenque, Caracas. Entonces es cuando mujeres
ancianas, empiezan a acompañar el muerto con cantos. Se
vela en la casa, aunque hoy en día hay familias que velan
en funeraria. Si esta el muerto ahí no se da el rito del
lumbalu.

El muerto se entierra al día siguiente de su deceso. A


partir de ahí comienza las 9 noches del velorio. Hay casos
que los muertos demoran mas en ser sepultado esperando a
los familiares. Mientras, la gente baila y llora.

Cuando muere una persona comienza el lumbalu y toda la


comunidad se moviliza en ese sentido. Dejan sus ocupaciones
y todo gira en torno al velorio. Se mudan adonde el muerto.
Las amigas preparan la comida, las cuñadas, las yernas.

La diferencia del lumbalu de Palenque con el de acá, es que


allá se cumple todo rigurosamente. Los que vienen de afuera
se quedan las nueve noches en esa casa. En Barranquilla, la
143

vida sigue normal, excepto el día en que se cumplen las 9


noches en que se reactiva todo. Sin embargo, el último día
se reactiva todo, se adorna el altar con papel cometa con
papel cometa y ese día todo el mundo este bien arreglado.
Se hace una misa católica y se reparte chocolate y pan.

En ese día que se trae de Palenque o de Cartagena, una


persona especial que es la que va a levantar el altar.
Viene la señora Seño con su hija con sus pasajes pagos. Ese
es el oficio de ella. Es que las mujeres que cantan ya se
vinieron para acá. Ellas son las que lo acompañan.
En las nuevas generaciones se ha perdido esa parte de
respeto a las tradiciones del lumbalú.

La gente viene de la misa y comienza los llantos fuertes.


Ahí días de llantos mas reposados, aunque a veces se
reactiva cuando aparece una persona de la familia o que era
muy amiga del muerto.

El último día es llanto y canto. Toda la noche. La seño


llega como a las 12 de la noche. Se reza el rosario y es
cantado. Reza normal el ave María. Finalmente a las 4 de la
mañana se levanta el paño y todos deben estar despiertos y
el que no lo esta, se levanta. Se le hace un camino y se
abren la puerta. Se hace un círculo con las sillas y se le
deja un callejón para que salga el espíritu y nadie puede
obstaculizarlo porque se lo puede llevar.

De allí se empieza a cantar así. Y depende del difunto, se


le dice una cosa así cuando es un hijo:

Que dolor siente esa madre cuando su hijo se ha ido

Todos contestan: Y se va a descansar

Y si es el marido dice:
144

Que dolor siente una esposa, cuando el día se ha de llegar…

Y todos contestan:

Que dios lo saque de pena y se vaya a descansar

Puro llanto y canto. Hay una parte que la seño habla de


Magdalena cuando estaba limpiando al señor Jesús.
El llanto sube, pues es la despedida y ya no se va a llorar
más. A las 3 de la mañana, llegan las juntas y comienzan
los juegos cantados como se mea la perra. A las 4 de la
mañana se levanta el altar.

Acá en Barranquilla la cosa ha cambiado con los juegos. Se


juega de una manera reservada, no abierta, como en
Palenque. Y comienzan las mujeres a cantar:
Ay, la muerte del hombre, no hay quien la sienta…
Cuando se muere un joven se le canta a pila el arroz, y van
sonando al piso palo. Eso ocurre en Palenque, aquí en nada:

A pila el arroz,
Pilo yo,
El que lo pilaba se murió

Los hombres están afuera tomando, jugando. Las mujeres son


las que están adentro de la casa. En la puerta del velorio
en Barranquilla se cuentan chistes, anécdotas, cuentos.
Pero no cuentos de la tradición como tío Conejo.

Yo me encontré una vez en un velorio un amigo mío de niñez.


Allí empezamos a hablar toda la noche y fue una manera de
reencontrarnos. En los velorios pasa eso. Uno se encuentra
allí con la familia que andaba por otros lados. Allí, es el
momento del encuentro para compartir momentos.
145

Si no hay dinero, la junta paga. En la última noche del


muerto, si es en Barranquilla, llegan de Palenque sacos de
yuca, arroz, carne salada, y todo eso ayuda al familiar.
Nos regalamos ropas, cortes. Llevamos telas de colores
blanco y negro.

A veces le quedan a uno cortes. Hasta el calzado tiene que


ser de luto. Cuando se murió mi abuela, en la casa de mi
mamá se almacenó un montón de cortes para hacer trajes. Un
canasto de telas. Eso es para el primer año. Demora el luto
tres años y eso depende del grado de familiaridad con el
muerto. Si es primo, mamá, abuelo, hijo.

Eso se da en todos los barrios afros de Barranquilla. Si lo


velan en funeraria, no. La funeraria prepara su muerto y
después el muerto pa´ la casa, aunque yo estoy afiliada al
servicio total.

En la funeraria no se guarda el lumbalu. Pero no es el


mismo acompañamiento del muerto en el hogar que en la
funeraria. Mis tías cuando vinieron de Palenque no fueron a
la funeraria. Fueron a la casa de su hermana. Ellas no
fueron a ningún acto. Ahí se rompe la tradición.

A medida que se sube en la escala económica, se guardan


otras perspectivas y se abandona la tradición del lumbalu.
La costumbre que se va imponiendo es que se entierra al
muerto a los dos días después y ya, se acabó todo, no hay
mas nada. No hay 9 noches.

Cuando no hay ese tipo de velorio, el lumbalu, hay un


descontento para la comunidad y queda hablando, murmurando
sobre los familiares y su procedimiento. Dicen que tan
buena que era fulanita, y fíjate, el tratamiento de perro
que le dieron para el velorio. Lo acusan de blanquero.
146

Simbólicamente queda una mesita en un rincón con una vela.


Con mi abuela hubo un consenso para hacer el velorio y se
decía que era una mujer que le gustaba esto, andariega del
velorio, hasta que las amigas colocaron el paño y le
hicieron las 9 noches con todo y sexteto.

Una costumbre de los velorios en Barranquilla es que


colocan la champeta. Suenan esa música, el caso de un joven
que durante todo el recorrido y lo llevaron al Valle a una
sede que se llama Edi, donde se reúnen los afros los
domingos. Hasta el cementerio iban los jóvenes tomando y
bailando champeta.

Cuando se canta delante del muerto, se le esta ayudando a


que el alma llegue nuevamente a África. A liberarse, por
eso en el cantico se mencionan lugares, como Congo, Angola,
y se reencuentran con los ancestros allá, para finalmente
liberarse.

Cuando cae un muerto, comienzan a caer otro. Eso es algo


que nunca falla. Es de seguido, anda ya cayo el primero,
ahora viene el otro. Enseguida aparece otro. Cuando uno
tiene un familiar bien enfermo, se les manda a llamar a los
que lo conocen y se les dice que si los quieren ver, tienen
que venir, porque ya no amanece. Sucede que la persona no
escucha el llamado y cuando quiere resollar, ya se murió.
Una de las cosas por la que uno sabe que la persona se esta
muriendo es cuando comienza a ver familiares muertos
dándole vueltas alrededor y ofreciéndole comida. Si aceptan
la comida, se mueren.

Cuando uno se da cuenta de eso, todos decimos, ya no hay


nada que hacer, este se va. Enseguida, con este sueño, se
le confirma a los familiares que ya esta que se muere.
147

A veces la persona enferma le dice que ve o que sueña con


muertos que le ofrecen comida y uno le dice que evite
recibir lo que le ofrecen.

SON PALENKE PA´BAILA´

En los tiempos felices después de la llegada en los 60 a La Manga


y Nueva Colombia, las diversiones comenzaron a partir de la misma
comunidad. No se trataba de “meterse” colados los negritos sino
de tener su propio centro de actividades. Eso lo dice María
Diluviana Cassiani:

“Era muy rico irse a bailar, pero claro, con el permiso de


la mamá. Era en la caseta Los Pinos siempre nos acompañaba
en los grupos una persona mayor que lo cuidaba a uno y
estaba pendiente, aunque le confieso no había el desorden
de ahora. Una salía de la caseta de Los Pinos para otra
fiesta que organizaba un grupo de muchachos y a esa fiesta
lo invitaban a uno de casa en casa. Los organizadores iban
de casa en casa para invitarlo y entonces las mamás daban
el permiso y uno se iba para la fiesta”.

“Cuando la fiesta se terminaban las personas encargadas de


la organización nos repartía de casa en casa. Había un
grupo de 10 personas: ellos cogían las que van para La
Manga, las que van para Mequejo con aquel y las de Nueva
Colombia se van acá con fulanito. Tocando las puertas de
las casas: “vea fulana de tal, aquí les traigo a su hija.
Así como no las llevamos así se la traemos”. Además en las
casetas uno bailaba y después que entraba no tenía permiso
de salir para ninguna parte porque los organizadores no lo
dejaban a uno salir de las casetas. Los hombres que salían
afuera le daban una contraseña, pero las niñas no salían de
las casetas. Para que no se reunieran afuera, para no
meterse en problema y así la vida era como más sana y uno
no andaba tan libre como ahora. Tenía unos 16, 17 y a yo
148

iba a fiestas pero con permiso de mi mamá. Ahora la cosa es


muy diferente porque las niñas de 12 y 13 están en la
caseta, bailando ese baile especial que hay ahora. Antes
uno bailaba salsa, brincaba, le hacían rondas, uno ponía
pases y se soltaba del parejo. Pero no se bailaba como hoy.
Cuando yo voy a los bailes me asombro la manera de ver como
bailan. Tienen un baile que yo no lo bailaría ni por nada”.

Como una nueva consecuencia de estos tiempos de baile y


jolgorio, aparece la caseta Son Palenke, ubicada justo en
la frontera de los barrios Nueva Colombia y Esmeralda
surgida por las necesidades de baile de los palenqueros.

Algunos, como lo decía María Diluviana, recuerdan que


subían hasta El Valle para poder bailar pero en algunas de
esas verbenas le colocaban un letrero que prohibía la
entrada a los negros. En ellas decía que no querían negros.
Ante esta discriminación Sergio “Muller” Cassiani,
propietario del cercano estadero de salsa Donde Muller
aprovechó que se había liquidado de Empresa Publicas
Municipales y habló con su tío Martín Cassiani que era
dueño de un lote para montar allí una caseta con en nombre
del grupo Son Palenque, unote los pioneros de la champeta y
de los aires africanos.

Dice Muller que en las puertas decían “No aceptamos negros


en la verbena”, así que nosotros, “Decidimos montar nuestro
propio espacio y así surgió Son Palenque. Abre los sábados
en la noche y todo el domingo”.

La caseta en si son cuatro paredes de cerramiento con una


entrada rustica de madera. En el centro un cobertizo a dos
aguas encementado. Al final, un árbol de divi divi y los
orinales colectivos para los hombres. Al fondo colocan a
149

los picós que levantan una polvareda con su poderoso


sonido.

Las verbenas comienzan en la tarde pero a esa hora solo


entran hombres que se pegan en las paredes mientras que en
el centro uno que otro espontáneo baila con una botella de
cerveza en la mano. Algunos niños miran con gracia lo que
pasa. La concurrencia comienza a llegar y todos se reúnen
en combos aplicándose al baile de las champetas y de la
música africana.

La víspera del 20 de julio del 2009 estaba tocando el


poderoso picó El Isleño de Cartagena. Y remata Muller
señalando que “Aquí han tocado Sexteto Tabala, Anne Swing,
y todos los compañeros que cantan y tocan Champeta criolla
en Cartagena o traemos a los mejores picos de Barranquilla
y Cartagena”.

El Isleño es una verdadera maquina de sonido con dos bafles


de mas de 5 metros de altura a los lados, una batería de
aparatos en bafles la parte baja y arriba una hilera de
bafles y luces. En la mitad, sobre una tarima, el dj y un
tipo con la maquinita agitando el ambiente con las placas:
“Aquí sueeena, el único, el inigualable, El Isleño”…
Sergio Cassiani sostiene que “Los palenqueros cuando
hacemos fiestas la hacemos en conjunto. Nosotros en Son
Palenque abrimos en ocasiones especiales y a veces sirve
para fiestas sociales o de beneficencia”.

ECHANDO CUENTOS Y CANTANDO POR LA CIUDAD

El sanpablero Juan Manuel Valdez de 74 años de edad es


famoso en los barrios Delicias, Olaya y El Silencio por sus
canciones rancheras. Montado con su machete encima de los
árboles ejerciendo el oficio de jardinero, entona su
preferida mirando abajo pasar los vehículos y la ciudad:
150

“Cuanto vales, cuanto tienes, esa es la ley de la vida y el


que no tiene dinero de este mundo se despide”. Despues
encara un repertorio de sentidos vallenatos sin descansar.
Después, se va cantando por las calles hasta que encuentra
otro árbol y se repite la historia.

Para Sonia Valdez, de 52 años recuerda con nostalgia que el


día de los angelitos salía a pedir dulces por los lados de
San Martín y que los 7 de diciembre en las noches salía a
coger de las puertas de las casas las velas ajenas para
llevarlas y prenderlas en la suya. Una vida de otros
amables tiempos como lo dice Faustino Torres:

“Me recuerdo del tambor de Batata. Yo desde que nací fui


viéndolo. Mi abuelita me contaba historias que yo no
conocía de Palenque. Me decía que era muy sano antes. No
como cuando yo me estaba levantando en la vida que habían
esas peleas. En el tiempo de ella no se veían esas peleas.
En la semana santa comíamos comida especial: hicotea bien
guisada. También dulces de gandul y de plátano”.

O se contaban historias, que traídas de la tradición


ancestral se repetían en las calles y en las noches
barranquilleras. Como la historia que cuenta Aída Ruth
Pérez:

“Cocuma era una señora que le gustaba echarle cuentos a los


niños. Por ejemplo, el cuento de Catalina que se fue a
bañar al arroyo y la cogieron y no apareció más y después
aparecía en las noches llorando. Nunca más la volvieron a
ver”.

Cocuma es el caso de Cipriana Pérez y Berta Pérez. Luz


Valdez dice que cualquier cosa que necesitaba, siempre
ellas estaban prestas a solucionarlo. Pero su gran fama,
dice, era que en los tiempos de velorios ellas cantaban
151

cosas como el Loro y la lora estaba loreando, la perra que


se mea y muchos más. Un lumbalu barranquillero que ha sido
lentamente desplazado y del cual se guardan algunas
adaptaciones. Pero diferente, por acento urbano y de
tiempo, al viejo ritual funerario. Tanto, que muchos
miembros de la comunidad apenas si lo conocen y otros
incluso lo confunden con un ritmo africano. Toda esta
tradición de cuentos se diluye en la medida que se pierde
la esencia del lumbalú.

Historias como la que canta Felipe Valdez Herrera, de 72


años, cuando da la receta, en forma de oración, para calmar
los guapos:

“A las mujeres que no podían alumbrar les daba un vaso de


agua de azúcar y le ponía la oración de la virgen del
Carmen que eran 40 palabras y otras oraciones mas. Para la
gente muy guapa le ponía otra oración y apenas se la
rezaba, quedaba mansito. Podía tener un arma en la mano,
una rula, un revolver y se lo entregaba a él”.

William Hurtado, con 49 años, recuerda una historia de


espantos para semana santa:

Un primo hermano me decía que cuando mi mamá estaba pelada,


en una semana santa el estaba con mi abuela en la casa. A
mi mamá le gustaba asomarse mucho por las hendijas y mi
abuela le decía que no se asomara porque le iba a pasar
algo, por los espantos, las animas; entonces mi mamá no le
presto atención; una semana santa se asomo y ella pego un
grito y vio unos ojos mas grande que los de ella”:

Esos espantos de pueblo que todavía son motivo de


preocupación para Federico Cassiani, de 52 años:
152

“Mi abuelo nos contaba que antes en los arroyos habían


mohanes. Uno iba pendiente a ellas en los arroyos, la
mohana se convertía en una señora de cabello largo y se
colocaba en una piedra y gritaba: “no me ensucien el agua”
y enseguida decíamos: esa es la mohana! y salíamos
corriendo”. Esa misma mohana es la motivo para que Daniel
Cáceres, uno de los líderes de la organización ACIFUM,
señale:

“La niñita que la ahogó el gongocho que se le atravesó en


la nariz; los cuentos de la Mohana del Sangamo que era muy
atemorizante para nosotros en esa época. La Mohana es un
encanto que aparece en forma de señora a cualquier hora. Se
identificaba como encanto porque tenía el talón al revés,
en el lado adelante y los dedos pie, del lado atrás.
Sangamo eran personajes muy altos, con gran estatura. Podía
poner un pie en Barranquilla y otro acá, en Palenque. Eran
los maridos de las brujas y no podían salir, si no se
llevaban una limpia, si salían sin permiso”.

OTROS LUGARES DE ENCUENTRO

En la vida cotidiana de los barrios afros del sur occidente


de Barranquilla, existen hitos particulares para sus
habitantes. Uno de esos referentes fue el desaparecido cine
Virrey, en la esquina de la calle 69 con carrera 21. Cerca,
se encuentra el trinagulo del Valle, donde antaño quedaba
una plazita en donde se jugaban ardorosos partidos de bola
de trapo los domingos y feriados.

Hoy queda allí un pequeño parquecito que se integra al


colegio y donde se sientan en las tardes los adultos
mayores a tomar el fresco.
153

Mas allá, la Sede del Edi, un sitio frecuentado por la


juventud en donde se baila y se escucha la buena champeta y
que queda muy cerca de un estanco en donde tambien existe
la misma programación musical. Todos estos sitios
sobreviven de la antigua zona de candela del Virrey que
hasta bien entrados los años setenta era de burdeles pobres
y de bares con luces negras en donde se colocaba música
africana y salsa dura. La carrera 21, un icono en la
historia musical de Barranquilla, comienza precisamente en
esa zona.

6. LA ETNO EDUCACIÓN

lengua de akí suto ta pelendo ele / la lengua de aquí


nosotros la estamos perdiendo

La educación “tradicional” niega los valores culturales de


la población afrodescendiente. Ese proceso es relativamente
154

novedoso en su aplicación en la región Caribe, y mas


concretamente en Barranquilla. En las primeras emigraciones
hacia la ciudad, sobre todo los nativos del Palenque de San
Basilio, traían consigo las tradiciones y costumbres de su
comunidad, pasadas de forma oral pues la gran mayoría de
ellos era analfabeta. Por lo menos, en lo que concierne a
los criterios con que se asigna el desconocimiento de la
lectura y escritura.

Muchos testimonios indican la preocupación de los afros en


la educación y el desarrollo de sus hijos, sobre todo en
una ciudad tan competitiva como Barranquilla. Además de la
evidente marginalidad de los afrodescendientes habitantes
en el barrio Abajo que se manifestaba en la carencia de
recursos para enviar sus hijos a colegios pagos, también
estaba el ingrediente de la discriminación racial. Casi era
un imperativo que se promoviera un colegio para los hijos
de los afros en ese barrio, sobre todo en el sector cercano
a la carrera La María, en el tradicional barrio Abajo.

COLEGIO ESTER DE PELAEZ

En los terrenos actuales de este colegio, ubicado en una


esquina estratégica del barrio Abajo, algunos viejos
habitantes del barrio recuerdan que antaño, en esos
terrenos, estuvo una canchita en que se jugaba beisbol.

El terreno y la construcción del colegio fue impulsado por


la señora Ester de Peláez, motivo por el cual
posteriormente adopto la institución educativa ese nombre.
Según datos, sus labores las inició a final de la década de
los años 40, regentado por las Hermanas católicas
Capuchinas, que justo, dos cuadras más abajo, sobre La
María, tienen un convento.
155

La labor de estas monjas era catequizar la población afro,


borrando los rezagos de su cultura, en algunos casos con
pleno éxito y en otros, de una manera infructuosa. La idea
era someter al catolicismo la herencia latente de los
cimarrones. Acomodar a la civilización urbana como fuera
los hijos de los afros sin darles la posibilidad de que
estos consolidaran su cultura a través de la educación.

El Colegio Ester de Peláez funcionaba también como un


centro comunal y sanitario. A los que iban regularmente a
misa, comulgaban, se le entregaban bonos que en algunas
épocas del año se hacían efectivos con la entrega de
víveres y de ropa. Durante la época navideña, el Colegio
servía de centro de acopio de la caridad pública y por sus
ventanas se entregaban los regalos a los niños y sus
padres.

Si bien originalmente el colegio Ester de Peláez fue hecho


para la comunidad afro, con el tiempo, debido a la cercanía
de los palenqueros con blancos del barrio Abajo, los hijos
de los mestizos y blancos ingresaron a la institución sin
reparos raciales. De hecho ya convivían como vecindario en
el barrio Abajo. Otro motivo por el que el colegio aceptó
estudiantes “blancos” fue que tras la desbandada de
palenqueros hacia las zonas de invasión de La Manga y El
Valle, estas zonas quedaron alejadas de la institución
obligando a los palenqueros a matricular a sus hijos en
colegios oficiales de la zona de San Felipe y Olaya. Allí
muchos de estos estudiantes recuerdan las burlas y
discriminaciones por parte de sus otros compañeros y de
docentes de estos colegios. La marcha de los palenqueros
redujo en más del 60% el alumnado del colegio.

Igualmente, el Ester de Peláez, frente a los otros colegios


de la ciudad, tenía el peso social de la segregación. En
algunos sectores no eran bien vistos los graduados de este
156

colegio. Por ello, algunos palenqueros, sobre todo los que


laboraban en el sector industrial que tenían prebendas como
becas, auxilios escolares, y con hijas, las mudaron de este
colegio a otros de carácter pago de clase media baja y
media. Todos en la cercanía del barrio Abajo para evitar
los costos de transporte.

Para Eloisa Gutiérrez, de 70 años, su llegada a


Barranquilla estuvo signada por necesidades de carácter
familiar:

“Yo vine al barrio Abajo con una prima hermana me


necesitaba para atender la niña, para ella ir a trabajar.
Cuando me hice señorita trabajaba y estudiaba. Teníamos un
colegio muy sabroso, gratis que le daban a uno de todo y
con todo y eso no aprendimos casi. Daban de todo, uniforme,
zapatos. Era el colegio Ester de Peláez adonde llegué hasta
segundo de primaria, mal hecho. Por eso no sé nada”.

EL CASO DE MATILDE HERRERA

Las necesidades en materia educativa en algunos casos


condicionaron la vida de muchas familias palenqueras. Esa
visión de su padre la recuerda Matilde Herrera:

“Nací en el Palenque de San Basilio el 12 de enero de 1955.


Mi padre era agricultor y ganadero, se llamaba Primitivo
Herrera y mi mama, Brigida Hernández. Mis abuelos tenían
fincas pero ellos lo llamaban la roza. Mi papa trabajaba
con ellos. Cuando mi papá se casó con mi mama y yo tenía
dos años de nacida, se vinieron para Barranquilla en 1957.
Mis abuelos no querían pero el se vino porque el querría
que sus hijas fueran profesionales. Son cuatro mujeres. Yo
creo que a el le dijeron los paisanos que se viniera. Era
un tío de el que se llamaba Salome Herrera. El vive todavía
y su casa esta por la casa del carnaval”.
157

“Un día de esos en el pasaje era que mi mama traía su maíz


y los transformaba en bollo y salía a las cinco de la tarde
a vender. A nosotras, las muchachas, nos llevaban enfrente,
adonde las monjas del Ester de Pelaez y allí pasábamos todo
el día. Además, por allá llegaban las niñas mayores que yo
palenqueras que trabajaban en las casas de familia. Ellas
llegaban y pasaban todos los domingos. Para nosotros era
muy importante pues ellas dormían, hablaban, traían cosas
que les regalaban a ellas y las compartíamos. Nosotros,
pequeñitas, caminábamos las calles sin problemas y a veces,
desde las casas, nos tiraban ropa y dulces. Nos decían
“Esperen un momentito”, y entraban a buscar los que no
regalaban”.

“Estudié en el Ester de Peláez hasta quinto de primaria


pero mi papá con su trabajo pensaba que si dejaba a las
hijas con las otras palenqueras, no progresan. Eso fue
verdad. En ese colegio Ester de Peláez, nosotras
mandábamos. Las monjas no podían con la cultura de
nosotros. Nos querían acomodar a ellas, pero no podían.
Ellas querían a unas palenqueras disfrazadas de blanquita.
Y resulta que las palenqueras de ese tiempo, no se dejaban:
no querían comer arroz de trigo. Las monjas hacían al
almuerzo y ellas, mis hermanas, decían que mejor se iban
para la casa pues su mama le daba arroz de coco con
pescao”.

“Total, pasó esa época de esas hermanas mías más viejas. Yo


si me acomodo un poquito a las monjas. Mi papá las voy a
sacar de ahí. Pues el era religioso. Me saco de allí y me
puso en el Pío XII que era el colegio que queda detrás de
la catedral. No nos metió en colegio público porque mi papá
decía que allí había mucha gente y había que coger fila
para todo y para él, que era negro, mucho más”.
158

“Allí en cambio, al colegio privado, uno llegaba y nos


matriculaban enseguida. Nos cuidaban más porque había menos
alumnos. Yo me salvo de estar vendiendo hoy en día bollos –
porque todas mis amigas de esa época lo hacen-, por
estudiar en ese colegio”.

“Como yo quería ser maestra, continúe mis estudios en la


Normal San Buenaventura que quedaba en la 38 con la calle
50, una normal privada, con buenos profesores. Ahí yo perdí
el miedo de hablar. Porque yo sufrí un trauma. Cuando mi
papá se metió en Nueva Colombia me metió en tercero de
primaria en el colegio más cercano, que era la
Concentración del Barrio Olaya. Mi papá me traía y llevaba.
La profesora y las otras niñas se burlaban de mí: de como
hablaba, como usaba las trenzas. Mis costumbres no eran
bien vistas. Me apago con lo que hacia en el Ester de
Peláez que hacíamos los que nos daba la gana”.

“Yo era inteligente y sacaba buenas notas. Antes de llegar


al colegio Pío XII yo ayudaba a mi mamá haciendo alegrías y
vendiéndolas en el mercado. Un día una compañera, también
negrita, me vio. Su mamá era sanpablera y vivía en
Venezuela y de allí le traía maquina de escribir y otras
cosas. Yo no, tenía que ayudar a mi mamá. Las pelas me
decían que si yo vendía en el mercado y a mi eso me daba
trauma. Pero pasados los carnavales yo llegaba al colegio
con mucha plata. Ellas no tenían para la merienda, y yo si
tenía, entonces a mi no me importaba nada el resto. Tenía
mala ortografía porque no hablaba bien. Así que muchas
veces las niñas de al lado sacaban cinco y yo sacaba tres y
la pelá se copiaba de mi. Entonces yo peleaba y decía que
no me merecía esa nota. En la Normal fue que me quite todos
esos traumas gracias a los profesores que eran de pueblo.
Ana Lucia Mosquera era uno de ellos y creo que era de Santa
Lucia. Había otro de Manatí, todos ellos me ayudaron
mucho”.
159

“Me ubique bien por el arte. Un negro, Arthur Forbes, me


llevo al bachillerato del terminal y allí me trataban como
una reina y creían que era familia de el. Me trataba bien.
Allí monte la danza del Congo. Cuando yo estudiaban en la
Universidad del Atlántico, también iba a la academia de
Carlos Franco. Todas las niñas de Boston se retiraron de
Carlos porque había llevado esa negra a la academia.
Trabaje de instructoras de danzas en varios colegios
privados. Tengo tres hijos que estudiaron en la Universidad
del Norte. El hijo estudia música en la Javeriana y se
metió a tocar con una orquesta cubana y se retiro de la
universidad. Parece que se va para Cuba a estudiar”.

“En el proyecto de Rosana Lignarolo, Pasión Caribe todos


son alumnos míos, niñitos que cogi pequeños y ahora están
grandes. Estudian en Universidad por la ley 70 y todos esos
pelaos son sobrinos míos. Detrás de Rosana, estoy yo en eso
de secundona, aunque la gente no lo sabe”.

LAS POSIBILIDADES DE LA ETNO EDUCACIÓN

Las posibilidades de la educación tradicional, sin embargo,


fueron menospreciadas al considerarse que no tenían ninguna
utilidad práctica, como lo narra, con evidente travesura,
Lina Esther Padilla:

“Me crío un tío que está muerto y la esposa de él que sí


está viva. Ellos me criaron hasta los 18 años y me pusieron
en colegio, pero yo era mala para eso y dije que na´ ma´
iba a aprender a hacer cartas y a leer novelas”.

“Yo comencé con Aidé la prima mía y ella si siguió y yo me


planté que no iba más; votaba los zapatos y hasta me queme
yo misma de maldad pa´ no i´ al colegio. Entonces mi tío
Clemente, que en la gloria esté, me decía que adonde yo me
160

metía que no iba para el colegio porque después iban a


decir que como yo no era su hija, él no me daba estudio,
pero era tan bruta que yo no aprecie nada de eso”.

La falta de un concepto educativo que tuviese estrecha


relación con el entorno étnico y cultural fue una de las
causas probables de la deserción escolar. Eso lo indica
Faustino Torres:

“Casi no tuve estudio. Yo me críe en el pueblo. Mi padre me


tenía al cuidado de un ganado. Yo me dedicaba a ordeñarlo,
a sacar lechesita, pero siempre hice la primaria”.

Pero hay una toma de conciencia en el sentido que la


etnoeducación reivindica y que logra paradigmas de cambios
estructurales. Eso lo sabe por experiencia vivida
Encarnación Torres:

“Antes nosotros no le parábamos bolas al estudio. Ahora


no. Le paran bola al estudio para civilizarse y no estar
como estaba uno antes”.

La superación y la búsqueda de un futuro promisorio en


donde haya igualdad de oportunidades y la presencia
cultural afro no siga siendo reivindicada como un bien
exótico lejano son la permanente constante de estos
procesos educativos en Barranquilla. Dice Luz Neidis Valdez
Olivo “Los aportes afros han sido importantes. Han sacado
muchos proyectos adelante. Cuando ellos se proponen algo lo
hacen, ellos se propusieron sacar adelante el colegio
Paulino Salgado Batata y muy bien que lo han logrado,
porque ese colegio antes era el peor y ahora es el mejor”.

Es también el concepto de la docente Argelis Salcedo,


nativa de San Pablo. “Hasta ahora que es que estoy
161

ingresando ya que trabajo en una fundación etnoeducativa


Marcus Garvey en el barrio La Paz de la seño Deni. Ese es
un colegio de niños pequeñitos de jardín hasta transición”.

Para Devis Cassiani “Bueno en Barranquilla desde los años


80 – 90 se inicio este proceso de la etnoeducacion de
pronto no tuvo muchos eco, puesto que había muchas barreras
que impedía que las personas afrodescendientes pudieran
responder a sus intereses y necesidades, que la educación
que el vehículo por el cual debe transitar todas las
personas para ese año muchas personas y adolescentes
estaban impulsando la etno educación. En Barranquilla este
proceso ha sido lento, hoy tenemos una escuela
etnoeducativa y estamos trabajando para el impulso de la
cátedra afrocolombiana , aunque en ley debe ser para todo
el país , en Barranquilla se está iniciando este proceso y
es largo porque hay que sensibilizar la población de la
importancia de los estudios afrocolombianos y la
africanidad que ha sido invisibilizado en la mayoría de los
currículos. Es un proceso que apena comienza y muy arduo ,
porque no solo hay que sensibilizar a los padres de
familia, jefes de núcleos , rectores y profesorado que de
pronto se rehúsan a que los estudiantes tengan un área
específica en donde los estudiantes puedan fortalecer su
identidad étnica y cultural , porque estamos en un lugar
como Barranquilla en donde la mayoría de la población es
afrodecendientes, pero cuando no conocemos nuestra
historia, la su valoramos, estamos en ese proceso de
fortalecer la cátedra de estudios afro colombianos y de
sensibilización. Son muchas etapas las que lleva a
sensibilizar y de pronto implementar una educación
pertinente para los grupos afro colombianos”.

Son esos cambios significativos que permiten ir


consolidando una presencia educativa y bibliográfica de los
ancestros africanos en las calles de Barranquilla. Ese es
162

el sentir de Argelis Salcedo: “Cuando yo terminé mi carrera


de Ciencias Sociales en la Simón Bolívar no se hablaba en
ningún libro de los afrocolombianos. Eso es hasta ahora que
se está viendo”.

EL COLEGIO PAULINO SALGADO “BATATA”

En realidad el proyecto educativo Paulino Salgado “Batata”


comenzó con la construcción por parte del Club de Leones de
la edificación a finales de la década de los ochenta, en
pleno corazón de Nueva Colombia, en la misma calle de la
emblemática caseta Son Palenke y del salsero estadero Donde
Muller. Un edificio de dos pisos con un amplio patio para
las actividades culturales y deportivas cuya actual
capacidad es de 615 alumnos, 19 profesores y se encuentra
ubicado en la carrera 21B número 75 - 93 del barrio Nueva
Colombia.

El nombre inicial fue el del líder histórico afro


colombiano Benkos Bioho, cimarrón y fundador del palenque
de La Matuna en la Cartagena de Indias de la colonia. Sn
embargo, el imaginario cultural propuesto por el tamborero
Paulino Salgado, Batata, terminó imponiéndose en la
denominación de la institución que desde ese momento, hace
4 años, lleva en el tambor en su escudo. Divisa, además,
que es usada profusamente en las recreaciones y actividades
culturales del colegio.
EL NOMBRE DEL COLEGIO

Uno de los mas grandes tamboreros afros le da su nombre a


este proyecto etnoeducativo del suroccidente de
Barranquilla. Paulino Salgado es un ilustre hijo de
Palenque de San Basilio que vivió gran parte de su vida en
Barranquilla, animando con su tambor los carnavales.
Roberto Palma da una semblanza de Paulino:
163

“ Batata? Era el mejor de Colombia. Su experiencia le abría


caminos con mucha facilidad. Lo conocí en 194176 en el
barrio El Valle, cuando ambos estábamos comenzando.
Tocábamos para El Caracol, aquella cumbiamba del barrio que
era de mi familia. Después hicimos un grupo que llamamos La
Cumbiamba de Palma y Paulino y trabajamos juntos en la
albañilería. Desde ese lejano año nos estuvimos acompañando
hasta cuando se quedó con Sonia Osorio. Todavía viene en
época de carnavales y a veces nos acompaña en el
recorrido”.77

El colegio Paulino Salgado lleva, pues, un nombre


justiciero desde el punto de vista de la cultura palenquera
barranquillera. También ha servido este centro educativo
para canalizar recursos y el otorgamiento de becas a
estudiantes afrodescendientes.

En Barranquilla funcionan varios colegios con el compromiso


de la etnoeducación, ubicados en la zona de desarrollo afro
del Valle, Nueva Colombia, La Esmeralda y Mequejo. Las
instituciones son Los La Manga, El Valle y Paulino Salgado
‘Batata’.

EL AUTORECONOCIMIENTO: FACTOR CLAVE EN EL TESTIMONIO DE LA


DIRECTORA DANNY LLOREDA

El colegio Paulino Salgado surgió como un colegio


comunitario. Antes se llamaba Centro educativo Benkos
Bioho. Tenía rectores afropalenqueros. En el 2006 el
distrito de Barranquilla asume esta institución y decidió
cambiársele el nombre a Paulino Salgado.

76
Quizas se refiera al año 1951. En 1941 ni siquiera se habia consolidado a nivel urbano el sector de Mi
Kioskito y San Felipe estaba en proyectos. El Valle es un barrio que a nivel temporal y espacial es
posterior.
77
SUESCUN, Alvaro. Carlos Franco: Danza en el recuerdo. Ediciones Instituto Distrital de Cultura de
Barranquilla. 2007
164

Los que cambiaron el nombre fueron Marcos Cassiani, de


Asocaf y otros líderes. Este edificio es del Club de Leones
Barranquilla Puerta de Oro y fue cedido en comodato aunque
tienen opción de compra. Para hacer baños y bibliotecas
porque estamos bastante apretados y la comunidad se va
expandiendo. Nos dieron otra sede al lado del puesto de
salud de Carlos Meisel en donde funciona el preescolar y la
primaria.

En este momento tenemos 747 estudiantes. Hay 23 docentes


etnoeducadores: afrodescendientes, indígenas y mestizos.
El estilo del colegio es de comunidad concertada abierto a
todos, a los padres de familia, a los líderes. Hace poco el
colegio recibió unas becas para que los estudiantes
aprendan ingles las cuales otorgadas por la Embajada de
Estados Unidos. Esta es una oportunidad que nos permite
seguir uniendo lazos con ese país porque tenemos una
escuela hermana en San Diego, California, la ‘Francis
Parker’, de donde vendrán estudiantes a hacer pasantías en
inglés en nuestra institución.

Es un orgullo para mí que siendo del pacifico pueda estar


en esta posición. Siento que dios me bendijo. Yo llegue a
esta posición gracias a Asociación de Organizaciones
Afrocolombianas que fue quien me postuló. A través de
Asocaf se hizo una reunión entre los diferentes
profesionales de la etnoeducación y así salio mi nombre.
Soy graduada en educación de la Javeriana de Bogotá.

Llevó 14 años de vivir en Barranquilla. La comunidad del


Padifico en Barranquilla vive en La Chinita, en Rebolo, en
La Luz, en Mequejo, Nueva Colombia y por los lados de La
Cordialidad. Nosotros nos reunimos el segundo domingo de
cada mes. Nos vamos rotando. Nos reunimos en oficinas, en
la casa, o en Cajacopi.
165

Nosotros tenemos dos eventos anuales uno en octubre y otro


en noviembre, Todos los días, en un preescolar, estamos
trabajando nuestras costumbres a través de diferentes
áreas.

El proceso etnoeducativo es completo e incluye la historia


misma de África. Tenemos que conocer la historia de donde
venimos, que somos, para lograr un autoreconocimiento como
un grupo afrocolombiano. Queremos romper el paradigma de la
etnoeducación palenquerizada. Los negros somos todos los
descendientes de África, no solo los palenqueros. Y
mostrarles también a nuestros estudiantes,
independientemente del grupo étnico al que pertenezcan, que
todas las culturas son importantes y podemos convivir
juntos en paz.

Aquí tenemos indígenas y también le damos esa cultura. Por


ejemplo, cuando se habla del 20 de julio, no se habla en el
colegio solo de los españoles y los criollos blancos que
participaron sino también del aporte de los indígenas y los
afrodescendientes.

Es mostrar en la etnoeducación la verdad porque lo que nos


han mostrado es sesgado. Sabemos de la participación negra
en la historia de Colombia que ha sido escondida. Fueron,
son grandes luchadores. El proceso afro anda por buen
camino gracias a la etnoeducación. Los niños y los jóvenes
en formación crecen con autoreconocimiento y de esta manera
logran niveles de credibilidad. Por el mismo hecho de ser
discriminado no se reconocen como negros. Que el
afrocolombiano es malo y feo.

Estos jóvenes darán ejemplo de convivencia e


interculturalidad. Esta escuela recibe apoyo de Juan
Hernández, coordinador de etnoeducación del distrito que
viene por acá a enterarse en que andamos. Nos ayuda con el
166

PEI. Las diversas organizaciones afros de Barranquilla lo


apoyan plenamente.

EL LEGADO DEL ARTE AFRICANO SEGÚN DEIVIS CACERES

El profesor Deivis Cáceres tiene 6 años dictando clases en


el colegio. Licenciado en ciencias sociales, es profesor
del quinto grado. En las tardes de los sábados lidera los
proyectos artísticos de danza de la institución. Pertenece
a la Asociación de Etnoeducadores del Atlántico. Tiene 16
años de experiencia en procesoS organizativos.

Para el profesor Deivis Cáceres es “importante que los


niños conozcan la verdadera historia y la lengua de sus
ancestros. Existió un momento en que los padres prohibieron
a sus hijos hablar en bantú, lengua proveniente de África,
para evitarles las burlas que ellos habían recibido”.
Aparte de lo que aprenden los estudiantes en sus clases, el
colegio y sus docentes involucran a los padres y abuelos de
los estudiantes en el sentido que les colocan tareas lengua
afro, generando un concepto de unidad familiar étnica. El
padre nuestro, por ejemplo, es estudiado y rezado en
bantú”.

Además, señala sobre su rol institucional: “Soy instructor


de danzas artísticas del Colegio Paulino Salgado Batata. La
misión de la institución es formar los futuros líderes
afrocolombianos. Reafirmando la identidad étnica.
Estamos en organizaciones afrocolombianas y eso tiene que
ver con la etnoeducación. Anteriormente a las personas
negras, desde el punto de vista educativo, se les
discriminaba. Antes, cuando se hablaba de los africanos se
hacia énfasis en que eran esclavos. Los niños crecían con
esa mentalidad de inferioridad. El negro era lo peor. En el
estudio de la geografía e historia de los continentes,
África era el último o nunca se daba los temas que
estábamos esperando”.
167

En cuanto al arte, no solo se negaba de plano la música


africana, aunque se aceptará a través de otros canales.
Deivis Caceres recuerda que “Si hacían representaciones
dramáticas, siempre teníamos los peores papeles. Éramos los
ladrones, los sirvientes, los malos. Toda esa
estigmatización se va formando con uno y crea inseguridad
en los niños y adolescentes”.

El desconocimiento implica la negación de o invisibilidad


de los afros que han trascendido. Según Cáceres, cuando
estudió “ nunca supe quien era Benkos Bioho o Manuel Zapata
Olivella, por solo decir dos nombres. O quien fue Martín
Luther King, o Petion, un líder importante haitiano para la
independencia de Colombia. Nunca cuando hablan de la
independencia, hablan de el. Hablan de Bolívar, el
libertador, pero nunca el aporte de los afrodescendientes.
La etnoeducación que impartimos nosotros no se circunscribe
a la cultura palenquera. La idea es que nuestros jóvenes
reciban la parte natural, su contexto, de la comunidad
palenquera, sino que reciban una información global. Desde
África hasta Estados Unidos”.

7. LA ORGANIZACIÓN DE LOS AFROS EN BARRANQUILLA

Los nexos de los afrodescendientes en Barranquilla con sus


lugares de origen se difuminan. En el caso de los nativos
de Palenque –que constituye el grueso de este aporte
étnico- la presencia de un ilusorio progreso y la amplitud
de canales para superar las exclusiones y los estereotipos,
tienen su propio costo cultural: es un pesado fardo que se
ha llevado durante unos saltos generacionales pero que
168

todavía, a estas horas, nadie parece dar respuesta de


cuanto tiempo mas pueden demorar.

Uno de esos casos de perdida es la lengua original, la cual


sufrió un proceso urbano de rechazo que se manifestaba en
burlas y que fue secreta catapulta para echarla en el
olvido. Las nuevas generaciones de afrodescendientes
nativos de San Basilio de Palenque y afincados en
Barranquilla, la desconocen.

DE LOS CUAGROS RURALES A LAS JUNTAS URBANAS

La ciudad soñada del migrante, así como da, también exige y


quita. Pero aún, como en los ancestros africanos, siguen la
presencia de los cuagros y clubes de asistencia social.
Estas redes de solidaridad todavía se conservan aunque
ahora sus contextos y objetivos sean mas urbanos y
modernos.

Eso sostiene Benjamin Martínez Mosquera, de 50 años:

Inicialmente trabajaba con la comunidad palenquera que fue


la que manejó las agrupaciones étnicas en Barranquilla.
Trabaje con el señor Adán Torres de Cucaf y posteriormente
con una organización afro que pertenecían al Pacifico. Me
uní al señor Damián Gonzáles en la organización de
comunidades negras Diego Luís Córdoba. Trabajamos en el
fortalecimiento de nuestra identidad cultural, dando a
conocer a la sociedad atlanticense y barranquillera que los
afro descendientes no solo pertenecen a los sectores de
Bolívar, o palenques sino que también hay otras colonias
como la del pacifico y que también somos en su mayoría afro
y que tenemos una identidad plena con nuestra raza y
ancestro cultural. Aquí se unifica a las personas para los
beneficios que da ley 70 y las entes territoriales con
respecto a las políticas para minorías étnicas y las
169

instituciones educativas para beneficiar a los miembros de


nuestra etnia lo mismo que participar en proyectos que
redunden en el beneficio de nuestra comunidad.

Para Ismael Salinas, los recuerdos los limita a su cuagro


denominado La Costeña, donde peleaban entre ellos y
celebraban en común la semana santa, las fiestas de
Palenque, los carnavales y en general todas sus fiestas.

Otros clubes como El Vendaval nacieron en Palenque, donde


se forjó Daniel Cáceres Pérez y que luego devino en
Barranquilla en la organización Los Temibles, después La
Integración y luego la Asociación Cívica Fuerza Negra.
Ahora Daniel es el representante legal de la Asociación
Kumbiliza Caribe que se encarga de reivindicar los procesos
organizativos que tienen relación con el pueblo
afrocolombiano.

Sergio Cassiani, mas conocido como Muller, pertenece a la


Fundación Amigos 90 la cual hace parte de Asocaf, cuyos
propósitos generales son “reivindicar los derechos de los
afros, de nosotros, dependemos de los palenqueros y
aquellos que no son palenqueros y los incluimos para que se
metan bajo esos liniamientos. Velamos a nuestros difuntos,
los lloramos y en quebrantos de salud somos muy unidos”.

Unidos Club es el nombre de la asociación de Edith Ospina


con los cuales sacan proyectos que benefician a la tercera
edad y hace campañas de desconexión. Un mundo urbano
diferente al que recuerda Juan Manuel Valdez Cassiani, 74
años, en su tierra nativa:

“Mi cuagro en palenque, cuando era joven, peleaba por el


territorio, los de arriba - Vicenta Blanco, difunto
Abelito, difunto Cande, difunto Genaro - con los de abajo,
en donde estaban los Valdez y los Simanca; entre otros.
170

Una concepción mas pacifica y de voluntariado social es la


que ofrece María Concepción Reyes Valdez, de 68 años:

“Mi club se llama los amigos y se reúnen para cuando se


muere alguien. Colabora con la señora que se murió. Uno da
$10.000 o $20.000, y con esta ayuda sirve para alimentación
de la señora y los familiares que lleguen”. O la de Jaime
Valdez, del barrio Caraquita cuando señala que “en el club
los Unidos nos reunimos todos los fines de mes a hablar,
reuniones que hacemos a realizar para proyectos como de las
pandillas de los niños por la paz, para que no estén
peleando en las calles”.

Los hay cuyos recuerdos son lúdicos, como bien lo dice


María Cardona Reyes, 62 años: “pertenecí a un cuagro
llamado La Araña Negra. Teníamos un bonche de varias
jovencitas y jovencitos para parrandear”. Maritza Cassiani,
57 años recuerda su cuagro, que se reúne mensualmente con
un bello nombre: El club de las divinas mujeres. Otras
reuniones de mujeres son las que tiene Felicita Valdez, de
74 años cuando dice: “El club que estamos perteneciendo
algunas paisanas, que tenemos un club, que hacemos
reuniones todos los meses en las casas de las personas y es
el club que tenemos nosotras, ahí nos reunimos hasta 20
mujeres estamos feliz ahí, hacemos comida, hacemos
distracciones ahí para estar tranquilas”.

Para María Diluviana Cassiani, en su niñez tuvo un cuagro.


“Ahora”, dice, “estoy grande un club, que no existe, ya se
termino se desorganizo. Quedamos nada más 5 amigas. Años
atrás nos reuníamos hasta 20 muchachas y andábamos juntas.
Eran del barrio Arriba y del barrio Abajo. Por ejemplo las
niñas de barrio abajo se reunían y también se hablaban con
la del barrio arriba y siempre que uno se sentía mejor que
171

la de allá arriba y viceversa. Tal vez uno pensaba en forma


equivocada y éramos niñas iguales, personas iguales”.

Si bien son recuerdos palenqueros que se remiten a las


áreas barriales, para Eloisa Gutiérrez, de 69 años, la cosa
tiene un sentido más urbano:

“En mi época eran mis amigas e íbamos de paseo. El combo


era las del barrio Lucero. Ahora le llaman combo y ante les
llaman cuagro. Ya ahí había hombres y mujeres. Mis amigas y
amigos estábamos revueltos todos. Éramos alegres”.

De cómo el cuagro conformaba una serie de relaciones


sociales, lo confirma el testimonio de María Elena
Gutiérrez, de 72 años:

“El cuagro mío se llamaba Santa Teresa. Éramos bastantes


hombres y mujeres. La relación era que para semana santa,
el viernes santo peleábamos pero no era una pelea de
verdad en si. De enemigacion, si no de cuagro, porque las
amistades vestíamos para la fiestas vendía para las
fiestas. Si su poco de ropa para ir para el baile el que
tenía su facilidad en el pueblo, que su mamá con su papá,
le compraba su ropa, su cadena y el que no tenía comodidad
salía para afuera a trabajar para poder estar representada
en el grupo. De ahí salían los novios. Al menos el mío es
de mi propio cuagro. Nos casábamos ahí mismo con sus
amigos, después de amigo se hacía novio y se casaba”.

La música era componente esencial de algunos cuagros


urbanos barranquilleros. Lina Ester Padilla Estrada, 52
años recuerda a una canción de salsa de la orquesta La
Conspiración respecto al nombre de su cuagro:

“Yo pertenecí a uno que se llamaba Orissa del cual yo era


la jefa. De ahí salió ahora salió Fusa 90, que la mayoría
172

éramos de ese cuagro y hicimos esa asociación aquí. Fusa 90


nació aquí en Barranquilla en el 90 y en el 92 nos unimos
con la gente de Cartagena donde yo fui par un velorio y me
estuvieron comentando las muchacha que querían tener una
junta unida a la de aquí de Barranquilla. Yo traje la razón
y el compadre Carlos Cesar Cassiani, Humberto Pérez y yo
hicimos la unión pa´ hacer los dos clubes en uno solo, pero
ahora ya no tengo mucho decirle porque yo a raíz de mi
enfermedad estoy un poco abierta de allá pero como yo vaya
o no vaya siempre estoy ahí con plata o sin plata. Siempre
me tienen ahí porque ellos me han dado bastante ayuda con
esa enfermedad y ahorita mismo ellos y que tomaron una
decisión y es que yo no voy a pagar mas. Porque estoy
enferma y lo que yo trabaje no puede ser para pagar porque
la junta puede darme todo lo que yo necesite sin yo pagar.
Ahorita es que voy a haber, porque creo que mañana y que ha
y reunión y voy a ver como es la cosa. Se llamaba Orissa
por un disco que hay que se llama Orissa y como así le
ponía a los cuagros de los discos. Entonces le colocamos
ese disco que me gustaba tanto. Entóneme un pedazo de la
canción y las mujeres bailando alegre y entonces las pelas,
que peleaban con uno el cuagro de ellos que se llamaban Los
Reyes de Puerto Rico y nosotros, teníamos una polémica
porque ellos decían que el disco de ellos era más bonito y
nosotros decíamos que el de nosotros era más bonito, como
el de ellos era cortico y el de nosotros era largo nosotros
le ganábamos. Cada cuagro en ese tiempo tenía una canción
que lo representaba. Ahora estamos en Fusa 90, pero la
mayoría es de Orissa. La mayoría de los que están ahí y Lis
que están son Orissa y que hacen como club. Eso lo que yo
no se te decir porque estoy ida de ahí y ante era una junta
que lo hacíamos nada más para divertirnos pero ahora según
tengo entendido que hacen muchos proyectos para con la
junta pero no sé. Son 13 años que tengo enferma y 4 veces
me he alejado. Ya tengo un año que no voy, sin recoger
fondos. Pagábamos cuando yo iba 5 mil para la caja y 5 mil
173

para el almuerzo, pero yo como ya no voy no se cómo está


eso. La plata del fondo se metía en una caja y como te
digo, tenemos una integración con Cartagena y tenemos una
cuenta lo de allá a nosotros y nosotros a lo de allá y
cuando es la integración tenemos que sacar millones. Pero
ahora no se cómo está la cosa. Ya tengo como dos carnavales
que ni voy. Si, y ahí mismo se coge para pagar muerto
porque se cogía de la caja y por persona teníamos que dar
20 mil pesos. Son para pagar al que se murió como a mi
cuando se me murió mi papá. Me pagaron casi un millón de
pesos y así es con todo el que se le muere alguien. Ahora,
ya no sé. Mejor no digo nada cuidado que a vaya a meter la
pata”.

El club social de Encarnación Torres se llama Los


Diferentes. El de Faustino Torres es una fundación que se
la La 21, como la popular carrera que comienza en el
corazón del barrio del Valle, aunque también se encuentra
en el club La Manga y a Los Diferentes. Las actividades son
de tipo social y recreativo pues cada mes a uno de los
miembros le toca hacer un buen almuerzo, con charla y
cerveza incluida. Aparte, también hacen ahorros para los
días de calamidad.

El sentido de solidaridad se encuentra presente en los


nombres. El Club Los Unidos hace obras en Nueva Colombia
como por ejemplo, como desconectar a las mujeres con muchos
hijos. Dice Víctor Martínez Ramírez, 39 años que “se
desconectaron a 38 mujeres”. Del mismo club es Argenida
Martínez: “ajuntan su plata durante todo el año y en el mes
de diciembre - enero parten su plata y eso es un ayuda para
nosotros lo que estamos metidos”.

Los nombres que se le dan a estas congregaciones son


diversos: juntas, clubes y cuagros. Felipe Valdez Herrera,
de 72 años dice:
174

“Pertenecí a un cuagro que se llama La Estrella se reúnen


cada 15 días. Actualmente tenemos una junta que le dan a
uno un auxilio para ayudarlo cuando muere un familiar, un
hijo, nieto o hermano”. O pertenecen a dos, como Concepción
Torres, de 74 años: “Pertenezco a dos: Las Amigas y otro
que no recuerdo. Tenemos unas reuniones para cuando haya
algunas calamidades nosotras nos ayudamos una con otras.
Pagamos diez mil pesos mensuales y al pasar algún caso, a
la compañera se saca para colaborar con la compañera que se
le murió alguien, y la otra es un Sam, en cada casa que se
haga el Sam, se le da la plata a la dueña de la casa, la
plata que se recoge, como también si hay una calamidad
nosotras como amigas, le hacemos una recolecta a esa.
Pagamos mensual 32 mil pesos.

También funciona la idea de cooperativa, como la que tiene


Alfredo Bolívar Pérez, de 70 años, en Galapa y se llama La
Castillera. Para William Hurtado, de Turbo, Antioquia la
cofraternidad es la idea de la Fundación Unidos Club, en la
cual es vocero. Sus actividades van desde la recolección de
fondos, la limpieza de arroyo, pavimentación de las vías,
proyecto de desconexión de mujeres sobre las vendedoras que
esta capacitando el Sena y otro a los jardineros la esta
capacitando para formar una micro empresa.

También Denys Lloreda, 40 años, tiene clara las funciones


de estas asociaciones en el marco de la ciudad:

“Yo soy una mujer de organizaciones de trabajo comunitario.


Trabajo a caro de Diego Luís Córdoba. Tengo una fundación
para los niños afrocolombianas en el barrio La Paz, que se
llama Marcus Garvey, de la cual me siento muy orgullosa.
Soy asesora pedagógica y por otro lado, coordinadora por
que trabajo como rectora del centro piloto etnoeducativo
Paulino Salgado Batata. Es importante la educación que es
175

lo que estudia para ayudar a mi pueblo, a mi gente para


acudir a oportunidades”.

Ese nuevo sentido de los cuagros y organizaciones de


afrodescendientes en Barranquilla lo manifiesta Deivis
Cassiani:

“Mi primera organización al que me adscribí fue la Ángela


Davis. Allí estuve durante seis años y tuve la oportunidad
de fortalecer la parte formativa, la parte de mi identidad.
No tuvimos la oportunidad de estudiar en un centro
etnoeducativa y los conocimientos que teníamos eran
accidentaliStas en donde se desconoce la parte de la
africanidad. Fue en la organización Ángela Davis donde
conocí toda la parte histórica de las comunidades
afrodescendientes y la verdadera historia de Colombia y
también conocer los diferentes procesos en que estamos
involucrados. En la actualidad hago parte de ADETA
asociación de etnoeducadores del atlántico que nos
encargamos de potencializar la cátedra de estudios afro
colombianos y la etnoeducacion en las diferentes
instituciones etnoeducativas en el distrito de
Barranquilla, Colombia y también pertenezco ala
organización afrocolombiana Kumbe que se encarga de
fortalecer las diversas manifestaciones culturales propias
de las comunidades afrocolombiana haciendo énfasis más que
todo en lo que tiene que ver con las danzas y las historias
míticas de la comunidad palenquera”.

Por la comunidad Ángela Davis pasó Aída Ruth Pérez y por


otras:

“Yo estuve en un tiempo con Te Necesito y después con


Ángela Davis y los llamados cuagro de palenque. Te Necesito
era un grupo de mujeres palenquera de la señora Cecilia y
que nos enseño a trabajar. De dicho grupo fue que resulto
176

los famosos dulces de la semana santa. Ella hizo que


nosotros nos distribuyéramos en el parque Surí Salcedo y
Ángela Davis, lo mismo y todavía esta pero ya no pertenezco
a ese grupo. Ángela Davis es un grupo de mujeres donde le
ayudan a conseguir trabajo, le dan medico, hay todo lo
necesario para ayudar a las personas pobres.

Mas allá del concepto de cuagro y de club, aparece un tipo


de asociaciones fuertemente ideologizada con respecto a los
ancestros y propuestas culturales como Kusuto, de los
Hermanos Ariel y Javier Cáceres quienes propugnan por una
vigencia del legado cultural afrocolombiano con grupos
musicales, de danza y de cantadoras, Organizando eventos,
no solo para su comunidad, sino para integrar a
Barranquilla con toda la cultura afrodescendiente. Es una
propuesta como la que hace Fredma Herazo:

“Yo soy olayero 100% y he colaborado en aporte con mi


conocimiento a la organización Palenque Libre y club social
Benko Ku Suto. Trabajamos en la capacitación y
fortalecimiento a los jóvenes de san Basilio de Palenque a
los jóvenes del proceso afro, apoyo en los espacios
educativos como el Sena u otras instituciones,
concientización del pueblo afro sobres sus derechos y
deberes.

ORGANIZACIONES AFROS

En Barranquilla son un total de 48 diversas organizaciones


afrodescendientes. Su campo de acción es diverso y estan
regidas por una asociación afro denominada ASOCAF, dirigida
por Marcos Cassiani, que en el líder y vocero general de
todas ellas. Argelis Salcedo pertenece a una de estas
asociaciones llamada Unidos Todos, la cual se reune
mensualmente con fines de asistencia general buscando
mejoras en la calidad de vida de sus miembros.
177

Una de estas activas organizaciones es Kusuto. Uno de sus


líderes, Javier Cáceres Palomino, cuenta la historia:

“Nací en Barranquilla hace 41 años. Mis padres Andrés


Cáceres y Agustina Palomino llegaron al barrio Mequejo
adonde una familia. Mi papá es jubilado de una empresa
industrial y mi mamá hacia y vendía alegrías y dulces por
las calles. Mis abuelos son de San Basilio de Palenque. Mis
papas vinieron hasta Barranquilla a sacar adelante a la
familia. Soy contador y tengo mi oficina. Kusuto lucha por
la supervivencia de legado cultural afrocolombiano. La
cultura pervive en nuestros barrios como El Valle, Nueva
Colombia donde todavía se mantienen las tradiciones como la
música africana en la Sede del Muller, en la caseta Son
Palenque, en las personas que hacen todavía bollos, dulces,
gastronomía. Esa cultura afro en Barranquilla se siente en
el colegio Paulino Salgado Batata. Se mantienen todavía
nuestras tradiciones orales como nuestra lengua. Palenque
es mas allá del territorio, hablarle a nuestros hijos de lo
que es palenqueros”.

Otra de estas organizaciones es Acifun, dirigida por Daniel


Cáceres Pérez, de 47 años de edad:

“Tengo 47 años de nacido en Barranquilla. Vivo en el barrio


Buena Esperanza con mis hijos. Antes vivía en el Bajo
Valle. Sin embargo, a la edad de 8 años me fui a Palenque
a vivir con mis abuelos pues mi papá se fue para Venezuela.
He trabajado barriendo en las Empresas Publicas, ayudante
de operador en una planta, en la roza y en ganadería.
Me inicie en los procesos organizativos como fundador del
club social Vendaval en Palenque. Luego fue la organización
Los Temibles y después la Asociación Cívica de Fuerzas
Negras- ACIFUN. En la actualidad soy representante legal de
la Asociación Kumbiliza Caribe que se encarga de difundir y
formar nuestra cultura, reivindicando los procesos
178

organizativos que tienen que ver con la mejoría del pueblo


afrocolombiano”.

Pero no solo se trata de los nativos de Palenque. Los


afrodescendientes del Pacifico radicados en Barranquilla
han desarrollado procesos organizativos, como lo explica
Antonio Cuesta:

“Hace 14 años varios chocoanos fundamos con el señor Damián


la organización Diego Luis Córdoba. Fue la primera y es la
única que hay actualmente y eso ha sido un proceso. La
creamos viviendo en el barrio La Chinita. Hoy en día
estamos organizados trabajando por la comunidad, haciendo
proyectos sociales y micro empresariales. Hay darle duro. A
la gente hay que educarla. Hay que conseguir las cosas y
así todo el que quiera algo tiene que lucharla”.

TESTIMONIO DE MARCOS CASSIANI, LIDER DE ASOCIACION DE


COMUNIDADES AFROS

Cassiani es quizás el personaje organizativo de mayor


relevancia en Barranquilla pues dirige la matriz de todas
estas asociaciones. A su vez es el representante de ellas
ante el alto gobierno nacional.

Marcos Cassiani, nació y creció en Barranquilla. Hijo de


Roberto Cassiani Cañate y Ana Fecunda Cassiani, curso hasta
el cuarto grado de bachillerato. Hace 25 años ingresó a su
primera escuela organizativa, el Movimiento Cimarrón, para
siete años después emprender la consolidación de ASOCAF.
Llegó a esa posición, dice “por mi trabajo incansable por
la comunidad y los beneficios recibidos como es la
institución educativa Paulino Salgado, donde se han
nombrado 60 docentes y se tienen firmados convenios
vigentes con la Universidad del Atlántico”.
179

En Barranquilla hay aproximadamente 31 organizaciones: La


Integración, Fusa 90, FUNEPA, Ángela Davis, Kuzuto,
Cimarrón, Dos para todos, Unidos Club, Fuerzas Unidas,
Perlas Negras, ASDEISCA, Etnoeducación, Funda Vivir,
ASOJUN, Progresar, Diego Luis Córdoba, Adeta, Kumbilesa
Caribe, Funde Millo, Ángela Narváez, ASPAL, Palma Africana,
Mujeres en acción, Niche, Mujeres activas, Mumpox, Cumbe,
los Cuarenta, Los Vecinos, La Reforma y Juventud en
Proyección.

Según Cassiani “la idea de la asociación surgió en 1998


pues era la única forma de generar una fuerza contundente
para conseguir la reivindicación de los afrocolombianas con
una organización de alto nivel”. Sin embargo, reconoce que
“la falta de unidad es el principal problema, pues cada
quien piensa en sus intereses personales y no hay un
pensamiento colectivo”.

Todas estas organizaciones mantienen amplias relaciones con


agencias locales, nacionales e internacionales y se
articulan con el estado colombiano a través de las
prerrogativas de ley contenidas en el Decreto 3770. La
queja es que las administraciones territoriales carecen de
claridad y de políticas con respecto a los
afrodescendientes, caso contrario a los funcionarios
competentes del Ministerio del Interior en el alto gobierno
nacional.

ASOCAF se reúne mensualmente en una sede propia que tienen


desde el año 2009. El objetivo general de la asociación es,
según su director Marcos Cassiani “Velar, proveer y
dinamizar todo el proceso afrocolombiano a nivel del
distrito de Barranquilla y el departamento del Atlántico”.

LIDERES DE LA COMUNIDAD
180

No es fácil encarar el liderato de excluidos y marginados.


Si bien lo hay por la visibilización de presencias
públicas, como es el caso de Edgar Perea, Edgar Rentería y
Joe Arroyo, no siempre los de piel oscura se consideran así
mismo afrodescendientes. Para Carmen Meléndez, que ha
sufrido cierto desden por su condición de nativa del
Pacifico, la falta de plataforma ideológica y de una gran
base unitaria política, convierte a los afrodescendientes
en Barranquilla en carne de cañón electoral. En elecciones
llegan los buses de los caciques políticos blancos, con
almuerzos, dinero, entregando prebendas como materiales de
construcción y cualquier candidato de la misma causa étnica
queda rezagado ante esa avalancha. Eso lo reconoce Carmen
por experiencia propia.

Hay dirigentes como Adán Torres que tienen su propio caudal


electoral aunque no hayan sido elegidos. Otros, como
Samudio Mosquera Palomeque, del Pacifico, han pasado por la
Asamblea del Atlántico y han participado en diversas
administraciones públicas. Miguel Bolívar Acuña,
prestigioso abogado y ex alcalde de Barranquilla es también
afrodescendiente, pero ni la comunidad ni el mismo aceptan
esta vinculación. Es el caso de Rafael Castillo que ha
estado en diversos cargos del orden departamental.

El liderato de la comunidad afrodescendiente tiene relación


con la procedencia geográfica del personaje,
preferiblemente de Palenque para ellos, aunque las
tendencias de la ciudad muestran que mientras mas se aleje
de esa idea, es probable que logre mayor carrera y
ascendencia por parte de diverso sectores de la ciudad.

Si bien hay un notablato consistente en la capacidad de


brindar ayudas a los cuagros, clubes y asociaciones y esta
actividad esta asociada a la política y las elecciones,
también es cierto que hay líderes sectoriales ocultos,
181

héroes de sus comunidades como los señala el testimonio de


María Diluviana Cassiani:

“Bueno aquí en la comunidad hay personas mayores que hayan


sido así como el señor Aníbal Pérez, un ancianito viejito
que andaba con los políticos. Cuando estaban trabajando
aquí en Mequejo y queríamos beneficios como el agua, la luz
y las calles. Pero ya murió Aníbal que era regañón, rabioso
y que hacia pataletas, pero cuando lo necesitábamos ahí
estaba. Al otro lado, en la calle pavimentada estaba Ramón
Herazo que también andaba con los políticos buscando ayuda
para el sector. Nosotros por acá colaboramos con votos pasa
sus actividades”.

Igual caso de los intermediarios entre las esferas del


poder y la comunidad afrodescendiente lo presenta Víctor
Martínez:

“La que si hace bastante por las comunidades


afrodecendientes es la señora Josefina Olivo. Ella ha
conseguido muchos beneficios para nosotros. Por ejemplo,
ellas nos dio lavadora, equipos de sonido, a través de sus
palancas de las alcaldía, tanto así, que ha conseguido
carne y lugares donde puedan trabajar las personas de este
color en playas, hoteles, como peinadoras y como
masajeadoras. La señora Josefina se encuentra actualmente
en Santa Marta”.

Similar es lo que sostiene Franklin Fontalvo:

“Un líder de nosotros en El Bosque es Juan Carlos, el


muchacho del frente. Siempre ha estado metido en
actividades para ayudar a la gente a través de la política.
Siempre ha tenido la facilidad y la entrada. Para mi los
grandes personajes de los afros son los beisbolistas”. Y
para Faustino Torres, una gran líder natural es la abogada
182

Ester Herrera, del famoso tronco familiar que todavía vive


en pleno barrio Abajo.

Dice Encarnación Torres, de una forma pesimista, que el no


ve ningún líder ahora. Casi igual es lo que sostiene el
chocoano Antonio Cuesta que indica los males y vicios de
esa condición de guía.

“La verdad, mi opinión personal es que hay muchos peros,


tenemos muchas .diferencias. A mi mas que todo me gustan
los lideres que está naciendo, por que los lideres antiguos
tenemos muchos vicios. Aquí faltan líderes negros porque
los líderes que se han querido mostrar no han servido mucho
y el día que nazca un líder que haga lo que diga y diga lo
que haga, la gente ese día le cree y las comunidades van
empezar a creer, porque la gente está buscando en quien
creer. El aporte intelectual los han dado muchos negros
como Manuel Zapata Olivella y otros que no me acuerdo el
nombre. Pero el aporte ha sido mínimo. El mayor ha sido en
la mano de obra, en la economía informal. Han ayudado a
construir empresas, pero desde un lugar que no hay
muchísima representatividad”.

PERFILES DE LOS PERSONAJES AFROS DE BARRANQUILLA

En el universo afro barranquillero hay, más que líderes,


figuras públicas afrodescendientes en diversos campos.

PERFILES DEPORTIVOS
Ricardo Cardona/ Boxeador. Campeón mundial categoría Súper
Gallo
Prudencia Cardona/ Boxeador. Campeón mundial categoría
Mosca
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Fidel Bassa/ Boxeador. Campeón mundial Mosca. Después haría


una carrera de empresario de librerías.
Francisco Tejedor/ Boxeador. Ganó la corona mundial Mosca
Sugar Baby Rojas/ Boxeador. Campeón mundial Súper Mosca
Rigoberto “Memuerde” García/ Futbolista del Atlético Junior
Exequiel Theran/ Beisbolista
Artur Forbes/ Beisbolista y líder sindical portuario
Milciades Mejía/ Beisbolista
Ubaldo Salinas/ Beisbolistas
Humberto Perea/ Atleta

PERFILES ACADEMICOS
Dolcey Romero/ Docente e investigador sobre temas
históricos, Ha escrito varios libros.
Rafael Soto/ Docente e investigador. Ha escrito varios
libros sobre la cultura del Caribe

PERFILES ARTISTICOS
Leonardo Aguaslimpias/ En sus comienzos fue boxeador.
Después se metería de lleno al mundo de la pintura con sus
mujeres negras de amplios traseros
“El Brujo” Córdoba/ Compositor y cantante del pacifico que
vivió por mas de 20 años en Barranquilla donde dejo hijos
Álvaro Barrios/ Uno de los mejores dibujantes de Colombia.
Una obra reconocida en la historia del arte
latinoamericano.
Joe Arroyo/ Cantante y compositor. Pasó por Fruko y sus
Tesos, fundando después su orquesta La Verdad. Ídolo de los
carnavales de Barranquilla
Carmen Meléndez/ Coreógrafa, docente e investigadora.
Dirige su colectivo artístico Palma Africana.
Gustavo Cogollo/ Fotógrafo
Daniel García/ Fotógrafo
Luis Carlos “El Negro” Meyer/ Cantante internacional
Angelica Herrera/ Bailarina, docente y coreógrafa
Matilde Herrera/ Bailarina, docente y coreógrafa
184

Luz Marina Cañate/ Docente y directora de grupos de


carnaval
Abraham Cáceres/ Coreografo, bailarin y docente. Propulsor
de comparsas del carnaval

PERFILES PROFESIONALES
Fernando Prada Ortega/ Abogado penalista
Cindy Soto/ Modelo

PERFILES POLITICOS
Samudio Mosquera Palomeque/ Abogado y político
Adalberto “El Negro” Sereno/ Abogado y político
Adan Torres/ Político
Faustino Torres/ Político

PERFILES POPULARES
Adán “El negro” Moreno/ Personaje nacido en Cartagena. Tuvo
una venta de chicharrones en Chiquinquira.

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