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Teresa de la Parra: Pionera Literaria Venezolana

Teresa de la Parra fue una destacada escritora venezolana nacida en París en 1889, considerada junto a Rómulo Gallegos como la novelista más importante de Venezuela en la primera mitad del siglo XX. Publicó sus dos novelas más conocidas, Ifigenia y Las memorias de Mamá Blanca, mientras vivía en París en la década de 1920. Aunque tuvo éxito internacional, su obra cayó en el olvido en Venezuela por varias décadas después de su muerte en 1936.
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Teresa de la Parra: Pionera Literaria Venezolana

Teresa de la Parra fue una destacada escritora venezolana nacida en París en 1889, considerada junto a Rómulo Gallegos como la novelista más importante de Venezuela en la primera mitad del siglo XX. Publicó sus dos novelas más conocidas, Ifigenia y Las memorias de Mamá Blanca, mientras vivía en París en la década de 1920. Aunque tuvo éxito internacional, su obra cayó en el olvido en Venezuela por varias décadas después de su muerte en 1936.
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Teresa de la Parra

(Ana Teresa Parra Sanojo; París, 1889 - Madrid, 1936) Escritora venezolana
considerada, junto a Rómulo Gallegos, la novelista más importante de la primera
mitad del siglo XX en su país. Su padre, Rafael Parra Hernáiz, era cónsul de
Venezuela en Berlín; su madre, Isabel Sanojo Ezpelosín de Parra, descendía de
una rancia familia de la sociedad caraqueña. "Tanto mi madre como mi abuela
pertenecían por su mentalidad y sus costumbres a los restos de la vieja sociedad
colonial de Caracas", escribía Teresa de la Parra en 1931, en una breve reseña
autobiográfica.

En esa misma reseña declaraba haber nacido en Venezuela, y aunque París dista
nueve mil kilómetros de Caracas, apenas puede decirse que mintiera, ya que la
infancia de Ana Teresa transcurrió cerca de la capital venezolana, en la hacienda
familiar de Tazón. Poco después de morir su padre, en 1900, se trasladó con su
madre y hermanos a España, y en 1902 ingresó en el valenciano internado del
Colegio del Sagrado Corazón de Godella.

Estos años formativos, los de su infancia y adolescencia, dejaron una profunda


huella en la escritora: los recuerdos de Tazón darían vida a la hacienda Piedra
Azul de Las memorias de Mamá Blanca (1929), y el internado se convertiría en el
marco formativo de María Eugenia Alonso, la heroína de Ifigenia.

La carrera literaria de Teresa de la Parra presenta tres momentos claramente


diferenciados. Sus primeras incursiones fueron unos breves cuentos, de tema
fantasioso más que fantástico y tintes vagamente orientalizantes, y el diario
apócrifo "de una caraqueña por el Lejano Oriente", publicado en la revista
Actualidades, que dirigía Rómulo Gallegos.

El relato MamáX, que le valió en 1922 el premio literario de un diario de Ciudad


Bolívar, pasó luego a formar parte de una narración más extensa, el Diario de una
señorita que se fastidiaba (matriz narrativa de Ifigenia) publicado ese mismo año
en revista La lectura semanal, que dirigía por José Rafael Pocaterra.
Posteriormente, Teresa de la Parra recordaría ese año de 1922 como el del inicio
de su verdadera vocación de escritora.

Esta vocación dio sus frutos en París, ciudad donde fijó su residencia en 1923. Allí
verían la luz sus dos novelas: en 1924 Ifigenia, traducida al francés por Francis
Marmande y elogiada por Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez. En ella se
narran las vicisitudes de la heredera de una familia acomodada caraqueña venida
a menos y se explora, por primera vez en la narrativa venezolana, el mundo y la
sensibilidad de una mujer. En la segunda, Las memorias de Mamá Blanca (1929),
hallamos una crónica familiar que rescata y recrea, con una sencillez que no elude
la maestría narrativa, las voces y el habla venezolanas de su época, a la vez que
evoca con lucidez un mundo para siempre perdido: el de la aristocracia criolla.

En París llevó el género de vida que convenía a una señorita de la buena sociedad
caraqueña: asistir a recepciones en embajadas y frecuentar a escritores
hispanoamericanos. Inició entonces con el diplomático y escritor ecuatoriano
Gonzalo Zaldumbide una amistad, amorosa primero, después entrañable y
fraternal, que ha quedado documentada en un nutrido epistolario.

Esta segunda etapa, la de la asunción plena de su vocación, fue también la de su


otra gran amistad, amorosa y sororal, con la escritora cubana Lidya Cabrera, a
quien conoció en 1927 durante un viaje a Cuba en el que representó a Venezuela
en la Conferencia Interamericana de Periodistas y disertó sobre "La influencia
oculta de las mujeres en el Continente y en la vida de Bolívar".

Cabrera la acompañó hasta el último momento durante su dolorosa peregrinación


por sanatorios suizos y españoles, en busca de la imposible curación de su
tuberculosis. La enfermedad, cuyos primeros síntomas se manifestaron en 1931,
modificó de raíz su personalidad y su vida. Con respecto a su obra, sería más
acertado decir que la enfermedad agravó cierto giro que la autora había
comenzado a dar desde su ciclo de conferencias del año anterior. "Acomodar las
palabras a la vida, renunciando a sí mismo, sin moda, sin pretensiones de éxito
personales, es lo único que me atrae por el momento", escribía en 1930 al
historiador venezolano Vicente Lecuna.

Surgió entonces el proyecto, que no alcanzó a realizar, de escribir una "biografía


íntima" de Simón Bolívar que evitara las facilidades de la novela histórica, que
Teresa decía detestar. Salvando las distancias entre autores tan disímiles, puede
decirse que Teresa de la Parra fue la primera en concebir una idea que
ejecutarían, en muy distintos registros, Álvaro Mutis en su cuento El último rostro y
Gabriel García Márquez en El general en su laberinto.

Hasta su muerte en 1936, Teresa de la Parra no dio nada más a la imprenta. Sus
escritos inéditos, sin embargo, tienen el peso y la importancia de su obra editada.
Su epistolario, sobre todo, es un monumento de madurez reflexiva y un impecable
ejercicio de diálogo amoroso y amistoso. En 1947 sus restos fueron trasladados a
Caracas e inhumados en el Cementerio General del Sur. El 7 de noviembre de
1989 fueron sepultados en el Panteón Nacional, convirtiéndose en la primera
mujer venezolana en penetrar en este mausoleo.

La obra de Teresa de la Parra

Teresa de la Parra fue la primera escritora venezolana que obtuvo reconocimiento


crítico fuera de su país. Sus dos novelas tuvieron una amplia difusión en Francia,
España e Hispanoamérica inmediatamente después de su publicación en los años
veinte, y la autora recibió el homenaje de Miguel de Unamuno y Juan Ramón
Jiménez. El filósofo vasco le envió una serie de pormenorizadas anotaciones a su
novela Ifigenia, y uno de sus agudos comentarios hace referencia al tema del
espejo, recurrente en esta obra: "Como uno se olvida de sí mismo, Teresa,
desdoblándose y vaciándose, es a fuerza de mirarse en el espejo". El poeta de
Moguer redactó una honda nota obituaria, que publicó El Sol de Madrid un mes
después de la muerte de la escritora, acaecida en 1936 en el sanatorio de
Fuenfría, en la sierra de Guadarrama, tres meses antes de estallar la guerra civil
española.
Cuando el mundo literario español comenzó a levantar cabeza, tras el largo túnel
del franquismo, los españoles que admiraron a la venezolana habían
desaparecido de escena. Además, el estruendoso boom latinoamericano impuso
rápidamente otros nombres y novedades.

En Venezuela, la suerte póstuma de su obra no fue más propicia. El año de la


muerte de Teresa de la Parra fue también el de la liquidación del régimen de Juan
Vicente Gómez en Venezuela. El país despertaba de casi tres décadas de una
dictadura que lo había mantenido en un aislamiento casi total del resto del mundo.
En pocos años Venezuela dejaría de ser "la enorme hacienda" de Gómez para
iniciar una frenética transformación de sus instituciones políticas y estructuras
económicas y sociales.

Para los venezolanos que repudiaron el gomecismo, la figura y la obra de Teresa


de la Parra poco o nada se avenían a las exigencias del momento. Sus dos
novelas, así como el ciclo de conferencias que sobre "La importancia de la mujer
americana durante la Colonia, la Conquista y la Independencia" dictó en Bogotá y
Barranquilla en 1931, dejaban la imagen de una escritora que miraba hacia atrás y
recreaba en su obra comportamientos y códigos sociales que muchos
venezolanos de entonces asociaban con el provincianismo y atraso que querían
superar.

A estas circunstancias, y al hecho de que fuera considerada durante largos años


como la afrancesada autora de obritas menores, se sumó la lluvia de anatemas
que desató entre los críticos venezolanos más conservadores su primera novela,
Ifigenia (1924), la cual, según contaba la misma autora, fue calificada de
"volteriana, pérfida y peligrosísima en manos de las señoritas contemporáneas".

Si algo caracteriza a la escritura de Teresa de la Parra es su limpidez y


transparencia. Su narrativa, que nace en el momento álgido de la modernidad
literaria, se señala por su rechazo de la experimentación formal y lingüística. Ella
misma admitía, sin trazo de pudor o arrogancia, que el arte de su época (el
cubismo o el dadaísmo, que había conocido en sus años parisinos) no le decía
absolutamente nada.

Ajena a la modernidad, su obra es una puerta abierta hacia el pasado. Pero no al


ominoso pasado de los historiadores, cargado de heroicidades sangrientas, sino a
su cuerpo y voz vivos, a los relatos, anécdotas y cuentos familiares. Su bisabuela
había sido realista; su tía, Teresa Soublette, descendía de Carlos Soublette, uno
de los próceres de la Independencia; su mejor amiga, Emilia Ibarra, de un edecán
de Bolívar. La historia de Venezuela no era para Teresa de la Parra la descarnada
relación de los manuales sino una memoria viva; si aquélla era asunto de
hombres, ésta vivía y se transmitía de abuela a madre y de madre a hija. Su
feminismo, que ella misma calificaba de "moderado", se nutría de estas fuentes. A
diferencia de Rómulo Gallegos, lo criollo y americano de su obra no es un axioma
más en la demostración de una tesis, sino la asunción plena de una tradición
vivida que encarna en una lengua y unas formas.

Rómulo Gallegos

(Rómulo Gallegos Freire; Caracas, Venezuela, 1884 - 1969) Novelista y político


venezolano. Junto con el argentino Ricardo Güiraldes y el colombiano José
Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos fue uno de los máximos representantes de la
tendencia realista que subsistió en la narrativa hispanoamericana de las primeras
décadas del siglo XX, periodo en que convivió con el desarrollo de la novela
indigenista.

Novelista y político venezolano nacido en Caracas en el 1884, Rómulo Gallegos


llegó a ejercer el cargo de Presidente de Venezuela durante unos pocos meses en
el 1948, aunque su fama internacional la alcanzó por sus escritos llegando a ser
considerado el novelista venezolano más importante del Siglo XX y uno de los
más grandes literatos latinoamericanos de todos los tiempos.
Entre todos los libros de Rómulo Gallegos se destaca su novela más popular,
"Doña Bárbara", la que cuenta con distintas traducciones como al inglés, francés,
ruso, italiano y esperanto entre otros. Fue nominado al Premio Nobel de Literatura
entre los años 1959 y 1963, pero no llegó a ganar esta distinción.

Rómulo Gallegos hizo estudios universitarios de Agrimensura y de Derecho en la


Universidad Central de su país, pero no llegó a terminarlos. Empleado de
ferrocarriles y profesor en colegios privados, llegó a ser subdirector de la Escuela
Normal y director del Liceo de Caracas (1922-1928).

El dictador Juan Vicente Gómez le nombró en 1931 senador por el estado de


Apure, pero sus convicciones democráticas le hicieron expatriarse y renunciar al
cargo. En 1935, muerto el dictador, Rómulo Gallegos volvió a Venezuela, y en
1936 fue nombrado ministro de Educación en el gobierno de Eleazar López
Contreras, cargo al que también renunció por los mismos escrúpulos morales.
En 1947 fue elegido presidente de la República, pero fue derrocado al año
siguiente por una junta militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud. Exiliado
de nuevo en Cuba y México, Rómulo Gallegos regresó a su país al ser liberado
éste de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958.

En sus comienzos de narrador, Rómulo Gallegos publicó Los aventureros (1913),


una colección de relatos. Siguió a esta obra El último Solar (1920), una novela que
reeditaría en 1930 con el título de Reinaldo Solar, historia de la decadencia de una
familia aristocrática a través de su último representante, en el que se adivina a su
amigo Enrique Soublette, con quien fundara en 1909 la revista Alborada.

Escribió después La trepadora (1925), entre cuyos personajes sobresale Victoria


Guanipa, figura ambiciosa y sin escrúpulos. Doña Bárbara (1929) es una
verdadera epopeya que tiene como escenario la llanura venezolana. Cantaclaro
(1934) es la novela de un cantante popular que recorre las aldeas y los campos.
Canaima (1935) narra la existencia ruda de unos hacendados en las orillas del
Orinoco. Posteriormente publicó Pobre negro (1937), El forastero (1942), Sobre la
misma tierra (1943), La brizna de paja en el viento (1952), La posición en la vida
(1954) y La doncella y el último patriota (1957), obra ésta con la que obtendría el
premio Nacional de Literatura.

Salvador Garmendia

(Barquisimeto, 1928 - Caracas, 2001) Escritor venezolano considerado el mejor


representante de la novela urbana en su país. La publicación de Los pequeños
seres (1959), Los habitantes (1961) y Día de ceniza (1963) supuso la aparición en
la narrativa venezolana de la temática de la alienación de los habitantes de las
ciudades, ya iniciada por Guillermo Meneses, pero explorada en estas novelas con
plena conciencia de que el mundo rural había sido destrozado irremediablemente.
En este sentido, la obra de Salvador Garmendia se opone a la de Rómulo
Gallegos, y puede ser vista como una empresa de demolición de los anteriores
esquemas de la narrativa venezolana.

Este escritor nacido en Barquisimetro en 1928 se dedicó a varios géneros dentro de las
letras, pasando por la narración, la crónica y hasta guiones de radio y televisión a la vez
que también incursionó en la literatura infantil y relatos de no ficción. En 1972 obtiene el
Premio Nacional de Literatura.

Nacido en una familia numerosa de clase media pobre, se inició en la literatura a


causa de una enfermedad: una tuberculosis diagnosticada en su adolescencia le
obligó a guardar cama durante tres años, tiempo que dedicó a la lectura. Hacia
1945 comenzó a publicar y se vinculó con el medio radial y periodístico de su
ciudad natal, iniciando asimismo su militancia en el Partido Comunista, del que se
separó en 1953.
Desde 1948 residió en Caracas, donde se ganó la vida escribiendo y adaptando
obras teatrales y melodramas para la radio y la televisión. A mediados de los años
cincuenta entró en contacto con el grupo literario Sardio, primera manifestación
generacional radicalmente opuesta a las concepciones tradicionales e
institucionales de la literatura y el arte en Venezuela, que se prolongó, a
comienzos de los sesenta, en el grupo y revista El Techo de la Ballena.

Con Los pequeños seres (1959) y Los habitantes (1961), la narrativa venezolana
se torna urbana y se centra en la exploración de esos "pequeños seres" anónimos
y universales a la vez, marcados por la inadaptación y el antiheroísmo, que son los
habitantes de una gran urbe como Caracas. Esta exploración en el mundo
anónimo y marginal de la ciudad, poblado de abogadillos mediocres y burócratas
frustrados, se ahonda en Día de ceniza (1963) y en La mala vida (1968). Con esta
obra, Garmendia incorporó hábilmente a su panoplia narrativa una narración
fragmentaria y una rica problematización de la instancia narrativa, recursos
frecuentes en la novela del siglo XX que tardaron en aclimatarse en Venezuela.

En 1968 Garmendia aceptó un puesto en la Universidad de Los Andes, en Mérida,


donde dirigió la revista y la colección Actual. Ya preparaba entonces la última
novela de su ciclo urbano, Los pies de barro, editada en Barcelona (España),
adonde Garmendia se trasladó en 1972 como corresponsal de la editorial Monte
Ávila, y adonde volvió en la década de 1980 con un cargo diplomático. Los pies de
barro (1973) toma como marco una ciudad sacudida por la violencia de la guerrilla
urbana y la represión y tiene como protagonista un escritor frustrado; la estructura
fragmentaria traza en contrapunto el contraste entre la ciudad en pie de guerra y la
indiferencia de la gente. La novela fue censurada por las autoridades españolas,
pero al mismo tiempo proyectó a Garmendia como uno de los representantes del
boom literario hispanoamericano.

El mismo año de su llegada a la ciudad condal, 1972, Garmendia recibió el Premio


Nacional de Literatura. No abandonó entretanto el cuento y el relato breve,
géneros de los que fue un maestro consumado. Paralelamente a sus novelas fue
publicando un tipo de relato más lineal, centrado en la anécdota y tendente a la
viñeta, como los recogidos en Doble fondo (1965), o variantes ingeniosas de
temas caros a la literatura fantástica, presentes en los textos que componen
Difuntos, extraños y volátiles (1970) y Los escondites (1972).

Cuando sus lectores comenzaban a aceptarlo como el maestro venezolano de la


novela urbana, Garmendia dio un giro con Memorias de Altagracia (1974),
iniciando un retorno al mundo de su infancia y las historias que lo poblaron. Pero
en la recreación por este autor del mundo provinciano de Barquisimeto y su familia
no hay la menor traza de idealización criollista, sino la entronización del cuento
como núcleo de sentido del universo afectivo e imaginario del escritor. Memorias
de Altagracia fue, junto con El capitán Kid (1986), la última incursión de
Garmendia en la novelística, ya que posteriormente se dedicó a componer
volúmenes de relatos.

La publicación, en 1976, del cuento que da nombre al libro El inquieto Anacobero


y otros cuentos, uno de sus mejores textos satíricos, fue objeto de persecución
judicial a causa de sus "malas palabras". En los años ochenta cumplió misiones
diplomáticas en Madrid y Barcelona, y siguió recogiendo relatos en volumen: El
brujo hípico (1979), El único lugar posible (1981), La casa del tiempo (1986),
Cuentos cómicos (1991), el cuento infantil Galileo en su reino (1993) y La media
espada de Amadís (1998). Siguió a la vez escribiendo con regularidad para el
diario El Nacional, donde disponía de una columna semanal desde 1984.

Arturo Uslar Pietri

(Caracas, 1906 - 2001) Escritor y político venezolano. Después de Rómulo


Gallegos, es el escritor venezolano que de más celebridad y consideración ha
disfrutado en el siglo XX. Su novela Las lanzas coloradas (1931), con la que se dio
a conocer cuando contaba apenas veinticinco años, contribuyó a forjar la tan
hispanoamericana tradición del «realismo mágico».

Arturo Uslar Pietri se convirtió en uno de los intelectuales más destacados del país
en el Siglo XX y no fue solamente un escritor sino que también se dedicó a la
abogacía, el periodismo, la política y la producción de televisión. En 1931 publicó
su primera novela, “Las lanzas coloradas”, la que está ambientada en la guerra de
la independencia venezolana, resultando ideal para entender ese momento
histórico a través de un relato ágil y por momentos sangriento.

Entre los diversos premios que cosechó por sus narraciones están el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras en 1990 y el Premio Rómulo Gallegos en 1991
por su novela “La visita en el tiempo”.

Fueron sus padres Arturo Uslar Santamaría, de ascendencia alemana, y Helena


Pietri Paúl, descendiente de corsos afincados en el estado Sucre. Su bisabuelo
paterno, el general Juan Uslar, luchó en la guerra de Independencia, y su abuelo
materno, el general Juan Pietri, fue presidente del Consejo de Gobierno en los
inicios del régimen de Juan Vicente Gómez. Tanto su padre como su abuelo
fueron generales en el ejército venezolano.

Siempre se ufanó Uslar de descender de luchadores por la Independencia de


Venezuela y servidores de la patria, y solía destacar la presencia en su tronco
familiar de un edecán de Simón Bolívar y de dos presidentes de Venezuela, Carlos
Soublette y Juan Pablo Rojas Paúl. No es de extrañar, con tales antecedentes
familiares y el hondo sentido de la responsabilidad histórica y ciudadana que le
inculcaron sus padres desde niño, que Arturo Uslar Pietri dirigiera una buena parte
de sus esfuerzos a labrarse una trayectoria política. Son legión los cargos públicos
que desempeñó. Fue tres veces ministro: de Educación (1939-1941), de Hacienda
(1943) y de Relaciones Interiores (1945). Ocupó la Secretaría de la Presidencia de
la República (1941-1943) en el mandato de Isaías Medina Angarita.

Como representante del pueblo, fue electo diputado a la Asamblea Legislativa en


1944 y senador en el Congreso Nacional por el Distrito Federal (1958). Y como
líder político presentó su candidatura a la presidencia de la República en 1963,
con el lema "Arturo es el hombre". Obtuvo 16,1 por ciento de la votación nacional,
porcentaje importante en un régimen electoral como el venezolano, de mayoría
simple en única vuelta de escrutinio.

Uslar había estudiado primaria y secundaria en el Colegio Federal de Maracay y


en el Liceo San José de Los Teques. Por su familia, vinculada a los círculos del
poder gomecista, pudo conocer de cerca el complejo entramado de pasiones que
lo caracterizaba y hacerse una temprana idea de la personalidad de Juan Vicente
Gómez, el último gran caudillo venezolano. Este conocimiento de primera mano le
fue muy útil a la hora de escribir relatos situados en esta época y, sobre todo, una
de sus más notables novelas, Oficio de difuntos (1976).

En 1924 regresó a Caracas e ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad


Central de Venezuela. Cuatro años antes había comenzado a publicar sus
primeros textos en la prensa. En Caracas frecuentó asiduamente los círculos
literarios, donde trabó amistad con los escritores Fernando Paz Castillo y Miguel
Otero Silva. Juntos fundaron en 1928 la revista Válvula, en cuyas páginas
encontró Venezuela un eco de las vanguardias europeas.

Ese mismo año, Uslar recogió sus primeros cuentos en Barrabás y otros relatos. Y
también estallaron las revueltas estudiantiles contra el régimen de Gómez que
llevarían a la cárcel a muchos jóvenes escritores: el citado Otero Silva, Antonio
Arráiz y Andrés Eloy Blanco, entre otros. Arturo Uslar, hijo obediente de una
notoria familia gomecista, aceptó en cambio el cargo de agregado civil en la
legación de Venezuela en París, ciudad donde permaneció durante cinco años.
Sin el período parisino, muy posiblemente su destino literario habría sido otro. La
formación de su sensibilidad e intereses acabó de tomar forma al contacto con
escritores y artistas que conoció, como Paul Valéry, Robert Desnos y André
Breton, o frecuentó, como Ramón Gómez de la Serna, a cuyas tertulias en un
cafetín de Montparnasse solía asistir.

Sobre todo, en París descubrió que otros latinoamericanos comenzaban a forjar


novedosas herramientas literarias para abarcar con ellas la singularidad histórica y
cultural de sus orígenes. El guatemalteco Miguel Ángel Asturias y el cubano Alejo
Carpentier, con quienes se reunía y conversaba, fueron influencias determinantes,
y, junto con el mismo Uslar, acabarían siendo los precursores del «realismo
mágico» a que se abocarían parte de los narradores de la siguiente generación, la
del «Boom» de los años 60, y que culminaría en realizaciones tan emblemáticas
como Cien años de soledad (1967), del colombiano Gabriel García Márquez. Fue
en este terreno donde acabaría perfilándose lo mejor de la obra de Uslar, y por lo
pronto dio sus frutos en su primera novela, Las lanzas coloradas (1931),
recreación imaginativa de las guerras de Independencia venezolanas.

Años después, Uslar afirmaría que él había inventado el realismo mágico, ya que
con la publicación de esta obra se había adelantado a sus amigos
latinoamericanos en París. Que ello sea cierto o no es un detalle subsidiario; lo
importante es que Las lanzas coloradas se sumó a Cubagua, de Enrique Bernardo
Núñez, otra novela publicada en ese año de gracia para la novelística venezolana
que fue 1931, y que ambas dieron a los venezolanos que quisieran abordar
imaginativamente los hechos históricos un enfoque novedoso, alejado de los
convencionalismos retóricos y la compulsión hagiográfica habituales en este
género. Y más allá de Venezuela, la publicación de la primera novela de Uslar
"abrió la puerta para lo que sería luego el reconocimiento de la novela
latinoamericana en todo el mundo", en opinión del novelista peruano Mario Vargas
Llosa.

Sin solución de continuidad, Uslar regresó a una Caracas provinciana y aletargada


por la censura en 1934 y prosiguió su carrera literaria. Publicó artículos y ensayos
de crítica y reflexión sobre asuntos literarios en la revista El Ingenioso Hidalgo,
fundada por él mismo con la ayuda de su primo Alfredo Boulton y los escritores
Julián Padrón y Pedro Sotillo. El 14 de julio de 1936, siete meses después de la
muerte del "Benemérito" Juan Vicente Gómez, publicó en el periódico Ahora el
que habría de convertirse en su artículo más leído y comentado: "Sembrar el
petróleo". Allí levantaba la voz para pedirle a los gobernantes de Venezuela que
no despilfarraran el oro negro, cuya explotación había comenzado a hacerse
intensiva hacía pocos años, y lo utilizaran para dotar al país de actividades
capaces de garantizar el sustento de sus habitantes.

Por lo demás, durante estos años y hasta el derrocamiento del gobierno de


Medina Angarita, en 1945, Uslar desplegó todos sus esfuerzos en el terreno de la
política, bien participando directamente en el gobierno y presentándose ante los
electores, bien ejerciendo su influencia en la opinión pública. Desde los inicios del
diario El Nacional, en 1943, fue uno de sus más constantes articulistas.

Los títulos mismos que dio a su columna en este medio ("Pizarrón"), así como
posteriormente a los programas televisivos que dirigió y presentó ("Valores
Humanos" y "Cuéntame a Venezuela"), delatan su inmenso afán didáctico.
Paralelamente a sus actividades políticas, periodísticas y estrictamente literarias,
Uslar ocupó diversas cátedras universitarias: las de Economía Política (1937-
1941) y Literatura Venezolana (1948) en la Universidad Central de Venezuela, y la
de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Columbia, en Nueva York
(1947).

De 1945 a 1950 marchó al exilio a Nueva York. Por supuesto, aprovechó su


estancia en Estados Unidos para dedicarse más a fondo a su obra literaria, y
publicó la novela El camino de El Dorado (1947), el libro de cuentos Treinta
hombres y sus sombras (1949) y los ensayos Sumario de economía venezolana y
Letras y hombres de Venezuela, ambos en 1948. Pero Uslar no perdonó nunca el
golpe de mano contra el gobierno de Medina Angarita perpetrado por la junta
civicomilitar encabezada por Rómulo Betancourt y los "adecos".
República Bolivariana de Venezuela
Ministerio del Poder Popular Para la Educación
Liceo Nocturno 4 de Febrero
Materia: Lenguaje y Comunicación

Autores Venezolano

Autor:

Roger Palacios. C.I.V-20.1402.187

Caracas, Julio de 2019

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