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Adorar a Dios: Espíritu y Verdad

Adorar a Dios "en espíritu y en verdad" significa adorarlo con todo el corazón, el alma y la mente, es decir, con todo nuestro ser. Implica tanto una sintonía emocional genuina como un conocimiento correcto de quién es Dios basado en Su Palabra. La adoración "en espíritu" sin la "verdad" puede conducir a emociones pasajeras, mientras que la "verdad" sin el "espíritu" puede llevar al legalismo. La combinación de ambos aspectos conduce
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Adorar a Dios: Espíritu y Verdad

Adorar a Dios "en espíritu y en verdad" significa adorarlo con todo el corazón, el alma y la mente, es decir, con todo nuestro ser. Implica tanto una sintonía emocional genuina como un conocimiento correcto de quién es Dios basado en Su Palabra. La adoración "en espíritu" sin la "verdad" puede conducir a emociones pasajeras, mientras que la "verdad" sin el "espíritu" puede llevar al legalismo. La combinación de ambos aspectos conduce
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¿Qué significa adorar “en espíritu y en 

verdad”?

Si eres Cristiano/a, sin duda has escuchado la frase “hay que adorar a Dios en espíritu y en
verdad.” Suena bonito y es una excelente exhortación – ¡hasta que nos damos cuenta que,
por lo general, nadie lo explica! Nos dicen que debemos adorar a Dios en espíritu y verdad,
pero no nos dicen qué significa ni cómo hacerlo.

¿Qué es adorar en espíritu y verdad? ¿Cómo adoro a Dios en espíritu y verdad?

En Contexto: ¿A qué se refería Jesús?

La lección que Jesús le trajo a la mujer samaritana fue sencilla: la adoración a Dios no se
debe limitar a una localización geográfica o necesariamente regulada por las provisiones
temporeras de las leyes del antiguo testamento. Al llegar Jesús, la separación entre judío y
gentil no era relevante – ni tampoco lo central del templo de adoración. Cristo consiguió
acceso equitativo para todos a través de Él.

Por lo cual, la adoración se convirtió en un asunto del corazón (no acciones externas),
dirigido por la verdad, no la ceremonia.

¿Qué es nuestro “espíritu”?

En un importante artículo anterior, se menciona algo que dice en Deuteronomio 6:4, que
Jesús repite en Mateo 22:37-38. Todos lo conocemos:
—“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente”. Este es el primer mandamiento y el más importante.
Para poder adorar a Dios en espíritu y verdad necesariamente incluye amarlo con todo
nuestro corazón, toda nuestra alma y toda nuestra mente.

¿Por qué?

Porque nuestro espíritu es todo lo que somos: nuestro corazón, nuestra alma y nuestra
mente.
Esa parte inmaterial de nosotros que cubre nuestras emociones, nuesto carácter y nuestros
pensamientos (en el artículo anteriormente enlazado hay una descripición un poco más a
fondo sobre qué es nuestro corazón, qué es nuestra alma y qué es nuestra mente). Por lo
tanto, una adoración como Jesús la describió requiere una sintonía y armonización de todo
lo que somos dirigido a un solo propósito: agradarlo a Él con todos los aspectos de quiénes
somos.

¿Qué es “en verdad”?

El hecho de que nuestra adoración también debe ser “en verdad” significa que nuestra
adoración está correctamente informada. Es decir, a menos que tengamos un conocimiento
sobre el Dios que adoramos (Sus atributos, Sus obras y Sus promesas), no se puede adorar
“en verdad.”
Una adoración a Dios “en verdad” es diferente a “de verdad” o “de veras.” La sinceridad de
nuestra adoración no tiene que ver con Dios ni Sus atributos. Cuando adoramos en verdad,
nos colocamos en el centro de la realidad sobre quién es Él, el conocimiento de lo que ha
hecho y la confianza de lo que ha dicho.

Adorando “en espíritu y verdad”

Tanto nuestro espíritu como la verdad y realidad de quién es Dios deben estar presentes
para que nuestra adoración honre a Dios.

El espíritu sin la verdad conduce a una experiencia llana, sobre-emocional y eufórica. Una
vez cese la emoción – cuando se va el momento – también nuestra adoración. Por otro
lado, La verdad sin espíritu nos puede llevar a cierto tipo de legalismo, sin gozo y sin
pasión.

La combinación de ambos aspectos de la adoración nos lleva a una apreciación gozosa de


Dios, a la luz de las Escrituras. Mientras más conocemos sobre Dios, más aspectos de Su
grandeza podemos adorar. Mientras más conocemos, más profunda será nuestra
adoración. Mientras más profunda nuestra adoración, Dios es más glorificado.

Es la verdad, y sólo la verdad, lo que puede influir de forma apropiada sobre nuestras
emociones de tal manera que honren a Dios. La verdad de Dios, siendo de infinito valor,
merece infinita pasión. El hecho de que la adoración sea algo tan íntegro y abarcador de
nuestro ser, no se limita – como bien dijo Jesús – a un lugar, sino que adoramos a Dios con
cómo vivimos. Por lo tanto, aunque nuestra expresión de adoración puede variar (puede
ser más pasiva o expresiva), lo que importa es a quién adoras y que lo adores “en espíritu y
verdad.”
Entonces, ¿qué es mi corazón? ¿Cómo amo a Dios con mi corazón?

Nuestro corazón es el centro de nuestros deseos y nuestra voluntad (Éxodo 35:5; Deuteronomio 8:2;
Romanos 2:5). Además, es de dónde viven nuestros sentimientos (Provervios 14:30; 23:17).
Esto significa que para amar a Dios con nuestro corazón necesitamos fundamentar nuestros deseos
en Su Palabra, rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios y guiar nuestros sentimientos a través
de Su verdad. Y ésto no es fácil.
Hacer la voluntad de Dios por encima de lo que nosotros nos gusta no siempre trae felicidad – pero
siempre traerá gozo. Cuando entendemos que no vivimos para nosotros, lo que nosotros
queremos no es lo importante. Después de todo, cuando amamos, nos olvidamos de lo que
queremos para agradar a la otra persona.

¿Qué es mi alma? ¿Cómo amo a Dios con mi alma?


Nuestra alma es nuestro “yo” inmaterial – el centro de nuestra personalidad y nuestro
carácter (Mateo 10:28; Juan 12:25). Quién tú eres es lo que se conoce como “alma.”

C.S. Lewis capturó la esencia de lo que es el alma:

“Tú no tienes un alma – tu ERES un alma. Lo que tienes es un cuerpo.”

Cuando miras a una persona, no estás viendo a la persona – estás viendo en dónde está la persona:
su cuerpo. No puedes ver lo que hace a una persona ser esa persona – porque esa parte no es
material. Su personalidad, su carácter, su forma de ser – todo esto es el alma y no hay
características físicas para describirla. Si toman tu alma y la ponen en el cuerpo de tu amigo o
amiga, vas a seguir siendo tú – pero en el cuerpo de tu amigo/a; porque no eres tu cuerpo: ¡eres tu
alma!
Por lo tanto, amamos a Dios con nuestra alma cuando nos dedicamos a Dios de forma que Él
moldee nuestro carácter al suyo, para que nuestra personalidad lo refleje en todo lo que digamos y
hagamos.

Y, ¿la mente?
Nuestra mente es el centro de nuestra razón y nuestros pensamientos (Romanos 14:5; Filipenses
4:8; Colosenses 3:2). Es el portero de nuestro ser – lo que guarda nuestro corazón y vigila las
acciones de nuestra alma.

La forma de amar a Dios con nuestra mente es sencilla. Amamos a Dios con nuestra mente cuando
la exponemos a la verdad: Su Palabra (Juan 17:17) y la persona de Jesús (Juan 14:6; 18:37).

¿Por qué hay que amar a Dios con las tres?

El corazón, el alma y la mente trabajan juntos. ¡Es a través de esta integración que amamos a Dios
como Él quiere ser amado! ¿Cómo se integran?

Primero, la mente recibe.

Por esto es tan importante conocer la Verdad de Dios. Es en la mente donde decidimos qué es lo
correcto y qué no. Es en la mente que aceptamos o rechazamos ideas, información y todo lo demás
que recibe. Si no tenemos una medida correcta de lo que es verdad, entonces no sabremos reconocer
lo que no es verdad. Para poder conocer la mentira, primero hay que conocer la verdad. No se puede
saber cuando una línea es curva, sin antes saber cómo es una línea recta.

Segundo, el corazón cree.

Una vez nuestra mente acepta algo, el corazón lo cree como cierto – aunque no lo sea. Si nuestra
mente no conoce la verdad, nuestro corazón creerá mentiras. Piénsalo. ¿Nunca has creído en algo
que no era verdad? Es nuestro corazón el que se duele cuando nos damos cuenta que creíamos en
una mentira. Por esto es que la Biblia nos dice que guardemos nuestro corazón. Guardar nuestro
corazón no es cerrarlo ante todo – es ser sabios sobre qué entra en él.

Tercero, el alma vive.

Cuando nuestro corazón cree, nosotros vivimos según esas creencias. Nuestra personalidad, nuestro
carácter y todo nuestro ser tomará decisiones y acciones a base de ello. Cuando la Palabra nos dice
que del “corazón mana la vida” es porque, una vez el corazón se convence de algo, el alma lo vive y lo
expresa.

_____

Al estar tan integrados nuestro corazón, alma y mente, es certero decir que: o amamos a Dios con
TODO lo que somos – o no amamos a Dios.

Para amar a Dios, tenemos que amarlo de la forma que Él quiere ser amado, no como nosotros
queramos amarlo. La forma correcta de amar a Dios es con todo nuestro corazón, con toda nuestra
alma y con toda nuestra mente – ¡incluyendo todo lo que eso implica!

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