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Una historia sencilla

por Ema Wolf

Los términos "literatura" e "infantil" parecen pesar restrictivamente uno sobre el otro. Cuanto
más infantil menos literatura y viceversa. Muchas veces la escasa edad de los receptores se
confundió con poca exigencia en el plano literario, lo que significó para algunos autores un
injusto complejo de inferioridad y para otros una suerte de patente de corso. Se confundió lo
sencillo con lo fácil, cuando escribir sencillo no es más fácil ni más difícil que escribir.

Para esquivar la desvalorización se llegó a considerar la literatura para los chicos una
especialización delicada, un arte de iluminados custodios del "niño que todos llevamos
dentro"; y a sugerir que para escribirla hacía falto algo más que hacer literatura: saberes
vinculados con las ciencias de la educación, la psicología, o al menos la maternidad. Había que
conocer muy bien al niño para no dañarlo, y también para no errar en sus intereses como
lector. Una prueba es que muchos buenos autores de literatura para adultos, tentados por
editores que saben que los libros para chicos los compran los grandes, declinaron la
responsabilidad. Y cuando la aceptaron, fue para "salirse" de algún lugar y adoptar clichés,
"marcas" de género, con resultados que quedaron muy atrás en relación con el resto de su
obra.

Escribir una historia para los chicos no es tarea de tontos, elegidos o especialistas, por lo
mismo que para comunicarse con ellos no hace falta ser ninguna de las tres cosas. Es escribir
una historia sencilla. La que por el grado de información y de competencia lingüística que
demanda incluirá normalmente a personas de poca edad como posibles lectores; lo que no
significa menor exigencia poética; lo que no significa que deba resultar abominable para quien
tenga acceso a textos más complejos.

Si todos estamos inmersos en una comunidad histórica, cultural y lingüística, parece absurdo
pensar que haya una estética para los adultos y otra para los niños. ¿Una literatura geriátrica
ocuparía el lugar más alto del escalafón? La tan mentada literatura para adolescentes que, se
dice, falta, ¿no es ya acaso toda la literatura? Una mala obra de teatro infantil es solo mala
para los adultos, ¿o es una experiencia estética desechable también para los chicos aunque se
hayan pasado una hora batiendo palmas?

Hoy los autores vacilamos con razón cuando se nos habla de los intereses específicos de la
infancia, alertados ya sobre el peligro de concebirla como un gueto al que hay que alimentar
con productos probadamente eficaces. El frecuentar niños propios o ajenos y visitar escuelas
no arroja ninguna luz sobre el caso. Las preferencias que ellos manifiestan, lejos de ser
específicas, parecen confirmar su apetencia por acceder a las cosas de los adultos, que ellos
tan cuidadosamente les retacearon.

Sospecho que la mayoría de los autores opta hoy por escribir lo que le gusta y lo que puede;
aliviado de huir de lo infantil institucionalizado como género, harto de hacer lo que debe y
no lo que quiere. Aspira a dejar de ser didáctico y terapéutico, y le sobran modelos donde
apoyarse. Corre el mismo riesgo que cualquier escritor: no gustar. Que no es lo mismo que no
acertar. Los errores del autor están en la confección del texto, tienen que ver con el trabajo de
la escritura y la manipulación de sus recursos. En ese sentido puede escribir libros malos o
buenos; pero lo serán en tanto literatura, no en tanto literatura infantil.

De ahí que el recorrido tema de la edad de los destinatarios sea para él antes una cuestión de
homogeneidad y armonía, un problema de composición. Si yo incluyo una referencia explícita
al Renacimiento italiano en una historia simple de vizcachas que pelean, antes que errar en la
edad de mis lectores, probablemente esté incorporando un elemento injustificable, al que
hace ruido e interfiere en la coherencia de ese texto. Algunos fragmentos de "El hombrecito
del azulejo", de Mujica Láinez (obra no pensada para chicos) son para analizar en este aspecto.

El autor trata hoy de trasladar muchas de las preguntas que le formulan acerca de la
literatura para chicos a la literatura en general. Es que, de no ser así, infinidad de problemas
que circulan en las mesas redondas sobre el tema nunca encontrarán respuesta. Porque no
existen como problemas o porque son los mismos que transitan la literatura desde hace dos
mil años. (Algo así como: ¿por qué me preguntan a mí acerca de la curiosidad morbosa de los
chicos y no le pedirían a Stephen King que explicara las razones de la curiosidad morbosa de
los adultos?)

El autor se pregunta quién demonios es capaz de escribir algo cuidando de no dañar la psiquis
del lector, de no emitir mensajes equivocados o resignando posibilidades expresivas por miedo
a no ser comprendido. Fieles al precepto cristiano de no hacer a los demás lo que no quieres
que te hagan a ti, ¿por qué darles a los chicos lo que uno mismo no toleraría como lector?
Admitamos que podemos ser muy malos escribiendo, pero de eso no nos salvará la infancia.

Artículo publicado en Clarín, suplemento Cultura y Nación, Buenos Aires 30 de enero de 1992.