La Familia y La Realidad Social
La Familia y La Realidad Social
COMPLEXIVO
TEMA:
LA FAMILIA
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INTRODUCCION
Marco General
Sub-empleo
Desempleo
ASPECTO DOCTRINAL
LA INSTITUCIÓN DE LA FAMILIA
"El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la
sociedad humana"; la familia es por ello la "célula primera y vital de la sociedad" (Apostolicam
Actuositatem, n. 11). La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En
efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de
esas virtudes sociales, que son el ama de la vida y del desarrollo de la sociedad misma. Así la
familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las
demás familias y a la sociedad, asumiendo su función social. (Familiaris Consortio,n.42)
La primera estructura fundamental a favor de la "ecología humana" es la familia, en cuyo seno
el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir
amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona. Se
entiende aquí la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte
del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar
sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino
único e irrepetible. En cambio, sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a
realizar las condiciones auténticas de la reproducción humana y se ve inducido a considerar la
propia vida y a sí mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar más bien
que como una obra a realizar. De aquí nace una falta de libertad que le hace renunciar al
compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le
mueve a considerar a éstos como una de tantas "cosas" que es posible tener o no tener, según
los propios gustos, y que se presentan como otras opciones. Hay que volver a considerar la
familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de
Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que
está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano.
Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida.
(Centesimus Annus, n. 39)
Pero el hombre no alcanza la plenitud de sí mismo más que dentro de la sociedad a la que
pertenece, y en la cual la familia tiene una función primordial, que ha podido tal vez ser
excesiva, según los tiempos y los lugares en que se ha ejercitado, con detrimento de las
libertades fundamentales de la persona. Los viejos cuadros sociales de los países en vía de
desarrollo, aunque demasiado rígidos y mal organizados, sin embargo, es menester
conservarlos todavía algún tiempo, aflojando progresivamente su exagerado dominio. Pero la
familia natural, monógama y estable, tal como los designios divinos la han concebido y el
cristianismo ha santificado, debe permanecer como "punto en el que coinciden distintas
generaciones que se ayudan mutuamente a lograr una más completa sabiduría y armonizar los
derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social" (GS, nn. 50-51).
(Populorum Progressio, n. 36)
Dentro del "pueblo de la vida y para la vida", es decisiva la responsabilidad de la familia: es una
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II. EL MATRIMONIO
mismo Dios, que dijo "no es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2, 18) y que "hizo desde el
principio al hombre, varón y mujer" (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación
especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y
multiplicaos" (Gn 1, 28)" (GS, n. 50). Hablando de una "cierta participación especial" del
hombre y de la mujer en la "obra creadora" de Dios, el Concilio quiere destacar cómo la
generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en
cuanto implica a los cónyuges, que forman "una sola carne" (Gn 2, 24) y también a Dios mismo,
que se hace presente. (Evangelium Vitae, n. 43)
"Cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una
particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la
genealogía de la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de
Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al
aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas
Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación
"sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza",
propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la
continuación de la creación. (Gratissimam Sane, n. 43)
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios (cf. Efe 3, 15), el hombre está
llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta
tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la
madre (cf. GS, n. 52), un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa,
un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad,
un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la
experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.(FC n. 25).
más intensa y viva. La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde
el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente "el santuario de la vida ... el
ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra
los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un
auténtico crecimiento humano" (CA, n. 39). Por esto, el papel de la familia en la edificación de
la cultura de la vida es determinante e insustituible. Como iglesia doméstica, la familia está
llamada a anunciar, celebrar y servir al evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde
principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes
del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que
la vida humana es un don recibido para ser, a su vez, dado. En la procreación de una nueva vida
los padres descubren que el hijo, "si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un
don para ambos: un don que brota del don" .
ASPECTO SOCIAL
Pensemos en estos conceptos, pero unámoslos a la actual crisis de nuestro país, y a los rostros
de nuestros gobernantes nacionales.
En lo Actual: la familia resulta contexto privilegiado. El Refugio. Lugar de recíproca
continencia y asistencia emocional, afectiva y normativa, pero sobre todo fuente de refuerzos
positivos y negativos de aquel aprendizaje que lo afianzan o lo modifican. Representa al otro
mundo exterior. Para que la familia pueda cumplir con su objetivo, es necesario que posea una
adecuada estructura, es decir, una dinámica organización jerárquica, con niveles no
autoritarios de poder de decisión, vale decir de legítima autoridad; una clara discriminación
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entre sus partes integrantes que marque, por lo menos, las diferencias generacionales y una
adecuada capacidad de crecer con los cambios evolutivos de sus integrantes, manejándose con
reglas claras pero con la suficiente flexibilidad como para permitir una adecuada elección de
alternativas. Si estas condiciones no se dan, la familia puede resultar disfuncional, incompleta
y aun victimaria, siendo incapaz del cumplimiento de las tareas que les son propias, generando
patologías y sufrimiento en sus miembros.....
¿Qué está ocurriendo en el mundo con aquello que estaba instalado en la vida cotidiana como
“natural” o “normal”?
La Familia es considerada como célula básica de la sociedad, que acompaña y envuelve a los
seres humanos desde que nacen hasta que mueren. ¿Qué está pasando con este pensamiento?
La familia es una institución social, creada y transformada por hombres y mujeres en su hacer
cotidiano, tanto individual como colectivo. Deben cumplir en la sociedad con ciertas tareas. El
cómo y el quién debe llevar a cabo estas tareas, las formas de organización de los agentes
sociales, los entornos y las formas de las familias son múltiples y variadas. Esta variabilidad no
se relaciona con las diferencias “culturales” sino con procesos de cambios sociales,
económicos, tecnológicos y políticos, los cuales forman parte de las transformaciones en la
familia. Hasta no hace mucho tiempo, no había cuestionamientos del modelo de familia “ideal” o
idealizado: la familia nuclear o neolocal (matrimonio monogámico y sus hijos, que conforman su
propio hogar en el momento del matrimonio), donde sexualidad, procreación y convivencia
coinciden en el espacio “privado” del ámbito doméstico. Este modelo es parte de una imagen de
la familia, su naturalización (se identifican como natural, guiada por principios biológicos) y su
peso, como definición de lo “normal” (frente a las desviaciones patológicas, perversiones)
ocultaron dos fenómenos: el primero, el hecho de que siempre hubo otras formas de
organización de los vínculos familiares, otras formas de convivencia, otras sexualidades y
otras maneras de llevar adelante las tareas de procreación y reproducción. Ejemplo de éstas:
la homosexualidad, la circulación social de niños (comercio, entrega, robo, adopción legal e
informal), las formas de convivencia elegidas o forzadas que no se basan en lazos de
parentesco. En segundo lugar, la familia nuclear “arquetípica” está muy lejos de serlo si se la
mira desde un ideal democrático: tiende a ser una familia patriarcal, donde el “jefe de familia”
concentra el poder, y tanto los hijos como la esposa – madre desempeñan papeles subordinados
al jefe.
Vivimos en un mundo en que las tres dimensiones que conforman la definición clásica de familia
(sexualidad, procreación y convivencia) han sufrido varias transformaciones y han evolucionado
en distintas direcciones.
familia. Hombres y mujeres tienen distintos lugares diferenciados que están en procesos de
transformación. Mujeres que salen a trabajar o que son “jefas de familia”, hombres que
reclaman su derecho a la paternidad constituyen desarrollos recientes, con efectos a largo
plazo, muy significativos . Es decir, lo que se tiene es una creciente multiplicidad de formas de
familia y de convivencia. Esta multiplicidad puede ser vista como parte de los procesos de
democratización de la vida cotidiana y de la extensión del “derecho a tener derechos”
(inclusive al placer), con lo cual la idea de crisis se transforma en germen de innovación y
creatividad social.
esta etapa del curso de la vida producen en las relaciones entre padres e hijos generan en
nuestra sociedad enfrentamientos intergeneracionales que pueden aparecer en momentos
tempranos del curso de vida.
En la dinámica domestica entre géneros, las líneas de conflicto se plantean cuando aumenta la
participación de las mujeres en la fuerza de trabajo. Esto implica la posibilidad de autonomía
económica de las mujeres.
Es claro, con todo lo expuesto, que en el mundo Occidental la familia centrada en la autoridad
patriarcal se halla en decadencia. La lucha por la autonomía personal, que inicialmente fuera
patrimonio de los hijos por librarse del poder del padre, se ha extendido a la relación entre
géneros.
Al ampliarse la gama de tareas que las mujeres desempeñan en el mercado de trabajo, y
cuando los hombres aumentan su participación en tareas vinculadas al cuidado (enfermería,
docencia, etc.)- es decir, cuando la tipificación social de lo que es “femenino” y “masculino”
comience a alterarse, el modelo de estructuración de la familia nuclear y de la domesticidad se
podrá ver amenazado.
Para seguir con esta idea, tomaré las transformaciones a lo largo del curso de la vida familiar,
a partir de la constitución de la familia < unidad doméstica > que se ubicará en el momento de
la unión o comienzo de la convivencia de un matrimonio o pareja. Existen normas y expectativas
sociales en relación con los momentos y las etapas de este curso de vida en nuestras
sociedades: el noviazgo seguido del matrimonio, el nacimiento y la crianza de los hijos, la
adolescencia y la juventud de los hijos que los llevan a salir del hogar familiar para iniciar su
propio ciclo. Ésta es una imagen idealizada que no corresponde de manera fiel a la actual
realidad social. Abandonos y divorcios que casi siempre implican hogares sin padre, convivencia
con otras generaciones o “vuelta al hogar paterno”, niños cuidados por otros parientes y no por
sus padres, segundas y terceras uniones que constituyen familias “ensambladas”, familias
“multi problemáticas”, muertes, migraciones, etc., todas estas, difícilmente puedan seguir
siendo considerados como “accidentes” en un curso normal. El momento histórico actual
refleja un creciente reconocimiento de que aquello que antes era visto como “accidente” o
“desviación” de una norma se está convirtiendo en algo “normal”. En consecuencia, las normas y
las expectativas sociales están cambiando, así como los criterios para la definición social de lo
normal y lo “desviado” (o de lo aceptable e inaceptable socialmente).
Hay tendencias demográficas que inciden en las transformaciones de las familias, y que se
desarrollaron (y se siguen desarrollando) a lo largo del siglo XX, entre ellas:
a.- En primer lugar, hay una diversidad intercultural en los patrones sociales de formación de
matrimonios y de familias. Hay tres tipos históricos de patrones de formación de parejas: el
patrón europeo, de casamiento tardío y tasas altas de celibato; el patrón “no europeo” de
matrimonio temprano y prácticamente universal; y un tipo intermedio. Durante el siglo XX se
dio un proceso de convergencia, con una disminución de la edad de la primera unión en
Occidente y un aumento en la edad de la primera unión en aquellas sociedades con tradiciones
matrimoniales muy tempranas. En Argentina, hay una disminución en la tasa de nupcialidad y
un aumento en las uniones de hecho. Se incrementó el divorcio y la separación.
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b.- En segundo lugar, hubo dos tipos de cambio en cuanto a las tendencias de fecundidad y
mortalidad: un aumento en la expectativa de vida y una disminución de la duración del período
dedicado a la reproducción. Ambas modificaciones, nos dan idea de que hay muchos más años
de vida adulta para ser dedicados a otras cosas.
c.- En tercer lugar, la tendencia hacia el envejecimiento de la población implica el crecimiento
de la proporción de personas adultas y ancianas, y la consecuente tendencia hacia la
disminución de hogares jóvenes y hacia un aumento de los hogares de y con personas mayores.
El patrón ha cambiado y ha sido reemplazado por otras formas: la pareja de ancianos, los
hogares unipersonales y los hogares “no nucleares” (hermanas ancianas viviendo juntas por
ejemplo), además de los ancianos que viven en residencias institucionales.
d.- En cuarto lugar, hay que ver que efectos producen los ciclos económicos y las crisis, viejas
y nuevas, en la formación de los hogares. Cuando el hábitat urbano es caro y no existen
políticas sociales de vivienda, las nuevas parejas tienden a demorar su formación o a compartir
la vivienda de sus padres. Con más de 5 millones de desocupados y sub-ocupados, con ajustes
permanente y miles y miles de familias en el umbral de la pobreza, es la crisis que se traslada
a las familias y a las futuras uniones y familias.
Estas tendencias constituyen el marco para entender la multiplicidad de formas de
convivencia.
Hay otras tendencias, el aumento en la tasa de divorcios y separación y el aumento de hogares
a cargo de mujeres.
Hay hogares unipersonales. Muchos, donde aparecen como una consecuencia de la soledad, o de
la imposibilidad de la convivencia, o del resultado de la crisis socio-económica. Hay muchas
ideas sobre el porqué, pero lo cierto es que hay muchos más que hace 20 años, tal cual las
encuestas.
Hogares nucleares que incluye todas las variantes: “completas”, aquellas donde hay una pareja
e hijos, e “incompletas” o monoparentales, donde hay un padre (más a menudo la madre) con
sus hijos. La “completas” pueden estar formadas por parejas y sus hijos comunes (familia
nuclear “ideal”), pero también ser familias “reconstruidas” o “ensambladas”, donde los hijos
convivientes pueden ser de uno, de otro, o de ambos. Los miembros de las parejas, también
pueden tener otros hijos no convivientes. Y las familias “extendidas” pueden poseer
composiciones de las más diversas. Esto muestra que los lazos familiares sigue siendo los
criterios centrales para la conformación de los hogares. Lo que está ocurriendo es un cambio
en la estabilidad temporal de la composición del hogar. El modelo del ciclo de vida familiar
“ideal” presentaba transiciones previsibles y duraciones largas de cada etapa: infancia y
adolescencia en familia nuclear completa, con papá, mamá y hermanos, matrimonio y hogar de
pareja sola hasta el nacimiento de los hijos, familia nuclear completa hasta que los hijos se
casan, luego pareja sola (“nido vacío”) y viudez/muerte. Frente a todo esto, la realidad actual
incluye mucha más variabilidad, imprevisibilidad, y por sobre todo temporalidades más cortas.
Los niños convivirán en una familia nuclear solo con su madre si hay divorcio; luego pueden
convivir en una familia nuclear, pero no con su padre biológico sino con la nueva pareja de su
madre; hay parejas solas reconstruidas, viejos que viven en pareja, solos, en la familia
extendida o en instituciones.
La familia no es una unidad aislada del mundo social. El Estado y distintas agencias sociales
intervienen permanentemente conformando a la familia y los roles dentro de ella, controlando
su funcionamiento, poniendo límites, ofreciendo oportunidades y opciones. De esta manera, la
conformación de la familia es el resultado de la intervención de distintas fuerzas e
instituciones sociales y políticas: los servicios sociales, la legislación, el accionar de las
diversas agencias de control social, pero también las ideas dominantes o hegemónicas en cada
época. Las transformaciones en todo este sistema de instituciones e ideas van conformando
históricamente el ámbito de la familia. La familia contemporánea ocupa un lugar contradictorio
entre el mundo público y el ámbito de la privacidad y la intimidad.
Por un lado se halla sujeto a la vigilancia de las instituciones sociales, especialmente aquellas
que se ocupan del “desarrollo de la calidad de una población y de la fortaleza de la nación”. El
ojo invasor de las agencias sociales, de profesionales y expertos que indican y promueven
prácticas “adecuadas” o “buenas”(de alimentación, crianza, relaciones interpersonales, de
cuidado del cuerpo, higiene, puericultura) no deja de aumentar, invadiendo las áreas de
competencia de los propios miembros de la familia. El origen de esta invasión tiene que ver con
la aparición de los tribunales de menores y con las instituciones caritativas y filantrópicas
“moralizadoras”. Actualmente hay una verdadera invasión de imágenes, de modelos, de
controles, casi siempre contradictorios, (esto fue aumentando en estos dos últimos siglos),
simbolizada quizás en la televisión, que conecta la privacidad del hogar con el mundo global de
los medios.
Por otro lado, de manera aparentemente contradictoria, la familia también es presentada
como el reducto de la intimidad y la privacidad, un reducto de amor y paz en un mundo
competitivo y voraz < esto, por supuesto, cuando hay armonía y paz >. Ahora, cabria
preguntarse, cuáles son los límites de esta intimidad. El Estado interviene en la vida familiar,
ya sea confrontando a los padres (por ejemplo quitarles la patria potestad) o en pequeñas y
grandes acciones permanentes, con efectos directos e indirectos sobre las practicas
familiares cotidianas
Por una parte, existen LAS POLÍTICAS PÚBLICAS, ya sean de salud, vivienda, población,
alimentos, educación, etc.(Funcionan en Argentina?, hay planes accesibles de vivienda para las
poblaciones de menores recursos?, funciona el PAMI en lo relacionado a salud?, la educación
está funcionando bien en nuestro país?, etc. etc.
En segundo lugar, se encuentran LOS MECANISMOS LEGALES Y JURÍDICOS vinculados, a la
defensa de los derechos humanos, y a los sistemas penales, como la penalización del aborto, el
no-reconocimiento penal de la violación dentro del matrimonio, o las limitaciones a los derechos
de los menores.
En tercer lugar, existen LAS INSTITUCIONES y prácticas concretas en las cuales las
políticas y la legalidad se manifiestan: el accionar de la política y el aparato judicial, las
prácticas de las instituciones educativas o de la salud pública, la política estatal sobre medios
de comunicación. Y finalmente, el papel mediador de las prácticas institucionales y la
interacción cotidiana en la sociedad civil, que otorgan sentidos y criterios culturales de
interpretación respecto de la relación entre familia y Estado. En el plano institucional, dada la
estructuración jurídica y cultural de la sociedad, existen barreras para que el Estado actúe en
el ámbito “privado” de la familia. El paradigma dominante de los derechos humanos se
construye sobre la base de una diferencia: los derechos civiles y políticos de los individuos se
sitúan en la vida pública; por lo cual las violaciones de estos derechos en la esfera privada de
las relaciones familiares quedan fuera. A diferencia de las estructuras de dominación y de
desigualdad política entre hombres, las formas de dominación de los hombres sobre las
mujeres sé efectivizan social y económicamente sin actos estatales explícitos, a menudo en
contextos íntimos, definidos como vida familiar. Al mismo tiempo, la privacidad en la familia
aparece como justificación para limitar la intervención del Estado en esta esfera.
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*La gradual eliminación de su rol como unidad productiva, debido a las transformaciones en la
estructura productiva.
*Los procesos de creciente individuación y autonomía de jóvenes y mujeres, que debilitan el
poder patriarcal, provocando mayor inestabilidad temporal de la estructura familiar
tradicional y mayor espacio para la expresión de opciones individuales alternativas.
* La separación entre sexualidad y procreación, que lleva a una diversidad de formas de
expresión de la sexualidad fuera del contexto familiar y a transformaciones en los patrones
de formación de familias. Todo esto apunta a una institución que va perdiendo funciones que va
dejando de ser una “institución total”. Más que hablar de “la familia” se empieza a pensar en
una serie de vínculos familiares: vínculos entre madres, padres e hijos, vínculos entre
hermanos y otros vínculos de parentesco más lejanos. En estos vínculos adscriptos existen
obligaciones y derechos, aunque son relativamente limitados. Esto a nivel internacional, o
mundial. En nuestra Argentina, la Familia está muy maltratada, fundamentalmente por el
Gobierno Nacional, que en su actuación le está inflingiendo golpes muy dolorosos, y que los
podemos ver a través de sus medidas, lo que hará un verdadero “clic” lamentablemente
percibido en prospectiva muy negativo; y que tendrá como consecuencias una notable
transformación de las familias argentinas.
ASPECTO LEGAL
A) PRIMERA PARTE:
Legislación en torno a la vida humana.
1. Constitución Nacional:
Pese a lo antedicho, hay varios proyectos de ley con estado parlamentario que pretenden la
despenalización parcial o casi total del aborto, por vía de ampliar las causales en que éste no
es punible. Esos proyectos nunca han sido tratados ni siquiera en Comisión. El único
antecedente es el proyecto de la entonces diputada Florentina Gómez Miranda, que fue
rechazado en la Comisión de Legislación General de la Cámara de Diputados de la Nación en el
año 1.991.
ratificar la Convención sobre los Derechos del Niño, con rango constitucional por el art. 75,
inc. 22 de la Constitución Nacional), en lugar de ello el proyecto de ley permite la participación
de los padres en las prácticas respecto de sus hijos menores.
La República Argentina es un Estado Federal, de modo que las Provincias pueden dictar sus
propias leyes, excepto en materia de fondo (penal, civil, comercial y laboral). Las siguientes
provincias tienen leyes vigentes de “salud reproductiva”: La Pampa, Mendoza, Chaco, Neuquén,
Río Negro, Jujuy, Santa Fe, Misiones, Catamarca y la ciudad de Buenos Aires. Tambien hay
ordenanzas municipales de “salud reproductiva” en muchas ciudades importantes, como
Córdoba, Rosario, La Plata, etc. Hay proyectos de ley con estado parlamentario en Córdoba,
San Luis, Tucumán y Buenos Aires. En Corrientes, San Luis y Tucumán se presentaron
anteproyectos de ley alternativos, sin educación sexual en las escuelas ni reparto de
contraceptivos en los hospitales públicos, fomentando los métodos naturales de regulación de
la fertilidad, y estableciendo ayudas sociales a las familias que desean tener más hijos. La
mayoría de las provincias y municipios no han implementado los programas de “salud
reproductiva” –excepto Mendoza y la ciudad de Buenos Aires-, porque no cuentan con
presupuesto para hacerlo. Si se aprobara la ley nacional, ésta permitiría obtener financiación
internacional para tales programas; por parece muy importante evitar la sanción de la ley
nacional.
f) Clonación humana: Ha sido prohibida por un Decreto del ex-presidente Menem. Hay
varios proyectos de ley prohibiéndola, pero ninguno de ellos ha sido tratado.
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B) SEGUNDA PARTE:
Legislación en torno a la familia.
1. Constitución Nacional:
2. Matrimonio:
Por ley 23.515, desde 1.987 hay divorcio vincular en la República Argentina. Este puede
obtenerse por mutuo consentimiento de los cónyuges, por culpa de uno de ellos –que hubiere
cometido alguna de las causales de divorcio contempladas en la ley-, e incluso por voluntad
unilateral, con el simple transcurso del tiempo despues de la separación de hecho de los
esposos. La ley admite la separación personal sin ruptura del vínculo, pero ésta se convierte en
sentencia de divorcio con disolución del vínculo a petición de cualquiera de los esposos, luego
de transcurridos dos años de la sentencia de separación. En conclusión, se trata de un divorcio
sumamente permisivo. El Código Civil exige como requisito indispensable para la existencia del
matrimonio, la heterosexualidad de los contrayentes (art. 172).
2. Patria potestad:
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C) TERCERA PARTE:
La estrategia para la legalización del aborto en la Argentina.
obtener la financiación del exterior era –y es-, necesaria una ley nacional de “salud
reproductiva”; ya que los organismos internacionales no hacen préstamos de dinero a las
provincias y municipios, salvo para cuestiones muy excepcionales, entre las que no se cuentan
los servicios de “salud reproductiva”. De hecho, hay unas cuantas provincias y municipios
importantes con legislación aprobada, pero no han podido implementar ningún programa que se
prolongue en el tiempo, limitándose a acciones esporádicas cuando el presupuesto se los
permitió. Por esto es muy importante que el proyecto de ley nacional con media sanción, no sea
aprobado por la Cámara de Senadores.
b) El segundo eje pasa por el sistema de las Naciones Unidas. Tambien se origina en los
años 90, con las grandes Conferencias (Río de Janeiro, El Cairo, Viena, Pekín, Estambul y Río +
5, El Cairo + 5, Pekín + 5, y este año ya es Río + 10....). Allí se intentó como objetivo de máxima
–nunca logrado-, establecer un consenso de la comunidad internacional para la legalización del
aborto; los objetivos más modestos –logrados parcialmente-, fueron la promoción de la “salud
reproductiva” y la ideología de “género”. El objetivo a largo plazo es repetir constantemente
los documentos que promueven la “salud reproductiva” y el “género”, para afirmar luego que
hay un consenso internacional que acepta los mismos. En el derecho internacional público la
costumbre internacional es fuente de derechos, en la medida en que se mantenga constante en
el tiempo y tenga aceptación universal o casi universal; la estrategia apunta a que el “consenso”
de las Conferencias de la ONU, pase a ser considerado costumbre internacional y, por ende,
derecho internacional público; e incluso -si les fuera posible-, intentarían darle la categoría de
ius cogens, que es una costumbre internacional tan unánime, que la transforma en un derecho
inmodificable para la comunidad internacional, de tal modo que cualquier país que pretendiera
desconocerlo, quedaría al margen –desde el punto de vista jurídico-, de la comunidad
internacional. Por lo dicho es muy importante que la Argentina no ratifique el Protocolo
Opcional de la Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación a la Mujer.
c) El tercer eje pasa por las sentencias judiciales. Por un lado se pretenden lograr
antecedentes de autorizaciones judiciales para abortar, para ello se “fabrican” casos
judiciales límites, como por ejemplo los fetos anencefálicos. Además, se pretende legitimar
y/u obligar al Estado a la provisión de elementos para implementar la “salud reproductiva”, con
acciones de amparo, frente a la supuesta violación de sus “derechos humanos” a la “salud
sexual y reproductiva”. Hace unos meses hubo una reunión, en San José de Costa Rica, de los
Defensores del Pueblo de América, y allí resolvieron una estrategia conjunta para imponer
estos supuestos derechos, a través de su accionar como funcionarios públicos.
DERECHOS DE LA FAMILIA
INSTRUMENTOS NACIONALES
La ley 11.357 del año 1926, acordó a la mujer la facultad de administrar y disponer el
producido de las actividades que desarrollara, así como de los bienes que con esos ingresos
adquiriera, y también la facultad de administrar y disponer a título oneroso de sus bienes
propios y los que les correspondan en caso de separación judicial de los bienes, lo cual fue
modificado por la ley 17.711 en que se estableció en el art. 1276 la libre administración y
disposición de sus bienes propios y de los gananciales adquiridos con su trabajo personal o por
cualquier otro título legítimo.
La ley 23.264 de 1985 modifica el régimen de Patria Potestad y filiación establecida en el
Código Civil, dando respuesta a una demanda largamente peticionada por las mujeres excluidas
del ejercicio de la Patria Potestad en relación de sus hijos menores, otorgándolo de manera
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Artículo 16
Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por
motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse, formar una familia y disfrutarán de iguales
derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del
matrimonio.(...)
Artículo 25
1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su
familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la
asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en
caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez y otros casos de pérdida de sus
medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad. (...)
Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación de la Mujer:
(1979)
Este documento internacional, fue aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas
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Estos artículos garantizan la igualdad entre el hombre y la mujer respecto de los derechos
civil en cuanto a las siguientes cuestiones:
Artículo 3
Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las
mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales
enunciados en el presente Pacto.
Artículo 3
Artículo 14
1. Todas las personas son iguales ante los tribunales y cortes de justicia.(...)
Artículo 23
INTRODUCCION
A fin de darle un marco jurídico a los derechos de la mujer, nos pareció oportuno comenzar
haciendo referencia al art. 16 de la Constitución Nacional el cual reza de la siguiente manera: “
La Nación Argentina, no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella
fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y
admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del
impuesto y las cargas públicas”.
Este artículo constituye una de las bases fundamentales de nuestra Nación y de muchas otras,
sin embargo la IGUALDAD, constituyó y actualmente constituye uno de los logros más difíciles
de obtener por parte de los seres humanos, siendo un problema principalmente para negros,
indios y mujeres.
En principio, nos parece oportuno hacer referencia a tres conceptos elementales que se
relacionan con el presente tema y son:
1-. DERECHOS SUBJETIVOS, definidos como la facultad de exigir a otros el cumplimiento del
ordenamiento jurídico imperante en un determinado momento –derecho objetivo- ya sea por
acción o por omisión.
2-. IGUALDAD, respecto de la cual, se puede indicar, que constituye una consecuencia
derivada de la libertad, ya que si todos somos titulares de los mismos derechos, es lógico que
seamos iguales en cuanto a la capacidad de poseerlos y ejercerlos, transformándose de esta
manera en una condición indispensable para el ejercicio de los derechos individuales.
3-. DISCRIMINACION: Discriminar es separar, distinguir, dar trato de inferioridad a una
persona por motivos raciales, religiosos, políticos o por sexo, es un acto inconstitucional pues
constituye una desigualdad arbitraria y una violación al principio de igualdad.
De manera que la experiencia demuestra lo contrario ya que a través de los años se pudieron
observar diferentes modos y grados de discriminación, mediante no solo actitudes que hoy en
día condena toda la comunidad internacional, sino también mediante la omisión al
reconocimiento del ejercicio de los derechos subjetivos de determinados grupos, entre ellos
las mujeres, quienes a lo largo de los años, fueron viendo como quedaban truncadas sus
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Carta de los derechos de la familia presentada por la Santa Sede a todas las personas,
instituciones y autoridades interesadas en la mision de la familia en el mundo contemporáneo
22 de octubre de 1983
INTRODUCCIÓN
La « Carta de los Derechos de la Familia » responde a un voto formulado por el Sínodo de los
obispos reunidos en Roma en 1980, para estudiar el tema « El papel de la familia cristiana en el
mundo contemporáneo » (cfr. Proposición 42). Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la
Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 46) aprobó el voto del Sínodo e instó a la Santa
Sede para que preparara una Carta de los Derechos de la Familia destinada a ser presentada a
los organismos y autoridades interesadas. Es importante comprender exactamente la
naturaleza y el estilo de la Carta tal como es presentada aquí. Este documento no es una
exposición de teología dogmática o moral sobre el matrimonio y la familia, aunque refleja el
pensamiento de la Iglesia sobre la materia. No es tampoco un código de conducta destinado a
las personas o a las instituciones a las que se dirige. La Carta difiere también de una simple
declaración de principios teóricos sobre la familia. Tiene más bien la finalidad de presentar a
todos nuestros contemporáneos, cristianos o no, una formulación —lo más completa y ordenada
posible— de los derechos fundamentales inherentes a esta sociedad natural y universal que es
la familia.
Los derechos enunciados en la Carta están impresos en la conciencia del ser humano y en los
valores comunes de toda la humanidad. La visión cristiana está presente en esta Carta como
luz de la revelación divina que esclarece la realidad natural de la familia. Esos derechos
derivan en definitiva de la ley inscrita por el Creador en el corazón de todo ser humano. La
sociedad está llamada a defender esos derechos contra toda violación, a respetarlos y a
promoverlos en la integridad de su contenido.
Los derechos que aquí se proponen han de ser tomados según el carácter específico de una «
Carta ». En algunos casos, conllevan normas propiamente vinculantes en el plano jurídico; en
otros casos, son expresión de postulados y de principios fundamentales para la elaboración de
la legislación y desarrollo de la política familiar. En todo caso, constituyen una llamada
profética en favor de la institución familiar que debe ser respetada y defendida contra toda
agresión.
Casi todos estos derechos han sido expresados ya en otros documentos, tanto de la Iglesia
como de la comunidad internacional. La presente Carta trata de ofrecer una mejor elaboración
23
de los mismos, definirlos con más claridad y reunirlos en una presentación orgánica, ordenada
y sistemática. En el anexo se podrá encontrar la indicación de « fuentes y referencias » de los
textos en que se han inspirado algunas de las formulaciones. La Carta de los Derechos de la
Familia es presentada ahora por la Santa Sede, organismo central y supremo de gobierno de la
Iglesia católica. El documento ha sido enriquecido por un conjunto de observaciones y análisis
reunidos tras una amplia consulta a las Conferencias episcopales de toda la Iglesia, así como a
expertos en la materia y que representan culturas diversas.
Considerando que:
A.los derechos de la persona, aunque expresados como derechos del individuo, tienen una
dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia;
B. la familia está fundada sobre el matrimonio, esa unión íntima de vida, complemento entre un
hombre y una mujer, que está constituida por el vínculo indisoluble del matrimonio, libremente
contraído, públicamente afirmado, y que está abierta a la transmisión de la vida;
C. el matrimonio es la institución natural a la que está exclusivamente confiada la misión de
transmitir la vida;
D. la familia, sociedad natural, existe antes que el Estado o cualquier otra comunidad, y posee
unos derechos propios que son inalienables;
E. la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de
amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales,
éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus
propios miembros y de la sociedad;
F. la familia es el lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan
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mutuamente a crecer en sabiduría humana y a armonizar los derechos individuales con las
demás exigencias de la vida social;
G. la familia y la sociedad, vinculadas mutuamente por lazos vitales y orgánicos, tienen una
función complementaria en la defensa y promoción del bien de la humanidad y de cada persona;
H. la experiencia de diferentes culturas a través de la historia ha mostrado la necesidad que
tiene la sociedad de reconocer y defender la institución de la familia;
I. la sociedad, y de modo particular el Estado y las Organizaciones Internacionales, deben
proteger la familia con medidas de carácter político, económico, social y jurídico, que
contribuyan a consolidar la unidad y la estabilidad de la familia para que pueda cumplir su
función específica;
J. los derechos, las necesidades fundamentales, el bienestar y los valores de la familia, por
más que se han ido salvaguardando progresivamente en muchos casos, con frecuencia son
ignorados y no raras veces minados por leyes, instituciones y programas socio-económicos;
K. muchas familias se ven obligadas a vivir en situaciones de pobreza que les impiden cumplir
su propia misión con dignidad;
L. la Iglesia Católica, consciente de que el bien de la persona, de la sociedad y de la Iglesia
misma pasa por la familia, ha considerado siempre parte de su misión proclamar a todos el plan
de Dios intrínseco a la naturaleza humana sobre el matrimonio y la familia, promover estas dos
instituciones y defenderlas de todo ataque dirigido contra ellas;
M. el Sínodo de los Obispos celebrado en 1980 recomendó explícitamente que se preparara
una Carta de los Derechos de la Familia y se enviara a todos los interesados; la Santa Sede,
tras haber consultado a las Conferencias Episcopales, presenta ahora esta Carta de los
derechos de la familia e insta a los Estados, Organizaciones Internacionales y a todas las
Instituciones y personas interesadas, para que promuevan el respeto de estos derechos y
aseguren su efectivo reconocimiento y observancia.
Artículo 1
Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y por lo tanto
derecho a contraer matrimonio y establecer una familia o a permanecer célibes.
a) Cada hombre y cada mujer, habiendo alcanzado la edad matrimonial y teniendo la capacidad
necesaria, tiene el derecho de contraer matrimonio y establecer una familia sin
discriminaciones de ningún tipo; las restricciones legales a ejercer este derecho, sean de
naturaleza permanente o temporal, pueden ser introducidas únicamente cuando son requeridas
por graves y objetivas exigencias de la institución del matrimonio mismo y de su carácter
social y público; deben respetar, en todo caso, la dignidad y los derechos fundamentales de la
persona.
b) Todos aquellos que quieren casarse y establecer una familia tienen el derecho de esperar
de la sociedad las condiciones morales, educativas, sociales y económicas que les permitan
ejercer su derecho a contraer matrimonio con toda madurez y responsabilidad.
c) El valor institucional del matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la
situación de las parejas no casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio
debidamente contraído.
Artículo 2
El matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consentimiento de los esposos
debidamente expresado.
a) Con el debido respeto por el papel tradicional que ejercen las familias en algunas culturas
guiando la decisión de sus hijos, debe ser evitada toda presión que tienda a impedir la elección
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Artículo 3
Los esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo
entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los
deberes para consigo mismos, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de
una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo que excluye el recurso
a la contracepción, la esterilización y el aborto.
a) Las actividades de las autoridades públicas o de organizaciones privadas, que tratan de
limitar de algún modo la libertad de los esposos en las decisiones acerca de sus hijos
constituyen una ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia.
b) En las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los
pueblos no debe ser condicionada a la aceptación de programas de contracepción,
esterilización o aborto.
c) La familia tiene derecho a la asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes en la
procreación y educación de los hijos. Las parejas casadas con familia numerosa tienen derecho
a una ayuda adecuada y no deben ser discriminadas.
Artículo 4
Artículo 5
Por el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario,
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primario e inalienable de educarlos; por esta razon ellos deben ser reconocidos como los
primeros y principales educadores de sus hijos.
a) Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y
religiosas, teniendo presentes las tradiciones culturales de la familia que favorecen el bien y
la dignidad del hijo; ellos deben recibir también de la sociedad la ayuda y asistencia necesarias
para realizar de modo adecuado su función educadora.
b) Los padres tienen el derecho de elegir libremente las escuelas u otros medios necesarios
para educar a sus hijos según sus conciencias. Las autoridades públicas deben asegurar que las
subvenciones estatales se repartan de tal manera que los padres sean verdaderamente libres
para ejercer su derecho, sin tener que soportar cargas injustas. Los padres no deben
soportar, directa o indirectamente, aquellas cargas suplementarias que impiden o limitan
injustamente el ejercicio de esta libertad.
c) Los padres tienen el derecho de obtener que sus hijos no sean obligados a seguir cursos que
no están de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas. En particular, la educación
sexual —que es un derecho básico de los padres— debe ser impartida bajo su atenta guía,
tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos.
d) Los derechos de los padres son violados cuando el Estado impone un sistema obligatorio de
educación del que se excluye toda formación religiosa.
e) El derecho primario de los padres a educar a sus hijos debe ser tenido en cuenta en todas
las formas de colaboración entre padres, maestros y autoridades escolares, y particularmente
en las formas de participación encaminadas a dar a los ciudadanos una voz en el
funcionamiento de las escuelas, y en la formulación y aplicación de la política educativa.
f) La familia tiene el derecho de esperar que los medios de comunicación social sean
instrumentos positivos para la construcción de la sociedad y que fortalezcan los valores
fundamentales de la familia. Al mismo tiempo ésta tiene derecho a ser protegida
adecuadamente, en particular respecto a sus miembros más jóvenes, contra los efectos
negativos y los abusos de los medios de comunicación.
Artículo 6
Artículo 7
Cada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la
dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla,
participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa
libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación.
Artículo 8
el fin de cumplir la tarea familiar de manera apropiada y eficaz, así como defender los
derechos, fomentar el bien y representar los intereses de la familia.
b) En el orden económico, social, jurídico y cultural, las familias y las asociaciones familiares
deben ver reconocido su propio papel en la planificación y el desarrollo de programas que
afectan a la vida familiar.
Artículo 9
Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de
las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación
alguna.
a) Las familias tienen el derecho a unas condiciones económicas que les aseguren un nivel de
vida apropiado a su dignidad y a su pleno desarrollo. No se les puede impedir que adquieran y
mantengan posesiones privadas que favorezcan una vida familiar estable; y las leyes
referentes a herencias o transmisión de propiedad deben respetar las necesidades y derechos
de los miembros de la familia.
b) Las familias tienen derecho a medidas de seguridad social que tengan presentes sus
necesidades, especialmente en caso de muerte prematura de uno o ambos padres, de abandono
de uno de los cónyuges, de accidente, enfermedad o invalidez, en caso de desempleo, o en
cualquier caso en que la familia tenga que soportar cargas extraordinarias en favor de sus
miembros por razones de ancianidad, impedimentos físicos o psíquicos, o por la educación de
los hijos.
c) Las personas ancianas tienen el derecho de encontrar dentro de su familia o, cuando esto no
sea posible, en instituciones adecuadas, un ambiente que les facilite vivir sus últimos años de
vida serenamente, ejerciendo una actividad compatible con su edad y que les permita
participar en la vida social.
d) Los derechos y necesidades de la familia, en especial el valor de la unidad familiar, deben
tenerse en consideración en la legislación y política penales, de modo que el detenido
permanezca en contacto con su familia y que ésta sea adecuadamente sostenida durante el
período de la detención.
Artículo 10
Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo
permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y
estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.
a) La remuneración por el trabajo debe ser suficiente para fundar y mantener dignamente a la
familia, sea mediante un salario adecuado, llamado « salario familiar », sea mediante otras
medidas sociales como los subsidios familiares o la remuneración por el trabajo en casa de uno
de los padres; y debe ser tal que las madres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa en
detrimento de la vida familiar y especialmente de la educación de los hijos.
b) El trabajo de la madre en casa debe ser reconocido y respetado por su valor para la familia
y la sociedad.
Artículo 11
La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y proporcionada al
número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos
para la vida de la familia y de la comunidad.
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Artículo 12
Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias.
a) Las familias de los inmigrantes tienen el derecho de ser respetadas en su propia cultura y
recibir el apoyo y la asistencia en orden a su integración dentro de la comunidad, a cuyo bien
contribuyen.
b) Los trabajadores emigrantes tienen el derecho de ver reunida su familia lo antes posible.
c) Los refugiados tienen derecho a la asistencia de las autoridades públicas y de las
organizaciones internacionales que les facilite la reunión de sus familias.
Fuentes y referencias
Presentación.
Uno de los fenómenos más extensos que intepelan vívamente la conciencia de la comunidad
cristiana hoy en día, es el número creciente que las uniones de hecho están alcanzando en el
conjunto de la sociedad, con la consiguiente desafección para la estabilidad del matrimonio que
ello comporta. La Iglesia no puede dejar de iluminar esta realidad en su discernimiento de los
“signos de los tiempos”.
INTRODUCCIÓN
Las llamada s “uniones de hecho” están adquiriendo en la sociedad en estos últimos años un
especial relieve. Ciertas iniciativas insisten en su reconocimiento institucional e incluso su
equiparación con las familias nacidas del compromiso matrimonial. Ante una cuestión de tanta
importancia y de tantas repercusiones futuras para la entera comunidad humana, este
Pontificio Consejo para la Familia se propone, mediante las siguientes reflexiones, llamar la
atención sobre el peligro que representaría un tal reconocimiento y equiparación para la
identidad de la unión matrimonial y el grave deterioro que ello implicaría para la familia y para
el bien común de la sociedad.
En el presente documento, tras considerar el aspecto social de las uniones de hecho, sus
elementos constitutivos y motivaciones existenciales, se aborda el problema de su
reconocimiento y equiparación jurídica, primero respecto a la familia fundada en el matrimonio
y después respecto al conjunto de la sociedad. Se atiende posteriormente a la familia como
bien social, a los valores objetivos a fomentar y al deber en justicia por parte de la sociedad
de proteger y promover la familia, cuya raiz es el matrimonio. A continuación se profundiza en
algunos aspectos que esta reivindicación presenta en relación con el matrimonio cristiano. Se
exponen además algunos criterios generales de discernimiento pastoral, necesarios para una
orientación de las comunidades cristianas. Las consideraciones aquí expuestas no sólo se
dirigen a cuantos reconocen explícitamente en la Iglesia Católica “la Iglesia de Dios vivo,
columna y fundamento de la verdad” (1Tim 3,15), sino también a todos los cristianos de las
diversas Iglesias y comunidades cristianas, así como a todos aquellos sinceramente
comprometidos con el bien precioso de la familia, célula fundamental de la sociedad. Como
enseña el Concilio Vaticano II, “el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana
está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los
cristianos, junto con los que tienen gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de
los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de
amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su
excelsa misión”.
29
No todas las uniones de hecho tienen el mismo alcance social ni las mismas motivaciones. A la
hora de describir sus características positivas, más allá de su rasgo común negativo, que
consiste en postergar, ignorar o rechazar la unión matrimonial, sobresalen ciertos elementos.
Primeramente, el carácter puramente fáctico de la relación. Conviene poner de manifiesto que
suponen una cohabitación acompañada de relación sexual (lo que las distingue de otros tipos de
convivencia) y de una relativa tendencia a la estabilidad (que las distingue de las uniones de
cohabitación esporádicas u ocasionales). Las uniones de hecho no comportan derechos y
deberes matrimoniales, ni pretenden una estabilidad basada en el vínculo matrimonial. Es
característica la firme reivindicación de no haber asumido vínculo alguno. La inestabilidad
constante debida a la posibilidad de interrupción de la convivencia en común es, en
consecuencia, característica de las uniones de hecho. Hay también un cierto “compromiso”,
más o menos explícito, de “fidelidad” recíproca, por así llamarla, mientras dure la relación.
Algunas uniones de hecho son clara consecuencia de una decidida elección. La unión de hecho
“a prueba” es frecuente entre quienes tienen el proyecto de casarse en el futuro, pero lo
30
condicionan a la experiencia de una unión sin vínculo matrimonial. Es una especie de “etapa
condicionada” al matrimonio, semejante al matrimonio “a prueba”, pero, a diferencia de éste,
pretenden un cierto reconocimiento social. Otras veces, las personas que conviven justifican
esta elección por razones económicas o para soslayar dificultades legales. Muchas veces, los
verdaderos motivos son más profundos. Frecuentemente, bajo esta clase de pretextos,
subyace una mentalidad que valora poco la sexualidad. Está influida, más o menos, por el
pragmatismo y el hedonismo, así como por una concepción del amor desligada de la
responsabilidad. Se rehuye el compromiso de estabilidad, las responsabilidades, los derechos y
deberes, que el verdadero amor conyugal lleva consigo. En otras ocasiones, las uniones de
hecho se establecen entre personas divorciadas anteriormente. Son entonces una alternativa
al matrimonio. Con la legislación divorcista el matrimonio tiende, a menudo, a perder su
identidad en la conciencia personal. En este sentido hay que resaltar la desconfianza hacia la
institución matrimonial que nace a veces de la experiencia negativa de las personas
traumatizadas por un divorcio anterior, o por el divorcio de sus padres. Este preocupante
fenómeno comienza a ser socialmente relevante en los países más desarrollados
económicamente.
No es raro que las personas que conviven en una unión de hecho manifiesten rechazar
explícitamente el matrimonio por motivos ideológicos. Se trata entonces de la elección de una
alternativa, un modo determinado de vivir la propia sexualidad. El matrimonio es visto por
estas personas como algo rechazable para ellos, algo que se opone a la propia ideología, una
“forma inaceptable de violentar el bienestar personal” o incluso como “tumba del amor
salvaje”, expresiones estas que denotan desconocimiento de la verdadera naturaleza del amor
humano, de la oblatividad, nobleza y belleza en la constancia y fidelidad de las relaciones
humanas.
No siempre las uniones de hecho son el resultado de una clara elección positiva; a veces las
personas que conviven en estas uniones manifiestan tolerar o soportar esta situación. En
ciertos países, el mayor número de uniones de hecho se debe a una desafección al matrimonio,
no por razones ideológicas, sino por falta de una formación adecuada de la responsabilidad,
que es producto de la situación de pobreza y marginación del ambiente en el que se
encuentran. La falta de confianza en el matrimonio, sin embargo, puede deberse también a
condicionamientos familiares, especialmente en el Tercer Mundo. Un factor de relieve, a tener
en consideración, son las situaciones de injusticia, y las estructuras de pecado. El predominio
cultural de actitudes machistas o racistas, confluye agravando mucho estas situaciones de
dificultad. En estos casos no es raro encontrar uniones de hecho que contienen, incluso desde
su inicio, una voluntad de convivencia, en principio, auténtica, en la que los convivientes se
consideran unidos como si fueran marido y mujer, esfozándose por cumplir obligaciones
similares a las del matrimonio. La pobreza, resultado a menudo de desequilibrios en el orden
económico mundial, y las deficiencias educativas estructurales, representan para ellos graves
obstáculos en la formación de una verdadera familia. En otros lugares, es más frecuente la
cohabitación (durante periodos más o menos prolongados de tiempo) hasta la concepción o
nacimiento del primer hijo. Estas costumbres corresponden a prácticas ancestrales y
tradicionales, especialmente fuertes en ciertas regiones de Africa y Asia, ligadas al llamado
“matrimonio por etapas”. Son prácticas en contraste con la dignidad humana, difíciles de
desarraigar, y que configuran una situación moral negativa, con una problemática social
característica y bien definida. Este tipo de uniones no deben ser, sin más, identificadas con
las uniones de hecho de las que aquí nos ocupamos (que se configuran al márgen de una
antropología cultural de tipo tradicional), y suponen todo un desafío para la inculturación de la
fe en el Tercer Milenio de la era cristiana.
Es importante preguntarse por los motivos profundos por los que la cultura contemporánea
asiste a una crisis del matrimonio, tanto en su dimensión religiosa como en aquella civil, y al
intento de reconocimiento y equiparación de las uniones de hecho. De este modo, situaciones
inestables que se definen más por aquello que de negativo tienen (la omisión del vínculo
matrimonial), que por lo que se caracterizan positivamente, aparecen situadas a un nivel similar
al matrimonio. Efectivamente todas aquellas situaciones se consolidan en distintas formas de
relación, pero todas ellas están en contraste con una verdadera y plena donación recíproca,
estable y reconocida socialmente. La complejidad de los motivos de orden económico,
sociológico y psicológico, inscrita en un contexto de privatización del amor y de eliminación del
carácter institucional del matrimonio, sugiere la conveniencia de profundizar en la perspectiva
ideológica y cultural a partir de la cual se ha ido progresivamente desarrollando y afirmando el
fenómeno de las uniones de hecho, tal y como hoy lo conocemos. La disminución progresiva del
numero de matrimonios y de familias reconocidas en tanto que tales por las leyes de
diferentes Estados, el aumento del número de parejas no casadas que conviven juntos en
ciertos países, no puede ser suficientemente explicado por un movimiento cultural aislado y
espontáneo, sino que responde a cambios históricos en las sociedades, en ese momento cultural
contemporáneo que algunos autores denominan “post-modernidad”.
Es cierto que la menor incidencia del mundo agrícola, el desarrollo del sector terciario de la
economía, el aumento de la duración media de la vida, la inestabilidad del empleo y de las
relaciones personales, la reducción del número de miembros de la familia que viven juntos bajo
el mismo techo, la globalización de los fenómenos sociales y económicos, han dado como
resultado una mayor inestabilidad de las familias y favorecido un ideal de familia menos
numerosa.
Pero ¿es esto suficiente para explicar la situación contemporánea del matrimonio? La
institución matrimonial atraviesa una crisis menor donde las tradiciones familiares son más
fuertes. Dentro de un proceso que podría denominarse, de gradual desestructuración cultural
y humana de la institución matrimonial, no debe ser minusvalorada la difusión de cierta
ideología de “gender”. Ser hombre o mujer no estaría determinado fundamentalmente por el
sexo, sino por la cultura. Con ello se atacan las mismas bases de la familia y de las relaciones
inter-personales. Es preciso hacer algunas consideraciones al respecto, debido a la
importancia de tal ideología en la cultura contemporánea, y su influjo en el fenómeno de las
uniones de hecho. En la dinámica integrativa de la personalidad humana un factor muy
importante es el de la identidad. La persona adquiere progresivamente durante la infancia y la
adolescencia conciencia de ser “sí mismo”, adquiere conciencia de su identidad. Esta conciencia
de la propia identidad se integra en un proceso de reconocimiento del propio ser y,
consiguientemente, de la dimensión sexual del propio ser. Es por tanto conciencia de identidad
y diferencia. Los expertos suelen distinguir entre identidad sexual (es decir, conciencia de
identidad psico-biológica del propio sexo, y de diferencia respecto al otro sexo) e identidad
genérica (es decir, conciencia de identidad psico-social y cultural del papel que las personas de
un determinado sexo desempeñan en la sociedad). En un correcto y armónico proceso de
integración, la identidad sexual y genérica se complementan, puesto que las personas viven en
sociedad de acuerdo con los aspectos culturales correspondientes a su propio sexo. La
categoría de identidad genérica sexual (“gender”) es, por tanto, de orden psico-social y
cultural. Es correspondiente y armónica con la identidad sexual, de orden psico-biológico,
cuando la integración de la personalidad se realiza como reconocimiento de la plenitud de la
verdad interior de la persona, unidad de alma y cuerpo.
32
Ahora bien, a partir de la década 1960-1970, ciertas teorías (que hoy suelen ser calificadas
por los expertos como “construccionistas”), sostienen no sólo que la identidad genérica sexual
(“gender”) sea el producto de una interacción entre la comunidad y el individuo, sino incluso
que dicha identidad genérica sería independiente de la identidad sexual personal, es decir, que
los géneros masculino y femenino de la sociedad serían el producto exclusivo de factores
sociales, sin relación con verdad ninguna de la dimensión sexual de la persona. De este modo,
cualquier actitud sexual resultaría justificable, incluida la homosexualidad, y es la sociedad la
que debería cambiar para incluir, junto al masculino y el femenino, otros géneros, en el modo
de configurar la vida social. La ideología de “gender” ha encontrado en la antropología
individualista del neoliberalismo radical un ambiente favorable. La reivindicación de un
estatuto similar, tanto para el matrimonio como para las uniones de hecho (incluso
homosexuales) suele hoy día tratar de justificarse en base a categorías y términos
procedentes de la ideología de “gender”. Así existe una cierta tendencia a designar como
“familia” todo tipo de uniones consensuales, ignorando de este modo la natural inclinación de la
libertad humana a la donación recíproca, y sus características esenciales, que son la base de
ese bien común de la humanidad que es la institución matrimonial.
Conviene comprender las diferencias sustanciales entre el matrimonio y las uniones fácticas.
Esta es la raiz de la diferencia entre la familia de origen matrimonial y la comunidad que se
origina en una unión de hecho. La comunidad familiar surge del pacto de unión de los cónyuges.
El matrimonio que surge de este pacto de amor conyugal no es una creación del poder público,
sino una institución natural y originaria que lo precede. En las uniones de hecho, en cambio, se
pone en común el recíproco afecto, pero al mismo tiempo falta aquél vínculo matrimonial de
dimensión pública originaria, que fundamenta la familia. Familia y vida forman una verdadera
unidad que debe ser protegida por la sociedad, puesto que es el núcleo vivo de la sucesión
(procreación y educación) de las generaciones humanas. En las sociedades abiertas y
democráticas de hoy día, el Estado y los poderes públicos no deben institucionalizar las
uniones de hecho, atribuyéndoles de este modo un estatuto similar al matrimonio y la familia.
Tanto menos equipararlas a la familia fundada en el matrimonio. Se trataría de un uso
arbitrario del poder que no contribuye al bien común, porque la naturaleza originaria del
matrimonio y de la familia precede y excede, absoluta y radicalmente, el poder soberano del
Estado. Una perspectiva serenamente alejada del talante arbitrario o demagógico, invita a
reflexionar muy seriamente, en el seno de las diferentes comunidades políticas, acerca de las
esenciales diferencias que median entre la vital y necesaria aportación de la familia fundada
en el matrimonio al bien común y aquella otra realidad que se da en las meras convivencias
afectivas. No parece razonable sostener que las vitales funciones de las comunidades
familiares en cuyo nucleo se encuentra la institución matrimonial estable y monogámica puedan
ser desempeñadas de forma masiva, estable y permanente, por las convivencias meramente
afectivas. La familia fundada en el matrimonio debe ser cuidadosamente protegida y
promovida como factor esencial de existencia, estabilidad y paz social, en una ámplia visión de
futuro del interés común de la sociedad. La igualdad ante la ley debe estar presidida por el
principio de la justicia, lo que significa tratar lo igual como igual, y lo diferente como
diferente; es decir, dar a cada uno lo que le es debido en justicia: principio de justicia que se
quebraría si se diera a las uniones de hecho un tratamiento jurídico semejante o equivalente al
que corresponde a la familia de fundación matrimonial. Si la familia matrimonial y las uniones
de hecho no son semejantes ni equivalentes en sus deberes, funciones y servicios a la
33
III - Las uniones de hecho en el conjunto de la sociedad. Dimensión social y política del
problema de la equiparación.
Ciertos influjos culturales radicales (como la ideología del “gender” a la que antes hemos
hecho mención), tienen como consecuencia el deterioro de la institución familiar. “Aún más
preocupante es el ataque directo a la institución familiar que se está desarrollando, tanto a
nivel cultural como en el político, legislativo y administrativo...Es clara la tendencia a equipar a
la familia otras formas de convivencia bien diversas, prescindiendo de fundamentales
consideraciones de orden ético y antropológico”. Es prioritaria, por tanto, la definición de la
identidad propia de la familia. A esta identidad pertenece el valor y la exigencia de estabilidad
en la relación matrimonial entre hombre y mujer, estabilidad que halla expresión y
confirmación en un horizonte de procreación y educación de los hijos, lo que resulta en
beneficio del entero tejido social. Dicha estabilidad matrimonial y familiar no está sólo
34
asentada en la buena voluntad de las personas concretas, sino que reviste un carácter
institucional de reconocimiento público, por parte del Estado, de la elección de vida conyugal.
Otro riesgo en la consideración social del problema que nos ocupa es el de la banalización.
Algunos afirman que el reconocimiento y equiparación de las uniones de hecho no debería
preocupar excesivamente cuando el número de éstas fuera relativamente escaso. Más bien
debería concluirse, en este caso, lo contrario, puesto que una consideración cuantitativa del
problema debería entonces conducir a poner en duda la conveniencia de plantear el problema
de las uniones de hecho como problema de primera magnitud, especialmente allí donde apenas
se presta una adecuada atención al grave problema (de presente y de futuro) de la protección
del matrimonio y la familia mediante adecuadas políticas familiares, verdaderamente
incidentes en la vida social. La exaltación indiferenciada de la libertad de elección de los
individuos, sin referencia alguna a un orden de valores de relevancia social obedece a un
planteamiento completamente individualista y privatista del matrimonio y la familia, ciego a su
dimensión social objetiva. Hay que tener en cuenta que la procreación es principio “genético”
de la sociedad, y que la educación de los hijos es lugar primario de transmisión y cultivo del
tejido social, así como núcleo esencial de su configuración estructural
La verdad sobre el amor conyugal permite comprender también las graves consecuencias
sociales de la institucionalización de la relación homosexual: “se pone de manifiesto también
qué incongruente es la pretensión de atribuir una realidad conyugal a la unión entre personas
del mismo sexo. Se opone a esto, ante todo, la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el
matrimonio mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la misma
estructura del ser humano. Asimismo, se opone a ello la ausencia de los presupuestos para la
complementariedad interpersonal querida por el Creador, tanto en el plano fisico-biológico
como en el eminentemente psicológico, entre el varón y la mujer...”. El matrimonio no puede ser
reducido a una condición semejante a la de una relación homosexual; esto es contrario al
36
sentido común. En el caso de las relaciones homosexuales que reivindican ser consideradas
unión de hecho, las consecuencias morales y jurídicas alcanzan una especial relevancia. “Las
‘uniones de hecho’ entre homosexuales, además, constituyen una deplorable distorsión de lo
que debería ser la comunión de amor y vida entre un hombre y una mujer, en recíproca
donación abierta a la vida”. Todavía es mucho más grave la pretensión de equiparar tales
uniones a “matrimonio legal”, como algunas iniciativas recientes promueven. Por si fuera poco,
los intentos de posibilitar legalmente la adopción de niños en el contexto de las relaciones
homosexuales añade a todo lo anterior un elemento de gran peligrosidad. “No puede constituir
una verdadera familia el vínculo de dos hombres o de dos mujeres, y mucho menos se puede a
esa unión atribuir el derecho de adoptar niños privados de familia”. Recordar la trascendencia
social de la verdad sobre el amor conyugal y, en consecuencia, el grave error que supondría el
reconocimiento o incluso equiparación del matrimonio a las relaciones homosexuales no supone
discriminar, en ningún modo, a estas personas. Es el mismo bien común de la sociedad el que
exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protegan la unión matrimonial como base de la
familia, que se vería, de este modo, perjudicada.
El matrimonio y la familia son un bien social de primer orden: “La familia expresa siempre una
nueva dimensión del bien para los hombres, y por esto suscita una nueva responsabilidad. Se
trata de la responsabilidad por aquel singular bien común en el cual se encuentra el bien del
hombre: el bien de cada miembro de la comunidad familiar; es un bien ciertamente ‘difícil’
(‘bonum arduum’), pero atractivo”. Ciertamente no todos los cónyuges ni todas las familias
desarrollan de hecho todo el bien personal y social posible, de ahí que la sociedad deba
corresponder poniendo a su alcance del modo más accesible los medios para facilitar el
desarrollo de sus valores propios, pues “conviene hacer realmente todos los esfuerzos posibles
para que la familia sea reconocida como sociedad primordial y, en cierto modo, ‘soberana’. Su
‘soberanía’ es indispensable para el bien de la sociedad”.
Así entendido, el matrimonio y la familia constituyen un bien para la sociedad porque protegen
un bien precioso para los cónyuges mismos, pues “la familia, sociedad natural, existe antes que
el Estado o cualquier otra comunidad, y posee unos derechos propios que son inalienables”. De
una parte, la dimensión social de la condición de casados postula un principio de seguridad
jurídica: porque el hacerse esposa o esposo pertenece al ámbito del ser -y no del mero obrar-
la dignidad de este nuevo signo de identidad personal tiene derecho a su reconocimiento
público y que la sociedad corresponda como merece el bien que constituye . Es obvio que el
buen orden de la sociedad es facilitado cuando el matrimonio y la familia se configuran como lo
que son verdaderamente: una realidad estable. Por lo demás, la integridad de la donación como
varón y mujer en su potencial paternidad y maternidad, con la consiguiente unión -también
exclusiva y permanente- entre los padres y los hijos expresa una confianza incondicional que
se traduce en una fuerza y un enriquecimiento para todos.
De una parte, la dignidad de la persona humana exige que su origen provenga de los padres
unidos en matrimonio; de la unión íntima, íntegra, mutua y permanente -debida- que proviene
del ser esposos. Se trata, por tanto, de un bien para los hijos. Este origen es el único que
salvaguarda adecuadamente el principio de identidad de los hijos, no sólo desde la perspectiva
genética o biológica, sino también desde la perspectiva biográfica o histórica. Por otra parte,
el matrimonio constituye el ámbito de por sí más humano y humanizador para la acogida de los
hijos: aquel que más fácilmente presta una seguridad afectiva, aquel que garantiza mayor
37
unidad y continuidad en el proceso de integración social y de educación. “La unión entre madre
y concebido y la función insustituible del padre requieren que el hijo sea acogido en una familia
que le garantice, posiblemente, la presencia de ambos padres. La contribución específica
ofrecida por ellos a la familia, y a través de ella, a la sociedad, es digna de gran
consideración”. Por lo demás, la secuencia continuada entre conyugalidad,
maternidad/paternidad, y parentesco (filiación, fraternidad, etc.), evita muchos y serios
problemas a la sociedad que aparecen precisamente cuando se rompe la concatenación de los
diversos elementos de modo que cada uno de ellos viene a actuar con independencia de los
demás.
También para los demás miembros de la familia la unión matrimonial como realidad social
aporta un bien. En efecto, en el seno de la familia nacida de un vínculo conyugal, no sólo las
nuevas generaciones son acogidas y aprenden a cooperar con lo que les es propio, sino que
también las generaciones anteriores (abuelos) tienen la oportunidad de contribuir al
enriquecimiento común: aportar las propias experiencias, sentir una vez mas la validez de su
servicio, confirmar su dignidad plena de personas siendo valoradas y amadas por sí mismas, y
aceptadas en un diálogo intergeneracional tantas veces fecundo. En efecto, “la familia es el
lugar donde se encuentran diferentes generaciones y donde se ayudan mutuamente a crecer
en sabiduría humana y a armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la
vida social”. A la vez, las personas de la tercera edad pueden mirar con confianza y seguridad
el futuro porque se saben rodeadas y atendidas por aquellos a quienes han atendido durante
largos años. Por lo demás, es conocido que, cuando la familia vive realmente como tal, la calidad
en la atención a las personas ancianas no puede ser suplida -al menos en determinados
aspectos- por la atención prestada desde instituciones ajenas a su ámbito, aunque sea
esmerada y cuente con avanzados medios técnicos.
En resumen, además de lo expuesto hay que recordar que “la familia constituye, más que una
unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para
la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos,
esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad”. Por lo
demás, la desmembración de la familia, lejos de contribuir a una esfera mayor de libertad,
dejaría al individuo cada vez más inerme e indefenso ante el poder del Estado, y lo
empobrecería al exigir una progresiva complejidad jurídica.
-para la familia, y para la sociedad misma- una atención adecuada a los problemas actuales del
matrimonio y la familia, un respeto exquisito de la libertad que le corresponde, una legislación
que proteja sus elementos esenciales y que no grabe las decisiones libres: respecto a un
trabajo de la mujer no compatible con su situación de esposa y madre, respecto a una “cultura
del éxito” que no permite a quien trabaja hacer compatible su competencia profesional con la
dedicación a su familia, respecto a la decisión de tener los hijos que en su conciencia asuman
los cónyuges, respecto a la protección del carácter permanente al que legítimamente aspiran
las parejas casadas, respecto a la libertad religiosa y a la dignidad e igualdad de derechos
respecto a los principios y ejecución de la educación querida para los hijos, respecto a al
tratamiento fiscal y a otras normas de tipo patrimonial (sucesiones, vivienda, etc.), respecto al
tratamiento de su autonomía legítima y al respeto y fomento de su iniciativa en el ámbito
social y político, especialmente en lo referente a la propia familia. De ahí la necesidad social
de distinguir fenómenos diferentes en sí mismos, en su aspecto legal, y en su aportación al
bien común, y de tratarlos adecuadamente como distintos. “El valor institucional del
matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la situación de las parejas no
casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio debidamente contraído”.
social, sobre el valor de aquello que constituyó durante siglos una gran conquista de la
humanidad. La Iglesia primitiva logró, no ya sacralizar o cristianizar la concepción romana del
matrimonio, sino devolver esta institución a sus orígenes creacionales, de acuerdo con la
explícita voluntad de Jesucristo.
La realidad natural del matrimonio está contemplada en las leyes canónicas de la Iglesia. La ley
canónica describe en sustancia el ser del matrimonio de los bautizados, tanto en su momento
in fieri -el pacto conyugal- como en su condición de estado permanente en el que se ubican las
relaciones conyugales y familiares. En este sentido, la jurisdicción eclesiástica sobre el
matrimonio es decisiva y representa una auténtica salvaguardia de los valores familiares. No
siempre se comprenden y respetan adecuadamente los principios básicos del ser matrimonial
respecto al amor conyugal, y su índole de sacramento.
Por lo que respecta a los primeros, se habla con frecuencia del amor como base del matrimonio
y de éste como de una comunidad de vida y de amor, pero no siempre se afirma de manera
clara su verdadera condición de institución conyugal, al no incorporar la dimensión de justicia
propia del consenso. El matrimonio es institución. No advertir esta deficiencia, suele generar
un grave equívoco entre el matrimonio cristiano y las uniones de hecho: también los
convivientes en uniones de hecho pueden decir que están fundados en el “amor” (pero un
“amor” calificado por el Concilio Vaticano II como “sic dicto libero”), y que constituyen una
comunidad de vida y amor, pero sustancialmente diversa a la “communitas vitae et amoris
coniugalis” del matrimonio.
La comunidad cristiana se ve interpelada por el fenómeno de las uniones de hecho. Las uniones
sin vínculo institucional legal -ni civil ni religioso-, constituyen ya un fenómeno cada vez más
frecuente al que tiene que prestar atención la acción pastoral de la Iglesia. No sólo mediante
la razón, sino también, y sobre todo, mediante el “esplendor de la verdad” que le ha sido
donado mediante la fe, el creyente es capaz de llamar las cosas con su propio nombre: el bien,
bien, y el mal, mal. En el contexto actual, fuertemente relativista e inclinado a disolver toda
diferencia -incluso aquellas que son esenciales- entre matrimonio y uniones de hecho, son
precisas la mayor sabiduría y la libertad más valiente a la hora de no prestarse a equívocos ni a
compromisos, con la convicción de que la “crisis más peligrosa que puede afligir al hombre” es
“la confusión entre el bien y el mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de
los individuos y las comunidades”. A la hora de efectuar una reflexión específicamente
cristiana de los signos de los tiempos ante el aparente oscurecimiento, en el corazón de
algunos de nuestros contemporaneos, de la verdad profunda del amor humano, conviene
acercarse a las aguas puras del Evangelio.
vivos en medio del mundo. Es también importante en este contexto subrayar la verdadera y
propia necesidad de la gracia para que la vida matrimonial se desarrolle en su auténtica
plenitud. Por ello, a la hora de un discernimiento pastoral de la problemática de las uniones de
hecho, es importante la consideración de la fragilidad humana y la importancia de una
experiencia y una catequesis verdaderamente eclesiales, que oriente hacia la vida de gracia,
oración, los sacramentos, y en particular el de la Reconciliación.
Es necesario distinguir diversos elementos, entre estos factores de fragilidad que dan origen
a esas uniones de hecho, caracterizadas por el amor llamado “libre”, que omite o excluye la
vinculación propia y característica del amor conyugal. Además, es preciso, como decíamos
antes, distinguir las uniones de hecho a las que algunos se consideran como obligados por
difíciles situaciones y aquellas otras buscadas en sí mismas con “una actitud de desprecio,
contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar, de la organización socio-
política o de la mera búsqueda del placer”. Hay que considerar también a quienes son
empujados a las uniones de hecho “por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por
condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una cierta
inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el temor de ligarse con un vínculo
estable y definitivo”.
El discernimiento ético, la acción pastoral, y el compromiso cristiano con las realidades
políticas, deberán tener en cuenta, por consiguiente, la multiplicidad de realidades que se
encuentran bajo el término común “uniones de hecho”, de las que antes hemos hecho mención.
Cualesquiera que sean las causas que las originan esas uniones comportan “serios problemas
pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de ahí se derivan (pérdida
del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con su Pueblo, privación
de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como también por las consecuencias sociales
(destrucción del concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la
sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y reafirmación del egoísmo)”. La Iglesia se
muestra, por tanto, sensible a la proliferación de esos fenómenos de uniones no matrimoniales,
debido a la dimensión moral y pastoral del problema. .......
Compromiso social.
Es legítima la comprensión por la problemática existencial y las elecciones de las personas que
viven en uniones de hecho y en ciertas ocasiones, un deber. Algunas de estas situaciones,
incluso, deben suscitar verdadera y propia compasión. El respeto por la dignidad de las
personas no está sometido a discusión. Sin embargo, la comprensión de las circunstancias y el
respeto de las personas no equivalen a una justificación. Más bien se trata de subrayar, en
estas circunstancias que la verdad es un bien esencial de las personas y factor de auténtica
libertad: que de la afirmación de la verdad no resulte ofensa, sino sea forma de caridad, de
manera que el “no disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo” sea “forma eminente de
caridad para con las almas”, de modo tal, que se acompañe “con la paciencia y la bondad de la
cual el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres”. Los cristianos deben, por
tanto, tratar de comprender los motivos personales, sociales, culturales e ideológicos de la
difusión de la uniones de hecho. Es preciso recordar que una pastoral inteligente y discreta
puede, en ciertas ocasiones favorecer la recuperación “institucional” de algunas de estas
uniones. Las personas que se encuentran en estas situaciones deben ser tenidas en cuenta, de
manera particularizada y prudente, en la pastoral ordinaria de la comunidad eclesial, una
atención que comporta cercanía, atención a los problemas y dificultades derivados, diálogo
paciente y ayuda concreta, especialmente en relación a los hijos. La prevención es, también en
este aspecto de la pastoral, una actitud prioritaria.
Conclusión.
resplandece en medio del mundo. Invita por ello a cuantos luchan por la causa del hombre a
unir sus esfuerzos en la promoción de la familia y de su íntima fuente de vida que es la unión
conyugal.
Con frecuencia los que argumentan a favor de la libertad de divorciarse hacen hincapié en el
sufrimiento padecido por las mujeres y los niños atrapados en un matrimonio infeliz.
No se puede negar que existen situaciones difíciles dentro de un buen número de matrimonios,
pero al proponer el divorcio como una solución no tienen en cuenta el coste del divorcio para
las personas implicadas y la sociedad en general.
Este mes un estudio británico reveló que cada año la ruptura de las familias en Gran Bretaña
cuesta alrededor de 30 mil millones de libras esterlinas. Según comunicaron el "Telegraph" y
el "Independent" (14/9/00), se llega a esta cifra sumando los pagos de los beneficios sociales,
el daño a la salud, la pérdida de producción económica y el aumento del crimen.
Hasta ahora los cálculos de los costes anuales del divorcio iban de 4 a 10 mil millones de libras
esterlinas, pero el informe "The Cost of Family Breakdown" de la organización "Family
Matters" establece una cifra mucho mayor.
Gran Bretaña tiene la incidencia de divorcio más alta en toda Europa. En 1998 hubo 145.000
matrimonios fracasados, el doble que en 1971 y un total de 150.000 niños se vieron afectados
por los divorcios. De los matrimonios contraídos hoy en día dos de cada cinco terminan en
divorcio y un niño de cada cuatro experimentará la división de su familia antes de cumplir 16
años de edad. El informe afirma que los costes directos del divorcio son 15 mil millones de
libras esterlinas cada año, el equivalente a 11 libras por cada persona que paga impuestos en el
país. Esa cifra incluye 8,5 mil millones en pagos sociales. Sin embargo, los autores del informe
estiman que los costes indirectos hacen que la cifra directa se duplique. Entre otros factores
el informe observa que la mitad de los criminales menores de edad provienen
de familias rotas. El informe explica que quieren alertar al parlamento y al pueblo británico de
la seriedad de la crisis en la vida familiar. Aunque muchas personas son hostiles a los
argumentos basados en los valores familiares, sigue el informe, por lo menos deberían
reconocer los tremendos costes financieros y sociales debidos al divorcio. Así, los autores
piden un cambio cultural en la sociedad en que se reconozca que la familia tradicional es el
fundamento de una sociedad estable y próspera.
Entre los efectos del divorcio en los niños está el tema de las relaciones prematrimoniales.
Según otro estudio publicado poco antes del informe sobre los costes del divorcio, los
adolescentes de familias rotas tienen una incidencia dos veces mayor que sus compañeros en
cuanto al inicio de su vida sexual antes de los 16 años. Según comunicó el "Telegraph"
(8/9/00), alrededor del 25% de los hijos de padres divorciados admitieron haber tenido
relaciones sexuales con menos de 16 años, en comparación con el 13% de los adolescentes
cuyos padres están casados o viven juntos. La investigación fue llevada a cabo por el "Family
Education Trust" entre un grupo de 2.250 niños de 13 a 15 años de edad. Según Valerie Riches,
presidenta de la organización, el informe demuestra que cuando hay rupturas en la familia los
niños se sienten rechazados y buscan en otras partes el amor y la estabilidad. Entonces,
continuó Riches, creen que pueden encontrar lo que les falta a través del sexo, si bien la
43
mayoría, especialmente las niñas, sufren mucho después por lo que han hecho. Los daños
continúan en la vida adulta Las consecuencias negativas del divorcio sobre los niños no se
limitan a la etapa de la adolescencia, como demuestra otro estudio llevado a cabo en California,
Estados Unidos. Según informó el "National Post" (7/9/00), los hijos de divorciados tienen
más problemas como adultos y de hecho les afecta seriamente cuando llega el momento de
formar sus propias familias. Los datos provienen de un proyecto que comenzó hace 25 años
entre cien niños de una comunidad en el norte de California (The Unexpected Legacy of
Divorce: A 25 Year Landmark Study, publicado por Hyperion y escrito por Judith Wallerstein,
Julia Lewis y Sandra Blakeslee). El estudio se inició en 1971, poco después de la liberalización
de las leyes sobre el divorcio en el estado. Una de la autoras, Judith Wallerstein, observó que
los niños provenientes de padres separados experimentaron más dificultades en formar
relaciones íntimas y duraderas en comparación con sus compañeros de familias unidas. Al
llegar a la vida adulta los que habían experimentado el divorcio están menos dispuestos a
casarse, tienen mayor probabilidad de divorciarse y de tener hijos fuera del matrimonio y
tienen mayor incidencia de problemas de droga. El estudio comenta que tienden a pensar que
sus amistades no durarán y que luchan en sus vidas emocionales contra el temor de la pérdida,
el conflicto, la traición y el sentirse solos. Wallerstein, profesora emérita de la Universidad
de Berkeley en California, comentó que el impacto del divorcio en la vida adulta es un
"descubrimiento revolucionario y una sorpresa trágica". La profesora, cuyos otros estudios
sobre el divorcio le han hecho una experta mundial, admitió que hasta ahora no se ha dado
suficiente peso a las consecuencias del divorcio para los niños y que la situación es mucho más
compleja y el impacto mucho más serio de lo que antes habían imaginado. Concluyó que aún los
mejores padrastros y madrastras muy rara vez pueden suplir lo que los niños han perdido a
causa del divorcio. Incluso Wallerstein admite que si bien el divorcio tiene sus ventajas para
un padre de familia infeliz, no necesariamente representa algo mejor para los hijos. De los
niños afectados por el divorcio que se estudiaron durante 25 años, el 60% están casados, en
comparación con el 80% del grupo de padres cuyos matrimonios duraron. El 38% de los hijos
del divorcio tienen niños, de los cuales un 17% nacieron fuera del matrimonio. Del grupo de
control un 61% tienen niños, todos dentro del matrimonio. El libro no recomienda que los
padres de familia permanezcan unidos en el matrimonio a cualquier precio. No obstante urge a
los esposos a dar un peso mucho mayor al considerar el impacto sobre sus niños cuando
contemplen el divorcio.
El divorcio y la cohabitación
Otro daño causado por el divorcio es la tendencia de los hijos a cohabitar antes o en vez de
casarse. Hace unos meses, el "National Marriage Project", de la Universidad de Rutgers,
publicó un estudio sobre la cohabitación: "Sex Without Strings, Relationships Without Rings".
Según informó la agencia AP (7/6/00), en Estados Unidos existe la tendencia a vivir juntos en
el período de los veinte a los treinta años. El director del estudio, David Popenoe, profesor de
sociología en Rutgers, observó que las personas de esta edad tienden a considerar el
matrimonio como un riesgo económico debido a los altos costes del divorcio. El temor al
divorcio, comenta el estudio, ha dañado la confianza en la permanencia del matrimonio. Y por lo
tanto la decisión de casarse se considera arriesgada, además de algo que les priva de su propia
independencia.
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ESTADISTICAS
200
180
160
140
120
100
80 varones
60
40 mujeres
20
0
a favor en a favor en a favor en
contra contra contra
400
350
300
250
200 Varones
Mujeres
150
100
50
0
A favor n/s - n/c En contra
2500
2000
500
0
1994 1995 1996 1997 1998
220
200
180
160
140
120
100
80
60
40
20
0
a favor en contra a favor en contra a favor en contra
DIVORCIO
120
110
100
90
80
70
60
50 varones
40
30 mujeres
20
10
0
a favor en a favor en a favor en
contra contra contra
250
200
150
Varones
100 Mujeres
50
0
A favor n/s - n/c En contra
RELACIONES PREMATRIMONIALES
48
400
350
300
250
Varones
200
Mujeres
150
100
50
0
A favor n/s - n/c En contra
RELACIONES PREMATRIMONIALES
150
140
130
120
110
100
90
80
70
60 varones
50 mujeres
40
30
20
10
0
a favor en contra a favor en contra a favor en contra
12 a 18 19 a 30 30 a 80
años años años
150 Varones
Mujeres
100
50
0
A favor n/s - n/c En contra
49
CONCLUSION
Ver la realidad cambiante, nos exige interpretar los signos de los tiempos con sus
nuevas caracteristicas, y sobre todo tener en cuenta la mision que hoy debe tener la familia
ante los desafios del cambio.
Es urgente por lo tanto redescubrir la identidad de la familia, LO QUE ES, pero
tambien su mision, LO QUE PUEDE Y DEBE HACER, y dado que, según el designio de Dios, esta
constituida cono INTIMA COMUNIDAD DE VIDA Y AMOR, su proyeccion debe llegar a las
raices mismas de la realidad ya que comunicar el amor como reflejo vivo y participación real
del amor. La familia recibe la mision de custodiar, revelar y comunicar el amor de Cristo Senor
por la Iglesia, su esposa.
Toda acción particular de la familia, es la expresión y la actuación concreta de tal
misión fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo en la singular riqueza de la
misión de la familia y sondear sus múltiples y unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el sinodo de la
Familia, ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia: