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Diferentes posiciones psicoanalíticas frente al sexo, la sexualidad y el género. Alfredo Eidelsztein. Dic 2019.

CONTRIBUCIÓN A UN POSIBLE DEBATE CON PAUL B. PRECIADO (1) Y JEAN-CLAUDE MALEVAL


Jean-Claude Maleval (2).

Según Sigmund Freud la normalidad del proceso de maduración de cada individuo consiste en la confluencia de
la identidad de género con su biología – sostuvo: “la anatomía es el destino”-; así lo normal y esperado es que el
varón sea macho y la mujer hembra; reconoce que no siempre sucede así pero éste sería el proceso de evolución
ideal para todo individuo en cualquier sociedad y cultura.

Dado que para Freud se trata en el fin de la maduración sexual de la “elección de objeto sexual” él debe dar
cuenta del proceso mediante el cual cada ser humano llega o debería llegar a la elección en la cual coinciden lo
biológico y la identidad sexual. La “máquina” que produce tal resultado es, según sus concepciones, el
Complejo de Edipo el cual hace que, luego de atravesarlo, el niño resulte varón y la niña mujer, aunque al
avanzar sus desarrollos teóricos debió admitir una cuota de homosexualidad incluso en los casos normales. Para
tales fines la madre mujer y el padre hombre deben cumplir las funciones específicas de cada sexo en el seno de
la familia en la primera infancia del niño. Ya que se trata de un resultado normal, Freud también debe
especificar las propiedades universales de lo masculino y lo femenino. El hombre debe ser dominante, ya que la
libido masculina es activa y la mujer dominada ya que la suya es pasiva; la realización del hombre pasa
entonces por su gestión activa y criteriosa sobre la realidad, su transformación y dominio y la de la mujer, más
pasional, puertas adentro del hogar, es tener hijos y criarlos. El fuerte superyó del primero lo habilita a tal
función social y el débil de la segunda se lo impide o debería hacerlo.

El falo, elemento fundamental del Edipo freudiano, es el símbolo del poder y de la acción, por lo tanto admirado
y ambicionado. El hombre temerá perderlo -angustia de castración- y la mujer sentirá el menoscabo por no
poseerlo -envidia al pene-. Así, si una mujer es demasiado activa y poderosa o busca serlo recibirá la
amonestación por caer en la figura de “mujer fálica”. Esto último no lo afirmó Freud mismo, sino sus discípulos
quienes desarrollaron sus ideas.

A partir de estas concepciones las posiciones gais, lesbianas, bisexuales, transgéneros, queer, travestis, etc., son
el resultado de la falla del Edipo y de las funciones del padre y de la madre y, por lo tanto, se trata de una teoría
que genera culpa, aún hoy en día, no sólo en los “desviados” sino también en sus padres, culpa que padecen
incluso quienes no poseen formación psicoanalítica.
Jacques Lacan, por el contrario, afirma que “hombre”, “mujer” y “niño” son sólo significantes. En su modelo
teórico esto implica, al menos, dos consideraciones fundamentales: a) en cuanto tales esos significantes no
significan nada por sí mismos, sólo consisten en la diferencia que mantienen con todos los otros y b) si son
significantes no poseen ninguna relación ni con la naturaleza ni con la biología. La imposibilidad de hacer
coincidir “hombre” con macho, “mujer” con hembra y “niño” con cría es lo que afirma su fórmula: “No hay
relación sexual”. Hay prácticas sexuales pero se ha perdido desde el inicio y para siempre para el sujeto del
significante, la condición sexual natural.

La metáfora paterna será la “máquina” que, según Lacan, dará cuenta de cómo en cada historia se inscribe el
que ningún representante del A (el lugar del lenguaje, la lógica y la verdad) o sea, ningún Otro, puede coincidir
con aquél. La función de la metáfora paterna es legislar para cada caso que: Otro ≠ A. Ni las madres, ni los
padres ni los abuelos ni ninguna instancia de representación de la autoridad que haya operado en una historia
pueden arrogarse el poder del lenguaje, que aunque padezca de un inherente “no todo”, lo que se escribe A/ (A
mayúscula tachada), es la única fuente de potencia. Si la “máquina” operó en su función específica no existirá
ninguna instancia omnipotente. La metáfora paterna terminará, además, aportando significado al sujeto, no
identidad sexual como en el Edipo ni ninguno definitivo. “Deseo de la Madre” no refiere a la mamá, sino a la
encarnadura del Otro (mamá, papá, pareja de mamás o de papás, o…) y el “Nombre-del-Padre” será la función
que operará como tal si el poder no coincide ni con el papá ni con nadie; la ley que instaura es aquélla que
afirma que nadie puede encarnar o detentar la ley por sí mismo.

Lacan obtiene tales designaciones, Madre y Padre, de la historia del indoeuropeo, en el cual se distingue
netamente entre “Pater”, pura función mitológica, como en el caso de Ius Pater: Júpiter, exclusivamente un
nombre y “papá”, el familiar nutriente y “Mater” de mamá, como en el caso de “Madre tierra”; en el mismo
sistema en el cual tampoco coinciden el lazo fraterno (Frater) por pertenecer a la misma fratria de lo biológico
de compartir el mismo útero (Adelphos). Para los primeros (Pater, Mater y Frater) es imposible designar a los
segundos (papá, mamá y hermano de sangre). Cada época y sociedad sufrirá su engaño específico de las falsas
encarnaduras de la función Nombre-del-Padre: Rey, Sumo sacerdote, Amo, Padre con patria potestad y, en la
actualidad occidental, las ciencias de la vida, etc. Incluso, según Lacan, el Nombre-del-Padre tampoco escapa a
los cambios de contextos y entramados, motivo por el cual debe ser sustituido por los Nombres-del-Padre,
plural que, a su vez, obliga a pensar en diferentes órdenes simbólicos. Para Lacan no se trata de pasar de
geocentrismo a heliocentrismo, de la madre del Edipo al padre, sino de la inexistencia de cualquier centro en
todo orden simbólico, tal como se sabe desde la verdadera revolución, la de J. Kepler no la de N. Copérnico, y
el establecimiento de las órbitas elípticas de los planetas, en las cuales en un foco se ubica el sol y en el otro
nada.
El falo, entre las varias acepciones que posee en la teoría de Lacan respecto de la temática de estas líneas,
inscribe la propiedad fundamental del significante en relación a la pérdida de la naturalidad de lo sexual, o sea
la imposibilidad de eliminar la presencia del Aidos, el diablo del pudor o la deidad de la dignidad, la marca que
recae en lo sexual y la sexualidad por su origen significante no natural; esto se verifica, por ejemplo, en la
necesidad de: ritual, velo, cierta ropa, adornos, escena privada, oscuridad, dinero, etc., presentes de una u otra
forma en la sexualidad significante.

Pero en cada historia, ya sea de un sujeto, una familia o un pueblo los significantes no sólo funcionan como
puras diferencias sino que también se entraman en cadenas, algunas de las cuales se repiten e insisten, así se las
puede citar y al suceder esto los significantes que las componen se han transformado en letras. Una letra es, en
la teoría de Lacan, el estado que adquiere el significante cuando está localizado. Recibe, por este motivo, un
significado o un sentido perdurable, que si bien siempre remitirá a otros y no a un objeto empírico, es estable
por un período de tiempo mientras se mantenga un determinado contexto lingüístico familiar y sociocultural.

Entonces, y desde esta perspectiva, se puede investigar y establecer qué valores, significados y sentidos
adquieren “mujer”, “hombre” y “niño” en determinado contexto. Cada historia establecerá los respectivos a
cada circunstancia. Estos estarán, obviamente, en constante transformación, en algunos casos más velozmente
que en otros, lo que hará que su diagnóstico consista más en establecer dichos cambios que hacerlo respecto de
supuestas identidades constantes. Algunos resultados requerirán rectificación, solución o cura debido al
sufrimiento excesivo que acarrean. En nuestra época y sociedad algunos de estos efectos sufrientes pueden
desembocar en demandas de un tratamiento psicoanalítico.

En el modelo de Lacan no sólo no existen libidos masculinas y femeninas como en el de Freud sino que ni
siquiera la libido es una energía originada en el interior del cuerpo anatómico. Además la pulsión se plantea y
escribe ($ <> D) (paréntesis de S mayúscula tachada rombo D mayúscula), fórmula en la cual no participa,
evidentemente, nada biológico y todos sus elementos son de origen significante, incluso el “agujero” corporal.
También, y especialmente, el gozo (jouissance) será gozo del Otro, jA, lo que impide que sea propio de nadie y
gozo fálico, jφ (j fi minúscula), lo que, según Lacan, debe ser leído como “fuera del cuerpo”, lo que ya impide
suponer la perduración en sus concepciones de cualquier biologicismo, machismo o sexismo.

En el mismo sentido, el aparato psíquico freudiano es singular e interno de alguien, mientras que la estructura
de lo simbólico, imaginario y real de Lacan no puede recibir ninguna de ambas propiedades.

Desde esta perspectiva puede considerarse que lo que Lacan inscribe en la tabla de la sexuación es su
diagnóstico, para nuestra época y cultura, de cómo han pasado a letra los significantes “hombre” y “mujer” en
relación a los siguientes términos y funciones: macho, hembra, S(A/) (S mayúscula paréntesis de A mayúscula
tachada), $ (S mayúscula tachada), objeto a, φ (Fi mayúscula), La/ (La tachada) y sus articulaciones recíprocas.
Es posible que, dada su propuesta de pasaje a una escritura algebraica de estas funciones, Lacan considere que
se podría interpretar cómo han pasado a letra los significantes “hombre” y “mujer” en toda época y sociedad en
función de cómo se relacionen esas funciones y cómo sean interpretadas las mismas.

El concepto de “sujeto” de Lacan, cuya definición es: lo que un significante representa frente a otro significante,
implica necesariamente que no es hombre, no es mujer, no es niño, no es gay, no es lesbiana, no es trans, no es
bisexual, no es neurótico, etc.; sencillamente “no es”, carece de ser y de identidad. En cada historia particular de
una persona, una familia, un pueblo, etc., el valor de “sujeto” participará de redes significantes, cadenas de
cadenas, en las cuales adquirirá significados y sentidos múltiples nunca garantizados en su verdad ni en su
perduración. Depende de la ética de cada uno de nosotros cuáles de esos significados enfrentaremos y
rechazaremos con total indignación y a cuáles ayudaremos a prosperar, sabiendo que ni lo uno ni lo otro está
plenamente en manos de nadie. Lo mismo -tampoco hay que olvidarlo- debe sostenerse respecto de los
significantes: islámico, gitano, negro, judío, yanqui, refugiado, israelí, etc. Estos significantes no provienen de
ninguna objetividad, ni la del cuerpo biológico ni la de ninguna estadística aceptable, y así no poseen identidad
ni consistencia ontológica. El significado y el sentido que reciban provendrán de la articulación del entramado
significativo de cada caso y de la posición que se asuma al respecto.

“Psicoanalista” tampoco designa nada en sí mismo, su significado dependerá de cada caso y de cada contexto.
No todo psicoanalista es patriarcal, machista y eurocentrista. Así como no existe una lingüística, ni una
filosofía, tampoco una física. No existe un discurso del psicoanálisis; existen múltiples, algunos en minoría
-como lo es quizá el que se sostiene en estas líneas- pero tampoco en este caso deben ignorarse. No hay discurso
del psicoanálisis, afirmarlo posee el mismo defecto epistemológico que el del binarismo o cualquier racismo o
xenofobia. Es responsabilidad de cada analista y sociedad de analistas el tipo de psicoanálisis que asuma,
practique y difunda, y en esto, para comenzar, tendrá que decidir si es “freudiano” o no, paternalista o no,
biologicista e individualista o no.

Es posible que Lacan no haya logrado con sus concepciones rechazar totalmente el legado misógino, machista y
patriarcal que se puede localizar en la obra de Freud; ésa es nuestra tarea presente y futura si asumimos la
posición que se establece a favor de la diferencia. Si lo hacemos, el axioma deberá ser: primero el lenguaje, el
significante, el Otro, el A/ (A mayúscula tachada), etc. y luego, sólo luego, las múltiples formas habidas o que
se creen (de crear) de inscribir los cuerpos y de padecer o disfrutar los gozos y las posiciones y recursos
curativos que debamos asumir o rechazar al respecto.

(1) https://drive.google.com/file/d/11FT53loQb3COE5QC-vKtmZtnI9djYjhi/view

(2) https://psicoanalisislacaniano.com/2019/12/01/preciado-psicoanalisis-maleval-20191201/
Buenos Aires, 17 de diciembre de 2019