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El ascenso de la

"meritocracia"
El término nació peyorativo, en una sátira escrita por el sociólogo
británico Michael Young, quien en 2001, al final de su vida, se
horrorizó por el uso que le daba, entre otros, el primer ministro
británico Tony Blair en los años 90
ESCRITA POR:PABLO MAKOVSKY

El término “meritocracia“ fue acuñado por el sociólogo británico Michael Young,


también activista del Partido Laborista, quien publicó en 1958 la sátira política The
Rise of the Meritocracy (El ascenso de la meritocracia), donde ironizaba sobre el
sistema educativo del Reino Unido y fabulaba, al estilo de Un mundo feliz o la
clásica Utopía, una Inglaterra asolada por el régimen meritócrata que duraba desde
fines del siglo XIX hasta el año 2033, cuando una revolución lo derrocaba.
Que el término haya nacido como sátira, como burla, lo convierte en peyorativo.
Sin embargo, a diferencia de “liliputiense”, que Jonathan Swift ideó con el mismo
cuño burlón y guarda hasta hoy el sentido original (alguien con poca estatura, pero,
sobre todo, estatura política y moral), “meritócrata” ganó un signo diferente gracias
a los meritócratas quienes, como cabe esperar, poseen escasa formación letrada y
débiles vínculos con la historia y lo social.

A fines de junio de 2001, un año antes de su muerte, el mismo Young escribió una
columna en The Guardian en la que se lamentaba del uso que había adquirido su
término y, en particular, del uso que le daba el entonces primer ministro británico,
Tony Blair.

El artículo es también una descripción exacta de la degeneración del término


meritocracia. “He estado tristemente decepcionado por mi libro de 1958, El ascenso
de la meritocracia –escribe Young–. Acuñé una palabra que entró en una
circulación generalizada, en especial en los Estados Unidos, y hace poco halló un
lugar destacado en los discursos de Blair. El libro era una sátira que pretendía ser
una advertencia (a la que no hace falta decir que no se le prestó atención) en contra
de lo que podría suceder a Gran Bretaña entre 1958 y el final de una revuelta
imaginaria en contra de la meritocracia en 2033.

“Mucho de lo que se predijo ya se ha producido –continúa Young–. Es muy poco


probable que el primer ministro haya leído el libro, pero se apoderó de la palabra
sin darse cuenta de los peligros de lo que está defendiendo.”

A todo esto, Young ya había declarado, a propósito de su propio libro, que las obras
más influyentes eran a menudo las menos leídas (el argumento pertenece en
realidad a Italo Calvino, quien se refirió a los clásicos como aquellos libros cuya
lectura circula incluso sin lectores).

A mediados de los 90, cuando Blair aún no había llegado a primer ministro
británico y Lady Di todavía estaba viva, comenzó a usar el término meritocracia
según la reseña de Francis Wheen en The Guardian: “Estamos a años luz de una
verdadera meritocracia” (julio de 1995); “Quiero una sociedad basada en la
meritocracia” (abril de 1997); “Terminó la Gran Bretaña le élite. La nueva Gran
Bretaña es una meritocracia” (octubre de 1997); “El viejo establishment está siendo
reemplazado por una nueva y más grande clase media meritocrática” (enero de
1999); “La meritocracia se construye sobre el potencial de la mayoría, no de unos
pocos” (octubre de 1999); “La sociedad meritocrática es la única que puede
explotar su potencial económico para el total de su pueblo” (junio de 2000).

La disputa con Blair, dentro de su propio partido, el Laborista, surgió a partir de las
declaraciones del líder en torno a la educación, que es el tema del que trata la
novela de Young (en la meritocracia las personas son divididas según su
inteligencia, lo que conforma nuevos estratos sociales). En ese sentido el laborismo,
que tuvo hasta los 80 importantes dirigentes que venían no sólo de las escuelas
públicas, sino de familias proletarias, le criticaba a Blair su consentimiento con el
neoliberalismo que había expandido en Inglaterra Margaret Thatcher, llenando las
calles de ciudades como Londres y Liverpool de feroces conflictos sociales.
“Con la llegada de la meritocracia –escribe Michael Young en su columna de 2001–
, las masas ya sin líderes fueron parcialmente privadas de derechos; y a medida que
pasa el tiempo, cada vez más trabajadores fueron perdiendo su compromiso, al
punto de perder todo afecto político y ni siquiera molestarse en ir a votar, porque ya
no tienen su propia gente que los represente”.

Para el final del primer período de Blair como primer ministro británico, Young
escribió: “Como resultado, la inequidad general se ha vuelto más grave cada año
que pasa, y esto sin siquiera un llamado de atención de los líderes del partido que
una vez alzó la voz con vehemencia y precisión por una mayor igualdad (…) ¿Qué
puede hacerse por esta sociedad meritócrata y polarizada? Ayudaría que el señor
Blair quitara el término de su vocabulario, o al menos admitiera su bajeza. Ayudaría
más aún que marcara distancia de la nueva meritocracia aumentándole los
impuestos por ingresos a los ricos, y también reviviendo los gobiernos locales con
más poder para involucrar a su gente y entrenarla en la política nacional”.

En junio de 2001, cuando Young escribía esas palabras, la Argentina se encaminaba


a una de sus crisis más devastadoras, con un gobierno que había preferido
encerrarse a hacer la tarea neoliberal y tenía en su gabinete y sus equipos a muchos
de los meritócratas que hoy volvieron a ocupar puestos alrededor de la Casa
Rosada, desde Patricia Bullrich a Federico Sturzenegger.

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