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Romance

Este es el poema sobre el que germinó la novela histórica ROMANCE DE LA LUNA LLENA

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ROMANCE DE LA LUNA LLENA

I
Luna asoma en el estanque,
blanca, redonda y eterna;
contemplando unos amores
que a llorar me la condenan.
Él, apuesto caballero,
su fama noble y entera;
blasonado su linaje,
es hidalgo a manos llenas.
Valientes son sus pendones,
doquiera que los pusiera;
si en la guerra contra el moro,
si en las tierras extranjeras.
Su valor cuentan por cientos,
sus riquezas, no pudieran,
pues son tantas y tan altas
que el contarlas confundiera.
Y hete aquí que tanta honra,
tanto valor y pureza;
tanto oro, tanta fama,
tanto cuento y tanta cuenta,
derrotados ya los tiene
a los pies del agua fresca.
Luna duerme en el estanque
y en sus ojos se despierta;
despierta para acordarle
que quererla no debiera.
Ella no tiene linaje,
ni fama, ni conveniencia.
Solo es hija de los campos,
de los prados y las eras.
Y sin embargo, es hermosa,
dulce, salada, serena,
blanca, pero no de nieve,
pues su corazón le quema
por valiente caballero
que pasar vio de la guerra,
de regreso a su castillo,
con victoria en las banderas.
Sus miradas se cruzaron,
ya nunca más se perdieran
los brillos de las pupilas
que en las otras se reflejan.
Enterado está el su padre
de que a escondidas se vieran,
y entre los álamos altos
sus amores se escondieran.
Y ordena que sus lacayos
hagan en ruinas la hacienda,
la casa, la honra y la vida
de la mirada morena.
Mas a avisarla fue el viento,
por palabras muy secretas,
que salieron de la boca
de un alma muy pura y bella;
el alma de aquella madre,
que por madre ella quisiera.
Luna, que sabe la historia,
en volandas fue a esconderla
entre los cañaverales
que de palabras se acuerdan:
—aquí te doy mis amores,
testigo es la luna llena,
que en las aguas del estanque
por las noches se refresca—
Él, que ya está enterado,
a su padre pide cuentas,
pero éste no sabe darlas,
al que piensa que está muerta.
Y como no tiene palabras
se las pide por la fuerza.
Por caprichos del destino,
en medio de la pelea,
sin haberlo deseado
padre cierra la reyerta.
Por desgraciado tropiezo
se golpea la cabeza
con la piedra que sostiene
la lumbre en la chimenea.
Cuando Martín va a cogerlo
descubre con gran sorpresa,
que el cuenco de sus manos
se llena de sangre negra.
Sangre que vuelven roja
los rayos de la tormenta.
Sangre de su propia sangre
que a un alma noble envenena.

II
Gritos, lloros, flemas, llantos,
culpas, quejas y lamentos.
Nada ya que pueda hacerse
por el alma de los muertos.
Persiguiendo a su destino,
huyó al monte el caballero.
Los que fueran sus amigos
sentenciaron su destierro.
Lo sabe el rey y ha ordenado
darle caza a puro hierro.
Detrás le van los soldados,
los lacayos y los perros;
a darle muerte segura:
¡Venganza tendrá el muerto!
Vagando va por tres días,
la luna le vio gimiendo.
A los pies de aquel estanque
el amor se ha vuelto yermo.
Ya no tiene la esperanza
de ser querido queriendo.
Y quiso volver, entonces,
a morirse en aquel lecho
el de las azules aguas
que sus promesas mecieron.
Y teniendo ya en la mano
el rápido y útil veneno,
algo retiró la muerte
en el ultimo momento.
Una voz blanca y suave
fue traída por el viento.
Una cancioncilla errante
se clavó en su pensamiento.
La misma que le cantaba
la dama de sus ensueños.
Y así la trajo la luna,
vestida de blancos velos;
bordada de lino y oro,
así la entregó diciendo:
— ¡Ten más fe buen caballero,
que tu damita no ha muerto!
Cuidarla has por tu vida
hasta tu último aliento.—
El instante fue sagrado,
fue supremo aquel momento,
En el que se encontraron
junto al estanque secreto.
Y tras escuchar la historia
de aquel error tan tremendo,
no puede cargar la culpa
de que amor torne a desprecio.
Entre lágrimas, por eso
le pide que se den tiempo.
Y que en el plazo de un año
se juren en casamiento
o se olviden para siempre
del amor que se tuvieron.
Él se marchará al destierro.
Ella ingresa en un convento.

III
Marchose pues, a la guerra,
para cumplir su destino.
Perdiose en el horizonte
de un día mortecino.
Bajo su cota de malla,
bordado de oro en lino,
el pañuelo de su amada
recordábale el camino
de regreso a aquella fuente,
cuando el año hubier vencido.
Y fue allá, en el Oriente,
a purgar sus desatinos;
cubierto en sangre de infiel,
con su corazón herido,
no por fuerza de las armas,
que por los amores idos.
Olvidose aquel invierno
de todo lo acontecido.
Rodó cabezas y cuerpos,
cortó rosales y lirios;
murallas fueron cayendo,
torres, palacios, castillos.
Se quebraron estandartes
y sus soldados vencidos,
y valientes y cobardes,
con sus mujeres y niños.
La muerte por todas partes,
haciendo la vida añicos
Tiñó de negro su alma,
la llenó de desvaríos;
y su fama fue creciendo
a costa del enemigo.
Sus gestas de guerra y sangre
cruzaron la mar en grito.
Luna que siempre es la misma,
aquí que en cualquier camino,
un buen día en un estanque
de rojo sangre teñido,
lo avisó, en un instante,
que el tiempo había cumplido.
Soltó allí el arma infame,
que fue al fondo del abismo;
con ella se ahogó el monstruo,
y se devolvió a sí mismo.
Dejó su escudo en el suelo,
el yelmo en el cabestrillo,
y desanduvo lo andado,
dando aquel año al olvido.

IV
Paró su alma aquel día
que la atrapó la tristeza.
Entre tapias de un convento
guardó paciente la espera,
y entre aquellos muros fríos
se conservó su pureza.
Se marchitaron sus ojos,
en pálida y fría niebla;
emblanquecieron sus labios;
se enmascaró su belleza.
Entre sobrios sayos blancos,
de novicia por la fuerza;
tras los finos ventanales
que decoraban la iglesia,
rezábale al alto Dios,
haciéndole la promesa
de adorarle para siempre
si el amado se regresa.
Pasado fue el verano
sin alegrar su alma en pena,
ni encender el brillo helado
de la mirada morena.
El otoño fue cayendo,
mecido por hojas muertas,
que la damita contaba,
mirando desde su celda.
Se fue también el invierno,
entre las nubes espesas,
que de dolidas vertieron
sus lágrimas de tristeza.
Luego las flores un día,
las trajo la primavera,
pero no entró en el convento;
no cabía por las rejas.
Mas su corazón vivía
alumbrando la promesa.
Sabía que volvería,
cumplida era ya la fecha.
Y Luna, siempre la luna,
siempre la luna entera
redonda, reina del cielo,
allí estaba la primera,
a presenciar el reencuentro,
haciéndoles de alcahueta.

V
Allí se estaba la dama,
a la hora convenida.
Deseosa de encontrarse
con quien le robó la vida.
Con sus manos tocó el agua,
ella mojó sus mejillas,
recobrando de repente
una belleza perdida.
Sus ilusiones volvieron,
para cerrar sus heridas
y recibir a su amado
con toda su lozanía.
De los álamos del río,
el viento una voz traía:
—¡Aquí estoy, bien amada,
aquí vengo, bien querida!—
Cuentan que el cielo tembló
cuando sus almas se unían,
de nuevo junto al estanque,
que sus vidas retenía.
De lo alto de los cerros,
resplandores se esparcían,
llenando el firmamento
de una luz casi divina.
Y un silencio ganó el bosque,
por respeto al que venía.
Casi no hubo palabras,
sus miradas se entendían.
No recuerdan los romances
otra historia tan sentida.
Luna que lo sabe todo,
luna que todo lo mira,
no pudo ver sin sentir
profunda melancolía
de hallar tanto amor colmado
a los pies del agua fría.
Pero los momentos gratos
pronto tuvieron partida,
pues el rey ya era enterado
y sus soldados venían
a buscarles a la fuente
para robarles la dicha.
Pronto supieron las gentes
que el rey los perseguía
y en las casas más humildes
de las aldeas y villas,
aún arriesgándolo todo,
con celo los protegían
de las garras del tirano
que perdonar no podía.
Una mañana temprano
se les vio en la lejanía,
Huyeron en un gran barco
por aguas de la bahía.
La luna se fue con ellos,
nadando en aguas marinas,
detrás de los horizontes
de las tierras conocidas.
Nunca más se supo de ambos
en el Reino de Sevilla.

VI
Pasados son treinta años
y a mis penas heredadas
me vengo por los caminos
desde las tierras lejanas.
Como soy un extranjero,
me persiguen las miradas
de los ancianos del pueblo,
pues a alguien recordaban
mi pelo negro y mis ojos.
Algo me han visto en la cara,
que les traía recuerdos
de las épocas pasadas.
Primero me fui al castillo,
con su estampa desolada.
Ahora estaba triste y solo;
vacía era la morada.
Luego me fui al camposanto;
dos tumbas allí esperaban,
y las honré en buena hora
cumpliendo ordenes dadas.
Les limpié las hojas secas,
les puse dos rosas blancas.
También pasé por los álamos,
fui al estanque de aguas claras,
y en noche de luna llena,
comprendí las circunstancias.
Yo era hijo de estas tierras;
supe que estaba en mi casa.
En mis venas hay nobleza,
pero también gente llana.
No soy conde, no soy duque,
ni campesina es mi estampa.
Estos versos os dirán
que trovadora es mi alma.

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