El día anterior al asalto a Roma, en Puente Milvio, el Dios de los cristianos

habló en sueños a Constantino y le envió el símbolo de la victoria. El más
Grande de los emperadores reunificó el Imperio bajo el signo de la fe.
Año 337. Muere Constantino el Grande, el Totus Orbis Imperator. Y lo hace
después de recibir el bautismo tras una vida en la que el cristianismo ha
dejado de ser una secta minoritaria a controlar los hilos del gobierno.
En su testamento deja como herederos a sus hijos: Constantino II, Constante
y Constancio II. Tres cabezas unidas por la misma religión. Comienza la
purga de familiares incómodos y de enemigos del nuevo orden.
Los obispos de todo el Imperio son convocados por Constancio a un sínodo
en Constantinopla. Uno de ellos es Eusebio de Cesarea, un obispo díscolo
que teme por su vida. Por ello decide escribir un libro: Vida de Constantino,
una epístola laudatoria que santifica la figura del más grande de los
emperadores esperando que sea del agrado de su hijo. Para ello recurre al
joven Cornelio, su secretario, que será el encargado de redactarlo en el
transcurso del viaje desde Cesarea a Constantinopla.
Cornelio está enamorado de Tesira, una joven que pertenece a una secta de
herejes, la más perniciosa y dañina: la de los seguidores del Evangelio de
Judas Iscariote, un texto gnóstico que afirma que solo unos pocos elegidos
de entre los cristianos se salvarán.
El amor lo obligará a traicionar sus ideales, a mentir, a engañar, a matar, a
convertirse en la mano asesina que va a cambiar el mundo…

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