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Sobre el Autor

Javier Ragau

MADRID TE MATA

StreetBooks

Madrid te mata, Ficciones
©StreetBooks 2019
©Javier Ragau, 2019
mail: contacto.subterfugio@gmail.com
Edición digital para e-reader
kindle, Nook, Tablet
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
La reproducción total o parcial de este libro,
no autorizada por el autor, viola derechos reservados.
Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

Yo estaba al voleo, sin ninguna decisión de lo que quería para mi vida. Por
eso, cuando conocí a esos dos chicos que también andaban con palos de ciego,
no dudé en juntarme con ellos para intercambiar opiniones. Se llamaban Gorka
y David, los recuerdo perfectamente. El primero, proveniente de la ciudad de
Santander, era un joven aspirante a escritor que estaba cursando una carrera de
cinematografía, y el otro, llegado de las Palmas de Gran Canaria, estudiaba en
la misma academia que Gorka. Por aquel entonces la moneda del país era la
peseta. No recuerdo si había mucha inflación, pero con lo que nos daban por
mes nos servía para casi todas nuestras diabluras.
Gorka era quien entendía de literatura, mientras que David era más ducho
en la música. Ambos me introdujeron en el cine de culto y en esos libros que
escribieron autores de nombres extrafalarios, con vidas más que extrañas. Así,
que comencé a pedirle prestados a Gorka algunos libros para descubrir más
sobre el tema. Este chico, que por aquel entonces contaba con diecinueve
años, era algo celoso de sus libros. No sé qué pensó él cuando me vio leer las
novelas de Henry Miller, quien era su autor preferido. Sus páginas estaban
cargadas de valentía y desparpajo, con una filosofía ante la vida de “aquí nadie
importa más que yo”. Por otro lado, David vivía en una residencia que estaba
alejada a tres cuadras de la nuestra, sobre la Gran Vía, una de las venas de
tránsito y clubes de música más importantes de la ciudad. En realidad, todo
encajaba con todo, nuestra juventud, nuestras ganas de comernos el mundo, de
aprender, de absorber todo cuanto se pusiera por delante. La ciudad estaba allí
para nosotros y nosotros estábamos preparados para lo que fuera. Corría el año
mil novecientos noventa y ocho, si no recuerdo mal. Mi impresión de todo era
que la vida era perfecta, pero no era consciente de ello, quiero decir, podía
sentirlo en alguna parte, porque estaba despreocupado ante todo. Con solo
veinte años, la vida solamente estaba para vivirla, y no llevaba a cuestas
ninguna mochila de rencores, o resentimientos. Era tan joven e inocente, que
todo me parecía genial. Personalmente, no tenía problemas con nadie. Mi
posición era la de alguien dispuesto a conocer a toda aquella persona que
tuviera tiempo. Yo era amable, abierto, charlaba sobre cualquier cosa, y
además, me gustaba conocer gente nueva.
Madrid era la ciudad, o el destino de todo adolescente, que luego de
terminar el bachiller debe madurar o salir de su pueblo. De todos modos,
existen esas ciudades típicamente estudiantiles, o universitarias, como se
llaman, y Madrid era una de ellas. Pero nosotros no estábamos en el grupo de
los auténticamente universitarios. Que estábamos en Madrid para estudiar, eso
era cierto, pero no era más que una excusa para introducirnos en otro mundo.
David y Gorka estudiaban cine en una academia privada, y yo estaba metido
en otra escuela, también privada, de estudios de marketing y publicidad.
Todavía me pregunto hoy en día por qué me metí ahí adentro. Simplemente
fue lo primero que encontré a mano, cuando me bajé de un autobús, en
Madrid, dispuesto a darle un sentido a mi vida, porque mi vida no tenía
sentido, o al menos yo no tenía la más pajolera idea de qué hacer conmigo
mismo. Solamente había que prepararse para estudiar ¿no es cierto? Tal y
como estaba haciendo mi hermano, con la diferencia de que él había aprobado
el examen de selectividad, y yo no había conseguido ni un mísero 2 en las
calificaciones. Creo recordar que la mejor nota que obtuve fue un 1, 5, o algo
así. De todos modos, nunca fui bueno para los estudios. Cuando escribo esto y
recuerdo aquella época, muchas cosas me parecen que pudieron haber
ocurrido de otra forma, pero lo que ocurrió fue eso, una vida bohemia sin
sentido en una residencia de estudiantes, que duró un año, aquel año de mil
novecientos noventa y ocho, en Madrid, mientras intentaba encontrarle un
sentido a mi vida.
La residencia se trataba de un edificio de siete plantas, prácticamente el
edificio entero era la residencia. Siete pisos, y yo estaba en el más alto, en una
habitación que daba al exterior y tenía unas vistas estupendas. Podíamos
contemplar el reloj del edificio de Telefónica, un edificio emblemático que
está ubicado al final de la Gran Vía. Muchas tardes, cuando comenzaba a
oscurecer, nos asomábamos a contemplar un extraño juego de luces que se
formaba con la desaparición del sol y la llegada de la noche. Era algo que nos
entusiasmaba, como cuando el hombre lobo contempla la luna y se convierte
en licántropo, porque en ese momento comenzarían nuestras juergas. Gorka,
David y algunos chicos de la residencia aparecían en la habitación. Las piezas
de esa residencia, en su mayoría, eran compartidas y otras individuales. Para
mí, no tenía mucha importancia, pero creo que en las habitaciones con más
chicos viviendo dentro se organizaban más juergas que si dormías solo. En
cierto modo, Gorka, que dormía solo, se la pasaba de habitación en habitación
y solo para ponerse a divagar sobre lo mucho que sabía de literatura. Una
noche fuimos al cine y por primera vez vi una película de John Waters, el
aclamado director del cine basura. Recuerdo poco, o casi nada, de esa sesión
de cine. Recuerdo la imagen de una señora gorda dentro de una cuna de bebé,
comiendo huevos. Ellos, Gorka y David, lo conocían bien por los estudios de
su carrera de cine. Yo no tenía la más puta idea de quién era, ni qué había
hecho John Waters, y creo que pocas veces me involucraba en esos asuntos.
Pero con el tiempo empecé a interesarme por esas películas, como las de
David Linch, que mis dos nuevos amigos comentaban durante largas horas.
Me abrieron las puertas de un mundo completamente nuevo que yo
desconocía, y este fue el motivo de que los considerara parte importante de mi
vida, aunque luego no fueran más que pequeñas gotas de agua que se diluirían
en un parabrisas.

Ni siquiera tenía trabajo, solo me interesaba meterla en un buen chumino
caliente y liarme con tías buenas en las discotecas, cada fin de semana. Así es,
con David era con quien nos íbamos de marcha todos los viernes, y también
nos acompañaba Gorka. Consumíamos éxtasis, a veces cocaína, y bebíamos
cualquier clase de mejunje raro que caía en nuestras manos, como ahogados en
un desierto. El arte, o la cultura, ¡vaya excusa más perfecta para pegarse unas
buenas juergas! Además, tenía la caradura de hablar de ello mientras intentaba
liarme con esas tías. Les decía “pues eso, que me gusta leer y escribir”, y les
soltaba todas esas chorradas, con el único propósito de que acabáramos
revolcados en la misma cama, follando, para sentirme a gusto y satisfecho, ya
que ese era el sentido que tenían nuestras vidas, o al menos la mía, terminar
revolcado en una cama con una tía buena luego de pegarme una buena juerga,
y ya está. ¿Sabía hacer algo más? Creo que no. Rondaba el año mil
novecientos noventa y ocho.
Me había mudado a otra residencia de estudiantes, pero con menos
restricciones que la anterior, pues en la primera no nos dejaban hacer nada.
Nos impedían divertirnos durante la noche, bebiendo nuestro elixir predilecto:
ron con coca cola, o anís del mono con ginebra, que se llamaba "sol y
sombra". Durante una noche (y esto sí que lo recuerdo), emprendí una
competición de borrachos de cafetín con dos extraños residentes de aquella
residencia. Nos fuimos a un barcito bien madrileño donde servían sol y
sombra (recuerdo que las copas eran redondas y pequeñas, pues el trago debía
tomarse de una sentada) y comenzamos una especie de estúpido campeonato a
ver cuántos soles y sombra podíamos beber cada uno. No sé cuántos me bebí
yo, pero sí recuerdo que agarré una cogorza de espanto y que apenas me tuve
en pie. Seguramente, acabé vomitando todo a una cierta hora, aunque eso no lo
puedo recordar. Pero bueno, éramos eso, una extraña pandilla de chicos que
creíamos saber algo de arte. Pero yo, lo que se trata de mi persona, me la tenía
creída y nada más. Me la creía lo suficiente para poder hacérselo creer a los
demás, y sobre todo a las mujeres, que me gustaba leer libros raros, de
escritores estrambóticos como Jack Kerouac (uno de los autores favoritos de
David). Lo cierto es que David estaba más metido en la música, y es que este
muchacho tenía un oído muy fino a la hora de elegir temas musicales, y era el
que mejor conocía los clubes que había por la ciudad. Como él sabía de todo
esto, yo simplemente me dejaba guiar por él y que su sabiduría de fiestas
nocturnas nos llevara a disfrutar la noche hasta que nuestros cuerpos dijeran
basta. No sé qué pensar de aquellos años, la verdad es que a veces hasta me da
vergüenza y una gran frustración pensar la clase de persona que fui. Lo único
que tenía a mi favor era que podía soportar todos los fracasos que se
interponían por delante, gracias a mi poderosa juventud y unas energías que
brotaban en cualquier momento. Una de las impresiones que aún hoy siento de
aquellos años es que el mundo me lo podía comer a bocados, que no
importaba nada, que era libre de caminar por cualquier calle a cualquier hora y
siempre el protagonista absoluto era yo, y nadie más. La calle Fuencarral, con
su mercado alternativo -que hoy en día ya no existe- era uno de nuestros
lugares predilectos, llegados a finales del siglo veinte. La ciudad de Madrid y
el centro eran una enorme pasarela de moda, se veían a las personas vestidas
con ropas totalmente salvajes, de colores chillones. Acudíamos a la filmoteca
para ver las películas de Buñuel, o las alemanas. En cierto modo, esto es lo
que menos recuerdo, quizás porque veíamos muchas películas y esta era una
de nuestras mayores distracciones. Internet no existía, al menos no a como lo
conocemos hoy. Existían los mails, eso sí, y empezaban a usarse con mucha
popularidad los teléfonos móviles. Sentíamos que internet era una especie de
complemento a las computadoras, pero nadie podía sospechar lo que llegaría a
revolucionar con el paso del tiempo. Las páginas webs eran rústicas, no tenían
mucho contenido, y recién se estaba propagando la fiebre del chat y todas esas
cosas. Por supuesto, la palabra “redes sociales” no existía en nuestro
vocabulario. Pero eran los años finales del siglo veinte y la comunicación por
las redes era todo un hecho. No nos importaba mucho, las computadoras
podían estar o no conectadas, y todavía no existía esa sensación de
hiperconectividad que existe hoy en día, en donde las computadoras ya no son
concebibles si no están en red. Por aquel tiempo, la conexión dependía de un
módem y se prendía y apagaba a nuestro antojo, pues si nos quedábamos
conectados por largo rato la empresa cobraba bastante y a veces podía
costarnos caro.
Leer libros era todo lo que ocupaba mi tiempo, y la sensación de que
poseía tiempo de sobra era constante, podía leer y leer durante horas, un
capítulo tras otro, a veces hasta me desafiaba a mí mismo por si era capaz de
leer un libro de cabo a rabo en el menor tiempo posible, incluso dos novelas
enteras en un solo día. Muchos de esos libros no los recuerdo, quizás los de
Benito Pérez Galdós o Miguel Delibes, cuando ya me había decantado por los
clásicos, mucho antes de haberme tragado los autores malditos, como Céline o
Artaud, y creía que eso era lo que había que hacer: leer mucho para aprender a
escribir. Porque, adivinen qué, se me había ocurrido la alocada idea de que yo
podía escribir tan bien como ellos, o al menos hablar y contar cosas y fue por
aquel entonces cuando la decisión de convertirme en escritor comenzó a tomar
fuerza, más sustancia. Sí, había que darle un sentido a la vida, y esos libros
eran fabulosos, lo que estaba escrito en ellos molaba mucho más que la vida
exterior, eso pensaba. Mientras las personas traban de embaucarme, esos
escritores me abrían la cabeza y me convertían en alguien más sabio, eran más
interesantes esas vidas literarias que todo lo que sucedía en vivo y en directo,
era más interesante leer a Kafka que escucharle decir pamplinas al primer
tonto del culo que tuviera delante de mí. Es decir, comenzó a ser más atractivo
leer un libro que escuchar hablar a una persona de carne y hueso ¿Acaso
estaba mal? No lo sé, simplemente fue cuestión de procesarlo, una forma de
concebir la vida a través de lo que estuviera escrito en un libro, algo que nunca
antes había hecho. Mi vida, antes de llegar a Madrid, y sobre todo, antes de
leer esos libros, se basaba exclusivamente en lo real, en lo que sucedía en la
vida real. La ficción llegó después, y de un modo u otro me pareció que esas
vidas ficticias, por el simple hecho de estar escritas, me abdujeron más pronto
de lo que pude imaginar. Luego de una larga sesión de lectura de El castillo,
sentía que eso era vida. En cambio, apenas unos años atrás mi vida fluía de
otra forma, ni por asomo me leía dos hojas seguidas. No era asiduo a leer esa
clase de libracos. Había mucho que leer, y creía que tenía el tiempo oportuno
para hacerlo. Visitaba bibliotecas públicas, al menos estuve inscripto en dos o
tres de ellas, y alquilaba los libros más gordos para zambullirme en ellos. Leía
de todo un poco, como a Cortázar (que apenas entendía) o a Sábato, que como
era más filosófico sus pensamientos me llegaron con más facilidad. Pero
bueno, hace muchos años que no he vuelto a leer esos libros, y apenas los
extraño. Fueron autores de iniciación. El caso es que yo estaba preparándome
para ser escritor, porque ya tenía la decisión tomada. Sería escritor, aunque me
costase un huevo.

¿Con quién podía juntarme para hablar de libros, de eso que había leído y
había ocupado gran parte de mi tiempo? Tenía que desembuchar toda esa
información que entraba por mi cabeza, compartirla con alguien que estuviera
interesado en esos saberes al igual que yo. Gorka era escritor, estaba
escribiendo una novela muy larga, según nos contó, una novela que no había
mostrado a nadie, pero que yo tuve el privilegio de ver los borradores. Hojas
sueltas, al parecer, la mayoría de ellas escritas a mano. Gorka era quien
hablaba de los escritores como si los conociera desde su infancia. Los entendía
mejor que yo. Era un sabio, como le había llamado una de sus amigas. Gorka
demostraba más conocimiento que los demás, que lo único que podían hacer
era hablar de un libro como una historia leída. En cambio Gorka desmenuzaba
cada idea o pensamiento y sustraía del libro detalles que a mí se me pasaban
por alto. Yo era un mero lector de narrativa, mientras que Gorka parecía hablar
de los libros desde otro enfoque, un enfoque que yo no sabía dominar. Es
decir, cuando él hablaba de libros, o de literatura, quedaba como un experto,
mientras que cuando lo hacía yo quedaba como un ridículo, y la verdad es que
nadie solía escucharme, porque lo que yo tenía que decir apenas gozaba de
interés. Es decir, no tenía ningún pensamiento crítico literario, y apenas sabía
si existía tal cosa. Mi entendimiento se reducía a leer y leer como un cosaco,
para terminar el libro lo antes posible, y poder decir “he leído tal libro”, o algo
así. O sea, me estaba dedicando lisa y llanamente a llenar una biblioteca
mental de autores, y no me detenía ni por un segundo a encontrarle un
significado a todo aquello. Simplemente había que leer mucho, de todo un
poco, y cuantos más libros pudiera leer en una semana, mucho mejor. Así les
demostraría, a Gorka y a David, que mis conocimientos de cine y literatura
eran cada vez mejores, que estaba casi a la par de ellos y podríamos debatir
sobre la última película de Lars Von Trier y el movimiento Dogma, o incluso
sobre Hitchcock y Francois Truffaut, o Jean Luc Godard, un cineasta de quien
apenas entendía nada, ni siquiera sus películas, pero estaba bien visto hablar
sobre Jean Luc Godard. Podría introducirme en algunos círculos exclusivos de
chicos intelectuales que llevaban gafas y fumaban y escuchaban música
alternativa. Por aquel entonces escuchábamos música electrónica, house o
drum n base y alguna que otra cosa, como el minimal techno. Era lo que
sonaba en las discotecas, cuando entrábamos, muchas veces tratando de no
pagar un “duro”, pero cuando nos encontrábamos delante de los porteros (que
no tenían pinta de hacer buenas migas) no había más remedio que pagar.
La discoteca que terminó convirtiéndose en nuestra especie de iglesia, por
llamarla así, fue la Dream. Tal y como suena, la recuerdo perfectamente, y
también su ubicación (no sé si todavía sigue existiendo este lugar). Se
encontraba en una calle con pendiente, que bajábamos normalmente con unas
copas encima, y quizás algo más. Para ir a las discotecas había que ir
entonado, esto era algo básico. Todos los jóvenes del mundo siguen este rito.
Era una especie de pecado mortal no ir algo subido de tono, porque, para
colmo, dentro del tugurio las copas costaban muy caras. De igual modo,
ayudaba mucho a introducirse en el ambiente con mayor rapidez. La música
chocaba en nuestros tímpanos y nos machacaba el cerebro desde el primer
momento que poníamos un pie ahí dentro. Era como introducirnos en otro
universo. Cuando entrábamos, dependiendo de la hora (a veces a las dos de la
madrugada) el lugar ya estaba bastante colmado, con los suficientes bailadores
excéntricos moviendo el esqueleto. En esa discoteca sonaba siempre el drum n
base, el house y el ritmo más ambient. Era una discoteca mítica. Se podía
disfrutar de cualquier forma, pero eso sí, había que bailar, y no detenerse en
toda la noche, a no ser para descansar un rato, pero incluso eso estaba mal
visto, porque rompía con el clímax. El asunto era que la única forma de estar
bailando ininterrumpidamente esa música era a base de alcohol y algo de
drogas. Muchos dirán que se puede estar cinco horas moviendo el esqueleto
sin ayuda de nada, y estoy convencido de que eso es verdad. Pero creo que
nosotros no lo sabíamos, o ya nos habíamos acostumbrado a tomar algunas
pastillas como aliciente, para que el cuerpo no desfalleciera demasiado pronto.
Me refiero al éxtasis, lisa y llanamente. En ese entonces, no solo estaba de
moda, era lo que había que tomar. Sabíamos que las drogas estaban
prohibidas, pero cuando veíamos que el ochenta por ciento de las personas las
tomaban, la realidad es que el término prohibido perdía su significado, porque
no podíamos entender cómo era posible que en la sociedad, en los términos
dialécticos, las drogas estuvieran prohibidas, y de repente, cuando entrábamos
a un garito (y aquel no era un garito cualquiera), viésemos a todo quisqui
enchufarse una pastilla al gaznate, con una coca cola, o la copa de turno que
tuvieran a mano. Una copa, el cigarrillo y el ritmo electrizante subiéndonos
por las venas. Lo sentíamos, eso quiero decir. Sentíamos la música
cosquilleándonos el cuerpo por dentro, como si de miles de hormigas se
tratase, y eso era lo que habíamos ido a buscar. Quien era un experto en mover
el cuerpo como un saltimbanqui era David, un bailador profesional donde los
hubiera. Se movía de tal modo, que parecía saber con antelación el siguiente
movimiento del tema. Cuando se escuchaba un timbal, o un fuerte gong, o una
seguidilla de ritmos, él parecía haberlos previsto de antemano, porque su
cuerpo ya estaba listo para pegarle un giro de caderas justo en el instante en el
que ese sonido pegaba más fuerte. Gorka, en cambio, era más un armatoste
que otra cosa. Se movía, pero lo cierto es que lo suyo no era bailar. Y creo que
yo simplemente copiaba o imitaba los movimientos que hacía David, a ver si
me levantaba alguna pibita. Las mujeres las teníamos a punta de pala, y la
mayoría más jóvenes que angelitos depravados. Todas estaban con ganas de
bailar hasta que el cuerpo dijera basta. ¿Cómo olvidarme de aquellas noches?
No recuerdo cuántas fueron, pero durante un año o dos, si no recuerdo mal, la
discoteca Dream fue nuestro lugar de peregrinación predilecto. Íbamos todos
los sábados, y ya éramos asiduos al lugar, porque para nosotros no había mejor
discoteca que aquella. Era la más cool, la más glamurosa, en donde las chicas
más hermosas y bellas estaban dentro. El ambiente cuajaba a la perfección con
nosotros, y con lo que habíamos ido a buscar.

Nosotros formábamos parte de la generación de Pulp Fiction y
Trainspotting. Sin darnos cuenta, ese tipo de imágenes y diálogos estaban en el
pensamiento de la época, aunque más de la segunda película que de la
primera. Recuerdo que Trainspotting se estrenó en el año mil novecientos
noventa y siete, o algo así. Recuerdo estar parado en un andén del metro de la
Puerta del Sol, mirando por un largo rato el cartel de la película de Danny
Boyle, en donde se veían a cinco jóvenes muy raros haciendo muecas y a uno
de ellos tiritando de frío, pero todavía no sabía que era por la abstinencia a la
heroína. Trainspotting fue la película que marcó una época, aunque ha ido
perdiendo fuelle con el paso del tiempo. En la película, te dabas cuenta de que
todo lo relatado por esos jóvenes marginados no tenía sentido, y no iba para
ningún lado. Fue una época extraña, nacida de los primeros años de la década
de los noventa, con el grunge norteamericano y otros personajes icónicos que
se dedicaron a vivir la vida como si todos los días fueran el último. Fue la
llamada Generación X, precisamente porque nadie sabía qué sería de nosotros.
Pero, ¿por qué escribo todo esto, qué estoy intentando encontrar yéndome
tantos años atrás, en una época en la que comenzó todo, cuál es mi propósito, a
decir verdad, en rememorar y traer a la superficie recuerdos que están alojados
en algún lugar remoto de mi conciencia, creyendo que, si no los llego a
rescatar, corren el riesgo de olvidarse? Quizás sea por eso, para no olvidar tan
fácilmente una época que, de un modo u otro, significó tanto para mí, aunque
de esos años yo no consiguiera nada en especial, porque fueron años
dedicados en gran parte al ocio y a la contemplación, a la fanfarria y al
descaro, a vivir simplemente la vida como nos cayera del cielo, día tras día.
Creo que hacíamos gala de la generación a la que pertenecíamos, quizás sin
ser demasiado conscientes de ello, pero éramos una versión española bastante
cutre de esos héroes descarriados que tanto en la música como en el cine
habían marcado un estilo de vida. Simplemente nos agarró desprevenidos,
éramos jóvenes y no teníamos otros modelos a seguir, o quizás sí los había,
pero no los teníamos tan a la vista.
Gorka fue quien trajo las películas más raras de Woody Allen, las primeras
que filmó en los años setenta, como Bananas o Coge el dinero y corre. Nos
hacían reír, sobre todo cuando estábamos fumados hasta el tuétano todo el
santo día. El hachís era, digámoslo así, un integrante más del grupo, que nunca
faltaba en nuestras reuniones. No recuerdo ninguna ocasión en la que Gorka,
David, o cualquier otro que se sumara a la fanfarria, no estuvieran liando un
petardo para ir pasándolo de mano en mano. Fumar hachís era básicamente lo
único que nos importaba, y creo que durante un año no hicimos otra cosa.
Algunos estudiaban, otros leían libros y algunos veían películas, pero siempre
fumados. Para nosotros, o al menos para mí, era algo normal. Normal era irse
al parque del Retiro a comprarle hachís a un “moro” que lo vendiera bien
barato. De hecho, los teníamos a todos bien localizados. Lo cierto es que
resultaba fácil, como una especie de instinto natural, casi animal. Como
cuando un oso sale en busca de su pescado y sabe en cuál zona del río
encontrará la trucha más suculenta, supongo que algo así sucedía con nosotros.
Entonces, fue cuando conocí a la verdadera adrenalina, y el grupo conformado
por tres estudiantes de universidades privadas, excusados en esa propaganda
barata con la única razón de pegarse las mejores juergas, comenzaron a
mirarse con más atención. Los “moros” del parque del Retiro, como los que
deambulaban por el barrio de Malasaña, o en el barrio de La Latina, nos
miraban acercarnos a lo lejos, y como era normal, ya sabían lo que íbamos a
querer. El hachís que vendían nos lo daban en forma de huevos. No porque les
gustara la época de pascuas, o nada por el estilo, sino que necesitaban esa
forma de huevo para transportar el hachís desde Marruecos hasta España, es
decir, injiriéndolos por la boca para luego expulsarlos por donde ya saben
dónde. Supongo que algunas cosas se sobreentienden de antemano, y no hace
falta dar más explicaciones. Cuando comprábamos los trozos de huevo,
sabíamos que era “puro aceite”, y que no nos habían dado ninguna porquería.
Esa era la mejor calidad que podía haber, porque el huevo concentraba el
hachís más resinoso, y no estaba fraccionado. El huevo era, digámoslo así, el
hachís más poderoso y de mejor calidad. Cuando lo comprábamos en tabletas
y el color no era tan obscuro, entonces sabíamos que el cuelgue sería menor.
En cambio, con esos huevos el “colocón” estaba más que asegurado. Era
mejor que nos acordáramos de la cara de esos moros, para comprarles en otra
ocasión, pero por un motivo u otro los tipejos esos cambiaban de lugar, y los
distinguíamos simplemente por la tonalidad de su piel y el lugar donde
paraban. Lo más curioso de todo aquello es que no teníamos conciencia de lo
que estábamos haciendo, más por el peligro de realizar una transacción ilícita
de compra drogas que otra cosa. Consumirla era para nosotros lo mismo que ir
a un supermercado y llevarnos el mejor bistec. Y así sobrellevábamos nuestra
existencia, como si fuéramos humos volátiles que traspasaban las paredes en
las avenidas más céntricas.

Mi afición a la droga, o al hachís, no fue tan romántica como parece.
Simplemente me facilitaba la aceptación a un grupo. Los amigos aparecían por
arte de magia. Bastaba acercarme a un grupo, mencionar la palabra porro y el
asunto estaba más que arreglado. Entre que lo liaba, lo prendía y le daba la
primera calada, ya había intercambiado las primeras palabras con aquellas
personas, donde fuera y con quien fuese, tanto en los bares nocturnos que
frecuentábamos como en las discotecas más “cañeras”. Exacto, era la llave
maestra para abrir las puertas de la percepción. Era simple, un poco de papel,
el “costo” en una mano y un poco de tabaco en la otra y la cosa iba sobre
raíles. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la época en la que fumar porros, o
hachís, significaba para nosotros el Non Plus Ultra de la existencia. Era como
estar en el centro del huracán, sin sentir ninguna sensación de mareo. Así
como el hachís me facilitaba la inserción y la comunicación con todo tipo de
personas, con las mujeres no iba a ser un caso diferente. Cuando salíamos de
marcha, más valía tener unos cuantos petardos guardados para cuando la
ocasión lo requiriese. Una de las cosas que hacía para liarme con las chicas era
empezar a fumar porros. Algunas cuajaban mejor que otras. Como era normal,
muchas de ellas simplemente se acercaban para fumar, y punto. ¡Pero
diantres!, que me parta un rayo si eso no me salvaba de acabar más solo que
un nómade en el desierto. El caso es que no tenía absolutamente nada que
objetar, la droga funcionaba y yo funcionaba con ella. Mis amigos, mi grupo
más cercano, entre los que estaban, claro está, Gorka y David, así como otros
tantos que se fueron sumando a nuestro grupo de amistades, también
funcionaban a la perfección y todos nos entendíamos hasta telepáticamente.
Muchas veces, por no decir casi siempre, las palabras eran un estorbo.
Simplemente había que dejarse llevar y sentir el puro éxtasis de la diversión y
la adrenalina.
No pensábamos en conformar una familia, ni en construir grandes
imperios, solo queríamos pasarla bien, seguir conociendo la ciudad (que para
nosotros era un laberinto de minotauro) y culturizarnos a más no poder, al
ritmo de un buen drum n bass y con unos cubatas de ron sosteniéndolos en la
mano. Era nuestra etapa de juergas y fiestas. La semana era solamente un
trasfondo, o una transición. De un modo u otro, tanto ellos como yo estábamos
en busca de algo propio, de una identidad más firme de la que habíamos traído
de nuestros hogares, la que nos habían implantado en el bachiller a base de
coscorrones. A fin de cuentas, Madrid se convirtió en nuestra loba madre, a la
que le chupábamos la ubre y bebíamos de su leche hasta quedar saciados. La
ciudad se había convertido en nuestra auténtica universidad. Habíamos
convivido como buenos colegas durante un año entero y cada uno de nosotros
sabíamos que faltaban dos años más hasta que terminásemos la carrera, el
tiempo suficiente para seguir liándola de lo lindo, y seguir perfeccionando
nuestra más vil y deshonrosa arte, en los vicios, la noche y las mujeres, todo
mezclado en un cóctel molotov listo para injerir en cualquier momento. La
llegada del verano no significaba más que llevar nuestra sabiduría madrileña
de expertos bohemios al pueblo de nuestra infancia, para seguir expandiendo
nuestras influencias, para continuar con lo que habíamos empezado. No somos
conscientes de las cosas que tenemos, hasta que las perdemos, ¿no es verdad?,
del mismo modo, una persona no suele percatarse de lo que la vida está
haciendo con él, ni de las cosas que va aprehendiendo. Cuando llegaba a mi
hogar dulce hogar, en donde moraban mis padres y todavía me dejaban un
hueco libre para apolillar, aún llevaba conmigo las películas de John Waters y
las imágenes del perro andaluz de Buñuel, los cuadros de Dalí y Picasso, y el
sabor y el aroma de las calles ruinosas del barrio de Malasaña impregnados en
la pupila de mis ojos. Todo aquello generaba un contraste muy fuerte con el
pueblo de la costa, donde todavía no había cines de autor (o nunca los había
habido, a no ser en la ciudad). Por eso, aunque estuviera creando algo
catastrófico y nefasto, por más que todo eso estuviera sucediendo, la juventud
y su coraza protectora conseguían crear el suficiente poder neutralizador para
que todo anduviera normal, como si nada malo hubiera ocurrido. Mi cara
angelical y de chico de bien seguía intacta, por más que de viernes a domingo
fuera un noctámbulo empedernido. Nada me hacía mella, ni podía conmigo, ni
siquiera tumbarme al suelo. Resistía a los más feroces huracanes, a las más
acuciantes jaquecas producidas por la resaca. Todavía no padecía el daño del
tabaco entremezclado con el ron y el whisky, sino que aquello era para mí
como el agua de un manantial, es decir, algo así como un combustible de
vida.

En la segunda residencia apenas había controles de seguridad y podíamos
estar más a gusto, pues fácil era llevar a nuestras conquistas amorosas, sin
ningún problema. Recuerdo que cada uno de nosotros tenía su propia
habitación, y cada noche aparecíamos con algo para llevar al gaznate y
acompañarlo con la música de fondo. A veces, nos encontrábamos estudiando,
pero éramos nuestros propios saboteadores. Cuando David estaba leyendo
algún material de estudio, normalmente para un examen muy importante, yo
aparecía y le interrumpía con un “eh, David, ¿nos fumamos un petardo?, ya sé
armarlos con dos papeles pegados, será enorme”, como si ya supiera la
respuesta que iba a escuchar. El caso es que nunca decíamos que no.
Lo cierto es que aquella residencia nos estaba quedando pequeña, sobre
todo cuando nuestro campo de atracción comenzó a agrandarse, o mejor dicho,
unos tentáculos de pulpo que crecían a medida que nos íbamos adueñando de
la ciudad. Necesitábamos, en cierto modo, algo propio, algo más privado en
donde nuestras rocambolescas peripecias no tuvieran freno. Si David no
hubiera estado allí, quizás no me hubiera metido en esa residencia. Fue nuestra
amistad la que me hizo vivir ahí, si no recuerdo mal, al menos seis meses,
mientras decidíamos si todo estaba en marcha. Nuestros estudios, o el pretexto
de que estudiábamos, seguían en pie. David aparecía siempre con un buen
manojo de entradas para las fiestas, todas gratuitas. Se las daban unas amigas
suyas, o él mismo las conseguía gracias a sus dotes de relaciones públicas. Por
eso, creo que cada uno de nosotros cumplía una función. David conseguía los
pases gratis para las discotecas, Gorka nos instruía en el arte de la literatura y
el cine, gracias a su sabiduría y experiencia, y yo agitaba al grupo con mis
alardes de fiestero, y también por mi facilidad para meterme en las casas de
los moros y comprarles hachís. Recuerdo perfectamente aquella casa ocupada
de moros que estaba en la calle San Bernardo, la misma que corta la Gran Vía
de Madrid. Era una de las arterias principales que nos permitía abrirnos hacia
el hemisferio norte de la ciudad. En aquella avenida, por donde también te
podías adentrar en el barrio de Malasaña, y llegar a las plazas más
emblemáticas donde se organizaban los botellones (hoy en día están
prohibidos) fue cuando entré por primera vez a una “casa okupa”. Mi
profundo desconocimiento de que esto era ilegal, no me importaba, pero sentía
que aquello no estaba bien, solamente tenía que observar las condiciones
bastante deplorables en las que vivían esos marroquíes, pues era un edificio
tomado por moros. Los moros nos daban el hachís y yo era quien sabía
conseguir el de mejor calidad. Creo que esa habilidad la tuve por un tiempo,
más luego la fui perdiendo, no sé cómo, pero en aquellos años nadie podía
hacerlo mejor que yo, una prueba más de que el peligro y el miedo son
factores que provienen, fundamentalmente, de la psiquis humana. Una buena
tarde, fuimos allí acompañados por otro chico que también vivía en la
residencia. Entramos por la puerta clausurada con tablones de madera,
colándonos por un costado. Ni bien estuvimos dentro, la oscuridad nos taponó
la vista. Estaba todo en la más absoluta penumbra, y el pasillo angosto por
donde avanzamos era precario. Recuerdo perfectamente el suelo, que estaba
inundado, y en donde unas maderas servían de balsa para no caernos en algún
pozo. Como todo estaba oscuro, podíamos pisar cualquier cosa, vayan a saber.
Eso, sumado a las fiestas y todos los preliminares, fueron construyendo en mi
interior una personalidad inclinada exclusivamente a la más pérfida
adrenalina. Supongo que todos mis amigos ya habían experimentado esa
curiosa sensación, llena de excitación. En cierto modo, no dejaba de ser parte
de un ingrediente más de la aventura.
Cuando llegamos al final del pasillo, pronto vimos unas escaleras y nos
dirigimos hacia allí. Subimos tres pisos, cada uno de ellos más desquebrajado
que el anterior. Había habitaciones sin las puertas. No solamente era un
edificio ocupado por magrebíes, sino que estaba en claros síntomas de
demolición. Lo primero que olfateé fue el olor a hormigón húmedo, a cemento
derruido, a maderas podridas y ese extraño elixir a la perdición. Toda
experiencia vivida por primera vez es asimilada como un fabuloso
descubrimiento, y más tratándose de un nuevo estilo de vida: la
clandestinidad. Esa clase de vida era una de las más arriesgadas, sobre todo
porque si cazaban a esos moros podían acabar deportados, presos o apaleados.
Era el riesgo que debían correr, pero lo cierto es que para ellos la cosa no era
tan complicada, porque alguien les permitía estar allí. Seguramente esa casa
“okupa” estaba más que fichada por la policía. ¿Acaso nosotros íbamos a
saber algo que ellos no supieran? De eso nada, esos moros le “trapichaban” el
costo a más de un polizonte que anduviera suelto. El contrabando de hachís
era algo con lo que los madrileños venían conviviendo desde hacía décadas,
no era ninguna novedad. De un modo u otro, formaba parte del escenario
cultural y social de la ciudad, algo tan normal como el oso comiendo los frutos
del madroño. En ese escondite, en el que todo estaba oscuro, una vez que
llegamos al tercer piso, guiados más por nuestro instinto que por la luz,
entramos a una habitación donde ya había varios sujetos, identificados
rápidamente como magrebíes ilegales, junto con algunas mujeres occidentales,
quienes seguramente fueran novias de ellos. Sentados sobre sillones medio
pulgosos y desquebrajados, y otros sobre sillas o tablones, simplemente les
preguntamos cuánto costaba la cantidad de hachís, por gramos. Ya teníamos el
dinero exacto que íbamos a gastar, de eso sí me acuerdo. Lo que nunca
olvidaré fue la amabilidad o extraña bienvenida con la que nos recibieron,
como amigos, o conocidos de toda la vida. Estaba, como se dice, todo más que
bien y apenas nos miraron con desconfianza. Éramos como de la familia. Nos
sentamos a su lado y ellos ya sabían que podían confiar en nosotros. Eso fue
algo que me cayó de puta madre, y cuando sucedía algo así no sentía ningún
temor. Nunca he creído, desde mi experiencia, que el magrebí fuera una
persona de poca confianza, sino todo lo contrario. Los que he conocido
siempre estuvieron enmarcados en ese ambiente, y lo primero que yo debía
hacer con ellos era comunicarme con amabilidad. Lo cierto es que ninguno de
nosotros sabíamos hablar su idioma, y ellos apenas se defendían con el
español. Las palabras que usábamos eran las justas y necesarias, las que
definían el precio del costo y la cantidad de hachís que íbamos a pillar.
La mano negra del moro agarró el trozo pastoso del “chocolate” (otra de
las palabras más comunes para referirnos al hachís) y nos cortó la porción
precisa que íbamos a pagar. Yo extendí la mano y me lo puso encima y lo
examiné por unos segundo, admirándolo. No puse en tela de juicio la cantidad.
Siempre trataba de que no se dieran cuenta de este comportamiento, pues era
inapropiado y creaba desconfianza, y podía cortar el clímax que con
naturalidad ya se había creado. Miré el trozo de “chocolate” y, quedándome
satisfecho, le solté la pasta al moro, también en su mano, como si la
transacción fuera, en sí misma, un apretón de manos simbólico. Ellos vivían
de eso y nosotros lo necesitábamos, con lo que ambos le rendíamos reverencia
a aquella sustancia. Para que un moro nos diera esos trozos de droga (para
nuestro consumo y diversión) otra persona se había jugado el pellejo en la
frontera de Marruecos con España, para traspasar un buen cargamento,
arriesgándose a que lo detuvieran. Nosotros no teníamos conciencia de eso, o
al menos no del todo. Sabíamos que estaba prohibido traficar droga, pero no
registrábamos el costo real del peligro. Pensábamos que, de un modo u otro,
siempre conseguían salir sanos y salvos de ese percance. Pero quizás no fuera
tan simple, ¿verdad? En realidad, nosotros éramos el producto que ellos
necesitaban conseguir para quedarse ilegalmente en el país, mientras trataban
de convalidar el permiso de residencia, o vayan a saber qué. A nosotros nos
traía sin cuidado, esa es la verdad, de hecho, para nosotros eran tan ciudadanos
ilustres como los demás. Sabíamos que la droga solo podía venir de un solo
lugar: del norte de África. De todos modos, la vida sería imposible si
tuviéramos que preocuparnos por cada persona que se juega el pellejo, quiero
decir, que nosotros no teníamos la culpa de que eso fuera así. Era parte del
ambiente de aquella ciudad, o mejor dicho, de nuestra ciudad. Madrid ya era
parte de nosotros y nosotros éramos parte de ella.  

Cuando al día siguiente abríamos los ojos, luego de habernos pegado una
buena juerga en cualquier discoteca de Malasaña, lo primero que veíamos eran
nuestras caras, o mejor dicho, las ojeras y la boca reseca, consecuencia de una
larga noche de alcohol y pastillas. Aprovechábamos para reírnos de las
escenas más cómicas que habían ocurrido, como el ligue de una tía buena, o
alguna payasada que hubiera sucedido, si es que la recordábamos. Lo cierto es
que lo manteníamos todo muy fresco en la memoria. Siempre que salíamos de
marcha, ocurrían esos episodios rocambolescos y cargados de humor, producto
de un estado alucinatorio. El alcohol era el conductor perfecto para esas
noches, en donde todo ocurría por inercia. En primer lugar, la historia
comenzaba en alguna habitación de la residencia, donde se prendía la mecha
del cohete. David tenía preparada, ya de antemano, una baraja de “flyers”, o
mejor dicho, las entradas gratuitas para las diversas discotecas de la capital. En
esa primera puesta a punto, o pequeño tentempié, disertábamos a cuáles de las
discotecas íbamos a ir, en cuál estaría el mejor deejay de turno tocando la
mejor “sesión” y también si las bebidas estarían más baratas. Pero, por encima
de todo, nos interesaba saber la clase de chicas que acudirían allí. Ya sabíamos
que en ciertos locales abundaban las “tortilleras” o las pibitas más “chics”, y
casi siempre veíamos a las “pijas” dominar el ambiente. Sabíamos de
antemano en cuál boquete nos íbamos a meter, sabíamos la clase social de
personas que acudirían, y nos preparábamos mentalmente para ello. Lo cierto
es que ninguna de esas fiestas podía con nosotros, nos acomodábamos
fácilmente a cualquiera, fueran cuales fuesen sus tendencias, tanto musicales
como sociales. Si el local era más estrafalario y punk, no nos importaba,
sabíamos cómo pasarla bien, en cambio, si el garito era de clase social alta, no
significaba un inconveniente, entraríamos igual y sabríamos desenvolvernos
como peces en el agua. Era nuestro ambiente, donde respirábamos mejor.
A la mañana siguiente, luego del aquelarre discotequero y las conquistas
amorosas, no solamente nos reíamos de lo bien que lo habíamos pasado, de las
escenas cómicas y ciertos episodios rocambolescos que siempre ocurrían, sino
que ya estábamos planeando la juerga para la noche siguiente, pues ya
sabíamos cual deejay (venido de Inglaterra o Alemania) vendría a la capital a
presentar su último disco. Reírnos de esas noches, cuando nos acordábamos de
cómo Gorka terminaba vomitando en alguna esquina, o las caras de monigote
que surgían en nosotros, las típicas escenas en el baño tomando cocaína o
fumando hachís, nos hacían desternillar de risa. Estábamos predestinados a
vivir aquello, aunque no quisiéramos. Estábamos donde queríamos estar, y lo
más curioso era que no había nadie que se interpusiera en nuestro camino.
Formábamos una piña perfecta, de unos chicos venidos de nuestros lejanos
hogares para romper el núcleo existencial de una ciudad a nuestro antojo.
Madrid nos recibía con los brazos abiertos y nosotros teníamos suficiente
energía y amor para ofrecerle. Lo cierto es que todo iba de perlas, sobre todo
cada una de las fiestorras que sabíamos organizar, fuera la hora que fuese.
Gorka tenía contactos, David también los tenía, y yo iba conociendo cada vez
mejor los ambientes y las mujeres, teléfonos, garitos y demás lugares para
nuestro deleite. La verdad es que siempre preferíamos que fuese David quien
fuera el anfitrión de ceremonias. Él tenía un don que nosotros no
manejábamos del todo bien. Desde siempre, quizás por ser hijo único, David
sabía cómo salir bien parado de esas situaciones en las que te acorrala la
soledad. Esta virtud, que nosotros no sabíamos dominar, él la explotaba con
una naturalidad fuera de lo común. Amábamos la llegada del jueves, el mejor
día de la semana. Para nosotros, el fin de semana comenzaba ese mismo día, y
no el viernes. El jueves era la puerta que se abría para empezar todo un sinfín
de juegos diabólicos, al cual más sugestivo. Lo cierto es que siempre me
impresionaba la forma y facilidad que tenía David para hacer nuevos amigos,
algo que seguramente traía innato de su tierra, una zona del planeta
paradisíaca, en donde es imposible ser una mala persona si te crías allí. En
cambio, Gorka, que era de norte del país, no solía ser muy abierto a los demás,
cosa que fue modificando gracias a David. Por mi cuenta, con las amistades
que hacíamos todas las noches teníamos más que suficiente. Todos eran
jóvenes como nosotros, provincianos venidos de sus pueblos u otras ciudades
del país, con todas las energías a flor de piel para comerse el mundo a
dentadas. Escuchaban la misma música que nosotros, les gustaban los mismos
ambientes y deejays del momento, y acudían a los mismos tugurios. Por esa
razón, fue por la que empezamos a pensar que no sería ninguna mala idea
mudarnos a un apartamento propio y dejar de vivir en una residencia de
estudiantes. Empezamos a darnos cuenta que podíamos extender la noche más
horas de lo normal, si no teníamos que obedecer unas estúpidas normas de un
hostal de estudiantes. Si nos quedábamos allí por más tiempo, seguiríamos
sufriendo los rigores de entrada y salida, y nunca podríamos invitar a nuestros
especiales colegas noctámbulos a continuar la farra, más allá de las siete de la
mañana. La residencia comenzó a limitar nuestras aspiraciones de comernos el
mundo, estábamos demasiado hambrientos y supimos que debíamos irnos de
aquel hospicio. Ya nos habíamos conocido lo suficiente, sabíamos lo que
queríamos y dónde estaba lo que necesitábamos. A todos nosotros nos gustaba
la noche, la música y la juerga, hasta límites insospechados, y no solamente
éramos Gorka, David y yo, sino que ya formábamos una importante amalgama
de personajes variopintos, cada uno con sus tejemanejes, pero todos con las
mismas aspiraciones de divertirnos hasta el hartazgo. Entonces, nos reunimos
un buen día en la habitación de David y comenzamos a plantear la posibilidad
de alquilar un apartamento. Gorka se había marchado a vivir con unas amigas
suyas al barrio de La Latina, y tenía todo lo que necesitaba. La Latina es uno
de los barrios más bohemios de la ciudad y él estaba más que satisfecho. Tenía
una cocina para él solo, un sofá donde despatarrarse a gusto y un par de
amigas con las que revolcarse cuando quisiera. Si había alguien que nos
ganaba de mano, en ese aspecto, era Gorka. David y yo hacíamos lo que
podíamos, pero nunca nos quejábamos, siempre había algo que nos satisfacía,
si no era una mujer, era una buena fiesta o una noche envueltos en humo,
disertando sobre lo sumamente interesante que nos parecía la ciudad.
Total, había que empezar a buscar un apartamento, los precios de alquiler y
si teníamos el beneplácito de nuestros solidarios mecenas, que no eran otros
que nuestros padres. Juntando un poco de dinero entre todos, podríamos hacer
frente a los gastos, nos dijimos. No debería ser muy complicado, si Gorka se
había mudado a una casa particular, ¿por qué nosotros no íbamos a poder
hacerlo? Debía estar “chupado”, nos dijimos, pero David y yo no podíamos
hacer frente a los gastos por nuestra cuenta, necesitábamos a alguien que
estuviera igual de loco que nosotros. Entonces fue cuando apareció Marcos, un
gigoló en ciernes que se sumó a la banda de infames fiesteros en la que nos
habíamos convertido. Este chico, al igual que nosotros, había ido a Madrid
para estudiar no sé qué carrera de arquitectura (lo único que sabíamos es que
estaba repitiendo curso año tras año y que sus padres ya lo querían matar).
Marcos estaba hasta los cojones de vivir en esa residencia, y no se lo pensó
dos veces cuando le comentamos la idea de alquilar un apartamento. Este
chico era uno de los residentes que se sumaba a nuestras fiestas cada viernes,
fumaba hachís como un carretero, al igual que nosotros, y le importaba todo
tres cojones. Marcos pensaba igual que los demás, aunque no tanto como
Gorka. Lo cierto es que ya lo teníamos planeado, aunque no recuerdo cómo
acabamos viviendo en aquel apartamento de tres habitaciones, a solo tres
cuadras de la Puerta del Sol y a unos pasos de la Plaza Mayor. Creo que fue
cuestión de buscarlo en el periódico de ofertas de alquiler, pues en aquellos
años no existía internet, tal y como lo conocemos ahora. Nos servíamos de
periódicos para buscar de todo un poco. Aquel apartamento sería el lugar
ideal, estaba estratégicamente ubicado para ir y volver cuantas veces
quisiéramos de nuestros escondites preferidos. Con la llave en nuestro poder,
seríamos los dueños del mundo.  

Marcos se juntó a nuestra pandilla porque, al igual que nosotros, era un
“pasota” que le importaba todo un rábano. Estaba en la misma edad del pavo
que los demás. La idea de alejarnos de las reglas de una residencia y mudarnos
a un apartamento le pareció genial desde el primer momento que la escuchó.
David, Marcos y yo íbamos a ser los que ocuparíamos el primer
apartamento que alquilásemos, y conoceríamos al dueño dispuesto a darles a
tres jóvenes estudiantes las llaves del paraíso para que hicieran lo que
quisieran. Tengo que admitir que si algún sentimiento acude a mi mente
cuando recuerdo aquel año, o casi dos años que estuvimos compartiendo ese
apartamento, es el sentimiento de felicidad. Creo recordar que pudimos
encontrar la oferta de alquiler en el semanario más conocido de Madrid, el
periódico Segundamano. En cambio, apenas recuerdo nada de cómo se realizó
la transacción, ni quién nos dio las llaves, ni siquiera recuerdo la cara del
casero, o arrendatario, o si fue una mujer o un hombre, ni siquiera recuerdo si
fuimos alguna vez a la inmobiliaria, o si le vimos la cara al dueño. La única
captura que mi mente mantiene intacta de ese momento fue cuando entramos
al apartamento y vimos cómo era, un angosto pasillo en la entrada, con la
cocina en la primera puerta a la izquierda, y luego los tres dormitorios, el
primero (y el más ancho, que lo ocuparía David) ubicado antes de entrar al
salón, una estrecha pero cómoda sala de estar, y los otros dos dormitorios, en
sendas puertas enfrentadas que daban al pequeño salón. Ese salón, de forma
rectangular, se convertiría en nuestro patio de recreo predilecto, a donde
llevaríamos a cualquier loco de la vida en las noches más pendencieras, que
solían durar más de un día, sobre todo si empezábamos la ronda un viernes por
la noche.
Fue con David con quien entré al apartamento por primera vez, (a Marcos
solo le importaba que le avisáramos cuándo podía mudarse y tener las llaves).
La cocina tenía horno y hornallas eléctricas, como suele haber en casi todos
los apartamentos modernos. El salón estaba vacío y creo que ya tenía un
tresillo de cuero, y que nosotros no tuvimos que comprar ninguno. Lo primero
que hicimos, cuando entramos al salón, fue inaugurarlo con el rito que más
nos caracterizaba, fumarnos un canuto. Aquella vez, creo que lo cargamos con
el hachís más aceitoso, precisamente de un huevo que tenía David, pues él
fumaba solamente de esa calidad. Lo hicimos disfrutando del momento,
sentados en el sillón y liando el papel con tranquilidad, sin esperar nada del
futuro, ni del pasado. Por eso, mi memoria recuerda ese instante a la
perfección, y nunca se me ha borrado. Se suele decir que recordamos de
nuestra vida aquellos momentos en los que más hemos sufrido, y eso es
verdad. Con el tiempo, almacenamos más los instantes de angustia y dolor,
que los vividos con alegría y entusiasmo. Pero aquella tarde, cuando David y
yo disfrutamos de un porro bien cargado del hachís de la mejor calidad, en un
apartamento que ya habíamos alquilado para los próximos tres meses, ningún
sentimiento de pesadumbre me invadió el alma, aunque tampoco estuve dando
saltos de alegría. Yo estaba ahí, sentado en el sillón y viendo la pared y el
techo de color blanco, en un salón vacío, sin más objetos que aquel tresillo que
parecía habernos estado esperando para que nos sentáramos.
No recuerdo cuánto tiempo tardamos en convertir aquel lugar en un
apartamento dignamente habitable, el caso es que David se compró un colchón
de dos plazas en el rastro de La Latina y creo que yo conseguí un simple
colchón con un somier, común y corriente. Creo que teníamos todo lo básico,
unas tablas con caballetes para usarlas de mesas en las habitaciones, y poco
más. El problema comenzó a surgir cuando tuvimos que amueblar el salón,
algo que correspondía a una especie de gasto comunitario, y entonces
empezamos a darnos cuenta de lo que suponía convivir en un apartamento con
extraños, compartir gastos y demás responsabilidades. El caso es que, por el
momento, no sabíamos qué hacer al respecto. Marcos no iba a poner un puto
duro de su bolsillo (de hecho, era algo tacaño) David y yo, por inercia, y no
queriendo que nos tomaran por idiotas, tampoco íbamos a caer en la trampa, o
sea, que según puedo recordar, la cosa empezó con mal pie desde un principio.
Pero, de todos modos, aquello era mucho mejor que estar en una residencia de
estudiantes. Aquel primer día, cuando empezamos a utilizar el apartamento,
nos miramos a la cara mientras nos convidábamos el porro de hachís creyendo
que ya éramos un poco más adultos, algo más hombres, algo más responsables
de nuestras propias vidas. Cada tanto, Gorka nos hacía una visita, ya que no
vivía muy lejos de allí. Ahora estábamos afuera de la dichosa residencia de
estudiantes y habíamos conseguido, en nuestro segundo año viviendo en
Madrid (la ciudad que para nosotros representaba todo a lo que podíamos
aspirar) un hueco en un apartamento. Gorka logró acomodarse con aquellas
amigas suyas que también eran del norte del país, y yo tuve la suerte de
congeniar con esos chicos que, en cierto modo, coincidían conmigo en que lo
importante para nuestra edad era la jodienda, la noche, las drogas y las
mujeres, o hasta donde pudiéramos conseguirlo.  

Parecíamos una puta familia conformada por sus padres y los hijos, o
simplemente unos hermanos apelotonados en una casa que no era de ellos,
pues nadie se hacía cargo de la limpieza. En cierto modo, nadie quería quedar
como el “primo”. El cuidado de las zonas comunitarias, como la cocina o el
baño, se convirtió en nuestro motivo de discusión, aunque lo cierto es que
siempre lo solucionábamos con un buen porro. Yo sabía que lo único que
podía relajar esa situación era fumarnos un petardo. Para ello, siempre iba a la
plaza del Retiro a conseguir “costo”, fuera como fuese. Sabía que era algo que
no podía faltar, sobre todo a la noche, un momento de mucha tensión para tres
jóvenes que conviven dentro de un apartamento. Lo cierto es que Marcos vivía
más dentro de su habitación que en la universidad, nunca lo veíamos estudiar y
se lo tomaba todo con una tranquilidad propia de un monje. A su lado, Buda o
Manhata Gandhí eran meros principiantes. El chico parecía vivir en otro
universo, muy diferente al nuestro. No es que fuéramos más responsables que
él, pero Marcos no gastaba un segundo ni para prepararse un bocadillo. David
y yo, en lo que se refiere a prepararnos la comida, no teníamos inconveniente.
Pero Marcos era tan vago que terminó acordando un pago mensual con una
cafetería para tener el almuerzo preparado todos los mediodías. Es decir, que
no tuvo que pasar mucho tiempo para que se formaran dos bandos en el
apartamento, aunque a veces oscilaban. Éramos tres muchachos con toda la
vida por delante, y lo cierto es que teníamos oro en nuestras manos. Desde mi
punto de vista, creo que en gran medida lo desperdiciamos.
Aquel año, en el apartamento, lo dedicamos enteramente a seguir
disfrutando de las noches madrileñas. No nos perdíamos ninguna fiesta,
porque sabíamos cuándo se celebrarían, con varios meses de antelación. En
especial, recuerdo una de aquellas fiestas electrónicas que se celebró en un
espacio fuera de lo común. Una fiesta apoteósica, donde no hubo lugar para la
mesura. Una fiesta pantagruélica y babilónica donde las mujeres desnudas y
pintarrajeadas con colores flúor danzaban en torres, o bailaban alrededor de un
caño en extrañas estructuras, siempre con la mínima prenda encima, o con los
pechos al aire y con las caras carnavalescas, ataviadas con vestidos
extravagantes, empapadas en purpurina. El confeti, las bolas de luces colgando
del techo, los láseres cortando la pista de baile y todos sumidos en la
compenetración de la música, algo que encajaba a la perfección con un chico
de veintidós años dispuesto a todo, con la sangre hirviendo y fluyendo por sus
venas a más no poder. El caso es que no había límites, o hasta que nuestro
cuerpo dijera basta, algo que parecía no suceder. Nunca nos cansábamos, ni
nos caíamos al suelo. Solo una persona de más de treinta años comienza a
derrumbarse luego de varias copas de alcohol, pero ese no era nuestro caso.
Nada nos tiraba abajo, al contrario, más nos enaltecíamos, aunque tuviéramos
que sudar como una cascada, del efecto de las pastillas, el alcohol y el hachís.
Este era el combo más normal que podíamos tener. Nos aconsejaban, eso sí, no
mezclar diferentes clases de pastillas, aunque creo que, llegado un cierto
punto, esto tampoco nos llegó a importar. Solo necesitábamos más “caña” y
energía para avasallarlo todo. Aquella fiesta, que por supuesto no fue la única,
sino que durante dos años consecutivos se convirtió en un evento de renombre,
organizada en un edifico emblemático, que si no recuerdo mal era el palacio
de la cultura de Madrid, un opulento edificio donde los suelos, las paredes y
las columnas eran todas de mármol relucientes, se convirtió en nuestra meca
de la felicidad. El nombre de aquel fiestón, por antonomasia, en donde acudían
importantes estrellas de cine o las que estaban en el candelero, se me ha
olvidado por completo. Lo único que recuerdo es que aquella fiesta en
particular, que se organizaba dos veces por año, era lo más importante para
nosotros. Por supuesto, íbamos con bastantes drogas en nuestro poder, al
menos dos “rulas” para cada uno. Para nosotros, era tan normal llevarlas
encima que no nos preocupaba si alguien, en algún momento, se le ocurría
registrarnos. En realidad, a nosotros nunca nos iban a tocar, porque éramos los
perfectos invitados, los mejores asistentes. Éramos la razón de ser de esa
fiesta, éramos el uno para el otro, por eso un portero nunca molesta a un joven
fiestero cuando entra a una discoteca, porque sabe, en primer lugar, que es su
cliente predilecto, a quien no hay que incordiar ni ofender, ya que si no fuera
por él no ganaría un céntimo. Lo cierto es que no he conocido aún ninguna
ciudad que supere a Madrid, en lo que se refiere a discotecas y a cómo vivir la
noche, incluso varias noches consecutivas. He vivido en Barcelona, Londres y
otras ciudades de renombre. Incluso, aunque no haya recorrido el mundo
entero y no haya conocido, hasta el día de hoy, ciudades como Pekín o Nueva
York, creo que lo que ocurre en la noche madrileña es bastante difícil de
superar, sobre todo en aquellos años. No quiero imaginarme lo que tuvo que
haber sido esa ciudad durante la década de los ochenta, cuando reinaban los
locos de la “movida” y toda esa fauna escandalosa que empezó a tirar la casa
por la ventana. Muchos se quedaron varados en el camino, por la heroína y los
excesos. Los que sobrevivieron, quedaron como artistas famosillos que
creyeron que alguna vez aportarían algo a la cultura.
La “movida” madrileña puede ser equiparable a esos movimientos
culturales drásticos que representan un antes y después, no tanto para una
ciudad, sino también para un país. Madrid era mi ciudad y me sentía tan
fusionado con ella como la horma al zapato. Caminar por sus calles era lo
mismo que respirar el cálido aire de una tarde de verano, me sentaba en las
plazas lo más tranquilo, y sabía que nadie iría a molestarme, porque yo
formaba parte de ese lugar, tanto como de los árboles. Por supuesto, la noche
madrileña tenía para todo, y recuerdo que nuestros inicios en ella no fueron
precisamente dentro de los ambientes selectos de la cultura “clubing”, sino en
las plazas del barrio de Malasaña, o alrededores, rodeados de botellas y
cartones de “calimocho”, en aquellos emblemáticos “botellones” a cielo
abierto, disfrutando de la vida. Cuando los “botellones” aún no se habían
prohibido, éstos representaban realmente una de las tradiciones más comunes
de la ciudad, y de todas las ciudades bien pobladas del país. El botellón no
significaba nada malo, por eso, yo pertenezco a la cultura del botellón, a una
cultura libre y realmente desprovista de prejuicios con este tema. Reunirse
espontáneamente dentro de una plaza a tomar alcohol barato, como el vino, o
mezclas similares, para empezar a romper la noche, era una costumbre tan
innata como ir a ver un partido de fútbol. Formaba parte de la vida de la
juventud, de lo que estaba bien hacer. Aunque después la plaza quedara llena
de botellas vacías y rotas, parece que eso tampoco importaba una mierda para
el basurero o el recolector que tenía que limpiar, a la mañana siguiente, todo
ese estropicio. ¿Pueden imaginarse algo así en la actualidad, que tal cosa
pueda llegar a suceder, salir a las nueve de la noche a pasear al perro,
acercarse a la plaza central de tu barrio y verla completamente llena de
jóvenes tomando botellas de cerveza y vasos de vino con coca cola, lo que se
conocía (y se conoce) como “calimocho”? Eso demostraba ciertos aspectos en
la cultura del país que creo que no he vuelto a ver nunca más, sobre todo en la
ciudad en la que vivo actualmente, una ciudad que pese a los muchos años
transcurridos, y aparentes avances culturales, sigue estando estancada en los
prejuicios y tabúes de hace cuarenta años. En cambio, Madrid era una ciudad
moderna y avanzada en todos los aspectos.
Las primeras noches madrileñas estuvieron protagonizadas por vasos de
plástico colmados de calimocho, mientras charlábamos de mil millones de
tonterías dentro de una plaza, sentados en un banco o en el mismo suelo,
rodeados de jóvenes tan atrevidos como nosotros. Los amiguetes se juntaban
en esas plazas y comenzaba el aquelarre, y aunque ninguno de nosotros nos
conocíamos, pocas veces he visto alguna trifulca o problemas en esas plazas,
aunque cada tanto ocurrían riñas o peleas, propias de las noches de alcohol y
drogas. Recuerdo una noche en especial, en la plaza de Tribunales. Fue la
primera vez que vi la cara ensangrentada de una persona. Cuando la vi, ya era
demasiado tarde, el pobre chico estaba pidiendo auxilio a grito pelado para
que alguien lo ayudara, pero nadie movió un dedo, simplemente lo miraron
tambalearse y dar vueltas buscando una salida, pues su agresor seguía a su
lado y parecía que quería continuar moliéndolo a palos. Era un negro punkie
macarra que estaba dándole una paliza, y lo cierto es que la cara de ese chico
parecía un tomate completamente rojo. No entiendo cómo nadie hizo nada
para detener la golpiza, seguramente estuvo internado por unas semanas, quién
sabe, el caso es que nadie detuvo a ese negro punkie macarra que estuvo
atizándole patadas, bastante furioso, por cierto. De todos modos, esa era una
de las plazas más calientes, la plaza del metro de Tribunales, una plaza
estratégica y ubicada en el corazón de la ciudad, donde a dos simples cuadras,
o quizás menos, estaba la famosa discoteca Pacha. Esas noches madrileñas
fueron las primeras que experimentamos, cuando todavía vivíamos en la
residencia de estudiantes y no teníamos el control absoluto de lo que era la
noche, pues debíamos volver a una cierta hora para no generar problemas con
la directiva del centro. Aquello duró solamente un año, y en aquel primer año
fue cuando tuvimos el primer contacto con lo que realmente queríamos ser y la
ciudad que realmente queríamos conocer, fueron esas plazas y esos
“botellones” al aire libre, cuando todavía no se habían prohibido.

Si había algo que estaba causando furor en aquellos años, era la
playstation, una consola de videojuegos totalmente innovadora para la época.
Me refiero al primer modelo que salió al mercado, y que para ese entonces era
muy avanzado en lo que se refiere al movimiento de las imágenes. El juego
por antonomasia que estaba volándonos la cabeza era el Fifa 98, que lo
jugábamos en la habitación de David, cuando aún vivíamos en la residencia.
Esto fue una característica propia de nuestra edad, porque posiblemente esas
reuniones en su habitación, mientras intentábamos ganar partidos en la
consola, representaron el nudo de inflexión de nuestras vidas. Luego, cuando
nos mudamos al apartamento y tuvimos que afrontar responsabilidades más
serias, como las de cumplir el pago de un alquiler, todo eso cambió. Muchos
creen que las residencias de estudiantes son lugares propicios para salir
adelante en los estudios, aunque para muchos significa todo lo contrario. No
me gustan las residencias de estudiantes, al menos las que existen ahora. En
sus comienzos, quizás fueran una especie de reformatorio donde se debía
aprobar la carrera, sí o sí. Pero con el tiempo, fue transmutando hacia algo
diferente. En una residencia te podían ocurrir dos cosas, o seguir enfocado
aplicadamente en tus estudios, o descarriarte por completo por culpa de las
malas compañías, algo que me sucedió a mí, a David, a Gorka y a muchos
otros. Sabíamos que esos años en Madrid estaban convirtiéndose en otra cosa,
no sabíamos cómo llamarlo, pero era algo diferente a la que nos habíamos
imaginado. De hecho, mi intención de mudarme a Madrid era para abrirme un
poco el coco, pero nunca imaginé lo que acabaría viviendo, ni la clase de
personas que conocería. Nosotros teníamos el protagonismo, como David y
Gorka, así como otros tantos, pero lo cierto es que a nuestro apartamento
comenzaron a visitarnos muchas clases de personas, amigos de David, chicas
que conocíamos en las discotecas, amigos de Gorka, y cada tanto
organizábamos fiestas de puta madre. Fiestas en las que no podía faltar, por
supuesto, una de las drogas que empezamos a probar más perniciosamente, y
no me estoy refiriendo al hachís, por supuesto, que ya formaba parte de
nuestra vida cotidiana, de nuestra cultura y nuestra pose, de nuestro todo.
Habíamos dado un paso más allá en lo que a consumos de drogas se refiere, y
la cocaína empezó a aparecer en las fiestas con más asiduidad. La primera vez
que vi la cocaína fue en la habitación de una amiga de Gorka, en la residencia
de David. Un montoncito blanco al que, su amiga, una rockera medio macarra,
estaba cortando con una tarjeta y formando líneas. No es que fuera un inculto
sobre el tema, pero si pudiéramos resumir mi estadía en Madrid en una especie
de historial de drogas sería este: anís del mono y ginebra, calimocho, hachís,
cocaína, éxtasis, y luego de ello, ya no fue lo mismo volver hacia el pasado.
Cuando bebía calimocho en la plaza, yo era una clase de persona, y cuando
fumaba porros, era otra, más cuando comencé a esnifar cocaína no pude
considerarme el mismo de antes, no éramos los mismos chicos que
abarrotaban una plaza sosteniendo botellas colmadas de calimocho, pues
podríamos considerar esa época como nuestra infancia. Una vez probada la
cocaína, como con las pastillas de éxtasis, nuestra visión de lo que éramos
empezó a envilecerse. Ya no veíamos las cosas con tanta inocencia, el
consumo de cocaína nos endureció alguna parte del corazón, pues David,
Gorka y Marcos comenzaron a transformarse en otros individuos, y yo
tampoco volví a ser el mismo. Esto ocurrió con mucha más frecuencia y
asiduidad en las fiestas privadas que organizamos en el apartamento. No
salíamos de marcha hasta que no estuviéramos bien duros y preparados, hasta
que no fuéramos carne de cañón, no tenía sentido salir a la calle. Por supuesto,
teníamos preparadas las entradas con descuento que, de un modo u otro,
siempre conseguía David. Eran noches que hablábamos, muy sueltos y sin
prejuicios, de los libros que leíamos, de la vida, de las mujeres, de la música,
del cine y de todo lo que habíamos absorbido durante la semana, puesto que la
cocaína nos hacía soltar la lengua como un torrente. Nos convertíamos en
críticos de cine, literatos y músicos, de repente podíamos hablar de lo que
fuera con total libertad, sin pensar que estuviéramos equivocados, parecía que
una fuerza misteriosa proveniente de nuestro interior nos daba toda la
sabiduría. Era en lo que nos estaba convirtiendo la droga, en unos soberbios,
aunque ya lo fuéramos desde mucho antes. Recuerdo cómo ocurría todo. Nos
metíamos un “raquetazo” en la habitación de David, luego quizás en la
habitación de Marcos, aunque rara vez estábamos en su habitación, ya que él
no permitía entrar a nadie y pocas veces dejaba la puerta abierta. El salón era
otro buen lugar, encima de la mesa ratona, mientras que, al tiempo que Gorka
u otro amiguete cortaba las rayas, yo me liaba un porro de hachís para
encenderlo inmediatamente después de que nos pegáramos un “saque”. Por
supuesto, no podía faltar el alcohol, el ron con coca cola, o el whisky, aunque
no tanto la cerveza y el vino. Ya nos habíamos acostumbrado a las bebidas
finas, las blancas, que eran mucho mejores y nos daban más durabilidad al
cuerpo, además, iban acorde con las drogas que consumíamos. El vino y la
cerveza siguen perteneciendo a las bebidas alcohólicas para pobres que no
pueden comprarse una buena botella de ron, pero nosotros ya habíamos pasado
esa “iniciación”, en lo que se refiere a las bebidas. En especial, yo empecé a
amar ese coctel, el ron con coca cola. Posiblemente no exista una combinación
más perfecta en el mundo de las mezclas entre una gaseosa y una bebida
alcohólica que ésta. Esto es debido a que el azúcar de la coca cola junto con el
toque dulzón del ron se fusionan a la perfección. El whisky y el tequila pueden
llevarte al vómito mucho más rápido. Un chupito tomado con demasiada
fuerza, o bebido apresuradamente, puede darte vuelta el estómago y hacerte
devolver el último plato que hayas injerido. En cambio, solamente bebiendo
un whisky solo y con hielo podía degustarlo mejor. Las risas estruendosas se
escuchaban en todas las habitaciones. Gorka solía discutir con David sobre los
asuntos más intrincados de la última película de Woody Allen, al tiempo que
se abría la nariz para esnifar una raya de cocaína, mientras que Marcos, que no
le interesaba nada de todo aquello, y nunca veía una sola película,
normalmente prefería estar tranquilo y sin intercambiar opiniones. Hablaba y
se reía, pero a su manera. Nosotros éramos los jodidos intelectuales, que
creíamos que tomando drogas ya éramos entendidos en todo. Mirándolo ahora,
desde estos ojos y luego de muchos años, creo que fuimos simplemente unos
niños, un grupo de amigos que empezaron a recorrer el mundo fuera de los
límites de sus hogares, y que para tener acceso rápido a esa sensación de
adultez, la noche y el despilfarro parecieron ser la mejor opción. Creo que fue
la propia ciudad de Madrid la que, con su estilo de vida y la moda que nos
atrapaba, nos convirtió en madrileños por derecho propio, y en cierto modo,
herederos directos de la “movida” madrileña, y en receptores de un cultura
transgresora que permitió que viviéramos, obligatoriamente, todas esas
experiencias.  

Llevaba tres años viviendo en esa ciudad y el efecto que había querido ir a
buscar ya lo había encontrado, había logrado un cambio en mi vida, conocido
a nuevas personas, experimentado nuevas y extrañas experiencias, pero no de
la forma a como lo había imaginado, cuando me bajé de un autobús en la
estación de micros, completamente solo, con un bolso sobre el hombro y
yéndome a vivir a una pensión de estudiantes. Actualmente, recuerdo esos
años con un tinte de tristeza, melancolía y extraña liberación. Me alegra
haberme alejado de esa persona que fui yo hace muchos años, me alegra de
que hoy yo sea alguien completamente diferente, por supuesto, de modo
contrario ya hubieran escrito mi nombre en una lápida. ¿Podríamos haber
evitado muchas de las cosas que hemos vivido? Creo que no puedo asegurarlo,
o me resulta imposible entender a ese chico tan joven y tan perdido en el
mundo que fui yo. No puedo hablar por los demás, ni por los que fueron mis
amigos durante aquellos años, ni por nadie, solo puedo detenerme por unos
segundos y mirarme a mí mismo y preguntarme por qué sucedió todo aquello,
y por qué no pude haber hecho las cosas de otro modo, un poco mejor. Cierto,
estábamos perdidos, a la buena de dios, como unas balas tiradas al voleo y sin
dirección. Creo que nunca podré asegurar a ciencia cierta si la decisión que
tomé durante aquel tiempo, la de ser escritor, coquetear con los alucinógenos e
involucrarme más en lo artístico, fue una decisión correcta. Creo que nunca
conoceré a alguien que aparezca y me explique cuáles fueron las razones de
todo aquello. Solo sé que ahora todo eso ya pasó, hace muchos años, y me
excuso diciendo que fuimos jóvenes e inmaduros, y en cierto modo, no
sabíamos lo que hacíamos.
Cuando nos levantábamos, al día siguiente (si es que nos levantábamos)
luego de tremenda resaca, a veces nos avergonzaba mirarnos a la cara, más por
la transfiguración de nuestro rostro que otra cosa. Si no había nada para
desayunar, había que ir a comprar bollos, o lo que fuera, para resucitar al
cadáver viviente que éramos. Marcos no salía de su habitación hasta entrada la
tarde, era el que más dormía la mona luego del bacanal fiestero, en cambio, yo
no podía estar acostado por mucho tiempo, de un modo u otro prefería estar de
pie, aunque fuera con una cara de espanto y medio aturdido. Esto ocurría los
domingos, un día realmente deprimente, y recuerdo que veíamos la puerta de
la habitación de Marcos completamente chapada. Ahora que lo pienso, esta es
la parte que más me avergüenza contar de todo lo que podría escribir en este
libro, cuando realmente nos dábamos cuenta de que no éramos más que
escorias, desechos, cosas inservibles. Los excesos en el cuerpo de un hombre
lo llevan a convertirse en su estado más primitivo. A decir verdad, una parte de
mí estaba enojada conmigo mismo. ¿Fue una buena decisión habernos ido a
compartir ese apartamento, entre los tres? Creo que la idea en sí no estuvo
mal, pero juntar a tres personas que piensan igual, y más con aquel tipo de
filosofía, solo podía lograr algo parecido a la ruptura de un átomo de
hidrógeno. Juntar a tres personas de nuestras características, solo suponía que
las cosas fueran de mal en peor.
No teníamos a nadie que nos controlara, hacíamos lo que queríamos, no
teníamos freno para nada, y en vez de corregirnos, nos carcajeábamos de
nosotros mismos, como riéndonos de nuestra desgracia. Bueno, esto es lo que
somos, qué más podemos hacer, nos decíamos. Somos jóvenes aún, eso es lo
que pensábamos, ya ocurrirá un cambio drástico que nos saque de esta
absoluta estupidez en la que estamos inmersos, quizás pensáramos, en nuestro
fuero interno, en nuestro inconsciente. Sabíamos que esos años estaban
echados a perder, de una forma u otra, por ser una época llamada universitaria,
o de estudios, y que a la larga nuestro destino estaría muy lejos de aquella
ciudad. La pregunta era, ¿y ahora cómo sigue la historia? Quien menos
remordimientos, o cuestionamientos de conciencia tenía, sin lugar a dudas era
David, quien mantenía serena su mentalidad luego de aquellas noches. A mí
me costaba reinsertarme en la realidad, me resultaba tremendamente fatigoso
volver a ubicarme en el espacio y tiempo, y cuanto más pasaban los meses
dentro de esa convivencia, más detestaba a Marcos, y todo aquello. De hecho,
nunca logré congeniar con Marcos, quien era demasiado chulo y prepotente.
Era alguien con quien habíamos acordado un trato, pero no era la clase de
persona con quien yo podía charlar más de media hora. Nunca hablábamos de
nada, no compartíamos opiniones sobre nada, y yo estaba, en aquella época,
dedicándome a la literatura. Ahora, mientras escribo estas líneas, no veo
ningún libro cerca de mí. He vendido todos mis libros y solo me he quedado
con tres o cuatro, por el simple hecho de que ya no valen nada.
Debo decir que aquellos años de lectura fueron imprescindibles, sobre todo
para culturizarme. Había tomado la alocada idea de construir mi propia carrera
de aprendizaje, la de ser escritor, sin maestros ni nada por el estilo, más que
esos libros pesados y grandes. Sin darme cuenta, me estaba convirtiendo en
alguien antisocial, independiente del pensamiento común. También leí Cien
años de soledad (un libro que hoy considero insoportable), recomendado
expresamente por Gorka, quien me habló muy bien del escritor. Era uno de los
libros del jodido “boom latinoamericano". ¿Quién habría sido el tonto del culo
que se le ocurrió semejante título para un movimiento literario? Cuanto más
crezco y pasan los años, a veces me da vergüenza admitir que construí mi
pensamiento y juventud alrededor de esos libros, como los de Dostoieveski.
La literatura, a fin de cuentas, es la expresión más elevada de la infancia y el
juego.

Nuestra relación estaba condenada al fracaso, solamente disfrutamos de
una agradable convivencia durante los primeros seis meses. Luego, todo
comenzó a tornarse turbio y la cosa empezó a ir en declive. Marcos apenas
estudiaba, recibía largas llamadas de teléfono de sus padres en las que discutía
a viva voz sobre las notas que obtenía, todas desastrosas. Yo escuchaba esas
largas discusiones sentado en el sillón mientras veía la tele, leía un libro o me
fumaba un buen canuto. Aunque parezca mentira, así era nuestro estilo de
vida. Alrededor del día, sobre todo los días de estudio de la semana, apenas
nos veíamos la cara. Cada uno cenaba lo que podía, tratábamos de no
encontrarnos en la cocina, claro está, pues que dos personas cocinaran ahí
dentro no era nada cómodo. Recuerdo que, al principio, alguno de nosotros
mencionaba la idea de cocinar un plato conjunto, y bajaba al mercado para
comprar los alimentos. Esa predisposición a la camaradería la fuimos
perdiendo con el tiempo. En este aspecto, David era buena gente, siempre
aparecía cuando se acercaba la hora de la cena y nos decía, mientras
estábamos tirados en el sofá viendo la televisión: “¿qué tal si pedimos algo de
comer, cuánta pasta tenemos entre los tres?”. Confraternizar de ese modo nos
ayudaba a convivir de una forma mucho más grata. Sabíamos que aún
estábamos en el limbo del estudiante universitario, y que el tiempo no
transcurría para nosotros más de lo que un examen exigía. Por eso, durante las
épocas de estudio, o de asistencia a clase, era cuando más tirábamos la casa
por la ventana. Cuando se aproximaban los días de parciales, que duraban al
menos dos semanas, Marcos se encerraba en su cuarto, o al menos fingía
hacerlo, David hacía lo mismo y yo trataba de salir bien parado de las muchas
materias que debía aprobar. Creo que aquel fue el tercer y último año en esa
academia de marketing y publicidad. Había aprobado los dos primeros años,
pero en el tercero la cosa se empezó a complicar más de la cuenta. A mitad de
año, no había aprobado ningún examen de ninguna materia, nada de nada, y
todo presagiaba a que terminaría el curso sin ningún aprobado, con lo que la
academia me obligaría a repetir los exámenes en una especie de ultimátum
antes de tener que repetir otro año completo. Esa era la única salvación, pero
durante aquellos meses nada me importó. Creo que estaba tan sumido en las
noches madrileñas, los porros y el alcohol, que las clases y los exámenes ya no
significaban nada. De esa época, recuerdo que, en más de una ocasión, acudí a
clase bebido o drogado. Concretamente, un cierto día, antes de entrar al
instituto, cuando todavía faltaba media hora antes de comenzar la clase, me
quedé bien pancho en un bar, a las nueve y media de la mañana, sin apenas
haber dormido, y me pedí un sol y sombra bien cargado. Lo necesitaba, no es
que fuera un alcohólico, sino que estaba tan dormido y cansado que lo único
que podía ayudarme a mantenerme en pie era un coñac con anís del mono.
Recuerdo que cuando me bebí esa copa resurgí como cadáver entre los
muertos, y mis ojos se abrieron de par en par y volví a sentir los músculos
estirarse alrededor de mi esqueleto, fue como si me hubieran encendido algún
fusible de la máquina para que pudiera funcionar correctamente.
Mientras cocinábamos, David dejaba sonar la mejor música ambient o
house desde su habitación, y entonces nuestra vida tenía bastante sentido,
digámoslo así. Antes de comer, nos fumábamos un porro, para abrir el apetito,
y luego lo calmábamos con el “bajón” de la comida. Al terminar de engullir un
abundante plato, nos volvíamos a prender otro, esta vez más grande y cargado,
para dejarnos K.O antes de irnos a dormir. Con regularidad, nos deleitábamos
con una buena película. Parece mentira, pero creo que por aquel entonces
todavía teníamos una casetera VHS, si no me equivoco. No habíamos entrado
aún a fin de siglo, y las películas que traía David de su academia eran en
formato VHS, no recuerdo que fueran DVD. Esto me hace pensar que, por
mucho que me cueste admitirlo, han transcurrido unos cuantos años desde
entonces, y yo era tan joven y tan peleón como el que más. Nadie puede
detener a un chico joven que está dispuesto a prender fuego a todo cuando hay
a su alrededor. Cuando somos mayores, con regularidad tememos a los
jóvenes porque son más rápidos, veloces y están más despiertos. La mente y el
cuerpo de alguien con muchos años, al menos de treinta y tantos, o cuarenta,
ya no es tan veloz y flagrante como la de un joven de veinte años con todas las
luces encendidas, por eso no le teníamos miedo a prácticamente nada, en
absoluto. Podíamos irnos al “7´Eleven” a las tantas de la noche, un negocio de
comidas que no cerraba en las veinticuatro horas del día, y que sabíamos que
podíamos encontrar allí hasta cerveza, si quisiéramos, o cualquier otra bebida.
No le teníamos miedo a la noche, ni a nada que se pusiera por delante. Al
contrario, sabíamos que no tendríamos nada que temer, porque éramos
nosotros los que impartíamos temor y miedo, hacia los demás. Las drogas nos
daban ese toque de gracia para que nuestros ojos estuvieran siempre ardiendo,
y la cabeza más que espabilada. Nuestras mejores amistades eran “camellos”
magrebíes que también deambulaban por la plaza durante la noche, teníamos
buenos contactos, y los números de teléfono listos para llamarlos, sabíamos
hasta en cual bar vendían hachís del bueno, o la plaza del barrio de La Latina
donde siempre había gentuza predispuesta para una fiesta. Estábamos en ese
ambiente, y no tanto en el ambiente de los aplicados estudiantes. Durante el
día, aparentábamos ser personas normales, pero cuando caía la noche y la luna
se posicionaba en lo más alto, nos convertíamos en hombres lobo, nuestros
dientes se afilaban y nos crecía el bello en la espalda, como un licántropo.
Nunca dejábamos un viernes, ni un sábado, huérfanos de juerga, esos dos días
eran para nosotros como acudir a misa, era nuestra forma de rendirle pleitesía
a la vida, como si fuéramos fieles feligreses de una estricta vocación religiosa,
aunque no tan santa como la católica, pero si igual de devota. Escuchábamos
The beautiful people de Marylin Manson y los temas que en ese entonces
predominaban en la escena, de las memorables bandas del rock alternativo,
como Garbage o Smashing Pupkings, así como los Red hot chili pappers, que
por aquel entonces habían lanzado su disco más famoso, Californication, y que
escuchábamos de arriba abajo antes de abrir el paladar. Sí, puedo decir que
éramos completamente felices, al menos todo lo felices que podíamos serlo,
aunque no pudiéramos ver el final del túnel con completa nitidez.

La “guía del ocio” era nuestra lectura predilecta, un suplemento semanal
en donde aparecían todas las proyecciones de cine y los estrenos de las
películas más novedosas, así como las salas de música y los deejays que
tocarían el próximo fin de semana, sin olvidar las muestras de arte en los
museos, u otros eventos culturales afines a ello. Cuando queríamos saber si
estrenarían otra película del movimiento “Dogma”, solo debíamos ir al
quiosco más cercano y revisar la cartelera de cine en el suplemento La guía del
ocio. Con esta guía en nuestras manos, éramos capaces de estar dando vueltas
por la ciudad sin cansarnos, sabíamos a cuales eventos acudir, tanto las
muestras de los pintores vanguardistas como lo último de lo último en la
escena de música electrónica.
En esa época, también conocimos a una chica que pronto se convertiría en
nuestra mejor amiga, en nuestra confidente, y por qué no decirlo, en una
integrante más de nuestra pandilla de juerguistas nocturnos. Marcos
continuaba encerrado en su universo y estaba cada vez más a su bola, sin
juntarse tanto con nosotros. Simplemente llevaba una vida de misántropo, una
vida extraña y enigmática. A veces, no podíamos asegurar si Marcos estaba
dentro de su habitación, pues solo la veíamos cerrada a cal y canto y nunca la
dejaba abierta, y tanto podía estar durmiendo como un oso como estar afuera.
En cierta ocasión, pensamos que Marcos se había ido de viaje a Palma de
Mallorca, su pueblo natal, pero en realidad estaba dentro de su habitación
apolillando como una marmota, y como apenas hacía ruido, lo primero que
pensamos fue que se había marchado. Creo que se despertó de los ruidos que
originamos aquella tarde, no recuerdo si debido a un tema cañero que estaba
“pinchando” David en su programa de mezclas o del sonido de la misma
televisión. El caso es que siempre hacíamos ruido, lo necesitábamos. Y cómo
iba diciendo, Dune, la chica que repartía flyers de eventos en las puertas de las
discotecas, que se juntó a nuestro grupo, se convirtió en poco tiempo en una
amiga más de fiar, y tanto que hasta pudimos transmitirle nuestros pesares,
esas extrañas ideas metafísicas y literarias y musicales y culturales o
meramente existenciales que unos jóvenes alocados tienen en su mente.
Recuerdo perfectamente a Dune, nuestra nueva amiga. Dune, que era así como
se llamaba (aunque, en realidad, su verdadero nombre era Dolores, y por
fanatismo a la película de David Lynch adoptó ese apodo) nos encantó
rápidamente por su forma de ser, abierta y comprensible, y a la vez valiente.
No consumía tantos porros como nosotros, y creo que apenas tragaba pastillas
en las fiestas electrónicas, pero se divertía de los lindo viéndonos bailar como
monos desposeídos, mientras ella controlaba sobriamente la situación.
Mientras nosotros perdíamos el control con el “punchipunchi” ininterrumpido
de las cajas de sonido, ella simplemente paseaba de un lado a otro de la
discoteca como perro por su casa. A veces se quedaba parada en la puerta,
repartiendo flyers, o dejando entrar gratis a sus contactos. Fue así,
precisamente, por lo que conocimos a Dune. Sin la ayuda de ella, no
hubiéramos podido disfrutar tan holgadamente de las noches madrileñas,
gracias a su trabajo de relaciones públicas. Cuando íbamos a ver a un deejay a
la discoteca, y sabíamos que Dune trabajaría allí, lo primero que hacíamos era
preguntarle si podíamos entrar gratis, y así fue como, con regularidad, apenas
pagábamos entrada. Como nunca antes, nos sentíamos amos y señores de la
noche. No es lo mismo estar en una discoteca habiendo pagado la entrada, que
sin haberlo hecho. Te sientes un poco mejor, digámoslo así, si entras gratis, y
más aún si te invitan a copas, eso era "lo más de lo más". Para nosotros, era
como tocar el cielo con las manos, pues no aspirábamos más que a disfrutar de
un buen sábado a la noche, a pleno.
Aquella vez, Dune terminó acudiendo a nuestro apartamento, y hasta se
quedó a dormir en el colchón, en varias oportunidades. También nos presentó
a sus amigas, unas chicas muy majas, que al igual que ella eran madrileñas de
pura cepa. Dune amaba Madrid, algo que seguramente siga profesando. Ella
misma me confesó que nunca se iría de esa ciudad, que la amaba y que
seguiría viviendo allí para siempre. No sé si llegó a cumplir su promesa,
aunque algo me dice que pudo haberlo hecho. Era la típica chica madrileña de
toda la vida, conocía perfectamente cada calle y cada trato con sus habitantes.
Se movía como pez en el agua, eso estaba claro. Su personalidad la ayudaba a
entrar en los tugurios más extraños. Simplemente se acercaba al portero, le
soltaba unas cuantas chorradas y entrábamos en tropel sin pagar un puto duro.
Por eso, nos cayó tan bien, y rápidamente formó parte del grupo, quizás por
ese motivo, aunque también porque nosotros le caíamos bien a ella y le
parecíamos muy simpáticos y graciosos, sobre todo cuando estábamos
colocados hasta la coronilla. Simplemente se reía de nosotros, para ella éramos
unos seres inofensivos, y mucho más interesantes que cualquier “tronco” que
anduviera suelto por ahí.
Llegó un día en el que Dune se convirtió en una persona más del grupo,
tanto como David u otros, y siempre estaba junto a nosotros, aparecía de
repente en nuestro apartamento y comenzábamos a charlar, intercambiábamos
opiniones, discutíamos, nos reíamos entre una lata de cerveza o una copa de
ron, antes de partir hacia nuestra discoteca favorita, aunque no recuerdo si ella
fumaba cigarrillos. Era una chica muy sana, se le notaba en la piel, blanca y
lisa, sin apenas granos, mofletuda, de cara más ovalada que flaca, y tenía un
cuerpo bastante atractivo, sobre todo en su retaguardia, algo que siempre
admiraba cuando nos daba la espalda. Lo cierto es que Dune me gustaba
mogollón, creo que empezó a gustarme desde el primer día que la vi, pero por
entonces seguíamos siendo amigos, y nunca le confesé mi atracción hacia ella.
Quizás, al estar tanto tiempo juntos y compartiendo tantos momentos, fue
cuando empecé a prenderme de su personalidad, pero no debo negar que su
figura y físico me atrajeron desde el primer momento, sobre todo porque iba
"a la última", incluso si no tenía piercings, que tan de moda estaban por
aquellos años (y siguen estándolo, de hecho, los jóvenes de Madrid están
cubiertos de piercings por todo el rostro) Es verdad, recuerdo el hermoso y
lindo trasero de Dune como si lo tuviera delante de mí ahora mismo. Le
gustaba usar polleras ajustadas que le marcaban suficientemente bien las
nalgas, como para excitarme ni bien la viera, para no perderme ningún detalle
de sus curvas, de su apetitoso glúteo, algo que por desgracia nunca llegué a
poseer. Siempre le lanzaba indirectas y piropos disfrazados de chistes, aunque
en realidad, le estaba tirando los tejos a diestro y siniestro, confesándole mi
completo amor, si pudiéramos llamar lo así. Dune comenzó a ser nuestra
mejor amiga, pero entre David y yo siempre fantaseábamos sobre lo estupendo
que sería echarle un buen polvo, lo muy satisfactorio que sería si, tanto él
como yo, nos pudiéramos “enrollar” con ella, por no decir follarla hasta el
hartazgo. Creo que, cuando nos emborrachábamos a muerte, era cuando
nuestros sentimientos más sinceros salían a flor de piel, y si bien Dune podía
notarlo y advertirlo, nunca nos lo hacía saber. En eso ella era muy inteligente.
A partir de entonces, las noches de Madrid ya no fueron las mismas. La
necesitábamos a ella, cada vez que salíamos o íbamos a alguna exposición de
arte. La presencia femenina que Dune generó en el grupo otorgó a nuestra
pandilla un toque más cuerdo del que ya tenía, en el que éramos simples bolas
colgantes que estábamos más borrachos que otra cosa. A Dune le gustaba el
cine tanto como a nosotros, disfrutábamos debatiendo sobre las películas más
vanguardistas, las que solíamos ver muy a menudo, que eran “película de
autor”, donde predominaba la escritura del guion (casi literario) y la
interpretación de los personajes por encima de la trama. Recuerdo en especial
las películas de El último sello y Persona, de Ingmar Bergman, o Los idiotas
de Las Von Trier, que tanto comentábamos, solo para creernos un poco sabios
en la materia. Nos hacíamos los jodidos intelectuales, cuando en el fondo no
éramos más que unos fiesteros alocados y desmesurados. Pero no cabe duda
de que hubo un antes y después de Dune, en mi vida en Madrid, de eso no me
cabe la menor duda.

Cuando llegaron los amigos de David, desde las Palmas de Gran Canaria,
nuestro grupo de alocados fiesteros se extendió hasta convertirse en una piña.
Ya no éramos tres o cuatro colgados que se juntaban en un apartamento a la
espera de conocer nuevas experiencias, o liarla con amiguetes con las mismas
tendencias intelectuales que ellos, ahora el grupo conformaba un bloque, pues
esos colegas eran tres personajes de mucho cuidado, que habían llegado con
toda la artillería pesada y estaban listos para desmadrarse sin freno alguno.
Estos muchachos alquilaron un apartamento, no muy lejos de nuestro
domicilio. Ahora que lo recuerdo, el apartamento estaba situado exactamente
en un edificio sobre la avenida Callao, justo en frente de la Plaza Mayor. Lo
mejor de todo era su ubicación en el inmueble, en el último piso, un
apartamento con ese estilo a buhardilla cochambrosa que tanto les gusta a los
escritores y artistas en general. Era ideal para cualquier cosa que nos
propusiéramos hacer, desde pegarle a la botella hasta ver una película, o
fumarnos unos canutos en círculo, como si estuviéramos en una tribu. Algo
que recuerdo perfectamente bien era cuando aparecíamos en ese lugar, la casa
de los amiguetes de David, y siempre había un porro encendido en alguna
parte, en un cenicero, o en la mesa. Siempre que llegábamos, lo primero que
hacíamos era encendernos un porro. Algo que, si no lo hacíamos,
prácticamente no tenía sentido que estuviéramos ahí. Había que llevar “costo”
del bueno, del aceite más puro. Personalmente, nunca osé ir hasta ese lugar sin
un buen par de gramos de hachís para convidarles un porro a esos chicos, con
quienes no tardé en congeniar. Al comienzo, siempre que iba a visitarlos, era a
sabiendas de que David ya había hecho planes de farra, pero luego tuve la
desvergüenza de acercarme por mi propia cuenta, sin esperar nada de nadie.
Lo único que buscaba era compañía, normalmente a esa hora de la tarde en la
que el cuerpo comenzaba a pedirme mambo y música de fondo.
Lo único que recuerdo de estos muchachos es que eran tres pibes de la
misma edad, aunque estudiantes de diferentes carreras. No recuerdo sus
nombres, solo sus caras y actitudes. Uno de ellos parecía ser algo retardado,
pero en realidad, era el más inteligente y el que más dinero tenía, por esa
misma razón estaba siempre callado, ya que no le faltaba nada. El otro, un
chico que le gustaba escribir y leer tanto como a nosotros y llevaba una greña
enorme en el pelo, era el más estrambótico, y el tercero, pero no menos
importante, era el dandy del grupo, el que tenía aseguradas las conquistas, ya
tenía ese aire a Marlon Brando o Steve McQueen que es irresistible en las
mujeres, era el típico rompecorazones, algo que demostraba en sus maneras,
bien chulo y siempre con una frase graciosa escondida bajo el brazo. Pronto se
sumó Gorka al grupo (a quién veíamos cada vez menos) y las noches
madrileñas pasaron a convertirse en auténticas marchas sin fin.
Recuerdo que una noche acudimos a una fiesta bastante inusual, a la que
no estábamos acostumbrados, organizada en un edificio “okupado”, en la que
los deejays tocaban en simples habitaciones derruidas y el público deambulaba
de un lado para otro, sin control alguno.
Esas fiestas, sin lugar a dudas, estaban prohibidas, pero para nosotros no
existía nada ilegal, y mucho menos si esto ocurría durante la noche. Esa fiesta
era diferente, y muy particular. Las bebidas las vendían unos “flipaos” detrás
de unos tablones mohosos, como improvisando un bar. Las luces estaban
acopladas mediante cables muy rústicos, con luces de colores que llenaban el
ambiente, como si se tratase de una discoteca, aunque no fuera tal cosa, sino
solo un garaje cargado de humo donde fácilmente podías chocarte con una
tabla de madera, o alguna chapa rota. Recuerdo que, de tan oscuro que estaba,
había que tener cuidado por donde pisábamos, pues el edificio estaba lleno de
escombros y se olía a humedad. Aquella fiesta, sin lugar a dudas, fue la
primera fiesta de estilo “underground” a la que asistí. Había una mezcla de
ilegalidad, delincuencia y desmadre alcoholizado en aquel lugar, que me
cautivó inconscientemente. El ambiente era apocalíptico, y sin darme cuenta
yo armonizaba perfectamente con él. Las personas se parecían más a zombis
deambulando por un cementerio que a muchachos con ganas de bailar. La
mayoría estaría drogado hasta la médula, inflados con drogas como la
ketamina, cocaína, pastillas y vayan a saber qué otra sustancia más. La clase
de asistentes que veíamos desfilar eran variopintos, punkies, rastas, rokeros o
personajes estrictamente dueños de la noche, con crestas en el pelo, piercings
cubriéndoles la cara y los tatuajes más llamativos en las partes más extrañas
del cuello y el pecho, o en inusuales zonas del brazo. Si bien hoy en día toda
esa cultura inunda, y hasta predomina como parte esencial de la capital, yo
creía que ya lo había visto todo, o al menos lo más relevante, pero en aquella
fiesta me di cuenta de que estaba equivocado, recién en esa extraña fiesta
underground donde, en un momento dado, perdí de vista a mis compañeros, a
David y a sus amiguetes de Canarias, y me quedé solo en una sala (algo que
normalmente solía ocurrir), y me di cuenta de que la vida era eso, una
situación solitaria contra todos y contra todo.
Estuve parado en una de las habitaciones de la fiesta underground por una
hora o más, luego decidí ir a buscar a mis colegas, pero lo único que encontré
fue a unos de los amiguetes de David “chapando” con una mujerzuela, contra
una pared. Con el tiempo, con el pasar de los meses, recuerdo que nuestra
forma de divertirnos terminó siendo eso: salíamos, y una vez que entrábamos
al boquete, lo más probable es que nunca fuéramos a vernos otra vez, ya sea
por las chicas que nos ligábamos o porque terminábamos tan borrachos y
fumados que lo último que podíamos hacer era identificar a alguien conocido,
o dedicarnos a buscarnos entre el grupo. De hecho, creo que no nos interesaba
en absoluto vernos el careto de nuevo. El perdernos ocurría de forma
automática, premeditada. Las discotecas se convirtieron en una especie de
embudo rocambolesco, o un agujero de conejo donde nos deslizábamos a otro
estado mental, a nuestro peculiar país de las maravillas. Creo que fue aquel
año, en especial, cuando comencé a sentirme un poco solo, y mi estadía en la
ciudad más fiestera del país empezó a acercarse a su fin. No fue algo que
meditase sentado en un sofá, mientras me fumaba un cigarrillo, sino algo que
inesperadamente comprendí, como algo inherente a mis facultades. Quizás fue
el tiempo, o la cantidad de experiencias vividas, que mi cuerpo o una parte de
mi personalidad me estaban empezando a pedir algo diferente, además, esos
amiguetes de David de las Palmas modificaron un poco el grupo, lo llevaron
hacia otro plano y también transformó la amistad que me unía tanto con David
como con Gorka, pues de repente empecé a sentirme excluido. No sé si fui yo
mismo quien empezó a modificar, o a cambiar, o quizás mi relación con la
escritura empezó a profundizarse tanto que ya no era dado a estar en la misma
situación, una situación que año tras año parecía repetirse de forma idéntica.
Una pieza, un grupo de colgados y unas birras yendo de una mano a otra, algo
que realmente ya me estaba aburriendo, y no por el hecho de que aquello no
fuera una situación divertida, alegre o distendida, sino que siempre estábamos
los mismos de siempre. Por eso, creo que no llegué a terminar aquel año, y fue
cuando tomé la decisión de marcharme del apartamento que compartía con
Marcos y David. Gorka -que por aquel entonces andaba a salto de mata-
ocuparía la habitación en mi lugar, ya que necesitaba urgentemente un boquete
donde quedarse. Sus amigas, con quienes compartía apartamento, lo querían
echar a patadas.
Una buena tarde, cuando estábamos en el salón, les anuncié la noticia de
mi partida, que dejaría el apartamento para marcharme al sur por una
temporada, y tratar de estudiar las materias que me habían cateado en el último
año de curso, aunque en realidad, necesitaba un cambio, y algo me decía que
ellos también lo necesitaban. Les comenté la idea que había charlado antes con
David. Gorka ocuparía la habitación en mi lugar y seguiría pagando parte del
alquiler, así no tendrían de qué preocuparse. Creo que esa fue la mejor
decisión que tomé, necesitaba un cambio y sacarme de encima el peso de
haber convivido con dos chiflados de tres al cuarto. Solo sería un stand by, una
forma de alejarme para luego regresar con las pilas bien cargadas. Lo
necesitaba.  

Marcharme de aquel apartamento no solamente supuso un cambio radical
en mi vida, sino que luego de ello nada volvió a ser como antes. Cuando
regresé a Madrid, al año siguiente, ya nadie continuaba viviendo en aquel
lugar. Marcos se había marchado a Mallorca, si es que recuerdo bien, y Gorka
prefirió retirarse a su tierra natal, aunque luego volvió a la ciudad para vivir en
una localidad a las afueras. En lo que respecta a David y yo, seguíamos en las
mismas.
El motivo por el cual regresé a la capital fue simple, me habían suspendido
en casi todas las materias de la carrera que había cursado durante aquellos tres
años, no recuerdo las temáticas que eran, pero tenían que ver con el marketing
y la publicidad. Aquella carrera, como nunca llegó a tener un peso sustentable
en mi vida, por no decir que nunca significó nada, y solamente los libros y la
literatura lo abarcaron todo, emprendí esa tarea como una especie de misión de
rescatista, o para limpiar la moral de tantos años yendo a una academia.
Necesitaba aprobar esas materias en un último examen final que me había
otorgado el rector, para salir bien parado y recibir así el diploma tan codiciado,
que seguramente no fuera más que un papel grueso con mi nombre impreso y
un sello en él.
Cuando llegué a Madrid, al no tener alojamiento, le pregunté a David si no
le importaba que pasase unos meses en su nuevo cuchitril. Este escondrijo no
era otro que el apartamento contiguo al de sus amigos de parrandas, sus tres
colegas inseparables de las Palmas de Gran Canaria. El anterior apartamento,
en el que tantas fiestas y aquelarres y noches alocadas habíamos vivido, era
agua del pasado, y por aquel entonces David vivía en un estudio con estilo a
buhardilla, pegado al de sus amigos, en pleno centro, y como había una
especie de trastero detrás del salón y ese trastero no era muy grande, pero al
menos lo suficientemente grande para que una persona pudiera dormir allí,
convenimos oportuno que, como a él no le parecía mala idea y yo podía
ayudarle con el pago del alquiler, estuviera pasando los meses en ese lugar,
hasta que encontrara otra cosa.
Cuando llegó el día del esperado examen, acudí con un montón de hojas
sobre las materias a tratar, plegadas y encanutadas en la cintura. Lo cierto es
que ya había practicado el arte de las “chuletas” desde los años de bachiller. Es
algo normal en todo estudiante, saber alguna técnica para copiarse, pues
muchas veces hay temas muy peliagudos y es casi imposible memorizarlos
todos, y se ayuda uno de estas infalibles chuletas, que más vale que no te
pillen, pues te catearán en el acto. En esa oportunidad, más que una chuleta, o
unos papeles en la manga de la camisa, fueron literalmente los apuntes
completos, ni siquiera me tomé la molestia de copiarlos en un papel más
pequeño, sino que directamente agarré los apuntes de las materias, seleccioné
las hojas donde estaba la información más relevante, las doblé en tres pliegos
y juntándolas todas me las introduje en la cintura, entre el estómago y la ingle,
una zona del cuerpo que, si se disimula bien con una buena camisa larga, nadie
nota ningún bulto extraño. De hecho, disimulé bien esta pertenencia cuando
me senté en el pupitre, en un aula completamente vacía y en la que, sin
preguntarle nada a nadie (de porqué me dejaban tan solo, sin custodia, ni
vigilancia) comencé la evaluación. Así es, como lo leen, uno de los profesores
que me recibió tenía tres hojas con las preguntas del examen, me las dejó en el
pupitre, en un aula completamente vacía, y me dijo que ya podía empezar.
Luego se marchó y me dejó completamente solo. Increíble, ¿verdad? No tuve
que pensarlo dos veces cuando se fue. Me dije que no podía tenerlo tan fácil, y
que de hecho él mismo había preferido dejarme a mi suerte, a sabiendas que
las posibilidades de que fuera a copiarme eran bastante elevadas, por no decir
seguras. De forma inmediata, saqué todas las hojas que tenía encanutadas en la
cintura, que prácticamente era un cuaderno entero, recuerdo que seguramente
fueron como veinte hojas, las puse encima de la mesa, codo a codo con las
hojas de las preguntas del examen, y literalmente lo único que tuve que hacer
fue transcribir la información en los espacios en blanco, donde debían ir mis
respuestas. Fue la forma de copiarme más descarada que recuerdo haber
hecho, y realmente no podría decirse que aquello fue un examen, sino
simplemente una copia exacta de mis apuntes a otra hoja.
Aunque parezca mentira, entre que miraba la puerta por si aparecía el
profesor y me dedicaba a llenar el examen, línea por línea, tardé algo más de
una hora. En determinado momento, entró el tipejo y se asomó para
preguntarme si ya había terminado. Como no me copiaba más que de una hoja
a la vez, la indicada para cada respuesta, logré que el capullo ese no me
pescara in franganti, escondiendo la hoja debajo de las otras del examen, y
pese a eso no me dijo nada, y eso que eran hojas completamente diferentes,
pero al parecer pude disimularlo perfectamente bien. Aquel día, de todos
modos, significó mi final apoteósico en aquella academia privada de
publicidad, en la que había ingresado el primer año que puse un pie en Madrid.
Supongo que fue un final que nunca hubiera imaginado, aunque yo no era la
misma persona que aquel ingenuo bachiller que había llegado por primera vez
a una capital para cumplir sus sueños, si es que tenía tal cosa.
La vida de David era algo parecida a la mía, estaba cursando su último año
en la academia de cine y preparando, por así decirlo, su examen final, el cual
consistía en la filmación de un cortometraje de no más de cinco minutos, al
parecer toda una ordalía. Recuerdo con algo de humor y melancolía este
hecho, pues le ayudé en la escritura del guion, si mal no recuerdo. En realidad,
David estaba hasta los cojones de esa academia, a la que Gorka había
renunciado hacía un año para dedicarse de lleno en la escritura de su novela,
una novela que seguramente nunca terminó de escribir. Pero siempre es mejor
terminar las cosas que hemos empezado. Por lo que recuerdo de este
cortometraje, es que era una auténtica estupidez, con todas las pobres técnicas
de filmación que se necesitan para rodar una escena. Se filmaría en blanco y
negro, no tendría sonido, y la idea era lo más extraño y sin sentido que pudiera
haber. La historia, si es que había tal cosa, era simplemente un hombre sentado
en una silla llevándose un cigarrillo a la boca, y sinceramente no recuerdo qué
otra cosa más ocurría en ese plano. Creo que David se inspiró en algunos
elementos del cine de David Linch, en donde lo predominante es lo grotesco
del personaje. La escena estaría intercalada con otras imágenes extrañas en las
que, al parecer, debía aparecer un muerto. Por extraño que parezca, y no sé si
fue ocurrencia mía, David me preguntó si me apetecía actuar en el
cortometraje, precisamente interpretando a un muerto. Solo debía estar tirado
en una cama, o algo así, y no mover un músculo. Lo recuerdo perfectamente,
fuimos a unos estudios de la academia y directamente empezaron a
maquillarme con potingues de color rojo para emular la sangre. Me vestí con
una camisa rota, como si me hubieran pegado un escopetazo, y me tiraron en
una cama y me dijeron que no me moviera por unos segundos. Lo cierto es
que ese día lo recuerdo perfectamente bien, por lo agobiante de estar en esa
situación, yo tirado en una cama, interpretando a un muerto, sin saber cuándo
despertar hasta que no me dieran la orden de que habían terminado la toma,
pues tuvieron que repetir la escena varias veces, al parecer no estaban de
acuerdo con el plano filmado, a lo mejor no era lo suficientemente artístico, o
alguna chorrada así. Cuando vimos el cortometraje terminado, en el
apartamento de David, nos tronchamos de la risa a carcajada batiente, de lo
escandalosamente malo que era. Tanto él como yo habíamos puesto punto
final a nuestras respectivas carreras. Teníamos eso en común, lo que habíamos
ido a hacer a Madrid se había transformado en otra cosa. David estaba mucho
más preocupado por la música electrónica, concretamente por el mínimal
techno, algo que dominaba a la perfección. Tenía hasta una caja de mezclas en
el apartamento, una moderna caja de mezclas con sincronizador incluido, y
que mezclaba hasta cd´s digitales. Ya no estaba más interesado en el cine, algo
que le causaba hasta depresión. Por mi parte, estaba abocado a la literatura y
había logrado terminar la escritura de algunos cuentos. Es decir, que David se
había convertido en deejay y yo en escritor, algo en lo que nunca hubiéramos
imaginado convertirnos dos años atrás. 

La buhardilla en donde conviví con David estaba pegada al lado del
apartamento de sus mejores amigos, en un octavo piso, sobre la calle Callao.
David se pasaba el día entero enfrente de su caja de mezclas y sacaba unos
temazos increíbles. Se estaba preparando, sin lugar a dudas, para ser un
músico más experimentado. Se notaba que esa era su vocación. Yo me
embutía en los libros más estrambóticos que encontraba en la biblioteca, y
aquel año fue sencillamente un año sabático a más no poder. David acababa de
salir de una relación algo tortuosa con una chica de Finlandia, quien también
era escritora, y habían durado algo más de un año. Todo esto ocurrió un año
antes, y de aquella relación tortuosa solo quedó un adorable y alocado gato.
Richie, que era el nombre del gato, nos ayudaba a pasarla algo mejor en
aquella buhardilla, pues nos reíamos de él cuando este nos veía medio
tarumba. El gato era bastante independiente, de color negro, con manchas
blancas en la cara y en otras zonas del cuerpo. Un gato realmente inteligente,
dicho sea de paso, de todos modos, todos los gatos lo son, y esto es lo que más
me gusta de ellos, su agudizada inteligencia e increíble independencia. El
único problema que tuvo convivir con ese gato fue, en realidad, el único
problema que existe cuando convives con esta clase de animales: su intenso y
horrísono hedor a excremento. Teníamos en el baño un cuenco con esas
piedritas que sirven para tapar las pequeñas cagarrutas, pero lo cierto es que el
peor olor no eran sus heces, sino su orín, y dado que el estudio buhardilla no
era muy amplio, el pestazo era mucho más fuerte que si estuviéramos en un
espacio abierto. Tampoco habían muchas ventanas, solo una especie de tapa
acristalada en el techo que comunicaba de forma directa al tejado, y gracias a
eso podíamos tomar algo de aire cuando Richie soltaba sus necesidades. Más
allá de esto, era un gato encantador y gracioso, quien nos acompañó incluso
hasta cuando la liábamos parda en el estudio con nuestros compinches y la
música de fondo. Llegado un momento, el gato acabó estando un poco más
loco que nosotros.
Cuando digo que aquel año fue un año sabático, lo digo en el sentido de
que fue un año sabático en todos los sentidos. Dune nos venía a visitar en
variadas ocasiones. Todavía me seguía gustando su portentoso trasero y me
resultaba fascinante. Un día, David le preguntó si podía colaborar con ella
repartiendo “flyers” de las discotecas en las que trabajaba, algo a lo que yo
también me sumé. Entonces nos incluyó en su “staff” de promotores y pronto
comenzamos a repartir flyers (unos simples papeles laminados) allí a dónde
fuéramos. Creo que este trabajo se convirtió en lo único serio que realicé en
esa ciudad. Con solo repartir al menos un setenta por ciento de esos flyers, ya
recibiríamos un buen dinerillo. No podía haber nada más simple, pero
igualmente lo echamos a perder, por puro desinterés. En tan solo dos días,
David dejó de repartirlos y los flyers se acumularon en una montaña en el
escritorio. Nos echaron en menos de dos semanas.
El siguiente trabajo que encontré a mano fue gracias a una de esas
agencias de trabajo temporal, esos lugares a donde acuden los que están
dispuestos a dejarse explotar por un sueldo miserable. Me dieron un empleo en
una obra en construcción, sin ningún tipo de indicaciones sobre la prevención
de accidentes, algo que estaba totalmente prohibido. Igualmente, acudí allí los
tres días, subí cargas llenas de cemento y ayudé en otras tareas. Nunca me
dieron un casco, ni unas botas especiales, simplemente cumplí con los horarios
y me pagaron el precario sueldo que correspondía a las horas trabajadas. La
vida comenzaba a ser una mierda, y no tan fabulosa a como lo había sido
durante los últimos cuatro años. Salir a ganarse el pan era algo completamente
diferente a estar simplemente tirado en un sofá, fumando porros. Esto fue algo
que ya comenzábamos a comprender de antemano, David y yo, de hecho, era
algo que sabíamos, pero la verdadera responsabilidad apareció ante nosotros
justamente aquel año. Antes, charlábamos entre canuto y canuto sobre “¿qué
harás cuando termines la carrera?” y luego de unas respuestas absurdas nos
reíamos entre nosotros, no viéndole la gravedad al asunto. No medíamos la
gravedad de las cosas, eso es todo. Sería el paso de los años lo que nos pondría
contra las cuerdas, y nos advertiría de que las noches de fiestas interminables,
sin ningún tipo de preocupación, llegarían a su fin, o se transformarían en otra
cosa. En realidad, ninguno de nosotros modificó su estilo de vida,
continuamos yendo a fiestas igual de apabullantes o festivales de más de tres
días de duración, y seguimos transitando ese viaje al fin de la noche que le
esperan a los vagabundos.
Supongo que ha llegado el momento de acabar con este libro, en donde he
contado lo que tenía que contar. Supongo que no hay mucho más que añadir,
lo más importante ya se ha dicho. No pude dedicarle las hojas necesarias a
cada noche en particular, fueron muchas y no las recuerdo del todo bien. De
esos años, en Madrid, recuerdo con cariño y mucho afecto a los amigos que
me acompañaron en mis días de descubrimiento de una vida diferente, de una
personalidad que empecé a forjar junto con ellos, y que nunca más me
abandonaría.

JAVIER RAGAU (Buenos Aires, 1976) es un escritor de novelas de
género. Sus obras se enmarcan en la tradición de la novela popular y de
bolsillo. Ha logrado suscitar, sin embargo, el interés de quienes lo consideran
ya un escritor de culto, con tramas que exhiben la singularidad de entrecruzar
la historieta o el cómic (tipo pulp-fiction ), la novela negra, algunos rasgos de
la literatura gótica y una crítica frontal o entre líneas, con un tinte anarco,
hacia la forma en que se sustenta y expresa la sociedad contemporánea.
Madrid te mata es una novela breve, con tíntes autobiograficos. Unas
memorias urgentes.

Otras novelas del autor
La Sociedad de consumo
Date por muerto
El día que reinaron los niños
El ataque de los moscovitas
Hotel Muerte

Table of Contents
Inicio
Madrid te mata
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