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AMOR Y AMISTAD

Jaime Ricardo Reyes Calderón


Para Neila, mi esposa y para Sofía, mi hija.

La amistad y el amor son dos joyas demasiado hermosas como para que uno las encuentre tiradas por la calle. Todo lo
grande es costoso
(Martín Descalzo, “Razones para vivir”)

Siempre parece sospechoso algo que signifique un frenético movimiento comercial. Se diría que la sociedad
materialista se vale de los sentires más fuertes para impulsar interesados beneficios monetarios. Amar es todo en la
vida. Pero distinguir qué amores, qué relaciones son benéficas, qué sentires me acercan a la realización y la felicidad,
constituye una empresa muy exigente que solamente se verifica en el conocimiento profundo de sí mismo. Algo que
se venda o se compra por unos billetes no debería ser tomado demasiado en serio. La vida más profunda y auténtica
cuesta demasiado. Nos aproximaremos entonces a unos breves datos que permitan valorar el amor y la amistad.

ARTE DE AMAR
El psicólogo Erich Fromm define el amor como una dinámica de toda la persona que surge de la conciencia de
la propia soledad. El amor es la fuerza existencial, el principio, que procura los contenidos para consolidar la
propia vida necesitada de densidad y de compañías valiosas. Somos el amor que vivimos. Nuestras acciones
productoras de bien se conectan con los fondos amorosos de nuestro ser. Nuestros errores, violencias, mentiras,
incoherencias y egoísmos señalan nuestras carencias vitales no curadas.
El amor no es un afecto pasivo. La vida no se trata de recorrer cientos de objetos para extraerles sus
posibilidades de gratificación emocional. Amar no es beneficiarse pasivamente de lo que creemos nos obsequia
confort y rélax. Amar es más que sentir un goce inmediato procurado por lo amado. Amar no es seleccionar el
amor que definitivamente nos llene. El amor es un arte donde desde el conocimiento propio y del otro necesito
dar sentido e inventar mi existencia. Es una dinámica de construcción del sentido profundo de la vida. Dice
Fromm:
“El amor genuino constituye una expresión de la productividad, y entraña cuidado, respeto, responsabilidad y
conocimiento. No es un «afecto» en el sentido de que alguien nos afecte, sino un esforzarse activo arraigado en
la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento y la felicidad de la persona amada […] La afirmación
de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la propia capacidad de amar, esto es, en
el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento. Si un individuo es capaz de amar productivamente,
también se ama a sí mismo”.
Dependiendo del grado de crecimiento personal, se pueden establecer tipos diferentes de amor, sabiendo que el
amor verdadero nunca es ni interesado, ni destructivo, ni paralizante:
a. Amor narcisista: La palabra viene del mito de Narciso. Se propone el Yo como único centro del mundo. Sólo
se piensa en sí. Amor que no corresponde. Todos los demás, todo lo demás, está supeditado a las propias
exigencias. Amor sin asomo de autocrítica, de respuesta, de diálogo. La sobrevaloración de sí contrasta con la
infravaloración del otro. Amor enfermo imposible de controvertir. Esas personalidades que fingen ser gigantescas,
incontrovertibles, absolutas, incuestionables, representan el narcisismo no superado de la más temprana situación
infantil.
b. Amor egoísta: Yo quiero por interés. Amo con la condición de que me den algo a cambio. Ese “algo” suele ser
material o simplemente emocional inmediato. Tengo miedo de que no me quieran. Amor que somete. Amor que
usa. Amor que desocupa al objeto amado hasta vaciarle todas sus posibilidades de gratificación. Amor
irrespetuoso y posesivo. Amor donde se está bien a cambio de que el otro esté mal.
c. Amor cerrado: Yo quiero al que me quiere. Toda otra relación se vuelve funcional, puntual, intrascendente.
Sólo se ve esa persona, o ese objeto amado, perdiéndose la importancia y la necesidad de todas las demás
relaciones. El amor cerrado suele alimentar sectarismos, relaciones enfermizas de pareja, adicciones donde el
principio de dependencia relativiza todo lo demás. Amor simbiótico que anquilosa y estanca.
d. Amor altruista: Se quiere al otro como es. No importa excesivamente si gusta (parte externa) mucho o no. En
la medida en que lo conozco en profundidad, lo valoro y lo quiero más. Y cuanto más lo quiero, más lo quiero
conocer. Amor donde doy y gano porque me exige ser más, entregarme más, conocer y caminar mejor junto al
otro. Amores que se signan con la eternidad pues están determinados por los valores y las posibilidades más
hondas y positivas del ser. Amor que supera la dependencia, que no cae en la tentación de explotar a los demás,
que crece en autonomía y en capacidad de darse cada vez más. Amor capaz de producir genialidades. Amor que
se corona con la vida maravillosa de hijos que se aman.

EL AMOR PRIMERO
La familia es la matriz de formación del ser humano. El cuidado, el respeto, la responsabilidad y el impulso al
conocimiento nacen y crecen en la familia. Nunca nos podremos alejar de la familia porque es la fuente donde
aprendimos a querernos a nosotros mismos, aprendimos a hacer verdaderos amigos y definimos lo que somos en
congruencia y diferencia con los demás miembros de la familia. La familia determina, para bien y para mal, el
horizonte de posibilidad de desarrollo de todas nuestras dinámicas afectivas. Freud sentencia: “Infancia es destino”.
Somos dependiendo de la experiencia vivida en esa parcela de la niñez determinada por la familia. Bajo un ser
humano muy conflictivo y desdichado siempre se encontrará una familia quebrada, ausente, disfuncional o tóxica.
Cuando encontramos una persona íntegra, equilibrada, creativa, propositiva, abierta, exultante de buena vida, que
no le hace mal a nada y a nadie, tenemos que felicitar a su familia. Las profundidades bondadosas del hombre se
forjan en el crisol de la familia.
Cuando se está triste. Cuando un pretendido amor amarga el corazón. Cuando un fracaso golpea. Cuando pareciera
que todo está gris y sin salida. Cuando la confusión solo deja desespero. Ahí, en las honduras del dolor y la soledad,
volvemos al amor fundante, al amor primero de la familia. Y la familia lo es porque siempre acoge, perdona y
fortalece, haya pasado el tiempo y la distancia que sea. Los lazos de sangre, las relaciones nacidas de la vida familiar,
significan relaciones imperecederas que no se extinguen porque los otros no están en un afuera circunstancial. Los
otros perviven en nuestra profundidad, en la memoria existencial original de nuestro ser. La madre amorosa, el padre
íntegro, el hermano o la hermana solícita y solidaria, el tío amable y comprensivo, la tía alegre y servicial, el primo
afable y divertido, no desaparecen con la muerte pues lo más bello de sus vidas ha sido fijado en la profundidad del
ser de sus hijos, nietos, sobrinos y primos. Todo pasará, pero en todos los momentos y en todos los lugares, lo que
nunca pasa es la familia.

AMISTAD
La amistad sucede en torno a la corresponsabilidad. Las relaciones amistosas se entablan entre pares, entre iguales,
entre personalidades con simetrías que se reconocen y se salvaguardan. Nuestra personalidad se beneficia de los
complementos experienciales, valorativos y cognitivos que nos ofrecen los amigos. Un amigo real me aprecia, me
tiene paciencia, me motiva y me enseña. El diálogo existencial es además reciprocidad donde uno no es más que el
otro. Un amigo no es meramente un cómplice o un eco de mis gustos, aficiones o caprichos. El amigo verdadero
sufre con mi sufrir y me señala los errores, así no sea gustoso. La amistad sabe de crecimiento y vive del diálogo
misericordioso en el que se aprende el perdón.
Habitualmente se define la amistad como una relación de compañerismo, de simpatía, o de camaradería. Los amigos
comparten tiempo, aficiones, gestos, ritos y ocupaciones sociales. Dependiendo de la edad, el enfoque de afectos e
intereses van de la familia (infancia) a los amigos (adolescencia) y de los amigos a la pareja (adultez). Para desgracia
de todos, hay momentos en que si se quiere a la familia no se tienen amigos y se tienen amigos porque somos
grandes y ya no necesitamos de la familia. Y claro, cuando aparece la pasión de pareja, ya no habrá ni familia ni
amigos. Pero estas afirmaciones son equivocadas, niegan la pluridimensionalidad relacional de la persona.
Las relaciones de camaradería no significan verdaderas amistades. No están centradas en los fondos más bondadosos
y sólidos de las profundidades personales. Usualmente se nutren de gustos e intrascendencias que por su fugacidad
y ligereza no aportan para mi crecimiento personal. Ser afines en ideas, música, deporte, opiniones, comidas, ropa
señala nada más, una relación superficial de camaradería, no una amistad verdadera. Esas relaciones fundadas en lo
habitual y superficial, un día ya no estarán y ¡oh, sorpresa!, no nos pasará nada. Uno decide lo esencial de la
existencia desde las profundidades del ser personal íntimo, desde los núcleos de capacidades y valores que
constituyen la identidad personal. Los amigos respetan, acompañan, apoyan, exigen, critican y valoran siempre. Así
cambiemos de partido político, opción religiosa, ocupación o lugar de residencia.
La madurez se refleja en el hecho de que la familia siempre está ahí, los amigos se aprecian en su dimensión de
solidaridad generacional y la relación de pareja constituye el compromiso de unión trascendental que dará como
fruto natural una nueva familia. Amor a sí mismo, amor familiar, amor de amigos y amor de pareja surgen como
dimensiones que no tendrían que cancelarse las unas a las otras. La persona necesita de todos esos amores y no
estará plenamente desarrollada, no será dinámicamente autotrascendente, si no admite, cultiva, fortalece y sana esas
dimensiones afectivas.
Familia, amigos y pareja son horizontes de relación que pueden ser vividos de forma egoísta, superficial o
destructiva, pero que necesitamos sean vivenciados y comprendidos como núcleos de bondad, de crecimiento, de
curación, de solidaridad. Nuestras relaciones realizadas equilibradamente hacen que vivamos en todo tiempo y lugar
un amor que engrandece, que produce un bienestar para sí y para los demás. Un amor por el que se crean nuevas
realidades, nuevas posibilidades. El amor auténtico sabe a la fuerza creacional de la divinidad más que al fuego
impetuoso de las pasiones que rompen, hieren, dañan o ignoran.