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The
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CAPÍTULO UNO
Cuando nací, el nombre de lo que yo era no existía. Me llamaron ninfa,
asumiendo que yo sería como mi madre, mis tías y mis mil primas. Menos de las
diosas menores, nuestros poderes eran tan modestos que apenas podían
asegurar nuestras eternidades. Hablamos con peces y flores cultivadas, sacamos
gotas de las nubes o sal de las olas. Esa palabra, ninfa, recorrió a lo largo y ancho
de nuestros futuros. En nuestro idioma, significa no solo diosa, sino también
novia.
Mi madre era una de ellas, una náyade, guardiana de fuentes y arroyos. Ella
llamó la atención de mi padre cuando él vino a visitar los pasillos de su propio
padre, Océanos. Helios y Océanos estaban a menudo en las mesas del otro en esos
días. Eran primos, e iguales en edad, aunque no lo parecían. Mi padre brillaba
como el bronce recién forjado, mientras que Océanos había nacido con ojos
reumáticos y una barba blanca en su regazo. Sin embargo, ambos eran titanes, y
preferían la compañía del otro a aquellos dioses que reían en el Olimpo y que no
habían visto la creación del mundo.
El palacio de Océanos era una gran maravilla, situado en las profundidades de
la roca de la tierra. Sus pasillos de arcos altos eran dorados, los pisos de piedra
alisados por siglos de pies divinos. A través de cada habitación corría el débil
sonido del río de Océanos, fuente de las aguas frescas del mundo, tan oscura que
no se podía decir dónde terminaba y comenzaba el lecho de roca. En sus orillas
crecían hierbas y suaves flores grises, y también los innumerables hijos de
Océanos, náyades y ninfas y dioses de los ríos. Como nutrias elegantes, riendo,
sus caras brillantes a pesar del polvoriento aire, pasaban copas doradas sobre sí
y luchaban, jugando juegos de amor. En medio de ellos, superando toda la belleza
del lirio, estaba sentada mi madre.
Su cabello era de un marrón cálido, cada mechón tan brillante que parecía
iluminado desde adentro. Ella habría sentido la mirada de mi padre, caliente
como las ráfagas de una hoguera. La veo acomodar su vestido para que cubra sus
hombros. La veo frotar sus dedos, brillando, en el agua. La he visto hacer mil de
esos trucos mil veces. Mi padre siempre se enamoró de ellos. Creía que el orden
natural del mundo era complacerlo.
— ¿Quién es esa? — le dijo mi padre a Océanos.
Océanos ya tenía muchos nietos de ojos dorados de mi padre, y estaba feliz de
pensar en más. —Mi hija Perse. Ella es tuya si la quieres.
Al día siguiente, mi padre la encontró junto a su fuente en el mundo de arriba.
Era un lugar hermoso, lleno de narcisos de cabeza gorda, entretejidos con ramas
de roble. No había barro, ni ranas babosas, solo piedras limpias y redondas que
dan paso a la hierba. Incluso mi padre, que no se preocupaba por las sutilezas de
las artes de ninfa, lo admiraba.
Mi madre sabía que venía. Era frágil, pero astuta, con una mente como una
anguila con dientes de espiga. Ella vio dónde estaba el camino hacia el poder para
personas como ella, y no estaba en bastardos o sentarse a orillas del río. Cuando
él se paró frente a ella, envuelto en su gloria, ella se rio de él. ¿Acostarme contigo?
¿Por qué debería?
Mi padre por supuesto podría haberla tomado cuando él quisiera, pero Helios
se halagó a sí mismo diciendo que todas las mujeres iban ansiosas a su cama,
esclavas y divinidades por igual. Sus altares ahumados con ofrendas, ofrecidas
por madres en cinta.
—Es un matrimonio —le dijo ella a él—, o nada, y si es un matrimonio,
asegúrate de que tengas a las chicas que te gustan en el campo, no llevarás
ninguna a casa, porque solo yo dominaré tus pasillos.
Condiciones. Estas eran novedades para mi padre, y los dioses no aman nada
más que las cosas nuevas. —Es un trato— dijo él, y le dio un collar para sellarlo,
uno que hizo él mismo, colgado con cuentas del ámbar más raro. Más tarde,
cuando nací, él le dio una segunda cuenta y otras más por cada uno de mis
hermanos. No sé qué valora más: las cuentas luminosas o la envidia de sus
hermanas cuando las llevaba. Creo que ella los seguiría coleccionando por la
eternidad hasta que colgaran de su cuello como un yugo en un buey, si los dioses
mayores no la hubieran detenido, para entonces ya habían aprendido lo que
éramos los cuatro. Puedes tener otros hijos, le dijeron, pero no con él. Pero sus
otros esposos no le dieron cuentas de ámbar. Fue la única vez que la vi llorar.
En el momento de mi nacimiento, una tía (Me ahorraré su nombre porque mi
historia está llena de tías) me lavó y me envolvió. Otra atendió a mi madre,
pintándole de rojo los labios, cepillándole el cabello con peines de marfil, una
tercera fue a la puerta para dejar entrar a mi padre.
—Una niña. —Mi madre le dijo, arrugando la nariz.
Pero a mi padre no le importaban sus hijas, que tenían un temperamento dulce
y eran doradas como la primera prensa de aceitunas. Los hombres y los dioses
pagaban caro la oportunidad de reproducirse de su sangre, y se dijo que el tesoro
de mi padre rivalizaba con el del rey de los dioses. Puso su mano sobre mi cabeza
en bendición.
—Ella hará un buen partido —dijo.
— ¿Qué tan bueno? —Quiso saber mi madre. Tal vez sería un consuelo si
pudiera negociar por algo mejor.
Mi padre lo consideró, tocando las briznas de mi cabello, examinando mis ojos
y la forma de mis mejillas.
—Un príncipe, creo.
—¿Un príncipe? —dijo mi madre —¿Te refieres a un mortal?
La repulsión era evidente en su cara. Una vez, cuando era pequeña, pregunté
qué aspecto tenían los mortales. Mi padre dijo: —Puedes decir que tienen forma
de nosotros, pero solo como el gusano tiene la forma de una ballena.
Mi madre había sido más simple: —Como bolsas salvajes de carne podrida.
—Seguramente se casará con un hijo de Zeus —insistió mi madre. Ya había
comenzado a imaginarse a sí misma en las fiestas en el Olimpo, sentada a la
derecha de la reina Hera.
—No. Su pelo está marcado como un lince. Y su barbilla. Hay una nitidez que
no es agradable.
Mi madre no discutió más. Como todos, conocía las historias del
temperamento de Helios cuando él se cruzaba. Aunque brille como el oro, no
olvides su fuego.
Ella se puso en pie, su vientre se había ido, su cintura había sido retorcida, sus
mejillas frescas y de rosa virgen. Todos nos recuperamos rápidamente, pero ella
era aún más rápida, una de las hijas de Océanos que dispara a sus bebes como un
corzo.
Crecí rápidamente. Mi infancia fue el trabajo de horas, mi niñez unos
momentos más allá de eso. Una tía se quedó esperando ganarse el favor de mi
madre y me llamó Halcón, Circe, por mis ojos amarillos y el extraño y delgado
sonido de mi llanto. Pero cuando se dio cuenta de que mi madre no notaba más
su servicio que el suelo a sus pies, desapareció.
— Madre— dije —. La tía se ha ido.
Mi madre no respondió. Mi padre ya se había ido a buscar su carro en el cielo,
y ella estaba enrollando su cabello con flores, preparándose para salir a través
de las vías secretas del agua, para unirse a sus hermanas en sus riberas cubiertas
de hierba. Podría haberlo seguido, pero luego habría tenido que sentarme todo
el día a los pies de mis tías mientras me contaban cosas que no me importaban y
no podía entender. Así que me quedé.
Los pasillos de mi padre eran oscuros y silenciosos, su hogar era vecino al de
Océanos, enterrado en la roca y sus paredes estaban hechas de obsidiana pulida.
¿Por qué no? Estás podrían haber sido de cualquier cosa en el mundo, mármol
rojo sangre de Egipto o bálsamo de Arabia, mi padre solo tenía que desearlo, pero
a él le gustaba la forma en que la obsidiana reflejaba su luz. La forma en que su
superficie pulida se incendiaba cada vez que pasaba. Por supuesto, él no
considero que tan negro iba a estar cuando él se fuera. Mi padre nunca había sido
capaz de imaginar mundo sin él mismo en el.
Podía hacer lo que me gustaba en esos momentos, encender una antorcha y
correr para ver las llamas oscuras siguiéndome, acostarme en el suelo de tierra
y hacer pequeños agujeros en la superficie con mis dedos. No había larvas ni
gusanos, aunque no sabía cómo extrañarlos, nada vivía en esos pasillos excepto
nosotros.
Cuando mi padre regresó en la noche el suelo ondulaba como el fleco de un
caballo, y los agujeros que había hecho se alisaban. Un momento después volvió
mi madre oliendo a flores. Ella corrió a saludarlo y él la dejo colgar de su cuello,
aceptó el vino y fue a su gran silla de plata. Lo seguí pisándole los talones.
Bienvenido a casa padre, bienvenido a casa.
Mientras él bebía su vino, jugaba damas, ninguno tenía permitido jugar con él.
Colocó los mostradores de piedra, giró el tablero y los volvió a colocar. Mi madre
empapó su voz en miel.
— ¿No vendrás a la cama, mi amor? —Ella se volvió hacia él lentamente,
mostrando la exuberancia de su figura como si se estuviera asando en un asador.
La mayoría de las veces dejaba su juego entonces, pero a veces no lo hacía, y esos
eran mis momentos favoritos, porque mi madre se iba, cerrando de golpe la
puerta de madera de mirra.
A los pies de mi padre, el mundo entero estaba hecho de oro. La luz vino de
todas partes a la vez, su piel amarilla, sus centellantes ojos, el brillante bronce de
su cabello, su carne estaba caliente como un brasero, y me apegué tan cerca como
él me dejaba, como un lagarto a las rocas del mediodía. Mi tía había dicho que
algunos dioses menores apenas podrían soportar mirarlo, pero yo era su hija y
su sangre, lo miré a la cara durante tanto tiempo que cuando aparté la vista,
seguía presionando mi visión, brillando desde el cielo, las paredes brillantes y
las tablas con incrustaciones, incluso mi propia piel.
— ¿Qué pasaría —dije —, si un mortal te mirara en tu completa gloria?
— Él se incendiaría hasta las cenizas en segundos.
— ¿Qué pasa si un mortal me mira a mí?
Mi padre sonrió. Escuche cómo se movían las piezas, el familiar raspado del
marfil contra la madera. —El mortal podría considerarse afortunado.
— ¿No lo quemaría?
—Claro que no —dijo él.
—Pero mis ojos son como los tuyos.
—No —dijo él —. Mira. — Su mirada cayó sobre un tronco al lado de la
chimenea, brillaba, luego flameaba, luego caía como ceniza al suelo. —Y ese es el
menor de mis poderes. ¿Puedes hacer tanto?
Toda la noche miré esos troncos.
No pude. Mi hermana nació, y mi hermano poco después de eso. No puedo
decir cuánto tiempo fue exactamente. Los días divinos caen como el agua de una
catarata, y todavía no había aprendido el truco mortal de contarlos. Pensarías
que mi padre nos hubiera enseñado mejor, porque él, después de todo, conoce
cada amanecer. Pero incluso él solía llamar gemelos a mi hermano y hermana.
Ciertamente, desde el momento del nacimiento de mi hermano, estaban
entrelazados como visones. Mi padre los bendijo a ambos con una mano.
—Tú —le dijo a mi luminosa hermana Pasifae —. Te casarás con un hijo eterno
de Zeus. —Usó su voz de profecía, la que hablaba de futuras certezas. Mi madre
se alegró al escucharlo, pensando en las ropas que usaría para las fiestas de Zeus.
—Y tú—le dijo a mi hermano, en su voz regular, resonante, claro como una
mañana de verano —. Cada hijo se parece a su madre. — Mi madre se mostró
complacida por esto y como el permiso para nombrarlo, ella lo llamó Perses.
Los dos eran inteligentes y vieron rápidamente cómo estaban las cosas. Les
encantaba burlarse de mí detrás de sus patas de armiño. Sus ojos son amarillos
como la orina, su voz es chillona como una lechuza, se llama Halcón, pero debería
llamársela Cabra por su fealdad.
Esas fueron los primeros insultos, aun insípidas, pero día tras día se
agudizaron. Aprendí a ignorarlos, y pronto encontraron el mejor juego entre los
infiernos y los señores de los ríos en las salas de Océanos. Cuando mi madre se
acercó a sus hermanas, ellos la siguieron y establecieron el dominio sobre
nuestros dóciles primos, hipnotizándolos como pequeños peces ante la punta del
arpón. Tenían un centenar de juegos tormentosos que idearon. Ven, Melia, la
persuadieron. Es la moda del Olimpo cortarte el pelo hasta la nuca. ¿Cómo podrás
conseguir un marido si no nos dejas hacerlo? Cuando Melia se vio despojada como
un erizo y lloró, se rieron hasta que las cavernas hicieron eco.
Los dejé hacerlo, prefería pasar en los tranquilos pasillos de mi padre y pasar
cada segundo que pudiera a los pies de mi padre. Un día, tal vez como
recompensa, se ofreció a llevarme con él para visitar su manada sagrada de
vacas. Este fue un gran honor, ya que significaba que podía viajar en su carro
dorado y ver a los animales que eran la envidia de todos los dioses, cincuenta
novillas blancas que deleitaban su ojo en su camino diario por la tierra. Me
incliné sobre el lado enjoyado del carro, observando con asombro la tierra que
pasaba por debajo: el rico verde de los bosques, las montañas escarpadas y el
ancho azul del océano. Busqué a los mortales, pero estábamos demasiado arriba
para verlos.
La manada vivía en la isla herbosa de Trinacia con dos de mis medias
hermanas como cuidadoras. Cuando llegamos estas hermanas corrieron de
inmediato hacia padre y colgaron de su cuello exclamando. De todos los
hermosos hijos de mi padre, estaban entre los más hermosos, con piel y cabello
como oro fundido, Lampetia y Faetusa, se llamaban. Radiante y Brillante.
— ¿Y a quién has traído contigo?
—Ella debe ser una de las hijas de Perse, mírale los ojos.
— ¡Por supuesto! —Lampetia (creo que era Lampetia) acariciaba mi cabello
—. Cariño tus ojos no son nada de qué preocuparse, nada en absoluto. Tu madre
es muy hermosa pero nunca ha sido fuerte.
—Mis ojos son como los tuyos—dije.
— ¡Qué dulce! No, querida, los nuestros son brillantes como el fuego y
nuestros cabellos como el sol sobre el agua.
—Eres lista al mantener el tuyo en una trenza—dijo Faetusa—. Las rayas
marrones no lucen tan mal en ella, es una lástima que no puedas esconder tu voz
de la misma manera.
—Ella nunca podría hablar de nuevo. Eso sería bueno ¿No es así?
—Si. —Ellas sonrieron. — ¿Vamos a ver a las vacas?
Yo nunca había visto una vaca antes, de cualquier tipo, pero no importaba: los
animales eran obviamente tan hermosos que no necesitaba comparación. Sus
abrigos eran puros como pétalos de lirio y sus ojos suaves y de largas pestañas.
Sus cuernos estaban dorados (eso era lo que decían mis hermanas) Y cuando se
inclinaban para cortar la hierba, sus cuellos se hundían como bailarines. En la luz
del atardecer, sus espaldas destellaban, brillantes y suaves.
— ¡Oh! —dije — ¿Puedo acariciar una?
—No —dijo mi padre.
— ¿Te decimos sus nombres? Ella es Cara blanca, esa es Ojos brillantes, esa
Cariño, es Chica Amorosa, Bonita, Cuerno de oro, Reluciente, esa es Cariño y ahí
esta…
—Ya nombraste a Cariño —dije—. Dijiste que una era Cariño—Señale a la
primera vaca que masticaba en calma.
Mis hermanas se miraron la una a la otra, luego a mi padre, una sola mirada
dorada. Pero él estaba mirando a sus vacas abstraído por su gloria.
—Debes estar equivocada —dijeron—. Este que acabamos de decir es
Querida, este Estrella brillante y este otro es Parpadeo y…
Mi padre dijo— ¿Qué es esto? ¿Sarna sobre Bonita?
Inmediatamente mis hermanas cayeron en cuenta— ¿Sarna? ¡Oh no puede
ser! Oh perversa Bonita, debiste haberte lastimado, ¡Oh cosa mala, estás herida!
Me incline para ver, era una costra muy pequeña, más pequeña que la uña más
pequeña, pero mi padre fruncía el ceño. —Lo arreglarán para mañana.
Mis hermanas agitaron sus cabezas. Por supuesto, por supuesto, lo sentimos
mucho.
Volvimos a subir al carro y mi padre tomo las riendas. Mis hermanas
presionaron sus últimos besos en sus manos, luego los caballos saltaron y nos
alzaron por el cielo. Las primeras constelaciones ya estaban apareciendo a través
de la tenue luz.
Recordé como mi padre me había dicho una vez que en la tierra había hombres
llamados astrónomos cuya tarea era hacer un seguimiento de cuando él se ponía
en el cielo y cuando se ocultaba. Tenían la más alta estima entre los mortales,
mantenidos en palacios como consejeros del rey, pero a veces mi padre se
demoró en una cosa u otra tirando sus cálculos a la desesperación. Luego esos
astrónomos fueron arrastrados ante los reyes a los que sirvieron y fueron
asesinados por fraude. Mi padre había sonreído cuando me lo dijo. Era lo que se
merecían, dijo, Helios el Sol no estaba atado a ninguna voluntad más que la suya
y nadie podría decirle lo que haría.
—Padre—dije ese día — ¿Llegamos lo suficientemente tarde para que así
maten astrónomos?
—Si —respondió, sacudiendo las riendas. Los caballos avanzaron, y el mundo
se empañó debajo de nosotros, las sombras de la noche fumando desde la orilla.
No miré. Había una sensación retorcida en mi pecho, como si se secara la tela.
Estaba pensando en esos astrónomos. Los imaginé, pequeños como gusanos,
hundidos y doblados. Por favor, lloraban, de rodillas, no fue culpa nuestra, el sol
mismo llegó tarde.
El sol nunca llega tarde, respondieron los reyes desde sus tronos. Es una
blasfemia decir eso, ¡Van a morir! Y así las hachas cayeron y partieron a esos
suplicantes cuerpos en dos.
—Padre—dije —. Me siento extraña.
—Estás hambrienta— dijo —. Ya es hora del banquete, tus hermanas deberían
avergonzarse de sí mismas por retrasarnos.
Comí bien en la cena, pero el sentimiento persistió, y tuve que tener una
mirada extraña en mi cara porque Perses y Pasifae comenzaron a reírse desde
su sofá — ¿Te tragaste una rana?
—No —dije.
Esto solo los hizo reír más fuerte, frotándose sus extremidades cubiertas como
serpientes puliendo sus escamas. Mi hermana dijo — ¿Y cómo eran las novillas
doradas de nuestro padre?
—Hermosas.
Perses rio. — ¡Ella no lo sabe! ¿Alguna vez has escuchado a alguien tan
estúpido?
—Nunca. —Mi hermana dijo.
No debería haber preguntado, pero todavía estaba vagando en mis
pensamientos, al ver esos cuerpos cortados y tendidos en el suelo de mármol. —
¿Qué es lo que no sé?
La cara de visón perfecta de mi hermana. —Que él tiene sexo con ellos, por
supuesto. Así es como hace los nuevos. Se convierte en toro y cría sus terneros,
luego cocina los que envejecen. Es por eso que todos piensan que son inmortales.
—No lo hace.
Chillaron, señalando mis mejillas enrojecidas, el sonido atrajo a mi madre, ella
amaba a mis hermanos.
—Le estamos diciendo a Circe sobre las vacas —le dijo mi hermano —. Ella no
lo sabía.
La risa de mi madre era plateada como las rocas de una fuente. —Circe
estúpida.
Tales fueron mis años entonces. Me gustaría decir que todo el tiempo esperé
a salir, pero la verdad es que me temo que podría haber flotado, creyendo que
esas miserias aburridas eran todo lo que había hasta el final de los días.
CAPÍTULO DOS
Llegó el rumor de que uno de mis tíos iba a ser castigado. Yo no lo conocía,
pero había oído a mi familia susurrar su nombre una y otra vez. Prometeo.
Mucho tiempo atrás, cuando los hombres aún estaban en sus cuevas temblando,
él desafió la voluntad de Zeus y les dio el regalo del fuego. De sus llamas
surgieron las artes y gracias de la civilización que Zeus celosamente trató de
esconderles. Por tal rebeldía Prometeo fue enviado a vivir en el pozo más
profundo del inframundo hasta que fuese ideado un tormento más adecuado. Y
ahora Zeus había anunciado que el momento había llegado.
Mis otros tíos corrieron al palacio de mi padre, con sus barbas en el aire,
temores derramándose de sus bocas. Eran un grupo poco heterogéneo: hombres
del rio con músculos como troncos de árboles, empapados dioses-sirena con
cangrejos colgando de sus barbas, fibrosos ancianos con carne de foca entre los
dientes. Muchos de ellos no eran en verdad tíos, sino más bien tátara-primos.
Ellos eran Titanes como mi padre y abuelo, como Prometeo, los remanentes de
la guerra entre los dioses. Aquellos que no estaban rotos o encadenados, que
habían hecho la paz con los rayos de Zeus.
En el amanecer del mundo, había solo Titanes. Entonces mi tío-abuelo Cronos
oyó una profecía sobre su hijo, quien un día le quitaría el trono. Cuando su
esposa, Gea, dio a luz a su primer bebé, Cronos lo arrancó de sus brazos y se lo
tragó entero. Nacieron otros cuatro niños, y él se los comió de igual manera,
hasta que, al fin en desesperación, Gea envolvió una roca y se la dio a su esposo
para que la tragara en su lugar. Cronos fue engañado, y el bebé que sobrevivió,
Zeus, fue llevado al Monte Dikteon para que fuese criado en secreto. Cuando este
creció, se apropió del rayo del cielo y forzó a su padre a comer hierbas venenosas,
haciéndolo vomitar a sus otros hijos e hijas que vivían en el estómago de su
padre. Todos se pusieron del lado de su hermano, llamándose a sí mismos los
dioses del Olimpo, como el monte en el que colocaron sus tronos.
Los dioses antiguos se dividieron. Muchos unieron fuerzas con Cronos, pero
mi padre y mi abuelo se unieron a Zeus. Se dijo que fue porque Helios siempre
odió el orgullo jactancioso de Cronos; otros susurraban que su don de la profecía
le permitió ver como terminaría la guerra. Las batallas llenaron los cielos; el aire
mismo ardía, y dioses se desgarraban la carne entre ellos. La tierra estaba
empapada de gotas de sangre hiriendo tan fuerte que las flores más raras crecían
donde estas caían. Al final, la fuerza de Zeus prevaleció. Acabó con aquellos que
lo condenaron al encadenamiento, y quitó los poderes de los Titanes
sobrevivientes, entregándoselos a sus hermanos y hermanas y los niños que el
mismo crio. Mi tío Nereo que una vez reinó los mares, fue ahora lacayo de su
nuevo dios, Poseidón. Mi tío Proteo perdió su palacio, tomaron a sus esposas y
las convirtieron en esclavas. Mi padre y mi abuelo fueron los únicos que no
sufrieron pérdidas y conservaron sus lugares.
Fue una burla para los Titanes. ¿Acaso debían estar agradecidos? Helios y
Océanos cambiaron la marea de la guerra, todos lo sabían. Zeus debía de
haberlos cargado con nuevos poderes, nuevos equipos, pero tenía miedo, ya que
la fuerza que ellos tenían se comparaba con la suya propia. Se voltearon a mi
padre, esperando su protesta, su gran y resplandeciente fuego. Pero Helios
regresó a sus pasillos bajo la tierra, a donde la mirada de Zeus no podía
alcanzarlo.
Pasaron los siglos. Las heridas de la tierra habían curado y la paz reinaba. Pero
el rencor de los dioses era inmortal como sus huesos y carne, y en las noches de
banquete mis tíos se reunían junto a mi padre. Amaba como bajaban la mirada
cuando le hablaban, como se quedaban atentos y en silencio cuando él se
removía en su asiento. Los jarros de vino se vaciaban y las antorchas menguaban.
Ya habían esperado demasiado, susurraban mis tíos, somos fuertes otra vez.
Imagina lo que tu fuego puede hacer si lo liberas. Eres el más grande de la antigua
sangre, incluso más grande que Océanos. Más grande que el mismo Zeus, si solo
lo quisieras.
—Hermanos —dijo mi padre sonriendo — ¿De qué estamos hablando? ¿Acaso
no hay humo y saboreo para todos? Zeus lo hace bastante bien.
De haber oído Zeus, habría estado satisfecho. Pero él no podía ver lo que yo
veía en el rostro de mi padre. Esas palabras sin decir que quedaban colgadas.
Zeus lo hace bastante bien, por ahora.
Mis tíos frotaron sus manos y sonrieron como respuesta. Se alejaron con
esperanza, pensando que no podían esperar a que los Titanes reinaran otra vez.
Esa fue mi primera lección. Debajo de la cara suave y familiar de las cosas hay
algo más que espera para desgarrar el mundo en dos.
Ahora mis tíos se agrupaban en los pasillos de mi padre, con miedo
revolviéndose en sus ojos. El repentino castigo de Prometeo era una señal,
decían, que Zeus y los suyos al final actuarían en nuestra contra. Los dioses del
Olimpo nunca serian verdaderamente felices hasta vernos destruidos. Debemos
aliarnos con Prometeo, o no, debemos ponernos en su contra, y alejar el rayo de
Zeus de nuestras cabezas.
Me encontraba en mi lugar habitual a los pies de mi padre. Yacía en silencio,
para que no me descubrieran y ordenaran retirarme, pero sentía mi pecho pesar
con esa abrumadora posibilidad: la guerra otra vez. Nuestros pasillos explotados
con rayos, Atenea, la hija guerrera de Zeus, dándonos caza con su lanza plateada,
su hermano en la matanza, Ares, a su lado. Seriamos encadenados y condenados
a fosas en llamas de las que no había escape.
—Venga, hermanos —dijo mi padre con calma entre ellos —. Si han de castigar
a Prometeo, es solo porque se lo ha ganado. No hay necesidad de conspiraciones.
Pero mis tíos se preocuparon. El castigo ha de ser púbico. Es un insulto, una
lección que nos quieren enseñar. Mira lo que sucede cuando los Titanes no
obedecen.
La luz de mi padre se volvía afilada y de borde blanco. —Será el castigo de un
renegado y nada más. Prometeo fue guiado por el mal camino por su tonto amor
hacia los mortales. Aquí no hay lección alguna para los Titanes. ¿Lo entienden?
Mis tíos asintieron. En sus rostros, la decepción mezclada con alivio. No habría
sangre, por ahora.
El castigo de un dios era algo raro y terrible, y los rumores corrieron salvajes
por nuestros pasillos.
Prometeo no podía morir, pero había muchos tormentos infernales que
podían ocupar el lugar de la muerte. ¿Habría cuchillos y espadas, o extremidades
arrancadas? ¿Clavos al rojo vivo o una rueda de fuego? Los señores del rio se
posaron, sus rostros oscuros en emoción. No puedes entender cuanto los dioses
le temen al dolor. Nada hay más ajeno para ellos, por lo que nada más que
anhelen tanto ver.
El día fijado, las puertas del pasillo recibidor de mi padre estaban abiertas de
par en par. Grandes antorchas incrustadas con joyas brillaban desde las paredes
y a su luz se reunían las ninfas y dioses de cada variedad. Las esbeltas dríadas
salieron de sus bosques, y las oureas pedregosas bajaron de sus riscos. Mi madre
estaba allí con sus hermanas náyades; los dioses del rio con hombros de caballo
se acumularon junto a las ninfas de agua y sus señores de sal. Incluso los grandes
Titanes se presentaron: mi padre, por supuesto, y Océanos, pero también el
cambia-formas Proteo y Nereo del Mar; mi tía Selene, que monta a sus caballos
de plata a través del cielo nocturno; y los cuatro Vientos liderados por mi tío
Bóreas. Mil ojos vividos. Los únicos ausentes eran Zeus y los del Olimpo. Habían
desdeñado nuestras reuniones bajo la tierra. Se decía que ellos ya habían tenido
su sesión privada de tormento en las nubes.
A cargo del castigo estaba una Furia, una de las diosas infernales de la
venganza que habitaban entre los muertos. Mi familia estaba en su lugar usual
de preeminencia, y yo estaba de pie en el frente de la gran multitud, mis ojos
fijados en la puerta. Detrás de mí las náyades y los dioses del rio se empujaban y
susurraban. Oí que tenían serpientes por cabello. No, tenían colas de escorpión,
y de sus ojos goteaba sangre.
El camino a la puerta estaba vacío. Y de pronto ya no lo estaba. Su rostro era
gris y despiadado, como tallado en roca viva, y de su espalda se alzaban alas
negras. De sus labios se asomaba una lengua bífida. De su cabeza crecían
serpientes, verdes y delgadas como gusanos, como listones girando en su cabello.
—Traigo al prisionero.
Su voz hizo eco en los techos, un aullido crudo, como un perro en la caza
llamando a su manada. Entro a zancadas en la sala. Sostenía en su mano derecha
un látigo, la punta áspera raspaba contra el suelo. En su otra mano una larga
cadena estirada, y al final de esta la seguía Prometeo.
Una gruesa venda cubría sus ojos y solo vestía los restos de una túnica
alrededor del pecho. Sus manos y pies estaban también encadenados, y sin
embargo nunca tropezó. Oí decir a una de mis tías detrás de mí que las esposas
habían sido hechas por el gran dios de los herreros, el mismo Hefesto, por lo que
ni Zeus podría romperlas. La Furia se elevó con sus alas de buitre y colocó las
esposas altas en la pared. Prometeo quedo colgando de ellas, con los brazos
tensos, los huesos marcándosele en la piel. Incluso yo, que sabía tan poco sobre
la incomodidad, sentía dolor al verlo.
Creí que mi padre diría algo. O uno de los otros dioses. Seguro lo reconocerían
de algún modo, unas palabras amables, ellos eran su familia después de todo.
Pero Prometeo quedo colgando solo y en silencio.
La Furia no se molestó en hablar. Era una diosa del tormento y entendía que
elocuente podía ser la violencia. El sonido del látigo sonó como ramas de roble
quebrándose. Los hombros de Prometeo se sacudieron y un tajo se abrió en un
lado de su cuerpo, largo como mi brazo. Oí a mí alrededor alientos aspirados
como agua en rocas calientes. La Furia alzó de nuevo su látigo.
Crack. Apareció una sangrienta herida en su espalda. Empezó a escarbar con
más decisión, un latigazo detrás del otro, pelando su carne en largas líneas que
le cruzaban la espalda en todas las direcciones.
Solo se oía el chasquido del látigo y la ahogada respiración de Prometeo. Los
tendones resaltaban en su cuello. Alguien comenzó a empujarme por detrás,
buscando una vista mejor.
Las heridas de los dioses sanan rápidamente, pero la Furia conocía su negocio,
y trabajó más rápido. Dio latigazo tras latigazo, hasta que el cuero estuvo
empapado. Yo sabía que los dioses podían sangrar, pero nunca lo había visto. Él
era uno de los más grandes de nuestra especie, y las gotas que caían de él eran
doradas, haciendo brillar su espalda con una horrible belleza.
Y la Furia siguió con los latigazos. Pasaron horas, quizá días. Pero ni los dioses
pueden mirar una tortura por el resto de la eternidad. La sangre y la agonía se
volvieron tediosas. Recordaron la comodidad, el placer que les esperaba en los
banquetes, los suaves divanes purpuras, listos para envolver sus extremidades.
Uno por uno se empezó a alejar, y luego del último latigazo, la Furia los siguió, ya
que merecía un festín por tal trabajo.
La venda que cubría ojos de mi tío se deslizo de su rostro. Sus ojos estaban
cerrados, y su barbilla caía en su cuello. De su espalda caían. Había oído decir a
mis tíos que Zeus le había dado la oportunidad de rogar en sus rodillas por un
castigo menor. Él se negó.
Era la única que quedaba. El olor a hondura impregnaba el aire, espeso como
la miel. Los ríos de sangre coagulada todavía se marcaban en sus piernas. El
pulso me latía en las venas. ¿Sabía él que estaba aquí? Me acerqué con cuidado
hacia él. Su pecho subía y bajaba con un suave sonido rasposo.
—¿Señor Prometeo? —Mi voz era aguda en el eco de la habitación.
Su cabeza se inclinó hacia mí. Abiertos, sus ojos eran atractivos, rodeados de
largas y oscuras pestañas. Sus mejillas sin barba eran suaves, y sin embargo
había algo en él que era tan anciano como mi abuelo.
—Puedo traerte néctar —le dije.
Su mirada se posó en la mía. —Te lo agradecería— me dijo. Su voz resonaba
como madera añeja. Era la primera vez que la oía; no había emitido un sonido en
todo su tormento.
Di la vuelta. Mi respiración estaba acelerada mientras caminaba a través de los
corredores hasta la habitación del festín, llena de dioses y sus carcajadas. Al otro
lado de la habitación, la Furia estaba brindando con un cáliz inmenso con la
cabeza de un gorgón en relieve. No le había prohibido a nadie el hablar con
Prometeo, pero no significaba nada, se dedicaba a la ofensa. Imaginé su infernal
voz, aullando mi nombre. Imaginé esposas alrededor de mis muñecas y el látigo
contra mi espalda atravesando el aire. Pero mi imaginación no llegaba más lejos.
Nunca había sentido un latigazo, ni sabía de qué color era mi sangre.
Temblaba tanto que tuve que llevar el jarro con las dos manos. ¿Qué diría si
alguien me detenía? Pero encontré los corredores en silencio mientras los
cruzaba.
En el gran salón, Prometeo estaba en silencio en sus cadenas. Sus ojos estaban
cerrados de nuevo, y sus heridas brillaban a la luz de las antorchas. Titubeé.
—Yo no duermo — dijo— ¿Me podrías levantar la copa?
Me sonrojé. Claro que no podía levantarla por sí mismo. Di un paso adelante,
tan cerca que podía sentir el calor emanando de sus hombros. El suelo estaba
mojado con la sangre derramada. Levante la copa hacia sus labios y lo dejé beber.
Vi como su garganta se movía suavemente. Su piel era hermosa, del color de la
nuez molida. Olía como el musgo empapado en la lluvia.
—Eres una hija de Helios, ¿no? — dijo. Cuando se terminó la copa, me alejé un
paso atrás.
—Si—le respondí. De haber sido una hija propia, no tendría que haber
preguntado. Yo habría sido perfecta y reluciría con belleza heredada
directamente de mi padre.
—Gracias por tu amabilidad.
No sabía si yo estaba siendo amable, sentía que no sabía nada. Él hablaba con
cuidado, casi con tentación, sin embargo, su traición había sido tan descarada. Mi
mente no comprendía esa contradicción.
Acciones atrevidas y maneras atrevidas no son lo mismo.
—¿Tienes hambre? —le pregunte —. Puedo traerte comida.
—No creo que vuelva a tener hambre jamás.
No pretendía dar lastima, como lo hubiese hecho un mortal. Nosotros los
dioses comemos como dormimos: porque es uno de los grandes placeres, no
porque tengamos que hacerlo. Podemos decidir cualquier día que no
obedeceremos a nuestros estómagos, si somos lo suficientemente fuertes. No
tenía duda de que Prometeo lo era. Después de todas esas horas a los pies de mi
padre, había aprendido a reconocer el poder donde estaba. Algunos de mis tíos
tenían menos esencia que las sillas en las que se sentaban, pero el aroma de mi
abuelo era profundo como el lodo de un rio, y el de mi padre como las llamas de
un fuego recién alimentado. El aroma de Prometeo como musgo verde llenaba la
habitación.
Observe la copa vacía, juntando coraje.
—Ayudaste a los mortales —le dije—, por eso te castigaron.
—Así es.
—¿Puedes decirme como es un mortal? — Era una pregunta infantil, pero el
asintió.
—No hay una sola respuesta. Todos son diferentes. Lo único que tienen en
común es la muerte. ¿Has odio esa palabra antes?
—Sí —respondí —. Pero no entiendo lo que quiere decir.
—Ningún dios puede. Sus cuerpos se descomponen y van a lo profundo de la
tierra. Sus almas se convierten en humo frío y vuelan al inframundo. Allí no
comen nada, no beben nada y no sienten calor. Cada cosa que parece que pueden
alcanzar se les escapa de los dedos.
Un escalofrió me recorrió la espalda.
—¿Cómo lo toleran?
—Lo mejor que pueden.
Las antorchas se apagaban, y las sombras nos sobreponían como agua oscura.
—¿Es verdad que te negaste a rogar por perdón? ¿Y que no te atraparon, sino
que confesaste a Zeus lo que habías hecho?
—Así es.
—¿Por qué? —pregunté.
Su mirada se detuvo en la mía.
—Tal vez tú puedas decirme. ¿Por qué haría un dios algo así?
Yo no tenía una respuesta. Parecía simple locura el invitar al castigo divino,
pero no podía decirle eso, no mientras estuviese de pie en su sangre.
—No todos los dioses tienen que ser iguales.
De haber respondido algo, no sé qué hubiese sido. Un grito en la distancia
resonó en el corredor.
—Es momento de que te vayas. A Alecto no le gusta dejarme por mucho
tiempo. Su crueldad crece rápido como la hierba y en cualquier momento ha de
cortarla de nuevo.
Era una extraña manera de ponerlo, ya que él era quien terminaría cortado.
Pero me gustó, como si sus palabras fuesen secretas. Algo que parecía una roca,
pero en su interior encontrabas una semilla.
—Me iré, entonces— dije— ¿Tú … estarás bien?
—Lo suficiente —dijo— ¿Cuál es tu nombre?
—Circe.
¿Acaso fue eso una pequeña sonrisa? De seguro me alago demasiado a mí
misma. Todo lo que había hecho me dejó temblando, era más de lo que jamás
había hecho en mi vida. Me di vuelta y lo dejé, regresando por esos corredores
de obsidiana. En la sala del banquete, los dioses seguían bebiendo y riéndose,
sentados unos en los regazos de otros. Los observé. Esperé a que alguien
recalcara mi ausencia, pero nadie lo hizo, porque nadie notó que me fui. ¿Y por
qué lo notarían? Yo no era nada, una roca. Otra niña de una ninfa entre los miles
de miles.
Un extraño sentimiento crecía en mi interior. Como un murmuro en mi pecho,
como abejas durante el deshielo de invierno. Caminé hasta la tesorería de mi
padre, llena de sus brillantes riquezas: copas de oro con la forma de cabezas de
toro, collares de lapislázuli y ámbar, tridentes plateados, cuencos cincelados en
cuarzo con asas de cuello de cisne. Mi favorito siempre había sido la daga con un
lado de marfil tallado como la cara de una leona. Un rey se la había dado a mi
padre con la esperanza de ganársele un favor.
—¿Y se lo ganó? — pregunté una vez a mi padre.
—No — me respondió él.
Tomé la daga. En mi habitación, el borde de bronce brillaba a la luz cónica y la
leona mostraba los dientes. Allí yacía en la palma de mi mano, sueva y sin funda.
No se le veía una cicatriz, ninguna herida resaltaba. Otro terror que me atrapó:
que la hoja no pudiera cortar. Que atravesaría mi cuerpo, como si callera en
humo.
No lo hizo. Me piel se abrió con el toque de la hoja, y el dolor se sintió caliente
y de plata como un rayo golpeando. La sangre que emanó era roja, porque no
tenía el poder de mi tío. La herida sangró por un tiempo antes de empezar a
sanarse a sí misma. Me senté a observarla, y mientras miraba encontré algo
nuevo en mi mente. Me avergüenza admitirlo, pareciendo tan rudimentario,
como una niña descubriendo que su propia mano es suya. Pero así era yo en
aquella época, una niña.
La idea era esta: que toda mi vida había sido turbia y profunda, pero yo no
formaba parte de esa agua oscura. Yo era la criatura en ella.
CAPÍTULO TRES
Cuando desperté, Prometeo se había ido. Habían limpiado la sangre dorada
del suelo. Los agujeros que las esposas habían dejado en la pared se sellaron. Oí
las noticias de una prima náyade: lo estaban llevando al pico dentado en el
Cáucaso y encadenado a la piedra. Se le encomendó a un águila ir cada día y abrir
su hígado y comérselo hervido de su carne. Un castigo innombrable, me dijo ella,
saboreando cada detalle: el pico sangriento, el órgano desgarrado volviendo a
crecer solo para ser arrancado nuevamente. ¿Puedes imaginarlo?
Cerré los ojos. Debería de haberle llevado una lanza, pensé, algo para que
pudiera defenderse. Pero era algo tan tonto. No quería un arma, si él ya se había
rendido.
El constante hablar del castigo de Prometeo duró lo que dura la luna en el cielo.
Una dríada había apuñalado a una Gracia con su broche de pelo. Mi tío Bóreas y
Apolo del Olimpo se habían enamorado del mismo joven mortal. Esperé a que
mis tíos dejaran de rumorear.
— ¿Hay alguna noticia de Prometeo? —Ellos fruncieron el ceño, como si les
hubiese ofrecido algo podrido en un plato.
—¿Qué noticias podría haber?
En la palma de mi mano sentí una picazón donde me había cortado la hoja,
aunque claro, no había marca.
—Padre — dije— ¿Crees que Zeus dejará que Prometeo se vaya?
Mi padre entrecerró los ojos.
—Solo si encuentra algo mejor para él — me respondió.
—¿Algo como qué?
Mi padre no respondió. La hija de alguien fue transformada en un pájaro.
Bóreas y Apolo pelearon por el joven que amaban, y este murió. Bóreas sonrió
astuto desde su diván. Su voz borrascosa hizo la luz de las antorchas parpadear.
—¿Creen que dejaría que Apolo se lo quedara? Él no merece una flor así. Puse
un pequeño encanto en la cabeza del muchacho, para que viera que tan pedante
era el del Olimpo.
Las risas de mis tíos eran un caos, los chillidos de delfines, de las ballenas, el
agua contra las rocas. Un grupo de nereidas pasaron, blancas como una anguila,
de camino a casa a sus habitaciones de sal.
Perses arrojó una almendra a mi rostro.
—¿Qué te sucede estos días?
—Quizá está enamorada —dijo Pasifae.
—¡Ja! —se rio Perses —. Padre ni siquiera puede entregarla. Y créeme que lo
ha intentado.
Mi madre miró sobre su hombro.
—Al menos nosotros no escuchamos su voz.
—Yo puedo hacerla hablar. Observa. —Perses pellizcó la piel de mi brazo.
—Has estado festejando demasiado— rio mi hermana. Él se sonrojó.
—Ella está muy rara. Está escondiendo algo. —Me agarró por la muñeca. —
¿Qué es eso que llevas siempre entre las manos? Tiene algo. Ábrele la mano.
Pasífae abrió mis dedos uno por uno, con sus largas uñas. Ambos se asomaron.
Mi hermana escupió.
—Nada.
Mi madre tuvo otro parto, un niño. Mi padre lo bendijo, pero no hubo profecía,
por lo que mi madre miro a su alrededor, buscando a alguien a quien dejárselo.
Mis tías eran más sabias ahora y escondieron sus manos detrás de sus espaldas.
—Yo lo tomaré —dije.
Mi madre se burló, pero ella estaba ansiosa por presumir su nuevo collar de
perlas de ámbar.
—Bien, al menos serás de algún uso. Pueden graznarse entre ustedes.
Mi padre lo nombró Eetes. Águila. Su piel era cálida en mis brazos como una
roca al sol y suave como un pétalo de terciopelo. Nunca ha habido un niño más
dulce. Su aroma era como el de la miel y las llamas recién encendidas. Comía de
mis dedos y no se sobresaltaba con mi voz frágil. Lo único que quería hacer era
dormir acurrucado contra mi cuello mientras yo le narraba historias. Cada
momento que estaba conmigo, sentía un tirón en mi garganta, que era mi amor
por él, tan grande que a veces no me permitía hablar.
Mi amor parecía ser reciproco, esa era la mejor de las maravillas. Circe fue la
primera palabra que pronunció, y la segunda fue hermana. Mi mamá hubiese
estado celosa, de haberse enterado. Perses y Pasífae nos observaban, para ver si
empezaríamos una guerra. ¿Una guerra? A nosotros no nos interesaba. Padre
permitió a Eetes abandonar las salas y buscarnos una orilla desierta. La playa era
pequeña y pálida y los arboles apenas asomaban, pero a mí me pareció un gran
desierto exuberante.
En un parpadeo él había crecido y era más alto que yo, pero nosotros
seguíamos caminando tomados del brazo. Pasífae insinuó que parecíamos una
pareja de enamorados. ¿Seríamos esa clase de dioses, que se emparejaban con
sus propios hermanos? Respondí que, si ella ya estaba pensando en eso, seguro
lo habría hecho primero. Fue un insulto algo torpe, pero Eetes rio, lo que me hizo
sentir rápida como Atenea, la diosa del ingenio.
Se dijo, más tarde, que Eetes era raro por mi culpa. No puedo probar que no lo
era. Pero según recuerdo él ya era raro, diferente a cualquier dios que hubiese
conocido antes. Incluso cuando era pequeño, parecía entender lo que otros no
entendían. Podía nombrar a los monstruos que habitaban en los recovecos más
oscuros del océano. Sabía que las hierbas que Zeus hizo tragar a Cronos se
llamaban pharmaka1. Podían hacer maravillas por el mundo, y muchas habían
crecido de la sangre derramada de los dioses.
Yo siempre sacudía la cabeza.
—¿Dónde oyes esas cosas?
—Yo escucho.
Yo también escuchaba, pero no era la heredera favorecida de mi padre. Eetes
era convocado a sentarse en cada concejo. Mis tíos habían empezado a invitarlo
a sus cámaras. Yo esperaba en mi habitación a que regresara, así podíamos ir
juntos a esa orilla desértica y sentarnos en las rocas, con el mar a nuestros pies.
Apoyaría mi mejilla en su hombro y el me haría preguntas en las que nunca había
pensado y que apenas entendía, como: ¿Cómo se siente tu divinidad?
1
Termino que se refiere a medicamento.
—¿Qué quieres decir? — le respondí.
—Mira —dijo él —. Te diré como se siente la mía. Como una columna de agua
que vierte incesantemente sobre sí misma, y es transparente todo el camino
hasta las rocas. Ahora, tú.
Intente con unas respuestas: como la brisa de un risco. Como una gaviota,
gritando desde su nido. Él siempre negaba.
—No. Solo estas diciendo eso por las cosas que dije antes. ¿Cómo se siente, de
verdad? Cierra los ojos y piensa.
Cerré los ojos. De haber sido una mortal, habría oído el latir de mi corazón.
Pero los dioses tenemos venas lentas, y la verdad es que no podía oír nada. Pero
odiaba decepcionarlo. Presioné mi mano contra mi pecho, y luego de un
momento me pareció sentir algo.
—Una cascara—dije.
—¡Bien! — Eetes sacudió sus dedos en el aire. —¿Como de una almeja o de
una ostra?
—Una ostra.
—¿Y que hay dentro de esa cascara? ¿Un caracol?
—Nada—dije —. Aire.
—No son lo mismo —me dijo él —. La nada es el vacío, mientras que el aire lo
llena todo. Es respiración y vida, y espíritu, las palabras que hablamos.
Mi hermano, el filósofo. ¿Saben cuántos dioses son filósofos? Yo solo he
conocido a uno. El cielo azul se arqueaba sobre nosotros, pero yo estaba en esa
vieja cámara de nuevo, con las esposas y la sangre.
—Tengo un secreto—dije.
Eetes alzo las cejas, como entretenido. Creyó que bromeaba. Yo nunca había
sabido nada que él no supiera antes.
—Es de antes de que nacieras.
Mientras le contaba sobre Prometeo, Eetes nunca me dirigió la mirada. Su
mente trabajaba mejor, siempre decía, cuando no tenía distracciones. Sus ojos
estaban fijos en el horizonte. Eran agudos como el águila por la que había
recibido su nombre, y podían perforarlo todo, como agua pinchando un cuenco
con fugas.
Cuando terminé, se quedó en silencio por un tiempo. Al fin, dijo:
—Prometeo era un dios de la profecía. Él debía saber que sería castigado, y
como. Y lo hizo de todas formas.
No lo había pensado. Mientras Prometeo tomaba la llama para la humanidad,
él debía de saber que era el camino hacia el águila y el desolado, eterno risco.
Cuando le pregunte si iba a estar bien, él me respondió: Lo suficiente.
—¿Quién más sabe de esto?
—Nadie más.
—¿Estás segura? —Su voz tenía una urgencia a la que no estaba
acostumbrada — ¿No se lo has dicho a nadie?
—No —dije— ¿A quién se lo diría? ¿Quién me habría creído?
—Es cierto —asintió—. No se lo puedes decir a nadie. No puedes volver a
hablar de esto, siquiera conmigo. Tienes suerte de que Padre no se haya
enterado.
—¿Crees que se habría enojado tanto? Prometeo es su primo.
Eetes rio.
—Todos somos primos, incluidos los del Olimpo. Harías a Padre verse como
un tonto que no puede controlar ni su propia descendencia. Te arrojaría a los
cuervos.
Sentí como mi estómago se retorcía con pavor, y mi hermano se rio de mi
expresión.
—Exacto— dijo él — ¿Y para qué? Si de todas formas están castigando a
Prometeo. Déjame darte un consejo. La próxima vez que vayas a desafiar a los
dioses, hazlo por un mejor motivo. Odiaría ver a mi hermana reducida a cenizas
sin motivo.
Pasífae contrajo matrimonio. Ella lo había estado buscando por un largo
tiempo, sentada en el regazo de mi padre y ronroneando cuanto quería tener un
niño. Mi hermano Perses estaba listo para ayudar, brindando en cada comida por
su nubilidad.
—Minos— dijo mi padre desde su diván —. Un hijo de Zeus y rey de Creta.
—¿Un mortal? —Mi madre se sentó derecha —. Tu habías dicho que sería un
dios.
—Dije que sería un hijo eterno de Zeus, y lo es.
Perses no parecía contento. —Danos una profecía. ¿Morirá?
Una luz en la habitación, que ardió como el corazón mismo del fuego.
—¡Suficiente! Minos reinará sobre todas las otras almas mortales en la vida
después de la muerte. Se hablará de él durante siglos. Está arreglado.
Ni mi hermano ni mi madre se atrevieron a decir otra palabra. Eetes atrapó
mi atención, y oí sus palabras como si las hubiese pronunciado. ¿Lo ves? No era
motivo suficiente.
No esperaba que a mi hermana le gustara su destino elegido. Pero cuando la
miré, ella estaba sonriendo. No sabía que significaba; mi mente estaba siguiendo
otra línea de pensamiento. Un rubor me recorrió toda la piel. Si Minos estuviese
ahí, también lo estaría su familia, su corte, sus consejeros, sus vasallos y
astrónomos, sus asistentes, sus sirvientes y sub-sirvientes. Todos ellos criaturas
por las que Prometeo había dado su eternidad. Mortales.
El día de la boda, mi padre nos llevó a través del mar en su carruaje dorado. El
banquete seria en Creta, en el palacio que Minos tenía en Cnosos. Las paredes
acababan de ser enyesadas y en cada superficie colgaban brillantes flores; los
tapices brillaban con el más rico azafrán. Los titanes no eran los únicos invitados.
Minos era un hijo de Zeus, y todos los del Olimpo lame-botas también irían a
rendir homenaje. Las largas galerías se llenaron rápidamente con dioses en toda
su gloria, mostrando sus adornos, riendo, intercambiando miradas para ver
quien había sido invitado. El grupo más grande se juntaba alrededor de mi padre,
inmortales de todo tipo empujándose para felicitarlo por su increíble alianza.
Mis tíos estaban particularmente contentos: Zeus no nos atacaría mientras el
matrimonio durara.
Desde su tarima nupcial Pasifae brillaba como fruta recién cortada. Su piel
estaba dorada, y cabello del color del sol sobre el bronce pulido. A su alrededor
revoloteaban cien ninfas, cada una más desesperada que la anterior por decirle
que tan hermosa se veía.
Yo me quedé atrás, lejos del tumulto. Frente a mi pasaban Titanes: mi tía
Selene; mi tío Nereo arrastrando algas; Mnemosine, madre de las memorias, y
sus nueve hijas de pies livianos. Mis ojos daban vueltas, buscando algo.
Los encontré al final de la galería. Un grupito de figuras, sus cabezas se
mezclaban. Prometeo me había dicho que eran todos diferentes, pero yo solo
veía una multitud indistinguible, todos con la misma piel sudada y plana, las
mismas batas arrugadas. Me acerqué. Sus cabellos colgaban lacio, su piel caía
suavemente sobre sus huesos. Traté de imaginarme como seria acercarme a
ellos, esa piel moribunda tocando mi mano. Esa idea me dio un escalofrío.
Entonces ya había escuchado las historias que circulaban entre mis primos,
sobre lo que podrían hacer a las ninfas que encontraban solas. Las violaciones,
los secuestros, los abusos. Me parecía difícil de creer. Se veían tan débiles como
setas. Mantenían sus cabezas bajas, escondiéndose de esas divinidades. Los
mortales tenían sus propias historias, después de todo, de qué sucedía con
aquellos que se mezclaban con los dioses. Una mirada enferma, una pisada en el
lugar incorrecto, tales cosas podían atraer muerte y aflicción sobre sus familiares
por una docena de generaciones.
Era como una cadena de miedo, pensé. Zeus en la cima y mi padre justo debajo
de él. Luego los hermanos de Zeus y sus hijos, luego mis tíos, y más abajo todos
los tipos de dioses de los ríos, y Furias y Vientos y Gracias, hasta el fondo, donde
nos sentábamos, las ninfas y los mortales juntos, observándonos entre nosotros.
Eetes me tomó del brazo.
—No hay mucho que ver, ¿verdad? Vamos, encontré a los del Olimpo.
Lo seguí, con la sangre latiendo en mí. Nunca había visto uno antes, esas
deidades que reinaban desde sus tronos celestiales. Eetes me arrastró a una
ventana para observar una corte que deslumbraba como el sol. Y allí estaban:
Apolo, dios de la lira y del arco reluciente. Su hermana melliza Artemisa, la
despiadada cazadora. Hefesto, el herrero de los dioses, que había hecho las
cadenas que mantenían a Prometeo quieto. Poseidón, cuyo tridente comandaba
las olas, y Deméter, la dama de la generosidad, cuyas cosechas alimentan a todo
el mundo. Me los quedé mirando, como se movían con elegancia en su poder. El
aire mismo parecía dejar lugar donde ellos caminaban.
—¿Ves a Atenea? —susurré. Siempre me habían gustado sus historias. La
guerrera de ojos grises, diosa de la sabiduría, cuya mente era más aguda que el
rayo.
Pero ella no estaba aquí. Tal vez, dijo Eetes, ella es demasiado orgullosa para
caminar entre los titanes. Tal vez ella era demasiado sabia para dar halagos como
una entre la multitud. O tal vez ella si estaba allí, pero se escondía de los ojos de
otras divinidades. Ella era una de las más poderosas del Olimpo, ella podría
haberlo hecho, y así observar a los poderes de ahora, y escuchar nuestros
secretos.
Mi cuello giró como el de un ganso con esa idea.
—¿Crees que incluso ahora nos está escuchando?
—No seas tonta. Ella está aquí por los grandes dioses. Mira, Minos está
entrando.
Minos, el rey de Creta, hijo de Zeus y una mujer mortal. Un semidiós les
llamaban a los suyos, ellos mismos mortales, pero bendecidos con ascendencia
divina. Se alzaba sobre sus consejeros, con el pelo espeso como un cepillo
enmarañado y el pecho ancho como la cubierta de un barco. Sus ojos me
recordaron las salas de obsidiana de mi padre, brillando oscuramente debajo de
su corona dorada. Sin embargo, cuando colocó su mano sobre el delicado brazo
de mi hermana, de repente parecía un árbol en invierno, desnudo y arrugado,
pequeño. Él lo sabía, creo, y frunció el ceño, lo que hizo que mi hermana se
sintiera aún más fascinada. Ella sería feliz aquí, pensé. O preeminente, que era lo
mismo para ella.
—Allí —dijo Eetes, acercándose a mi oído—. Mira.
Estaba señalando a un mortal, un hombre al que no había visto antes, algo
separado del resto. Era joven, con la cabeza afeitada al estilo egipcio, la piel de
su rostro se acomodaba con comodidad en sus líneas. Me gustó. Sus ojos claros
no estaban distorsionados por el vino como los de todos los demás.
—Pero claro que te gusta— dijo Eetes—. Es Dédalo. Es una de las maravillas
del mundo mortal, un artesano casi igual a un dios. Cuando sea yo rey, yo también
me rodearé de tales glorias.
—¿Es eso cierto? ¿Y cuándo serás tú rey?
—Pronto —dijo—. Padre me dará un reino.
Creí que bromeaba.
—¿Y podré yo vivir allí?
—No —respondió —. Será para mí. Tendrás que conseguirte el tuyo.
Su brazo rodeaba el mío como solía hacerlo, pero de pronto todo era diferente,
su voz nadando libre, como si fuésemos dos criaturas atadas a diferentes
cuerdas, en lugar del uno al otro.
—¿Cuándo? —pregunté ahogándome.
—Cuando esto termine. Padre planea llevarme derecho.
Lo dijo como si solo fuese un punto de menor interés. Sentí que me estaba
convirtiendo en piedra. Me agarré a él.
—¿Cómo has podido no decírmelo? —comencé —. No puedes abandonarme.
¿Qué podré yo hacer? Tú no sabes cómo eran las cosas antes de que…
Él soltó los brazos de mi cuello.
—No hay necesidad de crear tal escena. Sabías que este momento llegaría. No
puedo dejar toda mi vida pudrirse bajo tierra, con nada que sea mío propio.
¿Y qué hay de mí? Quise preguntar. ¿He de pudrirme yo?
Pero se había alejado para hablar con uno de mis tíos, y tan pronto como la
pareja de novios estuvo en su habitación, se subió al carro de mi padre. En un
remolino de oro, se había ido.
Perses se fue unos días después. Nadie se sorprendió, los pasillos de mi padre
estaban vacíos para él sin mi hermana. Dijo que iba hacia el este, para vivir entre
los persas. Su nombre es como el mío, dijo fastuosamente. Y oigo que crían
criaturas llamadas demonios, me gustaría ver una.
Mi padre frunció el ceño. Perses había perdido su favor cuando se burló de él
con Minos.
—¿Por qué tendrían ellos demonios y nosotros no?
Perses no se molestó en responder. Iría por el agua, no necesitaba que mi
padre lo escoltara. Al menos ya no tendré que oír esa voz tuya, fue lo último que
me dijo.
En un par de días, mi vida había dado vuelta. Era de nuevo una niña, esperando
a que mi padre moviera su carruaje, mientras mi madre descansaba a las orillas
de los ríos de Océanos. Yo me acostaba en nuestras galerías vacías, mi garganta
rasposa de la soledad, y cuando ya no podía tolerarlo más, huía donde antes
estaba Eetes y mi vieja orilla desierta. Ahí encontraba piedras que Eetes había
tocado. Camine sobre la arena que sus pies habían pisado. Claro que él no podía
quedarse. Él era un hijo divino de Helios, listo y brillante, ingenioso, que podía
aspirar a más. ¿Y yo?
Recordaba sus ojos cuando le supliqué. Lo conocía bien, y podía leer lo que
pensaba cuando me miraba a los ojos. No era motivo suficiente.
Me senté en las rocas pensando en las historias que conocía de ninfas que
lloraron hasta que se convirtieron en piedras o pájaros llorones, en bestias
tontas y arboles delgados, con sus pensamientos ladrados por la eternidad.
Parece que yo ni eso podía hacer. Mi vida me encerró en paredes de granito.
Debería haber hablado con los mortales, pensé. Podría haberles rogado por un
esposo. Era una hija de Helios, seguro al menos uno de esos salvajes me hubiese
tomado. Cualquier cosa sería mejor que esto.
Y entonces vi el bote.
CAPÍTULO CUATRO
Ya había visto barcos en pinturas, los conocía por las historias. Eran dorados
y grandes como leviatanes, sus rieles tallados en cuernos de marfil. Estaban
revolcados por alegres delfines o bien tripulados por cincuenta nereidas de
cabello negro, con rostros plateados como la luz de la luna.
Este tenía un mástil delgado como el tronco de un árbol joven. Su vela colgaba
sesgada, los lados tenían parches. Recuerdo el nudo que se me hizo en la garganta
cuando el marinero alzó su rostro. Estaba quemado, y brillaba con el sol. Un
mortal.
Los mortales se estaban esparciendo por el mundo. Habían pasado años desde
que mi hermano había descubierto esa tierra desierta para divertirnos. Me
escondí detrás de un pico y observé como el hombre miraba a su alrededor,
pateando rocas y aullándole a las redes. No se parecía en nada a los nobles bien
arreglados de la corte de Minos. Su cabello era largo y negro, empapado con el
roció de las olas. Sus ropas eran viejas, y su cuello estaba herido. En sus brazos
se veían heridas donde las escamas de pescado lo habían cortado. No se movía
con gracia natural, sino con fuerza limpia, como si lo llevaran las olas.
Podía oírme el pulso en los oídos. De vuelta pensé en esas historias de ninfas
abducidas y abusadas por mortales. Pero el rostro de este hombre esa suave en
su juventud, y sus manos solo parecían ligeras, no crueles. De todos modos, mi
padre estaba sobre mí, llamado el Observador. Si yo estuviese en peligro, el
vendría.
Para entonces él ya se había acercado a la orilla para entonces, bajando al agua,
siguiendo a un pez que yo no alcanzaba a ver. Respiré hondo y empecé a caminar
hacia la playa.
—Saludos, mortal.
Él sacudía sus redes, pero no la soltó.
—Saludos—dijo — ¿A qué diosa me dirijo?
Su voz era suave en mis oídos, dulce como el viento de verano.
—Circe —le dije.
—Ah.
Dejó el rostro en blanco atentamente. Me dijo más tarde que lo hizo porque no
había oído de mí, y temía ofenderme. Se arrodillo en las tablas.
—Mi más reverenda dama. ¿Acaso atravieso tus aguas?
—No —dije —. Yo no poseo aguas. ¿Es eso un barco?
Varias expresiones atravesaron su rostro, pero yo no podía leerlas.
—Lo es —dijo.
—Me gustaría navegar en el— dije.
Él titubeo, entonces se dirigió hacia la orilla, pero yo no sabía esperar. Caminé
entre las olas hasta él y me subí. Sentí el calor de la cubierta a través de mis
sandalias, y el movimiento era agradable, una ondulación tranquila, como
montar una serpiente.
—Procede —dije.
Qué rígida estaba, vistiendo mi dignidad divina que ni siquiera sabía que
usaba. Y él estaba aún más rígido. Temblaba cada vez que mi manga rozaba la
suya. Sus ojos se desviaban cada vez que me dirigía a él. Me di cuenta que
reconocía tales gestos. Yo misma los habían hecho miles de veces, para mi padre,
y mi abuelo, y todos esos poderosos dioses que se me cruzaban por mis días. La
gran cadena del miedo.
—Oh, no — le dije —. Yo no soy así. Casi ni poderes tengo y no podría herirte.
Estate cómodo como estás.
—Gracias, gentil diosa.
Pero lo dijo con tan poca intención que tuve que reír. Fue esa risa, más que mi
protesta, lo que lo hizo relajarse. Pasaron unos momentos, y comenzamos a
hablar sobre las cosas a nuestro alrededor: el pez saltando, un pájaro
sumergiéndose frente a nosotros. Le pregunté cómo estaban formadas sus redes,
y me dijo, calentando el tema, que él las cuidaba mucho. Cuando le dije el nombre
de mi padre, lo vi mirar al sol y temblar peor que nunca, pero al final del día no
se había soltado ninguna ira, y él se arrodillo a mis pies y me dijo que yo había
de haber bendecido sus redes, ya que estas estaban más llenas de lo que jamás
habían estado.
Miré su cabello espeso y negro, brillando a la luz del atardecer, sus hombros
fuertes arqueándose bajo. Esto era lo que esos dioses en nuestras galerías
ansiaban tanto, tal adoración. Se me ocurrió que tal vez él no lo estaba haciendo
bien, o más probablemente, yo no lo había hecho bien. Lo único que quería era
ver su rostro de nuevo.
—Levántate— le dije —. Por favor. Yo no he bendecido tus redes, no tengo
ningún poder que me permita hacerlo. Yo nací de náyades, que gobiernan solo el
agua fresca, yo no he de poseer si quiera de sus más pequeños dones.
—Aun así —dijo el— ¿He de regresar? ¿Estarás aquí? Ya que no he conocido
jamás una cosa tan maravillosa como lo eres tú.
Había estado yo de pie bajo la luz de mi padre. Había sostenido a Eetes en mis
brazos, y mi cama había sido envuelta con mantas de la lana más gruesa tejidas
por manos inmortales. Pero no fue hasta ese momento que creo que me sentí
cálida por dentro.
—Sí —le dije —. Estaré aquí.
Su nombre era Glaucos, y vino cada día. Consigo trajo pan, que yo nunca había
probado, y queso, que si había probado, y aceitunas, que me gustó mucho verlo
morder. Le pregunte por su familia, y me contó que su padre era un hombre viejo
y amargado, siempre armando escándalos y preocupándose por la comida, y su
madre solía preparar hierbas simples, pero ahora estaba acabada de tanto
trabajo, y su hermana ya tenía cinco hijos y estaba siempre enferma y enojada.
Todos ellos iban a perder la cabaña si no podían pagar a su Señor el tributo que
recolectaba.
Nadie había confiado tanto en mí nunca. Bebí de cada historia como un
remolino se traga las olas, aunque apenas podía entender lo que querían decir,
pobreza y esfuerzos y terror humano. Lo único claro para mí era el rostro de
Glaucos, su atractiva frente y ojos serios, algo húmedos por sus penas, pero
sonrientes cada vez que me miraban.
Amaba verlo en sus tareas diarias, que hacía con sus propias manos en lugar
de con un parpadeo de poder: remendando las redes, limpiando la cubierta del
bote, salpicando el pedernal. Cuando hacia fuego, empezaba laboriosamente con
pequeñas partes de musgo seco, luego las ramas más pequeñas, después más
largas, construyéndolo más y más hacia arriba. Este arte tampoco conocía. La
lana con la que mi padre tejía debía de estar desenredada para que él la usara.
Me vio observándolo y se frotó las manos con callos conscientemente.
—Sé que te resulto feo.
No, pensé yo. Las galerías de mi abuelo están llenas de ninfas resplandecientes
y dioses de las aguas musculosos, pero yo preferiría verte a ti que a alguno de
ellos.
Negué con la cabeza.
Él suspiró. —Debe ser genial el ser un dios y que nada te deje una marca.
—Mi hermano una vez me dijo que se siente como el agua. —Él lo pensó un
segundo.
—Sí, creo que lo entiendo. Como si estuvieses rebosando, como un vaso lleno
hasta el borde. ¿Qué hermano es ese? No lo habías mencionado antes.
—Se fue lejos para ser Rey. Su nombre es Eetes. —El nombre se sintió extraño
en mi boca después de tanto tiempo. —Hubiese ido con él, pero no me lo
permitió.
—Suena como un tonto —dijo Glaucos.
—¿A qué te refieres? — Él alzo su mirada a la mira.
—Eres una diosa dorada, hermosa y amable. De tener yo a tal como hermana,
nunca la dejaría.
Nuestros brazos a veces se rozaban mientras él trabajaba en el riel del barco.
Cuando nos sentábamos, mi vestido se acomodaba sobre sus pies. Su piel era
cálida y algo rugosa. A veces dejaba caer algo, así él podría juntarlo y nuestras
manos se tocarían.
Ese día estaba de rodillas en la playa, preparando el fuego para cocinar su
almuerzo. Seguía siendo lo que más me gustaba verlo hacer, ese simple milagro
mortal de pedernales y chispas. El cabello le colgaba con sudor en los ojos, y sus
mejillas brillaban con la luz de las llamas. Me encontré pensando en mi tío, que
le había dado ese regalo.
—Lo conocí una vez. —dije. Glaucos había abierto a la mitad un pescado y lo
estaba asando.
—¿A quién?
—A Prometeo —dije—. Cuando Zeus lo castigó, yo le llevé néctar.
Él me miró.
—Prometeo —dijo.
—Si. —Él nunca era tan lento. — El portador del fuego.
—Esa es una historia de hace docenas de generaciones.
—Más que una docena —dije —. Cuidado, tu pez.
La estaca se le había caído de la mano, y el pescado se estaba ennegreciendo
en el carbón. Él no lo rescató. Sus ojos estaban fijos en los míos.
—Pero si tú tienes mi edad.
Mi rostro lo había engañado, yo me veía tan joven como él. Me reí.
—No, no tengo tu edad.
Había estado encorvado de un lado, sus rodillas tocaban las mías. Ahora se
había parado de golpe, tratando de alejarse de mí tan rápido que sentí el frio
donde había estado. Me sorprendió.
—Esos años no fueron nada — le dije —. Apenas les di uso. Tú conoces tanto
el mundo como lo hago yo.
Traté de alcanzar su mano. Él me la quitó y se alejó.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Qué edad tienes? ¿Cien años, doscientos?
Casi me rio de nuevo. Pero su cuello estaba rígido, y sus ojos muy abiertos. El
pescado se hacía humo en el fuego entre nosotros. Le había contado tan poco
sobre mi vida. ¿Qué más podía tener para contarle? Solo la misma crueldad, los
mismos desprecios a mis espaldas. En aquellos días, mi madre estaba de un
humor especialmente molesto. Mi padre había empezado a preferir sus damas a
mi madre, y su veneno caía sobre mí. Siempre fruncía la boca cuando me veía.
Circe es sosa como una roca. Circe posee menos ingenio que el suelo mismo. Al
cabello de Circe le falta brillo, es como el de un perro. Si tengo que oír esa voz rota
suya una vez más. De todos nuestros niños, ¿Por qué fue ella la que nos quedó?
Nadie la va a querer. Si mi padre había oído, no lo mostró, solo seguía moviendo
las piezas de su juego de aquí para allá. En los viejos tiempos yo me arrastraría
a mi habitación con las marcas de lágrimas en mis mejillas, pero desde que
Glaucos había llegado, todos eran abejas sin aguijón.
—Lo siento — le dije —. Era solo una broma estúpida. Nunca lo conocí,
desearía haberlo hecho. No temas, tenemos la misma edad.
Lentamente relajó su postura. Soltó la respiración.
—Ja — dijo—. ¿Te lo imaginas? ¿Si de verdad hubieses estado viva en esos
tiempos?
Se terminó su comida. Tiró las escamas a las gaviotas, y luego las ahuyentó
hasta que volaron. Se volteó y me sonrió, su silueta dibujada contra las olas
plateadas, con sus hombros alzándose bajo su túnica. No importaba cuantos
fuegos lo viese hacer, nunca volví a hablar de mi tío.
Un día, el bote de Glaucos apareció tarde. No lo ancló, solo se quedó de pie en
la cubierta, con el rostro rígido y severo. Tenía un moretón en su mejilla, oscuro
como una tormenta. Su padre lo había golpeado.
Mi pulsó saltó.
—Debes descansar. Siéntate a mi lado, te traeré agua.
—No — dijo, su voz era ruda, como nunca la había oído—. Ni hoy ni nunca
más. Padre dijo que he estado holgazaneando y que ya no tenemos nada.
Moriremos de hambre y es por mi culpa.
—Aun así, siéntate, déjame ayudarte —le dije.
—No hay nada que puedas hacer — me dijo—. Tu misma lo dijiste. Tú no
tienes ningún poder.
Lo vi partir. Me volví rápidamente y corrí al palacio de mi abuelo. Atravesé los
caminos arqueados, hasta la galería de las mujeres, con el repiqueteo de las
lanzaderas y los cálices y el resonar de brazaletes en las muñecas. Más allá de las
náyades, más allá de las nereidas y las dríadas, hasta el asiento de roble en el
estrado, donde mi abuela reinaba.
Tetis, se llamaba, gran nodriza de las aguas del mundo, nació como su esposo
en los albores de la Madre Tierra. Sus túnicas se acurrucaban azules a sus pies, y
alrededor del cuello llevaba envuelta en una serpiente de agua como una
bufanda. Ante ella había un telar dorado que sostenía tejido. Su rostro era viejo,
pero no marchito. Innumerables hijas e hijos habían nacido de su vientre
fluyente, y sus descendientes todavía venían a ella para su bendición. Yo misma
me había arrodillado ante ella una vez. Ella había tocado mi frente con las puntas
de sus suaves dedos. Bienvenida, niña.
Ahora estaba de nuevo de rodillas ante ella.
—Soy Circe, hija de Perse. Debes ayudarme. He conocido a un mortal que
necesita peces del mar. No puedo bendecirlo, pero tú puedes.
—¿Es este mortal noble? —preguntó.
—En naturaleza —le dije—. Es pobre en posesiones, pero rico en espíritu y
coraje, y es brillante como una estrella.
—¿Y qué te ha ofrecido a cambio?
—¿Qué me ha ofrecido? — Ella sacudió la cabeza.
—Querida, siempre deben ofrecer algo, incluso algo pequeño, aunque solo sea
vino volcado en tus fuentes, o luego olvidaran ser agradecidos.
—Yo no tengo ninguna fuente y no necesito ninguna gratitud. Por favor. Jamás
lo volveré a ver si no me ayudas.
Ella me miró y suspiró. Debía de haber oído tales suplías mil veces. Es algo que
los mortales y los dioses compartíamos. Cuando somos jóvenes, creemos que
somos los primeros en sentir cada sentimiento del mundo.
—Te concederé lo que me pides y llenaré sus redes. Pero a cambio, vas a
prometerme que no has de yacer con él. Sabes que tu padre planea emparejarte
con algo mejor que un pescador.
—Lo prometo —dije.
Vino surfeando a través de las olas, gritando mi nombre. Sus palabras se
abalanzaban sobre sí mismas. Siquiera tuvo que trabajar las redes, dijo. Los
pescados habían saltado por si mismos a la cubierta, grandes como vacas. Su
padre estaba tranquilo, y la colecta había pagado, con crédito para el año
siguiente. Se arrodilló ante mí, con la cabeza gacha.
—Gracias, diosa. — Traté de levantarlo de sus rodillas.
—No me agradezcas a mí, fue el poder de mi abuela.
—No. —Él tomó mis manos. — Fuiste tú. Fuiste quien la persuadió. Circe,
milagro, bendición de mi vida, me has salvado.
El presionó su cálida mejilla contra mi mano. Sus labios acariciaron mis dedos.
—Desearía ser un dios —respiró—. Así podría agradecerte como lo mereces.
Dejé que sus rizos envolvieran mis dedos. Deseé ser una diosa de verdad así
podría darle ballenas en platos de oro, y así nunca me dejaría ir.
Cada día nos sentemos juntos a hablar. Él estaba lleno de sueños, esperanza
de que cuando fuese más viejo él tendría su propio bote, y su propia cabaña en
lugar de la de su padre.
—Y tendré siempre un fuego — me dijo—, ardiendo siempre para ti. Si me lo
permites.
—Preferiría que me dejaras una silla —dije —. Así yo podría ir a hablar
contigo.
Él se sonrojó y yo lo hice también. Nunca me había juntado con mis primos,
esos dioses de anchos hombros y delicadas ninfas, cuando hablaban del amor.
Nunca me había arrastrado con un pretendiente hasta un rincón privado. No
sabía lo suficiente siquiera para saber qué era lo que quería. Si nuestras manos
se tocaban, si me inclinaba por un beso, entonces, ¿Qué pasaría?
Él me estaba observando, su rostro era como la arena, mostrando cien
diferentes expresiones.
—Tu padre…—dijo, tartamudeando un poco, ya que hablar de Helios siempre
lo ponía nervioso. — ¿Él te va a elegir un esposo?
—Sí —le dije.
—¿Qué clase de esposo?
Creí que me pondría a sudar. Así que me obligue a decir la verdad, que mi
padre estaba buscando entre los príncipes, o tal vez un rey que fuese extranjero.
Él bajó la mirada hacia sus manos.
—Por supuesto —dijo—. Por supuesto. Eres muy querida para él.
No lo corregí. Volví a las galerías de mi padre esa noche y me arrodillé a sus
pies y le pregunté si era posible convertir en dios a un mortal.
Helios frunció el ceño con irritación a sus damas.
—Sabes que no, a menos que este marcado en su destino. Ni yo puedo cambiar
las leyes de los Destinos.
No dije más. Mis pensamientos se arremolinaban. Si Glaucos permanecía
mortal, entonces envejecería, y si envejecía moriría, y vendría un día en el que
yo llegaría a esa orilla y él no. Prometeo me lo había dicho, y yo no había
entendido. Que tonta había sido. Que tonta y estúpida. En pánico, regresé
corriendo con mi abuela.
—Ese hombre — dije, casi ahogándome—. Morirá.
Su taburete era de roble, envuelto en los tejidos más suaves. La lana en sus
dedos era del verde del mar. La estaba devanando en su lanzadera.
—Oh, mi nieta —dijo—. Claro que morirá. Él es un mortal, y esa es su carga.
—No es justo —dije—. No puede ser.
—Esas son dos cosas diferentes— dijo mi abuela.
Todas las náyades relucientes habían abandonado sus charlas para
escucharnos. Puse más presión.
—Debes ayudarme —le dije—. Gran diosa, ¿No puedes llevarlo a tus
recamaras y hacerlo eterno?
—No puedo hacer tanto.
—Lo amo — dije—. Tiene que haber una forma.
Ella suspiro.
—¿Tienes una idea de cuantas ninfas antes que tú han pedido lo mismo y
acabado decepcionadas?
No me interesaban esas ninfas. Ellas no eran hijas de Helios, criadas con
historias sobre partir el mundo en dos.
—No hay algún tipo de… no se la palabra. Algún aparato. Algún trato con las
Moiras, algún truco, algún pharmaka…
Era la palabra que había usado Eetes, cuando habló de las hierbas con poderes
magníficos, que crecían de la sangre derramada de los dioses.
La serpiente de mar alrededor del cuello de mi abuela se desenroscó y sacó
una lengua negra de su boca en punta. Su voz era grave y sonaba enojada.
—¿Te atreves a hablar de eso?
El repentino cambio me sorprendió.
—¿Hablar de qué?
Pero ella se estaba levantando, toda su altura revelándose ante mí.
—Niña, he hecho por ti todo lo que he podido, y no hay más nada que hacer.
Vete de aquí, y que no te dejes oír de esa malicia de nuevo.
Mi cabeza retumbaba, mi boca se fruncía como si hubiese bebido vino puro.
Caminé de vuelta entre los sillones, las sillas, los grupos de sonrientes náyades
que susurraban. Cree que, porque es hija del sol, puede desarraigar el mundo a
su favor.
Estaba tan enojada, de una manera salvaje, como para sentir vergüenza. Era
verdad. No solo iba a desarraigar el mundo, lo iba a partir en dos, hacerlo arder,
haría todo mal necesario para que Glaucos se quedase a mi lado. Pero lo que más
resonaba en mi mente era la mirada de mi abuela cuando dije esa palabra,
pharmaka. No era una expresión que reconociera, entre los dioses. Pero había
visto a Glaucos cuando hablaba de la caza y de sus redes vacías y de su padre.
Había empezado a entender lo que era el miedo. ¿Qué podía asustar a un dios?
También sabía la respuesta a eso.
Un poder más grande que el suyo.
Al fin si había aprendido algo de mi madre. Arreglé mi cabello en rizos y me
puse mi mejor vestido, mis sandalias más brillantes. Fui al festín de mi padre,
donde se reunían mis tíos, reclinados en sus divanes púrpuras. Derramé sus
vinos y les sonreí a los ojos y rodeé sus cuellos con mis brazos. Tío Proteo, dije.
Él era el de la carne de foca entre los dientes. Tú eres valiente y lideraste con
valentía en la guerra. ¿Me contarías tus historias, y donde las peleaste? Tío Nereo,
¿qué hay de ti? Tú eras el señor de los mares antes de que Poseidón te lo robara.
Anhelo oír sobre tus grandes andanzas de tu clase, dime donde se derramo más
sangre.
Absorbí cada historia. Aprendí los nombres de cada lugar donde se había
sembrado sangre de un dios, y donde estaba cada lugar. Hasta que al fin oí de una
cerca de la costa de Glaucos.
CAPÍTULO CINCO
—Ven —dije. Era mediodía y estaba caluroso. El mundo cayéndose debajo de
nuestros pies—. Está muy cerca. Un lugar perfecto para dormir y aliviar tus
huesos cansados.
Él me siguió de mala gana. Siempre estaba de mal genio cuando el sol era muy
fuerte. —No me gusta estar tan lejos de mi bote.
—Tu barco va a estar bien, lo prometo ¡Mira! Estamos aquí. ¿Estas flores no
valen todo lo que caminaste? Son hermosas, un amarillo pálido con forma de
campana.
Lo convenzo entre las flores resplandecientes. Había traído un poco de agua y
comida. Estaba consciente de que mi padre nos vigilaba. Un picnic, quería que
pareciera, si nos estaba observando. No podía pensar que le hubiera dicho mi
abuela.
Le sirvo a Glauco y lo observo mientras come. ¿Cómo se vería si fuera un Dios?
Me pregunté. Unos metros a la distancia había un bosque, está en las sombras lo
suficiente como para ocultarnos de mi padre. Cuando sea cambiado, lo pondría
aquí, y le mostraría que nuestro juramento ya no nos une.
Pongo un colchón sobre el piso. —Acuéstate —dije—. Duerme, ¿no sería lindo
dormir?
—Me duele la cabeza —se quejó—, y el sol me da en los ojos.
Peine hacía atrás su cabello y me moví para bloquear el sol. Entonces suspiró.
Siempre estaba cansado, y en un momento sus ojos se estaban cerrando.
Moví las flores así estarían pegadas a él. Ahora, pensé. Ahora.
Se quedó dormido como lo había visto hacerlo cientos de veces. En mis
fantasías de este momento, las flores lo habrían cambiado en cuanto lo tocaran.
Su sangre inmortal se movería rápidamente en sus venas y se levantaría como
un Dios, tomaría mis manos y diría: Ahora te agradeceré como se debe.
Moví las flores otra vez. Cogí algunas y las arrojé en su pecho. Sople mi aliento,
así la esencia y polen viajarían hacía él. —Cambia —susurre—, él debe ser un
Dios. Cambia.
Él durmió. Las flores colgaban alrededor de nosotros, pálidas y frágiles como
alas de mariposas. Una línea de ácido se trazaba en mi estómago. Quizá no había
encontrado las indicadas, me dije. Debí venir para explorar antes, pero había sido
demasiado ansiosa. Me levanté y caminé a la ladera, buscando un racimo de
flores carmesí, vividas, que derramen obviamente poder. Pero todo lo que
encontré fue racimos de flores comunes que cualquier colina puede tener.
Me arrodillé al lado de Glauco y lloré. Las lágrimas de los hijos de Náyade
llaman a la eternidad, y pensé que me tomaría una eternidad para acabar mi
duelo. Había fallado. Eetes estaba equivocado, no había hierbas poderosas, y
perdería a Glauco para siempre, su dulce belleza perecerá y se marchitará en la
tierra. En el cielo, mi padre se deslizaba por su sendero. Esas suaves, y tontas
flores se mecían a nuestro alrededor en sus tallos. Las odiaba. Tomé un montón
de ellas y las corté de raíz. Arranque sus pétalos. Rompí sus tallos en piezas. Los
pedazos húmedos quedaron pegados en mis manos, y la savia se derramaba en
mi piel. La esencia se levantó cruda y salvaje, acético como vino viejo. Arranque
otro montón, mis manos pegajosas y calientes. En mi oído había un zumbido
oscuro, como una colmena.
Es difícil describir lo que paso después. Un conocimiento nació en lo profundo
de mi sangre. Susurraba: que el poder de esas flores se hallaba en su savia, lo que
podía transformar a cualquier criatura en su verdadero ser.
No me detuve para preguntar. El sol había pasado el horizonte para entonces.
Los labios de Glauco se habían abierto mientras dormía, y levante un racimo de
flores sobre él, exprimiendo. La savia se derramo y se juntó. Gota tras lechosa
gota deje que se derramará en su boca. Una perla perdida cayó en sus labios, y lo
deslice a su lengua con mi dedo. Tosió. Tu verdadero yo, le dije. Déjalo salir.
Me arrodille, otro racimo listo. Exprimiría todo el campo sobre él sí tenía que
hacerlo. Pero incluso cuando pensaba en eso, una sombra se movió a través de
su piel. Se volvió más oscura mientras la veía. Un fuerte café se volvió púrpura
oscuro, extendiéndose como un moretón hasta que todo su cuerpo era de un
color azul marino profundo. Sus manos se estaban hinchando, sus piernas, sus
hombros. Pelos empezaron a crecer en su barbilla, largos y verde cobre. Dónde
se abría su túnica, podía ver ampollas formándose en su pecho. Observe. Eran
cirrípedos.
—Glauco — susurré. Sus brazos se sentían extraños debajo de mis manos,
duro y grueso y levemente frío. Lo sacudí. — Despierta.
Sus ojos se abrieron. Por un segundo no se movió. Luego se levantó,
elevándose como marea, el Dios del mar que siempre ha sido. —Circe —gritó—
¡He cambiado!
No había tiempo de ir al bosque, sin tiempo para atraerlo hacía mí en el musgo.
Él era salvaje con su nueva fuerza, resoplando como un toro en el aire de
primavera. —Mira —dijo, extendiendo sus manos—, sin costras. Sin cicatrices. Y
no estoy cansado ¡Por primera vez en toda mi vida, no estoy cansado! Podría
nadar en todo el océano. Quiero verme ¿Cómo luzco?
—Como un Dios —dije.
Me agarró por los brazos y me hizo girar, dientes blancos brillando en su cara
azul. Luego se detuvo, un nuevo pensamiento despertó. —Puedo ir contigo
ahora. Puedo ir a la sala de Dioses, ¿Me llevarás?
No le pude decir que no. Lo lleve con mi abuela. Mis manos temblaron un poco,
pero la mentira estaba lista en mis labios. Él se había quedado dormido en una
pradera y despertó así.
—Quizá mi deseo de volverlo inmortal fue como una profecía. No es raro en
los hijos de mis padres.
Apenas me escucho. No sospechó nada. Nadie nunca había sospechado de mí.
—Hermano —ella lloró, abrazándolo— ¡Mi nuevo hermano! Esto es obra de
los Moiras. Eres bienvenido aquí hasta que encuentres un palacio para ti.
Ya no había más caminata en las costas. Todos los días los pase en estas salas
con Glauco el Dios. Nos sentamos sobre el río de crepúsculo de mi abuelo, y lo
presente a todas mis tías, tíos y primos, pasando ninfa tras ninfa, aunque puedo
decir que antes de eso no conocía sus nombres. Por su parte, lo rodearon,
clamando por la historia de su milagrosa transformación. Manejó el cuento bien:
su mal humor, su somnolencia que lo hacía caer como una roca, y luego el poder
levantándolo como olas de cresta, concedido por los Moiras. Mostraría su pecho
azul desnudo para ellos, atados con buenos músculos, y ofrecería sus manos,
suaves como tabla de surf.
— ¡Vean como me he transformado!
Amaba su cara en ese momento, reluciendo de poder y gozo. Mi pecho
hinchándose con el suyo. Quería decirle que fui yo quien le dio ese regalo, pero
vi como lo complacía creer que la divinidad era enteramente suya y no le quería
arrebatar eso. Todavía soñaba con acostarme con él en esos bosques oscuros,
pero había empezado a pensar más allá, a decirme nuevas palabras: matrimonio,
esposo.
—Ven —le dije—, tienes que conocer a mi padre y a mi abuelo. — Elegí sus
ropas yo misma, en colores que le beneficiaran al tono de su piel. Le comenté
sobre las cortesías que esperaban, y se mantuvo atrás, observando, cuando las
ofrecía. Lo hizo bien, y todos lo felicitaron. Lo llevaron con Nereo, un viejo Titán
Dios del mar, quién lo presentó con Poseidón, su nuevo señor. Juntos lo ayudaron
a construir su palacio submarino, hecho de oro y tesoros arrastrados por las olas.
Fui ahí todos los días. La sal picaba mi piel, y él mayormente estaba ocupado
con invitados que lo admiraban y solo me daba una sonrisa rápida, pero no me
importaba. Tiene tiempo ahora, todo el tiempo que podríamos necesitar. Era un
placer sentarse en esas mesas plateadas, viendo a las ninfas y a los Dioses caerse
sobre ellos por su atención. Alguna vez ellos se habían burlado de él, llamándolo
pez de desagüe. Ahora le rogaban para que les contara historias de su
mortalidad. Las historias crecían mientras se contaban: su madre jorobada como
una vieja, su padre golpeándolo todos los días. Jadearon y presionaron una mano
sobre sus corazones.
—Está bien —dijo—, envíe una ola para golpear el barco de mi padre, y la
sorpresa lo mato. A mi madre la bendecí. Ella tiene un nuevo esposo y un esclavo
que la ayude a lavar. Me ha construido un altar, y ya se expandió. Mi villa espera
que los lleve al progreso.
— ¿Y lo harás? —la ninfa que habló juntó sus manos debajo de su barbilla. Ella
había sido una de las acompañantes más queridas de mi hermana y Perses, su
cabeza redonda estaba pintada de malicia, pero ahora hablando con Glauco hasta
ella se había transformado, abierta, madura como una perla.
—Ya veremos —dijo—, que me ofrecerán. —A veces cuando estaba muy
complacido, sus pies se volvían una cola, y ahora lo era. Lo observe barrer el
suelo de mármol con ella, un brillante gris pálido, escamas superpuestas
levemente iridiscente.
— ¿Tu padre realmente está muerto? —dije, cuando se habían ido.
—Claro. Se lo merecía, por su blasfemia. —Estaba puliendo un nuevo tridente,
un regalo de Poseidón. Durante el día, se tumbaba en su sofá, tomando en copas
tan grandes como su cabeza. Reía como mis tíos lo hacían, con la boca abierta y
gruñendo. No era solo un señor de los cangrejos desaliñado, era uno de los más
grandes Dioses del océano quién podía tener ballenas a su entera disposición si
quisiera, rescatar barcos de arrecifes y bajíos, levantar balsas y marinos de las
olas que podrían hundirlos.
—La ninfa de cabeza redonda —dijo—, la hermosa. ¿Cuál es su nombre?
Mi mente estaba en la deriva. Imaginaba como él me pediría mi mano. En la
playa, pensé. Esa costa dónde nos habíamos encontrado el uno al otro.
— ¿Te refieres a Escila?
—Sí, Escila —dijo—. Se mueve como el agua, ¿no es así? Plateada como una
corriente que fluye. —Sus ojos se levantaron para encontrar los míos. — Circe,
nunca había sido tan feliz.
Le sonreí de vuelta. No veía nada más que al chico que amaba brillando
finalmente. Todos los honores puestos en él, todos los altares alzados en su
nombre, cada admirador que lo abarrotaba, se sentían como regalos para mí,
porque él era mío.
Empecé a ver esa ninfa Escila por todos lados. Aquí estaba ella riendo en cada
broma de Glauco, aquí estaba ella tocando su mano hasta su garganta,
removiendo su cabello. Era muy hermosa, es cierto, una de las joyas de nuestra
sala. Los Dioses del Río y las ninfas suspiraban por ella, y le gustaba aumentar
sus esperanzas con una mirada y romperlas con otra. Cuando se movía
repiqueteaba ligeramente por los cientos de regalos que ellos le daban: pulseras
de coral, perlas sobre su cuello en forma de cadena. Se sentó a mi lado y me
enseño todas ellas, una por una.
—Lindo —dije, apenas mirando. Aún ella estaba otra vez ahí en el siguiente
festival, sus joyas se habían duplicado, triplicado, suficientes como para hundir
un bote de pesca. Pienso que debió de estar enfadada que me tomo tanto
entenderlo. Por la manera en que tomaba sus perlas, grandes como manzanas,
arriba hacia mi cara. — ¿No son las más grandiosas maravillas que pudiste haber
visto?
La verdad es que, había empezado a creer que estaba enamorada de mí. —
Están bien —dije débilmente.
Al final tuvo que enseñar sus dientes y decirlo directamente.
—Glauco dice que vaciaría el océano de ellas, si eso me complacería.
Estábamos en la sala de Océano, el aire envuelto en incienso. Me levante. —
¿Esos te los dio Glauco?
Oh, el júbilo en su cara. —Todos lo son. ¿Eso quiere decir que no has
escuchado? Pensé que serías la primera en saberlo, son tan cercanos. Pero quizá
¿no eres la amiga que tú crees que eres para él? —esperó, mirándome. Estaba
consciente de las otras miradas también, mareada y sin aliento. Esas peleas eran
mejor que el oro en nuestra sala.
Sonrío. —Glauco me pidió que me casara con él. No he decidido todavía que
contestaré. ¿Cuál es tu consejo, Circe? ¿Debería tomarlo a él, su piel azul, sus
aletas, y todo?
Las náyades se rieron como cientos de fuentes de agua. Escapé, así ella no
podría ver mis lágrimas y tenerlas como otro de sus trofeos.
Mi padre estaba con mi tío del rio Aqueloo, y frunció el ceño al interrumpirlo.
— ¿Qué?
—Quiero casarme con Glauco. ¿Lo permitirías?
Él se río. — ¿Glauco? Él ya tiene una elegida y no creo que seas tú.
Un choque corrió a través de mí. No me detuve para peinar mi cabello o
cambiarme el vestido. Cada momento se sentía como si perdiera una gota de mi
sangre. Corrí al palacio de Glauco. Estaba en otra sala de algún Dios así que
espere, temblando, en medio de sus copas volteadas, sus colchones empapados
de vino de su última fiesta.
Él llegó finalmente. Con un trueno de su mano, el desastre se había ido, y el
piso relucía de nuevo. —Circe —dijo, cuando me vio. Solo así, como si dijeras:
pie.
— ¿En serio quieres casarte con Escila?
Observe la luz extenderse en su rostro. — ¿No es ella la criatura más perfecta
que has visto? Sus tobillos son tan pequeños y delicados, como el más dulce
antílope en el bosque. Los Dioses del rio estaban enfurecidos porque ella me
favorece, y escuche que incluso Apolo está celoso.
Estaba arrepentida de no haber usado entonces todos esos trucos con el
cabello, ojos y labios que toda nuestra especie tiene. —Glauco —dije—, ella es
hermosa, sí, pero no te merece. Es cruel, y no te ama como deberías ser amado.
— ¿Qué quieres decir?
Él estaba frunciéndome el ceño, como si yo fuera una cara que apenas podía
recordar. Traté de pensar en qué haría mi hermana. Camine hacia él,
poniéndome mis dedos en sus brazos.
—Quiero decir, sé quién podría amarte mejor.
— ¿Quién? —dijo. Pero pude ver que empezaba a entender. Sus manos se
levantaron, tanto como para alejarme. Él, un Dios tan alto. —Tú has sido una
hermana para mí —dijo.
—Seré más —dije—. Seré todo. —Presioné mis labios con los suyos.
Me empujo fuera de él. Su cara estaba atrapada, mitad enfadado, mitad en algo
de miedo. Lucía casi como su viejo yo.
—Te he amado desde la primera vez que te vi navegando —dije—. Escila se
río de tus aletas y tu barba verde, pero yo te apoyé cuando había tripas de
pescado en tus manos y llorabas por la crueldad de tu padre. Te ayudé cuando…
— ¡No! —Extendió su mano a través del aire—. No pensaré en esos días. Cada
hora era un nuevo moretón en mí, algún nuevo dolor, siempre cansado, siempre
agobiado y débil. Me siento en un consejo con tu padre ahora. No tengo que rogar
por cada pizca. Ninfas claman por mí, y debo escoger la mejor de ellas, la cual es
Escila.
Las palabras me golpearon como piedras, pero no me daría por vencida tan
fácilmente.
—Puedo ser mejor para ti —dije—. Puedo complacerte, lo juro. No
encontrarás a alguien más leal que yo. Haré todo.
Pienso que él me amaba un poco. Por las miles de humillaciones de antes en
mi corazón, todas las pruebas de pasión que he acumulado, rebajándome a
hacerle devoción, sentí su poder venir a mí. Y con el mismo chasquido con el que
arreglo los colchones, me mando de regreso a mi cuarto.
Me acosté en lo sucio, limpiando. Esas flores lo habían convertido en su
verdadero ser, el cuál era azul, con aletas, y no era mío. Pensé que moriría de
semejante dolor, el cual no fue como un entumecimiento. Eetes se había quedado
atrás, pero agudo y feroz como una espada atravesando mí pecho. Pero claro, no
podía morir. Viviría, a través de cada momento candente y el que siguiera. Este
es el duelo que hace que nuestra especie escoja ser piedras y árboles antes que
carne.
Hermosa Escila, elegante-antílope Escila, Escila con corazón de víbora. ¿Por
qué ella tenía semejante cosa? No era amor, había visto la burla en sus ojos
cuando hablaba de sus aletas. Quizá era porque ella amaba a mi hermana y
hermano, quienes me desprecian. Tal vez porque su padre era un don nadie en
el rio, y su madre una ninfa con cara de tiburón, y a ella le gustaba la idea de
tomar algo de la hija del sol.
No importaba. Todo lo que sabía era que la odiaba. Porque yo era como un
asno aburrido que alguna vez amó a alguien que amó a otro. Pensé: Si solo ella
desapareciera, todo cambiaría.
Deje la sala de mi padre. Era el tiempo entre la puesta del sol y la llegada de mi
pálida tía. No había nadie que me viera. Junto todas esas flores del verdadero ser
y las llevé a la cueva en dónde se decía que Escila se bañaba todos los días. Rompí
sus tallos y vacíe la blanca savia gota por gota en las aguas. Ya no sería capaz de
ocultar su malicia de víbora. Toda su fealdad sería revelada. Sus cejas se
volverían gruesas, su cabello se apagaría, y su nariz se ensancharía y agrandaría.
Las salas harían eco con sus furiosos gritos y los grandes Dioses vendrían a
azotarme, pero les daré la bienvenida, cada latigazo en mi piel solo será una
prueba más de mi amor por Glauco.
CAPÍTULO SEIS
Ninguna Furia vino por mí esa noche. Nadie vino la mañana siguiente tampoco,
o en toda la tarde. Al atardecer fui a buscar a mi madre a su espejo.
— ¿Dónde está mi padre?
—Se fue directamente donde Océanos. El festín está ahí. —Arrugó su nariz, su
lengua rosa entre sus dientes—. Tus pies están inmundos. ¿No puedes por lo
menos lavarlos?
No los lave. No quería esperar ningún momento más. ¿Qué si Escila estaba en
el festín, descansando en el regazo de Glauco? ¿Qué tal que ya se casaron? ¿Qué
si la savia no hubiera funcionado?
Es extraño ahora, recordar cómo me preocupa eso.
La sala estaba más llena que lo usual, oliendo a la misma esencia de rosas que
cada ninfa insistía que era su encanto especial. No pude ver a mi padre, pero mi
tía Selene estaba ahí. Estaba parada al centro de un coagulo de cabezas
levantadas, una madre y sus pequeños bebés, esperando ser alimentados.
—Deben entender. Yo solo fui a ver porque el agua se veía turbulenta. Pensé
que quizá era una clase de… junta. Ustedes saben cómo es Escila.
Sentí la respiración detenerse en mi pecho. Mis primos se reían y lanzaban
miradas los unos a los otros. Lo que sea que diga ahora, pensé, no muestres nada.
—Pero ella estaba agitándose raramente, como una especie de gato
ahogándose. Luego. . . no puedo decirlo.
Presionó su mano plateada sobre su boca. Fue un gesto adorable. Todo sobre
mi tía era adorable. Su esposo era un hermoso pastor encantado por un sueño
eterno, soñando con ella por toda la eternidad.
—Una pierna —dijo—, una espantosa pierna. Como un calamar, sin huesos y
cubierto de lodo. Salió de su estómago, y luego otra después de esa, y más y más,
hasta que eran doce. Todas colgando de ella.
Mis dedos picaban levemente en dónde la savia se había derramado.
—Y eso es solo el comienzo —dijo Selene—, ella estaba luchando, sus hombros
retorciéndose. Su piel se volvió gris y su cuello empezó a estirarse. De ahí
partieron cinco cabezas, cada uno lleno de dientes abiertos.
Mis primos jadearon, pero el sonido era distante, como olas lejanas. Se sentía
imposible imaginar el horror que Selene estaba describiendo. El hacerme creer
que: yo hice eso.
—Y mientras todo eso sucedía, ella estaba aullando y gritando, ladrando como
perros salvajes. Fue un alivio cuando por fin salió de las profundidades del mar.
Mientras exprimía esas flores dentro de la cueva de Escila, no me preguntaba
cómo lo tomarían mis primos, aquellos que eran hermanas, tías, hermanos y
amantes de Escila. Si hubiera pensado en eso, hubiera dicho que Escila era su
amor, y cuando las Furias vinieran por mí, ellos hubieran gritado más fuerte para
ver mi sangre. Pero ahora que veo a mi alrededor, todos tenían caras brillantes
como espadas afiladas. Se juntaron todos, jactándose. ¡Desearía haberlo visto!
¿Puedes imaginarlo?
—Cuéntalo de nuevo. —Un tío grito, y mis primos estuvieron de acuerdo.
Mi tía sonrío. Sus labios curvados formaron una medialuna como ella misma
en el cielo. Lo dijo de nuevo: las piernas, los cuellos, los dientes.
Las voces de mis primos se elevaron hasta el techo.
—Sabes que ella se había acostado con la mitad de la sala.
—Estoy contento de nunca dejarla acostarse conmigo.
Y uno de los Dioses del río, se levantó sobre todas las otras: —Claro que ella
ladraría. ¡Siempre ha sido una perra!
Risas chillonas arañaban en mi oído. Vi a uno de los Dioses del Río que había
jurado pelear con Glauco por ella, llorando de alegría. La hermana de Escila
pretendió aullar como un perro. Incluso mis abuelos habían venido a escuchar,
sonriendo al margen de la gente. Océano dijo algo al oído de Tetis. No pude
escucharlo, pero lo había estado observando por media eternidad, conocía los
movimientos de sus labios. Buen libramiento.
Al lado mío un tío estaba gritando. —Cuéntalo de nuevo. —Esta vez mí tía solo
rodó sus ojos perlados. Él olía a calamar, y como sé, era tiempo pasado para el
festín. Los Dioses volaron a sus sofás. Sus copas estaban derramadas, la ambrosía
había pasado. Sus labios se tornaron rojos por el vino, sus caras brillaban como
joyas. Su risa se quebraba a mí alrededor.
Conocía ese placer electrizante, pensé. Lo había visto antes, en otro salón
obscuro.
Las puertas se abrieron y Glauco entró, el tridente en su mano. Su cabello
estaba más verde que nunca, despeinado como la melena de un león. Pude ver la
alegría saltar de los ojos de mis primos, escuchar los silbidos de emoción. Aquí
venía más competencia. Le dirían sobre la transformación de su amor, exponerlo
en su cara y reírse cuando salga corriendo.
Pero antes de que pudieran decir algo, mi padre estaba ahí, caminando
adentro para empujarlo fuera.
Mis primos se hundieron nuevamente en sus amargos codos. Helios el
aguafiestas, terminando su diversión. No importa, Perse lo iba a sacar más tarde,
o Selene. Levantaron sus copas y regresaron a sus placeres.
Caminé detrás de Glauco. No sé cómo me atreví, excepto que toda mi mente
estaba llena de tonos grises como olas revueltas. Me paré fuera del salón donde
mi padre los había traído.
Escuché la voz tenue de Glauco. — ¿No la podemos traer de regreso?
Todos los nacidos Dioses saben la respuesta desde el inicio. —No —dijo mi
padre—. Ningún Dios puede deshacer lo que las Moiras u otro Dios ha hecho.
Además, estos salones tienen cientos de hermosuras, cada una más perfecta que
la anterior. Puedes verlas a ellas.
Esperé. Todavía esperaba que Glauco pensará en mí. Me hubiera casado con él
en un momento. Pero me encontré esperando otra cosa también, lo cual no
hubiera creído el día anterior: que él llorará toda la sal de sus venas por el
regreso de Escila, manteniéndola a ella como su rápido y único verdadero amor.
—Lo entiendo —dijo Glauco—, es una lástima, pero como usted lo dijo, hay
otras.
Un sonido agudo leve se escuchó. Él estaba sacudiendo las puntas de su
tridente. —La más pequeña de Nereo es decente —dijo— ¿Cuál es su nombre?
¿Tetis?
Mi padre hizo un chasquido con su lengua. —Muy salada para mí gusto.
—Bueno —dijo Glauco—, gracias por tu excelente consejo. Buscaré.
Caminaron directo hacía mí. Mi padre tomo su lugar dorado junto a mi abuelo.
Glauco se dirigió a los sofás purpuras. Escuchó lo que un Dios de río había dicho,
y rio. Es el último recuerdo que tengo de su cara, sus dientes brillantes como
perlas a la luz de la antorcha, su piel teñida de azul.
En los años siguientes, él de hecho tomo el consejo de mi padre. Se acostó con
cientos de ninfas, repartiendo niños con pelo verde y colas, bien amados por los
pescadores, ya que con frecuencia caían en sus redes. Los veía de vez en cuando,
jugando como delfines en lo más profundo. Nunca iban a la costa.
El río negro se deslizaba a lo largo de las orillas. Las pálidas flores se sacudían
en sus tallos. No podía ver nada de eso. Una por una mis esperanzas fueron
desaparecieron. No iba a compartir ninguna eternidad con Glauco. No íbamos a
casarnos. Nunca nos acostaríamos en el bosque. Su amor por mí se había
ahogado y desaparecido.
Ninfas y Dioses pasaron, sus chismes flotando en su fragancia, como aire de
antorcha encendida. Sus rostros eran los mismos de siempre, vividas y brillantes,
pero de repente parecían extraños. Sus cadenas y joyas chasqueaban como
pájaros, sus bocas rojas se abrían grandes al reírse. En algún lugar Glauco se río
entre ellos, pero no podía distinguir su voz de la multitud.
No todos los Dioses necesitan ser iguales.
Mi rostro empezó a arder. No era dolor, no exactamente, sino un picor que
seguía y seguía. Presione mis dedos en mis mejillas. ¿Cuánto tiempo había
pasado desde la última vez que pensé en Prometeo? Una imagen de él apareció
en frente de mí: su espalda quebrada y su cara firme, sus ojos oscuros abarcando
todo.
Prometeo no había llorado cuando cayeron los golpes, a pesar de que estaba
tan cubierto de sangre que parecía una estatua cubierta de oro. Y mientras tanto,
los Dioses observaban, su atención brillando como la luz. Ellos hubieran
disfrutado la vista del látigo de la Furia, dándole la oportunidad.
No era como ellos.
— ¿No lo eres? —la voz era de mi tío, resonante y profunda—. Entonces debes
pensar Circe ¿Qué no harían ellos?
La silla de mi padre estaba cubierta de lana de borrego negro. Me arrodillé
enfrente de ellos.
—Padre —dije—, fui yo quien hizo a Escila un monstruo.
Todo a mi alrededor, las voces cesaron. No puedo decir si los sofás alejados
podían ver, sí Glauco vio, pero todos mis tíos lo hicieron, sacándolos de su
aburrida conversación. Sentí un gozo agudo. Por primera vez en mi vida, quería
su atención.
—Usé pharmaka maliciosamente para convertir a Glauco en un Dios, y luego
cambié a Escila. Estaba celosa de su amor por ella y quería hacerla fea. Lo hice
egoístamente, con un corazón amargo, y afrontaré las consecuencias.
—Pharmaka —dijo mi padre.
—Sí. Las flores amarillas que crecieron de la sangre derramada de Cronos y
convierte a las criaturas en su verdadero ser. Desenterré cientos de flores y las
sumergí en su piscina.
Había esperado que trajeran un látigo, una Furia para resumir. Encadenada en
algún lugar a lado de mi tío en las rocas. Pero mi padre sólo lleno su copa. —No
es de preocuparse. Esas flores no tienen poder sobre ellos, ya no más. Zeus y yo
nos aseguramos de eso.
Lo miré. —Padre, yo lo hice. Con mis propias manos, rompí sus tallos y vacíe
la savia en los labios de Glauco, y él cambió.
—Tuviste una premonición, eso es común en mis hijos. —Su voz era incluso
firme como una pared de piedra. —Era el destino de Glauco ser transformado en
ese momento. Las hierbas no hicieron nada.
—No —traté de decir, pero continuó. Alzando su voz para cubrir la mía.
—Piensa, hija. Si los mortales pudieran convertirse en Dios tan fácilmente, ¿no
cada Diosa alimentaría a su favorito? ¿Y no la mitad de las ninfas sería convertida
en monstruos? No eres la primera chica celosa en este salón.
Mis tíos empezaban a sonreír.
—Soy la única que sabe dónde están las flores.
—Claro que no lo eres —dijo mi tío Proteo—, sabes eso por mí. ¿Crees que te
lo hubiera dicho si pensará que harías algún daño?
—Y si hubiera tanto poder en esas plantas —dijo Nereo—, mis peces de la
cueva de Escila hubieran cambiado. Aún están completos y sanos.
Mi cara estaba enrojeciendo. —No —sacudí la mano de alga de Nereo—.
Transforme a Escila, y ahora debo tomar el castigo en mi cabeza.
—Hija, estás empezando a hacer un espectáculo. —Las palabras cortaron el
aire— ¿Sí el mundo tuviera esa clase de poder, en verdad piensas que caería en
alguien como tú para descubrirlo?
Risas suaves a mi espalda, las caras de mis tíos en gran sorpresa. Pero más de
allá de la voz de mi padre, palabras tiradas como basura. Alguien como tú. Algún
otro día de todos mis años de vida me hubiera sumergido en mí misma llorando.
Pero ese día su desdén fue como una chispa cayendo sobre yesca seca. Mi boca
se abrió.
—Estás equivocado —dije.
Se había inclinado para enseñarle algo a mi abuelo. Ahora su mirada había
regresado a mí. Su cara empezó a brillar. — ¿Qué dijiste?
—Dije que esas plantas tienen poder.
Su piel se volvió blanca. Blanca como el corazón del fuego, como el más puro,
más caliente carbón. Se puso de pie, aún continúo creciendo, como si pudiera
hacer un agujero en el techo, en la corteza de la Tierra, como si no fuera a cesar
hasta tocar las estrellas. Y luego el calor llegó, rodando hacía mí como olas
rugiendo, abrasando mi piel, rompiendo la respiración de mi pecho. Jadeé, pero
no había aire. Él se lo había llevado todo.
— ¿Te atreves a contradecirme? ¿Tú quién no puede prender una simple
llama, o traer una gota de agua? La peor de mis hijos, descolorida y rota, a quién
no puedo pagar a un esposo para que tenga. Desde que naciste te tuve lástima y
te di permisos, aun así, creciste siendo desobediente y orgullosa. ¿Me harás
odiarte más?
En otro momento, las rocas se hubieran derretido, y todos mis primos de agua
se hubieran secado. Mi carne burbujeaba y se abría como una fruta rostizada, mi
voz se marchitó en mi garganta y fue quemada hasta las cenizas. Era un dolor
que nunca imagine que podría existir, un dolor tan agudo que consumía todos
los pensamientos.
Caí en los pies de mi padre. —Padre —grazné—, perdóname. Estaba
equivocada de creer algo así.
Lentamente, la temperatura bajó. Me acosté en el piso de mosaico en el que
había caído, con sus peces y frutas purpuras. Mis ojos estaban medio ciegos. Mis
manos eran garras derretidas. Los Dioses del río sacudieron sus cabezas,
haciendo un sonido como agua en las rocas. —Helios, tienes los hijos más
extraños.
Mi padre suspiró. —Es culpa de Perse. Todos los demás antes de los de ella
estaban bien.
No me moví. Pasaron horas y nadie me miró o dijo mi nombre. Hablaron de
sus propios asuntos, de lo bueno que era el vino y la comida. Las antorchas se
apagaron y los sofás se vaciaron. Mi padre se fue y camino sobre mí. La leve brisa
que dejó cortó mi piel como un cuchillo. Había pensado que mi abuela diría algo,
traer salve para curar mis quemaduras, pero se fue a su cama.
Quizá enviarían guardias por mí, pensé, ¿pero por qué lo harían? No era
ninguna amenaza para el mundo.
Las olas de dolor se volvían frías, luego calientes, luego frías de nuevo. Me
sacudí y las horas pasaron. Mis extremidades estaban expuestas y quemadas, mi
espalda burbujeaba con llagas. Tenía miedo de tocar mi cara. El amanecer
vendría pronto, y toda mi familia vendría por su desayuno, platicando sobre lo
increíble de sus días. Curvarían sus labios mientras pasaban por dónde estaba
tirada.
Centímetro a lento centímetro, logre ponerme de pie. El pensamiento de
regresar al salón de mi padre era como un blanco carbón en mi garganta. No
podía ir a casa. Sólo había otro lugar que conocía: ese bosque que había soñado
tan frecuentemente. Las sombras profundas me esconderían, y el piso musgoso
sería suave para mi arruinada piel. Puse esa imagen en mis ojos y me dirigí
cojeando a ella. La brisa salada de la playa apuñalaba mi garganta quemada como
agujas, y cada toque del viento hacía que mis quemaduras gritaran otra vez.
Finalmente, sentí las sombras caer sobre mí, y me acurruqué en el musgo. Había
llovido un poco, y la tierra húmeda era dulce para mí. Tantas veces que había
imaginado recostarme ahí con Glauco, pero cualquier lágrima que había quedado
en mí por ese sueño perdido se marchitó. Cerré los ojos, dejándome llevar por
choques y remolinos de dolor. Lentamente, mi implacable divinidad comenzaba
a hacer progresos. Mi respiración se tranquilizó, mis ojos se aclararon. Mis
brazos y piernas todavía dolían, pero cuando las acaricié, toqué piel en vez de
carbón.
El sol se fue, brillando detrás de los árboles. La noche llego con sus estrellas.
Era Luna nueva, cuando mi tía Selene va con su esposo durmiente. Era eso, pensé,
lo que me dio fuerzas para levantarme, por qué no podía soportar el
pensamiento de ella reportándolo: — ¡Esa tonta de hecho fue a verlos! ¡Como si
ella creyera que funcionan!
El aire nocturno hormigueaba en mi piel. El pasto estaba seco, allanado por la
temperatura alta de verano. Encontré la colina, deteniéndome en su pendiente.
Con la luz de las estrellas, las flores parecían pequeñas, pálidas y débiles.
Arranqué un tallo y los sostuve en mi mano. Estaba ahí cojeando, toda la savia se
secó y desapareció. ¿Qué pensé que pasaría? Que hubiera saltado y gritado: “Tu
padre está equivocado. Tú transformaste a Escila y a Glauco. No eres pobre e
irregular, ¿pero Zeus viene de nuevo?
Aún, estando ahí arrodillada, escuche algo. No un sonido, pero algo como
silencioso, un suave zumbido como el espacio entre nota y nota en una canción.
Esperé a que desapareciera en el viento, que mi mente volviera a sus sentidos.
Pero continúo.
Tuve un pensamiento salvaje ahí, debajo de ese cielo. Voy a comerme estas
hierbas. Luego lo que verdaderamente está en mí, déjalo salir, finalmente.
Los llevé a mi boca. Pero mi coraje me falló. ¿Qué era yo realmente? Al final,
no tuve el valor para saberlo.
+++
Estaba cerca del amanecer cuando mi tío Aqueloo me encontró, barba
formándose por las prisas. —Tú hermano está aquí. Has sido convocada.
Lo seguí al salón de mi padre, cojeando un poco aún. Fuimos pasando las
mesas pulidas, pasamos por el cuarto cubierto dónde mi madre dormía. Eetes
estaba parado sobre la mesa de ajedrez de mi padre. Su rostro había crecido
agudamente con masculinidad, su barba leonada estaba gruesa como helechos.
Estaba vestido opulentamente incluso para un Dios, con índigos y purpuras, cada
pesado centímetro bordado con oro. Pero cuando se giró hacía mí, sentí esa
emoción de viejo amor entre nosotros. Fue sólo la presencia de mi padre que me
detuvo a arrojarme a sus brazos.
—Hermano —dije—, te he extrañado.
Frunció el ceño. — ¿Qué le paso a tu cara?
La toqué con mis manos, y la quemada piel se encendió en dolor. Me sonrojé.
No quería decirle, no aquí. Mi padre se sentó en su silla candente, e incluso su
leve, luz habitual hicieron que mi dolor reviviera.
Mi padre me libró de tener que responder. — ¿Bueno? Ella ha venido. Habla.
Me estremecí al sonido de su disgusto, pero el rostro de Eetes estaba calmado,
como si la furia de mi padre fuera un objeto más en el salón, una mesa, una silla.
—He venido —dijo—, porque he escuchado de la transformación de Escila, y
Glaucos también a manos de Circe.
—A manos de los Moiras. Te dije, Circe no tiene semejante poder.
—Estás equivocado.
Observé, esperando que la ira de mi padre cayera sobre él, pero mi hermano
continuó.
—En mi reino de Cólquida, he hecho esa clase de cosas y más, mucho más.
Traer leche de la tierra, hechizado los sentidos de los hombres, formar guerreros
de las cenizas. He convocado dragones para llevar mi carruaje. He cubierto el
cielo de negro, y elaborado pociones que levantan a los muertos.
En cualquier otra boca estas reclamaciones hubieran parecidos salvajes
mentiras. Pero la voz de mi hermano tenía la vieja convicción absoluta.
—Pharmakeia, así lo llaman, porque ellos se ocupan de pharmaka, esas
hierbas con el poder de hacer cambios en el mundo, ambas surgieron de la
sangre de los Dioses, también los que crecen comúnmente en la tierra. Es un
regalo para que puedas llamar a tus poderes, y no soy el único que los posee. En
Creta, Pasifae reina con sus pociones, y en Babilonia, Perses devuelve almas a
cuerpos de nuevo. Circe es la última y hace la prueba.
La mirada de mi padre estaba perdida. Como si estuviera observando entre el
cielo y la tierra, y de regreso a Cólquida. Pudo haber sido un truco de la tierra de
fuego, pero pareció que la luz de su rostro vaciló.
— ¿Debería darte una demostración? —Mi hermano saco de su túnica un
pequeño frasco sellado con cera. Rompió el sello y toco el líquido dentro con sus
dedos. Olí algo fuerte y verde, con bordes oscuros.
Presionó su dedo sobre mi cara y dijo unas palabras, tan bajo que no pude
escuchar. Mi piel empezó a picar, y luego, como apagar un cerrillo, el dolor se
había ido. Cuando puse mi mano en mi cara solo pude sentir suavidad, y un leve
brillo como si fuera aceite.
—Un buen truco, ¿no es así? —dijo Eetes.
Mi padre no respondió. Se sentó extrañamente sin palabras. Me sentí sin
palabras también. El poder de curar el cuerpo de otros pertenecía a los más
grandes Dioses, no a alguien como nosotros.
Mi hermano sonrío, como si pudiera escuchar mis pensamientos. —Y eso sólo
es lo mínimo de mis poderes. Surgieron de la tierra, y no están unidos a las leyes
normales de la divinidad. —Dejó que las palabras colgaran en el aire. —
Comprendo que no puedes hacer alguna sentencia ahora. Debes tomar consejos.
Pero debes saber que estaré feliz de hacerle a Zeus una… demostración más
impresionante.
Una mirada brillante en sus ojos, como colmillos en la boca de un lobo.
Las palabras de mi padre salieron lentamente. La misma parálisis en su rostro.
Lo comprendí en un momento. Tenía miedo.
—Debo tomar consejos, como dices. Esto es… nuevo. Hasta que sea decidido,
se quedarán en este salón. Los dos.
—No esperaba menos —dijo Eetes. Inclinó su cabeza y se giró para irse. Lo
seguí, mi piel picando por mis pensamientos, sin aliento, y con las esperanzas
arriba. Las puertas de madera de mirra se cerraron detrás de nosotros, mientras
llegábamos al salón. El rostro de Eetes estaba en calma, como si no hubiéramos
presentado un milagro y silenciado a mi padre. Tenía cientos de preguntas listas
para salir, pero él hablo primero.
— ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? Te tomó una eternidad. Estaba
empezado a pensar que no eras una pharmaki.
No era una palabra que yo conociera. No era una palabra que alguien
conociera, en ese entonces.
—Pharmakis —dije.
Bruja.
Las noticias corrieron como río en primavera. En la cena, los hijos de Océano
murmuraban cuando me veían y salían de mi camino. Si nuestros brazos se
tocaban, ellos palidecían, y cuando le pasaba una copa a un Dios del río, sus ojos
me evitaban. —Oh no, gracias. No tengo sed.
Eetes se rio. —Te acostumbrarás. Estamos solos en esto ahora.
No parecía solo. Todas las noches se sentaba en el estrado de mi abuelo con
mi padre y tíos. Lo observé, bebiendo néctar, riéndose, mostrando sus dientes.
Sus expresiones eran lanzadas como peces en el agua, primero brillantes, luego
oscuras.
Esperé hasta que mi padre se hubiera ido, luego tomé asiento a lado de él.
Había deseado tomar el lugar a su lado en el sofá, inclinarme sobre su hombro,
pero parecía tan severo y recto, no sabía cómo tocarlo.
— ¿Te gusta tu reino? ¿Cólquida?
—Es la mejor en el mundo —dijo—, he hecho lo que dije, hermana. He reunido
ahí todas las maravillas de nuestras tierras.
Sonreí al escucharlo decirme hermana, y hablar de esos viejos sueños. —
Desearía poder verlo.
No dijo nada. Era un mago que podía romper los dientes de serpientes,
arrancar robles de sus raíces. No me necesitaba.
— ¿Tienes a Dédalo también?
Hizo una cara. —No, Pasífae lo tiene atrapado. Quizá con el tiempo. Tengo un
gigante vellocino de oro, y media docena de dragones.
No tenía que decirle que me cuente sus historias. Salieron directamente, los
hechizos y encantos que había hecho, las bestias que convocó, las hierbas que
cortó a la luz de la luna y transformado en milagros. Cada historia era más
extravagante que la anterior, rayos saliendo de sus dedos, borregos quemados y
nacidos de nuevo de sus huesos carbonizados.
— ¿Qué fue lo que dijiste cuando sanaste mi piel?
—Una palabra de poder.
— ¿Me la enseñarías?
—La hechicería no se puede enseñar. O la encuentras tú mismo, o no.
Pensé en el zumbido que había escuchado cuando toqué las flores, el
misterioso conocimiento que se había deslizado en mí.
— ¿Desde cuándo sabes que puedes hacer ese tipo de cosas?
—Desde que nací —dijo—. Pero tuve que esperar a estar fuera de los ojos de
mi padre.
Todos esos días junto a mí, y no había dicho nada. Abrí mi boca para reclamar:
¿cómo pudiste no decirme? Pero este nuevo Eetes en su túnica era tan
desconcertante.
— ¿No tenías miedo —dije—, de que Padre se enojara?
—No. No era lo suficiente tonto como para humillarlo enfrente de todos. —Me
levantó una ceja, y me sonrojé. —Como sea, él está hambriento por saber cuánto
poder será usado en su beneficio. Su preocupación es sobre Zeus. Él debe
presentarnos adecuadamente: que somos lo suficiente amenazantes como para
que Zeus lo piense dos veces, pero no tanto como hacerlo actuar de una vez.
Mi hermano, quién siempre había visto las rupturas del mundo.
— ¿Qué si los del Olimpo tratan de quitarte tus hechizos?
Sonrió. —Creo que no podrán, lo que sea que intenten. Como dije, pharmakeia
no está ligada a los límites normales de los dioses.
Bajo mi mirada a mis manos y trato de imaginármelas diciendo un hechizo
para sacudir al mundo. Pero la certeza que sentí cuando derramé la savia en la
boca de Glauco y contaminado la cueva de Escila, parecía que ya no la podía
encontrar. Quizá, pensé, si pudiera tocar esas flores otra vez. Pero no tenía
permitido salir hasta que mi padre hablara con Zeus.
—Y… ¿piensas que puedo convocar tantas maravillas como tú?
—No —dijo mi hermano—, soy el más poderoso de nosotros cuatro. Pero tú
mostraste un gusto por las transformaciones.
—Eso solo fueron las flores —dije—, ellas otorgan las verdaderas formas.
Giró su mirada filosófica hacía mí. — ¿No piensas qué es conveniente que su
verdadera forma fueron lo que tu deseaste?
Lo miré. —Yo no deseaba hacer a Escila un monstruo. Sólo quería revelar la
fealdad que hay en ella.
— ¿Y eso era lo que pensabas que estaba dentro de ella? ¿Un horror
esclavizaste de seis cabezas?
Mi rostro me estaba picando. — ¿Por qué no? No la conociste. Ella era muy
cruel.
Él se rio. —Oh, Circe. Ella era un atrio pintado como las otras. Si tú discutes
que uno de los peores monstruos de nuestra época estaba escondido en ella,
entonces eres más tonta de lo que pensé.
—No creo que cualquiera pueda decir lo que hay dentro de alguien.
Rodó sus ojos y se sirvió otra copa. —Lo que pienso —dijo—, es que Escila se
ha escapado del castigo que le querías dar.
— ¿Qué quieres decir?
—Piensa. ¿Qué haría una ninfa fea en el salón? ¿Qué es lo que vale su vida?
Era como en los viejos tiempo, él preguntando, yo sin respuesta. —No lo sé.
—Claro que lo sabes. Es por eso que sería un buen castigo. Incluso la más
hermosa ninfa es mayormente inservible, y una fea sería nada, menos que nada.
Nunca se hubiera casado o tenido hijos. Sería una vergüenza para su familia, una
mancha en la cara del mundo. Viviría en las sombras, despreciada y humillada.
Pero un monstruo —dijo—, siempre tendrá un lugar. Ella podrá tener todas las
glorias que sus dientes pueda atrapar. Ella no será amada por eso, pero tampoco
será apartada. Así que cualquier tristeza que este habitando en ti, olvídala. Creo
que se puede decir que la mejoraste.
Por dos noches, mi padre estuvo encerrado con mis tíos. Estuve pegada a la
puerta de caoba, pero no pude escuchar algo, ni siquiera un murmuro. Cuando
salieron, sus rostros estaban estables y severos. Mi padre se dirigió a su vehículo.
Su manto purpura se volvió oscuro como el vino, y en su cabeza brillaba su
reluciente corona de rayos dorados. No miro atrás cuando se deslizo en el cielo
y giró los caballos hacía el Olimpo.
Esperamos en el salón de Océano por su regreso. Nadie estaba tirado a la orilla
del río o junto a su amante en las sombras. Las náyades disputaban con mejillas
sonrojadas. Los Dioses del Río se empujaban entre ellos. Desde su estrado, mi
padre nos observaba a todos desde arriba, su copa vacía en sus manos. Mi madre
alardeando entre sus hermanas. —Perses y Pasífae fueron los primeros en
saberlo, claro. ¿Hay alguna duda de que Circe haya sido la última? Planeo tener
cien más, y me harán un barco plateado que vuele entre las nubes. Gobernaremos
el Olimpo.
— ¡Perse! —Mi abuela siseó en el salón.
Sólo Eetes parecía no sentir la tensión. Se sentó serenamente en el sofá,
tomando de su copa forjada en oro. Me mantuve atrás, caminado por los largos
pasillos, pasando mis manos sobre las paredes de piedras, siempre levemente
húmedas por la presencia de tantos Dioses del río. Escanee el cuarto para ver si
Glauco había venido. Todavía hay una parte de mí que espera verlo, incluso
entonces. Cuando le pregunté a Eetes si Glauco había ido al festín, él sonrío. —
Está escondiendo esa cara azul suya. Está esperando que todos se olviden de
como realmente se convirtió.
Mi estómago se revolvió. No había esperado como mi confesión afectaría la
dignidad de Glauco. Demasiado tarde, pensé. Demasiado para todo lo que se
supone que debería saber. Había cometido tantos errores que no podía ver entre
todo el enredo el inicio. ¿Fue cambiar a Escila, cambiar a Glaucos, hacer el
juramento con mi abuela? ¿Hablar con Glauco principalmente? Sentí un malestar
enfermizo de regreso, de regreso al primer respiro que tomé.
Mi padre debe estar parado en frente de Zeus ahora. Mi hermano estaba
seguro que los del Olimpo no podían hacernos nada. Pero los deseos de cuatro
titanes no pueden ser fácilmente rechazados. ¿Y si volvía la guerra? El gran salón
se hubiera venido contra nosotros. La cabeza de Zeus explotaría en luz, y sus
manos estirado para rompernos uno por uno. Eetes podría llamar a sus
dragones, al menos él puede luchar. ¿Qué podría hacer yo? ¿Recoger flores?
Mi madre estaba lavando sus pies. Dos hermanas sostenían la cuenca plateada,
una tercera derramaba dulce mirra de un matraz. Estaba siendo tonta, me dije.
No iba a haber dicha guerra. Mi padre era bueno en esa clase de maniobras.
Encontraría una forma de apaciguar a Zeus.
El cuarto se iluminó, y mi padre llegó. En su cara había una expresión como
martillada con bronce. Nuestros ojos lo siguieron mientras se dirigía a sentarse
en el estrado en frente del cuarto. Los rayos de su corona atravesaron todas las
sombras. Nos observó. —He hablado con Zeus —dijo—. Hemos llegado a un
acuerdo.
Un suspiro de alivio salió de mis primos, como viento entre el trigo.
—Está de acuerdo en que algo nuevo se mueve en el mundo. Que estos poderes
son diferentes a todo lo que alguna vez llegó. Está de acuerdo en que vienen de
mis cuatros hijos que tuve con la ninfa Perse.
Un sonido otra vez, esta vez con algo de emoción. Mi madre se humedeció los
labios, inclinando su barbilla como si ya hubiera una corona en su cabeza. Sus
hermanas se miraban la una a la otra, gruñendo en envidia.
—Estamos de acuerdo en que estos poderes no presentan ningún peligro
próximo. Perse vive fuera de nuestros límites y no es una amenaza. El esposo de
Pasifae es hijo de Zeus, y él se asegurará que ella se mantenga en el lugar que
pertenece. Eetes conservará su reino, con la condición de que acepte ser vigilado.
Mi hermano asintió con fuerza, pero pude ver la sonrisa en sus ojos. Puedo
poner un velo sobre el cielo. Intenten vigilarme.
—Cada uno de ellos ha jurado que sus poderes vinieron sin ser pedidos o
buscados, para alguna malicia, o intento de rebeldía. Ellos cayeron en la magia
de las yerbas por accidente.
Sorprendida, le lanzo otra mirada a mi hermano, pero su cara era ilegible.
—Cada uno de ellos, excepto Circe. Todos ustedes estaban aquí cuando ella
dijo abiertamente que había buscado sus poderes. Se le había dicho que
permaneciera lejos, y aun así desobedeció.
La cara de mi abuela, fría en su silla tallada en marfil.
—Ella desafió mi orden y contradijo mi autoridad. Ella ha usado sus pociones
contra los de su propia especie y ha cometido otras traiciones también. —La luz
de sus ojos se detuvieron en mí. — Es una deshonra para nuestro nombre. Una
ingrata de todos los cuidados que le hemos dado. Se ha acordado con Zeus que,
por esto, ella debe ser castigada. Esta exiliada a una isla desierta donde ya no
pueda hacer daño. Se va mañana.
Miles de ojos me apuntaron. Quería llorar, suplicar, pero no podía atrapar mi
aliento. Mi voz, siempre suave, se había ido. Eetes va a hablar por mí, pensé. Pero
cuando dirigí mi mirada a él, sólo miró hacia atrás con los demás.
—Una cosa más —dijo mi padre—. Como noté, es obvio que la fuente de este
nuevo poder viene de mi unión con Perse.
El rostro de mi madre, lustroso por el triunfo, radiante a través de mi neblina
mental.
—Así que se ha acordado: que ya no engendraré más hijos de ella.
Mi madre gritó, cayendo de espaldas en los regazos de sus hermanas. Sus
sollozos hicieron eco en las paredes de piedra.
Mi abuelo se levantó lentamente. Se frotó la barbilla. —Bueno —él dijo—, es
hora del banquete.
Las antorchas se prendieron como estrellas, y arriba el techo se extendió hasta
alcanzar el cielo. Por última vez, vi a todos los Dioses y ninfas tomar su lugar. Me
sentía aturdida. Debería de decir adiós, me mantuve pensando. Pero mis primos
me evitaban como agua rodeando una roca. Escuche sus susurros llenos de
desprecio cuando pasaban. Me encontré extrañando a Escila. Al menos ella me lo
diría en mi cara.
Mi abuela, pensé, debo tratar de explicarle. Pero se giró también, y su
serpiente marina enterró su cabeza.
Mientras tanto mi madre lloraba entre el rebaño de hermanas. Cuando me
acerqué, levantó la cabeza así todos podían ver su hermoso, y extravagante
dolor. ¿No has hecho ya suficiente?
Eso dejaba solo a mis tíos, con sus cabellos de algas y sal, y sus barbas
desarregladas. Aun cuando pensé en arrodillarme ante ellos, no pude hacerlo.
Regrese a mi cuarto. Empaca, me dije. Empaca, te vas mañana. Pero mis manos
se mantuvieron rígidas a mi costado. ¿Cómo sabría que llevar? Apenas he dejado
estos salones.
Me forcé a buscar una mochila, juntar ropas y sandalias, y un cepillo para mi
cabello. Consideré la tapicería de mi pared. Era de una boda y su fiesta, tejido por
alguna tía. ¿Alguna vez tendría una casa para ponerla? No sabía. No sabía nada.
Una Isla desierta, mi padre había dicho. ¿Sería solo una roca desnuda
sobresaliente en el agua, un montón de piedritas, una naturaleza enrevesada? Mi
mochila estaba absurdamente llena de detritus doradas. El cuchillo, pensé, el
cuchillo con cabeza de león, llevaré eso. Pero cuando lo tomé, parecía que se
había reducido, sólo para cortar pedazos en el festín y nada más.
—Pudo haber sido peor, sabes. —Eetes había venido para pararse en mi
puerta. Él se iría también, ya había convocado a sus dragones. — Escuché que
Zeus quería ponerte como ejemplo. Pero por supuesto mi padre podía darle
todas esas ventajas.
Mis vellos se movieron en mis brazos. —No le dijiste sobre Prometeo, ¿cierto?
Él sonrió. — ¿Por qué, porqué hablo de “otras traiciones”? Conoces a Padre.
Sólo estaba siendo cauteloso, en caso de que otros horrores que hayas cometido
salgan a la luz. Como sea, ¿qué hay para decir? ¿Qué hiciste después de todo?
¿Derramar un poco de néctar en su vaso?
Levanté la mirada. —Dijiste que mi padre me echaría a los cuervos por eso.
—Sólo si eras lo suficiente tonta para admitirlo.
Mi rostro estaba caliente. — ¿Supongo que te debo tomar como mi tutor y
negar todo?
—Sí —dijo—, así es como funciona, Circe. Le dije a mi padre que mi hechicería
había sido un accidente, él pretendió creerme, y Zeus pretendió creerle, y así el
mundo está en balance. Es tu propia culpa por confesar. ¿Por qué hiciste eso?
Nunca lo entenderé.
Era verdad, no lo haría. Él no había nacido cuando Prometo fue azotado.
—Quería decirte —dijo—, finalmente conocí a tu Glauco anoche. Nunca había
visto semejante bufón —tronó la lengua—. Espero escojas mejor de ahora en
adelante. Siempre has confiado muy fácil.
Lo observé recargado en mi puerta con su toga dorada y brillante, ojos
lobunos. Mi corazón había saltado a verlo como siempre lo haría. Pero él era
como esa columna de agua que me había dicho una vez, fría y recta, él era
autosuficiente.
—Gracias por tu consejo —dije.
Se fue y consideré la tapicería otra vez. El novio tenía ojos enormes, la novia
enterrada en sus velos, y detrás de ellos la familia los miraba como idiotas.
Siempre la había odiado. Dejaré que se quede y se pudra.
CAPÍTULO SIETE
La mañana siguiente, me metí en el carruaje de mi padre y nos dirigimos al
cielo oscuro sin ninguna palabra. El viento soplaba contra nosotros, la noche se
alejaba cada vez que las ruedas avanzaban. Observé a los lados, tratando de
recorrer los ríos y mares, los valles sombreados, pero íbamos demasiado rápido,
y no reconocí nada.
— ¿Qué isla es?
Mi padre no contestó. Su mandíbula estaba tensa, sus labios pálidos de la ira.
Mis viejas quemaduras estaban doliendo al estar sentada cerca de él. Cerré los
ojos. Las tierras aparecían ante nosotros y el viento corría por mi piel. Me
imaginé lanzándome de esa barandilla dorada hacia el aire abierto de abajo. Se
sentiría bien, pensé, hasta que cayera.
Llegamos con una sacudida. Abrí mis ojos para ver una suave colina alta, llena
de pasto. Mi padre miró firme. Sentí una repentina urgencia de arrodillarme y
rogarle que me llevara de regreso, pero en vez de eso me forcé a dar un paso al
césped. En el momento que mis pies tocaron el suelo, él y su carruaje se habían
ido.
Me paré sola en ese claro con césped. La brisa sopló agudamente contra mis
mejillas, y el aire tenía una esencia fresca. No pude probarla. Mi cabeza se sentía
pesada, y mi garganta había empezado a doler. Me balanceé. Para entonces, Eetes
ya habría llegado a Cólquida, disfrutando su prosperidad y abundancia. Mis tías
deberían estar riéndose en las orillas de sus ríos, mis primos regresado a sus
juegos. Mi padre, claro, estaba arriba, derramando su luz en el mundo. Todos
esos años que pase con ellos eran como una piedra hundiéndose en el agua. Las
ondulaciones, ya habían desaparecido.
Tenía un poco de orgullo. Si ellos no lloraban, yo no iba a hacerlo. Presioné mis
palmas sobre mis ojos hasta que se aclararon. Me obligue a ver a mi alrededor.
En la punta de la colina en frente de mí había una casa, con un porche ancho,
sus paredes estaban construidas con piedras finamente ajustadas, sus puertas
talladas dos veces el tamaño de un hombre. Un poco después se extendía la orilla
de un bosque, y después de eso un vistazo al mar.
Fue el bosque que capturo mi atención. Era muy viejo, lleno de robles, tilos y
olivares, atravesado con Ciprés. De ahí venía la esencia verde, a la deriva de la
ladera cubierta de hierba. Los árboles se golpeaban duramente con la brisa del
mar, y las aves se lanzaban a través de las sombras. Incluso ahora puedo recordar
lo maravilloso que me sentí. Toda mi vida la había pasado en los mismos salones
oscuros, o caminado en la misma costa atrofiada con sus bosques raídos. No
estaba preparada para semejante libertad y sentí la repentina urgencia de
aventarme dentro de ella, como una rana en un estanque.
Dudé. No era una ninfa del bosque. No tenía la habilidad de sentir mi camino
entre las raíces, de caminar a través de zarzas intactas. No podía adivinar que
eran lo que esas sombras me aconsejaban. ¿Qué si dentro había sumideros? ¿Qué
si ahí había osos o leones?
Me paré ahí por un largo tiempo temiendo ese tipo de cosas y esperando, como
si alguien pudiera venir y tranquilizarme, y decirme, sí, puedes entrar, será
seguro. El carruaje de mi padre se deslizó sobre el mar y empezó a apagarse con
las olas. Las sombras del bosque se profundizaron mientras los troncos parecían
torcerse el uno sobre el otro. Es muy tarde para ir ahora, me dije. Mañana.
Las puertas de la casa eran anchos robles, con bandas de hierro. Se abrieron
fácilmente a mi toque. Dentro el aire tenía aroma de incienso. Había un gran
cuarto arreglado con mesas y bancas como si fuera para un banquete. Un Brezo
estaba anclado en una orilla; en la otra, un corredor que guía a los cuartos y a la
cocina. Era tan largo para albergar una docena de Diosas, y claramente estoy
esperando ver ninfas y a mis primos en cada esquina. Pero no, eso era parte de
mi exilio. El estar absolutamente sola. Que peor castigo puede haber, mi familia
pensó, ¿qué estar privada de nuestra presencia divina?
Ciertamente la casa en sí no es un castigo. Tesoros brillaban en cada lugar:
cofres tallados, suaves alfombras, y colgantes de oro, camas, sillas, trípodes, y
estatuas de marfil. El alfeizar de ventana era de mármol blanco, las
contraventanas enrolladas en madera de fresno. En la cocina, paso mi pulgar por
los cuchillos, bronce y hierro, pero también concha de nácar y obsidiana.
Encontré trastes de cristal de cuarzo y plata forjada. A pesar que los cuartos
estaban solos, no había ni un indicio de polvo, y aprendería que nadie podía
cruzar el umbral de mármol. Como sea, seguí sobre él, el piso siempre estaba
limpio, y las mesas relucientes. Las cenizas se desvanecían de la fogata, los platos
se lavaban solos, y las leñas se reabastecían en la noche. En la bodega había jarras
de aceite y vino, trastes de queso y granos de cebada, siempre frescos y llenos.
Entre todos estos vacíos cuartos perfectos, me sentía…no lo podía decir.
Decepcionada. Hay una parte de mí, pienso, que había esperado un risco en el
Cáucaso después de todo, y un águila comiendo mi hígado. Pero Escila no era
Zeus, y yo no era Prometeo. Éramos ninfas, no valíamos la pena.
Sin embargo, había más que eso. Mi padre podría haberme dejado en un
cuchitril o en la choza de un pescador, en una playa con nada más que una carpa.
Pensé en su cara de antes cuando hablaba sobre el decreto de Zeus, su clara,
tangible furia. Había asumido que era por mí, pero ahora, con las pláticas con
Eetes, he empezado a comprender más. La tregua entre Dioses se mantiene solo
porque los Titanes y los del Olimpo ambos se quedan en sus esferas. Zeus había
demandado disciplina por la sangre de Helios. Helios no podía hablar
abiertamente antes, pero pudo haber respondido, un mensaje de desobediencia
para balancear las escalas. Incluso nuestros exiliados viven mejor que los reyes.
¿Ves cuánto poder tenemos? Si nos golpean, dioses del Olimpo, nos levantaremos
más fuertes que antes.
Eso era mi nuevo hogar: un monumento al orgullo de mi padre.
Había pasado el anochecer para entonces. Encontré el pedernal y lo golpee con
la yesca como había visto hacerlo a Glauco frecuentemente, pero nunca lo había
intentado. Me tomo varios intentos, y cuando finalmente las flamas empezaron
a aparecer y extenderse, sentí un nuevo tipo de satisfacción.
Estaba hambrienta así que fui a la despensa, donde los trastes estaban
rebosados con suficiente comida para alimentas cientos. Puse unas cucharas
sobre mi plato y me senté en una de las mesas grandes de roble en el salón. Podía
escuchar el sonido de mi respiración. Me golpeó que nunca había comido sola.
Incluso cuando nadie me hablaba o me veía, siempre había algún primo o
hermano a mi lado. Froté la madera fina. Tarareé un poco y escuché el sonido ser
tragado por el aire. Así es como serán todos mis días, pensé. A pesar del fuego,
las sombras aparecían en las esquinas. Afuera, las aves empezaban a gritar. Al
menos yo pensaba que eran aves. Sentí los vellos levantarse en mi nuca,
pensando otra vez en esos oscuros, gruesos troncos. Fui a las persianas y las
cerré, aseguré las puertas. Estaba acostumbrada al peso de todas las piedras de
la Tierra a mí alrededor, y además el poder de mi padre. Las paredes de esta casa
eran para mí hojas delgadas. Cualquier garra lo abriría. Quizá ese era el secreto
de este lugar, pensé. Mi verdadero castigo está por venir.
Detente, me dije. Encendí velas, y me hice a mí misma llevarlas abajo por el
pasillo al cuarto. En la luz del día parecía grande, y estaba complacida, pero ahora
no podía mirar todas las esquinas con una mirada. Las plumas de mi cama
murmuraban las unas a las otras, y las persianas de madera crujían como las
sogas de un barco en una tormenta. En todo mi alrededor podía sentir los
salvajes vacíos de la isla extenderse en la oscuridad.
Hasta ese momento no sabía a cuantas cosas le tenía miedo. Enormes
fantasmas levitando se deslizan por las laderas de la colina, gusanos nocturnos
retorciéndose en sus madrigueras, presionando sus caras ciegas en mi puerta.
Dioses de pata de cabra ansiosos por alimentar sus apetitos salvajes, piratas que
amortiguan sus remos en mi puerto, planeando como me llevarían. ¿Y qué podía
hacer yo? Pharmakis, Eetes me había llamado, Bruja, pero toda mi fuerza estaba
en esas flores, a océanos de distancia. Si alguien viene, solo seré capaz de gritar,
y miles de ninfas a mis espaldas sabían que tan buena era para eso.
El miedo se derramo sobre mí, cada ola más fría que la anterior. El aire quieto
se arrastró sobre mi piel y las sombras extendieron sus manos. Observe la
oscuridad, esforzándome por escuchar más allá del latido de mi propia sangre.
Cada momento sentía la noche larga, pero finalmente el cielo tomó una textura
profunda y empezó a palidecer en el borde. Las sombras desaparecieron y era
mañana. Me levanté, entera e intacta. Cuando salí, no había huellas de pisadas, o
marcas de colas deslizándose, sin garras en la puerta. Pero no me sentí tonta.
Sentí como si hubiera pasado una gran experiencia.
Observé otra vez dentro del bosque. Ayer (¿había sido ayer?) había esperado
por alguien que viniera y me dijera que era seguro. ¿Pero quién sería? ¿Mi padre,
Eetes? Eso era lo que exilio se significaba: nadie vendría, nadie nunca lo haría.
Había temor en saber eso, pero después de mi noche larga se sentía pequeño y
sin consecuencias. Lo peor de mi cobardía había salido. En su lugar había una
pequeña chispa. No iba a ser como un ave criada en una jaula, pensé, tan tonto
para volar incluso cuando la puerta está abierta.
Entré al bosque y mi vida empezó.
Aprendí a trenzar mi cabello hacía atrás, así no se atoraría en cada ramita, y
como atar mi falda a mis rodillas para mantener fuera los bordes. Aprendí a
reconocer las diferentes vides florecientes y las rosas llamativas, a encontrar las
libélulas y serpientes enroscadas. Escalé la colina en donde los cipreses se
extendían en la oscuridad del cielo, luego bajé a los huertos y viñedos, donde las
uvas crecían tan gruesas como los corales. Caminé en la colina, los prados
silbantes de tomillo y lilas, y puse mis maras en la playa amarilla. Busqué en cada
cueva y gruta, encontré los gentiles laureles, el puerto seguro para botes.
Escuche los lobos aullar, y las ranas llorar desde su estanque. Acaricié los
escorpiones cafés quienes me desafían con sus colas. Su veneno apenas y era un
pellizco. Estaba ebria, como el vino o el néctar en el salón de mi padre nunca me
habían puesto. No hay duda del porque era tan lenta, pensé. Todo este tiempo,
había sido una tejedora sin lana, una navegadora sin mar. Aun así, miren donde
estoy.
En la noche fui a recostarme en mi casa. Ya no me importaban sus sombras,
porque significaba que la mirada de mi padre había desaparecido de los cielos y
las horas quedaban para mí. No me importaba lo vacío tampoco. Por miles de
años he tratado de llenar el espacio que hay entre mi familia y yo. Llenar los
cuartos de mi casa era fácil en comparación. Quemé cedro en la fogata, y su humo
oscuro me mantuvo acompañada. Canté, lo cual nunca tenía permitido hacer,
desde que mi madre dijo que tenía la voz de una gaviota ahogándose. Y cuando
me sentía sola, cuando me encontraba anhelando a mi hermano, o Glauco como
era, entonces siempre estaba el bosque. Las lagartijas se lanzaban a las ramas,
las aves destellaban con sus alas. Las flores, cuando me veían, parecían acercarse
más como cachorros ansiosos, saltando y clamando por mi toque. Me sentí casi
tímida con ellos, pero día a día me sentí más confiada, y finalmente me arrodillé
en la tierra húmeda en frente de un ramo de un ramo de eléboros.
Los delicados retoños salían de sus tallos. No necesitaba un cuchillo para
cortarlo, sólo la punta de mi uña, las cuales crecieron filosas con unas gotas de
savia. Puse las flores en una canasta cubierta con una tela y solo las destapé
cuando llegué a casa, mis persianas firmemente cerradas. No pensaba que
alguien intentaría detenerme, pero no pretendía tentarlos.
Observé a los retoños acostados en mi mesa. Parecían encogidos, y etiolados 2.
No tenía una idea de lo que hacer con ellas primero. ¿Cortar? ¿Hervir? ¿Rostizar?
Había aceite en la pomada de mi hermano, pero no sabía de qué tipo. ¿El de olivo
2
Cuando una planta no crece correctamente y se le ve débil.
de la cocina serviría? Seguramente no. Debería ser algo fantástico, como aceite
de semillas presionado de las frutas de los Hespérides. Pero no podía obtener
eso. Hice rodar un tallo entre mis dedos. Lo voltee, blando como un gusano
ahogado.
Bueno, me dije a mí misma, no te quedes ahí parada como una piedra. Intenta
algo. Hiérvelos. ¿Por qué no?
Tenía un poco de orgullo, como dije, y eso era bueno. Más sería fatal.
Déjame decirte cual no es la fuente: no es poder divino, el cual viene de un
pensamiento y un parpadeo. Debe ser hecho y trabajado, planeado y encontrado,
desenterrado, secado, picado y molido, hablado y cantado. Incluso después de
todo eso, puede fallar, como los Dioses no lo hacen. Si mis hierbas no están lo
suficiente frescas, si mi atención flaquea, si mi voluntad es débil, las cosas se
vuelven viejas y rancias en mis manos.
Por derecho, nunca debí llegar a la brujería. Los Dioses odian cualquier
esfuerzo, está en su naturaleza. Lo más cerca que llegamos es tejiendo o forjando,
pero estas cosas son habilidades, y no hay ningún trabajo pesado en ellos porque
todas las partes que podrían no tener placer son eliminadas con poder. La lana
no se tiñe con cubas apestosas o cucharas revueltas, sino con un chasquido. No
hay minería tediosa, los minerales saltan desde las montañas. Los dedos nunca
están irritados, ni los músculos tensos.
Brujería es sólo trabajo pesado. Cada hierba debe ser encontrada en su
madriguera, cosechado en su tiempo, arrancada de la suciedad, sacrificada y
despojada, lavada y preparada. Debe ser llevada de esta manera, luego, averiguar
dónde se encuentra su poder. Día tras paciente día, deberás tirar tus errores y
empezar otra vez. ¿Así que por qué no me importaba? ¿Por qué a ninguno de
nosotros le importaba?
No puedo hablar por mis hermanos y hermanas, pero mi respuesta es fácil. Por
cientos de generaciones, he caminado en el mundo somnoliento y aburrido,
ociosa y a mi manera. No dejaba alguna marca. No hacía ninguna aventura.
Incluso aquellos que me habían amado un poco no se quedaron.
Entonces aprendí que podía tener el mundo haciendo mi voluntad, como un
arco se dobla por una fecha. Habría hecho ese esfuerzo miles de veces para
mantener ese poder en mis manos. Pensé: así es como Zeus se sintió la primera
vez que levantó su rayo.
Al principio, claro, todo lo que preparaba eran errores. Plantas que no hacían
nada, pastas que se desmoronaban y yacían muertas en la mesa. Pensé que si
alguna ruda era buena, más serían mejor, que diez hierbas molidas eran mejor
que cinco, que podía dejar vagar a mi mente y el hechizo no lo haría con ella, que
podía empezar haciendo una poción y a la mitad empezar con otra. No tenía el
más mínimo conocimiento de hierbas que los humanos aprenden en las rodillas
de su madre: esas plantas que hervidas hacía una especie de sopa, tejos quemado
que producía un humo asfixiante, que las amapolas habían dormido en sus filas
y en las muertes del eléboro, y la milenrama podía cerrar las heridas. Todas estas
cosas tenían que ser trabajadas y aprendidas, a través de ensayo y error, dedos
quemados y nubes fétidas que me hacían correr afuera para toser en el patio.
Al menos, pensé que en esos primeros días, pude hacer un hechizo, y no tenía
que volver a aprenderlo. Pero eso tampoco era cierto. Aunque antes había usado
las hierbas frecuentemente, cada uno tenía su propio carácter. Una rosa me diría
sus secretos si estuvieran enterrados, otros deberían estar presionados, otros
remojados. Cada hechizo era una nueva montaña que escalar. Todo lo que podía
traer conmigo era el conocimiento de que podría ser hecho.
Me presione. Si mi infancia me ha dado algo, era resistencia. Poco a poco
empecé a escuchar mejor: la savia moviéndose en las plantas, a la sangre en mis
venas. Aprendía ver mis propias intenciones, a reducir y a sumar, a sentir dónde
el poder se juntaba y decir las palabras correctas para elevarlo. Ese era el
momento por el que había vivido, cuando todo salió claramente finalmente y el
hechizo podía ser cantado por su propia nota, para mí y nadie más.
No llamaba dragones, ni convocaba serpientes. Mis primeros encantamientos
eran habilidades tontas, lo que sea que viniera a mi mente. Empecé con una
bellota, del que yo tenía conocimiento de que el objeto era verde y brillante,
nutrido por el agua, mi sangre de náyade debió de ayudarme. Por días, meses,
froté esa bellota con aceites y ungüentos, diciendo sobre ellas unas palabras para
hacerlas florecer. Traté de imitar los sonidos que Eetes pronunció cuando curó
mi rostro. Traté con maldiciones, y rezos también, pero después de todo eso la
bellota mantuvo su semilla presumiblemente dentro. La tiré fuera y me conseguí
una nueva y me mantuve con ella por medio año. Intenté decir el hechizo cuando
estaba enojada, cuando estaba calmada, cuando estaba feliz, cuando estaba
medio distraída. Un día me dije a mí misma que preferiría no tener poderes a
volver a decir un hechizo. ¿Para qué quiero una plántula de roble? La isla estaba
llena de ellas. Lo que realmente quería era unas fresas salvajes, para que se
deslizará dulcemente sobre mi irritada garganta, así que se lo dije a la cascara
café.
Cambió tan rápido que mi pulgar se hundió en su suave cuerpo rojo. Observé,
y luego brinqué con triunfo, asustando a las aves afuera en los árboles.
Traje a una flor marchita de regreso a la vida. Desvanecí a los mosquitos de mi
casa. Hice que los cerezos florezcan fuera de temporada y cambie el fuego en
verde vivo. Sí Eetes hubiera estado aquí, se hubiera atorado con su barba al ver
estos pequeños trucos de cocina. Porque no sabía nada aún, nada estaba debajo
de mí.
Mis poderes se doblaron entre ellos como olas. Descubrí que tenía un truco
para la ilusión, convocando sombras de miga para que el ratón se asustara más
adelante, haciendo a pececillos pálidos saltar de las olas para caer en el pico de
un cormorán. Pensé en grande: un hurón para espantar a los del muelle, un búho
para alejar a los conejos. Aprendí que el mejor momento para la cosecha era bajo
la luna, cuando el rocío y la oscuridad concentraban la savia. Aprendí qué crecía
bien en el jardín, y qué debería dejarse en su lugar en el bosque. Capturaba
serpientes y aprendí como sacar veneno de sus dientes. Podía sacar una gota de
veneno de la cola de una avispa. Curé un árbol moribundo, maté un vino
envenenado con un toque.
Pero Eetes estaba en lo correcto, mi más grande don era la transformación, y
era ahí donde mis pensamientos regresaban. Me paré enfrente de una rosa, y se
convirtió en un lirio. Un trabajo vertido sobre las raíces de un fresno lo convirtió
en una encina. Convertí toda mi leña en cedro así su esencia inundaría todas las
noches mis pasillos. Atrapé una abeja y la hice un sapo, y un escorpión en un
ratón.
Ahí finalmente descubrí los límites de mi poder. Como estuviera hecha la
mezcla, como estuviera dicho el hechizo, el sapo seguía intentando volar, y el
ratón picar. La transformación afectaba solo cuerpos, no mentes.
Entonces pensé en Escila. ¿Su ser de ninfa aún vivía en ese monstruo de seis
cabezas? ¿O las plantas que crecieron de la sangre de los Dioses la convirtieron
en uno verdadero? No lo sabía. Al aire dije, Dónde sea que estés, espero hayas
encontrado tu satisfacción.
Ahora sé que así es.
Fue un día en esos tiempos que me encontré con uno de los más grandes
frenos del bosque. Amaba caminar en la isla, desde sus más bajas costas hasta las
más altas de sus guaridas, buscando los escondidos musgos y helechos y
enredaderas, recolectando sus hojas para mis encantos. Era tarde, y mi canasta
estaba llena. Caminé alrededor de un arbusto, y ahí estaba el jabalí.
Había sabido desde hace un tiempo que había cerdos salvajes en la isla. Los
había escuchado chillar y chocar en los arbustos, y a veces me encontraba con
rododendros pisados, o un grupo de plantas arraigadas. Ese era el primero que
veía.
Era enorme, incluso más grande de lo que imagine que un jabalí podría ser. Su
columna se elevó empinada y negra como las crestas del monte Cynthus, y sus
hombros tenían rasguños con las cicatrices rayadas de sus peleas. Solo los héroes
más valientes enfrentan a estas criaturas, y están armados con lanzas y perros,
arcos y asistentes, y usualmente media docena de guerreros tras de ellos. Yo sólo
tenía mi cuchillo de excavación y mi canasta, y ningún hechizo hecho.
Dio un paso, y la espuma blanca goteaba de su hocico. Bajó sus colmillos y
enterró su mandíbula. Sus ojos de cerdo decían: Puedo vencer cientos de jóvenes
y enviar sus cuerpos a sus madres gimiendo. Desharé tus entrañas y voy a
comérmelas en el almuerzo.
Acomodé mi mirada con la suya. —Inténtalo —dije.
Por un largo momento me observó. Luego se giró y se retorció a través del
arbusto. Te lo digo, por todos mis hechizos, que esa fue la primera vez que me
sentí como una bruja.
En mi hogar esa noche, pensé en esas diosas que se pavonean cargando aves
en sus hombros, o tienen cervatillos siempre acariciando sus manos, marchando
delicadamente con sus tacones. Las pondría en vergüenza, pensé. Caminé hasta
el más alto punto y encontré un camino solitario: aquí una flor se marchito, aquí
la tierra se revolvió un poco y unos ladridos comenzaron. Preparé una poción
con azafrán y jazmín amarillo, las raíces de los lirios y ciprés excavaban cuando
la luna estaba en su punto más alto. Las salpiqué, cantando. Yo te convoco.
Ella vino murmurando al siguiente anochecer, los músculos de sus hombros
duros como piedras. Se acostó alrededor de mi chimenea, raspando mis tobillos
con su lengua. Durante el día, me trajo conejos y pescados. En la noche limpió la
miel de mis dedos y se dormía bajo mis pies. A veces jugábamos, ella me
perseguía, luego saltaba para atraparme por el cuello. Olía el cálido almizcle en
su aliento, sentía el peso de sus patas delanteras sobre mis hombros. —Mira —
dije, enseñándole el cuchillo que había traído conmigo desde el salón de mi
padre, el que tenía una cara de león— ¿Qué tonto hizo esto? Nunca habían visto
a alguien como tú.
Ella abrió su gran boca café en un bostezo.
Había un espejo de bronce en mi recamara, alto como el techo. Cuando pasaba
por ahí, apenas y me reconocía. Mi mirada parecía más brillante, mi rostro más
agudo, y ahí detrás de mí se encontraba mi salvaje y familiar leona. Podía
imaginar lo que dirían mis primos si me vieran: mis pies sucios por trabajar en
el jardín, mi falda amarrada a mis rodillas, cantando a la altura de mi voz débil.
Deseé que ellos vinieran. Quería ver esos grandes ojos suyos observándome
mientras caminaba por las guaridas de los lobos, nadando en el mar dónde los
tiburones son alimentados. Podía convertir a un pez en un ave, podía pelear con
mi leona, luego acostarme en su estómago, mi cabello suelto. Quería escucharlos
chillar y jadear, con su aliento atrapado. OH, ¡Ella me ha mirado! ¡Ahora me
convertiré en rana!
¿Realmente había temido de esas criaturas? ¿Realmente había pasado diez mil
años agachándome como un ratón? Entendía ahora la audacia de Eetes, como se
había parado enfrente de mi padre como un pico elevado. Cuando hacía mi
magia, sentí ese mismo peso abarcándome. Vi el carruaje cálido de mi padre a
través del cielo. ¿Bien? ¿Qué tienes que decirme? Me tiraste a los cuervos, pero
resulta que los prefiero a ellos que a ti.
Ninguna respuesta llegó, tampoco por mi tía la luna, esos cobardes. Mi piel
estaba radiante, mis dientes listos. Mi leona azotaba su cola.
¿Nadie tenía el valor? ¿Nadie iba a enfrentarme?
Como puedes ver, a mi manera, estaba ansiosa por lo que estaba por venir.
CAPÍTULO OCHO
Era el ocaso, la cara de mi padre ya estaba entre los árboles. Yo estaba
trabajando en mi jardín, cercando las elegantes vides, plantando romero y
acónito. Estaba cantando también, algo sin propósito alguno. La leona echada en
el suelo, su boca ensangrentada por el urogallo de la madera que ella había
agarrado.
—Lo admito —dijo la voz—, estoy sorprendido de verte tan normal después
de tantos alardes. Un jardín de flores y trenzas. Podrías ser cualquier chica de
campo.
El joven estaba recargado en mi casa, observándome. Su cabello estaba suelto
y despeinado, su rostro brillante como una joya. Aunque no había luz suficiente
para verlos, sus sandalias doradas destellaban.
Sabía quién era él, claro que sabía. El poder resplandecía en su cara,
inconfundible, afilado como una espada desenvainada. Un dios del Olimpo, el hijo
de Zeus y su mensajero elegido. La irritante risa de los Dioses, Hermes.
Me sentí temblar, pero no dejaría que él lo viera. Los Grandes Dioses huelen el
miedo como los tiburones huelen la sangre, y ellos te devorarían de la misma
forma.
Me mantuve en el lugar. — ¿Qué esperabas?
—Oh, ya sabes. —Una delgada rama giró ociosamente entre sus dedos. — Algo
más espeluznante. Fiero e intratable. Un grupo de esfinges bailarines. Sangre
goteando del cielo.
Estaba acostumbrada a mis tíos de hombros anchos y barba blanca, no una
descuidada belleza perfecta. Cuando los escultores dan forma a sus piedras, lo
hacen para que se parezca a él.
— ¿Eso es lo que dicen de mí?
—Por supuesto. Zeus está seguro que estas preparando venenos contra todos
nosotros, tú y tu hermano. Ya sabes cómo se inquieta —sonrío, simple,
conspirador. Como si la furia de Zeus fuera una broma ligera.
— ¿Así que viniste como un espía de Zeus?
—Prefiero la palabra enviado. Pero no, en este asunto, mi padre puede hacer
su propio trabajo. Estoy aquí porque mi hermano está enojado conmigo.
—Tu hermano —dije.
—Sí —dijo—, ¿Pensé que habías oído hablar de él?
De su capa sacó una lira, incrustada de oro y marfil, brillando como el
amanecer.
—Parece que he robado esto —dijo—, y necesito un lugar donde quedarme
hasta que pase la tormenta. Estaba esperando que ¿me tuvieras un poco de
lástima? De alguna manera no creo que busque aquí.
Los cabellos de mi nuca se erizaron. Todos aquellos que fueran sabios temían
la ira del dios Apolo, silencioso como la luz del sol, mortífero como una plaga.
Tuve el impulso de ver sobre mi hombro, para estar segura de que él todavía no
estaba caminando a través del cielo, su dorada flecha apuntándome al corazón.
Pero había algo en mí que estaba cansado del miedo y las imposiciones, de
observar el cielo y preguntarme que es lo que me permitirían hacer.
—Entra —dije, y lo guie a través de mi puerta.
Había crecido escuchando las historias de la audacia de Hermes: cómo cuando
era un infante y se había levantado de su cuna y se llevó el ganado de Apolo, como
había eliminado al monstruoso guardián Argos después de engatusar a cada uno
de sus mil ojos para que durmiera, como pudo sacar secretos de una roca y
encantado incluso a dioses rivales para que hicieran lo que él quisiera.
Todo era verdad. Podría atraerte como si estuviera tirando de un hilo. Podía
hacerte girar en su engreimiento hasta que te atragantaras de la risa. Yo sabía
escasamente de la verdadera inteligencia. Hablé con Prometeo por solo un
momento, y en el resto de la sala de Océano la mayoría de lo que se consideraba
astucia era mejor dicho socarronería y rencor. La mente de Hermes era cien
veces más afilada y rápida. Resplandecía como luz sobre las olas, deslumbrante
para la ceguera. Esa noche me entretuvo con cuento tras cuento de los grandes
dioses y sus tonterías. El lascivo de Zeus convirtiéndose en un toro para atraer a
una hermosa doncella. Ares, Dios de la Guerra, vencido por dos gigantes, quienes
lo mantuvieron encerrado en un tarro por un año. Hefesto tendiendo una trampa
a su esposa Afrodita, atrapándola en una red dorada, aún desnuda con su amante
Ares, para que todos los dioses lo vieran. Continúo y continuo, a través de los
absurdos vicios, peleas de borrachos, y bonitas peleas a bofetadas, todas
contadas con la misma voz sonriente y resbaladiza. Me sentí ruborizada y
mareada, como si hubiera tomado mi propio veneno.
— ¿No serás castigado por venir aquí y romper mi exilio?
Sonrió. —Mi padre sabe que hago lo que quiero. Y de cualquier forma, no
rompí nada. Eres tú la que estas confinada. El resto del mundo podemos ir y venir
como nos plazca.
Estaba sorprendida. —Pero pensé. . . ¿No es el mayor castigo forzarme a estar
sola?
—Eso depende en quien te visita, ¿no es así? Pero exilio es exilio. Zeus te
quería encerrada, y aquí estas. Ellos realmente no pensaron más allá.
— ¿Cómo sabes todo esto?
—Estaba ahí. Ver a Zeus y Helios negociar siempre es un buen
entretenimiento. Como dos volcanes tratando de decidir si deben explotar.
Él había peleado en la gran guerra, lo recuerdo. Vio el cielo arder, y asesinó a
un gigante cuya cabeza cepillaba las nubes. Como toda su luminosidad, encontré
que lo podría imaginar.
—Dime —dije—, ¿puedes tocar ese instrumento? ¿O solo robarlo?
Tocó las cuerdas con sus dedos. Las notas saltaron al aire, brillantes, plateadas
y dulces. Las reunió en una melodía sin esfuerzo como si fuera él mismo un dios
de la música, así todo el lugar parecía vivir dentro del sonido.
Levantó la mirada, el fuego capturó su rostro. — ¿Cantas?
Esa era otra cosa acerca de él. Te hacía querer derramar tus secretos.
—Solo para mí —dije—, mi voz no es placentera para otros. Me han dicho que
sueno como una gaviota llorando.
— ¿Eso es lo que dicen? No eres una gaviota. Suenas como un mortal.
La confusión debió de plasmarse en mi cara, por lo que él se rio.
—La mayoría de los dioses tienen la voz de los rayos y las rocas. Debemos de
hablar suave a los oídos de los humanos, o se romperían en pedazos. Para
nosotros, los mortales suenan débiles y delicados.
Recordé que tan gentil habían sonado las palabras de Glauco cuando habló por
primera vez conmigo. Lo había tomado como una señal.
—No es común —dijo—, pero a veces ninfas menores nacen con voces
humanas. Una de esas eres tú.
— ¿Por qué nadie me lo había dicho? ¿Y cómo eso puede pasar? No hay nada
mortal en mí, solo soy un Titán.
Encogió los hombros. — ¿Quién puede explicar cómo funcionan las líneas
divinas de sangre? Cómo nadie lo había dicho, sospecho que no lo sabían. He
pasado más tiempo con los mortales que la mayoría de los dioses y me he
acostumbrado a sus sonidos. Para mi es solo otro sabor, como la sazón en la
comida. Pero si alguna vez has estado entre hombres, lo notarás: no te temerán
como nos temen al resto de nosotros.
En un minuto había desenredado uno de los más grandes misterios de mi vida.
Levanté mis dedos hacía mi garganta como si pudiera tocar lo extraño que yacía
ahí. Un dios con la voz de un mortal. Era impactante, aun así, había una parte de
mí que sentía algo parecido al reconocimiento.
—Toca —dije. Comencé a cantar, y la lira siguió mi voz sin ningún esfuerzo, su
timbre subiendo para endulzar cada una de mis frases. Cuando terminé, las
flamas habían vuelto al carbón y la luna velaba. Sus ojos brillaban como oscuras
gemas a la luz. Eran negros, una de las marcas del oscuro poder que corría en su
interior, de la línea de los dioses más antiguos. Por primera vez me golpeó lo
extraño que era que dividiéramos los Titanes de los dioses del Olimpo, cuando
claramente Zeus era hijo de padres Titanes, y el abuelo de Hermes era el Titán
Atlas. La misma sangre corre por todas nuestras venas.
— ¿Sabes el nombre de esta isla? —dije.
—Sería un pobre dios de los viajes si no supiera todos los lugares del mundo.
— ¿Y me dirás?
—Se llama Aiaia —dijo.
—Aiaia —probé los sonidos. Eran suaves, juntándose suavemente como alas
en el aire oscuro.
—Lo sabes —dijo. Me estaba observando de cerca.
—Claro. Es el lugar dónde mi padre arrojó su fuerza a Zeus y probó su lealtad.
En el cielo por encima de este lugar, venció a un Titán gigante, empapando la
tierra de sangre.
—Es toda una coincidencia —dijo—, que tu padre te haya enviado a esta isla
entre todas las otras.
Podía sentir sus poderes alcanzando mis secretos. En los viejos tiempos me
hubiera apresurado con una copa rebosante de respuestas, para darle todo lo
que él quisiera. Pero no era la misma que solía ser. No le debía nada. Él tendría
de mí sólo lo que yo quisiera dar.
Me levanté y me paré antes que él. Podía sentir mis propios ojos, amarillos
como piedras de río. —Dime —dije—, ¿cómo sabes que tu padre no está en lo
correcto acerca de mis venenos? ¿Cómo sabes que no te voy drogar en dónde te
sientes?
—No lo sé.
— ¿Aun así te atreves a quedarte?
—Yo me atrevo a todo —dijo.
Y así fue como nos convertimos en amantes.
Hermes regresaba seguido en los años venideros, volando a través del
anochecer. Trajo manjares de los dioses, vino robado de las tiendas del propio
Zeus, la miel más dulce del Monte Hybla, donde las abejas sólo beben tomillo y
flor de tilo. Nuestras conversaciones eran placenteras, y nuestros acoplamientos
también.
— ¿Tendrías un hijo mío? —me preguntó.
Me reí de él. —No, nunca jamás.
No estaba herido. Le gustaba esa mordacidad, porque no había nada en él que
tuviera sangre que pudieras derramar. Preguntó solo por curiosidad, porque
estaba en su naturaleza buscar respuestas, presionar a los otros por sus
debilidades. Quería ver que tan loca estaba por él. Pero toda la debilidad en mí
se había ido. No me acostaba pensando en él durante el día, no decía su nombre
sobre mi almohada. No era un esposo, apenas un amigo. Era una serpiente
venenosa, y yo era otra, y en tales términos nos dábamos placer.
Me contaba las noticias que me había perdido. En sus viajes pasaba por cada
cuarto del mundo, recogiendo chismes como los dobladillos acumulan barro.
Sabía en qué festines Glauco había bebido. Sabía que tan alto la leche brotaba en
las fuentes de Cólquida. Me dijo que Eetes estaba bien, ataviado en una capa de
piel de leopardo teñida. Había tomado una mortal como su esposa, y tenía un
bebé envuelto en pañales y otro en camino. Pasífae todavía gobernaba Creta con
sus pociones, y mientras tanto había parido una tripulación de un barco para su
esposo, media docena de herederos e hijas por igual. Perseo se quedó en el Este,
levantando los muertos con cubos de crema y sangre. Mi madre había superado
sus lágrimas y añadió Madre de Brujas a sus títulos, presumiendo esto entre mis
tías. Nos reímos sobre todo eso, y cuando se fue, sabía que contó historias sobre
mí a cambio: mis negras y sucias uñas, mi olorosa leona, los cerdos que han
empezado a venir a mi puerta, en busca de barro y que les rasquen la espalda. Y,
por supuesto, como me he lanzado hacía él como una virgen ruborizada. ¿Y bien?
No me había ruborizado, pero todo lo demás era lo suficientemente cierto.
Le hice más preguntas, dónde estaba Aiaia, y que tan lejos estaba de Egipto y
Etiopía y otros lugares interesantes. Pregunté cómo estaba el humor de mi padre,
y cuáles eran los nombres de mis sobrinas y sobrinos, y qué nuevos imperios
habían florecido en el mundo. Respondió todo, pero cuando le pregunté qué
tanto habían durado las flores que les había dado a Glaucos y a Escila, él se río de
mí. ¿Piensas que yo afilaré las garras de los leones por ella?
Hice mi voz tan despreocupada como pude. —Y que de ese viejo Titán
Prometeo en su piedra. ¿Cómo esta él?
— ¿Cómo crees? Pierde un hígado cada día.
— ¿Todavía? Nunca entendí porque a Zeus le molesta tanto que ayuden a los
mortales.
—Dime —dijo—, ¿quién da mejores ofrendas, un hombre miserable o uno
feliz?
—Uno feliz, por supuesto.
—Incorrecto —dijo—. Un hombre feliz está muy ocupado con su vida. Piensa
que no le debe nada a nadie. Pero hazlo temblar, mata a su esposa, deja inválido
a su hijo, y escucharas de él. Él matará de hambre a su familia por un mes para
después comprarte un becerro blanco puro. Sí él puede hacerlo, te comprará
cien.
—Pero obviamente —dije—, tendrás que recompensarlo eventualmente. De
otra manera, dejará de hacerte ofrendas.
—Oh, estarás sorprendida que tan lejos él puede llegar. Pero sí, al final, es
mejor darle algo. Entonces él estará feliz otra vez. Y puedes volver a empezar.
—Así que esta es la forma en que los Olímpicos pasan sus días. Pensando en
formas de hacer a los hombres miserables.
—No hay causa para la honradez —dijo—. Tu padre es mejor en eso que nadie.
Él arrasaría una villa entera si pensará que con eso podría conseguir una vaca
más.
¿Cuántas veces me había relamido internamente con los altares llenos de mi
padre? Levantaba mi copa y bebía, así no vería el rubor en mis mejillas.
—Supongo que deberías ir y visitar a Prometeo —dije—. Tú y tus alas. Llevarle
algo para confortarlo.
— ¿Y por qué debería hacer eso?
—Para hacer algo nuevo, claro está. El primer buen acto en tu disoluta vida.
¿No estas curioso de saber cómo se sentiría?
Él rio, pero ya no lo presioné más. Aún era, y lo sería siempre, un dios del
Olimpo, seguía siendo el hijo de Zeus. Me tomé la libertad porque eso lo
entretenía, pero nunca supe cuándo esa diversión podría acabar. Puedes enseñar
a una víbora a comer de tu mano, pero no puedes quitarle el gusto a morder.
La primavera se volvió verano. Una noche, cuando Hermes y yo estábamos
tomando nuestro tiempo con el vino, finalmente le pregunté sobre Escila.
—Ah —sus ojos se iluminaron —. Me preguntaba cuando llegaríamos a ella.
¿Qué te gustaría saber?
¿Es ella infeliz? Pero él se hubiera reído ante esa pregunta tan sentimental, y
tendría el derecho de hacerlo. Mi brujería, mi isla, mi leona, todo eso surgió de
su transformación. No había honestidad en arrepentirme en lo que me había
dado mi vida.
—Nunca escuché lo que le paso después de que se sumergió en el océano.
¿Sabes dónde está?
—No muy lejos de aquí. Menos de un día de viaje en un barco de los mortales.
Ella encontró un estrecho a su gusto. Por un lado, es un torbellino que se traga
los barcos, peces y cualquier otra cosa que pase. Por el otro, es un acantilado con
una cueva para que oculte su cabeza. Cualquier barco que evite el torbellino será
conducido justo a su mandíbula, así se alimenta ella.
—Se alimenta —dije.
—Sí. Ella come marineros. Seis al mismo tiempo, uno para cada boca, y si los
remos son lentos, come doce. Algunos intentan pelear contra ella, pero puedes
imaginarte cómo termina eso. Puedes escucharlos gritar de distintas formas.
Estaba congelada en mi silla. Siempre la había imaginado nadando en las
profundidades, succionando carne fresca de los calamares. Pero no. Escila
siempre había deseado la luz del día. Siempre había deseado hacer a los otros
llorar. Y ahora era un monstruo rabioso lleno de dientes y armada de
inmortalidad.
— ¿Nadie puede detenerla?
—Zeus podría, o tu padre, si quisieran hacerlo. ¿Pero por qué lo harían? Los
monstruos son una bendición para los dioses. Imagina todas las plegarias.
Mi garganta se cerró. Esos hombres que se había comido eran marineros como
Glaucos lo fue, rotos, desesperados, desgastados, delgados y con miedo. Todos
muertos. Humo frío, marcado con mi nombre.
Hermes me observaba, su cabeza inclinada como una curiosa ave. Esperando
mi reacción. ¿Sería leche desnatada para llorar, o una arpía con el corazón de
piedra? No había nada en medio. Cualquier otra cosa no se ajustaría al cuento
gracioso que él desearía torcer.
Dejé caer un mano en la cabeza de mi leona, sentir su grande, duro esqueleto
debajo de mis dedos. Ella nunca dormía cuando Hermes estaba ahí. Sus ojos
estaban entornados y vigilantes.
—Escila nunca estuvo satisfecha con solo uno —dije.
Él sonrío. Una perra con un acantilado como corazón.
—Quería decirte algo—dijo—. Escuché una profecía sobre ti. La obtuve de una
vieja adivina que había dejado su templo y estaba vagando por el campo dando
fortunas.
Estaba acostumbrada a los cambios de movimientos que, hacia su mente, y
ahora estaba agradecida por ello. — ¿Y tú estabas pasando por casualidad por
ahí cuando ella estaba hablando de mí?
—Claro que no. Le di una copa labrada de oro para que me dijera todo lo que
sabe de Circe, hija de Helios, bruja de Aiaia.
— ¿Y bien?
—Ella dijo que un hombre llamado Odiseo, nacido de mi sangre, vendría un
día a tu isla.
— ¿Y?
—Eso es todo —dijo.
—Esa es la peor profecía que he escuchado —dije.
Suspiró. —Lo sé. Creo que perdí mi copa.
Yo no soñaba con él, como dije. No enlazaba su nombre con el mío. En la noche
yacíamos juntos y para la medianoche él ya se había ido, y yo podía levantarme
y adentrarme en mi bosque. Frecuentemente mi leona caminaría a mi lado. Era
el placer más profundo, caminar en el aire fresco, las húmedas hojas peinando
nuestras piernas. A veces me detendría para recoger esta flor o aquella.
Pero la flor que realmente quería, esperaría por ella. Pasó un mes después de
que Hermes y yo habláramos por primera vez, y luego otro. No lo quería
observando. Él no tenía lugar aquí. Era mío.
No traía una antorcha. Mis ojos resplandecían mejor que cualquier búho.
Caminé por los árboles sombreados, a través de los huertos silenciosos, los
arboleadas y las malezas, crucé arenas y subí montes. Las aves estaban quietas,
las bestias también. Todos los sonidos eran el aire entre las hojas y mi propia
respiración.
Y ahí estaba escondida en la compuesta de hojas, debajo de los helechos y
hongos: una flor tan pequeña como una uña, blanca como la leche. La sangre de
aquel gigante que mi padre había derramado en el cielo. Arranqué un tallo de la
enredadera. Las raíces se aferraban fuertemente un momento antes de
arrancarla. Eran negras y espesas, y olían a metal y sal. La flor no tenía un nombre
que yo conociera, así que la llamé moly, raíz, en el antiguo lenguaje de los dioses.
Oh, Padre, ¿sabías el regalo que me habías dado? Esa flor, tan delicada que
podía disolverse debajo de tus pasos, carga con ella el inflexible poder de la
apotrope, destinado a alejar el mal. Rompe-maldiciones. Protector y baluarte
contra la ruina, adorado como un dios, por su pureza. La única cosa en este
mundo de la que puedes estar segura de que no se tornará en tu contra.
Día tras día, la isla fue floreciendo. Mi jardín fue trepando las paredes de mi
casa, respirando su esencia a través de mi ventana. Dejaba las persianas abiertas
para ese entonces. Hacía lo que me gustaba. Si me hubieras preguntado, diría que
era feliz. Aun así, siempre recordaba.
Humo frío, marcado con mi nombre.
CAPÍTULO NUEVE
Era la mañana, el sol justo sobre los árboles, yo estaba en mi jardín cortando
anémonas para mi mesa. Los cerdos roncaban en sus lodos. Uno de los machos
sin castrar se volvió rebelde, empujando y gruñendo para mostrar su autoridad.
Hice que me tomara atención. —: Ayer, te vi haciendo burbujas en la corriente, y
el día anterior la cerda manchada te sacó con una oreja mordida y nada más. Así
que deberías comportarte.
Él resopló en la suciedad, luego se dejó caer sobre su vientre y se calmó.
— ¿Siempre hablas con los cerdos cuando me voy?
Hermes estaba parado con su capa de viajero, su sombrero de ala ancha se
inclinaba sobre sus ojos.
—Me gusta pensarlo de otra forma —dije—. ¿Qué te trae afuera en la honesta
luz del día?
—Un barco está viniendo —dijo—, pensé que te gustaría saberlo.
Me levanté. — ¿Aquí? ¿Qué barco?
Sonrió. Siempre le gustaba verme perpleja. — ¿Qué me darías si te lo dijera?
— Fuera de aquí —dije—, te prefiero en la oscuridad.
Se rio y desapareció.
Me obligué a mí misma a continuar con mi mañana como usualmente lo haría,
en caso de que Hermes estuviera observando, pero sentía la tensión en mí, la
inquietud anticipándose. No podía parar a mis ojos de dar vistazos al horizonte.
Un barco. Un barco con visitantes que habían entretenido a Hermes. ¿Quiénes?
Llegaron a la media tarde, navegando por los espejos brillantes de las olas. El
buque era diez veces más grande que el de Glauco, e incluso en la distancia podía
ver su grandiosidad: pintado pulcra y brillantemente, con una enorme pieza de
proa. Cortaba el aire perezosamente dirigiéndose directamente a mí, sus
hombres remando continuamente. Mientras se acercaban, sentí esa vieja ansia
asentarse en mi garganta. Ellos eran mortales.
Los marineros tiraron el ancla, y un solo hombre saltó sobre la parte más baja
y salpico hasta la orilla. Él siguió por la costa de la playa y de los árboles hasta
que encontró un camino, un pequeño rastro de un cerdo que serpenteaba hacia
arriba a través de las lanzas de acanto y las arboledas de laureles, pasando el
matorral de espinos. Lo perdí de vista entonces, pero sabía dónde llegaba ese
sendero. Esperé.
Titubeó cuando vio a mi leona, pero solo por un momento. Con sus hombros
derechos y a la defensiva, se arrodilló ante mí en el limpio césped. Me di cuenta
que lo conocía. Estaba más viejo, la piel de su cara más arrugada, pero era el
mismo hombre, su cabello aún rapado, sus ojos claros. De todos los mortales en
la tierra, hay solo unos pocos de los que los dioses alguna vez escucharán hablar.
Considerando los aspectos prácticos. Para el tiempo en que nos aprendemos sus
nombres, ya están muertos. Deben ser meteoros para que llamen nuestra
atención. Si eres simplemente bueno: eres polvo para nosotros.
—Señora —dijo—, siento causarte problemas.
—No has sido ningún problema aún —dije—, por favor ponte de pie si quieres.
Si el notó mi voz mortal, no dio ninguna señal. Él se puso de pie (No diré que
lo hizo con gracia, porque estaba formado muy sólidamente para eso) pero con
facilidad, como una puerta meciéndose en una bisagra bien ajustada. Sus ojos se
encontraron con los míos sin acobardarse. Estaba acostumbrado a los dioses,
pensé. Y a las brujas también.
— ¿Qué trae al famoso Dédalo a mis orillas?
—Estoy honrado de que me conozcas. —Su voz era estable como los vientos
del este, cálido y constante. —Vengo como un mensajero de tu hermana. Ella
espera un hijo, y su tiempo se acerca. Ella pide que asistas su llegada.
Le di una mirada. — ¿Estás seguro que estas en el lugar indicado, mensajero?
Nunca ha habido cariño entre mi hermana y yo.
—Ella no me mandó a ti por cariño —dijo.
La brisa sopló, cargando la esencia de flores de tilo. Detrás de eso, la peste
lodosa de los cerdos.
—Me han dicho que mi hermana ha parido a media docena de niños cada uno
más fácilmente que el anterior. Ella no puede morir en el parto y los niños
crecerán con la fuerza de su sangre. ¿Así que para que me necesita ella?
Extendió sus manos, con una mirada hábil y gruesos músculos. —Discúlpeme,
señora, pero no puedo decir nada más, aunque ella me pidió decirle que si no es
usted quien la ayuda con eso no hay nadie más que pueda hacerlo. Es su arte el
que quiere, señora. Solo el suyo.
Así que Pasífae había escuchado de mis poderes y había decidido que podrían
ser útiles para ella. Era el primer cumplido que había recibido de ella en mi vida.
—Tu hermana me ha instruido decirte que aparte de esto ella tiene permiso
de tu padre para que puedas ir. Tu exilio será levantado por esto.
Fruncí el ceño. Todo esto era extraño, muy raro. ¿Qué era tan importante para
hacer que ella fuera con mi padre? Y si ella necesitaba más magia, ¿por qué no
llamar a Perses? Parecía una clase de broma, pero no entiendo porque mi
hermana se molestaría. Yo no era una amenaza para ella.
Me sentía tentada. Tenía curiosidad, por supuesto, pero era más que eso. Esta
era una oportunidad para mostrarle a ella en lo que me había convertido.
Cualquier trampa que pudiera ponerme, ella no podría atraparme, ya no más.
—Que tranquilidad escuchar sobre mi indulto —dije—, no puedo esperar a
ser liberada de mi terrible prisión. —Las colinas adosadas a nuestro alrededor
surgían florecientes.
Él no sonrió. —Hay. . .algo más. Estoy instruido a decirle que nuestro sendero
pasa a través de un estrecho.
— ¿Qué estrecho?
Pero vi la respuesta en su cara: las manchas oscuras debajo de sus ojos, la
aflicción del cansancio.
Nauseas rosaron mi garganta. —Donde Escila vive.
Asintió.
— ¿Ella te ordenó que vinieras por ese camino también?
—Lo hizo.
— ¿Cuántos perdiste?
—Doce —dijo—, no fuimos lo suficiente rápidos.
¿Cómo pude haber olvidado quién era mi hermana? Ella nunca te pide un favor
solamente, siempre tiene que tener un látigo que te lleve a su voluntad. Casi
podía verla alardeando y riéndose con Minos. He escuchado que mi hermana está
tonta por los mortales.
La odie más que lo que nunca lo había hecho antes. Estaba todo tan cruelmente
hecho. La imaginé acechando mi casa, azotando la puerta en sus grandiosas
bisagras. Que mal, Pasífae. Tendrás que encontrarte otra tonta.
Pero entonces otros seis hombres, o doce, morirían.
Me mofé de mí misma. ¿Quién dijo que ellos vivirían si yo iba? No sabía ningún
conjuro para alejar monstruos. Y Escila iba a estar enfurecida cuando me viera.
Yo solo les llevaría más de su furia hacia ellos.
Dédalo me estaba observando, su rostro ensombreciéndose. Más allá de su
hombro, el carruaje de mi padre se estaba deslizando en el océano. En los
polvorientos cuartos de su palacio, los astrónomos incluso ya estaban
rastreando el glorioso amanecer, deseando que sus cálculos estén correctos. Sus
rodillas huesudas temblando, pensando en el hacha del verdugo.
Reuní mi ropa, mi bolsa con ejemplares. Cerré la puerta detrás de mí. No había
nada más que hacer. La leona podía cuidarse a sí misma.
—Estoy lista —dije.
El estilo del barco era nuevo para mí, elegante y bajo en el agua. El casco estaba
bellamente pintado con ondulantes olas y delfines curvos, y en la popa un pulpo
extendiendo sus brazos serpenteados. Mientras el capitán arrastraba el ancla,
camine hacía la proa para observar la figura que antes había visto.
Era una joven chica con un vestido de baile. Su cara revestida con una mirada
de feliz sorpresa, ojos abiertos, labios entreabiertos, el cabello caía sobre sus
hombros. Sus pequeñas manos estaban apretadas sobre su pecho y estaba
equilibrada en los dedos de sus pies como si la música estuviera a punto de
empezar. Cada detalle, las curvas de sus cabellos, los pliegues de su ropa, era tan
vivido que pensé que en cualquier momento ella realmente daría un paso al aire.
Aun así, ese no era el verdadero milagro. El trabajo mostraba, no sé cómo decirlo,
un vistazo a la misma chica. Buscando inteligencia en su mirada, la determinante
elegancia de su frente. Su emoción e inocencia, tranquila y verde como el césped.
No tenía que preguntar qué manos le habían dado forma. Una maravilla del
mundo de los mortales, mi hermano lo llamó Dédalo, pero esta era una maravilla
en cualquier mundo. Estudie más los detalles, encontrando uno nuevo a cada
momento: el pequeño hoyuelo en su barbilla, la protuberancia del tobillo,
retozando de juventud.
Era una maravilla, pero también un mensaje. He crecido junto a mi padre y
reconozco un alarde de poder cuando lo veo. Otro rey, si tuviera ese tesoro, lo
mantendría bajo vigilancia en su mejor fortaleza. Minos y Pasífae lo han puesto
en un bote, expuesto al sol y la salmuera, para los piratas, algas marinas y
monstruos. Como si quisiera decir: Esto es una nimiedad. Nosotros tenemos otros
miles, y aún mejor, al hombre que las hace.
El sonido de los tambores robó mi atención. Los marineros habían quitado sus
tablas, y sentí las primeras vibraciones de emoción. Las aguas del puerto
comenzaron a deslizarse lejos de nosotros. Mi isla fue disminuyendo detrás.
Volteé mi mirada hacía los hombres que llenaban la cubierta alrededor
nuestro. Había treinta y ocho en total. En la popa cinco guardias se paseaban en
capas y armaduras doradas. Sus narices se veían lamentables, retorcidas por
habérselas roto tantas veces. Recordé a Eetes despreciándolos y burlándose de
ellos: Los matones de Minos, vestidos como príncipes. Los remeros eran la elección
de la poderosa marina de guerra de Cnosos, tan largos que los remos parecían
delicados en sus manos. A su alrededor, los otros marineros se movían
rápidamente, alzando un toldo para taparse del sol.
En la boda de Minos y Pasífae, el grupo de mortales que había visto parecían
distantes y borrosos, parecidos a las hojas de un árbol. Pero aquí, bajo el cielo,
cada cara se veía implacablemente distinta. Este era ancha, este otro terso, esto
otro barbudo con una nariz ganchuda y mandíbula angosta. Había cicatrices,
callos y rasguños, líneas de edad y peladas. Uno había enrollado una toalla
húmeda alrededor de su cuello para combatir el calor. Otro tenía un brazalete
hecho por manos infantiles, un tercero tenía la cabeza en forma de un
camachuelo. Me sentí mareada al darme cuenta que esto solo era la fracción de
una fracción de todos los hombres que el mundo había producido. ¿Cómo una
variación así podía perdurar, una interminable reiteración de mentes y rostros?
¿La tierra no se había vuelto loca?
— ¿Debería traerle un asiento? —dijo Dédalo.
Me volteé, aliviada por el respiro de su rostro singular. Dédalo podría no ser
llamado atractivo, pero sus facciones tenían una placentera robustez.
—Prefiero estar de pie —dije. Señalé a la pieza de la proa—. Ella es hermosa.
Inclinó su cabeza, un hombre acostumbrado a los elogios. —Gracias.
—Dime algo. ¿Por qué mi hermana te tiene vigilado? —Cuando nos subimos a
bordo, el guardia más grande, el líder, había buscado por él vigorosamente.
—Ah —sonrió levemente—. Minos y Pasífae tienen miedo de que yo no
aprecie por completo…su hospitalidad.
Recuerdo a Eetes diciendo: Pasífae lo tiene atrapado.
—Seguramente debiste escaparte de ellos en el camino.
—Puedo escaparme de ellos frecuentemente. Pero Pasífae tiene algo mío que
no dejaría atrás.
Espere por más, pero no lo dijo. Sus manos descansando en la barandilla. Sus
nudillos maltratados, sus dedos trazados con blancas marcas de cicatrices. Se
pensaría que las hundió en madera rota o pedazos de vidrio.
—En el estrecho —dije— ¿viste a Escila?
—No con claridad. El acantilado estaba escondido entre espuma y niebla, y ella
se movía muy rápido. Seis cabezas, atacando dos veces, con dientes tan largos
como una pierna.
Había visto las marcas en la cubierta. Ellos lo habían fregado, aun así, la sangre
había cavado profundamente. Era todo lo que había quedado de las doce vidas.
Mi estómago se retorció con culpa, como Pasífae lo quería.
—Debes saber que soy yo la que hizo esto —dije—, la que hizo a Escila lo que
es. Esa es la razón por la que fui exiliada, y por qué mi hermana te hizo tomar
esta ruta.
Esperé ver en su cara sorpresa o disgusto, hasta terror. Pero él solo asintió. —
Ella me lo dijo.
Claro que lo hizo. Era una envenenadora de corazón; quería estar segura de
que yo fuera la villana, no la salvadora. Excepto que esta vez no era más que la
verdad.
—Hay algo que no entiendo —dije—, por toda la crueldad de mi hermana ella
no es frecuentemente tonta. ¿Por qué te pondría en riesgo con este encargo?
—Yo me gané este lugar por mi cuenta. Tengo prohibido decir más, pero
cuando lleguemos a Creta, creo que entenderás —dudó—. ¿Sabes si hay algo que
podamos hacer contra ella? ¿Escila?
Por encima nuestro, el sol quemó los últimos pedazos de nubes. Los hombres
resollaban, incluso debajo del toldo.
—No lo sé —dije—, lo intentaré.
Nos paramos en silencio al lado de esa chica saltarina mientras el océano nos
llevaba lejos.
Esa noche acampamos en la costa de una tierra verde floreciente. Alrededor
de las fogatas, los hombres estaban tensos y callados, sofocados por el terror.
Podía escuchar sus susurros, el vino chapoteando mientras se lo pasaban entre
sí. Ningún hombre quería quedarse despierto imaginando el mañana.
Dédalo había marcado un pequeño espacio para mí con una cama, pero lo dejé.
No pude soportar estar encerrada entre esos resoplantes, ansiosos cuerpos.
Era extraño pisar otra tierra que no fuera la mía. Dónde esperaba un huerto,
había un matorral de ciervos. Dónde pensaba que iba a haber cerdos, un tejón
enseñó sus dientes. El terreno era más plano que mi isla, un bosque escaso, las
flores en diferentes combinaciones. Vi un árbol de almendras amargas, unas
cerezas florecidas. Mis dedos picaban por recolectar su elevado poder. Me incliné
y arranqué una amapola, solo para sostener su color en mi mano. Podía sentir el
latir de sus semillas negras. Ven, conviértenos en magia.
No les hice caso. Estaba pensando en Escila, tratando de unir las piezas juntas
de la imagen de todo lo que he escuchado de ella: seis bocas, seis cabezas, doce
pies colgantes. Pero entre más lo intentaba, más se me escapaba. En vez de eso
vi su cara como si hubiera estado en nuestros pasillos, redonda y riendo. La curva
de su muñeca era como el cuello de un cisne. Su mandíbula ladeándose
delicadamente para susurrar un puñado de chismes en la oreja de mi hermana.
A su lado, mi hermano Perses estaría sentado sonriendo. Él solía jugar con el pelo
de Escila, enredándolo alrededor de su dedo. Ella se daría la vuelta y lo golpearía
en el hombro, y el sonido haría eco a través del pasillo. Los dos se reirían, porque
ambos amaban ser el centro de atención siempre, y recuerdo preguntarme el por
qué a mi hermana no le molestaban esas exhibiciones, ya que ella no permitía
que nadie se acercará a Perses salvo ella. Aun así, ella solo observaba y sonreía.
Pensé que había pasado todos esos años en las salas de mi padre invisible
como un espía, pero ahora más detalles regresaban a mí. La túnica verde que
Escila solía vestir en los festivales especiales, sus sandalias plateadas con
lapislázuli en las correas. Había un broche con un gato en la orilla que mantenía
su cabello por encima de su cuello. Ella lo tenía de…Tebas, pensé. Tebas de
Egipto, algún admirador ahí, algún dios con cabeza de bestia. ¿Qué habrá pasado
con esas chucherías? ¿Yacían todavía tirados en la hierba al lado del agua, junto
a su ropa rota?
Fui a una pequeña colina, llena de álamos negros. Caminé entre sus troncos
arrugados. Uno de ellos había sido atacado recientemente por la luz, y el tronco
estaba perforado, rezumando heridas por las quemaduras. Puse mis dedos sobre
la savia quemada. Pude sentir su fuerza, y me lamentaba por no traer un bote
extra para recogerlo. Me hizo pensar en Dédalo, ese hombre honrado con fuego
en sus huesos.
¿Cuál era la cosa que él no dejaría atrás? Su rostro cuando había hablado de
eso era cuidadoso, sus palabras puestas como si fueran azulejos en una fuente.
Debía ser un amante, pensé. Alguna bonita sirvienta del palacio, o un novio
atractivo. Mi hermana podía oler esas intrigas a leguas. Tal vez ella los había
encontrado en su cama, como el anzuelo para atrapar un pez. Pero mientras
trataba de imaginar sus caras, me di cuenta que no creía en ellos. Dédalo no
parecía un hombre con un corazón roto, ni un viejo amante, con una esposa de
muchos años cómodamente a su lado. No podía imaginarlo en pareja, sólo él y
solitario. ¿Oro, entonces? ¿Una invención que había hecho?
Pensé: si lo puedo mantener vivo mañana, quizá lo averigüe.
La luna había pasado por lo alto, y con ella la noche. La voz de Dédalo habló de
nuevo en mi oído. Sus dientes son tan largos como una pierna. Miedo frío corrió a
través de mí. ¿Qué había estado pensando, qué podía luchar con semejante
criatura? La garganta de Dédalo sería despedazada, mi propia carne sería
atrapada en sus bocas. ¿En qué me convertiría cuando ella haya acabado
conmigo? ¿Ceniza? ¿Humo? Huesos inmortales arrastrándose en las
profundidades del mar.
Mis pies encontraron la orilla. Camine sobre ella, fresca y gris. Escuche el
murmullo de las olas, el llanto de las aves nocturnas, pero si soy honesta estaba
escuchando algo más que eso: el movimiento rápido a través del aire que empecé
a conocer. Cada segundo, esperaba que Hermes estuviera parado enfrente de mí,
riendo, provocándome. Así que, bruja de Aiaia, ¿qué harás mañana?
Pensé en suplicarle por ayuda, la arena debajo de mis rodillas, mis palmas
extendidas hacia arriba. O tal vez lo derribaría a la tierra y lo complacería de esa
forma, ya que él ama más que nada ser sorprendido. Casi podía escuchar el
cuento que el diría después. Ella estaba tan desesperada, estaba sobre mí como
un gato. Él seguro se acostó con mi hermana, pensé. Ellos quizá se gustan. Me
golpeó por primera vez que ellos quizá se hayan acostado. Quizá ellos se
acuestan frecuentemente y se ríen de lo aburrida que soy. Tal vez esta había sido
su idea, por eso vino en la mañana, para burlarse de mí y regodearse. Mi mente
reprodujo nuestras conversaciones, tamizándolo por algún significado. ¿Para ver
qué tan rápido hace a alguien tonto? Eso era lo que él más deseaba: hacer a otros
dudar, manteniéndolos cuestionándose e inquietos, tropezándose hacía sus
danzantes pies. Le hablé a la oscuridad, por cualesquiera oscuras alas que
estuvieran flotando por ahí.
—No me importa si te has acostado con ella. Lo ha hecho Perses también, él es
el más atractivo. Nunca serás alguien que cele.
Tal vez estaba escuchando, puede que no. Eso no importaba, él no vendría. Es
la mejor broma ver a que extremos intentaría llegar, para verme maldecir y
patalear. Mi padre tampoco me ayudaría. Eetes lo haría, solamente para sentir la
flexibilidad de sus poderes, pero estaba a un mundo de distancia. No podría
alcanzarlo más de lo que podría volar en el aire.
Estaba más desolada que mi hermana, pensé. Vine por ella, sin embargo, no
había nadie que viniera por mí. El pensamiento era constante. Después de todo,
estuve sola toda mi vida. Eetes, Glauco, fueron solamente pausas en mi larga
soledad. Arrodillándome, enterré mis dedos en la arena. Sentí el roce de las
semillas debajo de mis uñas. Un recuerdo me atravesó. Mi padre hablando
nuestra antigua y desesperanzadora ley a Glauco: ningún dios podrá deshacer lo
que otro haya hecho.
Pero fui yo la que lo hizo.
La luna pasó por encima nuestro. Las olas presionaron sus frías bocas a mis
pies. Helenio, pensé. Ceniza, oliva y abeto. Beleño negro con corteza de cornel
quemada y, en la base de todo, moly. Moly, para romper una maldición, para
alejar el mal que yo hice, que la cambió a ella en primer lugar.
Cepillé la arena y esperé, mi mochila con ejemplares colgando de mis hombros.
Mientras caminaba, las botellas sonaban suavemente, como cabras sacudiendo
sus campanas. El aroma flotaba a mi alrededor, tan familiar como mi propia piel:
tierra y raíces adheridas, sal y sangre de hierro.
A la mañana siguiente los hombres estaban grises y silenciosos. Uno lubricaba
la base de los remos para que no crujieran, otro limpiaba la cubierta, su rostro
enrojecido, que persistía por el calor o la congoja, yo no sabría decirlo. En la popa
un tercero con una barba negra estaba rezando y vertiendo vino sobre las olas.
Ninguno me miraba. . .Yo era la hermana de Pasífae, después de todo, y ellos hace
tiempo se habían rendido de la búsqueda de alguna ayuda por su parte. Pero
podía sentir su tensión espesa en el aire, el asfixiante terror creciendo en ellos
momento a momento. La muerte estaba llegando.
No pienses en eso, me dije a mi misma. Si te mantienes firme, ninguno va a
morir hoy.
El capitán de la guardia tenía sus amarillentos ojos puestos en una cara
presuntuosa. Su nombre era Polidamante y era muy alto, pero yo era una diosa,
y nuestra altura era similar. —Necesito tu capa — le dije, —y tu túnica, en
seguida.
Sus ojos se estrecharon, y pude ver su reflexivo no en ellos. Comencé a conocer
su tipo, celoso de su diminuto poder, para quien yo sólo era una mujer.
—¿Por qué? —él dijo.
—Porque no deseo la muerte de tus compañeros. ¿No sientes lo mismo?
Las palabras subieron por la cubierta, y treinta y siete pares de ojos me
miraron. Él se sacó su ropa y me las pasó a mí. Eran las mejores a bordo,
extravagante lana blanca peinada con sus bordes en un morado oscuro,
barriendo la cubierta.
Dédalo había venido a pararse a mi lado. —¿Puedo ayudar?
Le pasé la capa para que la sostuviera. Detrás de esta, me desvestí y me puse
la túnica. Las sisas se abrieron y la cintura se abrió. El olor agrio a humano me
envolvió.
—¿Me ayudarías con la capa?
Dédalo me cubrió con la misma, sujetándola por el broche de pulpo dorado. La
ropa colgaba pesada como las frazadas, floja y escapándose de mis hombros. —
Lamento tener que decirle, usted no se parece mucho a un hombre.
—No pensaba parecerme a un hombre —dije —. Pienso parecerme a mi
hermano. Escila lo amó una vez, tal vez todavía lo haga.
Toqué la pasta que había preparado para mis labios, jacinto y miel, flores de
ceniza y acónito aplastadas con la corteza de las nueces. Ya había hecho
alucinaciones en animales y plantas antes, pero nunca en mi misma, y me sentí
invadida por una repentina incertidumbre. Forcé al pensamiento para que se
fuera. El miedo al fracaso era lo peor para cualquier hechizo. Me enfoqué en su
lugar en Perses; su vago rostro de presumido, sus hinchados músculos y grueso
cuello, sus largos dedos, sus indolentes manos. Cada uno de estos los evoqué en
turnos, disponiéndolos en mi interior.
Cuando abrí mis ojos, Dédalo me estaba mirando.
—Dispón a tus más templados hombres en los remos —le dije. Mi voz había
cambiado también, era más profunda y gruesa con una arrogancia divina —.
Ellos no deben parar por nada. Sin importar qué.
Asintió. Estaba sosteniendo una espada, observé que los demás hombres
estaban igualmente armados con lanzas, dagas y toscos garrotes.
—No —dije. Elevé mi voz para llegar a toda la embarcación—. Ella es inmortal.
Las armas son inútiles, y ustedes necesitarán sus manos libres para mantener el
curso del barco.
De una la escofina de las espadas se fue enfundando, el atropello de lanzas
siendo bajadas. Incluso Polidamante, en su túnica prestada, obedeció. Casi quise
ponerme a reír. Nunca fui tan respetada en toda mi vida. ¿Es esto lo que se siente
ser Perses? Pero todavía podía distinguir el tenue contorno de los estrechos en
el horizonte. Me dirigí a Dédalo.
—Escucha —dije —. Hay una oportunidad de que ella no caiga en el hechizo
y me reconozca. Si ella lo hace, asegúrate de no estar cerca. De que ninguno de
los hombres lo esté.
La neblina llegó primero. Concluyendo en lluvia y espesura, oscureciendo los
acantilados, entonces el cielo mismo. Veíamos poco, y el sonido del succionante
torbellino llenó nuestros oídos. Ese remolino es la razón por la que Escila escogió
estos estrechos. Para evadir su atracción, los barcos deben dirigirse cerca del
acantilado opuesto. Eso los deja justo debajo de sus dientes.
Avanzamos a través del espeso aire. Cuando nos adentramos en los estrechos,
los sonidos se fueron hundiendo, haciendo eco en las paredes de piedra. Mi piel,
la cubierta, la barandilla: toda superficie fue alisada con un spray. El agua echaba
espuma y un remo raspó contra la cara de una roca. Un pequeño sonido, pero
todos los hombres se estremecieron como si fuera un trueno. Sobre nosotros,
enterrada en la niebla, estaba la cueva, y Escila.
Nos movimos, pensé que lo habíamos hecho, pero en tal oscuridad era difícil
saber cuánto, o con que rapidez. Los remeros estaban temblando con ahínco y
miedo, y las horquillas crujieron a pesar del aceite. Conté los momentos.
Seguramente estábamos por debajo de ella ahora. Ella se estaría arrastrando a la
entrada de la cueva y oliendo al más rollizo. El sudor estaba empapando las
túnicas de los hombres, sus hombros se encogieron. Los que no remaban
agazapados detrás de los rollos de cuerda, la base del mástil, cualquier escondite
que pudieran encontrar.
Forcé mis ojos hacia arriba, y ella llegó.
Ella era gris como el aire, como el acantilado mismo. Siempre imaginé que ella
se parecería a algo: una serpiente o un pulpo, un tiburón. Pero la verdad sobre
ella fue abrumadora, una inmensidad que mi mente luchaba por asimilar. Su
cuello era más largo que los mástiles de los barcos. Sus seis bocas se abrieron,
escondida en la marginalidad, como la piedra de lava derretida. Lenguas negras
lamieron sus dientes tan largos como una espada.
Sus ojos fijos en los hombres, ajena a su sudoroso miedo. Ella reptó más cerca,
deslizándose entre las rocas. Una fuerza reptiliana me llamó la atención,
asquerosa como nidos retorciéndose bajo tierra. Su cuello urdió en el aire, y por
una de sus bocas vi como un reluciente hilo de saliva se extendió y cayó. Su
cuerpo no era visible. Estaba escondido en la niebla con sus piernas, esas
horribles, deshuesadas cosas de las que habló Selene hace mucho tiempo.
Hermes me contó cómo ellos se metieron en su cueva como los encorvados
cangrejos ermitaños cuando ella se agachaba para alimentarse.
Su cuello empezó a hondearse y apretarse sobre ellos. Se estaba preparando
para atacar.
—¡Escila! —grité con mi voz de dios.
Ella gritó. El sonido fue un taladrante caos, como miles de perros aullando a la
vez. Algunos de los remeros dejaron caer sus remos para taparse los oídos. Por
el borde de mi visión pude ver a Dédalo empujando a uno y colocándose en su
lugar. No podía preocuparme por él ahora.
—Escila —grité de nuevo—. ¡Es Perses! Navegué un año para llegar a ti.
Me miró, sus ojos como agujeros muertos en grisácea carne fresca. Por una de
sus gargantas salió un sonido estrangulado. Ella ya no tenía cuerdas vocales.
—Mi bruja hermana está exiliada por lo que te hizo —dije —. Pero ella merece
lo peor. ¿Qué venganza deseas? Dime. Pasífae y yo lo haremos.
Me obligué a mí misma a hablar lentamente. Cada momento era otro golpe de
los remos. Esos doce ojos clavados en mí. Podía ver los hilos de sangre viajar
alrededor de su boca, los trozos de carne todavía colgando de sus dientes. Sentí
mi garganta subir a mi boca.
—Estamos buscando una cura para ti. Una poderosa droga que te pueda traer
de vuelta. Te extrañamos como eras antes.
Mi hermano jamás habría hablado así, pero eso no importaba. Ella estaba
escuchando, enroscándose y desenroscándose a lo largo de las rocas, siguiendo
el ritmo de nuestro barco. ¿Cuántos otros golpes de remo habían pasado? ¿Una
docena? ¿Cientos? Podía ver su adormecida mente trabajando. ¿Un dios? ¿Qué
hace un dios aquí?
—Escila —dije. —¿La quieres? ¿Quieres la cura?
Siseó. El aliento de su garganta era caliente como el fuego y podrido. Sin
embargo, yo ya había perdido su atención. Dos de sus cabezas se giraron para
observar a los hombres en sus remos. Las otras las siguieron. Vi como sus cuellos
hondearon de vuelta. —Mírame —grité —. Aquí está.
Levanté la botella abierta en el aire. Sólo uno de sus cuellos se giró para verme,
pero eso era suficiente. Sopesé el líquido y lo tiré. Golpeó la parte posterior de
sus dientes, Vi su garganta desgarrarse mientras ella tragaba. Dije el hechizo
para convertirla a lo que fue anteriormente.
Por un momento, nada sucedió, Entonces ella gritó, un sonido que abriría una
grieta en el mundo. Sus cabezas azotaron, y ella se zambulló hacia mí. Sólo tuve
tiempo para agarrarme al mástil. Corre, pensé, le decía a Dédalo.
Ella atacó la popa del barco. La cubierta saltó como madera a la deriva, y una
longitud de la barandilla siendo arrancados. Astillas volaron. Los hombres
cayeron a mi alrededor, yo también habría caído sino estuviera agarrada del
mástil. Escuché a Dédalo gritar órdenes, pero no lo vi a él. Sus cuellos de
serpiente volvían a crecer y esta vez, lo sabía, ella no iba a fallar. Golpearía a la
cubierta misma, partiría al barco a la mitad, entonces nos arrancaría uno a uno
del agua.
Pero el golpe no llegó. Su cabeza chocó con las olas detrás nuestro. Ella se
sacudió, arremetiendo contra el agua, chasqueando esas enormes mandíbulas
como un perro peleando con su correa. Le tomó un momento a mi entumecido
cerebro para entender lo que estaba pasando: ella halló el fin de sus ataduras.
Sus piernas no podían estirarse más lejos de donde estaban siendo sostenidas en
la cueva. Pasamos.
Ella pareció entenderlo al mismo tiempo en que yo lo hice. Gritó de rabia.
Golpeando nuestra vela con sus cabezas, lanzándonos grandes olas. El bote se
inclinó, tragando agua por su lado bajo y devolviéndola. Los hombres se
agarraron a las cuerdas, sus piernas arrastradas por el agua, pero se sostuvieron
y a cada momento estábamos más lejos de ese lugar.
Ella golpeó el costado del acantilado, aullando su frustración, hasta que la
neblina se cerró sobre ella y desapareció.
Descansé mi frente contra el mástil. La ropa se fue deslizando fuera de mis
hombros. La capa se aferró a mi cuello, y mi piel hormigueó por el calor. El
hechizo se había acabado. Volví a ser yo misma.
—Diosa.
Dédalo estaba arrodillado. Los otros hombres se arrodillaron siguiendo su
ejemplo. Sus rostros (marcados y demacrados, cicatrizados, barbudos y
quemados) estaban grises y temblorosos. Revestidos de raspaduras y chichones
por ser arrojados a través de la cubierta.
Apenas podía verlos. Delante de mí estaba Escila, sus rabiosas bocas y esos
ojos tan vacíos como muertos. Ella no me reconoció, pensé. No como Perses o
algo más. Sólo la novedad de mi siendo un dios viéndola. Su mente estaba
perdida.
—Señora —dijo Dédalo—. Haremos sacrificios todos los días de nuestra vida
por lo que hiciste por nosotros. Nos salvaste. Nos sacaste con vida de los
estrechos. —Los hombres hicieron eco de sus palabras, murmurando rezos, sus
enormes manos alzadas como platos. Unos pocos presionaron sus frentes contra
la cubierta, al estilo oriental. Tal adoración era el pago que mi clase exigía por los
servicios prestados.
La bilis se atoró en mi garganta.
—Tontos —dije—. Yo soy la que creó a esa criatura. Lo hice por orgullo y vano
engaño. ¿Y ustedes me agradecen? Doce de sus hombres murieron, ¿Y cuántos
miles más por venir? La droga que le di a ella era de las más fuertes que cree. ¿Lo
entienden, mortales?
Las palabras abrasaron el aire. La luz de mis ojos los golpeó.
—Nunca me libraré de ella. Ella no volverá a ser la de antes, no ahora, ni nunca.
Lo que ella es, permanecerá. Ella se alimentará de su clase por la eternidad. Así
que levántense y vayan a sus remos, no querrán que escuche otra vez sobre su
estúpida gratitud o los haré lamentarlo.
Ellos se encogieron y temblaron como los barcos que eran, se tambalearon a
sus pies y se arrastraron lejos. Encima nuestro, el cielo sin nubes, y el calor
cubrían el aire de la cubierta. Me arranqué la capa. Quería que el sol me quemara.
Deseaba que me quemara hasta los huesos.
CAPÍTULO DIEZ
Por tres días estuve parada en esa proa. No volvimos a pasar la noche en una
isla otra vez. Los remeros trabajaban por turnos, durmiendo en el suelo de la
cubierta. Dédalo reparó la barandilla, y luego tomó su turno igual que los demás.
Era feacientemente correcto, ofreciendo comida y vino, un petate, pero él no
remoloneaba. ¿Qué podría esperar? Había desatado mi ira sobre él como lo haría
mi padre. Otra cosa más que había arruinado.
Llegamos a la isla de Creta justo antes del mediodía del séptimo día. El sol
cubría de luz el agua, volviendo el barco incandescente. Alrededor de nosotros
otras embarcaciones llenaban la bahía: barcazas micénicas, comerciantes
fenicios, galeras egipcias, hititas, etíopes y hesperianos. Todos los mercaderes
que navegaban estas aguas querían a la ciudad de Cnosos como su cliente, y
Minos lo sabía. Les daba la bienvenida con amarraderos amplios y seguros, y
cobradores que recaudaban por el privilegio de usarlos. Las posadas y burdeles
también pertenecían a Minos, y el oro y las joyas fluían como un gran río hacia
sus manos.
El capitán nos dirigió directamente al primer amarradero, que se
mantenía abierto para los barcos reales. El ruido y movimiento del puerto
traqueteaba a mi alrededor: hombres corriendo, gritando, levantando cajas
sobre cubiertas. Polidamante habló unas palabras con el capitán portuario, y
luego se volvió hacia nosotros.
—Deben venir en seguida. Ambos, tú y el artesano.
Dédalo me indicó con un gesto que fuera primera. Seguimos a
Polidamante por los muelles. Delante de nosotros, las enormes escaleras de
piedra caliza ondeaban en el calor. Los hombres corrían a nuestro alrededor,
sirvientes y nobles también, con sus hombros desnudos y oscurecidos por el sol.
Más allá, el palacio del poderoso Cnosos brillaba en su colina como una colmena.
Escalamos. Sentía la respiración de Dédalo detrás de mí y la de Polidamante
enfrente mío. Los escalones eran suaves por la erosión de años de infinitos pies
apresurados.
Por fin alcanzamos la cima de la colina y cruzamos el umbral del palacio.
La luz cegadora se desvaneció. Oscuridad fresca fluyó sobre mi piel. Dédalo y
Polidamante dudaron, parpadeando. Mis ojos no eran mortales y no necesitaban
tiempo para adaptarse. Inmediatamente noté la belleza del lugar, incluso mayor
que la última vez que estuve aquí. El palacio era en efecto como una colmena,
cada pasillo llevaba a una cámara ornamentada, y cada cámara a un nuevo
pasillo. Las ventanas estaban cortadas en las paredes para dejar entrar gruesos
cuadrados de sol dorado. Murales intrincados se estiraban por todos lados:
delfines y mujeres risueñas, muchachos recogiendo flores, y toros de pechos
profundos sacudiendo sus cuernos. Afuera, en pabellones embaldosados, corrían
fuentes plateadas, y los sirvientes se apresuraban entre columnas enrojecidas
con hematita. Sobre cada puerta colgaba una labrys, el hacha de dos cabezas de
Minos. Recordé que él le había obsequiado a Pasífae un collar con un pendiente
de labrys en su boda. Ella lo había sostenido como si fuera un gusano, y cuando
llegó la ceremonia su cuello sólo ostentaba su propio ónix y ámbar.
Polidamante nos guio a través de los retorcidos pasajes hacia las
habitaciones de la reina. Allí había incluso más lujos, había pinturas enriquecidas
con ocre y cobre azul, pero las ventanas estaban cubiertas. En su lugar, había
antorchas doradas y braseros crepitantes. Tragaluces empotrados astutamente
dejaban entrar la luz exterior, pero no permitían ver el cielo; trabajo de Dédalo,
supuse. A Pasífae nunca le había gustado la mirada fisgona de nuestro padre.
Polidamante se detuvo frente a una puerta ornamentada con flores y olas.
—La reina está adentro — dijo, y golpeó la puerta.
Esperamos en el aire quieto y ensombrecido. No podía oír nada a través
de la pesada madera, pero noté la respiración accidentada de Dédalo detrás de
mí. Hablaba en voz baja.
—Señora —dijo—, la he ofendido y lo lamento. Pero lamento aún más lo que
encontrará adentro. Desearía…
La puerta se abrió. Una criada estaba jadeante ante nosotros, tenía el
cabello sujeto sobre su cabeza al estilo cretense. —La reina está en trabajo de
parto…— comenzó, pero la voz de mi hermana la cortó.
—¿Son ellos?
En el centro de la habitación, yacía Pasífae sobre un sofá morado. Su piel
brillaba de sudor, y su vientre estaba sorprendentemente distendido, abultado
como un tumor en su esbelta figura. Había olvidado lo viva que estaba, lo
hermosa que era. Incluso inmersa en dolor, comandaba la habitación, atrayendo
toda la luz hacia ella, dejando al mundo a su alrededor pálido como hongos. Ella
siempre había sido la más parecida a nuestro padre.
Atravesé el umbral. —Doce muertos— dije—. Doce hombres por una
broma y tu vanidad.
Sonrió satisfecha, levantándose para encontrarme. —Me parecía justo
para que Escila tuviera su oportunidad contigo, ¿no crees? Déjame adivinar:
intentaste reconvertirla. —Se rio de lo que vio en mi rostro. —Oh, ¡sabía que lo
harías! Creaste un monstruo y sólo puedes pensar en lo mucho que lo sientes.
¡Ay, pobres mortales, los he puesto en peligro!
Estaba siendo más vivazmente cruel que nunca. De alguna forma, fue un
alivio. —Fuiste tú quien los puso en peligro — dije yo.
—Pero tú eres quien falló al salvarlos. Dime, ¿lloraste mientras los veías
morir?
Obligué a mi voz a mantenerse imperturbable. —Te equivocas —dije—.
No vi a ningún hombre morir. Los doce murieron a la ida.
Ni siquiera vaciló. —No importa. Morirán más en cada barco que pase. —
Se tocó la barbilla con un dedo. — ¿Cuántos crees que serán, en un año? ¿Cientos?
¿Miles?
Ella mostraba sus dientes de visón, intentando que yo me derritiera como
todas esas náyades en los pasillos de Océano. Pero no podía hacerme ninguna
herida que yo no me hubiera causado ya.
—Esta no es la manera de conseguir mi ayuda, Pasífae.
—¡Tu ayuda! Por favor. Fui yo quien te sacó de ese vertedero de arena
que llamas isla. Escuché que tu única compañía por las noches son leonas y
cerdos. Pero eso es una mejora para ti, ¿no es cierto? Después de Glauco, el pulpo.
—Si no me necesitas — dije—, volveré gustosa a mi vertedero de arena.
—Oh, vamos, hermana, no seas tan agria, era sólo una broma. ¡Y mira
cómo has crecido, deslizándote más allá de Escila! Sabía que era mejor llamarte
a ti que a ese fanfarrón de Eetes. Ahora deja de hacer esa cara. Ya he separado
oro para las familias de los hombres que murieron.
—El oro no puede devolver una vida.
—Se nota que no eres reina. Créeme, la mayoría de las familias preferirían
tener el oro. Ahora, ¿hay algún otro…?
Pero no pudo terminar. Gruñó y enterró sus uñas en el brazo de una
criada arrodillada a sus pies. No había visto a la chica antes, pero entonces noté
que la piel de su brazo estaba morada y manchada con sangre.
—Fuera —le dije—. Fuera todos. Este no es lugar para ustedes.
Sentí una corriente de satisfacción cuando vi lo rápido que se iban los
sirvientes.
Me volví hacia mi hermana. —¿Y bien?
Su rostro aún estaba contorsionado por el dolor. —¿Tú qué crees? Han
pasado días y todavía no se movió. Hay que extirparlo.
Retiró sus túnicas, dejando ver la piel hinchada. Una estría recorría la
superficie de su vientre, de izquierda a derecha, y de vuelta.
Yo sabía poco de dar a luz. Nunca había asistido a mi madre, ni a ninguna
de mis primas. Recordaba haber oído algunas cosas. —¿Intentaste pujar
arrodillada?
—¡Por supuesto que lo intenté! —volvió a gritar cuando el espasmo
regresó— ¡Tengo ocho hijos! ¡Sólo saca la maldita cosa de mí!
Saqué un calmante de mi bolsa.
—¿Acaso eres estúpida? No me dormirás como a un niño. Dame la corteza
de sauce.
—El sauce es para migrañas, no para cirugías.
—¡Dámelo!
Se lo entregué, y vació la botella. —Dédalo —dijo—, toma el cuchillo.
Había olvidado que él estaba allí. Estaba parado en la puerta, muy quieto.
—Pasífae —dije—, no seas perversa. Me buscaste a mí, ahora úsame a mí.
Se rio, un sonido salvaje. —¿Crees que te confiaría algo así? Tú eres para
después. De todas formas, es apropiado que Dédalo lo haga, él sabe por qué. ¿No
es así, artesano? ¿Se lo dirás a mi hermana ahora, o deberíamos dejar que sea
una sorpresa?
—Yo lo haré —me dijo Dédalo—. Es mi trabajo. — Se acercó a la mesa y
tomó el cuchillo. La hoja estaba afilada hasta lo último.
Ella sujetó su muñeca. —Sólo recuerda — le dijo—. Recuerda lo que haré
si creo que vas por mal camino.
Él asintió levemente, aunque por primera vez vi algo que se parecía a la
ira en sus ojos.
Pasífae arrastró su uña a lo largo de la parte baja de su vientre, dejando
una marca roja. —Allí —dijo.
La habitación estaba caliente y cerrada. Sentí mis palmas resbaladizas
por el sudor. No sé cómo Dédalo sostenía ese cuchillo tan firmemente. La punta
se hundió en la piel de mi hermana, y manó sangre de ella, el rojo y el dorado
combinados. Los brazos de Dédalo estaban tensos por el esfuerzo, su mandíbula
estaba apretada. Tomó mucho tiempo, ya que la carne inmortal de mi hermana
se resistía, pero Dédalo siguió cortando con extrema concentración, y al final los
músculos brillantes se separaron, y la carne debajo de ellos cedió. El camino
hacia el útero de mi hermana estaba despejado.
—Ahora tú —dijo ella, mirándome. Su voz era ronca y rasgada—. Sácalo.
El sofá debajo suyo estaba empapado. El cuarto estaba lleno del hedor
maduro de su sangre ambrosíaca. Su vientre había perdido las estrías cuando
Dédalo había comenzado a cortar. Ahora estaba tenso. Como si estuviera
esperando, pensé.
Miré a mi hermana. —¿Qué hay ahí?
Su cabello dorado se veía enmarañado. —¿Qué crees? Un bebé.
Posé mis manos en la abertura de su piel. La sangre caliente latía contra
mí. Lentamente, presioné abriéndome paso entre los músculos y la humedad. Mi
hermana ahogó un graznido.
Busqué en la marea, y por fin, allí estaba: la masa suave de un brazo.
Fue un alivio. No puedo ni siquiera decir lo que había temido. Sólo un
bebé.
—Lo tengo —dije. Mis dedos se estiraron hacia arriba, buscando.
Recuerdo decirme a mí misma que debía tener cuidado al encontrar la cabeza.
No quería que estuviera torcida cuando comenzar a jalar.
Dolor estalló en mis dedos, de manera tan chocante que no pude gritar.
Mis pensamientos se mezclaron: Que Dédalo había soltado el bisturí dentro de
ella, que un hueso se había roto durante la labor de parto y me había apuñalado.
Pero el dolor me sujetaba con más fuerza, hundiéndose más en mi mano,
aplastándola.
Dientes. Eran dientes.
Entonces sí grité. Intenté quitar mi mano, pero me tenía bien sujetada en
sus fauces. En pánico, tironeé. Los labios de la herida de mi hermana se abrieron
y la cosa se deslizó hacia adelante. Se sacudía como un pez en un anzuelo, y voló
porquería a nuestros rostros.
Mi hermana chillaba. La cosa era como un ancla arrastrando mi brazo, y sentí
las articulaciones de mis dedos romperse. Volví a gritar, con una agonía que me
quemaba, y caí sobre la criatura, buscando su garganta con mi mano. Cuando la
encontré, ejercí presión sobre su cuerpo, sujetándolo debajo de mí. Sus talones
golpeaban la piedra, su cabeza estaba torcida, de un lado al otro. Por fin lo vi
claramente: la nariz ancha y aplastada, brillando húmeda con líquido amniótico.
Su rostro era peludo y grueso, y estaba coronado con dos afilados cuernos.
Debajo, su cuerpo de bebé era parecido a una rana, y se sacudía con fuerza
sobrenatural. Sus ojos eran negros y estaban fijos en mí.
Por los dioses, pensé, ¿qué es esto?
La criatura hizo un sonido de ahogamiento y abrió la boca. Le arrebaté mi
mano, sangrante y mutilada. Había perdido mis dos últimos dedos y una parte
de un tercero. La mandíbula de la cosa trabajó, tragando lo que había tomado. Su
barbilla se torció contra mi agarre, intentando morderme otra vez.
Había una sombra junto a mí. Dédalo, pálido y manchado de sangre. —
Estoy aquí.
—El cuchillo —dije.
—¿Qué haces? ¡No lo lastimes, debe sobrevivir! —. Mi hermana se debatía
en el sofá, pero no podía levantarse con los músculos cortados.
—El cordón — dije yo. El grueso cartílago todavía se extendía entre la
criatura y el útero de mi hermana. Él lo serruchó. Mis rodillas se sentían húmedas
donde me había agachado. Mis manos eran una masa de dolor roto y sangre.
—Ahora una manta — dije—. Un saco.
Dédalo trajo un cobertor de lana gruesa, y lo extendió en el suelo a mi
lado. Con mis dedos desgarrados, arrastré a la cosa al centro de él. Aún luchaba,
quejándose, y dos veces estuve a punto de perderlo, pues parecía que se había
hecho más fuerte incluso en esos momentos. Pero Dédalo agrupó las esquinas, y
cuando las tuvo, saqué mis manos fuera. La criatura se debatía en los pliegues de
la manta, pero era incapaz de encontrar apoyo. Tomé los extremos, y lo levanté
del suelo.
Podía oír lo áspero de la respiración de Dédalo. —Una jaula — dijo—.
Necesitamos una jaula.
—Ve a buscar una —dije—. Yo lo sostendré.
Se fue corriendo. Dentro del saco, la criatura se retorcía como una
serpiente. Veía sus miembros alineados contra la tela, esa cabeza voluminosa, las
puntas de los cuernos.
Dédalo regresó con una jaula para aves, con pinzones aun revoloteando
dentro. Pero era sólida, y lo suficientemente grande. Introduje la manta en ella,
y él cerró la puerta de un golpe. Lanzó otra manta sobre la jaula, y la criatura
quedó escondida.
Miré a mi hermana. Estaba cubierta de sangre, su vientre era un
matadero. La sangre goteaba, empapando la alfombra debajo de ella. Sus ojos
eran salvajes.
—¿No lo lastimaron?
Me quedé observándola. —¿Estás loca? ¡Intentó comer mi mano! Dime
cómo llegó a existir tal abominación.
—Cóseme.
—No — dije yo—. Me lo dirás, o dejaré que te desangres.
—Perra —dijo. Pero jadeaba. El dolor la estaba desgastando. Incluso mi
hermana tenía un final, un lugar al que no podía ir. Nos observamos la una a la
otra, dos pares de ojos amarillos. —¿Y bien, Dédalo? — dijo por fin—. Es tu
momento. Dile a mi hermana quién tiene la culpa de esta criatura.
Él me miró, con su cara cansada y manchada de sangre. —Yo —dijo—. Yo
tengo la culpa. Yo soy la razón de que esta bestia viva.
Desde la jaula llegó un sonido de masticación húmeda. Los pinzones se
habían callado.
—Los dioses enviaron un toro, blanco como la nieve, para bendecir el
reino de Minos. La reina admiró a la criatura y deseó verla más de cerca, pero
este huía de cualquiera que se acercara. De modo que construí un monigote
hueco con forma de vaca, con un lugar dentro para sentarse. Le coloqué ruedas,
de forma que pudiéramos hacerlo rodar a la playa mientras la criatura estuviera
dormida. Pensé que sólo sería… No lo hice. . .
—Oh, por favor —escupió mi hermana—. El mundo habrá terminado
antes de que termines de balbucear. Me acosté con el toro sagrado, ¿de acuerdo?
Ahora busca el hilo.
Cosí la herida de mi hermana. Llegaron soldados, con los rostros
cuidadosamente inexpresivos, y llevaron la jaula a un armario interior. Mi
hermana les gritó:
—Nadie se le acerca sin que yo lo diga. ¡Y denle algo de comer! —Las criadas
silenciosas enrollaron la alfombra empapada y se llevaron el sofá arruinado
como si llevaran a cabo tal labor todos los días. Quemaron incienso y violetas
dulces para enmascarar hedor, y luego transportaron a mi hermana al baño.
—Los dioses te castigarán — le dije a ella, mientras la cosía. Pero ella sólo
se había reído con una exuberancia vertiginosa.
—¿No lo sabes? — había dicho—. Los dioses aman a sus monstruos.
Las palabras me sobresaltaron. —¿Hablaste con Hermes?
—¿Hermes? ¿Qué tiene que ver él con esto? No necesito a un dios del
Olimpo que me diga lo que es obvio. Todo el mundo lo sabe —sonrió
satisfecha—. Excepto tú, como siempre.
Una presencia a mi lado me trajo de vuelta al presente. Dédalo.
Estábamos solos, por primera vez desde que había venido a mi isla. Había
manchas marrones esparcidas en su frente. Sus brazos estaban sucios hasta los
codos. —¿Podría vendar sus dedos?
—No — dije—. Gracias. Se arreglarán ellos mismos.
—Señora —dudó—. Le estoy en deuda por el resto de mis días. Si usted
no hubiera venido, hubiera sido yo.
Sus hombros estaban tirantes, tensos como si estuvieran esperando un
golpe. La última vez que me había agradecido, había dirigido mi furia hacia él.
Pero ahora yo entendía mejor: él, también, sabía lo que era crear monstruos.
—Me alegro de que no haya sido así —dije. Hice un gesto hacia sus manos,
con costras y manchadas como todo lo demás. —Los tuyos no pueden volver a
crecer.
Bajó la voz. —¿Puede la criatura ser asesinada?
Pensé en mi hermana chillando que fuéramos cuidadosos. —No lo sé.
Pasífae parece creer que sí. Pero aun así es el hijo del toro blanco. Podría estar
protegido por un dios, o podría traer una maldición a cualquiera que lo lastime.
Necesito pensar.
Se rascó la cabeza, y vi la esperanza de una solución fácil abandonarlo. —
Entonces debo ir a hacer otra jaula. Esa no lo contendrá por mucho.
Se fue. La sangre se estaba secando sobre mis mejillas, y mis brazos
estaban grasosos por la hediondez de la criatura. Me sentía nublada y pesada,
enferma por la contaminación de tanta sangre. Si llamara a las criadas, me
llevarían a un baño caliente, pero sabía que eso no sería suficiente. ¿Por qué
había creado mi hermana semejante abominación? ¿y por qué me había
convocado a mí? La mayoría de las náyades hubieran salido corriendo, pero
alguna de las nereidas lo habría hecho, estaban acostumbradas a los monstruos.
O Perses. ¿Por qué no lo había llamado a él?
Mi mente no tenía respuestas. Estaba flácida y apagada, tan inútil como
los dedos que me faltaban. Una cosa estaba clara: debía hacer algo. No podía
quedarme a un costado mientras un horror estaba suelto en el mundo. Tenía la
idea de que debía encontrar el taller de mi hermana. Tal vez allí hubiera algo que
me ayudara, algún antídoto, alguna gran droga de revocación.
No estaba lejos, un pasillo de sus habitaciones separado por una cortina.
Nunca había visto la sala de trabajo de otra bruja antes, y recorrí las estanterías
esperando no sé bien qué, cientos de cosas espeluznantes, hígados de kraken,
dientes de dragón, pellejos de gigantes. Pero todo lo que vi eran hierbas, e incluso
rudimentarias: venenos, amapolas, un par de raíces curativas. No tenía dudas de
que mi hermana podía hacer maravillas con ellas, pues siempre había sido fuerte.
Pero era holgazana, y esta era la prueba. Sus hierbas eran viejas y débiles como
hojas muertas. Habían sido recogidas a diestra y siniestra, algunas en capullo,
otras ya marchitas, cortadas con cualquier cuchillo en cualquier momento del
día.
Entonces comprendí algo. Mi hermana podía ser el doble de diosa que yo,
pero yo era el doble de bruja. Su basura desmoronada no podía ayudarme. Y mis
propias hierbas de Aiaia no serían suficientes, a pesar de ser fuertes. El monstruo
estaba unido a Creta, y se hiciera lo que se hiciese, Creta debía guiarme.
Volví sobre mis pasos a través de los pasillos y corredores, hasta el centro
del palacio. Había visto escaleras que corrían no hacia el puerto, sino tierra
adentro, a los anchos y luminosos jardines y pabellones, que a su vez se abrían a
los campos distantes.
A mi alrededor, hombres y mujeres muy ocupados barrían losas, escogían
frutas, levantaban canastas de cebada. Mantenían los ojos diligentemente bajos
mientras yo pasaba. Imaginé que viviendo con Pasífae y Minos habían aprendido
a ignorar cosas más sangrientas que yo. Pasé las casas periféricas de campesinos
y pastores, las arboledas y los rebaños. Las colinas eran exuberantes y tan
doradas por el sol que la luz parecía emanar de ellas, pero no me detuve a
contemplar la vista. Mis ojos estaban fijos en la silueta negra que se erigía contra
el cielo.
Monte Dicte, así lo llamaban. Ni los osos, lobos o leones se atrevían a
poner una sola pata ahí, solamente las cabras sagradas, con sus grandes cuernos
curvándose como caracoles. Incluso en la estación más cálida, los bosques se
mantenían oscuros y frescos. De noche, según decían, la cazadora Artemisa
vagaba por las colinas con su brillante arco, y en una de las cuevas ocultas el
mismísimo Zeus nació y se ocultó de su padre caníbal.
Allí hay hierbas que no crecen en ninguna otra parte. Son tan raras, que
sólo algunas tienen nombres. Podía percibirlas hincharse en sus hondonadas,
exhalando zarcillos de magia al aire. Una pequeña flor amarilla con centro verde.
Un lirio caído que florecía de un marrón anaranjado. Y lo mejor de todo, díctamo,
la reina de la curación.
Yo no caminaba como mortal, sino como diosa, y las millas volaban bajo
mis pies. Atardecía cuando llegué al pie de la montaña y comencé a escalar. Las
ramas se entrelazaban sobre mi cabeza. La sombra se alzaba profunda como el
agua, estremeciéndose en mi piel. La montaña entera parecía tararear debajo de
mí. A pesar de estar sangrienta y adolorida, sentí una puntada de vértigo. Rastreé
los musgos, los montículos de tierra más arriba, y, a los pies de un álamo blanco,
encontré una parcela floreciente de díctamo. Las hojas estaban llenas de poder,
y las presioné contra mis dedos rotos. El hechizo finalizó con una palabra; mi
mano estaría completa en la mañana. Recogí algunas de las raíces y semillas para
mi bolsa, y continué. El hedor y peso de la sangre todavía se cernía sobre mí, y
por fin hallé una laguna, fría y clara, alimentada por el deshielo. Le di la
bienvenida al impacto de sus aguas, a su dolor abrasivo y limpio. Realicé esos
pequeños rituales de purificación que todos los dioses conocen. Con guijarros de
la orilla, fregué la suciedad de mi cuerpo.
Luego, me senté en el borde, bajo las hojas plateadas, y pensé en la
pregunta de Dédalo. ¿Puede la criatura ser asesinada?
Entre los dioses hay algunos que tienen el don de la profecía, la habilidad
de mirar entre las tinieblas y echar un vistazo al destino que vendrá. No todo
puede ser predicho. La mayoría de los dioses y de los mortales tienen vidas que
no están atadas a nada; se enredan ahora aquí, ahora allí, sin seguir un plan
determinado. Pero luego están aquellos que llevan sus destinos como lazos,
cuyas vidas corren derechas como tablas, no importa cómo intenten cambiarlas.
Estas son las que nuestros profetas pueden ver.
Mi padre tiene esta presciencia, y había oído toda mi vida que la cualidad
también era transmitida a sus hijos. Nunca había pensado en probarla. Había
sido criada para pensar que no tenía ninguna de sus fuerzas. Pero ahora tocaba
el agua y decía, Muéstrame.
Una imagen se formó, delicada y pálida, como si estuviera hecha con rizos
de niebla. Una antorcha humeante se balanceaba en unos largos corredores. Un
hilo desenrollado a través de un pasaje de piedra. La criatura rugía, mostrando
sus dientes antinaturales. Se alzaba alto como un hombre, vestido con residuos
podridos. Un mortal, espada en mano, saltaba de entre las sombras para
asesinarlo.
La niebla se disipó, y la laguna volvió a ser cristalina. Tenía mi respuesta,
pero no era la que había esperado. La criatura era mortal, pero no podía morir
siendo niño, ni tampoco por mi mano o la de Dédalo. Su destino estaba muchos
años en el futuro, y debía vivirlo. Hasta entonces, sólo podría ser contenida. Eso
sería trabajo de Dédalo, aunque podría haber una forma de que yo lo ayudara.
Caminé entre los árboles ensombrecidos, pensando en la criatura y en las
debilidades que podría tener. Recordé sus ojos negros voraces, fijos en los míos.
Su hambre absorbente cuando peleaba contra mí por mi mano. ¿Cuánto tomaría
saciar ese apetito? Si yo no hubiera sido una diosa, hubiera reptado por mi brazo,
consumiéndome palmo a palmo.
Sentí una idea crecer en mí. Necesitaría todas las hierbas secretas de
Dicte, y junto con ellas las hierbas vinculantes más fuertes, raíces de acebo y
tallos de sauce, hinojo y cicuta, acónito, helleborus. Necesitaría también el resto
de mis reservas de moly. Me deslicé entre los árboles decidida, cazando cada
ingrediente a su turno. Si Artemisa estaba por allí esa noche, se mantuvo alejada
de mí.
Llevé las hojas y raíces de vuelta a la laguna y las deposité en las rocas.
Recogí la pasta en una de mis botellas, y agregué un poco de agua de la laguna.
Las olas aún tenían la sangre que me había lavado de las manos, mía y también
de mi hermana. Como si lo supiera, el agua se arremolinaba roja y oscura.
No dormí esa noche. Me quedé en Dicte hasta que el cielo se volvió gris y
luego comencé a caminar de regreso a Cnosos. Para cuando llegué al palacio, el
sol brillaba sobre los campos. Pasé por un patio que había llamado mi atención
el día anterior, y me detuve ahora para examinarlo más de cerca. Dentro de él
había una gran pista de baile circular, enmarcado por laureles y robles para
protegerlo del sol abrasador. Había pensado que el suelo estaba hecho de piedra,
pero ahora veía que era de madera, mil baldosas de madera, tan alisadas y
barnizadas que parecían una única pieza. Tenían pintada un espiral, que iba
hacia afuera desde el centro como la cresta de una ola. Era trabajo de Dédalo, no
podía ser de alguien más.
Una muchacha bailaba en él. No había música, pero aun así sus pies
mantenían un ritmo perfecto, cada paso al golpe de un tambor silencioso. Se
movía como si ella misma fuera una ola, grácil, pero con un movimiento
implacable e impulsor. En su cabeza brillaba la diadema de una princesa. La
hubiera reconocido en cualquier lugar. La muchacha de la proa de Dédalo.
Sus ojos se agrandaron cuando me vio, igual que los de su estatua. Inclinó
su cabeza. —Tía Circe —dijo—. Encantada de conocerla. Soy Ariadna.
Podía ver partes de Pasífae en ella, pero sólo si las buscaba: su barbilla, la
delicadeza de su clavícula.
—Tienes talento —le dije.
Sonrió. —Gracias. Mis padres la están buscando.
—Por supuesto. Pero debo encontrar a Dédalo.
Asintió, como si yo fuera una de los miles que lo preferirían a él antes que
a sus padres. —Te llevaré con él. Pero debemos ser cuidadosas. Los guardias
están observando.
Deslizó sus dedos entre los míos, cálidos y algo húmedos por su ejercicio.
Me guio a través de docenas de estrechos pasajes laterales, sus pies silenciosos
sobre la piedra. Llegamos por fin a una puerta de bronce. Golpeó seis veces a un
ritmo determinado.
—No puedo jugar ahora, Ariadna — dijo una voz—. Estoy ocupado.
—Estoy con la señora Circe —dijo ella.
La puerta se abrió de par en par, revelando a Dédalo, sucio de hollín.
Detrás de él había un taller, con la mitad del techo abierto al cielo. Vi estatuas
con las ropas aún puestas, engranajes y herramientas que no reconocía. En el
fondo, humeaba una forja, y metal brillaba en un molde caliente. El espinazo de
un pez yacía en una mesa, con una extraña cuchilla dentada al lado.
—Estuve en el Monte Dicte —dije—. Eché un vistazo al destino de la
criatura. Puede morir, pero no ahora. Un mortal vendrá, y estará destinado a
ejecutarlo. No sé cuánto puede tardar. La criatura había crecido por completo en
mi visión.
Observé cómo lo que le había dicho se asentaba en él. De ahora en
adelante, debería estar en guardia. Respiró. —Entonces lo contendremos.
—Sí. He elaborado un hechizo que ayudará. La criatura anhela… —Me
detuve, consciente de Ariadna detrás de mí. — Anhela esa carne que lo viste
comer. Es parte de su naturaleza. No puedo quitarle el hambre, pero puedo
ponerle límites.
—Lo que sea — dijo—. Estoy agradecido.
—No agradezcas todavía —dije—. Durante tres estaciones del año, el
hechizo mantendrá su apetito acorralado. Pero con cada cosecha regresará, y
deberá ser alimentado.
Sus ojos se volvieron hacia Ariadna, detrás de mí. —Comprendo —dijo.
—El resto del tiempo seguirá siendo peligroso, pero sólo como lo sería
una bestia salvaje.
Asintió, pero pude ver que estaba pensando en la cosecha, y en la
alimentación que debería proveerse. Echó un vistazo a los moldes detrás suyo,
teñidos de rojo por el calor. —Mañana por la mañana habré terminado con la
jaula.
—Bien —dije—. No podemos hacerlo demasiado pronto. Realizaré el
hechizo entonces.
Cuando la puerta se cerró, Ariadna estaba allí esperando. —Estaba
hablando del bebé que nació, ¿no es cierto? ¿Es él quien debe ser custodiado
hasta ser asesinado?
—Así es.
—Los sirvientes dicen que es un monstruo, y mi padre me gritó cuando
pregunté por él. Pero aun así es mi hermano, ¿no es verdad?
Dudé.
—Sé lo de mi madre y el toro blanco — dijo.
Ningún hijo de Pasífae podía permanecer inocente por mucho tiempo. —
Supongo que podría decirse que es tu medio hermano —dije—. Ahora ven.
Llévame con el rey y la reina.
En las paredes, se acicalaban grifos, delicados y regios. Las ventanas escupían
sol. Mi hermana yacía en su sofá plateado, brillante de salud. A su lado, en una
silla de alabastro, Minos lucía viejo e hinchado, como algo muerto abandonado
en las olas. Sus ojos se apoderaron de mí como las aves cazan los peces.
—¿Dónde has estado? El monstruo necesita atención. ¡Para eso te
trajimos aquí!
—He preparado un brebaje —dije—. De modo que podamos transferirlo
a su nueva jaula de forma más segura.
—¿Un brebaje? ¡Lo quiero muerto!
—Cariño, suenas histérico — dijo Pasífae—. Ni siquiera has oído la idea
de mi hermana. Continúa, Circe, por favor. — Apoyó su barbilla en su mano,
esperando teatralmente.
—Reducirá el hambre de la criatura por tres estaciones de cada año.
—¿Eso es todo?
—Ya, Minos, herirás los sentimientos de Circe. Yo creo que es un hechizo
muy fino, hermana. El apetito de mi hijo es algo difícil de manejar, ¿no? Ya ha
acabado con la mayoría de nuestros prisioneros.
—Quiero a la criatura muerta, ¡y punto!
—No puede ser asesinada —le dije a Minos—. No ahora. Tiene un destino,
más a futuro.
—¡Un destino! —Mi hermana aplaudía encantada—¡Oh, dinos cuál es!
¿Acaso escapa y se come a alguien que conocemos?
Minos palideció, aunque intentó ocultarlo. —Asegúrate —me dijo—. Tú
y el artesano, asegúrense de que sea seguro.
—Sí —canturreó mi hermana—. Asegúrense. No quiero ni pensar en lo
que ocurriría si escapara. Mi esposo podrá ser un hijo de Zeus, pero su carne es
completamente mortal. Lo cierto es… —bajó la voz hasta que sólo fuera un
susurro — que creo que puede estar asustado de la criatura.
Ya había visto cientos de veces a algún tonto en las garras de mi hermana.
Minos lo tomaba peor que la mayoría. Apuntó su dedo hacia mí. —¿Oyes eso? Me
amenaza abiertamente. Esto es tu culpa, tuya y de tu mentirosa familia. Tu padre
me la entregó como si fuera un tesoro, pero si tan sólo supieras las cosas que me
ha hecho…
—Oh, ¡cuéntale algunas de ellas! Creo que Circe apreciará la brujería.
¿Qué hay de las cien muchachas que murieron cuando te abalanzaste sobre ellas?
Podía sentir a Ariadna detrás de mí, muy quieta. Desearía que no
estuviera allí.
El odio en los ojos de Minos era de un ser vivo. —¡Arpía asquerosa! ¡Fue
tu hechizo lo que las mató! ¡Todo lo que engendras es malvado! ¡Tendría que
haber arrancado esa bestia de tu vientre maldito antes de que pudiera nacer!
—Pero no te atreviste, ¿no es cierto? Sabes cómo tu querido padre Zeus
adora a tales criaturas. ¿Cómo, si no, ganarían sus reputaciones todos sus héroes
bastardos? —ladeó la cabeza —. De hecho, ¿no deberías estar babeando por
tomar una espada tú mismo? Oh, pero si lo he olvidado. No te atrae matar, a no
ser que se trate de sirvientas. Hermana, realmente deberías aprender este
hechizo. Sólo necesitas…
Minos se había levantado de su asiento. —¡Te prohíbo seguir hablando!
Mi hermana se rio, como el sonido de una fuente de plata. Estaba
calculado, como todo lo que ella hacía. Minos se enfureció, pero yo estaba
mirándola a ella. Había asumido que su apareamiento con el toro había sido un
capricho perverso, pero ella no era gobernada por apetitos; los utilizaba, en
cambio para gobernar. ¿Cuándo había sido la última vez que había visto emoción
real en su rostro? Recordé entonces ese momento, al parir, cuando había gritado,
su rostro retorcido de urgencia, que el monstruo debía vivir. ¿Por qué? No era
amor, no había nada de eso en ella. De modo que la criatura debía servir a sus
fines.
Fueron mis horas con Hermes las que me ayudaron a responder, fueron
todas las noticias que me había traído del mundo. Cuando Pasífae se había casado
con Minos, Creta era el más rico y famosos de nuestros reinos. Sin embargo,
desde entonces, más reinos poderosos se habían alzado, en Micenas y Troya,
Anatolia y Babilonia. Desde entonces, también, uno de sus hermanos había
aprendido a revivir a los muertos, el otro a domar dragones, y su hermana había
transformado a Escila. Nadie hablaba ya de Pasífae. Ahora, de un golpe, había
hecho brillar otra vez a su estrella desvanecida. Todo el mundo contaría la
historia de la reina de Creta, creadora y madre del gran toro devorador de carne.
Y los dioses no moverían un dedo. Pensando en todas las oraciones que
recibirían.
—Es simplemente tan divertido — decía Pasífae — ¡Te tomó tanto
tiempo comprenderlo! ¿Acaso creías que estaban muriendo por el placer de tus
esfuerzos? ¿Por la pura felicidad embelesada? Créeme…
Me giré hacia Ariadna, parada detrás de mí silenciosa como el aire.
—Ven —le dije —. Hemos terminado aquí.
Caminamos de regreso a su círculo de baile. Sobre nosotras, las laureles y
robles extendían sus verdes hojas. —Cuando su hechizo sea realizado —dijo —,
mi hermano ya no será tan monstruoso.
—Eso espero — dije.
Pasó un momento. Me miró, con las manos juntas sobre su pecho, como
si guardara allí un secreto. —¿Te quedarías un segundo?
La observé bailar, curvando los brazos como alas, sus piernas largas y
jóvenes enamoradas de sus propios movimientos. Así era como los mortales
encontraban la fama, pensé. A través de práctica y diligencia, cuidando sus
habilidades como jardines hasta que brillaran bajo el sol. Pero los dioses nacen
del icor y el néctar, sus méritos ya salen de las puntas de sus dedos. De modo que
hallan su fama probando lo que pueden estropear: destruyendo ciudades,
comenzando guerras, criando plagas y monstruos. Todo ese humo y aroma
alzándose tan delicadamente de nuestros altares. Sólo dejan atrás cenizas.
Los pies ligeros de Ariadna cruzaban y volvían a cruzar el círculo. Cada
paso era perfecto, como un regalo que se obsequiaba a sí misma, y sonreía,
recibiéndolo. Quería tomarla de los hombros. Hagas lo que hagas, quería decirle,
no seas muy feliz. Sólo te traerá desgracias.
No dije nada, y le dejé bailar.
CAPÍTULO ONCE
Cuando el sol tocó los yacimientos lejanos, los guardias llegaron para recoger
Ariadna. Los padres de la princesa quieren verla. Marcharon con ella, y a mí me
enseñaron mi habitación. Era pequeña y cercana a las estancias de los sirvientes.
Era intencionado, por supuesto, como un insulto, pero a mí me gustó el descanso
que me dejaban las paredes sin pintar, la gran ventana que solamente dejaba ver
un trozo del implacable sol. También era silencioso, ya que todos los sirvientes
pasaban sin hacer ruido por delante, a sabiendas de quién estaba dentro. La
hermana bruja. Me dejaron comida mientras no estaba y se llevaron la bandeja
cuando me encontraba nuevamente afuera.
Dormí, y a la mañana siguiente Dédalo vino a por mí. Sonrió cuando le abrí la
puerta, y me sorprendí a mí misma sonriendo de vuelta. Una cosa de la que
podría estar agradecida a la criatura: la tranquilidad entre nosotros había vuelto.
Le seguí bajando las escaleras hasta los corredores torcidos que avanzaban por
debajo del palacio. Pasamos grandes celdas, almacenes llenos con filas de pithoi,
maravillosas vasijas de cerámica que contenían la generosa cantidad de aceite,
vino y cebada del palacio.
—¿Sabes qué fue lo que sea que ocurrió con el toro blanco?
—No. Se desvaneció cuando Pasifae comenzó a crecer. El sacerdote ha dicho
que fue la última bendición del toro. Hoy he escuchado que alguien dijo que el
monstruo es un regalo de los dioses para ayudarnos a prosperar —sacudió la
cabeza—. No son tontos por naturaleza, es solamente que están atrapados entre
dos escorpiones.
—Ariadna es diferente —dije.
Él asintió.
—Tengo esperanzas en ella. ¿Has oído cómo quieren llamar a la bestia? El
Minotauro. Diez barcos zarparán con la noticia al medio día, y diez más saldrán
mañana.
—Inteligente —dije—. Minos lo ha reclamado, y en vez de ser un cornudo él
comparte la gloria de mi hermana. Se convertirá en el rey que engendra
monstruos y les pone su propio nombre.
Dédalo hizo un ruido con la garganta
—Exactamente.
Habíamos llegado a la gran celda que contenía la jaula de la criatura. Era ancha
como la cubierta de un barco y la mitad de larga, forjada con un metal grisáceo
parecido al de la plata. Pongo las manos sobre las barras, suaves y gruesas como
troncos. Podía oler el hierro que lo componía, pero nada más.
—Es una sustancia nueva —dijo Dédalo—. Es más difícil para trabajar, pero
es más duradera. Aun así, no podrá contener a la criatura por siempre. Es
increíblemente fuerte, y acaba de nacer. Pero me dará tiempo para inventar algo
más permanente.
Los soldados lo seguían por detrás, portando una caja antigua con postes para
mantenerse alejados. La colocaron colgando boca abajo dentro de la nueva y se
fueron antes de que los ecos se extinguieran.
Me acerqué y me arrodillé al lado. El Minotauro era más grande que antes, su
carne se había puesto más gorda, presionada contra la celosía de metal. Estaba
limpio y seco de los fluidos del nacimiento, la línea entre el toro y el bebe era más
notable que antes, y era como si un loco hubiese arrancado la cabeza de un adulto
y la hubiese atornillado a un niño. Apestaba a carne vieja, y el suelo de la jaula
estaba cubierta de huesos largos. Sentí nauseas: Uno de los prisioneros de Creteo.
La criatura me miraba con unos ojos enormes. Se levantó y olfateó hacia
delante, con la nariz funcionando. Un quejido salió de ello, agudo y agitado. Me
recordaba. El olor y el sabor de mi propia carne. Abrió la enorme boca, como un
polluelo suplicando más. Más.
Me tomé un momento: dije las palabras de poder y derramé la corriente a
través de la jaula, dentro de su garganta abierta. La criatura se ahogó y se
abalanzó contra las barras, pero incluso de esa manera sus ojos cambiaron, la
furia decayendo de estos. Le sostuve la mirada y saqué la mano. Oí a Dédalo
contener el aliento. Pero la criatura no se abalanzó a por mí. Sus extremidades
rígidas estaban sueltas. Esperé durante un momento, y entonces deshice el
candado y abrí la jaula.
Dudó ligeramente, los huesos crujiendo bajo su peso.
—Está bien —murmuré, aunque no sé si para mí misma, para Dédalo o a la
criatura. Lentamente, moví las manos hacia aquello, sus fosas nasales se
abrieron. Toqué su brazo, hizo un ruidito de sorpresa, pero nada más.
—Ven —susurré, y lo hizo, agazapado y tropezando ligeramente mientras
pasaba por la pequeña apertura de la jaula. Me miró, expectante, pero casi con
dulzura.
Mi hermano, Ariadna lo había llamado. Pero esta criatura no había sido creada
para una familia. Era el triunfo de mi hermana, su ambición echa carne, el azote
que usaría contra Minos. Gracias al cual no conocería ni a compañeros ni
amantes. Nunca vería el sol, nunca daría un paso con libertad. No había nada más
en el mundo que pudiera tener aparte de odio, oscuridad y sus dientes.
Tomé la antigua jaula y di un paso hacia atrás. Me miró mientras me apartaba,
su cabeza inclinada con curiosidad. Cerré la puerta de la jaula, y sus oídos se
agitaron con el sonido metálico. Cuando fuera la cosecha, gritaría con rabia.
Empujaría las barras, intentando arrancarlas del todo.
Dédalo dejó escapar un suspiro.
—¿Cómo has hecho eso?
—Es medio bestia —dije—. Todos los animales de Aiaia son domesticables.
—¿El hechizo puede ser revertido?
—No por otra persona.
Volvimos a cerrar con candado la caja. Todo mientras la criatura nos
observaba. Profirió un sonido grave, y se rascó un pelo de la mejilla con una de
sus manos. Entonces, arrastramos la puerta de madera, cerrando la estancia, y
no pudimos ver nada más.
—¿Y la llave?
—Planeo tirarla. Cuando tengamos que moverlo, cortaré las barras.
Caminamos de vuelta, hacia los curvos pasillos hasta los corredores por
encima. En la sala pintada, la brisa soplaba, y el aire era brillante. Los nobles
pasaban por todos los lados, murmurando sus secretos. ¿Sabrían lo que vivía
debajo de ellos? Lo sabrían.
—Hay un banquete esta noche —dijo él.
—No voy a ir —dije—. He terminado mi trabajo en la corte de Creta.
—¿Vas a irte pronto, entonces?
—Depende de la piedad que tengan el rey y la reina, son los que tienen barcos.
Pero imagino que no me quedaré mucho más. Creo que Minos estará muy
contento de tener una bruja menos en Creta. Será bueno volver a casa.
Era verdad, aunque en esos decorados corredores, el pensamiento de volver a
Aiaia era extraño. Las montañas y la costa, la casa de piedra con mi jardín, todo
parecía muy distante.
—Debo presentarme esta noche —dijo él—. Aun así, espero poder
escabullirme antes de la comida. —Vaciló un instante. —Diosa, sé que presumo,
pero ¿me harías el honor de cenar conmigo?
Me había dicho que viniera cuando se levantase la luna. Su habitación estaba
en la punta contraria del palacio que la de mi hermana. Si eso era algo suerte o
no, no lo podría haber dicho. Llevaba un abrigo más refinado de los que le había
visto usar antes, pero sus pies estaban desnudos. Me guio hacia la mesa y me
sirvió vino tan oscuro como las moras. Había bandejas ya puestas, rebosantes de
frutas y con queso blanco y salado.
—¿Cómo ha ido el banquete?
—Me alegro de haber salido —su voz estaba cortada—. Tenían un cantante,
para contar la historia sobre el glorioso nacimiento del hombre-toro.
Aparentemente, cayó de una estrella.
Un muchacho salió corriendo del interior de una sala. No conocía demasiado
bien las edades mortales, pero creo que debía de tener unos cuatro años. Su pelo,
negro y ondulado, se rizaba sobre sus orejas, y sus piernas aun eran redondas
como las de un bebé. Tenía el rostro más dulce que había visto en mi vida,
incluyendo a los dioses.
—Mi hijo —dijo Dédalo.
Me le quedé mirando. No había considerado que el secreto de Dédalo podría
ser un hijo. El niño se arrodilló, como un sirviente infantil.
—Noble dama —saludó con una voz fina—. Le doy la bienvenida a la casa de
mi padre.
—Gracias —contesté—. ¿Eres un buen niño para tu padre?
Él asintió con seriedad.
—Oh, claro.
Dédalo rio.
—No te creas ni una palabra. Parece tan dulce como la nata, pero hace lo que
quiere. —El niño sonrió a su padre. Parecía ser una broma antigua entre ellos.
Se quedó durante un rato largo, alardeando del trabajo de su padre y de cómo
él le ayudaba. Sacó las pinzas que le gustaba usar y me enseñó con concentración
como las usaba en el fuego para no quemarse. Asentí, pero era su padre al que
observaba. La cara de Dédalo se había ablandado como una fruta madura, sus
ojos estaban llenos y brillantes. Nunca había pensado sobre tener hijos, pero
mirándole, durante un momento pude imaginarlo. Como si me asomase a un
pozo, y debajo de este se intuyese los reflejos del agua.
Mi hermana, por supuesto, hubiese visto tal pasión en un breve instante.
Dédalo puso su mano en el hombro de su hijo.
—Ícaro —dijo—. Es la hora de irse a la cama. Ve en busca de tu niñera.
—¿Vendrás a darme un beso de buenas noches?
—Por supuesto.
Miramos cómo se alejaba, sus pequeños talones rozando el dobladillo de la
túnica la cual era demasiado larga.
—Es guapo —dije.
—Tiene la cara de su madre —respondió a la pregunta antes de que pudiera
hacerla—. Murió durante el parto. Era una buena mujer, aunque no la conocí
durante mucho tiempo. Tu hermana organizó el matrimonio.
Así que no había estado tan equivocada después de todo. Mi hermana había
usado el anzuelo, pero había conseguido pescar de otra manera.
—Lo siento —dije.
Él sacudió la cabeza
—Es difícil, lo admito. He dado todo de mí para ser el mejor papá y mamá, pero
sé que él siente la carencia. A todas las mujeres que nos encontramos, pregunta
si me casaría con ella.
—¿Y lo harías?
Se quedó callado por un momento.
—No creo. Pasifae ya me ha torturado lo suficiente, y nunca me habría casado
en primer lugar, si no hubiese insistido. Sé que soy un mal marido, ya que solo
soy feliz cuando estoy trabajando, y después llego a casa, tarde y mugriento.
—Son lo que tienen en común la brujería y la invención —dije—. Yo tampoco
creo que sería una buena mujer. No es que mi puerta esté cerrada del todo.
Aparentemente el mercado de brujas sin honra es limitado.
Él me sonrió.
—Creo que ha sido tu hermana la que ha envenenado ese pozo.
Era muy fácil hablar con él libremente. Su cara era como una piscina tranquila,
la cual guardaría todo en lo más profundo.
—¿Aún no sabes cómo encerrar a la criatura cuando crezca?
Él asintió.
—He estado pensando. Ya has visto lo panal que es ese sitio por debajo. Hay
un millar de almacenes sin usar, ya que todas las riquezas de Creta se encuentran
en el oro hoy en día, no en el grano. Creo que podría ser capaz de convertirlas en
algo así como un laberinto. Cerrarlo en sus dos entradas y dejar a la criatura
desencadenada. Todo está cavado en roca, por lo que no tendrá por dónde
escapar.
Era una buena idea. Y por lo menos la criatura tendría más espacio que la de
una angosta jaula.
—Será una maravilla —dije—. Un laberinto que pueda encerrar a un
monstruo adulto. Tendrás que inventarte un muy buen nombre para ello.
—Estoy seguro de que Minos tendrá alguna sugerencia, que incluya a su
persona.
—Lamento no poder quedarme para ayudar.
—Has ayudado más de lo que merezco. —Su mirada se levantó para tocar la
mía.
Oímos como alguien se aclaraba la garganta. La niñera estaba en el pasillo.
—Su hijo, señor
—Ah —dijo Dédalo—. Perdóname.
Estaba demasiado agitada como para sentarme pacientemente. Paseé por la
habitación. Esperaba que estuviese llena de cosas maravillosas suyas, con
estatuas e incrustaciones en cada rincón, pero era simple, los muebles eran de
madera sin adornar. Aun así, miré de cerca, vi la estampa de Dédalo. El esmalte
brillaba y el grano estaba incrustado con delicadeza, en forma de pétalos de
rosas. Cuando pasé la mano por la superficie de la silla, no encontraba las
costuras.
Entonces, volvió.
—El beso de buenas noches —explicó.
—Un niño feliz.
Dédalo se sentó y bebió un trago de vino.
—Por ahora lo es. Es demasiado joven para saber que es un prisionero. —Las
cicatrices de su mano parecieron parpadear. — Una jaula de oro sigue siendo
una jaula
—¿A dónde irías, si pudieses escapar?
—Donde sea que me aceptaran. Pero si pudiese elegir, Egipto. Están
construyendo cosas que hacen que Cnosos parezca un barrizal. He estado
aprendiendo el lenguaje gracias a sus comerciantes en el muelle. Creo que nos
recibirían bien.
Miré a su cara buena. No buena porque fuese guapo, pero porque era
realmente él, como si fuese de metal, moderado y golpeado para tener fuerza.
Dos monstruos habíamos luchado espalda contra espalda, y él no había vacilado.
Quería decir que viniese a Aiaia. Pero sabía que no había nada para él allí.
En cambio, le dije: —Espero que puedas ir a Egipto algún día.
Acabamos nuestra comida, y caminé por los oscuros corredores de vuelta a mi
habitación. Esa tarde había sido agradable, pero me sentía desgastada y sucia, mi
mente era como cieno plateado que hubiese sido arrancado de su cama. No podía
dejar de oír a Dédalo hablar sobre libertad. Había cierta añoranza en su voz,
amargura también. Al menos yo me había ganado el exilio, pero Dédalo era
inocente, era conservado solo como un trofeo para la vanidad de mi hermana y
Minos. Pensé en sus ojos cuando hablaba sobre Ícaro, ese brillo puro de amor.
Para mi hermana, no era más que un instrumento, una espada que colgar sobre
su cabeza y hacerle su esclavo. Recordaba el placer en su cara cuando ella le
ordenó que le hiciera un corte. Tenía la misma mirada que cuando entré yo por
su puerta.
Había sido tan consumida por el Minotauro que no había visto el triunfo que
había supuesto para ella. No solo el monstruo y su nueva fama, también todo lo
que venía con ello: Dédalo forzado a la complicidad, Minos encogido y humillado,
y toda Creta siendo un rehén del miedo. Y yo, yo también era un triunfo también.
Puede que haya convocado a otros, pero yo siempre he sido el perro al que
disfruta azotando. Ella sabía cuán útil sería, entregada y limpiando sus
estropicios, protegiendo a Dédalo, viendo al monstruo encerrado y a salvo. Y
todo este tiempo ella se había dedicado a reírse desde su sillón de oro. ¿Te gusta
tu nueva mascota? No le he dado nada más que golpes, ¡y aun así ella viene con el
silbato!
Mi estómago quemaba. Me alejé dándole la espalda a mi celda. Caminé como
un dios, sin ser vista, por el lado de los guardias que cuidaban las puertas y los
sirvientes nocturnos. Llegué a la puerta de la habitación de mi hermana y caminé
a través de esta. Me coloqué de pie junto a su cama. Estaba sola. Mi hermana no
confiaba su sueño a nadie excepto a sí misma. Pude sentir los encantamientos
cuando pasé el umbral, pero no pudieron detenerme.
—¿Por qué me has convocado? —exigí—. Deja que te oiga admitirlo.
Sus ojos se abrieron de repente, atenta, como si me hubiese estado esperando.
—Era un regalo, por supuesto. ¿Quién más podría disfrutar viendo como
sangro tanto?
—Puedo pensar en miles.
Sonrió, como un gato. Siempre se divertía más jugando conmigo que con un
ratón vivo.
—Qué pena que no puedas usar tu conjuro vinculante en Escila. Pero, por
supuesto, necesitarías la sangre de su madre. No creo que el tiburón Crataeis te
lo permitiera.
Ya había pensado sobre eso. Pasifae siempre sabía cómo desesperarme.
—Querías humillarme —dije. Bostezó, su lengua rosada contra sus dientes
blancos.
—He estado pensando —respondió ella—. Sobre nombrar a mi hijo Asterión.
¿Te gusta?
Significaba el estrellado.
—Es el nombre más bonito para un caníbal que he escuchado.
—No seas tan dramática. No puede ser un caníbal, no hay otros minotauros a
los que devorar. —Frunció el ceño ligeramente, inclinando la barbilla. —Aunque
me pregunto: ¿los centauros cuentan? Deben tener algún parentesco, ¿no crees?
No me iba a dejar alterar por ella.
—Podrías haber llamado a Perses.
—Perses —sacudió la mano. No podría haber dicho lo que eso significaba.
—O a Eetes.
Se incorporó, y las sabanas la dejaron al descubierto. Su piel estaba desnuda,
excepto por un collar hecho de cuadrados fabricados con oro. Cada uno de ellos
estaba sellado: un sol, una abeja, un hacha, y un gran monstruo de Dicte.
—Oh, ojalá podamos hablar toda la noche —dijo—. Te haré trenzas en el pelo,
y podemos reírnos de nuestros pretendientes —bajó la voz—. Creo que Dédalo
te tendrá en un minuto.
Mi enfado se salió de sus límites.
—No soy tu perro, Pasifae, ni tu oso para ser atormentado. He venido en tu
ayuda, después de toda nuestra historia, a pesar de los hombres que enviaste a
morir. Te ayudé con tu monstruo. He hecho tú trabajo por ti, y todo lo que me
has dado son burlas y desprecio. Por una vez en tu retorcida vida, di la verdad.
Me has traído aquí para dejarme en ridículo.
—Oh, eso no exige ningún esfuerzo por mi parte —dijo ella—. Eres ridícula
por tu propia cuenta.
Pero era un reflejo, no una respuesta de verdad. Esperé.
—Es gracioso —dijo ella—, que incluso después de todo este tiempo, aún creas
que debes ser recompensada solo porque has sido obediente. Creía que habías
aprendido la lección en los salones de nuestro padre. Nadie se encogió y achantó
como tú lo hiciste, y aun así el gran Helios te pisoteó enseguida, porque ya
estabas encogida a sus pies.
Se estaba echando hacia delante, su pelo dorado suelto, cubriendo las sabanas
que la rodeaban.
—Deja que te diga la verdad sobre Helios y todo lo demás. No les importa si
eres buena. Ni siquiera les importa si eres malvada. Lo único que les hace prestar
atención es el poder. No es suficiente que seas la favorita de tu tío, para
complacer a un dios en su cama. No es suficiente ni siquiera que seas bella, ya
que cuando vas con ellos, y te arrodillas y dices “He sido buena, ¿me ayudarás?”,
alzan sus cejas. Oh, cariño, no se puede hacer. Oh, cariño, tienes que aprender a
vivir con ello. Y, ¿le has preguntado a Helios? Sabes que no hago nada sin su
palabra. —Pisé contra el suelo. —Se llevan todo lo que quieren, y a cambio te
dejan únicamente tus propios restos. Te he visto aplastada un millar de veces. Te
he aplastado yo misma. Y cada vez, pienso, ya está, ella está harta, llorará tanto
que se convertirá en piedra, en un pájaro cantor, nos dejará y buen viaje. Y aun
así siempre vuelves al día siguiente. Estaban sorprendidos cuando revelaste que
eres una bruja, pero yo ya lo sabía. A pesar de tu lloriqueo de ratón, vi como no
serías aplastada en la tierra. Los aborrecías igual que yo. Creo que de ahí vienen
nuestros poderes.
Sus palabras entraban en mi cabeza creando una gran catarata. Apenas podía
soportarlas. ¿Odiaba a nuestra familia? Ella siempre me había parecido ser su
culmen, un brillante monumento a la crueldad vanidosa de nuestra sangre. Y,
aun así, era cruel lo que había dicho; las ninfas podían trabajar solamente con los
poderes de otros. No podían esperar nada de los demás.
—Si todo eso es así —dije—. ¿Por qué eres tan mala conmigo? Eetes y yo
estábamos solos, podrías haber sido nuestra amiga.
—Amigos —dijo con desprecio. Sus labios eran de un rojo sangre perfecto, el
color que todas las otras ninfas tenían que pintarse—. No hay amigos en estos
pasillos. Y a Eetes no le ha gustado una mujer en su vida.
—Eso no es verdad —dije.
—¿Porque pensabas que le gustabas? —se rio—. Te toleraba porque eras un
mono adiestrado, aplaudiendo cada vez que hablase.
—Tú y Perses son iguales —contesté.
—No sabes nada de Perses. ¿Sabes qué hice para tenerle contento? ¿Todo lo
que tuve que hacer?
No quería escuchar nada más. Su cara estaba lo más desnuda que la había
visto, y todas las palabras eran afiladas como si hubiesen pasado años tomando
esa forma.
—Y entonces padre me vendió al burro de Minos. Bueno, podía trabajar con
él, y es lo que he hecho. Ahora está arreglado, pero ha sido un camino arduo, y
nunca volveré a ser la misma. Así que dime, hermana, ¿por quién debería haber
mandado a buscar? ¿A algún dios impaciente por destrozarme y hacerme
suplicar por migajas? ¿O a alguna ninfa, para que buscara sin objetivo por el mar?
—se volvió a reír—. Habrían salido despavoridos a la primera. No pueden tolerar
dolor alguno. No son como nosotras.
Las palabras me fueron chocantes, como si sus manos hubiesen estado vacías
todo este tiempo, y ahora me estuviera enseñando un cuchillo. Las náuseas me
subieron por la garganta. Di un paso hacia atrás.
—Yo no soy como tú. —Por un momento vi la sorpresa en su cara. Y luego se
fue, como una ola que golpea la arena de la playa.
—No —dijo—. No lo eres. Eres como padre, estúpida y una santa, cerrando los
ojos a todo lo que no puedes comprender. Dime, ¿qué piensas que pasaría si no
hiciese monstruos y venenos? Minos no quiere una reina, solo una gelatina
temblorosa que pueda mantener en un bote y repose hasta la muerte. Le
encantaría tenerme encadenada por el resto de la eternidad y solo necesitaría
decírselo a su padre para hacerlo. Pero no lo hace. Sabe lo que yo le haría antes.
Me acordé de mi padre diciendo de Minos, Él la mantendrá en su lugar.
—Y aun así padre solo le da una pequeña licencia a Minos.
Su risa rascó mis oídos.
—Padre me encadenaría él mismo, si eso mantuviese su preciada alianza. Tú
eres la prueba de eso. Zeus está aterrorizado de la brujería y quería un sacrificio.
Padre te escogió porque vales menos. Y ahora te sientas en esa isla y nunca te
irás de ella. Debería haber sabido que no me valdrías la pena. Sal. Sal y deja que
no te vuelva a ver.
Salí de nuevo a los pasillos. Mi mente estaba en blanco, mi piel picaba como si
se fuese a levantar de la carne. Cada sonido, cada toque, las piedras bajo mis pies,
las salpicaduras de las fuentes desde la ventana, todo me ponía de los nervios. El
aire pesaba como olas del océano. Me sentía una extraña para el mundo.
Cuando la figura se separó de las sombras de mi puerta, estaba demasiado
aturdida para gritar. Mi mano buscó mi bolso de artilugios, pero luego la luz de
la antorcha distante cayó sobre su rostro encapuchado.
Habló tan suavemente que solo un dios lo podría haber oído.
—Te he estado esperando. Di una sola palabra, y me iré.
Me llevó un momento comprenderlo. No le había enseñado a ser tan rebelde.
Pero por su puesto, lo era. Artista, creador, inventor, el mejor que el mundo había
conocido. La timidez no crea nada.
¿Qué habría dicho si hubiese venido antes? No lo sé. Pero su voz era como un
bálsamo en mi piel desnuda. Anhelaba por su mano, por todo en él, mortal,
aunque lo era, distante y moribundo, aunque siempre lo sería.
—Quédate —dije.
No encendimos ninguna vela. La sala estaba oscura y tibia por el calor del día.
Las sombras cubrían la cama. No se oía el croar de rana alguna, ni ningún pájaro
piar. Era como si hubiésemos encontrado el corazón de metal del universo. Nada
se movía excepto nosotros.
Después, yacimos el uno junto al otro, la brisa nocturna nos hacia cosquillas
sobre las extremidades. Pensé en contarle sobre mi pelea con Pasifae, pero no
quería que estuviese entre nosotros. Fuera, las estrellas estaban cubiertas, y los
sirvientes pasaron a través del jardín con antorchas titilantes. Creía haberlo
imaginado, primero, un pequeño temblor sacudió la habitación.
—¿Puedes sentir eso?
Dédalo asintió.
—Nunca son fuertes. Un par de grietas en el yeso. Vienen más a menudo
últimamente.
—No dañará la jaula.
—No —dijo—. Tendrían que ser mucho peores. —Un momento pasó. Su voz
se hizo más suave en la oscuridad. —En la cosecha —dijo—, cuando la criatura
haya crecido. ¿Qué tan malo será?
—Tanto como quince en la luna.
Escuché como mantenía el aliento.
—Siento su peso a cada momento —dijo él—. Todas esas vidas. Ayudé a crear
la criatura y ahora no lo puedo deshacer.
Yo conocía el peso del que hablaba. Sus manos descansaban al lado de las mías.
Eran callosas, pero no duras. En la oscuridad, había pasado las manos sobre ellas,
buscando los parches suaves que eran sus cicatrices.
—¿Cómo lo aguantas? —dijo él.
Mis ojos dieron un suspiro de luz, y con el pude ver su cara. Era una sorpresa
darme cuenta de que esperaba una respuesta. Que creyese que tenía una. Pensé
en otra habitación, con otro prisionero. También había sido un artesano. Desde
su fundamento de su conocimiento se había cimentado una civilización. Las
palabras de Prometeo, plantadas en lo más profundo, habían estado
esperándome todo este tiempo.
—Lo soportamos como mejor podemos —dije.
Minos era frugal con sus barcos, y ahora era que el monstruo estaba contenido,
me había hecho esperar a su conveniencia.
—Uno de mis mercaderes pasa cerca de Aiaia. Desembarca en unos días.
Puedes ir con ellos.
No volví a ver a mi hermana de nuevo, excepto desde la distancia, llevada a sus
picnics y placeres. No volví a ver a Ariadna tampoco, aunque la busqué en el
círculo de baile. Le pregunté a uno de los guardias si me podía llevar a ella. No
había imaginado su sonrisa burlona.
—La reina lo prohíbe.
Pasifae y sus bellas venganzas. Mi cara se arrugó, pero no le daría la
satisfacción de saber que su crueldad me había afectado. Vagué por los terrenos
del palacio, sus soportales, sus caminos y campos. Vi como los mortales pasaban
con sus caras interesadas. Cada noche Dédalo llamaba a mi puerta secretamente.
Era tiempo prestado, lo sabía, y eso lo hacía más dulce.
Los guardias vinieron justo después del amanecer en el cuarto día. Dédalo ya
se había ido; le gustaba estar en casa cuando se despertaba Ícaro. Los hombres
se quedaron parados delante de mí, rectos en sus capas moradas, asustados
como si fuese a salir corriendo y fuese a escapar a las montañas. Les seguí a
través de los pasillos pintados, hasta las escaleras grandes. Dédalo estaba
esperando entre el caos del muelle.
—Pasifae te castigará por esto —dije.
—No más de lo que ya me castiga. —Se apartó con un paso mientras la octava
oveja que Minos había enviado como agradecimiento era pastoreada hacia el
barco. — Veo que el rey ha sido generoso como nunca antes. —Hizo un gesto
hacia dos cajas enormes cargadas en la cubierta. —Recuerdo que te gusta
mantenerte ocupada. Es de mi propio diseño.
—Gracias —dije—. Me honras.
—No —respondió—. Sé lo que te debemos. Lo que te debo.
Me quemaba la garganta por detrás, pero podía sentir ojos mirándonos. No
quería que fuese peor para él.
—¿Le dirás adiós a Ariadna de mi parte?
—Lo haré —dijo él.
Puse un pie en el barco y levanté mi mano. Él levantó la suya. No me había
engañado a mí misma con esperanzas falsas. Yo era una diosa, y él era mortal, y
los dos estábamos encerrados. Pero grabé su cara en mi mente, como los sellos
se graban en cera, para poder llevarlo conmigo.
No abrí las cajas hasta que estuviésemos fuera de vista. Desearía haber hecho
lo contrario, para poder haberle dado las gracias apropiadamente. Dentro de una
había materiales de todos los tipos. Y en la otra, el más bello telar que hubiese
visto nunca, hecho de cedro esmaltado.
Aún lo tengo. De pie junto a mi corazón, e incluso se ha hecho hueco en las
canciones. A lo mejor no es una sorpresa, a los poetas les gustan las simetrías: La
bruja Circe era hábil lanzando hechizos y amenazas de la misma manera que
lleva encantamientos y ropas. ¿Quién soy yo para fastidiar un hexámetro fácil?
Pero cualquier pregunta sobre mi ropa viene de ese telar y el mortal que lo hizo.
E incluso después de tantos siglos, sus tuercas siguen fuertes, y cuando las capas
se deslizan por el terreno, la esencia de cedro llena el aire.
Después de irme, Dédalo construyó su gran juego, el Laberinto, cuyas paredes
confundían la ira del Minotauro. Las cosechas se juntaron, y las vueltas de los
corredores se volvieron profundas hasta los tobillos. Si escuchabas, decían los
sirvientes en el palacio, podías escuchar a la criatura subir y bajar. Y mientras,
Dédalo trabajaba. Juntaba dos tablas de madera con cera amarilla y encima de
estas presionaba las plumas que había coleccionado de las gaviotas que se
alimentaban en la orilla de Creta, atadas largamente, extensas y blancas. Dos
pares de alas, hicieron. Las ató a sus propios brazos, y una al de su hijo.
Caminaron hasta la cima del barranco más alto de Cnosos y dieron un salto.
Las corrientes del océano los atrapó, y alzaron el vuelo. Fueron hacia el este,
hacia el sol que se levantaba desde África. Ícaro se sorprendió, ya que era un
hombre joven, y era la primera vez que probaba la libertad. Su padre se rio al
verle bajando y dando vueltas. El chico fue hacia arriba, hipnotizado por el vasto
cielo, el calor sin barreras sobre sus hombros. No se percató de los gritos de
advertencia de su padre. No se dio cuenta de que la cera se derretía. Las plumas
se cayeron, y él detrás, a las olas que le ahogaron.
Sufrí por la muerte del chico tan dulce, pero me lloré más por el dolor de
Dédalo, que continuaba hacia delante, arrastrando la desesperación y la pena
consigo. Fue Hermes el que me lo dijo, por supuesto, sorbiendo el vino, sus pies
sobre mi corazón. Cerré los ojos, para buscar la impresión de la cara de Dédalo.
Deseaba que hubiésemos tenido un hijo juntos, para que le consolara. Pero ese
era un pensamiento tonto y joven: como si los hijos fueran sacos de grano
intercambiables unos por otros.
Dédalo no vivió mucho más que su hijo. Sus extremidades se volvieron grises
y sin nervios, y toda su fuerza se convirtió en humo. No tenía derecho alguno
para reclamarle, lo sabía. Pero en una vida solitaria, había momentos en los que
otra alma se junta con la tuya, como las estrellas cuando un año pasa por la tierra.
Tal constelación era él para mí.
CAPÍTULO DOCE
Tomamos el camino largo hacia Aiaia, esquivando Escila. Nos llevó once días.
El cielo se arqueaba sobre nosotros, claro y brillante. Miré hacia las olas
cegadoras, al sol blanco y quemador. Nadie me molestaba. Los hombres
apartaban la mirada cuando pasaba por su lado, y vi como tiraban una cuerda
que había tocado a las olas. No podía culparles. Vivían en Cnosos y sabían
demasiado sobre brujería.
Cuando llegamos a Aiaia, los sirvientes llevaron el bulto por los bosques y lo
instalaron delante de mi hogar. Guiaron a la octava oveja. Les ofrecí vino y una
comida, pero por supuesto, no lo aceptaron. Se dieron prisa para volver al barco,
estirados hacia sus remos, impacientes por desvanecerse en el horizonte. Les
observé hasta que desaparecieron, como una llama que se apaga.
El león brilló desde mi umbral. Movió su cola como si dijera: Espero que ese
haya sido lo último.
—Creo que lo será —dije.
Después de los extensos pabellones soleados de Cnosos, mi casa se sentía
como una estrecha madriguera. Caminé por las limpias habitaciones, sintiendo
el silencio, la quietud, el arrastre solo de mis pies. Puse mi mano en cada
superficie, en cada encimera y copa. Estaban exactamente como las dejé. Como
siempre lo estarían.
Salí a mi jardín. Arranqué las mismas hiervas que siempre estaban verdes, y
planté las hiervas que había recogido en Dicte. Parecían lejanas de la luz de la
luna, coronadas por la población de mis brillantes camas. Sus zumbidos parecían
disminuir, sus colores se desvanecían. No había considerado que a lo mejor sus
poderes no habían podido sobrevivir a ser trasplantados.
En los años que viví en Aiaia, nunca había dado con mis limitaciones. Después
de estar en los salones de mi padre, la isla me parecía ser la más salvaje, con
libertad vertiginosa. Sus playas, sus crestas, todo sobre ella se perdía en el
horizonte, lleno de magia. Pero mirando a los florecimientos frágiles, por
primera vez sentí el peso real de mi exilio. Si morían, no podría conseguir más.
Nunca volvería a caminar por la tierra húmeda de Dicte. No podría sacar agua de
su piscina de plata. Todos esos sitios de los que me había hablado Hermes, de
Arabia, Asur, Egipto, se habían perdido por siempre.
Nunca te podrás ir, me había dicho mi hermana.
Como modo de rebeldía, me lancé hacia mi antigua vida. Hice lo que me
gustaba en cuanto pensaba en ello. Canté sobre las playas, reorganicé mi jardín.
Llamé a los cerdos y rasqué sus espaldas peludas, cepillé a las ovejas, invoqué a
los lobos para que se recostaran jadeantes en el suelo. La leona dio vueltas a sus
ojos por su culpa, pero se comportó bien, porque era ley que mis animales tenían
que soportarse.
Cada noche, iba a quitar los hierbajos y las raíces. Realizaba cualquier hechizo
que se me viniese a la mente, solamente para sentir el placer de hacerlos con mis
propias manos. Por la mañana cortaba flores para mi cocina. Por las tardes
después de la cena, me ponía delante del telar de Dédalo. Me llevó un tiempo
entenderlo, porque no era como los telares que había visto en los salones de los
dioses. Había un asiento, y la trama apuntaba hacia abajo más que hacia arriba.
Si mi abuela lo hubiese visto, hubiese ofrecido su serpiente de mar por él; la tela
que producía era más fina que su vestido. Dédalo lo había adivinado bien: que
me gustaría todo lo que conllevaba, su simpleza y agileza a la vez, el olor de la
madera, el sonido del transportador, la manera satisfactoria en que la trama se
superponía una sobre otra. Era un poco como el trabajo de conjuros, pensaba yo,
ya que tus manos deben estar ocupadas, y tu mente tiene que ser concisa y libre.
Y aun así mi parte favorita no era el telar para nada, sino hacer los tintes. Iba a
cazar los mejores colores, raíces de gansa y azafrán, los bichos kermes púrpura
y el murex de color vino oscuro del mar, y el polvo de alumbre para fijarlos
rápidamente en la lana. Los apretaba, golpeaba, remojaba en recipientes con
burbujas hasta que los líquidos apestosos se asimilaran en la tela en colores
brillantes como flores amarillo carmesí y amarillo azafrán y purpura que llevan
las princesas. Si hubiese tenido la habilidad de Atenea, podría haber creado una
gran obra de Iris, diosa del arcoíris, cogiendo sus colores desde el cielo.
Pero no era Atenea. Era feliz con esculturas simples, con abrigos y mantas que
se veían como joyas tendidas en mis sillas. Envolví a mi leona en una y la llamé
reina de Fenicia. Se sentó, tornando su cabeza hacia un lado y otro, como si
enseñase la forma en que el púrpura hacia brillar su pelaje de color dorado.
Nunca verás Fenicia.
Me levanté del taburete y me hice andar por la isla, admirando los cambios
que cada hora traía: la marea con las olas salpicando los pozos, las piedras que
rodaban verdes y suaves por las corrientes del rio, las abejas volando bajo,
atraídas por el polen. Las bahías llenas de parpadeantes peces, las semillas salían
de sus cascaras. Mi díctamo, mis margaritas de Creta, sobrevivieron después de
todo. ¿Ves? Le dije a mi hermana.
Y fue Dédalo el que contestó. Una jaula de oro sigue siendo una jaula.
La primavera dio paso al verano, y el verano a un fragante otoño. Ahora había
niebla por la mañana y a veces tormentas por la noche. El invierto llegaría pronto
con su particular belleza, las hojas de brillante verde se convierten en marrones,
los cipreses altos y negros contra el cielo de metal. Nunca hizo frio, realmente,
no como en el pico del Monte Dicte, pero estaba feliz de tener abrigos cuando
escalaba rocas y me mantenía delante de los vientos. Aun así, a pesar de las
bellezas que me diese, los placeres que encontrase, las palabras de mi hermana
me perseguían, tirantes, escarbando profundo en mis huesos y sangre.
—Te equivocas sobre la hechicería —le había dicho—. No viene del odio. Hice
mi primer hechizo por amor a Glauco.
Podía escuchar su voz empalagosa como si estuviera delante de mí. Aun así,
fue para desafiar a tu padre, para desafiar a todos los que te han despreciado y que
te apartaban de tus deseos.
Había visto la mirada en los ojos de mi padre cuando supo por fin lo que era.
Estaba pensando en que debería haberme metido en una cueva.
Exacto. Mira como pararon el vientre de nuestra madre. ¿Te has dado cuenta de
cuan fácilmente cambia a Padre y a nuestras tías?
Lo había notado. Era mucho más que bello, más que cualquier truco de cama
que pudiese saber.
—Es lista.
¡Lista! Pasifae se rio. Tú siempre la subestimas. No me sorprendería si también
tiene sangre de bruja. No conseguimos nuestros encantos de Helios.
Me lo había preguntado yo también.
Te arrepientes de haberla admirado. Te pasaste cada día lamiéndole los pies a
padre, esperando que él la dejara de lado.
Caminé por las rocas. Había caminado por la tierra durante generaciones, pero
aún era una niña para mí misma. Ira y pena, deseo ahogado, lujuria,
autocompasión: estas son emociones que los dioses conocen bien. Pero la culpa
y la vergüenza, el remordimiento, la ambivalencia, esas son países extranjeros
para nuestra raza, lo que debe ser aprendido piedra por piedra. No podía parar
de pensar en la cara de mi hermana, el shock claro cuando le dije que nunca sería
como ella. ¿Qué esperaba? ¿Qué nos enviaríamos mensajes mediante la boca de
pájaros de agua? ¿Qué compartiría mis conjuros, pelar con los dioses? ¿Qué
seríamos, de alguna manera, hermanas por fin?
Me lo intenté imaginar: nuestras cabezas inclinadas sobre la hierba, su risa
mientras soltaba algo inteligente. Deseé entonces, oh, un montón de cosas
imposibles. Que hubiese sabido antes lo que ella era. Que hubiésemos crecido en
otro sitio que no fuera entre esas paredes brillantes. Podría haber mezclado sus
venenos, alejarla de los abusos, haberle enseñado cómo recopilar las mejores
plantas.
¡Ja! dijo ella No tomaría ninguna lección de una idiota como tú. Eres débil y
ciega, y es peor porque lo escoges tú. Lo lamentarás al final.
Era siempre más sencillo cuando ella era odiosa.
—No soy débil. Y nunca lamentaré no ser como tú. ¿Lo escuchas?
No hubo respuesta, por supuesto. Solo el aire, comiéndose mis palabras.
Hermes volvió. Ya no pensaba que él conspirase con Pasifae. Estaba
simplemente en su naturaleza alardear de su conocimiento y reírse de lo que
otros no sabían. Se reclinó en mi silla plateada.
—Así que, ¿te gustó Creta? Oí que tuviste tus aventuras.
Le di comida y vino, y le llevé a mi cama esa noche. Estaba guapo como nunca
antes, bueno y juguetón en nuestros encuentros. Pero una aversión se alzaba en
mi cuando le miraba. En un momento me estaba riendo, y al siguiente sus chistes
se volvían amargos en mi garganta. Cuando su mano se acercó a mí, sentí una
descolocación extraña. Eran perfectas y sin cicatrices.
Mi aversión, por supuesto, solo le dio más ganas. Cualquier reto era un juego,
y cualquier juego un placer. Si le hubiese amado, se hubiese marchado, pero mi
repulsión le traía siempre de vuelta. Me presionó fuerte para envolverme,
trayéndome regalos y noticias, contando el cuento del Minotauro sin que yo
necesitara preguntar.
Después de que yo embarcase, dijo él, el hijo mayor de Minos y Pasifae,
Androgeo, había visitado el continente y le habían matado cerca de Atenas. Para
entonces, la gente de Creta se resistía a perder sus hijas e hijos en cada cosecha,
y amenazaban con revueltas. Minos aprovechó la oportunidad. Demandó, como
pago por sus hijos, que el rey de los atenienses enviase a siete jóvenes y siete
criadas para alimentar al monstruo, si no la gran flota de Creta llevaría la guerra.
El rey asustado estuvo de acuerdo, y uno de los jóvenes elegidos era su propio
hijo, Teseo.
Este príncipe era el mortal que había visto en la piscina de la montaña. Pero
mi visión no me lo había dicho todo: podría haber muerto, si no hubiese sido por
la princesa Ariadna. Se enamoró de él, y para salvarle la vida coló una espada y
le enseñó las maneras del laberinto, que había aprendido directamente de
Dédalo. Aun así, cuando salió del laberinto con las manos manchadas por la
sangre del monstruo, ella lloró, y no de alegría.
—He escuchado —dijo Hermes—. Que ella sentía un amor antinatural por la
criatura. Iba a menudo a su jaula y le hablaba suavemente entre los barrotes, y a
veces le daba cosas de su propia mesa. Una vez, se acercó demasiado, y sus
dientes le mordieron en el hombro. Escapó y Dédalo curó la herida, pero le dejó
una cicatriz en la base del cuello, con la forma de una corona.
Recordé su cara mientras decía: mi hermano.
—¿Fue castigada? ¿Por ayudar a Teseo?
—No. Se fue con él después de que le diese muerte a la criatura. Teseo se
hubiese casado con ella, pero mi hermano decidió que la quería para sí. Sabes
que le gustan aquellos con pies ligeros. Le dijo a Teseo que la dejase en una isla,
y él iría a reclamarla.
Sabía a qué hermano se refería. Dioniso, señor de la envidia y las uvas. El hijo
rebelde de Zeus, al cual los mortales llaman Liberador, ya que les libra de sus
preocupaciones. Al menos, pensé, con Dioniso ella podría bailar cada noche.
Hermes sacudió la cabeza.
—Llegó demasiado tarde. Se había quedado dormida, y Artemisa la mató. —
Lo dijo de manera tan casual que por un momento pensé que lo había escuchado
mal.
—¿Qué? ¿Está muerta?
—Le guie al inframundo yo mismo.
Esa pobre e inocente chica.
—¿Por qué razón?
—No conseguí ninguna respuesta clara de Artemisa. Sabes que tiene muy mal
temperamento. Un desliz incomprensible. —Se encogió.
Mi brujería no era mucho contra la de un dios del Olimpo, lo sabía. Pero en ese
momento, quería intentarlo. Invocar todos mis encantamientos, arrojar todo mi
poder sobre los espíritus de esta tierra, las bestias, los pájaros, y enviarlos tras
Artemisa, hasta que supiera como se sentía ser realmente perseguida.
—Ven —dijo Hermes—, si lloras cada vez que un mortal muere, te ahogarás
en un mes.
—Vete —dije.
Ícaro, Dédalo, Ariadna. Todos se habían idos a esos campos oscuros, donde las
manos no encontraban nada excepto el aire, donde los pies no tocaban la tierra
nunca más. Si hubiese estado allí, pensé. Pero, ¿qué hubiese cambiado? Era
verdad lo que había dicho Hermes. Los mortales morían a cada momento, a
brocha y espada, por animales silvestres y hombres locos, por enfermedades,
negligencia y edad. Era su destino, como me había dicho Prometeo, la historia
que todos compartían. No importaba cuán vividas eran sus vidas, no importa
cuán brillantes, no importa cuántas bellezas hiciesen, se convertían en polvo y
humo. Mientras tanto, todos los dioses insignificantes e inútiles seguirían
succionando el aire brillante hasta que las estrellas se apagasen.
Hermes volvió, como siempre. Le dejé. Cuando llegaba a mi porche, las orillas
no parecían tan anchas, saber sobre mi exilio no parecía tan pesado.
—Cuéntame las noticias —le dije—. Cuéntame qué pasa en Creta. ¿Cómo se
tomó Pasifae la muerte del minotauro?
—Se volvió loca, ese es el rumor. No lleva nada más que negro de luto.
—No seas estúpido. Solo se enfada si le viene bien —le dije.
—Dicen que ha maldecido a Teseo, y está plagado desde entonces. ¿Has
escuchado sobre como murió su padre?
No me importaba Teseo, quería saber sobre mi hermana. Hermes debe
haberse estado riendo mientras me contaba cuento tras cuento. Como ella había
prohibido que Minos entrara a su cama, y su único placer era su hija menor,
Fedra. Como estaba maldiciendo los barrizales del Monte Dicte, cavando toda la
montaña en busca de nuevos venenos. Acumulé cada chisme como un dragón
guarda su tesoro. Estaba buscando algo, me di cuenta, aunque no sabía el qué.
Como todos los buenos cuentacuentos, Hermes sabía guardarse lo mejor para
lo último. Una tarde, me contó sobre un truco que Pasifae había hecho contra
Minos en los primeros días de su matrimonio. Minos acostumbraba mandar a
cualquier chica que gustase a sus aposentos delante de su cara. Así que le maldijo
con un conjuro que cambiaba su semen en serpientes y escorpiones. Siempre que
se acostaba con una mujer, le picaban hasta que moría por dentro.
Recuerdo la pelea que escuché que tuvieron. Un centenar de chicas, había
dicho Pasifae. Había estado con cualquier esclava, criada, hija de mercader,
cualquiera cuyo padre no se atreviese a alzar la voz contra el rey. Todas muertas
por nada más que placer insignificante y venganza.
Alejé a Hermes de mí, y cerré todas mis alcobas como nunca. Cualquiera habría
pensado que estaba creando un gran conjuro, pero no necesité de ninguna
planta. Sentí un placer sin peso. La historia era tan fea, tan exagerada y
asquerosa, que la sentía como una fiebre que me rompía. Si estaba encerrada en
esta isla, al menos no tenía que compartir el mundo con ella y su tipo. Acariciando
mi león, dije: —Está terminado. No volveré a pensar en ellos. Los saco fuera y
habré terminado.
El gato presionó su mejilla contra las blandas patas y mantuvo los ojos sobre
el suelo. Así que a lo mejor ella sabía algo que yo no.
CAPÍTULO TRECE
Era primavera y yo estaba sentada en la colina del este, recogiendo fresas
tempranas. El viento del mar soplaba fuertemente allí, y la dulzura de las frutas
siempre estaba matizada por la sal. Los cerdos empezaron a gritar y levanté la
mirada. Un barco se aproximaba hacia nosotros a través de la luz inclinada del
atardecer. Había viento en su contra, pero aun así no se volvía más lento su
avance. Los marineros lo estaban conduciendo recto como una flecha bien
enviada.
Mi estomago se dio la vuelta. Hermes no me había advertido, y no conseguía
adivinar qué podría significar. La cubierta era de estilo micénico, un
revestimiento y una figura en la proa tan grande que debería haber alterado el
rumbo del barco. Un par de redondeados ojos, pintados de negro ahumado en su
cubierta. Noté un olor extraño, ligero, en el aire. Dudé un momento, luego limpié
mis manos y bajé a la playa.
El barco estaba cerca de la orilla para entonces, su proa proyectando su
sombra como una aguja sobre las olas. Conté tres docenas de hombres a bordo.
Más tarde, por supuesto, habría cientos de personas que decían haber estado allí,
o que se inventaron genealogías para seguir el rastro de su sangre. Los grandes
héroes de su generación, así llamaban a ese grupo. Rebeldes e inquebrantables,
amos de cientos de aventuras alocadas. Seguramente lo aparentaban:
principescos y altos, con las espaldas anchas, abrigos caros y pelo espeso, lo que
los mayores imperios tenían para ofrecer. Cargaban con armas como la mayoría
de hombres llevan sus ropas. No cabía duda de que habían estado peleando con
monstruos y matando gigantes en sus propias cuevas.
Aun así, sus caras desde lejos se veían tensas. El aroma era más fuerte ahora,
y había pesadez en el aire, un peso que arrastraba y que parecía colgar del mástil
mismo. Me vieron, pero no hicieron ruido alguno y no me dieron ninguna señal
de saludo.
El ancla calló con una salpicadura y le siguió la plancha. Por encima las
gaviotas hacían círculos, llorando. Dos descendieron, sus brazos se tocaban y
miraban hacia abajo. Un hombre, ancho y musculoso, su pelo era negro y se
levantaba con la brisa lenta. Y, me sorprendió, una mujer, alta y cubierta de negro
con un velo largo flotando detrás de sí. La pareja se acercó a mí con gracia y sin
dudar, como si fueran visitantes esperados. Se arrodillaron ante mis pies y la
mujer mantuvo las manos en alto, con dedos largos y limpias de cualquier
adorno. Su velo estaba puesto de tal manera que ni un solo pelo se pudiese ver
debajo. Su barbilla se mantuvo hacia abajo, tapando su cara.
—Diosa —dijo ella—. Bruja de Aiaia. Venimos a por tu ayuda. —Su voz era
baja pero clara, con cierta musicalidad, como si estuviera acostumbrada a cantar.
— Hemos evitado grandes peligros, y para escapar hemos causado grandes
males. Estamos manchados.
Lo podía sentir. El aire poco agradable se había vuelto más espeso,
cubriéndolo todo con una pesadez aceitosa. Miasma se llamaba. Polución. Se
alzaba por los crímenes sin purificar, por ofensas cometidas contra los dioses, y
de la sed de sangre sin satisfacer. Me había tocado tras el nacimiento del
Minotauro, hasta que las aguas de Dicte me limpiaron por completo. Pero este
era más fuerte: era asqueroso, un contagio.
—¿Nos ayudarás? —preguntó ella.
—Ayúdanos, gran diosa, estamos a tu merced —dijo después el hombre.
No pedían magia, pedían el rito más antiguo de nuestro pueblo. Catarsis. La
limpieza mediante el humo y el rezo, agua y sangre. Me estaba prohibido hacerle
preguntas, demandar que me dijeran sus pecados, si es que eran pecados. Mi
parte era solo decir sí o no.
El hombre no tenía la disciplina de su compañera. Cuando había hablado, su
barbilla se había levantado un poco, y obtuve un vistazo de su cara. Era joven,
más joven de lo que había pensado incluso, su barba aún en parches. Su piel
estaba curtida por el viento y el sol, pero brillaba con salud. Él era hermoso como
un dios, o eso dirían los poetas. Pero era su determinación como mortal la que
me impactó más, lo aguerrido de su cuello, a pesar de las cargas sobre él.
—Levántense —dije—, y venid. Os ayudaré como pueda.
Los guie hasta las vías de los cerdos. Las manos de él estaban enredadas en el
brazo de su compañera firmemente, como si le diera balance, pero ella nunca
tropezaba. Sus pies eran más seguros que los de él. Y aun así ella era cuidadosa
de mantener la mirada baja.
Los hice entrar. Pasaron de las sillas y se arrodillaron en silencio sobre las
piedras del suelo. Dédalo les hubiese hecho una preciosa estatua: Humildad.
Fui a la puerta trasera, los cerdos corrieron hacia mí. Puse una mano sobre
uno de ellos, un lechón que no llegaba ni al año, puro y sin manchas. Si fuese una
sacerdotisa le hubiese drogado para que no tuviese miedo y no se resistiera,
estropeando el ritual. En mis manos se relajó como un niño adormecido. Le lavé,
até los filetes sagrados, cosí una guirnalda para su cuello, y mientras él estaba en
silencio, como si lo supiese y entendiese.
Coloqué la cuenca dorada en el suelo y cogí el gran cuchillo de bronce. No tenía
ningún altar, pero no necesitaba ninguno: cualquier parte donde yo estuviera se
convertía en mi templo. La garganta del animal se abrió fácilmente bajo la hoja.
Entonces sí que pataleó, pero solamente un momento. Le sostuve firmemente
hasta que sus piernas se quedaron quietas, mientras un rio rojo caía en el bol.
Canté los himnos y bañé sus manos y caras en el agua sagrada mientras las
hierbas sagradas quemaban. Sentí cómo la pesadumbre se aliviaba. El aire se
comenzó a limpiar, y el olor a aceite se desvaneció. Ellos rezaron mientras
llevaba la sangre para verterla sobre las raíces de árboles viejos. Prepararía el
cadáver más tarde para cocinarlo en la comida.
—Está hecho —les dije, cuando volví.
Él levantó el borde de mi abrigo hasta sus labios.
—Gran diosa.
Pero yo la miraba a ella. Quería ver su cara, libre por fin de su precavida
custodia.
Miró hacia arriba. Sus ojos brillaban como antorchas. Se quitó el velo,
revelando su pelo como el sol en las montañas de Creta. Era una semidiosa, una
potente mezcla entre divinidad y humanidad. Y más que eso: era de mi tipo.
Nadie tenía el pelo tan dorado como la línea directa de Helio.
—Lo siento por mi engaño —dijo ella—. Pero no podía arriesgar que me
rechazaras. No cuando he deseado conocerte toda mi vida.
Había una calidad en ella que es difícil de describir, una efervescencia, un calor
que subía a tu cabeza. Creía que sería bella, ya que caminaba como una reina de
los dioses, pero era una belleza extraña, no como la de mi hermana o mi madre.
Cada uno de sus rasgos por separado no era nada, su nariz era demasiado afilada,
su barbilla era demasiado fuerte. Pero aun así juntas hacían un conjunto como la
llama de un corazón. No podías dejar de mirarla.
Sus ojos se habían quedado parados en mí como si me quisiese pelar.
—Tú y mi padre erais cercanos cuando erais pequeños. No me puedo imaginar
qué mensajes te habrá enviado sobre su rebelde hija.
La fuerza en ella, la certeza. Debería haberla reconocido con la primera
mirada, solamente por la posición de sus hombros.
—Eres la hija de Eetes —dije yo. Estaba buscando el nombre que me había
dicho Hermes—. Medea, ¿no es verdad?
—Y tú eres mi tía Circe.
Se parecía a su padre, pensé. Las cejas altas y afiladas, una mirada implacable.
No dije nada más, pero me alcé y fui a la cocina. Puse platos y pan en un carrito,
les añadí queso y olivas, copas y vino. Es una ley que tus invitados deben ser
alimentados antes de que el anfitrión pueda curiosear.
—Refrescaros —dije—. Habrá tiempo de aclararlo todo.
Primero ella sirvió al hombre, ofreciéndole los bocados más sabrosos,
urgiendo bocado tras bocado. Él comió lo que ella le dio con hambruna, y
entonces rellené la bandeja, también comió eso también, su mandíbula de héroe
trabajando sin descanso. Ella comió un poco. Sus ojos bajaron, un secreto de
nuevo.
Por fin, el hombre apartó su plato.
—Mi nombre es Jasón, heredero por derecho del último reino de Yolco. Mi
padre era un rey virtuoso, pero de corazón blando, y cuando yo era un niño mi
tío le robó el trono. Dijo que lo devolvería cuando yo creciese si yo demostraba
mi valor: un vellocino de oro, guardado por la bruja de su tierra en Colchis.
Yo creía que era un príncipe decente. Hacía el truco de hablar como uno,
dejando caer palabras como rocas, perdido en los detalles de su propia leyenda.
Traté de imaginármelo arrodillándose ante Eetes entre las fuentes lechosas y los
dragones. Mi hermano le habría criado como un necio y un arrogante por ambas
partes.
—La señora Hera y el señor Zeus han bendecido mi misión. Me han guiado
hasta mi nave y me han ayudado a encontrar a mis camaradas. Cuando llegamos
a Colchis le ofrecí al rey Eetes un tesoro merecedor de pagar por el vellocino,
pero se ha negado. Dijo que lo podría tener si realizaba una tarea para él. Domar
a dos toros, y el trabajo y la limpieza de un gran campo en un solo día. Yo estaba
dispuesto, por supuesto, y lo acepté a la primera. Aun así…
—Aun así, la tarea era imposible. —La voz de Medea se deslizó entre sus
palabras tan fácilmente como el agua. —Era una conspiración para mantenerle
lejos del vellocino. Mi padre no tenía intención alguna de dejarlo ir, ya que es un
objeto de gran poder e historia. Ningún mortal, da igual cuan valiente sea —ante
esto se dio la vuelta hacia Jasón, le tocó la mano—, podría completar estas cosas
con éxito. Los toros de mi padre tienen su propia magia, hechos de bronce afilado
como cuchillos y fuego. Incluso si Jasón pudiese haberlas completado, las
semillas que tenía que plantar contenían otra trampa; se convertirían en
soldados preparados para matarle.
Su mirada estaba fija con pasión en la cara de Jasón. Intervine, más para traerla
de vuelta que para otra cosa.
—Así que dieron con un truco.
A Jasón no le gustó eso. Era un héroe de la gran época dorada. Los trucos eran
para cobardes, los hombres que no tenían el cuello lo suficientemente grueso
para mostrar coraje de verdad. Medea habló rápidamente ante su enfado.
—Mi amor se negaría a cualquier ayuda —dijo ella—. Pero yo insistí, ya que
no podía soportar verlo en peligro.
Eso lo ablandó. Este era un cuento más placentero: la princesa que se
arrodillaba ante sus pies, enfrentándose a su padre cruel para estar con él. Yendo
a verle de noche, en secreto, esa cara suya como la única luz. ¿Quién podría decir
que no?
Pero su cara estaba oculta ahora. Su voz era baja, dirigida a sus propias manos
cerradas.
—Tengo unos algunos talentos en esos trucos que tú y mi padre conocen. Hice
un conjuro sencillo que protegería la piel de Jasón del fuego de los toros.
Ahora que sabía quién era, tal humildad parecía absurda en ella, como una
gran águila que intentase encajar en el nido de un cuervo. Simple, ¿llamaba a eso
hechizo? No podía imaginar que una mortal pudiese hacer magia como esa, aún
menos un conjuro con tanto poder. Pero Jasón volvía a hablar, tirando más
fronteras, apartando los toros, despejando y plantando en el campo.
Cuando los guerreros saliesen, dijo él, sabía el secreto para derrotarlos, el cual
le había dicho Medea. Tenía que tirarles una roca, y en su furia se atacarían los
unos a los otros. Así que eso hizo, pero Eetes no le concedió el vellocino. Dijo que
Jasón tenía que vencer al dragón que nunca había muerto que lo guardaba.
Medea hizo otro conjuro e hizo que el gusano se fuese a dormir. Corrió a su nave
con el tesoro y con Medea también, su honor no le podía permitir dejar a una
chica inocente ante tal tirano.
En su mente, ya le estaba contando el cuento en la corte, para dejar con los
ojos abiertos a los nobles y a las damiselas que se desmayarían. No le dio las
gracias a Medea por la ayuda, él le miró con resentimiento, como sí que una
semidiosa le salvase el pellejo fuese algo diario.
Ella debió notar mi descontento, ya que habló.
—Es realmente honorable, ya que se casó conmigo en su barco esa misma
noche, aunque las fuerzas de mi padre nos persiguieran. Cuando consiga de
nuevo el trono en Yolco, yo seré su reina.
Era mi imaginación, ¿o la luz en la cara de Jasón se desvaneció un poco con esa
frase? Hubo silencio.
—¿Qué hay la sangre que lavé de vuestras manos? —pregunté.
—Si —dijo ella con suavidad—. Ahora llego a ello. Mi padre estaba furioso. Nos
puso en el punto de mira, su brujería dibujaba los vientos a su favor, y por la
mañana estaba muy cerca. Sabía que mis conjuros no se podían igualar a los
suyos. Nuestro barco, aunque estaba bendecido no podía adelantarle. Solo tenía
una esperanza: mi hermano pequeño, al cual había traído con nosotros. Era el
heredero de mi padre, y había pensado que podía intercambiarlo como rehén
por nuestra seguridad. Pero cuando vi a mi padre en su proa, chillando
maldiciones a través del agua, supe que no iba a funcionar. La rabia asesina era
segura en su cara. No estaría satisfecho con nada que no fuese nuestra ruina. Nos
echó conjuntos a través del aire, levantó a su equipo para lanzarlos contra
nuestras cabezas. Sentía mucho miedo pasar por dentro mío. No por mí misma,
sino por Jasón y su tripulación, que no tenían culpa.
Ella miró a Jasón, pero su cara se había tornado del color del fuego.
—En ese momento… no puedo describirlo. Una locura se apoderó de mí.
Convencí a Jasón y le ordené que matase a mi hermano. Entonces corté el cuerpo
en pedazos y los tiré a las olas. Loco como lo estaba mi padre sabía que tenía que
parar para darle un funeral digno. Cuando me desperté de mi furor, el mar estaba
vacío. Pensé que había sido un sueño hasta que vi mis manos cubiertas con la
sangre de mi hermano.
Las adelantó hacia mí, como prueba. Estaban muy limpias. Yo las había
limpiado. La piel de Jasón se había tornado gris como carne podrida.
—Marido —dijo ella. Él se le quedó mirando, aunque no había hablado en un
tono alto—. Tu copa de vino está seca. ¿Te la puedo rellenar? —Se levantó,
moviéndose con el cáliz hacia el gran bol. Jason no le siguió con la mirada, y yo
misma no lo hubiese notado si no hubiese sido una bruja: el pellizco de polvos
que echaba en el vino, las palabras susurradas.
—Aquí tienes mi amor —dijo ella.
Su tono era persuasor como el de una madre. Él tomó el vino y se lo bebió.
Cuando su cabeza calló hacia atrás, la copa cayó en el suelo, ella la cogió. Con
cuidado, la dejó sobre la mesa, y se volvió a sentar.
—Tú entiendes —dijo—. Es demasiado difícil para él. Se culpa a sí mismo.
—No había locura alguna.
—No —sus ojos se clavaron en los míos—. Aunque algunos llaman a los
enamorados, locos.
—Si lo hubiese sabido no hubiese realizado el ritual. —Ella asintió.
—Tú y la mayoría de los demás. A lo mejor por eso las suplicas no deben ser
cuestionadas. ¿Cuántos tendríamos el perdón garantizado si se conociese
nuestro corazón?
Se quitó el abrigo negro y lo dejó en la silla a su lado. El vestido que llevaba
debajo era de un azul pálido, atado con un cinturón de plata.
—¿No sientes remordimiento?
—Supongo que podría lloriquear y frotarme los ojos para contentarte, pero he
decidido no vivir con tanta falsedad. Mi padre hubiese destruido toda la nave si
yo no hubiese actuado. Mi hermano era un soldado. Se sacrificó para ganar la
guerra.
—Excepto que no se sacrificó por su propio pie. Tú lo asesinaste.
—Le di un brebaje para que no sufriese. Es mejor que lo que obtienen la
mayoría de los hombres.
—Él era tu sangre.
Sus ojos quemaban, brillantes como cometas en el cielo nocturno.
—¿Es una vida más valiosa que otra? Nunca he pensado tal cosa.
—No tendría por qué haber muerto. Podrías haberte regresado de vuelta con
el vellocino. Haber vuelto con tu padre.
La mirada que pasó por su rostro. Como un cometa realmente, como cuando
se acerca a la tierra y convierte la su superficie en polvo.
—Me hubiesen hecho ser vigilada mientras mi padre destrozaba a Jasón y a su
tripulación, separando sus extremidades miembro por miembro, luego me
hubiera atormentado a mí. Me disculparás, pero no llamo a eso una elección.
Vio la mirada en mi cara.
—¿No me crees?
—Has dicho muchas cosas sobre mi hermano que no puedo llegar a creer.
—Déjame que te lo presente entonces. ¿Sabes cuál es el deporte favorito de mi
padre? Hay hombres que vienen a menudo a nuestra isla, en busca de mostrarse
contra un hechicero encantado. Mi padre disfruta viendo a los capitanes de esas
naves perder contra sus dragones y ver como corren. El pueblo al que esclaviza,
les quita la mente para que no sea su voluntad más que rocas. Para entretener a
algunos de sus invitados, he visto a mi padre encender velas y sostenerlas sobre
el brazo de esos hombres. El esclavo se mantendrá en pie siendo quemado hasta
que mi padre le deje ir. Me he llegado a preguntar si son meras conchas vacías, o
si entienden lo que se le está haciendo y gritan por dentro. Si mi padre me
captura, lo descubriré, ya que es lo que hará conmigo.
No era la misma voz que había usado con Jasón, la dulzura imitada. No era
tampoco su firmeza asegurada. Cada palabra era oscura como un hacha en la
cabeza, pesada y sin descanso, y mi sangre se secaba con cada soplo.
—Por supuesto que él no le haría daño a su propia niña.
Ella resopló.
—No soy ninguna niña para él. Estaba para estar a su disposición, como uno
de sus soldados de semilla o sus toros que respiran fuego. Como mi madre, a la
que despachó en cuanto le dio un heredero. Tal vez hubiese sido distinto si no
hubiese tenido la magia. Pero para el momento en el que tenía diez años podía
domar las aves desde sus nidos, podía matar cervatillos con una palabra y
revivirlos con otra. Me castigó por ello. Me dijo que me hacía no comerciable,
pero en verdad no quería que le llevase sus secretos a mi esposo.
Podía escuchar a Pasifae como si estuviera susurrándome en el oído: A Eetes
nunca le ha gustado mujer alguna.
—Su mayor deseo era intercambiarme a algún dios brujo como él mismo que
le pagaría con venenos exóticos. No podía encontrar a nadie excepto a su
hermano, Perses, así que me ofreció a él. Digo mis plegarias agradeciendo todas
las noches de que esa bestia no me quisiese. Él tenía a una diosa de Sumeria atada
en las mazmorras.
Recordé las historias que Hermes me había contado: Perses y su reino de
cadáveres. Pasifae diciendo: ¿Sabes cómo tenía que mantenerle feliz?
—Es raro —dije yo, las palabras eran débiles hasta en mis propios oídos—.
Eetes siempre ha odiado a Perses.
—Ya no más. Ahora son amigos muy cercanos, y cuando Perses le visita hablan
siempre sobre alzar a los muertos y derribar el Olimpo.
Me sentía entumecida, estéril como el campo en invierno.
—¿Sabe Jasón todo esto?
—Por supuesto que no lo hace, ¿estás demente? Cada vez que me mirase
pensaría en veneno y en piel quemada. Un hombre quiere que su mujer sea como
césped nuevo, fresca y verde.
¿No había visto como Jasón flaqueaba? ¿O no lo quiso ver? Ya se encoge por ti.
Se quedó ahí, su vestido brillaba como una ola muy alta.
—Mi padre aún nos está persiguiendo. Tenemos que irnos de una vez y
navegar hasta Yolco. Tienen un ejército contra él que ni él puede luchar, ya que
la diosa Era lucha con ellos. Se verá forzado a dar la vuelta. Entonces, Jasón será
rey, y yo reina a su lado.
Su cara era incandescente. Dijo cada palabra como si fuese una piedra con la
que construiría su futuro. Por primera vez me parecía una criatura al borde del
precipicio, desesperada, sus garras ya se deslizaban. Era joven, más joven que
Glauco cuando le conocí por primera vez.
Miré a Jasón, drogado, con la boca medio abierta.
—¿Estás segura de su estima?
—¿Sugieres que no me quiere? —Su voz se agudizó en un instante.
—Aún es casi un niño, y totalmente mortal, además. No puede entender tu
historia, ni tampoco tu hechicería.
—Él no necesita entenderlos. Estamos casados ahora, y le daré herederos y él
olvidará todo esto como un sueño febril. Yo seré su buena esposa, y
prosperaremos.
Toqué su hombro con mis dedos. Su piel estaba fría, casi como si hubiésemos
estado andando bajo el viento durante mucho tiempo.
—Sobrina, temo que no lo veas todo claro. Puede que tu bienvenida en Yolco
no sea como la imaginas.
Se apartó de mí, con el ceño fruncido.
—¿Qué quieres decir? ¿Por qué no lo sería? Soy una princesa, merecedora de
Jasón.
—Eres una extranjera. —Lo podía ver, de repente, como un plan planeado de
ante mano. Los nobles rebeldes esperando en sus casas por el regreso de Jasón,
cada uno impacientes por poder emparejar a sus hijas con el nuevo bien hecho
héroe y reclamar un pedazo de su gloria. Medea sería la única cosa en la que
estarían de acuerdo. —Te tendrán resentimiento. Peor, sospecharán de ti, ya que
eres derechamente la hija de un brujo y una bruja. Has vivido en Colchis, no
puedes saber cuán temida es la pharmekeia entre los mortales. Buscarán tu
destrucción con cada movimiento que hagas. No importará que hayas ayudado a
Jasón. Echarán eso a un lado, o si no lo usarán en tu contra como una prueba de
tu anti naturalidad.
Se me había quedado mirando, pero yo no paré. Mis palabras me salían
atropelladas, en llamas según salían.
—No vas a encontrar seguridad allí, tampoco paz. Aunque puede que seas libre
de tu padre. No puedo deshacer sus crueldades, pero puedo asegurarte que no
te perseguirán más. Él dijo una vez que la brujería no se puede enseñar. Se
equivocaba. Te ocultó su conocimiento, pero yo te daré todo el que tengo. Cuando
venga, le rechazaremos juntas.
Se quedó en silencio por un momento largo.
—¿Qué hay de Jasón?
—Deja que sea un héroe. Tú eres otra cosa.
—¿Y qué es eso?
En mente ya nos podía ver, nuestras cabezas agachadas juntas sobre las flores
púrpuras de acónito, las raíces negras de cebolla. La rescataría de su pasado
oscuro.
—Una bruja —le dije—, con un poder sin control. Que no necesita responderle
a nadie más excepto a sí misma.
—Ya veo —dijo ella— ¿Como tú? ¿En un exilio patético, que apesta a soledad?
—Vio el shock en mi cara— ¿Qué, piensas que porque te rodeas de gatos y cerdos
estás engañando a alguien? No me conoces ni de hace una tarde, y ya me estás
intentando manipular para quedarme. Dices querer ayudarme, ¿pero a quién
ayudas realmente? “¡Oh, sobrina, querida sobrina! Seremos las mejores amigas
y haremos magia codo con codo. Te mantendré cerca, y rellenarás mis días sin
hijos.” —curvó los labios—. No me sentenciaré a una vida en muerte.
Impaciente, pensé. Solo estaba impaciente esos días, y un poco triste. Me había
desnudado hasta los huesos, y yo solo me vi en sus ojos; una amargada, un palo
abandonado, una araña, esperando para sacarle la vida.
Con la cara ardiendo, me levanté sobre mis pies.
—Es mejor que estar casada con Jasón. Estás ciega, sin ver que es una caña
débil. Ya está dudando de ti. Y llevas, ¿qué, tres días de matrimonio? ¿Qué hará
él después de un año? Le conduce su amor propio, solo eres oportuna. En Yolco
tu posición dependerá de su buen ver. ¿Cuánto crees que durará eso, cuando sus
compañeros vengan llorando porque el asesinato de tu hermano trae una
maldición a sus tierras?
Su primera reacción fue inmediata.
—Nadie sabrá lo de la muerte de mi hermano. Tengo jurado el silencio de la
tripulación.
—Un secreto como ese no puede ser contenido. Si no fueses una niña lo
sabrías. El momento en el que esos hombres estén fuera de tu alcance el
murmullo empezará. En un día el reino entero lo sabrá, y eso hará sacudirse a
Jasón hasta que caiga. “Gran rey, no fue tu culpa que el niño muriese. Fue de esa
villana, esa bruja extranjera. Ha deshonrado a su propia especie, ¿en qué otros
males puede estar trabajando ahora? Expúlsala, purifica el campo y trae a una
mejor para ocupar su puesto”
—¡Jasón nunca escucharía tal felonía! ¡Yo le he entregado la flota! ¡Me ama!
Se quedó fijada en su indignación, brillante y desafiante. Toda mi insistencia
la había vuelto más dura. Justo como yo debería haberle parecido a mi abuela
cuando me dijo: Esos son dos cosas distintas.
—Medea —dije—. Escúchame. Eres joven, y Yolco te hará vieja. No hay
seguridad para ti allí.
—Cada día me hago vieja —dijo ella—. No tengo los años que tú tienes para
malgastar. Y en cuanto a la seguridad, no la quiero. Es solo más cadenas. Deja que
vengan a mi si se atreven. Nunca podrán arrebatarme a Jasón. Tengo mis
poderes, los usaré.
Cada vez que ella decía su nombre, una fiera ala de amor aparecía en sus ojos.
Lo tenía en su puño y se aferraría a él hasta su muerte.
—Y si me intentas retener —dijo ella—, lucharé contra ti también.
Ella lo haría, pensé. Pensé que era una diosa, y que ella era mortal. Ella lucharía
contra todo el mundo.
Jasón se agitó. El hechizo se estaba desvaneciendo.
—Sobrina —dije—. No te retendré contra tu voluntad. Pero si alguna vez…
—No —dijo ella—. No quiero nada que venga de ti.
Guio a Jasón hasta la orilla. No se pararon a descansar o a comer, no esperaron
al atardecer. Recogieron el ancla y zarparon hacia la oscuridad, su camino
encendido solo por la tenue luna y el firme dorado de los ojos de Medea. Me
quedé entre los árboles, para que no me viese mirando y me perjudicase por eso
también. Pero no tendría por qué haberme molestado. Ella no miró hacia atrás.
Fuera en la playa, la arena estaba fría, y la luz de las estrellas moteaba mi piel.
Las olas estaban ocupadas limpiando sus pisadas. Cerré mis ojos y dejé que la
brisa me acariciase, llevando consigo las esencias del agua salobre y las algas.
Sobre mi cabeza sentí las constelaciones girando sobre sus pasos distantes.
Esperé allí por un largo tiempo, escuchando, enviando mi mente hacia las olas.
No escuché nada, ningún sonido de remos ningún golpe de ancla, ninguna voz en
el viento. Pero lo supe cuando vino. Abrí los ojos.
El pico curvado del casco dividía las olas de mi puerto. Se quedó de pie en la
proa, su cara dorada dibujada contra el cielo del anochecer. Un placer se apoderó
de mí, tan antiguo y afilado que me provocó dolor. Mi hermano.
Levantó la mano y el barco se quedó en el lugar, perfectamente quieto sobre
las olas.
—Circe —gritó el por sobre el agua entre nosotros. Su voz resonó en el aire
como un golpe de bronce—. Mi hija vino aquí.
—Sí —dije—. Lo hizo.
La satisfacción brilló en su rostro. Cuando era un infante, su cabeza había
parecido para mí delicada como el cristal. Solía trazar sus huesos con mis dedos
mientras él dormía.
—Sabía que lo haría. Está desesperada. Buscaba amarrarme, pero se ha
amarrado a sí misma. Su fratricidio le caerá encima durante todos sus días.
—Lamento la muerte de tu hijo —dije.
—Ella pagará por eso —dijo él—. Envíala afuera.
Mi bosque se había quedado en silencio detrás de mí. Todos los animales
estaban quietos, agazapados en el suelo. De niño, le había gustado apoyar su
cabeza en mi hombro, y observar a las gaviotas sumergirse para atrapar un pez.
Su risa había sido brillante como el sol del amanecer.
—Conocí a Dédalo —dije.
Él frunció el ceño.
—¿Dédalo? Ha estado muerto por años. ¿Dónde está Medea? Entrégamela.
—Ella no está aquí.
Si hubiera vuelto el mar en piedras, no creo que él habría estado más
sorprendido. Su cara floreció con incredulidad y rabia.
—¿La dejaste ir?
—No quería quedarse.
—¿No quería? ¡Es una criminal y una traidora! ¡Era tu deber mantenerla aquí
para mí!
Nunca lo había visto tan furioso antes. Nunca lo había visto enojado en lo
absoluto. Incluso así, su rostro era hermoso, como las olas cuando levantan sus
caras a la tormenta. Todavía podía pedir su perdón, no era tan tarde. Podía decir
que ella me había engañado. Que era su hermana tonta, la que confiaba muy
rápido y no podía ver en todas las grietas del mundo. Luego el vendría a la costa,
y podríamos… Pero mi imaginación no pudo terminar el pensamiento. Detrás de
él, en los bancos de remos, estaban sentados sus hombres. Miraban directamente
hacia el frente. No se habían movido, ni siquiera para alejar a una mosca o
rascarse. Sus rostros estaban flojos y vacíos, sus brazos cubiertos en cicatrices y
costras. Quemaduras viejas.
Lo había perdido hacía tiempo.
El viento se arremolinó alrededor de nosotros.
—¿Me escuchaste? —gritó él—. Deberías castigarte.
—No —dije—, en Colchis puedes hacer valer tu voluntad. Pero esto es Aiaia.
Un segundo momento de sorpresa en su rostro. Luego su boca se dobló.
—No has hecho nada. La tendré al final.
—Eso quizás sea verdad. Pero no creo que te lo hará fácil. Es como tú, Eetes,
es roble contra roble. Ella debe vivir con eso, y al parecer, tú también.
Él me miró con desprecio, luego se volteó y levantó su brazo. Sus marineros
movieron sus articulaciones como si fueran uno solo. Los remos batieron el agua
y lo alejaron de mí.
CAPÍTULO CATORCE
Fuera las lluvias de invierno empezaron a caer. Mi leona dio a luz, sus
cachorros cayeron cerca de la chimenea sobre sus torpes patas. No pude evitar
no sonreírles. La tierra parecía hacer eco por donde caminaba, sobre mí, el cielo
extendía sus manos vacías.
Esperé por Hermes así podría preguntarle qué fue de Medea y Jason, pero él
parecía siempre saber cuándo yo quería hacerlo, y se mantenía lejos, traté de
tejer, pero mi mente se sentía pinchada por una aguja, ahora que Medea había
llamado a mi soledad, colgando de todo, aferrándose como telarañas. Inevitable.
Corrí por la playa, jadeando por los senderos, tratando de sacar esto de mí.
Repasé y repasé mis memorias de Eetes, todas esas horas que pasamos junto al
otro, ese viejo y repugnante sentimiento volvió: diciendo que en cada momento
de mi vida he sido una tonta.
Ayudé a Prometeo, me recuerdo a mí misma. Pero sonó patético hasta para
mis oídos. ¿Cuánto más me aferraría a esos pocos minutos, tratando de cubrirme
como si fuera una manta deshilachada? No importaba lo que había hecho
entonces, Prometeo estaba en su risco y yo estaba ahí.
Los días se movían lento, cayendo como pétalos de una rosa estropeada.
Apreté el telar de cerdo y me hice a mí misma respirar su esencia, traté de
recordar las cicatrices de Dédalo bajo mis dedos, pero las memorias estaban
hechas de aire y volaron lejos. Alguien vendría, creo. Todos los navíos en el
mundo, todos los hombres, alguien debía. Miré al horizonte hasta que mis ojos
se nublaron esperando a algunos pescadores, algún cargamento, incluso un
naufragio. No había nada.
Presioné mi cara en el pelaje de la leona. Ciertamente había algún truco divino
para hacer a las horas ir rápido, para hacerlas deslizarse pasando inadvertidas,
para dormir por años, así que cuando me despierte de nuevo el mundo sería
nuevo. Cerré mis ojos, a través de la ventana oí a las abejas cantando en el jardín.
La sombra de mi león golpeó contra las rocas. Una eternidad después, cuando
abrí los ojos, las sombras no tenían ningún movimiento.
Ella estaba de pie sobre mí, frunciendo el ceño. De pelo oscuro, ojos oscuros,
extremidades redondas y cabeza limpia como el pecho de un ruiseñor. Un olor
familiar brotó de su piel. El aceite de rosa y el río de mi abuelo.
—He venido a servirte— dijo ella.
Me había estado durmiendo en mi silla, miré hacia arriba con sueño, pensando
que ella debía ser una aparición, alguna alucinación de mi alma. — ¿Qué?
Ella arrugó su nariz. Aparentemente toda su humildad había sido usadas en
aquellas palabras. —Soy Alke — dijo ella. — ¿No es Aiaia?¿No eres la hija de
Helios?
—Lo soy.
—Fui sentenciada a ser su sirviente.
Sentía que estaba soñando, lentamente, me recupere. — ¿Sentenciada? ¿Por
quién? No he escuchado algo como eso, habla, ¿Qué poder te envió?
Las náyades muestran sus sentimientos como el agua muestra sus
ondulaciones. Sin embargo, me había dicho a sí misma que esto no sucedería, no
era así. —El buen dios me envía.
— ¿Zeus?
—No—dijo ella. —Mi padre.
— ¿Y quién es él?
Ella nombró a un señor menor del río en el Peloponeso, había oído hablar de
él quizás lo conocí una vez, pero él nunca se había sentado en los pasillos de mi
padre.
— ¿Por qué te envió conmigo?
Ella me miró como si yo fuera la mayor idiota que había conocido. —Tú eres
la hija de Helios
¿Cómo pude olvidar que así era entre los demás dioses? El desesperado
arañazo por alguna ventaja. Incluso en desgracia seguía teniendo la sangre del
sol en mis venas, lo que me hizo ser una amante deseable, de hecho para tales
como su padre, mi desgracia sería un estímulo, bajándome lo suficiente para que
se atrevieran a alcanzarme.
— ¿Por qué fuiste castigada?
—Me enamore de un mortal—dijo ella. —Un noble pastor, mi padre lo
desaprobó y ahora debo hacer una penitencia de un año.
Me apiadé de ella, su espalda estaba recta, sus ojos arriba, ella no mostró
miedo, no de mí, no de mis lobos y leones. Y su padre la desaprueba.
—Siéntate—dije—. Se bienvenida.
Ella se sentó, pero su boca estaba arrugada como si hubiera chupado una oliva
verde. Cuando le ofrecí comida, ella movió la cabeza como un bebé
malhumorado. Cuando intenté hablar con ella, se cruzó de brazos y frunció los
labios. Solo se abrieron para expresar sus quejas: sobre el olor de los tintes que
burbujeaban en la estufa, los pelos de león sobre las alfombras, incluso el telar
de Dédalo. Y a pesar de todas sus protestas no se ofreció a llevar un solo plato.
No hay nada de que estar sorprendida, me dije a mí misma, ella es una náyade,
lo que significa un pozo seco. —Vete a casa entonces— dije —. Si eres tan
miserable. Te libero de tu sentencia.
—Tú no puedes. El buen dios me lo encomendó. No hay nada que puedas hacer
para liberarme. Me quedare un año.
Eso debería haberla molestado, pero ella estaba sonriendo, celebrando como
en victoria ante una multitud. Yo vi cuando ella había hablado de los dioses que
la habían exiliado, no había mostrado enojo ni tampoco dolor. Ella tomo su
autoridad como algo natural, irresistible, cómo los movimientos de las esferas.
Pero yo era una ninfa como ella y también una exiliada, hija de un “Gran padre”
pero sin esposo, dedos sucios, cabello extraño, me puso a su nivel, razono, así
que sería con quien ella pelearía.
Estás siendo tonta, no soy tu enemigo, y sacar esas muecas no es poder real, pero
aún cuando las palabras se formaron en mi boca, las dejé ir. Sería como un persa
para ella, ella no lo entendería, ni en mil años, y ya había terminado de dar
lecciones.
Me incliné hacia adelante y hablé en una lengua que ella entendiera. —Así es
como va a ser, Alke. No te voy a escuchar, no voy a oler tu aceite de rosas o
encontrar tus cabellos por mi casa, te alimentarás a ti misma, cuidarás de ti
misma y si me causas más problemas voy a convertirte en un gusano y tirarte al
mar para los peces.
Su sonrisa se borró. Ella palideció y presionó sus dedos contra su boca y huyó.
Después de eso ella se quedó a como le ordene. Pero se había corrido la voz entre
los dioses que Aiaia era un buen lugar para enviar hijas difíciles. Una dríada llegó,
la cual había huido de su querido marido, siguieron dos soldados con cara de
roca, exiliados de sus montañas. Ahora cada vez que intentaba lanzar un hechizo,
todo lo que podía escuchar eran repiqueos de brazaletes, mientras trabajaba en
el telar, los miraba por el rabillo del ojo, entrar y salir, susurraban y crujían desde
todos los rincones, siempre había alguien inclinado en la piscina cuando yo
quería nadar. Cuando pasé, sus risas risueñas se lavaron contra mis talones. No
volvería a vivir así de nuevo. No en Aiaia.
Fui al claro y llamé a Hermes, él vino sonriendo. — ¿Así qué? ¿Te gustan tus
nuevos sirvientes?
—No, no me gustan—dije. —Ve con mi padre y busca como pueden irse.
Temía que él pudiera objetar y que lo enviaran a hacer un recado, pero era
demasiado sorprendente como para que lo dejaran pasar. Cuando el regreso dijo
—: ¿Qué esperabas? Tu padre está encantado. Dijo que lo único correcto es
cuando la sangre alta es servida por las divinidades mayores. Él va a animar más
padres para enviar a sus hijas.
—No—dije. —Yo no voy a tomar más, díselo a mi padre.
—Los prisioneros usualmente no dictan sus propias condiciones.
Mi cara punzó, pero sabía que era mejor que mostrarlo. — Dile a mi padre
que les haré algo horrible si no se van. Los volveré ratas.
—No puedo imaginar que a Zeus le guste eso. ¿No fuiste exiliada por actos en
contra tus parientes? Deberías tener más cuidado con el castigo adicional.
—Puedes hablar a mi favor, trata de persuadirlo.
Sus negros ojos destellaron. —Estoy asustado. Solo soy un mensajero.
—Por favor —dije —. No los quiero aquí, de verdad, no estoy bromeando.
—No— dijo él —. Estás siendo muy aburrida, ellos deben ser buenos para algo.
Llévalos a tu cama.
—Eso es absurdo— dije —. Correrán asustados.
—Las ninfas siempre lo hacen—dijo él —. Pero te digo un secreto: Son
terribles escapando.
En una fiesta en el Olimpo a tal broma le seguiría una carcajada. Hermes
esperaba eso ahora, sonriendo como una cabra, pero todo lo que sentí fue una
rabia blanca y fría.
—He terminado contigo —dije —. He terminado hace buen tiempo. No quiero
volver a verte de nuevo.
En todo caso, su sonrisa se hizo más profunda. Desapareció y no volvió. No fue
obediencia. Él también terminó conmigo porque había cometido el
imperdonable pecado de ser aburrida. Podía imaginar las historias que contaba
de mí, sin humor, espinosa y oliendo a cerdos. De vez en cuando podía sentirlo
sin verlo, encontrando a mis ninfas en las colinas, enviándolas de vuelta
enrojecidas y riendo, aturdidas por el gran atleta olímpico que les había
mostrado su favor. Parecía pensar que me volvería loca de celos y soledad, y de
hecho los convertía en ratas. Cien años había estado viviendo en mi isla y en todo
ese tiempo, nunca le había importado nada más que su propio entrenamiento.
Las ninfas se quedaron. Cuando terminaban sus términos de servicio, otras
llegaban y tomaban su lugar, a veces eran cuatro, a veces seis o siete. Temblaron
cuando pasé, agachándose y llamándome señora, pero no significaba nada. Me
había puesto en mi lugar. Con una palabra y un capricho de mi padre todo mi
poder se esfumó, ni siquiera mi padre: Cualquier dios del río tenía derecho a
llenar mi isla y no pude detenerlo.
Las ninfas flotaban a mí alrededor, su risa sofocada se deslizaba por los
pasillos, al menos, me dije a mi misma, no eran sus hermanos quienes se
hubieran jactado, luchado y cazado a mis lobos. Pero claro eso nunca ha sido un
peligro real. Los hijos no fueron castigados.
Me senté en mi hogar, viendo las estrellas girar por la ventana. Frío, sentía, frío
como un jardín en invierno, profundizando en el suelo. Hice mis hechizos. Canté
y trabajé en mí telas y cultivé a mis animales, pero todo se sentía reducido al
tamaño de las hormigas. La isla nunca había necesitado mi mano prosperó sin
importar lo que hice. Las ovejas se multiplicaron y vagaron libremente,
deambularon por la hierba, apartando a los cachorros de lobos con sus caras
contundentes. Mi leona se quedó dentro por el fuego. El pelaje blanco manchaba
su boca. Sus nietos tenían sus propios nietos, y sus caderas temblaban cuando
caminaba. Cien años al menos ella debe haber vivido conmigo, paseando a mi
lado, su vida extendida por el pulso de mi divinidad, una década que el tiempo
me había parecido. Asumí que habría muchos más, pero una mañana me
desperté para encontrarla fría a mi lado de la cama. Me quedé mirando sus lados
inmóviles, mi cerebro estúpido con incredulidad, cuando la sacudí, una mosca
zumbó. Abrí sus rígidas mandíbulas y empujé las hierbas por su garganta,
cantando un hechizo y luego otro. Aun así, ella yacía allí, toda su fuerza dorada
se volvió inútil. Quizás Eetes podría traerla de vuelta o Medea. Yo no podría.
Construí la pira con mis propias manos. Fue cedro, y tejo, y ceniza de montaña
que yo misma corté, su sabia blanca rociando donde golpeó la hoja del hacha. No
podía levantarla, así que hice un trineo con la tela púrpura que había usado para
enrollarle el cuello. La arrastré a través de mi pasillo, pasando las piedras
desgastadas por sus patas. La acerqué a la cima de la pira y encendí las llamas.
Ese día no hubo viento y las llamas se alimentaron lentamente. Tardó toda la
tarde para que su piel se ennegreciera, su largo cuerpo amarillo se quemara
hasta convertirse en cenizas. Por primera vez, el frío submundo de los mortales
parecía una misericordia. Al menos una parte de ellos vivía. Ella estaba
completamente perdida.
Miré hasta que la última llama se apagó, luego volví adentro. El dolor me roía
el pecho, presioné mis manos contra él, sintiendo los huecos y huesos duros. Me
senté frente a mi telar y me sentí por fin como la criatura de Medea que me había
nombrado: vieja, abandonada y sola, sin espíritu y gris como las rocas.
Canté a menudo en esos días, porque era la mejor compañía que tenía.
Está mañana fue un viejo himno en alabanza a la agricultura. Me gusto su
forma en mis labios, las tranquilizadoras listas de plantas y cultivos, de crofts y
cotes, rebaños y bandadas, y las estrellas que giraba sobre ellos. Dejé que las
palabras flotaran en el aire mientras removía la olla hirviendo de tinte. Había
visto un zorro y quería hacer coincidir el color de su abrigo. El líquido espumó,
azafrán mezclado con el loco. Mis ninfas habían huido del hedor, pero me
gustaba: el picor agudo en mi garganta y el riego de mis ojos.
Fue la canción la que llamó su atención, mi voz se deslizó por los senderos
hacia la playa. Lo siguieron a través de los árboles y vieron el humo de mi
chimenea.
La voz de un hombre llamó. — ¿Hay alguien aquí?
Me recupere del shock. Visitantes. Giré tan rápido que el tinte salpicó, y una
gota ardiente cayó sobre mi mano. La borré mientras corría hacia la puerta.
Eran veinte de ellos, el viento áspero y el brillo del sol. Sus manos eran
densamente callosas, sus brazos fruncidos con viejas cicatrices. Después de tanto
tiempo solo en medio de la suave uniformidad de las ninfas, cada imperfección
era un placer: las líneas alrededor de sus ojos, las costras en sus piernas, los
dedos rotos en el nudillo. Admiré sus ropas raídas, sus caras gastadas. Estos no
eran héroes o el equipo de un rey. Deben buscar sus medios de subsistencia
como lo hizo una vez Glaucos: acarrear redes, cargar cargamentos extraños,
cazar cualquier cena que pudieran encontrar. Sentí un calor correr a través de
mí. Mis dedos picaban como por aguja e hilo. Aquí había algo desgarrado que
podía arreglar.
Un hombre avanzó. Él era alto y gris, su cuerpo delgado. Muchos de los
hombres detrás de él tenían sus manos en las empuñaduras de sus espadas. Era
sabio. Las islas eran lugares peligrosos. Conoces monstruos más a menudo que
amigos.
—Señorita, estamos hambrientos y perdidos—dijo él —. Y espero que una
diosa como usted pueda ayudarnos con nuestras necesidades.
Sonreí, se sentía extraño en mi cara luego de tanto tiempo. —Son bienvenidos
aquí. Son muy bienvenidos. Pasen.
Espanté a los lobos y a los leones fuera. No todos los hombres son
inquebrantables como Dédalo, y esos soldados se miraban como si ya hubieran
pasado por suficientes choques. Los guie a mi mesa, luego me apresuré a la
cocina para sacar las bandejas de higos guisados y pescado asado, queso en
salmuera y pan. Los hombres habían mirado a mis cerdos en el camino, se dieron
un codazo y susurraron en voz alta su esperanza de que pudiera matar a uno.
Pero cuando los peces y las frutas estaban ante ellos, estaban tan ansiosos que
no se quejaron, ni siquiera se detuvieron a lavarse las manos o quitarse las
espadas. Salieron disparados y palearon, la grasa y el vino oscurecieron sus
barbas. Yo llevaba más pescado, más queso. Cada vez que pasaba agachaban sus
cabezas hacia mí. Señorita, señora. Se lo agradecemos.
No pude parar de sonreír, la fragilidad de los mortales producía bondad y
buena gracia. Ellos conocían como valorar la amistad y una mano abierta. Si tan
solo más como ellos vinieran, pensé. Podría alimentar una nave por día, y
alegremente dos naves. Tres, quizás comenzaría a sentirme como yo misma de
nuevo.
Las ninfas se asomaban desde la cocina, con los ojos muy abiertos. Me
apresuré las envié fuera antes de que fueran notados. Estos hombres eran míos,
mis invitados, eran bienvenidos como me agradaba, y yo disfrutaba cuidando
todas sus comodidades. Puse agua fresca en tazones para que pudieran lavarse
los dedos. Un cuchillo cayó al suelo, y lo recogí. Cuando la copa del capitán estaba
vacía, la llené al tope y lo elevó. —Gracias cariño.
Cariño. La palabra me devolvió al momento, ellos me llamaron diosa antes, así
que pensé que ellos lo creían. Pero ellos no mostraron ningún respeto religioso.
Me di cuenta. El titulo fue solamente cortesía para una mujer sola, recordé lo que
Hermes me había dicho hace tanto tiempo. Suenas como un mortal. Ellos no te
temen como temen al resto de nosotros.
Y ellos no lo tenían. De hecho, ellos pensaban que era lo mismo que ellos. Me
mantuve ahí encantada con la idea. ¿Cuál sería mí ser mortal? ¿Una hierbista
emprendedora, una viuda independiente? No, no una viuda, porque no quería
alguna historia sombría. Tal vez yo era una sacerdotisa, pero no de un dios.
—Dédalo una vez visitó este palacio —le dije al hombre —. Cuido el santuario
por él.
Él asintió, estaba decepcionada de lo poco impresionado que estaba. Como si
hubiera santuarios para héroes muertos por todas partes, bueno tal vez los hubo.
¿Cómo podría saber?
El apetito de los hombres fue disminuyendo lentamente, y sus cabezas se
levantaron de sus platos, los miré ver alrededor, en la plata de los cuencos, las
copas de oro, los tapices. Mis ninfas se llevaron tantas riquezas como debían,
pero las miradas de los hombres brillaban con asombro, buscando cada nueva
maravilla. Pensé en como tenía los baúles llenos de almohadas suficientes para
hacerles camas en el suelo. Cuando se las entregara, diría, estos eran para dioses
y sus ojos se ampliarían.
— ¿Señora? —Era el líder otra vez. — ¿Cuándo estará su esposo en casa?
Tenemos que brindar por esta buena hospitalidad.
Yo reí. —Oh, yo no tengo esposo.
Él sonrió de regreso. —Claro — dijo él —. Usted es muy joven para casarse.
Entonces es a tu padre a quien debemos agradecer.
Estaba muy oscuro fuera, y la habitación destellaba cálida y brillante. —Mi
padre vive muy lejos —dije. Esperé a que él preguntara donde estaba. Un
farolero sería una buena broma. Sonreí a mí misma.
—Entonces, ¿Quizás haya algún anfitrión con el que podamos brindar? ¿Un
tío? ¿Un hermano?
—Si lo que quieres es un anfitrión para agradecer —dije —. agradéceme. Está
casa es solo mía.
A esas palabras, el aire de la habitación cambió.
Sostuve la botella de vino. —Está vacía — dije —. Permítanme traerles más.
—Pude escuchar mi propia respiración cuando me di vuelta. Podía sentir sus
veinte cuerpos llenando el espacio tras de mí.
En la cocina, puse una mano a uno de mis borradores. Estás siendo tonta,
pensé. Se sorprendieron al encontrar a una mujer sola, eso es todo. Pero mis
dedos ya se estaban moviendo. Quité la tapa de un frasco, mezclé su contenido
con el vino, luego le añadí miel y suero para cubrir el sabor. Saqué el cuenco.
Veinte miradas me siguieron.
—Aquí—dije —. He guardado lo mejor para el final. Tienen que tener un poco,
todos ustedes, viene desde la viña más fina de toda Creta.
Ellos sonrieron, complacido con tal lujo solícito. Vi a cada hombre llenar su
copa. Los vi beber. Para entonces, cada uno de ellos debe tener un barril en su
vientre. Las bandejas estaban vacías, lamidas limpias. Los hombres se inclinaron
juntos, hablando bajo.
Mi voz se sintió baja. —Vamos, los he alimentado bien, ¿pueden decirme sus
nombres?
Ellos miraron hacia arriba. Sus ojos se lanzaron como hurones a su líder. Se
levantó, el banco raspó la piedra. —Cuéntanos el tuyo primero.
Había algo en su voz, casi lo dije entonces, la palabra de hechizo que los haría
dormir. Pero incluso después de todos los años que habían pasado, había una
parte de mí que solo hablaba de lo que me habían pedido. —Circe —respondí.
El nombre no significaba nada para ellos. Cayó al suelo como una piedra. Los
bancos rasparon de nuevo. Todos los hombres se levantaban ahora, sus ojos fijos
en mí. Y aun así no dije nada. Aun así, me dije que estaba equivocada. Debo estar
equivocada. Yo los había alimentado. Me lo habían agradecido. Eran mis
invitados.
El capitán se acercó a mí. Era más alto que yo, todos los tendones tensos por
la labor. Pensé, ¿qué? Que estaba siendo estúpida. Que algo más pasaría. Que
había bebido demasiado de mi propio vino, y este era el miedo que evocaba. Que
mi padre vendría. ¡Mi padre! No quería ser una tonta, hacer un escándalo por
nada. Podía escuchar a Hermes contando la historia después. Ella siempre fue
histérica.
El capitán estaba cerca ahora. Pude sentir el calor de su piel. Su rostro estaba
surcado por cicatrices, agrietado como viejos lechos de arroyos. Seguí esperando
que él dijera algo normal, que diera las gracias, hiciera una pregunta. En algún
lugar de su palacio, mi hermana se reía, has sido dócil toda tu vida y ahora te
arrepentirás. Sí padre, sí padre . . .Mira lo que pasa.
Mi lengua tocó mis labios. — ¿Ahí está? —El hombre me arrojó contra la pared.
Mi cabeza golpeó la piedra desigual y la habitación se encendió. Abrí la boca para
gritar el hechizo, pero él apretó su brazo contra mi tráquea y el sonido fue
ahogado. No podía hablar. No pude respirar. Luché contra él, pero él era más
fuerte de lo que había pensado, o tal vez yo era más débil. El repentino peso de
él me sorprendió, el empuje grasiento de su piel en la mía. Mi mente todavía
estaba revuelta, incrédula. Con su mano derecha, rasgó mí ropa, un gesto
practicado. Con su izquierda, mantuvo su peso contra mi garganta. Había dicho
que no había nadie en la isla, pero él había aprendido a no arriesgarse. O tal vez
simplemente no le gustaba gritar.
No sé qué hicieron sus hombres, visto tal vez, si mi leona hubiera estado allí,
ella habría arañado la puerta, pero ahora era cenizas sobre los vientos. Fuera oía
los cerdos chillando. Recuerdo lo que pensé, desnuda, contra la piedra de moler:
después de todo, soy una ninfa, esto es lo más común entre nosotras.
Uno de los mortales se habría desmayado, pero paso despierto en todo
momento. Por fin, sentí que el hombre temblaba, y su brazo se aflojó. Mi garganta
fue aplastada hacía adentro como un tronco podrido. No pude moverme. Una
gota de sudor cayó de su cabello sobre mi pecho desnudo, y comenzó a
deslizarse. Me di cuenta de que sus hombres hablaban tras de él
— ¿Ella está muerta? — Uno de ellos dijo.
— Será mejor que no esté muerta, es mi turno. — Una cara se alzaba sobre el
hombro del capitán. — Sus ojos están abiertos.
El capitán dio un paso atrás y escupió en el suelo. El globo de gelatina se
estremeció sobre la piedra. Una gota de sudor de deslizó hacia adelante, tallando
su surco viscoso, una cerda chilló en el patio. Convulsivamente tragué. Mi
garganta hizo clic. Sentí un espacio dentro de mí. El hechizo de sueño que había
preparado se había secado, no podría haberlo lanzado, aunque quisiera, pero no
quería hacerlo. Mis ojos se posaron en su cara llena de imperfecciones, esas
hierbas tenían otro uso, y sabía bien lo que era. Respiré y pronuncié mis palabras.
Mis ojos estaban cegados e incomprendidos. — ¿Qué. . .?
Él no pudo terminar, su caja torácica se quebró y se volvió un bulto. Escuché
el sonido de la carne húmeda rompiéndose, los sonidos de huesos rompiéndose,
su nariz empezó a hincharse en su cara, y sus piernas se marchitaron como una
mosca atrapada por una araña, él cayó de cuatro, gritó, y sus hombres gritaron
con él, eso siguió por mucho tiempo más.
Al final resultó que sí maté cerdos esa noche, después de todo.
CAPÍTULO QUINCE
Levanté los bancos volcados, trapeé el piso. Apilé los platos y los llevé a la
cocina. Me había restregado en las olas con arena hasta que empecé a sangrar.
Encontré escupidas en la loza y le refregué también. No sirvió de nada. En cada
movimiento podía sentir las huellas de sus dedos.
Los lobos y los leones ya habían desaparecido, como sombras en la oscuridad.
Se agachan, presionando sus caras en el suelo. Al menos, cuando ya no había
nada más que limpiar, me senté antes que la chimenea se apagara. Ya no estaba
tiritando. No me movía para nada. Mi carne parecía haberse congelado. Mi piel
se estiraba sobre ella como algo muerto, estirada y vil.
El atardecer se oscurecía, cuando los caballos plateados de la luna van a sus
establos. El carro de mi tía Selene ha estado lleno toda la noche, su luz firme en
cielo. Por el brillo de su cara llevé esos gigantescos cuerpos hasta el barco, golpeé
el pedernal y vi las llamas crecer. Ella le podría haber dicho a Helios ya lo
sucedido. Mi papá aparecería en cualquier momento, indignado por el insulto a
su hija. Mi techo crujiría cuando sus hombros se presionarán contra él. Pobre
niña, pobre hija exiliada. Nunca debería haber dejado que Zeus te mandara aquí.
La habitación se hizo gris, luego amarilla. Se movió la brisa marina, pero no
fue suficiente para que el olor de la carne quemada se fuera. Mi padre nunca
había hablado de esa manera en su vida, lo sabía. Pero seguramente, él hubiera
venido igual, solo para regañarme. No soy Zeus, no estaría permitida para
derribar a veinte hombres en un segundo. Le hablé al borde pálido del carro de
mi padre. ¿escuchaste lo que hice?
Las sombras se movieron por el piso. La luz se deslizó por mis pies, tocó el
dobladillo de mi vestido. Cada momento extendiéndose en el siguiente. Nadie
vino.
Pensaba que la verdadera sorpresa quizá era que eso no había ocurrido antes.
Los ojos de mis tíos usualmente se centraban en mí mientras servía sus vinos.
Sus manos encontraban su camino hacia mi piel. Un peñizco, una caricia, una
mano deslizándose abajo de mi vestido. Todos ellos tenían esposas, pero no
estaban pensando en su matrimonio. Al final uno de ellos vendría a mí y le
pagaría bien a mi padre. Honor en todas partes.
La luz ya había alcanzado el telar, y su esencia a se elevaba en el cielo. La
memoria de las blancas manos cicatrizadas de Dédalo, y el placer que tome en
ellos, era como un cable caliente atravesando mi cerebro. Enterré mis uñas en mi
cintura. Hay oráculos dispersados a través de nuestras tierras. Santuarios donde
los sacerdotes respiran humos sagrados y dicen la verdad que encuentran en
ellos. Conócete está tallado sobre sus puertas. Pero yo he sido una extraña para
mí misma, convertida en piedra por ninguna razón que podría nombrar.
Dédalo una vez me contó una historia acerca de los dioses de Creta que antes
solían contratarlo para que ampliara sus casas. Él llegaría ahí con sus
herramientas, empezando por derribar las paredes, levantando los pisos. Pero
cada vez que encontraba algún problema debía ser arreglado primero, ellos
fruncían el ceño. ¡Eso no estaba en el acuerdo!
Por supuesto que no, dijo él, debe estar escondido en la base, pero mira, ahí
está, claro como el agua. ¿Ves la viga agrietada? ¿Ves los escarabajos comiéndose
el suelo? ¿Ves cómo la piedra se hunde en el pantano?
Eso solo enojo más a los dioses. ¡Estaba bien hasta que lo desenterraste! ¡No
vamos a pagar! Ciérralo, ponle yeso encima. Ha permanecido en pie todo este
tiempo, va a estarlo por más tiempo.
Así que el cubriría esa falla, y la casa se caería en la próxima temporada.
Entonces ellos vendrían a por él, exigiendo su dinero de vuelta.
―Les dije ―me dijo―. Les dije y se los dije. Cuando las paredes se pudren solo
hay una solución.
El moretón en mi garganta empezó a hacerse verde en las orillas. Lo apreté,
sintiendo el dolor punzante.
Derribar, pensé. Derribar y construir de nuevo.
Ellos vinieron, no puedo decir el por qué. Alguna revolución de los destinos,
algún cambio en las rutas comerciales y navieras. Algún olor en el aire, flotando:
Aquí hay ninfas y viven solas. Los botes flotaron hacia mi puerto como si fueran
tiradas por una cuerda. Los hombres salieron a la costa y miraron el alrededor
complacidos. Agua fresca, juegos, pescado, frutas. Y creí ver humo de chimenea
por encima de los árboles. ¿Es que alguien está cantando?
Pude haber creado una ilusión sobre la isla para mantenerlos lejos. Tenía el
poder para hacerlo. Cubrí mis lindas costas en una imagen de rocas y torbellinos,
de acantilados irregulares, imposibles de escalar. Se pondrían navegar, y no
tendría la necesidad de verlos de nuevo, ni a nadie, de nuevo.
No, pensé. Es muy tarde para eso. Me encontraron. Déjales ver lo que soy.
Déjalos aprender que el mundo no es como ellos piensan.
Subieron el camino. Cruzaron por las piedras del sendero de mi jardín. Todos
tenían la misma desesperada historia: Estaban perdidos, estaban cansados, se
habían quedado sin comida. Estarían muy agradecidos con mi ayuda.
Pocos de ellos, tan pocos que los puedo contar con mis dedos, los deje ir. Ellos
no me veían como su cena. Ellos eran hombres piadosos, perdidos de verdad, y
yo les daría de comer, y si hubiera uno lindo entre todos ellos quizás lo llevaría
a mi cama. No era deseo, ni siquiera los rasguños más simples. Era como rabia,
un cuchillo que usaban sobre mí. Lo hice para probar que mi piel todavía era mía.
¿Me gustó la respuesta que hallé?
―Váyanse ―les dije.
Se arrodillaron ante mis sandalias amarillas. ―Diosa ―me dijeron ―, al menos
dinos tu nombre, así podemos agradecerte a través de nuestras oraciones.
No quería sus oraciones, ni mi nombre en sus bocas. Quería que se fueran.
Quería restregarme en el mar hasta que empiece a sangrar.
Quería que llegara el siguiente grupo, quizá así ver sus pieles desgarradas.
Siempre hay un líder. Él no era el más grande. Y no era, necesariamente, el
capitán, pero él era el único al que buscaban por instrucciones en sus crueldades.
Él tenía la mirada fría y una tensión acumulada. Como una serpiente, dirían los
poetas, pero en ese entonces yo ya conocía mejor a las serpientes. Denme el
verdadero áspid, quien me hace daño si es que yo se lo hago primero y no antes
de eso.
Ya no mandaba mis animales lejos cuando los hombres venían. Los dejaba
recostarse donde ellos quisieran, por el jardín, abajo de mis mesas. Me complacía
ver a los hombres caminar entre ellos, temblando por sus dientes y la rara
domesticación. Yo no estaba pretendiendo ser una mortal. Mostraba mi brillo,
ojos amarillos en cada vuelta. Nada de eso hacia una diferencia. Estaba sola y era
una mujer, eso era todo lo que importaba.
Preparé mis fiestas antes que ellos, las carnes y el queso, las frutas y el
pescado. También preparé mi bol de bronce más grande, lleno hasta arriba con
vino. Tragaron y masticaron, agarraron jugosos trozos de cordero y se los
tragaron. Se servían y servían otra vez, chupando sus labios, manchando la mesa
de rojo. Pedazos de hierbas pegadas a sus labios. El bol está vacío, ellos me dirían.
Llénalo. Esta vez ponle más miel, el añejo tiene un gusto amargo.
Por supuesto, dije.
Al final se les fue el hambre. Empezaron a mirar alrededor. Vi que empezaron
a notar los pisos de mármol, las bandejas, el fino tejido de mi ropa. Sonrieron. Si
esto es lo que me atrevo a mostrarles. Imagina lo que tengo escondido bajo la
manga.
―¿Señorita? ―diría el líder ― ¿No me digas que tal belleza como usted está tan
sola?
―Ah, si ―yo respondería―. Un poco solita.
Él sonreiría. No podría evitarlo. Nunca hubo un poco de miedo en él. ¿Por qué
debería? Él ya se dio cuenta por sí mismo que no había ni un abrigo de hombre
colgado en la puerta, no hay un arco de cazador, ni personal de pastor. No hay
señales de hermanos o padres o hijos. No hay venganza que venga después. Si
fuera valiosa para cualquiera, no tendría permitido vivir sola.
―Me siento mal por escuchar eso ―él dijo.
La banca se dañaría, y él se pararía. Los hombres presenciaban con ojos
brillantes. Querían el congelamiento, el estremecimiento, el ruego que vendría.
Ese era mi momento favorito, verlos fruncir el ceño tratando de entender
porque no tenía miedo. En sus cuerpos podía sentir mis hierbas como cuerdas
esperando a ser arrancadas. Saboreé su confusión, su miedo. Y luego los eché.
Sus espaldas se torcieron, forzándolos a apoyarse en sus manos y rodillas, con
los rostros hinchados como cadáveres ahogados. Se revolcaron y los bancos se
dieron vuelta, el vino salpicó el suelo. Sus gritos se convirtieron en chillidos.
Estoy segura de que dolió.
Dejé al líder para el último. Así él podría mirar. Se encogió, apretado contra la
pared. Por favor. Perdóname, perdóname, perdóname.
No, diría yo. Oh, no.
Cuando todo terminó solo quedaba llevarlos fuera al corral. Levanté mi bastón
de madera y ellos corrieron. El portón se cerró después de que ellos salieran y se
quedaron atrás de los postes, sus ojos de cerdo mojados aún con sus últimas
lágrimas humanas.
Mis ninfas no dijeron ni una palabra, aunque sospechaba que a veces veían por
el hoyo de la puerta.
―Señorita Circe, otro barco. ¿Deberíamos regresar a nuestra habitación?
―Por favor. Y saca el vino por mí antes de que me vaya.
De una tarea a otra fui, tejiendo, trabajando, cuidando mis cerdos, cruzando y
volviendo a cruzar la isla. Me moví erguida, como si llevara en mis manos un bol
lleno hasta el tope. El líquido oscuro se mecía mientras caminaba, siempre hasta
el punto de desbordarse, mas nunca haciéndolo. Solo si paraba, si me acuesto, lo
sentía empezarse a salir.
A las ninfas nos llamaban novias, pero esa no es verdaderamente como el
mundo nos veía. Éramos una fiesta sin fin acomodada sobre una mesa, hermosa
y renovada. Y muy malas para deshacerse de ella.
Las barandas de la pocilga se agrietaron con la edad y el uso. De vez en cuando
la madera se torcía y un cerdo escapaba. Muy a menudo, se tiraban por los
acantilados. Las aves marinas estaban agradecidas; parecían venir del fin del
mundo para deleitarse con los huesos gordos. Me quedaba mirando mientras le
quitaban la grasa y los tendones. El pequeño trozo rosado de cola y piel colgaba
de uno de sus picos como un gusano. Si fuera un hombre, me preguntaba si le
tendría lástima. Pero no era un hombre.
Cuando pasé junto al corral, sus amigos me miraban con caras suplicantes.
Ellos gimieron y chillaron, y presionaron sus hocicos contra la tierra. Lo sentimos,
lo sentimos.
Lo siento, fuiste atrapado, dije. Lo siento que pensaras que era débil. Estabas
equivocado.
En mi cama, los leones descansaban sus barbillas en mi estómago. Los quité.
Me levanté y volví a caminar.
Una vez él me preguntó: ¿Por qué cerdos? Estábamos sentados ante mi
chimenea, en nuestras sillas habituales. Le gustó la que estaba cubierta con piel
de vacuno, con incrustaciones de plata en sus tallas. A veces él frotaba
distraídamente debajo de su pulgar.
―¿Por qué no? ―dije.
Me dio una media sonrisa. ―De verdad lo digo. Me gustaría saber.
Sabía que lo decía de verdad. Él no era un hombre piadoso, pero en la
búsqueda de cosas ocultas, esta fue su adoración más alta.
Había respuestas en mí. Las sentía, enterradas tan profundo como los bulbos
del año pasado, engordando. Sus raíces se enredaron con los momentos que
había pasado contra la pared, cuando mis leones se habían ido, y mis hechizos se
habían encerrado dentro de mí, y mis cerdos habían gritado en el patio.
Después de cambiar sus cuerpos, los veía escarbando y llorando en la pocilga,
cayendo uno sobre el otro, estúpidos por el horror. Lo odiaban todo, su carne
recién voluptuosa, sus pies delicados, sus vientres hinchados arrastrándose en
la suciedad de la tierra. Fue una humillación, una degradación. Estaban
desesperados por sus manos, esa cosa que usan los hombres para mitigar el
mundo.
Vamos, les diría, no es tan malo. Deberían apreciar las ventajas de ser un cerdo.
Manchados de barro y veloces, son difíciles de atrapar. Son bajos, no son
derribados fácilmente. No son como los perros, no necesitan tu amor. Pueden
prosperar en cualquier parte, en cualquier cosa, desperdicios y basura. Parecen
ingeniosos y aburridos, lo que distrae a sus enemigos, pero son inteligentes. Ellos
recordarán tu cara.
Nunca me escucharon. La verdad es que los hombres son terribles haciendo
de cerdos.
En mi silla en la chimenea, levanté mi vaso. ―A veces ―le dije ―, deberías estar
contento con no saber.
No le gustó la respuesta, pero era su perseverancia: de una manera que más le
gustaba. Había visto cómo él podía ocultar verdades de hombres como conchas
de ostras, cómo podía tener a cualquiera con una mirada y las palabras correctas.
Muy pocos en el mundo no cedían. Al final, creo que el hecho de que no lo hiciera
fue su cosa favorita de mí.
Pero ahora estoy un paso delante de mí misma.
Un barco, dijeron las ninfas. Muy parchado, con ojos sobre su estructura.
Eso llamó mi atención. Los piratas comunes no tienen el oro para gastarlo en
pinturas. La anticipación era parte del placer. El momento en que golpearon la
orilla, y me levantaría de mis hierbas, abriría la puerta. Ya no habían hombres
piadosos, no ha habido por un largo rato. Las palabras fueron pulidas en mi boca
como una piedra del rio.
Agregué un puñado de raíces al viento que estaba haciendo. Había moly en
ella, y el líquido brillaba. Pasó la tarde y no aparecían los marineros. Mis ninfas
informaron que estaban acampando en la playa con fuego. Pasó otro día, y al final
del tercer día llegó el llamado a la puerta.
Ese barco pintado suyo era lo mejor acerca de ellos. Sus caras tenían arrugas
como abuelos. Sus ojos estaban muertos e inyectados de sangre. Se asustaron
por mis animales.
―Déjenme adivinar ―dije― ¿Están perdidos? ¿Están hambrientos y cansados
y tristes?
Comieron bien. Tomaron más que bien. Sus cuerpos eran gruesos, con grasa
por aquí y allá, aunque los músculos debajo eran duros como árboles. Sus
cicatrices eran largas, arrugadas y cortantes. Habían tenido una buena
temporada, luego conocieron a alguien a quien no le gustaba sus robos. Eran
saqueadores, de eso no tenía dudas. Sus ojos nunca dejaron de contar mis tesoros
y sonreían ante el resultado al que llegaron.
No esperé nada más por ellos para que se levantaran y vinieran a mí. Levanté
a mi personal, dije las palabras. Se fueron llorando al corral como todos los
demás.
Las ninfas me estaban ayudando a levantar los bancos derribados y limpiar las
manchas de vino cuando una de ellas miró hacia la ventana.
―Señorita, viene otro en camino.
Pensé que la tripulación era demasiado pequeña para tripular una nave
completa. Algunos de ellos deben haber esperado en la playa, y ahora uno había
sido enviado a explorar después de sus compañeros. Las ninfas sacaron vino
nuevo y se escabulleron.
Abrí la puerta al escuchar al hombre golpear. El sol de la tarde cayendo sobre
él, resaltando el rojo en su barba bien arreglada, el ligero color plata en su pelo.
Llevaba una espada de bronce en la cintura. No era tan alto como algunos, pero
vi que sus articulaciones estaban bien trabajadas.
―Dama ―él dijo ―. Mis compañeros se han albergado con usted. ¿Podré yo
también?
Puse todo el brillo de mi padre en mi sonrisa. ―Eres tan bienvenido como tus
amigos.
Lo observé mientras llenaba las copas. Otro ladrón, pensé. Pero sus ojos solo
rozaron mis ricas trampas. Se quedaron en un taburete, todavía boca arriba en
el suelo. Se agachó y lo puso en posición vertical.
―Gracias ―dije―. Mis gatos. Ellos siempre tiran las cosas.
―Por supuesto ―dijo él.
Le traje comida y vino, y lo dejé entrar a mi hogar. Cogió la copa y se sentó en
la silla de plata que le indiqué. Lo vi encogerse un poco cuando se inclinó, como
si se tratara de heridas recientes. Una cicatriz irregular recorría su pantorrilla
musculosa, desde su talón hasta su muslo, pero era antigua y se estaba
desvaneciendo. Gesticuló con su copa.
―Nunca había visto un telar como ese ―dijo― ¿Es un diseño oriental?
Mil de su clase habían pasado por esta sala. Ellos habían visto solo cada
centímetro de oro y plata, pero ninguno había notado el telar.
Dudé por un momento.
―Egipcio.
―Ah. Ellos hacen buenas cosas, ¿no? Inteligentes para usar una segunda viga
en vez de pesas de telar. Mucho más eficiente para dibujar la trama hacia abajo.
Me encantaría tener uno parecido. ―Su voz era resonante, cálida, con un tirón
que me recordaba a las mareas oceánicas. ―Mi esposa estaría encantada. Esas
cosas usadas la volverían loca. Ella seguía diciendo que alguien debería inventar
algo mejor. Desgraciadamente, no he tenido tiempo para dedicarme a buscarlos.
Una de mis muchas fallas como marido.
Mi esposa. Esas palabras me sacudieron. Si alguno de los hombres de todas las
tripulaciones había tenido esposa, nunca lo mencionaron. Él me sonrió, sus ojos
oscuros con los míos. Su copa se levantó en su mano como si fuera beber.
―La verdad es que lo que más le gusta de tejer es que mientras trabaja, todos
a su alrededor piensan que no puede escuchar lo que dicen. Recopila todas las
mejores noticias de esa manera. Ella puede decirle quién se va a casar, quién está
embarazada y quién está a punto de comenzar una enemistad.
―Tu esposa suena como una mujer inteligente.
―Ella lo es. No puedo explicar el hecho de que se haya casado conmigo, pero
como es algo bueno para mí, trato de que no lo reconsidere.
Me sorprendió haciéndome reír. ¿Qué hombre me ha hablado así? Nunca
conocí alguno. Aunque al mismo tiempo, había algo en él que se sentía casi como
familiar.
―¿Dónde está tu esposa ahora? ¿En tu barco?
―En casa, gracias a dios. No la haría navegar con gente tan desastrosa. Ella
maneja la casa mejor que cualquier regente.
Mi atención está solo en él ahora. Los marineros comunes no hablan de
regentes, ni se veían tan en casa junto a una incrustación de plata. Estaba
apoyado en el brazo tallado de la silla como si fuera su cama.
―¿Llamas a tu tripulación desastrosa? ―dije ―. No los vi diferente a cualquier
otro hombre.
―Es amable de tu parte decirlo, pero casi siempre estoy asustado de que se
comporten como bestias ―él suspiró―. Es mi culpa. Como su capitán, debería
ponerlos en el camino correcto. Pero hemos estado en una guerra, y tú sabes,
como eso puede pudrir hasta a los mejores hombres. Y estos, aunque los quiero
mucho, nunca serán llamados los mejores.
Hablaba con confianza, como si yo entendiera algo. Pero todo lo que sabía de
la guerra venía por las historias de mi padre sobre los titanes. Tomé un poco de
mi vino.
―Siempre vi a la guerra como una estúpida elección para los hombres, lo que
sea que ganan de ella, solo tendrán unos pocos días para disfrutar antes de que
se mueran. Más probable es que mueran en el intento.
―Bueno, está ese asunto de la gloria. Pero me gustaría que pudieras haber
hablado con nuestro general. Podrías habernos ahorrado muchos problemas a
todos.
―¿Sobre qué fue la pelea?
―Deja ver si puedo recordar la lista. ―Él chasqueó sus dedos. ―Venganza.
Lujuria. Arrogancia. Codicia. Poder. ¿Qué he olvidado? Ah sí, vanidad, y
resentimiento.
―Suena como un día normal entre los dioses ―le dije.
Se rio y levantó su mano. ―Es tu privilegio divino decirlo, mi dama. Solo daré
gracias porque muchos de esos dioses lucharon de nuestro lado.
Privilegio divino. Él ya sabía que yo era una diosa. Pero no demostró impresión.
Capaz soy su vecina, quien se asomó sobre la reja para discutir sobre la cosecha
de higos.
―¿Dioses luchando entre mortales? ¿Quiénes?
―Hera, Poseidón, Afrodita. Atenea, obviamente.
Fruncí el ceño. No había oído nada de esto. Pero entonces, ya no tenía forma
de escuchar. Hermes se había ido hacía mucho tiempo, a mis ninfas no les
importaban las noticias del mundo, y a los hombres que estaban sentados en mis
mesas solo pensaban en sus apetitos. Mis días se habían reducido donde mi
visión y mis dedos terminaban.
―No temas ―dijo―. No te pediré que escuches la larga historia, pero es por eso
que mis hombres están tan desaliñados. Estuvimos diez años luchando en las
costas de Troya, y ahora están desesperados por volver a casa y a sus chimeneas.
―¿Diez años? Troya debe ser una fortaleza.
―Oh, ella era lo suficientemente fuerte, pero fue nuestra debilidad lo que
atrajo a la guerra, no su fuerza.
Esto también me sorprendió. No es que fuera cierto, sino que lo admitiría. Fue
el desarme, esa irónica denigración.
―Es mucho tiempo para estar lejos de casa.
―Y ahora es todavía más tiempo. Navegamos desde Troya hace dos años.
Nuestro viaje de regreso ha sido un poco más difícil de lo que hubiera deseado.
―Así que no hay que preocuparse más por el telar ―dije―. Para entonces tu
esposa se rendirá e inventará uno por sí misma.
Su expresión seguía siendo agradable, pero vi algo cambiar en ella. ―Lo más
probable es que tengas razón. Ella también ya habrá duplicado nuestras tierras,
no me sorprendería.
―¿Y dónde estarían esas tierras tuyas?
―Cerca de Argos. Vacas y cebada, tú sabes.
―Mi padre tiene vacas ―dije―. Él prefiere una piel blanca pura.
―Son difíciles de criar de verdad. Él debe cuidarlos bien.
―Oh, si lo hace ―le dije―. Él no se preocupa por nada más.
Yo lo estaba mirando. Sus manos eran anchas y con muchos callos. Hacia un
gesto con su copa para acá, para allá moviendo un poco su vino, pero nunca
derramándolo. Y nunca, ni una sola vez, lo llevó a sus labios.
―Lo siento ―dije―, que mi añejado no sea de tu agrado.
Miró hacia abajo como si le sorprendiera ver el vaso aún en su mano. ―Mis
disculpas, he estado disfrutando la hospitalidad, lo olvidé. ―Golpeó sus nudillos
en su sien. ―Mis hombres dicen que me olvidaría de mi cabeza si no estuviera en
mi cuello. ¿Dónde dijiste que se han ido de nuevo?
Me quería reír. Me sentí mareada, pero mantuve mi voz tan tranquila como la
suya. ―Están en el jardín de atrás. Hay un poco de sombra muy buena para
descansar.
―Confieso que estoy asombrado ―él dijo―. Nunca están tan quietos conmigo,
tú debiste tener algún efecto en ellos.
Oí un zumbido, como antes de que se vaya a hacer un hechizo. Su mirada era
punzante. Todo esto había sido solo el inicio. Como si estuviéramos en una obra,
nos pusimos de pie.
―No has bebido ―le dije―. Eso es astuto. Pero sigo siendo una bruja, y tú estás
en mi casa.
―Espero que podamos resolver esto con razón. ―Había dejado la copa. No
sacó su espada, sino que apoyó la mano en la empuñadura.
―Las armas no me asustan, ni ver mi propia sangre.
―Entonces eres más valiente que los dioses. Una vez vi a Afrodita dejar morir
a su hija por un rasguño.
―Las brujas no son tan delicadas ―dije.
La empuñadura de su espada estaba en mal estado por diez años de batallas,
su cuerpo cicatrizado y preparado.
Sus piernas eran cortas pero musculosas. Mi piel hormigueaba. Me di cuenta
que era guapo.
―Dime ―dije ―¿Que hay en ese bolso que tienes tan cerca de tu cintura?
―Una hierba que encontré.
―Raíces negras ―le dije―. Flores blancas.
―Solo eso.
―Los mortales no pueden tomar moly.
―No―dijo simplemente―. Ellos no pueden.
―¿Y quién fue? No, no importa, ya lo sé. ―Pensé en todas las veces que Hermes
me había visto cosechar y me había presionado por mis hechizos. ―Si tenías el
moly, ¿por qué no bebiste? Debió haberte dicho que ningún hechizo que yo lance
podría tocarte.
―Me dijo ―él contesto―. Pero tengo el don de la prudencia, que es difícil de
romper. Ese estafador de Hermes, por todo lo que le agradezco, no es conocido
por su fiabilidad. Ayudarte a convertirme en un cerdo sería solo una especie de
broma.
―¿Siempre sospechas tanto?
―¿Qué puedo decir? ―Extendió las palmas. ―El mundo es un lugar feo.
Debemos vivir en el.
―Creo que eres Odiseo ―le dije―. Nacido de la misma sangre que ese
estafador.
Él no comentó nada del extraño conocimiento. Era un hombre acostumbrado
a los dioses. ―Y tú eres la diosa Circe, hija del sol.
Mi nombre en su boca. Despertó un sentimiento en mí, agudo y ansioso. Él era
como la marea, de verdad. Podrías mirar hacia arriba, y la orilla se habría ido.
―La mayoría de los hombres no me conocen por lo que soy.
―La mayoría de los hombres, por experiencia, son tontos ―dijo ―. Confieso
que casi me haces dejar el juego. ¿Tu padre, el vaquero?
Él sonreía, invitándome a reír, como si fuéramos dos niños traviesos.
―¿Eres un rey? ¿Un dios?
―Un príncipe.
―Entonces, príncipe Odiseo, estamos en un callejón sin salida. Ya que tú tienes
el moly, y yo tengo a tus hombres. No puedo hacerte daño, pero si me golpeas,
nunca volverán a ser los mismos.
―Tengo tanto miedo―dijo―. Y, por supuesto, tu padre Helios se esfuerza en
sus venganzas. Me imagino que no me gustaría ver su ira.
Helios nunca me defendería, pero no le diría eso a Odiseo. ―Deberías entender
que tus hombres me habrían robado ciegamente.
―Siento eso. Son tontos, y jóvenes, y he sido demasiado indulgente con ellos.
No era la primera vez que se disculpaba así. Dejé que mis ojos se posaran sobre
él, llevándolo dentro de los míos. Me recordó un poco a Dédalo, su tranquilidad
e ingenio. Pero debajo de esa tranquilidad podía sentir algo que nunca tuvo
Dédalo. Quería verlo revelado.
―Tal vez podamos encontrar una manera diferente.
Su mano todavía estaba en su empuñadura, pero habló como si solo
estuviéramos escogiendo que cenar. ―¿Qué propones?
―¿Sabes? ―dije ―. Una vez Hermes me contó una profecía sobre ti.
―¿Ah? ¿Cuál?
―Que estabas destinado a venir por mis pasillos.
―¿Y. . .?
―Eso es todo.
Levantó una ceja. ―Me temo que esa es la profecía más aburrida que he
escuchado.
Me reí. Me sentí preparada como un halcón en un peñasco. Mis garras aún
sostenían la roca, pero mi mente estaba en el cielo.
―Propongo una tregua ―le dije―. Una prueba de todo tipo.
―¿Qué tipo de prueba? ―Se inclina un poco. Era un gesto que vendría a
conocer. Incluso él no podía ocultar todo. Cualquier desafío, correría para
cumplirlo. Su piel olía a trabajo y mar. Él sabía diez años de historias. Me sentí
entusiasmada y hambrienta como un oso en primavera.
―Yo he escuchado ―dije ―, que muchos encuentran la confianza en el amor.
Le sorprendió, y oh, me gustó el destello de eso, antes de que lo escondiera.
―Dama mía, solo un tonto diría que no a semejante honor. Pero en verdad,
también creo que solo un tonto diría que sí. Soy un mortal. En el momento en que
deje el moly para unirme a ti en tu cama, puedes hacer tu hechizo. ―Hizo una
pausa. ―A menos que, por supuesto, fueras a jurar que no me harías daño, sobre
el río de los muertos.
Un juramento por el río Estigio mantendría incluso al mismísimo Zeus. ―Eres
cuidadoso ―le dije.
―Parece que compartimos eso. ―No, pensé. No estaba teniendo cuidado.
Estaba siendo imprudente, precipitada. Era otro cuchillo, podía sentirlo. Uno
diferente, pero seguía siendo un cuchillo. No me importó. Pensé: dame el
cuchillo. Por algunas cosas vale la pena derramar sangre.
―Lo juro ―le dije.
CAPÍTULO DIECISÉIS
Después, muchos años después, escucharía una canción hecha de nuestro
encuentro. El chico que la cantaba no tenía talento, fallando más notas de las que
acertaba, sin embargo, la dulce música de los versos brilló a través de sus errores.
No estaba sorprendida por el retrato de mí misma: la orgullosa bruja deshecha
ante la espada del héroe, arrodillada y suplicando por piedad. Las mujeres
humildes me parecen el pasatiempo principal de los poetas. Como si no pudiera
haber una historia si no nos arrastramos y lloramos.
Nos acostamos juntos en mi amplia cama de oro. Había querido verlo perdido
en placer, apasionado, desnudo. Él nunca estaba desnudo, pero el resto lo vi.
Encontramos algo de confianza entre nosotros.
―En realidad no soy de Argos ―dijo él. La luz del fuego parpadeó sobre
nosotros, proyectando largas sombras sobre las sábanas. ―Mi isla es Ítaca. Es
muy rocosa para vacas. Nosotros nos dirigimos a cabras y olivares.
―¿Y la guerra? ¿También una ficción?
―La guerra fue real.
No había descanso en él. Parecía como si hubiera podido detener un
lanzamiento de lanza en las sombras. Sin embargo, el cansancio había
comenzado a mostrarse, como rocas cuando la marea retrocede. Por la ley de los
huéspedes no debía cuestionarlo antes de haberse alimentado y refrescado. Pero
ya nosotros pasábamos tales observaciones.
―Dijiste que tu viaje fue difícil.
―Navegué desde Troya con doce barcos. ―Su cara en la luz amarilla era como
un viejo escudo, maltratado y alineado. ―Somos todo lo que queda.
A pesar de mí misma, me sorprendí. Once barcos eran más de quinientos
hombres perdidos. ―¿Cómo te golpeó tal desastre?
Recitó la historia como si estuviera dando una receta para carne. Las
tormentas que los había volado medio mundo. Tierras llenas de caníbales y
salvajes vengativos, con sibaritas que drogaron sus voluntades. Habían sido
emboscados por el ciclope Polifemo, un salvaje gigante de un ojo quien era hijo
de Poseidón. Había comido la mitad de una docena de hombres y chupó sus
huesos. Odiseo había tenido que cegarlo para escapar, y ahora Poseidón los
cazaba a través de las olas en venganza.
No es de extrañar que cojeara, no es de extrañar que fuera gris. Este es un
hombre que ha enfrentado monstruos.
―Y ahora Atenea, quien alguna vez fue mi guía, me ha dado la espalda.
No estaba sorprendida de escuchar su nombre. La inteligente hija de Zeus
honraba los engaños y la invención, sobre todo. Él era justo el tipo de hombre
que ella apreciaría.
―¿Que la ofendió?
No estaba segura de que contestaría, pero tomo un largo aliento. ―La guerra
engendra muchos pecados, y yo no fui el último en cometerlos. Cuando pedía su
perdón, ella siempre me lo daba. Luego vino el saco de la ciudad. Los templos
fueron arrasados, sangre derramada sobre los altares.
Fue el mayor sacrilegio, derramado sobre los objetos sagrados de los dioses.
―Fui parte de tales cosas con el resto, pero cuando otros se quedaron para
ofrecerle sus oraciones, no me quede con ellos. Estaba... impaciente.
―Has peleado por diez años ―dije ―. Es comprensible.
―Eres amable, pero creo que los dos sabemos que no lo es. Tan pronto como
estaba abordo, los mares a mi alrededor levanto cabezas iracundas. El cielo se
oscureció a hierro. Intente dar vuelta a la flota, pero era muy tarde. Su tormenta
nos hizo girar lejos de Troya. ―Frotó sus nudillos como si dolieran. ―Ahora
cuando le hablo, ella no contesta.
Desastre sobre desastre. Sin embargo, había entrado a la casa de una bruja,
incluso tan cansado como estaba, y en carne viva por el dolor. Se había sentado
en mi hogar mostrando ninguna pista de nada solo sonrisas y encanto. Qué
resolución debe haber tomado, qué vigilante voluntad. Pero ningún hombre es
infinito. El agotamiento manchó su cara. Su voz estaba ronca. Un cuchillo lo había
nombrado, pero vi que fue cortado hasta el hueso. Sentí un dolor de respuesta
en mi pecho. Cuando lo había llevado a mi cama, había sido una especie de
desafío, pero el sentimiento que ahora parpadeaba en mi era mucho más viejo.
Ahí estaba él, su carne abierta ante mí. Esto es algo dañado que yo puedo arreglar.
Sostuve el pensamiento en mi mano. Cuando esa primera tripulación había
venido, yo había sido una cosa desesperada, lista para adular a cualquiera que
me sonriera. Ahora era una bruja caída, probando mi poder con pocilga tras
pocilga. De repente me recordó de esas viejas pruebas que Hermes solía
colocarme. ¿Sería leche descremada o una arpía? ¿Una gaviota tonta o un
monstruo villano?
Esas no podían ser las únicas opciones.
Alcancé sus manos y lo levanté. ―Odiseo, hijo de Laertes, has sido presionado.
Estas tan seco como las hojas en invierno. Pero aquí hay un sitio donde te puedes
quedar.
El alivio en sus ojos corrió caliente sobre mi piel. Lo llevé a mi sala y ordené a
mis ninfas velar por sus comodidades: llenar un baño de plata para él y lavar sus
extremidades sudadas, traerle ropa limpia. Después, se paró brillante y limpio
ante las mesas que habíamos amontonado con comida. Pero no se movió para
tomar su asiento. ―Perdóname ―dije el, sus ojos en los míos ―. No puedo comer.
Sabía lo que quería. Él no atormentó ni rogó, solo esperó por mi decisión.
El aire se sentía encalado en oro a mi alrededor. ―Ven ―dije―. Caminé por el
pasillo y salí a la pocilga. La puerta se abrió ante mi toque. Los cerdos chillaron,
pero cuando lo vieron a él detrás de mí, su terror cesó. Cepillé cada hocico con
aceite y dije encantos. Sus cerdos cayeron y se levantaron como hombres.
Corrieron a él, llorando y presionando sus manos con las de él. Él también lloró,
no en voz alta, pero si en grandes corrientes, hasta que su barba estuvo mojada
y oscura. Se veían como padre y sus hijos rebeldes. ¿Cuántos años tenían cuando
se fue para Troya? Escasamente más que niños, la mayoría de ellos. Mantuve un
poco de distancia, como un pastor mirando un rebaño. ―Sean bienvenidos ―dije,
cuando sus lágrimas habían parado ―. Lleven su barco a la playa y traigan a sus
compañeros. Todos ustedes son bienvenidos.
Comieron toda la noche, riendo, brindando. Se veían más jóvenes, recién
hechos en su alivio. El cansancio de Odiseo también se había ido. Lo vi desde mi
telar, interesada en ver otra faceta: el comandante con sus hombres. Era tan
bueno en eso como en todo lo demás, divertido por sus travesuras, reprobando
gentilmente, tranquilamente sin problemas. Lo rodearon como abejas a su
colmena.
Cuando los platos estaban vacíos y los hombres cayeron en sus bancos, les di
cobijas y les dije que encontraran camas donde sea que ellos estuvieran
cómodos. Algunos se estiraron en habitaciones vacías, pero la mayoría fue afuera
a dormir debajo de las estrellas de verano.
Solo Odiseo se quedó. Lo llevé a la silla de plata en el hogar y serví vino. Su
rostro era agradable, y se inclinó hacia delante de nuevo, como si estuviera
ansioso por cualquier cosa que pudiera ofrecer.
―El telar que admiras ―dije―. Fue hecho por el artesano Dédalo. ¿Conoces el
nombre?
Me gratificó ver sorpresa genuina y placer. ―No es de extrañar que sea tal
maravilla. ¿Puedo?
Incliné mi cabeza, y él fue a ello a la vez. Con una mano recorrió sus vigas,
desde la base hasta la parte superior. Su toque era reverente, Como un sacerdote
en un altar. ―¿Como llegaste a tenerlo?
―Un regalo.
Había especulación en sus ojos, curiosidad brillante, pero no presiono más
allá. En cambio, él dijo ―: Cuando era un niño y todos jugaban a monstruos de
lucha libre como Hércules, yo, en cambio, soñaba con ser Dédalo. Parecía el
mayor genio mirar a la madera en bruto y el hierro, e imaginar maravillas. Estaba
decepcionado de descubrir que no tenía talento para ello. Siempre estaba
cortándome los dedos.
Pensé en las cicatrices blancas en las manos de Dédalo. Pero me contuve.
Su mano descansaba en la viga lateral como si estuviera en la cabeza de un
perro amado. ―¿Te puedo ver tejer con eso?
No estaba acostumbrada a tener a alguien tan cerca de mi mientras trabajaba.
El hilo parecía más grueso y enredado en mis dedos. Sus ojos siguieron cada
movimiento. Me hizo preguntas sobre de qué hacía cada pieza, y como se
diferenciaba de otros telares. Le respondía tan bien como podía, aunque al final
tuve que confesar que no había tenido comparación. ―Este es el único telar que
he usado.
―Imagina tal felicidad. Como beber vino toda tu vida, en vez de agua. Como
tener a Aquiles haciendo tus diligencias.
No conocía el nombre.
Su voz sonó como la de un bardo: Aquiles, príncipe de Ftía, el más rápido de
todos los griegos, el mejor de los guerreros Aqueos en Troya, brillante, nacido de
la temida nereida Tetis, agraciado y mortal como el mar mismo. Los Troyanos
habían caído ante él cómo la hierba antes de la guadaña, y el poderoso príncipe
Héctor pereció al final de su lanza de ceniza.
―No te gustaba ―le dije.
Alguna diversión interna le tocó la cara. ―Lo apreciaba, en su manera. Pero
era un soldado terrible, por muchos hombres que pudiera vencer. Tenía un
numero de ideas erradas sobre la lealtad y el honor. Cada día era una nueva lucha
para unirlo a nuestro propósito, mantenerlo recto en su surco. Luego la mejor
parte de él murió, y fue mucho más difícil después de eso. Pero como dije, su
madre era una diosa, y las profecías le colgaban como algas marinas. Luchó con
asuntos más grandes de lo que jamás entenderé.
No era una mentira, pero tampoco era verdad. Él había nombrado a Atenea
como su patrona. Había caminado con aquellos que pudieran romper el mundo
como huevos.
―¿Cuál era su mejor parte?
―Su amante, Patroclo. Yo no le gustaba mucho, pero los buenos nunca lo
hacen. Aquiles se volvió loco cuando murió; casi loco, de todos modos.
Para entonces, me había alejado del telar. Quería mirar su rostro mientras
hablaba. A través de las ventanas el cielo oscuro estaba menguando a gris. Una
loba se recostó en sus patas. Lo vi vacilar al final. ―Señora Circe ―dijo él ―. Bruja
dorada de Aiaia. Nos diste misericordia, y nosotros lo necesitábamos. Nuestro
barco está astillado. Los hombres están cerca de no moverse más. Me avergüenza
pedir más, pero creo que debo. En mis esperanzas más queridas nos quedamos
un mes. ¿Es mucho tiempo?”
Apareció un estallido de alegría, como miel en mi garganta. Sin embargo,
mantuve mi cara estable.
―No creo que un mes sea mucho tiempo.
Paso sus días trabajando en el barco. En las tardes, nos sentaríamos ante el
hogar mientras los hombres comían la cena, y en la noche él venía a mi cama. Sus
hombros eran gruesos, tallados de sus horas de guerrero. Recorrí con mis manos
sus descuidadas cicatrices. Había placeres ahí, pero en verdad el mayor placer
venia después, cuando nos acostábamos juntos en la oscuridad y me contaba
historias de Troya, conjurándome la guerra lanza por lanza. Orgulloso
Agamenón, líder del anfitrión, tan quebradizo como el hierro templado. Menelao,
su hermano, cuyo secuestro de su esposa Helena comenzó la guerra. Valiente,
torpe de cerebro Áyax, construido como una ladera. Diomedes, implacable mano
derecha de Odiseo. Y luego los Troyanos: el guapo Paris, ladrón burlón del
corazón de Helena. Su padre, Príamo, de barba blanca, rey de Troya, amado por
los dioses por su gentileza. Hécuba, su princesa con espíritu de guerrera, cuyo
vientre había dado tantos frutos nobles. Héctor, el mayor, noble heredero y
baluarte a su gran ciudad amurallada.
Y Odiseo, pensé. El caparazón en espiral. Siempre otra curva fuera de vista.
Comencé a ver lo que él se refería cuando hablaba de las debilidades de su
ejército. No fueron sus recursos los que vacilaron, si no su disciplina. Nunca
había habido un desfile de hombres más orgullosos, más irritable e inflexible,
cada uno seguro de que la guerra fracasaría sin ellos.
―¿Sabes quién gana la guerra verdaderamente? ―Me pregunto una noche.
Nos acostamos en las alfombras al pie de mi cama. Momento a momento, su
vitalidad había regresado. Sus ojos ahora eran brillantes, iluminado por la
tormenta. Cuando hablaba, él era abogado y bardo y charlatán de encrucijada al
mismo tiempo, argumentando su caso, entreteniendo, retirando el velo para
mostrarte los secretos del mundo. No eran solo sus palabras, aunque eran lo
suficientemente inteligentes. Era todo junto: su cara, sus gestos, los tonos
deslizantes de su voz. Diría que era como un hechizo que él lanzó, pero no
conocía ningún hechizo que se le igualara. El regalo era solo suyo.
―Los generales toman el crédito, por supuesto, y de hecho ellos
proporcionaban el oro. Pero ellos siempre te están llamando en sus tiendas y
preguntando por reportes de lo que estás haciendo en vez de dejarte ir a hacerlo.
Las canciones dicen que son héroes. Ellos son otra pieza. Cuando Aquiles se
coloca su casco y se abre paso por el camino rojo, los corazones de los hombres
comunes se hinchan en sus pechos. Ellos piensan en las historias que serán
contadas, y anhelan estar en ellas. Peleé junto a Aquiles, me quedé escudo a escudo
con Áyax. Sentí el viento y el abanico de sus grandes lanzas. Esos soldados, por
supuesto, son otra pieza, porque, aunque sean débiles e inestables, cuando están
enganchados te llevaran a la victoria. Pero hay una mano que debe reunir todas
esas piezas y hacerlas un todo. Una mente para guiar el propósito, y no
retroceder ante las necesidades de la guerra.
―Y esa es tu parte ―dije ―. Lo que significa que eres como Dédalo después de
todo. Solo que, en vez de madera, tu trabajas con hombres.
La mirada que me dio. Como vino puro y sin mezclar. ―Después que Aquiles
murió, Agamenón me nombro el Mejor de los Griegos. Otros hombres pelearon
valientemente, pero se estremecían por la verdadera naturaleza de la guerra.
Solo yo tenía el estómago para ver lo que se debía hacer.
Su pecho estaba desnudo y eclosionado con cicatrices. Lo golpee ligeramente,
como si sonara lo que estaba dentro. ―¿Cómo qué?
―Le prometes misericordia a espías para que digan sus historias, luego los
matas. Golpeas a hombres que se amotinan. Engañas a los héroes de sus enfados.
Mantienes los espíritus arriba a cualquier costo. Cuando el gran héroe Filóctetes
fue lisiado con una herida supurante, sus hombres perdieron su coraje por ello.
Así que lo deje atrás en una isla y afirme que él había pedido que lo dejaran. Áyax
y Agamenón habrían golpeado las puertas cerradas de Troya hasta que se
murieran, pero fui yo quien pensó en el truco del caballo gigante, e hice la
historia que convenció a los troyanos para que lo metieran adentro. Me agaché
en el vientre de madera con los hombres que escogí, y si alguno temblaba con
terror y tensión, ponía mi cuchillo en su garganta. Cuando los troyanos
finalmente se durmieron, los atravesamos como zorros entre pollitos de plumas
suaves.
Estas no eran canciones para cantar ante una corte, sin cuentos de la gran edad
de oro. Sin embargo, de alguna manera en su boca no parecían deshonorables, si
no justo e inspirado y sabiamente pragmático.
―En primer lugar, ¿Por qué fuiste a la guerra si sabias como eran los otros
reyes?
Se frotó las mejillas. ―Oh, por un estúpido juramento que hice. Intenté salir de
él. Mi hijo tenía un año, y yo aún me sentía recién casado. Habría otras glorias,
pensé, y cuando un hombre de Agamenón vino a recogerme, fingí estar loco. Salí
desnudo y comencé a arar un campo en invierno. Puse a mi hijo infante en una
cuchilla. Paré, por supuesto, y entonces me recogieron con el resto.
Una amarga paradoja, pensé: para mantener a su hijo tuvo que perderlo.
―Debiste estar enojado.
Levantó sus manos, las dejó caer. ―El mundo es un lugar injusto. Mira lo que
le paso a ese consejero de Agamenón. Palámedes, era su nombre. Sirvió bien al
ejército, pero cayó por un pozo en una guardia nocturna. Alguien había puesto
estacas afiladas en el fondo. Una perdida terrible.
Sus ojos brillaron. Si el buen Patroclo hubiera estado ahí tal vez hubiera dicho,
Señor, usted no es un verdadero héroe, no es Heracles, no es Jason. No das
discursos honestos de corazón puro. No haces obras nobles a la luz del sol
resplandeciente.
Pero había conocido a Jason. Y sabía qué clase de obras podían hacerse en la
vista del sol. No dije nada.
Los días pasaron, y las noches con ellos. Mi casa estaba llena con cuatro
docenas de hombres, y por primera vez en mi vida, me encontré pisando carne
mortal. Aquellos frágiles cuerpos suyos tomaron una atención implacable,
comida y bebida, sueño y descanso, la limpieza de extremidades y flujos. Tal
paciencia debe tener los mortales, pensé, arrastrarse a través de eso hora tras
hora. El quinto día, el punzón de Odiseo se deslizó y pinchó la yema de su pulgar.
Le di pomadas y trabajé mis encantos para alejar la infección, pero igual tomó la
mitad de una luna para sanar. Vi el dolor pasar sobre su rostro. Ahora duele, y
ahora aún duele, y ahora, y ahora. Y ese solo era una entre sus incomodidades,
rigidez en el cuello y acidez en el estómago y el dolor de viejas heridas. Corrí mis
manos sobre sus cicatrices acanaladas, aliviándolo como podía. Las mismas
cicatrices ofrecí limpiarlas. Sacudió su cabeza. ―¿Como me reconocería?
Me alegre secretamente. Le sentaban. Odiseo perdurable, era él, y el nombre
estaba cosido en su piel. Quienquiera que lo viera debía saludar y decir: Hay un
hombre que ha visto el mundo. Hay un capitán con historias que contar.
Podría haber dicho, en esas horas, mis propias historias. Escila y Glauco, Eetes,
el Minotauro. La pared de piedra cortándome en la espalda. El piso de mi sala
mojado con sangre, reflejando la luna. Los cuerpos que he arrastrado uno por
uno bajo la colina, y quemados con sus barcos. El sonido que la carne hacia
cuando se desgarra y se vuelve a formar y cómo, cuándo cambias a un hombre,
puedes detener la transformación a medio camino, y luego esa cosa monstruosa
y media bestia, morirá.
Su rostro estaría atento mientras escuchaba, su implacable mente
examinando, pesaje y catalogación. Sin embargo, fingí que podía ocultar mis
pensamientos, así como él, sabía que no era verdad. Él vería hasta mis huesos.
Reuniría mis debilidades y las pondría junto el resto de la colección, junto con
los de Aquiles y Áyax. Lo mantuvo en su persona como otros hombres mantienen
sus cuchillos.
Bajé la mirada a mi cuerpo, desnudo en la luz del fuego, e intenté imaginarlo
escrito con sus historias: mi palma con su racha de iluminación, mi mano sin
dedos, las miles cortadas de mis trabajos de bruja, los surcos de cartílago del
fuego de mi padre, la piel de mi cara como un cirio medio derretido. Y esas solo
eran las cosas que habían dejado marca.
No habría saludos. ¿Que había llamado Eetes una ninfa fea? Una mancha en la
faz del mundo.
Mi vientre suave brillaba bajo mi mano, el color de la miel brillando en el sol.
Lo traje hacia mí. Era una bruja dorada, quien no tenía pasado alguno.
Comencé a conocer un poco a sus hombres, esos corazones inestables de los
que él había hablado, esos vasos con fugas. Polites era más educado que los
demás, Euríloco terco y malhumorado. Elpénor cara delgada, tenía una risa como
la de un búho chillón. Me recuerdan a los cachorros de lobo, sus lamentos se iban
cuando su barriga estaba llena. Bajaban la mirada cuando yo pasaba, como para
asegurarse que sus manos seguían siendo suyas.
Todos los días los gastaban en juegos. Realizaron carreras por las colinas y en
la playa. Siempre corrían hacia Odiseo, jadeando. ¿Juzgaras nuestro concurso de
tiro al arco? ¿Nuestro lanzamiento de disco? ¿Nuestras lanzas?
Algunas veces él se iría con ellos sonriendo, pero otras veces gritaría, o los
golpearía. Él no era tan fácil y nivelado como pretendía. Vivir con él era como
pararse junto al mar. Cada día un color diferente, una diferente altura cubierta
de espuma, pero siempre la misma intensidad inquieta tirando hacia el
horizonte. Cuando la barandilla se rompió en su barco, la pateo con furia y tiro
las piezas al mar. Al día siguiente, fue sombríamente al bosque con su hacha, y
cuando Euríloco se ofreció ayudarlo, él mostró sus dientes. Todavía podía
maniobrarse a sí mismo, mostrar la cara que debe haber usado cada día para
aprovechar a Aquiles, pero le costaba, y después fue propenso a malhumores y
temperamento. Luego los hombres se escabullirían, y vi la confusión en sus
rostros. Dédalo una vez me dijo: incluso el mejor hierro se vuelve frágil con
demasiada paliza.
Yo era tan suave como el aceite. Tan calmado como el agua sin viento. Lo
saqué, le pregunté por historias de sus viajes entre tierra extranjeras y hombres.
Me contó de los ejércitos de Memnón, hijo del Amanecer, rey de Etiopia, y las
Amazonas con sus escudos crecientes. Él había escuchado que en Egipto algunos
de sus faraones eran mujeres vestidas con ropa de hombres. En India, había
escuchado, había hormigas del tamaño de zorros que cavan oro entre las dunas.
Y en el norte extremo había personas que no creían que el rio de Océano rodea
la tierra, pero en cambio, era una serpiente ceñida, gruesa alrededor como un
barco y siempre con hambre. Nunca podría estar tranquila, porque su apetito la
condujo siempre hacia adelante, devorando todo mordida por mordida, y un día
cuando se haya comido todo el mundo, se devoraría a sí misma.
Pero por muy lejos que viajara, siempre volvía a Ítaca. Sus olivares y sus
cabras, sus leales sirvientes y los excelentes perros de caza que había criado a
mano. Sus nobles padres y su vieja niñera y su primera caza de jabalí, la cual le
había dado la larga cicatriz que había visto en su pierna. Su hijo, Telémaco,
estaría trayendo los rebaños de las montañas. Él será bueno con ellos, yo lo era.
Cada príncipe tiene que saber sus tierras, y no hay mejor manera de aprender que
pastando las cabras. Él nunca dijo, ¿Qué si voy a casa, y todo es cenizas? Pero vi
el pensamiento en él, viviendo como un segundo cuerpo, y alimentándose en la
oscuridad.
Para entonces era otoño, la luz disminuyendo, la hierba crujiendo bajo los pies.
El mes ya casi terminaba. Estábamos acostados en mi cama. ―Creo que
deberíamos irnos muy pronto, o de lo contrario quedarnos el invierno.
La ventana estaba abierta; la brisa pasó sobre nosotros. Era un truco de él,
colocar una oración como un plato en una mesa y ver qué pondrías en él. Pero
me sorprendió continuando. ―Yo me quedaría ―dijo él―. Sí me tuvieras. Solo
sería hasta la primavera. Me iré tan pronto como los mares sean pasables. Sería
apenas una demora.
Ese último no lo dijo para mí, sino para alguna persona con la que discutía en
silencio. Tal vez sus hombres, su esposa, no me importaba. Mantuve mi cara
apartada para que no viera mi placer.
―Puedes quedarte ―dije.
Algo cambio en él después de eso, la liberación de una tensión que no me había
dado cuenta que tenía. Al día siguiente, fue zumbando a la playa con su
tripulación. Arrastraron el barco hasta una cueva protegida. Lo estacaron,
hicieron rodar la vela, guardaron todo el equipo para mantenerlo a salvo de las
tormentas del invierno hasta la primavera.
Algunas veces, lo veía mirándome. Una intención vendría a su cara, y
comenzaría a preguntarme sus casuales preguntas que tenía. Sobre la isla, sobre
mi padre, el telar, mi historia, brujería. Había comenzado a conocer muy bien esa
mirada: era la misma que usó cuando encontró un cangrejo con una garra triple,
o preguntado sobre el truco de las mareas de la bahía este de Aiaia. El mundo
estaba hecho de misterios, y yo era solo otro enigma entre millones. No le
respondí, y aunque pretendió frustración, comencé a ver qué le complacía en una
manera extraña. Una puerta que no se abría a su toque era una novedad por
derecho propio, y también una especie de alivio. Todo el mundo se le confesaba.
Él me confesaba.
Algunas historias me las contaba a la luz del día. Otras solo venían cuando el
fuego estaba quemado, y no había nadie que conociera su rostro sino las
sombras.
―Fue después de los ciclopes ―dije él―. Tuvimos un poco de suerte al fin.
Desembarcamos en la Isla de los Vientos. ¿La conoces?
―Rey Eolo ―dije. Una de las mascotas de Zeus, cuyo trabajo era mantener un
registro de las ráfagas que hacen girar los barcos en todo el mundo.
―Lo complací, y nos aceleró en nuestro camino. Él me dio una gran bolsa con
todos los vientos contrarios, para que no nos molestaran. Por nueve días y nueve
noches nos deslizamos sobre las olas. No dormí, ni siquiera por una hora, porque
estaba vigilando la bolsa. Les había dicho a mis hombres lo que era, por supuesto,
pero…―Sacudió su cabeza. ―pensaron que era tesoro que yo no quería
compartir. Las porciones que ellos habían recibido de Troya habían estado
perdidas en las olas desde hace tiempo. No querían volver a casa con las manos
vacías. Bueno ―inspiró profundamente―, puedes imaginar lo que pasó.
Si me imaginé. Sus hombres ahora estaban más rudos que nunca, mareados
con la perspectiva de ociosidad en un invierno entero. En las noches les gustaba
jugar un juego de arrojar residuos de vino. Escogieron una zanjadora como
blanco, pero su puntería era terrible, para entonces habían bebido tazón tras
tazón. La mesa se tiñó como si se matara ahí, y buscaron a mis ninfas para que lo
limpiaran. Cuando les dije que lo harían ellos mismos, se miraron, y si hubiera
sido otra persona, me hubieran desafiado. Pero aún recordaban sus hocicos.
―Al final, cuando no podía más ―dijo Odiseo―, me quedé dormido. No los sentí
quitarme la bolsa de mis manos. Fue el aullido del viento que me despertó. Se
salieron fuera de la bolsa y nos volaron de vuelta, como si nunca nos hubiéramos
ido. Cada liga deshecha. Ellos creen que estoy en duelo por las muertes de sus
camaradas, y lo hago. Pero a veces es todo lo que puedo hacer para no matarlos.
Tienen arrugas, pero no sabiduría. Los llevé a la guerra antes de que pudieran
hacer todas esas cosas que estabilizan a un hombre. Estaban sin casarse cuando
se fueron. No tenían hijos. No tenían años de cosecha magra, cuando deben
raspar el fondo de sus costas, y tampoco buenos años, que tal vez aprendan a
ahorrar. No habían visto a sus padres envejecer y empezar a cambiar. No los
habían visto morir. Me temo de haberles robado no solo la juventud si no
también su envejecer.
Frotó sus nudillos. Él había sido un arquero cuando era joven, y la fuerza que
se necesita para encadenar y cortar y disparar la carga ayuda como nada más.
Había dejado su arco atrás cuando fue a la guerra, pero el dolor lo había seguido.
Me había dicho una vez que, si se hubiera llevado el arco, habría sido el mejor
arquero en ambos ejércitos.
―¿Entonces, por qué dejarlo? ―dije.
Políticas, explico él. El arco era el arma de Paris. Paris, el lindo ladrón de la
esposa. ―Entre héroes, él era visto como cobarde. Ningún arquero alguna vez
hubiera sido el Mejor de los Griegos, sin importar que tan hábil fuera.
―Los héroes son tontos ―dije.
Él se rio. ―Estamos de acuerdo.
Sus ojos estaban cerrados. Estuvo callado por tanto tiempo que pensé que
dormía. Luego dijo: ―Si pudieras haber visto lo cerca que estábamos de Ítaca.
Podía oler los fuegos de pesca de la playa.
Comencé a pedirle pequeños favores. ¿Mataría un ciervo para la cena?
¿Atraparía algunos peces? Mi pocilga se caía a pedazos, ¿tal vez arreglaría alguno
de los postes? Me dio un gran placer verlo entrar por la puerta con redes llenas,
con cestas de fruta de mis huertos. Se unió a mí en el jardín, estacando vides.
Hablamos sobre que vientos estaban soplando, como Elpénor había tomado
dormir en el techo, y si debíamos prohibirlo.
―Ese idiota ―dijo él―. Se va a romper el cuello.
―Le diré que solo tiene permiso cuando este sobrio.
Él resopló. ―Eso sería nunca.
Sabía que era una tonta. Incluso aunque se quedara más allá de esa primavera
a la siguiente, tal hombre nunca seria feliz encerrado en mis estrechas costas. Y
aunque de alguna forma encontraría la manera de mantenerlo contento, todavía
había limites, pues él era mortal, y no joven. Da las gracias, me dije. Un invierno
es más de lo que tuviste con Dédalo.
No di las gracias. Aprendí sus comidas favoritas y sonreí al ver su placer en
ellas. En la noche nos sentábamos juntos en el hogar y hablábamos durante el
día. ―¿Qué piensas―le pregunte ―, sobre el gran roble, golpeado por un rayo?
¿Crees que hay putrefacción adentro?
―Miraré ―dijo él―. Si hay, no será difícil de tumbar. Lo hare mañana antes de
la cena.
Lo cortó, luego pasó el resto del día en mis zarzas. ―Estaban invadidas. Lo que
en verdad necesitas son algunas cabras. Un rebaño de cuatro las tendría planas
en un mes. Y lo mantendrían plano.
―¿Y dónde encontraré las cabras?
Apareció la palabra entre nosotros, Ítaca, como la ruptura de un hechizo.
―No importa ―dije―. Transformaré algunas de las ovejas, eso lo arreglará.
En la cena, mis ninfas comenzaron a permanecer cerca de los hombres, para
llevar a los que les gustaban a sus camas. Esto también me complacía. Mi familia
mezclándose con la suya. Una vez le dije a Dédalo que nunca me casaría, porque
mis manos estaban sucias, y mi trabajo me gustaba demasiado. Pero este era un
hombre con sus propias manos sucias.
¿Y Circe, dónde crees que él aprendió todas estas sutilezas domesticas?
Mi esposa, decía siempre, cuando hablaba de ella. Mi esposa, mi esposa. Esas
palabras, llevadas ante él como un escudo. Como la gente del campo que no dicen
el nombre del dios de la muerte, por temor a que venga y se lleve su corazón más
querido.
Penélope, se llamaba. Mientras él dormía, algunas veces decía esas silabas al
aire negro. Era un reto, o tal vez una prueba. ¿Ves? Ella no viene. Ella no tiene los
poderes que tú crees.
Aguanté todo lo que pude, pero al final ella era la costra que debía coger.
Esperé por el sonido de su respiración que significaba que estaba lo
suficientemente despierto para hablar.
―¿Como es ella?
Me habló de su amabilidad, cómo una suave orden hacia a los hombres saltar
más rápido que cualquier grito. Era una excelente nadadora. Su flor favorita era
la crocus, y ella usaba la primera flor de la temporada en su cabello por suerte.
Él tenía un truco de hablar de ella como si solo estuviera en la habitación de al
lado, como si no tuvieran doce años y mares de separación.
Ella era la prima de Helena, dijo él. Miles de veces más inteligente y sabia,
aunque Helena era inteligente en su manera, pero por supuesto, inconstante.
Para entonces, había escuchado sus historias sobre Helena, la reina de Esparta,
hija mortal de Zeus, la mujer más hermosa del mundo. Paris, príncipe de Troya,
la había alejado de su esposo, Menelao, y entonces empezó la guerra.
―¿Se fue con Paris por decisión, o fue forzada? ―pregunté.
―¿Quién puede decirlo? Durante diez años estuvimos acampado frente a sus
puertas, y ella nunca intentó correr, que yo oyera. Pero en el momento en que
Menelao asaltó la ciudad, se arrojó sobre él desnuda, jurando que había sido un
tormento, y que todo lo que quería era a su marido de vuelta. Nunca obtendrás
la verdad completa de ella. Tenía tantas bobinas como una serpiente, y un ojo
siempre a su favor.
No diferente a ti, pensé.
―Mi esposa en cambio ―dijo él―. Ella es constante. Constante en todas las
cosas. Incluso hombres sabios se desvían a veces, pero ella nunca. Ella es una
estrella fija, un arco hecho de verdad. ―Un silencio, en el cual lo sentí moviéndose
profundo entre sus recuerdos. ―Nada de lo que dice tiene un solo significado, o
una sola intención, sin embargo, es estable. Ella se conoce.
Las palabras se deslizaron en mí, suave como un cuchillo pulido. Supe que la
amaba desde el momento que habló de su tejido. Sin embargo, se había quedado,
mes tras mes, y me dejé arrullar. Ahora veía más claramente: todas esas noches
en mi cama había sido sólo su sabiduría de viajero. Cuando estas en Egipto,
adoras a Isis; cuando estas en Anatolia, matas un cordero por Cibeles.
Pero incluso, aunque pensaba eso, sabía que no era la respuesta completa.
Recordé todas las horas que había pasado en la guerra, manejando los
temperamentos de cristal fino de los reyes, los enojos de los príncipes,
equilibrando cada orgulloso guerrero contra su compañero. Fue una hazaña
igual a domar a los toros que respiran fuego de Eetes, con solo sus propias
artimañas para obtener ayuda. Pero de vuelta a casa en Ítaca, no habría héroes
tan rebeldes, ni consejeros, ni redadas de medianoche, ni estratagemas
desesperados que él deba idear o los hombres morirán. ¿Y cómo volvería tal
hombre a casa, junto a su chimenea y sus aceitunas? Me di cuenta que su armonía
doméstica conmigo estaba más cerca de una especie de ensayo. Cuando se
sentaba en mi hogar, cuando trabajaba en mi jardín, estaba tratando de recordar
el truco. Cómo se puede sentir un hacha en madera en vez de carne. Cómo podría
adaptarse a Penélope de nuevo, tan suave como una de las articulaciones de
Dédalo.
Él dormía a mi lado. De vez en cuando su aliento quedaba atrapado al final de
su garganta. Tick.
Pasifae me hubiera aconsejado hacer un hechizo de amor y atarlo a mí. Eetes
diría que debo robar su ingenio. Imaginaba su cara vacía de todos los
pensamientos, excepto de los que colocaba en él. Se sentaría en mi rodilla,
levantando la mirada, fatua y adorando y vacía.
Las lluvias del invierno comenzaron, y toda la isla olía a tierra. Amaba la
temporada, las arenas frías, el eléboro blanco floreciendo. Odiseo se quedó solo
en piel y no se estremecía tan a menudo cuando se movía. El peor de sus
temperamentos había disminuido. Intenté encontrar satisfacción en ello. Como
ver un jardín bien cuidado, me dije. Como ver a los nuevos corderos ponerse de
pie.
Los hombres se quedaron cerca de la casa, calentándose bebiendo. Por
entretenimiento, Odiseo les contaba historias heroicas de Aquiles, Áyax,
Diomedes, haciéndolos vivir de nuevo en el aire crepuscular y realizar sus actos
gloriosos. Los hombres fueron arrastrados, sus caras golpeadas con asombro.
Recuerda, ellos susurraron con temor. Caminamos entre ellos. Nos pusimos en
contra de Héctor. Nuestros hijos contarán la historia.
Él sonrió como un padre indulgente, pero esa noche se burló: ―No podían
oponerse más a Héctor que volar. Cualquier persona con un cerebro corría
cuando lo veía.
―¿Incluyéndote?
―Por supuesto. Ajax apenas podía sostenerse contra él, y solamente Aquiles
podría haberlo golpeado. Soy un guerrero bastante justo, pero se dónde termino.
Lo hacía, pensé. Muchos cerraron sus ojos e hilaron fantasías de su fuerza
deseada. Pero fue mapeado e inspeccionado, cada piedra y monte observados
con clara claridad. Él hizo que sus dones al escrúpulo se pusieran en duda.
―Una vez conocí a Héctor ―dijo él―. Fueron los primeros días de la guerra,
cuando aún pretendíamos que habría una tregua. Se sentó al lado de su padre,
Príamo, en un taburete destartalado y lo hizo ver como un trono. Él no destellaba
como el oro. No era pulido ni perfecto. Pero él era el mismo en todo momento,
como un bloque de mármol cortado de una cantera. Su esposa, Andrómaca, sirvió
nuestro vino. Después, oímos que ella le dio un hijo. Astianacte, comandante de
la ciudad. Pero Héctor lo llamaba Scamandrius, por del rio que pasaba Troya.
Algo en su voz.
―¿Que le paso a él?
―Lo mismo que les pasa a todos los hijos en la guerra. Aquiles mato a Héctor,
y después, cuando el hijo de Aquiles, Pirro, asaltó el lugar, tomó al niño
Astianacte y le rompió la cabeza. Fue un horror, como todo lo que hacía Pirro.
Pero era necesario. El niño hubiera crecido con una espada en su corazón. El
mayor deber de un hijo es vengar a su padre. Si hubiera vivido, hubiera reunido
hombres a su lado y venido por nosotros.
La luna se había deslizado hacia un fragmento fuera de la ventana. Se quedó
en silencio, girando a través de sus pensamientos.
―Es extraño que reconfortante es la idea para mí. Que, si me muero, mi hijo
tomara los mares. Cazara a los hombres que me dejaron bajo. Se parará frente a
ellos y dirá: ‘Se atrevieron a derramar la sangre de Odiseo, y ahora la de ustedes
será derramada a cambio.
La habitación estaba tranquila. Era tarde, los búhos se habían ido hace rato a
sus árboles.
―¿Como era él? ¿Tu hijo?
Frotó la base de su pulgar, donde había estado el punzón. ―Lo llamamos
Telémaco, por mi habilidad con el arco. ―Significaba, luchador distante. ―Pero la
broma fue que gritó todo su primer día como si viviera en el corazón del campo
de batalla. Las mujeres intentaron cada truco que sabían, meciendo, caminando,
envolviendo sus brazos, un pulgar mojado en vino para chupar. La partera dijo
que nunca había visto tal pasión. Incluso mi vieja niñera estaba cubriendo sus
oídos. Mi esposa se había vuelto gris, temía que había algo malo con él. Dámelo a
mí, dije. Lo sostuve ante mí y miré en su cara gritando. ‘Dulce hijo,’ dije, ‘tienes
razón, este mundo es un salvaje y terrible lugar, y vale la pena gritarle. Pero
ahora estas a salvo, y todos nosotros necesitamos dormir. ¿Nos dejarías tener un
poco de paz?’ Y se calmó. Simplemente se quedó en silencio en mis manos.
Después de eso, no podrías encontrar un niño más fácil. Siempre estaba
sonriendo, riendo por cualquiera que se detuviera a hablar con él. Las sirvientas
inventarían excusas para venir y pellizcar sus gordas mejillas. ‘Que rey será
algún día’ dirían ellas. ‘¡Suave como el viento del oeste, oh!’
Siguió con sus recuerdos. La primera mordida de pan de Telémaco, su primera
palabra, como amaba las cabras y esconderse debajo de sillas, riendo para ser
encontrado. Tiene más historias de su hijo en su solo año, pensé, que mi padre
tuvo de mi en toda la eternidad.
―Se que su madre me mantendrá en su mente, pero yo estaba liderando las
cazas a su edad. Había matado un jabalí yo mismo. Solo espero que todavía haya
algo para enseñarle cuando regrese. Quiero dejar alguna marca sobre él.
Yo había dicho algo vago y calmante, estoy segura. Dejarás una marca. Todo
niño quiere un padre, él esperará por ti. Pero volví a pensar en la implacabilidad
de las vidas mortales. Incluso mientras hablábamos, los momentos pasaban. El
dulce bebe había desaparecido. Su hijo estaba envejeciendo, creciendo,
perfilándose como un hombre. Odiseo ya había perdido trece años de él.
¿Cuantos más?
Mis pensamientos volvían a menudo a ese chico vigilante y tranquilo. Me
pregunté si sabía lo que su padre esperaba, si sentía el peso de esas esperanzas.
Lo imaginé en los acantilados todos los días, rezando por un barco. Me imaginé
su cansancio, su suave y profundo dolor antes de irse a dormir cada noche,
acurrucado en su cama, como la vez que lo habían acunado en las manos de su
padre.
Tomé mis propias manos en la oscuridad. No tenía mil artimañas, y no era una
estrella fija, pero por primera vez sentí algo en ese espacio. Una esperanza, un
aliento vivo, que todavía podría crecer.
CAPÍTULO DIECISIETE
Los árboles eran solo el inicio de un brote. El mar era aún una alfombra de
espuma, pero pronto serian calmadas olas, y haría la primavera y el tiempo para
que Odiseo navegara. Él podría correr a través del mar, girando entre las
tormentas y la gran mano de Poseidón, sus ojos se enfocaron en el hogar. Y mi
isla caería en silencio otra vez.
Caía a su lado a la luz de la luna cada noche. Solo una temporada más, me
imaginaba diciéndole. Solo hasta que el verano termine, que es cuando los
mejores vientos vienen. Podría sorprenderlo. Podría atrapar el más débil
destello de decepción en sus ojos. No se supone que las brujas doradas
mendiguen. Dejo la isla rogando por mí a cambio, hablando con su elocuente
belleza. Todos los días las rocas derramaban más de su gélido frio. Caminábamos
en la arena calentada por el sol y nadábamos en la brillante bahía. Lo tomé desde
la sombra de un manzano, así que el perfume podía flotar sobre él mientras él
dormía. Desenrollé todas las maravillas de Aiaia como una alfombra ante él, y lo
vi comenzar a navegar.
Sus hombres lo vieron también. Trece años tenían ellos viviendo a su lado, y
pensaba que sus retorcidos pensamientos eran en su mayoría más allá de lo que
ellos conocían, enviaron un cambio, como perros de caza olfateando los estados
de ánimo de sus amos. Dia tras día, crecieron más inquietos. Ítaca, ellos decían,
lentamente, todas las oportunidades que tuvieron. Reina Penélope. Telémaco.
Euríloco acechó sobre mis dormitorios, deslumbrado. Lo vi susurrando en las
esquinas con los otros. Cuando pasaba por ahí, ellos cayeron en silencio, mirando
abajo. En uno y dos, ellos crearon su camino progresivo hacia Odiseo. Esperé por
él para enviarlos lejos, pero él solo comenzó a caer sobre sus hombros dentro del
aire polvoriento de la puesta de sol. Debería haberlos dejado cerdos, pensé.
El hermano de la Muerte es el nombre que los poetas le dan para dormir. Para
que más hombres de aquellas oscuras horas fueran redimidos de las inquietudes
que esperaban al final de los días. Pero el sueño de Odiseo era como su vida,
sacudida e inquieta, fuerte con murmuraciones que hacían a mis lobos erizar sus
orejas. Lo vi en la aperlada luz gris del amanecer: los temblores de su cara, la
tensión por el esfuerzo en sus hombros. Él retorció sus hojas como si fueran sus
oponentes, él trató de lanzarlas en un combate de lucha libre. Tenía un año de
pacíficos días conmigo, y aún cada noche él iba a pelear.
Las persianas fueron abiertas. Debe haber llovido en la noche, pensé. El aire
se sentía lavado y muy limpio a la deriva. Cada sonido (El trinar del pájaro, el
revolotear de las hojas, el silencio de las olas) colgado en el aire como una
campanilla. Me vestí y seguí esa gloria hacia afuera. Sus hombres aun dormían.
Elpenor estaba sobre el techo, envuelto en una de mis mejores mantas. El viento
ondulaba pasándome como notas líricas, y mi profunda respiración se parecía a
un tubo en armonía. Una gota de rocío cayó desde una rama. Golpeó la tierra
como el zumbido de una campana.
Sentí mi boca comenzar a secarse.
El camino hacia afuera desde mi stand de laureles. Cada línea de su cuerpo era
hermoso, perfecto con gracia. Su oscuro, suelto cabello estaba coronado con una
guirnalda. Desde su hombro colgaba un brillante, gris e inclinado arco tallado de
madera de olivo.
―Circe. ―Apolo dijo, y fue la mejor campana de todas. Cada melodía en el
mundo pertenecía a él.
Él alzó su elegante mano. ―Mi hermano me advierte sobre tu voz. Pienso que
podría ser mejor si hablas lo menos posible.
Sus palabras no llevaban malicia. Pensé quizás que fue que la malicia sonaba
como en aquellos perfectos tonos.
―No seré silenciada en mi propia isla. ―Él se estremeció.
―Hermes dijo que eras difícil. Vine con una profecía para Odiseo.
Me sentí tensarme. Los acertijos de los del Olimpo eran siempre de doble filo.
―Él está dentro.
―Si ―él dijo―. Lo sé.
El viento me golpeó a través de la cara. No tuve tiempo de sacar el llanto. Se
atascó en mi garganta, abriéndose camino hacia mi vientre como si todo el cielo
estuviera siendo canalizado a través de mí. Me atraganté, pero se hinchaba la
fuerza vertiéndose una y otra vez, mi respiración se asfixiaba, llevándome en sus
poderes fuera de la tierra. Apolo me miró, su cara agradable.
La isla fue limpiada y barrida. Odiseo se paraba en la orilla con el acantilado
creciente a su alrededor. En la distancia había cabras y arboledas de olivos. Vi
una ancha casa, su patio adjunto con piedras, sus murallas relucientes con
ancestrales armas. Ítaca.
Entonces Odiseo se paró sobre una diferente orilla. La arena oscura y un cielo
que nunca vio la luz de mi padre. Álamos ensombrecidos se alzaban y sauces
arrastraban sus hojas en el agua negra. Los pájaros no cantaban, ninguna bestia
se movía. Conocí ese lugar una vez, pensé que nunca tendría que estar ahí. Una
gran cueva abierta, y en su boca estaba parado un hombre viejo con sus ciegos
ojos. Escuche su nombre en mi mente: Teiresias.
Me tiré abajo, dentro de la suciedad de jardín. Escabulléndome, tirando hacia
arriba las raíces de Moly, rellené un poco en mi boca, la tierra marrón era
pegajosa aún. Una vez que el viento cesó, descendí tan lentamente como pude.
Tosí, mi cuerpo entero se sacudía. Mi lengua sabia a slime y ceniza. Luché a mis
rodillas.
―Te atreviste ―dije ―¿Te atreviste a atacarme en mi propia isla? Soy titán de
sangre. Esto traerá guerra. Mi padre. . .
―Fue tu padre quien lo sugirió. Mis contenedores 3 deben tener la profecía en
su sangre. Deberías sentirte honrada ―él dijo ―. Has llevado una visión de Apolo.
Su voz era un himno. Su hermosa cara mostró solo un poco de perplejidad.
Quería rasgarlo con mis uñas. Los dioses y sus incomprensibles reglas. Siempre
había una razón por la que debías arrodillarte.
―No le diré a Odiseo.
―Esta bajo mi cuidado ―dijo él―. La profecía fue entregada.
Él se fue. Presioné mi frente en el arrugado tronco de un olivo. Mi pecho estaba
pesado. Me sacudí con rabia y humillación. ¿Cuántas veces tenía que pasarme
para aprender? Cada momento de mi paz fue una mentira, por eso vine solo para
el placer de los dioses. No importa lo que haga, cuan largo viva, al primer
capricho de ellos, pueden hacer conmigo lo que ellos deseen.
El cielo aún no estaba completamente de azul. Adentro, Odiseo aun dormía. Lo
desperté y lo llevé al dormitorio. No le diré la profecía. Lo miré comer y manoseo
mi rabia como si fuera una punta de cuchillo. Quería mantenerlo fuerte tanto
tiempo como fuera posible, porque sabía qué podría venir después. En la visión,
3
Se refiere a que, tanto su padre como ellos, tienen un poco del don de la profecía como Apolo solo que, como
ven, los trata como simples cosas que tiene algo de él.
él era llevado de vuelta a Ítaca. La última de mis pequeñas esperanzas se había
ido.
Saqué mi mejor vajilla, serví mi más antiguo vino. Pero no se mostraba ningún
sabor en él. Su cara era abstracta. Todo el día se mantuvo cambiando entre mirar
hacia afuera por la ventana y atento por si alguien podría venir. Hablamos
cortésmente, pero lo sentí esperando por los hombres para comer, para ir a la
cama. Cuando lo último de sus voces hubo muerto en el sueño, él se arrodillo.
―Diosa ―él dijo.
Él nunca me llamo así, y entonces lo supe. Realmente lo supe. Quizás alguna
divinidad viene por él de todas formas. Quizás él ha soñado con Penélope.
Nuestra idealización había terminado. Busqué bajo su pelo, tejido con gris. Sus
hombros fueron colocados, sus ojos en el suelo. Sentí una aburrida rabia. Cuando
menos lo esperé me miró a la cara.
―¿Qué pasó, mortal? ―Mi voz hizo ruido. Mis leones se movieron.
―Debo irme ―dijo―. Me he quedado mucho tiempo. Mis hombres están
impacientes.
―Entonces vete. Soy una anfitriona, no una carcelera.
Él me miró entonces. ―Lo sé, dama. Estoy agradecido contigo más allá de las
medidas.
Sus ojos eran marrones y cálidos como la tierra en verano. Sus palabras fueron
simples. No había arte en ellos, que por su puesto era también arte. Él siempre
sabia como mostrase a él mismo con la mejor ventaja. Se sentía como un poco de
venganza decir:
―Tengo un mensaje para ti de los dioses.
―Un mensaje. ―Su cara creció cautelosa.
―Deberías ir a casa, dicen. Pero primero, ellos te ordenan que hables con el
profeta Teiresias en la casa de la muerte.
Ningún hombre sano podría escuchar tanto de eso sin quejarse. Él se puso
rígido y pálido como una piedra. ―¿Por qué?
―Los dioses tienen sus propias razones, la que ellos tengan no veo modo para
compartirlo.
Su voz fue cruda. Su cara fue como una herida que fue abierta otra vez. Mi
enojo se drenó lejos él. No era mi enemigo. Su viaje podría ser lo suficientemente
duro sin el daño que podríamos hacernos al otro.
Toqué su pecho donde su gran corazón de capitán latía.
―Ven ―dije―. No te abandonaré.
Lo llevé hacia mi habitación y le hablé ahí del conocimiento que tenía
pasándome todos los días, rápido e incesante, como burbujas en la corriente.
―Los vientos te llevarán pasando tierras y mares al borde del mundo de los
vivos. Ahí hay una hebra, con una negra arboleda de álamos, y también, aguas
negras cuelgan con sauces. La entrada al bajo mundo. Cava un hoyo, tan grande
como te mostraré. Llénalo con la sangre de una oveja y un carnero negro, y vierte
libaciones en todo alrededor. Las sombras hambrientas vendrán en un enjambre.
Ellas estarán desesperadas por ese vapor de vida después de tanto tiempo en la
oscuridad.
Sus ojos se cerraron. Imaginando, quizá, las almas girando desde sus jaulas
grises. Él podría conocer a algunos de ellos. Aquiles y Patroclo, Ajax, Héctor.
Todos los troyanos que tuvo que matar, y todos los griegos también, y sus
tripulaciones que fueron comidas, aun llorando por justicia. Pero eso podría no
ser lo peor. Ahí podría haber también almas que no podría predecir: unos de su
casa quienes murieron en su ausencia. Quizá sus padres o Telémaco. Quizá la
misma Penélope.
―Deberías sostenerlo lejos de la sangre hasta que Teiresias venga. Él beberá
el relleno y te dará su sabiduría. Entonces podrás volver aquí, por un solo día,
como esa es la única ayuda que puedo darte.
Él asintió. Sus párpados eran grises. Toqué su mejilla.
―Duerme ―dije―. Lo necesitarás.
―No puedo ―dijo.
Entendí. Él se estaba preparando, invocando su fuerza para ir una vez más a la
batalla. Nos recostamos junto al otro en silencio vigilando a través de las largas
horas de la noche. Cuando hubo atardecido, lo ayudé a vestirse con mis propias
manos. Fijé su capa alrededor de sus hombros. Coloqué su cinturón y le di su
espada. Cuando abrimos la puerta frontal, encontramos a Elpenor extendido
sobre las losas. Él había caído desde mi techo la última vez. Miramos hacia abajo
a sus azules labios, el feo ángulo de su cuello.
―Ya viene. ―La voz de Odiseo fue severa, con resignación. Sabía lo que
significaba. Los Destinos lo tenían en su balancín otra vez.
―Lo tendré por ti. Tú no tendrás tiempo para su funeral ahora.
Acarreamos el cuerpo a una de mis camas, lo enrollamos en una manta. Traje
víveres para su viaje, y la manta que necesitaba para el rito. El barco estaba ya
preparado, sus hombres lo tenían listo días atrás. Ahora ellos lo cargaban, y
empujaban dentro de las olas. El mar estaba agitado y frio, el aire estaba
empañado con rocío. Ellos podrían tener que pelear por cada liga, y cada noche
sus hombros tendrían nudos. Debería haberles dado ungüento para eso, pensé.
Pero era muy tarde.
Vi el barco luchar contra el horizonte, entonces me volví y dibujé la hoja desde
el cuerpo de Elpenor. Los únicos cadáveres que he visto eran aquellos que yacían
rotos en mi suelo, irreconocibles como hombres. Toqué su pecho. Estaba duro y
frio. Escuché que, en las caras de la muerte, uno se veía más joven de lo que era,
pero Elpenor reía a menudo, y sin la chispa de vida en su cara era flojo de líneas.
Lo lavé y froté aceites en su piel, tan cuidadosamente como si él aun pudiera
sentir dedos. Canté como trabajaba, una melodía para mantener su alma
acompañada mientras él esperaba para cruzar el gran rio al bajo mundo. Lo
enrollé otra vez en su sudario, dije un encanto para mantener lejos la
putrefacción, y cerré la puerta detrás de mí.
En mi jardín, las hojas verdes eran muy nuevas para que brillaran como
cuchillas. Recorrí mis dedos a través del suelo. El húmedo verano se reunía, y
pronto debería empezar a vigilar las viñas. El año pasado, Odiseo tuvo que
ayudarme. Toqué el pensamiento como una herida, probando su dolor. Ahora
que él se fue, ¿sería como Aquiles, lloriqueando por su amante perdido, Patroclo?
Traté de imaginarme corriendo arriba y abajo de las playas, arrancando mi
cabello, sosteniendo algún trozo de vieja túnica que él habría dejado atrás.
Llorando por la pérdida de la mitad de mi alma.
No podría verlo. Ese conocimiento trajo su propia clase de dolor. Pero quizá
así es como se supone que tiene que ser. En las historias, dioses y mortales nunca
están juntos mucho tiempo.
Esa noche, me quedé en mi cocina pelando acónito. Ya Odiseo podría haber
enfrentado su muerte. Cuando él se fue, presioné un frasco dentro de su mano y
le pedí que me traiga sangre del hoyo que él debería hacer allá. Las sombras
podrían prepararlo con sus frías presencias, y quería sentir ese poder, pálido y
sobrenatural. Ahora fue cuando me arrepentí haberle pedido eso. Debería haber
sido algo como Perses o Eetes, alguien con solo brujería en sus venas y falta de
calidez.
Me moví cuidadosamente entre mi trabajo, mis precisos dedos, consientes de
cada sensación. Desde sus estanterías, mis hierbas me miraban. Fila sobre fila de
simples cuyos poderes había cultivado con mis propias manos. Me gustaba verlas
ahí, en sus maseteros y botellas: savia y rosa, marrubio, achicoria, laurel salvaje,
moly en su vidrio tapado. Y la última de todas, aun en su caja de cedro: silfio de
suelo con ajenjo, las notas que tomé cada luna desde el primer momento que me
acosté con Hermes. Cada luna excepto la última.
Mis ninfas y yo esperamos en la arena, mirando el barco enfilarse. Los
hombres caminaron con dificultad por la horilla en silencio. Sus cuerpos se
hundían como si fueran llevados abajo por las rocas, enfermizos y envejecidos.
Busque la cara de Odiseo. Estaba espantoso, no podía leerlo. Incluso sus ropas
estaban descoloridas, la tela se filtró y estaba gris. Se veían como peces,
atrapados bajo una fina capa de hielo de invierno.
Di un paso al frente, con mis ojos brillando sobre él.
―¡Bienvenido! ―grité―. Bienvenido de vuelta, corazón de oro. ¡Tú, hombre de
roble! Eres héroe de leyendas. Haz hecho una de las labores de Hércules: ver la
casa de la muerte y vivir. Ven, ahí hay mantas, recuéstate por encima de la suave
hierba. Ahí hay vino y comida. ¡Descansa y ponte bien!
Se movían lentamente, como hombres viejos, pero ellos se sentaron. Se
levantaron por los platos de asado, y el vino, profundo y rojo. Servimos y
vertimos bajo sus mejillas tomaron color. El sol se venció, quemando la niebla de
la muerte.
Dibujé a Odiseo aparte con un matorral verde.
―Dime ―dije.
―Están vivos ―dijo él―. Esa es una de las mejores noticias que he tenido. Mi
hijo y mi esposa viven. Mi padre también.
No su madre. Esperé.
Él comenzó a través de sus cicatrizadas rodillas.
―Agamenón estaba ahí. Su esposa tenía un amante, y cuando él volvió, ella lo
mató en la bañera como un buey. Vi a Aquiles y a Patroclo, y a Ajax soportando
una herida que él mismo se hizo. Ellos me enviaron a la vida, pero al menos sus
batallas se han ido.
―Lo harán. Podrás volver a Ítaca. Lo vi.
―Lo haré, pero Teiresias dijo que cuando lo haga encontraré hombres
invadiendo mi casa. Comiendo mis víveres y usurpando mi lugar. Debería buscar
una forma de matarlos. Pero entonces moriré en el mar, mientras siga
caminando en la tierra. Los dioses aman sus acertijos.
Su voz era un poco más amarga de los que nunca he escuchado.
―No puedes pensar en eso ―dije―. Sólo te atormentarás. Piensa en vez del
camino antes de ti, en quiénes se llevaron tu casa de tu esposa e hijo.
―Mi camino ―dijo él, oscuramente―. Teiresias lo puso ante mí. Debería pasar
Trinacia.
La palabra fue una flecha sorprendiendo en casa. ¿Cuántos años habían sido
desde que tuve que escuchar el nombre de esa isla? Mi memoria se levantó antes
que yo: mis brillantes hermanas, y Cariño y Bonita y todo el resto, balanceándose
como lirios en la dorada oscuridad.
―Si no molestado el ganado, entonces podría volver a casa con mis hombres.
Pero si alguno es dañado, tu padre se perderá en su ira. Pueden pasar años antes
de que vea Ítaca otra vez, y todos mis hombres morirán.
―Entonces no te detengas ―dije―. No lo hagas incluso cuando no haya tierra
en la orilla.
―No me detendré.
Pero no era tan simple, y lo sabíamos. Los Destinos atraían y engañaban. Ellos
enviaban obstáculos para conducirte a sus caminos. Cualquier cosa podría
servirles: los vientos, las olas, los hombres de corazones débiles.
―Si varas ―dije―. Mantente en la playa. No vayas en busca de las multitudes.
No puedes saber cómo ellos tentarán tu ira. Ellos son para las vacas lo que los
dioses son para los mortales.
―Lo tendré en cuenta.
Eso no era lo que temía de él. Pero ¿qué bien podría hacer que dijera entonces,
para sentarse sobre su puerta como un búho de la muerte? Él sabía qué eran sus
hombres. Y un nuevo pensamiento creció en mí. Estaba recordando el mar de
rutas que Hermes había dibujado para mi hace mucho tiempo. Los tracé en mi
memoria. Si él iba por Trinacia, entonces…
Cerré mis ojos. Otro castigo de los dioses. Para él, y para mí también.
―¿Qué pasa?
Abrí mis ojos.
―Escúchame ―dije―. Ahí hay cosas que deberías saber. ―Dibujé el viaje para
él. Uno por uno, conté los peligros que él debería evitar, los cardúmenes, las islas
bárbaras, las sirenas, esos pájaros con cabezas de mujeres quiénes atraían a los
hombres a su muerte con una canción. Era lo último que podía retrasar, no más.
―Tu camino te lleva por Escila también. ¿La conoces?
Él la conocía. Vi la caída de golpe. Seis hombres, o doce.
―Debería haber alguna forma de prevenirla ―dijo él―. Alguna arma que pueda
usar.
Era una de mis cosas favoritas sobre él: cómo él siempre lucha por su
oportunidad. Lo rechacé, entonces podría no tener que ver su cara cuando dije:
―No. Ahí no hay nada. Ni siquiera para un mortal coma tal. Le hice frente una
vez, hace mucho, y escapé solo a través de magia y una deidad. Pero con las
sirenas, ahí deberías usar tus trucos. Llenar tus oídos de mortal con cera, y dejar
tu propia libertad. Si te atas al mástil, puedes ser el primer hombre en nunca
escuchar su canción y contarlo. ¿No sería una buena historia para tu esposa e
hijo?
―Podría.
Pero su voz era apagada como una cuchilla arruinada. Ahí no había nada que
pudiera hacer. Él estaba pasando de mis manos.
Llevamos a Elpenor a su pira. Hicimos los ritos para él, cantamos sus andanzas
de guerra, sentamos su nombre en el grabado de hombres que vivieron. Mis
ninfas gimieron, y los hombres lloraron, pero él y yo nos paramos secos y
silenciosos. Después, cargamos su barco con todos mis víveres que pudieron
tomar. Sus hombres se pararon con las cuerdas y los remos. Ellos estaban
ansiosos ahora, lanzaban miradas a los otros, peleando en la cubierta con sus
pies. Me sentí hueca, arrancada como una playa debajo una quilla.
Odiseo, hijo de Laertes, el gran viajero, príncipe de engaños y trucos y un
centenar de formas. Él me mostró sus cicatrices, y en su regreso él me hizo
pretender que no tenía ninguna.
Dio un paso dentro de su barco, y cuando él se dio la vuelta para buscarme, me
había ido.
CAPÍTULO DIECIOCHO
¿Cómo pueden las canciones enmarcar esta escena? La diosa en su cerro
solitario, su amante menguando en la distancia. Sus ojos mojados pero
inescrutables, sentidos en el interior para pensamientos privados. Las bestias
reunidas en su dobladillo. Los florecientes tilos. Y de los últimos, sólo después de
desaparecer bajo el horizonte, ella levantó una mano y tocó su vientre.
Mis tripas comenzaron a hervir en el momento en que su ancla fue levantada.
Yo, quién nunca se hubo enfermado, ahora estaba enferma todo el tiempo. Algo
tiraba bajo mi garganta y era rasgado, mi estómago era realmente como una
nuez, mi boca estaba agrietada en las esquinas. Como si mi cuerpo pudiera tirar
todo lo que había comido por cien años.
Mis ninfas retorcieron sus manos y se agarraron entre ellas. Ellas nunca
habían visto algo como eso. En el embarazo, nuestra grandeza brillaba y crecía
como brotes. Ellas pensaban que estaba envenenada, o más bien maldita con algo
impío transformado, mi cuerpo se volvía a si mismo hacia afuera. Cuando ellas
trataban de ayudarme, las empujaba lejos. El niño que llevaba podía ser llamado
semidios, pero esa palabra era engañosa. Desde mi sangre él podría tener
algunos regalos especiales, belleza o rapidez, fuerza o encanto. Pero todo el resto
podría venir desde su padre, pero la mortalidad siempre criaba más
verdaderamente que una deidad. Su carne podía ser objeto de los mismos cientos
de pinchazos y fatalidades que amenazaban a cada hombre. Confié esa fragilidad
a ningún dios, no de mi familia, a ninguno, solo a mí.
―Váyanse ahora ―les dije a ellas en mi nueva, harapienta voz. ―No me importa
como lo hagan. Comuníquenselo a sus padres y váyanse. Esto es algo mío.
Qué pensaban ellas de tales palabras, nunca lo sabría. Estaba capturada otra
vez, mis ojos ciegos y aguados. Con el tiempo busqué la forma de volver a casa,
pero ellas se habían ido. Supuse que sus padres los obligaron a irse conmigo
porque ellos temieron del embarazo con un mortal. La casa se sentía extraña sin
ellas, pero no tenía tiempo para pensar en eso, y tampoco para llorar por la ida
de Odiseo. La enfermedad no cesaba. Cada hora me montaba. No podía entender
por qué me daba tan fuerte. Me preguntaba su era la sangre mortal peleando con
la mía, o si estaba maldita en efecto, si algún hechicero extraviado de Eetes tenía
en un círculo toda la isla ahora y me buscaría al final. Pero la aflicción ganó en
contra de hacer un contra hechizo, incluso sin moly. Esto no era un misterio, me
dije. ¿No has insistido siempre en siendo dificultoso en todo lo que haces?
Podía no defenderme de los marineros en tal forma y lo sabía. Me arrastré a
mis maseteros de hierbas y tomé el encanto que tenía pensado desde hace
mucho tiempo: una ilusión que hace que la isla se vea como hostil, destrozando
cualquier barco que pasara. Me recosté en el suelo después, respirando con
esfuerzo. Podría dejarlo en paz.
Paz. Podría haber reído si no estuviera tan enferma. La agria espiga de queso
en la cocina, el olor a sal de las algas marinas en la brisa, la agusanada tierra
después de la lluvia, las enfermizas rosas decolorándose en el arbusto. Todos
ellos trajeron escozor a la bilis de mi garganta. El dolor de cabeza seguía, como
traviesas espinas incrustándose en mis ojos. Así es como Zeus debería haberse
sentido antes que Atenea hubiera saltado de su cráneo, pensé. Me arrastré a mi
habitación y me recosté en la cerrada oscuridad, soñando en qué tan dulce
podría ser cortar mi cuello y darme un final.
Aún, por más extraño que suene, incluso en tales extremos de miseria, no era
totalmente miserable. Estaba acostumbrada a la infelicidad, informal y opaca,
esforzándome al máximo en cada horizonte. Pero eso tenía horillas,
profundidades, un propósito y una forma. Ahí había esperanza en eso, para que
eso pudiera terminar, y darme un niño. Mi hijo. Para ya sea, por brujería o sangre
profética, ese es porque sabía lo que él era.
Él creció, y su fragilidad creció con él. Nunca había estado tan alegre con mi
carne inmortal, yaciendo como una armadura a su alrededor. Era un sentimiento
mareante su primera patada y le hablé cada momento, como aplastaba mis
hierbas, como cortaba ropa para su cuerpo, tejí su cuna sin apuros. Lo imaginé
caminando a mi lado, el niño y el chico y el hombre que él podría ser. Podría
mostrarle todas las maravillas que tenía reunidas para él, esta isla y su cielo, las
frutas y las ovejas, las olas y los leones. La perfecta soledad que nunca será
soledad otra vez.
Con mi mano toqué mi vientre. Tu padre dijo una vez que él quería más niños,
pero ese no es el por qué tu vives. Tu eres mío.
Odiseo me había dicho que el dolor de Penélope comenzaba muy débil, ella los
pensaba desde un estómago con muchas peras. El mío calló desde el cielo como
un rayo. Recuerdo arrastrándose a la casa desde el jardín, enganchado en contra
la contracción del lagrimeo. Tenía un borrador de sauce listo, y bebí algo, luego
todo, y al final estaba lamiendo el cuello de la botella.
Sabía un poco del nacimiento de los niños, son etapas y progresiones. Las
sombras cambiaban, pero era todo un momento interminable, el dolor como
piedra moliéndome para la comida. Grité y pujé para eso por horas, y aún así el
bebé no venía. Las parteras tenían trucos para ayudar al bebé a moverse, pero
yo no lo sabía. Una cosa que si entendía: si me tomaba tanto tiempo, mi hijo podía
morir.
Así era. En mi agobio, volteé una mesa. Después, creo que encontré la
habitación volcada en pedazos como si fuera por osos, tapices rasgados desde
las paredes, taburetes destrozados, platos rotos. No lo recuerdo. Mi mente fue
tambaleándose a través de cientos de terrores. ¿Eso era él bebe muriendo cierto?
¿O era yo como mi hermana, engendrando algún monstro dentro de mí? El dolor
sin parar solo era una afirmación. Si el bebé estuviera completo y natural, ¿no
debería salir?
Cerré mis ojos. Poniendo una mano dentro de mí, sentí la suave curva de la
cabeza del niño. No tenía cuernos, ni otros horrores que pudiera decir. Estaba
solo atascado contra el interior abriéndose, apretándose a través de mis
músculos y mis huesos.
Recé a Ilitía, diosa de los partos. Ella tenía el poder para aflojar la matriz que
lo sostenía y dar a luz al niño. Ella dijo que protegería el nacimiento de cada dios
y semidios. Ayúdame, lloré. Pero ella no vino. Los animales lloriquearon en sus
esquinas, y comencé a recordar los susurros de mis primas en los pasillos de
Océanos mucho tiempo atrás. Si un dios no deseaba que tu niño naciera, ellos
podrían tener a Ilitía de su lado.
El pensamiento se apodero rápidamente de mi mente. Alguien la mantenía
lejos de mí. Alguien se atrevió a intentar de hacer daño a mi hijo. Eso me dio la
fuerza que necesitaba. Descubrí mis dientes en la oscuridad y me arrastré a la
cocina. Me apoderé de un cuchillo y arrastré un gran espejo de bronce frente a
mí, para eso no era necesario Dédalo. Me incliné contra el mármol de la pared,
en medio de las piernas rotas de las mesas. La frescura de la piedra me calmó.
Este niño no era un Minotauro, sino un mortal. No debería cortar tan profundo.
Tenía miedo que el dolor pueda deshacerme, pero apenas lo sentía. Ahí estaba
ese áspero sonido, como una piedra sobre otra, que me hizo darme cuenta de mi
propia respiración. Las capas de carne se separaron, y lo vi al final: extremidades
enrolladas como un caracol con su caparazón. Miré, temerosa de moverlo. ¿Y si
él estaba realmente muerto? ¿Y si él no lo estaba, y lo maté con el corte? Pero lo
dibujé progresivamente, y su piel se reunió con el aire, y él comenzó a gemir.
Gemí con él, por nunca haber escuchado más dulce sonido. Caí con él en mi pecho.
Las piedras bajo nosotros se sentían como plumas. Él estaba estremeciéndose y
estremeciéndose, presioné mi piel con su mojada y viva cara. Corté el cordón,
sosteniéndolo todo el tiempo.
¿Ves? Le dije. No necesitamos a nadie. En respuesta, él hizo un croar de rana y
cerró sus ojos. Mi hijo, Telégono.
No me sería fácil la maternidad. Le hice frente como soldados frente a sus
enemigos, ceñidos y preparados, espada arriba contra los inminentes golpes.
Aún con todas mis preparaciones, no fue suficiente. En esos meses que tuve que
gastar con Odiseo, tuve la idea de que tendría que aprender algunos trucos de la
vida mortal. Tres comidas al día, los flujos, el lavar y limpiar. Veinte pañales de
tela que tuve que cortar, y me creía sabia. ¿Pero qué sabía yo de bebés mortales?
Eetes estuvo en brazos menos de un mes. Veinte telas solo me sirvieron para el
primer día.
Gracias a los dioses no tenía que dormir. Cada minuto podía lavar y hervir y
limpiar y fregar y remojarlo. ¿Aun así cómo podría hacer eso, cuando cada
minuto él también necesitaba algo, comida y cambiarse y dormir? De este último
siempre tenía el más natural pensamiento de cómo era, fácil como respirar, aun
si él no podía verlo. De todas formas, lo envolví, de todas formas, lo mecí y le
canté, él gritó, jadeando y sacudiéndose que hasta los leones huyeron, hasta temí
que él pudiera hacerse daño. Hice un cabestrillo para llevarlo, así él podría
ponerse contra mi corazón. Le di hierbas calmantes, quemé incienso, llamé a los
pájaros para que cantaran en nuestras ventanas. La única cosa que ayudó era si
yo caminaba. . . caminé a las habitaciones, caminé las colinas, la playa. Entonces
al final él podría desvestirse, cerrar sus ojos, y dormirse. Pero si yo paraba, si
trataba de ponerlo abajo, él podría despertar una vez más. Incluso cuando
caminaba de nuevo sin cesar, él estaba de pronto despierto, gritando otra vez.
Dentro de él había un océano de dolor, cual solo podía ser tapado un momento,
nunca del todo. ¿Con qué frecuencia en esos días pensé en la sonrisa del hijo de
Odiseo? Intenté su truco, durante mucho tiempo con todo el resto. Ayudé al
flexible cuerpo de mi hijo a levantarse, prometiéndole que estaría a salvo. Él solo
gritaba más alto. Lo que fuera que hizo al príncipe Telémaco tan dulce, pensaba,
debe haber venido de Penélope. Ese es el niño que yo merecía.
Encontramos algunos momentos de paz. Cuando él finalmente dormía, cuando
él amamantaba de mis pechos, cuando él sonreía con un vuelo de dispersión de
aves desde un árbol. Podría mirarlo y sentir amor tan agudo como se veía como
mi carne cayendo abierta. Hice una lista de todas las cosas que podría hacer para
él. Quemaría mi piel. Arrancaría mis ojos. Caminaría mis pies hasta los huesos, si
solo él pudiera ser feliz y estar bien.
Él no era feliz. Un momento, pensé, solo necesito un momento sin su húmeda
furia en mis brazos. Pero no se podía. Él odiaba el sol. Él odiaba el viento. Él
odiaba los baños. Él odiaba ser vestido, estar desnudo, acostarse en su vientre, o
en su espalda. Él odiaba su gran mundo y todo en él, y a mí, por lo que parecía,
mucho más.
Pensé de todas esas horas que tuve haciendo mis hechizos, cantando, tejiendo.
Lo sentí como algo perdido, como una parte de cuerpo arrancado. Me dije que
incluso extrañaba convertir a los hombres en cerdos, porque por fin era buena
en algo. Quería lanzarlo lejos de mí, pero en lugar de eso fui a esa oscuridad con
él, adelante y atrás antes de que vengan las olas, y con cada paso anhelaba mi
antigua vida. Hablé amargamente al aire de la noche mientras él gemía:
―Al menos no me preocupará si él muere.
Me puse una mano en la boca, porque el dios del inframundo viene sin
invitación. Sostuve su fuerte carita contra mí. Las lágrimas se levantaron en sus
ojos, su pelo desordenado, un pequeño rasguño en su mejilla. ¿Cómo llegó a tener
eso? ¿Qué enemigo se atrevió a herirlo? Todas las cosas que tuve que escuchar
de los bebes mortales me inundaron otra vez: cómo ellos mueren por ninguna
razón, por cualquier razón, porque ellos crecen con mucho frío, muy
hambrientos, porque ellos se ponen de una manera, u otra. Sentí cada
respiración en su pequeño pecho, cómo de improbable era, lo poco probable que
esta criatura frágil, que ni siquiera podía levantar su cabeza, pudiera sobrevivir
en el duro mundo. Pero él sobreviviría. Él lo hará, si yo soy su dios protector.
Me quedé mirando a la oscuridad. Escuché como un lobo, alertados por algún
peligro. Volví a construir esas ilusiones que hacían que mi isla se vea como solo
rocas salvajes. Pero seguía temiendo. A veces los hombres eran imprudentes en
su desesperación. Si algunos iban a las rocas de todos modos, llamarían a los
otros y vendrían. ¿Qué pasaría si hubiera olvidado mis trucos y no pudiera
hacerlos beber? Recordé las historias que Odiseo me había contado sobre lo que
los soldados hacían a los niños. Astianacte y todos los hijos de Troya, aplastados
y escupidos, despedazados, pisoteados por caballos, asesinados para que no
vivieran y se fortalezcan y un día vengan por venganza.
Toda mi vida, había esperado a que la tragedia me encontrara. Nunca dudé que
no lo haría, porque tenía deseos, desafío y poderes más de lo que otros pensaban
que merecía, todas las cosas que atraen el trueno. Una docena de veces el dolor
se había quemado, pero su fuego nunca ha quemado mi piel. Mi locura en esos
días surgió de una nueva certeza: que, al fin, había encontrado lo que los dioses
podían usar contra mí.
Seguí luchando y él creció. Eso es todo lo que puedo decir. Él se calmó, y eso
me calmó, o tal vez fue lo contrario. Él sonrió por primera vez y comenzó a
dormir en su cuna. Pasó toda una mañana sin gritar, y podía trabajar en mi jardín.
listo, dije. Me estabas poniendo a prueba, ¿no? Él levantó la vista de la hierba ante
el sonido de mi voz y sonrió otra vez.
Su mortalidad estaría siempre persiguiéndome, constante como un segundo
corazón latiente. Ahora que él podía sentarse, alcanzar y agarrar, todos los
objetos ordinarios de mi casa mostraban sus dientes escondidos. La olla
hirviendo en el fuego parecía saltar por sus dedos. Las cuchillas se deslizaban
desde la mesa un poco más allá de su cabeza. Si lo sentaba abajo, una avispa
vendría zumbando, un escorpión corriendo desde algún escondite en las
hendiduras y levantaba su cola. Las chispas del fuego siempre parecían saltar a
su carne fresca. En cada peligro llegaba a tiempo, por siempre justo unos
segundos antes del desastre, eso solo me hizo más temerosa de cerrar mis ojos,
de dejarlo por un instante. La pila de leña podría derribarse sobre él. Un lobo
quién había sido gentil toda la vida podría cambiar y atacar. Podría despertar y
ver una víbora sobre su cuna, con sus mandíbulas anchas.
Creo que era una señal de lo confundida que estaba con amor, temor y sin
dormir, que me tomo mucho tiempo para darme cuenta: que el escozor de los
insectos no podría venir en batallones, y diez caídas de montones en una mañana
iba más allá incluso de mi torpe cansancio. Recordar cómo, en la larga agonía de
mi labor, Ilitía se había ocultado de mí. Para preguntarme si, frustrada, el dios
que había hecho eso podría intentarlo de nuevo.
Colgué a Telégono en mi espalda y caminé al lago que estaba a medio camino
de la cima. Ahí había ranas dentro, pequeños peces grises y patos. Las malas
hierbas estaban fuertemente enredadas. No podría decir por qué era el agua lo
que quería en ese momento. Quizá alguna reliquia de mi sangre náyade.
Toqué con mi dedo la superficie del lago.
―¿Algún dios busca hacerle daño a mi hijo?
La laguna se movió, y una imagen de Telégono se formó. Él yacía envuelto en
una tela de lana, gris y sin vida. Me quedé mirando, jadeando, y la visión se
rompió en piezas. Por un momento no pude hacer nada excepto respirar y
presionar en mi pecho la cabeza de Telégono. Sus suaves cabellos de atrás
estaban desgastados por su interminable inquietud en su cuna.
Puse mi temblorosa mano en el agua otra vez.
―¿Quién es? ―El agua solo mostro el cielo sobre mi cabeza. ―Por favor
―rogué.
Pero ninguna respuesta vino, y sentí el pánico subiendo mi garganta. Tenía
que asumir que era alguna ninfa o dios de rio quién nos amenazaba. Trucos de
insectos y fuego y animales fueron solo en los límites de poder de una divinidad
natural menor. Incluso había preguntado si era mi madre, en un ataque de celos
que yo podía tener un nuevo niño cuando ella no podía. Pero ese dios tenía la
fuerza para escapar de mi visión. Ahí había solo un puñado de tales deidades en
todo el mundo. Mi padre. Mi abuelo, quizá. Zeus y unos pocos de los grandes
Olímpicos.
Agarré a Telégono contra mí. El moly podía evitar un hechizo, pero no un
tridente o un rayo. Caería antes esos poderes como un tallo de trigo.
Cerré mis ojos y luché contra al estrangulamiento del miedo. Debería estar
tranquila y lista. Debería recordar todos los trucos que los dioses menores suelen
usar contra los grandes desde el inicio de los tiempos. ¿No me había contado
Odiseo una vez una historia acerca de Aquiles, hijo de una ninfa del mar, quién
había encontrado la forma para negociar con Zeus? Pero él no había dicho de que
forma lo hizo. Y en el final, su hijo murió.
Mi respiración se sentía como cuchillas de sierra en mi pecho. Debería saber
quién es, me dije. Eso es lo primero. No puedo protegerme solo de las sombras.
Dame algo para enfrentar y pelear.
Volví a la casa, hice una pequeña fogata en el hogar, aunque pensé que no lo
necesitábamos. La noche estaba cálida, el verano tapaba al invierno, pero quería
oler el cedro en el aire, y la espiga de mis hierbas las cuales estaban salpicadas
sobre las llamas. Estaba consiente de un estremecimiento en mi piel. En
cualquier otro tiempo lo podría haber tomado por un cambio en el clima, pero
ahora se veía mezclado con malicia. Mi cuello se erizó. Me paseé por el piso de
piedra, acunando a Telégono contra mí hasta que, por fin, exhausto por sus
lloriqueos, se durmió. Eso era lo que estaba esperando. Lo acosté en su cuna,
luego lo extendí cerca del fuego y mandé a mis leones y lobos alrededor. Ellos no
podían detener a un dios, pero muchas divinidades son cobardes. Garras y
dientes deberían darme un poco de tiempo.
Me paré delante de mi hogar, mi bastón en mi mano. El aire estaba grueso con
un escuchable silencio.
―Tú quien podría tratar de matar a mi hijo, acércate. Acércate, y háblame a la
cara. ¿O tu solo harás tu asesinato desde las sombras?
La habitación fue inmovilizada completamente. No escuchaba nada excepto la
respiración de Telégono y la sangre en mis venas.
―No necesito a las sombras. ―La voz cortó el aire. ― Y no eres nadie como para
preguntar mis propósitos.
Ella entró en el cuarto, alta y fuerte y blanca de repente, una garra de
relámpago en medio del cielo de media noche. Su cabello con el casco con pelo
de caballo cepillando el techo. Su espejo de la armadura arrojaba chispas. La
lanza en su mano era larga y delgada, su borde afilado en la luz de fuego. Ella era
ardiente con certeza, y ante ella todas los arrastrados y la escoria manchada del
mundo debería echarse para atrás. La brillante y favorita hija de Zeus, Atenea.
―Lo que quiero se hará realidad. No hay forma de detenerlo. ―Su voz otra vez,
como metal resonante. Yo había estado ante la presencia de grandes dioses
antes: mi padre y mi abuelo, Hermes, Apolo. Sin embargo, su mirada me
atravesaba más fuerte que ellos. Odiseo había dicho una vez que ella era como
una cuchilla afilada para un pelo fino, tan delicada que nunca podrías incluso
saber que te corto, mientras latido tras latido tu sangre es vaciada en el piso. Ella
extendió una inmaculada mano.
―Dame al niño.
Todo el entusiasmo en la habitación se fue. Incluso el fuego crepitando detrás
de mí se veía solo una pincelada en la pared.
―No.
Sus ojos eran plateados y grises como piedra.
―¿Estarás en mi contra?
El aire se espesó. Sentí como si jadeara para respirar. En su pecho brilló su
famoso Aigis, su armadura de cuero con flecos de hilos dorados. Decían que
venían de la piel de un Titán que ella despellejó y pintó ella misma. Sus brillantes
ojos prometían: Así terminarás tú, si no te sometes y suplicas por misericordia. Mi
lengua se marchitó, y me sentí temblar. Pero si ahí había una cosa que sabía, era
que no había misericordia entre dioses. Retorcí mi piel entre mis dedos. El agudo
dolor me estabilizó.
―Lo estaría. ―dije. ―Aunque no es una batalla justa, estás en contra de una
ninfa desarmada.
―Dámelo de buena gana, y no habrá necesidad de una pelea. Me aseguraré de
hacerlo rápido. Él no sufrirá.
No escuches a tu enemigo, Odiseo me dijo una vez. Míralo. Eso te dirá todo.
Miré. Armada y blindada, estaba ella, desde la cabeza hasta los pies, casco,
lanza, Aigis, rodilleras. Una espantosa visión: la diosa de la guerra, lista para la
batalla. ¿Pero por qué ella estaba armada con tanta ostentación contra mí, quien
no sabía nada de combate? A no ser que ahí hubiera algo más que ella temía, algo
que la hacía sentir de un modo desprotegida y débil.
El instinto me llevó hacia adelante, los centenares de horas que estuve
gastando en el vestíbulo de mi padre, y con Odiseo polymetis, hombre de muchos
engaños.
―Gran diosa, toda mi vida he tenido que escuchar las historias de su poder.
Entonces debería preguntarme. Debes haber querido a mi hijo muerto por algún
tiempo, y aun él vive. ¿Cómo puede ser así?
Ella había comenzado a hincharse como una serpiente, pero seguí.
―Solo puedo pensar, entonces, que no te lo permitieron. Que algo te advirtió.
Los Destinos, por sus propósitos, no permiten que lo mates totalmente.
En esa palabra, Destinos, sus ojos brillaron. Ella era una diosa de argumentos,
nacida desde el brillo, desde la implacable mente de Zeus. Si a ella se le prohibía
algo, incluso por las mismas tres diosas grises, ella no podía simplemente
aceptarlo. Ella empezaría a analizar la restricción contra sus átomos, y tratar de
abrirse paso.
―Entonces ese es el modo que lograste lo que querías. Con avispas y macetas
cayendo sobre mi niño. ―La observé. ―Esos medios tan bajos habrán irritado tu
espíritu guerrero.
Su mano resplandeció blanca en su lanza.
―Nada ha cambiado. El niño debe morir.
―Y él lo hará, cuando tenga cien años.
―Dime, ¿cuánto tiempo piensas que tus brujerías podrán contra mí?
―Tanto tiempo como lo necesite.
―Eres muy rápida. ―Ella puso un pie hacia mí. La pluma de cabello de caballo
silbó contra mi techo. ―Has olvidado tu lugar, ninfa. Soy hija de Zeus. Quizá no
pueda herir directamente a tu hijo, pero los Destinos no dijeron nada acerca de
lo que puedo hacerte.
Ella junto las palabras en la habitación con precisión como piedras en un
mosaico. Incluso entre dioses, Atenea era conocida por su ira. Aquellos quienes
la desafiaron fueron convertidos en piedras y arañas, conducidos a la locura,
alejados por torbellinos, cazados y malditos hasta el fin del mundo. Y si yo ya no
estuviera aquí, entonces Telégono…
―Si ―dijo ella. Su sonrisa fue plana y fría―. Comienzas a entender tu situación.
Ella levantó su lanza desde el suelo. No brillaba ahora. Fluyó como oscuridad
líquida en su mano. Retrocedí contra el lado tejido de la cuna, mi mente se
tambaleaba.
―Eso es verdad, podrías dañarme ―dije―. Pero tengo un padre también, y una
familia. Ellos no toman a la ligera el descuidado castigo de nuestra sangre. Ellos
podrían estar furiosos. Ellos podrían incluso estar moviéndose para la acción.
La lanza seguía suspendida del suelo, pero ella no lo notó.
―Si esto es una guerra, Titan, el Olimpo ganará.
―Si Zeus quisiera guerra, él podría haber enviado su rayo contra nosotros
hace tiempo. Él aún mantiene la distancia. ¿Qué pensará él de ti destruyendo su
difícilmente ganada paz?
Vi en sus ojos el contador de chasquidos, piedras enumeradas en este lado y
eso.
―Tus amenazas son crudas. Espero que podamos discutir esto
razonablemente.
―Puede no haber razones tan largas como las que tú buscas para matar a mi
hijo. Estás furiosa con Odiseo, pero incluso él no sabe que el niño existe. Matando
a Telégono no lo castigarás.
―Eso supones, bruja.
Si no estuviera la vida de mi hijo en riesgo, podría haber reído de lo que vi en
sus ojos. A pesar de su inteligencia, ella no tenía la habilidad de ocultar sus
emociones. ¿Por qué ella? ¿Quién podría atreverse a dañar a la gran Atenea por
sus pensamientos? Odiseo solía decir que ella estaba furiosa con él, pero él no
entendía la verdadera naturaleza de los dioses. Ella no estaba furiosa. Su
ausencia era solo un viejo truco del que Hermes habló: dar la espalda a un
favorito y guiarlo a la desesperación. Entonces vuelve con la gloria, y se deleita
en el arrastre que tendrá.
―Si no es para herir a Odiseo, ¿por qué buscar la muerte de mi hijo?
―Ese conocimiento no es para ti. He visto lo que puede venir y te diré que ese
infante no puede vivir. Si él lo hace, te arrepentirás por el resto de tus días. Eres
tierna con el niño y no te culpo por eso, pero no dejes que ser madre nuble tu
sentido. Piensa, hija de Helios. ¿No es más sabio dármelo ahora, cuando él está
apenas establecido en el mundo, cuando su carne y tus afectos aún no se han
formado? ―Su voz se ablandó. ―Imagina cuanto peor será para ti en un año, o
dos, o diez, cuando tu amor haya crecido. Es mejor mandarlo fácilmente a la casa
de las almas ahora. Mejor ten otro niño y comienza a olvidarlo con sus nuevos
juegos. Ninguna madre debería tener que ver a su hijo morir. Y aún, si eso debe
venir, si no hay otra forma, aún es posible recompensarlo.
―Recompensa.
―Por su puesto. ―Su cara brilló sobre mi como un corazón fundido. ―¿Crees
que pediría un sacrificio sin ofrecer recompensa? Tendrás el favor de Pallas
Atenea. Mi buena voluntad, por la eternidad. Haré un monumento para él sobre
esta isla. A la vez, mandaré a otro buen hombre para ti, para que sea el padre de
otro hijo. Bendeciré su nacimiento, protegeré al niño de todos los males. Él será
un líder entre los mortales, temido en batalla, sabio en consejos, honrado por
todos. Él dejará herederos detrás de él y cumplirá con cada una de tus esperanzas
maternales. Lo aseguro.
Fue un premio enriquecido en todo el mundo, raro como las manzanas
doradas de Hespérides: la amistad jurada de un Olímpico. Podrías tener toda
comodidad, todo placer. Podrías nunca temer otra vez.
Miré dentro de esa brillante y gris mirada, sus ojos como dos joyas colgantes,
moviéndose para atrapar la luz. Ella estaba sonriendo, su mano se abrió hacia
mí, como si estuviera lista para recibir la mía. Cuando ella habló del niño, ella
estaba casi canturreando, como si estuviera calmando a su propio bebé. Pero
Atenea no tenía un bebé, y ella nunca lo haría. Su único amor era la razón. Y eso
nunca ha sido lo mismo que la sabiduría.
Los niños no son sacos de grano, que son sustituibles uno por otro.
―Voy a omitir el hecho de que me crees una yegua para parir a tu antojo. El
verdadero misterio es por qué la muerte de mi hijo es tan importante para ti.
¿Qué podría hacer él para que la poderosa Atenea quisiera pagar tan caro para
evitarlo?
Toda su delicadeza se fue en un instante. Su mano se retrajo, como una puerta
cerrándose de golpe.
―Entonces te pones contra mí. Tú con tus malas hierbas y tu pequeña
divinidad.
Su poder se abalanzo sobre mí, pero tenía a Telégono, y no podía renunciar a
él, no por nada.
―Lo hago ―dije.
Sus labios se retrajeron, mostrando el blanco de sus dientes.
―No puedes vigilarlo todo el tiempo. Me lo llevaré al final.
Ella se fue. Pero lo dije de todas formas, para que la gran vacía habitación y mi
hijo soñando lo oyeran:
―No sabes lo que puedo hacer.
CAPÍTULO DIECINUEVE
Todo el resto de la noche la pase pensando en las palabras de Atenea. Mi hijo
podría crecer para hacer algo que ella temía, algo que la tocará profundamente.
¿Pero qué? Algo que de lo que podría arrepentirme también, ella había dicho.
Caminé, dando vueltas y vueltas, pero no pude encontrar respuestas. Al final, me
forcé a dejarlo de lado. No había beneficios en buscar respuestas a los acertijos
de los Destinos. El punto era que: ella podría venir y seguir viniendo.
Me jacté de que Atenea no conocía lo que podía hacer, pero la verdad era que
yo tampoco sabía. No podía matarla, y no podía transformarla. No podríamos
ganarla, y tampoco escondernos. Ninguna ilusión que pudiera tener nos cubriría
de su mirada penetrante. Pronto Telégono podría caminar y correr, y ¿cómo
podría mantenerlo a salvo entonces? Un terror oscuro estaba creciendo en mi
cerebro. Si no pensaba en algo, la visión de la laguna podría pasar, su cuerpo
pálido y frio en su sudario.
Solo recuerdo esos días en partes. Mis dientes se apretaron en concentración
mientras recorría la isla, desenterrando flores y moliendo hojas, buscando cada
pluma y piedra y raíz con la esperanza que uno de ellos pueda ayudarme. Ellos
se balanceaban en pila alrededor de la casa, y el aire de la cocina se llenó de polvo.
Corté y herví, mis ojos bien abiertos y curioseando como un caballo
sobrecargado. Mantuve a Telégono conmigo mientras trabajaba, porque tenía
miedo de dejarlo abajo. Él odiaba tal restricción y gritaba, sus puños apretados
empujando mi pecho.
Donde quiera que caminaba olía el abrazador hierro de la piel de Atenea. No
podía decir si ella estaba burlándose de mí, o si mi pánico me hacía
imaginármelo, pero me condujo hacia adelante como un estímulo. En la
desesperación, traté de recordar cada historia de los Olímpicos que contaban mis
tíos. Pensé en llamar a mi abuela, a las ninfas del mar, a mi padre, lanzarme a sus
pies. Pero incluso si ellos se disponían a ayudarme, ellos no podrían retar y
aguantar contra Atenea en su cólera. Eetes podría haberse atrevido, pero él me
odiaba ahora. ¿Y Pasifae? Ni siquiera valía la pena preguntar.
No sabía qué época era, qué hora del día. Solo vi mis manos trabajando
incesantemente ante mí, mis manchados cuchillos, las hierbas molidas y
aplastadas en la mesa, el moly que herví y herví otra vez. Telégono se había
dormido, con la cabeza inclinada hacia atrás, el sonrojo de la rabia aún estaba en
sus mejillas. Paré para respirar y estabilizarme. Mis párpados dolían cuando
parpadeaba. Las paredes ya no parecían de piedra, sino suaves y de tela,
hundidas hacia adentro. Por fin tenía una idea, pero necesitaba algo: algo de la
casa de Hades. Los muertos han caminado donde muchos dioses no podían ir, y,
por lo tanto, pueden protegernos como los más vivos no pueden. Pero no había
forma de conseguir eso. Ningún dios, excepto quien gobierna las almas, puede
poner un pie en el inframundo. Esperé horas pensando en conjeturas inútiles:
cómo podría tratar de sobornar a una deidad infernal para arrancar un puñado
de grises asfódelos o una cucharada del Estigio, o algo con lo que pudiera
construir una balsa y zarpar hacia el borde del inframundo, entonces usar el
truco de Odiseo de señuelo para sacar a los fantasmas y atrapar un poco de su
humo. El pensamiento me hacía recordar el frasco que Odiseo había llenado para
mí, con sangre desde su vena. Las almas tenían que tocar sus codiciosos labios
en ella, y todavía podrían oler su aliento. Lo levanté desde su caja y lo retuve en
la luz. El líquido oscuro nadó en el vidrio. Derramé una gota, y todo el día trabajé
con eso, destilándose, extrayendo esa débil esencia. Adherí moly para
fortalecerlo y darle forma. Mi corazón latía alternando esperanza y
desesperación: Funcionará, no funcionará.
Esperé hasta que Telégono se durmiera otra vez, porque no podía reunir toda
la concentración que necesitaba mientras él luchaba contra mí. Dos hechizos hice
esa noche. Uno llevaba la gota de sangre y moly, y el otro tenía fragmentos de
todas las partes de la isla, desde sus acantilados hasta sus pisos de sal. Trabajé
en un gran frenesí, y cuando el sol se levantó sostuve dos tapados frascos ante
mí.
Mi pecho estaba agitado por el agotamiento, pero no podía esperar, ningún
otro momento. Con Telégono todavía unido contra mí, escalé a lo más alto de la
punta, una punta desnuda de roca suspendido en el cielo. Junté mis pies sobre la
piedra.
―Atenea podría matar a mi hijo, y si es así yo lo defenderé ―grité―. Sean ahora
testigo del poder de Circe, bruja de Aiaia.
Vertí la sangre en la roca. Silbó como bronce fundido en agua. Humo blanco se
onduló en el aire, alzándose, extendiéndose. Se masificó, formando un gran arco
sobre la isla, encerrándonos dentro. Una capa de muertos vivientes. Si Atenea
venía, se vería forzada a volver atrás, como un tiburón encontrándose con agua
fresca.
El segundo hechizo lo hice abajo. Era un encantamiento urdido dentro de la
misma isla, casa pájaro y bestia y grano de arena, cada hoja y roca y gota de agua.
Los marqué, y todas las generaciones en sus vientres, con el nombre de Telégono.
Si alguna vez ella atravesaba por ese humo, la isla podría alzarse en su defensa,
las bestias y pájaros, las ramas y rocas, las raíces en la tierra. Entonces podríamos
hacer nuestra resistencia juntos.
Me paré bajo el sol, esperando por una respuesta: un crepitante rayo, que la
lanza gris de Atenea atravesase mi corazón y lo clavase en la roca. Podía
escucharme jadear un poco. El peso de aquellos hechizos arrastró mi cuello como
una horquilla. Eran demasiado grandes para sostenerse a sí mismos, y hora tras
hora tendría que llevarlos conmigo, reforzarlos con mi voluntad, y renovarlos
totalmente cada mes. Tres días me podría tomar. Uno para recolectar todas sus
partes de la isla (playa y arboleda y prado, escamas y plumas y pieles) Otro día
para mezclarlos. Un tercio de mayor concentración para sacar el hedor a muerte
de las gotas de sangre que atesoraba. Y todo mientras Telégono podía girar y
llorar contra mí, y el hechizo podría tirarse sombre mis hombros. Nada de eso
importaba. Dije que podría hacer cualquier cosa por él, y ahora podía probarlo y
de ser necesario, sostener el cielo.
Esperé toda la mañana, tensada, pero ninguna respuesta venía. Estaba hecho,
finalmente realizado. Éramos libres. No solo de Atenea, sino de todos ellos. Los
hechizos colgaban en mí, pero me sentía liviana. Por primera vez, Aiaia era solo
nuestra. Mareada de emoción, me arrodillé y desenvolví a mi peleador hijo. Lo
senté abajo sobre la tierra, libre.
―Estas a salvo. Deberíamos ser felices al fin.
Qué tonta fui. Todos esos días de mi temor y su restricción fueron como una
deuda que tenía que ser pagada. Él cruzó la isla, negándose a sentarse, o incluso
a parar por un momento. Le había impedido el paso a Atenea, pero todos los
peligros normales de la isla seguían allí: rocas, acantilados, bichos que podían
picar y que yo tenía que arrancarle de las manos. Cada vez que trataba de cogerlo,
echaba a correr a toda velocidad, desafiante, hacia algún precipicio. Parecía estar
enfadado con el mundo; con las piedras que no conseguía tirar lo bastante lejos,
con sus propias piernas, que no corrían lo bastante rápido. Quería subirse a los
árboles como hacían los leones, de un gran salto, y cuando no era capaz llenaba
de puñetazos los troncos.
Yo trataba de cogerlo en brazos y le decía: Ten paciencia, ya te llegará la fuerza
con el tiempo. Pero él se alejaba de mí gritando y no encontraba consuelo, pues
no era de esos niños a los que se les puede enseñar algo brillante y se les pasa el
disgusto. Le daba hierbas calmantes y leche caliente con vino y especias, hasta
pociones para dormir, pero no servían de nada. Lo único que lo calmaba era el
mar. El viento, tan incansable como él, las olas llenas de movimiento. Se metía en
el agua, con su manita agarrada a la mía, y señalaba. El horizonte, le decía yo. El
cielo abierto. Las olas, mareas y corrientes. Se pasaba el resto del día musitando
estas palabras para sí, y si trataba de alejarlo del mar para enseñarle otra cosa,
como frutos o flores, algún pequeño hechizo, se alejaba corriendo de mí,
retorciendo el gesto. ¡No!
Lo peor eran los días cuando tenía que formar esos dos hechizos otra vez. Él
corría de mi cuando lo quería, pero en el momento que me ponía a trabajar, él
empezaba a patalear, llorando por mi atención. Mañana te llevaré al mar,
prometía. Pero eso era nada para él, y él podía destrozar la casa para llamar mi
atención. Él era más grande entonces, muy grande para ser cargado en mi pecho,
y el desastre que él podía causar, crecía con él. Volcó una mesa llena de platos;
trepó las estanterías y rompió mis frascos. Podría enviar a los lobos a vigilarlo,
pero él era mucho para ellos, y ellos escapaban al jardín. Podía sentir el pánico
creciendo. El hechizo podía acabarse antes de que pudiera renovarlo. Atenea
podría aparecer en su ira.
Sé cómo estaba en esos días: irritable, inconstante, como un arco mal hecho.
El comportamiento de Telégono sacaba a la luz mis defectos. Cada egoísmo, cada
debilidad. Un día, cuando los hechizos fueron hechos, él levanto un gran tazón de
vidrio y los rompió en pedazos sobre sus pies descalzos. Fui corriendo para
alejarlo, para barrer y fregar, pero él me golpeó como su hubiera tomado a su
más querido amigo. Al fin tuve que encerrarlo en su cuarto. Él gritó y gritó, y
luego un golpe como si hubiera golpeado su cabeza contra la pared. Terminé mi
limpieza y traté de trabajar, pero mi propia cabeza estaba latiendo para
entonces. Me mantuve pensando que, si lo dejaba enojado el tiempo suficiente,
él debería por fin calmarse y dormir. Pero él solo seguía amargándose como las
sombras se alargaban. El día pasó y el hechizo no estaba hecho. Podría ser fácil
decir que mis manos se movieron por sí solas, pero eso no es como fue. Estaba
furiosa, muy caliente.
Siempre me juré que no podía usar magia con él. Se veía como algo que Eetes
haría, imponiendo mi voluntad en él. Pero en ese momento me apoderé de la
amapola, drogas para dormir, todo el resto de hierbas para dormir, y las puse en
el fuego hasta que chisporroteara. Fui a la habitación. Él estaba pateando las
partes de persianas que él había roto de las ventanas. Ven, le dije. Bebe esto.
Él bebió y volvió a sus golpes, pero ya no me importaba. Era casi un placer ver.
Él aprendería su lección. Entendería quién era su madre. Pronuncié las palabras.
Cayó como una piedra. Su cabeza golpeó el suelo tan ruidosamente que jadié.
Corrí hacia él. Pensé que se vería como si estuviese durmiendo, sus ojos
gentilmente cerrados. Pero su cuerpo entero estaba rígido, congelado a mitad
del movimiento, sus dedos curvados en garras, su boca abierta. Su piel estaba
fría bajo mis dedos. Medea había dicho que ella no sabía si aquellos esclavos en
los dormitorios de su padre podían percibir lo que les pasaba. Yo sí sabía. Detrás
de sus ojos negros, podía sentir su confusión y terror.
Grité horrorizada, y el hechizo de rompió. Su cuerpo se aflojó, entonces él se
alejó, mirándome fijamente como una bestia arrinconada. Lloré. Mi vergüenza
estaba caliente como la sangre. Lo siento, le dije, una y otra vez. Él me dejo ir
hacia él, tomarlo en mis brazos. Gentilmente, toqué la hinchazón que apareció
donde él había golpeado su cabeza. Dije unas palabras para tranquilizarlo.
La habitación estaba oscura para entonces. Fuera, el sol se había ido. Lo
sostuve en mi regazo tanto como me atreví, murmurándole, cantando. Entonces
lo llevé a la cocina y le di su cena. La comió, aferrándose a mí, y recuperó sus
fuerzas. Él se deslizo abajo y comenzó a correr otra vez, golpeando las puertas,
tirando todo desde las estanterías que él podía alcanzar. Sentí un cansancio en
mi tan grande que pensé que podía hundirme en la tierra. Y cada momento que
pasaba, el hechizo contra Atenea se deshacía.
Se mantuvo mirándome sobre su hombro. Como si me estuviera desafiando a
ir hacia él, para embrujarlo, para golpearlo, no sabía. En lugar de eso, llegué hasta
el estante más alto por el gran jarro de miel de arcilla que él siempre quería. Aquí,
dije. Tómalo.
Él corrió hacia él, dando vueltas hasta que lo rompió en partes. Entonces él se
revolcó en el charco pegajoso, y se fue, dejando hilos de desastre para que los
lobos lamieran. Y entonces terminé el hechizo. Tomó un largo tiempo bañarlo y
llevarlo a la cama, pero al final él descansaba bajo los edredones. Él cogió mi
mano, sus pequeños dedos tibios se curvaron alrededor de los míos. La culpa y
la vergüenza me rasgaron. Debería odiarme, pensé. Debería escapar. Pero era yo
todo lo que él tenía. Su respiración comenzó a ir lento, y sus labios se aflojaron.
—¿Por qué no puedes ser más tranquilo? —susurré. —¿Por qué debe ser tan
difícil?
Como una respuesta, una visión de los dormitorios de mi padre vino: la estéril
tierra del piso, el negro destello de obsidiana. El sonido de las piezas de juego
moviéndose en sus tableros, y las doradas piernas de mi padre atrás de mí. Me
quedaba callada e inmóvil, pero recordaba el hambre voraz que tenía siempre:
de trepar al regazo de mi padre, levantarme y correr y gritar, arrebatar los
borradores del tablero y golpearlos contra las paredes. De mirar los troncos
hasta que estallen en llamas, de sacudirlo por cada secreto, como se sacude las
frutas de un árbol. Pero si hubiera hecho incluso una de esas cosas, no hubiera
habido misericordia. Él podría haberme quemado hasta las cenizas.
La luna pintaba la frente de mi hijo. Vi las machas que el agua y el paño no
habían quitado del todo. ¿Por qué debería ser tranquilo? Nunca lo fui, ni tampoco
su padre, cuando lo conocí. La diferencia era que él no tenía miedo de ser
quemado.
En los largos días que siguieron, me agarré a ese pensamiento como un palo
que podía salvarme de las olas. Y eso me ayudaba un poco. Para cuando él me
miraba, furioso y desafiante, su espíritu entero viniendo contra mí, podría
pensar en eso y tomar una respiración más.
Había vivido unos mil años, pero no se sentían tanto como la infancia de
Telégono. Recé para que él pudiera hablar pronto, pero entonces sentía lastima
por eso, ya que solo dio voz a sus quejas. No. No, no, él gritaba, alejándose de mí.
Y entonces, un momento después, él podría subir a mi regazo, gritando Madre
hasta que mis oídos dolieran. Aquí estoy, le diría, justo aquí. Sin embargo, no
estaba lo suficientemente cerca. Pensé en caminar con él todo el día, jugando
todos los juegos que él pidiera, pero si mi atención se perdía por incluso un
momento, él podría enojarse y quejarse, aferrándose a mí. Anhelaba a mis ninfas
entonces, a cualquiera que pudiera tomar del brazo y preguntarle qué está mal
con él; Pero entonces en el momento siguiente, me alegraba que nadie pudiera
ver lo que le hice, dejando todos esos primeros meses de mi miedo afectasen su
cabeza. No es de extrañar que tuviera esos momentos de ira.
Ven, lo llamaba. Vamos a hacer algo divertido. Te mostraré magia. ¿Quieres que
cambie esa baya para ti? Pero él lo arrojó lejos y corrió al mar otra vez. Cada
noche cuando él dormía, me paraba al final de su cama y me decía: mañana lo
haré mejor. Algunas veces era incluso verdad. Algunas veces, podíamos reír
corriendo abajo hacia la playa y él podía sentarse cómodo en mi regazo mientras
mirábamos las olas. Sus pies aun pateaban, sus manos empujaban inquietamente
en la piel de mis brazos. A pesar de todo, su mejilla estaba en mi pecho, y sentía
su respiración. Mi paciencia rebosaba. Grita todo lo que quieras, pensé. Puedo
soportarlo.
Fuerza de voluntad a todas horas. Como un hechizo después de todo, pero uno
que era para mí misma. Él era un gran rio a punto de desbordarse, y yo debería
tener canales listos en cada momento para guiar su torrente y evitar eso.
Comencé a contarle historias, cosas fáciles de un conejo que buscaba comida y la
encontraba, de un bebé esperando que su madre venga. Él clamó por más,
entonces lo hice. Esperaba que tales gentiles cuentos pudieran calmar su
luchadora alma, y tal vez lo hicieron. Un día me di cuenta de que había pasado
una luna entera desde que él se tiró a la tierra por una pataleta. Otra luna pasó,
y en algún lugar en esos meses fue la última vez que gritó. Desearía poder
recordar cuando fue. No, desearía más bien poder haberme dicho cuando llegaría
ese día, así luego de todos aquellos desesperanzadores días pudiera haber
mirado su final.
De su mente salían hojas de pensamientos y palabras que parecían salir de la
nada. Tenía seis años. Su cerebro tenía claridad, y él podía mirarme trabajar en
el jardín, sacando algunas raíces.
—Madre —me dijo un día, poniendo su mano en mi hombro—, trata de cortar
aquí. —Sacó un pequeño cuchillo que él comenzó a llevar, y la raíz salió. —¿Ves?
—dijo, gravemente—. Es fácil.
Él aún amaba el mar. Él conocía cada concha y pez. Él hacía balsas sacado de
troncos y flotaba en la bahía. Saltaba en las pozas que dejaba la marea y miraba
los cangrejos.
—Mira ese —él decía, tirándome por la mano. —Nunca he visto uno tan
grande, nunca he visto uno tan pequeño. Ese es el más brillante, ese es el más
oscuro. Ese cangrejo ha perdido una pata, y ya está creciéndole otro. ¿No es eso
algo interesante?
Una vez más, desearía que alguien más estuviera ahí en la isla. No para
compadecerme ahora, sino para que lo quiera conmigo. Podría decir: Mira,
¿puedes creerlo? Hemos venido a través de piedras y vientos. Le he fallado, y aun
así es una maravilla de este mundo.
Él hizo una mueca al ver que mis ojos se humedecían.
—Madre —dice—. El cangrejo estará bien. Te lo dije, el cangrejo está
preparado para que le crezca otro de nuevo. Ven aquí y mira este. Tiene manchas
como ojos. ¿Crees que puede ver desde esos?
Por la noche, ya no quería mis historias, sino que él hacía las suyas. Pienso que
ahí es donde su salvajismo fue, para cada historia que iba llenándola con
extravagantes criaturas: grifos, monstruos marinos y quimeras quienes venían a
alimentarse desde sus manos, y él los llevaba diario a aventuras o más bien los
vencía con astutas estratagemas. Quizá cualquier niño solo con su madre como
compañía podía tener tanta imaginación. No puedo decirlo, pero su cara estaba
absorta como conjurando aquellas visiones. Parecía crecer cada día: ocho, diez y
doce años. Su mirada se volvió seria, sus extremidades largas y fuertes. Él tenía
el hábito de golpear ligeramente un dedo en la mesa mientras contaba moralejas
como un anciano. Le gustaban más las historias de valentía y virtud
recompensada. Y ese es el por qué nunca deberías. . ., siempre debes. . ., ese es el por
qué uno debería estar seguro de…
Amaba su certeza, su mundo que era un lugar en que las buenas acciones
estaban claramente separadas del mal, un mundo de errores y consecuencias, de
monstruos derrotados. No era un mundo que yo conociera, pero podría vivir en
el tanto como él pudiera dejarme.
Era una de esas noches, de verano, los cerdos roncaban suavemente bajo
nuestra ventana. Él tenía trece. Me reí y dije:
—Tienes más historias en ti en comparación a tu padre.
Lo vi vacilar, como si fuera un extraño pájaro que temía volar. Él preguntó
sobre su padre antes, pero siempre le había dicho: Aún no.
—Vamos —dije, y le sonreí—. Ahora te responderé. Es tiempo.
—¿Quién era él?
—Un príncipe que vino a esta isla. Él tenía un centenar de trucos.
—¿Cómo ve veía?
Pensaba que mis memorias de Odiseo podrían saber a sal. Pero ahí había un
placer al recordarlo.
—Cabello oscuro, ojos oscuros, un poco rojiza su barba. Sus manos aran largas,
y sus piernas cortas y fuertes. Él siempre fue más rápido de lo que uno esperaba.
—¿Por qué se fue?
La pregunta fue como un plantón de roble, pensé. Un simple, brote verde desde
arriba, pero enterrado por debajo de la raíz principal, se extendía
profundamente. Tomé un respiro.
—Cuando él se fue, él no sabía que te llevaba. Él tiene una esposa en casa, y un
hijo también. Pero fue más que eso. Dioses y mortales no son felices juntos al
final. Él estuvo bien en irse cuando le dije.
Su cara, nos dibujaba juntos en un pensamiento.
—¿Qué tan viejo era?
—No más de cuarenta.
Lo vi contando.
—Así que ni siquiera tiene sesenta todavía. ¿Él aún vive?
Era extraño pensar en: Odiseo caminando en el desembarque de Ítaca,
respirando el aire. Había tenido tan poco tiempo para soñar desde que Telégono
nació. Pero la imagen se sentía sólida y saludable ante mí.
—Creo que sí. Él era muy fuerte. En espíritu.
Ahora que las puertas habían sido abiertas, él pedía todo lo que podía recordar
de Odiseo: su linaje, su reino, su esposa, su hijo, su trabajo de infancia, sus
honoríficos en la guerra. Las historias estaban aún en mí, vívidas como cuando
Odiseo me las contó por primera vez, aquellos centenares de astutas
conspiraciones y pruebas. Todavía una extraña cosas pasaba cuando comenzaba
a recitarlo de vuelta para Telégono. Me encontré vacilando, omitiendo,
modificando. Con la cara de mi hijo ante mí, las brutalidades de las historias
brillaban como nunca antes. ¿Qué tenía que pensar de las aventuras que ahora
parecían mojadas de sangre y repugnantes? Incluso Odiseo mismo parecía
cambiado, calloso en lugar de inquebrantable. En algunos momentos dejé la
historia como fue, mi hijo podía fruncir el ceño. No lo contaste bien, él dijo. Mi
padre nunca podría haber hecho tal cosa.
Estas en lo correcto, le decía. Tu padre dejó que ese espía troyano con su capa
de piel de comadreja se fuera, y volvió a salvo a casa con su familia. Tu padre
siempre cumplía su palabra.
Telégono sonreía de oreja a oreja.
—Sabía que mi padre era un hombre honorable. Dime más de sus nobles
andanzas.
Y entonces podría hilar otra mentira. ¿Podría Odiseo haberme reprochado por
eso? No lo sé, y no me importa. Podría haber mentido peor, mucho peor, para
hacer a mi hijo feliz.
De vez en cuando, en esos días, me preguntaba qué le diría a Telégono si
alguna vez me pidiese que le contase mi historia, cómo podría arreglar la imagen
de personas como Eetes, Pasifae, Escila o los cerdos. Al final, no tenía que
intentarlo. Nunca preguntó.
Él comenzó a pasar horas lejos en la isla. Cuando volvía, estaba ruborizado y
hablaba mucho. Su cuerpo estaba creciendo, y notaba como le iba cambiando la
voz. Dime más acerca de mi padre, él decía. ¿Dónde está Ítaca? ¿Cómo es? ¿Qué tan
lejos esta? ¿Qué peligros hay en el camino?
Era otoño, y yo estaba hirviendo las frutas en almíbar para el invierno. Podría
haber hecho que los arboles florecieran frescos en cualquier momento, pero esto
era algo que hacía para divertirme, las burbujas dulces, los traslucidos colores
como joyas, el almacenamiento de los frutos de una buena temporada en mis
frascos.
—¡Madre! —Telégono vino gritando dentro de la casa—. Hay un barco que
necesita nuestra ayuda. Ellos están frente a nuestra orilla, medio hundidos. . .
¡Ellos se hundirán si no tocan tierra!
No era la primera vez que él había visto marineros. Ellos pasaban con
frecuencia por nuestra isla. Pero era la primera vez que él había querido
ayudarlos. Lo dejé empujarme fuera hacia acantilado. Era verdad, el barco estaba
inclinado y le entraba agua.
—¿Ves? Solo esta vez, ¿bajaras el hechizo? Estoy seguro de que ellos estarán
muy agradecidos.
¿Cómo podrías saberlo? Le quería decir. A menudo aquellos hombres
necesitados dan más odio que agradecimiento, y te golpearán solo para sentirse
completos de nuevo.
—Por favor —dijo él—. ¿Y si es alguien como mi padre?
—No hay nadie como tu padre.
—Ellos se hundirán, madre. ¡Ellos se ahogarán! No podemos solo pararnos
aquí y mirar, ¡debemos hacer algo!
Su cara estaba afligida. Sus ojos estaban brillando con lágrimas.
—¡Por favor, madre! No puedo soportar verlos morir.
—Esta vez —dije—. Solo esta vez.
Podíamos oír sus gritos llevados por el viento. Orilla, ¡una orilla! Ellos giraron
su bote, se tambalearon hacia nosotros. Hice que Telégono me prometiera que
permanecería escondido mientras ellos trepaban el sendero a la casa. Él iba a
quedarse en su habitación hasta que el vino los emborrachara, y desaparezcan
de nuevo en cuanto yo diera la señal. Él accedió a todo eso, él podía entender
cualquier cosa. Fui a la cocina y preparé mi vieja pasión. Sentí como si estuviera
de pie en dos habitaciones a la vez. Aquí mezcle las hierbas que había mezclado
un centenar de veces, mis dedos encontraban sus viejas posiciones. Y aquí estaba
mi hijo, brincando emocionado. ¿De dónde venían ellos, puedes decirlo? ¿Con qué
roca piensas que ellos chocaron? ¿Podemos ayudarlos a reparar el barco?
No sé qué respondí. Mi sangre se había vuelto solida en mis venas. Traté de
recordar ese truco de mando que tenía que usar. Entren, por supuesto que los
ayudaré. ¿No quieren más vino?
A pesar que los esperaba, di un salto cuando llamaron a la puerta. Abrí la
puerta y ahí estaban ellos: andrajosos, hambrientos, desesperados como
siempre. ¿El capitán se veía como una serpiente enroscada? No podría decirlo.
Sentí una repentina nausea atragantada. Quería golpear la puerta contra ellos,
pero era muy tarde para eso. Ellos me habían visto ahora, y mi hijo se presionaba
contra la pared, escuchando todo. Le había advertido de que quizá necesitaba
usar magia en ellos. Él había asentido con la cabeza. Por supuesto, madre,
entiendo. Pero no tenía idea. Él nunca escuchó el crujir de las costillas al cambiar,
el húmedo desgarro de carne al adaptar su nueva forma.
Se sentaron en mis bancos. Comieron, y el vino bajó por sus gargantas. Yo
todavía miraba al capitán. Sus ojos eran afilados. Ellos veían con ansia la
habitación y se posaron en mí. Se levantó.
—Mi señora — dijo —¿Cuál es su nombre? ¿A quién debemos honrar por
nuestra comida?
Podría haber terminado entonces, desgarrándolos, pero Telégono ya estaba
entrando en el salón. Él vestía una capa y una espada en su cintura. Se paró alto
y fuerte como un hombre. Tenía quince años.
—Estas en la casa de la diosa Circe, hija de Helios, y su hijo, llamado Telégono.
Vimos tu barco hundirse y te permitimos venir a nuestra isla, que esta
usualmente cerrada para mortales. Estamos contentos de ayudar todo lo que
podamos mientras estén aquí.
Su voz sonó firme, sin fisuras. Sus ojos eran oscuros como los de su padre, pero
tenía manchas de amarillo que brillaban en él. Los hombres lo miraron fijamente.
Yo lo miré. Pensé en Odiseo, separado de Telémaco por años, la conmoción que
debe haber tenido por verlo repentinamente crecido.
El capitán se puso de rodillas.
—Diosa, gran señor. Los benditos Destinos debieron habernos traído aquí.
Telégono le hizo un gesto al hombre para que se levantase. Se sentó a la
cabecera de la mesa y se sirvió comida de las bandejas. Los hombres apenas
comieron. Se volvían hacia él como las vides hacia el sol, con gesto impresionado,
compitiendo por contarle sus historias. Yo observaba la escena, preguntándome
dónde había ocultado aquel don todo aquel tiempo, pero luego me di cuenta de
que yo tampoco había hecho magia hasta que no tuve plantas con las que
trabajar.
Lo dejé ir abajo a desembarcar con ellos, a ayudarlos con sus reparaciones. No
me preocupé, o al menos, no mucho. Mi hechizo sobre las bestias de la isla podría
protegerlo, pero más que eso su propio hechizo lo haría, ya que esos hombres
parecían criaturas encantadas. Telégono era más joven que todos ellos, pero
ellos asentían con cada palabra salida de sus labios. Les mostró donde estaban
las mejores arboledas, qué arboles podían talar. Les mostro los arroyos y
sombras. Tres días se quedaron mientras ellos parchaban el hueco de su barco y
se alimentaban con nuestros víveres. En todo ese tiempo, él solo los dejaba
cuando dormían. Señor, lo llamaban, cuando ellos hablaban de él, y solicitaban
su opinión formalmente, como si él fuera algún maestro carpintero de noventa
años en lugar de un niño viendo su primer barco. Señor Telégono, señor, ¿qué
piensas? ¿con esto bastará?
Él examinó el parche.
—Está bien, creo. Muy bien hecho.
Ellos sonrieron de alegría, y cuando ellos zarparon, se asomaban por la borda,
gritando sus agradecimientos y rezos. Su cara se quedó brillando tanto como él
pudo ver el barco. Entonces su diversión se esfumó.
Por muchos años, confieso, tuve la esperanza de que él fuera un brujo. Traté
de enseñarle sobre mis hierbas, sus nombres y propiedades. Solía hacer
pequeños hechizos en su presencia, esperando que uno captara su atención. Pero
él nunca mostró incluso el mínimo interés. Ahora veía por qué. La brujería
transformaba el mundo. Él solo quería disfrutarlo.
Traté de decir algo, no sabía qué. Pero él estaba realmente apartándose de mí,
rumbo a los bosques.
Él se quedó fuera todo ese invierno y toda esa primavera y el verano también.
Desde el primer rayo del sol en el cielo hasta la puesta. No lo veía. Unas pocas
veces le pregunté dónde iba, y él agitó su mano vagamente a la playa. No lo
presioné. Él estaba absorto, siempre corriendo a algún lugar sin aliento, viniendo
a casa sonrojado con espinas en toda su túnica. Vi la fuerza naciendo en sus
hombros, su ensanchamiento de mandíbula.
—Esa cueva abajo en la playa —él dijo—. Donde mi padre mantuvo su braco.
¿Puedo tenerla?
—Todo aquí es tuyo —dije.
—¿Pero puede ser solo mía? ¿Prometes no ir ahí?
Recuerdo lo mucho que mi juvenil privacidad significaba para mí.
—Lo prometo —dije.
Me he preguntado si él ha usado aquellos mismos encantos en mí que él usó
en los marineros. Porque yo era como una vaca bien alimentada en esos días,
plácida, incuestionable. Déjalo ir, me dije. Él es feliz, él está creciendo. ¿Qué mal
puede encontrar él aquí?
—Madre —dijo.
Fue justo después del amanecer, la pálida luz calentaba las hojas. Estaba
arrodillada en el jardín, deshierbando. Él no solía levantarse tan temprano, pero
era su cumpleaños. Dieciséis, tenía.
—Te hice peras con miel —dije.
Me ayudó a levantarme, mostrando una fruta a medio comer, brillando con
jugo.
—Las encontré, gracias —hizo una pausa—. Tengo algo que mostrarte.
Me sacudí la suciedad y lo seguí abajo por el camino del bosque a la cueva.
Dentro había un pequeño bote, cerca del tamaño que tenía Glaucos.
—¿De quién es esto? —demandé—. ¿Dónde están los tripulantes?
Él sacudió su cabeza. Sus mejillas de ruborizaron, sus ojos brillaron.
—No, madre, es mío. Tuve la idea antes de que los hombres vinieran, pero
verlos me hizo ir mucho más rápido. Ellos me dieron algunas de sus
herramientas y me mostraron como hacer otras. ¿Qué piensas?
Ahora que lo veía podía ver que su vela estaba hecha con mis sabanas, sus
tablas toscamente cepilladas, todavía llena de astillas. Estaba furiosa, pero
también había cierto orgullo y sorpresa en mí.
—Es bastante elegante —dije.
Él sonrió.
—Lo es, ¿no es así? Él dijo que no podía decir nada. Pero no quería ocultarlo
de ti. Pensé…
Telégono se detuvo para mirar mi cara.
—¿Quién dijo?
—Está bien, madre, él no piensa dañarme. Él ha estado ayudándome. Me dijo
que antes venía a visitarte con frecuencia. Que ustedes son viejos amigos.
Viejos amigos. ¿Cómo no vi este peligro? Recuerdo ahora a Telégono como
encantado cuando él venía a casa en la noche. Mis ninfas solían volver con la
misma cara. Atenea no podía atravesar mi hechizo, no, ella no tenía poderes en
el inframundo. Pero él caminaba por todas partes. Cuando él no jugaba con su
dado, él dejaba los espíritus a las puertas de Hades personalmente. Dios de la
intromisión, dios de los cambios.
—Hermes no es amigo mío. Dime todo lo que te dijo. De una vez.
La vergüenza inundó su cara.
—Él dijo que podía ayudarme, y lo hizo. Él dijo que esto tenía que ser sin
titubeos. Si uno va a arrancarse una costra, él decía, la mejor forma es hacerlo
rápidamente. Ni siquiera tomará medio mes, y estaré de vuelta para la
primavera. Lo probamos en la bahía, y es sólido.
Sus palabras cayeron tan rápido que me costó analizarlas.
—¿Qué piensas? ¿Qué cosa no te tomará medio mes?
—El viaje —él dijo —. A Ítaca. Hermes dijo que él podía dirigirme alrededor
de los monstruos, entonces no tienes que temer sobre esto. Si navego con la
marea del medio día, llegaré a la siguiente isla antes de la oscuridad.
Me sentía sin palabras, como si él hubiera rasgado la lengua de mi boca.
Él puso una mano en mi brazo.
—No tienes que preocuparte. Estaré a salvo. Hermes es mi antepasado a través
de mi padre, él me lo dijo. Él no podrá traicionarme. Madre, ¿escuchas?
Él me miro con atención ansiosamente por debajo de su pelo.
Se me helaba la sangre al ver su falta de madurez. ¿Había sido yo tan joven
alguna vez?
—Él es el dios de las mentiras —dije—, solo tontos ponen su fe en él.
Se sonrojó, pero un desafío venía en su cara.
—Sé quién es. No me estoy confiando solo en él. He empacado mi arco. Y él me
ha enseñado un poco de manejo de la lanza también. —Señaló a un palo parado
en la esquina, uno de mis viejos cuchillos de cocina atado en el final. Él debe
haber visto mi horror, porque añadió. —No es que lo vaya a usar. Solo es por
unos días en Ítaca, estaré a salvo con mi padre.
Se inclinó hacia adelante, ansioso. Pensaba que contestó todas mis protestas.
Estaba orgulloso de sí mismo, de la brillantez de sus falsos nuevos planes. Como
fácilmente aquellas palabras cayeron de él: a salvo con mi padre. Me recorrió una
rabia inmediata y clara.
—¿Qué te hace pensar que serás bienvenido en Ítaca? Todo lo que sabes de tu
padre son historias. Y él realmente tiene un hijo. ¿Cuánto piensas que a Telémaco
le gustará que su hermano bastardo aparezca?
Se estremeció un poco con la palabra bastardo, pero respondió valientemente.
—No creo que le importe. No iré por su reino, o por su herencia, yo se lo
explicaré. Me quedaré todo el invierno, y allí habrá tiempo para que nos
conozcamos el uno al otro.
—Entonces eso es. Está arreglado. Tú y Hermes tienen un plan, y ahora crees
que todo lo que falta es que yo te desee un buen viaje.
Me miró, inseguro.
—Dime —dije—. ¿Qué es todo lo que Hermes dice sobre su hermana quien te
quiere muerto? ¿Sobre el hecho de que tú serás asesinado en el momento en que
camines lejos de la isla?
Él casi suspiró.
—Madre, eso fue hace mucho. Seguramente ella lo ha olvidado.
—¿Olvidado? —Mi voz se rasgó en las paredes de la cueva. —¿Eres un idiota?
Atenea no olvida. Ella te comerá en un trago, como un búho tiene un estúpido
ratón.
Su cara palideció, pero presionó como el corazón valiente que él era.
—Asumiré el riesgo.
—No lo harás. Te lo prohíbo.
Se quedo mirándome. Nunca le había prohibido algo antes.
—Debo ir a Ítaca. He construido el barco. Estoy listo.
Caminé hacia él.
—Déjame explicarlo más claramente. Si te vas, morirás. Así que tú no
navegarás, y si lo intentas, quemaré ese bote tuyo hasta las cenizas.
Su cara emblanqueció consternado. Me di la vuelta y caminé lejos.
Él no navegó este día. Lo esperé todo el día en la cocina, y él se quedó en sus
bosques. Era tarde cuando volvió a la casa. Revolvió ruidosamente en los baúles
en busca de sábanas. Él había venido solo para mostrar que él no dormiría bajo
mi techo.
Cuando pasó por mi lado dije.
—Quieres que te trate como un hombre, pero actúas como un niño. Has sido
protegido tu vida entera. No entiendes los peligros que esperan por ti en el
mundo. No puedes simplemente pretender que Atenea no existe.
Telégono estaba preparado para contestarme, como yesca por las chispas.
—Estás en lo correcto. No conozco el mundo. ¿Cómo podría? No me dejas ir
lejos de tu lado.
—Atenea se paró frente a esta casa y me exigió darte a ella y así poder matarte.
—Lo sé —él dijo—. Me lo has dicho cientos de veces. Pero no lo ha vuelto a
intentar desde eso, ¿o sí? Estoy vivo, ¿o no?
—¡A causa de los hechizos que hago! —Me levanté para enfrentarlo. —¿No
sabes lo que he tenido que hacer para mantenerlos fuertes, las horas que tuve
que gastar preocupándome de ellos, probándolos para estar segura de que ella
no podía romperlos?
—Te gusta hacer esas cosas.
—¿Gustarme? —La risa rasgo desde mi interior. —Me gusta hacer mi propio
trabajo, ¡los cuales he tenido a penas tiempo para hacerlos desde que naciste!
—¡Entonces ve a hacer tus hechizos! ¡Haz eso y déjame ir! Sé honesta, ni
siquiera sabes si Atenea aún esta furiosa. ¿Has intentado hablar con ella? ¡Han
pasado dieciséis años!
Dijo eso como si fueran dieciséis siglos. Él no podía imaginar el alcance de los
dioses, la falta de piedad que produce ver el auge y la caída de generaciones
enteras a tu alrededor. Él era mortal y joven. Una tarde aburrida se sentía como
un año para él.
Podía sentir mi cara astillándose, acalorándose.
—Piensas que todos los dioses son como yo. Que puedes ignorarlos como
quieras, tratarlos como tus sirvientes, que sus deseos solo son moscas para ser
dejadas de lado. Pero ellos podrían aplastarte por placer, por despecho.
—El temor y los dioses, ¡temor y los dioses! Eso es todo de lo que hablas. Eso
es todo de lo que siempre hablaste. Todavía unos cientos y cientos de hombres y
mujeres caminaron ese mundo y vivieron hasta ser viejos. Algunos de ellos
fueron incluso felices, madre. Ellos no solo se quedaron a salvo escondidos con
caras desesperadas. Quiero ser uno de ellos. Pienso serlo. ¿Por qué no puedes
entenderlo?
El aire alrededor de mi comenzó a crujir.
—Tú eres el único quien no entiende. Te he dicho que no te irás, y ese es el
final de esto.
—¿Entonces eso es todo? ¿Solo me quedaré aquí mi vida entera? ¿Hasta que
muera? ¿Ni siquiera intentaré salir?
—Si es necesario.
—¡No! —Él golpeó la mesa entre nosotros. —¡No lo Haré! No hay nada para
mi aquí. Aún si otro barco viniera y te rogara para dejarlos entrar, ¿Qué pasaría?
Unos pocos días de plazo, entonces ellos se irán, y yo aún estaré atrapado. Si esa
es mi vida, entonces podría más bien morir. Prefiero que me mate Atenea,
¿escuchaste? ¡Al menos entonces podré haber visto una cosa en mi vida que no
es esta isla!
Mi visión se volvió blanca.
—No me importa lo que prefieras. Si eres tan estúpido como para salvar tu
propia vida, entonces lo hare por ti. Mis hechizos lo harán.
Por primera vez, él titubeó.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no sabrás incluso lo que perdiste. Nunca volverás a pensar
en irte.
Él dio un paso hacia atrás.
—No. No beberé tu vino. No tocaré nada que me des.
Podía saborear el veneno en mi boca. Era un placer verlo asustado finalmente.
—¿Crees que eso me parará? Nunca has entendido cuán fuerte soy.
Esa mirada la recordaré toda mi vida. Un hombre quien ha visto el velo
levantado y contempló la verdadera cara del mundo.
Él abrió la puerta de golpe y escapó en la oscuridad.
Me paré ahí un largo tiempo, como un árbol chamuscado hasta sus raíces.
Luego caminé abajo a la orilla. El aire estaba indiferente pero la arena aún
mantenía el calor del día. Pensé en todas las horas que lo traje aquí, su piel contra
la mía. Lo había querido para caminar libremente en el mundo, sin quemarse y
sin miedo, y había conseguido lo que deseaba. Él no podía imaginarse a una
despiadada diosa con su lanza apuntando a su corazón.
No le había dicho de su infancia, cuán furiosa y difícil fue. No le había dicho las
historias de los crueles dioses, de su propio cruel padre. Debería haberlo hecho,
pensé. Por dieciséis años, había sostenido el cielo, y él no lo había notado.
Debería haberle hecho pararse sobre el fogón mientras decía las palabras de
poder. Él debería entender todo lo que había llevado en silencio, todo eso que
había dejado de lado por cuidarlo.
¿Y entonces qué? Él estaba en algún lugar en los árboles, escondiéndose de mí.
Con cuánta facilidad me habían venido a la mente los hechizos que me
permitirían arrebatarle sus deseos, como quien le corta la parte podrida a una
fruta.
Apreté mi mandíbula. Quise gritar, tirarme de los pelos, llorar. Quería maldecir
a Hermes por sus verdades a medias y tentaciones. . . pero Hermes era nada.
Había visto la cara de Telégono cuando él solía mirar al mar y susurrar, horizonte.
Cerré mis ojos. Conocía la playa muy bien, no tenía que ver para caminar.
Cuando él era pequeño solía hacer listas de todas las cosas que podían
mantenerlo a salvo. No era mucho más que un juego, porque la respuesta fue
siempre la misma. Cualquier cosa.
Odiseo me había contado una vez una historia sobre un rey quien tenía una
lesión que no podía ser curada, no por cualquier doctor, no luego de cierto
tiempo. Él fue a un oráculo y escuchó su respuesta: solo el hombre quien ha
hecho la herida podía arreglarlo, con la misma lanza que él había usado para
hacerla. Entonces el rey había cojeado a través del mundo hasta que encontró a
su enemigo, quien le curó la herida.
Desee que Odiseo estuviera aquí, así podría preguntarle: ¿pero ¿cómo el rey
logró que lo ayudara el hombre que lo atacó tan grave?
La respuesta que me vino a la mente era de otra historia. Hace mucho tiempo,
en mi amplia cama, le había preguntado a Odiseo:
—¿Qué hiciste cuándo no podías hacer que Aquiles y Agamenón te escuchen?
Él sonrió a la luz del fuego.
—Eso es fácil. Haces un plan sin contar con ellos.
CAPÍTULO VEINTE
Lo encontré en los olivares. Las cobijas estaban enredadas alrededor
de él, como si hubiera luchando contra mí en sus sueños.
—Hijo mío—dije. Las palabras sonaron altas en el aire calmado. Aún
no amanecía, pero sentía que ya venían las grandes ruedas del carruaje
de mi padre. —Telégono.
Sus ojos se abrieron, y sus manos se levantaron, para alejarse de mí. El
dolor fue como la punta de una daga.
—Vengo a decirte que puedes ir, y yo te ayudaré. Pero con condiciones.
¿Sabía él cuanto me costaba decir estas palabras? No creo que pudiera.
El regalo de la juventud es el no sentir sus deudas. La alegría ya estaba
sobre él. Se tiró sobre mí, presionó su cabeza en mi cuello. Cerré los ojos.
Olía a hojas verdes y a savia fresca. Solo nos hemos respirado a nosotros
por dieciséis años.
—Dos días esperarás antes de partir —dije —. Y haremos tres cosas.
Asintió ansiosamente. —Lo que quieras. —Ahora que he perdido, él era
flexible. Por lo menos es cortés en una victoria. Lo llevé a la casa y llené
sus brazos de hierbas y botellas. Juntos las cargamos tintineando hasta su
barco. Ahí sobre su escritorio comencé a picar, moler y mezclar mis
pastas. Me sorprendió que él mirara. Usualmente se alejaba cuando hacia
un hechizo.
—¿Qué va a hacer?
—Es una protección.
—¿Contra qué?
—Lo que sea que yo piense. Lo que sea que Atenea convoque:
tormentas, monstruos marinos, una rotura en tu barco.
—¿Monstruos marinos?
Estaba contenta de verlo palidecer un poco.
—Esto los mantendrá alejados. Si Atenea quiere atacarte por el océano,
tendrá que hacerlo ella misma, directamente, y no creo que pueda,
porque ella está obligada por los Destino. Debes mantenerte en el bote, y
tan pronto como llegues a Ítaca, ve donde tu padre, y pídele que interceda
entre Atenea por ti. Ella lo protege y tal vez lo escuche. Júramelo.
—Lo hare —Su cara era solemne en las sombras.
Vertí las pócimas encima de cada tabla áspera, cada pulgada de vela,
diciendo mis encantos.
—¿Puedo intentar? —dijo él.
Le di lo que quedaba de una de las pócimas. Empapó un poco en la
cubierta, habló las palabras que me había escuchado decir.
Se asomó a la madera —¿Funcionó?
—No —dije.
—¿Como sabes que palabras usar?
—Digo las que tienen significado para mí.
Su cara mostraba esfuerzo, como si empujara una roca en una colina.
Miró fijamente las tablas y habló palabras diferentes, después más
palabras diferentes. La cubierta no cambió. Me miró, quejándose.
—Es difícil.
A pesar de todo, me reí. —¿Pensaste que no lo era? Escucha. Cuando te
propusiste a construir este barco, no levantaste un hacha una vez y
esperaste que estuviera terminado. Es trabajo, días tras días de trabajo.
La hechicería es lo mismo. He trabajado por siglos y todavía no lo he
dominado.
—Pero no es solo por eso —dijo él—. También sucede que no soy un
hechicero como tú.
Pensé en mi padre. Todos esos años atrás cuando él había convertido
el tronco de nuestro hogar en cenizas, y dijo, Y ese es lo menor de mis
poderes.
—Es probable que no seas un hechicero —dije—. Pero eres algo más.
Algo que aún no has encontrado. Y por eso es que vas.
Su sonrisa me recordó a la de Ariadna, cálida como el césped del
verano. —Si —dijo él.
Lo llevé a una parte de la playa con sombra. Mientras él se comía la
última de las peras, yo marqué su ruta con piedras, trazando las paradas
y peligros. Él no pasaría Escila. Había otras formas de llegar a Ítaca. El
hecho de que Odiseo no había podido navegarlas había sido por la
venganza de Poseidón.
—Si Hermes te ayuda, eso está bien, pero nunca debes depender de él.
Cualquier cosa que dice se lo lleva el viento. Y siempre debes tener
cuidado de Atenea. Ella podría ir a ti disfrazada. Una hermosa doncella,
quizás. No te dejes engañar, por ninguna tentación que ella te ofrezca.
—Madre —Su cara estaba roja—. Estoy buscando a mi padre. Eso es
todo en lo que pienso.
No dije más. Fuimos más gentil el uno con el otro en esos días de lo que
habíamos sido. Incluso antes de nuestra pelea. En las tardes, nos
sentábamos juntos en el hogar. Él tenía un pie atascado debajo de uno de
los leones. Solo era otoño, pero las noches ya eran frías. Le serví su
comida favorita, pescado relleno de hierbas y quesos asados. Él comió y
me dejó advertirle.
—Penélope —dije—. Ríndele todo tipo de honores. Arrodíllate ante
ella, ofrécele alabanzas y regalos; yo te daré unos adecuados. Ella es una
mujer razonable, pero a ninguna mujer le agrada el hijo ilegítimo de su
marido a sus pies.
» Y Telémaco. Se cauteloso con él, sobre todo. Él es el único que tiene
más que perder de ti. Muchos bastardos se han convertido en reyes, y él
lo sabe. No confíes en él. No le des la espalda. Él será más inteligente y
rápido, entrenado tu padre.
—Soy bueno con el arco.
—Pero contra troncos de roble y faisanes. Tú no eres un guerrero.
Él tomó un respiro. —Como sea, cualquier cosa que él intente, tus
poderes me protegerán.
Lo miré fijamente, aterrada. —No seas un tonto. No tengo poderes que
te sirvan lejos de este lugar. Confiar en eso es muerte.
Me tocó el brazo. —Madre. Solo quise decir que él es un mortal. Tengo
parte de tu sangre y tengo los trucos que vienen con eso.
¿Qué trucos? Quería sacudirlo. ¿Un poco de glamour? ¿Una forma de
encantar a los mortales? Su cara, tan llena de audaces esperanzas, me hizo
sentir vieja. Su juventud se había agrandado en él, madurando. Los
oscuros rulos colgaban entre sus ojos, su voz se había profundizado. Las
chicas y los chicos suspirarían por él, pero todo lo que yo veía eran los
miles de lugares suaves de su cuerpo, donde su vida podría ser terminada.
La desnudez de su cuello lucia obscena en la luz del fuego.
Se inclinó hacia mí. —Estaré bien, lo prometo.
No puedes hacer esa promesa, quería gritarle. No sabes nada. Pero ¿de
quién era la culpa? Había mantenido la cara del mundo oculta para él.
Había pintado su historia en brillantes, vivos colores, y él se había
enamorado de mi arte. Y ahora era muy tarde para volver y cambiarlo. Si
yo era tan vieja, debería ser sabia. Debería saber que de nada sirve aullar
cuando el pájaro ya voló.
Le había dicho que teníamos que hacer tres cosas. Pero la última era
solo para mí. Él no me pregunto al respecto. Algún hechizo, pensó él.
Alguna hierba que ella quiera arrancar. Esperé hasta que él se fue a su
cama, entonces caminé por la luz de las estrellas hasta la orilla del océano.
Las olas se deslizaron a través de mis pies, retorcían el dobladillo de mi
vestido. Estaba cerca de la cueva donde el bote de Telégono esperaba. En
pocas horas, él embarcaría, levantaría el ancla de roca cuadrada,
desplegaría la vela con sus puntadas irregulares. Era un chico dulce y me
saludaría hasta que él supiera que ya no lo podía ver. Después se giraría,
forzando sus ojos para la pequeña, rocosa isla que se encontraba al final
de sus esperanzas.
Estaba recordando los pasillos de mi padre, las corrientes negras de
Océano, ese gran río que rodea toda la tierra. Si un dios tenía sangre
náyade, podían deslizarse entre las olas y ser llevado a través de túneles
rocosos, a través de mil afluentes que lo llevarían al lugar donde su
corriente pasaba por debajo del mismo fondo del mar.
Eetes y yo solíamos ir allí. Donde las dos aguas no se mezclaban, pero
hacían una especie de membrana, viscosa como una medusa. A través de
ella, podías ver los destellos de fosforescencia en lo oscuro del océano, y
si presionabas la mano en ella, podías sentir el agua profunda del otro
lado, increíblemente fría. Nuestros dedos se estremecerían y tendrían
sabor a sal.
—Mira — me había dicho Eetes.
Apuntó a algo que se movía en la interminable oscuridad. Una sombra
gris pálida deslizándose hacia adelante, tan grande como un barco. Se
abalanzó sobre nosotros, alas fantasmales silenciosas en lo negro. El
único sonido era el raspado de su cola puntiaguda, arrastrándose por el
piso de arena.
Trigón, lo nombro mi hermano. El más grande de su especie, un
mismísimo dios. Se decía que el padre Urano, creador del mundo, lo había
colocado ahí por seguridad, porque el veneno en la cola de la criatura era
el más potente en el universo. Una sola tocada podría matar a un mortal
instantáneamente, condenar a un gran dios a una eternidad de
tormentos. ¿Y a un dios menor? ¿Qué nos haría a nosotros?
Miramos fijamente su misteriosa, cara alienígena, su boca plana y
cortante. Miramos su estómago blanco pasar sobre nosotros. Los ojos de
Eetes habían estado muy abiertos y brillantes. —Piensa qué buena arma
sería.
Estaba a punto de romper mi exilio, y lo sabía. Por eso había esperado
por la noche y que las nubes cubrieran los ojos de mi tía. Si tenía éxito,
regresaría en la mañana, antes que mi ausencia se notara. Y si no lo hacía,
bueno. Probablemente ya no habría castigo para mí.
Pisé las olas. Pasaron sobre mis piernas, mi barriga. Sobre mi cara. No
tuve que hundirme con rocas como un mortal haría, peleando contra mi
propia flotabilidad. Caminé continuamente por los estantes del océano.
Sobre mí la marea siguió su movimiento implacable, pero estaba muy
profundo para sentirlo. Mis ojos alumbraron el camino. La arena revuelta
a mi alrededor, y una platija se lanzó lejos mis pies. Ninguna otra criatura
se acercó. Podían oler mi sangre náyade, o tal vez los venenos
persistentes en mis manos de tantos años de brujerías. Me pregunté si
debería haber intentado hablar a las ninfas de mar, buscar su ayuda. Pero
no creí que les gustaría saber a lo que vine hacer.
Fui más profundo. Cayendo en el fondo de la oscuridad. Esa agua no era
mi elemento y lo sabía. El frio entró en mis huesos, la sal recorrió mi cara.
El peso del océano apilado como montañas en mis hombros. Pero resistir
siempre ha sido mi virtud y seguí. En la distancia, vislumbré las formas
flotantes de ballenas y calamares gigantes. Agarré mi cuchillo, su borde
afilad tanto como el bronce puede soportar, pero ellos también se
quedaron lejos.
Llamé. —Gran dios de la profundidad, vengo del mundo para retarte.
Al final, aterricé sobre el piso más bajo del mar. La arena estaba tan fría
que quemo mis pies. Todo estaba en silencio ahí, el agua absolutamente
tranquila. La única luz venía de hilos a la deriva de luminiscencia. Era
sabio, este dios. Hacer viajar a sus visitantes a un lugar tan hostil, donde
nada vivía salvo él.
No escuché sonido alguno, a mi alrededor se estrechó la ciega
extensión de sal. Luego la oscuridad se separó, y él vino. Era gigante,
blanco y gris, quemado en las profundidades como una imagen
remanente del sol. Sus silenciosas alas ondularon, ríos de corriente
fluyendo de sus puntas. Sus ojos eran delgados y rajados como un gato,
su boca una barra sin sangre. Miré fijamente. Cuando había entrado al
agua, me había dicho a mí misma que esto sería solo otro Minotauro
contra quien pelear, otro Olímpico del que tal vez me burlaría. Pero ahora,
con su horrible inmensidad ante mí, me acobarde. Esta criatura era más
vieja que todas las tierras del mundo, viejo como la primera gota de sal.
Incluso mi padre sería como un niño ante él. Estar contra tal cosa era
como detener el mar. Me invadió un frío de terror. Toda mi vida había
temido que un gran horror viniera por mí. No tenía que esperar más.
Estaba aquí.
¿Con que propósito me retas?
Todos los grandes dioses tienen el poder de hablar en pensamientos,
pero oír esa criatura en mi mente convirtió mi barriga en agua.
—Vine a ganar el veneno de tu cola.
¿Y por qué desearías tal poder?
—Atenea, la hija de Zeus, busca la vida de mi hijo. Mi poder no puede
protegerlo, pero el tuyo puede.
Sus ojos sin parpadear se posaron sobre los míos. Sé quién eres, hija
del sol. Todo lo que el mar toque llega a mí a las profundidades. Te he
saboreado. He saboreado a toda tu familia. Tu hermano vino una vez
también buscando mi poder. Se fue con las manos vacías, al igual que el
resto. No soy alguien contra quién puedas pelear.
La desesperación recorrió todo mi ser, pues sabía que decía la verdad.
Todos los monstruos de las profundidades estaban cubiertos de
cicatrices por batallas con sus hermanos monstruos. Él no. Él estaba liso
por todas partes, porque nadie se había atrevido a pasar por su poder
ancestral. Incluso Eetes había reconocido su límite.
—Aun así—dije—. Debo intentarlo. Por mi hijo.
Es imposible.
Las palabras fueron planas como el resto de él. Momento a momento,
podía sentir mi voluntad filtrándose de mí, desangrada por el implacable
frio de aquellas olas, y su mirada sin parpadear. Me forcé a hablar.
—No puedo aceptar eso —dije—. Mi hijo debe vivir.
No hay un deber en la vida de un mortal, excepto la muerte.
—Si no puedo retarte, quizás pueda darte algo a cambio. Algún regalo.
Realizar una tarea.
La hendidura de su boca se abrió en una risa silenciosa. ¿Qué puedes
tener que yo quiera?
Nada, lo sabía. Él me miro con sus pálidos ojos de gato.
Mi ley es como siempre ha sido. Si tomarás mi cola primero te deberás
someter a su veneno. Ese es el precio. Dolor eterno a cambio de unos
pocos años mortales para tu hijo. ¿Vale la pena el precio?
Pensé en el parto, el cual casi me había acabado. Pensé en el dolor
incesante, sin cura, sin remedio, sin alivio.
—¿Le ofreciste lo mismo a mi hermano?
La oferta es para todos. Él la rechazo. Siempre lo hacen.
Me dio un poco de fuerza saberlo. —¿Cuáles son las otras condiciones?
Cuando no tengas más necesidad de su poder, échalo en las olas, para
que pueda regresar a mí.
—¿Eso es todo? ¿Lo juras?
¿Quieres que me comprometa, muchacha?
—Así sabré que cumplirás tu trato.
Lo haré.
Las corrientes se movieron a nuestro alrededor. Si hacia esto, Telégono
viviría. Eso era todo lo que importaba. —Estoy lista —dije—. Adelante.
No. Deberás colocar tus manos en el veneno tu misma.
El agua me succionó. La oscuridad marchitó mi coraje. La arena no era
suave sino mezclada con pedazos de hueso. Todo lo que murió en el mar
vino a descansar ahí. Mi piel rosada, picando y picando, como si fuera a
desgarrarse y dejarme. No había misericordia entre los dioses, lo había
sabido toda mi vida. Me hice caminar hacia adelante. Algo atrapó mi pie.
Una caja torácica. Me liberé. Si paraba, nunca me movería de nuevo.
Fui al lugar donde su cola se une con su piel gris. La carne encima lucía
desproporcionadamente suave, como algo podrido. La espina raspaba
débilmente sobre el piso del océano. De cerca podía ver su borde de
dientes de sierra, y olí su poder, grueso y asquerosamente dulce. ¿Podría
ser capaz de salir de lo profundo otra vez, una vez que el veneno estuviera
en mí? ¿O solo me quedaría ahí, agarrando la cola, mientras mi hijo moría
en el mundo de arriba?
No lo alargues más, me dije. Pero no podía moverme otro centímetro.
Mi cuerpo, con su simple buen sentido, negado a la autodestrucción. Mis
piernas tensas por huir, por volver a la seguridad del mundo seco. Justo
como Eetes antes que yo, y todos los otros que habían venido por el poder
de Trigón.
A mi alrededor estaba la oscuridad y corrientes oscuras. Puse la
brillante cara de Telégono ante mí. Llegué.
Mi mano paso a través de agua vacía, tocando nada. La criatura flotaba
enfrente mío otra vez. Su mirada fija en mí.
Ya está.
Mi mente estaba negra como esa agua. Fue como si el tiempo hubiera
saltado.
—No entiendo.
Hubieras tocado el veneno. Eso es suficiente.
Me sentí como si estuviera loca. —¿Como es posible?
Soy tan viejo como el mundo, y hago las condiciones que me satisfagan.
Eres la primera en cumplirlas.
Se levantó de la arena. El batido de sus alas peino mi cabello, y cuando
paró, el lugar donde su cola se une con su cuerpo estaba ante mí de nuevo.
Corta. Comienza en la carne de arriba, en otro lado el veneno se
derramará.
Su voz era calmada, como si me dijera que rebanara una fruta. Me sentí
mareada, aun tambaleándome. Miré esa piel, sin marcas y delicada como
el interior de una muñeca. No podía imaginarme cortándolo; era como la
garganta de un infante.
—No puedes permitir esto —dije—. Debe ser un truco. Podría arruinar
el mundo con tal poder. Podría amenazar a Zeus.
El mundo del que hablas no es nada para mí. Has ganado, ahora toma
el premio. Corta.
Su voz no era ni severa ni gentil, sin embargo, lo sentí como un latigazo.
El agua presionada sobre mí, enormes profundidades extendiéndose en
su noche interminable. Su carne suave esperaba ante mí, lisa y gris. Y aun
así no me moví.
Estabas dispuesta a pelear conmigo para tenerla. ¿No lo quieres si te lo
doy voluntariamente?
Mi estomago se revolvió contra sí mismo. —Por favor. No me obligues
a hacer esto.
¿Obligarte? Hija, tú has venido a mí.
No podía sentir el mango del cuchillo en mi mano. No podía sentir nada.
Mi hijo parecía distante como el cielo. Levanté la cuchilla, toqué su punta
con la piel de la criatura. Se desgarró tan fácil como las flores deshojan. El
icor dorado se desvaneció, deslizándose entre mis manos. Recuerdo lo
que pensé: seguramente, estoy condenada por esto. Puedo crear
cualquier hechizo que quiera, todas las lanzas mágicas. Sin embargo, me
pasaré el resto de mis días viendo esta criatura sangrar.
El último pedazo de piel se separó. La cola se liberó en mi mano. Casi
no tenía peso, y de cerca tenía una cualidad casi como iridiscencia.
—Gracias —dije, pero mi voz era aire.
Sentí las corrientes moverse. Los granos de arena susurraban unos
contra otros. Sus alas se estaban levantando. La oscuridad a nuestro
alrededor brilló con nubes de su sangre dorada. Debajo de mis pies
estaban los huesos de miles de años. Pensé: No puedo soportar este
mundo ni un momento más.
Entonces, hija, crea otro.
Él se deslizo dentro de la oscuridad, arrastrando una cinta de oro
detrás de él.
Fue un largo camino de vuelta arriba con esa muerte en mis manos. No
vi ninguna criatura, ni siquiera a la distancia. No les había gustado antes;
ahora huyeron. Cuando emergí en la playa casi amanecía y no había
tiempo para descansar. Fui a la cueva y encontré el palo viejo que había
estado usando Telégono como lanza. Todavía temblando un poco, mis
manos desenrollaron el cordón que unía el cuchillo a su extremo. Me
quedé un momento mirando su largo torcido, preguntándome si debería
encontrar un mango nuevo. Pero este era con el que él había practicado,
y pensé es más seguro mantenerlo como él estaba acostumbrado,
torceduras y todo.
Agarré gentilmente la espina por su base. Se había cubierto con un
fluido claro. Lo uní al final del palo, con hilo y magia, luego coloqué sobre
ella una funda de cuero, encantada con moly, para mantener el veneno
atrapado.
Él estaba durmiendo, su cara suave, sus mejillas ligeramente
sonrojadas. Me quedé mirándolo hasta que despertó. Se paró, luego
entrecerró sus ojos. —¿Qué es eso?
—Protección. No toques nada excepto el mango. Un rasguño es muerte
para los hombres y tormento para los dioses. Siempre mantenlo
enfundado. Es solo para Atenea, o un mayor peligro. Después debe volver
a mí.
Él era audaz, siempre lo había sido. Sin vacilar, llegó y tomó el mango
contra su palma. —Es más ligero que el bronce. ¿Qué es?
—La cola de Trigón.
Las historias de monstruos siempre habían sido sus favoritas. Me miro.
—¿Trigón? —Su voz estaba llena de maravilla. —¿Le quitaste su cola?
—No —dije—. Él me la regaló. Por un precio. —Pensé en esa sangre
dorada, tiñendo las profundidades del océano. —Llévalo ahora, y vive.
Se arrodillo ante mí, sus ojos en el piso. —Madre —comenzó—. Diosa. . .
Coloqué mis dedos en su boca. —No. —Lo ayudé a levantarse. Era tan
alto como yo. —No empieces ahora. No va contigo, ni conmigo.
Me sonrió. Nos sentamos juntos en la mesa, comiendo el desayuno que
yo había hecho, luego preparamos el barco, cargándolo con compras y
regalos de invitados, arrastrándolo hasta la orilla del agua. Su rostro se
volvió más brillante cada minuto, sus pies rozaron la tierra. Me dejó
abrazarlo una última vez.
—Le daré tus saludos a Odiseo —él dijo—. Te traeré de vuelta tantas
historias, madre, no te las creerás todas. Te conseguiré tantos regalos,
que no serás capaz de ver la cubierta.
Yo asentí. Toqué su cara, y él zarpó, saludando, hasta que desapareció
de mi vista.
CAPÍTULO VEINTIUNO
Las tormentas del invierno llegaron más temprano ese año. Llovió en
gotas que apenas parecían mojar el suelo. Siguió un viento despojador,
rasgando las hojas de los árboles en un día.
No había estado sola en mi isla en... No podía contar. ¿Un siglo? ¿Dos?
Me había dicho que cuando él estuviera lejos haría todas las cosas que
había dejado a lado por dieciséis años. Trabajaría en mis hechizos desde
el amanecer hasta el anochecer, desenterrar raíces y olvidar comer,
cosechar los tallos de mimbre y tejer cestas hasta que se apilaran hasta el
techo. Sería pacífico, los días pasando. Un tiempo para descansar.
En vez de eso, paseaba por la orilla, contemplando, como si pudiera
hacer que mis ojos llegaran hasta Ítaca. Conté lo momentos,
descontándolos del tiempo de su viaje. Ahora estaría parando buscando
agua fresca. Ahora estaría observando la isla. Habría hecho su camino
hasta el palacio y se habría arrodillado. Odiseo. . . ¿qué haría? No le había
dicho que estaba embarazada antes que se fuera. Le había dicho tan poco.
¿Qué pensaría él de un niño de nosotros?
Estará bien, me calmé. Él es un niño del que estar orgulloso. Odiseo
vería claramente sus cualidades, tal como él había elegido el telar de
Dédalo. Lo tomaría en su confianza y le ensenaría todas esas artes de los
hombres mortales, esgrima, tiro al arco, cazar, dar consejos. Telégono se
sentaría en las fiestas y encantaría a los itácanos mientras su padre lo
vería con orgullo. Incluso Penélope estaría conquistada, y Telémaco. Tal
vez él encuentre un lugar en su corte, yendo y viniendo entre nosotros, y
así tener una buena vida.
¿Qué más, Circe? ¿Pasearían en grifos y todos se volverían inmortales?
El aire olía a nieve, y uno o dos copos cayeron del cielo. Miles y miles
de veces, había recorrido las pendientes de Aiaia. Los álamos, blanco y
negro, unían sus brazos descubiertos. Los cornejos y manzanos con frutas
caídas marchitándose en el piso. El hinojo tan alto como mi cintura, las
rocas del mar blancas con sal seca. Adelante, los cormoranes rozando
llamaban a las olas. A los mortales les gusta llamar tales maravillas
naturales perpetuas, eternas, pero la isla siempre estaba cambiando, esa
era la verdad, fluyendo sin cesar a través de las generaciones. Mas de
trecientos años habían pasado desde que había venido. El roble que crujió
sobre mi cabeza lo había conocido como un árbol joven. La playa menguó
y fluyó, sus curvas cambiando con cada temporada de invierno. Incluso
los acantilados eran diferentes, tallados por la lluvia y el viento, por las
garras de incontables lagartos escarbadores, por las semillas que se
atascaron y brotaron en sus grietas. Todo estaba unido por el constante
ascenso y descenso del aliento de la naturaleza. Todo excepto yo.
Por dieciséis años, había colocado ese pensamiento a un lado. Telégono
lo hacía fácil, su salvaje infancia llena con amenazas de Atenea, luego los
berrinches, su juventud floreciente y todos los detalles bochornosos de la
vida que lo seguían todos los días: las túnicas que debía ser lavadas, las
comidas servidas, las sábanas cambiadas. Pero ahora que él se había ido,
podía sentir la verdad erigiéndose. Aunque Telégono sobreviviese a
Atenea, aunque lograse llegar a Ítaca y volver, lo perdería de todos
modos. Por un naufragio o por enfermedad, por un saqueo o por una
guerra. A lo máximo que podía aspirar era a ver envejecer su cuerpo,
miembro a miembro. Ver sus hombros caer, sus piernas temblar, su
barriga hundirse en sí misma. Y al final, tendría que pararme sobre su
cadáver de pelo blanco y verlo alimentar las llamas. Las colinas y arboles
ante mí, los gusanos y leones, piedras y brotes blandos, el telar de Dédalo.
Todos vacilaron como si fueran un sueño desgarrador. Debajo de ellos
estaba el lugar que estaba verdaderamente habitado, una eternidad fría
de duelo interminable.
Uno de mis lobos había comenzado a aullar. —Silencio —le dije. Pero
ella continuó, su voz sacudiendo las paredes, molestando mis oídos. Me
había quedado dormida ante el fuego, mi cabeza en las piedras del hogar.
Me senté, apenas, piel marcada con el tejido de mi sabana. A través de la
ventana fluía la luz del invierno, severa y pálida. Se lanzo en mis ojos y
dejo sombras hasta las rodillas en el suelo. Quería dormir de nuevo. Pero
ella sollozó y aulló, y al final me obligué a pararme. Fui a la puerta y la
abrí. ¡Ahí!
La loba me empujó y corrió a través del claro. La miré irse. Arcturos, la
llamamos. La mayoría de los animales no tenían nombre, pero ella había
sido la favorita de Telégono. Ella se inclinó, hacia el acantilado que miraba
la costa. Dejé la puerta colgando y la seguí. No me había puesto una capa,
y los crecientes vientos de tormenta me abofetearon mientras subía la
cima hasta donde estaba Arcturos. Los mares estaban en su peor
invierno, arrastrando y haciendo ráfagas, con la cima blanca, salvaje. Solo
la máxima necesidad sacaría a un marinero. Me quedé mirando, segura
de que estaba equivocada. Pero ahí estaba: un barco. Telégono.
Corrí de vuelta a través de los árboles y los matorrales de espinas
descubiertas. El terror y la alegría se juntaron en mi garganta. Ha vuelto.
Ha vuelto muy pronto. Debe haber ocurrido algún desastre. No es el mismo.
Ha cambiado.
Chocó conmigo entre los laureles. Lo agarré, tiré de él en mis brazos,
presioné mi cabeza en su hombro. Olía a sal y se sentía más ancho que
antes. Me aferré a él, sin nervios, aliviada.
—Ya has vuelto.
Él no respondió. Levanté la cabeza y agarré su cara. Estaba demacrada,
magullada y sin dormir. Llena de misterio. Sentí una alarma atravesarme.
—¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?
—Madre. Tengo que decirte algo.
Sonó como si se estuviera ahogando. Arcturos se presionaba contra su
rodilla, pero él no la tocó. Todo su cuerpo estaba frio y rígido. El mío se
había enfriado con él.
—Dime —le dije.
Pero él estaba perdido. Había contado tantas historias en su vida, pero
esta se atascó en él, como mineral a la roca. Tomé su mano. —Lo que sea
que es, yo te ayudaré.
—¡No! —Se alejó de mí. — ¡No digas eso! Debes dejarme hablar.
Su cara era gris, como si hubiera tragado veneno. Los vientos aun
soplaban, girando en nuestra ropa. No sentí nada excepto los escasos
centímetros entre nosotros.
—Cuando llegué, mi padre no estaba —dijo tragando saliva—. Fui al
palacio y me dijeron que era un viaje de cacería. No me quedé ahí. Me
quedé en el bote como me habías dicho.
Asentí. Temía que se rompiera si decía una palabra.
—En las tardes caminaba un poco por la playa. Siempre llevaba la
lanza. No me gustaba dejarla en el bote. No quería. . .
Un espasmo pasó por su cara.
—Era la puesta de sol cuando el bote entró. Una pequeña embarcación,
como la mía, pero apilada con tesoros. Destellaron mientras el bote se
mecía en las olas. Armadura, creo, y algunas armas, tazones. Su capitán
lanzó el ancla y salto de la proa.
Él encontró mis ojos.
—Lo sabía. Incluso desde la distancia. Era más pequeño de lo que pensé
que sería. Sus hombros eran tan anchos como los de un oso. Su cabello
era todo gris. Él pudo haber sido cualquier marinero. No puedo decir
como lo supe. Fue como si... como si todo este tiempo, mis ojos habían
estado esperando solo esa forma.
Conocía el sentimiento. Es como me había sentido mirándolo en mis
brazos por primera vez.
—Lo llame, pero él ya estaba viniendo hacia mí. Me arrodillé. Pensé...
Su puño presionado contra su pecho, como si pudiera presionarlo a
través de su piel. Se dominó a sí mismo.
—Pensé que él también me conocía. Pero estaba gritando. Decía que no
podía robarle a él ni asaltar sus tierras. Él me enseñaría una lección.
Podía imaginar el shock de Telégono. Quien nunca había sido acusado
de nada en su vida.
—Él corría hacia mí. Le dije que lo había malentendido. Tenía el
permiso de su hijo, el príncipe. Eso solo lo enojó más. Yo soy el gobernante
aquí, me dijo.
Los vientos nos golpeaban, y su piel estaba dura como piel de gallina.
Traté de colocar mis brazos a su alrededor, pero era como haber
abrazado un roble.
—Se paró sobre mí. Su rostro estaba arrugado y manchado de sal.
Había un vendaje en su brazo, empapándose con la sangre. Llevaba un
cuchillo en el cinturón.
Sus ojos estaban distantes, como si se arrodillará en esa playa de
nuevo. Recordé los brazos cicatrizados de Odiseo, marcados de cientos de
cortes poco profundos. Le gustaba pelear de cerca. Recibir golpes en tus
brazos, él dijo, era mejor que recibirlos en tus tripas. Su sonrisa en la
oscuridad de mi cuarto. Esos héroes. Deberías ver la expresión en sus caras
cuando corro directamente por ellos.
—Me dijo que bajara mi lanza. Le dije que no podía, pero él siguió
gritando que debía bajarla, bájala. Luego la agarro por mí.
La escena floreció en mi mente: Odiseo con sus hombros anchos, sus
piernas atadas, arremetiendo contra mi hijo a quien todavía no le crecía
la barba. Todas esas historias que le había ocultado saltaron a mi mente.
De Odiseo golpeando al rebelde de Tersites hasta la inconsciencia. De
todas las veces que Euríloco tenía los ojos negros y una nariz abultada.
Odiseo tenía paciencia ilimitada para los caprichos de Agamenón, pero
con aquellos inferiores a él sería duro como las tormentas de invierno. Lo
cansó, toda la ignorancia del mundo. Tantas voluntades tercas que deben
ser aprovechadas una y otra vez para su propósito, tantos corazones
tontos que diariamente tenían que ser arrebatados de sus esperanzas a
las suyas. Ninguna boca podía llevar toda esa persuasión. Debe haber
atajos, y así él los encontró. Incluso podría haber sido un placer, aplastar
a algunas pequeñas almas que se quejan y que se atrevieron a
interponerse en el camino del Mejor de los Griegos.
¿Y qué habría visto el Mejor de los Griegos, al mirar a mi hijo? Un
temperamento dulce, sin miedo. Un hombre joven quien nunca en su vida
se había doblado a la voluntad de otro.
Me sentía como una soga a punto de romperse, insoportablemente
apretada. —¿Qué pasó?
—Corrí. Al palacio. Ellos podían decirle que no quería hacer daño. Pero
él era tan rápido, madre.
Las cortas piernas de Odiseo eran engañosas. Su velocidad solo era la
segunda mejor luego de Aquiles. En Troya, él había ganado todas las
carreras de pies. En las luchas solo había tropezado con Áyax una vez.
—Agarró la lanza y me empujó. La funda de cuero voló. Tenía miedo de
soltarla. Tenía miedo de que...
Telégono se paró frente a mi viviendo, pero sentí el tardío arranque de
pánico. Qué tan cerca había estado. Si la lanza se habría movido en su
agarre, lo habría rozado...
Y luego lo supe. Entonces supe. Su rostro era como un campo quemado.
Su voz, quebrada por la pena.
—Le grité que debía ser cuidadoso. Le dije, madre. Dije, no dejes que te
toque. Pero él me lo arrebató. Fue el rasguño más delicado. La punta
contra su mejilla.
La cola de Trigón. La muerte que había puesto en sus manos.
—Su cara sólo ... se detuvo. Él se cayó. Intenté limpiar el veneno, pero
no había ninguna herida. Te llevaré donde mi madre, le dije, ella ayudará.
Sus labios estaban blancos. Lo sostuve. Soy tu hijo, Telégono, nacido de la
diosa Circe. Él escuchó. Creo que escuchó. Me miró antes de que... muera.
Mi boca estaba vacía. Todo estaba claro al final. Atenea armada en
desesperación, su cara rígida diciendo que nos arrepentiríamos si
Telégono vivía. Temía que él pudiera lastimar a alguien que ella amaba.
¿Y a quién amaba más Atenea?
Presioné mi mano en mi boca. —Odiseo.
Se encogió al escuchar esa palabra, como una maldición. —Intenté
advertirle. Intenté. . . —se ahogó.
El hombre con el que me había acostado tantas veces, muerto por el
arma que yo había mandado, muerto en los brazos de mi hijo. Los
Destinos se reían de mí, de Atenea, de todos nosotros. Era su broma
pesada favorita: aquellos que pelean contra su profecía solo la dibujan
con más fuerza alrededor de sus gargantas. La trampa brillante se había
cerrado, y mi pobre hijo, quien nunca había lastimado a ningún hombre,
fue capturado. Él había navegado a casa todas esas horas con esta
abrumadora culpa en su corazón.
Mis manos estaban adormecidas, pero logré moverlas. Lo agarré por
los hombros. —Escucha —dije—. Escúchame. No puedes culparte. Estaba
destinado desde hace tiempo, destinado de cien maneras diferentes.
Odiseo me dijo una vez que él estaba destinado a ser asesinado junto al
mar. Pensé que se refería a un naufragio, ni siquiera consideré otra
opción. Estaba ciega.
—Deberías haber dejado que Atenea me matara. —Sus hombros
estaban caídos, su voz apagada.
—¡No! —lo sacudí, como si pudiera deshacerme de ese malvado
pensamiento. —Nunca lo hubiera permitido. Nunca. Incluso si lo supiera
en ese momento. ¿Me estás escuchando? —La desesperación raspaba mi
voz. —Conoces las historias. Edipo, Paris. Sus padres intentaron
matarlos, sin embargo, vivieron para soportar sus destinos. Este siempre
fue el camino que debías recorrer. Debes consolarte en eso.
—¿Consuelo? —Levantó su mirada. —Está muerto, madre. Mi padre
está muerto.
Mi viejo error, correr tan rápido para ayudarlo que no me detuve a
pensar. —Oh, hijo —le dije—. Es agonía. Yo también la siento.
Él lloro. Mi hombro se humedeció contra su cara. Debajo de las ramas
desnudas compartimos duelo, por el hombre que yo había conocido, y el
hombre que él no conoció. Las amplias manos de arador de Odiseo. Su voz
seca, dibujando con precisión las locuras de los dioses y los mortales. Sus
ojos que vieron todo y dieron tan poco. Todo falleció. No habíamos sido
fácil, pero habíamos sido bueno el uno para el otro. Él me había confiado,
y yo a él, cuando no había nadie más. Él era la mitad de mi hijo.
Después de poco tiempo, él retrocedió. Sus lágrimas habían cesado,
aunque sabía que vendrían otra vez.
—Había esperado... —Se calló, pero el resto estaba claro. ¿Qué esperan
siempre los niños? Hacer brillar a sus padres con orgullo. Sabía que tan
dolorosa podía ser la muerte de esa esperanza.
Coloqué mis manos en sus mejillas. —Las sombras del inframundo
saben de las andanzas de los vivos. Él no guardará rencor. Él oirá de ti. Él
estará orgulloso.
A nuestro alrededor, los arboles se sacudían. El viento había cambiado
de dirección. Mi tío Bóreas, respirando su frialdad sobre el mundo.
—El inframundo —dijo—. No pensé en eso. Él estará ahí. Cuando yo
muera, podré verlo. Entonces podré suplicar por su perdón. Tendremos
el resto del tiempo juntos. ¿No es así?
Su voz era vívida con esperanza. Vi la imagen en sus ojos: el gran
capitán caminando hacia él a través de los campos de asfódelo. Se
arrodillaría en sus humeantes rodillas, y Odiseo le pediría con un gesto
que se levantara. Vivirían lado a lado en la casa de los muertos. Lado a
lado, donde yo nunca podría ir.
El dolor de ello subía en mi garganta, amenazando con tragarme. Pero
yo habría tocado veneno paralizante por él. ¿No podría decir esas simples
palabras, para darle una migaja de consuelo?
—Así será —le dije.
Su pecho se levantó, pero se estaba calmando. Se frotó las manchas de
sus mejillas. —Entonces entenderás por qué tuve que traerlos. No podía
dejarlos, después de lo que hice. No cuando ellos pidieron venir. Están tan
cansados, y de luto también.
Yo misma estaba cansada, supervisada, golpeada por una ola tras otra.
—¿Quienes?
—La reina —dijo—. Y Telémaco. Están esperando en el bote.
Las ramas se inclinaron a mi alrededor. —¿Los trajiste aquí?
Parpadeó ante la intensidad de mi voz. —Por supuesto. Ellos me lo
pidieron. No quedaba nada para ellos en Ítaca.
—¿No quedaba nada? Ahora Telémaco es rey, y Penélope una reina
viuda. ¿Por qué se irían?
Frunció el ceño. —Eso es lo que ellos dijeron. Dijeron que necesitaban
ayuda. ¿Cómo podía cuestionarlos?
—¿Cómo no pudiste? —Mi pulso palpitaba en mi garganta. Escuché a
Odiseo como si estuviera a mi lado. Mi hijo cazará a aquellos hombres que
me dejen abajo. Él diría: "Te atreviste a derramar la sangre de Odiseo, y
ahora la tuya se derrama a cambio.
—Telémaco ha jurado matarte.
Me miró fijamente. Todas las historias que había escuchado de hijos
vengativos, y todavía era una sorpresa para él. —No —dijo lentamente—.
Si hubiera querido, podría haberlo hecho en el camino.
—Eso no prueba nada —le dije. Mi voz era irregular. —Su padre tenía
miles de engaños, y el primero de ellos era pretender una amistad. Quizás
él pretende intentar hacernos daño a los dos. Quizás él quiera que yo te
vea morir.
Hace un momento nos habíamos abrazado. Pero ahora él retrocedió.
—Ese es mi hermano de quien hablas —dijo.
Esa palabra, hermano, en sus labios. Pensé en Ariadna extendiendo sus
manos hacia el Minotauro y la cicatriz en su cuello.
—Yo también tengo hermanos —le dije—. ¿Sabes lo que harían si yo
estuviera en su poder?
Nos paramos en la tumba de su padre, sin embargo, aún luchamos esa
misma vieja pelea. Dioses y miedo, dioses y miedo.
—Él es la única sangre de mi padre que queda en el mundo. No lo
rechazaré. —Sus respiraciones eran ásperas en el aire. —No puedo
deshacer lo que he hecho, pero por lo menos puedo hacer esto. Si no nos
tendrás, yo me iré. Los llevaré a otro lugar.
Él lo haría. No tenía ninguna duda. Los llevaría lejos. Sentí esa vieja
rabia creciendo en mí, la que juro que quemaría el mundo antes que
permitiera que cualquier daño viniera por él. Con ella, había enfrentado
a Atenea y había levantado el cielo. Había entrado en las oscuras
profundidades. Había un placer en ella, esa gran calentura a través de mí.
Mi mente saltó con imágenes de destrucción: la tierra enviada girando
hacia la oscuridad, islas hundidas en el mar, mis enemigos transformados
y arrastrándose a mis pies. Pero ahora cuando busco esas fantasías, el
rostro de mi hijo no las dejaría ocurrir. Si quemara el mundo, él se
quemaría con él.
Respiré, dejando que el aire salado me llenara. No necesitaba tales
poderes, no aún. Penélope y Telémaco podrán ser inteligentes, pero ellos
no eran Atenea, y a ella la había mantenido a distancia por dieciséis años.
Habían enloquecido si pensaban en hacerle daño a él aquí. Los hechizos
seguían en lugar que lo protegían en la isla. Su loba nunca dejó su lado.
Mis leones miraban desde sus rocas. Y aquí estaba yo, su madre hechicera.
—Entonces ven —le dije—. Vamos a mostrarles Aiaia.
Ellos esperaron en la cubierta. Detrás de ellos, el circulo pálido del sol
brilló contra el cielo frio, lanzando sus rostros en sombras. Me pregunté
si habían planeado eso. Odiseo me había dicho una vez que la mitad de un
duelo es maniobrar alrededor del sol, tratando de conseguir que la luz
apuñale los ojos de tu enemigo. Pero yo era la sangre de Helios, y ninguna
luz podría cegarme. Los vi claramente. Penélope y Telémaco. ¿Qué
harían? me pregunté, medio mareada. ¿Arrodillarse? ¿Cuál es el saludo
apropiado para la diosa que tuvo un hijo con tu esposo? ¿Y si ese hijo
después provoca su muerte?
Penélope inclinó su cabeza. —Nos honras, diosa. Le agradecemos por
su refugio. —Su voz era suave como crema, su rostro tranquilo como agua
mansa. Muy bien, pensé. Así es como lo haremos. Conozco el cuento.
—Son mis invitados de honor —dije—. Sean bienvenidos aquí.
Telémaco llevaba un cuchillo en su cintura. Era el tipo que usaban los
hombres para destripar animales. Sentí mi pulso saltar. Inteligente. Una
espada, una lanza, estos son artículos de guerra. Pero una vieja cuchilla
de cacería, con su agarre torcido, pasa sin sospecha.
—Y tú debes ser Telémaco —le dije.
Su cabeza se sacudió un poco al oír su nombre. Pensé que se habría
parecido a mi hijo, rebosante de juventud y con una gracia
resplandeciente. Pero él era impávido. Su cara seria. Treinta años debía
tener. Se veía mayor.
Él dijo —¿Te ha contado tu hijo sobre la muerte de mi padre?
Mi padre. Las palabras colgaron en el aire como un reto. Su
atrevimiento me sorprendió. No me lo había esperado de semejante
aspecto.
—Lo ha hecho —le dije—. Sufro por ello. Tu padre era un hombre de
quien escribían canciones.
Una rigidez cruzó el rostro de Telémaco. Enfado, pensé, que me
atreviera a decir el epitafio de su padre. Bien. Lo quería enfadado.
Cometería errores de esa manera.
—Vengan —dije.
Los lobos se movían, silenciosos y grises a nuestro alrededor. Me
adelanté. Quería un espacio para respirar, antes que ocuparan mi casa y
mi hogar. Un momento para planear. Telégono cargaba los bolsos, él
había insistido. No habían traído mucho, escasamente el armario de una
familia real, pero entonces, Ítaca no era Cnosos. Podía escuchar a
Telégono detrás de mí, señalando los lugares traicioneros, las raíces y
rocas resbalosas. Su culpa pesaba en el aire como nieblas de invierno. Por
lo menos sus presencias parecían distraerlo, sacarlo de la desesperación.
Él había tocado mi brazo en la playa, susurrando: Penélope está muy débil,
creo que no ha estado comiendo. ¿Ves lo delgada que esta? Deberías
mantener a los animales alejados. Y comida sencilla. ¿Puedes hacer caldo?
Me sentí como si no estuviera atada a la tierra. Odiseo se ha ido,
Penélope estaba aquí, y yo debía hacerle caldo. Después de todas esas
veces que había pronunciado su nombre, al final ella fue convocada.
Venganza, pensé. Debe ser. ¿Que otro propósito los traería?
Llegaron a mi puerta. Nuestras palabras todavía eran crema, adelante,
gracias, comerán, eres muy amable. Servi la comida: caldo en efecto, platos
de queso y pan, vino. Telégono amontonó sus platos, mantuvo un ojo en
sus vasos. Su cara aún estaba tensa con esa asistencia culpable. Mi niño
quien había presidido tan hábilmente un barco lleno de marineros, ahora
estaba suspendido, mirando como un perro, esperando por cualquier
bocado de perdón. Para entonces ya estaba oscuro, las velas encendidas.
Las llamas se sacudían con nuestras respiraciones.
—Señora Penélope —él dijo—. ¿Ve ese telar del que le hable? Lamento
que hayas tenido que dejar el tuyo, pero puedes usar este cada vez que
quieras. Si mi madre está de acuerdo.
Bajo otras circunstancias, me hubiera reído. Era un viejo dicho: tejer en
el telar de otra mujer es como acostarse con su marido. Miré para ver si
Penélope estremecería.
—Me contenta ver tal maravilla. Odiseo me lo contó a menudo.
Odiseo. El nombre desnudo en la habitación. No me acobardaría si ella
no lo hacía.
—Entonces tal vez —le dije—. Odiseo también te conto que el mismo
Dédalo lo hizo. Nunca he sido una tejedora digna de tal regalo, pero tú
eres famosa por tu habilidad. Espero que lo intentes.
—Eres muy amable —dijo ella—. Me temo que cualquier cosa que
hayas escuchado es una exageración.
Y así pasó. No hubo lágrimas, no recriminaciones, y Telémaco no
arremetió contra la mesa. Observé su cuchillo, pero él lo llevaba como si
no supiera que estaba ahí. Él no habló, y su madre raramente hablaba. Mi
hijo trabajó en llenar los silencios, pero con cada momento, vi su dolor
crecer. Desarrolló una mirada triste. Un leve temblor convulsivo había
comenzado a pasar por él.
—Están cansados —dije—. Los llevare a sus camas.
No era una pregunta. Se levantaron, Telégono se balanceó un poco. Le
mostré sus habitaciones a Penélope y Telémaco, les traje agua para lavar
y vi sus puertas cerradas. Seguí a mi hijo y me senté a su lado en la cama.
—Te puedo dar una bebida para dormir —le dije.
Sacudió su cabeza. —Voy a poder dormir.
En su desespero y fatiga, él era dócil. Me dejó sostener su mano y
hundir su cabeza en mi hombro. No pude evitar encontrar un poco de
placer en ello, él raramente me permitía tanta cercanía. Acaricié su
cabello, un tono más claro que el de su padre. Sentí que el escalofrío lo
recorría de nuevo.
—Duerme —murmuré, pero él ya lo había hecho. Lo baje lentamente
hasta la almohada, levantando la sabana y girando un hechizo sobre la
habitación para apagar el ruido, para apagar la luz. Arcturos jadeaba al
final de la cama.
—¿Dónde está el resto de tu manada? —le dije a ella—. Los tendría
aquí también.
Ella me miró con ojos pálidos. Yo soy suficiente.
Cerré la puerta detrás de mí y caminé a través de las sombras
nocturnas de mi casa. Después de todo no había enviado a mis leones
lejos. Siempre fue instructivo ver cómo la gente los tomaría. Penélope y
Telémaco no habían titubeado. Tal vez mi hijo los había advertido. ¿O era
algo que Odiseo había mencionado? El pensamiento envió un misterioso
escalofrió a través de mí. Escuché, como si pudiera escuchar una
respuesta de sus habitaciones. La casa estaba tranquila. Ellos dormían, o
de lo contrario mantuvieron sus pensamientos en silencio.
Cuando entré a mi comedor, Telémaco estaba ahí. Se paró en el centro
de la habitación, posicionado como una flecha incrustada en su cadena. El
cuchillo brillaba en su cintura.
Entonces, pensé. Viene. Bueno, seria en mis términos. Caminé entrando
al hogar. Servi una copa de vino y tomé mi silla. Todo el tiempo, sus ojos
me seguían. Bien. Mi piel se sintió desgarrada con fuerza, como el cielo
antes de una tormenta.
—Se que planeas matar a mi hijo.
Nada se movía más que las llamas en el hogar. Él dijo —¿Cómo lo sabes?
—Porque eres un príncipe, y el hijo de Odiseo. Porque respetas las
leyes de los dioses y hombres. Porque tu padre está muerto, y mi hijo es
la causa. Tal vez piensas intentar colocar tu mano en mí también. ¿O solo
querías que mirara?
Mis ojos brillaron e hicieron sus propias sombras.
Él dijo —Señora, No le deseo ni a usted ni a su hijo mal alguno.
—Que amable —dije—. Estoy completamente tranquila.
Sus músculos no eran de guerrero, agrupados y endurecidos. No tenía
cicatrices ni callos que yo pudiera ver. Pero él era un príncipe micénico,
afilado y flexible, entrenado para combatir desde su cuna. Penélope había
sido escrupulosa en su crianza.
—¿Como te demuestro lo contrario? —Su voz era grave. Se burlaba de
mí, pensé.
—No puedes. Sé que un hijo está obligado a vengar el asesinato de su
padre.
—No niego eso. —Su mirada no vaciló. —Pero eso solo se mantiene si
él hubiera sido asesinado.
Levante una ceja. —¿Dices que él no lo fue? Sin embargo, traes un
cuchillo a mi casa.
Miro hacia abajo como si se sorprendiera de verlo. —Es para tallar —
dijo él.
—Si —dije—. Me lo imaginé.
Sacó el cuchillo de su cinturón y lo deslizó en la mesa. Hizo un sonido
crudo y vibrante.
—Estaba en la playa cuando murió mi padre —dijo—. Había escuchado
los gritos y temía una confrontación. Odiseo no fue ... acogedor en los
últimos años. Llegué muy tarde, pero vi el final. Él había arrebatado la
lanza. No murió por la mano de Telégono.
—La mayoría de los hombres no buscan razones para perdonar la
muerte de su padre.
—No puedo hablar por esos hombres —dijo—. Insistir en la culpa de
tu hijo sería injusto.
Era una palabra extraña de oír en sus labios. Había sido uno de las
favoritas de su padre. Esa sonrisa irónica, sus manos levantadas. ¿Qué
puedo decir? El mundo es un lugar injusto. Consideré al hombre que tenía
ante mí. A pesar de mi enfado, había algo en él que me obligaba a
aceptarlo. Él mostró ningún brillo de cortesía. Sus gestos eran simples,
incluso torpes. Tenía el propósito sombrío de un barco, golpeado contra
una tormenta.
—Deberías entender —le dije—, que cualquier intento de lastimar a mi
hijo fracasaría.
Echó un ojo a los leones en sus rocas. —Creo que eso lo puedo
entender.
No lo había esperado de él, esa sequedad, pero no me reí. —Le has
dicho a mi hijo que no hay nada para ti en Ítaca. Los dos sabemos que ahí
espera un trono. ¿Porque no estás en el?
—Ahora no soy bienvenido en Ítaca.
—¿Por qué?
No vaciló. —Porque vi mientras mi padre caía. Porque no maté a tu hijo
donde estaba parado. Y después, cuando la pira ardía, yo no lloré.
Las palabras eran calmadas, pero tenían un calor en ellas como
carbones frescos. Recuerdo la mirada que paso sobre su rostro cuando le
hable de honrar a Odiseo.
—¿Tú no lloras a tu padre?
—Lo hago. Yo lloro por el motivo de que nunca conocí al padre que
todos me dijeron que tenía.
Entorné mis ojos. —Explica.
—No soy un cuentista.
—No estoy pidiendo un cuento. Tú has venido a mi isla. Me debes la
verdad.
Un momento pasó, y luego él asintió. —La tendrás.
Yo había tomado la silla de madera, así que él agarró la de plata. La vieja
silla de su padre. Había sido una de las primeras cosas que me llamó la
atención de Odiseo, como se tumbaba ahí como si fuera una cama.
Telémaco se sentó derecho como un alumno llamado a contar la lección.
Le ofrecí vino. Él lo rechazó.
Cuando Odiseo no había vuelto a casa después de la guerra, él dijo,
pretendientes habían empezado a llegar buscando la mano de Penélope.
Los vástagos de las más prosperas familias de Ítaca e hijos ambiciosos de
islas vecinas, buscando una esposa, y un trono si podían conseguirlo.
—Ella los rechazó, pero permanecieron en el palacio año tras año,
comiéndose de nuestras tiendas, demandando a mi madre a escoger uno
de ellos. Ellas les pidió que se fueran una y otra vez, pero no lo hacían. —
La vieja ira aún quemaba en su voz. —Vieron que no podíamos hacerles
nada, un hombre joven y una mujer sola. Cuando me les acerqué, ellos
solo se rieron.
Yo misma había conocido hombres así. Los había enviado a mi pocilga.
Pero luego Odiseo había regresado. Diez años después de haber
zarpado de Troya, siete después de haberse ido de Aiaia.
—Él vino disfrazado de mendigo y se reveló solo a algunos de nosotros.
Diseñamos una oportunidad: una prueba del valor de los pretendientes.
Quienquiera que pudiera atar la cuerda del gran arco de Odiseo ganaría
la mano de mi madre. Uno por uno los pretendientes lo intentaban y
fallaban. Al final mi padre dio un paso al frente. En un solo movimiento
ensartó el arco y puso una flecha en la garganta del peor entre ellos. Había
estado aterrorizado de esos hombres por tanto tiempo, pero ellos
cayeron como hierba antes de la guadaña. Él mato a todos.
El hombre de guerra, perfeccionado por veinte años de contienda. El
Mejor de los Griegos después de Aquiles, empuñando su arco una vez
más. Por supuesto que no habían tenido oportunidad. Eran niños
inmaduros, sobrealimentados y mimados. Hacia un buen cuento: los
pretendientes, flojos y crueles, acosando a la fiel esposa, amenazando al
leal heredero. Se habían ganado su castigo por todas las leyes de los
dioses y hombres, y Odiseo vino como la muerte misma para encargarse
de ellos. El héroe maltratado haciendo del mundo correcto. Incluso
Telégono habría aprobado tal moral. Sin embargo, de algún modo, era una
visión borrosa para mí: Odiseo, caminando sentidamente en los pasillos
que tanto había soñado.
—El siguiente día los padres de los pretendientes vinieron. Eran todos
hombres de la isla. Nicanor, quien mantenía el rebaño de cabras más
grande. Agatón, con su bastón de pino tallado. Eupites, quien solía
dejarme recoger peras de su huerto. Él fue quien hablo. Dijo: Nuestros
hijos eras huéspedes en tu casa, y los mataste. Buscamos compensación.
Sus hijos eran ladrones y villanos, dijo mi padre. Hizo un gesto, y mi
abuelo arrojó su lanza. La cara de Eupites reventó, esparciendo el polvo
con sus sesos. Mi padre nos ordenó que matáramos al resto, pero Atenea
descendió.
Entonces, al final Atenea había vuelto por él.
—Ella declaró la pelea finalizada. Los pretendientes habían pagado un
precio justo y no habría más derramamiento de sangre. Pero el siguiente
día, los padres de sus soldados comenzaron a venir. ‘¿Dónde están
nuestros hijos?’ querían saber. ‘Hemos esperado veinte años para darles
la bienvenida a casa desde Troya.’
Sabia las historia que Odiseo había tenido que decirles. Tu hijo fue
comido por un ciclope. Tu hijo fue comido por Escila. Tu hijo fue
despedazado por caníbales. Tu hijo se emborrachó y se cayó de un techo.
Su barco fue hundido por gigantes mientras yo huía.
—Tu padre aún tenía tripulación cuando zarpó de mi isla. ¿Ninguno de
ellos sobrevivió?
Él vaciló. —¿Acaso no lo sabes?
—¿Saber qué? —Pero mientras hablaba, mi boca se secó como las
arenas amarillas de Aiaia. En la locura de la infancia de Telégono, no había
tenido tiempo de inquietarme por lo que estaba fuera de mis manos. Pero
ahora recordaba la profecía de Tiresias tan claramente como si Odiseo
recién la hubiera dicho.
—El ganado —dije—. Ellos se comieron el ganado.
Él asintió. —Si.
Un año habían vivido conmigo aquellos ansiosos e imprudentes
hombres. Los había alimentado, curado sus enfermedades y heridas,
tomando placer en verlos mejorar. Y ahora fueron limpiados de la tierra
como si nunca hubiesen existido.
—Dime como sucedió.
—Mientras su barco pasaba Trinacia, una tormenta sopló y los obligó
ir a tierra. Mi padre se mantuvo vigilando por días, pero la tormenta
siguió, dejándolos varados, y al final mi padre tuvo que dormir.
La misma vieja historia.
—Mientras él dormía, sus hombres mataron algunas de las vacas. Las
dos ninfas que vigilaban la isla fueron testigos de ellos y se lo contaron
a.… —Él vaciló de nuevo. Lo vi considerar esas palabras: tu padre. —
Señor Helios. Cuando mi padre zarpó de nuevo, el barco se arruinó en
pedazos. Todos los hombres se ahogaron.
Podía imaginarme a mis hermanastras con su largo cabello dorado y
ojos pintados, dobladas en bonitas rodillas. Oh, Padre, no fue nuestra
culpa. Castígalos. Como si alguna vez hubiera necesitado que alimentaran
su ira. Helios y su ira sin fin.
Sentí los ojos de Telémaco en mí. Me hice levantar mi copa y tomar. —
Continua. Vinieron sus padres.
—Vinieron sus padres, y cuando supieron que sus hijos estaban
muertos, comenzaron a exigir la parte de sus hijos del tesoro ganado en
Troya. Odiseo dijo que estaba todo en el fondo del mar, pero los hombres
no se rindieron. Vinieron una y otra vez, y cada vez la ira de mi padre
crecía. Golpeó a Nicanor por los hombros con un palo. Clito lo derribó.
‘¿Quieres la verdadera historia de tu hijo? Era un tonto y un fanfarrón.
Era codicioso y estúpido y desobedecía a los dioses.’
Era un shock escuchar palabras tan contundentes puestas en la boca
de Odiseo. Había una parte de mí que quería oponerse, decir que no
sonaba como él. ¿Pero cuantas veces lo había oído alabar tales tácticas?
La única diferencia era la sencillez con la que Telémaco lo había dicho.
Podía imaginar a Odiseo suspirando y extendiendo sus manos vacías. Tal
es la suerte del comandante. Tal es la locura de la humanidad. ¿No es
nuestra tragedia humana que algunos hombres deban ser golpeados como
burros antes de que vean la razón?
—Se mantuvieron alejados después de eso, pero mi padre lo seguía
meditando. Estaba seguro de que estaban conspirando en su contra. Él
quería centinelas colocados alrededor de todo el palacio, día y noche.
Hablo de perros entrenados y de cavar trincheras para atrapar villanos
en la oscuridad. Dibujó planes para construir un gran cercado. Como si
fuéramos un campamento de guerra. Debí haber dicho algo en ese
entonces. Pero yo... aun esperaba que terminara.
—¿Y tu madre? ¿Qué pensó ella?
—No pretendo saber lo que piensa mi madre. —Su voz se había
endurecido. No habían hablado entre ellos toda la noche, recordé.
—Ella te crio sola. Debes tener alguna idea.
—No hay nadie que pueda adivinar lo que está haciendo mi madre
hasta que está hecho. —Ahora no solo había dureza en su voz, si no
también amargura. Esperé. Había empezado a ver que el silencio lo
incitaba mejor que las palabras.
—Hubo un tiempo que compartimos toda confidencia —dijo él—.
Tramábamos juntos la estrategia de cada noche contra los pretendientes,
si ella debía bajar o no, hablar arrogantemente o conciliar, si yo debía
sacar el buen vino, si debíamos escenificar para ellos alguna
confrontación. Cuando era un niño estábamos juntos todos los días. Ella
me llevaba a nadar, y luego nos sentábamos debajo de un árbol y
observábamos cómo la gente de Ítaca se ocupaba de sus asuntos. Cada
hombre o mujer que pasaba, ella se sabía su historia y me la contaba,
porque ella decía que debía entender a las personas si quería gobernarlas.
La mirada de Telémaco se fijó en el aire. La luz del fuego hizo notoria
un bulto pequeño en su nariz que no había visto antes. Una vieja fractura.
—Cada vez que me preocupaba por la seguridad de mi padre, ella
sacudía su cabeza. ‘Nunca temas por él. Es muy inteligente para ser
asesinado, él conoce todos los trucos del corazón de los hombres, y como
aprovecharlos a su favor. Él sobrevivirá a la guerra y volverá a casa.’ Y me
consolaba, porque lo que decía mi madre siempre sucedía.
Un arco bien hecho, la había llamado Odiseo. Una estrella fija. Una
mujer que se conocía a sí misma.
—Una vez le pregunté como lo hizo, como entendió tan claramente el
mundo. Ella me dijo que era cuestión de mantenerse tranquilo y de no
mostrar emociones, dejando lugar a otros de revelarse. Intentó practicar
conmigo, pero la hacía reír. ‘¡Eres tan discreto como un toro
escondiéndose en una playa!’ dijo ella.
Era cierto que Telémaco no era discreto. El dolor estaba dibujado claro
y preciso en su rostro. Lo compadecí, pero si era honesta, también lo
envidié. Telégono y yo nunca tuvimos tanta cercanía que perder.
—Luego mi padre volvió a casa y todo eso se esfumó. Él era como una
tormenta de verano, relámpago brillante a través de un cielo pálido.
Cuando él estaba ahí, todo lo demás se desvanecía.
Conocía ese truco de Odiseo. Lo había visto cada día por un año.
—Fui a ella el día que él golpeo a Nicanor. ‘Temo que vaya demasiado
lejos,’ le dije. Ni siquiera quitaba la mirada de su telar. Todo lo que
respondía era que debíamos darle tiempo.
—¿Y el tiempo ayudó?
—No. Cuando mi abuelo murió, mi padre culpo a Nicanor, los dioses
saben por qué. Él disparó con su gran arco y tiró el cuerpo en la playa para
que los pájaros lo comieran. En ese entonces de lo único que él hablaba
era de conspiración, de cómo los hombres de la isla reunían armas contra
él, de cómo los sirvientes conspiraban en traiciones. En la noche, paseaba
por el hogar, y cada palabra en su boca eran guardias y espías, medidas y
contramedidas.
—¿Ocurrieron tales traiciones?
—¿Una rebelión en Ítaca? —Sacudió su cabeza—. No tenemos tiempo
para eso. La rebelión es para las islas prósperas, o de lo contrario,
aquellos tan destruidos que no tienen otra opción. Estaba molesto para
ese entonces. Le dije que no había ninguna conspiración, que nunca la ha
habido, que haría mejor diciendo tres palabras amables a nuestros
hombres que tramando como matarlos. Me sonrió. ¿Sabes, me dijo, que
Aquiles fue a la guerra a los diecisiete? Y él no era el hombre más joven en
Troya. Niños de trece, catorce, todos se hicieron orgullosos en el campo. He
descubierto que el coraje no es una cuestión de edad, si no de espíritus
hechos de verdad.
Él no imitó a su padre, no exactamente. Sin embargo, el ritmo del
discurso capturó la confidencialidad de Odiseo, atrayendo suavidad.
—Él se refería a que yo era una desgracia, por supuesto. Un cobarde.
Debería haber peleado contra los pretendientes sin ayuda. ¿No tenía
quince años cuando llegaron por primera vez? Debería haber sido capaz
de disparar con su gran arco, no solo atarlo. En Troya, no hubiera vivido
un día.
Podía verlo: el fuego ahumado y el sabor del bronce viejo, el jugo de las
aceitunas prensadas. Y Odiseo, envolviendo expertamente a su hijo en
vergüenza.
—Le dije que ahora estábamos en Ítaca. Que la guerra había terminado
y todo el mundo lo sabía excepto él. Lo enfureció. Dejó caer su sonrisa. Y
me dijo, ‘Eres un traidor. Deseas que muera para heredar el trono. Tal vez
incluso pienses en acelerar mi muerte.’
La voz de Telémaco era estable, casi inexpresiva, pero sus nudillos se
veían blancos en el brazo de la silla.
—Le dije que él había sido quien ha avergonzado nuestra casa. Podía
alardear todo lo que quisiera de la guerra, pero todo lo que había traído
a casa era muerte. Sus manos nunca estarían limpias de nuevo y las mías
tampoco lo estarían, porque lo había seguido hasta su lago de sangre y lo
lamentaría el resto de mis días. Se terminó después de eso. Dejó de darme
consejos. Me prohibieron ir a los pasillos. Le oí gritarle a mi madre que
había criado a una víbora.
El cuarto estaba en silencio. Podía sentir el lugar donde el calor del
fuego se desvaneció y murió contra el aire del invierno.
—La verdad es, creo que él me hubiera preferido como un traidor. Al
menos así, habría sido un hijo que él podría entender.
Lo había estado observando, mientras hablaba, por los manierismos de
su padre, esos trucos que eran tan indivisibles de Odiseo como mareas
del océano. Las pausas y sonrisas, la voz seca y los gestos de desprecio,
todos empuñados contra el oyente, para convencer, para molestar, y más
que todo, para mitigar. Había visto ninguno. Telémaco tomó sus golpes
directamente.
—Después de eso fui donde mi madre, pero él había puesto guardias
para que me mantuvieran afuera, y cuando grité más allá de ellos ella dijo
que debía ser paciente y no provocarlo. La única persona que me hablaba
era mi vieja niñera, Euriclea, quien también había sido su niñera. Nos
sentamos junto al fuego, masticando bien nuestro pescado. Él no siempre
fue así, ella me seguía diciendo. Como si eso cambiara algo. Este hombre
de rabia era todo el padre que tenía. Ella murió poco después, pero mi
padre no se quedó a ver su pira quemar. Estaba cansado de vivir entre
cenizas, dijo él. Envió un esquife y volvió un mes después con cinturones
de oro y copas y una nueva coraza, y salpicaduras de sangre seca en su
ropa. Era lo más feliz que jamás lo había visto. Pero no duro mucho. Para
la mañana siguiente estaba criticando la sala llena de humo y la torpeza
de los sirvientes.
Lo había visto en tales estados de ánimo. Cada pequeño defecto del
mundo lo enfurecía, todo el desperdicio y estupidez y lentitud de los
hombres, y también todas los irritantes de la naturaleza, moscas
mordedoras y madera combada y los brezos que rasgaron su capa.
Cuando había vivido conmigo, había suavizado todas esas cosas,
envolviéndolo en mi magia y divinidad. Quizás por eso era que había sido
tan feliz. Un idilio, había llamado a nuestro tiempo. Tal vez ilusión hubiera
sido una mejor palabra.
—Después de eso, cada mes hacia una redada. Informes nos llegaban,
apenas creíbles. Había tomado una nueva esposa, la reina de algún reino
de otro lado. Ahí él gobernó feliz entre vacas y cebada. Llevaba un anillo
de oro y festejaba hasta el amanecer y comía jabalíes enteros y rugía con
risa. Había engendrado otro hijo.
Sus ojos eran los de Odiseo. La forma y el color, incluso la intensidad.
Pero la expresión: la mirada de Odiseo siempre se extendía, engatusando.
La de Telémaco se mantuvo firme para sí mismo.
—¿Algo de eso fue verdad?
Suspiró. —¿Quién puede saberlo? Quizás él mismo comenzó los
rumores para lastimarnos. Le envié un mensaje a mi madre de que las
cabras necesitaban atención adicional y se fueron a vivir a una choza
vacía en la ladera. Mi padre podría tramar y enfurecer, pero yo no tenía
que verlo. Mi madre podía comer un pedazo de queso todo el día y dejar
que sus ojos se volvieran gris en su telar, pero yo tampoco tenía que ver
eso.
En el fuego, los troncos se habían quemado. Sus restos lucían blancos,
moteados con ceniza.
—En tales miserias, vino tu hijo. Brillante como un amanecer, dulce
como fruta madura. Llevaba esa lanza de aspecto tonto, y regalos para
todos nosotros, tazones plateados y capas y oro. Su rostro era guapo y sus
esperanzas crujían como un fuego. Yo quería sacudirlo. Pensé: cuando mi
padre regresé, este niño aprenderá que la vida no es una canción de
bardo. Y así lo hizo.
La luna se había alejado de la ventana, y la habitación se envolvió en
sombras. Las manos de Telémaco descansaban en sus rodillas.
—Intentabas ayudarlo —dije—. Es por eso que bajaste a la playa.
Sus ojos estaban en las cenizas del fuego. —Resultó que él no me
necesitaba.
Solía imaginar a Telémaco tan a menudo. Como un niño tranquilo
vigilando por Odiseo, como un joven ardiente teniendo venganza a través
de la tierra y el mar. Pero ahora él era un hombre, y su voz era opaca y
agotada. Él era como esos mensajeros que corren grandes distancias con
noticias para reyes. Ellos jadean sus palabras, luego caen al suelo y no se
levantan.
Sin pensarlo, me acerqué y puse mi mano sobre su brazo. —Tú no eres
tú sangre, no dejes que te lleve con él.
Bajó la mirada a mis dedos por un momento, luego la subió a mi rostro.
—Me tienes lastima. No lo hagas. Mi padre mintió sobre muchas cosas,
pero tenía razón cuando me llamó cobarde. Lo dejé ser lo que era año tras
año, rabiando y golpeando a los sirvientes, gritando a mi madre,
convirtiendo nuestra casa en cenizas. Me dijo que lo ayudara a matar a
los pretendientes y lo hice. Luego me dijo que matara a todos los hombres
que los ayudaron y eso también lo hice. Luego me ordenó juntar todas las
esclavas que alguna vez se habían acostado con alguno de ellos y hacerlas
limpiar el suelo empapado en sangre, y cuando terminaran, también tenía
que matarlas.
Las palabras me sacudieron. —Las muchachas no habrían tenido
opción. Odiseo lo habría sabido.
—Odiseo me dijo que las cortara por partes como animales. —Sus ojos
sostuvieron los míos. —¿No me crees?
No fue una sola historia en la que pensé, sino docenas. Él siempre había
amado sus venganzas. Siempre había odiado a aquellos que lo
traicionaban.
—¿Hiciste lo que dijo?
—No —dijo él—. Las ahorqué. Encontré doce trechos de cuerda y até
doce nudos. —Cada palabra era como una espada con la que se apuñalaba
el mismo. —Nunca lo había visto hecho, pero recordé cómo en todas las
historias de mi infancia las mujeres siempre se colgaban. Pensé que debía
ser más apropiado. Sin embargo, debería haber usado la espada. Nunca
he conocido muertes tan feas y prolongadas. Veré sus pies retorciéndose
el resto de mis días. Buenas noches, Señora Circe.
Levantó su cuchillo de mi mesa y se fue.
La tormenta había pasado, y el cielo estaba despejado de nuevo.
Caminé, queriendo sentir la brisa recién lavada en mi piel, la tierra
hundiéndose suavemente debajo de mis pies, para sacudirme esa
horrible imagen de cuerpos retorciéndose. En lo alto, mi tía zarpó, pero
ya no me molestaba con ella. Le gustaba ver amantes, y yo no había sido
una de ellas en un largo tiempo. Quizás nunca lo fui.
Podía imaginarme la cara de Odiseo cuando mataba esos
pretendientes, hombre por hombre por hombre. Lo había visto cortar
madera. Lo hizo en un movimiento rápido, limpio. Ellos habrían muerto a
sus pies, su sangre manchándolo hasta las rodillas. Lo notaría fríamente,
distante, como el clic de un contador: hecho.
El calor habría venido después. Cuando se había parado en el patio
inmóvil de masacres, y sintió que su rabia seguía desbordada y sin gastar.
Así que él se habría atizado más en ello, como troncos, para mantener
encendido el fuego. Los hombres que habían ayudado a los pretendientes,
las esclavas que se habían acostado con ellos, los padres que se atrevían
a hablar contra él. Una y otra vez habría ido, si Atenea no hubiera
intervenido.
¿Y qué hay de mí? ¿Cuánto tiempo me habría seguido llenando mi
pocilga si Odiseo no hubiera venido? Recordé la noche en la que me había
preguntado por los puercos.
—Dime —él había dicho—. ¿Cómo decides cual hombre merece castigo
y cual no? ¿Como puedes juzgar con certeza, este corazón está podrido y
este es bueno? ¿Y si te equivocas?”
Esa noche había sido animada por vino y fuego, atraída por el rubor de
su mirada.
—Pensemos en —le dije—, un barco lleno de marineros. Entre ellos,
unos son indudablemente peores que otros. Algunos se regocijan con la
violación y la piratería, pero otros han llegado recientemente y apenas
tienen barbas. Algunos nunca imaginarían robar, al menos que sus
familias estén muriendo de hambre. Algunos sienten vergüenza después,
algunos solo lo hacen porque su capitán lo ordena, y porque tienen la
multitud de otros hombres allí, para esconderse entre ellos.
—Y entonces —él dijo—, ¿a cuál cambias, y a cuál dejas ir?
—Los cambio a todos —dije—. Ellos han venido a mi casa. ¿Porque
debería importarme que hay en sus corazones?
Él me había sonreído y levantado su copa hacia mí. —Señora, usted y
yo estamos de acuerdo.
Un búho pasó sus alas sobre mi cabeza. Escuché el sonido abrasivo del
cepillo, la punta se rompió. Un ratón había muerto por su descuido. Me
alegró que Telémaco no sabría de esas palabras entes su padre y yo. En el
momento había estado alardeando, presumiendo mi crueldad. Me había
sentido intocable, llena de dientes y poder. Apenas recordaba cómo se
sentía eso.
La postura favorita de Odiseo tenía había sido pretender que era un
hombre como cualquier otro hombre, pero no había ninguno como él, y
ahora que estaba muerto, no habría ninguno en absoluto. Todos los
héroes son tontos, le gustaba decir. Lo que quería decir era, Todos los
héroes excepto yo. Entonces, ¿quién podía corregirlo cuando se
equivocaba? Se había parado en la playa mirando a Telégono creyéndolo
un pirata. Se había parado en su sala y acusó a Telémaco de conspiración.
Dos hijos había tenido, y él no había visto a ninguno con claridad. Pero
quizás ningún padre puede realmente ver a sus hijos. Cuando miramos
solo vemos el espejo de nuestras propias fallas.
Para entonces, yo estaba en el bosque de cipreses. Sus ramas se veían
negras en la oscuridad, y cuando pasaba, las agujas rozaban mi cara y
sentí el leve y pegajoso agarre de su savia. A él le había gustado este lugar.
Lo recuerdo pasando su mano por un tronco. Era una de mis cosas
favoritas de él, como admiraba el mundo como una joya, girando sus
facetas para captar la luz. Un barco bien hecho, un árbol bien crecido, una
historia bien contada, todos eran placeres para él.
No había nadie como él, pero había una que lo había igualado y ahora
ella dormía en mi casa. Telémaco no era peligro, pero ¿y ella? ¿Estaba
planeando abrir la garganta de mi hijo incluso ahora, para llevar a cabo
su venganza? Lo que sea que ella intentara, mis hechizos resistirían. Ni
siquiera Odiseo podía hablar tanto como para pasar la brujería. Sin
embargo, él había hablado tanto que logró pasar a la hechicera.
El rocío se estaba acumulando en la grama. Mis pies estaban fríos y
plateados con su toque. Telémaco estaría en su cama, mirando esta
misma oscuridad, viendo como desaparecía por el este. Pensé en su cara
cuando había hablado de colgar a las esclavas, como había mantenido el
recuerdo en su piel como una marca ardiente. Debí haberle dicho más,
pensé. Podía haberle dicho que él no era el primer hombre llevado a
matar por orden de Odiseo. Una vez hubo todo un ejército que dobló sus
lanzas para esa tarea. Apenas conocía a Telémaco, pero de alguna forma
no pensé que eso sería un consuelo. Podía ver el ácido en su cara. Sabrás
perdonar si no me alegro en ser uno en una larga fila de villanos.
De todos los hijos en el mundo, él no era uno que yo hubiera imaginado
para Odiseo. Él era rígido como un heraldo, hasta el punto de ser grosero.
Llevaba en sus manos sus heridas abiertas. Cuando lo alcance, había
habido una emoción en su rostro que no podía nombrarla exactamente.
Sorpresa, teñido con algo como disgusto. Bueno, él no tenía que temer. No
lo haría de nuevo.
Ese fue el pensamiento que me llevó a casa.
Mire el sol salir en mi telar. Coloqué pan, queso y fruta, y cuando
escuché a mi hijo moverse, fui a su puerta. Me alivió ver que su rostro no
estaba tan opaco, pero la pena aún seguía ahí, el conocimiento pesado: Mi
padre está muerto.
Se despertaría con ese pensamiento por un largo tiempo, lo sabía.
—Hablé con Telémaco —dije—. Tienes razón sobre él.
Levantó sus cejas. ¿Me creía incapaz de ver lo que estaba frente a mis
ojos? ¿O solo de admitirlo?
—Me alegra que pienses eso —dijo él.
—Ven. He puesto el desayuno. Y creo que Telémaco está despertando.
¿Lo dejarías a solas con los leones?
—¿Tú no vienes?
—Tengo hechizos que hacer.
En realidad, no tenía que hacer. Volví a mi habitación y los escuché
hablar del barco, la comida, la tormenta más reciente. La tónica de las
cosas ordinarias. Telégono sugirió que salieran y arrastró el barco de
vuelta a la cueva. Telémaco aceptó. Dos pares de pies sobre la piedra, y la
puerta se cerró. Ayer hubiese pensado que estaba loca de enviarlos
juntos. Hoy parecía como un regalo para mi hijo. Sentí una punzada de
vergüenza: Telémaco y Telégono. Sabia como se veía haber nombrado a
mi hijo así, como un perro que rasguña la puerta de afuera cuando no
puede entrar. Quería explicar que nunca pensé que ellos se conocerían,
que su nombre había sido destinado solo para mí. Nacido lejos,
significaba. De su padre, sí, pero también de la mía. De mi madre y Océano,
del Minotauro y Pasífae y Eetes. Nacido para mí, en mi isla de Aiaia.
No haría excusas por ello.
Ayer había recuperado la lanza y ahora se apoyaba contra la pared de
mi habitación. Levanté la funda de cuero. La cola de Trigón lucía incluso
más extraña en tierra, espectral y harapienta. La giré, capturando la luz
en las perlas infinitesimales de veneno que coronaban cada diente con
plumas. Debo devolverlo, pensé. Todavía no.
Oí otro sonido desde el fondo del salón. Pensé en todos esos hombres
y mujeres a lo largo de los años, contando sus secretos mientras Penélope
los reunía cuidadosamente. Puse de nuevo la funda de cuero sobre la
lanza y abrí las persianas. Afuera había una hermosa mañana, y en el
viento estaban los primeros indicios de lo que pronto sería primavera.
El golpe en mi puerta llegó, como lo había adivinado.
—Adelante —dije.
Ella estaba enmarcada en mi puerta, vistiendo una capa pálida sobre
un vestido gris, como si estuviera envuelta en seda de araña.
—Vengo a decir que estoy avergonzada. Ayer no expresé mi gratitud
como debía. No solo me refiero a tu hospitalidad ahora. También me
refiero a tu hospitalidad con mi esposo.
Era imposible de decir, en esa voz suave de ella, si el comentario fue
una indirecta. Si lo era, supongo que ella tenía derecho.
Luego añadió:
—Odiseo me dijo como lo ayudaste en su camino. Él no hubiera
sobrevivido sin tu consejo.
—Me das mucho crédito. Él era sabio.
—A veces —dijo. Sus ojos eran del color de la ceniza de montaña. —
¿Sabías que después que te dejó, desembarcó con otra ninfa? Calipso. Ella
se enamoró de él y esperaba convertirlo en su marido inmortal. Siete años
ella lo mantuvo en su isla, envolviéndolo en telas divinas, alimentándolo
con delicias.
—Él no le agradeció por ello.
—No. Él la rechazó y le rezaba a los dioses que lo liberaran. Al final ellos
la forzaron a dejarlo ir.
No creí imaginarme el rastro de satisfacción en su voz.
—Cuando tu hijo vino, pensé que tal vez él era de ella. Pero luego vi el
tejido de su capa. Recordé el telar de Dédalo.
Era extraño, lo mucho que ella sabía de mí. Pero yo también sabia de
ella.
—Calipso lo adulaba a él, y tu convertiste sus hombres en puercos. Sin
embargo, tú eras quien él prefería, ¿no te parece extraño?
—No —le dije.
Casi sonrió. —Solo un poco.
—Él no sabía del niño.
—Lo sé —dijo ella—. Él nunca me lo habría ocultado. —Esa si fue una
indirecta.
—Hablé con tu hijo anoche —dije.
—¿Lo hiciste? —Creí escuchar un ligero tartamudeo en su voz.
—Él me explicó porque tuvieron que dejar Ítaca. Lamenté escucharlo.
—Tu hijo fue amable en traernos. —Sus ojos encontraron la cola de
Trigón. —¿Es como el veneno de una abeja, que solo pica una vez? ¿O
como una serpiente?
—Puede envenenar mil veces y más. No hay final para ello. Estaba
destinado a detener a un dios.
—Telégono nos dijo que enfrentaste a Trigón.
—Lo hice.
Asintió, un gesto privado, como si estuviera confirmando. —Nos dijo
que tomaste precauciones adicionales para él también. Que has lanzado
un hechizo sobre la isla, y ningún dios, ni siquiera los Olímpicos, pueden
pasar.
—Los dioses de los muertos pueden pasar —dije—. No otros.
—Eres afortunada —dijo ella—, de ser capaz de convocar tales
protecciones. —De la playa vinieron gritos débiles: nuestros hijos
moviendo el barco. —Me avergüenza pedir esto de ti, pero no traje una
capa negra conmigo cuando nos fuimos. ¿Tienes uno que pueda usar?
Guardaré luto por él.
La miré. Tan vivida en mi puerta como la luna en el cielo de otoño. Sus
ojos sostuvieron los míos, grises y estables. Es un dicho común que las
mujeres son criaturas delicadas, flores, huevos, cualquier cosa que pueda
ser aplastada en un momento de descuido. Si alguna vez lo hubiera creído,
ya no lo hago.
—No —dije—. Pero tengo hilo y un telar. Ven.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Sus dedos recorrieron levemente sobre las vigas, acariciaron los hilos
de la trama como un maestro de establos saludando un caballo de premio.
No hizo preguntas; parecía absorber el funcionamiento del telar con solo
tocarlo. La luz de la ventana brillo en sus manos, como si deseara iluminar
su trabajo. Cuidadosamente, quitó mi tapicería a medio terminar y
ensartó el hilo negro. Sus movimientos eran precisos, nada
desperdiciado. Ella era una nadadora, Odiseo me había dicho, largas
extremidades avanzando sin esfuerzo a su destino.
Afuera el cielo se había transformado. Las nubes colgaban tan bajo que
parecían rozar las ventanas, y podía escuchar las primeras gotas gordas
comenzar a caer. Telémaco y Telégono atravesaron por la puerta,
mojados por trasladar el barco. Cuando Telégono vio a Penélope en el
telar se apresuró hacia adelante, exclamando sobre la finura de su
trabajo. Sin embargo, yo observé a Telémaco. Su rostro se puso duro y se
volvió bruscamente hacia la ventana.
Serví el almuerzo, y comimos en silencio. La lluvia disminuyó. No podía
soportar el pensamiento de estar toda la tarde callada y llevé a mi hijo
por un paseo por orilla de la playa. La arena estaba dura y mojada, y
nuestras huellas se veían como si hubieran sido cortadas por un cuchillo.
Entrelacé mi brazo con el suyo y me sorprendió cuando lo dejó estar. Su
temblor de ayer había desaparecido, pero yo sabía que volvería.
Era solo un poco después del mediodía, sin embargo, algo en el aire se
sentía oscuro, como un velo sobre mis ojos. Mi conversación con
Penélope tiraba de mí. En el momento, me había sentido inteligente y
veloz, pero ahora que la pasaba de nuevo por mi mente, me di cuenta lo
poco que ella había dicho. Tenía la intención de cuestionarla, y en su lugar
me encontré mostrándole mi telar.
Él, en cambio, había hablado tanto que logró pasar a la bruja.
—¿De quién fue la idea de venir acá? —dije.
Frunció el ceño ante la brusquedad de mi pregunta. —¿Importa?
—Tengo curiosidad.
—No lo recuerdo. —Pero no me miró a los ojos.
—No fue tuya.
Él vaciló. —No, yo sugerí Esparta.
Era el razonamiento natural. El padre de Penélope vivía en Esparta. Su
prima era la reina allí. Una viuda sería bienvenida.
—¿Entonces no dijiste nada de Aiaia?
—No. Pensé que sería... —Se calló. Poco delicado, por supuesto.
—¿Entonces quién lo menciono primero?
—Puede haber sido la reina. Recuerdo que ella dijo que preferiría no ir
a Esparta. Que ella quería un poco de tiempo.
Estaba escogiendo sus palabras cuidadosamente. Sentí un zumbido
bajo mi piel.
—¿Tiempo para qué?
—Ella no lo dijo.
Penélope la tejedora, quien era capaz de hacerte subir y bajar en su
diseño. Pasamos unos matorrales, y comenzamos a subir la ladera debajo
de las oscuras y húmedas ramas.
—Es extraño. ¿Ella creía que su familia no la habría querido? ¿Hubo un
conflicto con Helena? ¿Habló de algún enemigo?
—No lo sé. No. Por supuesto que no hablo de enemigos.
—¿Qué dijo Telémaco?
—Él no estaba ahí.
—Pero cuando supo que vendrían aquí, ¿se sorprendió?
—Madre
—Solo dime sus palabras. Dilas exactamente como las recuerdas.
Se detuvo en el camino. —Pensé que ya no sospechabas de ellos.
—No de venganza. Pero hay otras preguntas.
Tomo una respiración profunda. —No puedo recordar exactamente. Ni
sus palabras, ni nada en absoluto. Veo todo gris como una niebla. Lo sigo
viendo gris.
El dolor había crecido en su rostro. No dije más, pero mientras
caminamos mi mente seguía jugando con el pensamiento, como dedos en
un nudo. Había un secreto debajo de esa seda de araña. Ella no había
querido ir a Esparta. En su lugar, había ido a la isla de la amante de su
esposo. Y quería tiempo. ¿Para qué?
Para entonces habíamos llegado a la casa. Adentro, ella trabajaba en el
telar. Telémaco estaba junto a la ventana. Sus manos estaban apretadas a
sus costados y el aire estaba rígido. ¿Habían discutido? Miré la cara de
ella, pero estaba enfocada en sus hilos y no mostraba nada. Nadie gritaba,
nadie lloraba, pero pensé que lo habría preferido a esta silenciosa
tensión.
Telégono aclaró su garganta. —Tengo sed. ¿A quién más le gustaría una
copa?
Lo miré abordar el barril y servir. Mi hijo con su valiente corazón.
Incluso sufriendo, trató de soportarnos a todos, de llevarnos de un
momento a otro. Pero solo había tanto que él podía hacer. La tarde
transcurrió en silencio. La cena fue lo mismo. El momento que se acabó la
comida, Penélope se levantó.
—Estoy cansada —dijo.
Telégono se quedó un poco más tarde, pero al salir la luna estaba
bostezando con sus manos. Lo envié con Arcturos. Esperaba que
Telémaco lo siguiera, pero cuando me gire él aún seguía en su lugar.
—Creo que tienes historias de mi padre —dijo él—. Me gustaría
escucharlas.
Su atrevimiento seguía tomándome por sorpresa. Todo el día se había
quedado atrás, evitando mi mirada, tímido y casi invisible. Entonces, de
repente, se plantó ante mí como si hubiera crecido cincuenta años. Era un
truco que incluso Odiseo hubiera admirado.
—Probablemente ya sabes todo lo que tengo que decir —le dije.
—No. —La palabra sonó un poco en la habitación. —Él le contó a mi
madre sus historias, pero cuando yo preguntaba, él decía que debería
preguntarle a un bardo.
Una respuesta cruel. Me cuestioné el razonamiento de Odiseo. ¿Habría
sido simplemente rencor? Si había algún otro propósito, nunca lo
sabríamos. Todas las cosas que había hecho en vida deben permanecer
ahora como estaban.
Traje mi copa al hogar. Afuera, la tormenta había regresado. Sopló en
serio, envolviendo la casa en viento y lluvia. Penélope y Telégono solo
estaban en la sala, pero las sombras se habían reunido a nuestro
alrededor y se sentían a un mundo de distancia. Esta vez yo tomé la silla
plateada. La incrustación estaba fría contra mis muñecas; el cuero se
deslizó un poco debajo de mí.
—¿Qué quieres saber?
—Todo —dijo—. Lo que sea que sepas.
Ni siquiera pensé en decirle las versiones que le había dicho a
Telégono, con sus finales felices y heridas no fatales. Él no era mi niño; él
no era un niño en absoluto, sino un hombre adulto, que quería su
herencia.
Se la di. Palamedes asesinado y Filóctetes abandonado. Odiseo
engañando a Aquiles para que no se escondiera y vaya a la guerra, Odiseo
arrastrándose a la oscuridad de la luna en el campamento del rey Rhesus,
uno de los aliados de Troya, y cortando las gargantas de los hombres
mientras dormían. Como había ideado el caballo y tomado Troya y visto
a Astianacte destrozado. Luego su salvaje viaje a casa, con sus caníbales y
piratas y monstruos. Las historias eran incluso más sangrientas de lo que
había recordado, y algunas veces vacilé. Pero Telémaco tomó sus golpes
directamente. Se sentó en silencio, sus ojos nunca dejaron los míos.
Guardé a los cíclopes para el final, no puedo decir por qué. Tal vez
porque podía recordar claramente a Odiseo diciéndolo. Mientras hablaba,
sus palabras parecían susurrar bajo las mías. Habían desembarcado
exhaustos en una isla y visualizaron una cueva, llena de tiendas ricas.
Odiseo pensó que podría ser bueno para saquear, si no podrían mendigar
hospitalidad a sus habitantes. Comenzaron un festín con la comida que
tenían. El gigante al que pertenecía, el pastor de un ojo Polifemo, volvió
con su rebaño y los atrapó. Rodó una gran piedra sobre la entrada para
atraparlos, luego agarró a uno de los hombres y lo mordió por la mitad.
Hombre tras hombre el tragó, hasta que estuvo tan lleno que escupió
pedazos de extremidades. A pesar de tales horrores, Odiseo peleó al
monstruo con vino y palabras amables. Le dijo que su nombre era Outis,
Nadie. Cuando al final la criatura cayó en un estupor, afiló una gran estaca,
la calentó sobre el fuego, y lo hundió en su ojo. El cíclope aullaba y lanzaba
golpes, pero no pudo atrapar a Odiseo y al resto de la tripulación. Fueron
capaces de escapar cuando él dejo salir sus ovejas a pastar, cada hombre
se aferró a la parte inferior de una bestia lanuda. El monstruo enfurecido
llamó por ayuda a sus compañeros de un solo ojo, pero no vinieron, por
ello gritó:
—¡Nadie me ha cegado! ¡Nadie se está escapando!
Odiseo y su tripulación llegaron a los barcos, y cuando estaban
seguramente distanciados, Odiseo volvió a gritar a través de las olas. —Si
quieres saber quién es el hombre que te engaño, es Odiseo, hijo de Laertes
y príncipe de Ítaca.
Las palabras parecían hacer eco en el aire silencioso. Telémaco estaba
en silencio, como si esperara que el sonido se desvaneciera. Al final él
dijo:
—Tuvo una mala vida.
—Hay muchos que están más infelices.
—No. —Su vehemencia me sobresaltó. —No me refiero a una mala vida
para él. Me refiero a que él hizo de la vida para otros una miseria. ¿Por
qué sus hombres fueron a esa cueva en primer lugar? Porque él quería
más tesoro. ¿Y la ira de Poseidón por la que todos se compadecieron de
él? Se lo trajo a sí mismo. Porque no podía soportar salir de los cíclopes
sin tomar crédito por el truco.
Sus palabras avanzaban como una inundación sin daños.
—Todos esos años errantes y de dolor. ¿Por qué? Por un momento de
orgullo. Él preferiría ser maldecido por los dioses que ser nadie. Si
hubiera regresado a casa después de la guerra, los pretendientes nunca
habrían venido. La vida de mi madre no habría sido arruinada. Mi vida.
Hablaba tan seguido de anhelo por nosotros y nuestro hogar. Pero eran
mentiras. Cuando regresó a Ítaca, nunca estuvo contento, siempre
mirando al horizonte. Una vez que fuimos suyos de nuevo, él quería algo
más. ¿Qué es eso si no es una mala vida? ¿Atraer a los demás hacia ti y
luego apartarte de ellos?
Abrí mi boca para decir que no era cierto. Pero, ¿con qué frecuencia me
había acostado a su lado, adolorida porque sabía que pensaba en
Penélope? Esa había sido mi decisión. Telémaco no había tenido tal lujo.
—Hay una historia más que debería decirte —le dije—. Antes de que
volviera con ustedes, los dioses exigieron que tu padre viajara al
inframundo para hablar con el profeta Tiresias. Ahí él vio muchas de las
almas que había conocido en vida, Áyax, Agamenón, y con ellos Aquiles,
una vez el mejor de los griegos, quien eligió una muerte temprana como
pago por la fama eterna. Tu padre le habló al héroe con afecto, alabándolo
y asegurándole su reputación entre los hombres. Pero Aquiles le
reprochó. Dijo que lamentaba su vida orgullosa y deseaba haber vivido
más tranquilo y feliz. Al lado de Patroclo.
—¿Entonces eso es lo que debo esperar? ¿Que un día veré a mi padre
en el inframundo y él se arrepentirá?
Es mejor de lo que algunos de nosotros conseguimos. Pero mantuve la
paz. Tenía derecho a su enfado, y no era mi lugar intentar quitarlo. Afuera,
el jardín crujía levemente mientras los leones merodeaban entre las
hojas. El cielo se había despejado. Después de tanto tiempo entre las
nubes, las estrellas parecían muy brillantes, colgadas en la oscuridad
como lámparas. Si escuchábamos, oiríamos el débil retorcimiento de sus
cadenas en la brisa.
—¿Crees que era verdad, lo que dijo mi padre? ¿Que a los buenos nunca
les gustó?
—Creo que era el tipo de cosas que a tu padre le gustaba decir, y la
verdad no tenía nada que ver con eso. Después de todo, a tu madre le
gustaba.
Sus ojos encontraron los míos. —Y a ti también.
—Yo no digo ser buena.
—Pero a ti te gustó. A pesar de todo.
Había un desafío en su voz. Me encontré escogiendo mis palabras
cuidadosamente. —No vi lo peor de él. Incluso en su mejor momento no
era un hombre fácil. Pero fue un amigo para mí en un tiempo en el que
necesitaba uno.
—Es raro pensar en una diosa necesitando amigos.
—Todas las criaturas que no están locas los necesitan.
—Creo que él consiguió el mejor trato.
—Convertí a sus hombres en cerdos.
Él no sonrió. Era como una flecha disparando al final de su arco. —
Todos estos dioses, todos estos mortales que lo ayudaron. Los hombres
hablan de sus engaños. Su verdadero talento era lo bien que podía tomar
de los demás.
—Hay muchos que estarían agradecidos por tal regalo —dije.
—Yo no soy uno. —Bajó su copa. —No le pediré más, Señora Circe.
Estoy agradecido por la verdad de estas historias. Hay pocos que se han
tomado tantas molestias conmigo.
No le respondí. Algo había empezado a punzarme, levantando los pelos
de mi cuello.
—¿Por qué estás aquí? —le dije.
Parpadeó. —Le dije, tuvimos que dejar Ítaca.
—Si —dije —. Pero ¿por qué venir aquí?
Habló lentamente, como un hombre volviendo de un sueño. —Creo que
fue idea de mi madre.
—¿Por qué?
Un rubor se levantó en su mejilla. —Como he dicho, ella no comparte
confidencias conmigo.
Nadie puede adivinar lo que está haciendo mi madre hasta que está
hecho.
Se volvió y pasó a la oscuridad del pasillo. Un momento después,
escuché el suave sonido de su puerta cerrándose.
El aire frío parecía correr a través de las grietas de las paredes y
sujetarme a mi asiento. Había sido una tonta. Debí haberla agarrado sobre
el acantilado ese primer día y sacar la verdad de ella. Ahora recuerdo
como ella cuidadosamente había preguntado acerca de mi hechizo, el que
podía detener a los dioses. Incluso los Olímpicos.
No fui a su habitación ni arranqué la puerta de su bisagra. Ardí de ira
en mi ventana. El alféizar crujió bajo mis dedos. Faltaban horas para el
amanecer, pero las horas eran nada para mí. Observé cómo afuera se
apagaban las estrellas y la isla emergía, hoja por hoja, hacia la luz. El aire
había cambiado de nuevo y se había puesto un velo en el cielo. Otra
tormenta. Las ramas de los cipreses silbaban en el aire.
Los escuché despertar. Mi hijo primero, luego Penélope, y de ultimo
Telémaco, quien se había acostado tan tarde. Vinieron a la sala uno por
uno, y los sentí pausar cuando me veían en la ventana, como conejos
mirando a la sombra del halcón. La mesa estaba vacía, ningún desayuno
puesto. Mi hijo se apresuró a la cocina para sacar los platos. Me gustó
sentir sus miradas silenciosas en mi espalda. Mi hijo les instó a comer, sus
palabras pesadas con disculpas. Podía imaginar las miradas que les
estaba dando: lo siento por mi madre. A veces ella es así.
—Telégono —le dije—. La pocilga necesita reparaciones y viene una
tormenta. Encárgate de eso.
Aclaró su garganta. —Lo haré, madre.
—Tu hermano puede ayudarte.
Otro silencio, mientras ellos intercambiaban miradas.
—No me importa —dijo Telémaco suavemente.
Unos pocos sonidos más de platos y bancos. Al final, la puerta se cerró
detrás de ellos.
Me giré. —Me tomas por una tonta. Una tonta que se le puede tomar el
pelo. Preguntando tan dulcemente por mi hechizo. Dime cuál de los
dioses te persigue. ¿La ira de quien has traído sobre mi cabeza?
Ella estaba sentada en mi telar. Su regazo estaba lleno de lana cruda,
negra. En el suelo, a su lado, había un huso y una rueca de marfil, con
punta de plata.
—Mi hijo no sabe —dijo ella—. Él no tiene la culpa.
—Eso es obvio. Ya sé quién es la araña en esta tela.
Asintió. —Confieso que he hecho lo que dices. Lo hice a sabiendas.
Podría decir que pensé, porque eres una diosa y una bruja, el problema
para ti no sería mucho. Pero sería una mentira. Se más de los dioses que
eso.
Su calma me enfurecía. —¿Eso es todo? ¿Sé lo que he hecho y seré
descarada? Anoche tu hijo habló de su padre como uno que toma de otros
y solo trae miseria. Me pregunto qué diría de ti.
El golpe aterrizó. Vi el vacío que ella uso para cubrirlo.
—Me crees una bruja dócil, pero no estabas escuchando las historias
de tu marido sobre mí. Dos días te has quedado en mi isla. ¿Cuántas
comidas has comido, Penélope? ¿Cuántas copas de vino has tomado?
Ella palideció. Una débil línea gris recorría a lo largo de la línea de su
cabello, como el borde del amanecer.
—Habla, o usaré mi poder
—Creo que ya lo has usado. —Sus palabras duras y frías como piedras.
—Traje peligro a tu isla. Pero tú lo trajiste primero a la mía
—Mi hijo fue por su propia voluntad.
—No hablo de tu hijo, y creo que lo sabes. Hablo de la lanza que
enviaste, cuyo veneno mató a mi esposo.
Y ahí estaba entre nosotras.
—Lamento que este muerto.
—Ya lo dijiste.
—Si estas esperando por mi disculpa, no la conseguirás. Incluso si
tuviera poderes para hacer retroceder el sol, no lo haría. Si Odiseo no
hubiera muerto en esa playa, creo que mi hijo lo habría hecho. Y no hay
nada que no cambiaría por su vida.
Una mirada cruzó su rostro. Podía haberlo llamado rabia, si no hubiera
sido apuntada tan adentro. —Bueno, entonces. Has hecho tu intercambio
y esto es lo que tienes: tu hijo vive, y nosotros estamos aquí.
—Entonces lo ves como un tipo de venganza. Traer a un dios sobre mí.
—Lo veo como pago en especie.
Ella habría sido una buena arquera, pensé. Esa precisión de ojos fríos.
—No está en posición para hacer negocios, Señora Penélope. Esto es
Aiaia.
—Entonces no negociaré. ¿Qué preferirías, rogar? Por supuesto, eres
una diosa.
Se arrodilló al pie de mi telar y levantó sus manos, bajando sus ojos al
suelo.
—Hija de Helios, Circe de ojos brillantes, amante de las bestias y bruja
de Aiaia, concédeme santuario en tu temida isla, porque no tengo marido
ni hogar, y ningún otro lugar del mundo es seguro para mí y mi hijo. Te
daré sangre cada año, si me escuchas.
—Levántate.
No se movió. La postura se veía obscena en ella. —Mi marido habló
cariñosamente de ti. Más cariñoso, confieso, de lo que me gustaba. Él dijo
que de todos los dioses y monstruos que ha conocido, tú eras la única a la
que él querría volver a ver.
—Dije, levántate.
Ella se levantó.
—Tú me dirás todo, y luego yo decidiré.
Nos enfrentamos a través de la habitación oscura. El aire sabía a
relámpago. Ella dijo:
—Has estado hablando con mi hijo. Te habrá dicho que su padre se
perdió en la guerra. Que volvió a casa cambiado, demasiado empapado en
muerte y dolor para vivir como un hombre común y corriente. La
maldición de los soldados. ¿no es así?
—Algo así.
—Mi hijo es mejor que yo, y mejor que su padre también. Sin embargo,
él no ve todas las cosas.
—¿Y tú lo sí?
—Soy de Esparta. Allí sabemos de viejos soldados. De sus manos
temblorosas, del sobresalto al dormir. El hombre que derrama su vino
cada vez que suenan las trompetas. Las manos de mi esposo eran firmes
como las de un herrero, y cuando las trompetas sonaban, él era el primero
en el puerto escaneando el horizonte. La guerra no lo rompió; lo hizo más
él mismo. En Troya, encontró un alcance para igualar sus habilidades.
Siempre un nuevo esquema, una nueva trampa, un nuevo desastre que
evitar.
—Él intento salir de la guerra.
—Ah, esa vieja historia. La locura, el arado. Eso también fue una
trampa. Les había jurado a los dioses, él sabía que había salida. Esperaba
ser atrapado. Luego los griegos se reirían de su fracaso y pensarían que
todos sus trucos se verían fácilmente.
Fruncí el ceño. —No dio señales de eso cuando me lo dijo.
—Estoy segura que no lo hizo. Mi esposo mentía con cada respiro, y eso
te incluye a ti, y a él mismo. Nunca hizo nada por un solo propósito.
—Dijo lo mismo de ti una vez.
Pretendía herirla, pero ella solo asintió. —Nos considerábamos
grandes mentes del mundo. Cuando estábamos recién casados, hicimos
miles de planes juntos, de cómo volveríamos todo lo que tocáramos a
nuestro favor. Pero luego vino la guerra. Él dijo que Agamenón era el peor
comandante que había visto, pero pensó que podía usarlo para hacerse
un nombre a sí mismo. Y eso hizo. Sus planes derrotaron a Troya y
remoldaron la mitad del mundo. Yo también he planeado. ¿Cuál cabra
cruza con cual, cómo aumentar la cosecha, dónde los pescadores podrían
echar sus redes mejor? Estas fueron nuestras preocupaciones
apremiantes en Ítaca. Deberías haber visto su cara cuando volvió a casa.
Mató a los pretendientes, pero luego, ¿qué quedaba? Peces y cabras. Una
esposa canosa que no era una diosa y un hijo al que no podía entender.
Su voz llenó el aire, afilado como ciprés aplastado.
—No había consejeros de guerra, ni ejércitos que conquistar o mandar.
Los hombres que habían estado allí habían muerto, ya que la mitad eran
su tripulación y la otra mitad mis pretendientes. Y cada día parecía venir
algún reporte fresco de gloria distante. Menelao había construido un
nuevo palacio de oro. Diomedes había conquistado un nuevo reino en
Italia. Incluso Eneas, ese refugiado troyano, había fundado una ciudad. Mi
esposo envió a Orestes, hijo de Agamenón, un mensaje ofreciéndose como
consejero. Orestes le devolvió el mensaje que tenía todos los consejeros
que necesitaba, y de todas formas él nunca querría molestar el descanso
de tal héroe.
» Después mandó emisarios a otros hijos: de Néstor e Idomeneo y
otros, pero todos dijeron lo mismo. Ellos no lo querían. ¿Y sabes que me
dije a mi misma? Que él solo necesitaba tiempo. Que en cualquier
momento recordaría los placeres de una modesta casa y hogar. Los
placeres de mi presencia. Conspiraríamos juntos de nuevo. —Su boca se
torció en burla de sí misma. —Pero él no quería esa vida. Él bajaba a la
playa y paseaba. Lo miré desde mi ventana y recordé una historia que una
vez me contó acerca de una gran serpiente en la que los hombres del
norte creían, la cual anhela devorar a todo el mundo.
Yo también recordé esa historia. Al final, la serpiente se come a sí
misma.
—Y mientras caminaba, hablaba con el aire, que se reunía a su
alrededor, con un brillo plateado en su piel.
Plateado. —Atenea.
—¿Quién más? —Ella sonrió con fría amargura. —Cada vez que él se
calmaba ella venía otra vez. Susurrando en su oído, lanzándose desde las
nubes para llenarlo con sueños de todas las aventuras que se estaba
perdiendo.
Atenea, esa diosa inquieta cuyos planes giraban una y otra vez. Había
peleado para traer su héroe a casa, para verlo elevado entre su pueblo,
por su honor y el de él. Para escucharlo contar las historias de sus
victorias, de las muertes que habían negociado juntos a los troyanos. Pero
recuerdo la codicia en sus ojos cuando hablaba de él: un búho con una
matanza en sus garras. Su favorito nunca podía ser permitido crecer
aburrido y doméstico. Él debe vivir en el ojo de la acción, brillante y
pulido, siempre esforzándose y buscando, siempre deleitándola con un
nuevo giro de inteligencia, algo de brillantez que convocó fuera del aire.
Afuera, los arboles luchaban en el cielo oscuro. En esa luz misteriosa,
los huesos en la cara de Penélope se mostraban finos como una estatua
de Dédalo. Me había preguntado por que ella no estaba más celosa de mí.
Ahora entendía. Yo no era la diosa que había tomado a su esposo.
—Los dioses pretenden ser padres —le dije —, pero ellos son niños,
aplaudiendo sus manos y gritando por más.
—Y ahora que su Odiseo está muerto —dijo—, ¿dónde encontrara
más?
Las últimas fichas se colocaron en su lugar y, al final, la imagen se
mostró completa. Los dioses nunca abandonan un tesoro. Ella vendría
por la siguiente mejor cosa después de Odiseo. Ella vendría por su sangre.
—Telémaco.
—Si.
La opresión en mi garganta me tomó por sorpresa. —¿Él lo sabe?
—No lo creo. Es difícil de decir.
Ella aún sostenía la lana, enmarañada y apestando en sus manos. Yo
estaba molesta, podía sentirlo ardiendo en mi estómago. Ella había
puesto a mi hijo en peligro. Era probable que Atenea ya planeara su
venganza contra Telégono; esto le agregaría leña al fuego. Sin embargo,
si era sincera mi rabia no era tan caliente como lo había sido. De todos los
dioses que ella pudo haber llevado a mi puerta, este era el que mejor
podía soportar. ¿Cuánto más nos puede odiar Atenea?
—¿Honestamente crees que puedes mantenerlo escondido de ella?
—Sé que no puedo.
—¿Entonces qué es lo que buscas?
Se había puesto su capa alrededor de sí misma, como un pájaro
envuelto en sus alas.
—Cuando era joven, escuché al cirujano de nuestro palacio hablando.
Dijo que las medicinas que él vendía eran solo de show. La mayoría de las
heridas curan por sí misma, dijo él, si les das tiempo suficiente. Era el tipo
de secreto que me encantaba descubrir, porque me hacía sentir cínica y
sabia. Lo tomé por una filosofía. Veras, siempre he sido buena en esperar.
Superé la guerra y los pretendientes. Superé los viajes de Odiseo. Me dije
que, si era lo suficientemente paciente, podría superar su inquietud y
también a Atenea. Seguramente, pensé, debe haber algún otro mortal en
el mundo para que ella ame. Pero parece que no hay. Y mientras estaba
sentada, Telémaco soportó la ira de su padre año tras año. Él sufrió
mientras yo apartaba mis ojos.
Recuerdo lo que Odiseo había dicho de ella una vez. Que ella nunca se
extravió, nunca cometió un error. Había estado celosa en ese entonces. Y
ahora pensé: que carga. Que peso tan feo sobre tu espalda.
—Pero este mundo si tiene verdaderas medicinas. Tú eres prueba de
eso. Entraste a las profundidades por tu hijo. Desafiaste a los dioses.
Pienso en todos los años de mi vida perdidos en el alarde de ese poco
hombre. He pagado por ello, eso es solo justicia, pero también he hecho
pagar a Telémaco. Él es un buen hijo, siempre lo ha sido. Busco un poco
de tiempo antes de que lo pierda, antes de que nos empujen de nuevo a la
marea. ¿Me lo concederías, Circe de Aiaia?
Ella no usó esos ojos grises en mí. Si lo hubiera hecho, la habría
rechazado. Ella solamente esperó. Era cierto que se veía bien en ella.
Parecía encajar en el aire como una joya en su corona.
—Es invierno —le dije—. Ningún barco navega ahora. Aiaia los tendrá
un poco más.
CAPÍTULO VEINTITRÉS
Nuestros hijos habían regresado de su trabajo despeinados, pero secos.
El trueno y la lluvia se habían quedado fuera en el mar. Mientras los otros
comían, subí a la punta más alta y sentí el hechizo sobre mí. De bahía en
bahía llegó, de amarillentas arenas a desgastadas piedras. Lo sentía en mi
sangre también, ese peso de hierro que había llevado tanto tiempo.
Atenea lo examinó seguramente. Ella rondó los bordes, buscando por una
fisura. Pero podría mantenerla alejada aún.
Cuando volví, Penélope estaba en el telar otra vez. Ella miró por su
hombro.
—Pareciera que el clima nos da un descanso. Los mares deben estar lo
suficiente calmados ahora. Telégono, ¿te gustaría aprender a nadar?
De todas las cosas que esperaba después de nuestra conversación, esa
no era una de esas. Pero no tenía tiempo para pensar en objetar. Por poco
Telégono derriba su copa en su impaciencia. Mientras se retiraban
atravesando el jardín, le escuché explicando mis plantas. ¿Desde cuándo
él sabe que es un carpe, o cicuta? Pero él apuntaba ambas y las llamaba
por sus propiedades.
Telémaco subió en silencio hasta mi lado. —Ellos se ven como madre e
hijo —dijo.
Ese era exactamente mi pensamiento, pero sentía un arrebato de ira
escucharlo en voz alta. Salí hacia el jardín sin responder. Me arrodillé en
mi banca y empecé a arrancar las malas hierbas.
Él me sorprendió siguiéndome. —No me fastidia ayudar a tu hijo, pero
seamos honestos, esa pocilga que nos dijiste que arregláramos no ha sido
usada en años. ¿Me darás algo que hacer que sea actualmente útil?
Me senté en mis talones y miré hacia él. —La realeza no suele suplicar
por quehaceres.
—Mis asignaturas parecen haberme dejado un poco de tiempo libre.
Tu isla es muy hermosa, pero me volveré loco si tengo que mantenerme
ocioso día tras día.
—¿Entonces qué puedes hacer?
—Lo usual. Pescar y cazar. Cuidar las cabras que no tienes. Esculpir y
construir. Podría arreglar el bote de tu hijo.
—¿Hay algo malo con su bote?
—El timón es lento y poco fiable, la vela es muy corta y el mástil es muy
largo. Se revuelca como una vaca en cualquier oleada.
—No se ve tan mal para mí.
—No quiero decir que no sea impresionante para un primer intento.
Solo que estoy conmocionado de que no nos hayamos hundido en el
camino.
—Le puse hechizos contra el hundimiento —dije—. ¿Cómo sabes tanto
de construir barcos?
—Soy de Ítaca —dijo simplemente.
—¿Y? ¿Hay algo más aquí sobre lo que debería saber?
Su cara se puso seria, como si estuviera dando un diagnóstico. —Las
ovejas están lo suficiente espesas para arruinar la trasquiladura de
primavera. Las tres mesas en tu comedor están desbalanceadas, y las
losas del sendero en el jardín se tambalean. Hay por lo menos dos nidos
de pájaros en tu alero.
Estaba mitad divertida, mitad ofendida. —¿Eso es todo?
—No he hecho un estudio completo.
—En la mañana deberás arreglar el bote con Telégono. Por ahora,
empezaremos con las ovejas.
Él estaba en lo correcto, ellas estaban enmarañadas y, después del
lluvioso invierno, estarían cubiertas de lodo más allá de sus hombros.
Saqué el cepillo y un largo cuenco con una de mis pócimas.
Él lo examinó.
—¿Qué hace eso?
—Limpia el barro sin esquilar la lana.
Él conocía su trabajo y lo hizo con eficiencia. Mi oveja estaba
domesticada, pero él tenía sus propios trucos pera engatusar y calmar.
Con su mano en sus espaldas las guiaba sin esfuerzo aquí y allá.
—Habías hecho esto antes —dije.
—Por supuesto. Esta pócima es excelente ¿qué es?
—Cardo, artemisia, apio, azufre. Magia.
—Ah.
Tenía el cuchillo de corte cogido y me senté para cortar la lana. Él
preguntó sobre el linaje de los animales y mis métodos de cría. Quería
saber si era un hechizo que los mantenía mansos o mi influencia. Cuando
sus manos estaban ocupadas él perdía su incómoda rigidez. Muy pronto
él estaba contándome historias de sus locuras en la cría de cabras y yo
estaba riendo. No me di cuenta que el sol descendió en el mar, y me
sorprendí cuando Penélope y Telegono aparecieron a nuestro lado. Podía
sentir la mirada de Penélope en nosotros cuando nos parábamos y
limpiábamos el barro de nuestras manos.
—Vengan —dije—. Deben estar hambrientos.
Esa noche Penélope dejó la cena temprano de nuevo. Me pregunté si
ella pensaba dejar claro un punto, pero su cansancio parecía
suficientemente real. Ella aun estaba en duelo, me recordé. Todos lo
estábamos. Pero la natación le había hecho bien a mi hijo, o tal vez fue la
atención de Penélope. Él tenía las mejillas rojas por el viento y quería
hablar. No sobre su padre, lo cual aún era una herida, pero sí de su viejo,
primer amor: historias heroicas. Tenían aparentemente un bardo en Ítaca
que tenía experiencia en tales historias, y él quería escuchar de Telémaco
las versiones que él había contado. Telémaco comenzó: Belerofonte y
Perseo, Tantalio, Atalanta. Él había tomado la silla de madera otra vez, y
yo la de plata. Telégono se inclinó contra un lobo en el suelo. Mirando
entre ellos me sentí una extranjera, me sentí casi borracha de irrealidad.
¿Habían sido realmente solo dos días desde que vinieron? Se sentía
mucho más. No estaba acostumbrada a tanta compañía, a tantas
conversaciones. Mi hijo rogó por otra historia, y otra, y obligó a Telémaco.
Su cabello fue alborotado por el viento desde nuestra obra afuera, y la luz
del fuego descansaba a lo largo de su mejilla. Mucho de él se veía mayor
de lo que él era, pero ahí había una curva dulcemente hecha que casi
debería ser llamada infantil. Él no era un cuentacuentos, como lo había
dicho, pero eso lo hizo más agradable de cierto modo, mirando su cara
seria mientras describía caballos voladores y manzanas doradas. La
habitación estaba cálida y la cosecha buena. Mi piel había comenzado a
sentirse suave como cera. Me incliné hacia adelante.
—Dime, ¿ese bardo alguna vez hablo de Pasifae, reina de Creta?
—La madre del Minotauro —dijo Telémaco—. Por supuesto. Ella
siempre está en el cuento de Teseo.
—¿Alguien dijo que le pasó a ella cuando Minos murió? Ella es inmortal,
¿aún gobierna allí?
Telémaco frunció el ceño. No estaba disgustado, pero tenía la misma
cara que hizo cuando examinó mi lavado de oveja. Lo vi seguir los hilos
de genealogías a través de su enredo. Una hija del sol, Pasifae dijo ser. Vi
cuando él entendió.
—No —dijo—. Ella y la línea de Minos no gobiernan más. Un hombre
llamado Leucos es rey, quien usurpó el trono de Idomeneo, quien era el
nieto de ella. En la historia que he escuchado, ella volvió a los aposentos
de los dioses después de que Minos muriera y vive con honor ahí.
—¿Aposentos de quién?
—El bardo no lo dijo.
Una temerosa imprudencia se apodero de mí. —En el de Océanos
seguramente. Nuestro abuelo. Ella podría estar aterrorizando a las ninfas
como suele hacerlo. Estaba ahí cuando el Minotauro nació. Ayudé a
encerrarlo.
Telégono quedó boquiabierto. —¿Estas relacionada con la reina
Pasifae? ¿y viste al Minotauro? ¿Por qué no mencionaste eso?
—No me preguntaste.
—¡Madre! Debes decirme todo. ¿Conociste a Minos? ¿Y a Dédalo?
—¿Cómo crees que tengo su telar?
—¡No lo sé! Pensé que fue, tú sabes…—El movió su mano en el aire.
Telémaco me miró.
—No —dije—. Sí lo conocí.
—¿Qué más has escondido de mí? —Telégono demandó. —¿El
Minotauro y Trigón, y cuantos más? ¿La Quimera? ¿El León de Nemea?
¿Cerbero y Escila?
Había estado sonriendo a su indignada sorpresa y no vi venir ese golpe.
¿De dónde había escuchado mi hijo su nombre? ¿Hermes? ¿Ítaca? No me
importaba. Una fría punta de lanza había retorcido mis entrañas. ¿Qué
había estado pensando? Mi pasado no fue algún juego, algún cuento
aventurero. Fue el fuco desagradable que las tormentas dejan podrido en
la orilla. Fue tan malo como Odiseo.
—Dije todo lo que tenía que decir. No me preguntes otra vez. —Me paré
y caminé lejos de sus sorprendidas caras. En mi habitación, me recosté en
mi cama. Ahí no había lobos o leones, ellos se quedaban con mi hijo. Sobre
nosotros en algún lugar estaba Atenea, mirando con sus luminosos ojos.
Esperando con su lanza para lanzarla a mi debilidad. Hablé dentro de las
sombras. —: Sigue esperando.
Y pensé que estaba segura de que no podría dormir, pero lo hice.
Desperté lúcida, determinada. Había estado cansada la noche anterior
y borracha más de lo que nunca he estado, pero ahora estaba firme otra
vez. Preparé el desayuno. Cuando Telegono llegó, lo vi mirándome,
esperando por otro arrebato. Pero estaba calmada. No debería estar tan
sorprendido, pensé. Podía ser agradable.
Telémaco mantuvo calado, pero cuando la comida hubo terminado él
llevó a su hermano fuera para comenzar a arreglar el barco.
—¿Puedo usar tu telar de nuevo?
Penélope usaba un vestido diferente. Este era más fino, había sido
blanqueado a una crema pálida. Mostraba bien los oscuros tonos de su
piel.
—Puedes. —Pensé en ir a la cocina, pero a menudo cortaba hierbas en
la larga mesa cerca del fuego, y no veía por qué debería relegarme a mí
misma. Llevé a fuera los cuchillos y los cuencos y todo el resto. Los
hechizos que protegían a Telégono no necesitaban ser renovados por otra
luna y media, entonces lo que haría seria por mi propio placer, secando y
moliendo, destilando tinturas para un uso posterior.
Pensé que no íbamos hablar. En nuestro lugar, Odiseo podría haber
seguido ocultando y maniobrando, solo por el placer de eso, pero después
de tanto tiempo sola, creo que ambas empezamos a apreciar el valor de
una conversación abierta.
La luz entraba inclinada por la ventana, acumulándose en nuestros pies
descalzos. Le pregunté sobre Helena, y ella me contó historias de cuando
ellos fueron niñas y crecieron juntas, nadando en las riveras de Esparta y
jugando en la corte de su tío Tíndaro. Hablamos de tejer y las mejores
variedades de ovejas. Le agradecí por su oferta de enseñar a Telégono
como nadar. Ella estaba contenta de hacerlo, dijo. Él le recordó a su primo
Castor, con su entusiasmo y buen humor, su forma de tranquilizar a
aquellos a su alrededor.
—Odiseo atraía el mundo hacia él —ella dijo—. Telegono va en su
busca, moldeando a medida que avanza, como un río que talla un canal.
Me complació, más de lo que podía decir, el escucharla elogiarlo. —
Deberías haberlo conocido cuando era bebé. Nunca hubo una criatura tan
salvaje. Creo que, si soy honesta, fui la más salvaje de los dos. La
maternidad parecía fácil para mí, antes de tener un niño.
—La bebé de Helena era así —dijo ella—. Hermione. Ella gritó por
media década, pero cuando creció fue tan dulce como nadie. Me
preocupaba que Telémaco no gritara lo suficiente. De que se comportó
bien muy pronto. Siempre fui curiosa como un segundo niño debería
haber sido diferente. Pero por el tiempo en que Odiseo vino a casa parecía
que había terminado para mí.
Su voz estaba sin emociones. Leal, las canciones la llamaron después.
Fiel, verdadera y prudente. Tan pasivas y pálidas palabras para lo que ella
era. Ella podría haber tenido otro marido, tenido otro hijo mientras
Odiseo se había ido, su vida podría haber sido más fácil por eso, pero ella
lo había amado ferozmente y no podía aceptar a otro.
Tomé un montón de milenrama que había estado colgando de una viga
del techo.
—¿Para qué se usa eso?
—Ungüento curativo. La milenrama detiene el sangrado.
—¿Puedo mirar? Nunca he visto brujería.
Me complació tanto como su elogio de Telégono. Hice espacio para ella
en la mesa. Ella fue una buena espectadora, preguntando
cuidadosamente cuestiones como llamaba tal ingrediente y explicando su
propósito. Ella quería ver las hierbas que solía usar para convertir a
hombres en cerdos. Dejé caer las hojas secas en su mano.
—No estoy a punto de convertirme a mí misma en un cerdo ¿o sí?
—Tendrías que ingerirlo y yo tendría que decir las palabras mágicas.
Solo aquellas plantas caídas de la sangre divina no necesitan ningún
hechizo para invocar su magia. Y, creo, tendrías que ser una bruja.
—O diosa.
—No —dije—. Mi sobrina era mortal, y ella lanzaba hechizos tan
fuertes como los míos.
—Tu sobrina. . . —dijo ella—. ¿Hablas de Medea?
Fue extraño escuchar el nombre en voz alta después de tanto tiempo
—¿La conoces?
—Sé que es cantado por bardos y tocado en las cortes para reyes.
—Me gustaría oírlo —dije.
Los arboles afuera traqueteaban en el viento mientras ella hablaba.
Medea había logrado escapar de [Link] había viajado a Yolcos con
Jason y le había dado dos hijos, pero él se alejó de sus hechicerías, y su
gente la menosprecio. A tiempo él contrajo matrimonio con una dulce,
bien amada princesa de su tierra. Medea alabó su elección y envió regalos
a la novia: una corona y una capa que ella había hecho por sí misma.
Cuando la chica se los puso, fue quemada viva. Entonces Medea arrastró
a sus hijos a un altar y, jurando que Jason nunca podría tenerlos, cortó sus
gargantas. Fue vista por última vez convocando a un carro tirado por
dragones para llevarla de vuelta a Cólquide.
No dudo en que los bardos que habían retocado la historia, pero aún
podía ver el brillo de Medea. Creo que ella podría más bien hacer el
mundo arder antes que perder.
—Le advertí una vez que ese dolor podía venir de su matrimonio. No
me complace escuchar que estaba en lo correcto.
—Raramente complace saberlo. —La voz de Penélope fue suave. Ella
estaba pensando en aquellos niños sacrificados, quizá. Yo estaba
pensando en ellos también. Y el carruaje de dragón que fue por supuesto
de mi hermano. Parecía increíble que ella podría volver a él, después de
todo eso que paso entre ellos. Sin embargo, también tenía sentido para
mí. Eetes quería un heredero, y no había nadie más como él que Medea.
Ella había crecido entrenando alrededor de su crueldad, y al final
pareciera que ella no había aprendido como vivir de otra forma.
Derramé miel sobre la milenrama, añadí cera de abejas para enlazar el
ungüento. En el aire flotaba un aroma dulce y agudo con hierbas.
Penélope dijo:
—¿Qué lo que la convierte una bruja, si no es la divinidad?
—No lo sé con certeza —dije—. Una vez pensé que era heredado a
través de la sangre, pero en Telégono no había magia. Había empezado a
creer que es en su mayoría voluntad.
Ella asintió. No tenía que explicar. Sabíamos que era la voluntad.
Esa tarde Penélope y Telégono fueron a la bahía otra vez. Había
asumido después de mi abrupta última noche que Telémaco podía
mantener su distancia. Pero él me encontró en mis hierbas.
—Pensé en ponerme a reparar las mesas.
Lo miré mientras molía las hojas de eléboro. Él tenía una cuerda de
medir, y un vaso que había marcado y llenado hasta esa línea con agua.
—¿Qué estás haciendo?
—Probar si el suelo está nivelado. El problema son actualmente las
patas, están ligeramente desproporcionadas. Será fácil de ajustar.
Lo miré usando la escofina, comprobando y volviendo a verificar las
patas con su cuerda de medir. Le pregunté cómo se había roto la nariz.
—Nadando con los ojos cerrados —dijo—. Aprendí mi lección ahí.
Cuando hubo terminado, salió hacia las baldosas. Seguí deshierbando,
pensé que el jardín apenas lo necesitaba. Discutimos de abejas, como yo
siempre deseaba que hubiera más en la isla. Él preguntó si yo podía
domarlas como otras criaturas
—No —dije—. Uso humo como todos los demás.
—Vi una colmena que se veía demasiado llena —dijo—. Puedo
dividirla en la primavera, si gustas.
Dije que me gustaría y lo miré raspar el suelo desigual. —La lluvia que
cae al techo drena ahí —dije—. Aquellas baldosas se tambalearán otra
vez después de la siguiente lluvia.
—Así es como las cosas son. Las arreglas, y ellas se tuercen, y entonces
las arreglas otra vez.
—Tienes un temperamento paciente.
—Mi padre lo llamaba aburrido. Esquilar, limpiar la chimenea, picar
olivos. Él quería saber cómo hacer tales cosas por saciar su curiosidad,
pero no quería realmente tener que hacerlo.
Era verdad. La tarea favorita de Odiseo era del tipo que solo tenían que
hacerse una vez: invadir un pueblo, derrotar a un mounstro, buscar la
formar de entrar en una ciudad impenetrable.
—Quizá tu saliste a tu madre.
Él no levantó la vista, pero me pareció verlo tensarse. —¿Cómo es ella?
Sé que le hablas.
—Te extraña.
—Ella sabe en dónde estoy.
La furia se plantó clara y limpia en su rostro. Ahí estaba un tipo de
inocencia en él, pensé. No pienso esto como lo hacen los poetas: una
virtud que debe ser rota al final de la historia, o de otro modo mantenido
por un gran costo. Ni pienso que él fue tonto o manipulable. Pienso que él
fue hecho solo de él mismo, sin los residuos que obstruyen al resto de
nosotros. Él pensó, sintió y actuó, y todas esas cosas que hacen una línea
recta. No era de extrañar que su padre hubiera estado tan desconcertado
por él. Él podría haber tenido siempre que buscar por el significado
escondido, el cuchillo que surgiría en la oscuridad. Pero Telémaco llevaba
su espada al aire libre.
Esos fueron días extraños. Atenea se cernía sobre nuestras cabezas
como un hacha, aun así, ella había hecho lo mismo por dieciséis años,
podría difícilmente sorprenderme de eso ahora. Cada mañana Telégono
sacaba a su hermano a la cima de la isla. Penélope hilaba o tejía mientras
moldeaba mis hierbas. Había hablado en privado con mi hijo para
entonces, y le había dicho algo de lo que había aprendido del
temperamento horrible de Odiseo en Ítaca, sus sospechas e irritaciones,
y día tras día la información fluir sobre él. Él aún estaba triste, pero la
culpa comenzaba a tranquilizarse, y el brillo volvía a su rostro. La
presencia de Penélope y Telémaco ayudaban aún más. Él disfrutaba de su
atención como mis leones del sol. Me dolió darme cuenta cuanto él había
querido una familia todos estos años.
Penélope y Telémaco aún no hablaban entre ellos. Hora tras hora,
comida tras comida, el aire entre ellos era quebradizo. Parecía absurdo
para mí que ellos no solo confesaran sus faltas y pesares y lo finalizaran.
Pero ellos eran como huevos, cada uno con miedo de romper al otro.
En las tardes, Telémaco siempre parecía buscar alguna tarea que lo
traería a mi lado, y podíamos hablar hasta que el sol tocara el mar. Cuando
iba adentro a sacar los platos para la cena, él me seguía. Si había trabajo
suficiente para dos, ayudaba. Si no lo había, se sentaba en la chimenea
tallando pequeñas piezas de madera: un toro, un pájaro, una ballena
rompiendo las olas. Sus manos tenían una cuidadosa precisión que yo
admiraba. Él no era brujo, pero tenía el temperamento de uno. Le dije que
el piso podía limpiarse solo, pero él siempre barría el aserrín y las virutas
después.
Era extraño tener tal constante compañía. Telégono y yo nos
quedábamos mayoritariamente fuera del camino del otro, y mis ninfas
eran más como sombras revoloteando en la esquina de mi ojo.
Usualmente incluso esa mucha presencia me desgastaba, persistente en
mi atención hasta que tenía que irme y caminar sola en la isla. Pero esa
era una contenida cualidad de Telémaco, una quieta seguridad que lo
hacía sociable sin ser intrusivo. La criatura que él más me recordaba, me
di cuenta, era a mi león. Ellos tenían la misma recta dignidad, la misma
mirada fija con profundo humor. Incluso la misma gracia terrenal, la cual
perseguía su propio final mientras yo perseguía el mío.
—¿Qué es tan divertido?
Sacudí mi cabeza.
Fue quizá el sexto día desde que ellos habían llegado. Él estaba
haciendo un árbol de olivo, organizando el retorcido tronco, eligiendo
cada trazo y cavidad con la punta de su cuchillo.
—¿Extrañas Ítaca? —le pregunté.
Él lo consideró. —Extraño a aquellos que conocí. Y lamento no ver las
crías de mis cabras. —Hizo una pausa. —Creo que podría no haber sido
un mal rey.
—Telémaco el Justo —dije.
Él sonrió. —Así es como te llamarían si fueras tan aburrido que ellos
no pudieran pensar en algo mejor.
—Creo que podrías ser un buen rey también —dije—. Quizá aún
puedas serlo. Los recuerdos de los hombres son cortas. Puedes volver en
gloria como el tan esperado heredero, brindando prosperidad con la
justicia de tu sangre.
—Suena como una buena historia —dijo—. ¿Pero que podría hacer yo
en esas habitaciones que mi padre y los pretendientes ocuparon? Cada
paso podría ser un recuerdo que desearía no tener.
—Debe ser difícil para ti estar cerca de Telégono.
Su frente se arrugó. —¿Por qué debería serlo?
—Porque él luce mucho más como tu padre.
Él se echó a reír. —¿De qué estás hablando? Telégono es una copia tuya.
Y no solo me refiero a tu cara. Son tus gestos, tu caminar. Tu forma de
hablar, incluso tu voz.
—Lo haces sonar como una maldición —dije.
—No es una maldición —dijo.
Nuestros ojos se encontraron a través del aire. Muy lejos, mis manos
pelaban granadas para la cena. Metódicamente, corté la cascara,
revelando la blanca celosía. Dentro, las pepitas de jugo rojo brillaban a
través de sus células cerosas. Mi boca punzaba con un poco de sed. Había
estado mirándome junto a Telémaco. Era algo nuevo para mí ver que las
expresiones iban tomando forma en mi rostro, el movimiento de las
palabras a través de mi lengua. Mi vida había sido gastada en estar
sumergida hasta los codos, agregando ingrediente aquí, ahora allá, llena
de salpicaduras e impulsiva. Este nuevo sentimiento me arrastraba como
un tipo de somnolencia distante, casi una languidez. Esta no era la
primera mirada hablada que él me había dado, pero ¿qué importaba? Mi
hijo era su hermano. Su padre había estado en mi cama. Él le pertenecía a
Atenea. Yo lo sabía, incluso si él no.
Fuera, las estaciones habían cambiado. El cielo abría sus manos, y la
tierra se abultaba para ir a su encuentro. La luz se derramó espesa hacia
abajo, bañándonos en oro. El mar se retrasaba solo un poco detrás. Al
desayuno Telégono le dio una palmada a su hermano en la espalda.
—En unos pocos días, podemos llevar el bote fuera de la bahía.
Sentí la mirada de Penélope. ¿Qué tanto se extendía el hechizo?
No lo sé. Más allá de las olas grandes, pero no podía decir la ola exacta.
—No olvides, Telégono, siempre hay una última mala tormenta. Espera
que suceda.
Como si fuera una respuesta, un golpe sonó en la puerta.
En el silencio siguió el susurró de Telegono. —Los lobos no aullaron.
—No. —No miré a Penélope en advertencia: si ella no adivinaba, era
una tonta. Levanté mi divinidad, fría y vigorizante a mi alrededor, y fui a
abrir la puerta.
Aquellos mismos ojos negros, ese mismo perfecto y guapo rostro.
Escuché a mi hijo jadear, sentí la quietud congelada detrás de mí.
—Hija de Helios. ¿Puedo pasar?
—No.
Él levanto una ceja. —Tengo un mensaje que le concierne a uno de tus
invitados.
Sentí un miedo a lo largo de mis rodillas, pero mantuve mi voz plana.
—Ellos pueden escucharte desde donde estás.
—Muy bien. —Su piel resplandeció. Su seseante, y cantarina conducta
se desvaneció. Este era el divino mensajero de los dioses, potente e
inevitable. —Telémaco, príncipe de Ítaca, vengo en favor de la gran diosa
Atenea, a quien le gustaría hablar contigo. Ella necesita que la bruja Circe
baje el hechizo que la bloquea de la isla.
—Necesita —dije —. Esa es una interesante palabra para una que
intentó matar a mi hijo. ¿Quién dice que no planea intentarlo otra vez?
—Ella no está interesada en tu hijo en lo más mínimo. —Él dejo caer su
gloria. Su voz fue casual una vez más. —Si vas a ser una tonta con respecto
a eso (estas son sus palabras, por supuesto) ella ofrece un juramento de
protección para él. Es a Telémaco solo, lo que ella quiere. Es tiempo de
que él tome su herencia. —Él miro más allá de mi a la mesa. —
¿Escuchaste, príncipe?
Los ojos de Telémaco bajaron. —Escuché. Estoy complacido por el
mensajero y el mensaje también. Pero soy un invitado en esta isla.
Debería esperar la palabra de mi anfitriona.
Hermes ladeó la cabeza un poco, sus ojos atentos. —¿Y bien, anfitriona?
Sentí a Penélope en mi espada, alzándose como una luna de otoño. Ella
había pedido tiempo para arreglar las cosas con Telémaco, y aún no lo
hacía. Podía imaginar sus amargos pensamientos.
—Lo haré —dije—. Pero me tomará algún esfuerzo para devanar el
trabajo del hechizo. Ella deberá esperar venir en tres días.
—¿Quieres que le diga a la hija de Zeus que tiene que esperar tres días?
—Ellos han estado aquí medio mes. Si ella estuviera en un apuro,
debería haberte enviado antes. Y debes decirle que esas son mis palabras.
La diversión destello en sus ojos. Había alimentado esa mirada una vez,
cuando había estado muriendo de hambre y pensé que tales migas eran
un festín.
—Estate segura de que lo haré.
Respiramos en el vacío espacio que dejo atrás. Penélope encontró mis
ojos. —Gracias —dijo. Entonces se volvió a Telémaco. —Hijo. —Era la
primera vez que la había escuchado hablarle directamente. —Te he hecho
esperar mucho tiempo ¿Caminarías conmigo?
CAPÍTULO VEINTICUATRO
Los vimos ir por el camino a la orilla. Telémaco parecía medio aturdido,
pero eso era sólo natural. Él había aprendido que él era el elegido de
Atenea y haría la paz con su madre en el mismo momento. Yo había
querido decirle algo antes de que se fuera, pero las palabras no habían
llegado.
Telégono golpeó mi codo. —¿Qué quiso decir Hermes con "La herencia
de Telémaco"?
Sacudí la cabeza. Esa misma mañana, había visto los primeros brotes
verdes de la primavera. Atenea lo había cronometrado bien. Ella vino tan
pronto cuando vio que podía hacer navegar a Telémaco.
—Estoy sorprendido que el hechizo tomara tres días para deshacerse.
¿Puedes usar eso. . . ,cómo se llamaba? ¿Moly?
Me volteé hacia él. —Tú sabes que mis hechizos están gobernados por
mi voluntad. Si lo deseo, ellos caerían en un segundo. Así que no, no toma
tres días.
Él me frunció el ceño. —¿Le mentiste a Hermes? ¿Atenea no estará
enojada cuando se entere?
Su inocencia todavía me asustaba. —No planeo decírselo. Telégono,
estos son dioses. Tú debes mantener tus trucos escondidos o perderás
todo.
—Lo hiciste para que tuvieran tiempo de hablar —dijo—. Penélope y
Telémaco.
Él era joven, pero no tonto. —Algo así.
Golpeó el dedo en las persianas. Los leones no se movieron; conocían
bien el ruido de su inquietud. —¿Volveremos a verlos si se van?
—Pienso que tú podrías —dije. Si escuchó el cambio que dije, él no dijo
nada. Podía sentir mi pecho temblar un poco. Había pasado tanto tiempo
desde que hablé con Hermes, que había olvidado el esfuerzo que tomó
para hacer frente a esa mirada sagaz, viendo todo.
Él dijo. —¿Piensas que Atenea tratará de matarme?
—Ella debe hacer un juramento antes de que venga, y así ella estará
atada por eso. Pero voy a tener la lanza, por si acaso.
Hice que mis manos trabajaran a través de sus tareas, platos y lavado
y deshierbe. Cuando empezó a oscurecer, empaqué una canasta de
comida y envié a Telégono a buscar a Penélope y Telémaco.
—No te quedes —dije—. Necesitan estar solos.
Él renegó. —No soy un niño idiota.
Tomé un respiro. —Yo sé que no lo eres.
Me paseaba mientras él se había ido. No podía explicar la tensión que
sentía. Yo sabía que se iba. Lo había sabido todo el tiempo.
Penélope regresó cuando la luna apareció. —Te estoy agradecida —
dijo—. La vida no es tan simple como un telar. Lo que tejes, no puedes
desentrañar con un tirón. Pero creo que he hecho un comienzo. ¿Está mal
de mi parte confesar que disfruté viéndote poner a Hermes en su lugar?
—Yo también tengo una confesión. No siento pena en dejar que Atenea
se tuerza durante tres días.
Ella sonrió. —Gracias de nuevo.
Telégono se sentó en el hogar emplumando flechas, pero apenas
llevaba hechas un puñado. Estaba tan inquieto como yo, rasponeando las
piedras, mirando por la ventana en el camino vacío del jardín como si
Hermes pudiera aparecer de nuevo. Limpié las mesas, aunque no
necesitaban ser limpiadas. Puse mis ollas de hierbas aquí, luego allá. El
manto negro de luto de Penélope colgaba en el telar, casi terminado.
Podría haberme sentado y trabajado un rato, pero el cambio de manos se
mostraría en la tela.
—Voy a salir —le dije a Telégono. Y antes de que pudiera hablar, me
fui.
Mis pies me llevaron a un hueco pequeño que conocía entre los robles
y las aceitunas. Las ramas hicieron buena sombra y la hierba crecía suave.
Podías escuchar las aves nocturnas.
Él estaba sentado en un árbol caído, contra la sombra.
—¿Te molesto?
—No.
Me senté junto a él. Bajo mis pies la hierba era fría y levemente húmeda.
El búho lloró en la distancia, aún hambriento por la escasez invernal.
—Mi madre me dijo lo que hiciste por nosotros. Ahora y antes. Gracias.
—Estoy feliz de haber ayudado.
Asintió con la cabeza débilmente. —Ella ha estado tres leguas por
delante, como siempre.
Sobre nosotros las ramas se agitaron, tallando la luna en astillas.
—¿Estás listo para enfrentar a la Diosa de ojos grises?
—¿Lo está alguien?
—Al menos ya la has visto antes. Cuando paró la guerra entre tu padre
y los parientes de sus pretendientes.
—La he visto muchas veces —dijo—. Ella solía venir a mí cuando yo
era un niño. Nunca en su propia forma. De vez en cuando, notaba algo
peculiar en algunas personas que me rodeaban, ya sabes, el extraño que
me ofrecía un consejo excesivamente detallado, el viejo amigo de la
familia cuyos ojos brillaban en la oscuridad… El aire olía entonces a
aceitunas y a metal. Yo decía su nombre y el cielo brillaba brillante como
plata pulida. Las cosas aburridas de mi vida, el padrastro en el pulgar, las
burlas de los pretendientes, se desvanecen. Ella me hizo sentir como uno
de los héroes de las canciones, listo para domesticar a los toros que
respiran fuego y sembrar los dientes de los dragones.
Un búho rondó con sus alas silenciosas. En la quietud, su voz sonó como
una campana.
—Después de que mi padre regresó, nunca la volví a ver de nuevo. Por
un largo tiempo yo esperé. Yo maté ovejas en su nombre. Escrudiñé a
cualquiera que pasara. ¿Ese cabrero se demoraba de un modo extraño?
¿No estaba ese marinero demasiado interesado en mis pensamientos?
Él hizo un sonido en la oscuridad, mitad risa. —Tú puedes imaginar que
a la gente no le gustaba por eso, siempre mirándolos fijamente, y luego
me alejaba con decepción.
—¿Sabes lo que tienen pensado para ti?
—¿Quién puede decirlo, con un Dios?
Lo sentí como una reprimenda. Esa antigua brecha insalvable, entre un
mortal y una divinidad.
—Tú tendrás poder sin duda, y la riqueza. Probablemente tendrás tu
oportunidad de ser Telémaco el Justo.
Sus ojos descansaron en las sombras del bosque. Él apenas me miró
desde que llegué. Lo que sea que hubo entre nosotros había desaparecido
como el humo en el viento. Su mente estaba con Atenea, hacia su futuro.
Yo había sabido que sería así, pero me sorprendió lo mucho que me dolía
ver que sucediera tan rápidamente.
Hablé enérgicamente. —Deberían tomar el barco, por supuesto. Está
encantado contra los desastres del mar, como ya sabes. Con la ayuda de
Atenea, no debería necesitarlo, pero les dejará salir tan pronto como esté
listo. A Telégono no le importará.
Él estuvo quieto por tanto tiempo que empecé a pensar que no me
había oído. Pero al final él dijo:
—Eso es muy amable, gracias. Entonces tú tendrás tu isla de vuelta.
Oí como crujían los arbustos. Oí el mar distante en la orilla, el sonido
de nuestras respiraciones desapareciendo en su incesante ir y venir.
—Sí —dije—. Así es.
En los días que siguieron, pasé de él como si él fuera una mesa en mi
sala. Penélope me miró, pero yo no le hablé tampoco. Ambos estaban
juntos ahora, reparando lo que se había roto. No me importaba verlo.
Llevé a Telégono al mar, para que me mostrara su nado. Sus hombros,
duros de músculo, cortaban a través del mar. Parecía tener más de
dieciséis años, todo un hombre. Los hijos de los dioses siempre llegaban
a su madurez antes que los mortales. Él los extrañaría cuando se hubieran
ido, yo sabía. Pero encontraría algo más para él. Le ayudaría a olvidar. Le
diría que algunas personas son como constelaciones que solo tocan la
tierra durante una temporada.
Les serví la cena, luego tomé mi manto y entré en la oscuridad del
bosque. Busqué los picos más altos, las espesuras donde los mortales no
podían seguirme. E incluso mientras lo hacía, me reí de mí misma. ¿Cuál
de ellos crees que va a perseguirte? Mi mente pasó a través de todas esas
historias que no había contado de Odiseo, Eetes, Escila y el resto. Yo no
quería que mi historia fuera sólo una diversión, alimento por su
implacable inteligencia. Pero, ¿quién más lo habría tolerado, con toda su
fealdad y errores? Había perdido la oportunidad de hablar, y ahora ya era
demasiado tarde.
Me fui a la cama. Soñé hasta el amanecer con la lanza coronada con la
cola de Trigón.
La mañana del tercer día Penélope me tiró de la manga. Ella había
terminado el manto negro. Hizo que su cara se vea más delgada, su piel
se apagó.
Ella dijo: —Sé que pido mucho, pero ¿estarás allí cuando hablemos con
ella?
—Lo voy a hacer. Y Telégono también. Quiero cerrar el asunto. Estoy
cansada de los juegos.
Todas mis palabras se sentían así, duras en mis dientes. Subí hasta el
pico. Las rocas se oscurecieron a partir de dieciséis años de mis pócimas.
Me agaché, froté el dedo contra las manchas. Tantas veces que había
venido aquí. Tantas horas gastadas. Cerré los ojos y sentí el hechizo sobre
mí, frágil como el cristal. Lo dejé caer.
Sonó el más leve tintineo, como el ruido de una cuerda de arco
demasiado tensa al romperse. Esperé a que el viejo peso cayese de mis
hombros, pero, en vez de eso, una fatiga gris atravesó todo mi ser. Estiré
una mano en busca de equilibrio, pero solo hallé aire. Me tambaleé, me
flaqueaban las rodillas, pero no había tiempo para debilidades.
Estábamos expuestos. Atenea iba a venir, se abalanzaría sobre mi isla
como un águila. Me obligué a bajar la montaña a toda prisa. Mis pies
tropezaban en cada raíz, las piedras torcían mis tobillos. Mi respiración
era fina y superficial. Abrí la puerta. Tres caras me miraron sobresaltadas.
Telégono se levantó.
—¿Madre?
Lo aparté y entré. Mi cielo estaba abierto, y cada momento era un
peligro. La lanza, eso es lo que necesitaba. Agarré su eje torcido de la
esquina donde lo guardo y respiré el olor dulce del veneno. Mi mente
parecía despejar un poco. Incluso Atenea no se arriesgaría con esto.
Lo llevé a la sala y me puse en el hogar. Sin duda, ellos me siguieron. No
había tiempo para una advertencia. Los rayos de sus extremidades
azotaron el lugar y el aire se volvió de plata. Su coraza brillaba como si
todavía estuviese a medio fundir. La cresta de su casco se irguió sobre
nosotros.
Ella puso sus ojos fijos en mí. Su voz era oscura como el mineral.
—Te dije que te arrepentirías si vivía.
—Te equivocaste —dije.
—Tú siempre has sido insolente, Titán. —Bruscamente, como para
hacerme una herida con su precisión, ella volvió su mirada a Telémaco.
Estaba arrodillado, Penélope a su lado. —Hijo de Odiseo —dijo. Su voz
cambió, dorado en sí. —Zeus ha anunciado que un nuevo imperio se
elevará en el Oeste. Eneas ha huido allí con sus troyanos remanentes, y
quiero que un grupo de griegos les hagan frente y los mantenga a raya. La
tierra es fértil y rica, espesa con bestias de campo y bosque, repleta de
frutos de todo tipo. Encontrarás una ciudad próspera allí, tú construirás
fuertes murallas y establecerás leyes para contener la barbarie.
Sembrarás la semilla de un gran pueblo que gobernará el mundo en
tiempos venideros. He reunido en un barco a buenos hombres de todas
nuestras tierras. Llegarán hoy para conducirte a tu futuro.
La habitación ardía con los áureos destellos de su mirada. Telémaco
también ardía. Sus hombros parecían más anchos, sus extremidades
hinchadas con fuerza. Incluso su voz se había profundizado.
—Diosa —dijo—, de ojos grises y sabios. Me honras entre todos los
mortales. Ningún hombre puede merecer tal gracia.
Ella sonrió como una serpiente del templo sobre su tazón de alimento.
—El barco vendrá a por ti al anochecer. Estate listo.
Era la señal para que se pusiese de pie. Para mostrar la gloria que le
había otorgado, para alzarla como un estandarte brillante. Pero siguió
arrodillado, sin moverse. —Me temo que no soy digno de sus dones.
Fruncí el ceño. ¿Por qué estaba tanteando tanto? No era prudente. Debe
agradecerle y punto, antes de que ella encontrase alguna razón para
ofenderse.
Su voz tenía un matiz de impaciencia. —Conozco tus debilidades —
dijo—. No importarán cuando este allí para ayudarte a sostener la lanza.
Te guie una vez a la victoria contra los pretendientes. Te guiaré de nuevo.
—Has velado por mí —replicó Telémaco—, y te lo agradezco. Pero no
puedo aceptarlo.
El aire en la habitación quedó completamente quieto.
—¿Qué quieres decir? —Las palabras chirriaron
—He estado pensándolo —dijo—. Durante tres días. Y no encuentro en
mí ningún gusto por luchar contra los troyanos o construir imperios.
Busco experiencias diferentes.
Mi garganta se había secado. ¿Qué hacía este tonto? El último hombre
que rechazó a Atenea fue París, príncipe de Troya. Había preferido a la
diosa Afrodita, y ahora estaba muerto y su ciudad hecha cenizas.
Los ojos de Atenea eran como taladros que perforaban el aire.
—¿Ningún gusto? ¿Qué es esto? ¿Algún otro dios te ofreció algo mejor?
—No.
—¿Qué sucede entonces?
Él no se inmutó ante su mirada. —Yo no deseo tal vida.
—Penélope. —La palabra era como un latigazo. —Habla con tu hijo.
La cara de Penélope miraba al suelo. —Ya lo he hecho, diosa. Está
decidido. Usted sabe que la sangre de su padre era siempre obstinada.
—Obstinado para alcanzar la victoria. —Atenea pronunció cada
palabra con dureza, como si le estuviese quebrando el cuello de una
paloma. —Obstinado en su ingenio. ¿Qué es esta degeneración? —Se
volvió hacia Telémaco. —No volveré a hacer esta oferta. Si
persistieras en esta estupidez, si me rechazas, toda mi gloria te dejará.
Incluso si me suplicas, no volveré.
—Lo entiendo —él dijo.
Su calma parecía enfurecerla. —No habrá canciones sobre ti. Ni
historias. ¿Entiendes? Vivirás una vida de obscuridad. No tendrás nombre
en la historia. No serás nadie.
Cada palabra era como el golpe de un martillo en una forja. Iba a ceder,
pensé. Claro que sí. La fama que ella había descrito era lo que anhelan
todos los mortales. Es su única esperanza de inmortalidad.
—Escojo ese destino —él dijo.
La incredulidad brilló desnuda sobre su cara fría y hermosa. ¿Cuántas
veces en su eternidad se le había dicho que no? Ella no podía analizarla.
Se veía como un águila que había estado planeando sobre un conejo, y el
siguiente momento se encontraba en el barro.
—Eres un tonto —escupió—. Tienes suerte de que no te mate en donde
estás parado. Yo respeto tu amor a tu padre, pero ya no seré tu patrona.
La gloria que había brillado sobre él desapareció. Se veía arrugado sin
ella, gris y arrugado como la corteza de olivo. Estaba tan sorprendida
como Atenea. ¿Qué había hecho? Y tan envuelto estaba yo en estos
pensamientos que no había visto hacía donde iba esta conversación hasta
que era demasiado tarde.
—Telégono —dijo Atenea. Su mirada de plata se clavó en él. Su voz
cambió de nuevo; su hierro se convirtió en filigrana. —Has escuchado lo
que le ofrecí a tu hermano. Te lo ofrezco ahora. ¿Vas a navegar y ser mi
baluarte en Italia?
Me sentí como si hubiera resbalado de un acantilado. Estaba en el aire,
cayendo, sin nada que me cogiera.
—Hijo —grité—, no digas nada.
Rápida como una flecha, ella se volvió hacia mí. —¿Te atreves a
obstruirme de nuevo? ¿Qué más quieres de mí, bruja? He jurado que no
lo lastimaré. Le ofrezco un regalo por el que los hombres negociarían sus
almas. ¿Lo mantendrás atado a ti toda la vida, como si fuera un caballo
domado?
—Tú no lo quieres —le dije—. Mató a Odiseo.
—Odiseo se suicidó —dijo. Las palabras volaron a través de la
habitación como la cuchilla de una guadaña —. Él perdió su camino.
—Fuiste tú quien lo hizo perderlo.
La ira salía de sus ojos. Vi en ellos lo que pensaba: cómo su lanza se
vería arrancando mi garganta.
—Yo lo habría convertido en un Dios —dijo— en un igual, pero al final
él era demasiado débil.
Era toda la disculpa que conseguirías de un dios. Enseñé los dientes y
blandí la punta de la lanza en el aire. —No tendrás a mi hijo. Voy a pelear
contigo antes de que te lo lleves.
—Madre —su voz era suave a mi lado—. ¿Puedo hablar?
Me estaba rompiendo en pedazos. Sabía lo que vería cuando lo mirara,
su ansiosa y suplicante esperanza. Quería ir. Siempre había querido ir,
desde el momento en que nació en mis brazos. Había dejado a Penélope
quedarse en mi isla para que no perdiese a su hijo. Y yo perdería al mío
en su lugar.
—He soñado con esto —dijo—. De campos dorados que se extienden,
sin parar hasta el horizonte. Huertos, ríos brillantes, rebaños prósperos.
Yo solía pensar que era Ítaca lo que vi. —Estaba tratando de hablar
suavemente, para frenar la emoción que se levantó en él como una
inundación. Pensé en Ícaro, que había muerto cuando era libre. Telégono
moriría si no lo fuera. No en carne y años. Pero todo lo que era dulce en
él se marchitaría y se caería. Me tomó la mano. El gesto era como el de un
bardo. Pero, ¿no estábamos en una especie de canción? Este fue el
estribillo que habíamos practicado tan a menudo.
—Hay riesgos, lo sé, pero me has enseñado a tener cuidado. Puedo
hacer esto, madre. Quiero ir.
Yo no era más que un espacio gris lleno de nada. ¿Qué podría decir?
Uno de nosotros debe llorar. No iba a permitir que fuese él quién sufra.
—Mi hijo —le dije—, tuya es la elección.
La alegría lo bañó como una ola. Me volteé así no tendría que verlo.
Atenea estaría contenta, pensé. Aquí estaba su venganza al fin.
—Prepárate para el barco —dijo—. Viene esta tarde. Yo no enviaré a
otro.
La luz se redujo a la del sol. Penélope y Telémaco se alejaron. Telégono
me abrazó como no lo había hecho desde que era un niño. Como tal vez
nunca lo hizo. Recuerda esto, me dije a mí misma. Sus hombros anchos, la
curva de los huesos en la espalda, el calor de su aliento. Pero mi mente se
sentía reseca y barrida por el viento.
—¿Madre? ¿No puedes ser feliz por mí?
No, quería gritarle. No, no puedo. ¿Por qué debo ser feliz? ¿No es
suficiente que te deje ir? Pero yo no quería que fuera lo último que vea de
mí, su madre gritando y lamentando como si estuviera muerto, aunque
todavía estaba lleno de tantos años esperanzados.
—Estoy feliz por ti —me obligué a decir. Lo llevé a su habitación. Le
ayudé a empacar, llenando baúles con medicinas de todo tipo, para
heridas y dolores de cabeza, para la viruela y el insomnio e incluso para
el parto, que lo hizo ruborizarse.
—Vas a fundar una dinastía — dije—. Los herederos son generalmente
necesarios.
Le di toda la ropa más cálida que tenía, aunque era primavera y sería
verano pronto. Dije que debía llevarse a Arcturos, que lo había amado
desde que era una cachorra. Presioné amuletos sobre él, lo envolví en
encantamientos. Apilé tesoro tras tesoro: oro y plata y el mejor bordado,
pues a los nuevos reyes les va mejor cuando tienen maravillas para dar.
Para ese entonces empezaba a poner los pies en la tierra.
—¿Qué pasa si fracaso?
Pensé en la tierra que Atenea había descrito. Las colinas onduladas,
llenas de sus pesadas frutas y campos de grano, la ciudadela brillante que
construiría. Impartiría justicia desde un trono elevado en su salón más
luminoso, y hombres y mujeres vendrían de todas partes para
arrodillarse ante él. Sería un buen gobernante, pensé. Justo y cálido. No
se dejaría consumir como su padre. Nunca había tenido hambre de gloria,
solo la vida.
—Tú no fallarás —dije.
—¿No piensas que ella pretende hacerme daño?
Ahora estaba preocupado; ahora que era demasiado tarde. Sólo tenía
dieciséis años, tan nuevo en el mundo.
—No —le dije—. Yo no lo pienso. Ella te valora por tu sangre, y con el
tiempo ella te valorará por ti mismo también. Ella es más confiable que
Hermes, aunque ningún dios puede ser llamado así. Debes recordar ser
siempre tú mismo.
—Lo haré. —Él vio mis ojos —. ¿No estás enojada?
—No —dije. Nunca estuve realmente enojada, solo con miedo y dolor.
Él era lo que los dioses usarían contra mí.
Hubo un golpe en la puerta. Era Telémaco llevando un paquete de lana
largo. —Lamento entrometerme. —Sus ojos se mantuvieron alejados de
los míos. Le tendió el paquete a mi hijo —. Esto es para ti.
Telégono desenvolvió la tela. Una vara lisa de la madera, afilada en sus
extremos y dentada. Las cuerdas fueron enrolladas cuidadosamente
alrededor de él. Telégono acarició el agarre de cuero.
—Es hermoso.
—Era de nuestro padre —dijo Telémaco. Telégono miró hacia arriba,
herido. Vi una sombra de la vieja pena pasar a través de su rostro.
—Hermano, no puedo. Ya he tomado tu ciudad.
—Esa ciudad nunca fue mía —dijo—. Tampoco lo fue esto. Creo que tú
manejarás mejor con los dos.
Me sentí como si estuviera muy lejos. Nunca había visto la edad entre
ellos tan claramente antes. Mi apasionado hijo, y este hombre que eligió
no ser nadie.
Transportamos las maletas de Telégono a la orilla. Telémaco y
Penélope se despidieron, y luego se retiraron. Esperé junto a mi hijo, pero
apenas se dio cuenta. Sus ojos habían encontrado el horizonte, esa
costura de olas y cielo. El barco entró en el puerto. Era grande, sus lados
frescos con la resina y la pintura, su nueva vela que brillaba. Sus hombres
trabajaron limpiamente, eficientemente. Sus barbas fueron cortadas, sus
cuerpos afilados con fuerza. Cuando la pasarela se colocó, se reunieron
con entusiasmo en la borda.
Telégono se adelantó para conocerlos. Se puso de pie amplio y brillante
bajo el sol. Arcturos le siguió, jadeante a su lado. El arco de su padre
estaba atado y colgando de su hombro. —Yo soy Telégono de Aiaia —
gritó—. Hijo de un gran héroe, y una diosa mayor. Bienvenidos, porque
ustedes han sido conducidos aquí por la misma Atenea de ojos grises.
Los marineros cayeron de rodillas. No sería capaz de soportarlo, pensé.
Lo agarraría, lo sostendría contra mí. Pero sólo le abracé una última vez,
presionando duro como para ponerlo en mi piel. Entonces lo vi tomar su
lugar entre ellos, de pie sobre la proa, esbozado contra el cielo. La luz
lanzaba destellos de plata de las olas. Levanté mi mano en bendición y
entregué mi hijo al mundo.
En los días que siguieron, Penélope y Telémaco me trataron como si
fuera vidrio egipcio. Hablaban suavemente y caminaban de puntillas al
pasar por mi silla. Penélope me ofreció el lugar en el telar. Telémaco
mantuvo mi taza llena. El fuego siempre estaba recién alimentado. Todo
ello me era indiferente. Eran amables, pero no eran nada para mí. Los
jarabes de mi despensa habían sido mis compañeros más tiempo. Fui
hacia mis hierbas, pero parecían que se marchitaban en mis dedos. El aire
se sentía desnudo sin mi hechizo. Los dioses pueden ir y venir como
quisieran ahora. Podrían hacer cualquier cosa. No tenía poder para
detenerlos.
Los días se volvieron más cálidos. El cielo se suavizó, abriéndose sobre
nosotros como la carne madura de un fruto.
La lanza todavía se inclinaba en mi habitación. Fui a ella, y le quité la
funda para respirar sobre sus crestas pálidas envenenadas, pero lo que
yo quería de ella, no lo podía decir. Me froté el pecho como si estuviera
amasando pan. Telémaco dijo:
—¿Estás bien?
—Por supuesto que estoy bien. ¿Qué podría estar mal conmigo? Los
inmortales no se enferman.
Fui a la playa. Caminé con cuidado, como si yo tuviera un bebé en mis
brazos. El sol se lucía con fuerza sobre el horizonte. Lucía en todas partes,
sobre mi espalda y los brazos y la cara. No llevaba chal. No me quemaría.
Nunca lo hizo.
Mi isla estaba a mí alrededor. Mis hierbas, mi casa, mis animales. Y así
sería, pensé, siempre lo mismo. No importaba si Penélope y Telémaco
eran amables. No importaba incluso si permanecían aquí para toda su
vida, si ella fuera la amiga que yo había anhelado y él era otra cosa, sólo
sería un parpadeo. Se marchitarían, y yo quemaría sus cuerpos y miraría
como mis recuerdos de ellos se desvanecen, como todo se desvaneció en
el lavado interminable de siglos, incluso Dédalo, incluso la salpicadura de
sangre del Minotauro, incluso los apetitos de Escila. Incluso Telégono.
Sesenta, setenta años podía vivir un mortal. Entonces él se iría para el
inframundo, donde yo nunca podría ir, porque los dioses son lo opuesto
a la muerte. Traté de imaginar esas colinas oscuras y prados grises, las
sombras moviéndose lenta y blancas entre ellas. Algunos caminaron de la
mano con los que habían amado en la vida; algunos esperaban, seguro de
que un día su amado vendría. Y para aquellos que no habían amado, cuyas
vidas habían sido llenas de dolor y horror, estaba el río negro Leteo,
donde uno podría beber y olvidar. Un poco de consuelo.
Para mí, no había nada. Yo iría a través de los innumerables
milenios, mientras que todo el mundo que conociera corría a través de
mis dedos y me quede con sólo aquellos que eran como yo. Los Olímpicos
y los titanes. Mi hermana y mis hermanos. Mi padre. Entonces sentí algo
en mí. Era como los viejos tiempos, los primeros días de mis hechizos,
cuando el camino se abriría, repentino y claro ante mis pies. Todos esos
años que había luchado y luchado, sin embargo, había una parte de mí
que se había mantenido quieta, al igual que mi hermana dijo. Me pareció
oír a esa criatura pálida en sus profundidades negras.
Entonces, muchacha, haz otro.
No hice nada para prepararme. Si no estuviera preparada ahora,
¿Cuándo lo estaría? Ni siquiera caminaría hasta el pico. Podía venir aquí,
sobre mi arena amarilla, y enfrentarse a mí donde estaba.
—Padre —le dije, en el aire—. Quiero hablar contigo.
CAPÍTULO VEINTICINCO
Helios no era un dios al que se le pudiese invocar, pero yo era la hija
pródiga que había ganado la cola de Trigón. Los dioses aman la novedad,
como ya he dicho antes. Son curiosos como los gatos.
Apareció en el aire. Estaba usando su corona, y sus rayos convirtieron
mi playa en oro. El púrpura de sus ropas era lujoso como un charco de
sangre extenso. Cientos de años y ni un hilo había cambiado. Todavía era
la misma imagen que había sido sellada sobre mí desde mi nacimiento.
—He venido —dijo él. Su voz vibró como el calor en una fogata.
—Quiero el fin de mi exilio —dije.
—No hay ningún final, estas castigada para toda la eternidad.
—Te pido que vayas con Zeus y hables en mi nombre. Dile que vas a
tomarlo como un favor que me liberen.
Su cara era más incrédula que furiosa. — ¿Por qué debería hacer tal
cosa?
Había muchas respuestas que podría haber dicho. Porque he sido tu
pieza de negociación todo este tiempo. Porque pudiendo haber visto a
esos hombres y sabido lo que eran, aun así, los dejaste aterrizar en mi isla.
Porque después, cuando estaba destrozada, tú nunca llegaste.
—Porque soy tu hija y debería ser libre.
Ni siquiera se detuvo a pensarlo. —Sigues siendo tan desobediente
como siempre, y muy temeraria. Me has llamado acá por una tontería y
nada más.
Miré su rostro, resplandeciente con su poder honorable. El Gran
Vigilante del Cielo. El Salvador, es llamado. El Que Todo Lo Ve. Traedor de
Luz. Deleite de los Hombres. Ya le había dado su oportunidad. Fue más de
lo que él nunca me había dado.
—¿Recuerdas —dije—, cuando Prometeo fue azotado en tu palacio?
Estrechó sus ojos. —Claro que sí.
—Yo me quede detrás, cuando el resto de ustedes se fueron. Yo le
brindé consuelo, y hablamos.
Su mirada quemó la mía. —No te habrías atrevido.
—Si dudas de mí, puedes preguntarle al mismo Prometeo. O a Eetes.
Aunque si le logras sacar alguna verdad sería un milagro.
Mi piel empezó a doler por su calor. Mis ojos se aguaron.
—Si hiciste tal cosa, es la más profunda traición. Ahora te mereces más
el exilio que nunca. Te mereces más castigo aún, todo el que puedo darte.
Nos has expuesto a la ira de Zeus por un capricho tonto.
—Si —dije—, y si no actúas para ponerle fin a mi exilio, te expondré
nuevamente. Le diré a Zeus lo que hice.
Su cara se contrajo. Por primera vez en su vida, lo había sorprendido
de verdad. —No podrías. Zeus te destruirá.
— Tal vez lo haga—dije—, pero creo que él me escuchará primero. Y
tú serás el único al que él realmente culpará, porque debías de haber
tenido un mejor control en tu hija. Por supuesto, le diré otras cosas
también. Todas esas traiciones a escondidas que te oí susurrar con mis
tíos. Creo que Zeus estará encantado de saber cuán profunda es la
Sublevación Titán, ¿no crees?
— ¿Te atreves a amenazarme?
Estos dioses, pensé. Ellos siempre dicen lo mismo.
—Sip.
La piel de mi padre ardió con un brillo cegador. Su voz quemaba en mis
huesos.
— Comenzarías una guerra.
—Eso espero. Porque te veré derrotado, padre, antes de que sea
encarcelada por más tiempo para tu conveniencia.
Su ira era tan ardiente que el aire se dobló y oscilo a su alrededor. —
Puedo terminar contigo con solo pensarlo.
—Puedes— dije —, pero tú siempre has sido cauteloso, padre. Sabes
que me he enfrentado a Atenea. He caminado en las más oscuras
profundidades. Tú no podrías adivinar qué hechizos he lanzado, qué
venenos he reunido para protegerme contra ti, cómo tu poder rebotaría
en tu cabeza. ¿Quién sabe lo que hay en mí? ¿Quieres descubrirlo?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Sus ojos eran discos de
oro encendido, pero no aparté la mirada.
—Si hago esto— dijo—, es la última cosa que haré por ti. No vuelvas a
mendingar.
—Padre —dije—, nunca lo haré. Dejaré este lugar mañana.
No quiso saber dónde, ni siquiera lo preguntó. Tantos años que pasé de
niña examinando sus brillantes rasgos para ver sus pensamientos,
tratando de vislumbrar entre ellos uno que llevara mi nombre. Pero él era
un arpa con una sola cuerda, y la única nota que tocaba era él mismo.
—Tú siempre has sido la peor de mis hijos— dijo—, asegúrate de no
deshonrarme.
—Tengo una mejor idea. Lo haré como me plazca, y cuando cuentes a
tus hijos, no me incluyas.
Su cuerpo estaba rígido de ira. Parecía como si se hubiera tragado una
piedra, y eso lo ahogó.
—Dale a madre mis cordiales saludos—dije.
Apretó su mandíbula y se fue.
Las arenas amarillas se desvanecieron para volver a su color habitual.
Las sombras regresaron. Por un momento sostuve la respiración, inmóvil,
mi pecho lleno con un golpeteo salvaje. Pero luego se fue. Mis
pensamientos se lanzaron hacia adelante, rozando la tierra, volando
colina arriba hacia mi habitación donde la lanza esperaba con su pálido
veneno. Debería haber sido devuelta a Trigón hace mucho tiempo, sin
embargo, lo había guardado para mi protección y otra cosa que no podía
nombrar. Por fin, sabía lo que era.
Subí a la casa y encontré a Penélope, sentada en mi telar.
—Es hora de tomar una decisión. Hay cosas que debemos hacer. Me
voy mañana, no puedo decir por cuánto tiempo. Primero te llevaré a
Esparta si quieres ir allí.
Levantó la vista del tapiz que estaba haciendo. Un mar salvaje, con un
nadador saliendo en la oscuridad. — ¿Y si ya no lo deseo?
—Entonces puedes quedarte aquí.
Ella sostuvo el volante ligeramente, como si fuera un pájaro con sus
huesos huecos. Ella dijo: — ¿No sería eso... entrometerse? Sé lo que te he
costado.
Telégono, quiso decir. Había dolor, y siempre lo habría. Pero la niebla
gris se había ido. Me sentí distante y muy clara, como un halcón nacido
sobre el éter más alto. Le dije: —Él nunca habría sido feliz aquí.
—Pero por nosotros él fue con Atenea.
Había dolido una vez, pero eso era sólo orgullo. —Atenea está lejos de
ser la peor de ellos. —Ellos, me oí decir. —Te doy a elegir, Penélope. ¿Qué
harás?
Se estiró con un gesto lobuno, su boca rechinó un poco con su bostezo.
—Me parece que no tengo prisa por Esparta— dijo Penélope.
—Entonces ven, hay muchas cosas que debes saber. —La llevé a la
cocina con sus filas de frascos y botellas. —Hay una ilusión en la isla para
que parezca inhóspita para los barcos. Eso quedará mientras me vaya.
Pero los marineros son imprudentes a veces, y los que son más
imprudentes son a menudo los más desesperados. Éstas son mis drogas
que no necesitan brujería. Hay venenos entre ellos, y bálsamos para
curar. Esta hace dormir. —Le di una botella. —No funciona de inmediato,
por lo que no puedes dejarlo hasta el último momento. Tendrás que
colocarlo en su vino. Diez gotas serán suficientes. ¿Crees poder hacerlo?
Inclinó el contenido, sintió su peso. Una leve sonrisa tocó sus labios. —
Puede que recuerdes que tengo algo de experiencia en el manejo de
huéspedes no deseados.
Dondequiera que estuviera Telémaco, no regresó a cenar. No importa,
me dije. El tiempo en que me había ablandado como la cera había pasado.
Mi camino fue puesto delante de mí. Empaqué mis cosas. Hubo algunos
cambios de ropa y una capa, pero el resto fueron hierbas y botellas. Cogí
la lanza y la saqué al cálido aire nocturno. Había trabajo de hechizo que
hacer, pero primero quería ir al barco. No lo había visto desde que
Telémaco comenzó sus reparaciones, y tenía que estar seguro de que
estaba listo para navegar. Siluetas de rayos brillaron sobre el mar y la
brisa trajo un olor a fuego lejano. Era la última tormenta que le había
dicho a Telégono que esperara. No me daba miedo. Por la mañana se
habría ido.
Entré en la cueva y me quedé mirando. Fue difícil creer que era el
mismo barco. Ya era más largo, y su arco había sido reconstruido y
reducido. El mástil estaba mejor arreglado, y el timón más recortado.
Caminé alrededor de él. En el frente se había añadido una pequeña pieza
de proa, una leona sentada con las mandíbulas abiertas. El pelaje era de
estilo oriental, cada cerradura separada, enroscada como la concha de un
caracol. Alcancé a tocar una.
—La cera no está fijada. —Salió de la oscuridad. —Siempre he pensado
que cada barco necesita un espíritu de proa.
—Es hermoso— dije.
—Estaba pescando en la cala cuando llegó Helios. Todas las sombras
desaparecieron. Te oí hablar con él.
Sentí un estallido de vergüenza. Qué funestos, extravagantes y crueles
debemos haber parecido. Descansé mis ojos en el bote para no tener que
mirarlo. —Entonces sabes que mi exilio ha terminado y yo navego
mañana. Le pregunté a tu madre si iría a Esparta o se quedaría. Ella dijo
que deseaba quedarse. Te ofrezco la misma opción.
Afuera, el mar hacía un sonido como el de un transbordador. Las
estrellas eran amarillas como peras, bajas y maduras en la rama.
—He estado enojado contigo — dijo.
Me sorprendió. La sangre subía picando a mis mejillas. —Enojado.
—Sí — dijo—, pensaste que iría con Atenea. Incluso después de todo lo
que te he dicho. No soy tu hijo y no soy mi padre. Deberías haber sabido
que no querría nada de lo que Atenea tiene.
Su voz era tranquila, pero sentí el filo de su reproche. —Lo siento— le
dije—, no podía creer que nadie en este mundo rechazaría su divinidad.
—Eso es graciosos viniendo de ti.
—No soy una joven princesa prometedora de quien se esperan grandes
cosas.
—Está sobrevalorado.
Pasé mi mano por el pie de garra del león, sentí el brillo pegajoso de la
cera.
— ¿Siempre haces cosas hermosas para aquellos con quienes estás
enojado?
—No— dijo—, sólo contigo.
Afuera, los rayos parpadeaban. —Yo también estaba enojada— le
dije—, pensé que no podías esperar para irte.
—No sé cómo se podría pensar eso. Sabes que no puedo ocultar mis
pensamientos.
Podía oler la cera de abeja, dulce y gruesa.
—La forma en que hablaste de Atenea viene hacia ti. Pensé que lo
anhelabas. Algo que mantenías oculto, como un secreto del corazón.
—Lo mantenía oculto porque era vergonzoso. No quería que supieras
cómo ella prefería a mi padre todo este tiempo.
Ella es una idiota. Pero no lo dije.
—No quiero ir a Esparta —dijo —, tampoco quiero quedarme aquí,
creo que tú sabes dónde quisiera estar.
—No puedes venir —dije—, no es seguro para mortales.
—Sospecho que no es seguro en absoluto. Deberías ver tu cara. Tú
tampoco lo puedes ocultar.
¿Cómo luce mi cara?, quería preguntar. En cambio dije: — ¿Dejarías a
tu madre?
—Ella estará bien aquí. Y contenta, pienso yo.
Polvo de madera pasó flotando, fragante en el aire. Era el mismo olor
que se desprendió de su piel cuando tallaba. De pronto me sentí
imprudente. Enferma de toda mi preocupación y persuasión, mi
cuidadosa conspiración. Viene a algunos por naturaleza, pero no a mí.
—Si te quieres unir a mí, no voy a detenerte —dije—, nos vamos al
amanecer.
Hice mis preparaciones y él hizo las suyas. Trabajamos hasta que el
cielo empezó a palidecer. El barco estaba lleno de todos los víveres que
podía soportar: queso y cebada tostada, frutas secas y frescas. Telémaco
añadió redes de pescar y remos, soga y cuchillos extra, todo eso
cuidadosamente metido y atado en su lugar. Con ruedas empujamos el
bote al océano, su casco deslizándose sin esfuerzo por las olas. Penélope
se acercó a la orilla para despedirnos. Telémaco se había ido solo para
decirle que se iba. Lo que sea que pensaba de eso lo mantuvo lejos de su
cara.
Telémaco levanto la vela. La tormenta ya había pasado. El aire era
fresco y soplaba bien. Nos atrapó y nos deslizamos por la bahía. Volteé a
ver Aiaia. Solo dos veces en toda mi vida la había visto desaparecer detrás
de mí. El agua creció entre nosotros y sus acantilados se encogieron.
Podía probar el agua salada en mis labios. Alrededor solo estaban esas
volutas de plata que eran las olas. Ningún rayo llego. Era libre.
No, pensé. Aún no.
— ¿Hacia dónde vamos? — La mano de Telémaco esperaba en el timón.
La última vez que había dicho su nombre en voz alta había sido hacia
su padre. —Al paso— dije—, a Escila.
Vi como registraba las palabras. Maniobró la proa con manos
competentes.
— ¿No tienes miedo?
—Me advertiste que era peligroso— dijo—, no creo que tener miedo
ayude.
El mar fluía. Vi la isla donde me detuve con Dédalo en el camino hacia
Creta. La playa seguía ahí y vislumbré un bosque de almendros. El álamo
asolado por la tormenta ya habría desaparecido hace mucho tiempo,
derrumbado en la tierra.
Una mancha pálida apareció en el horizonte. Con cada hora crecía,
oliendo a humo. Yo sabía lo que era. —Baja la vela— dije—, tenemos
negocios aquí primero.
Sobre la baranda capturamos doce peces, los más grandes que pudimos
encontrar. Se sacudieron, rociando gotas frías en la cubierta. Coloqué mis
hierbas en sus bocas jadeantes y dije la palabra. El viejo crujido, el
desgarro de la carne, y luego ya no eran peces, si no doce carneros gordos
y confundidos. Ellos se empujaron, con los ojos en blanco, apretados unos
contra los otros en el reducido espacio. Era una bendición; no serían
capaces de mantenerse de pie de otra forma.
Telémaco tuvo que trepar sobre ellos para conseguir los remos. —
Puede ser un poco difícil remar.
—No estarán aquí mucho tiempo.
Él le frunció el ceño a uno. — ¿Al menos saben a pescado?
—No lo sé. —Levanté mi bolsa de hierbas de la olla de arcilla que había
llenado la noche anterior. Estaba taponada con cera y tenía una manija en
bucle, con una cuerda larga de cuero la ate al cuello del carnero más
grande.
Desenrollamos la vela, le había advertido a Telémaco sobre la niebla y
el spray y él tenía preparado dos remos extra en cerraduras
improvisadas. Eran incómodos porque el barco estaba hecho para ser
utilizado con velas, pero nos ayudarían si el viento moría completamente.
—Debemos seguir en movimiento— le dije—, no importa que.
Asintió, como si fuera tan fácil. Sabía que no era fácil. La lanza estaba
en mi mano, inclinada sobre su punta más venenosa, pero había visto lo
rápida que era. Le había dicho a Odiseo una vez que no existía nada que
pudiera resistirla. Sin embargo, aquí estaba otra vez.
Ligeramente, toqué el hombro de Telémaco y le susurré un
encantamiento. Sentí la ilusión posarse sobre él: se había ido, la cubierta
desnuda, el aire vacío. No aguantaría el escrutinio, pero lo ocultaría de su
mirada pasajera. Él miró sin hacer preguntas. Confiaba en mí. Me alejé
bruscamente, de cara a la proa.
La niebla cayó sobre nosotros. Mi cabello se humedeció, y un sonido
como de succión en una bañera de hidromasaje nos alcanzó por sobre las
olas. Caribdis, los hombres llamaban al vórtice. Había reclamado una
buena parte de marineros, todos aquellos que querían evitar el hambre
de Escila. Los carneros se apretaron contra mí, balanceándose. No
hicieron ruido, como las ovejas reales lo harían. No sabían cómo usar sus
gargantas. Los compadecí, en sus formas temblorosas y monstruosas.
El paso se acercaba, y nos deslizamos en sus fauces. Miré a Telémaco.
Él sostuvo los remos levantados, con los ojos alerta. Los vellos de mi
cuello erizándose. ¿Qué había hecho? Nunca debí de haberlo traído.
El olor me golpeó, familiar después de tanto tiempo; la putrefacción y
el odio. Y luego ella vino, deslizándose fuera de la niebla gris. Esas viejas
y estúpidas cabezas de ella se deslizaron por el acantilado, raspando a
medida que se movían. Su mirada sangrienta se posó en los carneros,
apestando a grasa y miedo.
— ¡Ven! —grité.
Ella golpeó. Seis carneros fueron arrancados en seis mandíbulas
divididas. Se lanzó de nuevo con ellos a la niebla. Oí huesos crujiendo, el
sonido mojado de sus gargantas. Sangre siendo rociada por la cara del
acantilado. Tuve tiempo para darle una sola mirada a Telémaco. El viento
estaba muerto. Él estaba remando ahora, intentando. Sudor destellando
en sus brazos.
Escila regresó, sus cabezas meciéndose con malevolencia. Mechones de
lana se mostraban en sus dientes.
—Ahora, el resto— le dije.
Ella tomó otros seis tan rápido que no había tiempo para contar el
latido entre mis palabras y su desaparición. El carnero con la olla había
estado entre ellos. Traté de escuchar la arcilla desquebrajarse, pero era
casi imposible con el sonido de los huesos y la carne.
Anoche, bajo la luna fría, había ordeñado el veneno de la lanza. Se había
chorreado, claro y delgado sobre mi tazón de bronce pulido. Yo había
añadido díctamo obtenido hace tiempo de Creta, raíz de ciprés,
fragmentos de mis acantilados y el suelo de mi jardín, y el último de todos,
mi propia sangre roja. El líquido se había espumado y vuelto amarillo.
Todo lo había puesto en esa olla y luego sellado con cera. El preparado se
deslizaría por su garganta ahora, aglomerándose en sus entrañas.
Pensé que doce ovejas habrían llegado al borde de su hambre, pero
cuando regresó, sus ojos parecían iguales que siempre, codiciosos y
devastados. Como si no fuera su vientre lo que alimentó, pero si una rabia
imperecedera.
— ¡Escila. —Levanté la lanza. — soy yo, Circe, Hija de Helios, ¡bruja de
Aiaia!
Ella gritó. Esa vieja cacofonía que arañaba mis oídos, pero no había
reconocimiento en ella.
—Hace mucho tiempo te convertí en esta forma de la ninfa que eras.
Vengo ahora con el poder de Trigón para terminar con lo que comencé.
Y en el aire empapado de niebla, dije la palabra de mi voluntad.
Ella siseó. Su mirada no tenía el menor indicio de curiosidad. Sus
cabezas ondearon, buscando sobre la cubierta como si pudiera haber
ovejas que había pasado por alto. Detrás de mi podía escuchar a Telémaco
haciendo esfuerzo con los remos. Nuestra vela colgaba floja; él era todo
lo que nos mantenía en movimiento.
Vi el instante en que sus ojos perforaron mi ilusión y lo detectaba. Ella
gemía, baja y ansiosa.
— ¡No! —Blandí la lanza. —Este mortal está bajo mi protección.
Sufrirás agonía eterna si tratas de llevártelo. Ves que tengo la cola de
Trigón.
Ella gritaba de nuevo. Su aliento me empapó, apestaba y calentaba. Las
cabezas ondeaban más rápido en su entusiasmo. Rompieron el aire,
largas hebras de baba goteando de sus mandíbulas. Ella tenía miedo de la
lanza, pero eso no la apartaba mucho tiempo. Ella había llegado a
degustar el sabor de la carne humana. Lo ansiaba. Espantoso, el terror
negro recorrió a través de mí. Habría jurado sentir el hechizo tomar
posesión de mí. ¿Me había equivocado? Pánico empapaba mis hombros.
Tendría que pelear contra sus seis cabezas devastadoras a la vez. No era
una guerrera entrenada, una de ellas me atraparía y luego Telémaco. . .
No me permitiría terminar ese pensamiento. Mi mente se escudó a través
de las ideas, todas inútiles: hechizos que no podían tocarla, venenos que
no tenía, dioses que no vendrían a mi ayuda. Podría decirle a Telémaco
para saltar y nadar, pero no había ningún lugar a donde ir. El único
camino a salvo de su alcance nos llevaría directo al remolino devorador
Caribdis.
Me situé entre ella y Telémaco, con la lanza hacia afuera, nervios
preparados. Debía darle antes de que ella me diera primero. Tenía que al
menos lograr que el veneno de Trigón entre en su sangre. Me preparé
para el golpe.
Nunca llegó. Una de sus bocas estaba funcionando de manera extraña,
las mandíbulas girando y chirriando. Un ruido de asfixia provino de lo
profundo de su pecho. Se estaba atragantando y una espuma amarilla
chorreo sobre sus dientes.
— ¿Qué es eso? — Oí a decir a Telémaco. —¿Qué está pasando?
No había tiempo para una respuesta. Su cuerpo se hundió en la neblina.
Nunca lo había visto antes, gelatinoso y gigante. Mientras observábamos,
escaló el acantilado sobre nosotros. Sus cabezas chillaban y se revolvían
como si trataran de arrastrarla de regreso. Pero solo se hundió más, tan
inexorablemente como si estuviera repleta de piedras. Pude ver el
comienzo de sus piernas, esos doce tentáculos monstruosos alejándose
de su cuerpo en la neblina. Ella siempre los mantenía ocultos, Hermes me
lo había dicho, enrollados en la cueva entre huesos y trozos de carne vieja,
agarrando la piedra de la cueva para que el resto de ella pudiera salir a
cazar su comida y regresar.
Las cabezas de Escila se rompían y se quejaban, volviéndose para
morder sus propios cuellos. Su piel gris se cuarteaba con espuma amarilla
y su propia sangre roja. Un ruido comenzó como una roca siendo
arrastrada por la tierra, y de repente una mancha gris cayó sobre
nosotros, golpeando las olas junto al bote. La cubierta se sacudió y yo casi
pierdo el equilibrio. Cuando volví a estar estable, me encontré mirando
una de sus enormes piernas. Colgando fuera de su cuerpo, tan gruesa
como el roble más antiguo de Aiaia, su extremo desaparecía entre las olas.
Se había soltado su agarre.
— Tenemos que irnos — le dije—, ahora. Vendrán más. — Antes de que
salieran las palabras el sonido comenzó de nuevo.
Telémaco gritó una advertencia. La pierna golpeó tan cerca de la popa
que se llevó la mitad del riel por debajo de las olas. Caí de rodillas y
Telémaco cayó de su asiento. Se las arregló para aferrarse a los remos, y
con esfuerzo los regresó a sus lugares. Las aguas a nuestro alrededor se
agitaban y el barco subía y bajaba. En el espacio sobre nuestras cabezas
Escila lloraba y se sacudía. El peso de las piernas caídas la había empujado
más lejos por el acantilado. Sus cabezas estaban dentro de nuestro
alcance ahora, pero ella no nos prestó atención. Estaba mordiendo la
carne floja de sus piernas, atacándolas. Dudé un momento, luego puse la
lanza sobre nuestros suministros para que no cayera en el caos. Tomé
uno de los remos de Telémaco.
—Vámonos.
Nos inclinamos para remar. El sonido de arrastre volvió a sonar y otra
pierna cayó, su gran oleada empapó la cubierta, empujando la cubierta
hacia Caribdis. Pude vislumbrar el caos giratorio que devoraba todos los
barcos completamente. Telémaco luchaba contra el timón con fuerza
tratando de hacernos volver. —Una cuerda — gritó.
Saqué una de nuestras tiendas. Él la ató alrededor del timón, tirando
de él, luchando para sacarnos del pasaje. El cuerpo de Escila se balanceó
dos mástiles por encima de nosotros. Las piernas seguían cayendo y cada
impacto jalaba de la trompa hacia abajo.
Diez, conté. Once. — ¡Tenemos que irnos!
Telémaco había corregido la proa. Ató el timón y volvimos a los remos.
Mas lejos por el acantilado, la corriente tiraba del bote por las aguas
picadas como hojas caídas. Las olas a nuestro alrededor se tiñeron de
amarillo. Su pierna restante se estiró hasta la boca del acantilado. Era
todo lo que la sostenía, grotescamente tensa.
Ella la soltó. Su cuerpo masivo golpeó el agua. La ola nos arrancó los
remos de las manos y me roció la cabeza con agua fría y salada. Eché un
vistazo a nuestras tiendas bañándose en agua salada y vi desaparecer la
lanza de Trigón en la marea descontrolada. Sentí la pérdida como un
golpe en el pecho, pero no había tiempo de pensar en ello. Tomé el brazo
de Telémaco, esperando que en cualquier momento la cubierta se
rompiera debajo de nosotros. Pero las gruesas tablas se mantuvieron y la
cuerda en el timón también. El residuo de esa última ola nos empujó hacia
adelante, fuera del pasaje.
El sonido de Caribdis se había desvanecido y el mar yacía abierto a
nuestro alrededor. Me puse de pie y miré hacia atrás. En la base del
acantilado donde había estado Escila, ahora se extendía un descomunal
banco. El contorno de seis cuellos serpenteantes todavía era visible, pero
no se movían. Nunca se moverían de nuevo. Escila se había convertido en
piedra.
El camino hacia tierra fue largo. Me dolían los brazos y la espalda como
si hubieran sido azotados, y Telémaco debió de haber estado peor, pero
nuestra vela estaba milagrosamente intacta y nos mantuvo a flote. El sol
pareció haber sido arrojado en el mar como un plato que cae, y la noche
se levantó sobre el agua. Avisté tierra a través del negro salpicado de
estrellas, y arrastramos el bote a su playa. Habíamos perdido todas
nuestras reservas de agua dulce, y Telémaco tenía los ojos apagados, casi
sin palabras. Fui a buscar un río y me llevé un tazón lleno que había
transformado de una roca. Él lo bebió, y luego permaneció inmóvil
durante tanto tiempo que empecé a tener miedo, pero al final se aclaró la
garganta y preguntó qué comida había. Para entonces ya había recogido
unas cuantas bayas y había capturado un pez que colocamos sobre el
fuego. —Lo siento, te puse en tal peligro— le dije—, si no hubieras estado
allí, habríamos sido despedazados.
Él asintió con cansancio mientras masticaba. Su cara aún estaba
manchada y pálida. —Confieso que me alegro de no tener que hacerlo
otra vez. —Se recostó en la arena y cerró los ojos.
Estaba a salvo, nuestro campamento estaba en la esquina de un
acantilado, así que lo dejé para caminar por la orilla. Pensé que estábamos
en una isla, pero no podía asegurarlo. No había humo elevándose por
encima de los árboles, y cuando escuché, no escuché nada más que
pájaros nocturnos, el roce y el silbido de las olas. Había flores y bosques
que crecían densamente en el interior, pero no fui a mirar. Estaba viendo
ante mí otra vez esa masa rocosa que había sido Escila. Ella se había ido,
realmente se había ido. Por primera vez en siglos, no fui azotada con esa
inundación de la miseria y el dolor. No habrá más almas que caminen al
inframundo con mi nombre escrito en ellas.
Me enfrenté al mar. Se sentía extraño no tener nada en mis manos,
ninguna lanza que cargar. Podía sentir el aire moviéndose a través de mis
palmas, la sal mezclándose con el verde aroma de la primavera. Me
imaginé la longitud gris de la cola, hundiéndose en la oscuridad para
encontrar a su amo. Trigón, dije, tu cola es regresada a casa. La mantuve
demasiado tiempo, pero al final la aproveché bien.
Las suaves olas se arrastraban por la arena.
La oscuridad se sentía limpia contra mi piel. Caminé por el aire fresco
como si fuera una piscina en la que me había bañado. Habíamos perdido
todo, excepto la bolsa de herramientas que llevaba en la cintura, y mi
bolsa de hechizos, que me había atado. Tendríamos que hacer remos,
pensé, y poner en nuevas reservas de comida. Pero esos pensamientos
eran para mañana.
Pasé junto a un peral a la deriva con flores blancas. Un pez salpicado en
el río iluminado por la luna. Con cada paso me sentía más ligera. Una
emoción se estaba hinchando en mi garganta. Me tomó un momento
reconocer lo que era. Había sido vieja y severa durante tanto tiempo,
tallada con arrepentimientos y años como un monolito. Pero esa era solo
una forma en la que me habían moldeado. No tuve que guardarlo.
Telémaco siguió durmiendo. Tenía las manos juntas como la de un niño
bajo la barbilla. Habían sido ensangrentadas por los remos, y yo las había
embalsamado, su peso cálido descansaba en mi regazo. Sus dedos habían
sido más insensibles de lo que imaginaba, pero sus palmas eran suaves.
Muy a menudo en Aiaia, me había preguntado cómo se sentiría tocarlo.
Sus ojos se abrieron como si hubiera pronunciado las palabras en voz
alta. Eran claros como siempre lo eran.
Dije: — Escila no nació como un monstruo. Yo la hice así.
Su rostro estaba en las sombras del fuego. — ¿Cómo sucedió?
Había un pedazo de mí que gritó en alarma: si hablas, palidecerá y te
odiará. Pero lo ignoré. Si palideció, entonces lo hizo. Yo no seguiría
tejiendo mis paños durante el día y deshaciéndolos de la noche, sin hacer
nada. Le conté todo el relato, cada uno de los celos y locuras y todas las
vidas que se habían perdido por mi culpa.
— Su nombre— dijo—, Escila. Significa La Desgarradora. Tal vez
siempre fue su destino ser un monstruo, y tú solo eras el instrumento.
— ¿Usas la misma excusa para las criadas que colgaste?
Era como si lo hubiera golpeado. —No tengo excusa para eso. Llevaré
esa vergüenza toda mi vida. No puedo deshacerlo, pero pasaré mis días
deseando poder hacerlo.
— Así es cómo sabes que eres diferente de tu padre— dije.
— Sí. —Su voz era aguda.
— Es lo mismo para mí —le dije—. No trates de llevarte mi
arrepentimiento.
Estuvo callado mucho tiempo. — Eres sabia— dijo.
—Si es así —dije—, es solo porque he sido lo suficientemente tonta
para llenar cien vidas.
—Sin embargo, al menos luchaste por ello, por lo que amabas.
—Eso no siempre es una bendición. Debo decirte que todo mi pasado
es como hoy, monstruos y horrores que nadie quiere escuchar.
Él sostuvo mi mirada. Algo acerca de él me recordó extrañamente a
Trigón. Una paciencia sobrenatural, tranquila.
— Yo sí quiero escuchar —dijo.
Me había alejado de él por muchas razones: su madre y mi hijo, su
padre y Atenea. Porque yo era un dios, y él un hombre. Pero entonces me
di cuenta de que la raíz de todas esas razones era una especie de miedo.
Y nunca he sido una cobarde.
Crucé el aire que nos separaba y lo encontré a él.
CAPÍTULO VEINTISEIS
Tres días nos quedamos en esa playa. No hicimos lo remos y no
parchamos las velas. Atrapamos peces y recogimos frutas, y no
buscábamos nada, solo lo que encontramos al final de nuestros dedos.
Posé mi palma en su estómago, sintiéndolo subir y bajar con su
respiración. Sus hombros estaban delgados, pero con fuertes músculos,
la espalda de su cuello áspero bronceado.
Le conté aquellas historias. En el fuego, o a la luz de la mañana, cuando
nuestros placeres fueron dejados de lado. Algo de eso fue más fácil de lo
que pensé que podía ser. Me produjo cierto regocijo dibujar a Prometeo
para él, traer a la vida de nuevo a Ariadna y a Dédalo. Sin embargo, otras
partes no fueron tan sencillas, y a veces, mientras hablaba, se apoderaba
de mí la cólera, y las palabras se cuajaban en mi boca. ¿Por qué él era tan
paciente mientras yo derramaba mi sangre? Yo era una mujer hecha y
derecha. Era una diosa, y mil generaciones mayores que él. No necesitaba
su lástima, su atención, nada.
—¿Bien? —exigí—. ¿Por qué no dices algo?
—Estoy escuchando —respondió.
—¿Ves? —dije, cuando terminé de contar—. Los dioses somos cosas
feas.
—No somos nuestra sangre —él respondió—. Una bruja me dijo eso
una vez.
En el tercer día él cortó nuevos remos, y los transformé en odres y los
llené, entonces recogimos fruta. Lo miré montar la vela con fácil
habilidad, verificando el casco por cualquier fuga. Dije:
—No sé qué pensaba. No puedo navegar un barco. ¿Qué podría haber
hecho si no hubieras venido?
Él se rio.
—Podrías haber conseguido llegar eventualmente, eso solo podría
haberte tomado algo de tu eternidad. ¿Dónde vamos después?
—Al este de Creta. Ahí hay una pequeña cueva, mitad arena, mitad
rocas, y un bosque de matorrales a la vista, y colinas. Encima, en ese
tiempo del año, el Dragon parece señalar el camino.
Él alzó sus cejas.
—Si me acercas lo suficiente, creo poder encontrarlo. —Lo miré. —¿No
vas a preguntar que hay ahí?
—No creo que quieras que pregunte.
Habíamos pasado juntos menos de un mes, pero parecía conocerme
mejor que cualquiera que haya caminado en el mundo.
Fue un viaje suave, el viento fresco y el sol aun tímido de su abrazador
calor de verano. En la noche, hicimos nuestro campamento en cualquier
orilla que pudimos encontrar. El solía vivir como un pastor, y encontré
que no extrañaba mis ollas de oro y plata, mis tapices. Asamos nuestro
pescado en extremos de palos, llevé frutas en mi vestido. Si hubiera una
casa, podríamos ofrecer servicios a cambio de pan y vino y queso. Él talló
juguetes para niños, parchó botes. Yo tenía mis bálsamos, y si mantenía
mi cabeza cubierta, podía pasar por una hierbera que había venido a
aliviar sus dolores y fiebres. La gratitud de ellos era simple y plana, y la
nuestra era igual. Nadie se arrodillaba.
Mientras el barco navegaba bajo el arco azul del cielo, podíamos
sentarnos juntos en las tablas hablando de la gente que conocimos, de las
líneas costeras que pasamos, los delfines que nos siguieron la mitad de la
mañana, sonriendo y chapoteando en nuestras barandillas.
—¿Sabes —él dijo—, que antes de venir a Aiaia, solo había dejado Ítaca
una vez?
Asentí.
—Yo he visto Creta y algunas islas en el camino, y eso es todo. Siempre
he soñado con ir a Egipto.
—Si —dijo él—. Y Troya, y las grandes ciudades de Sumeria.
—Asur —dije—. Y quiero ver Etiopía. Y el Norte también, las tierras de
hielo. Y el nuevo reino de Telégono en el Occidente.
Miramos hacia afuera sobre las olas, y un silencio calló entre nosotros.
La siguiente oración pudo ser: Vayamos juntos. Pero no podía decir eso,
no ahora y quizá nunca. Y él se mantenía en silencio, porque me conocía
bien.
—Tu madre —dije. – ¿Crees que ella se enojará con nosotros?
Él resopló.
—No —dijo—. Ella probablemente lo sabía antes que nosotros.
—No me sorprendería si volviéramos y le encontráramos hecha una
bruja.
Siempre me gustaba asustarlo, para ver su imparcialidad ampliamente
estropeada. —¿Qué?
—Oh sí —dije—. Ella revisaba mis hierbas desde el principio. Le
hubiera enseñado, si hubiera habido tiempo. Podemos apostar si quieres.
—Si estas tan segura, no creo poder apostar.
En la noche recorríamos los huecos de la piel del otro, y cuando él se
dormía podía acostarme a su lado, sintiendo el calor donde nuestros
labios se tocaron, mirando el suave pulso en su garganta. Sus ojos tenían
arrugas, y su cuello tenía más. Cuando la gente nos veía, ellos pensaban
que yo era más joven. Pero, aunque me veía y sonaba como un mortal, era
un pez sin sangre. Desde mi agua podía verlo a él, y todo el cielo detrás,
pero no podía cruzar.
Entre el Dragón y Telémaco, encontramos al fin mi vieja playa. Era de
mañana cuando llegamos a la angosta bahía, el carruaje de mi padre
estaba a medio camino de su auge. Telémaco sostenía el ancla de piedra.
—¿La suelto, o llevamos el barco hasta la arena?
—Suéltala —dije.
Cientos de años de mareas y tormentas cambiaron la forma de la línea
costera, pero mis pies recordaban la finura de la arena, la áspera hierba
con su cubierta espinosa. En la distancia llegaba un leve humo gris y el
sonido de cabras. Pasé junto a las rocas donde Eetes y yo solíamos
sentarnos. Pasé por el bosque donde me recostaba después de que mi
padre me quemara, ahora solo un lugar de estrangulados pinos. Los
cerros en los que arrastre a Glaucos arriba lleno de primavera: flores de
paja y jacintos, lirios, violetas, y rosas dulces. Y en su centro, el pequeño
embrague de flores amarillas, que surgieron de la sangre de Cronos.
La vieja nota de la rosa zumbante se levantaba como un saludo.
—No las toques —le dije a Telémaco, pero aun cuando las palabras
salieron, me di cuenta de qué tan tontos fueron. Las flores no le harían
nada. Ya era el mismo. No pude ver un pelo cambiando.
Usando mi cuchillo, desenterré cada tallo por sus raíces. Las envolví
con su tierra en tiras de tela y las puse en la oscuridad de mi bolso. Ahí no
había más razones para quedarse. Acarreamos el ancla y guio la proa
hacia casa. Las olas e islas pasaron, pero apenas las vi. Me tensé como un
arquero observando contra el cielo, esperando por el pájaro para
levantarse. En la última noche, cuando Aiaia estaba muy cerca pensé que
podía oler su florecimiento a la deriva en el aire del mar, le conté la
historia que estuve ocultando, de los primeros hombres que vinieron a
mi isla, y que le había hecho a cambio.
Las estrellas estaban muy brillantes, y Véspero resplandecía como una
flama en lo alto.
—No te lo dije antes porque no quería que se interpusiera entre
nosotros.
—¿Y ahora no te importa si lo hace?
Desde la oscuridad de mi bolsa, las flores cantaban su nota amarilla.
—Ahora quiero decirte la verdad. Como venga.
La ligera brisa salada revolvía la hierba de la orilla. Él estaba
sosteniendo mi mano contra su pecho. Podía sentir el continuo latido de
su sangre.
—No te he presionado —dijo—. Y no lo haré. Sé que hay razones por
las que no puedes responderme. Pero si tú. . .—él se detuvo—. Quiero que
sepas, que si vas a Egipto, si vas a cualquier parte, quiero ir contigo.
Latido a latido, su vida pasaba bajo mis dedos.
—Gracias —dije.
Penélope nos esperó en la orilla de Aiaia. El sol estaba alto, y la isla
floreció salvajemente, frutas hinchadas en sus ramas, nueva vegetación
creciendo de cada curva y grieta. Ella miró a gusto entre esa liberalidad,
saludándonos, dándonos su bienvenida.
Si ella notó un cambio entre nosotros, ella dijo nada. Ella nos abrazó a
los dos. Había estado tranquila, dijo ella, sin visitantes, aun así, no callado
en absoluto. Más cachorros de león habían nacido. Una niebla había
cubierto la bahía del este por tres días, y ha habido tal torrente de lluvia
que la corriente estallo los bancos. Sus mejillas se ponían coloradas por
la sangre mientras ella hablaba. Pasamos de largo los laureles brillantes,
los rododendros, a través de mi jardín y las grandes puertas de roble.
Respiré el aire de mi casa, espeso con el limpio olor de hierbas. Sentí ese
placer que cantan los bardos tan a menudo: regreso a casa.
En mi habitación las sábanas de mi amplia y dorada cama estaban
frescas como nunca estuvieron. Podía escuchar a Telémaco decir a su
madre la historia de Escila. Me fui descalza a caminar por la isla. La tierra
estaba caliente bajo mis pies. Las flores sacudían sus brillantes cabezas.
Un león seguía mis talones. ¿Estaba despidiéndome? Apunté hacia arriba
dentro del amplio arco del cielo. Esta noche, pensé. Esta noche, bajo la
luna, sola.
Volví cuando el sol estaba declinando. Telémaco se había ido a pescar
para la cena, y Penélope y yo nos sentamos en la mesa. Las puntas de sus
dedos estaban manchadas de verde, y podía oler el hechizo en el aire.
—Hace tiempo que me pregunto algo —dije—. Cuando peleamos por
Atenea, ¿cómo supiste que, al arrodillarte ante mí, eso me avergonzaría?
—Ah. Lo adiviné. Algo que Odiseo dijo sobre ti una vez.
—¿Qué era?
—Que nunca conoció un dios que disfrutara tan poco su divinidad.
Sonreí. Incluso muerto, él podía sorprenderme.
—Supuse que era verdad. Dijiste que él dio forma a reinos, pero él
además dio forma a los pensamientos de los hombres. Antes de él, todos
los héroes eran Hércules y Jason. Ahora los niños jugarán a viajar,
conquistando tierras hostiles con ingenio y palabras.
—Le gustaría eso —dijo ella.
Pensé lo mismo. Un momento pasó, y miré a sus manchadas manos en
la mesa delante de mí.
—¿Y? ¿Me vas a decir? ¿Cómo va tu brujería?
Ella sonrió con su sonrisa interior.
—Estabas en lo correcto. Es en su mayoría voluntad. Voluntad y
trabajo.
—He terminado aquí —dije—. De una forma u otra. ¿Te gustaría ser la
bruja de Aiaia en mi lugar?
—Creo que podría. Creo verdaderamente que podría. Mi cabello,
pienso, no está bien. No se ve nada como el tuyo.
—Puedes teñirlo.
Ella hizo una cara.
—Diré mejor que se ha vuelto de ese color por mis tantos hechizos.
Reímos. Ella había terminado la tapicería, y colgaba detrás de ella en la
pared. Esa nadadora, golpeando en la profunda tormenta.
—Si te encuentras queriendo compañía —dije—. Diles a los dioses que
tomarás sus hijas malas. Creo que tendrás el toque correcto para ellas.
—Consideraré ese cumplido. —Ella frotó una mancha en la mesa. —¿Y
qué sobre mi hijo? ¿Irá contigo?
Me di cuenta de que me sentía casi nerviosa.
—Si él quiere.
—¿Y tú qué quieres?
—Quiero que venga —dije—. Si es posible. Pero hay una cosa que aún
me queda por hacer. No sé qué vendrá de eso.
Sus tranquilos ojos grises retuvieron los míos. Su frente era abovedada
como un templo, pensé. Agraciada y duradera.
—Telémaco fue un buen hijo, más tiempo del que debería haberlo sido.
Ahora él debe ser él mismo. —Ella tocó mi mano. —Nada es seguro,
sabemos eso. Pero si tuviera que confiar que una cosa podría hacerse, te
lo confiaría.
Llevé nuestros platos lejos, los lavé cuidadosamente hasta que
brillaron. Afilé mis cuchillos y dejé cada uno en su lugar. Limpié las mesas,
barrí el piso. Cuando volví a mi hogar, solo Telémaco estaba ahí.
Caminamos al pequeño claro que ambos amábamos, el único donde un
tiempo atrás habíamos hablado de Atenea.
—El hechizo que quiero hacer —dije—. No sé qué pasara cuando lo
lance. Puede que ni siquiera funcione. Quizás el poder de Cronos no pueda
ser llevado lejos de su tierra.
—Entonces volveremos. Volveremos hasta que estés satisfecha —dijo
él.
Era tan simple. Si quieres, lo haré. Si te haría feliz, iré contigo. ¿Ese es
un momento que un corazón se rompe? Pero un corazón roto no es
suficiente, y era tan sabía como para saberlo. Lo bese y lo deje ahí.
CAPÍTULO VEINTISIETE
Las ranas se habían ido a sus revueltas; las salamandras dormían en
sus agujeros pardos. La poza mostraba la media cara de la luna, las
cabezas de alfileres de las estrellas, y en los alrededores, a la cercanía, los
oscilantes árboles.
Me arrodillé en la orilla, sobre la espesa hierba. Delante de mí estaba la
vasija de bronce que había usado para mi magia desde el principio. Las
flores descansaban al lado mío envueltas en sus pálidas raíces. Tallo por
tallo, las corté y exprimí las gotas escurridizas de savia. El fondo de la
vasija se puso más oscuro. La última flor, no la exprimí, sino que la planté
en la playa, donde caía el sol cada mañana. Quizás crecería.
Podía sentir el miedo dentro de mí, reluciendo como agua. Estas flores
habían transformado a Escila en un monstruo, aunque lo único que había
hecho fue burlarse. Glauco, de algún modo, también se había convertido
en un monstruo, todo lo que había sido amable en él, fue arrebatado por
la divinidad. Recordaba mi antiguo terror, desde el nacimiento de
Telégono: ¿Qué criatura me espera? Mi imaginación conjugaba horrores.
Brotaría cabezas viscosas y dientes amarillos. Bajaría a las profundidades
y cortaría a Telémaco en pedazos.
Aunque quizás, me dije a misma, no sería así. Quizás todo lo que
esperaba no pasaría, y Telémaco y yo podríamos ir a Egipto, y todos esos
otros lugares. Podríamos cruzar los océanos una y otra vez, viviendo
gracias a mi brujería y su carpintería, y cuando volviésemos por segunda
vez a un pueblo, la gente saldría de sus casas para recibirnos. Él parcharía
sus naves, y yo lanzaría encantamientos en contra de mosquitos
mordedores y fiebres, y nos regocijaríamos con la simple reparación del
mundo.
Mi visión floreció, vívida como el frío césped debajo de mí, como el
negro cielo sobre mi cabeza. Visitaríamos las Compuertas del León de
Micenas, donde los herederos de Agamenón gobernaban, y las paredes de
Troya, sus piedras enfriadas por los vientos caladores de Ida.
Montaríamos elefantes, y caminaríamos en el desierto por la noche,
debajo de los ojos de dioses que nunca han escuchado hablar de Titanes
u Olímpicos, los cuales no se preocupaban más de nosotros de lo que lo
harían de escarabajos de arena trajinantes a nuestros pies. Él me diría
que quiere hijos, y yo respondería:
—No tienes idea de lo que me estás pidiendo que haga.
Y él diría: —Está vez no estás sola.
Tenemos una hija, y después otra. Penélope me asiste en el parto. Hay
dolor, pero pasa. Vivimos en la isla mientras las niñas son pequeñas, y la
visitamos frecuentemente después. Ella saluda y lanza hechizos mientras
las ninfas se deslizan alrededor de ella. Aunque se ponga gris, nunca
parece estar cansada, pero a veces veo como sus ojos se voltean al
horizonte donde la casa de la muerte y sus almas esperan.
Las hijas cuya vida sueño son distintas de Telégono, y distintas una de
la otra. Una persigue al león en círculos, mientras que la otra se sienta en
una esquina, observando y recordando todo. Estamos locos por nuestro
amor hacia ellas, de pie sobre sus caras durmientes, susurramos sobre lo
que ella dijo hoy, y lo que ella hizo. Las llevamos a conocer a Telégono,
coronado entre sus huertos dorados. Él salta de su sillón para abrazarnos
a todos y nos presenta a su capitán de la guardia, un joven alto y de cabello
oscuro que nunca se aleja de su lado. No está casado aún, dice que quizás
nunca lo estará. Sonrío, imaginando la frustración de Atenea. Tan
educado, y al mismo tiempo firme e inmovible como una de las paredes
de su propia ciudad. No me preocupo por él.
He envejecido. Cuando me veo en mi espejo pulido de bronce hay líneas
sobre mi rostro. También estoy más robusta, y mi piel ha comenzado a
soltarse. Me cortó con mis hierbas y las cicatrices se quedan. A veces me
gusta. A veces soy vanidosa y malagradecida. Pero no deseo volver atrás.
Por supuesto que mi carne busca la tierra. Es donde pertenece. Algún día,
Hermes me guiará por los corredores de la muerte. Apenas nos
reconoceremos, ya que tendré el cabello blanco y él estará envuelto en su
misterio del Líder de las Almas, la única vez que es solemne. Creo que
disfrutaré al ver eso.
Sé lo suertuda que soy, estúpidamente suertuda, repleta de suerte,
emborrachada por esta. Me despierto de vez en cuando por la noche
aterrada por la precariedad de mi vida, su aliento filiforme. A mi lado, el
pulso de mi esposo palpita en su garganta, en sus camas, la piel de mis
hijas muestra cada pequeño rasguño. Una briza las derribaría, y el mundo
está lleno de cosas peores que brizas: enfermedades y desastres,
monstruos y dolor con miles de variaciones. No me olvido que ni mi padre
ni los de su tipo cuelgan sobre nosotros, brillantes y filudos como
espadas, apuntando a nuestra carne desgarrada. Si no caen sobre
nosotros en el nombre del rencor y la malicia, entonces caerán por
accidente o capricho. Mi respiración pelea en mi garganta. ¿Cómo puedo
vivir bajo la carga de tal fatalidad?
Me levanto y luego voy hacia mis hierbas. Creo algo, transformo algo.
Mi brujería es más fuerte que nunca, mucho más fuerte. Esto también es
buena fortuna. ¿Cuántos más tienen tanto poder, placer y defensa como
yo? Telémaco viene desde nuestra cama para encontrarme. Se sienta
conmigo en la oscuridad que huele a verde, sujetando mi mano. Nuestros
rostros ahora están lineados, marcados con nuestros años.
Circe, dice él, todo estará bien.
No es el dicho de un oráculo o profeta. Son palabras que le dirías a un
niño. Lo he escuchado decírselas a nuestras hijas, cuando las arrulla para
dormir después de una pesadilla, cuando revestía sus pequeños cortes,
apaciguaba cualquier golpe. Su piel es familiar como la mía debajo de mis
dedos. Escucho su respiración, tibia contra el frío aire de la noche, y de
alguna forma estoy confortada. Él no quiere decir que no duela. Él no
quiere decir que no estamos asustados. Sino que: Estamos aquí. Esto es lo
que significa nadar en la marea, caminar la tierra y sentirla tocar tus pies.
Esto es lo que significa estar vivo.
Arriba las constelaciones caen y ruedan. Mi divinidad brilla en mí como
los últimos rayos del sol antes de que se ahoguen en el mar. Pensé una
vez que los dioses eran lo opuesto a la muerte, pero veo ahora que están
más muertos que nada, ya que no son cambiantes, y no pueden sujetar
nada en sus manos.
Toda mi vida me he movido hacia adelante, y ahora estoy aquí. Tengo
una voz mortal, déjenme tener el resto. Llevo la vasija rebosante hacia
mis labios y bebo.
LISTA DE PERSONAJES
TITANES
Bóreas: El viento del norte personificado. Él es el responsable, en algunos mitos, de la muerte
del hermoso y joven Jacinto. Sus hermanos eran Céfiro (Dios del viento del oeste), Noto (Dios
del viento del Sur), y Eurus (Dios del viento del este).
Calipso: La hija del Titán Atlas, que habita en la Isla de Ogigia. En la Odisea, toma al
naufragado Odiseo. Habiéndose enamorado de él, lo mantiene en la isla por siete años, hasta
que los dioses le ordenan liberarlo.
Circe: Bruja que vivió en la isla de Aiaia, hija de Helios y la ninfa Perse. Su nombre es
probablemente derivado de la palabra Halcón o Falcón. En la Odisea, convierte a los hombres
de Odiseo en puercos, pero después de que él la reta, lo toma como amante, permitiendo que
él y sus hombres se queden con ella y los ayuda cuando parten. Circe tiene una larga vida
literaria, inspiró a escritores como Ovidio, James Joyce, Eudora Welty y Margaret Atwood.
Eetes: Hermano de Circe y Rey Hechicero de Cólquida, un reino en el lado oriental del Mar
Negro. Eetes era, también, el padre de la bruja mortal Medea, y el guardián de El Vellocino de
Oro, hasta que fue robado por Jasón y los Argonautas con la ayuda de Medea.
Helio: Es un titán dios del sol. Padre de muchos hijos, incluida Circe y Eetes, Pasífae y
Perses, como también de sus medio-hermanas, las ninfas Faetusa y Lampecia. Él era
mayormente representado en su carruaje de caballos de oro, el cual conducía a través del cielo
cada día. En la Odisea, le pide a Zeus destruir a los hombres de Odiseo luego de que ellos
asesinaran a su ganado sagrado.
Mnemosine: La diosa de la memoria, y madre de nueve musas.
Nereo: Un joven dios del mar, eclipsado por el olímpico Poseidón. Padre de muchos hijos
divinos, incluyendo la ninfa del mar, Tetis.
Océanos: En la poesía de Homero, Océanos es el Titán dios del gran rio de agua dulce
Océanos, el cual los antiguos imaginaban que rodeaba el mundo. Tiempo después, se encontró
asociado con el mar y aguas saladas. Es el abuelo materno de Circe y padre de numerosas
ninfas y dioses.
Pasífae: Hermana de Circe, es una bruja poderosa que contrae matrimonio con el hijo mortal
de Zeus, Minos y se convierte en la reina de Creta. Tiene incontables hijos con él, incluida
Ariadna y Fedra, también trama quedarse embarazada de un sagrado toro blanco, dando a luz
a el Minotauro.
Perse: Era una oceánide, una de las ninfas hijas de Océanos. Madre de Circe y esposa de
Helios. En algunas historias, fue asociada con la brujería.
Perses: Hermano de Circe, asociado en algunas historias con Persia.
Prometeo: Titán que desobedeció a Zeus para ayudar a los mortales, dándoles el fuego y,
en algunas historias, enseñándoles los artes de la civilización misma. Zeus lo castigó
encadenándolo a un risco en las Montañas del Cáucaso, donde un águila iba todos los días a
despedazar y comer su hígado, el cual de regeneraba durante la noche.
Proteo: Dios del mar que puede cambiar de forma, pastor del rebaño de focas de Poseidón.
Selene: Diosa lunar, tía de Circe y hermana de Helio. Condujo un carruaje de caballos
plateados a través del cielo nocturno, y su esposo era el hermoso pastor Endimión, un mortal
encantado con un sueño eterno.
Tetis: Titán esposa de Océanos, y abuela de Circes. Como su esposo, fue inicialmente
asociada con agua dulce pero luego fue descripta como la diosa del mar salado.
DIVINIDADES DEL OLIMPO
Apolo: Dios de la luz, música, profecía, y medicina. Apolo era el hijo de Zeus, el hermano
gemelo de Artemisa, y el campeón de Troya en la Guerra de Troya.
Artemisa: Diosa de la caza, hija de Zeus y hermana de Apolo. En la Odisea, es llamada la
asesina de la princesa Ariadna.
Atenea: La poderosa diosa de la sabiduría, armas, y el arte de la guerra. Era una feroz
seguidora de los griegos en la guerra de Troya y la guardiana particular del astuto Odiseo.
Aparece en ambos libros, la Ilíada y la Odisea. Se dice que es la hija favorita de Zeus, fue nacida
con su cabeza totalmente formada y blindada.
Dionisio: Hijo de Zeus, dios del vino, las fiestas y el éxtasis. Le ordenó a Teseo abandonar a
la princesa Ariadna, queriéndola como su propia esposa.
Ilitía: Diosa de los nacimientos, la que ayuda a las madres en labor, y también tiene el poder
de detener el nacimiento de un bebé.
Hermes: Hijo de Zeus y la ninfa Maya, mensajero de los dioses y dios de los viajeros y la
astucia, el comercio y las fronteras. También guía las almas de los muertos al inframundo. En
algunas historias, Hermes era el ancestro de Odiseo, y en la Odisea, le aconseja a Odiseo cómo
contrarrestar la magia de Circe.
Zeus: Rey de los dioses y los hombres, soberano de todo el mundo desde su trono en Monte
Olimpo. Inició la guerra contra los titanes para vengarse de su padre, Cronos, y eventualmente
derrocarlo. Padre de muchos dioses y mortales por igual, incluyendo a Atenea, Apolo, Dionisio,
Heracles, Helena y Minos.
MORTALES
Aquiles: Hijo de la ninfa del mar Tetis y el Rey Peleo de Ftia, Aquiles era el mejor guerrero
de su generación, el más rápido y hermoso. Como adolescente, a Aquiles le dieron a elegir: una
vida larga en la oscuridad, o una corta vida en la gloria. Escogió la gloria, y partió con otros
griegos a Troya. No obstante, en el noveno año de la guerra peleó con Agamenón y,
rehusándose a pelear más, volvió a la batalla cuando su amante Patroclo fue asesinado por
Héctor. Lleno de rabia asesinó el gran guerrero troyano y fue eventualmente asesinado por el
hermano de Héctor, Paris, asistido por el dios Apolo.
Agamenón: Gobernante de Micenas, el reino más grande de Grecia. Sirvió como sub-general
en la expedición de Grecia para rescatar a la esposa de su hermano Menelao, Helena, de Troya.
Pendenciero y orgulloso durante los 10 años de guerra, fue asesinado por su propia esposa,
Clitemnestra, mientras regresaba a su casa en Micenas. En la Odisea, Odiseo habla de su
sombra en el inframundo.
Ariadna: Princesa de Creta, hija de la diosa Pasífae y el semidiós Minos. Cuando el héroe
Teseo fue a matar al Minotauro, lo ayudó, dándole la espada y el bollo de hilo para desenredar
detrás de él así podría encontrar su camino fuera del laberinto una vez que la criatura estuviera
muerta. Luego de eso, huyó con él, y los dos planearon casarse antes de que el dios Dionisio
interviniera.
Dédalo: Maestro artesano, acreditado de muchas famosas invenciones antiguas y trabajos
de arte, incluyendo un círculo danzante usado por Ariadna y el gran Laberinto en el que estaba
enjaulado el Minotauro. Detenido con su hijo Ícaro en Creta, Dédalo creó un plan para liberarse,
construyendo dos alas con cera y plumas. Él e Ícaro escaparon exitosamente, pero Ícaro voló
muy cerca del sol y la cera que sostenía las plumas se derritió. El niño cayó al mar y se ahogó.
Elpénor: Miembro de la tripulación de Odiseo. En la Odisea, murió al caer del techo de la
casa de Circe.
Euriclea: La vieja enfermera de Odiseo y Telémaco. En la Odisea, le lava los pies a Odiseo
cuanto vuelve disfrazado y lo reconoce por la cicatriz de su pierna, la cual había obtenido en su
juventud mientras cazaba.
Euríloco: Miembro de la tripulación de Odiseo, y su primo. En la Odisea, él y Odiseo
usualmente están en desacuerdo, y él es el que convenció a los otros hombres de matar y comer
al ganado sagrado de Helio.
Glauco: Pescador que pasa por una transformación luego de caer dormido en un lugar de
hierbas mágicas. Una versión de su historia es contada en la Metamorfosis de Ovidio.
Héctor: Hijo mayor de Príamo y Príncipe heredero de Troya, fue conocido por su fuerza,
nobleza y por amar a su familia. En la Ilíada, Homero nos muestra una conmovedora escena
entre Héctor, su esposa Andrómaca y su hijo Astianacte. Es asesinado por Aquiles en venganza
por matar a su amante Patroclo.
Helena: Legendariamente la más hermosa mujer en el mundo antiguo, Helena era la reina de
Esparta, hija de la reina Leda y el rey Zeus, que la sedujo en la forma de un cisne. Muchos
hombres querían su mano en matrimonio, cada uno hizo un juramente (diseñado por Odiseo)
para defender su unión contra cualquier hombre que prevaleciera. Fue dada en matrimonio a
Menelao, pero luego huyó con el príncipe Troyano, Paris, haciendo que así comenzara la guerra
de Troya. Luego de la guerra, volvió a su casa en Esparta con Menelao, donde, Homero nos
cuenta, el hijo de Odiseo fue a encontrarla en busca de información sobre su padre.
Hércules: Hijo de Zeus y el más famoso héroe de la época dorada. Conocido por su fuerza,
Hércules fue forzado a realizar doce labores como penitencia para la diosa Hera, quien lo odiaba
por ser el producto de una de las aventuras de Zeus.
Ícaro: Hijo del artesano Dédalo. Él y su padre escaparon de Creta con alas hechas de cera y
plumas. Ícaro ignoró las advertencias de su padre sobre no volar muy cerca del sol y su cera se
derritió. Las alas cayeron en pedazos, lanzando a Ícaro al mar.
Jasón: Príncipe de Yolcos. Privado de su trono por su tío, Pélias, partió en una búsqueda
para probar su valía, volviendo a su casa con el Vellocino de Oro, que era mantenido por el rey
hechicero de Cólquida, Eetes. Con la ayuda de su diosa Hera, Jasón se aseguró un barco, el
famoso Argo, y una tripulación de heroicas camaradas llamadas los Argonautas. Cuando arribó
en Cólquida, el rey Eetes le dio una serie de retos imposibles, incluyendo unir dos toros que
respiraban fuego. La hija de Eetes, la bruja Medea, se enamoró de Jasón, lo ayudó en sus tareas,
y huyeron juntos con el vellocino.
Laertes: Padre de Odiseo y rey de Ítaca. A pesar de que seguía vivo en la Odiseo, se había
retirado del palacio hacia las fincas. Apoya a Odiseo contra las familias postulantes.
Medea: Hija del Rey Eetes de Cólquida, y sobrina de Circe. Fue una bruja al igual que su
padre y su tía. Cuando Jasón llegó para reclamar el Vellocino de Oro, usó sus poderes para
ayudarlo con la condición de que se casaría con ella y la llevaría con él. Los dos huyeron, pero
Eetes los persiguió y sólo con un sangriento truco pudo mantenerlo en la bahía. Su historia es
contada en un sin número de obras antiguas y modernas, incluyendo la famosa tragedia de
Eurípides.
Minos: Hijo de Zeus, y rey de la poderosa Creta. Su esposa, Pasífae, era una diosa y madre
del Minotauro. Minos exigió a Atenea que enviara a uno de sus hijos como tributo para alimentar
a la bestia. Luego de su muerte a Minos, le fue otorgada la potestad de juzgar otras almas en el
inframundo.
Odiseo: Astuto príncipe de Ítaca, el favorito de Atenea, esposo de Penélope y padre de
Telémaco. Durante la Guerra de Troya, fue uno de los consejeros de Agamenón, e ingenió el
truco del caballo de Troya con el que ganaron la guerra contra los griegos. Su viaje a casa, el
cual duró diez años, es la trama de la Odisea de Homero, e incluye sus famosos encuentros con
el ciclope Polifemo, la bruja Circe, los monstruos Escila y Caribdis y las Sirenas. Homero le da
un sinnúmero de epítetos, incluyendo polymetis4, polytropos5, y polytlas6.
Patroclo: Fue el guerrero más apreciado de Aquiles, y en muchas historias su amante. En la
Ilíada su fatídica decisión de intentar salvar a los Griegos vistiéndose con la armadura de Aquiles
establece la escena del final de la historia. Cuando Patroclo es asesinado por Héctor, Aquiles
4
Hombre de muchas artimañas.
5
Hombre de muchas vueltas.
6
Hombre perdurable.
está devastado y lleva a cabo una brutal venganza contra los Troyanos, lo que lo lleva a su
propia muerte. En la Odisea, Odiseo ve a Patroclo al lado de Aquiles cuando visita el inframundo.
Penélope: Prima de Helena de Esparta, esposa de Odiseo, madre de Telémaco, conocida
por su inteligencia y su fidelidad. Cuando Odiseo falla en llegar a su casa luego de la guerra, ella
fue sitiada por pretendientes que tomaron su casa, intentando apresurarla a casarse con uno de
ellos. Penélope promete escoger a uno de ellos cuando terminara de tejer un sudario. Así los
evadió por años, destejiendo cada noche lo que había tejido durante el día.
Pirro de Epiro: Hijo de Aquiles, fue esencial en el saqueo de Troya. Mató a Príamo, rey de
Troya, y en algunas versiones al hijo de Héctor, Astianacte, para evitar que crezca y se vengue.
Telégono: Hijo de Odiseo y Circe, se le acredita crear míticamente las ciudades de Tusculum
y Palestrina en Italia.
Telémaco: Hijo único de Odiseo y Penélope, príncipe de Ítaca. En la Odisea, Homero lo
muestra ayudando a su padre al complotar y hacer pública su venganza contra los pretendientes
que sitiaron su casa.
Teseo: Príncipe de Atenas, enviado a Creta como una parte de los catorce tributos prometido
para alimentar el salvaje apetito del Minotauro. En su lugar, Teseo asesina al Minotauro con la
ayuda de la princesa Ariadna.
MONSTRUOS
Caribdis: Un remolino poderoso ubicado a uno de los lados del estrecho, frente al monstruo
Escila. Los barcos que intentaban evitar los dientes de Escila fueron totalmente tragados por el
tornado.
Minotauro: Nombrado después de Minos, rey de Creta, el Minotauro era en realidad hijo de
la reina Pasífae y un toro blanco sagrado. Dédalo creó el laberinto para contener al monstruo
hambriento de carne, y Minos demandó a Atenea que enviara a catorce niños y niñas como
sacrificio para alimentarlo. Uno de estos era el príncipe ateneo, Teseo, quien mató a la bestia.
Polifemo: Uno de los ciclopes (gigante de un ojo), hijo de Poseidón. En la Odisea, Odiseo y
sus hombres arriban en la Isla de Polifemo, entran a su cueva y comienzan a comer sus
alimentos. Cuando Polifemo los atrapa, los encierra en la cueva, devorando varios de los
hombres de Odiseo. Odiseo engaña al monstruo con palabras amigables, diciéndole que su
nombre es Outis: Nadie. Él ciega a la bestia para escapar, y mientras embarcan, le da su
verdadero nombre. Polifemo llama a su padre, Poseidón, para que castigue a Odiseo.
Escila: De acuerdo con Homero, era un feroz monstruo con seis cabezas y doce piernas
colgantes el cual se escondió en una cueva del estrecho, frente a Caribdis. Cuando pasaban
barcos ella los perseguía, arrebataba a un marinero y lo devoraba. En descripciones posteriores
se le dio una cabeza de mujer, una cola de monstruo de mar, y perros salvajes que salían de su
vientre. En la Metamorfosis de Ovidio, Escila es originalmente una ninfa transformada en
monstruo.
Sirenas: Usualmente descriptas con cabeza de mujer y cuerpo de ave, las sirenas se
posaban sobre peñascos rocosos, cantando. Sus voces eran tan dulces que los hombres
perdían la razón cuando las escuchaban. En la Odisea, Circe le aconseja a Odiseo de colocar
cera en las orejas de sus hombres así podrían pasar con seguridad, y luego le sugiere que se
encadene al mástil con sus propias orejas limpias, así el podría ser el primer hombre en escuchar
su canción encantadora y sobrevivir.