0% encontró este documento útil (0 votos)
557 vistas14 páginas

5 Cuentos Maravillosos

El cuento narra la historia de Blancanieves, una niña que es perseguida por su malvada madrastra, la Reina, quien teme que Blancanieves sea más hermosa que ella. Blancanieves huye al bosque y encuentra refugio en la casa de siete enanitos. La Reina intenta matar a Blancanieves dos veces pero falla. Finalmente, Blancanieves conoce a un príncipe que la rescata y se casan, viviendo felices para siempre.

Cargado por

Mario Arenivar
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
557 vistas14 páginas

5 Cuentos Maravillosos

El cuento narra la historia de Blancanieves, una niña que es perseguida por su malvada madrastra, la Reina, quien teme que Blancanieves sea más hermosa que ella. Blancanieves huye al bosque y encuentra refugio en la casa de siete enanitos. La Reina intenta matar a Blancanieves dos veces pero falla. Finalmente, Blancanieves conoce a un príncipe que la rescata y se casan, viviendo felices para siempre.

Cargado por

Mario Arenivar
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Blancanieves

Cuentos clásicos

Autor:

Hermanos Grimm
Edades:

generosidad, bondad, envidia, obediencia


Un día de invierno la Reina miraba cómo caían los copos de nieve mientras
cosía. Le cautivaron de tal forma que se despistó y se pinchó en un dedo
dejando caer tres gotas de la sangre más roja sobre la nieve. En ese
momento pensó:

- Cómo desearía tener una hija así, blanca como la nieve, sonrosada como
la sangre y de cabellos negros como el ébano.

Al cabo de un tiempo su deseo se cumplió y dio a luz a una niña bellísima,


blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y con los cabellos como el
ébano. De nombre le pusieron Blancanieves, aunque su nacimiento supuso
la muerte de su madre.

Pasados los años el rey viudo decidió casarse con otra mujer. Una mujer
tan bella como envidiosa y orgullosa. Tenía ésta un espejo mágico al que
cada día preguntaba:

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?

Y el espejo siempre contestaba:

- Sí, mi Reina. Vos sois la más hermosa.

Pero el día en que Blancanieves cumplió siete años el espejo cambió su


respuesta:

- No, mi Reina. La más hermosa es ahora Blancanieves.

Al oír esto la Reina montó en cólera. La envidia la comía por dentro y tal
era el odio que sentía por ella que acabó por ordenar a un cazador que la
llevara al bosque, la matara y volviese con su corazón para saber que había
cumplido con sus órdenes.

Pero una vez en el bosque el cazador miró a la joven y dulce Blancanieves


y no fue capaz de hacerlo. En su lugar, mató a un pequeño jabalí que
pasaba por allí para poder entregar su corazón a la Reina.
Blancanieves se quedó entonces sola en el bosque, asustada y sin saber
dónde ir. Comenzó a correr hasta que cayó la noche. Entonces vio luz en
una casita y entró en ella.

Era una casita particular. Todo era muy pequeño allí. En la mesa había
colocados siete platitos, siete tenedores, siete cucharas, siete cuchillos y
siete vasitos. Blancanieves estaba tan hambrienta que probó un bocado de
cada plato y se sentó como pudo en una de las sillitas.

Estaba tan agotada que le entró sueño, entonces encontró una habitación
con siete camitas y se acurrucó en una de ellas.

Bien entrada la noche regresaron los enanitos de la mina, donde trabajaban


excavando piedras preciosas. Al llegar se dieron cuenta rápidamente de que
alguien había estado allí.

- ¡Alguien ha comido de mi plato!, dijo el primero


- ¡Alguien ha usado mi tenedor!, dijo el segundo
- ¡Alguien ha bebido de mi vaso!, dijo el tercero
- ¡Alguien ha cortado con mi cuchillo!, dijo el cuarto
- ¡Alguien se ha limpiado con mi servilleta!, dijo el quinto
- ¡Alguien ha comido de mi pan!, dijo el sexto
- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!, dijo el séptimo

Cuando entraron en la habitación desvelaron el misterio sobre lo ocurrido y


se quedaron con la boca abierta al ver a una muchacha tan bella. Tanto les
gustó que decidieron dejar que durmiera.

Al día siguiente Blancanieves les contó a los enanitos la historia de cómo


había llegado hasta allí. Los enanitos sintieron mucha lástima por ella y le
ofrecieron quedarse en su casa. Pero eso sí, le advirtieron de que tuviera
mucho cuidado y no abriese la puerta a nadie cuando ellos no estuvieran.

La madrastra mientras tanto, convencida de que Blancanieves estaba


muerta, se puso ante su espejo y volvió a preguntarle:

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?


- Mi Reina, vos sois una estrella pero siento deciros que Blancanieves, sigue
siendo la más bella.

La reina se puso furiosa y utilizó sus poderes para saber dónde se escondía
la muchacha. Cuando supo que se encontraba en casa de los enanitos,
preparó una manzana envenenada, se vistió de campesina y se encaminó
hacia montaña.
Cuando llegó llamó a la puerta. Blancanieves se asomó por la ventana y
contestó:

- No puedo abrir a nadie, me lo han prohibido los enanitos.


- No temas hija mía, sólo vengo a traerte manzanas. Tengo muchas y no sé
qué hacer con ellas. Te dejaré aquí una, por si te apetece más tarde.

Blancanieves se fió de ella, mordió la manzana y… cayó al suelo de repente.

La malvada Reina que la vio, se marchó riéndose por haberse salido con la
suya. Sólo deseaba llegar a palacio y preguntar a su espejo mágico quién
era la más bella ahora.

- Espejito espejito, contestadme a una cosa ¿no soy yo la más hermosa?


- Sí, mi Reina. De nuevo vos sois la más hermosa.

Cuando los enanitos llegaron a casa y se la encontraron muerta en el suelo


a Blancanieves trataron de ver si aún podían hacer algo, pero todos sus
esfuerzos fueron en vano. Blancanieves estaba muerta.

De modo que puesto que no podían hacer otra cosa, mandaron fabricar una
caja de cristal, la colocaron en ella y la llevaron hasta la cumpre de la
montaña donde estuvieron velándola por mucho tiempo. Junto a ellos se
unieron muchos animales del bosque que lloraban la pérdida de la
muchacha. Pero un día apareció por allí un príncipe que al verla, se
enamoró de inmediato de ella, y le preguntó a los enanitos si podía
llevársela con él.

A los enanitos no les convencía la idea, pero el príncipe prometió cuidarla y


venerarla, así que accedieron.

Cuando los hombres del príncipe transportaban a Blancanieves tropezaron


con una piedra y del golpe, salió disparado el bocado de manzana
envenenada de la garganta de Blancanieves. En ese momento,
Blancanieves abrió los ojos de nuevo.

- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?, preguntó desorientada Blancanieves


- Tranquila, estáis sana y salva por fin y me habéis hecho con eso el
hombre más afortunado del mundo.

Blancanieves y el Príncipe se convirtieron en marido y mujer y vivieron


felices en su castillo.
Rapunzel
Cuentos clásicos

Hermanos Grimm

valentía, amor

Había una vez un matrimonio que llevaba tiempo pidiendo a Dios tener un
hijo, y por eso la esposa creyó que muy pronto se lo concedería.

Un día estaba la mujer asomada a la ventana de su casa cuando fijó la


vista en el jardín de al lado. Era un jardín precioso, lleno de flores de todas
las especies, pero al que nadie se atrevía a entrar porque era propiedad de
una malvada hechicera. El caso es que de entre todas las flores que había
ella se quedó hipnotizada mirando los ruiponces frescos y verdes que había
plantados y empezó a sentir una terrible necesidad de probarlos. Tal fue
esa necesidad, que comenzó a entristecer.

- ¡Moriré si no pruebo los ruiponces del jardín de la bruja!, le dijo a su


marido

Como su marido la quería mucho, decidió arriesgarse y saltar al otro lado


del jardín.

Volvió a casa con los ruiponces y su mujer se los comió ansiosa. Pero al día
siguiente le pidió más. Aunque el hombre sabía que era peligroso, no podía
negárselos. De modo que volvió a cruzar a por más ruiponces. Pero esta
vez la bruja lo vio...

- ¡Qué haces? ¿Cómo osas robarme mis ruiponces?

- ¡ Lo siento, de verdad, lo siento! ¡No me hagáis nada malo por favor!

- Te dejaré marchar, pero tendrás que cumplir un trato. Tendrás que


entregarme el hijo de tu mujer en cuanto nazca.

El hombre estaba tan atemorizado que ni siquiera lo pensó y contestó que


sí.

Pasado un tiempo la mujer dio a luz a una hermosa niña, a la que le


pusieron de nombre Rapunzel, en honor a los ruiponces que tanto gustaban
a su madre.
Cuando la niña cumplió doce años la bruja la condujo a una torre muy alta
que estaba en el bosque. En ella no había ni puerta, ni escaleras, sino tan
sólo una pequeña ventana. Por lo que cada vez que la bruja quería subir
gritaba:

- ¡Rapunzel, deja caer tus cabellos!

Y la princesa descolgaba sus largos y finísimos cabellos por la ventana para


que la bruja trepase por ellos.

Un día, estaba la joven cantando desde lo alto de la torre cuando el hijo del
rey, que pasaba por allí la oyó. Quedó conmovido por una voz tan dulce
pero por más que miró por todos los rincones no acertó a saber de dónde
procedía.

Volvió todos los días al bosque en busca de esa delicada melodía cuando
vio a la bruja que se acercaba a la torre y llamaba a Rapunzel para que le
lanzara sus cabellos. Por lo que el príncipe esperó a que la bruja se fuera
para hacer él lo mismo:

- ¡Rapunzel, deja caer tus cabellos!

Y Rapunzel descolgó por la ventana su larga trenza.

La joven se asustó mucho cuando lo vio aparecer en la torre, pero


rápidamente cogió confianza con él y estuvieron muy a gusto charlando. El
príncipe le contó la historia de cómo había llegado hasta allí y le preguntó si
estaría dispuesta a casarse con él. Rapunzel aceptó encantada porque
pensó que el príncipe la cuidaría mucho y la haría muy feliz.

De modo que todas las noches el príncipe iba a ver a Rapunzel en secreto
sin que la bruja supiera nada.

Pero un día, cuando Rapunzel ayudaba a la bruja a subir, sin querer dijo:

- ¿Cómo es que tanto me cuesta subirla ? El hijo del rey sube en menos de
un minuto.

- ¿¿Qué?? Así que me has estado engañando eh?

Y la bruja estaba tan furiosa y tan enfadada que cogió unas tijeras, cortó el
largo cabello de Rapunzel y la mandó a un lugar muy muy lejano.
Al día siguiente cuando el príncipe regresó para ver a su amada y le pidió
que lanzara sus cabellos, la bruja lo esperaba en la torre. Soltó la trenza de
Rapunzel por la ventana y cuando el príncipe llegó a la torre se encontró
con ella.

- ¡Nunca volverás a ver a Rapunzel!, y diciendo esto la bruja soltó un


maleficio que lo dejó ciego.

El príncipe estuvo mucho tiempo perdido por el bosque, pues no


encontraba el camino al palacio, cuando un día llegó al lejano lugar en el
que encontraba Rapunzel. Ella lo reconoció al instante, corrió a abrazarlo y
no pudo evitar soltar una lágrima cuando vio que estaba ciego por su culpa.

Pero fue esa lágrima la que rompió el hechizo y devolvió la visión al


príncipe y juntos volvieron a palacio y vivieron felices por siempre.

El lobo y la siete cabritillas


Un cuento de los hermanos Grimm

8.4/10 - 2206 votos

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan
tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al
bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo,
"me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os
devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero
lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas." Las cabritas
respondieron: "Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos
tranquila." Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su
camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz


dijo: "Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo
para cada una." Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que
era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra madre. Ella
tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo." Fuese
éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para
suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta:
"Abrid hijitas," dijo, "vuestra madre os trae algo a cada una." Pero el lobo
había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas,
exclamaron: "No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras
como tú. ¡Eres el lobo!" Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le
dijo: "Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta." Untada
que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: "Échame harina blanca
en el pie," díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna
tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: "Si no lo haces, te
devoro." El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: "Abrid,


pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae
buenas cosas del bosque." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata;
queremos asegurarnos de que eres nuestra madre." La fiera puso la pata en
la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus
palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué
sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una
debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en
la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más
pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra
y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita
que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y
satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado,
tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La
puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y
revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el
suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a
todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la
última, la cual, con vocecita queda, dijo: "Madre querida, estoy en la caja del
reloj." Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el
lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba
la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su


pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando
tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca,
parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame
Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que
están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de
tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a
cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando
saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues
la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su
regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como
sastre en bodas! Pero la cabra dijo: "Traedme ahora piedras; llenaremos
con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme."
Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la
barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta
presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor
movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le


llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para
beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su
panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:
"¿Qué será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas."
Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo
arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo
las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: "¡Muerto está el lobo!
¡Muerto está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno
al pozo.
El gato y el ratón hacen vida en común
Un cuento de los hermanos Grimm

8.5/10 - 1267 votos

Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo


de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y
hacer vida en común. "Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de
otro modo pasaremos hambre," dijo el gato. "Tú, ratoncillo, no puedes
aventurarte por todas partes, al fin caerías en alguna ratonera." Siguiendo,
pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca.
Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras
larga reflexión, propuso el gato: "Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie
se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos
hasta que sea necesario." Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero
no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas
de probar la golosina y dijo al ratón: "Oye, ratoncito, una prima mía me ha
hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca
con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que
hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa." - "Muy bien," respondió el
ratón, "vete en nombre de Dios, y si te dan algo bueno para comer,
acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la
fiesta." Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían
hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el
puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior.
Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la
ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se
acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer. "Bien,
ya estás de vuelta," dijo el ratón, "a buen seguro que has pasado un buen
día." - "No estuvo mal," respondió el gato. "¿Y qué nombre le habéis puesto
al pequeñuelo?" inquirió el ratón. "Empezado," repuso el gato secamente.
"¿Empezado?" exclamó su compañero "¡Vaya nombre raro y estrambótico!
¿Es corriente en vuestra familia?" - "¿Qué le encuentras de particular?"
replicó el gato. "No es peor que Robamigas, como se llaman tus padres."

Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón: "Tendrás que volver
a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea
padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al
cuello, no puedo negarme." El bonachón del ratoncito, se mostró conforme,
y el gato, rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la
iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero. "Nada sabe tan bien,"
díjose para sus adentros como lo que uno mismo se come. Y quedó la mar
de satisfecho con la faena del día. Al llegar a casa preguntóle el ratón:
"¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?" - "Mitad," contestó el gato.
"¿"Mitad? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre;
apuesto a que no está en el calendario."

No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la


boca agua pensando en la manteca. "Las cosas buenas van siempre de tres
en tres," dijo al ratón. "Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el
pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte ellas, ni un
pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te
importa que vaya, ¿verdad?" - "¡Empezado, Mitad!" contestó el ratón. "Estos
nombres me dan mucho que pensar." - "Como estás todo el día en casa,
con tu levitón gris y tu larga trenza," dijo el gato, "claro, coges manías. Estas
cavilaciones te vienen del no salir nunca." Durante la ausencia de su
compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata,
mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero: "Es bien
verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo," díjose, y,
ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche. Al ratón
le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.
"Seguramente no te gustará tampoco," dijo el gato. "Se llama Terminado." -
"¡Terminado!" exclamó el ratón. "Éste sí que es el nombre más estrafalario
de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡Terminado! ¿Qué diablos
querrá decir?" Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno


y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón
acordóse de sus provisiones de reserva. "Anda, gato, vamos a buscar el
puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá, de perlas." - "Sí,"
respondió el gato, "te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana."
Salieron, pues, y, al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto,
pero vacío. "¡Ay!" clamó el ratón. "Ahora lo comprendo todo; ahora veo
claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías
que ibas de padrino: primero Empezado, luego Mitad, luego..." - "¿Vas a
callarte?" gritó el gato. "¡Si añades una palabra más, te devoro!"

"Terminado," tenía ya el pobre ratón en la lengua. No pudo aguantar la


palabra, y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo,
se lo tragó de un bocado. Así van las cosas de este mundo.

El ratoncillo, el pajarito y la salchicha


Un cuento de los hermanos Grimm

8.7/10 - 334 votos

Un ratoncillo, un pajarito y una salchicha hacían vida en común. Llevaban ya


mucho tiempo juntos, en buena paz y compañía y congeniaban muy bien. La
faena del pajarito era volar todos los días al bosque a buscar leña. El ratón
cuidaba de traer agua y poner la mesa, y la salchicha tenía a su cargo la
cocina.

¡Cuando las cosas van demasiado bien, uno se cansa pronto de ellas! Así,
ocurrió que un día el pajarito se encontró con otro pájaro, a quien contó y
encomió lo bien que vivía. Pero el otro lo trató de tonto, pues que cargaba
con el trabajo más duro, mientras los demás se quedaban en casita muy
descansados pues el ratón, en cuanto había encendido el fuego y traído el
agua, podía irse a descansar en su cuartito hasta la hora de poner la mesa.
Y la salchicha no se movía del lado del puchero, vigilando que la comida se
cociese bien, y cuando estaba a punto, no tenía más que zambullirse un
momento en las patatas o las verduras, y éstas quedaban adobadas, saladas
y sazonadas. No bien llegaba el pajarillo con su carga de leña, sentábanse
los tres a la mesa y, terminada la comida, dormían como unos benditos hasta
la mañana siguiente. Era, en verdad, una vida regalada.

Al otro día el pajarillo, cediendo a las instigaciones de su amigo, declaró que


no quería ir más a buscar leña; estaba cansado de hacer de criado de los
demás y de portarse como un bobo. Era preciso volver las tornas y organizar
de otro modo el gobierno de la casa. De nada sirvieron los ruegos del ratón y
de la salchicha; el pájaro se mantuvo en sus trece. Hubo que hacerlo, pues,
a suertes; a la salchicha le tocó la obligación de ir por leña, mientras el ratón
cuidaría de la cocina, y el pájaro, del agua.

¿Veréis lo que sucedió? La salchichita se marchó a buscar leña; el pajarillo


encendió fuego, y el ratón puso el puchero; luego los dos aguardaron a que
la salchicha volviera con la provisión de leña para el día siguiente. Pero
tardaba tanto en regresar, que sus dos compañeros empezaron a inquietarse,
y el pajarillo emprendió el vuelo en su busca. No tardó en encontrar un perro
que, considerando a la salchicha buena presa, la había capturado y
asesinado. El pajarillo echó en cara al perro su mala acción, que calificó de
robo descarado, pero el can le replicó que la salchicha llevaba documentos
comprometedores, y había tenido que pagarlo con la vida.

El pajarillo cargó tristemente con la leña y, de vuelta a su casa, contó lo que


acababa de ver y de oír. Los dos compañeros quedaron muy abatidos; pero
convinieron en sacar el mejor partido posible de la situación y seguir haciendo
vida en común. Así, el pajarillo puso la mesa, mientras el ratón guisaba la
comida. Queriendo imitar a la salchicha, metióse en el puchero de las
verduras para agitarlas y reblandecerlas; pero aún no había llegado al fondo
de la olla que se quedó cogido y sujeto, y hubo de dejar allí la piel y la vida.

Al volver el pajarillo pidió la comida, pero se encontró sin cocinero.


Malhumorado, dejó la leña en el suelo de cualquier manera, y se puso a llamar
y a buscar, pero el cocinero no aparecía. Por su descuido, el fuego llegó a la
leña y prendió en ella. El pájaro precipitóse a buscar agua, pero el cubo se le
cayó en el pozo con él dentro, y, no pudiendo salir, murió ahogado.
biogarfia
Hermanos Grimm
(1785/01/04 - 1859/12/16)

Escritores alemanes
 Cuentos: Blancanieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente,
Rapunzel...
 Reconocidos como: Pioneros en el estudio de la filología y el
folclore
 Obras: Diccionario alemán, Gramática alemana, Mitología
alemana...
 Nombre: Jacob Ludwig Karl Grimm y Wilhelm Karl Grimm

Nacieron en Hanau, Jacob el 4 de enero de 1785, y Wilhelm el 24 de


febrero de 1786.

Hijos de Phillip Wilhelm Grimm y Jane Grimm. Tuvieron un hermano


Ludwig, que fue pintor y grabador.

Cursaron estudios en la Universidad de Marburgo.

Jacob fue un filólogo muy interesado en la literatura medieval y la


investigación científica del lenguaje.

Tras pasar varios años trabajando en Kassel, en 1830 se trasladaron a


la Universidad de Gotinga, donde Wilhelm trabajó de bibliotecario y
Jacob de profesor asistente hasta 1837.

Autores de la Gramática alemana (1819-1837), considerada como el


origen de la filología germánica.

Entre las obras de Jacob destacan: Über den altdeuschen


Meistergesang (Sobre los antiguos menestrales alemanes,
1811), Mitología alemana (1835) e Historia de la lengua
alemana (1848).

Algunas de las obras de Wilhelm son: Antiguas canciones de gesta


danesas (1811), Leyendas heroicas alemanas (1829), La canción de
Roldán (1838) y El antiguo idioma alemán (1851).

Muy interesados en los antiguos cuentos folclóricos alemanes, los


publicaron como Cuentos para la infancia y el hogar (2 volúmenes,
1812-1815). La colección, aumentada en 1857, es conocida
como Cuentos de hadas de los hermanos Grimm.

En 1854, publicaron el primer volumen del monumental Deutsches


Wörterbuch, el diccionario alemán de referencia, de 32 volúmenes
concluido en 1954, trabajaron en él desde 1852 a 1861.

Regresaron a Kassel en 1837 y en 1841, invitados por Federico


Guillemo IV de Prusia, se radican en Berlín, donde fueron profesores de
la universidad hasta el final de sus vidas.

Jacob fue miembro del Parlamento de Fráncfort, de la Academia


Prusiana de las Ciencias, de la Academia de Ciencias de Gotinga, de la
Academia de Ciencias de Hungría, de la Academia Estadounidense de
las Artes y las Ciencias, de la Academia de Ciencias de Rusia, y de la
Academia de Ciencias de Baviera.

Su hermano perteneció a la Academia Prusiana de las Ciencias, a la


Academia de Ciencias de Gotinga, y a la Academia de Ciencias de
Baviera.

Wilhelm falleció el 16 de diciembre de 1859, a los 73 años y Jacob el 20


de septiembre de 1863, a los 78 años.

Blancanieves 
Cuentos clásicos 
   (http://www.cuentoscortos.com/cuentos-clasicos)
Autor: 
  
Hermanos Grimm 
Edades:  (http:
Blancanieves se quedó entonces sola en el bosque, asustada y sin saber 
dónde ir. Comenzó a correr hasta que cayó la noche.
Cuando llegó llamó a la puerta. Blancanieves se asomó por la ventana y 
contestó: 
 
- No puedo abrir a nadie, me lo han proh
Rapunzel 
Cuentos clásicos 
  (http://www.cuentoscortos.com/cuentos-clasicos)
Hermanos Grimm 
valentía, amor  (http://www.cue
Cuando la niña cumplió doce años la bruja la condujo a una torre muy alta 
que estaba en el bosque. En ella no había ni pue
Al día siguiente cuando el príncipe regresó para ver a su amada y le pidió 
que lanzara sus cabellos, la bruja lo esperaba
éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para 
suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevam
pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando 
tan fuertemente que hacía temblar las ramas.
El gato y el ratón hacen vida en común 
Un cuento de los hermanos Grimm 
8.5/10 - 1267 votos 
Un gato había trabado conocim
a hacerme el favor de cuidar de la casa, pues otra vez me piden que sea 
padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja bl

También podría gustarte