Patricia Ramírez
Patricia Ramírez
Todo lo que se aprende jugando, se entiende, retiene y reproduce mejor. El juego no es una
actividad antagonista contrapuesta a la responsabilidad. Muchos asocian juego a diversión, y con
ello, a falta de responsabilidad. Los padres siempre achacan la pérdida de tiempo en relación a los
estudios al juego. O estás jugando o estás estudiando. “Deja ya de jugar con el teléfono y ponte a
estudiar”, “siempre pensando en jugar, ¿puedes centrarte por favor y ponerte a estudiar?” Incluso
en las parejas, el juego empieza a ser un problema de distanciamiento. Y es que jugar en la tablet
o el teléfono móvil se ha convertido en un pasatiempo relajante que nos desconecta del ritmo
frenético del día. Jugar es visto como algo inútil, que aparentemente no “produce” nada. Pero sí
que produce, produce bienestar y relax, entre muchas otras ventajas. Venimos de una historia dura
en la que nuestros abuelos y padres tuvieron que invertir mucho tiempo y esfuerzo en trabajar, y
jugar era algo superfluo, en una pérdida de tiempo cuando apreciaban otras necesidades. Se
convertían rápidamente en hombres y mujeres, se casaban pronto y tenían hijos y
responsabilidades. Y entre este trajín, el juego ha sido algo que se ha ido perdiendo o relegando
solo a la infancia. Pero los valores, por suerte, cambian. Y ahora los padres disfrutan jugando con
sus hijos. Solo tenemos que conseguir que los adultos también disfrutemos jugando solos o entre
nosotros y que el juego se incorpore a la cultura profesional.
Existen estudios científicos en los que a las crías de animales se las expone a la privación de juego
y terminan desarrollando alteraciones negativas en el cerebro. Jugar tiene muchas ventajas, de
hecho, no hay un solo niño o a un adulto al que le plantees la idea de jugar y te diga que no. Haz
la prueba. Un día que salgas a comer o cenar con amigos, diles “os voy a hacer un juego” y verás
como en ese momento todos te prestan atención. Jugar forma parte de la especie humana y animal.
Cuanto más evolucionado es el animal, más tiempo dedica al juego…menos los humanos. Jugar
es explorar, crear, relajarnos, divertirnos, atrevernos, fallar sin miedo y perseverar para ganar. Jugar
no es exclusivo de la infancia o de la adolescencia, debería ser una conducta permanente a lo largo
de nuestra vida. Jugar debería ser una actitud.
Para mí siempre ha sido una máxima la frase de un grande de la educación, Howard Gardner “el
propósito de la educación es lograr que los niños quieran hacer lo que deben hacer”. Conseguir
esto a través del juego es bastante sencillo. Te pongo un ejemplo sencillo: como padre puedes
obligar a tus hijos a probar todas la frutas o, puedes invitarles con educación a que participen en
un taller de cata de frutas y verduras, en el que les darás papel y lápiz para que vayan anotando
los distintos sabores, olores, texturas y que finalmente puntúen qué fruta o verdura nueva les gusta
más. Prepárales una ficha con preguntas sobre lo que descubren de esos alimentos y trata el acto
del taller con solemnidad, como si fueran verdaderos expertos catadores en la materia. ¿Con cuál
de los dos métodos de aprendizaje crees que se comprometerán más, protestarán menos y
terminarán aprendiendo y disfrutando más de los nuevos alimentos? A mí no me deja ninguna duda
que con el segundo.
Incluso los adultos resolvemos mejor los problemas y encontramos más y mejores soluciones
cuando convertimos un problema en un reto o un misterio a resolver. Solo el hecho de plantearlo
así, reduce el nivel de presión y ansiedad con el objetivo.
Beneficios de jugar:
Nos relaja, inhibiendo la respuesta de ansiedad y estrés. Con ello también pensamos con mayor
claridad y sin bloqueos mentales.
Mejora el rendimiento. Poder intercalar el juego con el trabajo en la misma empresa mejora el
estado emocional en general y aumenta el rendimiento del trabajador. Basta con ver las oficinas de
Google para darnos cuenta que algo positivo tiene que tener el hecho de tener mesas de billar,
salas de juego y muchas otras actividades en la misma empresa a placer del trabajador.
Mejora el aprendizaje. Jugar desarrolla el córtex prefrontal. Es la última parte del cerebro en
evolucionar. Interviene en la memoria de trabajo, la toma de decisiones, la planificación y el
pensamiento flexible.
Hace unas semanas hablaba de la importancia de educar jugando e iniciaba así una serie de
artículos para fomentarlo. Educar jugando implica para muchos padres salir de su zona confortable.
Dejar de hacer lo que hemos visto en nuestro entorno y de cómo fuimos educados para poner la
creatividad e imaginación al servicio de la educación de nuestros hijos o de los alumnos.
Una de las ventajas de educar jugando es que es poco previsible para los niños y adolescentes. Y
para ellos, todo lo novedoso, es atractivo. Educar jugando también nos permite ser reflexivos. Dado
que tenemos que pensar qué hacer, cómo inculcar un valor, de qué manera llegar, fomenta la
reflexión. Muchas veces, educando o corrigiendo, nos salta la vena irascible, actuamos como
hemos visto en el pasado, sin medir las consecuencias, sin pensar si existe una alternativa mejor.
Así que ser creativo requiere tiempo, y con el tiempo, se templan las emociones.
La hora de la comida puede convertirse en un infierno para los padres. Niños que cierran la boca,
que pierden el tiempo apartando del plato lo que no les gusta, padres repitiendo una y otra vez
“come, por favor, come” cada vez en un tono más alto. Un momento placentero puede convertirse
en un estresor para padres e hijos. Y todos terminan perdiendo los papeles, los mayores porque se
desesperan, gritan y amenazan con lo que después no cumplen: te comerás las lentejas de
merienda, no te levantas hasta que no acabes, no verás la tele si no comes rápido, y un largo
etcétera de promesas incumplidas que enseñan al niño que la amenaza de los padres tiene un
valor igual a cero. Y los pequeños porque se ponen nerviosos, lloran y gritan con tal de conseguir
el objetivo.
Además de las directrices comunes que damos los psicólogos y que puedes encontrar en cualquier
artículo sobre niños y conducta de comer, te propongo ser creativo y convertir el momento de la
comida en algo distinto. Me llegó a la consulta una vez el caso de una niña de 8 años que se
comportaba en la mesa de forma desesperante. Sus padres describieron el momento de comer
como muy estresante y dijeron que su hija les sacaba de quicio, que era maleducada, impertinente
y que lo habían probado todo con ella. Siempre les digo a mis pacientes que probar todo no siempre
significa probar lo correcto.
En la consulta teníamos una cocina en la que habitualmente nos quedábamos a comer. Así que
cogí un plato, cubiertos y una servilleta y le pregunté a la niña por su personaje de dibujos favorito.
Me dijo que la que más le gustaba era Bella, de la Bella y la Bestia. “Ah – exclamé - nada más verte
entrar por la consulta me di cuenta de que tú también eres una princesa”.
Le pregunté si sabía cómo comían las princesas o cómo comía Bella y que por favor me imitara a
una princesa comiendo. Me dijo que las princesas para comer eran “muy finas”. Y, estirando su
espalda, se acercó a la mesa y empezó a comer con ademanes distinguidos. Simplemente la
observé y le dije que me encantaba verla comer así, que era un gusto. Sus padres estaban
presentes y, como en muchas otras situaciones, no dijeron lo correcto: “Si, si, aquí es muy fácil, ya
verás qué pronto se olvida de ser princesa cuando llegue a casa”. Le pedí a la niña que esperara
en la sala de espera y hablé con ellos. Les comenté lo importante que era para la educación de
nuestros hijos esperar cosas positivas de ellos, y que si la primera vez que inicia un cambio, aunque
fuese parte del entrenamiento, no lo reforzaban, la niña entendería que no es importante para sus
padres y seguiría en la misma línea. El comentario correcto por parte de sus padres hubiera sido:
“Menuda princesa tenemos en casa, me siento feliz cuando te veo comer tan tranquila y con estos
modales, me ha encantado que nos enseñes lo bien que sabes hacerlo”. Seguramente su hija se
hubiera sentido admirada, elogiada y querida por portarse como los padres desean que lo haga.
Así que les pedí que a partir de ahora tuvieron cuidado y que por favor reforzaran cualquier pequeño
cambio, por ridículo que les pareciera a ellos.
Le pedí por favor a la niña que tratara de comportarse cada día en la mesa como lo hace su princesa
favorita. Y que si tenía dudas respecto a algún comportamiento concreto en la mesa, que les
preguntara a sus padres. Y a sus padres, que tuvieran paciencia, que empezábamos un cambio y
esto suponía partir de cero y no de la tensión que arrastraban desde hace años. Sobre todo les
pedí que jugaran con ella. Que todo es más divertido cuando se juega. Le prometí a la niña regalarle
un plato de oro si conseguía durante dos semanas comer como una princesa.
A las dos semanas volvieron. Lo primero que me dijo su padre, con una sonrisa, fue “estoy cansado
de tener que arrimarla a la mesa”. Cada día me dice “retírame la silla papá y arrímame a la mesa,
como a las princesas”. Yo había comprado un plato en Zara Home con el borde dorado que le
regalé después de su progreso.
Este caso fue muy sencillo y hubo poquito más que corregir. No siempre el juego es tan fácil, pero
siempre será más divertido y relajado que corregir comportamientos a la antigua usanza. Es más,
en este caso no había funcionado durante años.
Ni a todas las niñas les gustan las princesas, ni es un ejemplo que sirva para los niños. Pero la idea
es elegir un modelo de conducta con el que tus hijos se identifiquen y que se comporte como tú
necesitas que se porte tu hijo.
Imitar es un juego de niños, así como hacer teatro, disfrazarnos o jugar a adivinar películas a través
de la mímica. Pero además, imitar, es un tipo de aprendizaje que se llama aprendizaje vicario, de
Bandura, a través del que aprendemos por imitación.
Este es un ejemplo más de ideas creativas que pueden ayudarte a educar. Será todo más relajado
para ti y para tus hijos.
El accidente de avión del equipo de fútbol Chapecoense nos ha sobrecogido a todos. Los que
hemos viajado en estos vuelos chárter de equipos de fútbol y sabemos qué se cocina ahí dentro,
hemos empatizado muchísimo con la tragedia. Desde el momento en el que despegas rumbo a tu
meta, solo hay ánimo, fuerza, buen rollo, deseos de ganar, bromas, sueños, compañerismo. Al que
le da miedo a volar lo distraen con tal de que no lo pase mal; los periodistas tratan de hacer piña y
tener buen rollo con la plantilla y se suele respirar complicidad. Muchos de nosotros hemos vivido
esos momentos y están cargados de emociones positivas, de disfrute, de ilusión y de
compañerismo. Y no te puedes imaginar cómo es el vuelo de vuelta cuando ganas. Es todo lo
descrito, pero al cuadrado. Emociones que no se olvidan y un enorme sentimiento de pertenencia.
Momentos que no se olvidan como tampoco se olvidará nunca la tragedia de ver cómo todo un
primer equipo desaparece. Sin tiempo de despedirse, sin tiempo de prepararse, sin cumplir los
sueños de chavales que estaban llenos de vida y talento. De repente todo, todo se desvanece.
Atrás quedan hijos, madres, embarazos, padres que pierden al orgullo de sus casas, al chaval del
que hablaban cada lunes con sus amigos. Atrás quedan compañeros lesionados que no pudieron
viajar con emociones encontradas de rabia, amargura pero también de felicidad plena por no haber
volado. Quedan conversaciones a medias, perdones y disculpas que no se dieron, reconocimientos
que se dejaron para más adelante, bromas que no se gastaron, agradecimientos infinitos para los
que uno cree que siempre hay tiempo. Quedaron carpetas abiertas que ahora dificultarán el duelo.
El duelo es un proceso natural que todos atravesamos cuando perdemos a un ser querido. Incluso
cuando perdemos algo muy importante como es el trabajo, la relación de pareja o la mascota. El
duelo se manifiesta a través de una serie de etapas cargadas de emociones que atraviesa desde
la negación hasta la aceptación y finalmente, el poder empezar de nuevo sin la persona perdida. El
duelo, en circunstancias normales de pérdida, como es la muerte por enfermedad o por vejez,
puede durar entre seis meses y dos años. Pero dado que el dolor es difícil de medir, tampoco
podemos medir las reacciones de las personas. Sí es cierto que la manera de vivirlo y gestionarlo
va a depender de una serie de factores como lo esperable que fuese la muerte, la edad de la
persona, lo trágico o la fatalidad del desenlace, incluso influyen los estresores y circunstancias
personales que el familiar estuviera atravesando. Como ves, ninguno de los factores favorece un
duelo fácil para sus allegados: ni era una muerte predecible, ni estaban en edad de morir, ni fue un
proceso natural, sino todo lo contrario, algo dramático. Y si además le sumas el motivo del vuelo,
la participación de un equipo modesto en una final de fútbol, que ya de por sí estaba cargado de
emociones, todavía lo dificulta más.
En casos de crisis, los psicólogos cuentan con protocolos para ayudar a los familiares y a las
víctimas. No es el momento de pedir a nadie que esté bien, sino de dejar llorar, hablar,
desahogarse. No hay un patrón de cómo es el comportamiento sano en estos momentos. Hay
persona que entran en una fase de shock, que se quedan mudas, otras que lloran de forma
desconsolada, otras que verbalizan que no está pasando y que no es verdad lo que ha ocurrido,
otras que necesitan medicación para poder conciliar unas horas de sueño. Es importante buscar
ayuda que pueda facilitar la expresión de emociones y que ayude a canalizar cada momento, a
comprender lo incomprensible y que permita darles algo de consuelo.
Consuela hablar con el grupo de personas que atraviesan las mismas fases que tú. Los familiares
tienen la impresión de que son los únicos capaces de empatizar de verdad y sentir lo mismo.
Desahogarse entre ellos es un consuelo. Algunos pueden sentir culpa (“por qué le animé a que
fichara por este equipo”), soledad tremenda (“se me va el amor de mi vida”) y un sentimiento de
desesperación profundo con un proyecto de vida truncado.
Tragedias ocurren todos los días, es cierto: accidentes laborales, accidentes de tráfico, peleas y
agresiones. Pero cuando ocurre de esta manera, a un grupo de chavales jóvenes que perseguían
un sueño, empatizamos hasta lo insospechado. Desde el futbolista que continuamente está
viajando hasta cualquier madre o padre que podría verse identificado con los padres de los
fallecidos.
Decimos que la vida es un regalo, que la vida es maravillosa, pero qué difícil es encajar en estos
momentos esa parte injusta de la vida. Esa que, sin previo aviso, te arrebata el sueño, la vida y
deja a cientos de personas desconsoladas intentando entender lo que es incomprensible. El club
Chapecoense dejó este vídeo homenaje a sus eternos campeones. Descansen en paz.
Cuatro pasos para alcanzar metas a largo plazo
Por: Patricia Ramírez
Nuestro sistema de recompensa, a través de la dopamina, se activa cada vez que conseguimos el
premio. Así que cuanto más inmediata es la relación entre deseo, esfuerzo y premio, antes nos
sentiremos felices. Esforzarnos es un valor que nos ayuda a conseguir nuestras metas. Pero, ¿qué
pasa cuando te esfuerzas y la meta está a años luz? De esto saben mucho los opositores, las
personas que tienen que perder veinte kilos, los que tienen que superar una larga enfermedad o la
rehabilitación de una lesión como el cruzado de jugador de fútbol.
No solamente las metas a largo plazo nos desmotivan, también los objetivos poco realistas o muy
exigentes. De hecho, está más que comprado que los propósitos que te pusiste a principio de año
sueles abandonarlos en las primeras semanas y que la mitad de la gente claudica en los dos o tres
primeros meses. Así que no permitas que algo que por naturaleza tiende a repetirse y frustrarte,
condicione tu autoestima y tus emociones. Adiós culpa, adiós vergüenza y bienvenidas sean las
soluciones. Está demostrado que sentirte mal y culpable contigo mismo incrementa tu desidia. ¡No
te favorece!
¿Pensando en cambios a largo plazo? Solo necesitas realizar cuatro pasos, eso sí, a conciencia:
Objetivos realistas. Soñar en grande puede ser muy ilusionante, pero no siempre te ayudará a
materializar el cambio. En una investigación publicada en Psychological Sciencie de 2009 se
demostró que los sujetos con expectativas modestas y realistas sobre sus capacidades para el
cambio fueron los que más éxitos tuvieron al dejar de fumar o dejando de tomar aperitivos poco
saludables.
Tener expectativas realistas significa que pienses en cada paso que te acerca a la meta, que
valores el nivel de esfuerzo que requiere cada uno y qué barreras puedes encontrarte para anticipar
así las soluciones. Cuanto más planificado lo tengas todo, menos dejas a la improvisación. La
improvisación suele ser un motivo de abandono. La idea de “¿y ahora qué hago?” suele coger a
más de uno desprevenido y le lleva a interpretar que no está preparado. Y con ello, se acaba el
objetivo.
Motivación interna. ¿Qué te inspira, qué te anima, que te mueve a hacerlo? ¿Por qué y para qué
quieres alcanzar esa meta? Todos hemos comprobado que los argumentos racionales, éticos,
morales o saludables no son suficientes para motivar al cambio. Incluso cuando te llevas un susto
importante, como un problema de salud grave, el miedo te dura unos meses y si en ese tiempo no
has encontrado una motivación válida y motivante para ti, lo normal es que vuelvas a comer en
exceso, dejes de caminar, vuelvas a fumar, etc. Sinceramente, hasta que no des con la tecla de
este punto, no elabores el siguiente: el plan de acción. No te servirá de nada, perderás el tiempo y
quemarás una oportunidad. No es que las oportunidades se agoten, como son las convocatorias
de una asignatura en la Universidad. Pero sí se agotan las ganas de intentarlo a medida que vamos
fracasando. Eso de acumular fracasos nos sienta realmente mal.
Ayuda a mantener la motivación el hecho de pensar que todo esfuerzo te lleva a convertirte en la
persona que deseas ser. ¿Cómo será tu vida cuando lo consigas?, ¿qué beneficios tiene para ti?,
¿En qué te mejora, en qué te ayuda?
Un plan de acción. En este plan de acción debes establecer nuevas rutinas. Las antiguas están
asociadas a tus viejos hábitos. Si has decidido perder esos kilos que te sobran y sueles comer en
el trabajo, trata de investigar y conocer restaurantes nuevos, busca otros menús, obliga a tu cerebro
a salir dela zona confortable y de tus antiguos e insanos hábitos. Los hábitos nos facilitan tanto la
vida que muchas veces, en lugar de sumar, restan. Tendemos a realizarlos sin pensar, y con ello
terminamos acudiendo a los bares y cafeterías en los que habitualmente no hacíamos dieta. Y sin
darnos cuenta, nos encontramos comiendo delante de un plato que no nos conviene.
Trata de visualizarte en positivo. Y trabaja el condicional, “si me ofrecen comida que no debo comer,
entonces yo elegiré algo dentro de mi dieta”. No se te ocurra atormentarte pensando en que sería
horrible no cumplir con los objetivos. Está demostrado que no funciona.
Cambio de esquemas mentales. Te ayudará mucho tener señales visuales que te lo recuerden.
Tu mente, ahora, está orientada y enfocada a tu hábito actual, ese que deseas modificar. No
siempre es un problema de voluntad, puede deberse a un problema de pensamiento. Se nos olvida
hasta pensar que tenemos que cambiar. En este momento toda ayuda es necesaria.
Y por último, plantéate esta pregunta, ¿cómo no vas a lograrlo si ya lo has conseguido con otras
metas antes en tu vida? Piensa en todos los logros conseguidos a largo plazo. Sí eres capaz.
Las relaciones son una fuente de satisfacción. Tener amigos, conocidos, poder expresar nuestras
emociones y opiniones en público y el apoyo de una red social, nos hace sentir que pertenecemos
a una tribu, a una familia, a la comunidad. De hecho, una de las mayores fuentes de estrés es
sentirse solo, no tener gente con la que quedar y compartir o tenerla y no ser hábil para relacionarte
con tranquilidad y disfrutar del momento.
Las relaciones personales, la pareja, los amigos o familiares, hay que saber cuidarlas. Nadie
permanece a tu lado si no se siente querido, respetado y tenido en cuenta. Tan fácil es hacer sentir
bien a alguien, como conseguir que se sienta la mayor de las miserias. Hay grupos especialmente
vulnerables con los que tenemos que tener más cuidado que con ningún otro: niños, mayores,
personas vulnerables y emocionalmente sensibles, bien sea por su nivel de sensibilidad o porque
atraviesan un momento duro en su vida, personas que están por debajo jerárquicamente, como
trabajadores a tu cargo o personal de servicio, o todos los que te atienden para que tú tengas una
vida mejor. Todos merecen ser respetados y tratados con cariño. Ninguno somos más que nadie,
nada nos sitúa en un peldaño superior, ni el trabajo que desempeñamos, ni la posición social, ni
mucho menos el género, la raza o la religión. Así que las conductas déspotas, engreídas y
soberbias, así como la superioridad, sobran en todas las relaciones personales, sean del tipo que
sean.
A todos nos gusta, salvo en muy contadas excepciones, que nos llamen por nuestro nombre.
Fortalece la relación y personaliza el trato. Las palabras como chica, oye tú, tú, guapi, guapa,
morena, tío y demás, salvo en contextos en los que su uso esté aceptado por el grupo y tena una
connotación cariñosa, no deben ser utilizados. Puedes ser humillantes para muchas personas, a
pesar de que tu intención sea la de ser amable. Como en todo, depende de cómo se dirija uno a la
persona, el tono, la sonrisa o la dulzura natural que alguien tiene.
Sé agradecido con el tiempo y los detalles que los demás tienen contigo
Existen personas muy detallistas, como mi amiga Yolanda Cuevas, y gente que lo es menos. No
está ni bien ni mal, no significa que tú tengas que cambiar, pero sí agradecer el tiempo que otra
persona ha tenido pensando en ti. No lo des por sentado como si fuera algo natural el tiempo que
te dedican. Agradécelo de forma sincera. Hay mucha gente muy servicial, que disfruta siéndolo y
merece ser reforzada por ello. Si alguien está siendo amable contigo, ¡qué menos que
reconocérselo! En el sector servicios, dónde existe tanta variedad en el trato, valora mucho quien
te trate con tiempo, amabilidad y servicialidad.
Por favor, gracias, serías tan amable…, te importaría…, podrías… son palabras de consideración
y amabilidad hacia la otra persona. No escatimes a la hora de utilizarlas. Nunca sobran, salvo que
seas alguien muy repetitivo que termina por ser cargante.
Trata a decir el siguiente comentario con cara seria y luego con una sonrisa de oreja a oreja “qué
tonto eres”. Cuando se dice de forma seria es un insulto y una humillación, pero cuando lo dices
sonriendo, puede denotar cariño, broma o complicidad ante una situación absurda o graciosa. Una
sonrisa abre puertas. Es mucho más fácil relacionarse con gente sonriente porque te hacen sentir
cómodo.
Ten paciencia, deja que la gente se exprese, no te adelantes y le acabes tú la frase
Cuando te adelantas y atropellas al que habla contigo, consigues que se sienta poco hábil o
incapaz.
Las personas extrovertidas y locuaces terminan por manipular la conversación. Cuentan sus cosas,
hablan, opinan y no dejan que otros intervengan. Es incómodo y aburrido estar en una reunión en
la que siempre hablan los mismos.
La vida de uno es importante para uno. La familia, las aficiones, el trabajo. Nos sentimos bien y
agradecidos cuando nos preguntan por nuestros planes, por cómo les va a nuestros hijos o si
seguimos practicando deporte o no. Sentimos que le interesamos al otro y que se preocupa por
nuestro bienestar y nuestros problemas.
Las personas que desconfían de los demás por regla general, tienen más dificultad para establecer
relaciones de calidad y profundas. El miedo a que los demás le fallen les impide sincerarse, no
contar con ellos y compartir, y viven así relaciones superficiales. Tratan de protegerse de todo. Pero
el mundo de los otros no está bajo nuestro control. Es cierto que la gente nos puede fallar, que hay
gente desleal, poco honesta, mentirosa o envidiosa, pero sinceramente, son los menos. ¿Tú lo
eres? Seguro que has contestado que no. ¿Cuánta gente ha leído este artículo? Espero que mucha
y que la mayoría de ellos hayan contestado que no. Entonces, somos una mayoría de buena gente.
Confiemos los unos en los otros para tener relaciones de calidad.
Pero no lo confundas con la burla o con ser graciosillo, sino con ver la parte divertida, simpática y
humorística de la vida. Nos gustan las personas alegres, divertidas y desenfadadas. Por el
contrario, la gente seria, que no sabes de qué humor se levantan y por tanto cómo dirigirles la
palabra, dificultan mucho las relaciones, además de ser muy estresante el trato con ellos. No te
tomes los comentarios como algo personal, no saques punta a todo y ten cuidado con tu
susceptibilidad.
Lo más positivo de comportarte de forma amable y elegante con la gente, es que nunca fallas.
Dicen que la mala hierba nunca muere. Y que haberlos, “haylos”. La mala gente cohabita con la
buena, se nutre de su bondad, la manipula, la humilla, se ríe de ella y le hace daño. La gente ruin
no son fruto solo de una educación sin valores. También participa la genética, las hormonas, los
cortocircuitos cerebrales, la falta de neuronas espejo, la educación o el entorno. Se trata de un
problema multidisciplinar y no se entendería su comportamiento de forma simple.
Independientemente del origen, estas malas personas nos quitan la paz, el entusiasmo y la salud
física y mental. Así que es muy importante saber quiénes son para así poder protegernos. No todo
el mundo es bueno, por supuesto que no.
Aquí tienes diez rasgos que te ayudarán a identificarlos. No trates de vivir en estado de alerta, con
miedo, anticipando que todo el mundo te va a fallar. Porque terminarás viendo fantasmas donde no
los hay. Pero sí sé prudente, inteligente y precavido para que no te hagan daño.
La persona ruin…
Te machaca porque a tu lado se siente débil. Hay dos maneras de crecer como persona,
promocionar en la empresa o superarte en cualquier faceta. Una, trabajar con esfuerzo, pasión y
perseverancia en el cambio, la formación y el proyecto, tratando de controlar lo que depende de
uno. La segunda, pisotear y machacar a los que tienen alrededor, minar su autoestima, de tal forma
que nadie se sienta fuerte y capaz de superarlos. Está claro que el ruin opta por esta segunda
opción. No está ni preparado ni es capaz para superarse él mismo, así que necesita destruir su
entorno para quedarse vencedor.
Habla de ti a tus espaldas. Sin pudor, sin prudencia, sin educación. Le da seguridad hablar mal
de los demás, compartir información íntima que pueda perjudicarte o que te deje en mal lugar. La
mayoría de ellos además son cobardes y negarán haber dicho lo que sí han compartido.
Te limita la información para dejarte en ridículo y que quedes como poco competente. Este
punto es especialmente peligroso en el ámbito profesional y empresarial. Muchas veces confías en
que tus compañeros te están informando, ayudando y facilitando, cuando es todo lo contrario. Y de
forma sutil, se hacen los despistados para que no puedas competir en igualdad.
Malmete. El que malmete, enreda. Es la típica persona liante que sabe de todo el mundo, indiscreta,
que cuenta lo que no debe de forma intencionada. Sabe que deja en mal lugar a los demás, pero
no le importa, no le afecta. No te puedes fiar de ninguno de sus comentarios ni de los juicios de
valor que hace de la gente. Lo mismo hará contigo cuando no estés presente. Le gusta ser el perejil
de todas las salsas. Son personas muy peligrosas que juegan con información delicada, personal
y profesional. Y ahora con las redes sociales hay que tener mucho más cuidado con ellos. Terminas
enfadado con gente con la que no tenías motivo por todos los rumores y comentarios de la persona
lianta. Antes de enfadarte con alguien por el “me han dicho que dijiste”, si la persona te interesa,
pregunta que hay de cierto en lo que te ha llegado. Verifica tu información.
Está de mal humor. Los ruines no se soportan a ellos mismos. Estar pensado como dañar, copiar,
manipular, consume mucha energía. Su vida no consiste en disfrutar de lo que tienen, en estar
presentes, tener paz. Su vida es una constante superación, ganar, estar por encima de otros,
sentirse poderosos a través de valores equivocados. Es muy difícil estar de buen humor y relajado
siendo protagonista de un ambiente tan tenso y hostil.
Una persona ruin es una persona mezquina. Carece de sentimientos nobles. Le da igual a quien
arrase en el camino. Como no lo sufre, es capaz de pensar en términos dañinos. El dolor, la
vergüenza, la culpa son emociones muy útiles que nos informan de que nos estamos equivocando
cuando hacemos daño a alguien sin intención de hacerlo. Sentirnos mal permite pedir perdón,
corregir y aprender para no volver a sentirnos así. Pero si no lo sientes, no padeces.
Maltrata verbal o físicamente. No solo a personas. Ruin es aquel que maltrata también a los
animales, que trata con desprecio el mobiliario urbano, las plantas de los parques, que daña lo que
tiene alrededor. Es desconsiderado, agresivo e irrespetuoso.
Se regodea y disfruta con el dolor de otros. Ver a los otros caer es un alivio. La persona ruin
puede ser celosa y envidiosa, por lo que la derrota y el dolor de los demás es una victoria para ella.
Carece de empatía.
No se comportan de forma cívica ni humana. Si ven caminar o cruzar con lentitud o torpeza a
un anciano un paso de semáforo son capaces de pitarle y de menospreciar sus limitaciones. O se
ríen de las personas con capacidades diferentes. Hacen chistes fuera de lugar e impropios de los
que se encuentran en desventaja o en minoría. La burla forma parte de sus vidas. Burla sin
escrúpulos.
Desprecia por norma general. No da valor a la gente, a lo que tiene, a los valores, al tiempo de
otros. Piensa que lo merece todo por derecho propio. No es capaz de tener una palabra de
agradecimiento ni con las personas ni con los momentos de la vida.
Lo peor del caso es que el ruin, como en la mayoría de situaciones no lo sufre, tampoco hace nada
por cambiar. Así que si esperas que la persona que tienes al lado algún día se dé cuenta de su
comportamiento deshonesto, ruin, maleducado y otras lindezas, estás perdiendo el tiempo. Una
vez que se cruzan ciertos límites, se les pierde el respeto y no hay vuelta atrás.
10 virtudes para vivir una vida plena
Por: Patricia Ramírez
Dícese de la persona virtuosa aquella “que practica la virtud y obra según ella”. Las personas con
virtudes son personas de valores. La palabra virtud está vinculada a la bondad y con la disposición
a hacer el bien. Si desligamos el concepto del aspecto religioso, virtud está relacionado con el
término de fuerza y de valor, con la capacidad para hacer algo. La virtud puede ser un aspecto
intelectual, más relacionado con la inteligencia y las habilidades, o moral, más relacionado con el
bien y el mal.
Virtudes hay cientos de ellas. Pero, ¿cuáles son aquellas que nos facilitan una vida plena?
Entendiendo por vida plena esa vida que uno elige, disfruta y con la que tiene la sensación de que
está teniendo una vida que merece la pena vivirse.
Cotidianamente utilizamos el término virtuoso para definir aquello en lo que alguien sobresale, lo
que domina, casi como un talento. “Pepe es un virtuoso de la cocina, tiene una creatividad que le
permite mezclar sabores y acertar”, “María es una virtuosa en el trato con la gente, su paciencia es
admirable”. Sea como fuere, las virtudes, una vez elegidas e integradas dentro de nuestra escala
de valores, se entrenan. Si aspiramos a vivir una vida en la que podamos sentirnos fuertes y a
gusto, estas virtudes pueden acompañarte y allanarte el camino.
Paciencia
La paciencia es la capacidad de saber esperar de forma correcta, sin perder los papeles. La
paciencia puede entrenarse desde pequeños. Responde a un estilo de vida diferente al que
estamos acostumbrados con este mundo acelerado e impulsivo. Ahora todo es inmediato: la
tecnología nos manda correos, mensajes e información desde las antípodas en cerocoma, y nos
vemos obligados a contestar de forma inmediata. Cuando alguien no consigue lo que desea de
forma inmediata, se siente frustrado y “atrapado” en el tiempo. De hecho la valoración que suele
hacer es de estar perdiéndolo. La falta de paciencia impide vivir de forma plena porque genera en
la persona un estado de inquietud, desasosiego y frustración al no poder complacer de forma
inmediata sus placeres. Aprende a esperar, proponte incluso el ejercicio intencionado de hacerte
esperar para coger una galleta, para contestar un mensaje o para contar algo emocionante a
alguien.
Gratitud
La gratitud nos ayuda a valorar todo lo que nos rodea. Con frecuencia nos pasan desapercibidos
detalles y experiencias de la vida. No reparamos en ellos y no les damos valor. Damos por sentado
lo que tenemos y la gente que nos rodea: amor, comida, tener un coche, tener agua caliente, pasear
sin peligro, el colorido del entorno, un abrazo, descansar viendo una serie, una ducha relajante.
Estos momentos se han convertido en normales. Para practicar el agradecimiento, trata cada día
de dar las gracias a detalles antes de acostarte. Reflexiona o escribe aquello que te reconforta, por
pequeño que sea.
Amabilidad
La amabilidad nos abre puertas, permite relacionarnos de forma positiva con los demás. Los otros
se sienten bien y queridos cuando te comportas de forma amable. Ser amable es fácil, solo
necesitas una sonrisa, un volumen de voz conversacional, ser respetuoso y educado y facilitar las
cosas a los demás. Anticiparte a las necesidades de los demás también es una forma de ser
amable.
Esfuerzo
Vivir una vida plena supone alcanzar objetivos que mejoran nuestra calidad de vida, nuestro estado
de salud, la profesión que ejercitamos o incluso las relaciones que mantenemos. No basta con
desear una vida mejor, tenemos que esforzarnos para conseguirla. Un cambio implica organización,
dejar hábitos para aprender otros, realizar actividades de manera distinta, equivocarse, volver a
empezar. El esfuerzo, la capacidad de trabajo y el sacrificio forman parte del cambio.
Bondad
La persona bondadosa no anticipa que la gente le va a fallar, confía y cree en las personas a pesar
de sus malas experiencias. La persona bondadosa no mide, se entrega y es generosa. No
malinterpreta. Ser bondadoso es compartir lo que tienes, tus ideas, tu trabajo, tu casa, tu comida,
tus valores, tu tiempo. La buena gente está más expuesta a que otros puedan fallarles, pero viven
con más tranquilidad y serenidad que los que están esperando encontrarse con la deslealtad o el
fallo del otro.
Perdón
Perdonar es una de las claves de la paz interior. ¿No os parece que el pedrusco del rencor es
demasiado pesado para cargar con él? El rencor te lleva a sentir ganas de venganza, a estar
pendiente de quien te ha ofendido y a desearle que tenga una mala vida. No perdonar es una forma
de seguir atento a quien te hizo daño y de seguir dándole valor. Pero cuando perdonas, dejas ir. El
perdón no necesita restablecer la relación. Puedes perdonar a alguien sin que ese alguien se entere
que lo has hecho. Perdonar es más una experiencia interna que te libera del dolor. Para perdonar
puedes trabajar la empatía o la aceptación. Sin más explicación. Y es que no todo tiene una
explicación justa.
Esperanza
Si no es ahora, ¿cuándo? Hay gente que se desespera con la inmediatez. Cree que si no tienen
ahora lo que desean es mejor no tenerlo. Se enrabietan, se desesperan, pierden la templanza y la
capacidad de espera. Y con ello, pierden también oportunidades. La esperanza nos mantiene
positivos, fuertes y con ilusión. Creer que algo llegará te lleva a involucrarte con ello, a esforzarte,
porque sabes que al final, tienes premio. Y si no, te queda el aprendizaje de saber esperar y
comprometerte con algo. Tener esperanza no es ser un iluso. Las personas con esperanza no la
tienen en que un día les toque la lotería. La tienen porque confían en las personas, en la ciencia,
en los avances, en los cambios. Tener esperanza no es perder el tiempo en asuntos imposibles.
Es no cerrar la puerta mientras sigues trabajando en tu camino.
Resiliencia
Una vida plena necesita empuje, fuerza, capacidad de reacción. ¿Qué pasaría si ante los
inconvenientes nos quedásemos en el camino, petrificados, anulados y sin recursos? Llevaríamos
una vida marchita, en la zona confortable, sin atrevernos a nada por miedo a equivocarnos. La
persona resilientes es atrevida, positiva, resolutiva, viva y con ganas de vivir. Acepta que la vida no
es justa y utiliza su energía para volver a crear o a inventarse.
Serenidad
Vivir con serenidad no es vivir aplatanado. Es decidir qué ritmo tiene la vida. Es elegir qué batallas
merecen la pena. Es libertad para dar rienda suelta a las emociones o simplemente contemplarlas.
La meditación, la relajación, el ejercicio o la atención plena a los momentos cotidianos permiten
disfrutar con los cinco sentidos y vivir con conciencia. La serenidad apaga el cerebro multitarea
para fomentar estar atento al presente.
Ver el lado humorístico de la vida es tener control sobre nuestra vida. Saber trivializar, frivolizar,
decidir el valor que tienen los problemas, aun siendo reales, nos da seguridad. El humor alivia el
alma y el dolor, genera bienestar, se contagia, permite ser más creativo, divertido y afianza las
relaciones personales. Incluso nos parecen más inteligentes las personas que saben reírse de la
vida, que tienen la mente ágil y rápida para reírse de todo. El humor es terapéutico. Y me refiero al
humor respetuoso, cariñoso, cómplice. No a quien ofende o hace una burla de los demás. Esto es
no saber estar y aprovechar las debilidades de los otros para reírse. Se busca humor inteligente,
divertido, contagioso, pero no ofensivo.
El gran problema de la indiscreción es que no tiene vuelta atrás. Las palabras no se las lleva el
viento, y lo dicho, aunque pidas disculpas, dicho queda. Cuesta ganarse la confianza de la gente,
cuesta ser alguien en el que poder confiar, pero bastan unas solas palabras para echar por la borda
toda la reputación. Una frase o una conducta imprudente acaban con todo y cambian la opinión que
los demás tienen de ti.
Ser prudente supone guardar confidencialidad con la información de otras personas, con la tuya
propia o tener cuidado de no lastimar a otros con comentarios que puedan ser hirientes. Ser
prudente es estar en tu sitio con discreción. La prudencia está estrecha y directamente relacionada
con la capacidad de valorar las consecuencias de nuestros actos y comentarios. La persona que
consigue comportarse con prudencia realiza un análisis del impacto que puede tener lo que diga o
lo que haga. Por el contrario, la persona imprudente no mide, no evalúa, no tiene en cuenta las
consecuencias de lo que comparte. Y esto hoy en día, con la exposición a la que estamos
sometidos, es un peligro. Puede arruinar una idea profesional, dejarte en ridículo, perder un trabajo,
perder amigos…
La sociedad de hace treinta años facilitaba en mayor grado la prudencia. Al no existir redes sociales,
compartías con menos gente la información. No existía tanto acceso a todo ni nos llegaban las
últimas noticias al instante. El bombardeo de información y la exhibición que ronda ahora por las
redes facilita la imprudencia y convierte lo que antes era privado en público. Las nuevas
generaciones que se educan en este continuo escaparate terminan por no distinguir entre lo que
es correcto compartir y lo que no lo es.
Dado que existen fórmulas para conocer el contenido desde el primer tuit que colgaste hace años,
lo inteligente es actuar con prudencia para no convertirte en una persona que se cierra puertas a sí
misma. Nadie quiere tener como compañero de trabajo o como amigo a una persona que no mide
lo que dice o lo que hace.
Cuando te rodeas de amigos y colegas prudentes y discretos, te sientes seguro y protegido. Puedes
mantener relaciones de confianza y complicidad sin miedo a que te traicionen o se vayan de la
lengua. ¿Cómo se comporta una persona prudente?
1.No participa de las críticas. Ni opina sobre terceras personas que no están presentes ni se
queda a escuchar lo que otros critican. Con un simple “lo siento, es que me siento incómodo
hablando de otras personas” es suficiente para salirse de una conversación tóxica e imprudente.
2.Observa antes de hablar. Hay personas que sin observar, hablan. Sobre religión, temas
sociales, políticos, futbolísticos. Y hablan dictando sentencia, sin mirar en qué contexto están y con
qué personas. Hay personas que despellejan a alguien por llevar velo, por divorciarse, por ser del
Barça o porque sus hijos no van a hacer la comunión. Juzgan sin conocer qué opiniones tienen la
gente que de alrededor, pudiendo así herir la sensibilidad de otros. Todos tenemos derecho y
libertad a expresar lo que pensamos, pero de una forma oportuna y prudente, sin juicios de valor.
3.No habla de forma dicotómica. Expresa su opinión y está abierto a la opinión de los demás, No
juzga si lo suyo es bueno o malo, lo toma solo como una postura más. La flexibilidad mental es
importante para ser prudente.
4.No cuenta un secreto de otra persona. Por mucho que crea que se encuentra en un foro seguro,
en el que su amigo no le va a traicionar contando el secreto a otra persona, nunca comparte un
secreto. Porque en el momento en el que lo hace, ya está traicionando a quien confió en él.
6.No habla con el cerebro vacío. La persona imprudente opina sobre temas de los que no tiene
ni idea, creyendo además que lo sabe todo.
7.Pide permiso antes de dar un consejo personal a alguien. No todo el mundo desea que les
abran los ojos, les guíen por el camino o les den soluciones a sus problemas. Es mejor preguntar
antes de proponer algo que no te han pedido. “¿Querrías saber qué haría yo en esta situación?”,
“¿quieres que te diga lo que opino?”.
8.No dice groserías ni hace chistes de mal gusto. Dependiendo de los ambientes en los que te
muevas, sobre todo en los laborales, hay chistes machistas, racistas, xenófobos, que no tienen
gracia ninguna. En general nunca la tienen, pero mucho menos en un ambiente formal en el que
no conviene llamar la atención de esta manera.
9.No acapara la conversación. Permite que otros participen, sabe escuchar o pide el turno para
hablar.
10.No comparte fotos, comentarios o historias que no son suyas sin pedir permiso. Las redes
sociales no es un lugar en el que todo el mundo se sienta cómodo. Así que antes de compartir algo
de otra persona pregunta a la persona si te da permiso. A ti puede parecerte muy normal compartir
una foto determinada, pero puede que a uno de los que sale en ella no le apetezca para nadar salir
públicamente.
La confianza es básica en las relaciones personales. Sin ella no podemos mantener relaciones
profundas, solo frívolas, superficiales, en las que se habla del tiempo y poco más. Una de las
ventajas de ser prudente es que consigues tener relaciones personales de calidad y de respeto.
La emoción de la ansiedad es una respuesta que todos llevamos en nuestro código genético.
Todos, absolutamente todos, desencadenamos esta respuesta de lucha, huida o paralización ante
lo que consideramos una amenaza. Existe una parte de la población que tiene una mayor
vulnerabilidad a sufrir ansiedad, pero todos podemos aprender a gestionarla. Una de las claves
para tener la ansiedad a raya está en aquello a lo que otorgamos poder de amenaza.
Nuestro cuerpo diseñó la respuesta de ansiedad para ponernos a salvo de peligros reales, peligros
que amenazaban nuestra integridad y nuestra vida. Por ello, ante la interpretación de un peligro,
real o infundado, nuestro cuerpo se agita de una forma tremendamente incómoda, altera el pulso,
acelera el corazón, libera adrenalina, nos da vigorosidad, ganas de correr, palidecemos, nos entran
ganas de hacer pipí, sentimos que nos falta el aire o se nos cierra el estómago. La reacción está
justificada en el caso de tener que poner a salvo nuestra vida. Pero la reacción no está justificada
cuando la amenaza es perder a la pareja, fantasear con la idea de que nuestros hijos tendrán un
accidente en el autobús escolar, la idea de poder enfermar en un futuro y tener un cáncer galopante,
de perder el trabajo o no encontrarlo. Hemos terminando mal utilizando un recurso que nos ponía
a salvo. Ahora lo desencadenamos ante situaciones incómodas, que generan incertidumbre, pero
que requieren otro tipo de soluciones, no la de alterarse.
Las personas que habitualmente viven sin la incomodidad de la ansiedad, ¿cómo piensan, sienten
y actúan?
Tienen recursos para afrontar situaciones. Peligros, alrededor, tenemos todos. Pero hay
personas, que llegada la ocasión, se ven capaces de afrontarlos. Ya sea por su experiencia con el
pesado, por su capacidad de análisis o por su perseverancia. Ven los peligros como retos, no como
algo que vaya a dejarlos en el camino.
No anticipan y fantasean con lo peor que puede pasar. Si todos practicáramos este dramático
ejercicio mental, anticipar todo lo malo que puede ocurrir y en el peor de los escenarios, todos
terminaríamos desencadenando el miedo y la ansiedad. Muchas personas creen que obsesionarse
con el futuro desolador de alguna manera lo previene, pero no es así. En todo caso, lo potencia.
Porque aquello para lo que te preparas terminando enfocando tu mente en ello. Y al final terminas
viendo y encontrando lo que temes.
Aprenden a vivir con riesgo. Las reglas del juego de la vida implican riesgos, aventuras e
indecisiones. No sé en qué momento alguien inventó que para ser felices y estar tranquilos todo a
nuestros alrededor, dependa o no de nosotros, tuviera que estar bajo absoluto control. Hay que
aprender a convivir con “lo que tenga que ser, será” para muchas de las situaciones.
Utilizan el humor para gestionar momentos complicados. La vida es graciosa, pero nos
empeñamos en ver el lado más dramático. Reírse de los miedos nos confiere control. La risa es
una respuesta antagonista con la respuesta de ansiedad. No es frivolizar, es elegir el grado de
importancia que tiene algo inútil en tu vida. Nada más.
Se enfocan más en las soluciones que en la propia catástrofe. La persona que vive relajada
continuamente está pensando en qué soluciones tienen sus problemas, no en cómo les va a limitar
la vida. Imagina un trabajador autónomo que pierde parte de sus clientes. En lugar de pasarlo mal
pensando que ahora le costará llegar a final de mes, invertirá ese esfuerzo y energía en buscar
ideas para generar otros clientes y mercados posibles.
Practican técnicas que les ayudan a gestionar sus emociones: meditación, relajación,
respiración o visualización. La respuesta de ansiedad viene por la activación del sistema nervioso
simpático. También participa la amígdala, nuestro centro neurálgico del miedo. Estos ejercicios
permiten serenarnos y relajarnos, creando respuestas antagonistas que reducen el nivel de
activación del sistema nervioso.
Confían en los demás y en la ayuda que puedan prestarles. No se ven solos ante el peligro.
Además de responsabilizarse de sus vidas y de sus emociones, saben que cuentan con una red
social, familiar, de apoyo que podrán atenderles si sufren algún percance o si necesitan algún tipo
de ayuda. Sentirte protegido y apoyado por los demás es una manera de sentirte seguro.
Llevan una vida equilibrada con hábitos de vida saludables. Descansan, practican deporte y
comen de forma sana. El sueño repara nuestro organismo mientras dormimos. El ejercicio físico
ayuda a mantener el sistema nervioso controlado, libera endorfinas y dopamina y permite que nos
sintamos mucho mejor. Y la alimentación es nuestra gasolina. Si estos pilares los tienes
desordenados, difícilmente, por mucho que te relajes o pienses en positivo, puedas encontrarte
interiormente sano.
La persona serena no tiene una vía serena a su favor, lo que tienes es una actitud relajada ante la
vida. Vive con menos prisa y menos amenazas que los que sí sufren ansiedad.
Ser malpensado tiene un motivo racional: prevenirte de quien pueda herirte. Pero también acarrea
mucho sufrimiento. Las personas que esperan cosas negativas de los demás, como traiciones,
infidelidades o deslealtades, sufren más y no siempre se protegen mejor. Y también hacen sufrir al
otro.
Con tanta desinformación, con tanto vende humos, con tanto falso conocimiento, es normal que
terminemos malpensando. Aunque sea solo por proteger nuestra salud y la saturación de
información que recibimos. Así que uno de los motivos por los que la gente piensa mal de otros es
el hecho de que navegamos en un mundo en el que la información no está contrastada, un mundo
en el que todo vale. Esto ha llevado en muchas ocasiones al desengaño. Y lo malo del desengaño
es que funciona como la confianza, que una vez que se pierde, recuperarla es harto complicado.
Desconfiamos de lo que leemos y de lo que vemos. Lo que hoy dicen que es bueno para la salud,
mañana nos cuentan que era un estudio poco riguroso. Y al final todo es producto del marketing y
de los intereses económicos y comerciales de unos cuantos.
En este sentido deberíamos diferencia al malpensado, inflexible y terco que vive en un mundo en
el que todo es un engaño y en el que no se fía de nadie, de la persona flexible, que busca y fomenta
el pensamiento crítico, que está abierta a aprender, a contrastar y a ser rigurosa con lo lee y
escucha. Hay una diferencia entre pensar que todo es mentira y que todo el mundo te va a fallar y
quien busca la verdad o contrastar opiniones. El primero sufre, el segundo disfruta y se siente
orgulloso de su curiosidad y descubrimientos.
Al margen de la información, hay mucha persona malpensada debido a una escala de valores en
la que ha sido educada o que le viene fruto de sus experiencias. Cuando te educan en un ambiente
de sobreprotección, en el que tus padres te previenen de que tengas cuidado con la gente, que la
mayoría te clavará la puñalada trapera en cuanto pueda, que los amigos no son tan amigos como
uno cree, que quien puede te engañará, te saltará o te hará la cama, terminas por pensar que la
gente realmente es así, aunque no hayas tenido la experiencia directa. El problema es que si tu
mundo está montado sobre estas teorías, tendrás relaciones personales y profesionales distantes,
desconfiadas y superficiales. Si no te fías de la gente tampoco podrás ser franco con tus
sentimientos, con tu información y te costará compartir tu trabajo y tus ideas. Vivirás con el
desasosiego de que tarde o temprano la gente te va a fallar. Y eso sí es verdad, tarde o temprano,
alguien, en algún momento, te fallará. Pero alguien no es todo el mundo. ¿Te vas a privar de tener
relaciones francas, emotivas, profundas e intensas por el miedo a que alguien te falle? ¿No será
más sencillo actuar con un poquito de prudencia pero dando la oportunidad a la gente de mostrarse
cómo es? ¿Tú sueles fallar a la gente de forma intencionada, sueles ser desleal, timador o un pillo?
Imagino que no. ¿Por qué los demás iban a ser distintos, o por lo menos, la inmensa mayoría? Vivir
con miedo, desconfianza e incertidumbre forma parte de la vida, pero no con aquello en lo que igual
nos podríamos relajar. Acuérdate de tratar al que llega de nuevas a tu vida como si no tuvieras
experiencias negativas pasadas. Todo el mundo se merece un trato que parta de cero, que no
acarree las piedras de tu mochila. Como te gustaría a ti que hicieran contigo.
Hay un término medio entre ser prudente y ser desconfiando y malpensado. No se trata de que des
tus claves de todo nada más conocer a alguien, pero tampoco de que pongas a esa persona a
prueba continuamente o que no compartas información íntima que refuerza nuestros lazos
afectivos.
La factura que te pasa ser un malpensado es que vives con más sufrimiento y estrés que los que
tratamos de pensar que la gente es buena, con buenas intenciones, y que el mundo, dentro de sus
peligros, es un lugar en el que se puede vivir tranquilo.
Algunos consejos para vivir tranquilo pero sin miedo a ser siempre engañado.
Trata de no compartir al inicio de una relación o con gente poco cercana temas e información
que sean sensibles: datos muy personales como tus claves, etc.
Cundo tengas dudas de algo que te digan, actividad o plan que te propongan que suene mal,
pregunta. ¿Cuál es la intención, para qué hacemos esto, por qué necesitas esta información, para
qué la quieres? No te sientas obligado a compartir o realizar nada que te genere dudas, pero
tampoco te cierres en banda sin saber el motivo.
Trata de relacionarte con personas con una escala de valores similar a la tuya. Es la mejor
manera de que no te fallen. Cuando compartes valores, todo fluye.
Son miles de mensajes los que rondan por las redes sociales incitando a la gente a ser feliz, a vivir
mejor, a no sufrir, a hacer lo que les plazca, a vivir pasiones y a disfrutar profundamente de la vida.
A priori, el mensaje parece genial. Pero para muchos puede provocar el efecto contrario. Porque
no es cierto que todo sea actitud, que todo dependa de nosotros, que podamos cambiar la suerte
cada vez que queramos y que si nos ponemos al límite, todos los objetivos y sueños están a nuestro
alcance.
Muchas son las personas a las que este tipo de frases motivantes les lleva a sentirse fracasadas,
¡¡¡porque ellas no son capaces!!! O por sus miedos, o por su déficit en habilidades sociales, o
porque sinceramente tienen limitaciones, o físicas, o intelectuales o menos cantidad de dopamina,
serotonina o cualquier otro neurotransmisor o porque su cerebro no está configurado de la misma
manera que el de una persona más valiente y atrevida. Así que dejar todo el éxito en manos de la
actitud es una faena para muchos. Cuando lo hacemos, olvidamos el peso de la genética, que lo
tiene, el peso de las circunstancias que nos rodean, que lo tiene, el peso de la educación recibida
y el lastre que para algunos ha supuesto, que lo tiene, y muchos otros factores que también
intervienen. No todo es actitud. Incluso la suerte, la buena y la mala, también juega sus bazas.
¿Podemos cambiar cosas de nuestro alrededor para ser más felices? Por supuesto, pero no todo
ni a la velocidad que nos gustaría. No nos engañemos. ¿De qué nos podemos responsabilizar?
En primer lugar, de lo que depende de nosotros. Podemos elegir sobre nuestros hábitos de vida
saludables, el tipo de alimentación que queremos consumir, el tipo de actividades que deseamos
realizar, la formación que recibimos, las personas con las que nos relacionamos, los compromisos
y síes que damos o los valores con los que vivimos y guiamos nuestras vidas. Podemos elegir
muchas más cosas. Pero no siempre podemos realizar todo cuando nosotros lo deseamos. Una
reunión inesperada en el trabajo, el tráfico que impide que puedas comprar en el supermercado y
tener hoy ingredientes para hacerte una ensalada, tu amigo que no tiene ganas de salir a
correr…Puedes controlar lo controlable con un grado de flexibilidad. La flexibilidad es importante.
Nos permite adaptarnos a los cambios sin enfadarnos.
Podemos decidir cómo de compasivos y generosos queremos ser con nosotros mismos para
tener una vida más feliz y serena. Podemos decidir no tratarnos mal, ser respetuosos con nosotros
y aceptar los errores y las decisiones que tomemos. Sin más exigencia que la de estar a gusto con
uno mismo. Trata de ser algo más autocomplaciente y aprende a estar satisfecho con tu vida.
Podemos decidir tener un orden, una rutina, una filosofía de vida que rija la manera que
queremos relacionarnos con nosotros y con nuestra vida, de tal forma que nos la facilite, no que
nos exija.
Podemos decidir perdonarnos por no ser perfectos, incluso por ni siquiera intentar serlo.
No podemos elegir lo que otros deciden respecto a temas que nos afectan. Podemos negociar,
hablar, mediar, argumentar, pero no siempre podremos, por mucha actitud que tengamos, tener
razón o salirnos con la nuestra. Y esto no significa que no hayas sido lo suficientemente
convincente. Es que la gente también tiene derecho a elegir qué comer, qué planes hacer, qué
comprar y cuándo salir, entrar, verte o no hacerlo, qué pensar o cómo comportarse. Si te obcecas
en que seguir insistiendo te llevará a la meta con las personas, igual las saturas y terminas
quemando la relación.
No puedes controlar siempre tu nivel de energía y fuerza para realizar todo lo que deseas.
Hay veces que estás más flojo, más desmotivado, más vacío, más triste o simplemente sin ganas.
No fuerces la máquina. No todo es actitud. El respeto hacia nuestro estado emocional forma parte
del autoconocimiento. No son excusas, es darte un respiro y permitirte no hacer nada cuando tu
mente o tu cuerpo lo necesiten. A veces el nivel de exigencia contigo mismo es tan alto y el querer
llevar todo para adelante y ser perfectos, que impide que escuches las señales de tu cuerpo. Te
dicen que necesitas un respiro. No las malinterpretes, no eres vago, ni perezoso. Eres humano.
Y por supuesto, podemos dejar de atender los mensajes hiperpositivos e hiperoptimistas que solo
incitan y hacen sentir culpable a quien no tiene esa actitud las 24 horas del día sin siquiera ofrecer
herramientas que propongan como dar tanto cambio como exigen en sus frases. No eres una
farmacia de guardia, eres una persona.
Comer de forma serena es un estado mental... ¿lo entrenamos?
Por: Patricia Ramírez
Y como tal estado mental, hay que estar preparado entrenándose para conseguirlo. Comer es un
acto que podríamos disfrutar. Comer podría ser un acto elegido, tanto el momento, la cantidad como
el contenido. Comer podría ser una actividad que realizáramos con serenidad.
Comer tiene su parte adictiva. Y es que los alimentos cambian nuestro estado anímico. Todos
sabemos que los hidratos de carbono, la sal y el azúcar, nos hacen sentir bien liberando en nuestro
cerebro neurotransmisores relacionados con el bienestar, el placer y la recompensa. Nos sabemos
de memoria sus nombres, como si sentaran todos los días a la mesa con nosotros: dopamina,
endorfina, serotonina. Así que son muchas las personas que buscan modificar y controlar sus
emociones a través de la comida. La investigación afirma que el azúcar tiene mayor poder adictivo
que la cocaína. Personas con vidas estresantes y frustrantes que terminan ahogando las penas, no
en alcohol, pero sí en alimentos poco saludables y muy calóricos. La excusa que se ponen cuando
están dentro de ese bucle es “para la mierda de día que llevo, qué menos que poder disfrutar de
un buen rato y poder comerme el pastel a gusto”. Pero es un autoengaño, porque nunca disfrutas
del todo de algo de lo que luego terminas arrepintiéndote.
Es muy frustrante no tener la capacidad de autocontrolarse, tanto con la comida como con otros
objetivos que las personas se marcan. La falta de control nos hace sentirnos muy mal. Percibimos
que nos domina el impulso y que no tenemos fuerza de voluntad. Y sabemos que la fuerza de
voluntad es clave para alcanzar el éxito en la vida. Sin ella, no hay esfuerzo, no hay reflexión y no
hay trabajo. La falta de control con la comida nos lleva a no cumplir con una vida sana, con un peso
que nos haga sentirnos a gusto con nosotros mismos o con el propio respeto que deberíamos
tenerle a nuestro cuerpo tratándolo bien.
Todos podemos aprender a comer con serenidad. Lo primero es partir de un paradigma, de una
idea general de aquello que queremos en nuestra vida con respecto a la alimentación. No se trata
de tener un objetivo a corto plazo, sino de tener una filosofía de vida respecto a la forma de
alimentarnos. Perder peso será consecuencia de cambiar nuestros hábitos. Lo que buscamos es
aprender a respetarnos y poder elegir qué, cómo y cuándo queremos comer. Incluso elegir cuándo
hacer una transgresión y poder comer de forma limitada alimentos que uno se prohíbe
normalmente.
Tienes mucha información sobre dietas, alimentos saludables y los que no lo son. Sabes qué debes
eliminar de tu nevera y despensa. Sabes qué alimentos te aportan y cuáles no. La gente hoy en día
tiene un máster popular y conocimientos de todo tipo sobre qué alimentos contienen vitaminas,
minerales, proteínas, grasas buenas… Y si tuvieras dudas, por favor, en lugar de buscar en internet,
consulta libros o profesionales que estén cualificados para ello. La psicología, las ciencias del
deporte y la nutrición y dietética son de las profesiones con mayor intrusismo.
Pero a pesar de tener tanta información y conocimiento y de que somos seres muy racionales, no
parece que sea suficiente para llevarnos a actuar, comer con serenidad y de forma saludable.
Ninguna de estas razones médicas o dietéticas suelen ser suficiente motivación. Y es que dónde
manda corazón, no manda la ciencia…por desgracia. Y cuando el desamor, la frustración, la tristeza
o la ansiedad te piden que engullas, lo haces. No es que se te olvide lo que es perjudicial o lo que
no te conviene, solo que lo apartas de tu vida durante un rato. Antepones lo que te place o deseas
antes de lo que te conviene.
Aprender a decidir, ser libres con la comida y comer de forma serena, pasa por:
1.Olvidar la pérdida de peso como un fin. El fin es definir ese paradigma del que vas a partir, tu
nueva filosofía de vida respecto a tu forma de comer.
2.Atender a las señales del cuerpo. Si no es hambre, no comas. Si es hambre, come, pero elige
lo que te conviene. Y en cuanto sientas que estás satisfecho, para.
3.No dejes que coman tus emociones, trata de comer tú. Aprende a escuchar qué te dicen tus
emociones, ¿es pena, miedo, frustración, decepción? Primero pon nombre a la emoción y luego
trata de identificar qué o quién la está generando. ¿Tiene solución? Escribe qué puedes hacer por
sentirte mejor con esa persona o con la situación que te angustia. Si tiene solución, ponla en
práctica. Si no la tiene, tendrás que trabajar alguna técnica de aceptación. Pero la solución no está
en comer.
4.Aprende a convivir con un poco de hambre. No es peligroso. No tienes que saciar a cada hora
de la mañana o de la tarde tu necesidad de comer. Los tentempiés que te encuentras en el trabajo
o en tu casa suelen ser calóricos, como los chocolates, las galletas o los saladitos. Espera a que
sea la hora de sentarte a la mesa o lleva siempre encima algún puñado de frutos secos o una fruta
fácil de comer.
5.Acéptate tal y como estás en este momento. Ahora, así, eres perfecto. Puedes trabajar en los
cambios que desees, pero ahora ya estás bien. Solo podemos involucrarnos con nuestros cambios
cuando nos aceptamos de forma sincera. Deja de luchar contra ti mismo.
6.Trabaja tu autoestima desde otras áreas que no sea la de tu imagen y tu físico. Las personas
somos muchísimo más que un envoltorio. Somos el bombón completo. Tus kilos no te definen y tu
peso no dice nada de ti, salvo los juicios de valor gratuitos que te inventas. Eres una persona
maravillosa al margen de que no te gustes físicamente.
8.Organiza tu nevera y tu despensa. Ordena, tira lo que esté caducado y lo que no vayas a
comerte. Organiza también los menús de la semana y haz una compra semanal con todo lo que
necesitas. Es difícil seguir un plan para el que no tienes alimentos en casa.
9.Aprende a comer despacio. No hace falta que mastiques muchas veces, solo que apoyes los
cubiertos en el plato cada vez que lleves algo a la boca, saborea el alimento, crea un ambiente que
invite a comer tranquilo, como puede ser poner un par de velas, y come sentado. Muchas personas
comen rápido y de pie. Mereces disfrutar del momento. No necesitas una hora. Se puede disfrutar
del acto de comer con media horita o incluso veinte minutos.
10.Cambia la manera de relacionarte contigo respecto a este tema. Entierra todas las etiquetas
como “gordo, vago, perezoso, descontrolado, incapaz, nunca lo conseguirás, siempre estás igual”
y aprende a respetarte a través del trato que te das. Comas o no comas lo que debes, mereces un
respeto. Como lo harías con cualquier amigo.
El término fue acuñado en 1997, es decir, ¡¡HACE 20 AÑOS!!, por Larry Rosen y Michelle Weil y
se define como la adicción psicológica a la tecnología. Hace 20 años no teníamos WhatsApp,
Tuiter, Instagram. Ni mucho menos estábamos tan conectados como lo estamos ahora. La
dependencia y consecuente adicción en este momento es mayor y se inicia a edades más
tempranas.
Cuando uno es adicto a algo, ya sea sustancia, móvil o likes de una foto, dependes de ello. Es
decir, su estado emocional, su tranquilidad, su paz, su nerviosismo, su rabia, su frustración e
incertidumbre, dependen del tiempo que está en contacto y el uso que hace de lo que le produce
dependencia.
¿Por qué produce adicción la tecnología? Son varios los motivos. En el momento en el que realizas
una actividad que te activa, que te da placer, de la que esperas una respuesta, como puede ser la
contestación a un mensaje, a un correo, la superación de un nivel de un juego, tu cerebro pone
en marcha el sistema de recompensa. Y a través de un neurotransmisor que es la dopamina, te
enganchas. La dopamina te hace sentir bien y es la responsable del placer que se libera cuando
estás en contacto con el juego, con las drogas, el azúcar o con la tecnología, entre otros. El sistema
de recompensa y su dopamina están ideados de forma brillante para asegurar nuestra
supervivencia. Cuanto más apetitoso es un alimento, cuanto más placer tenemos con el sexo, más
nos apetece repetirlo, y así, sobrevivimos.
Otro motivo es la autoestima, que también depende de la tecnología. Millones de personas sienten
que cobran valor cuantos más “me gustas” reciban. Buscan agradar y ser reconocidos a través de
sus redes sociales. Se vanaglorian del número de followers que tienen, y convierten el arte de subir
fotos y el tipo de fotos en todo un estudio de doctorado. No lo hacen porque en este momento les
apetezca. Lo hacen porque es el momento de más tráfico, porque saben que en ese momento la
gente está más atenta o porque llevan tiempo sin colgar una foto y creen que es la ocasión para
despertar el interés. Cuando reciben crítica positiva y elogios, se sienten fuertes y poderosos. Pero
también ocurre lo contario cuando no se sienten aceptados o criticados. Y esto es tan válido para
los adolescentes como para muchas otras personas aparentemente maduras.
Las nuevas tecnologías también cubren una necesidad humana, la curiosidad. Nos gusta saber y
explorar. Las redes sociales e internet permiten tener información en cualquier momento y en
milisegundos. “Oye, te has enterado de…” - “Por supuesto que sí”. De hecho, nada de lo que ahora
cuentes es sorpresivo, todo el mundo está al día de todo y de todos. Yo, que soy muy despistada,
un año me enteré el 31 de diciembre, en el resumen de final de año que hacía Canal Plus, del
accidente de Carlos Sainz a 500 metros de la meta. Recuerdo que estaba enferma y mis amigos
salieron a tomar algo. Cuando llegaron al medio día les conté la noticia como si fuera la bomba y
ellos no daban crédito de que no me hubiera enterado en su momento. “No sabéis lo que le ha
pasado a Carlos Sainz llegando a la meta…”. Entre mis amigos fue la gran risa. Esta situación
ahora no podría volver a vivirla. Es imposible que no me entere ahora de algo. Estamos inundados
de información. Lo quieras o no, te enteras. La tecnología ha anulado mi capacidad de ser
despistada. En cambio, era súper cuidadosa con todos los cumpleaños de la gente, de mis amigos,
familia, de los futbolistas con los que he trabajado. Y me encantaba felicitarlos el día de su cumple,
era algo especial para mí. Ahora ya no lo hago, encuentro que no tiene mérito alguno. Ya no
necesitas recordarlo, basta con que abras el Tuiter o el Instagram y ahí salen todas las
felicitaciones.
Nos enganchamos también a la inmediatez, a la prisa, pensando así que vivimos más, que nos
adelantamos y que ganamos tiempo. Pero lo que ganamos es estrés.
Otra variable adictiva es el contacto con la gente. Los amigos nos hacen sentir bien, nos hacen
sentir parte de algo. A través de la tecnología es muy fácil tener miles de amigos. Aunque en la vida
real no lleguen ni a categoría de conocidos. Yo me he sorprendido de oír hablar a personas sobre
otros seguidores que tienen en las redes y al hablar con esos seguidores decirme que apenas los
conocen. La gente se está creyendo que tiene amigos de verdad y lo peor es que se comportan
como si lo fueran. Comparten intimidades, imprudencias, hablan del otro sin siquiera preguntar si
al otro le gustaría estar en ese tema de conversación. Y otro dato importante: mucha gente se cree
algo por ser amiga de Fulanito o Menganito. Las amistades se trabajan, se cuecen, se alimentan,
se viven, se discute, se achucha, se besan, se apoyan, pero no se frivolizan por las redes sociales.
Siento deciros que no tenéis miles de amigos, tenéis miles de personas a las que les agrada
compartir cosas con vosotros, a las que les gusta lo que cuelgas, a las que puedes inspirar o reírte
con ellos, pero no son amigos como tal. Si crees que ellos son tus amigos terminarás un día por
esperar cosas que no te van a poder dar y con ello sentirte tremendamente vacío. Y ojo, que gracias
a las redes sociales sí es cierto que hay personas que se han conocido a un nivel más personal y
esto ha permitido fomentar y entablar una relación que puede acabar en amistad, pero esto es otro
tema.
Podemos saber que una persona sufre tecnoestrés cuando necesita continuamente tener el último
modelo de móvil u ordenador, cuando tiene la necesidad de estar todo el rato conectado a la
tecnología, cuando le interfiere con su trabajo, sus amigos o con su vida social, cuando siente
malestar si no consulta continuamente el correo, los mensajes o las redes sociales. Estas personas
terminan comportándose, sobre todo los jóvenes, con irascibilidad, impulsividad y asilándose del
mundo real.
Como toda adicción o dependencia, necesita un tratamiento. Aquí te facilito algunas pautas:
1.Establecer normas en casa, para todos los miembros de la familia, basadas en el consumo
razonable de la tecnología. Decidir en qué horas habrá momentos de desconexión tecnológica,
como son las horas de convivencia en la comida, cena, desayuno, las horas de estudio, el momento
en el que se descansa conjuntamente en el sillón o en la cama.
2.Apagar el teléfono a partir de una hora de tal forma que no estés siempre disponible. Hay
personas que están obsesionadas con su trabajo y creen que si no cogen la llamada de un cliente
a las once de la noche, lo perderán. Sinceramente, ese es un cliente que deberías perder por
iniciativa propia. Decide cuál es tu momento de descanso y comunica a la gente que a partir de esa
hora tu teléfono permanecerá apagado.
3.Los mensajes y correos entran en el teléfono cuando la persona los manda y la cobertura
lo permite, pero contestarlos es algo que tú decides cuándo. No estás obligado a contestar de
forma inmediata. Cuanto antes acostumbres a tu círculo a que eres tú el que decides los tiempos
de reacción, antes te sentirás libre.
5.Dado que el teléfono y las nuevas tecnologías fomentan el cerebro multitarea, entrena tu
atención para estar en el presente. Haz una cosa a la vez, apúntate todo lo pendiente, organiza
tu tiempo y practica alguna técnica de meditación.
6.Realiza actividades que compensen la ansiedad que pueda generarte estos cambios:
ejercicio físico, comer de forma saludable, practicar una afición, escuchar música, una técnica de
relajación muscular, yoga o quedar con gente.
7.Sé un modelo de conducta de lo que deseas para ti. Si quieres que te presten atención durante
una conversación, sé el primero en hacerlo con los demás. Mira a los ojos, practica la escucha
activa, pregunta a la persona. Nadie desea compartir su conversación contigo y con tu móvil.
Recuerda, tres son multitud.
Hay gente sencilla a nivel cognitivo y otra más compleja. Hay gente que piensa mucho y otra que
no da vueltas a las cosas. ¿Pensar mucho es negativo? Si hablamos en términos de sufrimiento,
seguramente aumenta la probabilidad. Pensar mucho, refiriéndonos con ello a darle vueltas a las
preocupaciones una y otra vez, rumiar, querer controlar, anticiparnos, predecir o buscar soluciones
de forma descontrolada, puede hacerte dudar y genera ansiedad. Por el contrario, un pensamiento
relajado, que acepta la incertidumbre, que fluye, permite vivir con más serenidad.
Los motivos de por qué algunas personas piensan de más pueden ser diversos:
-Sentirse inseguros. Estas personas tratan de que no se les escape valorar todos los peligros, las
alternativas o las posibles soluciones. Quieren dar en el clavo y no fallar. Y como no siempre la
solución es evidente, piensan, repiensan y vuelven a pensar. Le dan tantas vueltas a la toma de
decisiones, que lo que en un principio les parecía bien termina por generar dudas.
-Querer tener el control absoluto. El control nos da seguridad, pero la vida tiene su parte de
incertidumbre y de misterio. Muchas son las situaciones que se escapan a lo que podemos
controlar. Y cuando empiezas a pensar en todo lo que te preocupa pero no depende de ti, puedes
terminar dándole vueltas a la pescadilla que se muerde la cola pero sin encontrar soluciones.
-Tener un trastorno obsesivo. Te lleva a querer razonarlo todo de forma incontrolada, le das
vueltas a la ideas una y otra vez, tratas de comprobarlo todo y en muchos casos, terminas
realizando rituales (como ordenar de forma excesiva, tocar madera) que reducen
momentáneamente la ansiedad de lo que te preocupa, pero que al rato vuelve a resurgir.
-El cerebro multitarea. La idea de que eres más eficaz cuando abarcas varios temas a la vez te
lleva a tener la mente en varios temas pero a no estar atento y concentrado con ninguno.
Distánciate. Como explica Russ Harris en su libro La trampa de la felicidad, existen preocupaciones
de las que no podemos ocuparnos porque su solución no depende de nosotros en ese momento.
Así que prestar atención a esas preocupaciones hará que solo se repitan más y nos hagan sufrir.
Trata de no hablar con esas ideas, da las gracias a tu mente y lleva tu atención al momento
presente. Con una sola vez que practiques este ejercicio no será suficiente para que puedas coger
el hábito de distanciarte de tus ideas. Lo ideal es convertirlo en una filosofía de vida.
Haz ejercicio. Cuando la cabeza empiece a centrifugar, ponte la ropa de deporte y sal a correr, a
caminar o baila dónde estés. El ejercicio calma la mente y permite pensar con más serenidad.
Aprende a decidir con un margen de error. No pasa nada. La mayoría de las veces te puedes
equivocar y no pasa nada. Entiendo que no tengas ese margen de error si eres el responsable en
la NASA de lanzar el próximo cohete al espacio. Pero la mayoría de los que se agobian con su
pensamiento se pierden tomando decisiones hasta con la ropa que van a ponerse, si llaman a
Fulanito o no lo llaman o si van a tal evento o no lo hacen. Suelen ser decisiones banales que de
equivocarte no suponen un gran riesgo en tu vida.
Tú no eres tus pensamientos, tú eres tus acciones. Si los pensamientos te invaden, piensa que
en gran parte permanecen en tu mente gracias al valor que les das. Te hacen dudar, te dicen que
no vales, que fallarás, te hablan del “y si…”y tú los escuchas como si fueran verdades absolutas. Y
entonces sufres, razonas, haces juicios de valor, te defiendes de ti mismo. Cuando tengas
pensamientos de este tipo, obsérvalos, deja de hablar con ellos y piensa que no te definen, no dicen
nada de ti.
Anota lo que te preocupa. Ten a mano una lista de preocupaciones, de tal manera que le puedas
dedicar diez minutos al día para pensar en ello. Pero no más, diez minutos. Lo que no puedes
permitir es dedicarle esos diez minutos mientras estás comiendo y disfrutando, trabajando, estando
con amigos. Tú decides cuando pensar en tus preocupaciones y el tiempo que les vas a regalar.
Pide otro punto de vista. Es bueno contar con la perspectiva de otras personas, nos pueden dar
consejos, abrir los ojos o flexibilizar y relativizar la preocupación.
Busca distracciones. Cualquier actividad que atrape tu atención puede ser un buen sustituto de
la tormenta que te tiene ahora enganchado: un juego en el móvil, ordenar cajones, hacer el menú
de la semana, escribir, leer, ver la tele, salir a pasear.
Estate en el presente. Una tarea a la vez. Aprende a trabajar, relacionarte y disfrutar de tu tiempo
de ocio estando en el aquí y en el ahora. Conéctate con el momento, con la mente, el cuerpo y los
sentidos.
Pensar es genial. Permite tener control, anticipar, planificar. Pensar es un lujo, pero decide cuándo
y cuánto te va a hacer sufrir.









