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ENTRE-Nos. CAUSERIES DEL JUEVES POR LUCIO V. MANSILLA. l. BUENOS AIRES CASA EDITORA DE JUAN
ENTRE-Nos.
CAUSERIES DEL JUEVES
POR
LUCIO V.
MANSILLA.
l.
BUENOS AIRES
CASA EDITORA DE JUAN A. ALSINA, MtxlCo 14 22 .
1889.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. Al señor don BenJamln Pos.e. 1. • Tout
LOS SIETE PLATOS
DE ARROZ CON LECHE.
Al
señor
don
BenJamln
Pos.e.
1.
• Tout bistodcn doit etro
mODtour do bonno Coi.'
D ESDE que empecé á filosofar, ó á preo-
cuparme un poco del porqué y del cómo de
las cosas, empezó á Ilamarme la atención
que historl'a, es decir, que la palabra sub-
rayada" tuviera no sólo muchas definiciones
hechas por los sabios,' sino también opuestos
significados.
. .
Cicerón, decia: que era el testigo de los
tiempos, el mensajero de la· antigüedad;
F onteneIle, fábulas convenidas, y Bacón !elato
de hechos dados por ciertos.
. Hay, como se ve, para todos los gustos,
inclinaciones y criterios, - tratándose de lo
que se llama historia en se"ntido elevado; y
de ahí viene, sin duda, que historia implique
también su poquiIIo de mentira, como cuan-
CAUSEIUE. 120 do e'xclamamos: eso no es más que una historia; ó: nó se,fior, astá
CAUSEIUE.
120
do e'xclamamos: eso no es más que una
historia; ó: nó se,fior, astá Vd.
ahQra le voy á contar la historia de ese negQ-
do, de la glQrificación del personaje A ó B.
Puede ser que sea cierto que la historia
de un hombre no es muchas veces más que
la de las injusticias de algónos, aunque hay
ejemplos modernísimos en la historia, y bien
podría probarse con una apoteósis , ( 1 ) - que
la historia de alguien es la de sus contradic-
ciones é incoherencias, la de sus ingratitudes
é injusticias contra todos, por más que en
su vida' haya ciertos rayos de luz que
minen el cuadro de alguna buena manía
trascendental.
De modó que, allí vá eso, Posse amigo,
á manera -de zarandajas históricas, sintiendo
que la pluma deficiente, no pueda, comp
pincel de artista manco, vivificar el cuadro;
puesto que, no viéndonos las caras, en es«
momento, faltan la voz, el gesto y la acción
-' eso que el oradcr antiguo llamaba Ijuas
,
sermo
( 1)
Alusión de circunstancias. -
N. del E.
LOS SIt.'TE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 1 2 I • Nada más que como
LOS SIt.'TE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
1 2 I
Nada más que como un muchacho que
tiene ojos para v<-1it pues no asociaba toda-
vía ideas, yo recorrido ya el Asia, el
África y la Europa, cuando estando en Lon-
dres, donde me aburría enormemente, por
haber pasado antes por París, que es la
gran golosina de los viajerOl; jóvenes y
viejos, -recibí la noticia, muy atrasada, co-
mo que entonces no había telégrafo y eran
raros los vapores, de que Urquiza se había
sublevado contra Rozas.
. Yo no pensaba entonces sino en gastarle
á mi
padre su di1}ero, lo mejor posible; y
de-buena fe creía, como á él mismo se lo
observé en cierta ocasión, que era econó·
mico porque todo, todo lq apuntaba,-ha-
biendo heredado de mis queridísimos pro-
genitores el atavismo de ciertas prolijas
minuciosidades. Cuando me veía muy em·
barazado para justificar las entradaS con las
salidas, hacía como el estudiante de marras,
que, teniendo doscientos francos de pensión
y necesitando cómo los había
gastado, salía del paso anotando: cinco
francos á la planchadora: noventa de pensión,
CAUSERIE. 122 cinco para textos, diez de velas y novmta de allumettes chz'rrtz'qztes. • Esa
CAUSERIE.
122
cinco para textos, diez de velas y novmta de
allumettes chz'rrtz'qztes. •
Esa noticia me hizo el mismo efecto
qué
voy á decir? Si no hay comparación adecua-
da posible, porque para mí Urquiza y Rozas,
Rozas y Urquiza eran cosas tan parecidas
como un huevo á otro huevo. Bueno; diré
que me hizo el mismo efecto, que le haría
á Miguel Ángel, el hijo del doctor ]uárez
man, si mañana le llegara á Londres la estu-
penda, inverosímil nueva de que en Córdob<l;
había estallado' una revolución, encabezada
por su tío Marcos.
No pensé sinó en volver á los patrios
lares. De la política se me daba un ardite,
no entendía jota de ella. Pero un instinto me
decía que mi familia, - esto era
todo para mí, - corría peligro, y me vine sin
.permiso, cayendo aquí como una bomba en
el paterno hogar.
Esto era hacia fines del mes de Diciembre
de 1851.
De allá
á
acá,
Buenos Aires
se
ha
tras-
formado
el
cambi¿ es
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 12 3 completo en lo material, en lo
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
12 3
completo en
lo
material, en lo
físico,
en
lo
moral, en lo intelectual.
No me
voy
á
detener en
esto
sino
un
instante; lo dejo para cuando le llegue el
turno á Legarreta, á quien le tengo ofrecida
una Causerie, que tendrá por título: «Tipos
de otro tiempo.»
Pero, para que se tenga una idea de
nuestra transformación, diré que cuando me
c!csembarcaron, - pasando por esta serie de
operaciones (el cambio en esto no es muy
grande) la ballenera, -el carro, la subida á
babucha, -los pocos curiosos que estaban
en la playa me miraron y me siguieron,
como si hubieran desembarcado un animal
raro. Verdad, que el público es así: el mismo
de curiosidad que lo á ver
un ".elefante, lo hace apresurarse á oir. al
orador tal ó á ver el entierro cual. No hay,
pues, que juzgar los sentimientos popula-
res íntimos por la aglomeración de la mul-
titud.
Yana traía, sin embargo, nada de extraor-
din;vio, á no ser que lo fuera el venir vestido
á la francesa, á la última moda, á la pari-
CAUSERIE. 1 2 4 siense, con un airecito muy chic, que después dejé, por razones
CAUSERIE.
1 2 4
siense, con un airecito muy chic, que después
dejé, por razones que se contarán en su día,
- con sombrero de copa alta puntiagudo,
con levita muy larga y pantalón muy estrecho,
que
era el entonces en boga, tanto. que,
recuerdo que en un vaudeville se decía por
uno de los interlocutores, hablando éste con
su sastre: «Faites-moi un pantalon tres collant,
mais trés - colIant; je vous préviens que si je y
entre, je ne vous le prendrai pas
Los curiosos me escoltaron hasta mi casa
d·onde recién supieron que yo había vuelto
cuando entraba en ella; pues como mi reso-
lución de venirme fué instantáneamente puesta
en práctica, no tuve medio de anticiparles
»
á mis padres la sorpresa que les preparaba.
El gusto que ellos tuvieron al verme fué
inmenso. Me abrazaron, me besaron, me mi-
raron, me palparon, casi me comieron; y
criados de ambos sexos salieron en todas di-
recciones para anunciarles á los parientes y
á los íntimos que el niño Lucio había llegado,
y cosa que ahora no se hace, porque se
cree menos que entonces en la Divina¡ro-
videncia, se mandó decir una misa en la
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 12 5 iglesia de San Juan, que era
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
12 5
iglesia de San Juan, que era la que queda-
ba, y queda, cerca de la casa solariega.
Los momentos eran de agitación. Anibal
estaba ad-portas, ó lo que tanto vale, según
el lenguaje de la época, el «loco, traidor,
salvaje unitario, Urquiza», avanzaba victo-
rioso; mas eso no impidió que hubiera gran
regocijo, siendo yo objeto de las más finas
demostracipnes,- no tardando en llegar las
f\:lentes de dulces, cremas y pasteles con el
mensaje criollo tan consabido: «Que cómo
está su merced; que se alegra mucho de la
llegada del niño, y que aquí le manda esto
por ser hecho por ella. »
En medio de aquel regocijo, yo era el más
feliz de todos; porque si es cierto que los más
felices son los que se van, cierto qebe ser
también que el más dichoso de todos es el que
vuelve.
y se comprende que, dados los antece-
dentes de mi prosapia y de mi filiación, yo no'
había de tardar mucho en preguntar: «y cómo
está mi tío? y cómo está Matiuelita?» y que
la contestación había de ser como fué: «Muy
bucnos, mailana irás á saludarlos. )
CAUSERIE. Yo no veía la hora "de ir á Palermo ; y me devoraba la
CAUSERIE.
Yo no veía la hora "de ir á Palermo ; y me
devoraba la misma impaciencia que tenía por
ver las pirámides de Egipto, cuando estaba
en el Cairo, ó San Pedro en Roma, cuando es-
taba en la Ciudad Eterna.
Pero era necesario darse un poco de
luégo, una madre que recupera á su hijo no se
desprende tan fácilmente de él, sobre todo,
una madre como la mía, que, por la.intensidad
de sus afectos, que por su educación y tantas
otras circunstancias, era moralmente imposible
que viera claro en la situación, -no obstante
los sermones de mi padre, á cuya perspica-
cia no podía escaparse que estábamos en
vísperas de una catástrofe.
Descansé,pues, y al día siguiente por la
tarde, monté á caballo y" me fuí á Palermo á
pedirle á mi tío la bendición.
No sé si padezco en esto la misma aberra-
ción del que, al comparar la iglesia de su al-
dea con la basílica monumental de la diócesis
metropolitana, encuentra· que las diferencias
de tamaño, de elegancia y esplendor, no son
tan como él se imaginaba. Pero
el hecho es, que el Palermo de entonces me
tos SIETE PLATOS DE ARROZ eÓN LECI-iE. i 27 parecía á mí más bello, bajo
tos SIETE PLATOS DE ARROZ eÓN LECI-iE.
i 27
parecía á mí más bello, bajo ciertos aspectos,
que el Palermo de ahora. A
no dudarlo, el
suelo del Palermo de entonces era mejor que
el suelo del Palerrno de ahora, - como el Pa-
lermo de entonces incuestionablemente tenía
un aspecto más agreste, más bosque de
Boulogne que el de ahora, y en el que la si-
metría, hasta para pasearse, comienza á ser
de una numotonía insoportable.
serían como las cinco de la tar-
de, hacía calor, no había nadie en las casas;
en esas casas que todavía persisten, como
tantas otras antiguallas, en mantenerse sobre
sus cimientos, ahogándose dentro de sus mu-
ros los pobres alumnos del Colegio Militar. (Al
Diablo no se le ocurre, pero se le ocurrió á
Sarmiento poner un Colegio de esa. clase en
un parque). (1) La niña, (era su nombre po-
pular) me dijo alguien, porque yo pregunté
por Manuelita, está en la quinta.
Dejé mi éaballo en el palenque y me fuí á
buscar á Manuelita; á la que no tardé en ha-
( 1 )
« Al Diablo no
se le ocurre » será, el título de
Un futuro folletín sobre don Pedro de Angelis_
CAUSER1E. 128. llar. Estaba rodeada de un gran séquito, en lo que se llamaba el
CAUSER1E.
128.
llar. Estaba rodeada de un gran séquito, en
lo que se llamaba el jardín de las magnolias,
que era un bosquecillo delicioso de esta planta
perenne, -los unos de pié, los: otro!:l sentados
sobre la verde alfombra de césped perfec-
tanlente cuUlado; pero ella tenía á su lado,
provocando las federales, y haciendo
con su gracia característica todo amelcochado
el papel de cavalz'cre serven/e,
al
juris
consulto don Dalmacio Vélez Sarsfield
.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 11. ( Contimtadó1Z). P ALERMO no era un
LOS SIETE PLATOS
DE
ARROZ
CON
LECHE.
11.
( Contimtadó1Z).
P ALERMO no era un foco social inmundo,
como los enemigos de Rozas lo han pre_
tendido,-por más que éste y sus bufones, se
sirvieran, de cuando en cuando, de frases natu-
ralistas, chocantes, de mal género, pues Ro-
zas no era un temperamento libidinoso, sino un
neurótico obsceno, que Esquirol mismo se ha-
bría hallado embarazado, si hubiera tenido que
clasificarlo, para determinar sus afecciones
mentales de origen esencialmente cerebral.
Manuelita, su hija, era casta y buena,-y
lo mejer de Buenos Aires. la rodeaba, por
adhesión ó por miedo, por lo que se quiera,
inclusive el doctor Vélez Sarsfield, que ya he-
mos visto rendido á sus pies, vuelto de la
emigración,' como tantos otros, que ó deses-
D
CAUSERIE. 13 0 . Sirve para hacer la felicidad de una familia, la de un
CAUSERIE.
13 0
.
Sirve para hacer la felicidad de una familia,
la de un partido ó la de la patria. Rozas no
hizo nada de ésto. Y no sólo no lo hizo, sino
que se dejó derrocar por. uno de sus tenientes,
que le arrebató una gloria fácil, que él habría
podido alcanzar constituyendo el país, sin el
auxilio del extranjero, haciendo posible quizá,
que se olvidaran sus torpezas y la realización
de la única idea trascéndental, que á mi juicio
vagaba en su caQeza: reconstruir el virreinato,
ensanchando los límites de la Re-
pública actual.
peraban, ó estaban cansa,dos de la lucha contra
aqud poder personal irresponsable, que' todo
lo avasallaba.
No tengo por qué callarlo y nb lo callaré; el
gobierno de Rozas fué estéril, y no puedo ser
partidario suyo, como es uno partidario teq-
ricamente, en presencia de personajes históri-
cos, que pueden llamarse Sila ó Augusto.
El gobierno no sirve más que para tres co-
sas;' no se ha descubierto' hasta ahora que
sirva para más.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 131 Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fué todo
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
131
Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fué
todo uno; los circunstantes me Íniraban como
un contrabando.
Mi facha debía discrepar considerablemente,
con mi traje á la francesa, en medio de aquel
cortejo de federales de buena y mala ley, co-
mo
el doctor Vélez Sarsfield. Porque yo, con
mi
pseuda corteza europea, no obstante ser
verano, me había abrochado hasta arriba la
levita, para que no se me viera el chaleco
colorado, el cual me hacía representar, á mis
propios ojos, el papel de un lacayo del fau-
bourg Saint-Germain, por cuyos salones habí<l;
pasado, -siendo ellos presentado cuast
cuasi, como un principito de sangre real.
Me acuerdo que fué el capitan Le Page ( I )
ge,
el que en ellos me introdujo, preséntándome
en casa de la elegante marquesa de La Gran-
-
con .cuyo nombre he dich9 todo.
Aquí viene, como pedrada en ojo de boti-
ca1-io, contar algo; lo contaré.
La marquesa, que era charmantc y que, in-
Estuvo en el Río de la Plata, con una misión,
y me conoció en casa de mi madre, donde visitaba.
(
1
)
CAUSERIE. dudablemente, me halló apet.itoso, pues yo era á los diez y ocho años mucho
CAUSERIE.
dudablemente, me halló apet.itoso, pues yo era
á los diez y ocho años mucho más bonito que
mi noble amigo Miguel Cuyar, ahora, invitóme
á comer y organizó una. fiesta para exhibir)TIe,
ni más ni menos que si yo hubiera sido un in-
dio, ó el hijo de algun nabab, según más tarde
lo colegí, porque terminada la comida hubo re-
cepción, -- y yo oía, después de las presen-
taciones de estilo, que les belles dames de-
cían: « Comme il doit etre beau avec
pluQ1es. »
ses
. Naturalmente, yo, al oir aquel beau, me pa-
voneaba, je posais, expresión que no· se
duce bien; pero al mismo tiempo decía en mi
interior: Iqué bárbaros son estos franceses I
Volvimos,; del jardín de las
magnolias á los
salones de Palermo. Manuelita recibía, donde
ahora está el gabinete de física del
Militar. Una vez allí, le repetí que quería ver
á
mi tío: ella salió, volvió y me dijo: Ahora
te
recibirá. Se fueron á comer. Yo no quise
aceptar un asiento en la mesa, porque en mi
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 1 33 • casa me esperaban y porquepo
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
1 33
casa me esperaban y porquepo contaba con
que .aquel ahora
sería como el vuelva usted
mañana de Larra,-ó como el mañana de
nuestras oficinas públicas (que no en balde
tenemos sangre española en las venas), un
maiiana, que casi nunca llega ó que cuando
llega ya es tarde, - otro le ha soplado á uno
la dama.
Yo esperaba y
ban y pasaban
las horas pasa-
no sé si me atreví á inte-
rrogar, pero es indudable que alguna vez debí
mirarla á Manuelita como diciéndole:
¿y ?
Y q!le Manuelita debió mirarm.e, como con-
testándome: Ten paciencia, ya sabes lo que es
tatita.
Allá, como á eso de las once de la noche,
ManueIita, que era movediza y afabilísima,
salió y volvió reiteradamente, y con una de
esas caras tan expresivas en las que se lee un
« por fin», me dijo: Dice tatita que
y 'sirviéndome de hilo conductor, me condujo,
como Ariadna, de estancia en estancia, hacien-
do zigs-zags, á una pieza en la que me dejó,
agregando: Voy á decirle á tat,ita
Si mi memoria no me es infiel, la pieza esa,
CAUSERIE. 134 It quedaba en el. ángulo del edificio que mira al naciente: era cuadrilonga,
CAUSERIE.
134
It
quedaba en el. ángulo del edificio que mira
al naciente: era cuadrilonga, no tenía alfom-
bra sino baldosas relucientes; en una esquina,
hé,lbía una cama de pino colorado con colcha
de damasco colorada también, á la cabecera
una mesita de noche, colorada; á los piés una
silla colorada igualmente; y casi en el medio
de una habitacion una mesa pequeña de. caoba,
con carpeta de paño de grana, entre dos sillas
; de esterilla coloradas, mirándose, y sobre ella
dos candeleros de plata bruñidos con dos bu-
jías de esperma, adoriladas con arandelas ro-
sadas de papel picado.
No había más, estando las puertas y venta-
nas, que eran de caoba, desguarnecidas de
todo cortinaje.
Yo me quedé de pie, conteniendo la respi-
ración, como quien espera el santo adveni-
miento; porque aquella personalidad terrible
producía todas las emociones del carilío y del
temor: Moverme, habría sido hacer ruido,
- y cuando se está en el santuario, todo ruido
es corno una profanación, y aquella mansión
era, en aquel entonces, para mí algo más que
el santuario. Cada cual debe encontrar de·n-
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 135 tro de s( mismo, al leerme, 1;)
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
135
tro de s( mismo, al leerme, 1;) medida de mis
impresiones, - en medio de esa desnudez se-
vera, casi sombría, iluminada apenas por las
llamas de las dos bujías transparentes, que ni
siq'uiera se atrevían á titilar.
Reinaba un silencio profundo, en mi imagi-
nación al menos'; los segundos me parecían
minutos, horas los
Mi tío apareció: era hombre alto, rubio;
Llaneo, semi-pálido, combinación de sangre y
lO de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de
gran talla j de frente perpendicular, amplia,
rasa ·como una plancha de mármoi fría, lo
mismo que sus concepciones j de cejas no muy
guarnecidas, poco arqueadas, de movilidad di- .
fícil j de mirada fuerte, templada por el azul
de una pupila casi perdida por lo tenue del
matiz, dentro de unas órbitas escondidas en
concavidades insondables j de nariz grande,
a.filada y correcta, tirando más nI griego que
al romano j de labios delgados casi cerrados,
CAUSERIE. como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin
CAUSERIE.
como dando la medida de su reserva, de la
firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba,
perfectamente afeitado, de modo que, el juego
de sus músculos era perceptible. Sería cruel,
no parecía disimulada aquella cara, tal como
á mí se me presentó, tal como ahora la veo,
al través de mis reminiscencias infantiles. Era,
incuestionablemente, una mistificación, en la
que Lavater, con toda su agudeza de obser-
vador, no habría acertado á perfilar la silueta
siniestra en su evolución transformista de fa-
nático implacable lleno de ternezas.
Agregad á esto lIna apostura fácil, recto
el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo'
estudiado, una cierta corpulencia del que toma
su embonjoz'nt, ó sea su estructura definitiva,
un traje que consistía en un chaquetón de
paño azul, en un chaleco colorado, en unos
pantalones azules también; añadid unos cue-
llos altos, puntiagudos, nítidos, y unas manos
perfectas como forma, y todo limpio hasta la
pulcritud,- y todavía sentid y ved, entre una
sonrisa que no llega á ser tierna, siendo afec-
tuosa, un timbre de voz simpático hasta la
seducción, -y tendréis la vera efigies del
.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECI-IE. 137 bre que más poder ha tenido en
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECI-IE.
137
bre que más poder ha tenido en América
y cuyo estudio psicológico i1t extenso sólo
podré hacer yo; porque soy sólo yo el único
que ha buscado en antecedentes, que ótros
no pueden conseguir, la explicación de una
naturaleza tan extraordinaria· como ésta.
y digo extraordinaria, porque solamente
se explica su dominación, sin men-
gua para este pueblo argentino, que alter-
nativamente le y le abandonó, - hasta
dar en con él, protestando contra sus
desafueros, que eran un anacronismo en
presencia de los ideales qúe 11Ivieron en vista
nuestros antepasados al romper las ca'denas
de la madre patria, de esa España, que no
fué, sin embargo, madre desnaturalizada, pues
nos dió todo cuanto podía tlarnos, después
de los
gobiernos de los
Felipe 11.
,
••••••••••••••••
"o'
•••
Así que mi tío entró, yo hice lo que habría
hecho en mi primera edad; crucé los brazos
y le dije, empleando la: fórmula patriarcal, la
misma; mismísima qu e empleaba con mi pa-
CAUSERIE. dre, hasta que pasó á mej<?r La bendición, mi tío I y él me
CAUSERIE.
dre, hasta que pasó á mej<?r La bendición,
mi tío I
y
él me contestó:
-Dios lo haga bll.enO, sobrino! - sentáR-
dose incontinenti en la cama, que antes he
dicho había en la estancia, cuya cama (la
estoy viendo), siendo muy alta, no permitía
que sus pies tocaran en el é insinuán-
dome que me sentara en la silla, que estaba
al lado.
Nos sentamos
'. hubo un momento de
pausa, él la interrumpió diciéndome:
-
Sobrino, estoy muy contento de us-
ted
Es de advertir que era buen signo, que
Rozas tratara de usted; porque cuando de
tú trataba, quería decir que no estaba con-
tento de su interlocutor, ó que por alguna
circunstancia del momento fingía no estarlo.
Yo me encogí de hombros, como todo
aquel que no entiende el por qué de un COli-
tentamiento.
- Sí, pues, agregó: estoy muy contento
de usted (y esto lo decía balanceando las
piernas, que no alcanzaban al suelo, ya lo
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 139 dije) porque me han dicho -' y
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
139
dije) porque me han dicho -' y yo
había lle-
gado
recién
el
dia· antes
Iqué
buena
no
sería
su. policía 1-
que usted
no
ha- vuelto
agringado.
Este agringado no tenía la significación
vulgar; significaba otra cosa, - que yo no
habíf-l vuelto, y era la verdad, preguntando
como tantos tontos que van á Europa baúles
y vuelven petacas: ¿y comment se llaman éste
chose bianqui que ponen las galin?-por no
decir huevos, 6, esta cosa que se ponen en
las manos, por no decir guantes?
Yo había vuelto vestido á la france!;ia, eso
sí, pero potro americano hasta la médula de
los huesos todavía, y echando unos ternos,
que era cosa de taparse las orejas: el traje
había me vestía como un europeo;
pero era tan criollo como el· Chacho, el cua1,
estando emigrado en Chile (en Chile que no
es Europa, á Dios gracias) y preguntándole
como le iba, contestó: Y cómo quiere qué
me vaya: en Chile y á pie? cuando hay énque
(pongan el acento en la primera é), no hay
cónqüe (poi1gan el acento en la 6 ), y
hay cÓllque no hay énque.
CAUSERIE. Posse amIgo: acabaremos (y q[¡e difícil es acabar!) si Dios nos cia· vicia y
CAUSERIE.
Posse amIgo: acabaremos (y q[¡e difícil es
acabar!) si Dios nos cia· vicia y salud, en el
pr:óximG número, --yen él sabrá usted, qué
fueron al fin y al cabo los siete platos de
arroz con leche.
• LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. III. ( C01zc!usiÓlt y fin ). Y
LOS SIETE PLATOS
DE
ARROZ
CON
LECHE.
III.
( C01zc!usiÓlt y fin ).
Y o estaba ufano: no había vuelto agrin-
gado.
Era la opinión de mi tío.
-- ¿y cuánto tiempo has estado ausente?
agregó él.
Lo sabía perfectamente. Había ,estado re-
sentido, no es la palabra, «enojado» j porque
diz que me habían mandado á viajar sin
consultarlo.
Cuando padre resolvió queme fuera á
leer á
otra
parte
el Contrato
Socia! (1),
veinte diat seguidos estuve yendo á .PaIermo,
sin conseguir verlo á mi ilustre tío.
Manuelita me decía, con su sonrisa siem-
( 1)
Véase
la
Caltscl'ie, dedicada al
s-'íor don
r
Ca rlos
Pellegrini,
bajo el título
de
(Por qué
CAUSERIE pre cariñosa: Dice tatita que -mafíana te recibirá: El barco que salía para CalCllta,
CAUSERIE
pre cariñosa: Dice tatita que -mafíana te
recibirá:
El
barco
que salía para CalCllta, estaba
pronto. Sélo me esperaba á mi. Hubo que
empezar á pagarle estadías. Al fin, mi padre
se amostazó y dijo: Si esta tarde no consi-
gues despedirte de tu tío, mañana te irás
de
todos modos; ya es'to no se puede aguan-
tar.
Eh!
esa tarde sucedió lo de las anteriores,
mi
tío no me recibió. Y, al dia siguiente,
yo
estaba singlando con rumbo él los hiper-
bóreos mares.
Sí, el hombre se había enojado; porque,
algunos días después, con motivo de un em-
peño ó consulta que tuvo que hacerle mi
m,adre, él le arguyó: Y yo ¿qué tengo que
hacer con eso? para qué me meten á mí
en sus cosas? no lo han mal,dado al mu-
chacho á viajar, sin decirn:te nada?-
A lo cual mi madre observó: Pero, tatita,
(era la hermana menor, y lo trataba así), si
ha venido veinte dias seguidos á pedirte la
.
.
bendicitm y no lo has recibido! - . replicando
él: Hubiera veniuo veintiuno.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 143 Lo repiti>: él ,sabía perfectamente que iban
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
143
Lo repiti>: él ,sabía perfectamente que iban
á hacer dos años que yo me había marchado
.
,
¡Jorque su memoria era excelente. Pero, entre
sus muchas manías, .tenía la de hacerse el
zonzo y la de querer hacer zonzos á los
demás.
El miedo, la adulación, la ignorancia, el
cansancio, la costumbre, todo conspiraba en
favor suyo, y él, en contra de sí mismo.
No se ac:t.barían de contar las infinitas
anécdotas de es.te complicado personaje, se-
ñor de vidas,
famas y haciendas, -que has-
ta en el tlestierro hizo alarde. de sus excen-
tricidades. Yo tengo una inmensa colección
de ellas. Baste por hoy la. que estoy con-
tando.
, Interrogado, como. dejo 'dicho, contest¡:
-Van á hacer
dos afias, mi tío.
.
Me miró y me dijo: Has visto ·mi Men-
saje?
Su Mensaje 1. dije yo para mis adentros? « Y
qué será est<;>? Nó puedo decir que no, ni
puedo decir que sí, ni puedo decir, no sé
qué es
»
y
me
suspenso.
Él, entonces, sin esperar mi respuesta,
144 CAUSERIE. agregó': Baldomero García, Eduardo Lahite y Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han
144
CAUSERIE.
agregó': Baldomero García, Eduardo Lahite y
Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han hecho.
E's una botaratada. POJ:'que así, dándoles los
datos, como yo se los' he dado á ellos, cual-
quiera hace un IYIensaje. Está muy bueno,
ha durado varios dias la lectura en la Sala.
Qué' no te han hablado en tu casa eso?
Cuando yo oí lectura, empecé á colegir, y
como, desde niño, he preferido la verdad á
la mentira, (ahora mismo no 'miento, sino
cuando la verdad puede hacerme pasar por
cínico) repuse instantáneamente:
- Pero, mi tío, si recién he llegado ayer'
- Ah' es cierto; pues no has leído una
cosa muy interesante; ahora vas, á ver, - y
esto diciendo se levantó, salió, y me dejó
sQlo.
Yo me quedé clavado en la silla, y así
como quien medio entiende (vivía en un mun-
do ,de pensamientos tail raros It vislumbré
que aquello sería, algo como el discurso de
la reina Victoria al Parlamento, ¿pues qué
otra
explicación
podría encontrarle á aquel
«ahora vas á ver?»
.
Volvió, el hombre que, en vísperas de ju-
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 145 gar su así perdía su tiempo con
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
145
gar su
así perdía su tiempo con un
muchacho insustancial,
un mamotreto enorme.
trayendo en la mano
Acomodó simétricamente los candeleros,
me insinuó que me sentara en una de las
dos sillas que se miraban, se colocó delante
de una de ellas de pié y empezó á leer des-
de
la carátula que rezaba así:
-« Viva la
Argentina 1»
.-«Mueran los Salvajes Unitarios!»
Urquizal»
-« Muera el loco traidor, salvaje Unitario
"
y
siguió hasta el 6n de la página, leyendo
hasta
la fecha
185 1, pronunciando lá ce, la
zeta,
la
ve
y
la be,
todas las
afectación de un purista.
letras, con la
y continuó así, deteniéndose,. de vez en
cuando, para ponerme en aprietos
cales, con preguntas como ésta,
que yo
satisfacía bastante bien, porque eso sí he sido
regularmente humanista, desde chiquito, de-
bido á cierto humanista, don Juan Sierra,
hombre excelente del que conservo afectuoso
recuerdo:
10
CAVSERIE. -y aquí ¿por qué habré puesto punto y coma, ó dos puntos, ó punto
CAVSERIE.
-y
aquí ¿por qué habré puesto punto y
coma, ó dos puntos, ó punto final?
Por ese
tenor,
iban las
preguntas, cuan-
do, interrumpiendo la lectura, preguntóme:
-Tienes hambre?
Ya lo
creo que había de
tener; eran las
dóce de la noche, y había rehusado un
asiento en la mesa, al lado del doctor Vélez
Sarsfield, porque en casa me esperaban
-Sí ,- contesté resueltainente.
-Pues voy á hacer que te traig.an un
platito de arroz con leche.
El arroz con leche era famoso en Paler-
mo y aunque no lo hubiera sido, mi apetito
lo era; de modo que empecé á sentir esa
sensación de agL:a en la boca, ante el pros-
pecto que se me presentaba, de un platito
que debía· ser un platazo,' según el estilo
criollo y de la casa.
Mi tío fué á la puerta de la pIeza con-
tigua, la
abrió y dijo:
-Que
le traigan
á Lucio
un
platito
de
arroz cOn leche.
La lectura siguió.
Un momento después, Manuclita mIsma
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 147 se presentó con un enorme plato sopero
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
147
se presentó con un enorme plato sopero de-
arroz con
leche,
me
io
puso
por delante y
s"e fué.
Me lo
comí de. un
.
Me
sirvieron
ótro,
sorbo.
con preguntas y res-
puestas
por
el
estilo de las apuntadas, y
ótro,
y
ótro -
hasta que yo dij e : Ya, para
mí, es
suficiente.
Me había hinchado; ya tenía la consabida
cavidad solevantada y tirante como el par-
che de una caja de guerra templada; pero
no hubo más; siguieron los platos ,-yo co-
mía maquinalmente, obedecía á uría fuerza
superior á mi voluntad
La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ese, por algún
lector incrédulo ó curioso, se hallará en él
un período, que comienza de esta manera:
«El Brasil, en tan punzante situación.» Aquí
fuÍ interrogado, preguntándoseme: Y por qué
habré punzante?» Como el poeta pen-
sé, - que en mi vidél; me he visto en tal
aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi ex-
plicación. Y con una retórica gauchesca, mi
tío me rectificó, demostrándome como el Bra-
CAUSERIE. sil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose á
CAUSERIE.
sil lo había estado picaneando, hasta que él
había perdido la paciencia, rehusándose á
firmar un tratado que había hecho el
ral
Guido
Yayo tenía. la caI:eza como
un bombo, - y lo otro tan duro, que no sé.
cómo aguantaba.
Él,
satisfecho de mi embarazo, que lo era
por
activa y
por
pasiva, y
poniéndome
el'
mamotreto
en
las
manos,
me dijo, despi-
diéndome:
-« Bueno, sobrino, vaya no más, y acabe
de leer· eso en su casa» ,- agregando en
voz más alta: «Manuelita, Lucio se va.»
Manuelita se presentó, me miró con una
cara que decía afectuosamente «Dios nos dé
paciencia», y me acompañó hasta el
dar, que quedaba del lado del palenque,
donde estaba mi caballo.
Eran
las tres
de
la mañana.
En mi
casa estaban inquietos, me habían
mandado
á
buscar
un
ordenanza.
Llegué sin
camino.
saber
cómo no reventé en el
Mis
padres. no se habían recogido
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 149 Mi madre me reprochó mi· tardanza, con
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
149
Mi madre me reprochó
mi· tardanza,
con
ternura.
. Me excusé diciendo que había estado ocu-
pado con mi tío.
.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con
mi
madre, se paseaba·· meditabundq, - vien-
do
el
mamotreto que tenía debajo del brazo,
me
dijo:
,
-Qué libro es ese?
-Es el Mensaje que me ha estado leyen-
do mi
tío
-Leyéndotelo
? Y esto diciendo se
encaró con mi madre y prorrumpió con visi-
ble desesperación: «No te digo que está
loco tu hermano.»
Mi madre se
echó á llorar.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Pocos dias después, muy pocos dias, el
edificio
de la tiranía se había desplomado;
el 3 de F eb.rero por la tarde yo oía en la
plaza de la. Victoria gritar furiosos «Muera
Rozas» á algunos de los mismos conspícuos
que, pocas horas había visto
CAUSER1E. en Palermo, reunidos á los pIes de la nii1a. Confieso que todavía no entendía
CAUSER1E.
en Palermo, reunidos á los pIes de la nii1a.
Confieso que todavía no
entendía una pa-
labra de lo que pasaba,-y que los gritones,
más que el efecto de libertados, me hacían
el de locos.
Yeso que ya me había
reído
á
carcaja-
das, leyendo á Jerome Paturot, en busca de
la mejor de las
Reptiblicas,
en el que hay
una escena por el estilo de la que presencié
azorado el
3 de Febrero,
en la plaza
de la
Victoria ,- para
que
una
vez
más
se
per-
suadan los que viven sólo en ,el presente,'
que
"del
dicho
al hecho hay
un
gran
tre-'
cho» .
I
••••••••
Pocos días después, mi padre, Sarmiento
y yo, - el Sarmiento cuya glorificación aca-
bamos
de
presenciar, -
navegábamos en el'
vapor inglés «Menay» hacia Rio Janeiro. Yo
no hablé, durante la travesía, con el que des-
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 1 S1 pués fué mi candidato, á pesar
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
1 S1
pués fué
mi
candidato,
á pesar de
las ob-
sesiones exigentes de mi padre, hasta que
no estuvimos en tierra brasilera, donde nos
explicamos. Y es á este incidente al que él
se refiere en sus Boletines del Ejército
Grande.
Creo que para mi padre fué una suerte
que yo le acompañara en aquel viaje, porque
Sarmiento le iba haciendo perder la cabeza.
El que hace
un cesto hace un ciento. Que-
ría inducirlo á que se
fuera con él á Chile,
para volver contra Urquiza, del cual iba hu-
yendo; porque sus primeros actos en Buenos
Aires le parecían precursores de" que el país
estaba expuesto á volver á las andadas. Lo
explotaba, hablándole constantemente· del se-
ñor don Domingo de Oro, - su pasión ,-y
como era débil de carácter, á no ser yo, lo
arrastra.
El Dictador se había refugiado' en un bu-
que de guerra inglés, llamado por singular
coincidencia
El Con/Neto (The ConJlictJ, y
tardó mucho más que nosotros,-con quienes
iba .mi caro Máximo Terrero, - en
llegar á Europa.
CAUSERIE. Mi padre se quedó en Lisboa y me man- d6 á París, donde yo
CAUSERIE.
Mi padre se quedó
en Lisboa y me man-
d6 á París, donde yo era ya buzo y ducho,
á prepararle un apartamiento, - que tardé
muchísimo en prepararle, por razones que
ya se imaginará el penetrante lector; pero
que al fin le preparé.
Viniendo de Lisboa á Francia,. mi buen
viejo quiso' visitar á Manuelita y nos fuímos
á Southampton.
alojados, en la misma casa,
una modesta quintita de los alrededores: Ro-
zas, Manuelita, Juan Rozas mi primo, Mer-
cedes Fuentes su mujer, Juan Manuel mi
sobrino, Máximo Terrero,-y un negrito, al
cual ya mi tío le decía por ironía Mis/er.
Por supuesto que, si el cambio de hemisferio
y de situación era como una transición entre
el día y la noche, otra cosa eran los senti-
mientos y las manías. Mi tío conservaba su
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. I53 chaleco colórado y Manuelita su moño. Mi
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
I53
chaleco colórado y Manuelita su moño. Mi
padre, que era muy amigo de Manuelita, que
la quería en extremo, como la quiero yo,
.por sus virtudes, le observó que aquel par-
che colorado, no estaba bien. Pero ella, cuyo
amor filial no tenía límites, contestóle: que
no se lo sacaría, hasta que no se lo man-
daran.
Un día almorzábamos todos juntos: mi tío
era. sobrio, concluyó primero que los demás
y se levantó, yéndose. Manuelita, ganosa de
echar un párrafo con mi padre, me dijo: «A<;:a-
bá ligero, hijito, y andá, entretenelo á tati-
ta,). Yo me apuré, concluí, salí, y me fuí en
busca de mi tío, que estaba senta90 en el
sofá de una salita, con vista al me
"la:
arreIlené en una poltrona
Mi tío y yo per-
manecimos un instante en silencio. Yo lo
miraba de rabo de ojo. Creía que él no me
veía. Me había estado viendo! Confusamen-
te, porque yo 'no tenía entonces sino como
intuiciones de reflexión, los pensamientos que
me dominaban en aquel momento, al con:
templar el coloso derribado, podrían sinteti-
zarse exclamando ahora: sic trallsit gloria
CAUSERIE. 154 mttndt". (Así transa do1/, Raz1mmdo, como de- cía el otro). De repente miróme
CAUSERIE.
154
mttndt". (Así transa do1/, Raz1mmdo, como de-
cía el otro).
De repente miróme
mi
tío
y
me dijo:
-En qué piensa, sobrino?
-En nada, señor.
-N o, no es cierto, pensando en
algo.
-N o señor; si no pensaba en nada I
-Bueno, si no pensaba en nada
cuando
le hablé, ahora está pensando, ya.
-Si no pensaba en nada, mi tío I
-Si adivino ¿me va á decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada, que leía en el
fondo de mi conciencia y maquinalmente, por-
que habría querido seguir negando, contesté
.
,
«St» •
. -Bueno,
repuso él,
¿á
que estaba pen-
sando en aquellos platitos de arroz con le-
che,
que le hice comer en
Palermo, pocos
días antes de que el «loco » (el loco era Ur-
quiza)
llegara á
Buenos Aires?
y no me dió tiempo para contestarle, por-
que prosiguió: ¿A que 'cuando llegó á' su
casa, á deshoras, su padre (é hizo con el
pulgar
y
la
mano
cerrada
una
indicación
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE. 1SS hacia el comedor) le dijo á Agustinita:
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE.
1SS
hacia el comedor) le dijo á Agustinita: no
te digo que tu hermano está loco
,?
No
pude negar, queriendo; estaba bajo
la influencia del magnetismo de la verdad,
- y contesté sonriéndome:
-Es
cierto.
Mi
tío se echó á reir burlescamente;
Aquella visión clara, aquel conocimiento
perfecto de las personas y de las cosas, es
una' de las impresiones más trascendentales
de mi vida; y debo confesarlo aquí, no te-
niendo estas páginas más que un objeto,-
iluminar con
un
rayo de luz más, la <figura
de un hombre tan amado como execrado:
sin esa impresión yo no habría
como creo conocerla, la misteriosa y ex-
traña personalidad de Rozas'.
Mi
querido
Posse : siento
mucho
que,
padeciendo usted de
no pueda co-
merse,
como
yo,
de
una
sentada,
siete
platos de arroz con leche,
'.
y
para concluir, y ,antes de
decirle como
Cicerón á sus amigos,-Juóeo te óme va/ere,
CAUSERIE. le daré una receta para su enfermedad: ejer- CICIO, gimnasia, viajes que no fatiguen,
CAUSERIE.
le daré una receta para su enfermedad: ejer-
CICIO, gimnasia, viajes que no fatiguen, poco
vino, mucha sal,-nü: aumenta ésta la sed,-
y en último caso, ningún vino, y poco de
aquello
Hay dos
falsificaciones que
hacen
mucho
daño: la de la mujer y la del vino.
Desgraciadamente,
cuando caemos
ya
en
cuenta, es demasiado tarde.
Traduzco,
pues, á Cicerón y suponiénrlo
que ha caído en cuenta, -
«le
ordeno que
goce de buena salud» .
Post-data. - Dice X. que este cuento,
narrado por mí, ti@ne mucha más animación
y movimiento, y que yo, como Carlos Dickens,
debiera dar conferencias para referir mis aven-
turas. Estoy listo, á pesar de la rabia que
esto pueda darle á mi querido X, siempre
que hs conferencias sean patrocinadas por
las
Damas de Misericordia
.
.
Necesito
literarias.
mi querido X, siempre que hs conferencias sean patrocinadas por las Damas de Misericordia . .
ENTRE-Nos. CAUSERIES DEL JUEVES POR LUClO V. DIANSILLA. 11. BUENOS AIRES CASA EDITORA DE JUAN
ENTRE-Nos.
CAUSERIES
DEL JUEVES
POR
LUClO
V.
DIANSILLA.
11.
BUENOS AIRES
CASA EDITORA DE JUAN A. ALSINA, MÉXICO 1422.
1889.
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. ." señor doctor don Ramón .J. Cárcano. l. D os
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO.
."
señor doctor don Ramón .J. Cárcano.
l.
D os cadenas de piedra caliza, eternamente
peladas, que al sur casi se tocan, has_
ta formar una garganta de granito, especie
de Niágara, por donde, rugiendo con furia,
salta el Nilo en el valle; que al norte se en-
sanchan y desaparecen, en una llanura cenago-
sa, que se extiende hasta las costas del Medi-
terráneo; más de doscientas leguas de largo
casi encerradas dentro de límites sempiter-
namente caldeados por un sol rojizo,-límites,
que ora se acercan, ora se retiran, que en in-
vierno son la imagen de la desolación y de la
muerte, y en verano, un panorama riente de
abundancia y de vida, encierran la histórica
tierra de Egipto·, cuna pristina de la humanidad
para algunos, - incuestionablemente, emporio
6 CAUSERIE. de extraordinaria civilización en épocas que se pierden en la noche de los
6
CAUSERIE.
de extraordinaria civilización en épocas que se
pierden en la noche de los tiempos.
El Nilo, cuyos orígenes están en el cielo,
porque las nubes, preñadas de aguas, recogi-
das en muchos mares, caminando al Ecuador
africano, se deshacen allí en llúvia, durante va-
rios meses, realiza todos los años un milagro
estupendo en esa vasta región; sube poco á
poco, crece gradualmente, se hincha, revienta,
se desborda, y baña todas las comarcas circun-
vecinas, hasta el pie de las montañas, por
Oriente y Occidente; la llanura, yuélvese un
lago en el que innumerables aldeas, construi-
das sobre terraplenes artificiales, flotan, al pa-
recer, como islotes, desparramados en fantástico
archipiélago; y esta inundación providencial,
es ahora, como en los tiempos antiguos, salu-
dada con himn.os de religiosa gratitud, en me-
dio del regocijo de las familias que, llenas de
júbilo, recorren en festivas barcas, de pintadas
'velas, de feria en feria, el alegre país, -triste,
desolado, el día
De las corridas de toros, de las regatas, de
las luchas cuerpo á cuerpo y otros juegos atlé-
ticos de otras edades, casi nada ha quedado.
EN· LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 7 La moderna civilización todo lo altera, trasfor- mándolo todo.
EN·
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
7
La moderna civilización todo lo altera, trasfor-
mándolo todo. Apen-as subsisten los prestidi-
gitadores tradicionales, los arpistas ciegos y
los ministriles del África Central, aunque no
con los caractéres típicos de antafio.
Pero, ahora como entonces, la entrada del
invierno es el momento en que el duefio de
casa lleva regalos para los chiquilines, que
alegran el hogar, amuletos, ó aros para las
orejas, ó collares de cuentas de porcelana, de
plata ó de oro, para las concubinas, ó para la
mujer. Pero, ahora como entonces, abundan
en los puestos, la carne de vaca y de venado,
los patos, los gansos, el pescado, los dátiles,
las tortas de maíz de Guinea, el puerró, los pe-
pinos, las cebollas, los ajos, - todas las espe-
cias, en fin, que les dan á los « Bazares» ese
olor peculiar, que no se olvida jamás, cuando
una vez se ha olido, porque es un olor szei gé-
nerzs
y ¿cón qué olor inolvidable lo com-
pararé, que
no sea el del café torrado
?
Pues por allá también he andado yo. He
sido, como ustedes saben, uno de los argenti-
nos más en matuia de viajes: he es-
tado en cuatro de las cinco partes del mundo;
8 CAUSERIE. he cruzado, sin el más mínimo accidente, ca- torce veces la línea equinoccial,
8
CAUSERIE.
he cruzado, sin el más mínimo accidente, ca-
torce veces la línea equinoccial, y he visto,
entre ciudades y aldeas, más de dos mil,-
dándome hasta el placer de comprar, en un
mercado de carne humana, una mujer, para
decirle después de ser mi cosa propia, con sor-
presa de todos los circunstantes, excepto mi
compañero de viaje James Foster Rodgers,
que pagó la mitad del precio: «Eres libre, pue-
des hacer de tu cuerpo lo que quieras.» .y
¿saben lo que esa costilla nuestra
hizo? Se vendió á sí misma; porque, según
el truchimán nos explicó, prefería ser esclava
algún tiempo, - y no libre, sin tener que co-
mer, porque para hacerlo, tendría que traficar
con su cuerpo, y era, según ella lo afirmaba,
si no pura,
Este punto es muy intrincado; las mujeres
que son el mayor embolismo de todo lo creado,
se encargarán de desenmarañarlo.
Yo prosigo
James F oster Rodgers, era un }'a1lkee nú-
mero uno, con el que nos conocimos en Cal-
cuta, visitando juntos el
interior de la India,
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 9 Benarés, Lahore, Delhí, hasta encaramarnos en los picos más
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
9
Benarés, Lahore, Delhí, hasta encaramarnos
en los picos más accesibles del Himalaya.
Durante algún tiempo, después que nos se-
paramos, estuvimos en correspondencia. Hace
muchísimos años que nada sé de él: supongo
que habrá reventado, pasando"á mejor ó peor
vida, porque en 1850, tenía ya veinte años
más que yo, mala salud, el fetiquismo de los
ojos negros y de los piés chicos, y yo no soy
un nene. Catorce meses vivimos como her-
manos, y sólo dos veces tuvimos desazones.
Primero, en Roma.
En Londres, después.
Lo contaré.
En Roma visitábamos San Pedro, esa mara-
villa de la audacia y del arte arquitectónicos.
Entramos, y yo, como que era lo que mi
madre me había hecho, es decir, católico, me
saqué el sombrero con veneración.
Foster Rodgers se lo dejó encasquetado.
Se lo observé, -y su contestación fué: It
is ?lot my rcligioll.
Me mordí los lábios, esperando que algún
sacristán viniera á intiplarle á aquel impío, que,
en la casa de Dios, se debe ser respetuoso,
10 CAUSERIE. por más extraño tante. que á su culto sea el VISI- Pero nada;
10
CAUSERIE.
por más extraño
tante.
que
á
su
culto
sea el VISI-
Pero nada;
son en Roma, á este respecto,
de una benevolencia inaudita, con los extran·
Jeros.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Estuvimos torcidos algunos días. Pero la
amistad es un colirio admirable, - colirio que
todo lo cura; teníamos que componernos y nos
compusImos.
Es, sin embargo, curioso observar cómo
después de una gresca, aun entre los que se
quieren bien, queda en el alma humana un se-
dimento acre, - que no tarda en fermentar.
Observadlo bien, y veréis que las represalias
inofensivas se imponen con irresistible tena-
cidad
Continúo.
'En Londres, visitando San Pablo, yo hice
como F oster
en Roma.
Visto ello por mi yankee, como yo á él. en
Sall Pedro, me insinuó:
-Take of your hato
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 11 Yo contesté, dándole el vuelto: -No es mi religión.
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
11
Yo contesté, dándole el vuelto:
-No es mi religión.
Foster Rodgers, se mordió los labios á su
vez.
Pero aquí no' sucedió como en Roma, por-
que un sacristán protestante, « muy liberal»,
vino á intimarme que me quitara el sombrero,
intimación que no acepté; que fué repetida tres
veces, hasta amenazarme con llamar al police-
man, -]0 cual, perfectamente entendido por
mi, me sugirió este expediente de triunfador:
giré sobre los talones, me salí del templo, con
mi sombrero puesto, y lo esperé á Foster Rod-
gers en el atrio, hasta que se cansó de estar
adentro
con su San Pablo protestante, y salió
Adelante.
. No voy á describir ciudades, ni usos, ni cos-
tumbres, ni monumentos, ni á juzgar institucio-
nes,-y mucho menos á referir aventuras. Dejo
esto último para mis « Memorias», si .es que
algún día me resuelvo á publicarlas, lo que es
probable. Si lo hago, allí se verán y se sabrán
cosas raras. Entre ellas, ésta: cómo es que
siendo 'uno jáven, puede viajar algún tiempo
sin saber por qué mano anónima, le son salda
12 CAUSERIE. das sus cuentas de hotel, - si en ello se en- tromete una
12
CAUSERIE.
das sus cuentas de hotel, - si en ello se en-
tromete una inglesa millonaria, extravagante
Ya estoy viendo la sonrisa de incredulidad
del que estas letras lee, y entonces repito: que
es cierto ]0 dicho, y que no' eran sólo Rlis
cuentas, las que se pagaban, sino las de mi
compañero.
Hoy por hoy, sólo me propongo una cosa:
contar algo que no creo se haya repetido, que
no me parece posible que se repita; porqug
en esto,' como en un orden de ideas más ele-
vado, no es filosófico,
como dice Edgardo
Poe,-basar en lo que sido, una visión de
lo que debe ser.
Pero ustedes, que me han oído hablar de
que compré una mujer, han de tener curiosi-
dad, estoy seguro de ello, de saber qué es un
mercado de mujeres. Voy á describirlo, pues,
en cuatro plumadas.
Imag-inaos un edificio cuadrangular, con co-
rredores interiores, rodeando un patio 'así como
los nuestros, de estilo arábigo, - nuestras an-
tiguas casas se parecen á las de Sevilla,-y en
el medio, una fuente. A un lado, mujeres ne-
-gras desnudas, abisinias y nubianas, por lo
EN. LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 13 común, completamente desnudas; el cuerpo untado con aceite de
EN. LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
13
común, completamente desnudas; el cuerpo
untado con aceite de coco, frotado, hasta
darle el pulimento y la brillantez del jacarandá;
el motoso cabello, dividido en infinidad de
crenchas trenzadas, que le dan á la cabeza la
forma de un erizo encrespado, - sueltas todas
ellas sin poderse mover más allá de su recinto.
A otro lado: mujeres blancas, entre ellas al-
gunas georgianas y circasianas, nada limpias,
también desnudas, completamente desnudas;
pero, con esta diferencia, que aquí no están
todas sueltas, estando algunas aherrojadas,
porque, siendo feas ó contrahechas ó viejas ó
flacas (los musulmanes prefieren las gordas,
qué gusto I ) maltratan, como bestias feroces á
las ótras, - diciéndoles el instinto que difícil-
mente saldrán del mercado, 6 que, si salen,
no será seguramente ni para embellecer el ha-
rén, ni para aumentar el número de las con-
cubinas, sino para desempeñar sucios y nau-
seabundos oficios, de bestias de carga, en las
casas de los judíos.
Imaginaos todavía dos retretes destinados á
las obscenas inspecciones esotéricas, con unas
como harpías ·en la puerta, unos como en-
14 CAUSERIE. gendros de Mammón, en forma de mercaderes, y una multitud de postulantes, viejos
14
CAUSERIE.
gendros de Mammón, en forma de mercaderes,
y una multitud de postulantes, viejos general-
mente, - todos ellos cuchicheando, mientras
en esos retretes se resuelve el problema más
irritante para el pudor
imaginaos todo eso,
repito, y tendréis un cuadro aproximado de
esa abominación, dentro de cuyos dinteles mi
.compañero de viaje y yo, gastando ochenta
libras esterlinas, pudimos decirle á un sér hu-
manO, cuya condición era peor que la de un
perro sa1:"noso: « IEres libre 1» haciendo eíra
después de su capa un sayo, - determinación
que dejo á la fantasía de cada cual apreciar, si
fué prudente, ó nó
Estamos casi al pie de las Pirámides, ó me-
jor dicho, vamos llegando á ellas: estamos en
el Cairo, en el « Hotel de Russie.» Los borri-
cos están listos, cadp. dragomán tiene el sUyOj
subimos, somos buenos jinetes, queremos ha-
cerlos caminar, no se mueven. Es inútil cas-
tigarlos, no se moverán, hasta que no sientan
la baqueta mágica del dragomán en cierta
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 15 parte. Se las introducen. Se las sacan. Se repite
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
15
parte.
Se las introducen. Se las sacan. Se
repite la operación acompasadamente. Los
borricos se mueven entonces, como si tuvieran
una hélice. Queremos detenerlos, tiempo per-
dido I no sienten los tirones del freno, que no
es más que un aparato para las riendas; y és-
tas, un medio de sostenerse mejor. No se
detendrán, hasta que .el dragomán, no los deje
como clavados en el camino. Esta educación
no permite que el viajero canse los burros,-
los que, como fácilmente se concibe, no cami-
nan á voluntad del que los monta, sino á vo-
luntad del que los alquila, el .cual los hace
descansar, cuando á él le place.
Caminemos
Ahí están á la vista
; de léjos, y á medida
que uno se acerca á ellas, poco efecto produ-
cen. Un kilómetro más, por el tórrido arenal,
siempre· fija la vista en el mismo punto, y el
fantasma va tomando gradualmente proporcio-
nes colosales. Una vez en. su base, el viajero
se siente como aplastado por ·la mole, y si se
compara y se mide con ella, el anonadamiento
es completo. Es la sensación de la montaña
para el hombre de la llanura j la de la lla-
16 CAUSEam. nura, para el hombre de la montana; la de los altos mAres, para
16
CAUSEam.
nura, para el hombre de la montana; la de los
altos mAres, para los que no vieron sino la
orilla del arroyuelo; de )a inmensidad, de lo
finito, comparado con lo infinito. La. reacción,
no viene sino poco á poco. Pero producida
la reacción física, nuevas emociones se apo-
deran del alma del viajero, que puede asociar
ideas, recuerdos, ligar el pasado con el pre-
sente, contemplar
en síntesis eloc' ¡ente para el
espíritu, millones de esclavos, afal1é1dos como
hormigas industriosas, en darle cima á uua obra
estupenda, que, en nuestros días, no sirve sino
para recreación y estud:o, dando la medida
• de lo que fueron aquellos faraones, que, al
morir, parecían decirle al mundo: e te desafia-
mos á que destruyas nuestras tumbas antes que
te acabes. j porque, .en efecto, tales monu-
mentos, por su masa y su antigüedad, más
parecen pertenecer al Universo que al Egipto
en
particular •
.
.
.
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.
.
La famosa Esfinje muestra ya su cara etío-
pe,-cortada en la roca, prolongándose por
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 17 la espalda en la dirección del centro de la
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
17
la espalda en la dirección del centro de la se-
gunda pirámide, y al verla, se siente y se
concibe fácilmente que sólo á tamaño monstruo,
podía confiarse la guarda de las misteriosas
donde yacen sepultados los re-
yes de tanta grandeza pasada.
El paisaje tiene un aspecto indescriptible; el
sol caliente vibra sus rayos á plomo sobre la
arena movediza; la reverberación de la luz es
ideal, - hay algo de caótico y de momento
final, en aquel hurizonte rojizo, COITIO una
puesta de sol argentino en día canicular; la
Fata morgana, ostenta en lontananza y en el
delo todos los caprichos de su maravillosa vir-
tud ; la imaginación los trastrueca, los embeIle-
ce, los completa, si posible es, y los ojos del
cuerpo ven, á las inglesas tourist,-poniéndose
calzones de hombre, que las. abultan por de-
lante y por detrás, como si estuvieran doble-
mente in the famz'ly wa)' ( 1) prepararse para
la ascensión.
Ya subiremos
(1)
Modismo inglés que quiere decir m cinta.
2
EN LAS PIRAMIDES DE EGIPTO (Continuación y fin.) 11. Las Pirámides, como ustedes saben, quedan
EN LAS PIRAMIDES DE EGIPTO (Continuación y fin.) 11. Las Pirámides, como ustedes saben, quedan
EN LAS PIRAMIDES DE EGIPTO
(Continuación
y
fin.)
11.
Las Pirámides, como ustedes saben, quedan
yendo del Cairo·sobre la margen occidental del
Nilo.
Son sesenta y siete, -
aunque es más
propio decir que han sido, porque de algunas
de ellas, de las más pequeñ:ls, no quedan sino
vestigios.
Por más qne no sea una novedad, permítan-
me ustedes decirles que los anticuarios, se han
puesto al fin de acuerdo sobre que, tanto unas
como otras, siendo varias sus dimensiones, es-
taban destinadas á los diversos miembros de la
familia real. En dos palabras: eran las tumbas
de los faraones.
Las que visitamos ahora, son el grupo de
las de Ghizeh, - y la más alta de todas, esa á
donde vamos á subir, ustedes acompalíándome
20 CAUSERIE. á mí mentalmente, yo acompañado de mis re- cuerdos juveniles, es la de
20
CAUSERIE.
á mí mentalmente, yo acompañado de mis re-
cuerdos juveniles, es la de Cheops.
Recuerdos juveniles, he dicho. Qué lindao;;
palabras ¿no es verdad? Sí; cuando podemos
asociarlas sin remordimiento, 6 apartar la me-
moria de lo que hemos sufrido, - e por la in-
variable variedad y la monotonía del eterno
cambio.
e Cheops :t, leo en mi libro de viaje en la
fecha Marzo 14 de 185 1, tiene cuatro faces y
cada una de ellas mide en su· base, en
redondas, doscientos cuarenta metros; la.altura
vertical es de ciento cincuenta metros y de
ciento ochenta y tres, sobre la inclinaci6n de
5 10 50' que tienen los lados·, - lo cual permite
que, fácilmente, nos demos cuenta de la prodi-
giosa masa resultante de tamañas dimensiones,
multiplicadas las unas por las otras.
Y, para no vestirme, en esta parte, con las
pluroas del grajo, no siendo, como no soy, an-
ticuario, aunque ya frise en lo antiguo, me re-
feriré para algo de lo que sigue, á la obra del
coronel
·intitulada The Pyramides o/ Ghz·-
zeh (3 vol. de texto y 3 vol. de atlas; Lon-
dres 1839- 1842.)
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 21 Simple eco. de ]a tradición, Herodoto refiere que Cheops
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
21
Simple eco. de ]a tradición, Herodoto refiere
que Cheops empleó treinta años en construir
]a gran pirámide, y avalúa en trescientos seten·
ta mil, el número de obreros que trabajaban á
]a vez, siendo reemplazados cada tres meses.
Ahora bien, suponiendo que esos obreros
sólo comieran cebollas y legumbres, resulta
que su alimentación, debió costar cinco millo-
nes de francos.
Pero como ni en Egipto mismo se vive sólo
de ceboIJas y de legumbres, sobre todo cuando
se arrastran piedras como las de las Pirámides,
-- se puede juzgar por este solo artículo, lo
que ha debido ser el conjunto de los demás.
Porque á esos gastos háy que añadir el salario
de los obreros, por mínimo que fuera, y ]a ma-
no de obra, aunque costara casi nada; así
como es menester tener en cuenta, e] valor de
Jos materiales emp]eados: calcáreo, granito,
mármol, pórfido y otros que se traían de] alto
Egipto, por el Nilo, de una distancia de más
de ochenta miriámetros.
Todas las Pirámides presentan sus lienzos
muy exactamente orientados hácia Jos cuatro
puntos cardinales; la mayor parte están cons-
22 truidas con piedra, algunas con ladriDo negro, proveniente del Nilo; pero todas, una vez
22
truidas con piedra, algunas con ladriDo negro,
proveniente del Nilo; pero todas, una vez ter-
minadas, eran revestidas de piedra lisa y puli-
das, y la de Cheops se s,",pone que estaba re-
vestida de mármol. Los siglos lo han hecho
desaparecer.
Tengo barruntos de que
todo esto, no lo
entretiene mucho, que digamos, al lector.
Me apresuro entonces á decir cómo están
construidas las Pirámidés.
Ayudadme.
Ved con los ojos de la imaginación una base
ó asiento roaarangular, como si dijéramos un
perfmetr,o mayor que el de la plaza e I I de Se-
tiembre, (ó sean 57,600 inetros cuadrados, de
un metro de espesor, poco mas 6 ménos; llegad
hasta metro y medio. Ved, sobre esa base ó
asiento, otra casi del mismo espesor, pero que
sea menos ancha, para émplear términos vul-
gares, - y tendréis un escalón. Continuad el
procedimiento, hasta elevaros ciento cincuenta
metros, por la superposición de bases ó asien-
tos que se van achicando á medida que la pi-
rámide va creciendo, y llegaréis hasta encontra
EN LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO. 23 ros en la cúspide ó plataforma de Cheops,- á
EN
LAS
PIRÁMIDES
DE
EGIPTO.
23
ros en la cúspide ó plataforma de Cheops,-
á donde en breve estaremos todos juntos.
y para que esta sucinta descripción quede
completa, ved todavía una sucesión de planos
inclinados inmensos, por donde son empujados
hacia arriba enormes monolitos, muchos de los
cuales no tienen menos de veintidos pies de
largo, siete de ancho y nueve de espesor,-
que fué toda la que se debió emplear,
y como yo, esclama'réis: i cuántos sudores!
i cuánta miseria I cuántos esfuerzos!
Ah! sin las agonías del pasado, no tendría-
mos la prosperidad del presente. Habrá siem-
pre señores y esclavos, pobres-y'ricos, quien
sufra y quien goce. Somos impotentes para ha-
cer exclusivamente lo bueno. Toda conquista
ha de ser una catástrofe. « Le genre humain,
n' est
pas placé entre le bien et le mal, mais
entre le mal et le pire. »
Decía que las inglesas tou1'ist, hechas el.dia-
blo con sus polleras metidas dentro de mascu-
linos pantalones, se aprestaban á subir,-Fos-
ter Rodgers y yo nos
ídem, para la ascensión.
ídem,
24 CAUSEalE. Aquellos escalones, ó no los habéis visto, eran unos seftores escalones. Pues es
24
CAUSEalE.
Aquellos escalones, ó no los habéis visto,
eran unos seftores escalones. Pues es nada,
un escalón de sesenta centímetros, y algunos
tienen un metro cincuenta.
Los mirábamos, mirábamos la cima. -- y si
no nos declamos como la zorra e están verdes. ,
pensábamos que aquello tenía bemoles. Aver,
nos decíamos con Foster Rodgers, cómo suben
las inglesas primero.
-No, subamos nosotros ántes, y les vere-
mos las caras de arriba para abajo, que siem-
pre es mejol'
ver lo de adelante que lo de
atrás, aunque estas inglesas (y nos reíamos
que daba gusto) lo mismo son por delante
que por detrás, con sus bultos á vanguardia y
retaguardia.
- Bueno, me dijo Foster
Rodgers
Let us
.go /.
Y, haciéndoles una sefia á los beduínos,
que ya habían ¡.ntentado apoderarse de nues-
tras respectivas humanidades, nos entregamos
compJetamente á ellos.
4 disposición era ésta: tres beduinos por
EN LAS PIRA MIDES DE EGIPTO. 2S barba; el uno' nos tenía por la mano
EN
LAS
PIRA MIDES
DE
EGIPTO.
2S
barba; el uno' nos tenía por la mano derecha;
el otro por la izquierda; nosotros teníamos las
narices frente al plano inclinado de la pirámide;
el tercero estaba detrás
De repente oímos un alahd.' archi-gutural y
junto con él sentimos dos tirones en ambos
brazos, y un empellón en la c: parte posterior
de atrás» - como decía un ayudante de mi
padre, muy bárbaro,-y nos hicieron subir un
escalón, como si fuéramos bultos. Y los Ialahá'
se repetían, y el subir como bultos continuaba,
y sudábamos la gota gorda, y ya no teníamos
articulación en su lugar, así nos parecía. Los
mirábamos á los beduínos con caras que de-
cían i por caridad' nada; i alahá 'viene, i alahá'
va; F oster Rodgers y yo
rodábamos como ma-
sas informes, impelidas por una fuerza brutal,
hasta que la divina Providencia, si es que ella
se mete en estas cosas, apiadándose de nos-
otros nos hizo descansar en un escalón, en el
que había un socavón, - que los beduínos de-
cían tenía virtudes singulares, resultando que
la única virtud real que le descubrimos, fué que
nos pidieron boxees (debe leerse boc-shichs)
vulgo, « por la mano, para la copa: »
CAUSEIUE. y eran doscientos tres los escalones, y está- bamos apenas á medio camino I
CAUSEIUE.
y eran doscientos tres los escalones, y está-
bamos apenas á medio camino I
.Descansamos i y antes que se enfriara la
transpiración y sin decir oste ni moste, nos
agarraron de nuevo nuestros ágiles coadjuto-
res, y á la voz de ¡alahál otra vez, nos dieron
empellón y ótro, y 6tro, y los empellones
ne repetían, y detrás dt! nosotros, resonaba el
Ialahá I de los 6tros que nos pisaban los talo-
nes, por decirlo así, pretendiendo llegar pri-
mero á la enhiesta cumbre, - que en tqdo se
mezcla la emulación, tratándose particular-
mente de fatiga ó de destreza. Pero; qué I les
la delantera y éramos varones· en
realidad, y ya nos habíamos entusiasmado, y
ya también gritábamos nosotros ¡alahá I para
darnos unos brios que no teníamos, pues. íba-
mos más muertos que vivos.
Finalmente, llegamos maltrechos
tostába-
mos arriba, en la plataforma, que es unapiedrita
en la que caben, de pie, ochenta personas, por
lo menos. Allí nos encontramos con veinte y tres
prójimos, rodeados de. setenta y demonios
que se habían quedado en el último escalón.
F6>ster Rodgers oy6 hablar en inglés. Vió
: EN LAS I'IRAMIDES DE EGIPTO. 27 el acto que no era inglés de ingleses,
: EN
LAS
I'IRAMIDES
DE
EGIPTO.
27
el acto que no era inglés de ingleses, sino
Kie yankees, é incontinenti se puso en contacto
;con - presentándome como á un ameri-
del sud, como quien dice á un colega,
prorrumpimos con ímpetu; hurra.' y sacándo-
:nos los sombreros y agitándolos hasta arrojar-
los al viento, creyendo que llegarían á la base
de la pirámide, mientras que ahí cerca no más
se quedaron, todos á una, gritamos con orgullo,
ni más ni menos que si hubiéramos hecho la
conquista de otro Nuevo Mundo: Al! Amen'-
ca1ts.' Americano.s todos' Longlife to Amenca.'
Viva América' y nos dábamos las manos con
efusión, - y el viva América' atronaba los
aIres. Y como si estuviéramos en un balcón,
mirábamos á las inglesas, con su barriga por
partida doble, pujando por llegar, llenas de cu-
riosidad, porque no entendían jota de aquellos
gritos desaforados de ¡viva América I
. Entre nosotros los americanos, -los veinti-
cinco - opl sorpresa, y. oh I contrariedad,
descubrimos un musulmán.
¿Qué hacía allí aquel intruso? ¿En virtud de
qué derecho estaba con nosotros?
F oster Rodgers. y yo nos dijimos:
CAUSERIE. Pero este beduíno, por qué ha subido á la plataforma? por qué no se
CAUSERIE.
Pero este beduíno, por qué ha subido á la
plataforma? por qué no se ha qued:·do con los
ótros? creyendo que era uno de tantos, de esos
que nos habían hecho rodar hasta arriba.
Indagamos, y resultó que era un yankee dis-
frazado de musulmán; un yankee que se había
hecho mahometano, engaña-pichanga, para
de esa manera poder acaparar antigüedades
con más facilidad. La extracción prohi-
bida. Tenía así como unos cuarenta afios, era
retacón, panzudo, rubio, pecoso y doctor en
medicina. Se llamaba Abbot, y él fué, querido
Cárcano, el que me dió el facsírriile.del grueso
sello, que le he regalado á usted -sello sim-
bólico que, en forma de anillo, de oro finísimo,
encontró en el dedo de una momia, que había
sido uno de los faraones.
El tal musulmán intérlope llevaba una vida
curiosa: habíase hecho querer, la medicina lo
ayudaba; vivía como Salomón, en medio de un
éljuar de mujeres de todos pelos, sil? tener pre-
cisamente harén. Negociaba en ese momento
con el Cónsul norte - americano la venta de su
colección, - formada á costa de inmensos sa-
crificios, y no esperaba para hacerle un corte
EN LAS PIRAMIDES DE EGIPTO. 29 de manga á Mahoma, sino que estuviera con- cluido
EN
LAS
PIRAMIDES
DE
EGIPTO.
29
de manga á Mahoma, sino que estuviera con-
cluido el negocio con su cónsul, el que, á la
sazón, se encontraba entre el grupo de los
veinte y cinco.
Otros viajeros habrán visto más maravillas
que yo; pero apuesto que á ninguno le ha pa-
sado en las Pirámides de Egipto lo que á mí :
encontrarse en la cúspide de la de Cheops, en
un momento dado, con veinte y cuatro conciu-
dadanos, por decirlo así.
Descendamos: llegan las inglesas jadeantes,
sudadas, con sus barrigas descompuestas, pero·
festivas, y tenemos que recoger nuestros som-
breros que la brisa arrastra de escalón en
calón sin conseguir llevarlos hasta el suelo,
tanta es la altura del monumento é inclinado el
plano I
y qué diré en conclusión, como quien le
pone marco al cuadro.
¿Diré como Napoleón, lectoras y lectores
que habéis subido conmigo hasta arriba:
De lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos
nos contemplan ?
¿Ú como el veterano, al oir aquella figura
de retórica, á su cabo:
CAUSERIE. -¿ y á dónde están los cuarenta siglos, que yo no los veo? A
CAUSERIE.
-¿ y á dónde están los cuarenta siglos, que
yo no los veo?
A lo que el cabo contestó:
-Imbécil I el general los ve con su anteojo.
Oh l aquel General para el cual, según
Émerson, todo obstáculo parecía desaparecer
en presencia de sus recursos, que dijo: no ha-
brá Alpes, y no los hubo, y que según Kléber,
era grande como el mundo, -podía ver, con
ó sin anteojo, esos cuarenta siglos
ustedes
y yo, - permítanme la confianza - quién sabe
si los columbramos siquiera!
• Ver bien el pasado, ligarlo sabiamente con
el presente, hasta tener la intuición del porve-
.nir, cuando apenas alcanzamos á divisarla punta
de nuestras narices, - no es para todos I
Por lo que á mí me declaro opa en
esta parte; que las Pirámides nada
me dijeron, cuando las vi por primera vez.
eN LAS PIRAMIDES DE EGIPTO. 3 t Sólo mirándolas retrospectivamente, - algo. me revelaron después.
eN
LAS
PIRAMIDES
DE
EGIPTO.
3 t
Sólo mirándolas retrospectivamente, - algo.
me revelaron después.
¿Qué sabía yo entonces del sistema curvilíneo
del cóno, que en la antígua simbología era un
emblema del fallum y de la generación, y un
endulzamiento del sistema piramidal,más ve-
tusto é igualmente expresivo del teocosmos?
Menos que ustedes, ahora.
Era yo tan ignorante !
Pero en el se hacen bueyes, y aho-
los hago á ustedes jueces del vigor con
ra
que arrastro mi carreta.
¡Respetables padres de familia! permitidme
daros un consejo: no mandéis vuestros hijos á
viajar, sino cuando estén enfermos, que es tam-
bién cuando el médico, no sabiendo qué re-
cetar, aconseja generalmente e cambio de aire».
Mandadlos recién cuando estén preparados pa-
ra poder ver los cuarenta siglos esos de las
pirámides de,Egipto, sin ayuda de vecino, -
sin anteojo, con sus propios ojos.
La mejor nodriza es la patria. Sólo ella nos
da la estructura y el aliento necesarios para
aspirar con anchos pulmones el ambiente.
5610 así podemos llegar algún día á ser hom-
3 2 CAUSEIlIE. bres representativos de la tierra i mientras que, por más que parezca
3 2
CAUSEIlIE.
bres representativos de la tierra i mientras que,
por más que parezca paradójico, los que se
desenvuelven en el extranjero apenas realizan
un tipo híbrido. Llebrarán á ser originales,
puede ser; populares, jamás.
cwp
en el extranjero apenas realizan un tipo híbrido. Llebrarán á ser originales, puede ser; populares, jamás.
ENTRE-Nos. CA USERIES DEL JUEVES POR LUCIO V. l\IANSILLA. v. BUENOS AIRES CASA EDITORA DE
ENTRE-Nos.
CA USERIES
DEL JUEVES
POR
LUCIO
V.
l\IANSILLA.
v.
BUENOS
AIRES
CASA EDITORA DE JUAN A. ALSINA, MÉXICO 1422.
18 90 .
EN CHANDERNAGOR. I. Al señor don Alfred" Zimmermann y Saavedra. -l'l:tu "de l' ill e
EN
CHANDERNAGOR.
I.
Al señor don
Alfred" Zimmermann y Saavedra.
-l'l:tu "de l' ill e Iléll1ontro par des con les, prou-
\1 ve par des rabIes, insinue des
sllggél'e
des
histoil'C8
a dorlllir
de
bout, :lllpliquant
ISOllS
cetto
forllle dü
I'ccit
do
vuyagc
ti
• uséc
flue
les
formes de
l'apologue
• do 1", pambolc,
la vieille Illét.ode
'
y
o he sido medroso, cuando niño, y
ahora que ya estoy jadeando, por tanto
haber intentado trepar, sin que me escar-
mentaran porrazos,- todavía les tengo mie-
do á las ánimas
aunque no crea en ellas,
y
á las tinieblas
aunque en ellas crea,' por-
que las veo y conozco científicamente la
causa que las' produce.
y esto no implica que afirme ni niegue
nada, respecto de lo que dicen los evange-.
listas, sobre las tinieblas de la Pasión,-'- so-
bre el milagro,
que conforme á la liturgía
católica, son los maitines de Semana Santa,
21 4 CAUSERIE. que ustedes conocen. Insisto, consecuente con lo que otra vez he dicho,
21 4
CAUSERIE.
que ustedes conocen. Insisto, consecuente con
lo que otra vez he dicho, en que los milagros
pueden ser fenómenos mal observados, no ex-
plicados. El magnetismo hace tales progresos,
que quién sabe si no estamos en vísperas de
resolver. los más importantes problemas del
alma,- el gran misterio.
Por supuesto que los que me crean un
hombre con calzones, guiíi.arán el ojo, dicién-
dose: vaya otra agacltada
que se lo cuente
á su abuela. i Él con miedo á las tinieblas, sien-
do su vida tenebrosa!
él! que debe haber
hecho penar á tantas almas, 'z"¡zclus2ve la de
algún caballo (1).
Perfectamente, será lo que se quiera, 10 que
se crea. Me refugio, antes de proseguir, en el
aforismo, que ya debo haberles suministrado á
ustedes. (¿ Maundeville no ha dicho veinte
ó
treinta ;'eces ]0 que pensaba?) á saber que:
cuando ]a reputación de un hombre es buena,
el hombre es inferior á su fama, siendo éste
mejor que su reputación, cuando su fama es
(1) V éa se
del caballo.»
la
Causerie
« El famoso
fusilamiento
EN CHANDERNAGOR. 21 5 mala. Y antes de proseguir también, lt.:s pre- gunto á ustedes
EN
CHANDERNAGOR.
21 5
mala. Y antes de proseguir también, lt.:s pre-
gunto á ustedes ó mejor dicho voy á pregun-
tarles, convencidü de que la mayoría
no podrá contestar sobre tablas, si saben qué
es ó dónde está: Chandernagor?
,
Pues. Chandernagor eE una posesión france-
sa, en el corazón de la India, y queda sobre
la margen izquierda de uno de los brazos del
Ganges, el rio Hoogly,- donde yo he estado,
para servirles á ustedes
est05 recuerdos.
Cuando la Francia perdió casi todas sus
posesiones en aquella regi6n,· convino con la
Inglaterra en que le dejaran poseer un pedazo
de tierra, algo así como una estancia, no muy
grande, entre nosotros, en el que pudiera fla-
mear su bandera, como diciendo,- - los pue-
blos tienen· también su vanidad,- del lobo un
pelo, algo es algo; y esto es lo único que es-
plica y justifica, la gobernación de Chanderna-
gor, una factoría nada más, entre otras factorías
inglesas, que ya no son lo que fueron.
El hecho es que la bandera francesa está
216 CAUSERIE. ahí, en Chandernagor, exactamente, como po- dría estar, para ser más claros, la
216
CAUSERIE.
ahí, en Chandernagor, exactamente, como po-
dría estar, para ser más claros, la bandera es-
paiíola, verbigracia, Río Paraguay arriba, si en
la hora en que la España perdió sus colonias,
los americanos hubieran convenido con ella,
en dejarle unos cien kilómetros cuadrados, de
posesión, en cualquier parte, p::lra que nues-
tra madre patria pudiera tener la satisfacción
platónica de cónsiderarse todavía, mentalmente,
duefia y señora de tierra americclna, en tierra
firme ó continental; que lo que son islas, las
tiene riquísimas y codiciadas
y el hecho es también, que ahí, en Chan-
dernagor, yo he tenido la más extraordinaria
sorpresa y pascrr:lo la noche ni 1S angustiosa,--
noche de terror
Los que conversan, los que discuten, los
que enseñan, los que prueban, y hast1. los que
están dispuestos á pelear, suelen decir : « vamos
por partes». Con que así, por partes vamos;
y yendo por partes, le corresponde la primera
á lo de la sorpresa.
Aquí tengo que confesarles á ustedes, con
10!5 que no nos hemos de entender, sino tratán-
donos, como vamos,- con la mayor franqueza
EN CHANDERNAGOR. 21 7 que cuando yo estaba en Chandernagor, igno- raba totalmente lo que
EN
CHANDERNAGOR.
21 7
que cuando yo estaba en Chandernagor, igno-
raba totalmente lo que Chandernagor era, sa-
biendo sólo, y no era poco, que e.staba allí.
y estando allí, como ustedes lo comprenden,
tenía que hacer todo 10 que uno hace cuando
vive, se mueve y camina, teniendo apenas die-
ciocho años.
Acábaba de llegar; hacía poc2-s horas que
h:lbia desembarcado, después de un viaje peno-
sísimo aguas arriba, en algo como una chata;
sin más compañero que mis pensamientos que
eran poquísimos entonces, y me había hospe-
dado en
un
establecimiento que llamaremos
hotel.
Una confidencia literaria, antes de continuar
¿conocen ustedes algo más difícil qUE' narrar?
Caramba! para que ustedes comí)rendan, es
necesario que les -diga que Chanclernagor es
un bosque; que las casas, los hoteles, las ha-
bitaciones de todo género, pertenecientes á los
naturales y á pocos extranjeros, que allí
moran (que allí moraban) son algo de fantás-
tico, perdido, oculto, éntre el follaje de una
vegetación sempiterna, enmarai1ada, riente' y
pavorosa á la vez; porque los pájaros cantan
218 CAUSERlE. de día y las fieras rujen de noche, entre aquel embrollo de árboles
218
CAUSERlE.
de día y las fieras rujen de noche, entre aquel
embrollo de árboles seculares, de enredaderas
y de lianas trepadoras, que los ligan y los
envuelven, apartándolos á unos y á otras, t;l
forminable baniall, que se extiende y se esparse
á la manera de vastísima enramada, pues cada
gajo, que llega á tocar la tierra, echa raíces y
se vuelve á su vez un tronco, siendo empresa
difícil, descubrir e] origen genealógico de aquel
arbo], por decirlo aSÍ, patriarcal.
-Señor!-me dice mi secretario,-si usted
no va a] grano, cuanto antes, se va á enredar
en las cuartas.
- Mi amigo,--· le observo yo- ¿ pero no
me ha dicho usted otras veces que tenía con-
fianza en mí?
-Si, señor, y la tengo.
--- Bueno
gracias, por ]a interrupción, que
me permite ordenar un poco las impresiones
que estoy evocando, y adelante.
Era así como la hora mística del crepúsculo.
Iba yo por una soberbia alameda de Chander-
nagor, aspirando el ambiente perfumado de
aquellas auras tropicales, cuando al pasar por
la ventana ó balcón, porque no era lo uno
EN CHANDERNAGOR. 21 9 ni lo otro, dada la arquitectura especial de la localidad, reparé
EN
CHANDERNAGOR.
21 9
ni lo otro, dada la arquitectura especial de
la localidad, reparé en dos personas, un hom-
bre y una mujer, que me miraban, y que yo, á
mi vez, miré, diciéndome: « ese homcre, yo lo
conozco» , y pensando que el hombre al mirar-
me, se decía, comunicándole su impresión á la
mujer que con el estaba: « esa cara yo la he
visto alguna vez. »
Ni él ni ella podían moverse, yo avanzaba,
y un cierto magnetismo inexplicable me atraía
hacia los dos. Me detuve á cierta distancia.
Miré, me miraron, nos miramos fijamente, nos
examl11amos, nos l11SpeCClOnamos
-Lucio! me d-ijeron, Lucio! me dijo el
hombre.
Yo no podía á nadie. Veía, tenía
delante; allá entre las espesuras de la India,
algo como el resplandor de un recuerdo pasa-
do, pero ¿quién era ese hombre? ¿á qué sujeto
que yo hubiese conocido pertenecía esa cara?
Aver, señores) ustedes, que tienen tantísimo
talento, que entienden por sei1as, que leen en-
tre reglones, que.adivinan los autores, que ha-
cen y deshacen reputaciones, ayúdenme, no
á decir quién era el sujet10 ése, sino á trasmitir·
.
220 CAUSERIE. les á ,ustedes mi impresiór., en aquel momento inolvidable de mi vida. Inolvidable!
220
CAUSERIE.
les á ,ustedes mi impresiór., en aquel momento
inolvidable de mi vida.
Inolvidable! Acaso es sólo inolvidable el mo-
mento en que uno se escapa de que lo ahorquen
creyendo sentir toda la vida en el pescuezo la
sensación de la soga, como Gregorieff? Hay
muchos momentos inolvidables.
Es claro que ustedes saben quién era Gre-
gorieff, y que sólo por las dudas debo recor-
dar el puesto simpático que el pobre desterra-
do ocupa en la vigorosa literatura rusa, en
esa literatura crIstianamente realista, que ora
sean sus intérpretes los nobles, como Tolstoi,
ó los plebeyos, como Dostojewsky, no es .más
que un inmenso la!TIento de la humanidad.
La .impresión que" yo recibí no la puedo
comparar sino á la que recibiría cualquiera
de ustedes que, condenado á la Penitencia-
ría, se encontrara con que el guardián era una
cara conocida.
Una cara conocida, en la India! en Chan-
dernagor! después de un viaje, abrumador,
aguas arriba!
al caer la .tarde, solitaria la
persona, aislada, segregada del resto' del Uni-
verso, sans yz·me et sans raison; porque ni
EN CHANDERNAGOH 221 la lengua entendía que á mi alrededor se ha- blaba! ¿ Que
EN
CHANDERNAGOH
221
la lengua entendía que á mi alrededor se
ha-
blaba!
¿ Que sabía yo entonces, lo que quería de-
cir en bcnga"lí,
del Indostán: tuJJZ kaisc ho
Tanto' como ustedes, que ahora recién van
á saber, que quiere decir: ¿Cómo está usted?
y que se pronuncIa como suena.
Me sentí acompañado, amparado en este
mundo.
-Señor, repuse, y señor, en espai10l, y
¿ en qué otra lengua sino en la vernácula
querrían ustedes que hablara, cuando era mi
alma lo que hablaba?
A propósito ¿quieren ustedes que les diga
cuál es el signo infalible de que se empIeza
á conocer una lengua?
Hay tres: contar, rezar, amar en ella; es
decir: uno, dos, tres
Dios mio
."1 te amo
-Señor, volví á decir: yo lo conozco á
usted, pero no sé quién es.
y
mi acento y mi expresión y mi ansiedad
y mi curiosiJad debían ser visibles.
222 CAl1SERIE. Ah I conocen ustedes algo más angustioso que estas situaciones, en las que
222
CAl1SERIE.
Ah I conocen ustedes algo más angustioso
que estas situaciones, en las que el paralelis-
mo sentimental no es matemático,- y en las
que el hombre más amable y de criterio,
en vez de decir cuanto antes, «soy yo», observa;
qué momento para observaciones I
es como preguntarle al que pide de beber:
« por qué tiene usted sed?» cuando lo primero
es satisfacer su ner.esidad física,-· y en las que
el hombre, más amable, decía, arguye, como
fué el caso mío:
-- Pero Lucio, qué I no me conoce usted?
Yo no pensaba en aquel momento, no ligaba
recuerdos, no asociaba ideas; en. una palabra,
sólo sentía; estaba dominado por la emoción
de la
sorpresa, y mirándome ahora en el es pe .
jo se me ocurre que debía tener la cara que se
pone, cuando por la sorpresa y por el gusto,
se abren ojos y la boca contrayendo ésta,
viendo menos, cuanto más se mira, y acaban-
do por hacer una especie de je
je
je. !
que no es ni deja de ser risa.
¿Ó querían ustedes, que como los Dyoks
de Borneo, abriera la boca cuán grande es, mo-
EN CHANDERNAGOI\ 223 viendo la cabeza de un lado á otro y golpeán- dome el
EN
CHANDERNAGOI\
223
viendo la cabeza de un lado á otro y golpeán-
dome el pecho?
Es
curioso observar de
cuántús modos di-
versos - se manifiesta la sorpresa, el miedo,
el terror, según las latitudes, - que no sólo
cambia la moral y la justicia por grados.
En Calcuta, los parz"as trabajadores no pue-
den fumar cuando están ocupados en ciertos
trabajos, para los ingleses conquistadores, pero
son como nosotros, hijos ó descendientes de
los primeros hombres, y por lo tanto se dan
maña, burlando la vigilancia de.los guardianes,
algunas veces. Hay que verlos entonces. No
hacen como haría uno de nosotros, sino otros
gestos, otras contorsiones, pateando el suelo
de despecho.
Dar.win tiene un estudio interesantísimo so-
bre las emociones, - que recomiendo á uste-
des, - así como también les recomienrlo que
lean lo que uno de sus discípulo.s acaba de des-
cubrir sobre el fenómeno de la risa, mediante
la cual se puede estudiar, qué creen ustedes?
El carácter.
Los
pondré en
autos,
para que cuan'do se
CACSERIE:. encuentren estudien el mío, diciéndo- les que hay tantas risas como vocales. Las personas
CACSERIE:.
encuentren
estudien el mío, diciéndo-
les que hay tantas risas como vocales.
Las personas quc se ricn en A son francas,
leales, alegres y un tanto volubles ó versütiles.
La ris1. en
E
e5; propia de los
flemáticos
y
de los melancólicos
La risa en 1 es la de los niños, la de los in-
génuos, la de los serviciales, la de los tímidos ó
irresolutos.
La risa en O indica generosidad y valor.
La risa en U hay que evitarla; es
la de los
misántropos.
Al fin, y como quien estalla,- no como es-
talló don Manuel Lucero, ex-Gobernador de San
Luis (ya les contaré esta historia) cuanclo in-
terpelado por Santiago Arcos en esta forma:
por qué dejó usted caer á Rozas?» le
tó: « Porque no lo pude remediar,» - sino co-
mo estalla el que quiere resolver una situación
y salir de una curiosidad le
depara una
agradable sorpresa, dije en un rujido afec-
tuoso:
-Pero, por Dios! Señor, dígame usted quién
es: yo no lo conozco.
- Entre usted, hombre, Lucio.
EN CHANDERNAGOR. La mujer, que no había hecho más que obser- var,- yo era muy
EN
CHANDERNAGOR.
La mujer, que no había hecho más que obser-
var,- yo era muy bonito muchacho entonces,
y dla de rechupete, y creo que sin su pre-
sencia habría caído cuanto antes en cuenta,-
la mujer puso una cara que no hay lengua hu-
mana inventada hasta ahora bastante expresiva
para explicarla. Saldré del paso diciendo que
puso una cara inefable
Entré.
-Lucio, insistió aquel hombre, cómo! no
me reconoce usted?
Vaya un momento, para conocer y reconocer
cuando la cara de una muchacha'lindísima nos
perturba.
déle con la canasta.
--Lucio, pero qué? no se acuerda usted? y
Aguscinita, cómo está? Y el señor don Juan
Manuel? Y su papá?
y
y
el
hombre me abrazaba, y me besaba y
me estrujaba, y Lucio va y Lucio viene
y
yo tenía dieciocho años y estaba bajo el tró-
pico, en la India, en
Chandernagor
y no
veía más luz que los dos ojos
negros de una.
mujer.
Aquí y entre nos y confidendalmente ¿han
llí
CAUSERIE. visto ustedes luces más diamantinas que los ojos eJe lIna dOlla cualcF1lera, sean neg-ros,
CAUSERIE.
visto ustedes luces más diamantinas que los
ojos eJe lIna dOlla cualcF1lera, sean neg-ros,
pardos, azules, grlses, verdes? Hay ojos de to-
dos colores. pero no hay más que un solo ojo
que fulmine,- el negro
asi como el azul
perturba y enloquece.
No sé cuál será la 'opinión de ustedes; pero
sí sé que por recursos del arte, aquí digo, hoy
por hoy, basta, omitiendo el consabido « conti-
tiuará» ó hasta la vista», que me parece muy
cursi, como·dicen en Andalucía, ó muy guaran-
go, como decimos aquí. Es más elegante, me
parece, acabar á la francesa, diciendo: Sans
adicu. A mi me gustan las elipsis. ¿ Y á uste·
des? Cada lengua tiene su gracia peculiar para
estas cosas, y un inglés, por ejemplo; no puede
acabar si ha de decir, le! us finishe tan bien y
tan redondamente C01l10 un español ó como
un francés, porque « acabemos
es más breve
y jinúsolls lo mismo, y más sonoro todavía.
EL HOMBRE DE CHANDERNAGOR (1) 11. Á Simón de Iriondo, Ataliva Roca (hijo) y Julio
EL
HOMBRE
DE
CHANDERNAGOR (1)
11.
Á Simón de
Iriondo, Ataliva
Roca (hijo) y Julio
Peña.
- pl:1ignez pas t,r,'p les yieill:mls qui ont
-lfL goutfe, [JlfLignez les jeunes gens qui ont
- de J'expérience.·
E L hombre que estaba en la ventana ó bal-
cón, _que me había conocido y recono·
cido, 'llamándome familiarmente por mi nom-
bre de bautismo, que acababa de abrazarme
con efusión, insistiendo en preglll1tarme, si no
lo reconocía, era ¿quién se imaginan ustedes?
(1) Véase la «Causerie» del Jueves anterior,.en la
que por error de memoria digo Manuel por Pablo, lo
cual me ha valido esta carta, que agradezco, porque
ella me sugiere una «Causerie» , que dedicaré á su
autor, no pudiendo, en ningún caso, confundirse, por
otra parte, las especies de Manuel y Pablo Lucero.
«Mi querido amigo:
« Leo su Causerie de hoy en SUD·Al\TERICA y en-
cuentro el nombre de nuestro COml1l1 amigo, el doctor
don Manuel Lucero, Diputado,
Camarista,
Convcn-
228 cAlTsER1E. Ni más ni menos que el gobernador ele Chandernagor. ey cómo podía conocerme
228
cAlTsER1E.
Ni
más
ni
menos
que
el
gobernador
ele
Chandernagor.
ey
cómo
podía conocerme á mí tan -perfec-
tamente aquel personaje?
Es muy sencillo;
Monsieur de yignety, que
así se llamaba, había. estado en Buenos Aires
algunos años antes de nuestro encuentro, en
calidad de secretario de Legación, y, por sus
méritos y servicios, lo habían mandado á aquel
destierro.
.
Era un hombre así como de cuarenta años,
.pequeño, enjuto, movedizo, aunque á veces
parecía concentrado en una contemplación pro-
funda; tenía la frente abovedada; ovalados, ne-
gros y esmaltados los ojos; regular y correcta
la nariz; algo grande la boca y carnoso el labio
cional, etc., en la antigua Confederación y Rector
en b Universidad de Córdoba, confundido con don
Pablo, Lucero, ex-Gobernador de San Luís y otras
yerbas, etc., que no son para meneallo
« N o sé si es error de imprenta ó de su escribiente,
pero, en obsequio á la memoria de nuestro amigo
el doctor Lucero, cuya ilustración, cómo hombre de
parlamento y como jurisconsulto seI1alaron .su paso
,en la vida, le hago notar la eq ui vocación.
« Suyo siempre afmo.
MELITÓN
GONzALEZ
DEL
SOLAR.»
EL HOMBRE DE CHANDERNAGOR. - 229 inferior, sin sensualidad; lacio y como ébano el cabello,
EL
HOMBRE
DE
CHANDERNAGOR. -
229
inferior, sin sensualidad; lacio y como ébano
el cabello, encerrando una lánguida cara trian-
gular, la cara blanca, blanco mate, más pare-
cida que he visto á la del doctor don Juan
Bautista Alberdi, nuestro gran ideólogo po-
lítico. Y, curioso fenómeno de asimilación ex-
ternas, por 13.' semejanza fisionómica, Monsieur
de Vignety era á su vez un ideólogo, en otro
porque era idealista y casi místico.
¿Cómo sé yo estas cosas? ¿Cómo pude sa-
bt'rlas en la época á que me refiero?
También es muy sencillo. El por qué de las
cosas, .será siempre difícil; el cómo no tanto, si
se reflexiona y se sabe asociar ideas ó recuer-
dos, por instinto, ó por educación mental, auxi-
liados por la memoria.
Sí, educación mental, por si acaso creyeran
ustedes- que no he expresado mi pensamiento
la exactitud que quería. Todo se educa: la
mano, el pie, el ojo, el oído, l!l lengua, - esta
sobre todo,
así se aprende á no hablar mal
del prójimo, á oir, ver y callar. La vida humana,
- consciente ó inconscientemente, - - es u.n
perfeccionamiento de educación. Yo creo en
ésta como creo en las leyes físicas; en que un
23° CAl'SERIE. cuerpo en el agua no pesa lo mismo que fuera de ella. La
23°
CAl'SERIE.
cuerpo en el agua no pesa lo mismo que fuera
de ella. La educación hasta el carác-
teL La salud del alma tiene, como la salud
corporal, su higiene y sus remedios; y es una
ciencia verdadera descubrir las influencias físi-
cas y morales que ejercen su imperio de una
manera latente á veces pero real, sobre el ca-
rácter.
Con que aSÍ, eduquemos y eduquemos
se pueda, y educando, eduquémonos á noso-
tros mismos, cada vez más y más, y adelante.
y cuando digo eduquemos, no quiero decir
precisamente que multipliquemos las escuelas,
los colegios,-las universidades sin ton ni son;
sin plan, sin método, sin ideales definidos. No.
Quiero decir también que necesitamos sustraer
al niño, al joven, á las mil casualidades y peli-
gros de la calle, á los impulsos sin coacción,
convencidos de que las generaciones son lo gue
se hace de ella.s por el verbo, por la acción,
por el ejemplo de la vida. Veo asomar una
epidemia, especie de «influenza» deletérea del
temperamento, á la que hay que oponerle la
higiene moral, mucho más eficaz en 'mi con-
cepto que los códigos criminal y penal.
EL HOMBRE DE CHANDERNAGOl{. 23 1 Cuando treinta años después nos encontra- mos en París
EL
HOMBRE
DE
CHANDERNAGOl{.
23 1
Cuando treinta años después nos encontra-
mos en París con el doctor don Juan Bautista
Alberdi, - yo fllí quien lo induje á volver á
la tierra, quitándole de la cabeza una parte del
terror que le habían infundido los panfletistas,
enerpigos de su doctri na y de su política,-
la primera impresión que recibí fué: ¿dónde
he visto yo, antes de ahora, esta cara? Y me
perdía en un mundo de conjeturas confusas,
indiscernibles, como el color y la forma de una
nube solitaria en el espacio, se deshace,
se trunca, se rehace y se colora, movida y re-
movida por opuestas corrientes atmosféricas.
Ya caigo, me dije por fin
la he visto en
Chandernagor; esa era la cara inteligel,lte, la
mirada expresiva, la sonrisa la expre-
sión en todo momento, de Monsieur
de Vignety; lo estoy viendo sentado en la
mesa redonda de su sala, oculto en la penumbra
de la nítida lámpara incandescente, que derrama
su mórbida luz de topacio traslúcido, templada
por amplia pantalla verde, sobre un volumen
23 2 CAUSERIE. de los sermones de Bourdaloue, - de ese gran predicador, cuyas inspiraciones
23 2
CAUSERIE.
de los sermones de Bourdaloue, - de ese gran
predicador, cuyas inspiraciones venían 1 no como
las de Massillón, del sentimiento, sino de la
profundidad de la idea, - que él nos lee des-
pués del té con unción fervorosa, á el/a y á mí.
Ella
es la mujer esa, de ojos negros, que
cuanto más me miraba, -- por curiosidad-
tanto más me perturbaba, embrollando mis re-
cuerdos, confundiéndome hasta no permitirme
adivinar por decirlo así, quién era aquel hom-
bre con quien nos conocíamos
Sin aquella mirada persistente,
es probable que yo hubiera exclamado ya:
.
. ¡Monsieur de Vignety' ¿usted por acá?
¡Cuándo dejarán las mujeres de curiosear las
emociones de la cara de un hombre joven ó
buen mozo, que nunca han visto; cuándo de-
jarán de hacerlo entre nosotros sobre todo,
donde las señoras y las señoritas, cualql'iera
que sea su condición social, -en Europa y
Estados Unidos, no es así, - miran, remiran y
examinan analíticamente desde la cabeza hasta
los pies, á quien no conocen, exponiéndose así,
á que les dirijan un
y algo más que
un piropo,-que aquí, teniendo de Dios
EL HOMBRE DE CHANUERNAGOR. 2,)3 creó, no es como en Andalucía, dondE' á una fe2.
EL
HOMBRE
DE
CHANUERNAGOR.
2,)3
creó, no es como en Andalucía, dondE' á una fe2.
ó á una linda, si algo se le dice es siempre una
chuscada que no falta al respeto: á la fea, ¡qué
monada! á la linda i qué horror!
Naturalmente, como yo soy uno, y ustedes
los que me leen son varios, matemáticamente,
se puede afirmar, que la potencia de compren-
sión de ustedes es mayor que la mía.
Dejo, pues, á la idealidad de su imagina-
ción, á la visión, el traducir las impresiones en
que yo debía sumergirme, -siendo á penas un
doncel diez y siete años, - á medida que
aquellos dos ojos, se clavaban como saetas en
los míos, que, no pudiendo ya más, miraron,
por fin
No sé que morrtlista excéptico, - no soy yo,
-ha escrito que los amantes se engañan mi-
rándose. Yo pude, pues, no hallándome en ese
caso, resp.ecto de aquella mujer peregrina,
acertar, en vez de engañarme, mirándola in-
tensamente á mi vez.
Ella bajó entonces los tentadores ojos.
Tiene nueStro sexo contrario, el instinto del
ataque y de la retirada.
Yo, dueño de la situación psicológica, reco-
234 CAUSEIUE. bré el uso de la palabra, que había perdido por la sorpresa, la
234
CAUSEIUE.
bré el uso de la palabra, que había perdido por
la sorpresa, la emoción, y los extremos de la
recepción del dueño de casa, que no me daba
tregua, -y recapacitando y como quien, al ful-
gor de los relámpagos, ve iluminarse el paisaje
cobrando bríos, y viendo más claro después
que pasa la primer ofuscación, - evoqué la pa-
tria que vino en favor y auxilio mío, diciéndo-
me la plácida recordación de la tierra natal, del
hogar, de la familia, ele los camaradas de cole-
gio, de la amistad
: ese hombre que te brin-
da su hospitalidad en opliesto hemisferio, ese
que tienes delante, ese que con sus extremos
no te deja contestar, ese, es un conocido de tu
familia; ese es el amigo de Monsieur Léfebvre
de Bécour, (1) el marido de tu tía Nieves, la
amiga predilecta de tu madre
j Monsieui de Vignety ! prorrumpí echándole
los brazos al cuello, y nos - sin-
tiendo probablemente, en este momento no
llamo tía, por cariño.
(1) Este caballero estuvo después aquí de Minis-
tro de Francia, está casado con la señora Nieves
Spano, hermana de la que fué consorte del General
Guido. Tengo buenas anécdotas sobre ella, á la que
EL HOMBRE DE CHANDERNAGOR. 235 me acuerdo bien, que el encuentro no fuera, propiamente hablando,
EL
HOMBRE
DE
CHANDERNAGOR.
235
me acuerdo bien, que el encuentro no fuera,
propiamente hablando, con la inocente curios3.
de los ojos negros, que ya no me miraba,
como al principio, sino con ese modo de mirar
significativo que dice: « bueno, ahora supongo
que usted no tendrá tanta vergüenza,» modo
que es platónicamente- culpable, en su ingenua
provocación.
-Usted por acá? pero hombre, qué sor-
presa! si en cuanto
lo divisé á usted ya lo re-
conocí; no vacilé un punto y le dije á ésta,-.
mi hermana (había olvidado presentársela á
usted) y me lél presentó., y nos saludamos, sin
mirarnos ya): yo CfJl10ZCO á aquella persona que
viene
mira
fíjate
Sí, señor, ando viajando.
-; Por la India? -
-Sí, señor, he venido á Calcuta á hacer un
cargamento.
-¿Un cargamento? (y me miró con una
cara muy pecu.1iar).
-Sí, señor, un cargamento de cosas de la
-
,
India y de b China, que son tan raras allá en
Buenos Aires; y
S111 cnsls.
se venden tan bien
con Ó
CAUSERIE. y erá la verdad, solamente C}ue el tal car- gamento, nunca 10 hice: ¿por
CAUSERIE.
y
erá la verdad,
solamente C}ue
el tal
car-
gamento, nunca 10 hice: ¿por qué?
. ¡Ah! pero si me detengo á contarles á uste-
des esto, no vamos á acabar nunca. ¿Quieren
ustedes que lo dejemos para otra oportunidad?
Por el momento les diré, que el cargamento no
se hizo, por la sencillísima razón de C}ue, en vez
de comprar mercaderías,· qtle era mi encargo,
compré placeres, me gasté toeb la plata, que
era unas mil libras esterlinas. Eso sÍ, que
.como yo se lo explicaba muy bien á mi buen
padre, las como un caballero,
dejando
bien puesto mi nombr:e, por donde quiera que
pasé, por la India, tanto que si no me mandan
refuerzos, no sé cómo salgo del paso. Y man-
den ustedes después muchachos de diez y siete
ar10s á la India á hacer cargamentos como ya
lo he dicho. '-Son capaces; porque, con raras
excepciones, los padres están siempre encan-
tados de sus hijos, ni más ni menos que los
maridos de sus mujeres, las cuales sólo allá
por muerte de un obispo, están encantadas de
sus maridos, convencidas de C}ue es mejor el
·de sus amigas íntimas, aunque en ello se mezcle
la traición.
'
EL DE CHANDERNAGOK. 237 Me invitaron á comer. Me excusé alegando que apenas había visto
EL
DE
CHANDERNAGOK.
237
Me invitaron á comer. Me excusé alegando
que apenas había visto mi alojamiento, que
era tarde, que quedaba lejos, que no conocía
el camino, que era ya casi de noche. Fué
inútil. Insistieron y tuve que aceptar, prome-
tiéndome que un sirviente me acompañaría, -
lo cual no era difícil, pues en la India los sir-
vientes 'no faltan. Yo eea hombre solo y solo
vivía, y tenía seis sirvientes. Y para que uste-
des no lo pongan en duda, les diré en lo que
consistían las obligaciones de unos y otros. El
principal era mi vale! de chambre. Le seguía el
sirviente de mesa ( en una
comida, cada cual
tiene su sirviente), luégo el portero. Venía
después un paria que era el 9ue sacaba de mi
aposento las aguas sucias: Por último tenía el
que cuidaba mi cabriolé y el caballo y el 'l'alet
de pied
La comida duró poco; primero, porque éra-
mos tres; segundo porque era frugal, como son
siemrJre en la las comidas de los europeos
que ' respetan la higiene: mucha gallina, el
pavo es raro y carísimo; mucho arroz en todas
formas; mucho currze, muchas jaleas, mucha
fruta, mucho café ó mucho té; y después de
CAtJSERU:. comer, gran charla, revista general del Río de la Plata, y una cierta inquietud,
CAtJSERU:.
comer, gran charla, revista general del Río de
la Plata, y una cierta inquietud, gentilmente
disimulada, en Monsieur de Vigncty, de que
yo no fuera comerciante, sino un descarriado
del recto sendero, llevado por ·Ios vientos del
destino hacia aquellas regiones, con tan pocas
atingenci-as con éstas y con mis antecedentes
de familia y personales. Pero su benevolen-
cia genial podía más qtú.! su espíritu de
desconfianza. Yo debía, por otra parte, tener
ese acento persuasivó del que contesta inge-
nuamente, sin pensan1iento ulterior preconce-
bido, la verdad, porque otra cosa no puede
decir ni tiene que decir; así es que, por grados,
me sentía á mis anchas, lamentando sólo que
el tiempo fuera corto, y que momento más,
momento menos, tuviera que ver eclipsarse la
beata luz de aquellos ojos divinos hundién-
dome en las tinieblas nocturnas de mi hotel,
que aunque apenas 10 hubiera visto, se me
figuraba ya una necrópolis
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Era así
como media noche, cuando me
re-
EL HOMBRE DE CHANDERNAGOR. 239 tiré: me acompaI1abauri indio de gran estatura que con su
EL
HOMBRE
DE
CHANDERNAGOR.
239
tiré: me acompaI1abauri indio de gran estatura
que con su traje blaúco talar, parecía un fan-
tasma en la sel'va: y digo bien, porque si uste-
des se acuerdan, recordarán, que ya les dije
que Chandernag-or es un bosque.
Me dejó en la puerta
parti_ó
Yo tenía
el pie en el dintel y de allí no pasapa, querien-
do
un murmullo sordo, que nO puedo
expresar sino diciendo las inexplicables armo-
nías de la naturaleza, un-aire perfu-
mado de azahares; cantos de aves canoras,
nunca oídos susurros indecibles; rujidos frago-
rosos,-algo que era terreno y del otro mun-
do, que consolaba y daba escalofríos á la
vez, me contenía, pudiendo más que illi volun-
tad de
Vacilé, luché, entré
Me
recogí vestido, quise
las sombras veía fantasmas
imposible
ren
los tigres me
mostraban sus bocas dentadas como cavernas,
por las celosías o persianas
(no hay más
puertas en la India. , .) y boas constrictoras for-
midables, asomaban sus chatas cabezas por
todas las rendijas
tuve
miedo
grité
.
.
Pocos instantes después, vagaba aterrado po;
nadie
vino
y aquello, no
era un
sueI1o
CAUSE1UE las orillas del río, envuelto en una niebla tro- pical tan densa que no
CAUSE1UE
las orillas del río, envuelto en una niebla tro-
pical tan densa que no me permitía ver mis
propias manos
casa de ella
é instintivameLte buscaba la
y sus negros ojos me guiaban
como
estrellas polares
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. lII. Al señor don Pabio G. Rueda. 'Yo mismo recuerdo que
LA NOCHE
DE CHANDERNAGOR.
lII.
Al señor don Pabio G. Rueda.
'Yo
mismo recuerdo que los "rÍltdos ue la
'CIlSa. me conl:1b,m l:1s
más cxtraiJas
brujas rlc mi Jlu"blo. y
y
'extr,wagn.ntes
de las
('aún hace [toco tiempo
había.
un
ane1a.no h!co
'IÍ. quien se le tcní:1 ¡JOr iniciado en los secretos
·uc la Sul"""""',,
·
JOAQuíN
V.
GO!<ZÁLEZ.
H E trabajado mucho con el cerebro para
ver de ligar esto con lo otro, la llegada
á Chandernagor y la n?che que allí pasé.,
ustedes se sonríen
creen que me elogio
Pues han de saber ustedes que Édisson tra-
bajó siete l11e:ies, á razón de' dieciocho y
veinte horas diarias sobre esta soJa palabra:
Specia, specia, specia, specia, decía él en
el
fonógrafo, y el instrumento le respondía:
Puia, pecia; pecia, y no
podía hacerle decir.
otra cosa.
16
CAUSERIE. Pero insistió, hasta que consiguió lo que qüería, y ahora se pueden leer mil
CAUSERIE.
Pero insistió, hasta que consiguió lo que
qüería, y ahora se pueden leer mil palabras de
un diario, en un fonógrafo, con la velocidad
de
ciento cincuenta palabras _por minuto, re-
pitiéndolas el instrumento sin una omisión.
El mismo Édisson, que es tan interesante,
así cuando habla como cuando trabaja, re-
fiere, que para darse cuenta de la dificultad
de la tarea que ha realizado, necesita decir
que las impresiones hechas sobre el cilindro,
cuando la aspiración ,de Specia es producida,
apenas alcanzan á una millonésima de pul-
gada de profundidad, siendo todas ellas in-
visibles completamente, hasta para el micros-
COpIO.
Y, textualmente, dice: « esto les dará á uste-
des una idea de mi manera de trabajar.» No,
yo no soy un teórico, ni me doy aires de
sabio. Los teóricos y los sabios obtienen gran-
des éxitos, explicando en lenguaje escogido lo
que los otros han hecho. Pero, todos sus
conocimientos de fórmulas, puestos juntos,
no le han dado hasta ahora al mundo más que
dos ó tres invenciones de valor. Es muy fácil
inventar cosas asombrosas, la dificultad con-
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 243 siste en perfeccionarlas bastante para darles un valor comercial De
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
243
siste en perfeccionarlas bastante para darles
un valor comercial
De
eso
es de
lo que yo
me
ocupo.
Perfectamente, y opinando como ustedes
opinan, no lo dudo, que es mejor no discutir
si Édisson es sabio 6
no; lo que yo sé es
que, hasta cuando no se trata de descubrir
y de aplicar, sino de hacer con cierto arte las
cosas es imposible producir sin trabajo y sin
trabajar, sin lo que la mente
sugiere y los
nervios aplican, por el movimientoó la acción,
como cuando el cerebro piensa y la mano
escribe, aunque no sea la propia mano. Y aquí
anoto una singularidad y es que, cuando yo
dicto, pienso y escribo mentalmente, figurán-
doseme á veces que le llevo la mano á mi se-
cretario, el cual ya me está mirando, como
diciéndome: « no tan máquina ».
Ya lo creo que se necesita trabajo para
todo. Yo he trabajado, no siete meses á razón
de. dieciocho y' veinte horas, por día,
como
Édisson, y tengo regular memoria, tres días y
tres noches, para meterme en la cabeza de un
modo Inolvidable (fíjen"se bien en esto) estas
pocas palabras inglesas: «Corcoran Gallery
244 CAUSERIE. of Ar!.» ,y á mi secretario le ha pasado lo mismo con estas
244
CAUSERIE.
of Ar!.» ,y á mi secretario le ha pasado lo
mismo con estas palabras que la mayor parte
de ustedes no conocen bien, estoy casi cierto
de ello: grávl"da y térefe. Busquen en el dic-
cionario, que lo otro tendré yo que decirles á
ustedes 1_0 que significa no siendo materia de
léxico. Significa un
« museo artístico fundado
en Estados Unidos en 1869, por la munifi-
ciencia de un patriota, llamado Corcorán»,
museo que está en Wáshington, que recién
fué inaugurado en 1874, que tiene su renta,
que está abierto todos los días, excepto el
domingo y cuya entrada es gratis los martes,
jueves y sábados, valiendo veinte y cinco
céntil11Qs, los lunes, miércoles y viernes.
y ahora ¿qué tendrá de particular que sea,
en efecto,
verdad que yo me haya visto en
apuros, de los que toclavía no he salido, aunque
esté saliendo, para establecer la indispensable
conexión entre el principio, 10 del medio y
esto, que parece ser el final, si al empezar no
más ya me agarré á brazo partido con las di-
greslOnes o o o.
¿Acaso Anatole France, que es para ustedes
mejor escritor que yo, no se defiend'e también
?
o
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 245 de ciertas incoherencias, dkiendo, cuando habla de las canciones populares
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
245
de ciertas incoherencias, dkiendo, cuando habla
de las canciones populares de la antigua
Francia: Yo quisiera que estas C"auseries se
pareciesen á un paseo
Yo quisiera que estos
rengloncitos negros diesen la idea de una
conversación sostenidá caprichosamente en un
camino sinuoso
? ¿Y al principio de la crí-
tica, él uno de los más populares escritores,
observador y agudo, benévolu é instruido, no
conduye diciendo: « he aquÍ terminado nues-
tro paseo. Confieso que ha sido más sinuoso
de lo que convenía. Y o tenía hoy mi
espíritu
vagabundo y 1'eprojn·d. Qué queréis? El mismo
viejo Sileno no conducía todos los días su
asno á su gusto. Y sin embargo, era poeta y
dios? »
Bueno, yo confieso que ya estoy en ello,
que trabajando, pensando, discurriendo, pre-
parando, arreglando, cada cosa en su celda
cerebral, he dado al fin en la tecla, y que ya
puedo decirles á,
vorido
ustedes por qué salí despa-
Ah!
Y aquí vamos á tropezar con otra difi-
cultad;
aquÍ ya veo
que lo
que
me parecía
que
podía ser
final
se
va
á
convertir en
CAL'SERlt<:. continuación, y que usteues van á tener que armarse de la paciencia de Job,
CAL'SERlt<:.
continuación, y que usteues van á tener que
armarse de la paciencia de Job, para llegar
hasta la terminación.
Los ingleses ticllen l!11la expresión muy grá-
fica, que es como si dijéramos hacerse una colita
á sí mismo, que emplean cuando necesitan dar-
se ánimo, y es está: let me pull my self
together. Yo la empleo cambiando el pronom-
bre mi por 1/S (nosotros) y les digo á usteucs,
ayudémonos, empujémonos
¿Cuál es esa dificultad?
Que yo quería ahorrarles á ustedes la mo-
lestia de saber, si era efectivamente cierto lo
que les había dicho al principio del capítulo
primero, afirmando que he sido medroso y
que todavía les tengo miedo á las tinieblas.
PiJes no hallo tangente por donde escapar-
me, y no hay más, tienen usteues que resig-
narse y que leer.
La casa en que vive mi madre ahora, está
en las cuatro esquinas de las calles Alsina y
Tacuarí y es la-de altos, que hace cruz mircll1do
á la manzana de las monjas Catalinas. Tiene
otras señas,; una de ellas, la más notabre, la
infalible, para no confundirla, es un gran bal-
.
.
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 247 cón lleno de plantas, y de flores naturalmente, que han
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
247
cón lleno de plantas, y de flores naturalmente,
que han sido, son y serán la pasión poética
de la mujer querida
que me dió el ser: pa-
sión mía también. Y bien haya á los
suyos se parece
en lo bUéno.
Más, esa casa era, treinta años atrás, baja,
habiendo sido antes, en tiempo de los espa-
ñoles, como ya lo he dicho, cárcel. Llamábase:
« el presidio viejo» Y, con tal motivo, corrían
cuando yo me criaba una porción de cuentos
extraordinarios.
El tío Tomás; un negro soldado, asistente
de mi padre, que nosotros adorábamos, mis
hermanos Eduardo y Lucio Norberto (el señor
Prefecto Marítimo don Carlitas, no había na-
cido todavía), decía que había ánimas y nos
metía unos julepes del diablo. El tío Valentín,
otro negro rengo, esclavo de la casa de mi
tío don Tristán Baldez, que vivía al lado, decía
que se oían ruidos, y nos poníamos pálidos, y
todas las negras y mulatas de la casa, que eran
una caterva, juraban ellas habían oído,
una porción de veces, los lamentos de las
alínas que penaban en los calabozos subterrá-
neos del presidio, y nosotros, oyéndolas jurar,
CAUSERIE. nos helábamos; y, para hacernos dormir ó para que nos quedáramos quietos en la
CAUSERIE.
nos helábamos; y, para hacernos dormir ó
para que nos quedáramos quietos en la cama,
mientras eilos retozaban, en ausencia de los
amos, tenían varios expedientes.
Prescindo del «ahora no más viene el dia-
blo» al que yo le temblaba; porque lo conocía
de vista. Me refiero al que está todavía en San
Miguel á los pies del Arcángel que lo pisa en la
barriga, haciendo relucir su espada.
La pedagogía por el miedo, de·las nodrizas,
de las amas, de los sirvientes de toda clase, es
fecundísima. Los padres no se preocupan mu-
cho de ella
V, sin embargo, es tan peligrosa
para el cuerpo como para el alma, siendo el
niño, como dice muy gráficamente un escritor
de cuya imagen me un ser cartilagz'1zoso.
i Cuántas criaturas contrahechas no andan por
ahí; porque los tironean para hacerlas caminar,
porque no las sujetan suavemente cuando
pisa mal, porque las alzan brutalmente cuando
caen y sin mala intención! Cuántas otras no
padecen de terrores pánicos, porque habiendo
l1acido naturalmente miedosas, se explota en
ellas sin discernimiento esta debilidad,' sin re-
parar que las consecuencias de un sacudimiento
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 249 moral pueden ser la locura ó la muerte! Esos recursos
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
249
moral pueden ser la locura ó la muerte! Esos
recursos son tan fatales en unos casos como
absurdos erÍ ótros, como cuando se pretende
quitar el miedo por el miedo, desde que este
fenómeno involuntario es una simple cuestión
de fisiología. Querer quitar el miedo asustando,
pretender modificar súbitamente la organiza-
ción nerviosa de un-niño, es lo mismo que
querer transformar de pronto un temperamento
enfermizo, por ejemplo, un estómago de na-
turaleza defectuosa.
Sí, el miedo no es solamente involuntario,
lo es inexplicable,
insensato. La
reflexión no puede nada contra él; es en vano
querer explicárselo, por ia razón sencilla que
perturbado el sistema nervioso, privado de
contrapeso, el cerebro se llena de vibraciones
incoherentes. Y lo que más pone de manifiesto
la locura del miedo, es que no siempre son
éosas horribles. las que producen el espanto en
el niño. Muchas veces es una idea, una ima-
gen, menos aún
á veces un sueño que se
hace crónico, que vuelVe periódicamente COll
su· cortejo de· VISIones cada vez más insigni-
ficantes.
CAUSERIE. El doctor Grimaud, trayendo á colación los cuentos fantásticos de Toepper, de Poe, de
CAUSERIE.
El doctor Grimaud, trayendo á colación los
cuentos fantásticos de Toepper, de Poe, de
Hoffman, hace notar cuál puede ser la dolorosa
influencia de la periodicidad de ciertos sacudi-
mientos, y cuenta que una nifíita atormentada
por el miedo lloraba y se escondía todas las
noches.
-Pero qué tienes? le preguntaba algunas
veces la madre; de qué tienes miedo, hijita?
La tímida nifíita, confusa ignorante, balbu-
ceaba, no sabiendo qué contestar: hasta que
una noche, acercándose súbitamente á la ma-
dre y tapándose la carita con el ve5tido, ex-
clamó:
- Mamita
tengo
miedo
del
rui-
señor.
Miedo del ruiseñor! he ahí un ejemplo ca-
racterístico del miedo sin motivo.
La niñita, había sin duda oído hablar del
ruiseñor, que toda la noche vela en el bosque,
v sin tener la menor idea de aquel ser des-
conocido, había personificado en él todos los
terrores inconscientes que la asaltaban.
Pero mi miedo, mis miedos, porque yo tenía
varios, (de las ánimas, de estar sólo, de'la oscu-
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 25 1 ridad, que es casi lo mismo) tenían su orIgen
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
25 1
ridad, que es casi lo mismo) tenían su orIgen
perfectamente consciente para mÍ.
Las ánimas eran las almas de los que pe-
naban en los calabozos subte:ráneos, que
habían existido en el Presidio viejo, que yo
veía con la imaginación por -lo que me habían
contado, así como veía con los ojos, cuando
no me dormía pronto, las ánimas en forma de
fantasmas blancos, ó lo que tanto vale, uno de
los varios sirvientes que con una escoba y una
sábana enarbolada en ella, penetraba en mi
;lpo5ento, diciendo con voz cavernosa, que me
hacía tiritar de miedo: yo me como los niñitos
que conversan en la cama,
silencio!
Un grito de terror, aunque me que-
dara como en misa, hacía huir al fantasma, y
de ahí que este expediente sólo estuviera re-
servado para las grandes ocasiones.
El más usual, el que me dejó una impre-
sión indeleble, el que todavía me hace süfrir,
según el esta.do de mi digestión (con esta pa-
labra expreso todo e.1 j1/oceSSlts fisiológico) era
no gustándome dormirme sin luz, amenazarme
con dejarme á oscuras para que vinieran fos
diablos y me tiraran de los cabellos y de los
CAUSERIE. pies, todo lo cual nunca sucedió, aunque á mi me parecía que no podía
CAUSERIE.
pies, todo lo cual nunca sucedió, aunque á
mi me parecía que no podía dejar de suceder,
por más que en cualquier estación del alío, in-
vierno ó verano, me cubriera herméticamente
con las cobijas, dejando apenas un resquicio
para respirar ó no ahogarme.
.
Pues si ahora mismo que no tengo mucho
miedo que digamos de los hombres, si, ,o
cuando representan la opinión
pública, . to-
davía no duermo perfectamente trapquilo en la
oscuridad, estando sólo, bien entendido, ya pue-
den ustedes calcular lo que habré sufrido por
esos mundos de Dios, combinándose los mie-
dos reales con los imaginarios, y siendo singu-
lar que lo que menos me haya asustado haya
sido la idea de la muerte, trance para el que
si antes no he estado siempre listo, ahora lo
estoy, no pareciéndome tan espantosa esa so-
lución, sin duda porque al fin me he convencido
de que « toda existencia es el premio de una
lucha, la lucha misma» y empiezo á sentirme
algo cansado
de mí
no de los ótros, que
bien mirado y en conciencia no es tanto el mal
que me han hecho.
Ah! qué noche aquella!
LA NOCHE DE CHANDERNAGOR. 253 El momento 1 como siempre, que transcurrió, momento-fugaz, no por
LA
NOCHE
DE
CHANDERNAGOR.
253
El momento 1 como siempre, que transcurrió,
momento-fugaz, no por eso menos solemne,
entre el apagar la luz y envolverme en las co-
bijas, vestido, bajo una temperatura infernal,
fué terrible
y ya ustedes hin visto que
no pude rf'sistir.
Sírvanse tener paciencia.
Despavorido, huía yo, por uno de los bra-
zos ·del Ganges, mercf::d á los julepes que me
habían dado los negros y mulatos mi casa,
que por otra parte adoraba, lo repito, porque
eran muy buenos y muy fieles, y ellos me
querían en extremo, y en otro sf'ntido me cui-
daban mucho.
Ahí habíamos quedado y ahí nos quedare-
mos, saliendó del mal paso, á la brevedad
posible, si la Providencia nos
salud.
concede vida y
Mientras tanto ¿quieren ustedes meditar un
poco sobre las consecuencias de asustar á. los
nii'íos con las ánimas, con el diablo, con la oscu-
ridad, con el ·lobo
en vez de hacerlos, en
todo caso, con las mujeres?
Será un modo de no tomarles á sus hijos
Ó nodriza, maestra ó institutriz, que en vez de
254 CAUSERIE. llenarlos de preocupaciones y patrañas, sólo les inculquen la superstición de la realidad,
254
CAUSERIE.
llenarlos de preocupaciones
y
patrañas, sólo
les inculquen la
superstición de la realidad, ó
lo que tanto vale, á amar más á Cristo que á
tenerle miedo á Satanás.
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. (1) IV. Al señ:>r doctor don Juan Bautista Gil .
LOS CANIS
ANTHUS
DE
CHANDERNAGOR.
(1)
IV.
Al señ:>r doctor
don Juan
Bautista Gil .
• L:t
solicitude est
un tete
tete
avec
le
pn.ssé
• Eu 7'I'IIong 1 , the LooT.ing Gl"•• se le
permite
á Aliee que ve:t al rey que duerme, y Tweed-
ludee le pregunt!v -¿ S:tbcis en lo quó
sucñ'1?
-Nadie puede adiyinarlo, contesto. Alice.-¿Por
qué no? dice Twcedledcc triunfante, sueña Cün
V08."
A L través de la bruma, podía de vez en
cuando descubrir un cielo de cariz sombrío,
nubes plomizas que iban y venían, lentamente,
descubriendo acá y allá una que otra estrella
moribunda. El calor era sofocante, un calor
húmedo de invernáculo. El aire que soplaba,
en vez de refrescar, quemaba. No se movía
la más leve arista. Y los árboles seculares,
cargados de pesadas ,hojas y de parásitos vo-.
(1)
Véase la
Causerie del jueves anterior.
CAUSERIE. races, subiendo y bajando· entretejidos en medio de un foHaje de sempiterno 'color, que
CAUSERIE.
races, subiendo y bajando· entretejidos en
medio de un foHaje de sempiterno 'color, que
no hay sol que queme, no sólo me paradan,
todavía, más colosales aún de lo que eran,
sino que se me figuraban fantasmas pavorosos
que me extendían sus inconmensurables brazos
para:agarrarme y hundirme pO,r mi mal, en no
sé qué averno. El silencio de aquella soledad
indescriptible, interrumpido cadenciosamente y
á intervalos, por el graznido de los
de todo género, por el aullido de las alimañas
de toda especie, por el incesante zumbido de
los milI0I'!es de insectos nocturnos, y por el
rujido de toda clase de fieras, estreme-
ciendo la selva, er1. imponente.
Yo no tenía de mí, mismo. sino una semi-
conciencia, bastante para saber que huía, sin
saber por qué, ni de qué,. transido de miedo,
buscando el refugio de una casa en la que
había dejado todo mi corazón; insuficiente, sin
embargo, para concentrar todas las fuerzas de
mi voluntad, detenerme, volver sobre mis
pasos,_ y, sobre todo, para deshacerme sin más
que' llevar las manos atrás, de una adherencia
'ó propulsor misterioso, que no era invisible,
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. 2 S7 como un agente magnético, sino algo de tan-
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR.
2 S7
como un agente magnético, sino algo de tan-
gible, que, al mismo tiempo que de cuando
en cuando me detenía, inopinadamente me im-
pelía hacia adelante, ni más ni menos que un
juguete: tales eran mis sensaciones.
Pero, por qué buscaba yo aquella casa?
Y, cuando digo bus.caba, no me expreso
bien; por que buscar es inquirir consciente-
mente algo, y" yo sólo tenía en aquel momento
como vislumbres de que era y existía.
¿Qué pasaba entonces en mí, en esta mezcla
de carne, de hues(,s, de nervios, de espíritus
vitales, en esta unión de ánima y cuerpo que
constituye el Yo humano?
Yo había hallado, como á ustedes les ha
sucedido ya, ó les sucederá, sin duda, el día
menos pensado, (es cosa que no falla, en el co-
mercio de los seres con sensibilidad, como no
falla en los negocios el vencimiento de una
letra de cambio ó pagaré) yo había hallad·o
en mi camino de viajero solitario, novel, una
mujer que babía hecho vibrar profundamente
mis cuerdas más íntimas y simpáticas; y ella
estaba en mí y yo estaba en ella; porque la
conmoción había sido mutua, instantánea, eléc-
17
CAUSERIE. trica, y estando yo en ella, ella no podía dormir, velaba, pensaba en mí,
CAUSERIE.
trica, y estando yo en ella, ella no podía
dormir, velaba, pensaba en mí, y así, hipnótica-
mente, me atraía, llena de cariño, hacia su
estancia de vestal. Era pura como el primer
beso del primer amor. No podía venir hácia
mí; pero un anhelo fuertísimo, á la manera de
la voz que vibrando en el oído llega hasta
el corazón, es como un fluido imponderable
que materializándose, parte, va, llega suges-
tiona, subyuga y atrae.
El mundo visible está lleno de lo invisible.
Vemos lo finito, no alcanzamos lo infinito.
Hay, RO tengo duda, un magnetismo espiritual,
que es una imantación, en virtud de cuya ley,
no descubierta aún, todos los afines gravitamos
en la misma dirección.
Ella había venido hacia mí, espiritualmente;
yo iba, pues, hacia ella, sin saber cómo, con
el alma y la vida. El miedo había sido un
automotor accidental. Aunque en vez de acos-
tarme vestido, sofocándome, lo hubiera hecho,
como era natural, despojándome, y aunque en
vez de no poder conciliar el sueño, me hubiera
dormido, como piedra, las trémulas vibracio-
nes de su voz de sirena, en frases de ternura,
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. 259 apenas balbuceadas, por el rubor de que yo las
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR.
259
apenas balbuceadas, por el rubor de que yo
las oyera, habrían llegado hasta mí, en ondas
sonoras y despertándome suavemente como
una armonía del cielo, me habrían hecho salir
del hotel, sin más emoción que la de la dulce
esperanza de verla, llevándome en alas del
deseo al pie de su ventana ó balcón, con esta
ilusión de enamorado: quizá me espera
No podía seguir sino en el rumbo que el
camino me imponía. Tenía por momentos
tentaciones de echarme al río, por huír de la
espesura. El agua, como el fuego, tiene -su
atracción.
El río era la luz; el bosque, la sombra, la
oscuridad, lo ignoto, de allí salían los ruidos
pavorosos. Algunas estrellas rielando sobre la
líquida corriente me devolvían como la no-
ción íntima de mí mismo. El camino costeaba
el río, que quedaba á mi derecha; á la iz-
quierda, la espesura que no existía sino en las
quimeras de mi imaginación, forjadas por el
miedo: era un gran parque. Vagamente tenía
la conciencia del peligro. No sabía nadar; por
eso, sin duda, no buscaba la salvación en la otra
banda. Por otra parte, el resto de instinto
!
260 CAUSERJE. que me quedaba me decía: ella está de este lado; viniendo de Calcuta
260
CAUSERJE.
que me quedaba me decía: ella está de este
lado; viniendo de Calcuta no has cruzado nada,
no has hecho más que subir aguas arriba.
Sólo perdía casi todo e] conocimiento, sin-
tiendo ni más !li menos que si me sepultaran
en los profundos abismos, cuando me tiraban
de atrás y me detenían. Si en ese momento me
hubieran plasmado, instantáneamente, cara
desfigurada habría tenido esa expresión de
estupefacción de que habla Shakspeare en
Winter's Tale cuando dice: Se miraban unos
á otros, y sus ojos parecían escaparse de sus'
órbitas; su silencio hablaba, sus gestos estaban
llenos de elocuencia; hubiérase dicho que les
anunciaban el fin del mundo.
Socorro! hube de gritar varias veces. La
voz se ahogaba en mi garganta. Me soltaba_no
Me parecía que las estrellas del
cielo estaban á mi altura cuando la niebla se
hacía más espesa. Eran los reverberos de la
alameda, cuya luz 0(; veía sino cuando esta-
ba encima de eUos, yeso como al través de
un finísimo velo. Creía también ver fuegos
,fatuos; las almas de'algunos infelices que pe-
naban pidiendo misericordia por sus pecados:
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. 261 era la linterna de los vigilantes nocturnos, que si
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR.
261
era la linterna de los vigilantes nocturnos, que
si me veían, no tenían por qué, ni para qué de-
tenCÍ"me, aunque á esa hora fuera raro y aún
arriesgado un pa-seo por aquellos sitios pe-
ligrosos. Podía llamarles, sÍ, la atención lo que
yo arrastraba; pero era difícil que me vieran
bien. La policía, por otra parte, allá como acá,
vigila mal por regla general á ciertas horas.
Lástima para ella que no sea siempre de día.
Seguía, pues, impelido como Ashaverus por
la fatalidad de mi destjno, un camino que me
parecía interminable, y á medida que se le-
vantaban del río los vapores precursores del
alba, la cerrazón era cada vez mayor, y el mur-
mullo sordo de la naturaleza crecía por gra-
dos, con el despertar prematuro de los insectos,
reptiles, cuadrúpedos y aves de todo género
que comienzan á salir de sus nidos y guaridas,
para acariciar la primera luz
cuando, al mismo tiempo que
crepuscular
torcía por una
senda, hacia la izquierda, me tiraron de 2trás
con más fuerza que otras veces
meciéndose
con la elasticidad de un resorte el estorbo que
me detenía, como si me prendiera alguna rama
-
del
CAUSERIE. Fué el momento del período álgido de la fiebre del miedo, y el instante
CAUSERIE.
Fué el momento del período álgido de la
fiebre del miedo, y el instante inicial de la reac-
ción, que no se produjo, sinembargo, por com-
pleto, debido á otra sensación de espanto, cuya
causa podía en medio de todo ,determinar.
Sentí palpitar mi corazón, mi Yo recobró una
parte de su personalidad, por el instinto de con-
servación de la bestia, y, en presencia de un
peligro real, solo pensé en defenderme, viendo
perceptiblemente en la oscuridad formas defi-
nidas y oyendo ladridos que no me eran des-
conocidos. Tomaba también un olor fétido,
nauseabundo. Ya no me tiraban de atrás.
Retrocedía, gritando, porque pude grita!",
fuera! fuera! Nada I no me obedecí:m.
Re-
trocedía siempre. El río y la espesura, que
aún no se dibujaba el parque, me servían de
líneas de dirección. fuera! fuera! gri-
taba con todos mis pulmones, y hubo un
momento, en que los agresores, parecieron
huir. Yo, entonces, avancé
me helé l
.
me quedé otra vez como clavado en el sitio
.me habían vuelto á tirar de atrás
Los agre-
sores, viendo que me había detenido, volvieron
á la carga, redoblando sus ladridos. I'ude ver-
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. 263 los mejor serían unos cien, colocados en fila uno
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR.
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los mejor
serían unos cien, colocados
en fila uno tras otro, como atados de sus
colas peludas de zorro. Les he tenido siempre
miedo, antes más que ahora. Había creído en
otro peligro. Esto me reanimó. No huiré,
pensé, sin decírmelo. El instinto es un cálculo
instantáneo. Me atacarán irremisiblemente, y
son tantos que me devorarán. Fuera.' fuera.'
fuera.' gritaba desgañitándome y aunque cada
vez que retrocedía un punto y avanzaba de
nuevo, me volvían á tirar de atras, quitándome
bríos, hasta dejarme sin alientos, aquella como
mano desconocida, en medio de todo, se me
ocurría que algUIen pudiera acudir á mis gritos
No venían
pero ganaba terreno y me pare-
cía, y así era, que las avecillas del bosque mo-
dulaban sus primeros gorjeos, como diciendo,
ya, ya viene la primera luz
luz!
la bienhechora
Los ladridos eran tantos, que me aterraban.
Cedí, dí vuel.ta, caminé
pero, me dieron
tan singular tirón de atrás que giré como un
autómata y me hallé más cerca que nunca de
la jauría famélica. Fué mi salvación
Un hombre apareció con una linterna sorda;
CAUSERIE. vestía un traje que no podía dejar duda, era un vigilante. Les puso la
CAUSERIE.
vestía un traje que no podía dejar duda, era
un vigilante. Les puso la linterna en los ojos
á los que hacían Cél.beza, los deslumbró, los
ahuyentó, me habló
sólo comprendí que
había debido mi salvación á mi valor (lo de
siempre) que lo que yo tomara por perros
eran chacales, y que, si
en vez de hacerles
frente, huyo, me hubieran perseguido sin
tregua, hasta que mordiera el que hacía punta;
lo cual marcaría el momento de que toda la
jauría se echara sobre mí, no dejando ni mis
huesos; que el chacal es así, algo parecido al
hombre, el cual se anima más, cuando tiene
,quien cobardemente incite á varios contra uno.
El vigilante ocultó su linterna, siguió su
camino, haciéndome una seña que no entendí,
porque me hablaba en bengalí; yo seguí el
mío, si camino llevaba, y lo seguí sin haber
todavía recobrado toda la posesión de mí mis-
mo, posesión que fué devolviéndome poco á
poco la luz del día, que se anunciaba con ese
esplendor maravilloso de los trópicos; pose-
sión que me iba haciendo reconocer el paisaje,
los lugares, los aln.dedores, posesión que me
llevó no sé cómo, como no sé lo que sucedió
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR. 26 5 después, hasta el pie de la ventana ó
LOS CANIS ANTHUS DE CHANDERNAGOR.
26 5
después, hasta el pie de la ventana ó balcón
donde la había visto á ella por primera vez, ha-
cía horas, donde ella estaba, de pie, en
romántica rever/e, aspirando enajenada, como
primicias de amor, las frescas auras mati-
nales
Al verla
después de una noche' de terror,
allí donde esperaba verla, donde no podía
dejar de estar, pues ella misma me había lle-
vado con su sujestión hipnótica, me serití con
otros miedos más humanos
era yo tan
joven (si viez'llesse pouvait! sijezmesse savait!) ,
la
besé con el pensamiento, la acaricié co n
la
imaginación,
la
abracé
con el
alma
Pero la conmoción fué tan intensa, que me
sentí
desfallecer
el
pecho era estrecho
para
contener
todo
mi
corazón
fla-
quearon las piernas
caí
me
y al caer ¿sa-
ben ustedes lo
que ví? Que arrastraba la
sábana de la cama del hotel, llevándola enre-
dada en la hebilla de la cintura del pantalón,
la fuerza
ésa, que tantas veces me
había tirado para atrás é impelido para ade-
lante, al soltarme, helándoseme, hasta la médula
de los huesos.
266 CAUSERIE. Cuando volví del desmayo, tuve la intención confusa del cúmulo de aberraciones de
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CAUSERIE.
Cuando volví del desmayo, tuve la intención
confusa del cúmulo de aberraciones de sonám-
bulo que, entre la vida y la muerte, me 'habían
hecho buscar su casa, hallarla, verla por úl-
tima vez, y una inspiración de caballero me
dijo que partiera
y partí
convencido,
hasta ahora, de que el mundo ideal de los fan-
taseos, de los desvaríos, de los devaneos sin
ulterioridad, de las quimeras, en fin, de conquis-
tador de nada, es más bello, más plácido, más
poético, que el del recuerdo de las realidades
epilépticas, que en un momento de culpable
despecho pueuen hacernos exclamar como al
poeta romántico enfermizo, recordándole á
Miss Chalworth, después de su casamiento,
que había sido suya
« Sí, amiga adorada, aunque inconstante;
en vano ya no me amarás
de aquel amor te queda
·pero el recuerdo
» (1)
(1) En las ediciones modernas, es decir, en las
posteriores á 1840, no se encuentra, referente á
María Chalworth, sino un fragmento de ocho versos,
escritos en 1805. Los otros, el que comienza con
.« Eres dichosa», el que le sigue, diciendo «No me
llames» y el último « Hubo un tiempo que no tengo
necesidad de nombrar » (después de su cas!miento),
267 tos CANrS ANTI-iUS DE CHANDERNAGOR. han sido suprimidos á solicitud de la familia, siendo
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tos CANrS ANTI-iUS DE CHANDERNAGOR.
han sido suprimidos á solicitud de la familia, siendo
sin embargo, muy conocidas las circunstancias que
tan peculiar interés le dan á las relaciones de lord
Eyron con María Chalworth, cuyos amores, aunque
no duraran más que seis semanas, le dejaron una
impresión para toda la vida; siendo él, no ella, al
parecer, el que no podía olvidar.