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Fernando de Trazegnies: Curiosidad y Derecho

El documento habla sobre Fernando de Trazegnies, un abogado y profesor peruano de 74 años. A lo largo de su vida ha cultivado múltiples intereses y aficiones, guiado por su gran curiosidad. Ve la vida como una mezcla de felicidades y desgracias. Define a un buen abogado como alguien que sabe jugar el juego de la guerra y la paz, defendiendo los intereses de sus clientes pero buscando siempre acuerdos que beneficien a todas las partes.

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Fernando de Trazegnies: Curiosidad y Derecho

El documento habla sobre Fernando de Trazegnies, un abogado y profesor peruano de 74 años. A lo largo de su vida ha cultivado múltiples intereses y aficiones, guiado por su gran curiosidad. Ve la vida como una mezcla de felicidades y desgracias. Define a un buen abogado como alguien que sabe jugar el juego de la guerra y la paz, defendiendo los intereses de sus clientes pero buscando siempre acuerdos que beneficien a todas las partes.

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com/2009/07/09/
Un curioso y entusiasta ilustrado: Fernando
de Trazegnies

Fernando de Trazegnies
El curioso ilustrado
Abogado y escritor, próximo a cumplir 74 años, celebra 45 como profesor de Derecho
en la PUCP.

Con Fernando de Trazegnies se puede discrepar. Pero no se le puede escuchar con algún
grado de objetividad sin reconocer que tiene una mente excepcional.
Verlo hablar, de hecho, es un espectáculo. Las citas precisas salen disparadas como
fuegos artificiales que se encienden encima del auditorio, iluminando su argumento y a
los que tienen la suerte de escucharlo. Las ideas se suceden unas a otras, vigorosas,
trabajadas, creativas, enganchándose con rapidez en un carrusel de caballos
argumentativos que no por inquietos dejan de cerrar el círculo. No en vano tiene,
además de una inteligencia dotada, una cultura monumental: detrás de él hay 60 años
dedicados sobre todo a leer, procesar, comparar y releer a los grandes pensadores de la
humanidad, en casi todos los campos, que son pocas las cosas que no le interesan.
Acaso porque suma a esta cultura un entusiasmo permanente es que a su conversación
se le aplica lo que alguna vez escribió Colette: “Habla como espumea recién abierta una
botella de champagne”. Y del bueno. Con motivo del libro de homenaje que este mes le
publica la Católica, conversamos con él.

Lo interesante, donde se encuentre


–La Universidad Católica te está haciendo un libro de homenaje, coincidiendo con
tus 45 años de profesor de Derecho. Paralelamente, estás por cumplir 74 años de
vida. Cuando miras hacia atrás, ¿qué ves?, ¿cómo resumirías la historia de todos
estos años?
–Mira, yo siempre trato de mirar hacia adelante. Me apoyo en lo que está atrás para ir
siempre más allá, hacia delante. Ahora, para resumir un poco lo que ha sido mi vida, te
diría que he vivido siempre de esa manera: todo el tiempo tratando de hacer algo nuevo,
de hacer algo distinto, cambiando a cada momento en función de las cosas que me iban
pareciendo más importantes, más interesantes; nunca afirmando un dogma, digamos,
nunca afirmándome en una posición intransigente, sino siempre buscando cada vez más
apertura. Por eso, quizá, es que tengo tantas aficiones; hay gente que me dice: “¿Cómo
puedes tener tantas aficiones? Has hecho desde buceo hasta photoshop, hasta tai chi…”.
Bueno, sí, pero es que todo lo que era novedoso, todo lo que me parecía que valía la
pena, lo he intentado.
–De acuerdo, ha sido una vida variada, ha estado constantemente abierta a lo
nuevo. ¿Ha sido grata?
–Ha sido muy grata. Con grandes problemas, indudablemente, con grandes desgracias
también, como creo que todo el mundo las tiene; pero al mismo tiempo, con grandes
felicidades. Entonces ha sido una mezcla de las dos cosas, que creo que es como debe
ser la vida: la vida no puede ser pura felicidad ni pura desgracia. La pura felicidad no
existe, y la pura desgracia… es terrible.
–¿Qué ha sido lo que te ha impulsado a lo largo de todas estas felicidades y
desgracias?
–Es bien difícil decirlo… yo te diría que, tal vez, ha sido una cosa que puede parecer
muy tonta, quizás ha sido simplemente la curiosidad. Lo que he tenido siempre es una
gran curiosidad. Curiosidad por todo. Aristóteles decía que el asombro es el padre del
conocimiento y de la cultura. Yo no lo llevaría tan lejos como hasta el asombro;
simplemente la curiosidad. Yo no sé por qué critican tanto a la curiosidad y le dicen al
niño: “No seas curioso”. ¡Tiene que ser curioso el niño!
–¿Tu curiosidad sigue igual?
–Sigue igual, sigue igual. Es permanente.
–Eres abogado, profesor, novelista, filósofo del derecho, historiador. ¿Con cuál te
quedas?
–Con todas. En realidad, en todas me he sentido muy bien. En todos los aspectos que he
ido cultivando. Hay cosas que he ido dejando, porque, como te digo, la vida me va
cambiando y voy tomando otros rumbos, o porque ya no es tampoco el momento de
hacerlo. Ya no buceo, ya no toco guitarra flamenca… Pero todo lo que he hecho me ha
parecido interesante y me ha gustado.
–¿Pero no hay alguna de esas líneas de vida que tú sientas que te define mejor, que
te acerca más a lo que tú más íntimamente eres?
–No, porque creo que, si alguna de esas líneas de vida me definiera más que las otras,
dejaría de ser lo que yo, por lo menos, creo ser: una persona de muchas cosas. Alguien
que ha intentado buscar permanentemente lo interesante, donde se encuentre.
–Aunque hay algo en común en todos los campos en los que trabajas, ¿no? Es
decir, no has sido químico o biólogo…
–No creas. Yo quería ser astrónomo cuando tenía 12 años. Y estaba convencido de que
iba a ser astrónomo. Aprendí álgebra antes de que me la enseñaran en el colegio. Veía el
libro de astronomía y decía: “No entiendo esto; ¿cómo funciona?”, y me metía a
investigar. Hice hasta un pequeño observatorio en el techo de mi casa. Entonces, la
ciencia síme gusta, y mucho. Aún ahora leo libros de ciencia. Hace unos años estaba
muy entusiasmado con los fractales y la teoría del caos. Sigo siendo aficionado a la
ciencia, pero siempre tratando de conectarla con mis otros intereses.
EL JUEGO DE LA GUERRA Y DE LA PAZ
–Ahora, viendo tus escritos sobre derecho, viendo incluso todos los cursos que has
dado durante 45 años (básicamente de filosofía del derecho o cursos de historia del
derecho), uno creería que a ti el derecho te interesa como un fenómeno humano y
social más al cual acercarse desde la filosofía, la historia, la literatura; pero que tu
verdadera pasión son las humanidades. Esto es, que los temas por los que eres más
conocido son temas que, más que propiamente jurídicos, están alrededor del
derecho… O dirías que esto no es así.
–He escrito un libro de responsabilidad civil muy conocido. He dictado muchas
conferencias y he escrito muchos ensayos sobre derecho civil. No, yo te diría que no
descuido el derecho.
–¿Lo cuidas con el mismo nivel de interés?
–Sí, con el mismo nivel de interés. Yo diría más bien que yo veo las cosas al revés: no
es tanto que yo vengo de una visión de humanidades y entro desde ahí al derecho; yo
entro por la puerta del derecho y creo –de eso sí esto convencido– que el derecho no es
una cosa como la matemática pura, que se puede vivir aislada, sino que se abre a todo lo
que es la vida personal y social. Desde ahí es que me abro. Pero no es al revés; o sea, es
el derecho el que me mueve a hacer las preguntas humanísticas.
–En tus años de profesor y de práctica profesional has visto pasar generaciones de
abogados. ¿Qué cualidades, dirías, debe tener un individuo para poder ser, no un
buen profesional en general, sino específicamente un buen abogado?
–Mira, yo creo que es una pregunta complicada. Un buen abogado tiene que ser en
primer lugar una persona que sepa jugar el juego de la guerra y de la paz. Es decir, tiene
que ser un peleador, una persona a la que le guste discutir, a la que le guste razonar
discutiendo y, al mismo tiempo, que a través de la discusión busque el acuerdo. Porque
si no hay acuerdo la sociedad no funciona, y el derecho está hecho para que logremos
un acuerdo. Pero ese acuerdo se da a través de un choque de intereses, de voluntades y,
entonces, en el derecho, el abogado está en medio de esa efervescencia de choques y de
burbujas en todos los sentidos, la cual tiene que organizar. Creo que tienes que tener
eso: gusto y talento por el juego de la guerra y la paz. Si tú eres una persona que no
tiene muchas ganas de meterse con nadie y que no quiere discutir y tiene sus ideas fijas,
entonces mejor te dedicas a ser monje, pero no abogado. O quizás puedas ser científico,
pero no abogado. El abogado tiene que ser alguien que sepa defenderse y razonar
discutiendo, pero, al mismo tiempo, debe pensar siempre en que a lo que se quiere llegar
es a una paz en la cual todo el mundo tenga una parte de interés.
–Pero, ¿el rol específico del abogado no es acaso hacer valer el derecho de su
cliente, más que lograr una paz en que todo el mundo esté contento? Uno diría que
al abogado en tanto que abogado no le preocupa que la otra parte vea realizados
sus intereses, como para que se quede tranquila, sino que le interesa que su cliente
vea realizado los suyos en la medida en que estén protegidos por la ley, y eso
muchas veces significa que el otro pierda…
–Mira, el abogado tiene dos funciones básicas. Una es el asesoramiento y la otra es la
defensa en un juicio. En realidad, en la función de asesoramiento, tú siempre,
efectivamente, piensas en lo que es mejor para el interés de tu cliente, pero no viendo
este interés estáticamente, sino para que pueda durar lo más posible; no será eterno,
porque la vida es movimiento, pero que sí pueda ser estable al menos un tiempo. Eso no
va a ser posible si tú no te aseguras que el otro también, de alguna manera, se sienta
bien. Entonces, cuando tú haces un contrato, por supuesto que quieres poner lo más
posible para tu cliente, pero al mismo tiempo quieres que sea de alguna manera
equilibrado, para que dure.
–Un “win-win”…
–Un “win-win”.
–En tu discurso de ingreso a la Academia Peruana de la Lengua, para explicar la
función del abogado recurres a la famosa cita de “Enrique VI”, de Shakespeare, el
consejo que le da un carnicero al aspirante a tirano: “Lo primero que debiéramos
hacer es matar a todos los abogados”. ¿De qué manera sirve esta frase para
iluminar eso para lo que sirven los abogados?
–Esa frase la uso casi desde mi primera clase, desde hace cuarenta y cinco años. Me
parece muy útil. Todo el mundo me dice: “Qué horror, quién dice esa barbaridad”. Y
entonces yo digo: “Es Shakespeare”. Y es que en realidad Shakespeare no está dando
sus ideas, sino que está poniendo en boca de un personaje que pinta como terrible, la
forma como el tirano puede destruir la sociedad: el orden social, la sociedad, se destruye
si tú destruyes el derecho Contrario sensu, está diciendo que los abogados son
fundamentales para lograr un orden social.
–Ahora, no es un orden cualquiera el que protege el derecho, ¿no? Porque el tirano
puede instaurar un orden diferente, un orden abusivo, totalitario, pero un orden al
fin y al cabo. Me parece que podría haber algo más en lo que Shakespeare está
diciendo, en el sentido de que el orden que el derecho busca preservar es un orden
en el que las libertades individuales están garantizadas. ¿Suscribirías eso, que la
vocación de la profesión del abogado es intrínsecamente libertaria?
–Sí, lo suscribiría, efectivamente. Con una observación: el derecho de un tirano también
es derecho; es decir, es un orden que se ha impuesto sobre la sociedad. El derecho es
sobre todo un orden, es el derecho positivo y, definitivamente, entendiéndolo así, aún el
derecho que impone el dictador es mejor que nada. Como decía Kant: “más vale tener
un derecho malo que no tener derechos”. Pero lo que sí creo es que mi visión del
derecho es uno en el cual las libertades son preservadas al máximo posible, y
coordinadas las de unos con los otros. Es decir, las libertades individuales siempre van a
chocar unas con otras; por eso yo creo mucho en Thomas Hobbes. Hobbes decía que,
para que no choquen, el hombre tiene una capacidad, que es la razón, que le permite
darse cuenta de que, chocando, dos individuos se destruyen, pero, en cambio, llegando a
un acuerdo, los dos salen adelante. Esa es mi idea del abogado; por eso te hablaba antes
del acuerdo: el abogado tiene que lograr un acuerdo a través del [Link]
manera que en mi visión personal sí, en efecto, el abogado tiene una vocación para la
libertad, para preservar los intereses individuales, en la medida en que estos no se
destruyan unos a otros.
–Ahora, Fernando, teniendo esta visión del Derecho y habiendo sido tú un abogado
tan admirado durante tanto tiempo, ¿no te planteó conflictos internos el formar
parte del gobierno de Fujimori, en el momento en el que entraste, cuando ya había
habido tantos problemas con el Estado de derecho en el Perú?
–Mira, no, en absoluto. Yo no soy un político y no juzgo las cosas políticamente. Yo
entré para hacer una cosa muy concreta, que era algo que en lo que ya venía trabajando
varios años, que sabía que era muy importante para el país y que pensaba podía llevar a
un resultado exitoso: el proceso de paz con Ecuador. Y después de eso me dediqué a
llevar adelante la relación con Chile, a acabar, de una buena vez, con las secuelas de la
Guerra del Pacífico en esa relación –era el colmo llegar a fines del siglo XX con ese
problema del XIX todavía abierto. Personalmente, además, tengo una visión diferente
de lo que fue el gobierno de Fujimori. A él no lo conocía personalmente antes del
proceso con Ecuador. Lo veía como un hombre de a pie más, que ve el gobierno. Un
gobierno que, me parecía, tenía una serie de problemas, pero tenía también cosas muy
importantes que estaban bien: si no hubiera sido por Fujimori, el terrorismo no habría
acabado y no tendríamos la bonanza económica que tenemos ahora, porque él sentó las
bases de esta bonanza. Por lo que a mi respecta, el presidente Fujimori no me caía mal.
–¿Te cayó mal después? Digamos, ¿cuando empezaron todas las revelaciones de los
videos de Montesinos?
–Yo creo que Fujimori mismo no ha sido responsable de las cosas a las que te refieres.
En Barrios Altos, por ejemplo, estoy convencido de que él no fue el responsable. Y he
tenido conversaciones personales con él al respecto. Pero no quisiera entrar en más
detalles porque yo no soy político y ese no es mi tema. Mi tema fue, muy
específicamente, la paz con Ecuador, y estoy orgulloso de lo que logramos en ese
sentido.

De los libros, al mundo


–Leía en el ensayo que ha escrito Carolina, tu hija, para el libro de homenaje, que
desde que ella te conoce siempre ha habido al lado de tu mesa de noche seis o siete
torres de libros. Y, claro, los libros han tenido un rol protagónico en tu vida. ¿Qué
dirías que es lo principal que te han dado los libros?
–Yo creo que los libros, primero, me han incentivado y me han orientado en ciertos
caminos interesantes. Cuando era niño, cuando estaba enfermo, siempre mi padre me
traía un libro. Y a veces los libros no eran tan entretenidos, pero tenía que leerlos, en la
cama no había nada más que hacer… Y claro, poco a poco me fui metiendo en temas y
haciéndome preguntas que no me hubiera hecho si no hubiera leído. Después, he
seguido simplemente cada vez más aficionado a la lectura, cada vez buscando más
libros y más temas. Claro, no todo me interesaba: al comienzo el derecho no me
interesaba, pero sí la historia, la filosofía, las ciencias. Y después, cuando ya apareció el
derecho, se volvió una cosa importante y, de paso, la economía y la sociología, que
siempre he creído que no se puede pensar el derecho sin tener en cuenta las
consecuencias económicas y sociales de las normas…
–En otras palabras, resumiendo, los libros te han servido básicamente para
llevarte a más libros…
–En parte, eso es verdad. A veces los libros se transforman en una especie de adicción y
sigues teniendo más libros y más libros.
–¿No te han dado, sin embargo, los libros algo que los trascienda, algo que sirva
más bien para la vida fuera de los libros?
–Bueno, es que esa curiosidad bibliófila es la que me ha hecho vivir. Es decir, los libros
me han dado la vida. Cada vez que leía un libro tenía no solo más curiosidad por más
libros, sino por vincularme con las cosas, por relacionarme más con el mundo. No es
meterse en los libros para encerrarse sino al contrario: yo siempre digo que los libros
son puertas abiertas al mundo. Cuando yo entro acá, a mi biblioteca, siento que entro a
un lugar donde están mis amigos, que me cuentan historias interesantísimas, y estas
historias me hacen salir a la calle y ver las cosas de una manera totalmente diferente.
–Y después de tanto leer, Fernando, ¿tienes más respuestas, más conocimientos, o
dirías que tienes solo más preguntas?
–Mira, yo te he dicho desde el comienzo que soy un antidogmático total. Los únicos
dogmas en los que creo son los de la religión, porque no son racionales, porque parten
de otro tipo de…
–¿Pero no puede haber verdades racionalmente fundamentadas, verdades
racionales, por así decirlo?
–Sí puede haber verdades racionales, pero siempre sometidas a discusión, y por eso soy
abogado, también, porque el abogado discute todo. Entonces, yo no creo que haya
verdades absolutas, soy un relativista en ese sentido.
–Sin embargo, debes de tener verdades por lo menos provisionales para poder
vivir, decidir, escoger este camino y no el otro.
– Es que ser relativista no implica no tener verdades. ¡Tienes verdades! Pero siempre
estoy dispuesto a contraponerlas con otras cosas y muchas veces las he tenido que
cambiar. En lo que no creo es en decir: “Ya, llegué a la verdad, est sillón en que estoy
sentado es la verdad, y estoy muy bien aquí”. Eso, en nada.
–En nada…
–En nada (risas).
–¿Cuál es el libro que más te ha marcado?
–Me he hecho la pregunta muchas veces y es imposible decirlo. Hay muchos… No sé…
Depende de las ramas del conocimiento… Por ejemplo, en literatura estuve toda una
época emocionadísimo porque realmente para mi Herman Hesse era lo más importante.
Sus libros eran mi Biblia cuando era muchacho, cuando tenía 18 años.
–¿Por qué?
–Porque justamente tratan de una persona libre, de una persona que busca cosas nuevas
siempre alrededor. De una persona que rompe con todo. De abrir ventanas, no cerrarlas.
El otro que también me impactó enormemente y que después lo conocí, fue Borges.
Borges era mi autor de cabecera y aún ahora regreso a cada rato a leerlo. Pero, así como
hay eso, hay otras cosas, por ejemplo, “Don Quijote”. El Quijote es maravilloso…
1. FdeT ha sido siempre un entusiasta de J-J Rousseau. En 1965 tuvo oportunidad de
visitar los lugares donde vivió Rousseau y se sentó en su propio escritorio.
2. La familia en 1944: Ferdinand de Trazegnies con su esposa Rosa Granda Vásquez de
Velasco y sus hijos Fernando, Carlos y Leopoldo.
3. Visita oficial a Cuba. FdeT en audiencia con el presidente Fidel Castro, febrero de
1999.
4. FdeT con el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, febrero de 1999.
5. FdeT en la presentacion de su libro “En el País de las colinas de arena”, traducido al
chino, en la Universidad de Pekín, 2000.
6. Visita oficial a Italia. FdeT en audiencia privada con su santidad el Papa Juan Pablo
II, enero del 2000.
7. Este lugar sagrado es el que FdeT llama su “convento”, donde se recluye
habitualmente para hablar con quienes más saben… los que escribieron tantos libros.
8. Visita oficial a España, audiencia con el rey de España, su majestad don Juan Carlos
de Borbon, noviembre del 2000.
9. FdeT en París frente a su departamento en Rue Du Dragon.
10. FdeT a los 18 años.
11. Sus 5 hijos: Nathalie de Trazegnies Thorne, Carolina de Trazegnies Thorne, Gilles
de Trazegnies Álvarez-Calderón, Julie de Trazegnies Thorne, Fernando de Trazegnies
Álvarez-Calderón.
12. FdeT, Vito Rodríguez Banda y Jorge Morelli, vestidos como mandarines en
Singapur, noviembre de 1998.
13. FdeT en la Feria del Señor de los Milagros en la Plaza de Acho, en su barrera de sol,
que la conserva desde hace 40 años, noviembre de 1998.

El caballero y sus banderas


–Tienes una gran afición también por la Edad Media. Has traducido del francés
medieval la leyenda de “Gillion de Trazegnies y su Dama”. Tus dos hijos menores
tienen nombres medievales. ¿Qué hay en la Edad Media que te llama tanto?
–En realidad, ahí hay una serie de cosas. Mi padre era una persona muy vinculada a lo
tradicional, a la historia, a la Edad Media; era un entusiasta de todo ese mundo
caballeresco, puso incluso un cuadro en mi cuarto con “El decálogo del caballero”, que
tenía cosas como “ser siempre valiente, no dar un paso atrás” o “defender siempre al
pobre y al desvalido”, que él veía como el ideal de ese caballero que probablemente
nunca existió.
–Es, entonces, la visión ideal del caballero: una persona que velaba por los débiles,
que idolatraba a las damas…
–Y que salía a la aventura. ¡Eso es lo importante!
–¿Y tú? ¿Tienes tus causas?
–Yo lucho por ciertos principios, sí, pero siempre pensando que son generales, que
tienen que aterrizarse en una aplicación, y que las cosas son siempre maleables, que hay
que ajustarlas, adaptarlas, interpretarlas. Pero lucho por principios, claro. Me interesa
mucho la justicia, la ayuda a los demás, la superación individual, esto me parece muy
importante; la aventura, que también es un ideal, por eso sí lucho. Pero siempre
pensando que puedo estar equivocado, o que puede haber una persona que piense
diferente y que, sin embargo, los dos tengamos razón. Es decir, la noción de perspectiva
es lo que nos aleja del dogma prepotente.
-–¿Se puede pensar así desde el poder? Cuando uno tiene que tomar decisiones que
afectan a los demás, ¿se puede gobernar pensando que lo que uno está haciendo
puede muy bien estar equivocado y que lo contrario puede muy bien ser verdad?
–Nunca he estado en el poder y nunca voy a estarlo.
–Pero, haciendo el ejercicio hipotético… Igual como persona, decides.
–Bueno, lo que pasa es que en la vida siempre uno está en situaciones de poder, en
distintos niveles. Tú estás hablando del poder político, del poder más alto, digamos.
Pero como padre de familia, por ejemplo, tienes un poder…
–Y tienes que tomar decisiones que tienen consecuencias…
–Así es, y muchas veces no estás seguro, pero tienes que tomarlas. Y si te equivocas,
ves cómo enderezas. Pero claro que tienes siempre que tomar decisiones: uno no puede
seguir viviendo y no tomar decisiones.
–Es decir, no hay certezas, pero hay apuestas.
–¡Así es! Me gusta tu definición. No hay certezas, pero hay apuestas. Lo más
intensamente, lo más racionalmente…
–Un rasgo muy llamativo de tu personalidad es tu omnipresente entusiasmo. ¿De
dónde viene ese entusiasmo, más allá de la curiosidad? Porque, se ve que es algo
que está muy marcado en tu estructura psicológica.
–Sí. Yo lo reconozco también, y a veces me excedo y hablo demasiado; pero no me he
hecho de psicoanalista. No sé, soy así. Me nace.
–¿Te da miedo la vejez?
–Ya estoy en la vejez. Aunque trato de seguir viviendo como siempre he vivido. Trato
de que la vejez no exista. Y hago cosas que no debería hacer. Hace dos años me
operaron de la cadera y unos meses después ya estaba montando a caballo en Máncora.
Hago cosas para ganarle a la vejez, aunque quizás un día la vejez me gane, o quizás no:
de repente un día terminarán las cosas sin que me haya ganado, simplemente porque
tienen que terminar, y ahí se acabó el asunto.
–¿Tienes algún tipo de visión trascendente de la vida?
–¿En qué sentido “trascendente”?
–¿Qué recurra a la existencia de algo que va más allá de la vida que conocemos, del
tiempo y las condiciones en las que existimos, para darle un sentido.
–Yo soy católico y creo que hay otra vida. Esa otra vida no sabemos cómo va a ser. No
la entiendo, trato de entenderla pero no la entiendo. Creo. Eso sí es materia de dogma.
–Crees. Personalmente, crees.
–Creo, sí. Con muchas dudas, porque, claro, soy una persona que piensa. Entonces, me
digo: “Caracho, ¿cómo puede uno ya no vivir (morir) y seguir viviendo?, ¿cómo puedes
estar tú en otro mundo y, sin embargo, no ser como eres? Porque si no eres el que eres
acá, entonces ya no eres tú… Es bien difícil”. Yo creo que la mente humana tiene
ciertas limitaciones que Kant vio muy claramente: son el espacio y el tiempo. Entonces,
por ejemplo, ni siquiera podemos concebir dentro de estas categorías un comienzo de
todo, porque si el tiempo comenzó en algún momento – el “Big Bang” de los
científicos–, algo debía de haber. La nada no existe. Entonces, ¿el universo es infinito
en el tiempo? ¡Uf! ¿Y eso que significa?
–¿Y cuál es tu motivo para creer?
–No sé. Siento que es parte de mi cultura. He vivido siempre en esa cultura.
–¿Es inercia, entonces, simplemente?
–En parte, es mucha inercia cultural. Si tú y yo hubiéramos nacido en el Medio Oriente
probablemente seríamos musulmanes… Pero es una inercia vivida. Pasas por épocas de
más vivencias de fe y otras de menos. Como todo en la vida. Por ejemplo, a veces a los
seres queridos que he perdido –mi padre, por ejemplo–, los siento muy cerca.
-–Si pudieras resumir en un consejo que dejarles a tus hijos lo más importante que
has aprendido en un recorrido tan intenso, con tantas dimensiones, ¿qué les dirías?
–Yo les diría: “Vive lo más intensamente que puedas, lo más racionalmente que
puedas”. Nuevamente Hobbes. El apetito de acción, que es el movimiento, y la razón.
Porque si vives muy intensamente y no le pones razón –y no calculas–, puedes acabar
en un camino sin salida. O sea, vivir intensamente no supone dedicarse a todo, supone
dedicarse a aquello que te va a llevar siempre más lejos, a agradecerte a ti mismo y a los
demás. Mientras te vaya a llevar a eso, aviéntate con todas las ganas que tengas.

Por Fernando Berckemeyer. Foto de Christian Osés.

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