CUENTO, FÁBULAS Y DEMÁS
RAÚL SÁNCHEZ ACOSTA
Raúl Sánchez Acosta, nació en Convención, Norte de
Santander (Colombia), el 17 de febrero de 1961. Con
estudios en el área de las Humanidades: Lingüística y
Literatura, Filosofía, Artes Plásticas, Filosofía y Letras,
Licenciatura en Lengua Castellana. Se ha desempeñado
como docente en varias instituciones educativas privadas
del Departamento Norte de Santander, así como
catedrático y tutor en las universidades Francisco de
Paula Santander de Cúcuta y Universidad de Pamplona,
en Tibú. Tallerista en formación de docentes durante
varios años. Formador de Docentes Proyecto Mil
Maneras de Leer (Cerlalc); coordinador y supervisor de
Programas de educación para Población Vulnerable con
la Corporación Proyecto Ser Humano; asesor
pedagógico, diseñador y capacitador de modelos
educativos flexibles de educación para jóvenes y adultos. Promotor de lectura y gestor
cultural en el Departamento, Socio Fundador de la Asociación de Escritores de
Norte de Santander, fundador del Grupo Literario Escribarte.
Ha publicado:
Camino a la noche, poesía- 1990
Desencuentro, novela - 1991
La novia del silencio, cuentos - 1998
Laura Clavel y los tres pegasos, relato para niños y jóvenes- 1998
A la luz de la luna, cuentos y poemas para niños - 1999
Historia de Ki, novela para niños y jóvenes - 2002
Historia de Ki, 2005 - Grupo Editorial Educar
El pequeño vendedor de sueños, novela para niños y jóvenes - 2003, 2004, 2007
Más allá del sol (Novela) 2007.
La novias del silencio, cuentos, 2010, Editorial Educar
José María Chacón Banderas. Memorias de un hombre feliz (Novela biográfica), 2012
CONTACTOS: raulsan17@gmail.com tallerliterario21@gmail.com
Celular: 313 3192681
Cúcuta, 2016
CUENTO
EL HOMBRECILLO
Desde la puerta grande de la casa se oyó a la mujer, que con enojo reprendía a sus dos
hijos; dos pequeños, amigos de la travesura y de los chistes obscenos.
- ¿Cómo se les ocurre pronunciar semejantes palabras? – les decía, colérica -.
No puedo creer que ustedes, tan chicos, sean capaces de llegar a tanto. ¡Ave
María Purísima, Santísima Trinidad Bendita! – decía la madre.
- ¡Hum, vaya a que la bañen! – dijo riendo el chico.
- ¡Huy, sí! ¡Que el ave María Purísima le tape los oídos – gritó la niña,
sacándole la lengua a su propia madre.
Los dos se tomaron de la mano y salieron corriendo sobre la acera.
- ¡Virgen Santísima! Esos muchachos me van a matar. Yo no sé qué pecado
he cometido para estar pagando esta condena decía la mujer a la abuela, quien
arrellanada en su mecedora contemplaba el espectáculo todas las tardes,
cuando los niños, sus nietos, llegaban a casa de la escuela.
- ¡Un día de estos va a pasar algo feo en esta casa – sentenció la vieja, y
siguió su labor. Tejía o hacía que tejía algo con dos largas agujetas de madera.
Su hija se quedó mirándola mientras una brisa helada se le entraba por la piel
hasta el tuétano.
Ese mismo día, la mujer tuvo que salir de casa. Recomendó el cuidado de sus
hijos a la vieja y salió sin decir qué rumbo marcarían sus pasos.
- ¡Hum! – exclamó la abuela - No los cuida ella que es la madre, y quiere que
lo haga yo. Bastante tuve con cuidarla a ella y para nada me sirvió. No fue
capaz de criar como la gente a ese par de pilluelos…
- Hola, abuelita – gritaron en coro los nietos que acababan de llegar en carrera.
- Dejen esa bulla, muchachos – regañó la abuela.
- ¡Epa! Gana el que toque primero a la abuela chicharrón – dijo la niña.
- ¡Va! – dijo el chico, corriendo y llevándose entre las manos la lana y una de
las agujetas de la vieja.
- ¡A ver! ¡Dios Santo! ¿Qué pasa con ustedes, ah? … Que no respetan a su
propia abuela – refunfuñó la abuela con la voz cascada y los ojos lagrimeando,
puesta de pie.
En ese instante, comienza a entrar en casa un hombre tan pequeño que
apenas se distinguía rodando por el suelo, pero producía una sombra inmensa
que oscurecía toda la casa.
Los niños se detuvieron y fijaron su atención, como la abuela, en la criatura
extraña que se acercaba a las patas de la mecedora.
Se acercaron, le rodearon y cual más osado, el niño alargó su mano y tiró de la
diminuta camisa del hombrecillo. De pronto, el ambiente se enrareció y todos
los olores aparecieron en la casa: el de rosa, el de jazmín, el heliotropo, la
manzanilla.
Todos le miraron con más curiosidad e inocencia, y automáticamente,
empezaron a olisquear el aire, que ya de los buenos aromas tornó a todas las
inmundicias conocidas. Estaban distraídos en esta observación cuando el niño
propinó un puntapié al hombrecillo. Este frunció el ceño y dejó ver sus ojos
encendidos, ojos de fuego, al tiempo que iba creciendo a una velocidad
vertiginosa. Crecía, crecía, tan alto, que tocaba el techo. La hediondez era un
terrible olor a azufre; pestilencia luciferina que emanada el hombre gigantesco
que echaba fuego por la boca cuando rugía. El azufre se impregnó en el aire
de la casa, en las paredes, en las cosas, en la ropa, en la voz de la abuela y en
los rostros de los niños que ya orinados del susto, dejaban caer sus cuerpos
desmayados sobre el suelo. La abuela entre tanto, con pasmosa valentía se
persignó y rezó una oración mascullada que quizás ni el mismo diablo la
entendió, pero funcionó porque el cachudo lanzafuego empezó a desaparecer
como por encanto.
Ya había pasado la medianoche cuando llegó la mujer a ver a sus hijos. No
podía resistir el fétido olor a azufre a que apestaba la casa.
- ¡Por dios, mamá! ¿Qué pasó aquí?
- ¡Nada hija – dijo la vieja con aparente calma, mientras se sentaba en su
mecedora - El diablo que vino a asustarnos – continuó – y se quedó
dormidamente desmayada.
- ¡Ay! ¡Ave María Purísima! ¡Los niños! – dijo persignándose.
Llegó al cuarto de los niños y comprobó que dormían, completamente orinados.
Les dio la bendición y se tiró de rodillas ante un icono de la Santísima Trinidad.
Terminó su oración, volvió a mirar a sus hijos y pensó en la frase con que la
abuela había vaticinado el acontecimiento: <<Un día de estos va a pasar algo
feo en esta casa>>.
Sin embargo, dicen que desde esa noche, nadie pasa por la acera de la casa.
Aseguran que el olor a azufre es insoportable, aunque ya la abuela, la hija y los
dos niños, se marcharon a otra casa, a donde creen que los ha seguido la
maldición del demonio.
FÁBULA
EL CONEJO Y EL PERRO
El conejo anduvo todo el día buscando qué comer pero no hallaba nada que le
satisficiera, a pesar de haberse encontrado con toda clase de manjares en el
camino: Zanahorias frescas, lechuga regada por un rocío amable y cristalino,
frutas maduras y deliciosas, manjares de miel que las abejas dejaron en su
recorrido a sus panales, etc. Así que, resignado, por no haber podido hallar lo
que su caprichoso paladar le exigía, se recostó al pie de un sauce. La tarde
avanzaba para dar paso al manto de la noche cuando alcanzó a avistar en una
colina, gracias a la luz brillante de la luna que empezaba a caminar por entre
las nubes, a un perro de caza que husmeaba.
El conejo se acercó por entre los matorrales, sigiloso y se apostó detrás del
tronco de un árbol.
— Pish, pish — le dijo al perro.
El perro, sorprendido, dio un brinco hacia atrás y dijo:
— ¿Quién anda por ahí?
— Soy tu conciencia — dijo el conejo sin dejarse ver, bien oculto entre la
maleza.
— Déjame verte para saber si es cierto — dijo el perro, seguro de que se
trataba de una broma, mientras se esforzaba por olisquear al intruso.
—Te digo que soy tu conciencia. No puedes verme. ¿Acaso eres tonto?
— ¿Qué deseas de mí, entonces?— inquirió el perro con enojo—. Dime pronto
qué deseas, para liberarme de ti.
—Deseo que consigas para mí el más delicioso manjar que hayas probado en
toda tu vida. Te doy sólo cinco minutos para que lo traigas a este mismo lugar.
Lo depositas ahí donde te encuentras en este momento y corres rápido hasta tu
casa y no vuelvas— aseveró el conejo sosteniendo el impulso de reír por la
forma como se burlaba del perro cazador.
— Si eso es lo que quieres, ya lo haré, si me prometes que nunca aparecerás
en mi vida nuevamente.
—Te lo prometo solemnemente, como solemos hacerlo las conciencias.
El perro salió corriendo en busca del manjar que le solicitaba su conciencia, al
tanto que el conejo, cuidadosamente salía también de su escondite.
El conejo recorrió un largo pastizal para poder llegar cerca del sauce a esperar
a que pasara el tiempo necesario para que el perro consiguiera el manjar más
delicioso de su vida, y que seguramente sería del agrado de su caprichoso
paladar. Infortunadamente para el conejo, en un instante, la luna iluminó su
blanco pelaje, precisamente cuando el perro husmeaba el lugar. El cazador se
abalanzó sobre él sin darle tiempo siquiera a reaccionar.
El perro cazador había logrado conseguir la presa más preciada de su vida, el
manjar más delicioso que había probado en toda su existencia y con mucho
dolor lo dejó al lado del tronco donde su conciencia le exigía. Pero notó con
placer, que pasadas las horas, habiendo vuelto al lugar, su presa permanecía
intacta en el sitio donde la dejó. Así fue como, una noche de luna, un perro
cazador, asustado por su conciencia, disfrutó el manjar más delicioso que había
probado en toda su vida.
Moraleja: Nunca desprecies lo necesario por hallar lo deseado.
MITO
LA LLUVIA
Yamamamc y Yamimuc eran hermanos, pero discutían constantemente por el
favor de sus padres, los dioses del trueno y las nubes, siempre cortejando a la
luna.
Un día, Yamamamc decidió alejarse a una colina lejana y muy elevada desde
donde se divisaba toda la tierra seca y árida. Desde allá podía observar a los
hombres y las mujeres mayas que sufrían porque no podían cosechar su maíz,
cuyo aroma tanto gustaba a Yamamamc, pero fastidiaba a Yamimuc.
Tres días con sus noches luchó Yamamamc ante sus padres, rogando que le
concedieran un don especial que le permitiera disfrutar el placer de oler el
aroma del maíz cultivado por el pueblo maya, pero él no sabía que Yamimuc,
también rogaba a sus padres le concedieran el favor de no permitir que el
pueblo maya cultivase el maíz ya que a él le causaba urticaria el olor de la
mazorca.
Ante esta situación, los dos dioses que eran benévolos, pero cada uno tenía
preferencias por cada uno de sus hijos, también disgustaron. En su discusión,
el trueno pronunció palabras tan graves y fuertes, que la nube no pudo soportar.
El trueno entonces benefició a Yamamamc, por lo que la nube rompió a llorar.
LEYENDA
EL HOMBRE PEZ
El Río Catatumbo, en las noches, es testigo de la presencia del hombre pez. Dicen que
era un hombre de elevada estatura que un día se embriagó tanto, que el licor le brotaba
por la piel y que al acercarse al río en medio de la noche, perdió equilibrio. Cayó en sus
aguas, pero como era un hombre bueno, el río no permitió que se ahogara. El hombre
flotó un buen rato sobre la corriente y finalmente se fue sumergiendo hasta el lecho
mismo del río. Dicen los pobladores de la ribera, que lo han visto flotar a la luz de la
luna a lo largo del río, en forma de hombre pez: mitad hombre, mitad pez. Que posee
una larga barba de algas y que lleva aletas en sus brazos. Que a todo aquel que arroje
basuras, desechos o use pólvora para pescar en sus aguas, el hombre pez, a
medianoche se le aparece y cobra ese delito con la muerte. Por eso son muchos los
cadáveres que se hallan en las orillas del río, desde su nacimiento, hasta su
desembocadura en el Lago de Maracaibo.
POEMA
AMAR
Amar es sentir el alma de un poema;
sentir que arde la dulce poesía
y una llama por dentro que nos quema
y hace polvo la ruin melancolía.
Dejar que el alma al dar un beso tema
lanzar la vista a la extensión vacía
y se extravíe en la oquedad suprema.
Eso es amor, que al odio desafía.
Amar es decir: ¡Qué noche tan clara!
cuando empieza a nacer la madrugada;
hacer que la vida nos sea rara
y atrevida como una carcajada.
Amar es todo aquello que resiste
con su lanza al demonio de lo triste.
COPLA
EL PRESIDENTE Y EL SENADOR
Hay un hombre de voz grave
Que grita con voz de tenor,
Que no teme al presidente
Aunque es un senador.
Y dice que el presidente
No tiene los calzones
Que le pusieron a él,
Por dos o tres razones:
La primera, ya se sabe:
ama a todos sin distingos;
la segunda, porque odia sin dolor
a los malditos gringos.
Y la tercera y más valiosa,
Porque sabe que para darse
Por honor a su país,
A nadie hay que arrodillarse.