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Irvin D. Yalom: La Psicoterapia y la Condición Humana

Ruthellen Josselson

Prólogo, Irving Yalom y la Ciencia Romántica. Néstor A. Braunstein

Jorge Pinto Books Inc. Irvin D. Yalom: La Psicoterapia y la Condición Humana

Jorge Pinto Books Inc.

Irvin D. Yalom: La Psicoterapia y la Condición Humana

Copyright 2007 by Ruthellen Josselson

Derechos de la edición en español © Jorge Pinto Books Inc. La presente traducción de Irvin D. Yalom:

La Psicoterapia y la Condición Humana, Jorge Pinto Books Inc. 2008. Edición original Irvin D. Yalom: On Psychotherapy and the Human Condition Jorge Pinto Books Inc. 2007.

Todos los derechos reservados. Quedan prohibidos la reproducción total o parcial de esta publicación, su almacenamiento bajo cualquier sistema que permita su posterior recuperación, y su transmisión por medios electrónicos, mecánicos u otros así como su fotocopiado o grabado sin previa autorización del editor, otorgada por escrito. Asimismo, de no mediar dicha autorización por parte de Jorge Pinto Books Inc. 151 East 58th Street, New York, NY 10022 USA, este volumen no puede ser prestado, revendido, cedido en alquiler ni enajenado comercialmente bajo ningún otro formato de encuadernación o portadas que difieran de aquel en que se encuentra publicado.

Irvin D. Yalom: La Psicoterapia y la Condición Humana parte de la Colección Biografías de Carreras en español.

Prólogo, Irving Yalom y la Ciencia Romántica. Copyright 2008 Néstor A. Braunstein

Traducción al español: Marta Merajver.

Diseño de la portada: Nigel Holmes, www.nigelholmes.com

Composición tipográfica: Cox-King Multimedia, www.ckmm.com.

ISBN:

0-9801147-4-8

978-0-9801147-4-4

AGRADECIMIENTOS

Agradezco profundamente a Irvin Yalom por su accesibilidad y franqueza, así como por su ayuda para la elaboración de este trabajo. Deseo asimismo expresar mi gratitud a varios de mis discípulos de Fielding Graduate University, quienes leyeron, comentaron, y corrigieron la versión preliminar del manuscrito. Gracias, Katanya Good, Gillian Karp, Marguerite Laban, y Suzanne McKann. Gracias también a Marilyn Yalom por su cuidadosa supervisión del texto definitivo.

INDICE

Prólogo a la edición en español de Néstor A. Braunstein

Agradecimientos

Introducción

Capítulo 1

Los orígenes

Capítulo 2 Los dilemas de la existencia y más allá

Capítulo 3 Compañeros de ruta

Capítulo 4 Diálogo entre la psicoterapia y la filosofía

Capítulo 5 La promesa de la psicoterapia

Capítulo 6 Reflexiones de Yalom sobre su obra

Epílogo Obras de Irvin D. Yalom Notas

Introducción

Irvin Yalom es uno de los psiquiatras más reputados y leídos en el mundo contemporáneo, además de ejercer gran influencia sobre él. A través de los muchos libros que escribió, accesibles al lector corriente y esclarecedores para los psicoterapeutas, Yalom elaboró una guía para vivir en un mundo que nos desconcierta. Una encuesta reciente, realizada entre psicoterapeutas estadounidenses, lo votó como uno de los tres psicoterapeutas vivos más importantes, aunque el éxito mundial logrado por sus libros sugiere que goza de protagonismo internacional. Yalom no se presenta como representante de una de las tantas “escuelas” o enfoques psicoterapéuticos, sino que ofrece un mensaje dirigido al corazón de la psicoterapia. Abordando las principales preocupaciones existenciales, su obra se ocupa del problema de encontrar el propósito de la vida y de enfrentarse a la muerte, temas no cubiertos por el ámbito de la psiquiatría. Con un estilo literario que los críticos han equiparado al de Freud, Yalom detalla lo que realmente ocurre en la intimidad del encuentro humano que define a la psicoterapia. No vacila en descubrir sus propios pensamientos y sentimientos acerca de lo que ocurre: también él es un ser humano vulnerable e introspectivo. Muestra con total transparencia sus reflexiones sobre sus pacientes y sus esfuerzos para tratarlos, sin ocultar sus dudas, reservas,

dificultades, e insights * . Ha escrito dos libros de texto, dos volúmenes de historiales clínicos, tres novelas acerca de la terapia, una guía para psicoterapeutas, y un libro de ayuda dedicado a aliviar la angustia de verse cara a cara con la muerte. Toda su obra explora las infinitas y complejas posibilidades de curación inherentes a la relación humana genuina y a una auténtica toma de conciencia de los dilemas existenciales. Sus escritos son intelectualmente reveladores a la vez que profundamente conmovedores. Si bien ha sido muy galardonado, concede más valor a los millones de vidas que ha tocado que a los premios recibidos.

***

Mi primer encuentro con Irvin Yalom se produjo a través de sus escritos, en

el año 1970, cuando cursaba la residencia en psicología clínica. El Centro de Salud Mental de Massachusetts [Massachusetts Mental Health Center], donde

me

formaba a la sazón, era un venerable bastión del psicoanálisis, a pesar de

lo

cual yo lo atravesaba aferrando The Theory and Practice of Group

Psychotherapy * , de Yalom, a modo de munición defensiva para desafiar la ortodoxia que predominaba en aquella institución. Por aquellos tiempos, Yalom propugnaba un enfoque psicoterapéutico radical que defendía la importancia de la relación humana entre paciente y terapeuta, ubicando el acto terapéutico en el aprendizaje interpersonal. Se trataba de ideas incendiarias para una época en la cual todavía se estaban discutiendo las implicancias del saludo inicial del terapeuta al paciente, no fuera que unos “Buenos días” trastornaran la transferencia de experiencias infantiles que los pacientes encausaban hacia sus terapeutas. La idea de que estos pudieran crear una relación humana y humanitaria con sus pacientes y así lograr mayor

y no menor eficacia, de que la terapia podía centrarse en la naturaleza de las relaciones adultas entabladas por los pacientes con las personas que formaban parte de su vida, de que terapeutas y pacientes pudieran intercambiar pensamientos sinceros sobre los dilemas compartidos que presenta la

todo era subversión lisa y llana. Naturalmente, mis

profesores y supervisores no ocultaban su desdén hacia el libro, pero éste preanunció un cambio radical para mi generación. Vimos cuánta sabiduría contenía y, gradualmente y con el andar del tiempo, modificamos en consecuencia nuestra comprensión de la labor que nos tocaba. Hoy, cuando leo sobre el psicoanálisis relacional contemporáneo, veo que sólo ahora, pasados treinta años, el psicoanálisis está descubriendo lo que Yalom enseñaba cuando yo era estudiante. Por cierto, The Theory and Practice of Group Psychotherapy, que va por su quinta edición y fue traducido a diecisiete idiomas, es uno de los libros más leídos por quienes se dedican a la salud mental.

condición humana

Sin embargo, la influencia ejercida por Yalom no se limita a los psicoterapeutas. Ha infundido su penetración de la problemática existencial en varias novelas que atrajeron en todo el mundo a personas que no ejercen actividades ‘psi’. Recibe a diario cartas y correos electrónicos desde muchos países, con detalles de cómo la lectura de su obra cambió las vidas de quienes le escriben. Diez años después de mi primer encuentro con los escritos de Yalom, encontrándome en un momento de desesperación en mi propia vida, leí

Existential Psychotherapy * , su otra obra más clásica. Parecía como si la sabiduría de las páginas me hablara directamente mientras yo lidiaba con interrogantes acerca del significado y el aislamiento. Leer sus palabras era sentir su presencia física, brindándome valor y esperanza. A través de la lectura, lo sentí un amigo que me ofrecía consuelo, alguien que habiendo estado en los mismos sitios oscuros que yo, había encontrado la luz. Así me convertí en uno de los miles de corresponsales que le escriben a lo largo de los años, agradeciéndole lo que escribió y contándole cuánto me había ayudado. Ante mi sorpresa, me respondió. Esto ocurrió antes de la invención del correo electrónico, de modo que era necesario dirigir los sobres y pegarles una estampilla. Así comenzó la amistad y la relación entre colegas que hemos sostenido durante veintisiete años. En el presente proyecto biográfico, y a modo de reconocimiento por su calidad especial y única dentro del campo de la psiquiatría y más allá de sus límites, me propuse comprender las raíces de su sabiduría particular, así como su capacidad para transmitirla a otros. ¿Qué sendero lo condujo a una comprensión tan perspicaz y plena de matices de la problemática de ser humano? Escribiendo esta biografía intelectual no se me escapan –como quizá tampoco le ocurre a los demás biógrafos de seres humanos extraordinarios –las dificultades que plantea el dar cuenta de la condición del genio. El genio en sí mismo es un fenómeno emergente que difiere de la simple suma de sus partes. La creatividad implica guiar algo novedoso hasta lograr su materialización, algo que aprovecha materiales disponibles en el mundo y los moldea de modo tal que cambia nuestra propia visión de ese mundo. El virtuosismo de Yalom reside en su particular capacidad de reunir la filosofía, la literatura, y la psiquiatría en una obra que esclarece las realidades de la

vida para todo ser humano y, muy especialmente, para quienes tratan la angustia que lo aqueja. En parte, el atractivo de Yalom se basa en la sencillez del lenguaje con el que habla de los aspectos más profundos de la realidad humana. Por lo tanto, opté por preservar su voz dentro de lo posible, y estructuré esta biografía combinando material obtenido en entrevistas, citas de sus escritos, y mis propias sinopsis de sus ideas.

1

Los orígenes 1

Si meditamos sobre el hecho de estar vivos, de existir en el mundo, y tratamos de hacer a un lado cualquier otra distracción, todo tema menor, e intentamos llegar al fondo del cual surge nuestra angustia, nos encontramos con ciertas preocupaciones: la muerte, la falta de sentido, el aislamiento, y la

libertad. Yo pienso en estos términos todo el tiempo. Tomo estas cosas muy seriamente. Nunca me alejé demasiado de la estructura básica de mi libro Existential Psychotherapy, que se centra en esos problemas”. –Irvin D. Yalom

Comienzo a explorar el desarrollo intelectual de Irvin Yalom reproduciendo, con unas pocas modificaciones, una entrevista que le hice acerca de los orígenes de su enfoque de la psiquiatría y la psicoterapia. Creo que es importante que el lector lo conozca a través de lo que Yalom dice de sí mismo. Por supuesto, la versión impresa no contiene la música de su voz sonora y expresiva, de modo que el lector tendrá que imaginarla. Fue Existence, el libro de Rollo May, el que abrió a Yalom un nuevo panorama en sus años de residente de psiquiatría. Su lectura lo indujo a tomar cursos de filosofía en la Universidad John Hopkins. No fue fácil para el residente de psiquiatría pasar tres noches a la semana estudiando filosofía occidental, pero aún así leyó de cabo a rabo la Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell. Este era un mundo nuevo para Yalom, quien se había criado en una familia de clase trabajadora y jamás antes había estudiado filosofía. Su infancia transcurrió en el piso superior del comercio de su padre, ubicado en un barrio bajo de Washington D.C. donde era peligroso alejarse una cuadra. Cuando el niño contaba catorce años, la familia se mudó a un vecindario cómodo y seguro en la misma ciudad, y Yalom concurrió a una escuela mejor. Pero no tuvo mucha guía en el camino de su creación de un nuevo enfoque psicoterapéutico basado en una profunda evaluación de los dilemas planteados por la condición humana.

Irv Yalom –Por razones que ahora me resultan incomprensibles, mientras

cursaba el college * estaba apuradísimo y muy ansioso de ingresar a la Facultad de Medicina. En aquellos tiempos, las aulas de medicina ofrecían un cupo del 5 por ciento para estudiantes judíos. La Universidad George Washington tenía una clase de 100 alumnos y sólo podía incorporar a cinco judíos. Y por eso me sentía tan nervioso por mi futuro, probablemente más

que en cualquier otro momento de mi vida. Estaba tan apurado que presenté

mi solicitud de ingreso después de sólo tres años de college. En aquel

entonces, era posible hacerlo en algunas Facultades de Medicina. Mi principio rector era obtener A en todas las materias para que tuvieran que aceptarme, y así fue.

Ruthellen -¿Por qué era tan importante, tan crucial, ingresar a la Facultad de Medicina?

Irv Yalom –En realidad, creo que no veía otras elecciones posibles. Vivía en

un ghetto cultural, sin una visión realista del mundo exterior. No tenía quién

me aconsejara. Al igual que todos mis pares, sentía que ésa era la única forma de escapar del ghetto.

Ruthellen -¿La Facultad de Medicina?

Irv Yalom –Exactamente. No veía otro camino. La otra opción era trabajar

con tu padre, y una tercera alternativa te ofrecía algo menos demandante que

la medicina: la odontología, quizá. No se me ocurría que fuera posible hacer algo diferente, y no creo haber sido el único.

Ruthellen –Entonces se trataba de mejorar económicamente antes que de ayudar a otras personas, o de hacer

Irv Yalom –No, no; no tenía que ver con lo económico, de ninguna manera. La cuestión era salir del ghetto, ingresar en el mundo moderno, expandir mi panorama, iniciar otro estilo de vida. Mis padres eran muy esforzados; increíblemente esforzados, y para cuando yo cursaba el college ya habían logrado una posición relativamente cómoda trabajando en su negocio de almacén y venta de licores. El problema no radicaba en el dinero. Ya

entonces sabía que habría ganado más si hubiera optado por el negocio. Pero sentí el llamado de la vida intelectual, de la vida literaria. Desde donde alcanza mi memoria, siempre fui un lector ávido, y deseaba acceder a ese mundo. En ese entonces debo haber pensado que si quería colarme en el mundo de Tolstoy, mi única opción era atravesar los portales de la Facultad de Medicina. Y después de terminar la carrera, me especializaría en psiquiatría, y ello me iba a acercar cada vez más a la vida mental. Ésa fue la idea, desde el principio.

Ruthellen –Desde su lugar dentro del ghetto, ¿qué pensaba que era la psiquiatría? Dentro de lo que puede reconstruirla desde el presente, ¿qué pensaba entonces?

Irv Yalom –No recuerdo haber leído nada en particular al respecto entonces, pero sí recuerdo haber pensado que la psiquiatría era el estudio de la mente, de la forma en que funciona nuestro pensamiento, y supongo, aunque ahora no puedo recordarlo, que debo haber tomado alguno curso sobre Psicología Anormal. Mis recuerdos son vagos, por lo cual no podría asegurarlo, ya que me hallaba abocado estrictamente al programa de ingreso a la Facultad.

Ruthellen -¿Entonces fue a fines de los 40, verdad, que cursó el college?

Irv Yalom –Ajá. Entre 1949 y 1952. Como los requisitos del curso de ingreso a medicina eran tan estrictos, creo que en mis tres años de college tuve un total de cuatro materias electivas, todas ellas de literatura. Elegí lo que encajaba en mi muy abarrotado horario; por ejemplo, poesía estadounidense y teatro mundial. De modo que me estaba desplazando hacia la literatura, pero no tenía la menor idea de cómo era posible armar una vida a partir de la literatura.

Ruthellen -¿Conocía a algún psiquiatra? No había programas televisivos

Irv Yalom –No; no conocía a nadie.

Ruthellen –Bajo tales circunstancias, me pregunto cómo es que pudo usted siquiera acercarse al concepto de lo que era la psiquiatría en esos tiempos, porque a principios de los 50 no se parecía mucho a lo que es ahora. En la posguerra, el psicoanálisis recién comenzaba a pisar firme.

Irv Yalom –Pues yo no sabía nada de eso en el college. Me habría gustado

una terapia para mi ansiedad habría sido una bendición. Ahora

tengo más claro cómo es que me decidí a ser médico. En primer lugar, ese deseo que mencionaste de ayudar y ser útil a otras personas. Cuando tenía 14 años, mi padre sufrió un ataque cardíaco. Recuerdo la fecha con exactitud, porque ese verano quería ir al campamento estival, y no pude porque tuve que quedarme en casa a cuidarlo mientras mi madre trabajaba en la tienda. Pero me inscribí en un curso de verano de trigonometría. A esa altura, era como un curso del ciclo básico de secundaria. Recuerdo la noche del ataque coronario de mi padre con toda claridad. Sucedió en la mitad de la noche, cuando mi madre y yo estábamos en casa.

saberlo

Ella estaba afligidísima, fuera de sí y, solía hacer, buscando a quien culpar, o sea, yo. Me gritaba: “Tú lo mataste. Es tu culpa. Esto pasó por la forma en que te conduces y los líos que causas”.

Yo estaba hecho un ovillo en un rincón, nervioso, esperando que llegara el

doctor Benjamin Manchester, nuestro médico. ¡Sentí tanto alivio cuando

escuché los neumáticos de su auto rechinando frente al cordón de la acera de

mi casa! Recuerdo su rostro redondo y amistoso tan claramente como si

hubiera sido ayer. Fue maravillosamente tranquilizador; me revolvió el

cabello y me permitió escuchar el corazón de mi padre con su estetoscopio, asegurándome que latía con la regularidad de un reloj y que iba a ponerse bien.

Tal vez todo esto sea una construcción, pero en ese instante sentí que iba a

estudiar medicina y tratar de brindar a otros lo mismo que el Dr. Manchester.

De modo que mis ambiciones se canalizaron por dos vías: convertirme en

médico y en escritor.

Ruthellen –Cuénteme más acerca de la parte en la que pensó que podría convertirse en escritor.

Irv Yalom –Todos estos años garabateé un poco de poesía, y siempre me gustó escribir. Desde que estaba en la escuela primaria, me iba muy bien en

cualquier curso que incluyera ejercitación escrita. Siempre era mi trabajo el que se mostraba como ejemplo, o el que la maestra leía en voz alta, o el que

se

exhibía en el pizarrón de anuncios. Fue lo único en lo que me destaqué en

la

escuela. Ah, y siempre podía contar una buena historia, de modo que

cuando había algún acto en que se narraran historias, por lo general era la mía

la que cautivaba al público. Tenía un amplio repertorio de ellas, a causa de mi voracidad de lectura. Cuando era niño, uno de mis pasatiempos era coleccionar ejemplares viejos del Reader’s Digest. A veces eran caros; costaban entre 3 y 4 dólares, y nunca pude costear los más antiguos. Tal como yo lo recuerdo, la revista empezó a publicarse en 1921, y mi colección estaba bastante completa a partir de los números del ’27 en adelante.

El Reader’s Digest traía breves narraciones o curiosidades fuera de lo común,

a menudo un par de párrafos acerca de personas a quienes algún

acontecimiento inusual les había cambiado la vida. Yo solía relatarlas en clase a mis compañeros de curso.

En el college, escribí poco, porque mi facultad –la George Washington –tenía

tal exceso de alumnos que los profesores rara vez asignaban tarea escrita.

Ruthellen –Bueno, volviendo a la escuela secundaria y a las historias que usted narraba, ¿recuerda algún momento en particular en el que haya contado

una historia que fuera especial, memorable, o que lo atrajera particularmente

en esa época?

Irv Yalom –Había una profesora de inglés que yo había rebautizado Miss McCauley. También fue profesora de Marilyn, mi esposa, a quien conocí en

la escuela. Miss McCauley la adoraba, y creo que me detestaba por estar cerca de ella todo el tiempo y distraerla. Me puso el apodo de ‘vaquero del casillero escolar’. Marilyn era encantadora, la mejor de la clase, estrella del periódico escolar, de la junta gubernativa estudiantil, y de todas las demás actividades. Sus condiciones para las relaciones sociales hacían que muchos profesores se

interesaran especialmente por ella. Pero en esos días yo era un nerd * presa de los nervios, y me avergonzaba mi físico, que sentía poco atractivo. Ahora, cuando miro fotos que me tomaron en esa época, me veo como un joven bastante guapo, y me sorprende la forma en que mi mente distorsionaba mi aspecto. Miss McCauley no me ahorraba críticas. No hace mucho, revisando unos souvenirs, encontré un trabajo que escribí cuando estaba en el décimo o undécimo grado: era un homenaje lírico al béisbol escrito en verso. Por aquel entonces, era fanático del béisbol. Las críticas de Miss McCauley a este escrito fueron mordaces, plenas de desprecio por mi gran emoción acerca de algo tan trivial. Me calificó con una B-, y salpicó la hoja con marcas rojas que ridiculizaban mi entusiasmo. Era una mujer completamente asfixiante, un modelo docente espantoso, en tanto se supone que el maestro debe alentar a sus alumnos. Aún hoy, la lectura de sus críticas casi me provoca el llanto. Aunque nunca lo llevé a la práctica, me rondaba la cabeza escribir una historia acerca de un muchacho que tenía una maestra como Mis McCauley, y que decidía buscarla diez años más tarde, triunfante, para pavonearse de sus éxitos y de todos los libros que había escrito. Por supuesto, cuando el protagonista finalmente regresaba a su antigua escuela, se encontraba con que la maestra había muerto hacía mucho.

Ruthellen -¿Hubo otros maestros que facilitaran el aprendizaje?

Irv Yalom –Durante mi infancia y adolescencia, nunca sentí haber tenido un maestro que verdaderamente cumpliera con el rol de facilitador. Ojalá hubiese sido así. En los últimos años he notado que, a veces, cuando camino o monto en bicicleta, me asalta una poderosa fantasía. No puedo detenerla una vez que se instala; adquiere vida propia. Mi fantasía es que estoy en la

escuela elemental y un maestro viene a la tienda de mis padres, les anuncia que soy un alumno excepcional, y les dice que deben cambiarme a una buena escuela, a una escuela privada competente. Mis padres están de acuerdo, puesto que siempre apoyaron mi educación, y este maestro se convierte en mi mentor, se interesa por mi escritura, y me alienta a formar parte de los equipos de béisbol y tenis de la nueva escuela.

Ruthellen -¿Pero nadie se tomó ese especial interés? Irv Yalom –Nadie. Ninguno de mis maestros, ni en el secundario ni en el college. Ninguno en absoluto.

Ruthellen -¿Qué fue lo que lo animó a seguir, entonces?

Irv Yalom –Bueno, Marilyn desempeñó un papel importantísimo en mi vida. Nos remontamos ahora al décimo grado, que es, más o menos, cuando la conocí. Ella estaba en noveno, y yo concurrí a la ceremonia en la que

pronunció su discurso de fin de curso al terminar el ciclo secundario básico. Nos pusimos de novios cuando yo tenía unos quince años. Era mi alma gemela y, cuando estábamos juntos, solíamos hablar de literatura: de

Dostoievsky, Steinbeck, Thomas Wolfe

ella era la única que leía tanto como yo. Fue tremendamente importante durante mis años formativos. Pero Marilyn tenía algo que a mí me faltaba:

varios mentores, maestros de secundaria que la tomaron bajo su protección. Uno de ellos fue el profesor de periodismo, quien además de servirle de mentor la nombró jefa de redacción del periódico escolar. Otro de sus

maestros, el de francés, le dejó bien claro que debía ingresar a Wellesley * , mientras que cuando yo me gradué de la secundaria, no tenía idea de qué otros colleges había en el país aparte de los de mi área. El esposo de mi hermana fue a la Universidad George Washington y allí completó la carrera de medicina. Era un buen médico, y si George Washington era lo suficientemente buena para él, lo era también para mí, de modo que no solicité mi ingreso en ningún otro college. Fui bastante buen

De entre las personas que conocía,

alumno en la secundaria. Calculo que me encontraba entre los cinco mejores

de mi clase. Así obtuve una beca universitaria, que cubría el arancel anual de trescientos dólares. En fin, nunca tuve ningún tipo de mentor.

En el college también fui un estudiante anónimo. No tuve contacto personal

con ninguno de mis profesores. Mi nota más baja fue una B, en alemán; todas

las demás fueron A, y además distorsioné la curva de distribución estadística

de mi promoción, porque la segunda nota más alta podía ser 85 o 90, pero yo

estaba en 99, muy afuera de la curva, y sólo por ser un fanático de los libros que estudiaba como un poseído. Como dije, me obsesionaba no obtener menos de A, para que nada me impidiera entrar a la Facultad de Medicina. Después de tres años de college, y con un promedio general de 4.0, presenté

mi solicitud de ingreso a veinte facultades

Pero la George Washington me aceptó. Durante mis años de estudios médicos tampoco tuve contacto personal con ningún profesor en particular. No recuerdo haber sostenido ni iniciado una conversación con ninguno. Me resarcí de ello no sólo a través de la relación con Marilyn, sino de una relación muy estrecha con un grupo de jóvenes, dos de los cuales todavía son mis mejores amigos. Sin duda, mi primer año de facultad fue el peor de mi vida. Marilyn se encontraba en Francia, donde cursaba su penúltimo año de estudios. Yo la extrañaba muchísimo, y me sentía abrumado por la angustia y por todo lo que tenía que hacer. En ese momento, pedí el pase a la Universidad de Boston para estar cerca de ella. Sin embargo, después, cuando cursé psiquiatría, mi vida dio un vuelco. A cada estudiante se le asignaba un paciente, y cada uno de nosotros tenía que hacer una presentación individual del caso ante un solemne auditorio de entre 20 y 25 profesores, la mayoría de los cuales pertenecía al Instituto Psicoanalítico de Boston [Boston Psychoanalytic Institute].

y diecinueve me rechazaron.

Ruthellen –Su primera presentación de un caso.

Irv Yalom –Exactamente. Y estaba bastante nervioso al respecto. Recuerdo con toda claridad a la paciente: una pelirroja pecosa pocos años mayor que yo. Se suponía que debía atenderla durante dos meses, a razón de una sesión

semanal, que era lo que duraba la rotación.

En la primera sesión me anunció que era lesbiana. No fue un buen comienzo,

porque yo no sabía qué cosa era eso; nunca antes había escuchado el término. En ese mismo instante, decidí que la única forma de conectarme realmente con ella era decirle la verdad y confesarle mi ignorancia. Le pedí que me ilustrara al respecto, y a lo largo de las ocho semanas entablamos una relación muy estrecha. Esa fue la paciente que presenté a la junta de profesores. Ya había presenciado varios de estos encuentros, y provocaban dolor de tripas. Todos estos psicoanalistas trataban de mostrarse superiores a los demás, formulando teorías pomposas y complejas. Mostraban muy poca empatía por el alumno, quien a menudo quedaba aplastado por las críticas despiadadas. Yo me limité a ponerme de pie y a hablar de mi paciente como si relatara una historia. No creo haber recurrido a mis notas sobre el caso. Les conté cómo nos conocimos, describí su apariencia física, lo que sentí, lo que surgió. Que le confesé mi desconocimiento. Que me interesé profundamente por lo que me contaba. Que llegó a confiar en mí, y que traté de ayudarla lo mejor posible a pesar de contar con pocos elementos de consuelo en mi bagaje. Cuando terminé de exponer, se hizo un silencio casi audible. Yo estaba perplejo. Había hecho algo que me resultaba totalmente sencillo y natural. Y luego, uno por uno, los psicoanalistas –esos tipos que no podían evitar competir entre sí –dijeron cosas tales como “Bueno, esta presentación habla por sí misma. No podemos agregar nada. Es un caso extraordinario. Una relación tierna y asombrosa”. Y todo lo que hice fue narrar una historia, que me surgía de manera natural, sin esfuerzo. Definitivamente, aquella experiencia me abrió los ojos. En ese mismo momento supe que había encontrado mi lugar en el mundo.

Esta reminiscencia quizá representa un hito definitorio en la vida de Yalom.

A medida que recuerda y discurre, lo embarga la emoción. En ciertos

aspectos, desde aquel instante su trabajo se tradujo en relatar historias: las historias de sus encuentros con las personas a partir de su función como psicoterapeuta, y que nos enseñan a establecer relaciones significantes con los otros. Ha conservado su humildad esencial. Todavía permite que los otros lo iluminen acerca de la realidad en que se encuentran mientras él trata de

acercarse a lo más profundo de su ser, ofreciéndoles una relación que les permita la cura. La experiencia descrita también le señaló a Yalom la ruta que habría de sacarlo del anonimato en el que transcurrieron sus años de estudiante. A pesar de su brillante desempeño académico, nadie la había reconocido ningún talento particular, y él mismo sólo tenía una vaga sensación de que poseía una habilidad fuera de lo común. Por primera vez, logró el reconocimiento y fue por hacer algo que sus profesores no habían visto que alguien hiciera jamás.

Ruthellen -¿De dónde le vino el valor para hacer lo que hizo?

Irv Yalom –Según lo recuerdo, no me pareció particularmente valiente hacerlo –es claro que ocurrió hace más de cincuenta años. Es que no tenía alternativa. Era mi turno de presentar un caso; fue mi modo de presentarlo. Después, cada vez que lo hacía, en las rondas por los pabellones o en una conferencia, siempre tuve la plena atención del auditorio. Es una habilidad innata.

Ruthellen –Entonces, en el momento en que expuso su caso ante los psicoanalistas y los dejó mudos, incapaces de reaccionar como de costumbre, compitiendo por la formulación más espectacular, ¿sintió que lo veían, que había hecho algo importante, algo notable?

Irv Yalom –Sin duda. Si ahora, pasadas tantas décadas, trato de comprender lo que ocurrió, creo que todo se debió a que, a pesar de estar exponiendo un caso psiquiátrico, utilicé una técnica narrativa completamente diferente, situada en el ámbito de lo literario. Lo que ellos pudieran formular al respecto no resultaría convincente. Las intervenciones, la jerga analítica, no tenían nada que ver con mi historia. Por supuesto, ésta es mi opinión; me encantaría retroceder en el tiempo y enterarme de qué pensaban verdaderamente.

Ruthellen –Hay tantas maneras diferentes de relatar una historia, incluyendo

la presentación de un caso clínico, que es también una narración suyo fue un modo diferente.

Pero el

Irv Yalom –Desde el punto de vista técnico, yo no sabía nada acerca de contar historias, ni qué significaba ‘contar una historia’, pero de alguna manera supe unir los elementos para crear un efecto teatral.

Ruthellen –Con usted adentro.

Irv Yalom –Oh, sí; conmigo adentro. Cómo la conocí, mi ignorancia de su lesbianismo, mi desconcierto, que suponía cómo debía sentirse al someterse a una terapia con alguien que admitía un total desconocimiento acerca de su modo de vida, cuánto debía preocuparla el hecho de que yo la aceptara, cómo seguramente me había convertido en el representante de un mundo que nada sabía de ella y que posiblemente la marginara de una u otra forma.

Ruthellen –Usted no la juzgó, ni le adjudicó una patología, ni nada por el estilo. En realidad, pudo relacionarse con ella desde lo humano.

Irv Yalom –Sí, creo que así fue. No la marginé; muy por el contrario, la confesión de mi ignorancia nos acercó, y entablamos una relación forjada en la veracidad.

Ruthellen –En oposición al método psiquiátrico o psicoanalítico, que la miraría como una portadora de síntomas y le asignaría una patología.

Irv Yalom –Es cierto; los enfoques de casos clínicos demasiado centrados en

las patologías me resultaban muy desagradables.

Ruthellen -¿Inclusive mientras cursaba la carrera?

Irv Yalom –Pues sí. Aún cuando todavía era estudiante, me disgustaba la postura distante de muchos de los psiquiatras que conocí.

Ruthellen –Sin embargo, usted no dudaba de que deseaba dedicarse a la psiquiatría, aunque el enfoque de los profesionales no le resultaba no le atraía en absoluto.

Irv Yalom –Así es. En un par de ocasiones vacilé, porque había muchas cosas de la medicina que me gustaban: me gustaba ocuparme de las personas, transmitirles lo que el Dr. Manchester me había transmitido a mí. Pero nunca pensé seriamente en hacer medicina. Me había comprometido con la psiquiatría. A esa altura, ya había empezado a leer mucho sobre el tema.

Ruthellen -¿Qué leía?

Irv Yalom –Bueno, textos. Me fascinaban los textos de psiquiatría que presentaban los temas de una manera un poco más humanística. Creo que por entonces se publicó el libro de Robert Lindner, The Fifty-Minute Hour. Había también un texto de Jules Masserman sobre prácticas y principios, muy esclarecedor, porque tomaba un camino diferente. No lo he vuelto a abrir desde aquel momento, pero recuerdo que hablaba de las ‘ur-creencias’, los supuestos existenciales más fundamentales de la vida.

Ruthellen –Lo que ha venido describiendo es una acendrada sensibilidad literaria que lo condujo a la Facultad de Medicina. Se había estado formando

una idea de la naturaleza humana a través de una muy profunda identificación con la novela.

Irv Yalom –Sí. Quisiera dejar sentado que a lo largo de toda mi vida, desde que leí por primera vez La isla del tesoro cuando me dieron paperas a los diez años, nunca dejé de leer novelas. Desde mi adolescencia, no ha habido un solo momento en el que no estuviera leyendo una novela o un relato. Tan pronto como acabo una, comienzo otra. En Washington, solía ir a la biblioteca todas las semanas, acarreando bolsas llenas de los libros que había digerido y reemplazándolos por otros que me llevaba a casa. Era un lector omnívoro; sentía que entraba en otro mundo; vivir en un mundo alternativo. Quizá los libros se me presentaban como una opción escapista deseable a causa de mi infancia sórdida.

Ruthellen -¿Sórdida en qué sentido?

Irv Yalom –Vivía en un lugar espantoso, infestado de ratas, en un vecindario terrible. Las cucarachas pululaban por nuestra casa. Me espantaba levantarme en mitad de la noche, encender la luz, y ver esas enormes cucarachas correteando por todas partes. Sí; era sórdido. Nunca pude vencer mi fobia a las cucarachas.

Ruthellen

-¿Entonces

se

trataba

de

escapar

de

las

malas

condiciones

materiales?

Irv Yalom –Sí, y también de las psicológicas. En Washington vivíamos en medio de un vecindario negro. La única otra familia blanca quedaba a tres cuadras de las cuatro que nos separaban de la otra tienda de comestibles más cercana. Ahí había un niño con quien podía jugar, pero no era una persona agradable. Me faltaban amigos. La mayoría de los chicos eran negros, y mis padres no me permitían invitarlos a casa.

Ruthellen

mayoritariamente blanco?

-¿El

alumnado

de

la

escuela

a

la

que

concurría

era

Irv Yalom –Claro, por supuesto. En aquella época, la segregación en

Washington era total, en las escuelas, los restaurantes, las piletas de natación, los bebederos. Hoy en día cuesta creerlo. Mi escuela quedaba a varias cuadras de distancia; tenía que acercarme al vecindario blanco. La tienda de

mi padre estaba ubicada a unas tres cuadras de la línea divisoria, y a partir de

ahí, el territorio era blanco.

Ruthellen –Entiendo. Sin embargo, a los propósitos de la segregación, los judíos eran catalogados como negros.

Irv Yalom –Sin duda yo me sentía más cerca de algunos de los niños negros

del vecindario que de los paletos blancos. A menudo los negros me protegían

de algunos de estos blancos, de modo que también eso formó parte de mi

experiencia. Definitivamente, existía un vínculo mucho más cálido entre judíos y negros que entre judíos y los blancos gentiles del vecindario.

Ruthellen -¿Qué puede decirme de su percepción del mundo fuera de esos límites? Después de todo, eran tiempos de guerra. ¿Cómo lo afectó a usted?

Irv Yalom –Bueno, recuerdo que seguía lo que veía en la prensa y en el noticiario. Iba al cine con mucha frecuencia. Había uno pequeño, el Sylvan, a una cuadra de la tienda de mi padre. En realidad, ni siquiera había que cruzar la calle, porque quedaba a la vuelta de la esquina. Solía ir unas tres veces por semana, para contento de mis padres, que se alegraban ante cualquier cosa que me mantuviera alejado de las calles. Por lo general, daban programas dobles, y muchas de las películas eran bélicas, claro está. Y siempre pasaban noticiarios sobre la guerra, así que de esa manera estaba al día con lo que

ocurría en el mundo. Mis padres eran extremadamente poco sofisticados. Estaban inmersos por completo en la búsqueda de la supervivencia, manejando la tienda, ganando el dinero suficiente para tratar de mudarse a un vecindario mejor, manteniendo a mis abuelos, y tremendamente preocupados por los amigos y parientes que se habían quedado en el viejo país. Por supuesto, no obtuvieron información alguna al respecto hasta pasada la guerra. Lo mismo les sucedía a sus parientes y connacionales. Todos ellos vivían arriba de la tienda o muy cerca nuestro.

Ruthellen –Usted decía que los libros le ofrecían una vía de escape. Entramos en esta línea de diálogo hablando de qué habría podido desear escapar; de algún mundo alternativo, y de cómo se sentiría usted en mundos diferentes. Pero parecería haber algo más –usted quería saber cómo son intrínsecamente las personas.

Irv Yalom –No puedo negarlo. En el primer piso de la biblioteca de Washington D.C., me sentía atraído por una inmensa estantería llena de biografías. Comencé en orden alfabético, y leí la gama más extraña de biografías. En la A leí una biografía de Alejandro el Grande; en la B, la de Belmondo, el gran torero; en la C, la de Ty Cobb y la del emperador romano Constantino; en la G, la de Hetty Green, a quien llamaban la bruja de Wall Street, una tacaña que había ganado millones invirtiendo en Wall Street; y así seguí, caóticamente, hasta que liquidé el abecedario. Mirándolo en retrospectiva, seguramente debo haber estado tratando de buscar un modo de aprender acerca de las personas y de salirme del ghetto. Mis parientes e iguales no carecían de inteligencia, pero eran increíblemente ignorantes e incultos. A ninguno se le daba por la lectura. Nunca supe que ninguno hubiera abierto un libro o discutido algún tema elevado, o visto una película interesante. Tampoco vi leer a mis padres. No había nadie a mi alrededor que pudiera servirme de modelo.

Ruthellen –Entonces, volviendo al momento crítico en el que tuvo que

presentar su caso clínico en la Facultad

importante, porque aparte de la cuestión del reconocimiento, tan importante para usted, también fue la primera vez que pudo introducir su sensibilidad literaria acerca de las personas que estaban en contacto con el psicoanálisis aceptado de ese período.

Creo que es una historia realmente

Irv Yalom –En la Facultad comencé a leer a Freud, un maestro de la narrativa. Usted sabe que nunca ganó un Nobel, a pesar de haber sido nominado infinidad de veces, pero en cambio ganó el Premio Goethe por su talento literario. Freud relató historias maravillosas, y a mí me encantaba leerlo hasta llegar a las acrobacias que hacía hacia el final, tratando de hacer encajar a sus pacientes en su teoría de las pulsiones. Cuando cursé la residencia en psiquiatría en el Hospital John Hopkins, había un par de profesionales, cuya capacidad narrativa yo admiraba muchísimo, que solían consultarnos. Presentaban casos con regularidad. El mejor de todos, un maestro del relato, era un psiquiatra llamado Otto Will. Venía y se sentaba, sin sus notas, y hablaba de algún paciente joven a quien venía tratando desde hacía cinco años. Yo me sentía hipnotizado; odiaba que se acabara la hora. Había también otro, Louis Hill, casi igualmente fascinante. Los admiraba mucho –quería parecerme a ellos cuando creciera.

Ruthellen -¿Por su habilidad narrativa o porque usted pensaba que lo ayudaban a entender?

Irv Yalom –Porque eran tan humanos.

Ruthellen –Tan humanos

Irv Yalom –Eran humanos; narraban sus historias en términos muy humanos. No había jerga ahí; no se disminuía al paciente de ninguna manera. Relataban

la historia de cómo se relacionaban dos personas, y eso me gustaba. Harry

Stack Sullivan dijo que la psicoterapia es una relación entre dos personas, una de las cuales está más angustiada que la otra. Durante el tercer año de la residencia, pasé los viernes con John Whitethorn,

el director de psiquiatría del John Hopkins. Lo observábamos entrevistar a los

pacientes durante una, o dos, o tres horas, preguntándoles acerca de sus vidas. Estrictamente hablando, estas no eran historias, pero si el paciente cultivaba café, él quería saber todo acerca de ello: cómo lo cultivaban, qué sucedía, y por qué era más conveniente plantarlo en tierras altas que en tierras bajas. Si el paciente era un historiador especializado en el siglo XVI, se pasaba horas haciéndole preguntas acerca del origen y el final de la Armada Invencible. A veces su ritmo me impacientaba –no había modo de apurarlo. Pero constantemente me asombraba escuchar cómo un paciente lentamente comenzaba a revelar su pensamiento psicótico y los vastos parámetros de su sistema paranoico. John Whitethorn era un sabio, enemigo de las ideas y jerga psicoanalíticas de la época, y no dejaba de reconstruir sus propias teorías. Apelando al sentido común, para él cada paciente era una tabula rasa,

y deducía la historia de cada uno desde lo individual que los distinguía. No

utilizaba fórmulas al tratar con las personas. Eso es lo que me gusta de él. Es así como John Whitethorn sigue viviendo en mí.

Ruthellen –Entonces hablemos del sentido común y el humanismo. Lo que usted traía al campo psicoanalítico reduccionista eran el humanismo y el sentido común con un toque de sensibilidad literaria, con la capacidad de pensar en las personas en el marco de las vidas que vivían, y de lo que esto significaba para ellos, y de lo que les significaba el encuentro con usted. Y eso era válido para lo que la psiquiatría llamaría, tanto entonces como ahora, el espectro diagnóstico. De modo que usted se aproximaba con la misma mentalidad a personas que parecían muy perturbadas y a otras que se veían muy funcionales, pero que sin embargo presentaban síntomas o sufrían de angustia. ¿Ni siquiera establecía una diferencia entre la neurosis y la psicosis?

Irv Yalom –No; no; nunca me gustó hacerlo, con lo cual muchas veces tuve la osadía de encarar tratamientos que no conducían a ninguna parte.

Trabajábamos muchísimo con los esquizofrénicos graves, pero yo trataba de llegar a ellos por todos los medios.

Ruthellen -¿Y sentía que lo lograba?

Irv Yalom –Se me ocurre un caso. Hace por lo menos treinta años que no

pienso en esta paciente, una mujer llamada Sara. Sufría de catatonia, y la veía cada día de la semana. Me habían enseñado que los pacientes catatónicos, aunque parezcan indiferentes a lo que los rodea, sí recuerdan o registran lo que sucede a su alrededor. Entonces la veía una media hora; parloteaba acerca de mi día, y compartía con ella mis suposiciones totalmente faltas de asidero acerca de lo creía que le ocurría a ella. Nunca respondía; sólo miraba al vacío. Luego, después de varios meses, gradualmente emergió mínimamente de su estado. Le pregunté acerca de mis visitas y de lo que habían significado para ella durante los meses transcurridos. Le expresé mis dudas de que tuviera importancia, dado que no parecía haberme prestado atención. Nunca olvidaré

su respuesta: “Ah, Dr. Yalom, usted era mi sustento en esos días”. Esto me

causó una impresión imborrable: hay que confiar en la relación; no hace falta obtener una respuesta inmediata.

Ruthellen –Usted llegaba a la gente tratando de hacerse asequible.

Irv Yalom –Pues sí; me concentraba en hacerme asequible y en aprender de

mi experiencia. Temo que mi iconoclastia se tradujo en que no aproveché a la

mayoría de los que me supervisaron, especialmente aquellos cuyo enfoque o diagnóstico era excesivamente pasivo o biologista.

Ruthellen -¿Y qué sucedía cuando usted llevaba sus casos a supervisión? ¿Cómo reaccionaban sus supervisores ante lo que usted decía que estaba haciendo?

Irv Yalom –Al finalizar el primer año, el Dr. Whitethorn me llamó a su oficina para hacerme conocer los resultados de mi trabajo. Dijo: “Dr. Yalom, todos sus supervisores coinciden en que su formación mejoraría mucho si pasara más tiempo tratando de enterarse de lo que saben ellos en lugar de concentrarse en lo que no saben”. Yo trataba de averiguar cómo mejorar mi trabajo, pero nada me parecía acertado y, por cierto, nada de lo que hacía mi propio analista me parecía bien tampoco. En cuanto comencé la residencia, empecé también lo que resultó un análisis de setecientas horas con un formador de psicoanalistas en el Instituto de Psicoanálisis Baltimore de Washington.

Ruthellen –Pero, a ver, ¿qué es lo que no le parecía acertado?

Irv Yalom –Bueno, la frialdad, la posición diagnóstica. Sin embargo, hay que recordar que trabajábamos en un lugar donde los residentes de primer año eran expuestos a los pacientes más difíciles e intratables, y se les pedía que ejercieran una actividad terapéutica sobre estos casos. La política de derivar estos pacientes a principiantes es un desafortunado error que era moneda corriente en la mayoría de los programas de formación.

Ruthellen –Usted comenzaba a valorar el compromiso con el paciente como lo más importante

Irv Yalom –Sin ser consciente de ello, yo sabía que me inspiraba lo que había aprendido leyendo las grandes obras de ficción. En aquella época, mi esposa cursaba el doctorado en Literaturas Comparadas, con particular atención a Camus y Kafka, a quienes yo también leía concienzudamente, pensando que la psiquiatría tenía mucho que aprender de ellos. Pero la brecha era enorme. Muchos de mis colegas y supervisores desconocían a estos autores: John Whitethorn no sabía quién era Franz Kafka. Le di uno de sus libros; lo leyó,

pero dijo no comprenderlo. Yo sabía que no me era posible explicar en términos totalmente claros lo que tomaba de la literatura y, sin embargo, encaraba mi práctica desde una perspectiva más sabia de lo que podía ofrecer el enfoque psicodinámico. Mientras duró mi residencia, fui un ávido lector de lo que se había escrito sobre mi campo: todo Freud y Sullivan, y Otto Rank, y también Erich Fromm. Karen Horney me gustaba mucho. Los desarrollos de todos ellos incluían alguna especie de antigua sabiduría, y no eran reduccionistas.

Ruthellen –Lo que acaba de decir me lleva a una cuestión que me ha interesado desde hace tiempo. A lo largo de los años, supervisé y formé a muchos terapeutas. Un buen número de ellos llegaban creyendo que bastaba con mostrarse humanos y hacérselo evidente a los pacientes, con resultados terapéuticos. Pero no es así, y usted lo sabe, puesto que estoy segura de que ha pasado por la misma situación: la de supervisar gente que dice “bueno, es suficiente con mostrar que soy un ser humano”. Por eso, en mi opinión, esto es de difícil articulación. Desde el comienzo, su sensibilidad –más lo que ha desarrollado con el tiempo –representaba fundamentalmente una postura humanística frente al individuo, descartando lo que le parecía reduccionista, inapelable, o distante, pero había algo más en usted; no se trataba meramente de un humanismo que preconizaba ‘mostrarse simpático con el paciente’. Creo que es a eso a lo que apunta cuando habla de algo relacionado con la sabiduría. No estoy segura de que pueda ponerse en palabras, porque es algo inherente a su naturaleza, pero convengamos en que su pensamiento difiere del humanismo rogeriano, por ejemplo.

Irv Yalom –Me inspiré en los grandes pensadores. Si un paciente me hubiese hablado del odio que sentía hacia sí mismo, yo le habría relatado La Metamorfosis de Kafka. Eso es muy típico de mi enfoque. Una de las cosas que deseo transmitir es que las grandes mentes se las han visto con estos mismos problemas. Justamente en estos días estoy leyendo mucho a Platón y a Epicuro, y encuentro que una y otra vez incluyo sus ideas en las sesiones. Para muchas personas, el saber que los grandes pensadores se han debatido

ante las mismas preguntas sin respuesta resulta tranquilizador.

Ruthellen –Lo que les parecen problemas triviales son, en realidad, los grandes temas de la filosofía

Irv Yalom –Correcto. La lectura de Epicuro me ha sido de gran utilidad. Sus argumentos acerca los modos de disipar el miedo a la muerte son verdaderamente esclarecedores. Expresó sus ideas al respecto con mayor claridad que cualquier pensador posterior. Por eso, cuando trabajo con pacientes aterrados ante la muerte, recurro a su obra.

Ruthellen –Usted comenzó sus estudios de filosofía, comenzando por Bertrand Russell, mientras cursaba la residencia en psiquiatría.

Irv Yalom –Así es, pero luego leí a otros filósofos; sin duda, los más

relacionados con el existencialismo, especialmente Camus y Sartre, y Kafka,

y Stendhal, y Dostoievsky más que ninguno. Todos ellos grandes psicólogos. Creo que es un error pensar que la psicología se inició en el siglo XIX, cuando su historia se remonta a 2000 años antes. Al llegar a Stanford, proseguí mi formación, y asistí a muchos cursos de

filosofía en calidad de oyente. Hice el curso sobre Heidegger un par de veces,

y los principios de la fenomenología, y Nietzsche, Kierkegaard, Sartre, Platón, y Aristóteles. Soy un eterno estudiante.

Uno de mis mejores amigos es un filósofo noruego llamado Dagfin Follesdal,

a cuyos cursos sobre Husserl y Heidegger asistí en Stanford. Después

compartimos, como profesores, una cátedra en la que combinábamos filosofía

y psiquiatría.

Al principio de mi carrera profesional, estuve muy ocupado con el texto sobre

la terapia de grupo, pero por debajo de esto fluía una corriente constante de

pensamiento acerca de un enfoque terapéutico existencial. Estos dos intereses, con una clara separación entre sí, se desarrollaron en forma paralela desde el comienzo.

Ruthellen -¿De qué manera piensa usted que estas inquietudes se unieron a su interés por la terapia de grupo, o que la influenciaron?

Irv Yalom –Me parece que de ninguna manera. Debo mi interés por la terapia

de grupo a Jerry Frank, cuya técnica grupal observé durante el primer año de

mi residencia. De entre los diversos enfoques terapéuticos, el que más me

interesó fue el método interpersonal del Hospital John Hopkins. Las ideas de Harry Stack Sullivan sonaban más convincentes e importantes que el psicoanálisis tradicional del momento, hablando en general. La

conexión con las personas y la relevancia de las relaciones de igual a igual se

me ocurrían plenas de sentido, y parecían ser la clave para llevar adelante una terapia de grupo. Me ocupé de ellas durante toda mi carrera, y las considero un vehículo potente y sumamente eficaz para el cambio. Cuando me gradué en Hopkins, me incorporé al Ejército, donde me concentré

en el trabajo con grupos; lo hice con oficiales y con esposas de oficiales.

Trabajaba con pacientes hospitalizados todos los días, mientras formaba a un grupo de residentes en psiquiatría experiencial.

Ruthellen -¿Desde una perspectiva interpersonal?

Irv Yalom –Sí; todo desde una postura interpersonal. La forma en que conduje los grupos también se volvió más humanística, en tanto me esforcé por convertirme en un observador participativo. Es decir, yo conducía el grupo, pero experimentaba al mismo tiempo cómo ir revelando, gradualmente, cosas de mí en tanto miembro del grupo. Esto fue una desviación de lo que había aprendido de Jerry Frank. Jerry nunca se involucró personalmente en un grupo terapéutico a su cuidado. Su misión consistía en señalar la comunicación entre los integrantes, y comentar los problemas, las cuestiones que surgían, y las dificultades para la comunicación. Rara vez dirigía la atención hacia su propia persona o se revelaba como individuo.

Ruthellen –Eso es lo quería saber acerca de su crecimiento como terapeuta, o terapeuta de grupo. A menudo, una de las razones por las cuales un terapeuta relativamente novel se aferra a la teoría, o a un concepto, o a términos estrambóticos y eslóganes, especialmente cuando se trata de terapias

grupales, es para lidiar con la abrumadora complejidad de lo que allí se juega. La gente se aferra a los conceptos intelectuales a fin de mantener los pies sobre la tierra y disipar la incomodidad de las situaciones a las que se enfrentan., de modo que si yo me propongo comprender su desarrollo como

para empezar, no existía gran cantidad de material sobre la terapia

de grupo porque usted todavía no había escrito su libro. Segundo, Jerry no estaba con usted, puesto que él se encontraba en Baltimore y usted en Hawai. No se había inventado la Internet, ni el correo electrónico, ni las llamadas telefónicas a larga distancia, de modo que usted se encontraba librado a sí mismo, sin un co-terapeuta. Se me ocurre que allí no había quien supervisara grupos, porque todo era muy nuevo.

terapeuta

Irv Yalom –Es cierto, no había nada de eso. Hice todo con el sudor de mi frente, lo cual me sumergió en una bañera de angustia.

Ruthellen –Bueno, eso es lo que quería saber. ¿Cómo se las arregló en un medio totalmente desconocido, con una técnica relativamente desconocida, una vez que arrojó a un lado las palabras mágicas que usan los psiquiatras para protegerse de la angustia? Allí se encontraba usted trabajando con oficiales, con esposas de oficiales. En este caso ni siquiera podemos hablar de una población ‘psiquiátrica’, y sin embargo usted crea la terapia de grupo, de muy diversas maneras, poniéndola a disposición de tipos de personas muy diferentes. ¿Qué pensaba acerca de lo que estaba haciendo? Por otra parte, no se comportaba simplemente como un ‘ser humano’ más, porque no podía meterse en una situación así diciendo simplemente: “Hola, me llamo Irv y sólo nos vamos a sentar a conversar un rato”. No era eso lo que hacía. Sostenía algún punto de vista, alguna manera particular de pensar. Y ya sé que le hecho una pregunta sumamente difícil.

Irv Yalom –No es fácil de reconstruir, pero antes que nada conviene repetir que me encontraba expuesto a grandes incertidumbres, lo cual imponía la necesidad de experimentar del modo en que lo hice. Quizás el alcance de las nuevas técnicas que uno puede probar depende del monto de angustia que es posible tolerar. En mi caso, yo estaba bastante acostumbrado a soportar la angustia porque me había acompañado toda mi vida; ya era costumbre. Tampoco fue fácil conducir mi primer grupo de residentes. Sabía que estaba siendo evaluado por profesionales muy poco menores que yo, pero tenía la sensación inclaudicable de que podía enseñarles algo. También me sostuvo el apoyo de un par de excelentes colegas del Ejército. En Honolulu también conocí a varios psiquiatras. Iniciamos un grupo de estudio que se reunía una vez por semana, o cada dos semanas en casa de uno u otro. Presentábamos nuestros casos, y eso me resultó de gran utilidad. Ahí también comencé a jugar partidas de póker con los psiquiatras.

Después de haber prestado servicio en el Ejército, Yalom pasó a desempeñar un puesto académico en la Universidad de Stanford. Ello se debió, en parte, a una muy elogiosa carta de su ex maestro John Whithethorn, la cual profetizaba que Yalom habría de convertirse “en líder de la psiquiatría de los Estados Unidos”. Yalom permaneció en Stanford por el resto de su carrera, hasta que se retiró del cuerpo docente en 1994.

Irv Yalom –Fue después del Ejército, y durante mis primeros años en Stanford, que di el gran salto respecto de las técnicas y el conocimiento del trabajo con grupos. Aprendí mucho en NTL (National Training Laboratory) y con todo el grupo T, y luego, con el movimiento de encuentros. Participé de un laboratorio de NTL en el Lago Arrowhead. Había muchas materias cortas –seminarios y conferencias – pero el grupo “T” era lo más importante. (La “T” representaba la palabra ‘training’ [formación]; es decir, formación en relaciones interpersonales. Mi grupo estaba a cargo de Dorothy Semenow Garwood, una psicóloga muy inteligente con quien luego entablé

una larga amistad. Era muy talentosa; antes de dedicarse a la psicología, había obtenido un doctorado en química en el Instituto de Tecnología de California [California Institute of Technology], el primero otorgado a una mujer. Me sentí anonadado cuando inauguró el grupo diciendo: “Quiero que nos limitemos estrictamente al aquí y ahora”. Esto era totalmente nuevo para mí. Implícitamente, era lo que yo venía tratando de hacer en mis grupos, pero en aquella ocasión, sin mostrarse vacilante ni aprensiva, ella lo hizo explícito con la primera frase que nos dirigió. Yo me pregunté mentalmente si estaría loca. ¿Cómo se suponía que íbamos a limitarnos al aquí y ahora si no sabíamos nada los unos de los otros? Vacío total. Teníamos cero historia compartida. Luego algunos de los miembros del grupo –éramos alrededor de doce – comenzaron a hablar de la incomodidad que les producía el silencio, mientras que otros dijeron no sentirse incómodos, y luego otros declararon que los enojaban las restricciones impuestas por ella. Pronto estábamos examinando por qué alguien estaba enojado y no los demás; por qué otros se hallaban a sus anchas, o incómodos, o se sentían tímidos. Pasados veinte minutos, el grupo construyó una historia de su aquí y ahora, y ya se encontraba en marcha. Aquella experiencia tuvo una importancia enorme. Creo que cuando regresé a Stanford, de inmediato me volví más explícito acerca del aquí y ahora en mis grupos terapéuticos. Yo sabía desde antes que el tiempo utilizado en el aquí y ahora era lo más valioso de los encuentros terapéuticos grupales. Ah, y en Arrowhead ocurrió otra cosa importante. De entre las cien personas que tomaban parte en la experiencia, yo era el único psiquiatra, y tuve que hacerme cargo de un individuo que hizo un brote psicótico. Tuve que acompañarlo a la guardia, lograr calmarlo, y hacer los arreglos para que su familia lo llevara de regreso a casa. Eso me enseñó más sobre la fuerza de los grupos; aprendí que la exploración de antecedentes era esencial, y que los grupos mal manejados pueden resultar peligrosos. Continué trabajando en NTL como profesor; conduje grupos en algunos de los laboratorios, y también un entrenamiento que duró una semana, para CEOs de otra organización. Mucho de lo que aprendí en NTL lo apliqué a la terapia de grupo.

Ruthellen -¿Cuándo comenzó a escribir su texto sobre terapia de grupo?

Irv Yalom –Bueno, por aquel entonces ya había comenzado a tomar forma en

mi

mente, pero me puse a escribir seriamente durante una pasantía NIMH de

un

año en la Cínica Tavistock de Londres, entre 1967 y 1968.

Había sido co-director de la clínica de pacientes ambulatorios en Stanford, e iniciado un amplio programa de terapia grupal. Ésa era mi principal responsabilidad. Cada uno de nuestros veinticuatro residentes llevaba un grupo terapéutico, de modo que la clínica tenía un número enorme de grupos en funcionamiento, además de unos cincuenta o sesenta pacientes en lista de espera. Tuve oportunidades maravillosas de instalar la investigación clínica, y también conduje a los residentes en grupos experienciales que se extendían durante un año.

Ruthellen -¿Y usted los supervisaba a todos?

Irv Yalom –En realidad, yo organizaba un equipo de supervisión integrado por profesores de clínica. Encontré alrededor de diez terapeutas excelentes con experiencia en grupos. En esos tiempos, los que se dedicaban a la práctica privada hacían más terapia de grupo. Entonces, yo contaba con este cuadro de supervisores de excelente calidad, aunque también supervisaba

personalmente varios de los grupos a cargo de los residentes, a razón de una hora de supervisión por cada encuentro que conducían. También dictaba seminarios en los que comenzaba a organizar las ideas que finalmente conformaron el libro. Del mismo modo en que yo había observado el grupo de Jerry Frank, todos

los residentes de primer año observaban mi grupo terapéutico durante todo un

año, y luego, después de cada sesión, nos reuníamos una hora. De modo que tuve un generoso lapso de tiempo para enseñarles. Hoy en día, en los tres años que dura la residencia en psiquiatría, los estudiantes no obtienen tanta formación en psicoterapia como en aquél único año. Y, en su mayoría, su

formación en terapia de grupo es nula. Ruthellen –Lo que usted les brindaba a los residentes era su enfoque literario, centrado en el individuo y en las relaciones interpersonales, además de su nueva valoración del aquí y ahora

Irv Yalom –Oh, sí. Y casi enseguida empecé a experimentar mi propia integración al grupo en calidad de participante, y a revelar más de mi propia persona. Siguiendo esa línea, decidí que el proceso de observación se convirtiera en parte del grupo terapéutico. A partir de ahí, experimenté radicalmente con el proceso de observación. Por ejemplo, durante muchos años pedí a los integrantes del grupo y a los observadores que intercambiaran lugares al finalizar la sesión; los integrantes se trasladaban a la sala de observación, desde donde presenciaban mi conversación con los residentes acerca del grupo. Ésa sí que fue una revelación.

Ruthellen –Cuando usted habla de la revelación de la propia persona, ¿se refiere al aquí y ahora?

Irv Yalom –Claro. Hasta entonces, nadie había permitido que los integrantes de un grupo terapéutico escuchara lo que los observadores y el jefe de equipo decían acerca de él. Este paso hizo que el proceso de observación dejara de ser una molestia y se convirtiera en algo valioso para los integrantes. Esperaban el momento de observar a los observadores y, por supuesto, sus reacciones ante los observadores se volvían parte del proceso grupal en la sesión siguiente. Bastante pronto, además, comencé a redactar, sobre cada sesión, resúmenes en los que describía lo que creía estar haciendo, lo que me satisfacía del grupo, por qué lamentaba haber dicho ciertas cosas, etc. El grupo recibía estos informes semanalmente. Cuando escribí mi texto sobre terapia de grupo, había acumulado más de mil de estos resúmenes, que sirvieron para ilustrar los casos presentados en el texto.

Ruthellen –Entonces, ¿su proyecto escrito de mayor envergadura fue el texto sobre terapia de grupo?

Irv Yalom –Sí. Hasta ese momento sólo había escrito artículos para publicaciones especializadas sobre diversos proyectos de investigación en terapia grupal. Por ejemplo, en uno de los proyectos entrevistamos a treinta pacientes que habían abandonado los grupos clínicos en el lapso de un año, para averiguar los motivos de las deserciones. Luego comencé a trabajar sobre la duración de las sesiones. Digamos, una sesión intensiva de doce horas, o grupos de fin de semana, saliendo de la ciudad. ¿Y por qué no aprovechar una maratón de todo el fin de semana para motivar a pacientes atascados en terapias individuales? Sobre eso, hice un proyecto. Después de un tiempo, me sentí muy desalentado respecto de la investigación sobre la psicoterapia empírica. Permíteme contarte una experiencia que puso fin a mi interés en la investigación para la obtención de resultados. Al igual que todos los demás investigadores del campo, yo tenía particular interés en los resultados de la psicoterapia y en los diferentes modos de medirlos. Entonces pensé: “Voy a darle una solución definitiva al problema del siguiente modo: consigo un gran número de pacientes, implemento una entrevista semi-estructurada a cargo de un clínico experimentado antes de admitirlos en terapia, y hago que el mismo clínico los vuelva a entrevistar a los tres meses, y luego, nuevamente, a los seis meses. Mi idea era grabar las tres entrevistas en video. El entrevistador era extremadamente talentoso –Sid Bloch, quien luego hizo una carrera estelar en Australia –que iba a utilizar como punto focal de las entrevistas la visión del paciente acerca de los problemas más serios que lo aquejaban, y el grado de angustia o de disfuncionalidad relacionado con cada uno de los problemas que mencionara. Muy bien. Tengo, entonces, un grupo de terapeutas in situ, con no menos de quince o veinte años de experiencia: los mejores psiquiatras y psicólogos del área de Stanford, que se ofrecieron como voluntarios a venir y pasar por lo menos medio día mirando los tres videos –es decir, la entrevista inicial, la que se llevó a cabo a los tres meses, y la de los seis meses –y clasificar cada uno de los grandes problemas según diversos grados de gravedad. Pensé que

ciertamente eso nos daría una clasificación confiable. Nada de tests simplistas de auto-evaluación a base de papel y lápiz, ni clasificaciones a cargo de inexpertos asistentes de investigación. Estos eran los clínicos más reputados, la crème de la crème. Sin embargo, desgraciadamente el orden de correlatividad entre ellos era inexistente. Los desacuerdos acerca de cuáles problemas debían catalogarse como más serios, y de si los pacientes mejoraban o no, eran increíbles. Por supuesto, esto nunca se publicó. En aquella época, ninguna revista especializada habría publicado resultados completamente negativos. Ésa no sólo fue la última investigación que hice, sino también la última vez que confié en la investigación para la obtención de resultados. Fue más o menos por entonces que comencé a planear mi libro Existential Psychotherapy. Como ya he dicho, escribí el texto sobre terapia de grupo durante mi pasantía sabática en Londres. Primero escribí dos capítulos basados en datos arrojados por la investigación, y que incluían amplia literatura sobre grupos. En realidad, correspondían más bien a la parte central del diseño del texto, un material muy, muy completo. A esa altura, yo era un experto con profundo conocimiento del tema. Bueno, escribí estos dos capítulos, uno de los cuales trataba de la selección de pacientes para terapias de grupo, y el otro, sobre la composición de los grupos, ya que me encontraba en una situación poco frecuente: tenía cincuenta pacientes en lista de espera. Según ciertas características predeterminadas, podía asignar cualquiera de estas personas a un grupo en particular. Podía incluir a diez personas del mismo tipo en un grupo, a diez de otro tipo en otro grupo, y luego observar los grupos, con la mira en el número de deserciones y la cohesividad alcanzada. En esos primeros años, aprendí mucho acerca de la selección de pacientes y composición de los grupos. Los dos capítulos de los que hablábamos eran sumamente académicos y exhaustivos. Y además, aburridísimos. Mientras me encontraba en Londres, recibí la visita de Dave Hamburg, el director de mi Departamento, quien me anunció que Stanford me había adjudicado la titularidad en mi puesto. En ese momento me propuse cambiar mi estilo, y escribir de modo que mis ideas llegaran con facilidad al lector. Inclusive ahora, cuando el libro va por su quinta edición, aquellos dos capítulos que escribí para el Comité de Titularidad sobresalen como algo totalmente fuera de lugar.

Ruthellen –Pero no fueron eliminados.

Irv Yalom –No; quedaron en el texto por la relevancia del tema. Pero son pesados, monótonos; y aunque los trabajé mucho en las cuatro revisiones posteriores, nunca logré hacerlos atractivos. El resto del libro está escrito en estilo narrativo: cantidades de historias, una tras otra. Historias breves, de no más de un párrafo.

Ruthellen -¿Era éste un estilo completamente novedoso para los libros de texto sobre el tema?

Irv Yalom –Así es, y son innumerables las veces que los estudiantes me han dicho que les gusta el libro porque se lee como una novela, o que no les molesta un poco de teoría árida porque saben que, a vuelta de página, poco más o menos, los espera una narración breve.

Ruthellen -¿Y esto se le ocurrió de manera natural?

Irv Yalom –Completamente natural.

Ruthellen -¿No dijo: “Voy a dar un vuelco radical aquí”? ¿Lo que se dijo fue:

“Sólo voy a tratar de comunicarme con la gente”?

Irv Yalom –Tal cual. Sólo deseaba comunicarme. Lo más importante eran la claridad y la vivacidad. La regla fundamental que me había impuesto era nunca escribir una oración que yo mismo no comprendiera.

Y, en efecto, Yalom se comunicó, con millones de terapeutas y estudiantes de psicoterapia del mundo entero. Sus lectores descubrieron que su formato narrativo, con historias encuadradas dentro de la sabiduría filosófica y de la gran literatura, les enseñaba lo que los libros de texto clásicos o las presentaciones académicas no podían darles: cómo ‘ser’ con los pacientes.

Esto nos lleva a su primer libro, The Theory and Practice of Group Psychotherapy, ahora en su quinta edición. Traducido a diecisiete idiomas, se trata de una especie de Biblia laica dentro de la literatura de la salud mental, con un mensaje que viene perdurando desde hace treinta y ocho años. Como ya he dicho, fue ahí donde se produjo mi primer encuentro con Irvin Yalom, encontrando el modelo de terapeuta en el que deseaba convertirme:

completamente presente, directa, y humanitaria. Millones de otros colegas se han sentido influenciados en el mismo sentido. En los cuatro capítulos siguientes, delineo las ideas más importantes del modo en que Yalom ve el mundo, así como la evolución de su pensamiento a medida que desarrollaba su carrera.

2

Los dilemas de la existencia y más allá

En The Theory and Practice of Group Psychotherapy, su texto sobre terapia de grupo, Yalom intenta detallar cómo es que la psicoterapia cura. Dada la diversidad de los tipos de terapias grupales, ¿cuáles son los factores comunes a la cura que todos comparten? Yalom organizó el libro alrededor de un conjunto de factores terapéuticos, cada uno de ellos ilustrados por historias que muestran el modo en que, además de otras posibilidades de cura, los grupos terapéuticos logran infundir esperanzas en sus integrantes y proporcionar oportunidades para ejercer el al altruismo, el cambio positivo que resulta de regalar algo valioso. Los grupos terapéuticos también ofrecen un marco para impartir información y aprender nuevas técnicas de comunicación con otros. Sobre todo, la terapia de grupo, cuando está bien llevada, brinda a los pacientes la oportunidad de enterarse como son con los demás, qué impacto producen, y qué necesitan del afuera.

Yalom cree que los pacientes presentan síntomas porque algo está torcido en sus relaciones con las demás personas de su vida, y porque no son capaces de

obtener lo que desean de los demás. La mejor manera de ayudarlos a resolver sus dificultades reside en comprender su modo de ser con los otros y luego ayudarlos a efectuar los cambios que aporten mayor satisfacción y sentido a sus relaciones. Así, por ejemplo, la depresión debe ser comprendida, de un modo interpersonal, como un problema de pasividad y aislamiento, o como la incapacidad de expresar ira hacia los demás, o como un miedo abrumador a

la separación.

En la terapia de grupo, no es necesario interrogar al paciente lo que los perturba en sus relaciones: a medida que se despliega el proceso grupal, la dificultad se volverá evidente para todos los integrantes. Una de las tareas centrales del terapeuta es crear un grupo cuya cohesión comprometa a los miembros al trabajo grupal. Es entonces cuando el grupo se transforma en

una versión en miniatura del entorno social de cada uno de sus integrantes, y

se da el aprendizaje a través de la focalización intensiva sobre lo que ocurre en el momento, en el aquí y ahora. Esto implica enorme habilidad, tacto, y empatía, de los cuales Yalom ofrece numerosos ejemplos tomados de su propia experiencia para ayudar a que los terapeutas desarrollen dichas aptitudes.

A través de los años, fue todo un desafío para Yalom mantener este texto

actualizado en sus diversas ediciones. Para ello no sólo continuó leyendo las nuevas investigaciones que se publicaban, sino que llevó un registro detallado de lo que ocurría en sus propios grupos de modo que siempre hubiese

material fresco 2 . Asimismo, expandió el tipo de grupo co el que trabajaba, a fin de continuar aprendiendo sobre los procesos que ocurren en el rango más amplio posible. Lo que aprendió de los grupos que incluían padres afligidos, enfermos de SIDA, asesinos en prisión, CEOs empresarios, personas con desviaciones sexuales, y enfermos de cáncer (entre otros), también amplió su comprensión de los aspectos universales de la condición humana. Una vez asegurados el éxito de su primer libro y de su carrera académica, Yalom se encontraba en libertad de ir tras los intereses que más lo cautivaban, e inventar –o por lo menos desarrollar especulativamente –el campo de la psicoterapia existencial. Después de pasar muchos años más leyendo filosofía y literatura, Yalom se arrogó la tarea hercúlea de intentar integrar este cuerpo de pensamiento con la psicoterapia académica. Luego de un proceso de escritura que tomó diez años, Existential Psychotherapy

describe los encuentros entre humanos a los niveles más profundos de la conciencia de la condición humana. La psicoterapia existencial no es una ‘escuela’ como el cognitivismo o el psicoanálisis. Antes bien, representa una manera de reflexionar sobre la experiencia humana que puede –o quizá debe –ser integrada dentro de todas las terapias. Aunque su libro se centra principalmente en la forma en que los terapeutas de cualquier línea comiencen a prestar más atención a la problemática universal que plantea la vida, Yalom también reflexiona acerca de las cuestiones atemporales e intratables de las “preocupaciones últimas”: la muerte, la libertad, el aislamiento, y el sentido. El libro es una guía para terapeutas, pero además es, en sí mismo, una forma de terapia existencial. Quienquiera que lo lea emerge de él más sabio y hondamente conmovido, como si hubiera pasado muchas horas hablando con alguien dispuesto a acompañarlo sin vacilar en un recorrido por los problemas más profundos y frustrantes de la vida. Yalom conecta el trabajo de la psicoterapia existencial con el de los métodos terapéuticos clásicos mediante una de mis historias favoritas entre las que se incluyen en el texto, una historia que he repetido muchas veces. Narra su participación en una clase de cocina armenia donde la instructora, cuyo inglés no era bueno, enseñaba mayormente a través de la demostración práctica. Por mucho que se esforzara, no lograba que sus platos supieran tan bien como los de ella. Decidió observar a la instructora más cuidadosamente y, durante una clase, notó que, al finalizar la preparación, ella le daba el plato a su asistente, quien lo llevaba a la cocina y lo ponía en el horno. Dirigió su atención a la asistente, y se colmó de asombro y sentimientos edificantes al darse cuenta de que, antes de colocar la fuente en el horno, la asistente la espolvoreaba con puñados de especias diversas, al capricho de su imaginación del momento. Yalom comparó estas ‘añadiduras’ a las interacciones entre terapeutas y pacientes que, por no encontrarse conceptualizadas dentro de la ‘receta’ del marco teórico, pasan desapercibidas. Sin embargo, quizá estos ‘extras’ no oficializados constituyan los ingredientes críticos. Y quizá se asocian a los temas compartidos de la existencia humana. En las primeras páginas de Existential Psychotherapy, Yalom inquiere dónde se encuentran, dentro de la terminología psiquiátrica, términos tales como ‘elección’, ‘responsabilidad’, ‘moralidad’, o ‘finalidad en la vida’. Todo terapeuta sabe que dichas cuestiones son tema central de preocupación para sus pacientes. En el libro, Yalom se propuso desplazar el foco desde los

‘síntomas’ diagnosticables y colocar estas preocupaciones últimas en el centro de la mirada terapéutica. El autor define la postura del terapeuta existencial con palabras tales como autenticidad y compasión, pero su metáfora central, que se perpetúa en toda su obra, consiste en ser un “compañero de ruta”. Todos nosotros, en el rol de pacientes, terapeutas, o simples seres humanos, debemos aceptar nuestra finitud, nuestra soledad en el universo, la búsqueda del sentido de la vida, y reconocer nuestra libertad a la par que hacernos responsables de cómo vivimos nuestra vida. El terapeuta sabio admite que estos son los temas a los que tenemos que enfrentarnos juntos. Su único privilegio reside en su capacidad –o así lo espera el paciente –de abordar con sinceridad lo que nuestras preocupaciones implican. Yalom pinta al terapeuta bajo los colores del estereotipo por excelencia. Los principales problemas existenciales no son nuevos, por supuesto, y Yalom sugiere que resulta tranquilizador saber que, desde los albores de la

historia, un rimero sin fin de filósofos, teólogos, y poetas se han enfrentado a ellos. La contribución de Yalom es haberlos organizado y sintetizado, para

ver luego cómo expresarlos en el consultorio del terapeuta

y en un lenguaje

directo. Pero no es fácil para nadie hablar de estas cuestiones; resulta más cómodo hablar con el paciente acerca de la medicación indicada para la depresión que de la búsqueda del sentido de la vida.

La conciencia de la libertad última siempre se relaciona al temor. Si bien la libertad constituye un valor apreciado dentro de la cultura occidental, si miramos los alcances de nuestra libertad con honestidad, vemos que carecen de estructura externa. En un universo sin un propósito inherente, vivimos en libertad de asumir la autoría de nuestra propia vida. La vida no posee fundamentos, y somos responsables de nuestras elecciones. Por cierto, puede concebirse la experiencia terapéutica como aquella en la cual el cliente incrementa activamente su libertad: por ejemplo, se libera de hábitos destructivos o de creencias que lo autolimitan. Sin embargo, al utilizar el término “libertad”, Yalom no se refiere a la libertad política, ni al espectro ampliado de posibilidades vitales que resultan de la expansión de la conciencia psicológica. En cambio, alude a una libertad profunda e impresionante que conlleva una responsabilidad aterradora: el tipo de libertad

que inspira tanto temor como para que las personas recurran a dictadores, amos, o dioses con tal de sacudirse su peso. Le gusta una frase de Erich Fromm que cita a menudo: “el ansia de sumisión”.

En

última instancia, somos ‘responsables’ por lo que experimentamos de y en

el

mundo. En el pensamiento de Yalom, responsabilidad y libertad se

encuentran inextricablemente ligadas, en tanto somos responsables de nuestra comprensión del mundo así como de todas nuestras acciones e inacciones. La visión de la responsabilidad en tales términos es muy perturbadora. Todo lo que existe en el universo es contingente. Las ideas que atesoramos, nuestras verdades más nobles, los cimientos de nuestras convicciones, quedan socavados por la conciencia de que ello es así. De manera equivalente, cargamos con el peso de saber que somos responsables, que somos, en palabras de Sartre, “el autor indiscutible” de todo lo que nos acontece. Nuestra responsabilidad se complementa con nuestra ‘voluntad’. Yalom reconoce que, en los últimos tiempos, este concepto fue eclipsado por otros dentro de las ciencias sociales, que lo reemplazaron por términos tales como ‘motivación’, palabra que él rechaza porque sostener que la conducta individual se explica –es decir, es causada –por una motivación determinada equivale a negar la responsabilidad del individuo por sus acciones. “Las motivaciones pueden influenciar la voluntad, pero no reemplazarla. El

individuo no pierde la opción de adoptar una u otra conducta” 3 . Las personas son responsables por sus decisiones, y anular dicha responsabilidad es vivir ficticiamente; “de mala fe”, como dijera Sartre.

A causa del temor a la libertad última, las personas erigen un muro de

defensas, algunas de las cuales dan origen a la psicopatología. El trabajo terapéutico se trata, en gran medida, de la aceptación de la responsabilidad por la propia experiencia. Para Yalom, una de las mayores tareas del terapeuta consiste en ayudar a ver al paciente de qué modo sus actos y decisiones han contribuido a crear las situaciones –a menudo repetitivas –en que se encuentran. Tomando prestada una frase de Erich Fromm, Yalom sostiene que no hay posibilidad de escapar a la libertad existencial. Otra de las preocupaciones últimas es el aislamiento existencial, nuestra soledad en el universo, de la que no podemos librarnos, aunque la alivien nuestros lazos con otros seres humanos. Llegamos y partimos del mundo en soledad y, mientras estamos vivos, debemos manejar la tensión entre nuestros

deseos de relacionarnos con otros y el saber que somos seres en soledad. El ser en soledad no es lo mismo que sentirse solo, otro tema ubicuo en la terapia. El sentirse solo es consecuencia de factores sociales, geográficos, y culturales que apoyan el colapso de la intimidad, o quizá quien lo sufre carece del don de la sociabilidad, o su estilo de personalidad es averso a la intimidad. Todo esto se discute extensamente en la terapia de grupo. Sin embargo, el aislamiento existencial es más profundo; se trata de un aislamiento básico adosado a la existencia, y refiere al golfo infranqueable entre uno mismo y los demás. Su vivencia más frecuente se presenta en el reconocimiento –un tema corriente de la poesía y la literatura en general –de que siempre morimos en soledad. Sin embargo, muchas personas se contactan con su temor al aislamiento existencial al reconocer el terror provocado por la sensación de que puede haber momentos en los que nadie en el mundo piensa en ellas. O quizá, caminando en soledad por una playa desierta de un país extranjero, nos asalta el temor de que, en ese preciso instante, nadie sabe dónde estamos. Si no hay otro que nos piense, ¿tenemos entidad real? Trabajando con hombres y mujeres que habían enviudado, a Yalom le impresionó no sólo su soledad sino la desesperación concomitante de vivir sin ser observados por otro, de que no hubiera alguien que supiera a qué hora regresarían a casa, irían a acostarse, o debían despertarse. Muchas personas no rompen relaciones altamente insatisfactorias precisamente porque ansían un testigo de sus vidas, un amortiguador que los proteja de experimentar el aislamiento existencial. La literatura especializada que se ocupa de la relación terapeuta-paciente abunda en discusiones acerca del encuentro, la autenticidad, la empatía acertada, el cuidado incondicional y positivo, y la conexión “yo-tú”. Si bien una conexión profunda no ‘resuelve’ el problema del aislamiento existencial, sin duda proporciona consuelo. Yalom cuenta que uno de los integrantes de su grupo de pacientes de cáncer dijo: “Sé que somos barcos que se cruzan en la oscuridad, y que cada uno de nosotros es un barco solitario, pero igual es muy reconfortante ver las luces vacilantes de los barcos cercanos”. No obstante, en última instancia, estamos solos. Ni siquiera un terapeuta puede cambiar eso. Yalom comenta que un hito importante en la terapia es que el paciente tome conciencia de que “llega un punto más allá del cual el terapeuta no tiene nada más que ofrecer. En la terapia como en la vida, hay

un sustrato ineludible de trabajo y existencia en soledad” 4 Todo ser humano debe encontrarle algún sentido a la vida, aunque ninguno es absoluto, y no nos es dado. Creamos nuestro propio mundo y somos responsables de por qué vivimos y de la manera en que lo haremos. Una de las mayores tareas a cumplir consiste en inventarnos un propósito lo bastante sólido como para sostenernos en la vida. A menudo, después de haberlo hecho, renegamos de nuestra autoría del propósito, y se nos ocurre que estaba ‘ahí’, esperándonos en el afuera. Nuestra permanente búsqueda de estructuras vitales que den propósito a la existencia suele sumirnos en una crisis. Las personas que acuden a la terapia a causa de las preocupaciones causadas por el propósito de la vida son más de las que los terapeutas suponen. Las quejas se presentan bajo formas diversas: “Nada me entusiasma. ¿Para qué vivo? La vida debe tener algún significado más profundo”; o: “Me siento tan vacío –el sólo hecho de intentar seguir me hace sentir tan inútil, tan sin sentido”; o:

“Inclusive ahora, a los cincuenta, todavía no sé qué quiero hacer cuando madure”. En una conferencia pronunciada ante la Asociación Psiquiátrica Norteamericana [American Psychiatric Association], Yalom hizo referencia a

una historia que lo acompañó durante mucho tiempo, y que Alan Wheelis 5 relatara acerca de un episodio vivido con su perro Monty. Rezaba así:

Si luego me inclino y levanto un palo, lo tengo a mi lado en un instante.

Ya ha sucedido el gran evento. Ahora tiene una misión

ocurre evaluarla; toda su dedicación está puesta en cumplirla. Corre o nada la distancia que sea, sorteando cualquier obstáculo, para recobrar el palo. Y una vez que lo consigue, lo trae de regreso, puesto que su misión no consiste simplemente en tomarlo sino también en devolvérmelo. Sin embargo, a medida que se aproxima a mí, sus movimientos se tornan más lentos. Desea dármelo y finalizar la tarea, pero odia que se acabe la misión, pues volverá a quedar en situación de espera. Tanto para él como para mí, es necesario estar al servicio de algo que trascienda el yo. Él debe aguardar hasta que yo esté preparado. Es afortunado al tenerme, porque yo tiro el palo para que él lo recoja. Yo espero que Dios me tire un palo; hace mucho que vengo esperando.

Nunca se le

¿Quién sabe cuándo –si es que realmente sucede alguna vez –Dios volverá a prestarme atención, permitiéndome, como yo le permito a Monty, que cumpla con una misión asignada?

Yalom pregunta quién de entre nosotros no ha deseado si sólo hubiera alguien que me tirara mi palo. “Cuán reconfortante sería saber que, en algún lugar, existe un propósito verdadero de la vida, y no sólo la sensación del propósito de la vida. Cuánto más reconfortante es la solución religiosa al problema del sentido que el mensaje que nos envía la naturaleza, más racional pero también más deprimente, que nos recuerda nuestro minúsculo

lugar en el cosmos y en la larga cadena del ser” 6 . Para Yalom, los proyectos que forjan las personas a modo de propósito en la vida adquieren una significación más profunda y poderosa si apuntan a alguien o algo externo: el amor a una causa, un proceso creativo, el amor al prójimo o a una esencia divina. Pero, en opinión del pensador, esta cuestión no puede ser encarada de manera directa, sino que el efecto de sentido emerge de zambullirnos en un empeño que nos colme, ensanchando nuestro horizonte y trascendiendo nuestro yo. La labor del terapeuta consiste en identificarlo y ayudar a levantar los obstáculos que se interponen. Si nos zambullimos auténticamente en el río de la vida, la pregunta por el sentido se desvanece. De todas las preocupaciones últimas, la conciencia de la muerte, de nuestra inevitable desaparición, es la más difícil y dolorosa, y eclipsa a todas las demás. Nos esforzamos por encontrar sentido en el contexto de nuestro ser- en-soledad existencial y por asumir la responsabilidad de nuestras elecciones dentro de la libertad relativa de la que gozamos y, sin embargo, un día dejamos de existir. Vivimos nuestras vidas siendo oscuramente conscientes de ello. La muerte es siempre el trueno distante que oímos durante el picnic, por mucho que queramos negarlo. En Staring at the Sun, el libro que Yalom concibió como el último, el autor retoma la muerte de entre las cuatro preocupaciones últimas, recurriendo a los filósofos griegos para que lo asistan en el consejo a los lectores sobre cómo vencer el miedo a la muerte. En dicho libro se dirige directamente al público, sin filtrar su mensaje a través de la psicoterapia.

Escribe: “No resulta sencillo vivir cada momento con la conciencia plena de la muerte; es como mirar el sol de frente: hay un límite de tolerancia visual. Porque no podemos vivir paralizados por el miedo, generamos métodos de suavizar el terror que nos inspira la muerte, proyectándonos hacia el futuro a través de nuestros hijos, o tratando de alcanzar fortuna y fama, o desarrollando conductas compulsivas, o alentando la creencia inamovible en

alguien que nos rescatará de la muerte en el último momento” 7 . Nuestro miedo a la muerte es un profundo temor al no-ser, a “la imposibilidad de la posibilidad futura”, como dijera Heidegger. Los temores relacionados con la muerte también acechan disfrazados de diversos síntomas. Escribiendo desde la posición de un hombre que, a la larga, se enfrenta también a su propia muerte, en este libro sostiene que el enfrentamiento con la muerte nos permite vivir vidas más ricas, plenas, y piadosas. Todo se desvanece. Esta es la cruel verdad de la existencia. La vida es lineal e irreversible. Yalom afirma que saberlo puede conducirnos a contemplar nuestras opciones y a preguntarnos cómo podemos vivir del modo más pleno posible. Basándose especialmente en Heidegger, Yalom defiende la importancia de vivir conscientemente y con propósito, advertidos de nuestras posibilidades y límites en un contexto de absoluta libertad y elección. Vista así, la muerte enriquece la vida. Yalom se siente particularmente tocado por La muerte de Iván Illych, de Tolstoy, cuyo relato toma tanto en Existential Psychotherapy como en Staring at the Sun. Iván Illych, un burócrata pomposo, satisfecho de sí mismo, y desentendido de sus congéneres, se debate en el sufrimiento de la muerte cuando se percata de que su mala muerte es consecuencia de haber vivido mal. “Tal vez no viví como debería haberlo hecho” –se le ocurre.

“Pero, ¿cómo puede ser, si hice todo como corresponde?” 8 . Al tomar conciencia de la pobreza cualitativa de su vida, Iván Illych pasa sus últimos días relacionándose con su familia de manera más auténtica y comprometida, redimiendo su vida en el momento final. Yalom opina que esto es una parábola de nuestras propias vidas. ¿Estamos viviendo con la mayor autenticidad y significación posible? En los años ’70, antes y durante la composición de Existential Psychotherapy, Yalom, a fin de acercarse a ciertas cuestiones existenciales, decidió trabajar con un grupo de pacientes terminales enfermos de cáncer, y

con grupos de personas que habían experimentado la pérdida de seres queridos y se encontraban en su momento de aflicción. Sus pacientes siempre fueron sus mejores maestros, y lo que aprendió de ellos confirmó lo que había aprendido de Tolstoy y de los filósofos. Los enfermos terminales dijeron estar viviendo con mayor intensidad, apasionamiento, y propósito. En realidad, la conciencia de la inminencia de la muerte los dirigía hacia vivencias más ricas y auténticas. Describieron el reordenamiento de sus prioridades en cuanto a los valores de la vida, el rechazo a las cosas triviales, la dedicación a amar a sus seres queridos, a los ritmos de la tierra y al cambio de las estaciones. Yalom comprendió en mayor profundidad que la inevitabilidad de la muerte puede enriquecer la vida. Detalla los modos en los que las personas (incluyendo los terapeutas) viven haciendo negación de la muerte, y asevera que quizá lo que necesitamos para vivir en plenitud es mirar a la muerte de frente. En Staring at the Sun, llama a los momentos de enfrentamiento con la muerte “experiencias reveladoras”.

No es frecuente que los pacientes expongan su angustia ante la muerte ante sus terapeutas. Antes bien, ésta se presenta enmascarada por defensas complejas que Yalom descubre con enorme sensibilidad. Las personas a veces camuflan su miedo a la muerte tras la creencia de que son tan especiales que, de algún modo ignoto, esta cualidad anulará el final temido. Recurriendo nuevamente a Tolstoy, Yalom cita a Iván Illych.

En el fondo de su corazón sabía que estaba muriendo, pero no sólo no se acostumbraba a la idea, sino que, sencillamente, tampoco la comprendía ni podía comprenderla. El silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter: “Cayo es un hombre, los hombres son mortales; por consiguiente, Cayo es mortal”, siempre le había parecido impecable tratándose de Cayo, pero de ninguna manera tratándose de sí mismo. Que Cayo –un hombre en abstracto- fuese mortal, le parecía absolutamente correcto, pero él no era Cayo, ni era un hombre abstracto, sino

una criatura concreta, con características distintivas. Él había sido el pequeño

pelota de cuero a rayas que tanto gustaba a Vanya? ¿Acaso Cayo besaba de

¿Acaso Cayo podía presidir una sesión

como él la presidía? Cayo era, efectivamente, mortal, y era justo que muriese, “pero yo, el pequeño Vanya, yo Iván Ilych, con todos mis pensamientos y emociones, la cosa es bien distinta. No es posible que tenga que morir. Eso sería demasiado

esa manera la mano de su madre? [

]

tremendo” 9 .

En opinión de Yalom, lo que los psiquiatras llamarían narcisismo o egotismo puede funcionar como un subterfugio que oculta la creencia de que la cualidad especial sirve de antídoto contra la muerte. Del mismo modo, la adicción al trabajo o la preocupación por progresar, por prepararse para el futuro, acumular bienes materiales, volverse más fuerte, poderoso, o eminente pueden ser conductas compulsivas inconscientes dirigidas a tratar de asegurarse la inmortalidad, cuya ilusión, propugnada por muchas religiones, conforma uno de los mayores sistemas de defensa contra el miedo a la muerte.

Un sistema de negación secundaria se centra en la fe en alguien que nos va a rescatar en el último minuto. Ese ‘alguien’ es imaginado como un ser divino

o humano, pero se caracteriza por cuidar de las personas en un mundo

indiferente. Yalom es un pensador no creyente confeso; a sus ojos, la fe en lo sobrenatural es un modo de evitar la confrontación con los hechos dolorosos de la existencia. En 2002, le sorprendió inmensamente que el comité de psicología y religión

de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana le otorgara el Premio Pfister 1 0 . Cuando se enteró, pensó: “¿De religión, a mí? Debe haber un error”. Escribió

al comité, preguntando: “¿Están seguros? ¿Saben que me considero un ateo

practicante?” Las primeras experiencias religiosas de Yalom, vividas en la sinagoga ortodoxa a la que concurría su familia, estuvieron recubiertas por un

autoritarismo rígido, inflexible, que le resultó sumamente desagradable. Pasado el tiempo, llegó a creer que la concepción religiosa y la visión científica del mundo eran incompatibles, y vibró con la metáfora de Schopenhauer acerca de la religión, comparada con una luciérnaga sólo visible en la oscuridad de la ignorancia. Yalom se sentía atraído por el

existencialismo ateo, hacia filósofos como Nietzsche, Sartre, Heidegger, y Schopenhauer, y a los presocráticos y estoicos. “Mucho quisiera estar imbuido de la chispa divina; ansío ser parte de lo sagrado, existir para

siempre jamás, reunirme con aquellos que perdí

pero sé que mis deseos no modifican ni constituyen la realidad”, declaró en la conferencia pronunciada en ocasión del Pfister, aplicándose a sí mismo las enseñanzas que difundiera en Existential Psychotherapy. Yalom entiende que la ubicuidad de las creencias religiosas son prueba de la ubicuidad de la angustia existencial. Las personas crean dioses para consolarse del dolor de las preocupaciones últimas. Yalom cita a Jenófanes, el librepensador presocrático, quien hace 2500 años escribió que “si los

leones pudieran pensar, sus dioses rugirían y tendrían melena” 1 1 . A pesar de su convicción de que la raza humana ideó a Dios para aliviar sus dilemas existenciales, Yalom respeta la necesidad de las personas de sostener una fe

religiosa. La primera tarea del terapeuta es siempre el cuidado del paciente, lo cual involucra la empatía con la religión que éste profese. En Staring at the Sun narra un encuentro con un joven rabino ortodoxo, interesado en dedicarse a la psicoterapia, y que había acudido a él porque se estaba debatiendo en la contradicción entre su devoción religiosa y los escritos de Yalom. El rabino descreía que Yalom pudiera darle sentido a la vida sin el auxilio de la fe, lo desafiaba. La conversación que sostuvieron le dio al pensador la oportunidad de explayarse acerca de su capacidad para llevar una vida moral y con sentido prescindiendo de lo sobrenatural. Yalom

le dijo al rabino que “[

no dependen de la fe en Dios. Yo me dedico a ayudar a que mi prójimo madure y sane. Llevo una vida moral. Siento compasión por quienes me rodean. Sostengo una relación de amor con mi familia y mis amigos. No

necesito que la religión me proporcione una brújula moral” 1 2 . Si el terapeuta ha de comprometerse a fondo con el paciente, emergerán las preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia y, sin embargo,

Lo deseo con vehemencia,

]

el sentido, la sabiduría, la moralidad, el buen vivir,

muchos terapeutas evaden el tema. Los esfuerzos de Yalom por abordar las preocupaciones existenciales desde la perspectiva del consultorio imponen un vínculo entre su trabajo y los proyectos impulsados por aquellos teólogos y líderes religiosos a quienes también se les pide que personifiquen o clarifiquen una visión del mundo que dé sentido a la vida y la legitime ante la muerte. El recorrido histórico de la psiquiatría se ha mostrado reacio a involucrarse con cuestiones atinentes al sentido, mientras que Yalom nos proporciona una guía para hablar con sinceridad sobre lo que los teólogos llamarían ‘el alma’. Yalom acepta la fugacidad de la vida; su postura ante el mundo no necesita del más allá. No hay que temer a la muerte si se está convencido de haber desarrollado el propio potencial hasta el último minuto: nunca es demasiado tarde para vivir con autenticidad. Ofreciendo a los lectores sus propias reflexiones sobre la vida y su angustia personal ante la muerte, escribe: “¡Qué

suerte extraordinaria estar acá, vivo, disfrutando del puro placer de ser!” 1 3 .

Dos impactantes historias de su libro Momma and the Meaning of Life demuestran el angustioso trayecto de un terapeuta que intenta trabajar con un enfermo terminal y con otra que se encuentra presa de una pena resistente a todo tratamiento a causa de la muerte de su esposo. El camino está sembrado de dolor para ambas partes, pues tanto el paciente como el terapeuta no pueden menos que enfrentarse con las realidades, a veces insoportables, de las realidades de la condición mortal. La liberación llega con el compromiso, intenso y humano, en el que el terapeuta se atreve a unirse al paciente en el núcleo del dolor; es decir, se atreve a mirar el sol de frente en su compañía. Una de las premisas centrales de Yalom es que “enfrentarse a la muerte no tiene por qué traducirse en una desesperación que despoja a la vida de todo propósito. Por el contrario, puede transformarse en una experiencia reveladora que conduzca a una vida más plena. Aunque la materialidad de la

*

vida nos destruye, la idea de la muerte nos salva” 1 4 . A partir de sus primeras investigaciones sobre pacientes afectados por pérdidas de seres queridos, demostró que luego de enfrentarse a la muerte del ser amado, los pacientes no sólo recobraban sus niveles anteriores de funcionalidad sino que los expandían. Esto se ve también claramente en muchas de sus historias psicoterapéuticas. La vida con conciencia de la muerte ayuda a que las personas reorganicen sus prioridades en la vida devolviendo lo trivial a su

lugar y viviendo con mayor plenitud. En la vida todo es pasajero, y la muerte es inevitable. En su libro Staring at the Sun, Yalom propone la idea de ‘ondular’ a modo de estrategia para sobrellevar estas verdades inmutables. “El ‘ondular’ proviene de que cada uno de nosotros crea, de manera inconsciente, círculos concéntricos de influencia que afectan a otras personas durante años e inclusive generaciones. Saber que podemos dejar algo nuestro, aún sin saberlo, ofrece una respuesta poderosa a quienes declaran que, irremediablemente, nuestra finitud y

transitoriedad en el mundo se traducen en falta de sentido” 1 5 . Si bien nuestra identidad personal, nuestra percepción de quiénes somos, y aún las formas bajo las cuales nos han conocido los demás finalmente desaparecen, podemos transferir algo a otra persona, algo que a su vez será retransferido de maneras que no nos es dado imaginar ni predecir. Así, la noción de ‘ondular’ satisface, al menos en parte, el anhelo desgarrador de proyectarnos en el futuro. Llegará el momento en que habremos sido olvidados, pero “algo de cada uno de nosotros persiste, aunque no lo sepamos o no nos demos cuenta de ello”.

Resumiendo la postura terapéutica existencial veinticinco años después de haber escrito su influyente texto clásico, Yalom reconoce que la angustia psicológica “surge no sólo de nuestro sustrato genético biológico (el modelo psicofarmacológico), ni tampoco de nuestra lucha con las pulsiones reprimidas (el modelo freudiano), ni de nuestra inernalización de ser adultos significantes, indiferentes, faltos de amor hacia los demás, y neuróticos (el modelo de las relaciones de objeto), ni sólo del pensamiento caótico (el modelo cognitivista), ni de fragmentos provenientes de experiencias traumáticas olvidadas, ni de crisis de la vida presente que involucran nuestra carrera y relación con el otro significante, sino también –también –de la

confrontación con nuestra existencia” 1 6 . El enfoque terapéutico expuesto en Existential Psychotherapy no sugiera que la terapia deba limitarse a discutir estas preocupaciones últimas; ni siquiera que deba concentrarse en ellas, aunque el terapeuta atento se propone no evadir el tema ni redireccionarlo hacia otros rumbos. Antes bien, la premisa de Yalom sostiene que la conciencia de estos hechos dados de la existencia modifica radicalmente la relación entre terapeuta y paciente, convirtiéndolos

en compañeros de ruta. Desde esta perspectiva, las etiquetas paciente/terapeuta, cliente/consejero/, analizante/analista resultan inapropiadas a la naturaleza de la relación. Si el lenguaje lo permitiera, él abogaría por un término que aboliera la diferenciación entre ‘ellos’ (los sufrientes) y ‘nosotros’ (los sanadores). “Compartimos el mismo barco, y no existe un terapeuta inmune a las tragedias inherentes a la existencia”. “A veces me embarga una inmensa pena por la fragilidad subyacente a la condición humana, que engendra nuestra ingenuidad y nuestra fuerte necesidad de creer. A veces temo el futuro a causa de los peligros creados para la especie por la fe irracional. Podemos ser destruidos, no por la falta de fe, sino por la fe en lo sobrenatural. Nos basta con mirar hacia el pasado para encontrar las huellas de las enormes olas de destrucción provocadas por la inflexibilidad de ciertas convicciones, o contemplar las luchas contemporáneas, en las cuales el fundamentalismo a ultranza, y además contradictorio en su seno, amenaza millones de vidas. Amo el aforismo de Nietzsche en el que afirma que “lo que importa no es el coraje de nuestras convicciones sino el coraje de modificarlas”. En ocasiones siento pena (aunque no la exteriorizo) al meditar sobre la cantidad de tiempo en términos de vida que un individuo puede llegar a pasar esclavizado por una conducta obsesivo-compulsiva, y por prácticas de meditación prolongada o preocupaciones excesivas por los rituales. Lo que se pierde es algo de la libertad humana, de la creatividad, y de la maduración. “Las cuatro nobles verdades de Buda enseñan que la vida es sufrimiento, que el sufrimiento deviene del deseo vehemente y del apego, y que puede ser eliminado desprendiéndose del deseo mediante la práctica de la meditación. Schopenhauer adoptó una postura similar: el deseo es insaciable, y en cuanto hemos satisfecho un impulso será instantáneamente reemplazado por el hastío hasta que seamos presa de un nuevo deseo. En mi opinión, estas posturas son innecesariamente pesimistas. No se me escapa el sufrimiento de la existencia humana, pero no lo vivo de un modo tan abrumador como para que reclame el sacrificio de la vida. Prefiero con mucho la perspectiva de Nietzsche que celebra la vida, se compromete con ella, y preconiza el amor fati [ama tu destino]. El trabajo realizado con individuos enfrentados a la muerte me enseñó que la angustia ante la muerte es directamente proporcional a monto de ‘vida no vivida’ de cada individuo. Quienes sienten que han vivido a pleno, realizando su potencial y su destino, experimentan niveles menores de

pánico ante la inminencia de la muerte” 1 7 .

Compañeros de ruta

La cruda confrontación con las preocupaciones últimas de la vida lleva a reconocer la primacía de las conexiones entre las personas. A medida que maduraba como terapeuta, Yalom tomaba mayor conciencia de que la relación entre terapeuta y paciente es el punto nodal de la psicoterapia. Sin embargo, el advertir que la textura de la relación es crucial para lograr un cambio terapéutico distaba de ser novedoso: muchos profesionales ya habían establecido que lo que cura es la relación. A lo largo de décadas, los terapeutas escribieron acerca de la importancia de la empatía, el cuidado positivo incondicional, o la alianza terapéutica, pero lo habían hecho en términos abstractos. Yalom deseaba avanzar más allá y detallar lo que un terapeuta podía realmente hacer durante una sesión. Imaginaba la hipotética pregunta de un estudiante: “Si yo fuera una mosca posada en la pared de su consultorio, ¿qué vería en sus horas de consulta?” Para responder a la urgencia de esta pregunta imaginaria, Yalom recurrió a la narrativa, basándose en su prolongado interés por la literatura y en su deseo de emular a los grandes escritores. En dicha dirección, lo primero que hizo fue embarcarse en un proyecto creativo y completamente original: escribir sobre terapia junto con una de sus pacientes. Cuando Ginny Elkins, una talentosa escritora creativa acudió a la consulta para desbloquear la parálisis en la que había caído su escritura, pero sin medios económicos que le permitieran afrontar los honorarios profesionales de Yalom, éste decidió intentar un experimento inusual. Le sugirió que, en lugar de pagarle, escribiera un resumen de cada sesión terapéutica con base en la asociación libre. Yalom, por su parte, haría lo mismo. Todas las semanas, su secretaria pasaría a máquina los respectivos resúmenes, y paciente y terapeuta leerían las notas del otro con intervalos de meses. Al concebir este plan, Yalom no sólo esperaba levantar el bloqueo que pesaba sobre la escritura de su paciente, alentándola a expresarse con mayor libertad en la terapia, sino también liberarse de sus grilletes profesionales y dar rienda suelta a su propia voz. Se trataba de un ejercicio de transparencia terapéutica,

ya que se proponía no censurar sus notas y revelar sin ocultamientos lo que había experimentado durante cada sesión. Las mencionadas notas, publicadas en versión corregida bajo el título de

Everyday Gets a Little Closer: A Twice-Told Tale * , resultaron edificantes para todos los terapeutas. La historia de la relación que se desarrolló entre Ginny y Yalom durante las sesiones parece una experiencia al estilo de Rashomon. Aunque las horas descriptas habían sido compartidas, las experiencias de ambos fueron muy diferentes. Para empezar, otorgaban valor a distintos tramos de la sesión. Ella no absorbió ninguna de las interpretaciones que, a juicio de Yalom, eran brillantes y elegantes, pero en cambio apreció pequeñas actitudes del plano individual de las que él era apenas consciente: los cumplimientos que dedicaba a su apariencia, la apreciación del lenguaje satírico de ella, manifestada en risitas, las bromas con las que recibía su teatralización de ciertas situaciones, o el haberle enseñado a aflojar las tensiones. El libro constituye un ejercicio en realismo posmoderno: lo que creemos que sucede es sólo nuestra versión de la realidad, y pobre del terapeuta que no se dé cuenta que la experiencia del paciente durante la interacción puede haber sido totalmente diferente. No obstante, y aparte de ello, este libro muestra al desnudo la sinceridad del buceo interior de Yalom. Sentía que Ginny lo había idealizado tanto, colocándolo sobre un pedestal tan elevado, que anulaba la posibilidad de un verdadero encuentro entre ambos. Por lo tanto, en sus notas se proponía revelar, deliberadamente, las experiencias y sentimientos humanos por los que había atravesado: frustración, irritación, insomnio, vanidad. Se pregunta para quién actúa durante la sesión terapéutica. Disfruta del ‘enamoramiento’ de Ginny, y se pregunta si, de manera secreta y silenciosa, no la estará seduciendo con sus sabias sentencias. ¿Están sosteniendo una relación amorosa sublimada? Se interroga acerca de sus fantasías de rescate, de su deseo de moldearla según la imagen que él tiene de ella. Se trata de preguntas peligrosas. Quizás son las mismas que atormentan a todos los terapeutas en las altas horas de la noche, pero de las que rara vez se habla, y menos se las escribe para que las lea todo el mundo. A ambos lados de un encuentro terapéutico, siempre se encuentran presentes el amor y el narcisismo, la idealización y el desprecio, la esperanza irrealizable y el temor inconmensurable. Ninguna de las dos personas que ocupan las sillas está

exenta de irracionalidad. Al mismo tiempo, Yalom luchaba con la desconcertante paradoja de que sus necesidades y deseos irracionales eran, también, el motor que impulsaba el buen trabajo que realizaban juntos. Lo que convierte a la terapia en un instrumento de sanación se encuentra en el reconocimiento, exploración, y control de estos sentimientos antes que en su negación. Además, en la misma línea de sinceridad absoluta, Yalom, imperturbable, admite una de las verdades más dolorosas de la psicoterapia:

el terapeuta es siempre mucho más importante para el paciente que éste para el terapeuta. ¿Cómo es posible llevar adelante una relación enteramente genuina a la luz de este hecho inmutable? Pues el paciente tiene sólo un terapeuta, mientras que el terapeuta tiene muchos pacientes. Yalom había alcanzado una profunda comprensión de la esencia de la psicoterapia, y su trabajo posterior sobre el método terapéutico expandió estos insights, que volvió a resumir en Staring at the Sun: “Por sobre toda otra consideración, me esfuerzo por alcanzar la conexión con el paciente. A tal propósito, estoy resuelto a actuar de buena fe, a prescindir de uniformes o de disfraces, de la exhibición de diplomas, premios, y títulos profesionales, de fingir conocimientos que no poseo, de la negación de que yo también sufro los embates de los dilemas existenciales, de rehusarme a responder ciertas preguntas, de escudarme tras de mi rol y, por último, de ocultar mi

humanidad y mis propias áreas vulnerables” 1 8 . Cuando Yalom y Ginny finalizaron su trabajo conjunto, la escritura de Ginny se había normalizado, sus otros síntomas y dificultades se habían reducido, y Yalom también se había liberado de sus grilletes profesionales y se encontraba en condiciones de aventurarse en un nuevo campo. Había aceptado que la psicoterapia era un ‘arte’ que trascendía los principios científicos y el análisis objetivo, y fue entonces que se propuso escribir lo inefable; es decir, lo que realmente ocurre dentro de la riqueza y profundidad del encuentro terapéutico. Con dicho fin comenzó a integrar su interés en la literatura y la filosofía con el que sentía por la medicina y la psiquiatría, bajo la forma de cuentos en los que relataba sus experiencias con sus pacientes. En lugar de utilizar narraciones para ilustrar principios terapéuticos y teóricos, ahora desplazó la narración al centro de la obra, permitiendo que la teoría de su práctica se desprendiera de ella. Tomó como modelos a los filósofos –Camus, Sartre,

Unamuno, Kierkegaard, Nietzsche, Ortega y Gasset, y Simone de Beauvoir – que resolvieron que gran parte de la experiencia profunda que deseaban transmitir se lograba mejor mediante la literatura que a través de la prosa filosófica formal. Así, emuló los clásicos relatos psicoterapéuticos que Richard Lindner había publicado más de cuarenta años antes en The Fifty- Minute Hour. Los relatos se prestan a ser leídos como historiales o como cuentos cortos, y detallan la interacción entre Yalom y sus pacientes. A diferencia de los historiales publicados por otros terapeutas, estos relatos no se detienen en la extrañeza de lo patológico, sino en la humanidad del encuentro entre “compañeros de ruta”, un concepto que adquirió un lugar preponderante en la obra de Yalom. No escribía para documentar sus éxitos ni demostrar sus talentos como terapeuta, sino que intentaba mostrar de qué manera sus experiencias como terapeuta ubicado al lado de sus pacientes conducía al bálsamo terapéutico de la conexión, aunque él cometiera errores. Aunque su intención respecto de Love’s Executioner era presentarlo como una colección de cuentos didácticos al servicio de los programas que formaban psicoterapeutas, se mantuvo durante muchas semanas en la lista de los best sellers, y fue traducido a veinte idiomas, alcanzando también la categoría de best seller en muchos países. Lo maravilloso de las diez narraciones incluidas en el volumen era que inducían al lector a penetrar en la relación creada por Yalom con sus pacientes, conmoviéndolo humanamente a través de la problemática universal expuesta. Con el agregado de elementos de ficción en pro del efecto literario y de la preservación del anonimato de los pacientes, las historias rezumaban la esencia de las personas involucradas en sus luchas existenciales. Yalom lo llamó ‘dolor existencial’, ‘dolor de destino’. Nosotros, al igual que los personajes del libro, sufrimos al saber que nuestras necesidades más profundas jamás podrán ser satisfechas: nuestros deseos de no envejecer ni morir, de que retornen los seres queridos que perdimos, de amor, protección, e importancia eternos. El libro se dirigía a números masivos de lectores, y modificó profundamente el enfoque profesional de muchos terapeutas –y quizás también el modo en que los pacientes veían a sus terapeutas. Muchas personas que no formaban parte de ninguno de ambos grupos, sino que simplemente eran hombres y mujeres tratando de manejar el sufrimiento inherente al estar vivo, sintieron que estas historias enriquecían sus vidas, y quizás hasta ejercían efectos curativos sobre

ellas.

En el primer relato, el que da el título al libro, Yalom comienza diciendo:

“Detesto ser el verdugo del amor [

contra los demonios del amor no correspondido, obsesivo, y sin esperanzas de sus pacientes. Habiendo probado todos los argumentos racionales, los posibles modos de persuasión, finalmente es derrotado. El amor es demasiado poderoso para sucumbir ante la razón, pero la autenticidad y la compasión del encuentro con sus pacientes heridos de amor sondean la temática del libro. Invita al lector a posarse sobre la pared como la mosca proverbial, uniéndose a él y a sus pacientes mientras juntos desenmarañan los misterios del dolor psíquico. Desde los comienzos de su carrera psiquiátrica, Yalom llevó un diario de hitos terapéuticos esclarecedores: momentos en los que experimentaba insights clarificadores, ejemplos que capturaban la esencia de un estado del ser. En el caso de Elva, una mujer de edad traumatizada por haber sido víctima del arrebato de su bolso, Yalom se adentra hasta llegar a su creencia en aquello que la hace especial y su incapacidad de aceptar la muerte de su esposo, con cuya protección todavía contaba en un nivel muy profundo de su ser. En esta historia, Yalom nos muestra cómo la necesidad de quien nos rescate en el último minuto puede estar enmascarada por los hechos cotidianos. Carlos, el personaje central de uno de los capítulos más conmovedores, está muriendo de cáncer, a pesar de lo cual aumenta su interés por tener relaciones sexuales con el mayor número posible de mujeres. En un intercambio impactante que casi imita una partida de ajedrez, Yalom arriesga el ejercicio de la crueldad, socavando la negación de Carlos ante su muerte inminente. Pero la insistencia del terapeuta en forzarlo a reflexionar sobre cómo ha vivido su vida provoca un cambio asombroso en los últimos meses que le restan. En el lecho de muerte, agradece a Yalom el haberle salvado la vida. A medida que Yalom terapeuta guía a sus pacientes hacia el reconocimiento de la inescapable libertad de elección, Yalom narrador esclarece cómo todos tomamos parte en la construcción de las prisiones que sentimos que nos limitan. Las personas cambian mediante la voluntad, la decisión, y la responsabilidad por lo que eligen.

Naturalmente, Love’s Executioner * no ofrece soluciones fáciles a estos

pero luego pasa a contar su lucha

]”,

dilemas implacables. Yalom se da perfecta cuenta de que, sin importar la profundidad o significación del encuentro, hay mucho del otro que es insondable. Debemos aprender a mantener la conexión mutua en el marco de la incertidumbre. Yalom nos muestra cómo el terapeuta avanza a tientas sobre el paciente echando mano a la improvisación y la intuición. “El núcleo de la psicoterapia es un encuentro pleno de afecto y de profunda humanidad entre dos personas, una de las cuales (el paciente, aunque no siempre) se encuentra

más perturbada que la otra” 1 9 . Ambas se encuentran expuestas a idénticas cuestiones existenciales de sentido, aislamiento, libertad, y muerte. La premisa de Yalom mantiene que saber acerca de la condición humana es mejor que no saber, aún si el conocimiento supone renunciar al consuelo de ciertas ilusiones que, en su opinión, terminan por debilitar el espíritu. Y, como compañero de rumbo, él emprende, junto a sus pacientes y lectores, un viaje difícil y doloroso.

4

El diálogo entre la psicoterapia y la filosofía

Cuánto más leía filosofía, mayor curiosidad le despertaban a Yalom los vínculos entre el pensamiento filosófico y la curación que se produce mediante la psicoterapia. Quizás los filósofos eran terapeutas encubiertos, o quizás un terapeuta sabio podría haber contribuido a aliviar las tribulaciones de los filósofos. Y al fin de cuentas, ¿de qué se trata el viaje hacia el conocimiento y la sabiduría existencial? Un cuento de Herman Hesse le causó una profunda impresión. He aquí el cuento:

“En tiempos bíblicos vivieron Joseph y Dion, dos reputados sanadores. Aunque ambos eran sumamente eficaces, utilizaban metodologías diferentes. Joseph, el más joven, curaba a través de una escucha silenciosa e inspirada. Los peregrinos confiaban en él. El sufrimiento y la angustia que volcaban en sus oídos se desvanecía como agua en las arenas del desierto, y los penitentes salían livianos y en sosiego. Por otra parte, Dion, el de mayor edad, encaraba activamente a quienes buscaban su ayuda. Adivinaba sus pecados inconfesos; era un gran juez, regañón, rectificador, y curaba mediante la intervención activa. Tratando a los pacientes como si fueran criaturas, les proporcionaba consejos, los castigaba imponiéndoles penitencias, los enviaba en peregrinaciones, les ordenaba que contrajeran matrimonio, y obligaba a los enemigos a hacer las paces. Durante muchos años, estos dos sanadores nunca cruzaron sus caminos, y fueron rivales, hasta que un día, el joven Joseph enfermó del espíritu, cayó en una profunda desesperación, y fue presa de ideas suicidas. Imposibilitado de curarse a sí mismo con sus propios métodos terapéuticos, partió en busca de Dion.

Una noche, descansando en un oasis, entabló conversación con un viajero de más edad a quien le confió el propósito de su peregrinación. El otro respondió:

-Vaya, esto sí que es un milagro. Yo soy a quien buscas. Sin vacilar, Dion invitó a su joven y desesperado rival a su casa, donde vivieron y trabajaron juntos durante muchos años. Al principio, Joseph ofició de discípulo, y luego ascendió a la categoría de colega. Tiempo más tarde, el mayor cayó enfermo, y llamó a Joseph a su lecho de muerte. -Tengo que decirte un secreto importante –dijo. –Un secreto que he guardado todo este tiempo. ¿Recuerdas la noche en que nos conocimos en el oasis y me dijiste que venías en mi busca? -Por supuesto que sí –respondió el más joven. -¿Cómo podría olvidar aquella noche? Fue un momento decisivo en mi vida. El moribundo tomó la mano de Joseph entre las suyas y dijo:

-Mi secreto es que yo me encontraba en la misma situación, y que la noche

que nos conocimos, viajaba hacia ti para pedirte ayuda” 2 0 .

Yalom se sintió conmovido por este relato acerca del dar y recibir ayuda, de la sinceridad y el engaño, y de la relación entre sanador y paciente. El más joven recibió instrucción de su mentor, mientras que el mayor ganó un discípulo que le brindó afecto filial, respeto, y un bálsamo contra el aislamiento. Pero Yalom se preguntaba si, tal vez, el verdadero acto terapéutico no se habría producido durante la escena final, cuando ambos hombres reconocieron que eran simplemente humanos, humanos al límite. ¿Qué habría ocurrido si ésta hubiese sido la primera de sus conversaciones en lugar de la última? ¿Qué sucedería si, por ejemplo, un gran filósofo como Nietzsche (con cuyos escritos Yalom entablaba profundos intercambios) fuera a consultar a algún gran terapeuta de su época –Josef Breuer, pongamos por caso, quien guió a Freud al psicoanálisis? ¿Podrían –como los sabios de la historia de Hesse –haberse curado mutuamente? Nietzsche, ¿podría haber inventado la psicoterapia con base en su pensamiento filosófico? Yalom tomó de André Gide la idea de que la ficción es la Historia que habría podido ser. Si la historia hubiese sido algo diferente, tal vez Nietzsche y Breuer se habrían encontrado.

Es posible que Yalom se haya sentido más atraído por Nietzsche que por los demás filósofos que leía ávidamente porque encontró en él las moléculas fundamentales de la psicoterapia.

A través de los escritos, Yalom percibió en Nietzsche a alguien que deseaba

ejercer la sanación. Desde su punto de vista, la idea de Nietzsche sobre la

muerte de Dios ofrecía la oportunidad de crear un nuevo conjunto de valores, ya no basados en ilusiones sobrenaturales sino en la experiencia humana. Al igual que el terapeuta ideal, el Übermensch (o Superhombre) rebosa de sabiduría y poder y los ofrece generosamente a los demás. Es un afirmador de

la vida; alguien que ama su destino y le da el sí a la vida. El Superhombre es

quien, si se le ofrece la oportunidad de vivir una y otra vez, para toda la eternidad, exactamente como lo hecho, es capaz de responder: “Sí, sí; la quiero. Tomo esa vida y he de repetirla precisamente del mismo modo”. En la filosofía de Nietzsche, Yalom vio un movimiento hacia un proceso interior que se actualizaba a sí mismo, dirigido a la posibilidad de realizar el propio potencial. La indicación de Nietzsche para llevar a cabo el trabajo interior necesario era “Conviértete en quien eres”. ¿Acaso podría expresarse más sucintamente el objetivo de la psicoterapia existencial? Yalom encontraba admirable la capacidad de Nietzsche de mirar la verdad, de romper con la ilusión, sin vacilaciones de ningún tipo. Una de sus enseñanzas más importantes fue: “Lo que no me mata me fortalece”. Para adquirir claridad, es necesario enfrentar el pánico ante la muerte y sumergirse en la propia muerte muchas veces mientras aún estamos vivos –algo que se parece bastante a las conclusiones publicadas por Yalom en sus primeros escritos. Por cierto, Nietzsche podría haber inventado la psicoterapia. Yalom cree que la obra de Nietzsche ejerció su influencia sobre Freud. Cuando la Gestapo lo obligó a salir de Viena, dejando atrás gran parte de su biblioteca, Freud llevó consigo a Londres las obras completas de Nietzsche que le había obsequiado Otto Rank. Las actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena muestran que dos reuniones realizadas en 1908 estuvieron totalmente dedicadas a Nietzsche. En dichas actas, Freud reconoce que el método intuitivo de Nietzsche había logrado insights asombrosamente semejantes a los obtenidos mediante los esfuerzos sistemáticos y laboriosos del psicoanálisis, incluyendo la importancia de la abreacción y de la represión, y un concepto de enfermedad como exceso de sensibilidad a las vicisitudes de la vida. Sin embargo, el naciente campo psicoanalítico siguió el

liderazgo de Freud, ignorando los aportes de Nietzsche. Así, parte del interés de Yalom consistía en devolver a Nietzsche el lugar que él creía que le correspondía por derecho en la historia de la psicoterapia. Y se propuso hacerlo no a través de la argumentación académica, sino de la ficción.

Había, entonces, muchas raíces prontas para permitir el salto de Yalom al terreno de la ficción. Todavía se veía a sí mismo como enseñante de psicoterapia, aunque ahora utilizando la forma de la novela como medio. Sosteniéndose en sus vastos conocimientos psicoterapéuticos, convirtió a Nietzsche, Breuer, e inclusive a Freud, en personajes de ficción y los puso en relación. Luego, como todo buen novelista, permitió que se desarrollara la situación teatral entre ellos, escenificándola mediante el regreso a un tema que ya había explorado en Love’s Executioner: el conflicto del amor obsesivo.

En When Nietzsche Wept * , Yalom parte de la premisa de que una amiga y admiradora de Nietzsche consulta a Breuer por él, y le pide que encuentre alguna manera subrepticia de tratar su melancolía, sus ideaciones suicidas, y el suplicio de sus jaquecas. La obra entera al lector de los secretos que ambos hombres guardan celosamente; y uno de esos secretos, compartido sin saberlo, reside en que los dos están dolorosa, obsesivamente enamorados sin esperanzas de una mujer –no la misma –inaccesible. Como no encuentra otra forma de atraer el interés de Nietzsche para poder tratarlo, Breuer le confiesa su secreto y le pide ayuda. Le propone brindarle sus conocimientos médicos para tratar sus dolencias físicas a cambio de asistencia para su desesperación y angustia. Así comienza a desplegarse la relación ‘terapéutica’. La novela se centra en la relación auténtica entre los dos hombres, que finalmente resulta salvadora para ambos. -No sé por qué vivo. No sé cómo vivo –le dice Breuer a Nietzsche. –Sálveme. Practique conmigo. Creo en el valor curativo de la conversación. Repasar mi vida con una mente informada como la suya, simplemente –es lo que quiero. Eso no puede dejar de ayudarme. Aunque la relación se inicia mediante un engaño, Breuer se siente atraído por la fuerza del proceso terapéutico, y no puede evitar convertirse en un paciente genuino.

¿Qué clase de terapeuta habría sido Nietzsche? Yalom lo pinta como un profesional resuelto e intransigente. Habría esperado que sus pacientes enfrentaran la verdad sobre sí mismos y su ‘situación’ en la existencia. En la novela, todas las respuestas de Nietzsche en función terapéutica emanan de sus escritos publicados. Nietzsche inventa una serie de métodos para desnudar las raíces existenciales de la desesperación de Breuer. El instante crucial llega cuando visitan juntos la tumba de los padres de Breuer y Nietzsche le dice que su amor obsesivo es una estrategia de evitar sus temores a la muerte y a ser olvidado. -¿Eligió usted su vida? ¿Consumó usted su vida? –le pregunta Nietzsche. Y Breuer contesta que no, pero que se siente impotente para cambiar aquello con lo que se ha comprometido. Entonces Nietzsche propone un experimento central a su pensamiento, y en este punto Yalom hace que Nietzsche- personaje adelante la idea fundamental de lo que luego habría de convertirse en Así habló Zaratustra, es decir, el eterno retorno. ¿Es posible vivir cada momento de modo tal de estar dispuesto a revivirlo de igual modo para siempre jamás?

¿Y si algún día, o alguna noche, un demonio se deslizara detrás de ti en la más sola de tus soledades y te dijera: “Esta vida, tal como la vives y la viviste, es la que deberás vivir una y mil veces más; incontables veces. No habrá nada nuevo en ella, sino que cada uno de los dolores y alegrías y pensamientos y suspiros y todo lo infinitesimal y lo grandioso de tu vida retornará a ti, en la misma sucesión y secuencia, inclusive esta araña y esta luz de la luna entre los árboles, y este momento, y yo mismo. El eterno reloj de arena de la existencia da vueltas una y otra y otra vez, y tú, mota de polvo, giras junto con él”. ¿No te arrojarías al suelo y rechinarías los dientes y maldecirías al demonio que te hablara así? ¿O es que en alguna ocasión hubo un momento en el que le habrías respondido: “Eres un dios, y nunca escuché palabras más divinas”? Si tal pensamiento se apoderó de ti, te cambiaría en lo

que eres, o quizás te destruiría 2 1 .

La idea de vivir una y otra vez tu vida, idéntica a sí misma, por toda la eternidad, puede ser inarmónico, una suerte de terapia de shock existencial. Actúa como un pensamiento aleccionador, aumentando el grado de concientización de que esta vida, la única que tienes, debe ser bien vivida, con plenitud, y con la menor cantidad posible de cosas que lamentar.

(Muchos años después, en The Schopenhauer Cure * y en Staring at the Sun, Yalom describió su utilización de este experimento mental dentro de la práctica psicoterapéutica). En la novela, Nietzsche le dice a Breuer que mientras se aferre a su sentido del deber, escondiéndose tras de él como si fuera un cortinado, nunca conocerá la libertad. Nietzsche lo instruye a amor fati (ama a tu destino); en otras palabras, crea el destino que puedas amar. Finalmente, en la novela, Breuer lo hace. ¿Qué habría necesitado Nietzsche de una relación psicoterapéutica? Seguramente, no el insight. Freud dijo que Nietzsche tenía mayor insight de sí mismo que ningún otro hombre. Sin embargo, Nietzsche se percibía a sí mismo como un ser desesperadamente aislado. Lo que necesitaba era un encuentro terapéutico, una relación con sentido, que le fue proporcionada por Yalom en la figura ficticia de Breuer. A través de las conversaciones que sostuvieron y de la creciente sinceridad y profundidad de su relación, Nietzsche termina por experimentar un contacto totalmente humano. Lo que le arranca lágrimas es el reconocimiento de que él y Breuer se han hecho amigos.

Aquí y allá, en la tierra, podemos encontrar una cierta confirmación del amor en el cual el ansia de posesión que dos individuos experimentan mutuamente da paso a un nuevo deseo: a una sed compartida, de índole superior, de un ideal que se eleva por sobre sus personas. Pero, ¿ quién está familiarizado con este tipo de amor? ¿Quién lo ha experimentado? Su verdadero nombre es

amistad 2 2 .

“Una sed compartida de un ideal que se eleva por sobre sus personas [

verdadero nombre es amistad”. Sin embargo, en la novela, Yalom da un paso más adelante y sugiere que el verdadero nombre para este tipo particular de relación auténtica puede ser ‘psicoterapia’. When Nietzsche Wept afirmó la posición de Yalom como novelista. Los críticos lo equipararon a Freud. El libro obtuvo numerosos premios, fue traducido a veinticuatro idiomas, fue best seller en casi todos, y vendió más de dos millones de copias. Introdujo tanto a Nietzsche como a la psicoterapia en el corazón de la gente de todo el mundo, y les hizo pensar acerca de sus propios encuentros con el destino. Habiendo descrito los orígenes de la psicoterapia en la filosofía de Nietzsche, Yalom continuó explorando, a través de la ficción, el diálogo entre la psicoterapia y la filosofía. ¿Qué diría Schopenhauer, el filósofo del pesimismo, acera del enfoque de la cura propuesto por Yalom? En The Schopenhauer Cure, Yalom imagina que un filósofo contemporáneo, un clon de Schopenhauer, se incorpora a uno de sus grupos terapéuticos. Philip –tal es su nombre –es una personalidad aislada, un ex adicto a las conquistas sexuales sin sentido, que aspira a convertirse en asesor filosófico, en una especie de terapeuta existencial, utilizando las ideas de Schopenhauer para curar a otros. Yalom, en su rol de alter ego –Julius –lo persuade a unirse al grupo terapéutico donde, ante el asombro de Julius, este hombre distante e indiferente atrae a sus compañeros de grupo con sus ideas filosóficas (las de Schopenhauer). Pronto Julius y Philip, apelando a recursos terapéuticos muy diferentes, compiten por los sentimientos y pensamientos del grupo. Pero en la novela, a Julius le han diagnosticado recientemente un cáncer terminal, de modo que, además, se enfrenta a su propia muerte.

]Su

Julius conocía las homilías sobre la vida y la muerte tan bien como el que más. Acordaba con el “empezamos a morir en el momento de nacer” de los estoicos, y también con el razonamiento de Epicuro: “Donde yo estoy, ella [la muerte] no está; y donde está ella, yo no estoy. ¿Por qué, entonces, temerle?”

Como médico y psiquiatra, había susurrado estas mismísimas palabras de

consuelo en los oídos de los moribundos 2 3 .

Sin embargo, para un ser de carne y hueso, ¿qué significa enfrentar la muerte? ¿Puede Julius vivir plenamente y con sentido cada día? (Claro que

sí). ¿Y cómo lo hace? En parte, una de las cosas que mejor lo sostienen es su trabajo con este grupo. Y Philip se ha convertido, quizás, en el último gran desafío. Al igual que Schopenhauer, Philip se ha recubierto con una armadura cuyas piezas integran una filosofía de renunciación que enseña que el apego agrava

el sufrimiento inevitable de la vida. Su antídoto se compone de la confianza

en sí mismo, evadiendo “este ciclo interminable del deseo. Yalom hace que Philip se dirija al grupo:

“Cuánto más nos apegamos a las cosas, más agobiante nos resulta la vida, y nuestro sufrimiento se agranda cuando debemos separarnos de ellas. Tanto Schopenhauer como el budismo afirman que es necesario soltar esas

ligaduras [

2 4

]”

A lo que Julius responde:

“Yo lo encaro de manera diametralmente opuesta. El apego, y cuanto más, mejor, es el ingrediente indispensable para una vida plena. Evitarlo para no

padecer en el futuro es la receta perfecta para sentirse vivo a medias” 2 5 .

En The Schopenhauer Cure Yalom intercala la psicobiografía de Schopenhauer, examinando los orígenes de su pesimismo y misantropía. Schopenhauer vivió en aislamiento. Su parábola más conocida describe a la humanidad como dos erizos que se acurrucan el uno junto al otro para darse calor en un clima gélido, pero se apartan porque las púas que los recubren pinchan al compañero. El filósofo pretendía generar su propio calor interior, sin darlo ni recibirlo de otros. Veía la vida como un ciclo interminable de deseo, satisfacción, hastío, y nuevo deseo; el deseo no cesa de atormentarnos, y no puede ser acabadamente satisfecho. En la novela, Philip, acosado por el deseo sexual compulsivo, adopta la solución de Schopenhauer como modo de vida.

“Schopenhauer me hizo tomar conciencia de que estamos condenados a rodar eternamente en la rueda del deseo: deseamos algo, lo obtenemos, gozamos de un breve instante de saciedad que rápidamente se diluye en aburrimiento y que luego, sin fallar jamás, es reemplazado por el siguiente “quiero”. Colmar el deseo no proporciona una salida: la única posibilidad es saltar y abandonar la rueda. Así lo hizo Schopenhauer, y así lo hice yo”.

-¿Qué significa saltar y abandonar la rueda? –pregunta a Philip un integrante del grupo.

“Significa escapar definitivamente del deseo. Significa aceptar totalmente que nuestra naturaleza más recóndita es una búsqueda imposible de aplacar, que fuimos programados desde el principio con el sufrimiento que esto nos depara, y que nuestra propia naturaleza nos condena. Significa que debemos comprender la nada esencial de este mundo ilusorio, y luego comenzar a buscar una forma de negar el deseo. Como lo han hecho todos los grandes artistas, debemos apuntar a morar en el mundo puro de las ideas platónicas. Algunos lo logran a través del arte; otros, a través del ascetismo religioso:

Schopenhauer lo hizo evitando el mundo del deseo, entrando en comunión con las grandes mentes de la historia, y mediante la contemplación estética. Tocaba la flauta una o dos horas cada mañana. Significa que debemos convertirnos en observadores a la par que actores. Debemos reconocer la fuerza vital que existe en la naturaleza toda, que se manifiesta a través de la existencia personal de cada individuo, y que finalmente la naturaleza reclama cuando el individuo ha dejado de existir como entidad física. “Yo sigo el ejemplo de Schopenhauer al pie de la letra. Mis relaciones primarias son los grandes pensadores, a quienes leo diariamente. Evito abarrotar mi mente con lo cotidiano, y todos los días practico la

contemplación jugando ajedrez o escuchando música” 2 6 .

Mientras busca el modo de aceptar su propio temor a la muerte, Julius, ayudado por el grupo, debe persuadir a Philip/Schopenhauer de la importancia que tienen las relaciones humanas para el sentido de la vida. Y deben hacerlo logrando su compromiso, algo que nadie jamás pudo conseguir del verdadero Schopenhauer. Las conversaciones que se desarrollan entre los miembros del grupo y con Julius y Philip abarcan la mortalidad, la desesperación, y las dificultades que plantea la intimidad. Los personajes debaten las ideas de Schopenhauer acerca de estos temas. El filósofo creía que si alguien iba al cementerio, daba un golpecito en las lápidas, y preguntaba a los espíritus que allí moraban si les gustaría volver a la vida, todos y cada uno responderían con un enfático

‘no’. Si bien la lectura de Schopenhauer había curado a Philip de su

compulsión sexual, la tarea del grupo, en palabras de uno de los personajes de

la novela, consiste en curarlo de la cura de Schopenhauer.

Luego, la novela se transforma en un debate entre la filosofía de Schopenhauer, con su negación de la vida y sus aserciones de que la vida es sufrimiento, y la postura de Nietzsche, el amor fati en celebración de la vida; es decir, el pensamiento que favorece Yalom, aunque también es gran admirador de Schopenhauer y considera que, junto con Nietzsche, ejerció una considerable influencia sobre Freud. Hacia el final de la novela, Julius/Yalom le dice a Philip:

“No disiento con mucho de lo que Schopenhauer y tú sostienen acerca de la

tragedia de la condición humana. Donde divergimos absolutamente es en qué hacer al respecto. ¿Cómo vivir? ¿Cómo hacer frente a nuestra mortalidad? ¿Cómo vivir con el conocimiento de que no somos más que formas de vida

arrojadas a un universo indiferente sin un propósito predeterminado?

cuando me dieron el diagnóstico, entré en pánico. Abrí Así habló Zaratustra

y me tranquilicé, me sentí inspirado, especialmente por ese comentario

gozoso que dice que debemos vivir de modo tal de decir ‘sí’ si se nos ofreciera la oportunidad de vivir una y otra vez exactamente de la misma manera”. -¿Y cómo te alivió eso? –preguntó Philip. “Repasé mi vida y sentí que la había vivido bien. No tenía nada que lamentar interiormente aunque, por supuesto, odiaba las circunstancias externas que me habían arrebatado a mi esposa. Eso me ayudó a decidir cómo vivir lo que me quedaba: iba a continuar haciendo exactamente lo que siempre me había

producido satisfacción y sentido” 2 7 .

Sabes,

Philip se resiste a conectarse con el mundo, pero el grupo, inducido por el

ejemplo de Julius, no ceja en sus esfuerzos por comprometerlo. Mientras el grupo le abre a Philip el camino al aprendizaje sobre el valor de las relaciones humanas, Yalom enseña a los terapeutas-lectores cómo conducir una terapia de grupo. Philip vivió una vida sin amor, pero la ‘cura Yalom’ lo abre a la experiencia de sentirse inundado por el calor y el afecto proveniente de lo humano, precisamente en el momento en el que la muerte –no temida –de Julius pone fin a las reuniones del grupo. El título del libro tiene un doble sentido, puesto que The Schopenhauer Cure [literalmente, La cura de Schopenhauer] refiere tanto a la cura que emana de Schopenhauer como a la que él mismo necesita. Esta novela surge desde que Yalom entiende que Nietzsche y Schopenhauer partieron de los mismos datos y observaciones sobre la condición humana, y sin embargo sus respuestas individuales toman senderos totalmente opuestos:

Nietzsche abraza la vida, en tanto Schopenhauer reniega de ella. Yalom concluye que la razón de la divergencia reside en el grave desorden de personalidad que aquejaba a Schopenhauer, un desorden que analiza en los capítulos psicobiográficos intercalados en el texto. En The Schopenhauer Cure, Yalom combina sus intereses existenciales con la psicoterapia grupal. Era su intención que The Schopenhauer Cure sirviera como guía de apoyo para la lectura de su libro de texto sobre terapia grupal. La quinta edición de The Theory and Practice of Group Psychotherapy está repleta de referencias que remiten a páginas de The Schopenhauer Cure donde se ilustran numerosos principios de la terapia de grupo. Si bien When Nietzsche Wept y The Schopenhauer Cure introducen con claridad al lector en el pensamiento complejo de los grandes filósofos, demostrando asimismo las técnicas psicoterapéuticas, ambos llegan a la misma conclusión: en la tragedia de la condición humana, cualquier posibilidad de salvación surge del reconocimiento de que somos compañeros de ruta, de que compartimos la futilidad y la pasión de la vida, y de que nos comprometemos genuinamente en relaciones de amor.

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La promesa de la psicoterapia

El tema central de Lying on the Couch * , una novela juguetona, entre la comicidad y la sátira, que lleva al límite las cuestiones planteadas por la naturaleza del encuentro terapéutico, constituye también una vívida demostración de que la cura reside en la relación terapéutica que se entabla durante el tratamiento. Durante el encuentro terapéutico real, la operación de autenticidad y de lo genuino no resulta tan clara como parecería a juzgar por la investigación empírica. “Imaginemos la hora de sesión. Terapeuta y paciente conversan. ¿Cómo determinar que el terapeuta se conduce de modo ‘genuino’ o auténtico? ¿Qué significa eso, en tiempo real? Por ejemplo, el ser ‘genuino’, ¿implica compartir abiertamente nuestros propios sentimientos en el marco de la terapia? ¿Explicitar nuestros sentimientos hacia el paciente? ¿Acerca de nuestra vida, la de los terapeutas? ¿Hablar de nuestros problemas? Los terapeutas, ¿deben apegarse profundamente a sus pacientes? ¿Amarlos?

¿Obtener lucro personal de la terapia que practican?” 2 8 . Yalom se encontraba fascinado por un experimento emprendido por Sandor Ferenczi (1873-1933), un psicoanalista húngaro, miembro del círculo psicoanalítico exclusivo comandado por Freud, y quizás su confidente profesional y personal más cercano. Ferenczi se preguntaba por el “análisis mutuo”, en el cual él analizara a un paciente durante una hora, y el paciente lo analizara a él en la hora siguiente. Lo intentó con una de sus pacientes, pero el experimento naufragó en los traicioneros arrecifes analíticos de la

confidencialidad y de quién debía pagar a quién. Finalmente, Ferenczi se desanimó y abandonó el experimento. La paciente, decepcionada, creyó que la renuencia del psicoanalista a continuar se debía al temor de tener que reconocer que se había enamorado de ella. No era ésa la opinión de Ferenczi, sino que, por el contrario, no deseaba comunicarle que, en realidad, la detestaba. Yalom se sintió atraído por este experimento porque él mismo había explorado las posibilidades de una mayor apertura dentro del proceso terapéutico. En su trabajo con grupos, ya formados por pacientes ambulatorios u hospitalizados, a menudo implementaba sesiones invertidas, en las que los observadores (estudiantes) y los terapeutas intercambiaban sus puntos de vista sobre el grupo mientras eran observados por los pacientes. Antes de que las consideraciones económicas se impusieran sobre la práctica terapéutica, había utilizado un método según el cual él y varios estudiantes se ocupaban de la terapia de un mismo paciente, alentando a éste a observar las discusiones posteriores a la sesión. Se trataba de dotar de total transparencia el proceso terapéutico, así como la vivencia interna del terapeuta. Su larga experiencia en la conducción de grupos terapéuticos hizo que Yalom adquiriera profunda conciencia del mandato según el cual un terapeuta debe ser interactivo y transparente. Quienes lideran grupos se convierten en pararrayos que absorben tantas sensaciones y sentimientos fortísimos que deben trabajar exhaustivamente su propia relación con los miembros del grupo, y la conducta del líder moldea las normas a las que responde el grupo. Yalom cree que la transparencia no es menos importante en el caso de la terapia individual; que el terapeuta debe relacionarse con el paciente en profundidad, y estar dispuesto a revelar los mecanismos del tratamiento y sus propios sentimientos del aquí y ahora. Las revelaciones del terapeuta siempre facilitan el proceso. “En mi práctica, suelo encontrarme con pacientes que vienen de experiencias anteriores poco satisfactorias. He escuchado la misma queja una y mil veces:

el terapeuta era demasiado impersonal, no se involucraba, parecía una estaca. En cambio, casi nunca oí a alguien quejarse de que su terapeuta fuese demasiado abierto, interactivo, o personal (al margen, por supuesto, de los

terapeutas que explotan sexualmente a sus pacientes” 2 9 , declaró Yalom. ¿Cuáles son los límites de la revelación en juego? “¿Es acaso posible que una

relación sea genuina y al mismo tiempo clara y formalmente enmarcada dentro de los límites? ¿Acaso la estricta limitación del tiempo de sesión, la formalidad, y el intercambio de dinero no corroen lo genuino de la relación? ¿Existe el amor entre paciente y terapeuta? El amor de transferencia, ¿incluye el tocarse o abrazarse? ¿Cuáles son –o cuáles deberían ser –los límites sexuales, sociales, comerciales, y financieros de la relación terapéutica?” “Estas no son sólo preocupaciones contemporáneas cruciales y complejas, sino también altamente incendiarias. Ha habido tantas demandas judiciales, tantos casos en que los terapeutas fueron acusados de abuso (y esto se aplica también a sacerdotes, maestros, médicos, agentes del orden, empleadores, supervisores, gurús; es decir, a cualquiera que se vea envuelto en la parte ‘elevada’ de una relación asimétrica de poder) que la discusión de los límites en una novela cómica e irreverente parecía indiscutiblemente arriesgado. Intenté mantener una perspectiva equilibrada, abordando, por una parte, la alarmante incidencia del abuso del que eran víctimas los pacientes y, por otra, trayendo a luz un hecho no menos alarmante: el contragolpe legalista que amenaza el tejido mismo de la relación terapéutica. “¿Qué deberíamos pensar, por ejemplo, de los artículos aparecidos en publicaciones especializadas que proponen, con la mayor seriedad, la filmación en video de todas las sesiones mediante una cámara de seguridad provista de un dispositivo que asegura su funcionamiento permanente, para proteger al paciente del abuso sexual del terapeuta, y además proteger al terapeuta de acusaciones falsas? Se aconseja a los terapeutas que practiquen la psicoterapia defensiva. La profesión legal ha invadido la intimidad de la sesión terapéutica a punto tal que muchos no se detienen a pensar hasta qué punto el continuo rodar de la cámara televisiva destruiría el meollo de la actividad terapéutica. Se enseña a los terapeutas a anotar los progresos del tratamiento en forma de gráficos o tablas, como si efectivamente fueran a ser

leídos por un abogado de la parte contraria” 3 0 . En Lying on the Couch Yalom se propone explorar la complejidad de los límites en la relación paciente-terapeuta: los riesgos y tentaciones, el deseo del terapeuta, los modos de evitar caer en trampas, y los peligros que acechan a un paciente explotado por su terapeuta. La terapia siempre es una ‘obra teatral’ de dos personajes, y lo que Yalom quería examinar era la profundidad de la experiencia subjetiva de cada uno de ellos sin incurrir en ‘etiquetar’ o

condenar los procesos a la ligera. Lying on the Couch analiza diversas cuestiones polémicas, inclusive el delicado problema de si, cuando la relación establecida es genuina, le cabe a la energía sexual (no a la conducta sexual) desempeñar un rol legítimo para él éxito de la terapia. Se trataba de una empresa arriesgada, además de la única incursión de Yalom en la ficción pura, prescindiendo de los filósofos en la esencia de sus personajes, y de pacientes reales con características levemente cambiadas. En este texto se permitió crear terapeutas, pacientes, y otros personajes, aunque sin abandonar el propósito de dar una lección de psicoterapia.

El doble sentido del título * , intraducible a cualquier otro idioma, plantea la cuestión de la mentira dentro de la terapia. La mentira manifiesta es asunto de todos los días para la psiquiatría forense, en cualquier otra situación en la cual un tercero, ya sea la ley, un empleador, una compañía de seguros, o un cónyuge, se entromete en la situación terapéutica. Pero en la terapia tradicional, donde el paciente busca expandir su conocimiento de sí mismo y su maduración personal, la mentira adopta formas más sutiles: el ocultamiento, la exageración, la omisión, o la distorsión. Todos los pacientes ocultan algo. A menudo se trata de hechos cruciales acerca de su vida que se avergüenzan de revelar; con igual frecuencia, suelen esconder sentimientos poderosos que los asaltan en el momento, dirigidos a otros miembros del grupo o al terapeuta, si la terapia es individual. La envidia, la atracción, el miedo, y la repulsión se mantienen ocultos. La memoria no es confiable, y a los terapeutas suele costarles distinguir la verdad de la ficción. Así, el requerimiento de atenerse siempre a la verdad, de no sucumbir a la mentira, se enreda en la confusión y los dilemas. Ernest Lash, el protagonista de Lying on the Couch, intenta repetir el experimento de Ferenczi. Aunque no revela tanto como éste, decide ser absolutamente sincero durante la interacción con un próximo paciente. Sin embargo, desafortunadamente, su próximo paciente es una hipócrita, motivada por la venganza, y enojada con él porque supone que ha alentado a su esposo a abandonarla; en suma, es una mujer que se presenta bajo falsas apariencias con la intención de seducirlo con la esperanza de demandarlo luego por mala praxis. En el prólogo, Seymour Trotter, un eminente psiquiatra, es acusado de conducta indecorosa flagrante en perjuicio de una joven paciente, y es

entrevistado por el joven Ernest Lash, miembro del comité de ética de un hospital. Seymour Trotter es un sanador herido, en parte equivocado y en parte genio. Su historia pretende constituirse en advertencia, en un telón de fondo oscuro contra el que se desplegará el resto de la novela, en la que aparecen muchos terapeutas, cada uno de los cuales representa una postura frente a la terapia y al modo de desempeñar la profesión. La novela satiriza la pomposidad y las políticas de las instituciones psicoanalíticas, castigando duramente el desmesurado orgullo que ostentan. Sobre todo, se muestra una gran incertidumbre y una cantidad de escollos en el intento de crear una genuina relación entre terapeuta y paciente. Seymour Trotter, el psiquiatra equivocado, le dice a Ernest Lash que “hay que ser lo suficientemente atrevido y creativo como para diseñar una nueva terapia para cada paciente”. Es necesario renunciar a toda “técnica” artificial, mientras que cuanto mejor se conoce al paciente, más inútil se vuelve el diagnóstico: la terapia exitosa se basa en el contacto establecido entre dos personas. Pero, ¿hasta dónde es posible llegar de esta manera? Evidentemente, Trotter ha llegado demasiado lejos. Con una prosa impactante, los personajes maravillosamente caracterizados de Lying on the Couch se adentran en la espinosa cuestión de los límites de la psicoterapia. El héroe –Ernest Lash –se esfuerza por ser un hombre y un terapeuta íntegro. A pesar de su lujuria, sus trastabilleos, su lucha contra los apetitos primitivos, no cede en el compromiso asumido con sus pacientes y con su creencia en la posibilidad ilimitada de adquirir madurez. A lo largo de la novela, cuyo argumento abunda en sorpresas y vueltas de tuerca, Yalom afirma que la autenticidad del terapeuta, aún bajo las peores circunstancias, ejerce un efecto redentor. Al cabo de los años que le llevó la escritura de Lying on the Couch, Yalom inspeccionó el mundo terapéutico contemporáneo, encontrándose con que la psicoterapia había caído en manos de empresas de salud que exigían la rápida supresión de los síntomas. La mayor parte de los programas de formación en psiquiatría enseñaban –y la situación no ha cambiado –cada vez menos psicoterapia y, cuando lo hacían, su enfoque distaba mucho de las sutilezas que Yalom tanto se esforzaba por explicar en sus escritos. La psiquiatría se había convertido en la ciencia de prescribir medicación; la psicología y la asistencia social habían sido copadas por las teorías cognitivistas que a menudo adaptaban los tratamientos para manejar trastornos psíquicos

sumamente específicos. Paulatinamente, y a pesar de que las investigaciones demuestran que la relación establecida en el seno del tratamiento constituye el factor curativo dominante en la psicoterapia, la atención debida a la naturaleza y construcción de dicha relación se va dejando de lado. Yalom comenzó a ver su trabajo como una herramienta útil a las generaciones futuras, que tal vez se preguntaran cómo era la psicoterapia en los viejos tiempos, cuando era posible abordar formas de sanación más profundas. Sus relatos ficcionalizados proporcionan versiones detalladas, fáciles de leer, inclusive encantadoras, de lo que ocurre detrás de las puertas cerradas del consultorio. Desde las breves viñetas que ilustran su texto sobre la terapia de grupo hasta la reproducción completa de las sesiones llevadas a cabo en un grupo terapéutico de larga duración, como ocurre en The Schopenhauer Cure, se invita al lector a posarse como mosca en la pared y a aprender del maestro. Sus dos volúmenes breves que contienen historiales y Lying on the Couch asimismo revelan la forma en que Yalom aborda la terapia individual. Disgustado al ver que la mecanización de la psicoterapia la privaba de sus elementos vitales, pues ahora era menos íntima y humana, Yalom decidió escribir, en 2002, una guía sumamente accesible para terapeutas noveles y

experimentados, a la que tituló The Gift of Therapy * , y en la que destila su sabiduría, desplegada en ochenta y cinco ‘lecciones’ de una o dos páginas cada una, ilustradas con historias, naturalmente. Habiéndose percatado de que se redujo la presencia de los grandes teóricos de la salud mental en las estanterías, comienza rindiendo homenaje a Karen Horney, cuyo libro Neurosis and Human Growth lo había influenciado profundamente. Yalom toma de Horney la noción de que los seres humanos tienden intrínsecamente a la autorealización y que, si se quitan los obstáculos, cada individuo se desarrollará hasta convertirse en un adulto maduro y realizado, del mismo modo en que la bellota deviene en roble. En consecuencia, la labor de los terapeutas consistiría en apartar los obstáculos que impiden la maduración, una idea central del propio enfoque de Yalom. Enseña que la empresa terapéutica es siempre espontánea, creativa, e incierta. Vuelve a enfatizar su visión afirmativa sobre lo trágico de la vida. Exhorta a sus colegas a comprometer al paciente y a apoyarlo, tratando de mirar por sus ojos y de ver el mundo como él lo ve. En mis vivencias, una de sus historias

más memorables es la de una joven que se queja de hallarse atrapada en una batalla larga y encarnizada con su padre, que dice a todo que no. Ansiosa por encontrar alguna forma de reconciliación, y de reiniciar la relación desde un nuevo lugar, esperaba que el padre la llevara en auto al college, pues sería una buena ocasión de pasar varias horas a solas con él. Sin embargo, el viaje tan esperado resultó un desastre. El padre se comportó como de costumbre, quejándose sin cesar del horrible riachuelo cubierto de basura que bordeaba el camino. Ella, por su parte, no veía basura, sino un hermoso arroyo rústico e incontaminado. No encontrando la manera de responder a las quejas, finalmente optó por guardar silencio, y pasaron el resto del viaje sin intercambiar una mirada. Tiempo después, la joven hizo el viaje sola, y se sorprendió mucho al darse cuenta de que había dos arroyos, uno a cada lado del camino. -Esta vez manejaba yo –dijo con tristeza –y el arroyo que vi a través de la ventanilla era exactamente tan desagradable y contaminado como mi padre lo

había descrito 3 1 . Sin embargo, cuando aprendió a mirar por la ventanilla del conductor, ya era demasiado tarde, pues su padre había muerto. Yalom recuerda a sus lectores que tengan presente que la imagen que los pacientes se forman de sus sesiones terapéuticas difieren con mucho de la del terapeuta. Una y otra vez, inclusive los terapeutas muy experimentados se sorprenden al redescubrir este fenómeno cuando sus pacientes describen una reacción emocional intensa sobre la sesión pasada sin que ellos la hayan registrado. Es extremadamente difícil saber con exactitud lo que el otro siente; con excesiva frecuencia, proyectamos nuestros propios sentimientos sobre el interlocutor. Para lograr la empatía, no es necesario que el terapeuta viva la misma experiencia que el paciente. Bastaría con dejarse por la máxima que afirma:

“Soy humano; que nada de lo humano me resulte extraño”. Para ello se requiere que el terapeuta se abra a aquellas partes de su ser que se correspondan con un acto o fantasía cualquiera traído por el paciente, sin importar cuán atroz, violento, lujurioso, o sádico sea. Yalom está persuadido de que la herramienta más valiosa del terapeuta es su propio yo y que, por lo tanto, no puede prescindir de la exploración interior que sólo puede llevarse a cabo dentro de su propia terapia. Este recorrido

interno es lo único que puede hacer que tomen conciencia de sus propios puntos ciegos y aspectos oscuros, permitiéndoles así la empatía con la amplia gama de los deseos e impulsos humanos. La experiencia de la terapia personal también permite que quien se está formando como psicoterapeuta experimente el proceso desde el lado del paciente: la tendencia a idealizar al terapeuta, el anhelo de dependencia, la gratitud hacia alguien que escucha con atención y afecto, y el poder otorgado por el paciente al terapeuta. La psicoterapia es una empresa psicológicamente demandante, y el terapeuta debe desarrollar la conciencia y la fortaleza interna para sobrellevar los muchos riesgos ocupacionales del ejercicio de la psicoterapia. El retomar la propia terapia en distintas etapas de la vida no proporciona más que beneficios al terapeuta. El autoconocimiento no es algo que se logre de una vez y para siempre. Lejos de ser un ‘experto’ imparcial, Yalom aconseja a los terapeutas “que los

pacientes les importen” 3 2 , haciéndoles saber con tacto el efecto que les producen. “Reconozcan sus errores y trabajen sobre ellos, pues contribuyen a construir una relación íntima basada en la confianza. Estén preparados para ir

donde va el paciente, y a diseñar una terapia exclusiva para cada uno” 3 3 . Cuando Yalom profundiza en el quid de hacer terapia, retoma el concepto clave del ‘aquí y ahora’. ¿Qué ocurre aquí y ahora en el espacio interpersonal habitado por el paciente y el terapeuta? Según Yalom, las personas son presa de la desesperación a causa de su incapacidad para construir y sostener relaciones interpersonales duraderas y gratificantes. La psicoterapia basada en su modelo se propone remover los obstáculos que impiden la formación de relaciones satisfactorias. La terapia constituye un microcosmos social, en tanto tarde o temprano, si no está demasiado estructurada, los problemas interpersonales del paciente han de manifestarse en el aquí y ahora de la relación terapéutica. Si en la vida el paciente es demandante, temeroso, arrogante, seductor, controlador, sentencioso, inadaptado, o tiende a pasar desapercibido, o exhibe cualquier otra problemática interpersonal, estos rasgos van a desplegarse con todos sus matices en el aquí y ahora de la sesión. El terapeuta sólo debe mantenerse alerta a lo que ocurre durante su interacción con el paciente, y tratar de encontrar la analogía correspondíente con lo que el paciente consigna como las dificultades con que tropieza en sus

relaciones con otras personas. Para obtener pleno acceso al aquí y ahora, el terapeuta debe tener acceso a sus propios sentimientos, y utilizarlos a modo de barómetro para medir lo que sucede durante la interacción. Si el terapeuta se aburre, el paciente está haciendo algo para inducir el aburrimiento. Quizá tema la intimidad, o abrigue una ira silenciosa por el terapeuta, quien sólo puede acceder a lo que el paciente actúa mediante el reconocimiento de sus propios sentimientos en la inmediatez de la interacción entre ambos. Para lograr el éxito en este cometido, el terapeuta necesita conocerse profundamente, además de reaccionar con tacto y amabilidad a fin de evitar ser acusado por el paciente y, sobre todo, estar dispuesto, si fuera necesario, a reconocer su propia responsabilidad en la interacción problemática. En el enfoque de Yalom a la terapia individual, lo que ocurre en el aquí y ahora entre paciente y terapeuta es la base de la labor terapéutica más profunda y fructífera. Corresponde al terapeuta mantener el foco en lo que sucede en este espacio, y en el desarrollo de la relación. Yalom propone un modo sencillo de ubicar la relación en el centro de la atención, formulando, por ejemplo, preguntas del estilo de “¿Cómo van las cosas entre nosotros hoy?” “Después de nuestra sesión anterior, ¿se fue a casa con sentimientos que tenían que ver conmigo?” “He notado un gran cambio en la sesión de hoy. Al principio parecía que nos encontrábamos muy distantes, pero en los últimos veinte minutos, me sentí mucho más cerca suyo. ¿Le ocurrió a usted lo mismo? Y si fue así, ¿qué nos permitió acercarnos?” Yalom instruye a sus lectores a no tomar decisiones por los pacientes. Es una insensatez pensar que el terapeuta puede llegar a poseer la totalidad de la información necesaria. El propósito de la terapia es levantar los bloqueos que atentan contra una vida guiada por un propósito, así como ayudar al paciente a asumir la responsabilidad de sus actos, pero sin ofrecer soluciones. Los sueños constituyen una importante vía de acceso a la vida interior del paciente. Ellos comentan la relación terapéutica, las experiencias existenciales, las fantasías inconscientes, y contienen metáforas que representan los aspectos más profundos del individuo. Al preparar a sus pacientes para la terapia, Yalom les habla de la importancia de los sueños, e inclusive les pide que tengan a mano un anotador y un lápiz junto al lecho para escribirlos. En The Gift of Therapy, relata la siguiente historia para demostrar la forma en que los sueños pueden dar vida y marcar el rumbo de la terapia. Una de sus pacientes soñó lo siguiente:

Me encontraba en el porche de mi casa, mirando por la ventana a mi padre sentado al escritorio. Entré y le pedí dinero para ponerle nafta a mi auto. Metió la mano en el bolsillo, y señaló mi bolso mientras me entregaba un puñado de billetes. Abrí mi billetera y vi que estaba llena de dinero. Luego le dije que mi tanque de nafta estaba vacío, y el salió de la casa, se acercó a mi

auto, y me señaló la aguja de combustible, que marcaba ‘lleno’” 3 4 .

En el análisis del sueño, Yalom señala que “el tema central es el vacío versus la plenitud. La paciente deseaba algo de su padre –y de mí, dado que la habitación del sueño se parecía mucho a mi consultorio –pero no lograba darse cuenta de qué era lo que quería. Pedía dinero y nafta, aunque su billetera y su tanque estaban llenos. El sueño mostraba la sensación de vacío que la invadía, así como su convicción de que yo tenía el poder de ‘llenarla’ si ella pudiera descubrir la pregunta correcta. De ahí que persistiera en desear cosas de mí: cumplidos, chochera, tratamiento especial, regalos de cumpleaños, mientras que todo el tiempo era consciente de que estaba equivocada, y de que mi tarea terapéutica consistía en dirigir su atención en la dirección correcta, y hacer que dejara de tratar de incrementar la riqueza de

sus propios recursos interiores mediante cosas tomadas de los demás” 3 5 . Parte de sus consejos a los terapeutas continúa la línea de autoridad inquisitiva con la que comenzó su carrera. Evitando los diagnósticos, ofrece asesoramiento. Algún día, los profesionales de la salud mental se percatarán de lo ridículo de la idea de clasificar a las personas según lo que él llama “el

formato de menú chino del DSM-IV” * . Yalom también piensa que los tratamientos realizados con base en protocolos estandarizados como si fuesen agendas semanales son “una abominación”. En su opinión, la terapia implica la construcción de una terapia específica y única para cada paciente, junto con el reconocimiento de que la construcción de este proyecto constituye, en

sí misma, la terapia. En otras palabras: a medida que terapeuta y paciente avanzan a tientas el uno hacia el otro, tropezando con las limitaciones del otro, tratando de encontrarse en profundidad más allá de sus respectivas defensas, se constituye la terapia. Ésa es la terapia. En verdad, hace años que viene enseñando lo que las nuevas escuelas de psicoanálisis relacional recién descubren. En la psicoterapia, lo que cura es lo que sucede en el espacio abierto entre el terapeuta y el paciente. En parte, Yalom escribió The Gift of Therapy con el propósito de contrarrestar las fuerzas sociales que pretenden estandarizar la psicoterapia y confinarla dentro de un marco pseudocientífico. Escribe que “recientemente, el concepto de la EVT (Terapia Validada Empíricamente) ha causado un tremendo impacto –hasta el momento, totalmente negativo –en el campo de la psicoterapia. Muchas compañías dedicadas al negocio de las prestaciones sanitarias autorizan sólo terapias validadas empíricamente (en realidad, ello monta a la terapia cognitiva breve o CBT). Los posgrados en psicología que otorgan maestrías y doctorados están modificando sus programas para adaptarlos a las EVTs, y los exámenes que legalizan el ejercicio de la profesión se aseguran de que los psicólogos estén convencidos de la superioridad de dicha modalidad terapéutica, mientras que los grandes organismos federales que financian investigaciones en el campo ‘psi’ favorecen las que se ocupan de EVT. “Todas estas novedades contribuyen al malestar de muchos clínicos especializados y experimentados que se ven diariamente expuestos a la insistencia de los administradores de las empresas prestadoras acerca del uso de la EVT. Estos terapeutas clínicos ven que les cae encima una avalancha de evidencia científica que prueba que sus enfoques son mucho menos eficaces que los de los terapeutas jóvenes (y baratos) que ofrecen CBTs de manual en lapsos increíblemente breves. En el fondo, saben que se trata de una equivocación, sospechan que se trata de trucos de circo, pero carecen de la evidencia necesaria para discutir y, por lo general, se abstienen de presentar

pelea y tratan de hacer su trabajo, esperando que la pesadilla termine” 3 6 . Yalom hace recaer la atención sobre otro tipo de trabajo que cuestiona las premisas de los tratamientos validados empíricamente así como de algunos otros descubrimientos que muestran los tratamientos experimentales en condiciones que jamás se presentarían en una situación real. Las

investigaciones sobre los EVTs afirman muchos supuestos falsos: que al comienzo de la terapia, los pacientes sólo pueden informar acerca de un solo síntoma definible; que los problemas de larga data pueden resolverse mediante una terapia breve; que es posible separar los elementos de una terapia eficaz, y que un manual que contiene un listado sistemático de los procedimientos a seguir permite que individuos cuya formación es mínima practiquen la psicoterapia con éxito. Además, Yalom remarca que las terapias no validadas no son terapias

invalidadas” 3 7 . Resulta casi imposible validar los efectos de “las terapias basadas en la íntima (y sin ‘guión’ previo) relación entre terapeuta y paciente, forjada en la autenticidad y focalizada sobre el aquí y ahora a medida que se desarrolla espontáneamente”. De sus escritos se desprende claramente que, en numerosos aspectos, ser psicoterapeuta y practicar la psicoterapia es muy gratificante pero que, no obstante, existen los riesgos ocupacionales. “La psicoterapia es una vocación demandante, y un terapeuta exitoso debe poseer la capacidad de tolerar el aislamiento, la angustia, y la frustración inevitables en la labor que

desempeña” 3 8 . Aconseja a los terapeutas noveles que presten extremada atención a sostener relaciones satisfactorias con las personas que los rodean. “De por sí, la visión que el terapeuta tiene del mundo lo aísla. Los terapeutas experimentados ven las relaciones de manera diferente; a veces se impacientan con los rituales sociales y la burocracia, no soportan los encuentros superficiales y fugaces y la banalidad de las conversaciones en las reuniones sociales. Cuando viajan, algunos terapeutas evitan el contacto con otras personas u ocultan su profesión porque les incomodan las reacciones de los demás. No sólo están hartos de que les teman o los desvaloricen irracionalmente, sino también de que los sobrestimen y los crean capaces de leer la mente o de proporcionar soluciones sacadas de la galera a una

variedad de problemas” 3 9 . Existe, asimismo, el desafío de lidiar con el tumulto de idealizaciones y desvalorizaciones a las que se enfrentan en su trabajo diario con los pacientes, para lo cual deben manejar vivencias internas complejas e internas que oscilan entre la desconfianza en sí mismos y la creencia en su magnífico talento o conocimiento. Es por ello que Yalom aconseja a los terapeutas acudir a terapia en diversos momentos de su vida, así como crear o integrar

un grupo de soporte terapéutico entre colegas donde se compartan las tensiones de la vida personal y profesional de cada uno. Yalom manifiesta que siempre consideró a la psicoterapia una vocación antes que una profesión, y aconseja a quienes se interesan más en amasar una fortuna que en prestar un servicio que elijan otra carrera. The Gift of Therapy finaliza con sus reflexiones acerca de cómo la práctica de la psicoterapia ha dado sentido a su vida y a la de otros terapeutas: “La vida

del terapeuta es una vida de servicio, en la que a diario dejamos atrás nuestros deseos personales y dirigimos la mirada a las necesidades y la maduración

No sólo nos complace que nuestros pacientes maduren, sino

también el efecto de propalación circular, la influencia saludable que los

pacientes ejercen sobre las personas con quienes se relacionan” 4 0 .

“Todos los días, los pacientes nos honran con sus secretos, que a menudo no han revelado a nadie. El escuchar esos secretos constituye un privilegio de pocos. Los secretos proporcionan el acceso a las bambalinas de la condición humana, despojada de las florituras sociales, el juego de roles, la

Los receptores de secretos reciben del don

de una lente nítida a través de la cual contemplar el mundo sin tanta distorsión, negación, e ilusión; en suma, de verlo tal cual es. [Somos] bendecidos por una claridad de visión que nos permite penetrar el

conocimiento trágico y verdadero de la condición humana 4 1 . “Nuestro intelecto se enfrenta a un reto. Nos transformamos en exploradores, inmersos en la más espléndida y compleja de todas las búsquedas: la del desarrollo, funcionamiento, y mantenimiento de la mente humana. De la mano del paciente, saboreamos el placer de los grandes descubrimientos: el asombro y el placer que experimentamos cuando las ideaciones fragmentarias discordantes de pronto se integran en un todo coherente. En otras ocasiones oficiamos de comadronas, facilitando el alumbramiento de algo nuevo, liberador, y edificante. Vemos cómo nuestros pacientes abandonan patrones de conducta contraproducentes, se desprenden de antiguos agravios, desarrollan el entusiasmo por la vida, aprenden a amarnos, y extienden ese amor a los demás. Es un goce ver que otros abren los grifos para que fluyan sus propias fuentes de sabiduría. A veces me siento como un guía que acompaña al paciente a recorrer las habitaciones de su propio hogar. ¡Qué delicia es verlos abrir las puertas que conducen a cuartos a los que nunca

bravuconería, o la pose teatral. [

del otro

[

]

]

entraron antes, descubrir nuevas alas del lugar que habitan donde se

encuentran objetos exiliados –partes de su identidad hermosas, sabias, y

creativas [

“La pertenencia a la venerable y honorable cofradía de los sanadores siempre me ha parecido un privilegio extraordinario. Nosotros, los terapeutas, somos parte de una tradición que se remonta mucho más allá de nuestros antepasados más recientes en el campo de la psicoterapia, comenzando por Freud y Jung y todos los que los precedieron; es decir, Nietzsche,

pues llega hasta Jesús, Buda, Platón, Sócrates,

Schopenhauer, Kierkegaard

Galeno, Hipócrates, y todos los demás líderes religiosos, filósofos y médicos que, desde el principio de los tiempos, se ocuparon de la desesperación del

hombre” 4 2 .

]

6

Reflexiones de Yalom sobre su obra

Ruthellen –Me impresiona la cantidad de filosofía que ha leído e incorporado a su obra terapéutica y literaria.

Irv Yalom –Pasé diez años de mi vida leyendo filosofía y escribiendo Existential

Psychotherapy. Fue Alex Comfort, un buen amigo –conocido por haber escrito The

Joy of Sex, pero también autor de más de cincuenta obras académicas y literarias – quien me sugirió que ya era hora de dejar de leer y comenzar a escribir. Sin embargo, nunca abandoné la lectura de la filosofía. Existential Psychotherapy fue

mi libro de consulta para todo lo que escribí después. Todos los volúmenes de

relatos y las novelas expanden uno u otro aspecto de aquel texto.

Ruthellen -¿No cree usted que la psicoterapia existencial es una escuela dentro del campo de las psicoterapias?

Irv Yalom –No, nunca lo consideré así. No es posible formarse como psicoterapeuta existencial. Primero es necesaria una buena formación terapéutica, y luego comenzar a desarrollar la sensibilidad por los problemas de la existencia. Siempre me resistí a la idea de fundar una institución o un programa de formación. Lo mío es la escritura; realmente, me encanta escribir.

Ruthellen -¿Fue gracias al éxito generalizado de sus libros de historiales primero y de su novela después que comenzó usted a escribir más para el público en general?

Irv Yalom –No; siempre pensé que mi público se componía de terapeutas jóvenes, de residentes en psiquiatría, de estudiantes de psicología y de consejeros.

Ruthellen -¿Entonces nunca fue su intención escribir para lectores no especializados? Este otro público, ¿estaría escuchando a hurtadillas lo que usted les decía a los terapeutas?

Irv Yalom –En efecto, en tanto esos lectores habían estado en terapia o les interesaba el tema. Creo que Love’s Executioner fue descripto como un libro dirigido a terapeutas y pacientes. También se me ocurrió que los amantes de la filosofía se interesarían especialmente por el libro sobre Nietzsche y por el de Schopenhauer. La psicobiografía de Schopenhauer fue sin duda original:

no existe ninguna otra obra parecida.

Ruthellen -¿Cómo es que eligió a Schopenhauer? Lo de Nietzsche me resulta más comprensible, dado que se encuentra usted tan cerca de la filosofía.

Irv Yalom –Schopenhauer siempre estuvo presente, aunque no ocupase el primer plano. Recuerda que fue el maestro de Nietzsche –desde una dimensión intelectual, claro, ya que nunca se conocieron. Pero Nietzsche finalmente se rebeló contra él, y la ruptura entre ambos me mantuvo fascinado mucho tiempo. Me resultaba sumamente interesante que hubieran partido del mismo lugar, de las mismas observaciones sobre la condición humana, pero que luego uno de ellos celebrara la vida mientras que el otro renegaba de ella. ¿Qué se escondía allí? Sospeché que se trataba de cuestiones de carácter, o de personalidad. A Freud también le interesaba Schopenhauer, puesto que era el filósofo alemán más importante de sus años de estudiante. Muchas de las principales ideas de Freud se encuentran en ciernes en la obra de Schopenhauer, una obra muy rica, por cierto. Escribió muchísimo sobre una diversidad de temas:

política, musicología, y estética, aunque yo me concentré sólo en sus escritos acerca de la vida y la existencia. Antes de pensar en cómo tratar la condición humana, es necesario reconocerla. Schopenhauer posee la habilidad de informarnos sobre la futilidad del deseo y la inevitabilidad del olvido pero, a la larga, la idea de Nietzsche de optar por la vida es la respuesta factible al dilema planteado.

Ruthellen –En muchos de sus relatos, así como en las novelas, se repite la temática de la obsesión por el sexo y el amor. ¿Querría hablarme de cómo nació su interés por estos temas?

Irv Yalom –Siempre me llamó la atención la noción del amor romántico, el perderse en otro ser de un modo que suelo llamar “el yo solitario disolviéndose en el nosotros”. Así se pierde la sensación del aislamiento personal y se encuentra consuelo en el no estar solo. Por eso no ha dejado de intrigarme la postulación de Otto Rank respecto de una pendulación entre los polos de la angustia de vida y la angustia de muerte. Lo mismo me ocurre con

Ernest Becker, muy adepto a las ideas de Rank, que desarrolló en The Denial of Death, un libro maravilloso. Entonces, pues, siempre me interesó el amor romántico, y también la sumisión religiosa, que se le asemeja bastante, dado que ambos refieren a la preocupación última del aislamiento. Y la cuestión obsesiva fue un tema predominante en Nietzsche. No hace mucho, tuve un paciente obsesionado con una mujer que había roto con él. No podía quitársela de la cabeza. Leyó el libro sobre Nietzsche y luego me dijo que le había servido más que los dos años de terapia que llevábamos.

Ruthellen -¿Eso significa que nos esforzamos por lograr la autonomía pero nos cuesta manejar la soledad?

Irv Yalom –Sí. Además, mucha actividad compulsiva esconde la angustia de muerte, que a menudo se pasa por alto a causa de otras cuestiones que la opacan, como la ira.

Ruthellen –Entonces, en el sufrimiento provocado por el aislamiento existencial, el yo solitario se conecta con la ira, la cual a su vez se relaciona con la angustia de muerte, y el temor y la ira son efecto tanto de la soledad como de la idea de la muerte: somos arrojados, en soledad, a la finitud de la existencia. En su novela sobre Nietzsche y en algunos de sus relatos, usted se propone ayudar a que las personas se liberen de la obsesión.

Irv Yalom –Ayudar a que encuentren un modo más auténtico de relacionarse con los demás.

Ruthellen –En su opinión, ¿el amor obsesivo y el sexo obsesivo son una misma cosa?

Irv Yalom –No; los veo como primos hermanos. En The Schopenhauer Cure, la actividad sexual alivia la angustia de Philip, pero sólo de manera pasajera. En el amor romántico, no es posible vivir sin el ser amado, y si se lo pierde, el dolor es constante. Es el problema de muchos de mis pacientes.

Ruthellen -¿Cómo distingue entre una conexión auténtica y con sentido y un amor obsesivo?

Irv Yalom –La distinción básica reside en la racionalidad, en el no pensar de manera irracional. El amor obsesivo desconoce la racionalidad; coloca en el otro cosas que no están allí, no lo ve como es, no puede verlo como a una persona finita y diferente de sí, que carece de poderes mágicos. El amor obsesivo está hecho del mismo material que las religiones, en cuanto a adjudicar poderes a un otro.

Ruthellen -¿No cree que esa actitud es inherente a la relación amorosa? ¿Que se produce una especie de idealización que convierte al otro en alguien muy especial?

Irv Yalom –Creo que una verdadera relación amorosa se manifiesta en que a uno le importa el ser y el devenir del otro, y en la empatía que hace que uno lo cuide en todas las formas posibles. Pero eso no es el núcleo del amor obsesivo. Por ejemplo, en el primer relato de Love’s Executioner, uno de los miembros de la pareja ni siquiera se enteró de que el otro estaba atravesando un brote psicótico. Las personas se enamoran de otras a quienes apenas conocen. En el amor verdadero, uno ve al otro sin distorsiones; lo ve como a un ser humano, igual que uno. Te enamoras de alguien a medida que ves quién es y cómo es, de modo que el otro no se sienta obligado a ser lo que no es. El tipo de relación amorosa que propugno es aquella en la que se entra con los ojos bien abiertos.

Ruthellen –Esa sería la medida de la racionalidad en la relación

Irv Yalom –Pues sí.

Ruthellen –En Staring at the Sun, su último libro, vuelve usted al tema de la muerte. Me pregunto por qué ahora.

Irv Yalom –Me ocupo más del tema a causa de mi edad. Tengo setenta y seis años, una edad a la que la gente muere, y veo a mis amigos envejecer y morir. Me veo a mí mismo viviendo tiempo prestado. Hablé mucho de esto en Staring at the Sun.

Ruthellen -¿Qué le significó escribir este libro a su edad?

Irv Yalom – Estaba inmerso en el tema, inundado por él. Originariamente, iba a escribir una serie de relatos ficticios, conectados entre sí, acerca de cómo enfrentar la angustia ante la muerte. Había estado leyendo mucho a Platón y a Epicuro, y se me ocurrió que podría escribir una serie de cuentos con un hilo conductor. La idea me vino a la mente por un libro de Murukami llamado After the Quake, en el cual el nexo entre los relatos era el terremoto de Kobe. Había planeado seis historias, y pensaba comenzar cada una de ellas con una idéntica pesadilla sobre la muerte. En todas las historias, el soñante se despierta presa del pánico de morir, sale de su casa, y va en busca de alguien que pueda ayudarlo a superar su angustia ante la muerte. La primera historia transcurría en el año 348 A.C., y el soñante va en busca de Epicuro. La segunda iba a tratarse de un Papa menor de la Edad Media, luego pasaría a la época de Freud, y después los relatos se volverían más contemporáneos. Pero pasé tanto tiempo investigando sobre el primer relato en relación a Epicuro, leyendo en qué consistía el desayuno de los griegos, como era un café-bar griego, que tipo de ropas se usaban, y luego comencé a leer novelas sobre la

Grecia Antigua, una novela sobre Arquímedes, y sobre las sacerdotisas de

hasta que, pasados seis meses, me di cuenta de que la investigación

preliminar iba a tomar años, y me resigné a abandonar la idea, aunque me seguía pareciendo un concepto espléndido. Quizá alguien que lea esta entrevista lo escriba algún día. Entonces me volví hacia otro proyecto que venía madurando: una revisión de Existential Psychotherapy. Volví a leer el texto cuidadosamente, subrayando las cosas que deseaba modificar, y organicé un grupo de discípulos que lo leyeran conmigo y ma ayudaran a seleccionar lo que estaba obsoleto. Sin embargo, en un momento dado me sentí abrumado por la tarea, especialmente por la magnitud de la investigación que había que realizar en las bibliotecas, buscando la investigación empírica sobre las preocupaciones últimas que se acumuló en los veinticinco años transcurridos desde la primera edición del libro. Así que hice a un lado el proyecto, y escribí un libro acerca de lo que había aprendido sobre el método existencial durante los años que pasaron desde que escribí el libro. En una etapa posterior, mi agente se percató de que el 75 por ciento del libro estaba dedicado a la angustia de muerte, y me sugirió que si mi interés se focalizaba allí, no sería mala idea escribir un libro más riguroso al respecto. El texto sufrió una nueva metamorfosis cuando mi editor me sugirió adaptarlo al público no especializado. No me opuse, pero insistí en que el capítulo final tuviera a los terapeutas por destinatarios. Creo que el capítulo más impactante es uno que trata de mi experiencia personal respecto de cómo se desarrolló en mí la conciencia de mi propia muerte.

Delfos

Ruthellen -¿Diría usted que el haber escrito este libro lo ha hecho menos temeroso de la muerte que cuando lo empezó?

Irv Yalom –Supongo que sí. Sin embargo, el escribir sobre la angustia de muerte no constituyó un intento de curarme de ella. Nunca me afectó demasiado. Sí era un problema hace mucho tiempo, cuando comencé a trabajar con enfermos de cáncer. No creo que mi grado de angustia de muerte sea excepcional. Con el correr de los años, siento que he logrado tratar eficazmente a pacientes que la sufren, y confío en que puedo ayudarlos.

Irv me mostró una cantidad de e-mails que le llegan a diario de todos los rincones del mundo. Son misivas sinceras –y a menudo desgarradoras – de personas que le expresan su agradecimiento por cómo sus escritos les han cambiado la vida. “No basta con decir que sus palabras me conmovieron o me afectaron. Cuando al final [de The Schopenhauer Cure] Pam posa sus manos sobre Philip y le dice lo que él necesita oír, las palabras impresas en la página se

volvieron borrosas, y sólo pude reclinar la cabeza contra el respaldo, tratar de contener el ataque de llanto, y esperar a recobrar mis sentidos. Fue la catarsis que necesitaba”. O esta otra: “Sé que estoy sola y que mi vida es finita, pero me siento conectada al resto de la humanidad cuando leo sus libros, porque me doy cuenta de que todos estamos en la misma situación. Gracias por darme ese insight, ese consuelo”. De un profesor turco: “Le escribo para agradecerle por la excelente compañía que me proporciona en mis horas difíciles: cuando estoy solo o, peor aún

(¿quizás mejor?) cuando creo estar solo [

Suelo comenzar mis clases con

uno de sus dichos o pensamientos para estimular a mis alumnos –y a mí mismo –a abrir una nueva ventana y ver las cosas de manera algo diferente”. Otras cartas provienen de personas que anhelan un bálsamo para su dolor emocional, algo que ha brindado a sus propios pacientes. Yalom responde personalmente su correspondencia, reconociendo lo que significa para él o, cuando puede hacerlo, dando consejo.

]

Ruthellen -¿Qué le significan estas cartas?

Irv Yalom –Siento que manejo un segundo consultorio. Sé lo mucho que significo para algunos de mis lectores. Me doy cuenta de que me instilan mucha más sabiduría de la que poseo, y de que ansían conectarse conmigo. Hago lo posible por responder todas las cartas, aunque sólo sea para agradecer que me hayan escrito. La correspondencia que recibo me revela

cuánta gente me lee. Hace quince años, me jubilé anticipadamente del Departamento de Psiquiatría. Una de las principales razones de esta decisión fue que la psiquiatría se había vuelto a acercar tanto a la medicina que mis estudiantes mostraban poco interés por la psicoterapia, mientras que se concentraban en la bioquímica y en la investigación y práctica de la farmacología. En realidad, a ninguno le interesaba lo que yo pudiera enseñarles. Ahora, en cambio, siento que transmito mis enseñanzas a través de la escritura. No extraño el aula, porque ahora dispongo de todo un nuevo sistema de enseñanza. Así considero mis escritos, y la correspondencia que recibo me mantiene consciente de ello todo el tiempo.

Ruthellen -¿Cuál es el mensaje que intenta transmitir a modo de respuesta?

Irv Yalom –Como dije, algunos sólo expresan su agradecimiento por lo que escribo o me dicen que les sirvió; a ellos les respondo que me hace sentir bien que mi escritura cause un efecto positivo. A veces digo que los escritores botan sus libros como barcos a la mar, y que me encanta que uno de mis libros haya arribado al puerto correcto. Otros lectores piden ayuda respecto de problemas personales y, si corresponde, les sugiero que acudan a terapia. Algunos me responden agradeciéndome por haber contribuido decisivamente para que obtuvieran ayuda. Hay lectores que comentan que su terapia no los ayuda, y me piden terapia por e-mail. No es esto algo que yo haga, de modo que los insto a sincerarse con su terapeuta y a expresarle abiertamente sus sentimientos. Inclusive les digo que ocultar lo que les ocurre bien puede influir en la poca utilidad de la terapia. En un tratamiento, el trabajo del paciente consiste en compartir todos sus sentimientos y deseos con el terapeuta. Los terapeutas capaces recibirán con agrado la sinceridad del paciente. Sin embargo, lo central de mi mensaje es hacerles saber que leí su carta.

Ruthellen –Me produce mucha tristeza saber que hubo estudiantes que se rehusaron a aprender lo que usted tenía para enseñar. ¿Cuál es el mensaje que ello encierra para el futuro de la psicoterapia?

Irv Yalom –Creo que el péndulo oscila, inclusive dentro de la psiquiatría. He oído que hay más programas que comienzan a reintroducir la terapia. Muchos terapeutas contemporáneos fueron entrenados con modelos mecánicos de manual, lo cual evita el encuentro auténtico. No obstante, después de algunos años de práctica, muchos de estos terapeutas se percatan de la superficialidad de sus métodos y ansían algo más profundo, de mayor alcance y más duradero. Es entonces cuando se inscriben en cursos de formación de posgrado o buscan supervisión, o aprenden iniciando su propia terapia. Puedo asegurarte que jamás acuden a un terapeuta que practique una forma de tratamiento mecánica, conductista, o basada en un manual de procedimientos. Buscan un encuentro genuino que reconozca el desafío inherente a la confrontación de la condición humana.

Epílogo

En el año 2005, Irv y yo fuimos a visitar a Jerome Frank, su mentor y amigo,

que a la sazón residía en un hogar de ancianos cerca de mi domicilio en Baltimore. Durante muchos años lo habíamos visitado, juntos o separados, mientras su salud empeoraba con la edad. Inclusive a medida que aumentaba su discapacidad física y mental, Jerry vestía de traje y corbata, al estilo profesoral. -Dime en qué trabajas –solía preguntarle a Irv a nuestra llegada, y así se embarcaban en animadas conversaciones sobre el trabajo de Irv y lo que Jerry estuviera leyendo en ese momento. Mi papel consistía en sentarme, sonreír, y disfrutar de la cálida conexión que los unía. Yo no conocía bien a Jerry, y nuestra relación, naturalmente, databa de mucho menos tiempo. En la ocasión a la que me refiero, Jerry no llevaba traje. Pasados unos minutos, se hizo evidente cuánto había avanzado su deterioro. Pronto nos percatamos de que no nos reconocía. Yo me sentí sumamente incómoda. Sin saber qué hacer, dejé que Irv tomara las riendas de la conversación. Intentó atraer la atención de Jerry tocando algunos temas, y descubrió que el viejo maestro todavía recordaba algunas personas del pasado distante, y de ellas hablaron. Pero luego, el genio de Irv se hizo cargo del flujo de esta difícil interacción, y preguntó, bondadosa y compasivamente:

-¿Cómo te sientes, Jerry, sentado aquí, hablando con personas que no crees conocer? ¡Siempre el aquí y ahora! Y Jerry comprendió, reaccionando al cuidado que la pregunta evidenciaba:

-Aprecio la compañía y, ¿sabes? no es tan malo. Todos los días despierto y veo los árboles y las flores al otro lado de la ventana. Me siento feliz de verlos. No, no es tan malo. Una vez más, Irv había penetrado en el núcleo existencial de la experiencia de Jerry, simplemente atreviéndose a mencionar la realidad de nuestro estar juntos. Quizás sea el mensaje de la totalidad de su obra se reduzca a esto. Es todo lo que tenemos.

Obras de Irvin D. Yalom

LIBROS

Yalom, I. D., The Theory and Practice of Group Psychotherapy, Nueva York: Basic Books, 1970. Lieberman, M. A.; Yalom, I. D.; Miles, M. B., Encounter Groups: First Facts. Nueva York: Basic Books, 1973. Yalom, I. D.; Elkins, Ginny, Everyday Gets a Little Closer. Nueva York:

Basic Books, 1974. Yalom, I. D., The Theory and Practice of Group Psychotherapy. Segunda edición, Nueva York: Basic Books, 1975. Yalom, I. D., Existential Psychotherapy. New York: Basic Books, 1980. Yalom, I. D., Inpatient Group Psychotherapy. New York: Basic Books, 1983. Yalom, I. D., The Theory and Practice of Group Psychotherapy. Tercera edición, Nueva York: Basic Books, 1985. Yalom, I. D., Love’s Executioner and Other Tales of Psychotherapy. Nueva York: Basic Books, 1989. Harper Collins, edición en rústica, 1990. Yalom, I. D.; Vinagradov, S., Concise Guide to Group Psychotherapy. American Psychiatric Press, Inc. Washington, D.C., 1989 Yalom, I. D., When Nietzsche Wept. Nueva York: Basic Books/Harper, 1991. Edición en rústica: Harper Collins, 1992 (Medalla de Oro del Commonwealth Club de California a la mejor obra de ficción, 1993). Yalom, I. D., The Theory and Practice of Group Psychotherapy. Cuarta edición, Nueva York: Basic Books, 1995. Yalom, I. D., Lying on the Couch, Basic Books, 1996, Nueva York. Yalom, I. D., The Yalom Reader, Basic Books, 1998, Nueva York. Yalom, I. D., Momma and the Meaning of Life, Basic Books, 1999, Nueva York. Yalom, I. D., The Gift of Therapy, Harper Collins Publishers, 2002, Nueva York. Yalom, I. D., The Schopenhauer Cure, Harper Collins Publishers, 2005, Nueva York. Yalom, I. D., The Theory and Practice of Group Psychotherapy. Quinta edición, Basic Books, mayo de 2005, Nueva York. Yalom, I. D., Staring at the Sun: Overcoming the Terror of Death. Jossey- Bass, 2008, San Francisco.

VIDEOS

Understanding Group Therapy. Tres videocasetes, Five Tape Videotape Series (Cassette I: grupos de pacientes ambulatorios; Cassette II: pacientes hospitalizados; Cassette III: entrevista). Brooks Cole Publishing Pacific Grove, Ca. Distribuido por Victor Yalom a través Irvin Yalom: Live Case Consultation. Distribuido por Victor Yalom a través de Psychotherapy.net. The Gift of Therapy, a Conversation with Irvin Yalom, M.D. Distribuido por Victor Yalom a través de Psychotherapy.net. ARTÍCULOS Y CAPÍTULOS

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Notas

Guía a las notas del texto:

EP = Existential Psychotherapy SC = The Schopenhauer Cure YR = The Yalom Reader GT = The Gift of Therapy STS = Staring at the Sun

* Dado que este texto versa sobre psicoterapia, esta traductora ha preferido dejar en su idioma original términos que, como éste, se manejan así universalmente. No obstante, podemos explicarlo, sin mucho detalle, como una suerte de iluminación que parece súbita pero no lo es, en tanto algún conocimiento preconsciente se ha abierto paso hacia la conciencia. * Publicado en español como “Teoría y práctica de la psicoterapia de grupo”, Fondo de Cultura Económica, 1986.

* Edición en español: “Psicoterapia existencial”, Barcelona, Herder, 1984.

* En los Estados Unidos, y dentro del uso corriente, el término refiere a la educación post-secundaria, de cuatro años de duración y dentro o fuera de una universidad, que no implique la obtención de un título de grado. [N. de la T.]

* Estereotipo que denomina a quienes no sacan las narices de los libros, por lo general estudiantes de

ciencias cuya inteligencia es considerada muy superior a la media, pero que carecen de las cualidades sociales para alcanzar la ‘popularidad’ que parece ser la meta de los estudiantes secundarios en los Estados Unidos. Al mantenerse fuera de las modas y no practicar deportes, suelen ser objeto de burla. [N. de la T.]

* Wellesley College (Massachusetts), institución educativa para mujeres y especializada en las humanidades y artes liberales, aunque también ofrece muchas otras opciones. [N. de la T.]

* Edición en español: “Mamá y el sentido de la vida”, Emece, 2006 [N. de la T.]

* Edición en español: “Terapia a dos voces”, Emece, 2007. [N. de la T.]

* Edición en español: “Verdugo del amor”, Emece, 1998 [N. de la T.]

* Edición en español: “El día que Nietzsche lloró”, (15ª edición), Emece, 2001 [N. de la T.]

* Edición en español: “Un año con Schopenhauer” (5ª edición), Emece, 2004 (N. de la T.]

* Edición en español: “Desde el diván”, Emece, 1998 [N. de la T.]

* En efecto, Lying on the Couch puede entenderse como “Yacer en el diván” o “Mentir en el diván” [N. de la T.]

* Edición en español: “El don de la terapia”, Emece, 2003 [N. de la T.]

* Cuarta edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders [Manual Diagnóstico y

Estadístico de los Trastornos Mentales], clasificación multiaxial basada en cinco ejes [N. de la T.] 1. 1El material de las entrevistas utilizados en los capítulos y 6 fue tomado de entrevistas llevadas a cabo en 2007, leído y corregido por Irvin Yalom.

2. En la quinta edición, la última a la fecha, Molyn Lesczcz M.D., ex alumna de Yalom, se

ocupó de incorporar la literatura especializada actual.

3. EP, p. 291.

4. EP, p. 137.

5. Allen Wheelis fue un psicoanalista existencial, autor de numerosos libros. El relato que se

incluye fue adaptado de su obra The Listener (Norton, 1999).

6. Conferencia Pfister de 2002, disponible en www.yalom.com

7. STS, p. 5.

8. EP, p. 145.

9. EP, pp. 117-118.

10. Es notable que Jerome Frank, su antiguo mentor, fuera el primer ganador del Premio Oscar

Pfister.

11. Conferencia Pfister, 2002.

12. STS, p. 194.

13. STS, p. 197.

14. STS, p. 7.

15. STS, p. 83.

16. STS. p. 201.

17. Conferencia Pfister, 2002.

18. STS, p. 202.

20.

Adaptado de When Nietzsche Wept.

21. STS, p. 206.

22. Nietzsche, The Gay Science [La gaya ciencia], p. 14, citado en YR, p. 379.

23. SC, p.1.

24. SC, p. 99.

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