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SOLEDAD

Miguel de Unamuno

Si huyo tanto de él, es, no lo dudes, por lo mucho que le quiero. Huyo de él, buscándole. Cuando
le tengo junto a mí, y veo su mirada y oigo sus palabras, quisiera apagarle aquélla y volverle mudo
para siempre; pero luego, cuando me aparto de él y me encuentro a solas conmigo mismo, veo
aparecer en los abismos tenebrosos de mi conciencia, dos temblorosos lucerillos que parpadean
como dos estrellas mellizas en lo insondable de la noche, y oigo en mi silencio unos rumores lejanos
y apagados, que parecen venir de lo infinito y que nunca llegan del todo. Son sus ojos, son sus
palabras: son sus ojos purificados por la ausencia y la distancia; son sus palabras depuradas por su
mudez. Y vele aquí por qué huyo de él para buscarle, y cómo le evito, porque le quiero.
El amor, cuando es puro y noble, crece con la distancia. Su alma está más cerca de mí cuanto más
de mí se aleje su cuerpo. Me la dejó en unas palabras, en una mirada, y él vive ya, y crece, y se
desarrolla en mí.
Mi amor a la muchedumbre es lo que me lleva a huir de ella. Al huirla, la voy buscando. No me
llames misántropo. Los misántropos buscan la sociedad y el trato de las gentes; las necesitan para
nutrir su odio o su desdén hacia ellas. El amor puede vivir de recuerdos y de esperanzas; el odio
necesita realidades presentes.
Déjame, pues, que huya de la sociedad y me refugie en el sosiego del campo, buscando en medio
de él y dentro de mi alma la compañía de las gentes.
Los hombres sólo se sienten de veras hermanos cuando se oyen unos a otros en el silencio de las
cosas a través de la soledad. El ¡ay! apagado de tu pobre prójimo que te llega a través del muro que
os separa, te penetra mucho más adentro de tu corazón que te penetrarían sus quejas todas si te
las contara estando tú viéndole. No olvidaré en mi vida una noche que pasé en un balneario, y en
que me tuvo desvelado durante toda ella un quejido periódico y debilísimo; un quejido que parecía
querer ahogarse a sí mismo para no despertar a los durmientes; un quejido discreto y dulce que me
venía de la alcoba vecina. Aquel quejido, brotado no sé de quién, perdía toda personalidad; llegué
a hacerme la ilusión de que brotaba del silencio mismo de la noche, que eran el silencio o la noche
los que se quejaban, y hasta hubo momento en que soñé que aquella dulce quejumbre me subía a
flor de alma de las hondonadas de ésta.
Al día siguiente partí de allí sin haber querido averiguar quién era el quejumbroso ni de qué
padecía. Y sospecho que nunca he compadecido tanto a hombre alguno.
Sólo la soledad nos derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros; sólo en
la soledad nos encontramos; y al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos nuestros
hermanos en soledad. Créeme que la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separa. Y si no
sabemos querernos, es porque no sabemos estar solos.
Sólo en la soledad, rota por ella la espesa costra del pudor que nos separa a los unos de los otros
y de Dios a todos, no tenemos secretos para Dios; sólo en la soledad alzamos nuestro corazón al
Corazón del Universo; sólo en la soledad brota de nuestra alma el himno redentor de la confesión
suprema.
No hay más diálogo verdadero que el diálogo que entablas contigo mismo, y este diálogo sólo
puedes entablarlo estando a solas. En la soledad, y sólo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo
como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo como a prójimo, no podrás llegar a ver en tus
prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar a los otros, recógete en ti mismo.
¿Para qué dialogar con los demás? No hay verdaderos diálogos, porque las conversaciones que
merecerían llamarse tales, son conversaciones de las que no merecen ser recordadas. Casi todos los
que pasan por diálogos, cuando son vivos y nos dejan algún recuerdo imperecedero, no son sino
monólogos entreverados; interrumpes de cuando en cuando tu monólogo para que tu interlocutor
reanude el suyo; y cuando él, de vez en cuando, interrumpe el suyo, reanudas el tuyo tú. Así es y así
debe ser.
Así debe ser. Lo mejor sería que no hiciéramos sino monologar, que es dialogar con Dios; hablarle
a Dios; rezar día tras día y momento tras momento, cada uno nuestra oración, y que nuestras sendas
oraciones fueran fundiéndose en una, según ascendían hacia Dios, y al llegar a sus oídos eternos e
infinitos no fueran más que una sola oración, el eterno monólogo de la pobre Humanidad dolorida.
Y de allí, del seno de Dios, nos vuelve la oración humana; la voz de Dios en nuestro corazón, el eco
del silencio sosegado, no es más que la voz de los siglos y de los hombres. Nuestra vida íntima,
nuestra vida de soledad, es un diálogo con los hombres todos.
De la misma manera, la pobre flor que envía al cielo, evaporado, el rocío que del cielo recibiera,
vuelve a recibir de nuevo gota celeste de las aguas todas que de todas las flores subieron al cielo.
Me acusas de que no me importan ni interesan los afanes de los hombres. Es todo lo contrario. Lo
que hay es que estoy convencido de que no hay más que un solo afán, uno solo y el mismo para los
hombres todos, y nunca lo siento ni lo comprendo más hondamente que cuando estoy más solo.
Cada día creo menos en la cuestión social, y en la cuestión política, y en la cuestión estética, y en la
cuestión moral, y en la cuestión religiosa, y en todas esas otras cuestiones que han inventado las
gentes para no tener que afrontar resueltamente la única verdadera cuestión que existe: la cuestión
humana, que es la mía, y la tuya, y la del otro, y la de todos.
Y como sé que me dirás que juego con los vocablos y me preguntarás lo que quiero decir con eso
de la cuestión humana, habré de repetírtelo una vez más: la cuestión humana es la cuestión de saber
qué habrá de ser de mi conciencia, de la tuya, de la del otro y de la de todos, después de que cada
uno de nosotros se muera. Todo lo que no sea encarar esto, es meter ruido para no oírnos. Y ve aquí
por qué tememos tanto a la soledad y buscamos los unos la compañía de los otros.
Se busca la sociedad no más que para huirse cada cual de sí mismo, y así, huyendo cada uno de sí,
no se juntan y conversan sino sombras vanas, miserables espectros de hombres. Los hombres no
conversan entre sí sino en sus desmayos, vaciándose de sí mismos, y de aquí el que nunca estén
más de veras solos que cuando están reunidos, ni nunca se encuentran más en compañía que
cuando se separan.
¡Si supieras lo que debo a mis dulces soledades! ¡Si supieras lo que en ellas se ha acrecentado el
cariño que te guardo, y cómo las palabras que viertes en mi alma, en las breves horas de nuestras
raras entrevistas, se ensanchan y adulciguan luego, adulciguándose por el ensanchamiento mismo
y ensanchándose por su creciente dulcedumbre!
Cuando me hablas, tu voz choca en mis oídos y viene a romper casi siempre la monodia continua
de mis propios pensamientos; tu figura se interpone entre mis ojos y las formas conocidas en que
reposa mi mirada. Mas, apenas te vas, me vuelven tus palabras, pero me vuelven del fondo de mí
mismo, incorporadas al canto de mi propio pensamiento, vibrando a su compás y con su ritmo, como
acordes de mi propio canto, y detrás de ellas, dándolas en silencio aliento sonoro, se me aparece,
esfumada en lontananzas imperecederas, tu para mí tan conocido rostro.
Ve a la soledad, te lo ruego; aíslate, por amor de Dios te lo pido; aíslate, querido amigo, aíslate,
porque deseo, hace mucho tiempo ya, hablar contigo a solas.
Me interesan tanto los hombres y tan fuertemente se agita mi corazón cuando oigo sus ayes
eternos, que no puedo resistir la representación de un drama. Me parece mentira pura. No puedo
oír a un hombre hablando con otro, y menos aún ante una muchedumbre. Quisiera oírle a solas,
cuando se habla a sí mismo.
(…)
Los hombres somos impenetrables. Los espíritus, como los cuerpos sólidos, no pueden
comunicarse sino por sus sobrehaces en toque, y no penetrando unos en otros, y menos
fundiéndose.
Me has oído mil veces decir que los más de los espíritus me parecen dermatoesqueléticos, como
crustáceos, con el hueso fuera y la carne dentro. Y cuando leí, no recuerdo en qué libro, lo doloroso
y terrible que sería para un espíritu humano tener que encarnar en un cangrejo y servirse de los
sentidos, órganos y miembros de éste, me dije: «Así sucede en realidad; todos somos pobres
cangrejos encerrados en dura costra».
Y el poeta es aquel a quien se le sale la carne de la costra, a quien le rezuma el alma. Y todos,
cuando el alma en horas de congoja o de deleite nos rezuma, somos poetas.
Y ve aquí por qué creo que es menester agitar a las masas y sacudir y zarandear a los hombres y
lanzarlos a los unos contra los otros, para ver si de tal modo se les rompen las costras en el choque
mutuo, y se les derraman los espíritus, y se mezclan, mejen y confunden unos con otros, y cuaja y
se fragua de una vez el verdadero espíritu colectivo, el alma de la humanidad.
(…)
Es muy triste esto de que tengamos que comunicarnos no más que en toque, a lo sumo en roce, y
a través de los duros caparazones que nos aíslan a los unos de los otros. Y estoy convencido de que
ese caparazón se adelgaza y debilita en la soledad, hasta convertirse en tenuísima membrana, que
permite la ósmosis y exósmosis espiritual. Y por esto es por lo que creo que es la soledad la que
hace a los hombres verdaderamente sociables y humanos.
(…)
Y como el tema es inagotable, conviene cortarlo.

Texto completo: https://www.iesdonbosco.com/data/lengua/ensayos._unamuno.pdf , página 797.

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