Juanjo Lamelas

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Aquí encontrarás mapas, planos y otros complementos que enriquecen el libro

Alejandro Magno a su arquitecto después de haber soñado
la respuesta del Oráculo del Oasis de Siwa

Mañana, mi buen Dinócrates, te quiero a mi lado porque voy a marcar en
el suelo la línea de las murallas, sus puertas y, dentro del recinto, las
calles, las plazas, los edificios públicos, templo, gimnasio, teatro e
hipódromo…

Los trabajadores, siguiendo sus órdenes, fueron trazando el perímetro con
chorros de harina. Una leyenda cuenta que unas aves se la comieron,
hecho interpretado como un presagio de que la ciudad alimentaría al
mundo civilizado.

“Historia de cinco ciudades y un monasterio”
Hipólito Escolar Sobrino
Editorial Gredos. Madrid 1997
Muchos son los que vuelven
por la vereda de los fuegos fatuos,
por la de los delirios peregrinos.
Se fueron, abiertas las manos,
buscando sabiduría, imperios, oropeles;
y retornan los más,
con las manos vacías de estrellas
o, para su desgracia,
con ellas repletas de inmundicia;
y los menos, los otros, los elegidos,
ellos regresan por esa vereda soñada
con las palmas rebosantes de hazañas,
de gloria, de conocimiento.
Cada uno de esos caminantes
de la etérea senda de las verdades
encontrará su tesoro incierto
y con él la recompensa.
Este es el libro de esos soñadores con nombre,
con vidas arrastrando un carruaje de sueños
en un mundo impreciso que muestra
una belleza infinita a quienes sepan verla,
antes de desmoronarse en el hastío
de la ignorancia que todo lo puede.
Pero, para fortuna de todos,
lo que triunfa al final
sobre la ignorancia misma;
no son los hechos,
ni los hombres, ni sus nombres, ni sus vidas;
sino lo que los contadores de historias
han querido contar para que sea contado.
Notas del autor

Cuando decidí embarcarme en la aventura de escribir este libro sabía
que, al igual que los protagonistas de la novela yo también iba a realizar un
extraordinario viaje intelectual, emotivo e intrigante. Este viaje personal del que
hablo no empezó merced a la Literatura, sino que arrancó de la Ciencia, o
mejor, de la Historia de la Ciencia. Ella fue la que atrajo mi interés hacia el
legado de las civilizaciones de la antigüedad, en especial de los griegos.
Diferentes lecturas me llevaron a la figura de Eratóstenes y enseguida me
sedujo la idea de poder contar cómo éste erudito, partiendo de los
conocimientos de Aritmética y Geometría de los que disponía en su época, fue
capaz, a partir de una curiosa leyenda, de determinar el tamaño de nuestro
planeta de una manera sencilla y lógica. Apenas existe documentación acerca
de los datos que llegó a manejar, ni tampoco de la manera en que se las
ingenió para obtenerlos. Las referencias que nos llegan a través de estudiosos
son posteriores a su época, fundamentalmente griegos y romanos; o de
tiempos mucho más cercanos a nosotros, de los árabes o los bizantinos.
Muchas veces las informaciones son sesgadas, parciales e incluso
contradictorias. Por ello cuando, por ausencia de documentos a los que
ceñirme, he tenido que tomar decisiones acerca del camino a seguir para
desenvolver los acontecimientos, lo he hecho guiándome por el sentido común.

La narración se desenvuelve en el 225 a. C. en la Alejandría del faraón
Ptolomeo III Evérgetes, cuando el imperio Lágida (nombre originado en
Ptolomeo Lagos, el general de Alejandro al que le correspondió Egipto tras el
reparto del imperio) se hallaba en su apogeo. Con el fin de ser fiel a los hechos
históricos y a los protagonistas que los propiciaron, mi deseo es que el lector
separe sin la menor duda lo que es realidad de lo que es ficción; por lo que
decidí resaltar en cursiva los nombres de los personajes, dioses, instituciones y
lugares que se encuentran históricamente documentados.

Se trata de una obra coral en la que se pretende mostrar, a través de
unos personajes de diferentes etnias, posición social, aspiraciones, e intereses,
la dimensión cosmopolita de la que un día fue la urbe más grandiosa del
mundo. Griegos, egipcios, hebreos, llegaron a convivir en ella en paz durante
varias décadas, favoreciendo un esplendor cultural que no volvería a repetirse.
Es, así mismo, un peregrinaje remontando el Nilo, causa y efecto de cuanto
sucedió en sus orillas durante milenios. En ese periplo, el río muestra el pasado
esplendoroso de los antiguos moradores, cuyas reminiscencias todavía
conviven y se mezclan con las ideas de los nuevos tiempos. Un peregrinaje
que se convertirá también en un viaje interior que transformará poco a poco a
sus protagonistas avocándolos a su destino. Ambari, el copista mayor, el
funcionario ejemplar, se ve obligado por sus responsabilidades a descubrir su
lado astuto, e incluso se atreverá a ser audaz. Diocles y Aniceto dejan la
inocente juventud, el primero ayudado por el amor de su ansiada Calila, un
sentimiento que madura en la distancia; el segundo perdido entre fidelidades
contradictorias que le obligarán a tomar decisiones transcendentales. Calixto
suma a su calidad de copista el genio de los hombres de ciencia de cuya
sabiduría ha bebido. El Ptolomeo joven, de disipada existencia, aprende que
para un faraón la vida es compromiso y entrega a una tarea sagrada; y lo hace
viendo de cerca la muerte. Eso le hará reflexionar y entender cuál es el
cometido para el que los Lágidas han sido elegidos por los dioses. A los tres
ancianos que se quedan en la ciudad también el devenir de los
acontecimientos les deparará cambios. Erasístrato, sobrino ficticio de un
médico de ese mismo nombre, famoso en Alejandría unos años antes por sus
revolucionarias ideas médicas, saldrá de los círculos académicos para
convertirse en descreído nexo de unión con el pasado, en confidente y en
informador del mismísimo faraón. Por su parte Eratóstenes y el rey Ptolomeo
verán cumplidos sus sueños postreros. El primero a través de un papiro y de
una leyenda que lo llevará a un hallazgo que a su avanzada edad ya no
espera; y el segundo el de ver a su hijo, el futuro Ptolomeo IV Philopator, como
digno heredero de su legado.

Es escasa la documentación de la que se dispone acerca de la
estructura urbana de Alejandría. Los datos incompletos, supuestos, y muchas
veces contradictorios. Con toda probabilidad la urbe se estructuraba en cinco
barrios muy definidos, cuatro de ellos limitados por las murallas y por las dos
grandes avenidas perpendiculares que se encontraban en el centro de la
ciudad: la Vía Canopia, de oeste a este; y la Vía del Domo, de sur a norte.
Estos serían el Racotis, o barrio egipcio; el Bruquion, que acogía el palacio real
y el Museion; el acomodado Barrio Griego y el Barrio del Puerto, centro
comercial de día y burdel inmenso de noche. El quinto, la Judería,
probablemente se encontrara extramuros, en la parte este de la ciudad. La
ciudad contaba con tres puertos; dos marítimos: el Puerto Magno, comercial,
que incluía el embarcadero real, y el Eunostos, puerto militar; y un puerto
interior, al sur de Alejandría, en el lago Mareotis.

En cuanto a la Biblioteca muchos autores afirman que carecía de un
edificio propio y se encontraba en una parte del Museion. Se cree que una de
las funciones de la primera, aparte de la ambiciosa aspiración de acumular el
saber del mundo, era la de prestar apoyo a los estudiosos del segundo.
También es conocido que ambas instituciones funcionaban de manera
independiente, teniendo cada una un responsable máximo. Se conoce el
nombre de los directores de la Biblioteca: Apolonio (posiblemente el fundador),
Zenodoto, Calímaco, Eratóstenes, Aristófanes, Aristarco… Eran escogidos
entre los más ilustres eruditos de Alejandría. Sin embargo no se conservan los
nombres de los directores del Museion, por lo que es probable que su función
fuera más bien gerencial o administrativa. Ésa es la razón por la que no se le
ha dado ninguno al insidioso epistates de la novela.

Sobre el asunto de la medición de la distancia entre Alejandría y Siena
no existen referencias bibliográficas que lo detallen pormenorizadamente. Hay,
eso sí, diferentes obras y autores que anotan cifras sin indicar con exactitud la
manera en que fueron halladas. Muchas veces los datos son muy dispares. La
causa de las desavenencias suele estar relacionada con la unidad de medida:
el estadio, puesto que bajo este nombre se esconden unidades distintas. El pie
era la medida más común para los griegos pero, dependiendo de las ciudades
y de las épocas, su longitud variaba; de ahí que el concepto de estadio
cambiara sustancialmente. En esta obra se contemplan dos estadios
diferentes: el estadio griego (≈185 m), adoptado por los romanos y el estadio
ptolemaico, un poco mayor (≈210 m). Ambas medidas encontraban su
equivalencia en la milla romana, (8 estadios griegos o 7 estadios ptolemaicos ≈
1480 m). Con toda probabilidad Eratóstenes realizó sus cálculos con uno de
ellos. Existía también otro estadio heredado de los egipcios, denominado
“menor” (≈157.5 m), en el que efectúan las deducciones muchos trabajos de
divulgación. En este libro se tratan de combinar razonamientos que permiten
interrelacionar las tres unidades, mostrando las equivalencias entre ellas. Se
ignora también la causa por la que Eratóstenes añadió algunos estadios a la
medida final de la circunferencia de la tierra. Se plantea la hipótesis de la
“perfección de los números enteros”, por la que el sabio pretendería establecer
una relación perfecta entre cada grado de la circunferencia y la distancia
medida en estadios: un grado igual a setecientos estadios egipcios significaría
el hallazgo fructífero de esa perfección. Quisiera en este punto añadir que no
me hubiera resultado dificultoso eludir el compromiso de aportar números
concretos a las mediciones pero quise hacerlo de manera totalmente
consciente por considerarlo un ejercicio de honestidad.

Merece la pena mencionar, por su enorme repercusión histórica, el
trabajo realizado por Posidonio de Apamea (135 a.C. - 50 a.C.), más de un
siglo después de Eratóstenes. Los cálculos de este erudito lo llevaron encontrar
un valor de la circunferencia inferior al de su predecesor. Si bien muchos
autores afirman que la distancia hallada por el de Apamea para la
circunferencia terrestre fue sensiblemente mayor y el error sería debido a una
reproducción fallida de los trabajos de Posidonio realizada por estudiosos
posteriores, como Estrabón (63 a.C. - 24) o Claudio Ptolomeo (100 - 170),
historiador cuyo nombre nada tenía que ver con la dinastía Lágida. Tal medida,
considerablemente menor que la hallada por el sabio de Cirene, - como ya he
señalado - fue aceptada en la Edad Media y llegó a Colón, que la utilizó para
realizar los cálculos de su viaje. Es muy probable que si el célebre descubridor
hubiera manejado el valor verdadero no hubiera considerado la posibilidad de
materializar su sueño.

No quisiera terminar estas notas sin referirme a los estudiosos que han
dedicado y dedican su tiempo a desentrañar los misterios del pasado. Sería
prolijo citar todas las lecturas que han permitido documentar las vidas, los
hechos y las demás referencias históricas en las que se desenvuelve esta
novela, por lo que es mi deseo que si alguno de ellos, al leerla, se siente de
algún modo identificado con los fundamentos que la sostienen, sepa que es
acreedor de mi gratitud y mi reconocimiento.

Gracias, en fin, a todos los amigos que, con sus consejos, con sus
críticas y recomendaciones han hecho posible esta obra.
I

Estaba muerta. En la cara, el rictus de quien vio llegar irremisiblemente
el fin. Atónita, perpleja, como labrada en piedra, perenne su faz. El destino de
aquella mujer había sido escrito muchos días atrás; sórdidamente deletreado
en el idioma de una convicción absurda. Ella no supo, no sabía que había
nacido para ese momento y tampoco el por qué ni el para qué la habían
condenado. Murió pues con la inocencia tácita del que no ha tenido derecho a
juicio; con la amarga incertidumbre de si su entrega involuntaria serviría o no
para algo. Su ignominiosa muerte pagaba antiguas deudas de las que ella no
era más que un personaje secundario en una tragedia en la no había
protagonista que quisiera cargar con la escena final; pero su sacrificio
aprovecharía a quienes lo habían propiciado para desencadenar los
acontecimientos de una trama urdida por la codicia.
Tenía la boca desmesuradamente abierta, enseñando el hueco por el
que su alma sobrecogida había huido al abandonarla. Sus ojos plúmbeos
estaban hinchados de espanto, pugnando por salirse de las órbitas. Las pupilas
dilatadas grabaron el rostro del verdugo. Las mejillas hundidas borraban todo
atisbo de la belleza una vez contenida en aquel semblante. Su cuerpo yacía
tendido en la cama, lacio, marchito; parcialmente tapado con una sábana de
lino. Estaba desnuda; desnuda y fría. Su piel era del color manso de la cera,
pero no anunciaba la textura grasienta que a esta acompaña, sino más bien
sequedad causada por las horas que habían pasado; una sequedad
contradictoriamente flácida que se escapaba a lo largo de uno de sus brazos,
sobresaliendo del lecho; descansando suavemente en el suelo.
El silencio fúnebre de aquella noche invernal solo se alteraba por un
ulular metódico que provenía del bosque cercano. La impertérrita lechuza,
obstinada en su métrica monótona; fue la primera en preconizar que el
miserable dios que les roba la hermosura a los difuntos merodeaba por su
foresta y había elegido a su víctima propiciatoria. Ella, la joven, la muerta,
probablemente no recibiría, a pesar de su sacrificio, la recompensa de la
eternidad porque su misión era callada e ignorante, ausente de la fatalidad que
da una fe ciega. Llevaría consigo el estigma irremediable de que su cuerpo y
su espíritu se verían condenados por no poder pagar el impuesto de la entrada
a los cielos. Pero si sus dioses egipcios no la aceptaban, tal vez su involuntaria
entrega fuera suficiente para enternecer al anciano Caronte y éste la llevase
hacia donde habita el alma de los buenos; guardando la condena para quienes
iban a sacar tajada por haber truncado una vida aun virgen para alcanzar un
viejo sueño.
Cuando el maestro copista entró en sus aposentos, ya de madrugada, el
flotar flameante de las cortinas de gasa, animadas por la brisa que subía del
mar, atrajo su atención primera hacia la ventana abierta. Como por un tobogán
se deslizó su mirada con la luz lunar que inundaba la habitación. Sus ojos
fueron a estrellarse en el cadáver. Se quedó inmóvil. El golpe sordo de los
rollos que llevaba en sus manos reverberó insultante contra las encaladas
paredes hasta que terminó por retumbar en su cerebro. Se acercó para
asegurarse de que sus sentidos no lo engañaban. La expresión de terror
inmenso de aquel rostro impregnó todo su ser y, súbitamente recorrido por un
escalofrío, se le erizó el vello de todo el cuerpo; como queriendo evitar que el
tormento que aquella muchacha había sufrido regresara a la atmósfera del
recinto.
Su impulso segundo fue correr hacia la puerta para buscar ayuda, pero
algo le retuvo y lo hizo regresar frente a la joven. Alargó uno de sus brazos y le
cerró los párpados escondiendo aquellos ojos para siempre. Luego hizo lo
mismo con la boca, la rigidez de la mandíbula se oponía al movimiento. Sintió
asco al hacerlo; más cuando el chasquido de los dientes le hizo saber que
había sido demasiado brusco; pero observó el recompuesto semblante de la
desdichada y se dio cuenta que su hermosura huída había vuelto a él por vez
postrera, como para despedirse. La muerte también puede ser bella, fue su
pensamiento lúgubre.
El joven maestro hizo ademán de recolocar los bucles ensortijados de
aquella melena trigueña cuando apreció que las puntas estaban húmedas de
sangre. Una sangre tenue que se prolongaba bajo el hombro derecho de la
muchacha, dejando una mancha suavemente rosada en las fibras del lino.
Cambió de posición para situarse justo detrás de la cabeza y observó con
repugnancia que a aquel cuerpo cerúleo le faltaba un trozo de piel del tamaño
de una palma. El hecho de que hubiera sido meticulosamente extraído, junto a
la falta de sangrado en el cadáver y en las sábanas, le dio a entender que
había sido despellejada después de la muerte. ¿Quién sería capaz de ultrajar
así un difunto? ¿Qué infausto criminal se atrevería a hacerlo sabiendo que así
podía condenarse para siempre? El nerviosismo se apoderó de él y sintió una
congoja que le recorrió el cuerpo convertida en un estremecimiento frenético.
No era capaz de asimilar lo que estaba pasando.
De nada conocía a aquella joven. No podía explicar qué había venido a
hacer a sus aposentos y mucho menos porqué la habían asesinado. La sola
idea de imaginar la daga impenitente rasgando aquella delicada piel le produjo
vómito. ¿Qué bestia habían creado los dioses, que osaba a profanar un
recipiente tan bello? Tal vez lo había hecho un loco para gozar de lo prohibido
y luego llevarse un trofeo de su infecto delito. Al fin y al cabo el mundo estaba
lleno de locos. Él mismo había conocido unos cuantos y sabía que a la
demencia no la detiene ningún sentimiento.
Reparó de nuevo en la figura de aquella sombra lunar. No era luna de
amor sino de muerte. Especuló sobre lo apetecible debiera haber sido. Sobre
cuántos preclaros hombres de aquella ciudad hubieran reposado gustosos a su
lado después de deleitarse lascivos con los dones de su juventud. Pero luego
lo pensó mejor; cualquiera hubiese podido gozar de aquella desventurada y
más tarde, sin remordimientos, devolverla al lodo en el que la había
encontrado. Cualquiera, porque los pedazos de carne libidinosa, en aquella
inmensa urbe y en aquel agitado tiempo, eran fácilmente accesibles para quien
llevase una bolsa generosa. Aquel sentimiento licencioso derivó en lástima
pero lo ayudó encontrar la calma y a mensurar sus decisiones inmediatas.
Caminó ensayando templanza, hacia el centro del dormitorio y recogió los
rollos caídos, depositándolos con esmero, primero en su antebrazo y luego en
una mesa de maderas finas que se adosaba al ángulo muerto de una de las
paredes. Salió al corredor, sin precipitación alguna y llamó a su sirviente,
acompañando su nombre con dos palmadas. Un muchacho pequeño y poco
agraciado apareció al final de aquel claustro cuyos muros estaban
bondadosamente iluminados por bujías de aceite.
El jefe de la policía tardó más de una hora en llegar con dos oficiales.
Achaparrado por su propio peso, más parecía un comerciante de vinos de
Massalia que el representante de la ley en el distrito noble de la ciudad. El
dueño de la casa lo saludó con arrogancia, a pesar de lo comprometido del
contexto; seguro de que su posición no era inferior a la del militar. Es más, el
recién llegado hizo una torpe reverencia al verle, esforzándose inútilmente por
parecer sobrio. La narración de los hechos duró lo que tardaron en caminar
desde el pórtico hasta el dormitorio. El marchar cansino del grupo por el
corredor era marcado por aquel rechoncho individuo, que asentía con la
cabeza a la exposición cada vez más nerviosa del amo. Historias como aquella
las escuchaba cada noche; pues cada noche, en una capital de más de
cuatrocientas mil almas, aparecía alguna infeliz muerta sobre un diván
mugriento, víctima de un borracho lujurioso que seguramente se parecía a él.
No podía disimular su fastidio. A aquella hora de la madrugada era el mejor
cliente de los burdeles del puerto. Un tarado otra vez le había interrumpido el
placer que las meretrices le dispensaban, golosas de unas monedas.
—¡Es que no pueden joderlas como yo y luego dejarlas para otro! —
murmuró mientras hacía girar el pasador.
—¿Qué has dicho? —Preguntó el joven con autoridad.
—Nada, nada —respondió titubeante el gordinflón, pero al momento,
como viéndose humillado por la dignidad del señor de la casa replicó—: es que
todo tiene que pasar a estas horas —por lo visto ya no era la primera vez que
se quedaba a medias—. Y siempre tengo que ser yo el que recoja la mierda de
otros —se había pasado, se dio cuenta al momento y quiso rectificar—.
Perdón, quiero decir…
El amo lo interrumpió.
—Ninguna hora es buena para morir.
Aquel sujeto grasiento y desagradable hizo intención de arreglar sus
comentarios pero ya no tuvo tiempo. Las luminarias que portaban sus
acompañantes irrumpieron sin pudor en la alcoba, ahuyentando la aurora
astral. Por el ventanal seguía entrando el viento y el repiqueteo límpido de la
lechuza; pero sobre la cama no había nadie.
—¡Joder, lo que faltaba! Ahora los muertos se levantan y se largan
volando —aquello pareció sacarlo del sopor que le producía su consumada
borrachera.
Ambari tardó unos segundos en superar el desconcierto inicial. Hacía
apenas unos momentos que sobre aquel lecho yacía una hermosa joven a la
que alguien había quitado la vida y ahora no quedaba el menor rastro de ella ni
de ninguna prueba que demostrara lo que había pasado. Recorrió la habitación
precipitadamente, se asomó a la ventana. Nada.
—Aquí no hay nada: Las putas no vuelan. Esas esperan a cobrarse —
balbució con antipatía—. Seguro que alguien quiso tomarte el pelo, escriba —el
orondo personaje hizo ademán de marcharse.
El copista estaba confundido. No sabía qué hacer, qué decir. Cualquier
cosa que pudiera apostillar a aquel comentario malicioso no haría más que
cebar al gordo para que tomara bríos y encadenara nuevos improperios.
Finalmente determinó sacárselo de encima para poder aclarar sus ideas y
terminó por asentir:
—Seguro, seguro que ha sido eso, una broma —intentó esbozar una
disculpa pero el jefe de la policía ya había decidido a zanjar el asunto,
seguramente para volver al burdel del que había salido antes de que se le
agotara el saldo.
No lo acompañó a la puerta. Se quedó apoyado en el dintel de su alcoba
viendo cómo se alejaba con sus dos alguaciles mientras intentaba dar forma a
su confusión. Aquello era un contratiempo serio en sus planes. Faltaban tres
días para la partida. Faltaban solamente tres días para el importante viaje que
había estado preparando durante los meses anteriores con tanto celo y
dedicación. Lo que había sucedido lo importunaba sobremanera, pero no
tendría tiempo de esclarecer los hechos, al menos hasta su vuelta. Por eso
pidió a su sirviente que guardara silencio sobre lo que había visto y lo conminó
a que estuviera atento a cualquier cosa extraña que notara durante su
ausencia. Lo mejor de momento, era que aquello no transcendiera. Podía
aplazar las respuestas, pero de lo que no podía esconderse era de la
crispación angustiosa que aquel macabro pasaje había dejado en su corazón;
era como una especie de conmoción sísmica que le hacía temblar todo el
cuerpo. Se sentó en la cama y acarició el lugar donde había yacido la joven,
prometiendo a la imagen marcada a fuego en su conciencia que haría todo lo
posible por procurar justicia a aquel rostro que se había desvanecido en la
noche. Halló consuelo pensado que los muertos tienen paciencia eterna
esperando a que sean reparados los agravios que sufrieron en vida y con ese
lenitivo paradójico atenuó su desasosiego.
Poco después, en la calle, no muy lejos de allí, un carro con sus dos
bueyes viejos se detuvo en la parte trasera de un enorme edificio de dos
plantas. Un hombre menudo, envuelto en una capa raída que rezumaba mugre,
se bajó de él y, después de asegurarse de que no era visto, empujó una
pesada puerta de madera maciza, desmesuradamente alta, entrando en un
patio pequeño. La luz de la luna confería un aspecto fantasmagórico a las
plantas que medraban profusamente. Por todas partes, descuidados parterres
asilvestrados mostraban que aquel acceso al edificio no era muy utilizado. El
hombrecillo cruzó apresuradamente el patio y entró por una puerta lateral que,
como la de entrada, se encontraba entreabierta. Después atravesó un largo
pasillo y se dirigió al cuarto donde dormían los esclavos. Despertó a uno de
ellos y le dio indicaciones para que avisara a su amo. Se quedó en el corredor
mascullando el dinero que iba a pedirle. A los pocos minutos, precedido por el
mensajero, apareció un anciano alto y delgado, de espesas barbas blancas,
enfundado en una túnica color arena, reciamente amarrada en la cintura por un
cinturón de cuero.
—Os traigo otra puta, señor —el burlesco personaje se dirigió con cierta
ironía a aquel viejo.
Salieron ambos, amo y carretero, a la portada de la casa. El anciano
recibió el lacerante impacto de aquella visión inesperada y casi le traicionan los
sentimientos al reconocer a la muerta. Afortunadamente la noche escondió el
azoramiento con el que aquella sorpresa ingrata le sacudió las entrañas a hora
tan intempestiva. Se repuso a duras penas del primer instante ominoso y
reaccionó con rapidez, entrando en la casa al tiempo que llamaba a sus
sirvientes y les daba órdenes precisas. Dos de ellos salieron a la calle y al poco
tiempo volvieron a entrar con un fardo alargado que bajaron inmediatamente al
sótano.
—Esta vale más que los otros —la voz se estrelló en la nuca del anciano
que cerraba el extraño cortejo de aquel bulto—. Esta vale más —volvió a dejar
flotando en la atmósfera solitaria de aquella madrugada.
Al cabo de unos minutos el maestro volvió al pasillo con una bolsa de
monedas y la depositó en las huesudas manos del extraño mercader.
—Ten. Es más de lo acordado. Márchate por donde has venido. Ya te
mandaré llamar cuando te necesite.
El hombre no abrió la bolsa. Se limitó a tasarla por el peso y, esbozando
una mueca de satisfacción, dio media vuelta sin mediar más palabra. Al poco
se lo oyó a lo lejos azuzar a los bueyes y el crepitar de las ruedas sobre el
empedrado se fue alejando hasta hacerse imperceptible. En la casa, las
antorchas que habían iluminado aquel esperpéntico trato, desaparecieron tras
el golpe del portalón. El silencio y el frío de principios de invierno volvieron a
ser los únicos habitantes de la calle.

Por la mañana todo se encontraba dispuesto para la lección de
anatomía. La sala de disecciones estaba presidida por un mesado rectangular
de mármol exquisitamente blanco. Sobre ella tendido, un cadáver esperaba las
manos hábiles del más venerable de los médicos de la Institución. A su
alrededor revoloteaba un grupo de estudiantes nerviosos ante el esperado
momento de ver, quizás por vez primera, las entrañas de un ser humano. El
maestro retiró el tosco sudario que amortajaba aquel bulto y el cuerpo enjuto de
un varón de unos treinta años apareció ante los ojos de los aprendices.
El decano de los médicos se dirigió a uno de sus discípulos:
—Eleas: ¿corroboras que está muerto?
Un joven de aspecto aniñado se adelantó al resto de los presentes, que
circundaban ya la mesa, dispuestos a embebecerse de la docencia que el
anciano les dispensaba en dosis más bien pequeñas.
El muchacho se inclinó levemente sobre el cadáver para examinarlo a fin
de elaborar una respuesta fundamentada. Luego habló con convencimiento:
—Para saberlo se ha de tomar el pulso. No hay latido, ni en el pecho, ni
en la yugular, ni en las muñecas.
—Pero eso no es suficiente… —arguyó el maestro médico al tiempo que
dirigía a su pupilo una mirada cómplice, seguro de que éste no iba a
defraudarle.
El joven se sintió arropado y continuó exponiendo el procedimiento
habitual de actuación.
—Si no lo fuera se hará la prueba del hálito. Puesto el nácar ante la
boca, el de un vivo dejará vaho sobre la concha —tomó tal de una mesita
auxiliar y procedió a dar efecto a su aseveración.
—Bravo, Eleas, veo que no desperdicias tu tiempo aquí —premió el
maestro a su discípulo con esta breve alabanza al tiempo que enlazaba el
discurso con la siguiente reflexión a la que quería dirigir el interés de sus
pupilos aquella mañana.
—Y tú, Hipólito de Éfeso, ¿sabrías decirme cuanto tiempo hace que ha
muerto?
El muchacho más apuesto de aquel grupo se acercó al difunto con cierto
temor y levantó una de sus piernas para valorar la flacidez de sus carnes y la
facilidad con que se doblaban las articulaciones. Luego le palpó el vientre.
—Unas cuatro horas —afirmó muy seguro de sí mismo.
—Efectivamente —remarcó el anciano—. ¿Y en que te basas para
afirmarlo? — Continuó mientras giraba levemente el torso buscando la
connivencia de los demás discípulos.
—En el estado de la rigidez, en especial del tobillo, que es la última
articulación en trabarse. También lo indica la temperatura de su cuerpo. No ha
podido pasar más tiempo, pues no hay olor; el fluido de la muerte aun no se
aprecia y el cadáver no ha empezado la hinchazón —respondió el aventajado
estudiante recreándose en la certeza de sus palabras.
—Excelente, mi querido Hipólito, excelente —remarcó el maestro y a
continuación comenzó con el verdadero objeto de la lección. Su tono, hasta
entonces familiar, se esforzó en parecer grandilocuente pues iba a citar al
padre de la medicina—. El gran maestro Hipócrates afirmaba que la
enfermedad proviene de un desequilibrio natural concretado en alguno de los
humores vitales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra; y por su propia ley es
la naturaleza misma del cuerpo la que se encarga de restablecerlo.
Después de introducir la doctrina en la que se habían educado los
médicos de varias generaciones, les explicó que en ella había grandes
aciertos, pero también enormes errores como el que acababan de oír. En
medicina no hay verdades inmutables, esa era la idea que el sabio quería
inculcarles a sus oyentes, haciendo hincapié en su necesidad de evolución
como característica sustancial de la disciplina. Y gran parte de la nueva
medicina griega bebía sus fuentes en las ideas adelantadas de la escuela
fundada por su tío, Erasístrato de Cirene, muerto veinticinco años atrás y del
que el actual decano había heredado doctrina y nombre. Según afirmaba aquel
médico innovador, venerado en Alejandría, las enfermedades no tienen su
origen en los desequilibrios de los fluidos, sino que estos son su consecuencia.
La causa primigenia del mal está en las alteraciones de los órganos, esas
patologías son las que causan su disfunción y de ella deriva la enfermedad. Al
aceptar esa hipótesis era necesario reconocer que la disección de cadáveres o
las vivisecciones de animales resultaban ser procedimientos médicos de
enorme valor para identificar las dolencias, efectuar diagnósticos y proponer
una terapéutica eficaz. “Los refinamientos atenienses no son para los médicos”,
aseveró con contundencia, a pesar de reconocer que en la misma Alejandría
había también opositores a sus ideas, entre los que citó expresamente a Filino
de Cos, discípulo de Serófilo, y a Serapio de Alejandría totalmente contrarios a
sus métodos por considerar las disecciones y vivisecciones una pérdida de
tiempo; pues en ambos casos se alteraba la esencia natural de la vida y no se
podían sacar conclusiones válidas, aparte de creer que ambas eran
moralmente repugnantes. Después de dedicar adjetivos poco halagadores a
quienes según él con tanta fuerza se oponían al avance de la medicina y tras
dejar clara su postura y justificada la lección de anatomía que estaba teniendo
lugar, quiso Erasístrato permitir que sus discípulos volvieran a sentirse seguros
en la sabiduría de los consagrados y para ello se dirigió a otro de sus pupilos:
—¿Qué nos dijo el maestro Hipócrates que deben hacer los médicos?
Dímelo tú Aniceto.
El muchacho de su izquierda, el que seguía más atento la disertación,
respondió como leyendo en un libro sagrado.
—Ayudar a la naturaleza en su desorden. Lo primero que la terapéutica
no aumente el mal del enfermo; lo segundo atajar la causa de la dolencia y lo
tercero no querer curar lo que es incurable —y añadió, como colofón, una frase
de cosecha propia—. Porque la muerte ha de entrar en los cuerpos en alguna
de sus formas para que la ley de la vida se cumpla.
El maestro médico cogió al vuelo la sentencia y la usó para seguir
sacando provecho. Tenía esa costumbre: la de hablar por boca de sus
discípulos más aventajados y aquel joven, en efecto lo era.
—La muerte has dicho. Y según tú. ¿De qué ha muerto este hombre?
El muchacho se acercó al cadáver y durante un par de minutos lo
examinó concienzudamente. Luego respondió:
—Envenenado.
—¿En qué te basas para decirlo?
Aniceto se atusó, en un gesto reflexivo, la escasa barba con la que
estrenaba sus veinte años. Ello aumentó el interés de la concurrencia,
manifestado en un silencio respetuoso.
—En el amoratamiento de los labios, en que el cuerpo no tiene lividez
sino sonroseo y en el color rojo que ha delimitado las partes que tocaban el
suelo.
—¿Dirías que fue un asesinato o un suicidio? —Persistió el anciano en
su afán pedagógico.
—Eso, honorable Erasístrato, es casi imposible saberlo sin examinar las
vísceras, especialmente el hígado —no se le ocurrió más que decir pero notó
por los murmullos de los aprendices que se esperaba más de él.
Volvió a examinar el cuerpo con detalle, desde la cabeza a los pies y
nada. No estaba demacrado por la acción continuada de un tóxico. Aquella
muerte parecía haberle sobrevenido de forma repentina, pero sin abrirlo no
encontraba respuestas. De pronto reparó en la única parte de aquel hombre
que no había explorado: sus manos. El joven de ojos azulados sonrió para sus
adentros y se giró hacia los presentes.
—Es que ni una cosa ni la otra. Si el veneno hubiera sido el arsénico o el
cianuro habría señales claras. Es una posibilidad, pero creo que si las vísceras
no presentan signos, puede haberse intoxicado con el humo de un brasero de
carbón.
—¿Por qué lo sabes? —Preguntó Eleas con cierta perplejidad.
Aniceto respiró profundamente antes de responderle.
—Fijaos en sus manos —le levantó la izquierda—. Esta está
completamente limpia. Áspera, pero limpia. Sin embargo la otra… —rodeó la
mesa y tomó la diestra—. …esta tiene restos de carbonilla, en la palma y entre
las uñas, lo que puede indicar que antes de morir había encendido un brasero.
Las noches son frías, murió de madrugada, no estaba trabajando, parece sano,
no presenta signos de violencia. Es la única explicación que encuentro —se
calló sin estar demasiado convencido de lo que había dicho. Solo era una
hipótesis audaz, pero al menos había salido del paso.
Erasístrato no hizo ningún comentario. Se limitó a beber complacido de
aquella fuente de sabiduría cuyas aguas reconocía como propias. Al darse
cuenta del silencio prolongado de su maestro los demás discípulos murmuraron
alabanzas hacia aquel muchacho, sabedores que era el más destacado
discípulo de la escuela y que el destino iba a depararle grandes cosas.
El médico, considerando que el alumno había recibido ya su dosis de
vanidad, varió su magisterio hacia otros derroteros. Decidió llegado el momento
de la práctica y se dirigió a una mesita donde reposaba el instrumental
quirúrgico. Tomando un escalpelo, regresó frente a al cadáver y procedió a
realizar una incisión precisa en la parte lateral del cuello hasta dejar a la vista el
nervio vago; luego tomó unas pinzas y lo pellizcó enérgicamente. El finado
reaccionó ante tal estímulo con una relajación del diafragma y la caja torácica
se movió, lanzando un macabro resoplido.
—¡Es el ánima, es el ánima! —Exclamó uno de los estudiantes. Los
demás prorrumpieron en una sonora carcajada.
Otro de ellos no tardó en corregirlo:
—El ánima ha tiempo que lo abandonó. Bien es sabido que deja el
cuerpo en el mismo instante del fallecimiento.
Poco sabía el muchacho que con su aseveración había llegado al
terreno de la metafísica, abriendo la puerta a los aspectos filosóficos de la
ciencia médica en los que el anciano esperaba que desembocara su lección de
anatomía.
—No hay aquí nada que concierna al espíritu —se apresuró a añadir el
maestro, que los tenía dónde había querido llevarlos—. Sin embargo hoy
dedicaremos nuestra charla precisamente a la relación entre mente y cuerpo —
dijo para recuperar la atención de sus acompañantes—. Como bien sabéis, una
de las arduas discusiones que ocupan las mentes de nuestros filósofos más
preclaros versa sobre el habitáculo del espíritu en el cuerpo. Conocéis a uno,
recién llegado de Corinto, que afirma que el entendimiento y el alma no se
alojan en el corazón como defienden los ortodoxos, sino en el cerebro.
—Tal cosa es difícil de creer —puntualizó Aniceto—. Basta para refutarla
el hecho de que si a un animal se le cercena la cabeza éste sigue animado
hasta que su espíritu se escapa cuando el corazón ha dejado de batir. Los
demás asintieron con la cabeza a la sabia aclaración del joven.
—Pero no hay nada que demuestre que para el movimiento sea precisa
el alma — replicó Erasístrato—. ¿No es verdad? Más lo será si se demuestra
que sin ella éste puede producirse.
Volvió a tomar el escalpelo, realizando esta vez la incisión en uno de los
muslos y, requiriendo de nuevo las pinzas que sostenía Eleas, oprimió uno de
los nervios que en ella encontró. Inmediatamente el cadáver movió
espasmódicamente todo el miembro. En ese momento la admiración de los
discípulos llegó a su cenit, cosa que aprovechó el habilidoso orador para
mostrar que en él no eran todo cosas aprendidas, sino que también podía ser
artífice de sabiduría.
—Así pues, mi querido Aniceto, yo afirmo que la psikhé no es la que
habilita el movimiento, sino que éste nace, reside y muere en el propio cuerpo.
El alma no hace sino dirigirlo en sus propios intereses.
—Si como bien has demostrado, el entendimiento es el responsable de
que los movimientos tengan destino y función, debiera ser el corazón el lugar
de su morada, pues éste al batir impulsaría por todo el cuerpo la sangre
mensajera de su mandato —Aniceto se sintió arropado con los gestos de
aprobación de sus colegas.
—Esa afirmación, por su linealidad parece la acertada, pero no es así. Y
para refutarla baste el ejemplo que tú mismo has propuesto: el del animal
descabezado que echa a correr para perplejidad de su matarife. Si se observa
con atención su movimiento es loco, inconsciente y ausente de objeto. Aunque
el corazón todavía late en sus entrañas no es capaz de dirigir nada. Estoy
convencido de que para que haya finalidad el entendimiento ha de ser
informado a través de los sentidos y estos se hayan todos en la cabeza. Así
pues la phikhé debiera alojarse en el cerebro de los vivos en estado de
consciencia, pues de las disecciones se deriva que todos los sentidos van a
parar a él. Por lo tanto puede afirmarse que así como los filósofos intuyen
razones metafísicas para el habitáculo del intelecto, también la anatomía
encuentra fundamentos que soportan sus elucubraciones.
Tras la erudita exposición, y ante argumentos tan irrefutables, los
discípulos parecieron comprender una doble lección. La primera que lo eran y
como tales no les estaba reservado hilvanar teorías nuevas y lo segundo que
su verdadero afán debía recaer en la asimilación del conocimiento manado de
sus maestros. Así lo entendieron todos, y de entre ellos Aniceto, que
humildemente reconoció su falta de rigor y de humildad. En la misma hora se
había llevado una de cal y una de arena. El anciano se sintió relajado al ver
que sus enseñanzas tenían los oyentes adecuados. Ordenó a Hipólito, su
discípulo más veterano, que comenzase la disección del cadáver y, saliendo de
la sala, se hizo acompañar de Aniceto, para el cual tenía reservados otros
menesteres. Cuando la puerta se cerró tras ellos y se encontraron en la
soledad del corredor se dirigió a él en estos términos:
—Haz llamar a Ahmós, el embalsamador. Dile que requiero sus servicios
con urgencia.
El joven Aniceto se atrevió a preguntar tímidamente:
—¿Es por el cadáver de la muchacha?
—Lo es —sentenció el maestro con pesadumbre—. Esa joven... —
rectificó su primer intento de sincerarse—. Te ruego pongas la máxima
discreción en lo que te pido, pues para mí es muy doloroso este trago. — Lo
asió del brazo para darle a entender que lo que le estaba pidiendo a ambos
comprometía y que la situación era lo suficientemente seria como para no
poder permitirse ningún desliz.
—¿Quién es la desdichada?, maestro.
Erasístrato dudó en contestar pero por fin decidió que el compromiso en
que estaba metiendo al discípulo bien merecía un nombre.
—Se llama Hebe. Es una de las sacerdotisas del Serapeion y la nieta de
un amigo muy querido.
El muchacho no necesitó más. No podía comprender. Sus portentosas
habilidades médicas chocaban de frente con su inocencia para la vida, pues
esta aun no lo había sometido a sus duras pruebas; pero tampoco lo
necesitaba, porque lo movía la devoción. Después de realizar una reverencia
que incluía el acatamiento de aquella orden se alejó por el pasillo con paso ágil
para dar efecto al encargo con la mayor prontitud.
El anciano, al ver alejarse a aquel joven togado en blanco, de cuerpo
esbelto y ademanes elegantes le recordó a otro aprendiz que cuatro décadas
atrás también aspiraba a nutrirse de sabiduría. En un corredor muy similar
había tomado un día la decisión que más le acercaría a ese conocimiento: la de
cruzar el mar, la de dejar su adorada Atenas. Los atenienses consideraban un
sacrilegio la disección de cadáveres. No se toleraba en ellos el más mínimo
rasguño, fueran de nobles, plebeyos o esclavos. El cuerpo de un difunto era
merecedor de un respeto tal que ni en aras del saber se debía profanar. Sin
embargo, del otro lado del mar las cosas eran diferentes. La tradición egipcia
de preservar el cuerpo daba un acceso casi total a la anatomía humana, y por
ella al estudio de las alteraciones de los órganos. Así pues el sueño de
cualquier joven griego aspirante a médico pasaba por estudiar en Alejandría,
pero tal decisión no era fácil de tomar para un muchacho. Cuando llegó a la
populosa urbe ptolemaica halló, para su consuelo, que era tan griega en
gobierno y estructura como la propia Atenas, pero en ella se mezclaban las
más extraordinarias gentes: helenos, egipcios, hebreos, nubios; y de sus
eruditos brotaban las ideas más adelantadas a su tiempo, algunas peregrinas,
pero otras dotadas de una solidez racional tan diáfana que se erigían en faro
guiador para los filósofos, los escritores, los matemáticos, los astrónomos.
Recordaba aquella mañana de invierno en la que su maestro se le acercó, en
un corredor como el que le estaba sirviendo de sendero hacia el ayer, y le dijo
que no lo veía dotado para la retórica ni para la filosofía; que lo suyo era el arte
de la curación. “Y si a la curación quieres acercarte has de averiguar las
causas que producen el mal, las cuales únicamente hallarás si irrumpes en su
morada, y eso solo podrás hacerlo en Alejandría”. Ése fue el empujón definitivo
que necesitaba. En menos de un mes se halló a sí mismo despidiendo la
abrupta costa del Peloponeso y recibiendo los mansos horizontes alejandrinos.
Pero a su llegada se encontró con que eran muchos los que como él pugnaban
por encontrar su sitio en las academias. ¡Qué fácil lo han tenido estos jóvenes!,
pensaba mientras veía desaparecer definitivamente a Aniceto. Para él no había
sido tan sencillo. Ni siquiera podía presumir de ser ateniense pues había
nacido accidentalmente en una humilde isla del Egeo. Hubo de ganarse
reconocimiento antes de aspirar siquiera a solicitar su ingreso; porque no
quería hacer valer sus influencias familiares a través de su tío, ya retirado. Y
ese reconocimiento vino de la mano de Ahmós el Viejo, el más afamado
embalsamador de la ciudad. Con él aprendió el arte milenario de la
conservación de los cuerpos, pero también a leer las dolencias en las vísceras,
en los fluidos, en los olores y, paradójicamente, la muerte le ayudó a propiciar
la vida, en el pleno convencimiento de que los males son causados por la
naturaleza y no por ningún artificio espiritual. Recordó el día en que había
hecho la prueba de ingreso en la Institución de la cual era ahora el médico
decano. En el centro de la gran sala, en presencia de todos los colegas y de los
aprendices se hallaba una niña de unos once años que, como consecuencia de
una herida presentaba una infección severa en una pierna. Preguntado por la
causa del mal argumentó un desequilibrio en el humor amarillo, lo que producía
la degradación del mismo y su acumulación en forma de pus. Argumentando
que la naturaleza por sí misma no podría rectificar aquella alteración propuso
coadyuvar en la sanación extrayendo el humor degradado a través de
sanguijuelas.
Un murmullo persistente fue creciendo en intensidad a medida que los
partidarios de que la fuente de aquella dolencia era un mal de ojo que alguien
había vertido sobre la infortunada o su familia. Intentaban hacer valer su
hipótesis de que la enfermedad humana tiene su génesis en la magia. Pero el
joven aspirante, haciendo gala de una extraordinaria madurez alzó la voz para
lanzar un desafío: si en el plazo de dos días no se hallaba mejoría en la niña
con la aplicación del tratamiento, habría de reconocer que el obrar de los
sortilegios sería el único medio de curación, renunciaría a su sueño de ingresar
en aquella Institución y abandonaría la ciudad para siempre.
Sonreía el viejo al traer a la memoria los remedios que había aprendido
de los más variopintos personajes que trabajaban al servicio de Ahmós.
Gracias a él, Erasístrato, sobrino del gran Erasistroto, el más insigne médico
alejandrino; había conseguido entrar de incógnito y por mérito en el Museion: la
sagrada casa de la sabiduría; tal como su tío hubiera deseado, y por ende, en
la corte del tercer Ptolomeo. Y ahora, cuarenta años después, recurría al hijo
del embalsamador, portador del mismo nombre y digno heredero de su oficio.