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ENFOQUES NARRATIVOS PARA EL ABORDAJE DE PATERNIDADES SUBALTERNAS Ponencia presentada en el V Coloquio de Estudios

ENFOQUES NARRATIVOS PARA EL ABORDAJE DE PATERNIDADES SUBALTERNAS

Ponencia presentada en el V Coloquio de Estudios de Varones y Masculinidades. 14-16 enero 2015, Santiago de Chile.

Resumen:

Harún Oda G. 1

Se propone un abordaje narrativo, de corte socioconstruccionista, para indagar respecto de las nuevas paternidades, aquellas que emergen como prácticas subalternas a los paternidades hegemónicas, que tienen su nicho en la legalidad, el acervo cultural y el lenguaje. Se propone una ontoepistemología narrativa para acceder a los textos y configuraciones de sentido excluidas y que representan una especie de fractura, desde donde podemos aproximarnos a la comprensión no solo de los fenómenos, sino de las tensiones y ejercicios de poder y contra-poder, que allí subyacen, a modo de emergencia vital de ejercicios subalternos de las paternidades.

ENFOQUES NARRATIVOS PARA EL ABORDAJE DE PATERNIDADES SUBALTERNAS

La presente propuesta propone un abordaje de corte socioconstruccionista, que desde el análisis y deconstrucción de la subjetividad presente en los relatos busca indagar respecto de las paternidades subalternas, que emergen en contraposición a los relatos hegemónicos de la parentalidad masculina tradicional, toda vez que los cambios en las prácticas sociales y la estructuración de la familia y los vínculos han generado nuevos lugares sociales desde donde ejercer las paternidades. Paternidades subalternas no comprenden solamente nuevas significaciones de los roles en la familia tradicional, sino también nuevas configuraciones en el ejercicio de las paternidades, como son aquellas paternidades no residentes, aquellos padres que noven con sus hijos tras la separación de ellos con la madre, paternidades en el contexto de familias simultaneas o ensambladas, paternidades no legales ni biológicas, pero que fungen en el ejercicio de roles y funciones paternales. Paternidades anómicas y anómalas. Otras paternidades desde abajo, paternidades subalternas.

Resulta relevante poder reconocer cuáles son las eventuales fisuras de la paternidad

1 Psicólogo USACH. Magíster en Antropología y Desarrollo U. de Chile. Diplomado en DDHH y Pedagogía de la Memoria F. Henry Dunant. Académico Departamento de Psicología UCM. Coordinador Programa de DDHH y Diplomado Salud Mental Comunitaria UCM. hoda@ucm.cl

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dominante, asociada a una figura varonil desvinculada y meramente proveedora y las tensiones que se genera

dominante, asociada a una figura varonil desvinculada y meramente proveedora y las tensiones que se genera respecto de las nuevas paternidades, asociadas al vínculo afectivo y al disfrute de los hijos, cuando el padre se encuentra fuera del espacio vital de los hijos y socialmente restringido a acceder a ellos o cuando el ejercicio de la paternidad se genera ante la incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr reconocimiento o soporte, a veces legal o meramente funcional. Es necesario poder penetrar en ese territorio discursivo del sujeto para vislumbrar los lugares y diálogos sociales que están emergiendo en nuestra sociedad actual. Las ciencias sociales han estudiado las paternidades habitualmente desde el déficit y la opacidad, postergando miradas de apertura y búsqueda de alternativas posibilitantes de sentido y proyecto social. La política pública requiere de insumos de conocimiento para poder habilitar espacios de entrada a estas nuevas configuraciones sociales y las ciencias sociales requieren abrir focos de observación de esa cotidianidad que por abundante llega a resultar invisibilizada. El estudio de las subalternidades tiene la pretensión de observar las tensiones acumuladas y los procesos de cambio societal, con sus clivajes e incertidumbres, en pos de incrementar la capacidad del ser humano de mirar los escenarios que vienen.

La propuesta de abordaje teórico tiene como objetivo reconocer producciones subjetivas emergentes de la paternidad mediante la identificación de narrativas subalternas (contra-hegemónicas), para lo cual buscará poder identificar las narrativas dominantes/hegemónicas de la paternidad en la sociedad, para luego elicitar narrativas en varones que a contra-mano y como una contra-trama social, ejercen sus paternidades desde fuera de los marcos dominantes. Se propone explorar las diferencias entre las narrativas, así como también las tensiones discursivas entre las narrativas emergentes y las narrativas hegemónicas.

Se busca responder entonces a las siguientes interrogantes, a saber: ¿Cuáles son las producciones de subjetividad presentes en las narrativas de varones que ejercen paternidades subalternas?, ¿Cuáles son las tensiones y/o subordinaciones de dichas producciones narrativas con los hegemónicos culturales sobre la paternidad?, ¿Cómo dialogan las narrativas subalternas de la paternidad con las narrativas hegemónicas de la paternidad?, ¿Cómo las narrativas subalternas de la paternidad permiten abrir sentido andamiando identidades emergentes que posibiliten nuevas prácticas vinculares incrementando el sentido de agencia personal?, ¿Cuáles son las nuevas paternidades que se encuentran en construcción en nuestra sociedad y desde qué lugares esas nuevas identidades logran enriquecerse adquiriendo vigor?, ¿qué prácticas individuales y/o colectivas, como estrategias de resistencia, posibilitan la emergencia de nuevas significaciones subalternas de la paternidad?

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Abordaje Hermenéutico-Narrativo en las Ciencias Sociales La narrativa es más que una metodología, como señalara Jerome

Abordaje Hermenéutico-Narrativo en las Ciencias Sociales

La narrativa es más que una metodología, como señalara Jerome Bruner (1988), sino más bien es una forma de construir realidad, por lo que sería más bien una ontología. Desde la perspectiva Construccionista y Postmoderna la subjetividad es una condición necesaria del conocimiento social. En palabras de Bolívar (2002: s/p):

“La narrativa no sólo expresa importantes dimensiones de la experiencia vivida, sino

que, más radicalmente, media la propia experiencia y configura la construcción social de la realidad. Además, un enfoque narrativo prioriza un yo dialógico, su

naturaleza relacional y comunitaria, donde la subjetividad es una construcción social, intersubjetivamente conformada por el discurso comunicativo. El juego de subjetividades, en un proceso dialógico, se convierte en un modo privilegiado de

construir conocimiento”.

El mismo autor señala que dada nuestra condición postmoderna, estamos enfrentados a una crisis de los modos paradigmáticos establecidos del conocer, donde se cuestiona y replantea el papel del sujeto-investigador y la necesidad de incluir las subjetividades en el proceso de comprensión de la realidad social. El auge del giro hermenéutico, paralelo a la caída del positivismo y a la pretensión de dar una explicación ‘científica’ de las acciones humanas, ha provocado que entendamos los fenómenos sociales como textos, cuyo valor y significado viene dado por la interpretación hermenéutica que de ella dan los actores, implicando una mayor comprensión de la complejidad de los fenómenos psicológicos y sociales. Ello implica a su vez un cambio en los criterios habituales como validez, generalización, fiabilidad, que han empezado a tambalearse. Bolívar (2002) plantea que la investigación biográfico-narrativa incrementa dicha crisis introduciendo una "fisura" entre la experiencia vivida y cómo ésta debe representarse en el discurso de la investigación, emergiendo entonces, con toda su fuerza, la materialidad dinámica del sujeto y sus dimensiones personales (afectivas, emocionales y biográficas), que sólo podrían expresarse por medio de narrativas biográficas en las ciencias sociales (Chamberlayne, Bornat y Wengraf, 2000 en Bolívar, 2002).

Se entenderá como narrativa la cualidad estructurada de la experiencia entendida y vista como un relato, así como las pautas y formas de construir sentido, a partir de acciones temporales personales, por medio de la descripción y análisis de los datos biográficos. Es una reconstrucción particular y subjetiva de la experiencia, por la que, mediante un proceso reflexivo, se da significado a lo sucedido o vivido (Ricoeur, 1995 en Bolívar, 2002).

“Narrativizar la vida en un autorrelato es -como dicen Bruner o Ricoeur- un medio de inventar el propio yo, de darle una identidad (narrativa). En su expresión superior

(autobiografía) es también elaborar el proyecto ético de lo que ha sido y será la vida”

(Bolívar, 2002:s/p).

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Para Ricoeur (1999) el discurso obtiene una triple autonomía semántica: respecto de la intención del autor,

Para Ricoeur (1999) el discurso obtiene una triple autonomía semántica: respecto de la intención del autor, de las expectativas y posibilidades de abordarlo del lector y de las circunstancias de su producción, económicas, sociales y culturales. La tarea de la hermenéutica será explorar la interpretación de este devenir-texto, diferente del discurso directo cara a cara. El autor se opone a reducir la interpretación a las intenciones del autor, las capacidades del receptor o las estructuras del texto, planteando un triple juego de las partes como un todo y propone como tarea de la hermenéutica la búsqueda de la dinámica de estructuración del texto junto con la capacidad de proyección de la obra.

Jerome Bruner fue uno de los intelectuales que más ha contribuido a dar un estatuto epistemológico al modo narrativo del conocimiento. Su trabajo Dos modalidades de pensamiento, (Bruner, 1997), significó, en su momento un profundo cambio respecto del valor de las narrativas para el conocimiento:

“…la irrupción en el mundo psicológico y educativo del programa narrativo, así como

una primera y excelente legitimación inicial. En él, Bruner habla de ‘dos modos de conocer y pensar’, cada uno con sus propias formas distintivas para ordenar la

experiencia, construir la realidad y entender el mundo; su universalidad, en todas las

culturas, sugiere que tengan su base en el genoma humano: pero si no queremos ser innatistas, bien cabría decir -como generativistas- que vienen dadas por la propia naturaleza del lenguaje, tienen funciones cognitivas diferenciadas, representan dos formas de comprender la realidad, no son reductibles uno a otro y, más relevante, las formas para juzgar la validez también difieren(Bruner, 1997 en Bolívar,

2002:s/p):

El modelo paradigmático, la noción del conocer, de acuerdo con la tradición científica y la lógica tradicional, se expresa en un conocimiento proposicional, normado por reglas, máximas o principios prescriptivos. Este modo paradigmático no se identifica estrictamente con el positivismo clásico, aunque lo comprende. Por contraste, el segundo es el modo narrativo (sintagmático), caracterizado por presentar la experiencia concreta humana como una descripción de intenciones, mediante una secuencia de eventos en tiempos y lugares, en donde los relatos biográfico-narrativos son los medios privilegiados de conocimiento e investigación.

El Construccionismo Social de Keneth Gergen

El Socio-Construccionismo, que tiene sus orígenes en la Sociología del Conocimiento y en los desarrollos de la etnometodología se ubica dentro de las teorías denominadas parte del Postmodernismo, en base a su concepción antiescencialista. Se considera parte del paradigma constructivista per se diferencia del abordaje constructivista en cuanto el enfoque constructivista en cuanto promueven una imagen del sistema nervioso como una máquina

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cerrada, donde las percepciones y constructos toman forma a medida que el organismo ‘se golpea’ contra

cerrada, donde las percepciones y constructos toman forma a medida que el organismo ‘se golpea’ contra su entorno. Los teóricos de la construcción social, por el contrario, creen que

las ideas, los conceptos y los recuerdos surgen del intercambio social y son mediatizados por el lenguaje. Todo conocimiento, sostienen los construccionistas, evoluciona en el espacio entre las personas, en el ámbito del mundo social.

Kenneth Gergen (1996) sintetizando su propuesta teórica, señala cuatro presupuestos básicos:

  • 1. Lo que nosotros tomamos por experiencia del mundo no dicta en sí mismo los términos por los cuales el mundo es comprendido. Lo que tomamos como conocimiento del mundo no es un producto de la inducción ni de la comprobación de hipótesis generales.

  • 2. Los términos en los cuales se entiende el mundo son artefactos sociales, productos de intercambios entre personas, e históricamente localizados. Desde la posición construccionista el proceso de comprensión no es automáticamente producido por las fuerzas de la naturaleza,, sino que es el resultado de una tarea cooperativa y activa entre personas en interrelación.

  • 3. El grado en el cual una forma de comprensión prevalece o es sostenida a través del tiempo no depende fundamentalmente de la validez empírica de la perspectiva en cuestión sino de las vicisitudes de los procesos sociales (comunicación, negociación, conflicto, retórica).

  • 4. Las formas de comprensión negociadas tienen una significación crítica en la vida social, al estar conectadas integralmente con muchas otras actividades en las cuales la gente está implicada.

Según Barrett Pearce (1994, en Ponce y Jubés, 2000:3) el construccionismo social está asociado a cuatro enunciados esenciales, a saber:

  • 1. El mundo social consiste en actividades. La sustancia del mundo social son

las conversaciones, que se definen como diseño de actividades conjuntas. El

hombre en el mundo entra en sistemas de conversaciones que siempre le anteceden, y una y otra vez que esta inmerso en ellas se implica compartiendo las pautas de dichos sistemas.

  • 2. Los seres humanos tienen una capacidad innata para implicarse en los

espacios discursivos de la vida social. Para Pearce, la identidad se configura en torno a los sistemas de relaciones que se superponen a la existencia individual a los que Barnett llama «juegos».

  • 3. Las actividades sociales se estructuran según reglas de obligatoriedad

acerca de lo que debemos o no debemos hacer. Desde esta posición el sujeto

no es epistémico, sino social.

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4. Para entender estos «juegos» o sistemas de actividades sociales, debemos centrarnos en el hacer y
  • 4. Para entender estos «juegos» o sistemas de actividades sociales, debemos

centrarnos en el hacer y el producir. Esta es una idea central de los autores

construccionistas: el mundo social no es una realidad ontológica en la que estamos «depositados», sino la trama actual de nuestros sistemas de acciones, es decir, vivimos en un mundo que permanentemente construimos.

Las explicaciones de fenómenos psicológicos no se ubican en el individuo ni en categorías psicológicas asociadas a este como creencias, cogniciones, conductas, eventos, inconsciente, sino que son condicionadas por las pautas de interacción social en que el sujeto se encuentra. El sujeto individual queda disuelto en estructuras lingüísticas y en conjuntos relacionales. La noción del self como estructura psicológica más o menos permanente se pone en entredicho, dando paso a conceptualizaciones discursivas o fragmentadas donde la identidad se configura según las relaciones establecidas en contextos localizados específicos (Ponce y Janés, 2000).

Gergen a su vez incorpora la perspectiva crítica foucaultiana para desarrollar su teoría, señalando que tal como plantea Foucault (1979), un rechazo a la noción de sujeto ubicándolo dentro de los límites de una época que se expresa en términos del discurso dominante desde el cual se desarrollan las formas de conocimiento y las ciencias.

Masculinidades en Emergencia

La masculinidad como cuestión monolítica e inamovible parece ser una noción desechada, en cuanto resulta comprensible como una producción social siempre en tránsito. Las sociedades actuales, entre ellas la chilena ha sufrido procesos de transformación acelerada durante las últimas décadas, asociado ello a las transformaciones de los sistemas productivos, la integración de la mujer al mundo laboral, sus extensiones en el ámbito de los derechos, la secularización y otros componentes culturales propios de la posmodernidad que ponen en tela de juicio las verdades y meta-relatos de la modernidad.

Surgen entonces una serie de tensiones, a propósito de las hegemonías puestas en conflicto frente a la emergencia de nuevas maneras de significar los fenómenos que alguna

vez se tuvieron como “naturales”. Las nociones de género y los roles asociados

tradicionalmente a ello han estado en fractura y debate, a propósito de los giros vertiginosos

que las prácticas sociales han ido imponiendo a los paradigmas imperantes.

La paternidad, sus roles y funciones, tradicionalmente restringida al rol de proveedor económico, ha emergido en niveles de variabilidad compleja y en conjunto a los cambios en las configuraciones familiares, presenta hoy multiplicidades de interés a las ciencias sociales.

Pese a la resistencia de patrones conductuales propios de una paternidad tradicional, en las últimas décadas asistimos también a un creciente malestar de los hombres, generándose procesos de reflexión entre varones que van generando iniciativas de trabajo

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hacia otros sectores y grupos etarios. Esto permite el desarrollo de programas y políticas que incluyan

hacia otros sectores y grupos etarios. Esto permite el desarrollo de programas y políticas que incluyan acciones hacia los hombres en la lucha por la equidad de género. En nuestro país han surgido grupos de la sociedad civil como Amor de Papá, quienes lograron impulsar una ley de corresponsabilidad parental el año 2013.

Figueroa y Franzoni (en: Aguayo y Sadler 2011), en base a la experiencia mexicana, señalan que la participación cada vez más notoria de los hombres en actividades que antes estaban reservadas a las mujeres puede ser una clara expresión de los nuevos códigos de la masculinidad emergente. Ejemplo de lo anterior serían los cambios y transformaciones en las

normas de la vida en la familia, la relación con los hijos y la pareja, así como las expectativas personales y profesionales que tienen estos nuevos hombres, lo que permite concluir cambios significativos en la comprensión de la masculinidad, desde el ámbito de las relaciones interpersonales, la cotidianidad e incluso el proyecto de vida. De este modo los autores antes referidos señalan que hallazgos de su investigación muestran la paternidad como el primer canal que tienen los hombres para expresar sus emociones. Los hijos siguen siendo motivo de responsabilidad económica, sin embargo ahora la paternidad es también sinónimo de cuidados, comunicación, respeto y demostración de afectos. La paternidad alternativa emerge entonces como un eje donde los varones se dan permisos a nivel emocional, porque los hombres que reconocen abiertamente el amor que sienten por sus hijos participan más en su cuidado, desoyendo el mandato hegemónico de la desvinculación emotiva. Así, señalan Figueroa y Franzoni (en: Aguayo y Sadler, 2011:73) “la paternidad se ha convertido en un proyecto personal para muchos hombres, tan importante como el desarrollo profesional”

Paternidades, hegemonías y subalternidades

El concepto de masculinidad es de carácter eminentemente relacional. Existe en contexto y en contraste y diálogo con la feminidad, inserto en marcos socioculturales de

actuación y legitimación de la diferencia. Sadler (2007:438) señala que “se trata de un

concepto que es históricamente reciente (de unos cientos de años de antigüedad), y que presenta características comunes en distintos contextos, siendo posible identificar cierta

versión de masculinidad que se erige en norma y se convierte en hegemónica, dando lugar a un modelo de masculinidad que no sólo oprime a las mujeres sino también a otras masculinidades subordinadas”. Así, se puede definir la masculinidad hegemónica como la configuración de la “práctica genérica” que encarna la respuesta normalmente aceptada en la

lógica del patriarcado, garantizando la posición dominante de los hombres y la subordinación femenina, imponiendo mandatos a hombres y mujeres respecto de lo que se esopera y repudia de ellos. (Connell 1997; Fuller 2001, Sadler, 2007).

Cualquier versión de la masculinidad que no se corresponda a la noción dominante resulta entonces equivalente a un modo precario e incompleto de ser varón, que puede ser sometido a dominio, en tanto, por aquellos que sí ostentan la calidad plena de hombres (Fuller

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2001). Las identidades masculinas se ordenan en relaciones binarias de dominio y/o de subordinación con referencia

2001). Las identidades masculinas se ordenan en relaciones binarias de dominio y/o de subordinación con referencia al modelo hegemónico, como plantea Connell (1997).

En el modelo de masculinidad hegemónica dominante los varones suelen ser descritos como seres sexualmente promiscuos y agresivos, arriesgados, evitativos del compromiso, privados de la libre y espontánea expresión de sus emociones (Amuchastegui, 1996 en:

Sadler, 2001). La paternidad descrita en el contexto patriarcal es un hombre emocionalmente distante de sus hijos/as, derivando la crianza y cuidado de éstos/as al género femenino.

“La paternidad es uno de los elementos centrales en el proceso de la construcción social

de la masculinidad dominante. Su centralidad radica en que se constituye en uno de los pasos fundamentales que permite ser reconocido socialmente como varón: ha demostrado que es heterosexual, y además, permite consolidar el tránsito de la niñez a la adultez” (Madrid, 2006:3).

Viveros (2000) plantea, haciendo una revisión de los estudios sobre masculinidad, en particular aquellos referidos al tema de la parentalidad masculina señala que el abordaje generalmente implica una perspectiva más bien negativa observando los efectos nocivos de la ausencia del padre en vez de observar los efectos positivos de su presencia. Se ha estudiado poco respecto de padres presentes en la crianza y de los significados que los varones le atribuyen a la paternidad.

Barker (2003 en: Sadler 2007) sostiene una posición similar, al enfatizar que en la investigación social los hombres han sido habitualmente retratados de maneras incompletascon un enfoque centrado en el déficit en la vida familiar. Conscientes de este sesgo, investigadores/as en años recientes han comenzado a incluir las percepciones de los varones de sus roles en las familias. Los resultados muestran a hombres más comprometidos en las tareas del hogar y cuidados de la familia de lo que se pensaba anteriormente, dando cuenta de la emergencia de una nueva paternidad, subalterna a la masculinidad hegemónica.

Connell (1997) propone que la masculinidad hegemónica encarna una estrategia corrientemente aceptada pero sujeta a cuestionamientos y a propuestas y tensiones que buscan construir una nueva hegemonía. La hegemonía, por tanto, es una relación históricamente móvil. Su flujo y reflujo constituyen elementos importantes en su devenir histórico, a saber:

“El concepto de hegemonía, derivado del análisis de Antonio Gramsci de las relaciones

de clases, se refiere a la dinámica cultural por la cual un grupo exige y sostiene una posición de liderazgo en la vida social. En cualquier tiempo dado, se exalta

culturalmente una forma de masculinidad en lugar de otras. La masculinidad hegemónica se puede definir como la configuración de práctica genérica que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la que

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garantiza (o se toma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinación de

garantiza (o se toma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la

subordinación de las mujeres” (Connell, 1997:35)

Estos dos tipos de relación; hegemonía, dominación y marginación/autorización, por otro lado entregan marcos comprensivos que permiten analizar masculinidades específicas. Masculinidad hegemónica y masculinidades subalternas denominan entonces tipos de carácter móvil a modo de configuraciones de práctica generadas en situaciones particulares y específicas, en una estructura siempre cambiante de relaciones. Cualquier teoría de la masculinidad que tenga valor debe dar cuenta de este proceso de cambio (Connell, 1997),

Paternidades no Residentes

La Encuesta Internacional IMAGES de Masculinidades y Equidad de Género (Aguayo, Correa, Cristi, 2011) arroja algunos datos interesantes respecto de la temática emergente de padres que no residen con sus hijos biológicos, a saber: Un 56,8% de los hombres y un 78,5% de las mujeres declararon tener hijos/as biológicos. Entre ese grupo, el 61,9% de los hombres y el 69% de las mujeres señalaron vivir actualmente con todos ellos, mientras que un 21,9% de los hombres y un 9,9% de las mujeres indicaron no vivir actualmente con ninguno de sus hijas/os. Lo anterior da cuenta de una situación significativamente presente en nuestra realidad nacional actual, relativa a la cantidad creciente de padres que no residen con algunos o ninguno de sus hijos biológicos, confrontándose entonces a la situación de tener que experimentar la paternidad no residente, en cualquiera de sus formas, que pueden ir desde el vínculo frecuente y regular hasta la situación de no tener contacto alguno con el hijo/a. El gráfico No 1 da cuenta de dichos datos.

Gráfico No1 Residencia con Hijos Biológicos

garantiza (o se toma para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinación de

Reforzando la idea de esta nueva paternidad se observa que ocho de cada diez

hombres que viven con sus hijos y trabajan (75,9%) indicaron que les “gustaría trabajar menos si eso significara pasar más tiempo con mis hijos”. Un 61,7% señaló que “dedican muy

poco tiempo a sus hijos por motivos de trabajo”. Lo que expresa una tensión explícita entre el

anhelo de rol parental y la demanda del mandato hegemónico de proveedor. Un 87,5%

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declaró que “en general, tengo la mayor responsabilidad de proveer para mi familia” lo que confirma

declaró que “en general, tengo la mayor responsabilidad de proveer para mi familia” lo que

confirma que todavía los hombres visualizan el rol proveedor económico como una de sus principales funciones. Como contrapartida un 61,9% sostuvo que su “rol en el cuidado de los hijos es principalmente como ayudante”, lo que da cuenta del rol secundario en el cuidado que aún persiste

La situación de los padres no residentes, a raíz de una separación con la madre y el riesgo de pérdida de contacto con los hijos se expresa en que un 61,6% de los hombres manifiesta tener temor de la prohibición del contacto con sus hijos/as si es que se termina su relación de pareja.

Cabe consignar que en Chile después de una separación el cuidado personal de los hijo/as queda en manos de las madres teniendo que acordarse un sistema de visitas para el padre que habitualmente implica tiempos de fin de semana quincenales.

Gráfico No 2 Afirmaciones sobre la Paternidad

declaró que “en general, tengo la mayor responsabilidad de proveer para mi familia” lo que confirma

Paternidades Sin Nombre

Existen otros ejercicios de la parentalidad, esta vez anómicos, por fuera de las convenciones legales, no reconocidos por el estado e incluso por el lenguaje, último reservorio de la cultura para devenir los fenómenos en realidad. Las configuraciones complejas e intrincadas que devienen de las rupturas matrimoniales y de las nuevas vinculaciones de los adultos, que en simultáneo siguen ejerciendo parentalidades y asumiendo otras, aún en simultáneo con otros adultos, ha generado un mosaico de posibilidades de ejerciocio, en la práctica, de la paternidad, aún a contramano de las estructuras normativas que le permitan sostenerse en términos de reconocimiento cultural y que generan, por tanto, controversia y conflicto. Hurstel (1999) apunta la dificultad de lidiar

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con las cuestiones que envuelven a los nuevos emparejamientos y formatos de convivencia familiar al abordar

con las cuestiones que envuelven a los nuevos emparejamientos y formatos de convivencia familiar al abordar el tema de las formaciones familiares

Posteriorers a una separación y, por lo tanto, en la ampliación del concepto de familia se encuentra dificultad al nombrar estas configuraciones. La importancia de la denominación va más allá de la simple palabra, reflexionando la forma por la que se ve la relación que se establece, así como su función y receptividad social. La relevancia de una nomenclatura para esta configuración familiar es tan grande que Théry (2001 en Eiras, 2011)) sugiere que los Estados Unidos hubieran dado inicio a las investigaciones de estas familias por el hecho de poseer en su idioma un término específico para este modelo: stepfamily. En Francia, los primeros datos estadísticos respecto de familias con padrastro y/o madrastra se remiten a la década de 1990, mientras los norteamericanos relataban ese fenómeno desde la década de 1980. La autora apunta la importancia de que el vocabulario y el arsenal jurídico verbalicen las prácticas cotidianas. Eiras (2011) señala la relevancia del sistema jurídico en la afirmación social del modelo de la familia con padrastro y/o madrastra afirmando que el sistema jurídico, al reflexionar sobre el modelo que gobierna las relaciones económicas y sociales, finalmente señala una marginalización del sujeto, volviéndose un sistema de exclusión. De este modo el modelo de familia nuclear tradicional, biparental y heteronormativo todavía ejerce influencia intensamente sobre los sujetos, obstaculizando el surgimiento de una terminología específica.

El Valor de las Narrativas Excluidas

Una de las dificultades que conlleva este proceso de estigmatización y segregación del otro excluido es que éste termina, a su vez definiéndose en función de la construcción social que pesa sobre él, aunque esta sea desvalorizadora, generando una identidad difusa y disminuida, desarticulando la participación activa y borrando de los registros culturales oficiales su propia lectura del mundo. Las masculinidades subalternas han estado siempre presentes, pero muchas veces excluídas.

La importancia de conocer los relatos excluidos tiene una implicancia fundamental en la inclusión social. Liliana Lazcoz, siguiendo con lo anteriormente propuesto, señala que:

“Una de las vías para encontrar los nudos de sentidos que atraviesan la

comunidad de los desplazados será la que nos proporcionan los relatos contenidos en las

narraciones de los sujetos afectados por una nueva identidad que les ha sido impuesta. Asumir esta decisión de prestar atención a las historias de estas personas es sustentar una posición ética” (Lazcoz, 2006:5).

En palabras de Carlos Whiterell el valor del estudio de la narrativa excluida reside en

que:

“…permite entrar enfáticamente en la vida del otro y empezar a sumarnos a una

conversación viviente. En este sentido la narrativa sirve como medio de inclusión

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porque invita al lector, oyente, escritor o narrador a unirse, como compañero, al viaje del otro:

porque invita al lector, oyente, escritor o narrador a unirse, como compañero, al viaje del otro: en el proceso puede suceder que nos descubramos más sabios, más receptivos, más comprensivos, más nutridos y a veces hasta curados” (Whiterell, 1998:74)

Discusión

Resulta del todo relevante, por tanto poder poner en el foco de las observaciones aquellas prácticas que exceden nuestras categorías, jurídicas, culturales, disciplinares e incluso idiomáticas, a modo de poder comprender los fenómenos y prácticas sociales que aceleradamente configuran realidades emergentes en nuestras sociedades. Poder acceder a las narrativas excluidas, ese lugar en el cual se produce y refleja el sujeto, representa una especie de fractura, desde donde podemos aproximarnos a la comprensión no solo del fenómeno, sino de las tensiones y ejercicios de poder y contra-poder, que allí subyacen, a modo de emergencia vital de ejercicios subalternos de las paternidades actuales.

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